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Una mujer en tu camino

Una mujer en tu camino

Аннотация

    Gunder Jomann se siente un hombre feliz tras regresar de un viaje a la India.Ha conseguido lo que más deseaba: una esposa india, joven y maravillosa. Pero su destino se tuerce, y el día que ella debe llegar a Noruega, desaparece. Poco después, el cuerpo de una mujer extranjera aparece mutilado a las afueras del pueblo. El inspector Sejer y su colega Skarre se ponen tras la pista del asesino. En su pequeña comunidad, donde todo el mundo se conoce y los secretos son difíciles de ocultar, nadie es sospechoso y, al mismo tiempo, cualquiera podría ser un asesino.


Karin Fossum Una mujer en tu camino

    Inspector Konrad Sejer 4

    Título original: Eskede Poona
    Traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo

    Mi agradecimiento a Finn Skårderud

1

    Unos ladridos rompen violentamente el silencio. La madre levanta la cabeza del fregadero y mira por la ventana. El perro ladra desde lo más profundo de su garganta. Todo su cuerpo, negro y grande, se estremece.
    Entonces aparece su hijo, que sale del Golf rojo con las piernas separadas y deja caer una bolsa azul al suelo. Mira de reojo hacia la ventana, y ve la silueta difusa de su madre. Luego se acerca al perro y le suelta la cadena. El animal se lanza sobre él y los dos caen al suelo con tanta fuerza que un montón de tierra sale despedida. El perro gruñe y el joven le susurra cariñosos tacos al oído. De vez en cuando grita y golpea al rottweiler en el hocico. Por fin el animal se queda tumbado. El joven se levanta despacio, sacudiéndose el polvo y la porquería de los pantalones. Vuelve a mirar de reojo hacia la ventana. El perro se levanta vacilante y se queda cabizbajo frente a su amo, hasta que este le permite acercarse y que, sumiso, le lama en la comisura de los labios. Luego se dirige hacia la casa y entra en la cocina.
    – ¡Vaya pinta que traes!
    La madre se queda mirando la camiseta azul de su hijo. Está manchada de sangre. El chico tiene las manos llenas de heridas. El perro también le ha arañado la cara.
    – ¡Qué barbaridad! -exclama la mujer con un gruñido furioso -. Deja aquí la bolsa. Ya lavaré todo luego.
    El hijo cruza los brazos, llenos de arañazos. Son fuertes, como el resto de su cuerpo. Casi cien kilos y ni un gramo de grasa. Acaba de ejercitar los músculos y todavía están calientes.
    – Relájate -se apresura a decirle a su madre -. Ya lo haré yo.
    Ella no da crédito a sus oídos. ¿Va a lavarlo todo él?
    – ¿Dónde has estado? -le pregunta -. No irás a decirme que has estado entrenando desde las seis hasta las once, ¿no?
    El hijo murmura, de espaldas a su madre.
    – He estado con Ulla. Haciendo de canguro.
    La madre mira las anchas espaldas de su hijo. El joven tiene el pelo muy rubio y erizado como un cepillo, con mechas de un rojo muy intenso. Parece como si todo él estuviera envuelto en llamas. Desaparece escaleras abajo, camino del sótano. Se oye la vieja lavadora al ponerse en marcha. La madre vacía el agua del fregadero y mira fijamente al patio. El perro se ha tumbado con la cabeza sobre las patas. Los últimos restos de luz poco a poco desaparecen. El hijo ya ha subido y le dice que quiere ducharse.
    – ¿Ducharte ahora? Pero si acabas de volver del entrenamiento…
    Él no contesta. Luego, la madre oye la voz estridente de su hijo, que suena hueca en el cuarto de baño alicatado. El chico está cantando. Cierra ruidosamente el armario de las medicinas. Seguramente el muy tonto está buscando tiritas.
    La madre sonríe. Toda esa violencia es natural. Al fin y al cabo es un hombre. Ella recordará siempre este episodio.
    El último momento de la buena vida.

    Todo empezó con el viaje de Gunder Jomann. Fue a la India a buscar una mujer, aunque no decía eso cuando la gente le preguntaba, no decía que esa era su intención. Apenas lo admitía ante sí mismo. Cuando los compañeros de trabajo le preguntaban, él contestaba que se trataba de un viaje para conocer mundo. ¡Qué gran exceso! Él que era tan modesto. Salía muy rara vez, nunca asistía a las cenas de Navidad de la empresa y siempre andaba ocupado con su casa, su jardín o su coche. Tampoco había tenido nunca una mujer, decían. A Gunder no le importaban las habladurías. En realidad, era un hombre que sabía lo que quería. Lento, sí, pero llegaba a donde se proponía sin hacer ruido. Y no le importaba el tiempo que tardara. Por las noches, el año en el que iba a cumplir cincuenta y un años, hojeaba un libro que le había regalado su hermana pequeña, Marie. Todos los pueblos del mundo. Como él nunca se movía mucho, excepto de casa al trabajo, en una pequeña y sólida empresa dedicada a la venta de maquinaria agrícola, ella se ocupaba de que por lo menos su hermano viera fotos de lo que había más allá de su pequeño círculo. Gunder hojeaba y leía. La India era el país que más le fascinaba. Esas preciosas mujeres con lunares rojos en la frente, los ojos pintados y graciosas sonrisas. Una de ellas lo miraba desde el libro y él se perdía al instante en dulces sueños. Nadie era capaz de soñar como Gunder. Cerraba los ojos y flotaba. La mujer era ligera como una pluma dentro de su traje rojo. Tenía los ojos profundos y oscuros como un cristal negro y ocultaba su pelo bajo un chal con el borde dorado. Durante meses, Gunder había contemplado esa foto. Tenía muy claro que lo que deseaba era una mujer india, no porque quisiera tener una esposa sumisa y sacrificada, sino porque deseaba una mujer a la que poder llevar en brazos. Las mujeres noruegas no se dejaban llevar en brazos. En realidad, nunca las había entendido, nunca había entendido lo que realmente querían. Porque a él no le faltaba de nada, tal y como él lo veía. Tenía casa, tierra, coche, trabajo, y su cocina estaba bien equipada. En el baño había calefacción por hilo radial, y tenía televisor y vídeo, lavadora y secadora, lavaplatos y microondas, buena voluntad y ahorros en el banco. Gunder sabía que había otros factores más abstractos que determinaban si uno tenía suerte en el amor o no, pues no era tonto. Pero no le servía de mucho a menos que se tratara de algo que pudiera aprenderse o comprarse. «Ya te llegará el momento», le decía su madre, mientras se moría lentamente en la enorme cama del hospital. Su padre ya había muerto hacía algunos años. Gunder se había criado con aquellas dos mujeres, su madre y su hermana Marie. Cuando la madre tenía setenta años, le diagnosticaron un tumor en el cerebro que hacía que durante largos períodos de tiempo no fuera ella misma. Entonces él esperaba a que su madre volviera a ser la que él conocía y amaba. «Ya te llegará el momento. Eres un buen chico, Gunder. Un día te encontrarás con una mujer en tu camino.»
    Pero no se encontró con nadie en su camino. Por eso contrató un viaje a la India. Sabía que era un país pobre. Tal vez encontrara allí una mujer que no pudiera permitirse rechazar la oferta de acompañarlo a Noruega, a su bonita casa. Él pagaría los billetes para que la familia de ella pudiera ir de visita, si así lo deseaban, pues no era su intención separarla de los suyos. Y si ella tenía una religión rara, él no le impediría practicarla. Gunder era paciente como pocos. ¡Si encontrara una mujer…!
    Había otras soluciones. Pero no se atrevía a sentarse en un autocar rumbo a Polonia con desconocidos. Y tampoco quería coger un avión para Tailandia. Corrían muchos rumores sobre lo que allí ocurría. Quería encontrar una mujer por sus propios medios. Todo tendría que depender de él. La idea de hojear catálogos con fotos y descripciones de distintas mujeres, o de mirar una pantalla de televisión en la que se ofrecían una tras otra, le resultaba impensable. Sería incapaz de elegir.
    La luz de la lámpara del escritorio le calentaba la calva. En un atlas localizó la India y las ciudades más importantes. Madrás, Bombay, Nueva Delhi. Preferiría ir a una ciudad costera. Muchos indios hablaban inglés, y eso le tranquilizaba. Algunos incluso eran cristianos, leía Gunder, en Todos los pueblos del mundo. El colmo de la suerte sería encontrar una mujer que fuera cristiana y encima hablara inglés. Que tuviera veinte o cincuenta años era lo de menos. Gunder no aspiraba a tener hijos, no era exigente en eso, pero si ella tenía alguno no le importaría adoptarlo. Era posible que tuviera que pagar. Las costumbres de otros países eran muy diferentes a las del suyo; si costaba dinero, pagaría bien. La herencia que había recibido de su madre le permitía vivir con desahogo.
    Primero tendría que buscar una agencia de viajes. Podía elegir entre cuatro. Una estaba en el centro comercial y solo tenía un mostrador donde había que hojear los catálogos de pie. Sin embargo, Gunder quería hacerlo sentado. Se trataba de una decisión importante, no de algo que pudiera decidirse de pie y a toda prisa. Tenía que ir a la ciudad; allí había tres agencias. Consultó la guía telefónica. Luego se acordó de que, en una ocasión, Marie le había dejado un catálogo de vacaciones para tentarlo. Ay, esta Marie, pensó, y buscó la letra I en el índice: Ialyssos, Ibiza, Irlanda. ¿No tenían paquetes de vacaciones para la India? Encontró Bali en el archipiélago indonesio, pero descartó la idea. Tendría que ser la India o nada. Llamaría directamente al aeropuerto y reservaría un billete. Ya se las apañaría, siempre lo había hecho, y en las grandes ciudades la gente estaba acostumbrada a los turistas. Pero ahora era de noche y demasiado tarde para llamar. Volvió a abrir Todos los pueblos del mundo, y se quedó contemplando la belleza india un buen rato. ¿Cómo era posible que una mujer pudiera ser tan maravillosamente bella, tan tersa y delicada? Con una delgada mano se sujetaba el chal bajo la barbilla. Llevaba varias pulseras. Tenía el iris casi negro, con un destello de luz, tal vez del sol, y miraba fijamente los ojos de deseo de Gunder. Eran grandes y azules, y en ese momento él los cerró. Ella lo acompañó hasta el sueño. Gunder se durmió en el sillón y se fue volando con la belleza dorada. La mujer no pesaba nada. Su traje de color rojo sangre se agitaba suavemente, rozando la cara de Gunder.

    Llamaría desde el trabajo a la hora de la comida. Se metería en ese despacho vacío que casi nunca se usaba y se había convertido en almacén. Amontonadas contra las paredes había cajas con carpetas y papeles. Un alegre cartel pegado en la pared mostraba a un hombre bronceado sentado en un tractor en medio de un campo cultivado. Era un campo tan grande que desaparecía como el mar en un horizonte azulado. «Sin el agricultor, Noruega se detiene», ponía en el cartel. Gunder marcó el número. «Si desea viajar al extranjero, pulse dos», dijo la voz de la cinta. Pulsó dos y esperó. Entonces se oyó otra voz: «Es usted el número diecinueve. Por favor, espere». El mensaje se repetía cada cierto tiempo. Mientras, Gunder hacía garabatos en el bloc que tenía al lado. Intentó dibujar un dragón de la India. Por la ventana vio llegar un coche. «Es usted el número dieciséis, el número diez, el número ocho.» Tenía la sensación de estar acercándose vertiginosamente hacia algo decisivo. El corazón le latía más deprisa y se esforzó aún más en el desgarbado dragón. Entonces vio al agricultor Svarstad salir del gran Ford. Era un cliente habitual y preguntaba siempre por Gunder; además, no le gustaba nada tener que esperar. La situación empezaba a ser apremiante. Comenzó a sonar un música a través del auricular y una voz le comunicó que enseguida sería atendido por uno de los agentes. En ese instante, Bjørnsson entró con gran estrépito en el despacho. Era uno de los vendedores jóvenes.
    – Svarstad te está buscando -dijo – ¿Qué haces aquí? -añadió con un tono interrogativo en la voz.
    – Iré enseguida. Dale conversación mientras tanto. Hace muy buen tiempo -. Y se puso a escuchar por el auricular. Oyó una voz de mujer.
    – Me mandará a tomar por el culo, el muy cabrón -dijo Bjørnsson.
    Gunder le hizo un gesto negativo con la mano. El otro entendió por fin la indirecta y desapareció. Desde la ventana podía apreciarse la cara de pocos amigos de Svarstad. Echó un rápido vistazo al reloj, lo que reveló que no tenía mucho tiempo, y no le gustaba en absoluto que no lo atendieran inmediatamente.
    – El caso es -dijo Gunder- que quiero ir a Bombay. A la India. Dentro de dos semanas.
    – ¿Desde el aeropuerto de Gardermoen? -preguntó la voz.
    – Sí, el viernes, dentro de dos semanas.
    La oía teclear a gran velocidad, asombrado de lo rápido que lo hacía.
    – Entonces tendrá que coger un avión hasta Frankfurt a las diez y quince de la mañana -dijo la mujer -. Y desde Frankfurt, otro avión que sale a las trece y diez, y llega a las cero cuarenta, hora local.
    – ¿Hora local? -preguntó Gunder. Anotaba como enloquecido.
    – Hay una diferencia horaria de tres horas y treinta minutos -explicó la mujer.
    – De acuerdo. Entonces lo reservo ahora mismo ¿Cuánto cuesta?
    – ¿Ida y vuelta?
    Gunder vaciló un instante. ¿Y si eran dos para la vuelta? Eso era lo que esperaba y con lo que soñaba.
    – ¿Puedo cambiar el billete más adelante?
    – Puede hacerlo.
    – Entonces ida y vuelta.
    – Son seis mil novecientas coronas. Puede recoger el billete en el aeropuerto, o podemos enviárselo por correo. ¿Qué prefiere?
    – Por correo -se apresuró a contestar. Y dio su nombre y dirección.
    – Solo un pequeño detalle -dijo de repente la mujer -: ya no se llama Bombay.
    – ¿No? -preguntó Gunder extrañado.
    – La ciudad se llama Mumbai desde mil novecientos noventa y cinco.
    – Me acordaré -dijo Gunder serio.
    – SAS le desea un buen viaje.
    Gunder colgó el teléfono. Svarstad abrió la puerta del despacho de repente y lo miró malhumorado. Estaba buscando una trilladora, y era evidente que había decidido dar toda la lata posible a Gunder. La adquisición le dolía hasta la médula, pero estaba muy aferrado a la granja paterna. Nadie se atrevía a comprar una máquina a medias con él, pues colaborar con aquel hombre era imposible.
    – Hola, Svarstad -dijo Gunder levantándose de un salto. Tenía las mejillas coloradas por la decisión que acababa de tomar -. ¡Ya estoy con usted!

    Durante los días siguientes, Gunder estuvo intranquilo. Descentrado y muy despierto. Le costaba dormirse por las noches. Pensaba en el largo viaje y en esa persona a la que tal vez conocería. Entre los doce millones de habitantes de Bombay (Mumbai, se corregía a sí mismo), tendría que haber una para él. Una mujer que se movería por esa ciudad sin saber nada. Le compraría un pequeño regalo, algo de Noruega que ella nunca hubiera visto. Por ejemplo, un broche de plata para el vestido rojo. Al día siguiente iría a la ciudad a comprarlo. Nada grande ni ostentoso, sino algo pequeño y bonito. Para sujetar el chal, si es que usaba. Tal vez vistiera pantalones y jersey, ¿qué sabía él? Se imaginaba un montón de cosas y estaba cada vez más despierto. ¿Llevaría un lunar rojo en la frente? En su mente él le ponía un dedo justo ahí y en su imaginación ella le sonreía tímidamente. Very nice, decía Gunder en la oscuridad. Tendría que practicar un poco su inglés. Thank you very much. See you later. Algo sabía.

    Svarstad estaba más o menos decidido. Tendría que ser una Claas Dominator, una 58 S. Gunder asintió.
    – Se lleva usted lo mejor de lo mejor -dijo sonriente, entusiasmado por su secreto indio -. Un motor Perkins de seis cilindros con cien caballos. Caja de cambios mecánica de tres marchas con cambio de velocidad hidráulico. Corte de tres con sesenta.
    – ¿Y el precio? -preguntó Svarstad con voz ronca, aunque sabía muy bien que aquella maravilla costaba quinientas setenta mil coronas. Gunder se cruzó de brazos.
    – También le hace falta una nueva empacadora. Apueste usted fuerte por una vez, y cómprese una Quadrant. Tiene usted poco sitio para el almacenaje.
    – Quiero balas redondas -dijo Svarstad-. Soy incapaz de trabajar con cubos de heno.
    – Es por la fuerza de la costumbre -dijo Gunder con mucho aplomo -. Teniendo buenas herramientas se puede reducir la mano de obra. También cuestan esos polacos, ¿no? Con una nueva Dominator y una nueva empacadora se quitará el trabajo de encima rápidamente. Le haremos un buen precio. Se lo merece.
    Svarstad mordisqueaba una paja. Tenía un profundo surco en la frente curtida, y una expresión de preocupación en los ojos hundidos que poco a poco iba siendo vencida por una resplandeciente ilusión. Ningún otro vendedor habría insistido en que se comprara otra máquina a un hombre que apenas quería invertir en una trilladora. Pero Gunder apostaba, y solía ganar.
    – Una buena inversión de futuro -prosiguió -. Usted todavía es joven. ¿Por qué contentarse con algo de calidad inferior? Se mata usted a trabajar. Deje que la Quadrant haga balas cuadradas, son fáciles de apilar y ocupan menos sitio. Nadie más de esta región se ha atrevido con las balas cuadradas. Pronto irán a curiosear con los ojos abiertos de par en par.
    Esa frase tuvo el efecto deseado. A Svarstad le encantaba la idea de un pequeño grupo de vecinos curiosos acercándose a mirar. Pero tenía que hacer una llamada telefónica. Gunder lo dejó solo en el despacho vacío y se fue a preparar el contrato, pues la venta era ya casi un hecho. Qué oportuna. Una buena venta antes de su largo viaje. Podría sentarse en el avión con la conciencia tranquila.
    Svarstad apareció de nuevo.
    – El banco da luz verde -dijo con tono cortante. Su cara estaba encendida, pero sus ojos brillaban bajo las espesas cejas.
    – Estupendo -dijo Gunder.
    Al salir del trabajo se fue a la ciudad, directo a una joyería. Miró dentro de la vitrina: solo había anillos. Pidió que le enseñaran la plata que se llevaba con los trajes regionales, y la dependienta le preguntó de qué región era el traje. Gunder se encogió de hombros.
    – Da igual. Solo quiero un broche. Es para un regalo. Pero ella no tiene traje regional.
    – Estos broches solo se llevan con los trajes regionales -indicó la señora, en tono aleccionador.
    – Pero ha de ser algo de Noruega -dijo Gunder-. Algo realmente noruego.
    – ¿Para una mujer extranjera? -preguntó ella.
    – Sí, estaba pensando que podría usarlo con su traje típico.
    – ¿Y qué traje es? -preguntó llena de curiosidad.
    – Un sari indio -contestó Gunder dándose importancia.
    Se hizo el silencio detrás del mostrador. Aparentemente, la dependienta estaba librando una lucha en su interior respecto a lo que debía hacer. No era indiferente a la cabezonería de Gunder, y tampoco podía impedirle que comprara lo que quisiera. De modo que fue hasta el cajón donde estaba la plata de los trajes regionales y sacó un broche de tamaño medio, preguntándose si aquel hombre robusto estaría al tanto de los precios.
    – ¿Cuánto vale? -preguntó Gunder.
    – Mil cuatrocientas coronas. Este, por ejemplo, es de la región de Hardanger. Tenemos broches mucho más grandes y también mucho más pequeños, pero esos saris suelen llevar bastante dorado, de modo que el broche debe ser sencillo para que quede bien.
    La voz adquirió en ese punto un tono irónico, pero se suavizó cuando miró a Gunder, que cogió el broche tintineante del terciopelo con sus ásperas manos. Luego lo levantó hacia la luz y una expresión soñadora se dibujó en su rostro. La mujer se derritió. Había algo en ese hombre, en ese hombre robusto, lento y tímido, que le resultaba encantador. Estaba claro que el hombre pretendía a alguien.
    Gunder no quiso ver más broches. No habría sabido elegir entre varios. De manera que compró el primero, que también era el mejor. Al llegar a casa lo abriría para admirarlo. En el coche, durante el camino de vuelta, iba tamborileando sobre el volante, imaginándose los dedos dorados que abrirían el paquete. El papel era negro con puntitos dorados y la cinta era de color rojo sangre. El paquete estaba en el asiento de al lado. Quizá debería comprar alguna pastilla para el viaje. Para la digestión. Toda esa comida extraña, pensó. Arroz y curry. Picante como el mismo diablo. Y luego habría que hacerse con divisas indias. Y su pasaporte, ¿estaba en vigor? Todo eso le llevaría bastante tiempo. Tendría que llamar a Marie.

    El pueblo donde Gunder vivía se llamaba Elvestad. Tenía 2.347 habitantes. Una iglesia de madera, de la tardía Edad Media, restaurada en 1970, una gasolinera, una escuela, una oficina de correos y un bar junto a la carretera. El establecimiento era una fea mezcla de barraca y hórreo, construido sobre pilares de madera, y con una empinada escalera que conducía a la puerta. Al entrar, lo primero que encontrabas era una máquina tocadiscos. Un Wurlitzer todavía en uso. Encima del tejado había un letrero blanco y rojo en el que ponía EL BAR DE EINAR. Por las noches, Einar lo iluminaba.
    Hacía diecisiete años que Einar Sunde regentaba ese bar. Tenía mujer e hijos y estaba endeudado hasta el cuello, debido a un cursi chalet de estilo suizo situado cerca del centro. Ahora por fin conseguía cumplir con los pagos de la deuda, gracias a la licencia para servir cerveza que había conseguido. Por esa sencilla razón siempre había gente en el bar de Einar. El hombre conocía a la gente del pueblo y llevaba su negocio con mano de hierro. En el transcurso de muy poco tiempo se había aprendido el año de nacimiento de la mayor parte de los jóvenes y se negaba a servirles cerveza antes de que tuvieran la edad permitida, si así lo pretendían. También había una Casa del Pueblo, donde se celebraban bodas y confirmaciones. Casi todos los habitantes eran granjeros. También había llegado bastante gente de fuera, huyendo de la ciudad con el sueño romántico de una vida más tranquila en el campo. Lo habían conseguido. El mar estaba a solo media hora, pero el aire salado no llegaba hasta allí; olía a cebolla y puerro, o había un fuerte olor a abono en la primavera y a manzana dulce en el otoño. Einar venía de la capital, pero no la añoraba. Era el único tabernero en aquellos parajes. Mientras él siguiera allí, nadie intentaría poner otro bar. Einar trabajaría en él mientras pudiera mantenerse en pie. Como conseguía evitar borracheras y escándalos, todo el mundo se atrevía a entrar. Las mujeres a tomar café y suizos; los niños, perritos y Coca-Cola, y los jóvenes, cerveza. Ventilaba bien, limpiaba a fondo, vaciaba los ceniceros y reemplazaba las velas en cuanto se consumían. Su mujer lavaba los manteles de cuadros rojos y blancos en la lavadora de su casa. El lugar ciertamente carecía de estilo, pero tampoco era hortera. No había flores de plástico en los vasos. Hacía poco Einar había invertido en un lavaplatos más grande. Las autoridades sanitarias no tendrían nada que objetar a la limpieza y el equipamiento de su local.
    Era allí, en el bar de Einar, donde la gente se ponía al día sobre lo que ocurría en el pueblo. Sobre quién salía con quién, quienes acababan de separarse, y qué granjero estaba a punto de perder sus tierras por quiebra. Solo había un taxi a disposición de los lugareños. Kalle Moe conducía un Mercedes blanco, y casi siempre se le podía localizar en el teléfono fijo o en el móvil, en todo momento sobrio y servicial. Si él no podía, buscaba a algún colega de la ciudad. Mientras Kalle fuera el taxista del pueblo, no había lugar para otra licencia. Había cumplido los sesenta, y más de uno estaba ya dispuesto a ocupar su lugar.
    Einar Sunde permanecía en el bar seis días a la semana, hasta las diez de la noche los días laborables. Los sábados tenía abierto hasta las doce y los domingos cerraba todo el día. Era un gran trabajador, ágil, larguirucho, pelirrojo y con los brazos largos y flacos. Colgado del cinturón llevaba un trapo de secar, que cambiaba en cuanto tenía una mancha. Su mujer, Lillian, que solo veía a su marido por las noches, vivía su propia vida, no tenían ya nada en común. Ni siquiera se molestaban en discutir. Einar no tenía tiempo para soñar con algo mejor, tenía que trabajar. El chalet de estilo suizo les había costado un millón seiscientas mil coronas, incluidos sauna y gimnasio, que él nunca usaba por falta de tiempo.
    Al bar acudía todo el núcleo duro del pueblo, o al menos parte de él. Estaba formado por hombres jóvenes de entre dieciocho y treinta años, con o sin novias. Como ya podían tomarse las cervezas allí, nunca iban a la ciudad a buscar chicas de fuera. Todo el mundo podía volver andando a casa desde el bar de Einar; el pueblo no era más grande que eso. Preferían tomarse otras dos pintas a coger un taxi carísimo desde la ciudad. De modo que se casaban con chicas del lugar y se quedaban allí. Pero antes de que eso ocurriera, las chicas iban rotando, lo que creaba una extraña complicidad, y muchas leyes no escritas.
    Tras intensas discusiones en el ayuntamiento, Elvestad tenía ya su centro comercial, lo que estaba provocando que la tienda de toda la vida se hundiera en el polvo junto a la gasolinera Shell. La tienda de Gunwald. En el centro comercial, un alma atrevida había puesto un solarium; otra, una floristería, y una tercera, una pequeña perfumería. En las plantas de arriba había médico y dentista, y la peluquería de Anne. Los jóvenes del pueblo no acudían a Anne, pues el pelo tenían que cortárselo en la ciudad. Las perlas y aros en ombligos y narices también se los ponían en la ciudad. La peluquera Anne conocía a los padres y a las madres, y podía negarse a cumplir el encargo. Pero las personas mayores acudían fielmente a la tienda de Gunwald a comprar. Llegaban con sus carros a cuadros y sus viejas mochilas grises, y compraban esa clase de queso y fiambre que los jóvenes ya no consumían. A Ole Gunwald no le importaba. Hacía mucho que no tenía deudas con el banco.
    Gunder Jomann no frecuentaba el bar, pero Einar sabía muy bien quién era. Alguna que otra vez entraba a comprar un helado de fresa que luego se comía fuera, sentado cerca de una mesa de plástico, cuando el tiempo lo permitía. Einar conocía la casa de Gunder, sabía que se encontraba a unos cuatro kilómetros del centro, en el camino hacia Randskog. Además, no había ni un campesino del pueblo que no le comprara herramientas. Justo en ese momento, Gunder entró por la puerta, con la mano ya en el bolsillo de la camisa.
    – Quería preguntar -dijo, un poco cohibido, y algo alterado, tratándose de Gunder- cuánto tiempo se tarda en llegar desde aquí al aeropuerto en coche.
    – ¿Al aeropuerto de Gardermoen? -preguntó Einar -. Calcula hora y media. Si vas al extranjero tienes que estar una hora antes de la salida, así que ponle dos horas y media. Yo en tu lugar añadiría otra media hora para cualquier imprevisto. -Secaba una y otra vez un cenicero triangular -. ¿Un vuelo por la mañana? -preguntó con curiosidad.
    Gunder se sirvió un helado del congelador.
    – A las diez y quince.
    – Entonces tendrás que levantarte muy temprano.
    Le dio la espalda y siguió con su trabajo. Sunde no sonreía nunca, ni era un hombre amable, parecía un alma resentida y no miraba a Gunder a los ojos.
    – Yo saldría de aquí a las siete.
    Gunder asintió con la cabeza y pagó. Era mejor preguntárselo a Einar y no revelar su ignorancia a la mujer de la SAS. Einar sabía quién era Gunder y no le pondría en ningún apuro. Pero aquella misma noche la gente estaría al corriente de su viaje.
    – ¿Te vas lejos? -preguntó Einar, como de pasada, mientras secaba otro cenicero.
    – Muy, muy lejos -contestó Gunder, sin más.
    Quitó el papel del helado y se marchó. Se lo comió mientras conducía los últimos kilómetros hacia su casa. Así el tabernero tendría algo con qué especular. A Gunder eso no le preocupaba.

    Marie se había quedado pasmada. Quería coger el coche y acercarse inmediatamente a casa de Gunder. Su marido, Karsten, estaba de viaje, y ella se aburría y quería saberlo todo. Gunder se resistió, porque Marie era lista, y él no quería que le descubriera. Pero no pudo detenerla. Una hora más tarde su hermana llamaba a la puerta. Gunder estaba limpiando la casa. Si volvía con alguien, quería que todo estuviera en orden.
    Marie preparó un café y calentó unos gofres en el horno. También había llevado mermelada y nata agria. Gunder se enterneció. Los dos hermanos estaban muy unidos, pero no lo demostraban. Él no sabía si su hermana era feliz con Karsten, ella nunca lo mencionaba, como si no existiera. No habían tenido hijos, pero ella estaba de buen ver. Morena y guapa, como había sido su madre. Pequeña y redonda, pero sonriente y avispada. Gunder pensaba que su hermana podía haber conseguido a cualquiera, pero se había contentado con Karsten. Marie encontró el libro Todos los pueblos del mundo encima de la mesa y se lo puso sobre las rodillas. El libro se abrió por la foto de la belleza india. Entonces miró a su hermano y dijo, riéndose:
    – Ahora entiendo por qué quieres ir a la India, Gunder. Pero este libro es viejo. Esta mujer tendrá ya unos cincuenta años, estará arrugada y feúcha. ¿Sabías que las mujeres de la India parecen tener quince años hasta que cumplen los treinta? ¿Y que entonces de repente se hacen viejas? Es el sol, ¿sabes? Tal vez deberías buscarte una que ya haya pasado por el proceso, porque así sabrías lo que te ibas a encontrar.
    Se rió con tanta naturalidad que Gunder tuvo que reírse con ella. A él no le asustaban las arrugas, pero seguramente a Marie sí. Ella no tenía ni una a pesar de sus cuarenta y ocho años. Gunder puso nata agria sobre el gofre.
    – Lo que me interesa es la comida y la cultura -dijo -. El arte, la música y todo eso.
    – Ya, seguro que sí -dijo Marie, risueña -. La próxima vez que venga a comer aquí, me veré obligada a probar un guisado tan picante que lo notaré hasta en los dedos de los pies. Y las paredes estarán llenas de dragones.
    – No lo descarto -contestó él, con una sonrisa.
    Luego se quedaron un buen rato callados, mientras comían gofres y bebían café.
    – Cuando estés allí no lleves la cartera en el bolsillo de atrás -dijo Marie tras una larga pausa -. Cómprate mejor uno de esos bolsos que se atan a la cintura. No, no lo compres. Yo te dejaré el mío. Es muy sencillo, no parece un bolso de señora.
    – No puedo andar por ahí con bolso -objetó Gunder.
    – Sí, tienes que hacerlo. Hay carteristas por todas partes en esas grandes ciudades. Imagínate a un campesino como tú en una ciudad de doce millones de habitantes.
    – No soy un campesino -dijo Gunder ofendido.
    – Ya lo creo que lo eres -señaló Marie, obviando su protesta -. Eres un buen campesino. Y aún más: se te nota. Cuando sales a la calle, no tienes que ir vacilando.
    – ¿Vacilando? -preguntó Gunder sorprendido.
    – Tienes que andar deprisa, como si fueras a una importante reunión, y, sobre todo, tienes que dar la impresión de conocer Bombay como la palma de tu mano.
    – Mumbai -corrigió Gunder-. ¿Como la palma de mi mano?
    – Tienes que mirar a la gente a los ojos cuando te cruces con alguien en la acera. Andar muy erguido y con pasos decididos. Abotónate la chaqueta para que no se vea el bolso.
    – No se puede llevar chaqueta allí -objetó él -. Están a cuarenta grados a la sombra en esta época del año.
    – Tienes que llevar chaqueta -insistió Marie -. Debes protegerte del sol. -Se pasó la lengua por la comisura de los labios para limpiarse los restos de nata -. O tendrás que ponerte una túnica.
    – ¿Una túnica? -se rió Gunder entre dientes.
    – ¿Dónde vas a alojarte? -prosiguió su hermana.
    – En un hotel, claro.
    – Sí, pero ¿en qué clase de hotel?
    – En uno decente.
    – ¿Cómo se llama?
    – Ni idea -contestó Gunder-. Ya lo averiguaré cuando llegue allí.
    Marie lo miró escandalizada:
    – ¿No has reservado habitación?
    – Oye, sé cuidarme yo solo -dijo él, que empezaba a sentirse un poco ofendido. Miró de reojo a su hermana, su frente blanca y las finas cejas que se pintaba con pincel.
    – Ya me dirás cómo -dijo ella dando pequeños sorbos de café -. Me gustaría oír qué vas a decir cuando salgas de ese aeropuerto enorme, asfixiante, rebosante de gente y caótico, y tengas que buscar una bicicleta taxi o algo aún peor. Entonces se te acerca un tío, te agarra de la camisa y balbucea algo incomprensible, mientras se lanza sobre tu maleta para, acto seguido, dirigirse a toda prisa hacia algún extraño vehículo. Y tú estarás tan agotado, sudoroso y aturdido que apenas sabrás cómo te llamas, y tu reloj irá retrasado por la diferencia de hora. Estarás cansado y anhelando una ducha fría. Ahora dime lo que vas a decir, Gunder, a ese pequeño hombre moreno.
    Gunder dejó caer el gofre del susto. ¿Estaba bromeando su hermana?
    Pero se enderezó, la miró fijamente y dijo:
    – Would you please take me to a decent hotel?
    Marie asintió.
    – Vale, vale, pero antes de eso. ¿Qué haces antes?
    – Ni idea -contestó Gunder.
    – ¡Preguntas lo que te va a costar! No te metas nunca en un taxi sin haber acordado antes el precio. Pregunta en el aeropuerto. Tal vez Lufthansa tenga allí un mostrador, ellos te ayudarán.
    Gunder movió la cabeza, abatido, pensando que su hermana le tenía envidia. Ella nunca había estado en la India. Solo en Lanzarote, Creta y lugares así. Allí todo el mundo era noruego o sueco, y los camareros le gritaban «Hola, chica sueca» en sueco, y eso no le gustaba. Pero la India era otra cosa.
    – ¿Y tienes que vacunarte contra la malaria? -preguntó ella.
    – No lo sé -contestó él.
    – Tienes que llamar al médico. No vuelvas a casa con malaria, tuberculosis, hepatitis o algo parecido, te lo advierto. Y no bebas agua del grifo, ni zumos, ni comas fruta. Asegúrate de que la carne esté bien hecha. Tampoco debes probar el helado, aunque te guste tanto. Y eso está bien, pero no lo comas en la India.
    – ¿Podré tomarme un copa? -preguntó Gunder, con ironía.
    – Claro que sí. Pero, sobre todo, no te emborraches. Si te emborrachas, estarás perdido.
    – No me emborracho nunca -alegó Gunder-. No me he emborrachado ni una vez en los últimos quince años.
    – Ya lo sé. Pero me llamarás, ¿no? Necesito saber que has llegado bien. Yo me ocuparé de recoger el correo de tu buzón. Y de regar las plantas. Supongo que habrá que cortar el césped dos veces en dos semanas. Deberías llevar la caja fuerte a nuestra casa. Así no estará aquí tentando a la gente. ¿Vas a dejar el coche aparcado en el aeropuerto? Costará una fortuna, ¿no?
    – No lo sé -contestó Gunder.
    – ¿No lo sabes? Hay que reservar con antelación el aparcamiento de larga estancia -explicó ella nerviosa -. Mañana tienes que llamar. No puedes ir al aeropuerto sin más y aparcar donde te dé la gana, ¿sabes?
    – De acuerdo -dijo él.
    Menos mal que su hermana se ocupaba del viaje. El hombre se sentía completamente aturdido; fue derecho al armario y sacó una botella de coñac. Dios Santo, necesitaba una copa.
    Marie se limpió la boca y sonrió:
    – Va a ser un viaje interesantísimo, Gunder. Piensa en todo lo que tendrás que contar cuando vuelvas. ¿Tienes carrete en la cámara? ¿Has contratado un seguro de anulación? ¿Has confeccionado una lista de todo lo que tienes que hacer?
    – No -contestó Gunder, tomando el coñac a pequeños sorbos -. ¿Por qué no me lo haces tú, Marie?
    Ella cedió y se apresuró a buscar papel y bolígrafo. Mientras Gunder calentaba el coñac en la boca, Marie hizo una lista recordatoria. Él la miraba de reojo. Marie chupaba el bolígrafo y le daba golpecitos contra los colmillos con el fin de aguzar la atención. Tenía unos hombros redondeados y bonitos. Menos mal que tenía a Marie. Entre ellos no había cuentas pendientes.
    Pasara lo que pasara, siempre tendría a Marie.

2

    Este aspecto tenía Gunder en el avión: la espalda recta como un colegial, camisa de manga corta de Dressmann, americana azul marino y pantalones color caqui. No había volado muchas veces en su vida y todo le impresionaba. En el portaequipajes de encima del asiento había colocado la bolsa negra de viaje, dentro de la cual, en un bolsillo con cremallera, iba el broche en su pequeño estuche. En la cartera llevaba rupias indias, marcos alemanes y libras inglesas. Cerró los ojos. No le gustó esa fuerte sensación de ser succionado al despegar el avión.
    My name is Gunder, se dijo para sus adentros. How do you do?
    El hombre sentado a su lado lo miró de reojo.
    – El alma siempre se queda en el aeropuerto -dijo.
    Gunder no lo entendió.
    – Cuando se viaja a tanta velocidad como nosotros ahora, el alma se queda atrás, en algún lugar del aeropuerto. Seguramente esté en el pub, en el fondo del vaso. Me he tomado un whisky antes de salir.
    Gunder intentó imaginarse un whisky por la mañana. No lo consiguió. Él se había tomado un café apoyado en una larga barra, mientras miraba a la gente, que pasaba deprisa de un lado para otro. Había caminado con sus sandalias por el aeropuerto observándolo todo detenidamente. Su alma se encontraba en su lugar debajo de la americana, no le cabía duda alguna.
    – Debería usted cambiar el whisky por un café -dijo sencillamente.
    El hombre miró a Gunder y se rió.
    – ¿Qué vende usted?
    – ¿Tan obvio es?
    – Sí.
    – Vendo maquinaria agrícola.
    – ¿Y va a la feria de Frankfurt?
    – No, no, esta vez soy turista.
    – ¿Y quién va de turismo a Frankfurt? -se extrañó el hombre.
    – Voy mucho más lejos -dijo Gunder contento -. Me voy a Mumbai.
    – ¿Y dónde está eso?
    – En la India. La ciudad que antes se llamaba Bombay, si eso le dice algo.
    Gunder sonrió, sintiéndose importante.
    – Desde mil novecientos noventa y cinco se llama Mumbai.
    El hombre hizo señas a una azafata y le pidió un whisky con hielo. Gunder pidió un zumo de naranja y se reclinó en el asiento con los ojos cerrados. No tenía ganas de hablar. Tenía tanto que pensar… ¿Qué contaría en la India de Noruega? ¿De su pueblo, Elvestad? Y de cómo eran los noruegos. ¿Cómo eran? Y la comida, ¿qué podría decir de ella? Albóndigas, pudín de pescado y queso marrón. Patinaje sobre hielo. Very cold. Hasta cuarenta grados bajo cero. Norwegian oil. Le sirvieron el zumo y se lo bebió despacio. Se puso a chupar un cubito de hielo. Metió el vaso de plástico dentro de la pequeña red del asiento de delante. Fuera veía las nubes pasar como algodones de azúcar. Tal vez no encontrara ninguna mujer en su viaje a la India. Si no era capaz de encontrar una en su propio país, ¿cómo iba a hacerlo en un país desconocido? Pero algo estaba sucediendo. Iba camino de algo nuevo. Nadie de su pueblo había estado en la India, al menos que él supiera. Gunder Jomann. Un hombre cosmopolita. Se dio cuenta de que había olvidado comprobar las pilas de la cámara. Pero seguramente venderían pilas en el aeropuerto. Al fin y al cabo, no iba a un país de otro planeta. ¿Cómo se llamaban las mujeres de la India? Si conociera a una con un nombre completamente imposible, a lo mejor podría hacer una abreviación cariñosa. Se acordó del nombre de Indira. Indira Gandhi. No era nada difícil. Casi como Elvira. Los humanos tenemos la mayoría de las cosas en común, se consoló a sí mismo. Y por fin se durmió. Enseguida la mujer apareció en su mente. Sus ojos negros brillaban.

    Todos los días, Marie iba a casa de Gunder a comprobar las puertas y ventanas. Sacaba el correo del buzón y lo dejaba en la mesa de la cocina. Metía el dedo en todas las macetas para comprobar su estado de humedad. Siempre se quedaba unos minutos, pensando en él. Su hermano era tan ingenuo como un niño grande, y ahora estaría en ese lejano país, con el calor que hacía, entre doce millones de personas que encima hablaban un idioma que él no entendía. Pero Gunder era fuerte. Nunca impulsivo, y de ninguna manera aficionado a la bebida. Marie miró la pared, la foto de su madre y la de ella misma con cinco años, una niña de mejillas redondas y rodillas regordetas. Una foto de Gunder con el uniforme de miembro de protección civil. Otra de sus padres delante de la casa. Gunder también tenía colgado de la pared un cuadro muy malo de un paisaje invernal, adquirido en una subasta en la Casa del Pueblo. Miró los muebles. Sólidos. Un viejo tapiz tejido por su madre. Nada de polvo en ninguna parte. Ventanas resplandecientes. Si Gunder tuviera alguna vez una mujer, la trataría como a una reina, pensó Marie. Aunque ya empezaba a decaer. En su opinión, seguía siendo un hombre guapo, pero todo en él empezaba a ir cuesta abajo. El estómago. Las mandíbulas. El pelo se le iba retirando lenta pero inexorablemente de la frente. Sus manos eran grandes y toscas como lo habían sido las de su padre. Habría sido un padre estupendo. Marie se sentía triste. Tal vez su hermano tuviera que envejecer solo. ¿A qué había ido a la India? ¿A buscar mujer? Se le había ocurrido que podía ser eso. ¿Qué diría la gente? Ella, por su parte, no diría nada, excepto cosas amables. Pero los demás, ¿qué? Todos los que no lo querían tanto como ella. ¿Sabía él lo que hacía? Seguramente. Su voz por teléfono, desde la lejana India, con mucho ruido en la línea. Muy alegre. «Ya estoy aquí, Marie. El calor es como una pared. Tenía la espalda mojada antes de bajar la escalera del avión. Y ya he encontrado alojamiento. Acabo de comer. En un restaurante muy agradable enfrente del hotel. Hablan inglés en todas partes. La camarera no tuvo problema alguno. Yo dije chicken, y ella volvió con un pollo sabrosísimo. No has probado lo que es un pollo de verdad hasta que no has estado en la India -dijo Gunder-. Además, es barato. Cuando volví al día siguiente, ella se acercó a mi mesa y me preguntó si quería más chicken. Así que ahora como aquí todos los días. Hay diferentes salsas cada día. Son rojas, verdes y amarillas. ¿Para qué buscar otro restaurante habiendo encontrado este? Se llama Tandels Tandoori. Tienen un servicio muy agradable.»
    La camarera, pensó Marie con una sonrisa triste. Sería la primera mujer con la que se había encontrado, y además, había sido amable con él. Eso bastaría a Gunder. Ahora iría a ese Tandels Tandoori los quince días, y no tendría ninguna otra experiencia. Ella le dijo que todo estaba bien en su casa. Pero ¿era consciente de que uno de los hibiscos tenía pulgón? Por un instante la voz de Gunder adquirió un tono de preocupación, pero se calmó:
    – Hay un insecticida en el sótano. Tendrá que mantenerse vivo hasta que vuelva a casa. O tendrá que morir. Así de sencillo.
    Marie suspiró. No era muy normal en su hermano hablar con indiferencia de sus plantas. Cuando se morían, él lo tomaba como una ofensa personal.
    El libro que ella le había regalado en una ocasión estaba a la vista en la estantería, sobresaliendo entre los demás lomos. Lo cogió y se le abrió por la misma página de siempre. Permaneció un rato contemplando a la mujer india, imaginándose la cara de su hermano absorta ante la preciosa foto. ¿Qué pensarían las mujeres indias de Gunder? En cierto modo había en él algo imponente. En primer lugar, era alto y muy ancho de hombros. Sus dientes eran bonitos, se los cuidaba mucho. Siempre iba muy limpio, aunque con ropa algo anticuada. Tenía un talante agradable, y a lo mejor esas mujeres no reparaban en su lentitud, les preocuparía más entender lo que estaba diciendo. Tal vez precisamente por eso podrían verlo tal y como era: honrado y más bueno que el pan. Un poco cuadriculado, pero sincero. Lento, pero a la vez muy trabajador. Ansioso, aunque un hombre que sabía muy bien lo que quería. Sus ojos eran bonitos. Grandes y azules. La belleza de la foto también tenía unos bonitos ojos, casi negros. Mirar a los grandes ojos azules de Gunder tal vez le resultara exótico y diferente a una mujer india. Además, su hermano tenía un cuerpo grande y robusto. Marie tenía entendido que los indios eran delgados y ligeros, aunque en realidad no sabía mucho de ese tema. Estaba a punto de cerrar el libro cuando encontró dentro un trozo de papel. El recibo de un joyero. Se quedó mirando, asombrada. Un broche. Mil cuatrocientas coronas. ¿Qué significaba eso? No era para ella, pues no tenía traje regional. Al parecer, estaban ocurriendo cosas de las que no estaba al corriente. Volvió a meter el recibo en el libro y abandonó la casa. Se volvió una última vez a mirar los grandes ventanales. Luego se metió en el coche y se dirigió al centro. Marie era, según Gunder y Karsten, su marido, una malísima conductora. Centraba toda su atención en la carretera que había delante del coche. Nunca miraba por el retrovisor, sino que iba agarrada al volante, guiándose únicamente por la línea blanca de la derecha. Iba siempre a la misma velocidad, un poco por debajo de setenta por hora, en todo tipo de vías. Jamás usaba la quinta marcha. No es que fuera especialista en todo, si bien era ella la que solía organizar y arreglar todo cuando hacía falta. Y conocía muy bien a su hermano. Ahora estaba segura. Él se había ido a la India a buscar una mujer. Con lo terco y decidido que era, no le extrañaría nada que al cabo de un par de semanas apareciera con una mujer morena del brazo, y con un broche en el vestido. Dios mío, pensó, saltándose un paso de peatones con tanta decisión que una mujer que empujaba un cochecito de niño retrocedió asustada. ¿Qué diría la gente?
    Se paró en el bar de Einar a comprar cigarrillos. Einar estaba sacando brillo a la máquina tocadiscos. Primero con un spray y luego con un trapo. Todavía había vacaciones de otoño en los colegios. En una de las mesas había dos chicas sentadas. Marie las conocía, eran Linda y Karen. Linda era una muchacha delgada, con un risa estridente, casi maníaca. Tenía el pelo prácticamente blanco y rizado, la cara alargada y los dientes blancos y puntiagudos. Al mirarla, Marie siempre pensaba que esa chica iba camino de la perdición. No sabía muy bien por qué, pero había algo en la manera de ser de la joven, en esos ojos tan brillantes que no eran normales, en sus gestos vehementes y su risa estridente que le hacían pensar que esa chica era de las que pedían demasiado. Era tan visible como una lámpara con una bombilla muy potente. Un día algo la borraría del mapa. En cambio, la otra, la morena y más sosegada Karen, era más retraída, más calmada, y hablaba en voz baja sin exponer su cuerpo. Einar sacó un paquete de John Player y Marie pagó. A ella no le gustaba Einar. Siempre era correcto, pero iba por el mundo como si guardara un desagradable secreto. Su cara no era ancha y franca como la de Gunder, sino delgada y hermética. Expresaba animosidad. A Gunder tampoco le gustaba. No es que lo hubiera dicho, pues nunca hablaba mal de la gente. Si no tenía nada agradable que decir, simplemente se callaba. Como aquel día que Marie le preguntó por su nuevo compañero de trabajo, el joven Bjørnsson. Entonces su hermano levantó la vista del periódico y dijo: «Bjørnsson está bien». Y siguió leyendo el periódico sin decir nada más. Marie supo así que a su hermano no le gustaba ese joven. Pero podía hablar largamente sobre el taxista del pueblo. «Kalle Moe ha comprado por correo cera para abrillantar el coche -por ejemplo -. Seiscientas coronas, dos cajas. Ese hombre es increíble. Me parece que su coche tiene al menos medio millón de kilómetros. Pero no se nota. Creo que le canta nanas por la noche», dijo Gunder riéndose. Entonces Marie sabía que a su hermano le gustaba Kalle. Y lo mismo pasaba con Ole Gunwald, de la tienda de comestibles. «Sufre mucho con las migrañas, el pobre Gunwald.» Mientras pensaba en eso, Marie volvió a oír la risa de Linda y se fijó en la rápida mirada de Einar a las dos chicas. Así al menos tenía algo que mirar mientras sacaba brillo al tocadiscos.
    – ¿Y se ha ido muy lejos Jomann? -preguntó Einar de repente.
    Marie asintió con la cabeza.
    – A la India. De vacaciones.
    – ¿A la India? ¡Vaya! Bueno, bueno. Si vuelve con una esposa india, le tendré mucha envidia -dijo el hombre sonriendo entre dientes.
    Marie se estremeció. ¿Todo el mundo pensaba como ella? Salió del bar y condujo hasta su casa a una media de sesenta y ocho kilómetros por hora. Una luz roja se había encendido en el salpicadero. Tendría que acordarse de decírselo a Karsten.

    Gunder estaba sudando, pero no importaba. Tenía la camisa empapada, pero no le preocupaba. Estaba sentado a la mesa, mirando a la mujer india. Era rápida y ligera, sonriente y amable. Tenía un bolso atado a la cintura, parecido al de él, con calderilla para el cambio. Llevaba un vestido de flores, los brazos desnudos y unos aros de oro en las orejas. Tenía el pelo negro azulado, trenzado y recogido en la nuca. Gunder imaginó que le llegaría hasta el trasero. Era más joven que él, tendría unos cuarenta años, y tenía la cara curtida por el sol. Cuando sonreía, se le veían los dientes. Los de arriba sobresalían mucho. Por vanidad, a menudo intentaba contener la sonrisa, pero solía dejarlo por imposible. Sonreía con facilidad. Con la boca cerrada es guapa, pensó Gunder, y lo de los dientes tiene arreglo. Mientras la contemplaba, tomando el exótico café con canela y azúcar, se dio cuenta de que ella notaba que la miraba, y de que tal vez incluso le gustaba. Gunder llevaba comiendo seis días en ese restaurante y siempre le había servido ella. Quería decirle algo, pero tenía miedo de no hacerlo bien. Tal vez la mujer tuviera prohibido hablar con los clientes. Todas las leyes de ese país que no conocía le cohibían. Un día podría quedarse hasta que cerraran y luego seguirla. ¡No, no, eso no! Levantó la mano. Ella acudió al instante.
    – One more coffee -dijo Gunder nervioso.
    Algo se avecinaba. La tensión le hacía parecer muy serio, y ella se dio cuenta. Asintió con la cabeza y fue a por el café. Volvió enseguida.
    – Very good coffee -dijo él, reteniéndola con su mirada azul. Ella se quedó.
    – My name is Gunder -dijo por fin -. From Norway.
    Ella le devolvió una deslumbrante sonrisa, que dejó al descubierto sus grandes dientes.
    – Ah! From Norway. Ice and snow -dijo riéndose.
    Gunder se rió con ella, mientras pensaba que seguramente tendría marido e hijos, tal vez un montón de hijos. Y padres mayores, necesitados de cuidados constantes. Y que ella no le acompañaría a ninguna parte, claro que no. De repente se puso triste. Pero ella seguía allí.
    – Have you seen the city? -preguntó.
    Gunder bajó la mirada, avergonzado. Durante días había deambulado sin rumbo ni timonel, mirando a la gente. Había mucha por todas partes. Dormían en la calle, comían en la calle, vendían su mercancía en la acera. Las calles eran a la vez, mercado, parque infantil y lugar de encuentro, todo menos una vía de tránsito. Él no había buscado las atracciones turísticas.
    – No -admitió -. Only people. Very beautiful people -añadió.
    Entonces ella se sonrojó y miró al suelo. Parecía estar esperando algo. No volvió a la cocina, sino que permaneció unos minutos más junto a la mesa. Gunder se envalentonó. No tenía mucho tiempo, estaba desesperado y, además, muy lejos de su casa. El calor abrumador, la sensación de irrealidad. Y su verdadero motivo… Miró aquellos ojos negros y dijo:
    – I came to find a wife.
    Ella no se rió. Se limitó a asentir lentamente con la cabeza, como si en ese momento lo entendiera todo. El hecho de que siempre acudiera allí. A ese local. Donde ella estaba. Se había fijado en su mirada, y luego había pensado en él, en esa montaña de hombre de ojos azules. La serenidad que lo rodeaba. Su dignidad. Tan extraño y tan distinto. Se había preguntado a sí misma cuál sería su propósito. Era obviamente un turista, y sin embargo él era distinto.
    – I show you the city? -preguntó ella con timidez. Ahora no sonreía, y no se le veían los dientes.
    – Yes. Please! I wait here -dijo él, golpeando la mesa -. You work. I wait here.
    Ella asintió, pero permaneció unos instantes más junto a la mesa. Se hizo el silencio. Solo se oía un suave murmullo procedente de las demás mesas.
    – Mira nam Pôona he -dijo ella en voz baja.
    – ¿Cómo? -preguntó Gunder.
    – Poona. My name is Poona Bai.
    Tendió a Gunder una mano morena.
    – Gunder -dijo él -. Gunder Jomann.
    – Welcome to Bollywood -dijo ella riéndose.
    Gunder no entendió lo que quería decir, pero oyó latir su propio corazón, dulce y suavemente. Hizo una profunda reverencia, ella retomó su papel y desapareció camino de la cocina.
    Por la noche, Gunder llamó a Marie. Estaba muy agitado.
    – ¿Sabes que a esta ciudad la llaman Bollywood? -se rió al otro lado del teléfono. Marie prácticamente podía oír lo sudado que estaba -. Son los mayores productores de películas del mundo. He aprendido algo de la lengua. Tan je vad. Significa «gracias». India tiene más de mil millones de habitantes, Marie, imagínate.
    – Sí -contestó ella -. Pronto seremos tantos en esta tierra que nos comeremos los unos a los otros.
    Gunder se tronchaba de risa por teléfono.
    – ¿Has conocido a alguien? -preguntó su hermana suspicaz, insoportablemente curiosa.
    Claro que estaba conociendo a gente, entre mil millones de personas resulta imposible andar por la calle sin tropezarse constantemente con alguien.
    – Tengo aire acondicionado en la habitación -prosiguió -. Cuando salgo a la calle, el calor me golpea. Esta es la peor época.
    – ¿Te cuidas el estómago? -preguntó Marie.
    Sí, sí, lo tenía bajo control gracias a unas pastillas, y se encontraba perfectamente, pero debido al calor había que hacerlo todo a cámara lenta. Marie se imaginó al lento Gunder andando sin rumbo por las calles de Mumbai a cámara lenta.
    – Tendrás ganas de volver a casa, supongo… -comentó, porque eso era lo que quería oír. No le gustaba que ese parado hermano suyo de repente se hubiera vuelto cosmopolita, ni ese tono de sabelotodo que había adquirido.
    – Será fantástico volver a casa -dijo Gunder riéndose con ganas -, y te he comprado un regalo. Algo realmente indio.
    – ¿Qué es? -quiso saber Marie.
    – No puedo decírtelo. Es un secreto.
    – Hoy he cortado el césped. Hay mucho musgo. ¿Lo sabías?
    Gunder se rió de nuevo.
    – Ya nos cargaremos el musgo -dijo -. El césped ha de estar limpio de musgo.
    ¿Nos? Estaba muy raro, muy eufórico. Marie no reconocía a su propio hermano. Estaba agarrada al auricular y se dio cuenta de que quería que volviera a casa. No podía cuidarlo estando tan lejos.
    – También aquí hace calor -dijo Marie con énfasis -. Veintinueve grados ayer en Nesbyen.
    Gunder se echó a reír.
    – ¿Veintinueve? Aquí estamos a cuarenta y dos, Marie. Anteayer hizo aún más calor. Cuando les pregunto a los lugareños si no están ya acostumbrados a esto, pues lo viven año tras año, ellos contestan que no, que es igual de horrible para ellos. Qué raro, ¿verdad?
    – Si tuvieran que soportar nuestros veinte grados bajo cero, seguramente se helarían -dijo Marie escuetamente.
    – No lo creo -opinó Gunder-. Los indios trabajan duro y conservarían el calor como fuera. Así de fácil. Pero menos mal que yo estoy de vacaciones. Me limito a deslizarme por las calles con los brazos separados del cuerpo.
    – ¿Separados del cuerpo?
    – No soporto llevarlos pegados al cuerpo -dijo Gunder riéndose como antes -. También tengo que separar los dedos. Pero en la habitación hay aire acondicionado -repitió.
    – Ya lo has dicho -dijo ella, cortante.
    Los dos callaron. Marie lanzó un suspiro, como una hermana suspira a un hermano imposible.
    – He de colgar -dijo Gunder-. Tengo una cita.
    – Ah, ¿sí?
    – Vamos a salir a cenar. Volveré a llamarte dentro de un par de días.
    Marie oyó el pequeño clic al colgar él. Se imaginó a su hermano deslizándose por las calles, con los dedos y los brazos separados. Con ese calor abrasador. Era incapaz de entender que estuviera tan feliz.

3

    Gunder y Poona se casaron el 4 de agosto a las doce en punto del mediodía. En la City Courthouse, como lo llamaba Poona. Gunder había conseguido los papeles necesarios, y el Ministerio de Asuntos Exteriores envió un fax en el que se certificaba que figuraba como soltero en el Registro de Noruega. Fue una ceremonia sencilla, pero muy seria.
    Gunder escuchaba muy erguido, esperando contestar correctamente y cuando debía. Poona estaba radiante. Se había enrollado la trenza en la nuca como una gran rosquilla. Ni siquiera intentaba esconder sus dientes, sino que sonreía feliz ante todo lo que estaba sucediendo. Gunder estaba haciendo muchos progresos con el inglés. Hablaban con frases cortas, ayudándose de gestos y sonrisas, y se entendían a la perfección. A menudo, cuando Gunder estaba en mitad de una frase, ella la terminaba exactamente como él tenía pensado. Era muy fácil. Le explicó cómo se adquiría la nacionalidad noruega. Podría tardar unos años. No es fácil hacerse noruego, pensó. Luego pasearon lentamente por las calles como marido y mujer. Ella con sandalias doradas y sari color turquesa, con el hermoso broche en el cuello. Él con una camisa blanca nueva, pantalones oscuros y zapatos relucientes. Rodeaba con el brazo la cintura de su mujer. Ella miró el rostro de Gunder, la cara ancha con mentón prominente. Era un hombre fuerte y grande, y aun así humilde. A veces se sonrojaba, y sin embargo tenía mucha confianza en sí mismo, mostrándose muy poco pendiente de toda esa gente que lo rodeaba. Solo tenía ojos para ella. Poona veía su felicidad reprimida, la amplia sonrisa en su boca. Pensó que ese hombre tenía su propio mundo, en el que él gobernaba. Y eso era bueno.
    No es que creyera que él era rico. Él se lo había dicho: «No soy rico en absoluto. Pero tengo una casa y un trabajo. Un bonito jardín. Un coche decente. Y una buena hermana. Ella te recibirá bien. Vivimos en un lugar pequeño. Todo es muy tranquilo, con poco tráfico. Allí se puede andar por la carretera solo, sin encontrarse con nadie».
    Eso le parecía muy extraño a Poona. Un gran silencio, sin gente. Ella no conocía más que esa ciudad ruidosa. El silencio solo lo había visto en fotos.
    – A mí me gustaría trabajar -dijo decidida.
    – Claro que puedes trabajar. Pero para eso a lo mejor tendrás que ir a la ciudad. En Elvestad no hay nada. Si consigues un trabajo en la ciudad, puedes ir y venir conmigo.
    – Trabajo bien -prosiguió Poona -. No me canso con facilidad. No soy muy grande, pero soy fuerte. No tienes que mantenerme.
    – Si tú lo dices -contestó Gunder-. Te vendría bien tener un trabajo. Así aprenderías noruego más deprisa. Todo irá muy bien, Poona, te lo prometo. Los noruegos son amables. Un poco tímidos tal vez, y muy orgullosos, pero amables.
    La única familia de Poona era un hermano mayor que vivía en Nueva Delhi. Ella le escribiría una carta informándole de su matrimonio. Además, tenía que arreglar algunos asuntos en la ciudad antes de marcharse a Noruega. Necesitaría unos quince días. Gunder reservó y pagó el billete. Le explicó las escalas que tendría que hacer y cómo era el aeropuerto de Gardermoen. Le dio dinero para que no le faltara de nada. Le anotó la dirección y el teléfono con números y letras muy claros.
    – ¿Se ofenderá tu hermano cuando se lo cuentes? -preguntó preocupado.
    – Qué va -contestó Poona, muy segura de sí misma -. No nos vemos casi nunca. Shiraz vive su propia vida. Tiene mujer y cuatro hijos. Me gusta cocinar -dijo -. Haré pollo al curry para tu hermana y para ti cuando llegue a Noruega.
    – Y yo haré algo que llamamos cordero con col -dijo Gunder riéndose -. Carne de oveja con repollo.
    – ¿Es picante? -preguntó ella.
    – No tenemos comida picante en Noruega. Llévate muchas especias, Poona. Y haremos sudar un poco a Marie y Karsten.
    Ella se quedó un rato muy pensativa.
    – ¿Qué dirá tu hermana cuando yo llegue de esta manera?
    – Se pondrá muy contenta -contestó Gunder-. Primero se asustará, pero luego se pondrá contenta. No le gusta que viva solo. Siempre me decía que debía viajar un poco. Y ahora me llevo un mundo entero a casa.
    Se rió abrazándola con fuerza. No pudo reprimir las ganas y puso una mano sobre la trenza de Poona. Era dura y prieta, y brillante como la seda. Cuando se quitaba el elástico, el pelo se le desplegaba y ahuecaba. ¿Cuántas mujeres de Elvestad tenían un pelo así?, se preguntó Gunder. ¡Ninguna! Solo se lo soltaba para acostarse. Solo para él. Por las noches, los ojos de Poona relucían en la oscuridad. Con sus delgados brazos abrazaba con dulzura el fuerte cuerpo de Gunder. Él le acariciaba suavemente la espalda, con manos grandes y vacilantes. Poona era feliz. Un hombre grande y magnífico, con ojos azules, la había sacado de la calurosa cocina del restaurante y se la llevaría lejos de aquel mar de gente y de las aglomeraciones, de la pequeña habitación con váter en el pasillo. Gunder tenía su propio aseo con bañera y cisnes en la pared. Era increíble. Desde el instante en que se miraron por primera vez, con una mezcla de curiosidad y anhelo, los dos supieron que sus caminos se encontrarían. La primera vez que él se inclinó y abrazó suavemente el cuerpo delgado y vio cómo los ojos negros primero se volvían brillantes y luego se empañaban, antes de que por fin se cerraran, y ella se dejó caer despacio contra el ancho pecho de él, lo supieron. No se pronunció palabra alguna aquella primera noche, solo latían los corazones. El de él firme y pesadamente, el de ella, ligera y rápidamente. No tenían nada de miedo, aún no. Poona concluiría su trabajo y vaciaría la pequeña habitación en la que vivía. Gunder volvería a casa a ponerlo todo bonito, por dentro y en el jardín. En el hotel pidieron que les sacaran una foto. Estaban los dos erguidos, uno al lado del otro, solemnes por ese pacto que acababan de firmar. Ella ataviada con un sari color turquesa y él con una camisa blanca como la nieve. Gunder sacó dos copias de la foto y le dio una a ella.
    Debido a su trabajo, no pudo acompañarlo al aeropuerto. Se despidieron en la acera delante del hotel, y por un instante él se olvidó de su timidez y la abrazó con una fuerza insólita. En ese momento se le abrió una brecha debajo de la camisa, porque por fin la había encontrado y ahora se iba tan lejos. Pensaba con preocupación en todo lo que podía suceder. Ella levantó un dedo y le acarició la nariz. Luego desapareció. Sus piernas delgadas y morenas desaparecieron al doblar la esquina. Un poco más tarde estaba sentado en el estrecho asiento del avión con la foto en la mano. Notó cómo se le henchía el corazón, que bombeaba más sangre que de costumbre. Tenía mucho calor. Poona le había tocado en todas partes. Incluso dentro de los oídos, donde no había llegado nunca nada más que los bastoncitos. Notó cómo le temblaban los dedos de las manos y de los pies, y los labios, solo con pensar en ella. Era como si todo palpitara dentro de él, y tenía la sensación de que todo el mundo podía verlo. Gunder era un hombre amado, un hombre amante. Estaba casi ardiendo. Miraba a los demás pasajeros, pero solo veía a Poona. ¿Qué había estado haciendo hasta ahora? Durante cincuenta años había andado solo por el mundo, arreglándoselas como podía, alguna vez ocupándose también de su hermana. El resto de la vida la viviría para Poona. Compartirían todo. Pero si ella estaba cansada, agotada o enferma, descansaría. Si añoraba su casa, él la dejaría ir a su país de vacaciones, si le permitía acompañarla, estaría bien, pero si necesitaba tiempo para ella sola, él se lo daría. La escucharía cuando hablara y nunca la interrumpiría. Ella tendría que aprender muchas cosas nuevas y necesitaría comprensión y cuidados, sobre todo el primer año. Él pensaba ya con ilusión en las Navidades, en enseñarle el árbol, los Papá Noel y los ángeles. Pensaba con ilusión en la nieve que caería. Y en la llegada de la primavera, cuando los primeros brotes se abrieran camino a través de la nieve. Para ella tendría que ser un milagro. Para él también. A partir de ahora todo sería nuevo y maravilloso.

