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¿Quién teme al lobo?

¿Quién teme al lobo?

Аннотация

    En la pequeña localidad noruega de Finnemarka, la anciana granjera Halldis Horn es hallada muerta de un hachazo en su cabaña. El sospechoso principal es Errki, un muchacho esquizofrénico, al que las habladurías acusan también de haber matado a su madre. El carismático comisario Sejer es encargado del caso.


Karin Fossum ¿Quién teme al lobo?

    Inspector Konrad Sejer 3
    Odio a los seres humanos solo porque existen,
    y los envidio cuando los veo moverse por su propia tierra.
    Dentro de mi bloque de hielo estoy yo, el loco,
    llevando con minuciosidad la cuenta de todas las acciones enemigas
    emprendidas hacia mí por los seres humanos.
    Y en el cuarto oscuro de la venganza
    crece un dominador del mundo.
    ELGARD JONSSON
    A Kari

    Un rayo cegador entra oblicuamente por entre los árboles.
    El susto le hizo detenerse en seco. No estaba preparado. Se había levantado del camastro y había cruzado la casa en penumbra, aún medio dormido, hasta la losa que había fuera, delante de la puerta. Entonces lo alcanzó el sol.
    Le penetró los ojos como un punzón. Se llevó bruscamente las manos a la cara, pero la luz continuó hacia dentro, traspasando cartílagos y huesos, directa hasta el fondo de la oscuridad del cráneo. Allí dentro, todo se volvió de un blanco estridente. Los pensamientos se dispersaron en todas las direcciones, reventando en átomos. Quiso gritar, pero nunca gritaba, su dignidad no se lo permitía. Optó por apretar los dientes y se quedó tan quieto como pudo sobre la losa. Algo estaba a punto de ocurrir. La piel de la cabeza se le estaba tensando, lo notaba por una creciente picazón. Permaneció de pie, temblando, y con las manos apretadas contra la cabeza. Notó que los ojos se le desviaban hacia los lados y las fosas nasales se le hinchaban, agrandándose como ojos de cerradura. Gimió débilmente, intentó controlarse, pero fue incapaz de detener las enormes fuerzas. Poco a poco se le fueron borrando las facciones. Solo quedaba un cráneo desnudo, forrado de una piel blanca y transparente.
    Luchó febrilmente mientras gemía por lo bajo e intentó tocarse el rostro para comprobar si seguía en su sitio. La nariz se le había quedado blanda y repulsiva. Retiró la mano. Había estropeado lo poco que le quedaba de nariz, notó cómo se iba difuminando, perdiendo su forma igual que una ciruela podrida.
    De repente, la tensión desapareció. Respiró con cuidado, notando cómo la cara volvía a su sitio. Abrió y cerró un par de veces los ojos, abrió y cerró la boca, pero en el momento de querer volver a entrar en la casa, sintió una punzada en el pecho, como las garras afiladas de una bestia a la que no podía ver. Se agachó, abrazándose para resistir la fuerza que le tiraba de la piel del pecho, cada vez con más intensidad. Los pezones desaparecieron en las axilas. La piel de su torso desnudo se volvió más fina. Las venas sobresalían como cables nudosos por los que palpitaba sangre negra. Estaba agachado, casi doblado, y lo sintió llegar, ya no pudo impedirlo.
    De repente reventó como un monstruo al sol. Vísceras e intestinos salieron rodando. Él intentaba mantener todo en su lugar, logró coger los bordes de las heridas y juntarlos, pero le salían cosas entre los dedos, acumulándose delante de sus pies como restos de una matanza. El corazón, encerrado entre las costillas, seguía latiendo, latidos asustados y ruidosos. Así permaneció un buen rato, doblado por el dolor, sollozando. La cavidad peritoneal se le había quedado vacía. Abrió un ojo y, temeroso, bajó la mirada para observarse. El abdomen había dejado de chorrear. Torpemente, se dispuso a recoger el contenido. Lo metió en cualquier sitio mientras sujetaba con firmeza la piel para que no se volviera a salir. Nada se puso en el lugar correcto, se veían bultos en los lugares más extraños, pero si lograba que la herida se cerrara, nadie la vería. Él sabía que no estaba hecho como los demás, pero por fuera no se apreciaba. Mientras tenía agarrada la piel con la mano izquierda, empujaba constantemente con la derecha. Al final, consiguió meter la mayor parte y solo quedó algo de sangre en la escalera. Apretó con fuerza la herida y notó que se iba cerrando. Respiraba con mucho cuidado para que no se abriera de nuevo al tiempo que se mantenía rígido. El sol seguía inundando el bosque con su rayo blanco, afilado como una espada, pero él volvía a estar entero. Todo había sucedido muy deprisa. No debería haber ido directamente del camastro al sol sin pensar. Siempre se había movido en otro espacio, contemplando el mundo a través de un sombrío velo que le servía de protección contra la luz y los sonidos del exterior. Él mismo mantenía el velo en su sitio mediante una profunda concentración. Ahora se le había olvidado. Había salido corriendo al nuevo día, sin reservas, como un niño.
    Se le ocurrió pensar que el castigo era irrazonablemente duro, pues mientras dormía en el camastro carcomido, había soñado algo que lo había hecho levantarse de repente, salir corriendo y olvidarse de lo que tenía que hacer. Cerró los ojos y evocó algunas imágenes. Veía a su madre al pie de la escalera. De la boca le manaba a chorros la sangre roja y caliente. Gorda y rechoncha con una bata blanca de flores grandes, parecía un jarrón volcado del que salía una salsa roja. Recordó su voz, siempre seguida de un tono grave de flauta. Volvió a entrar lentamente en la casa.

    Esta es la historia de Errki. Empezó así: Eran las tres de la mañana cuando abandonó el manicomio. No lo llamamos manicomio, Errki, y aunque en cierto modo tienes derecho a llamarlo como quieras en tu universo privado, debes tener consideración con los demás y referirte a él de otra manera. Eso se llama amabilidad o tacto, si quieres. ¿Has oído hablar de eso?
    ¡Dios! La mujer era tan elocuente que a él le parecía que le salían chorros de aceite de la boca cuando hablaba. Tras las palabras llegaba su sonido, un órgano eléctrico chirriante.
    Se llama Varden, dijo él con una sonrisa ácida. Los que vivimos aquí, en Varden, somos como una gran familia. Suena el teléfono. ¡Varden, dígame! ¿Alguien puede recoger el correo para Varden?
    Exactamente. Solo es cuestión de acostumbrarse. Aquí todo el mundo tiene que mostrar un poco de consideración con los demás.
    Yo no, contestó él en tono agrio. Estoy internado contra mi voluntad, por el artículo cinco. Un peligro para mí mismo y quizá para otros.
    Se inclinó hacia ella y le susurró al oído:
    Gracias a mi mierda estás ganando tan buen sueldo.
    La enfermera de guardia tembló. Ese era el momento en el que más débil se sentía, esa tierra de nadie entre la noche y la madrugada, un vacío grisáceo durante el que los pájaros contenían su canto y no se sabía si alguna vez volverían a cantar, cuando todo podía ocurrir sin que ella se enterara. Se encogió un poco, sintiéndose de súbito agotada. No le quedaban fuerzas para ver su dolor, para recordar quién era él y que estaba sometido a ella. Le pareció repugnante, egocéntrico y feo.
    Ya lo sé, contestó con agresividad. Pero, al fin y al cabo, llevas aquí cuatro meses, y a juzgar por lo que veo, no parece importarte demasiado.
    Lo dijo con una boca tan picuda como el pico de una gallina. Del órgano salió un acorde chirriante.
    Y con eso, el hombre se largó. No resultó nada difícil. La noche era cálida, y la ventana estaba abierta quince centímetros. Había un riel de acero fijado al marco, pero ese problema lo solucionó desmontándolo con la hebilla del cinturón. Los tornillos salieron sin problemas de la madera carcomida de ese edificio de más de cien años. Su habitación estaba en la planta baja. Saltó por la ventana con la ligereza de un pájaro y aterrizó sobre el césped.
    No cogió el camino que pasaba por el aparcamiento, sino que se adentró en el bosque y continuó hacia la laguna, a la que llamaban el Pozo. Daba igual el camino que escogiera, lo importante era alejarse de Varden.

    La laguna era bonita. No pretendía ser lo que no era, se limitaba a estar donde estaba, quieta, sin un movimiento, reposando en el paisaje, abierta y tranquila. No lo rechazaba, no lo tentaba. No lo tocaba. Solo estaba. El manicomio se encontraba a dos pasos de allí, pero los árboles lo tapaban. Néstor le pidió que descansara un momento, y así lo hizo. Clavó la mirada en el Pozo negro. Pensó de repente en Tormod, al que encontraron flotando en ese lugar, boca abajo, con los guantes de goma puestos, como siempre, y el pelo rubio meciéndose en el agua verdosa. No tenía buen aspecto, pero nunca lo había tenido. Era gordo y de movimientos lentos, con los ojos desvaídos y además, tonto. Un tipo asqueroso y blandengue que siempre andaba pidiendo perdón, temeroso de contagiarlos, de estorbar, de que alguien notara su aliento pestilente. Ahora el pobre estaba con Dios, tal vez meciéndose sobre una nube, liberado por fin de sus pegajosos guantes. Quizá se hubiera encontrado con su madre allí arriba, y ella se meciera en la nube vecina. Había amado a su madre. El pensar en los ojos errantes de Tormod, con sus pestañas claras, lo obligó a tragar saliva. Hizo un par de movimientos bruscos con su cuerpo delgado y continuó adentrándose en el bosque.

    La oscura figura se distinguía muy bien en todo ese claro verdor, pero nadie lo vio. Los demás dormían. Y otro había ocupado ya el lugar de Tormod. Tras el suicidio, fue reducido a ese fenómeno práctico tan necesitado por ellos: una cama libre. Un cambio asombroso, pensó. Tormod ya no era Tormod, sino una cama libre. Él mismo también se convertiría en una cama libre, con las sábanas muy estiradas. Escuchó la voz y asintió imperceptiblemente con la cabeza. Luego continuó con su peculiar andar por el tupido bosque. Cuando por fin la enfermera del turno de noche abrió con cuidado su puerta para echar un vistazo, él ya llevaba más de dos horas andando por la carretera. Ella no se atrevió a repetir la conversación que habían mantenido. No, no me percaté de nada fuera de lo normal, él estaba como siempre. El sol ya había salido y alcanzó a la mujer en el rostro a través de la ventana del cuarto de guardias, donde se celebraba la reunión de la mañana. Las palabras le ardían en la garganta como si fueran ácido.
    El hombre pasó por delante del Centro de Equitación. Oyó cómo los animales oscuros y grandes escarbaban intranquilos con los cascos. Uno de ellos había reparado en su presencia y resoplaba ruidosamente. Errki los miró con el rabillo del ojo y notó un intenso deseo de estar con ellos, de ser como ellos. Puesto que nadie se acerca a un caballo para preguntarle: ¿Quién eres? El caballo recibe la carga que en cada momento sea capaz de llevar, y luego se le deja descansar. Y el caballo malo, el que no puede hacer nada, recibe una bala en la frente. Sencillo. Así un día tras otro: dar vueltas por el cercado con un niño a la grupa, beber de la vieja bañera, dormir de pie con la cabeza colgando, sacudirse para espantar a los insectos… Hasta que llegue el momento.
    Anduvo un buen rato por la carretera. Pronto la gente saldría laboriosamente de sus sábanas y edredones. Emergerían dando tumbos de hormigueros y agujeros, lo notaba aproximarse como una vibración en el aire. Dentro de poco empezaría el tráfico. Errki movió los pies más deprisa. Lo mejor sería internarse de nuevo en el bosque. De vez en cuando levantaba la cabeza. Le gustaba el bosque vibrante, la luz que centelleaba a través de las hojas de los árboles, el olor a hierba en sus grandes fosas nasales, y el sonido de ramas y brezos que cedían suavemente bajo sus pies. Árboles grises y secos que se limitaban a estar allí, bien anclados en la tierra. Arrancó un helecho con raíz. Lo sostuvo delante de los ojos murmurando: Raíz, tallo y hoja. Raíz, tallo y hoja.
    Al final acabó agotado. En la lejanía vio un peñasco, y debajo de él, una sombra oscura. Fue hasta allí y se acurrucó en la hierba. Escuchaba la voz sin cesar. Susurraba constante y cálidamente dentro de su cabeza, como una central eléctrica. En el bolsillo llevaba un frasco con un tapón de rosca. El sueño es el hermano de la Muerte, pensó, y cerró los ojos.

    Se encontraba al principio de una llanura.
    Solo Errki andaba así, con pasos pesados y cojeando, como una corneja con el ala herida, pero a gran velocidad. Le colgaba todo: el pelo largo, la chaqueta abierta y los pantalones de perneras anchas, que llevaban mucho tiempo sin abandonar su cuerpo. Unos pantalones viejos de poliéster con un fuerte olor a sudor y orina. Iba con la cabeza ladeada, como si se le hubiera roto un tendón del cuello, y casi nunca la levantaba. Tenía la mirada clavada en el suelo y lo único que veía eran sus propios pies, que seguían andando por su cuenta. Errki no necesitaba una meta, podía andar durante horas y horas sin cansarse, con energía, como un muñeco mecánico.
    Era un hombre de veinticuatro años, estrecho de hombros, pero de pelvis sorprendentemente ancha. Debido a una predisposición genética de muchas generaciones atrás, tenía las caderas débiles, razón por la que se veía obligado a hacer una rotación muy particular con ellas para poder emplear las piernas. Un movimiento irritado, como si llevara algo desagradable a la espalda de lo que quisiera librarse. Eso había hecho pensar a mucha gente que Errki andaba como una mujer. El cuello también era más delgado y largo de lo normal para un hombre, casi demasiado delgado para sostener el peso de su cabeza. No porque esta fuera inusualmente grande, sino porque su contenido era sin duda mucho más pesado que el de los demás.
    Pesaba solo sesenta kilos y no comía gran cosa. Le resultaba difícil saber lo que quería. ¿Pan o cereales? ¿Salchichas o hamburguesa? ¿Manzana o plátano? ¿Cómo se arreglaba la gente para hacer todas esas elecciones de que consta la vida? ¿Cómo podían saber con toda seguridad que habían elegido correctamente?
    En el bolsillo llevaba un frasco de cristal con un tapón de rosca que contenía lo que necesitaba para hacer obedecer a sus pies y para que sus pensamientos se ordenaran en filas aceptables por el pasillo de Varden, en el autobús, en el tren o mientras caminaba por la carretera.
    Cuando no estaba en movimiento se quedaba inmóvil, descansando.
    Tenía el pelo largo, negro e hirsuto, y le colgaba como un ramillete sucio por delante de la cara. Múltiples cicatrices de acné se dibujaban en la piel de su rostro. Aparecieron más o menos a los trece años, hinchándose como pequeños volcanes. Dejó de lavarse. Le parecía que se volvían mucho más agresivas cuando las rociaba con agua y jabón. En cambio, cuando el polvo y la grasa rancios se adherían por gruesas capas sobre la superficie de la piel, los granos ya no se notaban tanto. Debajo del pelo hirsuto se vislumbraba la cara, larga y fina, con pómulos pronunciados y cejas estrechas y negras. Tenía los ojos hundidos, y eran muy especiales, casi siempre evasivos. Pero si uno lograba captarlos, lucían con un pálido resplandor. Miraba siempre de reojo al que le hablaba, de abajo arriba, y debido al pelo y a la ropa, tenía la piel blanca a pesar del soleado verano. Los pantalones le colgaban bajos sobre las caderas, sujetos con un cinturón de cuero. La hebilla era un águila de latón con las alas extendidas y el pico encorvado. El águila tenía pequeños ojos esmaltados y la mirada fija en una presa invisible, por ejemplo, el modesto órgano sexual de Errki, escondido dentro de los sucios pantalones. Estaba poco desarrollado para un hombre de su edad y jamás había entrado en una mujer. Esto era algo que nadie sabía, un doloroso hecho que él había enterrado en el subconsciente a favor de otras cosas más importantes. Además, el águila en sí era ya bastante impresionante, meciéndose al compás de la rotación de caderas de Errki. Tal vez pudiera engañar a la gente, haciéndole pensar que la herramienta que se encontraba debajo era una auténtica fiera.
    Hacía calor y las carreteras estaban tranquilas. Campos amarillos hasta donde alcanzaba la vista. A lo lejos, una chica que iba empujando un cochecito de niño divisó esa figura negra contoneándose y comprendió que tendría que pasar por su lado. No había otro camino. El hombre tenía una pinta muy rara y, conforme se iba acercando, la chica notó que se ponía tensa. Su andar se volvió rígido. Esa extraña figura que iba avanzando mostraba una combinación de miedo y de agresividad, y ella pensó que no debía mirarle a los ojos, solo pasar muy deprisa por su lado. Mejor con un aire indiferente, superior. Al menos no debería traslucirse su pavor porque, igual que un perro que no es de fiar, pensó, ese hombre olería su miedo y la atacaría.
    La chica era tan rubia y bonita como Errki oscuro y feo. Ella se acercaba, a pesar del velo, como una luz aguda. Agarraba con energía el cochecito, empujándolo con irritación delante de ella a modo de escudo, como si estuviera dispuesta a sacrificar su contenido con el fin de salvar su propio pellejo, pensó Errki. Llevaba mucho rato absorto en sus pensamientos cuando se percató de esa figura que andaba con paso ligero en el límite de su campo visual. Parecía tan insignificante como un tembloroso papel blanco. Errki no levantó la cabeza. Ya hacía rato que había registrado los contornos y el movimiento que le venían al encuentro. De todas las cosas que componían el mundo conceptual de Errki, una chica con un cochecito de niño era de las más miserables. Era incapaz de entender que eso de expulsar del cuerpo a un crío llegara a producir en la cara de las mujeres una estúpida expresión de éxtasis. Y ni siquiera la miseria y los miles de millones de miserables de la Tierra podían cambiar el concepto de la vida que tenían las mujeres. Él no lo comprendía. Y, sin embargo, la miró de reojo, preguntándose a sí mismo: ¿Malas intenciones, o no tiene ninguna? Él no conocía ninguna buena. Además, nunca se dejaba engañar. No se conocía al enemigo por lo externo, lo superficial. La chica podría llevar un cuchillo escondido bajo la manta del bebé, por ejemplo. Se imaginó uno con la punta rota y el filo dentado. Nunca se sabía.
    Pasaron uno al lado del otro. Errki oyó en ese momento el frágil sonido a vidrio que se rompía. La chica se agarró al manillar del cochecito y levantó la mirada un instante. Vio aterrada la extraña luz en los ojos del hombre y, dentro de la chaqueta negra, que estaba abierta, pudo leer el texto de su camiseta:

    MATA A LOS OTROS.

    No pudo olvidarlo. Y así ella sería de las personas que luego informarían a la policía de haber visto al hombre que buscaban ese día en la llanura.
    Los demás siempre lo perseguían. No solo a su cuerpo destrozado, en el que estaban amontonados los órganos, o el corazón, duro como una piedra, temblando detrás de la rejilla de huesos. Querían entrar dentro de él, dentro de su cuarto secreto con una lámpara cegadora. Envolvían sus malvadas intenciones en palabras bonitas, predicaban la belleza de la realidad y lo emocionante y desafiante que era pertenecer a una colectividad. Resultaba insoportable.
    ¡Pero si él no quería!

    Sacudió la cabeza, aturdido. Los pensamientos habían vagado sin control, estorbando el tiempo. Volvió a entrar tambaleándose en el pequeño cuarto y se desplomó sobre el sucio colchón. Se alegraba de haberse fugado de ese asfixiante manicomio, se alegraba de haber encontrado esa casa abandonada. Estaba tumbado de lado, con las rodillas encogidas, las manos entre los muslos y la mejilla apretada contra el colchón mohoso. Se veía muy dentro de ese sótano oscuro y polvoriento en el que, a través de un estrecho agujero en el techo, entraba un débil rayo de luz que dibujaba una mancha circular sobre el suelo de piedra. Allí estaba Néstor sentado. A su lado había un abrigo harapiento, con un aspecto bastante inocente, como de algo dejado por olvido. Pero Errki sabía que no era así. Permaneció un buen rato tumbado, quieto y expectante. Y luego volvió a dormirse. La herida necesitaba tiempo para curar. Mientras se curaba, él soñaba tranquilamente. Él aceptaba que después del castigo, siempre venía el consuelo. Formaba parte del acuerdo. Eran las seis y tres minutos del cuatro de julio, y se acercaba un terrible calor.

    La casa le sorprendió repentinamente, oculta dentro de un tupido bosque. Una vieja granja que llevaba deshabitada varias décadas y que, sin embargo, presentaba un estado excepcional de conservación, aunque la mayor parte de los enseres y muebles habían sido destrozados por los vagabundos. No pocos se habían establecido allí por algún tiempo, dejando sus huellas y botellas vacías en las habitaciones destartaladas.
    Permaneció un rato en el bosque, con la mirada clavada en la casa. Era de troncos de madera y delante había un pequeño rectángulo en el que crecía la hierba. Primero tanteó la pesada puerta y luego la empujó. Se detuvo un instante a husmear. Dentro encontró una cocina, un cuarto de estar y dos habitaciones. En uno de los camastros había un viejo colchón con una funda a rayas. Se deslizó de habitación en habitación, mirándolo todo, aspirando el olor a madera vieja. En ese lugar, Errki se encontraba más cerca de sus antepasados de lo que podía imaginarse. La casa era una antigua granja de verano, construida sobre los cimientos de uno de los muchos asentamientos finlandeses del siglo XVII. Mientras recorría las estancias, escuchaba atentamente a las paredes mudas. Daban la impresión de haber sido testigos de sucesos. Quedaba aún ira en esas paredes. En algunas zonas de los gruesos troncos se veían astillas, como grandes heridas, como si alguien los hubiera atacado con un hacha. No quedaba ni una sola ventana entera, solo trozos de vidrio en alguno de los marcos agrietados. Errki tuvo tres o cuatro pensamientos: Era imposible llegar a ese lugar en coche y, que él supiera, nadie lo había visto cuando abandonó la carretera y comenzó a subir la ladera. No llevaba reloj, pero sabía que había andado exactamente media hora desde que dejó la carretera principal. No le preocupaba no tener comida ni ropa, pero tenía sed. Trabajó las mandíbulas con el fin de formar un poco de saliva. Empezó a masticar su propia lengua.
    Luego fue a la estancia que había servido de cocina y abrió al tuntún algunos cajones. Como faltaban los tiradores, tuvo que valerse de sus largas uñas. Encontró un tenedor con los dientes rotos y un paquete de velas, migas y telarañas, tapones de botellas de cerveza y una caja de cerillas vacía. Delante de la ventana rota colgaban los restos de un visillo de tul que, al tocarlo, se deshizo entre los dedos. Volvió al cuarto de estar. Había una ventana que daba a la parte trasera de la casa, y otra en la pared opuesta, desde la que se veía un pequeño lago. Junto a la pared había un viejo diván forrado de una tela de nudos, y en la otra pared, un armario grande. Lo abrió y miró en su interior. No había nada. El suelo de tablas estaba lleno de manchas, y los zapatos se le pegaban al andar. Se dejó caer con cuidado sobre el diván. Los muelles chirriaron y una nube de polvo se levantó del forro raído, de modo que cambió de idea y fue a la primera habitación, al camastro que tenía colchón. Se quitó la chaqueta y la camiseta y se tumbó. Estuvo ausente durante una eternidad. Cuando por fin se despertó había olvidado donde estaba. Además, había soñado, razón por la cual cometió el gran error de ir, sin pensar primero, derecho al sol. Resultó humillante tener que recoger sus propias vísceras de la escalera, mientras escuchaba la malvada risa de Néstor y los intestinos le pasaban por entre los dedos como crías de serpiente.

    Se despertó por segunda vez. Se incorporó con cuidado y miró fijamente el cuarto. Se tocó el pecho y notó que estaba intacto. Solo quedaba una cicatriz roja y dentada que bajaba desde entre los pezones hasta el ombligo. El sol había subido más. Se levantó del catre. El cuarto estaba vacío, solo una mesilla de noche muy rudimentaria con apenas un cajón de madera. Cruzó despacio la habitación y sacó el cajón. Mientras lo miraba se frotó distraídamente un punto dolorido de una de sus caderas. Había estado tumbado sobre algo duro. Volvió al catre, miró el colchón y lo tocó. Había algo allí, algo estrecho y duro. Desconfiado, levantó el colchón y le dio la vuelta. Por el otro lado, había un gran agujero en la funda, y alguien había sacado parte de la gomaespuma. Metió una mano dentro de la funda y la empujó hacia dentro hasta que se topó con algo frío. Volvió a sacarla y la miró extrañado, incapaz de creer lo que estaba viendo. Allí, en ese lugar destrozado, dentro de un viejo colchón mohoso, había un revólver. Lo cogió con ambas manos y estudió el cañón. Al principio, a Errki le pareció un objeto extraño, pero cuando se lo colocó bien en la mano derecha y puso el dedo sobre el gatillo, notó lo bien que encajaba, la fuerza que tenía. Toda la fuerza del cielo y de la Tierra. Brisa, vendaval y tormenta. Lo abrió con curiosidad y lo examinó. Había una sola bala en la recámara. Alterado, la sacó para estudiarla más de cerca. Era larga, brillante y con la punta redonda. Volvió a meterla, deleitándose en lo bien que encajaba. El hallazgo le hizo mirar a su alrededor. Alguien que había pasado allí la noche había dejado el revólver. Era extraño. Tal vez esa persona hubiera sido sorprendida y no hubiera tenido tiempo de llevárselo. Tal vez estuviera aguardando en algún lugar para volver a recogerlo. Era un revólver estupendo. Errki no sabía nada de armas, pero creía que era un revólver de gran calibre de una marca cara. Leyó las pequeñas letras de la empuñadura: Colt.
    ¿Qué te parece, Néstor?, murmuró por lo bajo, dando vueltas al arma. De repente se paró en seco y la arrojó. Dio un estallido contra el suelo. Se metió a toda prisa en la cocina, y permaneció un rato agachado sobre el banco. Debería haber sabido que Néstor haría propuestas asquerosas. Oyó una risa abajo, en el sótano, tan fuerte que levantaba el polvo. Después volvió a la habitación, donde permaneció un buen rato mirando de nuevo el revólver. Por fin lo metió dentro del colchón, donde lo había encontrado. No le hacía falta, tenía la otra arma. Empezó a dar vueltas por la casa, de la cocina al cuarto de estar y a la cocina otra vez, siempre con la mirada clavada en las tablas manchadas del suelo. Crujían y gemían en distintos tonos. Errki compuso una melodía entera paseando entre los cuartos. El pelo negro se le movía de manera agresiva, al igual que los pantalones y la chaqueta. Iba con los brazos tiesos, separados del cuerpo, moviendo rítmicamente los dedos al compás del crujido de los tablones. Fue absorbido por ese ritmo, andaba sin parar, no podía ni quería parar. En esa absorción encontraba paz, no tenía más misión que ir de un lado para otro, con pasos iguales y los dedos separados. Cruje, cruje, Errki, anda, adelante, atrás, de cuarto en cuarto, zas, zas, bum, bum.
    No sabía cuánto tiempo llevaba andando, pero por fin se armó de valor y se colocó delante de la puerta de la casa. La abrió con cuidado. El sol inundaba el bosque. Bajó la vista y salió con cautela a la losa. Dio un par de pasos lentos sobre la hierba. Se detuvo a husmear las piñas que colgaban sobre él, y los matorrales y helechos bajo sus pies. Raíz, tallo y hoja. Por fin estaba en marcha de nuevo. No sabía adónde iría ni qué haría. Néstor dirigió sus pasos ladera abajo, hacia la población. Aún era por la mañana temprano. Las personas más sanas ya habían empezado a poner los pies en el suelo. Habían mirado por las cortinas, contemplando la hermosa mañana. Calurosa. Luminosa. Verde oscilante. Confiados por causa del espléndido tiempo y del verano tan dolorosamente breve, harían planes para el día. Una de esas personas era Halldis Horn. Vivía sola en una pequeña granja, no muy lejos del viejo lugar de Finneplass. Justo en el instante en que Errki empezaba a andar por la hierba, ella se estaba sacando el camisón por encima de la cabeza.

    Hacía tiempo que había dejado atrás la primera y también la segunda juventud florida. Además, estaba demasiado gruesa. Pero, para algunas raras almas sin prejuicios, era algo digno de verse. Grande y de formas redondeadas, con el pecho alto y una trenza gris que le colgaba como una maroma por la espalda. De cara redonda y fresca, y mejillas sonrosadas, su mirada había conservado su agudeza chisporroteante, a pesar de la vejez.
    Atravesó el cuarto de estar y la cocina, y abrió la puerta de fuera. Levantó el rostro hacia el sol y permaneció un rato en la escalera, con los ojos entornados y vestida con una bata de cuadros y unos zuecos. Llevaba medias hasta la rodilla, no porque hiciera frío, sino porque pensaba que las mujeres de su edad no debían mostrar demasiada carne y, aunque nunca llegaba nadie hasta allí, excepto el tendero una vez por semana, estaba Nuestro Señor y su mirada siempre presentes. Para bien y para mal, por así decirlo. Porque aunque ella era creyente, de vez en cuando enviaba hacia arriba pensamientos airados y no pedía perdón después. Ahora estaba contemplando la invasión de dientes de león. Todo el césped estaba repleto de ellos. A Halldis le parecía que se extendían como un eccema, contaminando su pequeña granja tan bien cuidada. En el transcurso del verano quitaba dos veces las malas hierbas con una azada. Una planta tras otra, con enérgicos golpes. Le gustaba trabajar, pero de vez en cuando se quejaba un poco para recordar a su difunto esposo el apuro en el que la había dejado al caer fulminado sobre el volante del tractor a causa de un tapón del tamaño de un grano de arroz que se le formó en una vena. Era incapaz de entender que ese grande y fuerte marido suyo, esa montaña de músculos, se dejara derribar de esa manera, aunque el médico intentara explicarle las causas. Lo encontraba tan incomprensible como que los aviones fueran capaces de volar o que ella pudiera llamar a su hermana Helga en la lejana ciudad de Hammerfest y oír nítidamente su voz quejumbrosa a través del auricular.
    Habría que empezar con la tarea antes de que apretara el calor. Fue a buscar la azada y se encaminó hacia la hierba. Se hizo sombra con la mano sobre los ojos y contempló el terreno para planificar el trabajo. Decidió empezar por el trozo de césped más próximo a la puerta y trabajar hacia fuera en forma de abanico, pasando por el pozo, hasta los establos. Cogió de la entrada un cubo y un rastrillo. Trabajaba siguiendo un ritmo fijo, cavaba con energía hasta que se cansaba, uno o dos golpes en cada planta. Luego recogía las hierbas con el rastrillo a un ritmo más pausado, llenaba el cubo, lo vaciaba detrás de la casa, en el compost, y volvía otra vez a cavar. Su ancho trasero señalaba hacia el cielo, meciéndose al compás del ritmo de la azada. El mandil de cuadros verdes y rojos ondeaba al sol. Tenía la frente empapada de sudor, y la trenza le caía todo el rato hacia delante desde el hombro. Casi siempre la llevaba sujeta a la cabeza con horquillas, enrollada como una serpiente brillante, pero nunca antes del aseo matutino.
    Le gustaba el sonido que producía la azada al atravesar la hierba. Estaba afilada como un hacha, ella misma se había encargado. A veces, cuando chocaba contra una piedra, ella se encogía de dolor pensando en la hoja brillante de finísimo filo. Conforme Halldis trabajaba, la mala hierba iba quedando en el suelo como soldados caídos en un campo de batalla. No cantaba ni tarareaba. Tenía de sobra con el trabajo, además, el Creador podría llegar a pensar que esa vida era demasiado buena, conclusión que para Halldis era una exageración. Una vez acabado el trabajo, se asearía y se prepararía el desayuno. Pan y queso hechos por ella misma.
    Se incorporó. Unos pájaros gritaban en lo alto, sobre las copas de los árboles, y le pareció oír algo que pasaba velozmente por entre las hojas. Luego se hizo el silencio, pero permaneció un rato al acecho, por si acaso. Se robó un momento de descanso mientras dejaba que sus ojos repasaran el bosque, del que ningún árbol le era desconocido. Le pareció distinguir algo oscuro entre el familiar conjunto de troncos negros, algo que no estaba antes, una irregularidad.
    Enfocó la vista y miró atentamente, pero como no notó ningún movimiento, lo rechazó todo como producto de su imaginación. Su mirada se detuvo junto al pozo. La hierba de alrededor estaba larga y descuidada, tal vez debería ir luego a por el cortabordes y cortarla. Volvió a agacharse y continuó con su tarea, ahora de espaldas a la puerta. Notó que el sol calentaba, aunque todavía era temprano. Su ancho trasero ardía, y el sudor le chorreaba y picaba por la cara interior de los muslos. Así era la vida de Halldis Horn: solucionar los problemas uno por uno, según iban surgiendo, sin quejarse. Era de esa clase de personas que nunca se cuestiona la creación divina o el sentido de la vida. Era algo que no se hacía, que no estaba bien. Y, además, temía la respuesta. Seguía cavando con tanta fuerza que su trasero vibraba. Muy cerca, arriba en la ladera, estaba Errki escondido detrás de un árbol, con la mirada clavada en ella.

    La mujer le fascinó. Emergía de la tierra de la misma manera que los pesados abetos y acompañada de un sonido de trombón solitario y majestuoso. Permaneció un buen rato devorando con los ojos esos hombros redondos y el vestido aleteante. La había visto antes, sabía que vivía sola. Rara vez hablaba y no escuchaba otra cosa que el viento o el grito de las urracas. Dio unos pasos y algunas ramas se rompieron. El sonido de la azada se hizo más fuerte. Clavó la mirada en las manos de la mujer, manos ásperas con dedos gruesos. La fuerza de la hoja a través de la hierba era tremenda y no tenía nada de femenino. Conforme andaba, ahora del todo en silencio, vio que la mujer se había percatado de algo vivo en las cercanías. Cuando las personas viven solas, desarrollan una sensibilidad hacia todo lo que les rodea. Alteró el ritmo, primero más lento, luego más rápido, como para rechazar la idea de que algo estaba a punto de suceder. Luego la mujer se detuvo y se incorporó. Y de repente lo vio. Su cuerpo se puso rígido, tenso como un arco, con el pecho ondulante. Una cuerda de miedo vibraba entre los dos. Las manos agarraron con más fuerza la azada. Por un instante, abrió enormemente los ojos, luego se volvieron estrechos y duros. No había muchas cosas en este mundo a las que esa mujer tuviera miedo, pero en ese momento se sintió insegura.
    Errki se detuvo en seco. Quería que ella siguiera trabajando. Lo único que quería era contemplar a esa mujer mientras ejecutaba su sencilla tarea, seguir su ritmo y el trasero meciéndose. Pero Halldis tuvo miedo. Errki reconoció las claras señales que emitía la mujer y se quedó parado, rígido, con los puños apretados, incapaz de moverse. La mirada de ella lo alcanzó como una lluvia de flechas.

    El sol continuaba subiendo, quemando sin piedad a personas, animales y bosques resecos. El agente de policía rural, Gurvin, estaba sentado solo, absorto en sus pensamientos. Se desabrochó un botón de la camisa y se sopló el pecho. El sudor le chorreaba. Luego intentó levantarse el flequillo de la frente, pero no lo logró. Desistió e intentó bajar el ritmo cardíaco pensando intensamente en algo. Había oído decir que los viejos indios lo hacían, pero a él la profunda meditación solo le hizo sudar más. En ese instante oyó a alguien fuera, arrastrando los pies. La puerta se abrió y un chico gordo de unos doce años entró jadeando vacilante. En la mano llevaba una caja plana y gris, parecida a una maleta, pero con una forma inusual. Tal vez contuviera un instrumento musical. Un arpa, por ejemplo. Aunque el chico no tiene pinta de arpista, pensó Gurvin. Lo estudió con la mirada. El chico era muy gordo, con las piernas y los brazos tiesos, saliéndole del cuerpo como si alguien lo hubiera hinchado con gas y estuviera a punto de elevarse. Pelo castaño, ralo y grasiento, pegado a la cabeza en rayas finas. Iba descalzo, llevaba unos vaqueros descoloridos, con las perneras cortadas, y una camiseta llena de manchas. Tenía la boca medio abierta por la alteración.
    – ¿Y bien?
    El agente Gurvin empujó los papeles hacia un lado. No tenía mucho trabajo esos días, y una visita era de agradecer. Le fascinaba esa increíble visión que tenía delante.
    – ¿Puedo ayudarte en algo, chico?
    El chico se acercó a la mesa. Seguía jadeando y tenía en el pecho algo que necesitaba sacar a toda prisa. Gurvin pensó en el hurto de una bicicleta. Los ojos del chico brillaban y temblaban tanto que el hombre, sin querer, se puso a pensar en un suflé en el horno, justo antes de desmoronarse.
    – ¡Halldis Horn está muerta!
    La voz era una mezcla entre la clara del niño y la grave del futuro hombre. Sonaba como un fuerte catarro que debiera ser tratado. Empezó en tono grave, pero al llegar a la palabra «muerta», se hizo más aguda.
    El agente había dejado de sonreír. Miró extrañado a la criatura que tenía delante; dudaba haber oído lo que creía haber oído. Pestañeó mientras se alisaba el pelo de la nuca.
    – ¿Qué has dicho?
    – Halldis está muerta. ¡Está justo delante de su puerta!
    Recordaba a un valiente soldado que regresa al campamento para dar la terrible noticia de que toda la tropa ha caído en la batalla. Sacudido en el alma, aunque conservando una especie de dignidad forzada, acababa de completar su misión ante el alto mando.
    – ¡Siéntate, chico! -dijo el agente con autoridad, señalando un sillón, pero el chico permaneció de pie.
    – ¿Te refieres a la mujer de la pequeña granja de Finnemarka?
    – Sí.
    – ¿Vienes de allí ahora?
    – Pasé por allí. Está tumbada en la entrada.
    – ¿Estás seguro de que está muerta?
    – Sí.
    – ¿La examinaste?
    El chico lo miró, incrédulo, como si la sola idea le hiciera casi desmayarse. Negó con la cabeza, y el movimiento hizo que su enorme cuerpo se bamboleara.
    – ¿No la tocaste?
    – No.
    – ¿Cómo puedes estar tan seguro de que está muerta?
    – Estoy seguro -jadeó el chico.
    El agente se sacó el bolígrafo del bolsillo de la camisa e hizo una anotación.
    – ¿Me dices tu nombre?
    – Snellingen. Kannick Snellingen.
    El agente pestañeó. El nombre era tan raro como el propio chico, le pegaba ese nombre. Lo anotó en la libreta, y no mostró con ningún gesto lo que opinaba acerca de la elección de nombres por parte de algunos padres.
    – ¿Entonces Kannick es tu nombre de pila? ¿No es un apodo? ¿Una abreviatura de Karl Henrik, o algo así?
    – No, me llamo Kannick. Con ck.
    El agente escribió con bonitos trazos y un gesto elegante.
    – Perdóname que dude -dijo con cortesía-. Es un nombre poco usual. ¿Edad?
    – Doce.
    – ¿Y dices que Halldis Horn está muerta?
    El chico asintió con la cabeza. Aún respiraba con dificultad y movía intranquilo sus pies desnudos. Tenía la maleta a su lado, en el suelo. Estaba llena de pegatinas. Gurvin se fijó en un corazón, una manzana y un par de nombres para él desconocidos.
    – ¿No estarás de guasa, verdad?
    – ¡No estoy de guasa!
    – De todas formas, voy a llamarla antes, para ver si contesta -dijo Gurvin.
    – Llama si quieres. ¡No contestará!
    – Siéntate mientras tanto -repitió el hombre, señalándole por segunda vez el sillón, pero el chico permaneció de pie. Gurvin pensó que tal vez el pobre no lograra volver a levantarse si metía el trasero en el sillón. Encontró el número en la guía, a nombre de Thorvald Horn. El teléfono sonó repetidas veces. Halldis era una mujer mayor, pero bastante ágil todavía. Para asegurarse, lo dejó sonar mucho rato. Hacía un tiempo espléndido, quizá estuviera fuera de la casa y tardara en entrar a coger el teléfono. El chico lo seguía con la mirada, pasándose la lengua por los labios una y otra vez. Gurvin vio, a través del flequillo ralo, que tenía la frente, donde no le había dado el sol, más blanca que las mejillas. Su camiseta era demasiado corta y un trozo de la enorme tripa le sobresalía por encima del pantalón corto.
    – Ya te lo he dicho -dijo, jadeante-. ¿Puedo marcharme ya?
    – No, lo lamento -respondió el agente, colgando el auricular-. No contesta. Tengo que saber más o menos a qué hora pasaste por su granja. He de incluir esas cosas en el informe. Podrían ser importantes.
    – ¿Importantes? ¡Pero si está muerta!
    – Necesitamos una hora aproximada -dijo Gurvin con calma.
    – No tengo reloj. Y no sé el tiempo que se tarda en venir desde su granja hasta aquí.
    – ¿Qué te parece treinta minutos?
    – He venido corriendo casi todo el camino.
    – Entonces pondremos veinticinco.
    El agente miró el reloj e hizo otra anotación. No se imaginaba que ese muchacho tan gordo fuera capaz de andar velozmente, sobre todo con una maleta a rastras. Descolgó de nuevo el auricular y volvió a marcar el número de Halldis. Lo dejó sonar ocho veces antes de volver a colgar.
    En el fondo estaba satisfecho. Eso suponía una interrupción de la monotonía, y la necesitaba.
    – ¿Puedo irme a casa ya?
    – Déjame anotar tu número de teléfono.
    De repente, el chico se puso a chillar con una voz muy aguda. La papada se movía en la cara redonda y el labio inferior le temblaba. Por fin, el agente sintió compasión. El chico transmitía la idea de que realmente había sucedido algo.
    – ¿Quieres que llame a tu madre? -preguntó en voz baja-. ¿Podrá venir a recogerte?
    Kannick lloriqueó.
    – Vivo en la Colina de los Muchachos.
    Ese dato hizo que el agente lo mirase con nuevos ojos. Fue como si un velo se posara sobre ellos, y Kannick vio con toda claridad cómo el hombre lo colocaba en su archivo interior bajo la etiqueta «de no fiar».
    – ¿Conque sí, eh?
    Gurvin se estiró los dedos, haciendo sonar los nudillos uno por uno, concluyendo con un profundo movimiento de cabeza.
    – ¿Quieres que llame al personal para que venga alguien a buscarte?
    – No hay gente suficiente. Solo está Margunn de guardia.
    Volvió a mover los pies y seguía lloriqueando. El agente se suavizó de nuevo.
    – Halldis Horn era muy mayor -explicó-. La gente mayor muere. Es ley de vida. Tú nunca habrás visto a una persona muerta, ¿verdad?
    – ¡Pero si acabo de ver una!
    Gurvin sonrió.
    – Por regla general, simplemente se quedan dormidos. Por ejemplo, sentados en su mecedora. No hay que tener miedo de eso. No hay razón alguna para no dormir esta noche. ¿Me lo prometes?
    – Había alguien allí -dijo de repente el chico.
    – ¿En la granja?
    – Errki Johrma.
    Susurró el nombre como si se tratara de una palabrota.
    Gurvin lo miró asombrado.
    – Estaba detrás de un árbol, muy cerca del establo. Pero lo vi con toda claridad. Y luego se largó por entre los árboles.
    – ¿Errki Johrma? No puede ser. Está ingresado en el manicomio. Lleva allí varios meses.
    – Entonces se ha escapado.
    – Eso puedo averiguarlo con una simple llamada -dijo el agente ofendido-. ¿Hablaste con él?
    – ¡Estás loco!
    – Lo investigaré. Pero primero tengo que averiguar lo de Halldis.
    Intentó asimilar la noticia sobre Errki. No era supersticioso, pero empezaba a entender por qué algunos lo eran. Errki Johrma deslizándose entre los árboles, y Halldis muerta. O al menos desmayada. Le pareció haber oído eso antes, era una historia que se repetía.
    De repente se le ocurrió algo.
    – ¿Por qué llevas esa maleta? No tendréis ensayos de orquesta en medio del bosque, ¿no?
    – No -contestó el chico, colocando una pierna a cada lado de la maleta, como si tuviera miedo de que se la requisaran-. Son cosas que llevo siempre. Me gusta andar por el bosque.
    El agente lo miró meditabundo. El chico se había convertido de repente en un nudo de obstinación, pero debajo había, a pesar de todo, un gran temor, como si algo le hubiera asustado hasta la médula. Llamó a la Colina de los Muchachos, un orfanato para chicos con problemas de conducta y le pusieron con la directora, a quien explicó brevemente la situación.
    – ¿Halldis Horn? ¿Muerta en la puerta de su casa? -La directora tenía una voz de preocupación y duda-. Me es imposible decirte si el chico miente o no. Todos mienten cuando les conviene y, de vez en cuando, les sale alguna que otra verdad. Hoy ya me ha engañado una vez pues, al parecer, se ha llevado el arco, y solo se le permite usarlo en compañía de un adulto.
    – ¿El arco?
    Gurvin no entendía nada.
    – ¿No lleva una maleta?
    El agente miró de reojo al chico y lo que sujetaba entre las piernas.
    – Sí, la lleva.
    Kannick adivinó de qué hablaban y apretó aún más sus gordas piernas.
    – Es un arco de fibra de vidrio con nueve flechas. Va por el bosque matando cornejas con él.
    La mujer no hablaba con severidad, solo con preocupación. Gurvin hizo luego otra llamada, esta vez al psiquiátrico de Varden, donde estaba ingresado Errki Johrma, o donde debía estar ingresado, pero el hombre, efectivamente, se había fugado.
    Intentó quitar importancia al asunto. Los rumores sobre Errki eran ya, de antemano, lo bastante terribles. No mencionó a Halldis. Kannick se estaba poniendo cada vez más nervioso y no paraba de mirar hacia la puerta. ¿Qué ha pasado?, se preguntó Gurvin. Espero, por Dios, que el chico no la haya alcanzado con una de sus flechas.
    – Al menos, Halldis murió en un día hermoso -dijo, como para animar-. Era muy mayor. Todos los que no somos ya niños soñamos con una muerte así.
    Kannick Snellingen no contestó. Se limitó a hacer un gesto mudo con la cabeza y permaneció rígido y estirado, con la maleta entre las piernas. Los adultos pensaban que lo sabían todo. Pero ese agente pronto se daría cuenta de que no era así.

    Gurvin condujo el coche lentamente hacia la granja. Hacía mucho tiempo que no iba por allí, tal vez un año. Dentro del pecho llevaba una piedra afilada que daba vueltas encolerizadas. Ahora que estaba solo en el coche, le surgió una pregunta: ¿Qué había visto el chico?
    Kannick insistió en recorrer a pie los dos kilómetros que había hasta la Colina de los Muchachos. Margunn había prometido salir a su encuentro. Conociendo a la directora, Gurvin estaba seguro de que esperaría al chico con un refresco, un bollo y una amonestación, seguida de una suave caricia en el pelo. Lo demás tendría que esperar. Margunn sabía más que de sobra lo que necesitaba el chico en ese momento. Este ya se había tranquilizado un poco, y cuando se marchó lentamente su rostro mostraba que se estaba armando de valor.
    El coche subió la ladera con la energía y el fervor de un terrier. Allí todo el mundo tenía coches con tracción a las cuatro ruedas. En el invierno, hacían falta por la nieve, y en la primavera por el barro. Las laderas eran empinadas, y resultaba difícil subirlas incluso con la carretera seca y firme como estaba ahora. Mientras conducía, pensaba en Errki Johrma. En el hospital habían confirmado la fuga del hombre a través de algo tan prosaico como una ventana abierta. Y luego, al parecer, se habría dirigido hacia esos parajes donde todo el mundo lo conocía. ¿Y por qué no? Allí se sentía en casa. No tenía la impresión de que el chico le hubiera mentido. Como casi todos los demás, Gurvin tenía una relación algo forzada con Errki pues los rumores que corrían sobre él era tan feos como el propio Errki. Tras él llegaba siempre una desgracia. Era como un mal augurio que dejaba tras de sí espanto y horror. Por fin, una vez lo detuvieron contra su voluntad, la gente empezó a sentir compasión por él: El pobre está enfermo, más vale que reciba ayuda profesional. Se decía por ahí que estaba a punto de morirse de hambre, que lo encontraron en la cama del piso que le habían facilitado los servicios sociales, desnutrido como un prisionero de guerra. Estaba tumbado boca arriba con la mirada clavada en el techo, mientras recitaba con voz monótona, una y otra vez: Guisantes, carne y tocino; guisantes, carne y tocino.
    Gurvin se puso a pensar en cosas del pasado mientras miraba de vez en cuando por la ventanilla. En cierto modo, tenía la íntima esperanza de que Errki no apareciera. Era tan terriblemente diferente… Sucio, horrible y desaliñado. Los ojos eran dos rendijas estrechas que nunca se abrían del todo; a veces, uno se preguntaba si realmente había un par de ojos allí dentro, como en los demás, o si solo se abría un crudo abismo por el que podía verse hasta su cerebro retorcido.
    Y, sin embargo, era incapaz de creer la historia del chico sobre que Halldis hubiera muerto. Gurvin había conocido a Halldis y Thorvald desde siempre, le parecía que esa mujer era inmortal y era incapaz de imaginarse la pequeña granja vacía y abandonada. Llevaba allí toda la vida. El chico tenía que haber visto otra cosa, algo que no había entendido, pero que le había asustado. Por ejemplo, Errki Johrma observando desde detrás de un árbol. Eso sería suficiente para sacar a cualquiera de quicio. Sobre todo, a un chico excitable y con un pie en la delincuencia. Llevaba abiertas las dos ventanillas y, no obstante, no paraba de sudar. Ya casi había llegado, podía vislumbrar el tejado de los establos de Halldis. Le asombraba que una mujer tan mayor fuera capaz de mantenerlo todo tan hermoso a su alrededor, se la imaginaba siempre trabajando con el rastrillo o la hoz. Y así era de hecho. La hierba lucía verde y frondosa a pesar de la sequía. En todos los demás jardines, el césped estaba amarillo. Solo Halldis era capaz de desafiar a las fuerzas de la naturaleza. Contempló la casa. Una casa baja, pintada de blanco, con los marcos de las ventanas rojos. La puerta estaba abierta. En ese momento tuvo el primer sobresalto. En el umbral se veían una cabeza y un brazo. Se estremeció. Extrañado, paró el motor. Aunque solo podía ver la cabeza y el brazo, comprendió inmediatamente que Halldis estaba muerta. ¡El chico había dicho la verdad, caray! Vaciló al abrir la puerta del coche. Porque, aunque la muerte nos espera a todos, y Halldis era una mujer ya muy mayor, se encontraba de repente a solas con la muerte.
    No es que Gurvin no hubiera visto muertos antes, lo que pasaba era que se había olvidado un instante de lo extraña que resultaba esa sensación inconcebible de estar solo, más solo que de costumbre, de ser el único. Salió sin prisa del coche y se acercó con pasos cortos, como si quisiera aplazarlo todo el máximo tiempo posible. Miró instintivamente por encima del hombro. No había mucho que hacer, salvo acercarse a ella y ponerle un dedo en el cuello para constatar que estaba muerta, aunque el ángulo que formaba la cabeza con el brazo blanco, y la manera en la que estaban separados los dedos no dejaba lugar a dudas. Pero había que constatarlo. Luego podría ir a sentarse tranquilamente en el coche, llamar a la ambulancia y esperar con un cigarrillo y la música de la radio. No tenía sentido investigar nada dentro de la casa. Se trataba de una muerte natural, y no encontraba ninguna razón para hacer más averiguaciones. Casi había llegado, cuando se detuvo en seco. Algo gris y lechoso corría por los escalones. Tal vez Halldis tuviera algo en las manos y lo soltara en el momento de caer fulminada. Recorrió los últimos metros con el corazón en vilo.
    Lo que vio lo dejó completamente abatido. Permaneció un par de segundos mirando al vacío antes de ser capaz de interpretar lo que estaba viendo. La mujer estaba tumbada boca arriba y con las piernas separadas. En medio de su cara rolliza, en la cavidad del ojo izquierdo, tenía clavada una azada. Una pequeña parte de la brillante hoja quedaba a la vista. Tenía la boca abierta y la prótesis dental se le había caído hacia la parte inferior de la boca, lo cual transformaba ese rostro, que él conocía tan bien, en una mueca terrible. Retrocedió unos pasos jadeando. Quiso arrancar la azada de la cabeza, pero no pudo. Se dio la vuelta a toda prisa, y le dio justo tiempo a llegar al césped antes de que todo el contenido de su estómago le saliera violentamente. Mientras vomitaba, pensó en Errki. Halldis muerta, Errki cerca. Tal vez estuviera todavía arriba en el bosque, oculto tras un árbol, mirándolo. Gurvin oyó su propia voz sonando como campanas en su interior: Todos los que no somos ya unos niños soñamos con una muerte así.

    Menos de sesenta minutos más tarde, la pequeña granja era un hervidero de gente.
    El inspector Konrad Sejer examinó el ojo intacto de la mujer. La cara de él era inexpresiva, la de ella estaba enrojecida por hemorragias internas. Entró en la casa y le extrañó el orden imperante, el silencio que allí reinaba. Cuando le echó un vistazo a la pequeña cocina, no le pareció que hubiera nada que desentonara. Repasó el correo, sacó una carta, y anotó algo en su libreta. Permaneció mucho tiempo de pie examinando todo lo que veía. En principio, no había nada fuera de lo normal.
    La mayor parte de las personas allí congregadas tenía sus tareas específicas y bien definidas, y de esa manera lograron salir indemnes de la jornada, intentando concentrarse en su trabajo. Pero sabían que todo lo rememorarían más adelante, en los días malos. Los pocos profesionales que, durante breves períodos de tiempo, tenían que esperar su turno daban la espalda a la escalera y se encendían un cigarrillo. Luego volvían a meter meticulosamente la colilla en el paquete. Mira por dónde andas y cuidado con lo que tocas. Estate tranquilo, deja trabajar al fotógrafo, este es solo un caso más, llegarán más casos, tú no la conocías. Otros llevarán luto por ella. O así es de esperar.
    Gurvin estaba de pie, junto al pozo, fumando. Había fumado sin cesar desde que llegaron los coches y, en ese momento, se volvió a contemplar a los hombres. Oía su voces, bajas, escuetas, marcadas por la gravedad. Se notaba entre ellos un respeto hacia ella, hacia Halldis. Halldis, que tal vez se hubiera imaginado a sí misma, como él pensaba que hacía la gente mayor cuando se acercaba a los ochenta y al final de sus vidas, metida en un ataúd abierto, con un vestido precioso y las manos juntas sobre el pecho. Tal vez un discreto colorete en las mejillas, aplicado por una persona atenta, conocedora de su profesión y cuya tarea era dejarla lo más bonita posible para su encuentro con el Salvador. Pero no sería así. No estaba nada bonita. Tenía media cabeza destrozada, y nadie en el mundo sería capaz de arreglarla. Gurvin se encendió otro cigarrillo. Involuntariamente miró hacia el bosque, como si pensara que Errki todavía estaba mirándolos desde lejos, con ojos ardientes. ¿Por qué?, pensó. ¿Podía una anciana como ella haber parecido amenazadora a Errki, o era que todo el mundo con quien él se topaba era su enemigo? ¿Qué podría haber dicho o hecho Halldis para provocar en él tal terror que le hubiera obligado a liquidarla? Gurvin pensaba que entendía muchas cosas, al menos cuando ponía buena voluntad en ello. Entendía a los dieciseisañeros que vagaban sin meta por las calles durante la noche, en busca de emociones. Chicos que hacían puentes a los coches y atravesaban velozmente la ciudad con una botella para repartir entre todos. La velocidad. La embriaguez. El que alguien los persiguiera, el que alguien por fin los viera. Entendía que un hombre pudiera violar. La ira, la impotencia ante el género femenino que siempre y a toda costa querían ser enigmas que el hombre estaba obligado a descifrar para poder tener acceso a ellas. Y, en momentos muy dolorosos, hasta entendía a los hombres que pegaban. Pero no entendía esto, cómo algo podía crecer y crecer dentro de un hombre y extenderse lentamente, como un veneno, borrando toda clase de inhibiciones hasta convertirlo en un animal salvaje. Luego no recordaba nada. El homicidio se convertiría en un mal sueño, y nunca del todo real, ni siquiera aunque un día, y contra todo pronóstico, lograran vencer su enfermedad, llegaran a la lucidez y alguien les contara que eso tan terrible lo habían hecho ellos. Pero claro, estaban enfermos.
    Clavó su mirada en el inspector Sejer, cuyo rostro no revelaba ninguna emoción, solo alguna que otra vez se pasaba la mano por el pelo corto, como para mantenerlo en su lugar. De vez en cuando daba órdenes y hacía preguntas, todo con una autoridad natural que emanaba del tono grave de su voz y una altura de casi dos metros. Gurvin levantó la vista en el momento en que el cuerpo de Halldis desaparecía dentro del saco de caucho. Quedaba la casa, con las ventanas y puertas abiertas de par en par. Probablemente fuera vendida a algún tipo tonto de la ciudad que hubiera albergado el sueño de tener una granja en el bosque. Tal vez llegaran por primera vez niños a ese lugar, y se colocaran columpios y un cajón de arena. Bonitos juguetes de plástico se dispersarían por el césped. Gente joven, con poca ropa, que tal vez fuera bueno que Halldis jamás viera. Pero, por dentro, había algo que le mordía, algo que era incapaz de expulsar.

