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Secuestradas

Secuestradas

Аннотация

    A Darby McCormick le han propuesto la investigación de un nuevo caso. Se trata de la desaparición y posterior asesinato de dos jóvenes universitarias: Emma Hale, hija de un poderoso magnate y. alumna de primer curso en Harvard, cuvo cuerpo fue hallado a orillas del río, y Judith Chen, una estudiante ejemplar que se costeaba sus estudios con su trabajo en una cafetería. Nada parece relacionar ambos crímenes, salvo la causa de la muerte, un disparo en la nuca… y que las dos llevaban una estatuilla de la Virecn dentro de sus bolsillos.
    Darby se incorporará a la recién creada CSU, Unidad Especial de Científicos Forenses, donde deberá trabajar codo con codo con el inspector Bryson, un hombre hosco y reservado. En el curso de sus indagaciones toparán con Malcolm Fletcher, un ex agente federal perseguido por la ley que podrfa ser la clave para dar con el paradero del homicida. La doctora McCormick tendrá que actuar contrarreloj, puesto que una nueva joven acaba de desaparecer y quién sabe cuánto tiempo puede pasar antes de que corra la misma suerte que sus predecesoras…


Chris Mooney Secuestradas

    Darby McCormick, 2
    © Chris Mooney, 2008
    Título de la edición original: The Secret Friend
    Traducción del inglés: Ana Alcaina

    Para Yam Bernstein,
    mentora y amiga.
    Eres una entre un millón

Capítulo 1

    Darby McCormick acababa de colgar las últimas prendas ensangrentadas en el interior de la cámara de secado cuando oyó que la llamaban por su nombre a través de los altavoces. Leland Pratt, el director del laboratorio, quería verla de inmediato en su despacho.
    Darby se despojó de los guantes de látex y de la bata y se lavó las manos en el lavabo de Serología. Mientras se las frotaba a conciencia, se miró en el espejo: en el pómulo izquierdo, bajo el ojo, lucía una fina cicatriz irregular que el maquillaje lograba disimular sólo a medias. El cirujano plástico había hecho un trabajo digno de admiración, teniendo en cuenta el alcance de los daños ocasionados por el hacha del Viajero. La investigadora forense se quitó la goma elástica con que se sujetaba la cola de caballo y la melena de color rojo oscuro le cayó en cascada sobre los hombros; a continuación, se secó las manos con una toalla de papel de la bobina.
    Había una mujer delgada sentada al escritorio de Leland, hablando por teléfono y vestida de forma impecable con un elegante traje chaqueta negro: era la inspectora general de la policía de Boston, Christina Chadzynski.
    La mujer tapó el auricular del aparato con la mano.
    – Lo siento, estaba buscando a Leland -explicó Darby-. Me ha mandado llamar.
    – Sí, ya lo sé. Por favor, entre y cierre la puerta.
    La inspectora reanudó su conversación telefónica.
    Christina Chadzynski era la primera mujer en desempeñar el cargo de inspectora general, el rango más alto en el escalafón del Departamento de Policía de Boston. Cuando se había barajado su nombre entre los posibles candidatos al puesto, los medios de comunicación de la ciudad la habían designado como la «gran esperanza» para tender un puente entre la policía de Boston y los líderes sociales de áreas con elevados índices de criminalidad como Roxbury, Mattapan y Dorchester, donde había nacido y se había criado la futura inspectora.
    Después de tres años en el puesto, la tasa de homicidios de Boston se había multiplicado hasta alcanzar su nivel más alto en varios decenios. Los políticos decidieron ofrecer la cabeza de Chadzynski como chivo expiatorio y la prensa de Boston había mordido el anzuelo. Los columnistas de opinión y otros supuestos analistas expertos reclamaban a gritos su dimisión. Chadzynski había fracasado, decían, porque no se entregaba en cuerpo y alma a su trabajo, porque había perdido el contacto con la realidad cotidiana del ciudadano de a pie desde su boda con Pawel Chadzynski, un antiguo inversor financiero reconvertido en intermediario de poderosa influencia, muy activo entre la clase política de Boston. Circulaban rumores de que pensaba presentarse a las elecciones a la alcaldía.
    – Tengo que dejarte -dijo Chadzynski, y colgó el teléfono. Miró al frente, al par de sillas rígidas que había delante de la mesa de Leland-. Señorita McCormick, ¿está usted familiarizada con la CSU?
    Darby asintió con la cabeza. La recién estrenada Unidad Especial de Científicos Forenses era un grupo especializado, formado por los principales investigadores y peritos forenses del departamento, que se ocupaba de los homicidios, violaciones y otros crímenes violentos que ocurrían en la ciudad. La responsabilidad de nombrar a los miembros del grupo recaía sobre la inspectora de policía. Darby se había presentado en una ocasión para una plaza como técnico forense, pero ni siquiera la habían llamado para la entrevista.
    – Emma Hale -dijo Chadzynski al tiempo que abría un informe-. Doy por sentado que sabe de quién hablo.
    – He seguido el caso en la prensa.
    El año anterior, en marzo, la estudiante de primer curso de Harvard había desaparecido después de ir a una fiesta en casa de unos amigos. Ocho meses más tarde, en noviembre, la semana antes de Acción de Gracias, la corriente había arrastrado su cadáver saturado de agua a la orilla del río Charles, en una zona de Charlestown llamada The Oilies. A Emma Hale le habían disparado un tiro en la nuca.
    – Tengo entendido que el informe de balística no consiguió relacionar la bala con ningún caso anterior -observó Darby.
    – No encontramos ninguna coincidencia.
    Chadzynski se puso unas lentes con montura gruesa, de diseño. Había invertido una significativa cantidad de dinero en peluquería, maquillaje, ropa y joyas. El anillo de diamantes era al menos de tres quilates.
    – Cuando Emma Hale desapareció, la CSU creyó que podría tratarse de un secuestro; su padre, Jonathan Hale, es muy rico -explicó Chadzynski-. Y entonces, otra universitaria desapareció en diciembre.
    – Judith Chen.
    – ¿Está al corriente de lo ocurrido?
    – Los periódicos publicaron que desapareció cuando regresaba a su casa de la biblioteca del campus.
    – La CSU está investigando una posible relación entre ambos casos.
    – ¿La hay?
    – Las dos son estudiantes universitarias, ésa es la única relación que tenemos de momento. La bala que extrajimos del cráneo de Emma Hale no está relacionada con ningún otro caso, y el tiempo que pasó bajo el agua eliminó cualquier rastro que pudiera servirnos de algo. La única prueba que tenemos es una estatuilla religiosa. Estoy segura de que eso también apareció en los periódicos.
    Darby asintió con la cabeza. Tanto el Globe como el Herald, citando una fuente policial anónima, habían publicado que se había hallado una pequeña figura «religiosa» en el bolsillo de la víctima.
    – ¿Ha escuchado algo más acerca de la figura? -preguntó Chadzynski.
    – En el laboratorio se rumorea que era una estatuilla de la Virgen María.
    – Sí, lo es. ¿Qué más se dice?
    – Que la figura estaba cosida en el interior del bolsillo de Emma Hale.
    – Sí.
    – ¿Qué dijeron en el NCIC? -preguntó Darby.
    El Centro Nacional de Información Criminal, una base de datos de ámbito nacional cuyo mantenimiento corría a cargo de los servicios de información del FBI, era de facto el centro de intercambio de información de todos los casos, tanto abiertos como ya resueltos, relacionados con asesinatos, robos, personas desaparecidas y fugitivos.
    – En el NCIC no figuraba ningún homicidio relacionado con una estatuilla de la Virgen María cosida en el bolsillo de la víctima -contestó Chadzynski.
    – ¿Y hablaron con el especialista en perfiles de la oficina de Boston?
    – Sí, lo consultamos. -Chadzynski se recostó en su silla y cruzó las piernas-. Leland me contó que acaba usted de terminar un doctorado en psicología criminal en Harvard.
    – Sí.
    – Y ha estudiado en la Unidad de Apoyo de Investigaciones en el FBI.
    – He asistido a algunas clases.
    – ¿Por qué cree que el asesino, suponemos que se trata de un varón, se tomó la molestia de coser esa estatuilla en el interior del bolsillo de una muerta?
    – Estoy segura de que el especialista en perfiles le habrá expuesto su propia teoría.
    – Sí, lo ha hecho, pero ahora querría oír su opinión.
    – Obviamente, para él la Virgen María tiene algún significado especial.
    – Obviamente -repuso Chadzynski-. ¿Y qué más?
    – La Virgen es el arquetipo de la madre abnegada y afectuosa…
    – ¿Me está diciendo que ese hombre tiene problemas con su madre?
    Chadzynski dejó escapar una risa cansada.
    – En cierto modo, al asesino le importaba la víctima -dijo Darby-. Mantuvo a Emma Hale con vida durante varios meses. Cuando hallaron su cuerpo, llevaba la misma ropa que la noche de su desaparición. Y le disparó en la nuca.
    – ¿Cree que ése es un dato importante?
    – Sugiere que no era capaz de mirar a Emma Hale a la cara… que sentía algún tipo de vergüenza o remordimiento por tener que matarla.
    Chadzynski se la quedó mirando durante lo que a Darby le parecieron unos minutos eternos.
    – Darby, me gustaría que se incorporara a la CSU. Puede designar a quien quiera del laboratorio para que forme parte de su equipo. Además de sus responsabilidades como investigadora forense, me gustaría que fuese la segunda máxima responsable de la unidad encargada de investigar el caso. Trabajará junto a Tim Bryson. ¿Lo conoce?
    – Sólo de vista -contestó Darby.
    No sabía demasiado de él, más allá del hecho de que había estado casado y tenido una hija que murió de una variante extraña de leucemia. Bryson nunca hablaba de eso; era un hombre extremadamente reservado y no alternaba con los compañeros fuera del horario de trabajo. Otros polis decían que Bryson vivía completamente volcado en su trabajo, una cualidad que Darby admiraba en grado sumo.
    – Se trata de una oportunidad magnífica para usted -señaló Chadzynski-. Será la primera técnica forense en la historia del departamento que consigue el cargo de investigadora principal en un caso.
    – Sí, lo comprendo.
    – Entonces, ¿por qué detecto cierto recelo?
    – Si de veras le parezco la persona adecuada para el puesto, ¿por qué rechazaron mi solicitud?
    – Después de su… incidente con el Viajero, el departamento le ofreció ayuda terapéutica y usted la rechazó.
    – No creía necesitarla.
    – ¿Y por qué no?
    Darby entrelazó las manos en el regazo. No contestó.
    – Sobrevivió a un suceso traumático -prosiguió Chadzynski-. Hay quien piensa…
    – Con el debido respeto, inspectora, me importa un bledo lo que piense la gente.
    La sonrisa de Chadzynski era cortés.
    – Usted atrapó al Viajero; un asesino que hacía tres décadas que estaba en búsqueda y captura. Los mejores investigadores del FBI no pudieron dar con él y, sin embargo, usted lo consiguió. Me vendría muy bien su experiencia en el caso que nos ocupa.
    – Necesitaré acceso a toda la información: el informe de la investigación, los resultados y las fotografías de la autopsia…
    – Tim le enviará copias de todo hoy mismo.
    – ¿Ha hablado con él sobre mi incorporación?
    – Sí. Su ego está un poco magullado, pero lo superará. Ya sabe cómo son los hombres. -Le dedicó una sonrisa cómplice esta vez-. También creo que a estos dos casos no les vendría nada mal que una mirada nueva echase un vistazo a las pruebas, a las pocas que tenemos. ¿A quién recomendaría del laboratorio?
    – A Coop y a Keith Woodbury -dijo Darby.
    – Coop… ¿Se refiere a Jackson Cooper, su compañero de laboratorio?
    – Sí. -Jackson Cooper, más conocido entre sus compañeros como Coop, era, además de amigo de Darby, lo más parecido que ésta tenía a una familia desde la muerte de su madre-. Coop participó en la investigación sobre el Viajero. Me vendría bien que me echase una mano.
    – No conozco al señor Woodbury.
    – Keith sólo lleva con nosotros unos meses; es nuestro nuevo químico forense.
    Darby había trabajado con él en un caso reciente con un tiroteo. Woodbury era un investigador concienzudo y, sin lugar a dudas, una de las personas más inteligentes que había conocido.
    – Pues los mandaré llamar para darles la bienvenida a bordo -dijo Chadzynski.
    – Coop tiene el día libre y Keith se halla en un curso en Washington.
    – En ese caso, dejaré que sea usted quien les dé las buenas noticias.
    Chadzynski empleó una estilográfica de oro para hacer una anotación al dorso de una tarjeta de visita.
    – Tal vez necesite más recursos en el laboratorio -observó Darby.
    – Los tendrá. Ya lo he hablado con Leland; cuenta con todo su apoyo.
    Chadzynski deslizó la tarjeta por la superficie de la mesa.
    – El de arriba es mi número de móvil. Los números de Tim están anotados debajo. Espera su llamada. ¿Alguna pregunta más?
    – De momento, no.
    – Entonces, dejaré que se ponga manos a la obra.
    La inspectora levantó el auricular del teléfono y se dispuso a marcar un número.

Capítulo 2

    Darby dejó mensajes en ambos contestadores, tanto el de Coop como el de Keith Woodbury. Tim Bryson no contestaba en ninguno de sus números de teléfono. Le dejó un mensaje en el móvil pidiéndole que la llamara y luego se dispuso a examinar el informe forense de Emma Hale.
    Darby extrajo la ropa de la chica del armario de las pruebas y llevó las bolsas con las mismas a los bancos de la parte posterior de Serología, donde dispondría de amplio espacio para revisarlas.
    Depositó el expediente en el banco, pero no lo leyó; antes quería examinar la ropa ella misma y ver si su análisis coincidía con el informe elaborado por Paula Washow, la técnica forense asignada al CSU.
    La ropa de Emma Hale, llena de barro seco y algas y manchada de sangre, estaba hecha jirones y desgarrada por diversas partes, después de las semanas que el cadáver había pasado golpeando contra las rocas, los troncos y todos los escombros que poblaban el lecho del río Charles.
    Entre las hojas de papel de estraza había un vestido de noche de Dolce & Gabbana, de la talla 36, un abrigo de pelo de camello de Prada y un zapato alto de Jimmy Choo, del número 37, con el tacón roto. El tanga de encaje negro y el sujetador a juego llevaban la etiqueta con el nombre de una boutique de lencería cara de la calle Newbury, el equivalente bostoniano a Rodeo Drive en Beverly Hills.
    Darby sólo poseía un único tesoro de diseño: un vestido increíblemente rebajado de Diane von Furstenberg que había encontrado por casualidad en la sección de oportunidades. Emma Hale se había gastado una cantidad de dinero exorbitante en aquel atuendo: sólo la ropa interior costaba ya varios cientos de dólares.
    El cadáver de la estudiante de Harvard había sido descubierto por un pitbull sin correa, enterrado bajo cinco centímetros de nieve congelada. Habían llevado a Hale al depósito y la habían fotografiado. Darby estudió las fotos.
    Hale llevaba el cinturón del abrigo anudado a la cintura. Le faltaba uno de los zapatos, y el otro le colgaba del tobillo por la correa. Darby se fijó en que no tenía las manos ni los pies atados.
    En la parte posterior del abrigo se veían unas manchas secas de sangre, diluidas por el tiempo que la víctima había pasado en el agua. La sangre había traspasado la tela del abrigo. El reguero indicaba que, después de recibir el impacto de la bala en la nuca, Emma había permanecido tendida de espaldas durante cierto tiempo, y la sangre se le había filtrado por la chaqueta primero y luego por el vestido. Las marcas de arrastre indicaban que había sido trasladada de lugar.
    ¿Habría caído Emma de espaldas después del disparo, o el asesino le habría dado la vuelta adrede para que se desangrase antes de transportar el cuerpo? Sin ninguna escena del crimen para poder analizarla ni salpicaduras de sangre que interpretar, era imposible saberlo. O habían disparado a Emma cerca del lugar desde donde la habían arrojado al río -puede que incluso en el mismo punto- o bien le habían disparado en otro sitio y luego habían transportado el cuerpo hasta ese lugar.
    Si habían disparado a Emma en la calle, ¿cómo había logrado su raptor hacer que la chica mantuviera la calma? ¿Acaso le había dicho que iba a llevarla a su casa para que se cambiase de ropa? Puede que con otra ropa, Emma se sintiese más cómoda. Es posible que la chica hubiese creído en su palabra. ¿Y si le había vendado los ojos? Si Emma no iba amordazada, podía gritar. Si no iba maniatada, podía echar a correr. Alguien podía oír el disparo y llamar a la policía; alguien podía verlo y llamar a la policía. Si la hubiesen asesinado en la calle, en algún sitio público, y luego hubiesen arrastrado su cuerpo o lo hubiesen tirado por un puente, por ejemplo, habrían quedado manchas de sangre. Alguien podía verlas y decidir llamar a la policía.
    Y ¿cuándo cosió el asesino la figura en el interior del bolsillo? ¿Lo hizo cuando la joven seguía con vida o después de acabar con ella? ¿Se habría tomado la molestia de coser el bolsillo al aire libre, donde alguien pudiese verlo? No era muy probable.
    Lo más probable era que Emma Hale hubiese sido asesinada en el mismo lugar donde había permanecido retenida durante varios meses. Su secuestrador dispondría de intimidad y control sobre su entorno. Una vez muerta, el asesino podría haberse tomado todo el tiempo del mundo para coser la estatuilla en el interior del bolsillo del vestido. Podía dejar que se desangrase. Luego podía trasladar el cuerpo a su vehículo y conducir hasta el lugar desde el que había arrojado el cadáver. Darby se preguntó si el cadáver de Emma habría estado envuelto en alguna especie de lona de plástico.
    Sacó sus propias fotos de la ropa y luego, con ayuda de la lupa, empezó la larga y meticulosa tarea de examinar los tejidos en busca de alguna posible prueba que hubiesen pasado por alto. En la ropa se veían varias incisiones pequeñas y rectangulares en los lugares donde Washow había recogido las muestras de sangre para las pruebas de ADN.
    Mientras seguía trabajando, no dejaba de pensar en los padres de Judith Chen. Habían venido en avión desde Pensilvania y durante los tres meses anteriores se habían instalado en un hotel cochambroso esperando a que sonase el teléfono con noticias de su hija menor. La prensa de Boston seguía todos y cada uno de sus movimientos.
    Darby terminó su examen inicial poco antes de las once y media de la mañana. A continuación, examinó la ropa utilizando distintas fuentes de luz y estudió las manchas de sangre y lágrimas bajo un microscopio estereoscópico. No encontró ninguna otra clase de restos: ni fibras, ni hilos, ni pelos, ni cristales ni fluidos biológicos.
    Extrajo de la última bolsa de pruebas la estatuilla de diez centímetros de la Virgen María. La Santa Madre, vestida con una túnica azul, adoptaba la pose clásica que Darby recordaba de la iglesia y los libros de catecismo: las manos extendidas con gesto afectuoso y la cabeza ligeramente ladeada, mirando hacia abajo, la expresión de la mujer congelada en una mueca de eterno dolor.
    El hombre que había matado a Emma había sostenido aquella misma figura en sus manos; la había introducido en el interior del bolsillo del vestido y luego lo había cosido. Quería asegurarse de que la víctima no la perdería. Pero ¿por qué? ¿Cuál era el significado de la figura y por qué era tan importante que permaneciese junto al cadáver de Emma?
    Durante el almuerzo, Darby leyó el informe forense de Washow. Esta no había encontrado indicios biológicos de ninguna clase en la ropa, lo cual no resultaba sorprendente, porque todo el tiempo que el cadáver había pasado sumergido en el agua los había eliminado, si es que había llegado a haber alguno.
    La ropa había sido tratada con luminol para tratar de hacer visibles las manchas de sangre diluida. Las muestras obtenidas coincidían con el perfil del ADN de Emma Hale, mientras que el análisis del hilo utilizado para coser la figura al bolsillo del vestido había dado negativo para la sangre.
    Tampoco se habían hallado huellas ni restos de sangre en la figura. Habían rociado la ropa interior con un marcador químico para detectar restos de semen. Negativo. No se había hallado vello púbico ajeno al de la víctima, y las tomas anales y vaginales recogidas con hisopos no habían arrojado ninguna prueba relacionada con otro ADN.
    La parte inferior de la Virgen María llevaba un sello impreso con las palabras «Nuestra Señora de las Angustias», una organización benéfica creada en 1910 que destinaba los ingresos generados por la venta de estatuas religiosas, cuentas de rosario, misales y estampas religiosas a ayudar a combatir el hambre en el mundo. La organización se había disuelto en 1946, sin que hubiesen comunicado ninguna razón oficial para el cese de su actividad. La figura había sido fabricada por la Wellington Company, con sede en Charlestown, Carolina del Norte. La última partida de producción de aquella estatuilla de la Virgen María en concreto era de 1944. La empresa se había declarado en quiebra en 1958, y puesto que esas figuras ya no se fabricaban, no había forma de seguir su rastro.
    Ante la hipótesis de que aquella figura tal vez pudiese tener algún valor como pieza de coleccionista, Washow había realizado una búsqueda exhaustiva entre las tiendas de antigüedades de Boston especializadas en artículos religiosos. La figura de la Virgen María valía poco más que una simple baratija.
    En el interior de su despacho, Darby pensó en la lencería. ¿Tenía Emma Hale un novio o algún amigo especial con quien hubiese quedado aquella noche?
    ¿Y qué había pasado con el bolso de la joven? ¿Habría desaparecido o el asesino de la muchacha se lo había quedado como recuerdo? Darby siguió pensando en aquella posibilidad mientras salía del laboratorio para dirigirse a una cita.

Capítulo 3

    Moon Island, en la bahía de Quincy, había sido antiguamente la sede de una planta de tratamiento de aguas residuales. En la actualidad pertenecía a la ciudad de Boston. Además de un campo de tiro al aire libre, la zona, de dieciocho hectáreas de extensión, también se usaba para la desactivación de artefactos explosivos y como campo de entrenamiento del cuerpo de bomberos de Boston.
    El acceso a Moon Island era restringido; no estaba abierto al público general y se realizaba a través de una pasarela elevada que se cerraba con una puerta.
    Darby se hallaba bajo el cielo plomizo y frío en el campo de tiro exterior junto con seis cadetes de la Academia de Policía de Boston. Todos llevaban las mismas gorras azul marino, gafas de protección y auriculares acolchados para proteger los oídos, así como la misma chaqueta negra con una sola tira de color azul brillante a lo largo de la manga.
    Los cadetes, todos hombres, practicaban con una Ruger del calibre 38 Special, mientras que Darby, tras haber superado la prueba de tiro y asistido a la clase oficial de seguridad con armas de fuego, ahora ya usaba su propia arma, una SIG P-229 de 9 milímetros con un cartucho de calibre 40 de Smith & Wesson. Había escogido aquella arma por su tamaño relativamente compacto y por comodidad. Todavía se estaba acostumbrando al fuerte retroceso del arma.
    El instructor de tiro, Steve Gautieri, hacía una demostración práctica de la clásica posición Weaver, la postura en la que el tirador, apoyando el peso del cuerpo en una base piramidal o en la «posición del boxeador», con un pie delante y el otro detrás, inclinaba el cuerpo ligeramente hacia delante. Aquella posición, explicó Gautieri, era la clave para la precisión en el tiro: si los pies del tirador estaban paralelos, el disparo seguiría una trayectoria demasiado alta o demasiado baja.
    Darby había adoptado una técnica de posición muy contundente, con las piernas muy separadas, prácticamente en forma de uve, y adelantando los hombros más que sus compañeros. También empuñaba el arma de forma distinta: en lugar de colocar la mano que le quedaba libre, la izquierda, alrededor de los dedos que sujetaban el arma, la cerraba en un puño y apoyaba la culata del arma en la muñeca antes de disparar. Eso le había resultado de una gran ayuda para la precisión en el tiro.
    Las dianas estaban listas. Darby se recordó mentalmente que no debía tirar de forma violenta del gatillo, sino apretarlo con suavidad.
    Sonó el timbre. Darby disparó el arma y por su mente desfilaron fogonazos visuales de la cámara de los horrores que había albergado el sótano de la casa del Viajero: los huesos humanos desperdigados por el suelo y la sangre seca de las paredes; el laberinto infernal de pasillos de madera con puertas abiertas y cerradas que llevaban a callejones sin salida; los gritos de las mujeres que pedían auxilio, mujeres que lloraban y suplicaban, moribundas. Recordaba todas y cada una de las imágenes, cada detalle y sonido.
    Darby descerrajó el último disparo y se incorporó, con los músculos de los antebrazos doloridos. Se sentía extrañamente relajada, como si acabase de llegar a la meta de una carrera muy larga y satisfactoria.
    El cadete que tenía a su lado, alto y recio, no apartaba los ojos de ella mientras el instructor de tiro examinaba los resultados. El cielo se había encapotado, y había empezado a llover. Unos copos diminutos se mecían y revoloteaban en el viento.
    Gautieri les enseñó a todos una diana de papel.
    – Echad un vistazo a esta serie, chicos. ¿Veis este dibujo cerrado, tan bien hecho, aquí, justo en el centro? Esta diana es de Darby McCormick, la chica de ahí al fondo. Buen trabajo, Darby. ¿Queréis saber por qué os ha superado a todos? Porque ha mantenido la posición y porque sabe apretar el gatillo y no tirar de él con una sacudida. Podéis iros. Darby, me gustaría hablar contigo un momento.
    Gautieri esperó hasta que los cadetes se hubieron marchado antes de hablar con ella.
    – ¿Qué munición utilizas?
    – Tritón del calibre 40 de S &W de ocho gramos -contestó Darby-. El porcentaje de efectividad en un solo disparo ronda el noventa y seis por ciento.
    – Ese sí que es un cartucho potente…
    – Muchos cuerpos de seguridad lo usan.
    Gautieri volvió a mirar la diana de papel y sonrió.
    – ¿Estás cabreada con alguien que yo conozca?

    La ropa de Darby apestaba a cordita. Cuando salió al aparcamiento vio a su compañero de laboratorio, Jackson Cooper, apoyado en su Mustang negro.
    Salvo por el pelo corto y rubio, Coop guardaba un asombroso parecido con Tom Brady, el quarterback de los New England Patriots. Coop llevaba vaqueros y un forro polar negro North Face. Se estaba ajustando la visera de su gorra de los Red Sox cuando Darby se plantó delante de él.
    – ¿Qué haces aquí? -le preguntó-. Creía que te habías tomado el día libre.
    – Y así es. Lo he pasado con Rodeo.
    – ¿Has ido a un rodeo?
    – No, es el nombre de mi novia. Ro-de-o. He oído tu mensaje sobre la reunión con la inspectora. He intentado llamarte pero no contestabas al teléfono.
    – Lo tenía apagado.
    – He llamado al laboratorio y Leland me ha dicho que estabas aquí, así que se me ha ocurrido pasarme. También quería que te dijese que ya han entregado al laboratorio los informes que solicitaste. A ver, cuéntame qué es lo que está pasando.
    A lo largo de los veinte minutos siguientes, Darby lo puso al día y le hizo un resumen de su reunión con Chadzynski y de su examen de la ropa de Emma Hale.
    – ¿Qué quieres que haga? -le preguntó él cuando hubo terminado.
    – Mañana por la mañana me gustaría que le echaras un vistazo a la estatuilla de la Virgen María, por si hemos pasado algo por alto.
    – Lo haré ahora mismo.
    – ¿No quieres volver con tu Ro-de-o?
    – No. He tenido que simular que había habido una emergencia para poder largarme de su casa.
    – ¿Y cómo lo has hecho?
    – He usado su teléfono para llamarme a mí mismo y luego le he dicho que tenía que desplazarme a una escena del crimen. -Coop sonrió, orgulloso de su propio ingenio-. Voy a romper con ella. La cosa no funciona. A ella le va más bien el rollo artístico pretencioso. Anoche, sin ir más lejos, me hizo ver Bareback Mountain.
    – Querrás decir Brokeback Mountain.
    – Le he dejado un mensaje, pero no me ha llamado. -Darby sacó las llaves del coche-. ¿Conoces a Tim?
    – ¿Es que alguien conoce a Tim?
    – ¿Qué quieres decir?
    – Ya sabes lo que quiero decir. Bryson es muy reservado. ¿Sabes quién es su compañero?
    – Cliff Watts.
    Coop asintió.
    – Cliffy lleva trabajando con Bryson casi diez años y no sabe nada de él. Nunca ha estado en su casa, ni siquiera han salido juntos a echar un trago. Y Cliffy es de fiar. Por cierto, lo de escoger a Woody ha sido una buena idea.
    – ¿Qué tenéis los tíos con lo de poner apodos a todo el mundo?
    – Es nuestra forma de expresar afecto, Pecas. -Coop se apartó del Mustang-. Tendríamos que ponernos en marcha. El hombre del tiempo ha anunciado una ventisca; dicen que caerá hasta medio metro de nieve.
    – Si no lo veo, no lo creo. El lunes pasado dijeron que íbamos a tener dos palmos y cuando me desperté, apenas si había dos centímetros.
    – Seguro que no es la primera vez que te despiertas y te llevas una decepción con el tamaño de lo que te encuentras, ¿eh?
    – ¡Y que lo digas! ¿Te acuerdas del mes pasado, cuando te quedaste frito en mi sofá? Te vi en calzoncillos y… bueno, digamos que me parece muy acertado lo de «dime de qué presumes y te diré de lo que careces…».
    – Muy graciosa. Nos vemos en el laboratorio.
    Sentada al volante, Darby arrancó el motor del coche y encendió su teléfono. Tenía un mensaje: Tim Bryson le había devuelto la llamada. Decía que era urgente, de modo que marcó su número enseguida.
    – Bryson.
    – Tim, soy Darby McCormick. Acabo de escuchar tu mensaje. Voy de camino al laboratorio, pero quería saber si podíamos reunirnos para hablar un rato.
    – Han llamado para informar de la aparición de un cadáver en las aguas del puerto de Boston, detrás del palacio de justicia de Moakley.
    – ¿Es Judith Chen?
    – Por la ropa, eso parece -contestó Bryson-. Ahora mismo me dirijo al depósito. Podemos hablar allí.

Capítulo 4

    A las cinco y media de la tarde, Hannah Givens se resguardaba del frío bajo el alero de los grandes almacenes Macy's del centro de la ciudad, en el Downtown Crossing de Boston, mientras esperaba al autobús. La suave nevada de primera hora de la tarde se había transformado en un auténtico vendaval. Se arrepintió de no haber tomado el autobús anterior en lugar de quedarse a trabajar horas extra en la cafetería, ayudando a recogerlo todo y a preparar comida para la multitud que se presentaría a desayunar durante el fin de semana, siempre y cuando la ciudad no quedase paralizada por el temporal. Los meteorólogos habían anunciado varios palmos de nieve.
    Hannah metió las manos en los bolsillos de la parka de plumón y examinó los escaparates iluminados de Macy's, donde los maniquíes de figura perfecta lucían ya los vestidos de primavera. Se fijó en uno de ellos, un precioso vestido de noche negro con una abertura muy sugerente pero elegante a la vez, que llegaba hasta la altura del muslo. Faltaban tres semanas para el baile de primavera de la Universidad Northeastern, y nadie le había pedido todavía que fuese su acompañante.
    En cierto modo, por raro que pudiese parecer, se sentía aliviada. Aunque se lo pidiese alguien, no podía permitirse el lujo de comprarse un vestido nuevo, a menos que estuviese dispuesta a seguir haciendo horas extra en la cafetería y a reducir su presupuesto para comida durante los dos meses siguientes. La idea de comer sopa de fideos chinos para desayunar, almorzar y cenar no le resultaba demasiado atractiva, y además, tampoco le cabría ninguno de esos vestidos. Nunca en su vida iba a estar delgada, ni como las chicas que salían en las revistas, ni como aquel maniquí, ni siquiera como sus compañeras de piso, Robin y Terry, que se levantaban todas las mañanas para machacarse en el gimnasio y que no comían nada más que ensaladas con trocitos de queso de cabra desmenuzado.
    Hannah sabía que no era muy guapa. Era una mujer alta, medía casi metro ochenta con tacones, con muchas curvas, los huesos grandes, una melena bonita y un rostro agradable. No tenía mucho pecho, gracias a los genes de su madre. De su padre había heredado la PIM: una Piel Irlandesa de Mierda que se llenaba de pecas por el sol. La estirpe de los Givens también le había dejado en herencia un ojo vago que, pese a las afirmaciones de su madre, no se le había corregido con el paso del tiempo.
    El verdadero problema, sospechaba Hannah, era su carácter: resultaba aburrida. Era lista, trabajadora y se le daban bien los estudios, realmente bien, pero eso no servía de gran cosa hasta que te hacías mayor, cuando se volvían las tornas y cosas como la inteligencia o un buen sueldo despertaban repentinamente el interés de los hombres. Mientras Robin y Terry bebían cerveza de barril en antros los jueves por la noche y completaban el circuito de las fraternidades de viernes a domingo, Hannah estaba siempre trabajando o estudiando. Ella quería divertirse, de verdad que sí, pero con sus dos trabajos y el montón de temas que tenía que estudiar, no es que le quedara mucho tiempo libre, precisamente.
    Mientras esperaba el autobús, Hannah mató el tiempo imaginándose diez centímetros más baja y con veinte kilos menos, luciendo aquel vestido negro del escaparate y un par de espectaculares Manolos mientras Chris Smith, el apuesto jugador de lacrosse de su clase de Shakespeare, la acompañaba al baile de primavera. Parecería la mismísima Cenicienta.
    El ruido de un claxon sonó a su espalda. Hannah se volvió y vio un BMW negro aparcado junto al bordillo, en la esquina de las calles Porter y Summer. Alguien bajaba la ventanilla del lado del pasajero.
    – ¿Hannah? ¿Eres tú?
    Era una voz masculina. No la reconoció. No veía quién había sentado tras el volante; el interior del coche estaba muy oscuro.
    – Estoy en la clase de Cálculo del profesor Johnson -dijo el hombre-. Me siento al fondo.
    Hannah se acercó a la ventanilla abierta y vio el rostro del hombre, iluminado por la luz suave y azul procedente del salpicadero.
    Debía de haber sido víctima de alguna clase de accidente, un incendio o algo así. Tenía la cara llena de cicatrices, completamente embadurnada de maquillaje, y su nariz era un amasijo de carne torcida y espantosa. Tenía el ojo izquierdo inservible, completamente abierto, incapaz de pestañear en ningún momento.
    Hannah se apartó de la ventanilla. El viento, salvaje y feroz, azotaba con fuerza las calles con cortinas de nieve.
    – Lo siento, no nos han presentado. Me llamo Walter; Walter Smith.
    – Hola.
    – ¿Cómo llevas el examen parcial de Johnson de la semana que viene?
    – Voy a ponerme a estudiar en cuanto llegue a casa.
    – Espero que no estés esperando el autobús. Van con un montón de retraso por culpa de la ventisca, lo acabo de oír por la radio. Súbete, te llevo.
    Hannah se moría de ganas de resguardarse de aquel frío, llegar a su casa y darse un baño de agua caliente. Tenía por delante un largo fin de semana de estudio y pensaba ponerse ya, esa misma noche, pero la idea de meterse en el coche con aquel desconocido le provocaba bastante inquietud.
    – Gracias por el ofrecimiento -dijo Hannah-, pero no quiero que te desvíes por mi culpa. Gracias de todos modos.
    – Pero si me viene de paso: voy a Brighton, a casa de un amigo.
    Walter Smith ya estaba trasladando la mochila y los libros al asiento de atrás.
    No era un desconocido, no exactamente. Iba con ella a clase del profesor Johnson. Que no lo hubiese reconocido no quería decir nada: la clase de Cálculo se impartía en un aula enorme, muy antigua y espaciosa. Debía de haber más de un centenar de alumnos.
    – Te vas a congelar ahí fuera -insistió Walter Smith-. Vamos, súbete.
    Había una pequeña figura de la Virgen María encima del salpicadero. Al verla, Hannah sintió que desaparecía toda su inquietud. La chica abrió la portezuela y se subió al coche, agradecida de poder guarecerse de aquel viento helado.
    El interior del coche era cálido y olía a cuero nuevo y agua de colonia.
    – Vivo en el ciento veintidós de Gariton Road -le indicó Hannah mientras se abrochaba el cinturón-. ¿Sabes cómo llegar a Allston?
    Walter Smith asintió con la cabeza al tiempo que alejaba el coche del bordillo.
    – Uno de mis amigos vive por ahí -dijo-. Ahora que lo pienso, ¿te importa si paso un momento por su casa a recogerlo? Está de camino.
    – No, claro que no.
    Las máquinas quitanieve de la ciudad se habían lanzado a las calles y se afanaban tratando de despejar las vías de acceso. El tráfico era muy lento.
    – Y dime -dijo Hannah-, ¿en qué vas a graduarte?
    Walter Smith pensaba graduarse en Informática. Quería ser programador de juegos para ordenador. Se había criado en la costa Oeste (no le dijo dónde) y le explicó que vivía en Back Bay, aunque se estaba planteando muy seriamente trasladarse a algún lugar como Brighton o Allston, donde el alquiler era mucho más barato. Cuando Hannah le preguntó qué le parecía Northeastern, se encogió de hombros y contestó que en realidad él quería ir al MIT, pero no podía permitírselo.
    Hannah pensó que era raro que pudiese permitirse un BMW y una casa en Back Bay, pero no pedir un préstamo universitario. Si podías ir al MIT, ¿para qué perder el tiempo y el dinero en Northeastern? Hannah no quería parecer entrometida, de modo que no se lo preguntó.
    Para cuando llegaron a la altura de Storrow Drive, Walter se había quedado muy callado. Hacía una cosa muy rara con la lengua: se la mascaba con suavidad a un lado de la mandíbula y luego se la pasaba al otro lado. Hannah intentó hablarle de música y cine, pero él parecía tener la cabeza en otra parte. Tal vez estaba concentrado en la carretera. Nevaba muy intensamente, y el pavimento estaba muy resbaladizo. Vio más de un accidente.
    Walter tomó la salida de Allston. Al cabo de diez minutos paró en un pequeño centro comercial a pie de carretera con un Radio Shack y otros dos edificios que parecían completamente abandonados. El aparcamiento estaba desierto. Condujo hacia la parte de atrás del edificio y aparcó enfrente de un muelle de carga. Se veían cajas y restos de basura apilados junto a varias puertas traseras. Allí no había nadie.
    – Dave debe de estar esperando dentro -dijo Walter-. Abre la guantera y saca un hoja amarilla de papel. Tengo apuntado su número de móvil.
    Hannah se inclinó hacia delante y abrió la guantera. Walter le estrelló la cara contra el salpicadero.
    – Lo siento -se disculpó mientras le apretaba un pañuelo de tela contra la nariz y la boca.
    Al principio, Hannah creyó que estaba intentando limpiarle la sangre, pero luego inhaló un olor amargo que apestaba a fruta podrida. Trató de zafarse, removiéndose en el asiento, pero estaba atrapada por el cinturón de seguridad.
    – No quería hacerte daño. -Walter Smith le hablaba ahora con voz temblorosa, y se echó a llorar-. Lo siento mucho.
    Ella le agarró la muñeca con ambas manos y trató de apartarla de sí con todas sus fuerzas, pero él la sujetaba con demasiada firmeza. Hannah notó el sabor de la sangre, de su propia sangre, en la parte posterior de la garganta, y empezó a tener arcadas.
    Ahora él lloraba con más fuerza.
    – Te lo compensaré, Hannah, te lo prometo. Voy a hacerte muy, muy feliz, ya lo verás.
    Hannah se dejó caer en el asiento, sin fuerzas, mientras oía el movimiento incesante de los limpiaparabrisas, a un lado y a otro, a un lado y a otro, y la Virgen María la miraba con ojos cargados de tristeza y los brazos abiertos, dispuesta a ofrecerle todo su consuelo.

Capítulo 5

    Walter Smith accionó la palanca que abría el maletero. Desabrochó el cinturón de seguridad de Hannah y a continuación se lanzó sobre la nieve espesa y húmeda para rodear el coche a toda prisa y acercarse a la puerta del pasajero.
    Hannah pesaba más que Emma y Judith, y era muchísimo más alta. En lugar de tomarla en brazos y llevarla como si fuera una niña pequeña, Walter la sujetó con fuerza por debajo de las axilas y la arrastró hacia la parte posterior del coche. Ya había preparado las mantas.
    La metió en el maletero, le secó la nieve de la cara y le puso una almohada debajo de la cabeza. De la nariz de Hannah brotaba un reguero de sangre que fluía a un ritmo lento y regular. Confiaba en no habérsela roto.
    Se sacó del bolsillo la bolsa que contenía las diminutas píldoras sedantes que encargaba en México por internet y le introdujo tres en la garganta. Hannah emitió un gemido y se las tragó. Bien. Le colocó los brazos a la espalda y le esposó las muñecas. A continuación le ató los tobillos.
    Walter se quedó mirando a Hannah. Tenía un rostro cálido y amable; era su rostro lo que le había atraído. La había visto esperando el autobús y María le había hablado, le había dicho que Hannah Givens era LA ELEGIDA, y María tenía razón, siempre tenía razón.
    Walter empujó a Hannah hasta colocarla de costado para que la sangre no se le acumulara en la garganta y le provocara arcadas. Tendría que parar el coche en algún momento para ver cómo estaba.
    Walter arropó a Hannah con una manta hasta la barbilla, la besó en la frente, cerró el maletero y volvió a sentarse al volante.
    La nieve caía copiosamente y Walter conducía despacio, con mucho cuidado, sujetando el volante con fuerza con ambas manos. Esa noche habría muchos polis en la carretera.
    Mientras conducía, miraba sin parar la figura del salpicadero. Oía la voz de María con toda claridad en su cabeza. Su Santa Madre le decía que no se preocupase.

Capítulo 6

    El cadáver que yacía en la mesa de autopsias ya ni siquiera parecía el cadáver de una mujer; de hecho, ya ni siquiera parecía una figura humana, sino que recordaba más bien a una criatura salida de una película de terror en blanco y negro, un engendro horrendo y monstruoso que acabase de escapar de la tumba escarbando la tierra con las uñas. Tenía los dientes al descubierto y los labios, el tejido facial circundante y las cuencas vacías de los ojos, carcomidos por las mordeduras de los peces. El resto del cuerpo estaba cubierto por una sábana azul. Una tarjeta blanca con un número de expediente estaba colocada debajo de la barbilla.
    El rostro era irreconocible. Darby se preguntó si la mujer sería realmente Judith Chen.
    Un hombre corpulento de Identificación, la sección del laboratorio que se encargaba de forma exclusiva de fotografiar la escena del crimen, tomó primeros planos de la cara destrozada. Coop permanecía detrás de él, observando. La pequeña sala de baldosas blancas apestaba a desinfectante mezclado con el intenso olor metálico del puerto de Boston.
    Darby ya había tomado sus propias fotografías y, mientras esperaba, repasó la escasa información que tenía sobre el caso, la mayor parte procedente de los periódicos.
    Dos meses y medio atrás, un miércoles por la noche, durante la primera semana de diciembre, Judith Chen, estudiante de primer curso de la Universidad Suffolk de Boston, estaba estudiando para un examen parcial de Química en la biblioteca del campus. Cuando faltaban cinco minutos para las diez de la noche, Judith, vestida con pantalones de deporte de nailon rosa, una sudadera rosa y zapatillas Nike, decidió que ya era hora de irse a casa. En algún lugar entre la biblioteca y el apartamento de alquiler donde vivía, en Natick, la estudiante de Química de diecinueve años desapareció.
    Ahora estaban a mediados de febrero, y el cadáver tendido en aquella mesa llevaba la misma ropa.
    El hombre de Identificación le hizo una seña con la cabeza y Darby, ataviada con un mono quirúrgico, se puso una mascarilla y un protector facial y se aproximó al cuerpo.
    Los pantalones de deporte y la sudadera de color rosa de la mujer estaban mojados, cubiertos de barro y de ramitas. Los pies, aún con las zapatillas de deporte, colgaban encima de una pila y chorreaban agua. Darby se alegró al comprobar que Bryson había atado bolsas de papel alrededor de las manos de la mujer.
    El bolsillo derecho de los pantalones estaba cosido con el mismo hilo negro utilizado en el bolsillo del vestido de Emma Hale. Darby retiró la pretina y, a través del forro transparente del bolsillo, vio la misma estatuilla de diez centímetros de la Virgen María que había tenido en las manos en el laboratorio.
    En la nuca de la mujer había un agujero irregular: la marca del orificio de entrada de una bala. No había orificio de salida, y Darby recordó que la bala del calibre 22 hallada en el cráneo de Emma Hale tampoco había producido ningún orificio de salida.
    Coop retiró las bolsas de papel y examinó las manos de la mujer: los dedos estaban crispados en forma de garras, y la piel, blanca y arrugada, con las marcas de humedad conocidas como «manos de lavandera», había empezado a desprenderse del cuerpo. Las uñas estaban pintadas de color rosa brillante.
    – Están muy arrugadas -señaló Coop.
    – ¿Qué método deberíamos emplear? ¿Reconstrucción tisular? ¿Inyección de agua bajo la piel?
    – Puesto que el cuerpo muestra ya indicios de separación de la epidermis, lo mejor sería usar la técnica del guante. Como tú tienes las manos prácticamente del mismo tamaño, podemos registrar la huella aquí mismo.
    Darby recogió muestras de partículas y de las uñas. Cuando hubo terminado, Coop retiró la piel de la mano derecha y transfirió el «guante de piel» a una placa con alcohol.
    Darby no vio indicios de que hubiesen lastrado el cuerpo, aunque lo cierto es que no importaba, porque los gases de la putrefacción habrían acabado por hacer emerger el cuerpo a la superficie de todos modos, aunque estuviese lastrado. ¿Lo sabría el asesino?
    Darby encendió la Luma-Lite portátil y pasó la fuente de luz alternativa por encima de la ropa. Halló varios cabellos. Después de recogerlos, ajustó la longitud de onda y detectó una serie de manchas fluorescentes: sangre o semen. Señaló las áreas y luego recortó la ropa.
    Las manchas empapadas de sangre de la parte posterior de la sudadera seguían el mismo patrón que había visto en el vestido y la chaqueta de Emma Hale. Al igual que aquélla, esta mujer había permanecido tendida sobre su sangre durante un período de tiempo antes de ser arrojada al río.
    Darby desató los cordones de las zapatillas de deporte y las retiró con sumo cuidado. Sobre la pila cayeron agua del río, arena y distintas partículas. Cortó los calcetines. Llevaba las uñas de los pies pintadas del mismo rosa brillante que las de las manos. Guardó cada prenda de ropa en su propia bolsa y luego examinó con una lupa de mano la figura de la Virgen María. Era del mismo tamaño y color, con las palabras «Nuestra Señora de las Angustias» estampadas en la base inferior.
    Una vez empaquetadas y selladas las pruebas, Darby concentró su atención en el cuerpo.
    Las venas eran de color violeta oscuro y contrastaban con la piel, de un blanco inmaculado. La investigadora examinó las escoriaciones faciales y descubrió que era imposible determinar si eran ante o post mortem.
    Cuando un cuerpo se hundía en el agua, tropezaba con el lecho marino o del río; la cabeza se golpeaba contra las rocas, y los peces y los crustáceos corroían las partes blandas de la cara. Cuando el cuerpo afloraba al fin a la superficie, solía estar destrozado, y el rostro, como en este caso, quedaba prácticamente irreconocible.
    Encima del pecho derecho había un tatuaje en forma de luna: el color se debía a las bacterias cromogénicas: el Bacillus prodigiousus y el Bacillus violaceum. Invadían la dermis y producían dibujos y formas semejantes a los tatuajes.
    Había un trozo de envoltorio de una barra de Snickers adherido a la parte interna del muslo. Darby lo metió dentro de una bolsa y luego realizó sendos frotis vaginales y anales para buscar posibles restos de ADN. Pasó un peine con lana por el vello púbico de la mujer y luego lo metió dentro de una bolsa de pruebas.
    Darby había terminado de tomar sus notas cuando Coop le hizo una seña. Con sumo cuidado, la investigadora forense se colocó la piel suelta de la mujer sobre la mano enguantada. A continuación, hizo presión en cada una de las yemas de los dedos contra la almohadilla de tinta y luego transfirió las huellas a la ficha.
    – No tiene vello en las piernas ni en las axilas -señaló Darby-, y el vello del pubis también está muy corto.
    – ¿De modo que el asesino dejó que se depilara antes de la muerte?
    – Puede ser.
    – ¿Crees que podría haberla afeitado el propio autor del crimen? Lo digo porque hace poco hubo un caso, en Filadelfia, en que un tipo lavaba a sus víctimas en su bañera después de violarlas y estrangularlas. Les afeitaba las piernas, los brazos y hasta la cabeza.
    – Para eliminar pruebas -dedujo Darby.
    – Exacto.
    – Un auténtico psicópata no siente empatía hacia sus víctimas. Estas son meros objetos, un medio para alimentar una fantasía que suele tener raíces en el sadismo. Las mujeres utilizadas como objetos sexuales son tratadas como basura. No les permiten que se depilen las piernas ni que se pinten las uñas de los pies. A él le importaba esta mujer.
    – Si tú lo dices…-repuso Coop.
    Darby se colocó un casco equipado con una lente de aumento y una linterna y examinó el cuerpo en busca de posibles vestigios biológicos, pero lo que encontró básicamente fue limo y ramas.
    – ¿Darby?
    La mujer levantó la vista del cuerpo.
    – Doce puntos de coincidencia -anunció Coop-. Sí que es Judith Chen.
    Darby sintió una sensación sofocante, una especie de desgarro que le atravesó el pecho mientras reanudaba su trabajo.
    Como Emma Hale, Judith Chen había permanecido desaparecida varias semanas, retenida en algún lugar hasta que su captor decidió que había llegado la hora de meterle una bala en la cabeza. Como Emma Hale, Judith Chen había sido arrojada al agua vestida con la misma ropa con que había sido vista con vida por última vez, y con una pequeña figura de la Virgen María cosida en el interior de uno de sus bolsillos.
    – Se lo diré a Bryson -dijo Darby.

Capítulo 7

    Darby encontró al detective Tim Bryson en el pasillo, hablando por el móvil y con el elegante aspecto de un modelo, con aquel abrigo de pelo de camello sobre un traje azul marino. Dejando aparte la ropa, era imposible no fijarse en aquel hombre.
    La mayoría de los hombres de cincuenta años a los que conocía habían entrado ya en franca decadencia: tripas enormes de bebedores de cerveza, carrillos descolgados, pelo entrecano y con entradas en la frente. Bryson, en cambio, tenía una mandíbula firme y un rostro juvenil que le daban la apariencia de un hombre que no hubiese cumplido todavía los cuarenta. Darby ya lo había visto más de una vez en el gimnasio de la policía, y al igual que Coop, era un adicto al ejercicio físico, con un cuerpo escultural, sin grasa y musculoso. Además del entrenamiento en el gimnasio y de salir a correr, había oído que Bryson practicaba yoga una vez a la semana en un centro de Cambridge.
    Bryson la vio.
    – Ya te llamaré -se despidió de su interlocutor, y colgó el teléfono.
    – Es Judith Chen.
    Bryson asintió con la cabeza y se quedó con la mirada fija en el suelo durante largo rato. Parecía decepcionado, como si se hubiese aferrado a la esperanza hasta el último momento.
    – Creo que deberíamos investigar secuestros recientes o desapariciones relacionadas con estudiantes universitarias -sugirió Darby-. Tampoco estaría de más alertar a las universidades locales.
    – Eso es tarea de la inspectora.
    – Se lo diré.
    Bryson inspiró hondo por la nariz. Los tiempos habían cambiado en materia de igualdad de oportunidades para las mujeres, pero en el Departamento de Policía de Boston imperaba todavía la misma mentalidad que regía las fraternidades universitarias masculinas, y Darby era consciente de que su nombramiento iba a levantar ampollas entre muchos de los chicos del cuerpo. Se preguntó si Bryson también se sentiría así, y decidió que era el momento de averiguarlo.
    – ¿Tienes algún problema con el hecho de que me hayan asignado a tu unidad?
    – No ha sido decisión mía -contestó Bryson.
    – Supongo que debería interpretar eso como un sí…
    – Todo el mundo dice que eres una rata de laboratorio.
    En el argot policial, aquel término era sinónimo de golpe bajo: lo que Bryson decía era que pensaba que su lugar estaba en el laboratorio.
    – No me interesa para nada perder el tiempo con jueguecitos de macho alfa y esas estupideces -dijo Darby-. Me resulta aburrido y contraproducente.
    – ¿Cómo dices?
    – Te aconsejo que te guardes la escena del gallo de corral para el vestuario, cuando estés con los demás gallitos.
    – ¿Le hablas así a tu novio?
    – No soy tan educada. Estoy tratando de ser considerada con tu sensibilidad masculina.
    Darby se acercó más a él, invadiendo su espacio personal, y vio la fina telaraña de arrugas alrededor de sus ojos.
    – Sé que la prensa te ha echado toda la mierda encima por no haber encontrado a Emma Hale. Bien, pues para que conste, creo que se equivocan. -Mantuvo la voz serena-. Cuando encontremos a ese capullo, si quieres ser la estrella del departamento y sonreír y posar ante las cámaras y atribuirte todo el mérito, por mí perfecto. Pero hasta que llegue ese momento, necesitamos trabajar juntos en esto. Si no quieres, entonces sigue interpretando el papel de la víctima pasiva-agresiva. Tú decides.
    Bryson no respondió. Darby se marchó y lo dejó allí, plantado en el pasillo.
    Darby llegó al laboratorio y colgó la ropa húmeda de Judith Chen en el interior de la cámara de secado, donde permanecería durante todo el fin de semana. No albergaba ninguna esperanza de encontrar algo significativo, pues todo el tiempo que había pasado sumergida bajo el agua, al igual que en el caso de Emma Hale, habría eliminado cualquier pista de valor.
    Encima de su mesa había una caja de cartón con copias de los expedientes y las fotografías de los asesinatos. Darby quería ponerse al día con el caso, pero quería leer sin distracciones, de modo que decidió irse a casa. Coop se quedó en el laboratorio a trabajar con la estatuilla y prometió llamarla por teléfono más tarde.
    Para cuando llegó a su piso de Beacon Hill, un par de palmos de nieve habían cubierto ya la calle. Darby abrió la puerta, dejó la caja en el sofá y desactivó la alarma. Se dio una larga ducha, y se quedó bajo el chorro de agua caliente hasta vaciar el depósito y que saliera fría; a continuación se puso unos vaqueros y la vieja sudadera de la Universidad de Massachusetts de su padre.
    Una vez en la cocina, se sirvió una generosa copa de bourbon Booker's. Las ventanas de su piso daban a la Universidad Suffolk, que se encontraba justo al otro lado de la calle. El otoño anterior, Judith Chen había asistido a clases en el interior de aquel edificio, y ahora su cadáver yacía en una sala inhóspita y fría, a la espera de que le practicasen la autopsia.
    Darby tomó un largo trago de bourbon, volvió a llenar la copa y se la llevó a su estudio.
    Los anteriores inquilinos habían utilizado aquel espacio como cuarto de los niños, y una de las paredes aún seguía pintada de azul celeste con nubes blancas. Darby sólo llevaba tres meses viviendo allí, y en ese tiempo había comprado un escritorio en forma de ele para la esquina, una librería y un cómodo sillón de cuero que había colocado junto a la ventana, con vistas al porche trasero y al patio diminuto del vecino.
    Darby cogió la caja del sofá, la dejó en el escritorio y extrajo una copia del expediente del caso de Emma Hale.

Capítulo 8

    Darby extrajo las fotografías de la autopsia y de la escena del crimen y las pegó en un lado de la pared. Al otro lado pegó las fotos que había sacado al cadáver de Judith Chen junto con las copias que le habían dado los de Identificación. El expediente de Chen estaba incompleto. Tim Bryson estaba en la comisaría rellenando el informe.
    Las muestras anales y vaginales de Judith Chen habían dado resultado negativo para semen. Todo el tiempo que el cuerpo había permanecido bajo el agua había borrado cualquier vestigio biológico y de ADN… si es que había algún ADN que encontrar. Era imposible determinar con certeza si el secuestrador de Chen había mantenido relaciones sexuales con ella; con los cadáveres flotantes, las evidencias más habituales, como los desgarros y las escoriaciones, desaparecían, eliminadas por la descomposición.
    La inmensa mayoría de crímenes relacionados con mujeres casi siempre incluían algún componente sexual subyacente. Si ése era el caso, y desde el punto de vista estadístico, tenía que serlo, entonces, ¿por qué cosía el asesino una figura de la Virgen María en sus bolsillos?
    Tal vez aquello no tuviese nada que ver con el sexo, tal vez hubiese escogido a aquellas dos universitarias para colmar alguna necesidad psicológica. Darby cogió los expedientes y se acomodó en el sillón con su copa de bourbon, las muertas colgadas en la pared a su espalda, mirándola, observando.
    Judith Chen tenía diecinueve años y era la hija menor de una familia de clase media de Camp Hill, Pensilvania. Su padre era fontanero. Decidió ir a la Universidad Suffolk porque era la que le ofrecía las mejores condiciones de ayuda financiera para costearse los estudios. Boston era una ciudad muy cara, y con su escaso presupuesto como estudiante, Judith Chen y una compañera de piso compartían la mitad de un dúplex en Natick, un trayecto de cuarenta minutos de ida y cuarenta de vuelta todos los días en tren. Había solicitado un préstamo y se pagaba los gastos con el dinero que ganaba de sus dos trabajos, el primero como camarera en un restaurante de la cadena Legal Sea Foods, en el distrito teatral de Boston, y el segundo como dependienta en la tienda Abercrombie & Fitch del centro comercial Natick Mall.
    Emma Hale también tenía diecinueve años, hija única de Jonathan Hale, el principal promotor inmobiliario de Boston. Emma residía en un ático multimillonario en Back Bay, con su propia plaza de aparcamiento para su BMW descapotable. Una estrella del pop de los ochenta vivía en el ático de al lado.
    Jonathan Hale era un hombre poderoso, con la agenda llena de nombres importantes ansiosos por hacerle favores. Cuando se denunció la desaparición de su única hija, la teoría que se barajó en un principio fue la de un posible secuestro. La policía de Boston actuó con celeridad y se puso en contacto con el FBI.
    La inspectora Chadzynski ordenó a los miembros del laboratorio de la CSU que examinasen el ático donde vivía, lo cual resultaba ridículo, puesto que Emma Hale había sido vista por última vez saliendo del piso de una amiga, Kimberly Jackson. Darby sabía cuál era la verdadera razón que se escondía detrás de la orden de la inspectora. Dada la proliferación de series de televisión de gran éxito en las que aparecían técnicos forenses como investigadores armados que corrían arriba y abajo interrogando a sospechosos, su testimonio había adquirido mucho peso ante los jurados populares. Los abogados lo llamaban el «efecto CSI». Las imágenes televisivas de investigadores forenses reales dirigiéndose al edificio serían muy bien recibidas por el público, y harían que pareciese que todo el mundo estaba cooperando, trabajando con ahínco y aunando esfuerzos para encontrar a la estudiante de Harvard desaparecida. Era una maniobra de relaciones públicas estupenda.
    Darby leyó las páginas en las que se detallaba la lista completa de pertenencias de Emma: el enorme vestidor abarrotado de vestidos, zapatos y bolsos de diseño; los cuatro joyeros que contenían collares, pendientes y pulseras adquiridas en joyerías de renombre como Cartier y Shreve, Crump & Low. En uno de los joyeros sólo había relojes.
    Sobre el papel, las dos mujeres parecían llevar estilos de vida completamente diferentes. Emma era rica, mientras que Judith era de clase media-baja. Tim Bryson y su equipo del CSU habían realizado un seguimiento muy exhaustivo de los movimientos y actividades de ambas mujeres para ver si se solapaban en algún punto: un bar, una organización benéfica, un gimnasio o un club de baile. Bryson había examinado los ordenadores de cada una de ellas para averiguar si participaban en algún chat similar o si formaban parte de la misma red social, como Facebook. No hallaron ninguna conexión.
    Ambas mujeres compartían la pérdida de un miembro de su familia. La madre de Emma había muerto de melanoma, el mismo cáncer de piel que había acabado con la vida de la madre de Darby. Emma tenía ocho años cuando su madre murió. La hermana mayor de Judith había muerto atropellada por un conductor borracho. Ninguna de las dos mujeres acudía a ningún psiquiatra local ni a un terapeuta del campus.
    Ambas mujeres eran estudiantes de primer curso. Bryson había investigado la posible conexión comprobando si las dos habían solicitado el ingreso en la misma universidad. Emma Hale envió su solicitud a Harvard, Yale y Stanford, y la aceptaron en las tres, pero Judith Chen no había solicitado entrar en ninguno de esos centros.
    Por el momento, lo único que ambas tenían en común era que habían desaparecido cuando regresaban a casa. No había testigos de ninguno de los dos secuestros. ¿Conocían a su secuestrador o acaso, por algún motivo, aceptaron que un desconocido las llevase a casa? ¿Subieron a su vehículo a la fuerza?
    Habían interrogado a los miembros de la familia y amigos. Darby leyó todas las entrevistas con suma atención. Cuando terminó, volvió a leerlas, con la esperanza de encontrar algún elemento común, pero no halló ninguno.
    Darby dejó los expedientes en el suelo y fue a la cocina a llenarse de nuevo la copa. Volvió al estudio y centró su atención en las mujeres cuyas fotografías colgaban en la pared.
    Dirigió la mirada automáticamente a las fotografías de la escena del crimen. Había descubierto que las instantáneas de los muertos eran mucho más fáciles de abordar; todo era en blanco y negro. Las de los vivos contenían demasiadas tonalidades de gris.
    Al asesino le traía sin cuidado el aspecto que tuviesen una vez muertas; lo que le había atraído de aquellas dos universitarias era algo de la forma en que vivían.
    Las diferencias físicas entre ambas mujeres resultaban asombrosas.
    Emma Hale era casi perfecta, parecía una modelo, con un rostro de belleza deslumbrante y un cuerpo esculpido por una dieta estricta y sesiones de ejercicio físico supervisadas por un entrenador personal en el exclusivo LA Fitness Club de la planta baja del hotel Ritz Gariton de Tremont. Se había operado la nariz un mes después de cumplir los dieciséis años, y el cirujano de Manhattan que le había hecho la rinoplastia también le había operado los pechos cuando Emma cumplió los dieciocho.
    Judith Chen era delgada y apenas tenía pecho. No acudía a ningún gimnasio. Sus amigos y familiares la describían como a una chica reservada y taciturna, que se tomaba muy en serio los estudios. Se había graduado entre las primeras de su clase en el instituto. Había enviado solicitudes y había sido aceptada en algunos de los mejores centros universitarios de Massachusetts: Boston College, Boston University y Tufts. Sin embargo, esas universidades no podían ofrecerle el mismo tipo de ayuda económica que Suffolk.
    Según los informes, Emma Hale era el polo opuesto: extrovertida, popular y muy sociable. No le hacía falta absolutamente nada, y su papaíto se lo pagaba absolutamente todo: el ático, la ropa y las joyas, el BMW descapotable…
    Darby sintió la punzada del resentimiento social, no porque Emma Hale hubiese nacido en el seno de una familia rica, sino porque no tenía que trabajar para vivir. Darby no tenía simpatía ni paciencia con las típicas chicas guapas, siempre de fiesta, que se pasaban la vida yendo de compras y de vacaciones en Europa y en el Caribe; los veranos los pasaban en Nantucket y las noches del fin de semana bebiendo en los clubes; largos días recuperándose de la resaca en los veleros de sus amigos, con todos los gastos a cargo de su papaíto rico.
    Darby tenía delante una foto de Emma Hale en alguna fiesta llena de lujo y glamour. Sobre el vertiginoso escote pendía un relicario antiguo de platino. Luego venía otra foto de la guapa universitaria abrazada a un apuesto joven de pelo negro y ojos castaños; era el novio, Tony Pace, estudiante de segundo curso en Harvard.
    Darby sintió que en su cerebro se activaba una pequeña alarma, una sensación de que allí había algo que le resultaba familiar. ¿Era algo relacionado con el novio? No. Bryson había interrogado a Pace. Él no había asistido a la fiesta: tenía gripe y se había quedado en su habitación en la residencia de estudiantes. Habían comprobado todas sus coartadas. Pace había accedido a someterse a la prueba del polígrafo y la había superado. Entonces, ¿qué era?
    Había otra foto de la pareja de pie en la cubierta de un barco, con la piel muy bronceada, sonrisas perfectas, ni una sola arruga. Darby se preguntó por qué se estaba centrando tanto en Emma Hale y dirigió su atención a una foto de Judith Chen, en chándal y sujetando a un cachorro de labrador en brazos mientras sonreía a la cámara. Luego había una foto de Chen con su compañera de piso.
    Darby se paseó arriba y abajo por su estudio. Cada pocos minutos se detenía y volvía a mirar a la pared para ver si había algo en las fotos o en los rostros de las mujeres que captase su atención. Cuando eso no ocurría, volvía a pasearse por la habitación o se detenía a recoger cualquier objeto de su escritorio y lo sostenía en la mano un momento antes de volver a dejarlo. No dejaba de ordenar la mesa, asegurándose de que todo estuviese en su sitio y perfectamente colocado.
    El viento soplaba con fuerza y hacía temblar las frágiles ventanas. Ráfagas cegadoras de nieve azotaban los viejos edificios de ladrillo. Darby apuró el último trago de bourbon. Se sentía relajada, tranquila. Pensó en la primavera; parecía que todavía faltasen años para que llegara. Emma Hale tenía una casa de verano en Nantucket. Jugaba a tenis y a golf y pasaba días enteros en el barco. Llevaba ropa de diseño y montones de joyas.
    «El relicario…»
    ¿Qué pasaba con él? Darby sabía que contenía una fotografía de la madre de Emma. ¿Qué más? Jonathan Hale había identificado el relicario que Emma llevaba cuando hallaron el cuerpo. Emma llevaba el relicario cuando el cuerpo había emergido a la superficie. Emma llevaba el relicario…
    – ¡Oh, Dios! -exclamó Darby mientras alargaba las manos temblorosas en busca del expediente.

Capítulo 9

    Darby hojeó las páginas y se detuvo al llegar a la que contenía la lista de objetos encontrados en los joyeros que había en el vestidor de Emma Hale. Ahí estaba: «Relicario antiguo de forma ovalada con cadena de platino, cajón central, joyero número 2».
    Cogió el teléfono y llamó a Tim Bryson. Pareció sonar durante una eternidad. La investigadora sintió una oleada de alivio cuando al fin respondió.
    – Una semana después del secuestro de Emma Hale, tú y tu equipo fuisteis a su casa y realizasteis un inventario de sus joyas.
    – Así es -confirmó Bryson.
    – Tengo la lista delante. Dice que encontrasteis un relicario antiguo ovalado con una cadena de platino en el cajón central del segundo joyero.
    – ¿Adónde quieres ir a parar?
    Bryson parecía molesto. ¿Aún estaba enfadado por la charla que habían tenido en el depósito?
    – Cuando se encontró el cuerpo de Emma Hale, llevaba una cadena de platino con un relicario -señaló Darby-. Está incluida en la página del inventario.
    – Esa chica tenía muchas joyas. Es posible que tuviera otro similar. Recuerdo haber visto un montón de collares que parecían iguales.
    – Ese collar es único. Hale se lo regaló a su hija para Navidad hace unos años, cuando ella tenía dieciséis.
    – Pero ¿por qué iba a volver el asesino al ático a buscar un collar después de haberla secuestrado? No tiene sentido.
    – ¿Sacó fotografías tu equipo?
    – Sacaron montones de fotos -contestó Bryson.
    – No están incluidas en el informe que me diste.
    – Están en comisaría.
    – ¿Dónde?
    – Las tienen los de Identificación. No les llegué a pedir ninguna copia puesto que todo aquello constituyó una monumental pérdida de tiempo.
    Darby consultó la hora. Eran más de las siete. Identificación estaba cerrado. Coop se encontraba en el laboratorio, pero no podía entrar en la oficina de Identificación: era un departamento distinto.
    – Llamaré a Hale para ver dónde ha guardado las cosas de Emma -decidió.
    – Lleva enterrada… ¿qué? ¿Cinco meses? ¿Crees que ese hombre habrá conservado sus joyas?
    – Sólo hay una manera de averiguarlo. -Darby encontró los números de teléfono de Hale en el informe-. Te llamaré si averiguo algo. Gracias por tu ayuda, Tim.
    Darby colgó y marcó el número del domicilio particular de Jonathan Hale. Con un poco de suerte, el hombre le permitiría ver las pertenencias de su hija, todas las cuales le habían sido devueltas. Hale no tenía una buena opinión del Departamento de Policía de Boston y lo había criticado abiertamente en la prensa.
    Una mujer con acento extranjero respondió al teléfono. El señor Hale no estaba en casa, le informó. No le dio más explicaciones.
    Darby le explicó quién era y el motivo de su llamada, y luego le preguntó si podía darle algún otro número donde localizarlo. La mujer no disponía de ningún otro número, ella sólo era la asistenta, le dijo, pero se ofreció a transmitir el mensaje al señor Hale. Darby le dejó sus números de teléfono.
    Luego se puso a darse golpecitos con el teléfono en la pierna, impaciente por hacer algo. Sabía que el asunto podía esperar, que no había ninguna prisa.
    El domicilio de Emma Hale se encontraba en la zona de Back Bay, un rápido trayecto en metro, que a esas horas todavía funcionaba. Darby se preguntó si los objetos personales de la joven estarían guardados en el interior del edificio, tal vez incluso en su propia casa. Un edificio como ése seguramente disponía de los servicios de algún portero que trabajaba en la recepción.
    Darby no quería esperar; no se le daba muy bien. Necesitaba saber. Metió el expediente del caso de Emma Hale en su mochila y se puso el abrigo.

