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Anghara

Anghara


    No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni el registro en un sistema informático, ni la transmisión bajo cualquier forma o a través de cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación o por otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.
    Diseño de cubierta: Víctor Viano Ilustración de cubierta: Horacio Elena Título original: Aisling (Book 8 ofÍndigo)
    © 1993 by Louise Cooper
    © Grupo Editorial Ceac, S. A., 1994
    Para la presente versión y edición en lengua castellana
    Timun Mas es marca registrada por Grupo Editorial Ceac, S. A
    ISBN: 84-7722-415-3 (Obra completa)
    ISBN: 84-7722-522-2 (Libro 8)
    Depósito legal: B. 11. 165-1994 Hurope, S. L.
    Impreso en España - Printedin Spain
    Grupo Editorial Ceac, S. A. Perú, 164 - 08020 Barcelona
    «Las cosas y las acciones son lo que son, y sus consecuencias serán lo que deban ser: ¿para qué, entonces,
    desear que nos engañen?» Obispo Joseph Butler (1692-1752)
    A Sophie Mounier, que ha conseguido dar vida a mis personajes
    con sus dibujos
    de la misma forma en que yo lo he intentado con la palabra
    escrita.

PRÓLOGO


    Los grandes cargueros del continente oriental se han ganado, y con justicia, el título de monarcas de los mares. Capitaneados por los mejores patrones, que pueden elegir a su gusto entre la flor y nata de los marineros del mundo, transportan sus cargas de norte a sur y de este a oeste, y su reputación en todos los puertos lo bastante grandes para aceptar su gran calado no tiene parangón.
    El Buena Esperanza se encuentra entre los mejores de tales decanos, y es bien conocido en Ranna, el más importante de los puertos marítimos de las Islas Meridionales. Pero, en este último viaje a las islas, el Buena Esperanza transporta sin saberlo a un marinero excepcional entre su tripulación, alguien para quien el destino de la nave es de una importancia vital y desesperada.
    Durante cincuenta años la muchacha ha vagado por el mundo, inalterable, sin envejecer, inmortal. Al abandonar su país de origen su nombre era otro y más agradable, pero ahora se la conoce sólo como índigo; palabra que, en la tierra que la vio nacer, designa el color del luto.
    Índigo ha conocido mucho dolor y aflicción durante su larga estancia en el mundo, aunque durante este vagabundeo también ha tenido muchas experiencias y aprendido muchas Lecciones que han transformado su vida. Ha conocido el amor y el odio, la amistad y la enemistad, la felicidad y el dolor; y el experimentarlos le ha servido para enfrentarse y reconciliarse con muchos aspectos de su propio yo.
    Índigo ha derrotado a seis demonios; demonios que procedían del interior de su espíritu, cada uno de los cuales se ha reflejado en las tierras y las gentes que ha conocido. Pero en estos momentos está dejando atrás el recuerdo de esas tierras, ya que la única esperanza, que la ha impulsado siempre adelante, que ha inspirado cada una de sus misiones y cada una de sus pruebas, se encuentra finalmente a su alcance. Durante cincuenta años se ha aferrado a la seguridad de que su gran amor, Fenran, seguía con vida... y por fin sabe dónde lo encontrará.
    Índigo regresa a casa. Regresa al país del que fue exiliada, al reino de su propio padre. Otra familia real gobierna ahora desde el trono de Carn Caille, y no queda nadie que pueda recordar a la joven y temeraria princesa que acarreó tal desgracia a su hogar. O casi nadie... pues en estas islas, en la árida tundra que separa los exuberantes pastos verdes de la helada inmensidad del desierto polar, índigo sabe que Fenran espera. Espera a que ella lo libere de medio siglo de existencia en el limbo, para volver a vivir, para volver a amar. Este es el viaje definitivo, y la conduce hasta aquello que más anhela su corazón.
    Ha derrotado a seis demonios... pero los demonios eran siete. Todavía queda uno. Y en su impaciencia, en su alegría ante la reunión que la aguarda, a lo mejor ha olvidado que aquello que pueda encontrar fuera de sí misma, también debe buscarlo en su interior....

CAPÍTULO 1


    —De modo que ahora lo ves. —El fornido marinero scorvio movió el brazo en un gesto que abarcaba todo el cielo oriental, y su agradable rostro curtido por el sol se arrugó en una mueca de satisfacción—. Nubes altas que pasan a toda velocidad, como colas de caballo, con las otras nubes grandes detrás... ¿cómo dices que las llaman en tu idioma?
    La mujer que se encontraba junto a él ante la barandilla del barco le devolvió la sonrisa.
    —Cúmulos.
    —Cúmulos. Sí. Uno de estos días lo recordaré. —Le dio una palmada amistosa en el hombro que la hizo tambalearse hacia atrás—. Bueno, sea como sea, lo ves. Colas de caballo arriba, cúmulos abajo, y todas moviéndose contra el viento. Eso quiere decir que ahí está. Gran tormenta, vendaval, lluvia, todo. —Su sonrisa se ensanchó como si disfrutara vivamente con la perspectiva—. Te apuesto algo, ¿eh? ¿Cuánto tardará el patrón en correr bajo cubierta y gritarnos que aseguremos las escotillas y nos ocupemos de que las escotas estén bien sujetas? Apuesto veinte karns. ¿Eh? ¿Aceptas mi dinero?
    La muchacha contempló el mar. Las condiciones de navegación resultaban idílicas; una buena corriente, un viento uniforme que los empujaba en dirección sudeste hacia su destino situado ahora ya a sólo un día de viaje. Para un marinero de agua dulce la situación habría resultado inequívocamente simple, pero los marinos experimentados sabían por amarga experiencia que tales condiciones acostumbraban durar poco, y reconocían las señales que indicaban problemas a la vista. Años atrás —muy atrás en el tiempo, aunque eso era algo de lo que jamás hablaba con ningún ser viviente excepto uno— también ella habría reconocido al punto las señales, tal y como lo había hecho su compañero. Pero el tiempo había erosionado los recuerdos y las viejas enseñanzas. Habían sucedido demasiadas cosas en el intervalo, y ahora no podía hacer más que confiar en los conocimientos del scorvio.
    Una sombra le nubló los ojos, pero pasó demasiado veloz para que él lo advirtiera antes de que ella contestara con una carcajada.
    —Ya me has ganado demasiados karns durante este viaje, Vinar. Acepto tu palabra. —Arrugó la frente—. ¿Llegaremos a salvo al puerto?
    Vinar era marino desde que había cumplido los diez años; un eterno filibustero pero no obstante nacido para el mar y perteneciente a esa raza apreciada por todos los patrones de barco, a quienes entregaba su temporal pero sincera lealtad. Había visto lo mejor y lo peor con lo que el mar ponía a prueba a sus siervos, y no tomarlo en serio era un concepto ajeno a su naturaleza.
    —No lo sé —respondió—. Habrá problemas, eso es seguro. A lo mejor tendremos que hacer escala en alguna bahía pequeña, no en el puerto de Ranna como está planeado, o a lo mejor la dejaremos atrás y atracaremos sin problemas antes de que se presente lo peor. Si pasamos el cabo Amberland antes de que descargue, no habrá problema. Si no... —Se encogió de hombros—. Entonces estaremos en las manos de la Madre del Mar, y será ella quien juzgue si estamos preparados para salir con bien. Al menos en este viaje llevamos un barco lo bastante grande como para resistir casi todo
    tipo de temporales.
    Era cierto. El Buena Esperanza, junto con sus naves hermanas Buen Animo, Buena Voluntad y Buen Humor, era uno de los cargueros de mayor tamaño que recorría las rutas comerciales de los océanos terrestres. Su puerto de origen era Huon Parita, en las costas del continente oriental, pero no podían existir muchos puertos de aguas profundas en este mundo que no lo hubieran albergado en alguna ocasión. La nave, con su inmenso casco parecido al hocico de un toro y los cuatro altísimos mástiles que sostenían sencillas velas de color marrón, resultaba más funcional que hermosa —no se parecía en absoluto a los elegantes navíos para pasajeros de Khimiz o Davakos— y estaba sucia de proa a popa a causa de los muchos años que llevaba transportando todos los cargamentos imaginables, desde ganado hasta madera pasando por mineral de hierro. Pero, como su nombre indicaba, se trataba de una buena nave, resistente y segura, por la que toda la tripulación sentía un gran afecto.
    Vinar volvía a estar apoyado sobre la barandilla, contemplando el banco de nubes que se formaba poco a poco y pensando en sus cosas. La mujer observó su rostro de reojo y sintió un ligero malestar interior. Conocía esa expresión; sabía lo que significaba. El hombre se estaba armando de valor; intentaba encontrar una forma de efectuar la pregunta que había tratado de hacer, y que ella había esquivado en tantas ocasiones anteriores.
    Lo escuchó aspirar con fuerza de repente y luego romper el silencio.
    —Índigo, escucha. Tengo algo que decir. Algo sobre mí y sobre ti.
    —Vinar, no creo...
    No la dejó terminar.
    —No, yo creo, y lo voy a decir. Estamos a menos de un día de distancia de las Islas Meridionales, y cuando atraquemos en Ranna tú estarás en casa, por primera vez en... ¿cuántos años?
    —Suficientes. —No quiso mirarlo a los ojos.
    —Muy bien; a lo mejor lo has olvidado o no quieres decírmelo. No importa. Bien; llegas a tu hogar, y lo primero que querrás hacer es ver a tu familia. Tienes familia aquí, lo sé.
    —Sí. —Había dicho esa mentira tantas veces que ahora le salía con toda facilidad.
    —Exacto. Bueno, yo no sé quién es el cabeza de familia, si tu padre, tu abuelo, un hermano..., pero quiero conocerlo. Y, cuando lo haga, le diré que quiero casarme contigo, y a ver qué dice. —Le dirigió una mirada triunfal—. Ya está. ¿Que te parece eso?
    —Oh, Vinar...
    Había intentado muchas veces hacérselo comprender sin emplear palabras crueles, pero debería haber sabido que eran imprescindibles. Eran compañeros de navegación desde hacía tres meses; tiempo suficiente, aun en un navío del tamaño del Buena Esperanza, para conocerse bien el uno al otro. Eran amigos, buenos amigos; pero para Vinar aquello se había convertido en algo más. A pesar de su aspecto rudo y sus insolentes modales scorvios él era un idealista, un romántico incluso. No perseguía a las prostitutas de los muelles que ofrecían sus encantos en los embarcaderos de todos los puertos de escala; durante la mayor parte de sus treinta y cinco años de vida las únicas mujeres para él habían sido su madre y sus dos hermanas, y hasta que murieron sus padres y sus hermanas se casaron y se trasladaron a los barrios de sus maridos a él no le había importado permanecer soltero. Todo esto se lo había contado a Índigo en pequeñas dosis, a medida que iba desapareciendo su timidez, cuando coincidían en la misma guardia nocturna y conseguía apartarla de los otros miembros de la tripulación que querían que les cantase o tocase el arpa. Ahora que la conocía mejor —o así lo creía— y le había confiado sus secretos, Vinar estaba enamorado profundamente enamorado. Y lo peor de todo era que Índigo no tenía la menor duda de que sus sentimientos eran sinceros.