    Marie miró asombrada la foto. Primero la orgullosa cara de su hermano y luego a la mujer india Poona Bai Jomann, con un broche en el pecho. Estuvo un rato sin decir nada. Su hermano había ido a la India a por una mujer. Así de simple. Había entrado en un restaurante Tandoori y la había conquistado al cabo de unas horas. ¿Qué armas secretas poseía su hermano que ella nunca había visto? Era como si esa mujer lo hubiese estado esperando en esa inmensa ciudad de Bombay.
    – Mumbai -le corrigió Gunder-. Pues sí, así es. Ella estaba esperándome. Llegará el día veinte, iré a buscarla al aeropuerto de Gardermoen. Mira, el certificado de matrimonio -añadió orgulloso.
    – Ella sí que ha tenido suerte -dijo Marie -. No creo que haya muchos hombres en la India con un sueldo como el tuyo.
    – Ella no sabe que soy rico -dijo Gunder.
    – ¡Ja! Eres un ricachón -dijo Marie, sin piedad -. Y se ha dado cuenta, claro.
    La miró ofendido, pero ella no se percató. Seguía mirando fijamente la foto.
    – A Karsten le va a dar un infarto -dijo ella -. Y ten por seguro que la gente murmurará.
    Pero a la vez estaba conmovida. ¡Una cuñada! Jamás se lo había imaginado.
    – No me importan las habladurías -dijo Gunder.
    Ella lo sabía. Siendo tan feliz como era su hermano en ese momento, nada ni nadie podía herirle.
    – La ayudarás a adaptarse, ¿verdad? -dijo Gunder a su hermana -. Las mujeres necesitáis hablar entre vosotras de vez en cuando, de mujer a mujer. Tranquilamente. Ella es sonriente y amable.
    – Me pregunto qué dirá Karsten -repitió Marie algo escéptica.
    – A ti no te importa, ¿no? -preguntó Gunder.
    – No lo sé -respondió ella encogiéndose de hombros -. Él se escandalizará al principio. Espero que la gente sea amable con ella.
    – Seguro que sí -dijo Gunder confiado -. ¿Por qué no iban a serlo?
    – Estoy pensando en los jóvenes. No tienen piedad.
    – A ella no le importan los jóvenes. Tiene treinta y ocho años.
    – Bueno, bueno. Lo que pasa es que estoy un poco sobrecogida. Es muy guapa. ¿Qué dice su familia?
    – Solo tiene un hermano mayor, que vive en Nueva Delhi. No tienen mucho contacto.
    – Pero ¿se adaptará? ¿A este país de hielo?
    – Solo hace frío en invierno -se apresuró a decir Gunder-. Tampoco es fácil vivir con ese calor que hace allí. Esto es más fresco. Ya se lo dije. Tenemos un aire más seco. En la India, el aire es tan húmedo que en cuanto sales a la calle estás mojado. Ella quiere buscar trabajo. Es eficiente y despabilada. Le gustaría trabajar de camarera. Ya le encontraremos algo.
    Marie suspiró. Estaba acariciando un hermoso elefante de marfil que Gunder le había traído. El optimismo de su hermano era tan desbordante que era incapaz de quebrantarlo. Pero no podía dejar de pensar. Y sobre todo pensaba en esa mujer india que llegaría a ese pequeño y recoleto lugar de la tierra, poblado por agricultores y adolescentes sin piedad, con algún sabelotodo en cada casa. Gunder lo soportaría, pero ¿cuánto sería capaz de soportar esa mujer antes de anhelar su país y a su gente?
    Gunder colgó la foto de Poona y él en un tablón encima del escritorio. Tuvo que desplazar una foto de Karsten y Marie, pues su mujer se merecía el mejor sitio. Cada vez que miraba la foto se llenaba de un inmenso fragor, como si se le desbordara por dentro un manantial. «Es mi mujer -se decía a sí mismo -. Te presento a mi mujer. Se llama Poona.» Y se puso manos a la obra con aplicación y aplomo. Ropa de cama nueva para la cama de matrimonio. Blanca con encaje en las fundas de las almohadas. Mantel nuevo para la mesa del salón. Cuatro toallas nuevas para el cuarto de baño. Había que lavar y planchar todas las cortinas de abajo. Marie lo ayudó. Había que abrillantar la cubertería de plata, había heredado mucha plata de su madre. Tenía que fregar las ventanas, pues tendrían que resplandecer para que Poona pudiera contemplar a través de ellas el precioso jardín lleno de rosas y peonías. También tendría que cambiar el agua del pequeño estanque de los pájaros. Lo vació con un cubo, ya que no tenía desagüe. Luego fregó el fondo con agua y jabón, y volvió a llenarlo. Puso orden en el jardín, tiró la basura, arrancó la mala hierba y rastrilló el camino de gravilla que subía hasta la casa. Siempre tenía en la cabeza la voz de Poona, su olor flotaba en el aire. Veía su cara cuando se acostaba por las noches. Seguía notando el suave roce de su dedo en la nariz.
    Sus compañeros de trabajo sentían mucha curiosidad por su viaje. Gunder estaba moreno y contento, y les contó lo que querían oír, pero no mencionó a Poona. Quería guardárselo para él aún una temporada. Ya se enterarían, ya llegarían sus comentarios y murmuraciones.
    – Al parecer, has estado mucho tiempo al sol -dijo Bjørnsson expresando aprobación.
    La calva de Gunder ardía como una linterna roja.
    – Ni un instante -contestó -. En ese país no se puede estar al sol. Todo el rato estaba a la sombra.
    – Joder -dijo Bjørnsson.
    Aunque sin decirlo en voz alta, sus colegas sospechaban que algo se estaba cociendo. Gunder hacía más llamadas telefónicas que de costumbre. Se metía constantemente en el despacho vacío y los miraba mal si aparecían por la puerta. A la hora de comer salía muchos días a hacer compras. Volvía con bolsas de la cristalería GlasMagasinet y de la tienda de telas y ropa de cama. Poona llamaba a cobro revertido. Su hermano no estaba nada contento con ese matrimonio, pero eso a ella no le preocupaba.
    – Lo que pasa es que me tiene envidia -dijo.
    – Es pero que muy pobre, ¿sabes?
    – Podemos invitarlo a venir a Noruega cuando todo esté arreglado. Es importante que vea lo bien que vas a estar. Yo puedo costearle el viaje.
    – No hace falta que lo hagas -dijo Poona -. No se lo merece, siempre está de mal humor.
    – Ya verás cómo se va tranquilizando. Haremos fotos y se las enviaremos. Fotos de ti en el jardín delante de la casa, en la cocina. Así verá que no te falta de nada.
    El 20 de agosto se iba acercando. Marie llamó para decir que Karsten se iba a Hamburgo de viaje de negocios, y que no estaría en casa el día que llegara Poona.
    – Me imagino que los dos querréis estar solos el primer día -dijo -. No es mi intención presentarme enseguida. Podéis venir a comer el día veintiuno. Haré asado de corzo. El veinticuatro es el cumpleaños de Karsten. Ella podrá conocerlo entonces. Él tendrá que esforzarse y ser amable por una vez.
    – ¿No es amable? -preguntó Gunder escandalizado.
    – Sabes bien cómo es -contestó Marie malhumorada.
    – Todos nos tomaremos el tiempo que haga falta -dijo Gunder-. La que más tiempo necesitará es Poona. Ella es la que va a abandonar todo y a todos, y a viajar hacia algo completamente nuevo.
    – Mañana iré a por flores -dijo Marie -. Todavía tengo tu llave. Las pondré en el salón para ella. Con un saludo de Karsten y mío, para que se sienta bienvenida. ¿A qué hora sales hacia el aeropuerto?
    – Con mucho tiempo -contestó Gunder-. El avión aterriza a las seis. Poona llegó ayer a Frankfurt y ha dormido allí esta noche. Quiere hacer alguna compra primero. Y mi intención es estar en el aeropuerto antes de las cinco, ya que tengo que buscar sitio para el coche y todo eso.
    – Llamadme cuando lleguéis a casa. Solo para que sepa que os habéis encontrado.
    – ¿Encontrado? ¿Por qué no íbamos a encontrarnos?
    – Pues porque ella viene de muy lejos. Y porque a veces hay muchos retrasos y cosas así.
    – Claro que nos encontraremos -dijo Gunder.
    Y ella se dio cuenta de que a su hermano jamás se le había ocurrido pensar que la mujer no llegara. Ella, sin embargo, había pensado precisamente en eso. Gunder había dejado dinero a esa mujer, y reservado y pagado su billete, que tal vez ella podría volver a cambiar por dinero. Una fortuna para una mujer pobre. Además, le resultaba completamente imposible imaginarse a una mujer de la India con sari color turquesa en la cocina de Gunder. Pero no dijo nada. Pidió a su hermano que tuviera cuidado por la carretera hasta el aeropuerto, que estaba muy lejos.
    – Hay mucho tráfico -dijo ella -. Y justo mañana no deberías chocarte con nadie. Sería muy inoportuno.
    – Ya lo creo que lo sería -contestó Gunder.

4

    20 de agosto.
    Se tomó un día libre en el trabajo. Se levantó a las siete y descorrió las cortinas. Llevaba muchos días haciendo un tiempo estupendo, pero ese día el cielo estaba pesado y negro, lo cual le irritó. Pero hacía algo de viento, así que a lo mejor cambiaba un poco más tarde. Estuvo un buen rato en la ducha y se preparó un sólido desayuno. Dio una vuelta por casa, estudió la foto de Poona y él que había en la pared sobre el escritorio y miró el cielo, para ver si había algún cambio. Sobre las dos descubrió una grieta azul. Al poco rato el sol irrumpió con una luz deslumbrante. Gunder lo vivió como un augurio. Esa luz era Poona. La veía constantemente en su interior, como suponía que ella lo veía a él, era como encontrarse con su mirada. Luego dejó de verla. Se buscó algo que hacer. Ir al buzón a por el correo, hojear el periódico… Hora y media más, y me meto en el coche, pensó. ¿Y por qué no ahora mismo? Habrá menos tráfico si me voy ahora. Dobló el periódico y se levantó de un salto. Abrió a medias una ventana, y estaba a punto de coger las llaves del clavo de la pared cuando sonó el teléfono. Inquietante. Sería alguien del trabajo, nunca eran capaces de apañárselas solos. Por eso estaba irritado cuando contestó. Era una mujer a la que no conocía, pero oyó claramente las palabras a través del auricular. Del Hospital Central. ¿Era Marie Jomann Dahl pariente suya? Gunder carraspeó.
    – Sí, es mi hermana. ¿Qué pasa?
    – Ha tenido un accidente de tráfico -contestó la mujer.
    Gunder miró aturdido el reloj. ¿En qué se habría metido Marie?
    – ¿Es grave? -preguntó.
    – Me han pedido que me ponga en contacto con la familia -dijo la mujer, evadiendo la pregunta -. ¿Va a venir usted?
    – Desde luego -respondió Gunder-. Salgo ahora mismo. Estaré allí dentro de media hora.
    Notó un pinchazo desagradable en el pecho. No es que creyera que fuera muy grave, Marie no iba lo suficientemente deprisa como para lesionarse gravemente, pero tenía que ir a buscar a Poona. De todas formas, llegaría a tiempo. Marie tendría que entender que era muy importante. Cogió las llaves y salió disparado de la casa. Condujo descentrado hacia la ciudad, mirando el reloj cada dos por tres. Se imaginó un brazo escayolado y tal vez unos cuantos puntos. Adiós al asado de corzo que nos prometiste, pensó. Pero el coche quizá habría quedado en mal estado. No podría conducir y tendría que llevarla a casa. ¡Y ella le había dicho a él que condujera con cuidado! Resopló, como para tranquilizarse. Por fin llegó al hospital y buscó un sitio donde aparcar el coche.
    – Planta diez. Sección de neurología -dijo la mujer de la recepción.
    – ¿Neurología? -jadeó.
    Y entró en el ascensor. Subió con el corazón en vilo. Poona está en el avión, pensó. Sabe que voy a buscarla. No me entretendré mucho aquí. Le invadió un sentimiento de culpa, ¡y ese maldito Karsten que nunca estaba en casa! Empezó a sudar. El ascensor se detuvo. Un médico lo estaba esperando.
    – ¿Jomann?
    – ¡Sí! ¿Cómo está?
    El médico estaba apurado. Gunder lo notó enseguida. Las palabras le llegaban en pequeños bloques.
    – En este momento no estamos muy seguros -dijo.
    Gunder abrió los ojos de par en par. Bien sabrían cómo estaba su hermana, ¿no?
    – Desgraciadamente, su estado es muy grave -prosiguió el médico mirando con tristeza a Gunder-. Tiene una seria lesión cerebral y está en coma.
    Gunder se desplomó contra la pared.
    – La hemos conectado a un respirador artificial. Tiene perforado un pulmón. Esperamos que despierte en el transcurso de la noche. Entonces sabremos algo más. Y tiene también varias fracturas.
    – ¿Varias fracturas? -Gunder se sentía aturdido. Miró el reloj -. ¿Qué voy a hacer? -preguntó desesperado.
    El médico no conocía el dilema de Gunder. Movió lentamente la cabeza.
    – Lo mejor para su hermana sería que usted se sentara junto a su cama y le hablara, aunque ella no pueda oírlo. Le proporcionaremos una cama para pasar la noche, claro.
    Gunder pensó: No puedo quedarme aquí. Poona me estará esperando. Tiraban de él por todos los lados. Pero él solo era uno y no podía dividirse. Se detuvo porque el médico lo hizo.
    – Tiene el pecho hundido y todas las costillas rotas. Y una rodilla gravemente dañada. Si logramos ponerla en pie de nuevo, me temo que esa rodilla nunca volverá a cumplir su función.
    ¡«Si logramos ponerla en pie»! Tengo náuseas, pensó Gunder. El desayuno le subió a la garganta. Una ancha puerta se abría hacia un pequeño cuarto. Avistó algo oscuro sobre la almohada blanca, pero no pudo ver si realmente era ella, su hermana Marie. Se quedó temblando delante de la cama.
    – Tenemos que localizar a Karsten -balbuceó -. Su marido. Está en Hamburgo.
    – Menos mal que lo encontramos a usted -dijo el médico ayudando a Gunder a sentarse.
    Marie estaba blanca, casi azul por debajo de los ojos. Tenía un tubo pegado con esparadrapo a la boca. Oyó el lento y sibilante ruido del respirador. Sonaba como un gigante que dormía profundamente.
    – Lo más importante, lo que más nos preocupa -dijo el médico, carraspeando -, son las lesiones en la cabeza. No conoceremos su magnitud hasta que se despierte.
    ¿Qué quería decir? ¿No era ya ella? ¿No lo reconocería cuando se despertara? ¿Podría haberse olvidado de hablar, reír, o sumar? ¿Podría llegar a abrir los ojos y mirarlo y no reconocerlo? Gunder cayó a un profundo pozo. Pensó en Poona. Su cara apareció en la orilla de esa gran oscuridad, sonriente. Gunder miraba todo el tiempo el reloj. Marie se veía minúscula en la cama, y su cara redonda había perdido la forma. Tenía que revelar a alguien el secreto de Poona. Alguien de confianza que no se riera o dudara de él. Alguien dispuesto a hacerle un favor.
    – ¡Marie! -susurró.
    Ninguna reacción. ¿Podía oírlo?
    – Soy yo, Gunder. Estoy aquí, al lado de tu cama.
    Miró como perdido al médico, que seguía de pie junto a él. Tenía la sensación de que los ojos iban a estallarle.
    – Todo irá bien -prosiguió -. Poona y yo te ayudaremos.
    Le sirvió de mucho pronunciar el nombre en voz alta. Pues no estaba solo.
    Y el tiempo transcurría. No podía abandonar a Marie ahora. ¿Qué pensaría de él? ¿Y qué pensarían los médicos si asomaba la cabeza por la sala de guardia diciendo: «Me voy, tengo que recoger a alguien en el aeropuerto»? Intentó ordenar sus pensamientos, pero no se dejaban. ¿Iba por fin a ganar una esposa y perder una hermana? Se tapó la cara con las manos, desesperado. El médico le tocó el hombro.
    – Me voy. Llame usted si necesita algo.
    Gunder se frotó los ojos con fuerza. ¿En quién podía confiar? No tenía amigos íntimos. Nunca había querido tenerlos. O no había sido capaz de buscárselos, ya no estaba seguro. El tiempo transcurría. El respirador, con su sibilante sonido, le molestaba, quería pararlo para no tener que oírlo. Interfería en su propia respiración, lo sentía como una opresión en el pecho. Por fin soltó la mano de Marie y se levantó de golpe. Salió al pasillo y encontró un teléfono público.
    Gunder nunca cogía taxis, pero se sabía el número de memoria. Estaba rotulado en el Mercedes de Kalle con letras negras. Respondió al segundo pitido.
    – Kalle. Soy Gunder Jomann. Estoy en el Hospital Central. Mi hermana ha tenido un accidente de tráfico.
    Se hizo el silencio al otro lado del teléfono. Podía oír la respiración de Kalle.
    – ¡Qué horror! -dijo muy serio -. ¿Puedo hacer algo?
    – ¡Sí! -gritó Gunder-. Verás, estoy esperando una visita del extranjero. De la India -explicó.
    Kalle se calló. Sabía del viaje de Gunder y empezó a entender que se trataba de algo realmente importante.
    – Ella llega en un avión desde Frankfurt a las seis, y espera que yo la recoja. Pero no puedo abandonar a Marie. Está en coma -jadeó.
    – Entiendo.
    La voz de Kalle apenas era audible.
    – ¿Podrías ir a buscarla en mi lugar?
    – ¿Yo? -dijo Kalle.
    – ¡Tendrás que ir al aeropuerto de Gardermoen y recogerla! Tienes un taxi, podrás aparcar justo delante de la entrada principal, ¿no? Cóbrame lo que sea. Pero tendrías que salir ahora mismo para que te dé tiempo. Cuando ella salga de la sala de llegadas y no me vea, seguramente irá a información. Es de la India -repitió -. Tiene el pelo largo y lo lleva recogido en una trenza. Es un poco más joven que yo. Si no la ves, tendrán que llamarla por los altavoces. Se llama Poona Bai.
    – ¿Puedes repetir el nombre? -pidió Kalle, inseguro.
    Gunder se lo repitió.
    Kalle se había recuperado por fin.
    – ¿Quieres que la lleve a tu casa?
    – No, tráela aquí. Al Hospital Central.
    – Necesito el número de vuelo -dijo Kalle -. En Gardermoen aterrizan muchos aviones.
    – Me lo he dejado en casa. Pero llega a las seis en punto. Procedente de Frankfurt.
    Gunder notó cómo la desesperación lo vencía. Pensó en el miedo que sentiría Poona cuando no lo viera.
    – Kalle -susurró -. Es mi mujer. ¿Entiendes?
    – No -contestó Kalle, asustado.
    – Nos casamos el cuatro de agosto. Viene para quedarse en Elvestad.
    Kalle miró con los ojos abiertos como platos por el parabrisas.
    – ¡Salgo ahora mismo! -gritó -. Tú quédate con tu hermana, yo me encargo de esto.
    – ¡Gracias! -dijo Gunder. El alivio le salió en forma de lágrimas -. Dile a Poona que lo siento.
    Kalle puso el taxi en marcha, pero no el taxímetro. Unos minutos más tarde, el Mercedes blanco tomó la carretera E6.

    Gunder regresó junto a Marie. Silencio absoluto. Y pensar que no respiraba por su cuenta… Se imaginó el pulmón de su hermana como un globo muy fino, atravesado por esquirlas cortantes, desinflado y completamente plano. Habían vuelto a estirarlo para que recuperara la forma. Los rasguños se curarían solos, había dicho el médico. Eso también era raro. Miró el reloj. Cada cierto tiempo, una enfermera entraba en la habitación. Miraba sonriente a Gunder. Le dijo que debería tomarse un respiro y comer algo.
    – No puedo ni pensar en comer -dijo Gunder.
    – Le traeré algo de beber.
    Poco a poco el sopor le fue venciendo. El sonido del respirador le daba sueño, era preciso como un reloj. Le aspiraba el aire a Marie, volvía a metérselo a presión y se lo aspiraba otra vez. Ya eran las seis menos dos minutos. Pensó: El avión de Poona está aterrizando en este momento. Espero por Dios que Kalle esté ya allí. Que la encuentre entre el gentío. Miró fijamente a su hermana. De repente se dio cuenta de que no había hecho una sola pregunta sobre el accidente. ¿Qué había pasado con el otro coche? ¿Y con los que se encontraban en él? ¿Por qué nadie había dicho nada? Un terrible pensamiento se le vino encima: ¿habría muerto alguien? ¿Marie despertaría a una pesadilla? Pensó en Karsten, que no sabía nada. ¿Estaría sentado en algún lugar lleno de cerveza espumosa, en medio de un vocerío de canciones báquicas? Poona recogerá ya pronto su equipaje, pensó, y no sabe nada de lo sucedido. Kalle la estará buscando. Podía ver con claridad la cabeza canosa del taxista estirarse entre la gente. La enfermera volvió a entrar. Gunder se armó de valor.
    – ¿Qué pasó realmente? -preguntó -. ¿Contra qué chocó? ¿Contra otro coche?
    – Sí -contestó la enfermera.
    – ¿Cómo están ellos?
    – No muy bien -contestó, evasiva.
    – Tengo que saber lo que pasó -rogó Gunder encarecidamente -. Tal vez se despierte y me lo pregunte. ¡Tengo que saber lo que debo contestarle!
    La enfermera lo miró muy seria.
    – Él se encuentra aquí. Pero no pudimos salvarlo.
    Se inclinó sobre Marie y le levantó los párpados. Gunder vio la expresión ciega en los ojos de su hermana, y tragó saliva. Un hombre había muerto, y tal vez fuera por culpa de Marie.
    Entró otra enfermera. Tenía un teléfono inalámbrico en la mano. El corazón le dio un vuelco. Era Kalle.
    – No la encuentro -dijo este sin aliento -. Tiene que haberse ido en otro taxi.
    Gunder sintió pánico.
    – ¿No la has visto?
    – La he buscado por todas partes y la han llamado por los altavoces. Ha debido de pasar muy rápido por la sala de recogida de equipajes y la aduana. He preguntado en información si alguien con su nombre se había presentado y la han llamado mientras yo estaba allí esperando. Pero no ha aparecido nadie.
    – ¿A qué hora llegaste al aeropuerto? -tartamudeó Gunder.
    – No lo sé exactamente. Conduje lo más rápido que pude -contestó Kalle, pesaroso.
    Gunder sintió lástima por Kalle, que, sin motivo alguno, se sentía culpable.
    – Supongo que habrá ido a tu casa -prosiguió Kalle -. Tal vez esté sentada en la escalera. Me daré una vuelta por allí.
    – Gracias -dijo Gunder.
    Devolvió el teléfono. Las enfermeras se quedaron mirándolo, pero él no dijo nada. No podía hablar más. De todos modos, Marie no lo oiría. Transcurrió una eternidad y recibió el mensaje de que Poona no lo estaba esperando en su casa. Puede que no haya llegado en ese avión, pensó aturdido. Podría llamar a Lufthansa. La compañía podría confirmar si ella había subido a bordo. Volvió a salir al teléfono público y llamó al aeropuerto. Le confirmaron que así era. Poona Bay había volado con Lufthansa desde Frankfurt. El avión había tomado tierra a las dieciocho horas. Gunder cogió de nuevo el ascensor y subió a la habitación. Miró a su hermana, que yacía en la cama. Se sentía pesado e infinitamente cansado. Se levantó de mala gana, salió del cuarto y se acercó a la sala de guardia. Explicó que tenía que marcharse porque había sucedido algo, pero prometió volver. Que por favor lo llamaran si se producía algún cambio.
    Lo miraron extrañadas. Claro que lo avisarían. Y Gunder se fue a casa. Iba absorto en sus pensamientos mientras conducía, y estaba ya muy cerca de casa cuando un coche que iba a una velocidad excesiva estuvo a punto de rozarlo. El otro conductor había invadido su carril casi por completo. Dio un volantazo hacia la derecha y jadeó. Por un instante se le paró el corazón. Así de rápido podían ocurrir las desgracias. «¡Sal un poco antes si tienes tanta prisa!», gruñó hacia el retrovisor. La parte trasera de un Saab blanco desapareció en la curva.
    Eran las nueve y media de la noche cuando abrió la puerta y entró en su casa. Se sentó en el sillón y miró la foto en la que salía junto a Poona. Se hizo de noche. Dentro de él todo estaba revuelto. ¿Lo habría ella entendido mal? ¿Debería llamar a la policía? No se pondrían a buscarla enseguida, ¿no? ¿Y dónde buscarían? Se quedó sentado y despierto toda la noche. Cada vez que oía el ruido de un coche en la lejanía, se levantaba de golpe del sillón y descorría la cortina violentamente. Todo tiene una explicación, pensó. En cualquier momento, un taxi llegaría a la casa. Por fin Poona estaría allí con él. Miraba de reojo el teléfono. No sonaba. Eso significaba que Marie seguía inconsciente, sin saber nada de su propio estado, ni del hombre del otro coche, que había fallecido. Ni de Poona, que no llegaba.
    Se pasó toda la noche sentado con la foto en la mano. Miraba ese extraño bolso amarillo que ella llevaba atado a la cintura. Nunca había visto nada parecido. Se acordaba de cómo ella le besaba la nariz y le acariciaba la cara con manos cálidas, de cómo le levantaba la camisa y metía la cabeza dentro, como para esconderla junto a su pecho. Así se quedaba escuchando con el oído contra el corazón de Gunder. Él se acercó la foto a los ojos. La cara de Poona era muy pequeña. Quedaba oculta por completo tras la punta de su dedo.

5

    Al día siguiente, el 21 de agosto, un coche de policía se dirigía lentamente a Elvestad por la carretera nacional. El capó blanco brillaba bajo el sol. Dos hombres miraban a través del parabrisas. A lo lejos distinguieron una aglomeración de gente.
    – Allí -dijo Skarre.
    Vieron un claro a la izquierda. Un prado florido rodeado de un tupido bosque. El inspector jefe, Sejer, miró de nuevo y vio que había un nutrido grupo de personas trabajando. Toda la zona había sido acordonada, y además habían hecho un camino para poder acceder al lugar. Los hombres bajaron rápidamente del coche y se internaron en la alta hierba, ya muy pisoteada. Durante mucho tiempo, pensó Sejer, ese surco permanecería abierto como una herida. Se había congregado bastante gente en la carretera. Unos niños en bicicleta, un par de coches. Y la prensa, claro. Por ahora relegada a la carretera, aunque los flashes de las cámaras lanzaban airados destellos. Sejer era de esas personas a las que se reconoce por su modo de andar. Su largo cuerpo se movía con paso lento por la hierba. Nunca había en él nada precipitado. También pensaba siempre antes de hablar. La gente que no lo conocía creía que era lento de reflejos. Otros veían su talante sereno e intuían a un hombre que rara vez hacía algo de lo que luego pudiera arrepentirse, y que aún más raramente cometía errores. Tenía el pelo cano y rapado al cero. Llevaba un jersey negro de cuello alto y una chaqueta abierta de cuero marrón. El grupo le hizo un hueco para que pudiera llegar sin problemas hasta el lugar de los hechos. Jacob Skarre iba dos pasos detrás de él. Sejer le tapaba la vista. Pero, de repente, la mujer yacía ante sus pies. Skarre tomó una cantidad insólita de aire. ¿Qué le había dicho Holthemann por teléfono?
    «De una brutalidad inusual.»
    Sejer creía que estaba preparado. Separó los pies y clavó la mirada en la mujer tendida sobre la hierba. Lo que vio lo dejó aturdido. Una trenza serpenteante como una culebra negra en la amarillenta hierba. Los restos de una cara destrozada hasta los huesos. No quedaba nada en su sitio. La boca era un agujero entre negro y rojizo. La nariz había sido golpeada con tanta fuerza que se había quedado pegada a la mejilla. No era capaz de descubrir los ojos en toda esa carne roja. Tuvo que desviar la mirada y vio un puño cerrado. Una sandalia dorada. Sangre abundante. Sangre que había empapado la ropa y se había extendido sobre la hierba. Se fijó en la bonita tela de seda en las partes del vestido color turquesa que se habían manchado. Y en el brillo de algunas alhajas. Iba muy arreglada. Cuando levantó la mirada, vio manchas de sangre sobre la hierba que se alejaban de la mujer, como si alguien la hubiera arrastrado hasta allí desde otra parte. Sin quererlo él, todos sus sentidos se pusieron en marcha. Notó el olor, oyó las voces, sintió que el suelo cedía bajo sus pies. Miró un instante el cielo azul y bajó despacio la cabeza.
    Era una mujer muy delgada. Sejer vio un pequeño pie. Tobillos finos y morenos. Pies pequeños, lisos y bonitos, desnudos dentro de las sandalias. Era imposible adivinar su edad. Cualquiera entre veinte y cuarenta, pensó. La ropa seguía en su sitio. No tenía ninguna herida en las manos.
    – ¿Snorrason? -dijo por fin.
    – Snorrason está en camino -contestó Karlsen.
    Sejer miró a Skarre. Estaba quieto, en una extraña postura, como si se hubiera quedado rígido. Solo los rizos se le movían con el viento.
    – ¿Qué tenemos por ahora?
    Karlsen se acercó. Su bigote, siempre tan elegante, tenía mal aspecto. Se le había secado la boca, horrorizado.
    – Encontraron el cadáver de una mujer. Nos llamaron desde esa casa de allí -dijo señalando hacia el bosque que había al otro lado de la carretera, donde Sejer vislumbró una pequeña casa. La luz de las ventanas se veía a través del follaje.
    – La han golpeado con algo muy pesado y seguramente obtuso, pero no sabemos de qué se trata. No se ha encontrado nada. Hay manchas de sangre en una gran extensión, de hecho hasta aquel rincón -dijo señalando hacia el bosque – y casi hasta la carretera. Como si la hubieran arrastrado. También hay mucha sangre en esa cuesta de la izquierda. Tal vez la atacara allí, y ella pudo escapar unos instantes hasta que él de nuevo la alcanzó. Pero creemos que murió en el lugar donde se encuentra ahora.
    Karlsen se tomó un respiro.
    – Snorrason está en camino -volvió a decir.
    – ¿Quién vive en esa casa de allí? -preguntó Sejer.
    – Ole Gunwald. El tendero de Elvestad. Tiene una tienda en el centro. Hoy ha cerrado por migraña. Ya hemos hablado con él. Estuvo en casa ayer por la tarde y esta noche. Sobre las nueve oyó unos gritos débiles y más tarde un coche que aceleraba. Cuando se levantó a mirar, ya había desaparecido. Un poco más tarde volvió a oír lo mismo. Gritos débiles y la puerta de un coche que se cerraba. Además, recuerda que el perro ladró. Está atado en el patio.
    Sejer miró de nuevo a la mujer tendida sobre la hierba. Esta vez la impresión fue menor, y en la masa de huesos y músculos destrozados intuyó un rostro gritando. La piel del cuello estaba casi intacta, y vio que era de color dorado. La trenza negra era tan gruesa como las muñecas y también estaba intacta. Entera y bonita. Recogida con un elástico rojo.
    – ¿Y la mujer que llamó? -Sejer miró a Karlsen.
    – Está esperando en uno de nuestros coches.
    – ¿Cómo se encuentra?
    – Relativamente bien.
    Se llevó la mano a la boca, su bigote tenía ya un aspecto lamentable. Por un momento se hizo el silencio, mientras todos esperaban.
    – Tenemos que abrir una línea de teléfono para recibir información -dijo Sejer con firmeza -. Ahora mismo. Y hay que poner en marcha inmediatamente una investigación puerta a puerta. También hay que hablar con toda esa gente que está en la carretera mirando, incluidos los niños. Skarre, ponte protectores en los zapatos y revisa todo el prado. Camina en círculos concéntricos. Empieza abajo, en la carretera. Que Philip y Siw vayan contigo y te sigan. Lo que a ti se te escape, lo verán ellos. Ante la duda de si debes meter algo en la bolsa o no, hazlo. No te olvides de los guantes. Colocad señales en todas partes donde veáis huellas de sangre o hierba pisada. Habrá dos hombres de guardia el resto del día y también mañana. Por ahora. Karlsen, llama a la comisaría y di que se hagan con un mapa de la zona. Grande y detallado. Si es posible, busca a lugareños que conozcan los senderos no marcados. ¡Soot! Hay un camino de carruajes que se adentra en el bosque al otro lado. Entérate de adónde conduce. ¡Abrid bien los ojos!
    Todos los policías del grupo asintieron con la cabeza. Sejer se volvió de nuevo hacia el cuerpo. Luego se puso en cuclillas y lo observó detenidamente, dejando que su mirada se deslizara por lo que quedaba del rostro. Intentó guardar todo en la memoria. Procuró no respirar. La mujer vestía una prenda exótica, de color verdoso azulado. Un fino vestido de manga larga sobre un ancho pantalón de tela fina. Parecía seda. Pero lo que más le llamaba la atención era una hermosa alhaja. Un broche de plata. Le extrañó. Un broche de plata para un traje regional noruego. Un objeto tan conocido y visto, y sin embargo tan extraño en aquel exótico traje. Como la cara de la mujer estaba tan destrozada que no se podían distinguir las facciones, resultaba difícil adivinar su procedencia. Podría haber nacido y vivido en Noruega, o encontrarse allí por primera vez. Una sandalia dorada se le había salido del pie. Sejer encontró un palo en la hierba y la levantó. Había sangre bajo la suela, pero pudo leer tres letras: NDI. La ropa le hizo pensar en la India y en Pakistán. Sacó el móvil del bolsillo y llamó a la comisaría. No habían recibido ninguna notificación de una mujer desaparecida. Aún no. A unos metros del cadáver había un bolso amarillo muy curioso, como de terciopelo, con forma de plátano. Tenía el cierre de cremallera y era de los que se atan a la cintura. Como por arte de magia, estaba completamente limpio. Lo atravesó con el palo, y con dos dedos abrió la cremallera. Lápiz de labios. Espejo. Pañuelos de papel. Monedas. Nada más. Ni cartera, ni papeles. Nada que pudiera decirle quién era. En una oreja llevaba un grueso aro con una bola. El otro había desaparecido, si es que llevaba dos. Las uñas de las manos estaban pintadas de rojo sangre. Llevaba dos sortijas de plata no muy valiosas. El vestido no tenía bolsillos, pero puede que encontrara alguna etiqueta. No podía tocar nada. Es simplemente la mujer muerta, pensó. Hasta que alguien llame preguntando por ella. En la radio, en la televisión y en toda la prensa solo se llama la mujer muerta.

    Cuando regresaba por el camino marcado con tiras de plástico, echó un vistazo a los tres agentes que estaban remontando el prado. Parecían niños jugando en fila india. Cada vez que Skarre se detenía y se agachaba, los otros dos también se detenían. Vislumbró la bolsa de plástico transparente de Skarre, ya tenía objetos dentro. Luego se dirigió hacia el coche patrulla. La mujer que había encontrado el cadáver lo estaba esperando. Sejer la saludó, se metió en el coche y se alejó en él unos cien metros. Abrió la ventanilla para que entrara aire fresco.
    – Cuénteme cómo fue -dijo con voz firme.
    La firmeza de su voz ayudó a la mujer, que asintió con la cabeza y se puso una mano sobre la boca. El temor a esas palabras que tendría que encontrar y pronunciar en alto brillaba en sus ojos.
    – ¿Cuento todo desde el principio? -preguntó.
    – Sí, por favor, eso estaría bien -contestó Sejer.
    – Vine a buscar setas. Hay mucha rúsula por aquí, alrededor de la casa de Gunwald. A él no le importa que las coja. No tiene ganas de hacerlo él mismo. Está enfermo a menudo -explicó -. Yo llevaba una cesta en el brazo. Salí de casa un poco después de las nueve. -Se calló un instante y prosiguió -: Vine por allí -dijo señalando la carretera -. Luego seguí por la orilla del bosque hacia arriba. Todo estaba muy silencioso. Entonces vi algo negro a lo lejos, en el prado. Me inquietó un poco, pero seguí bosque adentro y empecé a coger setas. El perro de Gunwald ladró, lo hace siempre que oye a alguien. Pensé en esa cosa negra que había visto. Me incomodaba y le daba la espalda. Resulta raro ahora. Como si hubiera comprendido todo enseguida, pero me negara a creerlo. Cogí muchas setas. Por cierto, ¿dónde está mi cesta? -Perdió el hilo y miró confusa a Sejer, hasta que recapacitó y prosiguió -: No es que me importen las setas. No he querido decir eso. Es solo que me he acordado de la cesta…
    – Encontraremos la cesta -dijo él en voz baja.
    – También cogí bastantes níscalos. Y vi que había muchos arándanos. Pensé que vendría otro día a cogerlos. Estuve alrededor de media hora y ya iba a marcharme, pero por alguna razón no quería acercarme a aquella cosa negra que había visto en la hierba. De modo que me mantuve en la orilla.
    – ¿Sí? -preguntó Sejer.
    – Pero a pesar de todo fui a mirar. Parecía un gran saco de basura, de esos de plástico negro. Quería seguir, pero volví a pararme. Parecía como si parte de la basura se hubiese salido. O se me ocurrió que tal vez fuera un animal grande muerto. Retrocedí unos pasos. No sé a qué distancia me encontraba cuando vi una larga trenza. Y también el elástico del pelo. En ese instante supe de qué se trataba. -Se calló y sacudió la cabeza, como incrédula. Sejer no quiso interrumpirla -. Una goma para el pelo. Entonces eché a correr -dijo -, y no paré hasta llegar a casa de Gunwald. Empecé a dar golpes en su puerta, gritando que teníamos que llamar a la policía. Que había un cadáver en el prado. Gunwald se asustó muchísimo. Ya no es joven. Y esperé sentada en su sofá. Él sigue dentro, solo. No estamos lejos de su casa. La mujer tuvo que haber gritado, ¿no?
    – Solo oyó unos gritos débiles.
    – Tendría el televisor a todo volumen -dijo ella asustada.
    – Tal vez. ¿Dónde vive usted?
    – Cerca del centro de Elvestad.
    Sejer asintió y le alcanzó el móvil.
    – Tal vez quiera llamar a alguien.
    – No.
    – Tendrá que acompañarme a la comisaría. Puede que tardemos un rato. Pero luego la llevaremos a su casa.
    – Tengo tiempo de sobra.
    La miró y carraspeó discretamente.
    – ¿Ha mirado en la suela de sus zapatos?
    Ella clavó la mirada en él, aturdida, sin comprender. Se inclinó y se los quitó. Eran zapatillas finas de verano con suela de goma blanca.
    – Están manchadas de sangre -exclamó asustada -. No lo entiendo, me mantuve a bastante distancia.
    – ¿Vive gente de origen extranjero en Elvestad? -quiso saber Sejer.
    – Dos familias. Una de Vietnam y otra de Corea. La familia Thuan y la familia Tee. Llevan viviendo aquí muchos años. Todo el mundo los conoce. Pero no puede ser ninguno de ellos.
    – ¿No? -preguntó Sejer.
    – No -contestó ella con firmeza, sacudiendo la cabeza -. No puede ser ninguno de ellos.
    Volvió a mirar el prado.
    – Y yo que pensaba que era un saco de basura -dijo.

    Al amanecer, Gunder seguía sentado en el sillón. Se había dormido en una postura del todo incómoda. Cuando sonó el teléfono, dio un tremendo respingo, se lanzó sobre el aparato y cogió el auricular. Era Bjørnsson, su compañero de trabajo.
    – ¿Te quedas a trabajar en casa hoy también?
    – No -contestó con la respiración entrecortada. Tuvo que apoyarse en el escritorio. Se había levantado demasiado deprisa.
    – ¿Estás enfermo? -preguntó Bjørnsson.
    Gunder clavó la mirada en el reloj, aterrado al ver lo tarde que era. La cabeza le daba vueltas.
    – No. Es mi hermana -dijo -. Está en el hospital. Me pasaré por allí ahora -prosiguió, aunque realmente no pensara hacerlo. Todo era caos en su cabeza, y no tenía ni idea de cómo afrontar el día -. Os mantendré informados -dijo.
    Fue tambaleándose hasta el baño. Se quitó la ropa y se duchó, dejando la puerta abierta de par en par, con la esperanza de oír el teléfono si volvía a sonar. Pero no sonó. Luego llamó al hospital. No se había producido ningún cambio. Marie seguía en coma, aunque la situación era estable, dijeron. Ya nada es estable, pensó Gunder desesperado. No tenía ningunas ganas de comer, pero se hizo un café. Volvió a sentarse en el sillón a esperar. ¿Dónde habría pasado la noche Poona? ¿Por qué no llamaba? Y allí estaba él, esperando como un perro junto al teléfono. Permaneció sentado un buen rato, más adormilado que despierto. Marie podía despertar en cualquier momento, y no habría nadie sentado junto a su cama. Poona podría llamar en cualquier momento y decir: «Creo que me he perdido. ¿Puedes venir a buscarme?». Y luego su risa, tal vez un poco avergonzada, al otro lado del teléfono. Pero el tiempo transcurría y nadie llamaba. Tengo que llamar a la policía, pensó Gunder desesperado. Pero eso significaría reconocer que algo había sucedido. Encendió la radio, pero volvió al escritorio y se quedó allí, desde donde oía las miserias del mundo resumidas en la radio. Tenía el volumen bajo, pero captaba palabras sueltas, aunque reparaba en ellas. Y sin embargo, levantó la cabeza de golpe al oír el nombre de Elvestad alto y claro. Se levantó y fue a la cocina a subir el volumen del aparato: «Mujer de origen extranjero. Completamente desfigurada».
    ¿Aquí en Elvestad?, pensó Gunder, escandalizado. Y luego el inspector jefe. «Desconocemos la identidad de la mujer. Nadie ha comunicado su desaparición.» Gunder escuchó atentamente. ¿Qué era lo que acababan de decir?
    «De origen extranjero. Completamente desfigurada.»
    Se desplomó sobre la mesa y permaneció temblando hasta que sonó el teléfono. No se atrevió a cogerlo. Se quedó agarrado al borde de la mesa mientras el teléfono seguía sonando. Todo daba vueltas a su alrededor. Por fin se hizo el silencio. Intentó enderezarse. Se sentía entumecido y extraño. Volvió la cabeza y miró el teléfono. Pensó que debía llamar a Marie, como hacía siempre que pasaba algo. Pero ahora no podía. Fue a la entrada y cogió las llaves del coche. Lo más probable era que Poona se encontrara en algún hotel de la ciudad. Aparecería antes o después. Esa otra mujer, la que mencionaban en la radio, no tenía nada que ver con él. Últimamente no se hablaba sino de asesinatos y miserias. Debería escribir una nota y dejarla en la puerta, por si ella aparecía mientras él estaba fuera. Mi mujer Poona. Vio su propio rostro en el espejo y se sobresaltó. Los ojos le devolvían su propia mirada, que revelaban un profundo miedo. En ese instante el teléfono volvió a sonar. Sería ella, claro. No, pensó, llamarían del hospital. Tal vez Marie haya muerto. O quizá sea Karsten desde Hamburgo preguntando por ella, camino del aeropuerto para coger el primer avión. Era Kalle Moe. Gunder permaneció inclinado sobre el escritorio con el auricular en la mano.
    – Gunder -dijo Kalle -. Quería saber cómo iba todo.
    Su voz era tímida. Gunder enmudeció. No tenía nada que contar. Se le ocurrió la posibilidad de mentir y decir que sí, que ahora está sentada aquí conmigo. Se había perdido, claro. En un taxi de la ciudad, que no conocía bien la zona.
    – ¿Cómo ha ido todo? -preguntó Kalle.
    Gunder seguía sin contestar. Lo que había oído por la radio le daba vueltas en la cabeza. ¿Acaso Kalle lo había oído también y había sacado conclusiones? Pero claro, así era la gente, siempre imaginándose lo peor. Y Kalle era un hombre que siempre estaba preocupado.
    – ¿Estás ahí, Gunder?
    – Estoy a punto de irme al hospital.
    Kalle carraspeó.
    – ¿Cómo está tu hermana?
    – No me han dicho nada. Supongo que no se habrá despertado aún. No lo sé -añadió.
    Volvió a hacerse el silencio. Como si Kalle estuviera callándose algo.
    Gunder no le haría hablar.
    – Bueno -dijo Kalle -, es que me he empezado a preocupar. No sé si has oído las noticias, pero han encontrado a una mujer en Hvitemoen.
    Gunder contuvo la respiración.
    – ¿Sí? -dijo.
    – No saben quién es -prosiguió Kalle -. Pero dicen que se trata de una extranjera. Y ella está… es decir, es el cadáver de una mujer lo que han encontrado, eso era lo que quería decir. Por eso estaba preocupado, ya me conoces. No es que piense que haya alguna relación, pero como no está muy lejos de donde tú vives… Tenía miedo de que pudiera tratarse de la mujer a la que fui a buscar ayer. ¿Entonces ha llegado sana y salva?
    – Llegará en el transcurso del día -contestó Gunder con firmeza.
    – ¿La has encontrado?
    Gunder tosió.
    – He de irme al hospital.
    – De acuerdo.
    Percibió la duda de Kalle a través del auricular.
    – Por cierto, tengo que pagarte el viaje -se apresuró a decir Gunder-. Ya hablaremos.
    Colgó bruscamente. Permaneció unos instantes sin moverse. Ah, una nota para Poona, eso era lo que iba a hacer. Podría dejar una llave fuera. ¿Dejarían también en la India la llave bajo el felpudo? Buscó lápiz y papel, pero se acordó de que no sabía escribir en inglés. Solo hablar un poco. Todo se arreglará, pensó, y abandonó la casa sin cerrar la puerta con llave. A continuación se metió en el coche.
    Hvitemoen se encontraba a un kilómetro más allá, en dirección a Randskog. No pasaría por allí de camino al hospital, de lo cual se alegraba. Tenía la impresión de que había más gente fuera que de costumbre. Se cruzó con dos furgonetas de la Radio Televisión Noruega, y dos coches de policía. Delante del bar de Einar había un montón de coches. Y bicicletas y gente. Miró asustado todo aquello cuando pasaba velozmente en su coche. Ya en el hospital, cogió el ascensor. Entró directamente en la habitación de Marie. Una enfermera estaba inclinada sobre la cama. Se enderezó al verlo entrar.
    – ¿Quién es usted? -preguntó con escepticismo.
    – Gunder Jomann -se apresuró a decir -. Soy su hermano.
    La enfermera volvió a inclinarse sobre Marie.
    – Todas las visitas han de dirigirse primero a la sala de guardia antes de entrar en las habitaciones -dijo.
    Gunder se quedó mudo. Permaneció junto a la cama, aturdido y avergonzado, retorciéndose los dedos. ¿Por qué le hablaba así? ¿No se alegraban de que por fin hubiera llegado?
    – Ayer estuve aquí todo el día -dijo en voz baja -. Así que pensé que podía entrar sin más.
    – Eso no podía saberlo yo -contestó la enfermera con una sonrisa no muy convincente -. Ayer no estaba de guardia.
    Gunder no contestó. Las palabras se le hicieron un nudo como de pelo en la garganta. En realidad quería preguntarle si había algún cambio, pero notó que los labios le temblaban y no quería que aquella mujer viera que estaba a punto de llorar. Se sentó cuidadosamente en el filo de la silla, con los brazos cruzados sobre el regazo. Mi esposa ha desaparecido, pensó desesperado. Quería gritárselo a esa enfermera que estaba junto a la cama regulando el gotero, decirle lo difícil que era todo. Marie, su única hermana, en coma, y Karsten en Hamburgo. Y Poona como si se la hubiera tragado la tierra. No tenía a nadie más. Deseaba que la enfermera se marchara y que no volviera. Prefiero la rubia que estuvo aquí ayer, pensó. La de la sonrisa amable, que había ido a buscarle algo de beber.
    – ¿Sabe usted que en calidad de familiar puede pasar la noche en el hospital? -dijo de repente la enfermera.
    Gunder se sobresaltó. Pues sí, se lo habían dicho. Pero él tenía que encontrar a Poona. No quiso decírselo a esa mujer. Por fin desapareció. Gunder se inclinó sobre Marie. Un suave murmullo salía del tubo que le habían metido en la boca. La otra, la rubia, le había explicado que ese ruido significaba que se estaba llenando de saliva. Pero si llamaba ahora, tal vez volvería esta otra, la malhumorada. Gunder no lo soportaría. Permaneció un rato escuchando el ruido del respirador, que insuflaba aire a presión dentro de Marie. Pensó que si aquel gorgoteo aumentaba tendría que avisar, acudiera la que acudiera.
    Le habían dicho que le hablara, pero ya no tenía palabras. La noche anterior estaba ilusionado por el reencuentro con Poona, incluso en medio de todo aquello. «¿Marie?», susurró. Pero desistió y bajó la cabeza. Quería pensar en el futuro. De repente, Karsten aparecería por la puerta y se haría cargo de aquella situación tan complicada. Se acordó de que había una radio colgada sobre la cama. ¿Podría encenderla? ¿Molestaría a Marie? Se inclinó sobre el cabecero y descolgó la radio. Estaba tapizada con un lienzo blanco. Primero buscó el botón del volumen y lo bajó del todo. Se la puso junto al oído y percibió un lejano silbido. Buscó hasta encontrar la Radio Nacional 4 noruega, donde daban noticias cada hora. Faltaban unos instantes para las diez. Esperó con gran tensión hasta que una voz interrumpió la música y anunció las noticias. «El inspector jefe Konrad Sejer informa de que la mujer encontrada muerta en Hvitemoen aún no ha sido identificada. Pide a los ciudadanos que se pongan en contacto con la policía si tienen alguna información que pueda ayudar al esclarecimiento del caso. La policía también informa de que la mujer ha sido víctima de una violencia excepcionalmente brutal con un objeto romo, pero no desea dar más detalles. Fuentes con las que ha contactado esta emisora sostienen que el cadáver estaba cruelmente mutilado, con muestras de una violencia muy rara en la historia criminal noruega. La policía ha abierto una línea de teléfono y ruega a las personas que ayer por la tarde o por la noche estuvieran en las proximidades de Hvitemoen, Elvestad, se pongan en contacto con ella. Todo movimiento observado en esa zona puede ser de interés. El cadáver fue descubierto por una mujer de Elvestad que estaba cogiendo setas.» Dieron un número de teléfono. Un número muy fácil de recordar, y que, sin quererlo, se le grabó en la mente. El gorgoteo de Marie interrumpió sus pensamientos. Había empeorado. Si llamaba y la enfermera morena acudía corriendo, tal vez pensara que él opinaba que no estaba haciendo bien su trabajo. Pero habría más gente de guardia, y a lo mejor no acudía ella. En ese momento se abrió la puerta y entró la rubia. Se acercó a la silla y le puso una mano en el hombro.
    – Su cuñado ya ha sido localizado. Va camino de casa.
    Gunder estuvo a punto de echarse a llorar de alivio. Ella se acercó a la cama de Marie y quitó la saliva del tubo. Gunder se permitió cerrar los ojos y relajar por fin los hombros.
    – ¿Se arregló todo ayer? -preguntó de repente la rubia mirando a Gunder por encima de la cama.
    Él abrió de nuevo los ojos. La enfermera hablaba muy bajo.
    – Mencionó usted unos problemas -dijo ella.
    – Bueno, es decir, no sé muy bien -tartamudeó Gunder.
    La enfermera volvió a inclinarse sobre Marie, pero seguía escuchándolo. Él tenía la sensación de que ella sabía muchas cosas, aunque no se explicaba cómo.
    – Todo será más fácil cuando llegue su cuñado -dijo ella -. Así no tendrá que cargar usted con todo.
    – Sí -contestó Gunder-. Será más fácil. -Luego se armó de valor y mirándola fijamente dijo -: ¿Se despertará? -preguntó con un hilo de voz.
    Ella miró fijamente a Marie. Hasta ahora, Gunder no se había fijado en que llevaba una placa con su nombre.
    – Sí, creo que sí -contestó la enfermera Ragnhild -. Se despertará.

6

    Dentro de la boca de la mujer, abierta de par en par, Sejer vio tres o cuatro dientes que seguían en su sitio. ¿Qué pensaría el médico forense cuando le entregaran a esa mujer destrozada? Bardy Snorrason llevaba muchos años trabajando junto a esa mesa de acero. Tenía un reborde y un sumidero en un extremo para que la sangre y los líquidos de los cadáveres desaparecieran por allí. El cadáver de la mujer despedía un olor fuerte y húmedo. El pecho y la cavidad peritoneal se le habían abierto.
    – Quiero que pienses en voz alta -dijo Sejer al forense.
    – Ya me lo imagino. -Se bajó las gafas sobre la nariz y miró a Sejer por encima de la montura -. Este rostro habla por sí solo. -Dio la espalda a Sejer y se puso a hojear un montón de papeles. Murmuró para sus adentros -. Por una vez en la vida preferirías callarte.
    Sejer sabía bien que no servía de nada ponerse pesado. La presencia de la mujer en la sala era ensordecedora. Lo que saldría de su garganta los últimos minutos de su vida retumbaba ahora entre esas cuatro paredes. Sejer tenía que sopesar sus palabras, y de algún modo mostrar cierto respeto por aquella mujer que yacía desnuda sobre la mesa, con el pecho abierto y la cabeza destrozada, iluminada por la luz cegadora de la lámpara de trabajo. Como le habían limpiado la sangre, las lesiones se veían distintas a cuando yacía en la hierba.
    – Llevaba un traje de seda -dijo Snorrason -. Y de buena calidad, confeccionado en la India. Las sandalias están hechas de plástico. El reloj de pulsera es un Timex de escaso valor. La ropa interior era sencilla, de algodón. En su bolso había varias monedas, alemanas, noruegas e indias. Debajo de las sandalias ponía «Miss India» -añadió.
    Una nueva pausa. Los papeles temblaron.
    – Recibió repetidos golpes en la cabeza y en la cara -prosiguió.
    – ¿Es posible calcular cuántos? -preguntó Sejer.
    – No. He dicho «repetidos golpes» precisamente porque resulta imposible contarlos. Estamos hablando de unos golpes muy fuertes. Entre diez y quince. -Se acercó a la mesa y se colocó detrás de la cabeza destrozada de la mujer -. El cráneo está roto como una jarra de loza -dijo -. No es posible imaginar su forma original. El cráneo es frágil -prosiguió -. Y sin embargo bastante fuerte cuando se golpea la parte superior de la cabeza. Las lesiones son mayores cuando se alcanza la parte posterior y las sienes. En este caso estamos hablando de una fuerza realmente destructiva. El autor del crimen descargó sobre ella una rabia tremenda.
    – ¿Qué edad tenía?
    – Cerca de los cuarenta.
    Sejer se sorprendió. El cuerpo era tan fino y delgado…
    – ¿Y el arma? -preguntó.
    – El arma era grande y pesada, posiblemente obtusa y lisa, y se utilizó con una violencia brutal. Intento consolarme a mí mismo, y tal vez a ti, ya que tienes aspecto de necesitarlo -dijo mirando de reojo a Sejer – con que tal vez le hubieran infligido la mayor parte de los golpes después de muerta. Uno puede decir lo que quiera acerca de la muerte -añadió -, pero nos libra de golpe de toda clase de miserias.
    Se hizo un largo silencio. Sejer tenía la sensación de estar fuera de sí, casi flotando. Intuía un largo período de poco sueño y mucha preocupación. Que no escaparía de todo aquello. Ni por un instante sería capaz de olvidarse de esa mujer, sino que la tendría presente día y noche, cada hora. La tendría en la cabeza como un grito mudo. Miró hacia el futuro, hacia el momento en el que encontraran y arrestaran al autor del crimen. Sabía que estaría lo suficientemente cerca de él como para notar su olor y su vibración al moverse en el mismo espacio que aquel. Cogerlo de la mano. Mostrarle comprensión. Entrar en esa persona con amabilidad. Notó unos suaves pinchazos en la nuca. Snorrason volvía a mover los papeles.
    – Como ya he dicho, tenía alrededor de cuarenta años, tal vez algo menos. Altura: uno sesenta. Peso: cuarenta y cinco kilos. Por lo que puedo ver, estaba sana. En el hombro izquierdo tiene una insignificante cicatriz de cuatro puntos. Por cierto, el broche es de la región de Hardanger.
    – Eres rápido -lo elogió Sejer.
    – Una ayudante mía tiene uno igual.
    Reflexionó unos instantes.
    – Había huellas de lucha por todo el prado. ¿Jugaría con ella, como si de un gato se tratara?
    – No lo sé -dijo Sejer -. Pero no comprendo cómo se atrevió. A las nueve de la noche todavía hay luz. Ole Gunwald vive muy cerca. La carretera principal pasa por allí. Es de tal osadía que me hace sospechar que el autor es un ser caótico, totalmente incapaz de calibrar la situación.
    – ¿Ha llegado alguna información de la gente? -preguntó Snorrason.
    – Observaciones de coches que pasaban. Pero lo único que deseo es saber quién es ella.
    – Pregunta en las joyerías de la zona. Seguramente se acordarán si una mujer extranjera compró un broche de Hardanger. No creo que sea muy corriente.
    – Llevarán un registro de las ventas -apuntó Sejer. Pero dudo que lo haya comprado ella misma. Más bien creo que debe tratarse de un regalo de alguien de Noruega. Tal vez de un hombre. Y en ese caso de un hombre que la quiere.
    – Sacas mucha materia de poco -comentó Snorrason con una sonrisa.
    – Pienso en voz alta. Cuando la vi en la hierba con su bonito vestido, el broche brillaba como una declaración de amor.
    – Bueno -dijo Snorrason -. Quizá el amor se haya convertido en otra cosa. Esto no parece muy cariñoso.
    Sejer dio una vuelta por la sala.
    – Permíteme recordarte que hay quien mata por amor -dijo.
    Snorrason asintió de mala gana.
    – Entonces, ¿me llamas cuando esté el informe?
    – Por supuesto. Este asunto tiene prioridad.
    Sejer se quitó los protectores de los zapatos. Luego se sentó con Skarre en su despacho. El contenido de la bolsa de plástico estaba esparcido sobre su mesa. Sejer lo extendió con los dedos.
    Rebuscó entre el montón de objetos y encontró un pendiente, que reconoció al instante.
    – Veo que os habéis empleado a fondo. A la mujer le faltaba uno como este.
    – Está plano -dijo Skarre. De repente se acercó a la pila, donde le sobrevino un terrible ataque de tos.
    – Tómate el tiempo que necesites -dijo Sejer.
    Skarre se volvió y lo miró.
    – Ya estoy listo -dijo -. Quiero trabajar.

    Kalle Moe, propietario y conductor del taxi, no era un hombre dado al cotilleo. Pero ahora se sentía completamente abrumado. Estaba sentado en su Mercedes blanco, pensando, con un profundo surco en la frente. Unos minutos más tarde subía la escalera del bar de Einar. Dentro había más gente que de costumbre. Einar estaba dando la vuelta a dos hamburguesas para luego ponerles queso encima. Saludó a Kalle.
    – Un café -le pidió.
    El vapor de la taza le calentó la cara. De repente, se oyó la risa chillona de Linda, procedente de un rincón.
    – Qué felicidad ser joven -dijo Kalle -. Ni siquiera la muerte les afecta. Son como el salmón gordo y liso de vivero.
    Einar le acercó un plato con terrones de azúcar. Su cara alargada estaba tan hermética como siempre.
    – Una historia muy fea -prosiguió Kalle, mirando de reojo a Einar.
    – ¿Por qué íbamos a librarnos nosotros?
    – ¿Qué quieres decir? -Kalle no lo entendió.
    – Me refiero al hecho de que sucediera aquí. Esas cosas pasan ya en todas partes.
    – No es lo que yo he oído. Dicen que fue realmente salvaje, inusual aquí.
    – Eso dicen siempre -respondió Einar.
    Kalle tomaba el café a pequeños sorbos.
    – Me preocupé mucho al principio. Pensé en Tee, y en la familia Thuan.
    – No es ninguno de ellos -se apresuró a decir Einar.
    – Ya lo sé. Pero al principio pensé en ellos.
    De nuevo la risa de Linda se oyó en todo el local.
    – La Princesa Ojos Brillantes -dijo Einar lanzando una mirada resignada a la joven -. Así la llaman los chicos. Y no es precisamente un piropo.
    – ¿No?
    Otro silencio.
    – ¿Así que no tienen ni idea de quién era?
    Einar colocó las hamburguesas en sendos panecillos. Silbó al aire y un adolescente acudió corriendo.
    – No he oído nada -contestó -. Pero hay periodistas por todas partes. Dicen que la línea que han abierto está que arde.
    – Menos mal -dijo Kalle.
    Pensó en contar lo de Gunder. Pero algo le retuvo. De todas formas, aunque no lo contara, Einar lo sabría por otros. Y quizá en una versión peor. Kalle era una persona sincera, no quería exagerar. Pero estaba deseando contarlo para que Einar dijera: «¿Estás loco? ¿Que Jomann se ha casado? ¿En la India?». Estaba a punto de hablar cuando la puerta se abrió y entraron dos hombres. Los dos llevaban una bolsa verde al hombro.
    – Periodistas -dijo Einar -. ¡No hables con ellos!
    Kalle se quedó algo perplejo ante la reacción de Einar. Sonó como una orden, y Kalle ni rechistó. Los dos hombres se acercaron a la barra, saludaron a Kalle y a Einar, y luego echaron un vistazo al local. Einar saludó muy comedido y tomó nota de un pedido de hamburguesas y Coca-Cola. Se puso a trabajar a toda prisa dando la espalda a Kalle, que seguía con su café. De repente, se sintió expuesto, ya sin la protección de Einar.
    – Un asunto terrible -dijo uno de los hombres, mirándolo.
    Kalle asintió con la cabeza, sin decir nada. Se acordó de que tenía su agenda de carreras en el bolsillo, la sacó y se puso a estudiar todos sus viajes fijos tratando de parecer muy concentrado.
    – Una tragedia así tiene que ser como un terremoto en un pequeño lugar como este. ¿Cuánta gente vive aquí?
    Era una pregunta sencilla. Las chicas del rincón se habían callado y observaban a los dos periodistas con curiosidad. Kalle se vio obligado a contestar.
    – Unas dos mil personas -contestó, reservado y volvió a mirar su agenda.
    – Pero ella no era de aquí, ¿verdad?
    El otro asomó la cabeza. Einar se dio media vuelta y puso dos platos en la barra con un fuerte golpe.
    – Si ni siquiera lo sabe la poli, ¿cómo quieres que lo sepamos nosotros? -dijo escuetamente.
    El periodista esbozó una sonrisa forzada.
    – Siempre hay alguien que sabe algo -dijo con pesar -. Y es nuestro trabajo enterarnos.
    – Para eso tendrás que ir a otro sitio -dijo Einar. Aquí la gente viene a comer y a relajarse.
    – Estupendos sándwiches -dijo el otro, con una inclinación de cabeza.
    Los dos se miraron con las cejas fruncidas y se fueron con el rabo entre las piernas a una mesa junto a la ventana, sin apartar la vista de las dos chicas.
    – Espero que no echen sus redes a Linda -dijo Einar en voz baja -. Esa chica no sabe lo que le conviene y lo que no.
    Kalle no entendía ese tono malhumorado de Einar. Pero tal vez era más listo que otros y sabía cómo manejar a esas hienas de la ciudad. Cogió la cafetera para rellenar la taza.
    – ¿Has oído lo de la hermana de Gunder?
    Einar lo miró sin entender.
    – Está en el hospital. En coma. Conectada a un respirador -explicó.
    Einar frunció el ceño.
    – ¿Por qué? ¿Has hablado con él?
    – Sí, me llamó. Su hermana tuvo un accidente de coche.
    – Ah, ¿sí? -dijo Einar vacilante -. ¿Te llamó para contártelo? Pero no sois muy amigos, ¿no?
    – No -dijo Kalle lentamente -. Pero daba la casualidad de que Gunder esperaba una visita del extranjero. Y no podía ir al aeropuerto porque tenía que estar con su hermana en el hospital. Por eso me llamó. Me preguntó si podía ir a Gardermoen y recoger a… a la visita.
    – Entiendo -dijo Einar.
    Algo estaba sucediendo en su cabeza pelirroja. Kalle no sabía muy bien qué. Los dos periodistas los estaban vigilando. Kalle hablaba lo más bajo que podía.
    – ¿Sabes que Gunder estuvo en la India?
    Einar asintió con la cabeza.
    – Me lo dijo su hermana. Vino a comprar tabaco.
    – Pero ¿a que no sabes lo que hizo allí?
    – Estaría de vacaciones, ¿no?
    – En cierto modo, sí. Pero la verdad es que se casó mientras estaba allí. Con una mujer india.
    Por fin Einar levantó la cabeza. Tenía los ojos abiertos como platos de asombro.
    – ¿Jomann? ¿Con una mujer india?
    – Sí. Por eso me llamó. Porque su mujer iba a llegar al aeropuerto. Y me envió a mí a buscarla porque él tenía que quedarse con su hermana.
    Einar miraba estupefacto a Kalle, que no podía dejar de hablar.
    – Me explicó en qué avión vendría y todo eso. Su nombre y el aspecto que tenía. Estaba completamente desolado por no poder ir él. Así que me fui al aeropuerto. -Kalle tragó saliva y miró a Einar -. Pero no la encontré.
    – ¿No la encontraste? -preguntó Einar, confuso.
    – La busqué por todas partes, pero no la encontré.
    Einar lo miraba sin disimular. Un impulso hizo que Kalle se volviera. Los periodistas seguían vigilándolos. Bajó aún más la voz.
    – Así que llamé a Gunder al hospital y le expliqué el problema. Pensábamos que ella habría cogido otro taxi y habría ido directamente a su casa, donde lo estaría esperando, pues tenía la dirección. Pero tampoco estaba allí.
    Se hizo un largo silencio. Einar comprendió por dónde iba Kalle. Parecía atormentado.
    – Luego oí en las noticias lo de la mujer asesinada en Hvitemoen. Me quedé perplejo. No hay muchas extranjeras por estos parajes. Así que lo llamé.
    – ¿Qué dijo? -se apresuró a preguntar Einar.
    – Estaba muy raro. Contestó con evasivas diciendo que seguro que ella llegaría. Tengo la sospecha de que es ella, ¿sabes? Que alguien la mató cuando iba a casa de Gunder. Hvitemoen no queda lejos de allí. A solo un kilómetro.
    – Sí, un kilómetro más allá -dijo Einar -. Pero entonces tú sabes su nombre, ¿no?
    Kalle hizo un gesto afirmativo, muy serio.
    – Tienes que llamar a la policía -dijo Einar con tono decidido.
    – Me da no sé qué -contestó Kalle -. Tendría que hacerlo Gunder. Pero creo que no se atreve. Hace como si nada.
    – Tienes que hablar con él -dijo Einar.
    – Está en el hospital -contestó Kalle.
    – ¿Y su cuñado?
    – En Hamburgo -respondió Kalle.
    De repente, se sentía agotado.
    – Puedes llamar a esa línea que han abierto sin dar tu nombre.
    – No, si llamo quiero dar mi nombre. No hay nada malo en eso. Pero entonces irán corriendo a su casa.
    – No lo encontrarán mientras esté en el hospital.
    – Antes o después lo encontrarán. Imagínate que me equivoco.
    – Ojalá te equivoques -dijo Einar.
    – No sé. No lo conozco mucho. Gunder es muy reservado. No dice gran cosa. ¿No podrías llamar tú?
    Einar puso los ojos en blanco.
    – ¿Yo? No puedo. Tú eres quien lo ha vivido.
    Kalle dejó la taza en la barra.
    – No tienes más que llamar -dijo Einar -. No se va a acabar el mundo por eso.
    De nuevo oyeron la estridente risa de Linda. Uno de los periodistas se había inclinado sobre la mesa de las chicas.
    – Lo pensaré -dijo Kalle.
    Einar encendió un cigarrillo. Miró a los periodistas, que estaban conversando acaloradamente con Linda y Karen. Luego abrió la puerta de su oficina, un pequeño cuarto en el que descansaba o se ponía con la contabilidad. Detrás de la oficina había una cámara frigorífica en la que guardaba la comida. Abrió también esa puerta. Permaneció un buen rato perplejo, mirando fijamente el interior del estrecho cuarto. Sus ojos atormentados se posaron en una gran maleta marrón.