Capítulo 10

    El edificio de Emma Hale había contratado a un conserje que, además de atender las necesidades de los trece propietarios, también hacía las veces de guardia de seguridad. El hombre se llamaba Jimmy Marsh y estaba sentado detrás de un mostrador decorado con un jarrón de cristal en cada uno de los extremos, ambos llenos de lirios. Unas luces suaves y decorativas atenuaban el resplandor de los seis monitores de seguridad.
    Darby se presentó y luego le preguntó por el ático de Emma Hale.
    – El señor Hale no lo ha vaciado todavía -explicó Marsh. Vio la expresión de sorpresa en su rostro y prosiguió-: Cada cual tiene su propia manera de sobrellevar el duelo por la muerte de un ser querido, ¿sabe?
    – De modo que todo sigue arriba.
    – No lo sé con seguridad. No se permite la entrada a nadie. Después de que encontraran el cuerpo de Emma, el señor Hale me pidió que cambiase las cerraduras. -Marsh lanzó un suspiro y se pasó la mano llena de manchas de vejez por la cabeza calva. Era un hombre grande, grueso y con bastante grasa, con una nariz aguileña que le habían roto demasiadas veces-. Emma era una chica tan guapa… guapa y encantadora -añadió-. Todos los domingos por la mañana salía a tomar un café y me traía una magdalena de arándanos de la cafetería que más me gusta, justo al doblar la esquina. Yo me ofrecía a pagársela, pero ella siempre se negaba en redondo. Esa es la clase de chica que era.
    – Por lo que dice, estaban ustedes muy unidos.
    – Yo no diría tanto. Era una buena chica, y yo velaba por ella. Se lo había prometido a su padre. El señor Hale es el dueño de este edificio, es el dueño de la mitad de los edificios de por aquí, en Back Bay. Es un hombre muy poderoso.
    «Eso es lo que oigo una y otra vez», se dijo Darby.
    – ¿Trabaja aquí a jornada completa, señor Marsh?
    – Sí, estoy yo y también hay otro chico, Porny… Dwight Pornell. Dwight trabaja normalmente en el turno de noche, pero su señora ha dado a luz un bebé y yo le he estado sustituyendo. Nosotros dos vemos a todo el que entra y sale del edificio, por eso está colocado aquí este mostrador, justo al lado de la puerta principal. Todos los visitantes que entran tienen que firmar aquí. -Para dar más énfasis a sus palabras, Marsh dio unos golpecitos en el registro de visitas de cuero que había abierto encima del mostrador-. Comprobamos los documentos de identidad y hacemos fotocopias. Aquí nos tomamos muy en serio la seguridad, señorita McCormick.
    – ¿Cuánto tiempo hace que llevan ese registro?
    – Desde el once de septiembre -contestó él-. Eso lo cambió todo. No puedes ir a ningún sitio sin firmar con tu nombre y enseñar tu documento de identidad.
    – ¿Conservan todas las copias?
    – Sí, señora.
    – Las cámaras de seguridad -prosiguió Darby-. ¿Cuánto tiempo hace que las tienen?
    – Las instalaron cuando el señor Hale rehabilitó el edificio en… ¿cuándo fue…? Ah, sí, en el noventa y seis, más o menos. Vigilan las puertas de acceso, la zona de reparto… Y tenemos una cámara en el interior del aparcamiento privado. Aquí nos tomamos la seguridad muy en serio.
    – Eso ya me lo ha dicho antes, señor Marsh. ¿Hay algo que le preocupe y que no me haya contado?
    – ¿Yo? No, yo sólo soy un humilde vigilante de seguridad. Ese colega suyo, el detective de portada de revista… ése creía que tal vez yo había tenido algo que ver con lo que le pasó a Emma. Dígame una cosa, ¿ha ido usted alguna vez por la calle con un microscopio en el culo?
    – No, no lo creo.
    – Bien, pues deje que le diga que no es nada cómodo ni agradable. Creo que si el detective Bryson le hubiese dedicado a la investigación el mismo esfuerzo que le dedica a preocuparse por cómo le queda el pelo ante las cámaras, habría encontrado a Emma. ¿Están ya más cerca de atrapar al hijo de perra que la mató?
    – Seguimos varias pistas.
    – Lo que, en argot policial, significa que no tienen una puta mierda.
    – ¿Cuánto tiempo lleva usted retirado del cuerpo?
    – Trabajé en la patrulla de Dorchester durante veinte años. Por eso me contrató el señor Hale. Este trabajo es un chollo: aquí no tengo que preocuparme por si el primer mierda al que paro con el coche me mete una pistola por el culo.
    – Señor Marsh, dice usted que cambió las cerraduras del piso de Emma.
    – Así es.
    – ¿Tiene algún juego de llaves?
    – El ático quedó en manos del señor Hale.
    – No ha respondido a mi pregunta.
    – Tengo una copia de las llaves, sí, pero no se permite el acceso a nadie. Lo siento, pero no puedo dejarle subir sin el permiso del señor Hale.
    – Entonces, será mejor que lo llame por teléfono.
    – El señor Hale no está en la ciudad.
    – ¿Cómo lo sabe?
    – Estuvo por aquí el miércoles o así y me lo mencionó de pasada.
    – ¿A qué vino?
    – Quería ir al apartamento de su hija.
    – ¿Para qué?
    – No lo sé, y no se lo pregunté. -Marsh se recostó en su silla y el muelle emitió un chirrido debido al peso de su cuerpo; el hombre entrelazó las manos por detrás de la nuca-. Oiga, ¿por qué no vuelve el lunes por la mañana y…?
    – Me parece que no me he explicado con suficiente claridad -le cortó Darby-: necesito entrar en el apartamento de Emma esta noche.
    – No tengo el número del señor Hale.
    – Pero sí tendrá un número de emergencia al que llamar en caso de que surja algún problema.
    – En el número que yo tengo, salta un contestador. ¿Cree usted que tengo su número privado? ¿Sabe cuánta gente trabaja para ese hombre? Vuelva el lunes.
    – Puedo conseguir una orden de registro para dentro de una hora.
    Marsh se fijó en la cicatriz disimulada con maquillaje de la mejilla de la investigadora. Darby sacó su teléfono móvil y empezó a marcar un número.
    – Veré qué puedo hacer -dijo Marsh al fin, levantándose. Entró en el cuarto que había tras el mostrador y cerró la puerta.
    Darby empezó a pasearse arriba y abajo por el vestíbulo, mientras escuchaba los aullidos del viento, al otro lado de la puerta principal. ¿Por qué le había puesto Marsh las cosas tan difíciles? ¿Sería porque era una mujer? Se preguntó si habría tratado igual a Tim Bryson. Tal vez Marsh actuase simplemente guiándose por lo que él creía que era mejor para su jefe.
    Darby centró su atención en los monitores de seguridad. Una de las cámaras vigilaba la puerta de entrada principal, otras dos efectuaban un barrido por la calle, al menos eso parecía por lo poco que se veía, pues en esos momentos la nieve caía en ráfagas furiosas. Había otra cámara instalada encima de la puerta de una amplia plataforma de carga, probablemente la zona habilitada para la entrega de objetos voluminosos, como por ejemplo muebles. Las otras dos cámaras montaban guardia sobre la puerta del garaje y el aparcamiento en sí. Si el secuestrador de Emma había vuelto realmente a por el relicario, ¿cómo se las había arreglado para entrar sin ser visto?
    Veinte minutos más tarde, Marsh salió de su oficina.
    – El piso de Emma está en la planta quince -indicó, al tiempo que entregaba a Darby un juego de llaves.
    – ¿Alarma?
    Marsh echó un vistazo a la consola de un ordenador.
    – Está desactivada. Creo que lleva apagada un tiempo.
    – ¿Es eso raro?
    – Recuerdo que el señor Hale ordenó que la apagaran cuando ustedes estuvieron entrando y saliendo del piso de Emma. Eso tendrá que hablarlo con él.
    – ¿Ha hablado usted con él?
    – No, he hablado con su ayudante, Abigail. Ha sido ella la que ha hablado con el señor Hale. Quiere que le diga que puede contar con su cooperación absoluta.
    – Me gustaría tener el número de Abigail -dijo Darby-. Ya me lo dará cuando baje a devolverle las llaves.
    Darby subió con el ascensor hasta la decimoquinta planta y salió a un rellano poco iluminado donde había dos puertas. Al fondo vio un montacargas que se usaba para la entrega de pedidos.
    La puerta de Emma estaba a la derecha. Darby se bajó la cremallera del abrigo y se puso un par de guantes de látex. Examinó las dos cerraduras y no halló indicios de que hubieran sido forzadas. Abrió la puerta, buscó a tientas el interruptor y encendió la luz.
    El hogar de Emma Hale consistía en dos plantas de suelos de madera clara de roble y ventanales que iban del suelo al techo. Darby se quedó apabullada ante la enorme cantidad de espacio: el salón principal, dos veces el tamaño de su propio piso, era de revista, absolutamente perfecto, desde los muebles y la alfombra de estilo moderno hasta los óleos inspirados en Jackson Pollock y las falsas estatuas griegas. Las encimeras de la cocina eran de granito negro, y en ella había también una cocina Viking de la serie profesional y un frigorífico Sub-Zero. No estaba nada mal para una estudiante de Harvard.
    El aire estaba un poco enrarecido y la calefacción encendida, como si Emma fuese a volver de un momento a otro. Darby quería curiosear en las habitaciones para conocer un poco mejor a la chica, pero primero tenía que averiguar lo del relicario.
    Lo más probable era que el dormitorio principal estuviese en la segunda planta, así que Darby subió la escalera de caracol. Había leído que el ático tenía cuatro habitaciones y dos baños, uno de ellos con jacuzzi y un televisor de plasma. Estaba a punto de enfilar hacia el pasillo cuando las luces se apagaron.

Capítulo 11

    «Un apagón», pensó Darby. La ventisca debía de haber interrumpido el suministro de electricidad del edificio.
    No era el primer apagón de aquel invierno. Los interminables días fríos y las noches aún más frías, con sus vientos gélidos y arrasadores, habían inutilizado el tendido eléctrico y cables de alta tensión en muchas partes de la ciudad, a veces durante horas. Darby esperaba que no fuese ése el caso. Ni siquiera se había traído una linterna.
    Sin embargo, sí contaba con algo de luz. Justo al otro lado del pasillo había un dormitorio; la puerta estaba abierta y Darby vio un enorme mirador desde el que se veía la calle Arlington y parte de los jardines municipales. Las farolas de la calle estaban encendidas, al igual que las luces del Ritz Carlton. El hotel debía de disponer de un grupo electrógeno propio… no, un momento… las luces también estaban encendidas en los edificios de obra vista al otro lado de la calle. La ventisca debía de haber interrumpido el suministro únicamente en ese lado de la calle. Genial.
    Al volver a mirar hacia el pasillo, Darby vio otra puerta abierta; un tenue rectángulo de luz plateada se derramaba sobre el suelo de madera y por la pared. Dudaba que en el vestidor hubiese ventanas. Para examinar los joyeros iba a necesitar una linterna.
    Tenía dos opciones: o bien esperaba allí en la oscuridad hasta que volviese la luz o bajaba al vestíbulo a ver si Marsh podía prestarle una linterna.
    Darby apoyó las manos en la barandilla y empezó a bajar la escalera. Sus ojos se habían acostumbrado ya a la oscuridad.
    El crujido de un tablón de madera del suelo sobre su cabeza la hizo detenerse. Darby se volvió, con el corazón acelerado, y miró al pasillo de la segunda planta. Estaba desierto; allí no había nadie más que ella.
    Darby comenzó a ascender de los peldaños mientras otra parte de su mente asumía el control, devolviéndola a aquella noche de hacía más de dos décadas, cuando tenía quince años y, apoyada en el pasamanos del segundo piso de su casa, miraba hacia abajo, al vestíbulo en penumbra, convencida de que alguien había irrumpido en la casa. La parte racional de su cerebro le dijo entonces que no fuese ridícula, que todas las puertas y las ventanas de la planta baja permanecían cerradas. Estaba sola y estaba a salvo. Y entonces vio cómo una mano enfundada en un guante negro se agarraba a la barandilla.
    Darby se recordó a sí misma que ya no tenía quince años, sino treinta y siete, que era una mujer adulta. Lo más probable era que el crujido que acababa de oír no fuese más que el ruido que hacía una casa vacía al acomodarse a un invierno particularmente frío.
    Aun sí, Darby no se movió. Había algo en el pasillo que le resultaba extraño, y tardó todavía un momento en detectarlo: el rectángulo de luz que había visto antes en el suelo y en la pared frente a la habitación del fondo del pasillo había cambiado. Ahora la franja de luz era más estrecha; no mucho más, pero había una diferencia perceptible. Antes, la puerta estaba abierta de par en par, mientras que en ese momento la rendija era de apenas dos palmos. Había alguien ahí dentro, estaba segura de ello.
    Sólo había un modo de averiguarlo.
    Con la boca seca y el corazón golpeándole con fuerza en el pecho, Darby extrajo la SIG de la sobaquera. Metió la otra mano en el interior del bolsillo de la chaqueta, del que sacó su móvil. Mientras marcaba el 911, no apartó la mirada de la puerta del dormitorio.
    – Soy Darby McCormick, del Laboratorio Criminalístico de Boston. -Hablaba alto y claro-. Llamo para alertar de la presencia de un intruso en el cuatro seis dos de la avenida Commonwealth. Necesito que envíen varias unidades de refuerzo que cubran todas las salidas.
    Se volvió a meter el teléfono en el bolsillo y subió el resto de los peldaños. Al llegar al pasillo, se detuvo. No percibía ningún movimiento, ningún ruido. Habló dirigiéndose al silencio.
    – Ponga las manos detrás de la cabeza y salga al pasillo, despacio y sin hacer movimientos bruscos.
    – No tengo intención de hacerle daño.
    La voz grave y masculina hablaba con un ligero acento, británico o australiano, no estaba segura. Procedía del interior de la habitación que había al fondo del pasillo.
    – Salga al pasillo con las manos detrás de la cabeza -repitió Darby.
    La puerta se abrió y el intruso se desplazó hasta el cuadrado de luz, con las manos entrelazadas por detrás de la cabeza. Dio un paso atrás, con el rostro envuelto por las sombras. Era alto, de más de metro ochenta, y llevaba un abrigo largo y zapatos negros.
    – Es usted mucho más alta de lo que esperaba, señorita McCormick.
    – ¿Le conozco?
    – No nos han presentado oficialmente.
    – ¿Cómo se llama?
    – Todavía no estoy preparado para darle esa información.
    – ¿De qué me conoce?
    – Es usted la Perséfone de Boston, la reina de la muerte. ¿O es la reina de los condenados?
    Llevaba el abrigo abierto, y por debajo de la chaqueta de su traje, Darby vislumbró una sobaquera con una pistola bajo su brazo izquierdo.
    – Le diré lo que va a hacer -dijo Darby-: quiero que saque su pistola con la mano izquierda. Si hace algún movimiento brusco, permanecerá conectado a un tubo de alimentación el resto de su vida.
    El intruso llevaba guantes de cuero negros. Deslizó un dedo en el interior del gatillo del arma y poco a poco la fue sacando de la funda: era una nueve milímetros. La arrojó al suelo.
    – Ahora, empújela hacia aquí con el pie.
    Él hizo lo que le decía.
    – Mantenga las manos por detrás de la cabeza y arrodíllese en el suelo. A continuación, túmbese boca abajo.
    – Espero que no vaya a pegarme un tiro en la nuca.
    – ¿Por qué piensa eso?
    – Tengo entendido que a Emma Hale le pegaron un tiro en la nuca.
    – ¿Por qué le interesa Emma Hale?
    – Tal vez yo podría responder a una pregunta suya si usted respondiese a una pregunta mía.
    – No está en posición de negociar.
    – Entonces me temo que tendré que marcharme.
    – Eso no va a suceder. -Darby amartilló el arma y dio un paso adelante-. Tiéndase en suelo. No se lo volveré a repetir.
    – La vi el fin de semana pasado en la tumba de sus padres. ¿Estaba pidiéndole consejo a su padre, el poli de barrio? ¿O acaso buscaba inspiración en su madre, el ama de casa coleccionista de cupones? Seguro que era a su madre. Guardaba un montón de secretos ocultos bajo el delantal, ¿a que sí?
    Darby oyó las sirenas. Al cabo de un momento, unas ráfagas de luces blancas y azules se reflejaron en las ventanas y las paredes.
    Con las manos entrelazadas por detrás de la cabeza, el intruso dio un paso adelante, hacia la luz de la calle que iluminaba el otro lado de la puerta del dormitorio. Darby logró verle la cara y se le cortó la respiración.

Capítulo 12

    Los ojos del hombre eran completamente negros, carentes de color, y la tez de su rostro era pálida de un modo antinatural, tensa por encima de los huesos.
    – Quédese donde está -le ordenó Darby.
    El intruso siguió avanzando y Darby retrocedió hasta la puerta del cuarto de baño.
    – Emma tiene mucha suerte de que alguien tan entregado trabaje en su caso -dijo el intruso-. Podría estar usted sentada tranquilamente en su casa de Beacon Hill y, en cambio, aquí está, registrando la casa en la oscuridad, en busca de respuestas. Me pregunto por qué será.
    Se metió en el cuarto de invitados y cerró la puerta poco a poco, como si se fuese a dormir. Darby le oyó echar el pestillo de la puerta.
    A continuación percibió una especie de golpeteo; la ventana, estaba abriendo la ventana. Pero ¿por qué? Debía de haber una salida de incendios.
    Darby bajó por la escalera de caracol. Cuando llegó al salón, vio una pequeña rendija de luz por debajo de la puerta principal. Las luces del rellano estaban encendidas. «Debe de haber hecho saltar el diferencial», pensó.
    Bajó por las escaleras. Marsh estaba sentado detrás del mostrador, leyendo una revista, cuando levantó la vista y vio a Darby bajando a la carrera.
    – ¿Adónde conduce la salida de incendios de Emma?
    – Al callejón de la esquina -respondió Marsh al tiempo que se levantaba-. ¿Qué pasa?
    Darby no respondió. Ya había salido por la puerta y bajaba precipitadamente los escalones, bajo la intensa nevada.
    Varios coches patrulla trataban de abrirse paso entre el tráfico. Dobló por la esquina corriendo y dejó atrás la rampa del aparcamiento del edificio. El callejón estaba desierto. Con el azote de la nieve en la cara, se protegió los ojos mientras avanzaba por el callejón, empuñando la SIG, lista para abrir fuego.
    Cuando llegó al final del callejón, vio la escalera de incendios traqueteando al viento, cerca de un contenedor. Había pisadas recientes en la nieve, justo debajo de la escalera. Darby siguió el rastro hasta el momento en que se desviaba a la derecha, en la calle Arlington.
    Los coches estaban atrapados en un embotellamiento, y tanto conductores como pasajeros la miraron alucinados mientras ella avanzaba por la calle, tratando de divisar al intruso entre las cortinas de nieve. Pero era inútil; no lo encontró. El hombre de los ojos extraños había desaparecido.

    No sé si habrá salido el pir
    Jimmy Marsh le dijo que la caja de los fusibles de la luz estaba en el interior del vestidor. Pertrechada con una linterna que le había facilitado un agente de un coche patrulla, Darby apartó la colección de vestidos, encontró el interruptor diferencial y, al accionarlo, se hizo de nuevo la luz.
    El vestidor era largo y estrecho, y estaba repleto de hileras aparentemente interminables de ropa y zapatos ordenados de manera meticulosa en armarios sin puerta de aspecto profesional y elaborados en madera de roble. Los joyeros eran, en realidad, cuatro pequeños cajones forrados de terciopelo rojo.
    En el segundo de ellos, Darby descubrió un espacio vacío entre dos collares de diamantes absolutamente impresionantes. Hojeó las páginas del expediente del caso y localizó la que contenía la lista del contenido del joyero. El relicario y la cadena figuraban entre un collar de oro y diamantes y otro collar con la cadena de platino. Los collares estaban allí, pero el relicario había desaparecido.
    Pese a todo, Darby quería ver las fotos que la CSU había tomado de los joyeros. Llamó a Coop y descubrió que éste seguía en el laboratorio. Le explicó lo que había sucedido y lo que quería. Coop se ofreció a esperar en el laboratorio hasta que alguien de Identificación acudiese para abrir la oficina y conseguir las fotos. Le prometió hacérselas llegar al edificio de Hale.
    Tim Bryson no contestaba al teléfono. Darby le dejó un mensaje sobre el relicario desaparecido, colgó y se dispuso a inspeccionar el cuarto de invitados por el que había escapado el intruso. La puerta estaba cerrada por dentro, de modo que tuvo que subir por la escalera de incendios para poder deslizarse en el interior. No había señales de que hubiesen forzado la ventana para entrar. Examinó el suelo y a continuación inspeccionó también la nieve en busca de algún posible rastro que el intruso pudiese haber dejado allí.

Capítulo 13

    Walter Smith bajó las escaleras del sótano con Hannah en brazos. Al llegar a la puerta de la habitación, se echó el cuerpo de la joven al hombro.
    Llevaba la tarjeta-llave metida en el bolsillo delantero de sus vaqueros. Walter se acercó al lector de tarjetas y el aparato emitió un pitido. Tecleó los cuatro números y las cerraduras electrónicas se abrieron. Abrió la puerta y depositó a Hannah con delicadeza encima de su nueva cama.
    Walter encendió la pequeña lámpara de la mesilla de noche. La nariz de Hannah había dejado de sangrar, pero la sangre le había manchado la parte delantera de su chaqueta de lana. Le quitó el gorro, la chaqueta y los guantes y los dejó, doblados, encima de la lavadora que había al fondo del pasillo. A continuación, subió al piso de arriba.
    Se detuvo primero en el garaje. Abrió el maletero del coche y sacó las mantas que María le había dicho que metiera allí. Su Santa Madre le había indicado que si lo paraba la policía, registrarían el maletero. «Si la policía encuentra sangre, Walter, te encerrarán y ya nunca volverás a verme.» Walter tiró las mantas a una bolsa de basura.
    El baño estaba en la segunda planta. Walter abrió el botiquín. Oyó el ruido de un motor que aceleraba en la calle. ¿Sería la policía? ¿Lo habrían encontrado? Presa del pánico, apagó la luz y se asomó a la minúscula ventana.
    Un camión de grandes dimensiones avanzaba pesadamente por la nieve. Se detuvo al final de su calle y, a la luz de las farolas, vio las palabras «Mudanzas AJ» pintadas en los laterales de la caja. El enorme motor emitió un ruido bronco mientras doblaba a la derecha y enfilaba hacia la empinada cuesta de la colina, avanzando despacio hasta detenerse frente a una casa de listones de madera gris que llevaba vacía más de dos años. Alguien se había mudado a la casa de los Peterson.
    Walter se tranquilizó. Cogió el bote de agua oxigenada y un rollo de papel higiénico y se dirigió de nuevo al sótano.
    Pasó la siguiente media hora limpiando la sangre de la cara de Hannah. Tenía la nariz hinchada, pero no estaba rota. Bien. No quería verla desfigurada, de ninguna manera.
    Walter se dirigió de nuevo arriba, a la cocina esta vez. Llenó de hielo picado una bolsa de plástico para congelados y se la colocó a Hannah en la nariz. La ropa de la chica estaba mojada y olía a fritura. Llevaba la sudadera subida, con la barriga al descubierto, y Walter vio una marca de nacimiento de color fresa en su cintura. La tocó con la mano. Tenía la piel cálida y suave.
    Walter le recorrió el vientre con la mano. Se dio cuenta de lo que estaba haciendo y la retiró bruscamente, asqueado consigo mismo.
    – Lo siento, Hannah. Eso no ha estado bien.
    Hannah no se inmutó, ni siquiera se movió.
    – Siento haberte hecho daño. Fue un accidente.
    Walter esperaba que pudiese oírlo.
    El hielo se había derretido. Le quitó a Hannah las botas y los calcetines; tenía unos pies muy bonitos.
    Apagó la luz, y se disponía a subir de nuevo cuando se acordó de la ropa mojada de la joven. Quería que estuviera cómoda.
    En la oscuridad, con los ojos cerrados, Walter le quitó los vaqueros y luego le deslizó la sudadera y la camiseta hacia arriba para quitárselas por la cabeza. Walter no abrió los ojos hasta que llegó al pasillo. María se sentiría orgullosa de su autocontrol.
    Colocó la ropa húmeda en la lavadora. Cuando volvió al dormitorio, vio la silueta del cuerpo de Hannah iluminada por la suave luz del pasillo. Llevaba ropa interior de algodón, sencilla y bonita, de la que llevan las chicas buenas, y no esas prendas pecaminosas que veía en las revistas y en televisión.
    Emma era la que usaba esa clase de lencería, muy cara y promiscua. Hannah no era así. María decía que era una buena chica, de buen corazón.
    Los pechos de Hannah subían y bajaban en el interior de su sujetador. Walter se los quedó mirando fijamente y sintió ganas de tocarla de nuevo. Ya habría tiempo para eso más adelante, cuando se conociesen mejor, cuando le hubiese enseñado a Hannah lo mucho que la quería y lo feliz que iba a ser allí con él.
    Su Santa Madre trataba de hablarle. La voz de María sonaba muy lejana, de modo que cerró los ojos y se concentró.
    «Está bien, no pasa nada», le dijo María.
    Walter no se movió. Sentía que le ardía la piel, que las cicatrices que le cubrían el rostro y el cuerpo le palpitaban de calor.
    «Ven, deja que te ayude.»
    Walter sintió cómo su Santa Madre se aproximaba a él. María le desabrochó la camisa. María le quitó la camiseta y le desabrochó el cinturón. A continuación lo guió con delicadeza al otro lado de la cama y retiró las sábanas. María no tenía que decirle lo que debía hacer a continuación.
    Walter se encaramó encima de Hannah y apoyó la cabeza en su pecho. Oyó el suave latido de su corazón. Cerró los ojos, sabiendo que podría quedarse allí para siempre, así, sin moverse, apoyado en su piel. Enterró la cara en la suavidad de su pelo.
    – Te quiero, Hannah. Te quiero tanto…
    Walter la besó en la mejilla e, incapaz de contener su dicha por más tiempo, dio rienda suelta a su llanto.

Capítulo 14

    Darby se encontraba en el vestidor de Emma Hale, sujetando la foto que los de Identificación habían sacado al segundo joyero: sobre el fieltro rojo, entre los dos collares de diamantes, había un relicario antiguo con cadena de platino. Le pasó la foto a Bryson.
    – He cotejado las fotografías con el inventario. Está todo aquí salvo el relicario. No hay ninguna duda de que el asesino de Emma volvió por él.
    Bryson examinó la foto durante largo rato, con expresión a todas luces contrariada.
    – Marsh ha sacado las cintas de seguridad de anoche -dijo Darby-. Ya las he empaquetado. Aquí sólo guardan las del último mes, el resto está en la oficina de seguridad de Hale, en Newton. Se supone que Hale regresará a su casa en algún momento del fin de semana, pero no quiero esperar tanto tiempo. Su ayudante personal es una mujer llamada Abigail; quiero hablar con ella y ver si podemos entrar en la oficina mañana por la mañana a primera hora.
    Bryson devolvió la foto al interior de la pequeña caja de pruebas que había encima de una otomana de piel.
    – Los coches patrulla siguen peinando la zona en busca del intruso, pero estoy seguro de que ya hace rato que se ha esfumado -explicó-. Darby, el hombre con el que te has encontrado aquí dentro… dices que tenía los ojos completamente negros…
    – Así es, era como si tuviese delante una máscara de Halloween.
    Al recordar aquellos ojos de nuevo, aunque fuese rodeada ya de luz, sintió un intenso escalofrío.
    – No había electricidad -siguió diciendo Bryson-. Estaba todo oscuro, así que tal vez lo que viste…
    – Los ojos de ese hombre eran negros, Tim. No tenían ningún otro color en absoluto: ni pupila, ni iris… nada, sólo negro. Todo lo que llevaba era negro: el abrigo y los zapatos, los pantalones, la camisa y los guantes. Mide entre metro ochenta y metro ochenta y cinco. Tenía la cara muy pálida y llevaba el pelo negro muy corto. No me costaría identificarlo en una rueda de reconocimiento.
    – ¿Lo conoces?
    – No. ¿Por qué?
    – Él sabía tu nombre, te había visto en la tumba de tus padres -observó Bryson-. Me ha dado la sensación de que te conocía.
    – No tengo ni idea de quién es ni de por qué estaba aquí.
    – ¿Te resultaba familiar, aunque fuera vagamente?
    – Te aseguro que si hubiese visto alguna vez a alguien así, me acordaría.
    Darby sintió cómo la invadía una oleada de frío. Tenía las palmas de las manos húmedas, y se las metió en los bolsillos de los vaqueros.
    – He hablado con Marsh -continuó-, jura no conocer a nadie que coincida con esa descripción.
    – ¿Crees que dice la verdad?
    – Mi instinto me dice que sí, pero eso no implica que no se le puedan apretar un poco las tuercas.
    – Estoy de acuerdo. De momento, supongamos que el señor Marsh dice la verdad. Si ése es el caso, entonces el intruso no entró por la puerta principal, sino que halló otra forma de acceder al edificio. Dices que se marchó por la escalera de incendios.
    – Ya he comprobado la ventana -dijo Darby-. No hay señales de que la haya forzado. Encontró otra manera de colarse, puede que la misma que descubrió el asesino de Emma. Dudo que alguno de los dos entrara por la puerta principal.
    Bryson centró su atención en la caja de los fusibles.
    – Debiste de sorprenderlo al subir la escalera. Seguramente desconectó la luz con la esperanza de que, al quedarte a oscuras, te marchases; eso al menos le habría dado tiempo suficiente para escabullirse. Luego se puso detrás de la puerta y esperó en el cuarto de baño. El problema es que tú ya lo habías visto. Te oyó llamar a la policía y se dio cuenta de que estaba atrapado.
    – Es la misma conclusión a la que he llegado yo -señaló Darby-. ¿Ha contratado Jonathan Hale a alguien para que investigue la muerte de su hija?
    – No, que yo sepa. No creerás que el hombre al que has visto trabaja para Hale, ¿verdad?
    – Sólo trato de encontrar una explicación plausible para su presencia aquí.
    – Si ese hombre trabajara para Hale, ¿por qué no te lo ha dicho? ¿A qué vendría tanto alboroto, tanto dramatismo?
    – Buena pregunta -respondió Darby-. O trabaja para Hale o está investigando por su cuenta por razones que desconocemos.
    – ¿Cómo estás tú?
    – Estoy bien.
    – Pareces un poco temblorosa.
    – Me está bajando el subidón de adrenalina. Será mejor que me ponga a trabajar.
    – Espera un momento. -Bryson cerró la puerta-. Creo que empezamos con mal pie el otro día, en el depósito.
    – Olvídalo, no tiene importancia.
    – No, prefiero aclarar las cosas. -Bryson se rascó la barbilla-. Escucha, me comporté como un capullo. ¿Que si me ha cabreado la forma en que se ha gestionado todo esto? Te mentiría si dijera que no, pero lo que me dijiste sobre querer quedarme con todos los laureles, eso es una estupidez. No busco la gloria, ni mucho menos. La prensa no deja de acosarme, publica mi nombre y mi foto en los periódicos. Eso no puedo controlarlo. Si tú me ayudas a encontrar a ese tipo, eso es lo único que importa.
    – Bien, entonces estamos en el mismo barco.
    – Dices que Hale tiene una asistente personal.
    – Me lo comentó Marsh. Se llama Abigail; conseguiré su número.
    – Yo lo haré.
    – La verdad es que me gustaría echar un vistazo al sistema de seguridad.
    Bryson abrió la puerta.
    – Buen trabajo con lo del collar -la felicitó.
    En el dormitorio principal había una serie de cómodas de estilo moderno y una bonita cama con canapé. Al igual que en el cuarto de invitados, los ventanales que iban del techo al suelo daban a la calle Arlington y a una parte de los jardines municipales. Darby se imaginaba lo que debía de ser acostarse todas las noches con aquella vista tan espectacular de la ciudad, y se preguntó si Emma Hale se habría tomado tiempo para apreciar las vistas y reflexionar sobre su buena suerte. Como muchas chicas ricas, seguramente la joven lo daba todo por sentado.
    Darby era consciente de que albergaba cierto resentimiento hacia los ricos. Lo cierto era que no conocía de nada a Emma Hale. Puede que la chica sí apreciara su buena fortuna, puede que sí se sintiese agradecida. Darby sospechaba que su resentimiento tenía algo que ver con el comentario que le había hecho el intruso acerca de la costumbre de su madre de recortar cupones de descuento. Tras la muerte de Big Red, Sheila McCormick se había puesto a hacer turnos dobles en su trabajo de enfermera, y no sólo había conseguido dinero suficiente para que dispusieran de un techo sobre sus cabezas y llevar comida a la mesa todas las noches, sino que además había ahorrado hasta el último centavo extra para ayudar a Darby a pagarse los estudios en la universidad.
    Coop estaba en el pasillo, haciendo un globo con la goma de mascar mientras los de Identificación tomaban una instantánea del arma, una Beretta.
    – Aún lleva el número de serie -la informó Coop-. Con un poco de suerte, el rastro nos conducirá a alguna parte. ¿Le has echado un vistazo a la munición, por casualidad?
    – No.
    – Militar, bala perforante -dijo Coop-. Tienes suerte de que ese cabrón no intentara dispararte.
    – Tengo que bajar. Cuando vuelva, quiero examinar el vestidor primero. Luego quiero comprobar el inventario de la CSU para ver si nuestro hombre se llevó algo más aparte del relicario.
    – Te acompaño.
    Darby vio la mirada de preocupación en los ojos de Coop y se hizo una idea de lo que se le venía encima.
    Coop esperó a que estuvieran a solas en el vestíbulo.
    – Esta noche me quedaré contigo -le dijo-. Y por favor, nada de peros.
    – No me pasa nada. -Darby pulsó el botón del ascensor-. No hay ninguna razón para que te…
    – Oye, Mujer Maravilla, ¿por qué no cuelgas la capa un rato y descansas, de acuerdo?
    – La Mujer Maravilla no lleva capa. Además, estoy segura de que te gustaría volver con tu Ro-de-o. A lo mejor puedes quedarte a dormir y luego ver otra de esas estimulantes pelis de cowboys enamorados.
    Coop formó otro globo con el chicle y lo hizo estallar.
    – Ya sé que otros hombres te ven como un… no sé, como un pajarillo delicado y frágil que necesita protección -repuso él-, pero yo no. Yo he ido a entrenar contigo al gimnasio, te he visto boxear con un sparring en el ring y darle a la pera de boxeo. La mitad de ellos no saben que podrías hacerles papilla y dejarlos para el arrastre sin pestañear siquiera. No estoy poniendo en duda tu condición de supermujer. Quiero quedarme contigo sólo porque dormiré mejor si sé que estás bien.
    Una vez más, Coop había logrado escalar su muro protector y asomarse a sus verdaderos sentimientos. Se alegraba de que se hubiese ofrecido a hacerle compañía esa noche, porque no quería estar sola.
    – Ahora viene la parte en que tú, muy gentilmente, me das las gracias -señaló Coop.
    – No tengo cama de invitados.
    – Pero sí tienes una cama de matrimonio gigante.
    – Ni hablar.
    – Iba a sugerirte que durmieras en el sofá. ¿Por qué siempre estás pensando en el sexo? Es muy molesto, ¿sabes?

Capítulo 15

    Jimmy Marsh estaba sentado tras el mostrador de la entrada, prestando declaración al compañero de Tim Bryson, el detective Cliff Watts.
    Darby echó un vistazo a los monitores instalados detrás del mostrador.
    – Hábleme de las cámaras de seguridad -le pidió.
    – Las dos que hay encima de la entrada principal cubren la puerta y la calle -explicó Marsh-. Hay otra encima de la zona de descarga y otras dos en el garaje: una para vigilar la entrada y otra para el aparcamiento. Vemos a todo el que entra y sale del edificio.
    – Pero no disponen de cámara de seguridad en el callejón.
    – No. Ya sé adonde quiere ir a parar. Esa persona que ha encontrado dentro del piso, quienquiera que sea, puede que se haya largado por la escalera de incendios, pero es imposible que haya entrado por allí. No se puede subir al contenedor y alcanzar la escalera. Está demasiado alta.
    – Déjeme que le haga una pregunta: si quisiera entrar en el interior del edificio sin ser visto, ¿cómo lo haría?
    – No se puede.
    – ¿Cómo se accede al interior del garaje?
    – Se necesita un mando para abrir la puerta.
    – Entonces, si tuviera uno y llegara en coche hasta la puerta, podría abrirla.
    – Bueno, en teoría, sí -convino Marsh.
    – Y si tuviera un mando de la puerta y entrara en el garaje, usted no me vería.
    – No, pero vería su coche en el monitor.
    – ¿Conoce usted la marca y el modelo de todos los coches del aparcamiento?
    – Es necesario registrar todos los vehículos aquí, en recepción.
    – ¿Conoce usted la marca y el modelo de todos los coches del aparcamiento?
    – Tengo una idea bastante precisa. En el interior del edificio viven veintidós personas, y la mitad de ellas tiene coche.
    Darby miró al monitor de seguridad que enfocaba la puerta del garaje.
    – Esa cámara enfoca la ventanilla del asiento del copiloto -señaló-. Si un coche se detuviese en la puerta del garaje, usted no vería quién se sienta al volante.
    Marsh no respondió.
    Darby se volvió hacia él. El hombre tenía la mirada fija en el monitor, y se pasaba la lengua por los dientes.
    – ¿Señor Marsh?
    – Tiene razón -dijo-. No podría ver quién se sienta al volante.
    – ¿Y puede oír el ruido de la puerta del garaje al abrirse?
    – Vigilo esos monitores muy atentamente, señorita McCormick.
    – No estoy poniendo en duda su dedicación a su trabajo ni su capacidad. Todos los sistemas de seguridad tienen algún defecto, y la persona que entró en el ático de Emma esta noche lo descubrió. Dígame, ¿oye usted el ruido de la puerta del garaje cuando se abre?
    – No.
    – ¿Hay algún empleado en el interior del garaje dedicado a controlar quién entra y sale?
    – No.
    – Y si usted estuviera ocupado con otra cosa, como una entrega o una llamada de teléfono, podría no ver a alguien que acabase de entrar por la puerta del garaje.
    – Supongo que es posible.
    – Y si yo no tuviera un mando a distancia para abrir la puerta pero estuviera merodeando, por ejemplo, alrededor del edificio, podría colarme dentro una vez que la puerta del garaje estuviese abierta, ¿no es cierto?
    – Supongo -dijo él.
    – ¿Y la cámara de seguridad del interior del garaje registra lo que sucede ahí dentro?
    – Sí, así es.
    – De acuerdo. Entonces, si yo fuera un residente, después de aparcar mi coche, ¿cómo llego a mi apartamento? ¿Tengo que volver a salir y pasar por la puerta principal?
    – Hay un ascensor privado que lleva directamente a cada una de las plantas.
    – Ese debe de ser el montacargas que vi al fondo del rellano de Emma.
    – Sí.
    – ¿Hay una cámara instalada en el interior de ese ascensor?
    – No.
    – ¿Y en las plantas? ¿Hay alguna cámara en cada uno de los rellanos?
    – Sólo vigilamos el exterior del edificio.
    – Eso había imaginado -dijo Darby-. Gracias por su ayuda, señor Marsh.

Capítulo 16

    Walter Smith se despertó a primera hora del sábado por la mañana, temblando de ilusión y entusiasmo. Tenía tanto que hacer, tanto trabajo… Retiró la colcha y salió a todo correr de su habitación.
    La habitación contigua, llena de barras de pesas y bancos de ejercicio, estaba a oscuras. Las persianas estaban siempre echadas para impedir el paso de la luz del sol. No encendió las luces; ya veía lo suficiente.
    A lo largo de la siguiente hora, hizo ejercicio a oscuras, levantando las voluminosas pesas despacio, notando cómo le ardían los músculos. Pese a las cicatrices y a las innumerables operaciones quirúrgicas, había conseguido un tono muscular bastante satisfactorio en el pecho, los brazos y los hombros. Sus piernas habían mejorado de forma espectacular.
    Sudoroso y fatigado, se metió en el cuarto de baño a oscuras y se dio una larga ducha. Se secó, se envolvió la toalla alrededor de la cintura y se colocó encima de la alfombrilla húmeda.
    Ahora venía la parte que más detestaba: mirarse al espejo siempre le ponía de mal humor.
    Walter se armó de valor y encendió la luz.
    Un reguero de cicatrices de color pardo y violeta oscuro le cubría la totalidad del torso. Las cicatrices carecían de elasticidad, pues ya habían dado de sí todo lo que podían mientras él adquiría un tono muscular satisfactorio.
    El fuego le había quemado el noventa por ciento del cuerpo, y los médicos habían utilizado la piel sana restante para reconstruir sus párpados. Los cirujanos plásticos habían hecho todo cuanto estaba en su mano.
    Walter había sustituido el bisoñé que le habían facilitado en el Centro de Quemados Shriners por un sistema capilar muy caro y de apariencia más realista. Le habían reconstruido la oreja izquierda usando cartílago de cerdo. La mano izquierda no le funcionaba, pues los tendones habían sufrido daños irreversibles, y tenía los dedos permanentemente crispados en forma de garras.
    Una oleada de desesperación se apoderó de él. Su Santa Madre le recordó que Hannah nunca vería la mayor parte de aquellas cicatrices, sólo su cara.
    Aun así, su cara requería mucho trabajo.
    La maquilladora de Shriners había sido muy paciente y le había enseñado las mejores técnicas para ocultar lo que era en realidad.
    En primer lugar, se aplicaba una hidratante especial para proporcionar oxígeno a la piel. Era muy importante dejar que el fármaco en crema actuase y penetrase en el tejido cicatricial, de modo que se sentó en la taza del váter y se puso a hojear el último número de Details.
    Walter examinó los anuncios de apuestos modelos masculinos que posaban en ropa interior cara, o con vaqueros y camisetas bonitos, o con trajes. Para inspirarse, había pegado algunos de los anuncios en la pared de la sala de musculación.
    Mientras pasaba la hojas de papel satinado y observaba aquellos rostros bronceados de mandíbula firme, narices perfectas y mirada penetrante, pensó que ojalá hubiese alguna tabla de ejercicios para mejorar la apariencia de su cara. Para eso dependía por completo del maquillaje.
    Walter consultó su reloj; había pasado media hora. Dejó la revista en el suelo, se levantó y cogió los frascos que necesitaba del armario del baño.
    Tardó mucho rato en untarse la base oleaginosa de maquillaje porque sólo disponía de una mano útil. Mientras se secaba, sacó un bote de gomina American Crew y se embadurnó el pelo negro con aquella sustancia de textura similar a la cera. La gomina confería a su pelo el mismo aspecto desenfadado y húmedo que había visto en las revistas. Le llevaba bastante tiempo, pero el resultado merecía la pena.
    Para completar la transformación, empleó polvos compactos y se los esparció con una brocha.
    Walter dio un paso atrás frente al espejo. El rostro que le devolvía la mirada bajo aquella luz implacable ya no daba tanto miedo. No era tan atractivo como los modelos de las revistas, pero tampoco resultaba aterrador. Ahora al menos parecía humano.
    Walter repasó su aspecto unos minutos más, estudiando su cara desde distintos ángulos y dándose algunos toques finales en los lugares necesarios. Realizó una última comprobación para asegurarse de que el pelo le tapaba la oreja que le faltaba y luego se puso unos vaqueros Diesel y una camisa negra de manga larga. Se miró en un espejo de cuerpo entero que no le mostraba el reflejo de su cara y vio que estaba muy elegante. Se había vestido con mucho estilo. Se calzó un par de mocasines Coach negros y se dirigió abajo, a la cocina.
    La puerta del sótano estaba abierta. Oyó llorar a Hannah.
    Walter sintió unas ganas inmensas de acudir a consolarla, de abrazarla y decirle que todo iba a ir bien. Que no había sido su intención lastimarla. Lo que había ocurrido la noche anterior había sido un accidente.
    María le dijo que dejara a Hannah en paz, que era mejor esperar. Le dijo que dejara a Hannah llorar y exteriorizar a gritos su miedo y su ira, expulsar todo aquello fuera de su cuerpo.
    Walter necesitaba rezar para hacer acopio de fuerzas. Abrió la puerta del armario, se puso de rodillas y encendió las velas. Montones de estatuillas de la Santa Madre lo miraban con gesto enternecido, sonrientes, con los brazos abiertos, aceptándolo. Walter hizo la señal de la cruz, cerró los ojos y, con las manos unidas con fuerza, rezó una oración de acción de gracias a su Santísima Madre.

Capítulo 17

    Era sábado por la mañana. Darby estaba frente a la ventana de su cocina, tomándose el café a sorbos mientras observaba el pesado avance de una máquina quitanieves por la calle Cambridge, bajo un cielo azul radiante. Según las noticias, la ventisca del día anterior había dejado más de medio metro de nieve en la zona norte y el este de Massachusetts. New Hampshire se había llevado la peor parte, con casi un metro de nieve en algunas áreas.
    Coop seguía en la ducha. Darby consultó su reloj. Era casi mediodía, y se moría de ganas de ir al laboratorio a ver si el AFIS, el sistema de identificación automática de huellas dactilares del FBI, había encontrado alguna coincidencia para la única huella latente recogida en el joyero de Emma.
    Habían pasado la noche anterior y buena parte de las primeras horas de la mañana examinando cada centímetro de la casa de Emma, prestando especial atención al vestidor y al cuarto de invitados por donde había escapado el intruso. La única prueba que había dejado el hombre era una pisada húmeda que Darby había recogido del suelo frente a la ventana.
    ¿Cómo habría conseguido entrar en el ático? Darby se preguntó si Bryson habría descubierto algo en las cintas de seguridad del edificio. Si encontraban al hombre en alguna de ellas, eso respondería a la pregunta de cómo había accedido al edificio, pero no explicaría qué hacía allí ni qué buscaba.
    El número de serie de la Beretta los condujo hasta un hombre llamado Joshua Stein, de Chicago. Habían entrado a robar en su casa en 1998, y los ladrones se habían llevado varias piezas de cristal, el dinero en metálico que había en una caja fuerte y la Beretta. Cabía la posibilidad de que el hombre de la noche anterior fuese un ladrón, porque entrar sin ser visto en el apartamento de Emma no era tarea fácil, eso desde luego, pero lo más probable era que el hombre de los ojos extraños hubiese adquirido el arma en una casa de empeños. Algunos de los propietarios de esa clase de establecimientos mercadeaban de forma clandestina con armas robadas, como negocio paralelo para el que recurrían a contactos y personas de referencia. También era posible que el intruso hubiese comprado la Beretta de segunda mano en la calle o a través de algún proveedor privado. La lista de posibilidades era interminable: el arma era un callejón sin salida.
    Con la salvedad del relicario, todos los demás objetos incluidos en la lista de la CSU se encontraban todavía en el interior del ático de Emma. Su secuestrador había vuelto para recuperar el relicario pero, por lo visto, no se había llevado nada más. ¿Se habría puesto guantes para no dejar huellas? ¿Habría tocado alguna otra joya? Coop tenía previsto pasar el resto del día examinando todas y cada una de las piezas en una de las cámaras con vapores liberados por Superglue para ver si el secuestrador había dejado alguna huella latente parcial. Si tenían suerte, encontrarían una y también una coincidencia en el sistema del AFIS.
    Mientras se servía otra taza de café, Darby se concentró en la pregunta más relevante, la que destacaba por encima de las demás: ¿por qué, por recuperar un simple relicario, había corrido el secuestrador de Emma el riesgo de ser descubierto en su casa?
    Darby no tenía una respuesta concluyente, pero sí distintas teorías, todas las cuales volvían a apuntar a su suposición original de que el hombre que había raptado a aquellas dos mujeres y las había mantenido con vida durante meses sentía, en el fondo, una profunda preocupación por ellas y por su bienestar.
    Darby se llevó la taza de café a la sala de estar, de camino a su estudio. Coop ya no ocupaba el cuarto de baño. La puerta de su dormitorio estaba entreabierta. Avanzó por el pasillo en calcetines, y estaba a punto de llamar a la puerta para avisarlo de que el café estaba listo cuando vio a Coop, sin camisa, poniéndose los vaqueros.
    Se dijo que, por pudor, debía apartar la vista, pero no pudo hacerlo. Mientras Coop se abotonaba los vaqueros bajo la luz del sol que se filtraba por las ventanas de su propio dormitorio, los músculos duros y bien cincelados de aquel torso y de su vientre trazaban unas ondulaciones perfectas bajo su piel pálida y suave. No costaba entender por qué tantas mujeres se fijaban en él: el cuerpo musculoso y el contorno perfecto de su mandíbula, el pelo rubio y los ojos azules. Pero ella también había visto su otro lado, el que ocultaba bajo todas aquellas capas de carisma a raudales y bromas constantes. Había pasado muchas tardes los fines de semana en compañía de Coop, solos los dos, bebiendo cerveza y viendo fútbol.
    Eran amigos, se recordó a sí misma Darby, y sintiéndose un poco avergonzada por estar allí embobada, espiándolo, se escabulló rápidamente hacia su estudio.
    Las caras de Emma Hale y Judith Chen estaban colgadas en la pared, las dos felices y sonrientes, los ojos brillantes de esperanza. Darby estaba observando fijamente las fotografías cuando sonó su móvil. Lo retiró del cargador y respondió la llamada.
    – Ya he terminado de revisar las cintas de seguridad de anoche -anunció Tim Bryson-. Tu amigo se coló por el garaje a las ocho y treinta y tres y tomó el ascensor para las entregas de paquetes hasta el ático.
    – No había señales de que hubieran forzado la puerta ni ninguna cerradura.
    – O tenía llave o usó algo para abrir la cerradura. Hay dispositivos en el mercado que se usan para introducirlos en el ojo de la cerradura y conseguir que ceda. Alguien que sepa lo que hace podría abrir cualquier puerta en cuestión de segundos. O a lo mejor desbloqueó la cerradura.
    – ¿Desbloquearla?
    – Sí, se coge una llave, se coloca dentro de la cerradura y luego se la golpea con un martillo, una piedra, un zapato, lo que sea, y se hacen saltar los cilindros, lo que hace que la cerradura pueda deslizarse libremente. Eso se llama desbloquear la cerradura. Le diré a alguien de allanamientos que vaya a echar un vistazo. ¿Dónde estás?
    – En casa. Llegaré al laboratorio dentro de unos treinta minutos.
    – ¿Tienes conexión a internet? Quiero enviarte una foto por correo electrónico.
    Darby le dijo que se la enviase a su dirección de correo del laboratorio, a la que podía acceder desde casa.
    Su portátil disponía de conexión de banda ancha, de modo que en menos de un minuto se conectó a su cuenta de Outlook. Vio el correo de Bryson con un jpg adjunto y se descargó la foto.
    En la pantalla había una foto carné a color de un hombre con el pelo corto y negro y la piel pálida: tenía los mismos ojos negros y cadavéricos que el de la noche anterior.

Capítulo 18

    – ¿De dónde has sacado esto? -preguntó Darby.
    – ¿Es tu hombre?
    – Es él, sin ninguna duda. ¿Quién es? ¿Lo sabes?
    – Se llama Malcolm Fletcher. ¿Te suena por casualidad ese nombre?
    – No. ¿Debería?
    – Fletcher es un antiguo especialista en perfiles de los tiempos en que la Unidad de Apoyo a la Investigación se llamaba Ciencias del Comportamiento -explicó Bryson-. También ocupa el cuarto lugar en la lista de los más buscados del FBI.
    – ¿Qué hizo?
    – Según lo que he leído en internet, Fletcher agredió a tres agentes federales en el año ochenta y cuatro. A uno lo declararon clínicamente muerto, mientras que los otros dos desaparecieron. No se encontraron sus cuerpos. Lo más interesante es que los federales no incluyeron a Fletcher en su lista de los más buscados hasta el año dos mil tres.
    – ¿Y qué razón hay para que dejaran pasar tanto tiempo?
    – Buena pregunta. Mi teoría es que los federales querían resolver el asunto de forma interna.
    «Qué raro», se dijo Darby con sarcasmo.
    – ¿Y cómo lo encontraste?
    – Mi primer destino cuando salí de la academia consistió en trabajar como policía de barrio en Saugus. Tuvimos un caso, en el ochenta y dos, en el que aparecieron los cuerpos de dos mujeres estranguladas en la Ruta Uno. El detective encargado del caso, un tal Larry Foley, llamó a la Unidad de Ciencias del Comportamiento y éstos enviaron a un especialista en perfiles a estudiar los casos. Yo nunca llegué a conocer a Fletcher personalmente, pero su nombre estaba siempre en boca de todo el mundo; se pasaban el día haciendo comentarios sobre esos ojos suyos tan extraños, negros. Iba de camino a comisaría cuando me acordé de su nombre y, gracias al poder de Google, ahí apareció, en la lista de los más buscados.
    – ¿Qué le pasa en los ojos? ¿Se trata de alguna enfermedad hereditaria?
    – No tengo ni idea. Como te he dicho, no llegué a conocerlo en persona. Tengo un amigo federal en la oficina de Boston; lo llamaré y veré qué puedo averiguar. A lo mejor puede darnos alguna pista sobre qué cojones está haciendo Fletcher por aquí.
    – ¿Confías en esa persona?
    – ¿Te preocupa que los federales puedan inmiscuirse en la investigación?
    – Algo así se me había pasado por la cabeza, sí.
    – A mí también. Hablemos con la inspectora y veamos cómo quiere llevar el asunto.
    – Me gustaría revisar los casos de Saugus que has mencionado.
    – Espera, tengo otra llamada.
    Coop entró en su estudio luciendo una camiseta donde se leía: «Me gustan las tetitas».
    – ¿Cuántos años dices que tienes? -preguntó Darby.
    – Me la regaló mi madre para mi cumpleaños. -Coop se pasó la mano por el pelo húmedo y examinó las fotos de la pared-. Me alegro de ver que no te traes el trabajo a casa.
    Bryson se puso al teléfono de nuevo.
    – Era Jonathan Hale. Quiere hablar de lo que ocurrió anoche.
    – ¿Y tú qué le has dicho?
    – Le he dicho que tú y yo nos reuniríamos y discutiríamos el asunto con él en su casa a las dos. Vive en Weston. Ahora mismo estoy en comisaría. ¿Quieres que pase a recogerte?
    Darby le dio a Bryson su dirección y luego colgó y puso al corriente a Coop sobre Malcolm Fletcher.
    Coop se sentó en el sillón de cuero junto a la ventana y entrecerró los ojos para protegerse de la luz del sol.
    – Creo que sería mejor que me quedase aquí contigo unos días -dijo. Darby se sintió aliviada. No quería que se fuera, todavía no-. Pasaré por mi casa y recogeré algunas cosas -añadió.
    – ¿Vas a ponerte más camisetas ridículas como ésa?
    – Es eso o dormir en pelota picada.
    Por un fugaz momento, Darby visualizó la imagen de Coop deslizándose en el interior de sus vaqueros y se ruborizó.
    – Por favor -dijo él-. No discutas.
    – Puedes llevarte mi coche. -Darby abrió el cajón de su escritorio y sacó la copia de las llaves del coche y la casa. Se las tiró y se levantó-. No pienso cocinar para ti.
    – ¿Y masajes en la espalda?
    – Sigue soñando.
    – Ningún problema -repuso Coop.

Capítulo 19

    Weston es la versión residencial de Nantucket en Boston, un enclave exclusivo en las afueras de la ciudad, residencia predominantemente de blancos ricos que viven en mansiones espectaculares de miles de millones de dólares rodeadas de hectáreas de césped bien cuidado y de bosque. Los residentes más pobres de la ciudad viven en casuchas de apenas un millón de dólares para poder aprovecharse del sistema educativo, las mejores escuelas del estado de Massachusetts. Casi todos los graduados del instituto tienen garantizado el ingreso en alguno de los centros universitarios pertenecientes a la prestigiosa Ivy League.
    Jonathan Hale vivía al final de un camino privado. Su mansión, una mole inmensa de arquitectura moderna, estaba situada en lo alto de una colina. Unos operarios encaramados a cortadoras de césped John Deere y equipados con arados estaban retirando la nieve de los largos caminos de entrada a las casas.
    Había una limusina aparcada delante de un garaje con la puerta abatible abierta y la luz interior encendida. Darby entrevió un Porsche de época, un BMW descapotable y un coche que parecía un Bentley.
    – ¿Qué te parece? -preguntó Tim Bryson mientras detenía su antiguo Mercedes diésel delante de la puerta principal.
    – Diría que hace un frío terrible -respondió Darby.
    – Me refería a la casa.
    – Ya lo sé.
    Bryson bajó la ventanilla y pulsó el botón del intercomunicador.
    Se oyeron unas interferencias y, a continuación, una voz de mujer dijo:
    – ¿Quiénes?
    – Soy el detective Bryson. Vengo a ver al señor Hale.
    – Un momento, por favor.
    De pie en el interior del vestíbulo, vestido con un traje oscuro de raya diplomática y sin corbata, había un hombre alto con una mata espesa de pelo gris y un rostro firme y apuesto, pero pálido y transfigurado por el dolor: era Jonathan Hale. Darby lo reconoció inmediatamente de las ruedas de prensa en televisión.
    Hale tenía el aire de un viejo aristócrata de sangre azul y se comportaba como tal, aunque su imagen no se ajustaba del todo a la realidad. Había abandonado sus estudios en Harvard en segundo curso para construir ordenadores en el garaje de la casa de sus padres, en Medford. Ocho años después, vendió su empresa informática de venta por correo a un competidor y con el dinero que sacó invirtió en la adquisición de propiedades residenciales en la codiciada zona de Back Bay en Boston.
    Con los ingresos generados por el alquiler de sus propiedades, creó una empresa de gran éxito que desarrollaba software financiero para empresas de inversión. En el apogeo de la popularidad de las puntocom, Hale vendió su empresa por una cantidad exorbitante de dinero que invirtió en oportunidades comerciales inmobiliarias en Massachusetts. Se convirtió en el equivalente en Boston de Donald Trump, pero sin aquel pelo desastroso, la esposa-florero ni el deseo megalomaníaco de darse autobombo constantemente. Según la prensa, Hale, que no había vuelto a casarse tras la muerte de su mujer, contribuía con sumas inmensas de dinero a distintas organizaciones benéficas católicas.
    Bryson se encargó de las presentaciones.
    – María está preparando el almuerzo -dijo Hale. Tenía la voz bronca, cansada, y arrastraba levemente las palabras-. ¿Les apetece algo de comer o de beber?
    – Es usted muy amable, pero no querríamos robarle mucho tiempo -respondió Bryson-. ¿Hay algún sitio donde podamos hablar en privado?
    Hale sugirió su despacho.
    Darby siguió a los dos hombres mientras se fijaba en cada detalle de la casa, de techos abovedados y con un sistema de iluminación altamente sofisticado e ingenioso. Había antigüedades japonesas colocadas en los lugares más prominentes de las paredes y en lo alto de pedestales. En el interior de una cocina del tamaño de un restaurante, una mujer hispana algo entrada en años estaba ocupada con los fogones.
    Jonathan Hale aflojó el paso y miró por encima del hombro a Darby.
    – McCormick… Usted es la que atrapó a ese asesino que estaba en todos los noticiarios.
    – El Viajero -dijo Darby.
    – Ahora es la doctora McCormick, ¿no es así?
    – ¿Es que ha seguido mi trayectoria, señor Hale?
    – Sería difícil no hacerlo, jovencita: se ha convertido usted en una especie de fenómeno mediático.
    Por desgracia, tenía razón. El caso del Viajero, tema central de programas de televisión de ámbito nacional como Dateline y 60 minutos, revivía de forma continua en espacios de la televisión por cable como Forensic Files, Court TV y Notorious, de A &E. Darby nunca había concedido ninguna entrevista pero, a causa de su relación con el Viajero, su nombre se mencionaba constantemente en los programas junto con la fotos que le sacaban los fotógrafos, agazapados entre los arbustos o apostados en el interior de sus coches, espiándola. Sus movimientos eran objeto de interés incluso para el «Inside Track», una especie de columna de opinión dedicada a los chismes que aparecía en el Boston Herald.
    El despacho de Hale era amplio y diáfano, con librerías y sillones de cuero salidos directamente del Harvard Club. La chimenea estaba encendida, y la cálida habitación estaba impregnada del olor a leña ardiendo y a habanos. Hale esperó hasta que se sentaron.
    – He hablado con el señor Marsh esta mañana -empezó al tiempo que apagaba su habano-. Me ha dado la descripción de un hombre. ¿Saben quién es?
    Bryson llevó la iniciativa. Darby prefería limitarse a escuchar y observar.
    – No, no lo sabemos -explicó Bryson-. ¿Y usted? ¿Conoce a ese hombre?
    Hale parecía perplejo.
    – ¿Está sugiriendo que conozco al hombre que entró en el apartamento de mi hija?
    – Sólo es una pregunta rutinaria, señor Hale.
    – No. No sé quién es.
    – ¿Ha visto alguna vez a un hombre que coincida con esa descripción?
    – No. -Hale cogió un vaso de tubo que parecía contener bourbon-. ¿Qué estaba haciendo allí?
    – Estamos investigando diversas pistas. ¿Ha…?
    – Detective Bryson, cuando hablé con usted esta mañana, dijo que al parecer todo indica que alguien entró por la fuerza en casa de mi hija. ¿Entró o no alguien por la fuerza en casa de Emma?
    – No encontramos ningún indicio de que hubieran forzado la puerta. Estamos barajando la posibilidad de que el hombre tuviera una llave. ¿Cuánta gente, además de usted, tiene acceso al apartamento de su hija?
    – Yo tengo una llave, al igual que el señor Marsh.
    – ¿Ha hecho alguna otra copia?
    – No.
    – ¿Le ha dado sus llaves a alguien?
    – No. No quiero que nadie entre en casa de Emma.
    – Entonces, ¿por qué le dio al señor Marsh una llave?
    – Tiene las llaves de todos los apartamentos. Es el guarda jurado de todo el edificio. Necesita la llave por si hay algún problema.
    – ¿Conoce el señor Marsh el código de la alarma de seguridad de Emma?
    – Supongo que sí. Tiene acceso al sistema de seguridad del edificio. El ordenador contiene el código de la alarma de todos los inmuebles. La alarma de Emma lleva desactivada desde su… secuestro. Hice que la desactivaran, a petición de ustedes, cuando su gente entraba y salía constantemente.
    – ¿Por qué no la ha vuelto a conectar?
    – A decir verdad, ni siquiera se me había ocurrido. -Hale apuró su copa-. Perdone que se lo diga, detective, pero tengo la sensación de que esto se está convirtiendo en una especie de interrogatorio.
    – Le pido disculpas -dijo Bryson-. Estoy tratando de comprender, y estoy seguro que usted también, qué hacía esa persona dentro del apartamento de su hija.
    Hale desvió su atención hacia Darby.
    – Tengo entendido que habló usted con esa persona.
    Darby asintió con la cabeza.
    Hale aguardó a que dijese algo. Cuando vio que no lo hacía, añadió:
    – ¿Va a decirme lo que le contó? ¿O piensa tenerme a oscuras?

Capítulo 20

    Tim Bryson respondió la pregunta.
    – Forma parte de nuestra investigación.
    Hale no apartó la mirada de Darby.
    – ¿Para qué quería entrar en casa de mi hija, doctora McCormick?
    – Me han asignado hace poco el caso de su hija -contestó ella-, y quería tratar de familiarizarme con ella, intentar conocerla un poco.
    – El señor Marsh llamó a mi servicio de mensajes. Cuando hablé con mi ayudante, me dijo que fue usted muy insistente en su deseo de entrar en el apartamento de Emma. Habló incluso de una orden judicial.
    – Quería investigar una nueva pista.
    – ¿Y cuál es esa pista?
    – Forma parte de nuestra investigación.
    – ¿Lo ven? Ese es precisamente el problema que tengo con todos ustedes. -El tono de Hale seguía siendo cortés-. Cada vez que vienen a verme, esperan que les conteste a todas sus preguntas, pero se niegan a contestar las mías. Por ejemplo, la figurilla religiosa hallada en el interior del bolsillo de mi hija. Les he preguntado lo que era y no quieren decírmelo. ¿Por qué?
    – No le culpo por sentirse decepcionado, aunque necesitamos…
    – Me han devuelto la casa de mi hija. Yo les he permitido el acceso. Creo que tengo derecho a saber por qué.
    – No somos el enemigo, señor Hale. Perseguimos el mismo objetivo.
    Hale hizo ademán de tomar otro trago de su copa, se dio cuenta de que el vaso estaba vacío y buscó la botella con la mirada.
    – He visto que no ha empaquetado usted ninguna de las cosas de Emma -señaló Darby.
    Hale dejó el vaso encima de la mesa, se recostó en el sillón y cruzó las piernas.
    – Es difícil de explicar -dijo al cabo de un momento. Se aclaró la garganta varias veces al tiempo que se quitaba una pelusa de los pantalones-. La casa de Emma, la manera como dejó sus cosas… es lo único que me queda de ella. Sé que esto les va a sonar irracional, pero cuando estoy allí dentro, mirando sus cosas, tal como ella las dejó, siento… todavía la siento. Es como si aún estuviera viva.
    – ¿Cuándo fue la última vez que estuvo en el apartamento de Emma? -le preguntó Bryson.
    – La semana pasada -contestó Hale al tiempo que se levantaba.
    – ¿Ha contratado a algún detective privado para que investigue la muerte de su hija?
    – Yo no lo llamaría así. -Hale se encaminó a la esquina de la habitación, extrajo una botella de bourbon Maker's Mark del pequeño bar y se llenó el vaso-. El doctor Karim es un asesor forense.
    – ¿Ali Karim? -preguntó Darby.
    – Sí -respondió Hale mientras volvía a acomodarse en su sillón-. ¿Lo conoce?
    Darby lo conocía de nombre. Ali Karim, un patólogo que había trabajado para la ciudad de Nueva York y, sin lugar a dudas, uno de los mejores en su especialidad, dirigía ahora su propia empresa de asesoría. Karim había sido contratado como perito judicial en un buen número de casos criminales de especial relevancia, la mayoría de los cuales habían aparecido en los medios de comunicación. Había escrito varios superventas y era un habitual en el circuito de los programas de entrevistas.
    – ¿Por qué contrató al doctor Karim? -quiso saber Darby.
    – Quería que alguien me dijera la verdad -contestó Hale.
    – No le comprendo.
    – A mi hija le dispararon en la nuca con un arma del calibre 22. El detective Bryson me dijo que murió en el acto. Lo cierto es que no es así; por la forma en que la bala penetró en su cerebro, Emma permaneció con vida durante varios minutos. Mi hija sufrió. Terriblemente.
    Bryson trató de defenderse.
    – Señor Hale…
    – Entiendo por qué lo dijo, y no le culpo. -Hale tomó un sorbo de su vaso-. No sabía lo de su hija, detective Bryson.
    – ¿Cómo dice?
    – Me han dicho que su hija murió. De leucemia.
    – ¿Qué quiere decir con eso, señor Hale?
    – Usted sabe lo que es perder a un hijo. Conoce esa clase de dolor, y si bien le agradezco su intención de tratar de ahorrarme los detalles de la muerte de mi hija, le he pedido, en repetidas ocasiones, que me proporcione información. Le he pedido que me diga la verdad. Quiero saber cómo murió, lo que le hizo esa persona; quiero saber hasta el último detalle. Por eso contraté al doctor Karim. Están examinando el caso desde una perspectiva completamente nueva.
    – ¿Están?
    – Karim ha recomendado los nombres de varios investigadores para que estudien las pruebas.
    – ¿Cómo se llaman los investigadores a los que ha contratado?
    – No he contratado a nadie todavía.
    – ¿Conoce usted a esas personas?
    – No.
    – ¿Cómo encontró a Karim?
    – Lo he visto en distintos programas de televisión estos últimos años. Tiene experiencia en esta clase de homicidios, así que decidí llamarlo y él accedió a revisar la autopsia de Emma. Corroboró todos los resultados de los médicos forenses, por cierto.
    Llamaron a la puerta; cuando se abrió, el ama de llaves asomó la cabeza y, en un inglés deficiente, dijo:
    – Señor Hale, policía están al teléfono. Han dicho una emergencia.
    Hale se excusó y descolgó el teléfono de la mesa. Escuchó varios minutos, luego dijo «Gracias» y colgó.
    – Lo siento, pero voy a tener que dar por finalizada esta reunión -anunció-. Han entrado a robar en uno de mis edificios. ¿Hay algo más en lo que pueda ayudarlos?
    – Sí -contestó Bryson-, el señor Marsh nos dijo que las copias de las cintas de seguridad del edificio se guardan en su oficina de Newton.
    Hale asintió con la cabeza.
    – Las cintas se pasan a DVD. Así se ahorra espacio de almacenamiento.
    – Me gustaría echarles un vistazo.
    – Y supongo que no me querrá decir por qué.
    – Tenemos que comprobar una hipótesis.
    – Ya -repuso Hale, y suspiró-. Será mejor que me acompañen a Newton, porque es allí adonde me dirijo. Por lo visto, un ladrón ha entrado en el edificio.
    – ¿Cuál es la dirección?
    Hale la anotó en una hoja de papel.
    – Me encontraré allí con ustedes -dijo mientras arrancaba la hoja de papel del bloc para dársela a Bryson-. Si me perdonan, ahora tengo que hacer algunas llamadas.
    Darby le dejó su tarjeta de visita encima de la mesa.
    – Si se le acerca ese hombre, o si se acuerda de alguna otra cosa, puede llamarme a mí o al detective Bryson. Gracias por su tiempo, señor Hale. Siento muchísimo la pérdida de su hija. Se lo digo sinceramente.

Capítulo 21

    El sol de la tarde se reflejaba en la superficie ondulada de las capas de nieve y hielo, y Darby se puso las gafas para protegerse del brillo cegador. Esperó hasta estar dentro del coche de Bryson para hablar.
    – ¿Sabías que Hale había contratado a Karim?
    – No.
    – Pues no pareces sorprendido.
    – Es lo que hacen los ricos. Ellos lo resuelven todo a golpe de talonario. -Bryson arrancó el coche y se recostó en el asiento, para que el motor tuviera tiempo de calentarse-. Acuérdate de lo que pasó en el caso de JonBenét Ramsey. Su hija pequeña muere asesinada y ¿qué es lo que hacen los padres? Se esconden detrás de un ejército de abogados y contratan a los mejores científicos forenses del país. Meten en el ajo a todos esos supuestos expertos y, como quien no quiere la cosa, levantan todos los muros posibles para impedir que el caso vaya a juicio.
    – La policía de Boulder actuó con negligencia en la escena del crimen… y no me hagas hablar sobre la actuación del fiscal del distrito.
    – Lo que quiero decir es que los ricos creen que juegan en un campo de juego distinto -explicó Bryson-. ¿Y sabes qué? Pues que es verdad.
    – ¿Quieres hablar con Karim?
    – Tú eres colega suya. Hay más posibilidades de que esté dispuesto a compartir la información contigo que conmigo.
    Darby no se hacía demasiadas ilusiones; legalmente, Karim no tenía por qué compartir información.
    – ¿Qué te ha parecido nuestra conversación de ahí dentro? -preguntó Bryson.
    – Cuando hablábamos del intruso, Hale no dejaba de moverse, inquieto; ha apagado el habano, se removía en el asiento y tenía la mirada perdida en la copa. Casi no nos miraba a la cara.
    – Puede que esté cabreado con nosotros porque no queremos compartir información y no hemos podido ofrecerle ninguna conclusión.
    – Parecía nervioso.
    – A mí también me lo ha parecido. Aunque la verdad es que yo también estaría nervioso si hubiese contratado los servicios del cuarto criminal más buscado del país.
    – Eso es suponer demasiado, ¿no crees, Tim?
    – Tal vez.
    Bryson maniobró con el cambio de marchas y enfiló hacia el camino que llevaba al exterior de la finca.
    – Parecía genuinamente sorprendido de que alguien hubiese entrado en su edificio -observó Darby.
    – Cuadra demasiado.
    – La verdad es que sí. Pero, a pesar de todo, cabe la posibilidad de que Fletcher actúe solo.
    Cuando Bryson llegó al final del camino, preguntó:
    – ¿Tienes hijos?
    – No.
    – Yo tenía una hija, Emily. Padecía una clase muy rara de leucemia. La llevamos a todos los especialistas, absolutamente a todos. Cuando pienso en todo por lo que tuvo que pasar… Habría vendido mi alma al diablo para salvarle la vida. Sé que suena muy melodramático, pero es la pura verdad. Uno es capaz de hacer cualquier cosa por un hijo. Cualquier cosa.
    Darby pensó en su madre mientras Bryson se incorporaba a la carretera principal.
    – Lo que nadie te dice es que el dolor no desaparece nunca. Me duele tanto hoy como el día en que murió.
    – Lo siento, Tim.
    – Los tipos como Hale no están acostumbrados a lidiar con la incertidumbre. Ese hombre puede comprar lo que le dé la gana. Su patrimonio neto, según tengo entendido, alcanza un valor de algo más de medio millar de millones de dólares.
    – ¿Crees que ha firmado alguna especie de pacto de Fausto con Fletcher?
    – Su hija estuvo encerrada en algún sitio durante medio año, padeciendo quién sabe qué clase de atrocidades, y luego, de un día para otro, el mismo hijo de puta que la mantiene secuestrada decide meterle una bala en la cabeza -dijo Bryson-. Hale ha sido muy explícito en la prensa acerca de la opinión que tiene de nosotros: cree que hemos hecho una mierda de investigación. Si piensa que no va a conseguir que se haga justicia a través de nosotros, a lo mejor ha decidido que puede conseguirla recurriendo a otra parte.