    La joven había intentado, con toda dulzura, disuadirlo. Pero, además de ser un idealista y un romántico, Vinar era también un hombre muy tozudo y optimista. Aceptaba sus corteses negativas y no intentaba coaccionarla, pero las palabras de la muchacha se deslizaban sobre sus hombros como una ola que barriera la cubierta del barco; una molestia momentánea a la que no había que prestar demasiada atención. Un día ella cambiaría de idea. Lo creía tan firmemente y con tanta sencillez como creía en la poderosa Madre del Mar, y según lo veía él, todo lo que se necesitaba para ganarse a Índigo era mucha paciencia.
    Para cualquier otra mujer que se encontrara en la situación de Índigo, lo que Vinar tenía que ofrecer habría sido difícil de rechazar. Era cariñoso, honrado, inteligente, leal y —una ventaja extra— incluso apuesto, muy alto, recio y con una espesa melena de cabellos rubios. Como marinero independiente ganaba mucho más que un marinero cualquiera; su nombre y reputación eran bien conocidos, y los capitanes inteligentes pagaban muy por encima de las tarifas habituales para tenerlo en sus viajes. Poseía casa propia en Scorva, con tierras de labranza suficientes para poder vivir desahogadamente cuando dejara la mar. Como esposo, proveedor y padre potencial de muchos hijos no se le podía objetar nada.
    Y quería a la única mujer que no podía responder a todo lo que él tenía que dar, que era incapaz de hacerlo.
    —Escucha. —La viva imaginación de Vinar empezaba a hacerse con el control, y él empezó a entusiasmarse con el tema—. Voy a hacerlo todo como es debido, igual que hacemos en Scorva. ¡Nada a escondidas, no yo! Hablaré con tu padre, abuelo, quien sea, y le pediré permiso. —Le dirigió una sonrisa de oreja a oreja—. Luego tú me das tu respuesta, ¿eh?
    Era eso lo que él creía; ¿que lo rechazaba porque no tenía aún el permiso del cabeza de familia? Pese a su desconcierto, Índigo sonrió.
    —No es así en las Islas Meridionales. A lo mejor Scorva es diferente, pero... en mi país una mujer elige por sí misma cuando llega a la mayoría de edad. O al menos...
    La recorrió un estremecimiento y se mordió los labios. Había estado a punto de decir: «O al menos así era como se hacía». Pero no podía revelar ese secreto. A lo mejor las cosas habían cambiado en las Islas Meridionales. Vinar lo sabría mejor que ella, ya que había visitado su país muchas veces desde que había empezado a navegar, mientras que ella no había pisado aquella tierra tan entrañable desde hacía cincuenta años...
    Vinar no había observado su repentina expresión contrariada, y de todos modos se
    mostraba impávido.
    —No importa —dijo—. Soy scorvio; hago las cosas a la manera scorvia. Sólo lo que es justo y correcto. Conseguiré aprobación del jefe de tu familia, conseguiré gustarle. — Le dedicó de nuevo su contagiosa sonrisa ingenua—. Puedo hacerlo. Luego también te gustaré a ti, más que ahora. Y entonces... —Chasqueó los dedos, y rió entre dientes de buena gana—. Cambiarás de forma de pensar. No me rindo fácilmente... ¡Esperaré, y un día no muy lejano cambiarás de idea!
    Un discordante estruendo metálico procedente de la popa los sobresaltó mientras Índigo intentaba desesperadamente encontrar una respuesta. Vinar levantó la cabeza con rapidez, y sus pálidos ojos azules se iluminaron.
    —¡Oye, ése es el gong de la cocina! —Extendió la mano y la cogió del brazo—. Vamos. Todos los alcatraces y pájaros bobos se reunirán allí en un momento. ¡Lleguemos antes para obtener los mejores bocados!
    La tripulación diurna empezaba ya a converger en la escotilla de la cocina, de la que surgía un aroma apetitoso que rivalizaba con los olores de alquitrán, lona, madera seca y agua salada. Resultaba un grupo variopinto: rubios habitantes del continente oriental con sus aguileñas facciones; menudos y jactanciosos hombres y mujeres davakotianos con los cabellos cortados casi al ras y piedras preciosas incrustadas en las mejillas; hombres de piel oscura procedentes de las Islas de las Piedras Preciosas; algunos scorvios y también marineros de las Islas Meridionales e incluso unos pocos reclutas de lo más profundo del continente occidental. Y entre ellos, deslizándose con agilidad por entre las piernas para llegar a la cabeza de la cola, un cuerpo peludo moteado de gris y una cola que no cesaba de agitarse ansiosa, apenas visibles entre la multitud.
    —¡Eh, Grimya! —La voz de Vinar podía atravesar una pared de roca cuando la elevaba, y todas las cabezas se volvieron—. Deja algo para nosotros pobres esclavos humanos, ¿de acuerdo?
    Se escucharon risas, y el animal de pelaje gris giró la cabeza y le dedicó una sonrisa lobuna mientras dejaba que la lengua se balanceara por una de las comisuras. Un mensaje entusiasmado penetró en la mente de Índigo.
    «¡Carne! ¡Todos tenemos carne! ¡Sólo falta un día para llegar a tierra, de modo que han abierto el último barril de tasajo y el cocinero ha preparado estofado!»
    Grimya, la loba, su mejor amiga y compañera desde hacía medio siglo, se mostró tan bulliciosa como un cachorro en su primera cacería al correr hacia Índigo, y saltó en el aire para dar mayor énfasis a su mensaje telepático.
    «¡Será tan estupendo volver a comer carne! ¿Cuánto tiempo ha pasado, Índigo? ¿Cinco días? ¿Más? Parece como si fueran más. ¡Estoy harta de comer pescado!»
    Índigo lanzó una carcajada y alborotó el pelaje de la loba, mientras que Vinar se agachaba para acariciarla con cariño.
    —El olfato de Grimya nos gana a todos —dijo—. Ahora lo percibo y es estofado. Auténtico estofado. Nos aseguraremos de que pueda repetir, ¿de acuerdo?
    Índigo asintió. Vinar no conocía el secreto de Grimya; no se daba cuenta de que el animal era un mutante que comprendía y podía hablar la lengua de los humanos. Y el vínculo telepático que Índigo y la loba compartían era algo que, quizá, no habría entendido. A pesar de ello, Vinar y Grimya se habían hecho buenos amigos durante el viaje, y ahora la loba se dedicó a abrir paso al scorvio por entre la masa de marineros hambrientos hasta la escotilla, donde la cocinera davakotiana se dedicaba a entregar humeantes cuencos de madera con la comida del mediodía al tiempo que chillaba a voz en grito a los presentes:
    —¡Esperad vuestro turno, que la Madre del Mar se os lleve a todos, esperad vuestro turno!
    Vinar regresó hasta donde esperaba Índigo, realizando increíbles malabarismos para transportar tres cuencos rebosantes en dos manos mientras intentaba que una Grimya babeante y apretada contra sus piernas no le hiciera dar un traspié. Los primeros en obtener sus raciones empezaron a desperdigarse por la cubierta, y ellos tres encontraron un lugar donde sentarse con la espalda apoyada contra el palo de mesana y disfrutar de la comida.
    —¡Demos gracias a la Madre todopoderosa por tener una buena cocinera en este barco! —A modo de homenaje, Vinar alzó su primera cucharada de suculento estofado picante hacia el cielo, antes de introducírsela en la boca con aire agradecido—. ¡Más valiosa que toda una brazada de oro y piedras preciosas; puedes creerme, porque sé lo que digo! —Engulló lo que tenía en la boca, se pasó la lengua por los labios, y clavó la mirada en Índigo—. ¿Tú sabes cocinar, o no? No importa; ¡si tú no sabes, yo lo haré! —
    Y su risa resonó con fuerza por la cubierta—. Un día de éstos; un día de éstos. Cambiarás de idea. ¡Espera y verás!
    Terminada la comida, el capitán Brek, con la prudencia del buen marino, hizo saber que a partir de aquel momento todas las guardias se doblarían hasta que el Buena Esperanza estuviera a buen recaudo en el puerto. Sí, sabía que eso significaba más trabajo y menos descanso para todos, pero si el tiempo cambiaba para dar paso a una tormenta como la que presentía en los huesos, todos le darían las gracias por su previsión. En esas latitudes las tormentas primaverales eran violentas y podían desatarse en cuestión de minutos: cuantos más miembros de la tripulación estuvieran despiertos y vigilantes en cada turno, y listos para enfrentarse al momento con lo que fuera que los elementos les lanzaran, mucho mejor.
    Se realizó un precipitado reajuste de los turnos, e Índigo se encontró destinada a las guardias de la tarde y el amanecer mientras que Vinar iba a parar al turno de medianoche apodado, junto con varios otros epítetos más vulgares, el Festejo del Cadáver. Tras recibir órdenes de descansar mientras pudieran, la muchacha y los otros miembros de su guardia descendieron por la escalera de cámara hasta el dormitorio comunitario, situado en una de las cubiertas inferiores y compuesto por tres hileras de hamacas colgadas entre puntales de hierro, Índigo escogió una hamaca en la hilera inferior y se tumbó, mientras Grimya se enroscaba sobre una manta doblada. El dormitorio carecía de portillas y estaba iluminado tan sólo por un farol humeante que se columpiaba al compás del suave balanceo del barco y proyectaba sombras soporíferas. La mayoría de los marineros se durmieron enseguida; durante un buen rato Grimya permaneció en silencio, observando los dibujos proyectados por las sombras; luego levantó la cabeza
    con cierta cautela e irguió una oreja.
    «No duermes.» No era una pregunta sino una afirmación, y su voz mental tenía un tono de reproche.
    Índigo suspiró y se removió en la hamaca.
    «No; no duermo», transmitió a su vez.
    «Deberías hacerlo. La próxima, guardia será agotadora, con tan sólo una pequeña pausa, y necesitas descansar.»
    «Lo sé, cariño, lo sé. Pero...»
    «Se trata de Vinar, ¿verdad?», la interrumpió Grimya. «Ha vuelto a trastornarte, y todavía no sabes qué hacer con respecto a él.»
    «Exacto.» No tenía sentido negarlo, a pesar de que durante los últimos minutos había estado realizando un decidido esfuerzo por pensar en cualquier cosa menos en Vinar. «Está resultando tan difícil, Grimya. Es una persona amable, un buen hombre, y sé que me ama.» Calló un instante. «Cuando lleguemos a puerto, tendré que tomar una decisión. O bien lo miro a la cara y le digo que lo odio y desprecio, me molestan sus insinuaciones y no quiero volver a verlo jamás...»
    «Lo cual», interrumpió Grimya de nuevo, con suavidad, «sería una mentira.»
    «Sí. Sí, lo sería. Me gusta Vinar, aunque no en la forma en que él desea, y no quiero herirlo a menos que sea imprescindible. Pero mi única otra opción es contarle la verdad... y, si lo hiciera, se negaría a creerme.»
    Grimya profirió un débil gemido ahogado. Lo comprendió Vinar, como cualquier hombre razonable, encontraría imposible aceptar que Índigo no fuera lo que parecía; que no fuera una mujer en la flor de la vida, sino un ser proscrito que durante más de medio siglo había arrastrando la carga de la inmortalidad sobre sus espaldas. Sin envejecer, sin cambiar, incapaz de morir, desde aquel día de un pasado lejano en que había abierto una puerta prohibida y sacado a la luz un secreto largo tiempo olvidado...
    «Quiere conocer a mi familia», comunicó Índigo con amargura. «¿Cómo puedo decirle que no tengo familia, que todos Llevan muertos cincuenta años y que fui yo quien los mató?»
    «Tú no lo hiciste...», empezó a protestar Grimya, pero Índigo la acalló.