    Cinco de julio, y seguía haciendo el mismo calor.
    El inspector Konrad Sejer se dejó llevar por un impulso. Cambió de rumbo y entró lentamente en el bar del Hotel Park. Nunca iba de bares. Pensándolo bien, se dio cuenta de que no había estado allí desde antes de que muriera Elise. La decisión de entrar le pareció inteligente. El interior del local estaba confortablemente sombrío y más fresco que la calle. Las espesas alfombras atenuaban el sonido de sus pasos, y la estancia en penumbra le permitía abrir del todo los ojos.
    El local estaba casi vacío, pero había una mujer sentada junto a la barra. Se la distinguía muy bien porque estaba sola y llevaba un espectacular vestido rojo. La vio de perfil. Estaba buscando algo dentro del bolso. El vestido era bonito: suave, ajustado, rojo como una amapola. Tenía el pelo rubio y ondulado por detrás de las orejas. De repente levantó la vista y sonrió. Sorprendido, le devolvió el saludo. Había algo en ella que le resultaba familiar. Se parecía a la joven subinspectora de la Comisaría de cuyo nombre nunca se acordaba. No había ninguna copa delante de ella en la barra; al parecer, acababa de llegar.
    – Buenas tardes -dijo, arrimándose lentamente-. Hace mucho calor estos días. ¿Quieres beber algo?
    Le salió sin pensarlo. Se inclinó hacia la barra, un poco sorprendido de su descaro. Tal vez se debiera al calor o a la edad, que en algunos momentos empezaba a pesarle. Había cumplido ya los cincuenta, y todo caía en picado hacia una oscuridad misteriosa.
    Pero ella hacía gestos amables y sonreía. Él podía ver muy dentro de su escote. El pecho contra la tela roja lo dejó sin aliento. Y los hombros, rectos y delgados justo debajo de la piel. De súbito se sintió avergonzado. Pero si no era la joven subinspectora, sino Astrid Brenningen, la recepcionista de los Juzgados. ¡Qué tonto era! Además, ella le sacaba veinte años a la otra y no se parecían en nada. Sería por esa luz tan escasa.
    – Un Campari, por favor -dijo la mujer con una sonrisa socarrona, mientras él se buscaba la cartera en el bolsillo trasero, intentando aparentar serenidad.
    No esperaba encontrarla allí, sola, sin compañía. Pero, por Dios, ¿y por qué Astrid no podía darse una vuelta y tomar una copa, y por qué no iba él a invitarla? Eran, por así decirlo, compañeros de trabajo al fin y al cabo. La verdad era que casi nunca hablaban, pero porque él nunca tenía tiempo para detenerse. Casi siempre iba camino de algo, camino de algo más importante que un pequeño ligue en la recepción. Además, él nunca ligaba, de manera que no entendía nada de lo que le estaba pasando.
    Ella se tomó a pequeños y elegantes sorbos el Campari y de repente sonrió de un modo familiar. Él notó una especie de picor en la nuca. Tuvo que inclinarse sobre la barra para no caerse. Las rodillas le flaqueaban y el corazón le dio un vuelco. ¡Pero si no era Astrid Brenningen, sino su propia Elise!
    Empezó a sudar, incapaz de entender cómo de repente ella estaba allí, sentada delante de él, después de todos esos años, sonriendo como si nada.
    – ¿Dónde has estado? -tartamudeó, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano.
    En ese momento vio su propio brazo desnudo. De nuevo estaba a punto de desmayarse. ¡Ni siquiera llevaba camisa! ¡Se encontraba en el bar del Hotel Park con el torso desnudo! Desesperado, rodó hacia un lado de la cama, tapándose con el edredón. Y entonces abrió los ojos. Parpadeó un par de veces perplejo hacia la luz. El perro estaba sentado junto a la cama, mirándolo. Eran las seis de la mañana.
    El perro tenía los ojos grandes y brillantes, como castañas pulidas. Ladeó la cabeza de un modo muy seductor y el pesado rabo se agitó optimista dos veces. Sejer intentó recuperarse tras el sueño.
    – Te están saliendo canas -dijo, mirando el hocico del perro y observando que el pelo del animal había adquirido la misma tonalidad que su propio pelo.
    – Hoy estar en casa. Tú cuidar de todo.
    Las palabras sonaron más severas de lo que había pretendido, como si quisiera ocultar su turbación tras ese sueño. Salió de la cama. El perro gimió, ofendido, y se encogió sobre el suelo. Sonaba como cuando alguien suelta patatas de un saco desde poca altura. Lanzó una mirada herida a su amo. Esa mirada tan desgarradora nunca dejaba de asombrar a Sejer, ni cómo un animal de setenta kilos, con un cerebro del tamaño de una albóndiga, podía provocar en él esos sentimientos.
    Se duchó con la mirada baja, tardando más de lo habitual, de espaldas a la puerta, como para que quedara claro quién era el jefe.
    No le gustaban los días tan calurosos. Si pudiera elegir, elegiría días ligeramente nublados, sin viento, con una temperatura de catorce o quince grados, agosto o septiembre, con noches oscuras y agradables.
    Esa mañana se tomó mucho tiempo. Leyó el periódico desde la primera hasta la última página. El asesinato de Finnemarka estaba en portada y también le dedicaron el primer lugar en las noticias de la radio. Esa tragedia llenaría los días de Sejer durante las siguientes semanas. Escuchó la entrevista con el agente de policía rural, Gurvin, y desayunó. Después sacó al perro de paseo. Dejó la ventana de la cocina entreabierta, bajó los toldos y comprobó que la copia de la llave estaba en su sitio, en el jarrón de flores al lado de la puerta. Si tardaba mucho en volver a casa, un amable vecino le sacaría al perro.
    Cuando por fin se puso a andar por las calles, camino de su trabajo, eran ya las ocho. En su interior llevaba todavía el sueño de esa noche. Algo había tocado un punto dolorido de su corazón y lo había removido. Aún se sentía herido. Elise no estaba. Más que eso, Elise no existía desde hacía nueve años, y él seguía arrastrándose por la vida. Sus piernas funcionaban a la perfección, se lavaba y se aseaba, comía y trabajaba, se sentía incluso a gusto la mayor parte del tiempo. ¿O era una exageración afirmar algo así? La impotencia solo se apoderaba de él en forma de breves punzadas, como después de ese sueño o cuando estaba solo por las noches, escuchando música, la música que a ella le gustaba, la que habían escuchado juntos: Eartha Kitt, Billy Holiday.
    Por la calle peatonal circulaba una corriente constante de personas vestidas de verano. Era viernes. Por delante se presentaba un largo fin de semana, y la expectativa de lo que podía traer se reflejaba en todos los rostros. Él no tenía ningún plan. No cogería vacaciones hasta mediados de agosto, y además, ahora, en época de vacaciones, la comisaría estaba bastante tranquila. Es decir, si no llegaba a hacer tanto calor que la gente se volviera loca. Por el momento llevaba tres semanas haciendo calor, y ya, a las ocho y trece de la mañana, el termómetro del tejado de los Grandes Almacenes marcaba veintiséis grados.
    Puesto que los juzgados se encontraban en las afueras de la ciudad, él tenía la sensación de ir contra corriente. En la calle a rebosar, tenía que ir esquivando todo el rato a la gente que iba en dirección contraria, camino de las oficinas y tiendas situadas alrededor de la gran plaza. Echó un vistazo al cielo despejado. Exhibía un color etéreo y claro dentro del que desaparecieron sus ojos. Detrás de ese fino velo de luz había una oscuridad grande y fría. ¿Por qué de repente pensaba eso?
    Sejer miraba velozmente las caras de la multitud. Por una décima de segundo, su mirada se encontraba con las de ellos, una por una. Los otros hacían lo mismo. Miraban un breve instante antes de bajar la vista. Lo que veían era a un hombre alto y nervudo, canoso y de piernas largas. Si se les hubiera preguntado, habrían contestado que seguramente se trataba de un hombre con un puesto de directivo. Bien vestido, pero algo conservador. Pantalones color crudo, camisa entre azul y gris y una estrecha corbata azul en la que apenas podía verse una pequeña cereza bordada.
    En la mano llevaba una cartera negra, con cerradura de latón y las iniciales KS grabadas en la solapa. Los zapatos eran negros y estaban recién abrillantados. Sus ojos, escrutadores y sorprendentemente oscuros bajo el pelo plateado. Pero la mayor parte de él no era visible. Había nacido y se había criado en la dulce Dinamarca, y el día de su nacimiento supuso un tremendo trabajo tanto para él como para su madre. Cincuenta años después, todavía se apreciaba una pequeña hendidura del fórceps en la parte superior de la frente. Se rascaba a menudo en esa zona, como un recuerdo lejano. Los que pasaban a su lado por la calle tampoco podían ver que padecía de psoriasis, que debajo de la camisa recién planchada había algunas manchas de piel escamosa. Era una ansiedad de su cuerpo que iba y venía. Muy dentro de su universo privado tenía un punto débil. Jamás había exteriorizado el dolor por la pérdida de Elise, sino que había ido creciendo en su interior hasta convertirse en un agujero negro que de vez en cuando le atraía hacia él.
    El flujo de personas a su alrededor volvió a hacerse real. En medio de todo lo ligero, luminoso y veraniego se acercaba un hombre que se distinguía de todos los demás. Un hombre de unos veintipocos años bajaba la calle pegado a la pared, a paso rápido. Iba muy abrigado a pesar del calor, con pantalones oscuros y un jersey negro. Llevaba zapatos marrones de cuero con cordones y, alrededor de la garganta, a pesar del sofocante calor de julio, un cuello de punto. Y sin embargo, no era la ropa lo que le distinguía del resto de las personas en la calle bulliciosa. Ni por un instante levantó la cabeza. Su paso rápido y decidido, y el hecho de que no mirara por donde iba, sino que tuviera la mirada clavada en el asfalto, hacía que la gente le cediera el paso. Sejer descubrió al hombre cuando se encontraba a unos quince o veinte metros de distancia y avanzaba a toda prisa. El paso rápido y lo enérgico del hombre, además de su indumentaria tan poco adecuada, despertó su curiosidad. Sejer acababa de pasar por el Banco Fokus y había oído el pequeño clic de la cerradura electrónica, lo que le indicó que justo en ese momento estaban abriendo. El cuello de punto del hombre era grande y doblado varias veces, como una serpiente bajo la barbilla. Podía tratarse, por ejemplo, de una capucha con la que con un solo movimiento de la mano, el hombre podría taparse la cabeza, dejando solo una rendija para los ojos. Llevaba una bolsa al hombro. Y no solo eso: la bolsa estaba abierta y la mano derecha del hombre reposaba dentro de ella. La mano izquierda la tenía metida en el bolsillo. Era imposible ver si llevaba guantes.
    Sejer seguía andando. En unos segundos, el hombre estaba a solo unos metros delante de él. Una ocurrencia súbita le hizo acercarse más a la pared y andar de la misma manera que el joven, con la mirada clavada en el asfalto. Decidió seguir así para ver si el otro se echaba a un lado o si simplemente chocaban. Sonreía pensando en sus elucubraciones, y se dio cuenta de que llevaba demasiado tiempo trabajando en la policía. A la vez, había algo en ese hombre que le inquietaba. Aceleró el paso y más que ver, intuyó la figura oscura acercarse. Justo como había pensado: no llegaron a chocar. De repente, el otro desvió sus pasos, se alejó de la pared y lo sorteó, lo que significaba que no iba del todo absorto en sus pensamientos. Estaba atento. Tal vez anduviera así para que nadie le viera la cara ni pudiera recordarla. Pero Sejer la recordaría. Una cara ancha y carnosa, con barbilla redonda y pelo rubio y rizado. Cejas rectas. Nariz corta y ancha.
    Ya había pasado. Volvió a acercarse a la pared, andando aún más deprisa. Sejer lo siguió con los ojos entornados, y notó un cosquilleo cuando el hombre entró en el Banco Fokus. Tal vez habían transcurrido treinta segundos desde que oyó el clic de la cerradura. En su mente repasó el local del banco. Tenía allí su nómina. Primero, los clientes tenían que pasar por la puerta de cristal y luego por un pequeño pasillo que giraba a la izquierda, por lo que el local en sí no era visible desde la calle peatonal. Dentro, el mostrador quedaba a la izquierda, las estanterías con los impresos, junto a la salida, y a la derecha había un sofá de cuatro o cinco plazas. En total, había sitio para cinco empleados detrás del mostrador, en las horas de más afluencia. En ese momento, lo más probable es que hubiera solo uno, porque no había mucho público a esa hora tan temprana. El cliente, ya despachado, tenía luego la posibilidad de salir por otra puerta que daba a la plaza. Por ejemplo, un atracador podía estacionar un vehículo allí, dejar las llaves puestas, dar la vuelta a la manzana, entrar por la puerta de cristal, atracar el banco y a continuación desaparecer en solo unos segundos. En la calle peatonal no era posible aparcar un vehículo sin llamar la atención. En cambio, el banco disponía de cuatro plazas de aparcamiento delante de la entrada que daba a la plaza. Sejer permaneció de pie, con la mirada fija, incapaz de calmarse. Con un resignado encogimiento de hombros volvió decidido sobre sus pasos. No tendría por qué contárselo a nadie. Abrió la puerta, avanzó por el pequeño pasillo y llegó a los mostradores. Ya había dos clientes dentro, el hombre de la bolsa y una joven. Una empleada del banco se estaba poniendo las gafas, dispuesta a inclinarse sobre el teclado de su ordenador. El hombre de la bolsa estaba de espaldas, rellenando un impreso. No levantó la vista cuando Sejer entró en el local. Parecía tener mucha prisa.
    Sejer miró confuso a su alrededor. Tenía que inventarse una razón para estar allí, así que, muy resuelto, cogió de un soporte en la pared un folleto sobre un plan de pensiones. Luego volvió a salir. Ya está bien, se dijo severamente. Además, iba ya unos minutos tarde y no tenía por costumbre llegar al trabajo en el último momento. Se encontró de nuevo en la calle peatonal y empezó a andar aún más deprisa rumbo a los juzgados. Pasó por la joyería, por la floristería Brunner y Pino Pino, donde Elise solía comprarse la ropa. Aquel vestido rojo, por ejemplo. Al cabo de un instante, podía avistar el tejado de los juzgados. Justo en ese momento se oyó un tiro a cierta distancia, pero sin embargo, muy claro. Alguien empezó a chillar.

    La mayor parte de la gente se detuvo. Solo algunos se encogieron de hombros y continuaron andando echando rápidas miradas por encima del hombro. Otros se apretaron contra las paredes de los edificios del lado opuesto al banco. Una madre puso un brazo protector alrededor de su hijo. Un anciano, tal vez sordo, miró extrañado a su alrededor, preguntándose por qué todo el mundo se detenía. Se quedó boquiabierto al ver a Sejer, que llegaba disparado por la calle, con la cartera colgando. Corría bien, pero el maletín le entorpecía el ritmo y le hacía parecer desmañado. Una mujer salió tambaleándose del banco. Se apoyó contra la pared y se tapó la cara con las manos. Sejer la reconoció, era la cajera. En ese instante, la mujer se desplomó y se quedó sentada sobre el asfalto.
    – Policía -dijo Sejer sin aliento-. ¿Qué ha pasado? ¿Hay heridos?
    – ¿Policía?
    La mujer lo miró asombrada.
    – Me ha atracado -dijo jadeando-. Me ha atracado y ha salido corriendo hacia la plaza. Ha huido en un coche blanco.
    Sejer abrió los ojos de par en par al oír la continuación del relato.
    – Se ha llevado a una chica.
    – ¿Qué dice?
    – La ha tomado como rehén. Salió del banco y se metió en el coche.
    – ¿Se ha llevado a una rehén?
    – ¡Le puso el revólver en la oreja!
    Sejer miró atónito la plaza. El agua salía de la fuente en escasos chorros y las palomas turcas picoteaban migas en paz y tranquilidad. No tenían por qué preocuparse. Sejer dejó a la mujer y se acercó a dos jóvenes que estaban discutiendo enérgicamente junto a la fuente, desde donde se tenía una buena vista del banco y la calle principal.
    – ¿Habéis visto en qué dirección se ha ido?
    Se callaron y lo miraron.
    – Policía -dijo Sejer, dejando la cartera en el suelo.
    – ¡Joder! ¡Qué rapidez! -exclamó uno de los dos, un chico delgado como un palillo, con el pelo de dos colores y gafas de sol sobre la cabeza. El pelo en realidad era negro, pero en medio tenía un mechón rubio. Se volvió y señaló la calle principal, que desaparecía entre el parque de bomberos y el restaurante Diamanten.
    – Iba empujando a una chica. Luego la metió a la fuerza en el coche.
    – ¿Qué tipo de coche? -preguntó deprisa, mientras se palpaba el cinturón buscando el teléfono móvil.
    – Uno pequeño, blanco. Un Renault, tal vez.
    – Quédate aquí -dijo Sejer, sacando la antena del teléfono.
    – En realidad, íbamos a trabajar -dijo el otro, expectante-. Además, no era un Renault, más bien un Peugeot.
    – Pues hoy llegaréis tarde -dijo Sejer escuetamente-. Eso puede sucederle a cualquiera. ¿Llevaba pasamontañas?
    – Sí.
    – ¿Jersey negro y pantalones de pana?
    – ¿Sabes quién es?
    – No.
    – ¿Tenemos que ir a la comisaría?
    – Probablemente.
    Puede que todo estuviera planeado. Quizá fueran cómplices. Tal vez fuera su novia. Una rehén falsa. Dos personas en el banco treinta segundos después de abrir. ¿Era eso probable? Hoy en día, la gente era muy ocurrente.
    Los grupos de gente se iban disolviendo, pero algunos seguían allí, tal vez con la esperanza secreta de ser interrogados. Por lo demás, no se veía nada. El hombre había desaparecido. Todo había acabado en un par de segundos. Algunos se extrañaban de lo fácil que había sido. Y conociendo la zona, con la ayuda de un coche veloz se podía llegar lejos en solo media hora.
    El niñato se bajó las gafas hasta la nariz.
    – Lo tenéis todo en vídeo, ¿no?
    – Esperemos -murmuró Sejer. Su experiencia con la vigilancia por vídeo no era del todo positiva. Se volvió en el momento en que un coche de la policía entró en la plaza. De él salió de un salto Goran Soot, lo que le hizo fruncir el ceño. A continuación salió Karlsen. Sejer respiró aliviado.
    – Hay un rehén. Una joven. Y lleva cargada el arma. Disparó una bala dentro del banco.
    Karlsen miró sin disimulo al chico con el pelo de tejón.
    – Hay que interrogar a estos dos. Vieron al atracador y el coche. Entrad a por la grabación del vídeo cuanto antes. Tenemos que averiguar quién es la rehén. Hay que interceptar el tráfico en la E18 y en la E76. Usa la emisora local. El coche es pequeño y blanco, seguramente francés.
    – ¿Se llevó mucha cantidad?
    Karlsen miró con los ojos entornados la puerta del banco.
    – Aún no lo sabemos. ¿De cuántos hombres podemos disponer?
    – No de muchos. Envié a Skarre al agente de policía rural Gurvin, cuatro están en un seminario, y otros cuatro han empezado las vacaciones.
    – Tendremos que pedir refuerzos. Ahora hay que centrarse en la rehén.
    – ¡Ojalá abra la puerta y la tire a la cuneta!
    – Nadie te prohíbe tener esperanzas -dijo Sejer secamente.
    Los dos chicos tuvieron que esperar en el asiento de atrás de un coche de servicio, pero no les importó lo más mínimo. Sejer y Karlsen entraron en el banco, donde la cajera se había sentado en el sofá que había junto a la ventana, acompañada por el director del banco, que estaba en la cámara acorazada y no se enteró de lo ocurrido hasta que oyó el tiro. En ese momento no se atrevió a subir. No hasta que oyó las sirenas.
    Sejer miró a la joven que acababa de sufrir el atraco. Estaba lívida y sudorosa, pero nadie la había tocado. Lo único que había hecho era levantar una mano, coger unos cuantos fajos de billetes de la estantería y ponerlos sobre el mostrador. Y, sin embargo, era obvio para todo el mundo que su vida cambiaría a partir de entonces. Incluso puede que hiciera testamento. No porque tuviera muchas posesiones, sino porque esas cosas deberían arreglarse mientras se está a tiempo. Sejer se sentó a su lado y dijo con voz compasiva:
    – ¿Está usted bien?
    La mujer se permitió unos sollozos.
    – Sí -contestó, con toda la firmeza que fue capaz de mostrar-. Estoy bien. Pero cuando pienso en la chica que se llevó… Debería usted haber oído lo que le dijo. No quiero ni pensar en lo que le estará haciendo.
    – Bueno, bueno -dijo Sejer con calma-. No anticipemos acontecimientos. Se la llevó para salir sin impedimentos hasta el coche. ¿La había visto antes?
    – Nunca.
    – ¿Puede decirme las palabras que pronunció delante del mostrador?
    – Puedo repetir cada una de sus palabras -contestó-. Nunca las olvidaré. Se acercó a ella por detrás. Primero le puso un brazo debajo de la barbilla y la arrastró hasta el mostrador, luego la tiró al suelo y le puso un pie en la cabeza. Y entonces empezó a gritarme: ¡Si te demoras un solo segundo, le aplastaré el cráneo! Y luego disparó. Al techo, se entiende. Las placas volaron. El pelo se me llenó de yeso.
    Se secó el sudor con la manga de la blusa. Sejer le concedió un descanso, mientras miraba a Karlsen, que estaba cogiendo la cámara del techo para sacar el rollo de la película.
    – ¿Hablaba noruego?
    – Sí.
    – ¿Sin acento?
    – Sí. Tenía una voz aguda. Un poco afónico tal vez.
    – Y la mujer, ¿dijo algo?
    – Ni una palabra. Estaba muerta de miedo. El tipo sabía lo que hacía. Actuaba lleno de desprecio. Seguro que ha atracado antes.
    – Bueno, ya veremos -la interrumpió Sejer, y cogió la cinta-. ¿Tendría la amabilidad de acompañarnos hasta la comisaría a ver el vídeo?
    – Tengo que hacer una llamada.
    – Nosotros la ayudaremos.
    Karlsen la miró.
    – ¿Podría decirnos aproximadamente la cantidad de dinero que le dio?
    – ¿Que le di? -gritó, mirándolo enloquecida-. ¿Qué manera de hablar es esa? ¡No le di nada, me atracó!
    Sejer pestañeó y miró al techo.
    – Perdóneme -dijo Karlsen-, quiero decir si tiene idea de cuál fue el botín.
    – Es viernes -contestó la mujer ofendida-. Tenía unas cien mil coronas en la caja.
    Sejer miró a través de la puerta abierta.
    – Reunamos a la gente de la calle que los vio. Fueron varios. Al menos tendremos una buena descripción.
    Al decir estas palabras, suspiró hondo pues él mismo había visto al hombre perfectamente, a unos metros de distancia. ¿De cuánto sería capaz de acordarse?
    – Era un coche blanco y parecía nuevo. Bastante pequeño -dijo la mujer-. No pude ver mucho más. Estaba abierto y seguramente con las llaves puestas, porque lo puso en marcha casi antes de haber cerrado la puerta. Cruzó la plaza y se fue derecho hacia la carretera.
    – Lo más probable es que se trate de un coche robado. Tal vez tenga el suyo aparcado en algún lugar a lo largo del itinerario. Es posible que se trate de un hombre peligroso. Lo de llevarse una rehén debió de ser algo impulsivo. Si es que realmente lo hizo. No podía contar con que hubiera algún cliente en el banco nada más abrir. Y ella, ¿entró por la otra puerta?
    – Sí.
    Sejer miró los agujeros del techo y frunció el ceño.
    – Al parecer, es un hombre dinámico. O tal vez, desesperado.
    Otro coche de policía llegó y aparcó delante del banco. Entraron dos técnicos con monos de trabajo. Miraron hacia el techo y vieron el agujero producido por la bala.
    – Me pregunto cuántas le quedan -dijo uno de ellos.
    – No quiero ni pensarlo -dijo Sejer, sombrío-. Pero no cabe duda de que se trata de un tipo duro. Primero coge una rehén y luego, en la hora punta de la mañana, dispara un arma.
    – Muy eficaz -dijo el técnico-. Todo el mundo se queda paralizado. Tenía una sola idea en la cabeza: que el atraco fuera rápido. Nada de demoras, deprisa, deprisa. ¿Llevaba guantes?
    La cajera asintió con un gesto.
    – Guantes finos de lana.
    Sejer se maldijo a sí mismo por no haberse quedado un rato más en el banco y haber interrumpido los planes del atracador. Pero en ese caso, el tipo habría vuelto otro día. Miró de nuevo los ojos de la cajera. Habían adquirido ese brillo particular que las personas tienen cuando se les arranca de su vida normal y obvia. Él lo entendía y no lo entendía.
    – De acuerdo -dijo-. Tenemos mucho que hacer. Pongámonos en marcha.

    Respiraba entrecortadamente. Se inclinó sobre el volante como queriendo ayudar al vehículo a salir de la ciudad. Llevaba mucho tiempo planeándolo. Había repasado una y otra vez el atraco en su mente, imaginándose, con todo lujo de detalles, cómo lo llevaría a cabo. Había descubierto errores. Todo había ocurrido muy deprisa. Tenía el dinero, así tenía que suceder y, sin embargo, no del todo así. Alguien iba sentado en el asiento de al lado.
    Las calles estaban repletas de gente con prisa. Nadie miraba el coche blanco. Pisó el embrague y atravesó el cruce, fijando la vista obstinado en la carretera, dejando salir el aire caliente de sus pulmones. Después de haber pasado la primera manzana, se quitó el pasamontañas. Se sintió desnudo y, por eso, no se giró a mirar a la rehén, pero no tenía elección. No podía seguir conduciendo con el pasamontañas puesto. Todos los coches que venían en dirección contraria hubieran reparado en ello, y anotarían la marca del coche y la matrícula. La rehén estaba sentada en el asiento de al lado, con la cabeza agachada, inmóvil. Pasaron por delante del Salón de las Novias. Redujo la velocidad, vio acercarse por la izquierda un Mercedes y se concentró en clavar la mirada en la carretera. Hasta ahora, después de dos minutos, cuando su pulso se había calmado un poco, no se le había ocurrido que un extraño silencio reinaba en el coche. Miró de reojo a la rehén. Había algo que no encajaba. Sintió náuseas y, con la náusea, llegó el miedo y, con el miedo, el pavor a equivocarse, equivocarse más de lo que ya había hecho.
    ¿Qué coño iba a hacer con la rehén?
    No había pensado en ello. Se había concentrado únicamente en alejarse lo más deprisa posible, en asegurarse de que nadie se le echara encima y lo tirara al suelo. Había leído sobre eso en los periódicos, sobre gente que jugaba a ser héroes.
    – Me has visto la cara -dijo con voz ronca.
    Su voz era frágil en comparación con su cuerpo fuerte.
    – ¿Y qué se te ocurre que podemos hacer con eso?
    Justo en ese instante pasaron por delante de una funeraria, y su mirada se posó en un ataúd blanco que había en el escaparate. Manillas de latón. Una corona de flores blancas y rojas encima. Llevaba años expuesta y era de plástico, claro. Daba la impresión de estar a punto de derretirse por el calor, lo mismo que él. El jersey se le pegaba al cuerpo, y a los pantalones de pana les faltaba poco para desprender vapor. Redujo la velocidad y frenó ante un taxi que venía por la derecha. La rehén no contestaba, pero sus hombros temblaban ligeramente. El atracador pensó: por fin reacciona. Para él sería un alivio. Lo necesitaba después de tanto esfuerzo. Una reacción fuerte, por ejemplo un rugido por la ventanilla medio abierta. Temblaba mientras se esforzaba por controlarse.
    – Te he preguntado qué podemos hacer con eso.
    Sonó muy pobre. Oyó su propio miedo, cómo presionaba la voz hasta alcanzar ese tono agudo y chillón. De repente sintió una imperiosa necesidad de estar solo, pero aún era demasiado pronto para parar. Primero tendrían que alejarse del centro y llegar a algún lugar desierto donde por fin poder sacar del coche a esa mujer no deseada. ¡A esa testigo!
    Seguían en silencio. Se estaba poniendo cada vez más nervioso. Tras semanas de planificación, noches sin dormir, desasosiego y dudas, empezaban a pesarle muchas cosas. Generalmente, se limitaba a ir de chófer, sin responsabilidad sobre la planificación. De eso se encargaban otros, él esperaba fuera, con el coche en marcha, ni siquiera solía llevar arma. Había hecho una promesa y la había cumplido. Pero llevaba una rehén. En aquel momento, en aquel lugar, le había parecido una decisión inteligente. Fuera del banco, la gente se había quedado paralizada, no movieron ni un dedo por miedo a que se le disparara el arma y la rehén se hiciera trizas ante sus ojos. Y ahora no sabía qué hacer. Y tampoco estaba recibiendo ayuda alguna. El silencio era total.
    – Solo hay dos posibilidades, claro -carraspeó.
    Ya no aguantó el silencio.
    – O sigues conmigo o te dejo en la carretera, en un estado en el que ya no podrás explicar nada.
    La pasajera seguía callada.
    – ¿Qué coño hacías en el banco tan temprano?
    Como ella seguía sin responder, él bajó la ventanilla y notó cómo el aire le soplaba en el rostro ardiente. Pasaban coches. No debía mostrar su rostro, ni siquiera debía hablar, pero no estaba preparado para ese cúmulo de emociones que le subía por dentro, esa sensación de estar a punto de explotar. Había esperado mucho tiempo, había estado solo una eternidad, ya no era más que una goma cercana a romperse, y para más inri, había alguien sentado a su lado, mirándolo.
    Todavía estaba saliendo de la ciudad, pasó por el hospital, giró repentinamente al llegar al Instituto Ortopédico, cruzó la calle principal, cogió la Calle Mayor Alta, pasó por la antigua farmacia, en dirección al Garaje Central, volvió a girar a la izquierda, atravesó el viejo puente y volvió por la parte sur, a través de las zonas industriales. Se estaba acercando a una vía de ferrocarril. En ese momento, el semáforo se puso rojo. Por un instante estuvo a punto de girar bruscamente, pero cambió de idea. No debía llamar la atención.
    – Quédate quieta y cállate. El revólver está cargado -murmuró entre dientes.
    La orden era innecesaria. De la rehén no salía ni una palabra. Por el espejo vio acercarse un Volvo rojo que se detuvo justo detrás de él. El conductor tamborileaba sobre el volante. Sus miradas se cruzaron en el espejo. Él clavó la suya en los raíles, esperando que apareciera el tren, ya lo oía rugir a lo lejos. Por un momento, su corazón enmudeció. Lo increíble era que la rehén siguiera quieta y callada, mirando por la ventanilla. Luego pasó el tren haciendo mucho ruido. Pero la barrera no se movía. Cambió de punto muerto a primera y esperó. El coche de atrás se acercó aún más, casi le rozaba el parachoques. Al otro lado había un Citroën verde. Al atracador le chorreaba el sudor hasta los ojos, y la barrera seguía sin moverse. Por un horrible instante, pensó que la policía la había bloqueado, que en cualquier momento se le acercaría y lo sacaría a la fuerza a punta de pistola. Estaba atrapado. No había sitio suficiente para dar la vuelta y regresar, ¿por qué coño no se levantaba la barrera? El tren ya se había alejado un buen trecho. El conductor del Volvo aceleró. El atracador levantó la mano en la que llevaba el revólver, y se la pasó por la frente. En ese momento pensó que quizá el hombre del Citroën de al lado hubiera visto que llevaba un arma. Por fin, la barrera se levantó, despacio y vacilante. Cruzó con prudencia. El Volvo de atrás desapareció por la derecha. Había pensado atravesar el río, de ese modo, pasaría por la plaza donde estaban los coches de policía y la aglomeración de gente por el lado opuesto. Mientras la policía estaba ocupada en interrogar a los testigos, él pasaría por delante de sus narices, a solo unos treinta metros. Su propio plan lo impresionó. El problema era la rehén. De pronto frenó y se detuvo. El coche quedó medio escondido detrás de un contenedor de basura, junto a la Estación de Autobuses. Echó el freno de mano.
    – Lo que me pregunto -espetó- es qué coño hacías en el banco tan temprano.
    Más silencio.
    – ¿Estás sorda? Me cago en la puta, ¿es que no me oyes?
    La rehén levantó la cabeza. Por primera vez, el atracador clavó la mirada en los ojos errantes. En el coche reinaba el silencio y el calor aumentaba. Inseguro, intentó interpretar la expresión facial de la pálida chica. Muy a lo lejos oyó una sirena, primero muy débil, luego un poco más fuerte y, al final, el sonido se extinguió. Tuvo la extraña sensación de que no había atracado un banco, sino que estaba teniendo un sueño sin acción lógica en el que figuras extrañas entraban y salían sin que él entendiera qué papeles estaban desempeñando.
    – Bueno -dijo, dando un pequeño empujón a la rehén con el revólver.
    – También el sordo oye, si le tocas el hombro.
    Puso el motor en marcha, cruzó el puente y pasó por delante del banco. Había decidido no mirar en aquella dirección, pero fue incapaz de controlar su miedo. Echó un rápido vistazo a la izquierda. Un montón de gente se había congregado en torno a la entrada del banco. Una persona destacaba por encima de todas las demás. Un poste de hombre, con pelo corto, color plata.

    Debería estar trabajando en el asesinato de Finnemarka. Pero en lugar de eso, estaba sentado junto a un escritorio, con la mirada clavada en una hoja de un blanco estridente. Cuando cerraba los ojos, veía claramente en su interior el rostro del atracador, casi como si de una foto se tratara. El problema residía en transmitirlo al hombre que estaba sentado al otro lado de la mesa.
    Así habían estado muchos antes que él, sudando y esforzándose por recordar un rasgo característico, el color de los ojos, si la nariz era larga o corta. Opinaba de sí mismo que tenía buena memoria y que era una persona observadora, que se fijaba en los detalles. Pero ahora empezaba a dudar. Estaba seguro de que el hombre era rubio, pero luego se le ocurrió que el sol brillaba con mucha fuerza en la calle peatonal y que podría haber dejado un brillo dorado sobre algo que no lo era. Además, el hombre llevaba ropa oscura, lo que podía provocar que el pelo pareciera más rubio de lo que en verdad era. Pero la boca era pequeña, de eso estaba seguro. El color de la piel, ligeramente bronceado por el sol, tal vez un poco enrojecido. Y recordó la vestimenta. Era un hombre muy musculoso, seguramente se entrenaba. No tan alto como él mismo, en realidad no era nada alto para ser hombre.
    Sejer clavó la mirada en el dibujante que tenía enfrente. En sus orígenes era un dibujante de periódico que aterrizó en ese puesto por pura coincidencia y resultó ser especialmente apto, sobre todo en el aspecto psicológico.
    – Primero tendrás que conseguir que me relaje -dijo Sejer sonriendo-. Luego tendrás que establecer una relación de confianza, ¿verdad que sí? Demostrarme que me escuchas y que me crees.
    El dibujante esbozó una sonrisa ácida.
    – No tengas tanto miedo a perder el control, Konrad -dijo secamente-. En este momento no eres el jefe. Eres un testigo.
    Sejer levantó una mano, retrocediendo.
    – Lo primero que quiero que hagas -dijo el dibujante- es olvidarte del rostro del hombre.
    Sejer lo miró asombrado.
    – Olvida los detalles. Cierra los ojos. Intenta ver la figura en tu mente y concéntrate en la impresión que te causó, en la clase de señales que emitía ese hombre. Caminaba hacia ti en una calle muy luminosa y, por alguna razón, te fijaste en él. ¿Por qué?
    – Daba la impresión de ir muy concentrado y decidido.
    Sejer cerró los ojos, como le había pedido el dibujante. Pero la cara que veía en su mente no era más que un punto nublado en la memoria.
    – Pasos duros y rápidos. Los hombros, como encogidos. Una mezcla de miedo y determinación. El pánico al acecho, justo debajo de la superficie. Tan asustado que ni siquiera se atrevía a levantar la vista para mirar a alguien. No necesariamente un atracador profesional. Demasiado desesperado.
    El dibujante asintió con la cabeza y anotó un par de cosas en la parte inferior de la hoja.
    – Intenta describir su cuerpo, cómo se movía al andar.
    – Se movía poco. Pequeños movimientos bruscos. Nada de oscilar los brazos, balancearse de un lado para otro ni cojear. Iba derecho hacia delante. Las piernas, rectas. Los hombros, rígidos.
    – Piensa en las proporciones -prosiguió el dibujante-. Brazos y piernas en relación al torso. El tamaño de la cabeza. La longitud del cuello. El tamaño de los pies.
    – Ni los brazos ni las piernas largos. Más bien un poco cortos. La verdad es que llevaba una mano en la bolsa, y la otra en el bolsillo, pero creo que no eran largas. Cuello corto y grueso. No tenía los pies grandes. Más pequeños que los míos, calzo un cuarenta y cuatro. Llevaba ropa suelta, pero su cuerpo daba la impresión de ser musculoso y abultado.
    Nuevos gestos aprobadores. El lápiz alcanzó por primera vez el papel y oyó el ligero roce del grafito contra la superficie. Debido a la estructura del papel, el trazo adquirió un tembloroso realismo, como si se estuviera moviendo.
    – Los hombros, ¿anchos o estrechos?
    – Anchos. Redondos. Esos hombros que se te desarrollan cuando haces levantamiento de pesas. No como los míos -añadió.
    – Bueno, los tuyos no son estrechos.
    – No, pero no están hinchados. Son más planos y huesudos, no sé si me entiendes.
    Se rieron un poco. El dibujante, cuyo apellido era Riste, pero que era conocido por el apodo de el Esbozo era bajito y rechoncho, calvo, con gafas pequeñas y ovaladas, y dedos largos y finos.
    – ¿Y la cabeza?
    – Grande. Redonda. Mucha mejilla, pero no exactamente mofletes. Barbilla redonda. Ni angular ni decidida. Ninguna cicatriz ni nada por el estilo.
    – ¿Cómo se asentaba la cabeza sobre el cuerpo? No sé si entiendes lo que quiero decir.
    – Muy encajada en los hombros. Como si colgara un poco por delante del cuerpo. Como en un niño enfurruñado.
    – Excelente -dijo-. ¿La línea del pelo?
    – ¿Eso es importante?
    – Sí, es importante. La línea del pelo de una persona contribuye a decidir gran parte de su rostro. Mírate a ti mismo. Tienes la línea del pelo casi perfecta. Recta y regular sobre la frente, y bien arqueada hacia las sienes. Igual de poblada por todas partes. De hecho, no es muy corriente.
    – ¿Ah, no?
    Sejer hizo un gesto negativo con la cabeza. No era muy vanidoso. Al menos ya no, y lo último a lo que dedicaría tiempo sería a su línea del pelo. Reflexionó.
    – Arqueada, no recta. Tal vez un pequeño pico hacia el centro de la frente. Llevaba el pelo muy corto, por eso pude verlo bien.
    Esa manera lenta de aproximarse a los rasgos hizo que el hombre le apareciera más nítido que nunca. Ese dibujante sabía lo que hacía. Sejer miró fascinado el papel, observando cómo poco a poco iba emergiendo una figura, como el negativo de una foto en un baño de revelado.
    – Y ahora el pelo.
    No paraba de dibujar trazos ligeros para poder añadir constantemente otros nuevos encima y al lado. No usaba goma de borrar. Los múltiples trazos finos también contribuían a dar vida a la figura.
    – Rizado y poblado, casi tipo afro. Crecía derecho hacia arriba, pero estaba cortado al cero, como lo llevo yo.
    Al decirlo, se alisó el pelo, hirsuto y corto como un cepillo.
    – ¿Color?
    – Rubio. Posiblemente rubio claro, pero sobre este punto la verdad es que estoy dudando. ¿Sabes? Hay pelos muy rubios en algunas situaciones, y que pueden parecer rubios oscuros cuando están mojados. O depende de la luz. No sé seguro. Un color parecido al tuyo, tal vez.
    – ¿Al mío? -el Esbozo levantó la vista-. Pero si yo no tengo pelo.
    – No, pero como el pelo que tenías antes, tal vez.
    – ¿Y cómo sabes tú cómo era mi pelo?
    Sejer vaciló. No sabía si lo había ofendido, o si había hecho el ridículo, o qué.
    – No sé -dijo-. Me limito a adivinar.
    – Adivinas bien. Mi pelo es… es decir… era… casi rubio claro. Bien adivinado. Eres observador.
    El dibujo empezaba a parecerse.
    – Hemos llegado a los ojos.
    – Eso será más difícil. No pude vérselos. El tipo iba con la mirada clavada en el asfalto y, dentro del banco, estuvo más bien de espaldas a mí.
    – Qué pena. Pero la cajera los vio, y luego le tocará a ella.
    – Es más que una pena, es una catástrofe que no me quedara un rato más. Tengo edad suficiente para tomar en serio mi intuición.
    – Bueno, uno no puede con todo. ¿La nariz?
    – Muy corta y bastante ancha. Un poco afro también la nariz.
    – ¿La boca?
    – Boca pequeña, como si estuviera de morros.
    – ¿Las cejas?
    – Más oscuras que el pelo. Rectas. Anchas. Casi unicejo.
    – ¿Los pómulos?
    – Invisibles. La cara demasiado carnosa.
    – ¿Ningún rasgo característico en la piel?
    – Ninguno en absoluto. Piel tersa. Nada de barba visible. Ninguna sombra sobre el labio superior. Recién afeitado.
    – O mal equipado por parte de la naturaleza. ¿Algo especial en la ropa?
    – No que yo recuerde. Y, sin embargo, había algo.
    – ¿Como qué?
    – Como si no fuera su ropa. Como si él no vistiera así. Era como anticuada.
    – Lo más probable es que ya se haya cambiado. ¿Calzado?
    – Zapatos marrones con cordones.
    – ¿Y las manos?
    – No se las vi. Si guardan proporción con el resto del cuerpo, son cortas y redondas.
    – ¿Y la edad, Konrad?
    – Entre diecinueve y… veinticuatro.
    Una vez más tuvo que cerrar los ojos para excluir de su vista al dibujante.
    – ¿Altura?
    – Bastante más bajo que yo.
    – Todo el mundo es más bajo que tú -comentó el Esbozo secamente.
    – Tal vez un metro setenta.
    – ¿Peso?
    – De complexión fuerte. Más de ochenta kilos, creo. No me has preguntado por las orejas -dijo Sejer.
    – ¿Cómo eran sus orejas?
    – Pequeñas y bien formadas. Lóbulos redondeados. Sin pendientes.
    Sejer se echó hacia atrás en la silla y sonrió contento.
    – Ya solo falta averiguar a qué partido vota.
    El dibujante se rió entre dientes.
    – ¿Tú qué crees?
    – Supongo que no vota.
    – ¿Qué pudiste ver de la rehén?
    – Casi nada. Estaba de espaldas. Tendrás que hablar con la cajera -añadió-. Esperemos que tenga aguante.

    Gurvin esperaba al inspector jefe, pero, como a primera hora de la mañana se había cometido un atraco a mano armada en el centro, solo habían enviado a un sargento raso a recoger el informe.
    Jacob Skarre parecía un monaguillo adolescente, con rizos rubios y delicadas facciones. El uniforme le sentaba muy bien, parecía hecho a medida para su cuerpo esbelto. Sin embargo, Gurvin nunca se sentía a gusto con esa prenda. O tal vez era por su figura. Lo cierto era que el uniforme no se le adaptaba al cuerpo.
    La expresión satisfecha del rostro del joven policía le hizo sentirse incómodo. Inconscientemente, le hizo reflexionar sobre su propia vida. De todos modos, lo hacía a intervalos regulares, pero le gustaba decidir por su cuenta cuándo.
    Su primera sensación de espanto por el asesinato de Halldis se había atenuado. Gurvin estaba siendo objeto de más atención de lo que lo había sido en mucho tiempo. Tuvo que admitir para sus adentros que le gustaba. Pero conocía a Halldis. De repente se acordó de algo que ella solía decir cuando, de chico, él y sus amigos se presentaban en su casa para pedirle alguna cosa.
    ¡Sois demasiados! ¡Cuando yo era joven, solo sobrevivían los chiquillos más duros!
    – ¿Qué te parece? -preguntó Gurvin prudentemente, al descubrir el paquete de tabaco de Skarre que sobresalía del bolsillo de su camisa-. ¿Nos atrevemos a infringir la ley antitabaco?
    Skarre asintió con la cabeza y se sacó el paquete del bolsillo.
    – Yo me crié con Halldis y Thorvald -empezó a decir Gurvin, inhalando el humo-. Nos dejaban coger frambuesas y ruibarbo detrás de la leñera. Y tampoco era tan vieja. Setenta y seis no son nada. Estaba en forma. Y Thorvald, también. Pero murió de un infarto hace siete años.
    – ¿De modo que vivía sola?
    Skarre sopló el humo hacia el techo.
    – No tuvieron hijos. Su único familiar era una hermana más pequeña que vivía en Hammerfest.
    – Has hecho un informe, ¿verdad? -preguntó Skarre-. ¿Puedo verlo?
    Gurvin sacó una carpeta de plástico del cajón del escritorio y se la dio. Skarre leyó el informe minuciosamente.
    – «Todavía no se sabe si falta algo de la vivienda.» ¿Habéis comprobado cajones y armarios?
    – ¿Sabes? -dijo Gurvin-. La verdad es que Halldis tenía muchos objetos de plata…, cubertería y cosas así. Todo seguía allí, en un armario del salón. Y lo mismo algunas joyas que guardaba en el dormitorio.
    – ¿Y dinero en efectivo?
    – No sabemos si tenía.
    – Pero, ¿habéis encontrado su bolso, por ejemplo?
    – Estaba colgado de una percha en el dormitorio.
    – ¿Y alguna cartera?
    – No hemos encontrado ninguna cartera, es verdad.
    – Algunos no buscan más que dinero en efectivo -señaló Skarre-. Como, por ejemplo, los que tienen problemas para vender los objetos de valor, los tipos que no tienen contactos. Puede que no fuera su intención matarla. Tal vez se viera sorprendido. Quizá la mujer estuviera fuera y él se metiera en la cocina a sus espaldas.
    – Y entonces, inesperadamente, ella apareciera en la cocina, ¿es eso lo que quieres decir?
    – Sí, por ejemplo. Tenemos que averiguar si se ha sustraído dinero en efectivo. ¿Ella misma se ocupaba de las compras y esas cosas?
    – Iba a la ciudad muy de vez en cuando, siempre en taxi. Pero el tendero del lugar le subía la compra hasta la granja una vez por semana.
    – Así que el tendero le entregaba la compra en casa. ¿Le pagaba al contado? ¿O iba anotándolo todo en un libro?
    – No lo sé.
    – Llámalo -dijo Skarre-. Tal vez sepa dónde guardaba Halldis el dinero, si es que ella le tenía suficiente confianza.
    – Yo diría que sí -contestó Gurvin cogiendo el teléfono. Consiguió hablar con el tendero y estuvo murmurando un rato en el auricular-. Dice que Halldis solía tener una cartera en la panera, una panera de metal que hay en la encimera de la cocina. De hecho, yo abrí esa panera. Dentro no había más que medio pan. Me ha dicho que era roja, con un dibujo imitando piel de cocodrilo y un cierre de latón.
    Skarre volvió a hojear el informe.
    – Se dice que alguien llamado Errki Johrma fue visto cerca de la granja. Háblame de él. Y ese chico que lo vio, ¿es de fiar?
    – Eso es discutible.
    El agente sonrió al acordarse de Kannick.
    – Pero si dice la verdad, se abren unas probabilidades vertiginosas. Errki estaba ingresado contra su voluntad en el psiquiátrico de Varden y ahora se ha fugado. Se ha criado aquí. En otras palabras: no sería extraño que volviera a este lugar y que ahora esté errando por estos bosques.
    – ¿Pero sería capaz de matar a alguien?
    – Errki no es del todo normal.
    – Cuéntame algo más sobre él. ¿Quién es realmente?
    – Un joven de tu edad. Nacido en Valtimo, Finlandia. Se crió con los padres y una hermana más pequeña. Siempre ha sido diferente. No sé qué diagnóstico le han dado, pero al menos da la impresión de ser totalmente inaccesible. Y lleva así muchos años.
    – ¿Es peligroso?
    – La verdad es que no lo sabemos. Se cuentan muchas historias sobre él, pero no creo que sean todas ciertas. Se ha convertido en una figura casi mítica, de las que se usan para asustar a los chicos cuando no quieren entrar en casa por las noches. Yo mismo me incluyo.
    – Pero fue internado en contra de su voluntad. ¿No significa eso que es peligroso?
    – Tal vez represente ante todo un peligro para sí mismo. Lo que pasa es que, cada vez que sucede algo malo en este lugar, se le echa la culpa a Errki. Así ha sido siempre, desde que era un chiquillo. Y aunque él no tenga la culpa, parece como si se las arreglara para que acaben echándosela. No me preguntes qué quiere conseguir con ello. Y además habla solo.
    – ¿Entonces es psicótico?
    – Estoy seguro. Y es típico de Errki deambular cerca de la granja de Halldis justo el día que la matan. Pero nunca se le ha podido relacionar directamente con nada. Flota en el aire como un mal augurio, como el pájaro negro que en los cuentos presagia la muerte. Perdóname mi falta de objetividad -suspiró Gurvin-. No hago sino intentar describirlo como la gente de este lugar lo describiría.
    – ¿Cuánto tiempo lleva enfermo?
    Skarre sacudió la ceniza del cigarrillo en la taza de café del agente.
    – No lo sé exactamente, pero creo que siempre ha estado así. Siempre fue diferente, raro y huraño. No tenía amigos, ni creo que quisiera tenerlos. Su madre murió cuando él tenía ocho años, creo que fue cuando empezó todo. Tras la muerte, el padre se llevó a Errki y a la hermana de este a Estados Unidos. Estuvieron siete años en Nueva York. Corrían rumores de que Errki era el discípulo de un mago allí.
    – ¿Un mago?
    Skarre sonrió.
    – ¿Quieres decir un prestidigitador?
    – No sé muy bien. Más bien una especie de mago, creo. Y cuando volvieron a Noruega, empezaron a correr los rumores. Se decía que Errki podía hacer que ocurrieran cosas. Con la fuerza de la mente, ¿sabes?
    – Madre mía -exclamó Skarre, sacudiendo la cabeza.
    – Sí, tú ríete, pero conozco a gente más espabilada que tú y que yo, que cuenta cosas extrañas de Errki Johrma. Thorvald Horn, por ejemplo, contaba que su perro siempre agachaba las orejas y gruñía cuando Errki estaba cerca. O más bien un rato antes de que apareciera, como si el perro oliera al tío a distancia. Hablando de olores, ahora suele oler bastante mal, siempre va desaliñado y sucio. Se cuentan historias de caballos que se alejan corriendo al verlo aparecer por el camino. Se dice que los relojes se paran, las bombillas estallan y las puertas se cierran solas. Ese hombre es como una repentina e inesperada ráfaga de viento que hace que se levanten las hojas secas del suelo. Y luego, su mirada, como si procediera de un universo muy superior. Perdóname -dijo de pronto Gurvin-. No estoy hablando muy bien de él, pero resulta imposible encontrar algún atenuante. Es oscuro, terrible y feo en todos los sentidos.
    – No podemos convertirle en asesino porque sea un hábil ilusionista al que le gustan los efectos especiales o porque padezca alguna enfermedad -dijo Skarre pensativo-. Nos pondremos en contacto con el hospital para hablar con el médico que lo trataba. Seguro que podrá contarnos muchas cosas. Sea como sea, tendremos que encontrar a ese tipo para saber lo que hizo allí arriba. ¿Eran poco claras las huellas dactilares de la azada?
    – Había dos huellas insignificantes aparte de las de la propia Halldis. El mango de la azada era de fibra de vidrio y las huellas de ella eran muy nítidas. Él no pudo haber limpiado la azada sin haber eliminado también las de ella. Pero dentro de la casa encontramos muchas huellas dactilares. También había otras huellas en la sangre que había sobre la losa delante de la puerta, y en la entrada y en la cocina. Puede tratarse de unas zapatillas de deporte. El dibujo de la suela es muy claro, debería proporcionarnos bastante información. Los técnicos harán esbozos en blanco y negro. Pero como sabes, el asesinato ocurrió en la entrada. Halldis estaría de espaldas a la puerta, y él iría hacia ella desde dentro. Tal vez fuera la mujer la que llevara la azada en un principio, y él pudo arrebatársela. Lo lógico sería que hubiera dejado unas buenas huellas dactilares. Por otra parte, no entiendo por qué tuvo que matarla. Podría haberse limitado a quitarle el dinero y salir corriendo. Ella no lo hubiera alcanzado. Pero conozco a Halldis. Era terca. Apuesto a que se plantaría en la puerta y se negaría a moverse. Me la imagino -añadió en voz baja-. La Halldis rabiosa, llena de ira justificada.
    – El hecho de que la matara puede significar que se trata de alguien a quien ella conocía, alguien a quien sin duda habría denunciado.
    – Sí -contestó Gurvin pensativo-. Y ella sabía muy bien quién era Errki. Él acababa de fugarse del psiquiátrico, lo que significa que no tenía nada de dinero. Necesitaba dinero.
    Skarre asintió con la cabeza.
    – Pero el botín no habrá sido muy grande -prosiguió el agente Gurvin-. No creo que guardara mucho dinero en casa. Vivía sola.
    – Sí, pero muy alejada de la gente. La idea de ser atracada a lo mejor no era su mayor miedo. ¿Había sufrido antes alguna agresión?
    – No, y además era una mujer muy valiente. No me extrañaría que hubiera atacado al asesino con la azada.
    – En ese caso, él podría estar herido.
    – ¿Has visto las fotos del cadáver?
    – Sí, un momento.
    – No son muy bonitas, ¿verdad?
    Por un instante, Skarre se sintió débil al pensar en el encargo que había recibido esa mañana.
    – ¿Dónde vive el padre de Errki Johrma?
    – Ha vuelto a Estados Unidos.
    – ¿Y la hermana?
    – También.
    – ¿No tienen contacto?
    – No. No porque ellos no quieran, sino porque Errki no quiere verlos.
    – ¿Sabes por qué?
    – Se siente superior a ellos.
    – ¿Ah, sí?
    – Se siente superior a todos. Vive en su propio mundo, tiene sus propias leyes. Y en ese universo reina él. No resulta fácil explicarlo. Tienes que verlo para entenderlo.
    – Pero si está tan enfermo se sentirá muy desesperanzado.
    – ¿Desesperanzado?
    Gurvin saboreó la palabra, como si la idea jamás le hubiera pasado por la mente.
    – En ese caso, lo disimula muy bien.
    Skarre miró hacia fuera.
    – Hemos ordenado su búsqueda. ¿Me subes hasta allí? Me gustaría ver la casa de Halldis.
    Gurvin cogió la chaqueta del respaldo de la silla. Se detuvo un instante.
    – Vamos en el Subaru -dijo en voz baja-. La subida hasta la granja de Halldis es muy empinada.

    El bosque que rodeaba la granja parecía más espeso que de costumbre, como si los árboles se hubieran puesto rectos por respeto a la pérdida de la mujer que había conservado vivo todo aquello. Y, aunque nunca había cosas esparcidas, ni herramientas, ni carretillas, ni ropa al sol en el banco, el lugar parecía ahora completamente abandonado. Ya no respiraba. Bajo la ventana de la cocina, las flores agonizaban, en solo veinticuatro horas el sol abrasador las amenazaba de muerte. Habían fregado la losa de la puerta, pero todavía se veía una mancha oscura. Skarre miró hacia el bosque.
    – ¿Qué estaba haciendo aquí ese chico?
    – Matando cornejas con flechas y arco.
    – ¿Le permiten hacerlo?
    – Claro que no. Hace lo que quiere. Vive en la Colina de los Muchachos.
    Lo último debería explicarlo todo. Skarre lo entendió.
    – ¿Y él sabía quién era Errki?
    – Sí. Errki es fácilmente reconocible. Ese chiquillo me da pena de verdad. Primero encuentra muerta a Halldis. Luego descubre a Errki entre los árboles. Llega a la comisaría con los pulmones a punto de reventar. Pensaría que él sería la siguiente víctima.
    – ¿Errki se dio cuenta de que lo habían visto?
    – El chico creía que sí.
    – ¿Y no hizo nada para detenerlo?
    – Al parecer, no. Desapareció entre los árboles.
    – Entremos.
    Gurvin se adelantó para abrir. Atravesaron la pequeña entrada y llegaron a la cocina. La imagen de Halldis Horn se estaba formando en la mente de Jacob Skarre al pisar el suelo de linóleo y ver esa cocina tan ordenada. Las cacerolas de cobre estaban relucientes, al igual que la vieja pila con un borde de goma verde y la nevera. El periódico del día anterior estaba doblado en el alféizar de la ventana. La estancia se veía limpia y recién fregada. Skarre levantó la tapa de la panera.
    – ¿Dónde encontrasteis las huellas dactilares?
    – En los pomos de las puertas y en el marco de la puerta de la cocina. Ninguna huella en la panera, salvo la de la propia Halldis. Si las huellas pertenecían al asesino, ¿por qué se veían tan débiles en la azada? ¿Y por qué no había ninguna en la panera? ¿Cómo pudo coger la cartera sin dejar huellas si tocó otras muchas cosas en la casa? No lo entiendo.
    Skarre frunció el ceño.
    – Pero alguien pasaría por aquí de vez en cuando, ¿no? Gente que también dejaría sus huellas dactilares.
    – Casi nunca. Por cierto, encontramos una carta -señaló Gurvin- franqueada en Oslo esta misma semana. «Me pasaré por ahí un día de estos. Saludos de Kristoffer.»
    – ¿Un pariente suyo?
    – Aún no lo sabemos. Pero yo creo que la mató alguien que la conocía. La estadística está de mi parte. Le entraría pánico.
    – Los seres humanos somos muy frágiles.
    Skarre entró en el pequeño salón. Allí estaba la mecedora, con una manta de pelo. La levantó y la husmeó con cuidado, notó el olor a jabón y alcanfor. Un pelo le hizo cosquillas en la nariz. Lo cogió con dos dedos. Medía tal vez medio metro y era del color de la plata.
    – ¿Tenía el pelo tan largo? -se extrañó.
    Gurvin hizo un gesto afirmativo.
    – De joven era una belleza. Los chicos no lo entendíamos, simplemente nos parecía gorda y maravillosa. Allí puedes verla en la foto de la boda.
    Skarre se acercó. Ver a Halldis Horn de novia podía dejar sin aliento a cualquiera.
    – Ese vestido está hecho de seda de paracaídas -dijo Gurvin-. Y el velo es una vieja cortina de hilo inglés. Ella nos lo contaba. Y nosotros escuchábamos cortésmente, como hacen los niños, pues algo teníamos que hacer a cambio de frambuesas y ruibarbo.
    Se giró de repente y volvió a la cocina.
    – ¿Dónde está el dormitorio? -gritó Skarre.
    – Detrás de esa cortina verde.
    La descorrió hacia un lado. La habitación era pequeña y estrecha, y la cama, alta. El lado donde había dormido Thorvald estaba intacto. Desde la ventana del dormitorio se veía el bosque y un extremo de la leñera. Un verso enmarcado colgaba encima de la cama:

    Lo habían visto entre los halcones.
    Llegó del sur, ardiente.
    Sacadlo todo, no dejéis nada atrás.
    Pues incluso por aquel mosquito
    que escondiste en una grieta
    te pedirá cuentas.

    Debajo, alguien, tal vez la propia Halldis, había escrito el siguiente comentario con tinta azul: ¡Qué cosa tan horrenda!
    Una sonrisa se dibujó en el rostro de Skarre. Luego descubrió que el agente estaba fuera. Fue hacia él y se puso a buscar por la hierba, esperando alguna que otra revelación, algo que los demás pudieran haber ignorado: una colilla, una cerilla, cualquier cosa. Volvió a mirar hacia la casa. Justo debajo de la ventana de la cocina, las tablas de madera presentaban un desperfecto ya reparado y, sin embargo, aún visible.
    – Es del día en que Thorvald murió -explicó Gurvin señalando con la mano.
    – Halldis se encontraba en la cocina. Thorvald estaba sentado en el tractor. Ella le hizo una seña con la mano, indicándole que la comida estaría enseguida. Le pareció que su marido iba a más velocidad que de costumbre, como si de repente se hubiera vuelto juguetón en su vejez y quisiera presumir un poco. El tractor rodaba con un enorme rugido. Al instante, chocó contra la pared. Halldis se encontraba junto a la ventana, mirando la cabina. Vio que Thorvald estaba caído sobre el volante. Había muerto instantáneamente.
    Skarre volvió a mirar hacia el bosque.
    – ¿Por dónde te parece que debemos buscar a Errki?
    Gurvin cerró los ojos hacia el sol.
    – Estará vagando por ahí, durmiendo en cualquier sitio. No ha ido al piso, al menos no hasta ahora. Tal vez esté todavía en el bosque.
    – ¿Y por aquí arriba no hay más que bosque deshabitado?
    – Más o menos. Un bosque deshabitado de cuatrocientos treinta kilómetros cuadrados. Al otro lado de la colina hay algunas casas de verano. Y además, están los cimientos de antiguos asentamientos finlandeses. Sobre algunos se han levantado granjas de verano. Los cazadores las emplean a menudo en otoño, y los que vienen a coger frutas del bosque descansan y comen sus bocadillos allí. Errki es un buen senderista. El problema es que resultaría bastante desesperado lanzarse al bosque y empezar a buscar al tuntún. Tal vez esté escondido en el sótano del hospital, o puede que haya hecho autostop y vaya camino de Suecia o de vuelta a Finlandia. Es de esas personas que siempre están en camino.
    – Si es tan especial como dices, ¿no sería muy fácil de encontrar?
    – No creo que sea tan fácil. Ese hombre merodea por todas partes. De repente está ahí, sin que nadie lo haya oído llegar.
    – Tenemos unos perros muy bien adiestrados -dijo Skarre optimista.
    – ¿Sabes si está tomando algún medicamento?
    – Pregúntalo en el hospital. ¿Por qué quieres saberlo?
    Skarre se encogió de hombros.
    – Simplemente me pregunto qué puede pasar si de repente deja de tomarlo.
    – Tal vez las voces interiores lo dominen.
    – Supongo que todos tenemos alguna voz interior -afirmó Skarre sonriente.
    – Sí, sí, ya lo creo -asintió Gurvin-. Pero no nos dan órdenes sin parar.

    Gurvin, al bajar por el bosque, conducía el coche con cuidado. De las huellas que dejaba subía una nube de polvo.
    – Donde aparece Errki, siempre sucede algo horrible -dijo con voz tensa-. Su madre murió cuando él tenía ocho años, ¿te lo dije?
    Skarre asintió con la cabeza.
    – Se cayó por una escalera y se mató. Errki se culpó de ello.
    – ¿Se autoinculpó?
    – Asustaba con eso a los demás niños. Estaban aterrados y lo esquivaban. Creo que era lo que pretendía.
    Unos años más tarde, se encontró el cadáver de un campesino mayor junto a la iglesia. Oficialmente se dijo que se había caído de una escalera de tijera, pero se vio a Errki alejarse corriendo del lugar de los hechos. Así que, como comprenderás, tenga o no algo que ver con el asesinato de Halldis, este pueblo ya se ha formado una opinión. Y si me preguntas, me inclino a pensar lo mismo. ¡Mira a tu alrededor! Este es un lugar muy solitario. Nadie viene hasta aquí sin conocerlo de antemano. Errki lo conoce, se crió aquí.
    – Y, sin embargo, es un hecho -señaló Skarre, esforzándose por no parecer pedante- que el mito sobre los pacientes psiquiátricos y su tendencia a la violencia es muy exagerado. Se trata de prejuicios, miedo e ignorancia. Tendrás que mantenerte sereno, tú que estás en medio de todo esto, y que lo conoces y conocías a Halldis. En cuanto los periódicos se enteren, lo presentarán como un monstruo.
    Gurvin lo miró.
    – Ese es el problema. Como siempre está solo, esquivando a la gente, y casi nunca habla con nadie, no sabemos realmente quién es. O qué es.
    – Un enfermo -afirmó Skarre.
    – Eso dicen. Pero no lo entiendo bien -dijo Gurvin sacudiendo la cabeza-. No entiendo cómo unas voces extrañas puedan invadir la cabeza de un hombre y conseguir que haga cosas de las que luego no se acuerde.
    – No sabemos si lo ha hecho él.
    – Tenemos huellas dactilares y de pisadas. Puede estar loco y olvidar en un instante, pero no puede escapar a las pruebas técnicas. Esta vez tenemos pruebas técnicas.
    – Parece como si quisieras verlo inculpado.
    La voz de Skarre sonó inocente. Gurvin no lo caló.
    – Estaría bien. Estuvo muy bien para todos cuando por fin pudieron internarlo por el artículo cinco. Por fin sabíamos dónde lo teníamos. Ahora anda otra vez por ahí fuera hablando solo. Dios me ampare, al menos mis hijos tendrán que llegar a casa pronto por las noches mientras él ande suelto.
    – Tal vez Errki tenga más miedo que tus hijos -dijo Skarre en voz baja.
    Gurvin apretó los labios y aceleró.
    – Tú no eres de aquí. No lo conoces.
    – No -sonrió Skarre-. Pero admito que has despertado mi curiosidad.
    – Está bien que tengas el don de creer en los seres humanos -dijo Gurvin-. Pero no debes olvidar que Halldis está muerta. Alguien tiene que haberlo hecho. Alguien estuvo allí, levantó la azada y se la clavó en el ojo. Sea Errki u otra persona, me parece una barbaridad que esa persona tenga derecho a una defensa por un acto que no se puede defender en absoluto.
    – El acto no puede defenderse. Solo al ser humano que está detrás -corrigió Skarre-. Y no sabemos nada de por qué murió. ¿Puedo fumar en el coche?
    Gurvin asintió y se puso a buscar sus propios cigarrillos.
    – ¿Cómo es tu jefe? Háblame de él.
    Skarre sonrió, una reacción inmediata cuando alguien mencionaba a Konrad Sejer.
    – Severo y gris. Un poco autoritario. Introvertido. Muy competente. Afilado como un hacha. Minucioso, paciente, fiable y resistente. Siente debilidad por los niños y por las señoras mayores.
    – ¿Y no por las del medio?
    – Es viudo -contestó Skarre mirando por la ventanilla-. Se ha olvidado de que la única promesa que hizo fue la de estar con ella hasta que la muerte los separara. Cree que significa hasta que él muera también.