Capítulo 22

    Jonathan Hale está de pie frente al ventanal de la sala de estar y acaricia entre los dedos el relicario que contiene la foto de Susan. Durante el día lo guarda en el bolsillo del pantalón; de noche se lo lleva consigo a la cama por temor a que, si lo mete dentro de algún cajón, eso signifique de algún modo que está abandonando a Emma, colocándola en el mismo estante que a Susan, su esposa muerta, y empezando así el proceso del olvido.
    Sólo que a un hijo no se le puede olvidar. Nunca conseguirás olvidar la llamada desesperada de Kimmy, la mejor amiga de su hija; Kimmy, preguntando por qué Emma no ha ido a clase y no le devuelve ninguna de sus llamadas. ¿Es que está enferma, señor Hale? ¿Pasa algo malo? Nunca olvidarás ese momento angustioso en que descubres el apartamento vacío de tu hija o en que te obligas a ti mismo a tragarte el miedo minuto a minuto, a medida que esos primeros días se convierten, desgarradoramente, en una semana, que luego se alarga hasta dos, y luego cuatro, y siete… y pese a todo, mientras los meses pasan, sigues creyendo que la policía la encontrará con vida, que todavía hay tiempo, todavía hay tiempo. Sigues aferrándote a esa esperanza y a tu fe en Dios cuando suena el timbre de la puerta y ves al detective de pie en el umbral. Nunca olvidarás la expresión de dolor en el rostro del detective Bryson cuando te da la noticia de que el cadáver de una mujer que coincide con la descripción de tu hija ha sido hallado en el río. Abre una carpeta y ves la foto de la cara hinchada de una mujer, la piel cérea y blanca, devorada por los peces. Lleva una cadena de platino y un relicario, el mismo que le regalaste a tu hija por Navidad. Recuerdas a Emma sentada en el sillón, arropada en los cálidos pliegues de su albornoz, mientras la luz del sol penetra por la ventana y el jardín de atrás permanece cubierto de nieve recién caída. La ves abriendo el relicario y recuerdas la expresión de su cara cuando reconoce la foto de su madre, muerta hace tantos años… Recuerdas ese momento y otros mil momentos más mientras examinas la fotografía del interior de la carpeta, la tarjeta blanca con el número del depósito justo debajo de su barbilla, y pese a todo, todavía sigues creyendo que se trata de un error, que tiene que ser un error.
    El detective aguarda a que digas: «Sí, es mi hija. Es Emma». Sólo que no puedes pronunciar esas palabras porque, una vez que las pronuncies, estarás diciendo adiós.
    Hale dirige su atención a los encargados de retirar la nieve. Piensa que ojalá fuese aún otoño, su estación favorita. Se imagina las hojas rodando por el césped del jardín delantero, ese olor maravilloso, a limpieza y a aire fresco, y eso le trae a la memoria un recuerdo de Emma a los siete años: atraviesa corriendo la alfombra de hojas de todos los colores, chillando, con una caja de zapatos en la mano. En el interior de la caja hay un arrendajo azul. Tiene herida una de las alas y agita la otra frenéticamente, tratando de arrancar el vuelo.
    «Tienes que ayudar al pajarito, papá, está herido.»
    Para borrar esa estampa de sufrimiento del rostro de su hija, Hale abre la guía telefónica y llama a los veterinarios mientras el pájaro emite unos sonidos lastimeros, impregnados de dolor. Al fin, encuentra a uno que trata aves: se encuentra en Boston, a escasa distancia de allí.
    Hale presiente cómo va a acabar aquello. Espera poder ahorrárselo a Emma, pero la niña insiste en acompañarlo.
    Cuando el veterinario les comunica la noticia, Emma se vuelve hacia su padre para que solucione el problema. Este le dice que Dios tiene un plan para cada uno de nosotros, aunque nosotros no podamos entenderlo. Ella llora y él la coge de la mano en el camino hacia el coche, sin el pájaro, y ella no habla durante todo el trayecto de vuelta a casa. Un año más tarde, ella vuelve a sujetarlo de la mano mientras él se la lleva de la tumba de su madre, recitándole el mismo discurso.
    Hale recuerda cuando creía firmemente en esas palabras, en su fe. Ahora ya no cree.
    Alarga el brazo para coger su copa. Está vacía. La llena de nuevo con hielo picado. Los viejos libros de recetas de Susan están en un estante junto a la cocina. Cuando vivía, siempre era ella la que cocinaba. Ahora Hale tiene a gente que cocina para él. Varias veces han elaborado las recetas que Susan había garabateado en las tarjetas o señalado en sus libros de cocina favoritos, pero la comida nunca sabe igual.
    Ha intentado tirar los libros a la basura en más de una ocasión, pero todas y cada una de las veces se sentía como si estuvieran arrancándole una parte de su ser. No tuvo ninguna dificultad para donar la ropa de Susan, pero no puede desprenderse de los libros de cocina. Tirarlos, dárselos incluso a algún amigo, sería como decir adiós por partes. «Sólo puedo desprenderme de ti por partes.» Hale piensa en todas las cosas de Emma que aguardan a ser empaquetadas y se pregunta cuáles de aquellas cosas se aferrarán a él con fuerza, suplicándole, implorándole que no se desprenda de ellas, rogándole seguir allí para ser recordadas.
    Con la copa en la mano, Hale vuelve a meterse con paso tambaleante en su despacho -está completamente borracho-, abre la puerta y ve a Malcolm Fletcher sentado en un sillón de cuero.

Capítulo 23

    Jonathan Hale conoció a aquel hombre a principios de ese mismo mes. El encuentro, en el bar Oak Room del interior del hermoso hotel Copley Fairmont, lo organizó el doctor Karim.
    Le resultaba difícil estarse quieto. La sangre le palpitaba en las sienes, y todos los sonidos y los colores del interior del establecimiento le parecían demasiado ruidosos y estridentes: los murmullos de las conversaciones de los almuerzos de negocios se mezclaban con el tintineo metálico de los tenedores en la porcelana de los platos; el granate oscuro de los manteles de las mesas; la luz del sol del atardecer que se filtraba por los cristales y se reflejaba en las botellas de licor que descansaban en los estantes de detrás de la barra, frente a un espejo.
    Sin apartar los ojos de la puerta, Hale tomaba sorbos de su copa y recordaba la conversación mantenida con el doctor Karim el día anterior:
    – Señor Hale, he discutido el caso de su hija con un asesor. Está de camino a Boston y le gustaría hablar con usted en privado.
    – ¿Cómo se llama?
    – Tiene una gran habilidad para encontrar a personas que no quieren ser encontradas. Ha tenido muchísimo éxito en ese tipo de casos.
    – ¿Y por qué no me dice su nombre?
    – Es… complicado -contestó Karim-. Hace treinta años que conozco a ese hombre. Lleva una década trabajando exclusivamente para mí. Es, sin lugar a dudas, el mejor en su especialidad. Encontró a los hombres responsables de la muerte de mi hijo.
    Hale estaba confuso. Durante su primera conversación, en la que Karim le explicó que su grupo trabajaba en un solo caso a la vez hasta que estuviera resuelto, éste le había confiado la dolorosa pérdida de su hijo mayor, Jason, víctima accidental de un tiroteo entre pandillas callejeras en el Bronx. La policía de Nueva York, le había dicho Karim, nunca llegó a resolver el caso.
    – Creía que me había dicho que el caso de su hijo seguía abierto.
    – Eso es lo que cree la policía -declaró Karim.
    Hale se puso rígido al comprender el significado de las palabras que Karim le acababa de decir.
    – ¿Entiende lo que le digo, señor Hale?
    – Sí. -Hale tenía la boca seca y sentía un cosquilleo en la piel similar a una corriente eléctrica-. Le entiendo perfectamente.
    – Cuando se reúna con él deberá responder a todas sus preguntas -señaló Karim-. Si accede a trabajar en el caso de su hija, hará usted todo lo que él le pida. Pase lo que pase, no le mienta.

    Un hombre con gafas de sol y vestido con un elegante abrigo negro encima de un traje también negro se aproximó a la mesa. Era alto, más de metro ochenta, con la complexión física que Hale atribuía a los boxeadores, llevaba el pelo grueso y negro muy corto, y su piel pálida parecía desteñida bajo la luz del día.
    – Me envía el doctor Karim -dijo el hombre.
    Su voz, grave y ronca, tenía un leve acento australiano. Las gafas oscuras le ocultaban los ojos.
    Hale se presentó. El hombre, que llevaba guantes, le estrechó la mano pero no se los quitó cuando se sentó en el asiento de enfrente. No le dijo su nombre.
    – ¿Quiere tomar algo?-le ofreció Hale.
    – No, gracias. -El hombre apoyó los antebrazos encima de la mesa y se acercó a él. Hale olió a humo de habano-. Me gustaría hablar con usted sobre la figura religiosa que encontraron en el bolsillo de su hija.
    – ¿Qué pasa con ella?
    – ¿Era una estatuilla de la Virgen María?
    – No lo sé -respondió Hale-. La policía se niega a decirme nada.
    – ¿Ha limpiado usted el apartamento de su hija?
    – No. El doctor Karim me dijo que lo dejara todo tal como está. Está pensando en contratar a investigadores para que vengan a echar un vistazo a las cosas de Emma.
    – ¿Qué se ha llevado usted de allí?
    – No me… No consigo reunir fuerzas para llevarme nada de allí.
    – No se lleve nada, no toque nada -dijo el hombre-. Con su permiso, me gustaría examinar la casa de su hija.
    – En el edificio hay un conserje. Él le dará la llave. Lo llamaré.
    – Quiero que me escuche muy atentamente, señor Hale. Si acordamos trabajar juntos, no puede hablarle a la policía sobre mi implicación en el caso. A efectos prácticos, yo no existo. Esta condición no es negociable.
    – Ni siquiera sé cómo se llama.
    – Malcolm Fletcher.
    El hombre se quedó a la expectativa, como si esperara alguna clase de reacción.
    – ¿Y cómo se gana la vida, señor Fletcher?
    – Antes trabajaba para la Unidad de Ciencias del Comportamiento del FBI.
    – ¿Y ahora está retirado?
    – Podría decirlo así -dijo Fletcher-. Estoy seguro de que tendrá personas trabajando para usted que se dedican a investigar la biografía personal antes de contratar a un nuevo empleado.
    – Es un procedimiento habitual.
    – Por su propia seguridad, insisto en que mantenga mi nombre en secreto. Si lo introduce en alguna base de datos informática, lo sabré y desapareceré. El doctor Karim declarará bajo juramento que nunca mencionó mi nombre, y también dejará de trabajar en el caso de su hija. ¿Es usted un hombre de palabra, señor Hale?
    – Lo soy.
    – Hágame una copia de las llaves del apartamento de su hija y envíeselas por correo postal al doctor Karim. Volveré a ponerme en contacto con usted en breve.
    – Antes de que se vaya, señor Fletcher, necesito comentarle una cosa. -Hale dejó su copa e intentó mirar a los ojos a aquel hombre. Lo único que veía era aquellas lentes oscuras-. Cuando encuentre al hombre que mató a mi hija, quiero reunirme con él. Quiero hablar con él a solas antes de que lo entregue a la policía.
    – Tengo entendido que el doctor Karim le ha contado lo que le pasó a su hijo.
    – Sí, me lo ha contado.
    – Entonces sabrá que no voy a involucrar a la policía.
    – Quiero hablar con él.
    – ¿Ha quitado la vida usted alguna vez a un hombre, señor Hale?
    – No.
    – ¿Ha leído Macbeth?
    – Esta condición no es negociable.
    – Me parece que no acaba de comprender del todo las implicaciones de lo que pide. Tiene que reflexionar seria y profundamente sobre ese asunto. Mientras tanto, recuerde lo que le he dicho sobre implicar a las autoridades.
    Hale mantuvo su palabra. No encargó ninguna investigación sobre la biografía de aquel hombre; lo que sabía de él lo había averiguado a través de internet.
    En 1984, Malcolm Fletcher, especialista en perfiles del FBI, fue considerado sospechoso de la agresión a tres agentes federales. Uno de ellos, el agente Stephen Rousseau, seguía conectado aún a un tubo de alimentación en un hospital privado de Nueva Orleans. Los cuerpos de los otros dos agentes no habían sido encontrados.
    En 2003, el antiguo especialista fue incluido en la lista de los hombres más buscados del FBI. Hale no logró encontrar ninguna razón que explicase aquel desfase en el tiempo.

    En esos momentos, Malcolm Fletcher se encontraba en el interior de su despacho, sentado en uno de los sillones de cuero.
    El hombre había llamado esa mañana. Hale le había hablado de la policía; Fletcher le había dicho que quería estar presente durante la conversación. Para no despertar las sospechas de ninguno de los miembros del servicio, Hale le sugirió que entrase en la casa a través de las puertas del balcón que daba al despacho. El bosque le facilitaría una cobertura excelente.
    Hale cerró la puerta del despacho. Fletcher había escuchado la totalidad de la conversación desde el interior del armario para los abrigos.
    – Les he dicho todo lo que usted me dijo que les dijera.
    Fletcher asintió con la cabeza.
    – No me han querido decir lo de la estatua -siguió Hale.
    – Lo sé. -Malcolm Fletcher permaneció con la mirada fija en el fuego de la chimenea-. Por favor, siéntese. Quiero hablarle sobre el hombre que asesinó a su hija.

Capítulo 24

    Jonathan Hale se sentó frente a Fletcher, que iba de negro de la cabeza a los pies: el traje y la camisa, los zapatos y los calcetines. El color era una elección más bien extraña para alguien tan pálido.
    – Anoche -dijo Fletcher-, mientras la señorita McCormick permanecía allí en la oscuridad preguntándose por qué se había ido la luz, yo trataba de entender cuál era la razón de su inopinada visita. Sabía que ella no me la iba a contar, de modo que antes de verme obligado a revelar mi presencia, me tomé la libertad de colocar un pequeño dispositivo de escucha en lo alto de la moldura que hay encima de la puerta del vestidor y otro dentro del cuarto de invitados. Por suerte, llevaba el equipo de vigilancia necesario en el coche, de modo que escuché la conversación de la señorita McCormick con el detective Bryson. Conozco la razón de su súbita urgencia por entrar en el piso de su hija.
    Fletcher perdió el interés por seguir mirando el fuego. Hale no lograba apartar la mirada de los extraños ojos de aquel hombre. Por alguna razón, le recordaban las historias de misterio que había leído de chico, las historias de detectives de los hermanos Hardy, en las que iban en busca de un tesoro escondido en castillos abandonados, fríos y tenebrosos, llenos de telarañas y de esqueletos, de habitaciones llenas de secretos terribles.
    Sin embargo, también había algo tranquilizador en los ojos de aquel hombre, y Hale notó cómo se calmaban los latidos de su corazón.
    – Cuando Emma desapareció -empezó Fletcher-, la hipótesis que manejaba tanto la policía de Boston como el FBI era que había sido secuestrada.
    – Eso es.
    – La fotografía que le enseñó el detective Bryson para que identificara a su hija, ¿la recuerda?
    – Sí.
    Hale la recordaba con toda claridad. Recordaba el deseo que sintió entonces de alargar el brazo y limpiarle el hollín y la arena de su rostro, retirar los trozos de ramas que se le habían quedado enredados en el pelo húmedo.
    – En la foto, Emma lleva una cadena de platino con un relicario -indicó Fletcher.
    – Se lo regalé para Navidad.
    Hale se metió la mano en el bolsillo y estrujó con fuerza el relicario entre los dedos.
    – El relicario y la cadena estaban en casa de su hija después de que fuera secuestrada -declaró Fletcher.
    – No lo entiendo.
    – El hombre que mató a su hija volvió a la casa a buscar ese relicario. La policía cree que tiene que aparecer en las cintas de seguridad, por eso han solicitado el acceso al edificio de su oficina en Newton. Quieren examinar las cintas antiguas. Ahora están en mi poder.
    – ¿Es usted el ladrón que ha entrado en la oficina con intención de robar?
    – Sí. Quiero que la policía crea que estoy actuando por mi cuenta.
    Malcolm Fletcher le tendió un teléfono móvil.
    – Lleve este teléfono encima a todas horas. Es un teléfono desechable, de modo que es imposible que la policía pueda rastrear la llamada. Si tiene alguna pregunta, marque el número programado en la memoria. Sólo hay uno. ¿Sabe quién es Judith Chen?
    – La universitaria de Suffolk desaparecida -dijo Hale.
    – Su cadáver fue hallado ayer. La policía descubrió una figura religiosa cosida en el interior de su bolsillo, una estatuilla de la Virgen María. La misma que encontraron en la ropa de Emma. Oí a la señorita McCormick hablar de ello anoche y me acordé de algo, de modo que decidí hacer algunas indagaciones. He descubierto una información que podría resultar problemática para la policía de Boston.
    – ¿Qué clase de información?
    – Preferiría comentarlo con usted más adelante, cuando haya tenido ocasión de revisar las cintas de seguridad. Quiero comprobar si mi teoría es correcta.
    – Marsh me dijo que la policía se llevó las cintas de anoche. Estoy seguro de que usted aparece en ellas.
    – No tengo la menor duda.
    – Entonces sólo es cuestión de tiempo que averigüen quién es.
    – Sí, ya lo sé -dijo Fletcher, poniéndose de pie-. Voy a efectuar una maniobra de distracción.
    – ¿Con qué?
    – Con la verdad -respondió Fletcher.

    El edificio de la oficina de Hale en Newton estaba en una muy buena ubicación, junto a la autopista interestatal de Massachusetts. En el aparcamiento, del que habían despejado la nieve, había un solo coche patrulla. La puerta principal del edificio, íntegramente de cristal, estaba hecha añicos. Darby vio un ladrillo en el suelo del vestíbulo.
    El lugar aparecía completamente destrozado: monitores de ordenador estrellados contra el suelo, cajones volcados y con el contenido desperdigado por todas partes. Habían arrojado las plantas contra las paredes blancas, algunas de las cuales lucían pintadas con espray de esvásticas brillantes y las consignas «Judíos, marchaos» y «Supremacía blanca».
    El policía, bajito, de espalda ancha y con la cara muy pálida, reprimió un bostezo.
    – Han entrado unos cabrones y, como ve, lo han dejado todo hecho una mierda -le explicó a Bryson-. Esos mamoncetes eran muy listos: han cortado los cables de la alarma.
    – ¿Por qué cree que ha sido alguna pandilla?
    – Porque cada vez que nos las vemos con alguno de estos episodios de odio racista, siempre hay detrás algún grupito de adolescentes descerebrados. Lo más probable es que sea alguno de esos grupos de la Hermandad Aria de las barriadas del sur. Vinieron aquí arriba el año pasado, destrozaron una sinagoga y pintaron las mismas lindezas por todas las paredes. Es una especie de iniciación.
    – ¿Y ahora se dedican a arrasar edificios de oficinas?
    – Eh, que yo sólo le he dado una idea. Usted es el detective, así que, ¿por qué no le dejo y se pone a detectar algo?
    – ¿Quién dio el aviso?
    – Uno de los chicos de los equipos quitanieves -contestó el agente-. Los dos llegaron aquí esta mañana a eso de las nueve. Cuando se asomaron a la parte delantera, vieron la puerta, echaron una rápida ojeada dentro, llamaron, y aquí estamos.
    Bryson asintió y miró una cámara de seguridad instalada en el techo.
    – Olvídese de eso -dijo el agente-. Han quitado las cintas de las grabadoras.
    – Enséñemelo.
    Habían abierto la puerta del cuarto de seguridad haciendo palanca. Teniendo en cuenta las marcas, Darby sospechó que habían utilizado algo similar a una barra de hierro.
    Al igual que el vestíbulo, la pequeña sala había quedado completamente destrozada: montones de grabadoras, monitores de ordenador y estanterías baratas de cartón prensado estaban tirados por el suelo y cubiertos de centenares de DVD en sus cajas de plástico rígido y transparente. Algunos de los DVD estaban hechos trizas. Darby se fijó en unos dispositivos que transferían cintas de VHS a DVD.
    Bryson recogió una de las cajas de plástico del suelo. Llevaba una etiqueta con el nombre del edificio, el mes y el año de la grabación.
    – ¿Qué te apuestas a que la grabación que necesitamos no está aquí? -preguntó Bryson.
    – Sería idiota si aceptase una apuesta como ésa -replicó Darby-. De todos modos, habrá que llamar a alguien para que venga a catalogar los DVD y ver qué es lo que falta.
    – Yo haré la llamada. Vamos a tener que examinar todo esto. Llamaré a los de Operaciones, que venga alguien de los suyos.
    – Voy a volver al laboratorio. También me gustaría echar un vistazo a la casa de Chen.
    – Vivía en un piso de alquiler en Natick. Tienen una llave; los llamaré para avisarlos de que vas a ir.
    – Me gustaría ver la cinta de seguridad de anoche.
    – Ya te he hecho una copia. Te la he dejado en la bandeja de paquetería, para el reparto nocturno. -Bryson lanzó un suspiro al tiempo que arrojaba la caja del DVD al suelo-. Haré que un coche patrulla te lleve al centro.

Capítulo 25

    En la bandeja de paquetería sólo había un paquete acolchado y sellado. Darby vio su nombre escrito en la parte delantera y lo abrió de camino a la sala de reuniones.
    En la cinta de seguridad en VHS aparecía, en color y granulado, el interior del garaje de Emma Hale. Sentada en el borde de la mesa, Darby vio a un hombre de pelo corto y negro, piel clara y un abrigo de lana negro caminar con paso rápido y decidido por el garaje en dirección al montacargas. Al llegar pulsaba el botón y esperaba, de espaldas a la cámara. El color de pelo y de la ropa coincidían con los del intruso con el que se había tropezado la víspera: Malcolm Fletcher.
    Cuando se abrieron las puertas del ascensor, Fletcher entró y se movió hacia la derecha, fuera del alcance de la cámara. Las puertas se cerraron.
    Si Fletcher trabajase para Hale, no habría tenido que entrar a hurtadillas en el edificio.
    Darby rebobinó la cinta y la examinó de nuevo.
    «¿Qué hacías en el ático? ¿Qué andabas buscando?»
    Volvió a ver la cinta tres veces más y, sin encontrar nada que le pareciese especialmente relevante, salió de la sala de reuniones.
    Coop y Keith Woodbury estaban trabajando en una pequeña sala de pruebas. Había varias joyas de la colección de Emma Hale en el interior de una vitrina hermética y humeante que iba llenándose lentamente de vapores de cianoacrilato. Unas huellas latentes de color hueso aparecieron en las joyas.
    – ¿Cómo está el nivel de humedad? -preguntó Coop.
    Woodbury, alto y delgado, con la cabeza afeitada y constitución atlética, examinó el indicador.
    – Parece que está bien -respondió, con su voz siempre suave y agradable. Vio a Darby, la saludó y luego volvió a centrar su atención en el indicador.
    Coop soltó su tablilla con sujetapapeles.
    – Han llegado los resultados del AFIS. Me temo que no hay buenas noticias -le anunció-. No sólo no han encontrado ninguna coincidencia para la huella parcial del pulgar que hallamos en el tirador metálico, sino que ni siquiera han encontrado una coincidencia probable. Vamos a necesitar una huella de mejor calidad.
    – ¿Ha habido suerte con las joyas?
    – Sólo hemos comprobado una bandeja. Hasta ahora, todas las huellas pertenecen a Emma Hale. Vamos a tardar unos cuantos días en examinarlas todas.
    Darby asintió. Las pruebas de detección de huellas con cianoacrilato, el principal componente químico del pegamento Superglue, arrojaban unos resultados espectaculares, pero el proceso era lento. Además, después de la fijación de la huella dactilar con el reactivo faltaba el paso adicional de añadir un polvo de contraste para poder conservar las huellas a fin de retirarlas luego.
    – ¿Cómo ha transcurrido la reunión con el padre? -quiso saber Coop.
    Darby se sentó de un salto sobre la mesa del fondo y les contó la conversación con Hale y el posterior robo en su oficina.
    – Qué ladrones más oportunos… -exclamó Coop-. ¿Crees que Fletcher sabe lo del relicario desaparecido?
    – El único modo que tendría de saberlo sería que hubiese tenido acceso a nuestro expediente con las pruebas -señaló Darby-. Y Hale no tiene ninguna copia.
    – Entonces, ¿qué cojones estaba haciendo Fletcher allí?
    – No tengo ni idea. Me gustaría hablar de la estatua de la Virgen María.
    – No hemos encontrado huellas.
    – Ya lo sé -dijo Darby-. O nuestro hombre la limpió antes de meterla en el bolsillo o bien llevaba guantes. Pero llevar guantes mientras se sujeta una aguja de coser sería un poco peliagudo, ¿no os parece?
    – Depende del tipo de guantes que llevase. Si eran guantes de esquiar o de piel gruesa, entonces sí, sería difícil sostener una aguja y coser el bolsillo, pero si llevaba guantes de látex… -Coop se encogió de hombros.
    – ¿Y si no llevaba guantes? -sugirió Darby-. ¿Y si cosió el bolsillo con las manos desnudas?
    – Ya sé adonde quieres ir a parar. Intentar extraer una huella latente de la ropa… eso rara vez funciona. Las fibras textiles no retienen las características de las crestas de la huella.
    – Es cierto, por lo general -concedió Darby-. Pero los pantalones de deporte de Chen son de nailon, y el área alrededor del bolsillo estaba manchada de sangre. ¿Y si el asesino dejó allí su huella?
    – Entonces la pregunta es cómo extraerla sin dañar la muestra de sangre para la prueba de ADN.
    – Hay algunos reactivos químicos que podemos utilizar sin dañar los loci STR principales.
    Woodbury, que hasta entonces había escuchado en silencio, intervino en ese momento.
    – Si vas por ahí, yo no te aconsejaría utilizar un reactivo de peroxidasa. Para empezar, no son fáciles de utilizar, y en segundo lugar está el problema de la toxicidad.
    – ¿Y si utilizamos una solución basada en un tinte general para la tinción de proteínas? -propuso Darby.
    Woodbury se quedó pensativo.
    – Eso sería más seguro -dijo al cabo de un momento-. Haré algunas averiguaciones y veré si puedo dar con la… receta adecuada.
    – Y tendremos que aguardar a que se seque la ropa -añadió Coop.
    – Quiero examinar la piel de Chen -dijo Darby-. Quiero ver si nuestro hombre la tocó directamente con las manos.
    – Yo diría que las posibilidades de que una huella latente haya sobrevivido tanto tiempo bajo el agua son casi nulas.
    – Coop, ¿cuál es la primera regla de la que me hablaste respecto a las huellas dactilares?
    – Que no hay reglas.
    – Exacto -dijo Darby, bajándose de la mesa de un salto-. Deja que te explique lo que me ronda por la cabeza…

Capítulo 26

    Coop debía terminar de examinar las joyas del interior de la vitrina hermética, y dijo que se reuniría con ellos en el depósito. Keith Woodbury ayudó a Darby a trasladar los artículos que necesitaba.
    El cuerpo desnudo de Judith Chen yacía sobre una mesa de acero. Mientras Woodbury preparaba el equipo en una habitación contigua, Darby enchufó la Luma-Lite portátil y, con unas gafas de seguridad de vidrios tintados de color naranja, pasó la barra de luz por encima del cuerpo de Chen.
    A 180 nanómetros, Darby halló manchas de sangre diluidas en la cara y el pecho de la mujer. En la frente detectó una marca con la forma de la letra T. A Darby le recordó un crucifijo.
    Se paró varias veces a ajustar la longitud de onda de la luz. A 525 nanómetros, descubrió una huella latente completa y llamó a Coop.
    – Bingo.
    – No me jodas.
    – No te jodo -dijo Darby-. Tengo una preciosa huella latente en la frente de la chica. Está en la punta de, no te lo pierdas, una cruz.
    – ¿Me estás diciendo que lleva una cruz en la frente?
    – Yo diría que la bautizó antes de tirarla al agua. ¿Es que no aprendiste nada en la escuela católica?
    – He intentado bloquear todos los recuerdos -contestó Coop-. ¿Y cómo vamos a sacar la huella?
    – Yo recomiendo usar Superglue; Keith está montando la cámara hermética ahora mismo. Meteremos el cuerpo de Chen en la cámara y una vez que el cianoacrilato haya hecho su efecto, podemos fijar la huella usando polvos ultravioleta y luego revelarla con algo como tinte Ardrox. Puesto que tú eres el experto en dactilares, te dejaré a ti hacer la llamada.
    – Gracias.
    – De nada -dijo Darby-. Y ahora, haz el favor de mover el culo hasta aquí y tráete ese pulgar latente parcial.
    Darby dejó a Coop y a Woodbury a cargo de retirar la huella de la frente de Chen y se fue en coche a Natick.

    Judith Chen vivía con una compañera de piso en un dúplex, en la esquina de una calle bulliciosa. Había un coche patrulla de Natick parado en la entrada. Por lo demás, el resto de la calle estaba tranquila. Bien. No había periodistas.
    Darby le mostró su identificación al agente de guardia.
    – El dormitorio está en el segundo piso, justo encima de las escaleras -le explicó él al tiempo que salía del coche-. Los padres han estado aquí antes. No se han llevado nada.
    – ¿Y la compañera de piso de Chen?
    – No lo sé. Volvió a casa de sus padres; es de Long Island, estoy casi seguro. Se marchó de aquí a principios de diciembre. Se ha tomado el semestre libre. Le entró miedo con la desaparición de Chen y ya no quiso seguir viviendo aquí sola. Le conseguiré su nombre y número de teléfono.
    La casa estaba a oscuras. Darby encendió la luz y subió las escaleras.
    Había un cuarto de baño en lo alto de la escalera. Estaba impoluto, y Darby se preguntó si la compañera de piso lo habría limpiado antes de irse.
    Abrió el armario del baño y vio que la mitad izquierda estaba vacía. El lado derecho contenía objetos que, casi con toda probabilidad, pertenecían a Chen: frascos, tubos y botes de maquillaje y cremas de toda clase; montones de Alka-Seltzer y fármacos para combatir el resfriado. Había dos botes de medicamentos con receta: Paxil, un antidepresivo, y algo llamado Requip.
    Darby echó a andar por el pasillo. Tardó unos instantes en encontrar el interruptor de la luz del dormitorio.
    En la pared había una fotografía enmarcada de Judith Chen abrazada a un cachorro de labrador, la misma foto que Darby había colgado en la pared de su estudio.
    Algunos de los marcos de foto estaban en el suelo, y Darby se preguntó si los padres se las habrían llevado ese mismo día. En la cama había un edredón de color rosa y cojines a juego. Darby se fijó en las marcas que, seguramente, habían dejado los padres al sentarse.
    Darby se alegró de que, al parecer, la habitación estuviese en orden. Quería ver cómo había vivido aquella chica.
    Sobre un escritorio diminuto descansaba un pequeño portátil Dell. Encendió el flexo. En la esquina de la mesa había apilados tres gruesos tomos de química y varios cuadernos de espiral. Todo estaba cubierto de polvo.
    Darby se puso unos guantes de látex y examinó las páginas del cuaderno, llenas de complejas ecuaciones de química y álgebra.
    Había pasado una hora cuando sonó su teléfono.
    – Esto te va a encantar -anunció Coop-: la huella de la frente de Chen coincide con la huella parcial que encontramos en el tirador del joyero de Hale. La introduciré en el AFIS. Cruza los dedos.
    Los cuadernos no contenían ninguna lista de asuntos pendientes, ni ningún post-it ni recordatorios escritos de su puño y letra, como dónde había quedado con sus amigos para cenar. En los cajones del escritorio encontró manuales de informática y varios ejemplares en rústica de las novelas de Jane Austen.
    Darby encendió el ordenador y comprobó con alivio que no le solicitaba una contraseña.
    Chen utilizaba el programa Microsoft Outlook para el correo y el calendario para anotar sus citas y compromisos. Darby revisó los meses previos a su secuestro y sólo encontró entradas con los horarios de las clases y las fechas de entrega de algunos trabajos.
    Su teléfono volvió a sonar. Esta vez era Tim Bryson.
    – Hemos catalogado los DVD de seguridad. ¿A que no adivinas cuáles faltan?
    – Los del período que va desde el día de la desaparición de Emma Hale hasta el día en que se encontró su cuerpo -respondió Darby.
    – Efectivamente. Yo voto por que asignemos a unos hombres para que vigilen a Hale y veamos si aparece Fletcher.
    – Vi la cinta de seguridad. Si Fletcher trabaja para Hale, ¿por qué iba a colarse en el edificio?
    – No lo sé. A lo mejor no trabaja para Hale. A lo mejor Fletcher va a intentar acercarse a Hale o a lo mejor, simplemente, trabaja solo. Lo único que digo es que deberíamos cubrir todos los frentes.
    – Estoy de acuerdo. ¿Estás seguro de que la inspectora dará el permiso?
    – Ése es el siguiente obstáculo. ¿Qué has descubierto tú?
    Darby le habló de la huella latente hallada en la frente de Judith Chen y su coincidencia con la huella encontrada en el joyero de Hale.
    Colgó y volvió a centrar su atención en el ordenador portátil. Los archivos guardados en Word contenían deberes de clase y varias redacciones para la asignatura de Lengua.
    Había una pequeña carpeta con fotografías digitales de Chen con quienes parecían familiares y amigas. También encontró varias fotos con un perro y un gato blanco con el pelaje negro alrededor del ojo y el hocico.
    Darby estaba examinando el historial de búsquedas de internet de Chen cuando su teléfono volvió a sonar.
    – Buenas tardes, doctora McCormick.
    Era el intruso, el hombre de los ojos extraños, Malcolm Fletcher.

Capítulo 27

    – Creía que no volvería a tener noticias suyas -dijo Darby mientras se preguntaba cómo diablos habría conseguido Malcolm Fletcher su teléfono.
    – Quiero hablar con usted sobre el hombre que mató a Emma Hale.
    – ¿Ha averiguado algo sobre él?
    – Puede ser.
    – ¿Y por qué quiere compartir esa información conmigo?
    – Si no puedes deshacerte del cadáver oculto en tu armario, enséñale a bailar.
    – ¿Otra cita de George Bernard Shaw?
    – Muy bien. Creía que su generación había abandonado la lectura. ¿Qué sabe de Temístocles?
    – Que fue un líder político ateniense.
    – Impresionante -exclamó Fletcher-. Temístocles llevó a su pueblo a la victoria sobre los persas y luego fue condenado al destierro por los mismos a los que había salvado.
    – No le sigo.
    – Al final, todo se reduce siempre a una cuestión de grado: hasta dónde está dispuesta a llegar, hasta dónde está dispuesta a abrirse paso en medio de la oscuridad. No debería tener que advertirle a usted, precisamente a usted, de que la verdad constituye, la mayoría de veces, una carga insoportable. Tal vez debería reflexionar sobre eso.
    – ¿Qué es lo que me está sugiriendo?
    – Le hago extensiva una invitación a conocer al hombre que mató a Emma Hale y a Judith Chen.
    – ¿Cómo sabe que fue el mismo hombre?
    – A Judith Chen le dispararon en la nuca, como a Emma Hale; al menos eso es lo que dicen los periódicos. ¿Están relacionados ambos casos, doctora McCormick? ¿O puedo llamarte Darby? He leído tantas cosas sobre ti, que es casi como si ya te conociera.
    – ¿Y cómo debería llamarlo yo?
    – Piensa en mí como tu amigo secreto.
    – ¿Y si me dice su nombre?
    – ¿Cómo te gustaría llamarme?
    – ¿Qué le parece Mefisto?
    Una risa serena.
    – ¿Te preocupa que pueda hacerte daño? -le preguntó Fletcher.
    – Admito que se me ha pasado por la cabeza, sí.
    – No te hice daño anoche.
    – Habría sido difícil con un arma apuntándolo.
    – Sugiero un encuentro a solas en el Instituto Sinclair de Salud Mental, en Denvers. Volveré a ponerme en contacto contigo dentro de dos horas.
    – ¿Y si digo que no?
    – Entonces te deseo mucha suerte para encontrar al hombre que mató a Judith Chen y a las demás mujeres. No tengo ninguna duda sobre tus capacidades. Desde luego, tu dedicación, y también tu inteligencia, son mucho mayores que la del detective Bryson. Él tendría que haber descubierto hace meses que faltaba el relicario.
    Clic. Malcolm Fletcher había colgado.
    Darby llamó a Tim Bryson. Le relató su conversación con el intruso y él la escuchó sin interrumpirla.
    – No entiendo por qué quiere que vayas al Sinclair -comentó Bryson una vez que hubo terminado-. Ese sitio lleva abandonado… joder, al menos treinta años.
    – Nunca había oído hablar del Sinclair.
    – Fue antes de que tú nacieras, supongo. Construyeron el hospital hacia finales del siglo xviii. Era una especie de institución psiquiátrica para criminales enfermos mentales. En los setenta, una empresa privada se encargó de su gestión durante algún tiempo, y luego volvió a ser un hospital mental a cargo del Estado. Su demolición está prevista la primavera que viene, para construir un complejo de apartamentos, creo.
    – Fletcher me ha dicho: «Te deseo mucha suerte para encontrar al hombre que mató a Judith Chen y a las demás mujeres». A lo mejor sabe algo sobre otra víctima, alguien a quien no hemos encontrado.
    – Creo que lo que quiere es provocarte.
    – Sabe lo del relicario desaparecido.
    Bryson no contestó.
    – La única prueba que tenemos por el momento es una huella latente sin identificar -observó Darby.
    – Todavía no has examinado la ropa de Chen.
    – Lo cual va a tener que esperar hasta el lunes, y no quiero pasarme todo el domingo sentada de brazos cruzados, calentando el asiento.
    – Supongo que no hay manera de convencerte para que no vayas.
    – Quiero saber por qué ha llamado Fletcher.
    – Me reuniré contigo en el hospital -decidió Bryson-. Y traeré refuerzos, sólo por si acaso.

Capítulo 28

    La localidad de Denvers, situada al norte de Boston, se encontraba a una hora en coche de la ciudad. Darby empleó el sistema de navegación por GPS del Mustang. Tomó la Ruta Uno en dirección norte y avanzó a buen ritmo hasta que se topó con un atasco en el acceso al centro comercial de Saugus. Fue zigzagueando para esquivar la caravana de coches de los distintos carriles y cuando el tráfico finalmente se descongestionó, a la altura de Lynn, pisó a fondo el acelerador.
    El acceso al hospital se realizaba a través de una carretera larga y empinada que serpenteaba entre el bosque; al llegar al final, Darby vio aparcada una maltrecha camioneta Ford en cuyos laterales se leía la inscripción «Reed y Asociados».
    El hombre sentado al volante era un joven italiano de tez morena y tersa, con el pelo negro completamente embadurnado de gomina y en punta. Llevaba un pendiente de diamante y dos aros de oro en la oreja izquierda. Cerró el ejemplar de la revista Maxim cuando Darby golpeó la ventanilla de la camioneta.
    – Quiero echarle un vistazo al hospital -le explicó, mostrándole su identificación plastificada.
    – ¿Es que han montado un congreso aquí o algo así? Es el segundo poli que viene.
    – ¿Ha venido alguien más hace poco?
    – Esta tarde -respondió el guarda de seguridad-. El señor Reed le ha enseñado el hospital.
    – Y ese policía, ¿ha dicho cómo se llamaba?
    – No tengo ni idea. Yo no hablé con él, fue Chucky. Yo llegué justo para relevar a Chucky de su turno, y para entonces el tipo ya estaba hablando con el señor Reed.
    – ¿Qué aspecto tenía?
    – A ver… Era alto, metro ochenta al menos, pelo negro. Iba bastante peripuesto, con zapatos finos y todo eso. Conducía un Jaguar. Así que en Boston pagan bien, ¿eh?
    – ¿Conducía un Jaguar?
    – Sí, de color negro, una preciosidad. Era uno de los modelos nuevos.
    – ¿Cómo lo sabes?
    – Porque le hice un repaso mientras el dueño estaba arriba, con el señor Reed. Tengo debilidad por los coches bonitos. Yo conduzco un BMW.
    – ¿Está aquí el señor Reed?
    – Sí, está por arriba.
    – Tengo que hablar con él.
    – Un momento. -El guarda de seguridad accionó un walkie-talkie-. El señor Reed bajará ahora.
    – ¿Cómo te llamas? -preguntó Darby.
    – Kevin Salustro.
    – ¿No te habrás fijado por casualidad en la matrícula del Jaguar?
    – No.
    – Cuando acabe de hablar con el señor Reed, volveré aquí a hacerte unas preguntas. Mientras esperas, quiero que anotes todo lo que recuerdes de ese poli, incluido lo que viste dentro de su coche.
    – Como ya le he dicho, sólo lo vi de refilón.
    – Tú anota todo lo que recuerdes. ¿Tienes papel y bolígrafo?
    – No.
    – Ahora te los traigo -dijo Darby.

    Bryson llegó al cabo de media hora, acompañado de un furgón con seis policías más. Eran más de las seis y el cielo del anochecer estaba negro como el carbón.
    Nathan Reed, el dueño de Reed y Asociados, la empresa que se encargaba de la seguridad del hospital, era un hombre alto y enjuto con los dientes torcidos y amarillentos y los dedos manchados de nicotina. Darby supuso que el hombre rondaría la sesentena. Llevaba una chaqueta de franela a cuadros y un gorro de caza anaranjado con orejeras de piel.
    – Ha sido una cosa muy, muy rara; el poli ese ha aparecido de repente, de la nada -les contó. Estaban al pie de la colina, de espaldas al viento-. Habló con uno de mis chicos, Chucky, y dio la casualidad de que yo estaba por aquí, así que Chucky cogió el teléfono y me llamó. Tenemos prohibido dejar que alguien se pasee solo por el hospital, por el seguro de responsabilidad.
    – ¿Cómo sabe que era policía? -preguntó Darby.
    – Me enseñó su placa.
    – ¿Cómo se llamaba?
    – No lo sé, no me lo dijo.
    – ¿No se lo preguntó?
    – No, señora, no se lo pregunté. Cuando aparece un poli, haces lo que te dicen y no haces demasiadas preguntas.
    – ¿Hablaba con algún acento?
    – Pues, ahora que lo dice, sí. Con acento británico o algo así -señaló Reed-. Me enseñó su placa y dijo que tenía que entrar y echar un vistazo al pabellón C. Yo le conté que lo habían vaciado, que se lo habían llevado todo, pero me contestó que quería echar un vistazo de todos modos, así que le acompañé arriba.
    – Señor Reed, puede que le parezca una pregunta un tanto extraña, pero ¿le vio usted los ojos?
    – ¿Los ojos?
    – ¿Se fijó usted en el color de sus ojos?
    – No tengo ni la más remota idea -contestó Reed-. Llevaba gafas de sol. No pretendo meterme donde no me llaman, pero ¿se puede saber a qué vienen todas estas preguntas? ¿Es que no saben por qué estaba aquí? Supongo que trabajarán juntos, ¿no? En colaboración…
    – El policía al que ha visto hoy… no sabemos quién es -declaró Darby. Desde luego, por la descripción, ese hombre era clavado a Malcolm Fletcher-. Cualquier cosa que pueda decirnos nos resultaría de extrema utilidad.
    Reed hizo bocina con la mano para prender un mechero y se encendió un cigarrillo.
    – ¿Ha visto alguna vez una película de Clint Eastwood que se titula Infierno de cobardes?
    – Varias veces -respondió Darby.
    – Pues ese tipo desprendía el mismo aire amenazador, como si dijera: «Haz exactamente lo que yo te diga o las vas a pasar canutas». Por eso no le hice ninguna pregunta. Lo llevé ahí, al pabellón C, y le dejé merodear un rato. Para ser sincero, lo cierto es que me alegré cuando se marchó.
    – ¿A qué hora se fue?
    Reed se quedó pensativo un momento.
    – Hacia las cuatro, diría yo.
    – ¿Y encontró algo ahí arriba?
    – No. Como ya le he dicho, ahí arriba no hay nada. Lo han desmantelado todo. Lo llevé al pabellón C, echó un vistazo, luego me dio las gracias y se fue.
    – Le pidió específicamente que lo llevara al pabellón C -señaló Darby.
    – Así es. El pabellón C es el lugar donde solían encerrar a los delincuentes más violentos, a los más asquerosos, como a ese cerdo de Johnny el Barbero. ¿Se acuerda de él?
    – No, la verdad es que no.
    Reed dio una honda calada de su cigarrillo.
    – Johnny el Barbero… Su verdadero nombre era Johnny Edwards o algo así. Johnny era un violador en serie de principios de los sesenta. Trabajaba en una barbería y les cortaba la cara a las mujeres con una navaja de afeitar, de ahí el sobrenombre. Los tribunales lo declararon culpable con el atenuante de enajenación mental, y por eso lo enviaron aquí. -Señaló con el pulgar la carretera larga y serpenteante que se abría paso en zigzag a través del bosque-. Resulta que también era un artista, un verdadero genio. Colgaron varios de sus cuadros en las paredes, y debo decir que algunos eran francamente impresionantes, joder, ya lo creo… El caso es que luego agredió a un médico, intentó acuchillarlo con un pincel, menuda ocurrencia, así que le quitaron todos los útiles de pintura y ¿saben lo que hizo ese cabronazo hijo de perra? Empezó a utilizar sus propios zurullos como pigmentos para sus pinturas. Los cuadros no estaban mal del todo, pero olían a rayos. -La risa de Reed retumbó, imponiéndose a los silbidos del viento.
    – Necesito que me enseñe adonde fue ese policía -dijo Darby.
    Reed arrojó la colilla de su cigarrillo al bosque.
    – Conseguí limpiar la nieve de la carretera principal hasta aquí antes de que mi camioneta se averiase, pero la parte de arriba del recinto está hecha una mierda -dijo-. Espero que los dos estén de humor para hacer un poco de ejercicio, porque nos espera una buena caminata.

Capítulo 29

    Bryson ya llevaba una linterna. Darby fue a por la de repuesto que guardaba en el maletero del coche y a continuación siguió a Reed, junto con Bryson y los otros seis hombres, por la empinada carretera de acceso.
    Una resbaladiza capa de hielo cubría el pavimento. Darby caminaba con sumo cuidado, atenta a cada paso. La colina, rodeada de pinos cuyas ramas se combaban por el peso de la nieve húmeda y pesada, parecía extenderse a lo largo de kilómetros y kilómetros sin que se vislumbrase el final.
    – El recinto está en pleno proceso de demolición -explicó Reed, mientras el aliento se le condensaba en el aire gélido-. A su amigo el policía le dije lo mismo: ahí arriba no hay nada, nada en absoluto. Se lo han llevado todo.
    – ¿Cuándo cerraron el hospital? -preguntó Darby.
    – Un incendio por un cortocircuito eléctrico en el depósito de cadáveres destruyó el pabellón Mason en el año 1982. Los capitostes de Beacon Hill decidieron que era demasiado caro reconstruirlo (el edificio tiene más de doscientos años), y con los recortes en el presupuesto para salud mental a nivel estatal, el hospital cerró sus puertas al año siguiente.
    – ¿Hay un depósito de cadáveres en el edificio?
    – Antes, este centro era un hospital de investigación médica. Cuando un paciente moría, los médicos estudiaban su cerebro; bueno, eso era a principios del siglo pasado, cuando esas cosas todavía estaban permitidas. El caso es que después del incendio, el lugar cerró sus puertas definitivamente, por lo de la falta de presupuesto y todo eso. No puedo decir que no esté de acuerdo con la decisión. Habría costado una fortuna reconstruirlo.
    Darby asintió con la cabeza, sin escuchar realmente lo que oía; ensimismada, pensaba en Malcolm Fletcher. ¿A qué se debía su interés por un hospital psiquiátrico abandonado? Si de veras buscaba algo, ¿por qué no se había colado sin más? Tal vez no había encontrado ningún modo de entrar y por eso había solicitado la ayuda de Reed.
    Cuando llegaron a lo alto de la colina, Darby se había quedado sin resuello y le temblaban las piernas por el cansancio. Reed se encendió otro cigarrillo.
    El Instituto Sinclair de Salud Mental, un colosal edificio gótico de ladrillos antiguos y ventanas con barrotes, se desplegaba en torno a un amplio patio que albergaba los restos de una fuente de agua y varios árboles que seguramente eran aún más antiguos que el propio hospital. Algunas de las vidrieras seguían intactas.
    – Ese es el edificio Kirkland -señaló Reed-. Tiene más de doscientos años.
    Darby nunca había visto nada tan descomunal, tanto por extensión como por tamaño. Si uno entraba ahí dentro, resultaría fácil perderse… para siempre.
    – ¿Qué dimensiones tiene?
    – Unos treinta y cinco mil kilómetros cuadrados -explicó Reed-. Hay dieciocho plantas sin incluir el sótano, que es en sí mismo un laberinto. Kirkland está dividido en dos pabellones: Gable y Mason. Los suelos están prácticamente podridos, y el incendio provocó tantos daños, que el edificio se cerró por completo y quedó abandonado en el ochenta y nueve. Dentro de pocos meses, todo lo que ven aquí desaparecerá para dar paso a apartamentos de nueva construcción. La verdad, para ser sincero, es que a mí me produce cierta tristeza. Este hospital es un edificio histórico, el último de los de su clase. ¿Ven esos edificios de ahí a la izquierda? Eran los pabellones para los tuberculosos, uno para mujeres y otro para hombres. Hay muchísima historia ahí dentro.
    Darby vadeó por un cúmulo de casi medio metro de nieve que cubría la totalidad del patio. El lugar tenía el aspecto y el aire de un campus universitario de Nueva Inglaterra de principios de los cincuenta: extraño y recoleto, una extensión inabarcable de edificios de ladrillo encuadrados en un área densamente boscosa en lo alto de una colina desde la que se veía Boston, a unos treinta kilómetros al sur.
    – Kirkland se ha convertido en una especie de atracción turística desde que estrenaron esa película, Creepers -dijo Reed-. ¿La ha visto?
    Darby negó con la cabeza. Había perdido su afición por las películas de terror: le afectaban demasiado.
    – El libro de Morrell estaba mucho mejor -observó Reed-. La historia va de un grupo de exploradores urbanos llamados creepers que entran en viejos edificios históricos. Los productores de la película utilizaron el hospital para las localizaciones. Hemos tenido que aumentar las medidas de seguridad en estos últimos cinco años; tenemos guardas jurados apostados en el recinto las veinticuatro horas. La mayoría de la gente a la que detenemos son adolescentes y universitarios que buscan un lugar para beber, colocarse y echar un polvo, ¿no es increíble?
    Reed sacó sus llaves y subió las escaleras que llevaban a la puerta principal. El cristal que había detrás de la reja de seguridad de acero estaba roto.
    – ¿Lo ha traído por la puerta principal? -preguntó Darby.
    – Sí, señora.
    – ¿Es el único modo de entrar en el hospital?
    – La puerta principal es el modo más seguro de entrar en el edificio -contestó Reed-. Hay otras entradas a través de los conductos del sótano y unos viejos túneles que llevan a distintas partes de las instalaciones, pero la mitad se han derrumbado o están a punto de hacerlo. Si intenta entrar por ahí, pondría su vida en peligro. Por eso tenemos tanta vigilancia y seguridad por aquí, porque si pasa algo, la responsabilidad es del propietario del edificio. En el noventa y uno, algún imbécil entró, se cayó y se abrió la cabeza. Puso una denuncia y sacó un buen pellizco en los tribunales. Tendría que ver las minutas de los abogados, son de vértigo.
    Al otro lado de la puerta principal había un vestíbulo que daba a una amplia sala de forma rectangular desprovista de muebles. Allí no había nada más que suelos desnudos y paredes cubiertas con rodales de pintura blanca descascarillada.
    – Antes esto era la recepción -explicó Reed-. Cojan un casco de protección de esa caja de ahí. Ustedes dos no se asustan fácilmente, ¿verdad?
    – Si se asusta, lo cogeré de la mano -bromeó Darby mirando a Bryson, pero Tim no oyó el comentario. Estaba enfocando el haz de luz de la linterna por la habitación.
    – Una vez, le enseñé el edificio a un grupo de cazafantasmas para un programa de televisión -continuó Reed-. Llevaban unos cacharros muy raros que parecían recién salidos de esa película tan famosa, Los cazafantasmas. Uno de ellos creyó ver un fantasma y el estúpido hijo de puta se puso a gritar, echó a correr, se cayó por un agujero y se fracturó un pie. Así que quédense detrás de mí y cuidado por donde pisan.

Capítulo 30

    La sala contigua era tan larga y espaciosa como un estadio de fútbol, con el techo abovedado y las paredes cubiertas de papel pintado mohoso, lleno de manchas de humedad, con un estampado de rosas diminutas de color rojo y azul. En la pared del fondo había unos grandes ventanales, muchos de ellos con los cristales rotos o directamente sin cristales. El suelo de linóleo estaba cubierto de nieve y placas de hielo que se derretían.
    – Esto era el comedor principal -explicó Reed-. En los años cuarenta, tenían chefs profesionales que cocinaban platos muy sofisticados. Preparaban langostas en verano y servían magníficas comidas al aire libre para los pacientes en el césped de la parte delantera; allí también había un pequeño campo de golf, aunque parezca increíble. No me habría importado nada vivir aquí en esos tiempos. Parecía una residencia de vacaciones de lujo. ¿Qué saben exactamente sobre el Sinclair?
    – No mucho -contestó Darby.
    – Si quieren, puedo contarles la historia. Así pasaremos el rato; todavía nos queda una buena caminata.
    – Buena idea.
    Reed echó a andar por el comedor; bajo sus pies, la capa de nieve y el hielo crujían.
    – Cuando se construyó el hospital, hacia finales del siglo xviii, se le conocía como el manicomio estatal -explicó-. El lugar era famoso por el trato humanizado que se dispensaba a los pacientes. El doctor Dale Linus, que fue el primer director del hospital, creía en un enfoque humanista en el tratamiento de los enfermos mentales: aire fresco, comida sana y ejercicio. Era una idea bastante moderna para la época. Linus mantenía la cifra de pacientes en torno a los quinientos, para asegurarse de que todos los enfermos recibían la ayuda y el tratamiento que necesitaban. Al principio, trataban a toda clase de personas, no sólo a delincuentes. Los pacientes venían de todas partes del mundo, a causa de las terapias revolucionarias que inventó Linus.
    – ¿Qué clase de terapias revolucionarias?
    – Vamos a ver… Bueno, estaba la terapia de agua: sumergían a los pacientes en agua helada para tratar de curarles la esquizofrenia. Luego intentaron algo llamado comas de insulina, que se suponía que ayudaban a tranquilizar a los pacientes. Y el Sinclair fue el primer hospital del país en practicar una lobotomía.
    – No creo que eso sea necesariamente revolucionario.
    – En la época sí lo era. Ahora parece una barbaridad, sobre todo teniendo en cuenta que puedes recetar una pastillita para tratar casi cualquier trastorno mental. El Sinclair tenía tanto éxito, era tan revolucionario en sus métodos para el tratamiento de la enfermedad mental, que había dos edificios destinados única y exclusivamente a formar a médicos procedentes de todos los rincones del mundo; tuvieron que construir una residencia para darles alojamiento.
    Darby siguió a Reed a un pasillo frío; el mismo cemento y la misma pintura desconchada. Muchas de las paredes estaban cubiertas de grafitis. Uno de los pasillos estaba prácticamente en ruinas.
    – ¿Cuándo pasó el hospital a llamarse Sinclair? -quiso saber Darby.
    – El doctor Phinneus Sinclair se convirtió en director del hospital en… en el sesenta y dos, creo. Fue más o menos sobre la época en que empezaron a ingresar únicamente a criminales. A los pacientes más normales, a falta de un término mejor, los remitían al hospital McLean, que estaba consiguiendo muy buena reputación por tratar a ricos, estrellas del rock y poetas y escritores raros, esa clase de gente. McLean era el sitio al que ibas si tenías dinero. Sinclair se convirtió en el lugar al que ibas si querías estudiar el comportamiento criminal. El doctor Sinclair estaba tratando de descubrir el origen de la conducta violenta. Hizo un montón de estudios con niños procedentes de hogares desestructurados.
    Darby nunca se había encontrado con el nombre de Sinclair durante su preparación del doctorado. Puede que los estudios del doctor se hubiesen considerado revolucionarios en su época, pero en la actualidad, en pleno siglo xxi, buscar el origen de las conductas violentas y desviadas en una infancia traumatizada era algo bastante habitual.
    Reed se agachó para pasar bajo una viga y los condujo por un largo pasillo que desembocaba a una zona amplia y rectangular con puertas a ambos lados. Darby recorrió con su linterna las salas, que tenían las ventanas rotas. Las había de distintos tamaños, y todas estaban vacías.
    – Estos son los despachos de los médicos -señaló Reed-. Joder, tendrían que haber visto qué muebles había aquí dentro… Todo antigüedades. Un tipo hizo una oferta, se lo llevó todo y ganó una pequeña fortuna. -Se detuvo delante de una sala de grandes dimensiones con una elaborada vidriera-. Éste era el despacho del director del hospital. Su amigo el policía se paró aquí un momento y se quedó mirando al frente, como si se acordara de alguna cosa o algo así. No dijo nada, pero…
    – ¿Qué? -lo animó a seguir Darby.
    – No es nada importante, la verdad, sólo un poco extraño. Me acabo de acordar de que no se quitó las gafas de sol. Le dije que a lo mejor querría quitárselas, teniendo en cuenta el lugar a donde íbamos a continuación, pero él se limitó a hacer ver que no me oía y siguió andando como si supiese adonde tenía que ir.
    Darby siguió a Reed por tres pisos de escaleras polvorientas, mientras el viejo edificio crujía y gemía a su alrededor. Al cabo de diez minutos, Reed se detuvo frente a una vieja puerta de acero e iluminó con la linterna una desdibujada inscripción en letras rojas: «Pabellón C».
    – Ahí era donde hacían las lobotomías prefrontales -explicó al tiempo que abría la puerta-. Tengan mucho cuidado con las escaleras. La humedad se acumula en las baldosas, incluso en invierno. Este lugar es más hermético que el culo de una pulga. Resbaladizo de cojones.
    No había ventanas, sólo una impenetrable oscuridad. La fría habitación apestaba a moho. Pegado a la pared había un viejo reloj de la General Electric completamente oxidado. Darby vio varias espitas. «Seguramente ahí enchufaban las mangueras para lavar la sangre», pensó. Se preguntó cuántos pacientes habrían sufrido la que se consideró, en su momento, una solución médica innovadora y revolucionaria para tratar las enfermedades mentales.
    Las botas de Reed crujieron al pisar las baldosas.
    – Cuando empecé a trabajar aquí, aún estaban las mesas de acero con las correas de cuero. Aquí también les daban electrochoques.
    Se oyó un chasquido cuando abrió la puerta del fondo. El pasillo contiguo estaba en un estado casi completamente ruinoso. Darby siguió al hombre por otro corredor que daba a una sala enorme de dos plantas que le recordó a una prisión. Había celdas a ambos lados, y cada puerta de acero estaba equipada con cerrojos y una rejilla para que los médicos pudiesen observar a sus pacientes desde fuera. Las puertas estaban oxidadas y las pequeñas habitaciones, completamente vacías.
    – Esto de aquí es el pabellón C -señaló Reed-. El poli quiso ir a esta habitación de aquí.
    Reed desplazó el haz de luz de su linterna hacia el interior y, de pronto, se apartó de la puerta de un salto. Darby pasó por delante del hombre y se asomó a la celda.
    Sujeta con una chincheta a la pared de debajo del alféizar de una ventana había una fotografía de carné de una mujer con el pelo largo teñido con mechas rubias y peinado con la raya en medio. Tenía unos ojos azules de mirada penetrante y el rostro muy bronceado, y llevaba una camisa blanca.
    – Eso no estaba ahí esta tarde -aseguró Reed-. Lo juro por Dios.
    Pero Darby tenía su atención fija en el alféizar de la ventana: encima de la fotografía había una estatuilla de la Virgen María… la misma que había aparecido cosida dentro de los bolsillos de Emma Hale y Judith Chen.
    Se volvió hacia Bryson, que parecía hipnotizado y no apartaba la vista de la estatuilla.
    – ¿Sabes quién es esa mujer?
    Bryson negó con la cabeza.
    Darby examinó la foto. Había sido impresa en papel satinado y grueso. No había ninguna inscripción en el dorso; ni la fecha ni la hora constaban en el papel. Darby se preguntó si habría sido impresa en un ordenador. Todas las tiendas de revelado de fotos tenían máquinas donde se podía insertar una tarjeta de memoria e imprimir fotos digitales en cuestión de minutos.
    – Señor Reed, ¿nos perdona un momento?
    El vigilante asintió con la cabeza, se alejó de la celda y se incorporó al otro grupo de hombres, que deambulaban por la espaciosa habitación y entrecruzaban los haces de luz de sus linternas mientras inspeccionaban las celdas de las dos plantas.
    Darby se dirigió a Bryson.
    – Llevo bolsas de pruebas en el maletero, junto con un equipo de trabajo de repuesto. Puedo examinar esta habitación yo misma, y tú podrás actuar como testigo de todo lo que encontremos. Será más rápido que hacer que venga alguien del laboratorio.
    – ¿Y la cámara?
    – Tengo una Polaroid y una digital.
    El móvil de Darby vibró en el interior de su pantalón.
    – ¿Qué te parece el Sinclair? -le preguntó Malcolm Fletcher-. Es como darse un paseo por el purgatorio, ¿no crees?

Capítulo 31

    – No sabría decirlo -repuso Darby, haciendo señas a Bryson-. Nunca he estado en el purgatorio.
    – ¿Es que no has leído a Dante? -preguntó Fletcher-. ¿O es que ya no lo enseñan en clase?
    – He leído El paraíso.
    – Sí, claro. Las buenas chicas católicas siempre aprenden primero todo lo relacionado con el cielo, ¿no es así?
    Fletcher se echó a reír. Bryson se puso detrás de Darby y ésta separó el teléfono un par de centímetros de su oreja para que su compañero pudiese escuchar.
    – Las monjas deberían haberte hecho leer El purgatorio -siguió diciendo Fletcher-. Dante lo describe como un lugar donde el sufrimiento tiene un verdadero propósito, capaz de llevarte a la redención, si se está dispuesto a llegar al final del camino. ¿Estás dispuesta a llegar al final del camino?
    – He encontrado la sala con la fotografía.
    – ¿Reconoces a la mujer?
    – No. ¿Quién es?
    – ¿Qué opinas de la figura de la Virgen María?
    – ¿Se supone que tiene algún significado especial?
    – No es momento de andarse con evasivas, Darby. Es el momento de las revelaciones.
    – Hablemos de la mujer de la fotografía. ¿Por qué la ha dejado allí?
    – Preferiría responder tu pregunta si tú respondes una de las mías -dijo Fletcher-. La estatuilla del alféizar de la ventana, ¿es la misma que encontró la policía en los cadáveres de Emma Hale y Judith Chen?
    Darby no pensaba dar al ex experto en perfiles ninguna información sobre el caso.
    – ¿Por qué la ha colocado ahí? -preguntó-. ¿Por qué quería que la encontrase?
    – Háblame de las figuras y yo te daré el nombre de la mujer de la fotografía.
    Bryson negó con la cabeza.
    – Me temo que no sé de qué me habla -dijo Darby.
    – ¿Por qué no le preguntas al detective Bryson? ¿O prefieres ponérmelo al teléfono?
    ¿Cómo sabía Fletcher que Bryson se encontraba en la habitación?
    Debía de estar observándolos…
    Bryson se apartó, desenfundó su arma y llamó a Reed para que acudiera al interior de la celda. Darby tapó el altavoz del teléfono.
    – No le digas nada de nada -dijo Bryson, y luego hizo una señal a sus hombres.
    Darby agarró la SIG con la mano enguantada y la extrajo de la sobaquera. Miró al otro lado de la puerta, en dirección a la sala oscura y en ruinas acuchillada por los zarpazos de luz y de vaho, y se preguntó dónde se escondería el antiguo especialista.
    Darby volvió a acercarse el teléfono a la oreja.
    – Hábleme de la mujer de la fotografía.
    – No puedes encontrar a esa mujer tú sola -le dijo Malcolm Fletcher-, pero si estás dispuesta a emprender el viaje, yo te haré de guía.
    Si aquello era una trampa, ¿por qué iba Fletcher a tenderla en un psiquiátrico abandonado con una sala llena de policías? Era demasiado elaborada para ser una trampa. ¿Era posible que el hombre le estuviese diciendo la verdad?
    – Creo que tiene que explicarme cuáles son sus planes -sugirió Darby.
    – No hay ninguna razón para temerme, los dos perseguimos el mismo objetivo.
    – ¿Y cuál es ese objetivo?
    – La verdad -dijo Fletcher-. Yo te llevaré hasta la mujer de la fotografía, pero una vez que abras la caja de Pandora, ya no habrá vuelta atrás. Es posible que quieras pensártelo antes de darme una respuesta.
    – Y usted va a guiarme hasta ella porque tiene un gran corazón.
    – Piensa en mí como en el viejo barquero Caronte que te guía a través de la laguna del odio.
    – ¿Dónde está ella?
    – Te espera abajo.
    Darby se quedó sin aliento. Tardó un momento en recuperarse.
    – Está aquí.
    – Sí. ¿Estás lista para conocerla?
    No había amenaza en el tono de Fletcher, ni tampoco ningún rastro de la provocación jovial de conversaciones anteriores. Lo que Darby oyó fue un tono neutral, desenfadado, que evocó un recuerdo de su infancia, de cuando tenía diez años y, mientras tomaba un atajo por el bosque de Belham, vio a tres niños de su clase. Habían encontrado un coyote muerto. Uno de los chicos, Ricky nosequé, el más gordo, el de la mirada cruel, le preguntó si quería echarle un vistazo. Darby dijo que no. La llamaron gallina y miedica.
    Para demostrarles que no era ninguna miedica, se dirigió al terraplén, pero tropezó y se cayó. Se quedó tendida en el suelo, percibiendo a medias el zumbido de unas moscas entre las risas estentóreas de los chicos, y cuando quiso incorporarse, notó que había algo vivo y caliente que se retorcía entre sus dedos. Unos gusanos, centenares de ellos, culebreaban en el interior de los restos del animal. Darby empezó a chillar y los chicos se rieron aún más fuerte. Cuando se puso a llorar, el gordo, dijo:
    – Eh, no te enfades con nosotros. Has sido tú la que ha querido bajar ahí.
    El recuerdo se disipó cuando Fletcher dijo:
    – No quiero parecer grosero, pero la verdad es que tengo un poco de prisa. Necesito tu respuesta ahora.
    ¿Por qué hacía Fletcher aquello? ¿Sería una estratagema para sacarle información sobre el caso? ¿O realmente el ex agente sabía algo?
    Darby centró su atención en la estatuilla de la Virgen María que había en el alféizar de la ventana. «¿De dónde diablos la has sacado?»
    «No le digas nada», le había pedido Bryson.
    ¿Sí o no? Tenía que decidirlo ya.
    – Llámeme cuando esté listo para compartir información -sentenció Darby, y colgó el teléfono. Luego se volvió hacia Reed, que apareció junto a ella visiblemente alterado-. ¿Cuántas plantas hay por debajo de la nuestra?
    El viejo guarda de seguridad se quitó el guante y se limpió la cara con una mano llena de manchas de edad.
    – Cuatro -contestó-, y eso sin incluir el sótano.
    – ¿Ha estado allí recientemente?
    – Nadie ha bajado ahí en años.
    – Es posible que tengamos que registrar el hospital. Voy a necesitar su ayuda y la de sus hombres.
    – ¿Quiere usted que los ayudemos a registrar el hospital entero? No puedo permitirlo, señorita McCormick. Hay demasiadas zonas en mal estado. No es seguro.
    Darby observó la foto de la joven. ¿Estaría en alguna parte del hospital? ¿Estaría viva? ¿Herida?
    – Por favor, permanezca en esta habitación hasta que yo vuelva, señor Reed.
    Con la pistola empuñada, Darby avanzó sin apartarse de las paredes. Por encima de ella y al otro lado de la habitación, los hombres de Bryson abrían las puertas de las celdas de una patada, en busca de Malcolm Fletcher. Ella dudaba que fuesen a encontrarlo: el ex agente federal era un verdadero experto en esconderse: había eludido su captura durante décadas.
    Tim Bryson se hallaba de pie al fondo del pasillo, mientras el vaho de su respiración tomaba cuerpo por encima del haz de luz de la linterna que llevaba incorporada su arma, una Beretta 9 milímetros. Darby captó la atención de Bryson y señaló hacia una habitación vacía. La ventana tenía barrotes y el cristal roto estaba protegido por una malla metálica. La nieve se había acumulado sobre el alféizar.
    – Tendríamos que organizar una partida de búsqueda -le indicó Darby a Bryson.
    – ¿Crees que la mujer de la foto nos está esperando en algún sitio por aquí?
    – Él quería llevarnos abajo. Creo que deberíamos echar un vistazo.
    Bryson se quedó pensativo un momento. Estaba sudando.
    – Puede que tengas razón -decidió-. Yo organizaré la búsqueda. Tú encárgate de examinar la habitación y regresa al laboratorio. Quiero saber qué se trae entre manos ese hijo de puta.

Capítulo 32

    Con la ayuda de una linterna, Malcolm Fletcher echó a andar con sumo cuidado por un pasillo cubierto de tablones de madera podrida, muy alejado de la policía de Boston.
    Fletcher tenía una extraordinaria memoria fotográfica. Recordaba perfectamente la distribución del hospital, después de haber recorrido su laberinto de pasillos años antes, en otra vida, cuando trabajaba como agente especial en la nueva Unidad de Ciencias del Comportamiento del FBI.
    En 1954, el huracán Edna había arrancado de cuajo uno de los gigantescos robles que había enfrente del hospital y lo había estrellado contra el tejado; los cascotes resultantes habían destrozado la mayor parte de los suelos. Dado el coste exorbitante de la reparación, el consejo de dirección había decidido cerrar los pasadizos.
    Cuando un incendio provocado por un cortocircuito destruyó buena parte del pabellón Mason en 1982, el hospital ya se hallaba bajo la tutela del Estado. Al presentir su potencial valor económico, los legisladores pusieron los terrenos en venta. Con la intención de preservar el edificio del hospital, considerado patrimonio de interés arquitectónico por tratarse de un edificio singular, el último de su especie, una sociedad histórica presentó una serie de alegaciones y mandamientos judiciales. Los compradores potenciales se asustaron ante la amenaza de los elevados costes legales y de una larga y farragosa batalla en los tribunales.
    El hospital había permanecido abandonado durante veintitantos años y, durante ese tiempo, los largos inviernos de Nueva Inglaterra habían causado daños significativos en los suelos y las paredes, provocados por la humedad y la podredumbre. Se requería una considerable dosis de paciencia y habilidad para encontrar un acceso seguro y adecuado a la planta superior, pues el deterioro y el estado ruinoso estaban muy avanzados.
    Fletcher se deslizó en el interior de una habitación que tenía las ventanas rotas.
    Extrajo su teléfono móvil, comprobó que tenía cobertura y llamó a Jonathan Hale.
    – Creo que sé quién es el hombre que mató a su hija -dijo Fletcher.