    «Lo hice, cariño; de nada sirve negarlo. Directa o indirectamente, yo fui responsable de sus muertes.»
    El tiempo había cicatrizado muchas de las heridas y difuminado el recuerdo de Índigo, pero, aunque su padre, madre y hermano no eran ahora más que sombras apenas recordadas, algunas veces sentía la sensación de culpa por lo que había hecho como un agudo dolor físico en su interior. Al iniciarse este viaje había tenido la esperanza de que, al regresar a su país para enfrentarse a aquellos fantasmas tras cincuenta años de exilio, podría encontrar una forma de exorcizarlos y hacer las paces con su pasado. Pero, a medida que la nave se acercaba más y más a las Islas Meridionales, la esperanza se había ido esfumando y la aprensión había ocupado su lugar. Se habría amilanado; habría saltado del barco en cualquiera de la docena de puertos en los que había atracado durante el largo viaje por el norte, y huido por tierra, por mar, a cualquier parte con tal de interponer una distancia infranqueable entre ella y su antiguo hogar... de no haber sido por una cosa: sabía —no; creía, aunque, en esto, no se podía separar la fe del conocimiento— que de todos aquellos que había conocido y amado hacía tanto tiempo, uno no estaba perdido. Ni perdido, ni muerto, sino vivo, inmutable, y esperándola. Para liberarlo del limbo en el que estaba retenido desde hacía cincuenta años, estaba dispuesta a enfrentarse a cualquier prueba. Y ésa era la verdad que Vinar no podría jamás comprender, el motivo por el que jamás podría amarlo. Ella tenía otro amor, y regresaba a casa en su busca.
    «Debería haberle contado algo más cercano a la verdad», dijo a la loba. «Habría sido tan sencillo decir: "Estoy comprometida a otro, Vinar, y cuando lleguemos a puerto él estará en el muelle para darme la bienvenida". Él habría aceptado esa, pero en lugar de ello inventé una mentira deliberada, sobre parientes y una pequeña granja. Mi intención era evitar que se volviera demasiado curioso o suspicaz, pero todo lo que he conseguido es una maraña de la que no puedo escapar sin herirlo.»
    «Eso es cieno», asintió Grimya, «pero ¿cómo ibas a saberlo? Al principio Vinar sólo quería, ser tu amigo. ¿Cómo podías saber que te convertirías en mucho más para él?»
    «No podía. Pero debiera haber sido más cuidadosa, y ahora es demasiado tarde.» Se removió de nuevo en la hamaca, inquieta y desgraciada. «Tendré que hacerlo, Grimya. Por cruel que resulte, tendré que volverme contra él y desdeñarlo. No existe otro modo... y con el tiempo me olvidará, aunque jamás me perdone.»
    Grimya no estaba tan convencida. Poseía la habilidad de ver un poco más allá en las mentes de los otros que su amiga humana y había visto hasta dónde llegaba la dedicación de Vinar por Índigo. A lo mejor olvidaría... pero ella sospechaba que no sería así. Y, aunque nada la habría inducido a decirlo, estaba segura de que se necesitarían más que palabras, por muy duras y definitivas que fueran, para convencer al scorvio de que no tenía un lugar en la vida de Índigo.
    Volvió a proferir un débil gruñido y apoyó el hocico sobre las extendidas patas delanteras.
    «A lo mejor no será tan duro como temes», dijo en tono alentador. «A lo mejor encontraremos la forma de hacer lo que debe hacerse sin herir a nadie. Pero, sea como sea, no creo que te vaya a ayudar el darle vueltas ahora. Vinar y el capitán Brek tienen razón: el tiempo está cambiando. Lo huelo, y no me gusta la sensación que produce en mis huesos. Intenta dormir, Índigo. Por favor, inténtalo mientras puedes.» Su nariz se estremeció inquieta. «Quizás es nuestra última oportunidad antes de que nos encontremos con problemas.»
    Índigo consiguió dormir por fin, aunque fue un sueño ligero e inquieto, hasta que el estruendo de la campana que anunciaba el cambio de turno la despertó con un sobresalto. Mientras abandonaba la hamaca con ojos empañados aún por el sueño, tuvo por un insensato momento la sensación de que la cubierta inferior estaba en llamas, ya que el dormitorio era un caos de haces de luz y de sombras, y figuras imprecisas se movían a su alrededor en aparente confusión. Pero a medida que su visión se aclaraba comprendió que los bamboleantes haces de luz los creaba el farol que se balanceaba violentamente en su gancho, y que las figuras que saltaban no eran más que el resto de la tripulación, despierta ya y amontonándose en dirección al pasillo y a la escalera de cámara situada algo más allá. La cubierta oscilaba bajo sus pies como un borracho mientras el Buena Esperanza cabeceaba en un mar encrespado, y comprendió que los «problemas» que Grimya había pronosticado ya habían empezado.
    La mayoría de los marineros despertados estaban ya fuera del camarote y corriendo en dirección a la cubierta superior; un rezagado, un scorvio menudo y arrugado que no hablaba la lengua de Índigo, se detuvo en la puerta para volver la cabeza hacia ella, hacer una mueca y realizar una pantomima de un violento ataque de vómitos antes de desaparecer en pos de los otros. Índigo buscó a Grimya con la mirada y vio que seguía bajo la hamaca, de pie pero vacilante.
    —Quédate aquí, cariño —dijo—. No hay nada que puedas hacer para ayudar en nuestra guardia, y estarás más cómoda bajo cubierta.
    La loba agachó la cabeza, aliviada. Según su propia opinión no era mala marinera pero jamás le habían gustado los temporales.
    «Cuídate», transmitió. «Te esperaré.»
    Índigo le dedicó una sonrisa tranquilizadora y corrió hacia la escalera.
    Al llegar al exterior se dio cuenta de que comenzaba a oscurecer; era una lóbrega oscuridad prematura que el banco de nubes que ahora cubría todo el cielo hacía aún más amenazadora. El viento no era todavía más que ráfagas violentas y aún no había empezado a llover, pero el mar ya daba sobre la tripulación del Buena Esperanza, una buena advertencia de lo que iba a venir. La marea era muy alta, y las olas golpeaban en un ángulo peligroso contra el lado de estribor. El capitán Brek había ordenado que todo el mundo fuera a las cuerdas, para orientar las inmensas velas de modo que la nave mantuviera el rumbo el mayor tiempo posible hasta que el peligro de que ésta girara de costado contra el oleaje resultara demasiado grande. Índigo añadió su peso y habilidad al grupo situado en la driza de la vela mayor, consciente, a pesar de la poca luz, de la presencia en su puesto del timonel, tranquilo pero alerta, mientras la nave avanzaba decidida. Todo había quedado perfectamente bajo control y todavía no existía peligro, pero la tensión se palpaba entre la tripulación. El capitán Brek se paseaba a grandes zancadas por entre sus lilas, sin hablar demasiado pero en constante vigilancia. Era davakotiano y ejemplar típico de los de su raza; había escogido personalmente a su tripulación y confiaba en ella, pero la responsabilidad última recaía en él y nada lo convencería de aflojar la vigilancia un solo momento. Menudo, moreno, de una eficiencia tremenda, con sus cabellos cortados casi a ras y dos rubíes resplandeciendo como un segundo par de feroces ojos en las afiladas mejillas, daba una orden aquí, una palabra de ánimo allí, hasta que poco a poco el nuevo turno de guardia fue adoptando un ritmo de trabajo más seguro. El mar estaba encrespado, dijo Brek, pero aún pasaría un tiempo antes de que la tormenta estallara y el auténtico trabajo empezara. Reconfortados por su tranquilidad, la tensión aflojó, y no tardaron en escucharse las acostumbradas peticiones de canciones y relatos para ayudar a pasar las horas. En principio, el capitán fingía no aprobar tales frivolidades, pero en la práctica se divertía tanto con ellas como el resto y poseía una buena voz de barítono para sumarse a las salomas. A medida que el atardecer daba paso a la oscuridad y ésta a la noche cerrada, la tripulación fue cantando a voz en grito sus canciones predilectas como Mares embravecidos y Las muchachas del norte y del sur, y, como había sucedido ya tantas veces, se persuadió a Índigo para que relatara una historia al típico estilo de los bardos que tanto cautivaba a su auditorio. El Buena Esperanza siguió navegando, y por fin la campana volvió a sonar y la muchacha regresó bajo cubierta para reunirse con Grimya y disfrutar de algunas horas preciosas en su hamaca antes de la guardia del amanecer, mientras Vinar y los otros subían, entre burlas bien intencionadas, para hacerse cargo del Festejo del Cadáver.
    Esta vez Índigo estaba tan agotada que se quedó profundamente dormida sin apenas tiempo de dedicar un segundo a sus propios problemas. Ni soñó ni movió un músculo... hasta que, varias horas antes de que le tocara el turno de la guardia del amanecer, tres hombres empapados, despeinados y con la mirada extraviada se precipitaron en el interior del camarote.
    —¡Despertad! —Incluso por entre una neblina de semiinconsciencia Índigo reconoció el estentóreo rugido de Vinar mientras era arrancada del sueño y devuelta a la realidad—. Moved el esqueleto, todos..., ¡todos!
    La potente voz del scorvio denotaba auténtica alarma, y los dormidos hombres y mujeres de la tripulación se despertaron e incorporaron de un salto. El camarote se balanceaba violentamente; en el mismo instante en que los sorprendidos ojos se abrían y las piernas se movían instintivamente para obedecer la orden, un tremendo bandazo los lanzó a todos de costado y varios cayeron de las hamacas y se estrellaron contra el suelo en un revoltillo de brazos y piernas. La voz de Vinar se abrió paso entre la confusión como una espada de doble filo.
    —¡Ha estallado la tempestad, y es mucho peor de lo que nadie esperaba! El timón se ha roto; no podemos mantener el rumbo, ¡y estamos siendo arrastrados hacia el cabo Amberland! ¡En pie, zopencos, arriba...! ¡TODO EL MUNDO A cubierta!

CAPÍTULO 2


    No era más que un pequeño puesto de vigía de entre muchos alineados a lo largo de las costas del territorio continental de las Islas Meridionales, pero los centinelas que se ocupaban de los faros situados en lo alto de los farallones del cabo Amberland sabían por larga y amarga experiencia que eran ellos, más que cualquiera de los otros, los que tenían más probabilidades de ser llamados a sus puestos durante las violentas tempestades de primavera u otoño.
    Los hombres de guardia no habían dejado de escudriñar el cielo atentamente desde el amanecer del día anterior, y en cuanto el velo de la noche empezó a deslizarse por el firmamento desde el este, y el viento comenzó a soplar y el mar a rugir y gemir, los hombres de la torre de vigía salieron al exterior, encorvados para poder resistir los embates del viento del noroeste, a encender las hogueras que advertirían del peligro a cualquier barco que se acercase.
    La noche era ya bastante cerrada, con jirones de nubes recorriendo veloces el cielo y oscureciendo la luna, y en las achaparradas torres de piedra que servían de faro el viento aullaba como un alma en pena por entre grietas y aberturas, haciendo repiquetear los prismas de cristal que protegían las hogueras y aumentaban su luz. Cuando la noche cayó por completo, los tres faros, situados a kilómetro y medio de distancia entre sí, ardían con fuerza, atendidos por dos hombres cada uno, mientras en las torres de vigía que se alzaban entre los faros, otros mantenían una helada vigilia con catalejos y sirenas. Abiertas las rutas marítimas apenas hacía un mes, tras un invierno particularmente crudo, gran número de buques se dirigían a Ranna y a los otros puertos de menor importancia de aquellas costas; se esperaba en cualquier momento la llegada de cargueros procedentes de Scorva, del País de los Caballeros y del golfo de Aghantine, y era probable que cualquier nave atrapada entre las islas exteriores cuando estallara la tormenta intentara llegar hasta un puerto del territorio continental por delante de la tempestad. En tales circunstancias, todo lo que los isleños podían hacer era rezar para que no sucediera lo peor al tiempo que se aseguraban de que, si sus plegarias no obtenían respuesta, ellos estarían preparados.
