Скачать fb2
El Ocaso De Los Dioses De La Estepa

El Ocaso De Los Dioses De La Estepa

Аннотация

    Titulo fundamental dentro de la obra de Ismael Kadaré (1936), El ocaso de los dioses de la estepa (1978)- cuya versión definitiva, publicada en 1998 tras la caída del régimen comunista en Albania es la que ahora se ofrece- se nutre de las experiencias del autor, tanto personales como literarias, en sus estancia juvenil en la Unión Soviética. Si bien pueden rastrearse ya en ella algunos de los motivos que son recurrentes en su obra -como la confrontación de los mitos eslavos y albaneses o las relaciones entre el poder y la literatura-, la novela constituye una acerba y corrosiva crítica de los principios que dieron forma al yermo “realismo socialista”, así como de la mediocridad y la insania del régimen soviético contra los grandes escritores, personificados aquí en Boris Pasternak, cuya novela Doctor Zhivago forma parte de la trama misma de la narración.


Ismaíl Kadaré El Ocaso De Los Dioses De La Estepa

CAPÍTULO I

    Jugábamos al ping-pong al aire libre, cerca de la orilla del mar, hasta muy próxima la medianoche, porque había suficiente luz aunque las noches blancas ya hubieran pasado. Las últimas partidas, es decir, pasadas las once y media, las disputaban quienes tenían mejor vista; entretanto los demás, apoyados en la balaustrada de madera, observábamos el juego y corregíamos los errores de tanteo. Después de las doce, cuando todos se iban y sobre el tablero no quedaban más que las raquetas, que a menudo encontrábamos por la mañana empapadas por la lluvia nocturna, yo no sabía qué hacer, nunca tenía sueño. Paseaba un rato por los jardines de la casa de reposo, antaño propiedad de un barón letón, iba hasta la fuente de los delfines, regresaba después hasta la casa sueca y por fin salía a la orilla del Báltico. Pero las noches eran muy frías y resultaba imposible permanecer allí mucho tiempo.
    Esto se repetía casi todas las noches. Cuando no llovía, las horas de la mañana y de la tarde transcurrían con rapidez entre el baño y tomar el sol, pero las noches continuaban siendo aburridas. La mayoría de los que pasaban allí sus vacaciones eran de edad avanzada, casi todos personajes y gentes conocidas, lo que no impedía que sus noches fueran monótonas y que yo, el único extranjero allí, me sintiera bastante desplazado.
    Al aproximarse la caída del sol salíamos con nuestras cámaras fotográficas a la orilla de la playa y ajustábamos las lentes para atrapar aquel instante crepuscular. El mar adquiría por las tardes coloraciones distintas y nosotros nos esforzábamos por recoger en nuestras películas toda la sucesión de tonalidades que se nos ofrecían. Con frecuencia, alguna pareja que paseaba por la orilla invadía el campo visual de los objetivos y cuando revelábamos la película aparecía como una pequeña mancha, perdida e insignificante, en aquella extensión ilimitada. Después de la cena, nos reuníamos en torno a la mesa de ping-pong y yo, persiguiendo con los ojos la pequeña pelota blanca que iba y venía de una mitad de la mesa a la otra, sentía cómo mi propio ser establecía lentamente una suerte de sincronía con sus movimientos. Me esforzaba en vano por escapar a aquella hipnosis y sólo de cuando en cuando, en breves momentos de rebeldía, lograba liberarme de la servidumbre de la pelota de plástico, en cuyos breves saltos, en sus propias dimensiones y hasta en el sonido que emitía al chocar con el tablero, me parecía encontrar algo idiota. En aquellos fugaces instantes de lucidez, por tanto, volvía de pronto la cabeza hacia la costa y cuantas veces realizaba ese movimiento sonámbulo, alentaba cierta esperanza de encontrar por fin, allá en la orilla, algo distinto de lo que había visto la tarde anterior. Mas la orilla del mar era implacable bajo el ocaso. No proporcionaba otra cosa que su obstinado panorama, repetido quizá desde el inicio de los tiempos: siluetas de parejas que la recorrían muy despacio. Procedían sin duda de otras casas de reposo y se alejaban hacia los costados de la nuestra, en direcciones que a mí se me antojaban misteriosas, allá donde las playas adoptaban los nombres de las estaciones del tren eléctrico, unos nombres con sonoridades y acentos insólitos, como Xintars, Majori, Dubulti. Ya me había topado antes con aquellos nombres en frascos de perfume o de crema facial en los escaparates de las tiendas de otras ciudades, pero jamás se me hubiera ocurrido que pudieran pertenecer a estaciones o centros de vacaciones.
    En las horas tardías, conscientes de la imposibilidad de dormir, los viejos permanecían largo tiempo en los bancos envueltos en la oscuridad. Mientras paseaba, oía sus susurros y sus toses secas aquí y allá, o el repiqueteo rítmico de los bastones alejándose hacia la casa sueca, donde dormían los más viejos y los más notables.
    Deambulaba y me preguntaba cómo era posible que casi todas las personas que descansaban allí fueran escritores de fama, en cuyas obras se encontraban con frecuencia dedicatorias mutuas. A casi todos los niños que correteaban armando jaleo durante el día les estaban dedicados versos y relatos escritos por sus padres y era notorio que algunos de ellos lo sabían. En cuanto a las mujeres, ya entradas en años, que después de la cena entablaban unas con otras interminables conversaciones, yo sabía que muchas de ellas, jóvenes y hermosas, caminaban con tacón alto por las páginas de algún libro, ocultas tras las iniciales D., V. o N. o simplemente tras un: ella. En ocasiones, en los libros escritos por mujeres, también se escondían hombres tras las iniciales, aunque eso sucedía muy rara vez y esos hombres solían padecer ahora del estómago y reclamaban alimentos de régimen en el comedor.
    A veces, por las tardes, iba hasta la oficina de correos con la esperanza de que la línea telefónica con Moscú estuviera libre y así poder hablar con Lida Snieguina. Pero por lo general estaba cargada, de modo que la conferencia debía pedirse con un día de anticipación para tener la seguridad de enlazar.
    Lida era la muchacha con quien salía últimamente en Moscú. Había acudido a despedirme a la estación de ferrocarril aquel día torvo en que había partido en dirección a Riga. Antes de la salida del tren, mientras paseábamos lentamente por el andén mojado como la mayoría de los que iban a separarse, ella me dijo sin mirarme que a veces resultaba doloroso salir con extranjeros, sobre todo con extranjeros de países lejanos. Cuando yo le pregunté la causa, me contó algo sobre una amiga suya que mantenía relaciones con un belga y que éste se había marchado de pronto, sin despedirse siquiera. Puede que no todos los extranjeros sean así, dijo, pero la verdad es que a menudo desaparecen de repente. Eso es al menos lo que he oído decir.
    Naturalmente, yo debía darle alguna clase de respuesta, lo malo era que el escaso lapso que restaba hasta la salida del tren resultaba a todas luces insuficiente para dar cabida a una disputa, por leve que fuera, junto con su correspondiente reconciliación. Debía por tanto elegir: o la disputa, o las palabras de conciliación. Me decidí por la segunda alternativa: me tragué el despecho y le dije que, en cualquier circunstancia y como quiera que sucediese, yo nunca me degradaría a desaparecer como un ladrón. Quise añadir que procedía de un viejísimo país balcánico, poseedor de formidables leyendas sobre la palabra dada, pero puede comprenderse que el tiempo que nos quedaba no dejaba de acortarse, y a estas alturas daba de sí en el mejor de los casos para unas cuantas aclaraciones; en ningún caso para relatarle la triste leyenda de Costandin y Dorutina, que me vino a la memoria.
    Me gustaba hacer solo el trayecto desde la casa de reposo hasta Correos y viceversa. Era un itinerario sin nada de particular, diría incluso que desolado, flanqueado por unos cuantos cañizales, montículos de arena y grandes cardos. Sin embargo, igual que algunas mujeres quienes sin ser hermosas poseen un atractivo oculto, aquel camino tenía la facultad de estimular mis pensamientos.
    Era la segunda vez que pasaba unas vacaciones en una casa de reposo para escritores y conocía ya muchas de las costumbres e intimidades de sus moradores. El invierno anterior había estado unos días en Yalta. Mi habitación entonces era colindante con la de Paustovski. Éste mantenía la luz encendida hasta pasada la medianoche y todos sabíamos que estaba escribiendo sus memorias. Cuantas veces salía yo al pasillo, me encontraba con el tutor de nuestro curso, un tal Ladonshikov, que se alojaba también allí sin otro fin que espiar la luz en la habitación de Paustovski, que suspiraba, se daba golpes en el pecho y, como si anunciara la cosa más siniestra, le decía a todo el que se tropezaba en el pasillo que él, es decir Paustovski, estaba resucitando en sus memorias a todos los judíos. De Yalta me había quedado en el recuerdo una lluvia incesante, la mesa de billar donde yo no hacía más que perder, unas inscripciones tártaras y aquella envidia perenne en el rostro vulgar de Ladonshikov, siempre solemne y desvelado por los destinos de la patria. Yo había imaginado que la vida en la residencia de Riga resultaría más animada, pero me encontré allí con parte de los residentes de la de Yalta, la mesa de ping-pong sustituyendo a la de billar y una lluvia intermitente que recordaba la frase de Pushkin de que los veranos del norte no son más que una caricatura de los inviernos del sur, de modo que la repetición de las caras, las conversaciones y las iniciales (faltaba tan sólo Paustovski y, sorprendentemente, Ladonshikov) empujaba a creer que todo se reanudaba. Aquella vida tenía algo de estéril, de antológico, o puede que se tratara únicamente de una impresión, ya que, al igual que en Yalta, también aquí me parecía estar viviendo en un mundo extraño, unos días híbridos, donde la muerte y la vida se mezclaban, se fundían la una en la otra, como en la vieja leyenda balcánica que no había logrado relatarle a Lida Snieguina. Esta sensación procedía de una suerte de confrontación que sin proponérmelo establecía yo entre aquella gente y los personajes de sus novelas y sus dramas, que conocía bien. El endiablado deseo de comparar las palabras, los gestos, incluso los rostros de los creadores con los de sus propios personajes se había tornado incontenible para mí desde un día del invierno anterior, en Yalta, cuando mi cerebro descubrió por primera vez, como una revelación, que la mayoría de los escritores soviéticos contemporáneos no mencionaban casi nunca el dinero en sus obras. Era una especie de símbolo. Ahora en Riga, observaba que no era sólo el dinero sino muchas otras las cosas que no aparecían en sus obras, y viceversa; innumerables los aspectos a los que dedicaban capítulos y actos enteros que sin embargo no ocupaban lugar alguno en sus vidas. Esta discordancia provocaba en mí un estado de disgusto permanente. Era una dicotomía del mundo que tenía algo de anormal, de temeroso diría incluso, y me hacía pensar con insistencia en el Museo de Ciencias Naturales donde había visto seres deformes sumergidos en alguna solución dentro de frascos de vidrio.
    En varias ocasiones había intentado evadirme de aquella vida anquilosada, cada vez más semejante a una construcción arcaica, pero mis huidas habían sido infructuosas y habían acabado por desembocar en torno a la mesa de billar en Yalta y en el tablero de ping-pong, aquí en Riga. En ambos casos, tanto en el del pesado billar invernal como en el del ligero ping-pong, no había cosechado más que fracasos.
    Era sábado. Jugábamos como siempre a la luz aún suficiente de la noche y yo, aunque irritado por estar perdiendo el tercer set de la partida, sentí la presencia de algo a la vez conocido y nuevo cerca de mí. Era una especie de reflejo de platino que me hizo evocar el cabello de Lida. Tan intensa fue la sensación que tardé en volver la cabeza, como dándole tiempo a lo desconocido para transformarse realmente en ella. En aquel breve instante comprendí que de forma inconsciente llevaba largo tiempo soñando con verla llegar a través de los cielos y de las estepas hasta precipitarse allí, sobre la mesa de ping-pong, sin hacer ruido, como si fuera la Luna quien cayera.
    La pelota, con su bote insidioso, me zumbó junto al oído derecho y al agacharme a recogerla, vi a la nueva invitada desconocida hasta entonces en el territorio de nuestra casa de reposo.
    Se había aproximado en silencio, mezclándose con el grupo de espectadores asiduos de las partidas de ping-pong, que se dedicaban a corregir el tanteo cuando los jugadores se equivocaban. Con tal de que no haga movimientos grotescos…, me dije, pues el resultado de la partida hacía tiempo estaba decidido. Aquel reflejo callado sobre la muralla bulliciosa de espectadores me imponía.
    Perdí y arrojé la raqueta con resentimiento. Aunque irritado, me dirigí hacia la desconocida y me instalé junto a ella secándome la frente con el pañuelo. Me sentía humillado por haber perdido tres sets consecutivos y tenía la molesta sensación de que alguien había hecho trampas con los puntos. Mientras me secaba el sudor observé el gesto de desdén con que ella contemplaba el tablero de ping-pong, con las manos en los bolsillos delanteros del pantalón.
    La noche ya había caído y por la orilla paseaban ahora las mismas siluetas que nosotros habíamos capturado unas horas antes en nuestras películas.
    Se me iba pasando la irritación y comprobaba que la muchacha tenía hermosos cabellos. Un tipo de cabellos que se encontraba con frecuencia en aquellas tierras. Hacían evocar en ocasiones la fatiga del otoño y por lo general resultaban distantes, como las cosas vinculadas con la Luna. Y sobre todo, en ese instante, me recordaban a Lida. Un conocido mío, en Yalta, había intentado hacerme creer que existía una raza de perros que apenas veían cabellos así lanzaban aullidos sofocados, como si contemplaran la Luna llena sobre la estepa. Más tarde, pensando en aquello, había llegado a la conclusión de que, por muy inverosímiles que parecieran sus palabras, había en ellas algo de verdad. Naturalmente no se trataba del aullido de los perros sino de gemidos humanos y sin duda mi compañero de Yalta lo había experimentado en carne propia, por mucho que insistiera en aquel cuento de los perros. Ni siquiera cabía hablar de verdaderos sonidos sino sobre todo de un grito mudo, interior, acompañado de un estremecimiento sin fin que desembocaba, por qué no, en el umbral de la sinfonía.
    – ¿Hay baile hoy aquí?- preguntó inesperadamente la muchacha, volviendo la cabeza con un movimiento brusco. Sus ojos color ceniza era igualmente hermosos y severos.
    – Aquí nunca hay baile- le respondí.
    Ella esbozó una leve sonrisa.
    – ¿Y eso?
    Me encogí de hombros.
    – No lo sé- dije. -Entre nosotros no hay más que gloria.
    Ella se rió sin apartar los ojos de la mesa de ping-pong y yo me sentí satisfecho de mi frase, que pareció producirle alguna clase de efecto, aunque no fuera del todo original. La había oído el día de mi llegada de labios de un taxista, cuyo número de matrícula quedó grabado en mi memoria sin razón alguna, como tantas otras cosas insignificantes.
    – ¿Es usted extranjero?- preguntó ella poco después.
    – Sí.
    Me miró con curiosidad.
    – Se le nota en el acento- dijo. -Yo tampoco hablo bien el ruso, pero soy capaz de distinguir el acento extranjero.
    Dijo que había llegado hacía dos días en compañía de su familia, que se alojaba en una villa cercana a nuestra residencia y que se aburría, pero cuando le dije que procedía de un país muy lejano, y tenía por tanto muchos más motivos que ella para aburrirme, lo reconoció sorprendida pues, dijo, nunca había tenido la oportunidad de conocer a un albanés y, además, nos había imaginado cetrinos como los georgianos, de nariz aguileña y apasionados por las canciones orientales, que a ella le horrorizaban.
    – ¿Y de dónde ha sacado esa idea?- le pregunté más bien molesto.
    Alzó los hombros.
    – Ni yo misma lo sé, pero creo que de una exposición que organizaron el año pasado en Riga.
    – Vaya- respondí, deseando acabar con aquel tema.
    Había observado en más de una ocasión que los soviéticos eran incapaces de concebir a las gentes de otros países socialistas si no era comparándolas con los nacionales de sus dieciséis repúblicas. De quien fuera demasiado rubio, decían que se parecía a los lituanos o a los estonios; si tenía la nariz curva, a los georgianos; si los ojos tristes, a los armenios y así sucesivamente. Incluso algunos de ellos sabían, por ejemplo, que Turquía era una región del Azerbaiján, que por caprichos de la Historia había quedado fuera de sus fronteras.
    – ¿Ha paseado alguna vez por Riga?- me preguntó ella. -¿Qué le pareció?
    Le dije que me gustaban las ciudades como Riga.
    – ¿No le parece demasiado cenicienta?
    Asentí con un gesto.
    – ¿Y sus ciudades, cómo son?
    – Blancas- contesté, sin pensarlo siquiera.
    – Qué interesante- dijo ella. -Sueño con conocer ciudades blancas.
    Me habría gustado decirle que nuestras ciudades eran transparentes, como le había dicho una vez a una joven e ingenua ucraniana, en Yalta, el invierno anterior, pero ésta era muy atractiva y yo había empezado ya a controlar mi vocabulario. Me escuchaba con un gesto un tanto insólito, entre la atención y el menosprecio, sonriendo con la mirada perdida, como si la causa de su sonrisa no estuviera nunca a menos de veinte pasos.
    Conversamos un buen rato apoyados en la balaustrada, mientras la gente alborotaba en torno a la mesa de ping-pong, equivocaba el tanteo y después discutía los puntos con una pasión digna de mejor causa.
    – ¿Ve aquella mujer gruesa con un chal que le habla a su hijo con gesto de enfado?- le dije.
    – ¿La de pelo canoso?
    – Sí. Pues el famoso poema que comienza: «Cuando los ocasos eran azules, completamente azules», estaba dedicado a ella.
    – ¿De verdad?¿Y cómo lo sabe?
    Le conté por qué lo sabía, pero ella, en lugar de alegrarse de que le hubiera confiado esa intimidad del mundo literario, frunció los labios.
    – Me sorprende que lo diga con regocijo- dijo. -Incluso, perdóneme, yo diría que con cinismo.
    – ¡¿Cinismo?!
    A decir verdad, me había alegrado encontrar en aquella mujer un objeto interesante de conversación, pero jamás habría imaginado que nadie pudiera acusarme de que me produjera regocijo el envejecimiento de las mujeres.
    Pensé disculparme de algún modo, pero recordé que en tales casos las tentativas de dar explicaciones no hacen sino dar lugar a nuevos malentendidos, de forma que no abrí la boca. Su rostro había adoptado otra vez aquella expresión de menosprecio y arrogancia.
    Permanecimos en silencio largo rato y a cada minuto que pasaba crecía mi impresión de que volvíamos a transformarnos en extraños a una velocidad catastrófica.
    Maldita gorda, me dije. Por qué diablos te me habrás puesto delante. Ahora se irá, pensé. Espera y verás cómo se va, sin decir siquiera buenas noches. No tenía ningún deseo de que se fuera. Media hora antes ni siquiera sabía de su existencia en el mundo y ahora su sola marcha se me antojaba un eclipse de Luna. Yo mismo no me explicaba cuál era la causa de aquella alarma, pero sin duda guardaba relación con el aburrimiento monótono de esos días de ocio, en compañía de personas con iniciales que deambulaban por doquier como losas con inscripciones, y sumido en ese estado de desconcierto espiritual que me invadía en los últimos tiempos. Entre aquella rigidez de museo había surgido por fin un ser vivo. Y además la visitante poseía algo que la hacía asombrosamente parecida a Lida Snieguina, sobre todo en los cabellos y en el cuello terso.
    La pelota de ping-pong botaba como un diablillo, matando todo pensamiento con su gracilidad vacua. Nuestro silencio se prolongaba más allá de lo normal y de nuevo me dije: espera y verás cómo se va, dejándote solo en este archivo.
    Pero no se fue. Continuaba observando el tablero de ping-pong, tranquila y desdeñosa. El reflejo de su pelo color platino se encontraba junto a mí, como una puesta de sol fortuita, y recordé aquel aullido o sinfonía de perros de que me habían hablado en Yalta el invierno anterior. Se me ocurrió marcharme sin más, pero recobré mis esperanzas diciéndome que así debían de ser las muchachas de estas tierras y además, después de conocer a las accesibles chicas de Moscú, todas las del resto del mundo pueden parecerte intratables.
    – ¿Damos un paseo?- le pregunté de pronto.
    – ¿Por dónde?- respondió sin volver la cabeza.
    – Por allí, más allá, puede que haya baile en alguna parte.
    Sin responderme emprendió la marcha en dirección al mar y la seguí. La arena crujía bajo nuestros pies y ambos guardábamos silencio. Ella continuaba con las manos en los bolsillos del pantalón y su blusa malva parecía ahora negra.
    Hacia nuestra izquierda estaba el mar, a la derecha se cernían las sombras oscuras de los pinos de la costa y se divisaban dispersas las casas de reposo y las estaciones del tren eléctrico. Entre los pinos aparecían de vez en cuando pequeñas iglesias de un estilo que no había visto nunca, estrechas y con los campanarios extraordinariamente altos. Llevaba un buen rato dando vueltas en busca de un buen tema de conversación y, en medio de este esfuerzo penoso, acudió dos o tres veces a mi memoria, casi con nostalgia, la muchacha ucraniana de Yalta, a quien se le podían contar las cosas más inverosímiles y ella no sólo las creía, sino que podía arrojarse a tu cuello cada vez que terminabas de contarle cualquier disparate.
    Nuestro silencio se tornaba más y más fastidioso y casi había perdido la esperanza de encontrar un tema apropiado, cuando ella me preguntó bruscamente por Fadeyev. Yo no habría sido capaz de imaginar una pregunta más conveniente y cuando le dije que en Moscú pasaba todos los días ante su casa, exclamó: ¡Ah!
    – Corren muchos rumores sobre su suicidio- dijo. -Usted que viene de la capital, sin duda sabrá algo más que nosotros- añadió tras una breve pausa.
    – Desde luego- respondí.
    En realidad había oído hablar mucho de aquel suicidio en los círculos literarios de Moscú, de modo que le relaté las habladurías más sabrosas al respecto. Me escuchaba conmovida. De pronto se me ocurrió hablarle de la cura antialcohólica de Fadeyev en el hospital del Kremlin. Se trataba de una dolorosa historia, que yo había escuchado durante una sobremesa en la periferia de Moscú. Era su último intento de desintoxicarse. El procedimiento de cura consistía en hacerle beber diariamente una dosis creciente de vodka, hasta que su propio organismo rechazara para siempre el alcohol. Por eso, en los silenciosos corredores del hospital aparecía todas las mañanas un hombre alto, vestido con la bata de los internos, que se movía como un sonámbulo, con la mirada turbia, la mente extraviada, completamente borracho, confundiendo las puertas, a las personas, todo. Las enfermeras, las mujeres de la limpieza, los camilleros, reunidos furtivamente tras las puertas o al fondo de los pasillos, susurraban: «Hoy le han administrado trescientos centímetros cúbicos, mañana le aumentarán la dosis», y lo perseguían con ojos curiosos, la mayoría con desesperación, pero alguno había que lo miraba con el gozo que la gente insignificante experimenta ante la caída de los grandes; lo observaban, pues, con curiosidad a él, el orgullo de la literatura soviética, ahora irreconocible, arruinado, sin otra cosa en el cerebro que brumas alcohólicas y vacío.
    Me esforcé por contarle todo aquello con la mayor veracidad y creo que lo logré, pues al finalizar mi relato sentí que me flaqueaban las piernas como a un borracho. Ella me tomó del brazo y se apoyó delicadamente en mí.
    – ¿Pero por qué?- preguntó, con voz perdida.
    Era una pregunta que yo esperaba porque en cuanto abrió la boca me encogí de hombros para expresar que lo ignoraba. Sí, ¿por qué, a pesar de todo, se había suicidado apenas salir del hospital?
    Caminamos largo rato callados. Me sentía sumido en un estado de completo embotamiento. Cruzó de nuevo mi mente el caballo de la balada de Costandin y Doruntina, sobre el que cabalgaban juntos él muerto y ella viva.
    – Eso que me ha contado es muy triste- dijo ella. -Dejemos esa conversación.
    Asentí con la cabeza y dejamos en efecto el asunto. Recordamos que debíamos buscar un lugar donde hubiera música y, mientras volvíamos la cabeza en todas direcciones, advertimos que nos habíamos alejado mucho de la casa de reposo. El arenal se extendía interminable y desierto junto a las aguas del mar, entre las cuales, en la penumbra, algo parecía querer surgir de tiempo en tiempo. Era la tenue luminosidad de las olas que se extinguía tras brillar sólo un instante. Hacia el otro lado, aquí y allá entre los pinos, se destacaban débilmente reflejos blancos, algo semejante a campanarios de piedra. El pitido de una locomotora se escuchaba unas veces próximo y otras lejano. Me acordé nuevamente de Lida, del Riyski Vokzal, la estación de Riga, en Moscú, donde ella había acudido a despedirme y de la leyenda que no había logrado contarle.
    – ¿En qué piensa?- me interrogó.
    – ¿Ha leído Leonora, de Bürger?- le pregunté con brusquedad.
    Dijo que no con la cabeza.
    – ¿Y Ludmila, de Jukovski?
    – Esa sí, la dimos en la escuela.
    – Es la misma cosa- le dije. -Jukovski lo ha traducido de Bürger.
    – Recuerdo que algo nos dijo el profesor- respondió. -Aunque a los rusos no les gusta mencionar esa clase de cosas.
    Era evidente que no sentía demasiada simpatía por los rusos.
    – De todos modos, tampoco es original de Bürger -continué yo. -Ambos lo han plagiado de otros, y no sé cuál de los dos ha cometido un crimen peor.
    – ¿Bürger es alemán, no?
    – Sí.
    – ¿Y él de dónde lo ha plagiado?
    Abrí la boca para decir «de nosotros», pero me contuve en el último momento, para evitar colocarme en la actitud de esos representantes de los pueblos pequeños, que a la menor oportunidad se apresuran a decir «nosotros», «en nuestro país», con cierta dosis de arrogancia o de pedantería, que a mí me parecían deplorables, pues tenía la impresión de que ellos mismos no creían en lo que decían.
    Comencé a medir más las palabras. Le dije que Homero había nacido en los Balcanes y que ésta era, por tanto, la tierra originaria de la gran poesía, donde podían encontrarse innumerables leyendas y baladas de una belleza incomparable, y precisamente una de ellas, la que refería cómo el muerto se alzaba de la tumba para dar cumplimiento a su palabra, era la que había explotado Bürger para su Leonora, aunque con un resultado deleznable. Le expliqué que todos los pueblos de los Balcanes habían creado variantes de esa misma leyenda, pero ella debía creerme si le decía que no era una muestra de chovinismo afirmar que nuestra variante era la más estremecedora, la más hermosa por tanto. Ésta era también la opinión de un poeta griego que estudiaba conmigo en Moscú.
    – Le creo- dijo ella. -¿Por qué imagina que yo iba a considerar superior la variante griega?
    – A causa de Homero- le respondí. -Como él es griego…
    – Oh, sí…, tiene razón. Pero cuénteme la leyenda de una vez.
    Estaba esperando que me lo pidiera. Enseguida, me dije. Enseguida la oirás. Al parecer, aquel verano estaba condenado a contar la leyenda sin remisión. Si no había sido capaz de hacerlo con Lida en la Riyski Vokzal, sin duda se debía a que mi conciencia aún no la había elaborado entonces lo suficiente como para exteriorizarla de forma perfecta. Ahora, el momento parecía haber llegado.
    Aspiré profundamente y concentré toda la energía de mi mente, por desgracia todavía bastante adormecida, en explicarle a mi acompañante lo que significaba para una albanesa, madre de doce hijos, casar a su única hija en un lugar lejano, «más allá de las montañas». Sentía que ella me seguía y además el Báltico, aquella masa de agua fría y ajena, me ayudaba con su estruendo septentrional. La madre no quería casar a su hija tan lejos pues, según decía, ¿cómo encontraría a Doruntina si alguna vez tenía necesidad de su compañía, ya fuera por boda o por duelo? Bien, pero el más pequeño de sus hijos, Costandin, le dio su palabra de que, fuera como fuera, él le traería a su hermana desde las más remotas tierras si había necesidad. Aceptó entonces la madre y casó a su hija con un gentilhombre de lejanas raíces. Pero, ay, que bien pronto sobrevino un crudo invierno, acompañado de una terrible guerra: sus doce hijos murieron en los combates y la madre quedó sola y desamparada en medio del frío y la adversidad.
    – ¡Pues yo no recuerdo nada de eso!- exclamó ella.
    – Claro, ellos lo han suprimido todo- repliqué en tono amenazador, como si Bürger y Jukovski fueran ladrones de caballos.
    No apartaba sus ojos de mí.
    – La tumba de Costandin estaba empapada y cubierta de barro, por haber violado la besa *- proseguí. -Porque en mi país, la palabra dada, la besa, tiene un valor absoluto y su violación representa para un hombre la mayor de las ignominias. ¿Me comprende? Incluso al roble se le secan las ramas si traiciona su palabra, se dice allí.
    – Es fascinante.
    Al reanudar mi relato, le conté que un domingo, cuando la afligida madre acudió como de costumbre a visitar las doce tumbas de sus hijos, dejó un cirio encendido sobre once de ellas, pero en la del más pequeño, Costandin, encendió dos. Después de hacerlo, gritó frente a la cabecera de la lápida: Costandin, ¿qué fue de la promesa que me hiciste de traer a mi hija ya fuera por boda o por duelo? E hizo lo que sólo excepcionalmente puede hacer una madre albanesa: maldijo a su hijo muerto: ¡Tú que has faltado a la besa, que no te acepte la tierra! Y cuando la noche…
    Apenas hube pronunciado estas palabras, me cogió de la mano, exclamando:
    – ¡Qué terrible es todo eso!- Y al cabo de un instante, quizá para recobrarse de la emoción, me dijo que nada de aquello se decía en lo que ellos contaban.
    – Deja en paz a esos bandidos- le grité casi de rabia. -Así que, cuando la noche acabó de caer y la Luna iluminó el cementerio, la lápida de la tumba de Costandin se alzó y de la fosa, pálido y con la cabellera cubierta de barro, surgió el muerto maldito.
    Su mano tembló, pero yo no me detuve.
    – Costandin se levantó de la tumba porque ante la palabra dada retroceden incluso las fronteras de la muerte, ¿entiende?
    El estremecimiento se había transmitido a sus hombros y yo continué relatándole la cabalgata de Costandin bajo la Luna en dirección al país donde se había casado su hermana. Llegó allí, encontró a Doruntina en una fiesta y la subió a lomos de su caballo para llevarla junto a su madre. Durante el camino ella le preguntaba sin cesar: «Por qué estás tan pálido, hermano mío, por qué tienes barro en el cabello?» Y él respondía: «Será el cansancio y el polvo del camino.» Y así viajaron a la grupa del caballo, el muerto con la viva, hasta llegar al pueblo de la madre. Al pasar junto a la iglesia, Costandin descabalgó. La iglesia, con su verja y su portalón de hierro, estaba oscura. Sólo en el ábside brillaba una luz pálida. El le dijo a su hermana: Ve tú delante, yo tengo algo que hacer aquí. Y empujó la puerta de hierro, entrando a continuación en el cementerio para no volver a salir jamás.
    Al llegar a este punto, callé.
    – ¡Oh, qué emocionante, qué hermoso!
    – ¿De verdad le gusta?
    – Mucho. Mucho. ¡Es tan distinto de lo que nos enseñaron en la escuela!
    – No me hable más de esos indeseables.
    Habíamos caminado un buen trecho y ahora se oía una orquesta en alguna parte.
    Me sentí sorprendentemente aliviado tras haber podido contar por fin la antigua balada. Estaba satisfecho al comprobar que a ella le había gustado, tanto que hasta se me ocurrió contarle la otra formidable leyenda albanesa, la del emparedamiento en la pilastra de un puente, pero me contuve en el último instante por miedo a excederme y convertir aquella noche en una sesión de folklore.
    Caminábamos en dirección a la orquesta. Escuchábamos su música cada vez más próxima. Pronto surgió ante nosotros el rótulo luminoso de un restaurante.
    – Lido- leí yo en voz alta. -¿Entramos?
    – Espere- dijo ella. -Esto será caro. No me gusta.
    Metí las manos en los bolsillos y saqué todo el dinero que tenía.
    – Tengo ciento diez rublos- dije. -Creo que será suficiente.
    – No, no- insistió ella. -No me gusta este sitio. Vamos a algún otro.
    Yo sabía que el dinero no alcanzaba, por eso no insistí.
    Más adelante volvimos a oír música y nos encaminamos al lugar de donde procedía. Era un baile organizado en común por las casas de reposo de los veteranos y de los obreros. Nadie nos detuvo en la entrada, de modo que entramos sin más en el local. La gente bailaba en la pista y bebía en las mesas distribuidas alrededor.
    A la luz de las lámparas, ella me pareció aún más atractiva. Como no encontramos otra cosa mejor que hacer, nos pusimos a bailar nosotros también. La sala era muy ruidosa. Una y otra vez sacaban al exterior a algún borracho. Al encontrarnos en un ambiente extraño y desconocido para ambos, de pronto nos sentimos más próximos el uno al otro, aunque me gustaba tal como era, un tanto desenvuelta y distante. Le sentaba muy bien la mezcla de ambas cosas. Nos acercamos a la barra del bar y pedimos dos coñacs. Ella caminaba y bebía con ademanes decididos. En torno a una mesa próxima, tres hombres ya mayores que bebían y charlaban en letón nos miraron con curiosidad y uno de ellos, el de más edad, le preguntó algo a mi acompañante. Aunque no sabía una palabra de su lengua, imaginé que le preguntaba quiénes éramos, pues todos alzaron los ojos hacia mí; al parecer habían advertido que era extranjero y cuando les contestó en su acostumbrado tono sosegado, mostraron cierto interés, me sonrieron y uno se levantó en busca de dos sillas más.
    Con las presentaciones supe que eran veteranos de la revolución y comenzamos a charlar. Mi amiga servía de intérprete. Los tres sabían algo de Albania, mas parecían no haberse topado nunca con un albanés, de modo que no cesaban de repetir que se alegraban mucho de conocerme. Me gustó comprobar que al menos ellos no imaginaban a todos los albaneses con enormes narices y mostachos de grandes guías. No obstante, ignoro la causa, nos creían particularmente saludables y robustos, cosa que mi aspecto no podía corroborar.
    – ¿Sois novios?- nos preguntó el de más edad.
    Ambos negamos a un tiempo con la cabeza, después nos miramos y ella me pareció entonces más próxima; ahora existía entre los dos un pequeño secreto, el primero, consistente en que aquellos hombres ignoraban que acabábamos de conocernos y que incluso nos tratábamos de usted.
    Ellos tres habían formado parte de un regimiento letón destinado a la defensa del Kremlin tras la revolución. Había oído hablar mucho del regimiento de «Cazadores letones». Pocos días antes, en el imponente cementerio de Riga, el «Bratskaia moguila», había visto centenares de tumbas suyas, alineadas en hileras interminables, junto a unos bajorrelieves gigantescos representando caballos y caballeros del Norte, con la cabeza inclinada sobre los caídos. No había imaginado que un día tendría ocasión de conocer a tres soldados vivos de aquel regimiento, y mucho menos sentarme a su mesa con una muchacha. De vez en cuando hablaban en ruso, pero era un ruso muy extraño y pensé que únicamente así podía hablarse una lengua aprendida junto a los muros de una fortaleza de la revolución, entre las alarmas, los complots de los blancos y el aborrecimiento del mundo derrocado.
    – ¿Sabes- dijo uno- que aquí, en la costa de Riga, en Kemeri, si mal no recuerdo, un rey vuestro compró una villa y pasó varios meses en ella de vacaciones?
    – ¡Cómo!- exclamé. -¿Un rey albanés?
    – Sí, sí- respondió. -Recuerdo haberlo leído en un periódico hacia 1939 ó 1940, creo.
    – Nosotros no hemos tenido más que un rey- le dije: -Zog.
    – Del nombre no me acuerdo, pero recuerdo muy bien que era rey de Albania.
    – Curioso- dije mientras para mis adentros experimentaba la irritación que produce encontrarse a un conocido inoportuno en un país lejano. Sus dos camaradas también sabían que un rey albanés había comprado una villa en la playa de Kemeri. La muchacha, regocijada con el descubrimiento mantuvo un animado diálogo con ellos, hablando al parecer del asunto.
    – Oh, resulta que es verdad- exclamó dando palmas. -¡Qué interesante!
    Me pareció que por primera vez brillaba en sus ojos una luz soñadora y yo fruncí los labios. Met Zog me dije con disgusto. ¡Dónde vienes a fastidiarme!
    – ¿Por qué frunces los labios?- dijo ella. -¿Te molesta que él haya estado aquí?
    No sabía qué decir y le espeté con desprecio:
    – ¿A mí? Si quieres que te diga la verdad, me tiene sin cuidado. Nunca me ha interesado.
    – ¡Mira, mira qué engreído!
    Vaya un chasco, me dije. Espera y verás cómo te dice que tienes celos de él. La verdad es que me había producido cierto resentimiento que sus ojos, hasta entonces grises y serios, se iluminaran con la sola mención del ex rey. Me esforcé por disimular este sentimiento y, dirigiéndome más a los veteranos que a ella, dije con frialdad:
    – Habrá venido aquí después de escaparse. Tenía muchos enemigos y tomaba precauciones. Esto está tan lejos de Albania…
    – Sí, está lejos- concedió uno de los veteranos. -Muy lejos.
    Cuándo acabará esta conversación, me dije. Alzamos las copas y bebimos por turno a la salud de todos, comenzando por mi amiga. Los veteranos estaban ya bastante alegres. Nos pidieron que bailáramos y mientras lo hacíamos nos miraban con ojos nostálgicos, lanzándonos de vez en cuando una sonrisa.
    – ¿No se le hace tarde?- le pregunté a ella.
    – ¿Qué hora puede ser?
    – Las doce y media.
    Me dijo que sería preferible que nos fuéramos, así que alzamos por última vez los vasos con los tres letones y bebimos. Después, en el momento en que nos íbamos, los veteranos, aproximando las cabezas sobre la mesa y en voz baja, comenzaron a cantar, en mi honor por lo visto, la Bandiera rossa. En la sala había mucho ruido y ellos cantaban quedamente con voces gruesas y un poco roncas. Quizá creyeran que era una canción albanesa, o puede que supieran de qué canción se trataba y a pesar de ello la cantaban porque yo procedía de un país lejano, vecino de la patria de la canción, o tal vez fuera la única canción extranjera que conocían y la cantaban porque yo era extranjero. Evité hacer el menor comentario, ni les pregunté, no tenía ninguna importancia, pero permanecí escuchando la famosa melodía, cuya letra deformaban por completo, a excepción de la palabra revoluzione, que pronunciaban revolutiones, añadiéndole una ese, habitual en las terminaciones en letón.
    Nos despedimos de ellos y salimos. Afuera hacía fresco. Los contornos de la costa apenas se adivinaban ahora en la oscuridad. Ella me cogió del brazo y comenzamos a caminar en las tinieblas al azar, escuchando igual que antes el crujir de la arena bajo nuestros pies, sólo que ahora nuestro andar era más pausado y el crujido se oía más nítidamente, pues también el silencio era más profundo. Caminábamos callados y yo pensaba que nos habíamos transformado en siluetas, idénticas a las que atrapábamos en nuestras fotografías.
    – ¿A dónde vamos?- preguntó ella.
    – No sé- respondí. -Donde quiera.
    – Tampoco yo lo sé, ni quiero saberlo- dijo. -Me gusta caminar así, sin rumbo.
    Le contesté que también a mí me gustaba caminar así, a la ventura, y ella añadió algo más en el mismo sentido. Volvimos a escuchar nuestros pasos lentos sobre la arena, sin saber en qué dirección avanzábamos. No resultaba difícil orientarse hacia la casa de reposo, pero los dos preferíamos no volver y, al parecer, caminábamos en dirección contraria.
    – ¿Habrán pasado otros albaneses las vacaciones en este lugar, además de su rey?- me preguntó.
    – No lo sé. Quizá lo hayan hecho.
    – Espero que no- dijo ella. -Me atrae la idea de que ningún otro albanés, aparte del rey y de usted, haya estado nunca aquí.
    Pronunció las palabras «aparte del rey y de usted» con tal aire de intimidad, como si el rey y yo fuéramos dos caballeros que la acompañaran por aquella playa desierta, entre los cuales tuviera que elegir a su campeón.
    – ¿No sería sugestivo que sólo ustedes dos hubieran pasado las vacaciones aquí?- insistió poco después.
    – No sé. No le encuentro nada de particular.
    – Ya- exclamó ella. -¿Le parece más interesante descubrir que el poema «Cuando los ocasos eran azules» está dedicado a una mujer que hoy pesa cien kilos?
    Como no sabía qué responderle, me reí. Me estaba pagando con la misma moneda. Me está bien empleado, pensé. La mujer gorda y encima Met Zogolli, el reyezuelo Zog, ¿no se bastan entre los dos para echar a perder una noche? Ah, señor de Met, me dije de nuevo, ¿otra vez me sales al paso?
    Como si hubiese adivinado mis pensamientos, dijo: -¿Piensa usted que siento alguna simpatía especial por los reyes? La verdad es que me los imagino como unos viejos infelices, a los que de vez en cuando les cortan la cabeza.
    Yo me reí.
    – Películas en tecnicolor- contesté y no continué por miedo a que se ofendiera.
    – ¿Cómo?
    – Nuestro rey era joven, astuto y sanguinario, y no tenía absolutamente nada de viejo infeliz.
    Al parecer, mis palabras no le causaron la menor impresión.
    – ¿Era guapo?- preguntó al poco.
    Vaya, dónde terminamos yendo a parar.
    – No- respondí, -era agitanado, tenía la nariz ganchuda y le encantaban las canciones orientales.
    – Habla de él como si se tratara de un rival- dijo.
    Reímos ambos ruidosamente. Guardamos después silencio un buen rato, mientras ella continuaba caminando apoyada en mi brazo. Me apetecía silbar algo. Sentíamos la sombra del ex rey junto a nosotros, tal como poco antes nos había acompañado la de Fadeyev.
    Oímos un ruido amortiguado por la distancia y una luz, quizá el faro de una locomotora, tembló como extraviada en algún lugar a lo lejos. Quién sabe por qué extraño capricho, aquella luz pareció recordarle la balada que acababa de contarle, pues hizo algún comentario al respecto. Le pregunté qué parte de mi relato le había gustado más.
    – El instante en que Constandin se detiene junto al cementerio y le dice a su hermana: «Ve tú delante, yo tengo algo que hacer aquí.» No sé cómo expresarlo… Es una cosa que podemos haber experimentado todos, bajo mil formas… Aunque parece no guardar ninguna relación con la realidad, la verdad es… no sé cómo decirlo…
    – Quieres decir quizá que abarca un dolor universal- le dije yo- como todo arte verdadero.
    – «Ve tú, yo tengo algo que hacer aquí»… ¡Oh, es aterrador y sin embargo es maravilloso!
    De nuevo se me ocurrió que tal vez fuera el momento de contarle la otra leyenda, la del emparedamiento en el puente, de la que existían variantes en todos los pueblos de los Balcanes. En una de esas variantes, precisamente la originaria de Bosnia, había basado Ivo Andric su novela El puente sobre el Drina, que le había proporcionado el premio Nobel. Como buen balcánico, yo tenía una excelente opinión de su obra, aunque también la convicción, igual que en el caso de la balada de la palabra dada, de que la variante albanesa, por ser la más antigua, era también la mas hermosa sin lugar a dudas.
    – «Ve tú, yo tengo algo que hacer aquí»- repitió ella en voz baja, como si hablara consigo misma. -Es un dolor universal ¿no le parece? Se diría que todos los habitantes del globo terráqueo… No sé cómo explicarlo… Todo el mundo forma parte de ese dolor… incluso, sobra, podría decirse que para la Luna y las estrellas…
    Hablamos algo sobre la universalidad del verdadero arte, mientras yo me decía que contarle la balada del emparedamiento sería excesivo y podía menguar la fuerte impresión que le había causado la primera.
    Mientras hablábamos del arte verdadero y del otro llegamos a una pequeña estación.
    – Viene el último tren- dijo mientras caminábamos por el andén desierto y nuestros pasos resonaban solitarios sobre el cemento. El tren verde penetró velozmente en la estación y frenó con estridencia junto a nosotros, grande y casi vacío. Quizá fuera el mismo cuyo foco habíamos visto poco antes fulgurar a lo lejos. Las puertas se abrieron pero no descendió nadie y de pronto, justo en el instante en que el convoy comenzaba a moverse de nuevo, ella me cogió de la mano y gritó: «Vamos, sube», y se lanzó hacia una de las puertas. Me abalancé tras ella y el tren partió. Por primera vez la vi realmente gozosa. Sus ojos relucían mientras nos metíamos en un vagón completamente vacío, cuyos largos bancos parecían aun más solitarios bajo la luz de las lámparas eléctricas.
    Salimos al pasillo y observamos a través del cristal la noche negra.
    – ¿A dónde vamos?- le pregunté.
    – No lo sé- contestó alegremente. -No sé nada. Sólo sé que vamos a alguna parte.
    También a mí me era indiferente a dónde fuéramos y me encontraba a gusto atravesando la noche, solo con ella, en un tren casi vacío.
    – Si la villa se encuentra en esta dirección, podemos bajar en el lugar donde pasó las vacaciones ese rey suyo- dijo ella. -Quiero ver la casa.
    Me reí, pero como insistiera, acepté con el fin de evitar una disputa inútil. Resultaba en verdad atractiva con aquella obstinación suya y además yo sabía que no hay cosa más exasperante que pelearse en un recinto cerrado como aquél, donde no es posible dejar plantada a tu pareja confiando en que te llame desde lejos «espera» y eche a correr hacia ti, para celebrar después la reconciliación con arreglo a un antiguo ritual, obra común de los enamorados de todos los tiempos. Así que consentí, pero resultó que no teníamos ni idea de en qué dirección marchábamos, y las estaciones eran tan iguales y tan próximas unas a otras, que todo esfuerzo por distinguirlas era en vano. No obstante, cada vez que el tren entraba en una de ellas, escudriñábamos afanosamente los letreros, pues aún confiábamos en que nos saliera al paso la estación que deseábamos. Permanecíamos de pie en el pasillo del vagón y yo me decía, observándola, que estaba verdaderamente atractiva, siempre con las manos en los bolsillos. Las estaciones estaban sin excepción desiertas y los grandes paneles de los horarios aparecían entristecidos a aquella hora en que todo movimiento hacía cesado y nadie se detenía ante ellos.
    – No llevamos billete- dije.
    – Qué más da. A estas horas ya no pasa el revisor.
    Me puse a silbar una melodía y me sonrió. Nos mirábamos a los ojos y a no ser por ella que vio el letrero y se puso de pronto a dar palmadas y a gritar su nombre, nos hubiéramos pasado de estación. Cuando el tren se detuvo, saltamos uno tras el otro al andén. Segundos después, el tren volvió a ponerse en movimiento. Se alejaba en la oscuridad de la noche, arrastrando el fragor consigo y nosotros nos quedamos solos en la plataforma, sumida ahora en un silencio absoluto.
    – Subimos en el tren que queríamos- dijo señalando con la mano el letrero de la estación.
    – A mí me da lo mismo- contesté.
    Sí, la verdad es que me da lo mismo, pensé. Las noches eran tan aburridas en la residencia que cuanto más me alejara de ella, tanto mejor.
    – Pues a mí no- respondió. -Quiero ver la residencia del rey.
    – ¿Y cómo la vamos a encontrar?
    – No tengo la menor idea- contestó. -Pero confío en que la encontremos.
    Atravesamos las vías y caminamos hacia la orilla del mar. Volvió a cogerme del brazo y sentí otra vez el peso de su cuerpo. La playa estaba absolutamente desierta. En la oscuridad se distinguían los contornos negros de las escasas edificaciones que se alzaban frente al mar. No había una sola luz en ninguna parte. Sólo se oía el murmullo de las olas en la orilla, que acentuaba todavía más la sensación de soledad. Pasábamos ante las puertas y las ventanas cerradas de las villas silenciosas mientras ella me preguntaba una y otra vez cuál podría ser la villa real.
    – Quizá sea ésta- señaló. -Es la más bonita y la más suntuosa.
    – Puede ser- dije, observando una edificación grande de dos plantas, con un hermoso jardín rodeado por una verja de hierro. -Puede ser- repetí. -Era muy rico y no reparaba en gastos para cosas así.
    – ¿Nos quedamos un rato aquí?-preguntó.
    Nos sentamos en los escalones de mármol y yo le eché el brazo sobre los hombros, pues dijo que tenía frío. También yo lo sentía. Soplaba viento del mar y sus cabellos, asimismo fríos y pesados a causa de la humedad de la noche, semejantes a hilos de cobre, rozaban insistentemente mi rostro.
    – ¿En qué piensas?- preguntó ella, hablándome por segunda vez de tú.
    Me encogí de hombros. En realidad no tenía en la cabeza nada que pudiera considerarse un pensamiento. Quise decirle: pienso en ti, pero me pareció demasiado manoseado y banal y, además, ella era de esa clase de muchachas a las que parece imposible dirigirse en lenguaje semejante.
    – Yo sé en qué piensas- dijo. -Piensas que vuestro rey puede haberse sentado en estos mismos escalones para contemplar el mar igual que nosotros ahora y que quizá tú seas el primer albanés que viene aquí después de él.
    – No- le dije.
    – Sí- insistió ella.
    – ¡No!
    – No quieres admitirlo por orgullo.
    – Sinceramente, no- le dije con voz cansada. -Me da igual que él haya estado o no en estos mismos escalones. Eso no sólo no estimula en absoluto mi fantasía en el sentido que tú crees sino por el contrario…
    – Entonces es que careces por completo de fantasía -me interrumpió.
    – Quizá.
    – Perdona. No pretendía ofenderte.
    Guardamos silencio largo rato y yo sentía cómo el aire estrellaba una y otra vez sus fríos cabellos contra mi cara. Mi brazo continuaba sobre sus hombros, paralizado, como una de esas ramas húmedas y pesadas que se encuentran una mañana en el umbral de su puerta, derribada por el viento nocturno.
    Es preciso que hablemos del ex rey, me dije. Durante toda la velada, desde que se interpusiera por vez primera entre nosotros el aguafiestas de Met, había estado esforzándome por eludir el tema, pero ahora comprendía que era imprescindible.