7

    Los periodistas revoloteaban como moscas con tanto entusiasmo que parecían los dueños del pueblo. Todos estaban de caza, con la boca como arma. Cada uno tenía su enfoque particular y unos titulares que no se le habían ocurrido a nadie más que a ellos. Tomaron unas fotos espectaculares en las que no se veía absolutamente nada, porque no les permitían acercarse al lugar del crimen. Y, sin embargo, se tumbaban en la hierba con la lente enterrada entre juncos y pajas, de modo que la crueldad humana apareciera en toda su incomprensibilidad en forma de lona blanca, con unas cuantas flores marchitas en primer plano. Tenían un gran talento para los gestos de sufrimiento y conocían el ansia de la gente por un momento de celebridad.
    Las jóvenes estaban encantadas. «Así al menos tenemos algo que mirar», decía Karen. Linda prefería a los de uniforme, se quejaba de que los periodistas fueran tan poco aseados. Las dos habían dejado la risa floja y habían adquirido una madura expresión de espanto. Hablaban en voz baja del terrible asesinato, negando enérgicamente que el criminal pudiera ser alguien del pueblo. Al fin y al cabo, habían vivido allí toda su vida y conocían a todo el mundo.
    – ¿Dónde estabais vosotras ayer sobre las nueve de la noche? -preguntó uno de los periodistas
    – Yo estaba en su casa -respondió Linda, señalando a Karen.
    Karen asintió con la cabeza.
    – Sí, te marchaste a las nueve menos cuarto. ¿Qué pasó a las nueve? -preguntó.
    – El asesinato pudo llevarse a cabo sobre las nueve -respondió el periodista.
    – Un tendero que vive muy cerca del lugar del crimen ha declarado que oyó unos gritos débiles y el ruido de un coche. Justo durante las noticias de la televisión.
    Linda se calló. Era obvio que estaba buscando algo entre el tropel de pensamientos que bullía en su cabeza. Se acordó de aquello de lo que acababan de reírse. Cuando se marchó en su bicicleta de casa de Karen pasó por delante del prado de Hvitemoen. Volvió allí con el pensamiento. Iba en su bici deprisa, en silencio. Vio un coche aparcado en el arcén y tuvo que esquivarlo. Luego miró un instante hacia el prado y descubrió a dos personas. Una iba corriendo detrás de la otra, como en un juego mareante. Eran un hombre y una mujer. Él la alcanzó y la tumbó en la hierba. Vio brazos y piernas agitarse violentamente y de repente se quedó perpleja porque cayó en la cuenta de lo que estaba viendo. Dos personas que sencillamente iban a echar un polvo. A la luz del día, en la naturaleza del Señor, mientras ella pasaba por allí en bici, pudiendo contemplarlo todo. Sintió vergüenza y excitación por lo que estaba viendo, y a la vez se puso furiosa por ser virgen. Un temor a morirse virgen y solterona la preocupaba desde hacía tiempo, motivo por el cual se esforzaba por mostrarse voluntariosa y dispuesta a lo que fuera. ¡Pero aquellas dos personas…! Linda pensaba. Los periodistas esperaban. De repente se le ocurrió algo inquietante. ¿Y si aquellas dos personas no estaban jugando? ¿Y si él la perseguía realmente y lo que vio no era un juego, sino el mismo crimen? Pero no tenía pinta de ser un crimen. El hombre corría tras la mujer. La mujer se cayó. Brazos y piernas. Linda sintió de repente náuseas y se bebió de un trago el refresco.
    – ¿Pasaste por Hvitemoen en bicicleta? -preguntó el periodista -. ¿Sobre las nueve de la noche?
    – Sí -contestó Linda.
    Karen descubrió un cambio en la actitud de su amiga y pudo apreciar la gravedad del asunto, pues la conocía muy bien.
    – Es horrible pensarlo. Tal vez ocurrió justo después.
    – ¿Y no viste nada? ¿Ni en la carretera ni en los alrededores?
    Linda pensó en el coche rojo. Negó con la cabeza, firmemente.
    – Ni un alma -dijo.
    – Si luego te acuerdas de algo, deberías llamar a la policía -dijo el periodista.
    Linda se encogió de hombros; se le habían quitado las ganas de hablar. Los dos hombres se levantaron y se colgaron las cámaras al hombro. Miraron de reojo a Einar, que seguía en la barra. Karen se inclinó sobre la mesa.
    – ¿Y si eran ellos? -dijo con voz temblorosa.
    – Pero los que yo vi estaban haciendo una cosa bien distinta -objetó Linda.
    – Sí, pero quizá tuvieron relaciones sexuales primero y luego él la mató. Es algo bastante corriente, ¿no?
    Linda tenía algo trascendental en qué pensar.
    – Creo que deberías llamar -dijo Karen decidida.
    – ¡Apenas vi nada!
    – ¿Y si vuelves a pensar en ello? Quizá vayas acordándote de cosas poco a poco.
    – Había un coche en la carretera.
    – ¡Ah! -exclamó Karen -. Están muy interesados en los coches. En cualquier tipo de vehículo que se encontrara en las proximidades. Van a estudiar todos los movimientos en el lugar. ¿Qué clase de coche era?
    – Uno rojo.
    – ¿No recuerdas nada más?
    – Estaba concentrada en no chocar con él -contestó Linda.
    – ¿Qué viste entonces? ¿Qué pinta tenían?
    – No lo recuerdo. Un hombre y una mujer.
    – ¿Eran rubios o morenos? ¿Gordos o flacos? Cosas de ese tipo.
    – No lo sé -contestó Linda.
    Permanecieron calladas unos instantes. Einar trajinaba en la barra.
    – ¿Y el coche? Piensa. ¿Viejo o nuevo? ¿Pequeño o grande?
    – No muy grande. Bastante bien de pintura. Rojo.
    – ¿Eso es todo lo que puedes decir?
    – Sí. Pero si veo uno igual, seguro que lo reconoceré.
    – Creo que debes llamar -insistió Karen -. Habla con tu madre, ella te ayudará.
    Linda puso mala cara solo con pensarlo.
    – Podríamos llamar juntas. Imagínate que digo alguna tontería. ¿Tendré que dar mi nombre?
    – No lo sé. Pero no vas a decir ninguna tontería. Se limitarán a tomar nota de lo que digas y lo cotejarán con los datos que tengan. Si otras personas han visto un coche rojo, se pondrán a buscar un coche rojo, ¿sabes? O algo así.
    A Linda seguía atormentándole la duda, se sentía dividida entre el deseo de haber visto realmente algo y el temor a estar engañándose a sí misma. Y sin embargo… Resultaba tentador. «La policía tiene una importante testigo en el caso de Hvitemoen que asegura haber visto un coche y ha ofrecido una descripción aproximada de dos personas que se encontraban en el lugar de los hechos.»
    ¿Qué aspecto tenían realmente? Se acordaba de algo azul, tal vez azul oscuro, y de algo blanco. El hombre llevaba una camisa blanca. La mujer iba vestida de oscuro. Linda quería ir a su casa y escuchar las noticias.
    – Tengo que pensármelo -dijo.
    Karen asintió con la cabeza.
    – Antes de llamar, debes anotarlo todo, así sabrás lo que vas a decir. Te harán muchas preguntas. De dónde venías, adónde ibas y qué fue lo que viste. Qué hora era.
    – Sí -respondió Linda -. Lo apuntaré.
    Apuraron los vasos y dijeron adiós a Einar. La mirada del hombre estaba ausente.

    Gunder soltó la mano de Marie. Se quedó dormido con la barbilla apoyada en el pecho. Soñó con Poona. Con su sonrisa y sus grandes dientes blancos. Soñó con Marie cuando era pequeña, bastante más regordeta que ahora. Mientras dormía, se abrió la puerta, y dos enfermeras entraron empujando una cama. Gunder se despertó y parpadeó desconcertado.
    – Creo que debería acostarse -dijo la enfermera Ragnhild con una sonrisa -. Tenga, un par de sándwiches. Y café, si quiere.
    Gunder se levantó de un salto. Miró la cama y la bandeja. La enfermera malhumorada, la morena, ni lo miraba. Echaron un vistazo al gotero y limpiaron el tubo. ¿Acostarse? Se pasó una mano por la frente y notó el cansancio como una pesa de plomo en la cabeza. ¿Y si Karsten llegaba mientras él dormía? Incluso podría roncar. Se imaginó a su cuñado, con el rostro pálido de preocupación tras el largo viaje desde Hamburgo. Se imaginó a sí mismo roncando en la cama o con la boca llena de sándwich. Miró de nuevo la comida que le habían llevado. Pan con foie-gras, jamón york, pepinillos en vinagre y un vaso de leche. Un poco de café no le vendría mal.
    – Creo que debería acostarse -repitió Ragnhild.
    – No -respondió Gunder escandalizado -. Tengo que mantenerme despierto por si ocurre algo.
    – Su cuñado aún tardará en llegar. Podemos despertarlo dentro de una hora, si quiere. Y tiene que comer algo.
    Gunder miró fijamente la cama limpia.
    – No ayudará a su hermana si se agota por completo -dijo la enfermera con dulzura.
    La morena no dijo nada. Abrió la ventana haciendo ruido con los ganchos. Sus movimientos eran rudos y decididos. Gunder pensó en la posibilidad de quedarse dormido y de que luego lo despertara esa bruja.
    – Haga usted lo que quiera, pero sepa que nosotras también estamos aquí.
    – Está bien -dijo Gunder.
    Y se marcharon. Gunder miró la comida. Era pan integral. Se levantó, cogió la bandeja y se la puso sobre las rodillas. Comió despacio. Todo le sabía muy bien, y eso le sorprendió. Luego le entró sueño. Se bebió dos tazas de café muy deprisa y notó cómo la garganta le quemaba por dentro. El café era bueno. El respirador seguía trabajando. Las manos de Marie se veían amarillentas sobre la sábana blanca. Colocó la bandeja en una mesa que había junto a la ventana, y se sentó un instante en el borde de la cama. Tal vez Poona hubiera llegado ya. Tal vez estuviera en casa, esperándolo. La puerta no está cerrada con llave, pensó. Le resultaba curioso que hubiera hecho algo tan insólito como dejar la casa abierta. Se frotó enérgicamente los ojos. Se quitó los zapatos y vio el edredón con su funda blanca y bien planchada. Voy a estirar el cuerpo un momento, pensó. Se sentía entumecido y dolorido después de tantas horas sentado en la silla. Se tumbó y cerró los ojos. Al instante estaba en otro lugar.

    Se despertó sobresaltado. Karsten estaba en la habitación, mirándolo. Gunder se levantó de la cama tan deprisa que se mareó y tuvo que recostarse de nuevo.
    – No ha sido mi intención asustarte. -Su cuñado parecía cansado -. Llevo un rato aquí sentado. Me lo han contado todo. Estarás agotado.
    Gunder se levantó por segunda vez, ahora con mucho cuidado.
    – No, ayer pasé la noche en casa -dijo -. Dormí en un sillón. Ahora debo de haberme quedado dormido un rato -añadió desconcertado.
    – Llevas mucho tiempo durmiendo. -Karsten movía las manos sin saber qué hacer con ellas -. Vete a casa, Gunder. Yo me quedaré esta noche.
    Se miraron. Karsten parecía mayor que de costumbre cuando se sentó en el sillón junto a la cama.
    – No sé cómo va a acabar todo esto -murmuró -. Imagínate, tiene la cabeza destrozada. ¿Qué será de nosotros?
    – Todavía no saben nada -contestó Gunder.
    – Pero imagínate que se queda en cama para siempre.
    Se tapó la cara con las manos.
    – Creen que se despertará -señaló Gunder.
    – ¿Eso han dicho?
    – Sí.
    Karsten contempló al hermano de su mujer sin decir nada. En el suelo estaban su maleta y una cartera.
    – Estábamos de excursión en un barco -murmuró -. Tenía el móvil apagado.
    – Comprendo -dijo Gunder-. No te atormentes por eso.
    Se sentía mejor ahora que había dormido y su cuñado había llegado. Al despejarse, volvió el recuerdo de Poona y de la mujer muerta en Hvitemoen.
    – ¿Y tú? Has estado en la India, ¿no? -preguntó Karsten-. Y hasta tienes mujer. Habrá llegado ya, ¿no?
    Su voz sonaba algo incómoda.
    – ¿Has oído las noticias? -preguntó Gunder.
    Su cuñado negó con la cabeza.
    – Ha habido un asesinato en Hvitemoen. Una mujer extranjera. No saben quién es.
    El cuñado se quedó desconcertado ante la extraña digresión de Gunder. En ese mismo instante, Gunder se desplomó y apoyó la cabeza en las manos.
    – Tengo que contarte algo.
    – ¿Sí? -dijo Karsten.
    Justo en ese momento se abrió la puerta y entró, decidida, la enfermera malhumorada.
    – Puede esperar.
    Se levantó bruscamente y se abrochó la chaqueta.
    – Vete a casa y descansa -dijo Karsten.

    Detuvo el coche en la entrada del jardín y permaneció sentado al volante, mirando a través del parabrisas. Sin entender por qué lo hacía, siguió hacia Hvitemoen. Quería pasar despacio por allí y ver el sitio del que todo el mundo hablaba. Sabía muy bien dónde estaba. Enfrente del prado había un camino de carruajes que conducía a un pequeño lago. Lo llamaban Norevann. De niño se había bañado en él con Marie. Mejor dicho, ella se había bañado. Él se quedaba en la orilla chapoteando. Nunca había aprendido a nadar. Eso no lo sabe Poona, pensó de repente, algo avergonzado. Ya cerca del lugar, empezó a mirar hacia la izquierda con el fin de no pasarse de largo. Al salir de la curva vio dos coches de policía. Se detuvo y se quedó observándolos. Dos agentes estaban en la linde del bosque sin hacer nada. Había tiras de plástico rojo y blanco por todas partes. Perplejo, dio marcha atrás rápidamente, de tal manera que el coche quedó oculto entre los árboles. No sabía que su Volvo rojo ya había sido observado. Permaneció sentado, sin moverse, pensando. Si lo que había pasado en ese prado hubiera tenido algo que ver con Poona, él lo habría notado, ¿no? Se metió la mano en el bolsillo interior y sacó el certificado de matrimonio que siempre llevaba junto al corazón. Leyó las escuetas frases y los nombres una y otra vez. «Miss Poona Bai, born on the 1st of June 1962, and Mr. Gunder Jomann, born on the 10th of October 1949.» Era un papel bonito. Color champán, con una orla. Arriba llevaba el emblema de la oficina del juzgado. La misma prueba, y a pesar de ella nadie lo creería. Suspiró hondamente y sintió como si se encogiera un poco. Un ruido repentino lo asustó y dio un respingo. Un policía estaba dando golpes en la ventanilla del coche. La cara de Gunder reflejó espanto. Dobló el papel.
    – Policía -dijo el hombre.
    No hacía falta que se presentara, pensó Gunder, en un repentino ataque de irritación, pues el hombre llevaba uniforme.
    – ¿Todo bien?
    Gunder lo miró desconcertado. Nada iba bien.
    Pero comprendió que no era tan extraño que aquel hombre le preguntara. Se sentía sucio y con la ropa arrugada tras haber pasado varias horas en la cama del hospital. Estaba agotado y sin afeitar. Había parado el coche en el arcén y estaba allí sentado sin moverse, como un tonto.
    – Quería descansar un poco. Vivo muy cerca de aquí -se apresuró a decir.
    – Por favor, enséñeme su carnet de conducir y el permiso de circulación -dijo el agente.
    Gunder lo miró, confuso. ¿Por qué? ¿Acaso pensaba que había bebido? A lo mejor lo parecía. Pero podía soplar todo lo que quisieran, no había bebido alcohol desde que estuvo en Mumbai. Encontró el permiso de circulación en la guantera y sacó la cartera. El agente no le quitaba ojo. El sonido de un walkie-talkie lo interrumpió. Se volvió y murmuró algo que Gunder no captó. Luego hizo una anotación en su libreta. Se colocó el aparato en el cinturón y estudió el carnet de conducir de Gunder.
    – Gunder Jomann, nacido en el cuarenta y nueve.
    – Así es -contestó Gunder.
    – ¿Vive usted por aquí cerca?
    – A un kilómetro en dirección al centro.
    – ¿Adónde se dirige?
    – Bueno, voy a mi casa.
    – Pues va en dirección contraria -observó el agente sin quitarle ojo.
    – Lo sé -dijo Gunder tartamudeando -. Sentía curiosidad -añadió -. Por lo que ha ocurrido.
    – ¿A qué se refiere? -preguntó el agente.
    Gunder se sintió abatido por completo. ¿Estaba haciéndose el tonto aquel policía?
    – A lo de la mujer extranjera. Lo oí en las noticias.
    – Toda la zona está acordonada -le informó el agente.
    – Ya lo sé. Me voy ya para casa.
    El policía le devolvió los papeles y Gunder se dispuso a arrancar. El agente se inclinó sobre la ventanilla, como queriendo husmear dentro del coche. Gunder se puso rígido.
    – Sé que tengo aspecto de cansado -se apresuró a decir -. Es que mi hermana está en coma en el hospital. He estado con ella. Tuvo un accidente de coche -dijo en voz baja.
    – Entiendo -respondió el agente -. Debería usted irse a casa a descansar.
    Gunder permaneció allí unos instantes, viendo cómo la negra espalda del policía desaparecía. Luego avanzó unos diez metros con el coche, dio marcha atrás y se encaminó a su casa. El agente lo siguió con la mirada mientras hablaba por el walkie-talkie.
    – Se comportaba de un modo extraño. Parecía asustado. He apuntado sus datos personales, por si acaso.

    La casa estaba vacía. Ninguna maleta en la entrada, ni rastro de Poona en el salón. Las habitaciones estaban a oscuras; Gunder se había marchado de día, sin dejar ninguna luz encendida. Permaneció un buen rato en el sillón con la mirada perdida. El episodio de Hvitemoen le preocupaba. Tenía la sensación de haber hecho una estupidez. El agente se había comportado de un modo extraño. A nadie le importaba si él daba una vuelta en coche, ni tampoco si se paraba a descansar un poco. Gunder se sentía aturdido. Quizá lo de Poona y todo lo que había vivido en la India había sido un sueño, algo que él se había inventado mientras estaba sentado en el Tandels Tandoori. ¿Quién va a un país lejano a coger una mujer, como quien coge fruta en otoño? Tiene que ser ese libro, pensó, Todos los pueblos del mundo, que me ha metido ideas raras en la cabeza. Vio el lomo rojo en la estantería. Se obligó a sí mismo a levantarse y encender las luces. Puso la tele. Al cabo de media hora empezarían las noticias. Pero al mismo tiempo tenía miedo, no quería saber nada más. ¡De todas formas tendría que saberlo! No, no, de repente podrían decir algo que dejaría a Poona fuera de todo aquello. La mujer muerta, que resulta ser china… O… del norte de África. La mujer muerta, de unos veinte años… la mujer muerta, aún sin identificar, tenía un extraño tatuaje que le cubría toda la espalda. Su imaginación se desbordó. Fuera, todo estaba en silencio.

8

    El rostro bien perfilado de Konrad Sejer estaba siempre serio. Muy poca gente lo había visto reírse abiertamente, y aún menos lo había visto furioso. Sin embargo, su expresión era tensa, sus ojos grises permanecían alertas, lo que denotaba seriedad, interés y ardor. Mantenía a sus colegas a distancia, con la excepción de Jacob Skarre. Sejer le llevaba veinte años, y sin embargo a menudo se les veía a los dos inmersos en profundas conversaciones. Skarre con una gominola en la boca; Sejer chupando una pastilla Fisherman’s Friend. Además, Skarre era el único en la comisaría que lograba llevarse al inspector jefe a tomar una cerveza después del trabajo. Algunos opinaban que Sejer era huraño y arrogante. Skarre sabía que era tímido. En presencia de otros, Sejer llamaba siempre a su colega por su apellido, Skarre. Únicamente cuando estaban solos lo llamaba Jacob.
    Sejer se detuvo junto a una fuente. Se agachó sobre el chorro y sorbió el agua fría. Sentía cierta inquietud. Podría ser que el hombre que estaba buscando fuera un tipo agradable. Con los mismos deseos y sueños que él mismo tenía. Había sido niño. Alguien lo había querido mucho. Estaba atado a alguna otra persona con obligaciones y responsabilidad, y a un lugar en la sociedad que pronto perdería. Sejer prosiguió su camino. No pensaba mucho en él mismo ni en sus propios asuntos. Pero muy dentro de su correcta figura se escondía una gran curiosidad por los seres humanos, por saber quiénes eran y por qué actuaban del modo en que lo hacían. Si alguna vez capturaba al culpable y entendía que realmente se había visto presionado a hacer lo que había hecho, era capaz de cerrar el caso y archivarlo. Esta vez no lo sabía. La mujer no solo había sido asesinada, la habían destrozado a golpes. Robarle a alguien la vida era en sí muy dramático. Destrozar luego el cuerpo era una salvajada. Sejer albergaba pensamientos contradictorios sobre el concepto de criminalidad. En especial, le interesaba todo lo que aún no se sabía.
    Había una mujer en su vida: la psiquiatra Sara Struel. Ella entraba y salía de la casa de Sejer cuando le apetecía, puesto que tenía su propia llave. Él siempre notaba una pequeña emoción cuando alcanzaba el último escalón después de haber subido los trece pisos del edificio. Por la estrecha rendija entre la puerta y el marco podía saber si ella estaba dentro. Además, tenía a su perro Kollberg. Era su único capricho. Por las noches, de vez en cuando, el enorme animal se metía en su cama. Entonces, Sejer se hacía el dormido, fingiendo no darse cuenta. Pero Kollberg pesaba setenta kilos y el colchón cedía ruidosamente cuando se acomodaba a los pies de la cama.
    Atravesó el pasillo que conducía a la sala de guardia. Entró y saludó brevemente a Skarre y a Soot, que estaban sentados junto al teléfono de la línea abierta al público.
    – ¿Sabemos ya quién es ella?
    – No.
    Miró el reloj.
    – ¿Quién está llamando?
    – En su mayoría gente ávida de notoriedad.
    – Siempre es así. ¿Algo de interés?
    – Observaciones de coches. Dos personas vieron un coche rojo en dirección a Hvitemoen. Una persona vio un taxi negro que se dirigía a gran velocidad a la ciudad. No hay apenas tráfico en ese trayecto, excepto entre las cuatro y las seis. Algunas quejas sobre los periodistas. Y por lo demás, ¿hay alguna novedad?
    – Se están escribiendo los informes de la investigación puerta a puerta. Se han enviado todas las pruebas al laboratorio -contestó Sejer -. Han prometido darnos prioridad. Cuarenta personas están trabajando en el caso. El culpable no escapará.
    Estudió la lista de las llamadas recibidas. Casi todos los números empezaban por las mismas cuatro cifras, lo que significaba que la mayoría procedía de Elvestad o sus alrededores. Justo en ese momento, el teléfono sonó. Skarre pulsó el botón de los altavoces y se oyó una voz:
    – Llamo de Elvestad. Mi nombre es Kalle Moe. ¿Estoy hablando con la policía?
    – Así es.
    – Es por el caso de Hvitemoen.
    – Lo escucho.
    – Se trata de un amigo mío. O mejor dicho, de un conocido mío. Es una persona excelente, y por eso he estado dudando mucho de si llamar o no. No quiero crearle problemas.
    – Sin embargo, nos ha llamado. ¿Puede ayudarnos?
    Sejer estudió la voz del hombre. Pertenecía a una persona entrada en años, y sonaba muy nerviosa.
    – Tal vez. Bueno, ese conocido mío vive solo, y así ha sido siempre. Hace algún tiempo se fue de vacaciones. A la India.
    La palabra «India» despertó la atención de Sejer.
    – Ah, ¿sí?
    – Luego volvió a casa.
    Skarre esperaba. Se hizo el silencio un momento. Soot sacudió la cabeza, desesperado.
    – Y el veinte de agosto por la tarde me llamó porque necesitaba ayuda.
    – ¿Necesitaba ayuda? -preguntó Skarre con el fin de darle un pequeño empujón a aquel relato tan lento.
    – Su hermana estaba ingresada en el hospital por un accidente de tráfico. Con graves lesiones.
    El hombre volvió a tomarse un respiro. Skarre alzó los ojos al cielo, y Sejer se puso un dedo sobre los labios.
    – Tenía que ir al hospital inmediatamente, claro, y quedarse con ella. Es tremendo. Entonces me llamó a mí porque en realidad él debería haber ido a Gardermoen.
    – ¿A Gardermoen? -preguntó Skarre, muerto de curiosidad.
    – Esperaba una visita del extranjero. Me crea o no, me contó que en esos quince días que había pasado fuera le había dado tiempo a casarse.
    Skarre esbozó una sonrisa.
    El tono entusiasmado de su voz reflejaba claramente la reacción del hombre ante algo tan poco usual.
    – De modo que esa mujer a la que yo tenía que ir a buscar era, en otras palabras, su esposa. Su esposa india.
    Sejer y Skarre se miraron.
    – Exactamente -sonrió Skarre, contagiado ya por el entusiasmo del hombre.
    – Pero lo que pasó es que no la encontré.
    Los tres hombres escuchaban atentamente. El hombre continuaba, cada vez con más esfuerzo, con la minuciosa historia. Intuían que se trataba de algo importante, de algo que podía ser el primer paso hacia la solución.
    – Debería haber aterrizado a las seis -dijo la voz -. Pero nunca apareció.
    – ¿Por qué no llama él? -preguntó Skarre.
    – Eso es lo que me preocupa. Lo llamé más tarde para preguntarle si ella había llegado. Quizá había cogido otro taxi. Yo conduzco un taxi aquí en Elvestad -explicó -. El único. O tal vez la mujer estaba en un hotel o algo así. Y entonces me respondió con evasivas. Creo que ni siquiera se atreve a pensar en esa posibilidad. No está normal, todo esto debe de haber sido demasiado para él, con lo de la hermana y todo. Por eso llamo.
    – ¿Cómo se llama él? -preguntó Skarre mientras buscaba un bolígrafo.
    – Gunder Jomann. Vive a unos kilómetros del centro de Elvestad, en la calle Blindveien, número dos. La única casa que hay allí. No sé si estará ahora, es probable que se encuentre en el hospital. Pero, como ya he dicho, estoy preocupado. Tal vez la mujer haya intentado llegar aquí por su cuenta, ya que Jomann no fue a recogerla, como ella esperaba. Y le haya pasado algo en el camino.
    – Entiendo -dijo Skarre -. ¿Sabe cómo se llama ella?
    – Sí -contestó -. Lo tengo anotado en un papel. Pero ahora llevo otra camisa. Me lo metí en el bolsillo del pecho.
    – ¿Podría usted encontrar esa nota? -preguntó Skarre.
    – Es posible que esa camisa esté en la lavadora. ¡Qué fastidio! -añadió -. No van a ir ustedes a su casa ahora mismo, ¿no? -prosiguió.
    – En absoluto -dijo Skarre muy decidido.
    Soot, que estaba a su lado, volvió a sacudir la cabeza.
    Skarre estudió la dirección.
    – Le agradecemos de veras su ayuda. Comprobaremos lo que nos ha contado.
    Colgó. Se miraron.
    – Démonos prisa -dijo Sejer.

    Las potentes luces de un coche barrieron el patio. Gunder se sobrecogió. ¿Sería Karsten? Se rascó la calva con las dos manos y salió a la entrada. Abrió vacilante la puerta. Al ver el coche de policía, retrocedió un paso. Sejer subió la escalera con una mano extendida.
    – ¿Jomann?
    – ¿Sí?
    Le saludó con un apretón de manos firme.
    – ¿Podemos entrar un momento?
    Gunder entró primero y se quedó de pie en el salón. Miró a los dos hombres. Uno de ellos medía cerca de dos metros y era más o menos de la misma edad que él. El otro era mucho más joven, con el pelo rubio y rizado.
    – ¿Sabe por qué hemos venido? -preguntó Sejer.
    Gunder tartamudeó:
    – Tendrá que ver con el accidente, ¿no?
    – ¿Se refiere al de su hermana?
    – Sí.
    – Es muy triste lo que le ha ocurrido -dijo Sejer -. ¿Cómo está ella ahora?
    – Su marido acaba de llegar de Hamburgo. Ahora está con ella. Ha prometido llamar. Ella sigue en coma.
    Sejer dijo:
    – Bueno, se trata de otro asunto.
    Gunder notó cómo se le desencajaba la cara.
    – Entonces siéntense -dijo en voz baja.
    Extendió las manos en un gesto de desamparo. Su cuerpo estaba en tensión. Daba la sensación de querer esconderse. Sejer y Skarre se sentaron en el sofá y contemplaron el salón, ordenado y limpio. De repente, Gunder se acercó al escritorio. Sejer vio cómo acariciaba algo en la pared.
    – Perdonen -dijo Gunder, y volvió enseguida -. Tenía que anotar algo importante. Están sucediendo demasiadas cosas estos días. Suelo ser muy ordenado, pero, ya saben, a veces ocurren tantas cosas que te alcanzan como el granizo y te dejan completamente fuera de juego…
    Se mordió el labio y los miró asustado.
    Sejer miró a Jomann a los ojos.
    – ¿Ha llegado sana y salva?
    Gunder tragó saliva.
    – ¿Mi mujer?
    – Sí -contestó Sejer -. Su mujer india. Tenemos entendido que esperaba su llegada al aeropuerto de Gardermoen el día veinte, y que envió a un conocido suyo a buscarla. ¿Ha llegado?
    Sejer sabía la respuesta. Gunder vaciló. Su inmensa aflicción impresionó a los dos policías.
    – ¿Los ha llamado Kalle? -preguntó con un hilo de voz.
    – Sí -contestó Sejer -. Tal vez podamos ayudarle.
    – Ayudar… -dijo Gunder-. ¿Cómo van a ayudarme? Últimamente todo ha ido mal. Llevo varios días sin ir a trabajar. Nadie sabe si Marie va a despertar o cómo estará su cabeza si despierta. Solo la tengo a ella -añadió.
    – Sí -dijo Sejer -. Y a su mujer. Tengo entendido que está usted recién casado. Es así, ¿no?
    Gunder volvió a enmudecer. Sejer le dejó seguir en silencio.
    – Supongo que sí -dijo en voz baja.
    – ¿Se casó usted en un viaje a la India?
    – Sí.
    – ¿Y cómo se llama ella? -preguntó Sejer amablemente.
    – Poona -contestó Gunder-. Poona Bai Jomann.
    Se le notaba un atisbo de orgullo en la voz.
    – ¿Tiene usted alguna idea de por qué no ha llegado como estaba previsto?
    Gunder miró fijamente por la ventana unos instantes.
    – En realidad, no.
    – ¿Qué ha hecho usted hasta ahora para encontrarla?
    – No mucho. No sé muy bien qué hacer. ¿Debo salir a la carretera a buscarla? Y luego está lo de mi hermana, eso ha podido conmigo.
    – ¿Su mujer tiene parientes?
    – Solo un hermano mayor. En Nueva Delhi. Pero no recuerdo su nombre.
    De repente, se sintió avergonzado. ¡Olvidarse del nombre de su cuñado!
    Sejer notó un incipiente malestar en el estómago.
    – ¿Qué cree usted que puede haberle pasado?
    – ¡No lo entiendo! -gritó Gunder con una súbita vehemencia -. ¡Pero sí entiendo que usted cree que es ella la que han encontrado en Hvitemoen!
    Empezó a temblar con fuerza. Skarre bajó la vista, y pensó: No conocemos a este hombre. Está profundamente apenado, pero no sabemos por qué.
    – No lo creemos -dijo Sejer -. Lo que sobre todo deseamos es descartarla. A veces es así como trabajamos. No sabemos quién es la víctima, y eso nos inquieta. Queríamos hacerle unas preguntas sencillas. Seguramente vamos a poder decidir aquí y ahora si hay que llevar a cabo una investigación más exhaustiva o no.
    – Sí -dijo Gunder, procurando tranquilizarse.
    – En primer lugar, ¿tiene usted alguna foto de su mujer?
    Gunder miró en todas direcciones.
    – No -mintió.
    – ¿No?
    – No nos dio tiempo a hacernos una foto de la boda. Catorce días no dan para tanto -añadió, seco.
    – No. Claro que no. Pero yo me refería más bien a una foto cualquiera. Una que usted haya tomado en otro contexto.
    – No. No tengo ninguna.
    «Está mintiendo. No nos la quiere enseñar.»
    – Pero estoy seguro de que usted puede describírnosla. A lo mejor no hace falta nada más.
    Gunder cerró los ojos.
    – Es guapa -dijo, y en su boca se dibujó una amplia sonrisa -. Bastante delgada y ligera. No es en absoluto grande. Las mujeres indias no son muy grandes. No tan grandes como las noruegas, quiero decir.
    – Es verdad -dijo Sejer, sonriendo. Le resultaba simpático ese hombre tímido y la manera tan sencilla en la que se expresaba.
    – Tiene los ojos y el pelo negros. Tan largo que le llega hasta la cintura. Lo lleva siempre recogido en una larga trenza.
    Los dos hombres asintieron con la cabeza. La cara de Sejer expresaba preocupación.
    – ¿Cómo suele ir vestida?
    – Normal. Como las mujeres noruegas. Excepto en ocasiones especiales. Lleva sandalias. Allí en la India las lleva todo el mundo. Sandalias de tacón bajo, marrones. Trabajaba en un restaurante Tandoori y necesitaba un calzado cómodo. Pero cuando quería ir bien vestida llevaba otro tipo de ropa y otro calzado. Cuando nos casamos llevaba un sari y sandalias doradas.
    Se hizo un silencio absoluto en el salón de Gunder.
    – Por otro lado -se apresuró a decir, porque ese silencio le infundía miedo -, muchas mujeres indias llevan trenzas largas y sandalias.
    – Así es -dijo Sejer en voz alta -. ¿Y por lo demás? -preguntó -. ¿Quiere contarnos algo de su estancia en la India?
    Gunder lo miró confuso. Pero le hacía bien hablar de Poona a alguien que quería escucharlo.
    – ¿Cómo celebraron ustedes la boda? -preguntó Sejer.
    – Con una gran sencillez. Solo nosotros dos. Estuvimos en un restaurante muy bueno que Poona conocía. Cenamos con postre, café y todo. Luego paseamos por un parque e hicimos planes sobre lo que íbamos a hacer aquí en la casa y el jardín. Poona prefiere trabajar. Habla bien el inglés y es muy trabajadora. No hay muchas chicas noruegas con tanto ímpetu, se lo aseguro. -Gunder se sonrojó -. Y me había comprado un regalo. Una tarta del amor, tuve que comérmela entera. Era horrible, dulzona y empalagosa, pero conseguí tragármela. Bueno, tratándose de Poona, habría devorado un elefante indio si ella me lo hubiera pedido.
    Se sonrojó ante su propia confidencia. Sejer sintió una gran tristeza.
    – Y ¿usted qué le regaló a ella? -preguntó Skarre con una sonrisa.
    – Tengo que admitir que iba bien preparado -contestó Gunder-. Pensé que tal vez conocería a alguien. Sabía lo que me esperaba, sabía lo bonitas que son las mujeres indias. No en vano he leído unos cuantos libros. Me llevé una alhaja. Un broche noruego -añadió.
    El silencio en el pequeño salón era absoluto.
    – Jomann -dijo Sejer en voz baja -. Con el fin de no pasar por alto ningún detalle en este caso tan complicado, le ruego que nos acompañe.
    Gunder se puso pálido.
    – Es muy tarde -murmuró -. ¿No podría ser mañana?
    Le pidieron que se pusiera la chaqueta. Lo esperaron fuera mientras avisaban a la comisaría. Gunder Jomann iría a examinar las alhajas de la víctima, los pendientes, los anillos y el broche. Los dos hombres estaban esperando delante de la casa cuando vieron pasar un coche a escasa velocidad. Se detuvo frente al buzón de Gunder y vieron cómo el conductor leía el nombre de la placa.
    – Periodistas -dijo Sejer frunciendo el ceño -. Están en todas partes.
    – Duermen en su coche -dijo Skarre preocupado.
    Se volvió hacia Sejer.
    – Está muy orgulloso de su mujer india.
    Sejer asintió con la cabeza.
    – ¿Por qué no nos llamó?
    – Porque se niega a creerlo.
    Gunder salió. Se había puesto una americana de tweed marrón y se paró un momento a tocarse los botones, como un niño desganado que no quiere marcharse. Así que iba a ver unas alhajas. Suponía que no podía negarse. Y sin embargo, estaba irritado. Además, estaba cansado y tenía muchas cosas en que pensar. Pero claro, era horrible que nadie supiera quién era esa mujer.
    No hablaron mucho durante la media hora que tardaron en llegar al juzgado. Sejer salió y le abrió la puerta a Gunder, que pensó que en toda su vida no había hablado ni una sola vez con un policía. Bueno, un rato antes con aquel tipo malhumorado en Hvitemoen. Pero estos dos eran amables. El joven era abierto y sonriente; el mayor, educado y correcto. Tampoco había estado jamás en el juzgado. Subieron en el ascensor. Gunder pensó en Karsten; esperaba que su cuñado consiguiera dormir un poco. Tengo que volver al trabajo, pensó. No puedo seguir así.
    Estaban en el despacho de Sejer. Este encendió una lámpara y marcó un número de teléfono.
    – Ya estamos aquí. Puede acercarse.
    Señaló una silla a Gunder. Este notó la gravedad en la estancia y miró a la puerta, hacia aquello que se acercaba. Solo eran unas alhajas. Se olvidó de respirar. No entendía muy bien tanta tensión solo porque iba a ver unas joyas y a decir que nunca las había visto. Nunca. Skarre se ofreció a cogerle la americana, pero Gunder prefirió dejársela puesta. Entró una agente. Gunder se fijó en sus hombros, que parecían anchos por las hombreras de la camisa del uniforme. La mujer llevaba zapatos gruesos con cordones. En la mano tenía una bolsa de papel marrón y un estrecho sobre amarillo. La bolsa marrón era lo suficientemente grande como para contener un pan, pensó Gunder. ¿Qué era aquello? La agente puso los objetos sobre el escritorio de Sejer y abandonó la estancia. ¿Qué habría en ese estrecho sobre? ¿Y en la bolsa marrón? ¿Qué pensaban ellos de él? ¿Cuál era la verdadera razón por la que habían ido a buscarlo? Se sintió mareado. La única lámpara encendida era la del escritorio, que proyectaba una intensa luz sobre el tablero de la mesa, e iluminaba el cartapacio de Sejer, con un mapamundi. Ahora el inspector apartó el cartapacio hacia un lado; se había pegado al tablero y se oyó un desagradable sonido cuando lo arrancó. Luego cogió el sobre, que estaba cerrado con un clip. El corazón de Gunder latía con fuerza. Todos los sonidos de la habitación desaparecieron, solo se oían los latidos de su corazón. Sejer dio la vuelta al sobre y se oyó un suave tintineo cuando las alhajas cayeron. Brillaban a la luz de la lámpara. Un pendiente con una bolita que le recordaba a unos que Poona llevaba un día que salieron juntos. Dos pequeños anillos completamente anónimos y un elástico rojo, seguramente para el pelo. Pero lo otro, lo grande, en parte tapado por los anillos, iba apareciendo lentamente en toda su belleza. Un hermoso broche. Gunder jadeó. Sejer levantó la cabeza y lo miró.
    – ¿Le resulta conocido?
    Gunder cerró los ojos. Y, sin embargo, seguía viendo el broche. Lo veía con todo detalle, porque lo había visto un montón de veces. Pero se recordó a sí mismo que se habían confeccionado muchos broches idénticos a ese. ¿Por qué iba a ser precisamente el de Poona?
    – Es imposible afirmar algo con seguridad -dijo Gunder con voz ronca -. Esos broches son todos muy parecidos.
    Sejer asintió con la cabeza.
    – Entiendo. Pero ¿puede usted descartarlo? ¿Puede decir con toda seguridad que este no es el broche que usted regaló a su mujer?
    – No. -Gunder tosió tapándose la boca con la mano -. Algo se parece. Tal vez -añadió.
    Skarre asintió sin pronunciar palabra y miró a su jefe.
    – La mujer en cuestión -dijo Sejer – puede venir de la India.
    – Entiendo que crean ustedes que es ella -dijo Gunder con una voz algo más potente -. No habrá más remedio. Tendré que ver a la mujer muerta. Así acabaremos con esto de una vez. Su voz estaba ya tan afectada por su respiración irregular que le salía entrecortada.
    – Por desgracia, no es posible.
    – ¿Por qué no?
    – La mujer no puede ser identificada.
    – No entiendo lo que quiere decirme -dijo Gunder nervioso -. Si es mi mujer, me daré cuenta enseguida. Y si no es ella, también.
    – No -insistió Sejer mirando de reojo a Skarre, como pidiendo ayuda.
    – Está irreconocible después de lo que sufrió -dijo Skarre con prudencia.
    – ¿Irreconocible?
    Gunder miró al suelo. Por fin entendió lo que querían decir.
    – Pero entonces, ¿cómo podremos hacerlo?
    Abrió los ojos, aterrado.
    – El broche -contestó Sejer -. ¿Es este el broche que regaló usted a su mujer?
    Gunder empezó a tambalearse.
    – Si usted cree que es ella, tendremos que ponernos en contacto con su hermano en Nueva Delhi y pedir ayuda allí. No hemos encontrado sus papeles. Tal vez exista algún historial de su dentista.
    – No creo que fuera a menudo al dentista -dijo Gunder en tono abatido.
    – ¿Y alguna otra particularidad? -preguntó Sejer -. Marcas o lunares. ¿Tenía alguno?
    Gunder tragó saliva. Tenía una cicatriz. Porque una vez le extirparon una astilla de vidrio del hombro. Le quedó una fina cicatriz más clara que la piel. En el hombro izquierdo. Le dieron cuatro puntos. Gunder lo pensó, pero no dijo nada.
    – ¿Cicatrices, por ejemplo? -prosiguió el inspector jefe. Volvió a mirar fijamente a Gunder-. La víctima tenía una cicatriz en el hombro izquierdo.
    Entonces Gunder se desmoronó.
    – Pero ¿y la maleta? ¡Nadie viaja desde la India a Noruega sin maleta!
    – No hemos encontrado ninguna maleta -contestó Sejer -. El asesino debió de haberse librado de ella. Pero llevaba un bolso. Un bolso muy especial.
    Empezó a abrir la bolsa marrón. Lentamente iba apareciendo el bolso amarillo. En ese momento, Sejer agradeció al destino -por lo demás tan cruel – que el bolso estuviera limpio y no manchado de sangre.
    Gunder se había aferrado a la esperanza durante mucho tiempo. Resultó extraño, casi un alivio, dejarse caer.
    – Jomann -dijo Sejer -, ¿es este el bolso de su mujer?

9

    La visión del hombre derrumbado lo perseguía. El momento en que por fin se resignó. Su voz rogando desesperadamente ver a su mujer muerta. «Tengo derecho, ¿no? -dijo Jomann -. ¿De verdad me lo puede negar?»
    No podía. Solo pedirle que se lo ahorrara a sí mismo. «Ella no habría querido que usted la viera así», le dijo Sejer con insistencia. Gunder no era más que una sombra de sí mismo cuando recorría el pasillo. Una agente lo llevaría a su casa. A una casa vacía. ¡Cómo la estuvo esperando! Con la ilusión de un niño. Sejer se acordaba del certificado de matrimonio que con tanto orgullo les había mostrado el hombre. Ese importante documento, la prueba de su nuevo estado.
    – Se llama Poona Bai -dijo Sejer más tarde en la puerta abierta de la sala de guardia -. De la India. De visita en Noruega por primera vez.
    Soot, que se ocupaba del teléfono abierto al público, abrió los ojos de par en par.
    – ¿Se va a publicar en la prensa?
    – No, no tenemos ningún papel. Pero un hombre de Elvestad la estaba esperando. Se casaron en la India el 4 de agosto. Ella venía para quedarse con él.
    Se inclinó hacia delante y leyó en la pantalla.
    – ¿Qué tienes ahí?
    – Una joven -contestó Soot alterado -. Acaba de llamar. Habrá que procurarle un coche. Linda Carling, dieciséis años. Pasó en bicicleta por Hvitemoen el día veinte, un poco después de las nueve de la noche. Había un coche rojo aparcado en el arcén, y un hombre y una mujer estaban retozando en el prado.
    – ¿Retozando? -dijo Sejer -. De repente se puso en estado de alerta.
    – Le costó mucho encontrar las palabras adecuadas -dijo Soot -. Pensó que estaban echando un polvo. Corrían el uno tras el otro, como si estuvieran jugando. Luego se tumbaron en la hierba. Más tarde se le ocurrió que tal vez se tratara de la víctima y su asesino. Que primero tuvieran relaciones sexuales y que luego él la matara. Ninguno de los dos se percató de su presencia.
    – No hubo sexo -se apresuró a decir Sejer -. Pero puede que él lo intentara. ¿Y el coche?
    Sin darse cuenta, apretó los puños.
    – Un coche rojo. Y lo del coche rojo es interesante -dijo Soot -. Karlsen se pasó por aquí. Un tío con un Volvo rojo aparcó esta noche junto al lugar de los hechos. Estaba como meditando. Le tomaron los datos por si acaso. Se comportó de un modo muy extraño.
    – ¿Su nombre?
    – Gunder Jomann.
    Se hizo el silencio en la estancia.
    – Es su marido -explicó Sejer -. Dudo mucho que lo haya hecho él.
    – ¿Podemos estar tan seguros de ello?
    – Si no me equivoco, él estaba en ese momento en el Hospital Central. Tiene una hermana ingresada allí. Lo he comprobado. Skarre, ve tú a ver a Linda Carling. Tendrás que sonsacarle. ¡Ella vio el coche!
    – De acuerdo -dijo Skarre -. Pero es muy tarde.
    – En este asunto no podemos tener consideración con nadie. ¿Qué más? -añadió mirando a Soot.
    – Nada importante.
    – Hay algo extraño -señaló Skarre mientras se ponía la chaqueta de cuero -. El arma. ¿Con qué la golpeó? No hay piedras en la hierba. Si llegó en coche y llevaba alguna herramienta, no se me ocurre nada que pudiera producir las terribles lesiones que presenta la mujer. ¿Qué suele llevar la gente en el coche?
    – Puede que un gato para las ruedas -contestó Sejer -. Pequeñas herramientas. Cosas así. El forense Snorrason habla de algo grande y pesado. Tenemos que volver a inspeccionar los alrededores. Hay un pequeño lago al otro lado de la carretera. Norevann. Puede que tirara allí el arma y también la maleta. Tenemos que encontrar a su hermano.
    – ¿Su hermano? -preguntó Soot.
    – Su único pariente. Y cuñado de Jomann. Tenemos que traerlo aquí, si se puede.
    – ¡Allá vamos! -exclamó Skarre, entusiasmado.

    El deseo de Linda de atraer la atención no tenía límites. Estar entre la gente, ser el centro de atención, era vital para ella. Si estaba en la sombra, se sentía sola. Pero ahora iba a darse un baño de sol. ¡Un poli iba de camino a su casa! Estaba buscando el cepillo del pelo. Se roció con el Lagerfeld de su madre. Luego volvió a salir a la calle a mirar. Aún no se veía ningún coche. Abrió la ventana para poder oírlo y se puso a ordenar la mesa del salón. La revista juvenil Girls estaba abierta por el medio con una foto de Di Caprio. La metió en la cesta de los periódicos. Se quitó las zapatillas y anduvo desnuda por el salón mientras pensaba en lo que diría. Era importante tener la cabeza despejada y contar con exactitud lo que había visto, no lo que creía haber visto. Pero no se acordaba muy bien, y eso le fastidiaba. Volvió a repasar su excursión en bicicleta y formuló unas frases para sus adentros. Tenía poca información que dar a ese hombre. Porque sería un hombre, claro, el que estaba en camino. Ni se le ocurrió pensar que podía ser una agente, aunque sabía que había mujeres policías. Cuando al fin oyó el ruido de un coche y de neumáticos en la gravilla, el corazón le empezó a palpitar con fuerza. Oyó el timbre, pero tardó un poco en abrir, pues no quería precipitarse hacia la puerta como una chiquilla. Entonces se le ocurrió que estaba demasiado arreglada y corrió al baño a desarreglarse un poco. Cuando por fin se abrió la puerta, Skarre se encontró cara a cara con una chica apurada y sin aliento, con las mejillas sonrojadas y una nube de pelo que le rodeaba la cabeza como una corona. Olía mucho a perfume.
    – ¿Linda Carling? -preguntó Skarre con una sonrisa.
    Justo en ese instante algo sucedió en la cabeza de Linda. Miró fascinada al joven agente. La luz de fuera se reflejaba en sus rizos rubios. Su chaqueta de cuero negro brillaba. Sus ojos azules la alcanzaron como un rayo. Se mareó un poco. De repente era importante. Perdió el habla y enderezó el cuerpo, estaba como un arco tensado en el marco de la puerta.
    Skarre la miró con curiosidad. Esa chica podría haber pasado por Hvitemoen en el mismo instante en que se estaba cometiendo el crimen. ¿Era una testigo fiable? Él sabía que las mujeres eran mejores testigos que los hombres. Ella era joven, tal vez tenía buena vista. Además, a las nueve todavía era de día. Ella había pasado en bicicleta, no en coche. En coche se tardaría cuatro o cinco segundos en pasar. También sabía que lo que Linda le contara seguramente sería todo lo que recordaba. Lo que añadiera luego sería dudoso. Los seres humanos sentían una imperiosa necesidad de completar la imagen con el fin de crear una totalidad. Una armonía interna. Lo que ahora eran fragmentos de un suceso podría ser algo más con el tiempo. Se dio cuenta del ardiente deseo de la joven de ser útil. Skarre conocía la psicología de los testigos, todas aquellas cosas que influyen en la vivencia de una persona de lo que realmente ve. «La relatividad de la impresión.» Edad, sexo, cultura y estado de ánimo. La manera en que él formulaba la pregunta. Además, la chica parecía descentrada, incoherente y nerviosa. Su cuerpo se movía constantemente, gesticulaba con vehemencia y sacudía la cabeza. El intenso perfume le llegaba a Skarre en ráfagas.
    – ¿Estás sola?
    – Sí -contestó Linda -. Mi madre conduce un camión de transporte internacional y casi nunca está en casa.
    – ¿De transporte internacional? Vaya. ¿Y tú piensas dedicarte a lo mismo?
    – ¿A lo mismo? Jamás -dijo sacudiendo la cabeza.
    El pelo blanco de la joven le recordaba a Skarre la lana de vidrio. Estaban sentados en el salón.
    – ¿De dónde venías?
    – De casa de una amiga. Karen Krantz. Vive en el camino de Randskog.
    – ¿Es una amiga íntima?
    – Nos conocemos desde hace diez años.
    – ¿Vais a la misma clase?
    – Dentro de dos días yo empezaré los módulos de peluquería. Karen va a hacer el bachillerato. Pero hasta ahora siempre hemos ido a la misma clase.
    – ¿Qué hacíais en casa de Karen?
    – Vimos una película. Titanic.
    – Ah, sí -dijo Skarre -. Con Di Caprio. Muy romántica, ¿verdad?
    – Superromántica -respondió Linda con una sonrisa.
    Skarre se fijó en cómo le brillaban los ojos.
    – De manera que salías de casa de Karen muy animada.
    Linda se encogió de hombros, coqueta.
    – Pues sí, bastante romántica, diría yo.
    Por eso pensabas que ellos estaban jugando, pensó Skarre. Viste lo que querías ver, lo que tu cerebro esperaba ver. Un hombre corriendo detrás de una mujer para hacer el amor.
    – ¿En qué estabas pensando mientras ibas montada en la bici? ¿Podrías decírmelo?
    – Bueno -contestó la joven algo avergonzada -, pensaba en las películas.
    – ¿Te cruzaste con algún coche?
    – Con ninguno -contestó Linda muy segura.
    – Al acercarte a Hvitemoen, ¿qué fue lo primero que viste?
    – El coche -contestó -. Primero vi el coche. Era rojo y estaba mal aparcado. Como si se hubiera detenido de golpe.
    – Continúa -dijo Skarre -. Intenta hablar libremente, olvídate de que te estoy escuchando.
    Linda lo miró asombrada. Lo que él decía era imposible.
    – Miré a mi alrededor para ver si había gente. Ese coche tendría que ser de alguien. Entonces me di cuenta de que había dos personas en el prado, ya casi en el bosque. Estaban corriendo. Alejándose de donde yo estaba. Vi con más claridad al hombre, porque él le hacía sombra a ella. Llevaba algo blanco. Una camisa blanca. Agitaba mucho los brazos. Creí que la estaba espantando en broma.
    Linda se calló, porque en su pensamiento ya se había vuelto y estaba acercándose al coche.
    – ¿Qué pudiste ver de la otra persona?
    – Era más pequeña que él. Oscura.
    – Oscura. ¿Cómo oscura?
    – Todo era oscuro. Su pelo y su ropa.
    – ¿Estás completamente segura de que se trataba de una mujer?
    – Corría como una mujer -contestó Linda con sencillez.
    – ¿Viste las manos del hombre? ¿Llevaba algo?
    – No creo.
    – Continúa.
    Skarre no tomó ninguna nota. Todo lo que la chica decía se le quedó grabado en la mente.
    – De repente el coche me estorbaba. Tuve que rodearlo. Y volví a mirar una vez más al prado. El hombre ya la había alcanzado, y los dos cayeron al suelo. Sobre la hierba.
    – Entonces estarían medio ocultos cuando los viste desde la carretera. ¿O podías ver algo todavía?
    – El hombre estaba… eh… encima -dijo sonrojándose un poco -. Vi brazos y piernas. Pero en ese momento la bici empezó a tambalearse y tuve que concentrarme en la carretera.
    – ¿Oíste algo?
    – Un perro ladrando.
    – ¿Nada más? ¿Gritos? ¿Risas?
    – Nada más.
    – El coche -preguntó Skarre -, ¿puedes describirlo?
    – Sí, era rojo.
    – Hay muchos tonos de rojo. ¿Cuál exactamente?
    – Rojo intenso. Como un coche de bomberos.
    – Bien -dijo Skarre -. ¿Te fijaste en algún detalle del coche al pasar por delante de él? ¿Había gente dentro?
    – No. Estaba vacío. Miré dentro.
    – ¿Y la matrícula?
    – Noruega. Pero no recuerdo el número.
    – ¿Y estaba mirando hacia ti, cómo si viniera del centro de Elvestad?
    – Sí -contestó Linda -. Pero estaba casi cruzado.
    – ¿Las puertas estaban abiertas?
    – La del lado del pasajero.
    – ¿Te fijaste en el coche por dentro? ¿Era oscuro o claro?
    – Creo que oscuro, pero no puedo asegurarlo. La pintura estaba bien.
    – ¿No tienes ni idea de la marca o del modelo?
    – No.
    – ¿Estás completamente segura de que no te vio nadie?
    – Completamente segura -contestó la chica -. No veían nada más que a ellos mismos. Y una bici no hace mucho ruido.
    Skarre reflexionó unos instantes. Luego le sonrió.
    – Si recuerdas algo más, puedes llamarme a la comisaría, a este número.
    Le tendió una tarjeta. Ella la cogió con avidez. Jacob, ponía. De apellido Skarre. No le gustó nada que el hombre se fuera ya, no había estado más de diez minutos. El agente le estrechó la mano y le dio las gracias. Su mano era cálida y firme.
    – Mañana te pediremos que nos indiques el lugar donde los viste. Y también el coche. Con la mayor precisión posible. No te importa, ¿verdad?
    – ¡Claro que no! -exclamó la joven.
    – Entonces enviaremos a un par de agentes a buscarte mañana por la mañana.
    – De acuerdo -dijo ella, decepcionada.
    Apretó la tarjeta en la mano. Sabía que no había nada más. El recuerdo de lo que había visto era parpadeante, borroso y falto de detalles. Rezó una breve oración para recordar más cosas, algo decisivo, durante el sueño. ¡Tenía que volver a ver a ese hombre! Era su hombre. Llevaba mucho tiempo esperando a alguien como él. Todo encajaba con sus deseos. La cara, el pelo, los rizos rubios, el uniforme. Linda sacudió la cabeza y bajó la mirada tímidamente, de esa manera que se le daba tan bien.
    ¡«Si recuerdas algo más»!
    ¿A qué se refería? A cualquier cosa. Linda cerró la puerta con llave y entró de puntillas en el salón. Se escondió detrás de los visillos y lo siguió con la mirada. «Enviaremos a un par de agentes.» ¡Bah! Se metió en el baño y se cepilló los dientes. Subió corriendo al piso de arriba. Se puso a cepillarse el pelo con movimientos largos y lentos frente al espejo de su habitación. El pelo se le electrizó y empezaron a saltar chispas.
    – Se llama Jacob -dijo mirando al espejo -. ¿Que qué edad tiene? Veintialgo, no llega a los treinta. Claro que es guapo. Vamos a salir el sábado. Seguramente iremos al café Børsen. ¿Que no van a dejarme entrar? En compañía de un poli podré entrar donde sea. ¿Si estoy enamorada? Hasta las trancas. -Vio sus propias mejillas sonrojadas -. ¡Te diré una cosa, Karen: esta vez va en serio! Esta vez estoy dispuesta a llegar muy lejos para conseguir lo que quiero. ¡De verdad, muy lejos!
    De nuevo oyó un ruido de motor en el patio. Un potente motor diésel que daba golpes, un sonido familiar y de repente no bienvenido. Era su madre. Apagó la luz y se metió a toda prisa debajo del edredón. Ahora no quería hablar. Cuando su madre se enterara, tomaría las riendas de todo, lo controlaría todo. Pero la testigo era ella. ¿Cómo lo llamaban? ¿Testigo principal? Soy la testigo principal de Jacob, pensó, cerrando los ojos. Su madre abrió la puerta de abajo. Linda oyó el ruido de la cerradura. Procuró respirar muy suavemente cuando su madre entró en su habitación y miró hacia la cama. Luego volvió a hacerse el silencio. En sus pensamientos regresó a casa de Karen. «¡Bueno, me voy! Te llamo mañana.» Y se subió a la bicicleta. Había una suave pendiente en el primer trecho hacia la carretera principal. El tiempo era agradable y templado. Cuando llegó al asfalto, la bicicleta no hacía ruido alguno. Y ahí me tienes, montada en mi bici con ese tiempo maravilloso. Mantén la cabeza despejada, recuerda cada detalle, hay bosque a tu izquierda y a tu derecha, y ni un alma en la carretera. Estoy completamente sola, y los pájaros callan porque se está acercando la noche, pero aún hay luz. Salgo de la curva y me acerco al prado de Kvitemoen. Muy a lo lejos veo el morro de un coche rojo. ¿Qué matrícula tiene? ¡No puedo verlo! ¡Joder, qué mala suerte! Me estoy acercando y tengo que rodearlo. Algo se mueve a lo lejos a la derecha. Hay gente en el prado. ¿Qué están haciendo? Corretean como niños, aunque son adultos. Ella intenta librarse, pero él la tiene cogida del brazo. Él es más rápido, parece que están jugando, es casi como un baile. Y yo rodeo el coche, está vacío, pero veo algo blanco en la ventanilla. Una pegatina. Estoy en medio de la carretera, justo antes de la curva y tengo que darme prisa y volver a la derecha, pero miro una vez más hacia el prado, donde los dos acaban de caer sobre la hierba alta. El hombre está encima de la mujer. Veo extenderse un brazo y al hombre inclinándose sobre ella, y pienso: ¡Dios mío, van a hacer el amor! ¡En medio del prado florido! ¡Están locos! Él lleva una camisa blanca y ella tiene el pelo negro. Él es más grande que ella, más ancho. ¿Es rubio? Ya los he pasado y les echo una última mirada. Han desaparecido entre la hierba. Pero el hombre era rubio y había una pegatina en la ventanilla del coche. Tengo que llamar sin falta a Jacob.

    Gunder no quería volver a su casa vacía. Si por él hubiera sido, habría preferido quedarse toda la noche en la comisaría, en el despacho de Sejer. Cerca de las alhajas. Accesible, por si alguien se presentaba de repente con información decisiva sobre la mujer muerta. ¡No podía ser Poona! Aún no le habían permitido verla. Soy un cobarde, pensó. Debería haber insistido más. Dio las gracias al agente y entró en su casa. No se molestó en cerrar con llave. Fue al salón. Cogió la foto de Poona y él del cajón donde la había escondido. Miró el bolso amarillo. ¿Y si se estaban equivocando? No se habría fabricado un solo bolso con forma de plátano, sino cien o mil. Marie, pensó. Mi trabajo. Todo se está derrumbando. ¿Qué había dicho aquel hombre en el avión? El alma se quedó en el aeropuerto de Gardermoen. De repente, Gunder entendió lo que el hombre había querido decir. Ahora no era más que una cáscara arrugada sentada en un sillón. Se levantó y volvió a sentarse, luego se puso a dar vueltas por la casa. Una polilla revoloteaba por las habitaciones buscando la luz.

10

    El edificio que alojaba los juzgados y la comisaría bullía de actividad. Treinta personas trabajaban a destajo. Todos sentían una especie de indignación frente a lo sucedido. Una mujer extranjera, una novia, por así decirlo, había llegado a Noruega con un broche en el pecho. Alguien la había atacado brutalmente junto al lugar al que se dirigía. Era un caso que todos querían resolver, había que atrapar a ese hombre. Era una decisión tácita que les hacía a todos enderezar la espalda y mirar al frente. Dieron una conferencia de prensa. Les arrebató un tiempo muy valioso, pero querían mirar a los noruegos a los ojos y decir: «Vamos a resolverlo». Sejer querría haberse librado de aquello. Había muchos reporteros y fotógrafos. Un bosque metálico de micrófonos sobre la mesa. Notó un picor de mal agüero. Sufría de eccema y solía ponerse peor cuando se sentía a disgusto. A su izquierda estaba sentado el jefe de sección Holthemann; a la derecha tenía a Karlsen. No había manera de librarse. La prensa y la gente, por una u otra razón, tenían exigencias que había que satisfacer: material fotográfico, estrategias, progreso, información sobre la composición del grupo de investigación, de su experiencia y sobre qué casos habían trabajado antes.
    Se pusieron manos a la obra. ¿Había un posible sospechoso? ¿Se intuía algún motivo? ¿Habían abusado sexualmente de la mujer? ¿Había sido identificada? ¿Se habían hallado pruebas físicas importantes en el lugar del crimen? ¿Se sabía con exactitud el país de origen de la mujer y la edad que tenía? ¿Cuántas pistas habían recibido de los ciudadanos? ¿Se había realizado una investigación puerta a puerta? Finalmente, ¿qué posibilidad había de que el asesino volviera a actuar?
    ¿Cómo coño voy a saberlo?, se le ocurrió pensar a Sejer. ¿Y el arma? ¿Podría decir algo sobre el arma? ¿Era posible golpear a una persona hasta matarla sin dejar ninguna huella? Y ese testigo que iba en bicicleta, ¿era del pueblo? Los periodistas escribían como enloquecidos. Sejer se metió una pastilla Fisherman’s Friend en la boca. Era tan fuerte que se le saltaron las lágrimas.
    – ¿Está listo el informe de la autopsia?
    – No. Será muy extenso.
    – ¿Imposible tomar fotos del cadáver?
    – Completamente imposible.
    Se hizo el silencio, pero todo el mundo dejó volar la imaginación.
    – ¿Se puede decir que consideran este caso de una brutalidad inusual, comparado con otros casos de la historia de la criminalidad en Noruega?
    Sejer echó un vistazo a la estancia.
    – Supongo que debería cuidarme de comparar distintos casos, y medirlos por su crueldad. Solo la víctima tiene ese derecho. Pero sí, en este caso hay señales de una crueldad que no me había encontrado hasta ahora durante el tiempo que llevo como policía.
    Sejer se imaginaba ya los titulares, y pensaba en todo lo que podría haber hecho durante la hora que duró la conferencia de prensa.
    – En cuanto al autor del crimen -dijo alguien -, ¿suponen ustedes que el hombre, o los hombres, son del pueblo? ¿O de la región?
    – Aún no se sabe.
    – ¿Cuánto saben que no desean decirnos? -preguntó una mujer.
    Sejer no pudo reprimir una leve sonrisa.
    – Algunos pequeños detalles.
    En ese momento vio a Skarre aparecer en el extremo opuesto de la estancia con el pelo de punta. Sejer intentó conservar la calma mientras respondían al resto de las preguntas. Holthemann, sentado a su lado, también había visto a Skarre. Se inclinó hacia Sejer y susurró:
    – Skarre tiene algo. Está rojo como un tomate.
    La conferencia de prensa terminó por fin. Sejer se llevó a Skarre por el pasillo.
    – Dime -dijo sin aliento.
    – Por fin he encontrado algo. En la central de taxis. Uno de sus coches salió de Gardermoen con destino a Elvestad el día veinte a las dieciocho cuarenta. A través del dueño, me he enterado del nombre del taxista. Me contestó su mujer, su marido llegará a casa enseguida y ella le dirá que nos llame inmediatamente.
    – Si ese hombre tiene algo de intuición, debería haberla usado hace mucho tiempo. ¿Cómo se llama?
    – Anders Kolding.
    – Un taxi de Gardermoen a Elvestad. Eso debe de costar una fortuna, ¿no?
    – Entre mil y mil quinientas coronas -respondió Skarre -, pero Jomann había dado dinero a la mujer. Dinero noruego y alemán.
    Esperaron, pero nadie llamó. Sejer le concedió treinta minutos antes de marcar el número. Contestó un hombre.
    – Kolding.
    – Lo llamamos de la policía. Lo estamos esperando.
    – Lo sé, lo sé.
    Una voz joven. Alterada. De fondo se oía el llanto de un bebé.
    – Queremos que acuda a la comisaría.
    – ¿Ahora? ¿Ahora mismo?
    – En este mismo momento si es posible. Hábleme de esa carrera desde el aeropuerto.
    – Bueno, llevé a una mujer extranjera a Elvestad. Blindveien, se llamaba la calle, creo. Pero no había nadie en la casa, de modo que volvió a meterse en el coche y me pidió que la llevara al centro de Elvestad, a un bar.
    – ¿Sí?
    – Y allí se bajó.
    – ¿Se bajó en el bar?
    – Entró en el bar, para ser más precisos, el bar de Einar -recordó.
    – ¿Volvió a verla después de aquello?
    – No, por Dios. Yo me fui.
    – ¿Llevaba equipaje la mujer?
    – Una enorme maleta marrón. Apenas conseguía arrastrarla escaleras arriba.
    Sejer reflexionó un instante.
    – ¿Y usted no la ayudó?
    – ¿Eh?
    Los llantos de bebé seguían oyéndose de fondo.
    – ¿Entonces usted no la ayudó a subir la maleta por la escalera?
    – No. Tenía bastante con regresar a la ciudad. Eran muchos kilómetros sin cliente.
    – ¿Y esa fue la última vez que la vio?
    – La última.
    – Entonces lo espero, Kolding. Ya le he preparado una silla.
    – No tengo nada más que decir. Mi mujer tiene que marcharse y tenemos un niño histérico. Me viene fatal.
    – Ha sido usted padre, por lo que puedo oír.
    – Hace tres meses. Un niño.
    No parecía muy feliz.
    – Tráigaselo -dijo Sejer -. Así de simple.
    – ¿Llevarme al crío?
    – Tendrá un portabebés, ¿no?
    Colgó y miró a Skarre.
    – Yo me ocuparé de Anders Kolding -dijo -. Tú ocúpate del bar de Einar.

    Gunder se arrastró hasta el teléfono y marcó el número de su trabajo. Bjørnsson contestó.
    – Necesito quedarme en casa unos días. No me encuentro muy bien. Y mi hermana sigue en coma. Creo que voy a pedir la baja.
    Bjørnsson se quedó un poco perplejo.
    – ¿Has contraído algo en la India, quizá?
    – Puede ser. Hacía mucho calor allí.
    Bjørnsson le deseó una rápida recuperación, animado ante la posibilidad de quedarse con algún cliente. Gunder llamó al hospital. Contestó la rubia amable.
    – Por desgracia, no se ha producido ningún cambio -dijo -. Su marido acaba de irse. Tenía algunos asuntos que arreglar.
    – Entonces iré enseguida.
    – Venga si tiene fuerzas -dijo ella -. Si ocurre algo, lo llamaremos.
    – Ya lo sé -dijo Gunder con pesar -. Pero iré de todas formas.
    Necesitaba estar cerca de su hermana, aunque ella no pudiera ayudarlo. No tenía a nadie más. Nunca había tenido una relación muy estrecha con Karsten. Él ni siquiera sabía lo de Poona, ni todo lo que había sucedido. Se había limitado a mirarlo extrañado, sin atreverse a hacer más preguntas. Tampoco quiso contárselo, no estaba bien. ¿Qué podía decir? Mejor mantenerlo en secreto hasta que se supiera algo seguro. Porque no era seguro. Gunder temía que Kalle Moe volviera a llamar. Puede que le remordiera la conciencia por haberse puesto en contacto con la policía. Gunder fue al baño. No tenía fuerzas para ducharse, pero se afeitó y se cepilló los dientes. Llevaba mucho tiempo sin comer, le zumbaba la cabeza. Sacó el coche del garaje y se encaminó a la ciudad.

    Marie seguía igual. Como si el tiempo se hubiese detenido. Gunder cogió la mano de su hermana. De repente, notó que le hacía bien estar sentado con la mano de su hermana cogida, sin moverse. Le habían dicho que le hablara, pero Gunder no tenía nada que decirle. Si Poona hubiera estado en casa haciendo cosas en la cocina, o fuera en el jardín, él habría podido contárselo. Podría decir: «Poona está cuidando las rosas; están en su mejor momento». O bien: «Hoy Poona va a prepararme pollo. Pollo rojo». Pero no había nada que contar. Gunder estaba sentado junto a la cama, sin moverse. De vez en cuando entraba una enfermera, una nueva, gordita y con una trenza.
    – No pierda la esperanza -le dijo -. A veces tardan mucho.
    La cama para el acompañante seguía allí. Tal vez Karsten había dormido en ella esa noche. Gunder tenía la sensación de que ahora todo era diferente; él también se acostaría cuando se sintiera cansado y con sueño. Al cabo de un par de horas, salió de la habitación para llamar a su médico. Nunca iba al médico, y tuvo que pararse a pensar. ¿A cuál llamaría? Al médico de Elvestad no, buscaría uno en la ciudad. De repente se dio cuenta de que se encontraba en un hospital. Le habían dicho que avisara si tenía algún problema. Volvió y se detuvo delante de la sala de guardia. La rubia se levantó inmediatamente.
    – Quería saber… -dijo en voz baja para que las demás no se enteraran -. Necesito pedir la baja. Necesito unos días para poder afrontar todo esto. ¿Hay alguien aquí que pueda hacérmela? ¿O debo dirigirme a otro lugar?
    – Hablaré con el médico. Vuelva con su hermana, y él acudirá dentro de unos minutos.
    Gunder le dio las gracias y volvió a la habitación. El respirador funcionaba sin interrupción. Le tranquilizaba saber que su hermana podía descansar mientras la máquina la mantenía con vida. La máquina no se cansaba. Cumplía con su trabajo con una perseverancia que no tenían los seres humanos. El médico acudió y le rellenó los papeles necesarios. Traía una bolsa de plástico con las cosas de Marie. Lo que llevaba en el coche. Un bolso y un ramo de flores. Gunder abrió el ramo envuelto. Eran rosas rojas. Con una tarjeta. «Querida Poona. Bienvenida a Elvestad.»