    La noche se cerró aún más y la tempestad creció en virulencia. Tremendas ráfagas de lluvia se precipitaban contra la costa procedentes del mar, y la creciente marea tronaba ensordecedora al estrellarse las enormes olas contra la orilla. Las gentes de los pueblos y poblaciones pesqueras aseguraban las casas para protegerlas de la tormenta y rezaban fervientemente para que la mano protectora de la Madre del Mar condujera a todos los navegantes sanos y salvos hasta la orilla, mientras, al otro lado de las atrancadas ventanas, el viento aullaba y gemía y hacía que las casas se tambalearan en sus cimientos, y lluvia y mar al unísono barrían los muelles en un ataque demoledor.
    Nadie supo qué hora era cuando se avistó la primera bengala frente a los acantilados de Amberland. Un diminuto y débil punto luminoso en la oscuridad se elevó hacia el cielo y, tras sólo un segundo o dos, se extinguió por la tormenta. En la torre de vigía más grande, el centinela se puso en pie de un salto y alertó a sus dos compañeros. Tras abrocharse bien los abrigos de cuero, los tres unieron sus fuerzas para empujar la puerta, consiguieron abrirla y salieron al exterior en medio del torbellino. Con los cabellos ondeando al viento y la lluvia azotándoles el rostro mientras se inclinaban para luchar contra los elementos, los tres hombres escudriñaron el mar.
    —¡Allí! ¡Otra!
    El grito del vigía resultó inaudible en medio del rugir de la tormenta, pero todos habían visto cómo la segunda señal atravesaba el espacio y llameaba momentánea y desesperadamente antes de apagarse.
    Los tres hombres no perdieron un segundo. Se dieron la vuelta; uno, entre bandazos y traspiés, marchó corriendo en dirección al fantasmal resplandor del faro más cercano, situado a medio kilómetro, mientras que el segundo tomaba un sendero que se perdía tierra adentro en dirección al pueblo más próximo. El tercer hombre corrió a colocarse a sotavento de la torre de vigía donde la pared de piedra proporcionaba una cierta protección contra la violencia del viento y la lluvia, y forcejeó con una bolsa de cuero que llevaba sujeta al cinturón. De esta bolsa sacó un tubo hueco de madera, de unos dos palmos de longitud y perforado por agujeros. El tubo llevaba sujeta una cadena gruesa y el hombre empezó a balancear dicha cadena, primero de un lado a otro y luego, a medida que tomaba más impulso, en un amplio círculo por encima de su cabeza. El viento, azotando la pared desde el otro extremo, golpeaba y tiraba de la cadena, pero el hombre la sujetó con fuerza, haciéndola girar más y más, y de improviso el estruendo de la tormenta se vio eclipsado por un aullido sobrenatural parecido al alarido de un alma atormentada cuando la sirena se hizo oír. Era un sonido increíble, que se alzaba incluso por encima del estrépito de la galerna y del mar y que, para cualquiera que conociera su espantoso son, resultaba inconfundible. Minutos más tarde, una segunda sirena respondió desde el faro más cercano, luego a lo lejos se escuchó un tercer lamento al transmitirse la señal, siguiendo un recorrido que la llevaría de faro a granja y por fin al pueblo. El hombre resguardado tras la casa de vigía dejó caer la sirena y volvió a introducirla en la bolsa antes de darse la vuelta y acuclillarse junto a la pared, con los hombros encorvados al frente para protegerse de la lluvia y los ojos fijos en el sendero que se perdía tierra adentro. Pronto —en cuestión de minutos, si todo iba bien— distinguiría los primeros destellos de los faroles de los hombres del pueblo pesquero que acudían a la llamada cargados de cuerdas y arneses. Hasta entonces, todo lo que podía hacer era esperar... y rezar para que, cuando el barco en apuros chocara contra los arrecifes de Amberland —cosa que no podría evitar—, pudieran salvar a la tripulación antes de que perdieran la vida en las embravecidas aguas.
    Los hombres de la orilla divisaron por vez primera al Buena Esperanza justo minutos antes de que se estrellara contra las rocas situadas frente al cabo Amberland. Cual un fantasma monstruoso la nave surgió de entre las rugientes tinieblas, con el palo mayor y el de mesana rotos y los jirones de las velas ondeando enloquecidos en medio del vendaval. No se veían luces a bordo, pero, bajo el resplandor de los faros que lanzaban su silenciosa advertencia desde lo alto de los acantilados que se alzaban sobre la bahía, los vigilantes distinguieron figuras humanas que se movían como hormigas frenéticas por la cubierta mientras el enorme casco se abatía sobre las aguas.
    Algunos forcejeaban todavía valientemente con las drizas en un último y desesperado esfuerzo por hacer girar la nave y mantenerla alejada de la costa, pero la mayoría de sus camaradas habían abandonado toda esperanza de que el navío consiguiera salvarse y se esforzaban por bajar los botes.
    La nave golpeó de costado contra el arrecife, con un estallido lento y chirriante que resultó aún más aterrador en medio del bramar de la tempestad. Los dos mástiles que aún quedaban enteros se balancearon violentamente, uno de ellos se partió por la mitad y la parte superior fue a estrellarse contra la cubierta, arrastrando velas, jarcias y crucetas en su caída. Uno de los botes recibió el impacto de los escombros y salió despedido por encima de la borda, con media docena de tripulantes; el grupo de rescate de la playa los vio luchar con las olas pero no pudo hacer nada por ayudarlos. En aquel mar ni siquiera los nadadores más resistentes y valientes se atrevían con los arrecifes; hasta que la marea arrastrara más cerca de la orilla a los hombres que intentaban mantenerse a flote, éstos tendrían que arreglárselas como pudieran.
    En el poco tiempo del que habían dispuesto entre su peligroso descenso por el sendero del acantilado hasta llegar a la playa batida por la tormenta y la aparición del barco en apuros, los lugareños habían hecho todo lo posible por prepararse para el rescate. Cuatro jóvenes, despojados de botas y abrigos y atados a cuerdas de salvamento, temblaban bajo unas mantas mientras esperaban para zambullirse en el mar en cuanto vieran aproximarse el primer cuerpo. Tras ellos, cada cuerda de salvamento estaba a cargo de una docena de pares de brazos fornidos, listos para tirar de los nadadores en contra de la poderosa resaca, mientras otros luchaban por ensamblar sogas y aparejos, esperando el milagro que les permitiera aparejar una boya de salvamento hasta el zozobrante Buena Esperanza antes de que las rocas rompieran su lomo.
    Entonces, apenas audible en el rugir del vendaval y el tronar del mar, se dejó oír una voz.
    —¡ Va a volcar!
    Resonaba aún la advertencia en el aire cuando se escuchó un segundo golpe atronador, y el Buena Esperanza empezó a inclinarse. Los mástiles que aún quedaban en pie se ladearon peligrosamente en dirección a la playa como árboles derribados, y luego, con un sonoro estrépito, la nave volcó sobre uno de sus costados. Escucharon cómo el casco se hacía añicos contra los arrecifes, y chorros de espuma se elevaron hacia el cielo mientras mástiles y velas se hundían en el mar, y se alzaba una ola colosal que empujó a los aspirantes a rescatadores hacia la orilla. La tripulación no tuvo la menor oportunidad; el violento impacto lanzó a los marineros fuera del barco como desvalidos muñecos de trapo y los arrojó al embravecido mar. Palos y barriles y los restos de los botes cayeron sobre ellos, y una segunda ola gigantesca arrastró peces y cuerpos en dirección a la playa. Nada más levantarse la ola, los jóvenes atados a las cuerdas de salvamento corrieron a su encuentro, se arrojaron a la resaca y nadaron con todas sus fuerzas para llegar hasta los marineros que luchaban por mantenerse a flote. Un hombre fue lanzado directamente a la orilla y se desplomó, aparentemente sin vida, boca abajo sobre los guijarros. Unos cuantos hombres corrieron a arrastrarlo fuera del agua antes de que la siguiente ola cayera sobre él; luego volvieron a introducirse en el mar para recoger un segundo cuerpo que se acercaba en medio de una masa de espuma y pecios. De repente dio la impresión de que cada ola traía con ella nuevos náufragos; los cuatro nadadores jóvenes eran arrastrados de vuelta a la orilla cargados con cuerpos inertes y empapados para volver de inmediato al agua a medida que se divisaban más y más miembros de la tripulación del Buena Esperanza debatiéndose entre las embravecidas aguas, y aquellos que no se ocupaban de tirar de las cuerdas vadeaban entre las olas para prestar toda la ayuda posible, o, a salvo de la marea al abrigo de los acantilados, iniciaban la urgente tarea de intentar reanimar a aquellos que habían conseguido sacar del mar. Pero muchos no llegarían jamás a la playa ya que habían sido arrastrados por las corrientes y mareas cruzadas. El grupo de salvamento había visto a un perro entre aquellos infortunados; el animal estaba vivo y consciente y nadaba valientemente en un esfuerzo por llegar a la orilla, pero también él se había visto arrastrado. El mar arrojaría a la mayoría de los cadáveres a lo largo de la costa durante los próximos días, pero por el momento los hombres de la orilla no tenían tiempo para llorar a los muertos. Lo que importaba ahora era auxiliar a los vivos.
    A algunos, no obstante, ya no se los podía ayudar: tres davakotianos, dos hombres y una mujer; varios hombres procedentes del continente oriental; un anciano y arrugado scorvio, y un gran número de otros, algunos ahogados, algunos destrozados contra las rocas antes de ser arrastrados a la orilla por las olas. De entre los supervivientes tres estaban malheridos, entre ellos una mujer cuya embarrada melena de cabellos castaño rojizos cubría la señal de un terrible golpe en la cabeza, pero los restantes habían sufrido menos golpes, y mientras sacaban al último hombre del agua uno o dos empezaron a dar señales de recuperar el conocimiento.
    El vendaval empezaba ya a amainar. Su aullido se había convertido ahora en un silbido hueco que se entremezclaba con el rugir del mar para silbar con fuerza en los oídos, y en aquellos momentos era casi imposible mantenerse erguido sin ser doblado por el viento. Por el este, una fina y maliciosa cuchilla de fría luz blanca que se abría paso por una abertura entre las nubes indicaba la llegada del amanecer, y a medida que la luz adquiría fuerza se fue haciendo más patente el alcance del naufragio. El Buena Esperanza yacía sobre los arrecifes, con el casco partido en dos y los mástiles aplastados extendidos en dirección a la playa como dedos que intentaran desesperadamente encontrar un asidero. La playa estaba cubierta de restos; no tan sólo palos y maderas procedentes del barco mismo sino también restos de su carga, barriles, fardos y caías, y grandes pedazos de hierro balanceados por el mar con el mismo descuido que si fueran astillas. En medio de los desechos y los montones de algas que cubrían los guijarros de la playa se veían una docena o más de pequeños grupos de hombres, cada grupo trabajando obstinadamente para reanimar a un superviviente del naufragio. La marea había cambiado y empezaba a descender, aunque las olas seguían bullendo y rugiendo; y, a medida que el terror y el tumulto del rescate también disminuían, aparecía la consabida fatiga. Mientras el alba daba paso al nuevo día llegó otro grupo procedente del pueblo; formando parte de él iban algunas mujeres que llevaban mantas y frascos de reconstituyentes a base de hierbas. Se abrigó convenientemente a los exhaustos nadadores, se los condujo por el sendero del farallón de regreso a casa a comer y descansar, y se dispusieron improvisadas camillas para trasladar al pueblo a las víctimas del naufragio. Dos —un davakotiano y un scorvio grandullón y fornido— estaban totalmente conscientes y podían andar con un poco de ayuda, y poco a poco rescatadores y rescatados fueron abandonando desordenadamente la playa. En menos de una hora la última camilla iniciaba el ascenso por el camino del acantilado, menos peligroso ahora que el vendaval había amainado. Nadie del grupo de rescate volvió la cabeza para contemplar el destrozado casco encallado en los arrecifes que había sido el Buena Esperanza. La playa quedó a merced del azote del viento, de la atronadora marea que empezaba a descender y de las gaviotas carroñeras.
