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Posesión Oscura

Posesión Oscura

Аннотация

    Manolito de la Cruz sabe que está peligrosamente cerca de convertirse en vampiro. Lo último que espera después de ser llamado por el príncipe Mikhail para regresar a su patria, los Cárpatos, era captar el aroma de su compañera en MaryAnn Delaney.
    MaryAnn es humana, pero conoce demasiado bien todos los abrumadores instintos agresivos de los varones carpatianos. Y no son exactamente el tipo de hombres a los que preferiría estar unida para toda la vida.
    MaryAnn, una consejera especializada en mujeres maltratadas, tiene una vida que le satisface, sin lugar para alguien como Manolito, nacido y criado en los Cárpatos, una ley en sí mismo. Pero cuando MaryAnn acepta ir a América del Sur para ofrecer orientación a una joven mujer tratada brutalmente, no se percata de la trampa que la espera en la sofocante espesura de la selva. Ella ha sido atraída allí por el propio Manolito, quien tiene seductores planes para la desprevenida e irresistible mujer humana.
    Una vez allí, ella será suya. Una vez que sea suya, nunca podrá liberarse. Él es su amante, su predador, su compañero. Y ella es su oscura posesión…


Christine Feehan Posesión Oscura

    Carpatos 18

Capítulo 1

    Manolito de la Cruz despertó bajo la tierra oscura con el corazón palpitándole en el pecho, lágrimas de sangre surcándole el rostro, y abrumado por el pesar. El grito desesperado de una mujer hacía eco en su alma, desgarrándole, reprendiéndole, apartándole del borde de un gran precipicio, y se estaba muriendo de hambre.
    Cada célula de su cuerpo imploraba sangre. El hambre le roía con garras despiadadas, hasta que una roja neblina le cubrió la vista y su pulso martilleó por la necesidad de conseguir alimento inmediatamente. Desesperado, exploró las cercanías de su lugar de descanso, buscando la presencia de enemigos sin encontrar ninguno, atravesó como un cohete las ricas capas de tierra, hacia el aire. El corazón le tronaba en los oídos mientras su mente gritaba.
    Aterrizó en cuclillas en medio de unos densos arbustos y espesa vegetación y lanzó una lenta y cuidadosa mirada alrededor. Por un momento todo pareció equivocado… monos chillando, pájaros gritando una advertencia, la exhalación de un depredador más grande, incluso el arrastrar de los lagartos a través de la vegetación. Se suponía que no debería estar allí. En la selva tropical. Su hogar.
    Sacudió la cabeza, intentando aclarar su fragmentada mente. Lo último que recordaba con claridad era interponerse delante de una mujer de los Cárpatos embarazada, protegiendo tanto a la madre como al niño nonato de un asesino. Shea Dubrinsky, la compañera de Jacques, cuyo hermano era el príncipe de la gente de los Cárpatos. En ese momento había estado en las Montañas de los Cárpatos, no en Sudamérica, a la que ahora llamaba hogar.
    Repasó las imágenes en su cabeza. Shea se había puesto de parto en la fiesta. Ridículo asunto. ¿Cómo podían mantener a las mujeres y niños a salvo en medio de semejante locura? Manolito había presentido el peligro, al enemigo moviéndose entre la muchedumbre, acechando a Shea. Se había distraído, deslumbrado por colores, sonidos y las emociones que se vertían sobre él llegando de todas direcciones. ¿Cómo era posible? Los Antiguos Cazadores Cárpatos no sentían emociones y veían en tonos de gris, blanco y negro… aún así… recordaba claramente que el cabello de Shea era rojo. De un brillante, brillante rojo.
    Los recuerdos se dispersaron cuando el dolor explotó atravesándole, haciendo que se doblara sobre sí mismo, mientras oleadas de debilidad le golpeaban. Se encontró sobre las manos y las rodillas, con el estómago encogido en duros nudos y sus entrañas pesadas. Un fuego le quemaba en su interior como veneno fundido. Las enfermedades no atacaban a la raza de los Cárpatos. No podía haberse contagiado con enfermedad humana. Esto era algo provocado por un enemigo.
    ¿Quién me ha hecho esto? Apretó los blancos dientes en una muestra de agresividad, con los incisivos y caninos afilados y letales mientras miraba con ferocidad a su alrededor. ¿Cómo había llegado esta aquí? Arrodillándose en la tierra fértil, intentó decidir qué hacer ahora.
    Otro rayo de dolor cegador fustigó sus sienes, ennegreciendo los bordes de su visión. Se cubrió los ojos intentando bloquear las estrellas fugaces que venían hacia él como misiles, pero cerrar los ojos empeoró el efecto.
    – Soy Manuel De la Cruz-murmuró para sí mismo, tratando de forzar a su cerebro a trabajar… a recordar… empujando las palabras a través de los dientes apretados fuertemente en una mueca-Tengo un hermano mayor y tres hermanos menores. Me llaman Manolito para molestarme, porque mis hombros son más amplios y tengo más músculos y, de esa forma, me reducen a la condición de un niño. No me abandonarían si supieran que los necesitaba.
    Nunca me habrían abandonado. Nunca. No sus hermanos. Eran leales los unos a los otros… lo habían sido durante largos siglos y siempre sería así.
    Empujó a un lado el dolor intentando descubrir la verdad. ¿Por qué estaba en la selva tropical cuando debería estar en las montañas de los Cárpatos? ¿Por qué había sido abandonado por su gente? ¿Sus hermanos? Sacudió la cabeza en negación, aunque le costó muchísimo, ya que su dolor se incrementó y parecía que le estaban clavando clavos en la cabeza.
    Se estremeció cuando las sombras se arrastraron acercándose, rodeándole, tomando forma. Las hojas crujieron y los arbustos se movieron, como tocados por manos invisibles. Los lagartos salieron disparados de debajo de la vegetación podrida y se alejaron corriendo como asustados.
    Manolito se hizo atrás y nuevamente miró cautelosamente a su alrededor, esta vez examinando sobre y bajo tierra, desmenuzando la región concienzudamente. Había solo sombras, nada de carne y sangre que indicara que había un enemigo cerca. Tenía que controlarse y averiguar lo que estaba pasando antes de que se cerrara la trampa… y estaba seguro de que había una trampa y de que estaba a punto de quedar completamente atrapado.
    En todo el tiempo que había estado cazado al vampiro, Manolito había resultado herido y envenenado en muchas ocasiones, pero había sobrevivido porque siempre usaba el cerebro. Era hábil, sagaz y muy inteligente. Ningún vampiro o mago iba a superarle, estuviera enfermo o no. Si estaba alucinando, tenía que encontrar la manera de romper el hechizo para protegerse a sí mismo.
    Las sombras se movieron en su mente, oscuras y malignas. Miró a su alrededor, al nacimiento de la jungla y en vez de ver un hogar acogedor, vio las mismas sombras moviéndose… tratando de alcanzarlo… tratando de atraparlo con sus codiciosas garras. Las cosas se movían, las banshees gemían, criaturas desconocidas se reunían entre los arbustos y a lo largo del terreno.
    No tenía sentido, no para uno de su especie. La noche le debería haber dado la bienvenida… reconfortándolo. Envolviéndolo en su rico manto de paz. La noche siempre le había pertenecido, a él… a su gente. Debería haberse visto inundado de información con cada respiración que tomaba en su cuerpo, pero en vez de ello su mente le jugaba malas pasadas, veía cosas que no deberían estar allí. Podía oír una oscura sinfonía de voces que lo llamaban, los sonidos aumentaron de volumen hasta que su cabeza palpitó con gemidos y lastimosos gritos. Dedos huesudos rozaron su piel; patas de araña se arrastraron sobre él, haciendo que se retorciera de derecha a izquierda, sacudiendo los brazos, golpeándose el pecho y frotándose la espalda vigorosamente en un esfuerzo por apartar las invisibles telas de araña que parecían pegadas a su piel.
    Se estremeció nuevamente y forzó al aire a entrar en sus pulmones. Tenía que estar alucinando, cautivo en la trampa de un maestro vampiro. Si ese era el caso, no podía llamar a sus hermanos pidiendo ayuda hasta que supiera si él era el señuelo que les atraería también a ellos a la tela de araña.
    Se aferró la cabeza con fuerza y forzó a su mente a calmarse. Recordaría. Era un antiguo Cárpato enviado lejos por el anterior Príncipe, Vlad, a cazar al vampiro. Hacía siglos que el hijo de Vlad, Mikhail, había asumido el gobierno de su pueblo. Manolito sintió una de las piezas encajar mientras un trozo de su memoria volvía a su lugar. Había estado lejos de su hogar en Sudamérica, había sido convocado por el Príncipe a una reunión en las Montañas de los Cárpatos, una celebración de la vida ya que la compañera de Jacques iba a dar a luz a un niño. Aunque ahora parecía estar de regreso en la selva tropical, en una parte que le resultaba familiar. ¿Podría estar soñando? Nunca había soñado antes, no que recordara. Cuando un hombre de los Cárpatos acudía a la tierra, cerraba su corazón, sus pulmones y dormía como si estuviera muerto. ¿Cómo podía estar soñando?.
    Una vez más se arriesgó a una mirada por los alrededores. Su estómago se revolvió cuando los brillantes colores le deslumbraron, haciendo que le doliera la cabeza y sintiera náuseas. Después de siglos de ver en blanco y negro con sombras de gris, ahora la jungla circundante lucía un rabioso color, tonos de vívidos verdes, un desenfreno de flores de colores derramándose por los troncos de los árboles junto con las enredaderas. Su cabeza latía y le ardían los ojos. Se le escapaban gotas de sangre como lágrimas, recorriendo su rostro, en tanto que bizqueaba tratando de controlar la sensación de vértigo, mientras examinaba la selva tropical.
    Las emociones lo inundaron. Saboreó el miedo, algo que no había conocido desde que era niño. ¿Qué estaba pasando? Manolito luchó por concentrarse sobre la extraña maraña de pensamientos que se agolpaban en su mente. Se esforzó en mantener a raya la basura, y en concentrarse en lo que sabía de su pasado. Se había colocado delante de una anciana humana poseída por un mago justo cuando ella empujaba un arma envenenada hacia Jacques y el hijo nonato de Shea. Sintió la conmoción cuando entró en su carne, la torsión y el desgarro que provocó la hoja serrada al cortar a través de sus órganos rasgándole el estómago. El fuego ardió en su interior, extendiéndose rápidamente mientras el veneno se abría paso por su sistema nervioso.
    La sangre había corrido en ríos y la luz se había desvanecido rápidamente. Había oído voces llamándolo, canturreando, y había sentido a sus hermanos extendiéndose hacia él para tratar de retenerlo en este mundo. Recordaba eso muy claramente, el sonido de las voces de sus hermanos implorándole… no… exigiéndole que se quedara con ellos. Se había encontrado a sí mismo en un reino tenebroso, con las banshees gimiendo, las sombras fluctuando y estirándose. Esqueletos. Amenazadores dientes puntiagudos. Garras. Arañas y cucarachas. Víboras siseando. Los esqueletos acercándose cada vez más hasta que…
    Cerró su mente a lo que le rodeaba, a todas las sendas mentales compartidas, para no dar oportunidad a nadie de alimentarse de sus propios miedos. Tenía que ser una alucinación provocada por el veneno que recubría la hoja del cuchillo. No importaba que hubiera logrado evitar que entrara en su cerebro… algo malicioso ya estaba presente.
    El fuego le rodeó, las llamas crepitaron estirándose ávidamente hacia el cielo y extendiéndose hacia él como lenguas obscenas. Saliendo de la conflagración, emergieron mujeres, mujeres a las que había utilizado para alimentarse durante los siglos pasados, largamente muertas para el mundo ahora. Empezaron a agolparse a su alrededor, con los brazos estirados, las bocas abiertas ampliamente, mientras se inclinaban hacia él, mostrando sus atributos a través de vestidos ajustados que se adherían a sus cuerpos. Sonreían y le hacían señas, con los ojos abiertos de par en par, sangre corriendo por el costado de sus cuellos… tentándole… tentándole. El hambre ardió. Rabió. Creció hasta convertirse en un monstruo.
    Mientras miraba, ellas le llamaban seductoramente, gimiendo y retorciéndose como en un éxtasis sexual, tocándose a sí mismas sugerentemente con las manos.
    – Tómame, Manolito -gritó una.
    – Soy tuya -llamó otra y se movió hacia él.
    El hambre le obligó a ponerse en pie. Casi podía degustar la rica y caliente sangre; estaba desesperado por recobrar el equilibrio. Estaba necesitado y ellas proveerían. Les sonrió, la lenta y seductora sonrisa que siempre presagiaba la captura de una presa.
    Cuando dio un paso adelante se tambaleó, los nudos de su estómago se endurecieron hasta formar dolorosos terrones. Se sostuvo con una mano en la tierra antes de caer. El suelo se movió y pudo ver los rostros de las mujeres entre el polvo y las hojas podridas. La tierra, negra y rica, cambió hasta que quedó rodeado de caras, cuyos ojos le miraban acusadoramente.
    – Nos mataste. Nos mataste. -La acusación fue suave, pero poderosa, la boca muy abierta como con horror.
    – Tomaste mi amor, todo lo que tenía para ofrecer, y luego me dejaste -gritó otra.
    – Me debes tu alma -demandó una tercera.
    Él se echó atrás con un leve siseo de negación.
    – Nunca os toqué, a no ser para alimentarme -Pero les había hecho creer que lo había hecho. Él y sus hermanos permitían que las mujeres pensaran que habían sido seducidas, pero nunca habían traicionado a sus compañeras. Nunca. Esa había sido una de sus reglas más sagradas. Nunca había tocado a una inocente de otra forma que no fuera para alimentarse. Las mujeres a las que había utilizado para alimentarse, todas habían sido fáciles de leer, codiciaban su apellido y el poder que ostentaba. Las había cautivado con cuidado, alentado sus fantasías, pero nunca las había tocado físicamente salvo lo necesario para alimentarse.
    Cuando los lamentos se hicieron más fuertes y sacudió la cabeza, los fantasmales espectros se volvían más insistentes, sus ojos se entrecerraban decididos. Enderezó los hombros y enfrentó a las mujeres categóricamente.
    – Vivo de la sangre y tomé lo que se me ofreció. No maté. No fingí amaros. No tengo nada de qué avergonzarme. Marchaos y llevaros vuestras acusaciones. No traicioné mi honor, ni a mi familia, ni a mi raza, ni a mi compañera.
    Tenía muchos pecados por los que responder, muchos actos oscuros que manchaban su alma, pero este no. No de este, del que estas mujeres sensuales y de bocas codiciosas le acusaban. Les gruñó, levantó la cabeza con orgullo y enfrentó directamente sus fríos ojos. Su honor estaba intacto. Se podrían decir muchas cosas de él. Podrían juzgarlo por otras mil cosas distintas y encontrarle culpa, pero nunca había tocado a una inocente. Nunca había permitido que una mujer pensara que tal vez podría enamorarse de ella. Había esperado fielmente a su compañera, aún sabiendo que las posibilidades de encontrarla alguna vez eran muy pequeñas. No había habido ninguna otra mujer a pesar de lo que pensaba todo el mundo. Y no la habría nunca. Sin importar sus otras faltas, no traicionaría a su mujer. Ni de palabra, ni de hecho, y ni siquiera con el pensamiento.
    A pesar de que dudaba que ella fuera a nacer alguna vez.
    – Alejaos de mí. Vinisteis a mí deseando poder y dinero. No había amor por vuestra parte, ningún interés real en nada que no fuera conseguir lo que deseabais. Os dejé recuerdos, falsos sin embargo, a cambio de vida. No sufristeis ningún mal; de hecho estabais bajo mi protección. No os debo nada, y menos que nada mi alma. Tampoco permitiré que me juzguen criaturas como vosotras.
    Las mujeres chillaron, las sombras se alargaron, proyectando oscuras bandas a través de sus cuerpos como tiras de cadenas. Los brazos se estiraron hacia él con garras creciendo de sus uñas y humo arremolinándose alrededor de sus retorcidas formas.
    Manolito sacudió la cabeza, firme en su negación de la maldad. Era Cárpato y necesitaba sangre para sobrevivir… era así de sencillo. Había seguido los dictados de su príncipe y había protegido a otras especies. Aunque si bien era cierto que había matado, y a menudo se sentía superior por sus habilidades y su inteligencia, había guardado viva, en ese lugar que era para su compañera, la última chispa de humanidad por si acaso.
    No sería juzgado por estas mujeres con sus sonrisas astutas y cuerpos maduros, ofrecidos sólo para capturar a un macho saludable, no por amor, sino por avaricia… aunque la pena tiraba de sus emociones. Cruel, abrumadora pena que llegaba hasta él y se colaba en su alma, haciendo que se sintiera cansado y perdido, y deseando el dulce olvido de la tierra.
    A su alrededor, el gemido se hacía más fuerte, pero las sombras empezaban a disolver las formas y colores de las caras. Varias mujeres se quitaron la ropa y le murmuraron invitaciones. Manolito les frunció el ceño.
    – No tengo necesidad ni deseo de vuestros encantos.
    Siente. Siente. Tócame y sentirás otra vez. Mi piel es suave, te llevará todo el camino hasta el cielo. Sólo tienes que darme tu cuerpo una vez y yo te daré la sangre que anhelas.
    Las sombras le rodearon y salieron mujeres de las vides y la hojas, estallando a través de la misma tierra y estirándose hacia él, sonriendo seductoramente. Sintió… repulsión y mostró los dientes sacudiendo la cabeza.
    – Nunca la traicionaría -dijo en voz alta-. Preferiría morir de hambre lentamente -dijo con un gruñido bajo, un gruñido de advertencia que retumbó en su garganta.
    – La muerte requerirá siglos-Las voces ya no eran seductoras, sino más desesperadas y gimoteantes, más frenéticas que acusadoras.
    – Que así sea. No la traicionaré.
    – Ya la has traicionado-chilló una-. Le robaste un trozo de su alma. La robaste y no puedes devolverla.
    Buscó en su memoria fraccionada. Por un momento olió una brizna de perfume, un olor a algo limpio y fresco en medio de la decadente putrefacción que le rodeaba. El sabor de ella en su boca. Su corazón latió fuerte y firme. Todo en él se asentó. Ella era real.
    Inhaló, exhaló, expulsando las sombras que le rodeaban, aunque más pena se vertió sobre él.
    – Si he cometido tal crimen contra ella, entonces haré lo que ella desee-¿Había cometido un pecado tan grave que ella le había abandonado? ¿Era esa la razón de la pena poco familiar que convertía su corazón en una piedra tan pesada?.
    A su alrededor las caras se disolvieron lentamente mientras las formas se enturbiaban aún más, hasta que sólo fueron sombras aullantes y la sensación de náusea en el fondo de su estómago se alivió, aunque su hambre creció más allá del anhelo.
    Tenía una compañera. Se aferró a esa verdad. Hermosa. Perfecta. Una mujer nacida para ser su compañera. Nacida para él. Suya. Los instintos depredadores se alzaron dura y rápidamente. Un gruñido retumbó en su pecho y la siempre presente hambre rastrilló más profundamente sus entrañas, arañando y mordiendo con implacable demanda. Había vivido sin colores durante centenares de años, un largo tiempo sin emociones que se había estirado sin fin, hasta que el demonio se había alzado y ya no había tenido suficiente fuerza o deseo de luchar contra el. Había estado tan cerca. La muerte había corrido a su lado, y el alimentarse se había vuelto difícil. Cada vez que hundía sus dientes en carne viva, y sentía y oía el flujo y reflujo de vida en las venas, se había preguntado si sería ése el momento en que su alma se perdería.
    Manolito se estremeció cuando las voces de su cabeza subieron una vez más de volumen, ahogando los sonidos de la jungla. Pequeños destellos de dolor crecieron tras sus ojos, quemando y quemando hasta que sintió que sus ojos hervían. ¿Era eso el color? Ella, su compañera, había restaurado los colores para él. ¿Dónde estaba? ¿Le había abandonado? Las preguntas entraron en tropel, rápidas y con fuerza, mezclándose con las voces hasta que deseó golpearse la cabeza contra el tronco de árbol más cercano. El interior de su mente parecía arder, al igual que cada órgano de su cuerpo.
    ¿Sangre de vampiro? Quemaba como ácido. Lo sabía porque había cazado y había matado a centenares de ellos. Algunos habían sido amigos en sus años de juventud, y los podía oír ahora, chillando en su cabeza. Encadenados. Quemados. Comidos por la interminable desesperación. El corazón casi reventaba en su pecho y se dejó caer en la fértil tierra donde había yacido, intentando distinguir qué era real y qué alucinación. Cuando cerraba los ojos se encontró en un agujero, las sombras le rodeaban y unos ojos rojos le miraban con avidez.
    Quizás toda era una ilusión. Todo. Donde estaba. Los colores vívidos. Las sombras. Quizás su deseo de una compañera era tan fuerte que había creado una en su mente. O peor, un vampiro había creado una para él.
    Manolito. Te has alzado pronto. Debías haber permanecido en la tierra unas pocas semanas más. Gregori dijo que nos aseguráramos que no te alzabas demasiado pronto.
    Los ojos de Manolito se abrieron de repente y miró cautelosamente a su alrededor. La voz tenía el mismo timbre que la de su hermano más joven, Riordan, pero estaba distorsionada y lenta, cada palabra se alargaba de modo que la voz, en vez de resonar con familiaridad, parecía demoníaca. Manolito sacudió la cabeza y trató de levantarse. Su cuerpo, normalmente elegante y poderoso, se sentía torpe y extraño mientras caía otra vez sobre sus rodillas, demasiado débil para levantarse. Su estómago se anudó y se revolvió. El ardor se extendió por su sistema.
    Riordan. No sé qué me está pasando. Utilizó el sendero mental que sólo usaban su hermano más joven y él. Tuvo cuidado de evitar que su energía se derramara por ese sendero. Si esto era una elaborada trampa, no atraería a Riordan a ella. Quería a su hermano demasiado para eso.
    La idea hizo que su corazón se detuviera.
    Amor.
    Sentía amor por sus hermanos. Irrefrenable. Real. Tan intenso que le dejó sin aliento, como si la emoción se hubiera estado acumulando a través de los largos siglos, ganando fuerza tras una sólida barrera donde no podía acceder a ella. Había sólo una persona en el mundo que podría haber restaurado las emociones para él. Aquella a la que había estado esperando durante siglos.
    Su compañera.
    Se presionó la mano firmemente contra el pecho. No cabía ninguna duda de que era real. La capacidad de ver colores, de sentir emociones: todos los sentidos que había perdido en los primeros doscientos años de su vida habían sido restaurados. A causa de ella.
    ¿Entonces por qué no podía recordar a la mujer más importante de su vida? ¿Por qué no podía visualizarla? ¿Y por qué estaban separados? ¿Dónde estaba ella?
    Debes volver a la tierra, Manolito. No puedes alzarte. Has viajado muy lejos desde el árbol de las almas. Tu viaje no se ha completado. Debes darte más tiempo.
    Manolito se retiró inmediatamente ante el tacto de su hermano. Era el sendero correcto. La voz sería la misma si no se oyera en cámara lenta. Pero las palabras… la explicación estaba del todo mal. Tenía que estarlo. No podías ir hasta el árbol de las almas a menos que estuvieras muerto. Él no estaba muerto. Su corazón martilleaba ruidosamente… demasiado ruidosamente. El dolor de su cuerpo era real. Había sido envenenado. Sabía que el veneno ardía todavía a través de su sistema. ¿Y cómo podía ser si había sido sanado apropiadamente? Gregori era el sanador más grande que los Cárpatos habían tenido nunca. No habría permitido que el veneno permaneciera en el cuerpo de Manolito, sin importar el riesgo para sí mismo.
    Manolito se arrancó la camisa del cuerpo y bajó la mirada hacia las cicatrices de su pecho. Los Cárpatos raramente lucían cicatrices. La herida estaba sobre su corazón, una cicatriz mellada y fea que lo decía todo. Un golpe mortal.
    ¿Podría ser verdad? ¿Había muerto y le habían traído de vuelta al mundo de los vivos? Nunca había oído hablar de una proeza semejante. Corrían rumores por supuesto, pero no sabía que fuera posible. ¿Y su compañera? Debería haber viajado con él. El pánico afiló su confusión. La pena le presionó con fuerza.
    Manolito.
    La voz de Riordan era exigente en su cabeza, pero estaba todavía distorsionada y lenta. Manolito levantó la cabeza de un tirón, su cuerpo temblaba. Las sombras se movieron otra vez, deslizándose a través de árboles y arbustos. Cada músculo de su cuerpo se tensó y anudó. ¿Y ahora qué? Ésta vez sintió el peligro cuando las formas comenzaron a perfilarse en un anillo a su alrededor. Docenas de ellos, cientos, miles incluso, no había ninguna posibilidad escapar. Ojos rojos ardiendo con odio y maliciosa intención. Oscilaban como si sus cuerpos fueran demasiado transparentes y finos para resistir la leve brisa que azotaba las hojas de la canopia sobre de ellos. Vampiros cada uno de ellos.
    Los reconoció. Algunos eran relativamente jóvenes para los estándares Cárpatos, y algunos muy viejos. Algunos eran amigos de la niñez y otros maestros o mentores. Había matado a cada uno de ellos sin compasión o remordimiento. Lo había hecho rápida y brutalmente y de cualquier manera que pudo.
    Uno le señaló con un dedo acusador. Otro siseó y escupió con rabia. Sus ojos, hundidos profundamente en las cuencas, no eran ojos en absoluto, sino más bien charcas resplandecientes de odio envueltas en sangre roja.
    – Eres como nosotros. Nos perteneces. Únete a nuestras filas -gritó uno.
    – Te crees mejor que nosotros. Míranos. Mataste una y otra vez. Como una máquina, sin ningún pensamiento para lo que dejabas atrás.
    – Tan seguro de ti mismo. Todo mientras matabas a tus propios hermanos.
    Por un momento el corazón de Manolito palpitó tan fuerte en su pecho que temió que pudiera explotarle a través de la piel. La pena le abrumaba. La culpa le carcomía. Había matado. No había sentido nada mientras lo hacía, cazando a cada vampiro de uno en uno y luchando con su intelecto y habilidad superior. Cazar y matar era necesario. Lo que él pensaba sobre el tema no importaban lo más mínimo. Tenía que hacerse.
    Se puso de pie en toda su estatura, forzando a su cuerpo a permanecer recto mientras sus entrañas se tensaban y anudaban. Sentía el cuerpo diferente, más pesado, torpe incluso. Mientras se apoyaba sobre las puntas de los pies, sintió que los temblores comenzaban.
    – Tu elegiste tu destino, muerto. Yo solo fui el instrumento de justicia.
    Las cabezas se inclinaron hacia atrás sobre los largos y finos cuellos, y los aullidos desgarraron el aire. Sobre ellos, los pájaros se elevaron desde la canopia, alzando el vuelo ante la horrible cacofonía de chillidos que subían de volumen. El sonido sacudió su cuerpo, haciendo que su interior se volviera de gelatina. Una artimaña de vampiro, estaba seguro. Sabía en su corazón que estaba acabado… había demasiados para matar… pero se llevaría con él a tantos como fuera posible, librando al mundo de criaturas tan peligrosas e inmorales.
    El mago debe haber encontrado un modo de resucitar a los muertos. Susurró la información en su cabeza, necesitaba que Riordan se lo contara a sus hermanos mayores. Zacharias enviaría una advertencia al príncipe anunciando que ejércitos de muertos estaban alzándose una vez más contra ellos.
    ¿Estás seguro de eso?
    He matado a éstos en los siglos pasados, pero me rodean con sus ojos acusadores, atrayéndome como si yo fuera uno de ellos.
    Desde una gran distancia, Riordan jadeó, y por primera vez, sonó como el amado hermano de Manolito.
    No puedes elegir entregarles tu alma. Estamos muy cerca, Manolito, tan cerca. He encontrado a mi compañera y Rafael ha encontrado a la suya. Es sólo cuestión de tiempo para ti. Debes aguantar. Estoy llegando.
    Manolito gruñó, echando la cabeza hacia atrás con un rugido de rabia.
    Impostor. No eres mi hermano.
    ¡Manolito! ¿Qué dices? Por supuesto que soy tu hermano. Estás enfermo. Estoy yendo hacia ti a toda prisa. Si los vampiros están jugando contigo…
    ¿Cómo haces tú? Has cometido un terrible error, maligno. Tengo compañera. Veo a tus mugrientas abominaciones en color. Me rodean con sus dientes viles manchados de sangre y sus corazones ennegrecidos, resecos y arrugados.
    No tienes compañera, negó Riordan. Sólo tienes un sueño sobre ella.
    No puedes confundirme con tal engaño. Ve con tu maestro de marionetas y dile que no soy tan fácil de atrapar. Rompió la conexión mental inmediatamente y cerró todos los caminos, privados y comunes, a su mente.
    Girando, se concentró en su enemigo, que había tomado la forma de tantas caras de su pasado que supo que se estaba enfrentando la muerte.
    – Vamos allá entonces, baila conmigo como has hecho tantas veces antes-ordenó y les hizo señas con los dedos.
    La primera línea de vampiros más cercana a él rió, la saliva corría por sus caras y los agujeros que eran sus ojos resplandecían con odio.
    – Únete a nosotros, hermano. Eres uno de los nuestros.
    Se tambalearon, sus pies llevaron a cabo el extraño e hipnótico patrón del no muerto. Les oyó llamándole, pero el sonido estaba más en su cabeza que fuera de ella. Susurros. Zumbidos. Tejiendo un velo sobre su mente. Sacudió la cabeza para aclararla, pero los sonidos persistían.
    Los vampiros se acercaron más y ahora podía sentir la ondulación de las andrajosas ropas, desgarradas y grises por la edad, rozando contra su piel. Una vez, más la sensación de bichos arrastrándose sobre la piel le alarmó. Se giró, intentando mantener al enemigo a la vista, y todo mientras las voces crecían en intensidad, más claras.
    – Únete a nosotros. Siente. Tienes tanta hambre. Te mueres de hambre. Podemos sentir como tartamudea tu corazón. Necesitas sangre fresca. La adrenalina en la sangre es lo mejor. Puedes sentirla.
    – ¡Únete a nosotros! -clamaron, la súplica ganó volumen hasta convertirse en una ola que se estrelló contra él.
    – Sangre fresca. Tienes que sobrevivir. Sólo una prueba. Una única prueba. Y el miedo. Deja que te vean. Permíteles sentir miedo y el subidón no se parecerá a nada que hayas sentido con anterioridad.
    La tentación hizo que su hambre creciera hasta que no pudo pensar más allá de la roja neblina de su mente.
    – Mírate, hermano, observa tu cara.
    Se encontró sobre el suelo, sobre las manos y rodillas como si le hubieran empujado, pero no había sentido el empujón. Se quedó mirando fijamente al enorme charco de agua que se extendía ante él. La piel de su cara estaba tirante sobre sus huesos. Su boca se abrió de par en par en protesta y no sólo sus incisivos sino también sus caninos se alargaron y afilaron con expectación.
    Oyó el latido de un corazón. Fuerte. Firme. Atrayéndole. Llamándole. Se le hizo la boca agua. Estaba desesperado… tan hambriento que no había nada que hacer excepto cazar. Tenía que encontrar una presa. Tenía que morder un suave y cálido cuello de modo que la sangre caliente entrara en su boca, llenara cada célula, se derramara a través de sus órganos y tejidos y alimentara la tremenda fuerza y poder de los de su raza. No podía pensar en nada que no fuese la terrible hambre inflamándose, elevándose igual que la marea para consumirle.
    El latido creció en intensidad y lentamente giró la cabeza mientras una mujer era empujada hacia él. Parecía asustada… e inocente. Sus ojos de oscuro chocolate eran pozos de terror. Podía sentir la adrenalina corriendo a través de su torrente sanguíneo.
    – Únete a nosotros. Únete a nosotros -susurraban ellos, el sonido se elevaba en un hipnótico canto.
    Necesitaba la oscura y rica sangre para vivir. Merecía vivir. ¿Qué era ella a fin de cuentas? Débil. Asustada. ¿Podía ella salvar a la raza humana de los monstruos? Los humanos no creían en su existencia. Y si hubieran conocido a Manolito, habrían…
    – Mátala -siseó uno.
    – Tortúrala -siseó otro-. Mira lo que te han hecho. Estás muerto de hambre. ¿Quién te ha ayudado? ¿Tus hermanos? ¿Los humanos? Nosotros te hemos traído sangre caliente para alimentarte… para mantenerte con vida.
    – Tómala, hermano, únete a nosotros.
    Empujaron a la mujer hacia delante. Ella gritó, tropezó y cayó contra Manolito. La sintió cálida y viva contra su frío cuerpo. Su corazón latía frenéticamente, llamándole como nada hubiese podido hacerlo. El pulso en su cuello saltó rápidamente y olió su miedo. Podía oír la sangre correr por sus venas, caliente, dulce y viva, dándole a él la vida.
    No podía hablar para tranquilizarla, su boca estaba demasiado llena con sus alargados dientes y la necesidad de arrastrar los labios contra la calidez del cuello femenino. Aún la acercó mas, hasta que su pequeño cuerpo fue casi tragado por el suyo. Su corazón latió al ritmo del suyo. El aire se escapaba de sus pulmones en aterrorizados jadeos.
    A su alrededor, Manolito era consciente de que los vampiros que se iban acercando, del arrastrar de sus pies, de sus bocas cavernosas ampliamente abiertas con expectación, regueros de saliva goteaban de sus bocas mientras sus despiadados ojos brillaban con salvaje regocijo. La noche se volvió silenciosa, sólo el sonido de la chica luchando por tomar aire, y el tronar de su corazón inundaban el aire. Bajó la cabeza, atraído por el olor de la sangre.
    Estaba muerto de hambre. Sin sangre sería incapaz de defenderse. Necesitaba esto. Se lo merecía. Había pasado siglos defendiendo a los humanos… humanos que despreciaban lo que él era, humanos que temían a los de su clase…
    Manolito cerró sus ojos y bloqueó el sonido de ese dulce y tentador latido. Los susurros en su cabeza. En su cabeza. Se dio la vuelta, empujando a la chica detrás de él.
    – ¡No lo haré! Es una inocente y no será utilizada de esta manera. -Porque había llegado demasiado lejos y quizás no pudiera detenerse. Tendría que luchar con todos ellos, pero quizás todavía podría salvarla.
    Detrás de él, la mujer envolvió los brazos alrededor de su cuello, presionando su lujurioso y femenino cuerpo firmemente contra el suyo, las manos se deslizaron por su pecho, su estómago, bajando más aún, hasta acariciarle, añadiendo lujuria a su hambre.
    – No soy tan inocente, Manolito. Soy tuya, en cuerpo y alma. Soy tuya. Sólo tienes que saborearme. Puedo hacer que todo eso se acabe.
    Manolito gruñó, girándose, apartando la mujer de su cuerpo.
    – ¡Lárgate! Ve con tus amigos y quédate lejos de mí.
    Ella rió y se retorció, tocándose a sí misma.
    – Me necesitas.
    – Necesito a mi compañera. Ella vendrá a mí y se ocupará de mis necesidades.
    La cara cambió, la risa se desvaneció y la mujer se tiró del cabello con frustración.
    – No puedes escapar de este lugar. Eres uno de nosotros. La traicionaste y mereces quedarte aquí.
    No lo sabía… no lo recordaba. Pero todas las tentaciones del mundo no podrían hacerle cambiar de opinión. Si tenía que permanecer con vida sin alimentarse durante siglos, soportando el tormento, que así fuera, pero no traicionaría a su compañera.
    – Tendrías que haber intentando algo mejor que tentarme a traicionarla -dijo-. Sólo ella puede juzgarme indigno. Así está escrito en nuestras leyes. Sólo mi compañera puede condenarme.
    Debía haber hecho algo terrible. Era la segunda acusación de este tipo y el hecho de que ella no estuviese luchando a su lado hablaba por sí sólo. No podía llamarla, porque recordaba muy poco… ciertamente ningún pecado que hubiese cometido contra ella. Recordaba su voz, suave y melodiosa, como la de un ángel cantando a los cielos,… sólo que ella decía que no quería tener nada que ver con un hombre Cárpato.
    Su corazón dio un salto. ¿Había ella negado su reclamo? ¿La había unido a él sin su consentimiento? Esto era aceptable en su sociedad, una protección para el macho cuando la hembra era reacia. Eso no era una traición. ¿Qué podía haber hecho? Nunca había tocado a otra mujer. La habría protegido como habría hecho con la compañera de Jacques, con su vida y más allá si fuera posible.
    Se le estaba juzgando y hasta ahora no parecía estar yéndole muy bien y quizás era por eso que no recordaba. Levantó la cabeza y mostró los dientes a centenares, quizá millares de hombres de los Cárpatos que habían escogido renunciar a sus almas, diezmando a su propia especie, arruinando una sociedad y un estilo de vida, por el ramalazo de sentimientos, en vez que aguantar con honor… en vez de aguantar con el recuerdo de la esperanza de una compañera.
    – Reniego de vuestro juicio. Nunca permaneceré con vosotros. Puedo haber manchado mi alma, quizás más allá de toda redención, pero nunca la entregaría gustosamente o renunciaría a mi honor como lo hicieron ustedes. Puede que sea todo lo que han dicho, pero daré la cara ante mi compañera, no ante ustedes, y dejaré que ella decida si mis pecados pueden ser perdonados.
    Los vampiros sisearon, dedos huesudos le señalaron en tono acusador, pero no atacaron. No tenía sentido… con su superioridad numérica habrían podido destruirle fácilmente… sin embargo, sus formas se hicieron menos sólidas y parecieron titubear, haciendo que fuera difícil distinguir entre los no muertos y las sombras en la oscuridad de la selva tropical.
    Sintió un hormigueo en la nuca y se giró. Los vampiros retrocedían más profundamente entre los arbustos, las enormes y frondosas plantas parecían tragárselos. Su estómago ardía y su cuerpo gritaba pidiendo alimento, pero estaba más confundido que nunca. Los vampiros le habían atrapado. El peligro le rodeaba. Podía sentirlo en la calma total. Todo susurro de vida cesó a su alrededor. No había revoloteo de alas, ni roces.
    El instinto, más que el auténtico sonido le alertó y Manolito se giró, todavía de rodillas, alzando las manos justo cuando el enorme jaguar saltaba hacia él.

Capítulo 2

    La depresión clínica era un monstruo insidioso que se acercaba sigilosamente y se deslizaba sobre y dentro de una persona antes de que ésta tuviera oportunidad de ser consciente de ella y ponerse en guardia. MaryAnn Delaney se limpió las lágrimas que parecían no tener fin y que corrían por su cara mientras repasaba la lista de síntomas. Sensación de tristeza. Marca. Tal vez incluso doble marca.
    Tristeza no era la palabra que utilizaría para describir el horrible y enorme vacío al que no parecía poder sobreponerse, pero estaba en el libro y tenía que añadirlo a la creciente lista de indicadores. Estaba tan increíblemente triste que no podía parar de llorar. Y podía poner una marca en "falta de apetito" porque la mera idea de comer la ponía enferma. No era capaz de dormir desde…
    Cerró los ojos y gimió. Manolito de la Cruz era un desconocido. Apenas había hablado con ese hombre, aunque cuando había presenciado su muerte… su asesinato… se había roto silenciosamente en pedazos. Parecía estar más afligida que su familia. Sabía que ellos estaban desolados, pero no mostraron gran emoción en absoluto, y ciertamente no hablaban de él. Llevaron su cuerpo de vuelta en el mismo jet privado que habían utilizado para volver a su rancho en Brasil, pero no lo habían llevado a su hacienda.
    En lugar de eso el avión había aterrizado… con ella dentro… en una isla tropical en algún lugar en mitad del río Amazonas. Y en vez de dar a Manolito un entierro adecuado, sus hermanos habían llevado el cuerpo a algún lugar sin revelar en la selva tropical. Ni siquiera podía salir a hurtadillas y visitar su tumba. ¿Qué ridículo y desesperado sonaba eso? Visitar la tumba de un desconocido a altas horas de la noche porque no podía superar su muerte.
    ¿Era la paranoia entrando también sigilosamente, o estaba en lo cierto al preocuparse por haber sido llevada a una isla que nadie había mencionado cuando había estado con su mejor amiga, Destiny, en las Montañas de los Cárpatos? Juliette y Riordan le habían pedido que acudiera para aconsejar a la hermana pequeña de Juliette, víctima de violencia sexual, y habían mencionado con frecuencia el rancho, pero nunca una casa de veraneo en una isla privada. La casa estaba rodeada por la espesa selva. Dudaba que pudiera encontrar el camino de vuelta a la pista de aterrizaje sin un mapa y un guía blandiendo un machete.
    Era consejera, por el amor de Dios, pero no podía encontrar la disciplina necesaria para sobreponerse a la creciente desesperación y desconfianza, o a la horrible e inexplicable angustia por la muerte de Manolito. Necesitaba ayuda. Como consejera que era, lo sabía, pero la pena estaba creciendo y llenando su mente de peligrosas y aterradoras ideas. No quería levantarse de la cama. No quería explorar la opulenta casa o la exuberante selva. Ni siquiera quería volver al avión e irse a casa, a su amada ciudad de Seattle. Quería encontrar la tumba de Manolito de la Cruz y acurrucarse en ella junto a él.
    ¿Qué demonios pasaba con ella? Normalmente era una persona que creía en la filosofía del vaso medio lleno. Sin importar las circunstancias, siempre podía mirar a su alrededor y encontrar algo gracioso, hermoso o divertido de lo que disfrutar, pero desde la noche en que había acudido a la celebración de los cárpatos con Destiny, había estado tan deprimida que apenas podía funcionar.
    Se las había arreglado para ocultarlo al principio. Todos estaban tan ocupados preparándose para abandonar las Montañas de los Cárpatos y volar a casa, que no habían notado su silencio. O si lo habían hecho, lo habían atribuido a la timidez. MaryAnn había estado de acuerdo en ir a Brasil con la esperanza de ayudar a la hermana pequeña de Juliette antes de que se diera cuenta del problema emocional en el que estaba metida. Debería haber dicho algo, pero siguió pensando que la tristeza remitiría. Había viajado con la familia De la Cruz en su jet privado. Y el ataúd. Ellos habían dormido en el avión, mientras viajaban durante el día, pero ella se había sentado sola junto al ataúd y había llorado. Había llorado tanto que su garganta estaba en carne viva y le ardían los ojos. No tenía sentido, pero no parecía poder detenerlo.
    Un golpe en la puerta la sobresaltó, haciendo que su corazón saltara y comenzara a martillear. Tenía un trabajo que hacer y la familia De la Cruz esperaba que lo hiciera. La idea de intentar ayudar a otros, cuando no podía soportar la idea de salir de la cama, resultada aterradora.
    – MaryAnn. -La voz de Juliette parecía desconcertada y un poco alarmada-. Abre la puerta. Riordan está conmigo y tenemos que hablar contigo.
    No quería hablar con nadie. Probablemente Juliette había localizado a su hermana pequeña, quien por cierto todavía estaba escondida en la selva tropical. Cárpatos, vampiros y jaguares… a veces se sentía como Dorothy en El Mago de Oz.
    – Todavía estoy soñolienta -mintió. No podría dormir aunque su vida dependiera de ello. Todo lo que podía hacer era llorar. Y estar asustada. Sin importar lo mucho que intentara expulsar su miedo y su recelo, las emociones no desaparecían.
    Juliette sacudió el picaporte de la puerta.
    – Siento interrumpir tu descanso, MaryAnn, pero esto es importante. Necesitamos hablar contigo.
    MaryAnn dejó escapar el aliento. Era la segunda vez que Juliette había utilizado la palabra "necesitar". Definitivamente algo estaba pasando. Tenía que calmarse. Lavarse la cara. Cepillarse los dientes. Intentar dominar su cabello. Se enderezó, una vez más limpiando las lágrimas que corrían por su cara. Riordan y Juliette eran ambos cárpatos y podrían leerle la mente si quisieran, pero ella sabía que eso se consideraba de mala educación cuando se estaba bajo la protección de los cárpatos, y agradecía tal consideración.
    – Un momento, Juliette, estaba durmiendo.
    Sabrían que era una mentira. Podrían no leerle la mente, pero no podían evitar sentir las ondas de aflicción que manaban de ella y llenaban la casa.
    Se tambaleó hacia el espejo y se miró fijamente a la cara con horror. No había modo de esconder la evidencia de las lágrimas. Y sin duda alguna no había remedio para su pelo. Era largo, lo bastante largo, si lo dejaba suelto, como para llegarle hasta la cintura, pero no había pensado en hacerse trenzas y la humedad había cargado su cabello más allá de toda ayuda. Estaba ridícula, su cabello indomable y sus ojos de un rojo brillante.
    – MaryAnn. -Juliette manipuló el picaporte-. Lo siento, pero vamos a entrar. De verdad que es una emergencia.
    MaryAnn inspiró profundamente y volvió a sentarse en el borde de la cama, desviando la cara mientras ellos atravesaban la puerta. No ayudaba que Juliette fuera hermosa, con sus ojos felinos y su cabello perfecto, o que Riordan, como sus hermanos, fuera alto, ancho de hombros y pecaminosamente apuesto. Estaba tan avergonzada, no sólo por el hecho de que su cabello hubiera crecido hasta convertirse en una masa del tamaño de una pelota de playa, sino porque no podía controlar el dolor que estaba amenazando su vida misma. Era una mujer fuerte, y nada tenía sentido desde que había presenciado la muerte de Manolito.
    Juliette se deslizó a través de la habitación hasta la cama, su cuerpo compacto y grácil, su mirada concentrada y alerta, le recordaban a MaryAnn su linaje jaguar.
    – MaryAnn, no estás bien.
    MaryAnn intentó una sonrisa.
    – Es sólo que he estado fuera de casa mucho tiempo. Soy más una chica de ciudad y todo esto es nuevo para mí.
    – Cuándo estábamos en las Montañas de los Cárpatos, ¿conociste a mi hermano Manolito? -Riordan miró a MaryAnn con ojos fríos y calculadores.
    MaryAnn sintió el empuje de su pregunta en la mente. Le había dado un empujón mental. Sus sospechas estaban bien sustentadas. Algo no iba bien. Sintió la sangre abandonar su cara. Había confiado en esta gente, y ahora estaba atrapada y era vulnerable. Ellos tenían poderes que pocos humanos podían comprender. Su boca se secó y apretó los labios, una mano revoloteó hacia su pecho donde un punto latía y ardía, mientras permanecía obstinadamente en silencio.
    Juliette lanzó a su compañero una mirada represora.
    – Es importante, MaryAnn. Manolito está en apuros y necesitamos información rápido. Riordan ama a su hermano y está usando un atajo, algo que resulta automático para nuestra especie, pero no muy respetuoso. Lo lamento.
    MaryAnn parpadeó ante ella, las lágrimas la inundaban de nuevo a pesar de su resolución.
    – Está muerto. Le vi morir. Y lo sentí, el veneno extendiéndose a través de él, el último aliento que tomó. Sé que está muerto. Oí a la gente decir que ni siquiera Gregori podía traerle de vuelta de la muerte. Y trajeron su cuerpo con nosotros en el avión. -Sólo decirlo en voz alta ya era difícil. No podía añadir, en un ataúd. No mientras sentía el corazón como una pesada piedra en el pecho.
    – Somos cárpatos, MaryAnn, y no tan fáciles de matar.
    – Le vi morir. Le sentí morir. -Había gritado. Profundamente en su interior, donde nadie podía oírla, había gritado su protesta, intentando mantenerle en este mundo. No sabía por qué un desconocido le importaba tanto, sólo que había sido tan noble, tan absolutamente heroico al insertar su cuerpo entre el peligro y una mujer embarazada. Más aún, había oído el rumor de que había hecho lo mismo por el príncipe de los Cárpatos. Sin importarle su propia protección, se había sacrificado por Mikhail Dubrinsky también. Y a ninguno de ellos parecía importarle. Se habían apresurado hacia la mujer embarazada, abandonando al guerrero caído.
    Juliette lanzó a su compañero otra larga y elocuente mirada.
    – ¿Sentiste morir a Manolito?
    – Sí. -Su mano se movió hacia la garganta, y por un momento le fue difícil respirar-. Su último aliento. -Había estado en su garganta, en sus pulmones-. Y entonces su corazón dejó de latir. -Su propio corazón había vacilado en respuesta como si no pudiera latir sin que el de él marcara el ritmo. Se humedeció los labios con la lengua-. Murió y todos estaban más preocupados por la mujer embarazada. Ella parecía muy importante, pero él murió. No os entiendo a ninguno. Ni a este lugar. -Se echó hacia atrás la salvaje masa de pelo y se meció suavemente-. Tengo que irme a casa. Sé que dije que trabajaría con tu hermana, pero el calor me está poniendo enferma.
    – No creo que sea el calor, MaryAnn -objetó Juliette-. Creo que estás teniendo una reacción a lo que le pasó a Manolito. Estás deprimida y afligida, aunque apenas le conocías.
    – Eso no tiene sentido.
    Juliette suspiró.
    – Sé que no lo parece, pero ¿estuviste alguna vez a solas con él?
    MaryAnn negó con la cabeza.
    – Le vi unas pocas veces entre la multitud. -Era tan apuesto, habría sido imposible no notarlo. Se consideraba a sí misma una mujer muy sensible, pero ese hombre le había robado el aliento. Incluso se había dado a sí misma un golpe bajo verbal cuando se había dado cuenta de que le estaba mirando embobada como una adolescente. Sabía que los Cárpatos sólo tenían una pareja. Él podía haberla utilizado para alimentarse, pero más allá de eso, no había esperanza de nada más.
    En cualquier caso, ella no podría vivir con un hombre como Manolito de la Cruz. Era despótico y arrogante, un antiguo macho cárpato influenciado del peor modo Neandertal posible por siglos de vivir en Sudamérica. Ella, por otro lado, era una mujer muy independiente criada en una familia de clase media-alta en los Estados Unidos. Y había visto demasiadas mujeres maltratadas para considerar siquiera el estar con un hombre que tenía una actitud dominante hacia las mujeres. Pero aun sabiendo todo eso, aun sabiendo que Manolito de la Cruz era el último hombre en el mundo con el que alguna vez pudiera tener una relación, todavía le había mirado.
    – ¿Nunca estuviste a solas con él? ¿Ni siquiera por un corto período de tiempo?-preguntó Juliette, esta vez mirándola a los ojos.
    MaryAnn podía ver diminutas llamas en las profundidades de aquellos ojos turquesa. Ojos de gata. Una cazadora dentro del cuerpo de una hermosa mujer. Tras Juliette estaba de pie su compañero, y nada en absoluto podía ocultar al depredador en él.
    MaryAnn sintió un duro “empujón”, no de Juliette, sino de Riordan, una vez más presionando para conseguir traspasar sus barreras naturales y encontrar sus recuerdos.
    – ¡Para! -dijo, con voz agudizada por una súbita ira-. Quiero irme a casa. -No confiaba en ninguno de ellos.
    Miró a su alrededor, a la opulenta riqueza, y supo que se encontraba en una trampa de seda. Apenas podía funcionar por el terror.
    – No puedo respirar. -Pasó junto a Juliette y fue tambaleándose hacia el baño. Podía ver al asesino en ambos, monstruos al acecho bajo la fachada tranquila y civilizada. Habían jurado protegerla, pero la habían traído a un lugar de calor y opresión, lejos de toda ayuda posible, y ahora la estaban acosando. Necesitaba ayuda y todo el mundo estaba demasiado lejos.
    Juliette levantó la mano, un ceño se acomodó en su cara.
    La estamos asustando, Riordan. Deja de empujarla. Escucha su corazón. Está muy asustada, más allá de lo que sería normal. ¿Es posible que lo que quiera que esté afectando a Manolito la esté afectando también a ella?
    Riordan guardó silencio un momento. MaryAnn siempre le había parecido una mujer fuerte y valiente. Aunque no la conocía muy bien, ahora parecía estar actuando de un modo nada típico en ella.
    Si es su compañera, puede ser. ¿Pero, cómo puede ser su compañera? ¿Por qué no hizo su reclamo y la colocó bajo la protección de nuestra familia? No tiene sentido, Juliette. No debería haberse alzado. Gregori le inmovilizó en la tierra, y cuando le trajimos a casa, le llevamos al terreno más rico de la selva tropical y Zacharías se aseguró de que permaneciera en la tierra. No conozco a nadie más poderoso. ¿Cómo es posible que Manolito se alzara antes de su hora?
    ¿Puede el vínculo entre compañeros anular una orden vinculante del sanador o del cabeza de nuestra familia?
    Riordan se frotó la barbilla. La verdad era que no lo sabía.
    Bueno, ella está asustada de muerte y nosotros tenemos que hacer algo. Juliette tomó un profundo aliento para calmarse.
    – MaryAnn, puedo ver que estás muy alterada. Voy a pedir a Riordan que salga de la habitación y nosotras podemos hablar sobre lo que te está molestando.
    MaryAnn la ignoró y corrió los últimos pocos pasos hasta el enorme baño, cerrando la puerta de un portazo y bloqueándola. Fue a toda velocidad hacia el lavabo y abrió el agua, esperando que eso disuadiera a Juliette de seguirla. Salpicándose la cara con agua fría esperaba aclarar su mente, aunque estaba temblando, asustada ante la idea de lo que tenía que hacer. No sería fácil escapar de los cárpatos. Tenía poca defensa contra ellos, pero Gregori, el segundo al mando y guardián del príncipe, había sido el que la pusiera bajo su protección y le había proporcionado unas pocas salvaguardas. Sólo tenía que usarlas y evitar ceder al pánico hasta que pudiera encontrar el camino de vuelta a la pista de aterrizaje.
    Siempre había tenido un sexto sentido para el peligro, aun así esto no lo había visto venir. Ahora el miedo estaba creciendo en su interior, floreciendo hasta convertirse en un terror absoluto. No podía confiar en estas personas. No eran en absoluto lo que parecían. Todo estaba mal. La enorme hacienda, con sus capas de belleza, estaba solo diseñada para atraer a los incautos a las manos de los monstruos. Debería haber visto a través de todos ellos. Gregori debería haber visto a través de todos ellos. ¿Era una enorme conspiración? ¿Estaban todos implicados?
    No, nunca creería eso de su mejor amiga, Destiny, o del compañero de Destiny, Nicolae. Tenían que ser advertidos. Tal vez ya estaban en problemas, o tal vez solo era la familia De la Cruz la que se había aliado con los vampiros. Espías en terreno cárpato. Desde el primer momento había habido algo diferente en ellos. No debería haber confiado en ellos.
    Se miró a sí misma en el espejo, los ojos rojos hinchados, las señales del dolor haciendo estragos en su cara. La marca en el pecho que nunca se había curado del todo latía y ardía. Había estado segura de que era una picadura de alguna clase a la que era alérgica. La tenía desde que había estado en las Montañas de los Cárpatos, pero ahora se temía que fuera mucho más. Tal vez Juliette o Riordan o Rafael De la Cruz la habían marcado de algún modo.
    Deseaba irse a casa, desesperada por alejarse de la violencia del mundo cárpato, pero Juliette había acudido a ella con una historia sobre su hermana pequeña, una que MaryAnn había sido incapaz de hacer a un lado, aunque su pena y desesperación habían sido abrumadoras. ¿Era Jasmine siquiera real? MaryAnn lo dudaba. Se suponía que estarían en un enorme rancho de ganado en Brasil, un lugar donde durante el día mucha gente les rodearía, pero Colby y Rafael, el cuñado de Juliette y su compañera, junto con el hermano y la hermana de Colby, se habían bajado del avión en un aeropuerto privado, y MaryAnn había continuado con Riordan y Juliette hacia una isla.
    Estaba atrapada. MaryAnn aspiró y dejó escapar el aire lentamente. No moriría en este lugar. Era una luchadora, y de algún modo conseguiría avisar a Destiny y Nicolae de que en esta rama de cárpatos había traidores. El miedo se arrastró velozmente por su columna cuando se dio cuenta de lo que tenía que hacer. Escapar a la selva, encontrar el camino de vuelta a la pista de aterrizaje y de algún modo conseguir que el piloto la llevara a un aeropuerto donde pudiera coger un vuelo a casa. Recorrió apresuradamente la enorme habitación con la mirada, intentando imaginar qué podía llevar con ella.
    Nada. No había nada. Tendría que improvisar. Fue hacia la ventana y se asomó. Los jardines eran bastantes salvajes, la selva tropical se arrastraba hacia la casa como un insidioso invasor, con enredaderas y arbustos extendiéndose hacia el patio. Sería una carrera corta. Agarró el borde de la ventana e intentó alzarse.
    – MaryAnn.
    Chilló, casi saltando fuera de su propia piel, presionándose la mano contra el palpitante corazón mientras se giraba. Un vapor entró por debajo de la puerta y a través del pequeño agujero de la cerradura. Juliette y Riordan resplandecieron hasta su forma humana, Riordan junto a la ventana, Juliette junto a la puerta.
    – ¿A dónde crees que vas? -exigió Riordan, sus ojos negros brillaban de furia-. Estarías muerta a los cinco minutos de entrar en la selva. Somos responsables de tu seguridad.
    Su voz parecía lenta a sus oídos, un sonido reverberante que le recordaba a los demonios que había visto en las películas, como si el sonido estuviera siendo reproducido demasiado lento. El miedo la golpeó, la furia la inundó y reinó la confusión. La consejera que había en ella dio un paso atrás para intentar dar sentido al lío de emociones que llegaban en avalancha.
    – MaryAnn -dijo Juliette suavemente-. Sé que estás confusa por las cosas que estás sintiendo, pero creemos tener una explicación. Creemos que Manolito te vinculó a él a la manera de nuestra gente. Riordan se ha extendido hacia él por su vínculo común y aun así Manolito le ha resistido, temiendo que sea un vampiro, tal como tú nos temes a nosotros. Él reclama tener una compañera, y aquí estás tú, desesperada, afligida por un hombre al que dices que no haber conocido nunca. ¿Tiene eso sentido para ti? Algo está pasando aquí, y por el bien de ambos tenemos que averiguar qué es.
    Riordan se frotó las sienes como si le dolieran. Había preocupación en sus ojos.
    – Temo por la seguridad de mi hermano así como por su vida. Parecía confuso, y nadie puede estar confuso en la selva tropical. Tenemos enemigos poderosos. Está en un peligro terrible. No confía en nadie salvo en su compañera. Si tú eres esa mujer, eres la única que puede salvarle.
    La miró con los ojos imperturbables de animal salvaje, astutos, taimados y aterradores. MaryAnn tembló y retrocedió hasta que estuvo contra el antepecho de la ventana. Una parte de ella creía que estaban locos, intentando deliberadamente desconcertarla, pero la consejera que había en ella estaba siempre reuniendo información y buscándole sentido. Sabía bastante sobre compañeros por Destiny. Llevaba un tiempo alrededor de los cárpatos, y aunque no entendía el vínculo, sabía que era fuerte e irrompible.
    Juliette le tendió la mano.
    – Vuelve a la otra habitación e intentemos solucionar esto. ¿No recuerdas en absoluto estar a solas con Manolito?
    Lo recordaría, ¿verdad? Había soñado con él viniendo a ella. Un ensueño una vez… sólo un sueño. La atrajo entre sus fuertes brazos y su boca se había deslizado por su piel hacia abajo hasta la hinchazón de su pecho. La marca latió y ardió. Sin pensar, puso su palma sobre la fresa pulsante que no curaba del todo y retuvo la calidez con ella.
    Negó con la cabeza.
    – Eso no fue real. Él estaba al otro lado de la habitación en la posada en las Montañas de los Cárpatos, pero en realidad nunca hablé con él. -La había mirado. Ella había esperado que sus ojos estuvieran apagados, fríos y vacíos como los de tantos cazadores, pero parecía… peligroso, como si pudiera estar cazándola a ella. En vez de asustarse como ocurría ahora, se había sentido secretamente encantada, porque, después de todo, era una fantasía.
    MaryAnn siguió a Juliette fuera de la habitación, consciente de que Riordan merodeaba tras ella como un gran felino de la jungla. Se movía en silencio, como se había movido su hermano. Necesitaba aire; la habitación parecía tan caliente y opresiva como la selva tropical. Eso tampoco tenía sentido. La casa estaba bien aislada y el aire acondicionado estaba puesto en un agradable frescor.
    – No veo cómo puedo ser su compañera. Ni siquiera le conocí. ¿No lo sabría? ¿No lo sabría él?
    – Él lo sabría -dijo Riordan-. Se sentiría atraído hacia su compañera, y si tú eres la elegida, en el momento en que hablaste, él vería en colores y sus emociones habrían sido restituidas. No habría sido capaz de permanecer muy lejos de ti. -Frunció el ceño-. Pero nos lo habría dicho y habrías sido puesta inmediatamente bajo la protección de nuestra familia.
    – Ya estaba bajo la protección de Gregori así como de la de Nicolae y Destiny-le recordó Juliette-. Pudo haber pensado que no era necesario.
    Habría creído que era imperativo… a menos… Riordan interrumpió su pensamiento y estudió la cara de MaryAnn.
    – Dijiste que no fue real. ¿Qué quisiste decir con eso?
    El color se arrastró bajo su perfecta piel.
    – Soñé con él.
    Juliette inspiró profundamente.
    – Oh, Riordan. ¿Qué está pasando? Algo horrible está ocurriendo o él estaría aquí.
    Riordan fue inmediatamente a su lado, deslizándose tan rápidamente que pareció un borrón, pasando el brazo alrededor de su cintura mientras le presionaba un beso en la sien.
    – MaryAnn está aquí. Entre los tres podemos resolver esto y le encontraremos.
    Por alguna razón, el hecho de que Riordan la hubiera incluido, como si pudiera ayudar a encontrar la solución, alivió algo de la tensión que había en MaryAnn. Parpadeó varias veces, inspirando profundamente para intentar ver más allá de la extraña imagen del vampiro superpuesta sobre la pareja. Los incisivos retrocedieron un poco, dejándolos con dientes blancos normales.
    – ¿Está realmente vivo? -preguntó, sin atreverse a creer.
    Riordan asintió.
    – Todos intentamos mantenerle con nosotros, pero estaba muerto, según nuestros parámetros al igual que por los humanos, su alma ya había abandonado su cuerpo. Nadie creía que pudiéramos traerlo de vuelta, incluso con el sanador, la rica tierra y todo el mundo trabajando para mantenerle en este mundo, cuando de repente estaba de vuelta con nosotros. Si tú eres su compañera, tú podrías ser la explicación. Puedes haber retenido un pedazo de su alma a salvo contigo sin saberlo.
    MaryAnn abrió la boca para protestar y después la cerró bruscamente. Sabía que los Cárpatos no eran humanos. Las mismas reglas no se aplicaban a sus especies. Había visto cosas que habría creído imposibles solo unas pocas semanas antes.
    – ¿Pero por qué no sé si soy su compañera?
    – Son nuestros hombres los que tienen grabadas las palabras rituales vinculantes-explicó Juliette-. Como una precaución para que la especie continúe.
    – Así que quieres decir que la mujer no puede rechazarle.
    – Es lo mismo -dijo Riordan-. Y dudo que te haya vinculado con las palabras rituales. Es más probable que os haya atado a través de un intercambio de sangre.
    Su corazón saltó de nuevo, después volvió a la normalidad con un tamborileo constante. Había permitido a Nicolae tomar su sangre para proteger mejor a Destiny, pero nunca, nunca, había considerado el intercambio de sangre. Negó con la cabeza.
    – No lo hice. No fue real. Yo no habría hecho eso. Todavía estoy luchando por entender y creer en vuestro mundo. Nunca habría tomado voluntariamente su sangre.
    Juliette y Riordan intercambiaron otra larga mirada.
    – Utilizaste las palabras “no fue real”. ¿Cómo fue ese sueño del que hablaste?-preguntó Riordan.
    MaryAnn presionó la mano más firmemente contra su pecho. Todavía podía sentir su boca contra la piel. Había estado fuera y había estado nevando. Después más tarde, cuando había vuelto a la casa y se había quedado sola… Su piel sintió frío, él le había apartado la ropa. Sus labios habían sido cálidos, suaves y muy sensuales. No había pensado en alejarlo, solo en acunar su cabeza mientras él bebía y entonces… entonces…
    MaryAnn soltó un grito ahogado y se cubrió la cara con ambas manos, sacudiendo la cabeza.
    – No fue real. Yo no habría hecho algo así. Fue sólo un sueño.
    – ¿Tienes su marca en ti? -le preguntó Juliette, con voz amable.
    – No. No es eso. No es su marca. Yo no habría intercambiado sangre con él. Ni le habría inducido a creer que soy algo que no soy. Yo no coqueteo. Y no hago promesas que no puedo mantener. -Es por eso por lo que estoy aquí cuando debería estar… en algún otro sitio. Cualquier otro sitio.
    – No hiciste nada malo, lo sabes. Déjame ver la marca.
    MaryAnn tragó con fuerza, sus manos fueron con renuencia hacia la blusa. No quería enseñársela a Juliette. La marca era privada. Ahora mismo pulsaba con calor. Se humedeció los labios y reunió todo su coraje, apartando la tela para revelar la gran mancha, muy parecida a un mordisco de amor, pero más intensa y cruda. Dos reveladoras punciones ribeteadas de rojo.
    Su estómago dio un curioso vuelco.
    – Me mordió, ¿verdad? No fue un sueño en absoluto. -Y si lo había hecho, ¿por qué se sentía más excitada que traicionada?
    – Tú eres lo que mantiene a mi hermano vivo -dijo Riordan, con sus ojos negros fijos en la marca-. Como su compañera estás bajo la protección de mi familia, una hermana ha de ser amada y cuidada. Hiciste lo que ningún otro podía haber hecho.
    – No saltemos a sacar conclusiones -protestó MaryAnn-. Ni siquiera llegué a hablar con ese hombre.
    – Esta marca indica que eres su compañera -reiteró Riordan.
    Ella negó con la cabeza.
    – Podía significar que tomó mi sangre y yo era alérgica al anticoagulante. Podría ser la picadura de algún bicho. -Casi gruñó ante la desesperada y demasiada absurda sugerencia, pero esto no podía estar ocurriendo, no era real.
    – Por supuesto es aterrador -dijo Juliette-. Es inesperado para todos nosotros, pero al menos sabes porqué has estado tan afectada. Los compañeros no pueden estar lejos el uno del otro mucho tiempo sin tocar sus mentes. Extiéndete hacia él.
    – No soy la compañera de nadie, Juliette -dijo MaryAnn-. Ni siquiera me gustan demasiado los hombres. Los únicos que he visto y de los que he oído hablar a diario no son muy agradables. No soy material de compañera, y por favor no os toméis esto a mal, pero particularmente, no por uno de los hermanos De la Cruz. Son demasiado difíciles.
    Riordan le lanzó una breve sonrisa.
    – Lo compensamos de otras maneras.
    MaryAnn no pudo devolver la sonrisa. Toda la idea era absurda, pero estaba comenzando a creérsela.
    – ¿Para que estemos sintiendo las mismas emociones, no tendría que ser el vínculo increíblemente fuerte? Tu hermano nunca me habló en realidad. Si fuera su compañera, ¿no se habría presentado al menos?
    – No si creyera que rehusarías su reclamo -dijo Riordan, ignorando la mirada de advertencia de Juliette-. Pudo ocultar sus intenciones.
    MaryAnn frunció el ceño.
    – Me habría negado. Tengo una vida en Seattle que es importante para mí. Este no es mi ambiente, obviamente tampoco querría estar con un hombre tan exigente como es tu hermano. Naturalmente que me habría negado.
    – Lo cual explica porque no dijo nada. Manolito nunca habría aceptado tu rechazo, pero estás bajo la protección del príncipe y su segundo al mando. También eres la mejor amiga de Destiny. No solo Mikhail y Gregori te hubieran apoyado, sino también el compañero de Destiny, Nicolae, y su hermano Vikirnoff así como su compañera, Natalia. Manolito habría esperado el momento adecuado, permaneciendo cerca y esperando hasta que ya no estuvieras rodeada por tus protectores.
    MaryAnn se frotó las palpitantes sienes.
    – Me siento enferma y mareada. Todo arde. ¿Es él? ¿O soy yo?
    – Creo que es él el que está sintiéndose enfermo. Todavía siente los efectos de la herida y el veneno. Necesita ayuda rápido. He tocado su mente y está muy confuso. No sabe dónde está o qué es real o que no. No cree que yo sea su hermano porque no sé nada de su compañera. Eso quiere decir que no recuerda lo que hizo o cómo los ató sin tu consentimiento. Probablemente se esté preguntando qué te ha ocurrido y por qué no has ido a ayudarle.
    MaryAnn se hundió en el colchón e inspiró profundamente. Era una mujer práctica; al menos le gustaba pensar que lo era. Todo era un enorme desastre, pero si era verdad, entonces Manolito de la Cruz estaba vivo y tenía problemas. La necesitaba. Compañeros aparte, no podía dejarle solo y herido en la selva, al igual que no habría podido abandonar a la hermana de Juliette.
    – Dime qué debo hacer.
    – Extiéndete hacia él.
    No sabía lo que había esperado, pero esto no. Acción. Palabras suaves. Un Jeep.
    – ¿Extiéndete hacia él? -repitió-. ¿Estás loca? No tengo ninguna capacidad telepática. Ninguna en absoluto. Ni siquiera soy psíquica. Tú tendrás que extenderte e intentar hablar con él.
    Juliette sacudió con la cabeza.
    – No puedes ser una compañera sin ser psíquica, MaryAnn. Gregori y Destiny reconocieron tu potencial. Con el intercambio de sangre, Manolito habrá establecido un vínculo privado de comunicación.
    – Vale. Rebobina. ¿Qué quieres decir con mi potencial? -De repente estaba furiosa. Temblando por ello. La traición era amarga en su boca-. ¿Me estás diciendo que me manipularon para que fuera con ellos a las Montañas de los Cárpatos porque pensaron que probablemente fuera la compañera de uno de los hombres? ¿Destiny? ¿Gregori?
    Juliette envió a su compañero una plegaria silenciosa de ayuda. Se sentía como si estuviera caminando por un campo de minas y tropezando a menudo.
    Él encogió sus anchos hombros de forma práctica.
    Dudo que Destiny tuviera la más ligera idea, pero Gregori ha compartido la sangre de MaryAnn. Él lo habría sabido. No podemos permitirnos perder a ninguno más de nuestros hombres. Sabes que la situación es desesperada. Naturalmente que Gregori la llevaría a una reunión esperando que fuera la salvación de alguien.
    Juliette resistió el impulso de ofenderse ante su despreocupada admisión.
    Desarrollará un amor por él si está destinada a estar con él. Ese es nuestro modo de vida. Tú te resististe a estar conmigo. Que yo recuerde, te escondiste profundamente dentro de tu jaguar e intentaste escapar a tu destino. Eres feliz conmigo, Juliette, como ella lo será con Manolito. El tiempo se encarga de muchas cosas.
    Aún así es injusto que un hombre pueda dictar el destino de una mujer.
    Es igual de injusto para el hombre. Él tampoco tiene elección le recordó Riordan. Y si mucho más que perder.
    – Me siento tan traicionada -dijo MaryAnn-. Creí que Destiny me conocía, que me entendía. No se les hace esto a los amigos. -El dolor coloreaba su voz, pero no pudo evitarlo. Había confiado en Destiny, la había ayudado a superar su pasado de modo que pudiera encontrar una nueva vida con su compañero elegido. Incluso había abandonado la excitación y sofisticación de su amada ciudad de Seattle y se había dirigido a los remotos y bárbaros bosques de las Montañas de los Cárpatos sólo para asegurarse de que Destiny encontrara la felicidad.
    Juliette negó con la cabeza.
    – Destiny es nueva en la sociedad cárpato. Dudo que lo haya sabido, y mucho menos que hubiera permitido que fueras colocada en semejante posición. Gregori habrá sentido que su protección aseguraría que no fueras molestada contra tu voluntad. La mayoría de los hombres creen que una mujer se enamorará de su compañero. El tirón entre ambos es fuerte y la atracción física es formidable.
    – ¿Ha habido alguna vez alguna mujer u hombre que no se enamorara de su compañero? -Porque si Manolito era el suyo, podía verse a sí misma yendo a la cama con él, pero vivir con él era un asunto totalmente distinto.
    – Como en cualquier especie, tenemos algunos que no nacen del todo bien. Nadie sabe por qué o cómo ocurre, pero sí, ha habido aberraciones -admitió Riordan-. Manolito está dedicado a su compañera. Nunca la deshonraría con otra mujer. Hemos esperado mucho más tiempo del que puedas alguna vez comprender por nuestras mujeres, y, aunque puedas creernos despóticos y prepotentes, apreciamos y colocamos a nuestras mujeres por encima de todo lo demás.
    La sinceridad en su voz la hizo sentirse un poco mejor. Y Juliette no era un pelele. Era solo que MaryAnn encontraba toda esa testosterona un poco irritante. Los hermanos De la Cruz exigirían completa sumisión en todos los aspectos. No podía verlos comprometiéndose tanto. Incluso el mismo tono de sus voces la ponían al límite. No podía imaginarse a sí misma con ninguno de ellos como marido. Podían ser guapos, pero ella probablemente desarrollaría úlceras intentando estar con uno de ellos.
    – Eso es admirable, Riordan, de verdad que si. -Ella también podía ser sincera-Pero no estoy segura de que tengas claro lo que significo para tu hermano. Si puso su marca en mí -luchó por no ruborizarse, recordando el calor de su boca y la reacción de su cuerpo ante él-, entonces lo hizo sin mi consentimiento. No sé por qué tu sociedad creería que eso está bien, pero en la mía está mal.
    – Ya no vives en tu sociedad -dijo él sin rastro de remordimientos-. Nuestras reglas son reglas de supervivencia. Sólo tenemos una oportunidad de sobrevivir tras siglos viviendo tan honorablemente como nos es posible. Esa oportunidad yace en encontrar a nuestras compañeras. Sin nuestras mujeres, nuestra especie no puede existir y nuestros hombres deben suicidarse o convertirse en vampiros. No hay otra elección para nosotros.
    MaryAnn suspiró. Sin la pena y la desesperación corroyéndola, debería haber sido capaz de pensar mucho más claramente, pero ahora mismo la confusión reinaba sobre todo lo demás. ¿Debía culpar a sus propias emociones, o era Manolito? Y si era Manolito, ¿cómo podría él sobrevivir en la selva tropical sin saber qué le estaba pasando?
    – ¿Cómo me extiendo hasta él? Nunca he intentado nada como esto antes.
    Riordan y Juliette intercambiaron una larga y sorprendida mirada. Nunca habían tenido que explicar lo que parecía venirles naturalmente.
    – Imagínale en tu mente. Utiliza detalles, hasta la más mínima cosa que recuerdes de él, incluyendo olor y sentimiento -aconsejó Riordan.
    Genial. Recordó la sensación de que era el hombre más sensual que hubiera evocado en su vida. El calor se extendió a través de su cuerpo. ¿Tenía su boca viajando realmente hacia abajo por su garganta hasta la hinchazón de su pecho? ¿Tenía sus dientes hundiéndosele en la piel para introducir su sangre vital en él? La idea le debería haber resultado repulsiva. Cualquier mujer cuerda lo habría encontrado repulsivo. Cerró los ojos y pensó en él.
    Sus hombros eran anchos, sus brazos poderosos. Su cintura y sus caderas eran esbeltas, su pecho musculoso. Sus músculos se ondulaban bajo la piel como un gran felino depredador cuando se movía. Y se movía en absoluto silencio. Su cara… MaryAnn tomó aliento. Sus facciones eran exquisitas. Era el hombre más guapo que había visto nunca. Oscuros y misteriosos ojos, brillante cabello negro acentuando los fuertes ángulos y planos de su cara, una nariz recta y masculina y altos pómulos que cualquier modelo envidiaría, su mandíbula fuerte, con sólo una sombra ligera sobre ella. Pero era su boca la que no había sido capaz de dejar de mirar. Sensual, con un indicio de peligro. Lo justo para volver loca a una mujer.
    Se extendió hacia él y para su asombro sintió su mente expandirse, como si solo hubiera estado esperando, como si el camino le fuera ya familiar. Le sintió, sólo por un momento, tocándola, extendiéndose hacia ella, pero entonces… Sus ojos se abrieron con terror y sus manos se dispararon defensivamente. Un enorme y feroz felino saltó entre ellos con intenciones asesinas. Los dientes explotaron fuera del hocico, dirigiéndose hacia la garganta de Manolito. Ella gritó y empujó su cuerpo frente al de él, sintiendo el aliento caliente abanicar su cara. Jaguar.