    Respiré profundamente y, antes de comenzar a hablar ya me sentía cansado. Quise contarle algo de Albania, sobre todo acerca de la miseria económica de antaño, y poco más o menos le dije que los albaneses, los mismos que habían creado aquellas leyendas fascinantes (ahora creía haberle contado también la leyenda del puente) eran tan miserables que la mayoría de ellos, aun viviendo muy cerca del mar, ni siquiera lo habían visto en su vida, y esto sucedía mientras este hombre (señalé con el dedo la verja de hierro) compraba residencias suntuosas fuera de su país y se paseaba por las playas extranjeras en compañía de prostitutas. Después le comenté la extrema pobreza de algunas comarcas donde la única pertenencia de los montañeses era el trozo de tela enrollado en la cabeza a modo de turbante. El turbante no era sino la propia mortaja que llevaban siempre consigo de manera que, si morían en medio del camino, cualquier desconocido pudiera darles sepultura.
    Sentí sus dedos hurgando en mi cuello, como si buscaran allí la mortaja, y me estremecí.
    – ¿Habías oído hablar de esto alguna vez?- le pregunté al poco.
    – No. Sabía que Albania es un país muy bello, pero lo que tú estás diciendo es demasiado triste. Continuaba hurgándome suavemente el pelo de la nuca y tras un silencio continuó:
    – ¿Sabes? Quizá tengas razón por lo que se refiere a los reyes, pero, de cualquier modo, todo el mundo tiene necesidad de un poco de fantasía. Un poco de fantasía- repitió un momento después -mientras que buena parte de los libros actuales son tan aburridos… con esos héroes de anchas espaldas que no paran de sonreír. ¿No te parece?
    No sabía qué decirle. Creía que tenía razón. Sin embargo, intenté decirle que la revolución poseía su propia belleza, por ejemplo aquellos tres «cazadores» letones con quienes nos habíamos encontrado hacía dos horas o la misma figura de Lenin, ante la cual los reyes, zares, khanes, emires, emperadores, sultanes, califas, papas y demás no eran más que pigmeos, más que…
    – Sí, sí, no tengo nada que oponer- esta vez era su voz la que sonaba cansada, pero la mayoría de los libros actuales sobre la revolución o sobre Lenin son, cómo diría yo, áridos, insípidos, no sé cómo decir…
    Acudió a mi memoria el sentimiento de disgusto que tanto me había atormentado últimamente y sentí que me resultaba muy difícil contradecirla.
    – Eso puede deberse a que fuera Shakespeare quien escribiera sobre los reyes.
    – No lo sé- respondió, -no sé explicarlo.
    Fue Shakespeare quien escribió sobre los reyes, pensé, mientras que sobre la revolución… Por mi cerebro desfiló fugazmente la multitud de escritores mediocres, con aquella envidia perpetua grabada en sus ojos (algunos aún envidiaban a Maiakovski después de muerto), que al escribir tan mal a propósito de la revolución le habían ocasionado no menos daño que regimientos enteros de guardias blancos, a los ojos de las nuevas generaciones. Evoqué el rostro sanguíneo del crítico Yermilov, que me resultaba odioso porque sabía que había sido uno de los causantes del suicidio de Maiakovski. Cada vez que lo veía, pequeño y repulsivo, mientras almorzaba en el comedor de la casa de reposo, me sorprendía que aquella legión de escritores no se abalanzara sobre él para golpearlo, lincharlo, arrastrarlo por las calles, hasta las dunas de la costa, hasta la fuente de los delfines. Y me repetía de tiempo en tiempo: el solo hecho de que no suceda, significa que algo no marcha en esta casa de descanso, algo funciona al revés, trágicamente al revés.
    – ¿Ves cómo tengo algo de razón?- dijo ella.
    – ¿Qué?- exclamé aturdido.
    Sentía una gran confusión mental y no acertaba a comprender en qué pretendía ella tener razón. La conversación recayó otra vez en nuestro ex rey, y yo, aterrado ante la idea de que aún albergara la más leve admiración por él, quise hablarle de la infamia de su corte, de todos sus príncipes, los Tatier, Hussein, etcétera; de sus hermanas, Sanie, Majide y las demás; de aquellos rostros brutales, ignorantes y grotescos que tantas veces había contemplado en viejas revistas ilustradas, en la Biblioteca Nacional, mientras preparaba la licenciatura. Pero era demasiado tarde para iniciar una conversación tan penosa y no le dije nada. No obstante, ya fuera por mi silencio, ya por la rigidez de mi brazo sobre sus hombros, pareció adivinar mis pensamientos, porque dijo de pronto en voz baja:
    – Quizá no sea ésta su villa.
    – Quizá- contesté yo y tomé aliento profundamente, agotado por aquella victoria pírrica ya que, a fin de cuentas, me sentía despechado, muy despechado incluso, ante la idea que el ex rey hubiese abandonado su Edad Media para venir a amargarme aquella noche. Después se me ocurrió que no existe una sola noche en la vida que no esté amenazada y que no es posible prever jamás desde qué profundidades perdidas puede surgir esa amenaza. Mas puede que no sea casual, me dije, que la sombra del ex rey se me aparezca precisamente aquí, en medio de este desasosiego, sobre esta extensión de dunas desiertas a través de las cuales los muertos y los vivos cabalgan en silencio en parejas, a lomos de caballos de balada.
    – ¿Cómo te llamas?- me preguntó ella tras un largo silencio.
    Le dije mi nombre. Se inclinó hacia delante y escribió con el dedo mis iniciales sobre la arena endurecida por la humedad.
    Acudieron a mí las iniciales de aquella mujer gorda y a continuación pensé en lo larga que había terminado siendo esa tarde, transformada ya en noche cenada, igual que se transforma una muchacha en mujer. Poco después nos levantaríamos y nos alejaríamos de allí, caminando en las tinieblas sobre las vías del tren eléctrico, para no perder la orientación. Imaginé cómo la acompañaría hasta su residencia y cómo ante la puerta la abrazaría y ella echaría a correr repentinamente, sin decir siquiera buenas noches, y sin embargo no me inquietaría, pues sabía que ésa era la costumbre de las muchachas en estas latitudes después del primer beso. Al día siguiente ella acudiría otra vez junto a la mesa de ping-pong, donde la gente no cesaría de disputar por el tanteo, y volveríamos a pasear juntos bajo el ocaso, por el borde del mar, justo cuando los aficionados a la fotografía ajustaban sus diafragmas para atrapar el sol agonizante. Nos transformaríamos poco a poco en siluetas y la costa nos arrojaría como una honda contra el suelo, decepcionando a quienes contemplaban el horizonte a lo lejos, prisioneros de su soledad. Penetraríamos después sin duda en las cámaras oscuras de aparatos fotográficos pertenecientes a gentes desconocidas, igual que la mayoría de las siluetas que vagaban por las tardes a lo largo de la orilla y, más tarde, cuando revelaran las películas apareceríamos salpicados en las imágenes, como una pequeña mancha perdida en el crepúsculo nórdico, sin que nadie supiera nunca quiénes éramos ni por qué estábamos allí.
    – Es muy tarde- dijo ella, -debemos regresar.
    Debíamos regresar, en efecto. Nos incorporamos y partimos en silencio en dirección adonde habíamos llegado, pasando de nuevo junto a las puertas silenciosas de las villas, con aldabas metálicas en forma de manos humanas (no sé por qué siempre me había parecido que tras las puertas con esa clase de llamadores podían producirse asesinatos), y junto a las verjas que cercaban la soledad de los jardines. A aquella hora no había tren y mi amiga dijo que debíamos salir a la carretera, en busca de un taxi o de un automóvil casual. Así lo hicimos, pero el tráfico era muy escaso y, como suele suceder, ninguno de los que se detuvo iba en la dirección que seguíamos nosotros. Finalmente, una pareja de ancianos que regresaba de una fiesta de bodas de plata nos llevó un trecho del trayecto, dejándonos en una de aquellas estaciones cuyos nombres había encontrado en los frascos de esmalte para las uñas o de champú. El resto del camino lo hicimos a pie.
    Aún no había comenzado a amanecer cuando llegamos a Dubulti. La densidad de nuestras palabras disminuía constantemente pero, en apariencia, también nuestros pensamientos eran cada vez más escasos, como si hubieran escapado a la ionosfera. La acompañé hasta su casa y ante la puerta sucedió lo que yo había previsto. Al alejarme, volví la cabeza y vi que una de las ventanas de la casa se iluminaba con una luz empañada a causa de la bruma, pálida como un reflejo de platino. Recordé los deseos de gritar de aquel conocido mío, el invierno anterior en Yalta, y adormecido pensé que la semejanza fonética entre las palabras platino y planeta quizá no fuera fortuita y existiera realmente entre ellas algo en común ajeno a las reglas lingüísticas. Sentí aquello con toda nitidez en el instante en que ella se alejaba corriendo, igual que había hecho tiempo atrás Lida Snieguina en la calle Nieguinaja, con ese reflejo lejano, casi astral en torno a su cabeza.
    También a ti te contaré la balada en cuanto regrese a Moscú, me dije mientras atravesaba el recinto de la casa de reposo. Sentía que las dimensiones y el peso de mis miembros habían cambiado radicalmente, como si caminara por la superficie de la Luna. Al pasar junto a la mesa de ping-pong, empapada por el relente nocturno, con las dos raquetas abandonadas encima después del último juego, pensé que en el curso de una noche el hombre puede experimentar más transformaciones que su antepasado antropomorfo durante decenas de miles de años de perfeccionamiento. Dejé atrás la fuente de los delfines, donde hacía ya tiempo debía haber matado a Yermilov, y caminaba ahora entre las villas aisladas. Estaban todas oscuras y silenciosas y sentí deseos de gritar: ¡Despertad, Shakespeares de la revolución! Pasaba junto a la casa sueca, donde dormían los más notables, cuando en medio de aquella desolación escuché una tos. Me detuve. Era una tos de pulmones viejos, una de esas toses que van acompañadas de un cortejo de carraspeos.
    En el sendero que conducía al edificio donde me alojaba, volví una vez más la cabeza y observé aquella interminable extensión de dunas que ya había comenzado a clarear bajo la escasa luminosidad septentrional. Algo me impedía apartar los ojos de esa soledad arenosa. Ahora, sobre aquella extensión, yacían dispersos, como fósiles milenarios, los huesos de los caballos sobre cuyos lomos habíamos cabalgado unas horas antes en compañía de los muertos. ¡Qué larga noche!, me dije, casi entre sueños y me dirigí a mi alojamiento.