    Sejer miró con atención la pantalla gris.
    El local del banco. Los mostradores. Las ventanas que daban a la plaza y por las que entraba la luz oblicuamente, haciendo borrosa la imagen. Lo tenía todo visto, de principio a fin. Pero la grabación era mala. Resultaba difícil identificar a alguien. El coche ya estaba lejos. Habían cerrado todas las salidas, pero no había aparecido ningún coche blanco. Tal vez estuviera aparcado ya hacía tiempo, tal vez el atracador hubiera cruzado por alguno de los puentes y continuado hacia el sur, y luego se hubiera escondido él y hubiera ocultado el coche en el centro. En su interior contaba con que el atracador hubiera soltado a la rehén, pero no podía estar seguro. Se echó hacia atrás en el sillón y estiró sus largas piernas. Se había aflojado el nudo de la corbata y remangado la camisa, que estaba ya arrugada. La cajera, el director del banco y una serie de testigos que se encontraban fuera del banco cuando salió disparado el atracador, habían sido interrogados uno por uno. Él mismo había tomado notas sobre lo que había visto. Había dado a todo cien vueltas en la cabeza, con el fin de encontrar el máximo número de detalles. El dibujante de la policía había escuchado con gran atención y había hecho un buen dibujo. Incluso Sejer lo había aprobado, encontrando un parecido sorprendente. Al menos al principio. Luego empezó a dudar. Se enderezó en el sillón cuando alguien llamó a la puerta. Skarre entró con Gurvin.
    El agente Gurvin miró con gran interés a Sejer.
    – Me han dicho que tienes un problema de rehén.
    Jugueteó con sus gafas de sol y se sentó en una silla. Los papeles estaban cambiados. Él se encontraba de visita en la comisaría donde estaban los tíos importantes con todo su equipo moderno.
    – Estoy mirando esta película -dijo Sejer con voz sombría-. La calidad es malísima.
    – ¿Podemos verla? -preguntó Skarre.
    – Claro que sí. Que se pongan gafas los que las usan.
    Volvió a poner la cinta y se dispuso a esperar la exclamación. Se veían los mostradores. Primero apareció la joven en la entrada que daba a la plaza. Miró insegura a su alrededor y se acercó a los folletos. No transcurrieron ni quince segundos hasta que apareció el atracador. Se detuvo casi en seco al descubrir a la cliente que había llegado antes que él. Cogió un impreso y empezó a rellenarlo. Luego se abrió la puerta por tercera vez y con ello llegó la exclamación que estaba esperando.
    – ¡Pero qué veo! -gritó Skarre-. ¿No eres tú, Konrad?
    Miró sorprendido a su jefe. Sejer había decidido tomárselo con mucha calma. Se echó a reír. Gurvin los miró sorprendido.
    – Ya lo creo que soy yo. Me encontraba en la calle peatonal, camino del trabajo, cuando se me metió en la cabeza la idea de que un hombre que venía en dirección contraria parecía sospechosamente un atracador de banco. De modo que me di la vuelta para observarlo. Lo vi meterse en el banco, y lo seguí.
    – ¿Y…?
    – Como ves en el vídeo, eché un vistazo al local por dentro, vi a la joven, comprobé que todo estaba tranquilo y volví a salir.
    Los miró resignado.
    – Simplemente me marché.
    La risa de Skarre sonó como cascabeles. En ese momento, Gurvin sintió en lo más profundo de su alma la falta de sus compañeros.
    – En cuanto salí del banco, el tío dio el golpe. Mirad esto.
    Vieron cómo el atracador cruzaba el local y cogía a la rehén. Un instante después se oyó el tiro. Gurvin se quedó sin aliento. Pestañeó varias veces y los miró, incrédulo.
    – Tenemos que encontrar a esa chica -dijo Sejer-. Si no logramos liberarla, podría ponerse de moda el tomar rehenes. Es de lo peor que puede suceder. Y como esta cinta es tan mala, resulta casi imposible identificarla si alguien nos notifica su desaparición en el transcurso del día. Y, sin embargo… -rebobinó y volvió a pasar la cinta una vez más-, hay algo que no me cuadra.
    – ¿El qué? -preguntó Skarre.
    – Su reacción. O mejor dicho, su falta de reacción. No grita, no mueve los brazos. Parece como si estuviera en una especie de trance. O, por decirlo con otras palabras, no se sorprende. Como si el atraco fuera algo que estuviera esperando. Tal vez lo hubieran planeado juntos.
    Skarre lo miró extrañado.
    – ¿Y si fuera un plan acordado entre los dos? ¿Y si ella fuera su novia?
    – Dudo que sea su novia -murmuró Gurvin con voz poco clara mientras miraba fijamente la pantalla oscilante.
    – Ese rehén es un hombre. Y su nombre es Errki Johrma.

    De repente descubrió la verdad. Fue como un mazazo. ¡Se había llevado a un loco!
    Conducía a la velocidad a la que se podía ir sin llamar la atención y controlaba en todo momento el tráfico por el espejo retrovisor. Su pulso seguía muy acelerado, su cuerpo tenso y solo renovaba el aire de la parte superior de los pulmones. Eso le hacía sentirse mareado. Miró de reojo al hombre que estaba a su lado.
    – Vuelvo a preguntarte. ¿Qué hacías en el banco tan temprano?
    Errki oyó sonar los tambores. Tocaron un redoble rugiente muy desacompasado. No contestó. Abrió y cerró las manos, y se puso a mirar el suelo del coche como si estuviera buscando algo. Las palabras desaparecieron con el ruido de los tambores. No moverse, no decir nada. Se meció un poco en el asiento y cerró los ojos.
    – ¡He dicho que qué coño hacías en el banco tan temprano!
    Ahora Errki oyó la voz colérica. El tío tenía miedo. Se fijó bien en ese punto y empezó a formular una respuesta en la mente. Néstor escuchó sus pensamientos, tenía que aprobar la respuesta antes de que él la soltara. Por eso tardaba. Néstor era muy minucioso. Néstor era…
    – ¿Estás sordo, tío?
    ¿Estoy sordo?, pensó Errki. Esta era una nueva pregunta que requería una nueva respuesta. Dejó la primera de lado y se puso a trabajar con la segunda. Néstor seguía escuchando. El Abrigo seguía callado. No, pensó, oigo bien. Oigo el pulso latiendo en sus venas, porque en este momento la presión es demasiado grande, y él está gastando muchísima energía en algo tan sencillo como entrar en contacto conmigo. ¿Pero querrá una respuesta que no esté bien meditada? ¿No es mostrarle respeto el tomarse el tiempo necesario para pensar en la respuesta? Por otro lado, ¿se merece ese respeto? ¿O ningún respeto en absoluto?
    Sacarle dinero a la fuerza a una joven no era ninguna proeza, al menos eso pensaba Errki. Además, iba armado. Pero era obvio que el hombre estaba satisfecho con su hazaña. Le presionaba tanto que sus mejillas le abultaban mucho. Ahora necesitaba aliviar la presión.
    – ¿Vas a contestarme o qué?
    La voz, un buen tenor, era destruida por los tambores que mezclaban las palabras del hombre y le daban un matiz chirriante. Una pena, pensó Errki. Los hombres se preocupaban por otras cosas y no por sus voces: los músculos, el peinado, llevar la marca correcta de vaqueros, cosas miserables. Errki descubrió que era capaz de llevar a un hombre adulto al borde de la locura sin tener que esforzarse nada, simplemente manteniéndose callado. Resulta difícil para la gente no recibir respuestas. No saber quién eres, qué eres. Errki seguía callado.
    A su lado, el atracador respiraba con dificultad. Tenía el pelo mojado de tanto esfuerzo. Miró por el espejo, frenó, se salió a la cuneta y se detuvo. El motor seguía en marcha. Echó un rápido vistazo a Errki y resopló entre dientes:
    – Tengo que quitarme algo de ropa. ¡No intentes escaparte!
    Errki no tenía intención de escaparse. El revólver le molestaba. Lo notaba como un rayo picante contra el cuerpo. Pero en ese momento, el atracador dejó el arma en el salpicadero, sobre el volante. Tuvo que hacer grandes esfuerzos para quitarse con los guantes puestos el jersey y luego los pantalones de pana. El coche era pequeño, no resultaba fácil. Suspiraba y maldecía, sobre todo al quitarse los pantalones. Por fin lo logró, sudaba más que nunca. Se dejó puesto algo que debía de ser una especie de ropa de camuflaje, pensó Errki. Néstor se reía por lo bajo desde el Sótano. Debajo de los pantalones de pana llevaba un pantalón corto de colores chillones, con dibujos de frutas y palmeras. Y una camiseta azul con Donald escrito sobre el pecho. De repente se inclinó por encima de Errki y abrió la guantera. Encontró un par de gafas de sol que se colocó sobre la nariz. El atuendo era perfecto. Errki no podía dejar de mirarlo. Ese hombre fuerte tenía un aspecto curioso con el pantalón corto rojo. Luchó por controlar la voz.
    – ¡De esto no tienes ni idea, así que puedes callarte! ¡Cállate hasta que te hablen!
    Errki no había dicho ni una sola palabra y, a pesar de la chaqueta de cuero y el pantalón negro, no estaba sudando. Se esforzaba por mantenerse sentado sin moverse. Cuando estaba inmóvil, era casi invisible.
    – ¡Joder, cómo apestas!
    El atracador resopló por los orificios de la nariz para mostrar su repugnancia y abrió la ventanilla aún más. Errki se preguntó si el hombre deseaba una respuesta a esa exclamación, o si simplemente estaba vomitando un poco de mierda. Por si acaso, siguió callado. Además, Néstor estaba cantando en voz baja una canción religiosa muy bonita, y ahora que por fin estaba de buen humor, más valía disfrutarlo. No pensó mucho en adónde se dirigían o qué pasaría más adelante. Empleó todas sus fuerzas en encerrarse en sí mismo, dejando fuera todo lo demás: ese hombre, ese momento, ese revólver. Pero era incapaz de dejar quietas las manos. Se abrían y cerraban una y otra vez, cada vez más deprisa.
    – ¡Estate quieto con las manos! -gritó el atracador alterado-. Parece enfermizo. ¡Joder, me estás volviendo loco!
    Errki comenzó a mecerse en lugar de abrir y cerrar las manos. Allí, en el coche, resultaba imposible hacerse invisible pues llevaba en el asiento de al lado una tormenta que no se calmaría pronto. Intentó darse la vuelta para no verlo y se puso a mirar por la ventanilla. Los tambores le cansaban los oídos. Agitó levemente una mano para hacerle callar.
    – A lo mejor no te interesa el dinero -dijo el atracador, ya un poco más calmado-. ¿Acaso no entiendes para qué es?
    Errki escuchaba. El otro había bajado la voz. Parecía haber vuelto a la realidad, pues esa pregunta conllevaba algo de curiosidad. Interesarle el dinero. Pues sí, en cierto modo. Pero ya tenía unas cuantas coronas en el bolsillo. La respuesta era a la vez que sí y que no. ¿Debería contestar a eso?
    – Me parece que te has escapado de alguna institución. Es duro tener que seguir el juego. Muchos se fugan. Y luego vuelven con el rabo entre las piernas. ¿Y tú? ¿Eres uno de ellos?
    Eres uno de ellos. La pregunta era casi conmovedora en todo su interés disimulado para averiguar quién era él. Errki volvió a cerrar los ojos. La ciudad iba desapareciendo lentamente tras ellos. Malas intenciones o ninguna. Descubrió que era incapaz de saber en qué casilla colocar a ese hombre. Guisantes, carne y tocino, pensó; sangre, sudor y lágrimas. Resultaba inquietante.
    El camino se empinaba. Más adelante, en lo más alto de una elevación del terreno, a la izquierda, había una especie de mirador. Lo reconoció, conocía bien esos parajes. Era esta una de las muchas carreteras por las que había andado durante años. Primero tuvieron que atravesar un túnel, y una repentina oscuridad se posó sobre el vehículo. El conductor se puso nervioso, como si temiera un ataque súbito. Iba conduciendo con el revólver en la mano derecha. De pronto se quitó violentamente las gafas de sol al darse cuenta de la oscuridad. Y enseguida volvieron a salir a la luz. Errki parpadeó varias veces. Solo quedaba un kilómetro hasta la barrera. El hombre tendría que pararse a pagar el peaje o forzar la barrera. En realidad, no era más que un palo de madera, pintado de rojo y blanco. Al parecer, el conductor había pensado lo mismo. Empezó a reducir la velocidad.
    – ¡No intentes hacer ninguna tontería! -gruñó.
    Errki ni soñaba con hacer alguna tontería. Solo intentaba estarse muy quieto, hacerse invisible, pero su cuerpo, incapaz de obedecer, vivía de alguna forma su propia vida.
    El conductor frenó. Había tomado una decisión. Giró de repente a la izquierda y emprendió la subida hacia el mirador. Errki no estaba seguro de lo que haría el otro cuando llegaran arriba, pero todo estaba tranquilo. Aún era temprano y seguro que no habría ni un alma allí. El atracador apretó con fuerza el revólver y se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano. El coche iba levantando polvo y arena conforme subía por la ladera. La carretera principal quedaba ya lejos, y los coches que circulaban por ella parecían juguetes de colores alegres allí abajo. Dio un último giro cerrado y acercó el coche a la barandilla. Desde allí podían ver la barrera de la carretera. Y la vieron los dos al mismo tiempo. Dos coches de policía estaban aparcados justo antes de la caseta de peaje. Se oyó un respingo y, a continuación, una especie de resoplido al soltar el atracador el aire por entre los dientes apretados. Dio marcha atrás y se alejó de la barandilla. Volvió a parar. El atracador se puso a dar golpes en el volante con el revólver. Errki podía escuchar el caos que reinaba en la cabeza del otro. Se estaba inflando, el sudor estaba a punto de saltarle de la frente, y el corazón trabajaba al límite de lo que era capaz de aguantar. Un minúsculo corte en la arteria carótida en ese momento, y la sangre saldría como un rayo rojo que llegaría hasta la barrera.
    – Vale, compañero. ¿Qué sugieres tú?
    Compañero. Era una petición miserable. El pobre estaba desconcertado, resultaba inaguantable. Errki quería escapar. Volvió con cuidado la cabeza y miró hacia el bosque. Algo parecido a un camino forestal serpenteaba hacia su interior. Se movió rápida y casi imperceptiblemente, pero el atracador se dio cuenta. También él miró. Giró el coche y volvió a cruzar la plazuela. Al principio, el camino era lo bastante ancho para un coche durante unos quince o veinte metros, luego se estrechaba hasta convertirse en un sendero. Cuando se paró, el coche ya no era visible desde el mirador, sino que quedaba oculto por el espeso follaje. Se volvió y cogió la bolsa del asiento de atrás.
    – Vamos a dar un paseo.
    Errki se quedó sentado. El atracador abrió, dio la vuelta al coche y agitó el arma.
    – Tú primero. El camino está seco y sin problemas. Yo puedo esperar aquí dentro hasta que se haga de noche. Esos coches de policía no se quedarán ahí mucho rato, no tienen gente suficiente para eso. ¡Venga ya! ¡Deprisa!
    No moverse, no decir nada. Desde lejos oyó que el Abrigo se había despertado y empezaba a agitarse. Néstor le estaba poniendo al día de los últimos detalles. Sus risas rugían dentro de él con tanta fuerza que su cuerpo vibraba. Se puso una mano sobre el pecho para atenuar la presión.
    – ¿Qué te pasa? No hace falta que te hagas el enfermo. A mí no me engañas. ¡Sal ya, joder!
    Errki salió con dificultad. El atracador fue hasta la parte de atrás del coche, abrió el portaequipajes y miró dentro. En un instante de locura, Errki temió que lo encerrara en ese minúsculo espacio donde no podría moverse ni ver nada. Pero el atracador removió lo que había dentro y sacó algo, una especie de paquete de plástico. Lo abrió y extrajo una lona. Miró el follaje verde. La lona también era verde. Luego miró a Errki.
    – Pon esto sobre el coche. Hay que fijarla por abajo con unos ganchos. Así el coche será casi invisible. Cuanto más tiempo tarden en encontrarlo, mejor.
    Le puso la lona en los brazos y Errki se quedó con la tela verde en las manos. La lona, que era de nailon, fina, lisa y difícil de manejar, se le escapó y cayó al suelo.
    – Venga. Primero tienes que abrirla bien, y luego la colocas sobre el coche.
    Errki dejó la tela verde en el suelo y empezó a desdoblar las esquinas, en las que había una pequeña correa con un gancho de metal. Luego la levantó de un lado e intentó colocarla sobre el capó. Volvió a caérsele. Nunca había tenido entre las manos una cosa tan asquerosa como esa tela verde y lisa, era repugnante.
    – ¡Eres un inútil, joder!
    Errki lo intentó de nuevo. Notaba la culata del revólver como un pinchazo en el costado. Por fin logró que se quedara quieta sobre el techo, pero en el momento de intentar ajustarla por los lados, la lona volvió a caer al suelo. El atracador gruñía y sudaba ante tanta torpeza. Se metió el revólver en la tirilla del pantalón, arrebató la lona violentamente a Errki y la colocó en cuestión de segundos. Luego volvió a coger el arma.
    – A ti hay que devolverte cuanto antes al manicomio, tío. ¿Eres capaz de vestirte solo o qué? ¿O andas siempre con la ropa puesta? Eso parece. Venga ya, vamos otra vez de paseo.
    Por fin, Errki pudo andar. En eso era bueno, podía andar durante horas. Seguía un ritmo que le calmaba, contoneándose y meciéndose ladera arriba. Detrás iba el atracador, con el revólver apuntando y la bolsa al hombro. La bolsa con el dinero. El sendero se iba estrechando, el bosque se cerraba silenciosamente en torno a ellos, solo les llegaba un pequeño rayo de luz a través de tanta hoja. El atracador se relajó. Se sentía más seguro lejos de la gente. Nadie podía verlos allí. Debería haber pensado en ello antes. No buscarían en el bosque, se limitarían a controlar las carreteras y los coches.
    Y había cumplido con su promesa. Tenía el dinero.
    Errki daba pasos largos, y el atracador lo seguía sin aliento. Hacía calor y la bolsa pesaba. Dentro había un transistor, una botella de whisky para celebrarlo, una caja de munición y el dinero.
    – Relájate ya, nadie nos persigue.
    Pero Errki seguía andando. Oía cómo al otro le costaba seguirlo. Respiraba con dificultad al cabo de solo unos cientos de metros. La subida era pronunciada y el terreno bastante difícil.
    – ¡Oye, tú! ¡Yo soy el jefe!
    Tres tambores tocaron muy desacompasados. Errki oyó a Néstor escupir una flema, lo que sería su comentario a lo que el atracador acababa de decir. Siguió andando, sin aflojar el paso. Errki solo tenía una velocidad, o andaba, o estaba tumbado descansando. Y, sin embargo, avanzaban con más lentitud porque el sendero era cada vez más empinado. Desde arriba podrían ver la carretera nacional y comprobar si la policía seguía allí. Echaba el cuerpo delgado hacia los lados al andar, el otro hombre andaba como a sacudidas. Tenía más músculos que Errki, pero menos resistencia. Poco a poco, también el atracador fue cogiendo un ritmo. Además, los músculos se le habían calentado. Y llevaba una bolsa llena de dinero. Tuvo un acceso de euforia y decidió compartir su alegría con el loco. Carraspeó ruidosamente.
    – ¿Cómo te llamas? -gritó.
    La voz era casi amable. La pregunta dejó en el aire un toque débil, como si la piel del tambor se hubiera aflojado. Errki callaba y seguía andando. La pregunta parecía inocente, pero nunca podía saberse. Néstor estaba en cuclillas, mirándole desde la penumbra. El fuego de sus ojos ardía con una llama azul baja.
    – ¡Al menos puedes contestarme a eso! ¿No? -prosiguió el hombre a sus espaldas ofendido-. Si no contestas, creeré de verdad que eres mudo o algo por el estilo. ¿O es que eres extranjero? Tienes pinta de ser extranjero. Gitano, por ejemplo. ¡Contéstame, coño!
    Errki giró a la izquierda para evitar un enorme álamo blanco que estaba tirado sobre el sendero. Se abrió camino entre los matorrales, apartando ramas y hojas con sus flacos brazos. El hombre que le seguía debía hacer aún más esfuerzos pues tenía que sostener la bolsa con una mano, y el revólver con la otra. Ni por un instante pensó en meter los brazos por las asas y llevar la bolsa como si fuera una mochila. Estaban de nuevo en el sendero y podían ver cómo el bosque se aclaraba más arriba.
    – Ya que eres tan parco en palabras, coño, yo seré algo más generoso.
    Errki oyó cómo el atracador se paraba detrás de él.
    – Me llamo Morgan.
    Errki escuchó. Dijo Morgan con consonantes agudas, como si ese nombre fuera algo que había deseado tener desde hacía tiempo. Seguro que no se llamaba así. Néstor se rió por lo bajo. Sonaba como cuando alguien echa un vino caro en una copa con gran devoción. Podrías decir lo que quisieras de Néstor, pero tenía estilo. Errki continuó andando incansablemente y oyó al otro, al que quería llamarse Morgan, gritar tras él.
    – Hagamos un pequeño descanso. ¡No tenemos prisa!
    Sigue andando. No usará el revólver.
    Errki se volvió. Morgan lo miró a la cara y pensó en un trozo de granito. No sonreía, no temblaba, tenía una expresión completamente inanimada. Ni siquiera parpadeaba. Se le extendió por dentro una fuerte sensación de malestar. Ese cabrón que andaba como una máquina era una piedra dura. ¿Quién coño era?
    – Párate arriba en la pequeña colina. Vamos a descansar un poco.
    Haz lo que te digo. Enfermedad, muerte y miseria.
    Néstor susurraba entre los finos labios. Errki obedeció. Puso rumbo hacia una pequeña colina gris, a unos veinte o treinta metros de distancia.
    Morgan estaba agotado. No tenía el control total que creía que le daría el arma. Tuvo que soltar algo de veneno.
    – Perdona que te lo diga. ¡Pero joder, andas como una mujer!
    Errki se detuvo en seco. Un pensamiento le llegó a la cabeza.
    No provoques al cocodrilo hasta que hayas cruzado el río.

    Sejer miró como paralizado a Gurvin.
    – ¿Puedes repetir eso?
    – Puedo, pero has oído bien.
    – ¿Estás diciendo que el rehén es el paciente fugado del hospital psiquiátrico de Varden, el mismo al que estamos buscando por el asesinato de Halldis Horn?
    Gurvin hizo un gesto con las manos.
    – Estoy seguro. El atracador se habrá llevado un buen susto.
    Sejer tuvo que mirar por la ventana para asegurarse de que el paisaje seguía como siempre. ¿Cuál era entonces la situación? Miró a Gurvin.
    – ¿Y es peligroso?
    – No sabemos con seguridad.
    – ¿Cuándo se fugó exactamente?
    – Antes de ayer por la noche. A través de una ventana.
    Sejer volvió a poner en marcha el vídeo y lo paró en la imagen bien enfocada del rehén.
    – Creía que era una chica -murmuró.
    – Es comprensible -dijo Gurvin-. Es por la manera como sostiene la cabeza, por su forma de andar y por el pelo largo.
    – ¿Lleva mucho tiempo enfermo?
    – Desde que puedo recordar.
    – ¿Esquizofrenia?
    – Seguramente.
    Sejer se levantó y dio unos pasos para digerir la información.
    – Pues sí, en ese caso el atracador se habrá llevado una sorpresa. De modo que buscamos a dos hombres, el uno, un enfermo mental grave y tal vez asesino, y el otro, un atracador desesperado y armado. Vaya pareja. Tal vez acaben juntos.
    – Nadie se junta con Errki.
    Sejer lo miró con gesto grave.
    – ¿El psiquiátrico de Varden? ¿Has hablado con su médico?
    – Con una enfermera, que confirmó que se había escapado.
    – Y ese chiquillo que lo encontró, el que lo vio en el lugar de los hechos, ¿es de fiar?
    – Probablemente no. Vive en la Colina de los Muchachos. Pero en lo que se refiere a esto, estoy bastante seguro. Admito que dudé cuando vino a verme a la oficina. Daba la impresión de ser algo maniático. Pero lo que dijo resultó ser verdad. En cuanto a Errki, no hay ninguna duda. Y el chico sabe muy bien quién es Errki.
    – ¿Qué hacía en el banco tan temprano? ¿Fue a que le pagaran la pensión de invalidez?
    – Ni idea. Puedes contar con que el atracador le ha hecho la misma pregunta y seguramente no ha recibido ninguna respuesta sensata. Me gustaría saber lo que están haciendo esos dos en este momento. No me alcanza la imaginación -dijo Gurvin con cara seria.
    – Si es que siguen juntos. Tal vez haya soltado a Johrma de puro susto.
    – No me extrañaría.
    – Y claro, si eso fuera cierto, no vendría aquí a entregarse. ¿Cómo demonios debemos afrontar este caso?
    Abrió una carpeta que había sobre la mesa, y leyó en voz alta:
    – Un Renault Megane blanco nuevo fue robado en Frydenlund esta madrugada. Esos dos se marcharon en un coche parecido, puede que sea este. Tal vez hayan cambiado de coche. Puede que haya soltado a Johrma. Ojalá sea así.
    Los otros dos estaban callados. Un atracador podía ser muchas cosas, rara vez eran peligrosos, pero nunca podía saberse.
    – ¿A Johrma se le puede interrogar?
    Gurvin se encogió de hombros.
    – Supongo que sí, con un médico presente. Pero dudo que conteste a nuestras preguntas. Al menos, respuestas que podamos comprender. Y si realmente lo hizo, no creo que sea condenado por ello.
    – Supongo que no.
    Sejer se frotó con fuerza los ojos y volvió a abrirlos.
    – ¿Estaba ingresado contra su voluntad?
    – Sí.
    – O sea, que representa un peligro para los demás.
    – No sé mucho sobre eso. Puede que sobre todo sea un peligro para sí mismo.
    – ¿Intento de suicidio?
    – Ni idea. Tendrás que hablar con su médico. Lleva varios meses en ese hospital y supongo que le habrán encontrado algo. Aunque dudo mucho que se pueda sacar algo en limpio de un tío así. Me da la impresión de que es un caso crónico. Ya era diferente de pequeño.
    – ¿Los padres viven?
    – El padre y la hermana. En Estados Unidos.
    – ¿Errki tiene una casa propia?

    – Un piso para pensionistas por invalidez. Ya lo hemos investigado. Me he puesto en contacto con uno de los vecinos, que prometió avisarnos si Errki aparece. Pero, por ahora, no ha ido por allí.
    – ¿Es finlandés?
    – Lo es su padre. Errki nació y se crió en Valtimo. Vinieron a Noruega cuando Errki tenía cuatro años.
    – ¿Ha estado metido en temas de droga?
    – No, que yo sepa.
    – ¿Físicamente fuerte?
    – En absoluto. Sus fuerzas están en otra parte -contestó Gurvin, llevándose el dedo a la frente.
    Skarre miró con atención la pantalla, intentando captar los ojos bajo el pelo negro, pero todo fue en vano.
    – De alguna manera lo entiendo mejor ahora, viendo el vídeo -dijo-. Su comportamiento no es el de una persona que acaba de ser atracada en un banco y tomada como rehén. No opone ninguna resistencia. No dice ni una palabra. ¿Qué crees tú que pasa por su cabeza?
    Skarre miró a Gurvin y señaló la pantalla.
    – Está escuchando algo.
    – ¿Voces interiores?
    – Eso parece. Yo lo he visto varias veces andar moviendo la cabeza, como si estuviera escuchando un diálogo interior.
    – ¿Pero nunca habla?
    – Rara vez. Habla de una manera extraña, solemne. La gente no suele entender lo que dice. Y ese tipo desesperado con pasamontañas, seguro que tampoco lo ha entendido si es que han intercambiado alguna palabra, cosa que no sabemos.
    – ¿Conoce bien esta región?
    – Muy bien. Siempre anda vagando por los caminos y carreteras. Alguna vez hace autostop, pero poca gente se atreve a parar. Le gusta viajar de acá para allá en autocar y en tren, estar en movimiento. Duerme donde le conviene. En un banco del parque, en el bosque, en la parada del autobús.
    – ¿No tiene ningún amigo?
    – No quiere tenerlos.
    – ¿Se lo has preguntado? -preguntó Sejer en tono brusco.
    – Nadie pregunta nada a Errki. Todo el mundo se mantiene lejos de él -contestó Gurvin con sencillez.
    Sejer se quedó pensativo. El sol brillaba en su pelo canoso cortado al cero. A Gurvin le recordaba a los ascetas griegos, lo único que le faltaba era la corona de laurel alrededor de la cabeza. Estaba absorto en sus pensamientos mientras se rascaba un codo con aire distraído.
    – Yo creía que en el manicomio de Varden solo había viejos -dijo por fin.
    – Antes sí -contestó Gurvin-. Ahora tienen un área de psiquiatría juvenil, repartida en cuatro secciones, una de las cuales está protegida, o cerrada, como decimos aquí. He estado allí una vez, con un chico de la Colina de los Muchachos.
    – Tendré que averiguar quién es el médico de Errki para hablar con él. ¿Por qué resulta tan difícil saber si es peligroso o no?
    – Corren muchos rumores.
    Gurvin lo miró.
    – Es de ese tipo de personas a quien todo el mundo echa la culpa por cualquier cosa que suceda. No conozco ni una situación en la que haya estado implicado que pueda considerarse delictiva, excepto subir sin billete al tren y robar en las tiendas. Yo ya no sé muy bien.
    – ¿Qué roba?
    – Chocolate.
    – ¿Y no tiene ningún contacto con su familia?
    – Errki no quiere verlos, y ellos tampoco pueden ayudarlo. El padre ya lo da por imposible. No se lo reprocho. La verdad es que no existe esperanza ninguna para Errki.
    – Más vale que el médico de Errki no te oiga decir eso -dijo Sejer en voz baja.
    – Es posible. Pero lleva enfermo toda la vida. Al menos, desde que se murió la madre, hace dieciséis años. Eso quiere decir algo.
    Sejer se levantó y empujó la silla hacia la mesa.
    – Vamos a tomar un café, y cuéntame todo lo que sepas.

    Kannick estaba sentado en la cama como un majestuoso Buda. Asombraba a sus oyentes, sentados en semicírculo en el suelo, con su facilidad para sentarse con las piernas cruzadas, a pesar de sus kilos. Al principio, nadie lo creyó. ¿Cómo iban a creer que Kannick había encontrado un cadáver arriba, en el bosque? ¿Y encima, un cadáver hecho pedazos? Al menos eso decía. Hecho pedazos. Sobre todo le resultó difícil a Karsten, el mayor de los chicos, que poseía una especie de monopolio de la verdad. La expresión de su cara cuando la directora de la casa, Margunn, confirmó la historia, se mantenía viva dentro de Kannick. Fue uno de sus grandes triunfos. Ahora todos querían escucharlo de boca de Kannick, con todo lujo de detalles. Pero llevaban el tiempo suficiente en la Colina de los Muchachos como para saber que nada es gratuito en este mundo, y los regalos se amontonaban sobre la colcha delante de él: tabletas de chocolate, una bolsa de patatas con sal y pimienta y una cajita de bombones. Pendiente: diez cigarrillos y un mechero de los corrientes. Todos estaban esperando con los ojos brillantes, así que Kannick tenía muy claro que no se contentarían con informes escuetos y correctos. Buscaban sangre, ni más ni menos. Además, conocían a Halldis. No se trataba de una pequeña nota en la prensa, se trataba de un ser de carne y hueso. Al menos, ella lo había sido.
    A Kannick le habían prohibido hablar demasiado sobre el asesinato.
    Margunn quería evitar que los chicos se excitaran. Ya eran de por sí irascibles y, con los pocos recursos con que contaba la institución, le costaba mucho esfuerzo mantener bajo control a ese grupo tan variopinto.
    Kannick cerró sus oscuros ojos azules. Decidió comenzar por Simon y acabar por Karsten. Simon no tenía más que ocho años y parecía un ratoncito de chocolate medio derretido, igual de gracioso, oscuro y blandito.
    – Iba por ahí con el arco- empezó Kannick, clavando sus ojos en los marrones de Simon.
    – Y acababa de matar una enorme corneja con la segunda flecha. Tengo dos flechas en un bolsillo secreto de la maleta. Las he encargado de Dinamarca. No se lo digas a nadie. No están permitidas en Noruega -dijo, dándose importancia.
    Karsten adoptó esa expresión de sufridor que solo él sabía adoptar.
    – El pájaro cayó como un saco de azúcar y aterrizó a mis pies. No se veía ni un alma en el bosque, pero tenía la incómoda sensación de que había alguien cerca. Ya me conocéis. Sabéis que siempre ando por el bosque. Noto en la sangre cuando algo se está fraguando. Tal vez porque siempre estoy en contacto con el reino de los animales.
    Tomó aliento, bastante satisfecho con ese dramático prólogo. Simon le seguía. Nadie se atrevía a suspirar, por miedo a que Kannick perdiera el hilo.
    – Dejé la corneja donde estaba y empecé a bajar hacia la granja de Halldis.
    Ahora se volvió hacia Sivert, un chico pecoso de once años con una trenza en la nuca.
    – Todo estaba en silencio. Halldis siempre se levanta muy temprano, de modo que fui a ver si la veía. Se me ocurrió que podría pedirle un vaso de zumo o algo así. No había ni un alma, pero las cortinas estaban abiertas, y pensé que a lo mejor estaba tomando café y leyendo el periódico, como siempre hacía.
    Jan Farstad, apodado Jaffa, miró a Kannick a los ojos, esperando con gran emoción.
    – Y entonces -prosiguió Kannick- también tendría la posibilidad de pedirle una rebanada de pan, hecho por ella, y queso. Una vez llegué a comerme ocho rebanadas, y porque no quiso darme más.
    Parpadeó varias veces al recordar ese triste suceso.
    – ¡Al grano, tío! -gritó Karsten, mirando los bombones, su propia aportación, que estaban sobre la colcha.
    – Lo vi nada más dar la vuelta al pozo. Y os digo -tragó saliva- que lo que vi se me quedará grabado en la mente para el resto de mi vida.
    – ¿Pero qué viste? -preguntó Karsten con voz aguda. Era el único de los chicos con amago de bigote y un incipiente acné alrededor de la nariz.
    – ¡Vi el cadáver de Halldis Horn! -gritó Kannick, tomando aliento, pues tenía por costumbre olvidarse de respirar-. Estaba tumbada boca arriba en la puerta de su casa, con una azada clavada en el ojo. Y por el agujero chorreaba pura masa cerebral. Parecía arroz con leche. Sus ojos adquirieron de súbito una expresión ausente.
    – ¿Qué quiere decir masa cerebral? -preguntó Simon en voz baja.
    – El cerebro, tío -dijo Karsten desesperado.
    – Pero un cerebro no puede chorrear, ¿no?
    – Ya lo creo que puede, chorrea de puta madre. ¿No sabías que lo que tienes entre las orejas es como una sopa?
    Simon estaba jugueteando con un hilo de su camisa y no desistió hasta que lo rompió.
    – Yo he visto un cerebro en un frasco de cristal, y no chorreaba nada.
    Su voz sonaba ofendida y, a la vez, un poco preocupada por haberse atrevido a protestar en medio de ese grupo de gente tan experimentada. Cuando eres el más pequeño es que eres el más pequeño.
    – Que no, no chorreaba, tonto, porque estaba coagulado. Y entonces se vuelve más o menos como una seta que se puede cortar en láminas finas. Lo he visto en la tele.
    – ¿Qué quiere decir coagulado?
    – Cuajado -contestó Karsten-. Le echan algo para que se cuaje. Pero no tendrán que hacer eso con el cerebro de Kannick, porque ya está cuajado.
    – ¡Cállate ya! Deja acabar a Kannick.
    Esta vez fue Philip quien interrumpió. Si esos dos empezaban a discutir, corrían el peligro de no oír el final de la historia. Margunn podía llegar en cualquier momento. No es que ella pensara de verdad que Kannick no iba a contar nada, pues los conocía bien. La cuestión era cuánto tiempo tenían por delante, para cuántos detalles.
    Kannick esperaba con la paciencia de un cura, mientras miraba de reojo los beneficios reunidos sobre la colcha. Decidió empezar por los bombones.
    – El cuerpo ya había empezado a pudrirse -prosiguió, recalcando la palabra pudrirse.
    – ¿Qué?
    Karsten resopló por la nariz.
    – ¡No digas chorradas! Un cadáver tarda varios días en empezar a pudrirse, ¿sabes? Si Errki aún no había tenido tiempo de alejarse, no vengas a decirme que…
    – ¿Sabes el calor que hacía en el bosque?
    Kannick se echó hacia delante en la cama con la voz temblorosa de indignación.
    – Se pudre en minutos con este calor.
    – No tienes ni idea. Se lo preguntaré a los polis, si es que vienen. Pero no debes de ser muy importante para el caso, Kannick, porque si lo fueras, ya estarían aquí.
    – El agente dijo que vendrían seguro.
    – Ya lo veremos. Pero deja ya lo de la putrefacción, porque no nos lo creemos. Además, he pagado para que me cuentes la verdad.
    – ¡Vale! Puedo saltarme las cosas peores. Al fin y al cabo, hay niños presentes. Pero volvamos a la azada…
    – ¿Qué clase de azada era?
    Era Philip quien había preguntado de nuevo.
    – Una de esas que se usan para cavar la tierra, para sacar patatas y las malas hierbas. Parecía un hacha, con el mango más largo. En realidad podría haber sido un hacha, porque faltaba muy poco para que la cabeza estuviera partida en dos. Y el ojo se había desprendido y le colgaba por la mejilla, hecho una piltrafa, y…
    Karsten puso los ojos en blanco.
    – Has visto demasiadas películas. Háblanos de Errki -dijo.
    – ¿Quién es Errki? -preguntó Simon. Venía de otra ciudad y no llevaba mucho tiempo en la casa.
    – El terror del bosque -se mofó Karsten, explotándose un grano.
    – Escapará de esta también. Siempre se libra. Además, está completamente chiflado y a los chiflados nunca se les condena. Están encerrados en manicomios tomando pastillas, y luego vuelven a salir y vuelven a matar. Si a ese tío le pusieran una camisa de fuerza, mataría con los dientes.
    – ¿Volverá a salir? -preguntó Simon preocupado.
    – Está fuera, tonto. Aún no lo han encontrado.
    – ¿Dónde, fuera?
    – Justo aquí arriba, en el bosque.
    Simon lanzó una mirada asustada por la ventana a las copas de los árboles.
    – Errki está loco. Pero estar loco no es lo mismo que ser tonto -explicó Kannick meditabundo-. Se dio cuenta de que lo vi. Tal vez venga a por mí. En realidad, deberían haberme puesto protección policial.
    Les lanzó una mirada preocupada para ver si este último dato realmente les había llegado, si sabían lo que significaba tener una amenaza de ese tipo sobre la cabeza. Un loco vengativo pegado a tus talones. No podía ser peor.
    – Bah. Estará ya muy lejos de aquí. Como has dicho, tonto no es. ¿Qué pinta tenía? -quiso saber Karsten-. ¿Estaba manchado de sangre?
    – Estaba detrás de un árbol -dijo Kannick en voz baja-. De pie y con una postura muy rara, con las manos caídas y la mirada clavada en algo. Tiene unos ojos muy raros. Se parecen a los de los perros groenlandeses de mi tío. Son como blancos, igual que los de un pez muerto.
    Recordó el terrible momento en que se encontraba delante de la casa de Halldis, con el corazón palpitante, mirando asustado hacia el bosque, a los árboles oscuros, y de repente divisaba esa extraña figura entre los troncos. Primero estaba inmóvil, pero luego se movió, y algo negro se inclinó hacia delante. Entonces vio que era una cara. Una cara blanca de mirada intensa. El mismo diablo no podría haber asustado más a Kannick. Corrió como una liebre camino abajo, quiso tirar la maleta con el arco, pero no pudo, y siguió corriendo sin mirar hacia atrás.
    – ¿Ha matado a alguien antes? -quiso saber Jaffa, mientras libraba su cuerpo de la postura del loto para estirar sus piernas entumecidas.
    – Empezó con su propia madre. Y luego siguió con ese viejo, cerca de la iglesia -afirmó Kannick muy seguro de sí mismo-. Y sin embargo, el tío anda suelto. Es terrible colocar un lugar como este -prosiguió, abarcando con la mirada la habitación y el patio-, una casa llena de menores en un pueblo en el que vive un asesino en serie.
    – Estúpido -dijo Karsten con énfasis-. Este hogar estaba aquí primero, y luego Errki se volvió loco.
    – Pero entonces, ¿por qué no lo encerraron?
    – Lo encerraron. Pero se ha fugado. Seguro que golpeó al vigilante nocturno y robó las llaves.
    Simon tenía ya demasiadas cosas en qué pensar. Se acercó a Karsten y se inclinó hacia él.
    – Relájate, Simon. Tenemos cerrojos en la puerta -lo tranquilizó el mayor de los chicos.
    – Además, Errki es de los que nunca se quedan en ninguna parte. Anda sin parar. En este momento estará camino de la ciudad para matar a alguien allí.
    – ¿A quién? -gimoteó Simon.
    – A cualquiera. Ese tipo no necesita odiar a nadie para matarlo.
    – Entonces ¿por qué mata?
    – Porque tiene que hacerlo. Es una necesidad interior.
    Simon quería preguntar por lo de «necesidad interior», pero no se atrevió. Kannick cogió la caja de bombones y la abrió. Quitó el cartón ondulado y la hizo pasar generosamente. Su nueva posición le abrumaba. Nunca nadie había estado sentado tanto tiempo escuchándolo solo a él. Los chicos se sirvieron lo que pudieron y, por un momento, todos callaron mientras masticaban ruidosamente el chocolate. Karsten estaba de morros. No superaba no haber descubierto él el cadáver ni que fuera ese tonto de Kannick, que era dos años menor que él y además obeso, el que hubiera visto a una persona muerta. Ninguno de los demás chicos había visto un cadáver.
    – ¿Tenía los ojos abiertos? -preguntó circunspecto.
    Kannick meditó un instante antes de contestar, mientras continuaba masticando.
    – De par en par. El que le quedaba.
    De repente, Philip irrumpió en la conversación.
    – Oí una vez una historia de una chica que tenía una muñeca que cobraba vida durante la noche. Empezaron a crecerle las uñas. Por la mañana, al despertarse la chica, estaba ciega. La muñeca le había sacado los ojos.
    – ¡No estamos hablando aquí de una película de vídeo! -gritó Kannick irritado-. Da la casualidad de que esto es la realidad. Lo que te pasa es que no sabes distinguir entre realidad y fantasía. Por eso estás aquí, aunque no lo sepas.
    Cerró los ojos para recordar mejor.
    – El ojo tenía una expresión de horror, como si hubiera visto al mismísimo diablo.
    – Que era más o menos lo que había visto -comentó Karsten-. Me pregunto si él le diría algo antes de hacerlo o si simplemente fue hacia ella y le clavó la azada en la cabeza, sin más. ¿Estaba tumbada en la puerta?
    – Sí.
    – ¿Con la cabeza dónde, fuera o dentro de la entrada?
    – Fuera, sobre la losa.
    – Entonces él estaría dentro de la casa buscando chocolate -razonó Karsten.
    – Si se lo hubiera pedido, seguro que ella se lo habría dado.
    – Errki no pide, solo coge. Eso lo sabe todo el mundo.
    De repente, todos se sobrecogieron. Se abrió la puerta y allí estaba Margunn.
    – ¡Qué bien estáis!
    Margunn clavó la vista en el pequeño grupo de chicos sentados y en respetuoso silencio, masticando chocolate. Nadie podría decir que no se había logrado crear un ambiente de bienestar, incluso en ese lugar desalmado. Entendió lo que estaban haciendo y, sin embargo, se sintió orgullosa de ellos.
    – ¿Quién está contando cuentos?
    Guiñó el ojo inocentemente. Todos los chicos miraron al suelo. Parecían ángeles. Karsten hasta hizo aletear las pestañas.
    – Os invito a una Coca-Cola.
    Y desapareció por la puerta.
    También Kannick pensó en lo de la «necesidad interior», mientras su nivel de azúcar subía y notaba esa maravillosa somnolencia que solo podían proporcionarle los dulces, un agradable cansancio e indolencia, como una suave embriaguez. En esa embriaguez, Kannick encontraba descanso. Nunca se hartaba de ella.
    – Solo nos dará Coca-Cola light -suspiró y abrió una nueva tableta de chocolate. Había justo un trozo para cada uno. Ese día, su generosidad no tenía límites. Y el asesinato de Halldis los había unido de una manera a la que no estaban acostumbrados. Solían formar un grupo conflictivo y dividido en el que todos peleaban contra todos, luchando por mantener su pobre posición en esa pequeña sociedad de marginados. Ya habían dejado de soñar con el futuro, excepto Simon que, al parecer, tenía un tío rico que había insinuado que el chico iría a vivir con él a su granja, donde tenía treinta caballos de carreras. Pero primero tenía que cumplir una condena de cuatro meses, por irregularidades en la contabilidad. No quería ir a por Simon mientras estuviera esperando a cumplir condena, como él mismo decía. Empezarían de nuevo juntos, con todos los impedimentos ya vencidos.
    Margunn volvió a aparecer, con la Coca-Cola sin azúcar, efectivamente, y una bandeja con vasos.
    – No manchéis el suelo, chicos.
    Lanzó una mirada amonestadora a Kannick. Margunn no sabía regañar porque eran sus chicos y los quería. Cualquier intento de reprimenda caía al suelo como un globo pinchado, y todos la querían porque era la única persona en sus vidas que se preocupaba por ellos. Bien es cierto que trabajaban más personas en la casa, por ejemplo, Thorleif, Inga y Richard. Eran buena gente, que hacían lo que tenían que hacer, pero eran jóvenes y procuraban encontrar algo mejor. Para ellos, los chicos eran un pedazo de terreno difícil por el que había que abrirse paso cuanto antes. Margunn, en cambio, ya había llegado a la meta. Margunn estaba cerca de los sesenta y no pretendía ir más lejos. Había acabado en esa casa fea, cubierta de planchas de asbesto, con olor a algo verde y húmedo en todas las habitaciones, y le gustaba, de la misma manera que a la gente le gusta ese cuarto mohoso en el último rincón del sótano, porque nunca abandonan la esperanza de que, algún día, encontrarán algo valioso escondido entre los trastos viejos. Los chicos se daban cuenta. Solo Simon era incapaz de sacar conclusiones. Preguntaba a los demás y creía las respuestas que recibía.
    Karsten repartió la Coca-Cola y los vasos. Todas las mandíbulas estaban trabajando con los chicles. Kannick miró de reojo la colcha, preguntándose si debería repartir más o guardar el resto para días malos. Este era un momento estelar, y podría pasar mucho tiempo antes de que se diera otro igual.
    – ¿Dónde está Halldis ahora? -preguntó Palte, una vez Margunn se hubo ido. En realidad, se llamaba Pal Theodor, y estaba allí por equivocación, solo que nadie lo entendía. En un punto del futuro, en su vida de adulto, le esperaba una formidable indemnización de varios millones de coronas. Eso era lo que lo mantenía a flote.
    – En el depósito de cadáveres, claro -contestó Kannick, mientras bebía Coca-Cola-. Dentro de un congelador.
    – Refrigerador -le corrigió Karsten-. Hay que hacerle una autopsia y si está congelada no se pueden hacer cortes en ella.
    – ¿Cortes? -Los ojos de Simon se volvieron negros de miedo.
    Karsten le puso un brazo alrededor del hombro.
    – Cuando alguien muere, se hacen luego cortes en su cuerpo para encontrar la causa de la muerte.
    – La causa fue una azada en la cabeza -comentó Philip y eructó por lo bajo.
    – Tienen que saber exactamente dónde le dio. No pueden basarse en adivinanzas.
    – Le dio en medio del ojo.
    – Sí, pero tienen que hacer un certificado de defunción. No se puede meter a nadie en la tumba sin haberle hecho antes un certificado de defunción. Me pregunto por qué usó la azada -prosiguió Karsten-, seguro que podría haberla matado con los puños.
    – Será que no quiso hacerlo así en ese momento -contestó Kannick. Luego hizo una enorme pompa que le tapó media cara hasta que reventó posándose sobre la nariz y la boca. La recogió con los dedos sucios y siguió masticando.
    – Pero la policía lo está buscando ahora, ¿no? -Simon se tiraba del lóbulo de la oreja con el fin de calmarse.
    – Seguro que sí. Habrá muchas patrullas buscándolo con los fusiles cargados. Y chalecos antibalas. Lo cogerán.
    Karsten hizo un gesto de impaciencia.
    – Lo absurdo es que siempre y a toda costa quieren cogerlos enteritos, y no heridos.
    Los miró. Eso era algo de lo que él sabía.
    – Es mucho más práctico en Estados Unidos. Allí les pegan un tiro y ya está. Se tiene mucha más consideración con la población. ¡Yo estoy a favor de la pena de muerte! -proclamó en tono solemne. Y con ese comentario, se levantó la sesión.