Capítulo 3

    Manolito se dio la vuelta, todavía de rodillas, levantando las manos instintivamente hacia el enorme y pesado felino, mientras éste se lanzaba a por su cabeza. La fuerza y el poder del jaguar eran tremendos, le derribó e hizo que cayera sobre su espalda. ¿Era real, o una ilusión como habían sido los vampiros de las sombras?
    Sus dedos se hundieron en el espeso pelaje. Unas garras arañaron su estómago, desgarrando de piel y músculo. Un aliento caliente y fétido golpeó su cara, y unos dientes maliciosos arañaron su brazo cuando utilizó la fuerza bruta para evitar que la bestia llegara a su garganta y cabeza. Por un momento, mientras yacía bajo el felino, manteniendo la enorme cabeza lejos de él, sintió a alguien… ella… su compañera… moviéndose en su mente.
    Ella gritó de terror y le resonó en la mente, reemplazando el hambre y la confusión por una concentración que no podría haber encontrado de otro modo. La vio extenderse hacia el felino, intentando ayudarle. No deseando arriesgar su vida, rompió el contacto telepático entre ellos y se disolvió. Su cuerpo se convirtió en vapor, sobrevolando y rodeando al felino para retomar la forma de un jaguar macho de amplia y pesada cabeza y cuerpo grande y musculoso del color de las sombras más oscuras. Gotas de sangre cayeron como niebla, salpicando las hojas y raíces mientras tomaba la forma de un raro jaguar negro.
    Gruñó un desafío y saltó. Los dos felinos colisionaron pesadamente, rodando a través de raíces y ramas, mientras los sonidos de la batalla perturbaban la noche.
    Muchos felinos utilizaban la estrangulación para matar, pero el jaguar, con su mandíbula excepcionalmente poderosa, mordía directamente a la cabeza entre los huesos temporales, matando a la presa instantáneamente. Como el Amazonas había sido su hogar durante muchos años, los hermanos De la Cruz habían estado en contacto continuo con los felinos.
    Los jaguares eran extraordinariamente fuertes, con cuerpos musculosos y compactos y amplias cabezas. Sigilosos y casi invisibles, vivían una vida solitaria en un mundo sombrío de crepúsculos y amaneceres. Con su increíble visión nocturna, letales garras retráctiles, caninos puntiagudos y cuerpos bien musculosos hechos para la emboscada y el sigilo, reinaban en la selva, pero se mostraban suspicaces a la hora de pelear. La húmeda espesura era un perfecto campo abonado para las infecciones.
    El primer pensamiento de Manolito fue matar en defensa propia. Estaba débil por el hambre y ya perdiendo una sangre preciosa. El curso de acción más sabio y seguro era terminar con la batalla rápidamente, pero el respeto por el depredador más fuerte de la selva le contuvo. Sus hermanos y él siempre habían vivido en armonía con las criaturas de la selva. No tomaría la vida de este animal si tenía alternativa.
    Gruñó una advertencia, indicando claramente al macho que retrocediera. Probando el aire, no pudo encontrar el olor remanente de una hembra que pudiera haber dado al felino un incentivo para luchar.
    El jaguar rodeó el poderoso cuerpo cubierto de pelaje de Manolito, mostrando los dientes y gruñendo suavemente con desafío. Esperando doblegar al animal, Manolito saltó. El jaguar se apresuró a ir a su encuentro, acuchillando con garras como estiletes, mientras Manolito se extendía buscando la mente de la bestia. La jungla estalló con una explosión de sonido cuando los dos felinos se encontraron.
    Los pájaros en la canopia chillaron y alzaron el vuelo a gran altura. Los monos gritaron y lanzaron ramas y hojas hacia los dos jaguares mientras estos rodaban sobre la vegetación. Las ramas se quebraron bajo los pesados cuerpos, esparciendo escombros en una densa nube a su alrededor. Manolito pasó a través de la rabia roja de la mente del felino e intentó encontrar el espíritu del animal mientras evitaba que los colmillos letales se hundieran en él.
    Los jaguares poseían una espina dorsal extremadamente flexible que les permitía girar y retorcerse, mover sus patas lateralmente, e incluso cambiar de dirección en medio del aire. Los músculos de sus cuerpos les daban una fuerza tremenda. Manolito recibió otro arañazo cruel en el costado mientras intentaba concentrarse en tranquilizar al felino.
    Empujó con fuerza, rompiendo el muro de rabia y encontró… a un hombre. Esto no era un jaguar. Era uno de los raros y solitarios hombres jaguar que todavía tenían su hogar en la selva tropical. Los cárpatos y la gente jaguar siempre habían vivido en armonía, evitándose los unos a los otros, pero éste le había atacado deliberadamente.
    Manolito se disolvió y tomó su forma humana, esta vez desde la relativa seguridad de una cierta distancia. Los felinos podían cubrir distancias asombrosas de un solo salto, y la gente jaguar tenía una astucia y fuerza más allá de lo normal. Se puso en pie, respirando con dificultad, buscando signos de agresión en el felino que le enfrentaba con los flancos en movimiento y un gruñido en la cara.
    – Sé que eres un hombre. Morirás si continúas. No puedes utilizar mi respeto por el jaguar para derrotarme. ¿Por qué has roto nuestro pacto tácito?-deliberadamente dio a su voz un tono suave, tranquilizador e hipnotizante para ayudar a serenar el temperamento del felino.
    El jaguar desnudó los dientes, pero se mantuvo firme, sus ojos abandonaban la cara de Manolito, como si sólo estuviera esperando un momento de debilidad que le diera ventaja. Y Manolito estaba débil. Mantuvo el dolor de sus heridas a raya e ignoró el hambre rabiosa que casi le consumía. El olor de la sangre era pesado en el aire. Ambos jaguares habían resultado heridos, y las gotas salpicaban las hojas como brillantes puntos carmesí. El jaguar lamió deliberadamente las gotas de sangre, para recordar a Manolito el tanto que se había apuntado.
    Manolito entró en acción, una furia helada le inundó ante la insultante burla. Saltó sobre la espalda del animal, hundiendo profundamente las rodillas en los músculos de los flancos, las piernas casi aplastaron al animal mientras cruzaba los tobillos bajo la barriga. Envolvió un brazo alrededor del grueso cuello en una media llave Nelson para echarle la cabeza hacia atrás. Hundió los dientes profundamente en la yugular y bebió. El animal se tensó, resistiéndose, pero el hombre dentro del felino forzó su inmovilidad, comprendiendo que Manolito podía… y lo haría… desgarrarle la garganta.
    La sangre caliente bombeó en su cuerpo hambriento, empapando los tejidos y células, rejuveneciendo sus músculos. Por un momento estuvo flotando en la euforia, la sangre estaba llena de la tan rica y adictiva adrenalina, habiendo pasado tanto tiempo sin ella y estando tan cerca de convertirse.
    Tan buena. No pares. Siente el subidón. No pares. No hay nada como esto en el mundo. Únete a nosotros, hermano. Ven con nosotros. Tómala toda. Cada gota.
    Manolito oyó varias voces susurrando la tentación. El zumbido de su cabeza se hizo más fuerte hasta que fue casi doloroso. Está prohibido tomar una vida.
    Solo un felino. Nada para alguien como tú. Te atacó. ¿Por qué perdonarle la vida cuando él te habría matado?
    La tentación era fuerte. Cálida y rica sangre, y estaba hambriento. El felino le había atacado primero. Todavía estaba dispuesto a matarle, de tener la oportunidad, incluso ahora, cuando le había perdonado la vida.
    Pero sintió la diferencia en su cuerpo, se sentía enfermo de nuevo, como si su estómago se acalambrara, lo cual no tenía sentido. Zumbaban insectos en sus oídos, ruidosos y molestos, pero cuando deseó que se alejaran, el ruido no menguó. A su alrededor el suelo se ondeó, como si un terremoto hubiera tenido lugar profundamente bajo tierra. Su estómago se revolvió con él.
    Necesitas fuerza. El felino está herido. Necesitas sangre para sanar, y esta es muy buena. Bebe, hermano. Bébela toda. Los susurros persuasivos continuaron.
    Bajo él, el felino empezó a estremecerse. El hombre se revolvía dentro del animal gritando algo ininteligible, algo humano.
    Humano. No podía matar mientras se alimentaba.
    Humano no. Un felino. Desgárrale la garganta. Goza del poder. Siéntelo, hermano, siente el poder absoluto de una vida desvaneciéndose bajo tus manos. Sé lo que siempre has debido ser… lo que eres.
    ¿Lo que era? ¿Un asesino? Si. No había duda de que había matado tantas veces que ya no recordaba todas las caras. ¿Dónde estaba? Miró alrededor, y por un momento la selva desapareció y estuvo rodeado de formas oscuras, los dedos estirados y anudados de los muertos señalaban acusadoramente. Las ramas golpeaban unas con otras como huesos blancos y quebradizos, provocando estremecimientos por su espina dorsal.
    Había matado… si. Pero no así. Estaba mal. La autodefensa era una cosa. Y había justicia y honor en despachar a un hermano caído cuando este había entregado su alma al mal, pero matar mientras se alimentaba iba contra todo en lo que él creía. No. Fuera lo que fuera, fuera quien fuera, el que estaba intentando conseguir que matara no era un amigo.
    Requirió disciplina tomar sólo lo que necesitaba para sobrevivir, sólo lo que necesitaba para traspasar las barreras de la bestia y acceder a la mente del hombre que había dentro. Pasó la lengua sobre los pinchazos para sellarlos y se disolvió en vapor, sólo para reaparecer a cierta distancia, cuidando de examinar las sombras a su alrededor. ¿Estaban esas casas entre las sombras, asomándose a través de las hojas y saliendo del suelo? ¿Había vampiros al acecho? Se puso de puntillas, listo para cualquier cosa. El jaguar rugió, atrayendo su atención hacia el peligro más inminente.
    Manolito forzó una sonrisa despreocupada.
    – Tienes el sabor de mi sangre en tu boca. Y yo tengo el sabor de la tuya. Tienes la información que busco. Intentaste matarme y no te debo cuartel.
    El felino permaneció inmóvil, ni un músculo se movía, con los ojos intensamente enfocados en Manolito.
    La gente jaguar era tan elusiva y sigilosa como los grandes felinos, y como su parte animal… o a causa de ella… preferían la selva densa cerca de arroyos y riberas. Eran raros de encontrar y, con toda probabilidad, lo suficientemente sigilosos y demasiado familiarizados con la selva como para no ser vistos nunca si así lo deseaban. Los hombres, como el animal, eran de constitución musculosa y enormemente fuertes. Tenía una tremenda visión nocturna y excelente audición. Eran buenos escalando árboles y eran fuertes nadadores. Poco se sabía de su sociedad, aunque Manolito sabía que tenían mal genio cuando este despertaba.
    Antes de explorar profundamente en la mente del jaguar, el cazador lanzó otra lenta y cautelosa mirada alrededor, escaneando mientras lo hacía. Las voces no se habían acallado del todo, susurraban en su oído, urgiéndole a matar. Las sombras en las que su visión no penetraba del todo parecían contener miles de secretos. Algo reptó por el suelo, justo bajo la superficie, desplazando tierra mientras se movía. La boca se le secó.
    El jaguar se movió, agachándose un poco más, tensando los músculos y atrayendo la atención instantánea de Manolito. Siglos de cazar en situaciones peligrosas mantuvieron su cara inexpresiva, los ojos duros y fríos y la boca un poco cruel.
    – Atrévete a atacar, hombre-gato, y no tendré piedad de ti. -Y no la tendría. No con vampiros cercándole. No tenía tiempo para la piedad, no si quería vivir.
    La sangre que Manolito había tomado del hombre-jaguar le capacitó para seguir el patrón cerebral, empujando a través de los últimos escudos para extraer información. Odio, profundo y violento, hacia los cárpatos. La necesidad de encontrarlos y destruirlos. Una sensación de traición y justa cólera. Asombrado, Manolito se introdujo más profundamente. Las dos especies nunca habían sido grandes amigos, pero tampoco habían sido enemigos. Defendían diferentes valores, pero siempre se las habían arreglado para respetar la sociedad de los otros.
    Había un toque allí en los recuerdos, una mancha oscura, algo extraño. Lo examinó cuidadosamente. El punto era muy oscuro en el centro, pero se formaban anillos alrededor, de un color más ligero, extendiéndose para abarcar el cerebro entero del hombre-jaguar. Cuanto más se acercaba Manolito más se extendiera la decoloración, y más agitado y molesto se ponía el jaguar.
    En el momento en que Manolito se fundió, a pesar de lo suave del toque utilizado, sintió al mal removerse, volverse consciente de él. A su alrededor las sombras se hincharon y tomaron forma. Dentro del cerebro del jaguar la mancha se removió, perturbada. Retrocedió, no quería provocar aún más la ira del felino. El animal estaba temblando, con la piel húmeda y oscura mientras los flancos se movían pesadamente. El hombre estaba empezando a perder la batalla por controlar a la bestia.
    – Has sido tocado por el vampiro -dijo Manolito, su voz fue baja y cargaba un anillo de verdad-. Puedo intentar ayudarte a librarte de la venenosa influencia, pero luchará por mantenerse en ti. -Y eso le dejaría vulnerable a un ataque, quizás incluso del jaguar. Era un riesgo, ni siquiera uno necesario, pero Manolito se sentía compelido a ayudar. La especie del jaguar, ambas, hombre y bestia, estaba perdiendo la batalla por la existencia igual que la de los cárpatos. Y Manolito se temía que los hermanos De la Cruz involuntariamente habían tenido gran parte de culpa en la destrucción de la gente jaguar.
    El hombre permaneció callado dentro del jaguar. Atado a él por sangre, Manolito pudo sentir su alarma. No era un hombre joven, arrogante e imprudente; era lo bastante mayor como para conocer el peligro que suponía el vampiro, y se había estado cuestionando qué era lo que estaba ocurriendo a su raza desde hacía algún tiempo. El felino se agachó más y asintió con la amplia cabeza, la mirada pasó de Manolito a los alrededores, tan atento al peligro como el cárpato.
    En la canopia, sobre ellos, las hojas susurraban amenazadoramente. Las nubes se movían por los cielos oscuros trayendo la promesa de más lluvia. El aire estaba espeso por la humedad, y los ríos y arroyos estaban hinchados más allá de las riberas. El agua se vertía sobre rocas saliendo por las riberas, y formaba cascadas donde nunca antes las había habido. La mayor parte del agua era blanca y burbujeante, pero en los bordes de las rocas, el agua estaba manchada de ácido tánico y parecía un brebaje marrón rojizo.
    Manolito tomó un profundo aliento y apartó su mirada del agua del color de la sangre, y dejó escapar el aire, exhalando con él todo excepto la tarea que tenía entre manos. Tenía que abandonar su cuerpo físico, haciéndose increíblemente vulnerable a un enemigo potencial y ocupado por el vampiro. Fue mucho más difícil de lo que esperaba, ahora que podía sentir emoción y le importaba seguir vivo.
    La mancha oscura en el cerebro del hombre-jaguar reculó como si estuviera hecha de gusanos retorciéndose. Cuando su espíritu entró en el cuerpo bañando el cerebro de una blanca y ardiente energía. Manolito oyó al jaguar rugir y al hombre sisear una advertencia. Dudó, temiendo herir al guerrero.
    Hazlo. No quiero esa cosa dentro de mí.
    Manolito atacó la mancha, abriendo una brecha en los anillos exteriores y limpiándolos con luz sanadora. Los diminutos parásitos intentaron cavar más profundamente en el cerebro en un esfuerzo por escapar. Mientras se dispersaban, Manolito pudo ver el núcleo del hombre-jaguar. Los parásitos intentaban mantener la luz fuera de los recuerdos del hombre-jaguar y ocultar lo que el vampiro había hecho, pero, inesperadamente, el hombre-jaguar unió sus fuerzas a las de Manolito, utilizando sus bien desarrolladas habilidades telepáticas y el recientemente establecido vínculo de sangre.
    Abrió sus recuerdos a Manolito y le inundó con tanta información como fue posible. Su nombre era Luiz. Durante muchos años había trabajado en restaurar la fuerza menguante de su especie. Demasiadas de sus mujeres se habían marchado, buscando compañerismo y amor con los humanos en vez de el descuidado abandono de sus propios machos. Había intentando convencer a los demás de que siguieran el camino de los cárpatos y se emparejaran de por vida, proporcionando un hogar y una familia, una razón para que las mujeres se quedaran con ellos. Al principio, muchos habían estado de acuerdo con sus ideas y habían empezado a abandonar su forma de vida solitaria, pero recientemente, habían cambiado de forma de pensar, mientras se producía un cambio lento y sutil.
    Grupos de hombres habían empezado a cometer crímenes terribles contra las mujeres. Un nuevo orden de jaguares había empezado a buscar mujeres de su raza para violarlas en un esfuerzo por tener niños purasangre. Luiz sólo supo de esos horrores a través de rumores sin confirmar durante los primeros años, pero cada vez más y más hombres se habían unido a las bandas de merodeadores rebeldes. Temía no sólo por las mujeres, sino por la raza entera. ¿Qué mujer querría estar con un hombre que hubiera hecho cosas tan terribles? Había oído que algunas mujeres estaban ahora rescatando a las que estaban en cautividad. Su mundo se había vuelto del revés, y Luiz nunca había considerado la idea de que un vampiro pudiera estar detrás de ello. Ahora todo tenía sentido.
    Vampiro. La criatura más vil en la faz de la tierra. ¿Desde cuando llevaban intentando matar a toda una raza? Manolito lo sabía. Él y sus hermanos habían conocido una vez a los hermanos Malinov. La tristeza le inundó poco a poco. Los cinco hermanos Malinov habían sido los mejores amigos de su familia. Ahora parecía que todos ellos se habían convertido en vampiros. La idea de haberlos perdido a todos era inquietante ahora que podía sentir emociones. Con los hermanos Malinov, había pasado muchas horas discutiendo cómo tomar el control del pueblo cárpato. La posibilidad de destruir especies enteras, aliados del príncipe, había sido un tópico recurrente en las conversaciones. En el debate intelectual, habían ideado muchas formas, y una había sido influenciarles hacia un comportamiento autodestructivo, capitalizar las debilidades de la especie. Tal y como había hecho la sociedad jaguar.
    Cuando su príncipe les había enviado al mundo exterior, lejos de su tierra natal para proteger a los humanos, el tema había surgido otra vez. Al final, los De la Cruz habían jurado servir al príncipe y su gente. Una vez dada su palabra, ningún De la Cruz se volvería nunca atrás, resolviendo así la cuestión. Los hermanos Malinov habían hecho lo mismo.
    Manolito se guardó cuidadosamente la información para sí mismo. Solo hablar de traicionar al príncipe ya había sido bastante malo y estaba avergonzado de ello. Nunca antes se había sentido culpable y era una emoción incómoda.
    Tenías razón hace tantos años. Las voces susurraban de nuevo en su cabeza. Tú y tus hermanos deberíais haber seguido vuestro propio camino. Permitiste que un hombre más débil reinara, que condujera a nuestra gente por un camino de destrucción. Zacarías habría reinado, el pueblo cárpato habría prosperado, no se habría hundido en el odio y el miedo siendo cazados por la misma gente a la que protegen.
    Manolito dejó escapar el aliento en un largo siseo de desafío. Mostraos. No os ocultéis entre las sombras. Salid donde os pueda ver. No podía mantener la energía para quedarse mucho dentro del cuerpo del hombre-jaguar. Tenía que librar al hombre de la mancha del vampiro y volver a su propio cuerpo desprotegido.
    No hay necesidad de sentirse culpable. Era un plan brillante.
    Manolito tomó otro aliento y bloqueó todo excepto la tarea que tenía entre manos. Las voces del mundo de la sombras tendrían que esperar. El hombre-jaguar estaba cansado de sujetar a la bestia, de evitar que saltara sobre Manolito y desgarrara su cuerpo desprotegido.
    La ardiente luz blanca, pura energía, se derramó sobre el centro de la oscura mancha con terrible decisión. Manolito concentró toda su atención en la tarea, arriesgándolo todo, no sólo porque era lo que debía hacer, sino porque quería compensar, de este pequeño modo, su parte en el complot ideado tantos años atrás. Lo que sólo había sido un debate intelectual cierta vez había estallado con furiosas posibilidades, pero Manolito creía que habían descartado toda noción de traición y sabotaje. Obviamente uno o más de los hermanos Malinov habían decidido en algún momento poner en práctica el plan. Manolito había presenciado de primera mano los intentos de asesinar al príncipe, y después de matar a las mujeres y niños de los cárpatos. Ahora, al parecer, el enemigo también había puesto en marcha un plan para acabar con la gente jaguar.
    Manolito utilizó cada onza de energía para luchar con los pequeños flujos de contorneantes parásitos, quemándolos en sus escondites, siguiéndolos mientras corrían a través del cerebro del hombre-jaguar en un intento de evadir el ataque. Fue un trabajo arduo y agotador.
    Cuando estuvo hecho y volvió a su propio cuerpo, Manolito se tambaleó y casi cayó. Su anterior necesidad de sangre se había visto a penas satisfecha, y utilizar tanta energía le había drenado. Sólo una disciplina férrea le mantuvo sobre sus pies.
    A su lado, el jaguar se desfiguró. El pelaje ondeó y los músculos se estiraron y alargaron. El cambio de la gente jaguar era diferente al de los cárpatos. Piel y bandas de músculos aparecieron, largo cabello oscuro con vetas doradas corriendo para cubrir una noble cabeza. Había un hombre agachado en el suelo donde antes había estado el felino.
    Luiz se enderezó lentamente hasta que estuvo de pie erguido delante de Manolito. Como todos los hombres-jaguar, se sentía cómodo con su desnudez, el cuerpo musculoso, el cabello alborotado.
    – Me disculpo por intentar tomar tu vida. -Hablaba con gran dignidad, sus ojos se encontraron con los de Manolito sin parpadear, incluso mientras gesticulaba hacia la sangre que goteaba sin parar por el cuerpo del cazador.
    Manolito se inclinó ligeramente en reconocimiento, mientras mantenía todos los sentidos alerta en prevención de otro ataque.
    – Ningún hombre es responsable de lo que hace bajo la influencia del vampiro.
    – Tengo una gran deuda contigo por ayudarme a librarme de él.
    Manolito sabía que era mejor no negarlo. El hombre-jaguar estaba rígido de orgullo, y su cara mostraba culpa y preocupación.
    – Debe ser difícil vivir con algo así cuando has trabajado tan duro para salvar a tu gente de la misma cosa que te ha infectado.
    – Conozco la diferencia entre el bien y el mal. La mayoría de los hombres que quedan también, pero el vampiro es como una enfermedad. No podemos detener lo que no podemos ver. Si volviera e intentara hablar con los demás de esto, no tendría pruebas. No tengo la capacidad, como tú, de encontrar la mancha del vampiro y extraerla.
    – Si no lo haces, no hay esperanza para tu especie -señaló Manolito-. Vuestras mujeres huyen, por necesidad y el vampiro os destruye desde dentro.
    Luiz asintió en señal de acuerdo.
    – Sabía que algo iba mal y el odio hacia tu raza se enconaba. El vampiro ha debido plantar la semilla entre nosotros. Los hombres de los cárpatos nos roban a nuestras mujeres. No recuerdo haberme encontrado con un vampiro, o que alguien dijera tal cosa, pero sabía desde hacía algún tiempo que no estaba pensando con claridad.
    – Subestimó tu fuerza. Debió elegirte porque eres un líder.
    – En un tiempo lo fui, ya no. Los hombres están diseminados, corriendo en manadas y buscando mujeres de nuestra sangre. -Luiz frunció el ceño, frotándose las sienes mientras intentaba evocar lo que le habían dicho-. Creo que el vampiro quiere a una mujer específica, una de sangre pura que puede cambiar rápidamente, y luchar tan dura e incansablemente como un hombre. Insistió en que si la encontrábamos, la lleváramos al Instituto Morrison para sus investigaciones de duplicación del ADN-suspiró-. En ese momento pareció tener mucho sentido, pero ahora no lo tiene en absoluto.
    Las hojas susurraron y ambos hombres se giraron hacia el sonido. El hombre-jaguar se deslizó hacia Manolito con movimiento fluido y sigiloso, tan silenciosamente como cualquier felino mientras se ponían espalda contra espalda. Hay ojos en la selva. Y oídos. Mi gente ya no es de fiar ahora que el vampiro ha llegado a ellos.
    Manolito buscó en sus recuerdos la información que le eludía. No podía mostrar vulnerabilidad, o dejar ver que estaba buscando en dos niveles distintos, sin saber cual era real y cual imaginario. Ni que tan siquiera sabía si el mundo de sombras era una ilusión. ¿Podía estar caminando en dos mundos a la vez?
    Eliminaste la mancha del vampiro de mí. ¿Es posible hacer lo mismo con mis hermanos?
    Manolito podía sentir al hombre-jaguar extendiéndose hacia su mente, buscando con todos sus sentidos el peligro. Olisqueaba el aire, escuchaba, sus ojos se movían inquieta e incesantemente.
    – Lo que sea que hay ahí fuera está lejos de nosotros -dijo Luiz-, aunque otros han entrado en la selva.
    El corazón de Manolito saltó. Su compañera. Estaba seguro de ello. Acudía a él. Tenía que ser ella. Ningún compañero podía estar separado mucho tiempo del otro y sobrevivir. Eran dos mitades del mismo todo y necesitaban que el otro les completara.
    Ven a mí… Fue una orden. Una súplica. Pero no conocía su nombre. No podía evocar una imagen completa de ella. Cerró los ojos para retener sus recuerdos. Piel. Recordaba su increíble piel, más suave que ninguna otra cosa que hubiera tocado jamás, como seda ardiendo bajo sus labios. Su sabor, salvaje y especiado como la mujer misma. Su pulso se aceleró y su aliento se volvió ronco, su cuerpo se tensó inesperadamente. Había olvidado lo que era el deseo. La lujuria. Pensar en una mujer y desear hundir su cuerpo para siempre en el de ella, hacerse uno. O quizás nunca había conocido realmente la sensación. Quizás había explorado a tantos otros hombres que simplemente había sido una ilusión hasta este mismo instante. Ahora su cuerpo reconocía a la mujer que necesitaba, y era exigente en cuanto a ser saciado en todos los sentidos.
    – Cárpato. Te tambaleas de cansancio. Esta cosa que has hecho, sacar al vampiro de mi cuerpo, fue difícil para ti. -Luiz hacía una declaración.
    – Si. -Pero era más difícil mirar a las hojas de los arbustos y helechos, a las ramas que yacían rotas en la tierra, y ver las caras sombrías del mal mirándole. En numerosas cascadas y arroyos había ojos como si de una tumba acuosa se tratara. Todo parecía ser traslúcido, un velo gris y malsano que caía sobre los brillantes colores de la selva.
    El hombre-jaguar se relajó, la tensión se aflojó en él, pero Manolito estaba más alerta que nunca. En la distancia, otros habían entrado en la selva, eso era cierto, pero fuera lo que fuera a lo que se enfrentaba en el mundo de sombras, estaba todavía allí, esperando y observando. El hombre-jaguar no podía ver ni sentir el otro mundo, pero Manolito sabía que aún estaba en peligro. O quizás el mundo de sombras era en realidad una ilusión y estaba perdiendo la cabeza, ya que sus piernas se negaban a sostenerle mucho más, Manolito se agachó lentamente, cuidando de aparentar mantener el control. Lanzó otra lenta mirada alrededor, con un pequeño ceño en la cara. ¿Por qué estaba viéndolo todo a través de un velo, como si estuviera solo medio en su mundo y medio en el otro? Enterró la mano en la tierra en la que había dormido, esperando que eso le anclara y le mantuviera lejos de las sombras.
    Justo como había esperado, la tierra era terra preta, fértil tierra negra que se encontraba entre la arcilla más pobre y la arena blanca de la selva. Al contrario que otras tierras de la selva, la terra preta mantenía su fertilidad. Encontrar la preciosa tierra había sido un factor decisivo en la decisión de su familia de comprar la isla.
    Los hermanos De la Cruz habían comprendido que la tierra era la clave para la supervivencia y la esperanza. Lejos de su tierra natal, sin su tierra nativa, buscaron en la selva brasileña durante los primeros siglos, algún terreno rico y rejuvenecedor que les ayudara, no sólo a sanar sus heridas y dormir, sino que les diera la fuerza que necesitaban para mantener el honor tan lejos del príncipe y su gente y sin compañeras que los sostuvieran. Tomó puñados de la preciosa tierra y taponó con ella las heridas de su estómago y los costados para evitar perder más sangre.
    Aún con la tierra en sus manos, las grandes frondas que parecían de encaje estaban ensombrecidas, pasando de un vívido verde a un gris apagado. El aliento se le quedó atascado en la garganta cuando se le ocurrió una idea. ¿Y si su compañera estaba muerta? ¿dejaría de ver en color?
    La selva era capaz de abrumar a los recién llegados con la pura intensidad de sus vívidos y brillantes colores y de su cruda belleza. Manolito se sentía en casa en un lugar que muchos consideraban amenazador y opresivo. Ahora, con su compañera habiendo restaurado sus emociones y su capacidad de ver en color, debería estar cegado por los vívidos colores, pero cuanto le rodeaba fluctuaba entre color y sombras. ¿Podía eso significar que estaba muerta? ¿Era por eso por lo que no estaba con él? Por un momento el tiempo pareció detenerse. El corazón le tronó en los oídos, un lamento frenético por su otra mitad.
    No. Dejó escapar el aliento. Estaba viva. La sentía. La había tocado mente a mente. Había sido breve, pero su mente había empujado contra la de él. Cerca de él, el hombre-jaguar se movió, atrayendo hacia si la atención de Manolito nuevamente. Sintiéndose vulnerable, sin saber qué era real y qué ilusión, forzó a su cuerpo a ponerse nuevamente en pie, enfrentándose al hombre.
    – Déjame ayudarte -ofreció Luiz, frunciendo el ceño mientras observaba el brillo de la piel de Manolito. Mantuvo la voz baja y amigable, viendo la súbita llamarada de calor en los ojos del cazador cárpato-. ¿Tan terribles son tus heridas?
    Manolito sacudió la cabeza. No podía permitirse vagar entre los dos mundos. No cuando no distinguía amigo de enemigo. Eso sólo le ponía en más peligro que nunca, pero no parecía poder evitarlo. En un momento la selva parecía vívida con brillantes colores y los sonidos familiares y reconfortantes de la noche, y al siguiente estaba en una versión apagada de la misma, los colores amortiguados y nebulosos, las sombras vivas con algo no vivo, pero tampoco muerto. Hizo un esfuerzo por obligar a su mente a volver a la situación actual, a extraer tanta información como fuera posible mientras tuviera oportunidad.
    – ¿Conoces a la mujer a la que busca el vampiro?
    Al instante la expresión del hombre-jaguar se tornó cautelosa.
    – No estoy seguro. Quedan pocos pura-sangre entre nuestros hombres. E incluso menos mujeres, y sólo una o dos de sangre noble.
    – Mi hermano menor encontró a su compañera. Ella es jaguar. Y de linaje aristocrático. ¿Te estás refiriendo a ella? -Manolito quería poner las cartas sobre la mesa de una vez. Si esto era algún plan elaborado para volver a capturar a Juliette, la compañera de Riordan, los hombres-jaguar tendrían una guerra entre manos. Los hermanos De la Cruz protegerían a Juliette con sus vidas, y todo cárpato haría lo mismo.
    – Nadie sería tan estúpido, cárpato.
    – Manolito.
    Luiz inclinó la cabeza en reconocimiento de la cortesía.
    Los cárpatos no solían revelar sus nombres a los enemigos. Manolito no le había dado su apellido porque se mostraba cuidadoso, pero Luiz no necesitaba saber eso.
    – Esa otra mujer está en peligro. Quizás mi gente pueda ayudar.
    Luiz tomó un profundo aliento, vaciló y después asintió.
    – Te pido ayuda para asistir a mis hermanos. ¿Si te traigo a uno, considerarías el eliminar la mancha del vampiro?
    Se hizo un silencio lleno solo por los insectos nocturnos. Manolito sabía lo que se le pedía… un tremendo favor… pero también una enorme demostración de confianza.
    – Tendría que tomar sangre para hacer tal cosa -admitió-. Este es un maestro vampiro, uno no tan sencillo de derrotar. Podría intentar sanar sin el vínculo, pero si es tan difícil como fue contigo, no estoy seguro de que pueda hacerse. -Había reconocido el toque del vampiro. Uno de los hermanos Malinov sin duda. Había crecido con ellos, corrido salvaje con ellos, reído con ellos y luchado a su lado. Habían sido amigos.
    – Quizás si lo hacemos discretamente, no alertemos al vampiro de lo que estás haciendo para ayudarnos.
    – Si deseas que ayude a tu gente, tienes que decirme quien es la mujer para que podamos ponerla bajo nuestra protección. Tú y yo sabemos que vuestros hombres han llegado muy lejos para entregarla sin más al Laboratorio Morrison. La tratarán brutalmente, forzando su sumisión y finalmente la quebrarán. Y si por algún milagro no lo hacen y se la entregan al vampiro, estará muerta de cualquier modo.
    – Yo la protegeré.
    – El vampiro ya se acercó a ti una vez y no lo notaste. Camina entre vosotros sin ser visto. Dame su nombre.
    – No se rendirá tan fácilmente a ti.
    – No busco su rendición, sólo su seguridad. -Manolito lanzó otra mirada alrededor. Las sombras se estaban estirando, acercándose más y más. Podía ver las caras entre las hojas. Piel estirándose firmemente sobre huesos. Agujeros negros en lugar de ojos. Dientes manchados y puntiagudos. Manolito cambió el peso ligeramente sobre las puntas de los pies, preparándose a sí mismo para el inevitable ataque. Parpadeó y las imágenes se desvanecieron.
    – Hace mucho tiempo que rescata a las mujeres de nuestra raza y lucha contra nuestros guerreros. Detesta a los hombres. No se contentará con ser protegida. Ese no es su estilo.
    – Hablas de la prima de Juliette, Solange.
    Luiz asintió.
    – No hay otra como ella que nosotros sepamos. Es casi tan fuerte como cualquiera de nuestros guerreros e igual de buena luchadora. Proviene de un linaje antiguo y puro que puede ser rastreado hacia atrás cientos de años. Cuidamos de ella como lo que es, el futuro de nuestra especie. No querrá tener nada que ver con nosotros. He intentado convencer a los otros para hablar con ella, de forjar una amistad y lograr que nos aconseje sobre lo que hay que hacer para traer a las mujeres de vuelta entre nosotros. Las mujeres la escuchan, pero ahora no tengo posibilidades. No a menos que pueda destruir la influencia del vampiro entre nosotros.
    Manolito sabía que Solange y la hermana pequeña de Juliette, Jasmine, se negaban a ir al rancho De la Cruz para visitar a Juliette, pero habían estado de acuerdo en permanecer en la casa de los De la Cruz en la retirada isla privada. La isla era salvaje y tres costados de la casa estaban protegidos por la selva. Se había preguntado por qué estaba Luiz en su propiedad, no es que la gente jaguar no considerara la selva entera como su dominio. Tenían asombrosas capacidades para nadar, y el cauce de los ríos nunca era un impedimento.
    – Has venido aquí buscándola.
    Luiz desvió la mirada solo un momento.
    – Si. Creímos que había una posibilidad de que pudiera estar aquí. Sabíamos que no iría a vuestro rancho.
    – Y sabíais que la mujer más joven estaba con ella. La que Juliette y Solange recuperaron de las garras de tus hombres.
    – No son mis hombres. No puedo controlarlos. Esperaba encontrarla antes que los demás.
    – ¿Y qué habrías hecho con ella? -exigió Manolito, sus ojos negros brillaban peligrosamente.
    Luiz sacudió la cabeza.
    – No sé. Creí que venía a hablar, pero entonces te olí, y me quedé muy confuso-se frotó la frente-. Empecé a pensar que estabas aquí para tomar a nuestras mujeres y quise verte muerto.
    – Viniste a la isla controlado, pero entonces pasó algo. Tienes que haberte encontrado con él aquí -dijo Manolito con alarma. Eso significaba que el maestro vampiro estaba cerca, en algún lugar de la isla, y nadie lo sabía. Solange, Jasmine, Juliette, ni siquiera su hermano Riordan estaba a salvo-. ¿Con quién te encontraste?
    – Con ningún vampiro. Solo un viejo amigo. Había venido aquí en busca de refugio y se marchaba al comprender que la casa estaba ocupada por la familia De la Cruz.
    Manolito mantuvo su expresión en blanco, pero su corazón saltó y palpitó. El miedo era una emoción increíble, y ahora que lo sentía, sabía que era por aquellos a quienes amaba en vez de por sí mismo.
    – Tu amigo hace mucho que despareció, Luiz. Evítale a toda cosa. Te encontraste con un maestro vampiro, y solo porque tenía un plan y te necesitaba escapaste ileso.
    – ¿Crees que mi amigo está muerto?
    – Si no muerto, indudablemente contaminado.
    – Gracias, Manolito, por tu ayuda -dijo Luiz, y por primera vez pareció derrotado. Su cuerpo se encorvó, un movimiento rápido y grácil, el pelaje ondeó mientras su morro se alargaba para acomodar una boca llena de dientes. En absoluto silencio se deslizó entre la maleza y desapareció.
    Solo para estar seguro, Manolito se disolvió en niebla y se unió al vapor bajo y gris que vagaba entre los troncos de los árboles a sólo unos centímetros del suelo. Era mucho mejor errar a favor de la cautela con el hombre-jaguar.
    Tomó forma de nuevo sobre una gran roca frente a una rugiente cascada blanca que se vertía sobre las rocas y caía a un río caudaloso. Necesitaba a su compañera. Necesitaba tocarla. Abrazarla. Saborearla. Su hambre había vuelto, trayendo con ella confusión. Necesitaba advertir a su familia del peligro que acechaba en la isla, pero sobre todo, necesitaba que su compañera le anclara.
    ¿Dónde estás? El lamento resonó en su mente, perdido y solitario.

Capítulo 4

    MaryAnn colocó un pie con cuidado fuera del vehículo todo terreno y sus amadas botas Kors se hundieron profundamente en el barro. Jadeó con horror. Las botas habían sido un querido hallazgo. Marrón oscuro, cuero envejecido con punta estrecha, elegantes con sus tacones altos y gruesos, pero confortables y muy de la selva tropical. Más aún, hacían juego con la chaqueta Forzieri de cuero del mismo elegante color, corta, a la última moda, y suave como la mantequilla. Incluso los había impermeabilizado cuidadosamente para cualquier ocasión, tal como un paseo por la selva. Había venido totalmente preparada, pero aún no había salido del vehículo y ya estaba hundida hasta los tobillos en el barro. Adoraba estas botas.
    Cuando sacó la bota, se oyó un sonido de succión acompañado por el desagradable olor dulzón de flores mezclado con vegetación podrida. Se echó hacia atrás en el asiento para examinar el daño, arrugando la nariz con repugnancia. ¿Qué narices estaba haciendo en ese lugar? Tendría que estar en una cafetería con la música de las calles cantando para ella y el bullicio de la gente por todas partes, no en este extraño y silencioso mundo de… de… naturaleza.
    – Deprisa, MaryAnn. Tenemos que andar desde aquí -dijo Juliette.
    MaryAnn atrajo con cautela su mochila y se asomó por la puerta abierta hacia el interior extrañamente tranquilo del bosque.
    – Está bastante embarrado, Juliette -dijo, aferrándose a cualquier razón para permanecer en la relativa seguridad del Jeep. La selva la aterrorizaba de tal forma que nunca podría explicarselo a nadie. Sus miedos estaban profundamente enraizados y nunca había sido capaz de sobreponerse a ellos. No podía hacerse a la idea de andar tranquilamente dentro de esa opresiva oscuridad como un cordero para el sacrificio.
    – Quizá podéis llamarle y decirle que estamos aquí. Hacéis esa clase de cosas, ¿verdad?
    – No responderá -le recordó Riordan-. Cree que queremos hacerle daño
    – Mencioné que nunca he acampado, ¿verdad? -dijo MaryAnn, escudriñando el suelo en busca de un lugar seco.
    – Tres veces -dijo Riordan, su boca era un conjunto de líneas crueles.
    De pronto estaba ante ella, la agarró por la cintura y la depositó a corta distancia del vehículo. Había un poco de impaciencia en la mordedura de sus dedos. No se hundió en el suelo, pero los insectos se agruparon a su alrededor. Se mordió el labio y se abstuvo heroicamente de decir algo mientras echaba una cautelosa mirada alrededor. Agitando el bote de repelente, roció a los insectos de forma metódica, arreglándoselas para salpicar “accidentalmente” el cuello de Riordan.
    – Ups. Lo siento.
    Se colocó pulcramente el bote en una de las trabillas del cinturón, ignorando la fulminante mirada. Ceder el impulso infantil le había proporcionado una pequeña oleada de satisfacción. Sabía que estaba paralizada, pero se las apañaría por sí misma, no dejaría que nadie le metiera prisa.
    La selva tropical no era como había esperado. Era oscura y un poco aterradora. El aire se sentía pesado por la humedad, aunque inmóvil con expectación, como si miles de ojos la observasen. El zumbido de los insectos y los incesantes gritos de los pájaros eran lo único que se oía.
    MaryAnn tragó con fuerza y permaneció perfectamente inmóvil, temerosa de moverse en cualquier dirección. Por alguna razón había pensado que la selva sería ruidosa, con los chillidos de millones de monos, no sólo las llamadas de pájaros y el susurro de los insectos. El corazón le empezó a palpitar. En algún lugar en la distancia un jaguar rugió. Un escalofrío bajó por su espalda y MaryAnn se aclaró la garganta.
    – Debo haber olvidado hablaros de mi extraña cosilla con los gatos. Gatos domésticos. No sé si los de cualquier otra clase, pero los gatos domésticos me asustan. Tienen esa mirada fija y clavan sus garras en la gente -Estaba balbuceando y no podía detenerse. Era patético y un poco embarazoso, pero no se había ofrecido voluntaria para esto-. Así que, ya sabéis, no os convirtáis en un enorme gato o algo así. Y si resulta que uno nos está acechando, probablemente lo mejor sea no decírmelo. Prefiero permanecer completamente ignorante.
    – Te mantendremos a salvo -le aseguró Juliette.
    – Creía que sabías que veníamos a la selva tropical -dijo Riordan, intentando no sonar molesto. ¿Era realmente la compañera de su hermano? No encajaba en lo más mínimo con su estilo de vida. Manolito se la comería viva.
    – Rancho de ganado -corrigió MaryAnn-. Dijisteis una hacienda de ganado en las afueras de la selva tropical. -Y eso ya era bastante cuando más bien pensaba en lujoso hotel de cinco estrellas-. No dijisteis una palabra sobre una isla y estar en medio de la selva tropical. Creí que llevaríais a la hermana de Juliette allí. Lo dejé muy claro. Soy una chica de ciudad. Dadme un atracador y un callejón cualquier día de la semana.
    Buscando tranquilidad, tocó los dos pequeños pulverizadores de pimienta enganchados a salvo junto al bote de repelente de bichos en las trabillas del cinturón bajo la chaqueta. Venía preparada para los hombres-jaguar, no para los jaguares. Y podía leer la expresión de Riordan, que no se molestaba en ocultar. Su opinión sobre ella golpeaba todo el tiempo un punto bajo, pero no le preocupaba. No era la razón por la que se obligaba a ir a un lugar que sabía era extremadamente peligroso para ella. No tenía nada que probar a nadie, nunca lo había tenido.
    Riordan hizo un gesto con los dedos, y MaryAnn forzó un pie delante del otro, siguiendo de mala gana a su guía. Juliette iba tras ella, y parecía pequeña, compacta y alerta. Se movía con gracia y facilidad a través del sorprendentemente espacioso suelo de la selva. La selva era húmeda e implacablemente oscura, pero podía ver colores que no debería ser capaz de ver. MaryAnn estaba un poco impresionada por la vasta variedad de tonos. Mientras caminaba, la sorprendió la ausencia de animales. Siempre había creído que las criaturas estaban por todas partes en la selva, esperando para abalanzarse sobre los imprudentes visitantes, pero mientras marchaban en fila, hubo sólo una ondulación ocasional de alas por encima de sus cabezas.
    Esperaba también, que el suelo fuera una impenetrable jungla, pero estaba despejado y fácil de andar por él. Los árboles se alzaban por todas partes a su alrededor, gigantes, suaves troncos elevándose sin ramas, casi hasta la canopia. Las raíces estallaban fuera de las bases como serpientes, retorciéndose a través del suelo. Algunos árboles parecían sostenerse en alto por una miríada de zancos. Colgaban lianas por todas partes, uniendo los árboles y formando una autopista en la canopia. Las cepas se arrastraban por los troncos, tejiendo su camino a través de orquídeas y sobre los arbustos, helechos y musgo brotaban de las ramas. Pasó sobre hojas muertas, semillas, ramas caídas y raíces retorcidas que se extendían en todas direcciones como tentáculos a través del suelo del bosque.
    MaryAnn estaba muy asustada. Aterrorizada de hecho. No había estado así de asustada desde que un hombre había irrumpido en su casa y casi la había matado. Si su mejor amiga, Destiny, hubiera estado allí, lo habría admitido en voz alta, hablado de ello y quizás se habría reído de sí misma. Pero no conocía a esta gente. Estaba totalmente fuera de su elemento, y era sólo su intensa necesidad de ayudar a otros lo que la empujaba hacia adelante.
    Se había vestido con sus ropas más confortables, intentando darse valor. La chaqueta Forzieri bordada, corta y a la moda en cuero marrón envejecido, hacía juego con las botas y le daba una confianza añadida. El bordado de la espalda era demasiado mono como para describirlo, y las líneas fruncidas proporcionaban un elegante aspecto renacentista. Emparejando la chaqueta con sus vaqueros Seven, con su ancha cinturilla asentada debajo del ombligo y tan cómodos que apenas notaban que estaban allí, y su camisa favorita de-todos-los-tiempos, póntela-en-cualquier-ocasión-y-pareces-millonaria, con cuello en pico de Vera Cristina e intrincados abalorios en turquesa, dorados y transparentes, no podía tener mejor aspecto. Bien, si no se tenía en cuenta su cabello. Alargó su mano para palparlo. Con desesperación, se las había arreglado para recogerlo en una gruesa trenza. No se había molestado en ponerse nada más que unos pendientes de incrustaciones porque se figuraba que algo más sería un estorbo. Mientras los tacones se le hundían en la vegetación, se dio cuenta de que nadaba desesperada en aguas demasiado profundas y estaba vestida de forma totalmente inapropiada. Parpadeó para contener las lágrimas y siguió caminando.
    ¿Si Manolito estaba vivo, dónde estaba? ¿Por qué no había podido alcanzarlo después de ese momento horrible cuando la había golpeado el conocimiento de que un jaguar le estaba atacando? Había intentado detenerlo, estirando las manos para cogerlo, para interponerse en su camino, chillando una advertencia, pero nadie había entendido, y como podía explicar sin parecer una loca que por un momento había estado allí… en la selva… de pie entre Manolito y una muerte segura.
    Riordan y Juliette parecían sombríos, pero no habían proporcionado respuestas a sus temerosas preguntas. La habían lanzado prácticamente a la camioneta, Riordan casi rudamente. Siempre había resultado intimidante, como sus hermanos, pero nunca realmente rudo, no hasta ahora.
    Como si leyera sus pensamientos, Juliette se acercó a su lado.
    – Lo siento. Esto debe ser difícil para ti.
    – No es lo mío -admitió MaryAnn, deseando darse la vuelta y correr a la seguridad de la camioneta. Siguió caminando tras Riordan-. Pero puedo arreglármelas. -Porque era lo que hacía cuando alguien necesitaba ayuda. Y no iba a abandonar a Manolito de la Cruz solo en la selva tropical con jaguares atacándole. Apenas podía respirar por el deseo de verle vivo y bien.
    Le dolía el pecho, sentía el corazón como una piedra, y sus ojos ardían constantemente por la necesidad llorar su muerte. Necesitaba verle. Oírle. Tocarle. No tenía sentido, pero lo correcto no importaba. Tenía que estar con él o no iba a sobrevivir. Aunque intentaba duramente mantener su cara apartada de Juliette, era consciente de las miradas ansiosas que esta le lanzaba.
    – Está vivo -dijo Juliette calladamente.
    – Eso no lo sabes -MaryAnn se ahogó-. El jaguar… -se detuvo tratando de recobrar el control antes de hablar-. Estaba atacándole. Sentí las garras rasgando su carne. -Presionó la mano sobre su estómago como si estuviera herida.
    – Riordan lo sabría. -Juliette lanzó una mirada rápida y preocupada a su compañero mientras mantenía el paso a MaryAnn. No sabía por qué, pero estaba empezando a tener dudas sobre si Manolito estaba vivo o no. Era una locura, porque los hermanos De la Cruz sabrían si estaba muerto, y a través de ellos, lo sabría ella-. Mi gente son jaguares. Si uno de ellos atacó a Manolito, temo que Riordan y sus hermanos se venguen. Los jaguares siempre han dejado a los cárpatos estrictamente en paz. Aquí afuera, uno elige sus batallas. Un simple arañazo puede resultar una infección mortal.
    ¿Riordan, estás seguro que Manolito está vivo? Siento pena y una terrible sensación de opresión y terror. Juliette necesitaba que su la tranquilizara, ya no podía discernir la verdad.
    Riordan tomó aliento. Él también sentía pena y un irrazonable temor por la vida de su hermano. Se extendió hacia su hermano mayor, Zacarias, la única persona en la que siempre podían confiar. ¿Sientes a Manolito? ¿Puedes decirme si todavía vive?
    Pasó un momento mientras Zacarias tocaba a Manolito. Está vivo, pero se protege. ¿Tienes necesidad de mí?
    Zacarias estaba en el rancho con el resto de la familia, y Riordan deseaba que se quedara allí. Zacarias no permitiría la libertad de la hermana pequeña de Juliette y su prima. Insistiría en llevarlas de vuelta al rancho para protegerlas, y ninguna iría de buena gana. Eso no detendría a Zacarias. Gobernaba con un chasquido de sus dientes desnudos y, su enorme poder, esperaba y conseguía inmediata obediencia de cualquiera.
    Es mejor que nadie este aquí cuando contactemos con Jasmine y Solange. Jasmine necesita la ayuda de MaryAnn, y ni ella ni su prima irán voluntariamente si tú o Nicolas estáis aquí.
    No atiendas a estupideces, Riordan. Me doy cuenta de que debes hacer feliz a tu compañera, pero no a expensas de poner en peligro a mujeres, especialmente a compañeras potenciales. Con eso, Zacarias desapareció, tras dar su opinión y esperando que Riordan siguiera su consejo. No era tan fácil si tenías compañera. Solange lucharía con él hasta la muerte por su libertad, y si le hacia un solo un arañazo, Juliette nunca se lo perdonaría.
    Riordan suspiró y trató una vez más de alcanzar a Manolito. El hombre se escondía. Se había alzado, y estaba probablemente más cerca de la fértil cama de terra preta. Tan malherido como estaba, necesitaría la rica tierra negra para sobrevivir.
    MaryAnn era muy consciente del escrutinio de Riordan. No se dio la vuelta para mirar a Juliette, pero sabía que estaban hablando telepáticamente sobre ella. No confiaba lo suficiente en ellos, después de todo, realmente ¿qué sabía sobre ellos?
    Juliette aguijoneó a Riordan. ¿Por qué me siento tan apenada?
    Creo que es la mujer transmitiendo. Debe de ser una psíquica mucho más poderosa que lo que nos hicieron creer. También yo estoy sintiendo sus emociones. ¿Es posible que sea jaguar?
    Juliette inhaló el olor de MaryAnn y observó los movimientos de su cuerpo atentamente. MaryAnn casi corría con sus botas a la moda de tacones altos, las suelas apenas rozando el suelo del bosque. Parecía totalmente fuera de lugar pero… No hay ningún ruido, Riordan. No hace ningún sonido cuando se mueve. Ninguna hoja cruje, ninguna rama chasquea. Debería ser torpe, se siente torpe, pero se mueve como alguien nacido y criado aquí. Pero no es jaguar.
    Riordan contuvo el aliento, aflojando el paso solo un poco para que MaryAnn no se diera cuenta. ¿Era la mujer parte de la trampa? ¿Qué sabían de ella después de todo? Manolito nunca la había reclamado abiertamente, como cualquier compañero haría. Nunca había dicho a sus hermanos que la protegieran, como haría un auténtico compañero. Riordan tanteó gentilmente, manteniendo el toque ligero y tranquilo.
    MaryAnn se rozó la cabeza con la mano mientras continuaba caminando y Riordan sintió el golpe psíquico como si ella le hubiera golpeado realmente. Se retiró bruscamente y lanzó una rápida mirada a su compañera, sinceramente sorprendido.
    ¿Con qué estamos tratando, Juliette?
    MaryAnn había sido protegida por no menos de tres poderosos cazadores cárpatos. Si era vampiro, seguramente lo habrían detectado. Deliberadamente, solo para estar seguro, giró por el camino equivocado, alejándose de donde sabía que su hermano había sido enterrado.
    MaryAnn dio tres pasos e inmediatamente todo en ella cambió y se estiró en la otra dirección. La sensación era tan fuerte que se detuvo.
    – Este es el camino equivocado. No está aquí. Él… -gesticuló, su corazón palpitaba.
    ¿Qué estaba haciendo Riordan, guiándoles por el camino equivocado? ¿No quería encontrarlo? ¿Por qué le mantenían a distancia? Las semillas de la sospecha estaban creciendo, y no las podía suprimir. Se giró lejos de la dirección a donde Riordan les dirigía, confusa de repente. No podía entender porque creía saber donde estaba Manolito. Intentaba repetidamente alcanzarle, rozar la mente de él con la suya, pero no podía, no podía encontrarle. Por más que lo intentaba, por más que supiera que no era psíquica en lo más mínimo. No tenía ningún talento, y ninguna habilidad para ser la compañera de nadie. Aun así, temía que el hombre estuviera en problemas, y tenía que llegar hasta él.
    Confusa, dio otro paso lejos de los cárpatos y tropezó con las raíces de apoyo de uno de los emergentes más altos, un árbol de enorme altura que estallaba a través de la canopia para dominar sobre los demás. Las raíces estaban retorcidas de forma elaborada y astuta, vagando por la superficie del suelo, las puntas sondeando en busca de nutrientes. Una pequeña rana arbórea, de color verde brillante, saltó de una rama particularmente gruesa para aterrizar sobre el hombro de MaryAnn.
    Contuvo un chillido y se quedó congelada.
    – Vete. Bájate de mí, ahora mismo -ordenó, su mano cerrándose alrededor del pequeño spray de pimienta.
    ¿Dónde estás? Te necesito. Por favor que estés vivo. Porque no era una mujer hecha para ranas arbóreas y escarabajos, pero no iba a salir de la selva tropical hasta que encontrara a ese hombre o su cuerpo. Podía arreglárselas con la oscuridad de un callejón de la ciudad cualquier día de la semana, pero detestaba andar entre el barro y las hojas podridas, con la opresiva oscuridad y el silencio cerrándose a su alrededor. Sentía ojos observando cada paso que daba.
    Juliette susurró suavemente, aunque era con su mente con lo que se extendía, para pedir a la rana que dejara a MaryAnn. Juliette tenía una afinidad con los animales, e incluso los reptiles y anfibios respondían a veces, pero en este caso, la rana se movió más cerca del cuello de MaryAnn, adhiriéndose con sus patas pegajosas.
    ¡Aléjate de mí!, chilló MaryAnn en su cabeza, incapaz de esperar a que la rana obedeciera la orden de Juliette. ¡Ahora mismo!
    – ¡Vete! -gritó en voz alta.
    Evidentemente la criatura ya había tenido bastante de humanos, y saltó al tronco del árbol más cercano, aterrizando cerca de otras dos pequeñas ranas. Arriba, en la canopia, un pequeño mono tiró hojas al trío de anfibios.
    MaryAnn cerró los ojos, respiró hondo y empezó a caminar otra vez, esta vez, a pesar de los altos tacones de sus botas, cogiendo el ritmo hasta que estuvo prácticamente corriendo. Pasó empujando junto a Riordan, que parecía atónito. Cuando empezó a seguirla, Juliette le agarró del brazo y gesticuló hacia los árboles que les rodeaban. Pequeñas ranas punteaban los troncos y las ramas, saltando de un árbol al siguiente, siguiendo el progreso de MaryAnn. Arriba, en la canopia, los monos utilizaban la autopista de enredaderas para converger y seguir a la mujer mientras esta avanzaba por la selva
    ¿Crees que el vampiro está aquí?, preguntó Juliette.
    Riordan hizo otro, mucho más cuidadoso y completó escaneo del bosque circundante. Si es así, es un maestro en ocultar su presencia. Sé que son mucho más astutos en tales cosas, así que tendremos que estar alerta a todos los peligros para ella. Se siente atraída hacia Manolito, y quizás pueda encontrarle más rápido que nosotros, ya que escuda su presencia de mi.
    Juliette frunció el ceño mientras empezaban a seguir a MaryAnn. Su lazo de sangre debería mantenerte informado de su paradero.
    Riordan le lanzó una pequeña sonrisa. Somos antiguos, Juliette, y hemos estudiado muchas cosas a lo largo de los siglos. Manolito puede ocultar su presencia incluso a nuestros mejores cazadores y no hay manera de detectar a Zacarias cuando no quiere que se sepa que está cerca.
    MaryAnn se dio cuenta de que le corrían lágrimas por la cara. La sensación de terror y miedo era aplastante. ¿Dónde estás? Encuéntrame. Continuaba intentando llamar a Manolito mentalmente, aunque claramente no tenía esos dones psíquicos que todos creían que tenía.
    Cuando se adentró más profundamente en la selva, se dio cuenta de que los verdes ya no eran tan vívidos. Las hojas y los arbustos parecían tener un velo de niebla sobre ellos, cambiando el vibrante color a un lánguido gris. Las sombras crecían donde antes no había habido ninguna. Primero había visto brillantes colores en la oscuridad, y ahora estaba viendo sombras cuando no debería. El terror se movió a través de ella, pero no podía parar. Su mente se plagó de susurros mientras empezaba a correr. Ella no hacía footing. No era corredora de footing ni de ningún otro tipo, pero se encontraba apresurándose por el bosque en un esfuerzo por llegar a Manolito.
    Algo la empujaba hacia adelante mientras por todas partes el bosque se oscurecía y el susurro sobre su cabeza se hacía más pronunciado. Una vez, se arriesgó a mirar hacia arriba, pero había pequeñas cosas peludas columpiándose sobre su cabeza y eso la hizo sentirse mareada y ligeramente enferma. Tropezó y casi se cayó, apoyando la mano para evitar la caída. Su larga uña con una hermosa manicura se clavó en el húmedo musgo. Una uña rota. Una docena de ranas verdes saltaron a su brazo y se adhirieron con sus pegajosas patas palmeadas.
    Se quedó congelada. Las ranas la miraban fijamente con inmensos ojos negros y verdes parpados. Eran brillantes, con lunares en el vientre y uñas verdes parejas, como si estuvieran pulidas. Las lenguas salieron como una flecha, probando el cuero de la chaqueta. MaryAnn se estremeció y miró atrás hacia Juliette.
    – ¿Por qué hacen eso?
    Juliette no tenía una respuesta para ella. Nunca había visto que las ranas se congregan en semejante número antes, y había pasado la mayor parte de su vida en la selva tropical.
    – No lo sé -admitió-. Es una conducta inusual. Riordan, ignoran hasta el más fuerte de los empujones. Había alarma en su voz y su mente.
    Riordan puso a Juliette detrás de él, evaluando a las ranas con suspicacia.
    – Cuándo las criaturas no actúan como debieran, es mejor destruirlas.
    El aliento de MaryAnn se atascó en su garganta. Sacudió la cabeza.
    – No. No quiero que las mates. Quizás solo sientan curiosidad por mi chaqueta -Hizo un gesto para que se fueran con su mano libre-. Moveros, pequeñas ranitas. -Deprisa antes de que el gran cárpato malo os fría. Lo digo en serio, tenéis que moveros. Silenciosamente las instó a cooperar, mientras mentalmente ponía los ojos en blanco. Por amor de Dios, ¿cuánto daño podían hacer unas diminutas e inocentes ranas arbóreas, a fin de cuentas? No quería ver a Riordan hacer algo como lanzar una lluvia de fuego sobre esas indefensas cosas-. Fuera, fuera. Volved a vuestras casitas.
    Las ranas se echaron a los árboles, el movimiento envió una extraña onda de verde sobre las raíces enredadas, como si docenas de ranas saltaran hacia la seguridad de las ramas más altas. MaryAnn lanzó a Riordan un pequeño resoplido.
    – ¿Qué ibas a hacer, convertirlas en kebab? Pobres cositas. Probablemente estuvieran tan asustadas como yo.
    ¿Lo sentiste, Juliette? ¿Esa oleada de poder? Ella hizo que las ranas se marcharan. Y se está burlando de mí. Burlándose. Iba a tener que revisar sus ideas sobre de la compañera de su hermano.
    – Esas ranas son venenosas. Los nativos las han usado durante años para untar las flechas, -no pudo resistirse a añadir.
    MaryAnn se enderezó lentamente, mirando automáticamente su uña rota. Sus uñas crecían anormalmente rápido, siempre lo habían hecho, pero ahora el esmalte iba a ser un lío. Y dolía como el infierno. Siempre pasaba cuando se rompía una. El dedo latía, ardía y sentía un hormigueo mientras la uña se regeneraba.
    Le frunció el ceño a Riordan.
    – No trates de asustarme con las ranas. No me gustan, pero no soy esa chica de la gran ciudad. -Lo era, pero él no necesitaba saberlo.
    – De verdad son venenosas -confirmó Juliette-. Riordan te está diciendo la verdad. No es normal ver tantas ranas en una zona, y ciertamente no deberían seguirnos.
    MaryAnn echó una mirada a las ranas que los rodeaban.
    – ¿Nos están siguiendo? -La idea la puso nerviosa. No quería matarlas, pero quería que se fueran. Fuera de su vista. Por supuesto entonces estarían ocultas en el follaje, mirando fijamente con sus ojos gigantescos como todo lo demás en la selva tropical parecían estar haciendo.
    – Si, y además están los monos -dijo Riordan, cruzando los brazos sobre su pecho y señalando a la canopia con un gesto de la barbilla.
    MaryAnn tenía miedo de mirar. Las ranas eran una cosa… y escogió omitir la parte del veneno… pero los monos eran pequeñas bestias peludas con manos casi humanas y grandes dientes. Sabía eso porque una vez, sólo una vez, había ido al zoo y los monos se habían vuelto locos, chillando y saltando alrededor, desnudando enormes dientes hacia ella, en lo que pensó parecían ser sonrisas. Había sido un día horrible, no tan malo como éste, pero se había prometido no volver nunca más al zoo.
    MaryAnn cuadró los hombros y elevó el mentón un poco.
    – ¿Tienes alguna idea de por qué estas criaturas no se comportan con normalidad?
    – Creía tenerla -admitió Riordan-. Creí que quizás un vampiro estaba utilizando sus ojos y oídos para reunir información, pero ahora no estoy tan seguro.
    Su corazón saltó cuando oyó la palabra "vampiro". Lo había estado esperando desde que había entrado en la oscura opresión de la selva tropical, pero aún así no estaba preparada. Anhelaba la normalidad de las pandillas apalancadas en las esquinas. Podía amilanar a los tipos duros de la calle con una mirada, pero a una manada de ranas o monos dirigidos por vampiros… ¿Se decía manada? Ni siquiera lo sabía. No pertenecía al reino animal. Quería desesperadamente volver a casa.
    Tan pronto como el pensamiento fue completado, la pena manó, inundándola. Más que dolor, sentía la necesidad, la compulsión de seguir moviéndose, de prisa. Giró lejos de Riordan y Juliette, hacia la dirección donde la compulsión era más fuerte. No podía abandonar este terrible lugar hasta que encontrara a Manolito.
    Giró la cabeza de un lado a otro, sin ver nada, sólo pensando en él, en las líneas de dolor y fatiga grabadas profundamente en sus atractivos rasgos. Sus anchos hombros y gran pecho. Era alto, mucho más alto que ella, y ella no era exactamente pequeña. ¿Dónde estaba?
    Podía oír el agudo sonido de murciélagos llamándose los unos a los otros, y en algún lugar en el furioso río, una marsopa era atraída por otra. El mundo pareció estrecharse, o quizá se expandieron sus sentidos, haciendo su oído más agudo, de forma que su cerebro procesara cada sonido individual. El susurro en las hojas eran insectos, la ondulación de alas eran pájaros asentándose en la noche, los monos sobre su cabeza perturbaban las hojas mientras mantenían su paso. Oía el sonido de voces, dos hombres, a unas seis millas de distancia, y reconoció el sensual tono de Manolito. La voz brilló tenuemente en su mente, le puso la carne de gallina e hizo que su estómago se apretara de excitación por verle.
    MaryAnn caminaba rápido, la urgencia la dirigía. Él tenía problemas. Lo sabía. Le sentía ahora, cerca, cuando antes no podía alcanzarle. No intentó conectar mente con mente, no era psíquica, pero eso no importaba. Oía su orden susurrada flotando en el aire. Ven a mí. Sabía que estaba herido. Confuso. La necesitaba. Los olores estallaron a través de su cerebro, el rastro de tres días de un tapir arrastrándose sobre la vegetación. Un margay escondido profundamente en la canopia a una milla a su izquierda. Tantas criaturas, incluso… un jaguar. Su aliento se hizo más agudo y subió las rodillas más arriba, bamboleando los brazos, acelerando.
    Atajó por una serie de cuestas que corrían junto a un arroyo crecido, indiferente cuando los matorrales bajos se enganchaban en su cabello. El agua se vertía por cada salida concebible, creando cataratas en todas partes. El sonido era alto en la inmovilidad de la selva. Con poca luna y la gruesa canopia encima, el interior era oscuro y misterioso. La niebla baja tejía un rastro de vapor gris entre los árboles, cubriendo el enredo de raíces de apoyo, cuando se acercó a ellas, los gruesos nudos y ramas como serpientes parecieron oscuras fortalezas que escondían secretos. Los inmensos trocos se alzaban más allá de la niebla, aparentemente ajenos a las raíces que los mantenían en el suelo.
    Las uñas de Juliette se clavaron en el brazo de Riordan mientras caminaban. MaryAnn. Mírala. Corre tan suavemente. No es un jaguar, pero no sé lo que es. Nunca he visto nada como ella. ¿Y tú?
    Riordan luchó con sus recuerdos, tratando de recordar si había visto alguna vez semejante transformación. Era difícil ver a MaryAnn como algo más que el bonito figurín de moda que siempre le parecía.
    Era inteligente y valiente para un humano, siempre le había concedido eso, pero su valía no era de la clase necesaria para ser la compañera de un cazador cárpato como Manolito. El hermano de Riordan era dominante y duro, sin bordes suaves que le hiciesen más aceptable para una mujer como MaryAnn. Aunque había un corazón de acero en ella. Y había mucho más que el paquete que entraba por la vista. Esgrimía poder y energía sin deliberación consciente, más al parecer en el momento en que pensaba en ello, se volvía inepta y temerosa.
    La cuestión principal es si es o no un peligro para Manolito.
    Creo que esta muy confundida acerca de todo esto, Riordan. La compadezco. El lazo de sangre con Manolito es fuerte. ¿Si fue sólo un intercambio, por qué la conexión es tan fuerte que sabe mejor que tú dónde está tu hermano? Porque, sin ninguna duda, sabe exactamente donde está y se dirige directamente hacia él. Está a unas buenas seis millas, pero se mueve con rapidez para no haber estado en la selva tropical en su vida.
    MaryAnn sentía un zumbido en la cabeza, como si revolotearan insectos en su cabeza. Los Cárpatos hablaban entre sí otra vez. Lo detestaba. ¿La estaban utilizando para llegar a Manolito? ¿Si Riordan quería realmente encontrar a su hermano, por qué no se acercaba a él directamente, le llamaba, se extendía hacia él? ¿Por qué no habían simplemente enterrado su cuerpo en la hacienda, donde Manolito se hubiera alzado entre los miembros de la familia que le hubiesen ayudado? ¿Por qué no habían mencionado una segunda casa? ¿Y por que la hermana y la prima de Juliette tenían demasiado miedo de ir a la casa de los De la Cruz? Algo estaba muy mal.
    Eso debería haberla asustado… y quizás lo habría hecho… pero la voz de Manolito se deslizó otra vez en su cabeza.
    ¿Dónde estás? Sonaba tan perdido y solitario. Su corazón se retorció en respuesta, dolorido por él.
    No era una corredora, pero cogió el ritmo, suavemente, fácilmente, saltando por encima de los troncos de los árboles caídos como si hubiera nacido con reflejos, algo en su interior la urgía a apresurarse. Mientras corría, su mente estaba silenciosa, callada y seguramente evaluando todo lo que la rodeaba con anormal velocidad.
    Su visión era extraña, como si sus otros sentidos estuvieran tan aumentados que le hubieran robado la visión normal. El vibrante verde y rojo de las hojas y flores se entremezcló y embotó hasta que fue difícil distinguir colores, a pesar del gris apagado, captó el movimiento de insectos y lagartos, el destello de las ranas arbóreas y los monos mientras corrían a toda aprisa en lo alto. Su visión nocturna siempre había sido excelente, pero ahora parecía mucho mejor; sin colores que deslumbraran y cegaran, podía identificar un espectro más ancho de cosas mientras corría.
    Era estimulante tener todos los sentidos tan agudizados. Su vista era definitivamente mucho más aguda. Podía oír salir precipitadamente el aire de los pulmones de Juliette. El flujo y reflujo de la sangre en sus venas. Profundamente en su interior algo salvaje se desplegó y se estiró.
    MaryAnn contuvo el aliento, asustada. Tropezó. Riordan y Juliette casi la atropellaron. Retrocedió lejos de ellos, su palma cubriendo la marca sobre el seno que latía y ardía.
    – ¿Qué me hizo? -susurró-. Estoy cambiando en algo más.
    Juliette aferró la muñeca de Riordan y apretó fuertemente para evitar que dijera algo equivocado. Él no veía lo frágil y pérdida que parecía estar MaryAnn, pero ella si. Había algo diferente, un miedo muy real en sus ojos ahora, cautela, como un animal acorralado. No sabían como reaccionaría MaryAnn, pero más importante aún, ella misma no lo sabía, y eso asustaba a Juliette.
    – No sabemos exactamente qué te hizo Manolito, lo más probable es que hiciera un intercambio de sangre. -Juliette inspiró profundamente, intentando ser honesta-. Quizás dos. No eres cárpato, así que no te convirtió.
    – Pero Nicolae tomó mi sangre para proteger mejor a Destiny.
    Y no tuvo miedo de él. Riordan reconoció eso en su mente. No como lo tiene ahora. ¿Por qué no tuvo miedo de que Nicolae tomara su sangre cuando temerlo sería algo de lo más natural?
    MaryAnn se puso una mano en la cabeza, acariciándosela como para apartar los insectos, dando otro paso atrás, lejos de ellos. El miedo crecía con cada aliento que tomaba. Algo iba terriblemente mal, lo sabía, podía sentirlo profundamente en su interior. Cerrando el puño, se clavó las uñas profundamente en la palma para probarse a sí misma. Estaba empezando a dudar de lo qué era real y qué ilusión.
    Sabe que estamos hablando en privado, advirtió Riordan, y eso la molesta.
    ¿Y te has preguntado como lo sabe? No debería. Ni siquiera cree que ser psíquica.
    Es más que psíquica, Juliette, dijo Riordan. Esgrime poder sin esfuerzo.
    O el conocimiento de que lo está haciendo.
    – Esto es una locura, MaryAnn -añadió Juliette en voz alta-. Ni Riordan ni yo sabemos lo que te hizo.
    – Quiero ir a casa. -Incluso mientras lo decía, MaryAnn sabía que no podía, no hasta que encontrara a Manolito de la Cruz y se asegurara de que estaba vivo y bien y no en algún tipo de terrible problema. Maldita su naturaleza, que siempre necesitaba ayudar y consolar a otros. Alzó su mano temblorosa. La uña ya había crecido, mucho, mucho, más rápido incluso de lo adecuado a su velocidad acelerada-. ¿Qué creéis que me hizo? Debéis tener una idea. ¿Y es reversible? Porque soy humana y mi familia es humana y me gusta ser humana. Esto es lo que pasa por tener a una chica blanca, flaca y chupasangre como mejor amiga. -E iba a tener unas pocas palabras con Destiny cuando la volviera a ver… si la volvía a ver.
    Juliette lanzó a Riordan otra mirada ansiosa.
    – Lo siento, MaryAnn. Si supiera lo que pasa, te lo diría. El caso es… los humanos han vivido durante siglos mano a mano con otras especies. En todos esos años, ambas lo sabemos, las especies finalmente se han mezclado. Quizás hace siglos, pasó algo que no sabemos. Yo tengo sangre jaguar. Al igual que un montón de mujeres que son psíquicas.
    MaryAnn sacudió la cabeza.
    – Yo no. -Esto sonaba mal. Conocía a su madre, padre, abuelos y bisabuelos. No había ninguna mancha en su familia y ningún chupasangre.
    ¿Podría ser maga?, aventuró Juliette.
    Los magos retienen el poder, eso es seguro, y la mayoría son buena gente, pero tendría que tejer hechizos. No parece que esté haciendo eso. Reúne energía como lo hacemos nosotros y la utiliza, pero en ella es inconsciente. Esa es la razón de que sea tan buena consejera. Sin querer los insta a sentirse mejor. Quiere que sean felices, así que lo son. Presiente lo que cada persona quiere oír y lo dice.
    El corazón de MaryAnn iba a toda máquina. Otra vez estaban hablando claramente el uno con el otro. Giró sobre sus tacones demasiado altos y corrió entre la maleza, pensando que podría dejarlos atrás, olvidando que podían volar si querían. Y quisieron.
    Sintió la ráfaga de aire desplazado alrededor de ella, y Riordan se dejó caer desde el cielo, interceptándola.
    MaryAnn chilló y dio marcha atrás, los tacones se engancharon en una de las muchas raíces que serpenteaban a través del suelo. Se cayó duramente, aterrizando sobre el trasero, mirándole mientras se erguía sobre ella.
    – Este camino es peligroso -explicó Riordan, extendiendo su mano hacia ella.
    Le pateó, furiosa con él, pero mayormente enfadada consigo misma por estar en una posición tan vulnerable. Cuantas veces hacía aconsejado a las mujeres no ir con desconocidos… gente que conocían en Internet, o a través de amigos, pero a los que no conocían ellas mismas. Cerró los dedos alrededor del pequeño spray de pimienta. ¿Funcionaría con Cárpatos? ¿O con vampiros? Nadie les había mencionado en sus clases de autodefensa.
    – MaryAnn -advirtió Riordan, frunciendo el ceño-. No seas tonta. Permíteme ayudar a levantarte. Estás sentada en el suelo. ¿Sabías que hay un millón y medio de hormigas por medio acre en la selva tropical?
    MaryAnn suprimió un aullido de miedo y se puso de pie sin ayuda, retrocediendo otra vez, sacudiéndose la ropa, sintiendo el enjambre de insectos en sus brazos y piernas. ¡Odio esto! Chilló tan fuerte en su cabeza que sintió el eco a través de los dientes apretados. Sus ojos ardían por las lágrimas contenidas otra vez.
    El aire alrededor de ellos se cargó de electricidad, que hizo que el vello de sus brazos se erizara.
    – A cubierto -gritó Riordan y saltó hacia atrás.
    El trueno resonó. El suelo tembló. Los monos aullaron. Los pájaros chillaron y se alzaron de los árboles. El relámpago crepitó y chasqueó, golpeando la tierra en un despliegue cegador de energía. La niebla se arremolinó alrededor de ella. MaryAnn sintió unos fuertes brazos deslizarse alrededor de ella y una mano presionó su cara contra un pecho grande y musculoso. Sus pies abandonaron el suelo, y se encontró volando a través de las copas de los árboles tan rápido que se sintió mareada.
    Riordan maldijo y agarró el brazo de Juliette que los hubiera perseguido.
    – Ese era Manolito y nos ha lanzado una clara advertencia para que retrocedamos. No tenemos más elección que hacerlo. Es su compañera y no tenemos derecho a interferir.
    – Pero… -Juliette se interrumpió impotentemente-. No podemos abandonarla.
    – No tenemos elección, no a menos que queramos provocarle a entrar en batalla. Cuidará de ella, -aseguró Riordan-. No podemos hacer nada más aquí.

Capítulo 5

    MaryAnn rodeó con los brazos el cuello de Manolito y enterró el rostro en su hombro. El viento azotaba con fuerza su cara y cuello, tirando malévolamente de su cabello, y arreglándoselas para filtrarse bajo la chaqueta de cuero para cerrar sus helados dedos alrededor de la piel. Si había creído que la selva tropical era mala, volar sobre la canopia era mil veces peor. Se sentía mareada y enferma, y su estómago daba curiosos vuelcos. Haría frente a un millón de hormigas y ranas arbóreas antes de hacer esto otra vez. De niña, debiste desear aprender a volar.
    Estaba segura de que él le estaba leyendo la mente con facilidad y podía sentir la superioridad y diversión masculina, que le recordaba por qué no le interesaban lo más mínimo los hombres, Y ya que no tenía la menor capacidad telepática o psíquica, le respondió en voz alta, presionando los labios contra su garganta.
    – Nunca. Ni una vez. Me gustan mis pies firmemente en tierra. -Pero su piel olía tan bien. Era difícil no olisquear e introducirle en sus pulmones. Manolito los posó en un área relativamente protegida, lo que agradeció porque comenzó a llover inmediatamente. No una llovizna suave, o siquiera una constante, sino un aguacero fuerte y duro, como si los cielos se hubiesen abierto sin más para descargar un océano en ellos.
    MaryAnn se alejó de él en el momento en que sus pies comenzaron a funcionar. El estómago todavía se le revolvía y sacudía, y juraría que la nariz se le arrugó deseando otro buen olisqueo, pero se refrenó y le dirigió un largo ceño. El problema era que él la estaba mirando. No sólo mirando. Mirándola fijamente. El corazón le dio un largo vuelco y su estómago hizo esa cosa de las mariposas, pero con muchas más alas. Y su útero se tensó y sus pezones…
    Se apretó la chaqueta con un tirón y convocó una mirada a juego con su ceño. ¿Quién tenía ese aspecto? Honestamente. Los hombres no se quedaban de verdad ahí con un aspecto tan magnífico y ardiente en medio de la selva. No sólo ardiente. Echando humo. Era la cosa más sexy en la que nunca hubiera posado los ojos, y la estaba mirando como si pudiera devorarla de un absolutamente delicioso mordisco. Sus ojos ardía con una sensualidad oscura, haciéndola olvidar del todo sanguijuelas y hormigas, y haciéndola totalmente consciente de ser mujer. No se había sentido así desde hacia mucho… si es que se había sentido así alguna vez… eso la hizo ruborizarse.
    – Así que, -dijo Manolito, sus ojos negros ardían con tan puro pecado que casi se derritió-. Por fin has venido.
    Oh Dios. Su estómago dio otro salto junto con su corazón, y saboreó el sexo en su boca. Él lo supuraba.
    – He venido a rescatarte. -Barbotó las palabras antes de pensarlo. No podría pensar con claridad con él mirándola fijamente y su cerebro cortocircuitado, por muy real, por muy estúpida que hubiera sido la observación, no era ni la mitad de mala bajo las presentes circunstancias.
    Él sonrió, una sonrisa lenta, y sensual que chisporroteó, erizó, y apretó las espirales de su cabello ya rizado. Quizás fuera el arma secreta de los cárpatos contra las mujeres, porque estaba funcionando con ella. Este hombre era una amenaza. De verdad. Tenía que controlarse. Apretó los dedos.
    – Considérate salvado y salgamos de aquí. -Porque el deseo de saltar sobre él era probablemente un efecto por estar en la selva tropical, todo bochorno y sudor. Había leído muchos libros de Tarzán en su juventud. Probablemente estaba programada para el sexo en la jungla, y cuanto antes saliera de allí, más rápidamente volvería a la normalidad.
    Curvó un dedo hacia ella.
    – Ven aquí.
    Se le quedó la boca seca.
    – Estoy perfectamente bien aquí, gracias.
    Con sus botas favoritas hundiéndose en el barro. No podría haberse movido ni de haber querido. Su corazón palpitaba y el miedo entró silenciosamente, no miedo de él, sino de sí misma. Por sí misma.
    Su mirada la recorrió, y notó una posesión oscura brillando en las negras profundidades. No amor. Posesión. Propiedad. Cruda sensualidad. Su cuerpo respondió, pero el cerebro gritó una advertencia. No estaba tratando con un hombre humano que vivía bajo las reglas de la sociedad. Estaba sola con un cárpato que creía tener todo derecho sobre ella. Que podía controlar su mente y persuadirla a hacer lo que él quisiera. Este hombre exigiría sumisión y entrega absoluta de su pareja. Y ella no era una mujer ni sumisa ni entregada. ¿Cómo demonios se había metido en semejante apuro?
    – He dicho que vengas aquí conmigo. -No alzó la voz, ni siquiera la endureció; en vez de eso bajó el tono de la orden haciendo que su voz pareciera el roce aterciopelado de una lengua deslizándose sobre su piel. Sus ojos negros la compelían a obedecer.
    Se acercó un paso antes de que poder contenerse, unos fuertes brazos la rodearon, aplastando su cuerpo contra el de él. Encajaba como un guante. Él era duro y musculoso, y ella era toda curvas suaves, consciente de cada una de ellas. Él susurró algo en su propio idioma, algo suave y absolutamente sensual. Te avio päläfertülam. Repitió las palabras mientras su lengua se arremolinaba sobre el pulso que le latía frenéticamente en el cuello.
    – Eres mi compañera.
    No podía ser verdad porque sabía que no era psíquica, pero ahora mismo, en ese preciso momento, deseó que fuera verdad. Quería sentir la sensación de pertenecer a este hombre. Nunca había tenido una reacción física semejante a otro ser humano en su vida. Entolam kuulua, avio päläfertülam. Los labios susurraban sobre su pulso, los dientes pellizcaban gentilmente mientras la lengua frotaba otra caricia. Pensó que el cuerpo le ardería en llamas.
    – Te reclamo como mi compañera.
    Alzó la cabeza, abrió la boca para protestar, pero la de él la tomó, quitándole el aliento, intercambiándolo por el suyo. Las piernas se le volvieron de goma y se ancló rodeándole los muslos con una pierna mientras enredaba la lengua con la de él en una danza larga, lenta por el puro placer erótico. La sensación estalló a través de ella haciendo que la sangre palpitara en su corazón y le tronara en los oídos. Casi se perdió las palabras suaves que rozaron las paredes de su mente y quedaron encajadas allí.
    Ted kuuluak, kacad, kojed. Elidamet andam. Pesamet andam. Uskolfertülamet andam. Sivamet andam. Sielamt andam. Ainamet andam. Sivamet kuuluak kaik etta a ted.
    – Te pertenezco. Te ofrezco mi vida. Te doy mi protección. Mi lealtad. Mi corazón. Mi alma. Mi cuerpo. Tomo en mí los tuyos para protegerlos.
    Y el beso se profundizó, y ella cayó, quemándose, acurrucándose dentro de Manolito de la Cruz. Sintió como su corazón y alma se extendían hacia los de él. Combinados. Los senos le dolían y se habían hinchado. Sintió la impaciente humedad en su más profundo centro femenino, y la mente se le nubló aun más con la ardiente pasión que iba en aumento.
    Cierta parte pequeña y cuerda de ella intentó salvarla, una pequeña porción no afectada de su cerebro que ondeó una bandera roja, pero esa boca no se parecía a nada que hubiera experimentado nunca y quería más, el sabor era adictivo. Una mano se deslizó dentro de su chaqueta, empujando hacia arriba el ruedo de la camisa y se cerró sobre su pecho, haciendo que jadeara y atrajera la cabeza hacia ella. Deseando. No, necesitando.
    Los labios bajaron por la garganta mientras una mano se aposentaba en el cabello, aferrando la gruesa trenza en el puño, anclándola a él mientras exploraba la satinada piel. Encontró la elevación de su pecho, la señal que había dejado ahí marcándola como suya.
    Ainaak olenszal sivambin.
    – Tu vida será apreciada siempre.
    Las palabras vibraron a través de ella, haciendo que se presionara más contra él, empujando contra su muslo, aliviando el terrible vacío, deseando llenarlo con él.
    Gritó cuando su boca se le posó sobre el pecho, atrayendo el sensible pezón a su boca a través del encaje dorado del sujetador. Succionó con fuerza, su lengua lamía, sus dientes raspaban. Todo mientras oía su voz murmurándole en la cabeza.
    Te elidet ainaak pide minan.
    – Tu vida estará por encima de todo siempre.
    Su lengua danzaba y bañaba. Alzó la cabeza, su mirada contenía una hipnótica posesión oscura.
    – Y tú placer. -Una vez más capturó su boca, robándole el aliento, la voluntad, encendiendo un fuego en las venas.
    Su boca la quemó con un rastro de llamas de la garganta al pecho, sus dientes juguetearon y pellizcaron con pequeños y minúsculos mordiscos, cada uno provocando una oleada de ardiente y acogedor líquido que chisporroteó por su canal femenino. Se desmayaba de deseo. Casi lloriqueo cuando su boca encontró el otro pecho, tirando con fuerza, hasta que ya no pudo pensar con claridad. Se arqueó hacia él, enredando la piernas a su alrededor, alineando sus cuerpos de forma que pudiera presionarse firmemente contra él.
    Te avio päläfertülam. Ainaak sivamet jutta oleny. Ainaak terad vigyazak.
    – Eres mi compañera. Unida a mi por toda la eternidad y siempre a mi cuidado.
    Levantó la cabeza y una vez más encontró el punto donde la había marcado. Sus dientes se hundieron profundamente. El fuego ardió, el dolor relampagueó a través de ella como una tormenta, después el placer fue tan dulce, tan erótico, que se movió con agitado abandono contra él, acunándole la cabeza, sujetándole contra ella mientras el largo cabello renegrido se le derramaba sobre los brazos y ella enterraba la cara en sus sedosas hebras. Sentía deslizarse más y más lejos a la mujer que conocía, hacia el interior de otro reino completamente distinto.
    Él murmuró algo más en su idioma, con una voz tan sensual, que echó a un lado la pequeña advertencia que le surgió en la cabeza y mantuvo la cara enterrada en la seda de su cabello porque nada en la vida la había hecho sentirse tan bien. Le pertenecía. Había encontrado lo que siempre había buscado. Satisfecha con su vida, siempre había asumido que envejecería y moriría con la comodidad que había alcanzado, pero ahora esto era un regalo. Pasión. Excitación. La sensación de pertenecer a alguien. Era todo suyo.
    No había nada tímido en MaryAnn. Había escogido abstenerse del sexo simplemente porque no quería compartir su cuerpo con un hombre en quien no confiara, ni amara, un hombre con el que no iba a pasar el resto de su vida, pero en este momento, supo que Manolito de la Cruz era su otra mitad. Lo compartiría todo con él, estaba impaciente por hacerlo.
    Su lengua le recorría el pecho, haciéndola temblar de deseo, su voz susurraba de nuevo, y sucedió algo de lo más extraño. Se encontró a sí misma de pie a un lado observando como pasaba las manos bajo la camisa de Manolito y se la levantaba por el pecho, revelando los músculos definidos que fluían bajo la piel y los desgarros en su vientre donde el jaguar le había arañado. Su mano se deslizó sobre las terribles marcas de garras, cubriéndolas con la palma, insuflándoles calor. Se vio a sí misma presionarle el vientre y pecho en un punto justo debajo del corazón.
    Su lengua encontró el pulso que estaba buscando, ese latido firme y fuerte. Su cuerpo se tensó de expectación, latiendo y llorando de deseo. La mano se deslizó sobre el punto, y miró fijamente la uña, la que se había roto antes. Esta se alargó hasta formar una garra afilada. Para su sorpresa, le abrió la piel y presionó voluntariamente la boca contra su pecho. Él gimió y echó la cabeza hacia atrás, éxtasis mezclado con pasión. Alzó la mano para sujetarla, urgiéndola a tomar más. Y lo hizo. No parecía haber ni repulsión ni duda. Su cuerpo se contoneaba contra el de él, un sensual deslizamiento de curvas, una invitación a mucho, mucho más.
    Y él la aceptó, sus manos fueron rudas, íntimas, posesivas. Dio un tirón a sus ropas, deseando piel desnuda contra la suya. Cuando ella frotó su cuerpo a lo largo del bulto grueso y duro que estiraba sus vaqueros, se estremeció y murmuró su aprobación; le acunó el trasero y medio la levantó para alinear sus cuerpos de modo que quedara presionado contra su punto más íntimo.
    Como si supiera exactamente qué hacer, cuanto podría aceptar del ardiente y adictivo intercambio, MaryAnn pasó la lengua sobre la herida y alzó la cabeza para mirar en el interior los hipnotizadores ojos. Se la veía diferente, los ojos oscuros y excitados, los labios curvados y voluptuosos, tan sexy que no podría creer que fuera ella, tan dispuesta a hacer cualquier cosa y todo lo que Manolito le pidiera. Deseaba complacerle, darle placer, y que él hiciera lo mismo por ella.
    Él le sonrió y su corazón se volvió loco, reaccionando tan poderosamente como su cuerpo.
    Päläfertül.
    – Esposa. -La besó en la punta de la nariz, la comisura de la boca, revoloteando allí, a un aliento de distancia, mirándola a los ojos. Dime tu nombre para que tu Koje, tu esposo, pueda dirigirse a ti.
    MaryAnn jadeó cuando las palabras calaron. No habría podido hacerlo peor si le hubiera tirado un cubo de agua fría. Parpadeó y sacudió la cabeza, intentando aclarar las ideas. ¿Qué demonios estaba haciendo enroscada alrededor de un hombre del que ni siquiera sabía su nombre, pero que afirmaba ser su marido? ¿Y qué demonios le había pasado para dejarse hipnotizar hasta el punto de hacer cosas que iban totalmente contra sus creencias? Manolito la hacía débil. Había tomado control total de ella, y simplemente se había dejado llevar como si él pudiera controlar su vida con sexo.
    La furia estalló a través de ella, una furia que sólo había sentido una vez antes, cuando un hombre había irrumpido en su hogar y amenazado con matarla. La había arrastrado fuera de la cama, golpeándola viciosamente antes de que pudiera defenderse, tirándola al suelo y pateándola. Se había inclinado y la había apuñalado con un cuchillo, y cuando la hoja había entrado en la carne, algo salvaje, feo y fuera de control había alzado la cabeza y rabiado. Había sentido como los músculos se le tensaban y anudaban, y una fuerza se había vertido en ella. En este momento Destiny había llegado, y había matado al hombre, salvando la vida de MaryAnn y tal vez su alma. Porque fuera lo que fuera lo que había en su interior la había asustado más que su atacante.
    MaryAnn era una mujer que aborrecía absolutamente la violencia y nunca podría perdonarla, aunque ahora sentía un indescriptible deseo de dar una bofetada tan fuerte como pudiera a esa cara atractiva. En lugar de eso se alejó de un salto, al mismo tiempo que gritaba en su mente. Puso cada gramo de miedo y odio hacia sí misma y a sus propias acciones en el grito porque nadie podría oírla, y nadie conocía el terror con el que vivía, intentando mantener dormida a la bestia que moraba profundamente en su interior.
    Aléjate de mí. Por un terrible momento no supo si le estaba chillando a Manolito o a lo que vivía dentro de ella.
    Manolito se tambaleó, tropezando con el amplio tronco de un árbol y poniéndose en pie sorprendido y sobresaltado. Nunca nadie le había dado antes una bofetada psíquica, pero eso era lo que le había hecho su compañera. Y no cualquier bofetada, sino una lo suficientemente fuerte como para derribarle. Nadie se había atrevido a tratarle de esa manera en todos los siglos de su existencia.
    Una cólera oscura se arrastró a través de su vientre. Ella no tenía ningún derecho de negársele… o desafiarle. Tenía derecho al solaz de su cuerpo siempre que lo deseara. Era suya. Su cuerpo era suyo. La sangre palpitaba y corría a través de sus venas. Su polla estaba a punto de estallar. Había esperado fielmente cientos de años… más incluso… a esta mujer y ahora ella renegaba de él.
    – Podría hacer que te arrastras hasta mí y suplicaras perdón por esto -exclamó, los ojos negros ardían con un humo oscuro que lo decía todo. Podía sentir la atracción hacia ella, tan fuerte que no podía evitar el frenesí en el que su polla había entrado. Duro, ardiente y loco de deseo… la sensación era peor, mucho peor que cualquier hambre por alimento. Se emborrachó con su imagen, abrumado por su belleza. Su piel era tan suave a la vista que le dolían los dedos de la necesidad de recorrerla, de deslizar su cuerpo sobre el de ella. Era todo curvas llenas y lujuriosas y una boca que no podía dejar de mirar fijamente, pecaminosa, maliciosa y tan tentadora que el cuerpo se le endureció con un largo y doloroso tirón. Imaginó sus dedos en él, su boca, su cuerpo rodeándole, firme y ardiente matándole de placer.
    Necesitaba enterrar la cara en los abundantes rizos negro azulados, inhalar su fragancia y mantenerla para siempre en sus pulmones. Necesitaba el calor de sus brazos y el sonido de su risa. Pero primero su cuerpo necesitaba saciarse. No podía mirarla y no desear estar dentro de ella, no querer arrasarla, llegar a colmarla, hacer que gritara su nombre. La deseaba arrodillada ante él, quería que admitiera que le pertenecía a él y a nadie más, que admitiera que le deseaba… incluso que le necesitaba, que le proporcionara el placer último de su cuerpo.
    MaryAnn no sabía exactamente qué había pasado. Él se había caído pero ella solamente le había gritado, asno arrogante. En cualquier caso, arrastrarse no figuraba en sus planes. Y pedir perdón no era exactamente su estilo. Parecía furioso, y peligroso, y en conjunto demasiado atractivo para su propio bien. Un hombre malcriado y arrogante, a quien obviamente todo el mundo había complacido en todo en la vida. Las mujeres debían haber hecho cualquier cosa que dijera, cuando lo ordenaba. Y debía haber dado muchas órdenes.
    Se mordió el labio con fuerza para evitar decirle que se fuera al demonio, porque… MaryAnn extendió las manos hacia afuera de repente.
    – Mira, soy tan culpable como tú. Tengo algo que decir en esto. -No iba a culparle sólo a él. Era una mujer adulta y creía en la responsabilidad, aunque nada de lo que le había sucedido desde que había entrado en la selva había sido normal-. Me tragué todo el asunto de la compañera porque estás… bien… muy bueno. ¿A qué mujer no le gustarías? -Y ella había alcanzado el punto de estar endemoniadamente segura de que nunca iba a experimentar un sexo ardiente-como-el-infierno, inolvidable, del que hace volar las almas con Manolito. Sin duda parecía un hombre que podría… y lo haría… proporcionarlo. Oh, sí, se declaraba culpable, pero ya podría olvidarse de todo eso de que se arrastrara pidiéndole perdón.
    Manolito estudiaba la cara de su compañera, al mismo tiempo sondeando gentilmente su cerebro para hacerse una idea de cómo había sido su relación. Obviamente tormentosa. Y su nombre era MaryAnn. MaryAnn Delaney. Estaba confuso con los detalles, por ejemplo cuándo y dónde habían estado juntos por primera vez, pero conocía el sabor adictivo de ella. Sentía una acuciante necesidad de dominar, de oír sus suplicas sin aliento y ver sus ojos nublados de éxtasis.
    Había vuelto a confirmar la unión de sus almas con el antiguo ritual porque su mente había insistido en eso. Pero era una mujer que necesitaba una mano dura. Desnudarla, tirarla sobre sus rodillas y darle a ese increíblemente hermoso trasero una lección era algo que tendría el placer de hacer. Y después la tendería y la saborearía, lamiendo cada gota de su crema femenina, memorizando cada deliciosa curva, descubriendo lo que la llevaba a la locura hasta que le suplicara perdón. Y después la llevaría una y otra vez al límite del placer, hasta que supiera realmente quien era su compañero.
    Manolito dio un paso hacia ella y algo cruzó su cara, miedo tal vez. No quería que tuviera miedo de él, no de verdad, aunque un poco de saludable miedo podría brindarle algo de cooperación. Confusión seguro. Se detuvo cuando ella retrocedió alejándose de él y miró alrededor como si fuera a echarse a correr.
    – Yo nunca haría daño a mi compañera, deberías saberlo. Más bien encontraría un castigo placentero, uno que pudiera asegurarme de que a última instancia gozarías.
    MaryAnn frunció el ceño.
    – Sea de lo que sea de lo que estás hablando ya puedes olvidarlo. Soy demasiado vieja para ser castigada. Mira, hemos cometido un error. Ambos. Vine aquí con la intención de aconsejar a la hermana de Juliette, y Riordan me dijo que tenías problemas. En realidad nunca nos han presentado. Nunca nos habíamos visto. Te vi en las Montañas de los Cárpatos en la fiesta de Navidad, justo antes de que te atacaran, y unas cuantas veces de lejos, pero nunca hemos sido presentados. No tengo habilidad psíquica. Soy un ser humano normal que aconseja a mujeres necesitadas.
    Manolito sacudió la cabeza. ¿Podía ser eso cierto?
    – Imposible. No eres una extraña para mí. Eres mi otra mitad. Mi alma reconoce a la tuya. Estamos sellados como uno. Tú me perteneces y yo a ti. -Empujó una mano impaciente a través del largo y sedoso cabello, y después se lo echó atrás para atarlo con una cinta de cuero que llevaba en su bolsillo.
    Una risa maníaca se deslizó hasta el interior de su cabeza, haciendo que se diera la vuelta, explorando en toda dirección, su lenguaje corporal cambió a un ademán protector. Saltó la distancia que los separaba poniéndola detrás de él.
    – ¿Qué pasa?
    – ¿No oíste nada? -Sabía lo que había allí afuera. Los vampiros emergían lentamente de las sombras para mirarle fijamente con ojos despiadados y las fauces boquiabiertas, señalando con sus dedos huesudos y acusadores.
    MaryAnn escuchaba pero sólo oía la molesta llamada de las cigarras y otros insectos. Quién sabía lo que decían tan ruidosamente. Sacudió la cabeza, sintiendo que el corazón se rompía por él.
    – Cuéntame, Manolito. Pareces tan triste. No deberías estar triste nunca. -Quería que fuera feliz. Que volviera a estar furioso y ardiendo en vez de parecer tan perdido y solo.
    Entonces él se dio vuelta, cogiéndola por los antebrazos y acercándola, bajando la mirada a su cara inocente y encontrando su mirada durante un largo e interminable minuto. Levantó una mano hasta su cara. La yema del pulgar se deslizó a lo largo de los pómulos, con pesar grabando en las profundas arrugas de sus ojos y boca.
    – Acabo de encontrarte, MaryAnn, pero si tú no oyes la voces, significa que no estoy del todo cuerdo. No recuerdo cosas. No tengo idea de en quien confiar. Pensaba que tú… -Se interrumpió, gimiendo suavemente y cubriéndose la cara con las manos-. Es verdad entonces. Estoy perdiendo la cabeza.
    – Soy humana, Manolito, no cárpato. No veo y oigo cosas que tú eres capaz de ver.
    Manolito deseaba que fuera cierto, pero la tierra se ondulaba bajo sus pies y ella no veía la cara entre las hojas ni la perturbación del suelo que imitaba a una boca. Se quedó en pie muy quieto un momento antes de alzar la cabeza, mientras la lluvia caía firmemente.
    – Debes dejarme. Regresa a donde te sientas más segura. Aléjate de mí. No sé porque creo que me perteneces, pero temo por mi cordura… y por tu seguridad. Vete ya, rápidamente, antes de que pierda mi resolución.
    Porque no podía soportar la idea de que estuviera fuera de su vista. Hasta ese momento no se había dado cuenta de cuánto la necesitaba. Sus necesidades ya no importaban. Ella tenía que estar a salvo… incluso de él… especialmente de él.
    Allí estaba… su libertad. Miró a su alrededor. La selva tropical era oscura y sombría, pero a causa del agua. Estaba por todos lados, formando grandes y pequeñas cascadas, encontrando nuevos caminos y convergiendo en arroyos amplios y precipitados. El agua se derramaba, implacable y constante, agregándose a las cascadas que se vertían de las rocas y el lodo. Estaba tan fuera de su elemento aquí, sin la más mínima idea de qué hacer.
    Manolito parecía justo lo opuesto, aun si fuera verdad que estaba perdiendo la cabeza. Estaba cómodo en este mundo, confiado y poderoso, sus ojos una vez mas buscando alrededor, intentando evaluar el peligro para ellos… no… no era eso… intentando evaluar el peligro para ella.
    Tomó un profundo aliento y deslizó su mano en la de él.
    – Podemos resolver esto juntos. ¿Estas escuchando voces ahora?.
    – Sí, una risa burlona. Y veo vampiros en la tierra, en los árboles, en los arbustos. Nos están rodeando.
    MaryAnn cerró los ojos brevemente. Sencillamente genial. Y había estado preocupada por los jaguares. Los vampiros eran mucho peor. Extendiendo la mano libre, cerró los dedos alrededor del spray de pimienta.
    – Vale. Muéstrame lo que ves. Puedes hacerlo, ¿verdad? Abrir tu mente a la mía.
    La sintió moverse dentro de su mente, ya fundiéndose y estirándose, yendo a su encuentro. Parecía inconsciente para ella, pero la fusión había sido iniciada por ella. La mente femenina se deslizó fácil y subrepticiamente dentro de la suya. Sus dedos se cerraron alrededor de los suyos. Un temblor recorrió su cuerpo.
    Los ves.
    MaryAnn miró fijamente a las caras horribles que los rodeaban. No la sorprendía que Manolito no distinguiera entre realidad e ilusión. Los vampiros eran muy reales allí en su mente. Al menos creía que estaban en su mente.
    – ¿Confías en mí? -preguntó.
    – Con mi alma, -respondió él prontamente. Creía que era su compañera y no podría haber traición, ni mentiras entre ellos. Y si estaba equivocado, que así fuera, moriría protegiéndola.
    – Sal de mi mente y yo conseguiré que salgamos de aquí. -Intento colocarse delante de él, agarrando con fuerza el frasco de spray de pimienta, preparada para la batalla con lo que fuera que se interpusiera en su camino, así podría mantenerle a salvo.
    Él la cogió de la barbilla y la obligó a mirarle.
    – Yo no soy el que mantiene la unión. Eres tú. No puedo liberarte, sólo tú puedes hacerlo.
    Se acercó más a él como para protegerle.
    – Yo no puedo estar sosteniendo la unión. No soy psíquica.
    – Todo irá bien, ainaak enyem. Por siempre mía -tradujo-. No permitiré que te hagan daño mientras vivamos en lamti ból jüti, kinta, ja szelem.
    – No hablo tu idioma. -Y fuera lo que fuera lo que había dicho no podía ser muy bueno. Sonaba demoníaco. Se preparó para la traducción.
    – El significado literal es prado de noches, tinieblas y fantasmas. Parecemos estar parcialmente en nuestro mundo y en cierta medida en el inframundo. No estoy seguro cómo ha ocurrido o por qué, pero tenemos que encontrar la salida.
    – Me temía que pudiera ser algo así. -Y tanto que no pertenecía a este mundo. Ni siquiera veía películas de miedo-. Bien, dime qué hacemos, porque ese horrible vampiro a nuestra izquierda se está acercando.
    El mundo era gris. De un gris apagado y velado con hebras de niebla colgando como musgo, cubriendo las ramas de los árboles ennegrecidos. Y había insectos por todas partes. Grandes, volando alrededor de su cara y de cada pulgada de piel expuesta. Sacó el spray de insectos y los roció con una explosión del frasco. La mezcla salió del inyector como un extraño vapor verde grisáceo, flotando lentamente y espesándose mientras salía. Su sonido fue un silbido lento, como un animal, excesivamente ruidoso en la repentina quietud del mundo.
    – No hacen ningún ruido, -murmuró a Manolito-. Los insectos. Hay tanto silencio aquí.
    Inmediatamente las cabezas de los ghouls se giraron, ojos brillantes se posaron en ella. Registrando sorpresa. Los vampiros se miraron unos a otros, y después otra vez a ella. Un murmullo de júbilo se alzó y uno de los vampiros se acercó, su horrible boca se abrió de par en par exponiendo dientes manchados y afilados como navajas de afeitar.
    – Encantados de tenerte entre nosotros, -siseó el vampiro, su apestoso aliento no llegó a la piel de MaryAnn-. Hace mucho tiempo desde mi última cena.
    Un vapor se alzó alrededor de ellos, envolviéndoles en una espesa niebla. Manolito la arrastró a sus brazos, rodeándole con ellos la cabeza para evitar que viera a los monstruos mientras estos se acercaban, con ojos despiadados que miraban golosamente su cuello.
    – Este sería un buen momento para volar -urgió MaryAnn.
    – No puedo en este mundo. Estoy limitado por las leyes de la tierra de la niebla.
    La tierra se movía y más caras miraban fijamente hacia ellos. El vampiro se acercó, cada movimiento laborioso. MaryAnn se tensó cuando un largo dedo huesudo la señaló, y la criatura encogió los dedos, llamándola. Un soplo asqueroso de aire tan frío como el hielo sopló hacia ella. Antes de que este tocara su rostro, Manolito giró, de forma que se estrelló contra su espalda, en vez de dejar que el vampiro le golpeara la cara con su respiración venenosa. A pesar de ello, MaryAnn sintió los afilados trozos de hielo perforar el cuerpo de Manolito, directos hacia ella.
    – Al infierno con esto, -estalló MaryAnn-. Volaste antes. Pon tu culo en marcha y sácanos de aquí. -Le urgió hacia el aire. Ordenándoselo. Incluso cerró los brazos alrededor de su cuello, enterrado la cara contra su pecho y aplastando su cuerpo contra el de él.
    Manolito podía tener que seguir los dictados del prado de las noches, pero evidentemente MaryAnn no. Estaba atrapado en el mundo de sombras, un habitante a medias, pero ella era mortal, caminando por un lugar al que no pertenecía, atraída y retenida por su alma compartida. Sólo tenía que desear irse sin él y quedaría libre, pero ella se negaba a considerarlo. Estaba empezando a conocer su mente y a comprender que su compañera tenía una espina dorsal de acero. Se encontró en el aire con ella, moviéndose rápidamente lejos de las caras que miraban hacia arriba, lejos del lamento y rechinar de mil dientes.
    Encontró un pequeño refugio de rocas y bajó hasta posarlos en tierra, esperando que estuvieran a salvo, pero como no sabía nada del reino antinatural en que moraban parcialmente, se temía que ningún lugar fuera seguro. MaryAnn se aferraba a él, su cuerpo temblaba cuando sus pies tocaron la roca. Se deslizó hacia abajo por su cuerpo como si no tuviera huesos y se sentó, con las rodillas encogidas y meciéndose.
    – Puedes abandonar este mundo, MaryAnn, -dijo gentilmente-. Sé que puedes.
    – ¿Cómo?
    Levantó la mirada hacia él y el corazón se le encogió dolorosamente en el pecho. Al parecer estaba a punto de llorar. Con las yemas de los dedos echó hacia atrás las hebras de cabello rizado, demorándose contra el cálido satén de su piel.
    – Sólo tienes que tomar la decisión consciente de dejarme aquí. Condenarme por cualquiera que sea el mal que te haya hecho.
    Ella pareció genuinamente desconcertada.
    – ¿Qué mal me has hecho? -Agitó la mano-. Aparte de ser tan guapo y volverme un poco loca, no has hecho nada para herirme. Soy la responsable de que mis propias hormonas estén sobrexcitadas, no tú. No puedes evitar tener el aspecto que tienes.
    Él se sentó a su lado, sus muslos tocando los de ella, y extendió una mano buscando la suya, llevándosela al pecho, sobre el corazón.
    – Al menos te gusta mi aspecto. Es un comienzo.
    Le lanzó una pequeña sonrisa traviesa.
    – A todas las mujeres les gusta tu aspecto. No tienes problemas en ese aspecto.
    – Así que es mi personalidad a lo que objetas.
    Era difícil pensar en lo que objetaba exactamente cuando su pulgar se le deslizaba sobre el dorso de la mano en una caricia hipnótica y su muslo producía suficiente calor como para calentar a medio mundo. Sus dientes blancos eran deslumbrantes y su sonrisa tan sensual que el cuerpo se le sobrexcitó antes darse cuenta que se había encendido el motor. Parecía no costarle mucho estando a su alrededor. Debería resultarle embarazoso, pero en medio de la neblina del extraño mundo en el que se encontraba, esta potente química era lo menos que la preocupaba.
    – Todavía vives en la edad oscura, tío, -dijo, acariciándole la rodilla, intentando sentirse como una tía sabia. En cambio su corazón se estaba disparando, su estómago se agitaba, y en todo lo que podía pensar era en presionar su boca contra la de él para ver si volvían a estallar cohetes. Porque estaba segura de no querer pensar en estar sola cuando saliera el sol, y él iba a sacar el tema en cualquier momento.
    Manolito se llevó su mano a la boca y mordisqueo sus dedos, los dientes enviaron pequeñas descargas a través de su sangre.
    – ¿Edad oscura? Yo creía que me había adaptado a este siglo bastante bien.
    Se rió, no pudo evitarlo cuando sonó tan sorprendido.
    – Supongo que para ser alguien tan anciano como tú, te has adaptado. -Y tal vez era cierto. Había nacido en una raza y un tiempo en el que los hombres protegían y dominaban a las mujeres. Vivía en un país donde se conservaban las mismas normas sociales. Por supuesto que sentiría que tenía derecho a ella si creía que era su compañera.
    Marido. Saboreó la palabra, consciente de cada respiración que recorría los pulmones de Manolito. Era demasiado guapo para ella, demasiado salvaje y muy, muy dominante, pero podía soñar y fantasear. No podía imaginar lo que sería pertenecer realmente a este hombre, no como Destiny pertenecía a Nicolae. Pero él seguía mirándola con esos negros, negros ojos llenos de tan crudo deseo, que podría olvidarse sin más de todas sus dudas e intentar una gloriosa noche con él.
    – Sólo sé lo que es correcto para mi mujer, como protegerla a la vez que complacerla, y ella debería tener suficiente fe en que me ocuparé de sus necesidades al igual que de cada placer que ella… o yo… pueda imaginar.
    Sus dientes le mordisqueaban la sensible yema de los dedos. No debería haber sido erótico, pero lo era. Él hacía que todo sonara así, incluso su ridícula sugerencia de castigo. Era la aterciopelada aspereza de su voz, la forma en que podía hacer que se deslizara sobre su piel como una caricia. Si cualquier otro hablara de esa manera, se hubiera reído, si no en voz alta, al menos para sí misma, pero con Manolito se sentía tentada a poner en práctica algunas de sus más escandalosas fantasías
    – Estoy leyendo tu mente -dijo él suavemente- y tenemos que concentrarnos en como salir de aquí.
    – Bueno, solo son fantasías. -No se iba a ruborizar. Ser desnudada y atormentada hasta suplicar era francamente sexy, aunque la realidad podría no ser igual que la imaginación.
    – Puedo prometerte que disfrutaras cada momento conmigo, -le aseguró él, mordiéndole ligeramente el dedo antes de succionarlo al calor de su boca.
    Su lengua jugueteó y danzó hasta que ella deseó gritar su rendición. Y sólo le estaba besando los dedos. Se abanicó la cara. Tal vez subestimaba la realidad después de todo.
    – ¿Reconsiderarías los términos? ¿Cómo no andar dándome órdenes? Podría acceder a esforzarme en ser aventurera.
    – Para ser aventurera, tienes que estar dispuesta a entregarte a mi cuidado, -contrarrestó él.
    Allí esta otra vez, esa lenta y sexy sonrisa que quemaba a través de su piel y encontraba los salvajes deseos ocultos que no debería estar considerando con un hombre que la estaba empujando a la absoluta y completa rendición.
    – Tentador. Pero no. No soy del tipo de mujer que entregaría su vida a un completo desconocido.
    La barbilla de él se frotó contra el dorso de su mano. Los pechos le dolían, como si su sombreada mandíbula le hubiera rozado la suave piel de allí.
    – Pero entregarse en la cama no es lo mismo como entregarse fuera de ella.
    – ¿Eso es una opción contigo?
    – No hay opción. Es la única opción que hay. Eres mi compañera. Encontraremos la forma porque así es como funcionan los compañeros. -La sonrisa decayó en su cara. Le besó los nudillos y se llevó su mano una vez más al corazón-. No puedes quedarte aquí conmigo, MaryAnn; es demasiado peligroso. No puedo diferenciar qué es real y qué ilusión, y con nuestros cuerpos en un mundo y nuestros espíritus en otro somos vulnerables en ambos lugares.
    – No sé como marcharme, y no se si podría. No sin ti. ¿No puedo perdonarte por cualquier cosa que puedas haberme hecho? -Miró alrededor hacia el gris apagado de aquel mundo. Parecían estar en la selva tropical, pero sin los vibrantes colores y los sonidos. El agua surgía de entre las rocas y bajaba la cuesta, pero en vez de correr clara o blanca, corría en oscuros arroyos.
    – No creo que sea tan sencillo. Primero tengo que averiguar como he llegado a este lugar de fantasmas y sombras.