    —¡Sí, ya sé; ya sé lo que dices, y lo comprendo! —Vinar agitó las manos con fuerza como si al hacerlo pudiera dar a su súplica mayor énfasis—. Pero lo que quiero saber es si ella se pondrá bien. ¡Quiero saberlo!
    —¡Vinar, déjalo estar! —El capitán Brek posó una mano sobre el brazo del corpulento marinero—. El médico hace todo lo que puede por Índigo, lo sabemos. No ha transcurrido ni un día; no puedes esperar que despierte necesariamente ya.
    —De todos modos, es mejor para ella que no recupere todavía el conocimiento —dijo el médico, un hombre de mediana edad y cabellos castaños—. La mejor respuesta a un golpe como éste es dormir. —Dedicó una ojeada a Vinar, luego a Brek, cuyos ojos revelaban su extremo agotamiento—. Los dos deberíais regresar a vuestros alojamientos y a vuestras camas. Os avisaré en cuanto haya algo que contar, pero hasta entonces no podéis ayudarla ni a ella ni a los otros esperando aquí.
    La mano de Brek se cerró con más fuerza sobre el brazo de Vinar.
    —Vamos. El médico tiene razón; no hacemos más que molestar. Ven conmigo, y nos tomaremos una copa o dos, ¿eh? Luego los dos seguiremos el consejo de este buen hombre y nos iremos a dormir.
    A pesar de doblar a Brek en tamaño, Vinar cedió ante la autoridad de su capitán. Sus azules ojos dedicaron una última mirada a la puerta cerrada tras la que yacía Índigo.
    —De acuerdo, iré —repuso con un suspiro—. Pero si ella muere...
    —Estoy seguro de que no tienes por qué temer eso —contestó el médico con una sonrisa—. El golpe ha sido fuerte, pero no se ha roto el cráneo y no hay señales de que se haya acumulado sangre bajo la herida. Creo que todo lo que ella necesita ahora es descanso, y cuidados y prudencia cuando despierte.
    Vinar no se sentía satisfecho, pero dejó que Brek lo sacara de allí y lo condujera a la casa donde ambos se alojaban. Los habitantes del pueblo de pescadores habían acudido rápida y generosamente en ayuda de los supervivientes, y casi cada casa alojaba ahora de forma temporal a uno o más de los tripulantes del Buena Esperanza. Habían transformado una de las casas en enfermería, y allí los tres marineros malheridos, junto con varios otros que padecían conmoción y los efectos del agua y el frío, habían quedado al cuidado de dos médicos locales. La tempestad se había extinguido por fin alrededor del mediodía, y, en medio del extraordinario silencio que a menudo sigue a tales tormentas, los hombres del pueblo habían descendido a la bahía para rescatar todo lo que pudieran del navío encallado en la playa. Ahora la oscuridad había vuelto a caer, con un cielo despejado y una luna llena; los grupos de rescate habían regresado, los médicos habían hecho todo lo que podían por los heridos, y todo lo que quedaba era aguardar y esperar que poco a poco se recuperaran por completo.
    El capitán Brek calculaba que más de la mitad de su tripulación había sobrevivido. Era, como había explicado al medico, poco menos que un milagro, y aunque lo afligía profundamente la pérdida de vidas humanas, no por ello dejaba de dar fervientes gracias a la Madre del Mar por haber permitido que se salvaran tantos. Se había enviado un mensajero al puerto de Ranna para comunicar el desastre y el número de supervivientes, y habría literas disponibles en otros barcos para todos los que las quisieran una vez que estuvieran en condiciones de zarpar en dirección a sus países de origen. Brek sabía que algunos desdeñarían tal idea y simplemente se contratarían con otros patrones; él mismo tenía intención de regresar a Huon Parita, donde estaba seguro de que se le ofrecería un nuevo barco. Ningún armador inteligente culpaba a un capitán —en especial a un capitán davakotiano, y uno con tanta experiencia como Brek— por la pérdida de una nave; era uno de los peligros del mar y un riesgo que debía correrse. Brek no sería denigrado ni caería en desgracia por el hecho de que sus esfuerzos por salvar el Buena Esperanza hubieran sido vanos. Pero le quedaría el recuerdo, y éste siempre lo perseguiría.
    Curiosamente, una de las cosas que más lo entristecía era la pérdida de Grimya. Tanto él como toda la tripulación se habían encariñado con la loba durante el viaje, y también era muy consciente del vínculo que existía entre ella e Índigo. Resultaría una triste tarea dar la noticia a Índigo, quien sin duda lo tomaría muy mal. Sin embargo, no existía la menor duda de que Grimya se había ahogado; si los hombres más fuertes no habían podido hacer nada ante aquel mar embravecido, ¿qué posibilidades de supervivencia podría haber tenido un animal?
    Brek y Vinar llegaron a la casa donde se hospedaban y entraron. La esposa de su anfitrión se encontraba allí; tras meter en la cama a sus hijos, les entregó recipientes de caldo caliente junto con hogazas de pan de avena. Luego, sin hacer caso de sus protestas, los condujo a la habitación que compartían bajo el alero, y respondió a las nerviosas súplicas de Vinar con la promesa de que lo despertaría en cuanto el médico hiciera llegar noticias de la mujer. Brek se sumió al momento en un pesado y atribulado sueño, pero Vinar, por su parte, permaneció un rato sentado ante la pequeña ventana, contemplando la tranquila noche mientras lo corroía la preocupación. Por fin, ni siquiera él pudo resistir la influencia del agotamiento; su cabeza cayó al frente hasta reposar sobre sus brazos cruzados, y fue hundiéndose en una inquieta inconsciencia.
    La luna se ponía ya cuando Índigo despertó. Al empezar a moverse, murmurando y dando vueltas en su jergón, la muchacha que había estado velándola toda la noche se puso en pie rápidamente y cruzó la habitación para contemplarla a la luz de una vela protegida por una pantalla. Lo que vio la hizo abandonar de inmediato la habitación para despertar al médico.
    En cuanto recuperó el conocimiento, lo primero que advirtió Índigo fue un sordo dolor punzante en la cabeza. ¿Había bebido demasiado?, se preguntó vagamente. No..., no era bebida; no recordaba haber bebido. Alguien había irrumpido en su habitación — no, no en su habitación, no era eso—, pero habían entrado gritando y...
    y..... —¿Índigo? —Una voz de hombre sonó con suavidad cerca de ella—. ¿Eres
    Índigo, verdad?
    Ella no comprendió qué quería decir. Su mente estaba confusa, la cabeza le dolía. Y estaba oscuro. Entonces se dio cuenta de que tenía los ojos cerrados todavía y, con un esfuerzo, consiguió que se abrieran.
    La luz que le cayó sobre los ojos parecía intolerablemente brillante, pero el hombre situado junto a ella dijo algo y la fuente de luz se alejó un poco. Índigo distinguió entonces los vagos contornos de una habitación, aunque su visión estaba aún demasiado empañada para distinguir detalles y juzgar si el lugar le resultaba o no familiar. En ese momento una sombra cayó sobre ella. La joven desvió la cabeza ligeramente e hizo una mueca de dolor cuando el zumbido de su cabeza se transformó en una breve pero aguda punzada; por fin consiguió distinguir con claridad el rostro inclinado sobre ella.
    No lo conocía, pero tenía un aspecto bondadoso y sereno y eso la tranquilizó.
    —Me llamo Olender —dijo él con dulzura—. Soy médico. Estás a salvo ahora, Índigo, y todo está bien. No —extendió una mano para evitar que se incorporara—, no intentes levantar la cabeza. Tu cabeza ha recibido un golpe terrible y es mejor que permanezcas tumbada y sin moverte. Jilia ha ido en busca de una poción que eliminará el dolor. —Calló unos instantes y luego continuó—: Bien, esto puede parecerte una petición extraña pero te ruego que me complazcas. ¿Ves mi mano? —La levantó ante ella, y la muchacha asintió con un movimiento apenas perceptible—. Estupendo. ¿Cuántos dedos tengo extendidos?
    En algún lugar de la memoria de Índigo un recuerdo fragmentario se agitó; conocía esta prueba. —Tre... tres —musitó.
    —¿Y ahora? —La mano desapareció, volvió a aparecer. —Dos.
    —Muy bien. —Olender se volvió hacia alguien situado detrás de él—. La conmoción no es grave, creo.
    La persona que estaba con él dijo algo de lo que Índigo captó la palabra «Vinar», pero no significaba nada para ella.
    —Sí, prometí avisar. Pide a Jilia que vaya una vez que haya preparado la poción. — Olender se volvió de nuevo hacia la cama—. Bueno, Índigo, ¿recuerdas lo que te sucedió? ¿Qué es lo último que recuerdas?
    Recordar... ¿Había habido un barco, sin duda? ¿No había estado ella a bordo de un barco? Y... y...
    —Naufragio... —La palabra surgió tan apagada que Olender casi no la oyó—. Tormenta..., había una tormenta...
    Olender asintió con la cabeza en dirección al otro hombre.
    —Sí, lo recuerda, aunque no en detalle. No diremos nada más sobre ello por ahora, hasta que esté más recuperada.
    —Pero... —dijo Índigo.
    El médico se dio la vuelta.
    —¿Sí?
    —¿Cómo...cómo me llamaste...?
    —Te llamas Índigo, ¿no es verdad? —Olender frunció el entrecejo—. Me dijeron...
    La muchacha profirió un extraño gemido que lo interrumpió en mitad de la frase, y antes de que pudiera impedírselo intentó incorporarse en el lecho.
    —¡Túmbate! —le ordenó con ansiedad, obligándola a permanecer echada. Ella levantó una mano y se aferró a la muñeca de él.
    —¡Dilo otra vez! ¡La palabra, el nombre!
    —¿Índigo?
    El miedo la atenazó, y los ojos se le abrieron repentinamente, desorbitados. Hurgaba desesperadamente en su mente, buscando, rastreando, pero la información que deseaba no se encontraba allí: quién era, de dónde venía, dónde había estado... Todo había desaparecido, y en su lugar no había más que un vacío, una enorme y profunda extensión de nada.
    —¡No sé mi nombre! —El miedo se transformó en pánico, «Índigo, Índigo...», se repetía en silencio, una y otra vez, pero no era más que una palabra sin significado para ella—. ¡Ha desaparecido, todo ha desaparecido, no puedo encontrarlo! —Su voz se transformó en un agudo chillido aterrorizado—. ¡No sé quién soy!