    Darby había dejado el coche abierto y guardaba su equipo de reconocimiento de repuesto en el maletero. Reed llamó por radio a Kevin, el muchacho que aguardaba en la camioneta aparcada al final de la carretera, y le pidió que llevara la caja naranja que había en el maletero al pabellón C, cosa que éste hizo media hora más tarde.
    Darby sacó unas fotos y luego decidió que necesitaba ayuda para examinar la habitación del hospital. Metió la fotografía y la estatuilla en una bolsa de pruebas y llamó a Coop desde la carretera.
    – Fletcher nos ha dejado dos regalitos -le explicó Darby-. Una fotografía y… adivina: una figura de la Virgen María. Estoy casi segura de que se trata de la misma que encontramos en el bolsillo de Hale y de Chen.
    – ¿Y sabemos dónde o cómo ha encontrado esa estatua el agente especial Escalofríos?
    – No, no lo sabemos.
    – Pero ¿para qué llevarte hasta un psiquiátrico abandonado? ¿Qué sentido tiene? Podría haber enviado la fotografía y la figura por correo ordinario.
    – No sería tan espectacular.
    – Eso es verdad.
    – Y a lo mejor Fletcher quiere que descubramos algo sobre esa habitación en particular. Ha dejado deliberadamente la estatuilla y una foto en una sala para pacientes que albergaba a criminales violentos: la misma habitación en la que él mismo había estado antes, el mismo día.
    – ¿Cuánto tiempo dices que lleva cerrado el hospital?
    – Al menos veinte años -respondió Darby-. Es probable que treinta, incluso.
    – ¿Y crees que vas a encontrar el nombre del paciente o pacientes que ocuparon esa habitación en concreto? Pues que tengas mucha suerte.
    – Nos vemos dentro de una hora.
    Mientras conducía, Darby pensó en las últimas palabras de Coop.
    Cuando el Sinclair cerró sus puertas, lo más probable era que los criminales verdaderamente violentos hubiesen sido transferidos a otros hospitales psiquiátricos. Habrían evaluado a los esquizofrénicos y a los pacientes bipolares o maníaco depresivos, y luego, por culpa de las restricciones constantes del presupuesto destinado a salud mental, los habrían tratado como pacientes externos y los habrían puesto de nuevo en la calle. Los expedientes llevarían décadas flotando a través del sistema nacional de salud mental. Tratar de localizar la historia clínica de un paciente, aunque tuviese un nombre específico, era como buscar la proverbial aguja en un pajar.

    Coop la aguardaba en el interior de su oficina.
    – ¿Dónde está Keith? -preguntó Darby.
    – Se ha ido a casa a cenar con su mujer y los niños y luego volverá al laboratorio para ayudarnos a analizar la habitación. Echémosle un vistazo a la foto primero.
    Tras tomar unas fotografías, Coop examinó el papel. No contenía ninguna marca distintiva ni ninguna característica especial.
    – Por el peinado y la ropa, deduzco de la foto de la mujer que se sacó a principios de los ochenta -señaló Darby-. ¿Qué vas a utilizar para procesar el papel?
    – Ninhidrina mezclada con heptano -explicó Coop mientras accionaba el botón del aparato de ventilación.
    Darby se colocó las gafas protectoras y una mascarilla. Coop, con un par de guantes de nitrilo, roció con la mezcla el dorso del papel, que se tiñó de color púrpura. Ambos lo examinaron, esperando a que la ninhidrina reaccionase con los aminoácidos que hubiese dejado una mano humana.
    No había huellas.
    Coop roció la cara de la imagen.
    – No hay huellas -señaló Coop-. Menos mal que ya conocemos su identidad.

Capítulo 33

    Hannah Givens estaba sentada en la cama con la bandeja de comida -una tostada y huevos- que aquel hombre llamado Walter Smith le había dejado en el carrito. No tenía reloj ni calendario, pero aquél era su segundo desayuno. Debía de ser domingo.
    En la habitación tampoco había ventanas, pero sí disponía de muchísima luz. Allí dentro había dos bonitas lámparas estilo Tiffany: una en la mesilla de noche junto a la cama y otra encima de una pequeña mesa de lectura llena de ejemplares gastados de People, Star, Us, Cosmopolitan y Glamour.
    Lo más interesante era el enorme armario ropero de color blanco. Las camisas eran todas de talla pequeña y mediana; Hannah usaba una talla grande. Los zapatos estaban debajo, colocados ordenadamente: Prada, Kenneth Cole y dos pares de Jimmy Choos, todos ellos del número treinta y siete. Hannah calzaba el número cuarenta y uno. Era evidente que ni la ropa ni los zapatos estaban allí expresamente para ella.
    Hannah pensó en la ropa y las revistas, con sus páginas arrugadas, y volvió a preguntarse si no habría vivido allí otra mujer antes que ella. Si así era, ¿qué le habría pasado? Esa pregunta le producía una sensación de vacío en el estómago.
    Se arropó con el edredón a pesar de que en la habitación hacía calor. El miedo seguía latente, pero ya no le atenazaba todo el cuerpo. Había corrido a agazaparse en algún otro lugar y, por alguna extraña razón que no sabía explicar, ya no sentía la necesidad de llorar ni de gritar. Además, eso ya lo había hecho de todos modos.
    Al despertarse en la oscuridad por primera vez, con la cabeza turbia, Hannah había creído por un breve instante que se encontraba en su casa. Acto seguido, el recuerdo de lo sucedido le cayó encima como un cubo de agua hirviendo; se levantó de la cama de un salto y se puso a deambular a tientas por la extraña oscuridad, tropezándose con objetos completamente desconocidos mientras el miedo se transformaba en un terror histérico, y entonces se puso a chillar, a gritar a pleno pulmón hasta que la garganta se le quedó seca.
    Al final, logró armarse de valor para enfrentarse a la oscuridad y se puso a registrar la habitación como lo haría un ciego: despacio, dando pasos cautelosos, palpando con las manos todos los objetos para captar su forma. Eso de ahí era una mesa. Allí había un sillón… de cuero, a juzgar por el tacto liso y suave. A continuación una mesilla de noche y ¿qué era aquello? Parecía una lámpara. Encontró el interruptor y la encendió.
    Lo primero que advirtió fue su pijama, suave, de franela rosa. Era de su talla, pero no era suyo. El hombre llamado Walter la había desvestido. Había entrado allí mientras estaba inconsciente y le había quitado la chaqueta y la ropa. La había visto desnuda.
    Hannah estaba segura de que Walter no la había violado. Las dos veces que había mantenido relaciones sexuales, al día siguiente se había despertado un poco dolorida. Walter no la había violado pero sí la había desnudado. ¿La habría tocado? ¿Le habría hecho fotos? ¿Qué había hecho? ¿Qué iba a hacerle? ¿Para qué la había llevado allí?
    Una cosa estaba clara: Walter no quería que se fuera. En la habitación había una puerta, pero no tenía pomo ni tirador. En la pared había instalado un teclado numérico muy parecido a los que había visto en los edificios de oficinas; se necesitaba una tarjeta y una clave para abrirla. Perforada en la puerta había una mirilla en forma de agujero. Walter podía ver el interior de la habitación, pero Hannah no podía ver lo que había fuera.
    Era evidente que Walter quería que se sintiera cómoda. La habitación era del tamaño de un pequeño apartamento estudio, sin ventanas, con una cocina americana de reducidas dimensiones y las paredes pintadas de un amarillo cálido. Había una bonita manta de cachemira roja echada sobre el respaldo de un sillón de lectura de cuero, con una otomana a juego. Detrás del sillón había una estantería con novelas románticas en rústica muy gastadas. Una cortina de ducha ocultaba un retrete, pero no había baño ni ducha. La habitación incluso tenía su propio termostato.
    Los dos armarios que había encima del fregadero de la cocina contenían cajas de cereales y de galletas saladas. No había platos. Ni fogones. En los cajones no había cubiertos ni objetos afilados, sólo servilletas de papel y compresas, tampones y un viejo set de maquillaje. La nevera estaba llena de paquetes de leche, zumo de naranja, yogures, botellas de plástico de agua mineral y refrescos de toda clase: Coca-Cola, Pepsi, Mountain Dew, Dr. Pepper y Slice.
    Hannah desvió su atención al centro de la estancia, a las rosas blancas que había en un jarrón de plástico sobre la mesa redonda de comedor, de reducidas dimensiones. Los pétalos habían empezado a ponerse mustios.
    Un violador no le dejaría flores. Un violador entraría y la tomaría por la fuerza.
    Walter no había entrado en la habitación (todavía, se recordó). Cada vez que le llevaba la comida (tres veces al día), colocaba una bandeja de plástico en el carrito y lo deslizaba sin decir una sola palabra. Para el almuerzo (¿o era la cena?) había preparado pollo con puré de patatas y salsa de carne.
    Hannah rodó de costado en la cama y cerró los ojos. Sus compañeras de piso debían de estar preguntándose por qué no había vuelto a casa todavía. El lunes por la mañana le tocaba el turno de primera hora en la cafetería. Si no aparecía, el dueño, el señor Alves, la llamaría a casa y le dejaría un mensaje desagradable en el contestador. Robin o Terry oirían el mensaje y llamarían a sus padres, y éstos llamarían a la policía. La gente empezaría a buscarla. Tendría que encontrar la manera de aguantar y sobrevivir hasta que la encontrasen.
    Pero ¿y si no la encontraban? ¿No llegaría un momento en que la policía dejaría de buscarla?
    No podía pensar eso; tenía que mantener una actitud positiva, por imposible que pareciese, y tener la cabeza serena para pensar con claridad.
    El día anterior, después del desayuno, Hannah había registrado el cuarto buscando algo que pudiese emplear como arma. No había microondas ni cafetera. El pequeño televisor a color estaba atornillado a su soporte de madera. En el fregadero de la cocina no había agua caliente, sólo fría. Habían extraído los cajones para las verduras y productos frescos de la nevera. Por lo visto, Walter tenía miedo de que empleara uno de esos cajones para intentar darle un golpe en la cabeza o algo así. Había utilizado cadenas y candados para sujetar las sillas de comedor a las patas de la mesa; podía apartar las sillas para sentarse, pero no podía utilizarlas como armas. Walter ya había previsto esa posibilidad. Las patas de la mesa eran demasiado gruesas y robustas, no podía romperlas sin la ayuda de una sierra.
    En algún momento, Walter querría hacer algo con ella, y tenía que estar preparada. Mientras inspiraba aire con fuerza, Hannah se obligó a sí misma a volver a registrar la habitación.

Capítulo 34

    «Muy bien -se dijo-, ¿en qué sitios no he buscado todavía?» En el colchón y en los cojines del sillón. Con la imperiosa necesidad de hacer algo, Hannah se levantó de la cama y recorrió con la mano el espacio entre el colchón y el somier de muelles. Al no encontrar nada, pasó entonces al sillón de cuero, retiró los cojines y rebuscó entre las rendijas oscuras con los dedos. Éstos tropezaron con una cosa dura. «Por favor, Señor, que sea un cuchillo…», imploró, y sacó el objeto a la luz.
    Era un pequeño bloc de notas de espiral, de los que podían meterse fácilmente en el bolsillo de una camisa. Hannah lo abrió y vio unas páginas escritas en lápiz, ya desvaídas. Leyó la primera hoja.
    He encontrado esta libreta en el suelo, debajo de la cama. Dentro de la espiral había un lápiz pequeño. Debe de habérsele caído a Walter, aunque no sé cuándo, puede que una de las veces que hemos forcejeado. Se le habrá caído del bolsillo o de la camisa y se le ha olvidado. Él lo utilizaba para hacer la lista de la compra. Ahora yo lo voy a usar para anotar mis pensamientos. Porque si no lo hago, me volveré loca.
    No sé cuánto tiempo llevo aquí. Después de tres meses, perdí la cuenta. Aquí el tiempo no significa absolutamente nada, y pensar en el tiempo me da auténtico pavor.
    Ya no puedo pelear con él. No tengo fuerzas. Ahora he decidido ser amable. Hago todo lo que me pide. Cuando me trae regalos, siempre le doy las gracias (le encanta traerme ropa bonita). Walter me trae todo lo que le pido (menos el teléfono), lo único que tengo que hacer es pedírselo. Walter, mi particular y horrendo genio de la lámpara… Una vez, casi al principio, cuando debía de llevar aquí un mes, estábamos hablando de la Navidad y me preguntó:
    – ¿Cuál ha sido el regalo que más te ha gustado de todos los que te han dado?
    Le dije que la cadena de platino y el relicario con la foto de mi madre. Mi padre me lo regaló la Navidad pasada. Me preguntó dónde estaba y yo se lo dije. El caso es que no le di mucha importancia; sólo estábamos charlando.
    Una semana después, me trajo el relicario. Yo me quedé muda de asombro.
    – Te he cogido las llaves de casa… las llevabas en el bolso -me explicó-. ¿Ves lo mucho que te quiero?
    Walter nunca parece furioso, enfadado ni triste; en realidad no parece sentir absolutamente nada, eso es lo que me da más miedo. Es como si no hubiese vida detrás de su mirada, o al menos nada que cualquier persona normal pudiese reconocer. Me imagino su cerebro como un desván lleno de telarañas y de bichos asquerosos que se mueven y te muerden si te acercas demasiado. Walter habla como si fuésemos los mejores amigos del mundo. Hago como que comparto todos mis pensamientos con él, me invento historias, cualquier cosa, lo que sea para que se sienta cerca de mí. No hago más que fingir, igual que hacía en las clases de interpretación. Finjo que me importa. Finjo que lo entiendo mientras me familiarizo con todo lo que me rodea, a la espera de encontrar el mejor momento de escapar.
    Le he convencido para bañarme dos veces al día. Él siempre se queda de pie, al otro lado de la puerta, que deja abierta unos centímetros para poder hablar conmigo. NECESITA HABLAR. Eso es lo que le alimenta: hablar, el contacto humano. Ahora lo sé.
    Walter se acaba de ir de mi habitación. Hemos visto una película juntos, Pretty Woman. Le gusta ver comedias románticas todas las noches, después de cenar. Suele traer vino (siempre en botella de plástico, jamás de vidrio, porque sabe que, si se diera la oportunidad, le rompería la botella en la cabeza). Esta vez se ha sentado conmigo en la cama. Yo llevaba un vestido y unos zapatos que me ha comprado (Walter insiste en que nos arreglemos todas las noches, como si fuésemos una pareja que sale al centro). Me he peinado como a él le gusta y me he pintado las uñas. Hasta me ha regalado una botellita del perfume de Chanel que tanto me gusta. Me lo he puesto para él. Soy su muñequita, su muñeca particular, de carne y hueso, sólo para él. Durante toda la película, he notado las ganas que tenía de cogerme la mano.
    Cuando ha terminado la película, Walter ha ido a sacar el DVD (sin dejar de vigilarme, por supuesto) y se me ha ocurrido poner en práctica la idea que llevo maquinando desde hace varias semanas.
    – No te vayas todavía -le he dicho.
    Walter parecía complacido; le encanta cuando le pido que se quede.
    Le he sonreído y me he tragado el miedo. A pesar del asco que me daba, tenía que seguir adelante con el plan.
    Me he levantado. Era mi última oportunidad.
    – ¿Qué pasa, Emma?
    Me he desabrochado el vestido.
    – ¿Qué haces? -me ha preguntado.
    He dejado que el vestido resbalara hasta el suelo y me he colocado delante de él, completamente desnuda salvo por el relicario con la fotografía de mi madre. Tenía que llevarlo para armarme de valor.
    – ¿Qué haces?
    He intentado con todas mis fuerzas que no se me notase en la voz el odio y la repugnancia que sentía.
    – Quiero hacerte el amor.
    Walter no ha contestado.
    Ha apartado la mirada, avergonzado.
    Cuando lo he tocado, se ha apartado.
    – No tengas miedo -le he dicho.
    – No tengo miedo.
    – Entonces, ¿qué es?
    Walter no me ha contestado.
    – ¿Es que eres… virgen?
    – Mantener relaciones con alguien cuando no se está enamorado… es un pecado -ha dicho Walter-, una abominación a los ojos de Dios.
    Pero raptar a alguien y mantenerlo prisionero, por lo visto, no.
    – ¿Cómo puede ser pecado si quiero hacer el amor contigo?
    Walter no ha contestado, pero ha desplazado la mirada hasta mi pecho. Le he cogido la mano buena y la he puesto encima de uno de mis senos. Él estaba temblando.
    – Hazme el amor.
    Si conseguía que se metiese en la cama conmigo, conseguiría que fuese vulnerable. Me subiría encima de él y le aplastaría los malditos ojos con mis pulgares. Albergaba ya tanto odio hacia él que sabía que podría hacerlo.
    – No pasa nada… -le he dicho, haciendo que me acariciara los pechos con la mano.
    Él respiraba con fuerza, pero no dejaba de temblar. Le he desplazado la mano hasta la parte baja de mi vientre y entonces la ha apartado de golpe y ha salido corriendo de la habitación.
    Ha vuelto más tarde y me ha dado una figurilla de plástico de la Virgen María. Ahora la tengo en la mesilla de noche. Me ha hecho rezar con él para pedir fuerzas. Rezamos juntos todas las noches, arrodillados cada uno a un lado de la cama, y le damos gracias a SU Santa Madre. Walter nunca cierra los ojos. Yo rezo con él, por supuesto. No le digo que ya no creo en esas cosas.
    Cuando se ha ido, he apretado la figura con fuerza en mi mano, con la esperanza de que me diera consuelo. Pero no me da ningún consuelo. Antes pensaba en el infierno como en un lugar oscuro lleno de fuego y de dolor eterno. Ahora pienso en él como en un lugar donde se está solo para la eternidad, donde se siente una carencia absoluta de todas las cosas. Sé que voy a morir sola en esta habitación. Lo único que no sé es cuándo.
    Hannah oyó un pitido, seguido del ruido de los cerrojos al abrirse. Metió el bloc de notas bajo el cojín del sillón mientras la puerta se abría.

Capítulo 35

    El hombre llamado Walter Smith entró en la habitación con la cabeza agachada, ya fuese por vergüenza o porque se sentía incómodo, o tal vez por las dos cosas. Hannah tuvo ocasión de observarlo bajo la tenue luz.
    Había sufrido quemaduras muy graves en la cara. A pesar del maquillaje, se le veían unas cicatrices gruesas y abultadas. «Por eso tiene la cabeza gacha -pensó-. No quiere que le mire a la cara.»
    Por alguna razón, el hecho de saber que estaba físicamente mutilado lo hacía parecer inferior, menos amenazador. Hannah se sentía capaz de razonar con él. Era capaz de razonar con todo el mundo.
    Walter llevaba una cesta de mimbre con un surtido de magdalenas y cruasanes. Por los lados sobresalían las puntas del papel de cocina y el asa estaba decorada con lazos. Le recordó a la cesta de regalo que su padre había comprado la mañana siguiente a la histerectomía de su madre.
    Hannah empezó a inquietarse al ver a Walter colocar la cesta encima de la mesa y retroceder a las sombras que había junto al fregadero de la cocina. Llevaba el pelo largo, húmedo y alborotado. Parecía demasiado perfecto; si era una peluca o un postizo, era el mejor que había visto en su vida.
    Con la cabeza agachada aún, Walter clavó la mirada en el suelo y se aclaró la garganta.
    – Tu nariz tiene mejor aspecto.
    ¿Lo tenía? Allí no había espejo, pero Hannah se había palpado la nariz con los dedos. Aún la tenía hinchada. Se preguntó si estaría rota.
    – Siento mucho lo que ha pasado -se disculpó Walter.
    Hannah no respondió; le daba miedo responder. ¿Y si decía algo malo y él se enfurecía? Si la emprendía a golpes con ella, no podría protegerse: era demasiado grande, demasiado fuerte.
    – Fue sin querer -prosiguió él-. Yo nunca haría daño a alguien a quien quiero.
    Un sudor frío se apoderó del cuerpo de Hannah.
    «No puedes quererme -deseó decir la joven-. ¡Pero si ni siquiera me conoces!»
    Fue como si Walter le hubiese leído el pensamiento.
    – Lo sé absolutamente todo de ti -le dijo-. Te llamas Hannah Lee Givens. Te graduaste en el instituto Jackson en Des Moines, Iowa. Eres estudiante de primero de la Universidad de Northeastern, especialización en Inglés. Quieres ser profesora. Cuando puedes permitírtelo, te gusta ir al cine. Vas a la biblioteca y sacas libros de Nora Roberts y Nicholas Evans. Puedo traerte algunos de esos libros, si quieres, y películas. Sólo tienes que decirme lo que quieres, yo te lo traeré. Podemos ver películas juntos. -Walter levantó la vista y esbozó una sonrisa forzada-. ¿Hay algo en concreto que te apetezca ver?
    ¿Cuánto tiempo había estado siguiéndola? ¿Y por qué no lo había visto ella?
    Walter parecía esperar que le respondiese.
    ¿Qué era lo que había escrito aquella chica en el cuaderno? «Eso es lo que le alimenta: hablar. Necesita hablar, necesita conectar.»
    Hannah quería que se fuera para poder volver al bloc y leer qué más había escrito aquella mujer acerca de Walter. A lo mejor había algo allí que podía ayudarla a descubrir el modo de escapar. Y ella lograría escapar. Encontraría un modo de hacerlo. Hannah Lee Givens sabía que no iba a quedarse allí encerrada para siempre, y desde luego, no pensaba dejar que nadie la usara de saco de boxeo, eso seguro. Sólo necesitaba encontrar la forma de sobrevivir hasta que la encontraran.
    – Sigues enfadada -dijo Walter-. Lo entiendo. Volveré más tarde con tu cena. A lo mejor entonces podemos charlar un rato.
    Extrajo su cartera y la pasó por delante del lector de tarjetas. El cerrojo se abrió con un clic. No tecleó ningún código. Abrió la puerta pero no se marchó.
    – Voy a hacerte muy feliz, Hannah. Te lo prometo.

Capítulo 36

    El lunes por la mañana, mientras se dirigía en coche al trabajo, Darby recibió una llamada de Tim Bryson. La inspectora quería reunirse con ellos a las nueve.
    – También tengo una copia de los expedientes de los casos de Saugus en los que trabajó Fletcher, allá por la década de los ochenta -explicó Bryson-. ¿Por qué no quedamos temprano? Así tendrás ocasión de echarles un vistazo.
    Darby encontró a Bryson sentado en la sala de espera del despacho de la inspectora. Llevaba una gasa en la frente sujeta por dos tiritas. La noche anterior, mientras registraba una de las plantas inferiores del Sinclair, se había golpeado la cabeza contra una viga de acero.
    – A ver si lo adivino, ¿te han puesto seis puntos? -aventuró Darby al tiempo que se sentaba a su lado.
    – Digamos que diez. ¿Cómo estás tú?
    – Con agujetas en las piernas y en la espalda. No me había agachado tantas veces ni había gateado tanto en toda mi vida.
    En colaboración con la policía de Danvers, una docena de partidas de búsqueda, con ayuda, además, de Reed y sus hombres y los planos arquitectónicos de las distintas plantas del psiquiátrico, habían examinado parte de los niveles inferiores del Sinclair durante la noche del sábado y a lo largo de todo el domingo, hasta poco después de medianoche. No encontraron absolutamente nada.
    – Ya te dije que estaba jugando con nosotros -le recordó Bryson.
    – Todavía no hemos registrado la totalidad del sótano.
    – ¿Crees de verdad que esa mujer está ahí, en alguna parte del hospital?
    – Creo que Fletcher quiere que encontremos algo.
    – Y yo sigo creyendo que te equivocas.
    – Si me equivoco, te invitaré a una copa.
    – No, me invitarás a una cena. -La sonrisa de Bryson le quitaba varios años de encima. Le entregó una gruesa carpeta-. Ten, son las copias de los expedientes de las dos mujeres estranguladas de Saugus. Léetelos, yo iré a por un café. ¿Tú cómo lo quieres?
    – Solo y sin azúcar -contestó ella, y abrió la carpeta.
    La noche del 5 de junio de 1982, la joven de diecinueve años Margaret Anderson, de Peabody, fue vista por última vez saliendo de la fiesta de una amiga. A la mañana siguiente, hallaron su cuerpo semidesnudo en la Ruta Uno, a la altura de Saugus. Tres semanas más tarde, una mujer de veinte años de Revere llamada Paula Kelly acabó su turno de trabajo en una cafetería. El cadáver de Kelly fue hallado en la misma autopista a un kilómetro escaso del lugar en que se había encontrado el de Anderson, con un cinturón de cuero de caballero, de la talla 38, alrededor del cuello. Ambas mujeres habían sido violadas, pero no se hallaron restos de semen.
    El joven de diecinueve años Sam Dingle vivía en casa con sus padres y su hermana menor y trabajaba en el centro comercial de Saugus, en una tienda de música que ambas chicas frecuentaban. El encargado de la tienda declaró que Dingle había hablado largo rato con ambas en distintas ocasiones, y que había llegado a pedirle a Paula Kelly su número de teléfono.
    La policía de Saugus encontró una huella parcial en el cinturón que rodeaba el cuello de Kelly. La huella pertenecía al pulgar derecho de Sam Dingle.
    El cinturón no llegó nunca al laboratorio estatal para ser sometido a pruebas adicionales. La sala de pruebas de la comisaría de Saugus perdió la prueba clave. Sam Dingle nunca llegó a ser detenido.
    Mientras la policía de Saugus trataba de preparar la acusación contra él buscando más pruebas, Dingle, según su hermana Lorna, había sufrido una crisis nerviosa y fue ingresado en el hospital psiquiátrico Sinclair.
    Seis meses más tarde, Dingle recibió el alta médica. Vivió en casa con sus padres durante una semana antes de marcharse en dirección al oeste del país haciendo autoestop.
    Bryson regresó y le dio una taza de café con la tapa de plástico.
    – Eres la primera mujer que conozco que se toma el café solo y sin azúcar.
    – ¿Para qué estropear algo bueno?
    Bryson señaló con la barbilla hacia el expediente.
    – ¿Qué te parece?
    – Me gustaría hablar con Sam Dingle.
    – Y a mí también -dijo Bryson-. Lo estamos buscando. Sus padres han muerto y su hermana ya no vive en Saugus.
    – Llamaré al laboratorio estatal y preguntaré qué pruebas tienen.
    Bryson tomó un sorbo de su café.
    – Esta mañana hemos recibido una llamada de dos chicas que viven en Brighton -explicó-. Han denunciado la desaparición de una estudiante universitaria llamada Hannah Givens. Sus compañeras de piso pusieron la denuncia. Todas asisten a la Northeastern. Según el informe, se suponía que Hannah Givens debía regresar a casa al acabar su turno del viernes en una cafetería en el Downtown Crossing. La llamaron al móvil y le dejaron varios mensajes. Givens no ha vuelto a su casa ni ha llamado.
    – ¿Es de por aquí?
    Darby pensaba que tal vez la chica había vuelto a casa durante el fin de semana a visitar a sus padres.
    – Sus padres viven en Boise, Idaho -indicó Bryson-. Todavía no tengo todos los detalles, sólo un informe preliminar. Watts va de camino a Brighton para indagar un poco. Tenemos otras denuncias de personas desaparecidas de este pasado mes, pero ninguna corresponde a estudiantes universitarias.
    El secretario de la inspectora era un hombre delgado y de aspecto pulcro, con dedos largos, uñas bien cuidadas y mechas rubias en el pelo castaño, peinado con gomina.
    – La inspectora les recibirá ahora.

Capítulo 37

    Christina Chadzynski estaba sentada detrás de un enorme escritorio de madera de caoba y leía un informe bajo la luz tenue de una lámpara. Su despacho, espacioso y bien aireado, con unos ventanales que daban al cielo encapotado que se cernía sobre Boston, estaba decorado con antigüedades náuticas y réplicas de viejos buques de vela en madera.
    Había cuatro sillas delante del escritorio. Darby se sentó al lado de Bryson y esperó a que la inspectora terminara de leer el informe de éste con los detalles de lo sucedido desde el viernes por la noche hasta el domingo por la tarde.
    Chadzynski cerró el archivo.
    – Ni siquiera sé por dónde empezar. -Se quitó las gafas y se masajeó el puente de la nariz. Tenía las comisuras de los ojos plagadas de arrugas. Aun con la capa de maquillaje, la mujer parecía cansada-. Darby, empecemos por el hombre que encontró el viernes por la noche en el apartamento de Emma Hale.
    – Malcolm Fletcher -dijo Darby.
    – ¿Está segura de que ese hombre es Fletcher?
    – El detective Bryson me enseñó la foto que aparece en la página web del FBI. Es el hombre al que me encontré. Fletcher trabajó aquí en el ochenta y dos, como asesor en dos casos de estrangulamiento para la policía de Saugus. Estamos investigando una posible relación.
    – Y todavía no sabemos qué hacía Fletcher en casa de Emma Hale.
    – No. El señor Hale afirma que no lo conoce.
    Los ojos castaños de Chadzynski eran tan fríos e implacables como los rayos X.
    – ¿Está sugiriendo que Jonathan ha contratado los servicios de un conocido criminal?
    – ¿Conoce al señor Hale? -preguntó Darby.
    – Nos movemos en los mismos círculos. Mi marido lo conoce muy bien; colaboran juntos en muchas obras benéficas.
    – Sabemos que Malcolm Fletcher entró en el edificio a través del garaje -explicó Darby-. Utilizó el ascensor de servicio para llegar a la planta de Emma Hale y entrar en su apartamento. Los de robos examinaron las cerraduras; no estaban forzadas. Entró con una llave. Creo que sería conveniente poner a Jonathan Hale bajo vigilancia.
    – Darby, ese hombre es un miembro respetable de la comunidad. No puedo ordenar que lo sigan sin tener un buen motivo y, desde luego, no puedo someterlo a un interrogatorio. La prensa nos crucificaría.
    – Escúcheme: Malcolm Fletcher es el hombre al que vi en casa de Emma Hale. No sé qué hacía allí. O bien trabaja por su cuenta, por una razón que todavía desconocemos, o bien trabaja para Hale.
    »Supongamos por el momento que Fletcher trabaja solo, como, de hecho, podría ser el caso -prosiguió Darby-. Sabemos que ya ha estado aquí antes, a principios de los ochenta, cuando trabajaba como experto en perfiles. ¿Cabe la posibilidad de que esté investigando por su cuenta una conexión entre los estrangulamientos y las muertes de Chen y Hale? Sí. También sabemos que alguien entró en las oficinas que Hale tiene en Newton y que las grabaciones de las cámaras de seguridad del edificio de Emma Hale han desaparecido. De modo que sí contamos con alguna prueba que apunta a que Fletcher trabaja solo. Sin embargo, dado lo que sabemos del historial de ese hombre y su presencia en la lista de los más buscados, ¿no le parecería sensato ponerlo bajo vigilancia por su propia seguridad?
    – En eso Darby lleva razón -señaló Bryson.
    Chadzynski se puso las gafas.
    – ¿Cuántas veces ha hablado con Malcolm Fletcher?
    – Hablé con él en el interior del apartamento de Emma Hale -dijo Darby-. Hasta ahora me ha llamado dos veces: el sábado por la tarde, cuando me encontraba en casa de Judith Chen, y luego más tarde, mientras Tim y yo estábamos en el Sinclair.
    – ¿Y no ha vuelto a llamarla desde entonces?
    – Todavía no.
    – ¿Cree que volverá a hacerlo?
    – Creo que hay muchas posibilidades de que así sea.
    – ¿En qué se basa para afirmarlo?
    – Se ha involucrado en nuestra investigación. Me condujo hasta el Sinclair, donde hallamos, en una sala de un área donde supuestamente encerraban a los delincuentes más violentos, la foto de una mujer y una figura de la Virgen María: la misma que encontramos en el interior de los bolsillos de Hale y Chen.
    – ¿De dónde sacó la figura? ¿Lo sabemos?
    – No tenemos ni idea.
    – Y la mujer de la foto… -quiso saber Chadzynski-, ¿está relacionada de algún modo con las chicas estranguladas de Saugus?
    – Cliff Watts envió la fotografía a la comisaría de Saugus -respondió Bryson-. Allí no saben quién es. No aparece en ninguno de sus casos de personas desaparecidas. Entregaré una copia de la foto a nuestra Unidad de Personas Desaparecidas después de esta reunión.
    – Tengo entendido que llevaron a cabo un registro del hospital y no encontraron nada más -señaló Chadzynski.
    – Sólo logramos registrar parte del hospital -explicó Darby-. El sótano en sí es como un laberinto. Algunas de las secciones están precintadas porque no son seguras. Otras zonas están cerradas. Ese lugar es inmenso, y tardamos una gran cantidad de tiempo en localizar en los planos las zonas que registramos. Sólo dispusimos de un día y medio.
    – Entonces, ¿cree que deberíamos proseguir con la búsqueda?
    – Sí, lo creo.
    – ¿Tim?
    – Yo no veo la necesidad -dio su opinión Bryson.
    Chadzynski volvió a dirigirse a Darby:
    – ¿Qué cree que quiere Malcolm Fletcher que encuentre? No irá a creer de verdad que hay una mujer viva atrapada en algún lugar del interior de ese hospital.
    – La última vez que hablé con Fletcher, mencionó una cita de George Bernard Shaw: «Si no puedes deshacerte del cadáver oculto en tu armario, enséñale a bailar». No creo que lo dijese por decir. Tuve la sensación de que me lanzaba una advertencia. También habló de abrir la caja de Pandora. Creo que dentro de ese hospital hay algo, y quiere que nosotros lo encontremos.
    – O, tal como ha sugerido Tim, Fletcher simplemente está jugando con nosotros.
    – Eso también podría ser -convino Darby-. El hecho es que él mismo está implicado en el caso. Nos dejó la misma estatuilla de la Virgen María que encontramos en los bolsillos de Hale y Chen. Me gustaría saber de dónde la ha sacado.
    – ¿Piensa que quiere ayudarnos en nuestra investigación?
    – No sé cuáles son sus motivos -dijo Darby-. Lo poco que sé de él lo he averiguado a través de la página web del FBI, que no es mucho decir.
    – También hay otra teoría -terció Bryson-: ¿y si Malcolm Fletcher es el asesino de Hale y Chen?
    – No es el estilo del señor Fletcher -observó Chadzynski.
    – ¿Sabe algo de él?
    – ¿Con cuántas personas han hablado sobre Malcolm Fletcher?
    – Yo se lo he dicho a Watts -contestó Bryson, volviéndose hacia Darby.
    – Jackson Cooper y Keith Woodbury también lo saben -repuso ella-. No lo he comentado con nadie más.
    Chadzynski cruzó las piernas.
    – Preferiría que lo que estoy a punto de contar no saliera de esta habitación.

Capítulo 38

    – Es la segunda vez que Malcolm Fletcher reaparece aquí, en Boston -empezó Chadzynski-. La primera vez fue hace nueve años escasos. ¿Recuerdan el caso de Sandman?
    – Salió en todas las noticias.
    Darby lo había seguido en los periódicos.
    Un asesino en serie llamado Gabriel LaRouche había asesinado a una familia en Marblehead, una ciudad de la costa norte de Boston, y luego había llamado a la policía. LaRouche, que observaba la casa con un sofisticado equipo de vigilancia, esperó hasta que todos los agentes de policía estuvieron dentro del edificio y luego detonó la bomba que había dejado en la escena del crimen. Murieron otras dos familias antes de que lo capturaran.
    – ¿Saben quién es Jack Casey? -preguntó Chadzynski.
    – Era un especialista en perfiles del FBI -respondió Darby-. Fue él quien atrapó a Miles Hamilton, el mayor psicópata de todos los tiempos.
    – Sí. Casey se había retirado del FBI y trabajaba como jefe de policía en Marblehead, la ciudad donde fue asesinada la primera familia. En un momento dado, alertaron a las fuerzas especiales, el SWAT de Boston, porque había una emergencia con rehenes en una autopista. Tengo un amigo personal en el FBI, alguien que trabaja en Apoyo a la Investigación. Pues bien, Jack Casey trajo a Fletcher para que colaborara extraoficialmente como asesor en la investigación. Cuando se resolvió el caso de Sandman, Casey se fue de Marblehead y no se le ha vuelto a ver desde entonces; ni rastro. Fletcher también desapareció. Varios años más tarde, lo incluyeron en la lista de los hombres más buscados del FBI.
    – Fletcher atacó a los agentes en el año ochenta y cuatro -señaló Darby-. ¿Por qué esperaron tanto los federales para incluirlo en la lista? ¿Lo sabe?
    – El FBI quería llevar el asunto de forma discreta.
    – No me extraña.
    – Malcolm Fletcher era uno de sus mejores especialistas en perfiles -explicó Chadzynski-. Su porcentaje de casos resueltos no tiene precedentes. El problema es que cruzó la línea y empezó a tomarse la justicia por su propia mano: en la última docena de asesinatos en serie que investigó, todos los asesinos murieron. En sus últimos cuatro casos, los sospechosos desaparecieron. Mi amigo no me dijo cuánto tiempo llevaba ocurriendo, pero cuando el FBI lo descubrió, la agencia envió a tres agentes a detener a Fletcher, y no hace falta que les cuente qué sucedió después.
    »Cuando el FBI lo incluyó en su lista, se creó un equipo especial asignado a su caso, para capturarlo. El problema, en mi opinión, es que nadie sabe apenas nada sobre él. Para ser un fugitivo, vive bastante bien: se aloja en hoteles caros, le gusta el buen vino y los habanos, prefiere conducir coches de lujo…
    – El vigilante del Sinclair nos dijo que Fletcher conducía un Jaguar -intervino Darby.
    – También es muy esnob con la ropa -prosiguió Chadzynski-. Recuerdo que mi amigo me contó que Fletcher encargaba los trajes y las camisas a medida en un conocido sastre del barrio de Mayfair, en Londres. Nadie sabe nada sobre su familia ni si su problema en la vista se debe a un defecto congénito o a una enfermedad. Me han dicho que ese hombre no es un psicópata, que mata por razones muy concretas. ¿Han oído hablar de la Sombra?
    – ¿La película de Alec Baldwin? No era muy buena.
    – En realidad, me refería a un personaje de una antigua revista pulp. La Sombra era una especie de superhéroe que patrullaba las calles en la oscuridad, velando por el cumplimiento de la justicia.
    – «¿Quién sabe qué males se esconden en el corazón de los hombres? La Sombra lo sabe» -recitó Bryson, quien, al ver la expresión de Darby, añadió con una sonrisa burlona-: Es de antes de que tú nacieras.
    – Pues bien, Malcolm Fletcher actúa de un modo parecido -explicó Chadzynski-. Sólo se marca como objetivo a personas que considera que han cometido algún delito grave. He oído rumores (y por el momento son sólo eso, rumores) de que Fletcher trabajaba de forma independiente en algunos de los casos que no había conseguido resolver. Tal vez esos casos de Saugus estén relacionados de algún modo con Hale y Chen. Tendré que hacer algunas llamadas.
    – ¿Va a meter en esto a los federales? -preguntó Darby.
    – No podemos descartar esa posibilidad. Tienen acceso a información sobre ese hombre de la que nosotros no disponemos.
    – En mi opinión, sería un error.
    – Estoy de acuerdo con Darby -la apoyó Bryson-. Los federales intervendrán, se quedarán con el caso y cuando las cosas salgan mal, nos señalarán a nosotros y pondrán en marcha su maquinaria de relaciones públicas para quitarse el muerto de encima.
    – Voy a llamar a un amigo a ver si puedo averiguar algo con discreción -decidió Chadzynski-. Dudo que asignen una fuerza operativa a este caso sólo porque uno de los nuestros haya visto una vez a ese hombre. Querrán pruebas concretas antes de movilizarse. Mientras tanto, debemos tomar algunas medidas para ganar terreno. Darby, puesto que parece haberse centrado en usted, me gustaría poder intervenir todos sus teléfonos y ponerles un dispositivo de localización de llamadas. También me gustaría ponerla bajo vigilancia.
    Darby asintió con la cabeza.
    – Tim, usted ya tiene experiencia con la vigilancia -continuó Chadzynski-. ¿Podría encargarse?
    – Me ocuparé de ello.
    – Bien. En cuanto a reanudar el registro del Sinclair, me gustaría suspender la operación hasta que tengamos algo más concreto. Quiero que nos centremos en Judith Chen.
    – Puede que tengamos otra víctima en potencia -informó Bryson, y le habló a Chadzynski de Hannah Givens.
    – ¿Ha hablado alguno de los dos con el doctor Karim? -quiso saber Chadzynski.
    – Le he dejado un mensaje en su despacho este fin de semana -respondió Darby-. Espero que quiera cooperar.
    – Yo me encargaré de eso -repuso Chadzynski-. A él le gusta presionar, y a mí me gusta responder presionando aún más. Manténganme informada de cualquier avance en la investigación.
    La inspectora se puso de pie.
    – Buen trabajo con lo del relicario, Darby. Veamos qué más podemos averiguar.

Capítulo 39

    Cuando Darby llegó al laboratorio, se dirigió inmediatamente a Serología. Coop se había instalado en la parte de atrás, cerca de las ventanas con la luz más potente. Keith Woodbury estaba sacando fotos.
    La sudadera de color rosa, los pantalones de deporte de nailon, los calcetines y las zapatillas deportivas estaban dispuestos en capas separadas por papel de estraza. Al igual que en el caso de Emma Hale, la ropa sucia de Judith Chen estaba desgarrada en algunas partes a causa de las piedras, las ramas y otros objetos cortantes que habían golpeado su cuerpo a lo largo del recorrido del mismo por el fondo frío y oscuro del puerto de Boston. Las prendas estaban secas, pero aún conservaban el olor metálico, a contaminación, del agua.
    Coop le dio una mascarilla.
    – Ya hemos hecho todo el papeleo y Keith casi ha terminado con las Polaroids -declaró.
    – ¿Y las digitales? -Darby siempre utilizaba fotografías digitales para engrosar sus informes.
    – ¿Cuánto tiempo llevamos trabajando juntos?
    Cada uno cogió una prenda de ropa y empezó el lento y laborioso proceso de examinar el tejido bajo la luz de la lupa de aumento.
    En el interior de los pantalones de deporte, Coop encontró un pelo largo y negro, y lo puso al microscopio. El pelo no tenía bulbo piloso, de modo que el análisis de ADN quedaba descartado. Dada la longitud, la textura y el color, lo más probable era que perteneciese a la propia Judith Chen. Metió el pelo en el interior de un sobre transparente de glassine y reanudó el examen.
    La sudadera tenía restos de sangre. La forma de la mancha indicaba que Judith Chen, al igual que Emma Hale, había recibido un disparo en un momento dado y luego la habían transportado al lugar en que su cuerpo había sido arrojado al agua. Darby se preguntó si el asesino habría usado el mismo vehículo las dos veces. También se preguntó si Chen y Hale sabían que iban a morir. Dado el avanzado estado de descomposición de los cuerpos, era imposible determinar si alguna de las dos había forcejeado o luchado por su vida.
    – Esto de aquí es interesante -observó Darby.
    Con un par de pinzas, señaló una mancha pálida y diminuta en el hombro derecho de la sudadera.
    – ¿Qué es? -preguntó Coop.
    – Parece maquillaje.
    – ¿Qué es eso que os ponéis las chicas en la cara y en los pómulos?
    – Se llama base, y las chicas lo usan para uniformar el tono de la piel.
    – Bueno, pues Chen se manchó con un poco de maquillaje en el hombro, ¿y qué?
    – Fíjate en el sitio: está demasiado arriba. Ella no pudo haberse manchado así.
    – A lo mejor se limpió las manos en la sudadera.
    – Las mujeres nunca nos limpiamos las manos en la ropa, Coop.
    – Me parece que podemos dar por hecho que se encontraba en circunstancias bastante poco favorables.
    – Si quería limpiarse las manos, lo habría hecho en los pantalones o en la parte delantera de la sudadera. ¿Para qué limpiárselas tan arriba, a la altura de los hombros?
    – Buena pregunta.
    – Seguramente esto lleva una base de aceite.
    – Ahora sí que me he perdido.
    – El maquillaje tiene una base de aceite. Si fuese de agua seguramente no podríamos verlo, porque todo el tiempo que pasó en el puerto habría eliminado el rastro.
    Darby pasó la luz de la lupa por la mancha.
    – El color es demasiado claro -observó-. La piel de Chen era más oscura, no habría usado ese tono. Es más propio de las irlandesas de piel pálida.
    – Emma Hale tenía la piel muy clara. A lo mejor era de ella.
    – Y entonces, ¿cómo fue a parar al hombro de Judith Chen?
    – A lo mejor el tipo que secuestró a Chen les hacía ponerse maquillaje.
    – O a lo mejor ese mismo tipo usa maquillaje para disimular una cicatriz o alguna imperfección -dedujo Darby-. No me mires así, Coop. Conozco a un montón de hombres que usan corrector para disimular un grano o una cicatriz.
    – ¿Te refieres a hombres como Tim Bryson?
    – No creo que Tim use maquillaje.
    – Pues va a cortarse el pelo a una peluquería cara de Newbury Street y además practica yoga.
    – Pues para que lo sepas, el yoga es un ejercicio increíble. Deberías probarlo alguna vez.
    – Yo sólo practico el levantamiento de pesas, amiga mía.
    – Ya, pero ¿qué método prefieres?
    – Lo siento, pero yo sólo tengo un método.
    – Me alegro por ti. Me refería a la muestra: ¿espectrómetro de masas o FTIR?
    Woodbury respondió a la pregunta.
    – La biblioteca de la FTIR es mejor.
    Darby asintió. Pese a que el espectrómetro de masas podía aislar los componentes de una muestra, la Espectrometría de Infrarrojos por Transformada de Fourier era un test más sofisticado, capaz de determinar los componentes orgánicos e inorgánicos hallados en una muestra y compararlos con su biblioteca en busca de una «huella molecular».
    Darby tomó varios primeros planos de la mancha con la cámara y luego preparó la muestra.
    – Seguiré trabajando con la ropa, a ver si puedo encontrar la huella en el bolsillo del pantalón -dijo Coop-. Vosotros dos, pasadlo bien, chicos.

    La FTIR no había conseguido encontrar una coincidencia única en su biblioteca de maquillajes, pero eso no significaba que no existiese. El éxito del sistema de FTIR del laboratorio dependía de la extensión de su biblioteca.
    En la pantalla del espectrómetro aparecía un gráfico de barras con la lista de las distintas propiedades químicas de la muestra.
    – Hay una elevada concentración de dióxido de titanio -señaló Woodbury-. También aparece parafina líquida, cera alba, talco, palmitato de isopropilo, carbonato de magnesio, alantoína, propilparabeno y cera de carnauba. Y una sustancia que aparece como desconocida. Vamos a asegurarnos de que tenemos la última versión de la biblioteca de maquillajes.
    Woodbury comprobó el sistema; la biblioteca de maquillajes había sido actualizada a principios del mes anterior. Comprobó si había alguna actualización adicional para descargarla, pero no la había.
    – A lo mejor no es maquillaje -sugirió Darby.
    – Todos son componentes químicos que se encuentran en el maquillaje, pero ¿de qué marca? -Sin apartar la vista del monitor, Woodbury se recostó en su asiento mientras se pasaba la mano por el vello rasurado de la nuca-. El problema es la sustancia que aparece como desconocida: está confundiendo al sistema. Primero tendremos que aislarla.
    – ¿Podría la FTIR darnos una lista de posibles marcas?
    – Podría, pero estaríamos hablando de centenares de muestras. El nivel del dióxido de titanio es interesante.
    – ¿Por qué? ¿Qué significa?
    – Es muy alto -respondió Woodbury-. El maquillaje, y eso engloba tanto las bases de maquillaje como los productos que se usan para camuflar los granos o las cicatrices, contiene trazas de dióxido de titanio, mica y óxidos de hierro. Aquí tenemos un nivel de dióxido de titanio más alto de lo normal. ¿Tenía Chen cicatrices en la cara?
    – No lo creo. Podría volver a examinar las fotos.
    – ¿Usaba maquillaje?
    – Tenía algunos cosméticos en el armario del baño.
    – Si dispusiera del maquillaje que utilizaba, podría tomar unas muestras y compararlas con lo que tenemos aquí.
    – Me encargaré de que te llegue.
    – ¿Te vas a encargar tú misma de traerlo o vas a enviar a alguien a buscarlo?
    – ¿Por qué lo preguntas?
    – No sé cómo decir esto sin que suene sexista, así que lo diré sin rodeos: tú eres una mujer.
    – Gracias por haberte dado cuenta -dijo Darby.
    – Lo que quiero decir es que tú estás más familiarizada con el maquillaje que, por ejemplo, un patrullero, que sería capaz de hurgar en su armario del baño o en su neceser de maquillaje y pasar algo por alto. Por lo que hemos descubierto hasta ahora, esta muestra podría ser una crema para los granos con color.
    – Entendido. Yo misma recogeré las muestras.
    – Por otro lado, podríamos estar hablando de una o de más muestras distintas de maquillaje, lo que significa que tal vez se trate de dos marcas distintas. No estaría mal que consiguieras también una muestra del maquillaje de Emma Hale. Si ambas chicas estuvieron encerradas en el mismo lugar, cabe la posibilidad de que Chen usase uno de los productos de Hale.
    – ¿Cómo vas a identificar la sustancia desconocida?
    – Veré lo que puedo hacer.
    Esa era la forma que tenía Woodbury de decir que quería quedarse a solas para pensar. Darby sabía que no le gustaba trabajar con alguien todo el rato encima de él haciéndole preguntas.
    – Iré a buscarte el maquillaje -dijo Darby.
    Estaba en su despacho poniéndose el abrigo cuando recibió una llamada de la recepción de la comisaría.
    – Tengo aquí a una mujer que se llama Tina Sanders y que quiere hablar con usted -le comunicó el sargento.
    El nombre no le sonaba en absoluto.
    – ¿Qué quiere? -preguntó Darby.
    – Dice que tiene usted información sobre su hija desaparecida, Jennifer. Le he sugerido que vaya a Personas Desaparecidas, pero asegura que el detective con el que habló le dijo que hablara sólo y directamente con usted, y con ninguna otra persona.
    – ¿Cómo se llama el detective?
    – Espere. -El sargento habló un momento en un murmullo y luego volvió a ponerse al aparato-. No sabe cómo se llama pero dice que trabajaba con usted en el caso del Sinclair. ¿Eso le dice algo?
    – Hágala subir -le pidió Darby.

Capítulo 40

    Tina Sanders estaba devastada por la osteoporosis. Asomando como una protuberancia en la espalda y oculta bajo la tela roja de un raído abrigo de plumón, tenía la clásica cifosis propia de las ancianas. La mujer caminaba encorvada, agarrándose a los mangos de goma de su andador con los dedos huesudos y agarrotados. Llevaba el pelo, recogido con rulos, parcialmente cubierto por un pañuelo de seda azul.
    – ¿Han encontrado a Jenny?
    – Hablemos en la sala de reuniones -le indicó Darby.
    Tina Sanders avanzó a trompicones con su andador, arrastrando los pies calzados con zapatos ortopédicos negros. Darby le sujetó la puerta. Ya había dejado un mensaje en el móvil de Tim Bryson, así como en el contestador de su despacho, pidiéndole que la llamase de inmediato.
    Darby ayudó a la mujer a sentarse. El pelo y la ropa le apestaban a humo de cigarrillo.
    Con la mano temblorosa, Tina Sanders rebuscó en el interior de su bolso, extrajo un trozo doblado de papel y lo dejó encima de la mesa.
    En la hoja, de 8,5 x 11 se veía la fotografía de una mujer de pelo rubio con mechas: era la misma foto que Darby había visto pegada a la pared semiderruida del Sinclair.
    – ¿De dónde ha sacado esto, señora Sanders?
    – Me la dejó en el buzón.
    – ¿Quién se la dejó en el buzón?
    – El detective -explicó Tina Sanders-. Me dijo que viniera aquí a hablar con usted. Dijo que usted sabía lo que le había pasado a Jenny.
    – ¿Cómo se llamaba ese hombre?
    – No lo sé. Pero ¿qué pasa con Jenny? ¿Han encontrado su cuerpo?
    – Tendrá que perdonarme, señora Sanders, pero estoy un poco confusa. Espere un momento. -Darby abrió su libreta-. Primero dígame cómo ha conseguido esa fotografía.
    La anciana trató de dominar su impaciencia.
    – Esta mañana me han llamado por teléfono. Era un hombre que afirmaba ser un detective de Boston. Me ha dicho que Darby McCormick, del Laboratorio Criminalístico de Boston, ha averiguado lo que le pasó a mi hija. Le he preguntado qué le había ocurrido, y me ha pedido que abriese mi buzón. Ahí es donde he encontrado la foto. Cuando he vuelto al teléfono, ya no estaba; se había cortado la llamada o algo así. Eso es lo que ha pasado. Y ahora, cuénteme lo de Jenny. ¿Qué ha averiguado?
    – ¿Dónde vive, señora Sanders?
    – En Belham Heights.
    Darby se había criado en Belham y conocía bien la zona de Heights: edificios baratos de tres plantas con vistas a cuerdas de tender atadas a los porches y patios traseros del tamaño de un sello de correos, separados por vallas de tela metálica a punto de romperse.
    – Y la mujer de la foto es su hija.
    – Eso ya se lo he dicho… ¿qué?, por lo menos seis veces, ¿no?
    Tina Sanders sacó un paquete de cigarrillos Virginia Slims de su bolso.
    – Lo siento, señora Sanders, pero no puede fumar aquí dentro.
    – Sólo quiero llevar esto en la mano. -Había dado la vuelta al paquete de tabaco: debajo del celofán había un crucifijo de oro-. Llevo veintiséis años rezando por que llegara este momento -añadió, con la voz quebrada-. No me puedo creer que esté sucediendo al fin.
    – Cuénteme lo que le pasó a su hija -dijo Darby-. Empiece por el principio y tómese el tiempo que necesite.

Capítulo 41

    La noche del 18 de septiembre de 1982, la joven de veintiocho años Jennifer Sanders, enfermera de psiquiatría del Instituto Sinclair de Salud Mental, había salido del hospital para reunirse con su madre en una boutique de novias en el centro de Boston. Habían quedado a las cinco de la tarde, y luego irían a cenar.
    Hacia las seis Jennifer no había aparecido todavía en la tienda, y Tina supuso que su hija, que debía entrar en la ciudad desde la zona norte, estaría atrapada en algún atasco de tráfico. Jennifer no tenía forma de llamar para decir que iba a llegar tarde; era 1982, una época en la que los teléfonos móviles eran juguetitos enormes y muy caros que sólo poseían los ricos.
    Hacia las siete y media de la tarde, todavía sin noticias de su hija, Tina Sanders se había puesto nerviosa. A lo mejor le había dado un golpe al coche, a lo mejor se le había averiado y había tenido que ir a buscar una cabina para llamar a la asistencia en carretera. Pero si ése era el caso, Jennifer habría llamado también a la tienda para que su madre supiera lo que había pasado. A lo mejor había sufrido un accidente. A lo mejor estaba gravemente herida e iba de camino de algún hospital.
    O a lo mejor, pensó Tina, Jenny se había confundido de día. O a lo mejor se le había olvidado. Jenny estaba muy olvidadiza últimamente. Trabajaba muchas horas y siempre se la veía cansada. Estaba sometida a un gran estrés: por un lado los planes para la boda y por otro lo más probable es que tuviera que buscarse otro trabajo. Un incendio había destruido parte del Sinclair, y en pleno caos por el traslado de los pacientes a otros hospitales, había rumores constantes de que el hospital tal vez se viera obligado a cerrar sus puertas.
    Tina utilizó el teléfono de la tienda de novias para llamar a su hija al trabajo. Su jefe aún estaba en la oficina y le dijo que Jennifer se había ido poco antes de las cinco.
    El prometido de Jennifer, el oncólogo Michael Witherspoon, se encontraba en casa. Hacía poco habían comprado una casa en Peabody, cerca del lugar donde trabajaba Jenny, y habían decidido irse a vivir juntos.
    Tina no se había confundido de día, le confirmó Witherspoon. ¿Es que había algún problema?
    Tina Sanders le dijo a su futuro yerno que Jenny se había retrasado. Se quedó en la tienda hasta las ocho, la hora en que cerraban, y volvió en coche a su casa, en Bellham, diciéndose que tenía que haber una explicación racional para aquello, que no había razón para preocuparse.
    Sin embargo, el doctor Witherspoon no compartía el optimismo de su futura suegra. A medianoche seguía sin tener noticias de Jennifer, y estaba seguro de que le había pasado algo. Mientras se paseaba arriba y abajo por las habitaciones, a la espera de que la puerta se abriese de un momento a otro o que sonase el teléfono, se le pasaron por la imaginación toda clase de posibilidades, a cual más espeluznante.
    También tenía otra razón para preocuparse: Jennifer estaba embarazada de dos meses. Ella no quería decírselo a nadie todavía: era muy poco tiempo, insistía, y podían pasar muchas cosas. Conocía demasiados casos de amigas que habían sufrido abortos.
    También había otra razón por la que Jennifer no quería decírselo a su madre: dada su férrea educación católica, sentía cierta vergüenza por haberse quedado embarazada antes de casarse.
    El Sinclair era un lugar gigantesco, y Jennifer trabajaba en un mundo de emergencias. Los pacientes a los que trataba eran criminales muy violentos que a veces mataban a otros o se mataban ellos mismos. Agredían al personal del hospital. El año anterior había habido un incidente en el que un esquizofrénico paranoide había pegado un puñetazo a Jennifer en la cara. El joven estaba convencido de que Jennifer pretendía envenenarlo.
    Witherspoon llamó a la línea de emergencias del hospital y solicitó hablar con alguien de seguridad. Le explicó la situación y le pidió al hombre que había al otro lado de la línea que tratase de averiguar qué había pasado. El guarda de seguridad llamó a Witherspoon al cabo de una hora.
    – Encontraron su coche en el aparcamiento -le dijo Tina Sanders a Darby-. Fue lo único que encontraron. Nadie ha sabido nunca nada más de ella.
    – ¿Michael Witherspoon vive todavía en Peabody?
    – No, se marchó… debe de hacer ya diez o quince años. Se fue a California, creo. Perdimos el contacto. Al principio me llamaba con frecuencia, en los primeros años, pero luego vino a verme un día y dijo que ya no podía seguir viviendo así, sin saber nada, con problemas con la policía…
    – ¿Qué problemas con la policía?
    – Creían que había tenido algo que ver con la desaparición de Jenny, pero eso era absurdo. El hombre estaba destrozado. Le hicieron pasar por un infierno. Quería seguir adelante con su vida, pasar página. Yo no le culpé. Como madre, no te puedes permitir ese lujo.
    – ¿Estaban muy unidas usted y su hija?
    – Por supuesto que sí. -La mujer parecía sentirse ofendida por la pregunta-. Desde que era pequeña nos teníamos sólo la una a la otra. El padre de Jenny formaba parte del cuerpo de marines y le destinaron en China. Me escribió una de esas cartas de despedida en la que me decía que se había enamorado de una chinita. Nunca he vuelto a tener noticias suyas.
    »Ayudé a Jenny con todo lo de la boda, ¿sabe? La acompañé a mirar vestidos, a escoger las flores. Lo pagaba todo ella sola. Jenny hacía un montón de horas extra en el hospital para costearse la ceremonia. Dios sabe que yo no podía ayudarla, no con un sueldo de camarera.
    »La familia de Michael tenía muchos aires de grandeza, eran de los que creían que su mierda no huele -prosiguió Tina Sanders-. Jenny no me lo contó, la verdad sea dicha, pero yo creo que fue Michael quien insistió en celebrar una boda por todo lo alto. Sus padres se ofrecieron a pagarla, pero Jenny se negó. En ese aspecto, era orgullosa. Iba a pagarlo todo ella sola. Quería una boda sencilla y bonita, y no un bodorrio de gala. A los padres de Michael la idea no les hacía mucha gracia. Él era un buen chico. Un poco engreído, supongo, era médico y todo eso, pero la verdad es que trataba muy bien a Jenny.
    – ¿Cómo era Jennifer?
    Tina Sanders apretó con fuerza el paquete de tabaco entre las palmas de sus manos.
    – Era una buena chica, obediente, hacía lo que le decían. Yo nunca tuve ningún problema con ella. Siempre mostraba una actitud muy positiva ante la vida, nunca se quejaba y le apasionaba su trabajo… creía de verdad que ayudaba a la gente en el McLean. Ese fue el primer psiquiátrico en el que trabajó. No sé por qué se marchó. Los pacientes eran mucho mejores allí, más fáciles de tratar, decía ella. A Jenny le encantaba ayudar a la gente. No debería haber aceptado ese trabajo en el Sinclair.
    – ¿Por que dice eso? -preguntó Darby.
    – Durante el último año que trabajó allí, se volvió más malhumorada y reservada. No llamaba tanto. Cuando quedábamos, apenas hablaba. Me contó que tenía problemas para dormir. Decía que era por el estrés del trabajo, además de las horas extra para pagar la boda, los rumores de despidos y la posibilidad de que el hospital echase el cierre para siempre. Yo no sabía que estaba embarazada; eso explicaba los cambios de humor. -La mujer frotó el crucifijo con un dedo-. Podría habérmelo dicho. Yo no la habría juzgado por haberse quedado preñada.
    – ¿Solía ocultarle cosas?
    – No. Jenny no tenía secretos conmigo. Estábamos muy unidas, como ya le he dicho. Lo de que no me dijera que estaba embarazada… sí, me dolió durante un tiempo, pero lo entendí. Quería casarse en una iglesia católica. Lo de quedarte preñada antes de casarte… bueno, no hace falta que le diga que eso no está demasiado bien visto en la Iglesia católica.
    – ¿Mencionó o le habló su hija alguna vez de un hombre con los ojos negros?
    – ¿Quiere decir con moretones o algo así?
    – No, me refería al color de sus ojos -aclaró Darby-. Hablo de un hombre con los ojos completamente negros. Es alto, mide un metro ochenta o así, tiene la piel clara y viste muy bien.
    – No conozco a nadie así.
    – ¿Me disculpa un momento, señora Sanders?

Capítulo 42

    Darby salió de la sala de reuniones y cogió de su despacho la foto impresa de Malcolm Fletcher, la que figuraba en la web del FBI.
    – ¿Ha visto alguna vez a este hombre, señora Sanders?
    – ¿Es el hombre que mató a Jenny? ¿Está diciéndome que lo han encontrado?
    – No, no lo hemos encontrado. ¿Ha visto alguna vez a este hombre?
    – No.
    – ¿Le contó Jenny alguna vez que había conocido o visto a un hombre parecido?
    – Si lo hizo, no me acuerdo. ¿Es que han encontrado su cuerpo?
    – Encontramos esta fotografía mientras investigábamos otro caso -explicó Darby-. Lo siento, pero eso es lo único que puedo decirle.
    – No lo entiendo. El hombre con el que hablé me dijo específicamente que usted tenía información sobre lo que le había pasado a Jenny. Dijo que usted me diría la verdad.
    – Le estoy diciendo la verdad.
    – Pues a mí me parece que no saben nada. ¿Por qué me ha hecho venir hasta aquí para nada?
    – Señora Sanders, lo que me ha contado hoy es extremadamente útil. Estoy segura de que un detective irá a verla para hablar sobre su hija. ¿Va a estar en su casa más tarde?
    – ¿Y qué otra cosa voy a hacer? ¿Cree que me voy a ir a bailar? -Tina Sanders se dispuso a coger su andador. Darby se levantó para ayudarla, pero la mujer la rechazó con un gesto-. Puedo hacerlo sola, gracias.
    – ¿Alguien más aparte de usted ha tocado este trozo de papel?
    – No.
    – Antes de irse, me preguntaba si me permitiría tomarle las huellas dactilares.
    – ¿Para qué?
    – Necesito hacer una comparación -contestó Darby-. Quiero comprobar si alguien más ha tocado esta fotografía.
    Sonó el móvil de Darby. Era Tim Bryson. Le explicó dónde estaba y lo que había pasado. Bryson le pidió que retuviese allí a la mujer.
    – El detective Bryson viene hacia aquí -dijo Darby-. Le gustaría hablar con usted un momento.
    – Si encuentran al hombre que mató a Jenny, quiero hablar con él. Quiero que ese hombre sepa que lo perdono.
    – Que lo perdona -repitió Darby.
    – Ya puede borrar esa expresión de su cara. No soy una vieja loca en pleno desvarío.
    – Señora Sanders, yo no…
    – No espero que lo entienda, pero voy a contárselo de todos modos. -Tina Sanders asió su andador-. Después de la muerte de Jenny, decidí volver a abrazar mi fe católica. Voy a Saint Stephen's casi todos los días. El padre Donnelly me dijo que tenía que dejar atrás el odio, y que el único modo de hacerlo era perdonando a ese hombre. Así puedo mantener a Jenny con vida, conservarla cerca de mí y recordar los buenos momentos. Eso es lo que me queda ahora, los buenos momentos. -Tina Sanders volvió a sentarse en una silla-. Me costó mucho tiempo llegar hasta aquí, muchas lágrimas y mucho sufrimiento, pero una vez que decidí perdonar a ese hombre, y quiero decir perdonarlo de verdad, de corazón, el buen Dios, Jesucristo, me alivió de todo el dolor. Ahora, todos los días vivo rodeada del amor de Jenny. Cuando muera, Jenny y yo volveremos a reunirnos en el cielo.
    Darby se preguntó qué habría conseguido descubrir aquella mujer en el anverso de su dolor para que le inspirase esa clase de fe.

Capítulo 43

    Los detectives de Boston trabajaban en la quinta planta, en una zona llamada «la jaula»: varios pares de mesas dispuestas unas frente a otras en un espacio alargado, parecido a la sala de un gimnasio, iluminado por la horrenda luz de un fluorescente que se reflejaba en las pantallas de los ordenadores. Los teléfonos sonaban día y noche.
    A pesar de que el cargo más alto del departamento lo ocupaba una mujer y de que la tropa de agentes de la policía de proximidad estaba compuesta por mujeres de todas las formas, tamaños, edades y colores, la jaula de los detectives seguía siendo territorio única y exclusivamente masculino. Daba igual la hora del día a la que Darby apareciese por allí, daba lo mismo la estación del año; para ella, la jaula siempre olía a vestuario de hombres: sudor y testosterona enmascarados por un exceso de loción para después del afeitado y colonia.
    Eran las cinco de la tarde del lunes. Los detectives que rellenaban el papeleo, golpeaban las teclas de sus teclados y hablaban por teléfono la observaban mientras avanzaba por el pasillo.
    Tim Bryson ocupaba la esquina más próxima a uno de los codiciados lugares con ventana, y tenía los codos sobre la mesa y la barbilla apoyada en las manos entrelazadas mientras leía un informe del NCIC sobre Jennifer Sanders.
    – ¿Cómo te ha ido con la fotografía?
    – Las huellas de Tina Sanders están por todas partes -respondió Darby-. He enviado a Coop a analizar el buzón, pero no me hago ilusiones.
    – Ven, echa un vistazo. -Bryson se apartó de la mesa y se levantó-. Voy a buscar un café. ¿Quieres uno?
    – Ahora no, gracias.
    Darby sintió la calidez del asiento que él había ocupado. En el rincón de su mesa había una foto enmarcada de una niña con el pelo rubio y largo, y una sonrisa de dientes mellados. Su hija no parecía tener más de diez años.
    La primera parte del informe del NCIC coincidía prácticamente punto por punto con todo lo que les había dicho Tina Sanders. Darby leyó el texto en diagonal y se detuvo cuando encontró las notas de la investigación.
    Durante los seis primeros meses, los agentes habían centrado la investigación en los pacientes de la joven, pues cabía la posibilidad de que alguno de los antiguos la hubiese secuestrado. Jennifer Sanders era una mujer atractiva.
    Hacia el final del año, sin testigos, pruebas ni pistas, los detectives decidieron seguir el enfoque de un posible asesinato por encargo, basando la teoría en la posibilidad de que Witherspoon, que querría romper el compromiso pero se veía atrapado por el asunto del embarazo, hubiese contratado a alguien para que matara a su prometida. Witherspoon era un bicho raro, o eso les parecía a ellos, un personaje frío y cauto. Este se sometió en varias ocasiones al polígrafo y superó la prueba todas las veces. Los detectives siguieron investigando su teoría e interrogaron a los sicarios más conocidos.
    Dos años más tarde, el caso se enfrió, aunque seguía apareciendo como abierto.
    Bryson se sentó en el borde de su mesa.
    – ¿Y tú, has descubierto algo?
    – No. He llamado al laboratorio del estado. La única prueba que tenían era el coche de Jennifer Sanders. A juzgar por lo que me dijeron por teléfono, lo repasaron a fondo, aspiraron las alfombrillas y todo eso. Encontraron algunas fibras interesantes, pero no conducían a ninguna parte. Dijeron que mandarían copias de lo que tienen.
    – Genial. Más informes de mierda para leer. Ese cabrón nos va a enterrar en una montaña de papeles. -Bryson se levantó y cogió una silla vacía-. He hablado con el Departamento de Policía de Danvers -añadió mientras se desplazaba con la silla-: el caso Sanders no ha sido transferido a su sistema informático; se encuentra en alguna parte del archivo. Si tenemos suerte, nos mandarán una copia a finales de esta semana.
    – ¿Cómo te ha ido la entrevista con la madre?
    – Lo del embarazo me da mala espina.
    – No todos los embarazos son planeados.
    – Hablo del hecho de que no se lo contara a su madre. Podría ser que le diera vergüenza, ya sabes, el complejo de culpa católico por tener un hijo fuera del sagrado vínculo del matrimonio.
    – El sagrado vínculo del matrimonio -repitió Darby-. ¿Se puede saber de dónde has sacado esa expresión, Tim? ¿Del Diccionario para viejos carcamales?
    Bryson tiró su vaso de café a la papelera.
    – Watts ha ido a Brighton a interrogar a las dos compañeras de piso de Hannah Givens. La mochila de Givens está en su habitación. Watts se ha acercado a la Northeastern y ha conseguido una copia de sus horarios. Hannah no apareció en su clase de Shakespeare ni en la de Historia. Nadie la ha visto ni sabe nada de ella.
    – ¿Y los padres?
    – Watts ha hablado con la madre esta tarde. Estaba preocupada. Hannah la llama para hablar con ella todos los domingos. La madre dice que Hannah no falla nunca. Watt va a ir a hablar con el jefe de Hannah y va a repartir la foto que le dieron las compañeras de piso entre la gente que trabaja por la zona. La imagen también saldrá en todos los boletines de noticias, y mañana la publicarán los periódicos.
    ¿Permanecería Hannah Givens secuestrada en el mismo lugar que Hale y Chen? Un escalofrío de miedo recorrió el cuerpo de Darby, imponiéndose al cansancio que sentía.
    – Chadzynski va a dar una rueda de prensa mañana por la mañana para informar de lo ocurrido con Hale, Chen y Givens -continuó diciendo Bryson-. Está sopesando si dar o no el nombre de Fletcher. Personalmente, a mí me parece una buena idea, porque eso le obligaría a regresar a su escondrijo. Ese capullo nos está haciendo bailar al son que él toca y, la verdad, ya me estoy hartando.
    – No me extraña. A mí me pasa igual.
    Bryson no había terminado.
    – Nos manda al Sinclair y malgastamos un día y medio registrando pasillos y habitaciones vacías, ¿para qué? ¿Sólo por la foto de una mujer desaparecida que dejó pegada a una pared?
    – Ahora sabemos quién es ella.
    – Sí, claro, y precisamente, lo sabemos sólo gracias a que ese hijo de perra nos envió a la madre aquí. ¿Y qué es lo que hacemos? Dejamos inmediatamente lo que estábamos haciendo y ya llevamos medio día malgastado buscando a una mujer que lleva veintiséis años desaparecida. Que sepamos, Fletcher trabajó como asesor en este caso hace años y ahora nos lo está restregando por las narices.
    – No te sigo.
    – Todo esto no es más que una pantomima. Ese tipo nos toma el pelo.
    – No hago más que pensar en la figurilla. Es la misma…
    – Darby, ya sé lo de esa maldita figura. -Bryson estaba lívido de ira-. Estaba allí contigo, ¿recuerdas? La vi con mis propios ojos.
    Darby no respondió.
    Bryson movió la mano a modo de disculpa.
    – No era mi intención desahogar en ti mi frustración -dijo-. No paro ni un momento, y apenas duermo cuatro horas.
    – Si te sirve de consuelo, yo estoy igual. Fletcher utilizando la figurilla como zanahoria, meneándola delante de nosotros, y cada vez que llama o hace algo, dejamos lo que estamos haciendo y corremos detrás de él.
    – A lo mejor eso es lo que quiere.
    – Tenemos que averiguar qué está haciendo.
    – Es una pérdida de tiempo.
    – No tenemos muchas más opciones, Tim. Malcolm Fletcher está aquí y sabe algo. No va a desaparecer así como así.
    – Hablemos de tu vigilancia -dijo Bryson.