Capítulo 6

    Fantasmas y sombras. No le gustaba mucho como sonaba eso. MaryAnn se frotó la barbilla con la parte superior de las rodillas. Siempre había una respuesta, solo tenía que utilizar el cerebro.
    Manolito se acercó inclinándose… lo suficiente como para envolverla con su aroma puramente masculino, con la calidez de su cuerpo, y hacerla sentir femenina y protegida. Le lanzó una mirada ligeramente irritada. Estaba intentado pensar y no necesitaba que su cerebro se cortocircuitara. La sonrisa de él hacía que un pulso eléctrico chasqueara y humeara a través de su cuerpo.
    ─Dime que va mal y lo arreglaré para ti. No te haría daño por nada del mundo. Sé que nunca te fui infiel. Dime, päläfertül, y haré lo que sea, lo que haga falta, para desagraviarte, no puedo salir de aquí por mí mismo, pero nunca querría agraviar a mi compañera de ningún modo.
    Había tanto dolor y preocupación en su voz que el corazón le dio un vuelco.
    ─Manolito, honestamente, no sé que está pasando, pero no has tenido oportunidad de agraviarme. Apenas te conozco. No soy cárpato. Vivo en Seattle y aconsejo a mujeres maltratadas. Así es como conocí a Destiny. Nos hicimos amigas, y a través de ella, terminé viajando a las Montañas de los Cárpatos.
    Él frunció el ceño.
    ─Eso no puede ser. Dices que eres humana, pero puedes hacer cosas que sólo un cárpato puede hacer. Tienes mucho poder, MaryAnn. Lo siento manar de ti, incluso mientras me hablas. Te estás extendiendo tan consoladora hacia mí, haciéndome sentir mejor.
    Ella negó con la cabeza.
    ─Soy humana. Mi familia es humana. Todo en mí lo es. De verdad, honestamente, me acabas de conocer hoy. Te vi… ─Y pensé que eras tan guapo que dolía. Cerró los ojos y apoyó la cabeza contra el hombro de él─. Me asustaste a muerte. Todo en ti es aterrador, en ciertos aspectos, en la mayoría, en el buen sentido.
    El beso de él fue el más ligero roce de labios sobre su mejilla, pero lo sintió alojarse directamente en su corazón.
    ─¿Por qué iba a darte miedo? Eres la otra mitad de mi alma. ─Parecía asombrado.
    Sintió el alocado impulso de borrar las líneas fruncidas de su ceño, pero se resistió, cerrando los dedos con fuerza.
    ─No lo entenderías. ─Porque ella no se sentía en absoluto atraída por los hombres, no así. No tanto que deseara hacer todo, cualquier cosa que él le pidiera. No tanto que no pudiera respirar o pensar de tanto desearle. Le gustaba su vida tranquila y controlada. No era en lo más mínimo aventurera, ni dentro ni fuera de la cama. Era… bueno… simplemente MaryAnn, con los pies firmemente plantados en el suelo. No se permitía fantasías salvajes. Ni obsesiones, y Manolito indudablemente estaba catalogado como obsesión.
    Manolito deslizó los brazos a su alrededor.
    Solo tienes que hablarme de tus miedos, ainaak sivamet jutta, y yo encontraré la forma de tranquilizarte. Te sacaré de aquí. Tenemos que hacerlo rápidamente, ya que el sol se alza. Cuando nuestros cuerpos están en el reino de los vivos y nuestras almas en el valle de las tinieblas, es difícil protegernos a nosotros mismos en plena selva.
    ─Entonces, llévanos a tu casa. Si estamos allí, no tendremos que preocuparnos tanto de que algo ataque nuestros cuerpos.
    ─Debemos acudir a la tierra. La tierra más rica es la terra preta. Mejor quedarse aquí donde la tierra tiene posibilidad de rejuvenecernos.
    El corazón le golpeó ruidosamente en el pecho.
    ─No soy cárpato. No acudo a la tierra. Moriré si la tierra me cubre. Mi corazón no se detiene como el vuestro. Por favor, créeme, no soy cárpato.
    Manolito se frotó el puente de la nariz y la evaluó a través de sus largas pestañas.
    ─Sé que sientes nuestra conexión. Puedo leer tus pensamientos la mayor parte del tiempo, no porque invada tu privacidad, sino porque los estás proyectando hacia mí. ─Le lanzó una pequeña sonrisa sesgada─. Intentas reconfortarme. Puedo sentir tu energía envolviéndome con cálidos brazos y acariciándome, asegurándome que todo irá bien.
    Estaba tan cerca, todo lo que tenía que hacer era inclinarse y besar esa boca pecaminosamente sensual. Era pura tentación sentado ahí mismo, en medio del peligro y el misterio. Una malvada y sorprendente tentación. Y no pudo resistirse. MaryAnn se presionó contra él, cruzando los escasos centímetros que los separaban hasta que sus labios se rozaron. Sólo una vez. Un lento saborear. Porque si iba a morir, o a quedarse en el infierno, bien podía saborear el cielo ya que estaba en ello.
    La rodeó con sus brazos, y la tierra cayó en picado junto con su estómago. La boca de él simplemente tomó la suya. No sabía que alguien pudiera besar así. Saboreó la adicción y el deseo. Saboreó el hambre y la mordedura cruda y carnal del sexo. Por un momento, de terrible y puro éxtasis, pensó que podría estar a punto de tener un orgasmo sólo por su beso.
    No puedo respirar. No le importaba que él supiera lo mucho que le deseaba. Todo le dolía, anhelante. Por todas partes. No había ni una sola célula de su cuerpo que no fuera consciente de él, consciente de desearle… no… de necesitarle. En ese momento supo que ningún otro podría satisfacerla. Anhelaría el sabor de este hombre, su tacto, su cara y cuerpo, incluso su maliciosa sonrisa. Soñaría con él y yacería despierta por la noche deseándole. Fuera una aterradora certeza de que su vida ya no le pertenecía y de que con él, tenía muy poco control.
    ─Calma, sivamet, estás en buenas manos.
    Su voz era hipnotizadora, tan sexy como su boca. Extrañamente, no estaba aprovechándose; en vez de eso, la abrazaba y sostenía protectoramente, como si supiera que su reacción desinhibida y abrumadora hacia él la asustaba.
    ─Estoy totalmente perdida contigo, ─admitió MaryAnn. Intentaba respirar, no hiperventilar, pero no podía hacer que sus pulmones funcionaran. Si fuera posible, creía que podía realmente estar experimentando un ataque de pánico por un beso. La tranquila e imperturbable MaryAnn estaba perdiendo el control por un hombre, y ni siquiera había una hermana cerca con la que hablar. Estaba totalmente fuera de su mundo aquí.
    ─No, no eres tú, ─dijo él, la gentileza de su voz le susurró sobre la piel. La besó de nuevo, exhalando aire a sus pulmones─. Los dos estamos en una situación poco habitual.
    Deseó reír ante la declaración, pero estaba demasiado cerca de las lágrimas. No por el peligro, sino por este hombre que tenía que estar con alguna glamurosa estrella de cine o una modelo y que la estaba mirando como si sólo tuviera ojos para ella. No se atrevió a volver a hablar de ello.
    Alzando la barbilla, rozó su boca sensual una última vez y tomó un profundo aliento.
    ─Intentemos volver a la casa. Deberíamos estar a salvo allí. Riordan y Juliette tienen que ir a la tierra como tú, pero Juliette me dijo que su hermana y su prima utilizan la casa durante el día cuando no hay nadie allí. Las tres juntas, deberíamos estar a salvo. Los vampiros no pueden salir de día, ¿verdad?
    ─No, pero con frecuencia utilizan marionetas que hacen el trabajo sucio por ellos. Los hombres jaguar han sido contaminados por su mal.
    ─¿Cómo lo sabes? ─MaryAnn lanzó una cautelosa mirada alrededor, consciente de que todo el rato que Manolito la había estado besando, abrazándola y reconfortándola, calmándola, también había estado explorando en busca de enemigos. No iba a ser capaz de resistir que le hiciera el amor si alguna vez se ponía en serio a ello, pero realmente, realmente deseaba tener la oportunidad de intentarlo.
    ─Conocí a uno de ellos, Luiz, no muy lejos de aquí. Me atacó. Cuando me extendí hacia su mente para calmarle, supe que el vampiro le había estado influenciando. En realidad no era mal hombre en absoluto. En otras circunstancias, quizás podríamos haber sido amigos.
    ─Sentí como te atacaba. Intenté detenerlo, ─admitió ella─. ¿Qué te hizo? ─Frunció el ceño─. Quería matarte.
    ─Fue muy valiente por tu parte intentar intervenir, aunque nunca debes colocarte a ti misma en peligro. Confía en que yo cuide de nosotros. ─La había sentido, por un momento, de pie entre el felino que saltaba y él, y había cerrado su mente de golpe para evitarle ningún daño, pero se había sentido orgulloso de ella y, sobre todo, parte de ella─. Unos pocos arañazos es todo lo que pudo conseguir.
    Se alzó la camisa para mostrar el estómago absolutamente musculoso. MaryAnn se humedeció los labios.
    ─No creo que los hombres estén en realidad constituidos como tú, ─barbotó y después se cubrió la cara con una mano. Él le estaba sujetando la otra o habría usado esa también.
    Era demasiado superficial. Eso era. Superficial. Porque tenía una fijación con sus ondulantes músculos, ¿y cómo podía no notar el impresionante bulto de sus vaqueros? Él ni siquiera intentaba ocultarlo. Debería estar pensando en heridas y en "oh, no" y "¿estás bien?". Pero no, estaba pensando en arrancarle la ropa y darse el lote con él. No siempre había sido superficial, o quizás era la extraña tierra de sombras en la que parecían estar. Pero ya que estaba en ello, bien podía llegar hasta el final. Bajó la mirada a sus, una vez, hermosas botas. Quizás necesitara unos tacones altos y un buen látigo para controlarse a sí misma… o a él.
    ─Estoy leyendo tu mente otra vez. ─Había diversión masculina en su voz.
    ─Muy bien. Intenta encontrarle algún sentido a esto, porque a mi no me va muy bien. ¿Estás bien? ─Ahí estaba. Eso era indudablemente apropiado. Un poco lento en llegar, pero lo había soltado.
    La selva les rodeaba, el agua todavía manaba de las rocas y fluía en ríos. Todo parecía igual, pero diferente. Más pútrido. Mucho más aterrador y extrañamente inmóvil. Antes, cuando había entrado por primera vez en la selva, había notado que era más silenciosa de lo que había creído que sería, pero al caminar, había empezado a oír las chicharras y otros insectos, los chillidos de los pájaros, y el viento y la lluvia en la canopia. Después de un tiempo, la selva había parecido ruidosa y llena de ocupantes, así que no se había sentido tan sola. Ahora parecía menos vívida, apagada y oscura, no tan viva, y amenazadoramente tranquila.
    Las serpientes reptaban por el suelo de la selva y se enroscaban sobre ramas retorcidas. Gusanos, sanguijuelas y arañas hacían que la vegetación se contorsionara y moviera como si estuviera viva. Los escarabajos eran grandes, con gruesos y duros caparazones, y los mosquitos siempre presentes, en su búsqueda interminable de sangre. Las flores emitían una fragancia pútrida, y el olor a muerte parecía aferrarse a todo. Pero algunas veces, cuando parpadeaba rápidamente, o pensaba en Manolito y en lo guapo que era, la selva volvía a mostrar vibrantes colores. No tenía sentido, pero le daba esperanza de que sólo con un poco de tiempo, podría desentrañar el secreto que les sacaría a ambos de las sombras.
    ─Llévame de vuelta a la casa. ¿Puedes encontrar el camino?
    ─No quiero atraer el peligro hacia los otros.
    ─Si un vampiro anda rondando por el vecindario, supongo que lo sabe todo sobre los otros. En el número hay seguridad, especialmente si tú no vas a estar con nosotras. ─La idea de que la dejara sola provocó un pánico instantáneo. Su garganta se hinchó hasta que el aire a penas pudo llegar a sus pulmones, pero se negó a ceder al miedo. Él era cárpato y ella humana…
    MaryAnn se quedó rígida.
    ─Espera un minuto. Espera un minuto. ─Alzó ambas manos, con las palmas hacia afuera como si pudiera bloquear la información que fluía hacia ella─. ¿Tomaste mi sangre?
    ─Por supuesto.
    Ahí estaba otra vez ese asombro, como si quizás ella no fuera tan brillante como él había esperado.
    ─Y crees que soy la otra mitad de tu alma. Destiny me dijo que en vuestra sociedad el hombre puede casarse con la mujer sin su consentimiento y unirlos. ¿Es eso cierto? ¿Has hecho eso con nosotros?
    ─Por supuesto.
    MaryAnn se frotó la cara con una mano. Sentía una sensación pesada en el fondo del estómago.
    ─¿Cuántas veces hay que hacerlo para convertir a una persona en cárpato?
    ─Se requieren tres intercambios de sangre si no son ya cárpatos.
    Se mordió con fuerza el extremo del pulgar, la memoria volvía a ella. Bajó la mirada a su uña… la que se había roto antes en la selva. Había crecido hasta alcanzar la longitud de las otras y algo más. Todas sus uñas habían crecido. Algunas veces esto era un problema. Se las cortaba con frecuencia, pero no a diario. Quizás la sangre cárpato aceleraba el crecimiento.
    ─¿Cuántas veces has intercambiado sangre conmigo?
    Se deslizó la palma sobre la marca del pecho. Todavía latía y ardía como si su boca estuviera sobre ella. ¿Por qué podía imaginárselo de repente? ¿Por qué estaba tan segura de que su boca había estado allí? ¿Por qué podía sentir su boca, quemando como un hierro de marcar, contra su piel cuando sus labios nunca habían estado allí? No piel con piel. La había besado, deslizado su boca sobre la de ella; aún así tenía un punto cálido y húmedo sobre el casi inexistente encaje de su sujetador. Por muy sexy que hubiera sido, no había sido su boca sobre la piel, ¿así que por qué el recuerdo era de repente tan fuerte?
    ─Imagino que muchas veces.
    Ella inhaló bruscamente.
    ─En realidad no lo sabes, ¿verdad? Manolito, si tú no lo sabes, y yo no lo sé, podríamos tener un auténtico problema. Yo no soy cárpato. Nací en Seatle. Fui a la escuela allí y después a Berkeley, en California. Si es cierto que has intercambiado sangre conmigo, sé que no he pasado por la conversión. Lo sabría si hubiera dormido en la tierra. Todavía soy sólo yo.
    ─Eso no puede ser. Recuerdo haber tomado tu sangre, habernos unido. Eres parte de mí. No puede haber error.
    MaryAnn abrió su mente y los recuerdos que tenía de él.
    ─Te decía la verdad cuando dije que no nos conocíamos. Es cierto que te vi en una fiesta en las Montañas de los Cárpatos, pero nunca nos presentaron formalmente. Me siento físicamente atraída, pero no te conozco en absoluto. ─Vale, una atracción física salvaje, pero esto iba en serio y ella podía superarla… esperaba. Todo estaba encajando en su lugar. Las cosas que Riordan y Juliette le habían dicho empezaban a tener sentido. Su corazón tronó con fuerza.
    Manolito guardó silencio, evaluando sus recuerdos, demorándose un poco en el que encontró de un hombre irrumpiendo en su casa y atacándola. Sintió como se alargaban sus afilados dientes y el demonio de su interior rugía buscando liberarse. Muy cuidadosamente, ocultó su reacción. Ella ya tenía suficiente, y si de algún modo la había traído a este estilo de vida sin su conocimiento… o el suyo… rabiar como deseaba, porque no siempre había estado a salvo sólo empeoraría las cosas.
    ─¿Si lo que dices es cierto, MaryAnn, como es que somos compañeros? Pronunciar las palabras rituales no puede conectar a dos personas que no están echas la una para la otra. Podría decírselas a cada mujer que conociera, pero eso no me haría ningún bien.
    ─Quizás cometiste un error, ─aventuró─. Quizás no estamos realmente conectados.
    ─Veo en color. Siento emociones. No puedo pensar en ninguna otra mujer excepto en ti. No deseo a ninguna otra mujer. Reconozco tu alma. Somos compañeros. ─Su voz fuera firme, no admitía discusión.
    MaryAnn no tenía argumentos. Aunque era verdad que no lo sabía todo de la forma de vida de los cárpatos, sabía lo suficiente como para ver que la posibilidad era fuerte. A juzgar por su reacción a él solamente, tenía que admitir que era probable.
    ─Vale. Digamos que somos compañeros, Manolito. Dijiste que me habías agraviado de alguna forma y que por eso estabas atrapado aquí. ¿Por qué crees eso?
    El pulgar de él se deslizaba por el dorso de su mano, dejando pequeñas caricias sobre la sedosa y tersa piel. Inclinó la cabeza para mordisquearle la yema del pulgar mientras pensaba en ello, el gesto fue automático, sexy, calentándola con facilidad.
    ─Sentía como si estuviera siendo juzgado por algo que te había hecho. Debería saber si te he hecho algo malo.
    ─Yo debería saberlo también, ─concedió ella, intentando no reaccionar a la sensación de sus dientes arañándole eróticamente el pulgar. ¿Cómo algo tan pequeño podía sentirse en el fondo de su estómago? No había forma de que pudiera dejar nunca que este hombre la tocara en un dormitorio. Nunca sobreviviría.
    ─Estoy leyendo tu mente de nuevo.
    ─Lo haces mucho. ─No iba a disculparse─. Deja de ser tan sexy. Estoy intentando pensar. Uno de nosotros tiene que sacarnos de aquí. ─Le lanzó una mirada fulminante bajo los párpados, pero él solo le sonrió, una sonrisa que provocó que látigos de deseo recorrieran su cuerpo tan fácilmente como su mano acariciadora. Estaba en problemas. Grandes problemas. Resoplando por lo bajo, apartó su mirada de la de él, decidida a encontrar una forma de liberarlos.
    ─Ese podría ser el agravio, Manolito, el que nos unieras y tomaras mi sangre sin mi conocimiento no debe estar bien según los estándares de nadie. Quizás tengas que sentir remordimientos para sacarnos de aquí.
    ─Puedo decir que lamento haber reclamado a mi compañera, pero no sería cierto.
    Ella suspiró.
    ─No estás poniendo mucho espíritu en ello exactamente. Si queremos salir de este mundo de sombras y me has agraviado de algún modo, ¿no deberíamos averiguar qué hiciste?
    ─La equivocación no pudo ser unirnos. Es un acto natural para los hombres de los cárpatos. Lo malo hubiera sido no unir nuestras almas. Me hubiera convertido en vampiro y tú tarde o temprano hubieras muerto de pena.
    MaryAnn resopló.
    ─¿De pena? Ni siquiera te conozco. ─Pero se había acongojado por él. Llorado por él. Había estado clínicamente depresiva y ahora se sentía caliente y ardiente e hilarante a pesar del hecho de estar rodeada de ghouls, insectos y arañas del tamaño de platos de cena. Intentó de nuevo hacerle entrar en razón─. ¿Y si hubiera estado casada? Ni siquiera esperaste a averiguarlo. Podría haberlo estado. ─Porque un montón de hombres creían que no estaba nada mal.
    Los dedos de él se cerraron alrededor de los de ella y diminutas llamas saltaron en sus ojos.
    ─Solo hay un hombre para ti.
    ─Bueno quizás llegaras tarde. La cuestión es, que podría haber estado casada. Tenía una vida antes de que llegaras y me gustaba. Nadie tiene derecho a poner la vida de otro patas arriba sin el consentimiento de esa persona. ─Se obligó a mirarle a los ojos─. No te amo.
    Los ojos de él eran muy negros, calor líquido, volviéndola del revés y robándole la razón junto con la capacidad de respirar.
    ─Puede ser, ainaak enyem, pero eso puede cambiar. Eres mi compañera, la otra mitad de mi alma, como yo soy la tuya. Estamos destinados a estar juntos. Debo encontrar una forma de hacer que te enamores de mí. ─Se inclinó más cerca, haciendo que sintiera la calidez de su aliento sobre la piel, haciendo que cuando le susurró, sintiera el roce de sus labios, suaves, firmes y tentadores, sobre los de ella─. Pierde cuidado, päläfertül, concentraré toda mi atención en esa dirección.
    Su corazón se volvió loco, palpitando y corriendo tan fuerte que pensó que sufriría un ataque al corazón.
    ─Eres letal. Y además lo sabes, ¿verdad? ¿Hubo otras mujeres? Quizás ese es tu gran error. ─Y la idea la hizo rechinar los dientes, aunque fuera una tontería. Él no la había conocido, todavía no, pero la razón no parecía tener nada que ver con sus emociones. Esa extraña y salvaje cosa oculta profundamente en su interior empezaba a despertar y estirarse, arañando con afiladas garras hacia el interior de su barriga.
    Horrorizada, MaryAnn se levantó de un salto, recuperando de un tirón su mano. Estaba aceptando todo esto sin más. El inexistente mundo de sombras. La compañera de un hombre al que no conocía. Una especie que trataba con vampiros y magos. Nada tenía sentido en este mundo, y no quería estar en él. Quería estar en Seattle, donde la lluvia caía para limpiar el aire y el mundo estaba bien.
    MaryAnn sintió los dedos contenedores de Manolito rodear su muñeca, sorprendiéndose cuando bajó la mirada hacia la mano, era gris. Parpadeó. A su alrededor, la selva era vívida y luminosa, los colores eran tan brillantes que casi dañaban los ojos. El sonido la golpeó entonces, el zumbido continuo de insectos, el roce de hojas y el movimiento de animales a través de la maleza al igual que en la canopia de arriba. Tragó con fuerza y miró alrededor. El agua era pura y limpia, y se precipitaban con suficiente fuerza como para sonar como un trueno.
    Extendió la mano hacia Manolito, aferrándole, temiendo perderle. Su figura parecía bastante sólida, pero algo no iba bien con su respuesta, como si parte de él estuviera ocupada en otra cosa.
    ─Creo que acabo de hacer algo.
    ─Has vuelto completamente a donde perteneces ─dijo Manolito, con alivio en la voz─. Tenemos que ponerte a salvo antes de que salga el sol. Puede que no seas cárpato, MaryAnn, pero con al menos dos intercambios de sangre, sufrirás los efectos del sol.
    ─Dime qué está pasando. ─No le había gustado el otro mundo, pero estar sola en este era aterrador─. No quiero separarme de ti.
    La ansiedad en su voz hizo que a Manolito le diera un vuelco el corazón.
    ─Nunca te abandonaría, especialmente cuando el peligro nos rodea. Puedo protegerte completamente incluso con mi espíritu atrapado en este mundo.
    ─¿Y si yo no puedo protegerte a ti? ─preguntó ella, sus ojos oscuros estaban llenos de ansiedad.
    Manolito la acercó con un tirón para intentar consolarla. Cuando lo hacía, la tierra bajo él se hinchó y una enorme planta estalló a través del suelo cerca de sus pies. Unos tentáculos reptaron por la tierra, buscando mientras la vulva de en medio se abría y una boca abierta de par en par revelaba un grupo de tentáculos coronados de estigmas venenosos y ventosas pegajosas ondeaban hacia él, intentando tocar su piel.
    ─Vigila el suelo, MaryAnn, ─advirtió, rodeándola con sus brazos y saltando hacia atrás. Aterrizó a tres metros de la ansiosa planta, explorando rápidamente para captar signos del enemigo. Sus sentidos no funcionaban muy bien en el mundo de sombras, pero temía que lo que fuera que le ocurriera aquí pudiera ser un reflejo de lo que ocurría en el otro mundo.
    ─¿Qué pasa? ─Examinó el suelo con ojos avizores, su visión se agudizó tanto que casi sintió como si estuviera viendo de una forma completamente distinta. Podía ver a Manolito, pero fuera lo que fuera lo que le atacaba en ese otro mundo ella no podía enfocarlo. Lo veía como una sombra nebulosa, algo de pesadilla, insustancial y extraño. Los brazos de él se desvanecían, como si estuviera siendo empujado más y más al interior del otro mundo.
    ─¡No me dejes! ─Intentó aferrar su camisa, pero le sintió soltar su mente. Ni siquiera había sabido que estaba allí, pero una vez ya no estaba, su figura se volvió casi transparente.
    ─No puedo permitir que te pongas en peligro. No sabemos que puede ocurrir en este reino. Estarás más a salvo donde estás mientras me ocupo de esto.
    ─¿Qué es "esto"? ─chilló, llamándole, implorándole, pero se había ido, no era más que una sombra vacilante que entraba y salía de entre los arbustos, hasta que desapareció y se quedó sola.
    Temerosa, con la boca seca y el corazón palpitante, MaryAnn miró a su alrededor. No importaba lo mucho que deseara que desapareciera, la selva la rodeaba. Tragó con fuerza y retrocedió unos pocos pasos más, sus talones se hundieron en agua enlodada. Hojas y vegetación acuática ocultaban un canal superficial que accidentalmente había pisado. Había agua y barro por todas partes.
    La lluvia caía a cántaros, abriéndose paso a través de la canopia para sazonar el suelo selvático. Las hojas susurraban y algo se movía en el agua. Cerró los dedos firmemente alrededor del bote de spray de pimienta y lo sacó de un tirón del cinturón.
    ─Gran momento para desaparecer, ─susurró en voz alta, girando en círculos, intentando ver a su alrededor.
    La rama sobre ella se sacudió e inclinó la cabeza para mirar hacia arriba. Pudo ver a una serpiente devolviéndole la mirada a través de las hojas. Juraría que la sangre se le congeló en las venas. Por un momento no pudo moverse, mirando fijamente a esa cosa, hipnotizada. Un fuerte tirón en el tobillo la devolvió a la realidad. Unos dientes la mordían a través de la bota llegando a la piel. Jadeó, intentando instintivamente sacar la bota del agua, pero una serpiente con una cabeza enorme la retenía mientras su largo y grueso cuerpo se le enroscaba alrededor del cuerpo impidiendo que se moviera.
    Gritó. Fue puro terror, una acción irreflexiva que no hubiera podido evitar ni de haber querido. Ni en su ensoñación más salvaje, había sido nunca atacada por una anaconda de cien libras. Intentó frenéticamente llegar a la cabeza, esperando tener una oportunidad si la rociaba con el spray de pimienta, pero el cuerpo parecía interminable, sin cabeza o cola.
    Ya podía sentirla aplastando sus huesos. El pánico no andaba muy lejos, y profundamente en su interior, el salvajismo que mantenía tan firmemente contenido empezaba una vez más a desplegarse.
    ─¡Aguanta! No luches. ─ La orden fue aguda, la voz desconocida.
    MaryAnn aferró el spray de pimienta y obligó a su cuerpo a abandonar la lucha. Una mano con un cuchillo de aspecto malvado surgió a la vista. El dolor la atravesó como una lanza, cuando los diente apretaron buscando un mejor agarre de su tobillo. Las anacondas no masticaban, sino que sujetaban a su presa mientras sus musculosos cuerpos aplastaban, y esta no iba a rendirse con facilidad.
    Vio la mano acuchillar una y otra vez. La serpiente cayó al suelo y MaryAnn salió a gatas del agua, arrastrando el talón de lado para que la pierna lo le fallara mientras huía lejos de la serpiente. Se cogió al tronco de un árbol, abrazándolo con fuerza, respirando profundamente para intentar calmar el pánico.
    ─¿Qué estás haciendo aquí? ¿Estás perdida?
    Se giró para encontrar a un hombre sacando tranquilamente unos vaqueros de una pequeña mochila que llevaba alrededor del cuello. Estaba totalmente desnudo. Su cuerpo era fuerte, musculoso, con cicatrices aquí y allí. Se mordió el labio con fuerza, la urgencia de reír o de llorar era muy fuerte.
    ─Podrías llamarlo así. ─Para variar, era musculoso. Tenía una cara fuerte, y a pesar de que se había puesto los vaqueros, podía ver que estaba bien dotado─. ¿Y tú sueles caminar por la selva desnudo?
    ─Algunas veces, ─admitió él, sus ojos serios la estudiaban, a ella y al bote de spray que tenía en el puño─. Te sugiero que te quedes fuera de ríos y canales. Las anacondas, los jaguares y otros depredadores patrullan por ahí.
    ─Gracias por el consejo. No lo había notado. Esas serpientes no son venenosas, ¿verdad? Porque me mordió.
    ─No, el peligro es la infección. Déjame echar un vistazo.
    MaryAnn inhaló agudamente, todo en ella se rebelaba contra la idea de que el hombre la tocara. Sacudiendo la cabeza, retrocedió.
    ─Gracias, pero no. Tengo una crema antibiótica que puedo usar.
    Él estudió su cara largo tiempo, tan cauteloso como ella.
    ─Esta isla es propiedad privada. ¿Quién te ha traído aquí?
    ─Me hospedo con la familia De la Cruz. Manolito está por aquí en alguna parte.─No quería que pensara que estaba sola.
    Las cejas de él se dispararon hacia arriba.
    ─No tiene sentido que te haya dejado, ni siquiera durante un minuto.
    La preocupación en su voz le provocó una pequeña sensación de tranquilidad.
    ─¿Conoces a Manolito?
    ─Le conocí antes, esta noche. El amanecer se aproxima, y muchos animales cazan junto a las riberas al amanecer. Déjame llevarte de vuelta a la casa, y Manolito nos seguirá cuando pueda.
    MaryAnn buscó en las sombras a Manolito. No podía tocar su mente ni sentirle en absoluto, y mucho menos verle. ¿Dónde estás? No quiero dejarte. Se extendió pero sólo encontró un negro vacío.
    Si su rescatador corría desnudo por la selva y había conocido a Manolito esa noche, había muchas posibilidades de que fuera un hombre jaguar, la hermana pequeña de Juliette había sido capturada y atacada brutalmente por los hombres de la raza jaguar. MaryAnn aferró firmemente el bote de spray de pimienta. Nunca encontraría el camino de salida de la selva, y la aterraba quedarse sola, pero no podía abandonar a Manolito, especialmente cuando sabía que algo le pasaba, y temía confiar en este hombre.
    ─Soy Luiz, ─dijo él simplemente, obviamente leyendo su intranquilidad. Manolito me ha prestado un gran servicio hoy. Simplemente le estoy devolviendo el favor.
    ─No quiero que vuelva y vea que me he ido. Se preocuparía. ─No quería que la única persona que había allí… humano o no… la dejara sola. No podía mirar al cuerpo de la serpiente. No había querido hacerle daño, pero tampoco morir aquí. Ser consumida por una anaconda no estaba en su lista de formas favoritas de pasar al otro barrio.
    ─Los hombres de los cárpatos se preocupan por muy poco, ─dijo Luiz─. Ven conmigo. No puedes quedarte sola. Si quieres, puedes llevar tú el cuchillo.
    MaryAnn suspiró. Llevar el cuchillo significaba acercarse lo suficiente a él como para que se lo diera. También significaba que podría apuñalarle realmente con él si veía que hacía un movimiento en falso, y definitivamente se oponía a esa idea.
    ─Quédatelo. ─Tenía el spray de pimienta y no temía usarlo.
    Él le sonrió.
    ─Eres una mujer muy valiente.
    MaryAnn se las arregló para soltar una risita.
    ─Estoy temblando en mi par favorito de botas. No creo que valiente sea la palabra que yo usaría. Estúpida. Estaría a salvo en Seattle si no fuera la clase de idiota de salvemos-el-mundo que suelo ser.
    El hombre empezó a bajar por un sendero casi inexistente. Podía ver que había sido utilizado por un animal. Tomando un profundo aliento, siguió adelante, alzando una silenciosa plegaria porque Manolito la encontrara pronto. Quizás si iba a donde estaban Riordan y Juliette, ellos podría encontrar de nuevo a Manolito y ayudarle.
    Luiz se volvió para mírala.
    ─¿Puedes caminar con el tacón del zapato roto? Puedo cortártelos.
    Eso era un sacrilegio. La había salvado de la serpiente, pero se merecía el spray de pimienta por contemplar siquiera el cortar los tacones de sus botas favoritas. No era demasiado tarde para rescatarlas.
    ─No, gracias. ─Se mantuvo cortés, porque tenía que estar tocado de la cabeza para que se le ocurriera una acción tan oscura.
    Caminaron en silencio durante unos minutos, MaryAnn intentando evitar que su mente se desviara hacia Manolito. Era difícil. Parte de ella quería apresurarse a volver adonde le había dejado y esperar hasta que volviera. Parte de ella estaba enfadada con él por abandonarla, y otra parte… la más grande… estaba aterrada por él.
    ─¿Por qué nos siguen las ranas? ─preguntó Luiz.
    ─¿Ranas arbóreas? ─MaryAnn se mordió el labio y miró alrededor, espiando a través de las pestañas, esperando que el hombre jaguar estuviera equivocado─. No tengo ni idea. ─Lanzó un rápido vistazo a los árboles. Seguro, las ranas saltaban desde las raíces y ramas, de tronco en tronco.
    ─Parecen estar siguiéndote.
    ─¿De verdad? ─Intentó sonar inocente incluso mientras siseaba hacia las ranas, gesticulando con los brazos para que volvieran atrás─. Debes estar equivocado. Probablemente estén emigrando en la misma dirección en la que vamos nosotros. ─¿Las ranas migraban? Quizás esos fueran los gansos. Las criaturas de la selva eran complicadas. Miró fijamente hacia los anfibios brillantemente coloreados. Continuaban saltando alegremente junto a ella.
    ─Congregas a una multitud. ─Él sonaba divertido mientras echaba cortésmente los arbustos hacia atrás para que ella pudiera avanzar libremente por el sendero. Alzaba continuamente la cara para olisquear el aire en todas direcciones.
    ─Quizás se sienten atraídos por mi perfume. ─¿Qué parte de "largáos" no entendéis? Me estáis haciendo quedar mal. Intentó la telepatía mente a mente, esperando que algunas de las habilidades psíquicas de Juliette y Riordan realmente se le hubieran pegado, pero las ranas ignoraron sus quejas.
    ─¿Puedes caminar más rápido? ─preguntó Luiz.
    No parecía nervioso. De hecho parecía muy firme, pero ella tenía el presentimiento de que estaba esperando problemas, explorando la canopia de arriba y observando el camino detrás. Los monos empezaron a chillar y lanzar hojas y ramas. Luiz alzó la mano y le señaló que se quedara callada.
    Los mosquitos zumbaban junto a su cara, y sacó tranquilamente el spray para bichos y roció liberalmente el aire a su alrededor.
    Luiz se giró, su nariz se arrugó.
    ─No hagas eso.
    ─Los mosquitos me pican por todas partes.
    ─Ese apestoso hedor entorpece mi capacidad de captar olores. Necesito saber a que es probable que nos estemos enfrentando.
    Vale. Eso sonaba amenazador, y francamente, estaba cansada de tener miedo. Ya había bastante de lo que asustarse sin que un amigo te lo adornara más. Suspiró y devolvió a su lugar el spray para bichos, recurriendo a golpear a los insectos con una mano y mantener la posesión del spray de pimienta con la otra.
    Saldría que aquí en el momento en que pudiera conseguir un teléfono. Bueno, después de asegurarse de que Manolito estaba bien. Estaba empezando a sentirse enferma de preocupación, y eso sólo hacía que se cabreara con él. Las lágrimas emborronaron su visión, y tropezó con una raíz retorcida en forma de serpiente, casi cayendo, extendió ambos brazos para sostenerse antes de acabar con la cara plantada en el barro… y eso le salvó la vida.
    El enorme jaguar falló y golpeó el suelo a escasos centímetros de su cabeza. Gruñendo, se dio la vuelta, arañando hacia su cara con las garras, pero Luiz llegó primero, ya cambiando, su cara ensanchándose, el morro alargándose para acomodar los dientes. Los dos felinos chocaron, arañando y rasgando. La selva explotó en un frenesí de ruido.
    Empujada más allá de su resistencia, MaryAnn se levantó de un salto, dio dos largas zancadas hacia el felino merodeador y dirigió un chorro de spray de pimienta directamente a los ojos y las ventanas nasales totalmente formados del jaguar. Soltó varias ráfagas cortas, la furia hacía temblar su mano, pero su puntería fue perfecta.
    ─Ya basta. Ya he tenido… tenido absolutamente suficiente de esta majadería de la jungla. Tal vez sea una mujer urbana, demonios, pero puedo con cualquier cosa que este horrible lugar me lance. ¡Sal de aquí ahora mismo! ─chilló a pleno pulmón, enviando otro chorro directamente a la cara del jaguar para asegurarse. La orden atravesó su cerebro y se disparó al aire mientras disparaba varios chorros cortos.
    El jaguar se alejó corriendo como si le hubiera mordido. Luiz cayó sobre su trasero, con los vaqueros medio hechos trizas.
    ─¿Qué demonios ha sido eso?
    ─Spray de pimienta, ─dijo y se sentó junto a él, echándose a llorar.

Capítulo 7

    Manolito evitó los tentáculos que buscaban, mientras estudiaba el bulbo fibroso. Su cuerpo estaba en la selva con MaryAnn. Él era inteligente; podría solucionarlo. Si estaba atrapado en el mundo de los espíritus, tal como estaba seguro ahora, sólo un espíritu podría residir en este lugar. Su cuerpo no estaba aquí, así que el ataque era simplemente una distracción. Esto debía tener que ver con MaryAnn. Ella no sólo había traído hasta aquí su espíritu, sino también su calor y vitalidad. Los vampiros habían sentido la sangre caliente y la luz en su alma. Tenía que conducir el ataque lejos de ella, solo por si acaso sin querer volvía a adentrarse en el mundo de sombras donde él estaba atrapado.
    Se alejó de ella despacio. Las vagas figuras que le atraían, que le acusaban y querían enjuiciarlo, no parecían ser capaces de ver a través del velo hasta el mundo de los vivos. Quizás si podía alejarse lo suficiente como para que no pudieran sentirla, ella estaría a salvo. Podía dejar un rastro falso y regresar y escoltarla a la seguridad antes del alba. No debería haber sido capaz de sentir la sensación, pero cuanto más se alejaba de MaryAnn, más frío sentía.
    – Unámonos. Compártela. Ella ya te ha condenado a media vida.
    La voz brilló tenuemente en el aire, suave y persuasiva, volviéndose más fuerte cuanto más se alejaba de MaryAnn.
    – Tu lugar siempre ha estado entre nosotros, no con los corderos, siguiendo al mentiroso.
    Maxim Malinov, muerto en la batalla en las Montañas de los Cárpatos, asesinado por el propio príncipe, salió de entre las sombras y se aproximó a Manolito.
    – ¿Por qué ibas a dar tu vida por el príncipe cuándo él no se preocupa en absoluto por ti o los tuyos? Sabe que estás en el prado de las nieblas, sin embargo ¿vigila a tu compañera? ¿Protege tu cuerpo mientras vagas por este mundo? Es egoísta y piensa sólo en sí mismo, no en su gente.
    Manolito contuvo el aliento. Había pasado mucho tiempo desde que había visto a su amigo de la niñez. Parecía joven y fuerte, apuesto como siempre, con inteligencia brillando en sus ojos. Habían crecido juntos, habían disfrutado de debates y concienzudas discusiones por las noches, hablando de lo que creían mejor para su gente. Seguir a Mikhail, el actual príncipe reinante, no había sido lo que ninguno de ellos consideraba mejor idea.
    – Nos equivocamos, Maxim. Mikhail ha apartado a nuestra gente del borde de la extinción. Los cárpatos empiezan a ser poderosos otra vez, pero lo que es más importante, nos hemos convertido en una sociedad llena de esperanza en vez de desesperación.
    Otra planta estalló a través de la superficie, largas hiedras se extendieron como brazos hacia él. Saltó al árbol más cercano, más por reflejo que por necesidad. Pudo sentir el penetrante frío cuando una lluvia de lanzas de hielo empezó a caer, pero las heridas punzantes de las puñaladas que le atravesaban no eran más auténticas que la misma planta. Se concedió un momento para forzar a su mente a aceptar que se trataba de una ilusión. La planta se deslizó bajo el suelo, pero el hielo punzante siguió cayendo.
    Cuando saltó al suelo otra vez, Maxim sacudió la cabeza.
    – En los viejos tiempos no te habrías conformado con mirar un pedazo tan pequeño de la imagen real. Nos ocultamos de la gente que debería servirnos. Nos ocultamos con miedo, cuando son ellos los que deberían temblar ante nosotros.
    – ¿Y por qué deberían temblar, Maxim?
    – No son nada más que ganado.
    – Por eso tú no nos lideras y yo no te seguiría si lo hicieras. Son gente con esperanzas y sueños. Gente buena y trabajadora que lucha cada día para hacer todo lo posible por sus familias. No son diferentes a nosotros.
    Maxim resopló con sorna.
    – Te han hecho un lavado de cerebro. Has tomado a una humana por compañera y ya ha corrompido tu capacidad de juzgar. Somos nobles, la mejor raza, los merecedores de esta tierra. Podríamos gobernar, Manolito. Nuestro plan era acertado. Tarde o temprano dominaremos y los humanos se inclinarán ante nosotros-. Su sonrisa era totalmente malvada, llamas rojas brillaban en sus ojos con fervor maníaco.
    Manolito negó con la cabeza.
    – No los quiero inclinados ante nosotros. Como todas las especies, muchos de ellos se han mezclado con nuestros antepasados. Es más que problable que cárpatos, magos, hombres-jaguar e incluso hombreslobo se hayan integrado en la sociedad humana.
    Las llamas rojas flamearon y el vampiro siseó su incredulidad.
    – Los hombres-jaguar han corrompido su linaje, es cierto. Desecharon su herencia y su grandeza porque rechazaron cuidar de sus mujeres y niños. Merecen ser barridos de la tierra. fuiste quien lo dijo. Tú y Zacarías.
    Manolito se mantuvo inmóvil cuando otro gran pedazo de hielo le atravesó el hombro. La sensación fue feroz y nauseabunda, pero desapareció cuando rechazó darle crédito.
    – Era joven y estúpido, Maxim. Y me equivoqué. Todos nosotros lo hicimos.
    – No, teníamos razón.
    – Los hombres-jaguar cometieron errores, y esos errores tuvieron un coste, pero ellos no son cárpatos y sus necesidades son diferentes a las nuestras. Decidiste no esperar a tu compañera, Maxim. Al hacerlo, has perdido toda posibilidad de tener una esposa e hijos y ayudar a crear una sociedad duradera. Ya viste el poder del linaje del príncipe. Él es la vasija para toda nuestra gente.
    – Su poder es falso, un engaño. Mira la cicatriz de tu garganta, Manolito. ¿Cuántas veces estás dispuesto a morir por él? Has sacrificado la vida dos veces por él y una vez por la compañera de su hermano. Estás aquí, en este mundo de sombras, para ser juzgado por tus actos "oscuros". ¿Qué actos oscuros? Viviste con honor y serviste a tu gente, aún así estás aquí-. La voz se volvió fantasmagóricamente hermosa, llena de verdad y entusiasmo hipnotizante-. Todas las antiguas razas son mitos ahora, olvidados por el mundo. La raza del jaguar, una vez poderosa, se encuentra ahora sólo en los libros. Se cubren a sí mismos de vergüenza. Tratan brutalmente a sus mujeres. ¿Quieres que le ocurra lo mismo a nuestra especie?
    – Si realmente crees lo que dices, Maxim, deberías escoger otro camino. ¿Por qué convertirte en vampiro? ¿Por qué asesinar por poder? ¿Por qué no reunir tu ejército y marchar contra Mikhail abiertamente?
    – No era ese el plan.
    – Convertirse en no-muertos no era parte del plan tampoco. Nuestras familias vivieron con honor, Maxim. Cazamos al vampiro, no lo abrazamos.
    Maxim le ignoró.
    – Mis hermanos y yo estudiamos como hacerlo. Si nos acercaramos al príncipe directamente, seríamos derrotados. Sabes que la mayoría de los cárpatos creen en las viejas costumbres. Son ganado.
    Manolito curvó los labios.
    – Humanos y jaguares son ganado para ti. Ahora los cárpatos. Desde luego te has elevado en tu propia estima. Te contradices repetidamente.
    Maxim cruzó los brazos.
    – Intentas enfurecerme, Manolito, pero no puedes. Una vez fuiste un gran cárpato, de una familia poderosa, pero has entregado tu lealtad a la persona equivocada. Deberías haberte unido a nosotros. Todavía puedes hacerlo. Ya estás perdido para el otro mundo.
    Por primera vez el pulso de Manolito se aceleró en respuesta a la lógica retorcida del vampiro. Los vampiros eran engañosos, pero a menudo entretejían verdad en su discurso. ¿Qué le había hecho a su compañera? ¿Por qué no podía recordar su crimen? MaryAnn no parecía enfadada con él. De hecho le había protegido, o al menos lo había intentado.
    Pensar en su compañera le caldeó, expulsando los fragmentos de hielo que habían perforado su cuerpo y habían congelado su sangre. Parpadeó y se miró las manos. Habían sido casi transparentes, pero ahora una sombra más profunda crecía, como si su cuerpo recuperara la sustancia y la forma.
    – Veo que hay peligro aquí después de todo -dijo. -Maxim, siempre fuiste astuto, pero nunca creíste en las compañeras o siquiera en el concepto de ellas. Te equivocaste entonces, y más aún ahora. No estoy perdido mientras tenga a mi compañera.
    – ¿Y qué crees que hace tu compañera ahora, mientras moras en el mundo de las sombras? ¿Crees que vive sin el contacto de un hombre? Ansia al hombre-jaguar y yacerá con él.
    Manolito sintió un nudo retorcerse en su vientre. No sabía que los celos fueran una cosa tan oscura y fea hasta que encontró a su compañera.
    – No me traicionará. Retiene la otra mitad de mi alma. No puedes atraerme totalmente a este mundo, porque ella siempre me anclará al otro.
    Esta vez Maxim gruñó, sus ojos brillaron con ferocidad, sus dientes se afilaron mientras siseaba su disgusto.
    – Realmente retiene la otra mitad de tu alma. Sólo tenemos que conseguirla y nos pertenecerás. Eres un traidor, Manolito, a nuestra familia, a nuestra causa. El plan fue idea tuya, tuya y de Zacarías, pero en la primera prueba nos fallaste.
    – Acordamos, en esa infantil y estúpida conversación, apoderarnos y gobernar el mundo. Tus hermanos, mis hermanos, dijimos muchas cosas ridículas que han tomado forma y se han convertido en un camino de destrucción para demasiadas especies. Hay compañeras que nos esperan entre los humanos, Maxim. Piensa más allá de tu odio y comprende que los humanos son la salvación de nuestra gente.
    – Sangre mezclada -se mofó Maxim-. ¿Esa es tu salvación?
    Manolito suspiró con pesar. Recordaba a Maxim como a un amigo; más que un amigo, como a un querido hermano, y ahora estaba perdido más allá de cualquier salvación.
    – Tengo mis emociones, Maxim, honor y un futuro. Tú tienes muerte y desgracia y nada que te sustente en la otra vida. Responderé de buen grado por cualquier error que haya cometido, pero no te ayudaré a perjudicar a nuestro príncipe. Aparte de mi propio honor, nunca deshonraría a mi compañera convirtiéndome en traidor a nuestra gente.
    – La mataremos. Tu preciosa compañera. No sólo la mataremos, seremos brutales. Sufrirá mucho antes de que le demos muerte. Ese es el error que has cometido con tu compañera. Ya la has traicionado al entregar su vida por la de tu príncipe.
    El miedo casi le aturdió. El terror a lo que un monstruo podría hacer a MaryAnn. Ella era luz y compasión, y nunca entendería lo que algo tan malvado y horrible como Maxim podría hacerle. El aliento abandonó sus pulmones en una larga ráfaga de miedo, de pánico. Nunca antes había conocido el pánico, pero este casi le consumió ante la idea de MaryAnn en manos de sus enemigos.
    ¿Había caído en una trampa después de todo? ¿Maxim lo había apartado de MaryAnn para que uno de sus hermanos pudiera matarla? Estaba sola en la selva. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿El tiempo era el mismo en el reino de sombras? ¿Era posible para alguien rasgar el velo y ayudar a tramar un asesinato, o Maxim estaba incitando deliberadamente su miedo? El miedo conducía a errores. Y los errores conducían a la muerte. Simplemente no aceptaría la muerte de su compañera.
    Manolito mantuvo sus rasgos inexpresivos, su mirada fija llena de desprecio.
    – No importa lo que hagas, Maxim, no prevalecerás. El mal no triunfará sobre esta tierra, no mientras viva un solo cazador. – Se disolvió en niebla y corrió por entre los torturados y retorcidos árboles.
    Una vez fuera de la vista de Maxim, se lanzó a través del aire, volviendo al lugar donde había dejado a MaryAnn. Podía sentir la sangre palpitar en sus sienes y tronar en sus oídos mientras cambiaba de forma justo antes de golpear el suelo. No estaba. El tiempo se detuvo. Su corazón se saltó un latido. La bestia en su interior rugió e intentó liberarse. Los dientes se alargaron y afilaron en su boca y sus uñas se convirtieron en garras afiladas como navajas.
    Te traiciona con el hombre gato. Las voces llenaron su cabeza. La cólera y los celos empujaban la razón a un lado.
    Manolito levantó la cabeza y olió el aire. Su mujer había estado allí y no había estado sola. Conocía aquel olor. Había tomado la sangre del jaguar.
    Yace bajo él, gimiendo, retorciéndose y gritando su nombre. Su nombre. No el tuyo. Él te la ha robado y ella sólo piensa en su tacto.
    Un gruñido transformó su boca en una línea cruel y sus ojos brillaron amenazantes. Estudió los rastros, vio la serpiente muerta y el patrón de huellas. Luiz se había acercado a ella en la forma de jaguar, pero había cambiado a su forma humana. Eso significaba que había estado desnudo frente a MaryAnn. La furia casi lo cegó. Debería haber matado ese demonio traidor cuando tuvo oportunidad. Los hombres-jaguar eran famosos por sus correrías con las mujeres.
    Luiz había movido un dedo y ella le había seguido, como una marioneta hipnotizada. Tanto los jaguares masculinos como los femeninos eran seres muy sexuales. MaryAnn aseguraba no ser jaguar, pero si una pequeña cantidad de su sangre le corriera por las venas, ¿la presencia de Luiz la activaría? Podría entrar en celo, y entonces necesitaría un hombre para atenderla.
    Se ha marchado con él, necesitándole para que le de un hijo. Derramará su semilla en ella. La llenará. La tomará una y otra vez hasta asegurarse de que está embarazada.
    Permitió que un rugido de cólera escapara en su mente. La idea de otro hombre tocando su suave piel enfurecía a la bestia. Nadie tocaría a su mujer y viviría para contarlo. Nadie la apartaría de él. Luiz iba tras MaryAnn o por motivos personales, o había sido enviado por el vampiro para matarla. De cualquier modo, el hombre-jaguar estaba muerto.
    Mátalo. Mátala.
    Manolito negó con la cabeza. Aunque MaryAnn le hubiera traicionado con otro, nunca podía hacerle daño.
    Se movió rápido, precipitándose por la selva, evitando golpearse con los árboles por escasas pulgadas. Si Luiz se atrevía a tocarla, a dañarle un solo cabello, lo despedazaría miembro a miembro. Los encontró, MaryAnn en el suelo, con lágrimas rodando por sus mejillas, Luiz de pie frente a ella. Estaba despeinada, enfadada y asustada, tanto que le dolió, su corazón se encogió al ver su angustia. Aumentó la velocidad, su cuerpo se difuminó, surgiendo de entre los arbustos cuando Luiz se volvía.
    Manolito golpeó al hombre-jaguar con fuerza, haciéndole retroceder, luego lo levantó, golpeándole con tanta fuerza contra el suelo que abrió una hendidura en la blanda tierra. En alguna parte en la distancia, oyó el grito de MaryAnn. Machacó la cara de Luiz, sin darle tiempo para cambiar a su forma felina. Su brazo retrocedió, y dirigió el puño hacia la caja torácica para penetrar y arrancar el negro corazón del monstruo.
    – Alto. -MaryAnn gritó la orden. De nuevo, con una sorprendente furia silenciosa envió a Manolito volando hacia atrás por el aire. ¡He dicho alto!
    Se encontró tendido en el suelo, con los oídos zumbando por la fuerza de la orden psíquica. Ella le había lanzado hacia atrás, lejos del hombre-jaguar, que permanecía inmóvil en el barro. El golpe telepático había sido más duro que cualquier golpe físico que hubiera recibido nunca. La miró parpadeando, la furia mezclada con admiración.
    – ¿Estás loco? -exigió MaryAnn, erguida frente a él, con las manos en las caderas, expresión furiosa y sus ojos brillaban peligrosamente.
    La deseaba. Fue todo lo que pudo pensar en aquella fracción de segundo. Deseaba toda esa pasión y furia bajo él, luchando con él, rindiéndose a él. Era asombrosa, con sus exuberantes curvas y su cara increíble. Normalmente parecía tranquila en el exterior, presentaba una imagen elegante, pero en su interior era toda furia y garras, tan salvaje como su entorno.
    Se levantó despacio, con los ojos fijos en ella, enfocados y sin parpadear. Sin decir nada, la acechó a través del accidentado terreno. Ella tuvo la sensatez de retroceder un par de pasos, cautela y desafío se mezclaban con su furia. Se acercó mucho a ella, forzándola a alzar la vista hacia él a través de sus largas pestañas. Una mano agarró la espesa melena, inclinando su cabeza hacia atrás, mientras la otra la cogía por las caderas y la conducía más cerca de él, aplastando los pechos contra su amplio pecho.
    Ella abrió la boca para protestar y él tomó posesión de la misma. El beso fue rudo, los restos de su miedo y furia todavía le dominaban. Introdujo la lengua profundamente, deslizándose en el interior de su boca y tomando el control, utilizando la naturaleza apasionada de ella en su contra. Ella había logrado lo que ningún hombre había conseguido nunca, le había noqueado con un pensamiento. Un pensamiento.
    El deseo ardió en él, profundo y caliente. La lujuria se elevó punzante, consumiéndole con el deseo de dominarla, de darle tanto placer que nunca pensara en abandonarlo, que nunca pensara en negarle nada. Le mordió suavemente el labio inferior, lo cogió entre los dientes y tiró, lamió su pulso y dejó un reguero de besos por su cuello. Ella inspiró, un sonido ronco de deseo que provocó en su cuerpo un dolor fuerte y agudo. Un torrente de sangre caliente lo llenó y cerró los ojos para absorber mejor la sensación y la textura de ella. Suave y flexible, moviéndose contra él como la seda. Llenando cada rincón vacío de su corazón y su alma. La besó otra vez, un milagro llamado mujer.
    Su calor y su olor la rodearon. Su erección caliente y gruesa presionaba contra su estómago. Sus labios eran firmes y calientes, su beso brusco y excitante. Siempre había imaginado que el sexo con el hombre de sus sueños sería tierno y lento, pero la ardiente pasión llameaba caliente y ávida en su interior, excitación mezclada con temor. El corazón le latía ruidoso y con fuerza, rabiando contra el pecho de él. Sus músculos se contraían y tensaban. Su cuerpo se convirtió en calor líquido y ardiente.
    Sufría por él. La necesidad era tan fuerte la hizo deslizar la mano bajo la camisa para tocar su piel desnuda, sentir su corazón palpitando. Su corazón encontró el ritmo del de él. La sangre corrió, palpitó y llamas diminutas lamieron su piel.
    Él la apartó, mirándola con sus centelleantes ojos negros.
    – No vuelvas a interferir.
    Le miró parpadeando, sorprendida por la facilidad con que la controlaba.
    – Maldito seas por esto. -Se limpió la boca, tratando de borrar el desesperado y doloroso deseo, la marca que le había dejado, pero el sabor y el tacto de él permanecieron. Se apartó, dándole una palmada cuando tropezó y él la estabilizó-. Le debes una disculpa a este hombre. Una enorme disculpa. Me salvó la vida dos veces y seguro que no merece ser molido a golpes por escoltarme de vuelta a la casa.
    La asombró poder hablar. Su cuerpo ardía hacia afuera. Le miró de soslayo. Sus ojos estaban entrecerrados, oscuros por el hambre y la excitación. Parecía totalmente un depredador. Peligroso y hambriento del sabor y el tacto de ella.
    – ¿Yo? -Volvió la mirada a donde Luiz comenzaba a sentarse-. Él sabía que me pertenecías.
    – No pertenezco a nadie más que a mí. Y me salvó la vida. Tú no estabas aquí para jugar al héroe. -Se horrorizó ante la acusación de su voz.
    La mirada de él se suavizó.
    – Tuviste miedo sin mí.
    Había tenido miedo por él, y eso lo hacía peor. Tragó con fuerza y extendió las manos.
    – Mira. Estoy acostumbrada a una semblanza de control en mi vida. No sé lo que hago aquí. No sé qué pasa. Siento cosas que nunca antes había sentido.
    Era dependiente cuando nunca lo había sido. Necesitaba tiempo para pensar, simplemente estar tranquila, aunque no podía soportar la idea de estar lejos de él. Y eso era lo más aterrador, porque no era mujer de renunciar a su independencia.
    Manolito contuvo las palabras que ardían por ser dichas. Realmente le pertenecía como él a ella. Pero la confusión y el cansancio en su cara le ablandaron el corazón. Estaba allí de pie, con aspecto suave y deseable y creyendo ser dura, y todo lo que él quería hacer era abrazarla y consolarla.
    En cambio, atravesó el terreno y se agachó para poner a Luiz en pie de un tirón. El hombre se balanceó irregularmente y se las arregló para dirigirle una media sonrisa.
    – Tienes un buen gancho.
    – Tienes suerte de que no te matara.
    Luiz asintió.
    – Si, lo he captado. -Miró más allá de Manolito hacia MaryAnn-. ¿Estás bien?
    Una advertencia suave retumbó en la garganta de Manolito.
    – No es necesario preguntar por su estado estando yo aquí.
    – Yo creo que si -dijo Luiz.
    – Es porque tiene modales -dijo MaryAnn bruscamente-. Muchas gracias por tu ayuda, Luiz. Sobre todo por salvarme la vida. -Se dio la vuelta y se alejó. El cavernícola podía seguirla o no, ya que estaba lo bastante cerca de la casa para reconocer el rastro de Jeep. Podía seguirlo.
    Manolito se encogió de hombros cuando la ceja de Luiz se alzó.
    – Es muy buena regañándome. -Por un momento, la diversión brilló en sus ojos.
    – Tengo el presentimiento de que necesitará serlo -dijo Luiz, frotándose la mandíbula-. Es asombrosa.
    La cara de Manolito se oscureció, desvanecido el breve destello de humor.
    – No tienes que encontrarla asombrosa. Y mantén los pantalones puestos, jaguar.
    La sonrisa de Luiz se ensanchó.
    – Las mujeres no pueden menos que quedar impresionadas.
    – Dudo que siente bien que a uno le arranquen el corazón del pecho, pero si quieres puedo arreglarlo para que lo averigües.
    Luiz se rió de él.
    – Puede que sea ella la que te arranque el corazón a ti, cárpato. Ten cuidado.
    Manolito bajó la mirada a la sombra velada de su mano. Estaba todavía en ambos mundos, pero veía mucho más claramente y su forma era más sustancial de lo que había sido. Luiz no lo había notado, y la gente jaguar no sólo era observadora, además podía descifrar cosas en la selva que otros no podían. Y divisaban a otro de su raza al instante…
    Alcanzó a MaryAnn.
    – No te ha reconocido como jaguar y si tuvieras aunque sólo fuera un pequeño rastro de su sangre, él lo sabría.
    Los oscuros ojos de ella eran tempestuosos. Aún no le había perdonado. Profundamente en su interior, la lujuria desnudó sus garras y le arañó con dureza.
    – No soy jaguar, Ya te lo dije.
    Él se quedó atrás para echarle una buena mirada a su trasero revestido tan ajustadamente por los vaqueros. El corazón casi se le detuvo. Esta mujer estaba constituída como una mujer debería estarlo, toda curvas y tentación.
    – Basta, -siseó ella y le lanzó otra provocativa mirada sobre el hombro. -Estoy muy enfadada contigo ahora mismo, nada de lo que haces es encantador.
    Porque sabía que no se trataba de su falta de modales o su arrogante y ridículo comportamiento, se trataba de su propio comportamiento. Le gustara o no, ella era diferente. Le gustara o no… lo admitiera o no… ardía y sufría por este hombre, sólo por este hombre, porque la tocara, por tenerlo en su interior. Sus desagradables maneras dominantes deberían provocarle rechazo, pero en cambio lo encontraba fascinante, incluso hipnotizante. Y no debería ser aceptable.
    – No puedo evitar encontrarte atractiva -protestó Manolito. -Mirarte pone ideas en mi cabeza. Estaría más que contento de compartirlas contigo.
    – No lo hagas. El sexo no es lo mismo que el amor, Manolito, y las parejas, maridos y esposas y compañeras, se supone, están enamorados. Así es como funciona.
    – Aprenderás a amarme -respondió él, la confianza impresa en su tan hermosa cara-. Llegará con el tiempo.
    – No cuentes con ello -murmuró, recorriendo con paso firme la senda sobre sus inseguros tacones. Sí. Porque así era todo con él. Se suponía que ella aprendería a amarle. Así funcionaban las cosas en su mundo, pero no en el de ella. Cuando tuviera apasionado y crudo sexo con este hombre, quería que fuera él quien la amara a ella.
    Estaba a mitad de camino de la puerta cuando realmente se fijó en el impresionante palacio al que él y sus hermanos llamaban casa de veraneo. Un retiro. Sí. ¿Quién se retiraba a un lugar del tamaño de un edificio de apartamentos? Se detuvo bruscamente en la puerta. Era un insólito palacio. Suspiró y se frotó las sienes. Señor, necesitaba estar en casa, de vuelta al mundo real.
    Manolito la adelantó para abrir los sólidos batientes de la puerta y le hizo un gesto para que entrara.
    – Por favor entra en mi casa.
    MaryAnn tomó un profundo aliento y dio un paso atrás, negando con la cabeza. Nadie, pero nadie, vivía así. Permaneció en medio de la enorme puerta doble, mirando fijamente el brillante mármol del recibidor. Había olvidado como era la casa, o tal vez no lo había notado al llegar la primera vez porque había estado demasiado afligida. Situado en medio de ninguna parte, parecía un palacio de tiempos pasados.
    – No pondré un pie sobre este suelo -dijo, alejándose de la puerta. Y tenía buenos zapatos, además, zapatos adecuados para andar por un suelo así. Magníficos zapatos. -Bueno, los usaría. Sus hermosas botas estaban arruinadas y fangosas, el tacón izquierdo flojo y tambaleante. No iba a arriesgarse a rayar el brillante suelo de mármol que se extendía durante millas. Su casa entera de Seattle podría caber en el recibidor.
    Tras ella, Manolito presionó una mano en su cintura y le dio un pequeño empujón hacia adelante.
    – Entra.
    Vale, lo de empujar no funcionaba con ella mucho más que su inclinación a emitir órdenes. Además de subrayar el hecho de que era el mayor imbécil sobre la faz del planeta, cada vez que sus dedos la rozaban, cada nervio de su sistema simplemente se tensaba. Su cuerpo se negaba a escuchar a su cerebro que gritaba la alerta "macho idiota".
    Incluso aunque no pudiera detener el temblor de excitación y el lento ardor que se extendía por sus venas como una droga cada vez que la tocaba, él no se iba a escaquear dando órdenes a su alrededor como obviamente pensaba que podría.
    – Sé que no acabas de empujarme -dijo bruscamente, sacudiendo su larga y gruesa trenza, mientras lo miraba airadamente sobre el hombro.
    Fue un error mirarte. Su mirada fija ardía sobre ella… en ella. Nadie tenía unos ojos así o una boca tan pecaminosamente sensual… o una casa como ésta. Ella no vivía en la opulencia y la decadencia. No estaba impresionada ni cómoda con ello. Y ciertamente no lo estaba con los hombres ardientes y arrogantes que daban órdenes con tanta naturalidad como otra gente respira.
    – Fue una gentil ayuda para que pasaras a mi casa, ya que parecías tener problemas para entrar.
    La voz se deslizó bajo su piel y llenó cada hueco vacío dentro de ella. El profundo y áspero tono la envolvió en terciopelo y pareció acariciarla. La tentó con el oscuro atractivo del puro sexo.
    – No voy a entrar ahí. Debes tener otra casa. Una más pequeña. Algo más. -Porque pensaba abandonarla… otra vez. La había dejado ardiente y preocupada, le había dado órdenes, se había comportado como un idiota, la había traído a este… este… palacio e iba a dejarla tirada. Podía leerlo en su cara. Que se jodiera. No entraría. Quedarse sola en medio de la selva en una isla, palacio o no palacio, no era algo que fuera a pasar otra vez.
    Retrocedió empujando contra la mano de Manolito. Tal vez si encontraba a Luiz otra vez, él podría ayudarla a localizar la pista de aterrizaje y podría engatusar al piloto para que la devolviera a la civilización. A condición de que hubiera un piloto. Y un avión. Aún no sabía como, pero Luiz podría.
    Un parpadeo de furia floreció en los negros ojos de Manolito, y la agarró y se la lanzó sobre el hombro, entrando de una zancada al frescor de la casa, más allá de la entrada y las amplias escaleras dobles y hacia una enorme habitación de mármol y cristal.
    La conmoción la sumió en el silencio, y después pura cólera corrió por sus venas. MaryAnn, que nunca recurría a la violencia, que no creía en la violencia, que en realidad abogaba contra la violencia, deseó golpear a este hombre hasta reducirlo a una mancha sanguinolienta en el suelo.
    Era absolutamente humillante ser transportada sobre su hombro, con los brazos y piernas colgando como espaguetsi. Golpeó su amplia espalda sólo para enfurecerse más cuando él ni siquiera se sobresaltó.
    – Bájame, ahora mismo -siseó, aferrándo la espalda de su camisa-. Lo digo en serio, Manolito. Si alguien me ve así, me voy a enfadar mucho-. El idea era completamente mortificante.
    – No hay nadie en la casa -le aseguró él, disgustado por la angustia de su voz. La furia era una cosa, pero no la angustia-. Riordan y Juliette deben estar con su hermana y su prima en la selva. Y ya que me lo pides tan amablemente. -Manolito la depositó en el suelo y se apartó con un suave y fluido movimiento por si acaso ella le golpeaba.
    MaryAnn se enderezó la chaqueta y la blusa con gran dignidad.
    – ¿Esta demostración de machismo era realmente necesaria? -dijo destilando sarcasmo. Si no podía golpearlo como merecía, podía derribarlo con palabras. Era muy buena en el cruce de espadas verbales.
    Manolito la miró de abajo arriba hasta su cara furiosa. Era tan dolorosamente hermosa con su perfecta piel color café, tan suave que se encontraba acariciándola siempre que tenía posibilidad. Suya. Saboreó la palabra. La dejó profundizar en su mente. Le pertenecía. Había sido hecha para él. Era solo suya, y la tendría para siempre.
    Ella le había devuelto el color y las emociones después de cientos de años. Y no tenía ni idea de lo que representaba para él. Estaba allí de pie frente a él, una pequeña fiera de mujer con sus brillantes rizos negros y sus ojos color chocolate, inocentes y vulnerables. El deseo avanzó lentamente por su cuerpo con garras salvajes, despiadadas y peligrosas, pero algo más se arrastraba hasta su corazón. Algo suave y apacible, cuando hacía mucho tiempo que había olvidado la ternura.
    – Me pareció un modo expeditivo de salir del sol del amanecer.
    – ¿Seguro que tu madre no te enseñó nada sobre modales, verdad? -Intentó mantener su enfado, pero era casi imposible cuando él la miraba de eso modo tan extraño… como si ella fuera… todo. Y el miedo estaba empezando a invadirla, la necesidad de gritar, porque podía sentir la resolución de marchar en su mente, de acudir a la tierra. No podía ir con él, y eso quería decir que se quedaría sola.
    Él dio un paso hacia ella, obviamente leyendo su aflicción.
    MaryAnn levantó una mano para detenerlo, porque si la tocaba, no sabía como reaccionaría. Nunca, nunca había considerado entregar su cuerpo a un hombre y permitirle hacer lo que quisiera con él, pero Manolito podía hacer fácilmente que lo deseara. Podía hacerla desear cosas que nunca había soñado, y eso la asustaba casi tanto como la idea de quedarse allí sola.
    – Mira mis botas -dijo, para evitar llorar, y se derrumbó en la silla para quitárselas-.Me encantaban estas botas. Siempre han sido mis favoritas.
    Él se arrodilló delante de ella, con cuidado apartó sus manos para quitarle las botas él mismo. Ella miró su cabeza, su cabello sedoso y negro como la medianoche cayendo en desorden alrededor de su cara hasta los hombros. No pudo evitar tocarlo cuando los dedos se deslizaron por su pantorrilla y enviaron temblores de conciencia por su pierna.
    Sólo la ayudaba a quitarse las botas, pero de algún modo el pequeño gesto pareció sexual. Intentó apartar el pie, pero él rodeó su tobillo con fuertes dedos y la retuvo.
    – No, MaryAnn. No tengo más elección que acudir a la tierra. No quiero dejarte sola. Es la última cosa que deseo. Si sigues estando tan afligida, no me dejarás más opción que convertirte ahora y llevarte conmigo.
    Alzó la cabeza, su oscura mirada se encontró con la de ella.
    El corazón de MaryAnn saltó cuando él se tocó los labios con la lengua y dirigió la mirada hacia su boca.
    – Ni siquiera pienses en ello. -Porque ella pensaba en ello, y sencillamente la asustaba a muerte.
    – Ve a ducharte. Cuidaré de estas botas por ti -ordenó. -El agua caliente te relajará y te ayudará a dormir.
    MaryAnn se tragó una protesta y le dejó allí arrodillando en el suelo, con sus botas en la mano. No miró atrás, no se permitiría mirar atrás, aun cuando estuviera segura de que él se habría marchado cuando saliera.
    Abrió el agua tan caliente como pudo soportar, dejándola fluir sobre sus doloridos y cansados músculos mientras lloraba. Era tonto, de verdad, pero no podía evitarlo después de todo lo qué había pasado. Una válvula de escape, pero de todos modos su corazón se sentía triste. El champú acabó con el encrespado a su cabello, y el acondicionador lo alisó otra vez. Salió sintiéndose cansada y perdida y deseando a Manolito más de lo que nunca había hecho, pero estaba decidida a no llorar más.
    Se envolvió en una toalla y entró en el dormitorio para encontrar algo dónde dormir. Manolito estaba sentado en la silla junto a la ventana sujetando sus botas. Estaban limpias y brillantes y parecían nuevas. Durante un momento, sólo pudo mirarle conmocionada, agarrando la toalla mientras estallaba de alegría. Nuevas lágrimas ardieron, lágrimas de alegría esta vez, pero se las tragó y se las arregló para dirigir un asentimiento indiferente hacia las botas.
    – Las arreglaste.
    – Por supuesto. Te encantan. -Dejó las botas y levantó un par de brillantes zapatos rojos de tacón que combinarían con un vestido que se ciñera como una segunda piel a cada curva-. A mí me encantan estos.
    – Tienes buen gusto.
    – Póntelos para mí.
    Ella alzó una ceja.
    – ¿Ahora? Llevo una toalla y mi cabello está empapado.
    Tenía la masa de rizos enrollada estilo un turbante, y de repente era consciente de ello.
    – Parecen perfectos para un vestido que tengo, pero no estoy muy segura de que efecto tendrán con una toalla.
    – Ahora-. Su voz era baja, convincente, un hipnótico y erótico tono áspero que tensó sus pezones y los hizo doler de necesidad.
    Le puso la mano sobre el hombro y deslizó el pie en un zapato, mirando en todo momento su cara. Él la miraba hipnotizado. Hambriento. Se calzó el otro zapato y retrocedió un paso con confianza. Los tacones hacían que sus piernas parecieran magníficas. ¿Cómo podrían no hacerlo? Con toalla o sin ella, tenía una buena figura, y él definitivamente lo apreciaba. La hacía sentir la mujer más sexy del mundo.
    Él se levantó, una ondulación fácil y casual de músculos, un andar felino hasta alcanzarla, casi haciendo que se le detuviera el corazón. Su mano le acunó la cara, el pulgar se deslizó sobre su pómulo.
    – Eres tan hermosa. No tengo ni idea lo que hice para merecerte, pero me dejas sin aliento.
    Le inclinó la cabeza y la besó. Fue un beso dulce y lento, el aliento cálido y su boca persuasiva. Trazó una senda de besos por su cara hasta su cuello, acariciándola, pellizcándola con los dientes y provocándola con su lengua. La sangre tronó en sus oídos cuando la boca caliente y seductora vagó hacia la curva de su pecho. Calor líquido pulsó entre sus muslos.
    Manolito tiró de la toalla, y esta cayó lejos de su cuerpo, dejando cada pulgada de ella desnuda ante su hambrienta mirada. Se alejó para mirarla, la extensión de piel satinada y las curvas llenas y exuberantes, suavemente desgarradoras y tentadoras. Su pulgar acarició el sensible pezón y ella jadeó en respuesta. Él trazó una línea desde su barbilla hasta el ombligo.
    – Lo juro, MaryAnn, nunca he visto una visión más hermosa en todos mis siglos de vida. -La lujuria volvía áspera su voz, pero la sinceridad la convirtía en terciopelo. Retrocedió, le deslizó la mano por el brazo hasta que sus dedos se entrelazaron con los de ella. Tiró para que diera un paso hacia él.