CAPÍTULO II

    Caía el crepúsculo cuando nuestro tren se aproximaba a Moscú. El convoy era extraordinariamente largo y como durante toda aquella jornada de viaje desde Riga a Moscú el tiempo había sido siempre cambiante alternándose el sol con furiosos chubascos, yo imaginaba una porción de los vagones bajo la lluvia y otra brillando al sol. Los vagones de cabeza debían de haber penetrado ya en el mal tiempo; me acerqué a la ventanilla para contemplar el páramo, cuando una ráfaga de lluvia se estrelló con violencia contra los cristales. Esta vez el tren ya no llegó a salir a la luz. Cuando acabó la zona de lluvia, el sol se había ocultado y la tarde había dejado de existir. Tras los cristales oscurecidos, en la llanura desierta, el ocaso, la tarde y la propia noche ajustaban sus cuentas en silencio. No duró mucho la operación, todo era efímero, quizá el mal tiempo contribuía a ello, y por fin resultó evidente que en torno, a lo largo de los raíles y aun mucho más lejos no había quedado más que la noche.
    En dos o tres ocasiones tuve la impresión de que entrábamos en Moscú, pero no eran más que algunos de sus suburbios apartados, cuyas luces comenzaron a enmarañarme las ideas, hasta que finalmente renuncié a mis elucubraciones.
    Durante las los días de veraneo había visto en sueños a Moscú varias veces, pero siempre de un modo torturante: llegaba allí y, sin embargo, no lograba encontrar las calles que conducían al centro; me perdía en alguna zona lateral. Los semáforos no funcionaban, los trolebuses eran lentos igual que los ciervos de los cuentos. Tanto en Yalta como en Riga, encontrándome lejos, había sentido nostalgia de Moscú y había acudido a las bibliotecas de ambas casas de reposo en busca de alguna novela contemporánea que describiera en detalle la ciudad en que había vivido y viviría aún un período de mi vida. Pero en ambos casos había salido de la biblioteca decepcionado. Ninguna novela soviética describía a Moscú con cierta exactitud. Aun cuando los personajes vivían en ella o la visitaban de paso, permanecían, como yo en mis sueños, en ciertas calles periféricas, casi nunca se trasladaban al centro, a la calle Gorki, al bulevar Tverskoi, al Okhotni Riad, a las proximidades del hotel Metropol, como si les tuvieran miedo. Incluso cuando pasaban por allí casualmente, lo hacían como aturdidos, no oían nada, no veían nada, cuando mucho tenían ojos y oídos para el Kremlim y su carillón. Huían del centro como presas del pánico, esto se percibía hasta en el ritmo de las frases del autor, quien sólo recuperaba la calma cuando salía de Moscú, lejos, lo más lejos posible, hasta encontrar algún apartado koljoz, donde se sentaba tranquilamente a la turca y, a lo largo de centenares de páginas, describía con todo lujo de detalles cada callejuela, cada plazuela.
    Había intentado inútilmente descubrir algún lazo entre la suerte de angustia contenida que había experimentado en mis sueños sobre Moscú y aquella huida (se diría que se trataba de una cierta autodeportación) de los escritores soviéticos lejos de su capital.
    Por los cristales ya menos empañados comprendí que el tren había disminuido la velocidad. Bajo la lluvia de comienzos del otoño, un poco tímidamente, con un silbido que parecía marchar en línea paralela a los raíles, el tren se acercaba a la Riyski Vokzal. Había pegado la cara al cristal, esperando con impaciencia que aparecieran las luces de la estación. Sentía en mi interior una lucidez indiferente. Por fin apareció el largo andén de cemento, cuya desolación percibí desde los primeros metros. Empapado y ceniciento, resbalaba como una culebra aplastada junto a los vagones. No fue preciso que la serpiente saliera en su totalidad de la guarida. Comprendí de antemano que Lida Snieguina, a quien había enviado un telegrama con dos días de antelación, no había acudido a recibirme. Sale con algún otro. Esa fue la primera idea que me vino a las mientes. Ni siquiera fue preciso que se me ocurriera: llevaba largo tiempo en mi interior, pero sólo se manifestó en el momento en que el tren se detenía. Sale con algún otro, piii, piii. Ah, ahora recordaba que poco antes casi había escuchado silbar esta noticia a la locomotora, que fue la primera en entrar y en observar lo que sucedía en el andén.
    ¡Guárdate del verano!, me había dicho un compañero de curso antes de que nos separáramos para irnos de vacaciones. El verano ejerce un enorme poder sobre las muchachas rusas. Y para probarme que todos sus fracasos se habían producido en verano, me relató unas historias de las que invariablemente formaban parte estaciones de ferrocarril y billetes con los números confundidos.
    Sale con otro. O se trata de un aborto. Recordaba vagamente que, la última vez, ella me había pedido que tuviera cuidado. (Nada más que esta vez, te lo ruego, sólo esta vez.) Pero yo no le hice caso.
    Con la maleta en la mano descendí al andén. Aquí y allá se veían cuerpos humanos abrazados, cuyas cabezas mezcladas semejaban grandes conchas. También ellos han pasado el verano separados, pensé, sin embargo se han esperado unos a otros.
    En la plaza que se abría frente a la estación tomé un taxi y tras la nuca vieja del chófer, rematada por una gorra de piel, di la dirección: Butyrski Hutor, residencia del Instituto Gorki.
    A diferencia de la vieja construcción de dos plantas, rodeada de jardines, del Instituto mismo en el bulevar Tverskoi, la residencia de los estudiantes y los aspirantes de Butyrski Hutor era un edificio macizo de siete pisos que se erguía sobre un solar desnudo. Sin saber por qué, con cierto desosiego, me incliné hacia la ventanilla del taxi para divisarlo desde lejos, entre el resto de las construcciones. Me encontraba aún pegado al cristal cuando su silueta se dibujó a cierta distancia y comprendí de pronto la causa del confuso desconcierto que me invadía. El edificio estaba casi a oscuras. Esperaba encontrarme con las ventanas iluminadas, pero sólo en una, hacia el sexto o séptimo piso, se divisaba una luz y ésta era tan pálida que tornaba más perceptible el abandono. Por lo visto no ha vuelto nadie de vacaciones, me dije.
    Pagué al taxista, descendí y mientras caminaba hacia la entrada, levanté una vez más los ojos para asegurarme de que la residencia estaba en efecto vacía. Una encima de la otra, todas las plantas estaban a oscuras y la cuarta, la de las chicas, me pareció especialmente sombría.
    En la conserjería de la planta baja tuve la impresión de que tía Katia me saludaba sin la cordialidad acostumbrada. Parecía estar buscando algo en el cajón de su mesa y por un segundo se encendió en mi cerebro la idea de que pudiera haber llegado un telegrama con alguna mala noticia de Albania para mí. Pero no descubrí en sus ojos, protegidos por las gafas, el menor rastro de compasión.
    – Tú, muchacho, y ese compañero tuyo, el otro albanés, debéis presentaron en la comisaría de policía- dijo por fin.
    Arrugué el entrecejo y a punto estuve de preguntarle por qué, cuando leí en sus ojos el mismo interrogante, justo el que había matado en ellos toda su habitual cordialidad.
    – ¿Y por qué?- pregunté no obstante. Volví a pensar en el aborto.
    – No lo sé- dijo ella. -Algo he oído decir sobre vuestra documentación.- Pronunció la palabra documentación acentuando la «u», como todos los rusos sin escolarizar.
    Tras los vidrios redondos de sus gafas de vieja, su mirada parecía interrogar: ¿Qué es lo que habéis hecho por ahí, tú y ese compañero tuyo, durante el verano?
    – Yo tengo los papales en regla- dije. -Y mi compañero está en Albania.
    Ella se encogió de hombros. Después volvió a buscar algo en el cajón y esperé a que me extendiera algún fajo de cartas o periódicos procedentes de Albania, pero el cajón se cerró con un crujido seco.
    – ¿No hay correo?- le pregunté.
    Ella denegó con la cabeza.
    Cogí mi maleta y le volví la espalda. El ascensor estaba averiado. Hasta llegar al sexto piso donde se encontraba mi habitación, pasándome la maleta de una mano a otra, me pregunté varias veces a qué se debería la citación de la policía.
    Llegué por fin ante la puerta de mi alojamiento, la abrí y dejé la maleta en la entrada. Estaba cansado. Me senté en la cama con las manos apoyadas en las rodillas. Por un instante me pareció que no deseaba otra cosa más que tumbarme en aquella cama y dormir, dormir hasta borrar de mi memoria ese día de mi vida carente de alegría. Pero unos segundos después hice justo lo contrario: me incorporé y con cierta torpeza comencé a recorrer la habitación de un extremo a otro. Sobre la mesa estaba el magnetófono; la tapa había quedado abierta desde la última vez que había estado allí con Lida. Había música grabada en las cintas, pero me pareció más fácil remover las piedras ciclópeas de un mausoleo milenario para extraer de su interior quién sabe qué momia, que poner en movimiento aquellas bobinas. No sé por qué la sola idea de oír música en semejante silencio se me antojó monstruosa.
    Sin pensar qué iba a hacer, me levanté, abrí la puerta y salí al pasillo. Parecía más largo de lo normal, con una única bombilla alumbrando en el otro extremo. Permanecí unos instantes en pie sin hacer un solo movimiento ni pensar en nada. El corredor era verdaderamente muy largo. Cincuenta o sesenta puertas daban a él. Ningún corredor había jugado nunca un papel tan importante en mi vida. Lo recordaba tal como era los sábados ruidosos, o los días de fiesta, a altas horas de la madrugada, mientras los borrachos murmuraban en las habitaciones, recitaban versos dementes o intentaban derribar las puertas de cerradura automática que se habían atascado con ellos dentro.
    Caminé lentamente. El entarimado, levantado en algunos sitios, crujía bajo cada paso mío: La corredera… Sentí un estremecimiento lejano, de esos que provoca el entrelazamiento de los buenos y los malos recuerdos. Bajo aquel pasillo había otros cinco, encima un séptimo y en todos ellos habían sucedido las mismas cosas: las personas los habían recorrido, habían entrado y salido de las habitaciones, habían recibido y despedido amigos, se habían contado unos a otros intrigas y murmuraciones literarias, proyectos de novelas por lo general mejor compuestos que sus obras, habían acompañado a muchachas y a mujeres adultas que recorrían el camino hasta el ascensor entre risas, silencios o sollozos y que, después de meterse en la caja, tras la red metálica de seguridad, se habían tornado sorprendentemente semejantes a pájaros dispuestos a emprender el vuelo o a bestias apresadas en una trampa. A veces sucedía que, una vez dentro del ascensor, la muchacha le estrellaba a su acompañante la puerta en las narices y entonces, mientras la cabina descendía lentamente, él bajaba corriendo las escaleras, tratando de alcanzarla en la planta baja. Las escaleras giraban en torno al hueco protegido por la red metálica, en cuyo interior se desplazaba la cabina del ascensor, y el perseguidor parecía entonces una clemátide enroscándose en una columna monumental.
    Bajo mis plantas, los listones del entarimado continuaban crujiendo. La soledad del pasillo era insoportable. La puerta de Ladonshikov. Más allá, la de Taburokov, de Asia Central. Después, sucesivamente, las de Jeronim Stulpanz, letón; Artashez Pogosian, armenio; dos georgianos, ambos apellidados Shota, el uno estalinista, el otro antiestalinista; Juri Goncharov, ruso; Kiuzengueshi, de las tierras septentrionales de los chechenes, o quizá de los esquimales, con una tristeza de tundras color ceniza en las pupilas, pero sobre todo en los dientes, que hablaba un ruso entrecortado, pronunciado en voz tan baja que parecía un susurro de canas y que siempre que me acercaba a él tenía la sensación de ir a hundirme en su interior como en una ciénaga, solo y triste, y abandonado de todos; por fin las puertas de Shoguenchukov, caucasiano, y del lituano Maskiavicius.
    Los miembros de nuestro curso ocupaban la mayor parte de la sexta planta. En las puertas no se leía el nombre de ninguno, aunque la mayoría de los ocupantes de las habitaciones eran escritores de renombre en sus países o ciudades de procedencia. Algunos eran presidentes de las Uniones de Escritores de las repúblicas o regiones autónomas que a causa de la pesada carga, propia de sus funciones o de sutiles intrigas, se habían visto obligados a abandonar los estudios y sólo ahora, derrotados al fin sus adversarios, tras haberlos acusado de estalinismo, de nacionalismo burgués, rusofobia, folklorismo, chovinismo de pequeño Estado, etcétera, después de haberles quebrado sus carreras literarias, prohibido la edición de sus obras, obligado a entregarse al alcohol, a suicidarse o simplemente haberlos deportado, después de haber superado todo esto, habían pensado en acudir al Instituto Gorki para perfeccionar sus conocimientos literarios. Algunos de ellos eran diputados del Soviet Supremo de sus repúblicas, otros importantes personajes sociales. Un día, en el seminario de economía política, mientras se discutía la inflación, Shoguenchukov, que se sentaba en el mismo banco que yo, dijo con asombrosa sangre fría: cuando era primer ministro hube de enfrentarme en una ocasión a un problema semejante.
    Caminaba ahora por el tramo más oscuro del pasillo. No se veía nada, como no fueran las placas de bronce de la inmortalidad, que todos ellos, tenían la plena certeza, soñaban con ver un día sobre sus puertas, aquellas puertas de pacotilla pintadas con pintura común al aceite. «Aquí, de 1958 a 1960, habitó el ilustre Abdulahanov». «Aquí de 1955 a 1960 habitó…» Espera, estuve a punto de gritar. Bajo una puerta próxima, igual que líquido derramado, se filtraba una luz pálida. Era la habitación de Anatol Kuznechov, y se trataba sin duda de la luz que había visto desde lejos en el taxi. De modo que Kuznechov ha vuelto de vacaciones antes que yo. Si me hubieran dicho un momento antes que había una persona conocida en aquel Sáhara de siete plantas, habría corrido como un loco hacia él… Una palabra, hermano, una palabra en este mutismo. Pero me imaginé los ojos del autor de La continuación de la leyenda, dos pequeñas rajaduras tras los gruesos vidrios de sus gafas y dejé caer la mano con que estaba a punto de llamar. No me agradaba aquel hombre, como no me agradaba Yuri Goncharov, del que uno de los Shota afirmaba era el más eminente escritor de todas las tierras bañadas por el Volga, mientras el otro insistía en que se trataba de un simple confidente. Comencé a descender las escaleras lentamente. En cierto momento me pareció oír voces ahogadas y me detuve a escuchar. Pensé que quizá Kuznechov estuviera leyendo en voz alta lo que había escrito. Al llegar a la quinta planta el murmullo se repitió. Era un gargajeo sofocado, que me obligó a detenerme de nuevo. Parecía haber regresado alguno de los ocupantes de las habitaciones de ese piso, cuyas ventanas debían de dar al patio interior. Eché a andar por el pasillo en penumbra con la esperanza de que se tratara de alguno de mis conocidos. Por fin, gracias a la luz que se filtraba bajo una puerta, encontré la habitación. Era en efecto, una de las que se asomaban al patio interior, pero no sabía quién la ocupaba. En esa planta se alojaban los estudiantes del cuarto y quinto cursos y alguno del curso superior. Me detuve unos instantes ante la puerta cerrada, intentando recordar a quién pertenecía la habitación.
    Volvió a oírse una voz en el interior y al instante recordé que allí es donde se alojaba el chino Ping, a quien los estudiantes habían apodado «Que se abran cien flores», aunque su cara podía recordar a cualquier cosa menos a las flores. Debía de estar leyendo en voz alta. Junto con su rostro recordé su forma de hablar y al instante me dije que quizá fuera más fácil entender el ruso de un pájaro carpintero que el suyo.
    Me alejé y continué bajando las escaleras. El resto de los pisos estaba completamente muerto. En la entrada, tía Katia volvió a echarme una mirada de pocos amigos. Mientras salía, me di cuenta de que nunca había necesitado su cordialidad como aquella noche. Ella podría recuperar después la afabilidad que la caracterizaba, la solicitud que la mayor parte de las babuchkas rusas nos demostraban a nosotros los extranjeros, ella podría volver a tratarme con su habitual dulzura, pero yo no le perdonaría jamás la frialdad de aquella noche.
    Al llegar a la calle comprobé que la lluvia había cesado. En la parada del trolebús había poca gente. Sentí vibrar los cables y vi desde lejos al ciervo parsimonioso de los sueños, con la cornamenta alzada, acercándose en la semioscuridad.
    Descendí del trolebús en la plaza Pushkin. La calle Gorki estaba como siempre muy iluminada y llena de animación. El tramo comprendido entre el edificio de Izvestia y el hotel Moscova, la acera derecha sobre todo, era el lugar de paseo preferido por los residentes del Instituto Gorki. Se debía quizá a que la vieja casa de Herzen, convertida en sede del Instituto, se encontraba precisamente en la confluencia del bulevar Tverskoi con la avenida principal de Moscú.
    Sobre la fachada del edificio de Izvestia, el noticiario luminoso mencionaba cierta exposición, el nombre de Nixon. Ah, debe de ser la exposición norteamericana del parque Sokolniki, pensé. Podrían leerse también noticias de Ucrania, de los Urales, una partida o un regreso de Jruchov del extranjero, pero me mareé intentando leerlo y di media vuelta. En el Cinema Central ponían Las noches de Cabiria, que yo había visto en Riga. Una gran multitud se agolpaba a la entrada. Maquinalmente volví de nuevo la cabeza hacia la fachada del Izvestia. En el aeropuerto, Nikita Jruchov había sido recibido por el presidente del Presidium… Pero Lida Snieguina no había acudido a recibirme a mí al Riyski Vokzal. Estaba en verdad deprimido. En la acera frente al cine había un kiosco con numerosas cabinas de teléfono. No estaba enfadado con Lida sino sencillamente triste cuando entré en una de ellas. Introduje la moneda, marqué el número y esperé. El receptor despedía un olor acre a tabaco. Se me ocurrió que alguien debía de haber roto para siempre con alguien a través de aquel teléfono un minuto antes, de lo contrario no tenía explicación aquel olor tan nauseabundo. Quise colgar de inmediato, desprenderme del instrumento siniestro, sin embargo no hice ningún movimiento, me limité a esperar. Los intervalos entre los pitidos eran muy largos. Intenté imaginar los andares de Lida en dirección al teléfono, pisando (no se por qué) con tacones altos sobre la alfombra, aquel reflejo retozón en los cabellos y el cuello erguido, incompatible con la vulgaridad. Fueron precisamente sus cabellos y su cuello, de los que parecía desprenderse de forma continua una descarga eléctrica, lo que atrajo mi atención por vez primera durante una velada en el Instituto Gorki, mientras ella bailaba con un georgiano. Sabía que los cuellos de las personas eran tan característicos como sus rostros, incluso había oído decir que los alemanes, después de inventar el método de fusilamiento con un tiro en la nuca, para que los ejecutores no vieran el rostro de las víctimas, se habían encontrado más tarde con el problema de los cuellos, los cuales, aun careciendo de ojos y boca, resultaban tan expresivos como las caras y ejercían prácticamente el mismo efecto psicológico sobre los verdugos. A pesar de ello, durante las semanas posteriores a nuestro encuentro me sorprendía no descubrir en ella nada distinto de la impresión que me había producido su cuello la noche que nos conocimos. Delicado, terso, de distante desenvoltura, más allá del jabón y de la cosmética, aquel cuello expresaba toda la frialdad y a la vez toda la ternura de esa muchacha, si a la reserva pudiera llamársele frialdad y ternura a la pasión.
    Ignoro por qué, pero desde el instante en que comencé a seguirla con la mirada sentí que sobre aquel cuello tan hermoso como el de un cisne pesaba una permanente amenaza. Puede que fuera ésta la forma en que se manifestó al comienzo mi interés por ella, o puede que ella tuviera alguna suerte de vínculo con todo lo que había visto y oído en los pasillos de la residencia de Butyrski. El caso es que yo sentía que el cuello de Lida Snieguina estaba amenazado tanto por los dientes del ruidoso Abdulahanov, como por los del susurrante Kiuzengueshi.
    En torno imperaba el bullicio acostumbrado en una velada de baile en el Instituto Gorki, aquel color peculiar debido al contraste entre la gloria inmortal de la literatura y sus representantes vivos, que a veces bailaban mal, balbuceaban o decían banalidades. Sabía que la verdadera vida de esas veladas se limitaba a las primeras horas, mientras las muchachas asistentes estaban aún fascinadas ante la expectativa de conocer por fin a ciertos escritores. Y los Goethes y los Villons, sus parejas de baile, las rodeaban: la gloria estaba allí, tan próxima que no sabían hacia dónde volver los ojos. Te presento a mi amigo Piotr Reutski, es poeta. ¿Has leído La mañana de los abedules? Aquí tienes a su autor. ¿Ah, sí? Sí, el mismo. Todo esto flotaba en un halo de sobrentendidos, en la ilusión de que el simple hecho de relacionarse con los escritores podría convertirlas en personajes, proporcionarles quizá el derecho a ver sus iniciales inscritas a la cabeza de un poema o un relato, por no mencionar los diarios póstumos, la publicación de la correspondencia íntima, las memorias, los archivos…
    Transcurría aún la primera fase de la velada (pues en la segunda mitad la verdad iba descubriéndose poco a poco y llegaba un momento en que las muchachas comenzaban a mirar a sus parejas con desprecio e intentaban desasirse de sus brazos; había llegado incluso a suceder, como fue el caso de Nutfula Shakenov, que la muchacha abofeteara al mismo con cuyo nombre había soñado dos horas antes entrelazar al suyo para ser recordados por los siglos de los siglos, grabados ambos en sus tumbas, junto a los versos que él le habría dedicado: recuerdo aquel mes de abril, aquel frío abril de Kara-Kum), transcurría por tanto aún la mitad color de rosa de la velada y sin embargo ella, Lida Snieguina, lo observaba todo con un desdén manifiesto. Parecía arrepentida de haber acudido, mientras una amiga suya llegaba al colmo de la excitación. Oh, es curioso, me contó Lida después, cuando ya habíamos trabado conocimiento, es una chica interesante, pero siente una pasión demencial por los escritores. Ese de ahí es un prosista, ¿no es verdad?, me dijo señalando con la mano a un tal Kurganov. Cuatro meses esperó mi amiga a que publicara un relato que debía referirse a ella. ¿Y sabe cómo terminó todo? El relato efectivamente se publicó, pero la protagonista de la historia era una ordeñadora del koljoz «El camino leninista». Sin embargo, créame, mi amiga quedó satisfecha, pues él la convenció de que en realidad tras el personaje de la ordeñadora se ocultaba ella misma. Yo a eso lo llamaría…, no sé ni yo misma cómo lo llamaría. ¿Y usted?¿No será también usted escritor?
    ¡Ah, no!, palomita, me dije, es tarde para que caiga en la trampa. Había que ser verdaderamente torpe para no comprender que no sentía la menor simpatía por los escritores, hasta puede que se hubiera aproximado a mí precisamente porque le había parecido que no era uno de ellos. No, le respondí con la cabeza. Le conté algo relacionado con el cine, arrepintiéndome al instante por no haber elegido una profesión todavía más alejada de la literatura, como por ejemplo jugador de ping-pong o egiptólogo. Me preguntó si no estudiaría para guionista o dialoguista, y yo, para ponerme al abrigo de todo riesgo, le susurré algo sobre la traducción de películas, es decir, de los subtítulos aunque, en realidad, no es exactamente así sino… De haber continuado, habría acabado encargándome del mantenimiento de las luces durante el rodaje, pero la música cesó y ambos nos separamos.
    Durante la siguiente pieza le dije riendo que resultaba un tanto chocante que ella expresara con tanta franqueza su falta de simpatía por los escritores precisamente allí, en su propia fortaleza. Se encogió de hombros y me explicó que en realidad amaba tanto la literatura como a los escritores… muertos, pero a los vivos… quizá porque había conocido a un par de ellos, o puede que por culpa de su amiga… no le habían gustado… pero… los muertos… Otra vez los vivos y los muertos, pensé, cabalgando sobre la misma montura, como en la balada de Costandin y Doruntina. Aquella tarde surgió en mí por vez primera el deseo de contarle la vieja leyenda de la palabra dada. En realidad ni yo mismo sé con certeza qué fue lo que me impidió hacerlo.
    Entretanto, su amiga, con evidente satisfacción, bailaba a nuestro lado con Kurganov, y yo le dije a Lida que seguramente él le estaría prometiendo hacerla aparecer en una novela, y luego en la novela encarnaría a una vicepresidenta de koljoz o a una activista social de cabellos grises que representaría a la República Socialista de Bielorrusia en cualquier conferencia por la paz.
    Lida se rió de buena gana y a mí me pareció el momento más adecuado para pedirle su número de teléfono. Luminoso, como un collar de seis perlas relucientes, el número salió de la profundidad misteriosa de su ser, de la profundidad de sus caderas, de sus piernas rectas, de su bajo vientre, de su pecho, cuello, labios: aguzado por el tránsito a través de toda ella, compuesto de media docena de cifras mágicas mediante las cuales, haciendo girar un pequeño disco de acuerdo con un moderno rito, yo reclamaría su voz en el universo. Estaba más cansado que un buscador de perlas y, cuando por fin su amiga y ella se marcharon acompañadas de Kurganov, me dije que era verdaderamente una de las muchachas más interesantes que había conocido, pero albergaba cierta reserva, temía que fuera un poco fría. Sin embargo, cuando pasados unos días le telefoneé por vez primera y con una voz cálida y algo adormilada ella me dijo: «Estaba esperando que me llamara», sentí que mis prevenciones eran injustificadas. Nos estuvimos viendo durante los meses de abril, mayo y una parte de junio, hasta el comienzo de las vacaciones veraniegas (era estudiante de Medicina), y cuantas veces le telefoneaba pensaba que, sorprendentemente, ciertas muchachas poseían en su ser mismo, en sus pulmones, quizá en sus cuerdas vocales, cierto mecanismo que hacía pasar su voz del estado normal al amoroso. Era, por decirlo así, una especie de transformador de corriente.
    Todo esto lo pensé en el interior de la estrecha cabina telefónica, durante los intervalos entre las señales, aspirando aquel olor acre de cigarrillos Ruptura. ¿Cómo no se les había ocurrido ese nombre? Sería sin lugar a dudas una de las marcas preferidas: cigarrillos Razluka, Ruzalka, Riyski Vokzal.
    La imaginaba aún caminando hacia el teléfono con aquellos andares suyos erguidos y mi imaginación rasgaba sin piedad el pasillo de su casa, lo estiraba como Procusto, con el fin de justificar su tardanza, su interminable caminar. Por fin, la moneda de quince kopecs cayó en el vientre del aparato, o mejor dicho en el fondo de mi estómago, pesada como el plomo, igual que una vieja moneda del reino de Herodes.
    ¡Halo, halo!, reclamaba al otro extremo una voz débil. Era su abuela quien, tras un breve esfuerzo, qué, quién, ah, Lida, llegó a hacerme entender que se había ido a Crimea.
    Salí de la cabina y después de atravesar la plaza Pushkin, eché a andar por la acera derecha de la calle Gorki, donde grupos de jóvenes vestidos a la moda solían pasar horas enteras persiguiendo con la mirada a las chicas bonitas. A mi espalda, sobre la fachada del edificio de Izvestia, el anuncio luminoso continuaba deletreando noticias. Jruchov se preparaba para un nuevo viaje. Últimamente la prensa había comenzado a llamarle Nikitushka o Nikitinka, utilizando los diminutivos cariñosos reservados a los héroes populares como Ilia Muromec y demás. Siempre que había intentado utilizar con Lida apelativos cariñosos como Lidushka o Lidochka, había provocado una oleada de risas a causa del acento, que yo colocaba no sobre la primera sílaba sino sobre la segunda, de acuerdo con la fonética de la lengua albanesa. De modo que Lida se encontraba ahora en pleno veraneo, del mismo modo que yo hasta pocos días antes, en Dubulti. A medida que caminaba sentía un deseo irrefrenable de hablar con alguien aunque fuera por teléfono. Cambiar dos palabras sobre el tiempo, el verano, no importa acerca de qué ni con quién, daba igual quién fuese, incluso con una estatua (ah, si se las pudiera llamar por teléfono). Ante mí se alzaba el gran edificio de la Central de Correos. Brigita, pronuncié para mí el nombre de mi amiga letona. ¿Cómo no se me había ocurrido antes telefonearle? Subí casi corriendo las escaleras del edificio. Brigita había abandonado Dubulti dos días antes que yo. Ahora debía de estar en su casa de Riga, uno de aquellos pisos viejos, sólidos, con la gran estufa de cerámica ocupando casi toda una pared y los pesados muebles de madera de roble. Me gustaba esa ciudad, donde ya habrían comenzado los fríos, con sus edificios grises, sus chaflanes con miradores que parecían yelmos de caballeros y sus calles de empedrado secular, cuyos nombres finalizaban casi siempre en «baum».
    Di el número de teléfono y me senté a esperar en uno de los bancos. Las voces serpenteantes de las telefonistas repetían a través de los altavoces nombres de ciudades lejanas, algunas de las cuales, no sé bien por qué, creía hace tiempo desaparecidas. Escuché el nombre de Magadán, Astracán y otros aun más fabulosos (se diría que podía telefonearse desde allí a toda la Horda de Oro) y sentí que una especie de lasitud me inundaba el cuerpo entero. Pensé que Kiuzengueshi telefoneaba sin duda desde allí a sus tundras grisáceas al caer la tarde, tranquilizándolas con un susurro secreto y haciéndoles quién sabe qué promesas a aquellas horas del ocaso, cuando pocos pájaros vuelan bajo sobre ellas, sobre aquel crepúsculo entristecedor que se prolonga durante seis meses.
    Puede que Brigita esté todavía en casa y no se haya ido a pasear por esas calles con «baum», pensé. A lo largo de la última semana de mi estancia en Riga había hecho mal tiempo y la lluvia nos había obligado en bastantes ocasiones a meternos en cines donde ponían películas que ya habíamos visto, en cafés de los que acabábamos de salir y en algún caso en pequeñas iglesias protestantes, en las que aún se celebraban servicios religiosos. Habíamos ido varias veces a Xintars y a aquellas otras estaciones con nombres del mundo de los cosméticos, y ahora el aroma de sus cabellos, el de la pasta de dientes y el de sus labios, que ella se pintaba muy discretamente, lo justo para que no se le agrietaran con el viento del mar, se mezclaba hasta confundirse en una sola percepción con las estaciones de ferrocarril.
    Una de las telefonistas pronunció mi nombre. Entré en una de las numerosas cabinas, repetí infinidad de veces halo, halo, escuché después palabras en letón, que naturalmente no comprendí en absoluto, mientras en la cabina vecina una voz áspera hablaba con Samarkanda, o puede que con el mismo Kara-Kum. A continuación se introdujo en mi línea otra voz, una lengua desconocida, un parloteo breve, y de nuevo me pareció escuchar frases de letón, seguidas de otras voces quejosas, lejanas. Casi perdidas las esperanzas en medio de aquel embrollo continental, lancé su nombre que fue de inmediato devorado, rasgado, pulverizado, absorbido por la arena, el barro de los pantanos, la taiga, las auroras boreales, y en la superficie no quedó nada más que un hambre gris que seguía reclamando otros nombres, quizá el mío propio, con un lamento estremecedor. Colgué el teléfono y salí apresuradamente del edificio. Mientras me abría camino entre la multitud, comencé a sentir un dolor de cabeza insoportable, un violento latido en las sienes, bum, bum, como si las calles de Riga me estuvieran golpeando con las porras de goma de sus terminaciones en «baum, baum».
    En Ohotni Riad la muchedumbre oscura, mojada, parecía comprimirse entre la construcción maciza de la Comisión del Plan del Estado y el hotel Moscova. A lo lejos se percibía nebulosa la silueta del Bolshoi y un poco más allá, levemente salpicado de luz azul y violeta, se alzaba el viejo edificio del hotel para extranjeros, el Metrópolis, ante el cual la policía realizaba repetidas operaciones de limpieza de prostitutas. Aminoré el paso, dudando si regresar por la derecha, por Kuznecki Most o tomar la estrecha y ruidosa Petrovka o bien ascender hacia la plaza Roja. Cualquier paseante solitario habría escogido la primera dirección, mas, curiosamente, continué avanzando hacia la plaza que todo el mundo que no ha estado en Moscú imagina el centro de la capital. En realidad, caminando por las tardes en dirección a la plaza Roja, cualquiera se da cuenta de que la corriente humana de la calle Gorki va a morir en sus cercanías, de que la multitud va clareando y de que son muy escasos los transeúntes que continúan hasta la plaza secular, con dificultad, como llega la sangre hasta el cerebro de un hipotenso. Si frente al Kremlin no se encontraran los gigantescos almacenes Gum, ésta sería sin duda una de las zonas más desoladas de Moscú.
    El Gum debía de estar aún abierto, pues en la acera que lo flanqueaba había mucha animación. Al otro lado, delante del Museo Histórico, no se veía un alma. Continué caminando con progresiva lentitud hasta llegar a la plaza. Si por la calle Gorki tenía oportunidad de pasar casi diariamente y con parecida frecuencia por la plaza Sverdlov, Arbat o el bulevar Tverskoi, incluso por la plaza Dzerzinski, donde comenzaba la línea 3 del trolebús que llegaba hasta Butyrski, por el contrario muy rara vez llegaba hasta la plaza Roja y sólo si era domingo. Tal vez que mi escasa inclinación a hacerlo se debiera al desengaño que tiempo atrás había experimentado al contemplar por vez primera la muralla rojiza del Kremlin. Había algo incompleto, apático, una ausencia de drama en aquellos muros bajos de ladrillo y en las torres que se alzaban desdeñosas aquí y allá. Puede que me lo pareciera a mí por haber crecido en una ciudad, en el centro de la cual se levantaba una fortaleza de casi cien metros de alto, con las torres envueltas a veces entre las nubes, de murallas cenicientas y amenazadoras de las que incluso ahora, mil años después de su construcción, se desprendían a veces enormes bloques de piedra que rodaban desde lo alto como rayos, aplastaban casas y mataban personas. Por el contrario, de aquella extensión adormecida de los muros del Kremlin, de aquella ausencia de dinamismo emanaba una mansedumbre rojiza que empobrecía cualquier esfuerzo imaginativo. Ningún caballero impetuoso, con la Luna iluminando su casco de acero, podía llevar mensaje alguno a las puertas de aquel castillo; sólo franqueaban sus portalones los monjes de gestos parsimoniosos del monasterio de la Trinidad, con sus mantos de piel, hablando en eslavo antiguo en compañía de falsos Dimitri, para hacer la historia de Rusia.
    Algo de esto pensé confusamente mientras caminaba junto a los muros de la vieja fortaleza. Bajo la iluminación apenas azul, las cúpulas armoniosas de la iglesia de San Basilio parecían a veces turbantes musulmanes, otras burbujas multicolores, infladas por el soplo de una boca gigantesca. En la mitología eslava se hablaba de una cabeza monstruosa que, sola en medio de la estepa, soplaba así, hinchando sus enormes carrillos para provocar tormentas de arena. Este huracán derribaba a cualquier caballero que osara aparecer en el horizonte. Siempre que leían algo acerca de aquella cabeza me estremecía de terror aunque la muerte que provocaba no fuera sangrienta ni misteriosa. Pero quizá fuera precisamente eso lo que me hacía estremecer: esa aniquilación provocada por un hálito de viento y barro, en mitad de la llanura muda y rasa, de la que no emergía más que la cabeza. Semejante mitología es preferible no tenerla, decía a veces Maskiavicius. Es una mitología de estepa y polvo. Desmedrados dioses eslavos. ¡Ah, que leyendas poseéis vosotros, los balcánicos, igual que nosotros los lituanos! Pero qué quieres, el realismo socialista no nos permite escribirlas. Así hablaba Maskiavicius. Sin embargo no era una persona seria y lo que decía un día ya no lo mantenía al siguiente.
    Atravesé la plaza y avancé por la acera del Gum. Cerca se encontraba el monumento a Minini y Pojarski, cuyo pedestal era la plataforma que había servido antaño de cadalso. Desde allí los muros del Kremlin parecían aun más apacibles. Una voz confusa me decía que el macbethismo o el budismo de un castillo no vienen determinados por el color gris o rojizo de sus muros ni por su forma misteriosa sino por el aspecto de templetes de madera de sus torres. Esa misma voz gemía dentro de mí que, a pesar de su rojiza indiferencia, aquella fortaleza semieuropea semiasiática quizá albergaba ya o albergaría muy pronto un inmenso misterio. El cadalso para las decapitaciones se encontraba todavía allí, a escasa distancia de sus muros, como una Luna separada del horizonte. Me acordé del aviso para que me presentara en la comisaría que me había transmitido tía Katia y después, casi en voz alta, pensé que estaba muy cansado y que debía regresar a la residencia.
    Reinaba allí la misma tranquilidad y la misma oscuridad de antes. Mientras subía las escaleras me preguntaba dónde podría quemar aunque sólo fuera una hora más de aquella noche, ¿en la habitación de Anatol Kuznechov o en la del chino Ping? Sentí que no tenía deseos de ir ni a la una ni a la otra, que prefería una habitación vacía. Me alejé lentamente y con paso de fantasma subí a la sexta planta. Recordé el silencio de templo de los corredores de la Casa de Creación de Yalta, los pasos furtivos de Ladonshikov sobre las alfombras y al chófer de Paustovski, Valentin, quien con ojos llorosos a causa del exceso de alcohol nos decía entre hipidos que él, Paustovski, era un hombre de oro, pero qué quieres si le envenena el alma su mujer, esa bruja, más que bruja, que incluso a él, a Valentin, le había emponzoñado la vida y que si conducía aún aquel automóvil era únicamente por fidelidad a él, a Paustovski, que si no fuera por él no habría continuado un día más a su servicio, que prefería conducir camiones transportando cerdos, abono o coches fúnebres, con tal de no verle más la cara a aquella harpía. Pero qué le voy a hacer, proseguía cuando se calmaba un poco, era un regalo que le había hecho a su patrón aquel cerdo pelirrojo, Arbuzov, ese que se dedicaba a escribir dramas y que con sus dramas él, Valentin, no se limpiaría ni… Porque, continuaba explicando, estos escritores se tienen unas envidias terribles unos a otros, y ese Arbuzov, al ver que escribiendo libros no era capaz de aventajar a Kostantin Georgevich, que sus calumnias no le habían causado daño ni había logrado envenenarlo, hacerlo deportar ni inocularle una enfermedad contagiosa, de modo que, al no poder hacerle víctima de ninguna desgracia, terminó por traspasarle a su propia esposa. Habitualmente, llegado a este punto, Valentín miraba en torno para comprobar si quedaba todavía entre su auditorio alguien que desconociera que la mujer actual de Paustovski no era sino la ex mujer de Arbuzov. Le colgó del cuello esa peste, continuaba tras comprobar que todos sabían la verdad, y le arruinó la vida, de lo contrario el presidente de la Unión de Escritores Soviéticos se llamaría ahora Kostantin Georgevich, y no ese cabeza de tambor, Fedine. Y en lugar del Volga azul de Paustovski, él, Valentin conduciría un gran Zim y cobraría trescientos rublos más de sueldo.
    No se por qué, a mi pesar, continuaba recordando con todo detalle los monólogos de Valentin. Quise apartar mis pensamientos de ello pero, curiosamente, regresaba sin remisión al mismo punto. Quizá fuera porque había escuchado esos monólogos en pasillos desiertos idénticos a éstos. Puede que debiera marcharme de aquel pasillo para que cesara el murmullo en mi interior. Marcharme, pero ¿a dónde? A mi habitación, no me apetecía. Allí, en una cinta magnetofónica, tenía registrada la voz de Lida. Allí se encontraba ella extendida como en un ataúd largo y mágico, sin cuerpo ni cabello, nada más que su voz. Lo más lejos posible de ese magnetófono, pensé, y de pronto, mientras todo mi ser reclamaba un espacio para escapar, para olvidar, me acordé del ala izquierda del enorme edificio. Esta ala estaba casi siempre vacía y se componía esencialmente de apartamentos de reserva que en períodos determinados se utilizaban para alojar a los pedagogos del Instituto, como hotel de la Unión de Escritores, o como vivienda provisional para aquellos escritores que se separaban de sus mujeres y no tenían adónde ir. El año anterior había vivido allí la actriz Tatiana Samoilova, después de casarse en segundas nupcias con un dramaturgo mediocre, cuyo apartamento se lo había quedado su primera mujer tras la separación. Algunas noches en que había bebido un poco, me gustaba acudir a este ala muerta. Tenía una llave con la que podía abrir uno de los apartamentos vacíos. Era, podría decirse, mi segunda residencia, mi otra vivienda silenciosa y secreta. ¿Quieres venir a mi dacha?, le había dicho una de esas noches movidas a Lida Snieguina, arrastrándola de la mano por los pasillos en penumbra del ala izquierda. Ella había quedado fascinada con aquel apartamento deshabitado en cuyo techo y paredes las lejanas luces de los coches resbalaban como gusanos transparentes.
    La soledad se cura con soledad, pensé, mientras buscaba en mis bolsillos la llave. La encontré por fin y emprendí el camino hacia allá. El entarimado de los pasillos continuaba crujiendo levemente detrás de mí incluso cuando ya me había alejado. Encontré la puerta, la abrí y entré. Deslicé la mano por la pared y di con el interruptor de la luz. Eran las mismas paredes revestidas de papel floreado sobre fondo verde, que daban a la estancia la apariencia de un sarcófago. Me dirigí a una de las habitaciones y permanecí unos instantes en pie, con las manos en los bolsillos. Completamente absorto. Al encender la luz de la habitación contigua algo me detuvo en el umbral. Alguien había profanado mi templo. Sorprendido, contemplaba uno de los rincones de la habitación donde había una botella vacía, una lata de conserva y algo más. Di unos pasos y vi junto a la botella un papel de envolver rasgado, que debía de haber contenido algo grasiento. Poco más allá había un montón de papeles. Me agaché y cogí algunas de las hojas. Estaban densamente mecanografiadas. Ninguna otra cosa alrededor. Parecía que el visitante desconocido había acudido allí sin otro propósito que beber vodka y leer aquellas hojas escritas a máquina, que quizá no le habían gustado y las había dejado abandonadas junto con los restos de la cena. Durante un instante tuve el presentimiento de que vendría, abriría bruscamente la puerta y me encontraría allí. Pero los restos de la lata de conserva llevaban tiempo secos. Me arrodillé y cogí el resto del fajo de hojas escritas. Debían de ser doscientas o trescientas. Al primer vistazo comprendí por los guiones de los diálogos que se trataba de una obra literaria. Le faltaba el comienzo, alrededor de la mitad de las páginas y desde luego el título. Comenzaba en la página 304 y se interrumpía en la 514. Por un momento estuve tentado de dejar los papeles en el suelo, pero de forma automática mis ojos se pusieron a leer la primera hoja, allí donde comenzaba el capítulo XXXI. «Zivago, Zivago, continuaba repitiendo Strelnikov en el vagón en que acababan de montar. Un nombre de comerciante o de aristócrata. Un profesor, doctor en Moscú…». Me salté cuarenta o cincuenta páginas y en un punto mis ojos atraparon la frase: «él analizaba y comentaba con idéntica pasión Los endemoniados de Dostoievski y el Manifiesto Comunista y…». Sin duda habría continuado leyendo aquel pasaje, pero se me resbalaron unas cuantas hojas y, mientras me agachaba a recogerlas, perdí la página que leía. Hojeé el manuscrito rápidamente y sólo en la última página leí las líneas donde se interrumpía el relato. «Afuera nevaba. El viento empujaba los copos por todas partes. Caía cada vez más espesos, más pesados, igual que si persiguieran algo sin descanso, y Yuri Andreiev miraba por la ventana como si lo que veía no fuera nieve sino…».
    ¿Qué será este manuscrito?, me dije. Pensé por un momento que quizá se tratara de una obra olvidada por alguien mientras bebía, pero recordé la frase sobre Dostoievski y el Manifiesto Comunista y se me ocurrió que podía ser un manuscrito prohibido que circulaba de mano en mano. En los últimos tiempos ese sistema se había convertido en algo habitual. Tres meses atrás, pasada ya la medianoche, quizá poco antes de amanecer, Maskiavicius, borracho como una cuba, había llamado, mejor dicho se había derrumbado sobre mi puerta y cuando le abrí, me extendió unas hojas mecanografiadas, murmurando: toma y lee lo que ha escrito ese… ese, bueno, Dante Tvardovski, o según le llaman, Margarita, no, Alexander Alighieri. Sólo pasado un cuarto de hora pude enterarme de que en aquellas hojas estaba impreso a máquina un poema prohibido de Alexander Tvardovski titulado: «Vasili Tiorkin desde el otro mundo…».
    Dejé el fajo de papeles donde lo había encontrado, junto a la botella de vodka, la lata de conserva y el papel de envolver y después de echar una última mirada desde la puerta a aquella entristecedora naturaleza muerta, apagué todas las luces y salí.
    No me quedaba otro lugar adónde ir que mi habitación. Estaba cansado y me tendí finalmente en la cama pero, a pesar de mis esfuerzos por dormir, no conseguía llegar más que a la periferia del sueño, unas llanuras grises, incoloras, insonoras, lejos todavía de la particular naturaleza de mis sueños cuando duermo de verdad. En aquel estado de duermevela oía el silbido de los cables del trolebús cuando alguno se acercaba a la parada. Los ciervos parsimoniosos de los cuentos intentaban conducirme al centro de Moscú, pero eran incapaces de avanzar, vagaban extraviados por el aire, los cuernos se les enganchaban en las nubes mientras bajo sus vientres sendas grises, deformes y anónimas, esperaban a que cayéramos sobre ellas.

    Tres días después los estudiantes, los aspirantes y los pedagogos de los dos niveles del Instituto Gorki comenzaron a regresar. La gran casa iba cobrando vida. De nuestro curso, el primero que llegó fue Ladonshikov, siempre con su sonrisa estereotipada, satisfecho de su suerte y de la buena marcha de las cosas en la gran Unión Soviética. Su amplio rostro, con cierto tinte rosado en las mejillas, poseía permanentemente una suerte de fervor, de solemnidad de mitin, una especie de nostalgia de los encuentros con los lectores y las viejas heroínas del trabajo socialista, un partidismo sonriente y un oficialismo discreto como el color beige de su gabardina, cortada de acuerdo con el patrón de la vestimenta semioficial. Si se lo observaba con cuidado, sobre todo cuando decía: Vot tak tovarishi, así pues, camaradas, se creería que de acuerdo con el modelo de aquel rostro se habían dado todas las directivas y tal vez tomado parte de las decisiones de la presidencia de la Unión de Escritores Soviéticos a propósito de ciertas características del héroe positivo. La presencia de Ladonshikov incitaba a pensar con fastidio en todo ello. Sólo había un caso en que perdía su sonrisa soviética: cuando se trataba de los judíos. Entonces, de forma brusca, se convertía en otro hombre, sus movimientos se desequilibraban, la proporción entre el optimismo y el pesimismo se quebraba de pronto en su rostro, las frases del tipo vot tak tovarishi eran sustituidas por otras, a veces obscenas, y sin embargo en estas infrecuentes ocasiones, aunque brutal y pestilente por lo que decía, resultaba más humano porque a pesar de despedir olor a establo y a excrementos, se trataba al menos de un olor verdadero. Lo había visto varias veces en ese estado el invierno anterior, en Yalta, mientras vigilaba la ventana de Paustoski. Pero uno de los Shota decía en esas ocasiones: no le tengas miedo a Ladonshikov. Curiosamente, según Shota, en ese estado era incapaz de hacer daño a nadie. Era en su estado habitual, solemne-rosado-sonriente, cuando resultaba peligroso y podía enviarte con toda facilidad a la Butyrka, como había hecho un año antes con dos colegas suyos. Siempre que, al salir del metro en la estación Novoslobodskaia recorría el interminable muro rojizo de la cárcel de Butyrski, recordaba las palabras del georgiano.
    Los dos Shota regresaron juntos ese mismo día. Se habían peleado varias veces durante las vacaciones por los cafés de Tbilisi, se habían enviado recíprocamente al diablo (no quiero volver a verte más el pelo); después, sorprendentemente, habían acabado yendo a parar a la misma residencia de reposo, donde habían vuelto a pelearse, increpándose el uno al otro: qué haces pegado a mi sombra, cuándo voy a librarme de ti; se habían marchado después ambos, interrumpiendo sus vacaciones sólo por no verse, hasta que por fin, para mayor sorpresa, entre los centenares de trenes que hacían el trayecto de Georgia a Moscú, habían ido a parar no sólo al mismo tren sino al mismo compartimiento.
    Al día siguiente llegaron uno tras otro los bálticos Jeronim Stulpanz y Maskiavicius, los dos bastante achispados, seguidos de las Vírgenes de Bielorrusia (así llamaban a las mujeres de nuestro curso aunque sólo una de ellas procedía de allí). El grupo de Kara-Kum, como se apodaba a los asiáticos, llegó hacia la medianoche, completamente borracho, llevando a rastras a Taburokov, que se había empeñado en meterse en la embajada israelí para decirle al embajador un par de cosas -bastaban un par de cosas- que tranquilizaran su conciencia de escritor, de modo que ese hijo de perra no pudiera decir después que él, Taburokov, no le había advertido a tiempo que hasta la fecha había cambiado tres veces de alfabeto, paff, que a él tanto le daba a fin de cuentas, él se cagaba en el río Jordán por muy sagrado que fuera. Con lo que hemos tenido que pasar nosotros, que hemos asfixiado en la cuna misma a todas las Volgas y Olgas junto con los alfabetos, porque nosotros tenemos a Cirilo y Metodio y la gloriosa arena soviética, y la unidad sin parangón, brrr, tengo frío…
    Artashez Pogosian, o La Masa de Decenas de Millones, apodado así porque, cuando se acercaba a alguna mesa en la que había bebida, decía frotándose las manos: ¿No sobrará algo también para nosotros, las masas de decenas de millones? Pogosian, pues, satisfecho de haberse separado de su mujer, llegó junto con los otros causasianos, todos tambaleantes a excepción de Shogenchukov que llegó solo en un tren posterior, un poco demacrado y con una genuina tristeza de ex primer ministro en el rostro.
    Ese mismo día llegaron los moldavos, los rusos de Siberia y de Rusia Central, entre ellos Yuri Goncharov, o Yuri Donosçik, denunciante, como le llamaba uno de los Shota; después los judíos, los tártaros y los ucranianos, los únicos que habían viajado en avión. El último de todos, con el rostro ceniciento, fue Kiuzenguesh, que llegó al día siguiente por la tarde. Se encerró como de costumbre en su habitación, de donde sólo salió al cabo de cuarenta y ocho horas. Jeronim Stulpanz, cuya habitación se encontraba junto a la suya, decía que siempre se encerraba al regresar de la tundra, porque no conseguía habituarse a la fragmentación del tiempo en días de veinticuatro horas. Se trata de un problema serio para los escritores de esa tierra, continuaba Stulpanz. Imagínate, pasarte toda la vida con noches y días que duran seis meses y después dividir el tiempo artificialmente en la obra literaria. Kiuzenguesh, por ejemplo, no es capaz de escribir: «Al día siguiente se fue», porque allí, al día siguiente significa medio año después. O cuando un autor de la tundra escribe «cayó la tarde», es tan raro en la vida que suena casi lo mismo que «comenzó el tercer plan quinquenal», o «se inició la guerra». Tienen problemas nuestros camaradas de la tundra, continuaba Stulpanz. Una noche Kiuzenguesh me dijo algo, pero hablaba en voz tan baja que no me enteré de nada. Sin duda se lamentaba de cosas semejantes. La realidad es que la utilización del componente temporal en las obras de los camaradas de la tundra merecería un estudio específico. Hay aquí terreno para una verdadera innovación, aun a costa del peligro de deslizarse al modernismo, como ha hecho, según se dice, ese francés, ese Proust, que ha organizado un verdadero lío con el tiempo. Es preciso estudiar específicamente el realismo socialista en la tundra, ¿o no tengo razón? Stulpanz, tú no sabes lo que dices, le increpaba Nuftula Shakenov, ¿acaso no sabes que en la tundra y en la taiga juntas, en una extensión de tres millones y pico de kilómetros cuadrados no hay más que un escritor, Kiuzenguesh? ¿Es que va a ser necesario crear una teoría literaria para él solo?
    Esto nos parecía a todos entristecedor y grandioso a un tiempo. ¡Reinar en solitario sobre un territorio seis veces mayor que Europa! ¡Ser la conciencia gris de la tundra!