    Si Poona había entrado en el bar de Einar, alguien la habría visto y habría sabido, más tarde, quién era esa mujer. Al menos el propio tabernero. Pero no había llamado. ¿Por qué no? Skarre reparó en dos coches aparcados fuera, un coche familiar verde y un Toyota rojo. Color Burdeos, más bien, pensó Skarre automáticamente, no rojo como un coche de bomberos. Al abrir la puerta vio la máquina tocadiscos. Se quedó un instante mirándola, curioso por saber qué clase de música contenía. Para su asombro, descubrió que todo era viejo. Alguna melodía incluso el doble de vieja que él mismo. Se acercó a la barra. Había dos mujeres con sendos cafés sentadas junto a la ventana. Un hombre pelirrojo y desgarbado estaba sentado detrás de la barra con un periódico en las rodillas.
    – ¿Se trata de una investigación puerta a puerta? -se apresuró a preguntar Einar.
    – Si quiere llamarlo así… -respondió Skarre sonriente. Como siempre, cuando sonreía parecía completamente inofensivo y confiado.
    – ¿Podemos hablar en algún sitio sin que nos estorben?
    – Creo que sí.
    Einar Sunde levantó la parte abatible de la barra para que Skarre pudiera pasar al otro lado. Entraron en el despacho de Einar. Estaba desordenado y lleno de cosas, pero Einar sacó una silla para Skarre y él se sentó en una caja de cerveza.
    – He llamado hoy a la central de taxis -comenzó Skarre -. Y el resultado de mi llamada me ha traído aquí.
    Einar se puso inmediatamente alerta.
    – Un taxista trajo a una mujer el veinte de agosto desde Gardermoen. La dejó aquí, en su bar. Lo último que vio de ella fue que subió a duras penas la escalera, arrastrando una maleta.
    Einar escuchaba sin moverse.
    – La mujer era de la India. Llevaba un vestido azul y un pantalón del mismo color. Tenía una trenza larga que le caía por la espalda.
    Einar asintió de nuevo con la cabeza. Daba la impresión de estar pensando mucho.
    – Y ahora quiero saber -prosiguió Skarre – si una mujer de esas características estuvo por aquí aquella noche.
    – Sí, así es -contestó Einar de mala gana -. La recuerdo.
    – En ese caso -dijo Skarre, esbozando una sonrisa -, ¿podría usted contarme lo que haya que contar?
    – No es gran cosa. Dejó la maleta allí, junto a la máquina tocadiscos, y pidió una taza de té -recordó Einar -. Se sentó en ese rincón. Yo solo tenía la marca Lipton, pero al parecer no le importó.
    – ¿Habló usted con ella?
    – No -contestó el otro con resolución.
    – ¿Vio usted la maleta? -prosiguió Skarre.
    – ¿La maleta? Pues creo que sí que vi una maleta marrón. La dejó junto al tocadiscos. Luego se acercó a la barra a pedir el té. Parecía preocupada, como si esperara a alguien.
    Skarre intentó hacerse una idea de cómo y quién era Einar. Cerrado. Inflexible. Y en guardia.
    – ¿Cuánto tiempo estuvo aquí?
    – Unos quince minutos.
    – Bien. ¿Y luego?
    – Se oyó cerrarse la puerta. Y ella había desaparecido.
    Se hizo el silencio mientras los dos pensaban.
    – ¿Pagó el té con dinero noruego?
    – Sí.
    – Y ahora, a posteriori, ¿qué piensa de esa mujer?
    Einar se encogió de hombros, resignado.
    – Bueno, supongo que era ella la mujer que encontraron en Hvitemoen.
    – Exactamente, así de simple -dijo Skarre -. ¿Y no se le había ocurrido llamarnos?
    – No sabía que era ella. Aquí viene mucha gente.
    – Pero no muchas mujeres indias, ¿no?
    – Aquí tenemos varios inmigrantes, refugiados, o como se llamen. No los distingo muy bien. Pero claro, debería haber pensado en esa posibilidad. Bueno, lo lamento -añadió con cara de pocos amigos -. Pero usted lo ha descubierto por su cuenta, ¿no es así?
    – Por regla general lo descubrimos nosotros -contestó Skarre mirando a Einar a los ojos -. ¿En qué dirección se fue?
    – Ni idea. No miré por la ventana, no me interesaba.
    – ¿Había más gente en el local en ese momento?
    – Nadie -contestó -. Era demasiado tarde para los bebedores de café y demasiado pronto para los bebedores de cerveza.
    – ¿Hablaba ella inglés?
    – Sí.
    – ¿Y no le hizo ninguna pregunta?
    – Ninguna.
    – ¿Tampoco pidió usar el teléfono, ni nada parecido?
    – No.
    – ¿Qué pensó usted de ella? ¿Adónde pensó que se dirigía? Una mujer extranjera sola, arrastrando una enorme maleta, en pleno campo y bastante tarde.
    – Nada. A mí la gente no me interesa gran cosa. Me limito a atenderlos, eso es todo.
    – ¿Era guapa? -preguntó Skarre mirando a Einar Sunde a los ojos.
    Einar le sostuvo la mirada, algo aturdido.
    – Qué pregunta tan extraña, ¿no?
    – Soy muy curioso -dijo Skarre -. No llegué a verla.
    – ¿No la ha visto?
    – No antes de que fuera demasiado tarde.
    Einar se vio obligado a parpadear.
    – Guapa, lo que se dice guapa, no lo sé. -Bajó la vista y se miró las manos -. No lo sé. Sí, en cierto modo. Muy exótica. Delgada y fina. Y esas mujeres sí se visten como mujeres, si entiende lo que quiero decir. Nada de chándal ni vaqueros, esas prendas tan horribles que llevamos aquí. Tenía los dientes muy salientes.
    – Por lo demás, ¿cómo se comportó? ¿Arrogante? ¿Preocupada?
    – Ya se lo he dicho. Parecía preocupada. Perdida -añadió.
    – ¿Y la hora? ¿A qué hora se marchó?
    Einar frunció el ceño.
    – Sobre las ocho y media, más o menos.
    – Gracias -dijo Skarre.
    Levantó la barra y salió al local. Permaneció unos instantes mirando a su alrededor. Einar lo siguió. Cogió un trapo y se puso a quitar el polvo aquí y allá.
    – Usted no puede ver la mesa que hay junto al tocadiscos cuando está detrás de la barra -comentó Skarre lentamente.
    – No. Ya se lo he dicho. No la vi marcharse. Solo oí cerrarse la puerta.
    – Pero ¿y la maleta? Dijo usted que era marrón. ¿Cómo pudo usted ver la maleta?
    Einar se mordió el labio.
    – Supongo que me di una vuelta por el local. No me acuerdo muy bien.
    – Está bien -dijo Skarre -. Gracias.
    – Faltaría más.
    Skarre dio cuatro pasos y se detuvo.
    – Solo una cosa más. -Se puso el dedo índice sobre los labios -. Dígame francamente: tras innumerables peticiones a través de la prensa y la televisión para que la gente proporcionara absolutamente toda clase de información que pudiera ser de interés sobre una mujer extranjera en Elvestad el veinte de agosto, ¿por qué demonios no llamó usted?
    Einar soltó el trapo. Su rostro reflejó un atisbo de miedo.
    – No lo sé -contestó. Sus ojos miraron en todas direcciones.
    First we take Manhattan, pensó Skarre. Then we take Berlin.

    Linda fue descrita en el periódico como una importante testigo. Sin nombre, claro. Pero no importaba. Se dedicó a pasear sin rumbo en bicicleta para que la vieran. Nadie lo sabía, aparte de su madre, que se estaba poniendo pesadísima, y Karen.
    – Pero por Dios, entonces, ¿qué viste?
    – Casi nada -contestó Linda -. Pero quizá vaya recordando más cosas.
    Había llamado a Jacob para contarle lo último, lo del pelo rubio y la pegatina en la ventanilla del coche. Había saboreado esa importancia que por fin había adquirido. Se dirigió en bicicleta hacia el centro, dejando la tienda de Gunwald a su derecha. Había una vieja motocicleta aparcada fuera. Aunque ella nunca compraba en la tienda de Gunwald, podía entrar y dejar caer alguna frase. Esta volaría como una mariposa de oído en oído, diciendo que era ella, Linda Carling, la testigo en bicicleta. La gente la miraría, se acercaría a ella, y hablaría de ella.
    «Linda vio al asesino.»
    La tienda tenía un olor especial. A pan, café y chocolate dulce. Saludó lentamente con la cabeza al tendero y se acercó al mostrador de helados. Se tomó mucho tiempo. Gunwald vivía muy cerca del prado. Si hubiera estado junto a la ventana, habría visto lo mismo que ella, solo que más de cerca. Si no veía mal, claro. Llevaba unas gafas muy gruesas. Gunwald no vendía ninguno de los helados nuevos, solo los de toda la vida. Eligió un Pinup, le quitó el papel y se metió el helado entre los afilados colmillos. Luego rebuscó dinero en el bolsillo.
    – Con que la Carling está de paseo -dijo Gunwald
    – . Cada vez que te veo has crecido medio metro, pero sigo reconociéndote. Tienes los mismos andares que tu madre.
    Linda no soportaba esa clase de comentarios, pero sin embargo sonrió y dejó el dinero en el mostrador. El periódico estaba abierto junto a la caja registradora, Gunwald estaba leyendo el caso del asesinato. Una crueldad sin par.
    – Esto sobrepasa mi entendimiento -dijo Gunwald señalándole el periódico
    – . Aquí. En Elvestad. Un caso así. Jamás me lo habría imaginado.
    Linda chupó la capa de chocolate para que se derritiera.
    – ¡Imagínate el tío ese! ¡Anda por ahí leyendo sobre sí mismo en los periódicos! -prosiguió.
    Los colmillos de Linda penetraron la frágil capa de chocolate.
    – Hoy se habrá llevado un buen susto -dijo ella.
    – Ah, ¿sí?
    El tendero se bajó las gafas sobre la nariz.
    – Hoy podrá leer que alguien lo vio. Prácticamente en el momento del crimen.
    Gunwald abrió los ojos de par en par.
    – ¿Qué dices? Aquí no pone nada de eso.
    Volvió a mirar el texto.
    – Sí. Ahí abajo.
    Linda se inclinó sobre la caja registradora y señaló: «Un importante testigo se ha presentado ante la policía. La persona en cuestión pasó por el lugar del crimen en bicicleta en el momento decisivo, y vio a un hombre y a una mujer en el prado, en el lugar donde más tarde fue encontrada la víctima. Además, un coche rojo estaba aparcado en el arcén».
    – ¡Vaya! -exclamó Gunwald -. Ese testigo puede ser alguien de aquí.
    – Al parecer lo es -dijo Linda asintiendo con la cabeza.
    – Pero entonces habrá una descripción del asesino. Ya lo digo yo, no es fácil que escape.
    Gunwald siguió leyendo. Linda comía el helado.
    – Algo vería -dijo ella -. La policía nunca lo cuenta todo. Tal vez ella haya visto mucho más de lo que pone en el periódico. Supongo que tienen que proteger a los testigos.
    Se imaginó a Jacob en su salón, responsable de la vida de ella.
    Sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda. Gunwald la miró de reojo.
    – ¿Ella? ¿Es una mujer?
    – ¿No lo pone? -preguntó Linda mirándole con sus ojos azules e ingenuos.
    – No, solo habla de «el testigo» y «la persona en cuestión».
    – Mmm… -contestó Linda -. Lo habré leído en otro periódico.
    – Algún día se sabrá -dijo Gunwald. Volvió a mirar de reojo a Linda y el helado, que ya estaba medio comido.
    – Pensé que las jóvenes de hoy no comíais helado -dijo riéndose -. Como siempre tenéis tanto miedo a la báscula…
    – Yo no -contestó Linda -. No tengo esos problemas.
    Salió de la tienda, chupó los restos de helado del palo y se subió en la bicicleta. Tal vez hubiera alguien conocido en el bar. Había dos coches delante. El coche familiar de Einar, que siempre estaba aparcado en el mismo sitio, y ese coche rojo de Gøran, cuya marca desconocía. Linda aparcó su bicicleta y se quedó un rato mirando de cerca el coche de Gøran. No era grande, pero tampoco muy pequeño. Recién lavado y con la pintura en buen estado. Y rojo como un coche de bomberos. Se acercó y lo estudió más detenidamente. En la ventanilla lateral izquierda había una pegatina redonda. ADONIS, ponía. Luego se le ocurrió mirarlo desde lejos para verlo de la misma manera que había visto el coche en Hvitemoen. Cruzó la carretera hasta la Estación de Servicio Shell, que pertenecía a Mode, y permaneció unos instantes mirando. En cierto modo, podría haber sido un coche como ese. Pero muchos coches eran muy parecidos. Su madre solía decir que ningún coche tenía ya personalidad propia. Pero eso no era del todo cierto. Volvió a cruzar la carretera y se acercó. Ahora sabía que Gøran tenía un Golf. Muchos ponían pegatinas en su coche. Su madre, por ejemplo, llevaba la marca amarilla de la Ambulancia Aérea en la ventanilla trasera de su coche. Entró en el bar, donde la pandilla estaba reunida. Allí estaban Gøran, Mode, Nudel y Frank. El tal Frank tenía un mote que usaban cuando querían referirse a él de forma despectiva, o en broma, cariñosamente: la Proeza de Margit. Porque su madre, Margit, había gimoteado y chillado durante todo el embarazo, paralizada de miedo por el parto. El médico decía que el niño era enorme, pues pesaba más de seis kilos. Y seguía siéndolo. La saludaron con la cabeza y ella les devolvió el gesto. Einar estaba tan huraño como de costumbre, con la misma expresión severa. Linda le pidió una Coca-Cola, se acercó a la máquina tocadiscos y metió una corona. La máquina solo admitía las monedas viejas, las grandes. Estaban al lado, en un plato, y se usaban una y otra vez. Cuando ya no quedaba ninguna, Einar vaciaba la máquina y volvía a poner las monedas en el plato. Nunca disminuían. A Linda aquello le parecía un milagro. Buscó entre los títulos y eligió «Eloise». Gøran fue hacia ella. Se detuvo y la miró como enfadado. Ella se fijó en que tenía la cara llena de arañazos. Bajó la mirada rápidamente.
    – ¿Por qué estabas mirando mi coche?
    Linda se estremeció. No se había imaginado que alguien pudiera haberla visto.
    – ¿Mirando tu coche? -dijo asustada -. No miraba nada.
    Gøran la observaba sin quitarle ojo. Linda vio aún más arañazos en su cara, y en una mano. El chico volvió a la mesa. Ella se quedó perpleja, escuchando la música. ¿Se había peleado Gøran con alguien? No solía estar de mal humor. Era un chico espabilado y charlatán, muy seguro de sí mismo. Tal vez había discutido con Ulla. Decían por ahí de Ulla que cuando se enfadaba era peor que un diablo tasmano. Linda no sabía lo que era un diablo tasmano, pero evidentemente algo con garras. Gøran y Ulla llevaban un año saliendo, y Karen decía que era cuando solían empezar los conflictos. Se encogió de hombros y se sentó junto a la ventana. Los de la otra mesa miraban en dirección contraria. Linda no se sentía bienvenida. Sorbía la Coca-Cola un poco confusa, mirando por la ventana. ¿Debería llamar a Jacob y hablarle de ello? ¿Era importante? Eso tendría que valorarlo él. Le había dicho que lo llamara si se acordaba de algo. Ahora acababa de descubrir que el coche de Gøran se parecía al otro.
    Buenos días, soy Linda.
    Hola, Linda. ¿Tu llamada significa que tienes algo más que contarme?
    Seguramente no es nada importante. Se trata del coche. Me pregunto si no era un Golf.
    ¿Has visto alguno que se le parezca?
    Sí. Acabo de verlo.
    ¿En Elvestad?
    Sí, pero no es él, porque conozco al dueño, pero sí se parece. No sé si me entiendes.
    Linda se perdió en sueños, y meditaciones. ¿Cuántos coches rojos había en Elvestad? Gunder Jomann tenía un Volvo rojo. Pero ¿y qué? Pensó tanto que el cerebro le crujía. El médico. Tenía un coche familiar rojo, muy parecido al de Einar. Bebía Coca-Cola y miraba fijamente por la ventana. «Eloise» ya se había acabado. Einar hacía ruidos con ceniceros y vasos. Linda estaba segura de que Einar también iba por su casa con ese trapo, limpiando bancos, mesas y marcos de las ventanas, a su mujer, a sus hijos y a todo lo que tuviera a su alcance. Pero Gøran con esas heridas rojas sí le daba miedo.

11

    Anders Kolding tenía veinticinco años. De constitución frágil, ojos marrones y boca pequeña. Llegó con su uniforme de taxista, que le quedaba muy grande, y calcetines blancos de tenista con mocasines negros. Tenía los ojos enrojecidos.
    – ¿Y tu hijo? -preguntó Sejer.
    – Está dormido en el coche. No me he atrevido a despertarlo. Tiene cólicos -explicó -. Y yo trabajo a turnos. Duermo en el taxi entre carrera y carrera.
    Dejó un portamonedas gastado sobre el escritorio. El estuche de cuero estaba desgastado.
    – ¿Has oído hablar del asesinato de Elvestad?
    – Sí.
    Miró con aparente mala conciencia a Sejer.
    – ¿No se te ocurrió que podría tratarse de esa mujer que cogiste en Gardermoen?
    – En realidad no -se apresuró a contestar Kolding -. No de inmediato, quiero decir. Llevo a mucha gente de todas clases. Y a muchos extranjeros.
    – Cuéntame todo lo que recuerdes de esa mujer y del viaje -le pidió Sejer -. No omitas nada.
    Se acomodó en la silla.
    – Si viste un puercoespín cruzar la carretera al acercarte a Elvestad, menciónalo también.
    Kolding se rió. Se relajó, volvió a coger el portamonedas y se puso a juguetear con él mientras pensaba. Lo de la mujer india le había perseguido hasta en sueños, pero no lo dijo.
    – Vino hacia mi taxi con una enorme maleta marrón en la mano. Como reacia. Todo el rato miraba hacia atrás, como si no tuviera ningunas ganas de marcharse. Cogí la maleta, y me disponía a meterla en el maletero cuando ella protestó. Estaba muy desconcertada. Miraba el reloj una y otra vez. Miraba hacia la entrada. Yo esperé pacientemente. Estaba hecho polvo, agotado, así que por mi parte podría haberme echado un sueñecito hasta que ella se metiera en el coche. Abrí la puerta, pero no quiso entrar. Le pregunté si estaba esperando a alguien y me dijo que sí. Se quedó un rato agarrada a la manecilla de la puerta del coche. Luego me pidió que volviera a abrir el maletero. Lo hice y palpó la maleta. Llevaba un cartapacio atado a ella. Lo cogió y por fin se sentó en el coche, en el borde del asiento, mirando por la ventana la cola de gente que esperaba un taxi y consultando la hora una y otra vez. Yo estaba un poco confuso. ¿Quería un taxi o no?
    Kolding necesitó una pausa. Sejer echó agua mineral en un vaso y se lo acercó. Kolding bebió y colocó el vaso sobre el cartapacio de Sejer, más o menos a la altura del canal de Suez.
    – Luego me volví y le pregunté adónde iba. Ella abrió la cremallera del cartapacio marrón y sacó un papel con algo escrito. Era una dirección de Elvestad. «Está lejos», le dije. «Y va a costarle mucho. Se tarda aproximadamente una hora y media.» Hizo un gesto afirmativo y sacó unos billetes como para mostrarme que tenía dinero. Como yo no conozco esa parte, le dije que ya preguntaríamos cuando nos acercáramos. Parecía bastante perdida. La observé por el espejo retrovisor, sus ojos reflejaban desconsuelo. A cada momento buscaba algo en su bolso. Estuvo estudiando el billete de avión un rato, como si estuviera equivocado. No quería hablar. Lo intenté un par de veces, pero ella solo contestaba con monosílabos, en un inglés bastante aceptable. Recuerdo su larga trenza, le asomaba por el hombro y le llegaba hasta el regazo. La llevaba atada con un elástico rojo fino, y hasta recuerdo que había en él finos hilos dorados.
    Eres una joya, pensó Sejer. ¡Ojalá hubieras sido tú la persona que pasó por Hvitemoen en bicicleta!
    Kolding se tapó la boca y tosió, luego se sonó la nariz y prosiguió:
    – Hay pocas casas en ese lugar, y no todas tienen número. A unos kilómetros del centro encontré por fin la calle Blindveien. Ella parecía aliviada. Subí por el camino de gravilla, y me sentí tan aliviado como ella. Ella sonrió por primera vez y recuerdo que pensé que era una pena que tuviera esos dientes tan prominentes. Por lo demás era guapa. Cuando tenía la boca cerrada, quiero decir. Salí del coche y ella hizo lo mismo. Me disponía a sacar su maleta del maletero cuando me hizo una señal para que esperara. Tocó el timbre y nadie abrió. Llamó una y otra vez. Yo di una vuelta alrededor de la casa, esperando. Ella estaba aún más desolada que antes, a punto de echarse a llorar. «¿Saben que venía usted?», pregunté. «Sí», contestó. «Algo tiene que haber pasado.» Something is wrong.
    Volvió a subir al coche sin decir nada. Yo no sabía lo que quería y esperé. El taxímetro no paraba, ya habíamos llegado a un importe bastante alto. «¿No puede llamar por teléfono a algún sitio?», pregunté, pero ella negó con la cabeza y me pidió que volviera al centro. Cuando llegamos, me dijo que me detuviera junto al bar, que se quedaría allí esperando. Le saqué la maleta, y ella me pagó. La carrera costó más de mil cuatrocientas coronas. Ella parecía agotada. Lo último que vi fue que arrastraba la pesada maleta escaleras arriba. Crucé la carretera y llené el depósito. Había allí una estación de servicio Shell. Luego volví a la ciudad. No podía olvidarla. Pensaba en el largo viaje que había hecho solo para encontrar una puerta cerrada. Alguien tuvo que haberla engañado. Es una cabronada.
    Así concluyó Kolding. Volvió a dejar el portamonedas y miró a Sejer.
    – No, nadie la engañó. Pero a la persona que hubiera tenido que ir a buscarla al aeropuerto le surgió un imprevisto. Ella nunca lo supo. De haberlo sabido, la habría perdonado.
    Kolding lo miró con curiosidad.
    – En el camino entre Elvestad y la casa, ¿viste algo? ¿Gente andando por la carretera? ¿Coches aparcados?
    Kolding no había visto nada. Había poco tráfico. Contestando a otras preguntas, dijo que llevaba dos años de taxista, que estaba casado y que tenía ese niño llorón de tres meses. También, confirmó las horas aproximadas.
    – Llenaste el depósito -le recordó Sejer -. ¿Quién había detrás del mostrador? En la gasolinera Shell, me refiero.
    – Una chica joven. Rubia.
    – ¿Compraste algo más?
    Kolding lo miró, extrañado.
    – ¿Si compré algo? ¿En el quiosco, quiere decir?
    – Donde fuera.
    – Ahora que me acuerdo, compré una batería de coche -contestó por fin.
    Sejer se quedó pensativo.
    – ¿Compraste una batería de coche en la gasolinera de Elvestad?
    – Sí, tenían una buena oferta. No se encuentra nada tan barato en la ciudad.
    – Y esa batería, ¿dónde está ahora?
    – En el coche, claro. En mi coche particular.
    Sejer pensó en lo que pesaba una batería de coche. Con superficies limpias y duras. Si se golpeara a alguien en la cabeza con algo así, podría causarle bastante daño. Esa ocurrencia le hizo mirar más de cerca la cara de Kolding. Pensó en que Poona había estado sentada en el coche de ese hombre.
    – ¿Qué más hiciste en la gasolinera?
    – Nada importante. Me tomé una Coca-Cola, eché un vistazo al surtido de cedés y hojeé el periódico.
    – Entonces, ¿te quedaste allí un rato?
    – Solo unos minutos.
    – ¿Y no viste a la mujer abandonar el bar?
    – No.
    – ¿Y adónde fuiste luego?
    – Volví a la ciudad. No me salió ningún cliente en Elvestad. No me quedó más remedio que volver de vacío.
    – ¿Qué marca de coche llevas?
    – Un Mercedes negro.

    – ¿Cuánta gente vive en Nueva Delhi?
    Estaban sentados en la cantina. Sejer apenas tocaba la comida.
    – Probablemente millones -contestó Skarre -. Y ni siquiera tenemos su nombre de pila.
    A Sejer no le gustaba la idea de que Poona tuviera un hermano que no sabía nada. Apartó la guarnición del sándwich. Comieron en silencio.
    – El tiempo pasa -dijo por fin.
    – Pues sí -contestó Skarre -. Suele ocurrir.
    – El culpable lo está aprovechando bien. Está construyéndose una defensa y deshaciéndose de pistas.
    – La maleta, por ejemplo -señaló Skarre masticando.
    – Y la ropa que llevaba, los zapatos… Si tiene heridas o lesiones como consecuencia de la lucha, tendrán tiempo de curarse. Háblame de Einar Sunde.
    Skarre se lo pensó.
    – Hosco. Desganado. Sin deseos de protagonismo.
    – O tiene miedo… -apuntó Sejer.
    – Puede ser. Pero estaba solo en el bar cuando se cometió el asesinato. No creo que cerrara la puerta para salir a matar a golpes a Poona y luego volviera a freír hamburguesas.
    – Solo sabemos por él que no había nadie más en el bar en ese momento.
    Sejer se limpió la boca con la servilleta.
    – Este va a ser uno de esos casos en los que la gente tiene mucho miedo de hablar -dijo -. Todo podrá ser usado en su contra más adelante. Pero estoy pensando en esa chica, Linda. En que realmente pasó en bicicleta y los vio. Sin registrar en la memoria nada más que una camisa blanca.
    – Esas cosas pasan.
    – Tiene que haber alguna manera de hacerla recordar.
    – No se puede recordar algo que no se ha visto -objetó Skarre -. Las percepciones visuales pueden haber sido muchas, pero si no han sido interpretadas por el cerebro nunca será capaz de evocarlas.
    – ¡Cuánto sabes!
    – Psicología elemental del testigo -contestó Skarre.
    – Ah, ¿sí? A nosotros no nos enseñaron esas cosas.
    – Pero estudiabais psicología, ¿no?
    – Nos dieron una charla y nada más. De dos horas. Eso fue todo.
    – ¿En toda vuestra formación?
    – He tenido que aprender las cosas por mi cuenta.
    Skarre miró incrédulo a su jefe.
    – Me da pena tener que decirlo -prosiguió -, pero no sé si esa chica es seria. Tiene demasiadas ganas de contribuir con algo.
    – Si los psicólogos son capaces de hacer recordar a la gente vidas anteriores, incluso de la Edad de Piedra, tendrían que conseguir que Linda recuerde a dos personas en el prado hace cuatro días.
    – No te lo estás tomando en serio -dijo Skarre.
    – Lo sé.
    Recapacitó.
    – Tengo una hora libre. Me daré una vuelta por Hvitemoen. Me llevo a Kollberg, necesita un poco de aire fresco.
    Dejaron las bandejas en su sitio. Sejer se dirigió al aparcamiento. Al acercarse, vio que su coche se estaba moviendo. El gran perro de raza leonberger salió de un salto. No con la ligereza de antaño, observó Sejer, pero ya no era un cachorro.
    Se quitó unos cuantos pelos cobrizos del pantalón. Dejó al perro hacer sus necesidades entre los arbustos. Luego arrancó el coche y puso rumbo a Elvestad. Cuando llegó a Hvitemoen aparcó en el lugar donde Linda había visto el coche rojo. La zona estaba señalada con dos conos naranjas. Volvió a soltar al perro y se acercó andando hasta la curva por la que Linda había llegado en bicicleta. Luego se volvió y miró hacia abajo. Desde allí podía ver a lo lejos su propio coche. El sol brillaba sobre el capó haciéndolo parecer plateado, aunque en realidad era azul. Bajó a paso rápido por la carretera, con el perro a su lado. Al cabo de unos metros, volvió la cabeza y echó una mirada al prado donde encontraron a la mujer. Una persona solo sería visible de cintura para arriba, debido a la gran distancia y a la altura de la hierba. De nuevo miró hacia el coche. ¿Qué veía realmente? Que el coche era grande y ancho y con pintura metalizada. Visto solo un instante, uno podría pensar que era plateado o gris. Un coche que pareciese rojo podría ser en realidad marrón. O de color naranja. Se deprimió. Fue hasta el arcén, examinó la hierba para asegurarse de que estaba seca y se sentó. El perro se sentó a su lado, mirando a su amo, expectante. Empezó a husmearle los bolsillos. Sejer sacó una galleta para perros y le ordenó que le diera la pata. Una pata gorda y pesada. Kollberg devoró la galleta.
    – No debes ser tan glotón -dijo Sejer en voz baja.
    Kollberg ladró.
    – No. No tengo más. Tienes aspecto de estar pachucho -dijo pensativo. Levantó la cabeza del perro y le miró los ojos negros -. Tampoco yo estoy demasiado feliz, ¿sabes? Por esto que ha ocurrido.
    Volvió a mirar fijamente el prado, la negra pared de abetos que ocultaba en parte la casa de Gunwald. Se veía luz en una ventana. ¿Cómo se había atrevido? Pensó que nada de eso estaba planeado. Se trataba de un hombre que se había encontrado inesperadamente con una mujer. Ella tal vez estuviera haciendo autostop, o andando por la carretera, y él llegó en su coche. Y entonces ella, como mujer, con su aspecto exótico, despertaría algo en el hombre. Y él ya no pensó de forma racional, no pensó que todavía era de día y que alguien podía pasar por allí en cualquier momento. Como pasó Linda en su bicicleta. ¿Cómo era posible que un hombre pudiera ensañarse de tal modo con una persona a la que posiblemente no conocía? Aunque eso era algo que no se sabía con certeza. También podía ser que la mujer se hubiera convertido en representante de otra. O de todas las mujeres. Un hombre ofendido que no se había salido con la suya, un niño gigante rechazado. Un hombre con mucha fuerza física, o con un arma enorme, Sejer no sabía cuál. ¿Qué llevaba en ese coche rojo? Sejer tenía la sensación de que algo de eso podía ser parte de la solución. El arma les diría algo sobre quién era él. ¿Realmente eran ellos dos a los que Linda había visto? Tendría que ser así, las horas encajaban. El avión había aterrizado a las seis de la tarde. Poona había cogido el taxi de Kolding a las 18.40. Habían llegado a casa de Jomann a las ocho, y al bar de Einar a las ocho y cuarto. Sunde dijo que ella se marchó alrededor de las ocho y media. Sola, por la carretera. Allí se encontraría con alguien. ¿Caminaría por la carretera con esa pesada maleta? El taxista Anders Kolding había dicho que era grande y que la mujer prácticamente la arrastró hasta dentro del bar. Un hombre llegó en un coche. En su mente, Sejer se imaginó un coche rojo y al conductor, que avistó a la mujer morena. ¡Le resultaría completamente perdida e irresistible! Una mujer fina y frágil, con ropa bonita. ¿Adónde se dirigía? Seguramente regresaría a casa de Jomann. Iba en esa dirección. ¿Pensaría sentarse en la escalera a esperarlo? De hecho, si no la hubieran parado por el camino, se habría encontrado con él, que estaba de vuelta en su casa a las nueve y media. Pero ella nunca llegó. Después del largo viaje desde la India murió a tan solo mil metros de casa de Jomann. Sejer se imaginó cómo la abordaría el hombre. Tal vez señalara la maleta y le preguntara adónde se dirigía.
    «Puedo llevarte, yo también voy hacia allí.» Y cogió la maleta y la metió en el maletero. Luego le abrió la puerta del coche. Ella se sentía segura, estaba en el país de Gunder, la pequeña y segura Noruega. Se pusieron en marcha. Él le preguntó por qué iba a casa de Gunder. Tal vez ella contestara que él era su marido. Sejer conservó la imagen en su mente, porque no sabía lo que había desencadenado un ataque tan terrible, tanta rabia. El perro le dio un empujón con el hocico.
    – En un lugar como este -murmuró Sejer mirando a su alrededor, el bosque, el prado y la casa de Gunwald – la gente tenderá a protegerse los unos a los otros. Siempre es así. Si han visto algo que no entienden, no se atreverán a decirlo. Supondrán que se trata de un error, porque con ese chico me he criado y con aquel he trabajado y, además, es mi primo. O mi vecino. O mi hermano. Íbamos juntos al colegio. De manera que yo no digo nada, de todos modos se trata de una equivocación. Así somos los seres humanos. Y eso es bueno, ¿verdad, Kollberg? -Miró al perro -. No se trata de mala voluntad, es precisamente la buena voluntad la que impide a las personas contar lo que saben.
    Permaneció sentado durante mucho tiempo mirando el prado, escuchando sonidos. Linda no había oído nada. Sonó el busca y reconoció el número de Snorrason, el forense. Sacó el teléfono móvil y lo llamó.
    – He encontrado algo -dijo Snorrason -. Puede que sea importante.
    – ¿Sí? -preguntó Sejer.
    – Minúsculas huellas de un polvo blanco.
    – Sigue.
    – En el bolso de la mujer. Y en su pelo. Muy poco, pero lo hemos aislado y enviado al laboratorio.
    Sejer le dio las gracias. Kollberg se había levantado. Un polvo blanco. Algo que podía significar una pista. ¿Droga? Echó una última mirada al bosque. ¿Correría la mujer hacia el prado porque habría avistado la casa de Gunwald y pensado que podría ser su salvación? No había ningún otro sitio adonde intentar escapar. ¿Por qué no gritó? Gunwald solo había oído unos gritos débiles. Pero puede que Gunwald oyera mal. ¿Por qué ese hombre había detenido el coche justo allí, donde había tanta visibilidad? ¿Acaso ella había abierto la puerta en marcha con el fin de escapar? Linda había dicho que la puerta del lado del pasajero estaba abierta. ¿Había visto el camino de enfrente y pensado que podría irse corriendo hacia allí? Hasta el lago Norevann.
    Sejer dejó entrar al perro y se sentó al volante. Cerró los ojos. Lo hacía a menudo. Entonces el paisaje real desaparecía y otras imágenes aparecían en su mente, desfilando ante él nítidas y luminosas. «Según las estadísticas, un hombre entre veinte y cincuenta años. Seguramente con trabajo fijo, pero no con formación superior. Un hombre que no sabe definirse a sí mismo ni sus sentimientos. Puede que tenga amigos, pero no se relaciona mucho con ninguno. Una relación sin resolver con las mujeres. Un alma resentida.»
    Sejer dio la vuelta y condujo lentamente por el camino que bajaba hasta el lago. Al cabo de unos quinientos metros, llegó a una estrecha cala con una playa pedregosa. Ninguna casa, ninguna cabaña. Salió del coche y bajó andando hasta el agua. Permaneció un rato mirando hacia la orilla de enfrente. No se veía a nadie. Metió la mano en el agua. Estaba muy fría. Se tocó la frente con la mano mojada. A su derecha había un bosque tupido e impenetrable. Hacia la izquierda se extendía un estrecho istmo. Fue hasta la punta. Encontró los restos de una hoguera y hurgó en ellos con el pie ligeramente. El lago era oscuro, tal vez profundo. El hombre podría haberla hecho desaparecer. Muchos lo hacían, tirándolas al agua o enterrándolas. Allí no se había hecho nada para ocultar el crimen. Nada para despistar a la policía. Un homicida desorganizado, caracterizado por la confusión y la falta de control.
    Sejer volvió a la comisaría.

12

    Skarre acudió enseguida. Como de costumbre, masticaba una gominola.
    – ¿Qué pasa con Kolding? -preguntó esperanzado -. ¿No es nuestro hombre?
    – Creo que no. A menos que la matara con la batería de coche que dice haber comprado en la gasolinera de Elvestad. Voy a pasarme por allí para hablar con ellos. Por cierto, nos queda la desagradable tarea de descartar violadores anteriores.
    – Pero él no la violó.
    – Pudo ser su intención inicial. Es horrible decirlo, pero me habría gustado que el tío lo hubiera logrado. De esa forma, habríamos encontrado más pistas.
    – ¿Cómo de grande es la posibilidad de que haya actuado antes?
    – Bastante grande. Pero puede que sea tan joven que aún no le haya dado tiempo.
    – ¿Es joven?
    – Hay algo de juventud en esa ira tan inmensa. Yo tengo cincuenta -dijo pensativo -. No creo que este hombre los tenga. Máximo treinta.
    – Treinta y mucha fuerza física.
    – Y una herida mortal en el alma. Tal vez por una mujer, o por todas las mujeres. Estar rabioso da mucha fuerza. Y tenía un arma poderosa. ¿Qué llevas tú en el coche, Jacob?
    Skarre se rascó los rizos.
    – Una caja de herramientas de metal con pequeños utensilios. Un gato. El triángulo de emergencia. Cosas así. A veces una percha para la americana.
    – ¡Joder!
    – Un termo, para cuando hago algún viaje largo. Linterna.
    – Demasiado pequeña.
    – La mía es enorme. La más grande de la marca Maglite. Mide cuarenta centímetros de largo.
    – Es demasiado angulosa, habría producido otro tipo de lesiones.
    – También tengo cuarenta cintas de casete en la guantera, y en el maletero algunas veces llevo una bolsa de cascos vacíos que nunca me acuerdo de devolver. Y tú, ¿qué llevas tú en el coche?
    – A Kollberg -dijo Sejer.
    Se acercó a la ventana. Skarre fue hacia él. Durante unos instantes permanecieron de pie, callados y pensativos.
    – Él cuenta las horas -dijo Sejer.
    – Las colecciona -contestó Skarre.
    – El reloj se ha convertido para él en una obsesión. El periódico todas las mañanas. Y las noticias. Toda la información que sale. Él la sigue, y toma nota de todo. Intenta averiguar qué es lo que sabemos.
    – No gran cosa -dijo Skarre -. ¿Y qué pasa con Jomann?
    – Se marchó del hospital sobre las nueve. Lo han confirmado allí. Tarda media hora en llegar a su casa.
    – ¿Y no se encontró con nadie?
    – Con un Saab blanco. A gran velocidad. Estuvieron a punto de chocar.
    – Yo también suelo acelerar un poco en carretera -sonrió Skarre.

    Un hombre entró en la habitación. Gunder soltó la mano de Marie. Reconoció a Sejer y de pronto se le ocurrió que todo era un gran malentendido. Seguramente se habrían confeccionado miles de unidades de ese bolso en forma de plátano. Sejer permaneció observando al hombre encorvado.
    – ¿Qué tal va todo? -preguntó.
    Gunder lo miró desalentado.
    – No sé cómo va a acabar todo esto. Dicen que pronto tendrán que desplazarle el tubo a la garganta, porque tiene la faringe muy dolorida. Le harán un agujero en la garganta y le meterán el tubo. No sé cómo va a acabar todo esto -repitió.
    Los dos permanecieron un rato callados.
    – ¿Han encontrado a su hermano? -preguntó Gunder.
    – No -contestó -. Pero estamos buscándolo. En Nueva Delhi vive mucha gente y tenemos que estar seguros de que sea él realmente.
    – Él no quería que ella se marchara -indicó Gunder con tristeza -. Por cierto, yo pagaré el billete. Dígaselo. Es mi responsabilidad.
    Sejer prometió que así lo haría. Gunder se llevó una mano fría a la nuca.
    – Ustedes me dirán cuándo puedo enterrarla, ¿verdad?
    Sejer vaciló.
    – Se tardará un poco. Quedan muchos puntos por aclarar. Tendremos que hablar con su hermano sobre dónde enterrarla. Tendrá usted que contar con la posibilidad de que quiera llevársela a la India.
    Gunder se puso pálido.
    – ¡Ah, no! Será enterrada aquí, junto a la iglesia de Elvestad. Al fin y al cabo es mi mujer -dijo, muy preocupado -. Tengo aquí el certificado de matrimonio -añadió, tocándose el bolsillo.
    – Sí -asintió Sejer -. Se lo estoy diciendo para que esté preparado. Ya encontraremos la solución a eso. Pero podrá tardar.
    – Ella es mi esposa. Decido yo.
    Gunder se alteró. Nunca le pasaba. Su pesado cuerpo estaba temblando.
    – En la India tienen la tradición de incinerar a los muertos, ¿no es así? -preguntó Sejer con mucha prudencia -. ¿Qué religión profesaba ella?
    – Era hindi -respondió Gunder en voz baja -. Pero no muy practicante. Habría querido estar aquí, junto a mí. Estoy seguro.
    Volvieron a callar.
    – Y si su hermano quiere llevársela de vuelta a la India, ¿qué puedo hacer? -preguntó muy afligido.
    – Existen reglas para situaciones como esta. Por supuesto, tiene usted sus derechos. Un abogado podrá ayudarlo, pero no piense en eso ahora. Piense en usted mismo y en su hermana -dijo -. No puede hacer nada más por su mujer.
    – ¡Sí! Puedo procurar que tenga un hermoso entierro. Me ocuparé de todo, ahora que me han dado la baja médica. Por eso estoy aquí día y noche. A mí ya me da lo mismo dónde esté. Tengo cama y todo -añadió señalando la cama junto a la ventana -. Karsten no soporta estar aquí. Karsten es su marido -explicó -. Pobre Karsten, tiene mucho miedo.
    – Yo me quedaba a menudo con mi madre -dijo Sejer -. Murió hace dos años. Al final estaba en la cama, callada y mirando al vacío. Sin conocerme. Pero yo pensaba que de alguna manera, y a pesar de todo, ella percibía mi presencia. Si no sabía que era yo, al menos notaría que alguien estaba sentado junto a su cama. Así sentía que no estaba sola. Eso es lo que yo pensaba.
    – ¿Cómo pasaba usted el tiempo? -preguntó Gunder.
    – Hablaba conmigo mismo -sonrió Sejer -. Sobre todo y nada. Algunas veces le hablaba a ella, otras solo a mí mismo. Pensaba en voz alta. Cuando me marchaba tenía verdaderamente la sensación de haberla visitado. De haber hecho algo. Resulta mucho más pesado estar simplemente sentado sin decir nada.
    Miró a Gunder.
    – Usted háblele. Nadie puede oírlo aquí dentro. Háblele de Poona -dijo -. Háblele de todo lo que ha ocurrido.
    Gunder bajó la cabeza.
    – No sé si tengo fuerzas.
    – Es una manera de asumirlo. Es lo que llaman psiquiatría de crisis. Usted tiene una hermana. Cuénteselo todo.
    – ¡Pero ella no oye nada!
    – ¿Está seguro de ello?
    Sejer le golpeó amistosamente la espalda.
    – Sé que tiene usted mucho en qué pensar. Si quiere preguntar algo, llámeme. En esta tarjeta encontrará mi número de teléfono, tanto el de mi casa como el del trabajo.
    – Gracias -dijo Gunder.
    Sejer se acercó a la puerta.
    – Hay algo que debo decir -carraspeó Gunder, avergonzado.
    – ¿Sí?
    – Tengo una foto de Poona. Se la oculté a ustedes.
    – ¿Quiere dejármela?
    – Si usted me la devuelve…

    La línea telefónica abierta al público se fue acallando. Los titulares de los periódicos fueron disminuyendo y se convirtió en una noticia menos importante. Poona ya no estaba en las portadas. A petición de Jomann, su nombre no se mencionó. Y, sin embargo, se filtró. Sejer por fin tuvo tranquilidad para poder pensar. ¿Qué era ese polvo blanco? Le daba vueltas al asunto en la cabeza cuando miraba el mapa de Elvestad y alrededores. El cruce de carreteras con la gasolinera Shell, el bar de Einar, la tienda de Gunwald, la carretera hacia Hvitemoen, el prado y el lago Norevann. Poona estaba representada mediante una cruz roja, exactamente en el lugar donde la encontraron. El coche rojo aparcado en el arcén. Linda en bicicleta. Todo estaba en su sitio. El hombre llegaría desde el centro, pensó Sejer; el coche estaba aparcado con el morro mirando hacia Randskog. No, no necesariamente. Tal vez viniera del lado opuesto. Vio a la mujer, la adelantó y luego dio la vuelta. El hombre estaba solo en el coche y tuvo una idea repentina. Llevaba algo pesado en el maletero. Poona pesaba cuarenta y cinco kilos, el hombre tal vez el doble. Linda, ¿qué viste?, pensó Sejer. Conoces a casi todos los que viven en Elvestad. ¿Lo conoces a él? ¿Sabes algo que no te atreves a contar?
    Se puso a hacer garabatos en un bloc. Ella bajó del avión. Atravesó la sala de llegadas. Se encontró con Kolding, después con Einar y luego se fue sola por la carretera.
    «No la vi marcharse, solo oí cerrarse la puerta.»
    ¿Einar Sunde estaba diciendo la verdad? ¿Por qué se fue la mujer? Por la carretera, con esa pesada maleta. ¿Por qué estaba desesperada? Cuando uno se marcha es porque va camino de una solución. El paisaje noruego con sus campos amarillos le inspiraría confianza, pues ella venía de una ciudad de doce millones de habitantes, y con las calles tan llenas de gente que apenas puede uno moverse. Aquí iba sola por la carretera. Una mujer morena, como una flor exótica entre ranúnculos y dientes de león. Sejer dejó la sala de reuniones y se metió en el despacho. Sacó la carpeta del cajón, hojeó y leyó. Sus propios informes, declaraciones de testigos. Sonó el teléfono. Era el forense Snorrason.
    – Por favor, dime que tienes buenas noticias -dijo Sejer.
    – Ese polvo blanco es magnesio.
    – Se me da mal la química. ¿Para qué se usa?
    – No podemos decir con seguridad con qué propósito pudo haberse utilizado. Seguramente, se emplease para varias cosas. Pero tengo algunas ideas. Y por lo demás, tendremos que pedir opinión a otros. El magnesio también se emplea en la medicina, pero en ese caso con otra composición.
    – Llámame cuando sepas algo más. Y no lo hagas llegar a la prensa.
    – De acuerdo -dijo Snorrason.
    Sejer colgó y cerró la carpeta. Magnesio, pensó, en forma de polvo. ¿Quién andaba por ahí con magnesio? ¿Acaso alguien que trabaja en alguna empresa química? ¿Decía algo del lugar de trabajo del homicida? Pensó en el hecho de que el taxista Kolding hubiera comprado una batería de coche justo enfrente del bar de Einar, mientras Poona se encontraba en el local, solo a unos metros de distancia. Sejer salió del despacho y se dirigió a la gasolinera de Elvestad. Mode Bråthen estaba detrás del mostrador. Observó a Sejer con discreta curiosidad, parecía encantado con la situación, con ese agente larguirucho que acudía a su gasolinera haciendo preguntas. La mayoría solía retirarse; Mode se inclinó hacia delante por encima del mostrador, observando al recién llegado como a un raro huésped.
    – No fui yo -dijo con una sonrisa burlona -. Como ya dije al hombre que estuvo aquí el otro día, libré aquella noche. Me fui a jugar a los bolos. Se quedó Torill. Ella vive aquí enfrente. Puedo llamarla y pedirle que venga.
    – Ajá -dijo Sejer mirándolo fijamente con sus ojos grises -, a eso llamo yo buen servicio.
    – Así es -sonrió Mode -. Está usted en una gasolinera Shell.
    Dos minutos más tarde entró una chica.
    – Este lugar es tranquilo, sobre todo por la tarde. Por eso me acuerdo bien -dijo, ávida de ser útil -. Llenó el depósito con diésel y compró una Coca-Cola -recordó.
    – ¿Nada más? -preguntó Sejer.
    – Sí. Y una batería de coche. Y leyó el periódico VG a escondidas, para no tener que comprarlo.
    – ¿De modo que estuvo unos minutos aquí dentro?
    – Sí -contestó la joven -. Pero no dijo nada.
    – ¿A qué hora se marchó? ¿Lo recuerdas?
    – No -respondió, pensándoselo -. Tal vez alrededor de las ocho y media.
    – ¿Viste cómo se alejaba el coche?
    – Sí, debía de llevar un pasajero, porque cuando arrancó se apagó la luz verde.
    – ¿Un pasajero? ¿Aquí? ¿Se fue en dirección a la ciudad?
    – No -contestó ella -. Fue hacia la izquierda, hacia Randskog.
    Sejer frunció el ceño.
    – En otras palabras: ¿hacia Hvitemoen?
    – Sí.
    Miró muy serio a la joven Torill.
    – ¿Estás completamente segura de que fue hacia la izquierda y no hacia la derecha, hacia la ciudad?
    – Claro que estoy segura, vi el intermitente y todo. -Torill lo miró a los ojos -. Estoy completamente segura.
    ¡Qué demonios!, pensó Sejer. Al salir se quedó mirando el bar de Einar, que se encontraba justo enfrente. ¿Y si Kolding se hubiera quedado en la gasolinera haciendo tiempo para ver si Poona volvía a aparecer? Quizá la mujer india se le había metido en la cabeza, y sabía que estaba sola y desamparada. Puede que la mujer bajara la escalera arrastrando la maleta y Kolding la siguiera para volver a cogerla en el coche. Con la batería en el maletero. ¿O Torill recordaba mal? Afirmación contra afirmación. Eso ocurría siempre. Pero era poco probable que Torill tuviera algo que esconder. Kolding estaba sentado en el caldeado vehículo con Poona en el asiento de atrás, mirándola por el espejo retrovisor. Él era joven. Atrapado en un matrimonio con un bebé llorón que obviamente le atacaba los nervios. Agotado, tal vez desequilibrado. Y a pesar de todas las peticiones no llamó a la policía.
    Sejer condujo lentamente hacia su casa. Las imágenes iban y venían en su cabeza. Los ojos enrojecidos de Kolding. Sus nerviosas manos jugueteando con el portamonedas. Un hombre menudo y de escasa fuerza física. Pero con una batería de coche no necesitaba músculos.

    Linda fue a por los periódicos viejos amontonados en la escalera del sótano. Luego se sentó junto a la mesa de la cocina y se puso a hojearlos lentamente. Había muchos artículos sobre el asesinato de Hvitemoen. Fue a por unas tijeras y empezó a recortar. Había varias fotos de policías, pero ninguna de Jacob. Su rostro estaba a punto de desaparecer. Pero Linda se acordaba de su voz y de sus ojos.
    Le preocupaba un poco lo del coche. Cada vez que pensaba en él, sentía un leve miedo. No había llamado a Jacob. Lo que era una casualidad a lo mejor podría resultar importante. ¿Y si simplemente lo llamara y le dijera: «Podría haber sido un Golf»? Nada más que eso. Nada más seguro que eso. Así podrían descartar otros. No era, por ejemplo, un Volvo, ni tampoco un Mercedes. Las tijeras rasgaron el papel, había recopilado un buen montón de recortes con texto y fotos. Luego los clasificó cronológicamente y los metió en una carpeta transparente. Por un instante se sintió tentada a subrayar algunas frases. «Un testigo que pasaba en bicicleta dice haber visto a dos personas en el lugar de los hechos, que podrían ser la víctima y su asesino.» O: «Un nuevo testigo importante en el caso de Elvestad». Pero no, ella no era tan infantil. Fue al salón y se sentó junto al teléfono con la tarjeta de Jacob en la mano. Se acarició la mejilla con ella, la olió y la besó. Y, muy coqueta, besó tres veces el nombre de Jacob. No importaba lo que hiciera mientras nadie la viese. En realidad, era una idea tentadora. Y marcó el número. Cuando el hombre contestó, a Linda le entraron tantos temblores que tuvo que esforzarse para parecer calmada y reflexiva, lo que no había sido nunca. Intentó ser breve, había decidido decir una sola cosa: que podría haber sido un Golf. Pero Jacob no se contentó con eso. Linda no estaba preparada para ese devenir de la conversación y perdió el control. Era incapaz de retirarse o colgar, pues en ese caso Jacob desaparecería.
    – ¿Conoces a alguien que conduzca un Golf?
    Al principio, Linda se puso a la defensiva y contestó rápidamente:
    – ¡No!
    – ¿Has visto algún coche así en Elvestad?
    – Es posible -contestó entonces -, pero no de alguien que conozca bien.
    – Pero, entonces, ¿sí que sabes de una persona en Elvestad que tiene un Golf rojo?
    Linda se mordió el labio.
    – Él no tiene nada que ver con el asesinato -dijo -, lo único que pasa es que su coche se parece.
    – Entiendo -contestó Skarre con aplomo -. A mí solo me interesa saber cómo has llegado a esa conclusión. La de que podría tratarse de un Golf. Por eso pregunto. Si sabes su nombre, me gustaría que me lo dijeras.
    Linda miró el jardín y los árboles a través de la ventana. Se erguían como soldados beligerantes con sus copas puntiagudas. El corazón le latía muy deprisa. ¿Jacob no iría a verla? ¿No volvería a verlo? Sintió miedo. La sensación de desencadenar algo. Temblaba por dentro solo con pensarlo. Pero ¿dar su nombre? ¿Y esas heridas que tenía? Parecían garras largas e iracundas.
    – ¿Estás ahí, Linda? -preguntó Jacob a través del auricular. Ella se deshizo inmediatamente. Ahora el hombre le estaba suplicando.
    – Gøran -dijo -. Gøran Seter. Alguien le ha arañado la cara.
    Justo en ese instante una intensa luz blanca rajó el cielo, luego se repitió varias veces, como un flash. No se oyó ningún trueno, solo un suave rumor. Un relámpago, pensó Linda sin aliento. Solo un relámpago. Ya es otoño.

    Cuando Skarre vio a la temblorosa chica, pensó inmediatamente en un filete de rosbif. Delgadísima y cruda, para metérsela rápidamente en la boca. Rogó a Dios que le perdonara ese atroz pensamiento y sonrió lo más amable que pudo.
    A Linda no le gustó que anotara todo lo que decía, y que luego ella tuviera que leerlo y poner su nombre debajo.
    – Podemos omitir el nombre de Gøran, ¿no? -preguntó con preocupación.
    – Claro -contestó Skarre -. Y voy a darte un pequeño consejo. No hables de esto con nadie. Así no tendrás problemas más adelante. Las habladurías de la gente no son nada agradables, ni tampoco lo es la prensa. Por cierto, ¿han estado aquí?
    – No -contestó.
    No sabía muy bien cómo iba a resistirse si llegaban con cámaras y todo. No había dicho absolutamente a nadie lo del Golf, y en ese momento su mirada era sincera, porque, de hecho, estaba diciendo la verdad. Se esforzó por pensar de qué otro modo podía impresionar a Jacob. Él dobló el papel y se levantó. Ella hizo un último intento desesperado.
    – ¿Tendré que asistir al juicio como testigo cuando encontréis al que lo ha hecho?
    Jacob la miró sonriente.
    – No creo, Linda. Tus observaciones no son lo suficientemente precisas.
    Linda sintió una decepción indecible. Él desapareció y ella permaneció de pie, tapándose la boca con la mano. Sentía como si tuviera los labios enormes. Sacó la guía telefónica, buscó por la S y encontró Skarre, Jacob, con dirección en Nedre Storgate, 45, y luego su número de teléfono, que memorizó dos veces y se le quedó grabado en el cerebro. Cogió la carpeta con los recortes de periódicos y subió a su habitación. Allí permaneció unos instantes frente al espejo. Luego volvió a leer los recortes. Tendría que mantener el caso caliente. Tendría que avivarlo como se avivan las brasas. Se había convertido en algo de lo que se nutría, algo así como su misión en la vida. Se acordó de un investigador de la policía que había sido relevado de un caso por haber entablado una relación sentimental con una testigo con la que más adelante se casó. Y encima la mujer no era una testigo importante, no tan importante como ella. Se enojó al pensar en todo el lío que podía llegar a causar. Pensó en lo que le había dicho Jacob, en que no hablara con nadie. No lo haría, excepto con Karen.

13

    Los rumores corrían y se colocaban por donde encontraban una rendija. ¡La mujer muerta era la esposa de Gunder Jomann, procedente de la India! Si Poona hubiese llegado sana y salva, no lo habría tenido fácil. La habrían escrutado sin piedad. Pero no merecía la muerte, y Gunder recibió simpatías por su exceso erótico. Pero lo que a la gente le interesaba aún más era que habían visto el coche de Gøran Seter aparcado junto al lugar del crimen. La gente pensaba que era natural que corrieran los rumores, pero no creían en absoluto que Gøran hubiera matado a nadie, era un buen chico al que todo el mundo conocía. Lo que más interés despertaba era quién había visto un coche parecido al del chico, y encima había llamado a la policía dando el nombre de Gøran. Estaban en el bar de Einar bebiendo. Eran Frank, la Proeza de Margit, un hombre pálido y flaco al que llamaban Nudel, y Mode, de la gasolinera Shell. Frank apoyó sus enormes antebrazos en la mesa.
    – ¿Por qué no sospechan de mí, por ejemplo? Tengo un Toyota rojo y pinta de salvaje.
    Einar dijo estar completamente de acuerdo con lo último.
    – Pero tu Toyota es marrón -exclamó desde la barra.
    – Color óxido -corrigió Frank -. De lejos puede parecer rojo.
    – Pero en el fondo creo que fuiste tú, Einar. En los periódicos pone que la mujer vino aquí a tomar un té.
    Einar sacó una cesta metálica con patatas fritas del aceite hirviendo.
    – Sí, claro. Ella entró aquí tambaleándose con maleta y todo, y yo la metí en el coche y me la llevé a Hvitemoen, me la cargué y volví pitando para ponerme con las hamburguesas. Esas cosas me resultan facilísimas.
    Resopló por la nariz.
    – Sería el viejo Gunwald -opinó Nudel -. Vive al lado del lugar del crimen, y es viudo desde hace no sé cuánto. Vería a esa mujer con sari paseándose por la carretera y se lanzaría tras ella con la picha fuera.
    Esa teoría provocó una risa generalizada. Einar hizo un gesto de desaprobación con la cabeza.
    – No llevaba sari. Era más bien un traje pantalón. Azul oscuro o verde azulado. No, tiene que haber sido alguien de fuera.
    – Claro, porque nosotros somos mejores personas que los demás -dijo Frank -. Yo personalmente creo que ha sido alguien de aquí. Somos ya unos dos mil habitantes. Puedes estar seguro de que es aquí donde están buscando.
    – Sería Mode -dijo Einar -. Estaba en la gasolinera ocupado con su contabilidad; la vio salir de mi bar y se metió a toda prisa en su Saab.
    – Mi coche es blanco -dijo Mode tranquilo -. Además, era Torill la que estaba atendiendo. Yo estaba en Randskog jugando a los bolos.
    Einar lo miró:
    – ¿Es verdad que te has comprado tu propia bola?
    – ¡Sí! -exclamó Nudel -. Y no una bola cualquiera. Es transparente como el agua. Pesa veintiuna libras. Y en el centro lleva un pequeño escorpión negro. Mode se hace llamar Escorpio en el tablón de puntos.
    – ¡Joder! ¡Qué fantasmada! -gritó Frank.
    Se burlaron de Mode de todas las maneras imaginables. Pero todo le daba igual. Era un buen jugador de bolos, con un récord personal de doscientos treinta.
    Einar sonreía despectivamente.
    – No sabemos si el coche era rojo. Solo se trata de un tonto que dice haberlo visto. Y luego le ha entrado la manía de que es un Golf.
    – Será un tonto de aquí, ya que están corriendo rumores sobre Gøran -apuntó Frank.
    – Seguro que es esa que va siempre en bicicleta -comentó Nudel -. La Princesa Ojos Brillantes, del pelo blanco. Por cierto, el otro día estuvo por aquí estudiando el coche de Gøran. Luego entró en el bar. El chico incluso se le acercó y le preguntó qué estaba mirando tanto.
    – ¿Linda Carling? -preguntó Einar.
    – Exactamente. Esa que está de oferta, ¿sabes? Habrá llamado a la poli. Apuesto a que es ella.
    Se hizo el silencio durante un rato mientras todos bebían cerveza. Frank se lió un cigarrillo, Einar echó especias en las patatas fritas y le llevó el plato a Frank.
    – Y ¿Gøran qué dice?
    Frank cerró con un fuerte chasquido el mechero y husmeó la comida.
    – Gøran se muestra frío. Dice que la policía habla con todo el mundo.
    – Acabo de acordarme de algo -dijo Mode -. Gøran vino aquí, al bar. Tuvo que ser el día en que murió la mujer. No, al día siguiente. Tenía arañazos en la cara.
    – Sería Ulla -dijo Frank riéndose -. Es peor que un gato.
    – Joder, me pregunto si la poli los vio.
    – Ya se habrán curado -señaló Einar -. O al menos casi del todo.
    – Ahora sí, pero la gente los ha visto -señaló Nudel.
    Frank lo miró con dureza.
    – Así que si aparecen por aquí con sus preguntas, tú te ocuparás de mencionarlo, ¿no es eso? De decir que el chico tenía arañazos.
    – Claro que no. No soy tan tonto.
    – ¿Por qué no iba a decirlo? -preguntó Mode en voz baja -. ¿Acaso temes que pueda ser él?
    – Claro que no fue él.
    – Entonces, ¿por qué no podemos mencionar los arañazos?
    – Para ahorrarle un montón de mierda. De todos modos, es una pista falsa.
    En ese instante se oyó la puerta y entró Gøran con su perro. Se hizo el silencio en torno a la mesa. En sus rostros se leía un sentimiento de culpa. Gøran los miró circunspecto.
    – El perro -dijo Einar. Déjalo fuera.
    – Puede quedarse debajo de la mesa -sugirió Gøran sacando ruidosamente una silla.
    – El perro fuera -repitió Einar.
    Gøran se levantó de mala gana y desapareció. Ató el perro a la barandilla de fuera y volvió a entrar. Einar le sirvió una pinta de cerveza.
    – Tendrás que beber mientras puedas -dijo Nudel riéndose.
    – Tienes razón -contestó Gøran -. Pronto estaré en la trena… Bueno, no creo que sea para tanto. Querían saber dónde estuve aquel día. Tomaron un par de notas y volvieron a marcharse. Hay mucha gente en Elvestad que tiene un coche rojo. Tendrán mucho trabajo a partir de ahora.
    – Bueno, bueno, yo al menos tengo mi coartada -se rió Frank -. Aquella noche estuve en el cine. Incluso conservo la entrada. Ahora no la tiro ni de coña. No se puede uno fiar de esa gente. Juzgan constantemente a gente inocente.
    – Bueno, en la mayoría de los casos cogen al culpable -opinó Nudel.
    – ¿Te has enterado de quién dio tu nombre a la poli? -preguntó Frank, mirando a Gøran.
    – No. Me importa un carajo.
    – Sería Linda. La de pelo albino.
    Gøran miró fijamente su cerveza.
    – Había pensado en esa posibilidad.
    – También los vio en el prado, no te jode…
    – Vio sus siluetas -corrigió Frank.
    – ¿Quién dice eso? -se apresuró a preguntar Gøran.
    – Karen.
    – Dios sabe lo que realmente vería.
    Gøran bebió con avidez un trago de cerveza.
    – Debería callarse la boca, joder. Si anda por aquí un chiflado, y ella cotillea a todas horas con la poli, puede ocurrir de todo. Si yo fuera ella, me cuidaría un poco.
    – Esa chica nunca se ha cuidado mucho en ese sentido -opinó Einar.
    – Si realmente hubiese visto algo importante, la poli habría ido más lejos en su investigación. Ni siquiera están seguros de que fueran realmente ellos a quienes vio.
    – ¡Eso dicen!
    Nudel agitó los brazos.
    – Pensad en todo lo que la poli sabe y no cuenta. Tal vez solo dicen que vio dos figuras simplemente para protegerla, cuando a lo mejor vio mucho más.
    – Lo dudo -insistió Einar, colocando varias jarras en el lavaplatos.
    – Así es como proceden siempre -señaló Nudel -. Filtran algunas migajas a la prensa con el fin de mantener alejados a los periodistas, aunque en realidad saben bastante más.
    – Entonces al menos tú eres inocente, Gøran -dijo Einar -. Si no, hace mucho que te habrían detenido. Linda sabe muy bien quién eres tú. Si hubieras sido tú a quien vio, lo habría dicho hace mucho.
    – Esos albinos están mal de la vista -dijo Gøran despectivamente -. Ella no es albina, simplemente es muy rubia. Pero es muy corta de vista. ¿Por qué no has venido con Ulla?
    – Ulla está en la cama, no sé qué le pasa -contestó Gøran malhumorado -. Las tías me ponen de los nervios.
    Dio un largo trago de cerveza. Su mirada se volvió distante. Los demás lo observaban a hurtadillas. Todavía podían verse unas finas rayas rojas en la cara y en la mano que agarraba el vaso.
    – Pensábamos que habíais tenido una pequeña pelea -dijo Frank -, ya que conservas algunas… digamos marcas… en la cara.
    Gøran sonrió.
    – Fue el perro. A veces medimos nuestras fuerzas. A ese animal hay que recordarle constantemente quién es el jefe.
    – Aaah, ¿sí? ¿Y qué dijo la poli?
    – Van a hablar con todo el mundo. Así que os podéis ir preparando. -Gøran apretaba la jarra de cerveza entre los puños.
    – ¿Has oído, Einar?
    – Ya estuvieron aquí. -Se encogió de hombros con indiferencia -. Mandaron a un chico de pelo rizado. Como para asustarte, ja, ja.
    – El mismo que vino a verme a mí -señaló Gøran -. No parecía muy listo.
    – Los más listos se quedan en la central de homicidios -apuntó Frank.
    Mode estaba absorto en sus pensamientos.
    – Me pregunto si harán un perfil del homicida -dijo -. Está muy de moda últimamente. Y lo peor es que no suelen fallar.
    – Escucha -dijo Nudel -. Esto no es exactamente Chicago, ¿sabes?
    – Ya, pero de todas formas…
    Mode tenía una manera como soñadora de hablar, como si estuviera pensando en voz alta.
    – Por cierto, me pregunto si los homicidas prefieren determinadas marcas de coche. Algo así como «Dime qué coche tienes y te diré quién eres».
    Los demás se rieron, porque conocían la predilección de Mode por las conclusiones rápidas.
    – Pensemos en un Volvo, por ejemplo -dijo Mode -. El Volvo es un coche típico de vejestorios. Lo mismo ocurre con el Mercedes. Pensad en Jomann y en Kalle Moe y veréis cómo encaja mi teoría. Uno que lleva un coche francés, sin embargo, es un tío con cierta idea de estilo, confort y elegancia. Pero no tiene ni pizca de sentido práctico. Los coches franceses son bonitos, pero imposibles de reparar. Los que conducen coches japoneses, por el contrario, tienen precisamente sentido práctico, pero carecen de estilo y elegancia.
    Estas consideraciones provocaron las risas de todos, puesto que conocían el coche de Frank.
    – Luego está el BMW -prosiguió Mode, pensativo -. Ese es para los que quieren muchas cosas. El BMW es pura ostentación. Muchos hombres un poco afeminados conducen coches ingleses. Luego está el Opel -añadió -. El Opel demuestra estilo, sentido práctico y confianza en uno mismo. ¡Por no hablar del Saab!
    Nuevas risas ruidosas alrededor de la mesa. Mode tenía un Saab.
    Bebió un trago de cerveza y miró a Gøran.
    – En cuanto al Skoda y el Lada, prefiero no decir nada.
    – Solo nos queda el Golf -dijo Nudel mirando a los demás.
    Gøran escuchaba con los brazos cruzados.
    – El Golf -dijo Mode – es muy interesante. Suele conducirlo gente con mucho genio. Gente que necesita que todo vaya deprisa y estar en constante movimiento. Gente rápida con el acelerador y todo eso. Un poco irascible, tal vez.
    – Deberías prestar tus servicios a la policía -dijo Einar desde la barra -. Con tus conocimientos sobre las personas y los coches serías inestimable.
    – Lo sé -dijo Mode entre risas.
    Einar cerró el lavaplatos y apagó y encendió la luz tres veces. Los hombres gruñeron descontentos, pero se acabaron sus jarras a toda prisa y las dejaron en la barra. Nadie llevaba la contraria a Einar. A veces se preguntaban por qué.

14

    Se hizo de noche. La luz desapareció y los árboles se convirtieron en siluetas negras. Gunwald puso la correa al perro y fue caminando lentamente por la orilla del bosque. No se decidió a cruzar el prado, se mantuvo en el borde. El perro jadeaba, con la lengua colgándole del hocico.
    – Ven, gordo -dijo Gunwald -. Los dos necesitamos hacer ejercicio.
    Tomaron el camino que bajaba hasta el lago Norevann. Después de cien metros se detuvo y se dio media vuelta. Miró hacia atrás, al prado. El silencio le molestaba y no entendía por qué. Todo lo ocurrido le había conmocionado sobremanera. Todos los habitantes del lugar eran para él rostros conocidos. Un forastero había venido a sembrar muerte y destrucción. Si es que realmente se trataba de un forastero. Gunwald nunca había tenido miedo a la oscuridad. Sacudió la cabeza y siguió andando. Era el paseo que hacía todas las noches. Le hacía sentir que había cumplido con su rollizo perro. El animal le hacía mucha compañía. Seguramente no tenía una gran personalidad, no era un perro de exhibición, ni tampoco era muy obediente. Solo era una compañía callada, unas patas que se movían, ladridos familiares cuando alguien se movía por las cercanías de la casa. Ya se había acabado el camino, y Gunwald se adentró en una explanada verde que bajaba hasta el agua. Sus pasos se volvieron silenciosos. El cielo sobre él respiraba, notaba que los pelos de la cabeza se le movían. De repente oyó un sonido familiar. El motor de un coche apenas perceptible, pero que se acercaba rápidamente. Miró el reloj. Un coche por los alrededores del lago Norevann tan tarde, qué raro… Se escondió entre los árboles y esperó, mientras el perro hacía sus necesidades. Gunwald no entendía por qué de repente sentía miedo. Era ridículo, había andado por allí durante años, como muchos otros, con y sin perro. Escuchó atentamente el sonido del coche. Se acercaba, deslizándose lentamente, casi vacilante, por el camino de carruajes. Se detuvo. Los faros iluminaron el agua con una fría luz de halógeno azul blanquecina. Se apagaron y todo volvió a quedar sumido en la oscuridad. Emergió una figura que sacó algo del maletero del coche y luego fue hacia el istmo. Gunwald retrocedió entre los árboles y pensó: Ahora el perro se pondrá a ladrar. Pero no lo hizo; también él se quedó esperando. A la débil luz del cielo, Gunwald vio la silueta de un hombre en la punta del istmo, con algo grande y pesado en la mano. Parece una maleta, pensó. La persona se volvió y miró a su alrededor. Luego lanzó algo con mucha fuerza y se oyó el ruido al caer al agua. Gunwald notó cómo le latía con fuerza el corazón. El perro permanecía a su lado, como hechizado. El hombre volvió rápidamente al coche. El que la gente tire cosas al agua seguramente no significa nada, pensó Gunwald. Y sin embargo estaba temblando. Aquel coche que había surgido de la nada y aquel hombre mirando a uno y otro lado lo habían asustado. Ya había llegado al coche. Durante unos instantes se quedó mirando fijamente la penumbra, mientras Gunwald se agachaba entre los árboles. El perro estaba como contagiado por el miedo de su amo, como si se hubiera congelado. Las orejas se le erizaron. El hombre arrancó y dio marcha atrás. Describió una curva cerrada y enderezó el coche. Desapareció camino arriba, hacia la carretera principal. Gunwald estaba completamente seguro. El hombre era Einar Sunde.