Capítulo 8

    Manolito deslizó la mano sobre la curva de la cadera, las yemas de sus dedos se demoraron ligeramente en la piel. Los músculos del estómago de MaryAnn se contrajeron. Pequeñas llamas de excitación avanzaron trémulamente por sus muslos, extendiéndose por su estómago y jugueteando con sus pechos. Los ojos de él se habían vuelto ardientes y posesivos, su boca sensual, con un hambre afilada. Apenas podía contener el aliento, su cuerpo anhelaba el de él. En cualquier lugar que la tocara su mirada, sentía una especie de marca.
    ¿Le estaba seduciendo? ¿O él a ella? No podía decirlo y no le importaba. Todo lo que importaba era que no podía apartar los ojos de ella. Su cuerpo estaba duro y tenso, el bulto de sus vaqueros era impresionante. El calor manaba de él en oleadas. Y su toque era pura magia, las yemas de sus dedos jugueteaban con alguna criatura salvaje de su interior, esa que exigía ser liberada… la que respondía físicamente a todo en él.
    – Te he esperado varias vidas, -confesó él, con la mirada ardiente mientras inclinaba la cabeza hacia su cuello. Su lengua jugueteó con el lóbulo de la oreja, arremolinándose sobre el pulso-. Pensaba en ti. En lo que haría contigo. En de cuántas formas te daría placer.
    Manolito inhaló su fragancia madura. Toda mujer. Su mujer.
    La ansiaba, su erección era tan dura, tan gruesa, sabía que nunca encontraría paz hasta que se enterrara profundamente dentro de ella. Poco le importaba que el amanecer se aproximara, y que hubiera sido incapaz desde hacía algún tiempo de tolerar la luz temprana de la mañana. Se arriesgaría a cualquier cosa por quedarse con ella, dentro de ella, reclamándola para sí. Su respiración se aceleró, atrayendo la atención al levantamiento y caída de sus pechos llenos y firmes. Suya. Iba a aprovechar cada segundo que tuviera con ella y vivirlo a tope.
    Se obligó a sí mismo a dejar que su mano se deslizara lejos del brazo de ella. Caminó hacia la cama que había junto al fuego y se dejó caer sobre la gruesa colcha.
    – Quiero mirarte.
    Allí de pie, con la mano en la cadera y el cabello fluyendo por su espalda, su belleza le robaba el aliento. Ella dio un solo paso con los sexys zapatos de tacón alto rojos, y el deseo se abatió sobre él con un golpe brutal, un puño de necesidad podría haberle puesto de rodillas si hubiera estado de pie. Tomó aliento y permitió que la intensidad de la lujuria le tomara. Sentía el cuerpo ardiente, demasiado tenso, estallando por la necesidad de introducirse en ella. Corrían imágenes por su cabeza, de ella extendida ante él como un festín.
    A cada paso que daba, el hambre se incrementaba, hasta que la sangre palpitó en su cuerpo y cada célula rabió por ella. El duro placer de desearla sacudió los cimientos mismos de su existencia. Nunca había deseado nada como la deseaba a ella. Nunca había necesitado nada, pero de repente el cuerpo de ella lo era todo. La forma y textura. Su pie, brillando invitadora. Cada suave centímetro de ella deseando ser explorado, ser tocado. Cada hueco secreto y sombra. Suya. Toda para él. Cuando nada en sus largos siglos de existencia había sido nunca para él, la visión de ella era casi demasiado buena para creerlo. Mirar no era suficiente. Tendría que tocarla… poseerla… o nada de esto sería real.
    Por primera vez en su vida, MaryAnn se sentía total y absolutamente sensual, sin inhibiciones, moviéndose por la habitación con sus tacones altos, sabiendo que cada paso que daba llevaba a Manolito de la Cruz más cerca del límite de su control. Era vigorizante verle respirar con dificultad, ver como sus ojos se volvían humeantes y oscuros, ver el oscuro deseo tallado profundamente en su cara. Era tan guapo que no podía respirar al mirarle. Y la deseaba. Oh, si, la deseaba. La lujuria estaba profundamente esculpida allí. El hambre iluminaba sus ojos oscuros, la intensidad alimentaba sus propias necesidades.
    Su cuerpo estaba vivo por las sensaciones, su aliento llegaba en jadeos. Era consciente del doloroso hormigueo de sus pechos, de la forma en que sus pezones se tensaban y endurecían. Un calor húmedo se acumulaba en la conjunción de sus piernas. Todo porque él la miraba con ese feroz y posesivo deseo. Deseaba frotar su cuerpo a lo largo del de él, acariciarle, complacerle, hacer lo que fuera necesario para satisfacer esas llamas saltarinas de hambre en las profundidades de sus ojos.
    Él dobló un dedo hacia ella.
    – Ven aquí. -Palmeó la cama a su lado.
    Ella se lamió los labios. Si la tocaba, cuando le deseaba tanto, ¿qué ocurriría? Se echó hacia atrás la espesa y oscura melena y se paseó alrededor, observando con satisfacción como el calor llameaba en los ojos de él y la mirada vagaba por su cuerpo.
    – Eres realmente hermosa, MaryAnn.
    Su voz era esa aleación de áspero terciopelo, pero esta vez, un pequeño gruñido se añadía a ella. La nota pareció jugar sobre su piel, acariciar como dedos. Su útero se tensó, disparando pequeños terremotos. Los pies de él se colaron entre sus piernas, recorriendo arriba y abajo su pantorrilla y después tirando gentilmente hasta que estuvo con las piernas abiertas para él.
    Se movió, inclinándose hacia adelante para rodearle el tobillo desnudo con los dedos. Muy lentamente pasó la palma hacia arriba por su pierna. Cuando ella iba a moverse, apretó su garra como advertencia.
    – No.
    Intentó quedarse muy quieta, pero su toque enviaba corrientes eléctricas por su riego sanguíneo y no podía evitar temblar. Una palma trazó la forma de la pierna, subió hacia la rodilla, acariciando, rozando, haciendo que diminutas llamas lamieran su pantorrilla y subieran por los muslos y más aún, sus dedos se introdujeron, imprimiendo la forma y textura de ella en su mente.
    – No estoy segura de que pueda soportar esto mucho más. -¿Era esa su voz, con esa nota sensual recubriendo cada nota? ¿Por qué era esto tan sexy, estar de pie completamente desnuda mientras él estaba totalmente vestido? Que cada centímetro de su piel estuviera siendo explorado por sus manos vagabundas mientras ella estaba todavía en pie-. No soy un juguete, Manolito. -Pero así se sentía. Su juguete. Su mujer. Su cuerpo para tocar, juguetear y adorar con sus grandes y cálidas manos. ¿Y por qué eso la excitaba? ¿Por qué le gustaba mostrarse ante él, ver la reacción de su cuerpo a ella y sentirse más poderosa a cada momento?
    – Por supuesto que lo eres. Tu cuerpo es un hermoso patio de juegos y quiero conocer cada centímetro de él. Quiero saber exactamente que te hace responder y te da más placer. -Frotó el pulgar sobre su resbaladiza y húmeda entrada y observó sus ojos ponerse vidriosos-. Quiero saber que te hace gritar, y quiero hacer que supliques. -Sus manos trazaban círculos a lo largo de los muslos internos, ascendiendo hasta las llamaradas de sus caderas y después bajando a acariciar las nalgas-. Quiero comerte viva, oírte gemir y lloriquear por más. Y eso es exactamente lo que tengo intención de hacer, MaryAnn, darme un festín contigo.
    Se inclinó hacia adelante, y su lengua dio una larga y lenta pasada por su raja, arrancándole un gemido.
    – Mucho, mucho más.
    – ¿Más? ¿Seguro que hay mucho más? -No estaba segura de poder soportar el desearle más de lo que ya lo hacía.
    Sus manos le moldearon las nalgas, sus dedos se deslizaban hábilmente hacia el centro, como plumas, acariciando, dejando pequeñas vetas de fuego por su cuerpo.
    – Siempre hay más, MaryAnn, y todo ello te dará más placer del que nunca imaginaste.
    Justo en ese momento podía imaginarse mucho. Contuvo el aliento, sorprendida por las cosas que deseaba que le hiciera, sorprendida por lo mucho que le importaba que la tocara y saboreara. El salvajismo en ella creció, y todas sus inhibiciones normales parecieron desaparecer rápidamente.
    Manolito tuvo que resistir el deseo de tirarla al suelo y tomarla como su cuerpo exigía, duro y rápido, bombeando dentro y fuera hasta sentirse saciado. Su polla latía y ardía, estirada más allá de sus límites, pero no iba a apresurar esto. Era tan hermosa, su cuerpo lujurioso y su suaves ojos de gama brillaban con una mezcla de miedo y excitación. Era una mujer a la que le gustaba al menos la ilusión del control. Quería conducirla más allá de su zona de confort y llevarla a un lugar de pura sensación.
    La atrajo hacia abajo, a sus brazos, a su regazo, de forma que su cuerpo encajara firmemente contra el de él. El suave lino de sus pantalones se frotó contra la piel cuando la acercó a él, inclinándole la barbilla hacia arriba para que sus ojos se encontraran. La inhaló, atrayendo su fragancia femenina a los pulmones, oyendo su corazón tronarle en los oídos, sintiendo la suave piel, su lujuriosa textura sedosa, y tuvo que resistir la urgencia de empujarla bajo él. La necesidad de cubrirla, dominarla, de hundir los dientes en ella se hacía más fuerte a cada momento que pasaba.
    Ella se relajó a su lado, su cuerpo confiaba en él. La sentía pequeña y suave, unos pocos escalofríos la recorrían, así que se enterró más contra él. Sus ojos parecían oscuros y llenos de misterio de mujer.
    Tomó su boca, gentil al principio, paladeando el sabor especiado mientras su lengua se entrelazaba con la de ella. La oyó suspirar, su cuerpo se volvió flexible, moviéndose contra él invitador.
    – Tal tentación, -susurró mientras la movía entre sus brazos, tendiéndola cruzada sobre su regazo, el cuerpo estirado, los pechos empujando hacia arriba, los muslos abiertos y la humedad centelleando a lo largo de su raja-. Estás tan mojada para mí, sivamet, tan dispuesta.
    Le tiró con los dientes del labio inferior, jugueteando y mordisqueando, adorando su curva, memorizando la forma.
    – Adoro tu boca. -Lo adoraba todo en ella. Y ese era el problema. Cuanto más intentaba encontrar un modo de atarla a él, de asegurarse de que nunca deseara dejarle, más la deseaba. Nunca tendría bastante de su cuerpo. Y su cuerpo nunca tendría bastante del de él. Quería que sus ojos brillaran con algo más que lujuria y deseo.
    Manolito la besó de nuevo, un lento ataque a sus sentidos, deseando su corazón y alma, sabiendo que solo podría tener una parte de ella. Eso le había estar más decidido que nunca a atarla a él sexualmente. Ella no era consciente de su atractivo, del hecho de que era sexy como el infierno; pensaba que eso se refería solo a él. Sus besos eran largos y embriagadores, sacudiéndola deliberadamente, sin darle oportunidad de pensar, solo de sentir. Sus gemidos eran suaves y él se tragaba cada uno de ellos, aceptándolos en su cuerpo para siempre.
    Le encantaba observa cómo crecía su excitación, saber que era por él. Saber que él había puesto esa mirada aturdida de absoluto deseo en sus ojos. Ella giró la cara, frotando la nariz bajo su barbilla, su lengua se deslizó con un calor áspero sobre su piel antes de susurrar su nombre.
    – Manolito.
    La suave llamada jadeante endureció su cuerpo incluso más. Mordisqueó su camino hacia abajo por la barbilla hasta la garganta. Su piel era cálida miel. No pudo resistirse a un pequeño mordisco, los dientes arañaron gentilmente su pulso, su lengua consoló el pequeño escozor con un remolino gentil. Ella reaccionó con otro gemido sin aliento, inclinando la cabeza para proporcionarle un mejor acceso a su garganta. El cabello caía como una cascada a su alrededor, y deseó la sensación de sentirlo contra su piel. Sus pechos se alzaban y caía mientras la respiración se volvía más dificultosa.
    – Te gusta esto, ¿verdad? -susurró, sus dientes le mordisquearon de nuevo la piel. Notó que se le elevaba el pulso, cómo aparentemente le llamaba, madura y lista. El calor emanaba de ella-. Oh, si, nena, definitivamente te gusta.
    Su frente se frunció con concentración y sus ropas se disolvieron en remolinos de niebla, dejando su cuerpo desnudo, de forma que estuvieran piel con piel. La cascada del cabello de ella caía sobre él con un roce sensual, haciendo que su erección, tan gruesa, dura y dolorida se presionara firmemente contra el suave cuerpo femenino.
    MaryAnn se interponía entre él y el monstruo en el que podría convertirse… el no muerto. Solo ella tenía el poder de salvarle, y el milagro era, que le estaba ofreciendo su cuerpo. No había nada más poderoso o erótico.
    Su boca se movió sobre ella con hambre, su piel café con leche era ardiente seda. Podía oír y sentir como su sangre le llamaba, recorriendo sus venas en un flujo y reflujo de vida. El corazón seguía el ritmo del suyo, latido a latido, bajo los montículos llenos de sus pechos. Sus labios trazaron un sendero a lo largo de las erguidas colinas y bajando al valle, su lengua lamió su pulso, sus dientes juguetearon mientras pasaba su atención a los tensos picos de los pezones.
    Arqueó el cuerpo y sopló aire cálido sobre los tensos retoños. Ella intentó moverse, subir los brazos, pero él la detuvo, alzando la cabeza, observando la excitación que ardía en sus ojos.
    – Quédata quieta, sivamet. Muy quieta. Quiero que sientas cada roce de mi lengua, cada toque de mis dedos.
    – No puedo soportarlo, -jadeó ella, enterrando los dedos en la colcha, intentado desesperadamente encontrar algo a lo que agarrarse-. Tienes que parar. -Porque se le acababa el control.
    La lengua de él presionaba contra su clítoris, y su cuerpo se derritió. El placer estalló a través de ella con la fuerza de un volcán en erupción, extendiéndose como lava ardiente, hasta que sus músculos se apretaron cruelmente y su estómago se tensó y lanzas de fuego recorrieron su espina dorsal y los alrededores de sus pechos. Empujó con fuerza contra su boca, incapaz de detenerse a sí misma cuando el placer entumecedor la tenía girando completamente fuera de control.
    Antes de poder recuperar el aliento, él le dio la vuelta, poniéndola de rodillas mientras su cuerpo temblaba con oleada tras oleada de placer.
    Se irguió sobre ella, capturando sus caderas y empujando su trasero hacia él, presionándole con una mano la espalda para mantenerse en su lugar. Empujó la amplia cabeza de su erección contra la apretada entrada.
    – ¿Es esto lo que necesitas, sivamet? -susurró roncamente.
    MaryAnn se dio cuenta de que estaba canturreando algo, una aguda súplica. Un relámpago le atravesó el cuerpo, vetas de él, cuando él empezó a invadirla. Era grueso, tan duro como una lanza de acero empujando a través de sus suaves pliegues, estirando y quemando.
    – Eres demasiado grande -jadeó, temiendo por primera vez no poder acomodar su cuerpo, no así, no cuando la aferraba por las caderas y empujaba su trasero hacia él mientras se conducía incesante e implacablemente en su apretado canal. Aún cuando protestaba, arqueaba las caderas, deseando más, necesitando más, casi llorando cuando el placer se extendió. Junto con la demasiado apretada invasión, el ardor que la acompañaba, no podía detener las oleadas de éxtasis, o quizás eso solo las provocaba.
    En la posición dominante, Manolito la mantenía completamente bajo su control, tomándose su tiempo mientras empujaba en el ardiente canal, suave como el terciopelo, que le rodeaba como paredes vivas de seda.
    – Eres tan apretada, MaryAnn. -Su voz era ronca, el gruñido retumbaba en su garganta. Se inclinó más sobre ella, profundizando su invasión, llenándola y estirándola imposiblemente-. No te muevas, meu amor, no hagas eso.
    Pero no podía evitar la forma en que sus músculos se cerraban alrededor de él, aferrando y amasando, la acción lanzaba dardos de fuego por su cuerpo. Le sintió empujar más y más profundamente. Las caderas empujaban hacia atrás y después hacia adelante, conduciéndole a través de los suaves pliegues, la fricción caliente y salvaje, enviando vibraciones a través de su cuerpo entero, haciendo que incluso sus pechos sintieran las feroces llamas y su cuerpo pulsara, saturándole de fluido de bienvenida.
    Los dedos de él le mordían con fuerza las caderas, manteniéndola inmóvil, su susurro fue un sonido gutural, mientras se hundía en ella una y otra vez, arrancando gritos de sorpresa de ella a cada estocada. Sintió el filo del dolor cuando él se hinchó, encajándose dentro de ella y empezó un ritmo fuerte que siguió y siguió, enviando relámpagos que se extendieron por cada parte de su cuerpo, pero nunca aliviaban el tortuoso dolor.
    La empujó más allá de cualquier límite que hubiera conocido, llevando el deseo más y más alto, hasta que estuvo sollozando, suplicando alivio. Intentó moverse, intentó salir gateando de debajo de él, aterrada de perderse a sí misma, aterrada de que fuera demasiado, pero de repente él gruñó, un sonido animal, y se inclinó hacia adelante, su largo cuerpo estirándose sobre el de ella, manteniéndola abajo, con un brazo bajo sus caderas mientras hundía los dientes profundamente en su hombro.
    Un dolor inesperado la inundó, fundiéndose con las vetas deslumbrantes de placer mientras él la montaba, respirando jadeante, su fuerza era enorme, mientras se sumergía en ella una y otra vez. Oyó sus propios gritos sin aliento, el sonido de carne golpeando carne, sintió su escroto, golpeando contra su cuerpo en una ruda caricia mientras él continuaba bombeando furiosamente en su apretado canal. Empezó una tormenta de fuego, creciendo más ardiente y más fuera de control, y se retorció contra él, necesitando más, aunque aterrada de lo que podría darle.
    Su brazo se apretó más, arrastrándole las caderas hacia arriba de forma que el trasero golpeara firmemente contra él y se enterró tan profundamente que se alojó contra su útero. Le sintió hincharse, sintió como sus propios músculos se tensaban, hasta que temió estallar en un millón de pedazos.
    Manolito oyó su respiración jadeante, las sollozantes súplicas, y supo que estaba allí, justo al límite. Eso es, sivamet llega para mí. Arde por mí.
    Múltiples orgasmos desgarraron su cuerpo, barriendo a través de cada parte de ella en una ola gigantesca, cada una más fuerte que la última. Las sensaciones la rasgaron en un espasmo poderoso. Su cuerpo se arqueó, sus caderas empujaban más hacia atrás, los gritos roncos de él resonaban con los de ella.
    La liberación de él fue brutal, el fuego despedazó su espina dorsal y se enroscó en su estómago, mientras el canal se apretaba y aferraba y ordeñaba disparos de semen caliente de su cuerpo. Sintió la explosión hasta la punta de los pies, por las piernas y las entrañas, justo a través del pecho hasta la coronilla. Eso debería haberle saciado, pero su cuerpo se negaba a setirse completamente satisfecho.
    La sujetaba contra él, su cuerpo más pequeño suave, abierto y vulnerable a él. Su erección seguía gruesa y dolorosa, el placer pulsando continuaba mientras las apretadas paredes a su alrededor se estremecían, sujetándole a ella. No podía moverse, respiraba con fuerza, intentando controlar el salvaje golpeteo de su corazón, intentando evitar que sus incisivos se alargaran. Sorprendentemente, sus caninos ya lo habían hecho, y le había enterrado los dientes en el hombro, manteniéndola inmóvil.
    La urgencia de tomar su sangre, de traerla completamente a su mundo, estaba en él, pero luchó por contenerla, temiendo atraparla junto a él en el prado de fantasmas y sombras. Aún así, anhelaba su sabor, así que la retuvo bajo él, de rodillas, su cuerpo cubriéndola mientras dejaba que la urgencia pasara. Se pasó la lengua sobre los caninos, saboreando el salvaje sabor de ella, acariciándole con una mano los pechos, disfrutando de la ráfaga de ardiente líquido que bañaba su dolorida polla cada vez que rozaba los sensibles pezones.
    – Podría mantenerte así para siempre, -susurró, pasándole la lengua a lo largo de la columna vertebral.
    MaryAnn se mordió el labio e intentó contener el salvaje palpitar de su corazón. Nunca en su vida había imaginado que podría entregar su cuerpo tan completamente a otra persona. Cuando él la tocaba, cuando estaba cerca de ella, no tenía inhibiciones de ningún tipo… Miedo quizás, pero no de lo que él pudiera hacer, solo de poder perderse a sí misma en la absoluta locura del placer físico.
    No había vuelta atrás. Ni siquiera podía culpar a Manolito. Ella se había aplicado tanto en la seducción como él, y esto era puramente físico. Cerró los ojos e intentó no sentir el palpitar en su sangre. Esto era adictivo. Él era adictivo, anhelaría su toque durante el resto de su vida. Nadie podría hacerle sentir las cosas que él podía. Nada volvería a parecerle bien con algún otro. Pero esto no era amor.
    – ¿Cómo lo sabes, sivamet, como sabes que no es amor para mí?
    – Estás en mi mente.
    – Te has fundido conmigo. -Le besó la línea suave de la espalda-. Tranquila, cstri, voy a dejarte sobre la colcha-. Estaba temblando tanto que temía que fuera a caerse una vez su cuerpo abandonara el de ella.
    En el momento en que se movió, sus músculos se cerraron sobre él, enviando nuevas sensaciones a través de ambos. Mantuvo el brazo firmemente alrededor de su cintura y dejó que su cuerpo abandonara a regañadientes el de ella. Muy gentilmente la dejó derrumbarse sobre la cama antes de rodar, llevándola con él de forma que su cuerpo le sirviera de almohada.
    – No creo que pueda moverme. -La verdad era que no quería hacerlo.
    – Yo sé que no puedo, -susurró MaryAnn, incapaz de hacer mucho más que alzar la cabeza. Su cuerpo todavía se estremecía con pequeños temblores. Era imposible conseguir suficiente aire, le ardían los pulmones y le ardía el cuerpo. Yació junto a él, escuchando los latidos combinados de sus corazones-. ¿Qué quisiste decir con que no sabré si es amor para ti?
    – ¿Cómo podría no amar a la mujer que enfrenta todos sus miedos por salvarme de lo desconocido? ¿Cómo podría no amarte cuando te colocas entre la oscuridad y yo? ¿Cómo podría no amarte cuando me das más placer del que nunca había soñado que fuera posible? -No dijo que le daba paz. En el momento en que estaba en su compañía todo en su interior simplemente se aposentaba, calmaba, y volvía a estar bien-. Eres tú quien no sabe aún si me amas, pero aprenderás.
    Envolvió los brazos alrededor de su cuerpo tembloroso y la abrazó con fuerza, frotando la nariz contra su cuello, el cálido aliento contra la oreja. No había censura en su voz, solo una declaración práctica.
    El cuerpo de MaryAnn latía, ardía y le anhelaba otra vez, y eso era simplemente, categóricamente aterrador. Tenía tal confianza en sí mismo, estaba tan seguro de que podría hacer que se enamorara de él. Incluso si no lo hacía, sabía que sería casi imposible no desear estar con él, no cuando podría hacerla arder de dentro a fuera.
    – ¿No crees que esto es un poco espeluznante?
    – Estás a salvo conmigo. -Enterró la cara en la riqueza de su cabello-. Quiero quedarme aquí contigo y dormir el sueño de los humanos-. Nunca, ni una vez en toda su existencia, creyó que desearía un placer tan simple, pero ahora no había nada que deseara más que enroscar su cuerpo alrededor del suyo y caer dormido con ella entre sus brazos.
    – ¿Por qué el sueño de los humanos? -preguntó ella, acurrucándose contra él-. Es algo extraño que digas eso.
    – Quiero soñar contigo. Quedarme dormido soñando contigo, y despertar contigo a mi lado.
    Se frotó contra él como un gato.
    – No dormiremos. Tienes que ir a la tierra, Manolito. Incluso yo sé eso.
    Él recorrió la habitación con la mirada. La luz ya se arrastraba a través de las ventanas. Debería haberle quemado los ojos, pero en vez de eso deseaba estirarse y arquear el cuerpo, bañarse en el brillo temprano de la mañana.
    – Quizás me quede aquí. Podemos cubrir las ventanas.
    El corazón de MaryAnn dio un salto.
    – No es seguro. De ningún modo. Tienes que marcharte.
    Él apoyó la cabeza en una mano y bajó la mirada hacia ella, sus ojos de nuevo totalmente negros.
    – No quieres que me quede, ¿verdad? -dijo con súbita inspiración-. Quieres que me vaya.
    Se tragó la urgencia de negar su acusación. Sería una mentira.
    – No puedo pensar con claridad contigo alrededor.
    – ¿No? -La tensa agresión en su voz se atenuó por el ronroneo gutural de satisfacción masculina. Su mano le acunó un pecho, su pulgar se deslizó sobre el pezón haciendo que se estremeciera bajo su toque.
    – No. ¿Crees que siempre actúo de forma tan… tan sumisa? -Casi escupió la palabra-. No me van el bondage y la sumisión.
    – Quizás yo sepa más de ti que tú misma, -dijo él-. Estoy en tu mente y busco las cosas que te complacen.
    Cerró los ojos brevemente, preguntándose si era cierto. Le habían gustado las cosas que él había hecho. Gustar era una palabra suave para como se había sentido. No podía culparle por sus propias acciones. Le había deseado rápido y duro, casi brutal en su posesión de ella. Había deseado… todavía deseaba… pertenecerle completamente. Hacer cualquier cosa que le pidiera. Y eso la asustaba a un nivel totalmente diferente. Era un cambio de personalidad mayor y necesitaba consideración.
    Manolito estudió su cara. Estaba asombrada por su propio comportamiento, y a cambio, él se preguntó a sí mismo por qué había necesitado ser tan dominante con ella. Era un hombre dominante, tanto que no tenía que probarse a sí mismo ante nadie, pero algo en él había necesitado marcarla, dejar su olor, la prueba de su emparejamiento. Se apartó el cabello del hombro y tocó la pequeña herida de allí. Los hombres de los cárpatos dejaban pinchazos, quizás un chupetón, y él había dejado una marcha en su pecho la primera vez que había tomado su sangre. La herida del hombro era algo totalmente diferente. Asombrado, concentró la mirada en ella. Tenía que haber sido hecha por sus caninos.
    MaryAnn giró la cabeza para mirar también la pequeña marca, con un pequeño ceño en la cara. ¿Por qué demonios la había encontrado sexy cuando la sostenía así?
    – Creo de debes haberme lanzado una hechizo.
    – Creo que es a la inversa.
    – ¿Lo hiciste? -preguntó suspicaz-. Porque Destiny puede hacer ese tipo de cosas. Meterse en las mentes e influenciarlas.
    – Fúndete conmigo de nuevo y mira a ver que clase de influencia tengo. Esta vez, creo que haré que te arrodilles a mis pies, tomando mi polla en tu ardiente y sexy boca. -Su mano le acarició la garganta, las yemas de sus dedos acariciadoras. Su cuerpo se endureció de nuevo ante la idea, presionando firmemente contra el de ella, empujado por la fantasía erótica-. Podría no sobrevivir a ello, pero estoy más que dispuesto a sacrificarme por la experiencia.
    Debería haberse sentido alarmada, pero la idea de explorar su cuerpo, de conducirle al límite, de que él le ordenara que le diera esa clase de placer y ella le robara el control, provocó una excitación que coleó por su cuerpo. Su lengua le estaba lamiendo el hombro, mordisqueando con los dientes, y ya su cuerpo respondía con esos ligeros temblores que se extendían por su estómago y pechos.
    – Quizás yo sea la que te influencia a ti, -dijo-. Siempre me estás diciendo que me fundo contigo.
    – Por supuesto que me influencias. Estoy leyendo cada una de tus fantasías y comparto las mías contigo. -Sus manos le acunaron los pechos y juguetearon con los pezones antes de deslizarse hacia abajo por la curva de su cuerpo hacia las nalgas. Empezó un lento y rítmico masaje-. Cuando venga a por ti, mañana por la noche, ponte algo femenino.
    Ella jadeó, ultrajada.
    – Yo siempre llevo ropa femenina. Tengo el mejor de los gustos en cuestión de ropa. No puedo creer que me insultes así.
    La diversión masculina brilló en sus ojos.
    – Me disculpo, meu amor, si te lo has tomado del modo equivocado. Siempre estás impecablemente vestida-. Soy anticuado y preferiría que llevaras un vestido o una falda. -Sus manos se deslizaron hacia arriba por el estómago, extendiendo los dedos ampliamente. Frotó en círculos gentiles, deslizándose más abajo, incluso mientras su voz se volvía ronca-. Además de hacer alarde de tu hermoso cuerpo tiene una ventaja extrema, podría tocarte así muy fácilmente.
    Sus dedos se deslizaron más abajo aún, encontrando una cálida y acogedora humedad esperando.
    – Quiero tu cuerpo disponible a mi toque. Mirarte y desear deslizar mi palma sobre tu piel. No hay nada como esto en el mundo.
    Sus dedos se deslizaron sobre la raja, haciéndola jadear. Los muslos se le tensaron. El vientre se contrajo, y al instante fue suya. Toda idea de resistirse desapareció. Sus dedos acariciaban y jugueteaban y empezaron una íntima exploración otra vez. Sus roncos susurros en el oído solo agudizaron sus sentidos y terminaciones nerviosas e incrementaron su necesidad de él.
    Los rayos de sol matutinos atravesaron la ventana, y la luz iluminó la sombría excitación en la cara de Manolito. Rodó sobre la espalda y simplemente la alzó de forma que le montara a horcajadas. Ella jadeó mientras bajaba la mirada a su erección. Parecía imposible que pudiera tomarle en su interior, pero su cuerpo ardía y pulsaba y fue a por él. Él le colocó los muslos a los lados de sus caderas, empujando la amplia cabeza de su polla en ella. Su sonrisa era genuina, dientes blancos que brillaban hacia ella, ojos negros reluciendo con algo cercano a la alegría mientras la posaba sobre él.
    Se hundió directamente a través de los apretados pliegues hasta que se asentó profundamente en su interior, a donde pertenecía. Le llevó las manos a sus hombros para que se sujetara mientras empezaba a moverse, llenándola, esta vez lento y fácil para que pudiera sentir cada estocada cuando ya estaba tan sensible.
    Ella empezó a moverse a su propio ritmo mientras las manos de él la guiaban para montarle de forma lenta y sensual. La estiró lentamente, acero encapsulado en terciopelo, moviéndose a través de los apretados y tensos músculos hasta que la fricción la dejó sin aliento… y sin cordura. Era diferente a la salvaje posesión de antes, pero no menos placentero. Y había algo decadente en sentarse sobre él mientras su mirada seguía el balanceo de los pechos y sus ojos se concentraban en ella con tanta ardiente lujuria y apreciación.
    MaryAnn estaba exhausta para cuando Manolito la dejó, pero el sol estaba alto. Reconoció que era peligroso para él quedarse fuera tanto tiempo. Su propio cuerpo estaba tan cansado que no pudo hacer más que devolverle el beso y ondear una mano débil mientras él la cubría con las mantas y la dejaba sola. Apenas registró su orden susurrada para que durmiera, ya cerrando los ojos.

Capítulo 9

    MaryAnn despertó al sentir lágrimas corriendo por su cara y el suave sonido de voces femeninas al otro lado de la puerta. Gimió y se giró, el cuerpo le dolía en lugares que no sabía que existían.
    – Fue sólo sexo -dijo en voz alta-. No te quiere. El amor es la cuestión y él no te quiere.
    Puede que no la amara, pero era dueño de su cuerpo. Ella habría hecho cualquier cosa que le hubiese pedido y no sabía que eso fuera posible. Le ardía entre los muslos y en la barbilla debido a la barba. Vibraba y palpitaba de deseo cada vez que pensaba en él. Le dolían los pechos y los sentía pesados. No había un sólo centímetro de su cuerpo que él no hubiese reclamado o que ella no le hubiese dado libremente.
    Su pérdida de control había sido terrible. ¿Cómo podía anhelar su cuerpo hasta el punto de dejar que la llevara más allá de cualquier frontera, real o imaginaria, que hubiese creído tener? La única solución segura era marcharse y ya era demasiado tarde para eso. Ella era una mujer práctica, que razonaba las cosas, y aquello no tenía lógica.
    Se sentó y se secó más lágrimas. No había llorando tanto desde que era una cría. Una ducha sólo potenciaría las susurrantes sensaciones de su piel. Los recuerdos de sus dedos trazando cada sombra y cada hueco, cada curva y cada hoyuelo. Su boca enloqueciéndola de ansia.
    – Esto no es natural -le dijo a su reflejo en el espejo-. No es normal desearlo de esta forma y temer que vuelva o temer aún más que no lo haga.
    ¿Podía irse? ¿Sería posible volver a su vida en Seattle? Manolito aún estaba atrapado entre dos mundos; ¿podría dejarlo sabiendo que era probable que nunca volviese si ella no le ayudaba?
    MaryAnn se vistió con cuidado, utilizando la ropas como escudo, como hacía a menudo cuando necesitaba seguridad y sentir que tenía el control. Manolito le había dicho que se pusiere un vestido, así que elijió unos pantalones y un top de seda. Se quedó de pie, temblando, examinándose, deseando llevar puesto un vestido porque eso le complacería. Porque la contemplaría con esa mirada de hambre oscura a la que nunca había podido resistirse. Por un momento, sus manos fueron a los pequeños botones en forma de concha de la blusa, pero se obligó a bajar las manos. No cedería, ni ante sí misma ni ante él. Si no podía dejarle, al menos podría hacerle frente.
    Alzando la barbilla, entró en la sala común. Una mujer joven estaba acurrucada en el asiento de la ventana, el cabello largo le bajaba en cascada por la espalda, como una catarata. Alzó la vista con una sonrisa indecisa que no era auténtica en absoluto, sus ojos esmeraldas la miraban cautelosamente.
    – Tú debes ser Jasmine. Yo soy MaryAnn Delaney. ¿Te dijo Juliette que iba a venir?
    Se acercó a la chica lentamente, con movimientos suaves y nada amenazadores. Ella era la razón por la que había venido en primer lugar, esta joven con los ojos demasiado viejos y la pena ya grabada en su cara.
    Jasmine sonrió y alzó una mano.
    – Es un placer conocerte por fin. Juliette habla muy bien de ti.
    – Apestas a macho Cárpato -dijo otra voz, con el tono lleno de desdén.
    MaryAnn se giró para encontrarse cara a cara con Solange. No podría ser nadie más. Era hermosa de una forma salvaje e indomable.Tenía ojos de gata, ambarinos, directos y recelosos. Merodeaba en lugar de caminar, sus rápidos e inquietos movimientos eran gráciles y ágiles. MaryAnn podía distinguir la rabia en su interior, profunda y fuerte. Había visto demasiados horrores para volver a ser inocente.
    Solange llevaba unos pantalones holgados de cordones y un cinturón alrededor de las caderas. Mientras MaryAnn confiaba en un spray de pimienta, Solange usaba cuchillos y armas con familiar desenvoltura. Tenía armas que MaryAnn no había visto antes, muchas, pequeñas y afiladas y en apariencia muy eficientes. Llevaba el cabello despeinado, pero le iba bien a la forma de su cara. Mientras Jasmine era etéreamente hermosa, delgada y de buena figura, con gentiles curvas y cabello suelto, Solange era terrenal, con curvas llenas, carácter en los ojos y pasión estampada en su boca.
    – ¿En serio? Me di una ducha. -MaryAnn sonrió a la mujer, esperando tranquilizarla, ayudarla a relajarse.
    Solange se detuvo a medio paso, arrugando la nariz.
    – Lo siento. Eso fue una grosería. Tengo un acusado sentido del olfato. No debería haber dicho eso. Hemos estado rondando en forma de jaguar y eso me vuelve ultrasensible.
    – No pasa nada. Tienes derecho a decir lo que piensas. -MaryAnn le lanzó una rápida y apreciativa sonrisa-. Aunque digas que apesto.
    – Oh, no -dijo Jasmie, poniéndose en pie-, Solange no quería decir eso en absoluto. -Lanzó a su prima una mirada de advertencia y alargó la mano para coger la de MaryAnn-. ¿Tienes hambre? Estábamos a punto de cenar. Nos acabamos de levantar hace unos minutos. Lo siento si te despertamos.
    – Estabas llorando en sueños -dijo Solange-. También tengo un oído excepcional. ¿Estás bien?
    MaryAnn mantuvo una sonrisa serena. Los dedos de Jasmine se habían apretado alrededor de los suyos, la joven estaba temblando.
    – Soy una chica de ciudad. La lluvia en el bosque me asusta un poco. Supongo que ninguna de vosotras se siente así. Aunque usé mi spray de pimienta con un jaguar la noche anterior cuando me atacó.
    Solange dio vueltas alrededor de ella, sus cejas oscuras se unieron en un ceño.
    – ¿Fuiste atacada por un jaguar? ¿Estás segura?
    MaryAnn asintió.
    – Estaba bastante cerca de él.
    – ¿Tenía algún collar en el cuello, o un bulto de alguna clase que pudieras ver? -prosiguió Solange. Ya estaba apresurándose de ventana a ventana, asomándose al exterior.
    – Ahora que lo dices, quizás sí. -MaryAnn sostenía la mano de Jasmine en la suya. La chica se estremeció, pero siguió caminando por el amplio salón hasta la larga y abierta cocina-. No puedo recordarlo. Todo pasó demasiado rápido.
    Solange olfateó otra vez el aire, levantando la cabeza y olisqueando.
    – ¿Estuviste cerca de un jaguar macho? ¿Un hombre aparte del Cárpato?
    Jasmine jadeó y se cubrió la boca, los ojos se le ensancharon de miedo.
    – ¿Están aquí? ¿En la isla?
    – Todo irá bien -le aseguró Solange-. Yo puedo protegerte. Y Juliette tiene la casa rodeada de salvaguardas. Mientras permanezcamos aquí, deberíamos estar bien. Sólo voy a mirar escaleras arriba, para asegurarme de que los balcones y las ventanas están cerradas. Las ventanas tienen barrotes, Jazz.
    Jasmine se apresuró hacia ella, agarrándola con fuerza del brazo.
    – No vuelvas a dejarme sola. No quiero estar sola.
    Su joven cara pareció angustiada y sólo por un momento, Maryann vio angustia en los ojos ambarinos de Solange. Puso los brazos alrededor de su prima y la abrazó.
    – MaryAnn está aquí, cariño. Sólo voy a ir arriba. Ella se sentará contigo y yo volveré enseguida. ¿Por qué no le consigues algo de comida a MaryAnn? Está hambrienta, ¿recuerdas?
    Jasmine tragó saliva y asintió.
    – Sí, lo siento. Por supuesto que te conseguiré algo de comer. ¿Te gusta el té? -Observó a Solange abandonar la habitación-. Volverá enseguida, no te preocupes -añadió.
    – Por supuesto que sí -asintió MaryAnn suavemente y envolvió con un brazo reconfortante a la joven. Jasmine se había puesto pálida bajo el dorado de su piel-. Un té sería perfecto, gracias.
    Las manos de Jasmine temblaban tanto que las tazas tamborileaban, pero sirvió una taza de té a cada una, añadió leche y se sentó frente a MaryAnn en la mesa de cara a la puerta, esperando a su prima.
    – Debe ser difícil tener a Solange lejos del alcance de tu vista -le dijo MaryAnn suavemente. Se concentró en tratar de relajar a la joven, tranquilizarla y confortarla, deseando hacerle entender que tenía a alguien con quien hablar.
    Ya estoy aquí. Todo irá bien. Haré que todo vaya bien. Eres fuerte y podemos con esto. Jasmine apenas había salido de la adolescencia y su mundo ya estaba lleno de violencia y miedo. MaryAnn deseó atraerla a sus brazos y mecerla como a un bebé, volver a arreglar su vida de alguna forma.
    Jasmine asintió.
    – Intento no ser una carga para ella, pero no puedo dormir la mayor parte del tiempo y ella tiene que sentarse conmigo.
    – Estoy segura de que no le importa, Jasmine. Es obvio que te quiere.
    Solange podía ser dura como una piedra, pero era leal y cariñosa con su familia. Lucharía hasta la muerte por esta chica, y usaría hasta su último aliento para reconfortarla. MaryAnn podía leer esto en ambas mujeres, pero Jasmine estaba más que asustada tras su terrible experiencia. Se guardaba algo más, algún oscuro secreto que no compartía con Juliette ni con Solange. MaryAnn acarició mentalmente a la chica como si fuera un bebé, con calidez y preocupación en su mente. Ansiaba hacer que Jasmine se sintiera bien, ansiaba eliminar la pena de sus ojos y alejar el miedo y el terror.
    Jasmine inspiró profundamente.
    – Me alegro tanto de que vinieras. Gracias. Juliette dijo que eres de la ciudad y que todo esto es difícil para ti.
    MaryAnne se encogió de hombros, dispuesta a que la chica se dejase de charlas insustanciales y le dijese lo que fuera que estaba a punto de decir. Algo la asustaba y quería contárselo a Maryann sin que Solange estuviese en la habitación. Está bien, cariño. Estoy aquí: no te traicionaré. He venido desde muy lejos para ayudarte. Confía en mí. Confíame la carga que llevas encima y las dos lo arreglaremos.
    – Ya has hablado con otras chicas, chicas como yo, ¿no? -preguntó Jasmine, bajando la voz, echando un vistazo a la puerta para asegurarse de que Solange seguía arriba.
    – Lo que te pasó a ti fue particularmente brutal -dijo MaryAnn-. Tienes que darte tiempo. -Vamos, cariño. Compártelo. Te está devorando por dentro. Sea lo que sea, podremos con ello. Sé lo que hago. Puedes confiar en mí.
    Deseaba encontrar la forma de transmitir a Jasmine que la ayudaría, que nunca traicionaría su confianza.
    – No tengo tiempo -susurró Jasmine. Bajó la cabeza y dejó la taza-. Que sepas lo que ha pasado lo hace más fácil. No se lo he dicho a nadie aún, pero voy a tener que hacerlo pronto.
    MaryAnn contuvo el aliento, el corazón le palpitaba con fuerza. Quería llorar por la chica, poco más que una adolescente y su vida ya hecha pedazos. Colocó su mano sobre la de Jasmine, conectándolas, deseando que la chica se calmara, consolarla.
    – Estás embarazada.
    Jasmine se cubrió la cara con las manos.
    – Hay una planta que podemos usar después, ya sabes, para asegurarte. Solange me la dio, pero no pude… -Las palabras murieron en sus labios y miró a MaryAnn a través de los dedos-. Ya lo sabía. En el momento en que pasó. Simplemente lo supe y no pude hacerlo.
    – Tú no hiciste nada malo, Jasmine. Esos hombres te despojaron de toda elección, les hiciste frente y tomaste tu propia decisión. ¿Temes haber hecho algo malo?
    – Es complicado. Vivimos una existencia difícil y yo la he vuelto aún peor. Ahora nunca pararán. Esos hombres. Vendrán tras nosotras no importa donde estemos. -Volvió a mirar hacia la puerta- Solange… -se interrumpió-. Ha sido muy difícil para ella.
    – ¿Te arrepientes de tu elección?.
    – No sé cómo me siento y no puedo soportar que Solange se disguste conmigo. Ella ya ha hecho bastante y sería una persona más de la que tendría que preocuparse.
    – ¿Te quedarás con el bebé?
    Los ojos de Jasmine brillaron con algo parecido al fuego y por primera vez, MaryAnn vio la semejanza entre Jasmine y su prima.
    – Nunca les entregaré mi bebé a ellos. Nunca. Si Solange quiere que me vaya lo haré, pero no les cederé mi bebé, aunque sea un niño.
    – No, por supuesto que no. Lo que esos hombres hicieron fue criminal. Jasmine. -MaryAnn tomó un sorbo de su té y miró a la chica. Eligió sus palabras cuidadosamente.
    – Manolito me dijo que se encontró con uno de los hombres jaguar, el mismo que me salvó la vida ayer cuando otro jaguar me atacó. Dijo que un vampiro les había contaminado, haciendo que los hombres cometieran crímenes contra sus mujeres. Si es así, de alguna forma, ellos también son víctimas.
    – ¿Qué le estás diciendo? -exigió Solange.
    MaryAnn se giró cuando la mujer entraba en la habitación. Se movía en absoluto silencio, su cuerpo perfectamente equilibrado, los pies desnudos no producían ningún sonido sobre el frío piso de mármol. Cruzó la habitación hasta ponerse junto a Jasmine y le pasó un brazo alrededor, fulminando con la mirada a MaryAnn.
    Jasmine se puso rígida, la alarma se extendió por su rostro. Le dirigió a MaryAnn un rápido y nervioso movimiento de cabeza, no queriendo que revelara su secreto.
    MaryAnn sospechaba que Solange ya lo sabía. Era una jaguar purasangre, con todos los sentidos del animal. A Jasmine no le sería posible ocultarle algo así, pero MaryAnn no traicionaría su confianza, sin importar lo que creyese.
    – Solo que si un vampiro está influenciando a los hombres para cazar a sus mujeres, es una tragedia horrible para todos. -Mantuvo la voz moderada y tranquila- Si lo que Manolito descubrió es cierto, el vampiro está acabando deliberadamente con una especie entera
    Solange se mordió el labio y se sirvió un té.
    – Quizás la idea del vampiro sea acertada. Si nuestros hombres son capaces de hacer las cosas que hacen, la especie no debería sobrevivir.
    – Solange -protestó Jasmine.
    MaryAnn captó la mirada dolida de sus ojos y deseó poder reconfortarla. No pretendía decirlo de esa manera. Ha visto demasiado, ha pasado muchas cosas y también está traumatizada. Aceptará al bebé. No podía asegurárselo a Jasmine, aunque pensaba que era verdad. Solange nunca le daría la espalda a Jasmine ni al bebé. No iba con ella.
    Solange se encogió de hombros.
    – Ya sabes lo que pienso, Jazz. Nunca he ocultado mi desprecio por los hombres.
    – ¿Nunca has deseado una familia? -preguntó MaryAnn.
    – Claro. A veces. Cuando estoy a solas en mitad de la noche, o cuando estoy en celo. -Dejó caer una mano sobre el hombro de Jasmine-. No hay otra forma de decirlo. Sufrimos necesidades de apareamiento un poco más acuciantes que la mayoría de las mujeres, creo, pero no estoy dispuesta a vivir la clase de vida que tiene que vivir una mujer para tener una familia.
    – ¿Qué clase de vida es esa? -preguntó MaryAnn, echando una cucharada de miel en el té. Por alguna razón, estaba teniendo dificultades para bebérselo. La comida de la mesa le revolvía el estómago. No había ingerido nada desde hacía tiempo y debería estar muriéndose de hambre, pero ni siquiera la fruta le llamaba la atención.
    – Renunciar a la libertad. Estar bajo el puño de un hombre.
    – ¿Es así cómo crees que son la mayoría de los matrimonios? ¿Es así el matrimonio de Juliette? ¿Está obligada a hacer las cosas al modo de Riordan?
    Solange abrió la boca, tomó una bocanada de aire y la cerró. Suspirando, se dejó caer en la silla.
    – Para ser justas, quizás no. Así parece a simple vista, pero la forma en que él la mira, las cosas que hace por ella no, creo que Juliette tiene tanto que decir como él. Ella quiere hacerle feliz. -Había curiosidad en su voz-. No puedo imaginarme queriendo hacer cosas por un hombre.
    – Sorprendentemente, Solange, yo me sentí igual durante mucho tiempo. Por mi trabajo, veo lo peor de los hombres, al igual que tú supongo. Pero vemos sólo una pequeña parte. Hay muchos hombres buenos ahí fuera que tienen mujeres que los quieren y a las que tratan con amor y respeto.
    MaryAnn quería hacerla comprender y ver lo que ella veía, porque Solange estaba amargada y la amargura arruinaba vidas con el tiempo. Eres una mujer demasiado buena para vivir de esa manera, cariño. Deseó poder alejar todos aquellos recuerdos horribles, toda la tragedia que había caído sobre las dos. Solange había estado rescatando mujeres cautivas de los hombres jaguar desde hacía algún tiempo. Había visto demasiada brutalidad y muerte. No había policías a la vuelta de la esquina a los que llamar. Era una lucha a vida o muerte en la selva tropical, y Solange se las había arreglado no sólo para sobrevivir, sino para salvar también a otras mujeres.
    – Quizás tengas razón -estuvo de acuerdo Solange-. He llegado a pensar que Jasmine y yo debemos abandonar este lugar. Es mi hogar y me gusta, pero si seguimos con este combate, nos matarán finalmente. Ya nos conocen y conocen nuestra reputación.
    Era lógico, pero más que eso, la lucha con los hombres jaguar marcaba cada aspecto de sus vidas.
    – No es el mejor lugar para Jasmine -convino MaryAnn.
    Solagen asintió.
    – Lo sé. Sabíamos desde hace algún tiempo que tendríamos que buscar otro hogar, ¿verdad, Jazz? -Alborotó el cabello de su prima.
    Había demasiado dolor en Solange, como si sostuviese un gran peso sobre los hombros. Era más joven que MaryAnn y eso era lo chocante. Parecía mayor, su cara era seria y adulta en lugar de inocente, pero debía de tener solo unos pocos años más que Jasmine.
    – Hemos hablado de ello -admitió Jasmine-, pero ¿adónde podemos ir? Ninguna de las dos podríamos vivir en la ciudad, tan cerca de otras personas.
    – Juliette dice que Riordan tiene una casa en su rancho para nosotras -dijo Solange con voz casual. -Podríamos probar.
    Jasmine se puso tensa y sacudió la cabeza sin decir nada.
    MaryAnn era muy hábil leyendo a las personas. Solange no quería ir al racho. Desconfiaba demasiado de los hombres y el hogar principal de los De la Cruz era un rancho activo con hombres por todas partes. Pero eso colocaría a ambas mujeres bajo la protección y el ojo de los hermanos De la Cruz, los cuales se tomarían su papel muy en serio. Solange estaba preocupada por Jasmine. Si, como MaryAnn sospechaba, sabía lo del embarazo, querría llevar a Jasmine a la relativa seguridad del rancho.
    – ¿Has conocido a Rafael y Colby? -preguntó MaryAnn-. El hermano pequeño de Colby, Paul, y su hermana Ginny viven en el racho. Parece que de verdad les gusta. Ginny se vuelve particularmente loca con los caballos.
    Solange le lanzó una sonrisa agradecida.
    – Ginny aún es joven ¿no? He oído a Juliette hablar de ella. Once o quizás doce años.
    – No va a funcionar, Solange -dijo Jasmine-. No voy a ir al rancho sin ti.
    – ¿Dije algo de ir sin mí? Yo irían también si tú lo hicieras -dijo Solange-. Y te estás alimentando como un pajarito. Come.
    Jasmine frunció el ceño mientras cogía un plátano.
    – Irías al racho, Solange, pero no te quedarías allí y lo sabes. Me dejarías con Juliette y volverías a la selva para intentar trabajar tú sola.
    Solange se reclinó en la silla y miró a Jasmine con cara grave.
    – Dije que iría contigo y lo haré. Intentaré quedarme. Eso es todo lo que puedo prometer. Intentaré quedarme. Creo que estaremos a salvo allí, porque si los hombres jaguar conocen esta casa y saben que la mayor parte del tiempo los hermanos De la Cruz no la usan, vendrán por nosotras. Quizás deberíamos volver con Juliette y Riordan cuando vuelvan.
    MaryAnn captó la ansiedad subyacente. Solange no creía ni por un momento ser capaz de permanecer en el rancho, pero por Jasmine lo intentaría.
    – ¿Qué es lo que tanto temes del rancho? -apoyó la barbilla sobre la palma de la mano y estudió la cara de Solange. Jasmine nunca se quedaría si no lo hacía su prima.
    Solange permaneció callada tanto tiempo que MaryAnn temió que no contestaría.
    – No soy buena con la gente. Especialmente con los hombres. Tengo claustrofobia a los espacios cerrados. No he tenido a nadie que me dijera qué hacer desde que tenía doce años y no puedo imaginarme viviendo en un lugar con reglas, las reglas de otra persona. He hecho lo que he querido durante mucho tiempo y no puedo encajar en ninguna parte. -Miró a Jasmine-. No quiero que eso te pase a ti, Jazz. Te mereces una buena vida.
    – Y tú también -dijo MaryAnn suavemente- estoy segura.
    – No soy una buena persona -dijo Solange, sus ambarinos ojos se volvieron oscuros y duros-. He hecho cosas que no puedo borrar.
    Jasmine colocó las manos sobre las de Solange.
    – Has salvado vidas.
    – Y las he quitado.
    No había arrepentimiento en su voz ni en su cara, pero MaryAnn pudo sentir la tristeza que emanaba de ella en oleadas. Era una guerrera, y ya no quedaba ningún lugar en el mundo para una mujer como Solange.
    – No lo sientas por mí -dijo Solange-. Hice mi elección.
    – Y yo también hice la mía -aseveró Jasmine-. Me quedo contigo. Aquí o en el rancho, o donde sea. Somos familia y nos quedaremos juntas. Juliette siente lo mismo. No puede unirse a nosotras durante el día, pero está con ambas cuando puede.
    Bien por ti. MaryAnn le dirigó a Jasmine una sonrisa de aprobación. Después de todo, la chica tenía agallas. No iba a renunciar a Solange.
    Jasmine le dirigió una pequeña y conspiradora sonrisa, MaryAnn se dio cuenta de que se alegraba de haber venido aquí. Ambas mujeres la necesitaban. Ella había nacido consejera, ayudaba a la gente a encontrar su camino y era buena en ello, estaba orgullosa de su habilidad. Solange parecía más perdida que Jasmine porque había renunciado a su vida. A la gente. A todo.
    De pronto, Solange levantó la mano, se puso de pie con el cuerpo rígido, Jasmine se presionó una mano contra la boca para suprimir un grito de alarma.
    – Está bien, cariño -le aseguró Solange.
    – Están aquí -susurró Jasmine-. Fuera. Y aún quedan un par de horas hasta la puesta de sol.
    – Lleva a MaryAnn a la habitación segura -le ordenó Solange-. Espérame allí.
    – MaryAnn estará muy bien ayudando aquí afuera -dijo MaryAnn-. No voy a esconderme de esos hombres. Si se atreven a venir aquí a haceros daño…
    – Nos violarán y matarán. Eso es lo que harán -dijo Solange con voz dura-. Aquí vivimos según las leyes de la selva, matar o morir, y tienes que prepararte para hacer justamente eso. Ve con Jasmine.
    Jasmine empujó hacia atrás la silla y alargó la mano bajo la mesa en busca del arma pegada allí. MaryAnn abrió los ojos como platos. Obviamente, se habían estado preparando para el ataque.
    – Iré arriba -dijo Jasmine-. Tú defiende la planta baja, Solange. MaryAnn, no podrán abrir ninguna brecha en la habitación segura. Si las cosas se ponen feas, lucharemos por abrirnos camino hacia allí, así que déjala sin cerrar tanto tiempo como puedas.
    – Me quedaré con vosotras -dijo MaryAnn-. Sé cómo disparar un arma.
    – Riordan y Juliette colocaron salvaguardas en la casa -dijo Solange, sin preocuparse en malgastar tiempo discutiendo con ellas-. Jasmine, comprueba las ventanas. Mantente oculta. Si te ven y te reconocen, puede que eso les empuje a hacer alguna locura para entrar, pero si rompen las ventanas, dispara a matar. ¿Me entiendes? Sin vacilar.
    – No vacilaré -le aseguró Jasmine.
    – Iré con ella -añadió MaryAnn.
    Jasmine parecía tan joven y asustada. Su embarazo la volvía aún más vulnerable.
    Solange atrajo a Jasmine hacia ella y la miró a los ojos.
    – Mantente a salvo, primita.
    – Tú también. -Jasmine dio un ligero beso en la mejilla a Solange y después giró y se apresuró escaleras arriba.
    MaryAnn la siguió, pero hizo una pausa parar observar cómo se movía Solange por la enorme cocina hacia el salón. La mujer parecía un lince, hermoso, poderoso y mortal. Era imposible no admirarla o confiar en ella.
    – Nos sacará de esta -le aseguró Jasmine.
    – No lo dudo.
    Aún así, siempre era bueno tener un plan de emergencia. Tenían que resistir hasta que Manolito, Riordan y Juliette pudieran despertarse y llegar hasta ellos. Echó un vistazo al reloj. En poco menos de dos horas. Las salvaguardas deberían aguantar hasta entonces.
    – Uh oh -dijo Jasmine, mirando por la ventana y empujándose contra la pared-. Tienen a alguien ahí fuera y parece que sabe lo que hace.
    MaryAnn arriesgó una rápida mirada. El hombre no era un jaguar: su complexión no era la adecuada. Era bajo y delgado, el cabello rapado era rubio. Estaba de pie frente a la casa, con las manos en el aire, dibujando gráciles patrones con las manos. Sólo había visto algo así una vez y se congeló hasta los huesos.
    – Un mago -susurró la palabra.
    – Está derribando las salvaguardas ¿verdad? -dijo Jasmine.
    – Eso parece.
    Solange soltó una palabrota. Había vuelto para deslizarse tras ellas.
    – He contado cuatro hombres-jaguar. Reconozco a uno de ellos. Es un luchador poderoso, Jazz. Conoce nuestro olor. Nunca había visto al que has identificado como hechicero. Debe haber sido traído específicamente para desentrañar las salvaguardas cárpatas.
    – Lo que significa que están aquí por una razón -dijo Jasmine, ahogándose de miedo, la voz le temblaba-. Han venido aquí a propósito por nosotras ¿no es cierto, Solange? Por mí.
    – Cálmate, cariño -dijo Solange-. Sabes que dan caza a cualquier mujer con sangre jaguar, particularmente a aquellas que pueden transformarse. Las dos estamos en edad de tener hijos: llevamos la línea de sangre más pura y podemos cambiar.
    Jasmine negó con la cabeza.
    – Yo no. No puedo.
    – No quieres hacerlo. No es lo mismo. Dame el arma, Jasmine. -Solange extendió la mano.
    Jasmine negó con la cabeza, esta vez con más energía.
    – No. La necesito.
    – Hablo en serio. Dámela.
    MaryAnn se estremeció ante el acero en la voz de Solange.
    – Jasmine, no hay necesidad de dejarse llevar por el pánico. Al mago le llevará algún tiempo desentrañar las salvaguardas. Después de que Juliette y Riordan las pusieran en su lugar, Manolito vino conmigo temprano por la mañana y añadió las salvaguardas. Dale a Solange el arma y vamos a buscar algo frío para beber, esperaremos abajo, cerca de la habitación segura. Si colocamos algún tipo de alarma en las escaleras no tendremos que vigilarlas. Podremos concentrarnos en defender la parte baja, un área menor. Será más fácil y podremos dejar un camino despejado hasta la habitación segura. Sin importar cómo, estaremos bien hasta que lleguen los cárpatos.
    Mantuvo la voz tranquila y los rasgos de la cara serenos, disolviendo la tensión que se había alzado en la habitación.
    Solange le sonrió.
    – Tienes razón. Dejemos que jueguen un poco bajo el ardiente sol. Nosotras estamos dentro, donde tenemos un montón de comida y agua y cobijo de la lluvia. Está empezando a caer otra vez. El pobre mago parece un perro mojado.
    La sonrisa de Jasmine fue débil, pero consiguió sonreír mientras ponía el arma en la mano de su prima.
    – ¿Qué es exactamente un mago? ¿Y por qué está aquí?
    Ambas mujeres miraron a MaryAnn. Ella se mordió el labio y se encogió de hombros.
    – No estoy totalmente segura. Sólo puedo decirte que aprendí un poco de aquí y allí cuando estaba en los cárpatos. Juliette o Riordan podrán explicarlo mejor. Por lo que yo sé los magos son parecidos a los humanos, pero con poderes psíquicos y la habilidad de tejer magia. Eran amigos de los cárpatos y compartían gran parte de su conocimiento. Algo pasó y hubo una guerra entre los cárpatos y los magos.
    – Eso fue hace años -admitió Solange-. Oí algo sobre el tema a alguno de los contadores de historias cuando era pequeña, pero creí que hacía tiempo que se habían ido de este mundo.
    – Aparentemente no -dijo MaryAnn.
    – ¿Y todos están contra la especie cárpato? -preguntó Jasmine-. ¿Eso significa que lo están los jaguares también?
    – Por lo que he observado, Jasmine -dijo MaryAnn-, ninguna raza es por completo buena o mala. Muchos no odian simplemente porque otros lo hagan. Conocí a un hombre jaguar que me salvó la vida y estaba muy preocupado por lo que le estaba pasando a su gente. Estoy segura de que hay magos que no aprueban lo que está ocurriendo. Es probable que muchos ni lo sepan. Los vampiros son completamente malvados, y una vez se han infiltrado e influenciado a todo el mundo, alteran el equilibrio natural.
    – Entonces los vampiros usan las tendencias violentas de nuestros machos para corromperlos y terminar con nuestra especie -dijo Solange, con un deje sarcástico en la voz.
    – No todos los machos son malos, Solange, y recalcar una y otra vez que lo son, influenciando a Jasmine para que tema una vida normal, no está bien.
    – No has visto lo que hacen esos hombres.
    – Sé honesta, ¿no es sólo una pequeña parte? ¿Un grupo pequeño? Creo que los otros hombres-jaguar han estado tratando de detenerlos. Si ese es el caso, estás condenando a los mismos hombres que están trabajando para detener esto.
    – Nunca he conocido a ninguno de esos míticos hombres -dijo Solange, luego lanzó un vistazo a Jasmine-. Pero quizás los haya.
    – Muchos hombres se sacrifican por el bien común. Yo misma vi a Manolito ponerse delante de una mujer embarazada y recibir un cuchillo envenenado por ella. Él murió, c-casi murió. -Las emociones llegaron con rapidez y la abrumaron antes de que pudiese detenerlas. No estaba preparada para la pena y el dolor que se precipitaron sobre ella, acabando con toda lógica y razón.
    Se dio la vuelta, parpadeando para contener las lágrimas, mirando por la ventana al mago. Sus manos seguían un patrón y parecía triunfante, como si supiese exactamente qué salvaguarda se había usado y cómo desentrañarla.
    Si tan sólo se cansase de estar de pie bajo la lluvia. Cansado y mojado, sintiendo los brazos pesados como plomos. Tan cansado que no pudiese ver bien o pensar para recordar las palabras antiguas y los fluídos movimientos.
    MaryAnn observó al mago a través de la ventana, imaginando su fatiga, deseando que estuviese exhausto de permanecer allí de pie, la lluvia cayendo sobre su desprotegida cabeza. Se sentía débil y cansado, y necesitaba desesperadamente salir de allí. Si tenían suerte, estaría un poco asustado por los hombres-jaguar y se los imaginaría atacándole, rasgando su cuerpo con sus terribles dientes, devorando su calavera con un único mordisco…
    El mago se tambaleó hacia atrás, levantando una mano hasta su cabeza y devolviéndole la mirada a través de la ventana. La señaló, diciendo algo que ella no pudo oír, pero estaba claro que era una acusación.
    – Allí, en los árboles -dijo Solange-. Los has atraído.
    MaryAnn observó la pesada canopia donde el bosque se encontraba con la amplia extensión de patio. Un jaguar a medias formado se movía entre las ramas. Era un hombre grande, fuerte, con el cabello desgreñado y la crueldad grabada en su rostro.
    Jasmine retrocedió hasta coger el brazo de Solange.
    – Ese es el que llaman Sergio. Es terrible. Todos lo escuchan.
    Solange asintió.
    – Lo recuerdo. Es un buen luchador. Podría haberme matado, pero sabía que podía transformarme y no quiso correr el riesgo -dirigió a Jasmine una pequeña sonrisa sin humor-. Eso nos da una pequeña ventaja.
    – ¿Por qué has dicho que yo los atraje? -preguntó MaryAnn, llevándose la mano a la garganta en un gesto defensivo. El mago la estaba mirando, y otra vez movía sus manos en patrones fluidos. Tenía la sensación de que no estaba desenmarañando las salvaguardas sino que intentaba hacerle algo a ella.
    Solange la empujó fuera de la ventana.
    – Sabe que tú le has detenido. Debemos bajar.
    – Yo no le detuve. Sólo deseé que se sintiese un poco cansado.
    – Bueno, tus deseos le han retrasado, pero no por mucho tiempo. Quiero que Jasmine y tú vayáis a la habitación segura. -Abrió el camino escaleras abajo-. Acabas de etiquetarte como objetivo. Sergio sabrá que no eres jaguar y que eres peligrosa.
    – No soy peligrosa.
    – Si puedes romper la concentración de un mago, eres peligrosa. Querrá matarte. Quédate detrás de Jasmine.
    Esa era la última cosa que MaryAnn tenía intención de hacer. Jasmine parecía decidida, pero demasiado asustada, MaryAnn quería abrazarla y mecerla.
    – Yo también tengo un par de armas -dijo, y sostuvo en alto el spray de pimienta-. No se lo esperarán.
    – No dejaré que me lleven esta vez -dijo Jasmine-. No otra vez, Solange.
    – Tendrán que matarme para llegar hasta ti, cariño, -le aseguró Solange. Su voz era tranquila y controlada-. Créeme, no voy a dejar que eso pase. Si tenemos suerte, MaryAnn nos habrá dado tiempo suficiente para que se ponga el sol y Juliette vuelva para ayudarnos.
    MaryAnn se dio cuenta de que Solange no había nombrado a ninguno de los hombres cárpatos, como si no pudiera, o quisiera, contar con su apoyo. Solange estaba más lastimada de lo que parecía estar Jasmine. MaryAnn le sonrió a Jasmine.
    – No te preocupes. Manolito se dará prisa en ayudarnos y también Riordan, aunque vosotras lo conocéis más que yo y probablemente sois bien conscientes de que él nunca dejaría que os ocurriera nada si pudiera evitarlo.
    Jasmine bajó la mirada a sus manos.
    – No me he tomado el tiempo de conocerlo. He pasado una época de difícil adaptación después del ataque.
    – Aguantaremos solas -dijo Solange. Encontró la mirada de Mary Ann y entendió el regaño, aceptándolo con un lento asentimiento de cabeza y una profunda inspiración-. Sin embargo, es probable que no sea la mejor forma de llevar las cosas. Creo que tenemos que ir al racho e intentar crearnos una vida nueva y diferente.
    – ¿De verdad lo piensas, Solange? -preguntó Jasmine. Se presionó una mano contra slu estómago, con miedo en los ojos.
    MaryAnn comprendió que la mirada era de temor a decepcionar a Solange con la decisión de tener el bebé, un niño jaguar con sangre casi pura. Solange había visto demasiadas situaciones horribles para ser capaz de mirar alguna vez a un hombre jaguar sin prejuicios y Jasmine lo sabía. Aún así, había sido lo bastante fuerte como para tomar su propia decisión, eso era buena señal.
    – Claro que sí. No podemos vivir en la selva para siempre, ahora que los hombres jaguar saben quiénes somos y están dándonos caza. Creo que ya es hora de irnos.
    Solange cogió del brazo a Jasmine y le dio un pequeño empujón.
    – Muévete. Van a entrar en cualquier momento. MaryAnn, venga. -Se deslizó hasta la ventana con paso determinado, el cuchillo en una mano y la pistola en la otra.
    Se giró, maldiciendo.
    – Ya vienen. ¡Estad preparadas!
    Las puertas delanteras se abrieron de golpe y entró una norme figura, mitad jaguar mitad hombre, cruzando a toda carrera el frío mármol, directo hacia ellas. Lanzó su cuerpo al aire, hacia Solange, gruñendo, con el hocico lleno de dientes de aspecto malvado y las manos curvadas en garras afiladas como cuchillas.

Capítulo 10

    Jasmine gritó y se puso la mano sobre la boca para amortiguar el sonido. Trastabilló hacia atrás, buscando a tientas para encontrar la puerta de la habitación segura. Solange se lanzó hacia el jaguar sin vacilación, sacando el arma y disparando mientras corría hacia él. Un segundo jaguar, el que Jasmine había identificado como Sergio, golpeó a Solange por la espalda, desde donde la había acechado sin ser visto ni oído. La derribó golpeándola contra el suelo y quitándole el arma de la mano de un golpe. El ruido era estrepitoso mientras muebles y lámparas chocaban contra el mármol.
    Rodaron, Solange cambiando parcialmente para poner la fuerza del jaguar en acción, golpeando a Sergio con una garra afilada mientras él utilizaba su tamaño para mantenerla debajo. El ataque había sido obviamente organizado, sus adversarios habían estudiado las habilidades de Solange. El primer jaguar se tambaleó con los costados moviéndose pesadamente mientras la sangre goteaba constantemente por las dos heridas de bala. Fue directamente hacia Solange para ayudar a Sergio a someterla. MaryAnn lo roció con el spray de pimienta, utilizando estallidos cortos, golpeándole en los ojos, la boca y la nariz repetidas veces. Jasmine la siguió en la lucha, atizándole con una lámpara en la cabeza y conduciéndole hacia atrás.
    El primer hombre-jaguar cayó con fuerza, aterrizando entre MaryAnn y Solange. Se manoseaba la cara dando alaridos, rodando a un lado y a otro y dejando marcas de sangre en el mármol.
    Solange le dio un puñetazo a Sergio en la garganta, golpeando duramente, usando el peso de su cuerpo tanto como la fuerza de su gato. Le arañó el hocico y le desgarró el vientre. El peso del felino de él la aplastó, y los dientes se le hundieron en la garganta. Se mantuvo inmóvil bajo él, con los costados pesados, los ojos ambarinos desafiantes, el cuerpo rígido y tenso.
    Jasmine saltó a través de la habitación tras el arma que se había deslizado por el suelo. Antes de que pudiera alcanzarla llegó el mago, pateando el arma fuera de su alcance y empujándola contra la pared con tanta fuerza que le quitó el aliento.
    El salto de Jasmine la había mandado sobre el enorme macho justo cuando otro aparecía en la habitación, completamente transformado, feroz, con los ojos brillantes. Esquivó a Jasmine y golpeó a Sergio apartándolo de Solange. Los dos machos se encararon, chocando tan fuerte que hicieron temblar las paredes.
    El jaguar herido rugió con rabia, golpeando la pierna de MaryAnn que jadeó de dolor. Una zarpa le desgarró la pantorrilla, atravesando sus pantalones y rasgando piel y músculo casi hasta el hueso. La pierna de MaryAnn cedió bajo ella y cayó, golpeando el duro mármol, clavando los talones se arrastró hacia atrás como los cangrejos para tratar de permanecer fuera del alcance de esos garfios que desgarraban. Como afiladas púas, las uñas encontraron su tobillo y con un victorioso rugido, el jaguar la atrajo hacia él, los dientes iban a por su cráneo. MaryAnn pegó un puñetazo en la garganta del felino, el bote de spray en el puño hizo más sólido el golpe, pero el animal continuó avanzando. Estalló en un frenesí asesino, arañando con las garras de un lado a otro mientras buscaba a su presa ciegamente. Su rostro estaba húmedo por las lágrimas, la nariz y el hocico chorreaban, pero era peligroso, fustigando por la habitación cazando a sus atacantes.
    Solange aterrizó en su espalda, toda felino ahora, salvaje y furiosa, los dientes cerrándose sobre la ancha cabeza, con un mordisco enormemente fuerte. El jaguar se olvidó completamente de MaryAnn, rodando en un intento por librarse de Solange. Despiadadamente ella arañó el vientre del felino mientras le sujetaba con los dientes.
    MaryAnn apartó su pierna de la lucha. Cuatro jaguares rodaban por el suelo, luchando por matarse los unos a los otros. El grito de Jasmine la sacó de su neblina de miedo y dolor. El mago la tenía cogida por su larga melena y estaba sacándola de la casa.
    La furia atravesó a MaryAnn, furia y algo más oscuro, salvaje y peligroso. Lo sintió cerca, profundamente dentro de ella, arañando para salir. Los huesos le dolían. La boca y los dientes le dolían. Sus manos se apretaron en puños, pero las uñas se habían alargado y le cortaban las palmas.
    – ¡Alto! – ¡Alto ahora mismo! MaryAnn se puso en pie de un salto. Ya es suficiente.
    Para su asombro, los cuatro jaguares dejaron de moverse, las cabezas suspendidas, los costados jadeantes, las lenguas colgándoles de la boca. Sólo el mago continuó moviéndose, a pesar de estar sudando y temblando, con la mirada puesta en MaryAnn mientras arrastraba a Jasmine fuera de la casa y cerraba la puerta de una patada.
    El sonido de la puerta al cerrarse provocó que los jaguares volvieran a entrar en acción. Inmediatamente, Solange golpeó otra vez, rasgando la garganta del otro jaguar. Los dos machos se estrellaron el uno contra el otro, todo dientes y garras. MaryAnn se puso en pie, rodeó a los felinos que luchaban y empujando la agonía de su pierna a un compartimiento mental, se tambaleó tras Jasmine y el mago.
    Profundamente bajo la tierra, Manolito despertó con una explosión de dolor y miedo. Su corazón comenzó un fuerte y continúo galope el pulso le atronaba en el oído. Supo, al igual que lo hacen todos los cárpatos, que el sol, que aún no se había puesto, comenzaba lentamente a ocultarse en el cielo. No podía esperar. MaryAnn estaba en un apuro desesperado. Emergió de la rica y oscura tierra, con un brazo sobre los ojos mientras se convertía en vapor y al mismo tiempo ordenaba a las nubes cubrir el sol. La densa bóveda ayudó, pero aún así fue alcanzado durante un microsegundo por los rayos. Deberían haber corrido llamas por su piel, convirtiéndola en un fundido infierno. Debería haberse convertido en una masa de ampollas, y el humo normalmente se hubiera mezclado con el vapor mientras cambiaba, pero sólo sus ojos ardieron.
    Apartó a un lado el dolor y atravesó como un rayo la canopia hacia la casa. MaryAnn. Conecta conmigo ahora. A pesar de haber tomado su sangre y saber exactamente donde estaba, ella tenía fuertes barreras en su mente. Ahora que estaban erigidas en su lugar, constituían una pared de acero que no podía penetrar. Si conseguía tener acceso a sus ojos, podría ayudarla desde lejos.
    La había dejado con una orden de dormir, pero había algo, un pequeño bloqueo en su mente que no podía identificar, y que quizá había impedido que su orden funcionara como debiera. Tenía que encontrar la forma de esquivar ese escudo para conseguir acceso a su mente. No parecía que ella estuviera cerrándose a él deliberadamente, pero no podía entrar. MaryAnn. Puedo ayudarte. Déjame que te ayude.
    Estaban conectados, pero no lo estaban. Su mente debía haber estado abierta a él a su antojo y sin embargo no podía penetrar en ese denso paraje sin importar lo mucho que lo intentara. No tenía sentido ese ahora encendido, ahora apagado de la conexión. Era un antiguo, completamente capaz de poner a seres poderosos bajo su control, pero no a su propia compañera.
    Podía sentir su miedo por Jasmine. Su sensación de determinación. Estaba sufriendo, pero lo estaba ignorando, haciéndolo a un lado mientras su mente trabajaba frenéticamente en un plan para recuperar a Jasmine de manos del mago. Sintió todas éstas cosas y más. Sintió las emociones de Jasmine a través de MaryAnn, como si su conexión con la otra mujer fuera incluso más fuerte que la conexión sanguínea entre cárpatos. Terror, pesar, absoluta convicción de escapar o morir… Jasmine no se rendiría. MaryAnn era plenamente consciente del firme propósito de Jasmine y redobló sus esfuerzos por encontrar una forma de salvar a la joven.
    Como Manolito estaba tocando la mente de MaryAnn, sintió la acumulación de energía, una repentina oleada dentro de su cerebro. El aire alrededor de él se volvió inestable. El viento ululó, zarandeándolo y enviando hojas y ramitas girando como mísiles a través del aire. Los relámpagos vetearon las nubes. La electricidad crepitaba y crujía. Bajo él, una rama se rompió en un árbol y se precipitó a través de la canopia, chocando contra el suelo. La energía, incontrolada, inestable y muy peligrosa, vibraba atravesando la zona.
    MaryAnn entrecerró los ojos cuando el mago se giró para enfrentarla, colocando a Jasmine frente a él, con los dedos clavándose profundamente en ella.
    – Alto o la mataré.
    Ella detuvo su avance, con el estómago revuelto, con la furia flujendo en un nudo duro y decidido. Había venido a la selva tropical a ayudar a esta chica y no fallaría. Jasmine había soportado ya bastante y esto tenía que acabar en este mismo minuto. MaryAnn deseó tener las habilidades de un cárpato, una forma de conseguir que el viento salvaje la elevara en el aire y la subiera a la cima del árbol más alto. La furia la abrasó como un tizón, y la marca sobre su pecho pulsó al ritmo de sus latidos. Presionó la mano sobre el lugar. Manolito. Yo no lo puedo parar.
    ¿Se refería al mago? ¿O ese algo feroz que se desplegaba en su interior? No lo sabía. Las manos y los pies le dolían, sus huesos crujían y la mandíbula se le alargaba. Sentía arder su pierna herida. Las punzadas hormigueaban de arriba a abajo por su cuerpo, miles de pequeños pinchazos que picaban y escocían. La selva que la rodeaba onduló, perdió los brillantes colores, pero su sentido del olfato se incrementó agudamente. Podía oler el miedo que exudaba el mago. Mantenía a Jasmine firmemente frente a él como si su delgado cuerpo pudiera protegerlo de MaryAnn.
    Jasmine luchaba desesperadamente. Los dedos del mago se apretaron más sobre su garganta, estrangulándola.
    – Detente, Solange, -siseó-. Cooperarás. -Habló con voz monótona, tejiendo un hechizo de sujeción para evitar que luchara contra él.
    MaryAnn sintió sus palabras como un zumbido presionándole la cabeza.
    – Deténlo, -exclamó. ¡Páralo ya! Estaba tan furiosa que extendió la palmas hacia él, deseando instintivamente empujar la intensa fuerza de vuelta hacia él. Si las atacaba con su mente, era poco lo que ella podía hacer. Ella no sabía de magos y de sus poderes, pero la enfurecía que estrangulara a Jasmine con tan poca preocupación por su vida.
    El mago se tambaleó hacia atrás, arrastrando a Jasmine con él, tosiendo repetidas veces como si algo se le hubiera alojado en la garganta. Quizá tuvieran suerte y su estúpido hechizo pudiera salirle por la culata y hacerle un nudo en la tráquea que le diera dificultades para respirar.
    El mago se aferró la garganta con horror como si pudiera leerle la mente. ¿Y por qué creería él que podía hacerle algo? Tenía su bote de spray de pimienta, pero estaba casi vacío. Dudaba que el segundo bote le aguantara mucho más. Pero si no apartaba la otra mano de la garganta de Jasmine, supo que le despedazaría miembro a miembro. No quedaría nada de su cuerpo para los buitres. miró hacia arriba y estaban allí, flotando en perezosos círculos, simplemente esperando.
    La mirada del mago siguió la suya; reconoció la reunión de pájaros y palideció visiblemente.
    – Saben que eres hombre muerto. -MaryAnn estaba temblando, pero no de miedo, si no de algo más, la adrenalina fluía por su cuerpo, sentía la picazón por todas partes, su cuero cabelludo hormigueaba, las uñas chocaban contra la puntera de sus zapatos como si estos fueran demasiado estrechos.
    Su visión se enturbió hasta que estuvo viéndole a través de un velo amarillo. Fijó su mirada en él, queriendo que se diera cuenta de que estaba dispuesta a luchar hasta la muerte por Jasmine.
    – Déjala ir ahora.
    Lo sintió entonces, la tempestad alzándose en su interior, luchando por liberarse. El viento aullaba y los relámpagos destellaban. El trueno arrolló y los árboles se estremecieron bajo la fuerza acumulada. El aire se volvió pesado por la crujiente energía. Las diminutas chispas chasquearon y crujieron, llamas naranjas y amarillas crepitaban por el aire rodeándolos.
    – Sus ojos, -se atragantó el mago-. Mira sus ojos.
    Jasmine clavó el codo en el estómago del mago, llamando a su felino, algo raro para ella, pero el animal le respondió, prestándole su enorme fuerza. El aire abandonó los pulmones de su atacante. Ella se apartó, corriendo hacia MaryAnn, con lágrimas corriendo por su cara y enturbiando su vista. MaryAnn la cogió por la muñeca y la empujó tras ella, endureciéndose para enfrentar un ataque.
    El mago retrocedió dos pasos y levantó las manos. Antes de que pudiera tejer un hechizo, una gruesa rama cayó desde lo alto y cayó como una piedra, conduciendo al hombre a la suave tierra. Jasmine gritó y enterró la cara en el hombro de MaryAnn. MaryAnn envolvió con sus brazos a la chica y la sostuvo con fuerza.
    – No podemos dejar a Solange peleando sola contra el jaguar, -susurró-. Tengo que regresar y ayudarla.
    Jasmine asintió su acuerdo, enderezándose y alejándose un paso de MaryAnn. Miró a la inmensa rama caída. Las hojas ocultaban a la vista la mayor parte del hombre caído.
    – ¿Crees que está realmente muerto?
    – Ahora mismo no me importa demasiado, -dijo MaryAnn, sorprendida de que fuera verdad. Cogió de la mano a Jasmine y empezaron a regresar hacia la casa, intentando pensar en cómo mantener a Jasmine a salvo de los dos hombres-jaguar que esperaban dentro. Estaba bastante segura de que el felino que había atacado a Sergio había sido Luiz, pero si estaba en un error, Solange estaba luchando sola por su vida.
    Corrieron de vuelta a través de los árboles, por el sendero que conducía a la casa. Mientras ellas corrían, saltando por encima de las ramas caídas y las raíces enredadas, los monos comenzaron a chillar en advertencia. Jasmine patinó para detenerse y agitó la cabeza de un lado a otro, registrando la canopia sobre ellas. Centenares de monos lanzaban hojas y ramitas y saltaban agitadamente, descubriendo los dientes hacia un grupo de árboles cercanos a la casa.
    – Hay otro, -susurró Jasmine.
    – Por supuesto que lo hay, porque hubiera sido demasiado fácil tener solo a tres de ellos tras nosotras. -MaryAnn tomó una profunda respiración. -Nos están acechando, ¿verdad?.
    – Si, -dijo Jasmine-. Allí en el árbol, puedo ver parte de la piel. Me quieren viva, así que si nos separamos vendrán a por mí.
    – Puedes olvidarte de eso, -contestó MaryAnn-. Si tuvimos suerte con el mago, quizás tengamos suerte de nuevo, pero hagamos lo que hagamos, no nos separaremos.
    Los ojos de Jasmine se agrandaron.
    – ¿Es a eso a lo que llamas suerte? Yo creo que tu puntería fue excelente.
    – Yo no lo hice. El relámpago la golpeó y la desvió, o el viento la tiró. De cualquier forma, nos ayudó y eso es todo lo que importa.
    El aire se cargó de repente de electricidad, su cabello crujía. Las nubes bulleron oscureciéndose, bordeadas de una luz relampagueante. MaryAnn agarró a Jasmine y la tiró al suelo, cubriendo su cuerpo lo mejor que pudo con el suyo propio. El sonido del trueno al golpear el árbol fue vibrante, el tronco se partió, el jaguar aulló. El rugido terminó bruscamente con el olor a carne y piel quemada.
    Jasmine tiritaba incesantemente. MaryAnn la abrazó más fuerte.
    – Ese fue Manolito, -susurró, intentando tranquilizar a la chica.
    – Sabía que tenía que ser un cárpato, -admitió Jasmine-. Creí que podrían ser Riordan y Juliette.
    – Es algo bueno. Tenemos ayuda. Solange está en problemas, Jasmine, y tenemos que sacarla de allí. Él nos ayudará.
    Jasmine tragó visiblemente y se incorporó despacio, parpadeando mientras el alto cárpato venía andando a zancadas hacia ellas. La cubierta de nubes ayudaba y el sol estaba terminando de ponerse, lo que le permitía moverse con más libertad. Parecía un guerrero de la antigüedad, moviéndose rápidamente entre el humo y las ruinas de un campo de batalla. Su cara estaba cincelada y marcada. El cabello largo fluía tras él. Los músculos ondulaban bajo la dorada y tibia piel, y sus ojos helados eran desolados y oscuros, guardaban demasiados secretos.
    Su mirada pasó sobre Jasmine para encontrar a MaryAnn. El calor hizo a un lado el hielo, y sus ojos eran ardientes cuando MaryAnn rodó y se sentó, parpadeando hacia él. No perdió una zancada, moviéndose rápido, se inclinó para cogerla en brazos, incluso mientras agarraba el brazo de Jasmine y la levantaba del suelo también. Los dedos en la piel de Jasmine fueron impersonales y ni la miró, salvo por un rápido vistazo para cerciorarse de que estaba bien. Su mirada registró las marcas de dedos en su cuello, pero después pasó a hacer una inspección completa de MaryAnn.
    Las yemas de sus dedos le rozaron la piel, absorbiendo su tacto y textura. Podía respirar otra vez, sabiendo que ella estaba viva. Una tormenta de furia se reunió en sus ojos mientras tocaba las heridas abiertas de su pierna.
    – MaryAnn -dijo su nombre. Lo respiró. Un mero fluido de sonido, pero él lo convertía en poesía, como si ella fuera todo su mundo.
    Intentó no reaccionar. Era de verdad tan intenso que resultaba difícil no responder a su atención absoluta. Se tragó el ardiente dolor de la pierna e intentó sonreír.
    – Gracias por venir tan rápido. Solange está dentro luchando contra otra pareja más. Creo que Luiz está allí también, intentando ayudar.
    Él se inclinó para examinar los arañazos de su pierna.
    MaryAnn lo cogió del brazo y tiró.
    – Tienes que ir a ayudarles.
    – No puedo dejarte así.
    – Yo voy contigo, así que todo bien. -MaryAnn no iba a discutir, no cuando él tenía esa línea testaruda en la mandíbula. Le empujó para pasar y empezó una torpe carrerilla hacia la casa, segura de que él la seguiría.
    Manolito la cogió en brazos y corrió, sosteniéndola contra su pecho mientras cubría la distancia a velocidad borrosa. La apartó en el último momento, convirtiéndose en vapor y pasando bajo la puerta, dejando a MaryAnn al otro lado.
    Había sangre y piel por todas partes, muebles volcados, cristales rotos, sillas reducidas a astillas. Una hembra jaguar yacía a un lado, su pelaje cubierto de sangre y saliva. Sus costados se hinchaban mientras trataba de hacer entrar aire en sus pulmones, y con cada movimiento la sangre salía a chorros. Intentaba valientemente ir en ayuda de un macho contra los otros dos. Este estaba en un rincón, destrozado por marcas de garras y cubierto de heridas, pero era demasiado fuerte para rendirse, y uno de los otros machos estaba casi ciego, con los ojos llorosos y quemados.
    Cuando Manolito entró, Sergio arremetió y aferró a Luiz por la garganta, cerrando las fuertes mandíbulas y desgarrando. El otro macho saltó a la espalda de Luiz, pero antes de que pudiera aterrizar, el cazador lo agarró del cuello, sorprendiendo al cambiante cuando fue lanzado hacia atrás bruscamente. Manolito apretó fuerte, sus rasgos marcados con líneas duras y despiadadas, los ojos sin emociones. Se oyó un crujido audible y el hombre-jaguar se desplomó en el suelo, con la lengua fuera de la boca, su respiración cesó instantáneamente.
    Manolito levantó la cabeza y miró a Sergio, la muerte se arremolinaba en las profundidades oscuras de su mirada. Sergio dejó caer a Luiz y saltando, atravesó la puerta con estrépito y corrió hacia la seguridad de la selva.
    Jasmine a duras penas pudo apartarse de su camino cuando pasó corriendo. Se quedó en la puerta, con un brazo alrededor de cintura de MaryAnn para ofrecerle apoyo mientras entraban. Soltó un pequeño grito cuando vio a Solange y corrió a su lado, dejándose caer de rodillas para presionar fuerte con la mano sobre la sangre que salía a chorros.
    – Haz algo. Va a morirse.
    Manolito había dado dos pasos hacia la puerta para seguir a Sergio, pero el grito de Jasmine lo detuvo. Se volvió. El olor a sangre estaba por todas partes, provocándole no sólo la inevitable hambre, si no también la agresividad.
    – MaryAnn, siéntate antes de que te caigas. Te ayudaré en un minuto. Déjame examinar las heridas y ver qué puedo hacer.
    – ¿Dónde está Juliette? -preguntó Jasmine-. Creí que vendría.
    – No lo sé, pero vendrán, -dijo Manolito. Se arrodilló junto al jaguar y pasó las manos sobre el tembloroso felino.
    Solange mostró los dientes y giró la cabeza. El esfuerzo le costó las fuerzas que le quedaban y un geiser de sangre brotó de la herida de su garganta.
    – ¿Puedes hacer algo? -preguntó Jasmine ansiosamente.
    – Tendría que sellar sus heridas y darle mi sangre. Ella se resiste aún a mi tacto, y mucho más a mi oferta de sangre. -Manolito sacudió la cabeza-. Lo siento, hermanita, no hay nada que pueda hacer por ella.
    – ¡Solange! -Jasmine se tumbó en el suelo junto al felino-. Por favor. No me dejes sola. Déjale ayudarte.
    Manolito suspiró.
    – Siente que no tiene nada por lo que vivir, que sus días en la selva han terminado. No puede adaptarse a vivir en otro sitio, y no quiere tener parte de sangre cárpato.
    La habitación se enfrió y las paredes vibraron cuando el poder fluyó en su interior. MaryAnn se dejó caer junto a Luiz, intentando detener la pérdida de sangre con las manos. Estaba por todas partes, y el jaguar yacía como si ya estuviese muerto.
    Manolito. Escúchame ahora.
    Ella escuchó la voz claramente. Era áspera y cortante, como si tuviera los dientes al descubierto y apretados. Era una orden clara sin opción a discusión. Sánala y dale sangre. La compañera de Riordan está angustiada. No puede haber otra opción.
    Había una sensación de peligro, de una fuerza y una inteligencia con la que ella no había tropezado nunca, ni deseaba hacerlo. Se encontró conteniendo la respiración, mirando a Manolito. Él no pareció desconcertado por la intensidad del poder y solamente se encogió de hombros casualmente
    – Zacarías ha dado una orden y debe ser cumplida. -Golpeó duro y rápido, su mente se hundió en la de Solange antes de que esta pudiera formar un escudo protector lo suficientemente fuerte para detenerlo
    ¿Quién es? MaryAnn pensó la pregunta más que enviársela a Manolito, pero para su sorpresa, conectó realmente con él.
    Ahora hablas conmigo como lo hacen los compañeros. No hay necesidad de acariciar su piel. Se está muriendo. Había una clara reprimenda en su voz.
    MaryAnn escuchaba ella misma el estertor de la muerte en la garganta del felino.
    – Bueno, no va a morir. Tú le salvarás.
    Había absoluta convicción en su voz. Y confianza. Cuándo él le lanzó una mirada rápida, sus ojos brillaban con tal emoción que hizo que su corazón se derritiera. No podría recordar que nadie jamás le hubiera mirado así, ni una vez en todos los largos siglos de su existencia. Quiso hacerla sentirse orgullosa de él. Quiso conservar esa mirada por toda la eternidad.
    – Mantenlo vivo, entonces, -dijo él-. Haz que desee vivir. Pareces ser capaz de conseguir que la gente haga casi cualquier cosa.
    MaryAnn le devolvió una pequeña y decidida sonrisa. La pierna le dolía tanto que creía que desmayarse quizás fuera una buena idea, pero cuando vio la carnicería a su alrededor, decidió que sus heridas eran muy pequeñas en comparación. Manolito tenía que curar a Solange y después a Luiz y por último su pierna. Él acababa de alzarse, y si había una cosa que sabía de los cárpatos era que se despertaban hambrientos, y que cuando utilizaban energía para sanar, necesitaban sangre.
    – Estoy bien. Haz lo que tengas que hacer.
    Manolito volvió su atención hacia Solange. Ella luchaba contra él con su mente, tratando de expulsarle, pero estaba demasiado débil. La sujetó en la tierra, negándose a permitir que su espíritu se escabullera mientras él abandonaba su cuerpo físico y se introducía en el de ella. Era antiguo y poderoso, pero si ella no hubiera estado tan gravemente herida, quizás hubiera tenido que recurrir a un método más peligroso y violento para mantener su mente prisionera. Tenía una voluntad de hierro y luchaba duramente para alejarle.
    Al principio pensó que era a causa de su desconfianza hacia los hombres, pero cuando unió su mente firmemente con la de ella, vio que su temor era a que Juliette y Jasmine se dieran cuenta de que era una asesina, más allá de toda salvación, más allá de toda esperanza. No le quedaba ninguna otra forma de vida. No sabía si podría parar. En algún momento, había cruzado la línea y no había vuelta atrás.
    Y entonces lo sintió, una suave calidez fluyendo gentilmente en la mente de Solange. Reconoció el toque de MaryAnn instantáneamente, tan liviano que casi no estaba ahí, sin embargo serenaba y calmaba, una sensación de tranquilidad y esperanza, bañando a Solange con su calor y con la creencia absoluta de que esta vida era buena y llena de belleza y de aventuras y de amor.
    Casi se olvidó de sí mismo, de dónde estaba, de lo que estaba haciendo, por la admiración por ésta mujer que era su compañera. Suavemente, fluidamente, fundida con Solange, de forma que no hubiera modo de saber que había penetrado. Él no lo hubiera sabido si no hubiera intercambiado sangre con ella, su toque era luz, pero llenaba la mente de Solange de esperanza y convicción. Bajo la influencia de MaryAnn, Solange se volvió más cooperativa, relajándose en el tranquilizador refugio de su calidez. Fue difícil abandonar las reconfortantes olas y buscar los rotos y sangrantes órganos para repararlos.
    Manolito permitió de mala gana que su espíritu viajara por el cuerpo del felino. Sergio no había pretendido matarla, pero ella había luchado duro, y cuando el segundo jaguar la había atacado este no había sido tan cuidadoso. La arteria casi estaba destrozada, el cuerpo de jaguar estaba lleno de sangre. Sabía lo que significaba, lo que tenía que hacerse para salvar su vida. Soltó todo lo que era y se convirtió sólo en energía sanadora, reparando cada herida tan rápidamente como le fue posible, dependiendo de MaryAnn para mantener la cooperación de Solange.
    MaryAnn sostenía la cabeza del jaguar macho en su regazo, acariciando la piel aterciopelada, murmurando suavemente para mantenerlo con ella. Él luchaba por respirar, los pulmones se le estaban llenando de sangre. Siguió hablándole a Solange también, temiendo que si la dejaba, la mujer tratara de desgarrar el cuello de Manolito. Era una situación espantosa, dos personas al borde de la muerte y allí sólo Manolito para salvarlos. Jasmine sostenía toallas sobre las heridas de Solange y le susurraba, con lágrimas cayéndole por la cara, temerosa de que la estuviera perdiendo.
    Quédate con nosotros, Solange. MaryAnn rezó en silencio, tratando de alcanzar a la otra mujer, para hacerla saber que por muy negras que parecieran las cosas en éste momento, todo podía mejorar. Sería mejor. MaryAnn haría la misión de su vida el ayudar a Solange y Jasmine tras todos los sacrificios que ellas habían hecho rescatando mujeres y ayudándolas a encontrar un lugar seguro.
    Luiz se moría. Podía ver cómo su vida se escapaba, veía la chispa apagarse en sus ojos, y todo lo que podía hacer era mirar impotente. Ella le hacía desear vivir, de la misma forma que hacía que Solange tuviera esperanzas y vislumbrara un futuro, pero no podría hacer lo que Manolito hacía, curarlo de cabo a rabo. ¿Cómo abandonar todo lo que uno era y convertirse en un instrumento de sanación? Había visto a Manolito sacrificar su vida por una mujer y un niño no nacido aún. Había oído que le había quedado una cicatriz alrededor de la garganta, cuando los cárpatos raramente quedaban marcados, por salvar a su príncipe. Y ahora se las había arreglado para abandonar su ser a fin de salvar una vida.
    Pocos podían saber lo que eso le suponía realmente, pero ella estaba con él, conectada a él, y era consciente exactamente de a todo lo que tenía que renunciar para llegar a convertirse en espíritu. El cuerpo era vulnerable a todos los ataques, sí, pero era mucho más que eso, Manolito había abandonado su personalidad, todo el ego, todas las esperanzas y los sueños, sus propias necesidades, todo, y lo había hecho con gusto.
    Había estado en su mente cuando abandonó tan rápidamente sus opiniones y ideas, su verdadera personalidad, y se había vuelto desinteresado en su esfuerzo por salvar a Solange. No podía más que admirarle. Manolito tenía una fuerte personalidad, con creencias firmes sobre las mujeres, y a pesar de todo eso, las había dejado inmediatamente a un lado. ¿Qué tipo de auténtico carácter tenía escondido bajo toda esa arrogancia? ¿Y eran sus modales aparentemente dominantes modales con las mujeres quizá en realidad deseos de protegerlas? Su especie verdaderamente atesoraba a las mujeres y los niños. A todos ellos. No parecía importar que Shea fuera la compañera de Jacques, Manolito había dado un paso para ponerse delante y asumir el ataque mortal sin vacilación.
    Vive, Luiz. Aguanta hasta que él pueda ayudarte. Te salvará la vida. Era positiva. Estaba en su cabeza y podía ver su absoluta resolución de mantener a Solange con vida. Manolito estaba tan centrado, tan completamente absorto en la sanación que no pensaba en nada más. Vio la bondad en él, algo que quizás se hubiera perdido si no hubieran estado conectados por el intercambio de sangre, y por primera vez se permitió pensar en ese intercambio como algo bueno. Quizás hubiera desechado al cárpato por imposible si no hubiera conocido su otro lado, mucho más suave.
    Acarició hacia atrás el cabello de Luiz, un gesto absorto mientras examinaba la cara de Manolito. El tiempo pareció detenerse. Todo a su alrededor se desvaneció hasta que sólo quedó Manolito. Sus ojos, oscuros y ensombrecidos, con pestañas absurdamente largas. Deberían haber parecido femeninas, pero su cara era demasiado masculina, con esa fuerte mandíbula y la nariz recta. Sintió la respiración de él entrando y saliendo de su cuerpo. Sintió el latido de su corazón, fuerte y constante. Su corazón. El de él. El de Luiz. El de Solange. Estaban todos unidos en un solo hombre. Un hombre increíble.
    Manolito emergió del cuerpo de Solange, flaqueando por el cansancio, buscando con la mirada a su compañera. Los había mantenido a todos conectados, compartiendo la fuerza, manteniéndo un constante flujo de absoluta convicción por la vida. De amor. De integridad. Solange estaba todavía viva porque MaryAnn le había dado una razón por la que aferrarse a la vida. Luiz vivía todavía porque ella le mantenía unido a la tierra, negándose a considerar siquiera el permitirle marchar.
    Y ella seguía pensando que todo eso era a causa de Manolito. No supo si echarse a reír o simplemente asir a MaryAnn y salir de allí antes de que pudiera averiguar que él era un fraude. Tenía que dar sangre a Solange, y necesitaría fuerzas para obligarla. Ya estaba hambriento. Y los brillantes colores a su alrededor se desteñían en espectros mucho más apagados, como si no pudiera evitar que su mente de desviarse de vuelta a la tierra de las sombras.
    La mirada de MaryAnn se topó con la suya, y por un momento no pudo moverse ni respirar. Ella nunca dejaba de mirarlo así. La confianza y la creencia, la fe absoluta que brillaba en sus ojos, era un regalo que él nunca olvidaría. Las sombras retrocedieron.
    – Tengo que dar sangre a Solange. Mira a ver si puedes conseguir que acepte lo que le ofrezco. Eso la sanará más deprisa y la hará más fuerte. No haré un intercambio con ella, simplemente le daré lo suficiente para sobrevivir.
    Sonaba tan cansado. Las líneas de su cara estaban profundamente marcadas. Quiso rodearlo con sus brazos y sostenerlo, aliviarlo, darle cualquier cosa que necesitara para ayudarle a continuar. Leyó la determinación en él.
    – Date prisa, Manolito. Se que estás cansado, pero Luiz no puede aguantar mucho más.
    La mirada de Manolito revoloteó a la mano que acariciaba la piel de la cabeza de Luiz. Por un momento un parpadeo de negros celos le royó las entrañas. Tuvo sabor a ceniza en la boca, y una vez más las sombras lo llamaron. Débilmente, oyó voces que le llamaban. Únete a nosotros. Únete a nosotros. Temblando, tocó la mente de MaryAnn y descubrió instantáneamente que esos dedos acariciaban en realidad su cabeza; era Manolito el que ocupaba sus pensamientos. Le dedicó una rápida sonrisa antes de abrirse la muñeca y forzar a la hembra jaguar a tragar su ofrenda.
    Jasmine dejó escapar un pequeño sonido de angustia y apartó la cabeza.
    – Está bien, hermanita. No se convertirá en otra cosa. Una vez tenga suficiente sangre mía mezclada con la suya, Solange sobrevivirá y será fuerte de nuevo, -le aseguró él con voz amable.
    – Lo sé. Realmente lo sé. Sólo me siento un poco enferma. Gracias por hacer ésto. No será fácil, ella no puede mostrarte su agradecimiento, pero lo que has hecho es importante, -dijo Jasmine.
    – No necesito su agradecimiento. Está bajo la protección de nuestra familia, al igual que tú, pequeña sisar, y nunca la hubiéramos dejado morir si podíamos salvarla.
    Manolito era práctico, indiferente al coste que le suponía a él. Estaba más preocupado por el coste para MaryAnn. Tendría que proveer para él, y la fe inocente que leía en sus ojos quizás decayera para siempre. No podía permitirse pensar en eso, ni vacilar en su obligación de hacer su propia vida más fácil.
    Solange era un miembro de la familia, y como tal sería protegida con todo esmero tanto si ella quería como si no. Después de este fiasco, Zacarías emitiría un decreto para las mujeres y estas estarían obligadas a obedecer. Las querría cerca, donde todos los hermanos De la Cruz y su gente pudiera ayudar a protegerlas.
    Se cerró él mismo la herida de la muñeca y desvió su atención hacia Luiz. Le llevó un poco más de esfuerzo abandonar su cuerpo, ya que el hambre se había convertido en una alarmante necesidad. Apenas podía mantener sus dientes bajo control, y el olor a sangre era un tormento constante. El cuerpo del hombre-jaguar estaba hecho pedazos, las poderosas mandíbulas habían atravesado el tejido y el hueso. La sangre le inundaba los pulmones, el hombre estaba muriéndose lentamente. Incluso si reparara el daño y le diera sangre, no lo salvaría.
    Manolito regresó a su propio cuerpo y sacudió la cabeza con pena. Respetaba a Luiz.
    – Lo siento, päläfertül, no puedo salvarle. Es una gran pérdida para la gente jaguar.
    – Por supuesto que puedes salvarle. Hablé mucho con Gabrielle cuando estuve en las Montañas de los Cárpatos. ¿La recuerdas? Trabajaba para el príncipe intentando dar con una solución para tantos alumbramientos de niños muertos. Ella era humana. Cuándo la hirieron tan gravemente, uno de los hombres salvó su vida convirtiéndola. Habrías convertido a Solange si hubiera sido necesario. Pude leerlo en tu mente.
    – Eso fue diferente. -Estaba tan débil, que su cuerpo flaqueaba. Parpadeó rápidamente para mantenerse centrado, pero su visión se enturbiaba. En el momento en que lo hizo, los colores se empañaron.
    – ¿Cómo de diferente? Si Luiz es jaguar, debe ser psíquico. ¿No es la especie del jaguar el origen de muchas habilidades psíquicas?.
    – No lo entiendes.
    – Lo que entiendo es que si Luiz fuera una mujer con habilidades psíquicas moverías cielo y tierra para salvarle la vida. Pero como es un hombre no tiene valor para ti.
    El jaguar acarició con la nariz mano de MaryAnn. Está bien. Estoy cansado.
    – No, -dijo de repente Jasmine-. Sálvale. Él salvó a Solange. Si no hubiera llegado cuando lo hizo, Solange estaría muerta, o esos horribles hombres la tendrían en su poder. Por favor. Si eres mi hermano como dices, te lo pido por favor.
    Manolito cerró los ojos brevemente.
    – No conoces el corazón de éste hombre.
    – Pero tú sí, -dijo MaryAnn-. Tú sacaste al vampiro de su mente. Viste sus recuerdos, viste cómo era. ¿Merece la pena salvarle?