    Los pasillos de la vieja mansión de dos plantas de Herzen y el jardín rodeado de una verja de hierro con dos puertas, una de las cuales, la principal, daba al bulevar Tverskoi y la otra, la trasera, a la Malaia Bronja, estaban repletos de gente. Difícilmente podría encontrarse en el mundo un espacio tan reducido en que bulleran tantos sueños de gloria inmortal. Solía ocurrir que, mirando de soslayo aquellas cabezas de apariencia normal, algunas hermosas y enérgicas, la mayoría despeinadas y aturdidas, se recibiera la impresión de que ya estuvieran convirtiéndose en bronce o en mármol. La impresión resultaba tan verídica que un estudiante de cuarto año, manco, y Nuftula Shakenov, que tenía la nariz corroída, parecían, sobre todo durante las horas del ocaso y el alcohol, estatuas extraídas sin excesiva precaución de excavaciones arqueológicas.
    Eran sobre todo los estudiantes de primero quienes animaban los pasillos. Parecían borrachos, atravesados por la euforia, como si de rayos X se tratara, empalidecidos por un sudor sonriente y perpetuo. Deambulaba entre ellos un muchacho joven, de ojos rasgados y chispeantes, esbelto y de buen porte, llegado de muy lejos, de los montes Altai. Saltaba de corro en corro, se plantaba ante quien le parecía, decía lo que se le ocurría y se iba en busca de otro corrillo. ¿De dónde has sacado esos pantalones?, me dijo al pasar junto a mí. Sus ojos rasgados se abrieron cuanto les permitía su forma, tornándose aun más hermosos. ¡Qué pantalones tan maravillosos!, exclamó. ¿Dónde los has encontrado? Yo le di las explicaciones del caso con frialdad, molesto de que me tuteara siendo más joven que yo. Él se dio cuenta, hizo dos o tres reverencias colocando una mano sobre el pecho y me pidió excusas diciendo que estaba dispuesto a dirigirse a mí en segunda, tercera, incluso en cuarta persona si la hubiera, con tal de que no me ofendiera, pues él procedía de las altas montañas de Altai, donde las personas son más sinceras y más puras que en ninguna otra parte. You, you, you, sonreía repitiendo la única palabra inglesa que sabía, y yo le respondí que lo había dicho precisamente en albanés. Supo entonces que yo era albanés y me prometió muy exaltado que desde aquel mismo instante usaría sólo pantalones albaneses, pues eran al parecer los más elegantes del mundo y que yo tenía que dejarle copiar el modelo. Me confesó entonces atropelladamente que deseaba que todo lo suyo fuera perfecto, que en el plazo de un mes tenía que conocer a la chica más guapa de Moscú, tenía que ser la más guapa y tener una historia de amor con ella. Soy virgen, continuó con apasionamiento, e igual que las Altai, cuyas cumbres son sublimes, yo quiero perder la virginidad con la muchacha más inaccesible de Moscú. Tengo que lograrlo a toda costa, si no, ni yo mismo sé lo que haré. Qué suerte haberte encontrado. Oh, perdón, you, you, you. Empezaré por los pantalones. Un hombre que no tiene los pantalones como es debido no se merece nada bueno en la vida. Lo quiero todo perfecto porque yo vengo de Altai y allí es todo puro, elevado y eterno. No puedo salir con una chica corriente; o con la más bonita o con ninguna. No está mal, le dije en tono medio burlón pero sin malicia, aunque quizá resulte difícil que todo sea, por así decirlo, del nivel de Altai. ¡Ah, jamás conseguirá convencerme!, me interrumpió furioso. Será mejor que usted, que lleva los pantalones más bonitos de esta ciudad, me diga dónde puedo encontrar a la muchacha más bonita de Moscú. Sonreí y abrí la boca para contestarle, divertido, que no encontraría lo que buscaba ni aunque pidiera ayuda a la KGB, pero él, con los ojos clavados en mí como un gato salvaje, parecía esperar en serio que yo pronunciara el nombre, la dirección y hasta el número de teléfono de la Bella Durmiente del Bosque.

CAPITULO III

    A mi izquierda, tras el doble cristal de la ventana, la caída silenciosa de la nieve; a mi derecha, en completo contraste con ella, la mancha oscura de la mandíbula de Nuftula Shakenov, moreno y enjuto, inclinado sobre su cuaderno de notas. Una nieve escasa, húmeda, resbalaba sobre el bulevar Tverskoi, sobre los árboles y los bancos solitarios. Los signos que Shakenov trazaba en el cuaderno eran asimismo escasos y deslavazados. El profesor de estética hablaba de los lazos eternos entre la vida y el arte. En ocasiones parecía que la nieve envolviera sus frases, confiriéndoles un algo de errante y triste. Explicaba cómo el arte acompañaba al hombre desde su alumbramiento, momento en que lo recibían con canciones, hasta la muerte, en que lo despedían con música fúnebre. Semiadormilado por el calor de los radiadores observaba a los transeúntes que se dirigían encogidos hacia Tverskoi y me parecía a veces que el arte se encarnaba en aquella nieve fría que perseguía a la gente en dirección a las calle Gorki, Sadovai o Arbat, forzándolas a encoger el cuello, alzar los hombros y llevar pequeñas briznas de hielo en los bordes de los párpados. El arte no se separa del hombre ni siquiera después de la muerte, continuaba el profesor. Por supuesto, después de la muerte, repetía yo maquinalmente; la nieve cae sobre todo después de la muerte, nada hay más cierto. Junto a mí, Nuftula Shakenov continuaba garabateando signos negros, deformes. Una hilera por delante, el griego Anteo le susurraba algo a Jeronim Stulpanz. Junto a ellos, los dos Shota tenían un aire ausente. Por ejemplo, continuaba el profesor, al morir, a ciertos hombres les hacen una escultura encima de la tumba, o más sencillamente, les graban como epitafio unos versos; así pues el arte permanece junto a ellos incluso en el sueño eterno. El profesor se detuvo unos segundos para comprobar el efecto de sus palabras y quizá porque le pareció insuficiente, volvió a insistir en la misma idea. Hace un mes estuve en el Monasterio Novodievichi, prosiguió. Suelo visitar con regularidad ese cementerio. La presencia del otoño se hacía sentir en todas partes. Me detuve ante la tumba de A. P. Kern, en la que están esculpidos los famosos versos de Pushkin: «Recuerdo aquel instante maravilloso en que apareciste ante mí.»
    – ¿Y quién es esa A. P. Kern?- preguntó Taburokov. Sorprendido, el profesor se volvió hacia él bruscamente. Sus canas parecían refulgir de cólera. Movió varias veces los labios antes de formular las palabras. Algo le faltaba, quizá la saliva necesaria.
    – Usted debe saberlo, Taburokov- dijo por fin. -Cualquier escolar se sabe de memoria ese poema, uno de los más bellos de la poesía universal, como sabe igualmente que está dedicado a una joven y maravillosa mujer con quien Pushkin sostuvo relaciones amorosas.
    – ¡Ajá!, mira por dónde- dijo Taburokov.
    – Sí, pero a usted no le está permitido ignorarlo- replicó el profesor.
    – ¡Bah!- exclamó Taburokov con desprecio- yo no recuerdo el nombre de mi primera mujer y voy a recordar el de una tal Korn o Kern, o como diablos se llame…
    – No se lo consiento- dijo el profesor con la voz atiplada por la ira.
    El adormecimiento del auditorio, provocado conjuntamente por la blancura de la nieve, el calor de los radiadores y el remoto interés de las tesis de estética, se quebró. La cara redonda, grasienta y calva de Taburokov, con grandes bolsas bajo los ojos, permanecía callada. Stulpanz decía que Taburokov le recordaba a los personajes malvados de las películas chinas. Y así era en verdad. Su cara terrosa, con algún que otro matiz verdoso parecía, de modo particular durante las primeras horas de la mañana, una vasija extraída de unas excavaciones arqueológicas como si por la noche, en vez de sumergirse en el sueño, se hundiera en la tierra.
    Fueron precisos varios minutos para que se restableciera el silencio. Aunque ofendido, el profesor retornó al cementerio de Novodievichi. Yo había estado allí hacía un año y todo era tal como él decía, aunque ahora no recordaba bien si las hojas rojizas sobre el mármol de las tumbas eran de cobre o simplemente hojas muertas del otoño. Entre las tumbas había descubierto la lápida de la mujer de Stalin y grabada sobre ella la frase: «A mi Aliliuieva, J. Stalin».
    El profesor continuaba hablando y la tranquilidad se restableció por completo, tal vez porque hablaba de tumbas y probablemente todos pensaron en las suyas propias o en los versos sobre las tumbas de las mujeres que habían conocido, aunque quizá no merecieran ese honor, pues las historias habían sido en la mayoría de los casos banales, fastidiosas y colmadas de desengaños por ambas partes.
    El auditorio se encontraba en su primitivo estado de adormecimiento. Pero se trataba de un adormecimiento peculiar, rasgado por una grieta, una suerte de silbido que recorría de parte a parte aquella oquedad. La nieve caía a mi lado, mas su realidad sólo me liberaba durante breves instantes de aquel silbido interior que lo corroía todo. El ojo turbio color olivo de Nuftula Shakenov, con aquella especie de abismo en su interior, se encontraba muy próximo, casi pegado a mi ojo derecho. Faltaba poco para que su ceja pavorosa se adhiriera como una sanguijuela a mi sien. Oh, suspiró alguien a mi espalda. Quizá fuera Shogenchukov, pero no, su cara albergaba un tormento esencialmente sordo, junto a la cabeza amarilla, de cabellos suaves como de acuarela, de Jeronim Stulpanz. Observaba de soslayo el rostro fláccido de Shoguenchukov y se me ocurrió que quizá no fuera el resentimiento por el puesto perdido (tristeza primerministerial, bromeaba Pogozian), lo que había devastado aquella cabeza maciza. Debía de ser alguna otra cosa, relacionada con ese aullido interior que flotaba en torno, royéndolo todo como una barrena. En realidad el nerviosismo se percibía por doquier, pero carecía de gestos y producía temor por su mutismo. Llevaba días vagando por el aire. Yo había comenzado a observar algunos síntomas el viernes, incluso el jueves a mediodía, cuando Abdulahanov dijo en voz alta, al final de la última lección: «Hermanos, çto-to nié to, hay algo que no marcha». Después, toda aquella tarde y la noche del viernes, ellos iban y venían por los pasillos torpemente, llamaban a las puertas que no debían y murmuraban. En cuanto a Taburokov… De pronto se me ocurrió que su pregunta sobre A. P. Kern no había sido casual. Era la segunda vez que ocurría. La primera, en vísperas de una gran borrachera, justo cuando Maskiavicius se hirió al dar con la cabeza en el cristal de la puerta principal y los dos Shota subieron para sacudirse a sus anchas al desván del edificio, encima de la planta séptima, precisamente un día antes de aquella borrachera cuyo eco llegó hasta el comité directivo de la Unión de Escritores de la URSS, Taburokov, en la clase de psicología de la creación, preguntó quién era ese Boris Gudunov, un nombre que escuchaba por primera vez.
    Tampoco ahora parecía casual su pregunta. Los síntomas habían sido claros desde el jueves, desde antes incluso, quizá desde el mismo martes. En el aire flotaba cierto tedio, eso que en ruso se define con el término fuerte de khandra, dirección, superioridad.
    La clase terminó. Ya en el pasillo, todos se enfundaron en los abrigos y se encasquetaron los gorros, pero nadie salía. Erraban como entre la niebla, como si hubieran extraviado las puertas, clavaban las miradas unos en otros como si esperaran un signo, un mensaje. Por fin, entre la turbación, cual un rayo de luz entre nubes asfixiantes, brillante, delicada, resbaladiza, surgió la palabra ski. Parecía un término cifrado, un símbolo que los envolvió a todos. Mañana… domingo… ski… en Peredielkino… por supuesto… ski… s… k… i… En los ojos de cada uno de ellos brillaba un resplandor loco. Los ojos rasgados y bizcos de Abdulahanov. Los ojos de Maskiavicius. Los cuatro ojos de los Shota, con las miradas entrelazadas. El ojo escrutador, omnipresente, de Yuri Goncharov.
    Taburokov y el grupo de Kara-Kum estaban hablando de esquiar. Ah, ahora comprendía la clave. El complot se descubría: se hablaba de esquiar y se sobreentendía el vodka. De modo que mañana en Peredielkino… Los ojos de los conjurados continuaban clavándose unos en otros. Los ojos velados por una pátina helada (el hielo en la tundra hacía tiempo que lo cubría todo) de Kiuzengueshi. Los ojos del griego Anteo.
    – ¿Vamos a tomar un café al Praga?- me propuso éste.
    El café Praga, en la plaza Arbat, era el único lugar en Moscú donde se servía verdadero café, bien negro. Lo traían en pequeños ibriks de cobre y casi todos los habituales de los círculos literarios y artísticos acudían allí a saborearlo. Nosotros lo hacíamos para desahogar nuestra nostalgia del café balcánico. Emprendimos la marcha a pie por Tverskoi. La fina nieve humedecida dificultaba la respiración.
    – Por lo visto, mañana tendremos una gran borrachera.
    – Sí, por lo visto.
    Anteo y yo solíamos salir juntos. Descalabrados los guerrilleros griegos en Gramoz, él pasó la frontera junto con los demás y permaneció algún tiempo restableciéndose en mi ciudad natal, Gjirokastra. Yo era entonces un escolar y recordaba que, cuando pasaba de noche por el barrio de Hazmurat, donde se hallaba el hospital de la ciudad, me estremecía al escuchar los quejidos de los griegos heridos. Puede que escuchara tus propios lamentos, le decía a veces a Anteo. Él llevaba tiempo establecido en Moscú, dedicándose a la literatura y, como había sido condenado a muerte en rebeldía, no tenía intención de regresar a Grecia.
    – Mañana se va a armar una buena- insistió cuando nos sentamos en el café. -¿Te acuerdas de la última vez?
    Sacudí la cabeza, como diciendo: «¡Qué más da!»
    – Tienen un pesar- dije, -un khandra colectivo, ¿lo has notado?
    – También nosotros tenemos un khandra- respondió. -¿O no es así?
    No sabía qué decirle. Aunque había iniciado yo el tema, ya no tenía deseos de continuarlo. Tenía confianza en él, nos habíamos confesado el uno al otro una buena porción de cosas consideradas delicadas, sin embargo, no sabía muy bien por qué, últimamente me había vuelto muy parco en ese género de temas.
    – Anteo- le dije. -Hace mucho que nos conocemos y sin embargo, fíjate, hasta ahora no se me había ocurrido nunca preguntarte cómo te llamas realmente.
    Sonrió, desvió la mirada unos instantes al otro lado de la cristalera del café hacia la multitud que se agitaba ante la boca del metro Arbatskaia y sin mirarme, en un tono apagado, como si hablara de algo muy lejano, dijo su nombre. Después, me miró fijamente y me preguntó:
    – No te gusta ¿eh?
    Hice un gesto que más o menos quería decir: no es que no me guste, sin embargo… En realidad, comparado con su seudónimo, aquel nombre me pareció insípido, un nombre griego corriente, con las habituales zetas y eses.
    – Comprendo que no te guste- dijo quitándose las gafas para limpiarlas. Sus ojos, como los de todos los miopes cuando se quitan las gafas, resultaban igualmente descoloridos, lo mismo que el nombre.
    – No eres el primero a quien le causa esa impresión mi nombre- prosiguió. -El seudónimo es otra cosa.
    El camarero trajo los pequeños cacillos de cobre y nos sirvió el café en las tazas.
    – Si quieres que te diga la verdad, incluso a mí me extraña mi nombre- dijo. -La parte más hermosa de mi vida la he pasado entre seudónimos.
    – ¿Has tenido muchos?
    El afirmó con la cabeza.
    – Seis en total. Debía cambiármelo con frecuencia, sobre todo cuando estaba en la clandestinidad.
    – Anteo es el último, según parece- dije.
    Cabeceó con tristeza.
    – Según parece, definitivamente el último.
    Siempre mirando a través de los cristales en dirección a la boca del metro, pronunció en voz baja todos sus seudónimos. Casi todos estaban tomados de las tragedias antiguas, y por un instante me pareció que se había servido de ellos como si fueran viejas escamas, duras e impenetrables, para revestir por entero su cuerpo frágil y mortal. Puede que se sintiera protegido por aquellas escamas anacrónicas mientras a su alrededor sonaban toda suerte de tambores y dulces melodías incitándole a sacar la cabeza del interior de su coraza para golpearlo… Había oído decir que así engañaban a los erizos, con música, para hacerles sacar la cabeza de entre las púas.
    – El último- repitió, -y el más funesto.
    Sabía qué quería decir con aquello. Bajo el seudónimo de Anteo había sido vencido en 1949.
    – Tú no sabes lo que significa que un compañero de lucha te escupa a la cara y tú no tengas derecho a limpiarte el escupitajo de la vergüenza- dijo. -Ése es el seudónimo que usaba cuando me sucedió eso. ¿Te lo he contado?
    – No- respondí.
    – Anteo, levanta los ojos. Vamos, levanta los ojos. Aún resuenan en mis oídos esas palabras.
    Apuró una vez más la taza aunque ya no quedaba café. En las comisuras de sus labios quedó un cerco del poso negro.
    – Sucedió el día en que atravesamos la frontera albanesa…Vuestra frontera- añadió al cabo de un instante.
    – Sí, recuerdo perfectamente la llegada de los primeros camiones de los guerrilleros griegos a Gjirokastra- lo interrumpí sin darle importancia, pues creía que así le quitaba a la conversación cierta dosis de dramatismo, inevitable cuando se trataba de su derrota.
    – No se aparta de mi memoria- continuó él, sin escucharme. -Era una garganta entre montañas, caía una lluvia fina y los cascos de vuestros soldados brillaban por la mojadura. Nosotros estábamos derrengados, empapados de barro y de sangre, la mayoría heridos; algunos deliraban y por si todo eso no bastara, él estaba allí, aterrador, colgado de sus muletas y nos insultaba. ¡Oh, cómo nos insultaba! ¡Anteo, levanta los ojos, comediante!
    – ¿Quién?- pregunté con calma. -¿Quién era el que os insultaba?
    – Ah, espera, ¿no te lo he dicho nunca?
    – No.
    – Era un compañero, un viejo militante, herido varias veces y operado fuera del país, precisamente allí, en Gjirokastra. La última vez le habían amputado las dos piernas y así mutilado, medio cadáver, había acudido a recibirnos a la frontera, al pie de una roca, pocos metros más allá del lugar donde nosotros, tras penetrar en territorio albanés, arrojábamos las armas. Nos insultaba por habernos dejado vencer. ¡Oh, cómo nos insultaba! Nos llamaba cobardes, desertores, vagabundos, mujeres, payasos de circo. Tenía el pelo y la cara empapados y sus lágrimas se mezclaban con la lluvia, sólo por la voz se sabía que lloraba. Nosotros caminábamos cabizbajos y sus insultos se nos clavaban en las heridas aunque, sorprendentemente, nadie le replicaba. Los guerrilleros desfilaban en hilera, sin volver la cabeza. A mí me reconoció. Anteo, levanta tus ojos, gritó con aquella voz desencajada, rasgada por el llanto y el desconsuelo. Yo arrojé el arma como los demás y seguí hacia adelante. Mis ojos no veían nada y él me volvió a gritar: ¡Anteo, levanta los ojos, comediante! Allí estaba aquella muleta aterradora, brotada de la tierra, reclamando mi mirada. La alcé por fin y en ese instante me escupió en plena cara. Pasé junto a él, sin limpiarme el salivazo, alejándome de su jadeo, mientras él se debatía como un crucificado entre las dos muletas, bajo aquella lluvia que no olvidaré mientras viva.
    Por tercera vez apuró la taza, donde no quedaba ya una sola gota de café.
    – Así es como sucedió- dijo, golpeando el tablero de la mesa con el dedo.
    – Sí- dije yo, -fueron acontecimientos trascendentales y graves.
    – Y ahora me dedico a dar conferencias y coloquios teóricos…, je.
    – Ahora las cosas se han suavizado un poco- dije sonriendo. -Lo habrás observado, hay una cierta vergüenza de la vieja épica de la revolución, semejante, no sé cómo decirlo, a la vergüenza que sienten los jóvenes estudiantes cuando sus padres acuden de provincias, con sus largos mantos, a visitarlos al internado.
    – Lo entiendo, lo entiendo perfectamente- dijo.
    – Es como el asunto de tus seudónimos- continué. -Tú por ejemplo, si volvieras a dedicarte a la actividad clandestina de partido, no creo que volvieras a utilizar seudónimos tomados de las tragedias antiguas, es decir… porque…
    – ¿Quieres decir que debería tomarlos de las comedias?- me interrumpió con una sonrisa. -Continúa, continúa ironizando, tengo la piel curtida, aguanto mucho; a fin de cuentas, soy un vencido.
    Inesperadamente su voz se quebró en dos o tres instantes y yo grité:
    – Contigo no se puede hablar. Llevas una temporada convertido en un sentimental quisquilloso.
    En realidad era la primera vez que se ofendía y nunca nos habíamos peleado por nada.
    – Es verdad- dijo. -Tengo los nervios alterados. Me irrito con demasiada facilidad. Pero bueno, espero que no me lo tengas en cuenta. Por favor, no me lo tengas en cuenta. Continúa, ¿cómo era el asunto ese de los seudónimos?
    – Ya no hablo más de eso- contesté.
    El soltó una carcajada.
    – Me imagino lo que piensas- dijo. -Seguro que te estás diciendo, ese Anteo, antaño militante, se ha transformado en un pacífico moscovita, en un típico pequeño burgués con su abrigo de buen paño grueso. ¡Je, vaya tipo!
    – Caracteres típicos en circunstancias típicas- le devolví la pelota riendo, -tal como dijo Engels, ¿no es así?
    – Sí, es verdad, en circunstancias típicas. Hum… en circunstancias típicas- repitió cabeceando. -Sí, sí. Precisamente.
    Buscó con los ojos la taza de café, para sorber quizá el último poso, pero el camarero la había retirado.
    – Así que seudónimos de las comedias- dijo, como si hablara consigo mismo. -Dímelo sinceramente, ¿eso es lo que piensas de mí?
    En realidad, yo lo había dicho en general, no por él en particular. Para ser exacto, ni siquiera había pensado nunca con detenimiento sobre aquella cuestión; puede que simplemente debido a la atmósfera general y a la vida que llevábamos, me había parecido que los viejos nombres, Prometeo, Anteo, etcétera, difícilmente podían encajar con militantes actuales como los que había tenido la oportunidad de conocer en la residencia de los escritores soviéticos. Como mucho les podían cuadrar los nombres de los héroes operísticos o, en todo caso, si es que había que atenerse a la antigüedad, el de Orfeo…
    Le expresé esta idea con toda franqueza, subrayando que, sin embargo, no pensaba eso de él, podía creer lo que quisiera y dudar de quien quisiera, pues yo no tenía intención de echar a perder mis pulmones para metérselo en la cabeza, máxime cuando tenía que hacerlo en la fatigosa lengua rusa; de modo que podría creérselo o no, eso era asunto suyo, pero así es como yo pensaba y era preferible que le pusiéramos punto final a aquella conversación.
    Era inteligente y comprendió que le hablaba con sinceridad, así que poniendo su mano pálida sobre la mía, me dijo:
    – Te creo.
    – Es como el asunto de los ministros soviéticos- continué con el mismo impulso que había empezado. -Antes se llamaban comisarios del pueblo, sonaba bonito ¿o no?, después, ignoro por qué, pasaron a llamarse ministros, como en todo el mundo. Intenta ahora volver a convertirlos en comisarios del pueblo, ¡vaya disparate!
    – Para llamarles comisarios del pueblo, haría falta que lo fueran- dijo él.
    Hice como si no hubiera oído la frase y miré por la ventana hacia afuera. El cine que había junto a la entrada del metro, cambiaba de sesión. Sobre los anuncios de la película había un enorme cartel que anunciaba la apertura de la gran exposición norteamericana en Sokolniki.
    Durante un rato nuestra conversación erró torpemente como un pájaro entre los cristales del café, hasta que uno de los dos abrió por fin la jaula y pudimos alzar el vuelo hacia el extremo sudoriental de Europa, de donde procedíamos ambos. Hablamos otra vez de sucesos de su juventud y mi infancia. Me habló de las cabezas cortadas de los guerrilleros griegos, que sus enemigos guardaban en frigoríficos para enseñárselas a la población, y yo le conté lo que había oído decir sobre las cabezas cortadas de los bajás rebeldes que eran expuestas en un nicho de piedra en Estambul para prevenir el separatismo.
    – Ese es el estilo de los grandes Estados agresores- dijo. -Siembra el terror, extiende la amenaza. Aterroriza, castiga sin piedad. Dime otra vez cómo se llama ese nicho.
    – Ibret-tashé, el castigo de la ignominia.
    – Hum- exclamó varias veces, balanceando la cabeza mientras una sonrisa sardónica se le deslizaba a ambos lados del rostro. -Vosotros tenéis una base naval conjunta con los soviéticos, ¿no es así?
    – Sí- respondí. -Pacha Liman.
    – Otra vez un nombre turco.
    Poco después la conversación recayó otra vez en el año 1949, en la frontera albano-griega, en la lluvia, el frío, el peligro.
    – Nosotros os ayudamos entonces sin escuchar el consejo de nadie- le dije. -Arriesgamos nuestro pequeño y débil Estado. América podía haberlo utilizado como pretexto para atacarnos, ¿no?
    – Sí. Tuvisteis un gesto casi olvidado por los Estados actuales. Ni la Unión Soviética…
    – No sé- dije. -Pero nosotros, cuando prometemos una cosa, jamás dejamos de cumplirla.
    El asentía con la cabeza sin apartar sus ojos de mí.
    – La besa- dijo. -Conozco esa palabra albanesa. La he escuchado en Atenas, cuando era estudiante. Un día se convertirá en una palabra común a todas las lenguas del mundo.
    Viejo griego, pensé. Así le llamaba en mi imaginación, siempre que decía algo sabio, o algo que a mí me agradaba particularmente. Quise hablarle de la besa albanesa, no de la balada de Costandin y Doruntina que él, como buen balcánico, conocía de sobra, sino del mecanismo concreto de la besa, que había sido hasta muy tarde una institución jurídica en nuestras montañas.
    – La besa- repitió entre dientes. -Pero ahora es pronto para ese concepto.
    Yo sonreí.
    – Pero si es pronto para la besa, no creo que lo sea para la pabesa.
    – Oh, en absoluto- gritó él. -Por el contrario, es justo su momento.
    Asomaba a sus ojos un brillo inaccesible.
    Viejo griego, me repetí. Quién sabe lo que te ronda en la cabeza.
    Continuamos hablando de la besa y yo le dije que durante toda nuestra historia nacional, el enfrentamiento entre la besa y la pabesa había ocasionado siempre erupciones sin precedentes en la psiquis de nuestro pueblo. Comencé a contarle la masacre de Monastir, donde los turcos asesinaron cobardemente a quinientos cabecillas albaneses, invitados a una fiesta para sellar la reconciliación, pero él me lanzó una mirada que parecía decir: ¡Qué me dices de la masacre de Monastir, cuando tienes la traición delante de tus ojos!
    No dijo nada, se limitó a hacer un gesto con la mano, como si borrara algo de la superficie de la mesa.
    – Está bien- añadió al rato. -Dejemos esta conversación. Mañana me emborracharé, como los personajes de las óperas…
    Reí de buena gana.
    – Mañana todos acabaremos como cubas- dije. -La gente está cansada y según parece necesita emborracharse de vez en cuando.
    – Se aprecia una crisis espiritual en todo- dijo él, sofocando las palabras, arrepentido quizá de haber hablado.
    Una crisis espiritual. Yo observé a la gente que entraba en el cine. La mayoría eran jóvenes, cogidos de la mano o del brazo y sentí de pronto que me invadía una gran alegría, pues me acordé de Lida Snieguina. Nos habíamos visto de nuevo cuando volvió de Crimea y habíamos vuelto al Nieskuchni Sad, al café de la decimotercera planta del hotel Pekín, desde donde se divisaba una buena parte de Moscú, y a todos nuestros lugares de costumbre. El domingo, es decir, al día siguiente, había quedado con ella a las seis y media, en el metro Novoslobodskaia y de pronto, en aquella mesa, en torno a la que poco antes se había estado hablando de khandra, el recuerdo de Lida arrojó sobre mí una oleada cálida, una especie de agradecimiento mezclado de ternura hacia todos los metros que funcionaban día y noche, hacia los trenes, los vendedores de billetes, los taxis que permanecían dispuestos en caso de tardanza y hacia cualquier cosa que permitiera a las personas acercarse unas a otras.
    Fue una oleada tal de calor que me hizo sentirme un poco falsario en aquella mesa donde se había estado hablando de cosas dolorosas. Quise decirle que al día siguiente tenía una cita a las seis y media con una muchacha maravillosa, en el metro, pero en ese instante él, sin mirarme, con la vista clavada en la calle, murmuró: ¡Levanta los ojos, comediante!
    Fingí no haberlo oído y miré también yo hacia afuera, hacia la entrada del metro, imaginando cómo al día siguiente por la tarde ella se acercaría al lugar del encuentro, con aquellos andares suyos ligeros, semejantes a los de todas las muchachas que acuden a una cita, la cabeza erguida, la mirada formando un ángulo de cuarenta y cinco grados con el suelo, solitaria entre la marea de transeúntes, con sus cinco minutos de retraso, cuyo susurro se sentía en cada uno de sus pasos, como un elemento de inquietud y atracción a un tiempo.
    – Sí- dijo él, -lo que has dicho es completamente cierto.
    Lo miré con expresión de desconcierto, sin comprender de qué hablaba.
    – La ópera- añadió poco después. -Sin embargo…
    No entendía nada.
    – Sin embargo ¿qué?
    Sus ojos inquisitivos no se despegaban de mí. Viejo griego, ¿por qué no me dices lo que sabes?
    – Se está celebrando una reunión en Bucarest- dijo. -Un camarada mío, miembro del Comité Central de nuestro partido, me ha contado algo. ¿Sabes algo tú?
    Me encogí de hombros.
    – No sé nada.
    Era verdad que no sabía nada acerca de ninguna asamblea en Bucarest ni en Varsovia. Pero, aunque hubiera oído decir algo, no creo que me hubiera causado tanta impresión como para bajar la voz y adoptar un aire enigmático como estaba haciendo él. En las capitales de los países socialistas se realizaban oda clase de asambleas casi todos los meses.
    – Dicen que también aquí, en Moscú, se prepara una asamblea en el marco de la festividad del 7 de noviembre- prosiguió con el mismo tono de confidencia.
    – ¿Ah, sí?
    – Hace algún tiempo se han constituido una comisión central y las subcomisiones preparatorias correspondientes. Subcomisión política, subcomisión económico-cultural…
    ¿Qué subcomisiones eran ésas?¿Cuándo había oído hablar de ellas para que me produjeran estremecimientos?
    – ¡Vaya! Tú no sabes nada- dijo. -¿Y sobre la reciente visita a Moscú de Vukmanoviç Tempo tampoco sabes nada?
    – Eso sí lo sé- le respondí. -Tú mismo me lo dijiste.
    – Ah, es verdad. Lo había olvidado.
    Estuve tentado de decirle lo que Maskiavicius me había contado hacía dos días sobre los rostros alternativamente sonrientes y sombríos de Jruchov y de Mao Ze dong, cuando se habían entrevistado en el aeropuerto de Pekín pocas semanas antes, pero cambié de idea al instante. Para qué, pensé, lo mejor no es más que un bulo.
    También él estuvo a punto de contarme algo, o quizá eso me pareció.
    – Mañana- dijo poco después, -beberemos.
    – Sí, mañana- repetí también yo.
    Durante el tiempo que permanecimos aún en el café repetimos frecuentemente la palabra mañana de una manera peculiar, casi con cierto alivio. En ocasiones a mí me parecía, tal vez también a él, que durante la jornada del día siguiente nos liberaríamos, como arrojándolos a un cubo de basura, de todos nuestros pensamientos inexpresados, de todas nuestras esperanzas, culpas y recelos mutuos.
    En ocasiones, el domingo me parecía tan aprehensible y concreto que casi diría que tenía relieve, color, hasta creía sentir cómo fluía, cómo se deslizaba bajo nuestros esquís, bajo nuestros pies. Como si en aquella superficie ondulante, blanca hasta el agotamiento, siempre hubiera sido domingo, domingo desde el tiempo de los zares, y aun más atrás, siempre domingo, desde el año 1007 ó 1407. Los lunes, los miércoles, los sábados, hasta los nefastos martes se habían aproximado hasta allí quién sabe cuántas veces, habían merodeado sigilosamente con la esperanza de introducirse de rondón, pero en vano; habían acabado comprobando por sí mismos que no era tan sencillo, así que habían retrocedido en silencio de aquel paraje, donde hacía siglos que imperaba el domingo.
    En torno se alzaban las cenicientas islas rusas y sobre ellas un cielo uniforme, acerca del cual yo había escrito algún tiempo atrás un verso endecasílabo: «Cielo informe cual cerebro necio», que traducido al ruso sonaba aun más sombrío: «Bezformiennoié niebo kak mozg tupitsi, ounylydien zalivaiet oulitsi», y por el que me habían criticado sin piedad en el seminario de poesía.
    El día se escapaba realmente entre mis piernas. Sobre los esquís atados de las formas más peregrinas, la gente aparecía y desaparecía entre los cúmulos de nieve, iban hacia el círculo de escritores, regresaban de allá con movimientos más desenvueltos, después de haberse bebido un buen vaso sobre la marcha, sin quitarse los esquís.
    En realidad, con alguna rara excepción, la mayoría no sabía esquiar, mas ninguno se quitaba las tablas de los pies. Taburokov hasta pretendió entrar con ellos en el lavabo.
    Todos parecían ebrios, más que a causa de las copas de vodka, debido a la uniformidad del cielo, a aquella tristeza horizontal de los maderos de las isbas, a la nieve, entre la cual resultaba más fácil reír (Kurganov afirmaba que el hombre sólo puede reír al cien por cien en la nieve) y sobre todo como consecuencia del encadenamiento de los pies sobre los esquís.
    El día entero fue un ajetreo sin fin, merodear murmurante, desaparición de las personas de la faz de la Tierra seguida de su reaparición, bajo la apariencia de fantasmas desmañados tras los montículos de nieve.
    Con la caída del crepúsculo la ebriedad se acentuó. Aunque no era más que el principio. Era perceptible el acuerdo tácito de que todo sucediera en casa, en Butyrski Kutor.
    El sol se ocultó y todos, como una multitud ruidosa cargada de presentimientos, partimos hacia la estación del tren.
    El suelo de los vagones estaba cubierto de restos de nieve. Los pasajeros observaban nuestra irrupción con curiosidad desdeñosa. Mujeres de la periferia con grandes garrafas sobre las rodillas. Una pareja de jóvenes con el pelo descolorido y las manos aparatosamente entrelazadas. Sobre el cutis áspero del muchacho se apreciaban las huellas de las cuchilladas de los gamberros. Éste era su más reciente estilo de atacar: se colocaban hojas de afeitar entre los dedos y al menor roce hacían brotar la sangre de los rostros de sus víctimas.
    El tren echó a andar. El paisaje familiar iba quedando atrás con rapidez. Ya no tenía la sensación de domingo perpetuo. No, en Peredielkino no había sido jamás domingo, jueves ni nada; allí no había más que día. Un día eterno. El domingo lo habíamos aportado nosotros mismos, como quien lleva un cordero para asarlo en una excursión. Igual que los salvajes habían llevado a Viernes a la isla de Robinson, nosotros habíamos traído nuestro domingo desde Moscú, para destrozarlo sosegadamente entre la nieve, las isbas y el cielo, lejos de las miradas del mundo.
    Ahora todo había llegado a su fin, la noche había caído. Las estaciones periféricas desfilaban una tras otra a gran velocidad. Los vapores del alcohol alteraban nuestra percepción de las cosas. Afuera, sobre la nieve, se divisaban aquí y allá personas cubiertas con pellizas, como surgidas de un cuento ruso. En una de las estaciones subió un alegre grupo de jóvenes, entre ellos dos muchachas con el rostro enrojecido por el frío que lo observaban todo como si estuvieran ebrias. Los cuatro ojos de los Shota se clavaron en los de ellas.
    – Hum, simpaticucho- dijo una de ellas, sin que pudiera saberse a cuál de los dos Shota se refería.
    No había oído nunca añadir a la palabra «simpático» el sufijo «cucho», utilizado por lo general para designar desprecio o fealdad.
    A mi espalda escuché la voz de las Masas de Decenas de Millones que le decía a Abdulahanov: «Te has enterado, resulta que Jruchov se ha pasado tres días en la casa de campo de Sholojov». Nc, nc, nc, chasqueaba la lengua de Abdulahanov. Si me lo hubiera dicho cualquier otro no lo habría creído, pero tratándose de ti, tengo que creerlo. Qué dices, le replicaba las Masas de Decenas de Millones, esa noticia la acaba de dar la radio. Hum, la radio, hum, la radio, comentaba Abdulahanov sosteniéndose la cabeza de tal modo entre las manos que se diría que iba a golpear con ella en los cristales del vagón. Hum, la radio. Un poco más allá, Taburokov permanecía en pie, completamente inmóvil, con un hipo espaciado que le hacía volver los ojos repetidamente como si el hipo fuera un insecto que zumbara alrededor de su cabeza. Tres días de visita, continuaba murmurando Las Masas de Decenas de Millones justo detrás de mi oído. El campesino va de visita a casa del campesino… Chitón… mientras el pueblo armenio… no, yo no he dicho nada… es dichoso…
    Al desplazarme un poco más allá para dejar de oír el parloteo de Artashez Pogosian, mitad en armenio, mitad en ruso, me encontré junto a Shakenov que le estaba recitando a una de las Vírgenes de Bielorrusia «La marcha de las cajas de ahorro» que acababa de terminar. Tres meses antes había publicado «La marcha de los tribunales soviéticos», a raíz de la cual había recibido numerosas cartas de los lectores. Ahora sólo te falta «La marcha de los presos soviéticos», le decía bromeando Stulpanz, pero tienes tiempo para eso, a saber cómo se ponen las cosas en el futuro…
    ¡Tres días de visita! ¡Oh, Dios! Es tiempo de campesinos en Rusia… ¡Chitón! Artashez Pogosian se me había vuelto a acercar y ya no me quedaba espacio para huir de él… Los cuchicheos y los murmullos llenaban todo el vagón. Sin duda habían comenzado a abrirse el corazón unos a otros, a confiarse los argumentos de los dramas y novelas que tenían el propósito de escribir o ya estaban escribiendo. Era algo acostumbrado durante las grandes borracheras. De regreso de Yalta, el invierno anterior, a lo largo de todo el trayecto por la húmeda Ucrania, escuché interminables relatos de aquel género, de noche, en el pasillo del vagón, capítulos de novela y actos enteros de piezas teatrales, siempre viscosos y frecuentemente acompañados del olor nauseabundo de los vómitos. Pero el trayecto desde Peredielkino hasta Moscú era corto y no había tiempo para eso.
    Los Shota habían intentado en vano trabar conversación con las dos muchachas. Busqué entre los pasajeros al griego, pero en su lugar me topé con el rostro amarillento y de ojos desmesuradamente grandes de la profesora de pintura. Era una conocida iconógrafa y yo me di cuenta de pronto de que, al margen de la palidez y la ausencia de relieve de su cara de icono, aún era joven. Ambos nos movimos el uno hacia el otro y cuando nos encontramos me dijo con voz pausada:
    – ¿Y usted, no tiene ningún argumento que contar?
    – ¿A quién?- le respondí sorprendido.
    – A mí.
    Estaba junto a sus ojos como ante una vieja pintura mural con los contornos desvaídos por los estragos del tiempo.
    – Pero se trata de un tema macabro- dije. -Mi argumento…
    – Naturalmente- me interrumpió. -¿Y qué hay de malo en ello?
    Naturalmente no había nada de malo. Hasta pensé que a ella no se le podía contar más que una historia macabra.
    – Quizá se lo cuente más tarde, en Moscú, cuando lleguemos.
    – Como quiera- dijo ella. -Espero.
    Tuve que reprimir un estremecimiento. ¿Qué es lo que esperaba? Volví los ojos hacia el cristal, pero ya no se distinguía nada en el exterior. La oscuridad era absoluta. Unas enormes tinieblas con un movimiento ciego en su interior. Eran cerca de las seis y pensé que no conseguiría llegar a tiempo a la cita con Lida en el metro Novoslobodskaia pero, curiosamente, la idea no me causó la menor inquietud. Si tú supieras, Lida, pensé con tranquilidad. ¿Y qué?, me interrogué a mí mismo después. ¿Qué es lo que debería saber Lida? Nada, me dije. Un vagón de tren de cercanías, sobre cuyo suelo aún crujía la nieve a medio derretir, junto con los argumentos de narraciones y de dramas que jamás se representarían en teatro alguno.