    Permaneció mucho tiempo sentado en su sillón, pensando. ¿Debería informar sobre lo que había visto? Si no recordaba mal, había leído en el periódico algo sobre una maleta desaparecida. Pero se trataba de Einar, un hombre al que conocía desde siempre, un padre de familia muy trabajador, con una conducta irreprochable. Era cierto que corrían rumores sobre que su matrimonio iba mal, y que su mujer tenía secretos que guardar. Gunwald era generoso, no juzgaba a la gente por esas cosas. Seguramente Einar se había librado de su basura, lo que no era exactamente legal, pero no se llamaba a la policía por algo así. Si llamaba, querrían saber quién era. Alguien podría usarlo en su contra más adelante. Y Einar no había matado a una mujer indefensa, claro que no. Estaba seguro de ello. Pero tal vez era importante. ¿Por qué habría tirado una maleta al agua? Si realmente era una maleta. Podría llamar y permanecer en el anonimato. Por lo visto, era legal. Cerró los ojos y volvió a ver en su interior el contorno de aquella figura. De repente, se quedó helado. Se levantó, sacó una botella de brandy del armario y se sirvió una generosa copa. No quería verse mezclado en ese tipo de asuntos. Pero la joven Linda Carling, que pasó por el lugar en bicicleta, sí que contó todo lo que vio, sin reservas. Pero ella era joven y estaba llena de energía. Él era viejo, mucho más de sesenta. ¿Y si llamaba y decía: «Alguien estuvo en la punta del istmo y tiró algo al lago Norevann»? «Yo estaba dando un paseo con mi perro. No sé quién era y no vi lo que tiraba, pero puede que fuera una maleta.» Entonces tal vez rastrearan el lago y encontraran algo. Y si era un saco con basura, entonces no habría pasado nada. Llamaría enseguida y diría solo eso. No mencionaría el nombre de Einar. Bebió más brandy. Y además, aunque fuese el coche de Einar, no era seguro que fuera él quien lo conducía. Einar tenía un hijo que de vez en cuando lo usaba: Ellemann. Podría tratarse de Ellemann Sunde. Pero él era bajo, y el hombre que había visto era alto. Estaba seguro de que se trataba del coche de Einar. Gunwald no se había fijado en la matrícula, pero conocía bien la parte trasera de ese vehículo, que siempre estaba aparcado delante del bar con la parte trasera hacia la carretera. Un Sierra familiar. Lo veía todos los días desde su tienda. ¿Esa línea de teléfono abierta al público funcionaría a esas horas de la noche? Bebió un poco más de brandy. Resultaba difícil acostarse sin podérselo contar a nadie. Pensó que Einar nunca tiraría basura al lago. Fuera del bar tenía un enorme contenedor que la empresa Vestengen Transport vaciaba una vez al mes. Gunwald nunca lo había visto lleno. Dentro había vasos de cartón y estiropor y filtros de café. Miró al perro. Le acarició la cabeza.
    – Llamaremos mañana. Ahora es muy tarde. No ladraste -susurró, incrédulo. -No entiendo por qué, tú eres un perro muy ladrador…

    Había unos cinco metros de profundidad y el agua estaba muy turbia. Dos hombres rana estaban trabajando. Desde la punta del istmo, Sejer miraba a aquellas dos figuras serpentear como enormes peces. Skarre se acercó a él.
    – Háblame de Gøran Seter -dijo Sejer.
    Skarre asintió.
    – Un joven guapo. Diecinueve años. Único hijo de Torstein y Helga Seter. Vive en casa de sus padres. Trabaja en un taller de carpintería. Estuvo en un gimnasio de la ciudad el día veintiuno por la tarde, el gimnasio Adonis. Pasó por delante de Hvitemoen sobre las ocho y media.
    – ¿Y luego?
    – Estuvo con su novia Ulla. Hicieron de canguro en casa de la hermana de ella.
    – ¿Cómo reaccionó a tus preguntas?
    – Se mostró muy dispuesto a contestar. Pero vi que tenía un par de arañazos en la cara. Heridas medio curadas.
    Sejer levantó la mirada.
    – No me digas. ¿Le preguntaste por ellas?
    – Estuvo jugando con su perro. Tiene un rottweiler.
    – Lo del gimnasio… el entrenamiento… ¿se lo toma muy en serio?
    – Seguro que sí. Estamos hablando de un verdadero cachas. De cerca de cien kilos, probablemente.
    – ¿Te cayó bien?
    Skarre se rió. Sejer hacía a veces unas preguntas muy raras.
    – Sí. Más bien sí.
    – Tenemos que cotejarlo con la declaración de su novia.
    – Así es.
    – He estado pensando en algo -prosiguió Sejer -. ¿Quién pasea por la noche? Por la noche tarde, aquí, junto al lago. ¿Gente con perro?
    – Seguro que sí -contestó Skarre.
    – Si yo viviera donde Gunwald, vendría justo aquí a pasear al perro.
    – No creo que ese hombre le dé muchos paseos. Su perro está gordísimo.
    – Pero debemos hablar con él. Si fue él quien llamó, se va a romper como el cristal a la menor presión. No es muy valiente.
    – ¿Como el cristal?
    – Veremos lo que encontramos.
    – Estuvo muy raro al teléfono -dijo Skarre -. Como si estuviera recitando algo que se había aprendido de memoria. Luego colgó bruscamente, muy asustado.
    – ¿Que piensas?
    – Creo que mintió. Dijo que solo había visto la figura de un hombre. A lo mejor vio claramente quién era. Y eso lo asustó. ¿Tal vez porque es alguien que conoce?
    – Exactamente.
    Sejer miró fijamente el fondo del lago. Subían burbujas, que estallaban en la superficie. Uno de los hombres rana asomó fuera del agua y nadó hacia la orilla.
    – Allí hay algo. Parece una caja.
    – ¿Podría ser una maleta? -preguntó Sejer.
    – Podría ser. Es pesada. Necesitaremos cuerda.
    Le facilitaron un rollo de cuerda de nailon y volvió a desaparecer. Los hombres de la orilla contuvieron el aliento. Sejer, de pie, inclinado hacia delante, forzó la vista de tal manera que se mareó.
    – Están emergiendo. Ya la tienen.
    Dos técnicos daban pequeños tirones a la cuerda. Algo apareció bajo la superficie. Pudieron ver el asa a la que estaba atada la cuerda verde. Sejer cerró los ojos de la alegría. Cogió el asa y ayudó a subir la enorme maleta a tierra. Durante unos instantes permaneció empapada y reluciente sobre la hierba. Era una vieja maleta de escay marrón con sólidas asas. Atado a la maleta había un cartapacio marrón del mismo material. Una placa con el nombre estaba pegada al asa, pero las letras se habían borrado con el agua. Sejer se sentó en la hierba y contempló la maleta. Pensó en Jomann al instante.
    – ¿Le ha entrado mucha agua? -preguntó Skarre.
    – Bastante. Es una maleta vieja y desgastada.
    Sejer la levantó.
    – Joder, pesa muchísimo. No entiendo cómo esa mujer podría caminar por la carretera con ella.
    – Si es que lo hizo. Estuvo en el bar tomando un té. Solo Einar Sunde la vio abandonar el lugar.
    – Pero fue asesinada en el lugar en el que la encontraron -le recordó Sejer.
    – ¿Y si eran dos? ¿Y si había ya un cliente en el bar cuando llegó Poona?
    – ¿Y los dos intentaron algo con ella y luego uno de ellos se fue a rematar la faena?
    – Sí, algo así.
    Sejer metió la maleta con mucho cuidado en el coche.
    – Skarre, nosotros vamos a examinar su contenido. Tú ve a ver a la novia de Gøran Seter.
    – De acuerdo, jefe.
    Sejer puso los ojos en blanco.
    – Trabaja en el centro comercial, en la perfumería -dijo Skarre.
    – Encaja bien, ¿verdad? Un cachas y una maquilladora, muy de libro.
    – Vete ya -le ordenó Sejer.
    – ¿Por qué te pones pesado ahora?
    – Dijiste que el joven tenía arañazos en la cara. Comprueba su coartada.

    La maleta no estaba cerrada, sino asegurada con dos anchas tiras. Sejer abrió la tapa. Aparecieron ropa y zapatos empapados. Permaneció unos instantes mirando los exóticos colores. Turquesa, amarillo limón, naranja. Y ropa interior que parecía completamente nueva, colocada en bolsas transparentes. Dos pares de zapatos. Un neceser de flores. Una bolsa con elásticos para el pelo de diferentes colores. Cepillo. Bata de color rosa, resplandeciente como la seda. La ropa estaba cuidadosamente doblada y empaquetada. Los efectos personales parecían solos, abandonados y fuera de lugar en la sala de reuniones de la comisaría. Los objetos dejaron a todos sobrecogidos. Todas aquellas cosas que ella iba a colocar en los cajones del dormitorio de Jomann. El cepillo en la cómoda, el neceser en el baño. Los zapatos en un armario. En su imaginación, la mujer se había visto deshaciendo el equipaje con la ayuda de su marido. Le faltaban mil metros cuando murió.
    En el cartapacio marrón encontraron los papeles de Poona. Seguro de viaje y pasaporte. En la foto era muy joven, casi una adolescente. No sonreía.
    – Esto pertenece a Jomann -dijo Sejer -. Tratadlo con cuidado. Es todo lo que le queda.
    Los hombres asintieron. Sejer pensó en su mujer, Elise. Su cepillo del pelo seguía en un estante debajo del espejo, llevaba allí trece años y no podía quitarlo. Todo lo demás ya no estaba. La ropa y los zapatos. Las joyas y los bolsos. Pero sí el cepillo del pelo. Tal vez Jomann también dejara el cepillo del pelo en un estante debajo del espejo. Abandonó la sala y fue a llamar al hospital. Le confirmaron que Jomann estaba sentado junto a la cama de su hermana.

    Había mucha gente en el centro comercial. Es extraño que Gunwald logre sobrevivir, pensó Skarre. Buscó la perfumería y encontró un mostrador entre la sección de manualidades y la de llaves. Una joven estaba sentada detrás, leyendo. Skarre repasó con la vista los frascos, tarros, tubos y cajas. ¿Para qué se emplearía todo eso?, se preguntó. Había un pequeño estante reservado a los hombres. Examinó los frascos y miró de reojo a la joven Ulla.
    – ¿Qué me recomiendas para oler bien? -preguntó.
    Se apresuró a atenderlo, y lo observó con ojos de profesional.
    – Hugo Boss está bien. Y Henley. Depende un poco de si quieres llamar la atención o no.
    – Me gustaría llamar la atención -dijo Skarre convencido.
    La joven cogió un frasco del estante. Lo abrió y echó unas gotas en la muñeca del hombre. Él olió obedientemente y le sonrió.
    – Vaya, vaya -dijo sonriente -. Esta sí que es fresca. ¿Cuánto cuesta?
    – Trescientas noventa coronas -contestó ella.
    Skarre se atragantó con la saliva.
    – No olvides que detrás de un aroma como este hay años de investigación -dijo ella con aire muy profesional -. Intento y error durante una eternidad, hasta que se alcanza el resultado definitivo.
    – Mmm… -dijo Skarre -. ¿Tú eres Ulla?
    Lo miró sorprendida.
    – Sí, soy yo.
    – Policía -dijo Skarre -. Seguro que sabes por qué estoy aquí.
    Ulla tenía los hombros muy anchos y un pecho impresionante. Parecía auténtico. Por lo demás, era delgada y de piernas largas. Iba muy maquillada.
    – Pues temo decepcionarte -dijo -, pero no sé nada sobre lo de Hvitemoen.
    – No contaba con ello -contestó Skarre sonriente -, pero así es como trabajamos. Miramos debajo de las piedras.
    – Debajo de mis piedras no hay ningún bicho -dijo haciéndose la ofendida.
    Skarre se rió, un poco avergonzado.
    – Seguro que no. Solo intento impresionar, pero no siempre tengo éxito. ¿Hay algún sitio donde podamos hablar tranquilamente?
    – No puedo moverme de aquí -se apresuró a decir la joven.
    – ¿No puedes pedirle a alguien que se quede un momento?
    La joven miró a su alrededor. En la sección de panadería había dos chicas que no tenían nada que hacer. Ulla hizo señas a una de ellas, que acudió corriendo.
    – Hay un rincón para tomar café. Podemos sentarnos allí.
    Las sillas eran horribles, de hierro fundido. Skarre solucionó el problema sentándose en el borde e inclinándose hacia delante.
    – Es mera formalidad. Estamos investigando a la gente para dejarla fuera del caso. ¿Lo entiendes? Intentamos averiguar dónde se encontraba cada uno la tarde del veinte. Y qué pudo haber visto.
    – Ya. Pero yo no vi nada. -La chica lo miraba expectante.
    – Está bien, pero de todos modos tengo que preguntarte. ¿Dónde estuviste la noche del veinte?
    Ulla reflexionó.
    – Primero fui al gimnasio, a Adonis. Con un conocido.
    – ¿Qué conocido?
    – Un tal Gøran.
    A Skarre le pareció que la joven empleaba un extraño vocabulario para referirse a su novio, pero no dijo nada.
    – Acabamos sobre las ocho, creo. Cogí el autobús desde el centro a casa de mi hermana, que vive a diez kilómetros de Elvestad. Está casada y tiene un niño de dos años. Estuve haciendo de canguro -explicó.
    – Entiendo. ¿Hasta qué hora estuviste allí?
    – Hasta medianoche, más o menos.
    – Y… ese tal Gøran, ¿estuvo contigo?
    – No -contestó escuetamente -. No necesito compañía para cuidar de un niño de dos años. Estuve viendo la tele y volví a casa en el último autobús.
    – ¿Así que tu novio no te acompañó?
    Ella le lanzó una mirada fulminante.
    – ¿Novio? ¿Quién dice que es mi novio?
    – Gøran -respondió Skarre.
    – No tengo novio -dijo Ulla.
    Skarre apoyó la barbilla en las manos y la miró. La joven llevaba en una mano una bonita sortija con una piedra negra.
    – ¿No eres la novia de Gøran Seter? -preguntó tranquilamente.
    – Lo era -contestó ella, y Skarre percibió resignación en su voz.
    – ¿Lo habéis dejado?
    – Sí.
    – ¿Cuándo?
    – Justo ese día -contestó -. El veinte, después del gimnasio. No quería saber nada más de él.
    Transcurrieron unos largos segundos mientras Skarre digería la información y se daba cuenta de su importancia.
    – Ulla -dijo en voz baja -, perdona pero tengo que hacerte unas preguntas muy personales. Necesito saber algunos detalles relacionados con tu ruptura con Gøran.
    – ¿Por qué? -preguntó ella, insegura.
    – No puedo decírtelo. Por favor, cuéntame lo que puedas. Exactamente, ¿cuándo y cómo sucedió?
    – ¿Por qué tengo que hablar de ello?
    – Entiendo que pienses que no me concierne. Pero no es así.
    – Ninguno de nosotros tenemos nada que ver con el asunto. No me apetece decir nada.
    La chica volvió a cerrarse en banda. Skarre seguía sonsacándole.
    – No hace falta que entres en detalles. Basta con que me hagas un breve resumen de cómo sucedió.
    Skarre clavó sus ojos azules en los ojos verdes de Ulla. Solía funcionar, y la chica no fue una excepción.
    – Llevábamos juntos casi un año. Solíamos entrenar juntos en Adonis. Yo no siempre voy tres veces a la semana, Gøran sí. Me recogía e íbamos juntos en su coche. Entrenábamos un par de horas. La tarde del veinte estuvimos en Adonis y yo ya había decidido dejarlo. Esperé a que hubiéramos acabado de entrenar. Nos fuimos cada uno a nuestro vestuario. Yo temblaba solo con pensar en lo que iba a decirle -admitió -. Decidí aplazarlo. Buscar una ocasión mejor. Pero a pesar de todo, luego se me escapó. Nos vimos a la entrada como de costumbre. Él se compró una Coca-Cola y yo un Sprite. Nos los bebimos fuera. Entonces se lo dije. Que no quería seguir. Que cogería el autobús para volver a casa.
    Los pensamientos de Skarre volaron en todas las direcciones.
    – Ulla -preguntó -, ¿cómo iba vestido después del gimnasio? ¿Lo recuerdas?
    Ulla lo miró desconcertada.
    – A ver si me acuerdo. Una camiseta de tenis, de esas con cuello, blanca. Y pantalones Levi’s negros. Es lo que suele llevar.
    – ¿Cómo reaccionó?
    – Se puso pálido. Pero no podía hacer nada. Si se ha acabado, se ha acabado. De manera que no dijo nada. Simplemente se fue pitando y se metió en su coche.
    – ¿Dijo adónde iba?
    – No. Pero me quedé un rato mirando cómo desaparecía. Recuerdo que llamó por el móvil. Luego se marchó. Las ruedas chirriaron.
    – Ulla -dijo tranquilamente Skarre -. Volveremos a hablar contigo. Pero no debes preocuparte, ¿comprendes?
    – Sí -contestó la joven, muy seria.
    – Ya puedes volver a tu trabajo -dijo.
    Skarre salió del centro comercial y se sentó en el coche. Tamborileó sin cesar sobre el volante. Gøran Seter no había hecho de canguro con Ulla. Ella había roto. Lo había rechazado. De camino hacia su casa pasó por Hvitemoen. Iba solo en su Golf rojo y llevaba una camiseta blanca.

15

    Linda marcó el número de Karen varias veces, pero la madre decía siempre que no estaba. Hacía varios días que no hablaba con su amiga. La gente la miraba cuando estaba en el bar o cuando montaba en bici por la carretera. El entorno le era hostil. Linda estaba junto a la ventana mirando el oscuro jardín. Los rumores sobre dónde había estado la policía y dónde no corrían ya sin desenfreno. Y, en particular, sobre dónde había estado varias veces. Su madre no mostró ningún entusiasmo cuando supo que Linda había llamado a la policía. Y Linda no vislumbraba ninguna posibilidad de volver a ver a Jacob. Era incapaz de encontrar un pretexto para hacerle ir de nuevo a su casa. Había escrutado los confusos centelleos de su memoria en busca de más detalles. Aquellas dos personas en el prado. Aquel extraño juego. Cuando pensaba en ello, le seguía pareciendo un juego. Pero Jacob había dicho que uno veía lo que quería ver. Nadie quiere ver un asesinato. Un hombre corre tras una mujer, tal y como suele ocurrir. Por eso ella lo había interpretado de esa manera. Gøran la miró muy mal aquel día en el bar en que la pilló observando su coche. Ahora él ya sabría por qué lo hacía. No es que tuviera miedo a Gøran, pero no quería causarle problemas. Solo quería hablar del coche. Mucha gente tenía un Golf. Podría haber llegado de cualquier parte. Ahora era demasiado tarde. La policía había hablado ya con Gøran y con Ulla. Luego pensó en la cara de Gøran, en sus heridas. Otra gente aparte de ella tendría que haberlas visto. Y, de todos modos, otros las habrían mencionado. Ella ya no diría nada más, ni una palabra. ¡Pero tenía que ver a Jacob de nuevo! Se quedó un rato junto a la ventana y pensaba con todas sus fuerzas. Su madre se había ido a Holanda a recoger tulipanes. La casa estaba en silencio, eran más de las once. De repente, se apresuró hasta la entrada y cerró la puerta con llave. El ruido seco de la cerradura la asustó. Se sentó junto a la mesa de la cocina. Sonó el teléfono y se sobresaltó de tal manera que dio un pequeño respingo. Tal vez fuera Karen que llamaba por fin. Descolgó y gritó su nombre. Pero nadie contestó. Oía a alguien respirar. Aturdida, permaneció con el auricular en la mano.
    – ¿Hola?
    Nadie respondió. Habían colgado. También ella colgó, con las manos temblorosas. Empezaba a tener miedo. Se sentó en el sofá y se mordió las uñas. Se oía un suave rumor procedente de los árboles del jardín. Nadie la oiría si gritaba. El miedo estaba a punto de vencerla. Encendió el televisor, pero volvió a apagarlo. Si alguien llegaba hasta la puerta, no lo oiría con tanto ruido. Decidió acostarse. Se cepilló los dientes a toda prisa y subió corriendo al piso de arriba. Echó las cortinas. Se quitó rápidamente la ropa, se metió en la cama y se tapó con el edredón. Escuchó. Tenía la sensación de que había alguien fuera. Era una tontería. Nunca había habido nadie fuera de su casa, excepto los corzos que se comían las manzanas caídas que a ella y a su madre no les había apetecido coger. Apagó la luz y se acurrucó bajo el edredón. El hombre que había cometido aquella atrocidad no iría a su casa. Se habría escondido. Trescientas personas habían llamado a la línea de teléfono abierta por la policía. Ella solo era una de esas trescientas. Entonces oyó un ruido. Era completamente real y claro, no eran imaginaciones. Se incorporó sobresaltada en la cama, y escuchó sin aliento. Luego oyó arrastrarse algo. Linda sintió náuseas. Estaba sentada en la cama, inclinada hacia delante, con una mano en el pecho. ¡Había alguien fuera! Alguien en el jardín. Puso los pies en el suelo, lista para saltar. No tardarían en manipular la cerradura de abajo. Le zumbaban los oídos, era incapaz de pensar. Volvió a hacerse el silencio. Se levantó de la cama temblando. La habitación estaba sumida en la oscuridad. Se acercó a la ventana, metió dos dedos por la cortina y miró a través de la rendija. Al principio solo vio oscuridad, pero luego se puso en funcionamiento su visión nocturna y vislumbró los árboles de fuera y la tenue luz de la cocina que caía sobre el césped. Entonces vio a un hombre. Estaba mirando hacia arriba, hacia su ventana. Linda se metió en un rincón, respirando muy deprisa. Este es el castigo, pensó. Ahora el hombre se vengaría porque ella había llamado. Cegada por el miedo, bajó atropelladamente la escalera. Cogió el teléfono y marcó el número de Jacob, su número particular, que se sabía de memoria. Sollozó en el auricular cuando él contestó.
    – ¡Hay alguien aquí! -susurró desesperada -. Está en el jardín, mirando hacia mi ventana.
    – Perdone -oyó decir a alguien -, ¿con quién hablo?
    – ¡Jacob! -gritó -. Estoy sola en casa. ¡Hay un hombre en el jardín!
    – ¿Linda? -dijo Skarre -. ¿De qué estás hablando?
    Sintió un gran alivio cuando oyó su voz. Linda se echó a llorar.
    – Un hombre. Ha intentado esconderse detrás de unos árboles, pero lo he visto.
    Skarre entendió por fin de qué se trataba, y adquirió un tono profesional y tranquilizador:
    – ¿Estás sola y te ha parecido ver a alguien?
    – ¡He visto a alguien! Clarísimamente. Y también lo he oído. Estaba junto a la pared de mi casa.
    Jacob Skarre nunca en su vida había vivido algo semejante. Permaneció unos instantes pensando. Al final, decidió tranquilizarla hablando, pues la chica estaría exaltada.
    – ¿Cómo has conseguido mi teléfono particular? -preguntó.
    – Está en la guía telefónica.
    – Claro, tienes razón. Pero ahora no estoy en el trabajo.
    – Ya. Pero ¿y si intenta entrar?
    – ¿Has cerrado la puerta?
    – Sí.
    – Linda -dijo -. Acércate a la ventana y comprueba si sigue ahí fuera.
    – No.
    – Haz lo que te digo.
    – ¡No me atrevo!
    – Yo espero al teléfono. No cuelgo.
    Linda fue de puntillas hasta la ventana y miró hacia el jardín. Estaba desierto. Se quedó unos instantes mirando aturdida; luego volvió lentamente.
    – ¿Estaba ahí?
    – No.
    – Tal vez sean imaginaciones tuyas provocadas por el miedo.
    – Crees que soy una histérica, pero no es así.
    – Yo no he dicho eso, pero lo que estás temiendo no va a suceder, Linda.
    – Todo el mundo sabe lo que he contado -lloriqueó -, todo el pueblo.
    – ¿Son desagradables contigo?
    – ¡Sí!
    Linda apretó el auricular con todas sus fuerzas. No quería que colgara. Quería hablar con Jacob hasta que se hiciera de día.
    – Escúchame, Linda -le rogó Skarre -, mucha gente es demasiado cobarde para llamar. Han visto cosas, pero no quieren verse mezclados en nada. A ningún precio. Tú has sido valiente, has contado lo que sabes. Nos has dado una posible marca de coche, eso es todo. Nadie puede acusarte de nada.
    – Ya lo sé. Pero estoy pensando en Gøran. Seguro que está enfadado.
    – No tiene motivos para estarlo -repuso Skarre -. ¿Sabes una cosa? Te sugiero que te metas en la cama corriendo y que te duermas cuanto antes. Mañana lo verás todo diferente.
    – ¿No vas a venir a investigarlo?
    – No creo que haga falta. Pero puedo llamar a la comisaría y pedir que envíen a un hombre, si realmente lo necesitas.
    – Prefiero que vengas tú -dijo Linda en voz baja.
    Skarre suspiró.
    – Hoy tengo el día libre -dijo tranquilamente -. Intenta relajarte, Linda. La gente sale a dar paseos, ¿sabes? A lo mejor alguien que paseaba por la noche ha tomado un atajo por tu jardín.
    – Sí. Perdóname.
    Linda apretó el auricular contra su oreja con tanta fuerza que tuvo la sensación de que Skarre estaba dentro de su cabeza.
    – Vale, ya no diré nada más -dijo con terquedad.
    – De acuerdo, pero ya has contado todo lo que sabes, ¿no?
    – Sí -contestó en voz baja.
    – Venga. Vete ya a dormir. Entiendo que tengas miedo. Lo que ha ocurrido es terrible -dijo Skarre.
    ¡No cuelgues!, gritaba una voz dentro de ella. ¡No, Jacob, no!
    – Buenas noches, Linda.
    – Buenas noches.

    Gunder tenía las mejillas hundidas. No se había afeitado y el borde del cuello de la camisa estaba marrón. Menos mal que Marie no puede verme, pensó. Miró las cosas de Poona extendidas sobre la mesa. La ropa estaba seca, pero manchada de agua sucia. Y, sin embargo, aún podía apreciarse lo bonita que era. Ahí está la ropa de mi mujer, pensó. El camisón y el cepillo del pelo. Al cerrar los ojos recordó cómo ella se colocaba el pelo sobre el hombro para cepillarlo.
    – En cuanto nos sea posible, se lo llevaremos a su casa -le dijo Sejer.
    Gunder asintió con la cabeza.
    – Estaría muy bien que pudiera quedarme con algo -dijo valientemente.
    – Una cosa más -añadió Sejer -. Hemos recibido una carta de la policía de Nueva Delhi. Puede verla, si quiere.
    Gunder cogió la hoja. Le costó un poco entender el texto, escrito en inglés: «Mr. Shiraz Bai, living in New Delhi, confirms one sister Poona, born on the first of June 1962. Left for Norway on the 19th of August. Mr. Bai will come to Oslo the 10th of September, to take his sister home».
    Gunder jadeó.
    – ¿A la India? ¡Pero si es mi mujer! Tengo aquí el certificado de matrimonio. ¿No soy yo el más allegado? ¿Puede él legalmente hacer eso?
    Gunder estaba tan alterado que pataleaba. Se veía el miedo reflejado en sus ojos azules y la carta le temblaba en la mano.
    Sejer intentó tranquilizarlo.
    – Le ayudaremos todo lo que podamos. Seguro que encontramos una solución.
    – Tengo derechos, ¿no? Un matrimonio es un matrimonio.
    – Por supuesto que lo es -asintió Sejer. Abrió un cajón del escritorio -. Pero esto sí que quiero dárselo ya para que se lo lleve. -Dio a Gunder un sobre alargado -. El broche.
    Gunder tuvo que secarse una lágrima cuando vio la hermosa alhaja.
    – Lo llevará puesto cuando la entierre -dijo con firmeza.
    Con sumo cuidado, colocó el broche en el bolsillo interior y se abrochó la chaqueta.
    – Estamos trabajando a fondo en este caso -dijo Sejer -. Lo resolveremos.
    Gunder miró al suelo.
    – Aunque entiendo que esté usted en otras cosas -prosiguió Sejer -. Acaba de quedarse viudo.
    Entonces Gunder levantó la cabeza de nuevo. Sejer lo había llamado viudo. Lo sintió como un desagravio. Se fue a casa y llamó a su cuñado para hablarle de Marie. Lo hacía siempre cuando volvía del hospital. No había mucho que contar.
    – Resulta extraño que alguien pueda estar tan quieto -le dijo a Karsten-. Imagínate que no pueda volver a hablar.
    – Supongo que solo tendrá la voz un poco oxidada -opinó Karsten-. Seguramente podrá recuperarla si la entrena.
    – Tendrá que entrenarse para todo -dijo Gunder con tristeza -. Los músculos se atrofian. Dicen que el cuerpo se vuelve completamente blando. Dicen…
    – Bueno, bueno. Tenemos que esperar y ver. No soporto oír todo eso. De todos modos, no entiendo nada de lo que dicen.
    El miedo empezaba a traslucirse en su voz. Karsten no dijo ni una palabra de Poona, aunque la gente ya sabía quién era. Eso ofendió profundamente a Gunder, que no paraba de juguetear con el cable del teléfono. Karsten no iba a menudo al hospital. Gunder, por su parte, pasaba mucho tiempo al lado de su hermana. Le hablaba con voz baja y triste sobre todo lo ocurrido. «Han encontrado la maleta, Marie. Con toda su ropa. Y viene el hermano. Lo estoy temiendo. Le quité a su hermana. Poona decía que no tenían una relación muy estrecha, pero de todos modos… le desaconsejó que viniera a Noruega. Y al final ha resultado que tenía razón.»
    Así hablaba a su hermana. Así ordenaba sus pensamientos, uno por uno.
    Seguía de baja, y no quería ir a trabajar. Los días transcurrían. Bjørnsson llamaba de vez en cuando para charlar. Parecía estar en su salsa. Por fin podía mostrar lo que valía ahora que el vendedor jefe no estaba. Pero el agricultor Svarstad había preguntado por él. Y según Bjørnsson se había quedado boquiabierto al oír la larga historia. Jamás habría pensado que Jomann hubiera tenido el valor de viajar a un país extranjero en busca de una esposa.

    – En una conversación anterior con uno de nuestros agentes, Jacob Skarre, dijiste que la tarde del veinte de agosto la pasaste con tu novia, Ulla.
    Sejer miró a Gøran Seter, que sonreía complaciente. De las heridas de su cara solo quedaban ya unas pálidas rayas.
    – Así es.
    – Pero la joven, en una conversación que tuvimos, nos dijo lo siguiente: ella ya no es tu novia y no pasó la noche contigo. Fuisteis juntos al gimnasio Studio Adonis, donde estuvisteis desde las seis hasta cerca de las ocho. Al salir tomasteis cada uno un refresco de pie junto a la entrada. A continuación ella rompió contigo. Y tú te marchaste solo en tu coche, visiblemente enfurecido. Luego pasaste por Hvitemoen en algún momento entre las ocho y media y las nueve.
    Gøran Seter abrió los ojos de par en par. Era un joven atlético, de pelo rubio con mechas rojas. Lo llevaba peinado de punta. Sus ojos tenían un intenso brillo que a Sejer le hizo pensar en perlas de mercurio.
    – ¿Así que Ulla ha vuelto a romper conmigo? -Se echó a reír -. Es una costumbre que tiene. Lo hace constantemente. Ya no la tomo en serio.
    – No me interesa saber si seguís siendo novios o no. Has declarado que aquel día estuviste luego con ella en casa de su hermana, pero no es así.
    – Sí que lo es. Perdóneme, pero ¿por qué tengo que responder a esto?
    – Estamos investigando un asesinato. Mucha gente tiene que responder a muchas preguntas. En otras palabras, tú eres solo uno de muchos, si te sirve de consuelo.
    – No necesito ningún consuelo.
    Gøran era fuerte y convincente. La sonrisa estaba siempre presente.
    – A Ulla le gusta meter cizaña -explicó.
    – No según mi agente.
    – Él hablaría un par de minutos con ella. Yo la conozco desde hace más de un año.
    – Entiendo. ¿Mantienes entonces que pasaste la tarde con ella?
    – Sí. Hicimos de canguros.
    – ¿Por qué iba a mentir Ulla sobre eso a un agente de la policía?
    – Si era guapo, creo que esa sería razón suficiente. Intenta ligar con cualquiera que se le pone delante. Supongo que querría hacer ver que estaba libre.
    – Francamente, ese argumento me parece demasiado flojo.
    – Usted no se imagina lo que pueden inventarse las chicas para hacerse las interesantes. No tienen límite. Y Ulla no es una excepción.
    – ¿Habías estado antes en casa de la hermana de Ulla?
    – Sí.
    La sonrisa del joven se hizo aún más amplia.
    – Por eso puedo describir tanto el salón como la cocina y el baño. Irritante, ¿verdad?
    – ¿Cómo ibas vestido cuando fuiste a Adonis?
    – Camiseta de tenis. Seguramente blanca. Pantalones Levi’s negros. Es lo que suelo llevar.
    – ¿Te duchaste después de entrenar?
    – Claro.
    – Y, sin embargo, volviste a ducharte más tarde.
    Una breve pausa.
    – ¿Por qué sabe usted eso?
    – He hablado con tu madre. Llegaste a las once y te metiste directamente en la ducha.
    – Si usted lo dice…
    De nuevo esa sonrisa. Nada de miedo ni preocupación. El gran cuerpo, cuidadosamente modelado, descansaba en la silla.
    – ¿Por qué?
    – Supongo que porque me apetecía.
    – Tu madre también dijo que cuando volviste a casa llevabas una camiseta azul y un pantalón gris de chándal. ¿Te cambiaste volviendo del gimnasio?
    – Me temo que mi vieja no tiene muy buena memoria.
    – ¿Tú eres el único de este lugar que tiene la cabeza despejada, Gøran?
    – No. Pero, en serio, mi madre no se fija en esas cosas. En el gimnasio sí que llevo camiseta azul y pantalón gris de chándal.
    – ¿De manera que saliste de Adonis vestido con una camisa blanca limpia y antes de llegar a casa te pusiste la ropa sudada del entrenamiento?
    – No. Es que mi madre no se aclara.
    – ¿Qué calzado llevabas?
    – Zapatillas de deporte. Estas.
    Extendió las piernas para mostrarlas.
    – Parecen nuevas.
    – Que va. Solo bien cuidadas.
    – ¿Me dejas mirarlas por debajo?
    Levantó los pies. Las zapatillas tenían la suela blanquísima.
    – ¿A quién llamaste?
    – ¿Que a quién llamé? ¿Cuándo?
    – Hiciste una llamada desde el coche. Ulla te vio.
    Por primera vez Gøran se puso serio.
    – Llamé a alguien que conozco. Así de simple.
    Sejer reflexionó.
    – Esta es tu situación a fecha de hoy. Pasaste por el lugar de los hechos a una hora en que pudo haberse cometido el crimen. Tienes un Golf rojo. Un coche parecido fue visto en el lugar de los hechos, aparcado en el arcén. Un testigo vio a un hombre con camisa blanca en el prado. Estaba con una mujer. Mientes respecto a dónde pasaste aquella tarde noche. Varios testigos observaron que tenías marcas en la cara cuando apareciste en el bar de Einar el día veintiuno, al día siguiente del asesinato. Todavía las tienes. Entenderás que necesite una explicación de todo esto.
    – Estuve jugando con mi perro. Y no tengo por costumbre atacar a mujeres. No me hace falta. Tengo a Ulla.
    – Ella dice que no, Gøran.
    – Ulla dice muchas chorradas.
    El chico ya no sonreía.
    – No lo creo -dijo Sejer -. Volveré más adelante.
    – No. No quiero que vengan a darme más la lata, joder.
    – En este caso solo tengo consideración con la víctima -respondió Sejer.
    – La gente como usted nunca tiene consideración con nadie.
    Sejer salió de la casa con una intensa sensación de que Gøran Seter tenía algo que ocultar. Pero todo el mundo tiene algo que ocultar, pensó. No necesariamente un asesinato. Eso era lo que hacía su trabajo tan difícil, ese atisbo de culpa en todo el mundo que los deja en mal lugar, a veces inmerecidamente. La parte que menos gustaba a Sejer de su trabajo era lo desconsiderado de hurgar en la vida de los demás. Por esa razón cerró los ojos y vio la terrible imagen de la cabeza destrozada de Poona.

16

    Sara lo esperaba en el sofá con café. Kollberg dormitaba tumbado a sus pies. Estaba soñando que cazaba, sus patas hacían extraños movimientos, como si corriera a gran velocidad. Sejer se preguntó si los perros tendrían la misma sensación de pesadilla cuando soñaban, la de correr sin avanzar ni un ápice.
    – Nunca se hace mayor -dijo Sejer, pensativo -. No es más que un cachorro en un cuerpo de adulto.
    – Algo le ocurriría en su infancia -dijo Sara, riéndose, y le sirvió una taza de café -. ¿Qué sabes tú de las primeras semanas de vida de Kollberg?
    Sejer hizo memoria.
    – Era muy lento. Llegaba demasiado tarde al plato de la comida. Los demás cachorros lo dominaban. Fue una camada de trece.
    – Entonces está falto de atención. Y tú elegiste el cachorro que no hay que elegir.
    Sejer ignoró el último comentario de Sara.
    – Pero luego tuvo demasiada. ¿Esa carencia es pasajera?
    – Esas cosas nunca lo son -contestó Sara.
    Apagaron las luces y se quedaron en penumbra. Una vela ardía en la mesa. Sejer pensó en Poona.
    – ¿Por qué destrozarle la cara? -preguntó -. ¿Qué significa eso?
    – No lo sé -respondió ella.
    – ¿Será la expresión de algo?
    – A lo mejor le parecía fea.
    Sejer la miró incrédulo.
    – ¿Por qué dices eso?
    – A veces puede ser así de simple. «También eres jodidamente fea», piensa el hombre; se ha despertado en él la ira y se lanza al precipicio.
    Sara bebió un sorbo de café.
    – ¿Tú qué crees? ¿Que ese tipo está completamente desesperado?
    – No necesariamente, pero me gustaría pensar que sí.
    – Eres tan recto… -Sara sonrió -. Quieres que haya arrepentimiento.
    – En ese caso estaría justificado. Pero cuando lo cojamos, se preocupará ante todo de sobrevivir en su nueva situación. Se disculpará. Se defenderá. De hecho, es un derecho que tiene.
    Sara se levantó, se arrodilló junto a Kollberg y se puso a acariciarle el lomo. Sejer vio cómo el enorme animal se mecía satisfecho bajo las manos de Sara.
    – Tiene un bulto debajo de la piel -dijo ella de repente -. Aquí, en la espalda.
    Sejer la miró, dubitativo.
    – Varios -prosiguió Sara -. Tres o cuatro. ¿Los habías notado, Konrad?
    – No -contestó él en voz baja.
    – Tendrás que llevarlo al veterinario.
    Un atisbo de temor se dibujó en el rostro habitualmente sereno de Sejer.
    – ¿Sabes -prosiguió Sara – que Kollberg tiene ya la edad en la que aparecen cosas? Y en un perro de su tamaño… ¿qué edad tiene ya?
    – Diez años.
    Sejer seguía sentado en el sofá. No quería tocar esos bultos. El temor le recorrió por dentro como agua helada. Se levantó desganado y palpó con los dedos el poblado pelo del animal.
    – Llamaré mañana por la mañana.
    Volvió a sentarse, cogió el paquete de tabaco y se lió un cigarrillo. Su ración diaria era un whisky y un cigarrillo. Sara lo observaba con cariño.
    – Eres un hombre muy autodisciplinado.
    Sejer se había encerrado en sí mismo, dejándola a ella fuera. Había relegado lo del perro y se había puesto con algo diferente. Ella podía verlo en sus ojos.
    – Hay poco tráfico de paso en esa zona -dijo, distante.
    – ¿Dónde estás ahora? -preguntó Sara, confusa.
    – En Elvestad. Lo más probable es que el asesino sea de allí.
    – Mejor para vosotros. No vive mucha gente allí, ¿no?
    – Más de dos mil.
    – Puedo llamar yo al veterinario. O puedo acercarme con Kollberg. Tú ya tienes bastantes cosas que hacer.
    Sejer encendió el cigarrillo que se había liado. Era muy grueso.
    – Podrías haberte hecho dos más finos -le dijo Sara.
    – No serán más que quistes, ¿no? De los que contienen líquido.
    Sara notó la preocupación en la voz de Sejer y cómo iba apartando sus temores. Los bultos no contenían líquido, de eso estaba segura.
    – Eso es lo que tendrán que examinar. Le cuesta subir las escaleras.
    – Puede que hayamos hablado ya con el asesino -comentó Sejer, de nuevo distante.
    Sara hizo un gesto de resignación y siguió acariciando a Kollberg. El perro parecía agotado, pero su amo no quería admitirlo. Tenía un profundo surco en la frente. Lo de los bultos le traía recuerdos a Sejer. Se encontraba en un espacio que a ella le estaba vetado.
    – También ha adelgazado. ¿Hace mucho que no lo pesas?
    – Pesa setenta kilos -señaló Sejer.
    – Voy a por la báscula del baño.
    – ¿Estás loca?
    Frunció las cejas. Cuando Sara hubo salido por la puerta, él se arrodilló, levantó la pesada cabeza del perro y lo miró a los ojos negros.
    – No estás mal, ¿verdad, viejo amigo? Lo único que te pasa es que empiezan a pesarte los años. Como a mí.
    Reclinó la cabeza suavemente sobre las patas delanteras del perro. Sara llegó con la báscula.
    – Oye -dijo Sejer, inseguro -. Kollberg no es un elefante de circo.
    – Lo intentaré -respondió Sara -. Voy a por una patata cocida fría.
    El perro intuyó que algo estaba a punto de suceder y se levantó con cierto interés. Pusieron la báscula a cero y empujaron al perro para que subiera. Luego entre los dos le juntaron las patas. Tras varios intentos, Kollberg dio la pata a Sejer y se quedó tambaleándose sobre las otras tres. Sejer miró fijamente la esfera digital. Cincuenta y cuatro con nueve.
    – Ha perdido quince kilos -dijo Sara muy seria.
    – Es la edad -se apresuró a señalar Sejer.
    Kollberg se tragó la patata y se tumbó.
    Sara se inclinó sobre el pecho de Sejer.
    – Cuéntame un bonito cuento -le rogó.
    – No me sé ninguno, solo historias reales.
    – Entonces me conformaré con una historia real.
    Él dejó el cigarrillo en el borde del cenicero.
    – Hace muchos años, un pequeño delincuente llamado Martin nos daba mucho trabajo. Ese no era su verdadero nombre, pero, como tú, yo también debo mantener el secreto profesional.
    – Martin está bien -dijo Sara.
    – Era un reincidente. Hacía de todo: robos de coches, pequeños fraudes, robos en garajes privados. Tenía un carácter bastante débil, y cumplió un montón de condenas, cada una por regla general de tres o cuatro meses. Además, era muy aficionado a la bebida. Pero aparte de todo eso, era un tipo encantador. Con una dentadura horrible. Solo le quedaban algunos trozos. Al reírse, se tapaba la boca con la mano. Pero nos caía simpático y nos preocupábamos por él. Teníamos miedo de que un día acabara cometiendo un delito grave, y discutíamos sobre qué podíamos hacer para ponerle en el buen camino. Y se nos ocurrió lo de sus dientes picados, si sería posible arreglarlos.
    Sejer hizo una pausa. Sara se rió de lo de los dientes podridos.
    – Nos pusimos en contacto con la Oficina de Asuntos Sociales y pedimos una ayuda para ponerle una dentadura nueva, pues él no tenía recursos. Nos pidieron que presentáramos una solicitud por escrito, y así lo hicimos. Dijimos que podría ser importante con miras a su rehabilitación. Los dientes son algo muy serio, ya sabes. Y nos la concedieron. Martin tenía que ir al dentista tres veces por semana durante el cumplimiento de la condena, y cuando acabó el tratamiento tenía una dentadura blanquísima y perfecta. Como tú, Sara.
    Le husmeó el pelo.
    – Martin se convirtió en otro. Enderezó la espalda, se aseó y se cortó el pelo. Dio la casualidad de que en la biblioteca de la cárcel trabajaba una mujer que vivía sola con su hija y que con ese trabajo ganaba un poco de dinero extra. Y, ¿sabes?, se enamoró locamente de Martin. Él acabó de cumplir su condena y se fue a vivir con ella. Allí vive todavía, se ha convertido en un buen padre para su hija, y desde entonces nunca ha vuelto a infringir la ley noruega.
    Sara sonrió.
    – Esa historia es casi más bonita que un cuento de hadas -dijo.
    – Y además completamente real -apuntó él -. Pero el tipo de ahora tiene problemas mucho más grandes que Martin.
    – Pues sí -contestó Sara con tristeza -. Ese tipo necesitará algo más que un tratamiento odontológico.

    El 10 de septiembre, Shiraz Bai llegó a Noruega y se alojó en el Park Hotel por cuenta de Gunder. Sejer marcó el número:
    – Si quiere, podemos organizar un encuentro en la comisaría, así no tiene que estar a solas con él. Seguramente le hará preguntas difíciles de contestar. Habla inglés, pero no muy bien.
    Gunder meditó sobre ello mientras miraba la foto de Poona. ¿El hermano se parecería a ella? Él es mi cuñado, pensó. Claro que tendré que ir a verlo. Pero no tenía ganas. Se imaginaba una larga serie de humillantes acusaciones.
    De repente, pensó que era importante presentarse con un aspecto aseado. Se duchó y se cambió de camisa. Ordenó todas las habitaciones. Tal vez Bai quisiera ver la casa que habría podido convertirse en el hogar de Poona. La bonita cocina y el baño con azulejos de cisnes blancos. Condujo despacio hacia la ciudad. Skarre lo esperaba en la recepción. Muy considerado por su parte, pensó Gunder. Eran muy comprensivos. Él no se lo esperaba. Entró en el despacho y lo vio enseguida. Un hombre enjuto, no muy alto, y tan parecido a Poona que Gunder se sobresaltó. Tenía incluso los mismos dientes salientes. Vestía una bonita camisa azul y pantalones claros. Su pelo estaba grasiento y sin cortar. Tenía una mirada evasiva. Gunder se le acercó con prudencia cuando Sejer los presentó. Miró el sombrío rostro de su cuñado. No vio en él ninguna acusación, su expresión era totalmente hermética. Tan solo un breve movimiento de cabeza. El apretón de manos, un movimiento involuntario. Se les ofreció una silla a cada uno. Bai la rechazó y se quedó de pie junto a la mesa, como si lo que fuera a suceder tuviera que hacerse lo más rápidamente posible. Gunder ya se había sentado. Le invadió un gran pesar. Estaba a punto de darse por vencido en todo. Marie seguía en coma. El mundo entero se había detenido.
    Skarre, que se defendía mejor que Sejer en inglés, tomó la palabra.
    – Señor Bai -empezó -, ¿tiene usted algún deseo que exponer a Jomann?
    Bai miró de reojo a Gunder.
    – Quiero llevarme a mi hermana a casa. Nuestra casa es la India -añadió en voz baja.
    Gunder miró fijamente el suelo. A sus pies. Había olvidado cepillarse los zapatos, y estaban grises del polvo. Dentro de él había gritos, ruegos que no lograba expresar en voz alta. Sobornos. Tal vez dinero. Pues el hermano era muy pobre, según había dicho Poona. Luego se avergonzó profundamente.
    – Podríamos hablarlo… -dijo con cautela.
    – No discussion -contestó Bai muy escueto, y apretó los labios.
    Parecía enfadado. No triste por lo de su hermana, ni apesadumbrado por la aflicción. No se le veía en absoluto horrorizado por lo sucedido, que la policía le había explicado hasta el mínimo detalle. Estaba enfadado. Reinaba un silencio absoluto mientras los cuatro hombres esperaban. Gunder no tenía fuerzas para hablar de sus derechos como marido, ni de legislaciones noruegas o indias, ni de su propio corazón sangrante. Se sentía impotente.
    – Tengo un ruego que hacer -dijo por fin. Su voz estaba a punto de quebrarse -. Un solo ruego. Que venga usted a mi casa para ver el hogar de Poona. ¡El hogar que yo deseaba darle!
    Bai no contestó. Su rostro era duro. Gunder agachó la cabeza. Skarre miró impaciente a Shiraz Bai. La pregunta que le hizo sonó como una petición, casi una orden:
    – ¿Quiere usted ver la casa del señor Jomann?
    Bai se encogió de hombros. Gunder deseó que el suelo se abriera y pudiera caerse dentro en una oscuridad infinita, tal vez hasta donde estaba Poona. Y por fin tener paz. Lejos de ese hombre difícil con cara de enfado. De todo eso que era tan complicado. De Marie, que tal vez se despertara babeando como una tonta. La cabeza le daba vueltas. Voy a desmayarme, pensó. Yo, que jamás en mi vida me he desmayado. Pero no lo hizo. Notó cómo también su rostro se cerraba y endurecía.
    – ¿Le gustaría ver la casa del señor Jomann? -repitió Skarre. Le hablaba con exagerada lentitud, como a un niño.
    Por fin Bai asintió con la cabeza, como indiferente.
    – Entonces vámonos ya -dijo Gunder nervioso, levantándose de un salto de la silla.
    Tenía una importante tarea por delante y tendría que actuar mientras tuviera fuerzas y se sintiera capaz de hacerlo. Bai vaciló.
    – Iremos en mi coche -dijo Gunder con energía -. Luego le dejaré en el hotel.
    – ¿Le parece bien? -preguntó Skarre mirando a Bai, que asintió con la cabeza.
    Y los dos hombres recorrieron el pasillo, uno al lado del otro. El corpulento Gunder con su calva, y el moreno y enjuto Bai, con su melena poblada y negra.
    Skarre rezó una muda oración para que Bai se ablandara. A veces sus oraciones eran escuchadas.
    Volvió a entrar en el despacho de Sejer y se sacó una bolsa de gominolas del bolsillo. El plástico crujió cuando la abrió.
    – ¿Sigues conservando la fe? -le preguntó Sejer escrutándolo con mirada cálida.
    Skarre sacó una gominola de la bolsa.
    – Las verdes son las mejores -dijo evadiendo la pregunta.
    – ¿Acaso empieza a quebrantarse?
    – Cuando era pequeño -contestó Skarre sin darse por aludido – solía meterme una gominola en la boca y dejarla hasta que el azúcar se derritiera. Luego me la sacaba y entonces estaba lisa y transparente, como gelatina. Son más bonitas sin el azúcar -añadió pensativo.
    Estuvo chupando la gominola durante una eternidad y se la sacó de la boca.
    – ¡Mira!
    Colgaba de sus dedos y era transparente.
    – Cobarde -dijo Sejer con una sonrisa.
    – ¿Y tú? -preguntó Skarre mirando a su jefe -. ¿Cómo va la fuerza?
    – ¿Qué quieres decir con eso?
    Frunció el ceño.
    – En cierta ocasión dijiste que creías en una fuerza. Como eres ateo, te has buscado otra cosa. Curioso que necesitemos algo.
    – Sí, creo en una fuerza. Pero funcionamos como dos entidades independientes -explicó Sejer -. No dialogamos.
    – En otras palabras, una situación bastante triste, en mi opinión. No puedes preguntar nada ni tampoco puedes regañar ni quejarte.
    – ¿Conque eso es lo que haces tú durante tus oraciones vespertinas?
    – También eso.
    Cogió una gominola roja.
    – Reza por Gunder -dijo Sejer.
    Se puso la chaqueta y fue hacia la puerta. Apagó la lámpara del techo.
    – Que la fuerza te acompañe -dijo Skarre en inglés.

    Gunder abrió la puerta del coche a Bai. De repente se sentía sereno. Poona habría querido que lo recibiera bien. Si ella los hubiera visto ahora, esa terquedad infantil entre ellos, habría fruncido el ceño. Gunder con los dientes apretados. Su hermano con los ojos entornados. Pronto habrá acabado esto, pensó Gunder. No creía que el destino volviera a sonreírle nunca más, pero se prometió a sí mismo hacer un verdadero esfuerzo. Salieron de la ciudad. Era un hermoso día de otoño, y el paisaje que atravesaban era para Bai sumamente exótico. Gunder empezó a hablar. Frases cortas en inglés que Bai entendía.
    – Me crié aquí. He vivido aquí toda la vida. Es un lugar tranquilo. Todo el mundo se conoce. La casa es del año mil novecientos veinte. No es muy grande, pero está en buen estado. Jardín. Vistas. Y una buena cocina -prosiguió.
    Bai no dejaba de mirar por la ventanilla.
    – Tenemos tiendas, banco, oficina de correos y un café. Colegio y jardín de infancia. Una bonita iglesia. Quiero enseñártela.
    Bai no decía nada, pero en el fondo de su ser debía de intuir lo que Gunder quería. Fueron en el coche a la iglesia de Elvestad. Una hermosa iglesia de madera situada sobre una suave pendiente, todavía verde y frondosa. Aún había alguna que otra flor. La iglesia era modesta, pero destacaba en el paisaje por su luminosidad, blanca entre todo aquel verde. Gunder paró el coche y salió. Bai se quedó dentro. Pero esta vez Gunder no se dio por vencido. Estaba decidido, y esa era su última baza; había movilizado el resto de sus fuerzas en ese único proyecto: quedarse con su difunta esposa. Abrió la puerta del lado del pasajero, y esperó. Bai salió desganado del coche y miró con los ojos entornados la iglesia y las tumbas.
    – Si Poona se queda, será enterrada aquí. Vendré a visitar su tumba todos los días. Plantaré flores y las cuidaré. Me sobra tiempo. Todo el que me sobra se lo dedicaré a Poona.
    Bai estaba callado pero escuchaba. Si el lugar le parecía hermoso no lo manifestaba. Más bien se le veía asombrado. Gunder se metió por entre las tumbas. Bai lo seguía a cierta distancia. Vio que Gunder se paraba junto a una tumba y se acercó con prudencia.
    – Mi madre -dijo Gunder en voz baja -. Poona no estaría sola.
    Bai miró callado la lápida.
    – ¿Te gusta? -preguntó Gunder mirándolo.
    Bai se encogió de hombros. Gunder odiaba ese gesto. Poona nunca lo hacía, siempre respondía con claridad y contundencia.
    – Vamos a mi casa -dijo Gunder dirigiéndose al coche.
    Seguía mostrándose enérgico, aunque le costaba un gran esfuerzo. Bai miró el jardín y las vistas.
    – Manzanas -dijo Gunder señalando los árboles frutales -. Muy buenas manzanas.
    Bai asintió con la cabeza. Entraron en la casa. Gunder enseñó a Bai el salón, luego la cocina y el baño, y los dos dormitorios de la planta de arriba. Uno grande, que habría sido el de Poona y el suyo, y otro más pequeño, que era el cuarto de huéspedes. Marie dormía allí cuando iba a visitarlo.
    – Tu habitación si hubieras venido a vernos -dijo Gunder-. Queríamos invitarte.
    Bai miró el sencillo cuarto. La cama estaba hecha, con una colcha de ganchillo. Cortinas azules y una lámpara en la mesilla. Bai no mostró ningún entusiasmo. Vieron el resto de la casa. Gunder deseaba que Bai hablara, pero su cuñado no decía nada. Vieron toda la casa. Gunder hizo café y sacó unos creps del congelador. Los había hecho Marie, con azúcar y canela. Gunder sabía que en la India usaban mucho la canela, a lo mejor le gustarían a Bai. Pero Bai no probó los creps. Se echó mucho azúcar en el café, pero tampoco le gustó. Gunder volvió a desanimarse.
    – Tengo que llevarme a mi hermana a casa -dijo Bai.
    Su voz ya no era grave, pero sí firme. Entonces Gunder no pudo más. Se derrumbó en la silla y sollozó. Le daba igual lo que pensara aquel hombre. Tenía los ojos anegados en lágrimas. No le quedaba una sola palabra, las había gastado todas. Bai permaneció callado mientras Gunder lloraba. El reloj de pared sonaba sin piedad.
    Gunder no sabía cuánto tiempo llevaban así, hasta que se percató de un movimiento en el sofá. Bai se levantó. Tal vez pretendía abandonar la casa en señal de protesta, y volver a la ciudad andando. Pero no lo hizo. Se dio otra vuelta por la casa. Gunder dejó que lo hiciera sin intervenir. Que mirara todo lo que quisiera. Vio por el rabillo del ojo que Bai había encontrado la foto de Poona y él, colgada encima del escritorio. Luego lo oyó entrar en la cocina. Gunder permaneció en el sillón sin moverse, todavía con las lágrimas resbalándole por la cara. Oyó a Bai dirigirse hacia la entrada y luego subir al piso de arriba. Gunder podía oír sus pasos por la escalera, ligeros y suaves. Luego Bai bajó y salió al jardín. Gunder lo vio debajo de los manzanos contemplando la vista. Por fin volvió a entrar. Los dos cafés se habían enfriado. Bai se sentó en el borde del sillón.
    – Mi hermana puede quedarse -dijo escuetamente.
    Gunder no podía creer lo que estaba oyendo y lo miró asombrado.
    – Puede quedarse -repitió Bai -. Y tú tendrás que pagarlo todo.
    – Claro -tartamudeó Gunder-. Yo lo pagaré todo. ¡Todo lo mejor para Poona!
    Estaba radiante de alivio y se levantó de un salto del sillón. Bai se puso a buscar algo en el bolsillo de su camisa. Sacó por fin un sobre y se lo dio a Gunder.
    – Una carta de mi hermana -dijo -. Es sobre ti.
    Gunder sacó la carta del sobre y desdobló la hoja. Era la letra de Poona, pulcra como un bordado con pluma negra. Pero no entendía nada.
    – Está escrita en hindi -dijo confuso -. No lo entiendo.
    – Está escrita en marathi -le corrigió Bai -. Busca a alguien que te la traduzca.
    Se levantó y dijo:
    – Volver a Park Hotel.
    Gunder se levantó a toda prisa y quiso estrecharle la mano. Bai vaciló, pero por fin se la tendió. Era flaca y huesuda. Apretó la mano de Gunder con un poco más de firmeza esta vez.
    – Muy bonita casa -dijo, e hizo una reverencia.
    De repente, Gunder estaba lleno de energía. Organizaría el entierro de Poona y tenía mil cosas que hacer. Aún no le habían dado fecha, pero había mil cosas que hacer. ¿Qué funeraria elegiría? ¿Qué llevaría ella puesto en el ataúd? El broche.
    Permaneció con la mano de su cuñado en la suya, lleno de gratitud.
    – Yo también tengo una hermana -dijo -. En el hospital.
    Bai lo miró interrogante.
    – Por un accidente de coche -explicó Gunder entristecido -. No está despierta.
    – Lo siento mucho -contestó Bai en voz baja.
    – Si alguna vez necesitas algo -continuó Gunder, alentado por la comprensión del hombre -, llámame.
    – Tengo una foto mejor -dijo Bai -. Una foto preciosa de Poona. Te la enviaré.
    Gunder asintió. Abandonaron la casa.
    Gunder dejó a Bai en el hotel. Luego se fue directamente al hospital a ver a Marie. Se sentó junto a su cama y le cogió la mano. Por primera vez en mucho tiempo, sintió paz en su interior.

17

    Gunwald estaba colocando tarritos de comida infantil en los estantes. Los rumores corrían más que nunca. Se decía que la policía había estado varias veces en casa de Gøran Seter. Gunwald no lo entendía. ¿Qué pasaba con la maleta? No es que pensara que Einar hubiera matado a esa pobre mujer india, pero de todos modos… He cumplido con mi deber, pensó, mientras iba colocando los tarritos perfectamente alineados.
    Todos los días leía el periódico a fondo. Después del asesinato de Hvitemoen, a veces compraba varios. Hizo un extraño descubrimiento. Eso era completamente nuevo para él, ya que siempre había leído el mismo periódico. Pero había muchas diferencias entre lo que ponía en cada uno. En uno leyó que la policía no tenía ninguna pista. En otro ponía que la policía había hecho importantes averiguaciones y que seguían una pista. No era fácil saber quién decía la verdad. Pero lo de la maleta lo atormentaba. ¿Debería llamar y decir que fue Einar? Salió al patio con el embalaje de los tarritos y lo tiró al contenedor. No quería formar parte de esa historia, de ninguna manera. Al entrar vio que Mode, de la gasolinera, estaba junto al mostrador hojeando el periódico.
    – ¿Tienes bollos con pasas? -preguntó.
    Gunwald fue a por ellos.
    – Jamás resolverán este caso -afirmó Mode, con mucha seguridad.
    – ¿Por qué lo dices? -preguntó Gunwald.
    – Si no lo cogen ya, nunca lo harán. Pronto tendrán que reducir gastos y el caso será sobreseído. Ya verás. Y, entretanto, habrá otro pobre muerto, que pasará a ser la prioridad de la policía. Así es la vida.
    Gunwald hizo un gesto negativo con la cabeza.
    – A veces resuelven casos como este al cabo de varios años.
    – No es lo habitual -dijo Mode, abriendo la bolsa.
    Se metió un bollo en la boca. La idea de que tal vez no detuvieran nunca al hombre que había cometido ese horrible asesinato atormentaba a Gunwald.
    – Ojalá no sea nadie que conozcamos -dijo, sombrío.
    – ¿Que conozcamos? -preguntó Mode, como dudando -. No es nadie de aquí. ¿Quién podría ser?
    – ¿Cómo voy a saberlo yo? -contestó Gunwald, y dio la espalda al otro.
    Mode masticaba el bollo.
    – Parece que en el chalet de estilo suizo la cosa acabará en divorcio -dijo de repente.
    Gunwald abrió los ojos de par en par.
    – ¿Quién dice eso?
    – Todo el mundo. Lillian ha empezado a hacer las maletas. Supongo que Einar tendrá que vender la casa y quedarse a vivir en el bar. Y tenerlo abierto las veinticuatro horas del día para poder sobrevivir. Me lo imagino con un saco de dormir en la trastienda. Esa mujer no es una mujer como Dios manda -dijo sin piedad.
    – Einar tampoco ha sido nunca la alegría de la huerta -opinó Gunwald, preguntándose qué significaba todo eso.
    – Tal vez venda el bar y se vaya de aquí -dijo de repente -. Entonces seguro que lo convertirán en un restaurante chino.
    – A mí no me importaría -contestó Mode.
    Sacó otro bollo de la bolsa. Era como una esponja a la que podía dársele cualquier forma.
    – ¿Sabes algo más de Jomann? -preguntó.
    – Está de baja -respondió Gunwald -. Imagínate por lo que ha tenido que pasar últimamente. Por lo visto se pasa casi todo el día en el hospital. Lo de su hermana es horrible. Puede que se despierte como una niña de dos años. El marido no es capaz de afrontarlo. Va a trabajar y espera a que lo llamen.
    – ¿Qué otra cosa puede hacer? -preguntó Mode -. Supongo que se despertará pronto. O suelen despertarse pronto o no se despiertan nunca.
    – He oído hablar de gente que lleva años así -comentó Gunwald.
    – Esas cosas solo ocurren en América -señaló Mode con un guiño.
    Luego volvió despacio a la gasolinera. Gunwald se quedó pensando. Tenía la sensación de que su pueblo estaba invadido. Una presencia extraña que se metía en todo y por todas partes, sacándolos violentamente de la rutina, que los alteraba y los asustaba, que por un lado los unía y hacía que tuvieran la sensación de poseer algo en común, y por otro lado les daba miedo por las noches, en la oscuridad, debajo de los edredones. Al mismo tiempo, la vida seguía, pero bajo una nueva luz. De esa forma observaban más que antes, como si vieran todo por primera vez. De la misma manera que Gunwald tenía la sensación de ver a Einar por primera vez. Y se preguntaba quién era. Y Gøran. Y Jomann, que se había ido solo a un país lejano en busca de una esposa. Linda en su bicicleta, a la que todo el mundo miraba de otro modo, y eso había empezado a afectarla visiblemente. Siempre había sido un poco maniática, pero ahora sus ojos vagaban inquietos. Estaba claro lo que opinaba la gente. Linda debería haberse callado. Gunwald se movía intranquilo. Era la policía la que tenía el deber de solucionar este caso, con o sin su ayuda. Salió al patio y miró el plato del perro. Estaba casi vacío. Lo llenó y lo colocó en el suelo.
    – He estado pensando en ti -le dijo al perro -. Tú sí que estabas fuera, en el patio, aquel día. Tuviste que ver lo que ocurrió en el prado. Ojalá supieras hablar. Imagínate que pudieras susurrarme al oído: «Lo conozco. Conozco su olor. La próxima vez que lo vea ladraré muy fuerte para que sepas quién es». Así hacen en las películas -dijo Gunwald muy serio, acariciando el suave pelo del animal -. Pero esto no es una película y tú no eres muy listo.

    – ¿Cuándo te has hecho viejo? -preguntó Sejer mirando a Kollberg -. Antes siempre ibas diez metros por delante de mí. Saltabas las escaleras como un cachorro.
    El perro estaba encima de una mesa y gañía. El fino papel se rompía bajo sus patas. El veterinario buscó los bultos y encontró cuatro. Sejer intentó interpretar su expresión neutral.
    – Parecen firmes, sin líquido. Se trata de tumores claramente delimitados.
    Sus manos hurgaron entre el pelo rojizo.
    – Entiendo -dijo Sejer. Inspector jefe e investigador de homicidios, de edad madura. Casi dos metros de altura y de hombros bastante anchos. Estaba nervioso como un niño.
    – Para saber con certeza de qué se trata tendré que abrir.
    – Hágalo entonces -dijo Sejer.
    – El problema es que este perro es grande, pesado y viejo. Diez años son muchos años para un perro de raza leonberger. Y anestesiar a un perro conlleva en sí bastante riesgo.
    – Anestesiar siempre conlleva un riesgo, ¿verdad? -murmuró Sejer.
    – Pues sí, en cierto modo sí. Pero en este caso tal vez cabría preguntarse si no deberíamos ahorrarle una intervención.
    – ¿Por qué? -preguntó Sejer, agresivo.
    – No sé si se recuperará luego. Pero los tumores hay que extirparlos, sean malignos o no. Están presionándole los nervios de la parte trasera del cuerpo y le hacen perder mucha movilidad. Se trata de una intervención importante en un perro como este. Existe además el riesgo de que se toquen ciertos nervios, con la consecuencia de una parálisis que lo dejaría aún peor de lo que está. Tal vez nunca llegue a ponerse en pie de nuevo. En algunos casos es mejor para el perro dejar que la naturaleza siga su curso.
    Aquellas palabras cayeron sobre él como una granizada. Sejer intentó ganar tiempo para que el nudo de la garganta bajara y le dejara libres las cuerdas vocales. Lentamente iba asimilando lo que el veterinario acababa de decir. Era incapaz de imaginarse la existencia sin su perro, sin sus diálogos carentes de palabras. Sus ojos negros. El olor a pelo mojado. El calor de su hocico cuando se sentaba en su sillón y el perro dejaba reposar la cabeza en los pies de su amo. El veterinario seguía callado. Kollberg se había tumbado. Ocupaba toda la mesa.
    – No tiene que tomar la decisión en este momento -dijo el veterinario -. Váyase a casa y háblelo consigo mismo y con el perro. Y luego me dice lo que sea. Y sepa una cosa: en este caso no hay una decisión correcta. Solo la elección entre dos decisiones difíciles. Estas cosas pasan.
    Sejer le acarició el vientre a Kollberg.
    – Según su experiencia, ¿estos tumores suelen ser malignos?
    – La cuestión es si el perro aguantaría la intervención.
    – Siempre ha sido muy fuerte -afirmó Sejer, terco como un niño.
    – Como ya le he dicho: piénseselo. El perro lleva demasiado tiempo con esos bultos.
    Sejer estuvo mucho rato sentado en el coche, pensando. «Lleva demasiado tiempo con esos bultos.» ¿Había en eso un reproche? ¿Estaba tan absorto en su trabajo que ya no reparaba en los seres de los que era responsable? ¿Por qué no reparaba en ellos? Se sintió apesadumbrado por el sentimiento de culpa y tuvo que recapacitar. Luego condujo despacio hasta su casa. ¿A quién tengo en consideración si pido una operación?, pensó. ¿A Kollberg o a mí mismo? ¿No se debe retener a alguien a quien se ama? ¿Se espera de mí que reaccione y que le trate como el animal que de hecho es? ¿Debo hacer lo que es mejor para él y no para mí? Pero se sentía amado por ese animal desgreñado. Aunque claro, los animales no saben amar. Era él quien atribuía ese amor a su perro. Pero ¿devoción? Eso sí. La devoción vibraba en todo el cuerpo peludo cuando su amo abría la puerta del piso. Esa vigilancia, el entusiasmo y el corazón animal que latía solo para él. Que latía de todos modos. Echó un vistazo por el retrovisor. Kollberg no se movía.