Capítulo 11

    – No sabes lo que le estás pidiendo, MaryAnn. La longevidad no es siempre algo bueno. La vida de un hombre de los cárpatos es extremadamente difícil. Puedes estar pidiendo algo que no desea.
    – Entonces pregúntale. No le dejes morir simplemente porque sea un hombre.
    Manolito suspiró. Ella tenía razón, pero aun así, no podía imaginar lo que era para un Cárpato conocer lo escasas que eran las probabilidades de encontrar a su compañera. Ella no había vivido siglos sola.
    – Tendré que alimentarme, MaryAnn. ¿Ambas estáis dispuestas a contribuir? Porque no puedo hacer esto sin sangre. -Estaba desesperado por alimentarse. El mundo a su alrededor se iba apagando rápidamente. Él se estaba apagando. Cuando bajó la mirada a sus manos, estas estaban grises y volviéndose transparentes.
    MaryAnn miró a los brillantes ojos de Manolito, viendo las diminutas llamas rojas y sintió su corazón saltar. Siempre olvidaba que no era humano, incluso cuando le pedía que hiciera cosas que no eran en absoluto humanas. Inspiró profundamente y asintió.
    Manolito volvió su atención hacia Jasmine. La chica estaba sentada en el suelo, acariciando la piel moteada más para confortarse a sí misma que para mantener a Solange calmada.
    – Creo que puedo hacerlo -agregó sin mirarle-. Dime qué hacer.
    – Dame tu mano.
    Jasmine extendió lentamente su brazo. Los dedos de Manolito se fijaron a su alrededor como un grillete. Los susurros comenzaron en su cabeza. Suaves. Insidiosos. La tentación mordiéndole.
    Ella tragó e intentó soltarse de un tirón.
    – Espera. Espera. Olvidé decírtelo. Estoy embarazada. ¿Esto hará daño a mi bebé?
    Manolito dejó caer su mano como si le quemara. Su mirada se volvió negra obsidiana, su boca se congeló en una línea firme.
    – No tienes derecho a ofrecer sangre, o luchar con jaguares. No, no tomaré tu sangre. Debes tener mucho cuidado para proteger al niño.
    Antes de que Jasmine pudiera replicar, Luiz resolló jadeante y el jaguar cambió, los huesos crujiendo, el cuerpo se retorció mientras la muerte le alcanzaba.
    – Haz algo, Manolito. No puedes dejarle morir.
    Ella no tenía ni idea de lo que estaba pidiendo. El otro mundo estaba tan cerca. Estaba muerto de hambre. Agotado. Las sombras se movían por todas partes en la habitación. MaryAnn le miró con sus enormes ojos oscuros, tan confiados. Tenía mucha fe en él. Más de la que él tenía en sí mismo, con los susurros empujando al fondo de su mente y su propio cuerpo debilitándose. Parpadeó y se obligó a concentrarse.
    Escúchame, hombre-jaguar, puedo hacerte cárpato. Nunca volverás a ser jaguar, aunque vivirás y podrás cambiar. Debes comprender que este regalo es uno oscuro. Si no encuentras la otra mitad de tu alma, con el tiempo perderás las emociones y los colores y vivirás sólo con los recuerdos. Necesitarás sangre para sobrevivir. Tendrás que vivir bajo las reglas de nuestro príncipe y jurarás tu lealtad y protección, tu misma vida, a él y a nuestra gente. Tendré tu vida en mis manos. Seré capaz de tocar tu mente a voluntad y encontrarte sin importar dónde estés. Si nos traicionas, te mataré sin remordimientos tan rápido como sea posible. Tienes la elección de ir a otro lugar y buscar la paz o permanecer en este mundo y continuar tu lucha.
    Este no era un asunto menor. Sería responsable para siempre de cualquier cosa que Luiz decidiera hacer. Era una obligación que pocos hombres deseaban. Conocían los riesgos, y sabían lo que era cazar y matar a antiguos amigos. Permitió el acceso a Luiz en sus recuerdos, en aquel largo, y aparentemente corredor sin fin de oscuridad. No había modo de describir al hombre jaguar cómo sería; sólo podía mostrarle el desvanecimiento de las emociones, los siglos de caza y espera, dependiendo sólo del honor y luego de los recuerdos del honor. Fue tan honesto como fue capaz.
    Aún no he acabado con mi lucha por salvar a mi gente.
    Luiz estaba muy lejos, pero se aferraba a la vida. Extrañamente, cuanto más se retraía el espíritu de Luiz, más claro se volvía el mundo de sombras alrededor de Manolito. Las voces se hicieron más fuertes. La habitación se quedó quieta. Sombras de pieles tensas y bocas abiertas, con clavos afilados por dientes, se deslizaron por las paredes y el suelo. El hambre quemó y arañó, desgarrándole cada célula y órgano del cuerpo. Se sintió delgado y tenso más allá de la resistencia.
    Manolito hizo un esfuerzo por concentrarse sólo en Luiz.
    Ellos ya no serán tu gente. Tu sangre serán los cárpatos. Los jaguares te evitarán. Estate seguro de que entiendes en qué te estás metiendo antes de elegir.
    No puedo permitir que los vampiros continúen acosando y cazando a mi gente tanto si mi sangre es cárpata, como humana o jaguar. Somos los mismos, luchando por encontrar una vida y vivirla bien. Elijo la vida.
    Será doloroso. Muy doloroso.
    Y MaryAnn sería testigo. ¿Cómo podía no asustarse a muerte? Todo en él se moría por parar, coger a su compañera e irse, pero era imposible hacerlo, no después de fundirse tan profundamente con Luiz, sabiendo la clase de hombre que era y la dura lucha que había llevado a cabo para salvar a su gente, para honrar a sus mujeres. Manolito no podía abandonarle al lamti ból jüti, kinta, ja szelem, el prado de la noche, nieblas y fantasmas, tampoco podía esperar mucho más o el hombre volvería solo medio vivo, como Manolito tenía la certeza de que le ocurría a él.
    Elijo la vida.
    Manolito puso una mano disuasoria en el hombro de MaryAnn para impedirle continuar la RCP. Simplemente se hizo cargo con su mente, manteniendo el corazón de Luiz latiendo y el aire moviéndose a través de sus pulmones.
    – No puedo hacer esto sin sangre.
    MaryAnn podía ver que Manolito estaba débil y pálido, su piel casi gris. Se tambaleaba de debilidad. Era aterrador estirar el brazo y ofrecer la muñeca, pero confiaba en él; incluso con las llamas rojas destellando en las profundidades de los ojos oscuros, confiaba en él con su vida.
    Ignorando su muñeca, él la rodeó con su brazo y la acercó.
    – Nunca podría hacerte daño, sivamet.
    El modo en que la última palabra fluyó de su lengua resultó sensual y seductor. Más que eso, captó el significado en su mente. Mi amor. ¿Era su amor? ¿Ya sentía más que necesidad física por ella? Habiendo estado en su mente, se dio cuenta de que compartir recuerdos y la incapacidad de esconderse el uno del otro hacían la relación mucho más íntima de lo que podría haber imaginado. Si la estaba cortejando, estaba haciendo un buen trabajo simplemente siendo él mismo.
    Fue a sus brazos de buena gana y acarició con la nariz su garganta. Él le inclinó la barbilla de modo que su mirada se encontrara con la de él y fuera capturada por ésta, para quedar hipnotizada y perdida en las oscuras profundidades de sus ojos. Perdida en la seducción de la severa necesidad y el hambre salvaje. Nunca intentó disfrazar o disimular lo que sentía por ella. El aliento se le atascó en la garganta. Su corazón se derritió curiosamente mientras el estómago se le volvía del revés y su útero se apretaba.
    Este hombre podía ser suyo… era suyo. No le había reclamado. Ni siquiera sabía si podía vivir con él y con lo que era, pero le admiraba y le respetaba. Podía sentir el hambre golpeándole. La debilidad. Estaba desgarrado entre dos mundos, y permanecer en el de ella le consumía. Su sentido del honor hacia Solange, y hacia ella, sólo había incrementado su carga.
    – Toma lo que necesites. -Sus labios susurraron sobre los de él.
    Tentación. Oh, Señor, la tentación que sin querer le estaba ofreciendo. Su lengua fue una lima de seda sobre su pulso. Ella era cálida, seda viva en sus brazos. Nadie tenía una piel más suave. Sus emociones habían estado congeladas mucho tiempo en un profundo lugar de su interior, enterradas tan profundamente que creyó imposible saborear o sentir o conocer el placer que las formas de una mujer podían llevar al cuerpo de un hombre. Su tacto, el sonido de su voz, cada aliento, le habían despertado. Le había dado la vida de nuevo. La quería para siempre. Quería asegurarse que estaba siempre a su lado.
    Tentación. Ahora sabía cómo se sentía y cómo sabía. Sabía que la tentación era una mujer y que tendría que usar cada onza de control para evitar llevársela a un lugar donde pudieran estar solos.
    Sus dientes se hundieron profundamente, y el sabor y la esencia de MaryAnn flotaron desde ella hasta él, completando su cuerpo y su alma. Un sensual y ahumado sabor y tan MaryAnn. Los brazos se tensaron, y cerró los ojos para saborearla mejor. Al mismo tiempo, dejó que una mano vagara por las curvas del cuerpo hasta su pierna. Estaba acurrucada entre sus brazos, las piernas en su regazo, y podía encontrar fácilmente las lágrimas en su carne.
    Nadie, hombre o mujer, debería ser capaz de hacer a un lado el dolor y funcionar, no sólo sentada, como estaba haciendo ahora, sino corriendo como había hecho esta mañana en la selva. El dolor debía haber entorpecido su pensamiento y afectado a su capacidad para manipular la energía. El dolor estaba allí en su mente. Lo sentía. Pero lo empujaba al centro de su cerebro con el que él no estaba familiarizado. Nunca había visto ese patrón antes. Él era un antiguo. Había usado a magos, jaguares y humanos como sustento una vez u otra, y como las especies se mezclaban, los patrones eran cada vez menos diferentes con el paso de los siglos. Pasó las manos sobre su muslo, una íntima exploración. Ella tembló en sus brazos, su cuerpo moviéndose intranquilo contra el de él.
    Ella era suya
    Sí. Era suya. Hecha para él. Moleada para él. Su otra mitad.
    Fue hecha para ti.
    Naturalmente que lo había sido, su cuerpo se curvaba así, suave y flexible seda caliente moviéndose entre sus brazos de modo que sabría cómo sería enterrar su cuerpo profundamente en el de ella, conducirlos a ambos al límite hasta el éxtasis.
    Es tu derecho.
    Tenía todo el derecho sobre su cuerpo. Le pertenecía, en cuerpo y alma, como él le pertenecía a ella. Podía disfrutar cuando y donde quisiera. La mano se deslizó a lo largo de su muslo, moviéndose hacia el calor… su calor… ella le pertenecía. Sabía exactamente lo que que la complacería, lo que la llevaría a un frenesí febril de necesidad sexual.
    ¿Por qué traer de vuelta al hombre-jaguar? Sólo se convertirá en vampiro y tendrás que cazarle y matarle como has hecho con tantos otros.
    Era una locura plantearse el traer a otro hombre a su mundo cuando había tan pocas compañeras. Podía intentar robarle a MaryAnn.
    Estuvo a solas con ella. Desnudo. Mostrándole su cuerpo para que te dejara. La desea. Hará cualquier cosa por apartarla de ti.
    Todos los hombres-jaguar habían demostrado ser embusteros. Atraían mujeres y las mantenían cautivas, tratándolas brutalmente.
    Él la tocó. Tocó a tu mujer. Vio tu marca, olió tu esencia por toda ella, aun así la tocó. Le viste colocado irguiéndose sobre ella. Estaba desnudo. ¿Qué crees que estaba intentando obligarla a hacer?
    Ella le defendió. Dijo que le había salvado la vida.
    Ella le desea. Hazla tuya. Tómala ahora. Toma lo que te pertenece. Átala tu lado por toda la eternidad.
    No podía parar. Necesitaba esto. Estaba hambriento. Famélico. El hambre le volvía loco. Nada podía saciarlo salvo su compañera. La rica, caliente sangre estallando por su sistema con la urgencia de la droga más poderosa.
    Necesitaba su cuerpo rendido al de él, todo calor y fuego, saciando el deseo que le tenía tan duro y caliente y más allá de cualquier preocupación salvo hundirse profundamente en ella. Quería oír su nombre gritado en una tormenta de deseo. Quería ver sus ojos volverse vidriosos por la pasión; quería oírla rogar para que se uniesen. Había esperado una eternidad en la oscuridad y el infierno, y ahora ella estaba aquí, en sus brazos, su cuerpo listo y preparado para el de él, su sangre confundiéndose con la propia.
    Tómala. Es tu derecho. No puede rechazarte. Cualquier cosa que desees ella debe proporcionártela. Tuya. Tómala antes de que el jaguar la reclame. No puedes detenerte ahora que estás tan cerca. Toma lo suficiente para convertirla y ella no podrá dejarte. Los susurros crecieron. Las voces se unieron.
    Por un momento, sus brazos apretaron posesivamente y su cuerpo la empujó hacia atrás de modo que la inclinó bajo él. ¿Para qué? ¿La tomaría allí mismo con Luiz yaciendo a su lado? ¿Con Jasmine y Solange allí como testigos de su locura?
    Sí. Sí. Tómala ahora antes de que sea demasiado tarde y la pierdas.
    El miedo creció en él. Miedo a no poder controlar la adicción a su sabor, a no detenerse… a no poder detenerse. Estaba enloqueciendo, e iba a herir a la única persona a la que había jurado cuidar. No debería estar escuchando, pero las voces eran insidiosas, metiéndose sigilosamente en su cabeza y alimentándose de sus peores miedos y sus peores rasgos.
    Sus peores rasgos. Su necesidad de dominar. La necesidad de que ella le viera a él y a nadie más. La terrible necesidad de imponerle su voluntad, de modo que no sólo quisiera sino que necesitara todo lo que él desease. La quería en sus propios términos y sabía que podía controlarla a través de la relación sexual. Conocía sus deseos y fantasías, y sabía como obtener cada respuesta erótica. No por placer… suyo o de ella… sino por control.
    No sólo se deshonraría a sí mismo y a todo por lo que había aguantado si tomaba su sangre y su cuerpo, si la llevaba completamente a su mundo, sino que arruinaría cualquier oportunidad que tuviera de ganar el afecto de MaryAnn. No era así como funcionaban los compañeros. Él era su compañero y lo sería en todo el sentido de la palabra.
    Las voces se hicieron más altas, más persuasivas. Las sombras a su alrededor se agrandaron y crecieron. Cogió los brazos de MaryAnn, preparado para apartarla de él, pero ella se movió en su mente, una tranquilizadora calidez, una sensación de bienestar.
    No es así, Manolito. Les oigo y hablan falsamente. Naturalmente que sientes que soy tuya. Soy tu compañera, soy la otra mitad de tu alma.
    MaryAnn agradecía que Destiny se hubiera tomado el tiempo de explicarle el lazo entre los compañeros cárpatos.
    Naturalmente que me quieres completamente en tu mundo. Están alimentándose de tus instintos, pero tú eres más fuerte que ellos. Nosotros somos más fuertes que ellos.
    ¿Puedes oírles? Estaba desesperado por que supiera que caminaba en dos mundos. Parecía tan inverosímil. Y aun así estaba rodeado por las sombras, las voces y el frío helado que no se podía sacudir, cuando un cárpato podía controlar la temperatura del cuerpo.
    Claro que los oigo. No dejaría que se lo llevaran. Lo que fuera que estuviera pasando era real, no imaginario. Ella era una dura chica de ciudad, y podía manejar toda la basura que quisieran echarle a ella o a su hombre.
    Su estómago dio otro pequeño vuelco raro. Ya estaba pensando en él como su hombre. Como fuera. No iba a abandonarle hasta que estuviera a salvo en la tierra de los vivos, sin vampiros y demonios merodeando.
    Manolito intentó calmar su martilleante corazón y la oleada de sangre caliente que corría a través de su cuerpo directamente hacia la ingle. Lo bueno era que, con su cuerpo caliente, su suave piel y su total aceptación, ella había debilitado las voces lo suficiente como para dormir al demonio que se alzaba para reclamarla, y para dejarle razonar de nuevo.
    Ella había sido consciente de sus pensamientos, pero no había luchado contra él, no le había apartado. Había esperado a que se aclarara, creyendo en él a lo largo de todo el procceso. Su fe le aterraba. ¿Y si le fallaba? ¿Y si el hombre que ella creía que era no existía? Le humillaba con su confianza en él.
    Pasó la lengua por los pinchazos, esta vez con cuidado de no dejar marca. Una vez era suficiente, y se aseguró que aún estuviera allí para recordarle, en su ausencia, la conexión de sus almas. La sostuvo por un momento, con el corazón palpitando. ¿Habían sido las voces algo más que una tentación a hacerle daño? ¿Habían sentido aquellas sombras que ella estaba conectada a él y Maxim había intentado atraerla al mundo de las brumas, donde podría matarla?
    – Déjame curarte la pierna. -No podía soportar ver aquellas marcas en ella, había estado sufriendo demasiado mientras él ayudaba a los demás. Los dedos se deslizaron sobre las magulladuras de la pantorrilla, la carne rasgada y el músculo expuesto por la herida.
    – Pero Luiz…
    – Le estoy manteniendo vivo. Permíteme hacer esto.
    MaryAnn apretó los labios para no protestar, echando una rápida mirada hacia Jasmine y Solange, esperando que no fueran testigos de su reacción ante la atención de Manolito. Porque francamente, era sexual. En medio de la sangre y el caos, su cuerpo estaba haciendo cosas y pensando cosas que no debería. Solange yacía sin moverse, con los ojos cerrados, manteniendo la atención absoluta de Jasmine.
    – Adelante entonces, pero date prisa. -La voz le salió estrangulada. Apenas podía pensar, y menos hablar, con sus dedos arrastrándose arriba y abajo por el muslo.
    Él inclinó la cabeza hacia la pantorrilla, los dedos rodeando su tobillo para mantenerla inmóvil. El aliento se le quedó atascado en la garganta, mientras veía su sedoso cabello cayéndole como una cascada alrededor de sus hombros. Podía ver su perfil, las largas pestañas y el contorno de los labios. Era demasiado guapo para ser real. Levantó una mano hacia su propio cabello desgreñado. Incluso trenzado, intentaba convertirse en una masa salvaje. La acción atrajo su atención hacia las manchas de sangre de su blusa de seda.
    Examinó con consternación sus realmente elegantes pantalones de vestir negros. Una pernera estaba rasgada y rota, el bonito dobladillo cortado en tiras. Bajo todo ello, su pierna tenía profundas marcas, tan profundas que el músculo se le salía por los tajos. El dolor explotó a través de ella, le robó el aliento y por un momento creyó que vomitaría.
    – Manolito. -Pronunció su nombre con voz entrecortada, sorprendida ante el dolor que la quemaba. Las lágrimas inundaron sus ojos-. Duele.
    – Lo sé, sivamet, puedo acabar con eso también. -Encontró interesante que en el momento en que su mente se había vuelto consciente de la herida, había sentido la carga entera del dolor punzante. Ya no estaba compartimentado en su cerebro, aislado de su yo consciente.
    Manolito cargó con el dolor y comenzó la tarea de curar las heridas de dentro hacia fuera. Cuando las laceraciones estuvieron selladas y libres de toda infección, volvió a su cuerpo y se inclinó para inspeccionar la pierna. Ella cerró los ojos cuando sintió su lengua pasar sobre la herida como una caricia de cálido terciopelo.
    Sabía que tenía un agente curativo en la saliva, y eso debería haber sido un “asqueroso” factor para ella, pero no lo fue. En vez de eso, un millón de alas de mariposa revolotearon en su estómago y sus músculos se tensaron. El calor pulsó entre sus piernas. Él estaba haciendo algo con las yemas de sus dedos, hacia arriba, en el interior del muslo, algo que amenazaba su cordura, pero antes de que pudiera perder la cabeza, él levantó la suya, con los ojos entrecerrados y empañados de deseo.
    – Tenemos que concentrarnos en Luiz. -La voz ronca estaba pastosa por la emoción.
    Ella asintió, incapaz de hablar.
    – Dime qué hacer para ayudarte.
    Los cárpatos no compartían a sus mujeres, y Manolito definitivamente era del tipo celoso, pero su corazón se compadeció de Luiz al percibir su aprensión cuando Manolito se inclinó hacia su garganta.
    Intenta mantenerlo contigo, MaryAnn, para hacer su transición más fácil. Me temo que su felino es fuerte y no renunciará a él fácilmente. No fue fácil obligarse a sí mismo a pedírselo, pero ya estaba firmemente fundido con el hombre jaguar, y el sabor del miedo era amargo para un hombre que había luchado tantas batallas y trabajado tan duro por su gente. Manolito no quería que Luiz pasara de una vida a la otra en un estado de ansiedad. Se permitió a sí mismo unirse completamente para calmar al hombre, pero el felino sintió lo que estaba a punto de ocurrir y se enfureció.
    Aún existirás. ¿Cómo podría ser de otro modo? Has sido parte de Luiz durante muchos años. Los dos sois el mismo. Esto permitirá que ambos viváis. Él ha elegido salvarte de modo que tú puedas salvar a tu gente. MaryAnn acarició el cabello del hombre, con dedos persistentes, acariciantes.
    Ella toca a otro hombre.
    El mismo hombre que estaba con ella antes.
    Las voces eran demonios horrendos, diseñados para socavar su confianza en ella. Eligió mirar su mano, sentir su intención… confiar en ella en vez de en las voces. Sus dedos eran hipnotizantes, y Manolito sentía el toque en su propio cabello… en su propio cuero cabelludo. Los tres estaban fusionados a través de MaryAnn, pero estaba seguro de que ella no tenía ni idea de lo que hacía.
    Estaba comenzando a figurarse lo que era ella. Sus capacidades eran diferentes a las de cualquiera que hubiera conocido. Reunía energía y la utilizaba tan automáticamente como respirar. Se extendía hacia aquellos que estaban a su alrededor, cualquiera que sufriera o sintiera necesidad de consuelo y… los leía… sin siquiera saber que lo hacía. Después reunía y procesaba la información sobre las personas, y sus problemas, utilizaba la energía para darles lo que necesitaba en modo de esperanza o consuelo.
    Le daba a Luiz su compasión, tranquilizándole y calmándole, pero a Manolito le daba algo totalmente diferente. Compañerismo. No le seguía como él sentía que debía hacer una mujer; estaba a su lado, trabajando con tanta energía para protegerle y salvarle del mundo de las sombras en que vivía como la que él usaba para protegerla. Era simplemente una energía diferente y un acercamiento diferente.
    Atrajo la vida, sangre y espíritu de Luiz y los tomó en sus manos. Cortándose la muñeca, dio la orden de beber, y Luiz, sumergido tan profundamente, no luchó. El jaguar soltó un rugido de protesta y luego permitió que MaryAnn lo calmara.
    MaryAnn se mordió el labio y continuó acariciando el pelo de Luiz, intentando imaginar cómo mejorar la situación. No sabía que esperar, pero no quería que Jasmine estuviera cerca si algo malo ocurría.
    – ¿Puedes ayudar a Solange a ir a la habitación? -preguntó, sin estar segura de si el jaguar estaba inconsciente o simplemente inmóvil.
    La puerta se abrió de golpe y Riordan entró, con Juliette un paso atrás. Ella estaba obviamente frenética, empujando contra él para llegar hasta su hermana y su prima. Había marcas apagadas en el brazo y la mejilla izquierda de Riordan. Un tajo de sangre a lo largo del muslo. Juliette parecía ilesa, pero agitada. Un pequeño sollozo escapó cuando vio el montón de sangre en el suelo y las paredes, pero el cuerpo de Riordan la protegió de cualquier posible daño mientras asimilaba la escena.
    – ¿Solange necesita más ayuda? -preguntó a Jasmine mientras se apartaba para permitir a su compañera apresurarse al lado de su prima.
    – Tenemos que llevarla a una habitación y permitirle cambiar de vuelta a la forma humana -dijo Jasmine-. Está tranquila ahora, pero con dolor.
    – Lo siento tanto. -Juliette estaba cerca de las lágrimas-. Intentamos llegar hasta aquí, pero nuestros enemigos están cerca. Deben haber averiguado nuestro lugar de descanso, y cuando intentamos alzarnos, nos atacaron.
    Manolito lanzó una rápida y dura mirada a su hermano, para asegurarse de que el hombre no tenía heridas que necesitaran atención inmediata. Riordan negó con la cabeza para tranquilizarle.
    – Jasmine y yo podemos llevar a Solange a su habitación -dijo Juliette-, mientras tú ayudas a Manolito.
    – ¿Qué estás haciendo? -exigió Riordan, aunque ya lo sabía. Sólo que no quería creer que fuera verdad-. ¿Has perdido la cabeza? No podemos convertir a un hombre jaguar.
    – ¿Por qué? -desafió MaryAnn-. No tenéis problemas convirtiendo mujeres. ¿No era Juliette humana con un poco de sangre jaguar añadida?
    La mirada de Riordan fue rápidamente hacia su cara y luego bajo hasta enfocarse en su pierna desgarrada.
    – ¿Riordan? -Jasmine atrajo su atención de vuelta a ella.
    En ese momento su expresión se suavizó.
    – ¿Qué pasa, hermanita?.
    – Yo pedí a Manolito que salvara al jaguar. Si él no hubiera venido en ayuda de Solange, habría sido capturada o asesinada.
    – Un mago viajaba con ellos. -Manolito facilitó la información, sus facciones estaban congeladas en lúgubres líneas mientras interrumpía la alimentación de Luiz-. Desentrañó las salvaguardas para permitir entrar al jaguar en la casa y luego entró tras ellos y agarró a Jasmine.
    Juliette se giró, con la cara pálida.
    – Oh, no, era una trampa después de todo. Nos temíamos eso cuando cogimos a un jaguar observando la batalla. Jasmine. ¿Estás bien?-Jasmine asintió.
    – Pero no iba tras de mí. Creyó que yo era Solange. En realidad me llamó por su nombre. No reaccioné ni lo negué, pero iba definitivamente tras ella.
    Manolito se sentó alejándose de Luiz y se pasó el dorso de la mano por la frente, dejando atrás una mancha de sangre.
    – Luiz había sido contaminado por un vampiro. Los hermanos Malinov están poniendo en marcha el plan para obtener el control. Están destruyendo a la raza jaguar desde el interior, tal como hablábamos cuando éramos jóvenes. Están buscando la sangre real, pero no sé por qué. Creí que en Juliette o Jasmine al principio, pero Luiz me dijo que Solange es el objetivo. Un vampiro a colocado una compulsión en los hombres de la raza jaguar para capturarla y entregársela. -Envió a su hermano una rápida recapitulación de todo lo que había ocurrido.
    Juliette negó con la cabeza.
    – Solange es de sangre pura y de la línea real.
    – Solange no puede permanecer en la isla -dijo Riordan-. Tenemos que llevarla al rancho tan pronto como sea capaz de viajar.
    – No irá -dijo Juliette.
    – Habló de ir -contó Jasmine-. Creo que podemos persuadirla.
    – Subidla a su habitación -ordenó Riordan-. Voy a deshacerme del desastre de aquí y limpiarlo. Esta vez usaremos sólo salvaguardas nunca tejidas por magos.
    – Quema al jaguar que maté. Estaba contaminado por el vampiro y es muy probable que pueda ser utilizado de nuevo -advirtió Manolito-. No quiero que nuestros enemigos le utilicen.
    – ¿Qué plan? -preguntó MaryAnn, examinando la cara de Manolito atentamente.
    Él permaneció inexpresivo, pero echó una rápida mirada a su hermano.
    Fue Riordan quien contestó.
    – Éramos muy jóvenes y nos veíamos a nosotros mismos como intelectuales. Creíamos que podíamos hacer del mundo un lugar mejor.
    – Nos creíamos superiores a todos los que nos rodeaban-corrigió Manolito-. Todos teníamos cerebros veloces y reflejos rápidos. Pocos cazadores eran mejores que nosotros. Cuando nos sentábamos en el círculo del consejo, era siempre Zacarías el que se presentaba estrategias para las batallas. Siempre era uno de nosotros quien se las arreglaba para dar con las ideas que evitaran que nuestra gente se dirigiera hacia el desastre.
    – ¿Qué ocurrió? -animó MaryAnn.
    Manolito suspiró y se pasó ambas manos por el pelo.
    – Ahora me doy cuenta de que los pensamientos de todo el mundo fluían juntos, inundándonos de información. Nuestros dones permitían a nuestros cerebros trabajar rápido para desarrollar las respuestas que necesitábamos. Con eso era con lo que contribuíamos al consejo, al igual que todo el mundo, que tenía algo de valor con lo que contribuir. Pero por aquel entonces creíamos saber la dirección que nuestra gente seguir, y no era la misma que había decretado Vlad Dubrinsky. Él era el príncipe entonces y nuestras mujeres tan pocas.
    Riordan sacudió con la cabeza.
    – Por aquel entonces había poca esperanza de encontrar una compañera. Pocos niños sobrevivían y ninguno era hembra. Todos podíamos ver que la extinción de nuestra especie estaba cerca. Era cuestión de tiempo. Muchos se resentían por ser liderados por murmuraciones de viejos y antiguos. Nos estábamos volviendo un mito junto con todos los demás… los magos, los hombreslobo y los jaguares. Había varias especies de cambiantes, pero la mayoría se habían extinguido, y lo mismo estaba ocurriendo en todas partes donde mirábamos.
    – Queríamos salvar a nuestra gente, así que nos sentamos con nuestros amigos y trazamos planes para tomar el control. Teníamos que sacar a los Karpatü de las sombras de la extinción, y de vuelta al mundo. Cualquiera que siguiera a los Dubrinsky y luchara a su lado tenía que irse. Así que trabajamos con ideas sobre cómo podría hacerse.
    – Eran debates intelectualmente estimulantes -añadió Riordan-. No pensábamos hacer nada con ellos. -Extendió las manos ante él y se las miró, como si pudiera ver la sangre de su propia gente en ellas.
    – Fuera lo que fuera lo que pensabamos entonces -dijo Manolito-, los hermanos Malinov están implementando ese plan exacto.
    – ¿Quiénes son los hermanos Malinov? -intervino MaryAnn.
    Luiz se removió, los ojos se abrieron de repente, se le escapó un grito ahogado. Su cuerpo se retorció, los músculos se contraían y contorsionaban.
    MaryAnn se inclinó sobre el cuerpo convulso con un pequeño sonido de angustia.
    – No está funcionando, Manolito.
    Manolito cogió a MaryAnn y la apartó del hombre-jaguar.
    – Esto va a ser duro, aainak enyem. Él no querría que fueras testigo de su conversión.
    Ella alzó la barbilla, mirando de un hermano al otro.
    – No quieres que sea testigo de la conversión porque no quieres que sepa lo que ocurre -adivinó.
    – Eso también -concedió Manolito-. Pero su cuerpo tendrá que expulsar las toxinas mientras el felino lucha por la supremacía.
    – La conversión de Juliette fue extremadamente difícil -añadió Riordan.
    MaryAnn mantuvo la mirada fija en la de Manolito.
    – Francamente creo que puedo ayudarle con la transición.
    Riordan negó con la cabeza.
    – Nadie puede ayudar. Si pudiéramos, soportaríamos la mayor parte del dolor, pero no podemos, ni siquiera por nuestras avio päläterfül, la otra mitad de nuestras almas.
    MaryAnn extendió la mano hacia Manolito. Él inmediatamente la tomó, enlazando sus dedos con los de ella.
    – Puedo ayudarle, Manolito. Reconforto a la gente. Es lo que hago.
    – Lo siento, mi amor -dijo lo más suavemente que pudo-. Es un riesgo demasiado grande. Ignoras tus dones y te fundes con la gente sin siquiera saberlo. No puedo arriesgarme a que puedas quedar bloqueada con él y que su cuerpo falle antes de que la lucha esté completa. No me arriesgaré eso.
    – No eres tú quien se arriesga.
    Algo oscuro y peligroso destelló en las profundidades de sus ojos. Un músculo se sacudió en su mandíbula, pero sus facciones permanecieron absolutamente inexpresivas.
    – He dicho que no.
    MaryAnn le frunció el ceño.
    – Manolito, no puedes decirme lo que puedo o no puedo hacer.
    Él se movió más rápido de lo que esperaba, su cuerpo fue un borrón mientras la envolvía en los fuertes brazos, tan fuertes que no hubo oportunidad de luchar. Antes de que pudiera pensar siquiera en objetar, él estaba entrando a zancadas en la casa. En toda su vida, nunca nadie la había dominado físicamente. Furiosa, le dio una patada, pero su fuerza era enorme y su voluntad de acero. No había modo de detenerlo.
    – Lo siento, ainaak sivamet jutta.
    Para siempre unida a mi corazón. Ella leyó eso en su mente mientras se deslizabana través de la casa hacia su habitación y la depositaba en la cama. Sus labios le rozaron el pelo en una caricia y la dejó, cerrando la puerta firmemente tras él.
    Manolito permaneció fuera un momento, murmurando un hechizo de sujeción para mantener la puerta cerrada aunque ella consiguiera quitar los goznes. Era absolutamente capaz de tal cosa, si alguna mujer lo era. Iba a estar escupiéndole furiosa, pero por el bien de Luiz y de MaryAnn, prefería que no fuese testigo de lo que estaba a punto de ocurrir. Un zapato resonó contra la puerta, y luego un segundo. Sí. Estaba bien enfadada.
    – Manolito, date prisa -llamó Riordan-. Esto va a ser malo.
    MaryAnn oyó el urgente grito de Riordan a su hermano, cogió la almohada y la sostuvo contra su estómago, sintiéndose enferma. Había sido lella a que empujara a Manolito a salvar a Luiz, pero ahora los había abandonado. Luiz estaba solo, enfrentándose a una horrible ordalía. No sabía lo que era, pero sentía que sería traumático para él y para los dos cárpatos.
    ¿Nunca antes habían convertido a un hombre? Si nunca se había hecho, tal vez había una razón para ello. Una buena razón. Había sido una imprudente al empujarlos a ello. Enterró la cara caliente en al almohada, sintiendo las lágrimas arder. Luiz iba a sufrir, y de algún modo sabía que Manolito sufriría junto a él. Quería retener la furia ante su arbitrariedad al encerrarla en su habitación, prohibiéndole, como si fuera una niña pequeña, ser testigo del cambio, pero como una parte de ella seguía allí, con Luiz, con Manolito, y sentía su agonía, no podía contener su ira.
    Entró en el baño y abrió el agua caliente en la bañera, necesitando relajar sus acalambrados y duros músculos. Su estómago estaba hecho un nudo. Captaba impresiones de convulsiones, del cuerpo de Luiz contorsionándose, retorciéndose en el aire y cayendo con fuerza. Podía percibir solo destellos y se dio cuenta de que Manolito le estaba impidiendo fundirse con él. Le había llevado un poco cogerle el truco a su conexión, y la mayoría del tiempo cuando lo intentaba simplemente no era muy buena. Pero ahora parecía imposible.
    Inspiró profundamente y dejó salir el aire. No abandonaría a Luiz en esta etapa, no cuando más la necesitaba. Manolito estaba intentando escudarla y protegerla, pero lo supiera o no, él la necesitaba también. Se concentró en él. La sensación y la textura. Las capas de su mente. La intimidad del vínculo entre ellos… un regalo tan inesperado. Por mucho que le creyera arrogante, ahora le conocía mejor, la gentileza que escondía al resto del mundo. Ella veía su compasión mientras sostenía a Luiz, sentía como se había extendido para calmarle.
    Sintió el felino arañar y desgarrar, luchando por sobrevivir, y luego la sensación desapareció. Dejó escapar el aire lentamente y continuó imaginado a Manolito sosteniendo al hombre-jaguar. Captó una pequeña onda de compasión de Riordan y Manolito y luego el felino de nuevo, la alarma creciendo hasta convertirse en pánico, intentando morder mientras se defendía a sí mismo del ataque de la sangre cárpato.
    Cayó de rodillas, con el estómago revuelto. Gateó, sobre manos y rodillas por el suelo del baño, jadeando para respirar mientras el dolor la atravesaba en oleadas. Captó a Manolito sobresaltado al darse cuenta de que estaba con él, y una vez más la alejó con firmeza.
    Había una agonía en estar sola, sabiendo que Luiz estaba sufriendo y Manolito la necesitaba a su lado. Sentía la necesidad, pero no podía hacer nada para ayudar a ninguno de ellos. Manolito había sido inflexible, sin darse cuenta, o tal vez si, de que le estaba pidiendo que fuera contra su naturaleza. Una vez más apartó el miedo y se concentró en Manolito, porque en ese momento en que había conectado con él, había sentido su lucha con el mundo de las sombras. Podía no ser capaz de llegar a Luiz, pero sí a Manolito. La conexión entre ellos era increíblemente fuerte.
    Y entonces estuvo sólidamente en su mente, en la mente de Luiz, y vio por sí misma los verdaderos horrores de la conversión. La agonía que retorcía al hombre-jaguar mientras la muerte llamaba, mientras el felino luchaba. Manolito soportaba demasiado, experimentado tanto dolor como la naturaleza permitía. Ambos hombres estaban estoicos, cada uno completamente consciente del otro, Luiz intentando soportar todo con gran dignidad. Manolito esforzándose por ser compasivo y reconfortarle mientras permitía al hombre-jaguar su respeto. En ese momento, con las lágrimas corriéndole por la cara y el cuerpo retorciéndose en el dolor compartido de los hombres, supo que podría amar a Manolito completamente, con todo lo que había en su interior.
    La atracción podía haber comenzado con algún antiguo ritual. Podía haber estado obsesionada físicamente con él, pero al final, había visto su verdadero carácter. Estaba abierto a ella mientras trabajaba sin descanso para ayudar a Luiz a entrar completamente en su mundo, y su corazón respondió del único modo que MaryAnn conocía… completamente.

Capítulo 12

    La conversión era la cosa más espantosa que podía imaginarse, una oscura muerte y renacimiento. Sabía que iba a enfrentarse a ello y que Manolito, viendo por lo que Luiz había pasado, no estaba tan seguro como había estado antes de querer arriesgarla a ella. Extrañamente, por primera vez consideró el arriesgarlo todo, porque lo que había aprendido aquí hoy era que Manolito de la Cruz era mucho más que un hombre magnífico con una actitud demasiado arrogante y ya estaba a más de medio camino de enamorarse de él.
    Se hizo una trenza francesa en la bañera, con manos expertas en la tarea familiar, consolándose cuando en realidad quería llorar por lo que Manolito, no Luiz, había pasado. Sus hermanos creían que estaba loco. Él creía que quizás lo estuviera, pero había manejado al hombre-jaguar con gran cuidado y respeto y había sufrido mucho por ello. Había sabido que ella estaba allí, ayudando a Luiz, apaciguándole lo mejor que podía, y habría hecho lo cualquier cosa para ahorrarle eso, pero eso sólo la había hecho sentirse más cerca de él.
    Se puso el tanga de encaje negro azulado, el de la diminuta cadena de oro en cada cadera que la hacían sentir sexy y valiente en las peores circunstancias. Su falda le llegaba hasta la pantorrilla y caía en ondas de tela, una caída de azul marino que era dinamita con sus botas azules hasta las rodillas, suaves como la mantequilla, con solapas. Moldeaban sus pies como zapatillas y susurraban al andar. La falda resaltaba su encantador trasero redondeado como la mejor arma e iba a necesitar cada arma que pudiera conseguir con Manolito cuando discutieran los pros y los contras de su relación. Porque había decidido que iban a intentarlo.
    Su sostén balconet wonderbra hacía juego con el tanga, oscuro y exótico, dándole a sus curvas un agradable encanto y realzando el encaje de su corta blusa azul marino sin mangas con pequeños botones de perlas delante. Los accesorios lo eran todo y ella tenía muchos.
    Mientras empujaba las pulseras por la muñeca, evocó su imagen. La forma en que sonreía. Su grueso cabello negro azabache, aún más brillante y lujurioso de lo que había notado la noche anterior. Sus ojos. Oh, señor, tenía esos ojos ardientes y exigentes y esa boca malvadamente sensual y ¿por qué demonios se estaba vistiendo para seducirle?. Estaba tratando de conseguir un asidero para sus emociones e iba definitivamente vestida para conseguir que él se enderezara y tomara nota. Estaba jugando con fuego y sabía lo suficiente sobre la vida como para saber que si hacía eso, no podría llorar cuando se quemara.
    La tensión en la casa había desaparecido, dejó escapar el aliento lentamente y se hundió en la cama para esperarle. Podía oír el tictac del reloj. Fuerte e interminable. Iba a venir. Pronto. Inmediatamente. Esperó, pero los minutos pasaban, la sonrisa se debilitó en su cara. Sus dientes chasquearon cuando los… se atrevió a usar la palabra… rechinó. No la dejaría encerrada en su habitación como a una adolescente revoltosa. Sería mejor que viniera. Ahora. Antes de que perdiera su naturaleza dulce que todo lo perdonaba para siempre.
    Anduvo al acecho por la habitación y le dio un porrazo a la puerta con el puño.
    – Ven, hombre de la selva. Suficiente significa suficiente. Déjame salir de aquí.
    El silencio respondió a su demanda. Iba a matarlo con sus manos desnudas. Sus creencias no violentas se habían agotado en la selva tropical y, definitivamente, quedaban obsoletas con el hombre de la selva.
    – Me retracto de cada buena cosa que he pensado alguna vez de ti -gritó a la puerta y la golpeó con la palma abierta, por añadidura, justo donde debería estar la cara de él-. Necesitas que alguien te golpee justo en esa cabeza dura.
    Y un buen golpe no sería suficiente. Quizás tendría que idear otro castigo mucho más salvaje, aunque no tenía esa clase de imaginación. Látigos y cadenas. Pero eso evocaba botas negras de cuero con tacones aguja, medias de red y un bustier [2] de cuero. Y eso no iba a suceder, porque él no se lo merecía. Lo que necesitaba era la bofetada de su vida. Esos horribles shows de televisión con hombres luchando en jaulas y uno de ellos dando puñetazos al otro, ese sería el camino a seguir, no cuero y botas.
    La puerta se abrió, los anchos hombros de Manolito llenaron el marco. Estaba allí de pie, parpadeando hacia ella, frotándose la mandíbula lastimosamente, con una mirada interrogativa en la cara.
    – Creo que será mejor que solo tengas pensamientos agradables sobre mí.
    Ella abrió la boca para atravesarlo con palabras, después la cerró abruptamente. Parecía exhausto. Totalmente agotado, fatigado por su vuelo para salvar dos vidas, curarla a ella y mantener separados los dos mundos en donde existía. Sintió la fatiga como un gran peso sobre sus hombros… sobre los propios. Sabía por lo que había pasado y sabía por qué había tratado de ahorrárselo.
    Mary Ann se puso las manos en las caderas y le miró de la cabeza a los pies.
    – Te la has arreglado para agotarte. ¿Te ha dado tu hermano más sangre? -Se sintió valiente haciendo la pregunta, forzándose a enfrentarse a quién y que era él sin acobardarse por sus necesidades.
    Una débil sonrisa suavizó el borde duro de la boca de Manolito y expulsó las profundas sombras de sus ojos.
    – Yo me he quedado agotado. Pareces hermosa, Mary Ann. Una mirada a ti y todo lo demás palidece. -Levantó una mano-. Ven conmigo.
    Deseaba de veras estar a solas con él pero en cambio dio un paso atrás.
    – ¿A dónde?.
    – Tengo una sorpresa para ti. -Mantuvo el brazo extendido hacia ella, su mirada fija en la suya.
    Dejando escapar el aliento, puso la mano en la suya. Inmediatamente él cerró los dedos y la atrajo al calor de su cuerpo. Podía sentir el calor y el tirón de su conexión derramándose sobre y dentro de ella.
    – ¿Luiz?.
    – Está en la tierra, bien resguardado. Esta vez hemos usado salvaguardas que ningún mago debería ser capaz de penetrar. Ha pasado mucho desde que hemos tenido tratos con otras especies y a lo largo de los siglos nos hemos ido descuidando. La reciente batalla con ellos debería habernos enseñado que debemos tenerles en cuenta siempre cuando protejamos nuestros hogares y cámaras del sueño. Tal error no volverá a producirse.
    – Gracias por lo que hiciste por él.
    Se inclinó para rozarle los labios con los suyos, un toque suave y lento, no agresivo, como si simplemente la saboreara.
    – De nada. Veremos como se siente Luiz al respecto cuando se alze.
    Manolito tendría que controlar los instintos naturales de Luiz de alimentarse. Luiz tenía años de instintos de jaguar y se despertaría hambriento. Si cedía a la necesidad de matar a su presa, Manolito tendría que despacharle rápido y eficientemente, pero no quería pensar en eso ahora. Quería llenar su mente solo con su compañera, MaryAnn. No quería pensar más en el mundo de las sombras, o en el mundo real, o en el lío en que se había metido solo por ver la mirada de gratitud en la cara de una mujer.
    – ¿No puede sentir dolor, verdad?
    Manolito colocó la mano de ella bajo su mentón, el pulgar se deslizó sobre su piel en una lenta caricia.
    – No. Está a salvo. Permanecerá en la tierra dos o tres noches antes de alzarse y yo estaré allí para ayudarle tanto como pueda cuando llegue el momento.
    – ¿Y Solange?.
    – Juliette y Riordan están con ella. -Frotó los nudillos atrás y adelante contra su mandíbula-. La casa está limpia y protegida. Todo está tranquilo. Quiero llevarte lejos de aquí y tenerte solo para mí durante un rato.
    Su corazón dio un curioso saltito. Más que nada quería estar con él. Se había vestido con cuidado y cercionado de parecer más guapa que nunca para tener el valor de enfrentarse a él y a lo que fuera que había entre ellos, pero ahora que estaba ante ella, con mejor aspecto del que cualquier hombre tenía derecho a tener, no estaba segura de que estar a solas fuera la idea más inteligente. Era demasiado sexy y atractivo. No quería relacionarse solo físicamente y sus nuevos sentimientos la hacían sentir más vulnerable que nunca.
    – Encuentro a mi compañera absolutamente fascinante y me gustaría mucho llegar a conocerte -añadió. No hubo empujón para que lo viera a su manera. No hubo orden, ni petición. Su sencilla declaración tenía un sello de verdad y atravesó cada defensa que poseía.
    – ¿Estás seguro de que no debería comprobar a Jasmine y Solange? Vine aquí para intentar ayudarlas y no he hecho mucho.
    – Ayudaste a salvarles la vida -dijo, atrayéndola suavemente bajo su hombro-. Solange descansa y Juliette está con su hermana -respiró, llevando su olor profundamente a los pulmones-. Te necesito -su voz resultó áspera por el hambre. Sus ojos negros ardían cargados de lujuria.
    Asintió con la cabeza, el corazón le palpitaba con fuerza. Su pulso parecía martillar a través de todo su cuerpo, golpeando los músculos y tensando sus pezones, haciéndola sentir dolorida. Su boca se secó y se tocó los labios con la lengua, jadeando cuando la mirada masculina siguió atentamente la acción.
    – No estoy segura que sea seguro.
    – Ningún daño te sobrevendrá -prometió él. La yema del pulgar trazó el sendero que su lengua había seguido, delineando sus labios con una caricia de calor-. No mientras estés conmigo.
    – Tú… -Apenas podía respirar, permitir que salieran las palabras-. Tú no eres seguro. Tengo esta loca reacción hacia ti. -Era mejor ser honesta y dejar que lo supiera-. El caso es que establecí reglas para mí hace mucho tiempo.
    – ¿Reglas? -Sus cejas se arquearon interrogativamente, pero su mirada estaba todavía posada en la boca.
    – Para mí. Para los hombres. Simplemente no me acuesto con ninguno. -Esto no estaba saliendo bien porque honestamente no podía pensar con él mirándola así.
    – Agradezco tus reglas.
    Había una débil curva en su boca que sólo le añadía encanto. ¿Cómo podía explicar que se sentía cómo si su dignidad y años de contención estuvieran a punto de salir volando por la ventana? Si se quedaba a solas con él, iba a hacer todo lo posible por seducirle, o simplemente rogarle que la empujara contra la pared más cercana y la tomara.
    Nunca había deseado una relación con un hombre que fuera cómoda. Había querido una pasión que lo consumiera todo o nada en absoluto. Se había resignado a nada de nada. Había fantaseado con una relación con un hombre que pudiera inspirar ardientes y eróticos lametones de electricidad subiendo y bajando por su espina dorsal, donde se lo encontraba en una tienda de ultramarinos llevando absolutamente nada debajo del abrigo, o bailando con él en una neblina sensual en una fiesta, las manos moviéndose sobre su piel, sabiendo, necesitando, que no podrían llegar a casa antes de sucumbir a su deseo del uno por el otro. Y ahora aquí estaba, cada fantasía con la que siempre había soñado.
    Mary Ann estaba casi segura de que Manolito de la Cruz era el hombre vivo y más ardiente. Exhudaba sensualidad. Desde cada mirada y gesto a la postura de sus hombros, el grosor de su pecho, la forma en que sus caderas se estrechaban y la impresionante protuberancia de sus vaqueros. Sus ojos estaban entrecerrados y nublados de lujuria. Mientras que esa hambre cruda hacía que su corazón palpitara y que su cuerpo se derritiera seriamente, la verdad era, que en cada fantasía, el hombre había sido salvaje con ella, profundamente enamorado. Una cosa sin la otra no era aceptable para ella.
    – Si me voy sola contigo otra vez, Manolito, no estoy segura de que pueda vivir conmigo misma después.
    – No te haré nada con lo que no puedas vivir.
    Por el sonido de su voz, esperaba hacerle cosas sin las cuales no podría vivir y eso era exactamente lo que se temía. Porque también ella deseaba esas cosas. Quería que le enseñara todas las cosas con las que había soñado, quería pertenecerle, tenerle amándola, mostrándole que las cosas que había en su mente podían ser reales, no sólo imaginarias.
    – No me estás permitiendo entrar en tu mente.
    ¿Había dolor en su voz? La última cosa que quería era herirle.
    – No sé cómo dejarte entrar o salir de mi mente. Honestamente no tengo la menor idea de por qué todos vosotros creéis que soy psíquica. Jasmine cree que la salvé del mago. El viento era horrendo; una rama se rompió y cayó sobre él. Yo no lo hice. ¿Cómo podría?
    De alguna manera estaba muy agradecida que no pudiera entrar en su mente. Nunca entraría si ella tenía algo que decir al respecto. Lo que menos necesitaba era que leyera sus fantasías, entonces si que tendría más problemas de los que podía imaginar… tenía una imaginación demasiado vívida cuando se refería al sexo.
    Los ojos oscuros de Manolito vagaron posesivamente por su cara.
    – Ven conmigo, Mary Ann. Déjame enseñarte mi mundo.
    No debería ir. Estaría pidiendo problemas si iba. Suspiró. Por supuesto que iba a ir con él. Iba a ir porque había perdido el juicio, porque todavía podía saborearle en su boca y sentir sus manos en su cuerpo y le dolía por dentro y por fuera, por él.
    – Llevaré el spray pimienta.
    Una débil sonrisa envió diminutas llamas parpadeantes de excitación que lamieron sus pechos y bajaron por su vientre, bailando por el interior de sus muslos hasta que sintió un calor abrasador quemar su centro más femenino. Dejó escapar el aliento, sintiéndose como si acabara de saltar por un precipicio.
    – No esperaría nada menos que el spray pimienta -respondió él con la voz matizada de diversión.
    La pequeña nota de humor, que sospechaba era rara en él, sólo le añadió encanto. Levantó la mirada a sus ojos y se perdió en la absoluta intensidad que vio allí… por ella. Nada… nadie… existía para él excepto ella en ese momento.
    Con exquisita gentileza, la envolvió entre sus brazos y la atrajo lentamente contra su cuerpo. Su piel estaba caliente y dura y olía masculino. Su cabello color medianoche le acarició la cara mientras la levantaba, deslizando el cuerpo contra el suyo para que pudiera sentir el grosor y longitud de su erección presionando profundamente en su cuerpo más suave.
    – Pon los brazos alrededor de mi cuello y tus piernas alrededor de mi cintura. Si todavía tienes miedo a volar, presiona tu cara contra mi cuello para que no puedas ver. Confía en mí para cuidarte, Mary Ann.
    Había una nota terriblemente íntima en el tono aterciopelado de su voz, fuerte, prometiendo y conmoviendo completamente, como si el pecado viviera y respirara en él y alcanzara a rodearla con nada más que pasión. El doble sentido envió un temblor de deseo dando vueltas en espiral por su cuerpo. Mary Ann era todo control, y este hombre iba a echarselo abajo. Su pulso seguía el ritmo del de él. Su corazón palmitaba con el mismo latido. La tentación de saborear lo prohibido era tan fuerte que permitió que las manos se enredaran por un momento en su sedoso cabello, absorbiendo la textura, sintiéndose sacudida por dentro.
    Cerró los ojos cuando sus pies dejaron el suelo. Le quitaba el aliento tan fácilmente, sacudiéndola hasta que olvidaba ser Mary Ann la consejera y se convertía entera y completamente en Mary Ann la mujer. El hueco de su cuello era caliente e invitador y apartó con la nariz la camisa para poder descansar la cara contra su piel. Sus labios se movieron contra él, saboreándole, porque podía. Porque cuando lo hacía, un estremecimiento de placer sacudía su fuerte cuerpo.
    La noche era sorprendentemente cálida. Mientras la llevaba a través del bosque, podía oír que todos los sonidos cesaban, como si los animales, pájaros e insectos advirtieran su presencia. Un estremecimiento bajó por su espina dorsal cuando comprendió que presentían a un depredador. Era imposible no sentirse viva con él. Creaba energía, sensual y excitante, sobre todo peligrosa, y la envolvía en su voraz apetito sexual por ella, su necesidad de ella elevaba sus propias necesidades y deseos.
    Pero todo eso, las miradas y la sensualidad, no suponía el mayor riesgo para su virtud, sino el que era un buen hombre y su corazón respondía con la misma pasión que su cuerpo. El mayor riesgo era permitirle entrar en su corazón. Se entregaba tan rápidamente, sin pensar en las consecuencias para sí mismo y ningún otro rasgo en un hombre podía atraerla tanto. Era absolutamente honesto en todo y esto la atraía también. Le mostraba vulnerabilidad cuando le contaba que veía y oía cosas de otro mundo. Le permitía entrar en su interior sin reservas.
    Igual que tú abres tu mente a la mía.
    Ella se sentía caliente, como si la hubiera envuelto en terciopelo.
    – ¿Lo hago?.
    Si lo hacía no había pensado en el peligro de abrir su mente. Sólo su corazón. Mantuvo la cara enterrada en el hueco de su cuello, sintiéndose segura mientras se movían a través del cielo.
    Mira ahora, Mary Ann.
    – Tengo miedo a las alturas.
    Tenía miedo de que le encatara lo que le estaba mostrando. Miedo de amar a este hombre y cambiar su vida… una vida por la que había trabajado tan duro… para siempre. Realmente disfrutaba de su pequeño nicho. Sabía que ayudaba a otros, era buena en eso y le gustaba su independencia. Y estaba esa cosa tan espantosa dentro de ella, algo que la aterrorizaba y que mantenía encerrado, pero se sentía atraída por este hombre. En la ciudad, rodeada de gente, de prisas y del bullicio de la vida, esa cosa permanecía callada y bajo control. Aquí, con este hombre, podía sentirla estirándose y extendiéndose dentro de ella, ansiosa de libertad. Y no se atrevía a dejarla libre.
    Los labios de él le rozaron la coronilla. No tendrás miedo, te lo prometo. Verás mi mundo como yo lo veo.
    Cerró los ojos brevemente y se apretó más contra él. Eso era exactamente lo que temía. No quería ver la belleza de la selva tropical. Quería ver insectos. Montones de insectos desagradables que picaban. Y sanguijuelas. Tenían sanguijuelas, lo sabía. Cuando mirara, no podría dejar de pensar en ellas. Era la única forma que se le ocurría de estar a salvo. Armada con la imagen de un bicho enorme, gordo y chupasangre, levantó la cabeza cuidadosamente y miró alrededor.
    Estaban en la copa de un enorme árbol, las enredaderas se cruzaban rápidamente bajo ellos para formar una plataforma sólida. Las enredaderas continuaron torciéndose y escalando, añadiendo una sólida barandilla para que pudiera caminar en las copas de los árboles y sentirse como en los tejados de su casa de la ciudad. Lentamente la dejó salir de entre sus brazos, observándola girar la cara hacia el cielo.
    Mary Ann recobró el aliento y miró alrededor. La niebla parecía diamantes cayendo a través de un cielo de medianoche. Las estrellas se dispersaban y brillaban, diminutos cristales brillando por todas partes a donde mirara. Arriba, tan alto, se sentía como si pudiera tocar la luna. Esta no estaba cerca de estar llena, pero era una visión mágica. Cruzó hasta la barandilla, aferrándola firmemente con ambas manos y miró abajo. Vio copas de árboles, hojas brillando plateadas en vez de verdes, ramas formando autopistas para animales; la ondulación de alas, los rayos de luna captando los colores de las plumas mientras los pájaros se posaban para pasar la noche. Zarcillos de niebla se hundían dentro y fuera de los troncos de los árboles, añadiendo misterio y belleza.
    Se giró hacia él, descansando contra la barandilla mientras bebía de él. Pertenecía a la noche. Un señor o un príncipe. Los huesos fuertes le daban a su cara una apariencia noble, masculina, y esa boca cincelada tenía un toque de sensualidad al mismo tiempo que de crueldad. Peligro y pasión. Se presionó la mano contra el estómago para calmar las alas de mariposa.
    – Es hermoso, Manolito. Gracias por traerme aquí.
    No había olor a sangre o muerte. Ni horror en los ojos de una jovencita. Estaban solo la noche y Manolito.
    Le sonrió.
    – Siento la niebla, pero no hace frío y mis ropas no están húmedas.
    – Soy cárpato. Puedo controlar esas cosas. -Ondeó una mano y las hojas empezaron a enmarañarse con las flores, formando una sólida cama, gruesa, suave e invitadora.
    Su corazón saltó con expectación.
    – ¿Por qué llevas el cabello recogido en una trenza tan apretada? Es tan hermoso, con todos sus rizos y ondas, y su color brillando a la luz de la luna. Suéltatelo. -Su mano fue al recogido que mantenía su cabello en una semblanza de control.
    Ella le agarró las manos para detenerlo.
    – Tengo rizos naturales, Manolito. Con este tiempo mi cabello sería inmenso, encrespado y sin un estilista alrededor, estaría en serios problemas.
    – Es salvaje y hermoso. -Sus dedos estaban ocupados soltando la cinta del cabello.
    – No lo entiendes. Salvaje lo describe muy bien. Podría usar toneladas de productos para mantenerlo en su lugar, pero la niebla los haría resbalar por mi cara y mis ojos y picaría y sería un lío inmenso. Así que déjalo. -Intentó sonar dura, pero era imposible con la sensación de sus dedos soltándole el cabello de la trenza. Sólo consiguió sonar jadeante.
    – Me gusta la falda. Gracias por recordarla para mí.
    Se la había puesto para él. Estaba revelando demasiado de sí misma, pero no podía ser menos honesta de lo que era él. La falda y la blusa no eran sólo ultra femeninas, sino que la hacían también, sentirse sexy y deseable. Quería sentirse así, que la viera así.
    – Es una de mis favoritas. -¿Era esa su voz? Sonaba más seductora que él y no quería eso. Quería conocerle. Quería una oportunidad para… todo.
    Su cabello estaba libre de la trenza ahora, flotando alrededor de su cara y hombros. Él extendió la mano por debajo de su cabello para alcanzarle la nuca, su pulgar se deslizó sobre la piel, como si saboreara la sensación. Había una inesperada ternura en su toque. Podía sentir el calor por todo su cuerpo. De repente era difícil respirar.
    – ¿Te duele la pierna?.
    El recuerdo de su boca en la pierna, la sensación de su lengua raspándole la piel, envió otra ola de excitación que recorrió su cuerpo. Negó con la cabeza, temerosa de hablar, mientras el pulgar le acariciaba la oreja y provocaba un escalofrío en su espina dorsal.
    – Acuéstate conmigo, mira las estrellas mientras hablamos.
    No estaba segura de que pudiera hablar cuando se tendió en la cama, no sin balbucear, sin implorar su toque.
    Se hundió, más bien con cautela, en la cama de hojas y flores, tratando de mantener la imagen de sanguijuelas en su mente, pero las flores exhalaban un perfume tan maravilloso y la cama era tan suave como el mejor colchón en el que hubiera yacido jamás.
    Como tenía miedo, permaneció sentada.
    Manolito le cogió la pantorrilla entre las manos, bajó la cremallera de la bota y la sacó.
    – Debes también estar cómoda, Mary Ann.
    Había una orden en el firme toque de sus dedos, pero gentileza en su voz. Ella no puso objeción, simplemente le permitió que le quitara las botas y las pusiera a un lado, así pudo encojer las rodillas. Él le lanzó una sonrisa débil y burlona y se estiró, enlazando los dedos detrás de la cabeza.
    – Creí que tendría miedo aquí arriba -admitió ella, para romper el silencio. Para encontrar un tema seguro.
    – Tienes miedo.
    – Es una situación inusual. -Le miró a hurtadillas por encima del hombro.
    Estaba tumbado como una ofrenda, casual, perezosa y muy engañosamente cuando podía sentir el calor irradiando de su cuerpo, la ondulación de músculos y la protuberancia que no se molestaba en esconder. Sus rasgos estaban marcados con un crudo deseo, sus ojos la devoraban.
    Él bajó un brazo colocándolo al costado, cerrando los dedos contra su muslo, frotando adelante y atrás a través de la fina seda azul marino.
    – Soy tu compañero, Mary Ann, tu marido. No hay necesidad de temer las cosas que quiero de ti. Como tu cabello y tu piel, y lo que sea que more dentro de ti, lo que hay entre nosotros es tan natural como respirar.
    – No te conozco lo bastante bien como para darte esa clase de confianza. Una mujer como yo necesita confiar en un hombre completamente para entregarse a él como tú me estás pidiendo.
    – No pido. -Había una débil sonrisa en su voz.
    Por un momento pensó que iba a decir que no la deseaba, pero entonces se dio cuenta que quería decir que exigiría lo que quería de ella. Se frotó el mentón con las rodillas, contemplando la posibilidad de instruirle en la ley humana.
    Los dedos a lo largo de su muslo cubierto por la falda, continuaban deslizándose arriba y abajo con hipnotizadoras caricias.
    – No soy humano, sivamet, y más que ninguna otra cosa deseo dar placer a mi mujer. ¿Qué hay de malo en eso? -Sonaba genuinamente desconcertado.
    – Quizás yo no quiera eso.
    Su risa fue baja y sexy, jugando por su cuerpo con la misma caricia hipnotizadora de sus dedos.
    – Pero lo quieres. Es lo que más temes, pero también lo que más deseas. Como sé que estás a mi cuidado, no hay razón para negarte lo que quieres… o necesitas.
    – Me temo que llevará algún tiempo. -Su toque era ligero, pero la seda caliente contra su piel hacía que los músculos se tensaran en reacción.
    – No lo creo, Mary Ann. Cuando estés debajo de mí, cuando mi cuerpo esté dentro del tuyo, confiarás en mí más que cuando estamos separados.
    El color subió por su cuello hasta su cara antes de poder controlarlo. No podía negarlo. Habría hecho cualquier cosa que él le pidiera. Eso y más. Pero esto era demasiado, era demasiado pronto. Se humedeció los labios secos con la lengua.
    – Aún no estoy preparada.
    – Bastante justo.
    Su respuesta fue tan inesperada que se giró para mirarle. Fue un error. Sus ojos negros brillaban con posesión, con cruda lujuria.
    Palmeó el colchón de flores.
    – Túmbate a mi lado. Hablemos.
    No había ningún empuje de compulsión en su voz, al menos no lo creía, pero se encontró a sí misma tumbada a su lado. Muslo con muslo. Cadera con cadera. Miró fijamente al cielo y observó a la niebla centelleando sobre ellos y buscó un tema que les permitiera una verdadera conversación, una que pudiera revelar más de quién y qué era él.
    – ¿Te gusta vivir aquí?.
    – He llegado a llamar a esta tierra mi hogar. Me encanta todo en ella. La selva tropical, la hacienda de ganado, la gente, incluso los caballos. No era el mejor de los jinetes cuando empezamos con el rancho. -Rió suavemente ante los recuerdos-. No había pensado en esos tiempos en años. No sabíamos nada de nada, pero queríamos aparentar ser humanos. Afortunadamente, teníamos a la familia Chavez para ayudarnos. Nosotros teníamos dinero y ellos tenían el conocimiento. Hemos trabajado juntos desde entonces.
    – Me hubiera gustado ver tu primer paseo a caballo.
    – No pasé mucho tiempo en la silla. Quería ser todo un macho como los hermanos Chavez así que no utilicé mi mente para controlar al caballo.
    Ella se relajó un poco, la risa burbujeando.
    – Ojalá hubiera estado aquí.
    Las yemas de los dedos trazaron la forma de su muslo.
    – A mi me alegra mucho que no estuvieras. A menos que hubieras podido controlar al animal por mí.
    – Eso habría sido interesante y muy tentador, aunque no tengo idea de por qué piensas que tengo habilidades psíquicas.
    – Porque las tienes.
    – Si las tengo ¿cómo es que no soy consciente de ello, pero los demás si? ¿Qué hago exactamente psíquicamente?
    Los dedos una vez más empezaron una caricia tranquilizadora a través de la seda de la falda.
    – Eres en realidad bastante poderosa. Reúnes energía y la utilizas cuando la necesitas. Creo que lo has estado haciendo así durante toda tu vida, probablemente desde que eras niña, así que es normal para ti. Completamente natural. Como tu cabello. -Su mano se deslizó hasta los intrigantes rizos. Tiró suavemente, solo lo bastante para que lo sintiera en su cuero cabelludo.
    Ella sintió el tirón a través de su cuerpo, un destello de calor que no podía negar o controlar.
    – Yo no hago eso.-No podía creer que lo hiciera-.¿Cómo usaría algo que no conozco?.¿Cómo funcionaría eso?.
    La mano se deslizó por su cabello hasta su brazo y la muñeca. La rodeó ligeramente como si sus dedos fueran una pulsera viviente.
    – Si supiera eso, päläfertül, nunca tendría que volver a preocuparme porque me lanzaras sobre mi trasero.
    – No lo hice.
    – Lo hiciste. -Se llevó su mano a la boca para raspar la palma con sus dientes-. Fue una buena sacudida, además. Me sentí orgulloso de ti, una vez asimilé el hecho de que mi mujer me había abofeteado. -La lengua se arremolinó en el centro exacto de su palma, aliviando el diminuto picor provocado por el pellizco de sus dientes.
    – Eres muy oral, ¿verdad? -dijo, tirando de su mano. No la soltó y la sensación de esa boca, caliente y húmeda, cerrada firmemente sobre su dedo provocó llamas que bailaron a través de su piel, directas hasta la conjunción entre sus piernas.
    – Mucho -admitió, su voz bajó de tono, su mirada negra quemaba a través del fino material de su blusa hasta sus pechos llenos, mientras estos subían y bajaban con el ritmo rápido de su respiración.
    Se lamió los labios y suprimió un gemido cuando la miró a la boca.
    – Alto ahí, Manolito. Realmente quiero averiguar como puedo ser psíquica. -Porque estaba perdiendo rápidamente la capacidad de pensar con el cerebro.
    – Por supuesto que eres psíquica. Puedes leer a la gente y sabes exactamente qué decirles para ayudarles a encontrar su camino.
    Ella rió.
    – Esperaba una auténtica revelación, no una fantasía. Fui a la universidad mucho tiempo para llegar a ser consejera. Si soy o no buena no tiene nada que ver con ser psíquica. Estoy entrenada y tengo mucha experiencia.
    – Eres capaz de introducirte en sus cabezas. Tú crees que es instinto y quizás esa sea otra palabra para definir tu talento. Actúas con mucha intuición. -Le dio la vuelta a la mano y le mordió suavemente los nudillos-. Podríamos usar un poco de instinto ahora mismo.
    – No creo que la habilidad psíquica sea buena si no sabes como usarla -protestó ella. Si realmente tenía algún talento, sería genial, pero no si no podía esgrimirlo apropiadamente-. Puedo conectar contigo por esa cosa de la sangre, pero no puedo hacer mucho más en realidad.
    – Haces mucho bien con tu poder. Expulsas a personas de tu mente a voluntad. Pocas personas pueden hacerlo, Mary Ann. Es una habilidad intrigante. -Dejó caer su mano al costado entre ambos otra vez, los dedos aferrándole la falda.
    – ¿De dónde viene?.
    – De muchas fuentes. Creo que todas las sociedades tenían a unos pocos que poseían habilidades para manipular energía. Algunas especies eran más fuertes que otras, pero una vez empezaron a mezclarse, con el paso de los años, encuentras ambos casos: un talento asombroso o ninguno en absoluto.
    Tenía sentido. Sentía las yemas acariciadoras de sus dedos mientas le recogía la falda más arriba para exponer la larga extensión de piel de la pierna más cercana a él. Permanecía tumbado junto a ella, mirando las estrellas, pero su mano se deslizaba bajo el material de seda para moverse a través de su muslo y cadera, moldeando sus curvas.
    Todo en ella estaba inmóvil. Cada músculo se apretaba en respuesta a ese toque ligero.
    – ¿Qué estás haciendo?.
    – Memorizarte. Tienes una piel tan suave. Es duro no tocarte.
    No se estaba esforzando mucho, que pudiera ver. Se humedeció los labios otra vez e intentó concentrarse en la conversación.
    – ¿Conociste a la gente jaguar cuando todavía había bastantes de ellos?.
    – Los cambiaformas, especialmente los jaguares o los hombreslobos, fueron siempre sociedades reservadas. Se mantenían por sí mismos. Todos teníamos una vida y la vivíamos con la filosofía "vive y deja vivir", así que no nos mezclábamos a menos que alguien cometiera crímenes en nuestros territorios. Karpatü, magos y humanos estaban muy unidos. Los otros permanecían lejos de nosotros y los unos de los otros. Los otros cambiaformas desaparecieron tan rápido que ahora apenas son un recuerdo. Era obvio que si la sociedad no cuidaba de sus mujeres y niños, sería imposible la continuación de la especie, pero los jaguares se negaron a reconocer o aprender de los errores que otras especies cometieron. Querían mantener sus instintos animales y vivir libres.
    Se quedó silenciosa durante un largo momento, mirando la niebla brillante y el revoloteo y el baile de los murciélagos mientras cazaban insectos en el cielo nocturno. Había una especie de belleza y paz en el extraño ballet que realizaban. Tumbada allí, podía entender porqué algunas personas preferían la selva tropical a la ciudad, especialmente si estaban con un cárpato que podía hacer que los insectos y la lluvia jamás los tocaran.
    – ¿Ha sido difícil vivir a través de tantos cambios?.
    Debía haber visto tanto. Aprendido tanto. Sufrido tanto.
    – La longevidad es una maldición y una bendición. Ves a personas que te importan venir y marchar mientras tú permaneces inalterable. La guerra es igual. Pobreza. Ambición y avaricia. Pero hay tantas maravillas, Mary Ann, maravillas que hacen que el resto valga la pena. -Giró la cabeza, su oscura mirada era líquida a la luz de la luna. Eso era para él. Una maravilla. Un milagro. No tenía ni idea. Captó un destello de sus pensamientos cuando ella le abrió su mente. No entendía porqué un hombre como él podía mirarla, o se permitiera desear siquiera pasar una eternidad con ella. No tenía idea de su propio atractivo. La luz con la que brillaba como una baliza.
    Todo en ella le llamaba. Era valiente, aunque no se viera a sí misma así. Tenía más compasión que cualquier otra persona a la que hubiera conocido jamás. A menudo, con gran riesgo para sí misma, iba en ayuda de otros. Había una inocencia en ella, aunque sus ojos eran viejos. Había visto lo peor de la vida, pero se negaba a perder la esperanza.
    – ¿Qué estás buscando?-Inclinó la barbilla un poco hacia él.
    – Aceptación. -No pensaba esconderse. Uno nunca lo hacía, no de su compañera. Necesitaba eso. Que pudiera verle, completo. Quería permanecer de pie ante ella con todos sus defectos y saber que aún así podría aceptar quién era. Eso nunca antes le había importado. Ahora la aceptación lo era todo.
    Frotó la yema de los dedos por la piel resplandeciente. Nunca había sentido nada tan suave e invitador. Parecía un milagro… otra maravilla de la vida… ser capaz de tocarla como lo hacía. Yacer a su lado con las estrellas en lo alto y hablar tranquilamente juntos.
    – Dime tu peor rasgo.
    Sus dientes destellaron blancos a la luz de la luna.
    – Creo que deberíamos empezar con algo bueno.
    – Si empezamos con lo peor, acabaremos con ello rápido. Sabremos qué es y si podemos ocuparnos de ello. Yo soy terca. No solo un poquito. Soy realmente terca. No me gusta que me empujén.
    – Yo siempre tengo razón.
    La suave risa excitó su ingle como unos dedos acariciadores. Había olvidado, o quizás nunca lo había experimentado, el perfecto placer de estar con una mujer que podía excitarle como ella lo hacía. Podía escuchar esa risa todo el tiempo y nunca se cansarse.
    – Eso es lo que tú te crees.
    – Lo sé.
    – Y esperas que todos hagan lo que tú dices porque tienes razón.
    – Por supuesto.
    Ella se envolvió su cabello alrededor del dedo.
    – Ya que estamos contándonos secretos, ¿te molesta que te llamen Manolito en vez de Manuel? Sé que el diminutivo se utiliza a menudo para muchachos en vez de para hombres en algunos países.
    – Es un término afectuoso de mis hermanos. No me importa y nunca me ha importado lo que piensen los demás, solo que aquellos a los que amo me acepten. ¿A ti te molesta?.
    – Manolito en otros países es un nombre muy común, nada más. He llegado a pensar que es un gran nombre con un hermoso sonido. Es agradable saber que tus hermanos se burlan de ti con afecto.
    Se movieron sombras en las profundidades de los ojos de él.
    – Nicolas y Zacarías no han encontrado a sus compañeras. Sólo tienen recuerdos de emociones y es más difícil mantenerlas con cada noche que pasa.
    – Lo siento, Manolito. -Podía sentir su preocupación.
    – Aguantarán porque deben. -Su mano le acarició la cara-. Dime que pasa, MaryAnn. Puedo ver cuán molesta estás.
    Dudó, apretando los labios, después suspiró.
    – Lo que hay dentro de mí me asusta como el infierno.
    Arriba, las ramas se balanceron por algo más que los pájaros. Podía ver pequeños cuerpos peludos reuniéndose para pasar la noche en los árboles. La mayoría se congregaban en un lado del árbol, justo en frente de ella, mientras unos pocos de los monos se asentaban en ramas al lado de Manolito.
    – No puedes ser nada mas que lo que eres, ainaak enyem. Nunca tengas miedo de lo que hay dentro de ti. Yo no lo tengo.
    Sus ojos se encontraron.
    – Deberías.