Capítulo 44

    – Si Fletcher te llama a casa o al laboratorio, podemos localizar la llamada en unos cuarenta y cinco segundos -explicó Bryson-. En cuanto suene tu teléfono, empieza el rastreo. Déjalo sonar tres veces antes de contestar.
    – ¿Y si me llama al móvil? -preguntó Darby.
    – Ahí la cosa se complica un poco. Las señales de los móviles rebotan en las antenas. -Bryson hurgó en el bolsillo de su pantalón-. Podríamos tardar entre uno y tres minutos en averiguar desde dónde llama. Si te llama al móvil, la clave está en hacer que hable el mayor rato posible. Una vez localicemos su señal, podemos seguir su rastro aunque cuelgue, siempre y cuando mantenga el teléfono encendido. También quiero que lleves esto encima.
    Le mostró un pequeño trozo rectangular de plástico negro, muy fino, con un botón gris en el centro. El aparato le recordó a Darby los dispositivos de teleasistencia médica que llevaban las personas mayores por si sufrían una caída y no podían levantarse.
    – Es lo que llamamos un botón del pánico -explicó Bryson-. Si pasa algo, si crees estar en peligro, aprieta el botón; tendrás que hacerlo con fuerza suficiente para romper el precinto. Una vez que eso ocurra, acudiremos de inmediato. Va equipado con un transmisor GPS, de modo que sabremos dónde estás en cualquier momento. Tienes que llevarlo siempre encima, incluso cuando te vayas a dormir.
    – ¿Crees que Fletcher va a hacerme algo mientras duermo?
    – Creo que no deberías correr ningún riesgo. Durante el día, guárdate el dispositivo en el bolsillo del pantalón. ¿A qué hora te irás a casa?
    – No lo sé.
    – Avísame cuando lo hagas. Tenemos que instalar dispositivos de privacidad en los teléfonos de tu casa. Si recibes una llamada personal y no quieres que nosotros escuchemos la conversación, pulsas el botón del dispositivo de privacidad y la señal se detiene; nadie escuchará nada. Cuando estés lista para irte, llámame y me reuniré contigo en tu casa.
    »Una cosa más -añadió Bryson-. Cuando salgas de trabajar, no mires a tu alrededor en la calle para ver si distingues a los equipos de vigilancia. Si Fletcher te está observando, podría sospechar algo y huir. Sigue con tu rutina habitual y actúa con naturalidad. ¿Tienes novio?
    – No.
    – ¿No sales con nadie?
    – Espero que no me lo preguntes para intentar organizarme una cita a ciegas.
    – Te lo pregunto porque esperaba que alguien se quedara contigo en tu casa por las noches.
    – Coop se queda conmigo.
    Una ofuscación repentina ensombreció la mirada de Bryson. ¿Acaso se había llevado una decepción?
    – No es mi novio ni nada de eso -le aclaró-, sólo somos muy buenos amigos. Es muy protector.
    – El equipo de vigilancia te estará observando hoy cuando salgas del trabajo, cuando salgas de tu apartamento…; te seguirá a todas horas. Una vez más, compórtate con naturalidad. Intenta relajarte. Si hay algún problema, te llamaremos y te daremos instrucciones.
    Bryson le dio su tarjeta.
    – El número de mi casa está al dorso. Grábalo en tu teléfono móvil. Si necesitas cualquier cosa, llámame.
    – ¿Cuál es la dirección de Hannah?
    – No se fue a casa; no llegó a subirse al autobús.
    – Quiero echar un vistazo a sus cosas.
    Bryson anotó la dirección en una hoja de papel, la arrancó y se la dio.
    – Yo me voy a ir al centro a ayudar a Watts.
    – Te llamaré si descubro algo en casa de Hannah -dijo Darby-. Después de eso, tengo que ir a buscar muestras de maquillaje.
    Le contó lo de la mancha de maquillaje en la sudadera de Chen.
    – No parece muy prometedor -comentó Bryson.
    – Es la única prueba con la que podemos trabajar de momento.
    – Antes de que te vayas, tengo un regalo para ti.
    Abrió el cajón de su mesa y extrajo una pequeña caja. En su interior había una linterna acoplable para su arma.
    Darby sonrió.
    – Tú sí que sabes cómo ganarte el corazón de una mujer…

Capítulo 45

    Mientras se dirigía de vuelta su despacho, Darby llamó a Coop y le hizo un rápido resumen de su reunión con Tim Bryson.
    Coop regresaba a la ciudad con las huellas que había obtenido del buzón de Tina Sanders. Acordaron verse en casa de Hannah Givens, en Brighton.
    Los acontecimientos del día ocupaban por completo sus pensamientos. Darby quería ir al gimnasio -le sentaría bien un rato de ejercicio en la cinta de correr, le despejaría la cabeza-, pero no tenía tiempo. Se puso el abrigo, cogió su equipo de forense y se puso en camino. Cuando salió del edificio, exponiéndose al aire gélido y oscuro, se preguntó dónde estaría el equipo de vigilancia. También se preguntó si Malcolm Fletcher la observaba.
    Una vez a salvo tras el volante de su Mustang, volvió a concentrar sus pensamientos en las figuras de la Virgen María. Visualizó la expresión afligida de la Santa Madre, con los brazos abiertos, dispuesta a acoger al prójimo en un abrazo. Aquel rostro se desvaneció y en su lugar aparecieron los extraños ojos de Malcolm Fletcher. A Darby le pareció oírlo reír.
    No quería pensar en el ex especialista en perfiles. Centró su atención en el hombre que había disparado a Hale y a Chen. Ese hombre había colocado una estatuilla de la Virgen María en los bolsillos de ambas. Los había cerrado cosiéndolos y había hecho un nudo en el extremo del hilo para que las figuras permaneciesen con ellas. Había hecho la señal de la cruz sobre la frente de Chen y había arrojado su cuerpo al puerto de Boston. ¿Por qué? ¿Cuál era el significado de la estatuilla y por qué era tan importante que permaneciese junto a las dos mujeres después de muertas?
    «Esas dos mujeres te importaban, lo sé. Entonces, ¿por qué las mantuviste con vida tanto tiempo para luego acabar matándolas?»
    Darby se preguntó si el asesino sería esquizofrénico. La mayor parte de las esquizofrenias se basaban en un delirio concreto: los ovnis, organizaciones gubernamentales secretas que implantaban microchips en el cerebro de la gente para espiar sus pensamientos… Muchos esquizofrénicos creían que Dios, Jesucristo o el diablo les hablaban directamente a ellos.
    En los casos de Hale y Chen, parecía haber un elemento metódico en el hecho de que ambas hubieran sido asesinadas y arrojadas al agua. Además, estaba el período de tiempo transcurrido entre los secuestros. Emma Hale había sido retenida en algún lugar durante unos seis meses; Dios santo, casi medio año. Su cuerpo fue descubierto a principios de noviembre. El cadáver de Chen había aparecido hacía dos días. Estaban en febrero. Su reclusión sólo había durado un par de meses.
    Por regla general, los esquizofrénicos no eran criminales metódicos sino asesinos impulsivos. Las escenas del crimen solían ser chapuceras. Con Hale y Chen, no había escena del crimen.
    Emma Hale, la primera víctima, se había marchado de una fiesta en el apartamento de una amiga en Back Bay. La distancia hasta su casa no era demasiado larga, pero había nevado, de modo que Emma llamó un taxi. Recogió su abrigo y salió a fumar afuera. Al cabo de veinte minutos, el taxi llegó al edificio de apartamentos, pero Emma Hale no estaba allí.
    Judith Chen se había quedado a estudiar hasta tarde. Salió de la biblioteca y, en algún punto del camino de regreso a su casa, desapareció.
    Ninguna de las dos mujeres había llegado a su casa. ¿Habían sido secuestradas a la fuerza? Si un desconocido hubiese intentado reducir a Hale o a Chen haciendo uso de la fuerza física, las dos mujeres habrían opuesto resistencia. Habrían dado patadas y chillado, pero no había aparecido ningún testigo que indicase que hubiera sucedido algo así.
    Darby tenía la certeza de que el asesino no llevó a cabo los secuestros de ese modo; no querría atraer la atención sobre sí mismo. Era más astuto. Necesitaba a esas mujeres. Antes de abordarlas, habría elaborado un plan para que se subiesen rápidamente a su coche con la mayor discreción posible. ¿Se les habría acercado y se habría ofrecido a llevarlas? Darby sopesó la posibilidad. Si eso es lo que había sucedido, el asesino no conduciría un viejo cacharro ni una furgoneta. Las furgonetas siempre transmitían un mensaje de peligro. Las apariencias eran importantes.
    Ambas mujeres eran listas y habían recibido una buena educación. Darby estaba segura de que ninguna de las dos habría aceptado subirse al coche de un desconocido. O bien lo conocían o bien él había actuado de manera que se sintieran lo suficientemente cómodas y seguras para subirse a su coche. Para ello, tenía que saber cosas sobre sus víctimas. ¿Las habría seguido, observado sus hábitos y sus rutinas, vigilado a sus amigos y sus horarios de clase? ¿O acaso las había escogido al azar?
    Las selecciones al azar eran señal de desesperación. Si aquellas mujeres hubiesen sido elegidas al azar, habrían sido usadas y tiradas de inmediato, no las habría mantenido encerradas en algún sitio durante meses. A lo mejor eran víctimas de la oportunidad; a lo mejor el asesino abordaba a un número variado de mujeres hasta ver cuál de ellas se subía a su coche. A lo mejor se presentaba como un agente de policía de paisano y les enseñaba una placa falsa para engañarlas. O a lo mejor todo lo que estaba pensando en esos momentos era una total y absoluta pérdida de tiempo y de energía.
    Darby vio un Starbucks y detuvo el coche. Ya se encaminaba de regreso a su vehículo cuando sonó su móvil. En la pantalla de identificación de llamada se leía «Número privado». Esperó al cuarto timbre para contestar, sólo para asegurarse.
    – ¿Estás preparada para averiguar la verdad? -preguntó Malcolm Fletcher.

Capítulo 46

    – He hablado con Tina Sanders -dijo Darby.
    – ¿Te ha contado lo de su hija?
    – Sí. Por alguna razón, esa mujer cree que yo sé lo que le sucedió. ¿Hay algo que quiera decirme?
    – Si quieres saber lo que le pasó a Jennifer Sanders y a las demás, ve al Sinclair -dijo Fletcher-. Y esta vez, quiero que vengas sola.
    – ¿Por qué?
    – He decidido que te quiero para mí solo.
    Clic.
    La llamada telefónica había durado muy poco, menos de treinta segundos. ¿Sabría Fletcher que trataban de localizarla? Esta vez le había pedido que fuese sola. ¿Había detectado ya al equipo de vigilancia o simplemente se guardaba las espaldas?
    Darby se metió en la autopista y llamó a Bryson. Él prometió devolverle la llamada y lo hizo veinte minutos más tarde.
    – Acabo de hablar con Bill Jordan, el hombre que dirige tu vigilancia -le informó Bryson-, Fletcher no ha hablado el tiempo suficiente. No han podido localizar la señal.
    – ¿Existe algún modo de que haya averiguado que tratábamos de localizar la llamada?
    – No, pero supongo que quiere ir sobre seguro, cubrirse las espaldas, por si acaso. Ahora tengo que ir a encargarme de la coordinación con Jordan, que todavía está acabando de formar todo el equipo.
    – ¿Qué quieres que haga?
    – Tal como tú misma dijiste, Fletcher nos dejó la misma figura de la Virgen María que encontramos en los bolsillos de Chen y Hale. No podemos pasar por alto ese hecho.
    – Quiere que me reúna con él a solas.
    – Jordan va a utilizar a algunos agentes de Narcóticos de paisano. Fingirán que son guardas de seguridad de Reed y te acompañarán dentro.
    – Tim, si Fletcher de veras sabe algo, tal vez lo mejor sería que entrase ahí dentro sola.
    – Haré como que no he oído eso que acabas de decir.
    – Si ese hombre quisiese hacerme daño, ha tenido muchas oportunidades -señaló Darby-. ¿Qué gana Fletcher matándome?
    – Si te dejo entrar en el psiquiátrico sin ninguna protección, la inspectora me colgará de las pelotas. Si te pasa algo, si entras y te tuerces un tobillo, la responsabilidad civil recaería sobre el Ayuntamiento. Podrías denunciarme a mí, o al alcalde.
    – ¿Quieres que firme una renuncia?
    – No pienso discutir contigo. Si quieres ir al Sinclair, ve, pero nosotros estaremos ahí.
    – Ahora mismo me dirijo en coche hacia allí.
    – Muy bien. Nos aseguraremos de que todas las salidas estén cubiertas.
    – ¿Cuántas hay?
    – Muchas -contestó Bryson-. El fin de semana pasado Reed me enseñó todos los agujeros por donde es posible colarse dentro. Sus hombres sólo pueden cubrir una parte del recinto al mismo tiempo. Cuando te llame Fletcher, intenta mantenerlo al teléfono y nosotros nos encargaremos del resto. ¿Llevas el móvil cargado?
    Darby comprobó el nivel de la batería.
    – Todavía le queda algo -respondió-. Llevo un cargador en el coche.
    – Perfecto. Todos estarán en sus posiciones para cuando llegues.
    – ¿Y si me guía hasta el sótano? El móvil no funcionará ahí abajo.
    Durante el fin de semana habían descubierto que no había cobertura. El sótano estaba demasiado soterrado, en el nivel subterráneo, y las paredes eran demasiado gruesas. La señal se interrumpía o se perdía por completo.
    – Esperemos que eso no pase -dijo Bryson.

Capítulo 47

    Jonathan Hale estaba sentado en el suelo de su despacho, con los codos apoyados en las rodillas y las manos enterradas en el pelo sin lavar, mientras contemplaba las fotografías de Emma y Susan, desperdigadas por la alfombra.
    Había dedicado el sábado entero a buscar por toda la casa los álbumes de fotos y luego extrajo todas y cada una de las imágenes para colocarlas en el suelo. Ahora era lunes por la tarde. Había pasado todo ese tiempo encerrado allí, en su despacho, bebiendo bourbon y rememorando los recuerdos que atesoraba cada una de las fotografías. Algunos eran nítidos, pero la mayoría ya se habían difuminado en su memoria o se habían atenuado con el paso del tiempo.
    Cuando se quedaba traspuesto, a veces le venían fogonazos, fragmentos de recuerdos que no tenían demasiado sentido ni encerraban una importancia especial: Susan arrodillada en la cubierta del barco, untando de crema solar los bracitos regordetes de Emma; Emma cortándole el pelo a su muñeca y llorando luego, cuando Susan le decía que no volvería a crecer; Susan en un concierto de los Rolling Stones, bebiendo cerveza de un vaso de plástico mientras Mick Jagger cantaba Simpathy for the Devil a grito pelado.
    Sonó un teléfono. Creía que era el de su despacho, pero cuando se levantó, se dio cuenta de que el sonido provenía del interior de la chaqueta de su traje. Sólo llevaba un móvil encima, el que le había dado Malcolm Fletcher.
    – ¿Ha mirado hoy en el buzón? -preguntó Fletcher.
    – No.
    – He metido un sobre en él -dijo Fletcher-. Dentro encontrará un DVD que contiene el vídeo de las cámaras de vigilancia donde aparece el hombre que mató a Emma. Llámeme cuando lo haya visto.
    Hale abrió la puerta de su despacho. Su asistente había colocado la correspondencia del día en la bandeja de cuero de encima de la mesa pequeña, junto a otra botella de bourbon Maker's Mark. Debajo de todo había un pequeño sobre acolchado. En la dirección del remitente figuraba el nombre de Malcolm Fletcher. Hale advirtió que el sobre no llevaba franqueo.
    De pie frente a su mesa, Hale sujetó la pestaña del sobre y la arrancó para abrirla. Un DVD plateado y brillante cayó encima de su cartapacio.
    En el despacho tenía un televisor con aparato de DVD. Se aseguró de que la puerta estaba cerrada con llave y, a continuación, metió el disco en el aparato y esperó.
    En la grabación de las cámaras de seguridad del garaje la imagen era granulada, en color y sin sonido. En la pantalla del televisor, un hombre vestido con vaqueros, una gorra de béisbol y un impermeable atraviesa corriendo el garaje, en dirección al ascensor privado. Pulsa el botón y luego agacha la cabeza mientras cierra los puños a ambos lados del cuerpo, con las manos enfundadas en unos guantes. Está de espaldas a la cámara.
    Se abren las puertas del ascensor y el hombre entra en él. No se vuelve en ningún momento, sino que se limita a quedarse allí quieto, con la cabeza siempre agachada. Sabe que las cámaras lo están observando y grabando.
    Las puertas empiezan a cerrarse. Vuelve la cabeza y la cámara capta una imagen fugaz de su cara mientras pulsa el número del apartamento de Emma en el ático.
    Jonathan Hale desvió su atención hacia la esquina inferior derecha de la pantalla del televisor, a las letras blancas que indicaban la fecha y la hora de la grabación: 20 julio; 2:16. Emma llevaba desaparecida dos meses. El hombre que la secuestró había decidido, por sabe Dios qué razón, entrar en el apartamento a buscar un relicario.
    ¿Por qué? ¿Por qué iba aquel monstruo a arriesgarlo todo por un simple collar? ¿Por qué iba a realizar aquel acto de aparente buena voluntad sólo para, pocos meses después, matarla miserablemente?
    La grabación finalizó y el televisor se quedó a oscuras.
    Con la mirada fija en la pantalla, Hale se imaginó a su hija atrapada en algún zulo cochambroso, sin luz ni ventanas; Emma sola, confusa y asustada, obligada a hacer cosas que sólo Dios podía ver. Cuando gritaba de dolor, cuando le pedía consuelo a Dios, ¿le escucharía éste o le daría la espalda? Hale ya conocía la respuesta.
    Repasó los hechos.
    Hecho número uno: el hombre había entrado a través del garaje.
    Hecho número dos: había esperado a que alguien abriese la puerta y luego se había colado dentro.
    Hecho número tres: el detective Bryson había dicho que había agentes montando guardia delante del edificio. ¿Por qué no habían visto a aquel tipo? Si los hombres de Bryson hubiesen hecho su puñetero trabajo, habrían visto a aquel hombre, lo habrían atrapado y Emma estaría viva.
    Ese era otro hecho.
    Hale volvió a reproducir el DVD, torturado por el recuerdo de Emma sentada en aquel mismo sillón, viendo Sonrisas y lágrimas. Tras la muerte de Susan, Emma veía esa película una y otra vez, e insistía en hacerlo allí, en el despacho, para poder estar cerca de él. No había entendido la relación hasta ese momento: la madre moría y los niños encontraban una nueva madre en la figura de la niñera. «Emma debía de ver la película para consolarse, porque yo no podía hacerlo.»
    En ese momento, Hale miraba una película para consolarse. Una vez más, contempló al hombre que había matado a su hija, que había sido el último en ver a Emma con vida, en hablar con ella, el último hombre en tocarla.
    Hale agarró el brazo del sillón con fuerza al evocar un nuevo recuerdo: Emma, cuando tenía poco más de un año, sentada en su regazo mientras él hablaba por teléfono. No recuerda con quién hablaba, aunque seguramente era una llamada de negocios. Lo que sí recuerda en ese instante, con toda claridad, vividamente, es el olor del pelo limpio de su hija, la curva de su moflete blando y regordete al apretarla contra su cuello. Recuerda cómo ella se quedó boquiabierta examinando su bolígrafo, que sujetaba entre sus manitas minúsculas, con los ojos abiertos como platos, llena de asombro.
    Hale sabía que se pasaría la mayor parte de lo que le quedaba de vida deseando poder volver atrás en el tiempo hasta ese momento. Si Dios le concediese, de algún modo, aquel deseo imposible, colgaría el teléfono y se limitaría a contemplar a Emma jugueteando con el bolígrafo. Sabía que podría quedarse para siempre anclado en ese recuerdo y ser feliz.

Capítulo 48

    Malcolm Fletcher se encontraba delante de una ventana desprovista de cristal en el interior de las ruinas polvorientas y rodeadas de oscuridad de la planta superior del Sinclair, observando la carretera principal. Había escogido aquel punto porque la cobertura para el móvil era muy potente y por la vista espectacular que ofrecía del recinto, acentuada por unos excelentes prismáticos con visión nocturna, equipados con tecnología de infrarrojos. Con sólo accionar un interruptor podía localizar las emisiones térmicas de cualquier persona sentada en el interior de un coche o una furgoneta, realizando funciones de vigilancia.
    Fletcher examinó la zona con los prismáticos. Los guardas de seguridad de Reed patrullaban el recinto en turnos, centrando su atención en las formas menos ortodoxas de entrar en el psiquiátrico. Había distintos accesos, y muchas posibles vías de escape sin ser visto.
    Mientras proseguía con su inspección ocular de las inmediaciones del hospital, pensó en el hombre que había visto en la grabación de seguridad del garaje de Emma Hale. Aquel individuo había cometido un error garrafal: se había vuelto antes de que se cerrasen las puertas del ascensor y la cámara de seguridad había captado una imagen fugaz de su rostro. Era suficiente. Fletcher realizó una captura de la imagen con su ordenador y el software de ampliación de imágenes de vídeo hizo el resto.
    El hombre que había sacado el relicario de la casa de Emma Hale guardaba un asombroso parecido con un paciente llamado Walter Smith, un esquizofrénico paranoide de doce años que resultó completamente quemado en un incendio con gasolina. Retrocediendo varios años en el tiempo, Fletcher rememoró la primera vez que había visto a Walter.
    El muchacho estaba sentado en la cama de su celda en el hospital, con la cabeza calva surcada por una maraña de cicatrices, puntos de sutura y piel en carne viva. Un par de gafas de lentes gruesas ampliaban los terribles daños que había sufrido en el ojo izquierdo. Lo tenía completamente abierto, y no pestañeaba en absoluto.
    Walter se abrazaba el estómago. Cuando no tenía arcadas encima de una papelera, se mordía la lengua mientras se mecía hacia delante y hacia atrás, una y otra vez, tratando de detener los temblores.
    – Necesito a María -suplicó Walter-. Necesito que me lleve junto a ella.
    – ¿Dónde está?
    – En la capilla. Por favor, lléveme con ella para que María me quite este dolor.
    Colgados de las paredes había trozos de papel de cartulina con unos dibujos espectaculares, llenos de detalles, hechos con ceras y rotulador mágico, en los que se veía a un chico sin cicatrices y sin el rostro desfigurado abrazando o cogido de la mano de una mujer vestida con un largo y vaporoso velo de color azul y un corazón rojo pintado en la parte delantera de una túnica blanca.
    – María se ha ido -decía Walter, con la voz anegada por las lágrimas. Con la mano sana apretaba con fuerza una pequeña figura de la Virgen María-. El doctor Han me ha inyectado la medicina otra vez en las venas y María ha vuelto a marcharse. Necesito hablar con mi madre, sin ella estoy perdido. Por favor, lléveme a la capilla.
    El recuerdo de Fletcher se vio interrumpido bruscamente por la vibración de su teléfono móvil. Respondió la llamada pero no apartó los ojos de los prismáticos. Los perfiles térmicos de cuatro hombres atravesaban corriendo el bosque en dirección al remolque de Reed, que desprendía unas elevadas emisiones de calor.
    – ¿Sí, señor Hale?
    – Ya he visto el DVD. -Hale tenía la voz espesa por el bourbon-. ¿Es ése el hombre que mató a mi hija?
    – Eso creo. Se llama Walter Smith.
    – ¿Lo conoce?
    – Conocí a Walter cuando era paciente del hospital psiquiátrico Sinclair, en Danvers. Es un esquizofrénico paranoide… la variante más grave, a decir verdad. Su delirio en concreto es muy difícil de tratar aun con la medicación adecuada, la cual, estoy seguro, Walter no está tomando. La medicación le impide oír la voz de María.
    – ¿Quién es María?
    – La Madre Virgen de Dios -contestó Fletcher-. Walter cree que la Santa Madre le habla directamente. La verdadera madre de Walter lo roció con gasolina mientras él dormía. Sufrió quemaduras en el noventa por ciento del cuerpo, incluida la cara. Su madre murió en el incendio y Walter fue trasladado al Centro de Quemados Shriners, en Boston, para tratarle las heridas.
    »Sobrevivió a dos quemaduras graves. La vez anterior, un año antes, la mano izquierda le quedó gravemente desfigurada cuando la madre le metió la mano en una olla de agua hirviendo después de pillarlo masturbándose. No llevó a su hijo al hospital, sino que lo trató en casa. Tampoco asistía a la escuela; ella misma se encargaba de educarlo en casa.
    »Cuando quedó claro que Walter era esquizofrénico, lo ingresaron en el Sinclair, donde permaneció muchos años. Cuando la institución se vio forzada a cerrar sus puertas, supongo que o bien redestinaron a Walter a alguna casa de acogida para enfermos mentales de bajo riesgo o lo devolvieron a la calle.
    – ¿Cómo sabe todo eso?
    – Conocí a Walter por su amistad con un sociópata llamado Samuel Dingle, un hombre al que la policía de Saugus atribuía las muertes de dos mujeres que fueron estranguladas y arrojadas a la cuneta de la Ruta Uno. La policía de Saugus me pidió que interrogase a Dingle porque habían perdido una prueba clave de la investigación, un cinturón empleado para estrangular a una de las mujeres. Mantuve varias sesiones de interrogatorio con Sammy. En aquel momento, no estaba preparado para confesar sus pecados. Tuve que esperar hasta varios años más tarde, cuando tuvimos la oportunidad de hablar en un entorno más… privado.
    – ¿Cómo puede estar seguro de que el hombre de la grabación es Walter Smith? Podría ser otra persona.
    – Walter ha estado en el Sinclair recientemente.
    – ¿Por qué? El hospital está abandonado, yo mismo intenté comprar la propiedad hace años, pero estaba inmerso en una batalla legal. ¿Por qué iba él a ir allí?
    – A visitar a María, su verdadera madre -contestó Malcolm Fletcher.
    – ¿Walter va ahí a hablar con la Virgen María?
    – Sí.
    – ¿Ha estado usted en el hospital?
    – Sí. De hecho, ahora mismo estoy aquí, esperando a que llegue la policía.
    – ¿Cómo han descubierto lo del Sinclair?
    – Los he llamado yo.
    – ¿Que los ha llamado usted?
    – Ya están aquí.
    – ¿Saben lo de Walter Smith?
    – No. Señor Hale, quiero que me escuche muy atentamente.
    A lo largo de los diez minutos siguientes, Fletcher le explicó a Hale lo que iba a suceder. Cuando terminó, Hale se quedó en silencio.
    – Es imposible que la policía lo relacione con esto, pero no puedo impedir que centren su atención en usted.
    – ¿Lo sabe Karim? -preguntó Hale.
    – Hemos discutido el tema pormenorizadamente.
    – ¿Y da su aprobación?
    – Desde luego. Sin embargo, como no tenemos más remedio que implicarlo a usted, el doctor Karim y yo hemos convenido en que la decisión es suya: si cambia de idea, ya sabe cómo localizarme, pero no tarde demasiado. Ya se han hecho todos los preparativos.
    – ¿Cuánto tiempo tengo?
    – Una hora -dijo Fletcher-. Le sugiero que salga para Nueva York esta misma noche. El doctor Karim ha realizado una búsqueda en una base de datos de pacientes de ámbito nacional llamada Medical Information Bureau. Walter se visita con un médico del Centro de Quemados Shriners, pero en el MIB figura una dirección antigua.
    – ¿Podrá encontrarlo?
    – Karim no puede acceder a la base de datos del Shriners. Tengo planeado hacerlo yo más tarde, hoy mismo. Supongo que encontraré a Walter en los próximos días. Mientras tanto, tal vez quiera reconsiderar lo que me pidió durante nuestra conversación inicial.
    – No he cambiado de parecer.
    – Cuando cuelgue, quiero que llame al detective Bryson y le diga lo del DVD que ha recibido en su buzón. Dígale lo que ha visto y asegúrese de entregarle el sobre.
    – Su nombre figura en él.
    – Junto con mis huellas dactilares -dijo Fletcher.
    – No lo entiendo.
    – La policía ya sabe que estoy aquí. Quiero que piensen que trabajo por mi cuenta.
    – ¿Y no lo averiguará el FBI?
    – Para cuando lleguen sus fuerzas operativas, yo ya me habré ido.
    Un Mustang negro se abrió paso por la carretera serpenteante.
    – Volveré a ponerme en contacto con usted en breve -se despidió Fletcher-. Si cambia de idea, ya sabe cómo localizarme.
    Darby McCormick salió del coche y mostró su tarjeta de identificación a los dos guardias de seguridad que había junto a una camioneta. Al parecer, los había llamado de antemano para advertirles de su llegada.
    Todo parecía indicar que la joven era brillante y valiente; ahora bien, ¿seguiría investigando hasta averiguar la verdad? Había llegado el momento de descubrirlo.

Capítulo 49

    Darby se paseó por delante de la habitación donde había encontrado la fotografía y la figura. Los dos detectives de paisano de Boston que la acompañaban estaban por allí en alguna parte, vigilando.
    Pulsó el botón que iluminaba la esfera de su reloj. Eran casi las nueve, y Malcolm Fletcher todavía no había llamado.
    El vetusto edificio crujía a su alrededor. Al fondo del pasillo, el viento soplaba a través de una ventana, emitiendo un sonido similar a un grito agudo.
    Darby percibía la presencia del hospital como si fuese un ente con vida, capaz de respirar, como el hotel Overlook de El resplandor. No creía en fantasmas, pero sabía que había lugares en este mundo que estaban malditos, donde los hombres habían cometido actos de una crueldad y violencia extremas contra sus semejantes, donde los gritos de las almas en pena resonaban para el resto de la eternidad. Mientras esperaba, se preguntó sobre los posibles secretos que la aguardaban entre aquellas paredes.
    Sonó su teléfono. Contestó y sólo oyó el silencio al otro lado de la línea. Luego se dio cuenta de que su teléfono no podía sonar, estaba configurado en el modo de vibración.
    El timbre procedía del interior de la habitación para los pacientes.
    Darby ya había acoplado la linterna a su SIG. La encendió y encontró un teléfono móvil en el suelo, detrás de la puerta de acero.
    – Sal de la habitación y gira a la izquierda -le indicó Malcolm Fletcher-. Al final del pasillo, verás una escalera.
    Darby encontró la escalera, que sólo iba en una dirección: hacia abajo.
    – No te preocupes por los peldaños ni por los descansillos -indicó Fletcher-. Son seguros.
    Darby paseó el haz de luz de la linterna de su arma por las salas vacías y frías.
    – ¿Qué le pasó a Jennifer Sanders?
    – Pregúntaselo tú misma -respondió Fletcher-. Te está esperando abajo.
    – Sé que está aquí, Fletcher. Sé que me está observando ahora mismo.
    El hombre no contestó.
    – He venido sola -prosiguió Darby-. Muéstreme dónde está. Bajaremos juntos.
    – Me temo que tendrás que emprender este viaje tú sola.
    – No pienso ir a ninguna parte hasta que me desvele cuáles son sus intenciones.
    – Creía que querías saber la verdad.
    – Entonces, dígamela usted.
    – Decirte la verdad no produciría el mismo impacto que descubrirla por ti misma.
    – Dígame de dónde sacó la estatuilla.
    – El historiador Ian Kershaw decía que el camino a Auschwitz estaba pavimentado con la indiferencia -declaró Fletcher-. Ha llegado el momento de elegir: tienes que tomar una decisión ahora.
    Darby volvió a observar la escalera mientras pensaba en Emma Hale y Judith Chen. También pensó en Hannah Givens. Se preguntó si la respuesta a la desaparición de Jennifer Sanders estaba, de hecho, esperándola en alguna parte ahí abajo.
    Pensó en la madre de Jennifer, apretando el crucifijo que había bajo el envoltorio de celofán de su paquete de cigarrillos, y dio el primer paso.
    Mientras descendía y se adentraba en la temible oscuridad, Darby adquirió plena conciencia de todos sus sentidos físicos: el extraño hormigueo de sus piernas, el sudor que se le acumulaba en las axilas y debajo del casco de protección, la forma en que retumbaban sus pasos, siguiendo el ritmo del latido acelerado de su corazón…
    – ¿Cómo te encuentras?
    – Estoy nerviosa -respondió Darby-. Asustada.
    – ¿Eres claustrofóbica?
    – Creo que no. ¿Por qué?
    – Enseguida lo verás.
    Darby llegó a la planta inferior. Vio la puerta de acero con un rótulo donde se leía «Pabellón 8». No había registrado aquella zona el fin de semana anterior porque estaba precintada. Reed había dicho que era demasiado inestable y se había negado a dejar pasar a los agentes, obligando de ese modo a los equipos de búsqueda a encontrar vías alternativas.
    Había un candado en el suelo. Alguien lo había forzado con una sierra.
    – He llegado.
    – Abre la puerta -le indicó Fletcher.
    Los pasillos se extendían ante ella, a la izquierda y a la derecha. Eran estrechos y estaban en la más absoluta oscuridad, y cuando los enfocó con el delgado haz de su linterna, parecían prolongarse a lo largo de varios kilómetros.
    – Tu destino está al fondo, todo recto -señaló Fletcher-. Cuando llegues al final del pasillo, dobla a la izquierda y sigue hasta la mitad del siguiente pasillo hasta que veas una puerta de mantenimiento.
    Cerca del techo, unas tuberías desnudas recorrían las paredes. Casi todas las puertas estaban cerradas. Los suelos estaban congelados, cubiertos de hielo. Darby oyó un zumbido y luego advirtió que era el pulso de su propia sangre que le latía en las sienes.
    Rodeada por la fría oscuridad, avanzó por el pasillo central, con el hielo resbaladizo bajo sus botas. Se acordó de un verso de Dante que decía que el infierno no era un lugar donde ardía el fuego sino un lugar en el que Satán estaba congelado en un inmenso lago de hielo.
    Dobló a la izquierda y se metió en otro laberinto de pasillos. En una pared con pintura azul y blanca descascarillada aparecían difuminadas unas letras con unas flechas que señalaban distintas secciones del hospital. El aire gélido olía a tuberías húmedas y a moho. Se deslizó por el pasillo, aguzando el oído y atenta a cualquier posible movimiento.
    Al cabo de diez minutos encontró una puerta con el cartel de «Mantenimiento».
    – He encontrado la puerta -dijo Darby.
    Malcolm Fletcher no respondió.
    – ¿Hola?
    No hubo respuesta.
    Darby comprobó el teléfono. La señal indicaba que no había recepción, que estaba a demasiados metros bajo tierra.
    Dejó el teléfono en el suelo. Se apoyó contra la puerta, pulsó el tirador hacia abajo con el codo y la abrió.

Capítulo 50

    La sala de mantenimiento estaba vacía.
    Darby se metió el teléfono en el bolsillo. La sala era un cuarto pequeño para la limpieza y en ella no había más que estanterías oxidadas. Los estantes inferiores y del centro estaban vacíos, pero el estante superior contenía herramientas oxidadas, cubos de metal y viejas bolsas de cemento. Bajo el estante central inferior y apoyada en la pared había una enorme rejilla de ventilación, como las que se empleaban para calentar y enfriar edificios de grandes dimensiones.
    Darby se agachó y, apoyándose en una rodilla, enfocó con el delgado haz de luz hacia la rejilla. Detrás había un conducto de unos nueve metros de longitud que describía una curva hacia la izquierda. En el centro del conducto había una pequeña estatuilla de la Virgen María.
    Era imposible que Malcolm Fletcher se hubiese metido dentro de aquel conducto de calefacción. Aquel hombre era demasiado grande, demasiado ancho para caber en aquel espacio tan estrecho.
    «¿Eres claustrofóbica?», le había preguntado Fletcher.
    ¿Acaso la esperaba al otro lado? ¿O la había llevado hasta allí para que descubriera algo?
    Darby comprobó su teléfono. No había señal. Podía retroceder, encontrar cobertura y llamar a Bryson… o podía meterse en el interior del conducto en ese preciso instante.
    Vio la expresión afligida de la Virgen bajo el haz de luz. Extrajo la linterna y se guardó su arma. Pasó la linterna por delante del conducto, se tendió en el suelo, boca abajo, y se metió a gatas en el interior de la rejilla de ventilación.

    Malcolm Fletcher avanzó por la nieve, que le llegaba hasta la rodilla, de la parte occidental del recinto del Sinclair. Tenía el Jaguar aparcado estratégicamente detrás de un grupo de contenedores, escondido y oculto a la vista… al menos de momento.
    Sus años como fugitivo le habían enseñado la importancia de llevar encima sólo lo imprescindible. Guardaba la ropa en una maleta pequeña. En su maletín llevaba las cosas más importantes: el equipo de vigilancia, dispositivos de escucha y aparatos de GPS. Los pasaportes falsos ya no le servían prácticamente de nada, porque desde el 11 de septiembre la Interpol había intensificado sus restricciones en los aeropuertos.
    Fletcher abrió el maletero. Guardó su placa del FBI y sus credenciales en el bolsillo de la chaqueta de su traje. Ya se había hecho con una nueva arma, una Glock 9 milímetros, cortesía de un violador de Roxbury que, de pronto, había sentido la acuciante necesidad de desprenderse de su arma ilegal tras sufrir la rotura de su muñeca y de la nariz. Fletcher extrajo los demás artículos que necesitaba y cerró el maletero.
    Había un ordenador portátil en el asiento delantero. Con un auricular en una de las orejas, tecleó unas instrucciones para activar los transmisores remotos que había colocado de forma estratégica dentro del nivel inferior. Oyó el sonido de la trabajosa respiración de una mujer joven y un ruido metálico. Darby McCormick estaba en el interior del conducto de ventilación.
    «Qué cerca está ya…», se dijo, sonriendo.
    Malcolm Fletcher arrancó el coche. La suave y hechizante música para piano de Cecil inundó los altavoces mientras el vehículo se alejaba de allí.

    Tim Bryson estaba sentado en el estrecho asiento del pasajero de un Honda Civic aparcado en una gasolinera Mobil de la Ruta Uno. Su compañero, Cliff Watts, estaba fuera, fumando.
    Había escogido aquel lugar por si necesitaba desplazarse al hospital psiquiátrico. Si surgía algún problema, podía plantarse en la puerta principal en menos de tres minutos.
    Había hablado con Bill Jordan varias veces durante la última hora; sus hombres le habían informado de que Fletcher había dejado un teléfono móvil en el interior de una de las habitaciones para pacientes. Había llamado a Darby a aquel teléfono, de modo que fue imposible escuchar la conversación.
    Los dos detectives de paisano vieron a Darby bajar las escaleras. Varios minutos después, la siguieron y hallaron el candado en el suelo.
    Al otro lado de la puerta había un laberinto de pasillos. En la última comunicación decían que todavía no la habían encontrado.
    Otro detalle inquietante: el botón del pánico, con la unidad de GPS, había dejado de transmitir su señal. Jordan la había perdido.
    Darby estaba a demasiados metros bajo el suelo, había dicho Jordan. Le había enviado un mensaje de texto pidiéndole que contestara, pero ella todavía no había respondido. Teniendo en cuenta dónde estaba, era muy probable que no lo hubiese recibido. Jordan seguía sin poder llamar a ninguno de sus hombres.
    Sonó el teléfono de Bryson.
    – Todavía no tenemos noticias de Darby -anunció Jordan.
    – Dale más tiempo.
    – No me gusta que se pasee por ahí abajo ella sola y no saber qué está pasando. Deberíamos enviar más gente adentro.
    – Si Fletcher está vigilando, los verá y se largará.
    – Pero también podría estar dentro, en el sótano, con ella -insistió Jordan-. Ya hemos elaborado un mapa del terreno. Los planos de construcción son una mierda: la mitad de los pasajes están bloqueados por los escombros o precintados. Ese sitio es un maldito laberinto, pero hemos conseguido encontrar una manera de llegar al sótano. Puedo tenerlos ahí dentro en media hora… Espera, espera un momento.
    Bryson oyó un murmullo y, a continuación, Jordan volvió a ponerse al teléfono.
    – Un Jaguar negro acaba de salir de la parte oeste del recinto y se mueve muy rápido. Estaba aparcado detrás de unos contenedores. El conductor llegará a tu posición dentro de menos de minuto.
    – ¿Y lo acabáis de descubrir ahora mismo?
    – Hemos tenido que hacer esto a todo correr, Tim. Este lugar es inmenso; desde nuestra posición no podíamos ver esa parte de las instalaciones. ¿Crees que es tu hombre?
    – La última vez que estuvo aquí, conducía un Jag. ¿Quién iba a ser si no? -Bryson se inclinó hacia delante en su asiento, pensando a toda velocidad-. No podré bloquear la carretera principal yo solo. ¿Cuánto tardarías en enviarme a alguien?
    – Lang va de camino. Debería estar ahí dentro de…
    – ¡Mierda! Ya está aquí… -Bryson vio el Jag negro, que se incorporaba a la autopista. Dio un golpe en la ventanilla, llamó a Watt y le hizo señas para que entrara en el coche-. Voy a seguirlo. ¿Cuántos hombres me puedes enviar como refuerzo?
    – La segunda furgoneta ya se ha puesto en marcha. Llama a Lang y coordínalo todo con él. Te tiene en su GPS, así que no te perderá.
    Watts arrancó el coche.
    – Entrad en el hospital -le ordenó Bryson a Jordan-. Sacad a Darby de ahí.

Capítulo 51

    El conducto de la calefacción era estrecho y olía a óxido y podredumbre. Darby avanzaba boca abajo, reptando sobre su estómago. Asió la linterna y la hizo rodar hacia delante, sintiéndose como el personaje de John McClane en la primera parte de la película de La jungla de cristal.
    Cuando llegó a la figura de la Virgen, la introdujo dentro de una bolsa de pruebas y se la metió en el bolsillo del abrigo. Recogió la linterna.
    El conducto torcía hacia la izquierda. La segunda parte sólo tenía tres metros de longitud y llevaba a una superficie cubierta de polvo y escombros.
    Colocándose de costado, Darby avanzó por la esquina, golpeó el metal con las botas y el pie se le quedó atascado. Un súbito ataque de pánico se apoderó de ella al imaginarse atrapada allí para siempre. «¿Se puede saber por qué diablos estoy haciendo esto?», se preguntó.
    Darby respiró hondo varias veces y se obligó a tranquilizarse. Logró mover los pies, se dio impulso para avanzar hasta el segundo tramo del conducto, y entonces oyó cómo se le desgarraba el abrigo. Se volvió sobre su estómago, avanzó a gatas y se deslizó hasta una superficie cubierta de escombros.
    Había un agujero en el techo y, al otro lado, unas paredes que se adentraban en la oscuridad. Fragmentos enteros de los suelos que se acumulaban por encima de su cabeza habían desaparecido, y se preguntó qué suceso habría podido causar un desastre de semejante magnitud.
    La puerta de la habitación estaba cerrada. Al desplazar el foco de luz por los estantes de madera, la mayor parte de los cuales seguían intactos, descubrió unos botes de plástico llenos de agua y cajas de cartón repletas de cuentas de rosario y pilas de libros. Darby limpió el polvo de los lomos y vio que eran Biblias e himnarios.
    Agarró el tirador de la puerta y se sorprendió al comprobar que se abría sin esfuerzo.
    No sabía qué era lo que esperaba encontrar al otro lado, pero desde luego, no aquello: se trataba de una vieja capilla que contenía una docena de bancos de madera repletos de polvo y escombros. Algunos de los bancos estaban rotos en las partes sobre las que el techo se había desplomado, y vio una viga de acero encima de lo que seguramente era un confesionario.
    A su izquierda, una serie de huellas conducía al extremo de un pasillo. Al final, en el interior de una hornacina, había una estatua a tamaño natural de la Virgen María sentada en un banco, con su hijo, Jesús, tendido en su regazo. La Santa Madre de Dios iba vestida con vaporosas túnicas blancas y azules, el semblante perpetuamente congelado en una expresión de tristeza eterna mientras miraba los orificios sanguinolentos de los pies y las manos de su hijo muerto, allí donde los clavos lo habían sujetado al crucifijo.
    La Virgen María estaba completamente limpia, sin polvo ni señales de suciedad.
    Al explorar la figura con el haz de su linterna, Darby descubrió unos trapos y un cubo de agua con una esponja.
    Se dirigió con cuidado al pasillo central, tratando de no pisar las huellas, que parecían recientes. Eran marcas de botas o zapatillas de deporte.
    Llegó al pasillo central y vio otra serie de pisadas claramente distintas, unas huellas que guardaban una enorme semejanza con la que había encontrado en el suelo del cuarto de invitados de Emma Hale.
    Una mujer lanzó un grito pidiendo auxilio.
    Con el corazón desbocado, que le latía con fuerza en el pecho, Darby se volvió y en el haz de luz vio un altar cubierto de escombros. El pulpito de madera estaba destrozado, y una enorme estatua de Jesús colgado en la cruz descansaba en el suelo, hecha pedazos.
    Allí no había nadie. Pero no se había imaginado aquel grito, estaba segura.
    Darby se dirigió hacia el pasillo de la derecha. No había huellas. Avanzó por el corredor y oyó otro grito de mujer, un grito débil que provenía del altar.
    Darby se agachó bajo la viga. La cabeza de Jesús, coronada de espinas ensangrentadas, yacía en el suelo y la miraba con ojos afligidos mientras Darby ascendía por los escalones del altar. Los dolorosos gritos de la mujer aumentaron de volumen.
    Detrás del altar había una puerta rota. Darby se deslizó en el interior mientras un hombre gemía, el sonido mezclado con las súplicas de la mujer que imploraba que cesase el dolor.
    La sala contigua no era mucho mayor que el cuarto de mantenimiento y contenía estantes cubiertos de polvo repletos de las mismas Biblias e himnarios. El techo estaba intacto.
    En el suelo había una caja de cartón llena de pequeñas figuras de plástico de la Virgen María: las mismas que había encontrado cosidas en el interior de los bolsillos de Emma Hale y Judith Chen. La misma que Malcolm Fletcher había dejado en el interior del conducto de la calefacción y en el alféizar de la ventana de la habitación.
    Las huellas de las pisadas se detenían delante de un muro de ladrillo, al pie del cual había un amplio agujero de grandes dimensiones. La capa de polvo y de suciedad del suelo era más fina, como si alguien hubiese estado recientemente allí.
    Se oyó la risa de un hombre. Darby se arrodilló en el suelo, apartándose de las pisadas, y enfocó con el haz de su linterna hacia el interior de la otra habitación: junto a los escombros descubrió los restos de un esqueleto.

Capítulo 52

    Jonathan Hale contemplaba las fotografías de su hija y grababa a fuego la cara de Emma en su memoria, tratando de conservar cada rasgo para que no se desvaneciese jamás.
    Sin embargo, acabaría desvaneciéndose. El cerebro, él lo sabía perfectamente, era la cárcel más astuta del mundo, una guardiana despiadada. Se llevaría aquellos recuerdos de Emma y, al igual que había hecho con Susan, los desdibujaría con el paso del tiempo sin dejar de torturarlo con aquel hecho singular e innegable: él había dado por sentados todos y cada uno de aquellos momentos.
    Sus chicas, las dos personas más importantes de lo que, tal como había llegado a darse cuenta, era una vida completamente insignificante y vacía, le sonreían. Marido y padre. Ahora era viudo y padre de una hija muerta.
    «Papá.»
    Hale, borracho y entumecido, levantó la vista y vio a Emma sentada en el sillón de cuero. No llevaba el pelo mojado ni enredado con trozos de ramas, sino bien peinado, denso y precioso. Tenía la cara bien viva, rebosante de color.
    – Hola, cariño. ¿Cómo estás?
    «Mamá y yo estamos bien.»
    – ¿Qué haces aquí?
    «Estamos preocupadas por ti.»
    Hale tenía los ojos húmedos y enrojecidos.
    – Os echo tanto de menos…
    «Y nosotras a ti también.»
    – Lo siento mucho, cariño. Lo siento de veras.
    «Tú no hiciste nada malo, papá.»
    Hale enterró la cara en las manos y se echó a llorar.
    – No sé qué hacer.
    «Ya sabes lo que tienes que hacer.»
    – No puedo.
    «Dios ha respondido a tus plegarias. Ha enviado a alguien para que te ayude.»
    Sí, le había suplicado a Dios averiguar la verdad, y el mensajero era como una criatura salida de los libros de catecismo de su infancia, un hombre con unos extraños ojos negros que escondían secretos terribles, un hombre que había matado a dos agentes federales y sabe Dios a quién más, un hombre que le había proporcionado el nombre y el rostro del asesino de su hija.
    Ahora que conocía la verdad, le pedía a Dios que volviese a ocultársela. No quería saber. No quería saber.
    «Ya no se trata sólo de mí, papá. Sabes lo que les ocurrió a las otras.»
    Hale consultó su reloj. Aún podía hacer la llamada, aún tenía tiempo.
    «No pueden hablar. Te necesitan a ti para que hables por ellas.»
    Hale atravesó la habitación tambaleándose y cogió el teléfono móvil de su mesa.
    «No puedes dejar que sufran en silencio.»
    Marcó el número.
    «Mírame, papá.»
    Se sentía mareado cuando Malcom Fletcher descolgó el teléfono.
    – ¿Sí, señor Hale?
    «Papá, mírame.»
    Hale miró al sillón donde estaba sentada Emma, con las piernas cruzadas y las manos entrelazadas en el regazo.
    «Piensa en los padres de todas esas chicas. ¿No tienen derecho a saber la verdad? ¿No se merecen que se haga justicia?»
    – ¿Ha cambiado de idea, señor Hale?
    «Te han concedido un regalo maravilloso, papá. Dios ha escuchado tus plegarias y las ha respondido. ¿Acaso vas a rechazarlo?»
    Hale se restregó la cara.
    – Hágalo.
    – Es consciente de los riesgos potenciales.
    – Por eso les pago a los mejores abogados del estado -contestó Hale-. Quiero que ese hijo de puta pague por lo que hizo. Quiero que sufra.

Capítulo 53

    Tim Bryson masticaba una pastilla para la acidez mientras los coches avanzaban en fila por el peaje del puente Tobin. Cliff Watts había bajado la ventanilla para poder fumar.
    Una destartalada furgoneta de fontanería, equipada incluso con una escalera en lo alto, aguardaba en el carril izquierdo, dos coches por detrás del Jaguar.
    Sonó el teléfono de Bryson. Era Lang, el hombre que conducía la furgoneta.
    – He comprobado la matrícula. El coche se halla registrado a nombre de un tal Samuel Dingle, de Saugus. Tengo la dirección.
    Bryson sintió un desagradable hormigueo que le erizó la piel.
    – ¿Es robado? -preguntó.
    – Si lo es, nadie lo ha denunciado -respondió Lang.
    – Envía a alguien a la casa. Llámame cuando sepas algo.
    El Jaguar circulaba con rapidez por el nuevo puente Zakim, en dirección a la autovía del sudeste de Boston. «Estamos muy cerca -pensó Bryson-. Demasiado cerca.»
    Fletcher se incorporó a Storrow Drive para dirigirse al oeste. Unos minutos más tarde tomó la salida de Kenmore.
    Eran muchas las dificultades para seguir a alguien en una ciudad sin ser detectado: los semáforos, el laberinto de calles de un solo sentido y, en el caso de Boston, los interminables quebraderos de cabeza del cinturón del Big Dig. Si uno no se pegaba a los talones del vehículo al que se pretendía seguir, era muy fácil perderlo.
    Malcolm Fletcher no actuaba como alguien que supiese que lo seguían: no hacía giros bruscos por calles estrechas ni cambiaba de sentido, no realizaba ninguna de las maniobras habituales para despistar a un posible perseguidor. Aquel hombre seguía circulando por las vías principales y se adaptaba a la velocidad del tráfico general.
    Fenway Park se veía oscuro y desierto; cuando no había partido de los Red Sox, el lugar estaba completamente muerto. El tráfico era fluido y Watts mantenía una distancia segura, eficaz.
    Fletcher puso el intermitente y giró a la izquierda para meterse en un aparcamiento. Watts pasó de largo y Bryson se volvió en su asiento, preguntándose si Fletcher habría detectado su presencia.
    Se levantó una barrera y Fletcher entró en el aparcamiento.
    Watts realizó un cambio de sentido en el semáforo y encontró un hueco para aparcar en el lateral de la calle, delante de una boca de incendios. Apagó las luces pero dejó el motor en marcha. Bryson ya tenía los prismáticos en la mano.
    El aparcamiento estaba bien iluminado y, por suerte, no había nada que obstaculizase la vista, como unos árboles, por ejemplo, sino sólo una cadena. Allí estaba: el Jaguar, aparcado en una esquina en el extremo derecho.
    Bryson miro más allá del jaguar, hacia Lansdowne Street. El lúgubre barrio -antiguas caballerizas que, a principios del siglo anterior, habían sido convertidas en naves industriales- albergaba en la actualidad en el interior de los edificios de obra vista un buen número de bares y clubes de baile muy populares. Había largas colas de chicos y chicas detrás de cordones de terciopelo, esperando en medio de aquel frío de muerte a que los porteros de la discoteca les dejasen pasar.
    – ¿Qué cojones habrá venido a hacer aquí? -preguntó Watts.
    «Buena pregunta», pensó Bryson. La puerta del Jaguar se abrió.
    Malcolm Fletcher iba vestido con un abrigo oscuro de lana. Unas gafas de sol le ocultaban los ojos. Parecía un personaje recién salido de la película Matrix. No miró a su alrededor, sino que se limitó a cerrar la puerta del coche y cruzar la calle.
    La gente que permanecía en la cola lo miró con curiosidad, preguntándose si sería algún famoso. Se acercó a un portero de cabeza grande y redonda, y el gorila se agachó para oír lo que le decía.
    Bryson leyó el cartel que había encima de la puerta: «Instant Karma».
    – No me lo puedo creer -exclamó Watts-. Ese hijo de puta se va a ir a bailar.
    El teléfono de Bryson empezó a sonar mientras veía cómo el portero retiraba el cordón de terciopelo para dejar pasar a Fletcher.
    – ¿Crees que nos ha visto? -preguntó Lang.
    – Si nos hubiera visto, lo inteligente habría sido tratar de darnos esquinazo -observó Bryson-. No nos llevaría hasta una discoteca. ¿Has estado alguna vez en el Instant Karma?
    – Ya no estoy para salir de fiesta por las noches: soy demasiado mayor.
    – Hace un par de años desmantelamos una red de tráfico de éxtasis. La planta inferior comunica con otros clubes. Yo voy a entrar con Watts. Quiero que coordines la vigilancia. ¿Quién más está ahí contigo?
    – Martínez y Washington -informó Lang-. Tim, ese tipo intentó cargarse a tres agentes federales.
    – Lo hizo en la intimidad de su propio hogar y se tomó todo el tiempo del mundo, con toda tranquilidad. Lleva a tus chicos a la parte delantera. Hay un callejón por atrás, cerca de las salidas de incendios. Aparca allí. Yo sacaré a Fletcher por el callejón.
    Bryson extrajo de la guantera un equipo de vigilancia: un auricular y un micrófono de pinza con sistema de encriptación que le permitía mantenerse en contacto permanente con su equipo sin posibilidad de que alguien escuchase su conversación.
    – Me pondré en contacto contigo cuando esté dentro -dijo Bryson.

Capítulo 54

    En el suelo había un pequeño radiocasete portátil Sony con forma de burbuja. Reproducía una cinta, y las bobinas giraban una y otra vez mientras se oían los gritos de dolor de una mujer.
    Dado que no quería eliminar posibles huellas, Darby empleó la punta de su bolígrafo para pulsar el botón de «stop» del reproductor. El único sonido que oyó entonces fue el aullido del viento.
    Los restos que había apoyados encima de los escombros pertenecían a un esqueleto humano, sin rastro de músculos ni piel. Lo único que quedaba eran huesos en el interior de la ropa de mujer: vaqueros, una camiseta negra y un chaquetón largo de invierno cubierto de polvo. Los vaqueros estaban bajados a la altura de los tobillos, y la ropa interior blanca manchada de negro con sangre seca.
    Darby retiró el chaquetón y vio una bata blanca con la inscripción «Hospital Sinclair» bordada en el bolsillo delantero.
    Una bufanda de color gris se enrollaba alrededor del cuello de la mujer, y habían utilizado unas tiras de cinta adhesiva para atarle las muñecas y los tobillos.
    Por detrás del cráneo se veía una maraña de pelo rubio y largo cubierto de polvo. La calavera, con las órbitas profundas, la barbilla afilada y el cráneo liso, pertenecía a una mujer. Los dientes verticales confirmaban que la mujer era de raza caucásica.
    No había fracturas en el cráneo que indicasen una herida en la cabeza. Con un poco de suerte Carter, el antropólogo forense del estado, podría determinar la causa de la muerte, aunque ése no era siempre el caso con los restos óseos.
    Darby encontró cáscaras de gusanos desperdigadas por el interior de los restos. Los de Entomología las utilizarían para calcular la fecha de la muerte. Se preguntó cuánto tiempo llevarían allí aquellos restos.
    Había un billetero rojo junto al esqueleto y Darby examinó su interior. Estaba vacío. Miró dentro de los bolsillos de los vaqueros, pero también estaban vacíos.
    Desplazó el haz de su linterna por el área que rodeaba los restos óseos. Era imposible saber qué era aquel lugar: montones de escombros cubrían los pasillos desplomados y las puertas. No había techo. Al mirar a través de todas las plantas derrumbadas, hacia arriba, hacia el tejado, vio el cielo nocturno.
    «Malcolm Fletcher no ha entrado por el conducto de la calefacción. Debe de haber pasado por una de estas entradas y, para hacerlo, tiene que estar muy familiarizado con el trazado del sótano.»
    Darby extrajo su teléfono móvil y sintió un gran alivio al ver que tenía cobertura.
    En primer lugar llamó a Tim Bryson. Como éste no contestaba, le dejó un mensaje y llamó a Coop.
    – Estoy dentro del Sinclair, te lo explicaré todo cuando llegues aquí -informó Darby-. ¿Has conocido a los tíos nuevos que trabajan en Identificación?
    – Mackenzie y Phillips -confirmó Coop.
    – ¿Cuál de los dos es delgado y pequeño?
    – Ese es más bien Phillips. Está muy delgado porque cuida mucho su figura.
    – Dile que se abrigue y que se ponga ropa vieja. Aquí está todo muy sucio y me he hecho un desgarrón en el abrigo. Les diré a los de seguridad que vais a venir.
    Darby volvió a mirar los restos óseos. El miedo había desaparecido, reemplazado por el entusiasmo ante aquel nuevo hallazgo, enterrado en las entrañas de la tierra.

    El gorila que había dejado pasar a Fletcher tenía aspecto de ser muy joven; por su cara, Bryson no le echaba más de veinticinco años. A juzgar por su papada, la mayor parte de los músculos se le habían transformado en grasa.
    Bryson le enseñó la placa y se llevó al chico aparte, lejos de los demás gorilas.
    – Tranquilo, no te has metido en ningún lío -le aseguró Bryson-. Sólo quiero hablar contigo a solas un momento. ¿Cómo te llamas?
    – Stan Dalton.
    – El tipo de las gafas de sol al que acabas de dejar pasar… ¿qué es lo que te ha dicho?
    – No me ha dicho nada, sólo me ha enseñado su tarjeta de ejecutivo y le he dejado entrar.
    – ¿Tarjeta de ejecutivo?
    – Si estás dispuesto a soltar mil pavos al año, puedes solicitar la tarjeta de ejecutivo, lo que significa que puedes saltarte la cola para entrar. También tienes servicio de aparcacoches gratuito y acceso a la zona VIP, con tu propia camarera y tu cuenta personal.
    – Supongo que habrá un control de seguridad dentro.
    – En todos los locales hay uno.
    – Muy bien, Stanley, ahora me vas a acompañar al control de seguridad y luego volverás aquí a hacer tu trabajo. No le vas a contar a nadie ni una palabra de nuestra conversación. Una vez que esté dentro, no quiero que vayas derecho al teléfono a llamar a tu jefe. El tipo al que estoy vigilando… no quiero asustarlo, ¿sabes? Necesito que el sitio esté tranquilo, que todo parezca normal, como siempre. Si entro ahí y me lo encuentro rodeado por los de seguridad, vas a tener un problema permanente con tus declaraciones de impuestos.
    Las puertas principales se abrieron y desvelaron una sala donde hacía un calor sofocante, mientras una atronadora música tecno sonaba por detrás de unas paredes negras. Al otro lado del guardarropa había un control de seguridad formado por dos hombres con el semblante serio que llevaban aparatos detectores de metales en la mano para cachear a los clientes.
    Stan Dalton mantuvo una conversación privada con los chicos de seguridad. Estos asintieron con la cabeza y los dejaron entrar en el club sin tener que pasar por el trance de que los cachearan.
    La discoteca parecía una fiesta en el mismísimo círculo del infierno: una ensordecedora música tecno que retumbaba en los altavoces… bum-bum-bum; la pista de baile repleta de chicas guapas con camisetas de tirantes y cortas, presumiendo de tetas operadas y vientres planos, con unos pantalones ceñidos que realzaban las fabulosas curvas de sus traseros mientras saltaban y giraban debajo de las bolas de espejo… bum-bum-bum; manos que se agitaban en aquel calor opresivo que olía a sudor, a perfume y a sexo; manos que sujetaban bebidas, cuerpos que se aplastaban unos contra otros, chicos con chicas, chicas con chicas, chicos con chicos… bum-bum-bum; todo el mundo feliz, sonriente, borracho y colocado.
    En las esquinas, dentro de unas jaulas debajo de las luces de láser, había unas gogós que bailaban en biquini. En una jaula había dos hombres musculosos ataviados con unos tangas negros, con cuerpos esculturales y bronceados relucientes con aceite y purpurina para reflejar los láseres y las luces de colores. Bryson apartó la mirada, asqueado, y dirigió la vista hacia el techo, donde unos televisores de plasma mostraban vídeos musicales.
    Había una barra a su derecha. El mostrador estaba cubierto de plexiglás, con una luz blanca y luminosa debajo. Unas camareras vestidas con pantalones negros de cuero y sujetadores de biquini a conjunto colocaban las copas en sus bandejas y luego se dirigían a una zona acordonada que había detrás de la barra y que estaba atestada de sofás y sillones de cuero negro: era la zona VIP. Malcolm Fletcher, aún con las gafas de sol negras, estaba junto a una joven espectacular que lucía un ajustadísimo vestido negro. Era alta y tenía el pelo largo y pelirrojo. Se parecía a Darby McCormick.
    La mujer susurró algo al oído de Fletcher y luego se fue.
    Al cabo de un momento, Fletcher se levantó para seguirla y fue engullido por la muchedumbre de cuerpos en constante movimiento, que giraban incesantemente y alargaban las manos para tocar los otros cuerpos.
    «Joder, ¿adónde habrá ido?» Bryson miró a su alrededor, por todo el club. La música era infernal, y una canción se confundía con la siguiente… bum-bum-bum, el mismo ritmo horrible y machacón se repetía una y otra vez y le vibraba dentro del pecho.
    Ah, ahí estaba… al otro lado de la pista de baile, acompañado de la pelirroja, que hablaba con un guarda de seguridad, un señor con pinta de estar muy cabreado, con una perilla alargada y gran cantidad de tatuajes carcelarios sobre los antebrazos.
    El guarda asintió con la cabeza y se apartó a un lado. La mujer abrió una puerta marcada con el cartel de «Privado». Fletcher la siguió.

Capítulo 55

    «¿Conque es a eso a lo que has venido, eh?», pensó Tim Bryson. Fletcher se iba abajo a echar un polvo. Perfecto.
    Bryson se puso el auricular. Ya llevaba el micrófono de pinza en su sitio.
    – Lang, ¿me oyes?
    – Te oigo.
    – Mantente a la espera -indicó Bryson mientras se abría paso a través de la pista de baile.
    El gorila que custodiaba la puerta señalada con el cartel de «Privado» extendió una mano y pidió una contraseña. Bryson le mostró su placa y, debido al estruendo de la música, tuvo que gritar para hacerse oír y decirle al tipo de la perilla que no dejase pasar a nadie.
    Bryson bajó la escalera pintada de negro y en penumbra, la música de mierda amortiguada por la gruesa puerta de metal pero el mismo ritmo insoportable martilleándole en la cabeza, bum-bum-bum, mientras Watts corría para seguirlo. No había puertas, sino que las escaleras seguían bajando cada vez más y más… Dios, ¿qué profundidad tenía aquel lugar?
    Al cabo de seis tramos de escaleras, encontró un arco de entrada que daba a una sala con el suelo de mármol. Había acuarios empotrados en las paredes, llenos de peces de colores y de vistoso coral. Detrás de un atril muy similar a los que solían verse en los restaurantes, donde se anotaban las reservas para las cenas, había un hombre alto con la cabeza afeitada. Iba vestido con un traje negro y corbata plateada.
    – Buenas noches, caballeros.
    Bryson miró a su derecha, donde vio un vestidor con taquillas. Había unos albornoces blancos perfectamente doblados en los estantes.
    El hombre de la cabeza afeitada sonrió.
    – Deben de ser nuevos. Bienvenidos. Me llamo Noah. Pueden cambiarse y ponerse el albornoz o, si lo prefieren, pueden ir directamente a una habitación privada. Veré qué es lo que tenemos disponible. -Examinó la parte inferior del atril-. La habitación sesenta y dos está libre. ¿Quieren la llave o prefieren disfrutar de la zona de baños antes?
    Bryson le enseñó sus credenciales. Noah carraspeó un momento.
    – Agentes, éste es un local privado. Nuestros miembros pagan por…
    – Sólo nos interesa un miembro, un hombre alto con gafas de sol de cristales ahumados -explicó Bryson-. Ha entrado aquí hace unos minutos con una pelirroja. ¿Adónde han ido?
    – Han pedido una habitación privada… la habitación número treinta y tres.
    – ¿Está cerrada con llave?
    – Supongo.
    – ¿Y tiene otra llave?
    – Están en el despacho. Esperen un momento.
    Noah desapareció tras una cortina negra. Watts lo siguió.
    Ahora Bryson tenía que encontrar la manera de sacar a Fletcher de allí. La posibilidad de hacerlo subir por las escaleras y atravesar la pista abarrotada de gente no era una opción viable; era demasiado arriesgado y algo podía salir mal.
    Noah regresó acompañado de Watts y entregó una llave a Bryson.
    – ¿Hay alguna salida independiente, más discreta, para los miembros de su club? -quiso saber Bryson.
    – Iba a proponerles que utilicen el ascensor. Está junto a la habitación treinta y tres. Los llevará a la planta principal y hasta una puerta privada que conduce a la parte de atrás del club.
    – Se refiere al callejón.
    – Sí. Nuestros miembros valoran mucho la discreción, como estoy seguro de que comprenderá.
    – Seremos muy discretos, se lo prometo. La habitación a la que nos lleva… ¿hay alguna puerta más dentro?
    – No, señor, sólo la que da al pasillo.
    – ¿Y las cámaras? ¿Hay alguien que vigile esta planta?
    – Por supuesto que no -exclamó Noah, un tanto indignado-. Las cámaras de seguridad supondrían una violación de la intimidad de nuestros miembros.
    Bryson habló con Lang a través del micrófono de pinza. Lang no respondió. «Debemos de estar demasiado abajo, a muchos metros bajo el suelo -pensó Bryson-. Las paredes deben de bloquear la señal.»
    Tuvo más suerte con el teléfono móvil. La señal de la cobertura era débil, pero le serviría. Le dijo a Lang dónde estaba.
    – Repite eso -le pidió Lang.
    – Vamos a sacar a Fletcher por el callejón. Que todo el mundo ocupe sus posiciones. Si no vuelves a tener noticias mías dentro de veinte minutos, entrad en el club.
    ¿Qué iban a hacer con el calvo? Bryson no quería dejarlo allí. Podía alertar a la dirección del club; podía traer a los de seguridad; podía hacer un montón de cosas con tal de salvar su puesto de trabajo. Bryson quería que todo saliese como la seda y sin armar jaleo.
    – Vaya usted delante.
    Noah los guió por un pasillo de baldosas blancas y escasamente iluminado, para atenuar los rasgos. En el aire flotaba un fuerte olor a cloro procedente de la zona de baños, y del otro lado de las puertas cerradas llegaban los murmullos de las conversaciones y algunos gemidos. En una habitación al fondo del pasillo, un hombre gritaba, ya fuese de placer o de dolor, o de una combinación de ambas cosas.
    Noah se detuvo enfrente de la habitación treinta y tres. En la de delante, al otro lado del pasillo, se oían unos gruñidos. En la puerta había una rejilla de tela metálica, y a pesar de que todo estaba a oscuras, Bryson adivinó la silueta de un hombre. Estaba atado a una mesa y llevaba una máscara de cuero.
    – Más fuerte… -exclamó el hombre-. Más fuerte…
    Una mujer se rió.
    Bryson desenfundó su arma y acercó el oído a la habitación treinta y tres. Oyó el sonido del agua al correr e hizo señas a Noah para que se aproximara.
    – ¿Hay alguna ducha en esta habitación? -susurró Tim Bryson.
    – Todas las habitaciones tienen cuarto de baño.
    – ¿Dónde está?
    – Cuando abra la puerta, lo encontrará a su izquierda.
    – ¿Cerraduras?
    – Sí, cada cuarto de baño tiene una cerradura. No tengo la llave. Si necesita más ayuda, podría llamar a seguridad.
    – No. Por favor, apártese. Quédese ahí.
    Noah se situó en la pared del fondo, con aspecto de ir a desmayarse de un momento a otro. Bryson se dirigió a Watts.
    – Yo entraré primero y tú me cubrirás. Si hace cualquier movimiento, dispárale.
    Watts asintió, mientras el sudor le resbalaba por la cara. El pasillo estaba desagradablemente húmedo debido al vapor. Bryson deslizó la llave en el interior de la cerradura y contuvo la respiración un momento antes de hacer girar el pomo. No podía abrir la puerta de golpe. Si chocaba contra la pared, el ruido alertaría a Fletcher y eso podía darle tiempo suficiente para sacar su arma. Muy bien… Había llegado el momento.