    —No podemos hacer otra cosa que aguardar y tener confianza. —Olender miró de soslayo al corpulento scorvio sentado lleno de desánimo frente a él y suspiró comprensivo—. Ya sé que eso no te sirve de consuelo, Vinar, pero me temo que es lo mejor que yo o cualquier otro podemos ofrecer. Físicamente se recuperará por completo, loada sea la Madre; pero si recuperará o no la memoria es algo que no puedo pronosticar. — Aguardó una respuesta y, al ver que Vinar no contestaba, añadió, en un intento de animarlo—: Me he tropezado con esto en más de una ocasión; se sabe que sucede a veces después de un golpe en la cabeza. En la mayoría de los casos la memoria regresa...
    —Pero no siempre, ¿verdad? —Vinar levantó los ojos.
    Olender se sintió incapaz de mentir.
    —No, no siempre.
    Se produjo un largo silencio. El médico no lo sabía, pero Vinar luchaba interiormente consigo mismo, como había hecho desde que le habían comunicado la noticia de la amnesia de Índigo. Olender sabía que él e Índigo habían sido buenos amigos, y había intentado hacer preguntas que pudieran ayudar a los aldeanos a localizar a la familia e la joven, o al menos a alguien en las Islas Meridionales que la conociera. Hasta el momento, Vinar había eludido las preguntas, pero ahora sabía que debía dar una respuesta... y, al hacerlo, desoír su conciencia o ceder a ella en la toma de una decisión de suma importancia.
    —Lamento tener que apremiarte cuando tienes preocupaciones mayores —dijo Olender con suavidad—, pero si hay algo que puedas decirnos de su familia...
    —Ya —interrumpió Vinar con brusquedad.
    Había tomado una decisión. Podía estar equivocada, podía ser perversa; pero él no era más que un ser humano, con debilidades humanas. Y, se dijo a sí mismo con desesperación, ello no haría ningún daño a Índigo. De hecho no le acarrearía más que cosas buenas, ya que estaba seguro, totalmente seguro, de que no hacía más que anticipar la decisión que la misma Índigo acabaría tomando.
    —Ya —repitió—. Puedo ayudar. Tiene familia en las islas, me lo dijo, aunque no sé dónde. Pero los encontraré, no lo dudes. Verás, ella iba a llevarme hasta ellos, a ver a su padre. —Una sonrisa se extendió despacio por su rostro—. Ella y yo, ¿sabes?, íbamos a casarnos. De modo que ahora puedo ocuparme de ella, y tan pronto como esté mejor nos iremos juntos, encontraremos a los suyos, ¡y entonces todo irá bien para los dos!

CAPÍTULO 3


    Después de una violenta tempestad siempre hay cosas que recuperar a lo largo de la costa que rodea Amberland, y en los días siguientes a la galerna mucha gente descendió a las playas y ensenadas durante la marea baja para peinar la costa en busca de cosas que salvar. Nadie buscaba sacar provecho de la desgracia de otros, pero para los aldeanos de la zona, educados según los principios del ahorro y la frugalidad, los desechos procedentes de un naufragio proporcionaban muchas cosas de valor, desde madera para usar como combustible en invierno hasta pedazos de cuerda, trozos de velamen y, bastante a menudo, los restos de cargamentos perecederos inútiles ahora para sus propietarios pero un gran hallazgo para una familia pobre.
    Casi todo el raque lo realizaban los niños y aquellas personas demasiado ancianas o enfermizas para realizar un trabajo regular, y durante los dos días siguientes a la tempestad, mientras el mar se tranquilizaba poco a poco, personas solas y grupos patrullaron la orilla, exploraron cuevas y treparon por entre las rocas en busca de lo que fuera que la última marea alta hubiera arrastrado. Conscientes de que en los lugares de más fácil acceso ya no quedaría nada, algunos de los recolectadores más ágiles probaban suerte y arriesgaban el cuello en ensenadas menos accesibles y lejanas, y fue en una de tales calas, una mañana luminosa pero helada cuando la marea estaba en su punto más bajo, que dos jóvenes hermanos vieron algo que se movía entre un montón de algas de la playa.
    Esk, que con sus diez años era el más joven de los dos, hizo caso omiso de la advertencia de su hermano mayor Retty de que tuviera cuidado, y corrió hacia allí sin pensarlo, para luego detenerse en seco a pocos metros del montón de algas.
    —¡Es una foca! —gritó, pero enseguida agregó—: No, no lo es... Es... —Su voz se apagó y miró por encima del hombro con ojos asombrados—. ¡Es un perro!
    —¡No lo toques! —advirtió Retty—. Si está herido puede atacarte. Quédate donde estás... Iré a echar una mirada.
    Con el saco de lona rebotando sobre la espalda corrió a reunirse con su hermano menor, deteniéndose en el camino para recoger un palo de madera que le serviría para mantener al perro a raya si resultaba peligroso. Pero, cuando alcanzó a su hermano y juntos se acercaron despacio al animal, se dieron cuenta de que éste no estaba en condiciones de atacarlos. Desgreñada y cubierta de barro, con el empapado pelaje pegado al cuerpo de forma que le daba un aspecto esquelético, la criatura yacía en medio de las algas, moviendo débilmente la cabeza y una de las patas delanteras pero demasiado agotada para hacer nada más. Tenía los ojos entrecerrados, la lengua le colgaba a un lado y su respiración era jadeante y penosa; al acercarse más los muchachos escucharon un débil gemido que escapaba de su garganta.
    —No es un perro —dijo Retty de improviso—. Es un lobo.
    —¿Un lobo? —Esk se mostró incrédulo—. ¿Cómo ha ido a parar al mar un lobo?
    —No lo sé. —Se encogió de hombros—. A lo mejor se cayó del acantilado, o algo así.
    —Los lobos no se caen de los acantilados.
    —Pues a lo mejor la galerna lo tiró de él. Pero sin duda es un lobo; mira la forma de
    la cabeza, y las patas tan delgadas. Y esa cola. Eso es un lobo.
    —¿Qué vamos a hacer? —Había compasión en la voz de Esk—. No podemos dejarlo aquí o se ahogará cuando vuelva a subir la marea. ¿Crees que podríamos ponerlo en pie?
    Su hermano negó con la cabeza. —Me parece que tiene las patas traseras rotas. Mira... Las tiene dobladas al revés. ¿Ves cómo están? No puede andar, y no me gustaría intentar llevarlo en brazos, no sea que aún le hagamos más daño.
    —A lo mejor incluso nos mordería —apuntó el pequeño en tono práctico.
    Se quedaron contemplando en silencio el patético montón de pelo. Si el lobo se había dado cuenta de su presencia no lo demostraba; los gemidos habían cesado ahora, los ojos del animal estaban cerrados y era imposible decir si seguía respirando o no.
    Al cabo de unos segundos, Esk levantó los ojos con preocupación. —¿Se ha muerto?
    —No lo sé. —Su hermano estaba a punto de agacharse y extender una mano para tocar al lobo, cuando una voz los llamó desde lo alto. —Retty..., Esk..., ¿todo va bien ahí abajo? Los niños levantaron la cabeza y vieron una figura, recortada contra el brillante cielo, que saludaba desde lo alto del acantilado.
    —¡Es el abuelo! —gritó Esk, ansioso—. ¡Él sabrá qué hacer! —¡El abuelo no sabe nada de lobos! —protestó Retty, pero Esk corría ya playa arriba en dirección al acantilado, agitando los brazos con energía.
    —¡Abuelo, abuelo, baja! ¡Hemos encontrado un lobo, está herido! ¡Baja!
    Desde lo alto su abuelo no podía oír lo que gritaba Esk, pero la urgencia de la llamada quedaba muy clara, de modo que el anciano se acercó al borde y empezó a descender con cuidado. Retty apretó los dedos e hizo una mueca, temeroso de la cólera de su madre si el anciano —de quien mamá decía que era demasiado mayor para ir trepando y saltando por las rocas, y «vosotros, niños, no os atreváis a animarlo a hacerlo»— caía y se hacía daño. Pero el abuelo llegó al pie del acantilado sano y salvo y, con Esk tirándole de la mano, se acercó a ver el descubrimiento por sí mismo.
    —Bien, bien —dijo, con un tono de asombro en la voz—. Es un animal grande, más grande que la mayoría de los lobos que tenemos en esta región. Es más parecido a un animal de la tundra que a una de nuestras razas del bosque.
    —¿Está muerto, abuelo? —preguntó Esk.
    El anciano se inclinó para tocar al lobo y palpar bajo el collarín, cubierto de sal y casi seco ahora.
    —No, no lo creo; pero está malherido.
    —Tiene las patas traseras rotas —le informó Retty, sombrío—. No puede andar; si se queda aquí se ahogará cuando suba la marea.
    El abuelo de los muchachos se irguió y estudió la situación del lobo herido. Matar animales para comer era una cosa; la carne era algo necesario para sobrevivir, y siempre le había gustado la caza tanto como a cualquiera. Pero ningún habitante honrado de las Islas Meridionales mataría a un animal por otro motivo, o lo dejaría sufrir sin necesidad. Tanto animales como humanos eran criaturas de la Madre Tierra, y los isleños respetaban a los lobos en particular, no como competidores sino como compañeros de caza por derecho propio. A lo mejor, pensó, ese lobo ya no podía salvarse, pero no estaba seguro. Merecía una oportunidad... y, de todos modos, no creía tener el valor para despacharlo, aunque fuera en un acto de misericordia. Además, hoy era día de mercado, ¿no era así? Eso podría cambiarlo todo...
    —Retty —dijo, indicando el acantilado—, vuelve a subir; luego corre todo lo rápido que puedas hasta el pueblo y consigue que vengan dos hombres. Diles que traigan algo de cuerda, y una plancha resistente de mimbre para hacer una camilla. Después, cuando lo hayas hecho, quiero que vayas a Ingan.
    —¿Ingan? —Retty estaba perplejo. Ingan era la ciudad grande más cercana, situada unos ocho kilómetros tierra adentro. El niño apenas si había estado en la ciudad dos veces en toda su vida—. ¿Para qué, abuelo?
    —Es día de mercado —respondió el abuelo—. Existen muchas probabilidades de que Niharin esté allí. Si lo está, quiero que le pidas, ¡con toda educación, sobre todo!, si puede venir a ver qué puede hacer por el lobo.
    Esk, que escuchaba con sumo interés, torció el rostro en una mueca.
    —¿Niahrin? ¡Puf! Es una bruja horrible..., ¡es repugnante! El anciano se volvió furioso hacia el pequeño. —¡Ya es suficiente, muchacho! Niahrin no puede evitar el aspecto que tiene, y sabes tan bien como yo que las brujas del bosque son mujeres buenas y sabias, ¡de modo que no toleraré que se la insulte! —Mientras Esk enrojecía avergonzado, el abuelo se dirigió de nuevo a Retty—. Di a tu madre que tienes mi permiso para ir, y que puedes coger prestado el poni del herrero; le dices que ya le pagaré más tarde. Ahora, ponte en camino, y date prisa. La marea empieza a subir ya y no tenemos mucho tiempo.