Capítulo 13

    Manolito sintió su repentina tensión. Le tomó la barbilla con dedos gentiles.
    – ¿Por habrías de tener miedo a lo que hay dentro de ti? Puedo ver tu luz brillando, luminosa. Nunca debes temer a ninguna parte de ti.
    Ella bajó la cabeza para que la masa de cabellos rizados cayera alrededor de su rostro.
    – Tal vez no me veas tan bien como crees.
    – Entonces cuéntame.
    – No se qué decirte. Cómo explicarlo. No puedo verlo, solo lo siento y eso me asusta a muerte.
    Se quedó en silencio un momento, tratando de encontrar la forma de ayudarla a confiar en él. Era su deseo. No es que lo escondiera intencionadamente, pero luchaba por encontrar las palabras para algo que sabía o sospechaba y aun no estaba lista para ello.
    – Háblame de tu niñez -dijo Manolito, su oscura mirada sostuvo la suya, la voz fue apacible.
    Parecía incomoda, separándose ligeramente de él.
    – Tuve una niñez normal. Tú creerías que fue aburrida, pero la disfruté. Mis padres eran geniales. Mi madre era médico y mi padre tenía una pequeña pastelería. Crecí trabajando allí y ganando la mayor parte del dinero para mi educación. No tuve hermanos ni hermanas, así que era un poco solitaria, pero tenía un montón de amigos en la escuela.
    La mira de él vagó por su rostro, notando sus ojos, el pulso que latía frenéticamente en su cuello.
    – Pasaron cosas, cosas inexplicables. Háblame de eso.
    El corazón comenzó a tronarle en los oídos. Sentía que el aliento quedaba atrapado en sus pulmones. No quería pensar en esos momentos, y si, había habido gran cantidad de incidentes inexplicables. MaryAnn se alejó para no tocar su cuerpo, por si podía leerla. Sintió que algo cambiaba en su interior, algo que se movía y la codeaba, casi preguntando. ¿Me necesitas? ¿Que pasa?.
    Jadeó, mordiéndose con fuerza el labio y trató de empujar la verdad tras ese abismo profundo al que nunca se había enfrentado. Afuera, en la selva, donde todo era salvaje y era matar o morir, y se enfrentaba a enemigos que le eran desconocidos en su mundo seguro, no podía ya seguir conteniendo a ese otro ser que se desplegaba en su interior.
    Manolito permaneció inmóvil, sin mover ni un músculo, sintiendo su repentina retirada, no solo de él, sino de algo que había estado lo bastante cerca como para que ella lo viera. Había vuelvo a cerrar de golpe aquella barrera impenetrable entre ellos para impedir que él lo viera. En el momento en que lo retiró de su mente fue consciente de aquel otro mundo en el que todavía moraba.
    Los colores a su alrededor decayeron significativamente y el ruido de la selva desapareció hasta que el silencio le rodeó. Su olfato era ahora más agudo, como su oído. No sólo podía detectar la posición de los animales y pájaros a su alrededor, sino que conocía sus posiciones exactas. No necesitaba conectar con sus mentes para encontrar lo que le rodeaba, sus oídos y nariz le proporcionaban la información. Cuanto más moraba en la tierra de las sombras, más agudos se volvían sus sentidos… bueno, casi todos. Su visión parecía diferente, familiar como cuando se convertía en un animal, pero aun así captaba el movimiento al instante. Simplemente no le gustaban los grises, le recordaban demasiado a los siglos de oscuridad.
    Cerró sus dedos alrededor de los de ella y los sostuvo con fuerza. Apenas había sido vagamente consciente de la tierra, de la niebla reptando hasta su mente, y su visión desde que había enviado a Luiz a la tierra, pero había estado ahí en la distancia, como si estuviese más cerca del mundo en que MaryAnn vivía. Ahora, sin su mente conectada a la suya, donde quiera que mirara el gris consumía los colores.
    Manolito apretó su mano en ademán consolador, aunque no estaba seguro de a quién pretendía tranquilizar.
    – Estas a salvo aquí conmigo. Cualquiera que sea tu miedo compártelo conmigo. Las cargas pesan menos cuando se comparten.
    Estaba pendiente de cada detalle suyo en ese momento y ella tenía mucho miedo. Oía su corazón, veía el frenético latido de su pulso. Había insistido en quedarse con él, negándose a dejarle solo en ese prado de niebla, aun cuando estaba insegura acerca de él. Quería que supiera que no haría menos por ella.
    Ella sacudió la cabeza como si fuera a comenzar a hablar, obviamente no deseaba recordar el incidente, o hablar de él en voz alta, pero casi se sentía compelida a compartirlo, necesitando al menos que alguien supiera que no estaba loca.
    – Hubo una vez, estando en el Instituto que fui a la pista. Mis padres querían que practicara algún deporte, pero yo no tenía interés. Era una chica muy femenina, siempre lo había sido, pero mi padre pensaba que si me interesaba por el deporte me sentiría menos inclinada a seguir las últimas tendencias de la moda.
    Manolito permaneció en silencio, observando las sombras cruzar su cara, esperando a que ordenara sus pensamientos para que le contara la historia completa, no la versión abreviada.
    – Llegue a la pista de prácticas y eché a correr. Al principio solo podía pensar en que me iba a caer de cara, o tropezarme y humillarme a mí misma. Pero entonces me olvidé de mí misma y de cuan incómoda me sentía corriendo y me sentí… libre.-dejó escapar el aliento, obviamente recordando la sensación-. No era consciente de lo que hacía en absoluto, pero dejé atrás a todos y corrí sin pensar. No sentía ningún dolor, sólo una especie de euforia.
    Él se llevó su mano a la boca y le besó las puntas de los dedos.
    – No te detengas, sivamet ¿Que más sentiste? Obviamente fue algo que te impresionó.
    – Al principio fue maravilloso, pero entonces comencé a notar cosas -tiró de su mano, como si apenas soportara desnudar su alma mientras le tocaba-. Los huesos comenzaron a dolerme, las articulaciones a crujir y reventar, los nudillos me dolían -se los frotó recordando claramente la sensación-. Mi mandíbula vibraba, y tuve la sensación de estirarme, más y más. Podía oir los tendones y ligamentos chasquear. Corría tan rápido que todo a mí alrededor se volvió borroso. Mi visión cambió, el oído y el olfato eran muy agudos, podía decir donde estaba cada uno de los corredores detrás de mí. Donde estaban exactamente, sin mirar. Podía oir sus respiraciones, el aire salir y entrar de sus pulmones, podía oler el sudor y escuchar los corazones latiendo.
    ¿Como podría explicarle lo que había ocurrido ese día? Como había sentido algo cambiando, creciendo y luchando por salir de ella. Por ser conocido y reconocido. Eso deseaba salir. Se humedeció los labios y apretó con más fuerza su mano.
    – Fui diferente en aquel momento, completamente diferente y aun así igual. Podía saltar obstáculos sin detenerme. Cada sentido estaba vivo en mí. Mi cuerpo estaba… cantando, como si estuviera vivo por primera vez. No puedo explicar como me sentía, cada sentido bien abierto y recogiendo información. Y después comenzaron a fluir en mi mente. Visiones que no podía detener o darles sentido.
    Se llevó la mano de ella hasta el pecho en un esfuerzo por reconfortarla. Ella no entendía que se agitaba y que su estado mental afectaba a los monos en los árboles circundantes. Unas Alas desplazaban aire en lo alto mientras los pájaros permanecían en las ramas y aleteaban, gorjeando y graznado con ansiedad. Le deslizo la yema del pulgar sobre el dorso de la mano y sintió los duros nudos bajo la piel mientras su tensión crecía.
    – ¿Qué viste? -Fuera lo que fuera la había aterrorizado.
    – A un hombre llamando a una mujer, diciéndole que cogiera al bebé y corriera. El bebé era… yo. Estaba en una cuna y ella me arropó con una manta, besó al hombre y le abrazó. Pude oir sus voces y ver las luces danzando fuera de las ventanas. El hombre me besó también, y después a ella una ultima vez y abrió una trampilla en el suelo. Me sentí asustada y temerosa. No quería dejarle y tampoco ella. Creo que sabíamos que era la última vez que nos veríamos.
    Se lamió los labios secos.
    – La niña estaba rodeada por el bosque mientras yo corría por la pista, escuchando mi corazón, mis pisadas, oliendo a los otros, y recuerdo las estrellas estallando a mí alrededor. Pero en realidad no brillaban a mi alrededor en la escuela, las luces destellaban alrededor de la mujer y de mí, el bebé del bosque. Oí como si algo pasara cerca, un silbido, y entonces la mujer se encogió, tropezando. Lo siguiente que supe es que estaba corriendo sobre la pista al mismo tiempo que la mujer corría a través de los árboles conmigo… el bebé.
    – ¿La mujer era tu madre?.
    – ¡No! -gritó MaryAnn más que para negarlo para contenerse a sí misma, respiraba con dificultad, intentando ahogar la conmoción de lo que eso podría implicar-. No, no sé quien era, pero no era mi madre.
    Estiró la mano y tiró de ella hasta apoyarla contra él, colocándole la cabeza sobre su hombro.
    – No te disgustes sivamet -Su voz fue suave, una hipnotizante caricia de terciopelo murmurando sobre su piel-. Cálmate, es una bonita noche y estamos simplemente hablando, tratando de conocernos. Estoy muy interesado en esta carrera dual que tuviste. ¿Crees que ocurrió realmente? ¿Qué edad crees que tenías cuando tuvo lugar ese viaje por el bosque? ¿Y donde estabas? ¿En Estados Unidos? ¿Europa? ¿Que idioma hablaban?.
    MaryAnn inspiró y se quedó muy quieta, absorbiendo su calor y fortaleza. Podía sentir como si flotara sobre y dentro de ella, como si Manolito se compartiera a sí mismo y quién y qué era con ella. No sondeaba su mente, pero le enviaba su absoluta comprensión y aceptación. Aceptaba algo que ella misma no podía aceptar.
    – Inglés no. No sé. Estaba asustada. Muy asustada -Y cada vez que entraba en un bosque, ese miedo amenazaba con ahogarla-. Querían matarnos, lo sabía aun siendo una niña. Quienquiera que incendiara la casa nos quería muertos a todos, incluso a mí.
    Apenas era capaz de respirar, el pecho le oprimía, su corazón palpitaba.
    – La mujer corrió y corrió, pero yo sabía que algo iba mal. No tenía ritmo y respiraba en jadeos. Las dos supimos el momento exacto en el que el hombre que se había quedado en la casa fue asesinado. Oí su lamento silencioso y este hizo eco con el mío. La pena la consumió y después a mí, casi como si compartiéramos las mismas emociones. Sabía que estaba desesperada por atravesar el bosque hasta la casa de un vecino. El lugar normalmente estaba vacío, pero ellos estaban allí, de vacaciones.
    Un escalofrió la recorrió y Manolito la acercó más. Su piel estaba fría como el hielo y colocó el cuerpo alrededor del de ella.
    – No tienes que contarme nada más, MaryAnn, no si es muy doloroso -Porque estaba muy seguro de que conocía el resto de la historia. Quería que confiara en él lo suficiente como para darle detalles, pero su nivel de angustia estaba subiendo y con ello, notó con interés, los animales en los árboles circundantes se agitaban más.
    MaryAnn nunca se lo había contado a nadie y deseaba contárselo a él. La presión de su pecho aumentaba, la sensación de ser arrastrada era terrible, casi como si su misma esencia fuera succionada hacia un pequeño y oscuro lugar, para quedar aprisionada en sus pequeños confines. Deseaba agitar los brazos y patalear para probarse a sí misma que aún estaba en su propio cuerpo y no encerrada en una caja.
    – Intenté contárselo a mi madre, y me dijo que era un sueño… una pesadilla que tal vez había recordado mientras corría. No deseaba que volviera a correr y yo tampoco. Nunca lo volví a hacer. Y nunca he ido al bosque después de eso. -Había necesitado todo su valor para venir a este lugar a ayudar a Solange y Jasmine, para buscar a Manolito e intentar sacarle de donde quiera que su mente le hubiera encerrado. Su valor estaba decayendo y deseaba el consuelo de su hogar.
    – ¿Por que eso disparaba el recuerdo?.
    – La sensación de terror y ser incapaz de respirar. El miedo a estar encerrada y ser incapaz de salir -MaryAnn se humedeció los labios resecos, su mano subió por cuello de él, los dedos se cerraron alrededor de la nuca. Necesitaba sentir la fuerza de su figura más grande. El calor de su cuerpo y el latido firme de su corazón.
    Manolito permaneció en silencio, simplemente abrazándola mientras ella miraba hacia las estrellas e ignoraba a los animales que los rodeaban. Sorprendentemente, no se sentía amenazada por ellos, sino una especie de parentesco, una corriente de simpatía y preocupación por ella. Tomó aliento y lo dejó salir. Iba a contárselo todo por que estaba absolutamente segura de que había ocurrido, y era la única manera real de encararlo.
    – La mujer se abrió camino a través de los arbustos. Estábamos siendo perseguidas y ella sollozaba. Yo sabía que estaba herida, pero se aferraba a mí, forzándose a cubrir las millas hasta que llegamos a una casa, la casa de vacaciones de una señora y su marido que eran amigos de la mujer que me llevaba en brazos. La señora salió. Recuerdo su cara, asustada y preocupada, conmocionada cuando vio sangre por todas partes. La mujer me ofreció a ella y le dijo que estaban intentando matarnos, que me matarían. Suplicó a la mujer que me salvara.
    Tuvo que detenerse por que la garganta se le cerraba de nuevo y había una terrible constricción en su pecho que se hacia más y más fuerte. Enterró la cara contra él, un estremecimiento recorrió su cuerpo.
    – MaryAnn -Le pasó una mano por el cabello, frotando tranquilizadores círculos en su espalda-. ¿Reconociste a la señora? ¿La vecina? ¿Te era familiar?.
    No sabía. ¿Como podría conocerla? Su corazón latía salvajemente y su respiración llegaba en jadeos desiguales. La admisión salió de ella sin su consentimiento, sin su permiso, la declaración la conmocionó.
    – Era mi abuela -se ahogó, jadeando en busca de aliento, las puntas de sus uñas se clavaron en la piel de él-. La vecina que me tomó era…es… mi abuela.
    La rodeó con sus brazos y la acercó protectoramente. Una mano acunando la parte de atrás de su cabeza, los dedos moviéndose entre el cabello gentilmente mientras le masajeaba la nuca para calmarla. Nunca había esperado los sentimientos… las emociones… que le asaltaron. Se vio sacudido por la aguda intensidad de la sensación que corría no a través de su cuerpo, sino de su corazón y mente. Le murmuró suavemente en una mezcla de cárpato y portugués, mientras ella lloraba entre sus brazos.
    La sentía pequeña, perdida, y muy vulnerable. MaryAnn era una mujer confiada, no este suave bulto que se enroscaba destrozado entre sus brazos, enterrándose en él y sin ser siquiera consciente de que lo hacía. Su pesar era tan grande que se estrellaba contra él en oleadas y se dispersaban a través de la selva, perturbando a todas las criaturas.
    – ¡Como pudieron hacerme esto?.
    Esperó. Aún mantenía la barrera firmemente en su lugar, sin permitirle el acceso a su mente… a su dolor… o incluso a sus recuerdos. Y sospechaba que había más.
    – Mis padres debieron decírmelo. Esa mujer… La conozco, la siento aquí-MaryAnn presionó una temblorosa mano sobre su corazón-. Me duele pensar en ella. Sacrificó su vida para salvarme, al igual que el hombre.
    – Muchos padres sacrificarían voluntariamente sus vidas por sus hijos, MaryAnn. No hay amor más grande. -Mantuvo la voz apacible, hipnótica a pesar de que cuidadosamente evitaba empujarla o añadir una compulsión. La mantenía arropada en calidez y seguridad de la única forma en que podía, cuando toda su inclinación le empujaba a tranquilizarla y arreglarlo todo para ella. Fue difícil suprimir el instinto de tomarla. No era una mujer que pudiera ser tomada.
    Manolito frotó la barbilla contra su coronilla y luego dejó docenas de pequeños besos en su cabello. Una mezcla de emociones brotaba de ella. Dolor. Furia, Sensación de traición. Culpa por pensar siquiera por un breve momento que alguien más pudo haberla dado a luz.
    – Quiero a mis padres. Somos una familia normal.
    Abrió nuevamente su mente a él e imágenes de su niñez asaltaron su cerebro. Deseaba probarle a él y a sí misma, que los recuerdos de crecer en su familia eran reales y verdaderos y todo lo demás una ilusión o una mala pesadilla. Pudo ver a sus padres abrazándola y besándola, meciéndola en el aire, riendo felices con ella. Había estado rodeada de la felicidad y amor su vida entera.
    – Ellos me quieren.
    Había satisfacción en su voz, pero aferraba su mano y las uñas se le clavaban profundamente en la carne. Manolito bajó la mirada a sus dedos entrelazados y pudo ver los duros nudos bajo la piel de ella, la curva de sus uñas, gruesas y duras, una de ellas sin laca de uñas.
    – Es obvio que te amaban -estuvo de acuerdo y atrajo la mano al calor de su boca, presionando los labios sobre los nudillos, suavizándolos, tirando cuidadosamente con los dientes hasta que la uña que perforaba su piel se levantó y ella se relajó un poco más.
    – No sé lo que se supone que debo pensar -dijo, sonando vulnerable y perdida.
    Su corazón alcanzó el de ella instintivamente.
    – No importa cual fuera tu pasado, MaryAnn. Tú eres tú. Tus padres te quisieron y criaron rodeada por ese amor. Si no son tus padres biológicos, eso no cambia en absoluto ese hecho.
    – Sabes que hay más que eso -Arrancó su mano de la de él y se sentó erguida, dando la espalda a los árboles. Podía ver la autopista en la canopia. Las ramas tocándose, sirviendo como largas sendas de árbol en árbol donde incluso los animales grandes podían viajar rápidamente.
    Tragó el nudo de la garganta que amenaza con ahogarla.
    – Mi vida entera ha sido construída sobre una mentira, Manolito. No tengo la historia que mis padres me han dado. No tengo la estabilidad de toda la estructura que pensé que tenía. No sé quién soy. O qué soy. Al crecer, a veces tenía destellos de recuerdos, y cada vez que ocurría mis padres lo despachaban como banal, cuando en realidad, era muy importante.
    – Tal vez tuvieran sus razones, sivamet, No los juzgues tan duramente cuando no tienes todos los hechos.
    – Esto no te esta ocurriendo a ti. Tu vida entera no ha quedado destrozada. -Le lanzó una mirada fugaz sobre el hombro y se giró de nuevo-. Y entonces llegas tú y lo complicas todo reclamándome, atándonos en un ritual en el que yo no tengo opción. Y ahora, me estoy convirtiendo en algo más. ¿Cómo crees que te sentirías si te estuviera pasando a ti?.
    – No lo sé, pero ¿convertirte en un cárpato es tan terrible? -Se pasó la mano por el cabello, deseando tener sus recuerdos completos-. Serías capaz de hacer muchas cosas que no puedes hacer ahora. Podrás ver, con el tiempo, que no hay razón para preocuparse. -Su vida y la de su pareja sería perfecta. Él la haría perfecta-. Parece poco razonable estar enojado por algo que no puedes cambiar.
    Su voz era tan tranquila que la hizo rechinar los dientes. Hablaba como si estuvieran teniendo una discusión filosófica, sin contemplar los dramáticos cambios en su vida. La furia ardió a través de ella
    – ¿Razonable? ¿No debería preocuparme ser obligada a salir de mi propio cuerpo?. Me traes, me dices lo que tengo que hacer y tengo que acompañarte solo por que tú lo dices. Que agradable para ti vivir en tu cómoda piel y saber quién y qué eres. Reclamarme no cambia tu vida en nada, ¿no es así?
    – Lo cambia todo -Su voz fue apacible, con emoción… emoción que podía sentir porque ella le había dado ese regalo.
    Él no había entendido la enormidad de lo que había hecho al unirlos. No parecía entender siquiera como su vida se vería afectada. Tendría que ver como moría su familia. No sería la persona que siempre había sido. Incluso la química de su cuerpo sería diferente. Todo su mundo cambiaria y no tendría elección al respecto. Manolito seguiría siendo el hombre que siempre había sido, solo que tendría el color y las emociones restauradas. Él podía creer que todo sería perfecto con el tiempo, pero los cambios no le ocurrían a él.
    La adrenalina bombeó a través de su cuerpo y con ello… furia. ¿Cómo podía alguien decidir arbitrariamente sobre su vida sin su consentimiento? ¿Sin preguntarle? Manolito. Sus padres. Incluso sus amados abuelos. ¿Como habían decidido qué era lo mejor para ella y no sólo la dejaban fuera de las decisiones, sino que ni siquiera tenía conocimiento de ellas?.
    Se levantó de un salto antes de que Manolito tuviera idea de que se movería. No hubo ni un leve movimiento de su cuerpo que indicara que se movería. Simplemente se movió de una vez, saltando sobre los pies y sobre la barandilla antes de que él supiera lo que intentaba. Con el corazón en la garganta, saltó tras ella. Estaban a quince metros del suelo. La caída la mataría.
    ¡MaryAnn! La llamó mientras la seguía, enviando aire para mantenerla flotando mientras el descendía como un rayo, pero ella ya estaba en el suelo agachada en una postura de lucha.
    Ralentizó su descenso para estudiarla. El cabello era espeso, largo y ondulado, brillando negro azulado como si una cascada bajara por sus hombros y su espalda. Las manos curvadas en garras, y la sorprendente estructura ósea de su rostro destacando bajo la tensa piel. Retrocedió mientras se colocaba frente a ella.
    – Quiero irme a casa.
    Sabía que estaba en buenas manos… sus manos… y aun así su voz temblaba y se la veía tan asustada que se sintió fatal.
    – Ya lo sé, MaryAnn. Te llevaré a casa tan pronto como pueda. -Y comprendió que era cierto. Por primera vez, comprendió que ella podría necesitar Seattle. Podría necesitar la fría y lluviosa ciudad tanto como él necesitaba la selva-. Lo prometo, csitri, que cuando pueda abandonar completamente la tierra de la sombras, te escoltaré a tu hogar.
    MaryAnn tomó un profundo y entrecortado aliento.
    – ¿Lo prometes?.
    – Absolutamente. Te doy mi palabra, y nunca la he roto en todos los siglos de mi existencia. -Extendió la mano-. Siento no entender por lo que estás pasando. -Si ella le abriera su mente, podría sentir sus emociones, no solo visualizarlas, pero se seguía resistiendo.
    MaryAnn miró a su alrededor.
    – No se como he llegado aquí -miró hacia arriba, a la canopia. No podía ni ver la plataforma que él había construido-. ¿Cómo hice eso Manolito?.
    Mantuvo la mano extendida hacia ella. Las hojas susurraban a su alrededor. Las sombras se movían. Dio un paso para acercarse. MaryAnn puso su mano en la de él. Y tiro de ella hacia sus brazos y se alzó en el aire, llevándolos hacia la protección del armazón que había construido. Ella se quedó de pie en la plataforma, con las manos alrededor de su cuello, con el rostro enterrado contra su hombro, temblando con la verdad.
    – La verdad -murmuró él suavemente.
    MaryAnn se alejó. Sabía cual era la verdad. Ella había sido el bebé al que alguien había perseguido por el bosque y casi asesinado. Sus padres le habían ocultado la verdad durante años. Los cimientos de su sólido mundo habían sido sacudidos y tenía que encontrar la forma de calmar a esa cosa creciente en su interior para poder arreglárselas con lo que ocurría, pero no quería que Manolito le arrojara la verdad de su vida a la cara.
    Manolito miró a su alrededor a las variadas hojas. Algunas amplias, algunas diáfanas, unas pequeñas, otras grandes y todas de un plateado apagado en vez de brillar como deberían. Las salvaguardas estaban en su lugar, manteniendo fuera a los enemigos para que pudiera pasar tiempo con ella, tratando de introducirla en su mundo. Había tenido la intención de llevarla completamente a este, para que también ella fuera completamente Karpatü. En lugar de eso la había forzado a desnudar su alma, a arriesgarlo todo por él. Ahora necesitaba darle algo a cambio. Algo de igual valor. Ella le había dado verdad, él no podía ser menos.
    Paseó intranquilamente por los pequeños confines del lugar.
    – Me has dado verdad, MaryAnn, cuando eso te costaba. Tengo algo que decirte. Algo que me avergüenza y no solo a mí, sino a mi familia entera. Lo que hay dentro de ti es noble y fuerte y dudo que debas temerlo. Yo no tengo secretos que compartir contigo, sin embargo, desearía que así fuera.
    Ella parpadeó alejando las lágrimas y le miró. Parecía nervioso. Esa era la última cosa que esperaría de un hombre tan confiado como Manolito. Su compasión natural se precipitó a través de ella y colocó la mano sobre su hombro inundándolo con su calidez y valor.
    – No me ayudes con esto -protestó él, sacudiendo la cabeza, pero una vez que ella le abrió su mente, le rodeo con brillantes colores y su consoladora personalidad-. No lo merezco.
    No merecía estar tan satisfecho por haberla reclamado, pero MaryAmm empujó hacia abajo ese súbito pensamiento y le dirigió una mirada de apoyo. Manolito continuó peseando, así que ella se hundió entre las flores, sorprendida nuevamente cuando liberaron su fragancia, llenando el aire con su suave esencia. Alzó las rodillas y se las rodeó con los brazos, apoyando la barbilla en ellas, esperando que continuase.
    Manolito lanzó una lenta y cuidadosa mirada alrededor y colocó más salvaguardas, esta vez envolviéndoles dentro de una barrera de sonido para mayor privacidad.
    – A veces, la selva tiene oídos.
    Ella asintió, sin interrumpirle, pero en algún lugar en la boca de su estomago comenzaba a creer que lo que iba a decirle era de una monumental importancia para ambos.
    Manolito apoyó los codos en la barandilla y miró hacia el suelo de la selva bajo ellos.
    – Mi familia fue siempre un poco diferente a la mayoría de los guerreros que nos rodeaba. Por algún motivo, la mayoría de las familias nunca tenían hijos con menos de cincuenta a cien años de distancia uno de otro. Por supuesto ocurría, pero raramente. Mis padres tuvieron a cinco de nosotros con no más un intervalo de quince años, aparte de Zacarías. Él es casi cien años mayor, pero nos criamos juntos.
    MaryAnn pudo ver al instante los problemas que acarreaba tal proximidad, en particular con muchachos que sentían el sabor del poder por primera vez.
    – Tenéis una mentalidad de pandilla.
    Se produjo un breve silencio mientras él lo asimilaba.
    – Supongo que podía ser. Estábamos por encima de la media en inteligencia y todos lo sabíamos. Lo escuchamos muchas veces de nuestro padre así como de otros hombres. Éramos veloces y aprendíamos rápidamente y escuchamos también, mientras eramos entrenados para lo que sería nuestro deber.
    MaryAnn frunció el ceño. Nunca había pensado en Manolito o sus hermanos siendo niños, creciendo en tiempos inciertos.
    – ¿Aun entonces nacían mas hombres que mujeres?.
    Él asintió.
    – El príncipe estaba preocupado y todos lo sabíamos. Morían muchos niños. Las mujeres comenzaron a tener que salir a la superficie para dar a luz, y algunos niños no podían tolerar la tierra en la infancia, otros si. Estaban cambiando las cosas y la tensión aumentaba. Fuimos entrenados como guerreros pero nos dieron tanta educación como fue posible en otras artes. El resentimiento comenzó a crecer en nosotros cuando a otros no tan inteligentes les daban más oportunidades de aprender mientras nosotros teníamos que afilar nuestras habilidades en el campo de batalla.
    – ¿Crees, mirando hacia atrás, que había razones para ese resentimiento?-preguntó.
    Él se encogió de hombros, los músculos en su espalda se ondularon.
    – Tal vez. Si. En ese momento nos lo pareció. Ahora como guerrero y viendo lo que le ha ocurrido a nuestra gente, ciertamente el príncipe nos necesitaba para luchar. Los vampiros crecían en número, y para proteger a nuestra especie así como a las demás, quizás eran más necesarias nuestras habilidades para la lucha que nuestros cerebros.
    Suspiró mientras miraba hacia abajo desde la copa de los árboles.
    – Cuando llegamos aquí por primera vez, tienes que recordar que había muy poca o casi ninguna gente. Estábamos solos. Sólo ocasionalmente probábamos nuestras habilidades contra el enemigo. Cinco de nosotros con nuestras emociones debilitándose y el recuerdo de nuestra gente y nuestra patria diluyéndose junto con los colores a nuestro alrededor. Pensamos que eso era malo. Y entonces comenzamos a enfrentarnos más y más a viejos amigos que se habían convertido. Las vida que habíamos conocido como cárpatos se había acabado.
    MaryAnn se mordisqueó el labio inferior.
    – ¿El príncipe os permitió escoger abandonar las Montañas Cárpatos? ¿O simplemente os envió aqui?.
    – Nos dieron a escoger. Se dijo a todos los guerreros adonde tenían que ir y por qué era necesario. Podríamos habernos quedado, pero el honor nunca hubiera permitido eso. Nuestra familia era considerada como la de más habilidades en la lucha.
    – Pero escogiste -dijo insistente-. Tus habilidades de lucha debían ser necesarias allí también.
    – Considerando lo ocurrido, si -estuvo de acuerdo Manolito.
    Por primera vez saboreó la amargura en su lengua. Estuvieron de acuerdo en marchar cuando el príncipe llamó a sus guerreros más antiguos, pensando, creyendo, que el príncipe conocía el futuro, que sabía lo que era mejor para su gente. Cuando sus filas menguaron y los enemigos llegaron, el príncipe se había aliado con los humanos. Todo se perdió cuando intentaron defender a sus aliados humanos.
    Ahora, siglos después, cuando podía sentir de nuevo, aún estaba enojado por esa decisión, aun en desacuerdo y no entendía como Vlad pudo cometer tal error. ¿Los sentimientos habían invalidado su razón? Si así fuera, ningún de la Cruz cometería tal error.
    – Estás enfadado -dijo sintiendo las ondas de su antagonismo caer sobre ella.
    Se giró para apoyar las caderas contra la barandilla.
    – Si. No tenía idea de que estaba enfadado con él, pero si, lo estoy. Después de cientos de años, aún culpo al príncipe por acudir a una batalla que no podía ganar.
    – Sabes que no fue eso lo que diezmó a tu gente -apuntó ella tan gentilmente como fue posible-. Lo has dicho a tú mismo, con lo joven que eras, mientras crecías, notaste la carencia de mujeres, y los bebés no sobrevivían entonces. Los cambios ya se estaban produciendo.
    – Nadie quiere pensar que su especie está condenada por la naturaleza, o por Dios, a la extinción.
    – ¿Es eso lo que piensas?.
    – No sé que pensar, solo lo que debía haber hecho. Y no habría llevado a nuestra gente a la batalla.
    – ¿Como podría haber sido diferente el resultado?.
    – Vlad todavía estaría vivo-dijo Manolito-. No estaría entre los caídos. No estaríamos abandonados a la deriva con tan pocas mujeres y niños, con tan pocas probabilidades que hacen imposible mantener a nuestra gente viva. Añade a eso nuestros enemigos, y estamos perdidos.
    – Si crees eso, ¿por qué salvaste la vida de Mikhail? Oí hablar de ello, por supuesto. Todos hablaban de lo que hiciste por él en las cuevas cuando le atacaron. Si no crees que sea capaz de liderar al pueblo cárpato, ¿por qué arriesgar tu vida por él? ¿Por qué morir por él? Sobre todo si ya me habías visto y sabías que tenías una compañera. ¿Por qué molestarse?.
    Manolito cruzó los brazos en el pecho y la miró desde su superior altura, con el rostro ceñudo.
    – Era mi deber.
    – Manolito, eso es ridículo. No eres un hombre que siga a ciegas a alguien en quien no cree. Puedes haber dudado de la decisión de tu príncipe, pero creías en él, y debes creer en su hijo o nunca habrías entrado en batalla con él, ni le habrías prometido tu lealtad o dado tu vida por la suya.
    – He hecho mucho mas que cuestionar las decisiones de mi príncipe -dijo.
    Ella vio las sombras recorrer su cara, el destello tormentoso en las profundidades de sus ojos. Ahora estaban llegando a algo. Ahora, le revelaría su más profunda culpa. Sabía lo que iba a decir antes de que lo dijera, porque la mente de él se mezcló profundamente con la suya y pudo ver la culpa allí, el miedo a haber traicionado al príncipe al que admiraba, respetaba profundamente e incluso amaba.
    Él no lo veía así, y eso la fascinó. Él no comprendía cuánto admiraba a Vlad Dubrinsky y cuan disgustado había estado por la última derrota del príncipe y la muerte de este a manos del enemigo. Más importante aún, no comprendía que su cólera era hacia sí mismo, por irse, por decidir luchar en una tierra remota por una gente a la que no le preocupaba para nada los cárpatos.
    – Traicioné a Vlad cada vez que me senté con mis hermanos y cuestione sus juicios y decisiones. Riordan y yo te contamos algo de eso antes, pero fue una versión muy abreviada de nuestras conversaciones. Hicimos un arte de ello. Separando cada orden del príncipe y examinándola desde cada ángulo. Creíamos que debía escucharnos, que nosotros sabíamos más que él.
    – Eras joven, aun inmaduro y todavía capaz de sentir emociones -Sabía todo eso porque sus emociones entonces habían sido muy fuertes. Se había sentido superior, tanto física como intelectualmente, a muchos otros luchadores. Sus hermanos habían sido todos iguales, y disfrutaban de sus debates sobre como servir mejor a sus compatriotas, como dirigir al pueblo cárpato a través de los peligros de cada nuevo siglo-. ¿Había traición en vuestros corazones y mentes cuándo discutíais, o simplemente tratabais de encontrar la forma de mejorar la vida de vuestra gente?
    – Tal vez comenzase de esa manera -empujó ambas manos a través de su cabello-. Sé que vimos claramente el destino de nuestro pueblo cuando muy pocos podían ver el futuro. No necesitamos tener precognición, solo nuestros cerebros, y era irritante que los demás no pudieran ver lo que nosotros veíamos.
    – ¿Escuchaba el príncipe? Debes haber acudido a él.
    – Como cabeza de nuestra familia Zacarías lo hizo. Desde luego, él escucho. Vlad escuchaba a todos. Nos lideraba, pero siempre animaba a los guerreros a hablar en el consejo. Podíamos ser jóvenes, pero nos respetaba.
    MaryAnn observó las crudas emociones acechado en su rostro. Manolito encaraba vampiros y magos con cuchillos envenenados estoicamente y con las facciones pétreas. Aun así, ahora estaba enojado. Su pasado muy cerca de la superficie. Ella quería que entendiera que los recuerdos de su juventud no suponían una traición. Buscó las palabras adecuadas, los sentimientos correctos…
    ¡No! la orden fue aguda y empujó hacia las paredes de su mente.
    – No merezco la calidez que me envías. Tampoco merezco los sentimientos que intentas plantar en mis recuerdos.
    Parpadeó, sobresaltada por que él pudiera pensar que trataba de plantar algo en la mente de alguien.
    – Teníamos un plan, MaryAnn. En nuestra arrogancia y superioridad, en nuestra creencia de que sabíamos más que ningún otro, teníamos un plan no sólo para destruir a la familia Dubrinsky, si no a todos los enemigos de los cárpatos. Los cárpatos gobernarían a todas las especies. Y el plan no sólo era brillante y posible, sino que está siendo utilizado contra nuestro príncipe mientras hablamos.
    Su voz se rompió en la última palabra y dejó caer la cabeza con vergüenza.

Capítulo 14

    MaryAnn respiró varias veces, incapaz de leer en su mente. No sabía si se había apartado ella o él, pero sólo podía mirarle fijamente con incredulidad. Manolito de la Cruz era leal a Mikhail Dubrinsky. Había visto su heroísmo. Podía ver la cicatriz en la garganta que casi le había matado. Hacía falta mucho para matar un Cárpato, pero alguien se las había arreglado para hacerlo mientras él había estado protegiendo al príncipe. No creería ni por un momento que estuviera involucrado en un complot para destruir a la familia Dubrinsky.
    – No entiendo tus pensamientos, Manolito. Mis amigos y yo hablamos de política todo el día y a menudo no estamos de acuerdo con nuestro gobierno, pero eso no significa que seamos traidores a nuestro país o a nuestra gente.
    Encerrada como estaba dentro de una burbuja que impedía que el sonido escapara, MaryAnn no podía oír los pájaros o los insectos. El silencio parecía ensordecedor. Su desdicha era agobiante. Era raro que no pudiera leer su mente pero si sentir sus emociones, tan fuertes y profundas. La vergüenza. La ira. La culpa. Incluso el sentimiento de traición.
    – Cuéntamelo. -Le dio una orden ésta vez. Si era su compañera como él reclamaba, entonces tenía que compartir esto con ella. Lo estaba comiendo vivo, y maravillada empezó a notar, mientras bajaba la mirada hacia sus manos, que en ese momento él estaba más en el reino del otro mundo que con ella.
    Le cogió de la mano y tiró hasta que se sentó a su lado en el lecho de flores.
    – Manolito. Esto te está destruyendo. Tienes que resolverlo.
    – ¿Cómo resuelve uno la traición?.
    Apretó los dedos rodeando los de él.
    – ¿Ideaste un plan para derrocar a tu príncipe?.
    – ¡No! -Su negación fue fuerte e instantánea.
    Y verdadera. Pudo escuchar el halo de honestidad en su voz.
    – Ni mis hermanos ni decididamente yo. Sólo estábamos hablando, quejándonos quizás, debatiendo ciertamente. Pero eso era todo. -Dejó caer la cabeza entre las manos y se frotó las sienes como si le dolieran-. Honestamente no sé cómo empezamos a desarrollar los detalles. No sé cómo ni por qué empezó a ser un verdadero plan para derrocar a nuestro príncipe, pero más tarde, cuando nos enfadábamos, hablábamos de ello como algo real.
    Desde que su hermano Rafael matara a Kirja Malinov había intentado recordar. Todos sus hermanos habían intentado de recordar. Al principio se sentaban en silencio alrededor del fuego para debatir los pros y los contras de todas decisiones que Vlad había tomado.
    – Había sólo otra familia con hijos tan seguidos como nosotros: los Malinov. Cuándo nuestra madre daba a luz, también lo hacía la de ellos. Crecimos juntos, mis hermanos y los Malinov. Jugamos juntos como niños, luchamos juntos como hombres. El vínculo entre nuestras familias era muy cercano. Eramos diferentes a otros Cárpatos. Todos nosotros. Quizá porque habíamos nacido muy seguidos. La mayoría de los niños cárpatos nacen por lo menos con cincuenta años de diferencia. Quizás haya una razón para ello.
    – ¿Diferentes de qué forma?
    Sacudió la cabeza.
    – Más oscuros. Más rápidos. Más fuertes. La habilidad de aprender a matar nos llegó demasiado rápido, mucho antes de que abandonáramos nuestra infancia normal. Éramos rebeldes. -Suspiró y se inclinó para frotar el mentón contra la riqueza de su cabello, necesitando sentir su cercanía-. Los hermanos Malinov tuvieron suerte. Hubo un hermoso bebé, una niña, que nació en su familia unos cincuenta años después de Maxim, el menor de los chicos. Desgraciadamente, su madre no sobrevivió mucho tiempo al nacimiento y su padre la siguió al próximo mundo. Nosotros diez nos convertimos en sus padres.
    Sintió la pena en él, pena que no había disminuido a través de los siglos a pesar del transcurso de los años en los que no había podido sentir emociones. Estaba todavía allí, carcomiéndolo, oprimiéndole el pecho, revolviendo sus intestinos, estrangulándole hasta que apenas podía respirar. MaryAnn vio a una niña, alta, con brillante cabello negro, liso y espeso, cayendo fluidamente como agua hacia una pequeña cintura. Los ojos inmensos y brillantes, esmeraldas brillando en una cara dulce. Una boca hecha para reír, nobleza en cada línea de su cuerpo.
    – Ivory. -Manolito susurró su nombre-. Era tan nuestra como suya. Era brillante y feliz y lo aprendía todo tan rápido. Podía luchar como un guerrero, aunque usaba el cerebro. No había un estudiante que pudiera superarla.
    – ¿Qué le sucedió? -Porque eso, a fin de cuentas, era lo que había llevado a la amargura que a menudo sentía en los confusos sentimientos de Manolito hacia su príncipe.
    – Quería ir a la escuela de magos. Indudablemente estaba cualificada. Era lo suficientemente brillante y podría urdir hechizos que pocos lograban romper. Pero nosotros, todos nosotros, sus hermanos y los míos, no le permitíamos ir sin acompañante a ningún sitio. Era joven y se había criado bajo el yugo de diez hermanos que le decían qué hacer. Eso no nos importaba; queríamos verla a salvo. Deberíamos haberla mantenido a salvo. Era una belleza por la que luchábamos y que nos esforzábamos por proteger. Su risa era tan contagiosa que aún los cazadores que hacía mucho habían perdido sus emociones tenían que sonreír cuando ella estaba cerca.
    Se presionó la mano de MaryAnn contra el corazón tan fuerte que pudo sentirlo golpear contra su palma.
    – Le prohibimos ir a la escuela y estudiar con los magos hasta que pudiéramos ir con ella y protegerla. Todos conocían nuestros deseos y nunca debieron haber intervenido. Pero, mientras estábamos lejos en una batalla, ella elevó su súplica al príncipe.
    Un estremecimiento atravesó el cuerpo de él. En realidad meció su cuerpo sólo una vez para reconfortarse, pero MaryAnn lo sintió y supo que el escozor de la pena era más profundo que lo peor que ella pudiera concebir. El tiempo ciertamente no había curado la herida. Se preguntó si la pérdida de emociones todos esos años había mantenido el dolor fresco, para que cuando los hombres pudieran sentirlas otra vez, incluso las pasadas emociones estuvieran incrementadas e intensamente vivas para ellos.
    – El príncipe no tenía derecho a usurpar nuestra autoridad, pero lo hizo. Aún sabiendo que lo habíamos prohibido, le dijo que podía ir. -Su voz decayó hasta un murmullo, y apretó más la mano contra el pecho, como si aliviara el terrible dolor que sentía ahí.
    – ¿Por qué haría algo así?.
    – Creemos que su hijo mayor, al que no nombraremos, ya mostraba signos de su enfermedad. La familia Dubrinsky tiene capacidad para esgrimir un gran poder, pero ello conlleva la necesidad de controlar un poder tan vasto. La locura reina si no lo hace la disciplina. El hijo mayor de Vlad había estado observando a Ivory, aunque no era su compañero. Lo hubiéramos matado si la hubiera tocado. La tensión llegaba a ser palpable cada vez que él regresaba a nuestra aldea. Yo mismo esgrimí la espada en dos ocasiones cuando la arrinconó cerca del mercado. Estaba estrictamente prohibido tocar a una mujer que no fuera tu compañera, pero no había duda de qué era lo que tenía en mente hacer, en cuanto tuviera la oportunidad.
    – Creía que los hombres de los cárpatos no miraban a más mujer que a su compañera.
    – Cuándo son jóvenes, algunos lo hacen, y hay una enfermedad en otros, una necesidad de poder sobre el otro sexo, que los corrompe. Es un tipo de la locura que a menudo afecta a los más poderosos. Nuestra especie no está libre de anomalías, MaryAnn.
    – ¿Por qué no se le detuvo?.
    – No creo que muchos quisieran creer que el hijo del príncipe podía llevar la enfermedad en sus venas, pero nosotros lo supimos. Zacarias, mi hermano mayor, y Ruslan, el mayor de los Malinov, fueron a ver a Vlad y le hablaron del peligro que corría Ivory. El príncipe mandó a su hijo lejos, y tuvimos paz durante un tiempo. El hijo de Vlad iba a volver, y cuando Ivory pidió permiso para asistir a la escuela, para Vlad fue una manera sencilla de deshacerse de un problema inmediato. Pensó que sin ella allí, su hijo estaría bien.
    Se pasó una mano por el cabello.
    – En realidad tenía otras razones. Vlad debería haber asumido la enfermedad de su hijo y haber dado orden de matarlo. Sin Ivory allí, tenía más tiempo para estudiar el problema y dar quizás con una solución diferente.
    – Así que permitió que ella se fuera.
    – Si. La envió lejos sin ninguno de nosotros para protegerla. Desdeñó mandarnos un recado además, ya que sabía que habríamos vuelto inmediatamente.
    Ella se movió, rodeándole con sus brazos para acercarlo.
    – ¿Qué ocurrió?.
    Por un momento él dejó caer la cabeza sobre su hombro, arrimando la cara contra el calor de su piel. Estaba frío y no parecía poder conseguir calor. Con un pequeño suspiro de resignación, se forzó a levantar la cabeza, se forzó a mirarla a los ojos.
    – Eres mi compañera. El destino decretó lo que hay entre nosotros. Soy muchas cosas, MaryAnn, y me conozco bien. No te dejaré marchar. Tendrás que aprender a vivir con mis pecados, y debo confesarte el peor de todos.
    Ella mantuvo su mirada, leyendo más pena que traición. Su amor hacia Ivory había sido fuerte, como el del resto de los miembros, sospechaba, de ambas familias. Con tan pocas mujeres, hombres tan fuertes y protectores debían haber sentido que era su deber y su placer proteger y servir a esa niñita. Fallar debía haber sido intolerable.
    – Cuándo nos llegó mensaje de que un vampiro la había atacado y matado todos quedamos devastados. Peor, nos invadió una furia asesina. Ruslan y Zacarias por primera vez no tuvieron las cabezas frías que siempre habían tenido. Querían matar el príncipe. Todos lo queríamos. Le culpabamos por revocar nuestras órdenes y acabar causando la muerte de Ivory. -Manolito sacudió lentamente la cabeza-. Ni siquiera pudimos encontrar su cuerpo para tratar de recuperarla del mundo de las sombras, aunque todos y cada uno de nosotros la hubiéramos seguido con gusto para intentarlo.
    El corazón de MaryAnn saltó. El mundo de las sombras, tierra de nieblas, el lugar donde los cárpatos iban tras su muerte. Al que Manolito estaba parcialmente unido.
    – ¿Cómo podéis seguir a alguien a un lugar así?.
    Su mirada vaciló.
    – Los rumores dicen que sólo los más grandes guerreros o sanadores intentan esa proeza, o un enamorado, un compañero, pero cualquiera de nosotros hubiera ido con gusto. Y obviamente puede hacerse. Gregori lo hizo y después lo hiciste tú.
    Ella no se había dado cuenta de lo que hacía al entrar en ese otro mundo. A veces todavía no quería creer que fuera real.
    – No sabía lo que hacía.
    – Aparentemente es peligroso para cualquiera que no esté muerto todavía.
    Ella le dedicó una pequeña y reacia sonrisa.
    – Quizá estuvo bien que no lo supiera. Pero ninguno de vosotros pudo seguir su rastro, porque no teníais su cuerpo.
    – Si el espíritu abandona el cuerpo, éste debe ser protegido hasta que el espíritu vuelva y entre; de otro modo nuestros enemigos nos pueden atrapar en el otro mundo para siempre. -Se encogió de hombros-. Basta con decir que sólo los muertos van allí. El motivo debe ser muy importante para que una persona viva lo intente.
    – Eso es lo que Gregori y tus hermanos hicieron, entonces. Te siguieron a la tierra de las nieblas y las sombras y trajeron de vuelta tu espíritu -reiteró MaryAnn, intentando entender. Él estaba todavía parcialmente allí. Si así era, tenía que encontrar una forma de traerlo completamente a éste mundo de nuevo. Eso estaba mucho más allá de su experiencia.
    – Si, pero no tuvimos esa oportunidad con Ivory. La perdimos para siempre, y empezamos a cuestionarnos seriamente el juicio de Vlad Dubrinsky. No tenía derecho a interferir en asuntos de familia. No tenía sentido para nosotros. Si su hijo estaba loco y no hacía nada, ¿era posible que la locura estuviera presente también en él? Cuanto más discutíamos lo que había hecho, más fuerte se volvía nuestra furia. Empezamos a pensar en formas de acabar con su gobierno. Una cosa llevó a otra. Nos dimos cuenta de que otras especies que eran nuestras aliadas lucharían con Dubrinsky para mantenerlo como dirigente, y la gente de los cárpatos se dividiría, así que planeamos cómo deshacernos de todos los demás. Los hombres-jaguar no estaban nunca con sus mujeres. Las mujeres ya estaban uniéndose con humanos y escogiendo permanecer en esa forma. No sería difícil volver a las mujeres que quedaban contra sus hombres y enfatizar la brutalidad de su forma animal.
    – Que es lo que finalmente sucedió.
    Él asintió.
    – Es peor, MaryAnn, no hay esperanza de salvar la raza jaguar. Aunque diez parejas sobrevivieran, son muy pocos para salvarlos.
    – La evolución puede haber jugado mayor papel de lo que crees. Porque hablaste de un plan, uno que, por cierto, fue tramado racionalmente observando lo que ya sucedía, eso no significa que seas responsable de la destrucción de la especie. No eres un dios.
    – No, pero no hicimos nada para ayudar al jaguar a ver su propia destrucción. Los dejamos solos, y mientras lo hacíamos, los hermanos Malinov aplicaron el plan y ayudaron a empujar a los jaguares a su propia extinción. Si han hecho eso, ¿qué otras partes del plan han puesto en marcha?.
    MaryAnn esperó, viendo como las sombras atravesaban su cara, viendo como doblaba los dedos como si le dolieran. Había una nueva nota en su voz, el suave retumbar de un gruñido, tan sexy como su hipnótica voz aterciopelada, quizá incluso más. Las notas jugaron sobre su piel, poniéndola nerviosa.
    – Los humanos temen a los cárpatos porque temen a los vampiros; las leyendas salieron de algún sitio. Los cuchicheos y los rumores de matanzas y el odio y el temor crecieron hasta que los cárpatos no volvieron a ser nunca más aliados de los humanos. Ahora somos cazados y asesinados. Y con el hombrelobo, el único aliado que conocíamos con poder para detenernos, sería bastante fácil hacer lo mismo, abrir una brecha entre las especies, dividir y conquistar. Los hombreslobo eran evasivos de todos modos, y llevándolos a la clandestinidad o erradicándolos secretamente en matanzas organizadas menguaríamos lentamente su población. Finalmente alguien tendría que dar un paso en la base del poder para aclarar el lío.
    MaryAnn se echó hacia atrás, su respiración se hizo áspera y entrecortada.
    – No hicisteis esas cosas, ¿verdad? -El aroma masculino estaba en sus pulmones, rodeándola en cada respiración que tomaba. Quizá fuera la barrera de sonido que él había erigido, pero no podía evitar la excitación de tener su aroma en el cuerpo, ni la forma en que sus músculos se tensaban y su sangre cantaba apenas se acercaba a él.
    Quería reaccionar con la objetividad de un consejero. Era su segunda naturaleza, pero algo más, algo salvaje, estaba creciendo haciendo que observara la subida y bajada de su pecho, el leve cambio en su expresión por las arrugas alrededor de sus ojos, la forma de su boca cincelada y deseaba… no, necesitaba… ofrecerle consuelo sin palabras.
    – No, por supuesto que no. Sabíamos que lo que estábamos haciendo estaba mal. Cuándo la pena decayó y pudimos razonar, supimos que no era más culpa de Vlad que nuestra que estuviera muerta. Dejamos de hablar de ello y nos lanzamos a la caza del no-muerto. Llegamos a ser demonios, hasta tal punto que todos perdimos nuestras emociones mucho más rápido de lo que debiéramos. Hicimos un pacto para protegernos los unos a los otros, para compartir lo que podíamos de nuestros recuerdos de cariño y honor, y así lo hemos hecho. Cuando nuestro príncipe hizo un llamamiento para viajar a otras tierras, respondimos. Los Malinov hicieron lo mismo. Fuimos enviados aquí, a Sudamérica, y ellos fueron enviados a Asia.
    MaryAnn se inclinó acercándose a fin de inhalar más de él, prestándole todo el tiempo su calidez tranquilizadora y tratando de sofocar la creciente marea de deseo. ¿Qué era tan diferente en él? ¿Su confesión de perversidad? ¿La había hecho simpatizar más con él? ¿O el hecho de que todavía llorara por la pérdida de su pequeña… hermana…?.
    Había estado enfadada con él por introducirla en su vida sin su consentimiento, por quitarle sus opciones, y por no entender la enormidad de lo que había hecho, pero no podía evitar la fuerza de su emoción por él al ver que intentaba hacerla comprender. Confiarle su mayor vergüenza. Y sabía que era eso lo que él le estaba dando.
    Cuando Manolito extendió la mano para apartar un mechón de cabello de su cara, sus dedos acariciando la sensible piel, y ella se estremeció.
    – Los hermanos Malinov vinieron a vernos antes de marcharnos y quisieron hablar. -Su voz enronqueció, y el sonido arañó las sensibles terminaciones nerviosas, una seducción que no había creído posible. Él inclinó la cabeza, apartándole el cabello del hombro, y su lengua le tocó el pulso-. Querían que repudiáramos al príncipe.
    Diminutas llamas bailaron por su cuello y garganta, bajaron hacia sus senos. Sus pezones se pusieron duros bajo la delgada camisa, y su cuerpo se sentía suave y flexible y tan dolorido que hacía que quisiera enterrarse en él.
    – Pero no lo hicisteis. -Era positiva. Sabía que él respetaba a Vlad Dubrinsky a pesar de la terrible tragedia.
    – No, no lo hicimos. No podíamos. -Su voz contenía una absoluta convicción-. Y en ese momento, tampoco podían los Malinov. Le habían jurado lealtad.
    Y le amaba por eso. Por distinguir el bien del mal. Por tener esa fuerte lealtad a pesar de querer tanto a los hermanos Malinov. Habían sido su familia, aún así había sabido, al igual que todos sus hermanos, que traicionar al príncipe era traicionar a su gente.
    – No, por supuesto no hubierais podido. -Deslizó la mano arriba y abajo por su brazo, sintiendo la definición de sus músculos bajo la palma. Tan duros. Cerró los ojos brevemente, deseando sentirle piel con piel. Quería seducirle, tenerle en el interior de su cuerpo y llenar el vacío que sentía dentro de él.
    Sus ojos se animaron con turbulencia tan tempestuosa que su corazón saltó. Sus oscuros iris negros resplandecieron en ámbar… casi dorados, robándole el aliento. Esa ferocidad, esa parte de ella que nunca había querido reconocer, latió con fuerza y de forma atrevida en reconocimiento, y se inclinó para acercarse antes de poder pensar, antes de poder detenerse, rozando su boca con la suya, respirando por él, tomando la adrenalina en su propio cuerpo. Tomando su necesidad. Tomando sus deseos. Tomándolo.
    Él le devolvió el beso, deslizando la lengua en la sedosa calidez de su boca. Cada terminación nerviosa volvió a la vida. Cualquier furia que todavía sintiera contra su príncipe, contra él mismo o incluso contra los Malinov desapareció, dejando su sangre latiendo por ella.
    Sus brazos la rodearon, y la empujó incluso más cerca, cuerpo con cuerpo, su boca en la de ella, el pulso atronando en sus oídos. Estaban unidos, mente con mente, y MaryAnn sintió el repentino cambio en él, como cada célula la reconocía, la deseaba, la necesitaba. Los dientes de él tiraron de su labio, mordisqueando, incordiando y demandando. El calor estalló, ahuyentando el frío de su piel, apartando las sombras y la pena de los viejos recuerdos hasta que sólo quedó esto… el sentimiento último. Gloria absoluta.
    – Quiero sentir tu piel contra la mía -susurró él. Su mano se estaba deslizado ya hacia arriba por su pierna, por su pantorrilla, subiendo por su muslo, hacia su interior donde se sentía dolorida, le anhelaba y le necesitaba. Dónde le ofrecía refugio y asilo. Movió los nudillos en pequeños círculos contra su húmedo centro mientras su boca consumía la de ella.
    Alrededor de él, el mundo palideció. Ambos mundos. Las sombras retrocedieron hasta que sólo quedó el lecho de flores y el perfume del hombre y la mujer que se llamaban el uno al otro. Extendió ambas manos para sujetarla entre sus brazos, abrazándola contra él, acunando con una mano la parte trasera de su cabeza mientras la bajaba hacia la cuna de enredaderas. No fue salvaje ésta vez, no quería serlo. La tomó con mucho cuidado, lento y suave, deseando probar cada pulgada de ella, deseando llevarlos a ambos en un viaje sedoso de pura sensación.
    MaryAnn extendió una mano para echarle hacia atrás la cascada de sedoso cabello, tan largo y lujurioso, espeso, más denso incluso de lo que recordaba. Su cabello había sido hermoso, pero ahora, quizá porque cada sensación le parecía mucho más, parecía más largo, un manto denso por el que quería pasar la mano y acariciar y en el que quería enterrar la cara. Más que nada, quería aliviarlo, hacerle sentirse completo y vivo y mucho mejor.
    Moldeó con la mano la forma de la nuca del él y alzó su boca hacia la suya. El beso de él igualó el perezoso y lento movimiento de sus manos mientras se deslizaban bajo su camisa hacia la cima de sus senos. Sus pulgares incordiaron y revolotearon, con el mismo ritmo lánguido, creando precisas llamas que irradiaban de sus senos hacia el vientre para fundirse en una piscina de líquido fundido entre las piernas. Su cuerpo estuvo al instante resbaladizo, caliente y ya ansioso por el suyo.
    Adoraba su boca. La sensación y la forma. El modo en que era tan caliente y dominante. No importaba lo gentil que empezara, en unos instantes su boca tomaba el control de la de ella, narcotizándola con besos, enviando llamas que la hacían girar en un vórtice de necesidad. Las manos de él se deslizaban por su piel, dejándola contorsionándose por más, tan gentil, tan paciente, que la sobresaltó cuando de repente le desgarró la blusa para abrirla, enviando botones dispersos en todas direcciones, bajando la cabeza y cubriendo sus senos con su boca caliente y codiciosa.
    Se arqueó hacia él, aferrando su cabeza, acariciando su cabello, susurrándole ánimos, pidiendo más.
    Manolito levantó la cabeza para bajar la mirada hacia ella. Era tan hermosa, ofreciéndose a él para hacer el pasado mucho más fácil. Si alguien podía hacerlo, esa era ella. Estaba excitado más allá de lo que jamás hubiera creído posible. Tanto si ella lo sabía como si no, estaba en su mente, aumentando sus necesidades, mostrándole su ansia por complacerlo de todas las formas en que él quisiera… ó necesitara. Ella era su propio campo de juegos personal, pero esta vez, su lujuria estaba envuelta en amor. Lo sabía categóricamente. No había forma de no adorarla cuando le daba todo sin reservas, cuando tenía valor para entregar su cuerpo a un hombre tan dominante como él.
    Apartó la falda de su cuerpo, se deshizo de sus ropas demasiado pesadas y arrodillado sobre ella, bajó la mirada a sus senos plenos y maduros. Sus pezones estaban duros y ansiosos. Sus piernas estaban ligeramente abiertas, dejando ver la resbaladiza y mojada invitación de su cuerpo llamándole. Con un pequeño gruñido que retumbó en el fondo de su garganta, bajó la cabeza una vez más hacia ella. Abrió la boca para él, aceptando el duro empuje de su lengua. Los dientes tiraron de su labio inferior, mordiendo el suave arco mientras la lengua provocaba y se abría paso. Bajo él, su piel se calentó en una lisa y sensibilizada seda, de forma que cada vez que deslizaba su cuerpo sobre el suyo, ella se estremecía y temblaba con ansia.
    Le aferró los hombros con las manos, clavando las uñasen su carne, intentando sostenerse, mientras él profundizaba los besos, rudo ahora, exigente, haciendo cada uno más caliente y más adictivo que el último. Estaba ahogándose, sin posibilidad de sobrevivir, esas manos duras y calientes en su cuerpo, esa lengua capturando la suya una y otra vez, arrastrándola hacia su propia boca, sus labios tomando el control como lo hacían sus manos.
    Las palmas de esas manos se deslizaron de forma posesiva sobre sus senos, los dedos tiraron de sus pezones. Flechas de fuego bajaron hacia su vientre y la recorrieron entre los muslos. Gimió suavemente, el sonido vibró bajando por su espina dorsal y le rodeó la ingle para atravesar la erección de él, que metió la rodilla entre sus muslos, abriéndola aún más a él.
    Encendió un rastro de fuego desde sus labios a su cuello, hasta el pulso que golpeaba allí frenéticamente. Los dientes pellizcaron y la lengua se arremolinó mientras escuchaba la agitación de su sangre latiendo en sus venas por él. Era música… una música completa, que hacía que su propia sangre se agitara en respuesta. Sólo MaryAnn podía hacer esto por él… calmar a cada demonio, elevar su alma, traer poesía a su vida en medio de la cruda realidad.
    Ella comenzó a cabalgar su muslo con un pequeño grito de impotencia, luchando por aplacar la creciente necesidad. Podía sentir la acumulación de seductora humedad contra su piel desnuda donde ella se frotaba agitadamente, y se sentía tan sensual que apenas pudo mantener el control.
    Le lamió su pezón con un golpe rápido y duro, y ella saltó bajo él, ya tan sensibilizada que cuando le cubrió el pecho, arrastrando la carne cremosa al calor ardiente de su boca, arqueó el cuerpo más completamente hacia él, sus gritos conduciéndole más lejos aún en un frenesí de deseo.
    Su corazón sonaba ruidoso, palpitando a un ritmo que igualaba el de él. Él bajó por su cuerpo, deslizándose sobre la superficie sedosa hasta que pudo sujetarla con los brazos rodeándole los muslos y la levantó hacia su codiciosa boca. Se había despertado anhelando su sabor, casi mayor que su hambre de sangre. Cubrió su intrigante y pequeña abertura con la boca, su lengua revoloteó y acarició el clítoris. Su primera liberación fue rápida y dura, sus músculos se tensaron hasta que las sensibles terminaciones nerviosas estuvieron ardiendo, pero no se detuvo.
    MaryAnn intentó apartarse de él, pero su fuerza era demasiada. Todo lo que pudo hacer fue agitarse salvajemente bajo él en un esfuerzo por escapar de su traviesa boca, lo cual sólo le incitó más.
    Eso es, sivamet arde por mí. Estalla en llamas. Grita. Se completamente mía.
    Su voz era un áspero susurro en su mente. Su boca se amamantó mientras su lengua la asaltaba. Era demasiado, demasiado rápido, su cuerpo estaba demasiado sensible.
    No puedo. Vas a matarme. Quizás no matarla, pero ciertamente iba a destruir todo lo que ella había sido, convirtiéndola en alguien distinto, alguien altamente sexual, alguien que necesitaría sus manos y su boca durante toda la eternidad. Era atemorizante estar fuera de control, que su cuerpo tomara el mando, tener sensaciones interminables erigiéndose inexorablemente. El segundo clímax la recorrió, y gritó su nombre, una súplica, bien para que parara o bien para que siguiera, honestamente no lo sabía.
    No, ainaak enyem, te estoy amando de la única manera que sé. Te lo estoy dando todo y estoy tomando todo lo que tú eres.
    Él oyó los gruñidos de placer retumbando en su garganta, comprendió que el sonido vibraba a través de la suave vaina, así como vibraba a través de él. El útero se contrajo. Intensificó su agarre y tomó más, exigió más. Esta vez empujó la lengua de forma dura y rápida, apretando contra su ultrasensible punto mientras arrastraba la dulce miel de su cuerpo, la lujuria y el amor lo absorbían de forma tan completa que se estremeció con ellos. Su boca saqueadora la lanzó a un tercer orgasmo. Ella dejó escapar un agudo gemido.
    Manolito, por favor. Por favor, por favor haz algo. Cualquier cosa.
    Se alzó sobre ella, sus rasgos endurecidos por la lujuria, sus ojos llenos de amor. La combinación casi la deshizo. El corazón pareció detenérsele por un momento, después comenzó a golpear tan duramente que el pecho le dolió. Él le levantó las caderas otra vez, arrastrándola sobre el grueso lecho de flores hasta que pudo descansar las piernas sobre sus anchos hombros, con la cabeza pulsante de su pene alojada en su entrada.
    Contuvo la respiración, todo dentro de ella concentrado completamente en ése ardiente lugar. El nudo de nervios latió de antemano. Él avanzó, su gruesa longitud impulsándose a través de los músculos apretados y sedosos ya tan inflamados e hinchados que la fricción la arrastró a una culminación incluso más dura que parecía no tener fin. Él se enterró completamente, sintiendo que las paredes de terciopelo se contraían y lo apretaban, las ondulantes sensaciones eran tan fuertes que gimió por la necesidad de controlarse.
    No había nada. No podía haber nada. El aroma y la sensación de su vaina apretada rodeándole, ordeñándole, llevándole más allá de toda cordura, y él hundiéndose en ella una y otra vez, introduciéndose con largas estocadas, permitiendo que las abrasadoras sensaciones le tomaran completamente.
    Manolito. Había miedo en su voz. En su mente. Ella se aferró a sus hombros, las uñas se clavaron profundamente, la cabeza le osciló hacia adelante y hacia atrás mientras levantaba las caderas para enfrentarse a su sensual asalto.
    Estás a salvo, sivamet. Te tengo a salvo. Relájate para mí. Déjame llevarte hasta las nubes conmigo.
    Apretó los dientes, tratando de aguantar cuando cada parte de él quería dejarse ir, estallar completamente en otra dimensión. No había más vergüenza ni dolor ni otros mundos rodeándole o en su interior. Sólo estaba MaryAnn, su otra mitad, y el santuario de placer que ella proporcionaba.
    Vamos, päläfertül. Vuela conmigo.
    MaryAnn lo sintió entonces, en su mente, compartiendo el placer de su cuerpo, compartiendo su propio placer, de forma que sus mentes realzaran la experiencia aún más. Cada profundo golpe mandaba electrizantes ondas que los atravesaban, a ella, a él. Cada profundo empuje enviaba relámpagos que los recorrían. El sudor brillaba en sus pieles mientras llegaban juntos, cada uno queriendo el máximo placer para el otro.
    Hundió su pene profundamente, con fuerza, en la pulsante y sedosa vaina. Ella le estrangulaba, los músculos apretados e hinchados por los múltiples orgasmos enviaban un fuego que atravesaba su cuerpo como un rayo. Increíblemente, sintió su erección crecer, inmovilizándose en mientras sus pelotas se alzaban y la semilla caliente era lanzada a chorros hacia sus profundidades. Pulsación tras pulsación mientras su cuerpo se estremecía con el poder de la erupción, el placer consumiéndole, sacudiéndole.
    Bajo él, ella gritó, su liberación la desgarraba, sus ojos se volvieron vidriosos, su cara se tensó a causa del shock, el orgasmo fue casi demasiado intenso para soportarlo. Las hojas sobre su cabeza brillaban como estrellas de plata, y los límites de su visión se estrecharon hasta que sólo pudo verle a él. Sus hombros y pecho bloquearon todo el mundo que los rodeaba mientras él comenzó a inclinarse hacia delante con lentitud infinita.
    Manolito permitió que sus colmillos se alargaran. Su cuerpo todavía estaba duro, todavía estaba atrapado en el de ella. El movimiento de su cuerpo presionó la larga dureza contra su punto más sensible. Ella tembló. Permitió que ella viera lo que se avecinaba a continuación, queriendo que supiera lo que iba a hacer.
    – Quédate quieta -murmuró cuando sintió su temblor, cuando vio sus ojos abrirse con lo que debía ser miedo-. Nunca te haría daño, MaryAnn.
    Sus dientes se hundieron profundamente justo en el mismo lugar en el que él había marcado la hinchazón de su pecho. Ella gritó mientras el dolor cedía convirtiéndose en erotismo. Su cuerpo latía y se humedecía rodeándole, apretándole con un ritmo exquisito. Le envolvió con sus brazos mientras él tomaba su sangre, manteniendo su cabeza contra ella, dándole todo lo que era.
    Cuándo finalmente pasó la lengua por el punto, cerrando la herida, la besó suavemente. Extrañamente, sintió el deseo de morderla otra vez, hundir los dientes en el hueco del hombro y envolverse en el sabor dulce del líquido de la vida. Resistiendo, se retiró lentamente de ella, saboreando la sensación de su vaina dejándole ir de mala gana. Se dio la vuelta, colocándola sobre él para que ella yaciera estirada encima como una manta.
    Yacía bajo ella, sintiendo la impresión del cuerpo femenino sobre el suyo, los montículos suaves de sus senos, los pezones presionando contra su pecho. Ella era suave y húmeda carne, plácida como la seda con sus curvas exuberantes. Podía sentir su corazón latiendo, sentir el calor entre sus piernas, escuchar el sonido de su sangre precipitándose ardientemente por las venas. Los dedos enterrados en su cabello. Era perfecta. El momento era perfecto.
    – Soñé contigo anoche -murmuró ella, levantando la cara para acariciarle la garganta con la nariz. Su lengua jugueteó sobre el pulso, los dientes le pellizcaron la piel-. Soñé con tu cuerpo dentro del mío y yo gritaba tu nombre. Fue un hermoso sueño durante un rato. -Le lamió otra vez la piel, su lengua se demoró en ese pequeño lugar-. Pero entonces llegaron los lobos… -Su voz se apagó y le besó en la garganta, apretando los labios sobre ese lugar, queriendo más, mucho más, hambrienta de su sabor. La mandíbula le dolía por la necesidad, sintió los dientes más largos y más puntiagudos cuando deslizó la lengua por las puntas. Le acarició el hombro con la nariz, mordisqueándole otra vez.
    Bajo ella, Manolito se quedó inmóvil. Sus manos le rodearon los brazos como grilletes, y la separó de él de un tirón. Los negros ojos contenían tal peligro, tal amenaza, que ella se giró, buscando entre las copas de los árboles una razón. Su quietud hizo que volviera la atención hacia él.
    – ¿Qué?.
    Muy lentamente la apartó y se incorporó, pasándose las manos por la riqueza de su cabello negro. Su mirada volvió a ella, fría, dura y absolutamente amenazadora. Su mente se había apartado de la de ella, dejándola temblorosa, restregándose las manos arriba y abajo por los brazos.
    – Manolito, ¿qué pasa?.
    – Soñé contigo anoche -dijo él suavemente en un tono que le puso la carne de gallina-. Soñé con mi cuerpo enterrado profundamente en el tuyo, con las cosas que te hacía y contigo gritando mi nombre con placer. Y entonces llegaron los lobos… -Tal y como le había pasado a ella, su voz decayó.
    Ella se incorporó como él había hecho, levantó las rodillas, deseando poder ponerse la ropa tan fácilmente como él estaba haciendo ahora.
    – ¿Compartir un sueño te molesta? ¿Por qué? ¿No crees que pueda suceder, especialmente si estamos tan conectados?.
    – Los Cárpatos no sueñan. -Se recogió el cabello hacia atrás y lo sujetó con una tira de cuero-. Dormimos el sueño de los muertos. Nuestros corazones y pulmones se detienen para rejuvenecer. Nuestros cerebros hacen lo mismo. No podemos soñar.
    No estaba segura de lo que él decía, pero la boca se le secó y su corazón empezó un ritmo más duro y más rápido.
    – Seguramente lo soñaste cuando te estabas despertando, o cuando te ibas a dormir.
    – ¿Cómo explicas mi tolerancia al sol? He sido incapaz de caminar bajo la luz de la mañana desde hace siglos. Incluso con nubes y graves tormentas, el sol hería mis ojos, y mi cuerpo se volvía de plomo. Sin embargo, permanecí contigo hasta casi mediodía. Explícamelo. -Su voz era baja y dura, fustigándola con alguna acusación tácita-. Emergí cuando había sol y aún así mi piel no ardió ni se ampolló.
    – ¿Cómo puedo yo explicar algo así? Sé poco de cárpatos y compañeras. Quizás una vez tienes a tu compañera, todo eso se restaura. -Cogió su blusa y se la puso-. Arruinaste los botones.
    Impaciente, él ondeó la mano, y ella se encontró, no en sus propias ropas, sino con una camiseta de algodón y vaqueros. Vaqueros. No el vestido que le había pedido que llevara para él, sino los pantalones que no le gustaban. Se tragó el miedo, intentando no llorar mientras empezaba a trenzarse la larga y gruesa melena, necesitando hacer algo para escapar de su fría mirada. Acaban de compartir algo que pocos, si acaso alguien, experimentaría jamás en la vida, y ahora él la rechazaba, la apartaba. Se sentía como si le hubiera dado un bofetón.
    – Ibas a morderme -dijo él-. Lo vi en tu mente.
    Se apartó de él hasta que su espalda estuvo contra la barandilla.
    – ¿Y qué? Quería hacerlo, si. Pero entonces vi que tú pretendías lo mismo. Ibas a tomar mi sangre y querías que yo tomara la tuya. Querías llevarme completamente a tu mundo, y no ibas a preguntarme. Ibas a tomar la decisión sin mi consentimiento.
    – Eres mi compañera. No necesito tu consentimiento. -Había una emoción oscura parpadeando en sus ojos. Pequeñas luces ámbar comenzaron a brillar en el puro negro obsidiana.
    La furia la recorrió.
    – ¿Sabes qué? Yo no necesito tu consentimiento para irme, y voy a volver a la casa-Se levantó, y sus manos aferraron la barandilla cuando él se levantó también. Se irguió sobre ella, pareciendo un depredador en cada pulgada.
    – De hecho, necesitas mi permiso. Y te quedarás aquí y escucharás lo que tengo que decir. Quiero saber la verdad, MaryAnn.
    Entrecerró la mirada hacia él.
    – No reconocerías la verdad ni aunque te mordiera el trasero.
    – Me mordiste. Y tomé tu sangre en varias ocasiones.
    Ladeó la cabeza.
    – ¿Y eso es culpa mía? Yo no te lo pedí. De hecho ni siquiera me enteré la primera vez que lo hiciste.
    – ¿Qué eres?.
    – Una mujer muy cabreada.
    Él dio un paso, acercándose más a ella, tan cerca que podía sentirse el calor de su ira.
    – Eres una mujerlobo. Y estás infectándome con tu sangre.

Capítulo 15

    MaryAnn le miró fijamente durante varios largos segundos, y después comenzó a reír.
    – Estás totalmente loco.
    Manolito no parecía divertido en lo más mínimo. Por el contrario, su expresión se endureció aun más.
    – No estoy loco. Huelo al lobo en ti, y si fueras honesta contigo misma, podrías olerlo también sobre mí.
    Ella negó con la cabeza, pero su risa se desvaneció.
    – Esto es demencial. Sé que los cárpatos son cambiaformas. Yo no lo soy. He vivido toda mi vida como ser humano. Mis padres no son hombreslobos. Dudo que tal cosa exista.
    – ¿Por qué esa duda cuándo has visto transformase a hombres-jaguar y a vampiros? ¿Si reconoces la existencia de la raza de los cárpatos? ¿Por qué tienes problemas para aceptar a los hombreslobo?.
    El sudor perlaba la frente de Manolito. Advirtió que los Cárpatos sudaban sangre. Él se limpió las sienes.
    – ¿Entonces dónde están? ¿Y si realmente existen, y soy una de ellos, por qué no me reconociste antes? -Ese asunto de sudar sangre era ahggg, y ya no se estaba convirtiendo en cárpato. ¡Le gustaría mucho más ser una loba!.
    – Porque no he visto u oído hablar de los licántropos desde hace siglos.
    Ella se colocó las manos en las caderas.
    – Déjame que deje las cosas clara. Estabas totalmente enamorado de mí y dispuesto a convertirme en cárpato cuando creías que era humana, pero ahora es diferente porque yo podría convertirte a ti en alguna otra cosa. -Alzó la barbilla otra pulgada, retándolo-. ¿Quieres decir que está perfectamente bien que te entregue quién y qué soy, pero es diferente para ti?.
    Él la miró ceñudo.
    – Nací para ser cárpato. Eso es quién soy y qué soy.
    Presionándose una mano contra el estómago, abatida, dijo:
    – Tú, hipócrita macho chauvinista, estúpido e idiota Neanderthal. Debí estar loca para creer que podría vivir con alguien como tú.
    Él desechó su opinión sobre él.
    – Somos compañeros. Por supuesto que haré lo que sea necesario para completar la conversión y traerte a mi lado completamente, pero tengo que estudiar este problema desde diversos ángulos. Nunca oí hablar de una mujer lobo y un cárpato emparejados. La sangre del lobo es tan fuerte como la sangre cárpato.
    – No soy lobo.
    – El lobo vive dentro de ti, es parte de ti. No es igual que cuando yo cambio de forma. El lobo es tu guardián y emerge cuando lo necesitas. Lo has sentido cerca de ti. Por eso tienes flashes de memoria. Y por eso ambos podemos estar a la luz del sol de la mañana. Sólo mis ojos se ven afectados por la luz del sol, no todo mi cuerpo. Tú no te quemas al estar bajo el sol a pesar del hecho de que mi sangre fluye por tus venas. El cambio ya debería haber comenzado a surtir efecto.
    – ¿Crees que lo he sabido todo el tiempo y que de alguna forma habría podido evadirlo? Si hay un lobo en mí, ahora es el momento de que emerja. Deseo lanzarme directamente a por tu garganta. -Furiosa, lo empujó en el pecho para apartarle de su camino-. Deberías oírte ahora mismo. ¿De verdad crees que quiero pasar el resto de mi vida con un hombre que no tiene ningún aprecio por mis sentimientos?.
    – Tengo en cuenta tus sentimientos.
    – ¡Claro! Y por eso que me acusaste de estar “infectándote” -escupió furiosa la palabra-. Como si yo fuera una mancha. Una enfermedad. ¿Sabes qué Manolito de la Cruz? Mereces que te envíen de una patada al infierno. Y desde luego soy una idiota por creer que una relación contigo podría significar algo más que sexo caliente.
    Fue hasta el borde de la plataforma y, aferrando la barandilla, miró hacia abajo. Ya había saltado una vez, pero ahora parecía mucho más alto. La cosa dentro de ella, el lobo, según sospechaba él, se removió, reconociendo su furia. Se tragó el repentino miedo que atascaba su garganta y se volvió, con el corazón palpitando tan fuerte como para que él que pudiera oírlo. La cabeza comenzaba a dolerle, un zumbido, como miles de insectos volviéndola loca, reverberaba a través de su mente. Sentía el cráneo demasiado apretado, y su cerebro comenzaba a pulsar y a latir al tiempo que una oleada de sangre se apresuraba por sus venas.
    – Lo sabías. -declaró él-. Fuiste completamente consciente de que tomé tu sangre. Querías tomar la mía. Deseabas mi sabor en tu boca. Caliente y dulce estallando de vida. Ese no es un comportamiento humano.
    – Tú me hiciste desearlo. -Su voz salió en un susurro. Se presionó una mano contra el estómago revuelto. Entre la furia y el miedo debería haber encontrado alguna clase de equilibrio, pero todo lo que sentía era desorientación, mecida de acá para allá.
    – No lo hice. No forcé tu conformidad. La llamada del lobo estaba en ti.
    MaryAnn se alejó de él, con el corazón palpitando con fuerza. Todo tenía sentido. Pero no debería ser así. No podía aceptar lo que decía. No quería un lobo dentro de ella. Ni siquiera sabía lo que implicaba eso, o cómo era posible.
    – Llévame de regreso. -No le miró, no podía enfrentarse a él. Se sentía muy sola-. Quiero regresar ahora. -El sentirse sola la enfadaba una vez más. Cuando él había tenido que afrontar su peor momento, ella le había dado su apoyo, pero el la rechazaba. La rechazaba.
    – Te has cerrado totalmente a mí.
    – ¡Idiota! -Deseó atravesar de un salto la plataforma y darle una bofetada en la cara. ¿Era de verdad tan obtuso? Respirando profundamente, se esforzó por recobrar el control-. ¿Me has oído? Te pedí que me lleves de vuelta. -Porque se iba a casa. Tan pronto como pudiera regresaría a Seattle, donde la vida era normal y no sentía deseos salvajes por ningún idiota que le llevaba varios siglos.
    – MaryAnn, ninguno de los dos tiene opción. Tenemos que resolver esto.
    Su barbilla subió, sus ojos oscuros brillaron hacia él.
    – Yo tengo opción. No permitiré que mi vida se me escape de las manos. Me rechazaste, cuando creíste que te cambiaría, que ya no serías un precioso cárpato. Hasta donde yo sé, has perdido todos los derechos que tenías sobre mí como tu compañera. Te he pedido que me llevaras a casa. Y fui muy educada al respecto. -No se sentía tan educada ahora. Las uñas se le clavaban en las palmas de las manos. El zumbido en su cabeza aumentaba cada vez más. El interior de su boca parecía estar recubierto de cobre.
    – No te rechacé.
    – ¿De verdad? Bueno, por lo que a mi concierte, eres un cobarde. Quieres que yo asuma todos los riesgos. Quieres que me convierta en algo desconocido y terrorífico, y tengo que aceptarlo sólo porque de alguna forma el destino ha decretado que tenemos que estar juntos. Bueno, pues me niego a estar con alguien que exige que me juegue el todo por el todo, pero él no arriesgará nada de nada. Llévame a casa ahora.
    Fue una orden, una compulsión, y por primera vez, se dio cuenta de que no solo lo había pensado… lo había dicho. Había expulsado la orden desde el interior de su mente, furiosa por su doble moralidad. Furiosa consigo misma por haberle dejado tomarla. Mas asustada de lo que nunca había estado en su vida, porque sospechaba que no había vuelta atrás, y que incluso si lograba regresar a casa, lo que había en su interior se resistiría a acallarse
    Era psíquica, tal como todos le habían dicho. Había estado utilizando sus habilidades todo el tiempo, sin darse cuenta de ello. Le examinó, y el aliento se le atascó en la garganta. Él bajaba la miraba hacia ella, sus oscuros ojos brillaban intensamente amenazadores. Estaba tan furioso como ella, y resultaba mucho más aterrador.
    – He dicho que no. No vas a ir a ningún sitio.
    Saltó hacia él, arañándole la cara con sus largas uñas, falló solo por un escaso aliento mientrás él capturaba sus brazos y la sacudía duramente.
    – ¿Cómo se te ocurre darme órdenes? -La sacudió otra vez-. ¿A mí? ¿A tu compañero? ¿Te atreves a influenciar mi mente? ¿A atacarme?.
    ¿Con quién estaba conspirando para intentar atraparle y matarle? Le había engañado. Incluso mientras las palabras salían sin pensar, incluso mientras contemplaba la idea de que ella pudiera hacerle daño, rechazó inmediatamente esos pensamientos.
    ¿Qué estaba haciendo y pensando? ¿De verdad había perdido el juicio? ¿Era un cobarde como ella le había llamado? Se había adentrado en la batalla con el vampiro sin sobresaltarse. Nadie nunca había cuestionado su coraje, pero intimidaba a su compañera cuando ella necesitaba amor y tranquilidad. La acusaba de cosas que la inocencia en sus ojos y en su mente desmentía.
    ¿Era esta su verdadera personalidad? ¿O más bien era alguna manifestación del lobo al mezclarse con su sangre cárpato? Ambas especies eran dominantes. Ambas exigían obediencia instantánea, el lobo quizás más. ¿Quién sabía que tipo de secretos guardaba esa elusiva comunidad? Obviamente habían estado ocultándose y aún sobrevivían, pero él no tenía forma de comprender lo que estaba ocurriendo… la gruesa melena de pelo, la exacerbación de su sentido del olfato, la aguda audición, la posesiva necesidad de conservar a su compañera su lado e impregnarla totalmente con su esencia.
    Estaba furioso consigo mismo, no con ella. Debería haber reconocido los rasgos del lobo en ella, habría estado más preparado para las consecuencias de tomar su sangre. Había estado consumido por ella, tanto que cuando despertó necesitaba su cuerpo envuelto alrededor de él, mucho más de lo que necesitaba sangre para sobrevivir. En todos los siglos de su existencia, esto nunca le había ocurrido. Ella estaba presente en cada uno de sus pensamientos, hipnotizándole hasta que supo que no podría sobrevivir sin ella. Peor aun, cuando la mente de ella se retiraba de la suya, ese otro mundo le invadía, y se veía abandonado en sombras de gris, deambulando, intentando encontrar una forma para reconectar totalmente su espíritu y cuerpo.
    No podía obligarla a aceptarle. No podía adentrase en su mente y ser una presencia perenne. Ni tampoco podía persuadirla de las consecuencias si rechazaba asociar su mente con la él. Y como ella se había retirado, él ya no podría retener el poder suficiente para mantener su espíritu totalmente en la tierra de los vivos. Alrededor de él, los colores se decoloraron hasta que todo perdió intensidad y se volvió grisáceo, y cuando se miró las manos, pudo ver a través de ellas. Sentía el cerebro como si se estuviera estallándole del cráneo, sus hombros sacudidos por el dolor. Normalmente, podría haber desconectado del dolor, pero era imposible. Sentía la lengua curiosa, gruesa y con un regusto a cobre.
    MaryAnn luchó contra su apretón, abriendo la boca con intención de insultarle, tan herida que deseaba acurrucarse en un agujero y echar tierra sobre ella, tan furiosa que podría golpearle de nuevo en la cara con sus afiladas uñas, pero algo en él llamó su atención. Hizo a un lado sus sentimientos heridos y forzó a su mente a entrar en razón.
    – Manolito, ¿te duele la cabeza?
    Él asintió, presionándose con fuerza las sienes.
    – No debería experimentar un dolor como este. No lo entiendo. -A menos que sea el lobo. A menos que sea esta mujer, pretendiendo hacerse pasar por mi compañera cuando en realidad es un títere del vampiro, para conducirme a mi destrucción.
    Ella captó eso y se sobresaltó tanto que estuvo a punto de salir de su mente, temiendo que él la lastimaría aún más con sus insultos, pero entonces captó un sonido. Un zumbido. Como un millón de insectos, sólo que mucho peor de lo ella estaba experimentado en su cerebro. El aliento se le quedó atascado en la garganta. El instinto le decía que tenía salir de allí con rapidez, pero se obligó a tranquilizarse. Era psíquica. Tenía la capacidad de leer las mentes. Lo había echó durante años; sólo que no había sido consciente de lo que hacía. No había nada que temer. Solo tenía que averiguar cómo lo hacía.
    Exhaló con fuerza y se extendió hacia él, llenando sus pensamientos de él, deseando que se sintiera mejor, deseando substraer su dolor y ver qué… o quién… le estaba haciendo daño. El zumbido se hizo más fuerte, mucho más alto, en su cerebro, haciéndola sentir tan enferma que corrió hacia la barandilla y se inclinó sobre ella, pero aguantó, decidida a empujar más allá. Voces. Suaves. Insistentes. Gateando de arriba abajo por la mente de él. Apuñalando su cerebro.
    – Manolito. -Le cogió la mano y la sujetó con fuerza-. Estamos siendo atacados. estás siendo atacado. Puedo oírles. Están intentando conseguir que me mates.
    Él no vaciló, su mano envolvió la de ella.
    – El no-muerto. Maxim busca de atraparme en el otro lado. -Todo cobraba sentido ahora, y en cierto modo era un alivio saber que no estaba loco. No se había vuelto contra su compañera. No se le había ocurrido que sería vulnerable en la tierra de las sombras, pero ahora debía pensar en ello. Su cuerpo humano estaba vivo, y una parte de su espíritu había regresado entre los vivos, lo cual quería decir que los muertos estarían al tanto de que él ya no pertenecía del todo a su mundo.
    – ¿Cómo puede hacerlo cuando está muerto?.
    – El espíritu de Maxim todavía está en la tierra de las sombras y ahí es donde está mi espíritu. Debe estar atacándome desde el interior. -La empujó cerca de él-. No quiero que los últimos recuerdos que tengas de tu compañero sean de rechazo y furia. No puedo creer como Maxim ha podido alcanzar a un anciano tan experimentado en la batalla como se supone que soy yo. Caí bajo su influencia como un inexperto polluelo. -Alzó la mano de ella llevándose los nudillos a su boca-. Perdóname, MaryAnn. No te habría lastimado por nada del mundo. Es mi privilegio protegerte, pero en la primera prueba, te he fallado.
    – No, no lo has hecho -dijo ella-. Simplemente dime cómo vamos a hacer que se detenga. -Porque lo que sea que estuviera haciendo Maxim, hacía que Manolito sufriera; podía verlo en sus ojos, podía sentirlo en su mente-. Dime que quieres que haga.
    – Tengo que entrar totalmente en ese mundo, y mi cuerpo será vulnerable a un ataque. Si te matan, o destruyen mi cuerpo, estaré perdido. Deben tener un plan.
    Ella alzó la barbilla.
    – Puedo ir allí contigo. Estoy bastante segura de saber como hacerlo.
    Él negó con la cabeza.
    – No. Es demasiado peligroso. Yo puedo transportarme al mundo de las sombras, porque mi espíritu estaba enclavado allí, pero tú estás viva y allí no hay sitio para ti. Repararían en ti desde el mismo momento en que entraras. Creo que pueden matarte en ese lugar.
    – Y yo creo que te está matando a ti en ese mundo ahora mismo.
    – No me matará. -Le cogió la barbilla-. Escúchame, MaryAnn. Esto es importante. Me molestó descubrir que estaba cambiando, convirtiéndome en lobo, como tú estás cambiando y convirtiéndote en cárpato, pero no por las razones que piensas. No por las razones que te di. Sea cual sea la influencia de Maxim en mí, en este momento mis pensamientos son claros. Otras mujeres psíquicas se han transformado exitosamente en cárpatos. Fue un proceso doloroso, pero están saludables y felices y parecen aceptar sus vidas de buen grado. No espero menos para ti.
    Se inclinó para depositar un beso en la parte superior de su cabeza.
    – Descubrir al lobo cambiaba la ecuación. No hay precedentes. No tenemos ni idea lo que podría ocurrir si te convierto. No tenemos idea del efecto que el lobo tendría en mí. Puedo ver que soy más agresivo y autoritario, y ya me habías indicado que tenías problemas conmigo en esa área. No quiero correr riesgos con tu vida. Hasta que sepamos más, tenemos que ser precavidos. Podría volverme peligroso. Podrías morir. Simplemente no lo sabemos.
    MaryAnn se apoyó en él, necesitando tocarle, comenzando a dar alas al pánico. Había algo incorrecto en la forma en que sus ojos enfocaban.
    – Quédate conmigo, -le susurró, aferrándose a su mano-. Quédate conmigo, Manolito.
    – Tengo que regresar allí. Sea lo que sea lo que Maxim esté haciendo lo hace en el prado de las nieblas y fantasmas, sivamet. No puedo estar en dos lugares al mismo tiempo y combatirlo.
    – Entonces voy contigo.
    – No puedes. Mi cuerpo humano aún estará aquí desprotegido. Enviaré un mensaje a mi hermano para que venga de inmediato y te lleve a un lugar seguro. El sabrá qué hacer con mi cuerpo. -Le acunó el rostro entre sus manos, haciendo un alto en su piel sedosa-. Eres la persona más importante en mi mundo, MaryAnn. No puedo ponerte en peligro. Por favor haz lo te digo y espera aquí donde estarás protegida por Riordan hasta que regrese. No puedo preocuparme por ti y combatir a Maxim al mismo tiempo.
    Ella miró fijamente a sus oscuros y brillantes ojos, comprendiendo que no había nada que pudiera hacer para detenerlo. Creía que tenía que protegerla, y lo haría. Moriría por ella. Mataría por ella. Haría cualquier cosa por ella. Sin importar las consecuencias para él, iría adonde el vampiro tenía todas las ventajas.
    La sonrisa de él fue gentil, la yema de su pulgar le rozó el labio inferior.
    – ¿Qué te hace pensar que tiene ventaja, csitri?.
    – Es más cruel que tú y mucho más astuto. Y ha tenido tiempo para planearlo.
    La sonrisa de él se amplió, hasta parecer lobuna.
    – No creo que tengas que preocuparte por quien sea más cruel o astuto. Ha tenido tiempo para planearlo, pero cuenta con que yo intentaré permanecer en este mundo. Enviará a otros aquí. Vendrán, así que no salgas hasta que Riordan esté aquí para escoltarte.
    Ya estaba desapareciendo, su espíritu deslizándose sigilosamente, lejos de ella, lejos del mundo de los vivos. MaryAnn intentó agarrarse a él, pero no tenía sentido. Se había ido, y sólo quedaba su cuerpo, una concha vacía, desvanecido y desdibujado, sin vitalidad. Aún tuvo suficiente fuerza para sentarse apoyando la espalda contra la barandilla, y entonces eso también se desvaneció y oyó su llamada.
    Riordan. Tengo suma necesidad de ti. MaryAnn está desprotegida, y el vampiro enviará todo lo que disponga para matarla. Debes llegar hasta ella.
    La respuesta en la cabeza de él sonó distorsionada y demoníaca. Apenas pudo registrar que hablaban en otro idioma, uno que ella no entendía. Abruptamente Manolito se apartó, confundido. La voz estaba tan deformada, que no podía distinguir si hablaba con su hermano o no.
    MaryAnn inhaló aire profundamente y lo expulsó. Podía hacerlo. Se había fusionado exitosamente con Manolito cuando lo había querido; podía hacer lo mismo con Riordan. Todo lo que tenía que hacer era seguir la senda original que Manolito había usado.
    Riordan. Su primer intento fue indeciso, pero le sintió moverse y engarzarse a la senda inmediatamente.
    MaryAnn. ¿Qué le pasa a Manolito? Juliette y yo transportamos a Solange y Jasmine al rancho. Nadie está a salvo aquí. Puedo ver que tiene problemas, pero no puedo alcanzarle.
    Se tragó la oleada de miedo. ¿Cuánto tiempo te llevará volver aquí? Su estómago dio un duro vuelto, pero clavó las uñas en la barandilla y esperó
    Estamos volviendo ahora. Si llevamos a Jasmine y Solange a casa con los demás, no podremos ayudarte a tiempo. Estamos de vuelta, aguanta. ¿Puedes alcanzar a Manolito? ¿Puedes llegar hasta él y sujetarle a este mundo?
    MaryAnn recorrió con la mirada el cuerpo de Manolito. Si iba a buscarle a la tierra de las sombras, su cuerpo quedaría completamente vulnerable. Puedo ir por él cuando estés aquí, y sé que puedo traerle de vuelta. Puso mucha más confianza en su voz de la que en realidad sentía. Aceptar que era psíquica y que podía hablar telepáticamente no era fácil. Su cerebro insistía en decirle que estaba loca. Aprisa, Riordan. No creo que tengamos mucho tiempo.
    Los monos en los árboles circundantes gritaron una advertencia. Las aves irrumpieron en el cielo, aleteando con fuerza, batiendo el aire de forma que pudo oler a intrusos. Un jaguar. Un humano que supuso sería un mago. Llevaba encima la mancha que ella asociaba con el vampiro. Y otro más. Su corazón tronó con fuerza mientras su nariz se arrugaba. El viento le llevó un olor a descomposición. ¿Vampiro? No estaba preparada para tratar con un vampiro.
    MaryAnn corrió hacia la barandilla y se asomó. Oh sí. Tenía grandes, grandes problemas. Podía ver al jaguar emergiendo del bosque de helechos a lo largo de la ribera. Su pelaje estaba oscurecido por el agua y mientras ella miraba hacia abajo, él alzó la cabeza y fijó su mirada en ella. Sus ojos se encontraron. Él le mostró los dientes.
    Se pasó la mano por el muslo. Al menos Manolito la había provisto de un par de pantalones vaqueros de diseñador, de uno de sus favoritos. Podría morir con buen aspecto. Tomó un profundo aliento y consideró sus opciones. Si corría, puede que la siguieran, pero dudaba que los tres la persiguieran, lo que dejaría el cuerpo de Manolito vulnerable. Ciertamente lo destruirían y con eso… a él.
    Debes irte, MaryAnn. El mago desenredará las salvaguardas, y no puedes enfrentarte al jaguar, al mago y al vampiro. Vete ahora.
    La voz de Manolito sonaba lejana y muy frágil, su espíritu estaba todavía en otro reino.
    No dejaré tu cuerpo aquí para ellos. Riordan viene de camino.
    No puedes esperar demasiado. No puedes enfrentarte a un vampiro a solas.
    Indudablemente no quería enfrentarlo, ya fuera sola o con un ejército.
    No creo que tengas que preocuparte demasiado por que me acerque mucho a ellos.
    Él parecía tan lejano que tuvo que luchar por esconder su pánico.
    ¿Cómo en tan poco tiempo se había vuelto tan importante para ella? Había creído que era una simple atracción física y nada más. Era increíblemente guapo. Ningún hombre jamás la había mirado como él lo hacía. Era lo suficientemente inteligente como para percatarse de lo peligroso que era ese matiz machista inherente a su personalidad, también era una enorme polilla que atraía a las mujeres, pero ella era demasiada lógica para sucumbir a un hombre por eso. Tal vez a lo largo de su vida había prescindido de la atracción porque eso la mantenía a salvo. Amar a Manolito de la Cruz era lo más parecido a tirarse por un acantilado.
    MaryAnn suspiró. Ya había tomado la decisión de lanzarse, en algún momento, aun sin darse cuenta de ello. No le importaba que él fuese cárpato y mientras ella era… lo que fuera. Manolito era su otra mitad, e iba a mantenerle con vida. Iba a hacer lo que hiciera falta para traerle del más allá, de regreso a la tierra de los vivos, de regreso a ella.
    Se puso de pie a plena vista del jaguar, quería que él sintiera su desafío. Quería luchar con él con las manos o… garras. Porque no conseguirían el cuerpo de Manolito. Encontraría la forma de usar cualquier cosa que tuviera a su alcance, cualquier poder que en realidad tuviera, para mantenerle a salvo hasta que Riordan llegara para encargarse de todo esto. Y entonces se adentraría en la tierra de las nieblas y fantasmas, o como sea que se llamara, y si hacía falta le sacaría de allí a rastras.
    Debajo de ella, el jaguar gruñó en respuesta, revelando sus crueles y largos dientes. Prescindió de cualquier fingimiento que ocultara sus intenciones y trepó por el tronco de un gran árbol. Usando sus garras, se arrastró a sí mismo hasta las ramas más bajas y empezó a correr a lo largo de la autopista de la canopia formada por gruesas ramas superpuestas. El felino corría hacia ella, sus ojos resplandecían con veneno.
    MaryAnn observó al jaguar acercarse, su pulso corría a la misma velocidad que las patas del jaguar cuando golpeaban cada árbol, rompiendo pequeñas ramitas mientras se acercaba más y más. Sentía el pecho a punto de explotar. Demasiado tenso. Sentía la cabeza como si su cerebro se hubiera hinchado y no cupiera bien dentro de su cráneo. Los dientes y la mandíbula le dolían atrozmente. Los músculos se le contraían. La piel ondeaba como si algo viviera debajo de ella. Las puntas de sus dedos comenzaron a separarse como doblándose en una curva. Sintió como se confinaba en un compartimiento apretado, diminuto, en un lugar estrecho sin salida.
    El pánico ennegreció los bordes de su visión. Podía sentirse a sí misma, la misma esencia de quién era, siendo atraída a un vórtice, arremolinándose, encogiéndose, hasta volverse más y más pequeña.
    MaryAnn extendió las manos, atrapando la verja de hierro para anclarse a sí misma, y con un pequeño y aterrado grito, se echó hacia atrás. Las uñas se hundieron en la barandilla de madera, dejando tras de sí profundos surcos, mientras exhalaba la sensación de ser tragada viva. El jaguar saltó directamente hacía ella, con las garras extendidas, y ella saltó hacia atrás, tropezando con las piernas de Manolito y aterrizando duramente sobre su trasero.
    El jaguar se estrelló contra una pared invisible y cayó a plomo, arañando desesperadamente, buscando aferrarse al tronco o las ramas, rompiendo muchas de ellas a su paso.
    MaryAnn se puso en pie lentamente y se asomó con cautela. El jaguar golpeó una rama grande y se quedó allí colgado, jadeando, con los costados hinchándose, intentando coger aliento. Debajo del felino, un hombre emergió de entre el espeso follaje y alzó las manos en el aire. Un mago. Y uno que parecía saber lo que hacía. A diferencia del otro mago, que parecía hacer tentativo mientras trabajaba, este hombre apenas bajó la velocidad mientras trabajaba en desenredar las salvaguardas de Manolito. Los invisibles hilos tejidos tan entrelazadamente comenzaron a desenredarse con tanta rapidez que casi pudo sentirlos caer ante ella.
    Apretó con dureza los labios y obligó a su mente a expulsar el pánico. En el instante en que el mago venciera las salvaguardas, el jaguar atacaría. Podía arreglárselas para matar al cambiaformas, pero no sabía nada sobre combatir a vampiros, aunque fueran novatos. Y el mago era peligroso también. ¿Qué había hecho la última vez para matar al mago? No podía recordarlo. No le había matado a propósito. Sólo había querido que se marchara.
    Los monos gritaban al jaguar y hacían llover ramitas sobre él. El jaguar gruñó y saltó hacia uno de los más pequeños en las ramas más bajas. Al instante toda población de monos se volvió loca. El sonido era ensordecedor. MaryAnn comprendió que el mago ya había desenredado la barrera de sonido que Manolito había erigido.
    Riordan. Ven pronto. Intentó enviarle la impresión del mago, el vampiro y el jaguar.
    Sintió su repentina tensión. ¿Puedes salir de allí?
    Tendría que dejar el cuerpo de Manolito sin protección. No creo que tenga mucho tiempo antes de que el mago rompa y atraviese las salvaguardas. Parece saber bien lo que está haciendo.
    Manolito habrá tejido algunas sorpresas, pero lo más probable es que andara buscando privacidad, no que esperara un ataque exhaustivo contra los dos.
    – Date prisa. -susurró, esto último en voz alta.
    Tenía que haber una forma de distraer el mago. Se concentró en él, enfocando totalmente la atención en su rostro, su expresión, la forma en que sus labios se movían mientras pronunciaba el contrahechizo de las salvaguardas que Manolito había establecido. ¿Cómo podía detenerlo? ¿Retardarlo? Lo que necesitaba era una forma de conseguir que la tierra bajo sus pies se abriera, una enorme grieta que seguiría cada uno de sus pasos si intentaba escapar.
    El árbol se sacudió. El suelo se onduló, tirando al mago al suelo. La miró fijamente y retrocedió a gatas apresuradamente, procurando evitar la grieta que se abría en la tierra.
    Se quedó sin aliento e inmóvil. ¿Ella estaba haciendo eso? ¿Era posible? ¿Podía realmente haber roto una rama ubicada sobre el primer mago y haberla dejado caer sobre él? Esa idea a la vez la puso enferma y le dio esperanza. ¿Pero cómo lo estaba haciendo? ¿Qué más estaba haciendo? ¿Qué más era capaz de hacer?
    Por primera sintió una punzada de esperanza. El movimiento inquieto de los monos llamó su atención. Tiraban hojas y pequeñas ramas no sólo al jaguar, sino también al mago, como si estuvieran firmemente aliados con ella. Exhaló lentamente. ¿Los animales habían estado siguiéndola? ¿La habían obedecido cuando les dijo que se fueran? Y los jaguares, incluso los cambiaformas, se habían detenido cuando ella se lo había ordeando. No los había controlado durante mucho tiempo, pero por un instante la habían obedecido también.
    Se frotó la cabeza palpitante. Era como si se le estuviera partiendo. Sentía el pecho oprimido, como si todo en su interior se expandiera y contrajera haciéndose cada vez más y más pequeño. Sentía como si el cuerpo no le quedara bien, y duros nudos aparecían bajo su piel, en cada músculo. Era molesto y francamente espeluznante. Por un momento sintió una sacudida, el deseo de echar a correr, pero entonces miró a Manolito, tan inmóvil, pareciendo tan vivo, sus ojos vacíos mientras su cuerpo parecía tan fuerte y viril. Él no flaqueaba al intentar protegerla, y ella no iba a dejarle atrás.
    Su columna vertebral se tensó, y levantó la mirada a los animales en la canopia. Tantos de ellos. Su elevado número resultaba reconfortante. En realidad no nos gusta ese hombre malo, ¿verdad? Está tratando de hacerme daño. Lanzadle cosas. Cosas grandes. Echadle. No dejéis que mueva los brazos en el aire así.
    Los monos se volvieron locos, saltando arriba y abajo y sacudiendo las ramas de los árboles, corriendo de acá para allá, mostrando dientes y golpeándose los pechos con creciente agitación. Comenzó a ser consciente del flujo de energía. Era pequeño al principio… pero solo podía suponer lo que estaba haciendo… pero cuando los animales respondieron y la energía se expandió a su alrededor, se volvió muy consciente de ella. Aspiró profundamente y se conectó con el caldero de poder, dirigiéndolo esta vez hacia el rugiente jaguar.
    Ese hombre no pertenece a tus dominios. Ha intentado esclavizarte. Te lo han quitado todo y conducen a tu pueblo a la extinción. Mírales realmente como lo que son. El vampiro ha puesto su marca en ti. Una vez fuiste un hombre orgulloso; ahora haces lo que él te ordena. Ellos no tienen lugar aquí.
    El jaguar agitaba su ancha cabeza continuamente, parecía confuso. Dio algunos pasos hacia el árbol como si fuera a ir a por ella otra vez, pero se detuvo, temblando.
    El mago dio una orden, y agitó una mano, gesticulando hacia ella
    ¿Por qué tiene que decirte este hombre lo que debes hacer? ¿Es tu amo? ¿Te posee? Eres jaguar. La selva es tuya. Quienquiera que camine por aquí debería hacerlo con tu permiso, no a la inversa.
    El jaguar soltó un gruñido y giró la cabeza hacia el mago, sus ojos llameando con furia. Se agazapó. El mago se quedó congelado. Empezó a hablar quedamente, cantureando algo mientras sus manos dibujaban patrones rápidos delante de él.
    ¡Cuidado! Está intentando usar su poder contra ti. Mírale. Te atrapará con un hechizo. Atácalo antes de que termine. Impregnó alarma y urgencia en sus pensamientos.
    El jaguar gruñó al mago, y dio varios pasos lentos hacia él desnudando los dientes. El mago cedió terreno, retrocediendo, esta vez tendiendo la mano para detener al gran felino amenazador.
    El grueso vallado de helechos dorados y marchitos, las palmas en forma de lazo retrocedieron mientras un tercer hombre se abría paso entre los arbustos. Este era, por turnos, bello y a continuación grotesco. MaryAnn parpadeó varias veces, intentando enfocar su verdadera forma. Con un movimiento casual de las manos hacia los monos, estos calleron en un inquieto silencio. Dijo una palabra al jaguar, y el cambiaformas se detuvo.
    MaryAnn se tocó con la lengua los labios repentinamente secos. Tenía a la vista a un vampiro… el epítome de la maldad. Él levantó la mirada hacia ella y sonrió. Sus dientes afilados estaban manchados de sangre, y su piel parecía estirarse y apretarse contra su cráneo. Al siguiente momento era un hombre atractivo, con una ancha y cautivadora sonrisa.
    – Baja y únete a nosotros, -la invitó suavemente.
    Sintió el zumbido en su cabeza y supo que había insertado una compulsión en su voz. Se forzó a sonreir, después esperó varios latidos para reunir la cantidad masiva de energía para proyectarla en su voz y su mente, para poder devolverle su propia compulsión.
    – Me encuentro realmente a gusto aquí, la verdad, así que podéis seguir y marcharos.
    Él vampiro parpadeó. Frunció el ceño. Sacudió con la cabeza como si no pudiera recordar lo que estaba haciendo.
    – Sí, quieres irte. Abandonar este lugar. -Inyectó poder en su voz.
    Él le volvió la espalda, solo por un el momento, obedeciendo su orden, girando su cuerpo hacia los helechos.
    El aliento se le quedó atascado en la garganta y golpeó. ¡Ahora! Ahora ataca. Da todo de ti. Apresúrate. Acaba con ellos antes de que te destruyan.
    El jaguar se abalanzó sobre la espalda del vampiro, hundiendo los dientes profundamente en el cráneo. Al mismo tiempo, los monos se abalanzaron sobre el mago, mordiéndole y golpeándole, cayendo sobre él en gran número. Las aves tomaron el aire, las alas ondulando mientras zumbaban alrededor de los combatientes, arañando con sus garras.
    El mago cayó debajo de la ingente masa que lo golpeaba. MaryAnn deseó volver la espalda, la escena le revolvió el estómago, cuando el jaguar mordió con fuerza y la sangre manó, corriendo a chorros por la cabeza del vampiro. Él rugió su furia y capturó al jaguar entre sus manos, arrastrando al felino lejos de su cuerpo con su enorme fuerza y retorciéndole la cabeza. El crujido fue audible para ella, aun en medio de los chillidos y gritos de lo monos y aves.
    El vampiro miró al mago, enterrado bajo una montaña de cuerpos, y después lentamente se giró para enfrentarla. Su cabeza estaba abierta, el cráneo hecho pedazos por el fuerte mordisco del jaguar, pero esto no parecía desconcertar al no-muerto. Los ojos brillaban con llamas anaranjadas y rojizas, la boca estaba abierta de par en par en una mueca de odio.
    Se quedó allí de pie un momento simplemente mirándola. En ese instante flexionó los dedos dejando crecer sus uñas hasta curvarse en garras. Todavía sosteniendo su mirada, voló por los aires y aterrizó en el tronco del árbol junto al que ella estaba y comenzó a reptar hacia arriba. Tenía un aspecto aterrador. Una abominación. Algo así como los vampiros de las películas, una oscura aparición antinatural llena maldad e inclinada a matarla… a destruir a Manolito.
    Por un momento el terror la paralizó. Las salvaguardas no aguantarían mucho tiempo. Manolito no había buscado tanto la protección como una barrera de sonido. Riordan no estaba allí para salvarla. Si quería sobrevivir, si quería proteger el cuerpo de Manolito, tendría que hacer algo, y rápido.
    Ya sentía el poder fluyendo por su cuerpo. Una vez más su cabeza palpitó, esta vez aun más fuertemente, más rápido. Como si su cuerpo ya supiese la forma y sólo buscara su permiso. La idea de soltarse, de liberar su propia identidad, la aterraba casi tanto como el vampiro que gateaba por el tronco del árbol.
    La mandíbula le dolía, resonando dolorosamente. Sus tendones y ligamentos tiraron mientras los músculos de su cuerpo se retorcían, endureciéndose en apretados nudos de dolor que ahora eran visibles bajo su piel. Su estómago se revolvió. Luchó por aplacar su pánico. Aun si no lo hacía por sí misma, tenía que hacerlo por Manolito.
    El bombardeo de imágenes en su mente casi la hizo vomitar. Se sucedían tan rápidamente que no podía clasificarlas o centrar su atención en ninguna de ellas, pero una era de lobos caminando sobre dos piernas. Una memoria colectiva. Su piel se estiraba tensa, demasiado apretada. Su vista se nubló, bordeada de rojo y negro. Una vez más sus dedos se curvaron en garras, una acción involuntaria que no podía detener. El dolor estalló a través de ella.
    Intentó respirar, intentó dejarse ir, pero su mente simplemente no se rendía. Su mente no la dejaba entregarse. ¿Qué pasaría si se quedaba atrapada en esa forma?
    El árbol se sacudió. El vampiro chilló, el sonido recorrió su columna vertebral y un terror paralizandor invadió su corazón. Había saltado al borde de la plataforma, justo al otro lado de la barandilla, y trabajaba rápidamente desentrañando las salvaguardas. Tenía tan sólo unos instantes para decidir qué hacer.
    MaryAnn puso una mano en el hombro de Manolito, tocó su rostro. Él estaba en alguna otra parte, luchando por ella. Había contado con que su hermano viniera a protegerla a ella y a su cuerpo, pero ahora ella era todo lo que tenía. Tomó un profundo aliento y lo dejó escapar.
    Al instante sintió como la misma esencia de quién era era succionada, contrayéndose y haciéndose más pequeña, como si estuviera plegándose sobre sí misma. Estaba plenamente consciente, pero el dominio sobre su cuerpo estaba menguando rápidamente. Todo en ella gritaba que se resistiera, pero mantuvo la mirada fija en Manolito, y la visión de él le dio el coraje necesario para rendirse.
    Cuando MaryAnn permitió que su esencia se retrajera, la furia del lobo brotó. Sintió el ineludible poder de este, la enorme fuerza de cuerpo y voluntad. El centinela. El guardián. Saltó para tomar su lugar, para encajar en su cuerpo, estirando y moldeando cada músculo y hueso para que estuviera acorde con su nueva y fuerte estructura.
    Fue consciente cuando su piel explotó, pero no hubo dolor. No sentía la sensación de sus huesos y su cuerpo reformándose, o de sus órganos cambiando; tan sólo la sensación de ser protegida y estar a salvo profundamente en el interior.
    En ese momento el vampiro desgarró y atravesó la barrera, y con un siseo de odio, se abalanzó sobre el cuerpo de Manolito. El lobo saltó para interceptarlo, su cuerpo cambiando completamente en pleno vuelo. Chocaron, el lobo gruñendo, el vampiro chillando. Alrededor de ellos la selva entera estalló en gritos de monos y aves, cuando los animales reaccionaron al terrible sonido de la batalla.