    El que se hacía llamar Morgan estaba sentado entre unos matorrales. El arma estaba a su lado, sobre la hierba. Errki miró de reojo el pantalón corto con palmeras y frutas.
    Morgan intentaba aclarar la situación. Podría haber sido peor. Había conseguido salir del banco, de la ciudad y del coche. Y tenía el dinero, tal y como había prometido. El coche estaba escondido, y si ese sendero era poco frecuentado, podrían pasar días hasta que lo localizaran. Dentro del coche no encontrarían sus huellas dactilares, pues no se había quitado los guantes en ningún momento. Luego se preguntó si habrían identificado al rehén. A veces, la calidad de la vigilancia por vídeo era muy mala en los bancos.
    – Escucha -dijo en voz baja. A Errki le pareció que el redoble del tambor sonaba más bajo, eso quería decir que había conseguido algo más de orden en su cabeza-. Al menos podrás contestar a esta pregunta.
    Miró a Errki, que estaba sentado en un tocón con las rodillas juntas.
    – ¿Te has fugado de algún sitio? ¿De uno de esos centros o algo por el estilo? ¿O te las arreglas por tu cuenta y tienes tu propio piso, o vives con tu madre? Es pura curiosidad, ¿sabes? No son cosas horribles de preguntar, ¿no?
    Esperó, mientras sacaba un paquete de tabaco de la bolsa. Errki no contestó. Néstor estaba a punto de adoptar su postura habitual: en cuclillas, con la barbilla sobre las rodillas y las manos entrelazadas alrededor de las piernas. Esa era la postura. Cuando se sentaba así, Errki podía hablar.
    – Quiero decir si te has fugado de un hospital o algo así. Si alguien te está buscando.
    La pregunta hizo a Errki agitar la cabeza repetidas veces.
    – Hagamos un trato -sugirió Morgan-. Yo te hago una pregunta y si me contestas, tendrás derecho a hacerme otra a mí, a la que estaré obligado a contestar, y así yo podré hacerte otra. Está bien, ¿no?
    Se sintió orgulloso de esa propuesta y miró de reojo a su rehén. A pesar de la chaqueta de cuero y los pantalones oscuros, no parecía sudado. Era curioso. En cambio, él estaba empapado y tenía la camiseta llena de manchas oscuras.
    – Es solo para averiguar quién eres -añadió-. No resulta muy fácil, ¿sabes?
    – No se ve gran cosa allí donde el diablo lleva la vela -afirmó Errki con mucha calma.
    Lo dijo con una voz cansada, como si le costara mucho esfuerzo gastar palabras en un pobre hombre como Morgan.
    Morgan se estremeció al oír el sonido de su voz. Era una voz clara y hermosa, y hablaba con mucha seriedad. Errki echó la cabeza hacia un lado y escuchó con atención las murmuraciones de Néstor. La propuesta se parecía a algo que él ya conocía. Un juego al que solían jugar en el manicomio, en la terapia de grupo.
    – Empiezo yo -dijo a continuación.
    Morgan sonrió, aliviado por ese comentario tan normal.
    – Pero vale lo mismo para ti, ¿verdad? Si yo contesto con sinceridad, tendré derecho a preguntarte, y a recibir una respuesta sincera.
    Errki consintió con una mirada.
    – ¿Qué piensas hacer ahora? -preguntó, y justo en ese instante oyó la risa silbante de Néstor desde las profundidades del Sótano.
    Morgan frunció el ceño. Miró de reojo al hombre vestido de negro y se relamió los labios.
    ¿Qué piensas hacer ahora? Era una pregunta inesperada, aunque claro, podría inventar cualquier cosa porque ese chiflado no sería capaz de entenderla de todos modos. Pero habían acordado no mentir. Por cierto, parecía imposible mentir ante esos ojos brillantes. De alguna manera, se sintió muy solo. Se puso a sudar aún más. ¿Qué piensas hacer ahora? No tenía ni puta idea. Allí estaba sentado, con una bolsa llena de dinero y un tonto a quien no entendía en absoluto. Vaciló y se encogió de hombros.
    – Estoy esperando la oscuridad.
    Esperando la oscuridad. Néstor hizo una mueca parecida a una sonrisa. ¡Díselo, Errki! Abre los ojos a ese tío.
    – No se hará de noche -dijo Errki-. Estamos en pleno solsticio de verano.
    – No soy idiota -ladró Morgan.
    Ah, sí, lo es, se rió Néstor, y empezó a mecerse hacia delante y hacia atrás, como una vieja desquiciada.
    – Entre las doce y las dos de esta noche habrá una luz crepuscular. Cuando lleguemos a ese punto, ya veremos lo que haremos.
    La voz sonaba amenazadora, y los tambores estaban tocando desacompasados.
    – Ahora me toca a mí. ¿Qué te pasa?
    Errki abrió los dedos. Ese gesto le daba asco a Morgan. Si no fuera por ese abrir de dedos y el asqueroso tic nervioso de la cabeza, el tío resultaría soportable.
    Una respuesta sincera, pensó Errki. ¿Qué me pasa? En ese instante llegó un escalofrío que removió el polvo del suelo del Sótano. Néstor gruñó por lo bajo. ¿Qué me pasa? Miró hacia abajo. Una mancha roja como la sangre apareció en la hierba, junto a sus pies. Empezó a hincharse, creciendo lentamente. Si movía el pie un centímetro, se mancharía las zapatillas de sangre.
    – ¿Bueno? ¿Vas a contestar o qué?
    Morgan lo miró ofendido.
    – Hemos hecho un trato. ¿Qué te pasa? Una respuesta sincera, venga.
    Errki estaba como petrificado, mirándose los pies.
    – Voy a ser más bueno que el pan -continuó Morgan-, al contrario que tú, que eres un poco especial. Te haré otra pregunta. Pero si no me contestas bien esta vez, entonces sí que voy a cabrearme.
    Miró con dureza a Errki para recalcar la gravedad.
    – Has subido muy deprisa estas cuestas. Nunca he visto nada igual. ¿Conoces esto?
    – Sí -contestó Errki levantando la cabeza y cuidándose de no mover los pies. Morgan se animó.
    – ¿Pero bien de verdad? Entonces tal vez conozcas un sitio donde podamos sentarnos a esperar la llegada de la noche. O también podemos hacernos una choza con ramas de abeto, ¿qué te parece?
    Errki había vuelto a recibir dos preguntas. Se sintió un poco agobiado e irritado por la falta de claridad del otro. ¿Conoces esto bien de verdad? ¿Una choza con ramas de abeto?
    – Sí -contestó, mientras controlaba la mancha de sangre, que había atraído a algunos insectos que estaban deleitándose con ella.
    – Sí, tú conoces esto bien de verdad, y sí, haremos una choza con ramas de abeto -dijo Morgan contento-. Vale. Tú haces la choza y yo sostengo el revólver. No soporto esas ramas que pican tanto.
    Señaló perezosamente con una mano la rama inferior de un abeto. Errki se quedó mirando el arma, que estaba en la hierba, a unos treinta centímetros de sus pies.
    – Por cierto, veremos cómo de bueno eres para los detalles. Si tuvieras que identificarme ante los maderos, por ejemplo, no porque vaya a darse el caso, solo para divertirnos. ¿Cómo me describirías?
    – Me toca a mí -susurró Errki.
    – Perdona, tienes razón. Dispara.
    Chupó el papel del cigarrillo liado y se lo colocó entre los labios. A continuación buscó un encendedor.
    – ¿Qué te pasa a ti? -preguntó Errki.
    Morgan lo miró asombrado, frunciendo descontento el ceño. Néstor se reía por lo bajo. El Abrigo aleteaba las mangas en el rincón. Siempre estaba inerte, como si no tuviera fuerzas. A veces, Errki pensaba que Néstor no era más que un mero engaño, nada más que un jodido engaño.
    – ¿Qué coño va a pasarme? -contestó Morgan rudamente-. No me pasa nada. Y hasta ahora no te hecho ni un arañazo. Si la cosa va a seguir así, depende de ti y de tu voluntad de colaborar.
    Morgan se sentía incómodo. Resultaba complicado entender a la gente chiflada. Eran imprevisibles. Pero tenían una especie de lógica, eso ya lo sabía. Solo había que encontrarla.
    – Voy a decirte una cosa -prosiguió-. No soy del todo ajeno a tu problema. Hice el servicio social como objetor en un hospital psiquiátrico. No te lo esperabas, ¿verdad? Pues fui objetor de conciencia. Alegué pacifismo.
    Miró un instante el arma en la hierba y se echó a reír con gran entusiasmo.
    – Recuerdo sobre todo a un chiflado que siempre se olía los calzoncillos. Por lo demás, nunca hacía mal a nadie. ¿Y tú? ¿También tú te hueles los calzoncillos?
    Fue un hecho muy fastidioso para Errki descubrir lo pueril que era ese hombre. Controló la mancha de sangre. Todavía seguía allí.
    – Por cierto -dijo Morgan-, ahora me toca preguntar a mí. ¿Qué descripción harías a la policía si te lo pidieran? Venga, cuéntame lo que sabes.
    Un hombre verdaderamente tonto, pensó Errki. Un payaso arrugado con unos calzoncillos ridículos. Casi siempre tiene miedo. Si pierde el revólver, se queda inválido. En el manicomio dirían que de niño fue ignorado.
    Errki se puso a estudiarlo con una mirada tan ardiente que Morgan se asustó.
    Estatura: Casi un metro setenta, seguro que más no.
    Morgan esperaba callado.
    Peso: Veinte kilos más que yo. Edad: Tal vez veintidós. Pelo espeso, color arena. Cejas rectas de color gris. Ojos azul grisáceos. Boca pequeña con labios carnosos.
    Morgan se sacó el cigarrillo de la boca y suspiró con impaciencia.
    Orejas pequeñas con lóbulos carnosos. Dedos cortos, como pequeñas salchichas, muslos y piernas redondas. Un poco hinchado. Atuendo: Ridículo. Inteligencia: Dentro de lo normal, tirando a baja.
    Reinaba un silencio total. Incluso los pájaros se callaron. Solo Errki escuchaba la risa contenida que subía desde el Sótano. Morgan se levantó de golpe y sacó el revólver.
    – Quédate con tus putos secretos. ¡Levántate, vamos a seguir!
    Tenía la desagradable sensación de que alguien se burlaba de él, sin entender por qué.
    – Solo eres una imagen -dijo Errki de repente.
    – ¡Te he dicho que te calles!
    – Una foto de esas a las que a nadie apetece dar la vuelta para leer el texto escrito al dorso.
    – ¡Levántate ya!
    – ¿Has pensado en ello? -preguntó Errki con insistencia-. Nadie sabe quién eres. ¿No es eso bastante jodido, Morgan?
    Morgan lo miró asombrado. Errki se levantó con intencionada lentitud, dio un largo paso para no tener que pisar la asquerosa sangre y empezó a bajar hacia el mirador, donde habían dejado el coche. Desde allí podría ver el mar, frío y azul. Y la carretera con los coches.
    – ¡No, joder! ¡Seguimos hacia arriba! ¿Estás tonto o qué?
    – ¿Qué vas a hacer si me voy donde quiera? -preguntó Errki en voz baja.
    – Meterte una jodida bala entre los ojos y encontrar un puto agujero donde tirarte. ¡Deprisa!
    Y Errki anduvo más deprisa que nunca. Había descansado y se sentía mejor cuando estaba en movimiento.
    – Está bien. No hace falta que vayas tan deprisa. Si de verdad conoces esto, busca una cabaña abandonada o algo por el estilo, donde podamos meternos.
    Una vieja cabaña. Había varias, y casi todas se encontraban al otro lado de la colina, a un par de kilómetros. El terreno era muy accidentado y hacía un calor de muerte. Errki tenía sed. No dijo nada, pero supuso que lo mismo le pasaba a Morgan. Oyó sus gemidos detrás y, un poco más tarde, su voz ya más calmada.
    – Si ves un arroyo o algo parecido, avísame, tengo muchísima sed.
    Errki avanzaba. Su pelo largo y negro se movía hacia los lados, igual que la chaqueta y los pantalones de pernera ancha. Morgan lo miró perplejo. Ese hombre era completamente diferente a todos los demás seres humanos. ¿Por qué no lo suelto?, pensó. ¿Por qué voy cargando con este negro fantasma? Podría haberlo dejado en el coche. ¿Es solo por miedo a la descripción que pudiera dar a la policía? ¿O es por otra cosa? Pensó que incluso sería posible que ese tipo no hablara si cayera en manos de la policía. Miró el reloj. En media hora habría noticias en la radio y se pararía a escucharlas. Andaba como podía mientras la sed le hacía estragos en la boca y la garganta. Tenía whisky, pero también suficiente sentido común para esperar a probarlo. Los locos podían ser peligrosos. Aunque ese tipo no era gran cosa físicamente hablando, Morgan sabía que la locura y la falta de inhibiciones podían proporcionarles una fuerza insospechada. Tal vez fuera más seguro estar a bien con él, no provocarlo demasiado. Tampoco eran enemigos, se había llevado al loco por puro impulso. Salir disparado del banco con ese idiota por delante fue como proveerse de un enorme escudo. Relájate, se dijo a sí mismo. Lo que pasa es que habla muy raro. Piensa en el año que trabajaste en el manicomio, en lo miedosos que eran.
    Errki se detuvo y se palpó los bolsillos de la chaqueta, primero uno, luego el otro. Se metió una mano en el bolsillo de los pantalones, se volvió y miró fijamente la hierba.
    – ¿Qué pasa?
    Morgan lo miró.
    – ¿Has perdido algo? Algo aparte del sentido común, quiero decir.
    Errki volvió a palparse de nuevo todos los bolsillos, uno por uno.
    – Puedes pedirme un cigarrillo, si es eso lo que quieres.
    – El frasco -murmuró Errki, mirando a su alrededor.
    – ¿Qué frasco?
    – Las medicinas.
    – ¿Tomas medicinas? ¿Dónde las has perdido?
    Errki no contestó. Sus ojos pasaron revista al bosque, y sacudió la cabeza varias veces.
    – ¿Tomas de esos medicamentos antipsicóticos? Vale, los has perdido. Tendrás que arreglártelas sin ellos. Quiero decir, no te pondrás colérico por eso, ¿no?
    Colérico. Néstor sacó de nuevo ese sonido semejante a cuando la electricidad pasa por un cable. Ni siquiera entiende el significado de la palabra. Errki siguió andando.
    – Esos productos químicos no son más que mierda -murmuró Morgan, mientras pensaba en el problema y en las consecuencias que podría acarrear-. No hacen más que mantenerte deprimido. En compensación, te daré un poco de whisky -concluyó.
    Errki volvió a detenerse. Clavó la mirada en Morgan.
    – Me llamo Errki.
    – ¿Errki?
    – Solo estoy de visita. La mano que no puedes cortar, la debes besar.
    Y echó nuevamente a andar. Morgan lo seguía, sin quitarle ojo. De repente se dio cuenta de que él, el vigilante, andaba detrás del prisionero como un perro. El hombre era rápido, andaba mucho más deprisa que él y con más facilidad. Los papeles estaban cambiados. Él iba de remolque, como una mujer. Nadie sabía dónde estaban, nadie podía ayudarle si algo sucedía. Apretó el revólver. Un tiro en el muslo sería suficiente si algo pasara. El tipo no tenía escapatoria. En cuanto se hiciera de noche, seguiría solo, tal vez lo ataría para asegurarse una ventaja. Nada más. El tío era repulsivo. Y, sin embargo, había algo en él que le fascinaba: sus ojos, sus extrañas palabras, la sensación de solemnidad que le rodeaba, la sensación de que venía de otro mundo. Se sorprendió a sí mismo haciendo esa reflexión. Tal vez fuera una mente privilegiada, un genio. Le parecía haber oído eso en alguna ocasión, que los que estaban realmente locos eran los cerebros más agudos. Tal vez fuera ese el verdadero problema. Comprendían demasiado. Algo habría aprendido Morgan durante aquel año en el manicomio. De repente descubrió que la distancia entre ellos había aumentado de un modo considerable. Se apresuró para alcanzar al otro. Al cabo de un rato, se puso nervioso. ¿Adónde se dirigían realmente? ¿Cómo acabaría todo esto?
    – Nos paramos. ¡Van a empezar las noticias!
    Gritó muy alto, innecesariamente alto, para subrayar su posición, como si hubiese empezado a dudar de ella, y eso le asustó. Errki continuó meciéndose, ignorándole por completo.
    – ¡Oye! ¡Errki!
    Los tambores sonaron y dieron varios redobles. Errki se detuvo y se volvió. Detrás de él, el hombre temblaba de ira. No hay nada tan miserable como un hombre que pierde el control, pensó.
    – No hace falta que hagas una demostración cada vez que te doy una orden, coño. Yo soy el jefe aquí.
    Se equivoca. Él es el que tiene el revólver.
    Errki apretó los labios.
    – Siéntate. Hay noticias. Quiero escuchar lo que saben.
    Habían llegado casi a la cima de una colina, un poco más allá había otra, de un verde suave e infinitamente lejana a través de la bruma. Morgan buscó la radio en la bolsa. Luego ajustó la antena. Errki se tumbó boca arriba en el brezo y cerró los ojos.
    – Pareces un muerto así tumbado.
    Morgan intentó recapacitar. Contempló a Errki con auténtico pavor.
    – ¿Cómo consigues mantenerte tan blanco con un sol tan ardiente? -Se rió por lo bajo-. Pero claro, vives en otro mundo, y en ese mundo todo está jodidamente oscuro, ¿verdad?
    Encontró una emisora local. Tamborileó impaciente los dedos mientras se extinguían los últimos acordes de una cuña musical.
    – Y ahora, las noticias.
    Se oyó crujir el papel.
    – Un hombre de unos veinte años atracó el Banco Fokus esta mañana y consiguió escapar con cerca de cien mil coronas. El atraco se cometió a los pocos minutos de abrir la oficina, y el atracador se llevó a una joven como rehén al abandonar el lugar de los hechos. Por ahora no hay rastro del atracador ni de su rehén, sin embargo, la policía cuenta con una buena descripción.
    Morgan frunció el ceño.
    – ¿Una buena descripción?
    – Salieron de la ciudad y desaparecieron en un pequeño turismo blanco, pero los controles en las carreteras no han dado resultado.
    – ¿De qué están hablando? ¡No me quité el pasamontañas hasta que estuvimos fuera de su vista!
    Dejó la radio en la hierba.
    – ¡No es más que un bulo!
    Irritado, buscó el tabaco en el bolsillo y se lió un cigarrillo. Errki escuchaba una mosca que zumbaba delante de sus ojos.
    – La policía sigue sin tener pistas sobre el asesinato de una mujer de setenta y seis años, Halldis Horn, cometido ayer por la mañana. La mujer fue encontrada junto a su casa, brutalmente golpeada con un objeto cortante. La cartera de la víctima fue sustraída de la vivienda. El cadáver quedó destrozado y fue descubierto por un menor que jugaba por los alrededores.
    La mirada de Morgan se volvió distante.
    – Ya ves lo que quiero decir con la auténtica maldad. ¿Entiendes la diferencia? Nadie va a echar de menos el dinero que me llevé. El banco tiene sus seguros. Nadie resulta perjudicado. Y el coche no tiene ni un rasguño. Y luego están los que matan a la gente por una miserable cartera.
    Errki seguía escuchando la mosca. Estaba convencido de que quería algo de él, tanta vehemencia tenía que significar algo. Y cuánto hablaba ese payaso. No había entendido el significado de la palabra, que había que conservarla y ahorrarla para momentos importantes.
    – ¡Y encima, a una vieja! No puedo entender esas cosas. Tiene que haber sido un loco.
    La última palabra le hizo mirar de reojo a Errki.
    – Por cierto, ¿sabes hacer chozas con ramas de abeto? ¿Habrás sido scout o algo por estilo?
    Errki abrió un ojo para mirarle. Morgan pensó en una lámpara tras un visillo, pues el ojo lucía con un brillo mate.
    – Tendremos que buscar agua. ¿No sabrás de un arroyo por aquí? ¿O de una pequeña laguna?
    Néstor estaba en cuclillas con la barbilla sobre las rodillas, como de costumbre, y se mecía hacia los lados. A Errki siempre le impresionaba esa manera de sentarse. Néstor podía pasarse así horas, sin cansarse. El Abrigo, que no se mantenía en pie solo, ni siquiera sentado, porque no contenía nada, excepto comentarios estúpidos, agitó débilmente la solapa de un bolsillo para mostrar que seguía allí y que tenía intención de seguir allí hasta que alguien lo sacara a rastras, ya que no sabía andar por su cuenta.
    – ¿Te gusta el whisky? Long John Silver, cojonudamente templado.
    Morgan dio una calada al cigarrillo y miró el paisaje. Se rascó las piernas porque todo el rato había alguna paja o insecto que lo irritaba. El simplemente intentar matar insectos le hacía sudar, y por un instante miró desconfiado al otro, que yacía sobre la hierba, inmóvil.
    – ¿Cómo puedes estar tan quieto? -preguntó malhumorado-. Tienes un batallón de moscas delante de los ojos.
    Aplastó el cigarrillo en la hierba. Se levantó de repente y fue hacia él. Se agachó, lo cogió violentamente por el hombro y lo levantó. Errki se tambaleó.
    – ¡No me toques!
    – ¿Conque no te gusta que te toque, eh? ¿Tienes miedo de que te contagie algo? A mí no me pasa nada, y me duché ayer, cosa que no puede decirse de ti.
    Una repentina ráfaga de viento hizo que el Abrigo se tambaleara y rodara por el suelo. Errki se estremeció y levantó las manos.
    – ¿Qué te pasa?
    Morgan lo miró.
    – ¿Te encuentras mal? No puedo conseguirte esas medicinas, pero para ser sincero, si pudiera, lo intentaría. No soy tacaño, y ese atraco… -tragó saliva con pesadez-. Tú no puedes entenderlo, pero ese atraco fue un favor a un amigo, lo creas o no.
    Las palabras fueron pronunciadas con absoluta sinceridad. Errki estaba confuso. El hombre se hinchaba de repente como un airbag y, al instante siguiente, era amable como el cura de un hospital. Se volvió y echó a andar de nuevo. Andaba tan deprisa que se había alejado un buen trecho antes de que Morgan tuviera tiempo de reaccionar.
    – Tranquilo, ya voy.
    Pero el otro siguió andando y desapareció parcialmente detrás de unos matorrales. Morgan oyó golpes secos de ramas que se rompían.
    – Espérame ahí. ¡Yo voy cargado!
    Errki seguía andando sin parar. Los dos del Sótano miraron, Néstor volvió imperceptiblemente la cabeza. Tal vez hiciera una pequeña seña al Abrigo, que agitó un brazo para captarla. Parecía que los dos estaban planeando algo o que estaban tomando una decisión importante. Aceleró el paso. Eso era lo que querían para ver lo que pasaba. Detrás de él, oyó los pasos de Morgan y su aliento entrecortado. Pensó en el revólver y en lo que podía hacer en la Tierra como en el Cielo.
    – ¡Errki, joder! ¡A que disparo!
    Morgan corría. Se dio cuenta de que el bosque era tan espeso que el otro podía desaparecer simplemente agachándose detrás de un arbusto y quedándose inmóvil mientras él pasaba de largo. No conocía ese paraje. ¿Encontraría el camino de regreso a la carretera principal?
    – Voy a disparar, Errki, tengo más balas. ¿Sabes lo que puede hacerte esta bala si te alcanza la pierna? ¡Te la pondrá del revés!
    ¿La pierna? Errki tuvo que concentrarse para recordar la parte de su cuerpo que se llamaba pierna. Nunca la veía, siempre estaba detrás de él. Siguió andando hasta que oyó un agudo estrépito y algo que le pasaba silbando a la altura de la oreja. La bala le envió un pequeño soplo en el momento de pasar. Al instante, penetró en el tronco de un árbol justo delante de él. Salieron astillas blancas, como pelo hirsuto. Se detuvo.
    – ¡Así! Lo has entendido. Me lo figuraba.
    Morgan jadeaba como un perro.
    – La próxima vez te doy en la pierna. Anda más despacio. Pronto tendremos que parar, no me da la gana seguir andando. Ya es tarde.
    Errki se mordió el labio. Ya no faltaba mucho. Notó que se estaba acercando a algo, se encontraba justo al lado, y no estaba preparado. Miró a su alrededor. Sabía muy bien dónde estaban. El otro no lo sabía. Aflojó el paso. Tenía que acordarse de no irritarlo. Vio en su interior la herida en el árbol y la misma herida en su propia espalda, una explosión dentro de la médula, la piel reventada en pedazos, la sangre saliendo a chorros como de un grifo abierto y el gran salto a la eternidad.
    La añoraba. Pero la iba aplazando hasta que estuviera preparado, hasta el día y la hora exactos. Sería pronto. Lo notaba en el cuerpo. Habían sucedido tantas cosas… Tal vez a ese hombre que iba detrás de él lo hubieran enviado para ayudarle. Así se lo imaginaba: se lanzaría al universo infinito, en una órbita que sería solo suya, y otros pasarían por la derecha y por la izquierda, fuera de su alcance, como simples y débiles temblores en la atmósfera, pequeños soplos que pasaban velozmente. Tal vez su madre flotara así, con los brazos extendidos como alas y la luz de las estrellas como cristales en su pelo negro. Y tras ella, el grave tono de la flauta. La alternativa era continuar como hasta ahora. Siempre con alguien jadeando detrás. Estoy agotado, pensó. ¿Quién nos ha azotado para comenzar esta carrera? ¿Quién está esperándonos en la meta, y hasta dónde coño se pretende que vayamos? Sangre, sudor y lágrimas. ¡Dolor, luto y desesperación!
    Se encontraban en un bosquecillo. Los árboles cedieron y abrieron paso a una pequeña llanura. Morgan lo alcanzó por fin. La bolsa cayó al suelo con un chasquido. Sus ojos brillaban.
    – ¡Vaya, mira por dónde! Una casa para nosotros solos. Aquí podemos jugar a las casitas.
    Parecía contento de verdad.
    – Joder, qué ganas tengo de meterme en ella.
    Lo adelantó y fue hacia la puerta. Errki vio la mancha oscura sobre la losa, donde habían estado sus intestinos humeantes hacía solo veinticuatro horas. Morgan no se fijó, se limitó a empujar la puerta carcomida, que se abrió lentamente con un crujido. Luego miró el interior.
    – Oscuro y fresco -constató-. Ven.
    Errki seguía en la hierba. Intentó acordarse de algo, pero se le escapaba como una goma elástica. Lo de tener pensamientos elásticos era algo que llevaba años molestándolo.
    – Esto está muy bien. Entra.
    Morgan empujó a Errki hasta lo que había sido un cuarto de estar, en los tiempos en que había pastores en ese lugar. Luego se acercó a la ventana.
    – Una laguna. Perfecto. Seguro que se puede uno bañar.
    Sacó la cabeza por el cristal roto e hizo un gesto afirmativo. Errki sintió de repente una tremenda flojera. Vacilante, dio unos pasos hacia la alcoba.
    – ¿Y tú, adónde vas?
    Morgan lo miró. Errki abrió la puerta y clavó la mirada en el colchón a rayas. Se apresuró a quitarse la chaqueta y la camiseta, y cayó sobre la cama.
    – ¡Joder! ¡Un camastro!
    Morgan sonrió.
    – Está bien. Por mí puedes acostarte. Así te tengo localizado.
    Errki no contestó. Solo pensó que lo mejor que podía hacer era dormir, porque donde él estaba, no había más que muerte y miseria, y el que duerme no peca. Su respiración era pesada y regular.
    – Has sido un guía cojonudo. Hablaremos más tarde.
    Comprobó la ventana del cuarto para asegurarse de que Errki no podría escaparse por ella. El cristal estaba roto, pero quedaban el marco y los listones de los cuadraditos, y la ventana no podía abrirse. Estaba reseca y fijada al marco. Si el tío intentara algo, lo oiría. Salió. Cuando sus pasos se hubieron alejado, Errki abrió los ojos. Yacía sobre algo duro, por eso se retorció un poco para librarse: el revólver.

    Majestuoso y sólido, apareció el hospital entre los árboles. Sejer se quedó un instante sin aliento ante lo que estaba viendo, aparcó al borde de la carretera y salió del coche. Permaneció un rato contemplándolo, abrumado. Tuvo la sensación de que el edificio le gritaba: ¡ESTO VA EN SERIO!
    Estaba ubicado en el punto más alto de la comarca. Así debía ser un manicomio, y así podía mostrar a todo el mundo que el camino hacia la lucidez no era un jardín de rosas. Y si no lo habían entendido antes, lo entenderían ahora los que llegaban hasta allí, sumidos en la más profunda desesperación, y luego eran llevados de la mano dentro de ese gigante de institución.
    La carretera era mala, estrecha y llena de baches. Pensó que, en los años que hacía que no iba por allí, la habrían mejorado, pero no era así. Recordó que una vez, siendo un joven policía, condujo a una joven hasta ese lugar. La habían encontrado en los servicios de la estación de autobuses, encerrada y desnuda. Reventaron la puerta. El rostro de la chica estaba desencajado de miedo. En la mano tenía un rollo de papel higiénico que empezó a comerse al instante, como si contuviera información vital y secreta que tuviera que proteger con su propia vida. La mano de Sejer estaba suspendida en el aire entre él y ella y la chica la miraba como si fuera una garra. Él llevaba una manta que quiso echar sobre los hombros de la joven, y no paraba de hablarle en voz baja. Aunque ella escuchara, era como si lo hiciera a través de un terrible ruido y tuviera que esforzarse al máximo para oírlo. Pero su cara hablaba por sí misma: el hombre había ido para imponerle un terrible castigo. Sus palabras, sus promesas, el suave tono de su voz, toda la credibilidad que intentaba mostrarle, no hacían sino rebotar en ella. Y por eso tuvo que hacer lo que menos quería: sacarla a la fuerza. Todavía recordaba los gritos de la chica y sus hombros angulosos y delgados.
    Varden era un edificio magnífico, pero de cerca, la autoridad que irradiaba a distancia se debilitaba un poco debido a su mal estado de conservación. El ladrillo rojo se veía descolorido y poco a poco había ido adquiriendo el mismo tono grisáceo que el asfalto de la calle. Se estaba sumergiendo lentamente en la eternidad. Y, sin embargo, era hermoso a la espléndida luz del sol. A Sejer no le costó mucho esfuerzo imaginárselo en otras condiciones meteorológicas, por ejemplo, en el otoño, cuando los árboles mostraban sus ramas desnudas, y el viento y la lluvia azotaban los cristales de las ventanas; entonces se parecería más al castillo de Drácula. Sobre el tejado se levantaba una impresionante torre cubierta de planchas de cobre con cardenillo. La fachada tenía hermosos saledizos, pero las ventanas eran estrechas y altas, y desentonaban con el resto del edificio. La entrada principal la constituía un precioso pórtico con una elaborada escalinata. Al lado había una entrada típica de hospital con anchas puertas de cristal, por las que se podía entrar marcha atrás con una ambulancia para meter las camillas.
    Entró en el edificio y, sin darse cuenta, pasó por una recepción casi invisible.
    – Perdone, ¿adónde va usted? -gritó una joven tras él.
    – Lo siento. Policía. Necesito hablar con la doctora Struel -contestó identificándose.
    – Tiene que subir a la primera planta. Pregunte allí.
    Le dio las gracias y siguió hacia arriba. En la primera planta tuvo que preguntar de nuevo, y le indicaron una sala de espera con una ventana que daba al jardín y al bosque. Era evidente que allí no se aplicaba el racionamiento de agua impuesto por el Ayuntamiento, pues el césped estaba verde y oscuro, parecía terciopelo. Sería mejor que emplearan el dinero en otras cosas. No se imaginaba que el verdor pudiera significar algo para los que vivían allí. Aunque pensó que en realidad no sabía nada sobre ese tema. Se volvió en ese instante porque tuvo la extraña sensación de que alguien estaba mirándolo fijamente.
    Había una mujer en la puerta abierta.
    – Soy la doctora Struel -dijo.
    Sejer estrechó la mano que ella le tendía.
    – Vayamos a mi despacho.
    La siguió por el pasillo hasta un espacioso despacho. La doctora le ofreció asiento en el sofá. Se sentó justo donde estaba dando el sol y empezó a sudar inmediatamente. Ella se acercó a la ventana y permaneció un instante de espaldas a él, mirando el césped mientras jugueteaba con una pobre planta que parecía no recibir muchos cuidados.
    – ¿Así que usted es el hombre que está buscando a mi Errki? -Mi Errki. Había algo conmovedor en la manera en que lo dijo, sin pizca de ironía.
    – ¿Realmente lo considera así?
    – No hay nadie más que lo quiera -contestó con sencillez-. Pues sí, es mío. Mi responsabilidad, mi obligación. Haya o no matado a la anciana, seguirá siéndolo.
    – ¿Con quién ha hablado?
    – Ha llamado Gurvin. Pero me cuesta mucho creerlo -contestó-. Se lo digo ahora para que sepa mi postura. Deje que se quede por ahí fuera un tiempo, ya volverá por su cuenta.
    – No creo que vuelva por su cuenta. Al menos, no pronto.
    Debió de notar algo en su voz, algo muy grave que le hizo sospechar que algo iba mal.
    – ¿Qué quiere decir? ¿Le ha pasado algo?
    – ¿Qué le ha contado el agente Gurvin?
    – Me habló del asesinato de Finnemarka. Que Errki fue visto cerca de la casa en un momento, según Gurvin, sospechoso.
    – No cerca. Fue visto en la propia granja. Así que comprenderá el motivo por el que tenemos que encontrarlo. Es un lugar muy solitario.
    – Es típico de Errki refugiarse en el bosque. Evita a la gente, y con mucha razón.
    Era muy escueta. Sejer notó que algo le estaba subiendo por dentro, una especie de irritación.
    – Perdone mi arrogancia -dijo despacio-, pero, para serle sincero, tengo que considerar esa posibilidad. Fue un crimen brutal e innecesario ya que, al parecer, lo único que falta de la vivienda es una cartera con unas cuantas coronas. El que lo ha hecho sigue suelto. La gente de la comarca está asustada.
    – Siempre echan la culpa a Errki -dijo ella en voz baja.
    – Lo que ocurre es que fue visto junto a la casa de la mujer, y ella vivía en un lugar muy apartado. Y como es un enfermo mental, no podemos descartar que tenga algo que ver.
    – ¿Quiere decir que se sospecha de él por estar enfermo?
    – Bueno, yo…
    – Se equivoca. Se limita a robar en las tiendas. Chocolate y cosas por el estilo.
    – Circulan muchas historias sobre él.
    – Usted lo ha dicho. Historias.
    – ¿Cree usted que surgen sin motivo alguno?
    La doctora no contestó.
    – Pero eso es solo la mitad de la historia -prosiguió Sejer-. Esta mañana se ha cometido un atraco en el centro, un atraco a mano armada en el Banco Fokus.
    Ella se echó a reír.
    – Sinceramente, Errki no es capaz de concentrarse para llevar a cabo tal esfuerzo. Acaba usted de perder lo último que le quedaba de credibilidad.
    – No he acabado -dijo Sejer en tono cortante. No le gustó lo último, lo de la credibilidad.
    – El banco fue atracado por un hombre posiblemente algo más joven que Errki. Llevaba ropa oscura y pasamontañas, y no ha sido identificado todavía, claro. Pero el problema más grave es que se llevó un rehén, un cliente del banco. Con la ayuda de un revólver lo obligó a acompañarle hasta el coche y desapareció. El rehén ha sido identificado como Errki Johrma.
    Por fin se hizo el silencio. Era como si pudiera oír lo perpleja que se sentía la mujer.
    – ¿Errki? -tartamudeó-. ¿Tomado como rehén? -dijo poniéndose en pie-. ¿Y no tienen idea de dónde pueden estar?
    – Por desgracia, no lo sabemos. Hemos interceptado las salidas de la ciudad, posiblemente el coche en el que se fugaron sea un Megane blanco, robado en la madrugada de hoy. Seguro que ha sido aparcado y abandonado hace rato, pero no lo hemos encontrado. Tampoco sabemos nada sobre la identidad del atracador, ni si es o no peligroso. Pero disparó una bala dentro del banco, probablemente con el fin de asustar al personal, y no daba la impresión de estar muy desesperado.
    Ella volvió a sentarse y cogió de la mesa algo que luego no paraba de apretar.
    – ¿En qué puedo ayudar? -preguntó en voz baja.
    – Necesito saber qué clase de hombre es.
    – Entonces tendríamos que estar aquí sentados hasta la noche.
    – No tengo tanto tiempo. Usted rechaza la posibilidad de que haya matado a la anciana. ¿Desde cuándo es paciente suyo?
    – Lleva cuatro meses con nosotros. Pero ha pasado gran parte de su vida en diferentes instituciones. La serie de informes y partes sobre Errki es infinita.
    – ¿Mostró alguna vez tendencias violentas?
    – ¿Sabe usted? -contestó-, la verdad es que siempre está a la defensiva. Solo cuando se siente realmente acorralado puede ocurrir que ataque. Y no concibo que una anciana pueda haberlo asustado o provocado tanto como para que la matara.
    – No sabemos lo que puede haber sucedido allí arriba o lo que puede haber hecho la anciana, pero su cartera ha desaparecido.
    – Entonces no ha sido Errki. Solo coge chocolate y cosas así. Jamás dinero.
    Sejer suspiró por lo bajo.
    – Menos mal que tiene usted fe en él. Probablemente él necesite eso más que la mayoría. Y no hay nadie más que apueste por él, ¿verdad que no?
    – Escúcheme -dijo ella mirando a Sejer-. No estoy del todo segura. No soporto la arrogancia de los que se creen seguros de todo. No obstante, considero mi obligación creer en su inocencia. Antes o después, tendré que contestarle a esa pregunta cuando él esté sentado en el sofá donde está usted ahora y me pregunte: ¿Tú crees que he sido yo?
    La doctora Struel tendría cuarenta y tantos años. Era rubia y angulosa, con el pelo muy corto y un flequillo muy largo. Su cara resultaba sorprendentemente femenina en comparación con su cuerpo fuerte, y tenía las mejillas redondas y cubiertas de un vello muy rubio que brillaba a la luz de ese sol que entraba sin piedad por la ventana. Llevaba vaqueros y una blusa blanca, y en las axilas se le veían manchas húmedas de sudor. Se apartó el pelo de la cara con una mano, pero el largo flequillo volvió a caerle en el rostro como una ola rubia.
    Sejer se enderezó en el sofá.
    – Me gustaría ver la habitación de Errki.
    – Está en la planta baja. Se la enseñaré. Pero, dígame… ¿de qué forma la mataron?
    – Fue golpeada con una azada.
    Ella hizo una mueca.
    – No parece propio de Errki ni de su naturaleza tan retraída.
    – Eso lo diría cualquiera que creyera en él y se sintiera responsable de sus actos.
    Sejer se levantó y se secó el sudor de la frente.
    – Perdóneme, pero estoy sentado justo al sol. ¿Puedo cambiarme de sitio?
    Ella asintió con la cabeza, y Sejer se sentó en una silla que había junto al escritorio.
    En ese momento descubrió el sapo. Estaba al acecho, tras un montón de papeles. Era grande y gordo, pardo por la parte de arriba y más claro por la de abajo. No se movía, claro, porque no era de verdad, pero no le habría extrañado nada que de repente hubiera dado un salto, de lo real que parecía. Lo levantó con curiosidad. La doctora lo siguió con la mirada y sonrió cuando Sejer lo cogió. El sapo estaba frío a pesar del calor de la habitación. Lo apretó con cuidado y entonces lo entendió. Por dentro tenía una sustancia gelatinosa que hacía que pudiera adquirir distintas formas. Apretó y empujó todo el contenido del cuerpo a las delgadas patas. Entonces se quedó completamente deformado y parecía un engendro. Siguió apretando y notó cómo el animal se le iba calentando entre las manos.
    Los ojos del sapo lo miraron. Eran de color verde pálido, con una raya negra. La espalda era rugosa e irregular, pero la superficie de debajo estaba más lisa. Le dio por apretarlo en la parte baja, empujando así todo el contenido hasta la parte superior. Ahora parecía muy atlético, con los hombros anchos y el pecho hinchado.
    Luego probó otra variante. Desplazó el contenido de la parte de arriba de la tripa hacia el estómago de modo que la cabeza le quedó colgando hacia un lado, como un pellejo. Lo dejó en la mesa y la gelatina no volvió a su sitio, como había pensado. Volvió a cogerlo y lo apretó como pudo para que volviera a su forma inicial. Cuando logró que de nuevo pareciera un sapo, lo dejó por fin en su sitio.
    – Divertido -dijo Sejer en voz baja.
    – Útil -señaló la doctora Struel, acariciando la espalda del sapo con un dedo.
    – ¿Para qué sirve?
    – Para tocarlo, como acaba de hacer. Y su manera de tocarlo me dice algo sobre quién es usted.
    – No me lo creo -dijo, negando con la cabeza.
    Ella sonrió, casi maternal.
    – Sí, sí, sin duda. Me dice algo de cómo cada persona se aproxima a las cosas. Por ejemplo, usted.
    Sejer escuchaba lleno de dudas, pero a la vez atraído por la voz de la mujer.
    – Lo levantó con mucho cuidado, y se lo pensó un instante antes de empezar a apretar. Cuando se dio cuenta de que podía cambiar su forma, quiso probarlas todas, una por una. Muchos lo encuentran asqueroso, pero usted, no. La manera en la que ladeó la cabeza al mirarlo a los ojos me dice que se enfrenta a las cosas extrañas de la vida con una mente abierta y amable. Apretó con cuidado, casi con ternura, como si tuviera miedo de que reventara. Pero no puede reventar. Al menos tiene la garantía del fabricante de que no va a hacerlo. Si no se tienen las uñas muy afiladas, claro -añadió-. Pero usted desistió más bien pronto, quizá pensando que podía convertirse en un juego peligroso si continuaba. Y por último, aunque no menos importante: volvió a darle su forma inicial antes de dejarlo otra vez en la mesa.
    Se calló un instante y lo miró.
    – Eso me dice que es usted un hombre prudente, pero no carente de curiosidad. También está un poco chapado a la antigua, temeroso ante nuevas e inusuales formas. Le gusta que las cosas parezcan lo que son, que se queden como están, como aquello que conoce.
    Sejer dejó escapar una risa insegura. La voz de la mujer le hizo ablandarse de un modo extraño. De hecho, se sentía un poco gelatinoso.
    – Y mediante ese sapo, y otras mil pequeñas cosas, con otros juguetes y tareas, y sobre todo con ayuda de tiempo, puedo saber de usted casi más que usted mismo.
    Caray, no le falta fe en sí misma.
    – ¿Errki lo ha visto? -preguntó en voz alta.
    – Claro. El sapo siempre está aquí.
    – ¿Qué hizo con él?
    – Dijo: Aparta ese asqueroso y repulsivo bicho antes de que le arranque la cabeza de un mordisco y vierta su contenido sobre la mesa.
    – ¿Usted lo creyó?
    – Nunca ha mentido.
    – Pero dice usted que no es violento.
    La doctora Struel cogió de repente el sapo y empezó a tirar de las cuatro patas con todas sus fuerzas. Se estiraron como gomas elásticas y Sejer casi sintió pena al verlo. Al final hizo un nudo, primero con las patas delanteras, y luego con las traseras. Luego lo colocó boca arriba sobre la mesa. Resultaba doloroso verlo tan desvalido. Al percatarse de la expresión de su cara, la doctora se echó a reír con cordialidad.
    – Déjeme enseñarle la habitación de Errki.
    – ¿No va a desatar los nudos? -preguntó Sejer pensativo.
    – No -contestó ella con aire burlón.
    Él sintió como una especie de marejada por dentro. Escuchó extrañado.

    Contemplaron el interior de la habitación de Errki. Una habitación sencilla con una cama, una cómoda, un lavabo y un espejo, tapado con una hoja de periódico. Tal vez quisiera evitar verse a sí mismo cuando pasaba. La ventana era alta y estrecha, y la habían dejado abierta. Por lo demás, la estancia estaba totalmente desnuda. Nada en el suelo ni en las paredes.
    – Se parece bastante a lo que podemos ofrecer nosotros -dijo Sejer pensativo-. A una celda, ni más ni menos.
    – Nosotros no cerramos las puertas.
    Sejer entró en el cuarto y se quedó de pie, apoyado contra la pared.
    – ¿Qué le hizo decidirse por la psiquiatría? -preguntó mientras leía la tarjeta con el nombre de la mujer, doctora S. Struel, y pensaba qué podía significar la S. Solveig, tal vez, o Sylvia, por ejemplo.
    – Porque -contestó cerrando los ojos- porque la gente normal -y acentuó la palabra «normal», como si se tratara de algo despectivo- quiero decir, los que triunfan, esos seres bien dotados que saben lo que quieren y que siguen todas las reglas, que alcanzan sus metas sin problemas, que saben relacionarse, que navegan con la mayor naturalidad, y que llegan donde quieren y consiguen lo que quieren… ¿hay algo interesante en esas personas?
    Era un planteamiento curioso. Sejer no pudo reprimir una sonrisa.
    – Lo único interesante en este mundo son los perdedores -prosiguió-. O a los que llamamos perdedores. En toda clase de desviaciones hay una rebelión. Y yo nunca he podido entender esa falta de rebelión.
    – ¿Y usted? -preguntó de repente Sejer-. ¿No es usted uno de esos seres triunfadores que saben lo que quieren? ¿Acaso usted se rebela?
    – No -admitió-. Y no lo entiendo. Porque en lo fundamental estoy tremendamente desesperada.
    – ¿Tremendamente desesperada? -preguntó preocupado.
    – ¿No lo está usted? No se puede ser una persona ilustrada, inteligente, social en esta Tierra, sin al mismo tiempo estar profundamente desesperado. No puede ser -dijo ella mirándolo.
    ¿Estoy profundamente desesperado?, pensó él.
    – Además, son las personalidades íntegras las que más éxito tienen en esta sociedad -prosiguió ella-. Esas personas completas, seguras, consecuentes. Ya sabe, ¡con fuerza de carácter!
    Sejer ya no pudo reprimir la risa.
    – Aquí dentro tenemos sitio para la rebelión y no nos asustamos ante el barullo. Y tampoco tenemos miedo a no llegar.
    Volvió a apartarse el flequillo de la cara.
    – Y supongo que yo no podría haber existido en un colectivo distinto al que tenemos aquí.
    Sejer estaba fascinado por la manera de pensar en voz alta de esa mujer, de hacerlo partícipe de sus pensamientos, aunque era un extraño. Al mismo tiempo, no se sentía como un extraño.
    – ¿Y cómo son las cosas donde ustedes?
    – ¿Donde nosotros?
    Reflexionó un instante.
    – Donde nosotros hay orden, estructura y un montón de asquerosas personalidades íntegras.
    Le costaba un poco controlar la voz, estaba a punto de ponerse demasiado locuaz.
    – Poco espacio para la improvisación y la imaginación. Gran parte de nuestro trabajo consiste en buscar minúsculas cosas físicas, como pelos, restos de sangre, huellas de zapatos o tal vez de cubiertas de coche. Y luego viene la parte filosófica que, aunque nunca llega a ocupar una parte muy grande en nuestros informes, está siempre presente. Y que, naturalmente, es la única parte emocionante del trabajo. Si no hubiera espacio para esa parte, supongo que me habría dedicado a otra cosa.
    – ¿Y qué pasa con los que cogen y enjaulan?
    – No empleamos precisamente esa expresión -contestó mirándola consternado.
    Lo dice para provocarme, pensó. Tal vez sienta que no tiene necesidad de seguir las reglas normales de educación. Le interesa mucho la rebelión.
    – Me gustaría enviarlos a otro lugar -dijo tranquilo.
    Estaba tan fascinado por esa mujer, por su ancha y luminosa cara, y sus ojos oscuros con círculos claros, que estaba empezando a tener miedo de lo que pudiera llegar a decir. Él, que nunca se sorprendía a sí mismo…
    – Si ese lugar existiera -añadió-, pero en nuestra pobreza no hemos conseguido más que… una jaula.
    – ¿Se preocupa usted por ellos? -preguntó ella de repente.
    Él tuvo que levantar la vista para ver la expresión de la cara de la mujer. En realidad, parecía estar llena de mala leche.
    – Sí, me preocupo. Pero no me sobra mucho tiempo para esas cosas. Además, no soy funcionario de prisiones. Pero sé que los funcionarios de prisiones se preocupan por ellos.
    – Bueno -dijo ella, encogiéndose de hombros-. Supongo que al fin y al cabo tenemos uno de los sistemas penitenciarios más humanos del mundo.
    – ¿Humano?
    Sejer no pudo evitar que su voz se volviera algo cortante.
    – Se drogan, se escapan, saltan por las ventanas, se rompen las piernas o incluso la nuca, se vuelven locos, se violan los unos a los otros, se matan entre ellos, se matan a sí mismos. ¡Así de humano es!
    Tomó aliento.
    – ¡Realmente se preocupa por ellos! -sonrió ella.
    – Ya se lo he dicho.
    – Tenía que saberlo con seguridad.
    Volvió a hacerse el silencio, y Sejer se asombró de nuevo de esa extraña conversación. Era como si a ella le faltara el respeto habitual por la autoridad que él representaba, y que siempre hacía a la gente hablar con reverencia o no decir nada en absoluto. Bueno, tendría que aguantar una excepción.
    – Errki -dijo Sejer por fin-. Hábleme de Errki.
    – Solo si le interesa de verdad.
    – ¡Pues claro que sí!
    Ella salió de la habitación.
    – Vayamos a la cafetería a tomar una Coca-Cola. Tengo sed.
    Se sorprendió a sí mismo siguiéndola como un perro, mientras se esforzaba por reprimir algo muy confuso, muy perturbador, que estaba dando vueltas en su cabeza, o pecho, o estómago, o donde fuera. Ya no estaba seguro de nada.
    – ¿Qué dirección cree usted que tomó Errki?
    – A través del bosque.
    Ella señaló con el dedo, un poco a la izquierda de Varden.
    – Allí hay una pequeña laguna, a la que llamamos El Pozo. Ya hemos buscado en ese lugar. Si ha seguido hacia delante, habrá llegado a la carretera principal, justo al punto donde se mete por debajo de la autovía. Si lo han visto en Finnemarka, coincide con la dirección.
    Cuando unos minutos más tarde estaban sentados en la cafetería y ella echaba gotas de limón en su Coca-Cola, él preguntó con curiosidad:
    – ¿Sería posible explicar a una persona normal y corriente lo que es una psicosis?
    Se fijó en que la Coca-Cola se iba aclarando con el limón.
    – ¿Es usted una persona normal y corriente?
    Había algo burlón en su voz. Sejer no sabía si era un cumplido u otra cosa. En la confusión, se puso a tocar el teléfono móvil que llevaba en el cinturón.
    – Por un lado, es imposible, es algo muy abstracto -contestó ella en voz baja-. Pero la veo como un escondite. Se trata de que todos los mecanismos normales de defensa están pisoteados. Incluso el acercamiento más inocente se percibe como un ataque del enemigo. Errki ha encontrado un escondite. Intenta sobrevivir creándose una estrategia interior de supervivencia, una especie de instancia correctora que poco a poco se va imponiendo por completo y reduce su libertad y la posibilidad de hacer sus propias elecciones. ¿Lo ha entendido?
    Ella bebió un trago de Coca-Cola y se secó la boca con el dorso de la mano.
    Sejer asintió con la cabeza.
    – ¿Desea él salir de esa situación?
    – Probablemente no, ese es el problema. Toda clase de enfermedades reporta un beneficio, claro. ¿Sabe? Alguien que te cuida cuando estás en la cama con fiebre. Es muy agradable.
    Es fácil para ti decir eso, pensó él, nostálgico.
    – ¿Y Errki está muy enfermo?
    – Tiene bastantes problemas. Pero al menos se ha levantado de la cama. Consigue comer algo, toma sus medicinas. En otras palabras, colabora un poco.
    – ¿Y… la esquizofrenia? ¿Qué es?
    – La llamamos así a falta de algo más preciso, porque resulta práctico tener casillas en las que poder meter las cosas, cuando la psicosis ha durado algún tiempo en serio, digamos unos meses.
    – ¿Errki lleva mucho tiempo enfermo?
    – Es una de esas personas que, de alguna manera, ha sido abandonado por muchos. Ha ido de sitio en sitio como una especie de reclamación.
    La doctora suspiró hondo.
    – Si ha matado a esa mujer -prosiguió- me temo que ya no habrá esperanza para él. No tendrá más ayuda. No de la manera en la que quiero ayudarle.
    – Pero… -la miró y levantó el vaso-. ¿Qué sabe de la causa de la enfermedad de Errki?
    – No mucho. Pero tengo algunas teorías.
    – ¿Puede decirme algo sobre ellas?
    – A veces me he preguntado si tuvo algo que ver con la muerte de su madre.
    – Según los rumores que corren, fue Errki quien la mató -dijo Sejer deprisa, un poco demasiado deprisa en realidad.
    – Sí, sí, también yo lo he oído. Él mismo lo ha extendido.
    – ¿Pero por qué?
    – Porque cree que es así.
    – ¿Y qué cree usted?
    – Prefiero dejar abierta la cuestión. Todos necesitamos una oportunidad -dijo con firmeza.
    Sí, pensó él. Yo también necesito una oportunidad. Pero seguramente no la aprovecharía aunque me la sirvieran en bandeja. No lleva alianza, pero eso no tiene por qué significar nada. Antes era siempre una señal segura. Resultaba muy fácil distinguir a los que no tenían pareja. Como él había hecho con Elise. Dedos largos y lisos, sin alianza. ¿En qué demonios estoy pensando?, se dijo de repente.
    – ¿Cómo murió su madre? -preguntó.
    – Se cayó por una escalera.
    – ¿No la empujó él?
    – Tenía ocho años.
    – A esa edad se empuja y se salta todo el rato. Por ejemplo, sin querer o jugando. Errki estaba en la casa, ¿no?
    – Fue testigo de lo que ocurrió.
    – ¿Y nadie más?
    – No.
    – ¿Qué es lo que usted sabe exactamente?
    – Casi nada. Errki estaba sentado en la escalera cuando llegó la ayuda. Seguramente llevaba mucho tiempo allí, incapaz de moverse.
    Se metió una mano en el bolsillo del pantalón y sacó un paquete de tabaco light.
    – Hace mucho tiempo de eso -añadió.
    – Otra cosa: el agente Gurvin mencionó que Errki vivió algún tiempo en Estados Unidos.
    – Vivió durante siete años en Nueva York con su padre y su hermana. Venían a Noruega regularmente, en Navidades y fechas así.
    – ¿Y… es cierto que tuvo contactos con un tipo algo especial?
    Ella sonrió de repente.
    – No he podido comprobarlo. He hablado con su padre, y admite que no sabe muy bien lo que hacía el chico en su tiempo libre. Se preocupaba más por la hija, la hermana de Errki que, al contrario que el chico, tenía éxito en todo lo que hacía, sobre todo socialmente. Pero está usted pensando en ese mago, ¿verdad?
    – Tal vez le metiera ideas extrañas en la cabeza.
    – Me temo que ya las tenía. Pero, por supuesto, no mejoraría la situación. Lo peor es…
    De pronto se calló y clavó la mirada en la Coca-Cola. Era evidente que estaba dudando si continuar o no, si sería traspasar el límite.
    – Lo peor es -repitió- que a veces he pensado si de verdad no tiene esa capacidad. Si realmente no ve más que los demás y de hecho hace que sucedan cosas mediante una profunda concentración. No se puede explicar de otra manera el que ponga en marcha cosas con la fuerza de la mente.
    Bueno, ya estaba dicho.
    Sejer frunció el ceño. Qué mala suerte, ahora que esa mujer estaba empezando a gustarle, descubrir que no estaba del todo bien de la cabeza, que no era esa mujer realista e inteligente que él había pensado al principio. ¡Mala suerte!
    – Cuénteme -dijo.
    Ella fijó la mirada en una estatua de fuera, una estatua de una muchacha desnuda, de rodillas, mirando al recinto hospitalario.
    – Le contaré cómo fue el primer encuentro que tuvimos Errki y yo. Todos los pacientes tienen su terapeuta fijo, a la vez que forman parte de un grupo con el que reciben terapia en grupo. Había llegado el día y la hora. Estaba sentada en mi despacho esperando, quería comprobar si Errki lograba llegar puntual después de haberle enseñado dónde estaba. Y llegó justo a la hora. Señalé el sofá que hay junto a la ventana y él se sentó o, mejor dicho, más bien se tumbó y se quedó callado. No pude ver sus ojos. La habitación estaba en silencio. Hay algo mágico justo en ese momento, en el primer encuentro entre médico y paciente, las primeras palabras.
    Hablaba en voz baja y muy despacio. Sejer notaba cómo se dejaba meter en los pensamientos de esa mujer, casi le parecía estar en la habitación en la que estuvieron sentados los dos.
    – Tenemos exactamente una hora -empecé-. Y hoy decides tú cómo quieres que la empleemos. Él no contestó. Dejé que el silencio se prolongara, no me asusta el silencio, es normal que no digan mucho, o nada, si de eso se trata, la primera vez. Y la segunda. De modo que no me extrañó nada. Él estaba cómodamente sentado, relajado, como descansando. No estaba nervioso ni atormentado. Pasado un rato, opté por hablar yo sobre mí misma, en voz baja y calmada.
    – ¿De qué habló? ¿Pueden entonces hablar de ustedes mismos?
    – Claro, dentro de unos límites.
    Su voz se volvió didáctica.
    – He de ser personal sin ser íntima, interesada sin parecer invasora, decidida sin ser cortante o autoritaria, compasiva sin parecer sentimental, etcétera. Dije a Errki que lo que haríamos sería buscar un lenguaje especial para nosotros, un lenguaje que solo entenderíamos él y yo, y que nadie más entendería. Por «nadie más» quería decir las voces interiores que lo empujan de un lado para otro, amargándole la vida. Le dije que podíamos buscar una manera de comunicarnos y que podríamos mantenerla en secreto. Una clave. Que si quería decirme algo, podría hacerlo en clave, si lo prefería, que yo la entendería con un poco de tiempo, y que lo de descifrarla era mi problema.
    Se paró para tomar aliento.
    – Pero él seguía callado, el tiempo transcurría, y yo no dejaba de esperar una señal. Por fin entré en un estado de somnolencia. Errki tiene una manera de ser tranquilizadora. Allí estaba, como si fuera el dueño de la habitación. Cuando por fin se levantó, me sobresalté. Sin mirarme, fue hacia la puerta. Va en contra de las reglas, de manera que lo detuve. Él se limitó a señalar su muñeca izquierda, en la que no llevaba reloj. La hora había pasado. No había ningún reloj en la habitación. Y sin embargo, era la hora justa, habían transcurrido sesenta minutos.
    – ¿Y qué hizo usted? -preguntó Sejer curioso.
    Ella se rió por lo bajo.
    – Intenté un truco. Dije que aún quedaban cinco minutos, pero lo dije con una sonrisa. Entonces pronunció su primera palabra, la primera palabra que me dirigió: Mentirosa.
    Sejer miró el césped a través de las ventanas de la cafetería. Se dio cuenta de que era tarde, pronto debería volver a la Comisaría, a poder ser, con algunas notas relevantes. Ni siquiera había hecho ninguna llamada telefónica en todo el tiempo que llevaba allí. Tal vez hubieran encontrado ya a esos dos, mientras él andaba perdido en la psiquiatría y sus secretos. O en esa mujer, en todo lo que podía haber sido, en un futuro diferente al que él se había imaginado.
    – Luego -prosiguió ella- anoté en mi diario: Uno cero a favor de Errki.
    – ¿Cómo cree usted que reaccionará Errki si se siente amenazado?
    La mujer lo miró y en su rostro apareció un aire de preocupación, como si estuviera pensando en cómo estaría Errki.
    – Se encierra en sí mismo hasta que no puede más. Siempre está a la defensiva.
    – Pero si no puede retraerse, si lo amenazan o le provocan lo suficiente, ¿entonces qué hace?
    – Intenté decírselo antes, pero usted no captó mi insinuación. Simplemente muerde.
    – ¿Muerde? ¿El qué?
    – Lo que puede.

    Errki dormía. Morgan lo observaba desde la puerta. Una cicatriz roja y dentada iba desde la garganta hasta el ombligo. Se le había cerrado muy mal. Morgan reflexionó, incapaz de encontrar una explicación razonable a la causa de esa cicatriz tan fea. Se quedó mirándolo fijamente, aunque había ido con el propósito de despertarlo. Llevaba mucho tiempo sentado en el viejo diván del cuarto de estar, mirando la pared. Escuchó la radio, no había ninguna novedad. Cien mil coronas, dijeron. Morgan las había contado, era correcto.
    Permaneció inmóvil. Estar observando a un hombre dormido le pareció demasiado íntimo. Mirar a una chica habría sido diferente. O así le parecía a él. Errki respiraba levemente y sus párpados vibraban, como si estuviera soñando. Su chaqueta negra y su camiseta estaban en un montón en el suelo. ¿Por qué quiero despertarlo?, pensó Morgan. ¿Estoy aquí como un perro ávido de compañía, sintiéndome solo? ¿Por qué coño no le dejo dormir? Si de todos modos no habla, está demasiado preocupado por su jodido interior como para escucharme a mí. Y sin embargo, cuando duerme se parece a todos los demás.
    Se preguntó si la locura del hombre también estaría presente mientras dormía, si también sus sueños eran de loco o si muy dentro tenía un lugar donde todo era normal, algo que él no quería admitir.
    Se estremeció. Sin previo aviso, Errki había abierto los ojos. En cuestión de un segundo estaba despierto. No se había movido un ápice antes, como suele hacer la gente al despertarse, retorciéndose un poco, gruñendo, gimiendo. Él se limitó a abrir los ojos. Eran sorprendentemente grandes antes de enfocar a Morgan. Luego se estrecharon.
    – ¿Qué te has hecho en el pecho? -preguntó Morgan, incapaz de resistirse a hacer la pregunta-. Parece un harakiri fallido.
    Errki se calló, porque los dos del Sótano estaban haciendo ruidos y moviéndose para tomar posiciones. A veces eran muy lentos.
    – Tengo ganas de charlar -dijo Morgan. Le pareció mejor ser sincero-. Es tarde. ¿Nos tomamos un whisky?
    Errki se levantó despacio de la cama. No ocurrió nada. Miró de reojo el revólver de Morgan, se puso la camiseta y lo siguió hasta el cuarto de estar. Morgan había colocado la radio en el marco de la ventana, con la antena saliendo por los vidrios rotos. La temperatura dentro de la vieja casa era agradable, pero sobre el bosque había una calurosa bruma, y le pareció ver brillar la laguna muy a lo lejos en el calor.
    – Tengo hambre -dijo Morgan-. Así que me tomaré un trago de whisky.
    Sacó la botella de la bolsa y desenroscó el tapón. Era una botella de litro. Errki estaba a la expectativa observándolo. Como de costumbre, miraba de abajo arriba y daba la impresión de estar tramando algo.
    – El whisky es un buen remedio contra cualquier cosa -señaló Morgan, mientras seguía extrañándose por esa mirada intensa que parecía preservar un conocimiento muy especial, algo funesto sobre la vida y la muerte que nadie más que él hubiera visto-. Sirve de remedio contra el hambre y la sed, contra las penas de amor y el aburrimiento, las desesperaciones y angustias.
    Dio un buen trago.
    – No hay nada tan agradable como un problema moderado con drogas legales -prosiguió-. ¿Entiendes lo que quiero decir con la palabra moderado?
    Errki lo entendía. Morgan se secó la boca.
    – Yo bebo regular y constantemente. Pero nunca por la mañana ni tampoco demasiado, y menos cuando tengo que conducir. Yo tengo el control, no el alcohol.
    Dio otro trago.
    – Y si ahora crees que voy a emborracharme para que te puedas escapar, estás muy equivocado.
    Ofreció la botella a Errki, que la miró extrañado. No le gustaba mucho el alcohol, pero se sentía vacío y agotado por dentro, y como era lo único que tenían, no necesitaba hacer una elección. Solo había eso, una botella de whisky. Y él no lo había pedido, el otro casi le obligaba a beber. Estudió la etiqueta y dio la vuelta lentamente a la botella. Luego olió su contenido.
    – Venga ya, no es veneno.
    Se llevó la botella a la boca y bebió. No salió ni una lágrima de sus ojos mientras el whisky le corría por la garganta.
    Un súbito calor se le extendió por el diafragma, llenándole el estómago. Poco a poco le fue subiendo ese sabor dulzón, como si se tratara de bombones.
    – Bueno, ¿verdad?
    Morgan sonrió.
    – ¿Dónde vives? Tendrás una casa, ¿no?
    Al lado del mar, pensó Errki. En un lugar en medio de la naturaleza, pagado por el ayuntamiento. Una habitación, cocina y baño. Encima vive ese viejo que se pasea sin cesar por las noches y que alguna vez llora. Lo oigo, pero no me meto. Si le doy la mano y lo escucho, le doy esperanza, y no hay esperanza para nadie.
    – ¿Por qué tienes que ser tan jodidamente reservado? -prosiguió Morgan, agarrando la botella de nuevo.
    – Allí huele mal -dijo Errki en voz baja.
    Morgan se sobresaltó al oír su voz.
    – ¿Qué huele mal? ¿Tu casa? No me extrañaría. Tú también hueles mal. Tal vez sea hora de que salgas al aire libre.
    – La carne cruda huele mal. Sobre todo con este calor.
    – ¿De qué estás hablando?
    – Está sobre el banco. La como todos los días para desayunar.
    Lo decía muy serio. Morgan lo miró con desconfianza.
    – ¿Estás bromeando o tienes alucinaciones? Bromeando, ¿verdad? No dudo que estés chiflado, pero me niego a creer que comas carne cruda para desayunar.
    Notó que una especie de espanto le bajaba por la espalda, a pesar del calor. ¿Qué clase de ser humano era ese hombre que tenía delante?
    – Tómate otro whisky. A lo mejor te sienta mal no poder tomar las medicinas. Pero yo creo que casi te irá mejor el whisky.
    Se dejó caer al suelo, con el arma al lado.
    – Oye, cuéntame. ¿Cuándo te diste cuenta de que estabas a punto de volverte loco?
    Errki lo miró.
    – ¿Fue como lo que se lee en los libros, que te levantaste una mañana sintiéndote fatal, fuiste al espejo, y allí viste, para tu espanto, que te salían gusanos rojos de los orificios de los ojos?
    Se rió por lo bajo y tapó la botella.
    Errki cerró los ojos. Un suave zumbido subía desde el Sótano, como una advertencia.
    – No fueron gusanos -dijo con esa voz clara y tranquila-. Fueron escarabajos con caparazones brillantes. Relucían con la luz que entraba por la ventana, negros como el petróleo.
    Morgan parpadeó perplejo.
    – Estás bromeando, ¿verdad? No ocurre así. Aunque seas idiota, no puedes tratarme como si yo también lo fuera. Supongo -dijo meditabundo- que se convierte en algo muy importante averiguar por qué uno enfermó. Por eso te lo he preguntado. Tal vez sea hereditario. ¿Tu madre también estaba loca?
    Errki callaba y escuchaba las palabras que salían de la boca del otro como basura, como papel mojado, cáscaras de patata, posos de café y corazón de manzana.
    – ¿Y tú? -preguntó Errki tranquilamente-. ¿Cuándo te diste cuenta tú?
    – ¿Cuándo me di cuenta de qué?
    Morgan parpadeó y volvió a mirar por la ventana.
    – No resulta nada fácil mantener una conversación contigo. Si hay algún tema que te parezca bien, podemos hablar de eso. Tú decides.
    Lanzó un profundo suspiro.
    – Falta mucho para que se haga de noche.
    Nueva pausa. Errki estaba sentado en el diván con las piernas encogidas.
    – Muchas partes del mundo están en guerra -dijo por fin.
    – ¿Ah, sí? Pues puede ser. Cuéntame algo del manicomio -dijo Morgan, con una voz casi suplicante.
    Podría si le diese la gana. Podría hablarle de Ragne, por ejemplo, que no era capaz de asumir el hecho de que había nacido niña, y a quien encontraban cada dos por tres llena de cortes, en medio de un charco de sangre en la cama o en la ducha, después de haber intentado cortarse los genitales, lo cual no resulta fácil tratándose de una chica. Refrescos, té y café, pensó Errki, cerveza, vino, licor. Contárselo a ese tonto de pelo rizado. Jamás.
    – Vale, déjalo -dijo Morgan desalentado, mirando a Errki-. ¿Eres un genio? ¿Un cerebro brillante? No estoy bromeando, no descarto la posibilidad de que seas muy inteligente, aunque no lo parezcas.
    Errki no contestó. El hombre no solo era un tonto, sino realmente miserable.
    Morgan suspiró. Se sentía agotado. El otro no quería hablar. Morgan ya no aguantaba oír su propia voz, de todos modos no decía más que sandeces. Tampoco podía echarse a dormir ni beber más whisky. No estaba habituado a estar sentado en una habitación con otro hombre y no recibir respuesta alguna. Le ponía nervioso.
    – ¿En qué vas a emplear el dinero? -dijo Errki de repente, con esmerada amabilidad.
    – ¿El dinero?
    – El dinero del atraco. ¿Te vas a comprar una Nintendo? Todos los chicos piden una Nintendo.
    Morgan se levantó bruscamente y se acercó a la ventana, desde donde se quedó mirando la laguna. Brillaba como el cristal y tenía un color rojizo oscuro, como de mineral. Miró el islote desnudo y el pino reseco que se inclinaba hacia fuera. Pronto habría otra vez noticias. Luego pensó en el coche, en si lo habrían encontrado. En ese caso lo sabrían, sabrían que los dos habían subido por el bosque.
    – Tengo que mear -dijo, saliendo de la habitación-. Tú quédate aquí. Estaré justo fuera.
    Salió e inhaló el aire caliente. Era la hora más calurosa del día. Añoraba una oscuridad que no llegaría hasta el otoño. Todo es un rollo, pensó desanimado.
    Errki se levantó del diván y se sentó en el suelo, apoyándose contra la pared. Oyó caer el chorro sobre la hierba seca y el pequeño clic cuando Morgan se subió la cremallera. El whisky le calentaba alegremente el cuerpo. Quería más. Morgan entró. Podría pedirle más, pero iba en contra de un principio que no se podía infringir bajo ninguna circunstancia. El de pedir algo. No, era impensable. Ahí llegaba Morgan, con pasos obstinados. Pasó por encima de la bolsa y se quedó de espaldas tocando la radio. Volvió a girar un poco la antena. Errki miró fijamente la camiseta y luego las piernas musculosas del hombre. Era curioso, un hombre dotado de todo lo que tiene que tener un hombre y, sin embargo, con un aspecto tan poco armonioso, como compuesto al azar por piezas sueltas que no encajaban las unas en las otras. Todo estaba en silencio. Errki se disponía a rezar una oración. No podía recordar cuándo había rezado por algo, hacía muchos años. Tuvo la sensación de que las palabras se le amontonaban, convirtiéndose en un nudo que no subía.
    Clavó la mirada en la bolsa. Concentró toda su fuerza en un ojo y sintió su propia mirada como un rayo a través de la habitación. Alcanzó la lona negra de la bolsa y pronto salió una fina columna de humo de la tela. Luego notó un suave olor a quemado. Morgan se volvió. Empezó a oír ruidos desde el Sótano, como si enormes piedras se hubieran desprendido de algún lugar y se acercaran rodando. El ruido iba en aumento, se oían como truenos. Néstor se inflamó. Al poco rato, Errki vio cómo algo emergía a través del sucio suelo de tarima. Un río de sangre. Lo miró fijamente. Estaba a una pulgada de sus pies. La bolsa estaba al otro lado.
    – ¿Qué te pasa? -preguntó Morgan inseguro-. ¿Te encuentras mal?
    Errki miró fijamente la bolsa.
    – Oye, ¿por qué no te tomas otro whisky? Tal vez te alivie.
    Parecía preocupado. Errki permaneció sentado, con la mirada clavada en la sangre.
    – Te he dicho que puedes dar otro trago.
    Pero Errki seguía sentado. No llegaría a la bolsa con la mano, tendría que dar un paso para alcanzarla y los pies le resbalarían en la pegajosa sangre.
    – ¡Joder! ¿Por qué todo tiene que ser tan difícil contigo? ¿Quieres que le ponga una tetina a la botella y te la coloque en los brazos?
    Morgan buscó violentamente la botella en la bolsa, la encontró y se la dio. Errki la cogió y bebió. La bolsa dejó de arder.
    Has tenido suerte. No esperes tanto la próxima vez.
    – No soy tacaño -dijo Morgan de repente-. Puedes decir lo que quieras de Morgan, pero no que sea tacaño.
    Miró de reojo a Errki, que bebía con avidez.
    Luego se fue a la cocina. Errki comprendió que era verdad. Morgan era muchas cosas raras, pero no tacaño. Estaba buscando algo en los cajones, y luego Errki lo oyó abrir la puerta de la despensa. Mientras estuvo fuera de su vista, Errki dio varios tragos. Morgan maldecía por lo bajo y tiraba las cosas con movimientos enérgicos. Luego se oyó un crujido. Eso significaba que estaba tocando las velas, empaquetadas en plástico. A continuación, se metió en la alcoba. Errki bebió más y oyó cómo el otro golpeaba las paredes. Luego sonó su voz, como un eco por toda la casa:
    – ¡Me cago en la mar, mira!
    Errki se levantó y lo siguió balanceándose.
    – ¿Ha llamado, señor?
    Seguía con la botella en la mano. Morgan había dejado el revólver en la ventana.
    – ¡Mira lo que he encontrado debajo de la cama! -dijo Morgan enseñándole unos papeles marrones y resecos, doblados varias veces-. Un mapa de Finnemarka. Veamos dónde estamos.
    Leyó en voz alta:
    – Mapa de Finnemarka, Mapas del Estado, 1965. Ayúdame, Errki.
    Morgan cogió el revólver y volvió al cuarto de estar. ¿Puedes averiguar dónde se encuentra esta casa?
    Desdobló el mapa, que casi se le deshizo entre los dedos. Errki echó un vistazo. Luego señaló con el dedo una pequeña mancha azul y dijo:
    – Estamos aquí.
    – ¿Tan fácil es? -preguntó Morgan mirando atentamente-. ¿Cómo puedes saberlo con tanta seguridad?
    – Mira la laguna de fuera -dijo Errki-. Mira la forma que tiene. Compara con el mapa. Se llama la laguna del Cielo.
    – Joder. Al menos tienes algunos momentos de lucidez.
    Morgan fue hacia la ventana y miró por ella. La laguna tenía exactamente la misma forma que la del mapa.
    – Joder, ¿tan bien conoces esto? En realidad, no hemos andado tanto -añadió-. Esta noche puedo cruzar la colina y bajar por ahí -dijo señalando el mapa de nuevo-. Para divertirnos, podemos cambiarnos la ropa.
    Cogió la botella de whisky. Por fin se sentía mejor. Sabía dónde estaban. Ya no se encontraba dentro de una mancha blanca, ahora todo tenía un nombre, cimas y lagunas rodeadas por la red de carreteras, claramente enumeradas.
    – Tú vuelves por el mismo camino por el que hemos venido. Y yo continúo hacia… hacia el noreste. Te dejo mi pantalón corto. Vas a tener una pinta estupenda con mis pantalones hawaianos. Entonces te soltaré. Entre las doce y la una de esta noche.
    Parecía contento. Tenía una meta.
    – Las noticias -dijo de repente, y se levantó de un salto. Fue dando tumbos hasta la radio y subió el volumen. Ahora era una mujer la que leía las noticias. Errki volvió a dejarse caer en el suelo y cerró los ojos. Tenía los labios entumecidos y agradablemente laxos por efecto del whisky.
    – Y ahora al asesinato de Finnemarka. El brutal asesinato cometido en la persona de Halldis Horn, de setenta y seis años, sigue siendo la prioridad absoluta de la policía, además del atraco al Banco Fokus. La policía declara que está siguiendo una pista que podría llevarles al autor del crimen, pero con el fin de no entorpecer la investigación, no dice nada más sobre el asunto. No obstante, confía en una pronta solución del caso.
    Morgan miró a Errki.
    – ¿Dónde crees que vivía esa mujer? ¿Tú la conocías?
    Se rascó la cabeza.
    – ¿Podrían venir aquí a buscarnos? ¿Puedes entender cómo alguien es capaz de hacer algo tan horrible?
    Errki movió la cabeza con tanta fuerza que su pelo bailó, pero no contestó.