    Alentado por la responsabilidad que su abuelo depositaba en él, y también por el pensamiento de que a lo mejor podían salvar al lobo, Retty asintió con la cabeza. —Sí, abuelo. ¡Haré todo el camino corriendo! El anciano y el niño de menor edad lo siguieron con la mirada mientras ascendía por el acantilado y desaparecía por encima de la cumbre tras agitar rápidamente un brazo en señal de despedida. Luego devolvieron su atención al lobo. La criatura parecía haber recuperado el conocimiento otra vez pero estaba demasiado débil y atontada para intentar moverse. Sus nublados ojos ambarinos los contemplaban con impotencia; con la punta de la lengua se lamía las mandíbulas pero sin coordinación. El anciano consideró la posibilidad de intentar enderezar las patas traseras dañadas, pero se decidió en contra temeroso de que sus bienintencionadas pero inexpertas manos no fueran a empeorar las cosas. Era mejor esperar la llegada de la hechicera, aunque, si no había ido al mercado de Ingan hoy, sólo la Madre sabía lo que harían ellos entonces. El pueblo tenía su propio médico, desde luego, pero la forma en que Niahrin trataba a los animales era una leyenda en la región. La gente rumoreaba incluso que, en una ocasión, había devuelto la vida a un caballo...
    Una mano diminuta se introdujo repentinamente en la suya, y vio a Esk que lo contemplaba ansioso.
    —¿Podrá Niahrin salvar al lobo, abuelo? —El chiquillo se disculpaba así de forma indirecta por lo que había dicho minutos antes, y el anciano sonrió para darle a entender que estaba perdonado.
    —Tendremos que esperar y ver, muchacho. Pero, si alguien puede, es ella.
    Era pasado el mediodía cuando Retty regresó de Ingan en el poni prestado, con la bruja Niahrin montada a la grupa detrás de él.
    Todos los habitantes de la zona conocían a Niahrin, pero, pese a la larga amistad, los aldeanos aún la miraban con una mezcla de curiosidad y compasión al saludarla. Niahrin probablemente no tendría más de cuarenta años de edad, y de espaldas, con su figura elegante y ligeramente rolliza y los cabellos de un negro azabache arrollados alrededor de la cabeza en dos trenzas, se parecía a cualquier aldeana madre de familia, incluso aunque sus ropas fueran viejas y un poco extrañas y sus colores a veces no combinaran demasiado. Pero, cuando se daba la vuelta y mostraba el rostro, esa ilusión se desvanecía.
    El ojo derecho de Niahrin era de un castaño límpido y cálido, la mejilla derecha mostraba un rubor saludable bajo el efecto bronceador del viento, y el lado derecho de la boca era carnoso y casi bello. Pero el ojo izquierdo estaba tapado por un parche de colores, hecho con un pedazo de tapiz viejo, y la piel que quedaba debajo aparecía arrugada por viejas cicatrices de un color gris blanquecino que descendían hasta la mandíbula como las marcas de las zarpas de un animal, tirando hacia abajo de la comisura izquierda de la boca y dando una terrible contorsión a su sonrisa. Nadie sabía qué accidente había provocado tal desastre, y Niahrin se negaba a hablar de ello. Pero un rumor persistente afirmaba que la desfiguración era el resultado de una maldición lanzada sobre ella por su abuela cuando Niahrin no era más que una criatura. Nadie recordaba a la vieja bruja ahora, ni se acordaba de su nombre siquiera, pero todo el mundo coincidía en que una mujer que podía ser tan cruel con alguien de su propia sangre debía de haber sido una criatura llena de pura e implacable maldad. Unos pocos temían que Niahrin hubiera heredado algunos de los rasgos de su abuela, pero los hechos hablaban mejor que las palabras; Niahrin era una herbolaria experta y utilizaba la vieja magia sólo para el bien, y la gran mayoría de las personas no sólo la respetaba sino que sentía afecto por ella.
    Como ella misma ya había explicado al niño, Retty había tenido mucha suerte al encontrarla ese día en el mercado. Como tantas de las brujas de las Islas Meridionales, Niahrin prefería la vida solitaria en el bosque a la atmósfera más mundana de una ciudad o pueblo. Tenía su hogar en la gran zona boscosa que se extendía entre la costa de Amberland y la fortaleza del rey en Carn Caille. Cultivaba sus propias verduras e hierbas y los habitantes del bosque la abastecían de carne, de modo que sus visitas a Ingan eran pocas y espaciadas. Lo cierto es que había estado a punto de no acudir ese día, y únicamente una intuición de que hallaría algo de particular interés la había convencido de dirigirse a la ciudad. A lo mejor, dijo a Retty al tiempo que se golpeaba un lado de la nariz y le dedicaba un guiño conspirador con el ojo bueno, el lobo la había llamado pidiéndole ayuda, tal como a veces hacían los animales con los humanos que los comprendían...
    Retty no podía evitar que le gustase Niahrin, a pesar de su aspecto desconcertante. Durante el viaje de vuelta desde Ingan la mujer lo había entretenido con historias de los bosques, de partidas de caza y de animales y de habitantes de los bosques, y de aquella ocasión en que el mismo rey había pasado a caballo acompañado por la reina y toda su corte, y de cómo al pasar el monarca le había dedicado una inclinación de cabeza como si ella fuera una dama de la nobleza. La reina era muy joven y hermosa, dijo Niahrin, pero tenía un aspecto delicado y abatido, aunque la bruja añadió que probablemente no era nada que una botella de su propio tónico de hierbas no hubiera subsanado si ella hubiera tenido el valor de ofrecerla.
    Finalmente llegaron a la casa de Retty, situada cerca del puerto, y al sonido de los cascos del poni la madre y el abuelo del muchacho salieron a la puerta. Se intercambiaron los cumplidos de rigor, y se condujo a Niahrin a través de la casa hasta el fregadero de la parte trasera de la casa, donde yacía el lobo herido sobre un montón de sacos. La familia se amontonó en la pequeña habitación detrás de ella, e incluso Esk fue lo bastante osado ahora en presencia de la bruja como para atisbar desde detrás de las faldas de su madre.
    —El chico dice que le parece que las patas traseras del animal están rotas. —Niahrin se agachó junto a los sacos y pasó una mano firme pero suave sobre el lomo del lobo y luego sobre los costados. Un espasmo reflejo crispó el cuerpo del animal, y la bruja meneó la cabeza afirmativamente—. Mmmm... bueno, no estoy tan segura. Puede existir una fractura, pero si así es se trata de una fractura limpia, y ella todavía tiene sensibilidad en el lomo. El daño no es irreparable.
    —¿Es una hembra? —El abuelo miró por encima del hombro a Niahrin con sorpresa—. Parece tan grande... Y esas cicatrices en el hocico... Pensaba que sólo eran los machos los que se metían en peleas.
    Niahrin lanzó una risita ahogada.
    —Oh, te sorprenderías. Los lobos no son tan diferentes de nosotros los humanos; las mujeres siempre pueden hacer pasar un mal rato a los hombres cuando se trata de una buena escaramuza. Bueno —introdujo la mano en un pequeño morral que le colgaba del hombro—. Primero, le daré un poco de mi elixir especial. Tiene dolor, ¿sabéis?, de modo que unas gotitas ayudarán a aliviárselo. También tiene algunas heridas; necesitaré un poco de agua hirviendo para preparar una cataplasma; luego entablillaré y vendaré las patas, lo justo para llevármela a casa sin que sufra más daños.
    —¿A tu casa? —Retty estaba consternado—. Oh, pero yo pensé que nos la quedaríamos.
    Su madre lanzó un bufido de sorpresa, y Niahrin negó con la cabeza.
    —No, querido, eso no estaría bien, y no sería lo mejor para ella. Necesita cuidados adecuados y que todo cicatrice bien; no es mi intención ofenderos, buena señora, pero estoy segura de que tenéis trabajo más que suficiente sin que además tengáis que ocuparos de un animal enfermo. —Sonrió por encima del hombro a la madre de los niños—. Si tenéis algunas tiras de ropa o de lona y un par de pedazos de madera no muy largos que me podáis dar, eso es todo lo que os pido.
    —Desde luego. —La mujer, con Esk pegado a ella, salió a toda prisa a buscar lo que le habían pedido. Al ver el rostro alicaído de Retty, Niahrin le sonrió.
    —No te inquietes. Te iré enviando noticias de sus progresos, y, si tu madre y tu abuelo te autorizan, podrás venir a visitarla dentro de un tiempo. Más o menos después de la próxima luna nueva; para entonces estará en condiciones de recibir visitas.
    —¿Puedo, abuelo? —Retty levantó la vista esperanzado. —Sí, claro, si tu madre está de acuerdo. Niahrin volvía a examinar a la loba. —Bueno, no tiene leche, de modo que no hay cachorros huérfanos de los que preocuparnos. —Hizo una pausa—. ¿Decís que la encontrasteis en la playa? ¿Arrastrada por la marea?
    —Eso es lo que parece —le dijo el abuelo—. Aunque cómo fue a parar al mar y, aún más, cómo se apartó tanto del bosque, es algo que sólo la Madre sabe.
    —Sí; vagabundean, claro, pero suelen ir hacia el sur en dirección a la tundra, no al norte. La verdad es que dudo que se trate de uno de nuestros lobos locales. No recuerdo haberla visto antes, y con esas cicatrices y el pelaje moteado no es un animal que yo olvidaría fácilmente. Mientras hablaba, Niahrin había ido pasando una mano sobre el hocico de la loba en tanto que la otra trazaba menudos y rápidos signos en el aire por encima de la frente del animal; de improviso se detuvo y se inclinó para estudiarlo con más atención—. Empieza a despertar.
    La loba lanzó un gañido y se estremeció. Retty intentó mirar, pero su abuelo lo obligó a retroceder dos pasos.
    —Déjale sitio, muchacho. Demasiados rostros extraños todos a la vez la asustarán.
    Niahrin canturreaba en voz baja ahora mientras permanecía inclinada sobre el animal, palabras que ni el anciano ni el chiquillo comprendieron. Muy despacio, los ambarinos ojos de la criatura se abrieron. Estaban nublados y miraban sin ver; el animal parecía hacer grandes esfuerzos por respirar. Entonces, tan débilmente que sólo la bruja pudo oírlo, una voz apagada pero clara brotó de su garganta.
    —¿Don... dónde está Índigo? Qui... quie... ro a Índigo...
    Niahrin aspiró con fuerza, alarmada. ¡Madre Todopoderosa, la criatura hablaba!
    —¿Pasa algo? —El abuelo se adelantaba, y la intuición de Niahrin envió a su mente una veloz advertencia.
    —No —respondió al momento—. No, no pasa nada.
    Las mandíbulas de la loba volvieron a abrirse y la mujer colocó una mano sobre el moteado hocico. No quería que ni el anciano ni el niño supieran lo que había visto y oído; había algo muy extraño aquí que todavía no podía comprender y, hasta que lo hiciera, sería más sensato mantener para sí lo que había descubierto.
    —Toma, vamos. —Obligó a sus palabras a recuperar un tono normal y con gran cuidado separó los labios de la loba, para luego introducir el cuello de la botella de elixir entre los largos dientes—. Puede tragar el licor, y eso la hará dormir de nuevo e impedirá que sienta dolor. —Observó con atención mientras una buena dosis descendía por la garganta del animal—. Bien, ¿está lista el agua? Lo mejor será que le echemos un remiendo lo más deprisa posible, y así podré marcharme y llegar a casa con ella antes de que oscurezca.