Capítulo 16

    Manolito se movió rápidamente a través del estéril mundo de sombras, buscando los bordes más oscuros donde los no-muertos se reunían para lamentarse mientras esperaban saber su destino. Tenía la ilusión de estar en su cuerpo, andando a zancadas por el accidentado terreno, caminando entre el enredo de enormes raíces, como si todavía estuviera en la selva, pero se sentía demasiado ligero, casi flotando, y cuando bajó la vista, sus manos y brazos eran transparentes. Podía ver la vegetación pudriéndose en la tierra al pasar camino a las montañas de piedras dentadas que marcaban la entrada al prado de nieblas.
    Unos pocos espíritus le miraron con el ceño fruncido cuando pasó entre ellos, una pareja levantó la mano como si pudieran reconocerle, pero principalmente, fue ignorado. Le resultaba extraño mientras se deslizaba por los bosques y colinas, poder ver claramente a los dos tipos de gente que poblaban la tierra, cuando antes no lo había notado.
    El prado parecía separar a aquellos que tenían poco o ningún remordimiento por las cosas que habían hecho en su antigua vida de los que luchaban por entender donde se habían equivocado. Pocos habían estado cerca para recibirle.
    Cuando se acercó más al prado, el calor y el vapor se alzaron para envolverle. Donde antes las nieblas eran simplemente grises y húmedas, sin sensación de esperanza, ahora el aire era hasta más opresivo y parecía denso por la tensión, como si la inquietud anduviera sobre la tierra. En la distancia oyó sonidos de risas burlonas, susurro de voces que lo llaman por su nombre. Le esperaban, sabían que se acercaba.
    ¿Era posible que un ejército de no-muertos encontrara la forma de regresar a la tierra de los vivos? En ese caso, tenía que encontrar una manera para detenerlos. Tenía que hacer a un lado su miedo por MaryAnn y prestar toda su atención a este mundo. No podía estar al mismo tiempo en dos lugares. Tendría que confiar en que Riordan había llegado para proteger a MaryAnn del peligro. No se atrevía a tocar la mente de MaryAnn y accidentalmente llevarla con él al mundo de los espíritus. Tenía que mantenerla completamente alejada del peligro a cualquier precio, incluso con su vida si fuera necesario. Se cerró a toda emoción y concentró su atención en el problema actual.
    Si los vampiros actuaban para invadir la tierra de los vivos, tendrían a alguien muy poderoso ayudándoles. Razvan o Xavier, los dos magos más poderosos que existían Quizás ambos. Ningún otro podría manejar esa clase de poder. Y si Xavier y Maxim eran aliados trabajando juntos para derrotar a los cárpatos, Xavier indudablemente habría informado a Maxim si estuviera intentando encontrar una manera de formar un ejército de no-muertos. Todos conocían a los guerreros de Xavier llamados de las sombras, hombres de honor muertos hacía tiempo, sus espíritus encarcelados por el experto mago para hacer su voluntad. Si Xavier había podido subyugar a los guerreros de las sombras, podía ser que hubiera encontrado una forma de hacer lo mismo con las legiones de no-muertos que esperaban en el prado de nieblas.
    El camino parecía muy largo, y más personas le recibieron vacilantes, lo cual le sorprendió. Antes, la primera vez que su espíritu había llegado, la mayoría le volvía la espalda con un gesto rápido hacia el prado, pero ahora los habitantes parecían aceptarlo. Cuando se acercaba a su destino, sintió propagarse la calma y comprendió que cuando había llegado la primera vez, su espíritu había sido oscuro, cercano a convertirse, tan cerca que hasta en la tierra de los muertos, había sido considerado más cerca del vampiro que del cazador. La atmósfera alrededor del prado no le había importado e instintivamente la había ignorado. Ahora su espíritu debía parecer más brillante, más normal. La mancha creciente de su alma había retrocedido debido a MaryAnn. Le debía más de lo que pensaba.
    Llegó al prado y se detuvo, mirando fijamente a la extensión de agujeros y el cambiante suelo. Parecía un pantano esponjoso, y cuando lo pisó para probar, se hundió hasta el tobillo. Su cuerpo no tenía verdadero peso aquí, por lo que la reacción no tenía sentido. Vaciló, estudiando la estéril tierra. Sólo algunos hierbajos dispersos y algunos cardos crecían en el centro del pantano. Cañas oscuras señalaban los bordes, dobladas como paja vieja. El vapor se elevaba de los agujeros de ventilación, y minerales de todos los colores… turbios, no brillantes… bordeaban estanques de barro hirvientes. El lodo temblaba y reventaba, salpicando grandes manchas oscuras de fango rezumante que se añadían al vapor creciente.
    La niebla se extendía pesada sobre el prado, un vapor verde grisáceo que apestaba a azufre. Permaneció un rato estudiando las columnas crecientes de gases calientes y preguntándose por qué le había sido tan fácil cruzarlo en su primera visita.
    – Pareces perdido, Manolito. -Le saludó una voz desde atrás.
    Manolito se giró y se encontró cara a cara con Vlad Dubrinsky. La emoción manó aguda y rápida, una penetrante conmoción que amenazó con sacudir su confianza. Alegría. Culpa. Vergüenza. Asombro. Orgullo. Vlad Dubrinsky había sido más que un príncipe para él. Cuando su propio padre había decidido seguir a su compañera en la muerte, Vlad había intervenido para llenar el vacío dejado por la muerte de sus padres. Había guiado a Manolito y a sus hermanos, había sido su mentor, habían respetado su consejo. Sin embargo, al final, lo habían repudiado por intentar salvar a su hijo cuando sabía que no había esperanza.
    – Mi príncipe. No esperaba encontrarte en tal lugar.
    Vlad avanzó y agarró sus antebrazos en el eterno saludo de respeto entre guerreros.
    – Me alegro de verte, viejo amigo.
    – No entiendo cómo puedes estar aquí.
    La ceja de Vlad se alzó.
    – ¿No? Aquí es dónde esperamos entre mundos, Manolito.
    – ¿Esperar qué? Yo vine aquí y encontré sólo condenación. Acusaciones. Invitaciones para unirme al no-muerto.
    – No eres del todo un espíritu, aunque tampoco uno con tu cuerpo.
    – Me mataron, pero mis hermanos sujetaron mi espíritu a la tierra. Gregori bajó al árbol de vida para recuperarme, pero me desperté demasiado pronto. Mi espíritu y mi cuerpo no habían tenido tiempo de unirse, así que camino en ambos mundos.
    Vlad hizo un gesto hacia el prado.
    – Tu lugar no está entre los vampiros. Puedo ver por tu espíritu que no has sucumbido a nuestra más oscura naturaleza.
    – Estuve cerca. Demasiado cerca.
    – No quieres ir a la tierra del descanso. No pueden matarte, pero han ideado modos de torturarte y volver loco tu espíritu. No pueden abandonar este lugar sin aceptar su propia culpa, no quieren. Culpan a todos a su alrededor. Sospecho que a muchos les gustaría hincarte el diente. Ven conmigo al campamento de los guerreros. Hablaremos una vez más.
    – Mi cuerpo es vulnerable en el otro mundo, Vlad, y hay conspiraciones que tengo que destapar para mantener a salvo a nuestra gente. Creo que Maxim está levantando un ejército de muertos y espera encontrar un portal desde esta tierra a la de los vivos.
    Vlad se detuvo para mirarle con el ceño fruncido, luego negó con la cabeza.
    – Debería haber adivinado que no tramaba nada bueno. Ven. Estamos cerca y podríamos serte útiles. En cualquier caso, Sarantha querrá verte. Cuéntanos las novedades y permítenos ayudarte.
    – Todavía no entiendo cómo puedes estar aquí, esperando juicio. Nunca estuviste cerca de convertirte. Serviste a nuestra gente con honor.
    – ¿Crees, después de todo este tiempo, que nunca cometí errores, Manolito? Cometí muchos. Intenté hacerlo lo mejor que pude, pero como cualquier hombre, yo tenía mis defectos. Tú deberías saber eso mejor que nadie. Intenté salvar a mi hijo mayor a costa de otros. ¿Fue una sabia decisión, o incluso justa?.
    – No podías haber sabido lo que pasaría.
    – Por supuesto que lo sabía. No quise creerlo, pero tenía el don de la precognición. Lo sabía, a pesar de todo seguí adelante porque no podía soportar destruir a mi propio hijo. Cuando se lo confesé a Sarantha, ella me suplicó que no le dejara morir, y necio como era, escogí el camino de la destrucción para toda nuestra gente. Soy responsable de muchas cosas que nunca debieron de haber ocurrido. Al final, el trabajo que debía haber sido mío recayó en los hombros de mi hijo Mikhail.
    Manolito apenas podía aceptar lo que oía. Desde el principio había sentido culpa y vergüenza por condenar la decisión de Vlad. Le amaba y respetaba, y aún se sentía un traidor por conspirar para derrocarle.
    – No fue lo mejor para nuestra gente. -Se atragantó con las palabras, con el nudo que crecía en su garganta. Los hermanos Malinov habían perdido a su querida hermana, Ivory, y también los hermanos de la Cruz. Ella había sido su luz, la razón para mantener la esperanza y la fe en su gente. Con su muerte, la oscuridad había descendido sobre todos ellos, accionando una cadena de acontecimientos que bien podían conducir a la destrucción de la especie entera.
    – No -aceptó Vlad, con tono equilibrado-. No lo fue. No soy ninguna deidad. Ningún hombre de los cárpatos lo es. Somos capaces de grandes males.
    Manolito se tragó la apretada bola de condenación que manaba de su garganta. ¿Qué podía decir a eso? Había hecho cosas en su vida, muchas cosas, que lamentaba. En el momento fueron hechas sin emoción, pero podía recordar cada incidente, y el peor crimen había sido contra su propia compañera.
    Agachó la cabeza.
    – Lo que dices es cierto. Estaba cerca del cambio cuando oí la voz de mi compañera. Ella estaba bajo la protección de Mikhail y Gregori, y de varios cárpatos más. No seguí para nada las leyes y tomé su sangre sin su consentimiento o conocimiento, ligándola a mí.
    Vlad asintió.
    – Fue un desafío para ti.
    – ¿Atravesar sus filas y reclamar lo que me pertenecía? Si. ¿Lo lamento? No sé la respuesta a eso. Siento no haberme mostrado y haberle dado mis razones para quitarle su vida de las manos sin su consentimiento, pero no creo que eso fuera un error… solo el modo en que lo hice.
    – Nuestra gente ha vivido por mucho tiempo junto a los humanos, y nuestras reglas son diferentes por algún motivo, Manolito. Nos dieron la capacidad de atar a nuestra compañera porque sin eso nuestra gente habría muerto hace mucho. Pocos lo entenderán, pero si hacemos cuanto podemos por amar y respetar a nuestras mujeres, poniéndolas siempre primero una vez están a nuestro cuidado, tenemos más posibilidades de que otras especies nos entiendan y nos acepten.
    – El mundo ha cambiado mucho en su ausencia, Vlad, y con ello, nuestra gente. Me ha sido difícil aceptar las nuevas costumbres.
    Vlad palmeo su hombro, un toque tan ligero que Manolito apenas lo sintió. El cuerpo de Vlad era menos consistente que el suyo.
    – Todos tenemos fallos, Manolito, y todos tenemos que trabajar para superarlos. No hay vergüenza en eso. Venga, saluda a Sarantha y danos noticias de nuestros seres queridos.
    – Realmente tengo poco tiempo. MaryAnn, mi compañera, protege mi cuerpo y creo que será atacada. Tengo que detener a Maxim antes de que deduzca la forma de abandonar este lugar con un ejército de no-muertos.
    Vlad negó con la cabeza.
    – No puede encontrar una forma de salir de este mundo.
    – No estés tan seguro. Maxim trabaja aliado con Xavier.
    Vlad giró la cabeza lentamente, la sonrisa desapareció de su cara.
    – ¿Xavier aun vive?.
    – Así lo creemos. Y su nieto, Razvan, trabaja con él para destruir a nuestra gente. Estamos casi seguros que los hermanos de Maxim están involucrados en un complot para destruir a Mikhail, un complot que yo ayudé a tramar. -Manolito se negó a apartar la mirada de Vlad mientras confesaba. Este el hombre al que respetaba por encima de todos los demás, a excepción de sus hermanos. Era el hombre que una vez había considerado su padre. Y era el hombre cuya caída había ayudado a planear. No mentiría ni rehuiría su culpa y la vergüenza de su acción.
    Vlad permaneció en silencio por un largo rato. No hubo parpadeo de desilusión ni de repugnancia en su cara; simplemente miró a Manolito y le mantuvo la mirada.
    – ¿Crees que me sorprende que tú y tus hermanos jugarais con la idea de derrocar el reinado de los Dubrinsky? Siempre fuisteis inteligentes y visteis mi crimen. Sabíais lo que había hecho. En un intento por salvar a mi hijo, traicioné a nuestra gente. Teníais derecho a cuestionar mi juicio. No era justo.
    – No teníamos derecho a tramar tu caída o la destrucción de todas las especies de las que éramos aliados.
    – Para derrotarme, habríais tenido que derrotarles a ellos. -Vlad asintió-. Tiene sentido, desde luego. -Agitó la mano hacia un pequeño bosquecillo de árboles-. Por favor ven un momento. Algunos de nosotros protegemos esta área para impedir a los recién llegados vagar por la tierra de los caídos.
    Manolito igualó sus pasos, aunque, por mucho que quisiera hablar con Vlad e incluso pedirle consejo sobre la evasiva especie del hombrelobo, estaba impaciente por enfrentarse a Maxim y volver con MaryAnn. Una sensación de urgencia crecía en su interior.
    Había esperado que Vlad le condenara. Quizás habría sido más fácil hacer frente a lo que había hecho si su príncipe hubiera estado enfadado.
    – Lo siento-dijo quedamente. Sinceramente-.No tenía idea de que el plan sería puesto en acción. No tenía idea de que los Malinovs te odiaran tanto. Al final hablamos durante horas, y Zacarias y Ruslan convinieron en que todos te seguiríamos siendo fieles y te serviríamos con honor. Hicimos un juramento de sangre.
    – Tus hermanos y tú habéis servido a nuestra gente fielmente -dijo Vlad-. Incluso aquí nos llegan noticias cuando llegan guerreros o vampiros. -Empujó a través de una pared de helechos-. Ah, aquí está Sarantha. Querida, he traído a un invitado.
    Sarantha se volvió, con la cara iluminada por una sonrisa, y sus ojos iluminando los colores apagados a su alrededor.
    – Manolito. Es maravilloso verte, aunque he oído rumores de que caminas en ambos mundos. ¿Cómo están mis hijos y sus compañeras? ¿Cómo esta mi nieta? Tengo entendido que es bastante encantadora. Debes contármelo todo, todas las noticias. -Lo abrazó, su cuerpo ligero e insustancial contra el suyo-. Debes tener una compañera o tu espíritu no sería tan luminoso. -Háblame de ella.
    Vlad rió.
    – Dale oportunidad de hablar, mi amor. Tiene mucha prisa.
    – Perdóname. Es que estoy tan excitada al verle. -Palmeó un lugar junto a la hoguera -. ¿Puedes dedicarme un momento de tu tiempo?.
    – Por supuesto. -Se inclinó para besarle la mejilla-. Mikhail es un magnífico líder. Estarías orgullosa de él. Su compañera es perfecta para él y le ayuda a conducir a nuestra gente hacia una sociedad más cohesiva. Jacques y Shea han tenido un hijo, un muchacho. No estuve en la ceremonia del nombre, por lo que no sé como le han llamado. Oí que Savannah, tu nieta, espera gemelos.
    Sarantha se lanzó a los brazos de Vlad.
    – Desearía que pudieramos verles.
    – Algún día -dijo Vlad, abrazándola-. Nos reuniremos con nuestros seres queridos. Nos moveremos de esta vida a la siguiente muy pronto.
    Ella asintió y levantó la cara para rozar con un pequeño beso su barbilla.
    – ¿Y tu compañera, Manolito? Háblanos de ella.
    – Es valiente. Y hermosa. Y me hace desear ser mejor en cada alzamiento. -Manolito frunció el entrecejo, deseando información sin dar demasiada-. Vlad, cuéntame que sabes de los guardianes. Los hombreslobo.
    Vlad se sentó con las piernas cruzadas en la tierra.
    – Poco se sabe de su sociedad, aunque las leyendas abundan. Creo que ellos iniciaron la mayor parte de los mitos para mantener a la gente asustada y lejos de ellos, pero les salió el tiro por la culata y fueron cazados por los humanos. Viven en forma humana la mayor parte del tiempo. Existen en todos los continentes, o lo hicieron en épocas antiguas. Pocos pueden diferenciarlos de los humanos.
    – ¿Como pueden permanecer ocultos incluso de nosotros?.
    – No tienen el patrón cerebral diferente al de los humanos; simplemente usan una mayor parte del cerebro, como nosotros. La mayor parte del tiempo, el lobo permanece silencioso dentro de ellos, así que parecen totalmente humanos.
    – ¿Que le pasaría a un lobo si se convierte en cárpato?.
    – ¿Cruzar las especies? -Vlad echó un vistazo en Sarantha-. No lo sé. Nunca he oído hablar de tal cosa.
    – ¿Puede hacerse? -pregunto Sarantha.
    – No tengo ni idea -dijo Manolito -. Pero los seres humanos se han convertido con éxito a la sociedad cárpata. Puesto que los hombres lobo son psíquicos, es teóricamente posible.
    Vlad suspiró.
    – Me alegro de que no sea una decisión que tenga que tomar yo. Un lobo y un cárpato. La combinación podría ser letal.
    – O excitante -interpuso Sarantha-. Dos especies de igual poder.
    – ¿Qué le pasaría a la persona?¿A su cuerpo y su mente?¿En qué se convertiría?.
    Vlad abrió la boca y la cerró bruscamente.
    – Veo tu dilema. -Y lo hacía. Mucho más de lo que Manolito podía haber deseado que viera-. No puedo ayudarte. Hasta donde yo sé, nunca se ha hecho. Ambas líneas de sangre son iguales en poder. No sé cuál surgiría victoriosa, si una u otra.
    – ¿Y que sabes de Xavier?.
    Vlad suspiró y buscó la mano de Sarantha.
    – La verdad, ha pasado mucho tiempo desde que tuve que tomar decisiones para mi gente. Agradezco simplemente existir sin que mis opciones tengan impacto en nadie más que mi compañera. Incluso hablar de Xavier es difícil. Era un buen amigo. Un amigo en el que creí. Al que amé como a un hermano. Nos traicionó como ningún otro podía haberlo hecho.
    – ¿Por qué?.
    – Avaricia. Celos. Quería ser inmortal. Intenté decirle que no había verdadera inmortalidad… a fin de cuentas, también nosotros podemos morir… pero él se creía superior y que debía tener la clase de longevidad que tenemos nosotros. Desgraciadamente, todas nuestras salvaguardas fueron fundamentadas en hechizos de mago, hechizos que él proporcionó. Con el paso de los años añadimos más, pero el tejido de energía es el mismo, y eso nos hizo… y todavía nos hace… vulnerables a él
    – Cuando erais tan buenos amigos…
    – Quería que le entregara a una mujer cárpato. Intenté hablarle de las compañeras, pero se negó a atenerse a razones. Tuvimos muchas discusiones, y se convenció de yo estaba impidiéndole ser inmortal deliberadamente porque temía su poder. Finalmente empezamos a separar nuestras dos sociedades, aunque él mantuvo las escuelas para que nuestros jóvenes aprendieran. Rhiannon era una de sus mejores estudiantes y decidió quedársela. Mató a su compañero y la tomó. Debió haberlo planeado durante mucho tiempo, porque ella era una Buscadora de Dragones y pocos podrían haberla retenido contra su voluntad, consiguió dejarla embarazada. Sí. Hemos oído que tuvo hijos de ella. -Sus dedos se apretaron alrededor de los de Sarantha -. No hubo nada que yo pudiera hacer para detenerlo, y ahora está intentando destruir a nuestra gente.
    – Era malvado entonces y también ahora -dijo Manolito-. Se ha aliado con los Malinov y ha estado poniendo en acción el plan que ideamos. Ahora que sabemos lo que está haciendo, Zacarias enviará un mensaje a Mikhail y enviaremos emisarios a cada uno de nuestros aliados e intentaremos detenerle antes de que vaya más lejos. Pero primero, tengo que detener a Maxim.
    – Oh querido -Sarantha miró a su compañero-. Maxim es tan problemático. No puede aceptar sus errores. Rechaza toda responsabilidad, y hasta que los repare de algún modo, hasta que aprenda, no puede seguir.
    Manolito se levantó.
    – No puedo quedarme más tiempo. Temo por la seguridad de MaryAnn. Fue un honor veros a los dos.
    – Iré contigo y veré en que te puedo ayudar -ofreció Vlad.
    Manolito negó con la cabeza.
    – Sabes que no puedes. Este es mi problema. Estoy atrapado entre dos mundos y no puedo vivir en ambos. Esta es mi carga, señor, pero te agradezco que quieras compartirla conmigo. -Aferró los antebrazos de su príncipe a la manera tradicional y luego se inclinó para besar a Sarantha-. Le daré recuerdos a vuestra familia.
    – Cuídate, Manolito -dijo Sarantha.
    – Larga vida -añadió Vlad.
    Manolito retrocedió hacia los árboles, mirando hacia atrás una vez más para vislumbrar al líder de su gente. Sarantha y Vlad tenían sus brazos alrededor el uno del otro, sus cuerpos emitían un débil brillo que pareció volverse más intenso, más cegador en medio del gris y húmedo mundo. La visión de ellos dos, tan enamorados, tan ligados el uno al otro, le hizo desear lo mismo con MaryAnn. Suspiró y se giró resueltamente para afrontar el camino hacia el prado. Un viento leve sopló entre las hojas en la pequeña arboleda, pero no le alcanzó, aún cuando levantó la cara para intentar sentir la brisa.
    ¿Cómo podría descubrir el plan de Máxim? El vampiro nunca confiaría en él, nunca creería que se había pasado a su bando. ¿Qué quedaba? Vlad había dicho que los no-muertos habían inventado formas de torturar y volverle a uno loco. ¿Cómo se conducía a un espíritu a la locura? ¿O ya puestos, se le torturaba? Frunció el entrecejo mientras lo meditaba. Una guerra de ingenios entonces. No podía haber ninguna otra respuesta. Para bien o para mal, tenía que arriesgarse por su gente… y por MaryAnn. Si estaba equivocado…
    Se encogió de hombros y avanzó hacia el burbujeante y humeante prado donde el velo de niebla era espeso y los rebosantes charcos de barro escupían manchas oscuras y desagradables. Maxim y su ejército de los no-muertos esperaban al otro lado. Podía ver sombras moviéndose en el lánguido gris de la niebla, ojos rojos resplandecientes y voces que se elevaban en el vapor.
    Cruzó como un rayo el espacio, evitando las columnas de vapor y los géiseres repentinos cuando escupían al aire, lanzando más barro oscuro en todas direcciones. Explotó a través del velo de niebla, directamente al centro del círculo vampiro.
    Maxim siseó su sorpresa y se paró en seco, con los brazos aún levantados en el aire. El canto vaciló, y los demás que formaban el circulo alrededor de Maxim retrocedieron, cubriendo sus caras.
    Maxim forzó una sonrisa, mostrando el deterioro de sus manchados dientes.
    – Veo que has vuelto con nosotros, viejo amigo. Únete a nuestra pequeña ceremonia.
    – Ciertamente no quise interrumpirte, Maxim. De todos modos, tú y tus amigos continuad con lo que estabais haciendo.
    – ¿No te importa, entonces? -preguntó Máxim, con una débil y mortífera sonrisa de autosuficiencia.
    – No, claro que no.-Manolito cruzó los brazos sobre el pecho.
    Maxim levantó los brazos y empezó a cantar una vez más. Los vampiros que le rodeaban movieron los pies en un patrón hipnótico y empezaron a alzar sus voces en un encantamiento hipnotizador.
    Manolito se paseó deliberadamente alrededor de Maxim, estudiándole desde cada ángulo, observando el flujo de sus manos, grabando cada movimiento en su memoria.
    Maxim suspiró y dejó caer los brazos.
    – ¿Qué pasa?.
    – Continúa, Maxim. Simplemente estoy pensando donde he visto usar este particular hechizo. Creo que es uno de los primeros trabajos de Xavier, cuando intentó por primera vez ligar a él a los guerreros de la sombra. ¿Lo estudiamos, recuerdas? Era un hombre brillante.
    – Es un hombre brillante.
    – Ya no tanto -dijo Manolito en desacuerdo. Los otros no muertos habían dejado de cantar una vez más y estaban observando-. Está senil. Vive de la sangre de nuestra gente, pero no estaba destinado a la longevidad y su mente se va. -Se acercó más a Maxim y bajo la voz para que solo el maestro vampiro lo escuchara-. Ya no puede producir nuevos hechizos. Tiene que tener a otros, magos menores, que lo hagan por él.
    – ¡Mientes! -siseó Maxim-. Sé que mientes.
    – Sabes que no -replicó Manolito calmadamente, una vez más rodeando a Maxim-. Siempre has sido de inteligencia superior. No te halago al recordártelo. Podías razonar cosas. Xavier carece de habilidad para idear algo nuevo. Confía mucho en las cosas que sabía antes, y dudo que recuerde la mayor parte de ellas. -Se detuvo de nuevo al otro lado del vampiro y susurró en su oído-. ¿Por qué crees que busca el libro? -Xavier había compilado sus hechizos en el libro, ahora guardado por el Príncipe de los Cárpatos.
    Maxim gruñó y giró la cabeza de un lado a otro, sus ojos brillaban con ardientes llamas rojas.
    – Es un hombre poderoso.
    Manolito asintió con la cabeza y una vez mas empezó a caminar en círculos, moviendo los pies en un patrón de danza mientras, observando como el maestro de los no-muertos trataba de seguir los intricados e hipnóticos pasos.
    – Muy poderoso. A pesar de que ya no hace sus propios hechizos, todavía es un mago poderoso. Pero no puede hacer lo que os prometió a ti y a tus hermanos. No puede abrir el portal para permitir que tu ejército de no-muertos regrese. Por eso te ha dado el antiguo hechizo de los guerreros de la sombra.
    Maxim continuó girando en círculo con él, siguiendo cada movimiento con suspicacia. Cuando Manolito se detuvo y se inclino acercándose, él hizo automáticamente lo mismo.
    – Sabes que la compañera de Vikirnoff puede enviar a los guerreros de vuelta a su propio reino. Él utiliza sus hechizos, y ahora ya no tiene control sobre ella. Se ha quedado sin nada, pero no se atreve a dejar que Ruslan y tus hermanos sepan la verdad. ¿Qué utilidad tendría para ellos entonces? -Antes de que Maxim pudiera contestar, Manolito empezó otra vez a rodearle.
    El vampiro aferró su propia cabeza y agitado gritó, el sonido raspaba los nervios como papel de lija.
    – Eso no importa, Manolito. Xavier no planeó qué hacer; Ruslan lo hizo, y siempre tiene razón. Siempre. Zacarias fue un necio al seguir a Vlad en lugar de a Ruslan. Teníamos un código, un juramento de sangre, y lo rompisteis.
    – Nuestro juramento de sangre era entre nosotros y el príncipe, Maxim. La familia De la Cruz siempre fue leal a los Malinovs.
    – Os dimos la oportunidad de uniros a nosotros. Hablamos toda la noche de eso. Vosotros insististeis en seguir al príncipe y a su hijo asesino. -Maxim escupió las últimas palabras, su cara se retorció de odio y rabia. Se acercó nariz con nariz, mirando fijamente a Manolito a los ojos, de modo que las llamas rojas que ardían en sus hundidas cuentas fueron claramente visibles.
    – Traidor -acusó-. Mereces morir.
    Manolito no retrocedió ante el sucio hedor de la respiración de Maxim o el salvaje odio de su cara.
    – Morí. ¿Cómo estaría aquí sino?.
    – Regresaste, y eso significa que es posible. Xavier encontrará la forma de devolverme o tendrá una muerte larga y dolorosa. Sabe que no nos traicionará. Nuestra memoria es larga, y tú sufrirás por tu traición.
    – ¿De verdad?.
    La furia de Maxim estalló con tanta fuerza que no hubo forma de contenerla. Echó la cabeza atrás y aulló, extendiendo las manos para asir los hombros de Manolito con sus garras, que se clavaron profundamente y rasgaron a través de la carne hasta que corrió la sangre y los otros vampiros estallaron en un frenesí, corriendo hacia adelante en un esfuerzo por lamer las oscuras corrientes rojas.
    Por un momento, el dolor le atravesó, luminoso y caliente, retorciendo sus intestinos y latiendo en su cerebro, pero Manolito sofocó la reacción de su cuerpo y permaneció absolutamente inmóvil mientras los vampiros pululaban a su alrededor. Reprimió su repulsión y sonrió a Maxim, con la mirada tranquila.
    – ¿Crees poder engañarme tan fácilmente? Esto es una ilusión. Nada más. No puedes matar lo que ya está muerto. No tengo ningún cuerpo en este lugar. Estos necios quieren creerlo, pero incluso ellos pueden únicamente saborear la suciedad de la tierra mientras rondan alrededor.
    Con desprecio en la cara, tocó a uno con el pie mientras el no muerto arañaba la yerma tierra. El ruido era horroroso mientras todos intentaban en vano conseguir sangre fresca. Gruñidos y siseos, animales volviéndose locos.
    – ¿Es a esto a lo que te has visto reducido, Maxim? Una vez fuiste un gran hombre, y ahora te revuelcas como los cerdos en el corral.
    Gritando de rabia, Maxim le golpeó repetidamente en la cara, triturando la carne con sus largas uñas amarillas. Fue difícil estarse quieto bajo el ataque, impedir a su mente creer que lo que pasaba era real. La carne parecía volar en todas direcciones. La sangre salpicaba por todas partes.
    Manolito mantuvo los brazos relajados a los costados y forzó a la sonrisa a resistir, aun cuando los otros vampiros se volvieran locos, tratando de empujar trozos de carne a sus bocas, acercándose a fin de hundir los dientes en sus hombros y pecho. Fue una de las cosas más difíciles que había hecho jamás en su vida, permanecer allí de pie mientras los no-muertos se reunían a su alrededor en un frenesí alimenticio, rasgando la carne de sus huesos y tratando de comerle vivo.
    Mantuvo su mente fija en MaryAnn. Pensó en su sonrisa, su cabello, la forma en que sus ojos se encendían cuando sonreía. Ah, el sonido de su risa era cálido y brillante en su mente, ahogando el sonido de los vampiros que le desgarraban. Fijó la mente en cada detalle de su cuerpo y el modo en que le sentaba esa ropa tan a la moda. Sus tacones rojos y sus botas suaves. Incluso aquí, en esta tierra que no tenía sentido, había venido a su rescate, manteniendo su imagen valiente entre él y la locura.
    – ¡Basta! -gritó Maxim e hizo señas a los vampiros para que se apartaran de Manolito. Los no-muertos obedecieron renuentemente, algunos arrastrándose por la tierra intentando atrapar carne y sangre y consiguiendo sólo puñados de suciedad alcalina. Algunos agarraron las piernas de Maxim y le adularon, rogando más, con las caras manchadas de barro. Él les apartó a puntapiés con impaciencia y fulminó con la mirada a Manolito.
    – Deja de burlarte.
    – No me burlo, Maxim. Sólo siento compasión por la criatura que solía ser mi amigo y que una vez fue un gran hombre. Ahora te contentas con mandar sobre estos inútiles. Te has convertido en gusano por tu propia mano. Y has perdido la única cosa que importaba… tu aguda inteligencia. ¿Cómo pudo un hombre con un cerebro tan agudo como el tuyo creer una palabra de lo que decía Xavier? No tiene ningún sentido que tú o Ruslan… o cualquiera de tus hermanos en realidad… malgastarais el tiempo con él.
    Manolito procuró mantener la adulación al mínimo mientras devolvía el foco de atención del vampiro otra vez al mago. Maxim era astuto, y notaría si Manolito se pasaba. Mantuvo el tono muy tranquilo y ligeramente desdeñeso que sabía irritaría a Maxim.
    El maestro vampiro aspiró, el aire silbó entre las mellas de sus dientes. Manolito podía verle esforzándose por mantener el control, la dignidad. Se apartó, colocando las manos a la espalda y controlando su expresión.
    – Estas equivocado con Xavier, Manolito. Llevará mi ejército a través del portal y nadie podrá derrotarnos. No puedes derrotar a la muerte. -Rió sin alegría como si estuviera divirtiéndose mucho.
    Alrededor de ellos, los demás vampiros comenzaban a reunirse, siguiendo el ejemplo de Maxim, abrían sus bocas y dejaban salir sonidos que resultaban una terrible parodia de risa. El alboroto era chirriante, un salvaje chillido que resonó por la cabeza de Manolito y le hizo apretar los dientes. Forzó una sonrisa, manteniendo la mirada fija en Maxim, tratando de leer cualquier cosa tras su endemoniada máscara.
    – ¿De veras lo crees, Maxim? ¿Crees que Xavier tiene el poder para llevarte de vuelta? Creó los hechizos de los guerreros de las sombras cuando estaba en su gloria. Ahora es un viejo gusano, que se alimenta de la sangre de niños pequeños y la magia de magos menores. ¿Realmente crees que puede hacerte regresar?.
    – Tú. Tú vas a sacarnos de aquí -dijo bruscamente Maxim, la verdad explotó. La saliva se derramó de su boca y las llamas de sus ojos saltaron aún más alto-. Tan satisfecho como siempre, hombrecito. Eso lo que realmente eres. Tus hermanos sabían la verdad. Eres un hombrecito que gime para hacerse el importante. Crees que luchas contra nosotros, pero no puedes. Nunca podrás. Te atreviste a entrar en mi mundo, y tuviste la oportunidad de unirte a nosotros de nuevo. Dos veces has tenido la oportunidad.
    – Querías que matara a mi compañera.
    – Te habrías unido a nuestras filas y me habrías servido. Con tu cerebro, podríamos haber llegado lejos, pero nunca pudiste ver la imagen completa. Quisiste adular a aquel tonto de Dubrinsky. Y nunca entendiste, ni siquiera Zacarias lo entendió: Vlad Dubrinsky os traicionó por su hijo. Nos traicionó a todos por su hijo.
    Manolito se tensó, su mente corría. La respuesta correcta estaba frente a él si podía encajar los pedazos del rompecabezas. Maxim quería decírselo, quería mostrar su superioridad; Manolito sólo tenía que tener paciencia y conducirle en aquella dirección.
    – Crees que tus insultos infantiles van a impresionarme como a tus ridículos perros? -Deliberadamente su gesto abarcó a los vampiros desesperados por la atención de Maxim-. Soy un cazador. He sido un cazador durante mil años. Te has vuelto divertido, la grandeza en ti desapareció hace tiempo. Te convertiste en una marioneta para gusto de Xavier.
    Maxim parecía a punto de explotar. Sus ojos giraban en las cuencas profundas, rojo naranja encendido y amarillo. Vomitó veneno entre los dientes, el ácido aterrizó en la piel de Manolito, donde chisporroteó y humeó.
    Manolito permaneció estoico bajo el ataque, ni siquiera parpadeó, no cambió de expresión, simplemente miró a Maxim con la misma sonrisita de desprecio que seguía consiguiendo meterse bajo la piel del vampiro.
    – No sabes nada. Nada. Tú también creías que tu intelecto era superior al de todos los demás. Tú y tus preciados hermanos. Zacarias nos ordeno seguir a ese asesino príncipe llorón. Dubrinsky podía matar a una mujer, pero no a su propio hijo, y los hermanos De la Cruz le seguían como cachorros.
    Manolito encogió los hombros de modo casual.
    – Como tú haces con Xavier. Creyendo en sus mentiras. No quiere ser pasto para el no-muerto. Te dirá cualquier cosa que quieras oír.
    – Vi el portal -soltó Maxim-. Y ella volverá. Tú eres el hilo conductor. Vendrá a por ti cuando te oiga gritar.
    Manolito sintió su corazón saltar, pero mantuvo la misma expresión, cuidando de mantener la mirada llena de desprecio y sin parpadear. Lo había esperado, pero oírlo le devolvió el miedo por MaryAnn. Guardó la emoción en algún lugar profundo y afrontó al maestro vampiro.
    – Será interesante verte hacer eso.
    – En este momento mis títeres cumplen mi orden, atacándola mientras tu cuerpo permanece vulnerable. Lo quemaremos y no habrá esperanza de retorno para ti. Ella te oirá gritar y se fundirá contigo completamente como ya hizo antes. Una vez esté aquí, podremos utilizar su espíritu vivo para regresar.
    Manolito saboreaba el miedo ahora, pero forzó a su corazón a latir con un ritmo tranquilo.
    – ¿Y cómo te prepones hacerme gritar, Maxim? Has fallado completamente hasta ahora.
    Maxim sonrió con satisfacción.
    – Sólo hay uno capaz de seguir cada senda de comunicación. -Agitó los brazos, la satisfacción brillaba en sus ojos-. Se trata de Draven Dubrinsky, el hermano mayor de Mikhail.
    Manolito se volvió, y el hijo de Vlad estaba detrás de él, brillando con el poder de la herencia de su familia, sus ojos brillantes de odio, su hermosa cara retorcida con malicia.
    – Ella vendrá por ti, -estuvo de acuerdo. Erguido, alto, con sus brazos a los costados, y Manolito sintió el poder de la mente fundiéndose con la suya en el momento en que le golpeó.

Capítulo 17

    El vampiro chocó contra lo que quedaba de la barrera que rodeaba a MaryAnn, haciendo trizas las salvaguardas de Manolito. Las garras de la criatura estaban extendidas en un intento por alcanzar el cuerpo de Manolito mientras se posaba en la plataforma en lo alto de la canopia. La licántropo se encontró con el no-muerto en medio del aire, chocando, la loba condujo al vampiro hacia atrás con la fuerza de su impulso. Igual que un niño protegiendo a un cachorro, arañó implacablemente al vampiro mientras caían juntos.
    Cayeron hacia el suelo de la selva, la loba encima del no-muerto, las dos formas retorciéndose y rompiendo ramas cuando el vampiro las golpeaba una tras otra con la espalda mientras caían unos cuarenta y cinco metros. Alrededor de ellos la selva volvió a la vida con el ruido de la batalla, el chillido de centenares de pájaros, los gritos de los monos, los gruñidos del vampiro y el crujido de la madera astillándose mientras caían la distancia en picado.
    El vampiro clavó sus dientes puntiagudos en el hombro de la loba y desgarró, atacando ferozmente con las garras, arañando la barriga de la loba. MaryAnn sintió las garras clavarse profundamente; pudo incluso oír el sonido de la carne y piel de la loba siendo rasgada. Su estómago dio un vuelco, pero la loba echó la cabeza a un lado, arrancando los dientes de su hombro, ignorando el floreciente dolor mientras sangre y carne hecha trizas salpicaban de un extremo a otro las hojas.
    El vampiro golpeó la tierra, medio formado, intentando disolverse debajo del lobo, pero la guardiana de MaryAnn era implacable, sus dientes buscaban la garganta, sus garras excavaban a través de la pared del pecho ansiando el corazón ennegrecido y marchito. Era instintivo, un viejo legado que pasaba en la memoria colectiva de una generación a la siguiente. En lo más profundo, donde nada podía tocarla, MaryAnn juró no ir nunca a ninguna parte sin su spray de pimienta. La loba podría haber cegado al vampiro con el y por lo menos haberse dado un alivio temporal de esos terribles dientes.
    Aterrizó sobre el vampiro, y rodaron, el vampiro siseando su aliento fétido. La criatura apestaba a carne podrida, ofendiendo el agudo sentido del olfato del lobo. El vampiro aferró al lobo y lo arrojó, aprovechando la oportunidad para disolverse en vapor y fluyendo hacia arriba hasta la plataforma en la canopia.
    El corazón de MaryAnn se estrelló contra su pecho. Se oyó a sí misma gritar, estirarse, intentando tomar el control de su cuerpo para alcanzar a Manolito, pero la loba ya estaba en movimiento, saltando de un brinco las ramas del árbol con increíble velocidad, corriendo a por el vampiro mientras éste volvía a tomar forma junto al cuerpo de Manolito. Esta vez el lobo cogió la cabeza del vampiro entre sus garras y la retorció. El cuello del vampiro se quebró y su cabeza cayó a un lado. Gruñendo, con los ojos brillando de ardiente rabia, la criatura bajó el hombro y empujó al lobo hacía atrás, arrojándolos una vez más por el borde de la barandilla.
    MaryAnn se sintió caer, sintió el golpe de las ramas contra su espalda, pero todo el tiempo la loba tenía el control, el hocico excavaba hacia el premio que suponía el corazón del no-muerto. La sangre bañaba el cuerpo de la loba, quemando como ácido, chamuscando hasta el hueso, pero la guardiana se negaba a detenerse. En su desesperación, el vampiro se libró del lobo, y los dos aterrizaron duramente en la tierra.
    Riordan De la Cruz se materializó en el aire, justo cuando el vampiro se ponía en pie tambaleante. Riordan estampó el puño profundamente en el pecho del vampiro y arrancó el corazón. Tirándolo a un lado, se giró para enfrentar al lobo. La guardiana se tambaleó mientras se las arreglaba para ponerse en pie, temblando por el dolor y trauma de sus lesiones.
    Riordan alzó una ceja.
    – ¿MaryAnn?.
    La loba asintió y extendió la mano hacia atrás detrás en busca de apoyo, apoyándose contra un árbol. Cabeceó hacia el corazón cuando esté rodó hacia el cuerpo del vampiro.
    – Sí, claro, -Riordan extendió la mano hacia el cielo, cubriendo su sorpresa. Enseguida el cielo bulló con nubes tormentosas y el trueno retumbó. El relámpago veteó las nubes más oscuras y después golpeó con estrépito el corazón y lo incineró. Luego dirigió la blanca energía candente hacia el cuerpo del vampiro.
    Para asombro de MaryAnn, su loba se inclinó hacia el crujiente flujo de energía. En lugar de incinerarla, la energía disolvió la sangre ácida de sus brazos y cuerpo. Tambaleándose atrás, la guardiana una vez más se recostó contra las raíces enredadas de un árbol, sus costados se movían con esfuerzo, la respiración le llegaba en jadeos desiguales. El dolor quemaba a través de su cuerpo, pero había mantenido a Manolito vivo. No podía esperar otro momento para inspeccionarle. Para tocarle. Le necesitaba desesperadamente.
    Saltando a las ramas más bajas del alto árbol, escaló su camino hacia la plataforma. Manolito todavía estaba sentando, su cuerpo un poco caído a un lado, pero parecía como si estuviera descansando. Se permitió respirar y se dejó caer junto a él.
    MaryAnn se extendió hasta su cuerpo, dando las gracias a la centinela, agradecida por la ayuda que le había proporcionado. Nunca habría podido derrotar al vampiro en su demasiado frágil cuerpo humano. Esto le provocó una sensación de gratitud hacia las otras especies que compartían el mundo con ella, agradecía que se preocuparan lo suficiente como para mantener a todos tan a salvo como fuera posible. La loba la hacía sentirse segura.
    Tú eres la loba, la tranquilizó una voz femenina en su interior. MaryAnn cerró los ojos y se expandió, atrayendo a la guardiana a las profundidades de su alma. Esta vez el proceso fue mucho más rápido, como si la loba saltara a su cubil y ella emergiera, con mucha más facilidad de la que había costado dejarla salir. Su cuerpo se reformó con un mínimo malestar, aunque en el momento en que estuvo en su forma humana, el dolor de sus heridas realizó una escalada hasta que las lágrimas quemaron y se mordió con fuerza los labios para evitar gemir.
    – He destruido al jaguar y al mago también, y limpié el desastre que la sangre del vampiro causó en la tierra y sobre los árboles y el follaje, así que voy subiendo.
    Por un momento MaryAnn no entendió la advertencia en la voz de Riordan, hasta que miró hacía abajo a su cuerpo. Necesitaba ropa. No tenía ropa. El pánico se alzó. Su ropa era su armadura. Su valor. Su sentido de la moda hacía que pudiera con todo. No podía enfrentarse a él sin ropa. Ahora si que empezó a hiperventilar.
    – ¡No! No puedes subir aquí. No estoy vestida.
    Él masculló algo en tono impaciente, y se encontró vestida con una desteñida camisa escocesa, vaqueros ceñidos y unos extremadamente viejos zapatos de lona. Entonces le tuvo ante ella, frunciendo el ceño.
    – Voy a tener que sanar tus heridas. Necesitaré echar una ojeada. Los vampiros han estado dejando últimamente unos pequeños parásitos tras ellos cuando muerden.
    Ella apenas le oyó, demasiado ocupada en mirar sus ropas con desmayo.
    – Sé que no crees que voy a ir por ahí vistiendo estos… estos-Se interrumpió, las yemas de sus dedos sostenían el dobladillo de la camisa mientras la miraba, espantada.
    El ceño de él se profundizó.
    – Se le llama ropa.
    – Oh, de eso nada. Trapos quizá. -Se palmeó la ajustada trenza para asegurarse de que aún estaba intacta. Podía luchar con vampiros y jaguares, pero iba a hacerlo luciendo bien-. Esto no es ropa. -Mover el brazo, cuando su hombro estaba ya ardiendo, la hizo hacer una mueca de dolor. Que por supuesto él vio. Estaba mucho más interesado en la mordedura del vampiro que en sus problemas de moda.
    Riordan se agachó para examinar a su hermano.
    – Juliette nunca se preocupa por su ropa. Simplemente se pone cualquier cosa.
    – Soy bien consciente que esa chica necesita un serio cambio de imagen-, dijo MaryAnn. En más de una forma. Juliette también necesitaba un par de sesiones sobre tratar con hombres dominantes.
    Riordan le echó un vistazo, y su sonrisa hizo que el aliento le se atascara en los pulmones. Por solo un momento, en ese rayo plateado de luz de luna, se había parecido a su hermano. El destello estaba allí y entonces desapareció, y su desesperación por estar con Manolito creció.
    Riordan se enderezó despacio, cuando la sonrisa de MaryAnn se marchitó de su cara.
    – Hiciste bien. Tengo una deuda tremenda contigo. Toda nuestra familia la tiene, MaryAnn. Gracias por salvar la vida de mi hermano.
    La sinceridad en su voz fue su perdición. Si hubiera llevado puesta su mejor ropa, podría haberlo manejado con dignidad, pero no, él tenía que ponerle algún horrible y miserable conjunto y simplemente se hundió bajo la presión. Se oyó a sí misma sollozar. Él pareció alarmado e incluso dio un paso atrás, alzando una mano.
    – No llores. Era un cumplido. No empieces a llorar. Deben dolerte los hombros. Permíteme echarles un vistazo.
    – Es la ropa, -hipó ella-. Cámbiala rápido.
    – Dame una imagen, entonces.
    Parecía tan desesperado como se sentía ella. Ella no debería estar aquí de pie sollozando como un bebé cuando Manolito estaba enfrentando ese otro mundo y cualquier cosa que hubiera en él. Tenía que llegar hasta él. Por alguna razón, sólo la idea de ese lugar espectral le daba escalofríos. Tomó un profundo aliento y se imaginó a sí misma vistiendo sus vaqueros Versace favoritos, su top al cuello Dolce & Gabbana color tabaco, con tiras de cuero dorado y drapeado escote que caía diestramente sobre sus pechos, y sus botas favoritas, las Michael Kors, simplemente porque eran tan elegantes y cómodas que iban con todo. Los accesorios lo eran todo, así que fue por todas y le agregó el cinturón trenzado y una gruesa pulsera y el collar que siempre había querido pero no se había podido permitir.
    Tomó una profunda respiración y la dejó salir tan pronto como la ropa estuvo instalada sobre su piel, encajando como un guante, proporcionándole el valor para enfrentar el próximo desafío.
    – Gracias, Riordan. Esto esta perfecto.
    Esperaba que él soltara un pequeño resoplido, pero en vez de eso estudió su apariencia con cuidado.
    – Te ves maravillosa. Yo creía que se te veía bien con la otra ropa, pero esto te pega más.
    Ella sonrió, sintiendo por primera vez una pequeña camaradería con él.
    – Gracias por llegar aquí tan rápido. No sabía qué hacer con esa cosa. Simplemente seguía viniendo hacia mí. -Agitó la cabeza, frunciendo el ceño-. Bueno. No hacia mí. Hacia mi guardiana.
    – La loba.
    Lo dijo con respeto, y el corazón de MaryAnn se aligeró incluso más. Comprendió lo que eso significaba. Ella era la loba. Moraba en ella, silenciosa y a la espera, surgiendo cuando la necesitaba, satisfecha de quedarse callada a menos que la compeliera a entrar en acción. Era la centinela, y los animales a su alrededor reconocían al guardián en ella por lo que era. Y la respetaban. Riordan la respetaba. Más aún, la aceptaban por quién y qué era.
    – Eres la compañera de Manolito, -dijo Riordan. -Y colmas cualquier expectativa. -Le hizo una reverencia, un cortés gesto de respeto-. No podría haber encontrado a otra mejor. Guardas muchos secretos, hermanita.
    Sintió la sonrisa extenderse por su cara; no pudo evitarlo.
    – ¿La loba? Sale ocasionalmente y patea traseros de lo lindo. -Se sentía tan orgullosa diciéndolo, tan segura. La loba. Su loba.
    – No tenía idea que quedara ningún licántropo en este mundo. Ahora creo que son mucho más astutos de lo que creíamos. Por supuesto que todavía existen, y deberíamos haberlo sabido. Siempre se contentaron con quedarse en segundo plano.
    Ella se apoyó contra la baranda, oscilando un poco.
    – Esperaba que cuando sufrieran heridas pudieran sanarse a sí mismo como vosotros. Y me habría gustado la habilidad de producir ropa con la imaginación. Hay un par de líneas que no puedo permitirme el lujo de tener, pero te aseguro que puedo imaginarme a mí misma llevándolas.
    Él le cogió el brazo para estabilizarla, bajándola hasta que quedó sentada una vez más junto a Manolito.
    – Tengo buenas noticias para ti, MaryAnn. Manolito es bastante adinerado, y podrás permitirte el lujo de vestir cualquier línea que prefieras. Es bueno mantener la ilusión de ser enteramente humanos en todo momento, pero si lo necesitaras, una vez totalmente cárpato, podrás fabricar ropa a voluntad.
    Su corazón saltó cuando él dijo eso. Totalmente cárpato. Todavía tenía que tratar con eso. Y quería estar con Manolito de la Cruz para siempre. La iba a volver loca con su arrogancia, y él iba a tener que aprender lo que era vivir con una mujer tan terca como él.
    – ¿Entiendes lo que eso significa? -preguntó Riordan.
    – En realidad no. ¿Cómo podría? -Fuera lo que fuera lo que le estaba haciendo en el hombro estaba dejándola sin respiración. Dolía como el infierno, y se alegró mucho de poder bajar la mirada a sus botas perfectas y admirar las puntas cuadradas y a su realmente agradable cuero.
    – Serás totalmente cárpato. A Juliette le molestó perder su jaguar. Puede llamar a su felino, cambiando a su forma y puede sentirlo, pero no es lo mismo. No tiene una sensación de pérdida, pero yo sé que fue difícil al principio cuando pensó en ello como una pérdida.
    – ¿De verdad? Yo me preocupo más por perder a mi familia. Mis abuelos y padres son muy importantes para mí. No me hago a la idea de ver morir a mis amigos y a mi familia.
    Riordan no sabía que su sangre estaba infectando a Manolito con el lobo, solo que la sangre de él le estaba dando los rasgos de los cárpatos. Sus dedos resbalaron por el largo, espeso pelo de su compañero. Saboreó la palabra y la profundidad de su significado. Era suyo. Tanto como ella le pertenecía, él le pertenecía a ella. Cualquier cosa que estuviera pasándole, también le estaba pasando a él. ¿Qué tendría Riordan que decir a eso? ¿Cómo aceptaría lo que sería Manolito entonces?
    Se frotó las palpitantes sienes.
    – ¿Has oído algo? -Echó una mirada a su alrededor, levantó su cara y olisqueó el aire. ¿Con cuanta frecuencia había hecho esto y nunca había comprendido por qué? ¿Con cuanta frecuencia se había metido en la mente de la gente sin ser consciente de lo estaba haciendo, para extraer la información que necesitaba para ayudarles? Y los animales… Echó una mirada alrededor, a los monos en los árboles. Todos habían venido en su ayuda cuando los necesitó. Incluso el jaguar, bajo el encantamiento del vampiro; había luchado por romper el hechizo y obedecer.
    – La loba es buena, – dijo con satisfacción.
    – Claro. ¿Qué pensabas?.
    – En un monstruo de dientes puntiagudos destrozando al adolescente chillón con sus garras y devorando a la familia entera mientras el más pequeño mira todo desde el armario jurando que matará a la bestia peluda algún día.
    Riordan resopló, su breve sonrisa de diversión se marchitó tan rápido como había aparecido.
    – Puede pasar. Hay unos cuantos renegados, pero la sociedad del lobo, en el pasado, y sospecho ahora, siempre hizo un buen trabajo de vigilancia de su propia especie. Viven como los humanos, al menos solían preferirlo, normalmente cerca del bosque o la selva, y aceptan trabajos con animales ayudando a protegerlos. Raramente se muestran a menos que haya un extremo peligro para alguien que esté bajo su protección. Su número empezó a menguar incluso antes que el nuestro. Estaban demasiado dispersos, las manadas no estaban lo bastante cerca como para cruzarse, y sospechamos que intentaron engendrar con los humanos pero no tuvieron éxito y finalmente su especie murió.
    – ¿Por qué crees que su sangre no puede convertir a un humano?.
    – No creíamos que la sangre Carpato pudiera convertir a un humano con éxito. Juliette cree que durante los años, más humanos de lo que creemos han tenido sangre de otras especies también, quizá no mucha, pero aún así probablemente estén genéticamente emparentados.
    – ¿Pero crees que la sangre del lobo no es tan fuerte como la sangre cárpato y que Manolito me convertirá sin problemas?.
    Sintió más que ver la vacilación de Riordan.
    – Sé que debe convertirte o no sobrevivirá.
    – Eso no es lo que te he preguntado. -Se apartó de él para poder verle los ojos-¿Qué es lo que te asusta?.
    – No sé que sucederá cuando te convierta, -contestó Riordan honestamente mientras extendía el brazo una vez más para examinar la marca de la mordedura. El área estaba quemada por la sangre y saliva, también en carne viva y desgarrada. Ella estaba temblando, pero no parecía notarlo. Sus dedos se hundían en el pelo de Manolito como si él fuera su ancla, pero no parecía consciente de eso tampoco-.Cuándo convertí a Juliette, el jaguar luchó duro por vivir.
    – Manolito convirtió a Luiz.
    – Luiz se estaba muriendo. Era la única oportunidad del jaguar de sobrevivir. Una pequeña parte de él vive, así como una pequeña parte del jaguar de Juliette vive dentro de ella, pero no es lo mismo, y aunque pueden tomar la forma del jaguar, no son el jaguar. ¿Tiene sentido para ti?.
    Su corazón saltó. Le gustaba su loba. Estaba orgullosa de ella. Y de algún modo, aunque acababa de descubrirla, la guardiana había estado ahí desde el principio, dando forma a su vida, ayudándola sin su conocimiento. No quería ser ninguna otra cosa. Pensaba en sí misma como humana. Quizá Juliette tenía razón y la mayoría de los humanos tenían una conexión genética con algunas de las otras especies, pero fuera cual fuera la razón, le gustaba quien era, estaba cómoda en su propia piel, y no quería cambiar, no si eso significaba dejar ir a quién era. Lo que era. No si tenía que renunciar a su recientemente encontrada loba.
    ¿Pero podría ella renunciar a Manolito? ¿Dejarle morir? ¿Dejar que se convirtiera en vampiro?
    – No puede volverse vampiro cuando sabe que tiene una compañera, si no me convierto en lo que vosotros sois, ¿verdad?-Su corazón tronó al ritmo de su palpitante cabeza. No estaba segura de qué le dolía más, la cabeza o los hombros. La herida del vampiro quemaba claramente hasta el hueso.
    De repente necesitó tocar a la mente de Manolito. Fundirse con él. Luchó contra el impulso, sabiendo que no quería que ella entrara con él en la tierra de las sombras, pero era difícil cuando necesitaba tanto su toque. Casi no podía respirar, esforzándose por encontrar una forma de atraer aire a sus pulmones. ¿Era ella, o era él? ¿Estaba él en dificultades?.
    – Claro que podría volverse loco por la necesidad. Es mucho peor saber que la compañera de uno está ahí y no poder salvarse a uno mismo. Hará lo que sea necesario, MaryAnn, y al final, te alegrarás de que lo haga.
    Ahora le dolía por todas partes, la espalda, las piernas y los brazos, como si alguien la hubiera golpeado.
    – Le necesito. -Lo admitió y debería haberse sentido avergonzada, pero solo podía pensar en llegar hasta él.
    Riordan frunció el ceño. Diminutos puntos de sangre salpicaban su frente. Era impropio de MaryAnn dejar pasar una declaración así sin refutarla, y nunca habría admitido ante él su necesidad de Manolito. Algo iba muy mal. Tenía que asegurarse de que la sangre corrompida no estuviera extendiéndose por su sistema como un veneno.
    – Solo relájate. Voy a sanarte a la manera de nuestra gente.
    Tomó aliento y se reclinó contra Manolito, necesitando el calor de su tacto, la percepción de tenerle cerca, pero le sintió frío, inanimado, su espíritu a gran distancia de su cuerpo físico.
    – Tengo que ir con él.
    – Respira. Permíteme hacer esto. Él querría que lo hiciera. – Riordan mantuvo la voz tan tranquilizadora como fue posible. MaryAnn había tenido que soportar demasiado en los últimos días. Parecía agotada, y al día siguiente por la noche, cuando se alzaran la próxima vez, a pesar de lo que le hiciera ahora, sentiría las consecuencias de haber chocado con las ramas hasta el suelo.
    Él tomó aliento y liberó su cuerpo, permitiendo a su yo físico alejarse para poder convertirse en la necesaria luz curativa. Entró en su cuerpo para evaluar el daño. El vampiro había infectado la sangre intencionalmente. No había desgarrado y arrancado grandes pedazos de carne; más bien había pinchado profundamente con sus dientes afilados como navajas de afeitar, utilizando un movimiento aserrado para inyectar miles de diminutos parásitos en el torrente sanguíneo. ¿Por qué? ¿Por qué no había intentado matarla? La loba había sido algo inesperado, pero eso debería haber empujado al vampiro a defenderse con más vigor aún.
    El vampiro había ido a infligir el mayor daño posible, en lugar de a matar. La yugular había quedado intacta. Había atacado ferozmente y había rasgado la barriga de la loba, un pedazo de hombro, pero ni una sola herida era un blanco mortal. Ningún vampiro tenía ese tipo de control durante una batalla a vida o muerte… a menos que estuviera programado. ¿Y quién podría manipular a un vampiro, incluso un vampiro menor, cuándo su vida estaba en peligro?. Por naturaleza, los vampiros eran astutos y egoístas. Riordan observó los parásitos enganchados en el torrente sanguíneo de MaryAnn con desmayo.
    Entró en su propio cuerpo.
    – Esto puede llevar algo de tiempo. ¿Te sientes enferma? -No había detectado veneno, así que el vampiro no le había inyectado un agente químico letal.
    – No puede ser demasiado. Tenemos que ayudar Manolito.
    Estudió su cara. Aparte de parecer tan cansada, no parecía alarmada, así que no sabía nada. Apostaría su vida a que la loba si.
    – Descansa, -aconsejó, más a la loba que a ella. Porque la loba iba a ser necesaria después; estaba seguro de ello.
    MaryAnn cerró los ojos y apoyó su cabeza contra el hombro de Manolito. Riordan estaba de pie ante ella, despojándose de su cuerpo para poder luchar la batalla contra los parásitos que el vampiro había dejado atrás.

    Manolito miró con sorpresa a Draven Dubrinsky. El hombre estaba muerto hacia mucho tiempo. ¿Por qué Vlad no le había advertido que su hijo residía en el prado de nieblas y sombras? Draven, igual que su padre y Mikhail, era una vasija para el poder del pueblo cárpato. Sabía el tono exacto, el sendero exacto, mente-a-mente, incluso de las compañeras.
    El corazón de Manolito saltó, su estomago se anudó, pero mantuvo el pulso firme y fuerte, sus rasgos inexpresivos. Su primer pensamiento fue advertir a MaryAnn. Para hacerlo, tendría que fundirse con ella. ¿Eso la empujaría dentro de este mundo lo suficiente como para que Maxim pudiera agarrarla?.
    Dejó escapar el aliento lentamente, manteniendo su mente lejos de MaryAnn, bloqueándola de forma que si Draven tocaba su mente, fuera incapaz de encontrarla, o siquiera captar una senda hacia ella. Ella no era cárpato. Draven no podría buscarla automáticamente como podría con una hembra de sangre completamente cárpato.
    Se negó a mirar al hijo de Dubrinsky, escogiendo mantener la batalla entre él y Maxim. Conocía a los Malinov, y estaba más que dispuesto de igualar su ingenio si de eso dependía la seguridad de los Cárpatos.
    – No puedes arrastrarla a este mundo a través de mí. No con alguien como él.
    – No estés tan seguro de ti mismo, Manolito. Eso fue siempre tu perdición. La tuya y la de todos tus hermanos. -Un amargo desprecio mordió la voz de Maxim. – ¿Cómo crees que tu mujer podrá resistir contra uno de los más poderosos entre los nuestros?- Su risa era suave y burlona-. No creo.
    Manolito frunció el entrecejo cuando la selva se cerró a su alrededor. Vio a MaryAnn sentada junto a su cuerpo físico, las rodillas alzadas, una mano enredada en su pelo. Había sangre en su hombro y bajando por su frente. Su camisa estaba rasgada. No podía verle la cara, pero parecía confiar en el hombre que estaba de pie cerca de ella. Riordan. Su hermano. Inclinándose para examinar las heridas.
    Habría debido parecer protector, pero había una cualidad furtiva, astuta en él mientras se erguía sobre ella, como un depredador sobre su presa. Giró la cabeza y sonrió a Manolito. La cara de Riordan se emborronó y se convirtió en la de Kirja, uno de los hermanos de Maxim.
    El corazón de Manolito casi se detuvo. Se mantuvo a sí mismo inmóvil, temiendo moverse, disparar el ataque sobre MaryAnn. Todo en él le decía que se extendiera hacia ella, para advertirla…
    Maxim se inclinó cerca.
    – Los humanos son fáciles de engañar.
    Manolito cerró los ojos mientras el alivio le inundaba.
    – No lo creo. Y si mal no recuerdo, mi hermano Rafael arrancó el corazón de Kirja de su cuerpo y lo lanzó a los hoyos más profundos del infierno que están esperando a los que son como él. -Un humano no podría darse cuenta del peligro, pero el lobo podría. El guardián habría saltado al instante si un vampiro estuviera atacando a MaryAnn.
    – Espero que estés seguro.
    Con eso, Kirja golpeó a MaryAnn a un lado, y con un rápido movimiento, degolló la garganta de Manolito donde estaba sentado desvalidamente. MaryAnn gritó y trató de alejarse a gatas pero el vampiro la arrastró hacía atrás por los tobillos, dándole la vuelta y arrancándole la ropa. Le pateó las costillas viciosamente y después se inclinó para dar puñetazos en su cara. Ella se alejó rodando, y él la agarró por el pelo y la arrastró encima de Manolito, sujetándola mientras la obligaba a mirar como lamía la sangre pulsante de la garganta de su compañero.
    Manolito descubrió que había cosas mucho peores que la tortura física. Se dijo a sí mismo que esa no era realmente MaryAnn, pero sus ojos y su cerebro se negaban a creerlo. Se dijo a sí mismo que Kirja había muerto hacía mucho tiempo y había abandonado el mundo de los vivos, pero la sangre y los gritos eran demasiado reales. Se estremeció cuando Kirja continuó golpeándola. Sintió que su estómago se rebelaba cuando el vampiro cometió otras perversiones en ella, cada atrocidad que Maxim pudo pensar y podía pensar muchas.
    Manolito no tenía forma de detener las imágenes, así que intento acallar sus emociones. No había forma. En esta tierra, sentía el significado de las emociones… lo eran todo… y las emociones se amplificaban mil veces. Ahora ya sabía cómo el no-muerto podía volver loco a un espíritu. No podía compartimentar sus emociones; tenía que sentir cada golpe, cada cosa enfermiza y repugnante que MaryAnn tenía que soportar. Sus pulmones ardían buscando aire. Sus manos temblaban. Cerró los dedos en un puño para… ¿qué? No tenían cuerpo. Esto era un juego mental. Esperaban romperle. Esperaban que se uniera a MaryAnn para inspeccionarla, para aliviar su propio sufrimiento.
    Agitó la cabeza.
    – Nunca te permitiré tenerla, Maxim, no importa lo que me hagas. No importa lo que me muestres…
    Kirja hundió el puño en el pecho de MaryAnn y le arrancó el corazón, sosteniéndolo alto en el aire mientras ella gritaba. El cuerpo de Manolito se sacudió, pero se mantuvo en pie impasible. Si su destino era soportar los próximos siglos sintiendo el dolor de ella y presenciando su tortura, que así fuera. Ellos no podían tenerla. Pudieron ser sólo minutos, u horas… el tiempo significaba poco en este lugar… pero parecieron varias vidas, siglos, viendo a la otra la mitad de su alma siendo forzada a soportar cualquier cosa concebida por Kirja, Maxim o Draven. El sonido de las súplicas de MaryAnn y sus gritos, las imágenes de su tortura quedaron grabadas a fuego para siempre en su corazón, su mente e incluso en lo más profundo en su alma.
    – No puede amarla y quedarse ahí de pie de ese modo. -dijo Draven- Cualquier hombre se habría roto al ver a su auténtica compañera tratada tan brutalmente.
    Manolito miró a través de él. Draven Dubrinsky nunca sabría lo que era el amor. Manolito lo sabía. Lo sentía en cada golpe de la mano de Kirja, en cada patada de sus pies, en cada roce al cuerpo de MaryAnn. Una ilusión. Todo era ilusión.
    Forzó una sonrisa mientras podía sentir la sangre corriendo por su cuerpo en ríos de sudor. Eso, también, era una ilusión.
    – Un juego Maxim, eso es todo. Juegas conmigo y sabes que nunca me romperé. Me conoces, así que sigue si crees que debes hacerlo, pero parecerá infantil, incluso a ti.
    Maxim gruñó, mostrando sus dientes afilados, y ondeó la mano desvaneciendo la ilusión.
    – Reconóceme, -gruñó Draven, furioso ya de que el hombre de los cárpatos no le mirara.
    – No tengo ningún deseo de hablar contigo, verte o ninguna otra cosa que te vuelva real, -le dijo, mirando a Maxim en vez de a Draven. El hijo de Vlad tenía el poder, pero era Maxim quien tenía la destreza y el suficiente odio como para regresar para destruir al pueblo cárpato.
    – Encuentro… desagradable… Maxim, que escojas pasar tu tiempo con alguien como este. Provocó la muerte de nuestra querida hermana. Tú puedes haberle abrazado, pero yo no deseo pasar más tiempo con él. No creas que temo a semejante desecho del linaje Dubrinsky. Hace tiempo habría dado la bienvenida a la oportunidad de tomar su vida. No habría supuesto nada frente a la pérdida de alguien como Ivory, pero aún así, le habría dado la bienvenida, como deberías hacer tú, Maxim.
    Mantuvo su mirada fija en Maxim, su tono goteaba desprecio.
    Maxim gruñó, la saliva corría por su barbilla mientras giraba la cabeza de lado a lado con ademán amenazante.
    – No utilices esa aptitud condescendiente conmigo. Tu deslealtad demostró hace tiempo de que lado estás.
    Por primera vez, Manolito permitió que un látigo de enojo rezumarse en su voz, y azotó a Maxim con él.
    – No te atrevas a usar el término desleal cuando el asesino de tu hermana está de pie a tu lado. Has caído más bajo de lo creí posible, convirtiéndote en un perro de esta sucia abominación. Arrástrate de rodillas ante él, Maxim, igual que aquellos que buscan su aprobación. Lame sus botas si debes hacerlo. No tengo nada más que tratar contigo, no cuándo esto… -Deliberadamente ondeó la mano hacia Draven. -Este…pedazo de basura es tu amo.
    – Soy de la realeza, -exclamó Draven-. Tú deberías estar arrodillado ante mí.
    Manolito no se molestó en malgastar con él una mirada. Mantuvo la mirada fija en Maxim mientras conjuraba en la mente una imagen de Ivory. Para él, era tan fresca y tan pura como la última vez la había visto, su recuerdo era tan parte de él que nunca se marchitaría. Lo envío a lo largo de la senda compartida de su vínculo de sangre. Ivory con su risa y su alma brillando luminosa. Ivory echando sus brazos alrededor de Maxim y besando su mejilla. Ivory de pie fuera de la casa Malinov, espada en mano, con los ojos vendados en medio del círculo de sus cinco hermanos y los hermanos De la Cruz mientras la enseñaban a luchar.
    – ¡Basta!, -gritó Maxim, presionándose los dedos contra las cuencas de los ojos.
    Manolito proyectó los recuerdos amorosos tan implacablemente como Maxim le había atormentado con la tortura de MaryAnn. Ivory de niña montando sobre los hombros de Maxim. La primera vez en el aire con sus hermanos rodeándola, manteniéndola a salvo, Ruslan siempre bajo ella, Maxim y Kirja a ambos lados, mientras Vadim y Sergey rondaban el aire delante y detrás. Su risa. La luna iluminándola con su brillo mientras bajaba corriendo los escalones para saludarlos cuando regresaban de la batalla.
    – Basta. Te lo suplico. Basta.
    Porque en el prado de las nieblas y las sombras, los fantasmas podían sentir cada emoción. Odio. Amargura. Dolor. Pesar. Se sentían tan intensamente como el estallido de un látigo, rebotando por su camino autodestructivo. Por eso Manolito había sentido tan agudamente el raudal de emociones, a pesar de saber que la escena de la tortura de MaryAnn era una ilusión. Había sentido intensamente lo que no había sentido en todos aquellos largos siglos.
    Maxim no tenía más elección que sentir el amor por su hermana. Las emociones entraron a raudales en su mente con cada recuerdo. Se cubrió la cara con las manos y cayó de rodillas.
    – Estás de pie junto al hombre que le habría hecho a ella las mismas cosas como las tú querías hacer a mi compañera. ¿Debo mostrarte lo que había en la mente de Draven? ¿Las perversiones que habría infligido a Ivory?
    Manolito nunca habría podido hacer algo así, pero sabía que Maxim las conjuraría en su propia mente. Quería que supiera que estaba hombro con hombro con el que en último término les había arrebatado a Ivory. Planeaba maldades con quien la había traicionado en última instancia.
    – No. No puedo pensar en ella.
    Había tantos recuerdos. Manolito sentía las lágrimas en su propio corazón. Ivory. La había amado como a una hermana. Había iluminado sus vidas con su espíritu generoso y su naturaleza compasiva.
    – Has conseguido lo que pretendías, Manolito.
    Todos ellos se giraron para enfrentar a la pareja que tan calladamente había llegado a sus espaldas. Vlad y Sarantha estaban de pie cogidos de la mano.
    – No deberiais estar aquí, -dijo Manolito. Miró a Draven, la malicia en su cara, y quiso machacar alguna cosa. Vlad y su compañera merecían mucho más de un hijo-. Esto es asunto mío, y encontraré la forma de arreglarlo. -Quería ahorrarles el dolor de enfrentar al monstruo que Draven había sido. De algún modo, supo que Ivory habría querido esto en lugar de venganza.
    – Has destruido sus planes y conseguido llevar a Maxim a la comprensión de lo que ha hecho. No ayudará a sus hermanos, -dijo Vlad-. Tu tiempo aquí ha terminado. Yo tengo un deber que cumplir y después nosotros también nos iremos.
    Manolito bajó la mirada a sus manos. Ya no eran transparentes. Cerró sus dedos en un apretado puño y después abrió la mano una vez más.
    – Estamos contigo siempre, -dijo Manolito, sabiendo que Vlad entendería que se refería a todos los de la Cruz.
    – Tu y tus hermanos habéis sido leales a nuestra gente, -dijo Vlad-. Confío en que ayudarás a los jaguares como mejor puedas, y darás, esa misma lealtad con la que siempre he contado, a mis hijos.
    Sarantha se acercó a él y le tocó las cicatrices.
    – Salvaste la vida de Mikhail. Y salvaste a nuestro hijo, Jacques, poniéndote delante de Shea y aceptando el cuchillo envenenado. También salvaste a nuestro nieto nonato. Te lo agradezco. Esto no es suficiente, pero es todo lo que tengo para darte.
    Vlad aferró su antebrazo.
    – Vete ahora. Abandona este lugar. Ya no perteneces a este lugar. Permíteme ocuparme de este asunto como debí hacer hace siglos. Larga y buena vida, viejo amigo.
    Manolito se alejó. Se extendió hacia MaryAnn. Hacia sus hermanos. Hacia la vida. Se detuvo un momento para observar a Vlad y Sarantha enfrentar a su hijo.
    – Has pasado muchos años aquí, Draven, y nosotros contigo, pero se acabó. Incluso aquí, cuando se te da la oportunidad de redimirte a ti mismo, te niegas. Aceptamos tu decisión. Ve ahora, desde este lugar al próximo.
    – ¡No! No puedes. Soy tu hijo. -Por primera vez, la sonrisa afectada de Draven desapareció de su cara. Se lanzó hacia su madre, envolviéndole los brazos alrededor de las piernas-. No se lo permitas… No dejes que me condene. No puede enviarme lejos.
    – Nosotros te condenamos, como debimos hacer hace muchos años, Draven, -dijo Sarantha, con convicción en la voz-. Ve ahora. Quizá en el próximo lugar aprendas mucho más de lo que nosotros pudimos nunca enseñarte.
    Draven gritó cuando un humo negro se enroscó a su alrededor, vertiéndose desde su cuerpo para rodearlo. Las sombras avanzaron por la tierra, largas, una masa de tentáculos inquietos. Los vampiros permanecieron hipnotizados, algunos con sonrisas, otros con nerviosos ceños, pero todos congelados mientras Draven intentaba correr.
    Las hebras le siguieron, coleando como serpientes, y después le azotaron, rodeando los tobillos de Draven. Tiraron fuertemente, y cayó en un nido de garras ávidas que se extendían por el suelo hacía él. En un momento estaba allí, enredado en las hebras, con la boca abierta en un grito silencioso, y al siguiente había desaparecido, tragado por un agujero negro.
    Se hizo el silencio. Sarantha dejó caer su cabeza sobre el hombro de Vlad. Él la abrazó, protectoramente, protegiéndola contra su cuerpo mucho más grande. Manolito podía sentir el tirón de su propio mundo atrayéndole, y fue, ansiando volver con su propia compañera, sostenerla entre sus brazos y abrazarla como Vlad a Sarantha después de siglos juntos. Cuando miró hacia atrás, todo lo que pudo ver fue una luz llameante, y entonces eso también desapareció y estuvo de vuelta en su propio cuerpo.
    MaryAnn jadeó y le echó los brazos alrededor, encajando pulcra y perfectamente contra su figura. Él sonrió sobre su cabeza a Riordan.
    – Gracias -dijo simplemente. Eso lo decía todo.