    – ¿Por qué lo ingresaron a la fuerza? -preguntó Sejer-. ¿Amenazó a alguien?
    La doctora Struel negó con la cabeza.
    – Dejó de comer. Cuando llegó aquí, estaba muy desnutrido.
    – ¿Por qué no comía?
    – No conseguía decidir lo que quería comer. Se sentó a comer y no hacía más que llevar la mano de un fiambre o queso a otro.
    – ¿Y qué hizo usted?
    – Cuando se dio por vencido y subió a su habitación, le preparé una rebanada de pan con salchichón y se la llevé. Nada de leche ni café para acompañar, solo el pan con salchichón. Se lo dejé en la mesilla de noche y no lo tocó.
    – ¿Por qué?
    – Cometí un gran error. Partí la rebanada en dos, y no sabía qué rebanada comerse primero.
    – ¿Quiere decir que es posible dejarse morir de hambre por tener problemas para tomar una decisión?
    Sejer sacudió la cabeza mientras intentaba entender lo difícil que podía llegar a ser la vida para algunos.
    – ¿Y cree realmente que ese hombre tiene poderes fuera de lo normal?
    Ella hizo un gesto desalentador con las manos.
    – Yo solo le cuento lo que vi. Otros cuentan otras cosas.
    – ¿Le ha preguntado a él cómo lo hace?
    – Una vez le pregunté: ¿Quién te lo ha enseñado? Sonrió y dijo: The Magician. El mago de Nueva York.
    – ¿Pero no son más bien casualidades?
    – No lo creo. En el transcurso de la vida, ocurren cosas que no somos capaces de explicar.
    – A mí no me pasan -dijo Sejer con una sonrisa.
    – ¿No? -preguntó ella con aire burlón-. ¿De manera que es usted de los que entienden casi todo?
    Se sintió ridiculizado.
    – No he querido decir eso. ¿Qué más cosas sabe hacer?
    – Una vez estaba jugando a las cartas con un grupo en la sala de fumar. Errki también estaba allí, pero no jugaba. Odia jugar a cualquier cosa. Era tarde y fuera estaba oscuro, y la lámpara estaba encendida. De repente, Errki dijo de esa manera suya tan rara, tan calmada: Deberíamos tener una vela en la mesa. Es verdad, pensé, resultaría más acogedor con una vela encendida. Le pregunté si quería ir a la cocina a buscar una, pero no quiso. Los otros tampoco. Dijeron que una vela entorpecería el juego. Entonces Errki me dio pena. Por primera vez había sugerido algo y nadie lo escuchó. En ese momento se fue la luz. La sala de fumar se quedó completamente a oscuras y también el resto del edificio. Se formó un gran barullo mientras nos movíamos a tientas buscando una vela. Intenté avisar, dijo Errki escuetamente.
    »Pero no siempre acertaba con todo lo que hacía. Entre otras cosas, quiso aprender a volar, y en una ocasión saltó por la ventana desde un segundo piso. Fue un milagro que no se matara. Aterrizó sobre un aparcamiento de bicicletas y le quedó una cicatriz bastante fea en el pecho. Ocurrió mientras vivían en Nueva York.
    – ¿Consumía LSD o algo así?
    – No lo sé. El padre tampoco lo sabía. No se preocupaba mucho de su hijo.
    – ¿Es tan feo como dicen?
    – ¿Feo?
    Lo miró aturdida.
    – No es feo. Poco aseado, tal vez.
    – ¿Es infeliz?
    Su propia pregunta le pareció estúpida, pero la doctora no se rió.
    – Naturalmente. Pero él no lo sabe. No deja aflorar esa clase de sentimientos.
    – ¿Y cuáles son los sentimientos que deja aflorar?
    – Desprecio, condescendencia, arrogancia.
    – Eso no suena tan bien.
    La doctora suspiró hondo.
    – En el fondo, no es más que aquel niño superdotado que solo quería el bien, que quería hacerlo todo correctamente y que tenía tanto miedo de cometer un error que se quedó paralizado. En el colegio no era muy bueno en la parte oral, se limitaba a quedarse sentado junto a la ventana, murmurando, y nadie lograba oír lo que decía. Pero en la parte escrita era un as indiscutible.
    – ¿Y usted le hizo hablar poco a poco?
    – Habla cuando le conviene. A veces puede llegar a ser extremadamente elocuente, incluso divertido. Tiene un sentido del humor muy cáustico.
    – ¿Ha intentado alguna vez quitarse la vida?
    – Aparte de ese vuelo por la ventana en Nueva York, que no he podido estudiar a fondo, no creo.
    – ¿De modo que no tiene tendencias suicidas?
    – No. Pero en este negocio nunca hay nada seguro.
    – ¿Usted lo entendería si llegara a hacerlo?
    – Claro que sí. Suicidarse es un derecho humano.
    – ¿Un derecho humano? ¿Eso opina?
    La doctora se miró las manos.
    – No me gustan nada esos terapeutas que dicen al paciente: Has de entender que la muerte no es la solución. Claro que es la solución para la persona en cuestión. El que algunos elijan la muerte es una consecuencia lógica y clarísima de nuestra capacidad de elección, y una solución que el ser humano ha conocido y algunos han elegido en todos los tiempos.
    – Pero usted hará todo lo que pueda para evitarlo, ¿no?
    – Digo: Es tu elección. Y no siempre me siento bien cuando debo meterles la vida por la fuerza o cuando les robo una psicosis que ellos, al fin y al cabo, viven como su única vía de escape.
    No voy a poder dormir esta noche, pensó Sejer. La cara de esta mujer flotará ante mí en la oscuridad, sujetándome. Sus palabras me retumbarán en los oídos. Se sorprendió a sí mismo dando vueltas a la alianza, pensando que si ella, contra toda razón, hubiera sentido cierto interés por él en ese aspecto, necesariamente habría tenido que descartarlo enseguida. Tal vez debería dejar de ponérsela. Por otra parte, hacía mucho tiempo que había decidido que siempre estaría en su dedo y que se la llevaría a la tumba. Y sin embargo, esa alianza indicaba que existía una mujer. La doctora también la había visto. La idea le molestaba.
    – A Errki le gusta andar por el bosque y a lo largo de la carretera. ¿Y nunca suele acercarse donde hay gente?
    – No -admitió ella.
    – Si ahora es eso lo que al parecer ha hecho, es decir, ha ido hasta el centro de la ciudad e incluso ha entrado en un banco, ¿cree usted que eso puede significar que algo le pesa? ¿Que sentía que necesitaba ayuda porque había sucedido algo?
    De repente, la doctora pareció muy preocupada. Sejer volvió a sentir una especie de marejada por dentro. Cuando se retiró, se miró el corazón, que desde hacía tiempo era una playa abandonada. Por primera vez en muchos años había en él una mujer.

    – ¿Ha pasado algo?
    Skarre lo miró.
    – ¿Qué quieres decir?
    – Has tardado mucho.
    Sejer no contestó. Estaba de espaldas, junto al lavabo. Skarre se sintió inseguro. El jefe era a veces bastante reservado, pero ahora su espalda recta indicaba que algo se estaba fraguando.
    – Tengo algunos datos que pueden sernos útiles -contestó Sejer, sin volverse. Abrió los grifos y se echó agua fría en la cara sofocada. Por fin, cuando se había secado esmeradamente y alisado el pelo corto con los dedos, preguntó:
    – ¿Hemos recibido las fotos de las huellas que vimos en el lugar de los hechos?
    – Aún no, pero están a punto de llegar. Según los del laboratorio, se trata de unas magníficas fotos en blanco y negro. Apuestan a que son zapatillas de deporte. Se trata del mismo dibujo en zigzag que tiene esa clase de calzado. Las huellas miden treinta y nueve centímetros de largo, lo que corresponde a un cuarenta y tres de número de zapato. Es lo que sé por ahora.
    – A la doctora Struel le cuesta imaginarse que Errki haya podido matar a alguien. Dice que el hombre muerde si le provocan.
    – ¿La doctora? ¿Que Errki muerde?
    Skarre lo miró con interés.
    – ¿El doctor era una doctora? ¿Te dijo algo sobre cómo cree que se comportaría Errki de rehén?
    – Cree que se encerraría en sí mismo. Dice que solo se defiende si lo atacan. Pero tampoco sabemos gran cosa del atracador o de qué tipo de hombre es.
    – Quizá se estén divirtiendo.
    – No sería la primera vez. Pero se me está ocurriendo algo. ¿Qué crees que pasaría si el atracador se enterara de que al rehén que acaba de llevarse lo está persiguiendo la policía por un caso de homicidio?
    Skarre sonrió.
    – Tal vez le entrara miedo y lo soltara.
    – Tal vez. Y tampoco es improbable que esté escuchando las noticias con el fin de averiguar cómo está la situación.
    – Pero la prensa no sabe que el rehén es el hombre que fue visto en la granja de Halldis.
    – Es cuestión de poco tiempo ya, ¿no crees?
    Miró la puerta, que daba a un largo pasillo en el que los despachos estaban colocados en fila.
    – Aquí trabaja mucha gente. No tardará mucho en saberse.
    – Y entonces podría ser peligroso, ¿verdad?
    Sejer lo miró.
    – ¿Qué harías tú? Piensa con la parte criminal de tu cerebro.
    – ¡Ah, es tan pequeña esa parte! -se quejó Skarre-. Me asustaría y lo mandaría a paseo. Y como es un enfermo mental, supongo que no es fácil de tratar. Pero si han conectado -prosiguió- puede que se apoyen el uno en el otro. ¿Y por qué iba uno a denunciar al otro? Los dos están fuera de la ley. Pero si se desencadenara un conflicto…
    – Y uno está loco y el otro armado… Tenemos que encontrarlos antes de que se maten el uno al otro -dijo Sejer-. Propongo que hagamos llegar la información a la radio.
    – ¿Crees que lo soltará?
    – Tal vez. Mientras tanto, tú irás a la tienda de comestibles de Briggen a hablar con el tendero de Halldis. Es el único que hablaba con ella a intervalos regulares, una vez por semana durante muchos años. Se conocerían bien. También tienes que averiguar quién es ese Kristoffer que le envió la carta. ¿Has comido algo?
    – Yo sí, ¿y tú?
    – Yo iré a la Colina de los Muchachos a hablar con el chiquillo que encontró el cadáver. Luego me pasaré por el Hospital General de Oslo.
    – ¿Para qué?
    – Para ver si hay papeles sobre la madre de Errki, datos sobre su muerte.
    – ¡Pero si hace dieciséis años de eso!
    – Seguro que encuentro algo. ¡Pero una cosa antes de que te vayas! Ve al pasillo y coge un palo para fregar suelos.
    – ¿Un qué?
    – En el armario de los utensilios de limpieza. Un palo de esos a los que se ata el trapo de fregar el suelo.
    – Nadie friega ya con palos de esos -dijo Skarre con indulgencia-. Se utilizan fregonas.
    – Entonces ve a buscar una fregona. Algo que tenga un palo largo.
    Skarre se fue y volvió con una fregona. Igual que en la azada de Halldis, el mango era de fibra de vidrio. Sejer tomó posiciones.
    – Yo soy Halldis Horn -dijo muy serio-. Y tú eres el homicida.
    – No me costará mucho esfuerzo -indicó Skarre colocándose delante de él.
    – Estoy fuera, con la azada en la mano. Bien es verdad que soy más alto que ella. Pero seguramente la tendría cogida así, con las manos juntas en el centro del mango.
    Skarre asintió con la cabeza.
    – Tú vienes hacia mí desde dentro de la casa e intentas coger la azada. Hazlo, Jacob.
    Miró por un instante el mango y lo agarró con las dos manos. Automáticamente, puso una mano por encima de la de Sejer y la otra por debajo.
    – Quédate así.
    Sejer miró con atención las cuatro manos.
    – Las huellas de Halldis estaban más o menos así, en el centro de la azada. Muy arriba encontramos otra huella pequeña. Y esa misma, muy abajo en la azada. Significa que él le arrebató la azada así, con un solo movimiento, luego la arrancó violentamente de sus manos, la levantó y la golpeó. Pero dime, Jacob, ¿dónde están sus huellas dactilares o los restos de ellas?
    Skarre no se lo pudo decir.
    – ¿Y si las limpió a toda prisa y solo consiguió quitar algunas?
    – ¿Mientras las de ella quedan en medio del mango? No parece probable.
    – ¿Y si por alguna razón u otra, los dedos de él dejan malas huellas?
    – ¿Debido a qué, por ejemplo?
    – Ni idea. Pero si alguna vez se ha quemado los dedos, las huellas serán imposibles de sacar.
    – Me parece que estás especulando muchísimo.
    – Tienes razón -dijo Skarre parpadeando-. Yo tampoco lo entiendo.
    – ¿Coinciden con las huellas que se han encontrado dentro de la casa?
    – Siguen comparándolas en el laboratorio.
    – Hay algo muy extraño en todo esto -dijo Sejer.
    – Yo no creo en cosas extrañas -objetó Skarre-. Creo que habrá una explicación lógica. Suele haberla. Puede que Errki se muerda los dedos. He oído hablar de eso. Tal vez se esté comiendo sus huellas. Es un tipo raro. ¿Su doctora no te dijo nada de eso?
    – ¿De que se muerda los dedos?
    – Mira -dijo Skarre, extendiendo una mano-. Mira la punta de mi dedo índice. ¿Qué ves?
    – La verdad que no mucho. Está… como pelada.
    – Así es. Este dedo no deja huella. ¿Sabes por qué?
    – ¿Porque te lo has quemado?
    – No. Fue por un pegamento de esos fortísimos, hace mucho tiempo.
    – Pero ese es solo uno de diez dedos.
    – Solo digo que hay una explicación lógica. ¿Así que la doctora no cree que su paciente pudiera llegar a matar? -preguntó.
    – Así es.
    – ¿Tú la crees?
    – No cabe duda de que ella sabe bastante sobre la manera de ser de Errki y de que tiene una sólida experiencia en su profesión.
    – Pero tú no sueles tener en cuenta esas cosas. Yo personalmente creo que es fácil. Creo que fue él.
    – Has hablado demasiado con Gurvin.
    – Me limito a usar la lógica, Errki se crió allí. Sabía quién era Halldis. Nunca iba nadie a su casa, salvo el tendero. Errki fue visto en la granja la mañana del asesinato. Y está muy enfermo.
    – ¿Estás dispuesto a apostar? -preguntó Sejer con una sonrisa.
    – Sí, por qué no.
    – Entonces yo apuesto en contra.
    – Si pierdes, vendrás conmigo al pub a emborracharte.
    Sejer se estremeció solo de pensarlo.
    – Y si pierdes tú, saltarás en paracaídas. ¿De acuerdo?
    – Eh… De acuerdo.
    – ¿Me lo das por escrito?
    – ¿No te fías de la palabra de un cristiano?
    – Claro que sí.
    Sejer sacudió la cabeza y dejó el palo apoyado en la pared.
    – Vete ya. Pero que sepas una cosa. Los seres humanos no podemos explicarlo todo con la razón. -Se puso a buscar algo en un cajón para indicar que la conversación había terminado-. Y vete comprando un par de botas altas -concluyó.
    – ¿Para qué?
    – Para el salto en paracaídas. Para evitar roturas de tobillo.
    Skarre se puso pálido y desapareció.
    Sejer tomó deprisa y corriendo unas notas sobre la reunión con la doctora Struel. Al acabar, abrió la guía telefónica por la S, sin perder de vista la puerta como si tuviera miedo de que lo pillaran in fraganti. Enseguida encontró el nombre. Estaba entre Strougal y Stryken. Struel, Sara. Médico.
    Y debajo: Struel, Gerhard. Médico. El mismo número de teléfono. Suspiró profundamente y cerró la guía con un estruendo. Sara y Gerhard. Sonaba muy bien. Decepcionado como un niño, empujó la guía hacia un lado.

    La tienda de comestibles de Briggen estaba tan llena de carteles y anuncios publicitarios que parecía una feria. Letreros de color naranja, rosa y amarillo chillón por todas partes. Albóndigas caseras, hígado de buey congelado…
    Si no fuera por los carteles, la casa habría resultado bonita: pintada de rojo y con dos plantas. Skarre supuso que el propio Briggen vivía en la planta de arriba. Aparcó el coche y entró. La tienda tenía dos cajas, y en una de ellas había una chica sentada, leyendo una revista. Su cabeza redonda estaba aprisionada en una dura permanente. Levantó la mirada y descubrió el uniforme. La revista se le cayó al suelo.
    Skarre era guapo. Guapo en todos los sentidos, con un rostro amable y una nube de rizos rubios en la cabeza. Y tenía esa rara capacidad de prestar la misma y sincera atención a todo el mundo, también a aquellos que no le interesaban, como era el caso de esa chica. Ella llevaba gafas y le sobraban al menos diez kilos. Skarre la miró con una sonrisa deslumbrante.
    – ¿Está por aquí tu jefe?
    – ¿Odd? Está en el almacén desembalando congelados. Si pasas por donde la leche, allí al fondo, y sales por la puerta que hay junto a las verduras, lo encontrarás.
    Skarre se dirigió al fondo de la tienda. En ese instante, entraba Briggen con una caja de pescado congelado en los brazos.
    – ¿Policía? Vayamos al despacho. Sígame.
    La cajera volvió a abrir la revista, pero ya no leía. Giró la cabeza hacia la izquierda y vio su propio reflejo en el plexiglás que protegía la caja. El pelo y la cara aparecían suaves y poco nítidos, y si se quitaba las gafas, se parecía un poco a una versión de Shirley Temple en mayor. En su cabeza repasó todo lo que sabía sobre Halldis Horn, porque no descartaba que el policía también quisiera hablar con ella. Por eso se preparó a fondo. En dos o tres minutos estaría junto a la caja y, si aprendía algunas respuestas de memoria, podría dedicarse a admirarle y a fijarse en cada detalle. Qué pena que no supiera nada realmente importante que él pudiera llevarse. Eso le habría proporcionado un lugar en la memoria de ese hombre. «Ah, sí, la cajera rellenita de Briggen, la que me aportó esa información decisiva, gracias a la cual pudimos resolver el caso. ¿Cómo se llamaba esa chica?»
    Le daba pena tener un nombre tan desastroso. Volvió a echar un vistazo a la revista, a la foto de Claudia Schiffer. Desde el despacho le llegaban las voces, un murmullo secreto.
    – ¿Cuántos años -dijo Jacob Skarre sacando su libreta de notas del bolsillo- lleva usted subiendo la compra a Halldis Horn?
    Briggen se desabrochó la bata de nailon verde antes de contestar.
    – Creo que pronto hará ocho años. Hasta entonces, era Thorvald quien se ocupaba de comprar lo que necesitaban. También a él lo conocía bien. Siempre han vivido aquí.
    El tendero, que tendría entre cincuenta y sesenta años, era grande y regordete, con un buen color de cara, ojos oscuros, mejillas sonrosadas, y el pelo espeso, muy corto, y con flequillo. Tenía la boca un poco torcida, los brazos y las piernas cortos, y las manos pequeñas con dedos regordetes que entrelazaba constantemente. Un poco excitado tal vez, impaciente como un niño por contribuir a la solución de ese terrible asunto. Tenía las uñas muy mordidas, solo le quedaba un pequeño trozo junto a la cutícula.
    – ¿Qué solía comprar? -quiso saber Skarre.
    – Solo lo indispensable: leche, mantequilla, café, rollos de papel y huevos. No se permitía muchos lujos. No porque no pudiera, porque sí podía. Según ella misma, tenía bastante dinero. Supongo que ahora su hermana Helga Mai, que vive en Hammerfest, lo heredará todo.
    – ¿Ella le contó que tenía dinero ahorrado?
    – Sí que lo hizo. Estaba orgullosa de ello.
    – ¿Lo sabía más gente?
    – Supongo.
    Skarre pensó que cuando corre el rumor de que alguien tiene dinero, corre tan deprisa como una lagartija en arena caliente. El hecho de que ese dinero se encuentre en el banco hace que se esfume el deseo de meterle mano. Al final, el rumor pudo haber adquirido grandes dimensiones. ¡Halldis tiene dinero, muchísimo dinero! Y tal vez lo tenga debajo del colchón o en un sitio parecido. ¿No es ahí donde suelen tenerlo los viejos? Ella había considerado poco arriesgado confesárselo al tendero, a quien conocía muy bien. Luego bastaría una sonrisa secreta, una pequeña insinuación y ya lo sabría todo el mundo. Tal vez cuando murió su marido y la gente se preguntaba por su situación económica comentara a alguno de sus clientes: Ah, ¿sabes? Halldis no es lo que se dice pobre. Muchos podrían haberlo oído. Al menos, Briggen se enteró.
    – ¿Sabe usted? -prosiguió Briggen-, no tuvieron hijos. Por eso ahorraron mucho y, además, no les interesaba el lujo. Thorvald cuidaba de su tractor como de un niño. Se pasaba el día engrasándolo y sacándole brillo. Dios sabe en qué tenían pensado usar ese dinero. Bueno, si es que había tanto como ella insinuaba.
    Skarre anotó: comprobar la cuenta corriente de Halldis Horn.
    – ¿Y su hermana? ¿La del norte de Noruega?
    – Vive bien, tiene marido, hijos y nietos.
    – De modo que si Halldis tenía dinero, serán ellos los que lo disfruten.
    – Eso creo. Thorvald no tenía familia, solo un hermano que murió hace mucho tiempo. Parte del dinero procedía de la herencia que él dejó.
    – Así que usted solía subir a la granja una vez por semana. ¿El mismo día todas las semanas?
    – No, ella llamaba y podía cambiarlo. Pero casi siempre eran los jueves.
    – ¿Cuándo estuvo allí por última vez?
    – El miércoles.
    – ¿Cuántas personas le ayudan en la tienda?
    – Solo Johnna. La que está en la caja.
    – ¿Nadie más?
    – Ahora no.
    – ¿Antes sí?
    – Hace mucho tiempo. Un joven. Se fue pronto.
    – ¿Conoció él a Halldis?
    – Supongo que sí. Iba conmigo alguna vez a entregar a domicilio, pero no parecía muy interesado -contestó Briggen, sin dejar de entrelazar los dedos
    En su voz había algo molesto y negativo al hablar de eso.
    – Tendrá que decirme su nombre.
    Briggen daba la impresión de querer mantenerlo en secreto. Se retorció en la silla y se puso a abrocharse la bata, a pesar del calor.
    – Tommy. Tommy Rein.
    – ¿Era joven?
    – Veintipocos. Pero jamás mostró interés por ninguno de nosotros ni por esta aldea.
    – ¿Sabe usted dónde está ahora?
    – No.
    – Usted dijo que ella siempre guardaba la cartera en la panera. ¿Es así?
    – Así es. Pero nunca había mucho dinero allí. Bueno, no es que yo hurgara en ella, pero Halldis la abría para sacar el dinero cuando iba a pagarme. No solía haber más que unos cuantos billetes de cien.
    Skarre anotó.
    – Y Errki Johrma, ¿sabe usted quién es?
    – Claro. Venía a menudo a la tienda.
    – ¿Qué solía comprar?
    – Nada. Cogía lo que necesitaba y luego se marchaba. Si le gritaba, se volvía en la puerta, como sorprendido, y levantaba la mano para enseñarme lo que había cogido, como para decirme que solo se llevaba una tableta de chocolate. Y como es así, yo nunca lo perseguía. No es la clase de tío a quien te apetece tocar el hombro. Y claro, nunca se trataba de sumas importantes, no eran más que pequeñas cosas. Pero de vez en cuando me cabreaba de verdad. Le importan un bledo las leyes y las reglas.
    – Entiendo -dijo Skarre-. En su opinión, ¿quién, además de usted, podía saber que Halldis guardaba su cartera en la panera?
    – Nadie, que yo sepa.
    – Pero Tommy Rein pudo saberlo, ¿no?
    – Eh, bueno, no sé.
    – ¿Y los vendedores ambulantes y predicadores? También llegarán hasta aquí, ¿no? ¿La visitaban de vez en cuando? ¿Mencionó ella algo al respecto?
    – Nunca llegan hasta casa de Halldis. Se cansan antes. Está demasiado apartada, y la carretera es mala. Olvídese de esa posibilidad. Céntrese en Errki. Al fin y al cabo, fue visto en la granja.
    – ¿Así que usted lo sabía?
    – Lo sabe todo el mundo.
    – Esa cartera -prosiguió Skarre- era roja, ¿no?
    – De un color rojo vivo, con una cerradura de latón. Llevaba en ella una foto de Thorvald, una vieja, de antes de que perdiera el pelo. ¿Sabe usted? -añadió el hombre-, me sentí aliviado cuando por fin Errki ingresó en el hospital. Y ahora espero que lo encuentren, y que sea el culpable.
    – ¿Por qué?
    Briggen cruzó los brazos. Apenas le alcanzaban para rodear su tripa.
    – Así lo tendremos colocado de una vez por todas. Es un hombre peligroso. Y si por fin se le puede inculpar, mediante pruebas físicas, quiero decir, tal vez nunca vuelva a salir. Así estaremos en paz algún tiempo. Y digo yo, ¿quién puede haber sido, sino él?
    – ¿Halldis nunca recibía visitas?
    – Casi nunca.
    – ¿Cuál es la excepción?
    – Su hermana Helga tiene un nieto que vive en Oslo. Sé que estuvo alguna vez allí arriba, pero no muchas, desde luego.
    – ¿Sabe usted su nombre?
    – Su apellido es Mai. Kristian o Kristoffer.
    Kristoffer, pensó Skarre. El que envió la carta.
    – Creo recordar que trabajaba en la cocina de algún restaurante. Y no quiero ser malvado, pero no era precisamente de cuatro estrellas.
    – ¿Por qué no?
    – Alguna vez vi al chico. Lo digo por la pinta que tenía.
    Skarre se puso a pensar en la pinta que tenían los pinches de cocina de los restaurantes de cuatro estrellas en comparación con otros pinches de cocina de Oslo.
    – De modo que Mai. Y Tommy Rein. ¿Han estado aquí ya los de la prensa?
    – De los periódicos y de la emisora local de radio. Y la gente ha llamado.
    – ¿Y usted ha hablado con ellos?
    – Nadie me dijo que no lo hiciera.
    No, por desgracia, pensó Skarre con tristeza.
    – Necesitamos que venga a la Comisaría en el transcurso de hoy, si puede ser.
    – ¿Que me necesitan? ¿Para qué?
    – Tenemos que estudiar las huellas dactilares de la casa de Halldis.
    Briggen dio la impresión de tener problemas para respirar.
    – ¿Van a tomarme las huellas?
    – Eso pensamos -sonrió Skarre.
    – ¿Y por qué iban a estar en casa de Halldis?
    – Porque usted ha ido allí una vez por semana durante ocho años -contestó Skarre con calma.
    – ¡Yo solo iba a entregarle la compra! -exclamó con cara de pánico.
    – Lo sabemos.
    – ¿Y entonces para qué las necesitan?
    – Para aislarlas.
    – ¿Qué?
    Skarre intentó mantener la calma.
    – En ese caos de huellas dactilares tenemos que averiguar cuáles son de cada cual. Algunas son de Halldis. Otras podrían pertenecer a ese tal Kristoffer, y otras a usted. Y otras pueden ser del autor del crimen. ¿Entiende?
    Briggen recuperó su color habitual de piel.
    – Espero que lo mantengan en secreto. La gente podría pensar que tengo algo que ver.
    – No los que tienen la más mínima noción de lo que es el trabajo policial -lo consoló Skarre.
    Dio las gracias al tendero y salió a la tienda. Johnna estaba pensando en depilarse las cejas cuando de repente el policía apareció junto a la caja. Una cosa era la belleza de sus ojos, pero, ¡y la boca!, pensó, pues la boca era lo primero que solía mirar cuando se encontraba con un hombre. Le abrumó la sensibilidad de esa boca. La boca de Skarre era perfecta, una boca ancha, con labios carnosos, no demasiado arqueada, pues en ese caso habría resultado demasiado femenina. Era recta y simétrica, y los dientes, perfectos. Ese suave arco que constituía el labio superior se repetía en sus cejas.
    – Jacob Skarre -dijo él sonriente.
    Ya lo sabía, tenía que ser algo bíblico, pensó ella.
    – ¿Puedo preguntarte algo rápidamente? ¿Has estado alguna vez en la granja de Halldis?
    – Una vez, con Odd -asintió con un gesto de la cabeza. No se le movió ni un rizo-. Un sábado por la tarde -añadió- que se me había estropeado el coche, y se ofreció a llevarme a casa si antes iba con él a llevar el café a Halldis. Se le había acabado. Hace mucho tiempo de eso.
    La joven se había quitado las gafas y las había dejado sobre las rodillas.
    – ¿Sabes si otras personas pueden haber subido a la granja?
    Ella se quedó pensando un instante.
    – Un tipo que trabajó aquí una temporada. Llamaron de la CDL preguntando si teníamos un puesto para él.
    – ¿CDL? -preguntó Skarre sorprendido.
    – Cuidados de Delincuentes en Libertad -explicó la joven-. Se pusieron en contacto con Odd para ver si el chico podía trabajar un tiempo aquí, de prueba. En realidad es una especie de ayuda para ex presidiarios, y…
    – Lo sé -dijo Skarre-. ¿Tommy Rein?
    – Sí, así se llamaba.
    – ¿Subió él alguna vez con tu jefe?
    – Una vez o dos. Se fue enseguida, esto le parecía muy aburrido. Ni siquiera un miserable pub. Bueno, no sé dónde está ahora, no lo he visto desde entonces.
    – ¿A ti te gustaba?
    Ella reflexionó un instante intentando recordar la cara del joven, pero solo se acordó de los oscuros tatuajes azules que llevaba en los brazos y de la intranquilidad que sentía cuando él estaba cerca, aunque, en realidad, nunca la miraba, al menos no como un hombre mira a una mujer. Pensándolo bien, se había sentido un poco herida en su orgullo por eso. Ni siquiera un simple delincuente se dignaba a mirar a Johnna.
    – ¿Si me gustaba? En absoluto -contestó vengativa.
    – Briggen no mencionó que el chico fuera un ex presidiario -dijo Skarre con prudencia, a la vez que le lanzó una mirada que ella no pudo resistir.
    – Claro que no. Es su sobrino, y supongo que se avergüenza de tener parientes así. Tommy es hijo de la hermana de Odd.
    – ¡Ah, sí!
    Evitó anotar lo que acababa de decir, para que no tuviera la sensación de haberse chivado.
    – ¿Sabes por qué estuvo en prisión?
    – Por un simple robo.
    – ¿Briggen está casado?
    – Es viudo.
    – Ajá.
    – Ya lleva solo once años.
    – Comprendo. Once años -sonrió paciente Skarre.
    – Ella se quitó la vida -susurró de pronto la joven en ese tono de voz que emplea la gente cuando habla de infidelidades.
    Skarre hizo un gesto elocuente con la cabeza. Esas cosas explican casi todo, sobre la gente y la vida, pensó, y sobre por qué las cosas son como son. Le lanzó una mirada que indicaba que apreciaba la información.
    – ¿Cuánto tiempo llevas trabajando aquí? -preguntó en tono amable.
    – Ocho años. Desde antes de que muriera el marido de Halldis.
    Se esforzaba por contestar con claridad y no añadir cosas innecesarias, pues ese policía sería un hombre muy ocupado y seguro que no aguantaría a los testigos bobos. Pero mientras ella hablara, él tendría que quedarse, y no se veía a ningún cliente cerca.
    – ¿Conocías a Errki Johrma?
    – No lo conocía, pero sé quién es.
    – ¿Le tienes miedo?
    – No exactamente. Pero si me lo encontrara por una carretera oscura, yendo sola, sí me asustaría. Aunque en ese caso, me asustaría ante cualquiera.
    Excepto ante ti, pensó. Tú pareces un ángel.
    – ¿Y cómo va el negocio? -preguntó Skarre-. Trece setenta y siete por un pan integral es demasiado, ¿no? -añadió señalando el cartel que había junto a la estantería del pan.
    La joven suspiró resignada.
    – Me temo que con precios tan altos no puede competir en el mercado. Viene poca gente. No ganamos mucho. Y ahora van a construir un nuevo centro comercial a media hora de aquí. Entonces esto se irá a pique.
    De repente pareció preocupada.
    – ¿Un centro comercial?
    Él le sonrió alentador.
    – Seguro que tendrás posibilidad de encontrar un trabajo allí. Si Briggen tiene que dejar esto, quiero decir.
    Le sorprendió oír eso, pues había soñado con ello, aunque nunca se lo había confesado a nadie.
    – Oye -dijo él en voz baja, inclinándose hacia ella-. Solo para asegurarme del todo. ¿Estuvo Briggen ayer todo el día en la tienda?
    – Ayer no. Solo estuve yo. Él fue a un curso al Instituto de Comercio.
    – ¿Y en esos casos tú llevas el negocio sola?
    – ¡Qué remedio!
    Skarre se enderezó.
    – Si oyes o ves algo, o si recuerdas algo que pudiera ser importante, sería estupendo que me llamaras. Por ejemplo, si apareciera Errki para robaros chocolatinas.
    Le guiñó un ojo y sacó una tarjeta del bolsillo. Ella la cogió con dedos temblorosos. Nunca ocurriría. No se presentaría ninguna razón en el mundo lo suficientemente importante como para poder ponerse en contacto con ese hombre. Él se marchó y todo había acabado. La joven se puso las gafas. Ya no quería ver su reflejo en el plexiglás. Briggen la llamó para que lo ayudara con el pescado y la miró con desconfianza.

    Morgan miró fijamente por la ventana rota. Allí abajo estaba la laguna, resplandeciente y fresca. Se sentía pesado de calor y cansancio, y tenía una enorme necesidad de refrescarse.
    – Zambullirse en el agua -murmuró-. ¿A que apetece, Errki?
    Errki no contestó. La mera idea le hizo estremecerse. El whisky lo había dejado medio atontado, y se encontraba en un estado de letargo. Él nunca se bañaba, ni siquiera en la bañera. El cuerpo se comportaba de un modo extraño en el agua, y a él no le gustaba.
    – Voy a darme un baño y tú vendrás conmigo -dijo Morgan de repente, muy resuelto.
    Errki empezó realmente a inquietarse. Notó que se estaba poniendo tenso. No soportaba pensar en ello. Todo podría ocurrir en el agua negra.
    – Tú puedes bañarte -dijo en voz baja- mientras yo puedo sostenerte el revólver.
    – No me hagas reír. Los dos vamos a bañarnos, y tú entrarás primero.
    – Yo nunca me baño.
    – Tú te bañas cuando yo lo exijo.
    Errki se vio forzado a hacer algo que no le gustaba en absoluto. Tuvo que levantar la voz.
    – ¡No lo entiendes! ¡Nunca me baño!
    – ¡Pues falta te hace, joder! Venga, no estoy de broma.
    Errki seguía sin moverse. Nada en el mundo lograría meterle en el agua, ni siquiera un revólver. Antes morir. Aún no estaba preparado y quería dejar la Tierra con cierta elegancia, pero si no se podía, no se podía.
    – ¡Vamos!
    Morgan estaba decidido. Hablaba casi con todo el cuerpo, fue hasta el diván, agarró a Errki por la camiseta y lo levantó a la fuerza. Errki estuvo a punto de perder el equilibrio.
    – Nos metemos un momento y salimos enseguida. Nos llevará un par de minutos. Aclara las ideas, excepto las tuyas.
    Empujó a Errki con el revólver hasta el exterior de la casa.
    – Baja por la izquierda, así llegaremos al islote.
    Errki miró la roca desnuda y encogió los hombros. ¡Jamás se metería en esa agua negra! Desde el Sótano no se oía ni un sonido. Nadie quería ayudarle, parecía como si estuvieran escuchando, esperando a ver qué hacía. Le empezó a picar el cuerpo. Un picor alarmante. No sabía nadar. No podía desnudarse y mostrarse desnudo, no podía ser humillado de esa manera. Bajó vacilante la cuesta reseca, cubierta de brezo y hierba. Hacía mucho tiempo había habido allí un sendero, ahora estaba tapado. Miró el agua y pensó que, si había mucha profundidad, iría derecho al fondo. Morgan hablaba animado detrás de él.
    – Apuesto a que el agua está helada. Me vendrá de perlas.
    Dio un empujón a Errki.
    – Quítate ya esos trapos. O báñate con ellos, me da igual, pero métete ya.
    Errki se quedó como una estatua de piedra, mirando el agua. Ahí, en la orilla, ya no parecía roja, solo negra y profunda. No podía ver el fondo. Solo alguna hierba larga y suave que flotaba y que se enredaría en sus piernas como dedos asquerosos. Puede que también hubiera peces, o peor aún, anguilas.
    – ¿Vas a saltar o quieres que te empuje? -Morgan estaba impaciente. Ese baño se había convertido en una obsesión.
    – No sé nadar -murmuró Errki, que seguía de espaldas. La comisura de los labios se le movía peligrosamente.
    – No importa. Puedes quedarte en la orilla. Venga ya, estoy sudando como un pollo.
    Errki seguía sin moverse.
    – ¿Qué decides? ¿Quieres que cargue el revólver?
    Errki oyó un agudo clic en medio del torbellino de tambores. Morgan había tenido una idea, y ahora había que ponerla en práctica a cualquier precio. Se acercó unos pasos más hacia el agua y notó cómo le zumbaban las sienes. El agua era para él un elemento tan impensable como un mar de llamas. Sus mejillas, siempre tan blancas, ardían. Se volvió lentamente. Ya no veía el revólver, puede que Morgan lo hubiera escondido en el brezo. Ahora se le estaba acercando con una expresión amenazadora y las manos levantadas.
    – Quiero ver cómo actúas cuando estás asustado -dijo con malicia.
    Errki se echó hacia un lado y se encogió, listo para atacar. Morgan vaciló y lo miró desconfiado, pero siguió avanzando. Entonces Errki se lanzó hacia delante y hacia arriba como una fiera. De súbito hincó los dientes en la nariz de Errki. Las mandíbulas se le cerraron como tijeras y notó cómo los dientes afilados atravesaban la piel y el cartílago y llegaban hasta el hueso. Morgan se tambaleó, intentando mantener el equilibrio, mientras agitaba violentamente los brazos, pero Errki seguía colgado de él y así estuvo un buen rato hasta que volvió en sí. Entonces por fin lo soltó.
    De Morgan no salió ni una palabra, no al principio. Miró sorprendido a Errki, y transcurrieron un par de segundos hasta que comprendió lo que había sucedido. La punta de la nariz estaba suelta, casi colgando. Luego llegó la sangre. Morgan gritó. Levantó las manos y se las llevó a la nariz, notó cómo chorreaba la sangre, notó el sabor a ella en la boca, seguido de un extraño entumecimiento.
    – ¡Ay, Dios mío! -chilló, arrodillándose-. ¡Errki! ¡Ayúdame, estoy sangrando!
    Tenía una pinta deplorable: arrodillado en el brezo, tapándose la nariz con las manos y chorreando sangre. Errki se quedó mirándolo fijamente mientras se mecía sin cesar, por un lado aterrado ante tanta sangre, y por otro más tranquilo porque se había defendido a mordiscos. Ahora todo sería diferente. Oyó los ruidos procedentes del Sótano, estaban contentísimos con su esfuerzo, lo vitorearon como a un héroe, los aplausos no cesaban.
    – No tenías que haberte puesto tan pesado conmigo. ¡No lo soporto!
    Ahora vas a llorar de nuevo. Qué asco.
    – ¡Se me infectará la herida!
    Morgan sollozaba y gemía.
    – ¿Eres capaz de comprender lo que has hecho? Estás loco de remate. Lo que tienes que hacer es volver al puto manicomio. ¡Me voy a morir de esto, coño!
    – Intenté avisarte -dijo Errki con serenidad- pero no quisiste escucharme.
    – ¡Dios mío, qué puedo hacer!
    – Puedes ponerte un trozo de musgo sobre la herida -sugirió Errki.
    Lo que estaba viendo era realmente algo inusual: Morgan con esos pantalones cortos tan chillones y la nariz suelta.
    – Muchas partes del mundo están en guerra -sentenció muy serio.
    – ¡No tengo nada con qué limpiar la herida, coño! ¿No sabes lo peligrosa que es la mordedura humana? Nunca se cerrará. ¡Maldito loco!
    – Eres diferente cuando estás asustado.
    – ¡Cállate la boca!
    – Te habrán puesto la vacuna del tétanos como a todo el mundo, ¿no?
    Morgan no contestó. Errki pensó que ya era hora. Hablaba demasiado, y esa casa de allí arriba ya estaba llena de la basura de ese hombre.
    – Hace años -sollozó Morgan-. Puede que ya no tenga efecto. En solo unas horas puede convertirse en septicemia. ¡No sabes lo que has hecho! ¡Estúpido!
    – Límpiala con whisky -sugirió Errki con aire indulgente-. Te dejo mis calzoncillos para hacer una venda.
    – ¡Cállate ya, me oyes! ¡Joder, no aguanto más esto!
    Morgan empezó de repente a tantear el brezo, buscando el revólver con una mano, mientras se tapaba la nariz con la otra. Errki lo vio, brillaba entre lo verde. Los dos se lanzaron hacia él, pero Errki era más rápido. Lo cogió y lo sopesó. Morgan se echó a temblar. Emitió unos sonidos aterrados mientras intentaba alejarse torpemente. Abrió la boca, y Errki le vio varios empastes negros. Una persona aterrada no resulta nada hermosa, pensó. Luego levantó el revólver muy alto y lo tiró con todas sus fuerzas, formando un gran arco sobre la laguna. Sonó un débil chapoteo.
    – ¡Puto cabrón!
    Morgan se derrumbó de nuevo, en una mezcla de alivio y desesperación.
    – Debería haberte pegado un tiro sin más. Debería haberlo hecho al principio, coño.
    Le temblaba la boca.
    – ¡Debería haberte puesto el culo del revés a balazos! ¡Me puedo morir en menos de una hora! ¡Tendría que ir derecho a Urgencias! ¿Quién coño te crees que eres?
    – Soy Errki Peter Johrma. Solo estoy de visita.
    Morgan seguía sollozando. Se imaginó la putrefacción, carne podrida y sangre envenenada que se extendía a la velocidad del rayo hasta las venas, y luego de golpe derecha al corazón. Estaba a punto de desmayarse.
    – Donde puedas caer debes poner paja -dijo Errki sabiamente.
    Empezó a subir por el sendero. Se oyó un bramido detrás de él.
    – ¡No te vayas!
    – La mosca que no se despega del cadáver lo acompañará a la tumba -prosiguió Errki. Pero se detuvo. Nunca nadie le había pedido nada, nadie lo había necesitado. Ver a Morgan con la nariz destrozada lo conmovió. Morgan ya no era miserable, no de esa manera asquerosa.
    – ¡Di algo! Ayúdame con la herida. Jamás podré mostrarme ante la gente -sollozó Morgan.
    – No, no puedes. Has atracado un banco, y la policía tiene una descripción muy buena de ti.
    – ¿Subes conmigo?
    – Subo contigo.
    – Date prisa, está sangrando.
    – ¿Por qué tanta prisa? No hay ningún incendio por aquí -dijo Errki, poniéndose en marcha. Luego se volvió. Morgan iba detrás, dando tumbos. Escupía y carraspeaba para quitarse el sabor a sangre de la boca.
    – Sabes a manteca -dijo Errki pensativo-. Dulce y empalagoso como la manteca. Como salchichas inglesas.
    – ¡Jodido caníbal! -lloriqueó Morgan.

    Estaba tumbado en el diván, pálido, pero sereno. Errki fue a por la botella de whisky y tapó parcialmente el cuello con el pulgar para que unas gotas de Long John Silver cayeran sobre la nariz mordida de Morgan, que chilló como un becerro. Errki tuvo la sensación de que la cabeza le iba a reventar.
    – ¡Basta, basta! También quiero beber -gimoteó Morgan.
    – No te toques la herida con los dedos. Habrán tocado de todo, supongo, hasta las partes innombrables- dijo Errki alcanzándole la botella.
    Le resultaba fácil hablar. Las palabras le salían volando de la boca y se movían en el aire como el polen de los árboles.
    – Siento náuseas -gimió Morgan, y dio un largo trago. Luego volvió a tumbarse en el diván y cerró los ojos.
    – ¿No sería mejor arrancar la punta? -sugirió Errki-. Está completamente suelta.
    – ¡Eso jamás! Tal vez los médicos puedan coserla.
    Errki se le quedó mirando. De nuevo estaban juntos en esa habitación. Él no tenía adónde ir. Había tranquilidad, lo único que se escuchaba era la respiración entrecortada de Morgan. Era como si algo les cayera encima desde el techo, un fino velo que él jamás había notado. La habitación estaba más oscura, y por eso daba la sensación de ser más acogedora. Y Morgan ya no era el jefe. Curiosamente, parecía aliviado de haber dejado ese papel. Mejor así, que fueran iguales. Ahora tal vez pudieran relajarse un poco, incluso dormir. El día había sido muy ajetreado. Errki notó que necesitaba descansar, ordenar los pensamientos.
    – Pon la radio.
    La voz de Morgan había adquirido ese pequeño temblor que uno tiene cuando está enfermo y necesita cuidados. Una pena lo de la nariz, pensó Errki, ya era muy pequeña antes y ahora no queda apenas nada.
    – Es hora de las noticias. Pon la radio.
    Errki apretó todos los botones, uno por uno, antes de que saliera el sonido. Tuvo algún problema con el del volumen antes de lograr usarlo correctamente. A continuación se sentó en el suelo y miró a Morgan. Bebiendo whisky parecía un bebé con biberón. Al acabar la música, llegaron las noticias. Ahora era un hombre el que leía.
    En relación con el asesinato de Halldis Horn, de setenta y seis años, la policía está buscando al hombre de veinticinco años, Errki Peter Johrma, que desapareció del hospital psiquiátrico de Varden en la madrugada de ayer. El hombre, que fue visto por un muchacho que estaba jugando por los alrededores, parece que conocía a la víctima. La policía busca a Johrma para que testifique, y ruega a todos los que puedan haberlo visto, se pongan en contacto con la comisaría más cercana. El hombre mide uno setenta, tiene el pelo largo y negro, vestía ropa negra y llevaba un cinturón con una hebilla de latón en el momento de su desaparición. Tiene una forma muy peculiar de andar, balanceándose hacia los lados.
    Un silencio de muerte se extendió por la habitación. Morgan se levantó despacio del diván. La nariz estaba empezando a hinchársele y tenía la camiseta empapada de sangre.
    – ¿Estuviste cerca de su casa?
    En sus ojos se veía un creciente temor.
    – ¿Viste algo?
    Errki retorció las manos y volvió a clavar la mirada en el agua. Se alegró de haber escapado de la laguna. Iba a morir de todos modos, pero no quería que fuera ahogado. Tendría que haber otros caminos que no fuera el agua fría que condujeran a la eternidad.
    – ¿La mataste tú? ¿Lo hiciste, Errki?
    Errki dio unos pasos vacilantes.
    – ¡Fuera! ¡No te acerques más!
    Morgan encogió las rodillas y retrocedió.
    – Cuando te cojan, les dirás que no recuerdas nada, ¿verdad? O que las voces te ordenaron hacerlo, así no tendrás que ir a la cárcel. ¡Siéntate! ¿Me oyes? ¡Quiero que te sientes! -gritó agudizando la voz.
    Intentó ordenar los pensamientos. El bobo no solo era bobo, sino algo mucho peor. Estaba loco de remate, había matado a una vieja indefensa y ahora estaba allí, en esa habitación. El miedo le pinchaba la sudorosa espalda. Cuando por fin habló, lo hizo como si Errki estuviera histérico y hubiera que tranquilizarlo.
    – Ahora vas a escucharme a mí. Siéntate y relájate. Tranquilo, no pasa nada. Yo no diré nada de ti, y tú no dirás nada de mí. Podemos repartirnos el dinero, hay de sobra para los dos. ¡Tendremos que cruzar la frontera de Suecia!
    Bebió un largo trago de whisky mientras tenía su mirada alterada clavada en Errki. Se imaginaba que en cualquier momento iba a matarlo con los dientes.
    Errki no hizo ningún comentario. Morgan luchaba desesperadamente por digerir la noticia, y la nariz había comenzado a latirle de un modo desagradable. Se imaginó que el proceso de la infección ya estaba en marcha. Errki había vuelto a sentarse en el suelo, debajo de la ventana que daba a la parte de delante. Morgan se sentía mejor cuando no estaba tan cerca. Pero en realidad parecía pacífico, además ya llevaban juntos mucho tiempo. Si el otro quisiera matarle, ya lo habría hecho, por ejemplo, cuando estuvieron abajo, junto a la laguna. Aún no era de noche, pero la luz había cambiado y era más tenue. ¿Qué había sucedido realmente? ¿Un manillar que se había salido de su sitio y lo había desviado hacia una vía muerta? ¿O una bajada sin frenos en la que resultaba imposible parar?
    Morgan dejó la botella en el suelo. Estaba solo, con un asesino que además padecía una enfermedad mental, y era importante mantener la cabeza despejada. Por cierto, ya no se sentía tan despejado, más bien ofuscado. Empezó a preguntarse en serio por qué se había llevado a ese jodido rehén. Habría logrado salir de todos modos.
    – Así que te vio un chico -dijo despacio, clavando la mirada en Errki, que parecía estar dormido.
    – Un chico gordo -murmuró-. Un adolescente grande como un dirigible, con unas tetas tan grandes como las de mi madre.
    Se volvió y lanzó una mirada enigmática a Morgan.
    – El cerebro de la mujer chorreaba por los escalones.
    – ¡Cállate, no quiero oírlo!
    El pánico estaba en el fondo de su voz, como un intenso zumbido.
    – Tienes miedo -constató Errki.
    – ¡No quiero oírte! ¡No salen más que cosas enfermas de tu boca! Será mejor que hables con tus voces, ellas te comprenderán mejor.
    Siguió un largo silencio. El suave zumbido de las moscas junto al marco de la ventana era lo único que se oía. Morgan se preguntó si debería marcharse a Oslo y esconderse en casa de su hermana. Ella se enfadaría con él, pero no lo entregaría a la policía. Era una pija desesperante, pero él era su hermano pequeño, un hermano que, aunque había atracado un banco, nunca había matado a nadie, coño, y menos a una vieja.
    – ¡No! -gritó Errki levantándose. Se apoyó contra la ventana y miró hacia fuera.
    – ¿Por qué gritas? ¿Te están dando la lata las voces? Deja esa tontería ya, me estás hartando. ¡NO HAY NADIE AHÍ DENTRO!
    Errki se tapó los oídos.
    – ¡Pero joder! ¿Por qué chillas tanto?
    Morgan volvió a tocarse la nariz. Latía con más fuerza. Tenía ganas de echarse a llorar. Ese tío estaba loco de remate. Y tal vez ni siquiera fuera capaz de recordar que había matado a una persona a golpes.
    – Oye -dijo con voz ronca-. Puede que lo mejor sería que volvieras al manicomio.
    Errki apoyó la frente contra los listones carcomidos de la ventana y notó cómo el aromático calor de fuera le llenaba la nariz. Había una especie de aflicción en la estancia. Le gustaba y no le gustaba. Le recordaba a algo. Abajo, en el Sótano, se oía un suave gruñido.
    – Esto es completamente ridículo -dijo Morgan preocupado-. Aquí estoy yo, con la nariz amputada y una bolsa llena de dinero, y ahí estás tú, hablando solo, y con un asesinato en tu haber. Y a los dos nos está buscando la policía. ¡Es increíble!
    Cerró los ojos y dejó salir unos torpes golpes de risa.
    – Me importa todo un carajo -prosiguió-. En el fondo, me importa un carajo lo que pueda suceder. De cualquier forma, todos vamos a morir. Más vale morir aquí, en este cuchitril polvoriento.
    Volvió a tumbarse en el diván. Tenía la sensación de irse disolviendo poco a poco, de que por dentro le pululaba algo que despegaba y volaba. De pronto, sintió una extraña indiferencia. Tal vez se le estuviera escapando el sentido común por los poros.
    – Voy a dormir un poco.
    Errki seguía junto a la ventana. Intentó recordar el vestido de la mujer, pero era incapaz de acordarse de si era rojo con cuadros verdes o verde con cuadros rojos. No podía evocarlo en su mente, pero recordaba aquella trenza y la expresión obstinada al cavar la tierra para sacar el diente de león de entre la hierba. Era sencillo. Estropeaba el césped y había que erradicarlo. Y luego le gritó a él, con una voz llena de miedo…
    – ¡Cállate! -gritó él, temblando.
    – Perdona -dijo Morgan cansado-. Solo he dicho que me importa un carajo lo que pueda pasar.
    – Hago lo que quiero. ¡Tú no decides sobre mí! -gritó Errki, sacando un puño amenazante por la ventana.
    – Pero si es lo que estoy diciendo -murmuró Morgan tumbándose de lado, con la mano como un escudo delante de la nariz-. Cuando me despierte, estaré muy enfermo. Deberías bajar a la aldea a buscar ayuda. A mí no me importaría, yo ya no me meto en nada. Prometí conseguir dinero y lo he conseguido.
    – Me llamo Errki Peter Johrma. Me voy a acostar.
    – Haz lo que te dé la gana -murmuró Morgan. Su voz no era más que un susurro en el silencio. Errki entró en la alcoba. Se agachó y se puso a buscar dentro del colchón hasta que encontró el revólver. Luego se lo metió en la tirilla del pantalón. Estaba preparado.
    A continuación se colocó la chaqueta debajo de la cabeza, se encogió y se durmió profundamente.