    Llegamos a Moscú hacia las siete. La irrupción de nuestro grupo en la residencia del Instituto fue ruidosa, la mayoría iba dando traspiés y exhibiendo una sonrisa inocente alternada de frecuentes eructos.
    – ¡Vaya, ya han llegado los palomitos!- exclamaba tía Katia desde la conserjería.
    Entretanto, los que se habían quedado en el edificio salieron a puertas y pasillos para recibir a los recién llegados. El aspecto de unos y otros era casi el mismo. El gran edificio se llenó de chirridos, fragmentos de canciones, olor a vodka y estrépito de puertas de los WC. Yo deambulé un buen rato por los pasillos de diferentes plantas, hasta que en un rincón casi a oscuras, muy negro y con su disco de números blancos como dientes de tiburón, me salió al paso un teléfono. Seguramente Lida se había vuelto ya a casa ofendida y furibunda. Eché una moneda de quince kopecs en la ranura del aparato y marqué el número. ¡Halo!, dijo ella. Estaba en efecto ofendida, pero tranquila. Intenté convencerla de que yo no tenía ninguna culpa, pero ella, fría y desdeñosa, parecía estar impaciente por colgar el auricular. Le rogué que volviera a acudir a la boca del metro, pero no aceptó. Casi había perdido la esperanza de verla aquella tarde y esto se me antojaba el mayor de los desastres.
    – Lida- le dije con voz ronca, -tengo una enorme necesidad de ti hoy. Si supieras…
    – ¿Qué?- preguntó. -Su voz, hasta entonces porosa, como rodeada de aura de resentimiento, se aclaró de pronto, se liberó, se aisló en la inmensa y sosegada extensión de la medianoche, donde se diría que se oía el entrechocar de las estrellas.
    – ¿Qué?- repitió.
    – Decía que si supieras qué horroroso es esto hoy y,,,
    Entre ella y yo volvió a restablecerse aquel vacío de medianoche. Después dijo:
    – ¿Te sientes solo?
    – Sí, sí.
    – Bien, entonces- dijo, -salgo ahora hacia el metro. Espérame donde siempre.
    Corrí a la parada del trolebús y veinte minutos después estaba en la boca de metro. Las escaleras mecánicas vomitaban un flujo incesante de gente. Primero aparecían sus cabezas, asombrosamente inmóviles, después los pechos y por último las piernas. Me encontraba en un estado de gran confusión. Allí estaban por fin sus cabellos dorados con aquel fulgor eléctrico sobre ellos. Allí estaba su cuello erguido, cuyo recuerdo me provocaba siempre un amago de dolor. La idea de perder a Lida se encarnaba invariablemente para mí en aquel erguimiento de su cuello, junto a otro cuello.
    – Bueno, aquí estoy- dijo sin una sonrisa.
    – Gracias- respondí.
    Caminamos un rato juntos entre la marea de transeúntes.
    – ¿Has bebido?- me preguntó.
    – No… bueno, muy poco- murmuré. -Ya sabes que no me gusta beber.
    – Pero allí, en vuestra residencia, ¿es verdaderamente tan horrible como decías?
    Hablaba sin mirarme.
    – Sí, sí. Aquello es el infierno.
    Ella movió los hombros.
    – ¿Querrías verlo?- le pregunté.
    – No sé…
    Un sentimiento inexplicable me empujaba a llevarla allí.
    Caminábamos junto a la lúgubre silueta de la cárcel de Butyrski, cuando dijo:
    – ¡Mira, un taxi libre!
    Montamos en él y, sin pensar demasiado lo que hacía, le di al conductor la dirección de la residencia. Las luces del edificio refulgían desde lejos. Un grupo gozoso flotaba en torno a la conserjería, estaban todos como una cuba. Tía Katia misma parecía risueña. En semejantes noches de desenfreno los residentes borrachos hacían regalos generosos. Estaba riéndose a carcajadas con Taburokov cuando me vio e inmediatamente frunció el ceño. Sus pequeños ojos de párpados enrojecidos se clavaron sobre Lida.
    – La documentación, muchacha- dijo.
    Lida se turbó. Miró su bolso, después a mí. Yo no sabía qué decirle.
    – ¿No llevas alguna clase de documento?- le dije en voz baja. -Es una simple formalidad.
    En realidad aquella bruja no le pedía la documentación a ninguna de las chicas que acudían a decenas con sus amigos. Había empezado a hacerlo únicamente conmigo en las últimas semanas. Se trataba sin duda de la historia de la verificación de mis documentos en la comisaría.
    Con dedos nerviosos, Lida abrió el bolso y sacó una especie de carnet.
    – Ah- murmuró tía Katia examinándolo, -el carnet del Komsomol. Hum.
    Bruja, dije para mí. Baba jaga
    .-¿Y por qué les pides la documentación a sus amigos?- intervino Kurganov en mi defensa. -Eso no lo haces con nadie.
    – Tú calla- dijo Tía Katia, -eso es cosa de la naçalstvo, de la superioridad.
    Lida estaba desolada.
    – Sí, ¿por qué le pide la documentación únicamente a tus amigos?- me preguntó mientras esperábamos el ascensor.
    Me encogí de hombros.
    – ¿Eres una persona sospechosa para ellos?- continuó.
    No sabía qué decirle, de modo que volví a encogerme de hombros.
    – Soy extranjero.
    Ella alzó la cabeza un segundo, me miró y volvió a bajar los ojos. Pero en aquella breve mirada creí atrapar un gesto de compasión. Era una compasión generosa, iluminada por una luz lateral. Qué difícil es subir en ascensores extranjeros
    Subíamos. Tras la verja de hierro, en cuyo interior se deslizaba la cabina del ascensor, se distinguían fugazmente los pasillos de las distintas plantas, números, rostros o nucas de personas. Intenté explicarle algo acerca de la residencia y sus moradores. Primer piso: aquí se alojan los estudiantes de los primeros cursos, los que no han cometido aún más que unos pocos pecados literarios. Segunda planta: los críticos literarios, los dramaturgos conformistas, los abrillantadores de la vida. Planta… círculo tercero: los esquemáticos, los aduladores, los eslavófilos. Círculo cuarto: las mujeres, los liberales, los desencantados del socialismo. Círculo quinto: los calumniadores, los delatores. Círculo sexto: los desnacionalizados, los que han abandonado sus lenguas y escriben en ruso…
    El ascensor se detuvo precisamente en la sexta planta. Al abrir la puerta, casi me estrello con Stulpanz quien, sin motivo preciso en apariencia, permanecía allí de pie con gesto atolondrado.
    – Los desnacionalizados- dijo ella. -De modo que tú también has abandonado tu lengua…
    – No- le dije. -Yo soy extranjero.
    Stulpanz clavaba sus ojos diáfanos en Lida.
    – Mira, tampoco este letón la ha abandonado aún- le susurré al oído. -Pero está en proceso.
    – ¡Qué maravilla!- exclamó Stulpanz por Lida, sin dejar de mirarla.
    Era una persona seria que no solía comportarse de aquel modo, pero aquella noche, sin duda a causa de la bebida, no era capaz de controlarse.
    En el pasillo imperaba una animación extraña. Algo retrocedía sin cesar pegado a las paredes, junto a las puertas. Me pareció ver a una parte del grupo de Kara-Kum, que se desplegaba hacia algún lugar, en las proximidades de mi habitación. Cuando Lida y yo nos acercamos ya no se encontraban allí. Sólo vimos a los dos Shota que salían de la escalera de servicio maldiciéndose mutuamente; el uno alto, mofletudo, de mejillas sonrosadas que la cólera inflamaba todavía más, el otro bajito, de aspecto taimado, semejaba todo él una madeja de lana, con el cabello ensortijado donde parecían haber anidado el encono y la maldad para rizarlo y encresparlo como el de un erizo.
    Lida me cogió del brazo, apretándose temerosa contra mí.
    Tras una puerta se escuchaba una triste canción asiática. Más allá se percibían jirones de palabras en una lengua jamás oída.
    – ¡Vámonos!- me apremió Lida en voz baja. -¿Por qué me has traído aquí?
    – Ahora mismo- le respondí. -Vamos a bajar a la planta cuarta. Quizá haya comenzado la apertura de los corazones.
    – ¿Qué es eso?
    – El vómito de los argumentos- dije. -Así se le llama. En noches como ésta se cuentan unos a otros los temas de las obras que no se escribieron jamás. Algunos vomitan en el curso del relato, de ahí el nombre.
    – ¡Qué cosas tan espantosas me cuentas!
    – Bajemos- murmuré, -vas a verlo tú misma.
    Al descender, vimos a Yuri Goncharov que subía.
    – Éste es un donosçik- le dije a Lida.
    – ¿De la quinta planta?
    – Sí. Qué buena memoria tienes.
    Ella se apretó aun más contra mi brazo.
    En la cuarta planta había comenzado en efecto la apertura de los corazones. De dos en dos, rara vez en grupos de tres, se deslizaban lentamente junto a las puertas, sobre todo en las zonas de penumbra, y murmuraban sin cesar. Los vómitos aún eran escasos, pero los rostros lívidos daban prueba de que no tardarían en intensificarse.
    – Jamás escribirán nada de lo que cuentan hoy- le expliqué a Lida. -Escriben otras cosas, con frecuencia completamente opuestas.
    – Por eso no me gustan- dijo ella. -Menos mal que tú no eres escritor- añadió poco después. -No hagas crujir los dedos, por favor.
    Desconcertado, saqué el pañuelo y escupí en él.
    – ¿Por qué vives aquí?- me preguntó. -¿No podrías encontrar otro alojamiento?
    Me encogí de hombros. Ladonshikov es una basura, nos dijo alguien que permanecía apoyado en el quicio de su propia puerta. En las profundidades del pasillo, hacia la zona de las chicas, se oía música.
    Repentinamente se estremeció de repulsión. Ante nuestros pies, sobre el entarimado, había una pequeña mancha que parecía un vómito, o quizá lo fuera en realidad.
    – Parece vómito de dramaturgo- dije.
    – Basta, por favor. Vámonos de aquí.
    Subíamos otra vez las escaleras. Ante nosotros pasó Maskiavicius con la nariz ensangrentada. Quise saludarlo, pero Lida me tiró de la manga.
    – ¿Qué te pasa?- le pregunté.
    Aspiró profundamente.
    – ¿Qué es lo que te ocurre hoy?- dijo. -Te encuentro brutal.
    La verdad es que estaba muy nervioso. No comprendía el motivo, pero sentía un deseo irrefrenable de hacer, mejor dicho de deshacer cualquier cosa. Tenía la impresión de que algo se había desencajado en mis rodillas, en mis codos y en torno a mis mandíbulas. Sentía amargor en la boca.
    – ¿Qué haces?- dijo ella en tono de queja. -Me haces daño en el brazo.
    Me volví bruscamente y le lancé una mirada casi de odio. He aquí por qué no lograba controlarme aquella tarde. La causa de mi nerviosismo era ella. Era toda su figura, su rostro orlado por aquellos cabellos como protuberancias solares, su pureza, su corrección, su cuello blanco que desafiaba como un obelisco a todo lo que la rodeaba, incluyéndome a mí mismo. ¡De modo que eras tú!, me dije, presa de una suerte de locura. ¡Bien, pues ahora te vas a enterar! Un deseo incontenible de ofenderla se me arrugó en el pecho como un nudo.
    – ¿Qué te pasa?- repitió suavizando la voz. Sus ojos eran compasivos, como velados por un vaho azulado. -¿Qué tienes?- insistió.
    Ahora te enterarás, mi pequeña bruja, dije para mí. Estábamos en la planta sexta y yo me apoyé de espaldas en la red metálica del ascensor. Comprendió que me disponía a decir algo importante y con la boca medio abierta, con huellas de sufrimiento en las mejillas, esperaba.
    – Escúchame- le dije en voz tan baja que apenas pasaba a través de mis dientes y, mirando alrededor como si le estuviera confiando un terrible secreto, le susurré medio en albanés medio en ruso algo que ni yo mismo comprendí.
    Me miró con sosiego; después, poniéndome una mano sobre el hombro, acercó su cabeza a la mía pretendiendo descubrir algo que se encontrara en el fondo de mis ojos, algo imperceptible en el interior de mi cráneo. A continuación, como si me dijera: ya estás desenmascarado ante mis ojos, tú eres un asesino, un miembro de la mafia, del sionismo mundial, del Ku Klux Klan, pronunció en voz baja y ronca:
    – Tú también eres escritor.
    Estuve a punto de echarme a reír.
    – Sí- le respondí. -Soy escritor y desgraciadamente no estoy muerto.
    Durante un rato permanecimos ambos con las miradas entrelazadas.
    – Había empezado a sospecharlo- suspiró con voz casi sofocada.
    Sentí de pronto que el efecto de mi asentimiento no era tan destructivo como yo esperaba, de modo que me apresuré a desbaratarlo todo. Le dije que también yo, si no se marchaba cuanto antes de allí, vomitaría igual que los demás y no en el pasillo sino desde las ventanas, directamente sobre las cabezas de los transeúntes, sobre los taxis, desde la planta sexta, desde las torres del Kremlim, desde, desde…
    Con los ojos desorbitados, ella se había llevado una mano a la boca mientras con la otra apretaba el botón del ascensor. La cabina débilmente iluminada llegó por fin y sólo cuando abrió la puerta y penetró en su interior, comprendí que se iba. Quise abrir la portezuela, pero la cabina ya había comenzado a descender. Entonces, con la pretensión de adelantar al ascensor, comencé a bajar las escaleras alrededor de la red metálica, en el interior de la cual Lida bajaba y bajaba sin cesar. Yo, lo mismo que muchos otros antes de mí, estaba envolviendo el vacío de aquella columna monumental, me enroscaba como un ornamento clásico, estilo dórico, jónico, corintio, en torno a la columna del emperador Trajano, con los bajorrelieves de escenas guerreras, los escudos, la sangre, los caballos, cuyos cascos me aplastaban la cabeza.

    Al llegar abajo, la puerta del ascensor estaba abierta y la cabina vacía. Lida se había ido. En el pasillo estaba Stulpanz.
    – He visto a tu amiga- me dijo. -¿Por qué la has dejado marchar tan pronto?
    Balbuceé algo incomprensible.
    – Qué maravilla de muchacha, y qué necio eres tú por no saberla apreciar.
    – Ya que te gusta tanto, quédatela- le respondí.
    A Stulpanz se le desorbitaron los ojos.
    ¿De dónde procedía aquella euforia, aquella especie de regocijo vengativo? Ah, sí; al decirle a Stulpanz: "Quédatela", experimentaba la turbia ilusión de que la ofendía a distancia, la vendía, la trataba como esclava de un harén. Sabía de sobra que no era ni mucho menos así, que no tenía ningún poder sobre ella, pero la seguridad con que le dije aquello a Stulpanz me proporcionó en cierto modo ese sentimiento.
    – Quédatela!- le repetí. -Lo digo en serio. Te la regalo.
    – Espera- reaccionó él, -espera, explícame un poco…
    – No hay espera que valga- le dije. -Te la regalo y punto.
    Era un comportamiento absurdo pero, curiosamente, me sentía aliviado.
    – Pero ella…- dudaba Stulpanz, -cómo puede…
    – Toma su teléfono- dije sacando un pedazo de papel del bolsillo, -telefonéale alguna tarde y dile que me he ido, o que estoy loco, o… espera, dile mejor que he muerto. ¿Me entiendes? Dile que me he matado en una catástrofe aérea.
    Como un relámpago atravesó mi cerebro la idea de que, creyéndome muerto, ella pensaría en mí con ternura, quizá hasta me quisiera, y sentí de pronto que algo se aflojaba en la parte baja de mi pecho.
    Stulpanz me miraba confuso.
    – No- dijo por fin, -no me gustan estas cosas- y me tendió el pedazo de papel con el número de teléfono.
    – Qué bruto eres- le dije. -Yo ya la he perdido definitivamente. Es preferible que te la quedes tú antes que un esquimal, o un judío del Uzbekistán.
    Le volví la espalda y comencé a subir las escaleras. En una de las primeras plantas había baile. Mis últimas palabras habían sido completamente sinceras. Las siluetas danzantes se prensaban detrás de una puerta de cristal. De vez en cuando pensaba en Lida, que se alejaba sola en aquel instante a través de Moscú. Afuera es de noche, hace frío y las calles están llenas de tártaros, pensé mientras rebasaba la planta de los eslavófilos. Ahora te dedicas a componer baladas, me dije poco después. En la cuarta planta me mezclé con los desengañados que caminaban murmurando, por parejas o de uno en uno, a lo largo del pasillo. Quizá por la débil iluminación, o por la estrechez del pasillo me parecían más altos que en las salas del Instituto. Tal vez que la gente desengañada te parezca siempre más alta de lo que es, pensé. Retazos de argumentos expresados en voz alta o en susurros llegaban hasta mis oídos, unas veces por la derecha, otras por la izquierda. Aparecían en ellos secretarios que robaban los lechones del Koljoz, ministros impostores, generales palurdos y deformes, miembros del Presidium, del Buró Político, que creían en Dios, se espiaban unos a otros y ocultaban una parte de sus ingresos bajo tierra, en las isbas, en previsión de los días de penuria. Ciertas novelas describían las dachas lujosas de los altos funcionarios, las francachelas, las propinas que recibían y los bailes de sus hijos desnudos. Otras mencionaban ciertas revueltas, si no verdaderas insurrecciones en regiones diversas del país, hablaban de sordas masacres, de proliferación de las sectas religiosas, de deportaciones, cárceles y crímenes, de monstruosas diferencias de salario entre los obreros «dueños del país» y los cuadros superiores del partido y del Estado, «servidores del pueblo». Cien contra uno, así se titula mi drama, decía alguien cerca de mí. ¿Tú crees que yo cuento cómo combate un soviético contra cien soldados alemanes, un revolucionario contra cien zaristas o un norcoreano contra cien americanos? No querido palomito, no hay nada de eso en mi drama. Cien contra uno. Significa que el sueldo de un personaje es cien veces superior al del otro y lo más asombroso es que los dos son personajes positivos. Ja, ja, ja, ja, ja, estallaba el otro en carcajadas. Sí, sí, así es como acaba la obra, con una carcajada, continuaba el primero. Ja, ja, ja, empieza a reírse el personaje del sueldo pequeño. Entonces todo el escenario se echa a reír, ja, ja, ja, y la risa se transmite a la sala, y de la sala afuera, a la ciudad invernal. Tras lo cual Piotr Ivanov se irá a pasar una temporada a la prisioncita de Butyrski. Ja, ja, ja, decía el que escuchaba.
    «Yuri Goncharov», dijo alguien con voz ahogada y al instante todas aquellas novelas, dramas y poemas experimentaban metamorfosis aterradoras: el secretario del partido, alto y de anchas espaldas, le cedía su propia chaqueta al camarada que tenía frío; el delegado del comité del Partido, a quien en el primer acto de la primera versión se veía destilando vodka clandestinamente, olvidaba ahora recoger el sueldo, pues estaba pendiente de la revolución mundial; las insurrecciones se transformaron en festivales de koljosianos aficionados al arte, las masacres en ceremonias de distribución de premios, los jóvenes que danzaban desnudos en las dachas en voluntarios para roturar nuevas tierras. Y justo después comenzaron los vómitos.
    Me di media vuelta y me adentré como un ciego en la otra zona del pasillo donde se alojaban las mujeres. Tenía mal sabor de boca. Ante una puerta me pareció ver a las Vírgenes de Bielorrusia y un poco más allá, con el desprecio dibujado en su rostro lerdo, con un cigarrillo Kazbek en los labios, su oponente, la Bella Ahmadulina, la mujer de Evtuchenko. Estaba en el cuarto curso y siempre que me la encontraba en las escaleras, rebosante de salud y con su blancura de leche en la piel a pesar de su origen tártaro, pensaba involuntariamente en el esfuerzo que aquella mujer -en quien la maternidad potencial emanaba de todo su ser excepto de sus versos, donde jamás se mencionaba- tendría que hacer para ir a la última moda.
    – Bon aksham, Bella- le dije entre dientes.
    – Aksham- respondió ella, sin quitarse el cigarrillo de los labios.
    Se ignoraba quién había inventado los últimos meses aquel «buenas tardes» medio francés medio turco, el caso es que había sido adoptado prácticamente por todos. Aksham, me repetí sin apartar la mirada de la cara blanquecina de Bella, donde la tristeza se expandía en círculos concéntricos. Esa misma tristeza aparecía después en las elipses de cosmético en torno a sus ojos para extenderse y adquirir las dimensiones del Sáhara con los polvos de destellos lunares en su cuello. Aksham, pensé, ¡qué majestuosa palabra! Esta noche es justo aksham. No es ni evening, soir ni mucho menos veçer sino aksham. Aksham sobre las heladas estepas rusas, sobre los teléfonos de los vigilantes, sobre las ciudades, los koljoses, las memorias de la guerra civil, la nieve, los cañones y los soviets de las dieciséis repúblicas. Aksham sobre el Estado más extenso del mundo.
    Y he aquí que apareció la profesora de pintura. Se encontraba al fondo del pasillo, casi fundida con la pared y no apartaba sus ojos de mí.
    – Espero- dijo en voz muy baja el icono.
    Me detuve, con la mirada sobre mis rodillas.
    – Me prometió usted un argumento- continuó la voz de la pared, -un argumento macabro.
    Finalmente di un paso hacia ella. Su cara estaba muy cerca de la mía, pálida, con un tenue enrojecimiento enfermizo en ambas mejillas. Macabro, repetí como si hubiera escuchado mi propia sentencia. Me aproximé aun más a su cara y suavemente, sin poner las manos sobre sus hombros inmóviles, posé mis labios en los suyos. Con el mismo gesto cuidadoso retiré la cabeza, como si temiera que la pintura mural fuera a derrumbarse atrapándome bajo sus escombros. Retrocedí unos pasos, a continuación me volví y me alejé rápidamente, casi con pánico, hacia el otro extremo del pasillo. Eh, chino, decía alguien con el rostro pegado al ojo de la cerradura de la puerta de Ping. Eh, «que se abran cien flores», o cien espinas, o quienquiera que seas tú ahí, abre un momento la puerta, quiero decirte algo. En el interior de la habitación el silencio era absoluto. Ladonshikov es una basura, volví a escuchar una voz desde un rincón, pero no volví la cabeza. Eché a correr por las escaleras y llegué casi sin aliento a la sexta planta. La primera persona con quien me topé fue Taburokov. Según venía hacia mí, me pareció una visión azulada, con aquel escaso mechón de cabellos negros sobre el cráneo redondo, que el sudor hacía parecer volutas de humo encima de la llama azul de un hornillo de gas. "Nkell gox avahl uhr", me dijo en tono amenazante, pero yo me zafé y seguí adelante. Un mongol se ha tirado desde el quinto piso, decía alguien. Llamad a urgencias, al hospital.
    En el pasillo en penumbra había una sorda actividad. Los desnacionalizados iban y venían en medio de un barullo sosegado, cargado de querellas sofocadas. A veces se escuchaba un ruido también sordo, bum, bum. Era sin duda Abdulahanov quien, como de costumbre, hacia la tercera hora de la borrachera comenzaba a darse golpes con la cabeza en la pared de su habitación. "Hran Xingeth frull ckell firau hie", oí murmurar frente a mí. Era el grupo de Kara-Kum, que se movía hecho un ovillo al fondo del pasillo. Hablaban en sus lenguas medio muertas y las palabras silbaban como una tormenta de arena, abrasadas por el sol implacable del desierto. "Auhr, auhr, nkr, ub". Quise marcharme, salvarme de aquella polvareda que parecía crujirme ya entre los dientes, que me cubría con su anonimato. Caí, queridos camaradas, caí. "Krauhl ah rk meit". Más allá del puente de La Meca. A la derecha, por fortuna, se encontraba el oscuro pasillo que conducía a los apartamentos vacíos y me interné por allí. Caminaba por él completamente aturdido cuando sentí algo semejante a un murmullo de canas y de agua. Me pareció que mis pies se enterraban en el barro, que me hundía, que era poco a poco absorbido por el cenegal de la tundra. Junto a mí, ignoro de dónde, había aparecido Kiuzengueshi. "Bon aksham", le dije en voz baja. "Junalla hanelle avuksi", contestó él. No había oído nunca su voz. Mientras él continuaba hablando, yo me esforzaba por encontrar el modo de aferrarme a la pared, para no ser absorbido. El, que siempre había sido tranquilo y ensimismado, hablaba ahora con brutalidad aunque nunca en voz alta. Su cólera se veía más que se oía. Se adivinaba sobre sus dientes torcidos, entre los que escapaban palabras fúnebres como manchas blancas. Aquellos dientes parecían losas de tumba, medio hundidas en un cenegal. Le di la espalda y me encontré de nuevo en el pasillo de la sexta, donde los desnacionalizados estaban ahora mezclados los unos con los otros, hablando todos en sus lenguas desaparecidas o a punto de extinguirse. Era un delirio aterrador. Desfigurados por el alcohol, sudorosos, enlodados, con churretones resecos de lágrimas bajo los ojos enrojecidos, hablaban con voz desgarrada en lenguas que habían abandonado; se golpeaban el pecho, sollozaban, juraban que no las abandonarían, que las hablaban en sueños, se culpaban de su bajeza por haberlas dejado allá a merced de la montaña o el desierto, a ellas, sus madres, a cambio de aquella madrastra, el ruso.
    Estaba completamente desconcertado. Jamás hubiera imaginado que llegaría a ser testigo en toda mi vida de un remordimiento de conciencia de tales proporciones. "Meilla ubr", dije, ni yo mismo sé por qué.
    Ellos continuaban hablando. En medio de aquel caos de palabras de lenguas muertas o enfermas, flotaban frases en ruso, emergían aquí y allá como pequeños islotes perdidos en el mar oscuro de su conciencia colectiva. Mi lengua se me aparece convertida en fantasma, gritaba sin cesar uno, como si despertara aterrado de una pesadilla. Mi cuerpo se estremeció. ¿Cómo sería el fantasma de una lengua? Frullxhek frullxhek hain. Ikunlukut uha olalla. Déjame en paz. Ah, onc kllxg buhu. Meit aman, meit aman, sin caballo ni deseo de buen viaje. Este otoño tuuli lakamata. ¡Oh, estrella, jullduz et, hakr bil, lengua querida!
    No puedes decir que lo he hecho yo, de modo que no sacudas contra mí tus… sufijos ensangrentados…
    Basta, me dije. Me tapé los oídos con las manos y, caminando así me abrí camino a duras penas entre ellos, hasta llegar a mi habitación. Me eché de bruces sobre la cama, sin apartar las manos de los oídos. ¿Qué país es éste y por qué estoy yo aquí?, me pregunté. No era capaz de continuar pensando. Tenía deseos de llorar y no podía. En dos o tres ocasiones una especie de sollozo me estremeció los hombros, pero era un sollozo estéril.

CAPITULO IV

    "Doctor… doctor…; ayúdeme… estoy muy mal…; ¡ah!… doctor Zivago… doctor Zivago… miserable…"
    Qué ocurre, me dije entre sueños acurrucándome un instante más bajo el cobertor. ¿Quién llama al médico de ese modo y cómo ha podido entrar en mi habitación? Tenía la mente turbia después de la noche pasada y me era imposible comprender nada. Alguien se encontraba mal, sin duda por la borrachera de la víspera, quizá Stulpanz, puede que alguno del grupo de Kara-Kum, y reclamaba el auxilio del médico. Que se vaya al diablo, me dije; yo no soy médico ni hay razón para que me llamen por el ojo de la cerradura. Me tapé los oídos con el extremo del embozo e intenté volver a dormir, pero fue imposible. Aquel lamento sofocado, «doctor, doctor» se oyó de nuevo. La voz llegaba a duras penas hasta mi cerebro. Alguien continuaba reclamando ayuda, gemía, lanzaba sordas amenazas. Vete al diablo, volví a repetir; has estado bebiendo como un cerdo toda la noche y ahora pides ayuda. Hundí la cabeza entre los almohadones y me esforcé por conciliar el sueño. Sentía cómo la voz me seguía llamando, uniforme, insistente. De dónde ha sacado que soy doctor, pensé adormilado. Doctor… doctor… Basta, dije para mí, sólo esto me faltaba después de lo de anoche. Me despojé del cobertor maquinalmente y presté atención. Era una voz extraña que al cabo de unos segundos pareció adquirir nitidez y sacudirse los zumbidos parásitos que poco antes la acompañaban en mi conciencia adormecida, para sonar a continuación de forma distinta, desnuda, severa, inhumana: «…la burguesía, en aras de sus propios objetivos, esta infame obra antisoviética. La novela Doctor Zivago, de Boris Pasternak, es expresión de…»
    Sacudí una vez más la cabeza y sólo entonces comprendí que me había dejado la radio encendida toda la noche. Cambié de postura para oír mejor, pero mis ideas continuaban siendo confusas. El locutor hablaba con tono irritado acerca de un cierto doctor, de una cierta novela sobre un doctor. Doctor Zivago, doctor Zivago. ¿Dónde habría oído yo ese nombre? Ah, espera, en el apartamento abandonado: naturaleza muerta con lata de conserva y manuscrito. Probablemente era aquel manuscrito sobre el que el locutor derramaba incesantes maldiciones. Por un instante sentí deseos de reír: unas cuantas hojas escritas a máquina junto a una botella vacía de vodka… ¿Acaso merecía la pena que Radio Moscú se ocupara del caso tan de mañana?
    «…esta rastrera provocación de la burguesía internacional. La concesión del premio Nobel a esta novela reaccionaria…».
    Fiu, dejé escapar un silbido. De modo que el asunto es serio. Y volví a sacudir la cabeza. Una novela titulada Doctor Zivago había obtenido el premio Nobel. Era una mala novela, muy mala, extraordinariamente mala.
    Con la cabeza medio cubierta por el almohadón escuché lo que decía la radio. La mañana era sombría. Por las ventanas de doble cristalera penetraba una iluminación cenicienta, que apenas envolvía los objetos de la habitación. Todo era lúgubre, gris, a excepción del rectángulo débilmente iluminado de la radio, de donde procedían palabras igualmente sombrías, semicongeladas… los pueblos soviéticos… indignados… calumnias… despreciables calumnias… esta novela contrarrevolucionaria… la maravillosa realidad soviética… arroja barro…
    ¿Podrían verdaderamente contener tanta abominación aquellas hojas junto a la botella y la lata vacías? Las había tenido en mis manos sin sospecharlo. Espera un momento, me dije poco después. ¿De quién era la obra? Me parecía haber oído el nombre de Boris Pasternak. Agucé el oído nuevamente y presté atención. Era en efecto él, Boris Pasternak. Su nombre se mencionaba dos o tres veces cada diez segundos. Qué extraño. No hacía dos meses que había visto a Pasternak durante uno de nuestros paseos a Peredielkino. Íbamos caminando fuera ya de la población, cuando Maskiavicius dijo: ésa es la dacha de Pasternak. Era una gran villa de dos plantas con amplias cristaleras en la superior. ¡Ahí lo tienes!, me dijo Maskiavicius poco más tarde, señalando el terreno baldío frente a la casa. Lleno de curiosidad me detuve junto a la verja. Había oído su nombre con frecuencia durante las horas de apertura de los corazones, a algunos con admiración, a otros con odio, y ahora me sorprendía verlo a unos cuantos pasos, cavando la tierra frente a su dacha. Con un simple casquete en la cabeza, con botas y sus firmes quijadas, tenía más que nada el aspecto de un vicepresidente de koljoz. «…Adoptando así el papel de agente de la burguesía internacional, Boris Pasternak…».
    El premio Nobel y las mangas arremangadas de aquella camisa, comprada sin duda en la tienda del koljoz más próximo, eran difícilmente compatibles.
    Me levanté, me vestí y salí al pasillo. En la penumbra distinguí algunas siluetas de personas que, debido a la hinchazón de sus ojos, apenas resultaban reconocibles y apenas podían reconocerme. Eran casi las ocho y media, pero la mayoría dormía aún. Se me ocurrió ir al apartamento vacío para ver aquel… manuscrito maldito, pero enseguida cambié de idea. ¿Qué necesidad tenía de mezclarme en una historia con la KGB, con mayor razón ahora que tenía la certeza de que tía Katia tenía instrucciones de pedirle la documentación a todo el que me visitara? En los lavabos colectivos que utilizábamos por las mañanas no había nadie. Las mujeres de la limpieza ya habían fregado los vómitos y todo aparecía frío y reluciente. Me contemplé un instante en el espejo. Tenía unas enormes ojeras, el ojo derecho más enrojecido a causa de lo que parecía una hemorragia interna y la cara de un tono terroso. Si me viera Lida pensaría que estoy realmente muerto…, me dije y al instante sentí un pinchazo en el pecho: Lida en el ascensor… la columna de Trajano… la entrega de su número de teléfono a Stulpanz… Qué idiota, me dije a mí mismo. Cómo has podido hacer eso, idiota.

    Mientras atravesaba la plaza Pushkin camino del Instituto, observé que la gente que hacía cola en la taquilla del Cinema Central leía los periódicos con particular fruición. Al parecer la prensa también había iniciado su campaña.
    Soplaba un viento frío que tenía algo de ciego y de ingrato. Atravesé rápidamente el cruce de la calle Gorki, compré unas aspirinas en la farmacia de enfrente y me apresuré junto a la verja del jardín del Instituto para llegar a tiempo a clase.
    El profesor acababa de entrar. Empujé la puerta suavemente y entré en el aula que me pareció casi vacía. La mañana era muy oscura y me pregunté por qué no habrían encendido las luces. Quizá no hubiera corriente eléctrica. Después de tomar asiento divisé dos siluetas junto a las ventanas y otra más en un rincón que me pareció Shoguenchukov.
    El profesor consultó el reloj, se lo acercó a los ojos para leer mejor la hora, después miró dubitativamente en torno como preguntando: ¿qué es lo que sucede? Encima de su cartera se veía el periódico de la mañana con el gran titular en negro sobre Pasternak.
    Reconocí entonces a una de las dos siluetas de la ventana. Era Anteo. El del rincón era realmente Shoguenchukov. Nunca faltaba a las primeras clases; era, según él mismo declaraba, una costumbre adquirida durante su período de primer ministro, cuando convocaba las reuniones del Gobierno a las siete de la mañana. Permanecía ahora acurrucado en un rincón, como si estuviera congelado.
    Se abrió la puerta y entraron las Vírgenes de Bielorrusia e inmediatamente Yuri Goncharov. Todos llevaban en la mano la Literaturnaia Gazeta. Después se dibujó en el umbral la figura completa, solemnemente sombría de Ladonshikov.
    – Buenos días, camaradas- dijo con entonación peculiar, mezcla de susurro, desvelo por la causa común, mortificación fúnebre, amenaza, nostalgia administrativa y crujir de dientes.
    A medida que entraban, todos accionaban el interruptor de la luz y, volviendo sucesivamente la cabeza hacia las lámparas y hacia el estrado, murmuraban algo sobre la corriente eléctrica. Ladoshikov hizo lo mismo, tras lo cual se dejó caer en su asiento y abrió el periódico. Vot podlets, qué canalla, dijo por fin. Entre el periódico desplegado y su cara se estableció de pronto una relación sorprendente: los títulos de los artículos y sus cejas, los subtítulos y sus labios, incluso las letras y sus dientes se fundieron en un todo armonioso.
    El profesor había iniciado la lección. Aunque eran las nueve y media, la sala aún estaba en penumbra. La luz del día apenas llegaba hasta la reproducción del cuadro de Repin situado en la pared frente a las ventanas. Era un cuadro del que nunca había leído el pie, con unas caras rígidas de consejeros de Estado, o miembros del consejo de redacción de una revista que no salía jamás, o de un consejo de guerra que no había hecho ni haría nunca guerra alguna, un cuadro que tenía la virtud de hundir aún más el estado de ánimo siempre que éste decaía.
    – ¿Qué es lo que te ha pasado?- me dijo en el descanso Anteo-. ¿Qué es ese arañazo que tienes en la frente?
    Me llevé la mano a la cabeza y noté efectivamente un ligero dolor.
    La verdad es que no lo sabía. Puede que me hubiera arañado con la reja del ascensor, o que alguien me lo hubiera hecho con las uñas.
    – ¿Duró hasta muy tarde la borrachera?
    – ¡Uf, no me hables!- exclamé yo.
    Él vivía solo, en un apartamento en la calle Nieglinaia y aún no sabía nada de lo sucedido.
    – ¿Te has enterado de lo de Pasternak?
    Asentí con un gesto. En sus ojos inteligentes había un centelleo de ironía.
    Poco a poco se fueron reuniendo todos. Pálidos, con el rostro ceniciento, algunos color cobalto, con las mejillas acrecentadas en detrimento de las cuencas de los ojos, o al contrario, con las cuencas de los ojos ensanchadas invadiendo el rostro como una erosión. Entraban en el pasillo y se quitaban los pesados abrigos sin que a ninguno le faltara el periódico en la mano. Resultaba asombroso que sus ojos, en el estado en que se hallaban, conservaran la facultad de leer ni siquiera los grandes titulares. Pensé que a cualquier persona normal se le revolvería el estómago con sólo toparse con ellos de pronto. Daba la impresión de que durante su atormentado sueño se hubieran arrancado los ojos, los hubieran dejado sobre las ropas amontonadas y por la mañana, al levantarse aturdidos, los hubieran recuperado a tientas entre el desorden para plantárselos precipitadamente en la frente, la mayoría atravesados, y así hubieran corrido hacia el Instituto.
    La siguiente lección era de historia de la pintura y mientras entrábamos, la profesora se me acercó y me sonrió con frialdad.
    – Su argumento era maravilloso- dijo.
    – ¿Qué argumento?-dije casi aterrado. -No sé nada de ningún argumento.
    Ella continuaba sonriendo.
    – Un ejército vivo mandado por los fantasmas de un general y un cura muertos- continuó ella. -Es un magnífico hallazgo.
    – No es exactamente así- murmuré yo, aunque no me apetecía hacerle mayores aclaraciones. -Creo que es al contrario. Un ejército muerto, mandado por un cura y un general vivos.
    – ¿Ah, sí?- exclamó ella y ladeó la cabeza, mientras yo pensaba: ¿cuándo diablos le he contado yo eso? No me acuerdo de nada. -Tanto mejor- prosiguió. -De ese modo lo encuentro aún más bello. ¿Se ha enterado de lo de Pasternak?
    – Sí.
    Ella inició su lección, pero nadie la escuchaba. Todos tenían la mente en alguna otra parte.
    Al siguiente descanso la mayoría salió afuera. El patio estaba lleno de gente y más animado que de costumbre. Todos, estudiantes de los primeros cursos, profesores, aspirantes, estudiantes de los cursos superiores llevaban en la mano, desplegado o doblado después de haberlo leído, la Literaturnaia Gazeta. Algunos leían el Pravda y el Izvestia y en todos aparecía en portada lo mismo: la denuncia de Pasternak. Incluso el diario económico, que uno de los Shota había conseguido sabe Dios dónde, dedicaba también su primera página a denigrar a Pasternak.