Capítulo 56

    Imágenes fugaces bajo la luz de las velas: una mesa de masaje en un rincón, ropa apilada en un banco forrado de tela, el típico surtido de juguetes, esposas y botes de cremas y aceite en un estante, junto a unas toallas dobladas.
    Todo estaba despejado. Bryson se dirigió hacia el cuarto de baño, cuya luz estaba encendida, y experimentó una sensación de alivio al ver que habían dejado la puerta entreabierta. Apoyó el hombro en ella y se adentró rápidamente en el espeso vapor. Despejado. Watts lo adelantó y retiró bruscamente la cortina de la ducha.
    La alcachofa de la ducha expelía un intenso chorro de agua caliente y el vapor lo inundaba todo, pero allí dentro no había nadie.
    En el suelo de la ducha había un bote de metal con forma de lata de refresco, sólo que tenía la anilla y el mango que solían verse en las granadas de mano. Bajo el chorro de agua, Bryson oyó un sonido sibilante.
    En la puerta del baño se oyó el fogonazo de un arma y Watts recibió el impacto en la espalda. Cayó en el interior de la ducha mientras Bryson se volvía para disparar. Se produjo un segundo fogonazo y Bryson sintió un golpe en el estómago similar a un puño metálico y caliente.
    Se desplomó contra la pared del baño, jadeando para tratar de respirar, distinguió el tercer fogonazo procedente de la puerta y el puño volvió a golpearle en la parte superior del pecho mientras tropezaba con el cuerpo de Watts y caía de costado sobre el plato de la ducha.
    El corazón de Bryson le palpitaba a toda velocidad, pero era como si los pulmones hubiesen decidido dejar de funcionar. No podía respirar. Seguía sujetando su arma con la mano. Sin dejar de jadear, levantó el arma, y estaba a punto de disparar a la espesa cortina de vapor cuando una mano enfundada en un guante negro lo agarró de la muñeca y se la torció, clac. Bryson quiso gritar, pero de su boca no salió ningún sonido. Se le cayó la Beretta. Intentó recogerla, pero la tela de un par de pantalones negros le rozó la cara y un pie le dio una patada en el estómago.
    Vomitó el café y parte de un bollo. Una bota le aplastó la cara contra el suelo de la ducha. Tenía los brazos sujetos por detrás de la espalda, los puños inmovilizados por lo que parecían esposas de plástico. Bryson sintió cómo el material de las esposas le zahería la piel, mientras permanecía con la mirada fija en la lata del suelo, que seguía emitiendo aquel zumbido sibilante.
    A continuación, le ataron los tobillos y la mano del guante le arrancó el micrófono de pinza del abrigo. Las manos lo agarraron del pelo y Bryson sintió que le clavaban una aguja en el cuello. Trató de zafarse pero no pudo, sintió una larga y lenta quemazón, y a continuación lo arrojaron fuera del plato de ducha, al suelo del cuarto de baño.
    Bryson estaba tendido de costado y sentía cómo se tensaba cada músculo de su cuerpo mientras seguía teniendo arcadas. Algo iba mal. Le ardían los ojos y sintió una nueva oleada de náuseas que le revolvía el estómago.
    Fletcher lo llevó a rastras al cuarto contiguo. Watts permanecía tumbado en el plato de la ducha, maniatado con esposas de plástico mientras el agua le rociaba la cara ensangrentada, sin dejar de vomitar en el suelo.
    Sonó una alarma de incendios. Fletcher cerró la puerta del cuarto de baño y arrastró a Bryson por el suelo; la alfombra le raspó la mejilla mientras él seguía sufriendo espasmos. Luego, el ardor desapareció y notó en la cara el contacto fresco de las baldosas del pasillo. Varios hombres y mujeres habían salido en toalla y albornoz a ver a qué se debía todo aquel alboroto.
    Un objeto pequeño y cilíndrico que dejaba tras de sí una gruesa estela de humo gris salió rodando por el pasillo.
    Bryson oyó un ruido sibilante a su espalda y luego vio el mismo bote del baño rodar por el pasillo mientras a él lo arrastraban hasta un ascensor.
    Percibió el chirrido del motor y el ruido metálico del engranaje mientras el ascensor se ponía en marcha. Estaba tumbado boca abajo en el suelo, lleno de mugre y suciedad. Se puso de costado, entre arcadas, y se miró el vientre. No vio sangre.
    Aquello no tenía sentido. Había visto el fogonazo de un arma y había notado cómo el disparo le desgarraba el estómago y luego el pecho. Debería estar sangrando.
    Malcolm Fletcher permanecía de pie junto a él, su voz amortiguada tras una mascarilla que le tapaba la boca y la nariz.
    – ¿Sabe quién soy, detective?
    Bryson asintió con la cabeza y luego volvió a sufrir una arcada.
    – Entonces ya sabe por qué estoy aquí.
    Bryson no respondió. Fletcher se quitó la mascarilla y se la metió en el bolsillo de la chaqueta.
    El ascensor se detuvo y las puertas se abrieron. El pasillo estaba a oscuras.
    Malcolm Fletcher accionó el botón de parada de emergencia. En la mano enguantada sujetaba un cuchillo de caza.
    Bryson sintió una punzada de pánico pero acto seguido, curiosamente, el miedo desapareció y una extraña sensación de calma se apoderó de él. Sabía que lo lógico sería estar asustado, pero su cuerpo parecía sentirse completamente ajeno al peligro.
    – Si te portas bien y dices la verdad, Timmy, te soltaré. Pero si no dices la verdad, si no percibo que te arrepientes sinceramente de tus pecados… bueno, en ese caso, no podrás echarle la culpa a nadie más que a ti mismo.
    La hoja del cuchillo le cortó las ataduras de los tobillos.
    Fletcher lo ayudó a levantarse. Bryson tosió e intentó recuperar el resuello. Con las manos esposadas a la espalda era difícil mantenerse de pie.
    Fletcher lo agarró del brazo y lo llevó por el pasillo. Mientras Bryson subía las escaleras, tambaleándose como si estuviera ebrio, la extraña sensación de calma se transformó en otra cosa, en una sensación de felicidad absoluta que barrió de un plumazo todo lo demás, todo el miedo, todo el dolor, absolutamente todo.
    Se abrió una puerta y Bryson vio un tejado plano que parecía prolongarse varios kilómetros. Después de tres pasos tambaleantes, Fletcher lo empujó a una pared de ladrillo y le puso el filo del cuchillo justo debajo de la barbilla.
    – Contesta, Timmy, y no te olvides de nuestro trato.
    Fletcher apretó un teléfono móvil contra la oreja de Bryson.
    – ¿Diga?
    – ¿Detective Bryson? Soy Tina Sanders… la madre de Jennifer. Nos conocimos en la comisaría de policía.
    Bryson oyó una débil vocecilla que le decía que echase a correr, que saliese huyendo de allí lo más rápido posible.
    – Me han dicho que tiene usted información acerca del hombre que mató a mi hija.
    ¿Adónde podía correr? No llegaría muy lejos, no con aquel cuchillo hincado en el cuello, no en aquel estado de ensoñación embriagadora que lo hacia sentirse como si fuera un ángel flotando en el aire.
    – Por favor, yo… -A Tina Sanders se le quebró la voz. Se aclaró la garganta y se serenó-. Necesito saber qué pasó. Llevo viviendo con esto tanto tiempo que ya no soporto más no saber. Por favor, dígamelo.
    – Yo no sé lo que le pasó a su hija.
    – Me han dicho que fue un hombre llamado Sam Dingle quien mató a Jenny.
    – No sé nada de eso.
    – Ese hombre… ¿está en la cárcel?
    Bryson sintió un escalofrío bajo la ropa húmeda, y los dientes le castañetearon mientras trataba de recomponer las piezas de las mentiras cuidadosamente urdidas que había ido hilvanando a lo largo de los años, por si algún día tenía que enfrentarse a aquel momento.
    Fletcher le clavó la punta del cuchillo en el cuello.
    – Tú eliges, Timmy.
    – Mi hija se estaba muriendo -empezó Bryson-. Emily tenía una variante muy rara de leucemia. Mi esposa y yo lo intentamos todo. Los médicos querían probar un tratamiento experimental, pero mi seguro médico no lo cubría.
    – ¿Qué tiene eso que ver con Jenny?
    La verdad afloró a la superficie. Bryson cerró los ojos, asombrado ante la facilidad con que fluían las palabras.
    – Sam Dingle utilizó su cinturón para estrangular a una de las mujeres. Encontramos una huella. Esa era la única que teníamos. No había testigos, y la madre de Dingle declaró que su hijo estaba con ella la noche que esas mujeres desaparecieron. Estábamos preparando la acusación contra él cuando fui a ver al padre de Dingle. Le dije que podía hacer desaparecer el cinturón por un precio razonable.
    Se oían las sirenas de los camiones de bomberos a lo lejos. «Tú sigue hablando. Lang sabe que estás aquí dentro, así que sigue hablando hasta que te encuentre.»
    – Necesitaba el dinero para el tratamiento de mi hija -se justificó Bryson-. Ya no nos concedían más créditos, habíamos alcanzado el límite. No podíamos pedir más dinero prestado. Estaba desesperado. Mi hija dependía de mí para salvar su vida, y cuando el padre de Dingle accedió a pagar, le hice prometerme que pondría a su hijo en tratamiento psiquiátrico. Lo internaron en el Sinclair.
    – Maldito hijo de puta… -exclamó Tina Sanders-. Maldito cabrón hijo de mala madre…
    – Emily tenía ocho años, sólo ocho años, y se suponía que ese tratamiento iba a salvarle la vida. Ya no podía seguir con la quimioterapia, su cuerpo…
    Fletcher le quitó el teléfono y se lo puso al oído.
    – Hola, señora Sanders. Sí, soy yo. Bueno, con respecto al detective Bryson, ¿ha pensando bien en lo que hablamos la última vez? Entiendo. Es su decisión, por supuesto. Volveré a llamarla en breve.
    Malcolm Fletcher cerró el teléfono. Bryson echó a correr.

Capítulo 57

    Bryson dio un paso adelante y sintió que le fallaban las piernas.
    Tendido en el tejado, con las manos esposadas a la espalda y las sirenas aullando en el frío aire nocturno, levantó la vista hacia el cielo, cuajado de unas estrellas que le recordaron los cálidos atardeceres de verano cuando acunaba a Emily, apenas un bebé, en sus brazos. Le sujetaba el biberón y se mecía hacia delante y hacia atrás en el porche delantero, hacia delante y hacia atrás hasta que al final, la pequeña se quedaba dormida.
    Entonces vio la figura de Malcolm Fletcher que se cernía sobre él, con los ojos tan negros como el cielo nocturno.
    – Yo no maté a su hija -se defendió Bryson.
    Su voz parecía muy lejana.
    – Sí, sí que la mataste -replicó Fletcher-. Ese cinturón habría enviado al señor Dingle a la cárcel o, dependiendo de su abogado, lo habría encerrado para siempre en una institución psiquiátrica como el Sinclair. Si hubieses hecho tu trabajo, Jennifer Sanders todavía seguiría viva.
    – Lo siento.
    – La compasión en tu voz resulta conmovedora.
    – No tenía elección. -Bryson recordó a su hija, completamente calva, tendida en una cama de hospital, con la piel cenicienta por la quimioterapia y los brazos magullados por los tubos del goteo intravenoso. Vio a Emily chupando trozos de hielo, a Emily vomitando en un cubo, a Emily sollozando y llamando a su madre y a Emily gritando mientras la enfermera le inyectaba morfina para calmar el dolor-. No tenía elección -insistió.
    – ¿Qué día le dieron a Sammy el alta del Sinclair?
    – No lo sé.
    – ¿No lo vigilaste?
    – No.
    – ¿Buscaste a Sammy después de que le dieran el alta?
    – No.
    – Ya me lo parecía. -Fletcher lo asió por debajo de los brazos-. Sabes que Sammy mató a esas mujeres. Puesto que Sammy ingresó «voluntariamente» en el hospital con la excusa de sufrir una crisis de ansiedad, sabías que podían darle el alta cuando él quisiese, o al menos que sólo lo retendrían hasta que sus padres dejasen de pagar la factura del hospital, cosa que, para tu información, hicieron al cabo de seis meses.
    – He hecho lo que me pediste. He dicho la verdad.
    – Sí, lo has hecho, y estoy muy orgulloso de ti. ¿Ves la escalera de incendios al final del tejado?
    – No muy bien -contestó Bryson. Todo estaba muy borroso.
    – Ahora voy a acompañarte hasta allí. -Fletcher lo ayudó a atravesar el tejado del edificio-. Así, con cuidado. No me gustaría que tropezaras y te hicieras daño.
    Bryson quería escapar de aquel aire terriblemente frío. No podía dejar de tiritar.
    – Por si te lo estás preguntando, Sammy estuvo dando tumbos por todo el país, trabajando como albañil y jardinero -le contó Fletcher-. Sin embargo, lo cierto es que se las apañó para volver a la costa Este una vez, a recoger parte de la exigua herencia de sus padres. Durante su visita, violó y torturó a Jennifer Sanders durante varios días antes de estrangularla y dejar que su cuerpo se pudriera.
    Bryson quería cerrar los ojos y echarse a dormir.
    – Al igual que tú, detective Bryson, yo sabía que Sammy había matado a esas mujeres que luego dejó tiradas en la autopista. Pero a diferencia de ti, yo nunca dejé de buscarlo. Tardé años en encontrarlo, pero nunca perdí la esperanza. Al final di con él el año pasado, en Miami, donde había reanudado sus actividades nocturnas. Sammy no recordaba dónde había tirado los cuerpos de sus víctimas, pero sí se acordaba de los nombres de todas y era capaz de describir, con todo lujo de detalles, cómo las había matado. Creo que su buena memoria tenía algo que ver con las grabaciones que encontré en su casa. Sammy grabó sus… experiencias con cada una de sus víctimas. Te ahorraré los detalles escabrosos; odiaría sumar una carga adicional a tu conciencia.
    Bryson cerró los ojos y se vio a sí mismo a los diez años, trepando por el enorme roble del jardín trasero; quiere llegar hasta arriba de todo y ver las casas de Foster Avenue, los edificios de fachada de ladrillo con garaje para tres coches y jardines inmensos, con el césped bien cuidado, columpios y casas de muñecas donde unos niños vestidos con ropa bonita juegan bajo la supervisión de sus niñeras y aupairs… Se siente igual que debe de sentirse Dios cuando los mira a ellos, ahí abajo, cuando los observa y descubre sus secretos. Está a punto de alcanzar la parte más alta de la copa cuando se resbala y cae, y las ramas le rasguñan la cara y los brazos, que sacude sin cesar mientras rebota a través de las hojas, y le golpean antes de que se detenga de manera brusca y contundente. Está tendido en el suelo y no puede respirar. Tiene las costillas rotas y no puede pedir ayuda. Su madre está delante de la ventana de la cocina, lavándose las manos en el fregadero. Tim abre la boca para gritar pero no consigue respirar; está jadeando. Ella no lo ve y sigue allí, lavándose las manos, con el delantal manchado de harina.
    – Despierta, Timmy.
    Bryson se encontraba de pie al borde del tejado, cerca de la escalera de incendios. Desde aquella altura, los coches aparcados y los camiones de bomberos parecían juguetes en miniatura. La gente salía en tropel a la calle mientras los bomberos entraban en el club. Bryson quiso hacerles señales con la mano, pero las tenía esposadas a la espalda.
    Justo debajo vio la furgoneta de vigilancia, que bloqueaba el callejón, pero no distinguía a Lang ni a ninguno de sus hombres. «Deben de estar dentro del club, buscándome.»
    – Antes de que te quite las esposas, quiero que le des esto a Darby McCormick. -Fletcher metió algo en el bolsillo del abrigo de Bryson-. Asegúrate de entregárselo.
    – Lo haré.
    – ¿Lo prometes?
    – Sí.
    – Gracias -dijo Fletcher, y empujó a Bryson, arrojándolo al vacío.
    Mientras caía a través del aire frío con las manos esposadas a la espalda, Bryson gritó al ver el techo de la furgoneta acercarse cada vez más… y más cerca… demasiado cerca… Su cabeza se estrelló contra el techo y el cuello se le partió al tiempo que su cuerpo chocaba con un golpe sordo y sobrecogedor, y dejaba una abolladura en la chapa de acero y un millón de cristales rotos a su alrededor.
    Bryson miró hacia el tejado del edificio. Malcolm Fletcher se despidió de él con la mano y desapareció.
    Unas caras borrosas se apiñaron en torno a él. Una se aproximó.
    – Enseguida vendrán a ayudarlo. -Era una voz de mujer. Lo agarró de la mano y se la apretó-. Me quedaré aquí con usted. ¿Cómo se llama?
    La voz era suave y tranquilizadora, como la de su madre. El día que se cayó del árbol, estaba tendido en el suelo creyendo que iba a morirse cuando, de repente, su madre apareció corriendo por la puerta trasera, corriendo lo más rápido posible con sus zapatos de tacón, con el delantal manchado de harina y de relleno de pastel. «La ambulancia viene de camino -le dijo, besándole la frente. Bryson vio las hojas rodar por el césped con el soplo del viento-. Tranquilo, Timmy, tú quédate ahí tumbado y estate tranquilo. Ahora todo va a ir bien. Ya lo verás.»

Capítulo 58

    Darby recibió la noticia por boca de Bill Jordan, el hombre que dirigía las labores de vigilancia. La estaba esperando en la entrada del hospital.
    Jordan le explicó rápidamente lo ocurrido con el Jaguar y la última conversación de Tim Bryson con Mark Lang, un policía de Narcóticos de incógnito y conductor de la segunda furgoneta de vigilancia. Lang había seguido a Bryson a Boston. Bryson había entrado en el club con su compañero, Cliff Watts, que les había explicado los detalles de lo ocurrido en el interior del sótano privado del club, pero que no podía explicar por qué habían esposado a Bryson y se lo habían llevado, ni por qué éste había acabado en el techo de la segunda furgoneta de vigilancia. Jordan iba a llevar a sus hombres a la ciudad.
    Darby permaneció a solas en la oscuridad, con las manos hundidas en los bolsillos y la mirada perdida en la espesura del bosque, mientras dejaba que la noticia le calara hondo. Tenía que enfrentarse a aquello. Ahora mismo.
    Dejó a Coop a cargo de la escena del crimen y se dirigió en coche a Boston.
    Con la mano firme sobre el volante y el motor del Mustang tronando mientras pisaba el acelerador por la autopista, marcó el número del teléfono de casa de la inspectora.
    Chadzynski ya había recibido información actualizada en distintas ocasiones sobre los sucesos de Boston. En esos momentos, los detalles eran aún confusos. Darby informó a la inspectora acerca de lo que había descubierto en la capilla del hospital.
    – Esas estatuillas de la Virgen María que ha encontrado dentro de la caja, ¿son las mismas que se encontraron en los cadáveres de Hale y Chen? -preguntó Chadzynski.
    – Parecen las mismas. Me interesa más la estatua de la Virgen María que hay junto al altar. -Darby le habló de los trapos de limpieza que había encontrado en el suelo y de la esponja en el cubo de agua-. La estatua estaba impoluta. Ese hombre ha estado ahí hace poco. Cuando hayamos acabado con los restos óseos, quiero montar un dispositivo de vigilancia en la capilla, dejar un par de hombres dentro para estar preparados la próxima vez que vaya.
    – ¿De veras cree que volverá?
    – Siempre y cuando siga creyendo que es seguro.
    – De acuerdo, buscaré a alguien para que prepare el dispositivo.
    – No podemos implicar al Departamento de Policía de Danvers.
    – ¿Es que no están implicados ya?
    – No saben lo de los restos óseos. Y me gustaría que siguiese siendo así.
    – Pero Darby, no podemos…
    – Ya sé que técnicamente es su jurisdicción, pero cuanta más gente metamos en esto, mayor riesgo corremos de que haya filtraciones de información. Si la prensa se entera de que hemos encontrado restos humanos en esa capilla y decide publicarlo, el hombre que mató a Chen y a Hale no volverá. Y si es el mismo hombre que ha secuestrado a Hannah Givens, podría matarla y huir.
    – ¿Y los hombres de Reed? ¿Cómo va a conseguir que mantengan la boca cerrada?
    – No podemos. Bill Jordan y algunos de sus hombres ya trabajan con la gente de Reed, así que estamos tratando de contener la situación como podemos. El hecho de haber encontrado esa capilla podría ser la oportunidad que necesitábamos. No me gustaría nada perderla.
    – Hablaré con Jordan. Llámeme cuando tenga más noticias de Bryson. Quiero estar informada en todo momento.
    Darby aparcó en el primer hueco que encontró en la calle y cubrió el resto del camino a pie, corriendo tras la estela de luces rojas, azules y blancas que parpadeaban como balizas de emergencia por encima de los tejados de los edificios de Lansdowne Street.
    El acceso a las calles estaba bloqueado por caballetes y coches patrulla. Era como si hubiesen llamado a todos los vehículos de emergencia de la ciudad. Los agentes de policía estaban por todas partes, desarrollando labores de control.
    Darby se abrió paso entre los periodistas y mostró su identificación a uno de los agentes. Al cabo de un momento avanzó por entre policías, bomberos y miembros del servicio de emergencias médicas hasta llegar al cuerpo de Tim Bryson.

Capítulo 59

    Tim Bryson yacía en el techo hundido de una furgoneta de vigilancia, con un charco de sangre bajo su cuerpo. El reguero de sangre coagulada se derramaba por los laterales y las puertas traseras de la furgoneta, y había manchas en el parabrisas hecho añicos de la parte delantera, donde sus piernas torcidas habían quedado colgando, una de ellas cerca del salpicadero. Miraba hacia el cielo, con la cabeza ladeada hacia el hombro, como perplejo. Se había roto el cuello.
    Dos hombres de Identificación fotografiaban el cuerpo. No podía examinar el cadáver de Bryson hasta que aquellos hombres hubiesen terminado.
    Darby inspeccionó el edificio de ladrillo, lleno de ventanas a oscuras. «Oficinas -pensó-. ¿Por qué te llevó Fletcher al tejado, Tim? Si quería matarte, ¿por qué no lo hizo abajo, en el sótano?»
    Encontró a Cliff Watts sentado en la parte de atrás de una ambulancia; se sujetaba una máscara de oxígeno contra la boca mientras un enfermero le cosía un corte de aspecto muy feo en la frente. Llevaba la parte delantera de la chaqueta y la camisa manchadas de sangre y vómito.
    Vio a Darby, se quitó la mascarilla y le dio un informe detallado de lo ocurrido en el ataque en el sótano.
    – Dejó una granada de aerosol en el interior de la ducha -explicó Watts-. Los bomberos han dicho que contenía algún producto químico que provoca vómitos. La vi y, de repente, recibí un impacto. Creí que era un disparo, y desde luego, por el dolor, eso es lo que parecía. Me caí y me abrí la cabeza contra el canto de la ducha. -Inhaló oxígeno un momento mientras se sacaba algo del bolsillo de la chaqueta-. Nos golpeó con esto.
    Watts extrajo una bola azul del tamaño de una canica.
    – Es un arma cinética -dijo-. Parecía una escopeta. No sé cómo consiguió pasarla por el control de seguridad. Encontrarás cartuchos del tamaño de los de escopeta además de estas balas de goma por todo el suelo.
    Darby frotó la bala de goma entre los dedos. Era muy dura.
    Las armas cinéticas eran artefactos «no letales» que las fuerzas de seguridad empleaban en los disturbios callejeros y alteración del orden público. La policía de Boston las había utilizado hasta hacía unos años, cuando, durante una operación de control de masas después de un partido de los Red Sox, habían disparado pelotas de goma y una de ellas había golpeado a un estudiante universitario en la cabeza. El estudiante murió y los padres denunciaron al Ayuntamiento y obtuvieron una cuantiosa indemnización.
    El arma que había descrito Watts poseía más poder de disparo que los artefactos tradicionales que disparaban pelotas de goma. La bala de escopeta estaba diseñada para golpear en el blanco con la máxima potencia. A diferencia de una bala normal, aquel proyectil estallaba al producirse el impacto.
    – No podía parar de vomitar -prosiguió Watts-. Fletcher me ató de pies y manos y luego arrastró a Tim a la otra habitación y a mí me encerró en el cuarto de baño. Los bomberos tuvieron que derribar la puerta.
    ¿Por qué Fletcher no había matado a Watts? Darby decidió reservarse la pregunta para más tarde e inquirió:
    – ¿Te dijo algo a ti, Cliff?
    – Ni una sola palabra.
    – ¿Habló con Bryson? ¿Pudiste oír algo?
    Watts negó con la cabeza mientras se llevaba la máscara de oxígeno a la cara.
    – ¿Cómo era la seguridad? -quiso saber Darby.
    – Había dos tipos que te pasaban una de esas varitas mágicas por encima para ver si llevabas un cuchillo o un arma. Le pidieron a Fletcher que les mostrase su placa y lo dejaron pasar. Yo no vi cámaras de seguridad, pero la verdad es que tampoco me fijé demasiado en eso.
    – ¿Quién está a cargo de la escena del crimen?
    – Neil Joseph.
    Bien. Darby conocía a aquel hombre. Neil era de fiar.
    – Fletcher bajó al sótano con una mujer, una pelirroja -explicó Watts-. Creíamos que iba ahí abajo a echar un polvo. Es uno de esos clubes privados donde se practica el sexo, con zona de baños y montones de habitaciones llenas de artilugios y juguetitos para pervertidos que harían sonrojar a una buena chica católica como tú.
    Esbozó una sonrisa cansada mientras volvía a cubrirse la cara con la máscara de oxígeno.
    – No podrás bajar ahí a menos que te pongas una careta antigás -la advirtió-. Además de una granada de humo, Fletcher lanzó otro de esos aerosoles. El sitio está cerrado herméticamente, así que esa mierda química sigue aún pululando por el aire. Encima, tiene un efecto aún más prolongado debido al vapor de la zona de baños.
    Darby se fue en busca de Neil Joseph. Un agente le indicó la entrada de un club con la fachada de ladrillo llamado «Instant Karma».
    Todas las luces del interior estaban encendidas, y la pista de baile abarrotada de testigos interrogados por agentes y detectives. Del techo colgaban unas jaulas de acero vacías; las mesas y las barras estaban cubiertas de vasos y botellas de cerveza, la mayoría de ellos aún llenos de alcohol. Darby vio a Neil Joseph detrás de la barra, en una zona acordonada con sillones y sofás de tapicería muy vistosa. Hablaba con un grupo de jóvenes que, por su aspecto físico, parecían jugadores de rugby, todos ellos vestidos rigurosamente de negro y con camisas idénticas con la palabra «Seguridad» serigrafiada en la espalda.
    Neil la vio, cerró su bloc de notas y se dirigió cojeando hacia ella. Llevaba húmedo lo que le quedaba de su pelo negro y, con la excepción de su cojera por culpa de la rodilla, todavía estaba igual que cuando lo había conocido, durante sus primeros días en el laboratorio: un poli de la vieja escuela con una actitud franca y directa, de no andarse con chiquitas, oculta bajo varias capas de cáustico sarcasmo cultivadas a lo largo de sus años como policía y también durante su infancia en el seno de una familia de doce hermanos, muy estricta y de ascendencia católica irlandesa.
    – ¿Habéis encontrado a la mujer que acompañó abajo al sospechoso? -le preguntó Darby.
    – Todavía no. Cuando se activó la alarma de incendios, todo el mundo echó a correr. ¿Conoces a una mujer que se llama Tina Sanders?
    Darby asintió con la cabeza.
    – Su hija desapareció hace más de dos décadas. Creíamos que su desaparición podría estar relacionada con un caso actual. -Recordó los restos óseos vestidos con la bata de enfermera del Sinclair. Los restos eran, definitivamente, de una mujer-. Es posible que la hayamos encontrado.
    – ¿Cuándo se lo has dicho?
    – No se lo he dicho.
    – Entonces, ¿Tina Sanders no sabe que has encontrado a su hija?
    – Todavía no hemos identificado los restos. ¿Por qué lo preguntas?
    – Está aquí. Un taxi la ha dejado cerca de aquí, en medio de todo el jaleo, y la mujer ha intentado abrirse paso entre el gentío con su maldito andador, gritando cosas sobre el asesinato de su hija y el salto al vacío desde el tejado de Bryson.
    – ¿Cómo sabe eso? ¿Es que alguien se lo ha dicho?
    – No sé nada más -contestó Neil-. La mujer se niega a hablar con nadie que no seas tú.

Capítulo 60

    Mientras andaban, Neil Joseph le explicó qué debía hacer.
    – Ten paciencia -le aconsejó-. Si la mujer no responde a una pregunta enseguida, espera. El silencio puede ser tu mayor aliado. La mayoría de la gente quiere hablar, quiere quitarse el peso que le oprime el pecho. Es importante que los escuchemos. Cuando hable, escucha con atención y muéstrale tu empatía. Asiente con la cabeza en los momentos adecuados. Necesitas que se abra a ti y que lo comparta todo contigo. No tomes notas, limítate a escuchar. Ha de confiar en ti.
    Tina Sanders estaba sentada en la parte de atrás de un coche patrulla aparcado en un callejón oscuro, alejada de todo el bullicio. Llevaba el mismo abrigo gastado que Darby le había visto esa mañana en el laboratorio.
    Neil llamó con los nudillos a la ventanilla del conductor. El agente dejó el motor en marcha y se fue con él a fumar al callejón.
    Darby abrió la portezuela de atrás y la luz interior se encendió. Tina Sanders no la miró, no levantó la vista. La mujer tenía la cara manchada de rimel y el pelo gris enmarañado, como si se acabase de levantar de la cama. Sujetaba el paquete de tabaco con el crucifijo bajo el papel de celofán con sus manos artríticas, los dedos retorcidos como si fueran troncos de olivo.
    Darby se deslizó en el asiento y cerró la puerta. Dentro hacía un calor desagradable y olía a cerveza seca y a tabaco.
    – Me han dicho que quería hablar conmigo.
    Tina Sanders no respondió. A la luz tenue y azul de los dispositivos del salpicadero, Darby vio las ojeras oscuras y hundidas bajo los ojos de la mujer. Tenía los pómulos, surcados por profundas arrugas, húmedos y relucientes, pero cuando habló, su voz era nítida.
    – Él me dijo que podía confiar en usted -dijo Tina Sanders.
    – ¿Quién es él?
    – Malcolm Fletcher. Dijo que se llamaba Malcolm Fletcher. Es uno de esos polis del FBI. Me ha llamado hoy. Dos veces. -La mujer hizo una pausa para tomar aire varias veces, en aspiraciones cortas y rápidas-. Es el mismo hombre que me llamó y me dijo que abriera el buzón, que fuese al laboratorio de criminología a hablar con usted sobre Jenny.
    – Dice que la ha llamado dos veces.
    Sanders se humedeció los labios y asintió con la cabeza.
    – ¿Cuándo fue la primera vez que llamó?
    – Esta tarde -contestó Sanders-. Me dijo que había encontrado usted el cuerpo de Jenny. -Darby se removió en el asiento-. ¿Han encontrado a Jenny?
    – Hemos encontrado unos restos, pero no puedo asegurar con certeza que sea su hija -explicó Darby-. Antes debemos realizar una identificación dental.
    – ¿Cómo murió?
    – No lo sé.
    La madre de Jennifer miró el crucifijo que ahora sostenía entre los dedos, mientras las lágrimas le rodaban por las mejillas.
    – Dijo que usted me lo contaría. Me comunicó que viniese aquí y la encontrase, que usted me contaría lo que le pasó a mi hija.
    – En estos momentos no sé nada todavía -se excusó Darby-. No he examinado los huesos.
    – Me dijo que usted me diría la verdad.
    – Le estoy diciendo la verdad. Si los restos que hemos encontrado son los de su hija, se lo diré. Le prometo que se lo diré todo.
    – ¿Han encontrado a Sam Dingle?
    – ¿A quién?
    Tina Sanders volvió la cabeza y se puso a mirar por la ventanilla.
    – ¿Quién es Sam Dingle? -insistió Darby.
    La mujer no respondió. Su expresión de perplejidad le recordó a Darby a su propia madre, Sheila, con la mirada fija en el ataúd de Big Red, sin poder creer que estuviese tendido allí dentro, muerto y esperando a que lo bajasen a la tumba mientras el cura hablaba del plan divino que el Señor tenía para cada uno de nosotros; Sheila mirando el interior del armario, temerosa de tocar la ropa de Big Red; Sheila vagando por la casa durante los meses posteriores al entierro, preguntándose qué era lo que había ido mal, cómo había llegado a esa situación.
    – Me puso al detective Bryson al teléfono.
    Una expresión de asombro se extendió por el rostro de Darby.
    – ¿Dice que habló usted con el detective Bryson?
    La madre de Jennifer asintió con la cabeza.
    – ¿Cuándo?
    – Esta noche -respondió Sanders-. Lo confesó todo.
    – ¿Cómo sabe que era el detective Bryson?
    – Reconocí su voz. -La mujer hablaba en un tono inquietantemente sereno. Apretó el crucifijo en la mano y cerró los ojos-. Ahora ya sé la verdad. Ahora ya no podréis seguir ocultándola por más tiempo; no os lo permitiré.
    A Darby, la cabeza le daba vueltas. Quiso bajar la ventanilla para respirar un poco de aire fresco.
    – ¿Qué es lo que le ha dicho el detective Bryson?
    – Todos estos años… todos estos años he estado rezándole a Dios para que me dijera qué le había pasado a Jenny. Si sabía la verdad, entonces al menos podría llorar su muerte y seguir adelante, tal vez ir a algún otro lugar donde recordar a Jenny no supusiese tanto sufrimiento. Esa necesidad de saber la verdad… eso no se cura con el tiempo. Sólo la hace más insoportable.
    Darby recordó la advertencia de Fletcher. ¿Qué era lo que había dicho? «No debería tener que advertirle a usted, precisamente a usted, de que la verdad es, la mayoría de las veces, una carga insoportable. Tal vez debería reflexionar sobre eso.»
    – Cuando salí de la comisaría, estaba enfadada -continuó Tina Sanders-. No quería volver a albergar esa esperanza, la esperanza de estar cerca al fin de conocer la verdad. Ya me ha ocurrido demasiadas veces a lo largo de los años. Acudí a la iglesia y le recé a Dios para que me ayudase. El padre Murphy me dijo que tuviese fe: «Dios enviará a sus ángeles, Tina».
    »Y entonces ese hombre, Malcolm Fletcher, me llamó y me puso al detective Bryson al teléfono, y él me contó que Sam Dingle mató a esas mujeres… El detective Bryson lo sabía… lo sabía y, a pesar de eso, fue a ver al padre de Dingle y le dijo que se encargaría de hacer desaparecer las pruebas porque necesitaba dinero para pagar el tratamiento médico de su hija. Dejó suelto a Dingle y luego Dingle volvió y mató a Jenny. Ese hombre violó a mi hija durante días enteros, dentro de ese sótano, y luego la estranguló y dejó que mi hijita se pudriera ahí abajo.
    – ¿El detective Bryson le contó todo eso?
    Tina Sanders volvió a fijar la mirada en las cuentas de su rosario.
    – El padre Murphy dijo que si alguna vez me encontraba con el hombre que había matado a Jenny, tenía que perdonarlo. Que era la única forma de hacer desaparecer el odio. Tenía que perdonarlo.
    »Malcolm Fletcher me preguntó cómo debía ser castigado el detective Bryson. Yo le contesté que eso le correspondía decidirlo a Dios. Eso fue lo que le dije. Esas fueron mis palabras exactas. -Apretó las cuentas del rosario entre sus manos y cerró los ojos-. ¿Está muerto?
    – Sí.
    – ¿Sufrió?
    Darby le dijo la verdad a la mujer.
    – Sí -contestó-. Sufrió mucho.
    La madre de Jennifer inspiró hondo. Abriendo los ojos, exhaló el aire poco a poco, conteniendo las lágrimas, y volvió a mirar por la ventanilla del coche.
    Se negó a hablar más.

Capítulo 61

    Nombraron a Darby encargada de la investigación en la escena del crimen. Los restantes miembros del laboratorio fueron llamados al club nocturno. Tardaron un tiempo considerable en encontrar suficientes máscaras antigás.
    A las seis de la mañana, muy cansada y con los ojos vidriosos, Darby entró en el laboratorio y empezó a catalogar las pruebas. Neil Joseph la llamó y le pidió que fuese al depósito de cadáveres.
    La puerta de su despacho estaba abierta, y la luz encendida se derramaba sobre el pasillo. Darby oyó la voz de un locutor.
    – … Aún se desconocen los detalles. El detective Timothy Bryson era el máximo responsable de la recién creada Unidad Especial de Científicos Forenses del Departamento de Policía de Boston, que investigaba los crímenes de Emma Hale y Judith Chen. Ambas mujeres fueron secuestradas y permanecieron desaparecidas varias semanas antes de que se hallaran sus cuerpos. Las dos murieron de una forma que recuerda a las ejecuciones: con un tiro en la nuca. Mientras la policía guarda un inusitado silencio en torno al asesinato de estas dos estudiantes universitarias, el Canal Siete ha descubierto a través de una fuente cercana a la investigación que Hannah Givens, estudiante de segundo curso de la Universidad Northeastern, lleva varios días desaparecida y podría ser la próxima víctima de este asesino en serie de Boston. Está previsto que la inspectora jefe del Departamento de Policía de Boston, Christina Chadzynski, ofrezca una rueda de prensa en algún momento de la tarde. Permanezcan atentos si desean más información.
    Darby entró en su despacho y vio a Coop y a Woodbury sentados en sendas sillas, atentos a un boletín de noticias en directo a través de internet.
    – ¿Han mencionado a Malcolm Fletcher? -quiso saber Darby.
    Coop respondió a la pregunta.
    – Yo no he oído su nombre, y tampoco he tenido ocasión de hojear los periódicos. Acabamos de volver del Sinclair.
    – ¿Han dicho algo en las noticias acerca de los restos encontrados?
    Coop negó con la cabeza. Tenía los ojos hinchados e inyectados en sangre.
    – Los restos están en la oficina de Carter -la informó-, Keith y yo vamos a empezar por la cinta aislante y la ropa.
    – Muy bien, de acuerdo.
    – El reproductor Sony que encontraste es un modelo nuevo, uno de esos artilugios que lo combinan todo: radio, casete y reproductor de CD. Hasta lleva una toma para conectar un reproductor de mp3. ¿No has notado nada raro?
    – Era lo único en esa habitación que no estaba cubierto de polvo.
    – Exacto -dijo Coop-. O sea que, o bien Malcolm Fletcher lo llevó allí, o bien lo hizo el asesino.
    – ¿Que el asesino llevó allí el reproductor?
    – Encontramos la caja con las figuras de la Virgen María, y la estatua en el interior de la capilla estaba limpia. Sabemos que ese tipo acude ahí, así que mientras está ahí dentro… no sé, hablando con la Virgen María o lo que sea, a lo mejor entra en la otra habitación y escucha la cinta para poder revivir lo que le hizo a Sanders. Eso es lo que hacen los pervertidos, ¿no?
    – A veces -contestó Darby.
    – Pero tú no crees que sea el caso.
    – Ya viste los restos. Tenía los pantalones bajados. Es muy probable que esa mujer, quienquiera que sea, fuese violada, puede que hasta torturada. -Darby recordó algunos fragmentos de la grabación… el hombre gruñendo y resoplando mientras la mujer gritaba de dolor, aterrorizada, y le suplicaba que parase-. Si se trata del mismo asesino, no entiendo cómo ha pasado de violar a raptar mujeres, mantenerlas secuestradas durante semanas para luego, después de pegarles un tiro, arrojar sus cuerpos al agua con una figura de la Virgen María cosida en sus bolsillos.
    – Hale y Chen estuvieron retenidas en algún sitio durante varias semanas. No sabemos qué les hizo ese tipo.
    – Tienes razón, no lo sabemos -convino Darby-. Pero si el asesino no llevó allí el casete, eso sólo nos deja a otra persona: Malcolm Fletcher. No me preguntes por qué, no tengo ni idea.
    – La cinta es vieja. El sello de fabricación del plástico es de PLC. Se me ha olvidado lo que significa, pero recuerdo haber comprado esas cintas en las tiendas de discos en los ochenta. Eran las más baratas del mercado. Estoy casi seguro de que ya no las fabrican, pero lo investigaremos.
    »En cuanto al análisis de la cinta, lo de tratar de aislar o mejorar determinados sonidos, o eliminar el ruido de fondo, no disponemos de esa clase de equipo, así que podemos enviárselo a una empresa privada o llamar al FBI -sugirió Coop-. Los federales seguramente se lo pasarán a uno de los magos de sonido de los servicios secretos.
    – Yo propondría recurrir a la Aerospace Corporation de Los Ángeles -intervino Woodbury-. Son los que trabajaron con la llamada de la madre al 911 en el caso de Jon Benet Ramsey. Aerospace tuvo más suerte que los servicios secretos.
    – Llámalos -dijo Darby-. ¿Puedes hacerme una copia de la cinta?
    – Seguramente puedo hacer un archivo mp3 y copiarlo en un CD.
    – Eso servirá. ¿Qué pasa con la muestra de maquillaje no identificada?
    – Sigo trabajando en ello con mi amigo del MIT -informó Woodbury-. Había pensado en pasarme hoy por allí, pero teniendo en cuenta lo sucedido, no vamos a disponer de mucho tiempo ni recursos.
    – Cosa que probablemente es lo que quiere Fletcher -señaló Coop-. Nos está enterrando en montañas de pruebas. Es probable que tardemos lo que queda de semana, y eso haciendo horas extra, en procesar lo que encontramos dentro del hospital.
    – Quiero que nos centremos en Hannah Givens -indicó Darby-. Es nuestra máxima prioridad. Neil Joseph está trabajando en el caso de Bryson. Ahora Fletcher es responsabilidad suya.
    – Keith y yo hemos extraído una huella parcial latente del bolsillo del pantalón de Chen -dijo Coop-. La hemos introducido en el sistema del AFIS.
    – ¿Qué hay de la huella del pulgar en su frente?
    – No hay coincidencias. Hemos recibido el informe de balística. La bala extraída del cráneo de Chen fue disparada con la misma arma que mató a Hale. ¿Y tú? ¿Qué es lo que has averiguado?
    Darby les habló de la planta del sótano del Instant Karma, unos exclusivos baños termales sólo para miembros del club con un alto poder adquisitivo donde cualquier apetito sexual podía complacerse. El hombre que dirigía el establecimiento, Noah Eckart, prefería el término «club de caballeros privado». La cuota anual era de cinco mil dólares. Malcolm Fletcher se había inscrito en el club hacía dos días, pagando en metálico, bajo el nombre de Samuel Dingle. En la documentación figuraba una dirección en Saugus. Darby se preguntó si, durante esa primera visita al club, Fletcher habría infiltrado ya el arma «no letal» que había descrito Watts. ¿Tenía Fletcher planeado conducir a Bryson a una muerte segura desde el principio?
    El club privado carecía de cámaras de seguridad. Los miembros enseñaban su identificación y firmaban en una hoja. El nombre de Sam Dingle aparecía en la lista.
    Fletcher había solicitado específicamente la habitación número 33, que estaba convenientemente situada justo al lado del ascensor.
    Su compañera era una mujer joven de melena larga y pelirroja que todavía no había sido identificada.
    Eckhart había acompañado a Bryson y a Watts hasta la habitación y luego, al oír los disparos, había echado a correr y había llamado a Seguridad en lugar de alertar a la policía. «Quería solucionar el asunto en privado, estoy seguro de que lo entenderá», le había dicho a Neil Joseph. Un humo espeso de color gris había empezado a inundar las habitaciones y Eckhart, creyendo que se trataba de un incendio, no tuvo más remedio que activar la alarma.
    Resultaba difícil encontrar testigos dispuestos a declarar. Neil localizó a dos hombres quienes, tras mucha insistencia, declararon haber visto a un individuo cuya descripción coincidía con la de Bryson al que arrastraban hacia el ascensor privado justo antes de que una granada de humo y un aerosol provisto de un compuesto químico capaz de inducir el vómito inundase los pasillos.
    – Las fuerzas especiales emplean aerosoles y granadas de humo en las operaciones en que hay rehenes -explicó Darby-. Ambos tipos de granadas poseen un número de serie. Las empresas que las fabricaron pueden usar los números de serie para averiguar qué cuerpo policial las compró.
    Darby estaba segura de que Malcolm Fletcher había adquirido las granadas en el mercado negro o en alguna exhibición de armas de cualquier estado donde la legislación sobre la compra de armas era más laxa y podía comprarse cualquier cosa con dinero.
    Las bolitas azules que cubrían el suelo del cuarto de baño procedían de tres casquillos que también tenían número de serie. A Neil Joseph le correspondía la ingrata tarea de dedicar una cantidad considerable de personal a seguir aquellas pistas que, seguramente, no conducirían a ninguna parte.
    – ¿Crees que Fletcher aún sigue merodeando por Boston? -preguntó Coop.
    – Si sigue aquí, no será por mucho tiempo. Acaba de matar a un policía; ahora mismo lo busca todo el estado. -Darby consultó su reloj-. Tengo que ir al depósito.
    Mientras esperaba el ascensor, Darby se preguntó por qué había decidido Fletcher convertir la muerte de Bryson en un espectáculo público. Al hacerlo, se aseguraba una intensa cobertura informativa en los medios. A lo mejor quería que los pecados de Bryson tuviesen eco en todo el territorio nacional. Seguramente Chadzynski ya estaba reunida con su asesor de imagen, tratando de encontrar la mejor manera posible de enfocar el control de daños.
    Darby no podía culparla. Si lo que Tina Sanders decía era verdad, si Tim Bryson había hecho desaparecer una prueba incriminatoria crucial a cambio de dinero, ¿qué otros casos habría amañado? ¿Habría colocado, destruido o eliminado pruebas en el caso de Emma Hale?

Capítulo 62

    El cadáver de Tim Bryson yacía encima de una mesa de acero, cubierto con una sábana azul manchada de sangre.
    Darby se encaminó hacia la parte de atrás de la sala de autopsias. Con los brazos cruzados sobre el pecho y la cara hinchada por el corte suturado en la frente, Cliff Watts miraba por encima del hombro de Neil Joseph, que estaba inclinado sobre una de las mesas, examinando una bolsa Ziplock de plástico transparente manchada de sangre. Junto a la bolsa había un teléfono móvil con la pantalla rota.
    – Esto estaba dentro del bolsillo de su chaqueta -le dijo Neil, al tiempo que daba unos golpecitos a la bolsa con su bolígrafo. Ésta contenía el carné de conducir de Jennifer Sanders, su identificación del hospital y varias tarjetas de crédito-. Tengo entendido que encontraste un billetero junto a los restos.
    Darby asintió con la cabeza.
    – Estaba vacío -señaló.
    – Bryson registró el hospital el pasado fin de semana, ¿verdad?
    – Nos dividimos en grupos. Ese sótano es un laberinto.
    – ¿Estaba Bryson contigo?
    – No.
    Neil miró a Watts y dijo:
    – ¿Cómo se organizó la búsqueda?
    – Tres personas en cada grupo, dos policías y un guarda de seguridad del Sinclair -contestó Watts-. El Departamento de Policía de Danvers nos prestó a algunos de sus hombres.
    – He hablado con Bill Jordan. Me ha dicho que hay varias maneras de entrar en el hospital. Bryson sabía muy bien cuáles eran.
    – ¿Qué quieres decir?
    – A lo mejor tu compañero volvió por estas pruebas de aquí y no tuvo tiempo de deshacerse de ellas.
    – No sigas por ese camino, Neil: sabes tan bien como yo que Fletcher le colocó esa bolsa en el bolsillo antes de empujar a Tim por el tejado.
    – Eso yo no lo sé. Lo único que sé es que esta bolsa de aquí ha sido encontrada dentro del bolsillo de la chaqueta de Tim Bryson. A lo mejor hay algo de verdad en eso que Bryson le contó a Tina Sanders acerca de esa prueba desaparecida… ¿qué era?, ¿un cinturón, dices?
    – ¿Es que te vas a poner del lado de un psicópata?
    – No, Cliff, estoy tratando de comprender por qué Fletcher empujó a Bryson por el tejado, en un sitio público, ni más ni menos. Estoy tratando de averiguar si tu compañero estaba limpio o no. -Neil se incorporó y miró a Watts directamente a la cara-. Vosotros dos trabajasteis juntos en Saugus, ¿no es verdad?
    – No tengo por qué aguantar esta mierda.
    Watts se marchó furioso de la habitación.
    – No te vayas muy lejos… -le gritó Neil mientras salía. Vio la expresión del rostro de Darby y le preguntó-: ¿Hay algo que quieras añadir?
    – Me estaba acordando de una frase que me dijo Fletcher, una cita de George Bernard Shaw: «Si no puedes deshacerte del cadáver oculto en tu armario, enséñale a bailar».
    – Ya. Pues parece que ese hijo de puta va a hacer realidad su deseo. Bryson acapara todos los noticiarios. ¿Cuánto tiempo crees que pasará hasta que su conversación con Tina Sanders salga a la luz? Yo apuesto a que la publicarán a finales de esta misma semana.
    – Había en marcha una cinta de casete cuando encontré los restos -explicó Darby-. Si Bryson volvió a aquel sótano y se llevó el billetero de la chica, ¿por qué iba a dejar el radio-casete?
    – Buena pregunta. ¿Tienes una respuesta?
    – Todavía no, pero yo que tú cambiaría de actitud. Y rápido, además.
    Darby fue a cambiarse de ropa y ponerse la bata de forense. Acercó la cara al chorro de agua fría hasta que se le entumeció la piel.
    Cuando regresó a la habitación con su equipo, los de Identificación estaban sacando fotos. El cuerpo destrozado de Tim Bryson yacía bajo la fría lámpara de autopsias, vestido aún con su ropa empapada en sangre. Le había atado unas bolsas alrededor de las manos.
    Neil se acercó a ella y se apoyó en la mesa.
    – Tina Sanders sigue negándose a hablar con nosotros -dijo-. ¿Crees que Fletcher la habrá amenazado?
    – No lo sé. Yo diría que está en estado de shock. Después de todos estos años, de pronto, en el transcurso de apenas dos días, no sólo descubre los restos del cuerpo de su hija sino que además le dicen el nombre del hombre que la mató.
    – ¿Has hablado con Jonathan Hale recientemente?
    – Bryson y yo fuimos a verle el sábado.
    – Entonces, ¿no has hablado con él desde entonces?
    – No. ¿Por qué?
    – He echado un vistazo al móvil de Bryson. El número de Hale aparece en el listado de llamadas recibidas. Hale lo llamó dos veces anoche. Bryson tenía servicio de mensajería de voz, pero no sé su contraseña, así que no puedo acceder a él. ¿Te importa si hablo con Hale?
    – Adelante.
    Los de Identificación terminaron con la primera ronda de fotografías. Darby recogió muestras de partículas de debajo de las uñas de Bryson. No había señales en las palmas de sus manos, y eso significaba que no había forcejeado con Fletcher. Tenía la muñeca derecha rota.
    Mientras recogía fibras y trozos de cristal de la ropa, Darby descubrió una magulladura en el cuello de Bryson.
    – Parece una inyección -le dijo a Neil-. Tendremos que esperar al resultado de la prueba de tóxicos.
    Darby siguió cortando la ropa. Rememoró su conversación con Tina Sanders y recordó la foto enmarcada de la niña que había visto en la mesa de Bryson.
    «Yo tenía una hija, Emily -le había dicho Bryson la mañana después de su visita a casa de Jonathan Hale-. Padecía una clase muy rara de leucemia. La llevamos a todos los especialistas, absolutamente a todos. Cuando pienso en todo por lo que tuvo que pasar… Habría vendido mi alma al diablo para salvarle la vida. Sé que suena muy melodramático, pero es la pura verdad. Uno es capaz de hacer cualquier cosa por un hijo. Cualquier cosa.»
    El miedo y el amor que sentía por su hija, ¿habían sumergido a Bryson en una desesperación capaz de hacerle orquestar un plan para deshacerse de una prueba clave en una investigación de asesinato a cambio de un dinero que empleó para intentar salvar la vida de su pequeña?
    Darby se replegó hacia aquel pequeño rincón privado de su ser donde guardaba sus verdaderos sentimientos hacia las personas, la misma parte que exigía una justicia feroz, casi infantil, en cualquier ámbito de las relaciones humanas; esa que luchaba constantemente por clasificarlo todo y a todos con categorías claramente etiquetadas, como lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto. ¿Qué categoría le correspondía a Bryson? Darby reflexionó sobre aquella pregunta y se sintió sorprendida, un poco horrorizada incluso, al experimentar una fría y macabra satisfacción.
    Para quitarse aquella sensación, Darby pensó en la fotografía enmarcada de la niña. Se concentró en la sonrisa de Emily Bryson para tratar de encontrar algún atisbo de piedad o comprensión… pero seguía sintiéndose vacía.

Capítulo 63

    La Unidad de Antropología Forense de Boston ocupaba una pequeña planta de oficinas sin ventanas, apretujadas y abarrotadas de estanterías de acero gris y archivadores a juego suministrados por el estado. Con la excepción de una lámina de anatomía, las paredes blancas que había detrás de la mesa de Carter estaban desnudas.
    – Lamento haberlo hecho esperar -se disculpó Darby.
    – No importa. Así los alumnos han tenido más tiempo con los huesos. -Carter, bajo y fornido, con barba gris de tres días y unas gafas gruesas de una época antediluviana, lanzó un resoplido al levantarse-. Parece cansada.
    – Todavía no me he acostado.
    – No sé si los restos pertenecen a Jennifer Sanders. Sigo esperando a que me envíen las fichas dentales.
    Carter la acompañó al vestuario. Darby se puso la bata de forense y lo siguió por el pasillo hasta la sala de examen.
    Entró en la pequeña estancia, que contenía un fregadero y un hornillo de cocina. La mayoría de los huesos que se enviaban a aquel laboratorio solían estar recubiertos de tejidos blandos en descomposición. En esos casos, los huesos se colocaban en ollas de cocción lenta y en fuentes de horno con agua y detergente, y se llevaban a ebullición a fuego muy lento para que los huesos se adaptasen al calor. El proceso, denominado maceración térmica, eliminaba el tejido circundante.
    Los restos estaban acomodados en una camilla con ruedas similar a las que se emplean en el depósito de cadáveres. Como de costumbre, en la sala hacía mucho frío.
    – Los restos son decididamente de una mujer -declaró Carter, que señaló los huesos de la pelvis-. Tenemos una articulación sacroilíaca elevada y una escotadura ciática mayor muy ancha. Teniendo en cuenta el pelo rubio y las características del cráneo, nuestra desconocida es decididamente de raza blanca.
    – ¿De qué edad?
    – Los extremos mediales de los huesos no están unidos por completo a las diáfisis, de modo que al menos tiene veinticinco años. Los huesos pélvicos son densos y lisos. Puesto que no se aprecian granulaciones y considerando el hecho de que las suturas intermaxilares en el cráneo no están unidas, no puede ser mayor de treinta y cinco años.
    – ¿Causa de la muerte?
    – Mire el hioides.
    Darby examinó el hueso en forma de herradura del cuello. Estaba roto.
    – Fue estrangulada.
    – Sí -corroboró Carter-. Y ahora, eche un vistazo aquí.
    Señaló el omóplato. Darby vio una fractura de gran tamaño.
    – Eso lo causó un golpe muy fuerte -dijo Carter-. O bien el asesino le dio una patada o la golpeó con algo parecido a un bate o un trozo alargado de madera.
    – ¿Y un ladrillo?
    – Podría ser. Tiene varias fracturas más. A esa pobre chica le dieron una buena paliza. -Carter suspiró y meneó la cabeza-. El fémur tiene casi cuarenta y ocho centímetros. Nuestra desconocida mide entre metro setenta y metro ochenta.
    Sonó el teléfono del despacho.
    – Perdón -se disculpó Carter. Respondió la llamada, escuchó lo que le decían y, sin decir nada, colgó el aparato-. Ha llegado la ficha dental de Jennifer Sanders. Vuelvo enseguida.
    Mientras Carter comparaba las fichas dentales, Darby se quedó con la mirada fija en los restos, preguntándose cuánto tiempo habían permanecido dentro de aquella habitación llena de ladrillos y yeso. ¿La mantuvieron con vida varios días, mientras la golpeaban y posiblemente la violaban, antes de estrangularla? ¿Cuánto tiempo había pasado pidiendo auxilio?
    Carter se subió las gafas por la nariz larga y aguileña.
    – Es Jennifer Sanders -anunció.

Capítulo 64

    Walter dejó con calma la bandeja sobre la encimera de la cocina. Hannah se había terminado casi toda la cena; llevaba con él cinco días y aún seguía negándose a dirigirle la palabra.
    Emma Hale se había pasado las primeras dos semanas gritando, insultándolo, llamándolo de todo y exigiéndole que la pusiese en libertad de inmediato. A principios del segundo mes, había intentado agredirlo con una de las sillas de la cocina de su habitación. Para evitar que volviese a suceder algo así, utilizó cadenas, abrazaderas y candados para fijar las sillas a las patas de la mesa de la cocina. Como castigo, desconectó la corriente eléctrica de la habitación de Emma y ésta permaneció a oscuras, sin comida, durante varios días, para que aprendiera la lección.
    Funcionó. A lo largo de los tres meses siguientes, Emma se portó estupendamente. Se mostraba amable y simpática con él. Parecía interesada en lo que él decía. Se abrió y le contó cosas sobre su vida, cosas personales, cosas íntimas, como la muerte de su madre. Habían mantenido muchas charlas largas y placenteras. Incluso veían películas juntos, Cuando Harry encontró a Sally y Pretty Woman. Para demostrarle su agradecimiento, Walter la llevó al comedor de la planta de arriba a una cena romántica especial y lo sirvió todo en la vajilla de porcelana. Emma había correspondido a sus atenciones golpeándolo en la cabeza con uno de los platos de la cena. Casi logró llegar a la puerta principal de la casa.
    Al principio, se había quedado deslumbrado con la belleza de Emma, había caído bajo su embrujo y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa en el mundo con tal de conseguir que ella lo amara. Había llegado al extremo incluso de colarse en el apartamento de Emma para ir a buscar un collar muy especial para ella. Se lo había dado por sorpresa y, pese a ello, Emma seguía negándose a quererlo; María le dijo entonces que había llegado el momento de despacharla.
    La primera semana, Judith Chen no había gritado ni llorado, eso vendría más tarde. Cuando se ofreció a comprarle ropa, la ropa que ella quisiese, Judith aceptó de buen grado y le dio las gracias. Se había puesto la ropa para él, le había dicho lo bonita que era y le había dado las gracias. Él le compraba los libros que quería, y también DVD y revistas; le preparaba sus platos favoritos y ella siempre le daba las gracias.
    Con su voz suave y sus encantadores modales, Judith lo había engatusado para salir afuera a dar paseos para respirar un poco de aire fresco. Él siempre la sacaba de noche, muy tarde, cuando el resto del mundo dormía. Con los ojos vendados, la sentaba en el asiento del pasajero y se la llevaba a un par de kilómetros de distancia, a una zona boscosa muy aislada, y paseaba con ella. Nunca se quejaba por tener que llevar la mordaza ni las esposas. Cuando devolvía a Judith a su habitación, ella le daba las gracias. Siempre le daba las gracias.
    La noche que intentó escapar, habían salido a dar uno de sus maravillosos paseos. Esta vez no la había amordazado, pero sí llevaba las muñecas esposadas. Cuando volvían al coche, ella le preguntó si podía besarlo. Se inclinó hacia delante, con una sonrisa deliciosa, y entonces le clavó la rodilla en la entrepierna.
    El dolor fue como una supernova incandescente: le estalló en los ojos y, acto seguido, se vio desplomado en el suelo entre las agujas de pino secas, tratando de recobrar la respiración. Ella le dio una patada en el estómago y luego le pateó en la cabeza una, dos y hasta tres veces. A continuación se sentó en el suelo y luego, como si fuera una acróbata, se pasó las esposas por detrás de las piernas y por encima de los pies. Le quitó las llaves del coche del bolsillo del abrigo y echó a correr por el bosque.
    Sangrando y mareado, consiguió levantarse y correr tras ella. María le dijo que se tranquilizase, que todo saldría bien, le dijo… y María tenía razón, siempre tenía razón.
    Walter alcanzó a Judith justo cuando se disponía a subirse al coche. La apartó de la puerta y Judith chilló y él le golpeó la cabeza contra el capó y ella siguió gritando y una vez más le aplastó la cabeza contra el capó y el parabrisas hasta que María le dijo que parase.
    Judith no volvió a hablar después de eso. Luego se puso enferma y… tuvo que irse.
    ¿Por qué no le hablaba Hannah?
    Esa mañana, al llevarle el desayuno, le había preguntado si había algo que le apeteciese: un libro, una película, un CD de su grupo favorito… cualquier cosa, lo que ella quisiera. Hannah no le había contestado.
    Walter regresó al cabo de una hora y llamó a la puerta. No obtuvo respuesta. Recogió los platos de la bandeja y se los llevó arriba. Hizo una tabla de ejercicios mucho más vigorosa que de costumbre y se dio una larga ducha.
    Le llevó el almuerzo y llamó a la puerta. Cuando Hannah no le contestó, decidió entrar. Estaba sentada en el sillón de cuero otra vez.
    Incapaz de soportar el silencio por más tiempo, Walter decidió contarle a Hannah lo del accidente, cuando se había despertado en su cama con la piel y el pelo en llamas mientras mamá yacía inconsciente en la cama ardiendo. Recalcó con insistencia que no echaba la culpa a su madre por haberle hecho daño. Mamá estaba enfadada porque papá los había abandonado cuando Walter aún estaba en su barriga, y tenía que trabajar en dos empleos a la vez para tener un techo bajo el que dormir y llevar comida a la mesa. Mamá hablaba siempre de lo enfadada que estaba con Dios por haberle arrebatado sus sueños y haberla condenado a tener que criar a un niño malo… y él había sido malo… oh, sí… muy malo, había hecho cosas malas para llamar la atención de mamá. No le habló a Hannah de la vez que lo había pillado ahogando a la niña pequeña. Aquello fue un accidente. Lo único que quería era abrazarla. Era tan guapa y olía tan bien…
    Walter le contó a Hannah cómo había aprendido, con mucha paciencia y rezando, rezando mucho, a perdonar a mamá, a pesar incluso de las cosas terribles que le había hecho, como la vez que le había metido la mano en una olla de agua hirviendo. Aún la seguía queriendo, aunque mamá se hubiese ido y estuviese en el cielo.
    Y ahora había llegado el momento de que Hannah lo perdonase. Era el momento de mirar hacia delante, el momento de que Hannah se sintiese agradecida por todas las cosas maravillosas de su vida.
    Como muestra de buena voluntad, Walter le entregó un regalo: una hoja preciosa de papel de cartas Crane con un sobre a juego. Le dio un bolígrafo y le dijo que escribiese una carta a sus padres. Le prometió que se la enviaría. Le dijo otra vez que sentía mucho haberle hecho daño. Había sido un accidente.
    – Perdóname, Hannah. Por favor.
    Ella no respondió.
    Walter se agarró al borde de la encimera de la cocina. Se había abierto a Hannah, había compartido con ella sus secretos más dolorosos, y ella seguía sin decir una sola palabra, se quedaba ahí sentada, en el maldito sillón, esperando a que él se fuese. Su silencio era una burla. Le dieron ganas de abofetearla, pero no lo hizo. Walter se sintió orgulloso de su autocontrol. Fregó los platos y apagó la luz de la cocina.
    Durante las siguientes dos horas, trabajó en la página web de un cliente. A continuación levantó pesas hasta que los músculos se le quedaron agotados.
    Walter se sentía más ligero, mucho mejor. Se sentó con el álbum de boda.
    La primera foto era una fabulosa fotografía en blanco y negro de Hannah vestida con un espectacular traje de novia de Vera Wang. Walter llevaba el clásico esmoquin negro. Iban agarrados de la mano. La gente sentada en los bancos sonreía y los admiraba. Todos aplaudían.
    Después venía otra foto de ellos, en su luna de miel en Aruba. Hannah descansaba en una playa de arena blanca y llevaba un impresionante biquini negro que apenas le cubría el cuerpo bronceado. Tenía el pelo mojado, con olor a mar, y sonreía feliz mientras lo miraba a él, su marido, que estaba tumbado en una toalla bajo el sol radiante y abrasador, con su piel completamente bronceada y esculpida con músculos, sin una sola marca ni cicatrices por ninguna parte.
    A Walter se le daban muy bien los ordenadores. Con el Photoshop, había transferido las fotos digitales que le había sacado a Hannah cuando se dirigía al trabajo y a clase, y había pegado su cara en distintas fotografías que había encontrado en internet. Los resultados eran espectaculares.
    Su foto favorita era la última: Hannah sosteniendo en brazos al hijo recién nacido de ambos.

Capítulo 65

    A lo largo de los tres días siguientes, Darby registró de arriba abajo el abarrotado dormitorio de Hannah Givens, atestado de cuadernos y libros de texto apilados en una mesa de segunda mano. Buscó entre las facturas, las fotos y los trozos de papel mezclados con notas y listas de tareas. Examinó la agenda de Hannah e interrogó a sus dos compañeras de piso, a amigos, compañeros de clase, profesores y a sus padres, que se habían desplazado hasta Boston y se alojaban en el apartamento de Hannah.
    Tres días enteros y Darby sólo había conseguido averiguar lo siguiente: Hannah Givens fue vista por última vez saliendo de su trabajo en el Kingston Deli de Downtown Crossing, en Boston, el día de la ventisca. El conductor del autobús de esa ruta confirmó que no había llegado a subirse al vehículo. Pese a haber preguntado a todos los propietarios de los comercios locales, y a la exhaustiva cobertura en los medios de comunicación, no habían conseguido que se presentase ni un solo testigo en la comisaría.
    Teniendo en cuenta la cantidad de tiempo que le dedicaban los medios, las súplicas grabadas de los padres y el número gratuito que la inspectora Chadzynski había abierto y su asidua aparición en todos los boletines de noticias, había quienes creían que el secuestrador de Hannah tal vez la soltaría. El Departamento de Policía de Boston tenía intervenidas todas las líneas telefónicas. Esa mañana, sin ir más lejos, habían registrado treinta y ocho llamadas, todas pistas falsas.
    Nancy Grace, presentadora de la CNN e instigadora del circo mediático del morbo, había espoleado a los máximos representantes del periodismo basura y éstos se habían sumado a la causa de la estudiante universitaria con una intensidad enfebrecida, similar a la que dedicaron al caso de Anna Nicole Smith. La foto de graduación del instituto de Hannah aparecía en todos los tabloides de venta en el supermercado, y su caso era el tema principal en programas televisivos como Inside Edition. Darby se preguntó si la publicidad del caso asustaría al secuestrador de Hannah, si le entraría el pánico y la mataría.
    Por el momento, el misterio, que se había alargado durante veintiséis años, en torno a lo sucedido a Jennifer Sanders quedaba relegado únicamente a los quioscos de prensa de Nueva Inglaterra. Tina Sanders se negaba a hablar con la policía. Su abogado, Marshall Grant, un picapleitos con un tupé de muy mal gusto que aparecía en populares anuncios televisivos en la franja horaria de las telenovelas promocionando el extenso catálogo de servicios legales de su bufete, se había abalanzado inmediatamente sobre Sanders y la había convencido de algún modo para que le permitiese llevar su caso.
    Grant no tenía ningún problema en hablar con la prensa, y gracias a la publicidad había conseguido una entrevista con Larry King.
    – La policía ha identificado oficialmente unos restos que pertenecen a Jennifer Sanders, pero se niega a decirnos dónde fue encontrada por razones que no comprendemos -declaró Grant-. No obstante, sí tenemos razones para creer que la muerte de Jennifer podría estar relacionada con un hombre llamado Sam Dingle, el principal sospechoso en los estrangulamientos de las dos mujeres de Saugus en el año 1982. Por desgracia, Larry, una de las pocas personas capaces de proporcionarnos alguna pista, el detective Bryson, fue asesinado por un antiguo agente del FBI especialista en perfiles llamado Malcolm Fletcher.
    No se hacía referencia a la «supuesta» implicación de Tim Bryson en la desaparición del cinturón en ninguno de los artículos publicados en prensa ni en televisión. Darby se preguntó si Chadzynski estaría negociando con el abogado de Tina Sanders para mantener el asunto en secreto. Al menos por el momento, Chadzynski y su maquinaria de relaciones públicas habían impedido que la información sobre el Sinclair se filtrase a la prensa.
    A la mañana siguiente a la muerte de Bryson, Chadzynski había dado una rueda de prensa y había revelado el nombre de Malcolm Fletcher a los medios. Se buscaba al antiguo experto en perfiles, declaró Chadzynski, en relación con el asesinato del detective Timothy Bryson, quien había sido empujado desde el tejado de una popular discoteca de Boston. La fotografía de Fletcher apareció en las portadas de casi todos los periódicos, junto con la de la página web del FBI. Chadzynski no dejó de hacer hincapié en el millón de dólares de recompensa que ofrecía el gobierno federal a cambio de información que condujese a la detención o la captura del ex agente.
    Chadzynski no mencionó la visita de Fletcher al ático de Emma Hale ni sus conversaciones con Tina Sanders o el DVD que había enviado a Jonathan Hale.
    Darby había procesado el sobre. Contenía una sola huella dactilar que coincidía con la de Malcolm Fletcher; el sistema del AFLS la había identificado el miércoles por la noche. Estaba segura de que los federales se presentarían en Boston en cualquier momento.
    Darby no había hablado con Jonathan Hale. Según su abogado, Hale se encontraba fuera de la ciudad en viaje de negocios y no estaba disponible para hacer declaraciones.
    El paradero de Sam Dingle seguía siendo desconocido, pero esa misma mañana el Boston Globe publicaba unas declaraciones de su hermana, Lorna, que se había divorciado de su tercer marido y vivía en Baton Rouge, en Luisiana: «La última vez que vi a mi hermano fue cuando volvió a casa a recoger su parte de la herencia de mis padres, en el año 1984. Dijo que estaba viviendo en algún lugar de Texas. Esa fue la última vez que hablé con él. No sé dónde está ni tengo ni idea de a qué se dedica. Hace décadas que no sé nada de él. Por lo que yo sé, podría estar muerto».
    Darby estaba sentada en el colchón hundido de Hannah Givens. Se restregó los ojos secos y, tras respirar hondo, contempló el dormitorio de la estudiante.
    Hannah había tapado las grietas de la pared rosa de su cuarto con fotografías enmarcadas de sus padres, el labrador de la familia y sus amigos de Iowa. Las cajas de leche que hacían las veces de estantería contenían CD y libros en rústica que habían perdido la cubierta. Sobre un sillón de tela vaquera había un viejo walkmark. El armario estaba repleto de ropa barata de Old Navy y American Eagle Outfitters.
    Hannah Givens llevaba una semana desaparecida. ¿Le habría entrado el pánico a su secuestrador y la habría matado? ¿Estaría el cadáver de Hannah flotando en alguna parte del río Charles? Sólo de pensarlo sintió que se le formaba un nudo frío en la boca del estómago.
    Tres víctimas. Dos estaban muertas y una, Hannah Givens, posiblemente seguía con vida. ¿Qué era lo que tenían en común aquellas tres mujeres? Eran chicas jóvenes que estudiaban en centros universitarios de Boston. Ése era el rasgo común que compartían las tres.
    Tim Bryson había investigado el enfoque de las admisiones en la universidad. Darby, junto con un equipo de detectives, lo había revisado, comprobando si había alguna posibilidad de que las tres mujeres hubiesen solicitado el ingreso en la misma facultad en algún momento. La búsqueda no arrojó ningún resultado, así que trató de encontrar un punto en el que las tres mujeres pudieran haber coincidido: un bar, un grupo de estudiantes… cualquier cosa. Hasta el momento, no había encontrado nada de nada.
    La primera víctima, Emma Hale, rica, blanca y extremadamente guapa, se había criado en Weston e iba a Harvard. La segunda víctima, Judith Chen, de clase media y ascendencia asiática, era normalita, del montón, una chica menuda de aspecto frágil que había nacido y crecido en Pittsburgh, Pensilvania. Asistía a la Universidad de Suffolk para aprovechar el generoso programa de ayuda financiera a los estudios.
    Y luego estaba Hannah Givens, otra universitaria, hija única de una familia de granjeros de clase media-baja de Iowa, una chica de huesos anchos, aspecto más bien feúcho y una actitud de kamikaze hacia sus estudios, que pasaba el poco tiempo libre que tenía trabajando en la cafetería o bien en la biblioteca del campus de la Northeastern.
    ¿Por qué se centraba el asesino en universidades de Boston? ¿Acaso era un estudiante? ¿Fingía ser un estudiante?
    Darby abrió su mochila, sacó los informes y hojeó las fotos de las tres universitarias, tratando de verlas como las veía su asesino, como poseedoras de algo que él necesitaba. «¿Por qué las mantuviste con vida tanto tiempo para luego, de pronto, coger un buen día y matarlas?»
    Tres universitarias, al menos una de las cuales, Emma Hale, parecía estar relacionada de algún modo con Malcolm Fletcher, un antiguo especialista en perfiles del FBI que llevaba veinticinco años huido de la justicia cuando, de pronto, había decidido resucitar, otra vez en Boston, en el interior del apartamento de Emma Hale. ¿Estaba Jonathan Hale utilizando a Fletcher para atrapar al asesino de su hija?
    Al igual que Tim Bryson, Jonathan Hale era un padre destrozado por el dolor. A diferencia de Bryson, Hale era un hombre poderoso, rico. Si Malcolm Fletcher se había acercado a Hale, ya fuese con información sobre el hombre que había matado a su hija o con un plan para encontrarlo, ¿no aprovecharía Hale la oportunidad? Ahora bien, ¿por qué habría Fletcher de salir de su escondite para acudir en auxilio de un padre desconsolado y ayudarlo a encontrar al asesino de su hija?
    Tal vez Fletcher no había acudido a Hale. Tal vez el único propósito de Fletcher era, simplemente, sacar a la luz pública los pecados de Tim Bryson. Fletcher había hecho un espectáculo de la muerte de Bryson al empujarlo desde el tejado de un club abarrotado de gente con una bolsa de plástico que contenía el carné de conducir y las tarjetas de crédito de Jennifer Sanders. Fletcher también se había puesto en contacto con Tina Sanders. Le puso a Tim Bryson al teléfono y éste confesó haber hecho desaparecer pruebas que habrían inculpado a Samuel Dingle en la violación y posterior asesinato de dos mujeres en Saugus.
    ¿Y dónde estaba Sam Dingle? ¿Había vuelto a la costa Este? ¿Era el responsable de las muertes de Emma Hale y Judith Chen? ¿Había secuestrado a Hannah? Su nombre aparecía en todas las noticias. ¿Habría matado a Givens, arrojado su cuerpo al río y desaparecido?
    Todo apuntaba de nuevo a Sam Dingle. Era demasiado claro, demasiado fácil.
    Bryson había comentado que Fletcher intentaba despistarlos, enviarlos en la dirección equivocada. Tal vez lo había dicho para guardarse las espaldas. Tal vez decía la verdad.
    ¿Y si el verdadero propósito de Fletcher era desviar la atención de la policía del verdadero asesino para poder encontrarlo él primero? Según el contacto de Chadzynski en el FBI, Malcolm Fletcher era juez, jurado y verdugo, todo a la vez. Si Sam Dingle era realmente el hombre que había matado a Hale y a Chen, Darby dudaba que Fletcher abandonase la ciudad sin encontrarlo.
    El teléfono móvil de Darby vibró: quien llamaba era Christina Chadzynski.