    – Lo que Kannick necesita ahora es un trofeo -dijo Margunn resuelta-. Algo que pueda limpiar, mantener reluciente y enseñar a su madre. Podría conseguirlo, es más que capaz. Lo único que sabe hacer es pegar tiros -añadió, moviendo la cabeza como para subrayar lo que acababa de afirmar.
    Estaban sentados en el despacho de Margunn, la directora de la Colina de los Muchachos. Sejer sonrió y pensó que se alegraría con el chico.
    – ¿Tiene problemas para asimilar lo sucedido? -preguntó, mirando fascinado la cara de la mujer. No era guapa, parecía un hombre, con la frente alta, la piel arrugada y un incipiente bigote. Su voz era muy grave, pero estaba llena de una inquebrantable fe en la bondad del ser humano, y en particular, en la de esos seres a los que tenía la obligación de cuidar. Su buena voluntad reposaba como un bonito y sonrosado velo sobre el tosco rostro.
    – Se maneja bien. Al menos es capaz de concentrarse en el arco, y así mantiene alejado lo demás. Por otra parte, debe tener en cuenta que los chicos de este lugar han visto muchas cosas. Se necesita mucho para que pierdan la compostura.
    – Comprendo -dijo Sejer-. Hábleme de él.
    Ella movió la silla y sonrió:
    – Kannick es lo que llamábamos antiguamente un verdadero accidente, el resultado de la falta de carácter y la impulsividad de la madre. Algo que, por cierto, la mujer nunca tuvo oportunidad de corregir, por lo que sé de su familia. Como Kannick, ella también estorbaba, sobraba. Cada verano vienen aquí un montón de polacos a trabajar en las granjas. Ella estaba empleada en la gasolinera adonde acudían los jornaleros todas las semanas con el fin de comprar el tabaco más barato y tal vez una revista pornográfica. Seguramente los veía como algo maravilloso. Eran diferentes, exóticos. Y, dicho por ella, mucho más galantes con las mujeres que a lo que ella estaba acostumbrada. ¡Me trataban como a una señora, Margunn!, me dijo. Y eso impresiona a una muchacha que hacía mucho que había perdido la inocencia, y que ya no se preocupaba por ello. El padre de Kannick apareció un día por la gasolinera. Llevaba cuatro meses fuera de su casa y supongo que echaría de menos ciertas cosas. No resulta difícil de entender.
    Una sonrisa conciliadora se dibujó en el rostro de Margunn.
    – Kannick fue engendrado en el almacén, una noche después de cerrar la gasolinera, entre cajas de patatas fritas y esponjas para abrillantar coches. Y no se le ocurrió arrepentirse hasta que se dio cuenta de que el niño estaba de camino. Kannick lloraba mucho de pequeño, y ella descubrió que, mientras estaba lleno, se quedaba callado. Enseguida comprobará usted a lo que condujo esa técnica. Ella, por su parte, estaba muy ocupada buscando a alguien que pudiera proporcionarle amor, y así sigue. No quiere que Kannick esté con ella. Pero tampoco tiene nada en contra de él. Lo que no entiende es que el chico sea su responsabilidad. Simplemente lo tuvo, como se tiene una enfermedad.
    – ¿Y qué problemas hay con él para que esté aquí?
    – De pequeño era extrovertido y demasiado impulsivo para una escuela normal. Pero luego la cosa cambió, y ahora está a punto de encerrarse en sí mismo. Sueña mucho despierto. Solo participa a medias en las cosas. Es incapaz de mostrar interés por nada, y no se ata emocionalmente a nadie. Le gusta que le presten atención, pero tiene que ser una atención total, entonces Kannick florece. Un monitor viene cada semana a enseñarle a tirar con arco, y en esa situación el muchacho revive. Entonces todo trata de Kannick y de lo que sabe o no sabe. Pero en la escuela no es más que uno de muchos y no participa en absoluto.
    – ¿Todo o nada?
    – Sí, algo así.
    – ¿Dónde está su habitación?
    – En la primera planta, al final del pasillo. Hay un cartel de chocolates en la puerta.
    Sejer había comprado una bolsa de chocolatinas. No es que fuera a visitar a un enfermo, pero el pobre chico había tenido una terrible experiencia, y tal vez necesitara un poco de amabilidad. Pero, al ver al chico gordo tendido en la cama, se arrepintió.
    – Buenos días, Kannick. Me llamo Konrad.
    Se encontraba en la puerta de la habitación que Kannick compartía con Philip. El chico estaba tumbado boca arriba en la cama, leyendo tiras cómicas, mientras masticaba algo que crujía entre sus dientes. Levantó la vista. Primero miró a Sejer y luego la bolsa que llevaba en la mano.
    – Soy de la policía.
    Kannick tiró la revista.
    – Les dije a los chicos que seguro que vendrías, pero no me creyeron. Dijeron que yo no era importante.
    Sejer sonrió.
    – Claro que eres importante. He estado un rato abajo, hablando con Margunn. ¿Puedo sentarme en el borde de la cama?
    El chico encogió las piernas. Sejer pensó que acarrear tanta grasa sería como llevar a un colega sobre la espalda. Le dio la bolsa de chocolatinas.
    – ¿Prometes compartirlas con los demás?
    – Sí, vale -contestó, dejando la bolsa sobre la mesilla de noche.
    – ¿Así que fuiste tú quien comunicó a Gurvin lo que habías visto?
    El chico se apartó el largo flequillo de la frente. Llevaba unos vaqueros cortados y una camiseta, y en los pies, unos mocasines negros.
    – Él no hacía más que preguntar por la hora. Y yo no llevaba reloj. Lo están reparando.
    – Pues es una pena -dijo Sejer-. La hora es muy importante para la policía, ¿sabes? En muchos casos, la hora explica todo. O puede revelar que la gente intenta engañarnos.
    Kannick lo miró asustado, como si fuera una especie de insinuación.
    – Yo no puedo engañaros -dijo- porque no tengo ninguna hora. Pero sé que eran las siete cuando me fui de aquí, por ese reloj -añadió señalando un despertador que había en la mesilla de noche.
    – Así que eres muy madrugador. Ahora estás de vacaciones, ¿no?
    – Hacía tanto calor que no podía dormir. Además, Philip ronca porque tiene asma.
    Sejer echó un vistazo a su alrededor. Había un hoyo en la cama donde Philip había estado tumbado, y algunos medicamentos y un inhalador en la mesilla. A través de la ventana vio tres cabezas, que pertenecían a tres muchachos, que estaban estudiando el coche patrulla. De vez en cuando, miraban hacia la ventana de Kannick.
    – Pero de todos modos, será posible determinar la hora aproximada si nos ayudamos el uno al otro. Intenta repasar aquel día en tu mente, desde que saliste de aquí. Dices que eran las siete. ¿Y de aquí te fuiste directo al bosque?
    – Sí.
    – ¿Llevabas contigo el arco?
    – Eh, sí -contestó mirando al suelo.
    – No voy a arrestarte por eso. Es cosa de Margunn. ¿Ibas deprisa?
    – No mucho.
    – ¿Te paraste en el camino?
    – Suelo pararme de vez en cuando para escuchar, por si hay cornejas y cosas así. Quizá un par de veces.
    – Hay un lugar allí arriba adonde sueles ir a menudo, ¿es así?
    Kannick tiró de la camiseta para intentar taparse la tripa.
    – Un poco más arriba de la granja de Halldis hay una llanura con varios senderos, así puedo elegir. Conozco muy bien ese sitio.
    El tono de su voz subía y bajaba. Estaba sentado con las piernas fuera de la cama y los muslos muy separados. Le era imposible sentarse con las piernas juntas.
    – ¿De modo que subiste hasta ese lugar parándote dos veces en el camino?
    – Sí.
    – ¿Te sería posible calcular lo que se tarda, comparándolo con otras cosas que haces?
    – Más o menos lo que dura un episodio de Expediente X.
    – ¿Expediente X? ¿Os dejan verlo?
    – Por supuesto.
    – Dura unos tres cuartos de hora, ¿no?
    – Humm.
    – De acuerdo.
    Sejer cruzó las piernas y sonrió a Kannick.
    – Has llegado hasta arriba y son alrededor de las ocho menos cuarto. ¿Sí?
    – Me imagino que sí.
    Kannick miró de reojo la bolsa de chocolatinas. Era bastante grande. Se puso a hacer cálculos mentalmente. Sabía que contenía cincuenta y dos chocolatinas, lo cual significaba cinco para cada uno y dos para Margunn. Eso si es que las compartía con todos, como le había pedido el madero.
    – ¿Entonces elegiste uno de los senderos?
    – Hay cuatro. Uno cruza al otro lado de la colina. Otro baja al mirador. Uno va a los viejos asentamientos y el cuarto va a la granja de Halldis.
    – ¿Y cogiste este último?
    – Sí. No quería perderme el desayuno.
    – Y desde donde estabas, ¿podías ver la granja? ¿Está lejos?
    – No. Pero maté a una corneja en el camino, perdí dos flechas y estuve un rato buscándolas, aunque no las encontré. Son bastante caras -explicó-. Flechas de carbono. Ciento veinte coronas cada una.
    Sejer asintió con la cabeza y miró su reloj.
    – De modo que estás un rato buscando y luego lo dejas. Y después te diriges a la granja. ¿Tardaste más en eso que en subir?
    – Un poco menos, creo.
    – Digamos que eran las ocho y cuarto cuando llegaste a la granja.
    – No está mal calculado.
    – Cuéntame lo que viste.
    Kannick parpadeó asustado.
    – Vi a Halldis.
    – ¿En qué momento la descubriste?
    – ¿En qué momento?
    – ¿Dónde te encontrabas cuando viste su cuerpo?
    – Junto al pozo.
    – Es decir, ¿te paraste junto al pozo y en este momento la descubriste?
    – Sí.
    La voz del chico era ya más dócil. No tenía ganas de recordar, pero no le quedaba más remedio.
    – ¿Podrías decirme la distancia que hay entre el pozo y los escalones que hay delante de la puerta de la casa? Tú que eres tirador, sabrás de distancias…
    – Me imagino que unos treinta metros.
    – Suena probable. ¿Te acercaste a ella?
    – No.
    – ¿Pero estabas seguro de que Halldis estaba muerta?
    – No era difícil saberlo.
    – No -admitió Sejer-. Detengámonos ahí, en el momento en que estás junto al pozo, mirando a Halldis, te asustarías, ¿no?
    – Pues sí.
    – ¿Y cómo descubriste a Errki?
    – Eché un vistazo por los alrededores -contestó en voz baja-. Me asusté, por eso lo hice. Empecé a mirar en todas direcciones.
    – Yo también lo habría hecho. ¿Estaba él lejos?
    – Un poco más arriba en el bosque.
    – ¿Lo viste con toda claridad?
    – Bastante. Lo reconocí por el pelo. Lleva la raya en medio. Tiene el pelo negro y largo, como una cortina. Se me quedó mirando.
    – ¿Qué hizo al descubrirte?
    – Nada. Parecía una estatua. Eché a correr.
    – ¿Por la carretera?
    – Sí, corrí todo lo que pude con la maleta.
    – ¿De modo que ya habías plegado y guardado el arco en la maleta?
    – Sí, y no paré de correr hasta que llegué abajo.
    – ¿Conoces bien a Errki?
    – No lo conozco. Pero siempre anda por las carreteras, durante todo el año. Hace algún tiempo lo metieron en el hospital. Y lleva la misma ropa en invierno que en verano, siempre negra. Lo único que no era negro era la hebilla de su cinturón. Era grande y brillante.
    Sejer asintió con la cabeza.
    – ¿Errki te conoce?
    – Supongo que me habrá visto alguna vez.
    – ¿Parecía asustado?
    – Nunca parece asustado.
    – ¿Y no dijo nada?
    – No. Se volvió a meter entre los árboles. Oí crujir las ramas y las hojas.
    – ¿Qué querías de Halldis para acercarte a su granja?
    – Algo de beber, como otras veces. Tenía mucha sed. Nos conoce.
    – ¿Te gustaba ella?
    – Era bastante estricta.
    – ¿Más estricta que Margunn? -preguntó Sejer sonriente.
    – Margunn no es nada estricta.
    – Pero contabas con que te daría algo de beber. Entonces era buena, ¿no?
    – Buena y estricta. Siempre nos daba lo que queríamos, pero nos regañaba todo el tiempo.
    – ¡Qué raros son los adultos! ¿Verdad? -sonrió Sejer-. ¿Todos los chicos la conocían?
    – Todos, excepto Simon. Él lleva poco tiempo aquí.
    – ¿Y subíais hasta allí de vez en cuando para hablar con ella?
    – A veces íbamos a pedirle zumo y bocadillos.
    – ¿Entrabais en su cocina?
    En ese momento, Sejer clavó la mirada en el chico.
    – No. Teníamos que quedarnos en la entrada. Siempre acababa de fregar el suelo. Lo decía cada vez: Acabo de fregar el suelo.
    – Bien. ¿Y luego te fuiste corriendo hasta la Oficina de la Policía Rural para comunicar lo que habías visto?
    – Sí. Gurvin pensó que estaba de broma.
    – ¿Ah, sí?
    – ¿Sabes? -dijo el chico resignado-, tuve que dar las señas de aquí.
    – Ya. Entiendo -dijo Sejer-. Eres un buen tirador, me han dicho.
    – Bastante bueno -contestó el chico con orgullo.
    – ¿Quién te ha regalado ese arco? Es muy caro, ¿no?
    – Lo ha pagado Asuntos Sociales para que tenga un tiempo de ocio constructivo. Cuesta dos mil coronas, pero no es nada caro. Cuando sea… cuando esté mejor de dinero me compraré un Super Meteor con palas de carbono azul celeste metalizado.
    Sejer parpadeó impresionado.
    – ¿Quién te enseña a tirar?
    – Christian. Viene dos veces por semana. Pronto participaré en el Campeonato de Noruega. Christian dice que tengo talento.
    – ¿Sabes que un arco es un arma mortal?
    – Sí que lo sé -contestó con rebeldía.
    Sabía lo que iba a escuchar. Agachó la cabeza y cerró los ojos mientras recibía la amonestación. Bloqueando los conductos auditivos, conseguía reducirla al zumbido de una mosca.
    – Cuando vas andando por ahí sigilosamente, la gente no puede oírte. Si de repente se acerca alguien que está en el bosque, cogiendo arándanos, por ejemplo, puedes convertirte en un homicida. ¿Has pensado en ello, Kannick?
    – Nunca hay gente en el bosque.
    – Salvo Errki.
    Kannick se sonrojó.
    – Sí, salvo Errki. Pero él no coge arándanos, creo yo.
    Se hizo el silencio. Sejer escuchó voces bajas fuera. El chico lo miró de reojo y se mordió el labio.
    – ¿Dónde está Halldis ahora? -preguntó en voz baja.
    – En el sótano del Hospital General de Oslo.
    – ¿Es verdad que están en neveras?
    Sejer le sonrió con tristeza.
    – Bueno, es una especie de cajón largo. ¿Conocías a su marido? -preguntó para desviar el tema.
    – No, pero me acuerdo de él. Siempre iba montado en su tractor. Nunca hablaba con nosotros como Halldis. A él no le interesaban los chicos; además, tenía un perro. Cuando murió Thorvald, también murió el perro. No quería comer.
    Eso debía de extrañar mucho a Kannick pues se mostró incrédulo ante la mera idea.
    – ¿Cuánto tiempo crees que vas a estar en la Colina de los Muchachos?
    – No lo sé -contestó Kannick clavando la mirada en las rodillas-. No soy yo quien lo decide.
    – ¿Ah, no? -dijo Sejer.
    – De todos modos, hacen lo que quieren -contestó el chico con tristeza.
    – Pero estás a gusto aquí, ¿no? Se lo he preguntado a Margunn, y me ha dicho que estás a gusto.
    – Sí, no tengo otro sitio. Mi madre no es apta y yo necesito ayuda.
    Sejer captó el desamparo en la voz del chico.
    – La vida no es nada fácil, ¿verdad? ¿Qué es lo que te resulta más difícil?
    Kannick volvió a reflexionar y repitió las palabras que tantas veces había oído:
    – Primero actúo y luego pienso.
    – Eso se llama ser impulsivo -lo consoló Sejer-. Y es normal en los niños. Casi todas esas cosas suelen arreglarse con el tiempo. Oye -prosiguió-, ¿pudiste ver si Errki llevaba guantes?
    Kannick parpadeó extrañado y abrió los ojos de par en par.
    – ¿Guantes? ¿Con este calor? No le vi las manos. Puede que las llevara en el bolsillo. No sé -concluyó con sinceridad.
    – Lo pregunto -explicó Sejer- porque es importante aclarar cosas como, por ejemplo, las huellas dactilares. Y hemos encontrado varias dentro de la casa. ¿Estás seguro de que ni viste ni oíste a nadie más allí arriba?
    – Sí -afirmó Kannick, moviendo la cabeza con determinación-. No vi a nadie más.
    – Si hubiera habido alguien más -dijo Sejer- Errki pudo haberlo visto, aunque tú no lo vieras.
    – ¿No crees que lo hiciera Errki? -preguntó el chico asombrado.
    – No lo considero tan evidente.
    – Pero está loco, ¿sabes?
    – No es exactamente como nosotros -sonrió Sejer-. Digamos que necesita ayuda. Pero sospecho que muchos esperan que Errki sea culpable. ¿Sabes? A la gente le gusta tener razón. ¿Tú qué crees que Halldis hubiera dicho a Errki si él hubiera entrado en la granja? Ella lo conocía, ¿verdad?
    – Supongo que sí.
    – ¿Crees que le tenía miedo?
    – Ella no tenía miedo a casi nada. Pero Errki es así, simplemente iba por las tiendas y quioscos cogiendo lo que quería. Tal vez entrara también en casa de Halldis. Él es así.
    – ¿Y ella montaría en cólera?
    – Halldis se enfadaba bastante si no hacíamos lo que nos ordenaba, y Errki nunca hacía lo que la gente le decía que hiciera.
    – Exactamente. Creo que debemos encontrarlo, ¿no te parece?
    – ¿Le pondrán una camisa de fuerza?
    Sejer se rió.
    – Esperemos poder evitarlo. Pero mientras esto dure, será mejor que os quedéis por aquí, cerca de la casa, y que no vayáis al bosque.
    – Por mí, vale -dijo Kannick con un gesto afirmativo-. Margunn me ha quitado el arco.

    Todos los demás chicos observaron a Sejer cuando se metió en el coche. No tenía tiempo para charlar con ellos, para ser un pequeño soplo del exterior en ese mundo cerrado en el que vivían. Lo miraban con una mezcla de rebeldía y reverencia. Algunos de ellos ya habían estado en contacto con la policía en varias ocasiones, a otros la posibilidad les pendía encima de la cabeza como una amenaza constante. El pequeño de piel oscura, Simon, dijo adiós con la mano. Sejer pensó en los chicos mientras se acercaba al Hospital General, ese grupo de individuos huraños que no habían sabido adaptarse. Un grupo de esos que interesaría a Sara Struel, un grupo de rebeldes.

    – Elsi Johrma -dijo Sejer, mirando expectante a la enfermera-. Fecha de nacimiento: cuatro de septiembre de mil novecientos cincuenta. Falleció en un accidente, el dieciocho de enero de mil novecientos ochenta, y fue traída a este hospital. No sé si ingresó cadáver o si murió después, a causa de las lesiones. Pero en algún lugar de este hospital tiene que haber papeles sobre ella. ¿Podría usted hacerme el enorme favor de ver si encuentra algo?
    La curiosidad había encendido los ojos de la enfermera. Al mismo tiempo, daba la impresión de estar abatida, era época de vacaciones, faltaba personal y hacía un calor insoportable. Sejer contempló el cuarto en el que se encontraban. Era un despacho estrecho, lleno de carpetas y libros. No era una habitación grande, pues él mismo y la enfermera la llenaban.
    – Hace dieciséis años de eso -dijo ella a modo de apunte, como si él no lo hubiera calculado ya-. Entretanto, hemos pasado a la informática, así que probablemente no esté registrada. Eso significa que debo bajar al sótano a buscar.
    – El año es el ochenta, y la letra, la J. Seguro que conoce usted bien el archivo -dijo Sejer-. Puedo esperar.
    La enfermera tendría unos veinticinco años. Era alta, fuerte y llevaba el pelo recogido en una coleta. Se quedó mirándolo fijamente por encima de las gafas de montura roja que tenía sobre la punta de la nariz.
    – Si no encuentro nada ahora, tendrá usted que volver más tarde.
    La mujer desapareció, y él esperó pacientemente mientras buscaba en el cuarto algo que leer. No encontró nada más que una revista de la Asociación contra el Cáncer que no le tentaba. Se quedó sentado, absorto en sus propios pensamientos. En lugares como ese, nunca lograba evadirse de los recuerdos de una época en que él mismo andaba, sin reposo, por largos pasillos mientras el cuerpo de Elise era objeto de pruebas, análisis, tratamientos y radiaciones, y se iba debilitando cada vez más. Era sobre todo el olor y el sonido de voces atenuadas. Sejer se encontraba en otro lugar cuando la enfermera apareció inesperadamente por la puerta.
    – Esto es todo lo que he encontrado -dijo, alcanzándole un informe de ingreso resumido en una sola página.
    – Pero ¿y qué pasa con el informe de la autopsia? -preguntó Sejer.
    – No estaba.
    – Pero podrá seguir buscándolo, ¿no? Es muy importante.
    – En ese caso tendría que ser el domingo que viene, si es que tengo un rato. Por ahora, esto es lo único que he encontrado.
    – Gracias -dijo él humildemente-. ¿Puedo llevármelo?
    Ella le dio un formulario y él firmó en la línea indicada.
    – ¿Tiene dos minutos mientras lo leo? -le rogó-. Supongo que habrá bastantes términos que no entienda.
    La enfermera cogió la hoja y leyó en voz alta:
    – Ingresa cadáver el dieciocho de enero a las 16.45. Fracturas visibles en brazo y mandíbula. Considerable pérdida de sangre.
    – ¡Perdone! -interrumpió Sejer-. «Considerable pérdida de sangre.» ¿No se cayó por una escalera?
    – Yo no estaba aquí, tenía diez años entonces -contestó la enfermera, cortante. Pero, de nuevo, le venció la curiosidad-. ¿Así que se cayó por una escalera?
    – Eso es lo que me han dicho. Su hijo estaba presente cuando ocurrió -explicó Sejer-. Pero solo tenía ocho años.
    – Está bien -dijo la enfermera, insegura-. Pero no puedo ayudarle con eso mientras no tenga el informe de la autopsia.
    Volvió a leer la hoja.
    – Sí -dijo por fin-, es extraño. Tuvo una fuerte hemorragia que por sí sola le habría causado la muerte. Pero no sé lo que han aducido como causa de muerte.
    – ¿Tanto puede uno destrozarse al caerse por una escalera?
    – Bastante -contestó-. Sobre todo una persona mayor.
    – Pero ella no lo era -objetó señalando la hoja-. Elsi Johrma, nacida en mil novecientos cincuenta, lo que quiere decir que tendría aproximadamente treinta años cuando murió. ¿No es así?
    – ¿Y no puede usted encontrar a su hijo, el que fue testigo de su muerte?
    – Pues sí -dijo Sejer pensativo-. Lo estamos buscando.
    Se levantó y le dio las gracias. Al salir, se quedó un instante fuera, con la mirada clavada en el Instituto Anatómico Forense. En algún sitio, allí dentro, se encontraba Halldis. Se dirigió hacia la entrada, sin saber muy bien a qué iba. Era demasiado pronto para empezar a hurgar y preguntar, probablemente pasaría una semana o dos hasta que le tocara el turno a Halldis. Se identificó en la recepción y pudo entrar sin problemas en el resto del edificio. Como había pensado, encontró a Snorrason en una de las salas de autopsia. Estaba de espaldas a la puerta, poniéndose unos guantes de látex. Sobre la mesa había un paquete no muy grande. No más grande que un perro, pensó Sejer. La posibilidad de que fuera un bebé le hizo fruncir el ceño.
    El forense se volvió y levantó una ceja.
    – ¿Konrad?
    – ¿Quién hay ahí? -preguntó Sejer, señalando con la cabeza el paquete blanco.
    Snorrason lo miró fijamente.
    – No es Halldis Horn, pero supongo que ya lo habías adivinado. Yo, por mi parte, me pregunto qué quieres a una hora tan poco cristiana.
    Sejer sonrió avergonzado.
    – Ya sé que no puedes haber hecho aún gran cosa, pero vine por aquí a arreglar unos asuntos y se me ha ocurrido hacerte una breve visita.
    – Ya.
    – Solo para verla. No por otra cosa. Para formarme algunas ideas.
    – ¿Con la esperanza de que te hable?
    – Algo así.
    Snorrason volvió a quitarse los guantes.
    – Pues no creo que te diga gran cosa.
    – Ya. Solo quería verla un momento. Yo mismo puedo decir un par de palabras en caso de que el silencio se vuelva demasiado embarazoso.
    – Lo que quieres es que esté a tu lado, pensando en voz alta. Eso es lo que esperas, te conozco bien. Aunque ya sabes que no hay nada que me guste menos.
    – Solo un rápido vistazo.
    – ¿No la viste en el lugar del crimen? ¿Y no tenéis unas fotos muy buenas?
    – Sí, pero eso fue ayer.
    Snorrason desistió por fin. Sejer lo siguió hasta el ascensor y bajó con él a las profundidades del sótano, hasta la sala de refrigeración donde se encontraba Halldis. Buscó el número del cajón y lo sacó del todo.
    – Aquí tiene usted, señor -dijo retirando la sábana.
    No era un bonito espectáculo. El ojo intacto estaba negro como la brea. Donde debería haber estado el otro, la azada había penetrado tan adentro que había partido en dos la nariz, y las hemorragias internas habían producido un color violeta oscuro en la frente y en las sienes.
    – Ocho centímetros y medio de ancho. Catorce de profundidad. Exactamente la anchura y la longitud de la hoja -dijo Snorrason escuetamente-. Una insignificante lesión en el antebrazo derecho al intentar esquivarla, la hoja apenas la rozó. Un claro hematoma en el tejido conjuntivo del ojo derecho como consecuencia de la fractura de los huesos del cráneo.
    Sejer se obligó a sí mismo a acercarse más al rostro de la muerta.
    – ¿Puedes decir algo del ángulo?
    – Una de dos -contestó Snorrason luchando contra sus principios-. Ya estaba tumbada en el suelo cuando le alcanzó la azada o estaba de pie y levantó la cabeza asustada al ver llegar la hoja. Como puedes observar, le entró en la cavidad ocular justo por debajo de la ceja y luego penetró hacia el interior de la cabeza.
    – Sucedió deprisa e inesperadamente, ¿verdad?
    – ¿Cómo quieres que lo sepa? -contestó Snorrason, en un intento repentino de ponerse desagradable-. Por lo demás, no hay ninguna señal externa de que opusiera resistencia. Su ropa está intacta y, como recordarás, incluso llevaba puestos los zuecos cuando la encontraron. De manera que tendrás razón. Aunque me extraña. Al haber sido asesinada con su propia herramienta, supongo que no sería algo planeado. El asesino echaría mano de lo que tuviera a su alcance en un estado de pánico, una tremenda ira, un tremendo miedo o una mezcla de todo. Según las estadísticas -prosiguió- se trata de un asesinato poco frecuente. Y clarísimamente de un asesinato cometido en un estado de gran agitación. Tenéis huellas dactilares, ¿no?
    – Sí -contestó Sejer-. Encontramos algunas dentro de la casa. Y dos huellas insignificantes en la azada. Es una suerte para nosotros que viviera sola. Eso limita bastante el número de personas que hayan podido tocar sus cosas.
    – ¿Satisfecho?
    – Sí, muchas gracias.
    Snorrason volvió a cubrir el cuerpo con la sábana y empujó el cajón de Halldis hacia dentro.
    – Ya sabrás de mí…

    Sejer volvió a la Comisaría. Notaba cómo Sara Struel se le iba metiendo en la conciencia, alejando esa cara destrozada que acababa de ver. La piel tersa con vello claro. Los ojos oscuros con círculos claros junto a la pupila.
    Todos esos años en soledad. Pero si yo he querido estar solo, pensó. ¿Por qué quiero ahora algo distinto?
    Volvió a pensar en Elsi Johrma. ¿Por qué perdió el equilibrio en la escalera? Tuvo que haber alguna causa, algo que le hizo tambalearse. Se cayó por la escalera de su propia casa, una escalera que tendría que conocer muy bien y que habría subido y bajado muchísimas veces. Tal vez corriera o hubiera agua en algún escalón. En cualquier caso habría una razón, de la misma manera que habría una razón para que las lesiones le provocaran la muerte cuando, o al menos así lo creía él, podrían haber provocado una conmoción cerebral o una simple fractura de muñeca. Cuando me haga viejo, pensó de repente, me pondré a estudiar todos los casos criminales no resueltos que aún se encuentran en la Comisaría. Trabajaré en ellos sin la presión del tiempo, sin la eterna presión de la prensa y de Holthemann, bajo mis propias condiciones. Mientras esté cobrando la pensión, convertiré el trabajo en mi hobby, con mi perro Kollberg calentándome los pies, bebiendo whisky y fumándome un cigarrillo. ¡Qué placer!

    Fue igual que en las Sagradas Escrituras, cuando el mar se dividió en dos. Todas esas personas ajetreadas, vestidas de blanco, se retiraron al ver a Skarre junto a la puerta abierta. Miró dentro de la enorme cocina, hacia el punto que le señalaba el cocinero. Allí, ese que está junto al fregaplatos. Ese es Kristoffer Mai.
    Skarre solo podía verle la espalda, una espalda ancha, con el cuello corto y el pelo rojo e hirsuto. Era la única persona en la estancia que no se había percatado de la presencia del desconocido, estaba sacando del fregaplatos una bandeja con cuarenta copas humeantes. No reparó en el silencio que se impuso, no hasta que hubo dejado la bandeja. Entonces se volvió y miró a Skarre.
    – ¿Kristoffer Mai?
    El joven asintió con un gesto. Parecía buscar febrilmente en su cabeza una explicación a esa visita tan seria. Y entonces se acordó. La tía Halldis, claro. Volvió en sí y saludó con la cabeza mientras se secaba las manos y cerraba la máquina. Tenía perlas de sudor en la frente.
    – ¿Podemos hablar en algún sitio?
    – En la sala de descanso -contestó, y echó a andar hacia la puerta. Andaba con la vista baja porque tenía la sensación de que todo el mundo lo estaba mirando, y como hasta entonces siempre lo habían ignorado, la situación era tan inusual que no sabía cómo reaccionar ante ella.
    La sala de descanso era larga y estrecha, y se sentaron en un rincón, de espaldas a la puerta. Skarre miró la cara joven y le sobrevino una repentina nostalgia. ¿A cuántas personas voy a conocer en mi vida, pensó, solo y únicamente por una muerte brutal y terrible? ¿Me va a seguir gustando este trabajo dentro de diez años? ¿Y cómo me va a afectar como persona el tener que estar siempre preguntando a gente inocente: Dónde estuviste ayer? ¿A qué hora llegaste a casa? ¿Cómo es tu situación económica?
    Sacó su libreta de notas del bolsillo trasero.
    – Hace mucho calor en tu lugar de trabajo -empezó a decir en tono amable, mirando de reojo la cabeza pelirroja.
    – A mí me gusta -señaló Mai sonriendo-. Soy de Hammerfest. Allí siempre hace mucho frío.
    Skarre ladeó la cabeza y sonrió.
    – ¿Cuándo te enteraste de la muerte de tu tía abuela?
    – Me llamó mi madre ayer, a las nueve de la noche.
    – ¿Y qué te dijo?
    Levantó la cabeza hacia el ventilador eléctrico del techo y suspiró profundamente.
    – Que alguien entró en su casa para robarle el dinero, y que luego la mató a golpes y se largó.
    – Fue con una azada -le corrigió Skarre.
    – Eso da lo mismo -dijo el joven en voz baja-. Decían que tenía bastante dinero -prosiguió.
    – ¿Sabes algo de eso?
    – Tenía medio millón -contestó Mai-. Pero estaba en el banco.
    – ¿Tú lo sabías?
    – Claro que sí. Ella estaba muy orgullosa de su dinero.
    – ¿Se lo contaste a alguien? -preguntó Skarre, mirándolo con insistencia.
    – ¿A quién se refiere?
    – A amigos, compañeros de trabajo, por ejemplo.
    – Casi siempre estoy solo -dijo llanamente.
    – Pero hablarás con alguien, supongo.
    – Con el señor que me alquila la habitación, con nadie más.
    Cambió de postura y lanzó una larga mirada a Skarre.
    – Está usted aquí para descartar que yo tenga algo que ver con el caso, ¿verdad?
    Skarre dejó la libreta a un lado y lo miró. Ni por un instante había pensado que ese joven pudiera ser un homicida que hubiera matado a su tía abuela para robarle el dinero. Pero claro, ellos lo sentían así. De repente, se preguntó cómo se sentiría él en una situación como esa. ¿Bastaba con saber que tu conciencia estaba blanca como la nieve? ¿O te generaría por dentro una especie de inquietud el saber que alguien había considerado esa posibilidad? Kristoffer Mai tenía los ojos verdes. Parecían culpables. Skarre se dio cuenta de que las personas con las que hablaba, a las que interrogaba y excluía del caso, siempre daban esa sensación. Quizá fuera porque en alguna ocasión se les había ocurrido la idea. Halldis tiene mucho dinero. Y aquí estoy yo, trajinando en esta enorme cocina con un sueldo miserable. ¿Y si…?
    – La visitabas de vez en cuando, ¿verdad?
    – Si tres veces al año se puede considerar de vez en cuando, sí.
    – Supongo que son tres veces y no más.
    Skarre intentó sonreír para suavizar la siguiente pregunta.
    – ¿Hace mucho que la visitaste por última vez?
    Mai miró por la ventana y se encogió de hombros.
    – Puede que tres meses. Es poco y mucho, según se mire.
    – ¿Le enviaste una carta hace seis días?
    – Sí, es verdad. Le prometía que iría a hacerle una visita y luego no fui.
    Se movió intranquilo en la silla.
    – Y en eso estoy pensando ahora, en que los últimos días de su vida se los pasó esperando a alguien que nunca llegó.
    – ¿Y por qué no fuiste?
    – Hubo varias bajas por enfermedad aquí en el trabajo, y tuve que hacer turnos extraordinarios.
    – ¿La llamaste para decirle que tenías que aplazar tus planes?
    – No, por desgracia no. Soy como la mayor parte de la gente -murmuró-. Solo me ocupo de mí mismo. Este asunto me ha hecho reflexionar sobre ello.
    Skarre pensó en el sentimiento de culpabilidad que siempre se presentaba cuando alguien moría. Y si uno no tenía ninguna culpa real, se la inventaba.
    – ¿Estás a gusto en este lugar?
    Le parecía ridículo interrogar a uno de los pocos parientes que había tenido la mujer, y que encima la había visitado. Al mismo tiempo, no entendía esa aversión que de repente sentía hacia su trabajo, pues era el trabajo que él había elegido. Puede que esté estresado, pensó. Debe de ser un síntoma incipiente de que necesito vacaciones.
    – ¿Cómo se llama la persona que te alquila la habitación? -preguntó-. Porque me has dicho que vives en una habitación alquilada, ¿no?
    – Bueno, en realidad es un pequeño apartamento con entrada aparte y ducha propia. Dos mil quinientas coronas al mes. Está bien, y el dueño es amable. A veces hace crepes y llama a mi puerta para ofrecerme. Está bastante solo, tiene casi setenta años. Se lo digo para que comprenda que, aunque yo le hubiera contado lo del dinero, él nunca habría podido subir hasta allí a robarlo.
    Skarre sonrió.
    – Te comprendo. Tampoco es probable que vaya a verlo. Digamos que el hombre está descartado por su edad.
    Al decir eso, se dio cuenta de que acababa de cometer un error. ¿Y si el hombre tenía treinta o cuarenta años? Puede que pasaran mucho tiempo juntos. Quizá tomaban alguna copa mientras charlaban de sus cosas. El joven del norte estaba solo, no había conseguido encontrar amigos, pero tenía una tía abuela en algún lugar del bosque que no era pobre. Pudo soltarlo durante un whisky doble. Medio millón. Y si…
    – Pero tendrás que darme el nombre de todas formas -dijo Skarre.
    Mai sacó la cartera del bolsillo de la chaqueta y se puso a buscar un justificante de una transferencia, que entregó a Skarre.
    – El alquiler -dijo-. Aquí figura el nombre y la dirección. Supongo que tendrá que tomar nota.
    Skarre abrió los ojos de par en par. Estuvo a punto de perder el aliento de puro asombro. Una dirección de la parte este de Oslo. Y el apellido era Rein. Thomas Rein.
    – Perdona -dijo en voz baja-. Tengo que comprobar otro pequeño detalle. Así que vives en casa de un hombre llamado Rein. ¿Thomas Rein? ¿No será un poco más joven de lo que dices?
    Mai lo miró extrañado y se puso en guardia. En su rostro se veía una mezcla de sinceridad y miedo.
    – No tiene setenta -afirmó con firmeza-. Pero tiene un hijo que se llama Tommy, y el apartamento en el que vivo en realidad es de él. Me lo alquilan porque está de viaje. Solo podré quedarme hasta que vuelva.
    – ¿Y dónde está ahora?
    – No lo sé. Solo sé que está de viaje.
    Skarre intentó tranquilizarse. Tomó a toda prisa un montón de notas en la libreta, mientras respiraba lo más tranquilamente que podía y se esforzaba por poner cara de póquer con esa facilidad con la que lo hacía su jefe.
    – ¿A qué hora llegaste a trabajar ayer?
    – A las doce en punto. Ahí dentro hay más de veinte tíos que pueden corroborarlo. Pero tengo entendido que el asesinato se cometió por la mañana temprano, así que me hubiera dado tiempo de hacerlo.
    El tono de su voz era desafiante. Notó que el policía estaba en alerta máxima, e intentaba protegerse contra un peligro que no era capaz de ver.
    – ¿Tienes coche?
    – Un viejo Volkswagen.
    – Bien -dijo Skarre-. ¿Te sentías unido a Halldis?
    – En realidad, no.
    – ¿Pero ibas a visitarla?
    – Solo porque mi madre me daba la lata. ¿Sabe? Somos sus herederos. Pero las visitas que le hice resultaron muy agradables. Uno no piensa en esas cosas hasta después, ahora que ella ya no está.
    – ¿De manera que nunca has conocido a ese Tommy Rein? -preguntó Skarre.
    – No. ¿Es sospechoso o qué?
    – En absoluto -dijo Skarre en tono cortante-. Solo era la penúltima pregunta de mi lista.
    – ¿Pura rutina? -preguntó Mai.
    – Algo así.
    – ¿Y cuál es la última?
    – Errki Peter Johrma. ¿Has oído hablar de él?
    Kristoffer Mai se levantó y dejó la silla en su sitio. El flequillo pelirrojo le cayó sobre la frente cuando volvió a meterse la cartera en la chaqueta.
    – No -dijo-. Nunca he oído hablar de él.

    Errki se despertó. Se colocó de costado y se quedó mirando la pared. Seguía flotando, antes de concentrar sus pensamientos y reconocer la habitación en la que se encontraba. Había dormido profundamente. Entonces se acordó del revólver. Aunque no había usado un arma en su vida, sabía que requería bastante fuerza. Atravesó la habitación con el revólver en la mano, pasó por la cocina y entró en el cuarto de estar. Morgan dormía. Su pelo rizado estaba mojado, y el sudor le brillaba en la frente. Tal vez estaba realmente a punto de sufrir una septicemia. A él no le concernía, solo lo constataba. Tampoco se sentía culpable. El abalanzarse sobre él e hincarle los dientes en la nariz había resultado inevitable. Además, no le había pedido que se lo llevara. Había ido a la ciudad porque había tenido un terrible sueño que le sacudió el alma. Primero había intentado alejarse de él corriendo, y cuando se sintió seguro, se echó a dormir en un granero, con un saco debajo de la cabeza. Al despertarse, le picaba la cara y el cuello y se fue a la ciudad. Necesitaba ver que el mundo seguía allí, la gente, los coches, y entró en el banco porque había sombra y un tentador sofá junto a la ventana. No por ninguna otra cosa.
    Se detuvo al lado del diván donde dormía Morgan y escondió el arma detrás. En su imaginación se vio apretando el gatillo y cómo la cabeza rubia sobre el diván verde reventaba como un melón, mientras su contenido se dispersaba en todas las direcciones. Y adiós Morgan en cuestión de un segundo, igual que aquel anciano, junto a la iglesia.
    Morgan se retorcía gimiendo en voz baja. Luego abrió los ojos.
    – Estás enfermo -constató Errki.
    Morgan asintió, serio. De hecho, estaba muy enfermo. Notaba que la debilidad se le iba extendiendo por el cuerpo, que se iba hundiendo poco a poco. Ojalá hubiera podido entregarse a alguien dispuesto a cuidarle y mimarle, a responsabilizarse de él.
    – ¿Quieres algo? -preguntó Errki en tono amable.
    Morgan gimió.
    – Tendría que ser una bala en la frente.
    Errki sacó el revólver, se agachó y colocó el cañón justo entre los ojos de Morgan.
    – Jaque mate -sonrió-. El rey ha muerto.

    – ¿Qué estás mirando? -preguntó Skarre sacando la libreta del bolsillo mientras se sentaba enfrente de Sejer.
    – Huellas de zapatos -murmuró-. Llevo un rato estudiándolas y tengo la extraña sensación de que hay algo que no encaja.
    Las empujó hacia el otro lado de la mesa para que Skarre las viera. Este guardó pacientemente sus propios descubrimientos.
    – Dime lo que ves -dijo.
    Skarre miró las fotos.
    – Siete huellas de zapatos, de las cuales tres, no, cuatro, resultan casi inútiles. Pero tres son bastante nítidas, con unos dibujos muy claros. Estrías -añadió- u ondas. Un zapato bastante grande. Cuarenta y tres, ¿no era así?
    Sejer asintió con la cabeza.
    – Continúa.
    – ¿Hay algo más que ver?
    – Creo que sí.
    Skarre las estudió de nuevo y descartó por fin una, quedándose con dos, las mismas que Sejer llevaba estudiando una eternidad.
    – Ambas corresponden al pie derecho -dijo Skarre en voz baja-. Probablemente se trate de una zapatilla de deporte.
    – Estoy de acuerdo.
    – Una huella está más clara que la otra.
    – Correcto.
    – Y una de estas ondas -dijo señalando con el dedo- es discontinua. Tal vez un corte en la suela.
    – Y no en la otra huella, ¿verdad que no? -preguntó Sejer, mirando atentamente a Skarre.
    – Pero es el mismo zapato, ¿no? Los dos son del pie derecho.
    – ¿Es el mismo?
    – No sé dónde quieres ir a parar. Tal vez sea una piedra que se ha metido entre las estrías -añadió con diligencia-. Y produce esa mancha blanca en una de las ondas.
    – Una piedra debajo del zapato que luego se cae, ¿es eso lo que quieres decir?
    Continuó mirándolo atentamente.
    – Sí, por ejemplo.
    – U otro defecto en la goma. Además -señaló Sejer- una huella es más débil que la otra, como si esta suela estuviera más gastada.
    – ¿Qué estás insinuando? -preguntó Skarre desconfiado.
    – Estoy insinuando que podría tratarse de dos.
    – ¿Dos homicidas?
    – Sí.
    – ¿Y los dos con zapatillas de deportes?
    – Es el tipo de calzado que usa la gente, sobre todo los jóvenes.
    – Entonces no creo que se trate de Errki -dijo despacio-. Él siempre va solo.
    – Tu salto en paracaídas está cada vez más cerca -dijo Sejer con aire malicioso-. Pensaba sugerirte que saltáramos desde una altura de cinco mil pies. Así tendrás una buena experiencia.
    Skarre notó que una oleada de miedo le atravesaba el pecho. Inhaló un poco más de oxígeno que de costumbre para recobrar el pulso.
    – El peor momento es cuando se abre la puerta del avión -dijo Sejer sonriente-, el bramido del viento y el aire frío. Te sorprenderá el frío que hace a cinco mil pies de altura.
    – Tengo algo que contarte -dijo Skarre para desviar la atención.
    Abrió la libreta y señaló. Sejer leyó con el entrecejo fruncido e hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
    – ¿Lo encontraste?
    – Según Mai, Tommy está de viaje. Dice que no sabe dónde. Fui a la casa, pero el padre no estaba, y un vecino aseguró que estaría fuera todo el fin de semana.
    – Entonces volveremos a intentarlo el domingo por la tarde. Puede que haya algo por ahí. Ah, por cierto, tal vez deberías hacerte primero un seguro. Seguros Dúo. Te daré el número de teléfono.
    – ¡Es curioso que el hijo esté de viaje, y que cuando voy a visitar al padre, él también esté fuera!
    – Puede que tenga una cabaña para los fines de semana. Por cierto, ¿tienes un traje de esquí o algo así? Porque no necesitas comprar un traje de salto solo para una vez. Pero las botas son importantes. En la farmacia puedes comprar vendajes de apoyo, también son una especie de seguro.
    Sejer se reclinó en el sillón con una sonrisa abierta y amable.
    – ¿Sabes que en el pub El Escudo del Rey tienen cincuenta clases diferentes de cerveza? -dijo Skarre con veneno-. No cierran hasta las dos de la madrugada. Si empezamos sobre las ocho, nos daría tiempo para bastante. Reservaré una mesa con fácil acceso a los lavabos.
    – La presión del viento es tan grande que si abres la boca durante la caída libre, no consigues volver a cerrarla. Se tuerce hacia atrás y te hace parecer un besugo.
    – Y ese whisky que tanto te gusta, Famous Grouse, lo tienen ahí, ya he preguntado.
    – Tú concéntrate en el salto. Esto no es lo que pensábamos. Alguien buscaba el dinero. El que Tommy Rein haya desaparecido de la faz de la tierra puede tener sus razones. Y quizá trabaja con algún amigo.
    – Lo habrían hecho de noche. No temprano por la mañana. Además, habrían ido en coche para luego poder desaparecer volando.
    Se levantó y puso la mano sobre el pomo de la puerta.
    – No te olvides de llenar la nevera de cerveza. Es lo único que sirve para el día siguiente.

    No oyó que llamaban a la puerta. De repente allí estaba Sara, con una bolsa en la mano. Había ido a casa a cambiarse de ropa. A su casa y a la de Gerhard, pensó él.
    Sara avanzó unos pasos y se detuvo delante de la mesa de Sejer. Al hombre le costó ocultar la sorpresa y las emociones que lo sobresaltaron. Sara Struel lo miró. El inspector parecía diferente, cogido por sorpresa. Era obvio que se estaba esforzando por recapacitar y recobrar el control.
    – ¿En qué puedo ayudarla? -tartamudeó.
    – Aún no lo sé -contestó ella, sonriendo.
    Se hizo el silencio. Los círculos de los ojos de Sara bailaban. Él sonrió con cara de borrego.
    – ¿No va a preguntarme por qué estoy aquí? -dijo ella, sin dejar de sonreír.
    Te vas con Gerhard de vacaciones a Israel, y necesitas un pasaporte nuevo, y como la oficina de pasaportes está en la planta baja, puedes matar dos pájaros de un tiro.
    – ¿No tiene curiosidad por saberlo?
    Lo que tengo es miedo.
    – En este momento está usted tan desamparado como el sapo -dijo Sara-. He venido porque quería verlo.
    Pronto ya no sabré distinguir entre sueño y realidad, pensó él.
    – Tengo mucha sed -dijo ladeando la cabeza-. ¿No tendría algo de beber?
    Sejer se levantó como sonámbulo y fue a buscar algo de beber.
    Tal vez Gerhard sea violento. Y ella quiere ahora salir de la situación.
    – Perdone -dijo Sara en voz baja-. Lo he dejado algo turbado. Pero a mí me gusta decir las cosas como son.
    – Sí, claro -dijo él serio, como si ella fuera un testigo que acabara de descubrir algo importante y él se encargara del asunto.
    – Entiendo que otros puedan sentir de otra manera. Pero somos adultos, ¿no?
    – Pues sí, es lógico.
    Sejer se bebió el vaso de agua con gas de un trago y clavó la mirada en la mesa. En el protector del escritorio vio el mapa del continente africano arrasado por las guerras. También su interior estaba arrasado. Se sintió tan inflamable como un barril de petróleo. Una pequeña chispa lo incendiaría. Por ejemplo, si la mano de ella llegara a tocar la de él, que reposaba sobre la mesa, suave y fina, a treinta centímetros de la suya.
    – No he pretendido asustarlo -sonrió Sara con clemencia, dándole golpecitos en la mano.
    – ¿Asustarme? -dijo él, aturdido.
    – Solo he dicho que tenía ganas de volver a verlo. Nada más.
    – Agradecemos toda la ayuda que puedan prestarnos -dijo él torpemente.
    Era evidente que ella acababa de recordar algo importante para el caso.
    – Voy a ayudarle un poco -dijo, mirándole a los ojos-. Contésteme a una sola cosa.
    Él asintió amablemente con la cabeza, aferrándose al vaso.
    – ¿Se alegra de verme?
    Konrad Sejer, inspector jefe de la brigada criminal, ochenta y tres kilos de peso, y uno noventa y seis de estatura, se levantó de la silla. No había pensado que fuera posible. Fue hacia la ventana y se puso a mirar el río y los barcos.
    Mis defensas, pensó, se derrumban. El camino hasta la mismísima alma está abierto. No tengo dónde esconderme.
    – Tengo tiempo de sobra -dijo ella en voz baja-. Estoy esperando la respuesta.
    ¿Pongo algo en marcha si contesto? Contrólate, hombre. No vas a confesar un homicidio. Solo vas a contestar que sí.
    Se volvió despacio y se encontró con la mirada de Sara.

    La información facilitada por los ciudadanos empezaba a llegar a la Comisaría. Errki había sido visto en cuatro lugares dispersos en un área tan extensa que era imposible que hubiera estado en tantos sitios tan distantes en tan poco tiempo. Una joven con un cochecito de niño se había encontrado con él en la carretera nacional 285, recordaba su camiseta. A la misma hora, una mujer en una gasolinera Shell en las afueras de Oslo lo había tenido de cliente. Había llegado y se había marchado a pie. El conductor de un camión había cruzado la frontera de Suecia con él de pasajero. Por desgracia, esto último fue lo único que llegó a oídos de Kannick Snellingen. Fue Palte quien se lo dijo. Va camino de Suecia, lo acaban de decir ahora mismo en la radio. Piensa en ese pobre conductor, Kannick. ¡No tiene ni idea de lo que lleva en el coche!
    ¿Asustado él? ¡Qué va! Kannick había perdido dos flechas en el bosque. Dos flechas de carbono Green Eagle con plumas auténticas, a ciento veinte coronas la flecha. Estaba impaciente por subir a buscarlas. Allá arriba había animales que podrían pisarlas, y quizá empezara a llover, entonces desaparecerían en la tierra sin dejar rastro. Recordaba muy bien dónde estaba cuando soltó las dos flechas y podía seguirlas en su mente por los matorrales hasta el punto más o menos donde habían aterrizado. La idea era ir a buscarlas enseguida, pero el tiempo pasaba, y su excursión aún no había sido aprobada por la dirección. Por eso les dio la espalda. Estaba sentado en su habitación, mirando el patio. Dejó escapar un largo y profundo eructo y le subió el sabor a puerro y nabo del guiso que habían tomado para comer. Hoy no habría excursión para ir a bañarse, y Margunn estaba siempre liada con papeles y cosas así. Su arco estaba en el despacho de la mujer, dentro del gran armario metálico donde guardaba lo poco que poseían de valor. Karsten tenía una cámara fotográfica, Philip un cuchillo de caza que solo le permitían usar en compañía de un adulto. El armario estaba cerrado, pero la llave estaba en un cajón del escritorio, en una cajita de plástico, con otras llaves importantes. Todo el mundo lo sabía.
    Miró con añoranza hacia el bosque y descubrió varias cornejas grandes volando por el aire y alguna que otra gaviota, de las que se ponían las botas en el vertedero que estaba a menos de un kilómetro de allí. Vio también la espalda de Karsten, que estaba junto al horno de quemar hojas secas, agachado sobre la bicicleta, intentando fijar un portabotellas a la barra. La abrazadera era demasiado holgada y estaba metiendo un trozo de caucho para ajustarla. Se secaba constantemente la frente y tenía grasa y suciedad por toda la cara. Inga estaba a su lado, mirando. Era la más alta de todos en la Colina de los Muchachos, incluso más alta que Richard, flaca como una muñeca Barbie y hermosa como una Virgen. Karsten intentaba concentrarse, pero no resultaba fácil. E Inga se lo estaba pasando bien, era obvio.
    La ventaja, pensó Kannick, de estar en la Colina de los Muchachos era que no podía ir a peor. Al menos no a mucho peor. Si se escapaba o infringía las reglas, simplemente volvían a enviarlo a casa, a la Colina de los Muchachos. Nadie podía enviarle a ningún sitio jodido por ahí, pues seguía por debajo de la mayoría de edad penal, y las famosas prisiones de Ullersmo o Ila quedaban lejos. Solo pertenecían a un posible futuro por el cual no se interesaba mucho, pero sobre el que los adultos hablaban constantemente. ¿Qué va a ser de ti en el futuro, Kannick? No hablaban del aquí y del ahora, de esa casa tan fea con todas sus reglas, de tener que compartir habitación con Philip y escuchar sus jadeos noche tras noche, de tener que fregar y pasar el aspirador por el cuarto de la tele, y de soportar las regañinas de Margunn.
    De repente, se alejó de la ventana y abrió la puerta del pasillo. A lo lejos oyó la voz de Margunn y el agua corriendo, lo que significaba que la mujer estaba lavando y Simon estaría charlando a su lado como solía hacer. En ese caso, se encontraban en el cuarto de lavar, situado en la primera planta, al lado de las duchas. Y el despacho, donde estaba encerrado su arco, se encontraba en la otra punta de la casa. Kannick estaba gordo, pero eso no significaba que no fuera rápido. Salió disparado de la habitación y bajó de puntillas. Optó por la escalera exterior, que en realidad era una escalera de incendios, pero que siempre estaba abierta porque ponía en las instrucciones que tenía que estarlo. Ya habían tenido un incendio dos veces debido a que a Jaffa le interesaban muchísimo los uniformes de los bomberos. La escalera crujía. Repartió su enorme peso con mucho cuidado al bajar por los estrechos escalones y se acercó a hurtadillas hasta la puerta del despacho de Margunn. Por un instante, tuvo miedo de que la hubiera cerrado. Pero la filosofía de Margunn era que sus chicos no tuvieran la constante experiencia de encontrarse ante puertas cerradas. Entró y miró el armario. Tiró del cajón del escritorio con el dedo índice y encontró la caja de las llaves. Intentaba trabajar deprisa, pero sin hacer demasiado ruido. Abrió el pequeño candado. Allí estaba la maleta con el arco. Su Centra color burdeos con palas negras, su gran orgullo. Con el corazón latiéndole muy deprisa, sacó la maleta, cerró el armario, dejó la llave en su sitio y salió del despacho. Desde el pasillo bajó al sótano para salir por la parte de atrás. Nadie podría verlo desde la casa. A lo lejos escuchó la risa de Inga.
    Conocía bien el gran bosque y tomó rápidamente un sendero por el que había andado cientos de veces. Sus pasos, ahora más pesados porque ya nadie podía oírlos, hicieron callar a los pájaros como si presintieran esa terrible arma que el chico llevaba en la maleta. Kannick se mantuvo en el sendero que subía por el oeste de la granja de Halldis. No quiso acercarse demasiado. La imagen de la mujer muerta era demasiado incómoda, y sabía que, si volvía a divisar la casa con la puerta y la losa de la escalera, todo le volvería con gran fuerza y espanto. Y además, las flechas no estaban allí. Había ido a buscarlas y, cuando las encontrara, intentaría matar solo una corneja o dos antes de volver a casa. Incluso podía intentar devolver el arco a su sitio antes de que Margunn descubriera que se lo había llevado. Ya lo había hecho otras veces.
    A Kannick le hacía mucha gracia esa clase de personas a la que pertenecía Margunn, que siempre pensaba lo mejor de todos. Era para ella como una religión, algo a lo que se sentía moralmente obligada. Como aquella vez que él, Kannick, cambió un billete de mil coronas de la caja por uno de quinientas, y ella se negó a creer que alguno de ellos tuviera dinero suficiente para hacer tal maniobra. Por eso lo atribuyó a su mala memoria y a que «todos los billetes hoy en día se parecen muchísimo». Kannick seguía andando. Aunque estaba gordo, no estaba en mala forma, pero la respiración se volvió más entrecortada y sudaba mucho. Al andar, notaba cómo se iba sumergiendo lentamente en esa fantasía que tanto le gustaba, ese espacio secreto que nadie conocía en donde se olvidaba del tiempo y del lugar, los árboles que le rodeaban cambiaban de forma, convirtiéndose en un bosque exótico y, a lo lejos, sonaba el bramido de un río. Él era el gran jefe Jerónimo de las montañas del Amazonas. Le habían encargado procurarse dieciséis caballos con el fin de conseguir a la bella Alope como esposa. Tenía los ojos cerrados y solo los abría en breves instantes para no caerse.
    El viento susurra Nimo, Nimo.
    En la cama tenía quinientas cabelleras blancas. Acariciaba la maleta con una mano y pensó, como había pensado el gran jefe:
    Todo tiene poder. Tócalo y te tocará.
    Oyó a un perro ladrar de dolor a lo lejos. Por lo demás, había silencio.

    Morgan notó que el sudor empezaba a chorrearle por el pelo. El cañón del revólver temblaba delante de él. Seguramente no estaba despierto. Tal vez se trataba de una reacción a esa infección que se le estaba extendiendo por todo el cuerpo, proporcionándole esas visiones, fantasías febriles.
    Miró a Errki y pensó en lo terrible que era tener siempre esas visiones, amenazas de muerte, destrucción y castigo, espantosos fantasmas, año tras año.
    – Estoy enfermo -gimió-. Creo que voy a vomitar.
    Había estado mucho tiempo durmiendo. La luz de fuera era distinta y las sombras se habían alargado. Errki se dio cuenta de que la piel de Morgan había adquirido un matiz amarillento. Bajó el revólver.
    – Vomita lo que quieras -dijo-. De todas formas, este suelo está muy sucio.
    – ¿Dónde coño has encontrado ese revólver? ¡Pero si lo tiraste al agua!
    Morgan se esforzó por incorporarse para mirarlo más de cerca.
    – Lo has tenido durante todo el tiempo, ¿verdad?
    Se enrolló como una bola para convertirse en un blanco más pequeño.
    – ¿Y por qué no lo usaste con la vieja? ¡En la radio dijeron que la mataste a golpes!
    Errki notó una repentina cólera subirle por las mejillas. Volvió a levantar el revólver.
    – Pégame un tiro. ¡Me importa un carajo! -gritó Morgan.
    Era extraño. En ese momento supo que era verdad, ya no tenía ganas de seguir participando.
    – Tendrás que ir a que te vea un médico -dijo Errki meditabundo.
    El revólver tembló. Si disparara ahora, seguramente alcanzaría cualquier cosa, el estómago de Morgan o el diván verde.
    – ¿Y desde cuándo te preocupas por mí? ¿Crees que puedes engañarme? ¿Crees que alguien escucha lo que dice un chiflado como tú? ¿Eh? No tengo fuerzas ni para bajar a la carretera principal. Estoy muy enfermo. Me siento mareado. Sudor frío. Eso es señal de shock, ¿no?
    Se tumbó y cerró los ojos. Ese loco podría llegar a usar el arma. Esperó el tiro, inmóvil, había leído que no dolía mucho cuando te pegaban un tiro, solo una fuerte sacudida del cuerpo, eso era todo.
    Errki miró la nariz de Morgan. Estaba hinchándose y había adquirido un feo color azulado. Se pasó la lengua por los dientes y evocó el sabor a piel y grasa en el paladar, seguido de un empalagoso sabor a sangre.
    Morgan seguía esperando. No llegó ningún disparo.
    – Joder -gimió-. Vaya lío que has armado. Voy a morir de septicemia.
    Errki dejó caer los brazos a lo largo del cuerpo.
    – Verteré una lágrima por ti.
    – ¡Ni de coña!
    – No eres más que un huevo en manos de un niño.
    – ¡Deja de decir chorradas de loco!