    Todos hablaban del asunto, algunos con brutalidad, otros con temor. El premio Nobel, ¡oh! ¡aparta, la peste! El mal procedía de Escandinavia. Pero si Sholojov va todos los años a Suecia para recordarles a los académicos que existe, decía alguien a mi espalda. Calla, le dijo su interlocutor. No seas bocazas. ¿Qué premio es el Nobel ese?, le preguntaba Taburojov a una de las Vírgenes de Bielorrusia. Creo haber oído hablar de él. Es un regalo envenenado de la burguesía internacional, le explicó ella. ¿Y la vieja hiena, Ehremburg, qué dice?, murmuró a mi espalda Maskiavicius, que parecía ir en busca de alguien con quien hablar. Yo lo eludí discretamente pero él, tras cambiar dos o tres frases con unas caras medio desconocidas, se pegó al chino Ping.
    – ¿Qué piensas tú de Pasternak?
    «Que se abran cien flores y compitan cien escuelas» lo miró con gesto desconcertado.
    Maskiavicius le hizo dos o tres preguntas más, pero no había modo de que el chino abriera la boca. Entonces el otro le lanzó un insulto a su madre, que al parecer el chino no comprendió bien pues, en cuanto Maskiavicius le dio la espalda, sacó su pequeño diccionario de bolsillo y se puso a hojearlo, como solía hacer siempre que oía algo que no comprendía.
    Alguien llevaba un transistor encendido y el locutor continuaba hablando de Pasternak.
    – Por lo que se ve, la campaña se extiende a toda la Unión Soviética – le dije a Anteo.
    – Todo parece un poco comedia- dijo él.
    – ¿Por qué?
    Miró a derecha e izquierda y después, bajando la voz, me susurró.
    – ¿Recuerdas esa balada de Goethe en que alguien invoca a los espíritus para que le ayuden a coger agua y después no sabe cómo deshacerse de ellos?
    – ¿Quieres decir que Pasternak es un espíritu de esa clase?
    – No sólo él- dijo Anteo. -Hace unos años se apeló a muchos semejantes; no se les pedía más que tomar parte en la campaña contra Stalin.
    Yo lo escuchaba con atención.
    – Pues no escatimaron su participación- dije. -Así es. Aquéllos trabajaron bien, pero los fantasmas no dejan de ser fantasmas y no se los puede mantener largo tiempo en casa. ¿No es verdad?
    Asentí.
    – De modo que ahora quieren quitárselos de encima- continuó el griego. -¿Comprendes?
    – Comprendo- le dije. -Dame un cigarrillo. Así que los fantasmas han sido traicionados.
    – Justamente- asintió tendiéndome el cigarrillo. -Hace tres años que se publicó en Occidente Doctor Zivago y éstos ni siquiera lo mencionaron. Ahora le han concedido el Nobel y se ven obligados a tomar posición.
    – Yo he leído unas cuantas páginas por casualidad- dije.
    – ¿De verdad?¿Y cómo es eso?
    – Unas hojas mecanografiadas. Las encontré en un apartamento vacío. Pero no sabía de qué se trataba.
    – No se lo digas a nadie. Puedes meterte en un lío sin ton ni son.
    – ¿Y qué van a hacer ahora con Pasternak?- preguntó alguien.
    – Vete a saber. Puede que lo deporten.
    – ¿Cómo?
    – Digo que puede que lo deporten. ¿No te acuerdas de Ovidio, el romano? Lo deportaron a Rumania.
    – Calla, estúpido.
    – ¿De verdad crees que pueden hacer eso?- le pregunté a Anteo.
    – No me extrañaría.
    – A Rumania- continuaba alguien a espaldas nuestras, -como Ovidio…
    – Parece que allí continúan las discusiones- dijo el griego. -Unas discusiones un poco extrañas…, aunque no sé nada concreto.
    – No temas, no te voy a preguntar.
    El mal procede de Rumania, pensé al borde de la somnolencia. No había sido casual que la noche anterior se me apareciera la columna de Trajano. Aún tenía la cabeza dolorida por los cascos de los caballos de los contendientes romanos y dacios.
    – ¿Y Vukmanoviç Tempo, se ha ido ya de Moscú?-le pregunté.
    – No lo sé- dijo el griego. -Puede que esté aún aquí.
    Sonó la campana anunciando la última lección y el patio se vació. Por el suelo quedaron esparcidos pedazos de un periódico que alguien había utilizado como envoltorio y después había tirado. En los fragmentos rasgados se leían jirones de palabras RNAK o VAGO, después ZHIV, STERN o PAST.

    Veinticuatro horas más tarde la campaña contra Boris Pasternak proseguía en toda la URSS. En la radio, a partir de las cinco de la mañana y hasta la medianoche; las emisiones televisivas; en todos los periódicos y revistas, incluyendo las infantiles, abundaban los artículos y ataques contra el escritor renegado. Se publicaban o se transmitían sin descanso telegramas, cartas, protestas, declaraciones de obreros, de koljosianos, de unidades militares, de la intelectualidad creadora y en particular de los escritores. En la primera página de Literaturnaia Gazeta habían aparecido, entre otras, las declaraciones de Nuftula Shakenov y de Ladonshikov. La mayor parte de los integrantes de nuestro curso habían enviado ya sus declaraciones y se mantenían a la espera de que fueran publicadas, incluyendo a Taburokov, quien aún creía que el premio Nobel era concedido por el Gobierno americano en colaboración con los judíos de Nueva York; y Maskiavicius, quien la noche anterior me había dicho que Pasternak, aunque fuera un miserable, valía cien veces más que todo el resto de los desechos de la literatura soviética.
    Salía de la última clase cuando me dijeron que tenía una carta en la conserjería. En el sobre reconocí la escritura de Lida. Mientras lo abría, se me ocurrió que nunca había abierto un mensaje suyo con tanta exaltación. La carta estaba franqueada por la mañana y comenzaba sin encabezamiento alguno:

    Desde que nos conocimos me has gustado siempre, pero nunca llegué a enamorarme de ti. Anteanoche te quise, no sabría decir por qué. Quizá el amor llegó a fuerza de compasión. En ruso antiguo los conceptos amar y compadecer se confundían, sólo más tarde se diferenciaron. Aquella noche parecías tan desamparado que se me quebró el corazón. Todo acude a mi memoria como un mal sueño. No importa que nos hayamos separado. Tan sólo quisiera que guardaras de mí un buen recuerdo. En cuanto a mí, recordaré esa noche con terror, pero a ti con compasión (con amor). Lida Snieguina.
    P. S. Ayer la radio estuvo hablando todo el día de cierto escritor que ha traicionado. Me acordé de ti. L.

    Arrugué la carta con un gesto brusco y me la guardé en el bolsillo. Tenía los nervios de punta, desde luego no por la carta sino por el recuerdo de lo que había hecho al separarnos. ¡Ah!, me dije, me muestras tu compasión junto con la vieja lengua rusa. Pensaba colérico que aún no podía decirse quién era digno de compasión, si ella o yo. Hechos un ovillo, acudieron a mi mente Stulpanz, mi negocio con él, el modo en que me había deshecho de Lida como en un mercado de esclavos. Y paralelamente, como un segundo sustrato, asomaba la idea de que todo era una pura ilusión, una venganza fantasma y, a fin de cuentas, consideradas más sencillamente las cosas, una miserable insensatez por mi parte.
    Comencé a deambular como un poseso por el patio, buscando con los ojos a Stulpanz. Desde aquel diálogo demencial no había vuelto a encontrármelo. En una ocasión estuve tentado de ir a buscarlo y decirle que toda aquella conversación había sido una idiotez, pero recordé que le había dado el teléfono de ella y el hecho de que los números estuvieran de por medio le daba a aquella pesadilla dimensión de realidad. Dos o tres veces me había dicho que sin duda ya lo había olvidado todo, máxime teniendo en cuenta que estaba borracho y que sin duda también habría tirado en cualquier parte el pedazo de papel con el teléfono. Mas, apenas lograba tranquilizarme a mí mismo con estas razones, caía nuevamente presa de las vacilaciones.
    Allí estaba su espalda tranquila a la puerta del Instituto, entre un grupo de personas que se dirigían charlando hacia la parada del trolebús. Yo caminaba a unos veinte pasos de ellos. Era preciso que subiera en el mismo trolebús que él.
    El trolebús estaba medio vacío y me quedé junto a la luna trasera. Con el rabillo del ojo observaba de vez en cuando su rostro despejado de hombre honesto. Dudaba si aproximarme o no. Experimentaba cierto temor confuso de que mi presencia le recordara aquellas malditas palabras, que quizá estuvieran completamente borradas de su memoria.
    Poco a poco el vehículo fue llenándose de gente y como ya no podía ver a Stulpanz me tranquilicé un tanto. Ahora, aunque quisiera acercarme, no me iba a ser posible. En cierto momento, no sé cómo, mis ojos tropezaron con su cabello limpio y dorado y fugazmente me dije que, de todos modos, era preferible haberle cedido Lida a él y no a Abdulahanov, o a los dos Shota. Después pensé que era una insensatez, que él sin duda lo habría olvidado y que pasados unos días yo telefonearía a Lida y, lo mismo que otras veces, volveríamos a reconciliarnos.
    Tras el cristal del trolebús, sombría como nunca antes, se extendía la calle que conducía a Butyrski Hutor. En la parada cercana al metro Novoslobodskaia, para mi sorpresa, vi descender a Stulpanz junto con cuatro o cinco compañeros de curso. Los seguí con la mirada mientras atravesaban el cruce en dirección a la mole rojiza de la cárcel Butyrski y de pronto recordé que iba a la prisión a visitar a un compañero, un tal Kolia Krasnikov, que había sido condenado a ocho años de cárcel por gritar en el mitin organizado poco tiempo atrás con motivo de la visita de Tito a Moscú: «Viva la camarilla Tito Rankoviç». Durante un descanso me habían invitado a que los acompañara y estuve a punto de aceptar empujado por la curiosidad de ver una cárcel soviética, pero recordé que era extranjero y además me vino a la memoria la citación de la policía y les dije que no iba.
    El trolebús avanzaba lleno de bote en bote y yo, apoyado en el cristal posterior, dejé escapar dos o tres de esos suspiros ligeros y sin motivo aparente que suscita a veces el espectáculo de una calle invernal. Tenía sueño.
    A la entrada de la residencia, alto, con el cabello descolorido, flaco como un muchachito, sosteniendo un cigarrillo entre los labios al estilo de quienes no fuman, estaba Genia Evtuchenko.
    – ¿Has visto a Bella?- me preguntó.
    Me encogí de hombros para decirle que no pero era evidente que le tenía sin cuidado dónde pudiera encontrarse ella.
    – ¿Has visto eso?- me preguntó mostrándome su bolsillo derecho, del que asomaba un pedazo de Literaturnaia Gazeta, con la mitad del nombre de Pasternak.
    – Sí, lo he visto.
    – Je, je- soltó él, con una sonrisa vengativa en el rostro. -El premio Nobel… en fin…
    Era asimismo evidente que también él era un fantasma desengañado. Fue a decir alguna otra cosa, pero en ese instante, con una sonrisa lastimera que le pendía temblorosa de los extremos de los ojos y de las comisuras de los labios, casi a punto de deshacerse en lágrimas, pasó ante nosotros Ira Emelianova, del tercer curso. Nos saludó llena de temor y Evtuchenko me dijo:
    – ¿Sabes quién es Irochka?
    No entendí bien la pregunta y él, bajando la voz, prosiguió:
    – Es la hija de la amante de Pasternak, una tal Olga, que se ha separado ya de tres o cuatro hombres y que, según creo, es el origen de todos los males de Boris Leonidovich.
    Continuó parloteando acerca de sus relaciones, pero yo ya no lo escuchaba. Llevaba dos días que no disfrutaba más que de unas horas de sueño inquieto y tenía la impresión de ir a dormirme de pie. Mientras me aproximaba a la puerta de mi habitación, me encontraba en ese extraño estado en que parece posible tocar con la mano el descanso y el sueño: suaves y porosos como una esponja, se deslizaban a lo largo de mi cuerpo y a mí me parecía que me bastaba con extender la mano para tocarlos, para aplastarlos o para apartarlos un poco. Estaba por otra parte tan despierto como para comprender que aquella carne de esponja que me escindía en dos no era más que una ficción, y lo suficientemente dormido como para que todo ello me pareciera normal y no pudiera eludirlo. Estaba tendido en una enorme bañera y el profesor de Estética, que se encargaba de abrir el grifo del agua caliente, repetía una y otra vez: «ubr jazëk», pero el agua no llegaba. Entonces dijo: «nos encontramos en el hammam donde se bañaban Aragón, Elsa y Lida, pero el carácter ideológico y estético de un hammam está condicionado ante todo por tuuli unch bll, es decir por lo típico…; dicho en otras palabras, por tuuli zox».
    Cuando desperté había oscurecido casi por completo. Sin plena conciencia de lo que hacía, alargué la mano hacia la radio y accioné el interruptor. La campaña contra Pasternak continuaba. Escuché un rato con las manos en la nuca. Tras el reportaje del mitin de las mujeres de Irkutsk, leyeron la declaración de Anatol Kuznechov. Jamás había oído cosa más despiadada. La oscuridad invadía casi por completo la habitación. Una luminosidad extraviada, como atrapada en la trampa de la cortina, parpadeaba tenuemente sobre mi cabeza. Y pensar que aún no ha comenzado la tarde, me dije. La oscuridad era algo natural para la noche, pero a primera hora de la tarde me entristecía muchísimo. Estaba solo en mitad de una tarde que bien pudiera llamarse noche, junto a un aparato de radio que no paraba de emitir agravios sobre una superficie de cuarenta y dos millones de kilómetros cuadrados. Una sexta parte de la Tierra se halla sumergida en el insulto, pensé con torpeza y de pronto me estremecí. Con una nitidez aguda como la punta de un cuchillo descubrí todo el horror de aquella maquinaria gigantesca que se había puesto en movimiento y trabajaba ahora a pleno rendimiento. Ser su objetivo, pensé; caer en su vorágine. En mi cerebro se dibujó la cabeza mitológica eslava que inflaba sus carrillos aterradores sobre la estepa. La propaganda soviética había comenzado a parecerse a ella. Años atrás aquella cabeza había levantado una tormenta de arena contra Stalin, y ahora, quién sabe por qué, soplaba contra sus propios adoradores. Ser atacado por ella, pensé de nuevo. Caer entre los engranajes de ese mecanismo pavoroso. Encendí la lamparilla y continué en la misma postura. ¿Cómo se pondrá en movimiento todo esto? No tenía la menor idea, ni siquiera era capaz de imaginarlo. No recordaba haber leído ninguna obra literaria soviética donde se describiera, ni siquiera parcialmente, el funcionamiento del mecanismo estatal: una reunión del Consejo de Ministros de la URSS, del Buró Político o de otros organismos importantes. Anteo y yo habíamos hablado en una ocasión de ello, en el café Praga. Tampoco él sabía nada.
    Tres mil años antes, Homero, después de describir la masacre en el campo de batalla, jamás olvidaba relatar las reuniones de los dioses del Olimpo y por supuesto las de los caudillos de las partes contendientes. Sin embargo, el primer Estado de los obreros y campesinos era un enigma.
    Pero, me dije, quizá no sea así. Puede que esas obras existan aunque yo no haya tenido ocasión de leerlas. Recordé que una semana antes Shoguenchukov me había regalado un libro suyo, dedicado, traducido y publicado en Moscú. ¿Dónde lo había puesto? Me levanté aturdido y vacié todos los cajones de la mesa hasta encontrarlo. La radio continuaba insultando. Shoguenchukov, ex primer ministro, debe de tratar en alguna parte los asuntos de Estado, me dije. Seguro que dice algo. Me senté al borde de la cama y a pesar del dolor de cabeza me puse a leer. La radio interrumpió sus insultos y comenzó a emitir música, pero hasta sus notas parecían cargadas de encono. Al cabo de media hora de lectura arrojé el libro. Era una larga novela sobre un idilio entre pastores, con pastizales y montañas, y no sólo no decía nada de las instituciones estatales, sino que ni siquiera hacía la más leve mención a sencillas construcciones de piedra. Se refería únicamente a arroyos cantarines, a la fidelidad y las flores y a las canciones que se entonaban por las tardes en honor del Partido Comunista de la URSS. Será posible, me dije. La radio había reemprendido su campaña contra Pasternak y yo me preguntaba como podía producirse un divorcio semejante entre uno mismo y el arte que crea. Tras la carta procedente de cierta población de la estepa llamada Qipshtap, el locutor leyó la declaración de los clérigos de Tashkent. Un sexto del mundo se hallaba nuevamente bajo la injuria, como bajo la lluvia. En los últimos tiempos se habían producido tantos acontecimientos importantes y convulsiones trágicas: comités centrales enteros destituidos, terribles luchas por el poder entre diversos grupos, cadáveres de dirigentes quemados en secreto durante la noche, personajes prestigiosos suicidados debido al cambio de línea política, complots, maniobras entre bastidores; y nada de todo aquello, prácticamente nada, aparecía en las páginas de las novelas ni en las escenas de las obras teatrales. Allí se escuchaba únicamente susurrar a los abedules, ¡oh, mi blanco abedul!, siempre era domingo, como la semana anterior en Peredielkino.
    Me levanté de la cama, me vestí y salí al pasillo. No sabía qué hacer, de modo que comencé a vagar de un lado a otro. Las débiles bombillas derramaban una luz enfermiza aquí y allá; el ascensor emitía de vez en cuando su run run. Llamé varias veces a la puerta de Stulpanz, pero no me respondió nadie. ¿Dónde se habrán metido todos?, me pregunté. Volví a entrar en mi habitación y me quedé de pie ante la radio con los brazos colgando, casi en posición de firmes, como si escuchara la sentencia de un tribunal. La campaña proseguía. Era una declaración de frases extraordinariamente largas, tal vez de los cazadores de ballenas del Ártico. Poco después volví a salir al pasillo y en el curso de mis idas y venidas me encontré tres veces ante la puerta de Stulpanz. ¿Dónde estará este hombre?, preguntaba una voz en mi interior. La voz estaba aún profunda, muy profunda, pero yo sentía que iba ascendiendo. Cuando por cuarta vez, mi mano, involuntariamente, llamó a su puerta, comprendí que lo que llevaba un buen rato esperando sin darme cuenta siquiera era el regreso de Stulpanz. ¿Dónde podría estar? Entumecido, repasé los lugares donde podría encontrarse y sólo al cabo de algún tiempo llegué a la conclusión de que aquel juego carecía de sentido, que a mí me daba lo mismo que Stulpanz estuviera en la cervecería Cáucaso o en la redacción de la revista El Tabaco, o comiendo con Jruchov o con el mismo diablo; a mí lo único que me interesaba era que no estuviera con una persona, con Lida. Se me hacía difícil creer que le hubiera telefoneado con tanta rapidez y mucho más que hubiera logrado concertar una cita con ella. No es posible, me dije, Stulpanz es un poco torpe para estas cosas. Y además, ella, la misma que me había escrito aquella carta tan triste, no podía arrojarse sin más en sus brazos. Pero un minuto después casi estaba convencido de lo contrario. Era imposible que Stulpanz no hubiera intentado entrar en contacto con una chica tan atractiva. Quedó fascinado apenas verla. No, no había razón para que pospusiera su llamada. Y en cuanto a la carta de ella, a los sentimientos que expresaba, a la antigua lengua rusa, etcétera, no impedían en absoluto que corriera hacia Stulpanz; por el contrario, si aquello era verdad, es decir, si su cariño por mí, por la vieja lengua rusa, etcétera, eran tal como los describía en la carta, entonces era evidente que nada más enterarse de la catástrofe (¿le habría dicho realmente aquel animal que yo había muerto?) habría abandonado lo que tuviera entre manos y habría corrido a su encuentro para conocer más detalles. Sí, sí, estuve a punto de gritar de desesperación. Él la ha telefoneado y ella ha acudido a la cita. Más aún con un día tan frío, en que de tanto escuchar esta campaña interminable de la mañana a la noche habrá estado pensando en escritores y en cosas tristes. No debía de haberme despegado hoy de Stulpanz, pensé.
    Estaba muy cansado. Después de deambular una buena media hora más del pasillo a la habitación y de la habitación al pasillo, decidí salir a la calle para sosegarme.
    Nevaba. En torno a las farolas eléctricas, el viento helado trazaba con los copos de nieve pequeños caos dantescos. Subí al trolebús y bajé en la plaza Pushkin. Bajo la nieve la calle Gorki era hermosa. Caminé hasta el café de los Artistas y decidí cenar allí. Que se vayan los dos al diablo, me dije, súbitamente aliviado. La nieve, el viento, la calle con su vestimenta de invierno, habían filtrado mi sobrecarga de sentimiento. En realidad, todo era mucho más sencillo. Ellos estaban aquí, en su país, podían casarse, tener hijos, mientras yo estaba de paso. Me pareció que la expresión «de paso» llevaba en su interior aquella esponja balsámica invernal que hube de atravesar para llegar hasta allí. «De paso», me repetí, y la palabra vremenji, provisional, se confundió en mi mente con el nombre de Vukmanoviç Tempo. Al diablo todos, pensé. Pedí otro vaso más de vino y poco después, de excelente humor, salí y me encaminé a la parada del trolebús.

    Lo primero que atrajo mi atención una vez en la residencia fue la luz en la habitación de Stulpanz. Sentí una punzada en el pecho. Ya no contaba con la ayuda del espacio cubierto de nieve y creí que estaba a punto de desmayarme. Apresuré el paso y empujé la puerta sin llamar. Estaba fumando.
    – Qué- lo interpelé, esforzándome por mantener el ritmo normal de la respiración -¿dónde estabas?
    En su amplio rostro nórdico se dibujó una sonrisa donde se mezclaban la culpabilidad y el asombro. Era la primera vez que irrumpía así en su habitación, farfullando «Qué ¿dónde estabas?»
    – ¿Qué? – insistí.
    – ¿Cómo?
    – ¿Dónde has estado?
    Me miraba con sus ojos transparentes, que parecían sentirse estrechos entre sus pómulos.
    – Pues allí- dijo por fin. -Con ella.
    – ¿Con Lida?
    Asintió con la cabeza sin apartar su mirada de mí.
    Algo se quebró muy quedamente en mi interior, entre un sordo silencio. De modo que sí, me dije. Sentí un inmenso vacío. Las ideas y las palabras me abandonaron. No me quedaban más que jirones del habla, unos hum, ah, sí, por tanto, etcétera. Recordaba que siempre que había experimentado una conmoción de aquella naturaleza, las palabras huían de mí, como huye la vegetación de los terrenos áridos, y apenas podía pronunciar unas cuantas sílabas, como si éstas, únicamente éstas, fueran capaces de soportar el empeoramiento repentino de mi estado de ánimo.
    – Pero si tú mismo me… dijiste- balbuceó. -Sin duda quería decir, pero si tú mismo me la traspasaste, mas le debió parecer un poco fuerte o quizá vulgar.
    Completamente vacío, yo miraba un cuadro en la pared. Era un paisaje que conocía: el castillo medieval letón de Sigurd. Había estado allí el año anterior.
    – ¿No me lo dijiste tú mismo?- repitió.
    – Sí- respondí, -claro que sí.
    – Ya veo que ahora te arrepientes- dijo. -Pero, si quieres…
    – ¿Qué?
    Sentía que mi voz se apagaba a pesar de mis esfuerzos por tragar saliva con el fin de devolverla a su condición normal.
    – Si tú quieres… aunque aquel asunto ya se acabó… se fue al diablo.
    No entendía nada. ¿Qué asunto se había ido al diablo?¿Acaso todo era ya irreparable?
    – ¿Le has dicho que he muerto?
    Tragó saliva.
    – Algo parecido.
    – Te creía más caritativo- dije. -Ahora que sabía la verdad, sentía que recuperaba la facultad del habla. -Más piadoso- repetí. -Pero tú enseguida me condenas a la pena capital.
    Me esforcé en pronunciar las últimas palabras esbozando una sonrisa.
    – ¡Pero si tú mismo me lo pediste!- insistió. -Hasta precisaste que debía ser en un accidente de avión, ¿es que no te acuerdas?
    – ¡Esto es el colmo!- repuse. -¡Pero estaba bebido! ¿Es que no lo viste?
    – ¿Y yo?¿Es que yo no había bebido?- gritó.
    Ahora todo ha terminado, pensé. Ahora que ella me cree muerto, todo ha terminado de verdad.
    – ¡Al menos podías no haberme matado del todo!-insistí con una vaga esperanza todavía. A fin de cuentas, poco antes, cuando yo le había preguntado: «¿Le has dicho que he muerto?», él me había respondido: «Algo parecido.» -Podías haberle dicho que estaba herido.
    Pero esta vez Stulpanz se enfadó.
    – Eres desconcertante- gritó. -Fuiste tú quien me metió en este lío. Yo no había hecho jamás en mi vida cosas parecidas. Me veo a mí mismo como una especie de Escamocho de Almas muertas. Y no la habría llamado, si no fuera porque esa chica me gusta tanto, tanto… ¿Cómo dicen en ruso para expresar el superlativo absoluto?
    – Con locura.
    – Exacto, locamente; justo, eso.
    Guardamos silencio unos segundos.
    Observaba el viejo castillo letón en la pared e intentaba recordar algo del verano anterior, durante mi estancia en la patria de Stulpanz, pero aquel verano estaba ya demasiado lejos.
    – Está bien- dije cansado. -¿Pero qué hizo ella?
    El comprobó que me había calmado y sonrió vagamente, sin mirarme.
    – ¡Hum!- dijo. -Le afectó mucho.
    Miraba al suelo y yo no le quitaba ojo.
    – Sí, le afectó mucho- repitió: -locamente.
    Estar apenado, sentir piedad por alguien en ruso antiguo, pensé.
    – Hasta lloró- dijo Stulpanz. -Se le saltaron las lágrimas dos o tres veces.
    Aspiré profundamente, esforzándome después por expulsar el aire sin hacer ruido, para que Stulpanz no creyera que suspiraba. Sentía un desconcertante alivio. Quizá fuera mejor así. Quizá, si esto no hubiera sucedido, no se habría presentado nunca la oportunidad de que ella llorara un poco por mí. Sentí de pronto una vaga tibieza en el pecho. Sentí que mis costillas se reblandecían, se deformaban como en una pintura surrealista. Un día tú llorarás por mí… La sola idea, dos días antes, me hubiera hecho reír a carcajadas. Sin embargo, hoy no me provocaba la menor risa. Al parecer hacía tiempo que tenía inconscientemente el anhelo de que alguien derramara unas lágrimas por mí. Esta sed de lágrimas había resultado ser tan secreta como tremenda, más acuciante que la sed de los beduinos en el desierto de Arabia. Aquellos dos últimos años de mi vida había salido con las muchachas con una especie de despreocupación brutal, había estado con ellas en teatros, cafés, trenes de cercanías, nos habíamos dicho infinidad de cosas, habíamos reído, hecho el amor sin decirnos «te amo», porque nos avergonzaba pronunciar unas palabras que nos parecían un juego viejo. Y así, durante ese peregrinaje por el desierto, poco a poco, sin percatarme, pero de manera implacable, se había ido apoderando de mí la sed de unas cuantas lágrimas. Por fin se habían derramado. Había sido necesaria la intervención de la muerte para que apareciera el escaso licor transparente.
    – Eres de verdad desconcertante- dijo Stulpanz.
    De modo que ella prefería los muertos a los vivos. Las palabras de consuelo no habían sido vanas.
    – Eres de verdad desconcertante- volvió a repetir. -Al principio, cuando entraste, parecías una nube negra, y ahora estás a punto de echarte a reír. ¿Sabes que los cambios repentinos de estado de ánimo son uno de los primeros síntomas de la locura?
    Yo continuaba mirándolo a los ojos.
    – Pues sí, es bien probable que esté loco, ya que hice lo que hice- le respondí.

    La mañana del siguiente día fue igual de sombría; como todas las de aquella semana. Apenas incorporado en el lecho, mi mano se dirigió por sí sola al interruptor de la radio. La campana proseguía. Los insultos eran los mismos, pero el tono del locutor era más grave. Se presentía que la campaña iba a iniciar aquel día una nueva fase. Sin duda todo estaba calculado con la mayor precisión. La gigantesca maquinaria de la propaganda estatal trabajaba sin descanso.
    En el Instituto Gorki reinaba una animación poco frecuente. Las huellas de la borrachera del domingo, inflamaciones, enrojecimientos y ennegrecimientos habían desaparecido ya de los rostros de todos, que no mostraban ahora más que una severidad funesta.
    Acabada la segunda lección, habían pegado en todos los pasillos un cartel que anunciaba la celebración de una importante asamblea por la tarde. Se corrió la voz de que asistirían los más notables escritores de la Unión Soviética; se habló incluso de la probable presencia de los presidentes de las Uniones de Escritores de las democracias populares que, según se decía, habían sido convocados con urgencia a Moscú.
    Entretanto, en todo el Instituto proseguía el envío de declaraciones a la prensa, la radio y la TV Taburokov había remitido declaraciones a catorce periódicos y revistas, en una de las cuales calificaba a Pasternak de enemigo de los pueblos árabes. En la segunda jornada de la campaña, ciento diecinueve periódicos diarios y setenta y cuatro revistas habían publicado editoriales, artículos, declaraciones y reportajes contra Pasternak. Se esperaba la aparición del resto de los órganos semanales, quincenales, más tarde de las revistas mensuales, bimestrales, la prensa científica, las revistas trimestrales, los manuales bilingües, etcétera.
    – Se espera que hoy haga una declaración rechazando el premio Nobel- dijo Maskiavicius. -Si no lo ha hecho antes de las ocho de la tarde, mañana la campaña será aun más violenta.
    – ¿Y cómo va a ser más violenta?- preguntó alguien.
    – Dicen que el patriarca de la literatura soviética, Kornei Chukovski- prosiguió Maskiavicius, -se entrevistará a las dos con él en Peredielkino para intentar convencerlo.
    – ¿Y si tampoco lo consigue?
    – Entonces tendremos asamblea.
    – ¿Cuál es el objetivo de la asamblea?
    – Tengo la impresión de que será para pasar a la tercera fase de la amenaza.
    – ¿Y tú Maskiavicius, cómo sabes todo eso?
    – Lo sé- respondió el aludido. -Ya ves que lo sé.
    – Pero en el caso de que, incluso tras la tercera fase de la amenaza, tampoco renuncie al premio, ¿entonces qué va a pasar? ¿Existe una cuarta fase?
    – Ah, no, querido amigo- lo interrumpió bruscamente Maskiavicius; -ahí no me la juegas. No soy tan insensato como para hablar de la cuarta fase. ¡Fiu!- silbó, -la cuarta fase, je, je, la cuarta fase… ¡Hum! ¡Brrr!…
    Se volvió de espaldas y se alejó entre la multitud con un brillo diabólico en el rostro.