Capítulo 66

    – Parece ser que Malcolm Fletcher ha enviado por correo a todos los reporteros de la ciudad varios CD con una grabación de la conversación entre Tim Bryson y Tina Sanders -le explicó Chadzynski-. Estoy segura de que esta noche harán pública la grabación en todos los noticiarios.
    – ¿Ha oído alguna copia? -preguntó Darby.
    – Todavía no. Me temo que tengo más malas noticias: un periodista del Herald sabe que los restos de Sanders fueron encontrados en el Sinclair. El periodista está dispuesto a retener la noticia a cambio de una entrevista en exclusiva con usted cuando haya resuelto el caso.
    Darby se apoyó contra la pared. Los animales de peluche de la infancia de Hannah estaban colocados sobre los almohadones y el edredón barato.
    – No le estoy sugiriendo que acepte -continuó Chadzynski-. Sólo es cuestión de tiempo hasta que otros reporteros lo averigüen. Trataré de retenerlo el máximo posible.
    – He hablado con Bill Jordan. Ha traído a algunos hombres con experiencia en las fuerzas especiales. Cuando nuestro hombre se asome por la capilla, Jordan y sus hombres se le echarán encima.
    – ¿De veras cree que va a volver?
    – Sí, lo creo. En un momento u otro, volverá. La estatua de la Virgen María estaba limpia; ¿recuerda el cubo de agua y los trapos que encontré? Esa estatua y la capilla tienen un significado especial para esa persona. Podría ir a cualquier iglesia, pero va específicamente a esa capilla, que está enterrada bajo tierra. No es fácil de encontrar. Debe de haber descubierto una vía de entrada.
    – Darby, he hablado por teléfono con los agentes federales asignados a la búsqueda de Malcolm Fletcher. El coordinador es un hombre que se llama Mike Abrams. Conoció a Fletcher cuando trabajaba en el caso de Sandman. Abrams era especialista en perfiles de la oficina de Boston. Sospecha que Fletcher ya hace tiempo que se ha ido de la ciudad, pero quiere hablar con nosotros de todos modos. Está previsto que llegue a Boston en algún momento de la tarde de mañana. Sus hombres quieren echar un vistazo al DVD que Fletcher envió a Hale, además de escuchar la cinta de audio que encontró usted.
    – Tal vez debería proponerle que hablase con Jonathan Hale mientras esté aquí.
    – Estoy segura de que querrán hablar con él. ¿Ha leído el informe de toxicología de Bryson?
    – No sabía que estaba disponible.
    – He recibido una copia esta mañana. A Tim le inyectaron GHB y ketamina. Si hubiese sobrevivido, su confesión, inducida por las drogas, no serviría en un juicio. Cualquier tribunal la desestimaría desde el principio.
    «Y a lo mejor por eso Fletcher lo tiró por el tejado», pensó Darby.
    – ¿Ha hecho algún avance con Sam Dingle? -quiso saber Chadzynski.
    – La dirección que dejó Fletcher en la hoja de registro del club y al matricular su Jaguar, que todavía no hemos encontrado, pertenecen a la casa donde se crió Sam Dingle. Es como si Fletcher nos lo restregara por la cara.
    – Estoy de acuerdo. ¿Dónde cree que se encuentra?
    – ¿Quién sabe? Si de veras quiere dar con él, tiene que hacer que sigan a Hale.
    – Malcolm Fletcher es un llanero solitario. No trabaja para nadie.
    – Las cerraduras del apartamento de Emma Hale no estaban forzadas. No entró ahí por la fuerza.
    – Darby…
    – Al menos ponga a Hale bajo vigilancia.
    – No pienso hacer eso.
    – ¿Por qué? ¿Porque es rico?
    – Porque no hay absolutamente ninguna prueba que indique que Fletcher trabaja para o actúa en connivencia con Jonathan Hale -replicó Chadzynski-. Por el amor de Dios, tenemos un vídeo de seguridad en el que ese hombre aparece colándose en el interior del garaje.
    – Fletcher no entró por la fuerza en casa de Emma Hale: tenía llaves.
    – ¿Ha considerado la posibilidad de que tal vez Fletcher trabaje para Tina Sanders? Fletcher ha hablado con ella varias veces. A lo mejor debería someterla a ella a vigilancia.
    – Yo lo haría.
    – Puede hacer llegar sus recomendaciones a los federales -dijo Chadzynski-. ¿Ha encontrado algún indicio de que Bryson obstaculizase de algún modo la investigación en los casos de Hale o de Chen?
    – Tanto Neil como yo hemos revisado la cadena de custodia de todas las pruebas. Nada indica que Bryson entorpeciese la investigación de ninguno de nuestros casos manipulando las pruebas. No puedo hablar de lo que ocurrió en Saugus.
    – He recibido el informe de laboratorio sobre las dos mujeres de Saugus. Ambas fueron violadas y estranguladas. No había restos de semen ni sangre bajo las uñas, pero encontraron un lubricante que se usa con algunos condones. Coop está revisando los informes de las pruebas ahora mismo.
    – En el NCIC no figura ninguna entrada para Samuel Dingle -prosiguió Darby-. No hay ningún perfil de ADN en el CODIS bajo ese nombre. Lo mismo ocurre en el AFIS. Cabe la posibilidad de que Dingle emplee un alias.
    – He oído algo acerca de una huella recuperada de la cinta aislante que se empleó para atar las muñecas de Sanders.
    – Es una huella de la palma de la mano. ¿Ha hablado con el doctor Karim?
    – Esta mañana. Se ha mostrado muy dispuesto a cooperar. No tenía nada nuevo que aportar.
    – Tal vez deberíamos profundizar un poco más.
    – ¿Qué pasa con Hannah Givens? ¿Tiene algo nuevo?
    – De momento no tengo absolutamente nada. Neil me ha dicho que Bryson sí llegó a pagar de su bolsillo un tratamiento experimental con células madre para su hija.
    – Quiero que se concentre en Givens.
    – Precisamente ahora estoy en su casa.
    – Bien. Tengo que irme. Vamos a dar otra rueda de prensa. Podemos seguir hablando después del funeral de Bryson.
    – Voy a quedarme aquí un rato más.
    – Siga así -dijo Chadzynski-. Creo que tiene verdadero talento para este trabajo.
    Darby colgó el teléfono. Desde el otro lado de la puerta cerrada le llegaba el ruido del televisor, encendido al fondo del pasillo, y los murmullos de las voces de los padres de Hannah. Se habían instalado en la sala de estar con la esperanza de recibir una llamada telefónica del secuestrador de su hija.
    A lo largo de la siguiente hora, Darby se paseó por el dormitorio inspeccionando las cosas de Hannah, convencida de que había pasado por alto algún detalle muy valioso. Sabía que esa sensación era producto de su frustración. Allí no había nada.
    Al fin, se puso el abrigo, abrió la puerta y echó a andar por el pasillo, en dirección a la sala de estar donde esperaban los padres de Hannah.

Capítulo 67

    Los padres de Hannah estaban sentados en el sofá, viendo una grabación del programa de Nancy Grace de la noche anterior. La supuesta defensora por antonomasia de los derechos de las víctimas estaba hablando sobre el secuestro de Hannah Givens, la tercera víctima, según todos los indicios, de un asesino en serie de Boston que secuestraba a estudiantes universitarias y, después de retenerlas durante varias semanas, les disparaba en la nuca y se deshacía de sus cadáveres.
    Tras recrearse en los detalles morbosos de los asesinatos de Emma Hale y Judith Chen, Nancy Grace consultó a una psicóloga criminalista y a una antigua experta en perfiles del FBI, ambas mujeres, y les preguntó si al secuestrador de Hannah, dada la atención que los medios estaban dedicando al caso, podía entrarle el pánico y decidir matarla. Hubo una larga discusión sobre esa posibilidad.
    Con los ojos enrojecidos e hinchados de tanto llorar, Tracey Givens le volvió la espalda al televisor, vio a Darby y se levantó.
    – ¿Ha encontrado algo en el dormitorio de mi hija, señorita McCormick?
    – No, señora. No he encontrado nada.
    La madre de Hannah parecía sorprendida. El padre tenía la mirada fija en las manchas de la moqueta, muy gastada.
    – Ha estado ahí dentro muchísimo rato. Creía que…
    – Quería llegar a conocer mejor a su hija -repuso Darby.
    Tracey Givens volvió a mirar al televisor, donde Nancy Grace vociferaba a Paul Corsetti, el jefe de prensa de la policía de Boston. Al no decirle la verdad a la opinión pública, gritaba Nancy Grace a la cámara, el Departamento de Policía de Boston había puesto la vida de Hannah en peligro.
    «No, maldita egocéntrica de mierda… ¡Eres tú la que está poniendo la vida de Hannah en peligro!», exclamó Darby para sus adentros.
    Darby no tenía estómago para seguir soportando aquello.
    – Gracias por permitirme inspeccionar las cosas de Hannah -dijo mientras abría la puerta principal.
    El padre de Hannah la siguió.
    Michael Givens tenía el rostro de un hombre que ha pasado demasiados años bajo el sol. Su piel, flácida y curtida, estaba completamente surcada de arrugas muy profundas. Parecía un hombre frágil en la luz de la tarde. La calle estaba tranquila en ese momento. Todos los medios de Boston y los tabloides nacionales se habían ido al centro, a la rueda de prensa de Chadzynski.
    – Esos expertos, los de la televisión, dicen que toda esa atención que recibe Hannah podría cabrear a ese hombre… podría llevarlo a… ya sabe, a hacer algo -empezó-. Pero esa gente de la tele, esos que se llaman expertos, están mirando el asunto desde fuera. Usted está dentro, señorita McCormick. Usted tiene toda la información.
    Darby esperó; no estaba muy segura de lo que le pedía aquel hombre.
    – En las noticias han dicho que trabajó usted en los casos de las otras dos chicas desaparecidas.
    – Sólo he leído los informes.
    – Esas dos chicas… estuvieron desaparecidas mucho tiempo, ¿verdad?
    – Señor Givens, voy a trabajar día y noche para encontrar la manera de traerle a su hija a casa. Es una promesa.
    El padre de Hannah asintió con la cabeza. Estaba a punto de abrir la puerta cuando decidió apoyarse en el umbral. Se cruzó de brazos y miró hacia la esquina del porche, a los contenedores de reciclaje llenos de latas de cerveza.
    – Hannah… quería quedarse en casa con nosotros e ir a una universidad local, a una escuela universitaria a unos diez minutos de distancia -explicó Michael Givens-. Las universidades en el noreste son muy buenas. A Hannah le ofrecieron ayuda económica en la Northeastern, así que yo la presioné. A veces los padres tienen que presionar un poco a sus hijos. Tienes que darles un empujoncito porque a veces ésa es la única manera de ayudarlos.
    »Le dije a Hannah que yo no podía permitirme enviarla a la escuela universitaria local, cosa que además era verdad. No ganamos mucho dinero. Si se sacaba un título aquí arriba, eso le abriría muchas puertas. A Hannah no le hacía mucha gracia la idea, echaba de menos a sus amigos, no le gustaba el clima de aquí… Demasiado frío, decía. Mi mujer… ella se ablandó un poco, dijo que buscaría otro trabajo para que Hannah pudiese ir a la universidad local, pero yo me negué. Seguí insistiéndole a Hannah para que se viniese aquí. Mi hija es tímida, lo ha sido siempre, desde que era una cría, y pensé… pensé que si se venía aquí arriba, rodeada de tanta gente inteligente… eso le haría mucho bien, la ayudaría a salir de su cascarón. Puede que sea tímida, pero… ¡joder! Es una auténtica campeona cuando se trata de estudiar.
    »Hannah no dejaba de decirme lo desgraciada que era aquí, lo mucho que quería volver a casa, y yo siempre le contestaba que eso era imposible. Cada vez que colgaba el teléfono, se me hacía un nudo en el estómago. Y yo siempre le quitaba importancia. A lo mejor Dios estaba tratando de decirme algo.
    – Señor Givens, ya sé que para mí es muy fácil decir esto, pero no puede usted echarse la culpa de lo que ha pasado. A veces…
    – ¿Qué?
    «A veces las cosas pasan y ya está -se dijo Darby-. A veces a Dios le traen sin cuidado.»
    – Todos estamos trabajando muy duro en este caso, señor Givens.
    Michael Givens tenía las manos en los bolsillos, sin saber muy bien qué decir ni adonde mirar.
    – ¿Qué opina de ella? -le preguntó.
    – Creo que su hija es…
    – No, me refería a Nancy Grace. Quiere que vayamos a la televisión a hablar de Hannah, dice que eso ayudará a que la encuentren. Mi mujer quiere hacerlo, dice que deberíamos hacer todo lo necesario para ayudar a Hannah. Pero si quiere que le diga la verdad… yo no acabo de verlo claro. Hay algo en la manera en que se comporta esa mujer que me da mala espina. Si aparecemos en televisión, ¿cree que eso podría hacer que la persona que tiene a Hannah decida… hacerle daño?
    Darby le dijo la verdad.
    – No lo sé.
    – ¿Qué haría usted si estuviese en mi situación?
    – Creo que debería hacer lo que le parece que es correcto.
    – ¿Cuál es su opinión sobre esa mujer, Nancy Grace?
    – Personalmente, creo que lo único que le importan son los índices de audiencia.
    – Es usted muy franca. Es algo que admiro en la gente. Usted y Hannah harían muy buenas migas. Gracias, señorita McCormick.
    El padre de Hannah se volvió, pero no abrió la puerta.
    – Es nuestra única hija. No pudimos tener más niños. Fue un milagro que la tuviéramos a ella. No sé lo que haríamos si… Usted tráigame a mi pequeña a casa, ¿de acuerdo?
    Buscó el pomo de la puerta con torpeza. Entró de nuevo en el interior de la casa, tropezando y olvidándose de cerrar la puerta tras de sí. Se sentó al lado de su mujer y clavó la mirada en el teléfono, como si se creyese capaz de hacer que sonara sólo con el poder de su mente.

Capítulo 68

    Keith Woodbury había pasado la cinta de casete a un archivo de mp3 y luego lo había copiado en un CD.
    La primera vez que Darby la escuchó, tuvo que disculparse y salir. Se había ido fuera, a la calle, y había dado la vuelta al edificio varias veces hasta que el aire fresco hubo purgado la sensación repulsiva y asfixiante que se la había pegado a la piel.
    La segunda vez fue igual de difícil, pero una vez superado el horror inicial, Darby se concentró en la grabación y se forzó a sí misma a obviar los gritos de la mujer y tratar de discernir los ruidos de fondo. Darby volvió a escuchar el CD en el camino de vuelta en coche a la ciudad.
    Jennifer Sanders gritaba de dolor, chillaba que parase, suplicaba que parase. El hombre de la cinta gruñía y gemía. A veces se reía. No hablaba en ningún momento. Si hubiese dicho algo, entonces tal vez la hermana de Dingle habría podido reconocer su voz. Al menos entonces Darby sabría con toda certeza que el hombre de la grabación era, efectivamente, Sam Dingle.
    El tráfico de la entrada a Boston era infernal. Por lo visto, había obras en la carretera o algo así. Darby tomó la salida más próxima, con la mente concentrada en los sonidos que oía a través de los altavoces del coche. No distinguía ningún ruido de fondo. Algún experto de audio tendría que procesar la cinta, un procedimiento que tardaría meses.
    Al cabo de media hora se hallaba conduciendo por la zona de Back Bay. Trinity Church, una de las iglesias más antiguas de Boston, se erigía a la sombra del Prudencial Center. Todas las navidades, desde que Darby era muy pequeña, su madre la llevaba allí, a Copley Square, a escuchar los villancicos a la luz de las velas. A veces cantaba incluso el coro de cámara de Trinity.
    Darby vio un sitio libre y, sin pensarlo, aparcó el coche justo cuando el sol empezaba a ponerse detrás de Prudencial Tower.
    Una iglesia católica es un lugar siniestro. El pecado y la salvación. Una estatua a tamaño natural de Jesucristo clavado en la cruz estaba colocada en la pared de detrás del altar. Bajo la penumbra, Darby vio las gotas pintadas de sangre que resbalaban desde su corona de espinas y de los clavos que le traspasaban las manos y los pies.
    La iglesia original, fundada en 1733, había quedado reducida a cenizas durante el gran incendio de Boston de 1872. El arquitecto H. H. Richardson la había reconstruido en un estilo que se hizo muy popular en un buen número de edificios europeos: torres gigantescas de piedra con tejados de teja y arcos de medio punto. Darby siempre se quedaba embobada mirando las vidrieras de colores que había detrás del altar. Vio las «Recomendaciones de David a su hijo Salomón», una vidriera diseñada en 1882 por Edgard Burne-Jones y William Morris.
    Darby se sentó en un banco y pensó en las distintas generaciones de personas que se habían sentado en aquel preciso lugar y rezado a Dios desde la desesperación y el miedo. Por favor, Señor, mi hijo tiene cáncer. Por favor, ayúdalo. Santa María, Madre de Dios, por favor, haz que mis hijos estén siempre a salvo. Por favor, no dejes que le pase nada a mi familia. Por favor, ayúdame, Señor. Jesucristo, por favor, ayúdame.
    ¿Atendía Dios sus plegarias? ¿Las escuchaba? Si lo hacía, ¿escogía al azar y entonces decidía ayudar? ¿Le importaba siquiera?
    «¿Acudían las víctimas a la iglesia?», se preguntó Darby.
    Dejó su mochila en el banco y extrajo la copia del expediente de Emma Hale. Buscó en el texto con la ayuda de un bolígrafo con linterna.
    Emma Hale había nacido y crecido en el seno de una familia católica. Iba a misa todos los domingos con su padre. ¿Y Judith Chen? Sí, ella también era católica. Sus compañeras de piso no sabían si iba a misa.
    Darby llamó al teléfono del apartamento de Hannah. Respondió Michael Givens.
    – ¿Qué religión profesaba su hija? -le preguntó Darby.
    – La educamos en la fe católica -respondió el padre de Hannah-. Fue más bien cosa de mi mujer. A mí… la verdad es que yo no le veía la utilidad.
    – ¿Y Hannah?
    – Cumplía con sus deberes religiosos por su madre, pero no creo que llegase a calarle muy hondo.
    – ¿Sabe si Hannah asistió alguna vez a una misa católica en Boston o en los alrededores?
    – Espere un momento.
    Michael Givens lo consultó con su esposa. Tracey Givens le habló en un murmullo a su marido y luego ella se puso al teléfono.
    – Hannah lleva ya bastante tiempo sin ir a misa. A mí no me hacía mucha gracia, pero ella nunca ha tenido pelos en la lengua. Nunca ha sido una persona verdaderamente religiosa, y la fe que le quedaba acabó de disiparse en cuanto estalló aquel escándalo sexual que hubo por aquí… ya sabe a qué me refiero, esos curas que abusaron de aquellos chicos, y ese cardenal comosellame que los encubrió, ¿se acuerda?
    – El cardenal Law -recordó Darby-. ¿Y colaboraba con alguna organización benéfica local?
    Bryson no había investigado esa vía.
    – A mi hija no le quedaba mucho tiempo libre, entre las clases y los dos trabajos. Hannah siempre se estaba quejando de eso, tanto a mí como a su padre; decía que ojalá tuviese más vida personal. Si estaba haciendo algún voluntariado en una organización benéfica, a mí no me lo dijo.
    – ¿Y un novio? ¿Salía con alguien?
    Darby estaba desesperada y se aferraba a cualquier esperanza.
    – Hannah salía con un buen chico cuando vivía con nosotros, pero la relación se acabó cuando ella se vino a estudiar a Boston -explicó Tracey Givens-. Aquí no salía con nadie. Y ése era un tema que no llevaba nada bien.
    – Gracias por su tiempo, señora Givens.
    Darby se quedó mirando la expresión afligida de Jesús en la cruz, y por alguna razón, desvió sus pensamientos hacia Timothy Bryson. Su cuerpo yacía en el interior de un ataúd en una funeraria de Quincy. Sería enterrado a la mañana siguiente. Se preguntó quién se habría encargado de los preparativos.
    Recordó la fotografía enmarcada de su hija y la visualizó unos instantes mientras analizaba sus propios sentimientos.
    «Lamento mucho lo que le pasó a tu hija -decía esa parte fría y analítica de su ser-. Pero no lamento lo que te pasó a ti, Tim. Sé que debería sentirlo, pero no es así.»
    Darby se acordó entonces de su propia madre. Por la fuerza de la costumbre, o tal vez por un arrebato de fe, se arrodilló y, con la espalda completamente recta, tal como le habían enseñado las monjas de Saint Stephen's, hizo la señal de la cruz y cerró los ojos. En primer lugar rezó una oración por Sheila y luego rezó por Hannah.
    El móvil empezó a vibrar a la altura de su cadera. En la pantalla se leía «Número privado». Darby dejó que su teléfono sonase tres veces más antes de contestar.

Capítulo 69

    – ¿Estás rezando para que Dios te ayude a encontrar a Hannah? -le preguntó Malcolm Fletcher.
    Darby metió la mano en el interior del bolsillo de su abrigo y abrió la solapa de su sobaquera mientras recorría la iglesia con la mirada. Los bancos estaban vacíos, las paredes con sus vidrieras con las escenas del vía crucis, cubiertas de sombras.
    – Pensaba que no volvería a tener noticias suyas, agente especial Fletcher.
    – Eso fue hace mucho tiempo.
    – Jonathan Hale nos lo ha contado todo.
    – Una mentira muy astuta -dijo Fletcher.
    – Sé lo que está haciendo. Sé por qué está aquí.
    – ¿No me vas a preguntar por el detective Bryson?
    – ¿Admite que lo mató?
    – Os hice un favor. ¿Quién sabe qué planes tramaba? Es posible que queráis echar un vistazo al armario que contiene las pruebas.
    – ¿Por qué no me lo dijo directamente?
    – Quería que Timmy transmitiera un mensaje, y decidí enviarlo por correo aéreo. -Fletcher se echó a reír, con una risa profunda y gutural que hizo que un escalofrío le recorriera a Darby todo el cuerpo-. ¿No te alegras de que haya muerto?
    – No creo que mereciese sufrir.
    – Otra mentira. Ésa es otra de las razones por las que has acudido a la iglesia, ¿no es así? Querías presentar tu sentimiento de culpa a los pies del altar y suplicar clemencia al Todopoderoso. Siempre se me olvida cuánto os gusta sufrir a los católicos. ¿Ha decidido el Altísimo poner fin a su insoportable reino de silencio y responder a tus plegarias?
    – Sigo esperando.
    – ¿No sabes que tu dios es todo un entendido en el silencio y las cenizas?
    – Hemos encontrado los restos óseos.
    – Estoy seguro de que será un alivio para Tina Sanders. Llevaba mucho tiempo rezando para que llegase este momento.
    – Sigue negándose a hablar con nosotros.
    – No me extraña.
    – Hablemos de Sam Dingle.
    – Me temo que voy a tener que cortar esta conversación. No confío del todo en el teléfono. Nunca se sabe quién podría estar escuchando. Ah, y una cosa más, Darby… Pese a todo lo que hayas leído u oído sobre mí, no tengo ninguna intención de hacerte daño, ni ahora ni en un futuro. Hannah está en muy buenas manos. Espero que la encuentres pronto. Adiós, Darby.
    Clic.
    Darby había salido de la iglesia, y estaba mirando las calles cuando su teléfono volvió a sonar. Era uno de los técnicos de vigilancia.
    – No hemos podido localizar la llamada -le explicó el técnico-. Si vuelve a llamar, entretenlo y haz que siga hablando. En algún momento bajará la guardia y lo localizaremos.
    – No estés tan seguro -dijo Darby.

Capítulo 70

    Hannah Givens pensaba otra vez en la carta y se preguntaba si habría cometido un error.
    Tres días atrás, Walter le había regalado un papel de cartas muy bonito con un sobre a juego y un sello. Le dio un bolígrafo y le dijo que escribiera una carta a sus padres. Le prometió que la enviaría.
    Hannah sabía perfectamente que Walter nunca lo haría; era demasiado arriesgado. Con los métodos de los que disponía la policía científica en la actualidad, podían rastrear el origen de cualquier sello hasta la oficina de correos exacta donde había sido adquirido. Había visto cómo lo hacían en un programa de televisión.
    Hannah sabía que la carta era un intento de hacer las paces, una forma de conseguir que hablara. Walter necesitaba que ella le hablara. Había intentado hacer que se abriera a él contándole una historia horrible sobre cómo su madre lo había quemado hasta dejarlo casi muerto, y luego había seguido soltándole toda esa palabrería religiosa sobre la importancia del perdón.
    Cuando ella siguió sin decir nada, cuando continuó allí sentada, en silencio, mirándolo, Hannah intuyó que él había sentido el impulso de hacerle daño. Había que reconocer que no lo había seguido, pero eso no significaba que Walter fuese a esperar eternamente. Ya le había hecho daño una vez. No tenía ninguna duda de que volvería a hacerle daño de nuevo.
    Walter le había dejado un rotulador de punta fina. Hannah pasó mucho tiempo fantaseando con la idea de utilizar el rotulador como arma, de clavárselo en la garganta, si podía. Como mínimo, podía sacarle un ojo. Había imaginado todos los desenlaces posibles, y advirtió que no había sentido miedo en ningún momento. Nunca había hecho daño a ningún otro ser humano, pero estaba segura que, llegado el caso, era algo que sería capaz de hacer.
    El problema era que Walter era muy listo. No se olvidaría del rotulador; tarde o temprano le pediría que se lo devolviese.
    Otra idea había empezado a tomar forma en su mente, una idea posiblemente con un potencial mucho mayor: ¿y si utilizaba la carta como una oportunidad para conseguir alguna clase de ventaja? La pregunta la consumía a todas horas.
    A Hannah se le ocurrió un plan. Se concentró en lo que diría y elaboró distintos borradores en su cabeza antes de trasladar las palabras al papel.
    Walter:
    La Virgen María se me apareció anoche en sueños y me dijo que no tuviera miedo. Dijo que eres un hombre muy bueno y solícito. Me dijo cuánto me quieres, y que serías incapaz de hacerme daño a mí o a mi familia. Tu Santa Madre me dijo también que me dejarías llamar a mis padres para decirles que no se preocupen.
    Después de hablar con mis padres, estaba pensando que tal vez podrías venir a cenar conmigo, y así podríamos charlar y conocernos un poco mejor.
    Hannah había dejado el sobre y el rotulador en la bandeja junto con los platos de papel sucios del almuerzo. Ahora tenía que esperar a ver qué haría Walter.
    Para matar el tiempo, se puso a releer el breve diario escrito por la mujer llamada Emma. Hannah pasó a la última página y empezó a leer:
    No sé por qué me molesto en escribir este diario. A lo mejor es un mecanismo de supervivencia, la necesidad de dejar algo tras de mí, de dejar mi marca. A lo mejor es por la fiebre. No dejo de temblar, tengo frío y calor a la vez. Walter, por supuesto, cree que finjo. Le he dicho que me tomase la temperatura y lo ha hecho. Me ha dicho que tenía unas décimas, pero nada por lo que preocuparse. Ha dicho que no dejaría que me sucediese nada malo.
    Como no me bajaba la fiebre, Walter entró en mi habitación con dos píldoras grandes de color blanco. Dijo que era penicilina. Volvió otra vez a la hora de almorzar con dos píldoras más, y luego trajo dos más con la cena. Pasaron varios días (o al menos eso me parecía a mí, porque el tiempo aquí abajo no tiene ningún significado) y todo seguía igual, así que al final le dije:
    – ¿Quieres que me muera?
    – No te vas a morir, Emma.
    – Las píldoras no están surtiendo efecto. Me pasa algo malo. Vomito todo lo que como. Necesito un médico.
    – Tienes que darle una oportunidad al medicamento. Tú bebe mucha agua. Te he comprado ésa tan cara que tanto te gusta, Pellegrino. Necesitas estar hidratada.
    – No quiero morir aquí.
    – Deja de decir eso.
    Y entonces Walter se puso a soltar otra de esas historias de que «su» Santa Madre se le apareció y le dijo que no me iba a pasar nada.
    – Por favor, escúchame, Walter. ¿Quieres escucharme un momento? -No me contestó, así que yo seguí hablando-. He estado pensándolo mucho. No sé dónde vives. Puedes vendarme los ojos, meterme en el coche y llevarme a algún hospital de otra ciudad. Déjame allí y luego te vas y ya está. Te juro por Dios que no le diré a nadie quién eres.
    Le cambió la cara y, no sé, parecía indignado, como si lo que me pasaba fuese culpa mía o algo así.
    – No quiero morir sola -dije-. Quiero ver a mi padre.
    Le supliqué, lloré… lo hice todo.
    Walter esperó hasta que hube acabado y luego me sujetó las manos y dijo:
    – Reza conmigo, Emma. Le rezaremos juntos a María. Mi Santa Madre nos ayudará, ya lo verás, te lo prometo.
    Walter acaba de irse de la habitación. Estoy intentando no pensar en qué me pasará cuando me muera.
    A lo mejor Dios te da una segunda oportunidad. A lo mejor te permite volver hasta que dejas tu marca. O a lo mejor el alma no existe. A lo mejor eres como todo lo demás que ronda por la Tierra, un ser vivo únicamente por un período de tiempo muy breve para luego, al final, acabar muriendo solo, acabar olvidado por todos. Por favor, Dios, si estás ahí y puedes oírme, por favor, no dejes que eso sea verdad.
    Hannah se saltó el párrafo siguiente, el largo y delirante relato de un sueño recurrente producto de la fiebre en el que Emma deambulaba por calles oscuras, de noche, mientras se preguntaba por qué no salía el sol, por qué no había luces en el interior de las casas, por qué las calles no tenían nombre.
    Y luego venían las últimas palabras que había escrito aquella mujer llamada Emma:
    No dejo de pensar en mi madre. Murió cuando yo tenía ocho años. El día de su entierro, cuando mi padre y yo nos quedamos solos al fin, me acuerdo de lo mucho que me insistía en que la muerte de mi madre formaba parte del plan divino de Dios. La imagen de ese día que me viene a la cabeza una y otra vez es la de los coches pasando por nuestro lado, el tráfico de siempre, la gente que iba en esos coches para seguir con sus vidas, para ir al trabajo, a ver a sus familias y amigos… La vida sigue, como si nada. El mundo no se detiene por ti. Ni siquiera se para un momentito a ofrecerte una disculpa. Lo que me asustaba entonces, lo que me sigue asustando ahora, es lo insignificante que eres en realidad. En la dimensión más amplia del mundo, en toda su magnitud, tú no importas nada. Si eres de los afortunados, publicarán una bonita necrológica sobre ti y a lo mejor un puñado de personas se detendrá a acordarse de ti durante un tiempo, pero al final, todas siguen adelante con sus vidas, todas pasan página y se obligan a sí mismas a olvidar hasta que te has difuminado un poco… Tienes que difuminarte justo lo suficiente para que cuando se acuerden de ti, tu imagen ya no sea tan nítida. Así eres más fácil de sobrellevar.
    Mi padre no tendrá esa suerte. Dejará todas mis fotos a la vista y se parará a contemplarlas y se preguntará qué me pasó, cómo fueron mis últimos momentos. Ojalá pudiera darle este diario o lo que sea que estoy escribiendo aquí para que pudiera tener, no sé, algo de paz al final, imagino. Quiero que mi padre sepa…
    La entrada terminaba ahí.
    «Quiero que mi padre sepa.» Las últimas palabras de Emma.
    ¿Qué le había pasado? ¿Había muerto allí, en esa habitación? ¿En su cama? Si había muerto ahí, ¿qué había hecho Walter con su cuerpo?
    ¿La había matado él?
    Walter llamó a la puerta.

Capítulo 71

    Hannah metió el cuaderno a toda prisa bajo las sábanas y esperó a que la puerta se abriera. No lo hizo. El lector de tarjetas no emitió ningún pitido y el cerrojo no cedió.
    Walter volvió a llamar a la puerta y Hannah se dio cuenta de que estaba esperando a que ella le hablase.
    «No digas nada a menos que te deje hablar con mamá y papá.»
    Volvió a llamar dos veces más y al ver que Hannah no respondía, abrió la puerta.
    Walter iba vestido con una camisa blanca inmaculada y pantalones de vestir grises a rayas. Llevaba dos cosas en la mano: una caja de regalo y, doblado encima, un albornoz de toalla blanco. Depositó ambas cosas encima de la mesa.
    – He pensado que a lo mejor querrías un albornoz limpio -dijo-. Puedes ponértelo para ir al cuarto de baño. Puedes darte una ducha o, si lo prefieres, un baño.
    Hannah no respondió.
    – He leído tu carta -continuó Walter-. He rezado mucho y al final he decidido dejar que llames a tus padres.
    – Gracias.
    Walter sonrió. Su rostro se transformó, adoptó una expresión más relajada.
    – Me alegra oír tu voz -dijo.
    – Siento no haber estado muy habladora, pero creía…
    – Creías que iba a volver a hacerte daño.
    Hannah ya había previsto aquello; sabía qué decir.
    – Sé que lo que ocurrió en el coche fue un accidente. Te perdono.
    Walter colocó el regalo envuelto encima de la cama.
    – No tenías por qué…
    – Quería hacerlo -la interrumpió él-. Adelante, ábrelo.
    Hannah rasgó el papel. Dentro de la caja, envuelto en papel de seda, estaba el vestido de noche negro de Calvin Klein que había admirado en el escaparate de Macy's la noche de la ventisca.
    – ¿Te gusta? -le preguntó Walter.
    – Es precioso. -Hannah sintió un escalofrío por debajo del pijama. Esbozó una sonrisa forzada-. Gracias.
    – Esperaba que te lo pusieses esta noche, para cenar. Estoy preparando chuletas de ternera. El primer plato son vieiras en su jugo servidas con una salsa de vino blanco.
    – Suena delicioso. -Hannah inspiró hondo y se lanzó-. Ahora me gustaría hablar con mis padres. No quiero ponerme pesada, pero estoy preocupada por mi padre. Está muy enfermo. Tiene cáncer.
    Eso era mentira. Hannah había visto un programa con científicos forenses sobre un hombre que violaba y mataba a prostitutas. El asesino había cogido a una mujer y la tenía esposada en la parte de atrás de su furgoneta. Ella se pasó todo el tiempo hablando de su padre, diciendo que tenía cáncer y que si ella moría, nadie cuidaría de él. Su secuestrador la violó y luego la soltó. Cuando lo pillaron, le contó a la policía que no había matado a la mujer porque su madre también había muerto de cáncer.
    – ¿Por qué no te duchas primero? -le sugirió Walter-. Ponte el albornoz y te acompañaré al cuarto de baño. Llama a la puerta cuando estés lista.
    Hannah se preguntó si Walter la espiaría a través de algún agujero en la pared. Se colocó detrás de la cortina que tapaba su retrete y se cambió rápidamente. Se ciñó el albornoz con fuerza, se anudó el cinturón y llamó a la puerta.
    Walter entró en la habitación. Llevaba un par de esposas.
    – Es para asegurarme de que no escaparás o a… ya sabes…
    ¿Lo obedecía y se las ponía o intentaba resistirse? Si se oponía ahora a colocarse las esposas, tal vez no la dejaría hacer la llamada de teléfono.
    – Te las quitaré enseguida -la tranquilizó Walter.
    Hannah tenía que vencer sus temores. Tenía que ser valiente. Se volvió y Walter le puso las esposas. Hannah se preguntó si hacía aquello por Emma. ¿Habría intentado huir ella durante su primera visita al cuarto de baño?
    Walter se acercó al lector de tarjetas, que emitió un pitido, y entonces el cerrojo cedió. Hannah advirtió que el lector de tarjetas estaba colocado a la altura de la cintura. «Debe de llevar la tarjeta en el bolsillo, así puede tener las manos libres.»
    Hannah salió al pasillo de un sótano a medio construir. A su izquierda había un armario para la ropa de cama. Cuando él le hizo volverse vio, al final del pasillo y a la derecha de las escaleras, un cuarto de baño de azulejos blancos. La puerta tenía dos candados.
    Hannah echó a andar despacio, para tener tiempo de procesar todo cuanto veía. El suelo de cemento estaba frío al contacto con sus pies desnudos.
    – ¿Puedo darme un baño?
    – Por supuesto -dijo Walter.
    – ¿Cuánto tiempo tengo?
    – Tómate el tiempo que necesites.
    Bien. No sólo quería tiempo para permanecer a remojo en el agua caliente, porque no se había bañado desde que había llegado allí; también quería curiosear y ver si podía encontrar algo de utilidad. Si por algún milagro divino lograba encontrar algo útil, ¿lo echaría Walter en falta? Tendría que pensarlo un poco.
    Al pasar junto a las escaleras del sótano, Hannah miró a la izquierda y vio una lavadora y una secadora. La ropa que se había puesto para ir a trabajar ese día estaba encima, perfectamente doblada.
    – No sé qué clase de champú o gel usas, pero si me lo dices, con mucho gusto iré a comprártelos -se ofreció Walter-. Cualquier cosa que necesites, todo lo que quieras, sólo tienes que pedírmelo, que yo estaré encantado…
    Y en ese momento, alguien llamó al timbre.

Capítulo 72

    Walter la empujó contra la pared y le tapó la boca con el muñón de su mano desfigurada.
    – Si dices una sola palabra, te encerraré a oscuras y sin comida. ¿Es eso lo que quieres? Dime, ¿es eso?
    Hannah negó con la cabeza.
    El timbre de la puerta volvió a sonar. Al mirar más allá de su horrible rostro lleno de cicatrices, Hannah vio que las escaleras del sótano conducían a una puerta abierta, y distinguió armarios de cocina y el techo de otra habitación. Eran menos de doce escalones. Si no estuviera esposada…
    ¿Y si era la policía la que llamaba a la puerta?
    «Muérdele la mano, quítatela de la boca y grita. VAMOS, HAZLO.»
    Walter la apartó de la pared de un empujón, la hizo volverse y le rodeó el cuello con el brazo, apretando con fuerza mientras la arrastraba de nuevo por el pasillo. No podía respirar y no podía luchar contra él. Era mucho más fuerte que ella.
    Llegaron hasta el lector de tarjetas. Este emitió un pitido y Walter pulsó el 2 seguido de un 4 y un 6. Hannah no logró ver el último número.
    La puerta se abrió y Walter la empujó al interior de la habitación. Hannah tropezó y se cayó al suelo. Al cabo de un momento, la habitación se quedó a oscuras. Hannah se llevó las rodillas al pecho, se las estrechó con fuerza y empezó a balancearse hacia delante y hacia atrás, intentando contener las lágrimas.

    Walter cogió la Bulldog del calibre 22 del armario de la cocina. Ocultó el arma detrás de su espalda mientras avanzaba por el salón y se asomaba por la ventana.
    En el porche delantero de su casa había una mujer algo rolliza arropada con un abrigo grueso de invierno, gorro y bufanda. Walter no la reconoció. La mujer sujetaba un plato envuelto en papel de aluminio.
    Walter miró a uno y otro lado de la calle y no vio ningún coche. La suya era la única casa que había en aquella calle. Volvió a mirar a la mujer.
    ¿Le abría la puerta o dejaba que se fuera?
    Ella volvió a llamar al timbre, y sonrió cuando se abrió la puerta, pero su sonrisa se desdibujó un poco en cuanto le vio la cara. Tardó un momento en reponerse de la impresión.
    – Hola, soy su nueva vecina, Gloria Lister.
    Walter no respondió. Fijó la mirada en la nieve que se derretía en las botas de la mujer, consciente de que ella estaba conmocionada por el aspecto de su cara, consciente de que le estaba juzgando. Sintió ganas de cerrar la puerta de golpe y esconderse.
    Como él no se presentaba, la mujer se vio obligada a romper el incómodo silencio.
    – Las luces estaban encendidas, y cuando he visto su coche en la entrada, he pensado que estaría en casa -dijo-. No quería dejar esta tarta aquí fuera, así que he llamado al timbre varias veces. Es de manzana. Soy pastelera.
    – Soy alérgico a las manzanas.
    Era mentira. Walter quería que se fuese. Ya.
    – Ah… bueno, pues vaya. Volveré a llevármela, entonces. -Esperó un momento, y como él no le contestó, dijo-: No pretendía molestarlo. Que tenga buenas noches.
    Walter cerró de un portazo. Echó los candados y apagó todas las luces. Estaba mareado.
    Debería haberla saludado educadamente. Debería haber aceptado la tarta. Al día siguiente, cuando su nueva vecina fuese a trabajar, le hablaría a todas sus amigas de la pastelería de su extraño vecino, el hombre con aquella cara tan horrible, cubierta de cicatrices. «Me alegré de irme, de verdad; parecía un monstruo», diría Gloria, y todas se echarían a reír. La gente empezaría a hablar. Correría el rumor, como ocurría siempre en las ciudades pequeñas, y tarde o temprano la policía oiría hablar del extraño vecino de Gloria Lister que no la invitó a entrar en su casa, que la dejó allí plantada con su tarta, pasando frío. A lo mejor la policía iría a hacerle una visita, decidiría entrar a echar un vistazo. Nunca se sabía.
    Debería haberle dicho «hola» al menos.
    Usando la pared como punto de apoyo, se tambaleó hasta el salón y volvió a mirar por la ventana, desde donde observó cómo su nueva vecina avanzaba pisando con mucho cuidado los trozos de hielo de la calle. Walter se preguntó que se sentiría al invitar a una mujer a entrar en su casa. Sería la primera vez que lo hacía.

Capítulo 73

    Darby estaba volviendo a ver el DVD que Malcolm Fletcher había enviado a Jonathan Hale cuando oyó que llamaban a la puerta.
    – Tengo novedades sobre la muestra de maquillaje sin identificar -anunció Keith Woodbury. Llevaba un abrigo de invierno y tenía la cara colorada por el frío-. Ven a mi despacho.
    Una vez sentado a su mesa, Woodbury extrajo una hoja de papel de una carpeta. Le dio el gráfico de FTIR donde aparecía el análisis de los componentes químicos y sus concentraciones individuales.
    – Me pasé toda la semana pasada jugando a la versión química del Scrabble con mi amigo del MIT, reordenando los componentes -explicó Woodbury-. Lo que nos despistaba eran los niveles de dióxido de titanio. Es un mineral cuyos restos se pueden encontrar en cualquier cosa, desde los alimentos hasta los cosméticos. No hace falta que tomes notas. Lo pondré todo en mi informe.
    »Uno de los productos encontrados en la muestra de la sudadera se llama Derma. Es un corrector cosmético que se usa para disimular cicatrices faciales graves provocadas por el acné, la cirugía o quemaduras. El producto se comercializa en una gran variedad de tonalidades, por lo que el paciente puede escoger el que más se parezca a la pigmentación de su piel. Muchos cirujanos plásticos y dermatólogos se lo recomiendan a sus pacientes. Ya no se necesita receta para adquirirlo; antes sí, hasta finales de los noventa, pero incluso ahora no se puede comprar en cualquier tienda, al menos de momento. La empresa está fabricando una nueva línea de cosméticos que, a partir del año que viene, se comercializará en todo el territorio nacional en grandes almacenes como Macy's. Por el momento, sólo se puede comprar Derma a través de la página web de la empresa.
    Woodbury le mostró otro gráfico.
    – Ésta es la muestra desconocida -prosiguió-. Es un LYCD, las siglas de los derivados vivos de las células de levadura. Es un componente químico relativamente novedoso, por eso la FTIR no podía identificarlo. El LYCD no figura en ninguna de las bases de datos de cosméticos.
    – ¿Qué es?
    – Para explicarlo en términos sencillos, el LYCD provee oxígeno a la piel y le permite que respire. Es una crema facial, pero no una tradicional. Se supone que el LYCD facilita la regeneración y curación de la piel. Se puede aplicar a un corte reciente o a una quemadura grave. Se supone que también ayuda a reblandecer el tejido cicatricial. ¿Tenía Judith Chen alguna cicatriz en la cara?
    – No.
    – ¿Y Emma Hale?
    – Tenía un cutis envidiable.
    – ¿Alguna de las dos se hizo un peeling químico?
    – No lo sé. Judith Chen no ganaba lo suficiente para permitirse algo así, pero no me sorprendería que Emma Hale se lo hubiese hecho.
    – La muestra de la sudadera contenía Derma y LYCD, las dos cosas. Como ya he dicho, el LYCD está indicado para cortes recientes, quemaduras o cicatrices. Se aplica en la cara una vez por la mañana y otra por la noche, antes de acostarse. Un tubo dura aproximadamente treinta días. Derma se usa para tapar las cicatrices. Es para personas con la piel sensible o con problemas. No contiene alcohol. La mayor parte de los cosméticos que se distribuyen en las perfumerías y otras tiendas contiene algún conservante con una base de alcohol que, en el caso de determinadas personas, puede llegar a irritar la piel del rostro.
    – A ver, deja que te haga una pregunta -le interrumpió Darby-. ¿Podría alguien con una piel normal emplearlo como tratamiento de belleza?
    – ¿Te refieres a esos tratamientos que prometen una piel más joven y de aspecto más sano en treinta días o si no, te devuelven el dinero?
    – Exacto.
    – Supongo que podrías utilizarla para ese propósito, pero hay productos mejores en el mercado, que se pueden comprar sin problemas en las tiendas especializadas. ¿Cómo los llamáis las mujeres? ¿«La esperanza metida en un frasco»?
    – No tengo ni idea.
    – ¿Es que no ves el programa de Oprah?
    – No.
    – Creía que todas las mujeres veíais a Oprah. Es como una ley o algo así. -Woodbury sonrió al recostarse en su asiento, al tiempo que entrelazaba las manos por detrás de la cabeza-. Muy bien, supongamos que quisieses utilizar el LYCD porque crees que eso ayudará a que tu cutis parezca más joven. Tendrías que ir a la consulta de un dermatólogo o a una clínica especializada en quemados. Dudo que te lo vendiesen si utilizases ese argumento. ¿Encontraste algún indicio de un trauma facial reciente en alguna de las víctimas?
    – Dado el avanzado estado de descomposición, era imposible determinarlo.
    – Si Chen y Hale no tenían cicatrices faciales, si no habían sufrido alguna clase de quemadura facial, entonces no habría ninguna razón para que llevasen el producto en su bolso o su mochila cuando fueron secuestradas. El otro problema es el Derma. El tono no coincide con el color de piel de Judith Chen ni de Emma Hale. Eso nos deja sólo dos posibilidades: la primera es que esos productos pertenezcan a alguna otra víctima, y la segunda es que el asesino utilice ambos productos. Si el asesino de Chen llevaba Derma y LYCD, es posible que transfiriese accidentalmente los productos al hombro de la sudadera de la chica cuando recogió su cuerpo.
    – ¿Cómo podría averiguar quién vende esa crema de LYCD?
    – Ahí es donde estamos de suerte -señaló Woodbury-. Sólo hay una empresa que fabrique un producto con LYCD: Alcoa, con sede en Los Ángeles. El producto se llama Lycoprime. No se puede comprar en ninguna perfumería ni de forma ilegal en internet. Tienes que encontrar un dermatólogo o una unidad de quemados de un hospital que venda el producto. El Lycoprime es relativamente nuevo. Alcoa empezó a fabricarlo hace menos de dos años.
    – Hablamos entonces de una distribución muy limitada.
    – Me he tomado la libertad de hablar con uno de sus representantes de ventas esta tarde. Eli, ése es el nombre del tipo con el que he hablado, Eli Rothstein; me ha enviado por fax una lista de los médicos y clínicas que venden el producto en Nueva Inglaterra. Supuse que querrías empezar por ahí.
    – Suposición correcta.
    Woodbury le entregó una hoja de papel.
    La lista de médicos de Nueva Inglaterra era asombrosamente reducida. El Centro de Quemados Shriners era uno de los clientes principales, al igual que las unidades de quemados de los dos hospitales más importantes de Boston, el Beth Israel y el Mass General. Un puñado de dermatólogos locales también distribuía el producto. Había menos de una docena de dermatólogos en Rhode Island y New Hampshire que usaban Lycoprime.
    Ni los hospitales ni las consultas médicas de Boston entregarían el historial médico de un paciente sin una orden judicial. Neil Joseph podía obtener la orden, pero llevaría un tiempo. Darby consultó su reloj. Eran casi las cuatro de la tarde. Si Chadzynski pedía una orden judicial, todo el mundo removería cielo y tierra para conseguirla sin tardanza.
    Darby se levantó.
    – Un trabajo magnífico, Keith. Muchas gracias.
    – Siento haber tardado tanto. -Woodbury adoptó una expresión seria-. Hannah Givens… ¿Crees que aún está viva?
    – Eso espero.
    Darby rezó una rápida oración mientras se disponía a descolgar el teléfono de Woodbury para llamar al número de Chadzynski.

Capítulo 74

    Walter pasó el resto del día trabajando en las páginas web de sus clientes. No podía dejar de pensar en Hannah, encerrada allí abajo, sola y a oscuras.
    Por fin le había dirigido la palabra, pero entonces había sonado el timbre de la puerta y a él le había entrado el pánico, y ahora todo se había ido al garete. Ahora Hannah creería que era un monstruo. Necesitaba encontrar la manera de arreglar aquel descalabro y empezar de cero.
    Walter bajó a la cocina a buscar la guía telefónica. La floristería más cercana estaba en la ciudad vecina, Newburyport. Llamó al número que aparecía en el listín, y el hombre que contestó le dijo que era demasiado tarde para efectuar una entrega a domicilio, pero que la tienda estaba abierta hasta las cinco. Le dio las gracias y colgó.
    A Walter no le gustaba salir de casa. Gracias al prodigio de internet, no era necesario. Le llevaban a casa todos sus pedidos de ropa, medicamentos, películas, libros y hasta la comida. Las únicas veces que salía de casa era para ir a ver a María.
    María sabía que se sentía muy solo. Ella le decía que fuese valiente. Walter había rezado meses y meses para tener fortaleza de espíritu. Y entonces, un buen día, María le había dicho que fuese en coche a Harvard Square. No le explicó por qué. Sólo le dijo que era una sorpresa.
    Walter estaba sentado al volante y a través de los cristales tintados veía pasar a los estudiantes universitarios. Era primavera y hacía calor y mucho sol. Deseó con toda su alma poder estar él también ahí fuera, mezclarse con la multitud, pero si salía del coche, la gente le vería la cara bajo la luz inclemente. Se pararían y se lo quedarían mirando. Algunos hasta se reirían de él.
    La terrible soledad que Walter había experimentado durante toda su vida le removió las entrañas, se desperezó y luego desapareció, reemplazada por el inmenso amor de María. Su Santa Madre le dijo que era hermoso y lo hizo mirar a la izquierda.
    Una mujer muy sexy, con el pelo largo y rubio, cruzaba la calle en dirección a él. Llevaba tacones, falda corta y una camisa ajustada. Tenía una tez perfecta. Los hombres la miraban, volvían la cabeza para seguirla con la vista, y ella lo sabía. Era la mujer más guapa que Walter había visto en su vida.
    «Ése es mi regalo para ti», le había dicho María. Imbuido del espíritu de la Santa Madre, Walter arrancó el coche y siguió a la mujer a la que llegaría a conocer como Emma Hale. María le dijo que Emma era una mujer muy especial, que, con el tiempo, llegaría a amarlo. María le indicó lo que tenía que hacer.
    Lo había intentado todo para conseguir que Emma lo amase, y cuando eso no funcionó, María le dijo que volviese a Boston y le presentó a Judith Chen.
    Ahora Walter tenía a Hannah y ésta se negaba a hablarle. Debía arreglar las cosas de algún modo. Cogió las llaves del coche y salió a la calle.
    El hombre de aspecto fornido que estaba detrás del mostrador y la chica que preparaba los arreglos florales se lo quedaron mirando cuando apareció por la puerta, y lo siguieron con la mirada mientras se dirigía a la cámara de refrigeración y examinaba las rosas. Walter sentía sus ojos clavados como hierros candentes en su nuca.
    Decidió decantarse por un ramo muy vistoso de flores de distintas variedades. Se oyó el sonido de una campanilla cuando la puerta se abrió a su espalda. Con las flores en la mano, Walter se volvió y vio a un niño de unos cinco años parado en el pasillo.
    – ¿Es usted un monstruo bueno? -le preguntó.
    La cara del niño se transformó en una gigantesca llama borrosa de color blanco, como una estrella que lo observara desde el espacio exterior.
    Walter se metió la mano en el bolsillo y apretó con fuerza la estatuilla. Su Santa Madre derramó sobre él todo su amor.
    – A mí no me dan miedo los monstruos -continuó el niño-. Todas las noches, mi padre me lee un cuento sobre los monstruos que viven dentro de mi armario. No dan miedo. Sólo tienes que ser amable con ellos.
    La madre del niño se disculpó y se llevó a su hijo. El hombre del mostrador sonrió levemente al tiempo que envolvía las flores. Walter pensó en Hannah mientras esperaba, recordó su piel, tan cálida y suave, apretándose contra su cuerpo cubierto de cicatrices.
    Cuando llegó a casa, Walter bajó al sótano inmediatamente. Lo primero que hizo fue conectar la electricidad de la habitación de Hannah. A continuación, depositó las flores en la bandeja deslizante que empleaba para pasarle la comida, las empujó hacia dentro y miró por la mirilla. Hannah estaba tumbada en la cama, de espaldas a la puerta.
    – Te he traído un regalo -dijo Walter.
    Hannah no respondió, no se movió.
    – ¿Hannah, me oyes?
    No le contestó.
    – Esperaba que pudiésemos hablar.
    No hubo respuesta.
    – Hannah, por favor… dime algo.
    Nada.
    – Si quieres comer, tendrás que hablar conmigo.
    Walter esperó. Pasaron varios minutos, pero ella seguía sin hablar.
    Walter subió a la planta superior enfurecido y empezó a pasearse arriba y abajo por la cocina, con las manos temblorosas. Cuando se hubo calmado un poco, se dirigió al armario a rezarle a María en busca de consejo.
    La voz de su Santa Madre era muy débil, apenas la oía. Se volvió cada vez más y más débil, como si estuviera muriéndose, hasta que al final dejó de hablar.
    Necesitaba ir al Sinclair. Necesitaba rezar delante de María, la de verdad, la María real, la que lo había salvado. Necesitaba ponerse de rodillas, apoyar la cabeza sobre el suelo de la capilla y, con las manos entrelazadas y hundidas en el vientre, rezar hasta que su Santa Madre le hablase y le dijese lo que debía hacer.

Capítulo 75

    – No creo que Sam Dingle matara a Hale y a Chen -dijo Darby a modo de saludo.
    La inspectora Chadzynski tomaba café en una delicada taza de porcelana fina. Llevaba un traje Chanel espectacular. Había atenuado las luces de su despacho, y una radio empotrada en una estantería retransmitía una suave música de jazz.
    Darby agarró el respaldo de una silla e inclinó el torso hacia delante para hablar.
    – La hermana de Dingle dijo que éste se fue de Nueva Inglaterra al recibir el alta del Sinclair. Luego volvió una vez más a la costa Este, a recoger su parte de la venta de la propiedad de sus padres, y mientras estuvo aquí, secuestró a Jennifer Sanders y la llevó a esa sala contigua a la capilla, donde la violó y al final la estranguló hasta la muerte.
    »Ahora, veintitantos años después, Fletcher quiere hacernos creer que Dingle ha vuelto a su coto de caza original, sólo que en vez de estrangular y violar a mujeres, ahora se dedica a secuestrar a estudiantes universitarias y retenerlas durante varias semanas antes de pegarles un tiro en la cabeza y deshacerse de sus cuerpos metiéndoles una figura de la Virgen María en el bolsillo. Yo no me lo trago.
    – Dígame por qué -solicitó Chadzynski.
    – Margaret Anderson y Paula Kelly fueron estranguladas y arrojadas a la cuneta de la carretera como si fueran basura. Jennifer Sanders fue estrangulada, violada y torturada, y su cuerpo fue abandonado en un agujero sin posibilidad de que nadie lo encontrase. A Emma Hale la mantuvieron con vida durante seis meses enteros. Judith Chen estuvo viva durante varias semanas. También sabemos que, en algún momento, el asesino entró en la casa de Emma Hale a buscar un collar de la joven. Además de correr un riesgo considerable, porque lo podrían haber atrapado fácilmente, eso demuestra un elevado grado de empatía, de amor incluso.
    – Según tengo entendido, los asesinos en serie evolucionan. ¿No sería posible que Dingle…?
    – Estrangular a alguien es un acto íntimo, casi sexual -continuó Darby-. A Hale y a Chen no las estrangularon, sino que les dispararon un tiro en la nuca. El primer método es íntimo, el segundo, distante. El hecho de disparar a las víctimas en la parte posterior de la cabeza indica que el asesino sentía vergüenza por tener que matarlas. Un psicópata no se convierte en un asesino que siente empatía por sus víctimas. Es muy posible que Dingle matase a Anderson, Kelly y Sanders, pero no creo que matara a Hale y a Chen. Me parece que nos enfrentamos a un asesino completamente distinto.
    – Acabo de hablar por teléfono con el detective de Saugus que estuvo a cargo de la investigación de los casos de Anderson y Kelly -declaró Chadzynski-. Ahora está jubilado, pero recuerda que los de arriba incorporaron al caso a un especialista en perfiles para ayudar a preparar la acusación contra Dingle: era Malcolm Fletcher. Al parecer, visitó a Dingle en el Sinclair.
    – Bryson creía que Fletcher estaba tratando de desviar nuestra atención.
    – Tim también nos mintió. He escuchado una copia de su confesión. Es posible que haya algo de verdad.
    – Fletcher volvió a llamarme. -Darby le contó a la inspectora el contenido de la conversación telefónica-. Creo que Dingle es una cortina de humo.
    – ¿Cree que Fletcher irá a por usted?
    – Ha tenido muchísimas ocasiones.
    – ¿Cree que le hará daño?
    – No.
    – ¿La amenazó de algún modo?
    – No -dijo Darby.
    – Mantendré sus teléfonos intervenidos, pero tarde o temprano tendremos que quitarle la vigilancia.
    – Creo que a quien deberían vigilar es a Jonathan Hale.
    – Todos los expertos con los que he hablado dicen que Malcolm Fletcher trabaja solo.
    – Su contacto en el FBI le dijo que Fletcher mató a los asesinos a los que perseguía -dijo Darby-. No me extrañaría que Fletcher ya hubiese encontrado a Dingle.
    Chadzynski fijó la mirada en las luces parpadeantes de su teléfono durante largo rato.
    – Si quiere encontrar a Fletcher -prosiguió Darby-, tendrá que hacer que sigan a Jonathan Hale.
    Llamaron a la puerta. La secretaria de Chadzynski entró y dejó la orden judicial en el borde de la mesa.
    La inspectora esperó a que la puerta estuviese cerrada antes de hablar.
    – El periodista del Herald ha decidido publicar un artículo sobre los restos óseos encontrados en el Sinclair.
    – ¿Le ha recordado que con eso podría provocar que al secuestrador de Hannah le entrase el pánico y decidiese matarla?
    – Sí, ya se lo he advertido. El artículo aparecerá en la portada del periódico de mañana.
    Darby recogió las copias de la orden judicial.
    – Si no hay nada más, me gustaría ponerme con esto enseguida.
    – ¿Por dónde va a empezar?
    – Por el Centro de Quemados Shriners -contestó Darby-. Coop y Woodbury van a ocuparse de las consultas de los dermatólogos hoy mismo, antes de que cierren.
    – Veré si puedo localizar a Jonathan Hale -dijo Chadzynski, al tiempo que levantaba el auricular del teléfono.

    Malcolm Fletcher había cambiado su habitación de hotel por un piso franco en Wellesley, un barrio a las afueras de Boston, a veinte minutos de la ciudad. Ali Karim se había encargado de todo.
    El lugar estaba completamente amueblado. Fletcher se sentó ante un pequeño escritorio de época para leer una copia impresa de la historia clínica de Walter Smith en el Shriners. Había conseguido hackear el cortafuegos del hospital y entrar en la base de datos de los pacientes. Una vez hubo impreso el archivo con la información relativa a Walter, Fletcher lo borró del sistema informático del hospital.
    Walter se había sometido a su última operación de cirugía plástica en 1987, cuando tenía dieciocho años. La dirección que figuraba en el archivo correspondía a un edificio de apartamentos de Cambridge, en Massachusetts.
    Fletcher había comprobado la dirección ese mismo día. Walter se había marchado de allí en 1992. La dirección que había dejado para que le enviasen la correspondencia era de un estudio en la zona de Back Bay. El casero había enviado un fax a Karim con la copia del contrato de alquiler. Walter no había dejado una dirección a la cual remitirle la correspondencia, pero su número de la Seguridad Social aparecía en la solicitud para el contrato de arrendamiento.
    La forma más rápida de encontrar la dirección actual de Walter era a través de las declaraciones de impuestos, lo que significaba hackear la red informática del IRS, la agencia tributaria federal.
    En esos momentos había activo un programa de UNIX que trataba de encontrar sigilosamente una vía de acceso para sortear el cortafuegos del IRS. Para entrar y salir sin dejar ninguna huella digital o, peor aún, hacer saltar las alarmas, se requerían enormes dosis de paciencia y conocimientos. Un paso en falso y tendría a los federales en la puerta.
    Malcolm Fletcher cogió la estatuilla de la Virgen María que había sacado de la caja de cartón de la capilla del Sinclair y jugueteó con ella entre los dedos mientras alargaba la mano hacia el teléfono.
    – ¿Ha cambiado de idea sobre lo de conocer personalmente a Walter, señor Hale?
    – No.
    – Asegúrese de que su teléfono móvil tiene suficiente batería -le aconsejó Fletcher, sin apartar la vista de la pantalla del ordenador-. Esta noche mismo dispondré de la dirección de Walter, mañana como muy tarde.

Capítulo 76

    El director médico del Centro de Quemados Shriners, el doctor Tobias, estaba sentado frente a su mesa, abarrotada de papeles, y observaba a Darby por encima de sus lentes bifocales. No había leído la orden judicial, sino que se la había pasado directamente al asesor legal del hospital, quien se había tomado todo el tiempo del mundo para revisarla. «Joder, date prisa, por Dios…», había exclamado Darby para sus adentros. Al final, el abogado dio a Tobias su visto bueno.
    Tobias, un hombre con sobrepeso y patizambo, la acompañó por los pasillos blancos y relucientes. Al otro lado de las puertas, se oía el pitido regular de las máquinas y murmullos de conversaciones. En algunas de las puertas se veían unas pequeñas ventanas. La mayoría de los pacientes tenían la cara y los brazos tapados con gruesos vendajes. Era imposible saber si se trataba de hombres o mujeres. Muchos de los pacientes que habían sufrido quemaduras eran niños.
    Algunos deambulaban por los pasillos, y Darby apartó la mirada de sus extremidades y sus rostros deformados.
    La farmacia del hospital contaba con un sistema informático que permitía búsquedas a partir del nombre del paciente o de un tipo concreto de medicación. Darby buscó el nombre de «Samuel Dingle», pero en la base de datos no aparecía ningún paciente llamado así.
    La lista de pacientes masculinos que usaban Lycoprime ascendía a un total de ciento cuarenta y seis.
    El hombre que había secuestrado a Hannah Givens sería joven, blanco y seguramente rondaría la treintena. Físicamente, tendría que parecer joven, porque una universitaria sería reacia a subirse al coche de un hombre mayor, pero se sentiría más inclinada a hacerlo si creyese que el conductor también era un universitario, posiblemente alguien que afirmase ir a la misma universidad que ella. Darby creía que el asesino era de por allí. No podía vivir demasiado lejos del Sinclair. Se dijo que debía prestar especial atención a aquellos con un historial delictivo a sus espaldas.
    Para eso tendría que recurrir a Neil Joseph, que estaba sentado en su despacho, esperando que lo llamara. A Neil no le costaría nada encontrar los antecedentes penales de una persona, siempre y cuando no se tratase de un acto de delincuencia juvenil, porque esa clase de expedientes estaban vedados y no se podía acceder a ellos sin una orden judicial. Darby esperaba que no fuese ése el caso.
    – ¿Podría ordenar la lista de los pacientes que usan Lycoprime en función de la edad? -le pidió a Tobias-. Me gustaría revisar los más jóvenes primero.
    – No puedo imprimir una lista definitiva ordenada por edades, tendrá que examinar cada historial para averiguar esa información. Sin embargo, sí podemos imprimir una lista con todos los pacientes masculinos que usan Lycoprime.
    – ¿Y de los pacientes que usan Lycoprime combinado con Derma?
    – El problema es que la lista no sería del todo precisa. Dejamos de vender Derma… yo diría que hace unos cuatro años. Ya no lo recetamos nosotros.
    – Si un paciente utiliza Derma, ¿constaría eso en su historia?
    – En las historias antiguas, sí -confirmó Tobias-. Recomendamos Derma a todos nuestros pacientes, es un producto excelente. Les damos muestras para que vean qué color se ajusta mejor a su tono de piel, y luego pueden encargar la tonalidad concreta a través de la página web del fabricante.
    «Lo que significa que no hay forma de averiguar a través de los registros de la farmacia del hospital cuáles han sido los pedidos recientes de Derma», pensó Darby.
    – Ya veo que tiene mucha prisa por ponerse manos a la obra -comentó Tobias-, de modo que para ahorrar tiempo, le recomendaría a Craig… es el caballero que tiene a su izquierda, Craig Henderson, nuestro farmacéutico. Puedo decirle a Craig que envíe las historias de los pacientes que usan Lycoprime a la impresora de mi oficina. Empezarán alfabéticamente por el apellido del paciente. Puede usar el ordenador de mi oficina para acceder a la historia que le interese. No puede acceder a la base de datos de los pacientes a través del ordenador de la farmacia del hospital. Las historias médicas de los pacientes están en un sistema independiente.
    La impresora láser de Tobias era desesperadamente lenta. Todas las historias de la farmacia contenían el nombre del paciente, la fecha de nacimiento, la dirección y la información relativa al seguro médico. Figuraba la historia completa de la medicación recetada al paciente.
    Tardó una hora en imprimir la lista de los pacientes que usaban Lycoprime de la A a la H. Las edades oscilaban entre los cinco y los cincuenta años.
    El doctor Tobias la ayudó a clasificar a los pacientes en dos columnas distintas: una para los pacientes de hasta quince años y otra para los mayores de dieciséis.
    La mayor parte de las historias correspondían a pacientes jóvenes, niños o adolescentes varones que se habían quemado durante un incendio en su casa provocado por uno de sus progenitores, cuando éste se había quedado dormido con un cigarrillo encendido. Algunos se habían quemado accidentalmente con agua hirviendo en el fogón de la cocina. Un niño de diez años había decidido, por alguna funesta razón, encender unos petardos cerca de un bidón de gasolina en el garaje de sus padres. El incendio había sido tan grave que no podía respirar sin la ayuda de un pulmón artificial. Al final, el niño había muerto.
    Luego estaban las otras historias, las de los padres que habían metido a sus bebés llorones o a sus niños traviesos en una bañera llena de agua hirviendo; padres que, en un arrebato de ira o de furia desencadenada por el alcohol, empujaban a su hijo a una chimenea o a una cocina de leña. Dios, allí había una historia de un padre que, para enseñarle a su hijo de once años una lección sobre los peligros del fuego, había encendido una cerilla y la había acercado a la mano de su hijo. La cerilla prendió fuego al pijama de poliéster del niño y la prenda se adhirió a su piel, provocándole quemaduras que le habían dejado cicatrices permanentes por todo el cuerpo.
    Un paciente parecía prometedor: un varón blanco de veintinueve años llamado Frank Hayden. En 1996, a los diecisiete años, Hayden estaba robando la batería de un coche viejo cuando ésta estalló. El ácido de la batería le quemó la cara. En su historia médica constaban las docenas de operaciones quirúrgicas de reconstrucción a las que Hayden se había sometido durante los diez años anteriores.
    Hayden también tenía antecedentes delictivos: había sido detenido en 2003 por intento de violación. Había cumplido dos años en Walpole. Tras su puesta en libertad, había vuelto a vivir con su madre en Dorchester.
    Mientras Darby examinaba el historial de otro paciente, Coop la llamó. Se encontraba en la consulta del dermatólogo de Cambridge que era el tercer proveedor principal de Lycoprime.
    – No hay nada sobre Sam Dingle, pero sí he encontrado a seis pacientes varones que usan Lycoprime -explicó-. El mayor tiene veintiocho años. Hace diez, el padre de ese chico había contraído una deuda inmensa y contrató unas pólizas de seguro para su familia. El muy imbécil prendió fuego a la casa; intentó que parecieran víctimas de un incendio provocado. La casa entera ardió en llamas y cuando llegaron los bomberos, sólo lograron salvar a ese chico. Sus padres y sus otros cuatro hermanos murieron. -Tras lanzar un suspiro, añadió-: Creo que necesito buscarme otra profesión.
    – ¿Tiene antecedentes?
    – Posesión de drogas -informó Coop-. Ese chico es un camello, y también consume. Los otros cinco pacientes están limpios. Ninguno tiene antecedentes.
    – ¿Quién es el siguiente en tu lista?
    – Estaba pensando en ponerme con la unidad de quemados del Mass General.
    El Massachusetts General Hospital era el segundo proveedor de Lycoprime de Nueva Inglaterra.
    – Adelante -dijo Darby-. Dependiendo de la hora a la que acabe aquí, me reuniré contigo en el Mass General o iremos juntos al Beth Israel.
    Una hora más tarde, su teléfono volvió a sonar.
    – Creo que puedes borrar a Frank Hayden de tu lista -le dijo Neil Joseph-. Acabo de hablar por teléfono con la madre del tipo. Hayden vive en Montana desde el año pasado. Trabaja de mecánico de automóviles.
    – Espera un momento. -Darby rebuscó entre sus papeles y encontró el historial de la farmacia de Hayden-. Rellenó su solicitud para la receta de Lycoprime hace dos meses.
    – Sí, ya lo sé. La madre dice que ella misma va al hospital, la recoge y se la manda por correo. Ahí abajo, en Montana, no puede conseguir la crema.
    – ¿Y la Derma?
    – La madre no la ha mencionado. He ordenado a algunos hombres que sigan investigando a Hayden sólo para asegurarnos. ¿Tienes más nombres?
    – Todavía no.
    El zumbido de la impresora inundaba la habitación. Eran más de las ocho y las ventanas estaban oscuras.
    Darby cogió la pila de papeles recién impresos y empezó a leer. «Por favor, Dios, dame algo.»