    Morgan estaba participando en una tragicomedia, estaba seguro de ello. Nada de todo lo que había sucedido ese día era real.
    – ¿No ves que se ha infectado? Tengo escalofríos.
    – Si quieres, puedes llamar a tu mamá -prosiguió Errki-. No me chivaré a nadie.
    Morgan resopló miserablemente.
    – Llama tú a la tuya.
    – Ha muerto -dijo Errki muy serio.
    – Sí, me lo imagino. Supongo que también te la cargaste a ella.
    Errki quiso contestar inmediatamente. Las palabras estaban listas sobre la lengua, queriendo salir. Se puso rígido.
    – ¿Me dejas tu chaqueta? -murmuró Morgan-. Joder, tengo mucho frío.
    Miró a Errki.
    – ¿Ya ti qué te pasa? Tienes una expresión muy rara.
    – Ella perdió el equilibrio en la escalera.
    Errki tensó todos los músculos y se aferró al revólver. Era muy fácil, no eran más que palabras, pero en ese momento las palabras le traicionaron, salieron por su cuenta sin que tuviera tiempo de pensar primero.
    De repente se derrumbó sobre el suelo. El revólver patinó hacia la pared, oyó el pequeño estallido al llegar a ella, luego se dobló, como si tuviera espasmos, mientras intentaba frenar con las manos. Todo le salió a chorros. Notó el olor a su propio interior, carne podrida, residuos, veneno y hiel. Pequeñas ampollas brillantes que se reventaban, el gorgoteo de órganos blandos que se apretaban y vaciaban, aire y gas haciendo unos sonidos extrañísimos. Se movía desesperado por el suelo, nadando en su propia miseria.
    – ¿Te estás poniendo malo? -preguntó Morgan asustado-. No te pongas malo. Tienes que ir a buscar ayuda. Prefiero pasar algún tiempo en chirona a morir del tétanos en esta casa de mierda. Sabes el camino. ¡Ve a buscar ayuda, coño, para que podamos salir de aquí!
    De Errki no salió respuesta alguna. Gemía y daba tumbos por el suelo con tanta fuerza que los zapatos golpeaban la tarima. Sonaba como si alguien le estuviera pegando, como si tirasen de él y le dieran violentos empujones. Al cabo de un rato, empezó a toser y a carraspear, o tal vez estuviera vomitando, o regurgitando, o las dos cosas. Morgan se estremeció. ¡Dios, qué casa de locos! Algo de esa habitación los había envenenado a los dos. Una maldición, tal vez, en las grietas de los troncos, que lentamente comenzó a salir en el momento en que los dos entraron en ella. Le parecía que había pasado una eternidad desde que estuvo en el banco apuntando con el revólver. ¡Ya tendrían que haber enviado a gente a buscarlos, tendrían que haber encontrado el coche! Tendrían que haber comprendido que estaban en el bosque. Qué putada haberlo cubierto con la lona. Por fin se hizo el silencio en el suelo. Errki estaba intentando recobrar el aliento. Morgan miró de reojo el revólver.
    – Joder, ha tenido que ser duro -dijo Morgan en voz baja-. ¿Qué te pasa?
    Errki empezó a recoger su cuerpo, trozo por trozo. A Morgan le parecía que estaba buscando algo que había perdido. El pelo negro le caía sobre los ojos. Recordaba a un ciego moviéndose a tientas.
    – ¿Tienes visiones? -preguntó Morgan, inseguro-. ¿Podrías ir a buscarme el whisky?
    Errki logró incorporarse. Se quedó sentado, inclinado hacia delante, agarrándose el estómago con los ojos cerrados. Cada músculo de su cuerpo estaba tenso como un muelle de acero. La baba le caía por la barbilla.
    – No seas pesado -murmuró.
    – No quiero ser pesado, pero tengo un frío del carajo. Podrías dejarme tu chaqueta. ¿Queda algo de whisky? ¿Podrías ir a buscarlo luego, cuando haya acabado tu… ataque?
    – Te he dicho que no seas pesado.
    Se oyó un suave crujido de los pantalones de poliéster cuando por fin se levantó. Cruzó el cuarto, encogido como un vejestorio, aún con las manos en el estómago. Primero cogió el revólver, luego se metió en la alcoba. La chaqueta estaba sobre la cama, colocada de almohada. La cogió mientras se sujetaba el estómago con la otra mano. Luego volvió lentamente a la sala. La botella estaba al lado de la radio, sin tapón. La levantó y dio un gran sorbo mientras contemplaba la laguna. Su cuerpo necesitaba tiempo para tranquilizarse. Esta vez había reventado sin previo aviso. La vida que le esperaba no tenía buena pinta. Miró la oscura superficie del agua. Ni una ondulación. El agua estaba muerta. Todo estaba muerto. Nadie te quiere para nada. Solo quieren lo que puedas dar. Morgan quiere la chaqueta y el whisky. ¿Tienes algo que dar, Errki?
    Estaba de pie, con la chaqueta en la mano, bebiendo whisky. Podía poner la chaqueta sobre Morgan. Un gesto amable. La cuestión era si haría algún efecto. ¿Haría que la vida mereciera ser vivida?
    – ¡No te lo bebas todo!
    Errki se encogió de hombros.
    – Pero si solo tienes un problema moderado con el alcohol -dijo distante.
    – El dolor de la nariz me mata.
    – Robar juntos es un placer. Morir juntos es una fiesta -dijo Errki, alcanzándole la botella. Morgan bebió hasta que se le saltaron las lágrimas. Cuando por fin dejó la botella en el suelo, tuvo que jadear por falta de aire. Encogió las rodillas y se tumbó de lado, como si quisiera hacerle sitio a Errki para que se sentara en el extremo del diván. O se sentaba, o pegaba tiros. Pero ya no se sentía amenazado y no entendía por qué.
    Errki dudó. Vio el espacio libre en el diván y comprendió que era para él. Vacilante, puso la chaqueta sobre los hombros de Morgan. Un coro de risas subía desde el Sótano y le zumbaba en los oídos.
    – ¡Calla! -gritó irritado.
    – No he dicho ni una palabra -dijo Morgan-. ¿Qué dicen esas voces tuyas? Háblame de ellas, de cómo son. Así, al menos me moriré siendo más sabio.
    El whisky le quemaba en el estómago y se sentía mejor.
    – ¿Por qué las escuchas? ¿No comprendes que no están ahí? He oído decir que los locos saben que están locos. Pero eso no lo entiendo. Oigo voces, dicen. Joder, y yo también, a veces. Voces interiores, en la imaginación. Pero sé que no es más que eso, imaginación, y jamás se me ocurriría hacer lo que me dicen.
    – ¿Excepto cuando te piden que atraques un banco? -preguntó Errki con ironía.
    – Ah, no, eso fue por decisión propia.
    – ¿Cómo puedes estar tan seguro?
    – Reconozco mi propia voz cuando la oigo.
    Errki seguía mirando el espacio libre sobre el diván. Morgan lo observaba con curiosidad.
    – Háblame de ellas. ¿Puedes ver qué aspecto tienen? ¿Tienen colmillos y escamas verdes? ¿Dicen alguna vez algo agradable? No dejes que te traten así. Para ser sincero, creí que iban a matarte. Quizá yo podría hablar con ellas. ¿Escucharían a alguien ajeno? -preguntó, y se rió entre dientes.
    – Se suele decir que a los perros y a los niños locos hay que mandarlos con el vecino.
    Se incorporó con gran esfuerzo y se quedó sentado cerca de Errki. Levantó la mano y le dio tres golpecitos en la frente.
    – ¡Escuchad, los que estáis ahí dentro! ¡Tenéis que dejar de aterrorizar al chico de esa manera! Está agotado. Buscad otro coco que atormentar. ¡Ya está bien!
    Errki parpadeó, inseguro. Morgan estaba hablando en serio, luego se rió.
    – ¿Hay más de uno? ¿Toda una pandilla?
    – Varios. Dos.
    – ¿Dos contra uno? Joder, qué cobardes. Dile a uno de ellos que se largue y luego arreglas las cosas con el jefe, de hombre a hombre.
    Errki se rió, una risa entrecortada.
    – Al Abrigo no hay que hacerle caso. Siempre está echado en un rincón, temblando.
    – ¿El Abrigo? -preguntó Morgan, mirándolo sorprendido. Estaba empezando a entender en serio la envergadura de la locura de ese hombre.
    – Estaba colgado en una percha de la entrada.
    El tiempo cambió repentinamente de dirección. Todo lo que había ocurrido volvió a la mente de Errki. Entremedias vio caras y manos, ceños fruncidos, espaldas hostiles, seda y terciopelo, bobinas de hilo de muchos colores. Fue hacia atrás a toda prisa por un camino lleno de baches con la cuneta verde; ya se estaba acercando a la casa. La puerta de la calle. La estrecha entrada. La escalera que subía. Él sentado en el escalón más alto. La había hecho su padre con tablas de pino. La madera estaba llena de ojos estrechos que miraban, que siempre lo observaban.
    – Estaba allí colgado. El abrigo de mi padre. No contenía nada, solo aire. Aleteaba un poco por la corriente del desván. Una vez se puso del revés, justo cuando ella se iba tambaleando por la escalera, y puso en movimiento el aire.
    – ¿Tambaleando?
    Morgan lo miró con curiosidad.
    – Mi madre. Se tropezó en la escalera. Yo la empujé.
    – ¿Por qué? ¿La odiabas? -preguntó Morgan bajando la voz.
    – Dije a todo el mundo que yo la empujé.
    – ¿Pero no lo hiciste? ¿O no estás seguro? ¿Entonces por qué lo dijiste?
    Errki veía delante de él las imágenes, difusas sobre los bastos troncos de la pared. Levantó la mano y señaló. Morgan giró la cabeza instintivamente para seguirle la mirada. No veía más que la madera sucia. Errki se quedó callado.
    – Oye -dijo Morgan, incorporándose-, sería la monda si tus voces pudieran hablar con las de los demás pacientes del manicomio en lugar de contigo. Así podrían regañar entre ellas y dejaros a vosotros en paz. Joder, a veces soy un genio. ¿Sabes cómo librarte de ellas? La estrategia de siempre. Enemistar a las unas con otras, así se aniquilarán al final entre ellas. ¡Dame la botella!
    Errki cogió la botella del suelo y se quedó con ella en la mano.
    – ¡Dámela! ¡Quiero más! -gritó alargando la mano para cogerla.
    Errki se resistió.
    – El que está en guerra contra la fuente muere de sed -dijo en tono solemne. Luego soltó la botella.
    Morgan dio dos tragos.
    – ¿Por qué se cayó tu madre por la escalera? Háblame de ello. Venga, cuéntaselo al tío Morgan. Conoces eso, ¿no? Háblame de ello, hijo, y todo se arreglará.
    Se rió entre dientes por lo bajo. Estaba bastante borracho.
    Las manos de Errki palparon torpemente las perneras del pantalón negro. Puso una mano sobre el revólver y notó cómo se calmaba. Su mano encajaba en el arma como si de un guante se tratara. Eso significaba algo, tenía algún sentido.
    – Ella cosía para la gente.
    – ¿Era modista?
    – Vestidos de seda de novia, trajes de caballero y trajes de chaqueta para las señoras. También venían clientes con ropa vieja para que ella la deshiciera y la reformara. Eso es lo que estaba haciendo aquel día. Estaba deshaciendo un traje viejo.
    – Tómate un trago -interrumpió Morgan-. Cuesta volver sobre viejos recuerdos.
    Errki dio un trago. En el Sótano había silencio. El polvo se había posado, todo estaba gris. Por un instante de locura pensó que tal vez hubieran desaparecido. En el silencio, su voz se volvió clara como el cristal. Su propia voz. Las palabras no estaban planificadas de antemano, se iban formando poco a poco y, cuando dudaba de algunas, emergían nuevas exigiendo salir. Una palabra daba lugar a otra, y él no tenía fuerzas para detenerlas.
    – Estaba jugando en la escalera -dijo en voz baja-. Tenía ocho años.
    No estabas jugando. Estabas poniendo una trampa. No cambies la realidad, nosotros estábamos allí y lo vimos todo. El Abrigo lo vio, estaba colgado en la entrada.
    Errki gimió. Su ira iba creciendo cada vez más. ¿O era la desesperación? ¿Cómo podía estar allí sentado con la boca abierta vertiendo basura? Enfermedad, muerte y miseria; babosas, gusanos y sapos. Hizo un gesto encolerizado con la cabeza. Morgan escuchaba. Errki sintió que escuchaba de una manera completamente física, piel contra piel, y él no aguantaba que lo tocaran. Ni siquiera Sara y su ola. En la mente, oía la hermosa arpa que siempre acompañaba a su voz.
    – ¿Por qué en la escalera?
    Morgan seguía bebiendo. Por el momento, no tenía más planes que emborracharse como una cuba. Una meta a muy corto plazo, pero también muy agradable.
    – Quiero decir que hay muy poco espacio en una escalera.
    – La escalera -dijo Errki con pesadumbre-. El desván. La lámpara de la entrada estaba encendida. Oía el ruido de la máquina de coser, como un reloj. Yo jugaba en la escalera porque quería estar cerca de ella.
    – Ya está montado el escenario -señaló Morgan-. El drama puede empezar. La lámpara está encendida, la máquina de coser está en marcha, el pequeño Errki tiene ocho años.
    – Había encontrado un viejo sedal en el sótano y había montado un teleférico que iba desde el escalón de arriba del todo, antes del desván, hasta la planta baja.
    Morgan se quedó embobado.
    – ¿Colgaste un jodido sedal?
    – Había hecho agujeros en viejas cajas de cerillas para convertirlas en vagones, que llenaba de almendras y pasas, y las mandaba abajo por el sedal. Ella solo había bajado dos escalones cuando sonó el teléfono. Gritó: ¿Lo coges tú, Errki? No quise, estaba jugando. Acababa de llenar un vagón de almendras y estaba esperando en la escalera. Entonces ella apareció en la puerta, dio un paso, se le enganchó un pie en el sedal y cayó de cabeza escaleras abajo. Siempre era muy silenciosa, pero entonces hizo mucho ruido. Cayó dando golpes contra los escalones, como si alguien hubiera tirado un mueble por la escalera.
    Morgan se había quedado mudo. Sus ojos brillaban como los de un niño que está escuchando cuentos terribles.
    – Yo estaba sentado en el tercer escalón, junto a la pared. Ella bajó dando vueltas y no paró hasta llegar al suelo.
    – ¿Se desnucó? -susurró Morgan-. Joder, qué raro eres. De repente eres completamente normal y hablas bien. ¿Por qué de pronto estás tan normal?
    Fue como si Errki se despertara, lo miró y dijo:
    – Primero me regañan porque estoy loco. Y ahora tengo que defenderme porque soy normal. Claro que soy normal. ¿Tú eres normal? Atracas bancos, y tu nariz está a punto de pudrirse.
    – ¿Pero por qué se murió?
    – Toda la sangre se le salió del cuerpo.
    – ¿Qué dices?
    – Toda. Por la boca. Era como si la bombearan, como una cascada, y se convirtiera en un lago entero al pie de la escalera. Podía ver la lámpara del techo reflejada en la sangre y también el Abrigo, como una sombra oscura. El teléfono sonaba, pero no pude cogerlo, porque habría tenido que meter el pie en el gran charco de sangre y extenderla por toda la casa, por las alfombras y el suelo. Por fin dejó de sonar. Solté el sedal y me lo escondí en el bolsillo. Me quedé sentado esperando sin moverme. Dejó de chorrear sangre por la boca y la cara se le quedó gris como la piedra. Antes o después llegará alguien, pensé, papá o alguna clienta, alguien. Pero nadie llegó. No hasta que toda la sangre hubo perdido su brillo en la superficie, y ya no podía verse el reflejo de la lámpara en ella.
    Por fin se calló. No sintió alivio, solo vacío. Notó el revólver. Quedaba una sola bala. Eso debía de significar algo. Esa bala debía de estar destinada a él.
    – Pero dices que sangró por la boca. ¿Por qué?
    – Dame un trago de whisky.
    – ¿Se rompió el cráneo?
    – Era modista.
    – Eso ya lo has dicho.
    – Estaba deshaciendo un traje viejo punto por punto, con una cuchilla de afeitar. Siempre se la ponía entre los labios cuando iba a tirar un poco de la tela o a cambiar de postura en la silla. Entonces sonó el teléfono. Cruzó la habitación con la cuchilla de afeitar entre los labios, bajó el primer escalón y tropezó con el sedal. La hoja desapareció por su garganta.
    Morgan dejó escapar un hipido. Instintivamente, se llevó una mano a la garganta. Notó el pulso latir bajo la piel húmeda. El pensar en cómo sería tragarse una cuchilla de afeitar casi le hizo vomitar.
    – Tu coco parece cristalino -dijo con cuidado-. Quizá lo único que te pasa es que llevas demasiado tiempo en el manicomio. Lo de tu madre fue un accidente. No fue por tu culpa. Por cierto, es bastante estúpido andar con una cuchilla de afeitar entre los labios. Y bastante estúpido por tu parte asumir la culpa.
    – Yo puse el sedal.
    – Pero era para jugar, ¿no? Ese episodio se archiva con esto como un accidente.
    Lo dijo como un consuelo, pero no pareció surtir efecto.
    – Los seres humanos creemos que dirigimos nuestras propias vidas -dijo Errki lentamente-. Pero no es así. Las cosas suceden, sin más.
    Los dos callaron durante un buen rato.
    – ¿En qué estás pensando? -preguntó Morgan por fin.
    – En un agricultor de mi pueblo, Johannes.
    – Háblame de Johannes, ahora que estamos en marcha.
    Morgan notó que el tiempo se había detenido. El futuro ya no existía, solo el presente. El presente eran Errki y él juntos, entre esas paredes de troncos oscuros, sombrías y agradables. El whisky le quemaba en las venas y le parecía estar volando.
    Errki pensó en Johannes. Un hombre viejo, gris, arrugado y seco, con la mirada apagada. Sentía un parentesco con aquellos ojos, ojos sin esperanza. Y de repente, el viejo estaba un día en lo alto de una escalera.
    – Era un borracho. Su mujer se murió, y Johannes se consumió en unos meses.
    – Como mi madre cuando murió mi padre -comentó Morgan.
    – Johannes empezó a beber. Bebía a todas horas, sin parar, y así durante muchos meses. La gente iba a su casa para ayudarle, pero de nada sirvió.
    – ¿Y la bebida lo mató?
    – No. Por fin se despertó y aterrizó, después de haber compartido una botella de alcohol con el párroco.
    – Parece un tío muy majo, ese párroco.
    – El párroco me vio y me llamó en voz alta, pero yo no me detuve. Pude haberlo hecho, pero salí lo más rápido que pude por la verja y me escondí detrás de los invernaderos.
    – ¿Por qué te gritó el párroco?
    – No seas impaciente.
    Errki se volvió y cogió la botella. Morgan no opuso resistencia.
    – Johannes empezó a trabajar en casa del párroco haciendo un poco de todo. Un día estaba encalando la iglesia. Se encontraba en lo alto de una escalera de tijera, trabajando arduamente. Entonces llegué yo. Johannes no me oyó porque estaba ocupado en su trabajo y además no paraba de silbar porque era feliz y había dejado de beber. Entonces me sentí decepcionado, Johannes había empezado a parecerse a los demás.
    »Pero yo le grité: “¡HOLA, HOMBRE DE LA ESCALERA!”.
    »¡Ah, Dios mío, qué susto se pegó! Del susto, se separó de la pared y la escalera hizo un enorme arco. Luego cayó hacia atrás.
    – ¡Joder!
    – Se dio contra la piedra superior de la valla. Me quedé mirando su cabeza destrozada. Sacudió varias veces la pierna antes de quedarse quieto. Entonces me escondí detrás de una lápida, vi al párroco salir, y lo oí gritar y gemir.
    – ¿Y luego te echaron la culpa a ti?
    – ¡Pero si tuve la culpa!
    – Oye -dijo Morgan-, ¿cómo es posible que un tío tenga tan mala suerte como tú? ¿Naciste en martes y trece?
    – Luego fueron a mi casa a buscarme.
    – ¿Y qué les dijiste?
    – Nada. Néstor me dijo que me callara.
    – ¿Néstor?
    Morgan se frotó los ojos.
    – No entiendo cómo has podido meterte en tantos líos. Creí que yo era desgraciado. ¿Y qué pasó con esa otra? ¿Con la que encontraron ayer? ¿También fue un accidente? Puedes decirme la verdad.
    Errki volvió lentamente la cara hacia él.
    – Como ya te he dicho, las cosas suceden, sin más.
    – Eso me parece una explicación demasiado fácil, ¿no? Los maderos te lo preguntarán. Tendrás que pensar qué vas a contestarles.
    – Yo soy como una ola -dijo Errki con gran dramatismo-. Solo rompe una vez.
    – Entonces debes contestar exactamente eso. Así te devolverán rápidamente al manicomio.
    Morgan se secó la frente.
    – Me duele la nariz- gimió.
    Errki se encogió de hombros.
    – Puedes arreglar tu nariz con la fuerza de tu mente, si te esfuerzas un poco.
    – ¿Ah, sí, tío?
    – Tienes que obligar con todas tus fuerzas a la infección a que retroceda. Tienes que curarte a ti mismo.
    – No soy un jodido chino. No creo en esas cosas.
    – Por eso estás tan mal.
    – ¿Por qué no lo haces tú por mí? -preguntó en tono irónico-. Tampoco soy capaz de esforzarme. Estoy flojo como la gelatina.
    – Tendrás que hacerlo tú mismo.
    – Ya me lo figuraba -dijo Morgan desanimado-. Oye -dijo de repente-, vi una vez a un tío en la televisión que hizo estallar un vaso solo con la fuerza de su mente. Fue impresionante, pero en realidad solo es un truco de cine.
    – El hacer estallar un vaso con la mente no es nada impresionante -dijo Errki-. Yo también sé hacerlo. El vidrio está en constante tensión, es fácil.
    – ¡Vaya! ¡No entiendo cómo no te vas de gira y actúas por ahí!
    – No me da la gana.
    – ¿Y quién te lo ha enseñado?
    – El mago de Central Park.
    – Menos mal que tienes sentido del humor. Lo necesitaremos.
    – ¿Sabes lo que sabía hacer él? -dijo Errki-. Sabía tensar la piel de sus manos hasta que reventaba.
    – ¿Por qué no actúas un poco para mí? Pero no rompas la botella de whisky.
    – Aquí no hay cristal -dijo Errki meditabundo-. Solo algunas ventanas rotas.
    – Alguien habrá hecho antes el trabajo por ti, me imagino.
    – Pero quedan algunos trozos de cristal en esa ventana -dijo Errki, señalando la ventana que daba a la parte de delante.
    – Rómpelos entonces -dijo Morgan, expectante. Se estaba divirtiendo mucho, a la vez que tenía la desagradable sensación de que cualquier cosa podría suceder.
    Errki se levantó lentamente del diván. Clavó la mirada en el cristal y se sentó en el suelo. Agachó la cabeza y cerró los ojos. Morgan lo miró con una mezcla de placer y nostalgia, y luego miró el trozo de cristal que quedaba arriba, a la derecha del marco. El sol lo atravesaba y lo hacía brillar. No salía ni un sonido de Errki, estaba inmóvil como una estatua. Morgan pensó confuso que debería tomar alguna decisión referente a lo que tendrían que hacer a continuación, pero el calor y el whisky lo habían dejado sin fuerzas y resultaba muy agradable quedarse quieto y dormitar. La vida no se había convertido en lo que él había pretendido. Tampoco para Errki, que parecía ridículo, sentado en el suelo como un nudo fortísimo de voluntad y fuerza. Morgan se fijó en lo delgado que estaba, frágil como un insecto. Y ahora le iba a enseñar un juego malabar. Resultaba triste pensar en la decepción que se llevaría cuando no pasara nada. Se preguntó a sí mismo qué podría decir a Errki para consolarlo. Quizá podría echar la culpa al whisky, que lo había dejado sin fuerzas.
    En ese instante, el vidrio estalló. No tintineó con un sonido frágil, como se había imaginado, sino que reventó con un estampido, y llovieron cristales en la habitación. Morgan se estremeció y notó un golpe de miedo en el corazón. Errki seguía sentado en el suelo. Levantó la cabeza y miró a su alrededor. Al principio parecía sonámbulo, pero luego se quedó pensativo.
    – Hay algo que no encaja -dijo, dirigiéndose hacia la puerta.
    – ¿Algo que no encaja? ¿Cómo coño conseguiste hacerlo?
    Morgan estaba como enloquecido.
    – ¿Adónde vas? -preguntó.
    – Voy afuera a comprobar una cosa -contestó Errki.

    Kannick bajó el arco. Estaba a unos treinta metros de distancia, observando la ventana vacía. Dar en el blanco no era ninguna hazaña, pero apuntar a ese cristal centelleante y transparente se convirtió en un reto, y le gustó el sonido producido por la flecha en el momento de penetrar el vidrio. En su imaginación, acababa de perforar el globo ocular del general Crook. Se acercó más y miró la casa abandonada y vacía y, de alguna manera, encogida en el sol crepuscular. Sabía que encontraría la flecha dentro de la casa, vibrando todavía en una pared. Miró a su alrededor en busca de otro blanco, pues aún le quedaba otra flecha en el carcaj, y se estaba haciendo tarde. La bronca que le esperaba en casa no le preocupaba. Como sabía lo que iba a pasar, ya que lo había vivido muchas veces antes, no le daba miedo. Era tristemente previsible, nada más. Los adultos no tenían mucha imaginación. Tal vez Margunn buscara otro lugar donde esconder la llave del armario. Peor que eso no sería. Además, se alegraría de que Kannick volviera con las flechas. Y ya encontraría él el nuevo escondite de las llaves. Eso sería todo. Miró la vieja casa, la madera gris, la losa plana delante de la puerta, las ventanas vacías. Había estado dentro varias veces y revisado todos los armarios, incluso había dormido sobre un viejo diván, en la sala. Miró la puerta. En la madera había manchas oscuras y decidió apuntar a una de ellas.
    Él era el jefe Jerónimo. La puerta era un soldado mejicano, y la mancha negra, su corazón. El enemigo, los que violaban y mataban a las mujeres y niños de la tribu. Los odiaba desde el fondo de su corazón de jefe indio.
    Esta vez quiso tirar con la rodilla hincada en la tierra, como solían hacer los jefes. Era un reto mayor. Se arrodilló y sacó la última flecha del carcaj. Tenía dos plumas amarillas y una pluma timonera roja. Colocó el culatín en la cuerda y enderezó la espalda. Por el visor, comprobó que el arco estaba estabilizado. Vio las manchas oscuras y apuntó a una, más o menos en medio de la puerta, un poco a la izquierda de donde en algún momento hubo un pomo. Tensó el arco. Notó cómo el anclaje se le colocaba debajo de la barbilla y la cuerda reposaba justo por encima de la punta de su nariz.
    The Apaches will always be!
    Solo un pequeño ajuste y ya tuvo la mancha en medio del visor.
    Desde la distancia, notó que algo estaba sucediendo. La puerta se abrió y apareció una figura oscura, pero el cerebro ya había dado la orden y soltado el dedo. Quiso bajar el arco, sin embargo, no pudo evitar que la flecha saliera disparada a una velocidad de más de cien metros por segundo.
    No se oyó ningún sonido cuando alcanzó el blanco. Errki se quedó perplejo en la losa, delante de la puerta, y una minúscula sacudida recorrió su cuerpo. Kannick vio las plumas amarillas sobresalir de la tela negra del pantalón. Errki parecía sorprendido, pero no abrió la boca. Levantó vacilante la mano para sacar la flecha. En ese instante descubrió a Kannick, el chico gordo.
    Reconoció los pantalones cortados y el cuerpo hinchado. Entonces comprendió lo que llevaba en la maleta, esa maleta que el chico no había soltado cuando salió corriendo por el camino con los ojos enloquecidos: un arco. Ahora lo había bajado, el brillo del sol lo hacía parecer rojo, y la flecha que acababa de tirar salía de su muslo derecho. No dolía. Errki se sujetó los pantalones y apretó los dientes. La flecha salió con facilidad y al momento notó algo que se aflojó, como una pinza tensa que de repente deja de apretar. El chico dio la vuelta y se alejó corriendo.
    Errki hizo algo que no había hecho desde hacía muchos años: salió corriendo tras él. La sangre cálida empezó a correrle lentamente por el muslo. Kannick se estaba quedando sin aliento, pero no dejaba escapar ni un sonido de su boca mientras corría. Al cabo de un rato, soltó el arco, aunque siempre había pensado que jamás lo haría. Le estorbaba. ¡Y esa figura negra, que correspondía a Errki Johrma, lo perseguía! Al darse cuenta de la gravedad de la situación, las fuerzas lo abandonaron, y se quedó vacío en un instante. Perdió la concentración, empezó a tropezar con ramas y matorrales, y pensó que si se caía en ese momento, ya no le quedaría ninguna esperanza. Corría para salvar su vida, porque quería volver a casa, a la Colina de los Muchachos, a casa, a Margunn y todos los demás, a la vida cotidiana y segura en la fea casa, a Philip, que jadeaba en la cama vecina, a casa, a Christian, al sueño de ganar a todos en el Campeonato de Noruega, a casa, donde le esperaba la cena y el pan crujiente y casero, al televisor de pantalla borrosa y a la ropa de cama limpia cada quince días. De repente, la vida le pareció un tesoro, algo por lo que merecía la pena luchar, y una sensación vertiginosa y completamente nueva para él.
    Entonces tropezó y cayó de bruces, con la frente en la hierba. No se resignó, siguió luchando, tenía que encontrar algo con que defenderse para poder matar a su perseguidor antes de que el perseguidor lo matara a él. Buscó un palo, pero no había más que ramas secas, ni siquiera una piedra que pudiera lanzarle. Agotado, veía desaparecer la vida, veía cómo se esfumaba ante sus ojos. Se resignó. Se enrolló como una pelota y se quedó tumbado. Kannick no había pensado jamás que fuera a morir tan joven. Empleó sus últimos restos de fuerzas en prepararse. Los pasos de Errki se acercaban. Por fin se detuvieron junto a él. Ese hombre estaba loco. No se comportaría como lo hubiera hecho otro. Eso era lo peor, el no saber lo que le esperaba. Todas las historias que había oído sobre Errki le pasaron por la mente.
    – El que teme al lobo no debe andar por el bosque -susurró Errki.
    Kannick oyó la voz baja del otro. Permaneció rígido en el suelo, ya estaba casi muerto. No se podía decir más. Y sin embargo, volvió un poco la cabeza y vio la pernera del pantalón negro de Errki, de una anchura impresionante en la parte baja. Al parecer, la herida no le preocupaba. Otra señal más de que el tío estaba loco. Seguramente no sentía dolor, ni su propio dolor, ni mucho menos el ajeno. Era insensible. Estar loco, pensó Kannick, tiene que ser lo mismo que ser insensible a todo lo que te rodea.
    – Levántate.
    La voz no era amenazadora. Tenía un matiz de asombro. Kannick se levantó a duras penas, con la cabeza agachada. Pronto le daría una bofetada e intentaría frenarla con la frente y la sien. Para Kannick lo peor era una bofetada en esa mejilla tan carnosa. El estallido resultaba muy humillante. Pero no ocurrió nada.
    – Adentro -dijo Errki escuetamente.
    El hecho de que no levantara la voz resultó amenazador para el niño. Así hablaban los sádicos, a los que les gustaba atormentar y torturar. Su voz era clara y calmada, no encajaba con el resto del cuerpo y, visto de cerca, Errki era verdaderamente siniestro. Sobre todo los ojos, a los que Kannick no se atrevió a mirar, aplazándolo todo lo que pudo porque pensaba que, si los miraba, sería su perdición.
    Así que se había escondido en esa vieja casa y allí había permanecido todo el tiempo. No iba camino de Suecia, como habían dicho en la radio. Entrar en esa vieja casa en compañía de Errki era como entrar en el Reino de los Muertos. Así lo sentía. Desde dentro se oirían aún menos sus gritos de socorro. Se puso a temblar. Pensó que, a pesar de todo, le estaba llegando el castigo por todo lo que había hecho.
    Si no te comportas, Kannick, no sé lo que pasará contigo en el futuro.
    Ese futuro que nunca le había preocupado, no solo estaba a punto de llegarle, sino que incluso estaba a punto de desaparecer. Tal vez moriría con dolor. Lo único que Kannick temía era el dolor físico. Su cuerpo temblaba de tal manera que la grasa se movía. Ojalá se desmayara y desapareciera, sumergiéndose lentamente en el suelo del bosque, cualquier cosa con tal de escapar a ese sueño negro en el que se encontraba. Pero no tenía por dónde desaparecer y no se desmayó. Errki esperaba paciente. Era porque estaba seguro de ganar, ya que el chico no tenía la más mínima posibilidad de escapar.
    Entonces descubrió el revólver. En medio de la desesperación se le ocurrió una idea, una idea de un alma casi moribunda, la idea de que una bala en la cabeza lo salvaría de tormentos y torturas. Esa era la última esperanza de Kannick. Empezó a caminar despacio por la hierba. No entendía cómo le obedecían los pies, andaban contra su voluntad hacia la casa, adonde no quería ir, hacia el fin. Errki lo seguía. Se había metido el revólver en el cinturón de la gran águila, mientras se tapaba la herida con la mano. Sangraba mucho, pero con un vendaje podría cortarse la hemorragia.
    – Tienes miedo -dijo Errki.
    Kannick se paró, intentando comprender lo que quería decir el loco. Tal vez se trataba de un elemento de la tortura, el hacer que se sintiera seguro para, a continuación, asestarle el golpe de gracia y alegrarse de su pavor, cuando Kannick se diera cuenta de que iba a morir de todos modos. Estaba tan absorto en sus pensamientos que seguía parado en el sendero. Errki tuvo que darle un empujón. Se estremeció y gimió por lo bajo, pero el tiro no llegó. Echó a andar de nuevo, hasta que la casa se hizo visible entre los árboles. Tenía la sensación de haber corrido durante una eternidad, pero en realidad solo habían sido unos doscientos metros. Se pararon delante de la casa. Entonces Kannick recibió el segundo susto. Un hombre rubio estaba en la puerta.
    Eran dos. ¡Uno que podía sujetarlo mientras el otro lo torturaba! De nuevo intentó desmayarse dejándose caer hacia delante, pero las rodillas aguantaron. Quiero morir aquí, pensó y cerró los ojos. Con la cabeza agachada, esperó el tiro. Errki le dio otro empujón y dijo:
    – Es el que quiere que le llamen Morgan.
    Morgan los miró con los ojos abiertos de par en par.
    – Hola, Errki. ¿Has ido al carnicero a por manteca o qué?
    Apoyado contra el marco de la puerta, miraba incrédulo la impresionante papada y los muslos del chico, que tenían el mismo diámetro que la cintura de Errki.
    Kannick le miró de reojo la nariz.
    – Me ha dado en el muslo.
    – ¡Joder, Errki, estás sangrando como un cerdo!
    – Te estoy diciendo que me ha dado.
    Se agachó a recoger la flecha.
    – Con esta.
    Morgan la miró con curiosidad y acarició las plumas amarillas y rojas.
    – Vaya. ¿Estás jugando a los indios? ¿También hay un vaquero ahí fuera?
    Kannick sacudió enérgicamente la cabeza.
    – Sssolo essstoy entrrrenando -tartamudeó.
    – ¿Entrenando? ¿Para qué?
    – Para el Campeonato de juniors de Noruega.
    Llevaba un buen rato sin respirar. Las palabras le salieron como sollozos. Errki oyó un sonido a gaita, no del todo puro en el tono.
    – Mételo.
    Morgan retrocedió para hacerles sitio. Errki empujó a Kannick mientras pensaba en qué podía atarse alrededor del muslo para detener la hemorragia.
    – Tengo que irme a casa -gimió Kannick, deteniéndose en seco.
    – Siéntate en el diván -dijo Morgan con rudeza-. Primero tendremos que aclarar la situación. Tal vez puedas sernos útil.
    Kannick no podía dejar de mirar boquiabierto la nariz de Morgan. Estaba peor que antes, la parte suelta colgaba peligrosamente, y el color recordaba a una patata podrida. También vio la botella de whisky en el suelo, la radio en el marco de la ventana y su flecha, que vibraba en la pared. El hombre del pelo rizado estaba borracho, lo que no le tranquilizó lo más mínimo. Se dejó caer en el diván y permaneció sentado con las manos entre las rodillas sin saber qué decir. Entonces le llegó la pregunta que había temido.
    – ¿Alguien sabe dónde estás?
    No, nadie lo sabía. No sabrían dónde buscar. Pero si Margunn tuviera la brillante idea de mirar en el armario, vería que el arco no estaba, y pensaría que Kannick estaba en el bosque. Pero el bosque era grande. Podría pasar una eternidad hasta que lo encontraran, y además, esperarían mucho tiempo antes de salir a buscarlo. Y en todo caso, Margunn al principio solo enviaría a Karsten y Philip. Y esos dos eran muy vagos, y encima, no conocían bien el bosque.
    – ¡Contesta! -dijo Morgan con un hipo.
    – No -susurró-. Nadie lo sabe.
    – Incómodo, ¿verdad?
    Kannick bajó la cabeza. Era peor que incómodo, era el final de todo.
    – ¿No tendrás una cerveza fría?
    Morgan se relamió los labios. En el momento de hacer la pregunta, le sobrevino una sed indescriptible.
    Kannick se esperaba algo muy diferente.
    – Tengo regaliz -murmuró.
    – Vale. Dame regaliz. No me queda saliva en la boca.
    Kannick se metió con mucho esfuerzo la mano en el bolsillo del pantalón y sacó una cajita de pastillas de regaliz. Morgan le arrebató la caja, estuvo un rato intentando despegar las pastillas, y por fin se metió tres en la boca.
    – Permíteme presentarnos -dijo haciendo mucho ruido al masticar.
    – Este es Errki. Está poseído por malos espíritus y siempre anda charlando con ellos. Yo me llamo Morgan, y me están buscando por un pequeño espectáculo que di esta mañana. Estamos aquí juntos, pasando la tarde. Este loco me ha destrozado la nariz -añadió-. Te lo digo para que sepas que es un tipo con quien no debes bromear.
    Kannick asintió solemnemente con la cabeza.
    – Y ahora tú. ¿Quién eres?
    Yo soy el que quisiera llamarse Jerónimo. El que encuentra los senderos.
    – Perdona, no te he oído.
    – Kannick.
    – ¿Se puede llamar alguien así?
    – Se hace lo que se puede -contestó el chico, falto de aliento.
    – Ja, ja. ¡El chico tiene sentido del humor!
    Errki se había dejado caer al suelo, se había envuelto en la chaqueta de cuero y tenía el muslo apretado con las manos.
    – Lo había visto antes -dijo en voz baja.
    Morgan lo miró sorprendido.
    – ¿Dónde?
    – Abajo, en la granja de la vieja.
    – ¿Cómo?
    Morgan se volvió bruscamente.
    – ¿Te vio? ¿Eres el chico que estaba jugando cerca? ¿Ese chico del que hablaron en la radio?
    Kannick bajó la vista.
    – Ay, ay, ay, esto es grave. ¡Joder, Errki! ¡Te vio! ¡Tendremos que quitárnoslo de encima!
    De Kannick salió de repente un pitido, como cuando se pisa un juguete de goma. Sus largas pestañas temblaron de miedo.
    – Habrás hablado con los maderos, ¿no?
    Kannick no contestó.
    – Bueno, a Errki no le importa. En ese sentido es bastante raro. En realidad, tenemos buenas intenciones. Lo que pasa es que nos estamos aburriendo. Estamos aquí esperando a que llegue la noche. Hablando de la noche -añadió Morgan-, es por la noche cuando Errki se vuelve loco de verdad. Le crecen los colmillos y las orejas se le ponen picudas. ¿A qué sí, Errki?
    Errki no contestó. Miró de reojo a Kannick. El miedo hacía brillar sus ojos en la cara carnosa. El chico se mordía el labio inferior sin cesar, y el color había abandonado hacía mucho sus mejillas.
    – Oye -dijo Morgan-. ¿No te habrás traído bocadillo y termo? Estamos a punto de morir de hambre.
    – Tengo chocolate en la maleta, pero seguro que se ha derretido.
    Errki reaccionó al instante. Se levantó y agitó los dedos.
    – ¡Ve a por esa maleta!
    – Quieto -dijo Morgan en voz baja-. Ve tú, si no, se nos escapa. ¡Y tienes que compartirlo conmigo!
    Errki salió cojeando. Se puso a buscar la maleta. Daba vueltas sin ton ni son entre los matorrales, mientras se sujetaba la herida. Al final la encontró, y más arriba estaba el arco. Lo arrastró todo hasta la casa y abrió la maleta. Dentro había más flechas, y muchas cosas para él desconocidas. Y chocolate de las marcas Mars y Snickers. Le temblaron los dedos al cogerlo. Luego entró despacio en la casa con una barrita en cada mano. Snickers y Mars, Snickers y Mars, chocolate semiderretido. Una con cacahuetes y caramelo, la otra con toffe. El papel crujía. Entró en la habitación, sopesándolas en la mano. Las dos eran buenas, la Snickers le gustaba mucho, pero Mars siempre había sido su favorita, resultaba imposible elegir, y solo tenía derecho a una. Morgan se le acercó de un salto y agarró la Snickers.
    – Esta es para mí. Tú puedes quedarte con la Mars. El gordo puede tomarse un whisky a cambio.
    Kannick miró de reojo la botella en el alféizar de la ventana. Nunca había rechazado un poco de cerveza. Emborracharse no estaba mal si no ocurría demasiado deprisa. Pero no toleraba el whisky. Negó con la cabeza. Los dos estaban muy ocupados en comerse el chocolate, se relamían y masticaban ruidosamente como dos niños. En medio de la desesperación, le entraron ganas de reír, pero no le salió más que un pobre sollozo.
    – No te haremos nada -dijo Errki, con una extraña sonrisa.
    – No hemos discutido aún sobre ese tema -señaló Morgan, tragando el chocolate.
    – No tiene nada de lo que nosotros queremos, excepto chocolate.
    – Tal vez el Mantecas pueda ayudarnos -dijo Morgan.
    – Todo se irá al infierno de todos modos. Con o sin Jannick.
    – Kannick -corrigió el chico.
    Morgan se limpió la boca con el dorso de la mano.
    – Supongo que querrás volver con tu mamá.
    – Pues no.
    – ¿Ah, no? ¿Y adónde quieres ir?
    – A la Colina de los Muchachos.
    La voz había adquirido un tono rebelde, como si hubiese recobrado la esperanza de que no lo matarían.
    El que comieran chocolate con tanto ardor los hacía mucho más humanos.
    – ¿Y eso qué es?
    – Un reformatorio -murmuró.
    Morgan se rió entre dientes.
    – Pero joder, aquí somos todos de la misma panda. ¿Y tú qué has hecho en tu corta vida para acabar en un sitio así? Aparte de comer demasiado.
    – Eso es por un trastorno de mi metabolismo -dijo Kannick.
    – Eso decía también mi madre cuando estaba hecha una foca. Tómate un whisky y verás cómo se te acelera el metabolismo.
    – No, gracias -susurró Kannick.
    Pensaba en Margunn. Intentó imaginarse lo que estaría haciendo en ese momento, las veces que habría mirado el reloj. Pasaría un rato hasta que empezara a preocuparse. Kannick solía quedarse fuera hasta tarde. Probablemente, Margunn no empezara a preocuparse de verdad hasta que se hiciera de noche, ella sabía que él nunca se olvidaría de la cena a las ocho, de modo que a esa hora empezaría a mirar por la ventana y dejaría pasar una hora más antes de enviar a Karsten y Philip a buscarlo. ¡Y todo lo que podía ocurrir! ¡Quedaba aún mucho para la llegada de la noche, una eternidad, él solo con dos chiflados borrachos, y uno de ellos con un revólver! La desesperación le hizo mirar de reojo la botella de whisky. Morgan se dio cuenta.
    – Sírvete. Aquí no se lleva la modestia.
    Y Kannick bebió. Era su única posibilidad de huir. El primer sorbo le produjo una explosión interna, que empezó arriba y luego se abrió camino hacia el estómago con un ardor intenso. Jadeó y se secó algunas lágrimas.
    – Otros tres o cuatro tragos -dijo en tono amable Morgan, que estaba sentado en el suelo, chupándose los dedos-. La sensación de bienestar llega poco a poco. Cuéntanos por qué estás en un reformatorio.
    – No lo sé -contestó Kannick un poco cortante, de lo cual se arrepintió enseguida. Tal vez lo había ofendido.
    – ¿Así que no tienes ni idea de por qué los adultos te han metido allí? No está mal. ¿Tú crees que yo echo la culpa a mi madre por ser un atracador de bancos? ¿Y crees que Errki echa la culpa a la suya de estar mal de la cabeza?
    Kannick lanzó una mirada a Morgan. ¿Atracador de bancos?
    – Lee el texto de su camiseta. Supongo que echa la culpa a «los otros».
    Morgan levantó las cejas.
    – ¿Estás vacilando o qué? ¡Errki, defiéndete, joder!
    – ¿Me han atacado? -preguntó Errki con sencillez. Estaba sacándose una piedra de la suela de la zapatilla de deportes. Luego quitó el cordón para atárselo alrededor del muslo. Seguía sangrando. Kannick se retorció sobre el diván, necesitaba toda la anchura para él. Estaba esparcido como un flan y, cada vez que se movía, los muelles crujían. Morgan se sintió de repente mareado y aturdido. ¿Qué estaban haciendo realmente? ¿Cuánto tiempo iban a quedarse allí sentados? Por alguna razón, no soportaba la idea de quedarse solo. No aguantaba la idea de que los encontraran y los enviaran a cada uno a un sitio, de que Errki desapareciera y nunca volviera a verlo. Morgan no tenía a nadie más. Esa habitación calurosa y sucia, la borrachera del whisky, la voz baja y agradable de Errki, y ese chico gordo mirando al suelo… no quería que se terminara. Solo pensarlo le hacía perder el aliento. Aturdido, cogió la botella.
    – Raíz, tallo y hoja -murmuró.
    Kannick comprendió que los dos estaban completamente chiflados. Quizá se hubieran fugado juntos del manicomio. Dos bombas de relojería. Más valía estarse quieto.
    Respiró lo más ligero que pudo. Errki se había alejado y estaba sentado con la espalda apoyada contra el viejo armario destrozado. Todo estaba tranquilo. Los tambores y las gaitas por fin se habían callado. Descansaba con las manos sobre el revólver.

    Un leñador giró su Massey Ferguson rojo y cruzó por delante del mirador. Se dirigía al pequeño camino forestal para aparcar y entonces descubrió asombrado la lona verde. A continuación apagó el motor y salió del coche.
    Apartó la tela verde y lisa del techo del coche y miró adentro. Vacío. Excepto un frasco con tapón de rosca en el suelo del asiento delantero. Abrió la puerta, cogió el frasco y leyó lo que ponía en la etiqueta. Trilafón, 25 miligramos, mañana, mediodía y noche. Recetado a un tal Errki Johrma por la doctora S. Struel. Un coche blanco y pequeño abandonado. Abierto. Recordó haber oído algo de un atraco esa mañana, lo habían dicho en las noticias. El coche era un Renault Megane. Volvió al tractor, dio la vuelta y regresó a casa.
    Menos de una hora más tarde, llegaron dos coches al lugar. Cinco hombres y tres perros bajaron de él. Los tres pastores alemanes gruñían y ladraban excitados. Primero salió Sharif, un macho de cinco años que tenía erizados el pelo, las orejas y todos los sentidos. Luego Nero, un poco más claro y ligero, e igual de intranquilo que Sharif. Tiraba de la correa y quería ponerse en marcha ya. El tercero tenía el pelo más largo y movimientos más lentos. Con ocho años, ya se encontraba peligrosamente cerca de la jubilación. Se llamaba Zeb, y su amo, Ellmann. Cada vez que salían a patrullar, Ellmann pensaba que tal vez sería la última. Bajó la vista y miró la oscura cabeza del perro. El tiempo se le estaba agotando. No sabía si quería volver a empezar con uno nuevo. Le parecía que después de Zeb, cualquier otro animal sería un retroceso.
    El punto de partida era malo: un bosque seco del que se había evaporado toda la humedad, y que, por consiguiente, no conservaba las huellas mucho tiempo.
    Sharif se lanzó dentro del coche abandonado. Olfateó el asiento delantero y el suelo de fieltro bajo las alfombrillas de goma. Luego se pasó al otro asiento. No paraba de mover el rabo. Después salió del coche y se puso a olfatear la tierra seca, sin dejar de mover el rabo. Fue hacia el sendero. Los otros perros lo siguieron. El procedimiento se repitió. Los hombres miraron hacia el tupido bosque y luego se hicieron un gesto con la cabeza. Los perros los seguían atentos con la mirada, esperando la palabra mágica, la palabra clave.
    Los hombres iban armados. Esa dura pesadez del cinturón proporcionaba seguridad y miedo a la vez. La misión tenía mucha emoción. Con cosas como esa habían soñado cuando eran jóvenes policías y solicitaron entrar en guías caninos. Los tres eran hombres adultos, si tener entre treinta y cuarenta es ser adulto, como solía comentar Sejer secamente, aunque con humor. Habían buscado muchas cosas a lo largo de sus años de servicio y también habían encontrado mucho. Les encantaba ese silencio del bosque, la incógnita, la colaboración con los perros, el sonido del jadeo de los animales, de ramas que se partían, de hojas que crujían, y el zumbido de miles de insectos. Todos los sentidos en alerta, la mirada siempre clavada en el suelo para captar cada detalle, alguna colilla, una rama rota, restos de una hoguera… Había que estudiar a los perros, fijarse en si movían el rabo enérgicamente o si, de repente, lo bajaban y todo se detenía. A la vez, esperaban noticias de la Comisaría que dijeran que habían encontrado a esos dos tipos en otro sitio, que el atracador había vuelto a atracar, que habían encontrado sano y salvo al rehén o que estaba tirado en una cuneta, con el cráneo destrozado. Todo era posible. Lo de no saber era lo que les estimulaba, el que ningún día se pareciera a otro. Encontrar a alguien colgado de un árbol o sentado, apoyado en un tronco, agotado, feliz de que por fin lo hubieran encontrado, o muerto por una sobredosis. Y luego el desahogo. La tensión que desaparecía. Pero esto de hoy era distinto. Dos individuos huyendo, seguramente desesperados.
    ¡Busca!
    ¡La palabra mágica! Los perros reaccionaron al instante. Unos segundos más tarde, estaban dando vueltas justo en el punto donde nacía el sendero. Se pusieron en camino a toda prisa, absortos en su única misión: seguir el olor encontrado en el coche. Ellmann susurró: «No cabe duda. Los perros están sobre una pista».
    Los demás asintieron conformes. Con sus impresionantes músculos, los perros los condujeron hacia arriba. Todos iban sueltos. Sharif encabezaba el grupo. Los hombres los seguían jadeando, los monos les daban mucho calor. Los perros iban siempre juntos. Habían bebido hasta saciarse antes de iniciar la marcha y tenían una resistencia que los hombres solo podían envidiar. Los policías estaban muy entrenados debido al trabajo con los perros. Año tras año, un entrenamiento durísimo. Pero ese maldito calor los dejaba sin fuerzas. ¿Hasta dónde podrían haber llegado los dos hombres?
    El bosque estaba como muerto, pedía agua a gritos. Llevaban mapas y podían ver la dirección en la que iban los senderos, dónde estaban los viejos asentamientos. Uno de los hombres se puso a buscar un chicle en el bolsillo, a la vez que seguía a Nero con la mirada. El hocico del perro rastreaba sin cesar, siempre en la misma dirección. Alguna que otra vez daba una pequeña vuelta, como si quisiera regresar al punto de partida. Pero luego continuaba. Sharif seguía delante. La cabeza y parte del lomo eran negros, el pelo brillaba bajo el sol crepuscular. El rabo tenía una franja dorada y las patas eran anchas y fuertes. Para esos hombres no había nada más hermoso que un pastor alemán bien cuidado. Era el perro, ese era el aspecto que debía tener un perro. Al cabo de quince minutos cambiaron y dejaron que Zeb fuera delante. Inmediatamente, a los perros se les despertó el instinto competidor y se concentraron otra vez, aunque empezaron a dudar y dejaron de mover los rabos, ya no olfateaban con tanta diligencia. Nero y Sharif no sabían si avanzar o retroceder. Los hombres fueron pacientes. Aprovecharon la ocasión para descansar un poco tras la laboriosa subida. Se encontraban en lo alto de una colina, desde donde podían ver la carretera principal y la barrera.
    – Estoy seguro de que hicieron una pausa aquí -dijo Sejer en voz baja.
    Los demás estuvieron de acuerdo. Desde aquí echarían un vistazo a la barrera y a la patrulla, y luego seguirían, ¿pero en qué dirección?
    – Aquí hay una colilla.
    Skarre la recogió.
    – Un cigarrillo liado. Papel Big Ben. -La metió en una bolsa de plástico y se la guardó en el bolsillo. Siguió buscando, pero no encontró nada más.
    – Dejemos a Zeb que continúe, y a los otros los ponemos a dar vueltas -sugirió Ellmann.
    Nero y Sharif empezaron a rastrear a ambos lados del sendero en un diámetro de unos cincuenta metros y Zeb seguía avanzando en línea recta, pero las señales eran difusas. El perro ya no se mostraba tan interesado, a veces se detenía y parecía poco concentrado. Miraron hacia atrás. Seguro que no habían ido a la granja de la víctima, pero puede que se hubieran dirigido a los viejos asentamientos. Era bastante probable que con ese calor hubieran entrado a descansar en una de las viejas granjas de verano. En ese caso, los perros encontrarían más huellas allí que en ese terreno seco.
    El bosque estaba muy tranquilo, no como en el otoño, con la caza y la recogida de bayas. Además, hacía demasiado calor para ir de excursión si uno no estaba obligado, le pagaban por ello o padecía un incurable afán de aventuras, de ese que se mete en la sangre como hormigas minúsculas, sin dejar descansar al que lo sufre.
    Sejer se pasó la mano por la frente y comprobó que llevaba el arma. En los entrenamientos le salía muy bien, pero sospechaba que eso no le ayudaría si se produjera un tiroteo. Le preocupaba. Una sola decisión equivocada podría acarrear consecuencias fatales. Suspensión de empleo, invalidez, muerte, cosas terribles. Por alguna razón se sentía vulnerable, como si la vida le importara de una forma diferente. Se esforzó por pensar en otra cosa y aceleró el paso. Miró a Skarre, que se había tapado la frente con la visera para protegerse del calor.
    – Dios sabe lo que puede haberle pasado a ese pobre del manicomio -murmuró Sejer.
    – Creo que hay las mismas razones para temer por el otro -dijo Skarre, mirándolo de reojo.
    – No sabemos si realmente lo hizo él. Solo que estuvo allí.
    Skarre llevaba gafas con montura metálica y cristales de sol sueltos y colocados encima de los fijos.
    – Mira a tu alrededor -dijo-. No es un lugar muy concurrido, ¿verdad?
    – Lo digo solo para ser ecuánime. Digamos que los dos están en igualdad de condiciones.
    – Excepto que uno de los dos va armado -objetó Skarre.
    Siguieron andando. Los perros se adentraron en la amplia zona forestal. A veces atravesaban tupidos matorrales, en otras partes, el sendero estaba abierto y despejado. La sangre ardía en los cuerpos de los perros. La luz era hermosa, dorada y rebosante, y los matices verdes de los árboles infinitos: oscuros en la profundidad de las sombras, dorados en las partes más despobladas; ramas de abetos; hojas caducas, unas suaves, otras ásperas; agujas que pinchaban, hierbas que les acariciaban los pies; ramas que les golpeaban en la cara, insectos que se posaban en ellos. Pronto dejaron de ahuyentarlos, costaba demasiado esfuerzo. Solo en una ocasión, Skarre intentó defenderse de una colérica avispa que quería adentrarse en su pelo rizado. Más adelante se detuvieron a beber en un arroyo del que manaba poca agua. Dejaron beber a los perros, y los hombres se refrescaron con agua helada la cara y la nuca. Los animales seguían concentrados en su misión y en el olor de esos dos hombres a los que estaban buscando, aunque fuera débil. Eran resistentes y enérgicos, no resignados, como los seres humanos cuando tienen que andar mucho. Tal vez los fugitivos estuvieran descansando en alguna sombra, con los pies metidos en un charco. La idea de un chapuzón penetró en la mente de todos. Era ridículo, pero se les había metido en la cabeza y no podían rechazarla. Agua helada y burbujeante, sumergir el cuerpo ardiendo, quitarse el sudor del pelo.
    – En Vietnam -dijo Ellmann de repente- cuando los americanos atravesaban los bosques a la hora más calurosa del día, sus cerebros comenzaban a hervir bajo los cascos.
    – ¿Hervir? ¡Venga ya!
    Sejer hizo un gesto de resignación.
    – Nunca volvieron a ser los mismos.
    – Nunca volvieron a ser los mismos, hirviesen o no sus cabezas. Pero en serio -se volvió hacia ellos-, ¿creéis que sería posible?
    – Claro que no.
    – Pero tú no eres médico -dijo Skarre, colocándose bien la gorra.
    Se rieron. Los perros seguían su camino, indiferentes a la conversación de los hombres. A veces olfateaban hacia los lados. Andaban despacio, pero manteniendo el rumbo. El grupo de hombres pensaba que los fugitivos habrían preferido seguir un sendero a intentar abrirse paso a través del impenetrable bosque.
    – Los encontraremos -afirmó Sejer con resolución.
    – Se me ocurre pensar -dijo Ellmann, siguiendo a Zeb con la mirada y dejando escapar un suspiro- en lo trágico del destino del varón.
    – ¿Qué dices? -preguntó Skarre volviéndose.
    – La testosterona. Lo que hace agresivo al hombre es la testosterona, ¿no?
    – ¿Sí, y qué?
    – Eso hace que casi nunca busquemos a mujeres en estas excursiones. ¡Os imagináis lo ligeras de ropa que irían con este calor!
    Sejer sonrió entre dientes. Luego pensó en Sara. En el círculo de sus ojos. Skarre descubrió esa repentina expresión en la cara de Sejer.
    – ¿Preocupado, Konrad?
    – Bueno, voy tirando.
    Los hombres estaban de un excelente humor. De pronto, una avioneta blanca y brillante apareció en el cielo azul. Sejer la miró con añoranza. Haría más fresco allá arriba y soplaría más el aire. Se imaginó a sí mismo dentro de la avioneta con el paracaídas a la espalda, abriendo la puerta y mirando a la tierra. Luego se tiraría, primero en caída libre, antes de empezar a volar agradablemente sobre una columna de aire.
    – ¿La ves, Jacob? -preguntó, volviéndose y señalando con el dedo.
    Skarre miró preocupado la avioneta. Su imaginación se puso a trabajar con energía.