Capítulo 18

    – ¿Estás bien? ¿Te hicieron daño? -MaryAnn pasó la mano ansiosamente por el pecho de Manolito.- Estaba tan preocupada por ti.
    – No, meu amor, y yo por ti. Te vi con sangre en el hombro y en el vientre. -Le tocó el hombro desnudo donde se veían las marcas furiosas, después tiró de la camisa hacia arriba para examinar la extensión desnuda de carne.
    Riordan se aclaró la garganta.
    – Todavía estoy aquí.
    Ninguno le miró o reconoció su declaración.
    MaryAnn pasó las manos bajo la camisa de Manolito.
    – ¿Cómo saliste de ese lugar? Tenía razón, ¿verdad? Maxim intentaba matarte. -Se puso de puntillas para depositar media docena de besos en la garganta de Manolito-. ¿Estás libre del mundo de las sombras de una vez por todas, verdad?.
    Riordan se rascó la cabeza.
    – Sólo quiero decir una palabra. Vampiro. ¿Me escuchas Manolito?. Ella luchó contra un vampiro…
    Eso penetró. Manolito la alejó un poco y esta vez le examinó las heridas más atentamente.
    – Eliminé todos los parásitos, por si te interesa. -dijo Riordan.
    Manolito la arrastró otra vez contra él, depositando besos sobre el hombro, el corazón le saltaba en el pecho y después se aposentó en un ritmo estable. Debería haber pensado en su sangre. Si hubieran logrado atraerla a su mundo con la sangre infectada en su sistema, la sangre les hubiera llamado. Xavier podría haber podido encontrar un modo de resucitar a su ejército muerto después de todo.
    – Tengo que comprobarlo, MaryAnn, -le dijo enmarcándole la cara entre las manos-. Asegurarme de que nada puede hacerte daño.
    – ¡Hola! Eso es tan insultante, hermano, -dijo Riordan, pero no pudo evitar la sonrisa que se extendió por su cara. Lo tenían mal, estos dos. Obstinados como mulas, pero de todas formas, sólo tenían ojos el uno para el otro.
    MaryAnn enterró la cara contra la garganta de Manolito, rodeándole el cuello con los brazos.
    – Llévame a algún lugar seguro donde pueda respirar. -Quería tocarlo, inspeccionar cada pulgada de su cuerpo para asegurarse de que no le habían hecho daño.
    – En realidad tenemos cosas importantes que discutir, -Riordan lo intentó de nuevo, sabiendo que sería en vano, pero figurándose que podría atormentar después a su hermano con alguna que otra broma. El gran Manolito, el malo, era plastilina en manos de su compañera-. Ya sabéis, cosas como el lobo. Mala sangre. Lo que pasó en el mundo de los espíritus.
    Manolito levantó a MaryAnn en brazos, haciendo caso omiso a su hermano menor.
    – Conozco un lugar que te encantará.
    Riordan puso los ojos en blanco.
    – Adivino que voy a dejaros a solas. -Su sonrisa se ensanchó cuando ninguno de los dos le miró-. Yo puedo cuidar de Solange y Jasmine durante la noche, si vosotros dos… ya sabéis… queréis estar solos un rato. -No parecieron agradecérselo. Sacudió la cabeza y se disolvió. No tenía sentido intentar sacar nada importante de ninguno de ellos esta noche.
    MaryAnn cerró los ojos y posó la cabeza contra el pecho de Manolito, levantando la cara hacia el cielo nocturno. Nunca podría acostumbrarse a volar por el aire, pero mientras él la abrazara, podía disfrutar el estar entre sus brazos. El viento y la niebla le refrescaban la cara, y se sentía a salvo mientras la llevaba sobre la canopia hacia su sorprendente destino.
    No les llevó demasiado tiempo encontrar la entrada de la caverna subterránea que Manolito había descubierto años antes. La isla sólo tenía dos secciones donde el terreno se hinchaba en lo que podía ser llamado colinas y estaban cubiertas de espeso bosque. Una cascada se vertía en una charca que alimentaba el arroyo que corría hacia el río que rodeaba la isla, adquiriendo fuerza, rapidez y produciendo espuma sobre las grandes rocas redondas y otras más pequeñas, hasta entrar a raudales en la extensión mayor de agua.
    MaryAnn miró a su alrededor mientras la ponía de pie.
    – Es impresionante. -Las flores se adherían de arriba a abajo por los troncos de los árboles, floreciendo con cada posible color vibrante. El sonido del agua se añadía a la belleza del lugar, incluso parecía un capullo privado donde nadie los molestaría.
    Manolito ondeó las manos hacia la cascada y la pesada corriente se separó para revelar una cornisa detrás. La cogió y saltó llevándola a través de la espuma hasta el otro lado.
    – Fue un hallazgo increíble.
    – Es ciertamente hermoso, -estuvo ella de acuerdo, intentando estabilizar el desasosiego que sentía mientras miraba a su alrededor buscando bichos. Bichos y murciélagos-. ¿No hay aquí un número astronómico de diferentes clases de bichos en las cuevas? -La voz le salió un poco chillona.
    Manolito sonrió.
    – Yo sólo lucho contra el vampiro, MaryAnn.
    – Sí, bueno, pues no creo que la loba vaya a salir de un salto porque yo haya visto una cosa espeluznante… sin importar lo aterradora que pueda ser.
    Él rió.
    – Buen argumento. -Sacudió la mano hacia lo que parecía ser una grieta entre las rocas e inmediatamente apareció una luz que puso al descubierto un estrecho túnel. Deslizándose en el interior, Manolito retrocedió para que MaryAnn obtuviera una vista clara de las paredes del túnel que conducía hacia las profundidades de la colina. Filas de antorchas proyectaban sombras bailarinas a lo largo del camino e iluminaban los dibujos que recubrían las paredes de la roca.
    Gesticuló para que fuera delante de él. Cuando ella vaciló, la agarró de la mano y tiró, acariciándole con la nariz el cuello.
    – A tu loba le encantará este lugar.
    Ella se relajó contra su cuerpo, inclinando la cabeza para levantar la vista hacia él.
    – Estoy segura de que sí, pero yo pensaba más bien en algo más en la línea de un hotel de cinco estrellas. ¿Es pedir demasiado? Quiero decir, vamos Manolito, una cueva. ¿Parezco una mujer que va explorando lugares oscuros donde se congregan bichos?
    Ni siquiera había mencionado a los murciélagos y tal vez estuviera poniéndose demasiado fina con él, pero de verdad ¿los cárpatos no creían en los hoteles?.
    – Y no tengo suficiente repelente de bichos para algo como esto.
    – Yo me ocuparé de los bichos por ti. Dale una oportunidad. Te encantará.
    Suspiró. Él tenía esa sonrisa, esos ojos y el sonido de su risa, aunque el sonido estuviera en su mente, hizo que su estómago se encogiera. Estaba unida a él y veía cuan… hermosa… la encontraba. Nunca se habría descrito a sí misma como mona, pero que demonios, lo aceptaría mientras él se conformara. No era un hombre que sonriera mucho, así que bien, entraría hacia la cueva.
    – Ahora entiendo dónde consigues la mentalidad de Neandertal, si te pasas aquí dentro todo el tiempo, -masculló, pero se deslizó por la grieta, con cuidado de no tocar ninguno de los dos lados de la roca.
    Se tragó el miedo y se obligó a adentrarse un poco en el interior, justo lo suficiente como para que Manolito pudiera pasar también. Estaban de pie, cerca, el calor de su cuerpo la calentaba mientras estudiaba los numerosos dibujos de animales en las paredes. Parecía un museo de arte, trabajado a lo largo de los siglos. Las figuras de simples palotes cedían el paso a trabajos más complicados y detallados, toda una exposición de belleza única y emitían una sensación eterna. Las pinturas representaban a la sociedad del jaguar. Unos estaban en forma humana, otros en medio del cambio y algunos completamente en su forma felina.
    – ¿Crees que vivieron así juntos alguna vez? -preguntó MaryAnn, tocando una de las orejas del felino dibujado con los dedos gentiles.- Hay una hoguera. Los hombres tienen los brazos alrededor de las mujeres y los niños juegan con los arcos. ¿Alguna vez fue así?.
    – Nunca los he visto de esa manera y he estado a su alrededor mucho tiempo, pero los jaguares y licántropos eran realmente reservados sobre sus sociedades. Luché a su lado muchas veces, pero nunca los vi en sus propios ambientes.
    – Deberías mostrar esto a Luiz.
    Él se encogió de hombros.
    – Tal vez algún día. Es mi lugar favorito para descansar y raramente permitimos que alguien sepa dónde dormimos.
    Había algo en la voz, en su mente, que la cautivó. Tristeza. Cautela. Se inmovilizó, recostándose contra él.
    – Tienes miedo de que Luiz no lo consiga.
    Él la abrazó.
    – He descubierto que tener emociones, particularmente tener miedo, puede ser inquietante. Me preocupa la posibilidad. Me gusta ese hombre. Creía que lo había convertido sólo porque tú me lo habías pedido, pero ahora no estoy tan seguro.
    Ella se giró entre sus brazos, le deslizó la mano por el cabello que se le rizaba alrededor de la nuca.
    – Si no lo consigue, Manolito, no será culpa tuya. Le has dado una posibilidad, más de lo que nunca podría haber tenido. Y gracias a ti… tanto si lo hiciste solo por mí, como por él o porque es un amigo… gracias.
    Él le besó la punta de la nariz.
    – Son muy bienvenidas. -Le enmarcó la cara con las manos-. Tengo que comprobar que el vampiro no dejara nada atrás que pudiera dañarte. Necesito un minuto.
    – Riordan hizo un buen trabajo sanándome. Estoy un poco dolorida, pero aparte de eso, el hombro y el estómago están bien.
    No discutió, sólo dejó que su cuerpo físico se rindiera y su espíritu entrara en ella, tomándose su tiempo para asegurarse de que ni un solo parásito se le había pasado a Riordan. Cuando volvió en sí, ella estaba golpeando ligeramente con el pie.
    – ¿Estás satisfecho?.
    – Sí. Por el momento. Más tarde tengo intención de inspeccionar cada pulgada de tu piel.
    – Bien. Yo haré lo mismo.
    Sonrió abiertamente hacia ella.
    – Vamos, déjame mostrarte el lugar. -Gesticuló hacia la entrada y la grieta en los pedruscos gimió y crujió de tal modo que ella jadeó y casi se le subió a los hombros.
    – Qué demonios ha sido eso? -Literalmente escaló por su cuerpo-. Creo que esta cueva está a punto de caernos encima, Manolito.
    Él intentó no reírse. Le tenía colgada de los hombros, girando la cabeza de derecha a izquierda, con ojos enormes. No pudo evitarlo… la risa se derramó hasta convertirse en un auténtico rugido.
    – Estoy cerrando la puerta.
    – Oh, no, no lo estás haciendo. -Tenía los brazos alrededor de su cabeza, prácticamente cegándolo-. Y para de reír. Esto no tiene gracia. No quiero estar atrapada en una cueva, ni siquiera contigo. El atractivo físico solo te llega hasta cierto punto.
    Los dos lados de la gran roca se unieron con una horrenda sacudida, arrancando a MaryAnn un chillido de miedo. Las antorchas tiritaron y bailaron como si fueran a apagarse. Le sepultó ambos puños en el cabello y tiró de él.
    – Sácanos de aquí.
    Manolito colocó su brazo alrededor de ella y la bajó de forma que sus pies volvieron a estar sobre tierra firme.
    – No queremos que la luz brillante atraviese las cataratas. La idea es estar a salvo aquí. Tenemos aire. Yo me ocuparé de los bichos. Confía en mí, MaryAnn, esto es mejor que un hotel de cinco estrellas.
    Ella lo miró. Una mujer podría ahogarse en el amor absoluto de sus ojos. Soltó el aliento y encontró la calma.
    – Bueno, entonces quiero servicio de habitaciones.
    – Intentaré darte todo lo que quieras.
    La caricia aterciopelada de su voz envió un temblor que le atravesó todo el cuerpo
    – No sé como logras atravesar todas mis defensas, Manolito, pero lo haces.
    La lenta sonrisa hizo que casi se le parase el corazón.
    – Hago trampas. Probablemente iré al infierno si existe tal lugar, ya que temo no tener los remordimientos necesarios por mis acciones. Te robé, MaryAnn, directamente bajo las narices de nuestros mejores cazadores.
    Ella sonrió.
    – Suenas arrogante.
    Él le besó la comisura de la boca.
    – Tal vez sólo un poquito. Después de todo, tienes que saber que tu cavernícola puede traer a casa un dinosaurio.
    Ella miró alrededor con recelo.
    – Mejor deja de bromear.
    Él metió la mano en el bolsillo trasero para guiarla por el largo y tortuoso túnel. Las antorchas alumbraban el camino, ardiendo brillantemente y mostrándole que mantenía su promesa… no había ni un solo bicho a la vista.
    – He estado pensando mucho en esa cosa de cárpatos-lobos, -dijo ella, intentando quedarse mirando su trasero. Tenía un trasero bonito.
    Su risa fue suave.
    – Yo estaba pensando justamente lo mismo de ti.
    – ¿Qué? -Intentó parecer inocente.
    – Trasero. Culo. Como quieras describir esa parte de tu anatomía en particular. El tuyo es bastante mono. Justamente estaba pensando en como te veías con aquellos tacones altos rojos. Me quitas la respiración, mujer. -Hacía algo más que eso. Su cuerpo se endurecía e hinchaba con cada paso que daba. Con la mente firmemente fundida con la de ella, saber que ella estaba pensando en los mismos términos, sólo hacía que aumentara el dolor.
    Quería quitarle la ropa e inspeccionar cada pulgada de su cuerpo para asegurarse de que estaba bien. Y no iba a dejar que se alejara de su vista otra vez al menos durante mucho, mucho tiempo.
    Se dio media vuelta y la apretó contra él, besándola rudamente, deslizando la lengua en su boca para enredar, bailar y reclamarla de nuevo.
    MaryAnn reconoció la indirecta desesperación que se mezclaba con el hambre. Se apartó, alisándole el cabello.
    – ¿Qué pasa?.
    Su voz. La forma en que fácilmente se introducía en su cabeza, rodeándole de calor y consuelo, envolviéndole con su amor… ahora lo sentía donde no había estado antes. No sabía lo que había hecho para ganarlo, pero estaba agradecido.
    Presionó su frente contra la de ella y cerró los ojos brevemente, inhalando su olor.
    – No podían matar mi cuerpo físico en el mundo espiritual, pero intentaron matar mi alma.
    MaryAnn sintió el involuntario estremecimiento que lo atravesó.
    – ¿Cómo Manolito? Dime cómo.
    Sabía que ella no tenía ni idea de que su tono sostenía una compulsión oculta. Sólo quería borrar el dolor de aquellos recuerdos. Sus dedos le frotaban y acariciaban el cabello, deslizándose hacia los hombros y brazos y luego otra vez hacia arriba. Cada toque pretendía compartir, consolar. Su MaryAnn. No había nadie como ella. Le agarró la barbilla y le inclinó la cabeza para tomar su boca. Ella se apoyó en él, su cuerpo suavemente flexible, encajando perfectamente.
    – Tómame, -susurró.
    Manolito tomó aliento, luchando contra las imágenes de su cabeza. No podía volver allí de nuevo, no podía permitirse ver como era tratada brutalmente. Ella jadeó y entonces supo que ella lo había visto también.
    – Está bien, Manolito. No pasa nada. Maxim intentó engañarte.
    – No sabía lo del lobo, -dijo Manolito-. Tu loba. -Tiró de sus rizos-. Tu loba nos salvó en todos los sentidos.
    Ella le sonrió.
    – Desde luego que lo hizo. Mi loba es absolutamente guay.
    – Tu loba está caliente, -La corrigió y la giró.
    La habitación era ovalada y profunda, amplia y espaciosa. Miles de cristales de colores cubrían las paredes. Las luces de las antorchas recogían muchos colores, dispersando prismas de arco iris que bailaban por todo el cuarto. La cama era enorme, una cama imperial grande de exótica madera rabajada, con hierro forjado embelleciéndola. MaryAnn se acercó, pasando las manos por uno de los postes. En el momento en que lo tocó, supo que lo había hecho él.
    – Esto es real.
    Él asintió con la cabeza.
    – Me gusta trabajar con las manos. Mis hermanos lo llaman mi vicio. -La condujo hacia la cabecera de la cama, donde pudo examinar los bordes. Había dos pequeñas mesas a ambos lados, pero lo que la intrigaba era la cabecera. Había símbolos, jeroglíficos esculpidos en la madera y varios pequeños anillos de hierro empotrados a través de ella.
    – ¿Qué es lo que dice?.
    – Está en la antigua lengua.
    – ¿Y?, -animó ella.
    – Dar sólo placer a ainaak sivament jutta.
    – Tendrás que traducir eso también.
    – Para siempre a mi corazón conectada. Mi amor. Esposa. Compañera. ¡Tú!
    – ¿Has hecho esta cama para mí?.
    – Está hecha para la otra mitad de mi alma. Sí. Para ti. Vertí todo lo que sentía por ti en esto. Cada sueño. Cada fantasía. Traté de pensar en cada manera en que podría darte placer y de asegurarme de que estuviera lista para ello. Estudié las nuevas ideas de cada siglo sobre el placer sensual, las ideas de cada cultura y aprendí tanto como pude.
    La idea era casi espantosa.
    – Yo no tengo exactamente toda esa experiencia, Manolito.
    – La fusión de mentes es algo maravilloso, -apuntó él-. ¿Entonces, te gusta el alojamiento? Tenemos intimidad, calor y puedo asegurarte que el colchón es de lo mejor en su línea.
    No tenía ninguna duda de ello. Manolito no hacía nada a medias.
    – De acuerdo, todo es de cinco estrellas. ¿Pero, dónde está el servicio?-bromeó.
    Él sonrió, esa sonrisa satisfecha pecaminosamente atractiva que parecía quemar lenta y significativamente todo su cuerpo.
    – Tengo planes para proporcionarte servicio toda la noche. ¿He mencionado que me encanta tu camisa? -Sus manos fueron hacia los cordones de cuero que le rodeaban el cuello. El cuero dorado cayó de modo que el suave top cayera aún más abajo. Había rozado los hinchados pechos, pero ahora los pezones asomaban hacia él-. Oh, si me gusta la parte de arriba. -Lo reiteró inclinando la cabeza para dar un golpecito con la lengua a cada pezón.
    Ella tembló cuando el cabello de él se deslizó sobre su piel, seda negra como la medianoche y no pudo menos que invadirla con los dedos.
    – Quítate la camisa, Manolito.
    Él retrocedió, llevando las manos a los botones.
    – Quilátemela tú por mí. -Sus ojos negros parecían quemarle la piel.
    MaryAnn abrió los botones uno a uno y con cada uno de ellos, sus pulmones tenían que trabajar un poco más. Usó las palmas, los dedos se extendieron sobre su amplio pecho, apartando la camisa y pasando por sus amplios hombros. La arrancó y la dejó caer. Su piel brillaba intensamente con la danzante luz. Dios, era hermoso. Constituido como un hombre debería estar constituido. Si eso la hacía algo superficial, entonces bueno, lo aceptaría. Recorrió con las palmas los definidos músculos del pecho y luego se dirigió hacia el abdomen y la estrecha cintura.
    Sobre ella, sus rasgos eran duros, la mandíbula, la nariz, los altos pómulos. Mantenía la barbilla alzada, mirando por encima de su cabeza mientras ella se inclinaba para presionar besos a lo largo de cada delineado músculo.
    – Tendrás que quitarme los zapatos antes de poder quitarme los pantalones, -apuntó él.
    Su corazón palpitó y lo miró a través de las pestañas, pero él continuaba estudiando un punto sobre su cabeza. Se humedeció los labios y se puso en cuclillas para desatarle los zapatos. Sabía que él podía desear simplemente librarse de la ropa, pero ella no quería que lo hiciera y tal vez lo había leído en su mente. Quería el descubrimiento sensual de desenvolver su cuerpo, un regalo, un tesoro, sólo para ella.
    Él alzó el pie y dejó que le quitara el zapato y el calcetín, los dedos se demoraron mucho tiempo sobre la piel, acariciando el tobillo y la pantorrilla, antes de ir a por el otro zapato. Los apartó y se arrodilló para alcanzar el cinturón del pantalón. La parte de arriba del top resbaló hasta reunirse alrededor de la cintura, dejando los pechos expuestos. El aire frío tensó más los pezones, pero MaryAnn encontró erótico estar arrodillada delante de él, medio vestida, con los pechos al aire mientras él esperaba a que lo desnudara.
    La respiración de Manolito estaba atrapada en sus pulmones. Era tan hermosa, mirándole de esa manera, tan seductora que tenía suerte de que tuviera suficiente control para darle cualquier cosa que quisiera, porque ahora mismo, lo que quería era levantarla y enterrarse en ella. Ella quería jugar. Vio como se humedecía con la lengua el lleno labio inferior, llamando la atención sobre su boca. Estaba a pulgadas del grueso bulto de sus pantalones. Le separaba del paraíso sólo esa delgada capa de tela, ya estirada al máximo.
    Cerró los ojos brevemente mientras sentía el baile de los dedos alrededor del cierre y luego despacio apartaba la prenda. La erección saltó, grande y palpitante por la necesidad. Su mejilla acarició la ultrasensible cabeza mientras le bajaba el pantalón, animándolo a salir de él. Los dedos acariciaron la parte posterior de las piernas, la parte interna del muslo y después acunó los testículos en sus manos. El aliento abandonó de golpe los pulmones. El miembro viril saltó cuando ella sopló aire cálido sobre él, los labios apenas acariciaban la amplia punta.
    Le cogió un puñado de cabello y tiró, levantándole la cabeza.
    – Échate en la cama conmigo.
    – Pero quiero…
    – Te daré lo que quieres. Haz esto por mí.
    Lentamente, sosteniéndole la mirada, MaryAnn se hundió en el colchón. El le colocó las piernas a un lado de la cama y suavemente le presionó el hombro hasta que lentamente se recostó, la cabeza al borde mismo de la cama, el cabello cayendo hasta el suelo. Muy suavemente le quitó las botas y las puso junto a sus zapatos. La percepción de sus fuertes manos subiendo por las pantorrillas le provocaba excitantes temblores que le atravesaban rápidamente el torrente sanguíneo. Tiró de los vaqueros mientras ella levantaba las nalgas y dejaba que se los quitara. Quedó sobre la cama con el top caído alrededor del tórax.
    Manolito rodeó la cama hacia donde ella tenía la cabeza, la agarró de los hombros y tiró hasta que su cuello quedó fuera de la cama y la cabeza colgando. Sus pechos empujaban apetitosamente hacia el aire, los picos de sus pezones gemelos tensos y suplicando su atención.
    El corazón de MaryAnn palpitó. Se sentía un poco vulnerable y expuesta en esta posición. Las luces del arco iris jugaban tiernamente sobre su cuerpo, casi como unos focos. Podía sentir la humedad acumulándose entre sus piernas y cada terminación nerviosa viva de expectación.
    Él abrió las piernas, tomando posición mientras se erguía sobre ella. Su miembro pleno, grueso y largo, sus testículos suaves y tensos.
    – Estírate hacia atrás para mí -la instruyó, los ojos estaban posados sobre su boca.
    Su cuerpo tembló con el deseo repentino de complacerlo. Tenerlo. Hacer que hirviera por ella. La hacía sentir sexy y querida, con sólo una mirada, con un roce de su mirada. Levantó ambos brazos hacia atrás para ahuecar sus testículos, pasando las uñas ligeramente sobre la apretada bolsa para memorizar la textura y la forma. El aire abandonó su cuerpo con un silbido y ella sonrió, pasándose la lengua por los dientes. Él quería tener el control, pero la caricia de las yemas de sus dedos, el ligero apretón de sus manos, el pequeño movimiento rápido de su lengua mientras le atraía hacia su boca le decía que tenía mucho más poder sobre su cuerpo del que había pensado en un principio.
    Él murmuró algo gráfico, acercándose aún más, las manos buscando el largo cabello rizado.
    – Deslízate un poco más abajo ahora, meu amor. Eso es. Esto es lo que quiero. Puedes tomar más de mí de esa manera.
    La cabeza echada hacia atrás, la garganta arqueada, empujando los pechos hacia arriba, presentando el cuerpo como un banquete. Para mantener el control, rodeó la base de su miembro con la mano y empujó la cabeza contra la boca que esperaba, jugando con los labios. Su lengua chasqueó y le dio un largo lametazo, lento, rizándolo al final, como si lamiese un cono de helado.
    Lo hizo esperar. Un latido del corazón. Dos. El mundo se quedó quieto. El tiempo titubeó y el corazón de Manolito dio un vuelco. Su boca le engulló como un guante de seda, deslizándose sobre su miembro, la lengua formaba remolinos bajo la cabeza, sobre ella, jugando y danzando rápidamente a su alrededor mientras le succionaba.
    Sus caderas se sacudieron. Un sonido escapó, algo sospechosamente similar a un áspero gruñido. El placer estalló atravesándolo, precipitándose como una droga por todo su sistema. Más que placer. Amor. Con su miembro en la boca de ella, dudaba que debería haber estado sintiendo algo más que lujuria, pero tal vez el amor conducía a su lujuria por ella, porque no podía imaginar otra mujer más hermosa o sexy. No podía imaginar sentir ese deseo, tan intenso como una tormenta salvaje estrellándose contra él con nadie más. El aliento explotó en sus pulmones. Su cuerpo se estremeció cuando el fuego corrió por su columna.
    Ella dio otro largo y lento lametazo de arriba abajo por su miembro, mirándole, observando su reacción. La sintió en su mente, compartiendo el fuego, compartiendo cada oleada de sensaciones que creaba cuando empujaba más profundamente, la boca caliente y apretada.
    Sus manos la aferraron del pelo. Empujando las caderas hacia adelante, utilizando su propia mano para hacer cada movimiento corto mientras le llenaba la boca. Su lengua era un roce de terciopelo mientras le lamía la parte de abajo y luego succionaba otra vez, arrastrándole más profundamente. Sus ojos permanecían fijos en los de él, desgarrándole el corazón, el alma, mientras la veía tragarle, observando el crudo deseo quemando en su mirada.
    Le tomó en su boca, un largo y lento trazo, manteniendo la boca apretada, la lengua lisa mientras aplicaba presión y luego estimulaba la cabeza rápidamente, esperando su empuje, tomándolo más profundamente, de forma que vetas de fuego se extendieran por su ingle.
    MaryAnn sintió su cuerpo arder en llamas. Los pechos hinchados y doloridos, suplicando atención. La conjunción entre sus piernas palpitaba y estaba empapada por el calor. Él emitía sonidos ásperos de placer, cada uno vibraba a través de ella, de modo que las paredes de su entrada se contraían y tensaban y pedían piedad. Él le tiraba del cabello con cada empuje mientras comenzaba a perder el control, apretándola contra él cuando las acometidas se hicieron más profundas.
    – Más fuerte, -la animó.
    Sintió como se hinchaba y supo por el ronco gemido que estaba cerca. No podía moverse, inmóvil bajo él, sus manos controlándole la cabeza, los movimientos cortos, apretados mientras movía la boca de arriba abajo por su miembro. Él le arqueó más el cuello, permitiéndole tomar más.
    – Relaja la garganta para mí, -la instruyó, el aliento le llegaba en jadeos ásperos y desiguales-. Sí. Sí. Así. Aprieta debajo. -Los empujes eran más rápidos ahora, cortos y duros, pero usó el efecto palanca para entrar más profundamente, los tirones de su pelo enviaba impulsos de placer que se disparaban por su cuerpo.
    – Tienes que parar, sivamet. -Su voz apenas era la suya, tan ronca, al borde de la desesperación. Porque no podía. Porque aunque la retuviera al modo tradicional de su especie, no podía dejar aquella caverna caliente, húmeda y tan apretada mientras ella le succionaba. Era un placer tan carnal que podía permitirse, ser complacido-. Para antes de que sea demasiado tarde.
    Modo tradicional de tu especie. ¿De dónde le había llegado? ¿Por qué tenía el deseo de mantenerla inmóvil mientras entraba y salía de su increíble boca?
    MaryAnn le deseaba, todo, desesperaba por él. Parecía una mujer al borde de la locura, anhelando lo que él tenía que ofrecer. Su miembro tenso. Sacudido. Caliente y lleno. Había algo terriblemente erótico en estar extendida, sostenida fuertemente en el lugar, sabiendo que le empujaba hacia el descontrol cuando lo que él quería era controlar. Sabía que era la loba. Olía el perfume almizcleño del lobo macho mientras Manolito empujaba con fuerza, su miembro sacudiéndose, los calientes chorros de semen explotando en su interior. El estilo del lobo era dominar, y levantó la mirada hacia él, podía ver las parpadeantes luces ámbar en las profundidades negras de sus ojos.
    Él alcanzó sus pechos, sus dedos tirando de los pezones mientras la boca femenina tiraba de él. Sin advertirla, simplemente se inclinó sobre ella, su largo cuerpo cubriendo el suyo y sepultó la cara entre los muslos. MaryAnn no podía respirar. No podía pensar. Se resistió y se retorció cuando la lengua la apuñaló profundamente. Se vio obligada a girar la cabeza y liberarle, todo lo que hizo él fue gatear por su cuerpo y empujar sus caderas hacia arriba, hasta su boca merodeadora. Su visión se enturbió. Su cuerpo le pertenecía. A sus manos, su boca y la larga longitud musculosa.
    Quiero tu corazón y tu alma.
    El susurro le habría robado su última defensa si hubiera tenido alguna. Los tienes.
    Estás segura bajo mi cuidado. Y lo estaba. Mientras él viviera, incluso más allá, la protegería y la querría.
    Su lengua encontró la caliente superficie resbaladiza y quedó complacido, sosteniéndola fácilmente mientras tomaba lo que quería. Sus caderas se resistieron, el aliento le salía con sollozos, mientras él la devoraba. Su cuerpo era lo primero para él, estremeciéndose ya con el primer climax, la lanzó al segundo con el baile de sus dedos en su interior. Ella gritó su nombre, música para él, un sonido suave, desigual, entrecortado, apenas audible mientras empujaba contra él en un intento de obtener alivio. Sus liberaciones sólo aumentaron la presión, siempre aumentando hasta que suplicó. Por favor, por favor, por favor.
    Manolito levantó la cabeza y la abrazó, levantándola entre sus brazos, empujando su cuerpo mientras la sostenía hasta que estuvo de pie.
    – Coloca las piernas alrededor de mi cintura, MaryAnn. -Su voz era áspera pero hipnotizante.
    – No tengo fuerzas. -No la tenía, brazos y piernas le pesaban, el cuerpo le temblaba tras la serie de orgasmos. Aun así, apretó los dedos sobre sus hombros mientras le rodeaba el cuerpo con las piernas.
    – Tienes fuerza por ambos. Sólo espera, sivamet.
    Cruzó los tobillos, cerró los ojos y mientras él la bajaba. La amplia cabeza de su miembro se hundió atravesando los suaves y apretados pliegues, la fricción de las terminaciones nerviosas ya sensibles la hicieron gritar y sepultar la cara contra él.
    – No sé si voy a poder hacer esto, -le susurró ella-. Es demasiado, cada vez, demasiado.
    ¿Cómo iba a sobrevivir si su cuerpo ya estaba preparado para derretirse? Su necesidad parecía implacable, la presión crecía y crecía mientras él se retiraba y sus músculos trataban de tragárselo y mantenerlo dentro.
    Manolito la agarró del pelo y tiró de la cabeza hacia atrás para encontrar su boca. Tenía que besarla. Sentirse parte de ella, estar en su interior. Examinó sus ojos y allí vio su deseo, caliente y aún así lleno de amor. El corazón le palpitó en el pecho y la besó otra vez, utilizando un ritmo suave para incitarla a montarle. Las manos le agarraron del trasero, levantándola, sintiendo el calor sedoso que le atravesaba cuando sus músculos le sujetaban.
    Tan caliente. Un fuego abrasador pasando como un rayo por su miembro y extendiéndose por cada pulgada de su cuerpo. La primitiva necesidad de poseerla era una oscura lujuria que no podía ser detenida. El calor, la lujuria, el amor, la pasión, la excitación, todo mezclado mientras el mordisco de músculos cerrados a su alrededor y las paredes de seda apretaban hasta estrangularle en algún punto entre el placer y el dolor.
    Manolito cambió de posición otra vez, inclinándole la espalda sobre la cama mientras se echaba sobre ella, observando como su cuerpo se extendía imposiblemente para acomodarle. La visión de su aceptación fue tan erótica que le sacudió. La apretada vaina era terciopelo suave, pero abrasador, haciendo que perdiera la capacidad de pensar, de controlar, hasta que estalló dentro de ella, más y más profundamente, mientras el candente placer reventaba a su alrededor.
    Ella se elevó para encontrar cada empujón de sus caderas, cada empuje y cada oleada, urgiéndole a una cabalgada más rápida, más dura, hasta que sintió su liberación atravesándola como una tormenta de fuego… atrapándole a él mismo en la vorágine, succionando y ordenándole mientras rayos blancos le recorrían el miembro y explotara profundamente en ella, chorro tras chorro pulsando mientras el cuerpo de ella le aferraba. Yació sobre ella largo rato, jadeando su nombre, acariciándole la espalda, luchando por recuperar el control cuando su cuerpo ya no le pertenecía.
    Gentilmente la levantó de la cama y la colocó a su lado, sus piernas estaban demasiado débiles para sostenerle más tiempo. Ella se acurrucó junto a él, con los brazos alrededor de su cuello, los pechos presionando contra él, el cuerpo todavía estremeciéndose de placer.
    – Creo que estoy vivo, -dijo él, había un débil humor en su voz.
    – Yo no. -Estaba cansada. Agotada, pero cada vez que él se movía, su cuerpo reaccionaba.
    Se movió contra ella, la boca arrastrándose desde la garganta hacia el hinchado pecho y MaryAnn contuvo la respiración cuando sintió que sus incisivos le pinchaban la piel. El instinto tomaba el control y ella quería lo que le ofrecía. Se arqueó acercándose, pero él simplemente dio un golpecito con la lengua al pecho retirándose mientras rodaba.
    Era demasiado tarde para él. Había tomado su sangre numerosas veces, tantas que sabía que la infección se extendía por su cuerpo. Su sangre cárpato le impedía sentir demasiados efectos, pero aún así, el lobo estaba ahora en él. Pero para MaryAnn no era demasiado tarde. Sólo tenía que mantener el control siempre. Hacer el amor con ella era el momento más peligroso a causa del deseo, el ansia por su sangre estaba siempre ahí.
    Ella yació en silencio un rato, escuchando el ritmo combinado de sus corazones. Finalmente se apoyó sobre el codo, incorporándose para poder mirarle.
    – Manolito, estoy en tu mente y puedo sentir tu necesidad de convertirme. No es que quieras simplemente hacerlo; cada uno de tus instintos te lo exige.
    Él le cerró los dedos alrededor de la nuca.
    – Eso me importa poco. Tu seguridad y felicidad son más importantes para mí que cualquier otra cosa.
    – Riordan dijo que todavía podrías convertirte en vampiro.
    – Entendiste mal. -Los dedos comenzaron un lento masaje para aliviar su tensión.- Estamos unidos. No puedo convertirme. Elegiré una vida contigo, ya sea aquí o en tu querida ciudad de Seattle. -Le lanzó una sonrisa.- ¿Ves? Yo también estoy empezando a poder leer tu mente a voluntad.
    – ¿Qué significa eso? No entiendo.
    – Envejeceré y moriré cuando tú lo hagas. Los licántropos también son longevos, pero no como los cárpatos. Cuando abandones la vida, yo también lo haré.
    Ella se quedó en silencio, estudiándole la cara, sondeando su mente. Cavando profundamente, encontró… al lobo. Había sabido todo el tiempo que estaba emergiendo, pero ahora podía sentir su poderosa presencia. El lobo combinado con las características cárpato de él, harían de Manolito un hombre difícil de manejar. Tenía suerte de tener a su loba para que la guiase.
    – Quiero regresar a Seattle para ver a mi familia a menudo, -dijo.
    – Desde luego.
    – Y serás encantador y nada mandón.
    Su ceja se alzó.
    – Siempre se ha dicho que soy un hombre encantador.
    – ¿Quién? ¿Tus hermanos y tú? -Soltó un delicado resoplido de incredulidad-. Cuando vayamos de visita, tienes que actuar de forma civilizada y en absoluto como un cárpato o un lobo. No quiero que trastornes a mi madre.
    – ¿Vas a contestar a sus preguntas?.
    – No lo sé. No me he decidido aún. Pero si realmente Solange y Jasmine se quedan en Brasil, dondequiera que estén, realmente necesitarán ayuda. Creo que deberíamos tener una casa cerca de ellas al igual que en Estados Unidos.
    – Estoy de acuerdo y es una solución perfecta. Jasmine quiere ir al rancho, pero Solange, creo, que será un problema. Y la verdad, MaryAnn, no creo que deba estar cerca de mi hermano mayor, Zacarias. Él no responde ante nadie y ella le juzgaría muy severamente, no entendiendo que su palabra ha sido y sigue siendo, ley. Fue él quien evitó que todos nos convirtiéramos en vampiros. La oscuridad está en él, y procedemos con prudencia para tratar de impedir empujarle por el abismo.
    MaryAnn podía sentir su pena y preocupación por su hermano. Obviamente amaba y respetaba a Zacarías por encima de todos. Le echó el pelo hacia atrás con dedos suaves y se inclinó para besarle. Había sombras en sus ojos y el peso de su corazón era casi más de lo que ella podía soportar.
    – Crees que tarde o temprano le perderás. -declaró.
    Manolito se recostó, entrelazó los dedos detrás de la cabeza y miró hacia los brillantes cristales que cubrían el techo. Suspiró.
    – Zacarías es un gran hombre, meu amor, muy inteligente, y ostenta mucho poder. Se ha mantenido ante mis hermanos, ante mí, protegiéndonos de las matanzas para permitirnos más tiempo. Cada muerte vuelve nuestras almas más oscuras.
    – ¿Podéis, Riordan y Rafael intentar…? -Se interrumpió. ¿Qué estaba diciendo? ¿Quería que Manolito cazara vampiros?.
    Él negó con la cabeza.
    – Nunca permitiría que hiciéramos eso por él. Cree que es responsable de todos nosotros. Veo que la oscuridad es fuerte en él. Yo estaba así de cerca de convertirme, debería saberlo bien. Incluso cuando entré en el otro mundo, los demás ocupantes lo sabían. Al poco tiempo la oscuridad aparece hasta que ya no sabes si podrás resistirte al atractivo de sentir algo una sola vez mas. Lo que sea.
    – Pero tres de vosotros habéis encontrado a vuestras compañeras. Esto debería darle esperanza.
    – No puede sentir esperanza, no por sí mismo. Sólo puede sentir nuestra esperanza por él. E incluso aunque encontrara a su compañera, sería demasiado difícil para una mujer de hoy en día vivir con él. La mayor parte de nuestras compañeras son humanas o rozan lo humano. Él es un retroceso a una era diferente. Me encuentras difícil. En comparación, te aseguro, MaryAnn, que soy un hombre muy moderno.
    – Me alegra mucho oírtelo decir, Manolito, porque esta mujer moderna ha tomado una decisión y es mi decisión para tomarla. Mía. Tienes que entender que creo tener derechos. Esto es importante para mí.
    – ¿Cual es la decisión? -Sonaba suspicaz. Era suspicaz. No iba a liberarla de sus obligaciones aunque fuera posible… que no lo era.
    – Quiero que me conviertas. Ahora. Esta noche. Quiero compartir la vida totalmente contigo. -No hizo caso de los nubarrones que se acumulaban en los ojos de él. -No he tomado ni una sola decisión en ningún momento del camino. Pero esta es mía, meditada, sabiendo lo que hago y lo que quiero, sí, te amo y quiero ser totalmente tuya.

Capítulo 19

    Manolito reprimió su primera reacción, obligándose a acallar el repentino miedo. Las emociones eran bastante más difíciles de soportar de lo que recordaba. Si convertía a MaryAnn, y el lobo protestaba, podía matarla. Nadie, ni siquiera Vlad, recordaba el emparejamiento entre un lobo y un cárpato.
    – ¿Manolito?-Sus dedos le recorrieron la cara, acariciando sus pómulos, suaves, llenos de amor.
    Tragó el nudo de su garganta y giró el rostro para que no le viera contener la forma en que ella le afectaba. Le estremecía con su ternura. Con amor. Ser compañeros parecía muy sencillo, pero era más complejo de lo que había creído. Él deseaba su conversión por sí mismo. Estaba orgulloso de qué y quién era, pero al mismo tiempo, no quería… ni podía… arriesgarla.
    – Pídeme la luna, MaryAnn, y encontraré la forma de dártela. Pero esto no. No cuando no sabemos qué ocurrirá.
    – Estás cambiando. Tu mismo lo dijiste. -Recorrió a besos su fuerte mandíbula, hasta la comisura de su boca-. Lo que quiera que seas, yo quiero serlo también. He pensado mucho en ello. Tuve mucho tiempo mientras repelía a vampiros, magos y hombres jaguar. Es realmente raro encontrar a alguien a quien amar, y aun más raro que ese alguien también te ame.
    – Aún tenemos eso, -murmuró y la atrajo hacia él. No podía mirarla directamente a los ojos y no darle lo que queria-. Siempre tendremos eso. -¿Cuándo había comenzado? ¿Cuándo había girado del revés su mundo? Su estómago dio un vuelco y su corazón se derritió en el momento en que la miró. Sus hermanos se reirían si lo supieran. Restregó la barbilla contra su coronilla, sintiendo su pelo como hilos diminutos que los ataran juntos. De repente, le quitó el top, arrojándolo al suelo para poder deslizar la mano por su suave espalda.
    – ¿Sientes al lobo dentro de ti? -Ella rodó para apoyar la cabeza en su hombro. -Porque su perfume está sobre ti, y sobre mí. Está allí, sé que es él, tratando de alcanzar a mi loba cuando hacemos el amor. Probablemente sea por eso por lo que eres aún más autoritario que cuando te vi por primera vez. -Le había robado el aliento aún entonces-. Por eso restriegas tu cuerpo contra el mío, para impregnarme con tu perfume, y eso esun rasgo de lobo.
    – Es un rasgo cárpato.
    Ella rió, y él sintió que el sonido recorría su cuerpo como pequeñas descargas eléctricas.
    – No lo digas como si fuera algo bueno. No entro en esta relación con unas gafas color de rosa. Se me ha ocurrido que podría ser difícil vivir contigo.
    La mordió en el cuello, sus fueron dientes suaves, rozando su pulso mientras aspiraba y retenía el aire en sus pulmones.
    – Siempre que hagas todo lo que te digo, creo que la vida será fácil.
    La nota provocativa de su voz fue casi tan excitante como el modo en que sus manos subieron para cubrir sus senos. Él simplemente ahuecó la parte inferior en sus palmas, manteniéndola muy cerca durante un largo momento antes de deslizarlas hacia abajo por su cabeza, con un brazo alrededor de su cintura y girándola hasta situarla frente a él. La forma en que lo hizo, sus manos tan fuertes y seguras, sus movimientos decididos, enviaron un estremecimiento de excitación por su columna vertebral.
    Nunca hubiera podido imaginar que le amaría tanto. El dolor era tan fuerte que pensó que podría morir por la mezcla de necesidad, deseo y amor. Su cuerpo era firme y caliente, duro y dolorido por ella. Lo leyó en su mente, lo sintió en la forma en que su cuerpo estaba ya grueso y duro, presionando contra de su muslo.
    – No vas a distraerme, Manolito, -susurró.-. ¿No ves cuán importante es para mi tomar esta decisión? Tiene que ser mi decisión.
    Él le acarició el cuello con la nariz, inspiró su cálido perfume, femenino, le gustaba que su perfume permaneciese sobre la piel de ella. Su lengua tocó el pulso, acariciando con la punta, incitándola antes de presionar los labios para tentarla.
    MaryAnn cerró los ojos. Puede que estuviera distrayéndola. Su corazón latía con el de él. Su cuerpo debería estar completamente saciado, pero, no, estaba hambrienta de él una vez más. La tocaba y estaba perdida. La miraba y estaba perdida. Soltó un pequeño gemido y enlazó el brazo alrededor de su cabeza y lo atrajo hasta ella.
    – Soy patética en lo que a ti se refiere.
    Sus labios acariciaron el hombro de ella mientras sonreía, enviando pequeños dardos de fuego que recorrieron su piel hasta los montículos de sus senos. Al momento se sintió dolorida y tensa.
    – No más que yo contigo, -murmuró él, acercándose para que su boca pudiera recorrer el montículo suave y firme.
    La lengua tocó el punto donde su marca permanecería para siempre, y al instante ella la sintió arder y latir. Su cuerpo respondía entre las piernas con ese mismo ardor, con una sensación palpitante sólo que mil veces más poderosa, por lo que cambió de posición desasosegadamente.
    – ¿Te importa el que yo quiera esto? -¿Era esa su voz, tan jadeante por la expectación que apenas podría reconocerse a sí misma?.
    – Tú y lo que tú quieres siempre tiene importancia, -contestó él, levantando la cabeza, sus ojos negros clavados en ella.
    – Necesito esto, Manolito. Como tú necesitas mi cuerpo y mi corazón. Necesito lo mismo de ti. Tienes que confiar en mí lo suficiente como para saber que sé lo que es mejor para mí.
    – No es cuestión de confianza, MaryAnn. – Se dio la vuelta, alejándose, pero no antes de que ella captase un destello de desasosiego en él. De cautela. De algo cercano a la desesperación.
    No entendía sus sentimientos encontrados. Era muy sencillo. Riordan había metido a Juliette en su forma de vida. Manolito a Luiz. Ahora que ella conocía a su loba, ahora que entendía la protección y la fuerza que esta le daba, la amaba, pero amaba más a Manolito. Quería una vida completa con él. Había percibido destellos en su mente de lo que sería su existencia si no se convertía en cárpato. No podría enterrarse con él, y él necesitaría a menudo rejuvenecer. Ella estaría en la superficie, sufriendo las consecuencias. No habría días para él, y unas pocas noches para ella.
    – No podemos vivir así, ni ser tan felices como desearíamos, -dijo.
    Se volvió hacia ella, ahuecando la palma en su nuca.
    – Puedo hacerte feliz, MaryAnn. A pesar de todo, puedo hacerlo.
    – Pero yo no podría hacerte feliz. Quiero esto por mí, no por ti. Porque por primera vez sé cómo puede ser la vida compartida con alguien más. Me siento como si hubiera recibido un milagro.
    Una sonrisa suavizó el borde duro de su boca.
    – Así es como me siento yo también, MaryAnn. Tú eres ese milagro, y arriesgarme a perderte…
    – ¿Por qué ibas a perderme? Juliette lo consiguió.
    Sus dedos le acariciaron el pelo.
    – Es diferente.
    – ¿Cómo? Explícame por qué es diferente.
    Exasperado, él suspiró.
    – Veo lo que querías decir cuando me dijiste que eras terca. -Se enderezó y se pasó ambas manos por el pelo otra vez, echándose hacia atrás por los hombros e inclinándose abruptamente para besarla.
    – ¿Es algo que estás absolutamente segura de querer hacer?.
    Ella cerró los dedos alrededor de su nuca y atrajo su cabeza hacia la de ella para otro beso. Su boca era como un horno caliente, dispuesto a encenderse a la mínima provocación.
    – Quiero pasar contigo cada instante que pueda del mejor modo posible.
    Él resopló.
    – No creas que podrás salirte siempre con la tuya, sivamet.
    Ella se tumbó de espaldas, su pelo se dispersó por la almohada, y le sonrió.
    – Por supuesto que lo haré.
    Él se levantó de la cama y se fue. Simplemente se evaporó ante sus ojos, fluyendo por el estrecho túnel hacia la entrada. El corazón de MaryAnn golpeó fuertemente en su pecho.
    ¿Qué estás haciendo? Se levantó de un salto y se lanzó tras él, descalza, olvidándose completamente de los insectos y cualquier otra cosa que pudiera haber en la cueva, en su preocupación por Manolito. Enlazó su mente con la de él, al tiempo que usaba la velocidad del lobo para tratar de alcanzarlo.
    No iba a arriesgarse con ella sin saber lo que ocurriría. Su determinación era absoluta. No quería estar con ella en caso de que todo saliera mal.
    ¡No te atrevas! Le gritó en su mente, en la mente de él, empleando tanta compulsión como fue capaz de usar. Su aliento salió en un sollozo. Manolito. No. No puedes hacer esto.
    Sintió la caricia de los dedos de él en su cara y luego se apartó, echándola de su mente por su seguridad. MaryAnn sintió como temblaba la tierra y supo que la entrada estaba abierta. Aceleró, agitando los brazos, corriendo para llegar antes de que pudiera cerrarla.
    Las paredes de la roca se unieron ruidosamente con un chirrido que reverberó en su mente. Echó hacia atrás la cabeza y aulló, entre la furia y el terror.
    Si no vuelvo la puerta se abrirá a la puesta de sol.
    Golpeó con ambas palmas sobre las rocas, un sollozo fluyendo en su garganta. Si no regresas, no hay razón para abrir la puerta. Por favor, Manolito, he cambiado de idea. No quiero esto. Regresa.
    No te pondré en peligro.
    Es mi elección arriesgarme, imploró ella.
    Ella sintió su suspiro en la mente, y de nuevo sus dedos parecieron pasar rozándole la piel.
    No lo entiendes. Eres más que mi corazón. Eres mi alma. No hay nada…ni nadie… en esta tierra más importante para mí. No quiero que sientas el fuego de la conversión. No quiero que experimentes dolor. Y no arriesgaré tu vida o tu cordura hasta que me haya arriesgado a mí mismo antes para saber que puede hacerse sin daño para ti.
    Se presionó la mano contra la boca para reprimir los sollozos. Llorar no iba a detenerle. La compulsión no iba a detenerle. Si de verdad me amas…
    La risa fue suave en su oído. Es por amor por lo que hago esto. Regresa, siéntate en la cama y espérame. Si regreso, completaremos la conversión. Si no, ve con mis hermanos y déjales cuidar de ti.
    Había seducción en su voz. La imagen de ella sentada en la cama desnuda, esperando su regreso, estaba en su mente. Quiso tirar algo. Se inclinó para coger una roca suelta del suelo de la caverna, la empuñó y, en una tormenta de furia, la arrojó contra la puerta, furiosa porque él creyera que le esperaría dócilmente. Por que pensara que volvería y se darían un revolcón. El sexo salvaje y desinhibido del lobo. Oh, Dios mío, estaba en lo cierto.
    Manolito. Hizo otro intento. Me importas tanto como yo a ti. Al menos hagamos esto juntos. Déjame salir. O permanece fundido conmigo.
    No te pondré en peligro.
    Rompió la conexión otra vez y se sintió sola. Muy sola. MaryAnn volvió caminando a la cámara, con el corazón tan pesado que sentía como su pudiera romperse en un millón de pedazos. ¿Y si algo salía mal…? si le perdía ahora… ¿Cómo podía haberlo hecho otra vez? Le había quitado la decisión de las manos. La cólera se apagó cuando la comprensión la golpeó. Si no regresaba, no tendría absolutamente nada. No habría razón para la cólera. Ninguna razón en absoluto. Sólo el vacío, sólo un terrible agujero negro que la engulliría.
    – ¿En qué estabas pensando?- susurró en voz alta, no estaba segura de si se lo preguntaba a él o a sí misma. Se hundió en la cama, ignorando las lágrimas que se deslizaban por su cara, simplemente las dejó caer.

    Manolito inspiró el aire nocturno, llenando completamente sus pulmones. Sintió al lobo saltar en su interior, procesando cada elemento tan rápido como lo haría un cárpato. MaryAnn lo había infectado con la sangre de su loba, y el lobo en su interior se había fortalecido, él había esperado que sus rasgos cárpatos lo vencieran, o sucumbieran ante él, pero hasta ahora tampoco eso había ocurrido. El lobo simplemente estaba ahí y había permanecido callado y alerta. Parecían coexistir, pero ¿qué le ocurriría a él o al lobo, si lo provocaba?
    Alzó la cara hacia el cielo nocturno. Amaba la noche, su belleza y su misterio. Amaba todo lo cárpato. ¿Era esto lo que había sentido MaryAnn, al saber quién era, confiada y feliz en su piel? Él le había arrebatado eso. Había esperado que ella aceptara su regalo de vida, de amor, sin tener realmente en cuenta el precio para ella. Para él, ser cárpato lo era todo. Ella había amado su vida, estaba cómoda y feliz consigo misma. Él le había quietado eso también, todo sin pensar.
    ¿Manolito? Zacarias tocó su mente, la conexión era fuerte a pesar de la distancia. ¿Qué estás haciendo?.
    Sintió la intranquilidad de sus hermanos y supo que inadvertidamente los había tocado, como siempre hacían los unos con los otros antes de una gran batalla. Un toque para despedirse por si acaso las cosas no iban bien.
    Estoy bien, Zacarias. He tomado decisiones que lamento. Si tienes oportunidad, ten cuidado con tus elecciones para que no tengas que arrepentirte. Me he dado cuenta de que aunque mi forma de hacer las cosas es correcta, también lo son otras formas.
    Hubo un breve silencio. Zacarias siempre había podido ver demasiado. Lo que haces es peligroso.
    Manolito se encogió de hombros, desechando del comentario aunque su hermano no podía verle. Lo que hemos hecho toda la vida ha sido peligroso. Por favor informa a Mikhail de que nos enfrentamos a una posible destrucción por varios frentes. Es lo menos que podemos hacer después de ayudar a los Malinov a idear el plan para derrocar al líder de nuestra gente.
    Nicolas ya ha empezado el viaje. No quiero que continúes por este camino que has escogido. Sólo puedo leer peligro en él.
    Sé feliz, hermano. Manolito envió su calor y afecto, pero se apartó antes de que Zacarias pudiera obtener un indicio de lo que planeaba.
    – Solos tú y yo, lobo, -dijo quedamente. -Y la noche.
    Sintió la agitación del lobo y la elasticidad. La criatura estaba separada de él, dos personalidades fuertes y dominantes compartiendo el mismo cuerpo. No era una ilusión. Los rasgos del lobo, la necesidad de conservar a su hembra protegida y cuidada, esas cosas tan eran fuertes o más en el lobo y duplicaban su necesidad de actuar en consecuencia. Compartían sentimientos y sensaciones. Podían comunicarse.
    ¿Estás dispuesto a hacer esto?.
    Tan dispuesto como tú. Ella es mi compañera tanto como la tuya. No hubo vacilación por parte del lobo. Aunque no entendía la unión cárpato y lo que supondría la muerte de Manolito. MaryAnn le seguiría de inmediato, o, si su loba la pudiera mantener con vida, sería una lenta muerte en vida para ella.
    Él negó con la cabeza, rechazando la posibilidad. Ella tenía razón, si no la convertía tendrían una vida difícil, tal vez la misma lenta muerte en vida, de una u otra manera. Mejor afrontar el fuego y arder rápida y limpiamente.
    Lo llamó. El lobo contestó. Él se retrajo. El lobo saltó. El cambio le recorrió. Diferente. Se obligó a sentirlo todo, a examinarlo todo. La oleada de vida bajo su piel. El picor del pelaje. La expansión de los dientes cuando su hocico se alargó para acomodar los afilados colmillos. Estaba siendo empujado hacia atrás, impulsado hacia el interior, cayendo en espiral y encogiéndose, una sensación claustrofóbica. Su guardián pasó junto a él, inundándole de seguridad mientras el lobo daba un salto hacia adelante y asumía el control de su cuerpo.
    La fuerza y el poder fluyeron en él y a través de él, alimentando al lobo. Su mente se expandió mientras los recuerdos colectivos de generación tras generación inundaban su mente. Nada que ver con los hombreslobo del cine. La luna llena los hacía débiles, incapaces de salir y proteger el cuerpo de su anfitrión. Incapaces de contestar a la llamada de la fiera cuando sus protegidos estaban en peligro. Dirigían organizaciones para la defensa de bosques y animales. Trabajaban incansablemente para combatir la ignorancia sobre la fauna silvestre, las plantas y el medio ambiente, incluso de la tierra misma.
    Eran poder e inteligencia envueltas en un lustroso pelaje. Ojos color ámbar y una capa de pelaje negro, el lobo miraba directamente al agua cristalina para dar a Manolito un sentido de quién y qué era. No era el monstruo terrible de las películas, sino un lobo tan preocupado por su compañera como Manolito por MaryAnn.
    Las manadas estaban dispersas por todo el mundo. Pequeñas. Herméticas. Escondidas. Raramente se juntaban a menos que la necesidad fuera grande, en vez de eso sobrevivían profundamente enterrados en la comunidad de los humanos, trabajando, viviendo y amando entre ellos. Su mayor peligro eran los renegados, lobos que se negaban ser parte de una manada, lobos que, como los hermanos Malinov, creían tener derecho a gobernar.
    Su lobo había registrado los recuerdos colectivos de todos los lobos y no había encontrado ningún caso de un cárpato emparejado con un lobo, pero tampoco de que la sangre hubiera dañado al otro. Manolito abrió sus recuerdos al lobo, permitiéndole ver lo que le haría conversión, compartiendo sus miedos por la seguridad de MaryAnn. Comenzaba a pensar en el lobo como en otro hermano, un socio y un amigo. Se conocían el uno a otro, se apoyaban, y su lobo siempre, siempre protegería a MaryAnn, así como Manolito siempre protegería a la loba de MaryAnn.
    Manolito emergió a la noche ileso. Más que nada, había conseguido el conocimiento, la confianza, y habilidad para hacer una decisión racional. Sería perjudicial vivir sin que MaryAnn experimentara la conversión. Ella había sabido eso instintivamente, y también de forma racional. Tenía que aceptar el riesgo por el bien de ambos. Si no lo hacía esta noche, no podría encontrar de nuevo el coraje.
    Ondeó la mano hacia la puerta para abrir la caverna, sabiendo que ella oiría el roce de las rocas al sellarse una vez más. Bajando por el estrecho túnel, no se sorprendió cuando llegó, con lágrimas corriendo por su cara, lanzándose sobre él, en lugar de esperar en la cama como le había pedido. Mantuvo la sonrisa, aunque su corazón se aligeró ante esta reacción.
    – ¿Qué has hecho? Estás chiflado, ¿lo sabías?- La palidez alteraba la perfección de su piel color café cuando se arrojó sobre él. Estaba furiosa, lloraba incluso mientras le golpeaba, llevada por la adrenalina.
    Él atrapó sus puños y la atrajo con fuerza hacia él, abrazándola antes de que pudiera lastimarse a sí misma o a él.
    – Cálmate, csitri. No te lastimes.
    Ella le dio una patada, enojada una vez más ahora que él estaba a salvo.
    – Que te lastime, querrás decir. No puedo creer que hicieras eso. ¿Qué hubiera pasado si me hubieras necesitado y yo no hubiera podido alcanzarte?.
    – Tenía que asegurarme de que estabas a salvo, -dijo él, perfectamente razonable. Uno de sus brazos la rodeaba por la cintura, el otro bajo los pechos, ambos sujetándole los brazos a los costados para evitar que le golpease de nuevo-. Mi lobo está muy interesado en el tuyo. Le preocupa que le ocurra algo a ella cuando cambies, pero creo que somos igual de fuertes. Creo que tu pequeña hembra es lo bastante fuerte como para experimentar la conversión contigo.
    No estaba dispuesta a olvidarse del miedo y de su enfado. La levantó y la empujó hacia atrás, llevándola contra él, su tenso cuerpo contra el suyo. Su pene estaba ya caliente e hinchado, presionando cómodamente entre sus nalgas.
    – Si crees que voy a dejar que me toques…
    Él inclinó la cabeza para encontrar el nicho de su cuello. Caliente. Suave. Incitante. Su lengua encontró el pulso y la provocó con pequeños golpecitos. Raspó suavemente con los dientes, inundando su canal con calor líquido. Su vientre se contrajo, con una dolorosa punzada. MaryAnn flexionó los músculos de los brazos hasta que él cautelosamente le liberó uno. Lo envolvió alrededor de su cabeza y se arqueó hacia atrás, agradecida de que estuviera vivo e ileso.
    – Me asustaste.
    – Lo siento, sivamet. No quería asustarte, sólo mantenerte a salvo.
    Su mano subió para ahuecarle un pecho muy tiernamente, sus dedos tirando del pezón, enviando estremecimientos a través de su cuerpo. Había algo sumamente sexy en ser sujetada de ese modo, su brazo atrapándola estrechamente contra él, su cuerpo presionando el de ella. Siempre la hacía sentirse sensual y bella y muy deseada.
    El hambre voraz brillaba intensamente en sus ojos cuando inclinó la cabeza para besarla. Su boca devastó la de ella, pero sus manos eran suaves cuando bajaron hasta la suave curva de su vientre. La acarició allí en pequeños círculos, sosteniéndole la barbilla, permitiéndose el acceso a su boca. Temblaba de expectación.
    – Recuéstate en la cama. -Los brazos de él se retiraron.
    MaryAnn se volvió para enfrentarle, estudiando la cruda excitación en su cara, la gruesa erección que presionaba contra los duros músculos de su estómago. Él inclinó la cabeza hacia la cama, y ella gateó sobre la misma, deliberadamente sensual, oyendo su rápida inspiración mientras movía el cuerpo con la gracia de un lobo, lenta y sexy, sus senos bamboleantes y su trasero redondo y apretado. Se giró y se desperezó, sin apresurarse en absoluto, permitiéndole ver cada pulgada.
    Sabía que a él le gustaba su piel, y con las luces oscilantes jugando sobre ella, el suave color café era una ventaja. No podía apartar la vista de ella. Se arrodilló sobre ella en la cama, su mano deslizándose a lo largo de la pierna hacia el muslo. Sus manos eran cálidas y ásperas. Su vientre se contrajo de excitación, y podía sentir ondas de profunda necesidad en lo más profundo de su vagina. Él apenas la tocaba, sólo con su oscura mirada, tan llena de lujuria, tan excitada, que pensó que podría tener un orgasmo simplemente por el roce de sus dedos y el aspecto de su cara.
    Manolito cubrió su cuerpo con el de él, besándola repetidas veces, tomándose su tiempo, siendo tan tierno y paciente como podía. Su toque era tierno mientras excitaba su cuerpo. Quería que ella conociera el amor. Que sintiera amor. Que supiera que siempre estaría con ella y para ella y adoraría su cuerpo con el propio. Ella lo sabría, cuando terminaran sabría que había sido amada en profundidad.
    Le separó los muslos con la rodilla y la elevó hacia él, esperó hasta que sus ojos se encontraron, y entonces los unió con una larga estocada que atravesó como un relámpago su cuerpo. Sus músculos pulsaban alrededor de él, tirantes y resbaladizos, como suave terciopelo.
    Le dijo que la amaba, con su cuerpo, bajando una y otra vez para besarla mientras la montaba, mientras la llevaba hacia para un agradable clímax. Su corazón retumbaba por la grandeza de lo que estaba haciendo, de lo que hacían. Su liberación la condujo hacia otro orgasmo que la atravesó. La besó de nuevo y se enderezó, empujándola hasta su regazo.
    – ¿Estás segura?.
    Ella asintió con la cabeza, con ojos confiados. Su corazón saltó. La atrajo a sus brazos, su boca encontró la de ella, besándola una y otra vez, repetidas veces como si nunca tuviera bastante. Ella se quedó sin aliento cuando sus dedos le atraparon los pezones y enviaron un cúmulo de sensaciones a su entrepierna, por lo que su cuerpo se estremeció con más placer. Como si hubiera estado esperando esa señal, él inclinó la cabeza, su larga melena deslizándose sensualmente sobre la piel de ella, descansando en su regazo mientras encontraba el pecho. Los dientes juguetearon, rasparon; su lengua lamió y acarició. Se tomó su tiempo, succionando durante un momento, una mano deslizándose entre sus piernas para percibir su reacción, la ardorosa estrechez, la creciente humedad.
    La besó de regreso hasta la curva creciente del pecho y lamió el punto donde el pulso latía. Una vez. Dos veces. Introdujo la mano en su abertura, frotando, los dedos empujando profundamente. Sintió la tensión de sus sedosas paredes cerrándose a su alrededor, atrapándole con cálida excitación. Hundió los dientes profundamente. MaryAnn se agitó entre sus brazos, echó la cabeza hacia atrás, sus caderas presionaron contra él, su cuerpo montó la mano mientras él bebía. Un doloroso placer la estremeció uniéndola a él.
    Ese era un rasgo cárpato. La necesidad de un compañero. Nada saciaba el hambre, sexual o física, como lo hacía un compañero. Su sabor era único para ella y un afrodisíaco para él. Era la misma esencia de su vida, una unión de sangre que no podía ser quebrada. Intentó alcanzar a su lobo, compartiéndolo con él, deseando que entendiera, quería que el lobo de MaryAnn compartiera esa misma unión.
    Alimentó la excitación de MaryAnn, quería que ella sintiera sólo placer, superando la experiencia de su última unión. Sus vidas estaban ligadas para siempre, y la sangre que vinculaba la unión era tan adictiva como su cuerpo. Cerró los ojos, saboreando la sensación de su piel desnuda deslizándose contra la suya. Cada terminación nerviosa estaba realzada, por lo que la mínima sensación lo recorría con oleadas de placer. Se introdujo en la mente de ella, compartido lo que sentía… el raso suave, la seda caliente, el sabor especiado.
    Levantó la cabeza, observó los dos chorritos gemelos bajando por la curva inclinada hasta el valle entre sus pechos y más abajo, hacia su barriga. Pasó la lengua sobre los pinchazos, cerrándolos, y siguió las huellas gemelas sobre su pecho, bajando por la depresión entre los pechos hacia el estómago. Su pelo se deslizó entre los muslos de ella cuando le rodeó la cintura, instándola a recostarse mientras él lamía de su piel cada resto de su esencia vital. Podía sentir los músculos agrupándose bajo su palma, tensando la apretada funda alrededor de sus dedos.
    La atrajo hacia él y comenzó a rodar, subiéndola encima de él.
    – Móntame. Cabálgame. -Ya estallaba de necesidad otra vez.
    – No puedo -dijo ella suavemente, pero reptó por su cuerpo para encontrar la pulsante erección con el calor de su boca. -No creo que pueda.
    Sus manos intentaron cogerle los hombros. No podía dejar que lo distrajera, y su boca… su mágica boca… podía hacer precisamente eso.
    – Móntame, MaryAnn. -Agarró su muslo, tirando hasta que ella a regañadientes le dio un delicioso y muy erótico lametón con la lengua y luego le obedeció, subiendo a gatas por su cuerpo hasta que le montó.
    Se echó el pelo sobre el hombro y se alzó sobre él, mientras su mano rodeaba la base de su eje para poder sentarse lentamente. Sus senos se bambolearon incitadores, cariñosamente, oh, tan tentadoramente, y Manolito contuvo el aliento, admirándose de su pura magia. Y entonces bajó, una exquisita pulgada cada la vez. Era una tortura, un placer doloroso mientras le introducía en su funda, tan ardiente que era como un anillo de fuego candente, tan suave que era como seda viva, tan apretado que su aliento quedó estrangulado en la garganta. No estaba seguro de si sobreviviría a esta noche.
    Manolito levantó las manos, y MaryAnn se inclinó hacia adelante para enredar sus dedos con los de él. El movimiento aplicó presión a su punto más sensible, y casi se fragmentó allí mismo, pero las manos de él bajaron hasta sus caderas y la atraparon, impidiendo cualquier movimiento. Su mirada se cruzó con la de ella. Ardiente. Excitada. Brillante. La intensidad envió otra oleada de calor a través de ella. Dominándola.
    Sabía lo que él quería. La idea debería haberla llenado de miedo, o temor, o incluso asco, pero en lugar de eso, la excitó, excitó a su loba. Podía notar sus dientes, ahora puntiagudos, conminándola a probarle. Manolito. La otra mitad de su alma. Él deslizó una mano bajo su pelo hasta que sus dedos pudieron rodearle la nuca y tiraron de ella hacia su pecho. Sentada sobre él, su cuerpo latiendo de placer, lamió un punto justo encima de su corazón.
    La sangre que corría por las venas de él la llamaba. Su perfume masculino. El perfume almizcleño del lobo y la fragancia intoxicante del sexo en el aire… todo se combinaba hasta hacer que su cabeza diera vueltas. Su lengua salió de nuevo, dando un golpecito a sobre la piel. El pene de él dio un tirón en respuesta. Sus músculos se apretaron alrededor. Esperó, escuchando la constante pulsación en sus oídos. Rápida. Excitante. Ansiosa.
    Sus dientes se hundieron profundamente, y el sabor de él, el regalo increíble de la vida, fluyó en ella. La áspera respiración de él se hizo más profunda. Su pene se endureció, estirándose, invadiendo, enviando fogosas ondas a través de su cuerpo. Sus músculos se contrajeron, y él gimió, acrecentando el intenso placer. Sabía a poder. Caliente y dulce y lleno de sexo. ¿Quién hubiera pensado que pudiera saber tan bien?.
    Su cuerpo comenzó a moverse dentro de ella. Los golpes largos, lentos, casi perezosos. Acero enfundado en terciopelo entre sus piernas, gruesas y largas, conduciéndola lentamente a la locura. Estaba por todas partes. En ella. Sobre ella. Inundando su boca, su cuerpo, envolviéndola en un capullo de amor. Sus manos le empujaron las caderas hacia arriba a fin de que se concentrara en las ardientes sensaciones mientras él se retiraba casi completamente. Luego la forzó a bajar, manteniéndola en un ritmo lento para que pudiera sentir el cambio.
    La cabalgada fue lo más sensual que hubiera experimentado jamás. Sus manos se introducían en su interior, masajeando, en pequeños círculos, acariciando la larga y aterciopelada línea entre sus nalgas, y luego la urgía hacia arriba otra vez, con ese ritmo lento, perezoso. Gimió y le acarició el pecho con la lengua para cerrar la pequeña herida. Sus músculos pulsaban alrededor de la erección y su respiración se convirtió en jadeos. Bajó la vista hasta sus ojos.
    La estaba mirando fijamente. Manolito de la Cruz. Sus ojos eran más negros que la noche, con vetas de ámbar, como diminutos relámpagos. Y podría ahogarse en el amor que encontró allí. No intentaba esconderlo, no tenía la más mínima timidez en dejárselo ver.
    Él le sujetó las caderas e hizo un círculo largo, lento mientras la bajaba, de modo que el aliento saliera de su cuerpo y el apretado nudo de sus nervios estallaba por la intensa sensación. Su estómago se contrajo por el ardiente estallido y los espasmos de su vientre.
    – Por supuesto que te amo. ¿Cómo puedes no saberlo?.
    Le dolía la garganta y las lágrimas ardían en sus ojos.
    – Nunca pensé que te encontraría. Nunca pensé que sentiría un amor así.
    – Me aseguraré de que lo sientas cada vez que respires, -dijo él. Apretando los dedos en las caderas de ella, mientras conducía las suyas hacia arriba, llenándola hasta que gritó su nombre, y clavó las uñas en sus hombros.
    La empujó de regreso contra él, hacia abajo, estremeciéndose por el aturdido placer que estallaba en su cuerpo, mientras sentía su brutal liberaciónl, la repentina hinchazón, la caliente liberación en su interior que le provocó oleada tras oleada hasta que cayó entre sus brazos, exhausta, descansando sobre él, agarrotada, incapaz de moverse.
    La atrajo hacia él, enterrando los labios en su pelo, mirando fijamente al techo de cristal.
    – He vivido durante siglos, MaryAnn, y jamás creí que me ocurriría esto. No creo que ninguno de nosotros crea realmente que pueda ocurrir.
    No tenía suficiente aire en los pulmones para hablar, así es que recorrió a besos su garganta, y luego apoyó la frente en su pecho y cerró los ojos, escuchando el ritmo de su corazón.
    – He buscado en mi alma y en mi corazón y, honestamente, creo que un hombre de nuestra especie está dispuesto a reclamar a su compañera a pesar de que ella no esté enamorada de él. He destruido a demasiados vampiros, y creo que si tengo que elegir entre volverme totalmente malvado, asesinando y persiguiendo inocentes, o arriesgarme a hacer mi reclamo y dar tiempo a que mi compañera llegue a amarme… creo que esta la única opción posible para nosotros.
    Ella le palmeó el pecho.
    – Quizá podríais considerar cortejar antes a vuestra compañera, obligarla a enamorarse de vosotros y luego reclamarla. -Su estómago se contrajo repentinamente. Con un pequeño jadeo cayó rodando de él para ponerse boca arriba.
    Manolito le puso la mano sobre el vientre, notando como sus músculos se acalambraban. Ella se encogió de miedo y apartó su brazo.
    – Eres demasiado pesado. Y hace calor aquí dentro. Tal vez deberías abrir la puerta y dejar entrar el aire de la noche.
    Él rodó a un lado, apartando con cuidado su cuerpo del de ella.
    – La conversión está comenzando. Sentirás una parte de lo que Luiz tuvo que soportar. Quiero que permanezcas enlazada conmigo en todo momento, MaryAnn.
    – No hay necesidad de que ambos pasemos por esto. Fue mi decisión. -Como si un soplete la atravesara, se quedó sin aliento y se agarró firmemente el estómago. Gotas de sudor puntearon su frente.
    – No te estoy preguntando. No soportaré quedarme mirando. Tengo que ser un participante activo y también mi lobo. -Se acercó inclinándose, tomando su mano en la de él-. ¿Entiendes? ¿Me oyes?.
    Sus ojos estaban abiertos de par en par, ya vidriosos por el dolor, pero asintió con la cabeza.
    – Mi loba, -se quedó sin aliento-. Está tratando de escudarme. Tienes que hacer que se detenga. Ambas necesitamos… -Se encogió cuando una convulsión levantó su cuerpo y lo lanzó de nuevo sobre el colchón. Se curvó en posición fetal, intentando alcanzar su mano-. Haz que él hable con ella. No puede oponerse a esto. La destruirá, pero ella no quiere que yo sufra.
    Manolito no quería dejarla, ni por un momento, pero ella estaba jadeando, inclinando la cabeza, intentando aguantar mientras el dolor arrasaba su cuerpo. Se puso de rodillas, inclinándose sobre el lateral de la cama, vomitando repetidas veces.
    Estaba ocurriendo rápido, casi demasiado rápido. Intentó alcanzarla, pero las convulsiones comenzaron de nuevo. En la mente de ella, podía sentir a la loba alzándose, intentando protegerla. La loba no pensaba en salvarse. Era una guardiana y MaryAnn sufría.
    Su propio lobo era parte de él. Debía haber confianza entre ellos, y él tampoco quería que su compañera soportara el dolor. Manolito mantuvo su mente firmemente enlazada con la de MaryAnn, intentando cargar con la agonía él mismo, pero salió de su cuerpo físico, permitiendo al lobo asumir el control.
    MaryAnn se agitaba, desesperada por aliviar el dolor, y su mano chocó con un grueso pelaje. Giró la cabeza y vio que el lobo yacía a su lado. Sus ojos estaban fijos en los de ella. Un profundo ámbar con destellos negros que los atravesaban. Unos hermosos ojos. Un bello pelaje.
    Suéltala Déjala salir. Oyó las palabras resonando en su mente mientras se convulsionaba otra vez, mientras el dolor ardía a través de cada órgano y en su mismo cerebro.
    Podría morir.
    No lo consentiré. Si no lo haces, ella no sobrevivirá. ¿Puedes sentir su lucha? Nunca aceptará lo que le ocurre sin un guía.
    No sé cómo ayudarla.
    Yo si lo sé. Déjala salir.
    Era tan arrogante y protector como Manolito. No sabía si podría aguantar el dolor en los estrechos confines de ese espacio, pero no quería dar ocasión a que su loba muriera. Se obligó a abandonarse, aunque la sensación fue peor; no podía aferrarse a nada, no tenía un ancla a la que agarrarse. Oyó su propio grito desesperado, y entonces Manolito estuvo allí, en su mente, calmándola, murmurando en su oído. Su lobo estaba también allí, murmurando palabras tranquilizadoras.
    El dolor se alivió, se volvió distante, aunque podía sentir las convulsiones arrasando su cuerpo. Podía oír a la loba jadeando y gimiendo, alzando la voz en ocasiones. Sintió el toque tranquilizador de una lengua de terciopelo cuando su compañero le facilitaba el atravesar la conversión. Más que eso, ella sintió a los machos tomando el dolor para sí mismos, trabajando conjuntamente uno con el otro para tomar todo lo que podían.
    Pasaron horas, tal vez días. Pareció interminable. Exhausta, segura de que acabaría sucumbiendo hasta morir, Manolito por fin la llamó para emerger a la consciencia.
    No tenía fuerzas. A su loba no le queda mucha tampoco. Ambos yacían jadeantes, tan cansados que no podían moverse o responder. El macho alfa dio un empujón a la hembra, restregándole el hocico por el cuerpo, claramente tratando de ayudarla.
    MaryAnn les sentía en su mente otra vez, Manolito la llamaba. Debía ir a la tierra. Era la única forma de detener el dolor de todos ellos, la única forma de sanar sus cuerpos. Hizo un esfuerzo supremo y se abrió paso hacia arriba, enviando calor y amor a su loba que se retiraba.
    Manolito la acogió entre sus brazos, sosteniéndola mientras abría la tierra y los levitaba a ambos al interior. Acunándola, cerró la rica y oscura tierra sobre ellos, compeliéndola a que durmiera el sueño rejuvenecedor de los cárpatos.

Capítulo 20

    – ¿Dónde están? -preguntó ansiosa Jasmine. No le gustaba estar en casa sin los hombres cárpatos. Caminaba de una ventana a otra, examinando fijamente la selva.
    MaryAnn permaneció silenciosa durante un momento, la mente de Manolito la tocaba muy ligeramente.
    – Están ayudando a Luiz. Se ha alzado como Cárpato, y está muy hambriento.
    Juliette alisó el pelo de Solange.
    – No hay nadie, Jazz. Yo lo sabría. En cualquier caso, los hombres no están lejos. Dudo que alguien intentara otro ataque.
    – Sólo quiero salir de aquí, -dijo Jasmine presionándose de forma protectora el estómago con la mano.
    – Hemos llamado al avión, -le aseguró Juliette- no queremos que tú y Solange vayáis por la selva hasta el rancho. Está demasiado lejos y es demasiado peligroso. Ahora que sabemos que el maestro vampiro usa a los hombres-jaguar para tratar de capturar a Solange, no podemos correr ningún riesgo.
    – El rancho está al borde de la selva, -indicó Jasmine-. Todavía está aislado de la gente. Tal vez no estemos seguras ahí tampoco.
    Juliette intercambió una larga mirada con MaryAnn, y ambas miraron a Solange.
    Ella apretaba la mano de su prima. Está bien. Sé que ahora no estoy segura en ninguna parte. No se lo digas a Jasmine. Me hubiera gustado quedarme en el rancho, pero no quiero ponerla en más peligro del que ya está. Está embarazada, Juliette, y necesita cuidados.
    Juliette habló en voz alta para tranquilizar tanto a su hermana como a su prima.
    – Hay varias casas en la finca. Una ha sido construida sólo para vosotras, para que podáis tener intimidad. Rafael y Colby son cárpatos y tienen su propia casa en el rancho. El hermano menor de Colby y su hermana viven con ellos. Riordan y yo también tenemos una casa allí. Nicolas y Zacarías comparten la casa principal. Manolito y MaryAnn tendrán su propia casa. Aparte de esto, la familia Chávez reside y trabaja en el rancho. Están bien equipados tanto en conocimiento como en armas para luchar contra cualquier vampiro o cualquiera que intente haceros daño. Ahora mismo el rancho es el lugar mas seguro que podrías encontrar, con ocho cárpatos para protegeros.
    Solange suspiró.
    – Tiene razón, Jasmine. Probablemente estaremos más seguras en el rancho que en cualquier otro sitio. De todos modos necesito algún tiempo para recuperarme. Y siempre me han gustado los caballos.
    Jasmine se volvió, por primera vez interesada en la conversación.
    – No lo sabía. Nunca me lo dijiste.
    Solange intentó parecer despreocupada. Raramente descubría nada sobre sí misma, últimamente ni siquiera a su familia.
    – Cuando era más joven solía montar a caballo.
    – Yo si lo recuerdo, -dijo Juliette-, Entonces eras muy atrevida. Siempre que montabas a pelo asustabas completamente a Mamá.
    La luz se apagó en los ojos de Solange y se echó otra vez en el canapé. Juliette y Jasmine echaron una mirada indefensa a MaryAnn, como preguntándole que debían hacer.
    MaryAnn esperó hasta que Jasmine se sentó en el canapé junto a Solange antes de sacar su esmalte de uñas. Sostuvo el frasco en alto.
    – ¿Alguien quiere utilizarlo?.
    – Nunca en mi vida me he pintado las uñas, -dijo Solange, pareciendo ligeramente sorprendida-. ¿Podéis imaginarme con las uñas rojas?.
    – Rojo no. -MaryAnn sacudió la cabeza, frunciendo el ceño como si Solange hubiera cometido una metedura de pata enorme-. Rosa pasión.
    – Rosa pasión, -pinchó Juliette a su prima-. Es para morirse. Nunca te he visto con nada rosa, y mucho menos rosa pasión.
    – ¿Por qué no rojo? -preguntó Jasmine.
    – No combinaría con su tono de piel. -dijo MaryAnn de forma erudita- Tiene unas manos hermosas. Quieres que la gente lo aprecie.
    Solange puso las manos detrás de la espalda.
    – No estoy interesada en que los hombres se fijen en mí.
    MaryAnn se rió.
    – Tonta. ¿Realmente crees que las mujeres se visten sólo para los hombres? Algunas lo hacen, pero la mayoría se viste para darse coraje en cualquier situación. Si te gusta tu apariencia, tienes más confianza. Por ejemplo, si tú y Jasmine dais una cena, desearéis lucir mejor que el resto de las mujeres para no parecer las parientes pobres. Las mujeres son mucho más complicadas que los hombres.
    – Tu siempre tienes muy buen aspecto, -dijo Juliette-. ¿Qué más haces?.
    MaryAnn miró a derecha e izquierda, y luego bajo la voz.
    – El arma secreta es el pepino.
    Solange se sentó de golpe.
    – Jasmine, tápate los oídos.
    MaryAnn, Juliette y Jasmine se echaron a reír.
    – Jesús, Solange -dijo Juliette-. No seas mal pensada.
    – Mi mente está bien, gracias. Estoy preocupada por la de MaryAnn.
    – Se ponen sobre los ojos, -dijo MaryAnn, riéndose aún más fuerte.
    La respuesta de Solange fue una lenta y muy breve sonrisa, pero iluminó sus ojos.
    – Lo sabía.
    Era la primera vez que MaryAnn veía un atisbo de normalidad en Solange, al bajar la guardia durante un segundo.
    – Te pintaré las uñas de manos y pies, Jasmine. -Ofreció MaryAnn. La clave para la cooperación de Solange y tal vez en última instancia su curación, era el amor por su joven prima. Mientras MaryAnn reservara cada sugerencia para Jasmine, Solange se empujaría a salir de su zona de comodidad por la muchacha.
    Jasmine echó un vistazo a Solange y luego a su hermana.
    – Nunca me las he pintado.
    – Bien, entonces ya es hora de que lo hagas, -dijo Juliette.
    – Me parece que Juliette debería intentar lo del pepino, -sugirió Solange.
    Juliette le lanzó una almohada.
    – En los ojos, en los ojos, -dijo Solange a la defensiva.
    – Me pinto las uñas si tú también lo haces, -dijo Jasmine.
    Solange sacudió la cabeza.
    – De ninguna manera.
    Juliette le dio otro codazo.
    – Solange tiene miedo de que creamos que es una chica pretenciosa. Una pequeña loca por la moda.
    – ¡Hey! -MaryAnn logró parecer ofendida.- ¿Qué hay de malo en eso? Yo pateé el trasero de un vampiro. Y me veía perfecta haciéndolo. -No mencionó que entonces llevaba pelaje en ese momento. Mostró sus uñas.- Y sólo me rompí una.
    – Tus uñas son largas -dijo Jasmine con admiración-. Las mías se rompen todo el tiempo.
    – Porque no tienen esmalte. Venga, Jasmine. Solange me dejará pintarle las uñas de los pies. Podrá taparlos y así nadie lo sabrá. En cierto modo es como llevar ropa interior ultra sexy y que nadie lo sepa. Te hace sentirte guapa, pero tú eres la única que lo sabe.
    Juliette frunció el ceño.
    – ¿Ropa interior? ¿Quién lleva puesta ropa interior?.
    – ¡Eh! -Solange le lanzó la almohada-. Estás muy mal.
    – Vale -dijo Jasmine-. Tengo que estar de acuerdo con Solange en esto. Es demasiada información. Nunca seré capaz de mirarte otra vez sin imaginarme… -Se interrumpió, haciendo una mueca.
    Solange realmente sonrió. Una sonrisa genuina. Cambió por entero su cara, encendiendo sus ojos y haciendo que pareciera años más joven.
    – Ahora también yo tengo esa imagen en mi cabeza.
    Jasmine y ella intercambiaron una mirada, hicieron una mueca y simultáneamente dijeron:
    – ¡Puaj!
    – Entonces mi misión aquí está completa. He logrado molestaros a las dos. Juliette cruzó los brazos, pareciendo satisfecha.
    Jasmine se rió y extendió las manos hacia MaryAnn.
    – ¿Si Solange es rosa pasión, que color soy yo?.
    Todas esperaron. MaryAnn echó un vistazo a Solange, quien arqueó una ceja.
    – Hmm, creo que eres más bien "pastel". -Extrajo otro pequeño bote de su bolso.
    – ¡Es rosa! -se pronunció Solange, recostándose contra los cojines.
    – No lo es, -dijo MaryAnn indignada. -Hay una sutil diferencia.
    – ¿Qué más tienes ahí? -quiso saber Juliette. Examinó detenidamente el bolso con sus filas ordenadas de esmaltes sujetados con lazos-. No me lo puedo creer. Solange, mira esto. -Agarró rápidamente el bolso y expuso el contenido.
    Se hizo pequeño y respetuoso silencio.
    – ¿Cuántos botes diferentes de laca de uñas tienes? -preguntó Solange.
    MaryAnn tomó el bolso y abrió la botella de esmalte rosa pastel.
    – Raramente salgo de casa sin al menos diez. Una nunca sabe lo que podría pasar, y una mujer tiene que sentirse bien pase lo que pase. -Emitió un exagerado suspiro-. No tengo ni idea de lo que sería de vosotras tres sin mí.
    – Bien -dijo Solange, inclinándose hasta que su nariz estuvo casi dentro del esmalte de uñas mientras miraba como MaryAnn pintaba a Jasmine-, no me las pintaré rosa pasión o pastel, podéis estar seguras.
    – Aquí esta. -Juliette cogió el rosa pasión-. Dame el pie, Solange.
    – ¡Espera! -Había pánico en la voz de MaryAnn-. No puedes hacerlo de esa manera. Toma. -Sacó dos pequeñas piezas de espuma una morada y otra naranja-. Tienes que usar esto. Separan los dedos del pie.
    Solange retrajo el pie y lo escondió bajo ella.
    – Retrocede prima, no pegarás nada extraño en mi pie.
    – No seas tan niña. -MaryAnn se puso las espumas en sus pies y los levantó en el aire-. Ves. No duele en absoluto. Tengo otro par y no son morados.
    Jasmine soltó un grito de placer.
    – Mira, Solange, son rosas.
    Solange puso los ojos en blanco, pero permitió que Juliette se las pusiera en los dedos de los pies.
    – Nunca le digas nada a nadie de esto.
    MaryAnn trabajó felizmente en las uñas de Jasmine, que de vez en cuando echaba un vistazo a los dedos del pie de Solange. Juliette se hacía tanto lio que hacía reír a Jasmine con tanta fuerza que apenas podía mantener quietas las manos. MaryAnn miró varias veces a Solange. Parecía relajada y se permitía divertirse. Era un pequeño paso, pero esto todavía debía progresar.
    MaryAnn encontró su esmalte favorito y comenzó a pintar sus propios dedos de los pies mientras Jasmine se soplaba las uñas y Juliette permitía que Solange trabajara en ella. De repente Solange se puso rígida y echó un vistazo hacia la puerta.
    ¿Manolito? MaryAnn sentía su presencia cerca. Ten cuidado con Solange. Ha sufrido un trauma; tanto ella como Jasmine necesitan ayuda. Advierte también a Riordan y Luiz, por favor.
    Él la inundó con tranquilidad mientras entraba a zancadas en el cuarto.
    – Buenas tardes, señoras. Confío en que estén bien. -Se inclinó y rozó con un beso la cabeza de MaryAnn, fingiendo no ver como Solange se estremecía por su cercanía.
    – ¿Cómo esta Luiz? -preguntó Jasmine.
    – Está bien. Riordan está con él ahora mismo. Tiene que aprender varias cosas. El vuelo y el cambio al modo de nuestra gente no son tan fáciles como parecen. -Guiñó un ojo a Jasmine-. Bonitas uñas. Me gusta el color.
    Ella sonrió.
    – Es pastel.
    Manolito cogió casualmente el esmalte de uñas de la mano de MaryAnn y se sentó al otro lado de ella, alzándole los pies en su regazo.
    – Patrullé la isla, Solange, y vi rastros del jaguar en el lado norte. Los seguí hasta el río. Parece que entró en él. -Hablaba en tono normal, tratándola como a una igual, obligándola a hacer lo mismo con él. Abrió la botella de esmalte y frunció el ceño por el olor.
    MaryAnn le dedicó una sonrisa de gratitud por dirigirse a Solange como si no notara que ella apenas podía tolerar su presencia en la habitación. Probablemente habían pasado años desde que Solange había estado en la compañía ocasional de un hombre.
    – Tengo el sentido del olfato bastante agudo, -añadió Manolito-, y no pude descubrir al hombre dentro del felino, aunque el rastro era de hace varias horas. ¿Cómo notas la diferencia entre un cambiaformas y un jaguar genuino sin poder explorar su cerebro? No estaba lo bastante cerca como para recoger sus ondas cerebrales.
    MaryAnn quiso lanzar sus brazos alrededor del cuello de Manolito y abrazarlo.
    He aprendido algunas cosas de entrar en tu mente. Su voz fue una caricia que arrastró las palabras. Los dedos del pie se le movieron, queriendo encogerse, y él pintó con esmalte un dedo en vez de la uña.
    Solange había estado mirando el proceso, fascinada por la visión del gran macho cárpato, esencialmente un depredador, pintando delicadamente las uñas del dedo del pie de su compañera. Su boca se retorció y tuvo que apartar la mirada cuando Manolito fulminó con la suya a MaryAnn.
    – Quédate quieta.
    – Estoy quieta. Tú hiciste aquella cosa.
    – ¿Qué cosa? -preguntó Manolito.
    Parecer atractivo y magnífico y sonaste como calor en medio de una lluvia torrencial. Compórtate.
    Solange carraspeó.
    – Cuando viaja el hombre-jaguar por lo general lleva un pequeño paquete alrededor de su cuello. -Su voz sonó baja y ronca como si raramente la usara. No miraba directamente a Manolito, pero no le gruñía. Y seguía trabajando en los dedos de los pies de Juliette, como si fuera lo más normal del mundo-. Con frecuencia cuando salta entre los árboles, frota el bolso en un poco de musgo del tronco o de una rama. Es muy pequeño, pero una vez que uno sabe donde mirar, puede notarlo.
    – Cuando regresemos al rancho, tal vez podrías tomarte un tiempo para mostrármelo, -dijo Manolito-. De esa forma cuando patrullemos sabremos lo que estamos buscando. -Su voz fue tan casual como la de Solange. Se inclinó para soplar los dedos del pie de MaryAnn.
    – De acuerdo.
    Se hizo un silencio, pero era amistoso, no lleno de tensión. MaryAnn recorrió la habitación con la mirada, a las mujeres que se habían convertido en su familia. Al hombre que era su corazón y alma, y se encontró sonriendo.
    Manolito alzó la vista, sus ojos negros se cruzaron con los suyos. Su corazón saltaba siempre del mismo modo cuando le miraba, cuando conseguía perderse en su fija mirada.
    Te amo, avio päläfertül. Mi compañera. Mi esposa.
    Yo también te amo, avio päläfertül, koje. Mi compañero. Mi marido.
    ¡Mejor imposible!


    Este extremadamente abrevidado diccionario cárpato contiene la mayor parte de las palabras cárpato utilizados en los libros de la Saga Oscura. Por supuesto, un diccionario cárpato completo sería tan largo como un diccionario habitual de un idioma entero.

    Nota: Los nombres y verbos cárpatos son palabras derivadas. Generalmente no aparecen en su forma "básica", como abajo. En lugar de eso, normalmente aparecen con sufijos (ejemplo: "andam"- "te doy", en vez de solo la raiz "and")

    aina- cuerpo

    ainaak- siempre

    akarat- mente, voluntad

    ál- bendecir, adjuntar a

    alatt- a través

    al*- alzar, levantar

    and- dar

    avaa- abrir

    avio- unir en matrimonio

    avio päläfertül- compañera

    belso- dentro

    ca*a- huir, escapar

    coro- fluir, correr como lluvia

    csitri- pequeña

    eci- caer

    ek-sufijo añadido después de un nombre que termina en consonante para convertirlo en plural

    eka- hermano

    ela- vivir

    elävä- vivo

    elävä ainak majaknak- mundo de los vivos

    elid- vida

    en- Yo

    en-grandioso, mucho, grande

    En Puwe- Al Gran Árbol. Relativo a las leyendas de Ygddrasil, el axis mundi, Mount Meru, cielo e infierno, etc.

    engem- mí

    es- y

    etta- eso/a

    faz- sentir frío

    fertül- alguien fértil

    fesztelen- aéreo

    fu- hierbas, césped

    gond- importar, preocuparse

    hän- él, ella, ello

    hany- trozo o terrón de tierra

    irgalom- compasión, piedad, clemencia

    jälleen- de nuevo

    jama- enfermar, estar herido o estar muriéndose, estar cerca de la muerte (verbo)

    jelä- luz del sol, día, sol, luzsunlight; day, sun; light

    joma- ir abajo

    jorem- olvidar, perder el rumbo, cometer un error

    juta- ir, vagar

    jüti- noche

    jutta- conectada, fijada (adjetivo), conectar, fijar, vincular (verbo)

    k- sufijo añadido despues de un nombre que termina en vocal para convertirlo en plural

    kaca- amante

    kaik- todo (nombre)

    ka*a- llamar, invitar, pedir, suplicar; pedir

    ka*k- tráquea, manzana de Adán, garganta

    Karpatü- cárpato

    käsi- mano

    kepa- menos, pequeño, poco

    kinn- fuera, sin

    kinta- niebla, neblina, humo

    koje- hombre, marido, siervo

    kola- morir

    koma- mano vacía, mano desnuda, palma de la mano, hueco de la mano

    kont- guerrero

    kule- oir

    kuly- gusano intestinal, lombriz, demonio que posee y devora almas.

    kulke- ir o viajar (por mar o tierra)

    ku*a- yacer como dormido, cerrar o cubrir los ojos en el juego de busca-y-encuentra, morir

    kunta- banda, clan, tribu, familia

    kuulua- pertenecer

    lamti- tierras bajas, nieblas

    lamti bol jüti, kinta, ja szelem- el mundo intermedio (literalmente el prado de la noche, nieblas y fantasmas)

    lejkka- grieta, fisura, raja (nombre). Cortar, golpear, acertar con fuerza (verbo)

    lewl- espíritu

    lewl ma- el otro mundo (literalmente "tierra de los espíritus). Lewl ma incluye lamti ból jüti, kinta, ja szelem: el mundo intermedio, pero también incluye los mundos superiores En Puwe than en el Gran Árbol.

    löyly- aliento, vapor (relativo a lewl: "espíritu")

    ma- tierra, bosque

    mane- rescatar, salvar

    me- nosotros

    meke- acto, trabajo (nombre), hacer; construir, fabricar (verbo)

    minan- mío/a

    minden- cada, todo (adjetivo

    möért?- ¿para qué? (exclamación?

    molanâ- derrumbarse, caer

    molo- aplastar, romper en pedazos

    mozdul- empezar a moverse, entrar en acción

    nä- para

    *ama*- este, este de aquí

    nélkül- sin

    nena- furia

    no- como, del mismo modo

    numa- dios, cielo, alto, parte más alto, lo más alto (relativo a sobrenatural)

    nyal- saliva, escupitajo (nombre) (relativo a nyelv: "lengua")

    nyelv- lengua

    o-él/la (utilizado antes de un nombre que empieza con consonante)

    odam- soñar, dormir (verbo)

    oma- viejo, antiguo

    omboce- otro, segundo (adjetivo)

    ot- el/la (utilizado antes de un nombre que empieza con vocal)

    otti- mirar, ver, encontrar

    owe- puerta

    pajna- presionar

    pala- mitad, lado

    palafertül- compañero/a o esposo/a

    pel- tener miedo, estar asustado

    pesa-nido (literal), protección (figurativo)

    pide- sobre

    pira-círculo, anillo (nombre). Rodear (verbo).

    pita- mantener, aguantar

    piwta- seguir, seguir la línea de juego

    pukta- alejar, perseguir, echar a volar

    pus- sano, saludable

    pusm- ser restaurada la salud

    puwe- árbol, madera

    reka- éxtasis, trance

    rituaali-ritual saye- llegar, venir, alcanzar

    salama- relámpago, rayo

    sarna- palabras, discurso, encantamiento mágico (nombre). Canturrear, cantar, celebrar (verbo)

    saro- nieve congelada

    siel- alma

    sisar- hermana

    sív- corazón

    sívdobbanás-heartbeat so*e- entrar, penetrar, contrarrestar, reemplazar

    susu- hogar, lugar de nacimiento (nombre), en casa (adverbio);
    szabadon- libremente

    szelem- fantasma

    tappa- bailar, estampar con el pie (verbo)

    te- tu

    ted- tuyos

    toja- inclinarse, hacer una reverencia

    toro- pelear, discutir

    tule- encontrarse, conocerse, llegar

    türe-lleno, saciado; accomplished

    tyvi-tallo, base, tronco

    uskol- auténtico

    uskolfertül- lealtad

    veri-blood vigyáz- cuidar de, ocuparse de

    vü- último, al fin, finalmente

    wake- poder

    wara-pájaro, cuervo

    wenca- completo, todo

    wete- agua

Christine Feehan