    – ¿Qué te dice tu corazón? -preguntó Sara.
    – Es evidente, ¿no? -contestó Sejer con aire sombrío -. Estoy dispuesto a exponerlo a lo que sea con tal de poder tenerlo conmigo unos años más.
    – Entonces te arriesgarás con la operación -dijo Sara con sencillez -. Tomarás esa decisión sea cual sea el resultado.
    – ¿Debo seguir mis propios deseos y necesidades, sin más? -preguntó Sejer con timidez.
    – Sí, debes hacerlo. Es tu perro y tú decides.
    Sejer llamó al veterinario. Intentó buscar matices en el tono de voz del especialista que revelaran si aprobaba o no su decisión. Tuvo la clara impresión de que el veterinario estaba contento. Fijaron el día de la intervención. Luego Sejer se arrodilló junto al perro y se puso a cepillarle el largo pelo. Cepillaba sin cesar con movimientos prolongados y notaba sin dificultad los bultos. Le remordía la conciencia no haberlo notado antes. Sara le sonrió intentando consolarlo.
    – Kollberg no tiene ni idea de tus sentimientos de culpa -dijo -. Le encanta que lo cepillen. Le encantas tú. En este momento se siente muy bien, tiene un amo cariñoso que lo cepilla. No hay que sentir lástima por él.
    – No. Solo hay que sentir lástima por mí -susurró Sejer.

    Linda llevaba días llamando a Karen. «Karen no está», respondía la madre. «Creo que acaba de salir. No sé cuándo volverá.» Algo estaba pasando. Linda sentía un profundo temor. Habían estado siempre juntas. Ahora Karen la esquivaba y salía con otra gente. Con Ulla, Nudel, y los demás que frecuentaban el bar. Linda se sentía confusa y angustiada, pero conservaba un último resto de rabia. En todas partes notaba que la gente la miraba. ¿Qué había hecho mal? Todo iba bien mientras se había limitado a hablar de un coche rojo. Pero se había pasado al mencionar el nombre de Gøran. Como si la policía no hubiese investigado por su cuenta ya todos los coches rojos del pueblo. Luego habrían descubierto que el joven había pasado por el lugar del crimen a la hora crítica. Así fue atrapado en la red y ahora estaba luchando por salir. Pero seguro que Gøran era inocente, y en ese caso no tendría nada que temer. En opinión de Linda, era una tontería mentir a la policía. La culpa la tenía el propio Gøran.
    Linda empleaba el tiempo en trazar un plan para atraer a Jacob. Por dos veces había ido a la ciudad y había estado esperando frente a la casa donde vivía el hombre, en la calle Nedre Storgate, mirando fijamente las ventanas del segundo piso. Había una estatuilla en el alféizar, pero no podía distinguirla bien y no se había atrevido a llevarse los prismáticos de su madre. Estar en una calle de la ciudad con la vista levantada hacia una ventana no llamaba la atención, pero mirar con prismáticos habría sido impensable. Lo que estaba viendo en la ventana podía ser un desnudo femenino, algo que no le gustaba nada. Era blanco y liso y resplandecía con el sol. Linda se sentía mortalmente ofendida por no haber sido tomada en serio al contar lo de ese desconocido en su jardín aquella noche. No dijo nada a su madre. La cosa ya iba mal desde antes. La madre daba a entender con toda claridad que Linda se había pasado. Habían discutido y Linda le gritó que si ella hubiera visto el asesinato con sus propios ojos seguro que se habría callado para no verse involucrada en nada. ¡Así de cobarde era la gente! Gritaba y pataleaba. La madre cerró la boca con firmeza. En realidad, estaba preocupada.
    Era de noche. Linda estaba pensando. Karen debería estar ya en casa. Hacía frío y llovía, y un despiadado viento soplaba amenazante por las esquinas de la casa. A ella le gustaban las tormentas, estando en una casa iluminada y caliente. Las cortinas estaban echadas. No miraría al jardín ni una sola vez. En cuanto a Jacob, tendría que enterarse de sus turnos de trabajo para saber a qué hora volvía a su casa. Podría estar preparada, esperándolo al doblar una esquina, verlo acercarse por la acera y precipitarse hacia él con la cabeza gacha. Tal vez podía llevar algo en las manos, algo que se le caería al chocar con Jacob, para que él tuviera que agacharse a recogerlo. Una bolsa de manzanas. Rodarían cada una por un lado. Se imaginaba a ella misma y a Jacob gateando por la acera en busca de unas relucientes manzanas rojas. La boca de Jacob y sus ojos. Las manos que la acariciarían. Seguro que serían cálidas y fuertes. Al fin y al cabo, se trataba de un policía.
    «Pero Linda -gritaría -, ¿qué haces tú aquí?» «Voy al dentista», contestaría ella. O algo por el estilo. Luego Jacob le pediría perdón por no haberla creído aquella noche cuando lo llamó por teléfono. Linda lo miraría a sus ojos azules y le haría entender que la había subestimado. No era una adolescente histérica, como al parecer creía. Estaba ensimismada en esos pensamientos cuando oyó un ruido sordo fuera. Al instante estaba de pie, escuchando sin respirar en mitad de la habitación. Ahora solo oía el viento. Se oía un fuerte murmullo entre los árboles. Luego otro ruido sordo. Corrió a la cocina. ¿De dónde venía ese ruido? ¿Se trataba del mismo que el otro día, o era algo distinto? Miró el teléfono, pero se contuvo. Era imposible llamar a Jacob. Otro golpe. Esta vez más fuerte aún, seguido de un tembloroso retumbo. Como si alguien estuviera golpeando algo con un mazo. Miró asustada hacia la ventana. Los golpes se repetían a un ritmo desigual. Sonaban más fuertes cuando ella estaba en la entrada, lo que significaba que provenían de la parte delantera de la casa. Por suerte, la puerta estaba cerrada con doble cerradura. Recapacitó y se esforzó por escuchar. Sonaba como cuando la puerta del cobertizo daba golpes porque habían olvidado fijar los dos ganchos por la parte de dentro. ¿Tan sencillo era? Más golpes. Se precipitó hasta el salón y levantó una tira de la cortina. A la luz del farol de fuera vislumbró el contorno del cobertizo pintado de rojo con puertas blancas. ¡Eso era! Las hojas de la puerta estaban dando violentos golpes a causa del fuerte viento. Se desplomó de alivio. Menos mal que no había llegado a llamar a Jacob con una falsa alarma. Pero sí que había sujetado los ganchos cuando metió la bicicleta esa tarde, ¿no? Estaba completamente segura. Y sin embargo, intentó ignorarlo y bajó a por periódicos a la escalera del sótano. Luego se sentó en el salón y recortó todo lo que encontró sobre el caso. Cada vez escribían menos, pero Linda quería tenerlo todo. Lo guardaría para más adelante. Para cuando estuviera casada con Jacob y lo sacaran para recordar cómo se conocieron. Las hojas de la puerta seguían dando golpes. Le resultaba irritante, pero se negaba a salir a cerrarla con ese tiempo tan horrible. Seguía recortando. Aunque conocía ya la causa de los ruidos, le molestaban. ¿Se quedaría despierta hasta muy tarde debido a esa maldita puerta? Dejó las tijeras y dio un hondo suspiro. ¿Cuánto tiempo tardaría en ponerse las botas, cruzar el patio, sujetar los ganchos por dentro, cerrar desde fuera y volver a entrar corriendo? Un minuto, tal vez. Sesenta segundos fuera, en la oscuridad. Se levantó y fue hasta la entrada. Vaciló unos instantes. Se puso las botas de agua de su madre, pues eran las que estaban más cerca. Le quedaban muy grandes. Abrió una de las dos cerraduras y oyó el murmullo constante de la lluvia. Quitó el cerrojo de seguridad. Inspiró profundamente tres veces, abrió violentamente la puerta y bajó corriendo los escalones. No hay que ponerse histérica, pensó, mientras se esforzaba por cruzar el patio con esas botas tan grandes. No pasa nada. La puerta estaba abierta de par en par. Dentro solo se veía una inmensa oscuridad. Agarró las hojas y las empujó hacia dentro. El gancho estaba arriba del todo. No llevaba linterna y en el cobertizo no había luz eléctrica. Se estiró para coger el gancho y justo en ese instante fue presa del pánico al oír un ruido. Venía del interior del cobertizo. Dio un respingo y se volvió. ¿No había allí dentro una figura que la estaba mirando? Le pareció ver un ojo que brillaba desde un rincón. El miedo y la rabia se alternaban en su interior cuando hizo un esfuerzo por alcanzar el gancho. Entonces sintió una violenta sacudida y unas manos que le apretaban el cuello. Todas sus fuerzas la abandonaron. En el borde de su campo de visión veía sus propios brazos agitarse desesperadamente. Alguien le gruñó algo al oído, y todo se volvió negro. Ya no sentía el cuerpo, solo un terrible dolor en la nuca. Algo caliente y mojado le caló la ropa. Las piernas le colgaban como si fuera una muñeca de trapo.
    – ¡A partir de ahora te callarás la boca!
    Linda se derrumbó, protegiéndose la cabeza con las manos mientras notaba cómo esos brazos le daban la vuelta y la dejaban boca abajo en el suelo. ¡Mamá!, gritó para sus adentros, ¡mamá, voy a morir!
    El hombre le clavó una bota en la espalda y la presionó contra el suelo, pero le soltó el cuello. Linda notó un profundo dolor en la laringe mientras arañaba desesperadamente la gravilla. ¿Es Gøran?, se le ocurrió pensar. ¿Va a matarme ya? Linda no lloraba, no se atrevía a respirar. Él la había soltado y estaba haciendo algo. Me está rociando con gasolina, pensó, porque en el cobertizo había una lata de gasolina que utilizaban para el cortacésped. Me está echando gasolina encima y luego me prenderá fuego. Al día siguiente la encontrarían negra y tiesa, solo quedarían intactos sus dientes. De repente, oyó las hojas de la puerta, y todo quedó en silencio. El hombre había cerrado desde fuera. Linda permaneció inmóvil, escuchando, pensando que el hombre prendería el cobertizo con ella dentro. El cuerpo le temblaba de un modo incontrolable. No podía creer que todo hubiera pasado ya. Notó un olor que emanaba de ella, y comprendió que se había hecho pis encima. Le sobrevino una seriedad que jamás habría podido imaginar. Seguía en el suelo, sin moverse. No oía pasos, ni el motor de un coche, nada, solo el viento en los árboles y la lluvia como un murmullo constante. Estuvo así durante una eternidad, con la cara llena de arena y suciedad. No soportaba seguir allí, pero no se atrevía a levantarse, como un gato paralizado delante de los faros de un coche. Por fin reaccionó. Se levantó con mucho cuidado, vacilante sobre sus temblorosas piernas. Estaba rodeada de una oscuridad total. Levantó las manos. Le temblaban. Dio un empujón a la puerta, que cedió una pizca. Era una vieja puerta doble, con un sencillo mecanismo de cierre desde fuera. Por eso se había abierto con el viento. ¿O la había abierto él para que hiciera ruido y ella saliera? ¿Cómo sabía que estaba sola? Enseguida se acordó de que estaba sola muchas veces y de que mucha gente lo sabía. Empujó la puerta una y otra vez. Tal vez la cerradura acabaría cediendo. Era una pequeña barra de hierro que se metía en una holgada argolla. Si conseguía que las puertas se moviesen lo bastante, la barra saldría sola. De repente la puerta se abrió y Linda dio un paso atrás del susto. Miró hacia la casa. La puerta de entrada estaba abierta de par en par. ¿Estaría dentro el hombre? Salió sin hacer ruido a la gravilla, y escuchó. Cerró la puerta del cobertizo tras ella. Subió vacilante los escalones, encogida como una anciana. Echó un vistazo a la entrada. No, el hombre no podía estar allí dentro. Cogió un paraguas de la percha y golpeó con él en el suelo un par de veces. Si el hombre estuviera dentro saldría corriendo al oír que había alguien en la casa. Pero no salió nadie. Cerró la puerta y fue al salón. No había nadie en ninguna parte. Pero ¿y en el piso de arriba? Subió lentamente la escalera. Abrió las puertas de las habitaciones. Nadie. Volvió a bajar, esta vez como somnolienta, derecha al baño. Se quitó la ropa con brusquedad, la metió en la lavadora y la puso en marcha a una temperatura muy alta. Le gustaba el ruido de la máquina y el olor a detergente y a suavizante. Luego se dio una larga ducha, cerrando los ojos bajo el agua caliente. Se puso la bata y se miró al espejo. Estaba blanca como una sábana. En el cuello tenía manchas rojas.
    «¡A partir de ahora te callarás la boca!»
    ¿A quién pertenecía esa voz? Sonaba como distorsionada, ronca e irreconocible. El hombre era más alto que ella. Mucho más alto. Gøran no es tan alto, pensó. Llamaría a Jacob. Quería protección. Ya no se sentía segura. ¿Qué diría Jacob si lo llamaba? Quizá esta vez tampoco la creería. Aturdida, se metió en la cama, y dejó la lámpara encendida. Se quedó quieta, con los ojos cerrados. Acababan de asaltarla y sabía que tenía que avisar a alguien, pero el hombre había dicho que estuviera callada. Si decía algo más, tal vez la mataría. Eso solo había sido un aviso. Miró fijamente al techo. Se acordó de cuando ella y su madre pintaron el dormitorio y llegaron al techo, que iban a pintar de color crudo. Estaban subidas en sendas sillas, pintando cada una con un rodillo. Linda había descubierto una araña y se quedó unos instantes mirándola. Su primera idea fue espantarla con un chasquido de los dedos. Pero luego decidió dejarla donde estaba. No era muy grande, pero tenía el cuerpo redondo y unas patas largas y negras. Estaba tan inmóvil como ahora ella en la cama. De repente le pasó el rodillo por encima. Al principio, con la pintura mojada, no podía ver nada. Se reía histéricamente con su madre al pensar en la araña. Pero luego la pintura se secó y debajo de la superficie blanca apareció el insecto en toda su nitidez, perfectamente fijado con las patas. Linda se preguntaba cómo sería morir de esa manera. Miraba la araña y pensaba en eso mientras esperaba que le llegara el sueño.
    Pero no le llegó. Cada vez que cerraba los ojos, se quedaba sin aliento. Entretanto, lloraba por lo bajo tapándose la cara con la almohada. Pronto su madre volvería de Copenhague, ¿o era Göteborg? No se acordaba. Al final se levantó. Se puso la bata y bajó al salón. Miró tercamente el teléfono. ¿Por qué no iba a molestar a Jacob? Marcó el número deprisa, sin pensar. En el instante en que el hombre respondió, Linda miró el reloj de la pared, eran las dos. Jacob estaba somnoliento.
    – ¿Linda? -dijo.
    Se apreciaba irritación en su voz, pero la joven estaba preparada para ello. Al fin y al cabo, era de madrugada.
    – No han sido imaginaciones mías -dijo sin aliento al auricular, aliviada de poder hablar por fin con alguien -. Me ha atacado. ¡Esta noche!
    Se oyó un gran silencio al otro lado de la línea.
    – ¿En tu casa? ¿Dentro?
    – ¡Sí! No, en el cobertizo.
    Un nuevo silencio.
    – ¿En el cobertizo? -Jacob pareció dudar -. Linda, estamos en plena noche y no estoy trabajando.
    – ¡Ya lo sé! -gritó ella.
    – ¿Cuándo ha ocurrido?
    Linda volvió a mirar el reloj.
    – No lo sé seguro. Tal vez a las doce.
    – ¿Y no llamas hasta ahora?
    De repente, la muchacha se maldijo a sí misma por no haberlo llamado enseguida. Pero tenía que cambiarse de ropa, por si iba alguien.
    – Si realmente tienes algo que denunciar, debes hacerlo al número de emergencia de la policía, pero ya que me has llamado… cuéntame lo que pasó.
    Skarre estaba ya despierto del todo. La voz sonaba más despejada. Linda le habló de las hojas de la puerta que daban golpes y contó que había ido a cerrarla y un hombre apareció de golpe de la oscuridad, la agarró por la garganta, la tiró al suelo y la pisó. También le contó lo de la advertencia de que no dijera nada más. Linda se echó a llorar mientras hablaba y se tocaba la nuca dolorida.
    – ¿Estás herida? -preguntó Skarre. Tenía la voz rara.
    – No -respondió -. Pero podría haberme matado. Era muy fuerte.
    – Y tu madre… ¿dónde está?
    – Trabajando -contestó Linda con un hilo de voz.
    – ¿No ha vuelto a casa?
    – Llega mañana por la mañana.
    – ¿Y no la has llamado para contarle lo que ha pasado?
    – No -contestó Linda.
    De nuevo Skarre calló. Linda podía oír su respiración a través del auricular.
    – ¿Qué pudiste ver de ese hombre?
    – Nada. El cobertizo está completamente a oscuras. Pero creo que era alto, muy alto. Me parece que necesito protección -añadió. Anda buscándome. Hará todo lo posible para evitar que testifique.
    – No creo que tengas que testificar -dijo Jacob -. Tus observaciones no son tan importantes como para hacerlo.
    – ¡Pero eso él no lo sabe! -gritó Linda.
    Se mordió la lengua y volvió a callarse, por miedo a que Jacob se desesperara aún más.
    – ¿Por qué no has llamado a tu madre? -preguntó Skarre muy serio.
    Linda lloriqueó.
    – Dice que siempre exagero.
    – ¿Es verdad?
    – ¡No!
    – Entonces debes llamarla inmediatamente y decirle lo que ha ocurrido. ¿Ella tiene teléfono en el camión?
    – Sí. ¿No puedes venir?
    – Linda, has vuelto a llamar a mi casa, y en ese caso no puedo hacer nada. Puedo enviar a alguien…
    – ¡Entonces no!
    Skarre suspiró profundamente.
    – Intenta localizar a tu madre. Estoy seguro de que puedes hacerlo. Habla con ella y entre las dos tendréis que decidir si vas a poner una denuncia.
    Linda notó algo grande y pesado por dentro.
    – No me crees -dijo con un hilo de voz.
    – Entiendo que tengas miedo -repuso Skarre diplomáticamente -. Lo que ha ocurrido en Elvestad es horrible. Todo el mundo tiene miedo en casos así. Es normal.
    Linda tenía un nudo tan grande en la garganta que no podía seguir hablando. Él no la creía. Lo notaba en su voz. Estaba irritado y le hablaba como se habla a un niño mentiroso, a pesar de que no quería herirla. Linda se sentía agotada y tuvo que apoyarse en la mesa. Las rodillas empezaron a temblarle. Todo le salía mal, hiciera lo que hiciese. Había contado lo que había visto, las dos personas en el prado que parecían estar jugando. Nunca había dicho que vio un asesinato. Había dicho que el coche se parecía al de Gøran, no que fuera el de Gøran. Le parecía que se trataba de algo importante, con tanta lata como daban en la radio y en la televisión. Ahora todo el mundo se volvía contra ella. Y cuando empezaban a ocurrir cosas, no la creían. Skarre hizo un último esfuerzo:
    – Te propongo que llames a tu madre y le cuentes todo. Luego te acuestas y la esperas. Ella podrá llamar a la policía si lo cree necesario.
    Linda colgó y volvió a subir a su habitación. Se sentía atontada. Luego se quedó tumbada mirando fijamente la araña. Veía enemigos por todas partes. La trataban como a una mocosa. El miedo se apoderó de ella de nuevo y todo se volvió frío. Se tapó con el edredón y apretó los ojos. No quería llamar a su madre. Quería estar sola. Quería ser invisible y no molestar a nadie. No acusar a nadie, no testificar, ni saludar, ni estar en medio. Querían librarse de ella. Ahora lo entendía. Los oídos le zumbaban. Se quedó inmóvil, esperando a que amaneciera. A las cuatro oyó la llave en la puerta y al instante unos pasos en la escalera. La puerta se abrió una pizca. Linda no dijo nada, y se hizo la dormida. La madre fue a su cuarto a acostarse. Linda encendió la luz y se acercó al espejo. Las marcas del cuello eran ya menos visibles. ¿Habría sido realmente Gøran? No parecía su voz. Además, estaba segura de que el hombre del cobertizo era más alto. ¿Cómo iba a atreverse a salir de casa nunca más? ¿A coger el autobús del instituto o a ir en bicicleta por la carretera? Tal vez él la siguiera, tal vez la vigilara. Volvió a acostarse. Transcurrieron las horas. La luz del día traspasó las cortinas y pudo oír los pájaros cantar en el jardín. Ahora que su madre estaba en casa se pudo relajar por fin. Se durmió y no se despertó hasta que notó a alguien de pie al lado de la cama. Era muy tarde.
    – ¿Estás enferma? -le preguntó la madre sorprendida.
    Linda le dio la espalda.
    – ¿No vas al instituto?
    – No.
    – ¿Qué te pasa?
    – Me duele la cabeza.
    – ¿Por qué has puesto la lavadora a noventa grados y luego no has tendido la ropa? -quiso saber la madre.
    Linda no contestó. De todos modos nadie la creía.
    – Por lo menos podrías contestarme -dijo la madre.
    Pero Linda seguía callada. Qué bien estar quieto y no contestar. No quería volver a contestar nunca más.

18

    El arma homicida tenía, según el informe del forense, una superficie lisa. Por lo tanto, un martillo podía descartarse por completo. El arma era muy pesada o el que golpeó era muy fuerte, o ambas cosas a la vez. Sejer hojeaba sus papeles y reflexionaba. La audacia del caso lo asombraba. En medio de un prado, a la luz del día. A solo unos metros de la casa de Gunwald. Aunque… si el homicida era un forastero, a lo mejor no conocía la existencia de esa casa y en el fragor de la batalla no la vio. Pero esas cosas solían ocurrir al abrigo de la oscuridad. El homicida no se había desviado de la carretera para llevar a Poona a un bosquecillo. Había actuado impulsivamente. Todo había ocurrido de repente. Por alguna razón fue presa de un furor destructor pocas veces visto. Si esa había sido la primera vez, tendría que estar aterrado de sí mismo y de su propia furia. De un modo u otro, tendría que exteriorizarlo. Pero podría tardar. Tal vez le daba por beber. También podría desarrollar una manera de ser colérica y combativa o podría encerrarse en sí mismo e ir por la vida ocultando su terrible secreto.
    Jacob Skarre apareció en la puerta. Parecía cansado, algo que no era normal en él.
    – ¿Has dormido mal? -preguntó Sejer, mirándolo.
    – Linda Carling me llamó anoche. Hacia las dos.
    Sejer lo miró sorprendido. Skarre cerró la puerta tras él.
    – Estoy preocupado -dijo Skarre.
    – No es tu hija -señaló Sejer.
    – No, estoy preocupado por mí.
    Sejer señaló una silla.
    – Es la segunda vez que me llama. La primera me contó que había un hombre en el jardín mirándola. Ella estaba sola en casa, lo que es bastante frecuente. Y anoche me llamó pasadas las dos de la madrugada diciendo que la habían asaltado en el cobertizo de su jardín. Un hombre que, en su opinión, tenía que ser el homicida. Y que le había advertido de que no volviera a hablar del asunto de Hvitemoen.
    Sejer levantó una ceja un par de milímetros, lo que significaba que estaba sumamente sorprendido.
    – ¿Y eso lo dices ahora?
    Skarre asintió con la cabeza lentamente.
    – La verdad es que la chica se inventa cosas -dijo descorazonado -. Está intentando ligar conmigo.
    – Es increíble la confianza que tienen los jóvenes de hoy en día en sí mismos -señaló Sejer con los labios apretados -. ¿Estás seguro?
    – Estaba seguro anoche -contestó Skarre con pesar -. Insistió en que el asalto tuvo lugar sobre las doce. No llamó a nadie. Se duchó y se fue a la cama. Ni siquiera intentó hablar con su madre, que estaba conduciendo su camión. Hasta las dos no se levantó a llamarme. No lo entiendo. Tendría que haber llamado enseguida. Tendría que haberse metido corriendo en casa y haber llamado. Pero a la policía. No a mi domicilio particular. Y hay más: la he visto dos veces enfrente de mi casa. Estaba en la acera mirando hacia mis ventanas. Hice como si no la hubiera visto.
    – ¿Y dices que estás preocupado?
    – Imagínate que dice la verdad -contestó Skarre -. Imagínate por un momento que el homicida estuviera realmente en su casa.
    – Parecen más bien imaginaciones -afirmó Sejer.
    – Tengo miedo de equivocarme.
    – ¿Y aparte de eso? -preguntó Sejer -. ¿Qué podía decir del asaltante?
    – Nada. Solo que le parecía que era alto.
    Sejer estaba sentado con la barbilla apoyada en la mano.
    – La idea parece imposible… que él asome la cabeza de esa manera.
    – Sí -asintió Skarre -. La idea parece imposible. Pero lo mejor es que yo no tenga nada que ver con ella. Supongo que todo pasará sin más. -Se pasó una mano por los rizos, que se le quedaron de punta -. ¿Vas a volver a hablar con Gøran Seter?
    – Voy a hacerle sudar tinta. Si los de arriba me amonestan, correré el riesgo con el fin de poder continuar. Al menos para descartarlo.
    – No es él -dijo Skarre -. No tenemos tanta suerte.
    – Entiendo lo que quieres decir. Además, tenemos a Kolding. Pero reaccionó con auténtico asombro cuando le conté que Torill, de la gasolinera Shell, dijo que había ido directamente a la ciudad. Él no entendía nada. Dijo que ella se habría equivocado. Y piensa en lo que realmente sabemos de Gøran. Miente sobre dónde estuvo aquella noche y tiene un coche como el que describe Linda.
    – Hay que tener cuidado con esa chica.
    – Aun así. Se ha identificado un coche. Él conduce uno igual. Pasó por el lugar a la hora de los hechos. Vestía camiseta blanca y pantalones oscuros, como Linda describió al hombre que vio en el prado. Pero al llegar a su casa llevaba puesta otra ropa. ¿Por qué se cambió? Se entrena constantemente. Es fuerte y, que nosotros sepamos, puede que tome esteroides, algo que al final trastorna a los que los consumen. Según Ulla, lo último que hizo el joven antes de abandonar Adonis fue darse una ducha. Luego él mismo reconoció que lo primero que hizo al llegar a su casa fue darse una ducha. ¿Qué era lo que necesitaba quitarse de encima?
    Skarre se acercó a la ventana. Permaneció un rato de pie contemplando el río y los barcos.
    – Si me equivoco respecto a Linda recibiré mi castigo -dijo desalentado.
    – ¿Y si hablamos con su madre? -propuso Sejer -. Si realmente fue víctima de un asalto, la madre tiene que haberlo notado de alguna manera.
    Skarre asintió con la cabeza.
    – Además, tiene una amiga. Karen. Se lo habrá contado.
    – Entonces tú te ocupas de las mujeres -señaló Sejer -. Se te dan muy bien.
    Skarre resopló por la nariz.
    – Kollberg -dijo -. ¿Cuándo le toca?
    – Mañana por la noche -contestó Sejer -. No lo comentes por ahí. Te mantendré informado, pero a mi ritmo.
    – Dale recuerdos -dijo Skarre.

    Una vez, Gøran Seter fue un niño. Un niño rubio que correteaba por el pulcro patio de su casa. La madre lo seguiría con la mirada desde la ventana, pensó Sejer, observando a su hijo a través del cristal, y lo taparía con el edredón por las noches. Los momentos se suceden y se convierten en una vida. Tal vez la mayoría de ellos habían sido buenos. Y, sin embargo, podía uno acabar en esto, en la maldad. La vida es más que pensamientos y sueños. La vida es cuerpo, músculos y pulso. Gøran había entrenado su cuerpo durante años, inflando los músculos hasta abombarlos, como inmensas bobinas bajo la piel. ¿Para qué los quería, excepto para levantar pesas cada vez más pesadas? ¿Se trataba de vanidad o tal vez de una obsesión? ¿De qué tenía miedo? ¿Qué intentaba ocultar cubriéndose con una coraza de durísimos músculos? Un perro ladró dentro de la casa, y Sejer vio una cara en la ventana. Un hombre apareció en lo alto de la escalera. Se colocó como un portero, cruzó los brazos y escrutó descaradamente a Sejer. No era fornido, ni de complexión fuerte como su hijo; su fuerza residía en la dura mirada y en su actitud desdeñosa.
    – Usted otra vez. Gøran está en su habitación.
    Torstein Seter subió delante de él al piso de arriba. Abrió sin llamar. Gøran estaba sentado en una silla, vestido con una camiseta azul. Estaba descalzo. Tenía una mancuerna en cada mano. Eran cilíndricas y lisas, finas por el centro y con un disco en cada extremo. Las levantaba de forma alterna a un ritmo constante. Un tendón del cuello le vibraba ligeramente a cada levantamiento. Miró a Sejer, pero siguió levantando las pesas. Sejer permaneció como hechizado, siguiendo con la mirada las mancuernas hacia arriba y hacia abajo, como si se tratara de lentos golpes. Gøran las dejó caer al suelo.
    – ¿Cuánto pesan? -preguntó Sejer en un tono suave.
    Gøran miró las pesas.
    – Diez kilos cada una. Son solo para calentar.
    – ¿Y cuando has calentado?
    – Entonces levanto cuarenta.
    – ¿Tienes pues varios juegos?
    – De todas las categorías.
    El joven se levantó de la silla. El padre seguía en la puerta.
    – Qué pesados están estos días -dijo Gøran moviendo la cabeza.
    Pero sonreía. Si tenía miedo, lo disimulaba estupendamente. Al levantarse exhibió su cuerpo, y al momento rebosaba de fe en sí mismo.
    Sejer miró al padre.
    – Si lo desea, puede estar presente durante nuestra conversación. Pero en ese caso sería mejor que se sentara.
    Seter se sentó en la cama. Gøran se acercó a la ventana.
    – Tengo una pregunta -dijo Sejer, aún con la mirada clavada en las pesas -. Cuando saliste de Adonis el veinte de agosto llevabas puesta una camiseta de tenis blanca y vaqueros negros. En eso estábamos de acuerdo, ¿verdad?
    – Sí -contestó Gøran.
    – Me gustaría que me enseñaras esas prendas.
    Se hizo el silencio. Gøran volvió a levantar las pesas, como si se sintiera más seguro con ellas en las manos. Las mantuvo levantadas con las palmas de las manos hacia arriba, mientras ejercitaba las muñecas con breves movimientos.
    – No tengo ni idea de dónde pueden estar -dijo con indiferencia.
    – Entonces tendrás que ponerte a buscarlas -dijo Sejer muy tranquilo.
    – Es mi madre la que se ocupa de la ropa -dijo Gøran -. Pueden estar lavándose, tendidas en la cuerda o qué sé yo.
    Se encogió de hombros. Su rostro era impasible.
    El padre seguía la conversación desde la cama. La pregunta le llegó en toda su crueldad.
    – Puedes empezar por buscar en tu armario -dijo Sejer echando un vistazo a un armario, que sin duda era el de Gøran.
    – Dígame una cosa -respondió el joven -: ¿realmente puede llegar aquí y exigir a la gente que vacíe sus roperos? ¿Sin papeles ni nada?
    – No, no puedo -admitió Sejer con una sonrisa -. Pero tengo derecho a intentarlo.
    También Gøran sonrió. Dejó caer las pesas al suelo. Aterrizaron al mismo tiempo y el ruido dio fe de lo pesadas que eran. El joven abrió la puerta del armario y empezó a revolverlo de mala gana.
    – No las encuentro -dijo enfurruñado -. Supongo que estarán en la lavadora.
    – Entonces miremos en la cesta de la ropa sucia -propuso Sejer.
    – No serviría de nada -objetó Gøran -. Tengo varias camisetas blancas de tenis y varios vaqueros negros.
    – ¿Cuántos?
    Se oyó un gemido.
    – Lo que quiero decir -dijo Gøran exasperado – es que no puedo saber exactamente qué camiseta de tenis ni qué vaqueros llevaba justamente aquella tarde.
    – Entonces tendrás que buscarlos todos -dijo Sejer.
    – ¿A qué viene tanta lata con la ropa? ¿Por qué le interesa tanto?
    Gøran tenía la cara roja. Se puso a sacar ropa del armario. Toda acabó en el suelo, en un montón que tapaba las pesas. Calzoncillos, calcetines y camisetas. Dos pares de vaqueros azules. Un jersey y una caja de plástico transparente. Dentro había una horrenda pajarita roja.
    – No están aquí -dijo de espaldas.
    – ¿Y eso qué significa, Gøran? -preguntó Sejer con firmeza.
    – Ni idea -murmuró el chico.
    – Miremos en la cesta de la ropa sucia -insistió Sejer -. Y el contenido de la lavadora y las cuerdas de tender la ropa.
    – ¿De qué serviría? -preguntó el otro airado.
    El padre seguía sentado en el borde de la cama, observándolos con los músculos tensos.
    – Esto no es legal -dijo con voz forzada.
    Sejer lo miró tranquilo.
    – No. Tiene usted razón. Pero estoy pidiendo solo una cosa. Debería ser de interés general encontrar la solución a esto.
    – ¿Y si me niego? -preguntó Gøran malhumorado.
    – En ese caso no puedo hacer nada. Pero está claro que me preguntaría por qué te niegas, por qué dificultas las cosas en lugar de colaborar.
    El padre se sentía incómodo, su rabia contenida era evidente.
    Sejer rebuscó entre la ropa del suelo y levantó una de las mancuernas.
    Gøran lo miró fijamente.
    – ¿Qué busca realmente?
    – He venido para ayudarte -se limitó a contestar Sejer -. Deseamos poder dejarte fuera del caso. A ti también te interesa, ¿no?
    Gøran parpadeó desconcertado.
    – Claro que sí.
    – Entonces tienes que buscar la ropa. Es una petición sencilla y perfectamente factible.
    Gøran tragó saliva.
    – Habrá que preguntar a mi madre. Ella es la que lava.
    – ¿La encontrará?
    – ¡Yo qué sé!
    – ¿De modo que temes que no la encuentre?
    Gøran volvió a acercarse a la ventana y se quedó mirando al jardín.
    – Cuéntame dónde estuviste el día veinte por la noche.
    Sejer había bajado la voz.
    El chico se dio media vuelta con una repentina vehemencia.
    – ¡Decir una mentira piadosa no significa que hayas matado a alguien!
    El padre parpadeó asustado en la cama.
    – Lo sé, Gøran. A mí me cuentan muchas. Pero por tu propio bien debes decirnos la verdad, aunque sea incómoda.
    – Esto no es asunto de nadie -dijo Gøran -. ¿Por qué coño he de encontrarme en una situación como esta?
    Volvió a enfurecerse. La cara le hervía bajo el flequillo.
    El padre se había levantado.
    – ¿De qué estás hablando ahora, Gøran?
    – ¿Por qué no te largas? -le dijo el hijo.
    El padre lo escrutó con la mirada y abandonó la habitación con desgana, dejando la puerta abierta. Gøran la cerró con el pie y se desplomó sobre la cama.
    – Estuve con una mujer.
    – Sí, de vez en cuando estamos con una mujer -dijo Sejer sin dejar de observar al joven.
    En algún lugar de su ser sentía una leve simpatía por él. Esa insidiosa sensación le invadía siempre que tenía delante a una persona sudando y retorciéndose de desesperación. Pero esa casa, esa habitación no le atraían. Era una casa cerrada, sin calor.
    – ¿Cómo se llama ella?
    – Si se lo digo, voy a crear un problema.
    – Sería peor que te acusaran de algo mucho más grave.
    Gøran hizo un gesto de desesperación.
    – No me merezco esto, joder.
    – No siempre recibimos lo que nos merecemos -señaló Sejer -. Estar con una mujer no es un crimen. Ocurre constantemente. ¿Está casada?
    – Sí.
    – ¿Tienes miedo a su marido?
    – Por supuesto que no, joder. ¿Miedo de él? De todos modos se van a divorciar.
    – ¿Cuál es el problema, entonces?
    Sejer lo escrutó de nuevo con la mirada. El joven rostro estaba luchando con una difícil decisión.
    – Ella es mayor que yo.
    – Eso también ocurre a veces -dijo Sejer con suavidad -. No es tan raro como crees.
    – ¡Cómo coño voy a creer que es raro! Pero hablarán de mí. Y de ella también.
    – Los dos podréis sobrellevarlo. Sois gente adulta. En comparación con lo que ha sucedido en vuestro pueblo, eso es una nimiedad.
    – Tiene cuarenta y cinco años -dijo Gøran mirando al suelo.
    – ¿Desde cuándo mantienes una relación con ella?
    – Desde hace casi un año.
    – ¿Lo sabe Ulla?
    – ¡No, por Dios!
    – ¿Estabas con Ulla mientras mantenías una relación sentimental con esa mujer casada?
    – Sí.
    – ¿Y dónde solíais veros?
    – En casa de ella. Pasa mucho tiempo sola.
    – Su nombre, Gøran.
    Se hizo un largo silencio. El joven se pasó las manos por el pelo, gruñendo.
    – Perderá los estribos.
    – Pero esto es muy serio. Lo entenderá, estoy seguro.
    – No se puede conseguir mucho de Ulla -dijo el joven con amargura -. Es todo fachada. De manera que hay cosas… bueno, usted entiende lo que quiero decir… que he tenido que buscar en otra parte.
    – ¿Qué cosas?
    – No se haga el tonto.
    – Solo quiero asegurarme de haberte entendido bien. Tienes derecho a ello. ¿Era una relación puramente de sexo?
    – Sí.
    Gøran tenía ya el rostro encendido. Y, sin embargo, Sejer aún podía apreciar en él débiles marcas de heridas.
    – Se llama Lillian. Vive en ese chalet de estilo suizo del que todo el mundo habla con tanto desprecio. Está casada con Einar Sunde, el tío que tiene el bar en el centro.
    Se secó el sudor de la frente.
    – ¿Fue a ella a quien llamaste desde el coche?
    – Sí.
    – ¿A qué hora llegaste a su casa?
    – Ni idea. Fui directamente allí desde Adonis. Conduje deprisa.
    De repente parecía desesperado. Estaba profundamente avergonzado.
    – Si te fuiste a las ocho, como dice Ulla, llegarías a casa de Lillian antes de las ocho y media.
    – No miré el reloj.
    – Deberías estar contento -dijo Sejer a modo de consuelo.
    El cambio en su tono de voz confundió a Gøran. Levantó la cabeza.
    – Acabas de darme una estupenda coartada. Si es que ella puede corroborar tu historia.
    Gøran se mordió el labio.
    – ¿Si puede? De lo contrario mentiría. Pero estamos hablando de una mujer casada. ¿Y si no quiere admitirlo?
    – Iré a preguntarle.
    A Gøran le recorrió un escalofrío. Sejer echó una última mirada a las mancuernas azules. Eran pesadas, redondas y lisas. Tenía unas ganas casi irrefrenables de confiscarlas, pero entonces también tendría que inculpar oficialmente a Gøran, y era demasiado pronto. Salió de la habitación y Gøran bajó la escalera tras él. La madre apareció en la puerta de la cocina y los miró aterrada. Sejer oyó al mismo tiempo cómo el perro arañaba al otro lado de una puerta cerrada. Gañía.
    – ¿Ocurre algo? -preguntó la madre asustada.
    – Seguro que no -contestó Sejer, y se despidió.
    La madre se acercó y acarició a su hijo, como cepillándole el hombro. Luego vio sus pies desnudos. Rápidamente cogió un par de zapatillas que había en la entrada. Gøran metió obedientemente los pies en ellas. A Sejer le recordó el deporte de curling. La madre era como un cepillo que cepillaba el suelo por el que pisaba el hijo para que pudiera deslizarse sin obstáculos hacia la meta. Sejer lo había visto muchas veces.
    Se fue derecho al coche. El padre del joven estaba cortando leña, pero levantó la cabeza cuando oyó cerrarse la puerta. Hizo un movimiento brusco y desdeñoso.

    – Hola, Marie -saludó Gunder.
    Miró la cara sin vida de su hermana.
    – Hoy estoy de mal humor. -Frunció el ceño -. Te diré una cosa: los periodistas son como ratas. Si encuentran una rendija se meten dentro. Ayer llamaron ocho veces. ¡Te imaginas! La mayoría eran mujeres, y no sabes tú lo atentas y consideradas que fueron. Voces suaves como de mendigas. Todo el mundo sabe ya lo de Poona, que venía para quedarse conmigo. «El que hable con nosotros es por su propio bien», me decían. «Para que la historia se publique tal y como es. De todos modos vamos a escribir algo. No porque seamos voraces, sino porque es nuestro deber. La gente está muy interesada en su historia, en usted y su esposa india. Quiere saber quién era ella y adónde se dirigía. La gente se preocupa por usted y quiere saber lo que pasó.» Eso es lo que dicen, Marie. «Estamos al lado de su casa, ¿podemos entrar?», me dijeron. Les colgué. Entonces llamó otro periódico. Y así una y otra vez. Al final alguien llamó a la puerta, y fuera había una mujer con un ramo de flores y una enorme cámara. No daba crédito. «Me pareces tonta», le dije. «Me pareces simple y llanamente tonta.» Y cerré la puerta de un golpe. Apagué las luces y corrí las cortinas. No es muy normal en mí dar portazos, pero no me encuentro en mi estado normal.
    »Hoy hace un tiempo horrible. Menos mal que mi casa está en alto. Hay humedad en el suelo del sótano, pero por lo demás nada. No he hablado con Karsten, así que no sé cómo van las cosas en vuestra casa. Pero ahora tengo asuntos más importantes de que hablar. Por fin he estado con el hermano de Poona. Mi cuñado Shiraz Bai. No te puedes imaginar qué tipo tan extraño. Un tipo delgaducho con el pelo negro como el carbón. Se parece mucho a Poona. Pero no es tan guapo, claro. Me dijo que puedo quedármela aquí, en Elvestad. Me sentí muy aliviado, Marie, no te lo puedes imaginar. Fui yo quien la hizo venir a Noruega, a esta atrocidad. De modo que ahora me ocuparé de cuidar su tumba durante los años que me quedan de vida. Sospecho que a su hermano le da igual. Lo único que le importaba era que yo pagara. Pero es fácil para nosotros. Vivimos en uno de los países más ricos del mundo. Shiraz trabaja en una fábrica de algodón, no creo que tenga un sueldo muy alto. Por cierto, corren rumores de que la policía está preparando ya una detención. Un joven de Elvestad, no sé si lo conoces. Gøran, el hijo de Torstein y Helga. Tiene diecinueve años. No entiendo en qué está pensando la policía. El joven sale con una chica muy maja, y sus padres son buena gente. Pero la verdad es que yo no me meto. Por supuesto que quiero que quien lo hizo reciba su castigo. Pero no me interesa saber quién es. No quiero saber cuál es su aspecto. Eso solo me proporcionaría malos sueños. Vería su cara en la oscuridad y cosas así. Lo único que deseo es poder enterrar a Poona. Plantar algunas flores. Enseguida estaremos en otoño. Me temo que se demorarán tanto con las investigaciones que la helada llegará antes. ¿Qué crees que dirá el párroco? Poona es hindú. Supongo que hay leyes y reglas para esas cosas. La pondré junto a mamá. Cuando te libres por fin de esta máquina respiradora, te llevaré al cementerio para que veas la tumba, aunque tenga que hacerlo en silla de ruedas. En cuanto a Karsten, no estoy del todo seguro. Tendrás que perdonarme tanta sinceridad, pero habrías merecido algo mejor. Te lo digo en voz alta y clara aunque no puedas oírme. Imagínate que hubiera una minúscula posibilidad de que oyeras algo. Imagínate que te ofendieras tanto que te despertaras.

    Skarre conducía. Sejer pensaba en voz alta.
    – Si Gøran estuvo realmente en casa de esa mujer, la declaración de Linda de que vio un Golf rojo no sirve de mucho.
    – El chico pudo tener tiempo para ambas cosas.
    Sejer vaciló.
    – Tal vez, pero ¿habría ido en busca de compañía después de una acción así? Hubiera preferido estar solo, ¿no? En el bosque.
    – ¿Y una mujer casada de cuarenta y cinco años estará dispuesta a admitir una relación sentimental con un chico de diecinueve?
    – Tal vez no a la primera.
    – Ah, sí, les vas a hacer sudar tinta. Aunque, Konrad, tú no eres muy despiadado.
    – Puedo aprender -contestó Sejer secamente.
    Lillian Sunde apareció en todo su esplendor. Algo en ella hizo sospechar a Sejer que los había visto por la ventana y se había preparado bien. Su reacción fue teatral al intentar poner cara de asombro. Se tapó la boca.
    – ¡Dios mío! ¿Vienen ustedes por lo del asesinato?
    Los hombres asintieron con la cabeza. La mujer tenía un aspecto estupendo, tal vez un poco emperifollada; llevaba demasiado de todo: maquillaje y joyas, y un surtido de aromas sin coherencia entre sí flotaba a través de la puerta abierta. Incluso Ulla tiene más estilo, pensó Skarre, mirando unos instantes al suelo. La mujer los condujo al interior de la enorme casa. La entrada era más grande que el salón de Sejer, con azulejos blancos y negros colocados como un tablero de ajedrez. Una ancha escalera subía al piso de arriba. Lillian Sunde llevaba zapatos que sonaban a claqué con cada paso que daba.
    – Deben ustedes de tener pocas pistas en este caso para venir aquí -dijo con curiosidad.
    Sejer carraspeó.
    – No vamos a hacerle perder tiempo -dijo -. Y yo tampoco quiero perder el mío. Necesito saber dónde pasó usted la tarde noche del veinte de agosto.
    Estaban en el salón. Era inmenso y tenía algo tan exótico como un tresillo empotrado en el suelo. Sejer jamás había visto nada parecido y se quedó impresionado. Era como bajar a un arenero a jugar. Un pequeño hoyo en el suelo.
    Lillian Sunde abrió los ojos de par en par.
    – ¿Yo? ¿El veinte? ¿Fue ese día?
    – Sí.
    Sejer apartó desganado la vista del tresillo y la miró.
    La mujer frunció el ceño.
    – Tengo que pensarlo. ¿Qué día de la semana era?
    – Un viernes.
    – Ah. Los viernes voy a acupuntura en la ciudad. Es que padezco de… bueno, no tiene importancia, pero es eficaz. Luego hago la compra. Puede que fuera el día que estuve en la peluquería. Me tiño el pelo cada seis semanas -dijo con una sonrisa -. Y luego… -prosiguió, con una expresión como si de repente se acordara de algo, porque se quedó muy quieta y su sonrisa desapareció – esa noche vi una película americana en la televisión. -Reflexionó unos instantes y evitó encontrarse con la mirada de los hombres, apoyando la frente en una mano -. Una película americana, pero no me acuerdo cuál. Empezó sobre las nueve, tal vez. Era larga. Estuve aquí sentada hasta muy tarde.
    – ¿Había alguien con usted? -preguntó Sejer en voz baja.
    – ¿Conmigo? -Lo miró fijamente -. Nadie. Los chicos ya son mayores, nunca están en casa por las tardes. Y mi marido…
    – ¿Estaba trabajando en el bar?
    – Sí. No suele llegar a casa hasta las doce. O a las dos los sábados.
    – Tengo que hacerle una pregunta delicada -dijo Sejer sintiendo un malestar ya familiar.
    La mujer le gustaba. Era guapa y bastante agradable, y probablemente no tenía motivos para tener mala conciencia. No aún.
    – ¿Conoce usted a Gøran Seter?
    De nuevo la mujer abrió los ojos de par en par.
    – ¿Gøran Seter? Sé quien es. Pero no lo conozco.
    – Afirma haber pasado esa tarde noche con usted en esta casa.
    Los ojos de la mujer se volvieron muy grandes, como los de un niño al ver algo tenebroso. Luego parpadeó desconcertada.
    – ¿Gøran Seter? ¿Aquí, en mi casa?
    – Gøran dice que ustedes dos mantienen una relación sexual desde hace aproximadamente un año.
    Ella movió la cabeza, incrédula. Luego se puso a dar vueltas por el salón gesticulando de forma exagerada.
    – ¿De qué demonios está usted hablando?
    – ¿Es verdad o no? -insistió Sejer sin piedad.
    Como él estaba ocupado en hablar, tenía la esperanza de que Skarre usara bien los ojos y captara todos los pequeños detalles.
    – ¡No ha estado jamás en esta casa! Bueno, a no ser que haya venido con mis hijos, pero lo dudo. ¿Qué iba a hacer aquí?
    – Se lo acabo de decir. ¿Mantienen ustedes una relación?
    La mujer se retorcía las manos, aturdida. Se tocó el pelo, un pelo color cobre oscuro, recogido en lo alto de la cabeza. Tenía algunos mechones sueltos. El pelo recogido le daba un aire decente, pero los rizos sueltos sugerían cierta frivolidad, pensó Sejer.
    – Sinceramente, no lo entiendo. ¿Por qué dice eso? Estoy casada.
    – Pero está a punto de divorciarse, ¿no es así?
    Alzó los ojos al cielo ante todo lo que ese policía sabía.
    – ¡Sí! Pero no voy por ahí liándome con chiquillos.
    – Tiene diecinueve años.
    – ¿Sabe usted la edad que tengo yo? -preguntó alterada.
    – Cuarenta y cinco -contestó Sejer en voz baja.
    La mujer se puso otra vez a dar vueltas por el salón.
    – No entiendo nada -dijo, estresada -. ¿Por qué dice Gøran esas cosas?
    – Tal vez porque son verdad. -Sejer pudo ver cómo se agolpaban en su cabeza un montón de pensamientos -. Lo que ocurre -dijo tranquilamente – es que hay ciertos puntos en la declaración de Gøran que nos han traído aquí esta noche. Si usted puede confirmar que él estuvo con usted aquel día, y si puede decirnos algo de cómo se comportó, eso nos ayudaría a avanzar en nuestra labor. Piénseselo bien antes de contestar. Podría ser importante para el futuro de otras personas.
    La mujer los miró fijamente, primero a uno y luego a otro, y de nuevo se puso a dar vueltas.
    – ¿Significa eso que yo debo salvar el pellejo a Gøran? -preguntó incrédula -. Él no tiene nada que ver con el asesinato, ¿no?
    – ¡Pero si usted no lo conoce!
    – No. Pero de todos modos…
    Sejer la miró fijamente.
    – Lo que ocurre tal vez sea que puede usted elegir entre el pellejo de Gøran y su propio honor.
    La mujer se dirigió a la cocina y llenó un vaso de agua, que se bebió de pie.
    – Una vez, lo admito, estuve en una sala de baile en el centro. Con una amiga. Gøran estaba allí con otros jóvenes. Bailamos y tonteamos un poco. Se le meterían en la cabeza ideas raras con las que luego él ha fantaseado. Tal vez sus necesidades sean imperantes. Se ve que entrena muchísimo. Está hinchado por todas partes.
    – Ah, ¿sí? ¿Sabe usted eso? -se apresuró a decir Sejer.
    La mujer se sonrojó y le dio la espalda.
    – ¿De manera que no hay nada de verdad en las palabras de Gøran? -prosiguió el hombre.
    Lillian Sunde se volvió hacia él y lo miró fijamente.
    – Nada en absoluto.
    Sejer le dio una tarjeta.
    – Mi número de teléfono, por si quiere decirme algo. ¿De qué trataba aquella película? ¿La película americana?
    – De amores desgraciados. ¿De qué si no? -contestó la mujer, malhumorada.

19

    La noticia de la detención de Gøran Seter le llegó a Gunwald como un golpe entre los ojos. No se mencionaba el nombre del detenido, pero lo adivinó por la descripción de un joven de diecinueve años que vivía con sus padres a pocos kilómetros del lugar de los hechos. Un joven que levantaba pesas, que trabajaba en un taller de carpintería y que conducía un coche como el que había sido visto por un testigo cuando paseaba en bicicleta. Gunwald bebía el café a sorbos mientras tenía agarrado el periódico con fuerza. No podía ser. Tenía a Gøran por un buen chico, con mucha energía, novia y unos padres que estaban orgullosos de él, un trabajo decente y buenos amigos. Y no era Gøran el que había tirado la maleta al agua.
    El artículo le resultaba confuso. Se quedó mirando a su perro rollizo, que descansaba bajo la mesa.
    – ¿Fue Gøran? -preguntó en voz alta.
    El perro levantó la cabeza y escuchó.
    – Pero si fue Einar Sunde el que tiró la maleta al agua.
    Gunwald se sobresaltó, pues lo había dicho en voz alta y tuvo que mirar hacia atrás. Entre los oscuros troncos de los abetos vislumbró el prado. Allí estaba, como si nada hubiese ocurrido, un pequeño lugar paradisíaco. La lluvia había limpiado las huellas. La sangre de ese cuerpo de mujer destrozado había penetrado la tierra y desaparecido. Tengo que llamar, pensó aturdido. Al menos para decirles que esa maleta tiene una historia diferente. No necesito decir que fue Einar, solo que no fue Gøran. No entiendo nada, pensó perplejo mirando el periódico. Volvió a leer el artículo dos veces. Varias explicaciones divergentes sobre dónde había pasado aquella tarde noche, y problemas para corroborar cosas que lo habían convertido en sospechoso. Además, tenían pruebas forenses que lo inculpaban. Lo de los descubrimientos técnicos sonaba terrible. Los pobres Torstein y Helga, pensó. Y cómo hablaría la gente. Él, por su parte, nunca se sentaba en el bar a cotillear. Era demasiado mayor, prefería sentarse delante de la tele con una copita de brandy. Pero Gøran era inocente, seguro que sí, y la policía también llegaría a esa conclusión sin su ayuda. ¿O no? Tampoco tenía por qué llamar enseguida. Debería pensárselo primero. Cómo formularlo. Era importante para que todo fuera correcto. No diría su nombre bajo ninguna circunstancia. Llevó la taza y el plato al fregadero y ató al perro. Habría que ponerse a trabajar para vender cuatro litros de leche y un pan, y, con mucha suerte, una caja de cerveza. Se metió en el coche y fue hacia el centro. Abrió la tienda. Metió el montón de periódicos que le habían dejado fuera. Volvió a mirar fijamente los titulares. Le producía una extraña sensación saber que no había sido Gøran, cuando el resto del mundo así lo creía. Una mezcla de importancia y preocupación se apoderó de él. Si hubiera sido joven habría llamado hace mucho tiempo, pensó. Pero no puedo exponerme. Pronto voy a jubilarme.
    Linda oyó la noticia en la radio, sentada en bata junto a la mesa de la cocina. Lo que acababa de oír le hizo mover la cabeza en señal de desacuerdo. No podía ser Gøran. ¿O sabían ellos algo que ella ignoraba? Se frotó la nuca. Aún le dolía. Tomaba analgésicos sin parar, aunque de nada servía. Se sentía como envuelta en una extraña niebla a través de la cual nadie podía llegar hasta ella. Dentro de esa niebla solo había lugar para Jacob y sus ojos azules. El mundo se volvía confuso, Jacob seguía transparente como el cristal. Entretanto, Linda mantenía con él largas conversaciones. Su voz le parecía muy clara.
    Gunder vio el titular cuando sacaba el periódico del buzón. Por unos instantes se quedó mirándolo embobado. No sintió nada, solo cansancio. Hay mucho revuelo, pensó. Tal vez deberíamos cerrar e irnos todos a descansar de una vez por todas. Se arrastró de nuevo adentro y se sentó a leer.
    Mode, de la gasolinera, dedicó mucho tiempo a cada cliente ese día, porque todos opinaban sobre el caso. Pronto el pueblo se dividió en dos bandos: los que opinaban que Gøran era inocente y los que lo condenaban sin piedad. Y luego había un modesto grupo de «no sabe, no contesta» que se encogía de hombros y miraba para otro lado, lo suficientemente listos para callarse, y lo suficientemente previsores, para recordar que un día se pronunciaría la sentencia.
    En los juzgados se estaban llevando a cabo los preparativos para el primer interrogatorio. Gøran caminaba con la cabeza alta. Recordaba la cara de su madre en la ventana. El padre, completamente mudo, con sus ojos negros llenos de duda. No había sido nunca un hombre hablador. La madre lloraba como una niña. El inspector jefe iba delante de él, callado y gris como un muro. Cuántas cosas raras hay que vivir, pensó Gøran. Todo era tan irreal… Pero los policías eran amables. Nadie le pegaría, de eso estaba seguro. Una horda de periodistas los seguían por el pasillo. Él no se escondía. Andaba tranquilamente con pasos decididos. «Un abogado viene hacia aquí en un taxi con los documentos del caso -le dijeron -. Él te defenderá. Es importante que confíes en él.»
    ¿Por qué dijeron eso? Gøran intentó averiguar lo que era conveniente o correcto en esa situación tan irreal. ¿Qué habían encontrado para llevarlo allí? Andaban muy deprisa. Parecían muy atareados. A veces se paraban porque de repente salía alguien de un despacho con más papeles. Entonces él se detenía y esperaba. Y echaba a andar cuando ellos lo hacían. Tenía la boca seca. ¿Hacia qué clase de estancia se estaban dirigiendo? ¿Una estancia desnuda con una luz cegadora? ¿Estaría con una persona nada más, o habría testigos? Había visto muchas películas. Fragmentos de imágenes pasaron por su mente, hombres que gritaban y daban golpes en la mesa, algo agotador, sin comer, sin dormir, las mismas preguntas durante horas y horas. «Una vez más. Empecemos desde el principio. ¿Cómo sucedió, Gøran?»
    Las piernas empezaban a fallarle. Se volvió y miró hacia atrás. Más policías. Están trabajando, pensó. Sonaban muchos teléfonos. Pronto el país entero sabría lo que estaba pasando. Lo mencionarían en la radio y en las noticias de la televisión. Luego, al acabar la emisión, se podría leer en el teletexto. Gøran no sabía que en ese mismo instante tres agentes estaban en su habitación poniendo patas arriba los cajones y el armario. Cada prenda, cada par de botas y zapatos fueron sacados de su cuarto en bolsas de plástico blanco. Su vida entera desapareció por la puerta del hogar paterno. La madre salió llorando de la casa y se colocó debajo de un roble del jardín, como si estuviera rezando. El padre se apostó en la escalera exterior, como un soldado, mirando de manera hostil a todos los que pasaban. También bajaron al sótano en busca de la cesta de la ropa sucia. Revisaron el correo, que estaba en la cocina, aunque él nunca recibía nada, excepto la nómina el día uno de cada mes. Buscaba con la vista al abogado, pero no sabía qué aspecto tenía. Cuando por fin apareció, Gøran se desanimó mucho. Un hombre flaco con pelo canoso y gafas de montura anticuada. Un triste traje gris. Una gruesa cartera bajo el brazo. Daba la impresión de tener demasiado que hacer. Tal vez por eso comía y dormía poco. Seguro que no tenía tiempo para ir al gimnasio, sus bíceps, al quitarse la americana, eran más delgaduchos que los de Ulla, pensó Gøran. Les proporcionaron un cuarto para que pudieran estar solos. Gøran intentó relajarse.
    – ¿Estás bien, teniendo en cuenta las circunstancias? -preguntó el hombre, abriendo la cartera.
    – Sí -contestó Gøran.
    – ¿Necesitas algo? ¿Comida? ¿Bebida?
    – Una Coca-Cola estaría bien.
    El hombre se asomó al pasillo y pidió a gritos una Coca-Cola.
    – Que esté fría -añadió.
    – Me llamo Robert Friis -dijo -. Llámame Robert. -Su apretón de manos era seco y formal -. Antes de nada, has negado cualquier tipo de culpabilidad en relación con el asesinato de Poona Bai. ¿Es así?
    – ¿Eh? -dijo Gøran, que no captó ese nombre tan extraño.
    – La mujer del prado de Hvitemoen procedía de la India. Se llamaba Poona Bai.
    – Soy inocente -se apresuró a decir Gøran.
    – ¿Tienes alguna idea de quién podría haber cometido ese asesinato?
    – No.
    – ¿Has estado cerca del lugar de los hechos en alguna ocasión, pudiendo haber dejado allí algún objeto personal o alguna otra cosa?
    Gøran se tocó la frente.
    – No -respondió.
    Friis lo miraba constantemente a los ojos.
    – En ese caso, es mi tarea procurar que no te condenen -dijo escuetamente -. Por esa razón es muy importante que me cuentes todo y que no ocultes nada que el fiscal pueda luego sacarse de la manga.
    Gøran lo miró, confuso.
    – No tengo nada que ocultar -dijo con firmeza.
    – Bien -dijo Friis -. Pero puede haber cosas de las que no te acuerdes en este momento, y que aparezcan más adelante. Cuéntamelas según vayas recordándolas. Tienes derecho a hablar conmigo en cualquier momento. Aprovéchalo. Es cierto que tengo varios casos a la vez, pero si hace falta hago lo que sea para dejarlos aparte.
    – He dicho todo lo que hay -contestó Gøran.
    – Bien -dijo Friis.
    Llegaron con la Coca-Cola. Estaba fría y le hacía cosquillas en la lengua.
    – Además, he de preguntarte si entiendes la gravedad de la situación. Estás acusado de haber cometido un asesinato. Bajo circunstancias sumamente agravantes.
    – Sí -contestó Gøran, algo vacilante, ya que era algo que nunca le había sucedido antes y se sentía en terreno bastante desconocido.
    – «Circunstancias agravantes» significa un posible aumento de dos años de cárcel, solo por maltrato de la víctima. Esas cosas hacen que la policía se vuelva especialmente agresiva. Solicitarán prisión preventiva y, mientras estés en prisión preventiva, recogerán todo el material que puedan para incriminarte. Y entretanto, tú estarás aquí, incomunicado.
    – ¿Tendré que quedarme aquí? -tartamudeó Gøran.
    Sabía que querían hablar con él, tal vez durante horas, pero esperaba poder estar fuera antes de que llegara la noche. Habría muchísima gente en el bar de Einar. Tenía que acudir allí y estar con ellos. Escuchar lo que se decía. Fue presa de una especie de pánico. Bebió la Coca-Cola nervioso.
    – Intentarán extenuarte -dijo Friis -. Y recuerda esto: nunca contestes a nada antes de haber contado primero hasta tres.
    Gøran lo miró sin entender.
    – Intentarán que pierdas la compostura. Es importante que no lo hagas, aunque estés agotado, cansado y exhausto. Es muy importante que no lo hagas. ¿Pierdes fácilmente el control?
    – Tengo bastante aguante -dijo Gøran, inclinándose sobre la mesa. Sus musculosos brazos aparecieron ante Friis, que reparó en ellos.
    – No me refiero a los músculos -dijo -, sino a esto de aquí arriba. -Señaló su propia cabeza -. El hombre que va a interrogarte no tiene derecho a pegarte. Y tampoco va a hacerlo, lo conozco. Pero hará todo contra lo que no existe ninguna ley con el fin de presionarte para que confieses. Eso es lo importante para él. La confesión. No si eres culpable o no.
    Gøran miró asustado a Friis.
    – No tengo nada que temer -dijo, pero la voz se le quebró hacia el final de la frase, y agarró el vaso de Coca-Cola con tanta fuerza que estuvo a punto de romperlo -. Al fin y al cabo, tengo una coartada -añadió -. Y ella es de fiar. Si no se echa atrás, claro. Por eso no entiendo por qué estoy aquí.
    – ¿Te refieres a Lillian Sunde? -preguntó Friis con gravedad.
    – Sí -contestó Gøran, sorprendido de cuánto sabían todos, y en tan poco tiempo.
    – Ella niega que estuvieras en su casa -dijo Friis.
    Gøran abrió los ojos de par en par. Se puso pálido. Se levantó de un salto de la silla y golpeó la mesa.
    – ¡Me cago en la puta! -gritó -. ¡La muy bruja! ¡Vaya a verla y sabrá lo que realmente está pasando! Conozco a esa tía desde hace un año, y ahora pretende…
    Friis se levantó y empujó a Gøran para que volviera a sentarse. Se hizo el silencio.
    – Te has olvidado de contar -dijo en voz baja -. Un arrebato como este en el juicio y serás un homicida nato. ¿Entiendes la gravedad del asunto?
    Gøran respiró con dificultad. Estaba agarrado al borde de la mesa con ambas manos.
    – Estuve en casa de Lillian -susurró -. Si ella dice otra cosa, miente. ¡Debería usted saber lo que yo sé de ella! De lo que le gusta y lo que no. De cómo lo quiere. De cómo son todas las partes de su cuerpo. ¡Yo lo sé!
    – Ella tiene mucho que perder -dijo Friis en voz baja -. Su propio honor, por ejemplo.
    – Nunca lo ha tenido -contestó Gøran airado, dejando escapar de repente una traicionera lágrima por la mejilla.
    – A la gente le resultará difícil entender cómo podías ser el novio de Ulla a la vez que llevabas un año viéndote con Lillian en su casa.
    – Eso no es ningún crimen, ¿no? -objetó Gøran.
    – En absoluto. Pero la gente necesita entender quién eres, cómo piensas y cómo actúas. Al menos tienes que saber explicarlo si te lo preguntan, lo que seguro que harán. De modo que puedes empezar por explicármelo a mí.
    Gøran miró extrañado a Friis. Era algo evidente. Dos mujeres eran mejor que una, y, además, eran distintas. Ulla estaba muy bien físicamente, pero siempre tenía que salirse con la suya, siempre ponía alguna pega. En cambio, Lillian siempre tenía ganas. No hacía falta cogerle la mano ni llevarla a un buen restaurante. A Ulla había que cuidarla y mimarla, exigía atenciones para darle lo que él necesitaba, esa ardiente necesidad que tenían los hombres, y que era la verdadera razón para buscarse una mujer.
    – Una novia significará algo más que relaciones sexuales, ¿no?
    Gøran lo miró, algo desalentado.
    – El enamoramiento pasa pronto -dijo cansado -. Muy deprisa, de hecho.
    – ¿Y el amor? -preguntó Friis.
    Gøran sonrió, incrédulo.
    – Gøran -dijo Friis, muy severo -. En el jurado habrá gente adulta que asumirá que tú y Ulla erais pareja. Con todo lo que eso conlleva. Aunque tú nunca hayas sentido amor, no quiere decir que no exista.
    Gøran miró hacia la mesa descorazonado.
    – El jurado tiene que oír que amabas a Ulla. Y que Lillian fue una aventura que darías lo que fuera por no haber tenido. Y sin embargo estuviste allí el día veinte. Eso es lo que has dicho a la policía y a eso tienes que atenerte.
    – Claro -dijo Gøran -. Es la verdad.
    – Ulla rompió contigo al salir del gimnasio. Y tú te fuiste directamente a casa de Lillian. ¿Correcto?
    – Sí -contestó Gøran -. La llamé primero.
    – ¿Te habías enfadado con Ulla?
    – Estaba irritado, más bien. Siempre rompía conmigo. Yo no sabía muy bien qué creer. Joder con las chicas, dicen una cosa y luego…
    – Tranquilo, Gøran. ¡Tranquilo!
    Gøran se hundió de nuevo.
    – No maté a esa mujer de Hvitemoen. Estoy hecho un lío, me pierdo cuando me preguntan por horas y fechas, pero de una cosa estoy seguro: ¡no maté a esa mujer! No vi a nadie.
    De repente se mareó. Para él era una sensación rara.
    – Konrad Sejer dirigirá los interrogatorios -le informó Friis -. Pronto vendrá a buscarte. Pasarás mucho tiempo con él. Utilizará los primeros días para crear un ambiente de confianza entre vosotros.
    – ¿Los primeros días?
    – No te olvides de respirar hondo. Ahora no tienes prisa, Gøran, debes jugar tus cartas con dignidad y serenidad. Si pierdes la compostura, él te atacará al momento. Parece un hombre amable y equilibrado, pero está deseando pillarte. Cree que tú mataste a esa mujer. Que le destrozaste la cabeza de rabia porque algo en tu vida, algo de lo que ella no formaba parte, se fue a pique. No te gusta ser rechazado, ¿a que no?
    – Seguro que tampoco a ti, joder -dejó escapar Gøran.
    Luego cerró los ojos.
    – Me he gastado miles de coronas en Ulla. La he llevado a donde ha querido, le he comprado regalos, la he invitado siempre, al cine y en los cafés, aunque ella gana su propio dinero. Y luego no le da la gana seguir conmigo.
    – No enviamos facturas a nuestras ex novias, ¿no?
    – Si hubiera podido hacerlo, lo habría hecho -contestó Gøran enfadado.
    – ¿La querías?
    Gøran se acordó de contar hasta tres.
    – Uno se acostumbra a las personas después de tanto tiempo.
    Friis levantó la cabeza hacia la ventana, como si algo de fuera pudiera ayudarlo.
    – Pues sí. Te acostumbras. Tú te habías acostumbrado a que ella estuviera ahí para ti. Cuando ella se fue, te sentiste traicionado, ¿a que sí?
    – Tenía a Lillian.
    – ¿Tenías ganas de pegar?
    – Nunca he pegado a Ulla -gritó -. Nunca. ¿Lo ha dicho ella?
    – No. La policía sostendrá que pegaste a otra con el fin de descargar toda tu rabia sobre ella. Que te topaste con Poona y la destrozaste. Era una víctima fácil. Sola en un país desconocido. Menuda y frágil. -Friis sacó papel y lápiz -. Repasemos el día veinte, desde por la mañana cuando te levantaste hasta por la noche cuando te acostaste. Cada hora. Necesito un resumen completo. No omitas nada. Tómate tu tiempo.
    – Creía que eso era lo que iba a hacer la policía.
    – Ellos también lo harán. Y déjame añadir: es importante que las dos historias sean iguales. ¿Me entiendes?
    – Estuve con Lillian -susurró Gøran.