    – ¿Alguien tiene un espejo?
    Morgan intentó mirarse la nariz, poniéndose bizco.
    – El que tiene amigos, no necesita espejo -dijo Errki con voz poco clara desde su sitio junto al armario.
    – Este tío es increíble, tiene respuesta para todo -dijo Morgan, mirando a Kannick.
    – Tengo uno en la maleta -contestó Kannick en voz baja. Todavía le costaba mirar a Errki a los ojos. Tal vez en ese momento estuviera ideando una manera asquerosa de matarlo. Tenía una cara muy extraña.
    – Cógelo, Errki -ordenó Morgan.
    Errki no contestó. Sentía una agradable somnolencia y un placentero cansancio. Morgan desistió. Salió a la escalera donde estaba la maleta y la arrastró dentro de la casa, con arco y todo. Rebuscó entre flechas y otros objetos, y encontró el espejo. Era pequeño, cuadrado, tal vez de diez por diez centímetros. Vaciló antes de acercárselo a la cara.
    – ¡Hostia! ¡Es lo más horrible que he visto en mi vida!
    A Kannick no se le había ocurrido que Morgan no se hubiera visto la nariz. Y era verdad. Tenía una pinta horrible.
    – ¡Está infectada, Errki! ¡Lo sabía! -Morgan pateó el suelo con el espejo en la mano.
    – El mundo entero está infectado -murmuró Errki-. Enfermedad, muerte y miseria.
    – ¿Cuánto tiempo tarda en desarrollarse el tétanos? -preguntó Morgan. El temblor de su mano hizo vibrar el espejo.
    – Varios días -contestó Kannick.
    – ¿Estás seguro? ¿Sabes algo de eso?
    – No.
    Morgan suspiró como un niño de morros y tiró el espejo. Verse la nariz casi acabó con él. Ya no le dolía tanto, y tampoco tenía náuseas. Solo estaba muy flojo, pero eso se debía a otras cosas. La falta de agua, por ejemplo. Tendría que pensar en algo distinto. Clavó la mirada en Kannick y entornó los ojos.
    – De manera que has sido testigo de un asesinato. ¡Háblame de ello! ¿Qué te pareció?
    – No -dijo-. No fui testigo -contestó Kannick abriendo los ojos como platos.
    – ¿Ah, no? Pues lo dijeron en la radio.
    Fue como si Kannick quisiera esconder la cabeza.
    – Solo lo vi marcharse corriendo -susurró.
    – ¿Está ese hombre presente en la sala? Levante la mano y señale ante el jurado a esa persona -dijo Morgan en tono solemne.
    Kannick no paraba de entrelazarse las manos. Jamás en la vida señalaría a Errki.
    – ¿Tuviste que chivarte a la policía?
    – No me chivé. Me interrogaron. Me preguntaron si había visto algo. No hice más que responder a sus preguntas -se defendió Kannick.
    Morgan se inclinó hacia él para oír mejor.
    – No mientas. Claro que te chivaste. ¿Conocías a esa mujer?
    – Sí.
    Errki había ladeado la cabeza. Daba la impresión de estar dormido.
    – No lo pudo remediar -dijo Morgan-. Está mal de la cabeza.
    – ¿Mal?
    – Ni siquiera lo recuerda.
    – ¿No recuerda nada?
    – Tal vez ni siquiera recuerde que lo tomé como rehén cuando atraqué el Banco Fokus esta mañana.
    Miró sonriente al chico.
    – Lo tenía a mano en el banco y lo necesitaba para escapar. ¿Sabes una cosa? -Morgan se rió de nuevo-. Atracar un banco y coger a un rehén es como comprar un huevo Kinder sorpresa. Algunos tienen suerte y les toca una figura entera. A mí solo me ha tocado un montón de piezas sueltas para componer.
    Por un instante se olvidó de la nariz.
    – No recuerda nada. Y además, solo actúa cumpliendo órdenes de sus voces interiores. Tú no puedes entender esas cosas. Hay que sentir pena por Errki. ¿Sabes? -Se acordó de repente, se volvió a sentar en el suelo y miró muy serio a Kannick-. Cuando yo era pequeño, iba a la guardería. Cada mañana teníamos una pequeña reunión. Teníamos que sentarnos en el suelo en círculo mientras una de las profes nos leía o cantaba. Hacíamos un ejercicio -intentó recordar y una sonrisa se dibujó en sus labios- que consistía en captar un pensamiento. La profe nos miraba profundamente a los ojos y susurraba: ¡Pensad en algo! Y pensábamos tanto que nos crujían las cabezas. Luego gritaba: ¡Captadlo, captadlo! En ese momento, alargaba la mano como para captar uno de ellos. Y nosotros hacíamos lo mismo.
    Se tomó un descanso antes de proseguir.
    – ¡Sujetadlo! -gritaba y nosotros apretábamos la mano, muertos de miedo por si se nos escapaba. Y claro que se nos escapaba porque, cuando abríamos las manos, no había nada en ellas, solo mierda y sudor. Se suponía que era un ejercicio de concentración, pero siempre acabábamos desesperados. Joder, las cosas tan raras que hacen los adultos con los niños.
    Sacudió la cabeza al pensar en ello.
    – Errki tiene el mismo problema. O está aturdido y no llega a captar sus pensamientos, o piensa la misma cosa una y otra vez. Eso se llama tener ideas compulsivas. Yo sé de esas cosas porque he trabajado con gente así.
    Oyeron a Errki gruñir por lo bajo junto al armario.
    – ¿Sabes por qué me mordió la nariz?
    – Ni idea -contestó Kannick.
    – Quise que se metiera en esa laguna de allí abajo y no quiso. No sabe nadar. No le gusta que le demos la lata. No le des la lata. De repente se tiraría a tu oreja o a cosas peores.
    – ¿Puedo marcharme ya?
    La voz de Kannick era como un hilo. Hablaba lo más bajo que podía para que Errki no lo oyera.
    Morgan elevó los ojos al cielo.
    – ¿Que si puedes irte? ¿Por qué coño vas a irte? ¿Vas a tenerlo más fácil que nosotros? ¿Te lo has merecido? Este es nuestro destino -dijo muy serio-, estamos atrapados aquí, esperando a que la policía nos meta en chirona. Pero nos negamos a entregarnos voluntariamente porque somos orgullosos y valientes, y no nos entregaremos sin luchar.
    La voz de Morgan estaba llena de carga emocional, provocada por la borrachera. Habla como Jerónimo, pensó Kannick con tristeza. No solo Errki estaba loco. Los dos estaban locos. Puede que él mismo también estuviera loco. También estaba en una institución. No exactamente en un manicomio, ¿o era un manicomio? De pronto se sintió muy desanimado e intentó tragar saliva para hacer desaparecer una especie de nudo que le estaba creciendo en la garganta. En cierto modo ese era su sitio, con esos dos hombres. Lo sabía.
    – ¿Tu madre vive? -preguntó de repente Morgan. Había sacado la flecha de Kannick de la pared y la estaba estudiando.
    – Creo que sí -dijo el chico desafiante.
    – Pero mira cómo habla.
    Morgan era sarcástico.
    – ¿Tan amargado estás, chico? No creas que vas a hacerme creer que no sabes si tu madre está viva o muerta. La mía está jubilada por enfermedad. Y tengo una hermana que tiene un salón de belleza.
    – Entonces ella puede arreglarte la nariz.
    – Deja la ironía para otra ocasión. Mi hermana está bastante bien situada. ¿Tu madre vive, Kannick?
    – Sí.
    – ¿A costa del Estado?
    – ¿Eh?
    – Digo si tiene trabajo o recibe una pensión.
    – No lo sé.
    – ¿Te envía dinero?
    – Solo algún paquete de vez en cuando.
    Kannick no sabía lo que era Nutrilett. Se quedó pensando en su madre, a quien veía muy de tarde en tarde. Iba cuando Margunn la llamaba para darle la lata. Solía llevarle chocolate. A Kannick le resultaba difícil recordar su cara, nunca hablaban mucho.
    En realidad, la madre no lo veía, no lo miraba, solo alguna que otra vez y un momento, entonces se estremecía y daba un paso atrás del susto. De repente se acordó de un episodio que había ocurrido hacía mucho tiempo. Él iba a cuarto de básica y llegaba del colegio. Se paró en la puerta de la cocina y la miró. Parecía distinta. El pelo le había crecido de repente treinta centímetros durante el tiempo que él había estado en clase.
    – ¿Te has comprado una peluca? -tartamudeó.
    Ella tiró la revista que estaba leyendo y lo miró de mala gana.
    – Claro que no. Es pelo de verdad, me lo han pegado.
    – ¿Cómo dices?
    Kannick se sorprendió tanto que se dejó caer sobre la silla. Y no era solo el pelo. Las uñas también se le habían alargado de repente, las tenía rojas y resplandecientes, como la pintura de un coche recién abrillantado.
    – ¿Cómo pegado? -preguntó con curiosidad-. ¿Está fijo?
    – Sí. Durará semanas.
    Y se echó el pelo hacia atrás, como para demostrarlo. La nueva melena le había dado una nueva dignidad. La expresión de su cara era distinta, el porte más elegante, se movía como una reina.
    La tentación pudo con él. Se lanzó sobre la mesa, y, con la mano sucia, le agarró la punta de uno de los mechones rubios y tiró con fuerza de él. No se soltó, era increíble.
    – ¡Idiota! -gritó ella, levantándose de la mesa-. ¿Sabes lo que me ha costado?
    – Has dicho que estaba fijo.
    – Pero tú has tenido que intentar destrozarlo, ¿verdad?
    – ¿Quién te lo ha hecho? -quiso saber Kannick.
    – El peluquero.
    – ¿Cuánto te ha costado? -preguntó malhumorado.
    – Te gustaría saberlo, ¿verdad? Pues no tienes por qué saberlo. Tú no ganas nada.
    – No, ni siquiera me das una paga.
    – ¿Para qué quieres tú una paga? ¡Nunca me ayudas en nada!
    – Tampoco me lo pides nunca.
    La madre se inclinó de repente sobre la mesa de la cocina, mirándolo desafiante.
    – ¿Sabes hacer algo, Kannick?
    Kannick hurgó un instante con la uña en una mancha de mermelada del mantel. No se le ocurrió nada, ni una sola cosa. Leía bastante mal y se le daba fatal jugar a la pelota. Pero a tirar flechas no le ganaba nadie. Eso no lo mencionó.
    Más tarde, su madre estaba en la ducha, con el nuevo pelo cubierto con un gorro de plástico. Él hurgó en su bolso, aunque sabía que no tenía el dinero ahí, era más lista que Margunn y se lo llevaba a la ducha. Pero Kannick encontró el recibo de la peluquería. Le resultó difícil leer la letra de adulto, pero por una vez se esforzó. Extensiones de cabello. Uñas postizas. Pagado coronas dos mil trescientas. Kannick estuvo a punto de perder el aliento. Entró torpemente en el baño y tiró con fuerza de la cortina de la ducha.
    – ¡Habría sido suficiente para una bici! -gritó-. ¡Todos los chicos tienen bici!
    Ella tiró de la cortina hacia dentro y siguió duchándose.
    – El pelo crece solo -gritó Kannick-, ¡y es gratis!
    – No te metas en mis cosas -contestó la madre-. Necesitas un padre que te tenga a raya. No puedo encontrar a un hombre decente si parezco una bruja. Tengo que arreglarme un poco. Lo hago por ti.
    Kannick pudo ver el contorno de su cuerpo a través de la cortina blanca. No le costaría gran esfuerzo sacarla de allí si quisiera. Podría acercarse al lavabo y abrir el grifo del agua fría, entonces el agua de la ducha saldría muy caliente, y ella se quemaría. Pero no tenía fuerzas. Era un viejo truco… De repente se sintió muy cansado. Apoyó la frente en las rodillas y suspiró. También tenía hambre. Esos dos se habían comido su chocolate. Y sin embargo, sus pensamientos regresaban constantemente al pasado. Un día llegó a casa antes que ella y buscó la caja con el desatascador del desagüe en el armario de la cocina. De repente, se le ocurrió una idea divertida. Sabía muy bien cómo funcionaba. Unos granos azulados que había que echar en la pila cuando estaba atascada, lo que ocurría con demasiada frecuencia. En contacto con el agua, se convertían en un gas corrosivo y maloliente. Cogió un cartón de leche vacío, lo enjuagó bien, echó unos granos en el fondo, fue al cuarto de baño, levantó la rejilla que cubría el desagüe de la ducha, colocó el cartón dentro y volvió a ponerla en su sitio. Jamás olvidaría los gritos de su madre cuando fue a ducharse. Abrió el grifo del agua caliente y el gas venenoso llenó todo el cuarto de baño. Salió disparada, tosiendo y carraspeando, mientras gritaba las palabras más feas que sabía, y eran muchas. Kannick había construido su propia cámara de gas.
    Morgan interrumpió sus pensamientos.
    – ¿Qué más tienes en esa maleta? ¿Tienes por ejemplo algo que pueda servir de vendaje?
    Kannick se quedó pensando. Tenía nueve flechas de distintas clases, una cuerda de repuesto, fijadores de culatines con un tubo de pegamento, cera para cuerdas, tenazas y una gamuza para limpiar el visor.
    – Una gamuza -dijo.
    – ¿Es suficientemente grande para mi nariz?
    El chico echó un vistazo al trapo.
    – Sí.
    Morgan se levantó y fue hasta la maleta. La gamuza era amarilla y suave, parecida a las que se usan para sacar brillo a los coches. Kannick miró a Morgan.
    – Lo único que vas a conseguir con eso es que la herida se te llene de pelusa.
    – Me importa un carajo. Quiero taparla con algo. Noto cómo el aire toca la herida cuando muevo la cabeza y no lo aguanto. Veo que también tienes celo. Me puede servir. ¡Ayúdame! -dijo, agitando el trapo.
    A Kannick le costó un poco, pero hizo lo que pudo con sus dedos gruesos. Le colocó el trapo y cortó el celo con los dientes. Quedó sólido como el banco.
    – Elegante -comentó.
    – Vamos a divertirnos un poco más -dijo Morgan con voz ronca, cogiendo de nuevo la botella-. ¡Con una botella y una chica, el tiempo pasa volando! -añadió, guiñando un ojo a Kannick.
    Errki estaba dormido. Morgan tenía una pinta muy rara con la gamuza amarilla tapándole la nariz. Su madre también solía ponerse algo parecido, los primeros días de sol de la primavera, para no quemarse la nariz, pensó Kannick. Se tumbaba boca arriba en la parte de atrás de la casa, con los muslos separados, para que el sol le diera en todas partes. Kannick la miraba de vez en cuando de reojo. Podía ver un poco del vello rizado y negro en la parte de más adentro. Allí había estado el polaco, y allí lo habían engendrado a él, a Kannick. No es que la madre lo hubiese admitido directamente, pero él lo sabía de todos modos. Intentó recordar el momento preciso en que lo supo, pero no lo logró. Luego pensó en Karsten y Philip. Puede que estuvieran buscándolo. ¿Y si de repente aparecieran por allí? ¡Tal vez entraran, sin más! De vez en cuando miraba de reojo a los dos hombres. Se preguntó de qué habrían estado hablando. No entendía muy bien cómo Errki podía ser el rehén si era el que llevaba el arma. A Morgan no parecía preocuparle. Aceptó la botella y bebió un trago antes de devolvérsela al otro. Ya no le quemaba la garganta. Estaba casi anestesiado, con el cuerpo entumecido y curiosamente inerte. Tendría que escaparse de allí antes de que se durmiera.
    – ¿Puedo marcharme? -preguntó en voz baja mientras miraba de reojo a Errki en el rincón.
    – Errki decide -dijo Morgan escuetamente-. Él es quien manda en esta casa, y en este momento está dormido. Haz el favor de hacerme compañía. Puedo vivir mucho tiempo de una albóndiga como tú -concluyó.
    Los dos empezaban a estar muy borrachos. Morgan era ya incapaz de recordar lo que estaba haciendo o qué planes tenía. Le gustaba esa habitación silenciosa y sombría en comparación con la cegadora luz de fuera, y le gustaba oír la respiración de Errki desde el rincón. Uno no debía tener planes. Nada de preocuparse por la hora. Solo estar sentado tranquilamente, dejando volar los pensamientos. El chico obeso se había encogido en el suelo. Fuera, no se oía ningún ruido. Nada de pájaros ni viento silbando en los árboles. El whisky estaba menguando peligrosamente. Eso le preocupaba un poco. Pensó que, en unas horas, volvería a estar sobrio y antes o después tendría que levantar ese cuerpo gordo del suelo y hacer algo, pero no sabía qué. Tenía dinero, pero nada de fuerzas para marcharse de la casa y volver a la carretera. Tampoco tenía amigos, excepto uno que estaba en chirona por un atraco a una oficina de correos y al que pronto soltarían. Él, Morgan, conducía el coche. Escaparon en el último momento y se separaron en cuanto estuvieron a salvo. Dos días más tarde detuvieron a su amigo, alguien lo había delatado después de ver las fotos que emitió la televisión. El muy tonto estaba endeudado y alguien había encontrado por fin la ocasión de vengarse. Había escondido el arma en el bosque, según dijo, pero encontraron el dinero, casi sin tocar, en su apartamento. Nunca delató a Morgan y eso le pareció impresionante e increíble. Había resistido la presión de la policía y asumido el castigo solo. ¡Nunca nadie había hecho algo así por él! Más tarde, le invadió la sensación de tener una deuda que jamás podría devolver. Y luego, esa insinuación en la sala de visitas:
    Cuando salga no tendré nada. ¿Podrías remediarlo de alguna manera?
    El atraco al Banco Fokus fue solo el principio. Cien mil coronas, la mitad para cada uno, no durarían mucho tiempo. Conocía al otro, conocía su afición por la bebida. En cuanto se hubiese acabado el dinero, volvería de nuevo. Morgan pensó desalentado que habría sido mejor que también lo hubieran cogido a él. Le zumbaba el cerebro. Tal vez estuviera a punto de volverse loco como Errki. Esta era la primera voz, un insecto que volaba en círculos queriendo salir.

    Se despertó y parpadeó aturdido. Kannick estaba dormido a su lado. La barbilla se le había caído sobre el pecho, presionando la papada con una increíble masa de piel y grasa. Estiró sus piernas entumecidas y se tocó la cabeza. La nariz no le dolía tanto como antes, se le había quedado casi insensible. Quizá estuviera ya muerta y pronto se desprendería cayendo como una fruta madura.
    Kannick abrió los ojos. Fuera vio la luz azul.
    – Es tarde ya -susurró Morgan.
    – Tengo que irme a casa -dijo Kannick perplejo-. Me estarán buscando.
    Morgan miró a Errki, intentando localizar el revólver. Lo tenía metido en la tirilla del pantalón. Se levantó despacio, tambaleándose un poco para recobrar el equilibrio y fue hacia el armario. Se detuvo un instante y se quedó pensando. Luego se agachó. El rincón estaba ya bastante oscuro. Puso una pierna a cada lado del cuerpo dormido y vaciló al meter la mano en la tirilla del otro. De repente, resbaló en algo pegajoso y resbaladizo y cayó sobre Errki, con la barbilla en sus rodillas. En dos segundos se había vuelto a levantar con una expresión aturdida.
    – ¡Joder!
    Kannick se sobresaltó y parpadeó.
    – ¿Qué pasa?
    – ¡Hay sangre por todas partes! ¡Ha sangrado como un cerdo!
    Kannick sintió el miedo rozarle los hombros.
    – ¡Errki!
    Morgan gritó y retrocedió.
    – ¡Se ha desangrado! ¡Está frío!
    – ¡No! -gritó el chico con voz ronca. Kannick logró incorporarse, pero enseguida tuvo que apoyarse contra la pared.
    – ¡Está muerto!
    Como en una pesadilla, Kannick vio a Morgan, que se volvía lentamente para mirarlo.
    – ¿Te das cuenta de lo que has hecho? Has matado a Errki con tu arco. ¡Qué putada, Kannick!
    Kannick sacudió la cabeza. De su boca salió un sonido, un grito que se disolvió antes de haberse formado del todo.
    – Solo le di en la pierna -tartamudeó.
    – Le diste en una vena de la ingle. Tal vez en la arteria.
    Morgan retrocedió aún más mientras seguía con la mirada clavada en Kannick.
    – Ya he tenido bastante. ¡Me voy de esta casa de locos!
    Se tambaleó. Necesitaba el revólver, pero para cogerlo, tendría que tocar el cuerpo muerto y tal vez mancharse las manos de sangre.
    – ¡No! ¡Tienes que ayudarme!
    Kannick se aferró a la pared de troncos y se echó a llorar.
    – ¡No fue a propósito! Él abrió la puerta, no pude evitarlo. Tienes que contarles cómo fue. ¡Nadie más lo vio!
    Morgan se detuvo. Ese chico obeso y desesperado lo conmovió. Tragó saliva varias veces, echó otro vistazo al cuerpo muerto y se sentó en el suelo.
    – Yo ya lo tengo bastante mal de antes. He atracado un banco y cogido un rehén. Me impondrán una larga condena.
    – ¡Podemos tirarlo al agua y decir que se largó!
    Kannick se retorció las manos, fuera de sí.
    – No quería hacerlo. ¡Fue un accidente! ¡Vamos a tirarlo al agua!
    – Habrá que contarles a los maderos cómo ocurrió exactamente. Pero ahora tengo que largarme.
    Los ojos de Morgan se estrecharon. Su cerebro intentó concentrarse en buscar una manera de escapar.
    Kannick se convirtió en un mar de lágrimas, una lluvia de desesperación.
    – No sirve de nada tirarlo al agua -dijo Morgan desconcertado-. Este lugar está lleno de sangre. Hay un charco enorme.
    – Podemos taparlo con el armario.
    – No servirá.
    – ¡Por favor!
    – Nos están buscando. Puede que lleguen muy pronto. No tenemos tiempo. No podemos bajarlo hasta la laguna sin mancharnos de sangre, eso no sirve, Kannick. Además, eres demasiado joven para ir a la cárcel. Te salvarás igual que Errki por el asesinato de la vieja, porque está loco. Pero yo -gritó golpeando el suelo con los puños-, yo no me libraré de nada, joder. ¡No tengo ni una maldita excusa!
    Gimió y se tiró del pelo, intentando recordar cómo había empezado el día. Le pareció que había durado una eternidad, toda una vida. Le sobrevino una tremenda parálisis. El cerebro no le funcionaba. Ese jodido alcohol tenía la culpa. Kannick estaba sollozando en el suelo.
    – Detrás de la casa hay una cuesta muy empinada -dijo sollozando-. Podemos tirarlo y dejar que baje rodando.
    – ¡Jesús! ¡No aguanto más!
    Kannick se levantó, atravesó la habitación y empezó a sacudirle enérgicamente.
    – ¡Tienes que hacerlo! ¡Tienes que hacerlo!
    – ¡No tengo que hacerlo!
    – Lo hacemos juntos y luego nos escapamos juntos. ¡Tenemos que hacerlo! -Y añadió, porque se le ocurrió de repente-: Nadie va a echarlo de menos.
    – No es verdad -dijo Morgan en voz baja-. Yo sí que voy a echarlo de menos.
    Se puso a mirar por la ventana mientras lloraba sin consuelo. El paisaje le pareció difuso. Tenía que escapar de ese lugar, volverse loco como Errki. Notó que podía empezar a balbucear si quería, sumergirse y desaparecer del mundo, mirar extrañado a los que hablaban porque ya no entendía lo que decían. No preocuparse por nada, dejarlos con sus cosas. No me importa. Esta sociedad es demasiado jodida. Hay que tener en cuenta demasiadas cosas, como aquel chantajista que estaba esperando en la cárcel o ese niño obeso e infeliz que tenía delante.
    – ¡Tenemos que hacerlo! -gritó Kannick.
    Morgan dejó caer la cabeza sobre el pecho. Oyó la respiración entrecortada de Kannick y, a lo lejos, otro ruido que se acercaba lentamente, unos perros que ladraban en la distancia.
    – Es demasiado tarde -gimió-. Alguien viene.

    Sejer estudió el mapa.
    – Nos estamos acercando a una vieja granja de verano -dijo examinando el paisaje con los ojos entornados-. Apuesto a que están escondidos en una de estas viejas casas de por aquí.
    – ¿Qué haremos cuando los encontremos? -preguntó Skarre.
    Sejer los miró uno por uno.
    – No me gustan mucho los dramas. Opto por detenernos a una distancia prudencial y gritar, explicarles cuántos somos y que estamos armados.
    – ¿Y si sale con el rehén delante, apuntándolo en la sien con el revólver?
    – Entonces dejaremos que se marche. De todos modos, no llegará muy lejos. Somos cinco contra dos.
    Skarre se secó el sudor.
    – Mantened las armas quietas -prosiguió Sejer-. No quiero que tengamos que llevar a ninguno en brazos a casa con este maldito calor. Cuando todo esto haya acabado, tendremos que rendir cuentas de cada minuto por escrito y bajo nuestra palabra de honor. No quiero que miréis siquiera el arma sin mi permiso. Y si cambio de idea, os lo haré saber.
    Siguió adelante y los otros fueron detrás. Les gustaba mucho su jefe, pero les parecía que a veces era demasiado prudente. Misiones como esa no eran muy frecuentes. No todos habían querido ir allí, a ese bosque ardiente, pero el sabor a adrenalina era dulce.
    – Creo que lo que se ve allí abajo es la Laguna del Cielo -dijo Sejer señalando-. Según el mapa, hay cerca una granja, aunque desde aquí no se ve nada. Me apuesto una ronda a que los perros se dirigen hacia allí.
    – No veo ninguna casa.
    Ellmann miraba haciéndose sombra con la mano y solo podía ver bosque.
    – Tal vez esté detrás de esos árboles. En ese caso no podrán vernos.
    Continuaron adentrándose en el bosque. Los perros iban delante. Skarre miraba al cielo de vez en cuando. Tenía que asegurarse de que el Creador los estaba siguiendo con la vista. En ese bosque silencioso había algo amenazador que le hacía dudar. El silencio era nefasto, como si se estuviera preparando un tremendo trueno. Pero no había ni una nube, solo un ligero velo que cubría los árboles. Lenta e inexorablemente, el suelo se estaba vaciando de humedad, y esta subía y se posaba como una bruma lechosa sobre el paisaje. Tal vez esos dos hombres estuvieran buscándolos con la vista desde una ventana abierta, con el arma cargada. O puede que se hubieran fugado hacía tiempo por la colina. El grupo de árboles se iba acercando. No se avistaba ninguna construcción.
    Decidieron colocar a Zeb en puesto de escucha. Ellmann llamó al perro, y ataron a los otros dos. Los hombres se quedaron un rato observando al gran animal marrón. Su cabeza oscilaba hacia los lados, las orejas buscaban como dos antenas parabólicas, temblando ligeramente. De pronto se le pusieron tiesas, señalando un punto que los hombres no podían ver. En su cabeza, Ellmann trazó una línea recta desde las orejas del animal hasta el espeso grupo de árboles.
    – Allí hay alguien -susurró.
    Sejer fue a averiguar. Zeb quiso seguirlo, pero lo retuvieron con un tirón de la correa, y el animal emitió un agudo gemido. El pelo de Sejer brillaba como la plata en medio de todo el verdor, mientras avanzaba con mucho cuidado. Los segundos pasaban, Skarre sudaba. Los hombres acariciaron a los perros. Sejer seguía andando. Justo antes del espeso grupo de árboles, giró a la izquierda y se metió entre los matorrales. Intentó relajarse. Le pareció divisar entre los árboles algo más oscuro y sólido. Con la mano, palpó el arma. El cuero ardía contra la piel. El bosque se hizo de nuevo más escaso. Un claro se abrió ante él, y en ese claro… una casa maciza y oscura, una casa de troncos de madera. Miró hacia las ventanas, todas tenían los cristales rotos. No se veía a nadie. Se puso en cuclillas en la hierba para que no pudieran verlo desde ninguna ventana, pues podían estar dentro, aunque reinaba un gran silencio. Quizá dormirían o puede que estuvieran esperando. En el tejado de la casa crecía la hierba, seca y quemada. Las ventanas eran pequeñas, con cuadrados que no dejarían entrar mucha luz. Seguramente se estaría muy fresco y bien allí dentro. Tuvo la sensación de que en la casa había alguien, pero aún no había salido de ella ni un sonido. Y sin embargo, le pareció impensable levantarse y avanzar hasta la puerta. Podrían aparecer de golpe y pegar un tiro de puro miedo, así que permaneció agachado. No había ni un guijarro a su alrededor, solo hierba seca. Si tirara una piña contra la pared de troncos, produciría un sonido sordo. Tal vez fuera suficiente para que uno de ellos se acercara a la ventana a averiguar qué pasaba. Se puso a buscar debajo de un pino seco y encontró una gran piña. Miró hacia la casa. ¿Adónde tirarla? Tal vez contra la puerta. Si hubiera alguien allí, lo oirían. Se veía una mancha oscura y rojiza en la losa de la escalera exterior. Parecía sangre. Frunció el ceño. ¿Habría algún herido? Levantó el brazo y tiró la piña. Se oyó un leve zas y al instante volvió a agacharse. No ocurrió nada. Se concedió a sí mismo un minuto. Los segundos transcurrían. Resultaba incómodo estar en cuclillas con el mono, que apenas le llegaba hasta el tobillo. Pasó el minuto y volvió donde estaban los demás.
    – Nadie contesta. Voy a entrar en la casa.
    Skarre lo miró preocupado.
    – No creo que estén dentro. Todo está muy tranquilo.
    – Zeb ha oído un ruido -señaló Ellmann.
    Sejer y Skarre fueron hacia la casa, los otros se quedaron esperando con los perros. Sejer dio un empujón a la puerta.
    – Policía. ¿Hay alguien ahí?
    Nadie contestó. Todo estaba en silencio. No tuvo la sensación de que el atracador fuera a salir de repente a pegarle un tiro. No iba a morir así. Además, la casa parecía abandonada. Echó un vistazo al cuarto de estar. Descubrió un diván verde, un viejo armario y una maleta gris. Avanzó unos pasos más, y susurró a Skarre por encima del hombro:
    – Han estado aquí.
    Examinó un instante la habitación polvorienta. Sus ojos necesitaron tiempo para habituarse a la sombría luz. Entonces descubrió una figura en un rincón: un hombre delgado, con ropa y pelo negros. Estaba mitad sentado, mitad tumbado, con la cabeza apoyada contra el armario. La postura parecía muy incómoda. Ya no pensó en sí mismo o en que alguien pudiera aparecer de repente y atacarlo, sino que atravesó la habitación y se arrodilló junto al hombre sin vida. Lo primero que le llamó la atención fue lo pequeño que era. Frágil, delgado y totalmente desprovisto de fuerzas. Tenía los ojos cerrados y la cara mortalmente pálida. Su aspecto era el de un niño, un niño desnutrido, con una maraña de pelo negro que le llegaba hasta los hombros.
    – Errki -susurró.
    El cadáver estaba en medio de un charco de sangre. Buscó el pulso en el cuello delgado, pero no lo encontró. A simple vista no se veía ninguna herida, pero era obvio que había sido alcanzado en algún lugar del bajo vientre. Todavía quedaba algo de calor en el cuerpo. Estaba a punto de levantarse cuando oyó un ruido. Primero pensó que era Skarre que entraba, pero sintió, más que vio, que algo oscuro se metía en su campo de visión. Se oyó un desagradable chirrido. La puerta del armario se abrió lentamente, y se quedó colgando y crujiendo sobre las bisagras. El vello se le erizó, luego respiró aliviado. El crujido cesó, y no había nadie. Desde donde estaba, no veía el interior del armario, pero no podía haber nadie allí. El atracador no habría matado al rehén para luego esconderse en un viejo armario, sino que se habría fugado hacía tiempo. Seguramente la puerta se abriría al pisar él y mover las tarimas. Retrocedió unos pasos y examinó el interior del oscuro armario. Vio brillar algo de metal.
    El arma temblaba. Sejer dio un respingo de sorpresa y quiso coger su propia arma, pero cambió de idea. No entendía nada. Miró a esa criatura que estaba metida en el armario observándole con pavor en el rostro, y un revólver apuntándole. Dentro del armario estaba Kannick. Se fijó en el revólver y en cómo lo tenía agarrado.
    No te equivoques ahora. Quieto. El chico está a punto de reventar y es imprevisible. Mantente tranquilo, no levantes la voz. No le demuestres que tienes miedo.
    – ¡No lo hice a propósito! -gritó Kannick.
    Su voz reventó el silencio y Sejer se estremeció, aunque estaba preparado.
    – ¡Se me puso en medio! ¡Puedes preguntárselo a Morgan!
    Estaba apuntando al pecho de Sejer y si hubiera sabido tirar, sin duda habría dado en el blanco.
    Sejer bajó las manos.
    – El revólver no está cargado, Kannick. ¿Quién es Morgan? -preguntó.
    Kannick miró estupefacto el revólver. Intentó cargarlo, pero tenía los dedos entumecidos de miedo y se negaban a obedecerle. Por fin logró su propósito, pero para entonces Sejer ya había sacado su propia arma, y detrás de Sejer había otro hombre de pelo rizado con el arma apuntándole también.
    – Está en la alcoba -sollozó Kannick. Tras pronunciar esas palabras, soltó el revólver y se puso a vomitar. Seguía dentro del armario, vomitando sobre la madera carcomida. Guiso de carne y whisky, todo le salió. Se apoyó contra la pared del armario y sacó todo lo que tenía dentro. Sejer esperó hasta que hubo terminado. Cogió el revólver del suelo, dejó allí a Kannick y fue a buscar la alcoba.
    Morgan se había quedado esperando detrás de la puerta. En ese momento, salió disparado de la casa y corrió en dirección al bosque, gastando las pocas fuerzas que le quedaban. Ellmann vio el pelo rubio y el pantalón corto de colores alegres a través del follaje. El pobre no tenía escapatoria. El agente se agachó, cogió al perro por la cabeza y le susurró al oído:
    – ¡Zeb, ataca!
    El animal dio un brinco y desapareció como un rayo peludo. Morgan corría. No oyó al perro que iba a toda velocidad tras él. Tampoco oyó gritar a nadie. En realidad, un terrible silencio inundaba el bosque. Corrió todo lo que pudo, pero las fuerzas se le acabaron enseguida. Zeb vio las manos blancas y clavó la mirada en la izquierda. No había nada agresivo en lo que estaba a punto de hacer, era el resultado de años de adiestramiento y una orden clara, nada más. Morgan se detuvo para tomar aliento. Las rodillas estaban a punto de fallarle. Tendría que comprobar si alguien lo perseguía. En ese momento, tropezó y cayó de bruces, pero enseguida dio un brinco y se quedó sentado en la hierba. Miró aterrado lo que se le estaba acercando, ese animal enorme con las fauces relucientes, la lengua roja y los dientes amarillos. El perro se encogió, listo para saltar. Esas manos blancas que había divisado ya no estaban en su campo de visión. Lo único que veía era un rostro rojo con un trapo amarillo en medio. Un blanco perfecto. Dio un enorme salto e intentó morder. Morgan sollozaba de un modo desgarrador. Cuando lo alcanzaron, estaba sentado y se tapaba la cara con las manos. Sejer permaneció un instante escuchando. El sollozo tenía un claro componente de alivio.

    Sara estaba sentada muy quieta en el borde de la silla, mientras Sejer le contaba toda la historia. Ella quiso saberlo todo, cómo estaba tumbado, si tuvo dolores. Él opinaba que no habría sido doloroso. Probablemente estaría agotado, y la pérdida de sangre lo dejaría sin fuerzas. Quizá hubiera sido como irse quedando dormido. Se esforzó por recordarlo todo. Solo quedaba un pequeño detalle.
    – No puedo creer que Errki haya muerto -susurró Sara-, que haya desaparecido. Lo cierto es que lo veo en otro lugar.
    – ¿En qué clase de lugar? -preguntó Sejer.
    Ella sonrió, un poco avergonzada.
    – Volando en una gran oscuridad y mirándonos desde arriba, despreocupado de todo. Tal vez esté pensando: Si vosotros, que andáis siempre tan ajetreados, supierais lo bonito que es esto…
    A Sejer le hizo sonreír la imaginación de esa mujer, una sonrisa breve, nostálgica. Buscó alguna palabra que pudiera suavizar lo que en ese momento tenía que contarle.
    – Por cierto, he desatado al sapo -dijo ella de repente.
    – Gracias. Es un alivio para mí.
    Sara llevaba una chaqueta fina e hizo un gesto como si quisiera abrigarse con ella. Sejer no había encendido los tubos fluorescentes del techo, solo la lámpara del escritorio, que tenía una pantalla verde y proporcionaba al despacho una luz acuosa.
    – Hay algo que debe usted saber.
    Ella levantó la vista para interpretar la expresión de sus ojos.
    – En la chaqueta de Errki encontramos una cartera, una cartera roja que pertenecía a Halldis Horn y que contenía aproximadamente cuatrocientas coronas -dijo tras carraspear.
    Calló y esperó. La luz verde le hacía parecer pálida.
    – Uno cero a favor de Konrad -dijo ella con tristeza.
    – No he ganado -fue lo único que se le ocurrió decir.
    – ¿En qué está pensando? -preguntó por fin Sara.
    – ¿Viene alguien a buscarla?
    La pregunta se le escapó sin pensar. Tal vez podría llevarla a casa. Pero Gerhard seguro que tenía coche, y si ella lo llamaba, acudiría enseguida. Se imaginó a su marido sentado en el cuarto de estar de su casa, mirando el reloj, y de reojo el teléfono, listo para ir a por lo que era suyo y de nadie más.
    – No -dijo encogiéndose de hombros-. Vine en taxi, «el jefe» está en silla de ruedas. Tiene esclerosis múltiple.
    Sejer se sorprendió. No se había imaginado a Sara con un marido inválido. Se lo había imaginado muy diferente. Un pensamiento no del todo puro le pasó por la mente.
    – Déjeme llevarla a casa.
    – ¿Puede?
    – A mí no me espera nadie. Estoy solo.
    No pasaba nada por decirlo al fin. Estoy solo.

    ¿Se había expresado así alguna vez? ¿O se había limitado a constatar su estado de viudedad o soltería?
    Iban callados en el coche. Por el rabillo del ojo veía las rodillas de la mujer, el resto no era más que una presencia, un presentimiento, una añoranza. Sus manos reposaban sobre el volante traicionándole. Sejer tuvo la sensación de que estaban gritando a todo el mundo que necesitaban algo a qué agarrarse. ¿En qué estará pensando ella?, se preguntó, pero no se atrevió a volverse a mirarla. Errki había muerto. Ella había trabajado con él durante meses y no había logrado salvarlo.
    Le fue indicando hasta que llegaron a un pequeño camino sin salida que se llamaba Fresas Salvajes. Sejer tuvo que parar, aunque hubiera deseado ir hasta el fin del mundo y luego volver con ella a su lado.
    – Sé que suena estúpido -dijo ella de repente-. Pero me cuesta mucho creerlo.
    – ¿Que Errki haya muerto?
    – Que realmente la matara.
    Sejer no sabía qué hacer con sus manos. Las retorcía una y otra vez y dijo torpemente:
    – Antes dijo que a veces ocurren cosas que no sabemos explicar.
    Ella se encogió de hombros.
    – No me daré por vencida.
    – ¿Qué quiere decir?
    – Investigaré hasta que averigüe cómo ocurrió.
    – ¿Y dónde va a investigar?
    – En mis papeles, en mi memoria, intentando recordar cosas que él dijo y todo lo que no dijo. Necesito saberlo.
    – ¿Y lo sabré yo también?
    Por fin levantó la vista y sonrió.
    – Acompáñeme dentro -dijo de repente.
    Él no entendió por qué se lo pedía, pero la acompañó obediente hasta la puerta, observándola mientras metía la llave en la cerradura, después de haber llamado al timbre a modo de aviso. Tal vez quería hacer saber a su marido que ya estaba en casa. No le apetecía nada conocerlo. Viéndolo, las fantasías de cómo vivían se harían más claras. La casa era un chalet adosado de una planta, especial para discapacitados físicos, con las puertas muy anchas. Estaban ante la puerta que daba al salón. A Sejer esa situación le recordaba a una novela que había leído de joven. El enamoradísimo protagonista acompañó a una joven a casa. Se había enamorado de ella y creía que vivía sola. Por el camino, le contó que Johnny la estaba esperando. En ese momento, el corazón del enamorado estuvo a punto de explotar, hasta que llegaron a su casa y resultó que Johnny era un conejillo de indias. Gerhard Struel estaba sentado junto a un escritorio leyendo, con una chaqueta de lana a pesar del calor. Se volvió y saludó con la cabeza. Se quitó las gafas. El hombre era mayor que él, calvo. En el suelo, a su lado, había un pastor alemán tumbado que levantó la cabeza y lo miró.
    – Papá -dijo Sara-. Este es el inspector Sejer.
    Gerhard Struel no era un conejillo de Indias. ¡Era su padre!
    Sejer intentaba recuperarse de la emoción mientras estrechaba la mano del hombre. ¿Por qué había querido mostrarle a su padre discapacitado? Tal vez intentaba decirle: Sácame de este lugar.
    – Bueno, tendré que irme a casa con mi perro -dijo Sejer.
    – Ay, perdone -dijo ella con la mano en la puerta-. No era mi intención retenerle.
    Gerhard Struel miró a Sejer.
    – ¿De modo que ya acabó todo?
    Sí, pensó, ya acabó. Antes de empezar. No puedo tomar la iniciativa ahora. No es el momento oportuno. Se encontraba en una situación imposible, pues si quería seguir adelante, tendría que coger el teléfono y marcar su número. Ella ya había tomado la iniciativa, ahora le tocaba a él. Sara le tendió la mano.
    – Hemos formado un equipo estupendo, ¿no le parece?
    Le parecía que Sara había plantado una semilla. Quizá llegara a germinar.
    Un equipo estupendo.

    Encontró el nombre en el libro de los nombres. Sara. La princesa.
    Más tarde, estaba en la cama, mirando al techo, mientras mantenía con ella una conversación imaginaria.
    Sabía que llegarías. Te he estado esperando.
    Cuéntame algo sobre ti, sonrió ella.
    ¿Qué quieres oír?
    Un recuerdo de infancia. Uno bonito.
    Este es bonito. El verano en que cumplí cinco años, mi padre me llevó a ver la catedral de Roskilde. Yo no sabía lo que ocultaba el edificio, dejé el caluroso sol de fuera y entré en la catedral sin haberme preparado. Estaba llena de ataúdes. Mi padre me explicó que había personas dentro de ellos, todos los sacerdotes que habían prestado sus servicios en esa iglesia. Los tenían expuestos en una fila infinita, a cada lado de los bancos de los fieles para que todo el mundo pudiera verlos. Los ataúdes estaban hechos de mármol y eran increíblemente hermosos. Hacía frío allí dentro y empecé a tiritar. Me puse a tirar una y otra vez de la mano de mi padre porque quería salir. Luego, él se puso triste. Ahí duermen su sueño eterno, sonrió. Pero nosotros tenemos que volver a casa a trabajar en el jardín, a pesar del calor. Yo cortaré el césped, y tú quitarás la mala hierba.
    El recuerdo de los ataúdes no me abandonó hasta que mi madre salió al jardín y nos sirvió compota de mermelada. Estaba fresca porque la guardaba en el sótano, pero la nata estaba tibia. Me comí la compota pensando que había algo que no encajaba. Dentro de los ataúdes no había nada, solo telarañas y polvo. Y la compota sabía tan bien que me parecía imposible que la vida no durara para siempre. Miré el cielo azul y descubrí de repente una legión de ángeles con alas blancas volando. ¡Tal vez vinieran a recogernos, y nosotros aún no habíamos acabado la compota! Mi padre también los vio. Levantó la vista y sonrió con entusiasmo. ¡Mira, Konrad, lo bonitos que son!
    El Ministerio de Defensa había soltado quince paracaidistas que aterrizaron en el campo de fútbol, muy cerca de casa. Nunca pude olvidar lo hermosos que eran, y lo silenciosos que bajaban.

    Luego permaneció despierto un buen rato. Tenía mucho sueño, pero sus ojos estaban como iluminados desde dentro y miraban, abiertos como platos, la oscuridad. Daba vueltas en la cama y cada vez que se movía, Kollberg aguzaba el oído. Hacía demasiado calor para dormir. El cuerpo le empezó a picar. Se levantó resignado de la cama, se vistió y se fue al cuarto de estar. Kollberg lo siguió. ¿Deseaba realmente tener a una persona tan cerca, a su lado en la cama cada mañana, año tras año? ¿Qué diría Kollberg? Y dos perros machos no congeniarían.
    – ¿Salimos? -susurró. El perro contestó con un pequeño ladrido y fue delante hasta la puerta. Eran las dos. El bloque de viviendas parecía una columna solitaria en la noche sin estrellas.
    Primero pensó en ir al centro y pasar por el cementerio, pero luego cambió de idea. Tenía mala conciencia, era increíble. Había leído sobre esas cosas y no sabía cómo actuar. Luego pensó: Tal vez debería cambiar de casa o de coche, hacer borrón y cuenta nueva, antes y después de Elise. Pero no puedo avanzar. Hay algo que me lo impide.
    Llevaba una camisa de manga corta. El soplo del aire nocturno en los brazos desnudos le alivió en parte el picor. Andaba sin cesar, como había andado Errki.
    Si uno quiere vivir en el mundo, hay que hacer lo que hacen los vivos, pensó de repente. Se volvió y miró el bloque. Había algo en el edificio, en esa enorme columna de hormigón gris con las luces apagadas, que recordaba a la angustia de los seres humanos. Quiero mudarme de casa, pensó, quiero volver a ras de suelo. Quiero estar en la hierba, levantar la vista y ver las copas de los árboles.
    – ¿Nos cambiamos de casa, Kollberg? ¿Nos vamos al campo?
    Los ojos del perro se clavaron en los de su amo.
    – ¿No entiendes lo que te quiero decir, verdad? Vives en otro mundo. Y, sin embargo, nos lo pasamos bien juntos. Aunque eres un poco tonto.
    Kollberg husmeó su mano, feliz. Konrad se la metió en el bolsillo del pantalón y sacó una galleta para perros. Kollberg no entendía por qué le daba un premio, pero la engulló moviendo el rabo con gran energía.
    – Lo peor es que nunca sabré por qué -murmuró-. ¿Qué sucedió realmente entre ellos? ¿Qué fue lo que Halldis dijo o hizo que pudo asustarle tanto? Los dos están muertos, jamás lo averiguaremos. Pero así es, de la mayoría de las cosas jamás te enterarás. Es curioso que lo aceptemos, como si durante toda la vida estuviéramos esperando algo que vendrá después, algo diferente y esclarecedor. Pero tú, tontito -dijo mirando al perro-, tú solo esperas la próxima comida.
    El perro dio un brinco alocado y continuó su paseo.
    – Estoy cansado -dijo Sejer en voz alta-. Volvamos a casa.
    Dio la espalda a la ciudad y emprendió el camino de vuelta.
    Dio la espalda al cementerio. Algo le dolía por dentro.

    Skarre apareció muy fresco, recién duchado y bronceado.
    – ¿Qué te pasa? -preguntó Sejer.
    – Nada, solo que tengo una sensación de bienestar general.
    – Me parece estupendo -dijo Sejer-. ¿Sabes algo del laboratorio? ¿Han comparado las huellas?
    – Las huellas de Errki están por toda la casa, hasta en el espejo. Las de la azada no son tan claras, pero siguen trabajando en ello.
    – ¿Has transcrito el interrogatorio de anoche?
    – Aquí está, jefe -contestó Skarre alcanzando a Sejer una carpeta de plástico con hojas-. ¿Y qué va a pasar con el chico? -preguntó.
    – No mucho. Morgan confirmó que fue un accidente. Seguramente le permitan quedarse en la Colina de los Muchachos. Parece que es lo mejor. Ya ha tenido bastante por algún tiempo. Necesita tranquilidad, no que vuelvan a cambiarlo otra vez de sitio. Iré a verlo ahora. No estará en muy buena forma, pero tengo una pequeña esperanza de que haya captado algo de Errki que Morgan no ha descubierto. Ojalá pueda explicarnos algo.
    – ¿Crees que eso es probable? No es más que un chico asustado -señaló Skarre, mirando a Sejer.
    – Los chicos son observadores -sentenció Sejer.
    – No tanto. Simplemente observan cosas diferentes a las que observan los adultos -dijo Skarre, reafirmándose en su idea.
    – Y eso puede resultarnos útil.
    Skarre frunció el ceño.
    – Algo te pasa.
    – ¿Qué quieres decir?
    – Es como si no quisieras aceptar lo sucedido. Eso no es propio de ti.
    – Solo tengo curiosidad -contestó Sejer cortante.
    – Pareces cansado.
    – Esta noche -dijo muy serio- he tenido muchos picores.
    Y con esta dramática información se metió en su despacho.

    – ¿Te llamas Morten Garpe?
    – Así es.
    – Pero dices llamarte Morgan.
    – Entre los amigos que no tengo me llaman Morgan.
    – ¿Que no tienes? ¿Por qué usas ese nombre?
    – Porque es un poco más interesante, ¿no?
    En este punto, Skarre había omitido anotar que los dos se rieron.
    – Bueno, Morten. ¿Eso quiere decir que estás solo en el mundo?
    – Pocos colegas, sí. Solo uno, y está en chirona. Y luego, una hermana en Oslo.
    – ¿Que está en chirona?
    – Por atraco a mano armada. Yo conducía el coche. Él nunca me denunció. Ese dinero era para él.
    – ¿Así que te ha tenido bien agarrado durante mucho tiempo?
    – .
    – ¿Y quieres acabar con esa situación?
    – Bueno, ahora tendré que cumplir una condena tan larga que ya no importará.
    – Tienes razón. No importará. Luego hablaremos del atraco. Ahora háblame de Errki.

    En este punto, Skarre había marcado la larga pausa que siguió con un doble espacio.

    – Me contó todo sobre su madre y lo que sucedió. Tanto Errki como yo somos Escorpión. Nació una semana más tarde que yo. Las mejores y las peores personas son Escorpión, ¿lo sabías?
    – No. ¿Qué quieres decir con que te contó «todo»?

    Sejer dejó las hojas en la mesa y se puso a pensar en todos los especialistas que en el transcurso de los años y, con mucha astucia, habían intentado sacarle la verdad. Ese hombre lo había logrado en solo unas horas.

    – ¿Recordaba algo del asesinato de Halldis?
    – No mucho. Dijo que ella gritó y lo amenazó. Al pensar en ello, su mirada se volvía distante.
    – ¿Dijo que la había matado? ¿Lo dijo con esas palabras?
    – No. Me miró con sus ojos extraños, y declaró: Las cosas simplemente ocurren.
    – ¿Te parecía una persona violenta?
    – Ya ves mi nariz. Tiene mal arreglo. No es que me importe demasiado. En realidad, me importa un bledo. Lo único que me hace ilusión es pensar en la cara de Tommy cuando le dé golpecitos en la pared desde la celda contigua y comprenda que no habrá nada de pasta para él.
    – ¿Se llama Tommy?
    – Tommy Rein.
    – ¿Ah, sí?

    Nuevo doble espacio.

    – ¿De qué hablasteis durante las horas que pasasteis juntos?
    – No me acuerdo exactamente. Dijo muchas cosas raras. Hablamos bastante de la muerte. ¿Tú has pensado en eso? ¿En que nos vamos a morir? Veo que la gente se muere a mi alrededor, pero no entiendo que vaya a pasarme a mí. He intentado pensar en ello hoy varias veces. Pero es como una ecuación matemática que no te entra en el coco. ¿Lo entiendes?
    – ¿Que si entiendo qué?
    – Que vas a morir.
    – Pues sí, lo entiendo.
    – Entonces algo me pasa a mí.
    – No te preocupes demasiado. Antes o después lo entenderás, y conozco a mucha gente mayor que tú que ni siquiera se ha planteado la pregunta. ¿De dónde sacó Errki el revólver?
    – Se lo pregunté y murmuró algo rarísimo: Desea a tu vecino una vaca, y Dios te enviará un buey.
    – ¿Estaba muy borracho al final?
    – No tanto como yo. No se le notaba al hablar, pero se tambaleaba al andar, y Errki ya era de por sí bastante inestable.
    – ¿Qué se dijeron Errki y Kannick?
    – Apenas nada. Se vigilaban el uno al otro como perros. Kannick estaba aterrorizado y optó por no mirar a Errki.
    – ¿Errki se mostró amenazador con el chico?
    – No me lo pareció. Lo tratamos bien, no le hicimos nada, solo estábamos borrachos. Cuando apareció Kannick, estábamos como una cuba. Lo curioso fue que al cabo de un rato parecía sentirse bastante a gusto allí con nosotros. Se tranquilizó. De alguna manera nos pertenecíamos los unos a los otros. Ninguno tenía fuerzas para hacer nada. Os estábamos esperando.
    – ¿Cuál fue la reacción de Kannick cuando descubriste que Errki estaba muerto?
    – Se puso fuera de sí, y me rogó de rodillas que lo ayudara.
    – ¿Que lo ayudaras a qué?
    – A convenceros de que había sido un accidente.
    – ¿Y de verdad fue un accidente?
    – Sin duda. Apuntó a la puerta sin saber que estábamos dentro, y menos aún que Errki iba a abrirla justo en ese momento.
    – Bueno, ¿y qué más?
    – ¿Qué quieres decir con eso?
    – ¿Sugirió en algún momento que os escaparais y dejarais allí el cadáver o lo escondierais?
    – No, no, en absoluto. Yo lo persuadí.
    – ¿Entonces sí que lo sugirió?
    – Eh, no, no realmente. No sabía lo que decía. Estaba muerto de miedo. No es raro, ¿no? Menos mal que solo tiene doce años y está por debajo de la mayoría de edad penal.

    Se hundió en el asiento tras el volante y cerró la puerta del coche con un estallido. Aunque había dormido mal, se sentía de repente muy despejado. Tenía la extraña sensación de que se encontraba en un momento crucial. De repente lo entendió. El tiempo se había detenido. Miró por la ventanilla para ver si fuera había algo que pudiera explicar esa sensación, pero no encontró nada. Se sintió paralizado, incapaz de moverse. No resultaba incómodo, solo extraño. Miró sus manos sobre el volante, vio cada pelo, las finas líneas que recorrían los huesos, las uñas blancas, lisas y limpias, el reloj de pulsera, la pequeña corona de oro de la esfera. Se encontró con sus ojos en el espejo y vio una cara de más edad de lo que recordaba, pero infinitamente despierta. Le despertó el claxon de un coche en una calle vecina. Pisó el embrague y cruzó la plaza, pasando por filas de coches aparcados.

    El chico tenía la espalda muy recta. Su pie izquierdo señalaba hacia fuera en diagonal, el derecho hacia delante en línea recta. Tenía la cabeza y la barbilla levantadas. Los brazos le colgaban relajados a lo largo del cuerpo. Inhaló profundamente aire una vez antes de volver a soltarlo. Luego giró la cabeza hacia la izquierda, despacio, como si fuera a atacar por sorpresa no brusca, sino suavemente. Apretó los ojos y vio la raya amarilla a treinta metros, que se iba haciendo cada vez más nítida. Volvió a inspirar y contuvo el aliento. Su enorme tórax se hinchó y el chico levantó el arco hasta la altura de los ojos. Tensó, ancló y apuntó. Vio el punto rojo tocar la parte inferior de la diana. Esta vez quería un diez.
    Era lo suficientemente bueno para conseguirlo en esos momentos dorados en que todo le salía bien. La flecha salió del arco y este cayó con elegancia de la mano y se quedó suspendido de la correa de la muñeca. La flecha alcanzó la diana con un sonido agudo. Soltó el resto del aire de los pulmones y palpó el carcaj en busca de otra flecha, sin dejar de mirar la diana, sin mover los pies. La colocó con habilidad en la cuerda. Quería tres dieces. Si tuviera suerte, la flecha número dos rozaría la primera con un sonido tintineante. De nuevo dejó el arco suspendido, inspiró, cerró los ojos, volvió a abrirlos, miró fijamente la diana y las plumas rojas de la primera flecha en el centro del círculo amarillo.
    Entonces oyó un sonido, pero no quiso dejarse distraer. Un buen tirador no se deja distraer, sino que continúa el proceso sin perder la concentración. Pero el ruido iba en aumento, se oía cada vez más. A Kannick no le gustó, quería acabar la serie de tres flechas. Era un coche. La flecha número dos salió de la cuerda. Un ocho. Kannick gruñó irritado y volvió la cabeza. Un coche de policía entraba lentamente en el patio.
    Kannick bajó el arco y se quedó inmóvil. Sejer salió del coche, vestido de uniforme. Querría saludarlo, preguntar qué tal le iba, si había dormido bien. Era un hombre amable. No tenía nada que temer de él. Kannick sonrió inseguro.
    – Buenos días, Kannick.
    Sejer no sonreía. Estaba serio. No parecía amable como la otra vez, sino preocupado. Se volvió y miró la diana.
    – Has hecho un diez -constató.
    – Sí -contestó Kannick orgulloso.
    – ¿Es difícil? -preguntó Sejer con curiosidad, mirando el arco brillante.
    – Sí, bastante. Llevo ya dos años con esto. Habría conseguido otro diez si no hubieras venido a estorbarme.
    – Lo lamento mucho.
    Sejer lo miró a los ojos con semblante serio.
    – Te quitamos el arco y sigues tirando. ¿Cómo puedes explicarme esto?
    Kannick miró al suelo.
    – Es el de Christian. Me lo ha prestado.
    – Pero no tienes permiso para usarlo sin vigilancia.
    – Margunn ha ido al cuarto de baño. Tengo que entrenarme para el Campeonato de Noruega -dijo malhumorado.
    – Lo comprendo, pero tendré que hablar con Margunn.
    Sejer hizo un gesto con la cabeza, primero en dirección a la casa y luego a la alfombrilla y la diana hecha de papel reforzado. Era la única pasión de ese chico, y él se la estaba arrebatando. Odiaba esa situación. Al mismo tiempo, había algo dentro de él que se movía como el mecanismo de una bomba de relojería justo antes de explotar. Notó que su corazón latía más deprisa. No tenía por qué significar nada, pero ese pequeño detalle que de repente había descubierto podía significar todo, algo decisivo. Se esforzó por controlarse.
    – Puedo practicar aquí en el patio, ¿no? -dijo Kannick, en parte como suplicando y en parte enfurruñado-, pero no en el bosque. Si quiero conseguir una buena puntuación en el Campeonato, tendré que entrenarme todos los días.
    – ¿Cuándo es?
    Sejer no reconoció su propia voz. Era ronca y ruda.
    – Dentro de cuatro semanas.
    El chico seguía con los pies en posición de tirar. Llevaba mocasines. Tenía un pie bastante grande, tal vez un cuarenta y tres. Los mocasines tenían suela de cuero y por consiguiente, ningún dibujo en zigzag, como las zapatillas de deportes. Los chicos de doce años solían llevar zapatillas de deportes. A Sejer le sorprendió que el chico llevara mocasines. Parecían zapatos de vestir y no pegaban mucho con los pantalones vaqueros cortados. Luchaba todo el tiempo contra esa sensación tan extraña que le subía por dentro.
    – ¿Has dormido bien esta noche? -preguntó amable.
    Kannick escuchó aturdido. La voz del policía era dulce, pero sus ojos eran fríos como la pizarra.
    – He dormido como un tronco -contestó con valentía. Su propia mentira le dejó aturdido. Habían sucedido muchas cosas. Se había despertado cuando Margunn entró en la habitación para cambiar la ropa de la cama de Philip. Kannick se hizo el dormido, no soportaba tener que escuchar la voz de Margunn, intentando consolarle. A la vez, tenía miedo de dormirse pues había un sueño desagradable al acecho.
    – Yo he dormido muy mal -dijo Sejer sombrío.
    – ¿Ah, sí? -dijo Kannick, cada vez más inseguro porque no estaba acostumbrado a que los adultos le hicieran ese tipo de confesiones, pero ese hombre era distinto.
    – ¿Quieres tirar una flecha mientras te miro? -preguntó Sejer.
    Kannick vaciló.
    – Vale. Pero he perdido el ritmo y entonces los tiros no suelen ser buenos.
    – Solo es curiosidad -dijo Sejer en voz baja-. Nunca he visto de cerca a nadie tirando con arco.
    Siguió a Kannick con la mirada. Todo el proceso, la concentración, el levantar el arco, apuntar y soltar era muy estético, incluso cuando lo realizaba esa mole de chico. El arco proporcionaba una fascinante unidad al cuerpo deforme. Kannick hizo un nueve y bajó el arco.
    Sejer miró de nuevo en dirección a la casa y luego al chico.
    – ¿Te pones guantes para tirar? -dijo señalando la mano del chico.
    – Guantes de tiro -contestó Kannick-. Si no los llevara, la cuerda me despellejaría las puntas de los dedos. Algunos usan una dactilera de cuero, pero yo prefiero guantes. En realidad, solo se usa uno, en la mano que tensa, pero llevo guantes en las dos para guardar la simetría, y funciona muy bien. ¿Sabes? -dijo excitado-, cada tirador tiene sus manías. Christian parpadea una vez justo antes de soltar la flecha.
    – Son muy raros -dijo Sejer mirando los guantes-. ¿Solo tienen tres dedos?
    – Solo se usan tres dedos cuando se tensa y se suelta. Sobran el pulgar y el dedo meñique.
    – Humm.
    – Estos son de reserva y los he usado poco, por eso están rígidos -explicó Kannick-. Pero se ablandan enseguida.
    – ¿Son nuevos? -preguntó Sejer, entornando los ojos-. ¿Por qué te has puesto unos nuevos?
    Kannick se volvió, inseguro.
    – Porque… bueno, porque he tirado los viejos.
    – Entiendo.
    Sejer no dejaba de observar al chico. Kannick se miró la mano, los tres dedos cubiertos con un cuero muy fino y las estrechas tiras fijadas a una correa de velcro atada alrededor de la muñeca.
    – ¿Por qué los has tirado?
    – ¿Por qué?
    Kannick estaba muy inquieto.
    – Porque estaban muy gastados.
    – Entiendo.
    – ¿Y dónde los has tirado?
    Sejer respiró con pesadez por la nariz.
    – ¿Dónde? Pues no me acuerdo.
    Se retorcía y sudaba. Ese maldito calor no cesaba. Los chicos habían ido a nadar con Thorleif e Inga. Él no había querido ir. Se sentía miserable en bañador y necesitaba entrenarse. En algún lugar le estaba esperando un trofeo. Por primera vez en su vida ganaría a otros. ¿Por qué no volvía Margunn? ¿Qué era lo que estaba a punto de pasar?
    – ¿Dónde, Kannick?
    – En la incineradora -contestó, pateando el suelo.
    – Me mentiste, Kannick. Dijiste que viste a Errki allí arriba.
    – ¡Lo vi! ¡Lo vi!
    – Errki te vio a ti. Es distinto.
    Sejer tuvo que esforzarse por mantener la voz tranquila.
    – Voy a decirte una cosa. Creo que dices la verdad cuando afirmas que la muerte de Errki fue un accidente. Morgan lo ha confirmado.
    Por un instante, Kannick pareció aliviado.
    – Pero dudo que te dé pena.
    – ¿Qué? -contestó Kannick perplejo.
    – Errki está muerto y no puede delatarte. Te anticipaste a él. Por eso fuiste a ver a Gurvin. Antes de que Errki tuviera tiempo de decir que habías sido tú, fuiste corriendo a decir que había sido él. Nadie iba a creer al loco de Errki.
    En ese momento llegó Margunn y miró perplejo a los dos.
    – ¿Pasa algo?
    Sejer asintió con la cabeza, y Margunn se puso nerviosa.
    – Kannick -dijo por fin, como si quisiera llenar ese terrible silencio con algo, aunque no fuera nada importante-, no quiero que te pongas esos mocasines, son para la confirmación de Karsten. ¿Qué has hecho con tus zapatillas de deportes?
    El arco cayó al suelo. El corazón de Kannick se encogió de repente y bombeó un chorro de sangre caliente a su cara. El futuro había llegado.

    Así podría haber sucedido: Kannick estaba en el bosque con el arco. Mató una corneja y se disponía a volver cuando se le ocurrió la idea de pasar por casa de Halldis. Quizá la encontrara trabajando en el césped, de espaldas a la puerta. Se coló dentro. Encontró la cartera en la panera. Tal vez fuera cuestión de suerte o bien supiera que la guardaba allí. Salió de puntillas. Para su gran susto, vio que Halldis estaba en la escalera con una azada en la mano. A Kannick le entró pánico. Solía actuar primero y pensar después. Le arrebató la azada, puede que forcejearan un rato antes de que ella la soltara y el arma estuviera en poder del chico. Ella lo miraría con miedo y reproche. Entonces él levantaría la azada y la golpearía. Llevaba guantes de tiro y solo dejó unas huellas muy difusas. Halldis se cayó. Kannick atravesó corriendo el césped. Se paró un momento junto al pozo para mirar hacia atrás. De repente divisó una figura negra entre los árboles. Entendió que había sido observado. Salió disparado carretera abajo, pero se le cayó la cartera. Errki se acercó a la granja y descubrió a Halldis. Probablemente entró en la casa e incrédulo dio una vuelta por dentro, apoyándose en puertas y marcos, dejando huellas de sus zapatillas de deportes por todas partes. Al salir, encontró la cartera que a Kannick se le había caído. Se la metió en el bolsillo interior de la chaqueta y, abrumado por eso tan terrible que había sucedido, bajó hasta la ciudad y la gente. Kannick fue corriendo a la policía rural para denunciarlo. Pues el que denuncia no es, claro está, el culpable. Además, podía aprovechar que había visto allí arriba al loco de Errki. ¿Qué había dicho Morgan?
    Se vigilaron el uno al otro como perros.
    Sacó el teléfono móvil del bolsillo de la chaqueta y marcó un número. Skarre contestó.
    – ¿Qué pasa?
    Miró a su alrededor.
    – Muchas cosas.
    Contempló por la ventanilla del coche el bosque brumoso. Ojalá pudiera meterse en el mar de cabeza, para librarse de ese polvoriento calor.
    – ¿Ha llamado alguien? -preguntó con ligereza.
    Skarre se calló. En el transcurso de las últimas veinticuatro horas había tenido una agradable sospecha. A pesar de estar bastante seguro, dijo en tono malicioso:
    – Define «alguien».
    – Yo qué sé, cualquiera.
    – No ha llamado nadie -dijo Skarre por fin.
    – Está bien.
    Se hizo de nuevo el silencio.
    – ¿Ha pasado algo? -preguntó Skarre.
    – No fue Errki quien mató a Halldis.
    – Justo lo que me hacía falta ahora, tener que empezar de nuevo, coger a otro, oye, no estoy para bromas.
    – No estoy bromeando. No fue él.
    – ¡Vale, jefe!
    Hubo un silencio muy largo. Skarre se quedó un rato pensando.
    – Ya -dijo por fin-. Empiezo a entender de lo que estás hablando. Ha llamado una chica, la cajera de la tienda de Briggen. Se había acordado de algo importante que yo debía saber.
    – Cuéntamelo.
    – Uno de los chicos de la Colina de los Muchachos subió varias veces con Briggen a casa de Halldis para ayudarle, para entrenarse para la vida laboral o algo así. ¿Adivinas quién?
    – Kannick -contestó Sejer.
    – Solía recibir el pago en forma de chocolate. Podía saber dónde guardaba Halldis la cartera.
    Sejer hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
    Skarre continuó:
    – Oye, alguien vino a verte.
    – Define «alguien».
    – La doctora Struel.
    – Ah, sí. ¿Y qué quería?
    – No lo sé. Le di papel y un sobre y escribió una nota. Está sobre tu mesa.
    Sejer arrancó el coche. Los pensamientos le daban vueltas en la cabeza.
    – Jacob -dijo con una chispa de malicia-. Sabes lo que significa esto, ¿no?
    – ¿A qué te refieres?
    – Tendrás que saltar en paracaídas.
    – Bueno, bueno, tendré que hacerlo.
    Una larga pausa.
    – Pero para que quede claro de una vez por todas: no me gustan mucho las apuestas. No me importa si se pagan o no. No te perderé el respeto aunque te eches atrás.
    – Pero tampoco irá en aumento, ¿no?
    – Está bien como está.
    – Claro que voy a saltar.
    – Tienes una fe muy sólida, ¿verdad?
    – Supongo que esta será la única vez en que la pondré a prueba. Tal vez sea ya hora.

    Sejer abrió la puerta de su despacho y entró. Había un sobre blanco sobre el protector del escritorio que era un mapamundi. Estaba en medio del Pacífico, como un barco con velas blancas. Cogió el sobre con cuidado. Las manos le temblaban al sacar la hoja.
    Skarre entró como un trueno. Se paró en seco al ver a su jefe con la hoja en su mano temblorosa.
    – Ay, perdona -tartamudeó, avergonzado.
    – ¿Qué está pasando?

Karin Fossum


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notes

    [1] Nutrilett es un medicamento noruego para adelgazar. (N. de la T.)
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