    La asamblea tendría lugar en la sala de la planta baja del Instituto. Cuando entré, casi todos los asientos estaban ocupados. Afuera había comenzado a oscurecer y la luminosidad crepuscular que penetraba por los altos ventanales se adhería como una amalgama al bronce de las lámparas, las cuales, ignoro por qué, aún no estaban encendidas. La sala, donde ya no cabía un alfiler, estaba casi en silencio. Ni el ruido de alguna silla arrastrada, ni los susurros al oído eran capaces de quebrar el dominio del silencio. Por el contrario, el crujido aislado de algún asiento y el murmullo ahogado de las voces humanas tornaban la atmósfera todavía más pesada.
    Me había quedado paralizado junto a la entrada, sin saber qué hacer, cuando advertí que me hacían señas desde un rincón. Allí estaban los dos Shota, Maskiavicius y Kurganov, prácticamente pegados uno contra otro. Avancé entre las densas hileras y, apretándose un poco más, me hicieron un sitio entre ellos. Una fila más adelante se sentaba una parte del grupo de Kara-Kum y hacía un costado mis ojos distinguieron el perfil de una de las Vírgenes de Bielorrusia.
    – ¿Qué tal vas?- me preguntó alguien en voz baja.
    Me encogí de hombros. Era tal el ambiente que no me hacía la menor gracia que me preguntaran cosas semejantes. Parecía que en aquella sala gris debiera hablarse únicamente de cosas generales en términos impersonales, dejando a un lado los destinos individuales, de ser posible a coro, como en las tragedias antiguas.
    Una vez que encontré dónde meterme, me puse a observar a la gente que abarrotaba la sala. Aparte de los estudiantes y de los pedagogos del Instituto habían acudido muchos escritores conocidos. Casi todas las primeras filas estaban ocupadas por escritores mediocres. Tal como los había visto siempre, en las primeras filas, apretados hombro con hombro, siempre omnipresentes y orgullosamente intocables. Ellos habían sido los primeros en abandonar a Stalin por Jruchov y mañana, con idéntica facilidad, podían abandonar a Jruchov por cualquier otro secretario.
    En un rincón, hacia el fondo, entre un grupo sombrío, me pareció ver a Paustovski. Podía ser un grupo de opositores silenciosos, o de escritores judíos, no conseguía distinguirlos bien. La oscuridad se espesaba de modo creciente. Por fin, a alguien se le ocurrió encender las luces. Las lámparas desalojaron de inmediato la iluminación medrosa procedente del exterior e inundaron la sala de una luz que me hizo pensar en Ladonshikov: solemnidad e inquietud fundidas. Lo primero que las luces descubrieron con brusquedad fue la larga mesa de la presidencia cubierta de paño rojo. Dos jarrones de porcelana a ambos lados y un ramo de flores en medio le conferían apariencia de sarcófago. Me acordé del papel pintado de las paredes del apartamento abandonado donde había leído algunos párrafos del Doctor Zivago. La semejanza con la cubierta de un sarcófago no era fortuita.
    – ¿Cómo es la tercera fase?- le pregunté en voz muy baja a Maskiavicius. -¿Se pasará a ella?
    – No lo sé- susurró él, -quizá se pase, quizá no. Todo depende de que ese carcamal de Chukovski…
    – Eso te quería preguntar, ¿qué ha hecho?
    – Nada, al parecer- respondió Maskiavicius. -Dicen que ha ido a las dos a Peredielkino, a la casa de Pasternak y como, siempre según dicen, había olvidado por qué estaba allí, después de tomarse una taza de té con el maldito se quedó dormido en un sofá.
    Estuve a punto de echarme a reír, pero en ese instante una suerte de estremecimiento recorrió la sala de punta a punta. La presidencia tomaba asiento tras la larga mesa cubierta de paño rojo. Los primeros integrantes se sentaban mientras otros, aún en la sala, avanzaban lentamente entre las hileras con movimientos reptantes como los de un ser sin miembros. La sala repetía sus nombres con un murmullo de oreja a oreja. Había invitados de todas partes, la mayoría eran de edad avanzada, algunos llevaban cuarenta años publicando trilogías; cinco, según recordaba, habían incluido la palabra «tierra» en los títulos de todas sus novelas; un par de ellos habían perdido la vista. De nuevo me vino a la memoria el sueño funesto de Kornei Chukovski, pero tampoco entonces pude reírme.
    – Camaradas, nos hemos reunido hoy aquí…
    El hombre que había abierto el acto era Serioguin, director del Instituto Gorki. Sus ojos despedían como siempre un destello triste y malévolo. A su derecha estaba Druzin, el delegado de la presidencia de la Unión de Escritores. Tenía el cabello completamente encanecido y, sin embargo, su cabeza maciza poseía tal brutalidad que nadie hubiera podido creer en la existencia real de las canas. Ambos eran partidarios de Jruchov de primera hora.
    – Así pues, nos hemos reunido hoy aquí para condenar, para…
    En la voz de Serioguin se establecía la misma relación entre la malevolencia y la aflicción que se apreciaba en sus ojos, en las listas de su traje, hasta en sus manos, una de las cuales era sustituida por una prótesis de goma negra. Cuando lo vi la primera vez pensé que había perdido la mano en la guerra, pero Maskiavicius me había dicho que la mano de Serioguin se había ido marchitando por si sola, lentamente, durante el tercer plan quinquenal.
    El discurso de Serioguin fue breve. Después de él se levantó Druzin. Éste habló con idéntica brevedad y ninguna de sus palabras tenía vínculo alguno con sus canas. Como siempre, todo en él era mandibular.
    – Ahora se armará la pelotera- dijo Maskiavicius cuando Druzin se sentó.
    Así fue, en efecto: inmediatamente se alzaron decenas de manos pidiendo la palabra. Desde los primeros minutos pudo comprobarse, como siempre en estos casos, que a la hora de elegir a los oradores la presidencia guardaba cierta proporción entre las edades de los intervinientes, las nacionalidades, las repúblicas de origen y los grupos literarios no declarados. A Ladonshikov le concedieron la palabra entre los primeros. Con una voz singular, a la vez grave y resonante (voz de partido, decía Maskiavicius), con una voz pues que sus pulmones sólo eran capaces de producir en tales ocasiones, entre el silencio general, propuso la expulsión de Pasternak del territorio soviético.
    – ¿Esto es la tercera fase?- le pregunté al oído a Maskiavicius.
    El asintió con la cabeza.
    – Si no se decide a rehusar antes de las ocho…
    Todos los que tomaron la palabra después de Ladonshikov se adhirieron unánimemente a su proposición. Era el turno de uno de los Shota cuando de pronto me di cuenta de que no había visto a Stulpanz. Por todas partes las manos continuaban alzándose igual que antes, por decenas.
    – ¿Has visto a Stulpanz?- le pregunté a mi compañero.
    – No- dijo. -Es verdad, ¿dónde se habrá metido Stulpanz?
    Había salido a la tribuna una de las Vírgenes de Bielorrusia.
    Tampoco había visto a Anteo.
    – Le toca el turno al grupo de Kara-Kum- dijo Maskiavicius. -Ahora nos divertiremos.
    Estaba claro. En medio de la campaña, Stulpanz se veía con Lida Snieguina.
    Hablaba Taburokov.
    Pensé que nunca había tenido ocasión de salir con una chica en el curso de una campaña.
    Taburokov dijo algo chocante porque la sala emitió un gruñido ahogado.
    Estar con una mujer en mitad de una campaña pensé, o durante algo que se le parezca; por ejemplo durante una epidemia, debe ser una cosa inolvidable.
    Después de dos o tres estudiantes de los primeros cursos, tomaron la palabra uno tras otro Yuri Goncharov y Abdulahanov. A continuación se la concedieron a Anatol Kuznechov.
    A espaldas de Pautovski me pareció divisar el pelo rubio de Ira Emelianova. La flanqueaban Yuri Pankratov y Vania Harabarov, el uno alto y de movimientos rígidos, de robot; el otro bajito y repelente.
    – También yo los estaba observando- me dijo Maskiavicius al oído. -¿Sabes? Los dos son espías de Pasternak. Recogen lo que se dice sobre él, después van y se lo sueltan todo.
    – Hum- le respondí sin saber qué decir.
    – ¿Es que va a hablar Evtuchenko?- preguntaba alguien a mi espalda.
    – Evtuchenko no tiene principios- dijo Maskiavicius. -A mí no me extrañaría que pidiera la palabra.
    En ese momento alguien gritó desde la presidencia:
    – Maskiavicius, tiene usted la palabra.
    Él me echó una mirada fugaz, después se puso en pie de un salto y caminó en dirección a la tribuna.
    «Con que podamos mirarnos a los ojos, húndase el mundo en torno», me repetí sin querer los versos de De Rada. En su novela los enamorados se reunían durante un terremoto.
    Continuaban hablando desde la tribuna. Un susurro contenido inundó la sala. Pasternak se aleja atravesando la tundra, pensé. Tenía la palabra Kiuzengueshi.
    Ellos, Stulpanz y Lida, escuchaban quizá todo aquello por la radio, en un rincón de cualquier café. Se mirarían a los ojos y quizá hablaran de mí.
    El susurro de Kiuzengueshi, amplificado a proporciones atemorizantes por los altavoces, se distribuía por la sala.
    Sí, sin duda hablaban de mí de vez en cuando. ¿No amaba ella a los escritores muertos? Íbamos de nuevo sobre el mismo caballo, yo muerto y ella viva, como en la leyenda de Costandin y Donruntina. Sólo que en lugar de dos personas, ahora éramos tres: ellos dos, vivos, y el tercero yo, muerto.
    La campaña continuaba. No se sabía nada preciso de lo sucedido terminada la asamblea del Instituto Gorki acerca de la expulsión de Pasternak del territorio soviético. Algunos decían que entretanto él había enviado un telegrama urgente a Estocolmo rehusando el premio; otros sostenían que aún estaba indeciso. En los círculos mejor informados se decía que había enviado una carta conmovedora a Jruchov y que su destino dependía ahora de la respuesta de este último. Pero, asimismo, se decía que en los últimos tiempos Jruchov estaba furioso con los escritores y por tanto no podía esperarse de él más que una respuesta intransigente.
    Entretanto, oleadas de hielo se cernían sobre el Moscú invernal. Una y otra vez se escuchaba el aullido del viento continental desde una procedencia indeterminada: en Butyrski se tenía la impresión de que soplaba desde Ostankino y en este último lugar parecía que la guarida del viento se encontrara en el centro, en las grandes plazas.
    En medio de aquel lamento invernal, Stulpanz continuaba viéndose con Lida. A veces, él mismo me contaba lo que decían de mí. Macabra sensación. Violando las leyes de la muerte, él me traía las dimensiones de la mía propia. Se trataba de algo contra natura para cualquiera, pues eran dimensiones que nadie conocía. No obstante existía una persona en el mundo para la cual yo estaba muerto y por tanto, objetivamente, algo de mí había muerto en realidad. Esta persona, Lida, era la única en la que podían hallarse las dimensiones de mi muerte. Lida era mi pirámide, mi mausoleo, con mi propio sarcófago en su interior. A través de ella se quebraban todas las relaciones entre mi ser y mi no ser. Y cuando Stulpanz venía de sus encuentros con ella yo tenía la sospecha de que procedía del otro mundo, de que descendía de sus plantas superiores, de otros días, con periódicos fechados en el futuro, archivos donde podría encontrarse acerca de mí algo sin semejanza con nada, pues jamás persona alguna me había visto dimensionado por la muerte, a la luz de su interpretación.
    En ocasiones me parecía que la muerte emanaba también de los ojos de Stulpanz. Dos o tres veces en que él había intentado hablarme yo lo había interrumpido: ¡Basta! En uno de los mítines organizados contra Pasternak había conocido yo a Ala Grachova, una muchacha jovial, enamorada del teatro. Siempre que después de un programa musical los locutores de la radio reemprendían la campaña, ella me cogía de la mano y me decía: «Vámonos de aquí.»
    Pero la campaña estaba en todas partes y nadie podía escapar a ella. Se encontraba en el interior de nosotros mismos. Al hablarme de los miembros de su familia, Ala me contaba lo que decían de Pasternak. El más enconado contra él era un tío suyo.
    – Pero tú me dijiste que había hecho su carrera después de la ascensión de Jruchov- la interrumpí.
    – Sí- admitió. -Es un recalcitrante partidario suyo y un antiestalinista igualmente furibundo.
    – ¿Pero cómo es posible entonces…?
    Ella me miraba dulcemente, sin alcanzar a comprender qué es lo que no era posible. Yo intenté explicárselo con mayor sencillez.
    – Tu tío dice las mayores herejías de Pasternak, ¿no es así?
    Ala asintió con la cabeza.
    – Y a Stalin lo cubre igualmente de improperios, ¿de acuerdo?
    – Sí- dijo desconcertada.
    – Pues Pasternak mismo sin duda habla barbaridades de Stalin. Es decir tu tío y Pasternak tienen la misma opinión de Stalin, ¿me equivoco? Entonces, de acuerdo con este sencillo silogismo, tu tío y Pasternak no tendrían por qué odiarse, todo lo contrario.
    – Vaya- exclamó ella. -Yo no entiendo de esas cosas, ni tengo ganas de entenderlas. ¿No habíamos dicho que no hablaríamos más de ello? Hay tal desbarajuste en este país…
    La radio, la prensa y la televisión proseguían con violencia sin precedentes los ataques contra el autor de Doctor Zivago. Doctor… doctor… Bajo el aullido de los vientos continentales, toda la tierra soviética, en su mayor parte cubierta de nieve, parecía llamar a gritos a un hombre vestido de blanco. Doctor… doctor… A veces, de madrugada o hacia el amanecer, se parecía al lamento de un enfermo que espera la llegada de un médico de procedencia desconocida, que no termina de aparecer.

    La campaña se interrumpió tan bruscamente como había empezado. Una mañana los locutores comenzaron a hablar de los éxitos de los koljosianos de los Urales, de una hidrocentral en Siberia, de festivales artísticos de las repúblicas, de abundantes capturas de pescado, de la juventud radiante de las estepas bañadas por el Volga, pero ni una sola palabra acerca de Pasternak.
    En la prensa y en la televisión, en la calle, en el trolebús, por los pasillos del Instituto, exactamente lo mismo. Doce horas antes su nombre brotaba de las bocas con violencia, con furia, y ahora era preciso encontrar algún rincón secreto para pronunciarlo.
    – ¿Qué es esto?- le pregunté a Anteo. -¿No será ésta la cuarta fase a que se refería Maskiavicius?
    – Es difícil decirlo- respondió. -Al parecer, la cuota está cubierta.
    – ¿Cómo?¿Por qué se fija la cuota en tanto y no más ni menos?¿Eh? Habla, ¡oh viejo griego!
    – Es difícil decirlo- insistió. -Según parece el deber del comunismo ya está cumplido.
    En el pasillo, en el guardarropa, por las escaleras, en el patio, ni una palabra. En una ocasión quise preguntarle a Maskiavicius: ¿no será ésta la cuarta fase? Pero cambié de idea. Todos se abalanzaban hacia la sala de reuniones, donde, como para borrar el recuerdo del catastrófico mitin contra PST… acababa de finalizar un encuentro optimista con la amiga de la Unión Soviética, la poetisa cingalesa Adrianampandri Racifandrihamanana, y estaba previsto que tuviera lugar un encuentro entusiasta con el destacado dirigente revolucionario comunista argelino Larbi Buhali.
    Todo en aquel día era distinto de aquel otro nebuloso, "pasternakoso". En las paredes resplandecían las consignas sobre la amistad soviético-argelina. El tapete que cubría la mesa de la presidencia despedía fulgores purpúreos.
    Junto a las palabras URSS y Argelia, las consignas rotuladas sobre la tela roja de las pancartas incluían términos como «heroica», «sangre», «libertad», «bombas» y «bandera». Los altavoces difundían marchas revolucionarias.
    Por fin entró él saludando con la mano, entre prolongados aplausos, sonriente, entusiasta, héroe positivo que llega directamente del fuego del combate, de las trincheras, de la epopeya… Los aplausos nb cesaron a todo o largo de su lenta marcha hacia la tribuna. En el instante en que Larbi Buhali llegó al pie de los escalones que daban acceso a la tribuna, Serioguin y otro más lo cogieron de los brazos y entonces toda la sala, entre los vapores de la emoción, observó que una de sus piernas estaba rígida, si no era artificial. Fue más que suficiente para que los aplausos iniciaran una nueva fase (la cuarta), más allá de la cual no podían quedar más que los alaridos. Los ojos de todos estaban velados; al tomar aliento parecía que aspiraran los jadeos del vecino. Las miradas, las frentes, los rostros estaban inflamados y nadie era capaz de prever cuándo ni cómo acabaría semejante ebriedad. Serioguin saludaba con la mano, como diciendo: basta ya, emociones tan fuertes… a esta edad… Una fila detrás de mí, Shakenov había dado inicio entretanto a su balada heroica y las Vírgenes de Bielorrusia habían sacado los pañuelos, mientras Anteo murmuraba algo con encono a mi oído izquierdo. Sus palabras me llegaban como de lejos. Todo es puro montaje, créeme. Yo conozco bien este asunto. Hace años que no va a Argelia ni de visita. Y la pierna se la rompió hace un mes, esquiando en los alrededores de Moscú. ¿Me oyes? Se rompió la pierna esquiando, me lo ha dicho un griego que tiene la dacha junto a la de este sinvergüenza. Sí, este impostor, ¿me entiendes? Este comediante.
    Al finalizar el mitin, Anteo y yo nos fuimos juntos. No se veía a Stulpanz por ningún lado. ¡Hum, vaya revolucionario!, mascullaba una y otra vez Anteo. Ambos estábamos de un humor de todos los diablos. Allí en Argelia, se estaba produciendo una carnicería y aquel lechuguino esperaba el final de la guerra para regresar y tomar el poder. «Para entregarle después su país a la Unión Soviética, como pago por la dacha y las zapatillas abrigaditas. ¡Ah, esto es para reventar!»
    Nunca había visto a Anteo tan indignado. Se retorcía al hablar, como si le dolieran las viejas heridas. Quizá le dolieran verdaderamente.
    – ¿Continúan los preparativos para esa asamblea?-le pregunté para cambiar de conversación.
    – ¿Qué asamblea?
    Hubo de pasar cierto tiempo para que le hiciera entender a que me refería.
    – ¡Ah!- exclamó por fin. -Sí, sí. Las subcomisiones trabajan febrilmente.
    Las subcomisiones trabajan febrilmente, me repetí. ¿Por qué me haces estremecer, viejo griego?
    Nos separamos en el metro Novoslobodskaia. Decidí hacer a pie el camino hasta Butyrski Hutor. El día era gris, los edificios se alineaban en una sucesión interminable, deprimente, con sus cientos de ventanas cerradas, cuyos cristales quizá a causa de su pequeñez parecían esconder algo infame. Atravesé Suchovski Val pero la residencia se encontraba lejos aún. Sobre los tejados, cientos de antenas de televisión semejaban bastones alzados por una muchedumbre de viejos iracundos. Hacía tan sólo cuatro días que el nombre de Pasternak caía sobre ellas como nieve negra. Dejé atrás Saviolovski Vokzal, maldiciéndome a mí mismo por no haber cogido el trolebús. Habían derribado un viejo edificio y las apisonadoras se afanaban allanando el terreno.
    ¡Qué semana tan agotadora!, pensé sin apartar los ojos de un pilar de cemento medio demolido, en cuya cúspide asomaban unos hierros como cabellos alborotados. Di algunos pasos y, sin saber por qué, volví la cabeza para ver una vez más aquel pilar de cemento. Parecía una columna enloquecida.

    La semana se cerró con la muerte de la ilustre cuentista Akulina. A pesar de ser analfabeta había sido admitida tiempo atrás como miembro de la Unión de Escritores Soviéticos, de modo que todo el Instituto Gorki tomó parte en el entierro, en el monasterio Novodievichi.
    Un viento seco sacudía las ramas desnudas de los árboles. Su murmullo parecía decir: érase una vez, v niekom tsarsve, v niekom gosudarstve… Caminábamos medio en silencio tras el ataúd revestido de paño color lila de la vieja cuentista, que había referido historias sobre los seres mitológicos eslavos, sobre las deidades escitas y puede que sobre aquella cabeza que hinchaba sus carrillos, sola en mitad de la estepa.
    Érase una vez… jil-byl… Ninguna obra de ninguna época podía tener un comienzo más universal que aquella fórmula en pretérito imperfecto. Érase una vez… Nadie, ninguna generación humana lograría escapar a ella… Érase una vez un extranjero que conoció a una muchacha rusa de nombre Lida Snieguina.
    El largo cortejo fúnebre se había detenido por fin. Stulpanz no aparecía por ningún lado. ¿Tanto le habrá sorbido el seso?, pensé. Sobre el mármol de las tumbas, sobre las cruces de bronce, sobre las ramas desnudas, el viento continuaba murmurando principios de cuento. Érase una vez… jil-byl. Se diría que las palabras surgían directamente de los antiquísimos pulmones del globo terráqueo… Érase una vez un gran Estado que se llamaba Unión Soviética…

CAPÍTULO V

    Un pintor moscovita que acababa de regresar en avión de la India había traído consigo la viruela. Se había contagiado durante la ceremonia funeraria de una princesa en Delhi, al aproximarse más de lo debido al sarcófago con la intención de dibujar unos rápidos bocetos.
    El pintor falleció pocas horas después de llegar a Moscú y se esperaba que todos los amigos y allegados que habían tenido contacto con él sufrieran idéntica suerte.
    Por la mañana temprano, en la conserjería de la residencia del Instituto pegaron un gran cartel notificando la vacunación obligatoria contra la viruela de toda la población de Moscú e indicando los puntos donde se aplicaba. Se amenazaba con la cuarentena a todos aquellos que en el plazo de cuarenta y ocho horas no se hubieran vacunado.
    Ante el cartel se había reunido un pequeño grupo.
    – Nos está bien empleado- murmuró entre dientes Kurganov. -Demasiada amistad habíamos hecho con esa India.
    – ¿Por qué?¿Es de la India de donde procede la epidemia?- preguntó alguien.
    – ¿Pues de dónde crees tú?- se le volvió Kurganov. -¿No pensarás que ha venido de Alemania Occidental?
    – Ya está bien, Kolia- le tiró de la manga su compañero. -Será mejor que vayamos a vacunarnos.
    – Kurganov tiene razón- dijo Maskiavicius, que surgió de alguna parte. -Demasiada amistad hemos hecho con esas Indias y Brahmaputras- alguien se echó a reír. -Sí- continuó Maskavicius. -Así es este mundo. Te reconcilias con unos y rompes con otros…
    Me lanzó una mirada de soslayo, pero yo no moví un músculo. Continuaba inmóvil ante el cartel leyendo mecánicamente, quizá por décima vez, sus escasos renglones. Un vacío tirante se originó en algún lugar junto a mi diafragma. No era la primera vez que escuchaba alusiones semejantes en los últimos días, pero nunca habían sido tan abiertas.

    Caminaba por la calle entre un grupo de personas, una parte de las cuales se dirigía hacia el edificio donde se vacunaba, cuando volví a ver a Maskiavicius y apresuré el paso para darle alcance.
    – Maskiavicius- le dije cogiéndolo por el codo, -escucha, hace un momento, allí delante del cartel, dijiste algo que me pareció que se refería a mí, o para ser más exactos, a mi país. Te ruego como camarada… en caso de que hayas oído algo… que me lo digas.
    Volvió la cara hacia mí con los ojos desorbitados.
    – No sé nada- se apresuró a decir. -Sólo estaba bromeando.
    – Eso no era una broma- le dije. -Es asunto tuyo si no quieres decírmelo, pero no era broma.
    – Era simplemente una broma- insistió.
    Durante un trecho no hablamos.
    – Discúlpame- le dije al cabo y aceleré la marcha para separarme de él. Pocos segundos después sentí su aliento en mi hombro derecho.
    – Espera un momento- dijo. -Seguro que estás pensando que todos nosotros sabemos algo, que conspiramos contra ti porque eres extranjero y estás aislado, y esto y lo otro. ¿O no es así?- me interrogó con la voz cascada por la congoja.
    En realidad era así, pero yo ni siquiera volví la cabeza para responderle. Estaba muy afectado.
    – Escucha- continuó con el mismo tono de voz, -tú sabes que no soy como esas basuras de Yuri Goncharov y Ladonshikov, ni como esas putas vírgenes y demás. Sabes también que no siento ningún amor especial por los rusos. Si supiera algo no vacilaría un instante en decírtelo. Te juro que no sé nada con exactitud, sólo que anoche, mientras tomábamos unas copas en el Aragvi, un tipo a quien ni siquiera conozco dijo cuando fue a probar la sopa: «La sopa está ardiendo, pero entre Albania y nosotros empieza a hacer frío.» Intenté dos o tres veces tirarle de la lengua, pero no saqué nada en claro. ¿Me crees ahora?
    Yo no hablaba. Ya no escuchaba lo que me decía, únicamente me repetía: ¿acaso será cierto?
    – Además, para ser francos- murmuró Maskiavicius colgándose de mi hombro, -estaríais de suerte si de verdad se produjera un enfriamiento. ¿Eh?- susurró. -Yo, que soy lituano, lo sé muy bien, pero no me obligues a hablar.
    De pronto tuve la certeza de que todo era verdad. En aquella mañana fría, entre la marea de caminantes que se apresuraban a vacunarse contra la terrible enfermedad que una princesa india le había transmitido a Moscú, tuve la sensación de que todo lo que flotaba en la niebla de los comentarios de Anteo sobre la venida de Vukmanoviç Tempo, sobre Bucarest o sobre aquellas subcomisiones preparatorias de la conferencia de Moscú, se clarificaba con rapidez.
    Miraba mi aliento congelado justo ante mi boca y no me hubiera sorprendido que cayera al suelo y se quebrara en mil pedazos cristalinos. No estaba triste, tampoco contento. Me encontraba en un estado de permanente estremecimiento, más allá de la tristeza o la alegría, en un universo de vidrio de una luz torva, yerma, oblicua. El equilibrio de mis miembros se había quebrado. Sentía que podían descoyuntarse y volver a ensamblarse a su antojo, en las combinaciones más inauditas: entre las costillas podía tener un ojo, tal vez dos, los pulmones podían encontrarse en los brazos, quizá para poder volar.
    Como toda cosa inverosímil, aquella mutación tenía una belleza misteriosa. Sensación mundial. Los periódicos. Asombro general. Me dilataba entre ellos como esparcido por un viento loco. Sentía una opresión ardiente en la garganta. Después, como en el vuelo de un sueño, me pareció sentir bajo mis pies la tierra negra, unos cuantos vagones de mineral de cromo, como los que veía los domingos en la estación de mercancías de Durres, cuando iba con los amigos a la playa, y los barriles de alquitrán que a veces, cuando se retrasaban los buques de transporte, se amontonaban formando terroríficas montañas negras.
    – Estás completamente ido- dijo Maskiavicius.
    Habría presiones económicas, quizá bloqueo. Puede que algo peor. La cabeza mitológica eslava hincharía sus mejillas para levantar un viento demente contra mi país.
    – ¡Para qué te lo habré dicho!- se lamentó Maskiavicius a mi lado.
    La cabeza aterradora, como brotada en medio de la estepa, se confundía en mi imaginación con la de Jruchov.
    – Nombre, apellido y fecha de nacimiento- era la voz de una enfermera.
    Me encontraba ante una mesa sobre la que se alineaban frascos y jeringuillas. En torno imperaba un trasiego ruidoso y constante. Maskiavicius había desaparecido.
    – Quítese el abrigo y la chaqueta, por favor- dijo la enfermera. -Arremánguese la camisa tanto como pueda.
    Yo observaba con el rabillo del ojo sus dedos blancos que me frotaban el brazo con un algodón empapado en alcohol. Después cogió una jeringa y comenzó a rasparme cuidadosamente con la aguja en la piel, como si estuviera dibujando una vieja figura. Pensé que el sarcófago de la princesa india debía de estar adornado con toda suerte de figuras sorprendentes para que el pintor se hubiera sentido tan atraído por él.
    Entre las raspaduras vi la sangre inundando el lugar de la masacre. Después los delgados dedos de la muchacha dejaron caer una sustancia sobre el dibujo y dijo:
    – No se baje la manga hasta que se seque.
    Durante el trayecto hasta el Instituto rememoré varias veces el breve episodio con Maskiavicius. Los carteles que invitaban a la población de Moscú a vacunarse contra la viruela estaban pegados por todas partes. Pequeños grupos de personas se formaban ante ellos y los leían en silencio, sacudían las cabezas o iniciaban conversaciones con quienes tenían a su lado. En dos o tres ocasiones me detuve también yo ante los carteles con la loca esperanza de que alguien volviera a mencionar las relaciones extraordinariamente calurosas con la India y consecuentemente el enfriamiento con… con… algún otro país.
    Anteo no estaba en la residencia. Aparte de él, no conocía a nadie a quien preguntar abiertamente, de modo que volví a ponerme el abrigo y salí. Hacía frío. Caminaba con la mente extraviada por la acera derecha de la calle Gorki. Los carteles a propósito de la viruela estaban por todos lados. Yo les echaba repetidas miradas como si esperara leer en ellos cualquier cosa. Otra cosa, además del hecho de que un pintor hubiera traído la terrible enfermedad al regresar en avión desde la India. ¿Y Vukmanoviç Tempo?¿En qué habría venido a Moscú?
    Ante mí, en la otra acera, se elevaba el imponente edificio del hotel Moscú. Atravesé el cruce casi a la carrera y entré en su tranquilo vestíbulo. En un rincón de la derecha se vendían los periódicos extranjeros, sobre todo los de las democracias populares y los partidos comunistas de Occidente.
    – ¿Tiene el Zëri i Popullit?- le pregunté a la vendedora. -Albania- añadí enseguida.
    Cuando me extendió el periódico casi se lo arranqué de las manos. Lo desplegué arrebatadamente, devorando los titulares con los ojos, al principio sólo los principales, después los medianos, al final los de los epígrafes. Ninguna señal.
    – ¿Tiene otros números?
    Me tendió un fajo de periódicos que yo hojeé con la misma impetuosidad. De nuevo nada. Compré entonces unos diez periódicos en lenguas diferentes y me disponía a sentarme en algún sillón para hojearlos, pero la mirada suspicaz de la vendedora me molestaba. Salí a la calle y, aunque sentía que se me congelaban los dedos, comencé a desplegar los periódicos, reparando sólo en los titulares de las primeras páginas. Dos o tres personas volvieron la cabeza sorprendidas. Los repasé uno por uno. Al principio echaba un vistazo sólo a las portadas, después a las últimas páginas, finalmente también a los subtítulos interiores, pero no me tropecé con el nombre de Albania ni una sola vez. ¿Cómo han podido llegar a esto?, estuve a punto de gritar, hundiendo el último periódico en uno de los abultados bolsillos del abrigo. Entre aquellos miles o millones de signos latinos y cirílicos que pesaban como el plomo a ambos lados de mi abrigo, no encontré más que mutismo, ceguera. Los únicos periódicos que no compré eran los que estaban impresos en jeroglíficos porque no entendía nada.

    Caminé aturdido hasta encontrarme en la plaza Roja. En los escaparates del Gum nuevamente carteles. A decenas. El mausoleo de Lenin estaba cerrado. Quizá fuera el día en que se renovaba el aire, o puede que lo hubieran cerrado a causa de la viruela. O quizá se tratara de una medida de precaución para que no se infectara Lenin aunque sin duda ningún microbio podía causarle daño alguno a su cuerpo embalsamado.
    Yo mismo me daba cuenta de que estaba pensando insensateces. Entre ellas, sin relación alguna, recordé que Ala Grachova me había invitado a comer al día siguiente en la dacha de su familia. Al principio, no sé por qué, estuve a punto de rechazar la invitación, pero por fin le di palabra de que iría.
    La multitud se abalanzaba a centenares por las puertas del Gum llevando consigo, junto con el bullicio cotidiano, la nueva inquietud procedente de la India. El microbio estaba allí. Minúsculo, se había introducido furtivamente quién sabe en qué pañuelo, en qué labios o cabellos y ahora lo conmocionaba todo, como no había logrado hacerlo jamás ninguna visita de primer ministro, presidente o emperador. Dos o tres días atrás, mientras aún estaba de camino, reinaba la tranquilidad (del mismo modo que todo estaba tranquilo hacía unas semanas, mientras Vukmanoviç Tempo viajaba hacia Moscú). Tranquilidad, como hacía pocos días, mientras llegaban en paquetes innumerables aquellos periódicos mudos.
    Estaba ante el emplazamiento del viejo patíbulo. Intenté imaginarme por dónde traerían a los reos y dónde se encontrarían las escalerillas por donde subía el verdugo. Los tambores retumbarían con un ritmo especial. Con voz vibrante, solemne, se proclamaría la maldición y después la enorme espada, medio europea medio asiática, caía sobre todos.
    Me alcé el cuello del abrigo para protegerme del aire helado que soplaba del río Moscova y comencé a descender hacia Ohotni Riad.

    La comida del domingo en la dacha de Ala Grachova comenzó alegremente, pero acabó entre lágrimas. Ala me dijo después que aquello era habitual en su familia siempre que se ponía el vodka sobre la mesa. Además de la madre y la abuela de Ala, así como la más pequeña de sus hermanas, Olia, estaban presentes su tío, de quien me había hablado ya con anterioridad, y también otras dos parejas, viejos conocidos de la familia. Al principio la conversación giró en torno a la viruela, sobre todo a si se impondría o no la cuarentena. El tío de Ala, un hombre grueso, calvo, de rostro encarnado y carnoso, argumentaba que no podía haber cuarentena pues, aparte de otras razones, produciría mal efecto desde el punto de vista político. Mientras decía esto me miraba de reojo, con abierta hostilidad, como si yo fuera uno de los que propusiera el establecimiento de dicha medida. Si dependiera de mí, proseguía, ni siquiera se habría anunciado la existencia de la epidemia. Eso es lo que están deseando nuestros enemigos. Espera y verás cómo lo proclaman a bombo y platillo en todo el mundo. Como si en sus países no hubiera viruela, peste o muchas otras calamidades. Sólo que ellos son listos, la ropa sucia la lavan en casa, pero mantienen los ojos bien abiertos en nuestra dirección.
    Decía esto y de nuevo me miraba con el rabillo del ojo. Era evidente que en torno a aquella mesa yo representaba para él todo lo ajeno y hostil, incluyendo a Europa occidental, el decadentismo burgués y a la Standard Oil Company. Ala, quien debía conocer su aversión a los extranjeros, le replicaba y enrojecía de satisfacción siempre que él, en la pasión por defender a toda costa sus posiciones, decía alguna bobada. Los demás reían y Ala, que se sentaba junto a mí, aprovechaba la oportunidad para susurrarme al oído: Ah, ¿no te había dicho que es eslavófilo?
    – Existe una enorme ingratitud hacia la Unión Soviética – continuaba él lleno de despecho. -Nosotros hemos derramado nuestra sangre por los pueblos de Europa, les hemos regalado la libertad y sin embargo ellos… hum… ellos son unos desagradecidos.
    Me pareció que miraba el pan que tenía ante mí e inmediatamente retiré la mano de él.
    Algunos de los comensales lo escuchaban, el resto conversaba por parejas en voz baja.
    – Hay un solo Partido Comunista en el mundo- prosiguió sin mirarme, -y no una docena. Existe un partido padre y partidos hijos, y los que piensan lo contrario…
    Yo a duras penas lograba tragar lo que tenía en la boca. ¿No sabrá algo este cerdo?, pensé.
    – ¿Y partidos tíos, no hay también?- lo interrumpió Ala.
    El la miró con gesto de reproche.
    – Ala, basta- gruñó.
    Pero a ella tanto le daba. Sabedora de que toda su irritación se concentraba en mí, parecía regodearse colocándose de mi lado, en una reunión donde todos me eran extraños. Cuanto había de cálido y dulce en su naturaleza encontraba así un modo directo de manifestarse. Había notado hacía tiempo que en Rusia eran las muchachas y las abuelas quienes mostraban mayor consideración con los extranjeros, incluso cierto cariño.
    Durante la comida, a pesar de la satisfacción que me proporcionaba la actitud de Ala, su tío me iba poniendo cada vez más nervioso. Casi no había abierto la boca hasta entonces y sentía incontenibles deseos de decirle algo ofensivo. Creí que se presentaba la ocasión cuando salió a relucir Jruchov.
    – He notado que en la prensa lo llaman Nikitiushka, Nikitinka o Nikitiushonok- dije colocando los acentos de una forma monstruosa. -Ya sé que eso forma parte de la tradición del folklore ruso, pero ¿no creará algún problema en cuanto a la seriedad…?
    Mientras yo hablaba él no despegaba su mirada de mí, intentando averiguar si había algún deje de burla en mis palabras. Por fin, no consiguiéndolo al parecer, me respondió cargado de animosidad:
    – A pesar de lo que les pueda parecer a algunos, esos diminutivos son buena muestra del cariño popular por nuestro Nikita Serguejeviç, ¿entiende? La mano con que se servía cerveza en el vaso temblaba.
    – ¿Se entera, mollodoj çellovjek, muchachito?-insistió. -Nadie se habría atrevido a llamar a Stalin, Josif, mucho menos Josifushka-. Sus ojos rebosaban inquina.
    – Nikitushka, Nikitinka- terció Ala; -así es como hablan los borrachos…
    Esperaba ver cómo él se abalanzaba sobre su sobrina, pero se conformó con echarle una mirada de reconvención. Al parecer, reservaba todo su odio para mí.
    No cesaba de decir frases de doble sentido y cargadas de veneno, y yo dudaba entre dos posibilidades: o levantarme y salir de allí con cualquier pretexto, un dolor de cabeza por ejemplo, o dejarlos plantados brutalmente sin la menor explicación. Quizá habría optado por lo segundo si la abuela de Ala, que parecía ser la única, junto con su nieta, en comprender que toda la hiel de aquel hombre se dirigía contra mí, no hubiera dicho entre dientes:
    – ¡Cómo no te da vergüenza, Andrei Timofeich!
    Los demás no se enteraron de nada y continuaron con sus charlas. Incluso una de las mujeres, una viudita de la dacha vecina, parecía disponerse a entonar una canción. Dos o tres veces empezó la melodía en voz muy baja y otras tantas la dejó en suspenso sin atreverse a continuar ni a dejarla, como alguien que al borde de un lago no se decide a entrar en el agua.
    Ala ya no hablaba. A punto de echarse a llorar, miraba con desprecio a su tío, que continuaba soltando veneno igual que antes, con la sola diferencia de que ya no miraba en mi dirección. En cierto momento me pareció que era Ala quien se disponía a decirme que nos levantáramos de la mesa, pero justo entonces sucedió algo. La viudita vecina se echó a llorar. No era un simple llanto: se mezclaban en él todos los elementos de la canción que había estado intentando cantar, incluso un texto que apenas se distinguía, deformado y ahogado por los sollozos.
    – Vamos, Rosa, no…- dijeron varias voces, también ellas al borde del llanto.
    Ala me explicó más tarde que aquello era frecuente. La mayor parte de las dachas de los alrededores pertenecían a familias de aviadores que habían sido derribados durante la defensa de Moscú. Bastaba un gesto para que cualquier comida se transformara en un oficio de difuntos. El padre de Ala había muerto también durante los primeros ataques de la aviación alemana.
    – ¿Te acuerdas, Nina- le decía la viuda a la madre de Ala, -de aquella noche en que lo llamaron con urgencia? Acababan de regresar de un servicio, y sin embargo los volvieron a llamar. Al instante tuve una corazonada de mal agüero.
    Todas ellas, las viudas, incluso las otras, las vueltas a casar, comenzaron a rememorar las noches de espera en común, los malos presentimientos, las breves conversaciones junto a la verja de madera.
    El avión del padre de Ala había quedado atrapado entre un grupo de Junkers y había desaparecido. Lo despedazaron al pobre, repetía de vez en cuando la abuela, como si fueran una bandada de halcones. De noche, solo en lo alto, en algún lugar del cielo…
    De noche, solo… Había algo tras esas palabras. Me sentía ante ellas como ante una puerta cerrada. De noche, solo. Rebuscaba en mi memoria, intentaba desesperadamente revivir un recuerdo, mas la chispa no lograba prender. De noche, solo.
    Por fin se hizo la luz. Era una vieja canción que había escuchado tiempo atrás en una boda:

    Tomé el camino de Yanina
    de noche-o, solo-ooo
    Solo con el negro Haxhi
    de noche-o, solo-ooo.

    Me estremecí. La noche negra, el camino y el negro Haxhi, el criado. No recordaba cómo continuaba. Creo que el viajero era asaltado por los bandidos.

    Me acribillaron a golpes de cuchillo
    de noche-o, solo-ooo.

    Pensaba que no podía haber en el mundo una canción más triste sobre la soledad.
    – ¿Recuerdas Nina, el 12 de septiembre?- decía la vecina.
    El tío de Ala, con los ojos desencajados, miraba alternativamente a las mujeres, que no paraban de hablar. El resto de los hombres adoptaron una expresión entre culpable y ofendida.
    Ala y yo, aprovechando que no nos prestaban atención, nos levantamos y salimos. Olia, la pequeña hermana de Ala, nos siguió.