Capítulo 77

    Walter aparcó su coche en el aparcamiento trasero del motel Sleepy Time de la Ruta Uno. Nunca entraba con el coche en el recinto del hospital: las furgonetas de los vigilantes de seguridad patrullaban la zona día y noche. El trecho que debía recorrer andando a través del bosque que había detrás del motel era largo y arduo, sobre todo si había nevado, pero siempre hacía el trayecto a pie porque no quería que nada pusiese en peligro a su Santa Madre.
    El túnel de acceso se encontraba en el lado sur del recinto del Sinclair, un antiguo conducto de agua construido a principios del siglo xx. Walter lo alcanzó al cabo de una larga subida por una empinada cuesta cubierta de nieve.
    Cuando en 1983 cerraron oficialmente el hospital, el personal de seguridad a cargo de la vigilancia de la propiedad instaló una reja metálica con un candado en la abertura del túnel. Walter volvió con un par de tenazas y su propio candado, de la misma marca, modelo y tamaño. Los de seguridad no llegaron a advertir el cambio porque nunca se internaban por ese camino.
    Walter se limpió la nieve de las botas. Encendió la linterna y abrió la reja.
    Durante su estancia en el Sinclair, había llegado a familiarizarse muy bien con la distribución del hospital. En el ayuntamiento de Danvers guardaban una copia de los planos arquitectónicos originales en un archivo. Por sólo veinte dólares le imprimieron las distintas páginas a color donde aparecía detallada cada planta.
    El problema era la cantidad de escombros y zonas en ruinas. Buena parte de los pasillos del sótano se habían derrumbado. Walter había tardado varias semanas en trazar sobre el mapa la mejor ruta para llegar a la capilla.
    A medida que avanzaba por el túnel, su cabeza retrocedió en el tiempo hasta la época que había permanecido ingresado en el Sinclair, las noches que había pasado solo en su habitación, meciéndose hacia delante y hacia atrás en su cama, sudando, mientras la medicación le quemaba en las venas. Cuando miraba sus dibujos de la Santa Madre sujetándole la mano, a veces el dolor se hacía más soportable. A veces la enfermera Jenny lo llevaba a la capilla.
    Fue durante su primera visita a la capilla cuando María se le apareció por primera vez.
    El hijo muerto de María, el salvador, Nuestro Señor Jesucristo, estaba tendido sobre su regazo. La expresión de tristeza de la Virgen traspasó el corazón de Walter, que sintió el peso de su insoportable pérdida.
    Tras arrodillarse, Walter cerró los ojos y le rezó a su madre.
    «Ya sé que me he portado mal. Tú fuiste buena conmigo y sé que lo hiciste lo mejor que pudiste. Te perdono. Te quiero, mamá.»
    Una nueva voz le habló:
    «Tu madre está a salvo. Está aquí conmigo, en el cielo.»
    Walter abrió los ojos. María, la Santa Madre de Dios, lo miraba fijamente.
    «Sé cuánto quieres a tu madre, Walter. Ella desea cuidar de ti. Ven aquí.»
    La Santa Madre se levantó. Jesús rodó por su regazo y cayó al suelo, y María se quedó allí de pie, con sus vaporosas túnicas blancas y azules, los brazos abiertos, lista para acogerlo, para atraerlo hacia el mundo secreto que contenía el corazón pintado de rojo que relucía en el centro de su pecho.
    «No hay razón para que tengas miedo. Te quiero muchísimo. Ven aquí y deja que te abrace.»
    Walter obedeció a la Santa Madre. Se levantó del banco, se acercó a María y ella lo estrechó entre sus brazos.
    «Eres un muchacho muy valiente. Me siento muy orgullosa de ti.»
    Rodeado por el amor de María, Walter se echó a llorar.
    «Nunca estarás solo -le dijo María, y le besó la coronilla-. Siempre estaré contigo. Te quiero muchísimo.»
    Walter regresaba a la capilla a visitar a María con frecuencia. Cuando estaban solos, ella se le aparecía. La insoportable soledad, el dolor, el miedo, la sensación de aislamiento y de pérdida: todo eso desaparecía cada vez que María lo estrechaba entre sus brazos.
    Con el paso del tiempo, María llegó a compartir con él todos sus secretos. Mantuvieron muchas conversaciones maravillosas. Cuando el hospital cerró sus puertas, Walter encontró la manera de regresar junto a su Santa Madre.
    Walter avanzó por los pasillos abandonados de paredes descascarilladas. No le gustaba la oscuridad, pero no tenía miedo. María estaba cerca; todavía no oía su voz, pero ya notaba cómo el amor de su Madre se despertaba dentro de su corazón.
    Metió la linterna en el bolsillo trasero de su pantalón y trepó por la escalera oxidada atornillada a la pared. Cuando llegó a lo alto, corrió por los pasillos helados. Ya casi le afloraban las lágrimas cuando se deslizó a través de la última puerta hacia el último pasadizo.
    Mientras el amor de María crecía en su interior, Walter cogió la escalera de madera y avanzó con cuidado por encima de los escombros hasta llegar a un agujero en el suelo. Deslizó la escalera a través del agujero y cuando plantó los pies en el suelo de gravilla, empujó la puerta y entró en la capilla. Encendió su linterna.
    Su Santa Madre estaba al final del pasillo. Su expresión de eterna congoja se desvaneció al verlo y se transformó en una sonrisa.
    «Walter… Has venido.»
    Una dulce sensación de alivio le recorrió todo el cuerpo. Las piernas le temblaban y se agarró al borde de un banco para no caerse.
    «Me alegro mucho de que hayas venido. Te echaba de menos.»
    – Yo también te echaba de menos.
    Los ojos le escocían, humedecidos por las lágrimas.
    «Ven y háblame de Hannah.»
    Walter avanzó tambaleándose por el pasillo. Ya no podía soportar el amor de su Santa Madre por más tiempo; era demasiado fuerte, demasiado poderoso. Se hincó de rodillas en el suelo, llorando. Cerró los ojos.
    – Dios te salve, María, llena eres de gracia, estoy contigo…
    María lanzó un grito. Walter pestañeó y, a través de sus lágrimas, vio una linterna enfocada directamente hacia él. Walter levantó las manos.
    – Túmbate boca abajo en el suelo y pon las manos detrás de la cabeza.
    La voz provenía del hombre que sostenía la linterna y avanzaba con rapidez por el pasillo, un hombre bajo y ancho que llevaba un gorro de punto. Empuñaba un arma.
    Walter miró por encima del hombro de aquel tipo, a María, que, con el semblante enfurecido, se había puesto en pie.
    «No dejes que se te lleven, Walter. Los médicos te inyectarán esas horribles sustancias químicas y ya no podrás oírme, y se te llevarán y ya no podrás verme…»
    El hombre del arma habló a través de un walkie-talkie sujeto a su chaqueta.
    – Brian, soy Paul, necesito refuerzos. -Acto seguido, se dirigió de nuevo a Walter-: Túmbate boca abajo y pon las manos detrás de la cabeza.
    Walter sintió cómo el amor de su madre se le escapaba del cuerpo. El hombre del arma se lo llevaría a la habitación de un hospital y los médicos le meterían toda esa medicación por las venas y nunca volvería a ver a María, y sin su Santa Madre estaría perdido en el limbo para toda la eternidad… se moriría sin ella.
    Walter apagó la linterna y la lanzó al aire al tiempo que se ponía a rodar hacia el banco.
    Se oyó un disparo, el fogonazo de la boca del arma destelló como un relámpago en la capilla y Walter se puso de pie.
    – ¡Brian, ven enseguida! ¡Va a escapar!
    Walter conocía hasta el último rincón de la capilla como la palma de su mano. Sujeto al respaldo del banco, vio el haz de luz de la linterna del hombre recorriendo la estancia. Había otro hombre que gritaba, otra linterna cuya luz se entrecruzaba en la oscuridad con la anterior. Walter corrió hasta el centro del pasillo, en dirección a la parte posterior de la capilla, y oyó otro disparo, y esta vez el destello iluminó la puerta que daba a la sala con la escalera; Walter echó a correr hacia ella y cerró la puerta con fuerza.
    Un disparo astilló la puerta. Walter trepó la escalera con las piernas temblorosas, como de goma. Llegó a lo alto y se puso de pie justo cuando otro disparo destrozaba la madera. Walter asió la escalera y tiró de ella hacia arriba. Bajo sus pies, la puerta se abrió con violencia y golpeó contra la pared. Walter arrojó la escalera al pasillo. El hombre del gorro de punto entró en la habitación, vio el agujero del techo y disparó. Luego empezó a trepar por la montaña de escombros y Walter agarró un ladrillo y lo lanzó por el agujero; el hombre profirió un alarido y Walter tiró otro ladrillo, y luego otro. Un arma volvió a emitir un disparo, pero Walter ya se había ido, corriendo a través de la oscuridad.

Capítulo 78

    – Walter Smith no está aquí -señaló Darby.
    El doctor Tobias miró por encima de sus lentes bifocales.
    – ¿Cómo dice?
    – La historia de la medicación suministrada a Walter Smith aparece en la base de datos de la farmacia del hospital, pero su nombre no figura en la base de datos de sus pacientes.
    El director del hospital emitió un gruñido mientras se levantaba de la silla. Darby le dio las hojas en las que aparecía la medicación de Walter Smith.
    A principios de año, un médico, el doctor Christopher Zackary, había renovado la prescripción de Walter Smith para Lycoprime. Walter Smith llevaba un año y medio usando el producto. Había usado el corrector Derma de forma regular desde principios de los ochenta. Las anotaciones médicas sobre el Derma terminaban en 1997, la fecha en que el producto ya no requería receta.
    Tobias examinó las páginas y luego las dejó a un lado y se puso a teclear algo en el ordenador.
    – Smith, Walter.
    La búsqueda no arrojó ningún resultado.
    – Eso es imposible -señaló Tobias-. Si está en la base de datos de la farmacia, la historia clínica de ese paciente debería aparecer en el sistema.
    – Me gustaría ver su historia en papel.
    – Seguramente el doctor Zackary se habrá ido ya a casa. Iré a ver si encuentro a alguien que me pueda abrir su despacho.
    Darby se recostó en su asiento y se desperezó mientras examinaba el techo. Eran más de las diez de la noche.
    ¿Por qué habría desaparecido el historial de Walter Smith? ¿Se trataba de un fallo administrativo o era un problema informático? Un hospital de aquellas dimensiones debía de hacer copias de seguridad sistemáticas, semanal o incluso diariamente, de la totalidad del sistema.
    Sonó su teléfono.
    – Tenías razón -le anunció Bill Jordan-. Regresó a la capilla.
    Darby se levantó y estuvo a punto de derribar la silla al suelo.
    – ¿Lo habéis detenido?
    – Todavía no. Oye, no tengo mucho tiempo, así que te haré un resumen de lo ocurrido. Quinn, uno de los hombres asignados al interior del Sinclair, dijo que alguien entró en la capilla hace una media hora. El tipo al que vio tenía toda la cara destrozada, como si se hubiera quemado, y decidió huir. Abrieron fuego y él logró llegar a una sala que hay al fondo, detrás de los bancos. Hay un agujero en el techo.
    Darby conocía la sala, la había visto después de meterse en el conducto de ventilación.
    – Quinn y su compañero, Brian Pierra, juran que vieron una escalera -continuó Jordan-. Y en un abrir y cerrar de ojos, parece ser que la escalera desapareció, que el tipo tiró de ella hacia arriba. Quinn disparó su arma y recibió un ladrillazo en la cabeza.
    – ¿Podéis cubrir todas las salidas?
    – Estamos cubriendo todas las salidas que conocemos. La policía de Danvers ha venido, y están muy cabreados. Uno de los vigilantes de seguridad de Reed oyó los disparos, le entró el pánico y llamó a la policía local. Ahora tengo que colgar.
    – Salgo de camino.
    – No, quiero que te quedes justo donde estás. Esto es un maldito zoo, y tengo que organizar esta pesadilla y aplacar a los de Danvers. Te llamaré en cuanto hayamos cazado a ese tipo, te lo prometo. Buen trabajo, Darby. Tenías razón.
    Y acto seguido, Jordan colgó el teléfono.
    Darby sintió ganas de correr hacia el coche, pisar a fondo el acelerador en la Ruta Uno… y luego ¿qué? Los hombres de Jordan tenían experiencia en las fuerzas especiales. Si iba hasta Danvers, ¿qué iba a hacer ella allí? No podía hacer nada.
    Se paseó arriba y abajo por la moqueta barata, rodeada de papeles y de un calor sofocante. Quería estar allí cuando sacasen a ese individuo del hospital, quería ver la cara del hombre que había disparado a Emma Hale y Judith Chen… pero ¿y Hannah Givens? ¿Seguía la universitaria con vida o estaba su cuerpo en el fondo del río?
    Darby estaba mirando por la ventana del despacho cuando regresó el doctor Tobias y le entregó tres gruesas carpetas. Luego consultó su reloj y se excusó para ir a tomarse un café.
    Darby se apoyó en una mesa y leyó la historia del paciente.
    Walter Smith había ingresado en Shriners a primera hora de la mañana del 5 de agosto de 1980 con quemaduras de tercer grado en el noventa por ciento de su cuerpo. Su madre, que había muerto en el incendio, había rociado su cama con gasolina y le había prendido fuego porque era «el hijo del diablo». Walter Smith tenía once años de edad.
    Habían sometido a Walter a un examen psiquiátrico y lo habían diagnosticado como un esquizofrénico paranoide. Huérfano y sin acceso a un seguro médico, a Walter le fue denegado el ingreso en el hospital McClean, famoso por su tratamiento de las enfermedades mentales. El Instituto Sinclair de Salud Mental, una institución psiquiátrica de renombre y de gestión estatal, ofreció al chico tratamiento gratuito.
    Darby examinó de nuevo el expediente de la farmacia del hospital: Walter Smith había cambiado de domicilio más de doce veces a lo largo de los veinte años anteriores. Su dirección más reciente estaba en Rowley… a dos ciudades de distancia de Danvers, donde se encontraba el Sinclair.
    Llamó a Neil Joseph y le hizo un rápido resumen del expediente de Walter Smith.
    – El nombre no aparece en ninguno de nuestros casos locales -dijo Neil-. ¿Tienes algún otro nombre?
    – No.
    Darby le explicó lo ocurrido en el Sinclair. A continuación llamó a Coop y le dio la misma información. Él seguía revisando las historias de distintos pacientes.
    – ¿Qué quieres que haga? -le preguntó su compañero.
    – Sigue buscando.
    Darby colgó y se quedó mirando las fotografías en primer plano del rostro quemado del chico. ¿Era Walter Smith el hombre que había matado a Emma Hale y Judith Chen? Sobre el papel, parecía el sospechoso perfecto. ¿Estaría atrapado en el interior del Sinclair, cercado por la policía?
    Consultó el reloj: las once y media de la noche. Habían pasado cuarenta minutos desde su conversación con Bill Jordan. ¿Habrían detenido ya a Walter Smith? ¿Seguirían persiguiéndolo los hombres de Jordan? La incertidumbre era exasperante.
    Sería necesaria una orden de registro para entrar en la casa de Walter Smith en Rowley. Eso llevaría tiempo.
    ¿Estaría Hannah Givens prisionera dentro de la casa de Rowley o estaba encerrada en algún otro sitio? ¿Vivía Walter Smith con alguien? ¿Con un compañero de piso o con una novia? Si vivía con alguien, esa persona podría proporcionarle información adicional sobre él.
    Darby hizo una copia de la historia clínica de Smith. Metió las hojas en su mochila y echó a correr por los pasillos en dirección a la puerta principal.

    Walter miró a su alrededor en el aparcamiento del motel. La policía no lo había seguido hasta allí, no lo habían seguido a través del túnel de acceso, pero habían asaltado todo el hospital. Había cerrado con el candado la reja a sus espaldas, y corría a través del bosque cuando oyó las sirenas. Al cabo de un momento, unas luces parpadeantes azules y blancas acuchillaban la oscuridad.
    La policía no lo había encontrado, pero habían encontrado a María y ella ya no estaba, su Santa Madre ya no estaba con él.
    Sentado al volante, con la ropa empapada en sudor, Walter se balanceaba sin cesar hacia delante y hacia atrás, una y otra vez, diciéndose que no iba a llorar.
    Pero al final no pudo aguantarse más y dio rienda suelta a su llanto como si fuera un niño pequeño, mientras le temblaba todo el cuerpo.
    «¿Puedes oírme, Walter?»
    La voz de María le llegaba alta y clara. Walter dejó de balancearse y se paró a escuchar.
    – Te oigo.
    «Quiero que me escuches con mucha atención. Voy a ayudarte. ¿Me estás escuchando?»
    Walter se secó las lágrimas.
    – Sí.
    María le explicó lo que tenía que hacer.
    – No puedo -dijo Walter.
    «No hay ninguna razón para tener miedo. Yo estaré contigo en todo momento. Eres mi chico especial y te quiero muchísimo. Tú puedes hacerlo. Y ahora, ve a casa y prepara a Hannah.»
    Sintiendo el profundo amor de su Santa Madre en el interior de su corazón, Walter arrancó el coche.

Capítulo 79

    Hannah estaba sentada en su cama, sujetando con las manos una figura de la Virgen María.
    La creyente era su madre, que había insistido en que la familia acudiese a misa todos los domingos y se sacrificase durante la época de Cuaresma. A su padre la Iglesia le resultaba más bien indiferente. En cierta ocasión, estando solos los dos, le había confesado: «Si quieres que en tu vida pasen cosas buenas, no las vas a encontrar sentada en un banco. Tendrás que usar esa cosa que tienes entre una oreja y la otra».
    Y pese a todo, papá le seguía la corriente a su madre y llevaba a cabo a rajatabla todo el ritual: inclinarse y levantarse, arrodillarse, levantarse e inclinarse, dar gracias por todas las cosas maravillosas de tu vida, y ahora marchaos y sed buenos y ni se os ocurra cuestionar las motivaciones del buen Dios. Hannah siempre se sentía atrapada en un punto intermedio: quería creer que la vida tenía algún sentido más elevado, pero no llegaba a tragarse toda esa historia del hombre invisible que vigilaba desde el cielo todo lo que hacías, lo bueno y lo malo, y lo consignaba en las columnas correspondientes.
    La última vez que había rezado fue el verano antes de empezar la universidad. Su prima Cindy había dado a luz a un niño que nació con una malformación en el corazón. El pequeño Billy estuvo seis meses en la incubadora y fue sometido a todas las intervenciones quirúrgicas imaginables, incluida la colocación de un marcapasos. Una empresa fabricó uno especial para que cupiera en su pecho diminuto. Se recaudaron donativos, las iglesias rezaron por su recuperación y al final, el Señor dijo que no, que lo sentía pero que Billy tenía que irse. Todo formaba parte del plan divino de Dios, dijo el cura entonces.
    Y una mierda.
    ¿Qué papel podía desempeñar un crío recién nacido en el misterioso plan divino de Dios? ¿Qué sentido tenía dejar que Billy naciera, para empezar? ¿Por qué un Dios misericordioso iba a someter a un recién nacido a todo ese dolor y ese sufrimiento? ¿Y por qué un Dios bondadoso haría oídos sordos a los millares de judíos hambrientos de los campos de concentración? ¿A los judíos a los que hacían entrar en los hornos y a los que disparaban en la cabeza sobre una fosa común? ¿De qué manera podía encajar una cosa así en el plan divino del Todopoderoso?
    Hannah no tenía respuesta para esas preguntas, pero no podía negar que el mero hecho de sujetar la estatuilla le procuraba cierto alivio. La Santa Madre de Dios mantenía a raya las lágrimas y le proporcionaba un rayo de esperanza.
    Puede que el sufrimiento tuviese algún propósito, pero si lo que quería era sobrevivir, Hannah sabía que iba a tener que utilizar eso que tenía entre las dos orejas.
    Los candados de la habitación emitieron un ruido metálico y la puerta se abrió.
    Hannah se levantó de la cama de un salto y vio a Walter con la ropa que llevaba la noche del secuestro: sus vaqueros y su suéter perfectamente doblados en la mano y, colgando de la muñeca, una bolsa que contenía sus botas.
    Walter arrojó la ropa y las botas al suelo.
    – Vístete.
    Había pasado algo. El maquillaje que Walter empleaba para tapar sus cicatrices se le había corrido en distintos puntos de la cara, y Hannah vio unas zonas más espesas, correosas, de piel color marrón y carmesí. Tenía los ojos húmedos. ¿Habría llorado?
    – Vístete -repitió Walter.
    Llevaba el pelo despeinado y levantado, con las puntas en todas direcciones, como si se acabara de levantar de la cama, y se había puesto el abrigo.
    – ¿Adónde vamos?
    – Te llevo a tu casa.
    Hannah estaba a punto de hacerle la pregunta, pero se contuvo. «No digas nada. Haz sólo lo que te diga.»
    Tenía que preguntárselo. Necesitaba saberlo.
    – ¿Por qué me vas a soltar?
    – María me ha dicho que es lo correcto.
    Hannah recogió su ropa, que olía a suavizante. Walter la había lavado.
    Él no se fue de la habitación. Hannah se llevó la ropa detrás de la cortina que ocultaba el retrete y se vistió rápidamente.
    Cuando salió, Walter llevaba un par de esposas.
    Esta vez no le pidió que se volviese, sino que le puso las manos a la espalda bruscamente y la esposó. Ella no se resistió. Cuando le colocó una venda sobre los ojos, tampoco protestó. Walter la asió del brazo y tiró de ella por el pasillo a toda prisa, como si la casa estuviera en llamas.
    La ayudó a subir las escaleras. Hannah subió los escalones uno a uno, mientras el corazón le palpitaba con fuerza debido al miedo y las esposas le raspaban la muñeca. ¿Por qué tenía tanta prisa? Algo iba mal. Hannah no podía ver, no podía distinguir la silueta de las cosas. Estaba atrapada en la oscuridad.
    Llegaron a lo alto de la escalera. Hannah entró en la cocina. Walter la sujetó del brazo y la condujo por lo que parecía un estrecho pasillo. No dejaba de golpearse contra las paredes.
    Walter le dijo que se detuviese y ella lo obedeció. La agarró por los hombros y luego la dirigió hacia la izquierda y le dijo que diera tres pasos adelante. Lo hizo.
    Walter respiraba con dificultad.
    – Voy a quitarte las esposas y ayudarte a ponerte la chaqueta -le dijo-. Cuando te la hayas puesto, te esposaré de nuevo.
    Una vez le hubo puesto el abrigo, subido la cremallera y colocado las esposas de nuevo, Walter apoyó las manos en los hombros de Hannah y la desplazó hacia la derecha. Un objeto duro chocó contra las puntas de sus botas.
    Él le metió algo en el bolsillo del abrigo.
    Se produjo un largo momento de silencio. Ella lo oyó sorberse la nariz y aclararse la garganta varias veces.
    ¿Estaba llorando?
    – Eres muy hermosa, Hannah…
    Sí, estaba llorando.
    – Eres la mujer más hermosa que he conocido en mi vida -dijo Walter-. Te quiero muchísimo.
    En cierto modo, por extraño y grotesco que pudiera parecer, Hannah quiso darle las gracias por su acto de bondad, quiso decirle que estaba haciendo lo correcto. Sintió ganas de decirle que no le hablaría a nadie de él ni le contaría a nadie lo sucedido, que se lo juraría por Dios, por la Virgen o con la mano encima de una pila de Biblias, lo que él quisiese. Pero no quería arriesgarse a romper el hechizo bajo el que se hallaba aquel hombre diciendo algo que pudiese hacerle cambiar de idea.
    – Quédate quieta -dijo Walter-. No te muevas.

Capítulo 80

    A Emma y Judith, Walter les descerrajó un tiro en la nuca y luego las empujó rápidamente por el borde de la bañera, antes de que se les doblasen las piernas. Después no se quedó en el cuarto de baño: ver cómo sus cuerpos se retorcían en la bañera, cómo agitaban las extremidades, oír los sonidos gorgoteantes que emitían mientras el cerebro se les apagaba lentamente… era demasiado desagradable. Acudía junto al altar a rezarle a María mientras esperaba a que ellas acabaran de desangrarse, y María lo tranquilizaba asegurándole que no habían sentido nada, que lo que él presenciaba era la muerte de sus cuerpos. El cuerpo no importaba, sólo era un receptáculo para el alma, y era ésta lo que verdaderamente importaba.
    Una vez concluida la parte más difícil, Walter regresaba al cuarto de baño y abría el grifo de la ducha para enjuagar la sangre. A continuación, les hacía la señal de la cruz con su propia sangre, bautizándolas mientras rezaba, y trasladaba los cuerpos a la lona de plástico que había en el suelo. Era entonces cuando cosía el bolsillo que contenía la figura, pues María debía permanecer junto a ellas hasta que sus almas fuesen liberadas al cabo de tres días, y antes de arrojarlas de nuevo al agua para que quedasen bautizadas una vez más, volvía a rezar una oración.
    Cuando llegaba a casa, limpiaba la ducha y los suelos con lejía, lo restregaba todo con las toallas y luego volvía de nuevo junto al altar a rezar.
    Esta noche sería diferente.
    Hannah Givens estaba de pie frente a la pared de la ducha, y no había ninguna lona de plástico a sus pies. No había trapos ni botes de lejía para limpiar la bañera. Llevaba la figura en el bolsillo, pero no había necesidad de cosérsela. María no quería que arrojase a Hannah al agua. Después de disparar a Hannah, Walter debía apoyar el cañón del arma en su propia sien o en el velo del paladar y apretar el gatillo. Esas eran las instrucciones de María.
    Walter levantó el arma y apuntó con ella hacia la parte posterior de la cabeza de la chica. Le temblaba la mano. No podía dejar de llorar. María le habló entonces.
    «No tengas miedo. Estoy aquí contigo.»
    Tengo miedo.
    «No duele. No sufrirás nada, te lo prometo.»
    Ayúdame.
    «¿Te acuerdas de cuando te cogí en brazos por primera vez y te estreché contra mi corazón?»
    Sí.
    «Estabas rodeado de mi amor. Yo hice que no sintieras dolor. ¿Te acuerdas?»
    Se acordaba.
    «¿Sientes mi amor por ti, Walter?»
    Sí.
    «Estarás rodeado de mi amor por siempre jamás. Y ahora, hazlo.»
    No podía apretar el gatillo.
    «Tu madre está aquí conmigo. Emma y Judith están impacientes por verte. Te quieren, Walter. Entrégame a Hannah y luego ven con nosotras.»
    Entonces llamaron al timbre de la puerta.
    Hannah volvió la cabeza al oír el sonido. A la velocidad del rayo, Walter le rodeó la garganta con el brazo, levantó la mano con la que sostenía el arma y apretó la boca del cañón contra la cabeza de la joven.
    – Como digas una sola palabra, te mataré.
    El timbre sonó de nuevo.
    ¿Quién estaba en la puerta? ¿Sería otra vez su nueva vecina, Gloria Lister, que había vuelto con otra tarta?
    «Eres mi chico especial, Walter. Te quiero.»
    La puerta del cuarto de baño permanecía abierta. Las luces estaban encendidas, así como las de la cocina.
    «Ven conmigo a casa. Ha llegado la hora.»
    El timbre volvió a sonar, seguido de unos golpes en la puerta. Hannah estaba llorando y temblaba sin parar.
    – Cállate.
    «Te quiero, Walter.»
    Le resultaba difícil oír a María con los hipidos de Hannah.
    – Que te calles.
    «Aprieta el gatillo.»
    Hannah no se callaba. Le tapó la boca con la mano buena.
    «No hay ninguna razón para que tengas miedo, Walter. ¿Sientes mi amor? ¿Sientes…?»
    Hannah le mordió el pulgar.
    Walter lanzó un alarido de dolor y Hannah lo empujó hacia atrás. Él se dio un golpe contra el tocador del baño, y la parte posterior de su cabeza hizo añicos el espejo. Hannah volvió la cabeza a uno y otro lado como un perro rabioso, arrancándole la piel de la mano, y Walter siguió chillando mientras el arma se le caía en el lavabo.

Capítulo 81

    La puerta principal contaba con una gruesa hoja de vidrio cubierta con cortinas de encaje. Había alguien en casa: la luz de la cocina estaba encendida y Darby veía una mesa redonda y una chaqueta de lana en el respaldo de una silla.
    Estaba a punto de volver a pulsar el timbre cuando oyó gritar a un hombre.
    Se metió la mano en el interior del abrigo mientras con la otra agarraba el pomo de la puerta y lo hacía girar, pero estaba cerrada con llave. Con el talón de su bota, dio una patada a la puerta. El cristal se resquebrajó y ella le dio otra patada, hasta que el cristal se hizo añicos. Una mujer gritaba pidiendo auxilio. «Dios Santo, Hannah Givens está ahí dentro, y está gritando.»
    Darby atravesó la hoja de la puerta y el borde de los cristales rotos le hizo cortes en el abrigo y las mejillas. Entró en el recibidor y, con la SIG empuñada, avanzó por el pasillo tratando de localizar el objetivo, lista para disparar, mientras los gritos se intensificaban y ella se deslizaba en el interior de la cocina y comprobaba el espacio a su izquierda, su punto ciego: despejado. A su derecha, un pasillo bien iluminado de linóleo a cuadros verdes y blancos se extendía hasta una puerta abierta con unas escaleras que conducían a la oscuridad del garaje. Al final del mismo pasillo y a la izquierda, había otra puerta con la luz del interior encendida. Unas sombras atravesaron la pared del pasillo y Darby se movió con rapidez. «Lista para disparar. No dejes de disparar hasta que caiga al suelo.» Con la boca seca y la adrenalina palpitándole en las venas, se agachó y dobló en la esquina.
    Un hombre con la cara destrozada y cubierta de manchurrones de maquillaje rodeaba el cuello de Hannah Givens con el brazo, apretándola, estrujándola contra él. Darby no podía disparar; la cabeza de Hannah estaba demasiado cerca de la cara del tipo. El hombre era Walter Smith, no había ninguna duda: era el mismo que Darby había visto en las fotografías del hospital, la cara con pedazos de carne cubierta con cicatrices y embadurnada con el mismo tono de maquillaje encontrado en la sudadera de Judith Chen.
    Hannah tenía la nariz rota. La sangre le resbalaba por la cara y una venda de paño negro le tapaba los ojos. Walter Smith estaba detrás de ella, con la cabeza escudada parcialmente por la de Hannah mientras sacaba del lavabo una mano ensangrentada con la que sostenía un revólver. «Va a matarla, no puedes arriesgarte a que dispare. Haz algo.»
    Se le ocurrió una idea; tenía que intentarlo, cruzaría los dedos y rezaría por que saliese bien.
    – La Virgen María me envía a ayudarte -anunció Darby-. Está en peligro.
    Un ojo desprovisto de pestañas la miró fijamente.
    – María me ha llamado, Walter. Me ha dicho que vaya al Sinclair a ayudarla.
    – ¿Has hablado con María?
    Walter no bajó el arma, sino que siguió apuntando a la joven, pero la expresión de animal acorralado y desesperado de su ojo sano se disipó, reemplazada por una de confusión, de esperanza incluso. «Aprovéchate.»
    – Sí -dijo Darby-. He hablado con ella. Me ha contado lo que ha pasado. Me ha dicho que venga aquí a ayudarte.
    – ¿Por qué llevas un arma?
    – Tenía que proteger a María.
    – ¿Eres un ángel?
    – Sí. -Darby no quería bajar el arma. Si lo hacía, se quedaría indefensa. A Walter podría entrarle el pánico y ponerse a disparar. Tenía que seguir hablándole-. La Santa Madre ha corrido un gran peligro, pero yo la he salvado. Me ha dicho que viniera aquí a ayudarte. Te sangra la mano. ¿Estás herido?
    – Ellos la tienen. -Walter estaba llorando-. Van a hacerle daño a mi Santa Madre.
    – No pueden hacerle daño. Ya me he encargado de ellos.
    – ¿Qué has hecho?
    – Se han ido. Ya no pueden hacerte daño. María está sana y salva, pero necesita que la ayudes. Tenemos que trasladar a la Virgen María a un lugar seguro.
    – María me dijo que tenía que hacer esto.
    Walter señaló con el arma a la cabeza de Hannah.
    – María quiere que me entregues a mí a Hannah. No la desobedezcas.
    – María me dijo lo que debía hacer. Me lo dijo, pero yo no puedo… no puedo hacer lo otro. No puedo suicidarme, me da demasiado miedo.
    – Ya no tienes que tener miedo. Estoy aquí para ayudarte. María me ha enviado aquí a ayudarte, pero antes tú tienes que ayudarla a ella.
    – Yo la quiero.
    – Y ella también te quiere, Walter. Por eso me ha enviado aquí.
    – Es que la quiero mucho.
    – Ya sé cuánto la quieres.
    «Tienes que conseguir que baje el arma.»
    – No puedo vivir sin ella -insistió Walter.
    – María nos ha dado mucho a los dos, y ahora nos toca a nosotros ayudarla a ella.
    – ¿Adónde vamos a llevarla?
    – No lo sé. María me aseguró que me lo diría cuando te llevase de vuelta a la capilla. Suelta a Hannah y te llevaré junto a María.
    Walter dejó a Hannah sentada en el borde de la bañera y, acto seguido, se desplomó de rodillas, sollozando, mientras se hundía las manos en el pelo. El arma se le deslizó de entre los dedos y cayó al suelo cubierto de trozos de cristales rotos.
    – La quiero -balbuceó Walter.
    – Ya lo sé.
    Darby apartó el arma de un puntapié, agarró a Walter del pelo y le estampó la cara contra el suelo.
    Walter lanzó un grito de sorpresa y tensó los músculos, preparado para atacar. Darby le hincó una rodilla en la base de la columna, tiró con fuerza de la parte posterior del cuello de su camisa y le clavó el cañón de su pistola en el cuello.
    – Como te muevas, te mato.
    Darby ya paladeaba la sensación en su garganta, la abrasadora satisfacción de matar al monstruo que habitaba debajo de aquella piel humana.
    Un disparo en la cabeza era demasiado clemente. Quería que sufriera.
    «Entonces, hazlo. Haz que sufra.»
    Los músculos de Walter aflojaron la presión y volvió a abandonarse sin fuerzas sobre el suelo.
    No trató de resistirse cuando ella le colocó las manos a la espalda y se las esposó. Si hubiese intentado forcejear con ella, Darby podría haberle disparado. Podría haberle hecho lo que quisiese. Darby sintió que una extraña sensación de decepción le recorría el cuerpo al enfundar su SIG.
    Se puso a rebuscar en sus bolsillos la llave de las esposas.
    – Ya estás a salvo, Hannah, no puede hacerte daño. -La universitaria estaba tendida de costado en la bañera, temblando y llorando-. Te quitaré las esposas dentro de un momento.
    Walter permaneció inmóvil, boca abajo, con la mirada perdida mientras entonaba algo similar a una oración.
    Darby encontró la llave de las esposas. Se palpó con la mano el bolsillo de los vaqueros para sacar el teléfono. Estaba junto al pequeño botón del pánico que le había dado Tim Bryson.
    A sus espaldas, oyó el ruido de unas pisadas vigorosas que hicieron crujir los cristales del suelo, y luego percibió la presión de dos frías puntas metálicas contra su cuello.
    – Preferiría no tener que usar el láser -dijo Malcolm Fletcher-, así que, por favor, no te muevas.

Capítulo 82

    Darby tenía la SIG guardada en la funda sobaquera; era imposible que pudiera alcanzarla.
    – Agente especial Fletcher -saludó Darby mientras agarraba con fuerza el botón del pánico entre los dedos-. Creía que se había ido de la ciudad.
    – Te echaba tanto de menos que he decidido volver. -Fletcher estaba tras ella-. Por favor, coloca las manos a la espalda.
    Darby apretó el botón y notó cómo se rompía el precinto.
    – ¿Puedo incorporarme?
    – Si quieres… -accedió Fletcher-. Pero no hagas movimientos bruscos.
    Darby extrajo lentamente la mano del bolsillo. Inclinó el cuerpo hacia delante, apoyó ambas manos en la parte baja de la espalda de Walter, escondió el botón del pánico en el bolsillo trasero de éste y se levantó. Las púas metálicas del láser no se apartaron de su cuello.
    – Buen trabajo al eliminar la historia clínica del sistema informático del Shriners -comentó al tiempo que colocaba las manos a la espalda-. ¿Le pagó Jonathan Hale unos honorarios extra por hacer eso?
    Malcolm Fletcher le rodeó las muñecas con unas esposas de plástico y le hizo señas para que se dirigiera al pasillo.
    – Después de ti -dijo.
    – Me gustaría quedarme aquí con Hannah.
    – La señorita Givens irá contigo al salón enseguida. -Agarró a Darby por el antebrazo con delicadeza y le habló en un susurro-: No tengas miedo. No voy a hacerte daño.
    Darby no tenía miedo. Por alguna razón, le creía.
    Malcolm Fletcher, el asesino de Tim Bryson y de dos agentes federales, la acompañó a una sala de estar con una moqueta gris muy gastada. En la pared de encima de la chimenea colgaba un cuadro al óleo de la Virgen María.
    – Hábleme de Sam Dingle -pidió Darby.
    Fletcher la llevó hasta un mueble con un televisor, la hizo volverse y le pidió que se sentara en el suelo.
    – ¿Mató Dingle a Jennifer Sanders? -inquirió Darby.
    – Tendrás que preguntárselo tú cuando lo encuentres.
    – Me prometió que me diría la verdad.
    – Siéntate en el suelo -le ordenó Fletcher-. No te lo pediré otra vez.
    – No podemos hacer esperar al señor Hale, ¿verdad que no? -Darby se sentó.
    – Sammy violó y estranguló a Jennifer Sanders -dijo Fletcher, añadiendo otro nuevo par de esposas de plástico a las que Darby llevaba alrededor de la muñeca-. También estranguló a las dos mujeres de Saugus.
    – La voz de la cinta, ¿es la de Jennifer?
    – Sí.
    – ¿De dónde la sacó?
    Fletcher ató el otro par de esposas a las patas del mueble.
    – Encontré ese casete y muchos otros en casa de Sammy.
    – ¿Lo mató usted?
    – No.
    – Entonces, ¿qué le hizo? ¿Dónde está?
    Malcolm Fletcher se fue de la habitación sin contestar a su pregunta.
    Darby estaba sentada en el suelo con las manos a la espalda y las muñecas esposadas a las patas del mueble del televisor. Fletcher hablaba con Hannah. Lo hacía en voz demasiado baja para que Darby pudiera oír lo que le decía.
    Encima de la repisa de la chimenea había un reloj pequeño. Darby consultó la hora, con la esperanza de que Bill Jordan o algún hombre de su equipo hubiese advertido que había activado el botón del pánico. Para cubrir la distancia en coche desde Danvers hasta Rowley se necesitaba una hora. Jordan no esperaría: llamaría a la policía local. ¿Lo habría hecho ya? ¿Cuánto tardaría en llegar la policía de Rowley? Tenía que intentar entretener a Fletcher.
    Diez minutos más tarde, éste volvió al salón con Hannah Givens en brazos. La muchacha seguía aún con los ojos vendados y esposada. La dejó con delicadeza encima del sofá y luego cogió una vieja manta de una silla y la arropó con ella. Se dirigió a Darby.
    – No estaréis aquí mucho rato. Llamaré al 911 desde la carretera.
    – ¿Por qué no mata a Walter aquí mismo? -quiso saber Darby-. A eso es a lo que ha venido, ¿no es cierto?
    – ¿Por qué no lo has matado tú? ¿No es lo que querías?
    – Usted no tiene derecho…
    – Te he estado observando en el cuarto de baño. Tú querías que Walter sufriera, Darby. ¿Tenías la esperanza de dejarlo parapléjico? ¿O querías matarlo porque, en el fondo de tu alma, sabes que el suyo es un caso perdido?
    Fletcher se apoyó en una rodilla, sus inquietantes ojos negros suspendidos frente a la cara de Darby. Tras ellos, un pozo infinito de oscuridad.
    – Como pronto descubrirás, ese apetito es difícil de dominar.
    – ¿Habla por experiencia propia?
    – Tendremos que hablar de ese tema en otra ocasión. -Los ojos de Fletcher la repasaron de arriba abajo-. Tal vez algún día podamos charlar más detenidamente de eso. En privado.
    – Hablemos ahora.
    Fletcher se levantó.
    – Cuando recuerdes ese momento de antes, en el cuarto de baño, desearás haber apretado el gatillo.
    – ¿Adónde se lleva a Walter?
    – Voy a darle lo que realmente quiere -respondió Fletcher, y arrojó las llaves de las esposas sobre la mesa-. Voy a entregárselo a su madre.
    – Le encontraré.
    – Otros antes que tú lo han intentado, compañera. Adiós, Darby.

Capítulo 83

    Walter estaba sumido en la más profunda oscuridad. No había suelo bajo sus pies, y no sentía nada al agitar los brazos en el aire; era como si estuviera flotando en el espacio, sin estrellas, sin sonido.
    Ya había estado en aquel sitio, fuera cual fuese, una vez, hacía muchos años, después del incendio. Al principio creía que estaba atrapado en el infierno, hasta que oyó una voz de mujer, suave y tranquilizadora, que lo llamaba desde la oscuridad y le decía que no tuviese miedo. Que no se quedaría allí mucho tiempo. Que estaban a punto de ocurrir grandes y maravillosos milagros.
    Walter no sabía que la voz era de María. No fue hasta que la Virgen, Madre de Jesús, se le apareció en el interior de la capilla cuando se dio cuenta de que la voz pertenecía a María, su Santa Madre.
    Walter recobró el sentido mientras lo arrastraban fuera del cuarto de baño. Sus pies rebotaron en los escalones, y luego lo metieron en el maletero de un coche. Tenía el cuerpo paralizado de terror.
    Un diablo de ojos negros y piel blanca lo miró antes de que el maletero se cerrara y quedara sumido en la oscuridad más absoluta.
    María lo estaba llamando. Walter cerró los ojos y, tras hacerse un ovillo, rezó su oración especial, aguardando a que María lo salvase.

    Darby hablaba con Hannah Givens, alentándola a que se levantase del sofá y cogiese las llaves de las esposas de la mesilla del café, pero la joven se negaba a moverse. O bien estaba en estado de shock o Fletcher le había dicho algo para asustarla.
    Al final, Darby oyó unas sirenas y vio el destello de las luces. La policía de Rowley había llegado. Los llamó a gritos mientras ascendían por las escaleras de la puerta principal.
    El agente que le cortó las esposas le dijo que un varón anónimo había hecho una llamada al 911 diciendo que Hannah Givens y un miembro del Laboratorio Criminalístico de Boston estaban retenidas en el interior del domicilio de Walter Smith. El hombre que realizó la llamada les dio la dirección y colgó.
    Hannah Givens se sentó en el sofá y se echó a llorar sobre el pecho de una agente femenina. Darby intentó hablar con ella, pues quería saber lo que le había dicho Fletcher dentro del cuarto de baño, pero la joven se negaba a hablar.
    La primera llamada que hizo Darby fue a Bill Jordan. Él no contestó, así que dejó un mensaje diciéndole que era muy urgente y que le devolviese la llamada.
    Neil Joseph sí respondió al móvil. Darby le explicó lo que necesitaba y le pidió que fuese a Danvers a buscar a Jordan.
    El padre de Hannah llamó justo cuando la ambulancia se marchaba. Por el tono de voz se veía que estaba muy emocionado.
    – El detective Joseph acaba de irse. Le he contado lo de su compañero, pero ha insistido en que la llamara a usted para decírselo.
    – ¿Decirme el qué?
    – Su compañero me llamó hace aproximadamente una hora y me dijo que había encontrado usted a Hannah. Dijo que estaba bien y que no me preocupase. Le pedí que me dejara hablar con Hannah y él se excusó alegando que tenía que ir a ayudarla a usted. Colgó y se le olvidó darme su número. Me lo ha facilitado el detective Joseph. ¿Puede ponerme a Hannah al teléfono, señorita McCormick? Necesito oír la voz de mi pequeña un momento, por favor. Mi esposa y yo hemos estado muy, muy preocupados todo este tiempo y…
    – Su hija está de camino al hospital.
    Darby se pasó un rato asegurando al padre de Hannah que su hija estaba viva.
    – Ese hombre dijo otra cosa antes de colgar -añadió el señor Givens-. Que no me preocupase, que se iba a hacer justicia. Eso fue lo que dijo. ¿Cómo se llama su compañero? A Tracey y a mí nos gustaría darle las gracias.

    En el sótano, empotrada en una pared, había una bandeja deslizante para el suministro de comida y, junto a ésta, una puerta cerrada mediante un lector magnético de tarjetas.
    Darby ayudó a la policía de Rowley a registrar las habitaciones. Al no encontrar la tarjeta que abría la puerta, llamaron al departamento de bomberos para que fueran a derribarla.
    Darby prestó declaración ante dos detectives de la policía de Rowley. Se realizaron varias llamadas telefónicas, y también se pusieron en contacto con los científicos forenses del laboratorio estatal, pero dijeron que tardarían varias horas en llegar. Para ahorrar tiempo, la policía de Rowley accedió a que los técnicos forenses del laboratorio de Boston ayudasen a procesar la escena del crimen. Todos acordaron compartir la información.
    Los rumores de lo ocurrido a Hannah Givens llegaron hasta los medios de comunicación, y hacia las dos de la madrugada, aquella calle tranquila y pequeña se vio inundada de furgonetas de prensa y de reporteros que acudían con la esperanza de conseguir alguna entrevista en exclusiva y extraoficial. Darby los observaba desde la ventana del dormitorio mientras se preguntaba si Walter Smith seguiría aún con vida.

Capítulo 84

    Jonathan Hale se encontraba en la fría nave de una vieja fábrica justo a las afuera de Vernon, en Connecticut. Malcolm Fletcher había escogido aquel lugar porque estaba completamente aislado. No había ningún edificio alrededor, ni tampoco farolas. La casa más próxima se hallaba a treinta kilómetros de distancia.
    El doctor Karim se había encargado de todos los preparativos del viaje. Uno de sus hombres había llevado en coche a Hale desde su hotel hasta aquel lugar. En lo que a las autoridades se refería, Hale estaba durmiendo en su habitación del hotel de Nueva York.
    – Nadie sabe que está usted aquí -le tranquilizó Fletcher-. Camine por ese pasillo y gire a la izquierda.
    En el edificio abandonado no había electricidad, pero Hale veía lo suficiente bajo la luz de la luna. Se quitó el abrigo y se lo dio al ex agente especial.
    – ¿Es que usted no viene?
    – Esto es algo que debe hacer solo -declaró Fletcher.
    Jonathan Hale llevaba zapatillas de deporte, vaqueros y una vieja sudadera de Harvard similar a la que Emma le había regalado por su cumpleaños. Fletcher le había aconsejado que se pusiera ropa vieja pero cómoda. El antiguo especialista en perfiles también le había dado unos guantes de látex para que se los pusiera debajo de los de cuero. La ropa, los guantes, la chaqueta: después, tendría que darle a Malcolm Fletcher todo lo que llevaba, metido dentro de una bolsa de basura, para que éste lo quemase en una incineradora.
    El pasillo se terminó. Hale se dirigió a la izquierda y entró en una habitación fría e iluminada por los rayos de la luna.
    Walter Smith, el asesino de Emma, estaba atado a una silla encima de una gigantesca lona de plástico, cuyas esquinas habían sido inmovilizadas con unas piedras. Una venda le tapaba los ojos. Mascullaba algo bajo la mordaza que tenía en la boca.
    La cara del hombre era horrible, plagada de cicatrices. Parecía un monstruo.
    «Es un monstruo, papá. Me secuestró, abusó de mí, me disparó en la nuca y me arrojó al río Charles. Mató a Judith Chen e iba a matar también a esa mujer, Hannah Givens. Es un monstruo.»
    Encima de la lona había un martillo, un revólver y un cuchillo de caza. El arma, según había dicho Fletcher, era la misma que aquel monstruo había utilizado para matar a Emma y a la otra estudiante universitaria, Judith Chen.
    Hale recogió el revólver. Parecía asombrosamente ligero en sus manos.
    Llevaba semanas ensayando en su cabeza aquel momento, imaginándose distintas situaciones para ver cuál resultaba más reconfortante. Disparar a aquella cosa en la nuca era demasiado compasivo. Hale quería que viese el arma, quería ver la expresión de terror y desesperación en los ojos de la cosa y bebérsela toda hasta sentir que el dolor se mitigaba. Entonces pronunciaría el nombre de Emma y le dispararía a la cosa en la cara.
    O tal vez prolongaría la agonía un poco más.
    Hale avanzó por la lona. La cosa no movió la cabeza en dirección al ruido, sino que siguió murmurando bajo la mordaza. Hale le quitó la venda.
    Había algo raro en la expresión de aquel engendro. Tenía los ojos abiertos como platos y no pestañeaba, sino que su mirada estaba fija en algún punto a lo lejos. Hale se volvió y miró hacia el rincón de la sala, pero allí no había nada.
    La cosa no se movió, no se levantó, no alzó la vista, sino que siguió mascullando bajo la mordaza. Hale se la desató.
    – Dios te salve María, llena eres de gracia, estoy contigo. Bendito soy y bendita tú eres, entre todas las madres, y bendito es el fruto de tu vientre, Walter…
    Era una oración, una versión sacrílega del Ave María.
    – Santa María, Madre de Dios, y Walter, rogad por los pecadores, ahora y en la hora de su muerte, amén. Dios te salve María, llena eres de gracia, estoy contigo…
    Hale apretó el arma contra la cabeza del monstruo. Este ni siquiera se inmutó, no gritó ni lloró. No mostró ninguna reacción. Tenía todos los músculos del cuerpo rígidos, paralizados, pero seguía rezando.
    – Mírame -le ordenó Hale.
    El engendro no se movió.
    Con la mano que le quedaba libre, Hale buscó bajo su sudadera y apretó con fuerza el relicario de Emma en su puño. El odio que había acumulado durante todo el año anterior le quemaba en el pecho, al igual que todo el amor que sentía por su hija. Su amor por Emma no desaparecería jamás. Su pérdida no desaparecería jamás. Su odio por aquel hombre… aquel monstruo, aquella cosa… Tenía que sufrir. Se merecía sufrir.
    «Mátalo.»
    El corazón de Hale latía tan deprisa que empezó a marearse.
    «Esa cosa me mató, papá. Me metió una bala en la cabeza y arrojó mi cadáver al río. Tú viste la foto. Viste lo que me hizo.»
    Hale se quedó mirando el arma. Tenía los guantes cubiertos de sangre.
    Sobresaltado, tiró el arma al suelo y, en lugar de recogerla, echó a andar tambaleándose por el pasillo.
    Malcolm Fletcher le daba la espalda; estaba mirando por una de las ventanas rotas.
    – ¿Qué le pasa? -le preguntó Hale.
    – Está en estado catatónico. No me mira, sólo hace que rezar y rezar.
    – Walter está esperando a que su madre, María, acuda junto a él. Por cierto, me ha dicho que fue María quien escogió para él a Emma y a las demás chicas.
    – ¿Por qué?
    – La Santa Madre le prometió amor.
    Hale volvió a mirar hacia el pasillo.
    – ¿Cuándo saldrá de ese estado?
    – Es imposible de determinar -contestó Fletcher-. Walter podría quedarse catatónico para siempre a menos que se le administre la medicación adecuada. Y aun así, no hay garantías.
    – ¿Por qué no me lo dijo antes?
    – ¿Habría importado?
    Hale se miró los guantes. No había rastros de sangre.
    – No puedo hacerlo.
    – ¿Quiere decir que no puede matarlo usted mismo o que no quiere que muera?
    – Que yo no puedo matarlo.
    – ¿Necesita tiempo para pensárselo? -quiso saber Fletcher-. Tenemos toda la noche.
    – No. La decisión ya está tomada.
    – ¿Qué quiere que haga?
    – Me contó lo que le hizo a Sam Dingle. Dijo que tenía pensado lo mismo para Walter.
    – Sí.
    – ¿Ha hecho todos los preparativos necesarios?
    – Sí.
    – Entonces, encárguese de él -le pidió Hale, y arrojó los guantes al suelo.

    A las cuatro de la mañana, Darby se sentó en la cama deshecha donde habían dormido Hannah Givens, Judith Chen y Emma Hale, y consultó la hora. Bill Jordan seguía sin devolverle la llamada. Intentó ponerse en contacto con Neil Joseph, pero no obtuvo respuesta. ¿Seguiría buscando a Jordan en el laberinto de habitaciones en ruinas, donde no llegaba la señal de ningún móvil?
    Un agente había encontrado un cuaderno de espiral metido bajo el cojín del asiento del sillón de cuero. Darby leyó el diario de Emma Hale mientras los investigadores de la escena del crimen procesaban la habitación en busca de posibles pruebas.
    En una de las habitaciones de la planta superior había montones de barras para pesas y un banco de ejercicios. Walter Smith había pegado varias fotografías de Hannah Givens en un espejo de cuerpo entero.
    En la esquina había una mesa con un ordenador y con una impresora multifunción que hacía las veces de fax y de escáner. Darby hizo una copia del diario. Colocó las hojas dobladas en el interior del bolsillo de su chaqueta y cogió las llaves del coche.

Capítulo 85

    Jonathan Hale se despertó con el calor del sol en la cara. La brisa que se colaba por la ventana del hotel era fresca y agradable. Se preguntó si la primavera llegaría antes ese año.
    Inspiró hondo y recordó su sueño, en el que Emma permanecía en la escalera de entrada del rancho donde él se había criado. La puerta principal estaba abierta. Oyó la voz de su esposa muerta mientras subía los peldaños del porche. Había otras voces que le susurraban en la oscuridad, voces que no reconocía. Emma estaba de pie a su lado. Cuando vio su cara, se dio cuenta de que no tenía porqué estar asustado. Ella lo tomó de la mano y el miedo se disipó. Recordó sentirse satisfecho, en paz.
    La sensación seguía acompañándolo mientras rodaba sobre la cama y miraba el reloj: las siete y cuarto de la mañana. Pese a haber dormido sólo unas pocas horas, se sentía extraordinariamente descansado. Hale llamó a su chófer y, cuando salió del hotel, la limusina lo estaba esperando. Se tomó un café y, durante el trayecto de vuelta a casa, leyó los periódicos y escuchó las noticias.
    El cristal de separación entre el pasajero y el conductor de la limusina estaba subido. Hale extrajo el teléfono que le había dado Malcolm Fletcher. Sólo había un número al que llamar. Hale no dijo nada, se limitó a escuchar.
    Tony llevó sus maletas al interior de la casa. Era domingo. Hale consultó la hora. Si se daba prisa, llegaría a tiempo a la misa de mediodía. Condujo él solo hacia la iglesia.
    Duchado, afeitado y vestido con un traje, Jonathan Hale se sentó en un banco rodeado de sus vecinos y los hijos de éstos, algunos ya mayores, otros todavía adolescentes. El padre Avery dio un sermón sobre la importancia de ayudar a los más desfavorecidos. Dios había bendecido a todos los allí presentes con la buena fortuna, dijo. Hale escuchó, con la atención fija en la cruz que colgaba de la pared, detrás del altar.
    Después de la misa, amigos y vecinos se detuvieron a estrecharle la mano. Algunos lo llevaron aparte y le preguntaron qué tal estaba. «¿Necesitas algo, Jonathan? Estamos aquí para lo que sea.»
    El padre Avery también quería intercambiar unas palabras con él en privado.
    – Me alegro de tenerte de vuelta entre nosotros, Jonathan. Tu hija era una joven muy especial. La echo muchísimo de menos, toda la comunidad la echa de menos. El comité de recaudación de fondos de la iglesia estaba pensando en organizar algo especial para honrar la memoria de Emma. ¿Tal vez querrías hablar con ellos?
    Lo que el padre Avery quería era tener acceso a su lista de amigos y socios comerciales capaces de contribuir a una buena causa. Si utilizaba el nombre de Emma, lo más probable era que la iglesia doblase e incluso triplicase las aportaciones benéficas del año anterior. Las tragedias siempre conseguían que la gente se rascase más generosamente los bolsillos.
    – Estaré encantado de ayudar -dijo Hale-. Muchas gracias por pensar en mí, padre.
    Hale entró en su calle con el coche y vio a una joven de piel clara y pelo extraordinariamente pelirrojo apoyada en un Mustang negro aparcado a escasos metros de la puerta de entrada. Hale detuvo el Bentley junto a ella y bajó la ventanilla.
    De cerca y a la luz del sol, los ojos verdes de Darby McCormick eran espectaculares. No parecía mucho mayor que Emma.
    – ¿Puedo hablar con usted un momento, señor Hale?
    – Por supuesto -respondió él-. Suba, la llevaré hasta la casa.
    – Hablemos mejor aquí fuera. Estoy disfrutando del buen tiempo.
    Hale se bajó del coche, pero dejó el motor encendido.
    La expresión de la doctora McCormick era amigable cuando le dijo:
    – Quiero hablar con usted sobre Malcolm Fletcher.
    – El ex especialista en perfiles del FBI.
    – Sabe usted quién es.
    No era una pregunta.
    – Ha salido en todas las noticias. Mató al detective Bryson y ahora dicen que ha secuestrado a Walter Smith. -Hale se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta-. ¿Mató ese hombre a mi hija?
    – Creo que ya sabe la respuesta a esa pregunta.
    – ¿Cómo dice?
    La joven dirigió su atención a la casa, a la limusina y los coches de época aparcados en el camino de entrada. El personal de mantenimiento, aprovechando el buen tiempo, limpiaba y enceraba los vehículos.
    Hale recordó el día de la graduación de Emma en el instituto. Le había regalado un coche, un BMW descapotable, para celebrarlo. Habían colocado un enorme lazo rojo en el techo del vehículo. Aún recordaba el respingo que había dado su hija al verlo, el sonido de su risa. Ahora recordaba muchas cosas.
    – Un conocido mío decidió en una ocasión tomarse la justicia por su mano -dijo Darby McCormick-. Esa persona estaba convencida, en el fondo de su corazón, de que hacía lo correcto. Al principio se sintió muy bien por poder cobrarse su venganza, pero con el paso del tiempo, el sentimiento de culpa por lo que hizo empezó a reconcomerlo por dentro.
    »Señor Hale, lo que haya hecho usted o lo que sea que esté haciendo… Ya sé que eso le hace sentirse bien… ahora. Pero ese sentimiento de paz o de justicia o comoquiera que lo llame se volverá en su contra. El tiempo no se lo llevará, y no podrá pagar a nadie para que lo elimine. Le acompañará para siempre. Es una carga muy pesada, el remordimiento. No está usted preparado para vivir con eso. Lo reconcomerá por dentro.
    Volvió a revivir el sueño de esa mañana y vio el rostro de Emma nítidamente en su cabeza. Sintió cómo le apretaba la mano con fuerza.
    Lo que dijo la joven investigadora a continuación fue muy sorprendente.
    – Si me dice dónde está Walter Smith, culparé a Fletcher -le ofreció Darby-. Diré que me llamó otra vez y me indicó dónde encontrar el cuerpo de Walter. Esta conversación quedará estrictamente entre usted y yo. Le doy mi palabra.
    – Con el debido respeto, señorita McCormick, se está pasando de la raya.
    – Estoy tratando de impedir que cometa un grave error, señor Hale. Esto sólo pasa una vez en la vida. Cuando me marche, la oferta se irá conmigo.
    – Yo no puedo ayudarla.
    – Entonces, ¿no sabe dónde está Walter Smith?
    – No.
    – Por su propio bien, señor Hale, espero que me esté diciendo la verdad. El FBI le hará una visita en breve. Espero que cuente usted con un buen abogado.
    – Que pase usted un buen día.
    – Antes de que se vaya, quería darle esto. -Le entregó unos papeles doblados-. Es el diario de Emma. Lo encontramos en casa de Walter. Le he hecho una copia.
    Él cogió las hojas dobladas y las sostuvo con delicadeza en las manos.
    – ¿Hay algo que quiera decirme, señor Hale?
    – Por favor, avíseme cuando encuentren a Walter Smith. Me gustaría hablar con él. Gracias por esto.
    Hale conservó las hojas en la mano mientras abría la puerta del coche.

    Hale entró en su despacho y cerró la puerta.
    Cuando terminó de leer, se sentó en el sillón mientras miraba por las ventanas de la parte de atrás. Permaneció allí largo rato, pensando.
    Se puso de pie despacio, apoyándose en el sillón, encendió el fuego y se sirvió una copa de bourbon. Se la bebió de un trago y se sirvió otra.
    Iba por la tercera cuando sacó el móvil y marcó el número al que había llamado desde la limusina.
    El timbre sonó una vez. Alguien contestó al otro lado del teléfono.
    – Lo siento -dijo Walter Smith.
    Tenía la voz ronca de tanto gritar.
    El móvil de la cosa sólo podía recibir llamadas; no podía llamar a nadie para pedir auxilio.
    – Amaba a Emma. La quería muchísimo. -La cosa estaba llorando otra vez-. ¿Sabe qué se siente? ¿Sabe qué se siente cuando amas tanto a alguien que no puedes ni respirar? ¿Como si el corazón te fuese a estallar?
    «Lo sé», pensó Hale.
    – Quiero ver a mi madre.
    Mientras contemplaba el jardín de la parte posterior de la casa, las porciones de hierba que asomaban tímidamente entre la nieve derretida, Hale vio a Emma persiguiendo una pelota: tenía dos años y las piernecitas vacilantes, inseguras. Llevaba un precioso vestido rosa. La expresión de su rostro era la viva imagen de la felicidad.
    «Cuánto me gustaría agacharme y tomarte en brazos, Emma. Ojalá pudiese abrazarte y besarte y decirte lo mucho que te quiero una vez más, sólo una vez más, sólo una última vez. Ojalá…»
    – Por favor, señor Hale, déjeme ver a mi madre.
    – Te sugiero que le reces a Dios. Ahora, Él es el único que puede ayudarte.
    Jonathan Hale cortó la llamada. Extrajo la batería del teléfono, la tiró a la basura y luego arrojó el móvil al fuego. Abrió las puertas cristaleras para librarse de aquel olor nauseabundo.

Capítulo 86

    Bill Jordan llamó cuando Darby entraba en la autopista. Ésta le explicó lo que necesitaba.
    – Estás de suerte -dijo él-. El botón del pánico está emitiendo. La señal del GPS se encuentra aproximadamente a quinientos metros al norte del número ocho de Old Post Road, en Sherborn.
    La ciudad, situada al sur de Boston, se hallaba a menos de media hora de distancia en coche de Weston.
    – Es lo único que puedo decirte de momento -señaló Jordan-. Cuando esté más cerca seré capaz de localizar la señal con mayor precisión y caeremos directamente sobre él… o sobre lo que quede de él.
    – ¿Dónde estás?
    – De camino. Debería llegar a Sherborn dentro de cuarenta minutos.
    – Nos veremos allí.
    Darby se detuvo a introducir la dirección en el dispositivo GPS de su coche.
    – Me parece que no hace falta que nos demos mucha prisa -comentó Jordan-. La señal no se ha movido en los últimos quince minutos.
    Al igual que Weston, la pequeña ciudad de Sherborn era otro de esos barrios residenciales para gente de alto nivel adquisitivo, con mansiones frías y fincas antiguas renovadas, separadas entre sí por varios kilómetros de árboles y espesas zonas boscosas para que los propietarios vivieran en la ilusión de que gozaban de intimidad.
    Old Post Road era una calle larga y empinada, flanqueada por grandes extensiones de nieve a punto de derretirse.
    Darby condujo a lo largo de tres kilómetros y vio dos casas.
    El buzón del número ocho seguía intacto, pero la casa que había al final del camino de entrada había sido demolida para dar paso a unos nuevos cimientos. Había una excavadora, una hormigonera y dos volquetes en una parcela de tierra delante de un par de establos, con la madera podrida y de color gris.
    De pie bajo el cálido sol de primera hora de la tarde, mientras escuchaba el ruido del motor de su coche, Darby se hizo visera con las manos para protegerse los ojos y miró a lo lejos, hacia el bosque. Jordan había dicho que la señal de GPS estaba a medio kilómetro de allí, pero ¿qué dirección había seguido Fletcher?
    Walter Smith era demasiado pesado para cargar con él en brazos. ¿Lo habría llevado Fletcher en coche hasta algún punto en el bosque? Ningún coche se podía conducir campo a través, no con aquel espesor de nieve, pero una camioneta tal vez sí.
    Darby echó a andar a campo abierto. En la nieve había huellas de neumáticos de una pesada pieza de maquinaria que llevaban hasta una excavadora. Le habían hecho el puente a la llave de contacto.
    Con el arma en la mano, Darby siguió las huellas que se internaban en el bosque, vadeando a través de la nieve húmeda que le llegaba hasta la rodilla. Las ramas de las copas de los árboles estaban desnudas, y sintió la calidez del sol en el rostro y el pelo.
    Al cabo de unos quinientos metros, encontró una porción de tierra de gran tamaño excavada hacía poco tiempo. Darby miró alrededor en el bosque y no vio más huellas de neumático. Terminaban ahí. Llamó a Bill Jordan.
    – Creo que he dado con el lugar en que Fletcher enterró el cuerpo -anunció. Le habló a Jordan de las huellas de excavadora y pisoteó el suelo con su bota. La tierra no estaba compacta-. Vamos a necesitar palas.
    – Nos vemos dentro de veinte minutos.
    Asomando entre la tierra había dos dedos de tubería de PVC blanco. Bajo los rayos del sol, Darby vio que el tubo blanco se extendía hacia abajo, adentrándose en la tierra. Se arrodilló y extrajo su linterna.
    Un ojo destrozado la miró desde el otro lado.
    – Ayúdeme -gimió Walter Smith-. Casi no puedo respirar.
    Darby retrocedió tambaleándose y cayó hacia atrás sobre el suelo frío.
    – ¡Lo siento! -La voz aterrorizada y ronca de Walter retumbó por la tubería desde el fondo de su rudimentario ataúd-. No quiero morir aquí… ¡Por favor!
    Darby intentó ponerse en pie y volvió a tambalearse. Se puso a cuatro patas, con el corazón palpitándole con fuerza mientras jadeaba para recobrar el aliento.
    Malcolm Fletcher había abierto un agujero en el ataúd y encajado en él un tubo de PVC que llegaba hasta la superficie para que Walter no muriese de asfixia. Podría respirar hasta que muriese de inanición o lo devorase la locura.
    – ¡Ya le dije al señor Hale que lo siento! ¡Lo siento! ¡Lo siento!
    ¿Sabía Hale que Walter estaba enterrado allí? ¿Habría planeado desplazarse hasta allí a arrojarle comida por la tubería para alargar su tortura?
    «Tú querías que Walter sufriera -le había dicho Fletcher-. Cuando recuerdes ese momento de antes, en el cuarto de baño, desearás haber apretado el gatillo.»
    Darby se imaginó a sí misma apretando el cañón del arma contra la cabeza de Walter. Aquella voz fría y extraña que le había hablado en el cuarto de baño le hablaba ahora también: «Tapa esa tubería y deja que se asfixie».
    – Por favor -gritó Walter-. Por favor, no me deje aquí. Lo siento…
    Darby recordó la fotografía del cuerpo de Emma Hale tendido en la orilla del Charles, enterrado bajo la nieve, descubierto por un perro. El cadáver de Judith Chen, en la mesa de autopsias, el rostro de la mujer mordisqueado por los peces… Walter Smith había matado a aquellas dos mujeres y se disponía a matar a Hannah Givens antes de suicidarse.
    – Por favor, sáqueme de aquí -imploró Walter-. Tengo mucho miedo. No quiero morir aquí solo, sin María.
    «Tapa la tubería y córtale el aire. Deja que sufra.»
    Walter Smith merecía sufrir. Ella quería que sufriera.
    «Hazlo. Nadie se enterará.»
    El viento soplaba entre los árboles y sacudía las ramas. Darby avanzó por el suelo y se asomó a la tubería.
    – Aguante -dijo, al tiempo que sacaba su móvil-. La ayuda está en camino.

Agradecimientos

    No habría podido escribir este libro sin la ayuda inestimable de los criminólogos Susan Flaherty y Kevin Kershark; Randy Moshos, de la Oficina Forense de la ciudad de Boston, Meigan Dingle, especialista en quemados, y Keith Woodbury, quien me ayudó a orientarme en el peligroso terreno de la química. Todas estas personas respondieron pacientemente al conjunto de mis preguntas técnicas. Todos los errores son única y exclusivamente responsabilidad mía.
    Una de las ventajas de ser escritor es que uno tiene la oportunidad de hablar del oficio con algunos de los mejores. Por eso me gustará dar las gracias a los siguientes escritores: John Connolly, Gregg Hurwitz, Laura Mrs. Mooney Lippman, Mike Connelly, Joe Finder, Tess Gerritsen, George Pelecanos y Jodi Picoult.
    Gracias a Pam Bernstein y a la maravillosa Maggie Griffin.
    Si os ha gustado el libro, podéis darle las gracias a mi editora, Mari Evans, por el duro trabajo que ha realizado, y a mi agente, Darley Anderson, y a su maravilloso equipo: Emma White, Madeleine Buston, Camilla Bolton y Zoe King.
    Lo que tenéis entre las manos es una obra de ficción, lo que significa que me lo he inventado casi todo.

Chris Mooney

    Chris Mooney nació y creció en Lynn, Massachussets. Intentó seguir los pasos de sus padres, contable e ingeniero eléctrico respectivamente, pero pronto reveló una cierta ineptitud para los ordenadores y la ciencia en general, y optó por pasarse al mundo de las letras.
    Pese a los descorazonadores principios, teñidos por la desconfianza de profesores y agentes literarios, Chris Mooney siguió adelante. En 2001 publicó World without end, y dos años después Remembering Sarah, por la que fue nominado a varios premios, entre ellos el prestigioso Edgar, que entrega la Mystery Writers of America.
    Desaparecidas introduce al personaje de Darby McCormick, protagonista también de la novela Secuestradas.

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notes

    [1] Como adverbio, el término bareback significa hacer algo (montar a caballo, etc.) «a pelo». En este contexto, tiene una clara connotación sexual. (N. de la T.)
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