    ¿Tengo yo la culpa?, se preguntó Linda. No le importaba demasiado. Por ella podían encerrar a Gøran, a Nudel, a Mode o a quien fuera, ella no se metería. Se quedaba en la cama con el pretexto de un terrible dolor de cabeza, y la madre no lograba que fuera al instituto. Permanecía tumbada mirando la araña del techo, y apenas comía. Se sentía maravillosa y débil; en parte, como dentro de un sueño. La madre se metió en el camión y se marchó. No sabía que Linda se levantaba e iba en bicicleta a la tienda de Gunwald a comprar los periódicos. Seguían escribiendo sobre el caso, sobre todo después de la detención de Gøran. Pero si no había sido él. El hombre del cobertizo era mucho más alto. Tampoco la voz se parecía. Por eso tendrían que soltarlo. Quizá él se vengara de ella por decir lo del coche, pero ya no tenía fuerzas ni siquiera para tener miedo. Durante esas largas horas que se pasaba en la cama, soñaba con los ojos abiertos. En su imaginación estaba secuestrada por un delincuente cruel y cínico que la tenía encerrada en una casa siniestra. Entonces Jacob entraba de puntillas por la puerta trasera con un arma cargada y la rescataba, arriesgando su propia vida. Había algunas variantes del sueño. A veces, una bala alcanzaba a Jacob y ella le colocaba la cabeza en su regazo y le limpiaba la sangre de las sienes. Otras, era ella quien recibía la bala. Entonces él gritaba el nombre de Linda una y otra vez. La mecía. Le ponía la mano sobre el corazón e intentaba despertarla llamándola por su nombre. Variaba constantemente la historia y jamás se cansaba. Se preguntaba si Jacob tenía su propia arma o si había que dejarlas siempre en la comisaría y los policías tenían que firmar cada vez que las cogían y las devolvían. También se preguntaba si sería posible conseguir un arma para protegerse a sí misma. Nunca podía saberse. Y cuando Gøran saliera… Linda había cerrado los ojos. Le dolía la nuca. Y también la espalda. Llevaba mucho tiempo tumbada. En cierto modo, le gustaban esos dolores, le gustaba sentir molestias. Estaba tumbada, inmóvil, sufriendo por su gran amor.

20

    Hay una manera de entrar en el alma de las personas. Y tengo que encontrarla, pensó Sejer. Esa alma vulnerable que se encuentra dentro del cuerpo de acero. No debería entrar pisando fuerte. Tendría que procurar alcanzar un punto en el que el mismo Gøran lo invitara a hacerlo. Se tomaría su tiempo.
    Al acercarse al cuarto en el que Gøran lo estaba esperando pensó en Kollberg, recién operado y ya despierto de la anestesia, pero incapaz de ponerse en pie.
    Gøran estaba sentado en la silla hecho un nudo.
    – Bueno, ya nos toca -dijo Sejer con una sonrisa.
    Sonreía muy pocas veces, pero eso Gøran no lo sabía. Encima de la mesa había botellas de agua mineral y Coca-Cola. En realidad, era una habitación acogedora, con una iluminación agradable y cómodos sillones.
    – Antes de empezar a hablar, debes saber lo siguiente -dijo Sejer mirándolo -. Tienes derecho a que una persona esté presente durante todo el interrogatorio. Por ejemplo, tu abogado Friis. Tienes derecho a descansar cuando estés cansado y a comida y bebida cuando tengas hambre y sed. Si quieres interrumpir el interrogatorio, en cualquier momento puedes abandonar esta habitación y volver a tu celda. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?
    – Sí -contestó Gøran sorprendido por todos los derechos que tenía.
    – ¿Has congeniado con Friis? -preguntó Sejer.
    Amable, pensó Gøran, casi paternal. Está intentando ganarse mi confianza. Es el enemigo. Respira, pensó. Uno, dos, tres.
    – No tengo con quién comparar. Nunca hasta ahora había necesitado un abogado.
    – Friis es bueno, te lo digo para que lo sepas. Eres una persona joven, bien dotada, por eso se te proporciona lo mejor. Ni siquiera tendrás que pagarlo. Hay quien paga por ti.
    – ¿Se refiere a los contribuyentes? -preguntó Gøran con una repentina ironía y olvidándose de respirar.
    – Correcto -contestó Sejer -. Eso significa que vivimos en un estado de derecho.
    – Si esto es un estado de derecho, habré salido de aquí antes de que anochezca -afirmó Gøran -. Que yo tuviera algo que ocultarles no significa que haya matado a esa mujer.
    – Cuéntame entonces qué significa -dijo Sejer.
    Gøran pensó en Lillian.
    – Cometí la estupidez de intentar proteger a una mujer casada -dijo con amargura -. Debería haber dicho enseguida que estuve con Lillian.
    – Ella lo niega -dijo Sejer.
    – ¡Lillian es un coño con dos piernas! -Se levantó a medias de la silla, pero volvió a sentarse -. No entiendo por qué las mujeres no pueden admitir lo que hacen en la cama -dijo abatido -. También ellas se ponen cachondas. Solo que no quieren reconocerlo.
    Un gesto de resentimiento se dibujó en su boca.
    – Se trata sin duda de algo bastante más difícil para las mujeres -dijo Sejer -. Por muchas razones. Entre otras porque luego se usa en su contra. Pero si eres hombre, es como debe ser.
    Llenó los dos vasos y acercó uno a Gøran.
    – Olvídate de eso, Gøran. Hablemos de otras cosas. Tenemos tiempo de sobra. Vives en una casa muy bonita. ¿Has vivido en ella toda tu vida?
    – Sí.
    – ¿Cómo es crecer en un lugar como Elvestad? -preguntó Sejer, curioso.
    – Bueno. No es exactamente Las Vegas.
    Gøran sonrió en contra de su voluntad. Friis le había dicho que debía limitarse a responder a las preguntas. Pero era más fácil hablar que responder.
    – ¿Sueñas con otras cosas?
    – A veces -dijo -. Con un piso en Oslo, tal vez. Pero entonces se te va todo el sueldo en el alquiler.
    – Pero tú sabes aprovechar el tiempo. Eres activo, ¿verdad? Trabajas y vas mucho al gimnasio. Te reúnes con los amigos. ¿Siempre has sido tan positivo?
    Gøran no estaba acostumbrado a oír que era positivo. Pensándolo bien, le pareció completamente merecido.
    – Voy al gimnasio desde los quince años.
    – Yo suelo correr -apuntó Sejer -. Por eso tengo resistencia. Pero no mucha fuerza.
    – Ese es un tema muy interesante -opinó Gøran -. La mayoría de la gente desconoce su fuerza, porque nunca la usa. Por ejemplo, si yo le pregunto a usted cuánto peso puede levantar, apuesto a que no lo sabe.
    – Así es -respondió Sejer con una sonrisa avergonzada -. Ni idea. ¿Debería saberlo?
    – ¡Claro que sí! Es importante saber de lo que eres capaz.
    – ¿Piensas entonces que eso es conocerse a sí mismo?
    – Así es. Yo sé muy bien de lo que soy capaz. Ciento cincuenta en press de banco -dijo con un orgullo mal disimulado.
    – Lo peor es que eso no me dice nada -afirmó Sejer -. Por mí podrías haber dicho cien o doscientos. Cualquier cosa me habría parecido bien.
    – Exactamente. Y eso es lo que me resulta extraño.
    Sejer se tomó un respiro e hizo algunas anotaciones.
    – ¿Qué está escribiendo? -preguntó Gøran de repente.
    – Estoy tomando notas de lo que estamos hablando. Tienes un magnífico perro. ¿Significa mucho para ti?
    – Cada vez más. Lo tengo desde hace cuatro años.
    – Entonces tienes perro para mucho tiempo todavía -señaló Sejer -. Yo tengo un leonberger. Lo acaban de operar de varios tumores en la espalda. No sé si conseguiremos que se ponga en pie de nuevo. El pobre parece un Bambi sobre hielo.
    – ¿Es muy viejo? -preguntó Gøran, mostrando un moderado interés.
    – Diez años. Se llama Kollberg.
    – ¡Joder! ¿Qué nombre es ese?
    – Gracias -contestó Sejer, riéndose entre dientes -. Ya me lo han preguntado antes. ¿El tuyo cómo se llama?
    – Kairo. Negro y caliente, ¿sabe?
    – Mmm… Qué bien. Por desgracia, no tengo una imaginación tan sofisticada como la tuya.
    Gøran había recibido dos cumplidos en muy poco tiempo. Era más de lo que solía recibir en un año entero.
    – Háblame de tus novias -prosiguió Sejer. Seguía sonriendo, con una amplia sonrisa que daba confianza, abierta como el mar.
    Gøran se retorcía.
    – No tengo novias -dijo de mala gana -. Tengo una tía o no la tengo.
    – Ah, vale -dijo Sejer -. Tienes tías. Pero ¿no quieres a ninguna?
    – Supongo que unas me han gustado más que otras -contestó a regañadientes.
    – ¿Ulla era una de ellas?
    Silencio. Gøran dio un trago de Coca-Cola y se pilló a sí mismo mirando el reloj. Habían transcurrido cinco minutos.
    – ¿De cuántas chicas estamos hablando? -preguntó Sejer mirando al joven.
    Tenía la piel tersa y clara, el cuello musculoso tras años de gimnasio y las manos fuertes con los dedos cortos.
    Gøran contó para sus adentros.
    – De unas doce o quince.
    – ¿En cuántos casos fueron las chicas las que te dejaron? -quiso saber Sejer.
    – Joder, siempre soy yo el que las deja a ellas -contestó Gøran -. Me canso muy pronto -prosiguió -. Las chicas se enfadan por nada. Siempre hay problemas con ellas.
    – Pues sí. Es verdad. Estamos de acuerdo en que son diferentes a nosotros. Pero si no lo fueran, no merecería la pena correr tras ellas.
    – A lo mejor no. Ja, ja, puede que tenga usted razón.
    Gøran se rió bondadosamente de sí mismo.
    – ¿Y Ulla? -preguntó Sejer con mucha prudencia.
    Gøran ladeó la cabeza.
    – Ulla está estupenda. En muy buena forma. No le cuelga nada, excepto la cabeza de vez en cuando.
    – Supongo que cuando rompió contigo te resultó muy duro, estando como estás acostumbrado a que seas tú el que rompe.
    – Lo que pasa -dijo de repente Gøran – es que esa chica cambia de idea más veces que una niña pequeña. Ha roto ya un montón de veces.
    – ¿Crees que volverá contigo?
    – Seguramente -respondió, muy seguro de sí mismo. Por un instante miró a Sejer a los ojos -. Y esa tonta que ha identificado mi coche no distingue entre un autobús y un camión. La tal Linda no está del todo bien. Es lamentable que den ustedes tanta importancia a afirmaciones como las suyas.
    – Vayamos despacio. No tenemos prisa.
    Gøran se mordió el labio.
    – Yo que usted me dedicaría a buscar al cabrón ese que cometió el asesinato. Está perdiendo el tiempo conmigo. Espero que se encargue de que otros busquen por otras partes, porque si no está usted despilfarrando el jodido dinero de los contribuyentes.
    Sejer se reclinó en el sillón.
    – ¿Te gustaba el colegio? Hiciste la primaria en Elvestad, ¿no?
    – Sí, me gustaba mucho.
    – ¿También los profesores?
    – Algunos. El de manualidades de carpintería. Y el de educación física.
    – Ah, sí -recordó Sejer -. Trabajas en una carpintería. ¿Qué haces allí?
    – Soy aprendiz. Hago de todo, desde estantes para libros hasta maceteros a medida.
    – ¿Estás a gusto en tu trabajo?
    – El jefe está bien. Bueno, sí, el trabajo no está mal.
    – Y en las carpinterías huele estupendamente. ¿A que sí?
    Gøran asintió con la cabeza.
    – Sí, la madera huele muy bien. Y cada clase tiene un olor diferente. Eso se aprende poco a poco.
    El tiempo transcurría. Los hombres charlaban. Los hombros de Gøran se relajaron. Sonreía más a menudo, se servía Coca-Cola. Preguntó a Sejer si pensaba comprarse otro perro si el tal – ¿cómo se llamaba?- Kollberg no se recuperaba. ¡Qué locura llamar Kollberg a un animal!
    – No lo sé -contestó Sejer, fingiendo tristeza aunque en el fondo la sentía.
    Tomaba notas sin parar. ¿Y tenía Gøran algún buen consejo para el adiestramiento de perros?
    – No he tenido demasiada suerte con el mío -admitió, un poco avergonzado por la confesión y mirándolo como el colegial al experto.
    Pues sí, Gøran lo tenía todo clarísimo y hablaba con gran entusiasmo de su perro Kairo, que le obedecía con solo mover un dedo. Pero si uno no tiene un perro obediente, tal vez sea porque no quiera.
    Sejer asintió pensativo.
    – Esa es una observación bastante inteligente -señaló.
    Gøran acababa de recibir el tercer cumplido. Transcurrieron dos horas como en un juego. Sejer pasó a limpio sus notas.
    – Lee esto detenidamente. Tienes que firmarlo y con ello reconocer la conversación que, de hecho, hemos mantenido. En otras palabras, tú decides lo que debe poner aquí.
    Gøran asintió con la cabeza, leyó y firmó. Sejer se levantó y se colocó a su lado.
    – ¡Joder! -sonrió Gøran mirando hacia arriba, porque a pesar de su fuerza se sentía pequeño al lado de Sejer -. ¡No le debe de faltar mucho para los dos metros!
    Lo acompañaron a la celda. No se había mencionado para nada el asesinato. No lo entendía. Pero ya era la hora de comer. Huevos fritos y beicon. Mientras comía, pensaba en Sejer. En realidad, lo de su perro era bastante triste.

    – Hola, Marie -saludó Gunder.
    Colocó una silla junto a la cama. Su hermana había sido desconectada del respirador y respiraba por su cuenta. Pero no se despertaba. Aquel silencio tan inusual en la habitación aterraba a Gunder. Ella respiraba, pero no con tanta regularidad como la máquina. Eso le ponía nervioso y a veces le entraban ganas de ayudarla.
    – En casa he estado mirando la foto en la que salís Karsten y tú. La de vuestra boda. Has cambiado mucho. Se te ha deformado la cara. El médico dice que es porque no empleas los músculos. Y de nada sirve que me haga el gracioso, pues no puedes reírte. Soy incapaz de pensar en el futuro, y eso me atormenta. Hasta el momento, Poona habría tenido tiempo de conocer Elvestad, la casa y el jardín. Habría aprendido a usar la lavadora, el microondas y el vídeo. Podríamos haber visto películas indias juntos en el sofá. Hacen un montón de películas en la India, ¿sabes? Películas románticas, con apuestos héroes y bellas mujeres. No esas películas que hacemos aquí, de personas normales y corrientes. En la India sueñan mucho. Tienen que hacerlo. Son muy pobres.
    » ¿Sabes? He recibido varias cartas de mujeres desconocidas. Rusas y filipinas que se ponen a mi disposición. Dicen que sienten compasión por mí. ¿Qué te parece? Poona ni siquiera está enterrada todavía. No sé qué pensar de esas cosas.
    »Ahora están interrogando al tal Gøran. Lo niega todo. ¿Qué otra cosa podía esperarse? Lo haya hecho o no, seguro que jamás lo confesará. Resulta difícil entender que un joven con toda la vida por delante pueda hacer algo así. Estará en prisión preventiva durante cuatro semanas. Lo ponía en el periódico. Me acuerdo mucho de sus padres. Son gente trabajadora que supongo que han dado a su hijo lo mejor que tenían. Se han preocupado y tenían sus esperanzas puestas en él. Ahora habrá que buscar pruebas a toda costa. Habrá que probar más allá de toda clase de duda que Gøran es el culpable. A veces pienso en cómo lo pasaría Poona esperando en el aeropuerto y yendo directamente a la muerte sola con un completo desconocido. Por cierto, ¿qué hay de ese taxista? ¿Y si hubiera sido él? Y todo esto porque tú chocaste. No te lo reprocho, Marie, pero nunca fuiste una buena conductora. Tal vez no deberías volver a conducir.
    »De pronto me viene a la mente aquel invierno del año cincuenta y nueve en que nevó tantísimo. Kristine y tú estabais jugando detrás de la casa. Os veía por la ventana. Yo tenía el sarampión y no me dejaban salir. Os comportabais como unas locas, gritando y riéndoos. Se os oía hasta en el salón. El tiempo era bueno y hacíais las cosas más terribles en la nieve. ¿Te acuerdas? Ni siquiera ahora me atrevo a decirlo en voz alta, aunque no puedes oírme. No dije nada a mamá. Habría perdido el juicio. Qué cosas más raras hacemos las personas, Marie. No dejo de pensar en el hermano de Poona. Me envió una preciosa foto de ella. Es más grande que esa pequeña que yo le saqué, y he comprado un bonito marco. Prometí a Shiraz que le avisaría en cuando supiera la fecha del entierro. Pero no creo que venga. Tal vez le parezca que comete un pecado al dejarla enterrar en tierra cristiana. ¿Y qué es en realidad tierra cristiana? La tierra es la tierra, ¿no? He hablado con el párroco Berg. Le di bastante en que pensar, ¿sabes? «¿De verdad que su hermano lo ha permitido?», me preguntó una y otra vez, poniéndose muy pesado. «¿Está seguro? No podemos arriesgarnos a que más adelante tengamos problemas. Así que hindú. Eso no podré mencionarlo en la iglesia, Jomann, espero que lo entienda.» El párroco Berg es amable, pero tiene mucho miedo a equivocarse, aunque me ha permitido poner música india al comienzo de la ceremonia. Buscaré algo en la ciudad. Mode tiene algunos cedés en la gasolinera Shell, aunque no creo que encuentre nada allí. Espero que Karsten venga, pero no lo sé. ¿Sabes una cosa? De alguna manera, me parece extraño que aún sigas viva. Con el cuerpo incapaz de digerir alimentos. Creo que no debes volver a conducir después de esto. Puedes llamarme cuando quieras ir a algún sitio, yo te llevaré, pues Karsten está siempre muy ocupado. Pero de esas cosas podemos hablar más adelante, cuando despiertes.

    Mode cogió una moneda de una corona del plato y la metió en la máquina. Dios mío, la música de este lugar es tan vieja como el propio Einar, pensó. Había mucha gente en el bar. Einar estaba secando vasos. Hablaba muy poco últimamente, corrían rumores de que Lillian estaba haciendo las maletas. Las malas lenguas opinaban que era extraño que la ruptura llegara precisamente en ese momento, tras el asesinato en Hvitemoen y la detención de Gøran Seter. Todo eso había puesto en marcha una desbordante imaginación. Nudel, Karen y Frank estaban sentados en un rincón charlando. Pidieron refuerzos de cerveza y miraron hacia la gasolinera de Mode. Torill estaba detrás del mostrador. Mode volvió a la mesa y se sentó. Era un tipo tranquilo con una cara sosegada. Tenía el pelo rubio y ralo, y lo llevaba peinado hacia atrás. Aparentaba más de los veintiocho años que tenía.
    – Por supuesto que pensamos que Gøran es inocente -dijo Frank -, pero si la policía tuviera a otro sospechoso, otras personas estarían sentadas en torno a esta mesa diciendo exactamente lo mismo que nosotros.
    Los demás metieron la nariz en la cerveza.
    – Otra cosa -dijo Nudel, preocupado -: pensad en todo lo que la poli sabe y no cuenta. Cuando han dado el paso de detenerlo es porque saben muchas cosas.
    – ¡Pero joder…! -exclamó Frank sacudiendo la cabeza -. ¿Gøran ha pegado a alguien alguna vez?
    – Alguna vez tiene que ser la primera -contestó Mode encendiéndose un cigarrillo.
    – Me pregunto si nos dejarán verlo.
    Einar carraspeó por lo bajo detrás de la barra.
    – Está incomunicado. No os dejarán entrar a ninguno. Puede que a sus padres sí. Seguro que a nadie más.
    – Imagínate estar solo en una celda, sin radio, ni tele, ni periódicos. No poder controlar lo que se escribe sobre ti.
    – ¿Alguien sabe algo de ese abogado que le han asignado? -preguntó Nudel.
    – Es un tío chupado y canoso -contestó Mode -. No parece precisamente un tipo duro.
    – Bueno, en estos momentos no creo que lo más importante sea tener músculos -comentó Frank moviendo su enorme cabeza -. Están hablando de descubrimientos técnicos. Me gustaría saber lo que quieren decir con eso.
    – Pelos y cosas así -opinó Nudel -. Gøran lo tendrá bastante jodido si ha dejado pelos.
    – ¡Estás hablando como si hubiera sido él! -dijo Frank escandalizado.
    – ¡Pero joder! -exclamó Nudel -. ¡El tío está en la cárcel! Van a juzgarlo. Algo tienen que tener en su contra.
    – No lo entiendo -volvió a decir Frank, como aturdido por la idea de haber podido equivocarse tanto sobre alguien.
    – Lo mandarán a un psiquiatra para ver si es responsable de sus actos.
    – Nosotros sabemos que lo es.
    Frank dio unos cuantos sorbos y eructó.
    – El que haya destrozado la cabeza de esa mujer difícilmente puede ser responsable de sus actos -dijo secamente.
    – Podría ser responsable de sus actos en todo, excepto en ese preciso momento -opinó Einar.
    Se hizo un prolongado silencio. Había que digerir un nuevo comentario. Todos tenían una imagen de Gøran en su interior. Se lo imaginaban sentado junto a una mesa bebiendo en un vaso de plástico. Se imaginaban su rostro desesperado y perdido, con perlas de sudor en la frente. Encorvado sobre la silla, tal vez una silla dura. Llevaba mucho tiempo sentado y había empezado a retorcerse. Le dolía la espalda. Miraba el reloj todo el tiempo. Al otro lado, un enfurruñado jefe de interrogatorio decidía cuánto tiempo tendría que estar allí sentado. La imagen era muy clara, pero no se correspondía con la realidad, porque en ese momento Gøran estaba hincando el diente a una pizza con pimientos recién hecha. El queso formaba finos hilos que él cogía con los dedos.
    – Estabas tan habituado a Ulla -dijo Sejer en voz baja – que cuando rompió contigo no te lo tomaste en serio. ¿Es así?
    – Así es -contestó Gøran, masticando con avidez. La pizza estaba buena y le habían llevado más especias.
    – ¿Y por eso tampoco lo sentiste como una provocación?
    Tragó y se enjuagó la boca con Coca-Cola. Luego se pasó una mano por el pelo rebelde.
    – Así es -repitió.
    – Ulla dice que te enfadaste. Es curioso cómo somos los seres humanos. Lo captamos todo de distinta manera. ¿Acaso estabas más triste que enfadado?
    – ¿Triste? -preguntó Gøran sin entender.
    – Dime algo que te ponga triste -dijo Sejer.
    Gøran tuvo que pensárselo. Dio otro mordisco a la pizza.
    – ¿No se te ocurre nada?
    – Nunca estoy triste.
    – ¿Cómo estás cuando no estás contento? Eres un chico sonriente, pero no estarás siempre contento.
    – Claro que no.
    – ¿Entonces…?
    Gøran se limpió la boca.
    – Si no estoy contento estoy enfadado, claro.
    – Comprendo. Pero no es posible que estuvieras contento cuando Ulla rompió contigo, ¿no?
    Una larga pausa.
    – Sé adónde me quiere usted llevar.
    – Estabas enfadado. ¿Podemos afirmar eso?
    – Podemos.
    Nueva pausa.
    – Luego llamaste a Lillian. ¿Le preguntaste si podías ir a su casa?
    – Sí. Dijo que podía ir.
    – Ella dice que nunca fuiste a su casa. ¿Ocurrió otra cosa?
    – No, estuve en casa de Lillian.
    Gøran cogió otra servilleta y volvió a limpiarse la boca.
    – ¿Necesitabas consuelo?
    Gøran resopló por la nariz.
    – Nunca necesito consuelo.
    – ¿Qué necesitabas entonces?
    – ¡Dios mío! ¿Por qué no usa la imaginación?
    – ¿Necesitabas compañía femenina?
    Gøran lo miró estupefacto, luego se desplomó sobre la mesa, riéndose con tantas ganas que Sejer frunció el ceño.
    – Tienes que explicarme lo que te hace tantísima gracia. Eres demasiado rápido para mí, Gøran.
    Gøran se tragó el cumplido e imitó a Sejer:
    – «Necesitabas compañía femenina.» Joder. ¿En qué época fue usted joven? ¿En la primera guerra mundial?
    Sejer sonrió.
    – Soy un hombre anticuado. Ya me has descubierto. ¿Qué era, entonces, lo que necesitabas?
    – Desahogarme -contestó Gøran escuetamente. Luego volvió a hincar el diente a la pizza.
    – ¿Y lo conseguiste?
    – Ya se lo he dicho.
    – No. Llamaste a Lillian. Te dijo que podías ir. Vayamos por partes. ¿Qué palabras utilizó ella exactamente?
    – ¿Eh? -preguntó Gøran.
    – ¿Recuerdas las palabras exactas?
    – Dijo que estaba bien.
    – ¿Simplemente «está bien»?
    – Sí.
    – Cuando ibas en el coche ¿viste a una mujer extranjera andando por la carretera?
    – No vi a nadie.
    – ¿Llevaba ella una maleta?
    – No vi ninguna maleta.
    – ¿De qué color era la maleta?
    – No lo sé. No vi a nadie.
    – Solo llevaba un bolso de mano. De tela roja. En forma de fresón -dijo Sejer -. ¿Lo recuerdas?
    – No -contestó Gøran extrañado. De repente parecía inseguro.
    – ¿Lo has olvidado entre tantos sucesos?
    – No hay nada que recordar -contestó Gøran dejando el trozo de pizza en el plato.
    – ¿Puede ser que lo hayas suprimido?
    – Me acordaría de algo así.
    – ¿De algo como qué?
    Silencio.
    – Tal vez estuvieras muy lejos cuando sucedió. Solo tu cuerpo estaba presente -dijo Sejer.
    – Mi cuerpo estaba con Lillian. En plena faena. Recuerdo incluso su ropa de cama. Verde con nenúfares. Voy a decirle una cosa -prosiguió con franqueza -, las mujeres maduras son mucho mejores que las jóvenes. Se abren más, literalmente hablando. Las chicas por lo general se contraen.
    Se quitó los zapatos y los alejó de una patada. Sejer calló y estuvo tomando notas durante un buen rato. Gøran no decía nada. El ambiente era tranquilo, casi apacible. La luz de la habitación se suavizó, y se volvió más amarilla conforme iba entrando la noche. Gøran estaba cansado, pero no por todo lo que tuvo que soportar. Tenía la cabeza despejada. Controlaba. Contaba hasta tres. Pero no podía ir al gimnasio. Dentro de él iba creciendo un desasosiego imposible de combatir.
    – Kollberg está tumbado en el salón y apenas puede moverse -dijo Sejer con un suspiro, dejando el bolígrafo -. No sé si se recuperará. Si no, tendré que sacrificarlo.
    Miró a Gøran por encima de la mesa. El joven se mantenía inmóvil.
    – Bueno -dijo Sejer, como si hubiera leído los pensamientos del chico -. Es un comentario. Estoy trabajando, pero, en ocasiones, los pensamientos vuelan. A veces me gustaría estar en otro sitio. Aunque este trabajo me gusta. Estar aquí contigo. ¿Dónde están tus pensamientos?
    – Aquí -contestó Gøran mirando fijamente a Sejer. Luego se miró las manos.
    – ¿Has seguido el caso en los periódicos? -preguntó Sejer. Se metió una pastilla Fisherman’s Friend en la boca y acercó la bolsa a Gøran.
    – Sí -contestó el joven.
    – ¿Qué idea tienes de lo ocurrido?
    Gøran inspiró.
    – No mucha. Que fue algo terrible, claro. Pero prefiero las páginas de deportes.
    Sejer se tapó la cara con las manos, como si estuviera cansado. En realidad, estaba más despierto y alerta que nunca, pero ese pequeño movimiento podría dar la impresión de que estaba a punto de dejarlo. Habían transcurrido seis horas. Solos los dos. Desde fuera no les llegaba ni un sonido, ni un teléfono, ni pasos, ni voces. Podría pensarse que todo ese inmenso edificio estaba vacío, cuando en realidad bullía de vida.
    – ¿Qué piensas de la persona que lo hizo? Yo me he formado muchas ideas al respecto. ¿Y tú?
    Gøran negó con la cabeza.
    – No pienso absolutamente nada -contestó.
    – ¿No tienes idea de qué clase de hombre puede ser?
    – Claro que no.
    – ¿Podemos suponer que estaba enfurecido?
    – Ni idea -contestó Gøran, malhumorado -. Es problema suyo encontrarlo.
    – También te interesa a ti, diría yo.
    De nuevo esa expresión grave en el rostro de Sejer. La mirada firme como la lente de una cámara. Se pasó las manos por el pelo canoso, se quitó muy despacio la chaqueta y la colgó del respaldo de la silla. Se desabrochó lentamente los puños de la camisa y luego se los remangó. Gøran lo observaba, incrédulo. En la celda había una cama con almohada y manta. En ese momento pensó en ella.
    – Una vez, hace mucho tiempo, estaba patrullando las calles de la ciudad -dijo Sejer -. Era la noche del viernes al sábado y éramos dos agentes. Había una pelea en la puerta de la discoteca Armas del Rey. Salí del coche y me acerqué. Eran dos jóvenes de tu edad. Puse una mano en el hombro de uno de ellos. Se volvió de sopetón y me miró a los ojos. De repente, y sin previo aviso, su mano surgió de la oscuridad y un cuchillo me alcanzó en el muslo. Me hizo un largo corte del que conservo una cicatriz.
    Gøran hacía como si no escuchara, pero en realidad estaba escuchando atentamente. Todas las palabras, las historias inesperadas eran bienvenidas, pues lo distanciaban de todo aquello. Una especie de descanso.
    – Solo quería contar eso -dijo Sejer -. Vemos muchos navajazos en las películas y leemos sobre ellos en los periódicos. Y luego de repente te encuentras con un tipo que te clava un cuchillo en el muslo y te encoges de dolor. Perdí la voz. Todo desapareció a mi alrededor, incluso el sonido de la gente que gritaba y chillaba; tan tremendo era el dolor. Hoy me río de aquello. Una simple herida en la carne. Todo lo que queda es una raya azul. Pero en ese lugar, en aquel instante, hizo que el mundo desapareciera.
    Gøran no sabía adónde quería llegar. Por alguna razón se inquietó.
    – ¿Tú has sentido alguna vez un dolor muy fuerte? -preguntó Sejer.
    Se inclinó hacia delante. Su rostro se acercó mucho al de Gøran, que retrocedió un poco.
    – No creo -dijo -. Excepto en el gimnasio.
    – ¿Te fuerzas a ti mismo por encima del umbral del dolor cuando te entrenas en el gimnasio?
    – Claro. Constantemente. Si no, no avanzas.
    – ¿Adónde quieres llegar?
    Gøran miró la larga figura de Sejer. No daba la impresión de ser musculoso, pero seguramente era perseverante. Su mirada era inescrutable. No se desviaba nunca. Lo que este tío quiere es una confesión, pensó. Inspira y espira. Cuenta hasta tres. Estuve en casa de Lillian.
    De repente se inclinó hacia delante.
    – ¿Echamos un pulso? -preguntó.
    Sejer hizo un gesto con las manos y dijo:
    – Vale. ¿Por qué no?
    Se prepararon. Gøran estuvo listo en un instante. Sejer pensó que así podría tocar a Gøran, cogerle la mano. De repente vaciló.
    – ¿Te echas atrás? -El joven se rió entre dientes.
    Sejer negó con la cabeza. La mano de Gøran estaba sudorosa y caliente. Contó hasta tres y empujó violentamente. Sejer no intentó llevar el puño del joven hasta la mesa. Lo único que quería era resistir. Y lo consiguió. Las fuerzas de Gøran estallaron en una fuerte embestida, y luego desaparecieron. Lentamente, Sejer empujó la mano del chico hasta la mesa.
    – Demasiado entrenamiento estático. No debes olvidar la resistencia. Recuérdalo para el futuro.
    Gøran se encogió de hombros. No se encontraba bien.
    – Poona pesaba cuarenta y cinco kilos -le informó Sejer -. En otras palabras, no era muy fuerte. Nada para un hombre adulto.
    Gøran apretó los labios.
    – De todas formas, no creo que el asesino vaya presumiendo por ahí. Lo veo muy claro -dijo Sejer mirándole a los ojos -. Está masticándolo. Intenta tragárselo para que desaparezca de su organismo.
    Gøran se sintió mareado de repente.
    – ¿Te gusta la comida india? -preguntó Sejer.
    Estaba completamente serio. No había rastro de ironía en su voz.
    – No contestas. ¿La has probado alguna vez?
    – Bueno, sí -vaciló Gøran -. Una vez. Demasiado fuerte para mi gusto.
    – Mmm… -dijo Sejer. Estaba de acuerdo -. Uno se siente luego como un dragón escupiendo fuego.
    Gøran tuvo que reírse de nuevo. Era complicado seguir a ese hombre. Se dio cuenta de que estaba mirando el reloj. Se había encogido un poco.
    – Si tengo que sacrificar a Kollberg será el día más negro de mi vida -dijo Sejer -. Verdaderamente el día más negro. Le daremos otros dos o tres días, y luego veremos.
    Gøran sintió náuseas de repente. Se tocó la frente.
    – Me encuentro mal -dijo.

21

    En el fondo de su ser, Linda sabía que Jacob era inaccesible. Ese hecho era como un clavo en el pie, que le pinchaba a cada paso que daba. A la vez, en el fondo de su corazón sentía que él le pertenecía. Él había llamado a su puerta, había estado en el escalón con la luz de la farola iluminando sus rizos como si fueran de oro, mirándola con sus ojos azules. Su mirada le penetró como un rayo, un rayo se refugió en ella y que se convirtió en un lazo entre los dos. Ella tenía derecho a recogerlo y a llevarlo cerca de su corazón. Era incapaz de imaginárselo en compañía de otra chica. Era una imagen que le resultaba imposible reproducir en su interior. Por fin entendía a los que mataban por amor. Esa comprensión le había llegado poco a poco, grande y contundente. Se sentía sabia. En sus pensamientos se veía a sí misma acuchillando a Jacob, de tal manera que él se desplomaba en los brazos de ella, para luego desangrarse en el suelo. Ella estaría presente cuando él muriera, oiría sus últimas palabras. Luego, durante el resto de su vida, visitaría su tumba. Hablaría con él, le diría todo lo que quería sin que él pudiera salir corriendo.
    Se levantó y se vistió. Su madre había ido a Suiza a por chocolate. Se tomó dos analgésicos con un vaso de agua. Se puso el abrigo y buscó en el cajón de la cocina el folleto con los horarios de los autobuses. Salió de la casa y se puso a esperar en la carretera. El autobús estaba casi vacío. Solo iban un señor mayor y ella. En el bolsillo, Linda llevaba un cuchillo serrado de cocina. Cuando su madre cortaba zanahorias con él, los trozos quedaban con una bonita forma ondulada. Se encogió en el asiento mientras tocaba el mango del cuchillo. Su bienestar ya no dependía de los estudios y el trabajo, el marido y los hijos, o tener una peluquería propia que oliera a esprays y champús. Se trataba de su propia paz de espíritu. Solo Jacob podía proporcionársela, vivo o muerto, no importaba, ¡pero ella necesitaba paz en su alma!

    Una hora más tarde, el coche de Skarre entraba lentamente en la calle Nedre Storgate. No se fijó en lo que pasaba fuera, sus pensamientos estaban en otra parte. Aparcó junto a la acera, puso el freno de mano y se quedó sentado dentro del coche, absorto en profundos pensamientos. Se sobresaltó al oír las primeras estrofas de la «Quinta Sinfonía» en su móvil. Era Sejer. Después de hablar con él, Skarre se quedó pensativo. Sejer le había hecho una extraña pregunta, de esa manera suya tan especial y tan tímida cuando se trataba de mujeres. «Imagínate que visitas de vez en cuando a una mujer. Mantenéis una relación que no tiene que ver con el amor, sino con algo completamente distinto.»
    – Sexo -dijo Jacob.
    – Exacto. Ella está casada, y lleváis la relación a escondidas. Imagínate esa relación y una de esas visitas.
    – Con mucho gusto -se rió Skarre.
    – Conoces la casa, porque ya has estado en ella. Acabáis rápidamente en el dormitorio de la mujer. También lo conoces de antes, tanto los muebles como el papel pintado de las paredes. Luego mantenéis relaciones sexuales.
    – De acuerdo -dijo Jacob.
    – Más tarde abandonas el lugar y te vas a casa. Entonces viene la pregunta, Jacob, y piénsatela muy bien: ¿te acordarías luego del dibujo de las sábanas?
    Skarre estaba sentado al volante pensando y moviéndose entre diferentes sábanas y fundas de edredones. Recordó aquella noche en casa de Hilde, después de haber estado en el cine viendo Eyes Wide Shut, y la lámpara de la mesilla con pantalla roja. La ropa de cama, que era de color rojo ciruela, la sábana algo más clara que la funda del edredón y la almohada con flores blancas. Se acordó de Lene, con su pelo rubio y su cama con cabecero de cáñamo de Manila. El edredón de margaritas. Increíble, pensó, y levantó la cabeza. Una sombra dobló de repente la esquina. Se quedó mirando fijamente. Había algo familiar en el movimiento, un repentino salto y luego nada. Como si alguien hubiera estado allí observándolo. Movió la cabeza abatido y salió del coche. Se acercó lentamente al portal y buscó las llaves. De nuevo oyó un ruido. Se quedó escuchando. No tengo miedo a la oscuridad, pensó, y abrió la puerta del portal. Subió por la escalera y se metió en su casa. Acto seguido se acercó a la ventana y miró la calle desierta. ¿Había alguien allí? Buscó en la guía de teléfonos y marcó un número. Sonó dos veces antes de que la mujer descolgara.
    – Soy Jacob Skarre -dijo -. Hablé con usted el otro día. Fui a verla con Konrad Sejer. ¿Se acuerda de mí?
    Lillian Sunde contestó que sí. ¿Cómo iba a olvidarse de semejante visita?
    – Solo quería hacerle una pregunta -dijo -. ¿Tiene usted un juego de cama verde con nenúfares?
    Se hizo el silencio al otro lado.
    – ¿Es una broma? -preguntó por fin la mujer.
    – No está obligada a responder -señaló Skarre.
    – En este momento y así de repente no lo recuerdo -contestó la mujer vacilante.
    – No es cierto -insistió Skarre -. Claro que sabe usted cómo es su ropa de cama. Verde. Con nenúfares.
    Se oyó un clic cuando la mujer colgó. Esa reacción le intrigó.

    Gøran desayunó sentado en el catre con la bandeja sobre las rodillas. Comía despacio. Apenas había dormido. No se le había ocurrido pensar que no podría conciliar el sueño cuando, al cabo de muchas horas, lo condujeron de vuelta a la celda. Le dolía el cuerpo, pesado como el plomo, cuando se tumbó con la ropa puesta. Cuando se dejó caer sobre el delgado colchón fue como si desapareciera. Pero sus ojos volvieron a abrirse. Y así permaneció la mayor parte de la noche, casi sin cuerpo. Solo dos ojos bien abiertos mirando el techo. En varias ocasiones oyó pasos en el pasillo, y un par de veces el tintineo de unas llaves.
    Se comió el pan con leche fría. La comida le crecía en la boca. La sensación de que su propio sistema le estaba fallando era aterradora. Él siempre lo había controlado. El cuerpo siempre le había obedecido. De repente, le entraron ganas de dar alaridos, de reventar las paredes a puñetazos. En su bien entrenado cuerpo se había acumulado un excedente que amenazaba con hacerle pedazos. Permaneció sentado en la cama mirando a su alrededor, intentando encontrar un punto hacia el que dirigir su energía. Podría lanzar la bandeja contra la pared o hacer pedazos la ropa de cama. Pero se quedó sentado, inmóvil, como si sus movimientos se hubiesen colapsado. Volvió a mirar fijamente el desayuno. Contempló las manos que sostenían la bandeja. Le resultaron desconocidas. Blancas y sin fuerza. Se oyó un clic en la cerradura. Entraron dos agentes que lo condujeron a nuevos interrogatorios. Las botellas de Coca-Cola y agua mineral estaban en su sitio, pero Sejer no. Los agentes lo abandonaron sin cerrar con llave la habitación. Se le ocurrió una idea absurda: que simplemente podía levantarse y salir de allí. Pero seguro que estaban justo al otro lado de la puerta. ¿Seguro? Se sentó en el cómodo sillón. Mientras esperaba, oyó cómo el edificio de siete plantas despertaba y comenzaba a tener actividad. A su alrededor, un murmullo iba creciendo lentamente, de puertas, pasos y teléfonos que sonaban. Al cabo de una rato dejó de oírlo. Se preguntó por qué no acudía nadie. Gøran esperaba. Esbozó una amarga sonrisa al pensar que tal vez se tratara de una forma de tortura cuyo propósito era ablandarlo. Pero ya estaba otra vez preparado, no mareado como el día anterior. Miró el reloj y cambió de postura en el sillón. Intentó pensar en Ulla. Ella estaba tan lejos… Sintió un profundo malestar al pensar en el bar de Einar y en todos los que estarían allí discutiendo. Él no podía estar presente para corregirles. ¿Qué pensarían? ¿Y su madre? Estaría sentada en un rincón de la cocina, llorando. Su padre estaría trabajando detrás de la casa, de espaldas a las ventanas, furiosamente ocupado con el martillo o el hacha. Se le ocurrió que así era como vivían, de espaldas el uno al otro. Luego estaba Søren, del taller de carpintería. También tendría su propia opinión. Tal vez la gente se pasara por allí a cotillear. Como si Søren supiera algo. Pero estarían ya hablando por todas partes, en la tienda de Gunwald y en la gasolinera de Mode. Él pronto saldría de ese sitio, recorrería las calles y vería las caras, cada una con su propio pensamiento. ¿Habían salido fotos suyas en los periódicos? ¿Era eso legal sin haber sido condenado aún? Intentó recordar leyes y reglas, pero no se le ocurrió ninguna. Podría preguntárselo a Friis. Pero no tenía importancia. Elvestad era un sitio pequeño. El párroco Berg lo había bautizado y confirmado. De repente se le ocurrió una idea cómica: que el párroco tal vez estuviera rezando por él mientras desayunaba. «Te pido, Señor, que ayudes a Gøran Seter en estos momentos tan difíciles.» Se sobresaltó al abrirse la puerta.
    – ¿Has dormido bien?
    Sejer se irguió como una torre.
    – Sí, gracias -mintió Gøran.
    – Bien. Entonces manos a la obra.
    Se sentó junto a la mesa. Había en él algo ligero y desenvuelto, aunque era un hombre grande. Miembros largos, hombros anchos y un rostro bien perfilado. Sería verdad lo que él mismo afirmaba: que estaba en forma. Lo veía ahora. Un corredor, pensó Gøran, de los que corren por la carretera todas las tardes kilómetro tras kilómetro a un ritmo constante. Un diablo resistente y perseverante.
    – ¿El chucho se ha levantado? -preguntó Gøran.
    Sejer levantó una ceja.
    – El perro -corrigió -. Yo no tengo chucho. No, está tumbado delante de la estufa, plano como una piel de oso.
    – Mmm… -dijo Gøran -. Entonces tiene que sacrificarlo. Un animal no puede estar así.
    – Ya lo sé. Pero lo estoy aplazando. ¿Tú piensas alguna vez en Kairo? ¿En que algún día tendrás que sacrificarlo?
    – Falta mucho para eso.
    – Pero algún día tendrá que ocurrir. ¿No piensas nunca en el futuro?
    – ¿En el futuro? ¿Por qué iba a hacerlo?
    – Ahora quiero que pienses en el futuro. Si miras un poco hacia delante, ¿qué ves?
    Gøran se encogió de hombros.
    – Lo veo todo como es ahora. Antes de todo esto, quiero decir.
    – ¿Eso piensas?
    – Sí.
    – Pero algunas cosas han cambiado radicalmente. La acusación. Estas conversaciones. ¿No significan un cambio?
    – Será duro cuando salga. Encontrarse de nuevo con la gente.
    – ¿Cómo quieres que sea todo cuando salgas?
    – Quiero que todo sea como antes.
    – ¿Podrá serlo?
    Gøran se retorció las manos.
    – ¿Tu vida podrá volver a ser alguna vez como antes? -repitió Sejer.
    – Al menos casi como antes.
    – ¿Qué será diferente?
    – Lo que usted dice. Todo lo que ha ocurrido. Nunca lo olvidaré.
    – ¿De manera que no lo has olvidado? Cuéntame lo que recuerdas.
    La voz de Sejer era muy grave y, de hecho, bastante agradable, pensó Gøran, pero echó marcha atrás. Abrió la boca y se quedó con ella abierta. El silencio llenaba la habitación como una espada que ahora se volvía y lo señalaba. Dejó vagar la mirada.
    – ¡No hay nada que recordar! -gritó, olvidándose de respirar y de contar.
    Dicho esto, cogió la botella de Coca-Cola y la lanzó contra la pared. El refresco chorreaba. Ni un gesto en la cara de Sejer.
    – Lo dejamos aquí, Gøran -dijo en voz baja -. Estás muy cansado.

    Lo llevaron de vuelta a la celda y fueron a buscarlo dos horas más tarde.
    De nuevo se sentía pesado, torpe y lento, con una agradable sensación de indiferencia.
    – Eres muy constante con las pesas -dijo Sejer -. ¿Las llevas en el coche para poder entrenar a la menor oportunidad? ¿En los atascos o en los semáforos?
    – En Elvestad no tenemos ni semáforos ni atascos -contestó Gøran secamente.
    – El laboratorio descubrió restos de un polvo blanco en su bolso de mano -dijo Sejer -. ¿Qué crees que puede ser?
    Silencio.
    – ¿Sabes? Ese bolso tan raro. Verde. En forma de melón.
    – ¿Melón? -tartamudeó Gøran.
    – Heroína, tal vez. ¿Qué crees tú?
    – No soy un drogadicto -dijo Gøran con dureza.
    – ¿No?
    – He probado algunas cosas. Hace mucho tiempo. Pero nada de aquello me entusiasmó.
    – ¿Qué te entusiasma?
    Gøran se encogió de hombros.
    – El gimnasio, ¿verdad? Los músculos que se ponen durísimos, el sudor chorreando, el dolor en los brazos y las piernas cuando les falta oxígeno, los gruñidos ahogados que salen de tu propia garganta a cada levantamiento, la sensación de fuerza bruta, de todo lo que eres capaz, la barra que se calienta entre tus manos. ¿Te gusta todo eso?
    – Me gusta el gimnasio -contestó Gøran en tono hostil.
    – Al cabo de un rato la barra se queda lisa y resbaladiza. Metes las manos en los polvos de magnesio. Un fino polvo blanco, parte del cual vuela por el aire y va a parar a tu piel y a tu pelo. Aunque te duchaste, algo de ese polvo llegó al bolso de Poona. Seguramente porque era de tela. Un material sintético que absorbe todo.
    Una vez más Gøran miró aturdido a Sejer. Tenía la sensación de que sus pensamientos volaban en todas las direcciones, y de que era incapaz de agruparlos. Ya no se acordaba de lo que había dicho y no encontraba sentido a lo que el policía decía.
    – No he dormido apenas -dijo con voz suplicante.
    – Ya lo sé -dijo Sejer -. Pero tenemos tiempo de sobra. Es importante que todo esto se haga correctamente. Dices que estuviste en casa de Lillian. Ella lo niega. ¿Acaso estuviste en Hvitemoen, pero deseabas estar en casa de Lillian?
    – Estuve en casa de Lillian. Lo recuerdo. Tuvimos que darnos prisa.
    – Pero así era siempre, ¿no? Alguien podía llegar en cualquier momento.
    – No entiendo por qué ella lo niega.
    – Llamaste para preguntarle si podías ir a su casa. ¿Te dijo ella que no, Gøran? ¿Fuiste rechazado por segunda vez en una misma tarde?
    – ¡No!
    Sejer dio unos pasos por la habitación. A Gøran le sobrevino un inmenso desasosiego, unas ganas incontrolables de moverse. Miró el reloj. Habían transcurrido once minutos.
    – Le darías muchas vueltas a la cabeza al leer sobre el asesinato en el periódico. Te habrás formado algunas imágenes en tu mente. ¿Me las muestras?
    – ¿Imágenes?
    Gøran parpadeó con ojos enrojecidos.
    – Las que te formaste en tu imaginación. Siempre hacemos eso cuando se nos explica algo. Intentamos verlo. Es una reacción automática. Me gustaría que describieras tus imágenes en torno al asesinato de Poona.
    – No tengo ninguna.
    – Te ayudaré a buscarlas.
    – ¿Para qué las quiere? -preguntó Gøran, vacilante -. No son más que imaginaciones.
    – Quiero ver si se parecen a nuestras averiguaciones.
    – Eso es imposible. ¡No fui yo!
    – Si las encontramos, dormirás mejor esta noche. ¿Te aterran, tal vez?
    Gøran se tapó la cara con las manos. Permanecieron un rato callados.
    – ¿Has ido alguna vez a casa de Linda Carling? -preguntó Sejer de repente.
    – ¿Qué? No. ¿Para qué iba a ir allí?
    – Estarás indignado con ella por haberte denunciado, ¿no?
    – ¿Indignado? Estoy cabreadísimo.
    – ¿Y por eso fuiste a asustarla?
    Gøran lo miró asombrado.
    – No sé dónde vive -contestó.
    Cuando se abrió la puerta y entró Skarre, los dos se sobresaltaron.
    – Teléfono -dijo Skarre.
    – Será algo importante -dijo Sejer.
    Miró a Gøran y abandonó la habitación.
    – ¿Es Sara? ¿Se ha levantado Kollberg?
    – Ole Gunwald -contestó Skarre -. Solo quiere hablar contigo.
    Sejer se metió en el despacho y cogió el teléfono sin sentarse.
    – Soy Ole Gunwald, de Elvestad. Vivo en Hvitemoen.
    – Sí, lo recuerdo -dijo Sejer.
    – Es un poco tarde. Pero se trata del asesinato.
    – ¿Sí? -contestó Sejer, impaciente.
    Skarre estaba en ascuas.
    – Han arrestado ustedes a Gøran Seter -dijo Gunwald incómodo -. Y tengo algo que decir en relación con eso. Es el hombre equivocado.
    – ¿Cómo lo sabe usted?
    – Fui yo el que llamó sobre lo de la maleta -dijo Gunwald -. Y omití un detalle. No fue Gøran a quien vi junto al lago Norevann.
    Sejer abrió los ojos de par en par.
    – ¿Lo vio usted?
    – Creo que sería mejor que vinieran -dijo Gunwald.
    Sejer miró a Skarre.
    – Vamos en tu Golf -sugirió.
    – Imposible -dijo Skarre, descorazonado -. Esta mañana me he encontrado con las cuatro ruedas pinchadas. Mejor dicho, rajadas con un cuchillo.
    – Creía que vivías en un barrio tranquilo.
    – Yo también lo creía. Habrán sido unos gamberros.

    – ¿En qué estás pensando? -preguntó Sejer.
    No le gustaba el coche patrulla, y dejó que Skarre condujera.
    – Gøran es inocente, ¿verdad?
    – Ya lo veremos. Hay que esperar.
    – Pero un tendero de esa edad no se inventaría algo así, ¿no?
    – Todo el mundo puede equivocarse.
    – Y tú también. ¿Has pensado en eso?
    – Muchas veces.
    Nueva pausa.
    – ¿Tienes prejuicios contra las personas que cultivan su cuerpo? -preguntó Skarre muy tranquilo.
    – No. Pero me hago ciertas preguntas sobre ello.
    – Te haces preguntas. Eso es lo mismo que tener prejuicios, ¿no?
    Sejer se calló y miró a Skarre.
    – Se trata de cargar baterías, ¿no? Un intenso entrenamiento durante muchos años. Con pesas cada vez más pesadas. Antes o después surge la necesidad de un desahogo. Pero este no llega nunca, solo pesas más y más pesadas. Yo me habría vuelto loco.
    – Mmm… -dijo Skarre con una sonrisa -. Loco. Y jodidamente fuerte.
    Diecinueve minutos más tarde se detuvieron delante de la tienda de Gunwald. Estaba colocando paquetes de cereales cuando vio el coche por la ventana. Se encogió un poco. Había algo fatídico en los dos hombres. Una incipiente migraña le pinchaba en la frente.
    – Lo lamento -dijo en una voz apenas audible -. Debería haber llamado antes. Lo que pasa es que estoy muy confuso. Por supuesto que no fueron ni Einar ni Gøran. Por eso he estado dudándolo tanto.
    – ¿Einar Sunde?
    – Sí.
    Se mordió el labio.
    – Los reconocí a él y a su coche. Un Ford Sierra verde.
    – Pero era tarde. Casi de noche.
    – Lo vi claramente. No me cabe ninguna duda. Desgraciadamente, debería añadir.
    – ¿Ve usted mal?
    Sejer hizo un gesto hacia las gruesas lentes del hombre.
    – No con estas gafas -contestó Gunwald.
    Sejer se armó de paciencia y lo miró.
    – Habría sido preferible que lo hubiera dicho antes.
    Gunwald se secó la frente.
    – Nadie debe saber que lo he dicho yo -susurró.
    – Eso no puedo prometérselo -dijo Sejer -. Entiendo que esté usted preocupado. Pero es un testigo importante, le guste o no.
    – Te miran mal si dices algo. Miren a la pobre Linda. Ya ni le hablan.
    – Si resulta que Gøran o Einar, o los dos, tienen algo que ver con esto, ¿no cree usted que la gente del pueblo quiere verlos castigados?
    – Si hubieran sido ellos, sí.
    Sejer inspiró hondamente y luego dejó escapar el aire muy despacio.
    – Queremos pensar bien de la gente que conocemos. Pero aquí todo el mundo conoce a alguien.
    Gunwald asintió con la cabeza.
    – Entonces, ¿irán ahora a buscarlo?
    – Tendrá que explicar lo que significa esto.
    – A Jomann le dará un infarto. Suele comprar los periódicos a Einar.
    Skarre miró un buen rato a Gunwald.
    – ¿Qué edad tiene usted? -preguntó amablemente.
    – ¿Que qué edad tengo? Sesenta y cinco.
    – ¿No se va a jubilar ya?
    – Tal vez -contestó el hombre, cansado -. Pero ¿cómo haré que pasen los días? Solo somos él y yo -añadió, señalando al rollizo perro del rincón.
    – Los días pasan lo queramos o no -dijo Sejer -. Su información nos ha sido muy útil. Muchas gracias. Aunque se haya tomado su tiempo. -Le hizo un gesto de cortesía -. Ya sabrá de nosotros.
    Gunwald los siguió con la vista. Oyó arrancar el coche y lo vio girar hacia la derecha, camino del bar. Gunwald se acercó al perro.
    – Tal vez deberíamos dejarlo ya -dijo acariciando la oscura cabeza del animal -. Así podríamos quedarnos en la cama por las mañanas. Y dar paseos varias veces al día. Puede que hasta consiguiéramos que rebajaras unos kilos.
    Se levantó y miró por la ventana, imaginándose la cara de Einar. Unos segundos más de feliz ignorancia. Fue lentamente hasta la puerta y cerró con la doble llave. Se hizo el silencio. En realidad, había sido bastante fácil.
    – Ven -le dijo al perro -. Vamos a casa.

    – ¿Einar Emil Sunde?
    Einar apretó el trapo entre las manos.
    – ¿Sí?
    Había dos mujeres tomando café. Miraron descaradamente. Einar tuvo que apoyarse en la barra. Lillian se había ido, y se había llevado la mitad de los muebles. La acústica de las habitaciones le era desconocida. Y ahora la policía entraba en el bar. ¿Qué pensaría la gente? En su cara alargada se alternaban la rabia y el miedo.
    – Tiene que cerrar y acompañarnos. Queremos hablar con usted.
    – ¿De qué? -preguntó Einar, nervioso. Le fallaba la voz. Sonaba como un gemido.

    Fueron hasta la comisaría en silencio. La humillación de tener que decir a las dos mujeres que se marcharan le había hecho sudar.
    – Iré al grano -dijo Sejer.
    Estaban sentados en su despacho.
    – El uno de septiembre fue usted visto junto al lago Norevann. En la punta del istmo, con una maleta. Tras unos instantes la tiró al agua y volvió a marcharse en su coche familiar verde. El testigo que lo vio nos llamó y fuimos a buscarla. Pertenecía a la fallecida Poona Bai, que fue asesinada en Hvitemoen el veinte de agosto.
    Einar bajó la cabeza, indefenso.
    – También sabemos que ella estuvo en su bar. Y ahora viene la pregunta, Sunde: ¿por qué estaba usted en posesión de la maleta de Poona?
    Einar sufrió una extraña transformación. En solo unos minutos fue despojado de toda dignidad, despellejado. No fue nada agradable de presenciar.
    – Puedo explicarlo todo -susurró.
    – Cuento con ello -dijo Sejer.
    – Como ya les dije, esa mujer entró en mi bar aquella tarde.
    Carraspeó y tosió.
    – ¿Sí?
    – Quiero dejar muy claro que lo que les estoy contando es la pura verdad. Debería haberlo contado antes. ¡Ese es mi único delito!
    – Estoy esperando -dijo Sejer.
    – Se quedó un rato sentada con su té. En el rincón, detrás de la máquina tocadiscos. No la veía bien, porque estaba ocupado en otros menesteres. Pero la oí toser un par de veces. No había nadie más en el bar en ese momento. Solo ella y yo.
    Sejer asintió con la cabeza.
    – Entonces oí de repente la silla al moverse y los pasos de la mujer. Al instante se cerró la puerta. Estaba sacando los cacharros del lavaplatos, de modo que pasó un rato hasta que me acerqué a la mesa a recoger la taza vacía.
    Einar levantó la vista. Su mirada vagaba.
    – Entonces vi la maleta.
    – ¿Se la había dejado allí?
    – Sí, pero la mujer había desaparecido. Me quedé unos instantes mirándola. Me parecía un poco raro olvidarse de algo tan voluminoso. La mujer parecía muy alterada. Luego pensé que a lo mejor había salido a tomar el aire, y que volvería enseguida. Pero no volvió. De manera que cogí la maleta y la llevé al trastero. Allí se quedó. Estuve pensando si llevármela a casa o no. Pensé que la mujer volvería a por ella. Aquella noche se quedó en el bar. La metí en la cámara. Ocupaba mucho sitio.
    – Siga -dijo Sejer.
    – Al día siguiente oí por la radio lo del asesinato. Pero solo oí la mitad, no me enteré, por ejemplo, de que la mujer era extranjera. Pasó mucho tiempo hasta que alguien mencionó que tal vez fuera paquistaní o turca. Entonces se me ocurrió que podría ser ella. Y su maleta estaba en la cámara. Entonces entendí lo grave que podía ser aquello, que, de hecho, ella había estado en mi bar y que habíamos estado solos. Se puede decir que tuve mis dudas. Además, no estaba seguro de que se tratara de ella. Pero tampoco volvía a por su maleta, así que no sabía qué pensar. El tiempo pasaba y la cosa iba de mal en peor. Al final me enteré de todo. Que era la mujer de Jomann, a la que había conocido en la India. ¡Y allí estaba yo, en mi bar, con todas sus cosas! Pensé: ya encontrarán al asesino, con o sin maleta. Al fin y al cabo, esa maleta no era tan importante. De modo que decidí deshacerme de ella. ¿Quién me vio? -preguntó.
    Sejer intentó asimilar la historia, que le parecía irritantemente verosímil. Escrutó durante un largo rato el rostro sonrojado de Sunde.
    – Alguien que desea permanecer en el anonimato.
    – ¡Pero tiene que haber sido alguien que me conoce! No lo entiendo. Era de noche. En los alrededores del lago no había ni un alma.
    – Sunde -dijo Sejer, inclinándose hacia delante -. Espero que entienda la gravedad de todo esto. Si la historia es cierta, significa que usted ha ocultado información importante en un caso grave de homicidio.
    – ¿Si la historia es cierta? -gritó Einar -. ¡Claro que lo es!
    – Para nosotros no es una evidencia.
    – Exactamente. ¡Ya ve por qué no llamé! Sabía que acabaría así. Ustedes se aferrarán a cualquier cosa, ya lo sabía yo.
    Se removió en la silla y dio la espalda a Sejer.
    – ¿Vio usted a Gøran Seter en algún momento el día veinte?
    – No nos tratamos mucho. Casi le doblo la edad.
    – Pero algo sí han compartido, ¿no?
    Einar se dio cuenta, no sin cierto malestar, de que el policía se refería a Lillian.
    – No, que yo sepa -contestó malhumorado -. Le he dicho la verdad. Así es como pasó. Ahora entiendo lo estúpido que he sido, pero no quiero que se me relacione con algo así.
    – Demasiado tarde -dijo Sejer -. Sí que está usted relacionado con el caso. Si hubiera llamado enseguida, podría haber sido descartado hace mucho. Tal y como están las cosas ahora, tenemos que hacer una serie de investigaciones en su coche y en su casa.
    – ¡Ni en broma! -gritó.
    – Sí, en broma, Sunde. Entretanto, tendrá que esperar aquí.
    – ¿Quiere decir que he de quedarme aquí toda la noche?
    – El tiempo que sea necesario.
    – Joder. Tengo hijos, ¿sabe?
    – Entonces tendrá que explicarles a ellos lo que acaba de explicarme a mí. La diferencia es que ellos le perdonarán. Yo no.
    Se levantó y se marchó. Einar se quedó sentado, inmóvil. Dios mío, pensó, ¿qué he hecho?

    Cuatro agentes fueron a casa de Einar Sunde. Skarre se dirigió inmediatamente al dormitorio. En un gran armario había ropa de cama y toallas. Se veía claramente que habían sacado ropa; el armario estaba medio vacío. Repasó el montón de fundas de edredones y encontró rápidamente lo que estaba buscando. Funda verde con nenúfares. Como el cuadro de Monet. Tal vez Gøran estuviera diciendo la verdad, tal vez estuviera realmente allí la noche del veinte. No era una coartada, pero resultaba inquietante. Se llevaron el coche de Sunde a remolque para un estudio técnico. Se aspiró hasta la más minúscula partícula sin que se encontrara nada importante. ¿Cómo era posible que una persona, en su sano juicio y bien informado, se comportara de un modo tan estúpido? ¿No había en todo eso una enorme arrogancia? Skarre pensó en la bonita lencería y los artículos de aseo que Poona había adquirido en honor a Gunder. Y el tal Einar había tirado todo al agua. ¿Qué clase de hombre era Einar Sunde?
    – Lo cierto es que le creo -dijo Sejer más tarde en el despacho.
    Skarre abrió la ventana. Se sentó en el alféizar y se puso a fumar.
    – ¿Lo soltamos?
    – Sí.
    – Entonces, ¿Gøran es nuestro hombre?
    – Estoy bastante seguro de ello. Pero tiene un fuerte instinto de supervivencia. Su buena forma física lo ayuda.
    – Yo de la que no me fío es de Lillian Sunde -dijo Skarre, y le contó lo de la ropa de cama verde.
    – ¡Ajá! Entonces tiene una funda así. La vio una vez y se fijó. No dudo de que tuvieran una relación. Lo dicen los rumores. Pero no estuvo allí aquella noche. Se marchó enfurecido después de que Ulla rompió con él. Llamó a Lillian y recibió otra negativa. En la parte trasera del coche llevaba las pesas. Poona iba andando por la carretera. Él se paró y le habló. Tal vez se ofreciera a llevarla a casa de Jomann. Luego la acosó y ella se asustó. La furia pudo con él. Nunca vio la maleta. Ahora sabemos por qué. Estaba en el bar. Luego la mató a golpes. Huyó presa del pánico y se cambió de ropa. Se puso la de entrenar. Llegó a su casa sobre las once. Dijo a su madre que había estado haciendo de canguro con Ulla. Sabemos que no fue así. La forma y el peso de esas pesas pudieron haber causado las lesiones de Poona. El polvo blanco procede del gimnasio, no conocemos otras aplicaciones para el polvo de magnesio. Gøran no comprende lo que es el amor. Tiene una tía o no la tiene. Es incapaz de hablar de sentimientos. Le interesa el sexo y tener a alguien de quien presumir. Se muestra como un joven animado y sonriente, muy acorde con el ambiente en el que se mueve, pero sospecho que es insensible y muy simple. Sin ninguna empatía.
    – ¿Un psicópata?
    – Eso lo dices tú. Por cierto, ese es un concepto con el que nunca llego a familiarizarme.
    – ¿Y ahora pretendes agotarlo hasta que confiese?
    – Intento lo mejor que puedo llevarlo hasta donde se dé cuenta de que tiene que confesar. Para poder seguir.
    – ¿Y si no consigues una confesión? ¿Tenemos suficiente para iniciar un juicio?
    – Tal vez no, y eso me preocupa.
    – ¿Cómo es posible destrozar a una persona como lo ha hecho este homicida sin dejar rastro?
    – Es algo que ocurre constantemente.
    – No hay rastro de Poona en el coche. Ni una fibra, ni un pelo. ¿No deberíamos haber encontrado algo?
    – Iba vestida de seda y la seda no desprende fibras, al contrario que la lana, por ejemplo. Llevaba el pelo recogido en una trenza muy apretada.
    – ¿Qué hizo con las pesas?
    – No lo sé. No había nada en ellas. Tiene varios juegos. Tal vez se deshizo de las que usó. Quiero volver a interrogar a las siguientes personas. Llámalas y tráelas aquí cuanto antes: Ulla Mørk, Linda Carling, Ole Gunwald, Anders Kolding, Kalle Moe y Lillian Sunde.
    Sejer miró a Skarre.
    – Y por lo demás, ¿hay alguna novedad? ¿Ha llamado Sara?
    – Sí. Kollberg sigue tumbado.