    Los alrededores medio cubiertos por la nieve estaban silenciosos. Hacía más de una hora que paseábamos. Olia caminaba unas veces a nuestro lado y otras delante, pues le gustaba descubrir los senderos por los cuales pasaríamos después nosotros. Era delgada, de miembros finos y largo cuello y tenía una voz melodiosa, como la de Ala. Desde lejos nos señalaba un charco medio helado en nuestro camino, una isba abandonada o algún tablón podrido, arrastrado hasta allí quién sabe por qué razón. Nosotros simulábamos que todo aquello nos interesaba y Olia corría satisfecha en busca de nuevos descubrimientos.
    Aquí y allá, flanqueando los senderos, se alzaban dachas deshabitadas, con los postigos cerrados, y rara vez alguna isba. Ala dijo que podíamos encontrarnos cerca de una aldea.
    – ¡Eh!- gritó Olia desde lejos. -¡Un cementerio! Era un camposanto de aldea, rodeado por una valla o por lo que quedaba de ella. La mayor parte de las cruces de madera estaban torcidas y rotas, tal como las había imaginado tiempo atrás leyendo a los maestros rusos. Junto a cada tumba había una especie de banco rudimentario, compuesto de dos tablones clavados sobre estacas hundidas en el suelo. Allí es donde se sentaban los allegados de los muertos cuando acudían al cementerio los domingos o los días de difuntos. Los tablones, igual que las cruces, estaban ennegrecidos por el paso del tiempo y a trechos podridos. Difícilmente podía nada más estremecedor.
    – Debe de haber alguna iglesia por aquí- dijo Ala. Sólo aquello faltaba en aquel paraje perdido: una iglesia de aldea con el salterio en eslavo antiguo, la lengua que parecía perseguirme últimamente. A medida que avanzábamos, crecía mi impresión de haber estado en aquel lugar el año anterior. O quizá me equivocaba; los alrededores de Moscú son tan semejantes que es fácil confundirlos. O quizá hubiera estado allí a comienzos del otoño, cuando todo era dorado, cobrizo, revestido de un brillo perezoso, como las tiendas de antigüedades.
    No recordaba el nombre de la estación de ferrocarril donde habíamos descendido; sólo se me había quedado grabado aquel brillo fabuloso en abierto contraste con las isbas ennegrecidas, aquel manto de hojarasca, verdadera esencia del otoño, y las rasgaduras blancas sobre el tronco de los abedules, tan deslumbrantes que me recordaron destellos de luz como los que arrancaban con un espejo los muchachos de provincias en las ventanas de las jóvenes que les gustaban.
    Estaba con Stulpanz, Kurganov y un poeta que trabajaba en una editorial. Pisábamos como borrachos sobre lo que había derribado y dorado el soberbio otoño ruso, sin comprender por qué dos o tres aldeanas que vimos en el umbral de sus isbas nos miraban con aire de sombrío recelo. Más tarde vimos otras dos mujeres y una vieja con agujas en la mano, y en los ojos de todas se percibía la misma turbiedad, en la que resultaba difícil discernir el miedo de la severidad. Intrigados por su actitud, nos pusimos a indagar y no nos resultó difícil enterarnos de lo que sucedía: hacía un mes, en aquellos mismos contornos, habían matado a una muchacha a navajazos. Se llamaba Tonia Mihelson, tenía diecinueve años y era sin duda la muchacha más bonita de toda la periferia de Moscú. La habían matado los hooligans, poco más allá de la estación del tren, de noche, en las vías- ooo…
    Una vieja aldeana, con un pañuelo en la cabeza como todas las viejas rusas, nos lo contaba con una voz que en parte por la conmoción, en parte por la escasez de dientes, salía de su boca tan delgada como un hilo.
    – La mataron por nada, ¡por nada!- decía y aquel «por nada» se te clavaba como otro golpe de cuchillo. Todo en su relato era corrosivo y tan triste que era preciso doblarse en dos para vencer el vacío que se originaba en el vientre. Escuchar la historia de la muerte de Tonia Mihelson, la hermosa joven de diecinueve años, contada por una boca sin dientes, con aquella voz cansina, resultaba aún más triste.
    Los hooligans habían venido de Moscú a visitar a un compañero suyo. Habían bebido y jugado a las cartas y la apuesta consistía en que quien perdiera mataría a la última muchacha que saliera del último tren de Moscú. Era un juego macabro que se había propagado últimamente. Se jugaba con las vidas de desconocidos: el último cliente de la tienda de alimentación, la primera pasajera en bajar del trolebús, o quien se sentara en la fila 9, asiento 17, en un cine.
    – Así fue, por nada- dijo la vieja por tercera vez y yo pensé que si volvía a pronunciar las palabras «por nada» tendría que gritarle «basta ya».
    El dolor por la desconocida Tonia Mihelson se percibía en todo. Se había adherido al paisaje, salpicándolo con manchas de sangre que durarían cien años, quizá más. Ninguna convulsión geológica podría marcar aquellos lugares como aquel dolor.
    Quise decírselo a Ala, pero algo hizo que me arrepintiera. Puede que no fuera el mismo lugar. Además, todo estaba ahora cubierto por la nieve y ésta parecía reclamar olvido. Al menos hasta la primavera lo conseguirá, pensé.
    Continuamos caminando por un bosque ralo. Las isbas de la aldea habían quedado atrás. Los abedules estaban helados y las yemas reventaban sus cortezas agrietadas como marcas de vacunación. Las manchas claras sobre sus troncos resultaban ahora más opacas, como si los espejos de los golfillos provincianos se hubieran cubierto de polvo.
    Volvimos a encontrar dachas deshabitadas con las puertas y ventanas cerradas. Tras las portezuelas se veían los porches ennegrecidos con matojos de lilas resecos. Algunos pájaros, cuyo nombre ignoraba, piaban lastimeros más allá.
    – Sabes- dijo Ala, -creo que Stalin iba a una dacha a pocos kilómetros de aquí, en dirección a Kuncevo.
    – ¿Una dacha de Stalin?
    Balanceó la cabeza, satisfecha de haber logrado excitar mi curiosidad.
    – Ahora debe de estar abandonada- dijo, -hace tiempo ya.
    Desde lejos, Olia nos decía algo acerca de una zorrera, pero yo estaba pensando en otra cosa.
    – ¿En qué dirección está?- le pregunté a Ala.
    Se encogió de hombros.
    – No lo sé bien- dijo. -Debe de estar por allí.
    Miré unos instantes en la dirección que me señalaba su mano. Las ramas desnudas de los árboles fragmentaban el escudo grisáceo del cielo invernal.
    – ¿Está muy lejos?
    Me pareció sentir el aleteo de sus pestañas.
    – Sí… muy lejos y seguramente abandonada.
    Me di cuenta de que tenía miedo de que le pidiera que fuéramos allí. Puede que entonces sintiera que los troncos de los árboles se inclinaban amenazadores sobre nosotros, como preguntándonos: ¿qué se os ha perdido a vosotros en esa dacha?
    – Me gustaría verla- dije por fin.
    – ¡Oh, no!- era casi un grito de pánico. -Ya te he dicho que está lejos y seguro que abandonada.
    – Precisamente, así es como quisiera verla- dije yo. -Tal como está.
    Su rostro enrojeció ligeramente.
    – Además, no estoy segura. Puede que no me haya enterado bien y la dacha esté en cualquier otra parte.
    Me volví hacia ella y vi que el rojo de sus mejillas subía de tono.
    – Como quieras- le contesté.
    La nieve crujía bajo nuestros pies y Olia dijo de nuevo algo sobre una zorrera.
    – Dicen que era terrible- continuó Ala poco después. -Vivía allí solo, como un monje.
    Al parecer creía que, mencionándome el abandono de la dacha y el ascetismo de Stalin, mi curiosidad quedaría satisfecha.
    – Eso es lo que dicen, vivía en completa soledad, exactamente como un monje.
    – ¿El monje de la revolución?- pregunté yo. -Así le llaman sus enemigos, ¿lo sabías?
    Se encogió de hombros sin saber qué decir.
    No recordaba bien dónde había oído a un borracho decir de Jruchov: ¡ah!, qué zorro es nuestro Nikitushka, un zorro de la revolución.
    Oscurecía. Olia propuso que regresáramos mientras quedara luz, pues más tarde corríamos el riesgo de extraviar el camino.
    – Sí, sí- dijo Ala. -Regresemos.
    De vuelta, cada uno de los tres intentaba encontrar en la nieve sus propias huellas.
    El crepúsculo derramaba fugazmente manchurrones blancos y negros sobre las isbas escasas, los huecos de los troncos y los tejados de las dachas cerradas. Aquí y allá las copas de los árboles dejaban caer montones de nieve que fulguraban por última vez antes de hundirse en la penumbra del suelo. El día oscurecía lentamente como un viejo servicio de plata. Nos alejábamos cada vez más del boscaje oscuro, en cuyo interior acecharían silenciosos el monje y el zorro, en vísperas de un macabro enfrentamiento.
    Cuando una hora y pico después llegamos a las proximidades de la dacha de su familia, le dije a Ala que prefería marcharme directamente a la estación sin despedirme de nadie. Coincidió conmigo en que era preferible.
    Me acompañaron las dos hermanas. Desde la ventanilla del vagón observé que las mejillas de Ala habían enrojecido nuevamente. Olia debía de haberle gastado alguna broma relacionada conmigo mientras yo subía al tren, como la picadura benigna de un insecto inofensivo.
    Permanecieron ambas en el andén, saludándome con la mano, hasta que el tren se alejó. Me sentí cansado. Entorné los ojos y durante largo rato permanecí completamente ausente. Sólo después de varios kilómetros comencé a escuchar las palabras de la gente que estaba cerca de mí. Hablaban de la viruela.
    – Te han llamado dos veces por teléfono- me dijo tía Katia en la conserjería, buscando en el cajón de la mesa el pedazo de papel donde había anotado el recado. -Aquí está. La embajada albanesa. Que les llames de inmediato.
    – ¿A la embajada?
    – Sí.
    Qué habrá pasado, pensé. Fugazmente se dibujó en mi cerebro un ataúd, a miles de kilómetros de distancia, en mi casa de Gjirokastra. ¿Mi madre? ¿Mi padre?
    Saqué del bolsillo mi pequeña agenda y con los dedos agarrotados la abrí por la A: Anteo. Ala Grachova. Ambasada.
    Mientras marcaba el número sentía crecer un vacío en el estómago.
    – Halo. ¿Embajada albanesa?- dije en mi lengua.
    – Sí- me respondió una voz tranquila.
    – Me han dejado un aviso- le dije, dando mi nombre.
    – Sí- dijo la voz. -Se trata de una reunión que se celebra esta tarde. Debe estar sin falta en la embajada a las seis.
    – Sí, sí- desde luego.
    – ¡Hasta pronto!- se despidió la voz.
    Al colgar el receptor del teléfono, sentí que tenía la frente cubierta de sudor frío. Durante un segundo capté la mirada escrutadora de tía Katia.
    La gran sala de recepciones de la embajada estaba repleta. Los estudiantes, la mayoría muchachos, hablaban de dos en dos en voz muy baja. Algunos guardaban silencio. Tres grandes lámparas que pendían a poca altura derramaban una luz amarillenta. En la pared, en un marco de bronce, había un gran retrato de Enver Hoxha. Nadie sabía por qué habíamos sido convocados con tantas prisas.
    A las seis entró el embajador. Vestía un traje negro y quizá a causa del contraste con la blancura de la camisa me pareció más pálido que la última vez.
    Lo acompañaba un hombre a quien no conocía, tal vez recién llegado de Tirana.
    Apenas pronunciadas las primeras frases, antes incluso de que abordara el objeto de su discurso, supe de qué se trataba. Bastó el enrevesado ordenamiento de las oraciones en el preámbulo para que comprendiera que todos los recientes rumores sobre el distanciamiento eran absolutamente ciertos. Después de subrayar que las relaciones entre Albania y la Unión Soviética habían sido y continuarían siendo buenas, el embajador explicó que no obstante existían fuerzas internas y externas que desearían deteriorar dichas relaciones. Por tanto nosotros, los estudiantes, debíamos evitar a toda costa dar lugar a provocaciones de quienquiera que procedieran. Con este propósito era aconsejable que por el momento limitáramos en lo posible nuestras relaciones con los moscovitas. Esto se refiere en particular a las muchachas, añadió. Yo sentí una leve opresión en el corazón, no porque el embajador dijera aquello, cosa que me pareció natural, sino porque lo había dicho sin sonreír. Todos esperaban que sonriera, como había hecho siempre al recomendarnos la mayor corrección en nuestras relaciones con las muchachas rusas. Lo mejor será que evitéis su compañía, prosiguió con una voz que me pareció cansada. Habló aún dos minutos más, reiterando que las relaciones entre ambos Estados continuaban siendo buenas y sobre todo que no debíamos comentar el asunto con nadie.
    – Bueno, muchachos, ésta es la razón por la que os hemos hecho venir- finalizó en voz muy baja.
    – Confío en que no habrá necesidad de mayores aclaraciones. Hasta pronto.
    Era una de las reuniones más insólitas a las que me había sido dado asistir.

    Se decía que todos los miembros de la familia del pintor contagiado habían muerto a causa de la viruela. Los trabajadores del aeropuerto eran mantenidos bajo constante observación. Se decía que, en caso de producirse una sola muerte fuera del entorno familiar del pintor, se declararía la cuarentena en Moscú.

    Como de costumbre, las lecciones del sábado eran las más insoportables. Para distraerme, observaba el ajetreo de la gente en el bulevar Tverskoi. Si el edificio hubiera estado orientado un poco más hacia el norte habría podido divisar desde allí la estatua de Pushkin y la entrada del Cinema Central, ante la que había siempre una larga cola. Mas no se veía ni una cosa ni la otra, y el Tverskoi estaba triste, como cualquier bulevar en invierno.
    Poco después sonaría el timbre señalando el final de la clase, pero los descansos se habían tornado para mí más desagradables que las clases. Me trataban sin excepción con frialdad, aunque esto no era lo que más me molestaba. Lo que me resultaba insoportable era sentir sobre mí sus miradas heladas y comprobar que las apartaban para evitar encontrarse con la mía. Todas me irritaban por igual, ya fueran venenosas como las de Yuri Goncharov y de Ladonshikov, ya compasivas como la de Pogosian (La Masa de Decenas de Millones). Las Vírgenes de Bielorrusia me observaban con expresión de sospecha, Shoguenchukov y los dos Shota con curiosidad y algunos con callada simpatía, como Stulpanz, Maskiavicius y dos o tres rusos silenciosos. El grupo de Kara-Kum me clavaba siempre unos ojos llenos de consternación; la mirada de Kiuzengueshi expresaba triste indiferencia. El único que me trataba con normalidad, igual que antes, era Anteo. Hay que ser completamente obtuso para no comprender que un tremendo huracán se dispone a caer sobre vosotros, me había dicho hacía dos días. Todos éstos creen que esa tormenta os va a borrar de la faz de la Tierra. Pero yo que he estado en tu país y conozco poco más o menos la tierra balcánica, sé que resistiréis. Era la primera vez que no sentía necesidad de hacerle preguntas. La tierra balcánica, pensé, como si redescubriera en mí mismo algo olvidado. ¡Que nadie olvide que ya se fue el tiempo en que colocaban nuestras cabezas en el famoso nicho de piedra!, continuó él. El castigo de la ignominia, ¿así se llamaba, no? En mi imaginación se alinearon los muros rojizos del Kremlin. ¿Sería posible que alguien soñara con abrir en ellos un nuevo ibret-tashé? * Ha llegado la hora, prosiguió el griego. Ha llegado vuestra hora. ¿Qué?, dije yo. El me miró unos instantes pensativo. Un día estuvimos hablando de la besa, dijo, ¿te acuerdas? El momento de la confrontación entre vuestra besa y la infamia ha llegado. Yo no apartaba los ojos de él, esperando que volviera a hablar. Nosotros pertenecemos a territorios homéricos, continuó. Eso no debe olvidarlo nadie.
    Los territorios homéricos, me repetí. Eso era verdad. En uno de nuestros primeros encuentros había sorprendido a Lida Snieguina hablándole de uno de nuestros ríos. ¿Sabes, Lida, que yo me he bañado en las aguas del Aqueronte, el río que conduce a los infiernos? Ella creyó que me burlaba. Pero tú aún estás vivo, dijo, creyendo continuar una broma. ¿Cómo has podido regresar de allí? Le expliqué entonces que hablaba en serio, que el famoso río mitológico se encontraba a no menos de sesenta kilómetros de mi ciudad natal y que la última vez que había estado allí de excursión con unos amigos, habíamos visto a unos hidrólogos debatiéndose como espíritus con sus remolinos sobre balsas de plástico azul. Cuando les preguntamos qué hacían, nos dijeron que estudiaban las aguas del río, pues se pensaba construir sobre su cauce una central hidroeléctrica. Lida se quedó maravillada.
    Y ahora estaba convencida de que yo había cruzado realmente el Aqueronte, para no regresar jamás de allá.
    Sonó el timbre, dando fin a la última clase. Mientras caminábamos hombro con hombro hacia la salida, Anteo me dijo en voz baja:
    – ¿No has oído decir que Enver Hoxha va a venir a Moscú?
    – No- le dije.
    – ¡Ah! Puede que sea un bulo.
    En el patio, el chino Ping intentó sonreírme dos o tres veces. ¿Qué le ha pasado a éste?, me pregunté. Era una sonrisa fría, insistente. Anteo, que al parecer había observado tanto la sonrisa del chino como mi nerviosismo, se inclinó sobre mi hombro.
    – Se dice que cuando hayáis roto con todos los países del campo socialista seréis los grandes aliados de los chinos…
    – ¿Tú crees?- le contesté. -Sinceramente, no sé nada. Sólo sé que…
    – ¿Qué?
    Los ojos rasgados del chino no se despegaban de mí.
    – Que continuaremos siendo amigos de todos los que no pretendan engañarnos.
    – Comprendo- me interrumpió el griego. -No es necesario que continúes.
    Me separé de Anteo e iba atravesando el patio en dirección a la puerta, cuando sentí como una tromba en mi hombro derecho.
    – Demonios solitarios que atravesáis el cielo- volví la cabeza y vi al joven de Altai. Había adelgazado y tenía enormes ojeras.
    – ¿Dónde te has metido?- le pregunté. -Hace siglos que no te veo.
    – Demonios solitarios del campo socialista- repitió poco después.
    – ¿Qué pretendes decir con eso?
    – He fracasado en todo- continuó él. -No he conseguido imitarlo en nada. Demonio.
    Dio unos pasos hacia mí.
    – ¿Es verdad que las alemanas no tienen el sexo vertical, sino poperiok, horizontal? Ha sido Kurganov quien me lo ha dicho. ¡Ah! Me encantaría perder la virginidad con una de esas alemanas…
    – ¡Vete al diablo con tu virginidad!
    – Discúlpeme, demonio. Lo había olvidado: usted tiene otras preocupaciones.
    Junto a la verja distinguí un perfil conocido.
    – Perdona- le dije a él, -creo que me esperan.
    Era Ala Grachova. Me sonrió.
    – Lo estaba esperando- dijo. -¿Sabe? Esta tarde todos nosotros, Olia, mamá, la abuela y yo nos vamos a la dacha. Pasaremos la noche allí y mañana… Pero ¿qué es lo que pasa?- interrumpió de pronto su gorgoteo. -¿No estará enfermo?
    – ¿Qué?
    – Tiene el rostro atormentado, como si le doliera algo…
    – Sí- le dije, -me duele… el oído. Es un dolor insoportable.
    – ¡Qué lastima…! Mamá y la abuela me habían dicho que lo invitara, y yo estaba tan contenta… Más aún teniendo en cuenta que él, es decir mi tío, no va a venir.
    – Qué se le va a hacer- contesté con frialdad. -Dales las gracias de mi parte. Siento no poder ir.
    Me miró con ojos tristes.
    – ¿Tiene prisa?
    – Sí… Desde luego. Ala, siento mucho no poder ir. Aquello es muy acogedor…
    – ¿De verdad?¿No se aburrió la otra vez?
    – En absoluto.
    Sus ojos intentaron volver a ser sonrientes, pero algo se lo impedía.
    En la parada del trolebús nos dimos la mano y nos separamos.
    En el camino hasta Butyrski Hutor recordé las palabras de Anteo: Enver Hoxha va a venir a Moscú. Los cristales del trolebús estaban cubiertos de hielo. Me sentía cansado y dos o tres veces me pregunté qué significado podía tener aquel viaje a través del invierno.

    La cuarentena fue impuesta al día siguiente a mediodía. Al parecer, alguien había muerto fuera del círculo familiar del pintor.
    La ciudad era demasiado grande para estar al tanto de lo que sucedía en sus entradas y salidas, en los aeropuertos, las estaciones de ferrocarril o las carreteras. Lo más perceptible era el cierre de los cines, los teatros, las pistas de patinaje, las galerías, los grandes almacenes y sobre todo la prohibición estricta de que entraran personas ajenas en las residencias y casas de estudiantes.
    Decenas de jóvenes se habían dado cita ante la residencia del Instituto y deambulaban arriba y abajo con la vana esperanza de que les permitieran entrar.
    – Ahora estáis listos- dijo Dalia Eipsteks, una judía de Vilna, dirigiéndose a Maskiavicius y a mí. -Queráis o no, ahora tendréis que fijaros en nosotras.
    Bajita, nada agraciada, con aspecto de parisina, nos miraba con sus ojos penetrantes e irónicos desde atrás de los lentes.
    – Hum- murmuró Maskiavicius irritado. Al cabo de tres meses de esfuerzos había logrado convencer a una de sus amigas de que viniera a su habitación y la cuarentena echaba a perder todos sus planes. -Hum, acostarse contigo es lo mismo que hacerlo con Clara Zetkin.
    Ella masculló una palabra en lituano que Maskiavicius me tradujo por «desgraciado», pero yo estaba convencido que se trataba de algo bastante más fuerte.
    – Maldita sea mi suerte- murmuró Maskiavicius. -Verdaderamente tengo la negra.
    En la conserjería dos o tres parejas intentaban inútilmente llegar a un apaño con tía Katia. Era imposible entrar. ¿Qué harían Lida y Stulpanz en una ocasión así?¿A qué jardines helados acudirían, a qué cafés?
    Maskiavicius continuaba murmurando entre dientes medio en ruso, medio en lituano. Maldecía la cuarentena, a la India, a Jawaharlal Nehru, aquel bufón con sombrero de papel que se parecía más a un jefe de cocina que a un primer ministro…
    Al segundo día de cuarentena, en las siete plantas de nuestro edificio comenzó lo que era de esperar: la bebida. Era una borrachera distinta a la de otras veces, grave y ahogada, «euroasiática y lúgubre», como le gustaba decir a Dalia Eipsteks. Se debía quizá a la falta de elemento femenino, cuya ausencia se dejaba sentir en todas partes, en torno a las mesas, en las voces, en las carcajadas y en las peleas. Sólo ahora que estaban ausentes por la cuarentena, se percibía que las mujeres habían actuado hasta entonces como un regulador permanente. Era su propia presencia la que purificaba la atmósfera, la que protegía del deterioro y la podredumbre. Ahora que ellas no estaban las palabras, los gestos, las canciones, todo se ensombrecía a gran velocidad. Hasta la sangre que brotaba de las narices golpeadas parecía diferente, más cuajada, más negra, sin aquel púrpura luminoso que, al parecer, sólo era capaz de proporcionarle la presencia turbadora de las mujeres.
    Durante horas y horas bebían, murmuraban y se pegaban casi en silencio, a veces en grupos, otras aislados, en el fondo de los pasillos, a la luz de las bombillas de 40 vatios cuya iluminación empalidecía todavía más a causa de la capa de polvo.
    Una noche, en uno de aquellos rincones oscuros me encontré frente a frente con Yuri Goncharov. Parecía apresado tras los cuadros de la tela de su traje, como en una red de odio.
    – ¿Qué es lo que pretende hacer ese Enver Hoxha vuestro?- silbó entre dientes. -¿No pretenderá levantar la cabeza? Ja, ja, ja.
    Me quedé helado. Era incapaz de concentrarme para responderle siquiera. Mi boca estaba abierta ante un vacío. La cólera me provocó dolor entre las costillas. Por fin, mis labios articularon mecánicamente una palabra, fuera del control de mi conciencia. Antes de haberla escuchado yo mismo, vi el reflejo de su efecto en la cara de él.
    – Donosçik.
    Se estremeció. Una especie de risa envenenada, que en algunas personas es la expresión más extrema del sufrimiento, se dibujaba en su rostro. Se llevó la mano a la mandíbula inferior, sin duda para sujetarla pues, igual que yo, debía de tener enormes dificultades para hablar, y dijo:
    – ¿Has visto alguna vez en la televisión las manos de Janos Kadar? ¿Eh? ¿Las has visto?
    No respondí.
    – Ja, ja, ja. Es digno de verse. ¿Te has fijado en sus dedos, sin uñas?
    Continué guardando silencio. Su rostro odioso estaba pegado al mío.
    – Pretendió arañar a Rusia con aquellas uñas, pero nosotros se las arrancamos, ¡trac! ¿Te enteras? Ja, ja, ja.
    Dorian Gray, pensé. Rasga ese retrato a cuchilladas. Lo mismo que la primera vez, mi boca se abrió mecánicamente y pronunció la misma palabra:
    – Donosçik.
    Él lanzó un gutural «uuuh», como si algo le perforara el estómago y un segundo después ni él ni yo estábamos ya allí.

    Proseguía la borrachera: las tardes transcurrían cargadas de olor a salami, vodka y tabaco malo. Por los pasillos no se oían más que gemidos. Una y otra vez se escuchaba un extraño y pausado redoble de tambor: era la cabeza de Abdulahanov golpeando contra la pared.
    El cielo estaba encapotado… Ya ni siquiera nevaba. Parecía que tendríamos que conformarnos eternamente con la nieve vieja que se amontonaba al borde de las aceras.
    Era una tarde negra, como perteneciente al último calendario del mundo. Desde la ventana de mi habitación observaba los tejados alineados de los edificios; imaginaba los apartamentos municipales, en cuyas cocinas comunes el odio entre vecinos se acumulaba en el fondo negro de las cacerolas, sobre los hornillos de gas, con su costra de hollín y grasa.
    Y sobre todo esto se cierne la cuarentena. Çjornaja ospa sobre Moscú. La viruela.
    Una tristeza paralizante se había instalado en mí, desalojando cualquier otra emoción. Sentía fiebre y tiritaba alternativamente. En el hombro derecho, allí donde me habían tatuado el motivo del sarcófago asiático de la princesa india, sentía un ardor permanente. El microbio debilitado de la viruela, aislado de las hordas a las que pertenecía, sometido, domesticado, atrapado en la trampa de la civilización, expiraba.
    Çjornaja ospa, me repetí dos o tres veces sin poder retirarme de la ventana. Viruela. Cómo pasaría aquella tarde y la tarde del día siguiente, y después la otra… El golpeteo sordo, rítmico de la cabeza de Abdulahanov en la distancia me parecía cada vez más natural.
    ¡Lida! Yo soy distinto de como tú me imaginas. Había apoyado la frente en el cristal helado y sobre el vaho que se formó con mi aliento tracé con el dedo su número de teléfono. Así es como era todo entre nosotros, envuelto en una cortina de niebla. La cuarentena podía ser levantada de pronto, tal como había sido establecida, y nosotros seguramente abandonaríamos Rusia con los primeros aviones, en cuanto se restableciera el tráfico en los aeropuertos. Pero yo le había prometido a ella que, como quiera que sucediese, la vería antes de partir. Había empeñado mi palabra… y era de un país en el cual nadie, donde quiera que se encontrase, sobre la tierra o debajo de ella, jamás quebranta su palabra.
    La idea de telefonearle me llegó sosegadamente, helada ella también como todo lo demás, mutilada, sin posibilidad de objeción alguna. Permanecí un rato inmóvil ante el teléfono del pasillo bajo la pálida luz de 40 vatios, como en la vieja balada. Después me dije casi en voz alta: Ha llegado la hora, Costandin. Alza la losa de tu tumba.
    El disco del teléfono giraba trabajosamente, como si fuera de mármol verdaderamente.
    – ¡Halo!
    Su voz me llegó amortiguada, a través de la cuarentena y el luto.
    – ¿Lida, eres tú?
    – …
    – ¡Lida!
    – …
    – ¡Halo!, ¿me oyes? Soy yo.
    – Sí, sí- dijo su voz, casi exangüe- pero usted…
    – Sí, soy yo, era un malentendido, lo sé, lo sé. ¡Halo!
    Se escuchaba su respiración agitada.
    – ¿Está usted… vivo?
    – Desde luego, si te estoy telefoneando…
    – Ah… espere un poco, por favor.
    A que me reponga. Esto no lo dijo ella, pero lo pensé yo. En realidad quizá fuera yo quien tenía necesidad, al menos tanto como ella, de reponerme.
    Nuevamente se escuchó su respiración jadeante. Después su voz.
    – Lo escucho.
    Me esforcé en hablarle con la mayor desenvoltura inventando algo acerca de un malentendido, una catástrofe aérea que en realidad no había sido tal, es decir, había sido algo más leve; vamos, una avería y no una catástrofe, etcétera.
    En su respiración adiviné cierto recelo.
    – ¿Puedes acudir a las siete al lugar de costumbre?-le dije finalmente. -Estos días son tan fastidiosos…
    Quise preguntarle: ¿hay cuarentena ahí?, pero recordé que era general.
    – ¿En el lugar de costumbre?- preguntó ella. -¿Pero dónde?
    – Allí, mujer, en el Metro Novoslobodskaia, en la entrada antigua, como siempre.
    – Ah, sí.
    Parecía dudar aún. Debía de tener la sensación de estar hablando por teléfono con un fantasma.
    – ¿A las siete?- repitió.
    – Sí.
    En cuanto monte en mi caballo, pensé. La fría lápida de mármol se transformaba en caballo.

    Como de costumbre, la esperé en la antigua boca de metro Novoslobodskaia. La vi llegar desde lejos entre la multitud con su eterna aura lunar y aquellos peculiares andares suyos, que habían sufrido una leve modificación. Su turbación se percibía en el ligero temblor de las rodillas, de los hombros y de la base del cuello.
    Aparecí tras una columna.
    – Lida.
    Sabía que podía asustarse al verme y ella misma, tal como me dijo, se había preparado durante el camino y, a pesar de todo, se estremeció.
    Sonreí y le di la mano. A la luz de los faroles me pareció más blanca, con unos ligeros cercos malvas en torno a los ojos que la hacían más atractiva y más distante.
    – Está pálido- dijo. -¿Ha estado enfermo?
    – Sí.
    Nos miramos un instante. Sus ojos estaban vacíos. Todo el sufrimiento y el temor parecían haberlos apartado a los bordes, en torno a los pómulos, como las aguas de un lago arrojadas por las olas a la orilla.
    Sin decir más, nos abrimos paso entre la multitud que se agolpaba a la salida del metro. Varias veces tuve la sensación de que miraba de reojo mis cabellos, como buscando en ellos las huellas del barro de la tumba. Menos mal que la leyenda de Costandin y Doruntina no se la había contado a ella sino a cierta letona de Riga, durante un verano antiguo, cien años atrás, en Dubulti.
    Caminábamos por la calle Chejov, hacia el centro. Delante del Izvestia me cogió por fin del brazo. Arriba, en la fachada del piso más alto, las noticias del mundo aparecían en letras luminosas. Ni una sola mención a Albania. Sentí que su hombro transmitía al mío un sollozo contenido.
    Habíamos atravesado la plaza Pushkin y avanzábamos ahora por la calle Gorki. Los cafés estaban cerrados y nosotros cabalgábamos confusamente en los cristales de los escaparates semioscurecidos, justo como en la leyenda: el muerto y la viva sobre el mismo caballo. Sentía fiebre. Sin duda por la vacuna.
    – ¿Me has echado de menos?- dijo ella. Ya no me hablaba de usted. Quise preguntarle por Stulpanz, pero también él me pareció lejano, como un ave.
    En el escaparate de una tienda vi paquetes de café con la inscripción «Yemen». También ella contemplaba el escaparate.
    – Allá en Arabia hay un puente- le dije. -El puente de La Meca, le llaman.
    Me escuchaba como sumida en un sopor.

    Si ella pregunta qué mujer escogió,
    Decidle: Lida Snieguina de… Saratov.

    – Tienes las manos ardiendo- dijo, -¿no estarás enfermo?
    – No, debe de ser por la vacuna.
    Los carteles proclamando la cuarentena se veían por doquier, con las esquinas despegadas como todos los carteles en invierno.
    – Cuando llamaste- continuó- creí que se me paraba el corazón.
    – Lo comprendo- le respondí. -Hasta el día de hoy nadie ha hecho una llamada telefónica de ultratumba.
    Hizo un esfuerzo por reír.
    – Ni siquiera los faraones.
    Sentí el apretón de su mano, que tanto podía tomar por una nuestra de ternura como por un movimiento destinado a averiguar qué es lo que había dentro de la manga del abrigo, un brazo o un pedazo de esqueleto.
    – Aquella carta tuya…- le dije.
    – ¡Ah! ¿La recibiste?
    De nuevo quise decirle algo sobre Stulpanz, pero él seguía estando muy lejos. Su hombro volvió a estremecerse contra el mío para transmitirme un mensaje oculto.
    – Vamos a tu habitación- dijo ella con dulzura, inclinándose hacia mí. Sus hombros debían arder bajo el pullover. En sus ojos continuaba habiendo un espacio vacío.

    Si te pregunta qué caballo montó,
    Dile que tomó el tranvía de Butyrski.

    – Pero es que hay cuarentena- objeté, -como en todas partes. ¿No has oído hablar de la cuarentena?
    – Ah, sí. La viruela.
    Eso fue lo que dijo. Sin embargo yo sentí su mirada en mi sien. Iríamos a mi habitación. Ella se desnudaría lentamente. Me imaginé examinando cada parte de su cuerpo antes de hacer el amor, en busca de las transformaciones que se hubieran producido en mi ausencia.
    De pronto recordé la advertencia del embajador sobre las muchachas rusas. ¿Qué había hecho? Una nueva oleada de calor atravesó mis sienes, envolviéndome la frente. Había sido una imprudencia telefonearle, intentando sacar de la tumba una historia ya acabada. Había cometido una estupidez y para colmo, sin resultado alguno. Lo único que me restaba era batirme en retirada.
    Me tranquilicé a mí mismo diciéndome que, a fin de cuentas, no había cometido ningún crimen horrendo. No había hecho más que acudir a verla, lo justo para cumplir mi palabra.
    – Qué sombrío pareces- dijo ella.
    No respondí. Había sido una estupidez telefonearle. Caminábamos como dos extraviados entre los transeúntes que se apresuraban con los cuellos hundidos en las solapas de piel. En los cuerpos de todos se adivinaba una especie de distintivo, un sello sobre la tarjeta de invitación a una cena macabra, el emblema del sarcófago indio.
    La fiebre me provocaba un latido retumbante en las sienes. Me sentía confuso y si me hubiera preguntado: ¿por qué tienes barro en el pelo?, no me habría extrañado en absoluto. Se lo había prometido, me dije con torpeza; le había dado mi palabra el verano anterior, incluso antes, hace mil años.
    De cualquier modo, nuestro viaje a través de la noche está llegando a su fin, pensé, cuando nos acercábamos al bulevar Tverskoi. Debía separarme de ella, pero era incapaz de inventar un pretexto. No podía decirle la verdad, tampoco quería engañarla más. A fin de cuentas, había sido yo quien le había telefoneado.
    – Tú no estás bien- dijo. -Se ve a la legua. ¿Por qué has salido?
    – Porque te había dado mi palabra.
    Ahora ya no quedaba más que sacudirme la tierra del cabello.
    – Te había dado mi palabra- repetí, acercando mi cabeza a sus cabellos -hace tiempo, desde el tiempo de las grandes baladas.
    Me miró inquisitivamente, como si yo delirara.
    Tú no lo comprendes, quise decirle, tú tienes otras baladas y otras divinidades.
    No dejaba de mirarme y de pronto me imaginé a los actuales dirigentes soviéticos, alineados en la tribuna del mausoleo de la plaza Roja, con los gorros de piel que parecían aplastarlos. No se los veía más que de cintura arriba y eso los hacía parecer más gruesos y bajitos de lo que eran en realidad. ¡He aquí las esperpénticas divinidades del campo socialista! Los dioses nómadas de la estepa que habían de inflar sus terribles mejillas para borrar a mi país de la faz de la Tierra.
    – Tienes mucha fiebre- dijo Lida, cogiéndome de la mano.
    Pronto, cruzando el espacio invernal a lomos de avión- caballo de balada, en terrible combate singular con los dioses enanos de la estepa, llegaría Enver Hoxha.
    – Estás ardiendo- insistió Lida. -No debías haber salido.
    Tenía razón, no debía haberlo hecho. Pero había dado mi palabra. Ah, todo había sido a causa de la vieja leyenda. Y de pronto se dibujó nítidamente en mi cerebro el interrogante: ¿por qué llevaba aquella leyenda varios meses obsesionándome?¿Cuál era la causa?¿Era sólo una coincidencia? No, desde luego que no.
    Los curtidos dioses de la estepa permanecían inmóviles en mi cerebro como en una presidencia. Sus gorros de piel, sus mejillas, sus pérfidos ojos semiasiáticos. No, la resurrección de la leyenda no había sido producto del azar. Había acudido a mí desde la distancia, invocada por la infamia de los tiempos. Hacía varios meses que yo sentía este clima falaz. Hace frío en Rusia, hermano. Hace infamia ¿Quién me había dicho estas palabras?
    Y yo andaba buscando una excusa para separarme de ella… Ya basta, Lida, me dije. No escucharás de mis labios una sola palabra de despedida. Que todo sea como en la vieja balada. Así pensé. Sin embargo, la miré intensamente.
    – Lida, te dije una vez, en una estación, que como quiera que sucediese…
    – ¿Qué?- exclamó ella a media voz.
    Nos encontrábamos ya ante el Instituto Gorki. Sus verjas y sus ventanales parecían más sombríos con el ocaso. Tan sólo alumbraba una pálida lucecita en la planta baja, en el cuarto de guardia.
    Detuve mis pasos y ante su gesto a la espera de que yo acabara la frase, volví la cabeza hacia el edificio del Instituto.
    – Lida- le dije,-tengo algo que hacer aquí.
    Sin añadir nada más, sin decirle que aguardara ni esperar respuesta, empujé la verja de hierro y entré en el patio oscuro. Caminé un trecho con los brazos extendidos para no tropezar con los bancos, cuyos respaldos de mármol refulgían en la oscuridad como lápidas de tumba. La puerta que daba a Malaia Bronia, al otro extremo del jardín, estaba cerrada, pero no tuve dificultad en traspasarla.
    Salí al otro lado, a la calle fría, débilmente iluminada, donde los escasos transeúntes se apresuraban con las cabezas hundidas en los cuellos de los abrigos.
    Al alejarme la imaginaba de pie en el bulevar Tverskoi, con la cara vuelta hacia las verjas oscuras del jardín del Instituto, esperando inútilmente que yo regresara de las regiones de donde nadie ha regresado jamás.

Ismaíl Kadaré


***


notes

    * Besa, concepto fundamental del código consuetudinario de las montañas albanesas: ley, protección jurada, palabra de honor. Pabesa, su negación: deslealtad, traición.
    * Nicho donde eran expuestas las cabezas de los pachás rebeldes decapitados en la capital del imperio otomano.
Top.Mail.Ru