    El perro lo miró con tristeza cuando Sejer apareció por la puerta. Hizo unos débiles movimientos con las patas como queriendo levantarse, pero enseguida desistió. Sejer se quedó mirándolo, desconcertado. Sara salió de la cocina.
    – Debemos obligarlo un poco, ¿no? Si seguimos dándole la comida en la boca, no hará ningún esfuerzo.
    Entre los dos intentaron poner en pie a Kollberg; Sara por delante y Sejer por detrás. Las patas le resbalaron hacia los lados. Empezó a gemir y se desplomó. Volvieron a intentarlo y ocurrió lo mismo. Poco a poco dejó de gemir. Kollberg intentaba complacerlos para que lo dejaran en paz, pero no lo consiguió. Lo levantaban una y otra vez. Sara fue a buscar un trozo de harpillera para que el animal no resbalara. Funcionó. El cuerpo de Kollberg tembló en el instante en que las patas cargaron con los cincuenta kilos.
    – Acaba de levantar unos hectogramos de sí mismo -dijo Sejer con optimismo.
    Sara se secó el sudor. El largo flequillo se le metía constantemente en los ojos, y se echó a reír.
    – Levántate ya, perezoso bobalicón -gritó.
    Luego se rieron los dos. Animado por tanto buen humor, Kollberg se plantó en el suelo y se mantuvo en pie unos segundos. Entonces lo dejaron, y el animal se desplomó de nuevo con un ladrido.
    – ¡Joder! -gritó Sara.
    Sejer la miró, asustado.
    – Va a conseguirlo. Tiene que hacer ejercicio varias veces al día. No nos daremos por vencidos, coño.
    – Voy a por una salchicha -exclamó Sejer, feliz, y salió disparado al armario de la cocina.
    Mientras, Kollberg consiguió moverse unos centímetros por el suelo. Sejer entró con un whisky en una mano y un trozo de salchicha en la otra. Esbozó una sonrisa, sorprendentemente amplia para tratarse de él. A Sara le dio un ataque de risa.
    – ¿Qué pasa? -preguntó Sejer, desconcertado.
    – Pareces un niño gigante -dijo Sara -. Ahora que no tienes ninguna mano libre puedo hacer contigo lo que me dé la gana.
    Lo salvó el teléfono. Echó la salchicha a Kollberg y cogió el auricular.
    – Ya hemos citado a todos -dijo Skarre, animado -. Vendrán mañana, de uno en uno. Excepto Anders Kolding.
    – Explícate.
    – Se ha largado, ha dejado a su mujer y todo. Al parecer, se ha ido a Suecia, donde tiene una hermana. Me pregunto qué significa eso.
    – El niño tiene cólicos -dijo Sejer -. Supongo que ya no podía más.
    – ¡Qué cobarde! ¿Y se nos va a escapar?
    – En absoluto. Búscalo.
    Colgó y se bebió el whisky de un trago.
    – Vaya -dijo Sara -. Es lo más indecente que te he visto hacer jamás.
    Sejer tenía la sensación de estar ardiendo.
    – ¿Puedo esperar algo más? -sonrió Sara tentadora.
    – ¿Y por qué indecente? -preguntó Sejer, desconcertado.
    – Es maravilloso, ¿sabes?
    Sara se inclinó hacia él.
    – Es que tú no sabes nada -dijo -. No tienes ni idea de lo que es la indecencia. Y eso está bien. -Le acarició la mejilla -. Está realmente muy bien.

22

    Linda estaba temblando en la cama en el instante en que Jacob salió a ver las ruedas pinchadas de su coche. Se lo imaginó con todo detalle. En sus pensamientos estaba con él, consolándolo. Luego dio un paso más y se hizo con un cuchillo de caza de hoja larga. El mango era de madera de aliso. Lo metió en el cajón de la mesilla de noche y se convirtió en algo tan importante para ella que tenía que abrir el cajón constantemente para mirarlo. Una y otra vez contemplaba el brillante acero. Intentaba imaginarse la hoja cubierta de la sangre de Jacob. La visión era tan fuerte que se le calentaba la cabeza. Cuando él se desplomara ante sus pies, ella lo estrecharía entre sus brazos, le cerraría los ojos y se aislaría del mundo durante el resto de su vida. Viviría únicamente para ese instante en el que Jacob expirara en sus brazos. Él la miraría a los ojos y tal vez en el último segundo le diera tiempo a entenderlo todo. Que había cometido un terrible error. No debería haberla rechazado. Linda tenía el cuchillo en las manos, ya se había familiarizado con él. No había fijado ningún día, pero lo esperaría en el portal.
    Cuando por fin hubiera muerto, ella llamaría a la policía y les diría dónde se encontraba el cadáver. Anónimamente, claro. No solo sería suyo para siempre, sino que el caso jamás sería resuelto. No hasta que ella se hubiera hecho vieja, sin haberse casado nunca. Entonces escribiría su historia en una carta que enviaría a los periódicos. De esa manera sería inmortal. La gente se daría cuenta de que no debería haberla subestimado. Su propio poder la embriagaba y le pareció extraño no haberse dado cuenta hasta entonces de lo fuerte que era. Tan fuerte que podría quedarse sola frente a todos los demás. Ya no tenía miedo a nada. Si Gøran saliera de la cárcel y fuera a matarla, ella sonreiría en la oscuridad. «El hombre imputado en el caso de Elvestad niega toda relación con el asesinato», leyó Linda, sentada junto a la mesa de la cocina con una taza de té. Recortó el artículo y lo metió en una funda de plástico. Entonces descubrió otra noticia: «Joven de veintinueve años acuchillado en plena calle en Oslo. Murió más tarde como consecuencia de las lesiones. No hubo testigos del suceso, y por ahora no hay pistas sobre el autor del crimen». La historia, que estaba en la página cuatro del periódico, captó su atención, y continuó leyendo: «Un joven fue encontrado anoche desangrándose en la calle, muy cerca del restaurante El Molino Rojo. El hombre presentaba varias heridas causadas por arma blanca. Murió más tarde en el hospital sin haber recobrado el conocimiento. El hombre ya ha sido identificado, pero la policía no tiene ninguna pista sobre el caso». Linda dejó vagar la mirada a través de la ventana, hacia el cielo otoñal. Exactamente como esa sería la noticia que saldría tras la muerte de Jacob. Fue como un presagio. Linda se echó a temblar. Recortó el artículo y lo metió en la funda de plástico con los demás recortes. ¡Qué curiosa coincidencia! Una repentina idea tomó forma en su cerebro. Volvió a sacar el recorte y fue a buscar un sobre. Metió el recorte dentro y pasó la lengua por el sobre. Luego escribió la dirección de Jacob. Se lo enviaría como una especie de declaración de amor. Luego pensó que podría averiguar su procedencia. Su escritura era inconfundible, de niña, con letra redondeada. Volvió a abrir el sobre y cogió otro nuevo. Escribió la misma dirección con letras picudas y desconocidas, que nada tenían que ver con su propia letra. Podría echarlo en un buzón de la ciudad. Si ponía Elvestad en el matasellos, podrían descubrirla. No, no lo echaría en un buzón, sino que lo metería directamente en el buzón de Jacob. En el casillero común del portal. ¡Cuánto se extrañaría! Daría cien vueltas al recorte y al sobre. Lo dejaría y volvería a cogerlo. Se lo enseñaría a sus colegas. Linda se entusiasmó con su propio ingenio. A veces la vida se arreglaba, desenrollándose como una alfombra roja. Entró en el baño. Se miró en el espejo. Se retiró el pelo de la frente y se lo recogió con una goma. Así parecía mayor. Subió corriendo a su habitación y abrió el armario. Sacó un jersey y unos pantalones negros. Su cara blanca parecía más pálida que nunca, tenía un aspecto dramático. Luego se quitó todas las alhajas, pendientes, collar y anillos. Ya solo quedaba esa cara pálida con el pelo recogido. Cerró la puerta tras ella y fue a la parada del autobús. Se metió la carta en el sujetador. Al principio notó el papel frío en la piel, luego se fue calentando. Pronto las manos de Jacob acariciarían el sobre que había estado sobre su corazón, que ahora le latía con fuerza. Notó cómo se le endurecían los pezones. A lo mejor el sobre olería un poco a ella. Notó cómo se le erizaban los pelos de la nuca que no había conseguido recoger con la goma. Llegó el autobús. Subió y empezó a soñar. Nadie le dijo nada. Si lo hubieran hecho, ella se habría vuelto, mirando a través de ellos con ojos de cristal.

    – Hola, Marie -dijo Gunder-. Hay algo que no te he contado. Seguramente porque creo que puedes oírme, aunque en realidad no sea así. El accidente, Marie. El choque. La razón por la que estás aquí. La verdad es que el otro conductor murió. Ya está enterrado, yo fui al entierro. Me mantuve en un segundo plano, en la última fila. Había mucha gente llorando. La ceremonia concluyó dentro de la iglesia, como prefieren algunos. De modo que salí sigilosamente y me fui hacia el coche. Me parecía que estar allí era lo correcto, pero no quise prolongarlo mucho, pues no me habían invitado. Entonces se me acercó una mujer, me dijo algo en voz baja, y tengo que admitir que me sobresalté. Era la viuda, Marie. Tenía más o menos tu edad. «Perdone», me dijo. «Conozco a todos los que estaban en la iglesia, pero a usted no lo he visto nunca.» Entonces dije que era tu hermano. No sé lo que esperaba que ocurriera, que se alejara furiosa o incómoda tal vez, pero no lo hizo. Los ojos se le llenaron de lágrimas. «¿Cómo está su hermana?», preguntó preocupada.
    »Me emocioné mucho, Marie. “No lo sé”, dije, “no sé si volverá a despertarse.” Entonces me tocó el brazo un par de veces y sonrió. Las personas son mucho mejor de lo que creemos, Marie.
    »Pero ahora viene lo más importante. Ayer enterraron a Poona. Todo fue muy bonito. Tendrías que haber estado allí. No había mucha gente, es verdad, y supongo que algunos acudieron por pura curiosidad, pero eso no importa. También había dos policías. ¡Deberías haber visto la iglesia! El párroco Berg se puso pálido cuando entró solemnemente y vio el ataúd con tanto color. Fui a un florista de Oslo, un hombre que es un verdadero artista con las flores. Pensé: Ha de tener lo mejor. No pedí lo que suele pedir la gente para los entierros, ramos y cosas así en rosa y azul, sino grandes coronas con flores amarillas y naranjas. Algo muy indio, no sé si me entiendes. El encargo le hizo temblar de entusiasmo. Tendrías que haber visto el resultado. La temperatura de la iglesia subió varios grados. Era como una hoguera abrasadora sobre el oscuro ataúd de caoba. Se tocó música india. Creo que a su hermano le habría gustado mucho.
    »El ataúd lo llevábamos entre seis. Al principio estaba un poco nervioso por si no éramos suficientes. Pero Karsten echó una mano, lo creas o no, y Kalle, yo y Bjørnsson, mi compañero de trabajo. Y los dos policías. Lo último que hicimos para Poona fue cantar. ¿Sabías que Kalle tiene una magnífica voz?
    »No invité a nadie a casa, luego. Pensé que Karsten se invitaría a sí mismo, pero se marchó lo antes que pudo. La verdad es que no lo tiene fácil. Tiene mucho miedo a todo. Yo ya no tengo miedo a nada. Ni a Dios, ni al diablo, ni a la muerte. Eso es en cierto modo maravilloso. Aprovecharé los días que me queden.
    »Ya he vuelto al trabajo. Por eso vengo tan tarde. Mi compañero, el joven Bjørnsson, en realidad es una bella persona. Me resultó extraño volver a ver a todos. Al principio estaban algo desconcertados, sin saber qué decir. Pero luego se relajaron. Creo que me he hecho respetar por ellos. Que después de lo ocurrido me miran con otros ojos. Incluso el agricultor Svarstad se pasó por la tienda, probablemente por pura curiosidad. Pero de todos modos fue agradable. Está muy contento con la máquina Quadrant. Es el único agricultor de Elvestad que tiene una como esa.
    »El otro día compré un pollo. Nunca he sido muy imaginativo en la cocina, pero hice la compra en una tienda de inmigrantes y pedí especias para el pollo. No se quedó rojo como el de Poona, pero me recordó un poco a la comida en Tandels Tandoori. ¿Sabes que ellos colorean la comida? Aquí es como si nos consideráramos por encima de cosas así.
    »Parece mentira que puedas vivir de esas gotas que se te van metiendo lentamente en las venas. Es como leche desnatada, pero el médico dice que contienen azúcar, grasa y proteína. Mañana vendrá Karsten. Sé que le da miedo. No sé lo que hace cuando está sentado aquí solo. A lo mejor habla por los codos. Aunque lo dudo. Sospecho que cuando te despiertes me llamarán a mí, aunque él sea tu marido. Duermo bastante bien por las noches. Siento una gran tristeza dentro de mí y es como si hubiera engordado unos kilos, aunque sé que es justo al contrario. Pero poco a poco me voy reponiendo y procuro recordar que después del invierno llega otra vez la primavera. Entonces haré milagros en la tumba de Poona. El espacio que te dan no es muy grande, pero Dios sabe que voy a aprovecharlo. Cuido muy bien sus escasas pertenencias: la ropa de la maleta, el pequeño bolso en forma de plátano y las alhajas. El broche lo lleva puesto en la tumba, y el traje que lucía cuando nos casamos. Es como el agua de un glaciar, de un intenso azul turquesa. Recuerdo su cara. Sé que está destrozada, que se la hicieron pedazos con una piedra. O con otra cosa, por lo visto aún no lo saben. Pero a mí no me molesta, porque no la he visto así; con lo cual, tampoco puedo creerlo. ¿Es bueno, verdad, Marie, que las personas podamos creer lo que queramos?

    Sejer leyó el informe de Skarre sobre los nuevos interrogatorios con todos los testigos. A Anders Kolding lo localizaron por teléfono en el piso de su hermana en Gotenburgo, algo embriagado, pero capaz de explicarse. Dijo que necesitaba tomarse un respiro. No había huido de nada. «No, no fui hacia la izquierda, pero sí es verdad que apagué la luz verde. No tenía ganas de que me cogiera algún pasajero y me hiciera ir en dirección contraria. ¡Fui directo a la ciudad, joder!» Ulla Mørk reconoció haber roto varias veces su relación con Gøran Seter, para luego volver con él. Pero precisó que esa vez iba en serio. Era cierto que en alguna ocasión él llevaba pesas y otras cosas en su coche. Cuando Adonis estaba lleno, no quería tener que esperar para poder utilizar los aparatos. Lillian Sunde seguía negando toda relación con el acusado, conocía los rumores que corrían, pero dijo que eso era muy frecuente en Elvestad. Probablemente alguien los había visto bailar aquella vez en el restaurante de la ciudad. Linda Carling repitió su declaración anterior: un hombre de pelo rubio con camisa blanca corría detrás de una mujer vestida con algo oscuro. «Había un coche rojo aparcado en el arcén. Podría haber sido un Golf.» Karen Krantz, la amiga de Linda, opinó que sin duda podían fiarse del testimonio de Linda. «Tiene mucho miedo de equivocarse -dijo -, así que lo que cuenta es lo que vio.» Ole Gunwald estaba completamente seguro de haber oído dos veces el sonido de un coche que arrancaba. Con un intervalo de quince minutos. ¿Por qué dos veces?, se preguntó Sejer.
    Día tras día, hora tras hora, Gøran era interrogado por Sejer. El joven conocía ya todas las pequeñas mellas y cortes de la mesa de madera clara. Todas las manchas del techo, todas las líneas de las paredes. El cansancio le llegaba a ráfagas, una debilidad tan grande que lo dejaba sin aliento. Con el tiempo iba notando de antemano cómo le llegaban los ataques, cómo se aproximaban. Entonces se apoyaba en la mesa para descansar. Sejer se lo permitía. A veces el hombre contaba historias. Gøran escuchaba. Ya no existían el pasado ni el futuro, solo ese día, el veinte de agosto. Y el prado de Hvitemoen, una y otra vez. Nuevas incursiones, nuevas tácticas, saltos repentinos. Ese día estaba roto para siempre. Hecho pedazos. «Estuve con Lillian.» Lo había repetido hasta la saciedad, pero ahora ya ni él lo creía. «Lillian dice que no.» ¿Por qué decía eso? El veinte de agosto. Iba solo en el coche por la carretera. Imágenes aterradoras aparecían de repente en su cabeza. Imágenes cuyo origen desconocía. ¿Eran reales o fruto de su imaginación? ¿Habían sido plantadas en su cabeza por ese hombre terco y gris? Gøran gemía por lo bajo. Sentía la cabeza pesada y mojada.
    – Puedo ayudarte a encontrar la verdad -dijo Sejer -. Pero tienes que poner de tu parte.
    – Déjeme en paz -exclamó Gøran.
    Notó que algo le crecía en la boca, junto con un miedo instintivo, como si se traicionara a sí mismo si abría la boca y escupía las palabras de una vez por todas.
    – Mi perro ya se ha puesto en pie -dijo Sejer -. Anda tambaleándose, y va comiendo algo. Ha sido un alivio que me ha dado nuevas fuerzas.
    Eso hizo gemir de nuevo a Gøran.
    – Tengo que entrenar -dijo -. ¡Me volveré loco si no puedo entrenar!
    – Más tarde, Gøran, más tarde. Entonces no te negaremos nada. Entrenamiento. Aire libre. Visitas. Periódicos y televisión. Tal vez un ordenador. Pero primero tenemos trabajo que hacer.
    – No puedo seguir -sollozó Gøran -. ¡No me acuerdo!
    – Es cuestión de querer. Tienes que sobrepasar el umbral. Mientras sigas albergando la esperanza de que todo fue una pesadilla, no te permites a ti mismo penetrar en el asunto.
    Gøran enterró la cabeza en las mangas de la camisa, lloriqueando.
    – ¿Y si no fui yo?
    – Si no fuiste tú, Gøran, nosotros lo descubriremos. Basándonos en lo que hemos encontrado. Y en lo que tú cuentas.
    – Todo es un caos.
    – ¿Estuviste con alguien?
    – No.
    – ¿Le pediste ayuda a Einar para deshacerte de la maleta?
    – ¡Ella no llevaba ninguna maleta!
    Las palabras retumbaron en la habitación, escapando sin querer por entre sus labios. Sejer notó cómo un escalofrío le recorría la nuca. Gøran ya se acordaba, ella ya estaba allí, en sus pensamientos. La estaba viendo acercarse por la carretera.
    «¡Ella no llevaba ninguna maleta!»
    – ¿Y el bolso? -dijo Sejer muy tranquilo -, ¿lo recuerdas?
    – Era amarillo -jadeó Gøran -. ¡Era un jodido plátano!
    – Sí -asintió Sejer, suavemente, casi sin voz -. La ves acercarse andando. Ves el plátano amarillo. ¿Estaba haciendo autostop?
    – No, iba andando por el arcén. Oyó el coche y se detuvo. Me pregunté por qué y frené automáticamente. Pensé que a lo mejor quería preguntar por el camino. Pero preguntó por Jomann. Que si yo lo conocía. Dije que no, pero que sabía quién era. «Puedo llevarte», le dije. Ella se metió en el coche. Iba sentada a mi lado, tiesa como un palo. «He is not at home.» «Podemos comprobarlo», dije. Y le pregunté que a qué iba a casa de Jomann. «Is my husband», contestó sonriendo, apretando ese estúpido bolso con las dos manos. «Joder, no me digas», exclamé riéndome. «¿Ese viejo verde?» Ella dijo muy seria: «Not polite to say so. You are not very polite». «No», contesté, «no soy nada cortés. Y menos hoy. Y las mujeres tampoco lo sois».
    Gøran se tomó un respiro. Sejer notó un temblor en el cuerpo que enseguida desapareció y dio paso a una sensación de inquietud. Lo que ahora estaba escuchando era la historia real. Eso le gustaba y no le gustaba. Se trataba de una crueldad que no quería ver, pero en la que tendría que implicarse y de la que tendría que formar parte. Tal vez para siempre.
    – Recuerdo su trenza -dijo Gøran en voz baja -. Me entraron ganas de arrancársela.
    – ¿Por qué? -preguntó Sejer.
    – Era larga, gruesa y tentadora. «You angry?», preguntó ella, y yo le contesté que sí, que mucho. «Las mujeres sois muy mezquinas.» Entonces puso una cara muy rara y cerró la boca. «¿Tú no eres mezquina?», continué. «Si te contentas con ese viejo de Gunder, yo tendré que servirte, ¿no?» Me miró sin entender. Se puso a manipular la puerta. Le dije: «Deja esa puerta, joder», y le entró pánico, empujaba la puerta como loca. Esta es otra de esas histéricas que no saben lo que quieren, pensé. Primero entra en el coche y luego quiere salir. Yo seguía conduciendo. Pasamos por delante de la casa de Gunder. Me miró asustada. Empezó a gritar y a quejarse. De modo que frené en seco. Ella no llevaba el cinturón de seguridad puesto y se dio de bruces contra el parabrisas. No fue un golpe muy fuerte, pero se puso a chillar.
    Gøran respiraba con dificultad. La respiración se le aceleraba cada vez más. Sejer se imaginó el coche medio atravesado en la carretera, y a la frágil mujer, pálida de miedo, tocándose la frente.
    De repente la voz de Gøran cambió. Se volvió inexpresiva. Como si estuviera leyendo un informe. El joven se enderezó y miró a Sejer.
    – «¿Las mujeres indias tienen tanto espacio aquí abajo como las noruegas?», le pregunté, metiéndole la mano entre los muslos. Se volvió completamente loca. Estaba aterrada. Luego consiguió abrir la puerta y se cayó fuera. Corrió hasta el prado presa de pánico.
    Y Linda, pensó Sejer, se está acercando en su bicicleta, tal vez esté justo detrás de la curva. En cualquier momento verá el coche.
    – Cogí una de las pesas del asiento de atrás y eché a correr tras ella -prosiguió Gøran con voz apagada -. Como estoy en muy buena forma, me resultó muy fácil correr, me ponía cachondo, pero ella también era rápida, corría por la hierba como una jodida liebre. La alcancé en la linde del bosque. Había luz en una de las ventanas de Gunwald, pero, curiosamente, no me importó.
    – ¿Ella gritaba?
    – No. Tenía bastante con correr. Lo único que yo oía eran los pies por la hierba y mi propia respiración.
    – Y la alcanzaste. ¿Qué hiciste entonces?
    – Ya no recuerdo nada más.
    – Claro que sí. ¿Qué sentiste?
    – Me sentía lleno de fuerza. El cuerpo me ardía. Además, ella me parecía tan patética…
    – Patética, ¿por qué?
    – Todo era patético. El que fuera a quedarse con Jomann. La pinta que tenía. La ropa. Las alhajas. Todas esas baratijas. Y tampoco era joven.
    – Tenía treinta y ocho años -dijo Sejer.
    – Lo sé. Lo ponía en el periódico.
    – ¿Por qué la golpeaste?
    – ¿Que por qué? Tenía la pesa en la mano. Ella se encogió, con las manos sobre la cabeza, esperando el golpe.
    – Podrías haberte dado la vuelta y haberte marchado.
    – No.
    – Necesito saber por qué.
    – Porque estaba a punto de estallar. Apenas podía respirar.
    – ¿La golpeaste repetidas veces?
    – No creo.
    – ¿Recobraste el aliento cuando ella se desplomó?
    – Sí, por fin pude respirar.
    – ¿Ella volvió a levantarse, Gøran?
    – ¿Cómo?
    – ¿Jugaste con ella?
    – No. Quería acabar con todo cuanto antes.
    – Había huellas vuestras por todo el prado. Esto hay que aclararlo.
    – Ya no recuerdo nada más.
    – Entonces prosigamos: ¿qué hiciste cuando ella por fin yacía inmóvil en la hierba?
    – Me fui al lago Norevann.
    – ¿Y qué hiciste con tu ropa?
    – La tiré al agua.
    – ¿Te pusiste la ropa del gimnasio?
    – Supongo que sí.
    – ¿Y las pesas?
    – En el coche. Una de ellas estaba manchada de sangre.
    – Tenías heridas en la cara. ¿Te arañó ella?
    – No, que yo recuerde. Me golpeó el pecho con los puños.
    – ¿Cuánto tiempo estuviste en el lago, Gøran?
    – No lo sé.
    – ¿Recuerdas lo que pensaste cuando ibas otra vez en el coche, camino de tu casa?
    – Era complicado. Salí de casa de Lillian.
    – Ahora estás mezclando la verdad con la mentira, Gøran.
    – Pero sé que fue así. La vi en el espejo. Me dijo adiós con la mano desde la ventana, medio escondida detrás de la cortina.
    – ¿Por qué volviste al lugar de los hechos?
    – ¿Volví?
    – ¿Habías perdido algo? ¿Algo que tenías que encontrar a toda costa?
    Gøran negó con la cabeza.
    – No, pero de pronto me entró pánico. Pensé que la mujer podía seguir con vida, que podría delatarme. Así que me metí de nuevo en el coche y volví a ese lugar. Ella andaba tambaleándose por el prado, como si estuviera completamente borracha. Era una pesadilla. No entendía cómo podía seguir viva.
    – Sigue.
    – Ella pedía socorro a gritos, pero eran muy débiles. Apenas le quedaba voz. Entonces me vio. Fue curioso, pero levantó una mano para pedirme ayuda. No me reconoció.
    – Te habías cambiado de ropa -dijo Sejer en voz baja.
    – Sí. Claro.
    Gøran perdió el hilo por un instante.
    – Luego se desplomó sobre la hierba. No estaba en el mismo sitio que yo la había dejado. Volví a coger la pesa y corrí hacia el prado. Me agaché y la miré. Entonces me reconoció. Su mirada en ese momento era indescriptible. Gritó con un hilo de voz en una lengua que yo no entendía. Tal vez rezara. Luego la golpeé muchas veces. Cuánta vida puede haber en una persona, recuerdo que pensé. Y por fin se quedó inmóvil.
    – Las pesas, Gøran. ¿Qué hiciste con ellas?
    – No lo recuerdo. Podría haberlas tirado al agua.
    – ¿De modo que bajaste otra vez hasta el lago?
    – No. Sí. No lo sé.
    – ¿Y luego?
    – Conduje por ahí un rato.
    – Y por fin te fuiste a tu casa. Sigue desde ahí.
    – Hablé un poco con mi madre y luego me metí en la ducha.
    – ¿Y tu ropa? ¿La del gimnasio?
    – La metí en la lavadora. Luego la tiré. No quedó limpia del todo.
    – Ahora piensa en esa mujer. ¿Recuerdas cómo iba vestida?
    – Llevaba algo oscuro.
    – ¿Recuerdas su pelo?
    – Era india. Supongo que lo tendría negro.
    – ¿Recuerdas si llevaba pendientes?
    – No.
    – ¿Las manos con las que te pegó?
    – Morenas -contestó.
    – ¿Llevaba sortijas?
    – No lo sé. Ya no sé nada más -murmuró.
    Se desplomó sobre la mesa.
    – ¿Confiesas haber matado a esa mujer, Poona Bai, el veinte de agosto, a las nueve de la noche?
    – ¿Si lo confieso? -preguntó Gøran, asustado. Fue como si de repente se despertara -. No lo sé. Usted me pidió que le mostrara mis imágenes, y eso he hecho.
    – ¿Qué debo escribir en el informe, Gøran? ¿Que esas son tus imágenes del asesinato de Poona Bai?
    – Algo así. Si es que se puede.
    – Es un poco confuso -contestó Sejer, lentamente -. ¿Lo consideras una confesión?
    – ¿Confesión?
    De nuevo esa mirada asustada en los ojos de Gøran.
    – ¿Y a ti qué te parece esto? -preguntó Sejer.
    – No lo sé -contestó Gøran, asustado.
    – Me has proporcionado algunas imágenes. ¿Podemos llamarlas recuerdos?
    – Supongo que sí.
    – Tus recuerdos del día veinte de agosto. ¿Un sincero intento de reconstruir lo que ocurrió entre Poona y tú?
    – Sí, seguramente.
    – Entonces, ¿qué has hecho, Gøran?
    El joven volvió a desplomarse sobre la mesa. Desesperado, clavó los dientes en la manga de la camisa.
    – Una confesión -admitió -. He hecho una confesión.

23

    Friis intentó controlarse.
    – ¿Entiendes lo que has hecho? -preguntó con voz ronca -. ¿Entiendes la gravedad de esto?
    – Sí -contestó Gøran.
    Estaba tumbado en el catre, dormitando. Sentía una gran tranquilidad.
    – Has confesado el delito más grave de todos, el que recibe el castigo más severo de la ley, a pesar de que la policía no tiene ni una sola prueba contundente. Ni siquiera saben si van a ser capaces de encausarte con una base tan poco consistente. Y además, han de buscar un jurado dispuesto a condenarte en base a rumores y suposiciones.
    Dio unos pasos por la habitación.
    – ¿Entiendes lo que has hecho? -repitió.
    Gøran miró asombrado a Friis.
    – ¿Y si lo hubiera hecho?
    – ¿Que si lo hubieras hecho? Dijiste que eras inocente. ¿No lo mantienes?
    – Ya no me importa. Tal vez lo hiciera. He pasado tantas horas en esta habitación, formándome tantas ideas que ya no sé lo que es verdad. Todo es verdad y nada es verdad. No me dejan entrenar. Me siento lleno de droga -farfulló.
    – Te han presionado -dijo Friis muy serio -. Te ruego encarecidamente que te retractes de esa confesión.
    – ¡Podrías haber estado allí conmigo, como te pedí! Tenía derecho a ello.
    – No es una buena táctica -dijo Friis -. Lo mejor para nosotros es que yo no sepa lo que ocurrió entre vosotros dos. De esa manera también puedo dudar del método empleado por Sejer. ¿Me comprendes? ¡Quiero que te retractes de la confesión!
    Gøran lo miró asombrado.
    – ¿No es un poco tarde?
    Friis volvió a pasearse por la celda.
    – Has proporcionado a Sejer lo que quería. Una confesión.
    – ¿A ti te interesa saber la verdad? -preguntó Gøran.
    – Yo estoy aquí para salvarte el pellejo -contestó el abogado en tono hiriente -. Es mi trabajo, y soy bueno en ello. ¡Dios mío, eres muy joven! Si te condenan, pasarás mucho tiempo encerrado. Los mejores años de tu vida. ¡Piénsatelo!
    Gøran se volvió contra la pared.
    – Vete ya. A mí todo esto me importa un carajo.
    Friis se sentó a su lado.
    – No -dijo -. No voy a irme. Has confesado bajo presión un crimen que no has cometido. Sejer es mayor que tú, una autoridad. Se ha aprovechado de tu juventud. Es un atropello. Seguramente te ha lavado el cerebro. Vamos a retirar la confesión y así tendrán que sudar un poco más. Ahora intenta descansar. Aún falta mucho.
    – Tienes que hablar con mis padres -dijo Gøran.

    La confesión apenas llegó a publicarse antes de que los periódicos tuvieran que informar a sus lectores de que esta había sido retirada. En el bar de Einar la gente leía con los ojos abiertos de par en par. Los escépticos, los que siempre habían defendido la inocencia de Gøran, se sentían engañados. No entendían cómo un hombre joven era capaz de confesar que había destrozado la cabeza de una mujer hasta dejarla como una compota roja en la hierba si no lo había hecho. Se les encogía el corazón solo con pensarlo. No era el mismo Gøran que ellos conocían. Ellos no sabían nada de las investigaciones policiales, ni tampoco de la historia, que estaba llena de ejemplos de personas que confesaban asesinatos y otras miserias que no habían cometido. El periódico Dagbladet enumeraba varios casos. Se analizaron a ellos mismos y se dieron cuenta de que era imposible. Y los que en su día formaran parte del jurado pensarían lo mismo.
    En el bar había silencio, nada de acaloradas discusiones, solo gente que dudaba, que vacilaba. Mode dijo que no, que ni de coña, que no se lo creía. Nudel había enmudecido y Frank movía incrédulo su gran cabeza. «¿Qué puedo pensar?» Ole Gunwald se sentía aliviado. Había denunciado a Einar, pero resultó que estaba limpio como la nieve. Lo mismo opinaba del joven Gøran Seter, pero pensándolo bien, sí tenía imaginación suficiente para aceptar la imagen de un iracundo joven en buena forma que acababa de ser rechazado por la novia. Y luego por la amante. ¿Qué era lo que ponía en los periódicos? «Un homicida muy fuerte.»
    Gunder había escuchado las explicaciones de Sejer por teléfono en dos ocasiones. Primero, que por fin habían resuelto el caso; luego, solo unas horas más tarde, que la confesión había sido retirada, lo cual no le preocupaba, dijo, la confesión pesaría mucho en el juicio. «Tenemos la esperanza de que Gøran sea condenado», dijo Sejer en un tono muy convincente. Gunder asintió con la cabeza, pero no quiso oír nada. Su deseo era que todo hubiese concluido.
    – ¿Qué tal está su hermana? -preguntó Sejer.
    – No hay ningún cambio.
    – No debe usted perder la esperanza.
    – Ya lo sé. Mi hermana es lo único que me queda.
    Gunder se quedó pensando. Había algo que quería mencionar.
    – Por cierto, me dio el hermano de Poona una carta que Poona le escribió después de nuestra boda. La carta en la que le cuenta todo. El hermano pensó que me gustaría tenerla.
    – ¿Usted se ha alegrado?
    – Está escrita en indio -contestó Gunder-. En marathi. Así que no me sirve de mucho.
    – Puedo hacer que se la traduzcan, si usted quiere.
    – Con mucho gusto.
    – Envíemela -dijo Sejer.

    Robert Friis sostenía con obstinación que la explicación de Gøran era incompleta. Que el joven, de ninguna manera, había aclarado el crimen. No se acordaba de qué ropa llevaba la mujer, solo de que era oscura. Tampoco había mencionado las sandalias doradas, y lo mismo ocurría con ese broche, tan típico noruego, que llevaba en el vestido. Por lo demás, no tenía ni idea de su aspecto, aunque todos los que la habían visto habían mencionado sus dientes prominentes. «Esto es una mera reconstrucción -gritó Friis -, cedida en un momento de desesperación y agotamiento.» A la pregunta de en qué parte exactamente del lago Norevann había tirado la ropa, Gøran contestó que no lo tenía claro. La declaración provisional estaba llena de lagunas y puntos difusos, lo que sin duda se vería en la siguiente reconstrucción. Friis se topó con Sejer en la cantina y, aunque el inspector jefe se puso a mirar su sándwich de gambas, Friis se sentó en la misma mesa. Era un charlatán, pero profesional. Sejer era poco locuaz, pero seguro.
    – Él es el hombre, y tú lo sabes -dijo en voz cortante mientras atravesaba una gamba con el tenedor.
    – Probablemente -dijo Friis sin rodeos -, pero no podrá ser condenado sobre esa base.
    Sejer se limpió la mayonesa de la boca y miró al abogado.
    – Saldrá a la calle antes o después. Si sale sin castigo seguirá haciendo tic tac como una bomba sin detonar.
    Friis sonrió y se lanzó sobre su sándwich.
    – Supongo que los asesinatos que aún no se han cometido no te preocupan. Me imagino que tendrás de sobra con lo que tienes sobre la mesa en este momento.
    Los dos siguieron comiendo un rato.
    – Lo peor es -dijo Sejer – que Gøran se sentía a gusto consigo mismo por primera vez en mucho tiempo. Retractándose, tendrá que volver a pasar otra vez por todo esto. Deberíamos haberle ahorrado ese trago.
    Friis bebía el café ruidosamente.
    – No debería haber sido acusado -dijo -. Llevas mucho tiempo en esto. Me extraña que quisieras correr el riesgo.
    – Sabes que estaba obligado a hacerlo.
    – Y sé cómo trabajas -dijo Friis -. Te pones de su parte. Lo tratas con amabilidad. Escuchas y comprendes, le das golpecitos en el hombro. Le haces cumplidos. Eres el único que puede sacarlo de esa habitación y meterlo en otra, con todos sus derechos. Los derechos que antes le has robado.
    – Podría haberle gritado y pegado -se limitó a decir Sejer -. ¿Habrías preferido eso?
    Friis no contestó. Masticó larga y concienzudamente.
    – Has plantado una mujer india en su conciencia -dijo en tono severo -. De la misma manera que en su día un científico plantó un oso blanco. Como un experimento.
    – No me digas -dijo Sejer, indiferente.
    – ¿Quieres participar en un juego, si es que sabes lo que es eso?
    – Creo que sí.
    – Piensa ahora libremente por unos segundos. Fórmate una imagen de lo que quieras. Todo está permitido, excepto esto: la imagen no ha de contener un oso blanco. Por lo demás, todo está permitido. Pero no pienses en un oso blanco. ¿Me entiendes?
    – Mejor de lo que crees -contestó Sejer secamente.
    – Entonces ponte a pensar.
    Sejer se puso a pensar, pero sin dejar de comer. Al poco rato le llegó una imagen. Se quedó contemplándola.
    – ¿Y bien? -preguntó Friis.
    – Veo una playa del Pacífico -dijo Sejer -. Con agua de un azul intenso y una palmera solitaria. Y espumeantes olas blancas.
    Se calló.
    – ¿Y quién se acerca por la playa? -bromeó Friis.
    – Un oso blanco -admitió Sejer.
    – Exactamente. Te fuiste lo más lejos posible del Ártico para evitar la imagen. Pero ese maldito oso te siguió hasta el Pacífico, porque yo lo planté allí. De la misma manera tú has plantado a Poona Bai en el corazón de Gøran.
    – Si tienes dudas respecto a los métodos, al menos deberías acompañar a tus clientes durante los interrogatorios.
    – Tengo demasiados -se disculpó Friis.
    – Pronto llegará el vídeo -dijo Sejer -. Para entonces tendrás que jugar con otras cartas.

    Se fue a su despacho y se topó con Skarre. Sin mediar palabra, Skarre le alcanzó una pequeña nota. Sejer leyó:
    – «Joven de veintinueve años acuchillado en plena calle en Oslo. Murió más tarde como consecuencia de las lesiones». ¿En tu buzón? ¿Sin sello de correos?
    – Sí.
    Sejer le escrutó y dijo:
    – ¿Estás preocupado?
    Skarre se despeinó los rizos con una mano, nervioso.
    – Las ruedas de mi coche fueron rajadas con un cuchillo. En este caso también se utilizó un cuchillo. La persona en cuestión ha estado en mi portal. Me persigue. Quiere algo de mí. No lo entiendo.
    – ¿Y Linda Carling? ¿Has pensado en ella?
    – Sí, pero esto no es muy femenino. Ni tampoco lo es destrozar las ruedas a cuchilladas.
    – Tal vez ella no sea muy femenina.
    – No sé muy bien lo que es. Un día llamé a su madre. Está muy preocupada por su hija. Dice que la chica ha cambiado por completo. Ha dejado el instituto. Se viste diferente y se ha vuelto muy callada. Además, se mete un montón de analgésicos en el cuerpo. Frasco tras frasco. Y dijo algo muy extraño. Que la voz de Linda ha cambiado.
    – ¿Cómo dices?
    Sejer frunció las cejas.
    – ¿Te acuerdas de Linda? ¿Esa voz chillona, tan típica de las adolescentes?
    – ¿Sí?
    – La voz le ha cambiado. Es más grave.
    Sejer volvió a mirar el recorte.
    – ¿Me haces el favor de tener un poco de cuidado?
    Skarre suspiró.
    – Tiene dieciséis años. De acuerdo. Pero pienso en todas esas pastillas.
    – Se droga -explicó Sejer.
    – O tiene dolores -dijo Skarre -. Por ejemplo, después de un asalto.

    Linda cosía algo en una blusa blanca. Estaba sentada debajo de la lámpara, muy quieta, cosiendo con un esmero y una precisión que su madre nunca había visto en ella. Tampoco había visto la blusa.
    – ¿Es nueva? ¿De dónde has sacado el dinero?
    – La he comprado de segunda mano en Fretex. Cuarenta y cinco coronas.
    – No es muy propio de ti llevar blusas blancas.
    Linda ladeó la cabeza.
    – La he comprado para una ocasión especial.
    A la madre le gustó la respuesta. Pensó que tenía que ver con algún chico, lo cual, en el fondo, era verdad.
    – ¿Por qué cambias los botones?
    – Los botones dorados resultan muy cursis -dijo Linda -. Los marrones son más bonitos.
    – ¿Has oído las noticias hoy? -preguntó la madre.
    – No.
    – Habrá juicio contra Gøran, aunque se retractó de su confesión.
    – Ah, sí -dijo Linda.
    – Se celebrará dentro de tres meses. No concibo que pueda haber sido él.
    – Yo sí lo concibo -dijo Linda -. Al principio tenía mis dudas, pero ahora estoy segura.
    Siguió cosiendo. La madre se dio cuenta de que su hija estaba guapa. Más adulta. Más callada. Y, sin embargo, algo la preocupaba.
    – ¿Ya nunca ves a Karen?
    – No.
    – Es una pena, ¿no? Es una buena chica.
    – Sí -contestó Linda -. Pero muy ignorante.
    La madre se quedó perpleja.
    – Ignorante, ¿en qué sentido?
    Por fin Linda dejó la blusa.
    – No es más que una niña.
    Luego volvió a su costura. Reforzó el botón y fijó el hilo.
    – Es curioso lo de Gøran -dijo la madre, pensativa -. ¿Podrán juzgarlo solo por indicios? Según su abogado, no hay ninguna prueba contundente -añadió citando el periódico.
    – Un solo indicio no es mucho -admitió Linda -. Pero cuando hay muchos, cambian de carácter y se convierten en otra cosa.
    – ¿En qué cosa?
    Miró asombrada a su hija.
    – En exceso de probabilidad.
    – ¿De dónde sacas esas palabras?
    – De los periódicos -contestó Linda -. Tiene un coche como el que yo vi. Iba vestido como el hombre que yo vi. No encuentra la ropa que llevaba, ni tampoco el calzado. Es incapaz de explicar dónde estuvo, ha dicho varias mentiras con el fin de hacerse con una coartada, y todas han sido rechazadas. Tenía rasguños en la cara al día siguiente del asesinato. Llevaba en el coche algo que muy probablemente sea el arma homicida. Había restos de polvo de magnesio en la víctima, algo que seguramente procede de Adonis. Venía de estar con su novia, que había roto la relación. Y por fin, pero no por ello menos importante: confesó en un interrogatorio haberla matado. ¿Qué más puedes pedir?
    La madre movió confusa la cabeza.
    – Bueno. Dios mío, no lo sé.
    Miró de nuevo la blusa blanca.
    – ¿Cuándo vas a ponértela?
    – He quedado con alguien.
    – ¿Cuándo? ¿Esta tarde?
    – Antes o después.
    – Qué respuesta tan rara. -La madre volvió a sentir una extraña inquietud -. Estás muy rara últimamente. Perdona que te lo diga, pero no te entiendo. ¿Va todo bien?
    – Estoy muy satisfecha -contestó como una adulta.
    – Pero ¿y el instituto? ¿Qué vas a hacer?
    – Necesito un descanso.
    Parecía estar soñando. Levantó la prenda blanca hacia la luz. Se la imaginó roja y pegajosa con la sangre de Jacob. Quería guardarla para siempre como un tesoro de amor. De repente se echó a reír. Había mucha distancia entre el pensamiento y la acción, eso sí que lo entendía. Pero ese juego le gustaba. Le hacía sentirse viva. Cogería el autobús a la ciudad. Se escondería en el portal, con el cuchillo a la espalda. De repente vería entrar a Jacob. Sus rizos como oro a la luz de la farola. Y ella saldría de un salto en la oscuridad. La voz de él, llena de asombro. Sus últimas palabras: «Linda, ¿eres tú?».

24

    Sejer se detuvo en la entrada y escuchó. El perro dobló la esquina tambaleándose.
    – ¿Qué tal, chico?
    Se puso en cuclillas y rascó al perro detrás de las orejas. Kollberg había engordado un poco, y su piel había recuperado algo del brillo de viejos tiempos.
    – Ven -dijo -. He comprado hamburguesas. Pero primero hay que freírlas un poco.
    El perro se sentó a esperar junto a la cocina eléctrica, mientras Sejer sacaba una sartén y la mantequilla.
    – ¿Especias? -preguntó cortésmente -. ¿Sal y pimienta?
    – Bof -respondió el perro.
    – Hoy te daré cerveza de barril. La cerveza es muy nutritiva. Pero solo un vaso.
    El perro escuchaba, levantando sus orejas colgantes. La cocina se iba llenando de olor, y el perro empezó a babear.
    – Es curioso -dijo Sejer, mirando a Kollberg -. En otros tiempos habrías estado ya completamente enloquecido. Habrías estado saltando, bailando, ladrando y dando dentelladas al olor de las hamburguesas. Y ahora estás sentado y quieto. ¿Volverás a ser el mismo de antes? -se preguntó, dando la vuelta a las hamburguesas -. Bueno, no importa. Te acepto como eres.
    Luego apareció Jacob con una botella bajo el brazo. Estuvo mucho tiempo saludando a Kollberg. Sejer fue a por vasos y a por su propia botella de Famous Grouse. Se sentaron junto a la ventana y contemplaron la ciudad, que se estaba preparando lentamente para la noche. El perro descansaba a los pies de Sejer, satisfecho de comida y cerveza. Se oía un suave murmullo a través de las ventanas.
    – ¿No viene Sara? -preguntó Skarre.
    – No -contestó Sejer -. ¿Iba a venir?
    – Sí -dijo Skarre.
    Sejer bebió un sorbo de su whisky.
    – Está con su padre. El hombre está enfermo.
    – ¿Qué era lo que tenía? Se me ha olvidado.
    – Esclerosis múltiple -contestó Sejer -. Le han puesto un nuevo tratamiento de cortisona. Le cuesta. Se vuelve difícil.
    – Yo sé todo referente a padres difíciles -dijo Skarre -. Y el mío no por tomar cortisona. Lo que él tenía era adicción a la Santísima Trinidad.
    El comentario hizo que Sejer se quedara mirando al joven policía.
    Skarre se levantó y se puso a dar vueltas por el salón. Buscó entre los cientos de cedés, todos de mujeres.
    – ¿Los hombres no deben cantar, Konrad? -bromeó.
    – En mi casa no.
    Skarre sacó algo del bolsillo.
    – Felicidades, Konrad.
    Sejer cogió el cedé.
    – ¿A cuento de qué?
    – De que hoy cumples cincuenta y un años.
    Sejer estudió el cedé y le dio las gracias.
    – ¿Aprobado?
    – Judy Garland. ¡Ya lo creo!
    – A propósito de los regalos -dijo Skarre lentamente -. He vuelto a recibir saludos. Sin sello de correos. Alguien ha estado otra vez en mi portal.
    Sejer contempló un sobre amarillo, cerrado con un clip. Skarre vació su contenido sobre la mesa.
    – ¿Qué es? -preguntó Sejer curioso.
    – Botones -contestó Skarre -. Dos botones dorados en forma de corazón, atados con un hilo.
    Sejer los levantó a la luz de la lámpara.
    – Bonitos botones -dijo pensativo -, procedentes de una prenda cara. Tal vez una blusa.
    – Pues a mí no me gustan. No así, en la mesa, bajo la luz. Es como si tuvieran una especie de significado que desconozco.
    – Una petición de mano -apuntó Sejer -. Apuesto a que es cosa de Linda -sonrió -. No lo des demasiada importancia. La gente que llama o que envía cosas no suele actuar.
    Tenía una manera reposada de hablar que tranquilizaba a Skarre.
    – Tíralos -dijo bebiendo un largo sorbo de vino tinto.
    – ¿Estos botones tan bonitos? ¿Lo dices en serio?
    – Tíralos a la basura. No los quiero.
    Sejer fue a la cocina y abrió la puerta de un armario que luego volvió a cerrar, mientras se metía los botones en el bolsillo.
    – Los he tirado -mintió.
    – ¿Por qué Gøran tuvo que retractarse de su confesión? -preguntó Skarre -. Me irrita.
    – Gøran lucha por su vida -contestó Sejer -. Y está en su derecho. Este caso no habrá concluido hasta dentro de mucho tiempo.
    – ¿Se le ha comunicado a Jomann?
    – Sí. No dijo gran cosa. No es un hombre vengativo.
    Skarre sonrió al pensar en Gunder.
    – Jomann es un tío muy raro -dijo -. Simple como una paloma.
    Este comentario provocó una severa mirada de Sejer.
    – No pongas nunca un signo de igualdad entre elocuencia e inteligencia.
    – Pensé que habría cierta relación -murmuró Skarre.
    – En este caso no.
    Bebieron un rato en silencio. Skarre sacó, como de costumbre, una bolsa de gominolas. Eligió una amarilla y la mojó en el vino tinto. Sejer se estremeció. El whisky empezaba a hacerle efecto. Los hombros se le relajaron y su cuerpo entró en calor. La gominola de Skarre se volvió color naranja.
    – Tú solo ves la tragedia en todo esto.
    – ¿Hay algo más que ver?
    – Jomann ya es viudo. No es un mal estado social para un tipo como él. De alguna manera parece muy orgulloso de ella, aunque esté muerta. Vivirá de esto durante el resto de su vida, ¿no crees?
    Sejer le quitó la bolsa de las gominolas de la mano.
    – Tienes la glucosa muy alta -dijo con brusquedad.
    Volvió a hacerse el silencio. Los dos hombres levantaron alternativamente sus vasos.
    – ¿En qué estás pensando? -preguntó por fin Skarre.
    – Pienso en todos esos sucesos independientes entre ellos -dijo Sejer – que juntos dan lugar a que ocurran cosas tan horribles como esta.
    Skarre llenó el vaso y escuchó.
    – ¿Por qué murió Poona? Porque Gøran la mató a golpes. Pero también porque Marie Jomann era una malísima conductora. Tuvo un accidente y por eso Jomann no pudo ir a recoger a Poona. También murió porque Kalle Moe no la encontró en el aeropuerto, porque Ulla rompió con Gøran, porque Lillian dijo que no. Son muchas cosas. Y muchas casualidades las que abren el camino a la maldad.
    – Estoy pensando en Anders Kolding -dijo Skarre.
    – Huyó presa del pánico y se refugió en casa de su hermana. Pero no por el homicidio. Huyó de un crío que no paraba de chillar y de un matrimonio para el que seguramente no estaba preparado.
    – Torill dijo que fue hacia la izquierda.
    – Todo el mundo puede equivocarse.
    – Einar tenía su maleta.
    – Ese hombre es un cobarde -opinó Sejer.
    – No me fío de Lillian Sunde.
    Jacob miró fijamente a los ojos de su jefe.
    – Creo que está mintiendo.
    – Seguro. Pero no sobre esa noche.
    Skarre agachó la cabeza y se miró las rodillas. Luego se armó de todo el valor que poseía.
    – Para decir la verdad, no estoy seguro de lo que creo. Tal vez Gøran sea inocente. ¿Te han contado lo de la carta que recibió Holthemann?
    – Sí, sí, lo he oído. Una carta anónima con letra de periódico: «Tienen al hombre equivocado». También he oído algo de una mujer que llamó diciendo que era vidente.
    – Ella dijo lo mismo. Que no fue él -señaló Skarre.
    – Exactamente. Y si el agente de guardia hubiese sido más espabilado, se habría quedado con su nombre y teléfono.
    – Tú no colaborarías con una vidente, ¿no?
    – No con sus premisas. A lo mejor ni siquiera es vidente, pero puede que sepa algo importante sobre el asesinato. Soot opinó que no era seria. Le eché un buen rapapolvo -dijo en voz baja.
    – Ya lo creo -dijo Skarre con una risa -. Se te oía hasta en la cantina.
    – Hasta mi anciana madre me amonestó por ello -dijo Sejer con tristeza.
    – Pero si está muerta.
    – Precisamente. Eso indica lo mucho que grité. Ya he pedido perdón a Soot.
    – ¿Y Elise? -preguntó Skarre -. ¿También ella te dijo algo?
    Se hizo el silencio en el salón de Sejer.
    – Elise nunca grita -dijo en voz alta.
    Ya era muy tarde cuando Skarre se levantó y fue a por su chaqueta. El perro lo siguió para despedirse sobre sus débiles patas, que se iban fortaleciendo poco a poco. Mientras los dos hombres charlaban en la entrada, sonó el timbre y ambos se sobresaltaron. Sejer miró extrañado el reloj. Era casi medianoche. Fuera había una mujer. La miró fijamente unos instantes antes de reconocerla.
    – Siento venir tan tarde -dijo muy seria -. Me iré enseguida. Tengo algo importante que decir.
    Sejer apretó el picaporte. La mujer que tenía frente a él era la madre de Gøran.
    – ¿Tiene usted hijos? -preguntó la mujer, mirándolo fijamente.
    Le temblaba la voz. El hombre vio su pecho subir y bajar debajo del abrigo. Estaba muy pálida.
    – Sí -contestó Sejer.
    – No sé hasta qué punto los conoce -dijo -, pero yo conozco muy bien a Gøran. Lo conozco como a mí misma. Él no hizo eso.
    Sejer bajó la vista hasta las botas marrones de la mujer.
    – Yo lo habría sabido -dijo ella en voz baja -. Fue el perro el que lo arañó. Nadie quiere creerlo. Pero yo estuve observándolos aquella noche. Estaba junto a la ventana fregando los cacharros cuando él atravesó la verja. Llevaba la bolsa del gimnasio, y cuando vio al perro la soltó y se puso a jugar con él. Quiere mucho a ese animal y jugaron salvajemente, rodando por el suelo y gritando como chiquillos. Cuando entró, estaba lleno de arañazos y sangrando. Luego se metió en la ducha y se puso a cantar.
    Se hizo el silencio. Sejer escuchaba.
    – Esa es la verdad, que Dios me ampare -dijo la mujer -. Quería venir y contárselo.
    Dio media vuelta y desapareció escaleras abajo. Sejer se quedó unos instantes en la entrada, reponiéndose. Luego cerró la puerta. Skarre lo miró.
    – ¿Cantó en la ducha?
    Sus palabras quedaron suspendidas en la entrada. Sejer volvió al salón y miró por la ventana. Vio a Helga Seter cuando cruzaba el aparcamiento delante de los bloques.
    – ¿Puede uno cantar en la ducha después de hacer algo así? -repitió Skarre.
    – Claro que sí. Aunque tal vez no de alegría.
    Se hizo un largo silencio. Skarre estaba dándole vueltas a algo.
    – ¿En qué estás pensando? -preguntó Sejer lentamente.
    – En muchas cosas. En Linda Carling y en quién es ella. En qué vio realmente. En Gøran Seter. Que está en manos de esa gente tan de poco fiar.
    – Tú lo que quieres es que al final todo encaje -dijo Sejer -. Para que se convierta en una imagen completa. Porque los seres humanos somos así. Pero la realidad no. El que algunas piezas no encajen no significa que Gøran sea inocente.
    Volvió a darle la espalda.
    – Pero resulta tremendamente irritante, ¿verdad?
    Skarre no se daba por vencido.
    – Sí -admitió Sejer -. Resulta tremendamente irritante.
    – Voy a confesarte algo -dijo Skarre -. Si formara parte del jurado cuando se celebrase el juicio, no me atrevería a juzgarlo culpable.
    – No formarás parte del jurado -aseguró Sejer.
    Respiró hacia el cristal de la ventana.
    – Y por supuesto que Gøran es el mejor hijo de su madre. Es su único hijo.
    – ¿Qué crees tú entonces? -preguntó Skarre, todavía vacilante.
    Sejer suspiró profundamente y se volvió de nuevo.
    – Creo que Gøran estuvo conduciendo su coche después del asesinato sumido en una gran aflicción. Ya había tirado un juego de ropa, y la que se había puesto luego también estaba manchada de sangre. Tuvo que entrar en casa. Tal vez su madre lo viera desde la ventana. La ropa ensangrentada necesitaba una explicación. De manera que se lanzó sobre el perro, y así pudo explicar tanto las heridas como la sangre.
    De repente se echó a reír por lo bajo.
    – ¿Qué tiene tanta gracia? -preguntó Skarre.
    – Estoy pensando en algo. ¿Sabías que una serpiente cascabel es capaz de morder mucho rato después de que le hayan cortado la cabeza?
    Skarre miró extrañado las anchas espaldas junto a la ventana.
    – ¿Quieres que te pida un taxi? -dijo Sejer sin volverse.
    – No, me voy andando.
    – Está lejos -objetó Sejer -. Y ese portal tuyo está muy oscuro, coño.
    – Hace un tiempo estupendo. Necesito un poco de aire.
    – ¿De manera que no estás preocupado?
    La pregunta fue seguida de una sonrisa, pero algo de seriedad había en ella.
    Skarre evitó responder. Se marchó y Sejer se quedó de pie junto a la ventana. Botones dorados, pensó, sacándoselos del bolsillo de la camisa. Ruedas rajadas. Recorte de periódico sobre un joven desangrándose en la calle. ¿Qué significaba todo eso? Jacob apareció a la luz de la farola. Andaba con pasos largos y audaces por entre los bloques para salir luego a la calle principal. Enseguida fue devorado por la oscuridad.

    En el bar de Einar había dos hombres sentados, mirándose fijamente. Ya había pasado la hora de cerrar y todos los demás se habían marchado. La cara de Mode estaba tranquila y una mano firme agarraba el vaso. Einar fumaba cigarrillos liados por él. En la radio sonaba una música suave. Einar había adelgazado. Trabajaba más y comía menos ahora que estaba solo. Mode estaba como siempre. En realidad, tan comedido que no era normal, pensaba Einar, mirándolo de reojo. Tan inalterable. Ya había cerrado la gasolinera. Por la ventana se veía la concha amarilla de Shell brillar en la oscuridad.
    – ¿Por qué no hablaron contigo? -preguntó Einar desconfiado.
    – Claro que hablaron conmigo.
    Einar dio una calada al cigarrillo.
    – Pero nunca comprobaron tu coartada, ni nada de eso.
    – No tenían ninguna razón para hacerlo.
    – Pero a todos los demás nos investigaron a fondo. A mí. A Frank. Por no hablar de Gøran.
    – Tú tenías la maleta -dijo Mode en voz baja -. No es de extrañar que te interrogaran.
    – Pero tú tuviste que volver en tu coche de la bolera más o menos a la misma hora.
    – ¿Tú qué sabes? -preguntó Mode.
    – He hablado con la gente. Hay que hacerlo si se quiere estar al día. Tommy dijo que te marchaste a las ocho y media.
    – Ah -dijo Mode con una bonita sonrisa -. Así que estás comprobando las coartadas de la gente. Gøran ya ha confesado. ¿De qué sirve entonces?
    – Pero luego se retractó. Imagínate que no lo condenan.
    – En ese caso nos quedaremos para siempre con este asesinato y seguiremos mirándonos mal los unos a los otros.
    – ¿Tú crees? -dijo Mode, y dio un trago de cerveza. Era un hombre muy comedido.
    – Sinceramente -contestó Einar, mirándolo -. ¿Tú crees que Gøran es culpable?
    – Ni idea -contestó Mode.
    – ¿La gente habla de mí? -preguntó Einar -. ¿Has oído algo?
    – Comentarios no faltan. Pero no les hagas ni puñetero caso. Gøran está en chirona. Nosotros tenemos que seguir nuestra vida.
    Einar apagó el cigarrillo en el cenicero.
    – Hay demasiadas cosas que no encajan -dijo -. En el periódico pone que tiró la ropa y las pesas al lago Norevann. Pero no las han encontrado.
    – Es imposible encontrar algo en ese fango -dijo Mode.
    – Y además surgieron problemas durante la reconstrucción. Seguro que la poli lo estuvo corrigiendo desde el principio para sacarle lo que necesitaban. Es lo que hacen siempre.
    – No debe de ser fácil recordar los detalles cuando has andado por una niebla de sangre -dijo Mode.
    – ¿Así que sabes de lo que se trataba? ¿Niebla de sangre?
    Mode seguía a lo suyo.
    – Imagínate ir por ahí con pesas en el coche -dijo -. Supongo que le entra el mono cuando no las tiene cerca. Eso dice bastante.
    – La gente lleva muchas cosas en el coche -dijo Einar, escrutando la cara del otro -. Tú vas a todas partes con tu bola. Por cierto, ¿cuánto pesa?
    – Diez kilos -contestó Mode con una sonrisa.
    – Y te gustan las mujeres exóticas -dijo Einar en plan provocador.
    – Ah, ¿sí?
    – Saliste con la mayor de los Thuan.
    – Tuvimos una pequeña historia. No me arrepiento. Ellas son diferentes.
    De nuevo se hizo el silencio. Miraron hacia la negra ventana, pero solo se toparon con sus propios rostros. Apartaron la mirada.

    Gunder fue al hospital como de costumbre. Reunió fuerzas para decir algunas palabras.
    – Hola, Marie. Por fin se va a celebrar el juicio. Si lo condenan, tendrá que pasar muchos años en la cárcel. Gøran y su abogado recurrirán la sentencia. Dirán que es demasiado severa porque él es muy joven. Yo opino que seguirá siendo joven cuando salga. Un hombre en la treintena tiene toda la vida por delante. No así Poona. Ya no pareces tú, Marie -prosiguió con pesar -. Pero te reconozco por la nariz. Parece más grande que de costumbre. ¡Cuánto tiempo llevas así! No puedo concebirlo. ¿Ha venido Karsten hoy? Lo prometió. Me resulta muy distante. Tal vez a ti también. No estaba nunca en casa, ¿verdad?
    Silencio. Escuchó la débil respiración de su hermana. La luz cegadora del techo la hacía parecer más mayor.
    – No tengo nada más que decir -prosiguió Gunder con tristeza -. Llevo mucho tiempo hablando. -Agachó la cabeza y fijó la mirada en el elevador de la cama, un pedal junto al suelo. Le dio unas cuantas patadas -. Mañana me traeré un libro. Así podré leerte en voz alta. Será agradable hablar de algo que no sea yo mismo. ¿Qué libro prefieres? Buscaré en la estantería. Puedo leerte Todos los pueblos del mundo, y podremos viajar tú y yo por el mundo entero. A África y a la India.
    Notó que se le escapaba una lágrima y se la secó con un nudillo. Levantó la cabeza y miró a su hermana a través de un velo de lágrimas. De repente estaba mirando un ojo despierto. Por la habitación pasó como un murmullo cuando vio la oscura mirada. Ella lo miraba desde un lugar muy lejano, con los ojos llenos de asombro.

    Más tarde, cuando los ánimos se serenaron y el médico había examinado a Marie, ella volvió a desaparecer. Gunder no estaba seguro de si lo reconocía. Probablemente se despertaría y volvería a desaparecer varias veces antes de que se despejara del todo. Salió a llamar a Karsten. Notó un atisbo de pánico en la voz de su cuñado. Luego fue a la tumba de Poona y se ocupó de una robusta erica que aguantaba todo, tanto el hielo como el calor. Cavó la fría tierra con las manos y acarició ese pequeño lugar que era de ella. Tocó la cruz de madera y las letras que formaban su precioso nombre. Cuando intentó levantarse de nuevo, no era capaz. El cuerpo se le había quedado rígido, no podía mover los brazos ni las piernas, ni tampoco levantar la cabeza. Al cabo de un rato se quedó frío y aún más rígido. Empezaron a dolerle la espalda y las rodillas. Su cabeza estaba vacía, ningún pesar, ningún miedo, solo un estremecedor vacío. Podría seguir así hasta la llegada de la primavera. No había nada por qué levantarse. Pronto el hielo y la nieve cubrirían todo con una fría capa. Gunder era una escultura helada en cuclillas, con sus manos blancas enterradas en la tierra. Una sombra entró en su campo de visión. El párroco Berg se detuvo junto a él.
    – Jomann -dijo -. Se va a enfriar si se queda ahí sentado.
    Lo dijo con mucha tranquilidad, como suelen hacer los pastores, pensó Gunder. Pero no se movió.
    – Entre conmigo al calor -dijo Berg.
    Gunder intentó levantar el cuerpo, pero este no le obedeció.
    Berg no era grande, pero agarró el brazo de Gunder y lo ayudó, dándole torpes golpecitos en el hombro. Luego lo empujó cuidadosamente delante de él hacia la parroquia. Entraron, y Berg lo colocó en un sillón. La chimenea estaba encendida. Gunder se derritió muy despacio.
    – ¿Qué he hecho? -dijo Gunder a punto de llorar.
    Berg lo miró con serenidad. Gunder respiraba con dificultad.
    – Traje a Poona directamente a la muerte -sollozó -. Y la he metido en esa tierra fría a pesar de que es hindú y debería estar en otro lugar. Entre sus propios dioses.
    – Pero ella quiso venir aquí con usted -dijo Berg.
    Gunder se tapó la cara con las manos.
    – ¡Y yo que quería ofrecerle lo mejor…!
    – Creo que eso es justo lo que ha hecho -dijo Berg -. Le ofreció un bello lugar. Si la hubiera enviado con su hermano, tal vez se habría arrepentido luego. Tuvo que elegir entre dos soluciones desesperadas. A veces nos vemos obligados a ello. A usted nadie puede reprocharle nada.
    Gunder dejó que las palabras se posaran dentro de él. Luego levantó la cabeza y miró al párroco.
    – Me pregunto por qué Dios hizo esto -dijo en voz baja. Por un instante apareció en su rostro una expresión de rabia.
    Berg miró por la ventana las copas de los árboles del jardín. Las hojas caían lentamente al suelo.
    – Yo también me lo pregunto -dijo en voz baja.
    Tras unos instantes, Gunder recapacitó y dijo de repente:
    – En la India los niños juegan al fútbol entre las tumbas. Parecía agradable, algo muy natural.
    Berg tuvo que sonreír.
    – Estaría muy bien. Pero yo no decido esas cosas.
    Gunder se fue a su casa. Se quedó unos instantes al pie de la escalera. Por fin se decidió, subió lentamente y sacó la ropa de Poona, que estaba metida en una caja. Despacio y con devoción fue sacando una a una las prendas, para luego colgarlas en el armario del dormitorio, que enseguida parecía otro, ya que antes estaba lleno de trajes grises y negros. Dejó los zapatos de la mujer en el suelo. Llevó sus objetos de aseo al baño de abajo. Colocó el cepillo del pelo debajo del espejo y un pequeño frasco de perfume al lado de su propia colonia para después del afeitado. Luego se sentó junto a la ventana de la cocina y miró al jardín. Se había nublado, todo estaba gris. Gunder había colgado un cuenco con comida para los pájaros delante de la ventana. De vez en cuando, alguno que otro se posaba en él. Los pensamientos le zumbaban en la cabeza. ¿Cómo habría sido la vida con Poona? ¿Le hacía a ella tanta ilusión como a él? ¿O para ella era solo un hombre acomodado y una llave a un futuro confortable, como había dicho su hermana Marie? Ahora jamás sabría si lo que habían hecho fue importante para ella, si habría sido una esposa cariñosa, una fiel compañera para toda la vida, o si solo estaba feliz por huir de la pobreza de Mumbai. ¿Cómo podría saberlo con seguridad? El futuro de Gunder, ese futuro que le costaba visualizar, constaría de suposiciones y sueños. Sería como él había esperado y soñado que fuera. No le había dicho que la quería. No se había atrevido. Ahora se arrepentía amargamente. Debería haberlo gritado desde la montaña más alta para que todo el mundo lo oyera. ¡Amada, mi amada Poona!
    ¿Qué es el amor?, pensó desesperado. Nada más que un ardiente deseo.
    Dejó reposar la cabeza sobre los brazos y jadeó, abrumado por tanto malestar. ¿Qué pensaría Poona al no verlo en el aeropuerto? ¿Quién era ahora Marie? ¿Qué necesidades tendría?

    Gunder levantó la cabeza y descubrió al cartero, que llegó en su coche verde y se detuvo delante del buzón. Cuando el vehículo estuvo otra vez fuera de su campo de visión, Gunder bajó lentamente hasta la calle. Una carta dirigida a él dentro de un sobre grande. Entró en la cocina y la abrió. Era la carta de Poona a su hermano. La carta original, en indio, y una traducción para él. Sejer le enviaba un saludo. Fue a buscar las gafas, se las puso y se esforzó por dejar las manos quietas. Luego empezó a leer. Estaba clareando. Una nube desaparecía lentamente revelando un resplandeciente sol de octubre. La hierba centelleaba. En la pequeña piscina para los pájaros había una fina capa de hielo. Un pájaro carpintero se posó junto a la ventana, metió el pico en la comida para pájaros y se puso a picotear grasa y simientes a gran velocidad. Un macho, pensó Gunder. La parte posterior de la cabeza brillaba como la sangre al sol. Leyó despacio la carta. Todo se calmó dentro de él.

    Querido hermano Shiraz:
    Hace mucho que no nos vemos. Te escribo por un asunto importante. Y tendrás que perdonarme por no haberte tenido en cuenta.
    Soy una mujer casada. Ocurrió ayer. Él es un hombre honrado, cariñoso y decente. Me lleva en brazos, como se lleva a un niño al que se quiere ayudar y proteger. Se llama Gunder Jomann.
    El señor Jomann es grande, fuerte y guapo. Ciertamente, no tiene mucho pelo y no es muy rápido, ni cuando actúa ni cuando piensa. Pero mide cada paso que da y cada uno de sus pensamientos es entrañable. Tiene casa y trabajo en el país donde vive. Con jardín, árboles frutales y todo eso. Hace frío allí, dice, pero no me asusta. Un aura de luz y calor lo rodea. Quiero estar siempre con él. Tampoco me da miedo lo que tú puedas opinar, querido hermano, porque deseo esto más que ninguna otra cosa. Voy a viajar a su país y a vivir en su casa. Para el resto de mi vida. No anda sobre la tierra ningún hombre mejor que Gunder Jomann. Sus manos son grandes y abiertas; sus ojos, azules como el cielo. Su cuerpo fuerte y ancho irradia una tranquila fuerza. Yo lo sé, lo he visto y lo he sentido. La vida con él será buena. ¡Alégrate conmigo!
    ¡Sé tan feliz como yo por todo lo que ha ocurrido!

    Tu hermana Poona

Karin Fossum

    Karin Fossum, nacida en 1954 en Sandefjord, Noruega, es una de las autoras más consolidadas de la nueva narrativa policíaca escandinava. Su estilo se centra en la introspección y las motivaciones psicológicas de los personajes que protagonizan las historias criminales. Tras su debut con El ojo de Eva, Karin Fossum ha merecido lo más granado de los premios literarios escandinavos: los premios Riverton y La Llave de Cristal a la mejor novela policíaca por No mires atrás, y el premio de los libreros noruegos por ¿Quién teme al lobo?

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