    Le ofrecieron un poni y una carreta para que ella y su paciente regresaran al bosque, pero Niahrin no quiso aceptar. No estaba acostumbrada a manejar caballos, dijo; montar a la grupa era una cosa pero si la dejaban sola se metería en un lío, y además no tenía ningún sitio donde instalar al poni durante la noche. Agradeciéndoselo de todo corazón, prefería mucho más tomar prestada una carretilla que podría devolver más adelante; la loba estaría bastante cómoda, y la caminata no era nada para ella. Antes de partir recetó unas pócimas para la tos de un vecino y para el hijo de otro que empezaba a sacar los dientes, entregó a la madre del muchacho un paquete de hierbas para cocinar, y muy amablemente aceptó cuatro pescados salados, un pesado pastel y una cesta de huevos recién puestos en pago de sus servicios. También volvió a prometer que Retty podría visitar a la loba cuando ésta estuviera recuperada, lo que disipó un poco la tristeza del chiquillo mientras la veía marchar colina arriba empujando la carretilla hasta desaparecer de la vista siguiendo la carretera de Ingan.
    Los aldeanos ofrecieron escoltarla, pero Niahrin había decidido que nadie debía acompañarla en el trayecto de regreso a casa. Por una parte quería mantener para sí el secreto que había descubierto; y, por otra, el solitario paseo le proporcionaría tiempo para reflexionar sin distracciones sobre aquel misterio.
    La loba yacía en la carretilla, tan cómoda como era posible tenerla en un lecho de sacos y paja. El animal se encontraba sumido en un profundo sueño, parecido a un trance —Niahrin le había suministrado más cantidad del licor de la que era estrictamente aconsejable, pero tenía sus ramones—, y, mientras se ponía en marcha con pasos largos y decididos, con la carretilla traqueteando y bamboleándose delante de ella, la bruja empezó a revisar mentalmente lo poco que sabía.
    Un lobo que hablaba el lenguaje humano. ¿Había oído jamás algo parecido? Rememoró las historias que su madre le había contado, luego retrocedió aún más hasta las enseñanzas y los conocimientos locales recibidos de su abuela, y decidió que no. Y la criatura había sido arrojada a la playa por el mar. Por norma los lobos no se aventuraban cerca del mar; parecían sentir un temor o aversión instintivos por él, y sabía con seguridad que ninguno vivía a menos de dos kilómetros o más de la costa. ¿Existiría, se preguntó de improviso, alguna conexión con el barco embarrancado frente al cabo Amberland durante el temporal del día anterior? Las noticias viajaban veloces en la región, y el naufragio había sido el tema de conversación en el mercado de Ingan. Había muchos supervivientes, por lo que había oído (y había que dar gracias a la Madre por ello), que se estaban recuperando en uno de los poblados de Amberland situados más allá a lo largo de la costa. A lo mejor podría enviar un mensaje con uno de los hijos de los guardabosques, para preguntar si había habido una loba a bordo del barco. No era muy probable, pero Niahrin había aprendido hacía ya tiempo que no era prudente descartar ni siquiera las conjeturas más extravagantes.
    Luego estaba la cuestión de lo que había dicho la loba. Algo sobre que quería a Índigo. ¿Qué era Índigo? ¿Una persona?, ¿un lugar?, ¿un objeto? ¿O lo había entendido todo mal, y la pobre criatura había estado intentando decir «me quiero ir» o algo parecido? Sí, eso tendría sentido. Pero Niahrin tenía el presentimiento de que no lo había entendido mal.
    Contempló meditabunda el lamentable montón de pelaje gris, seco ahora pero todavía sucio, que descansaba en el interior de la carretilla. Primero lo primero: comodidades y cuidados era lo que importaba por encima de todo, y esas cosas ella podía proporcionarlas en grandes cantidades. Pero, cuando hubiera hecho todo lo que estaba en su mano... bien, entonces habría tiempo para investigar más a fondo.
    Niahrin llegó al bosque una hora antes de anochecer, lo que la satisfizo. Los días eran cada vez más largos a medida que la primavera se estiraba hacia el verano; muchos de los árboles mostraban ya los brillantes colores de las jóvenes hojas nuevas como una neblina verde, y la hierba en los claros brotaba exuberante y vigorosa. Tendría una buena cosecha de escalonias en su parcela de las verduras cualquier día de éstos, y era casi el momento de sembrar judías y raíces de verano. Una época de cultivo y también una buena época para curar heridas. Con una extraña y pesarosa sonrisita, se dijo que era también una buena época para volver a despertar una vieja magia, una que hacía muchos años que no utilizaba. La idea le produjo un escalofrío nada agradable, pues en lo más profundo de su mente todavía la temía como siempre había hecho, y le devolvía recuerdos que habría preferido no recuperar. No obstante, un don existía para ser utilizado. Y el don que su abuela le había entregado, veinticinco años atrás, era tal vez el único medio de resolver este enigma...
    Su casa se encontraba a media hora de camino desde el linde del bosque, en un claro entre robles, fresnos y abedules que en pleno verano formaban un agradable dosel moteado. Al igual que otras casas de los alrededores, estaba construida en madera con un tejado de turba, y se erguía firme y cuadrada en el interior de su propia parcela vallada con mimbre. No tenía más que un piso y dos habitaciones, pero siempre había sido lo bastante amplia para las necesidades de Niahrin.
    La mujer empujó la puerta —no había cerraduras, pues ningún isleño osaría jamás penetrar en la casa de una bruja sin ser invitado— y encendió dos velas antes de arrastrar la carretilla hasta el umbral y levantar en brazos a la loba que dormía en su interior. El animal era pesado, y, pese a su buena forma física y su fuerza, Niahrin dio gracias que la criatura no estuviera despierta para sufrir tan torpe maniobra. Por fin, consiguió depositar a la loba sobre un jergón relleno de heno junto a la chimenea, y empezó a encender el fuego que había dejado dispuesto aquella mañana. Lo primero que haría sería colocar su comida a calentar, pues nadie trabajaba bien con el estómago vacío, y mientras el cazo hervía tendría tiempo de tratar adecuadamente los entablillados y vendajes de la loba y de añadir uno o dos conjuros, que no había podido realizar bajo la mirada de los aldeanos, para infundir poder curativo.
    Cuando terminó, del cazo del trébedes se elevaba un olor apetitoso y la habitación estaba caliente y bien iluminada por la luz del hogar, desafiando a la oscuridad exterior. Mientras se servía una generosa ración de estofado de conejo en un bol y cortaba un pedazo de grueso pastel como postre, Niahrin entonó una dulce canción, en parte para calmar a la dormida loba y en parte para crear la atmósfera soporífera que permitiría a su mente realizar la transición desde una realidad a la otra. Comió despacio, de forma casi ritual; luego se sirvió un vaso de agua de una jarra, lo bebió y fue a sentarse con las piernas cruzadas en el lado opuesto de la chimenea al que se encontraba la loba. Durante quizás un minuto todo permaneció en silencio; entonces, desde algún punto en las profundidades del bosque, un búho lanzó su solitario y lúgubre grito, y Niahrin supo que era el momento oportuno.
    Se llevó una mano al parche que le cubría el ojo izquierdo, y lo levantó. Desde que le habían hecho aquello, había dejado de tener espejos, pero recordaba muy bien la expresión de horror en los rostros de aquellos a quienes se había mostrado; el asco, la repugnancia, la compasión por una mujer condenada a la soltería por el don de su abuela.
    Ella era especial, eso era lo que su abuela había dicho. Niahrin no le guardaba rencor, pues aun entonces había comprendido que la anciana tenía razón y había aceptado el don de buen grado; incluso había querido más a la abuela por ello. ¿Qué importaba si ningún hombre iba a mirarla jamás a no ser con expresión de repugnancia? Estaba casada con su arte, y eso era algo que aquellos que la compadecían no podrían entender nunca.
    El ojo izquierdo de Niahrin era el ojo de una monstruosidad. Sin pestañas, la piel arrugada como una pasa a su alrededor, su color convertido en un horrible gris cadavérico, cuyo iris parecía difuminarse en el blanco del ojo y fundirse en él. Y la mirada era fija e inmóvil, desviada a un lado en una espantosa mirada estrábica; una expresión de auténtica demencia.
    Pero Niahrin distaba mucho de estar loca. Y este ojo, este don, por grotesco y horrible que pudiera ser, le proporcionaba algo que era totalmente suyo.
    Niahrin empezó a canturrear otra vez en voz baja. El terrible ojo bizco parpadeó una vez, y sobre la imagen de la habitación iluminada por las llamas empezaron a aparecer nuevos paisajes, que se materializaban despacio pero con claridad, otras realidades que se fusionaban con su agradable mundo. Pasado, presente y futuro, uniéndose como los hilos del telar de un tejedor. Lo que fue; lo que podría haber sido; lo que podría ser. Y en su mente, como fantasmas susurrantes, las voces del podría y del pudo y del si empezaron a hablarle...

CAPÍTULO 4


    Niahrin permaneció despierta hasta bien entrada la noche, meditando sobre lo que había averiguado —o, quizá lo que era más importante, sobre lo que no había averiguado— en su viaje a los mundos de las posibilidades.
    Estaba sentada junto a la más pequeña de las dos ventanas de la casa, observando los cambiantes dibujos que la luz, de la luna trazaba al filtrarse por entre los árboles que rodeaban el claro mientras las imágenes seguían persiguiéndola. De vez en cuando volvía la cabeza y contemplaba la yacente figura de la loba, apenas distinguible ahora en la cada vez más apagada luz de las llamas, y en esos momentos le daba la impresión de que las imágenes se acercaban más, de que surgían de entre las sombras para convertirse casi en una presencia tangible en la habitación. Una anciana, con la espalda encorvada por el reuma, los ojos extraviados y llenos de una silenciosa y furibunda amargura; una pareja hermosa, despreocupada y risueña; un hombre vestido con ropas elegantes que yacía boca abajo sobre un lecho mientras su sangre teñía las sábanas de hilo; un anciano sabio, de cabellos blancos y rostro bondadosos, que tocaba un arpa que lloraba y gemía. Y otra más. Alguien cuyo rostro sabía que había visto en algún monto de su vida pero al que su memoria era incapaz de dar un nombre o una identidad. Ése era el misterio más extraño de todos. A lo mejor era el esfuerzo agotador que significaba poner en funcionamiento sus poderes adivinatorios, o tal vez no era más que el efecto soporífero del fuego que la había adormilado y le había hecho perder la concentración, pero se despertó de improviso con un sobresalto, a tiempo de escuchar los ecos de un sonido familiar que se desvanecían en el bosque. Frotándose el ojo derecho para aclararlo —el parche volvía a estar en su sitio—, Niahrin atisbo por el grueso cristal de la ventana, ahuecando la mano sobre él para ver mejor. La luna debía de haberse puesto, ya que el claro estaba a oscuras. Pero en algún lugar ahí afuera, silenciosos como la noche misma, ellos estaban despiertos y alerta. No los vería, a menos que quisieran mostrarse, pero sintió su presencia con fuerza y sin la menor duda. Los lobos del bosque eran viejos amigos y no los temía. Sin duda habían percibido la nueva presencia entre ellos, en su casa, y sentían curiosidad. O algo más... A su espalda se escuchó un movimiento y un gañido ahogado. La bruja volvió la cabeza y vio que la loba se agitaba en medio de su drogado sueño. Lamía el aire con la lengua, una de las patas delanteras se crispaba y la cola intentaba inútilmente golpear sobre el jergón.
    —Chissst. —Niahrin alzó una mano y dibujó un signo en el aire—. Chisst, pequeña; duerme. Sin sueños, sin dolor. El herido animal profirió un suspiro casi humano y volvió a relajarse. Niahrin lo observó unos segundos; luego se levantó y fue hasta la puerta. El aire nocturno susurró fresco contra su rostro y brazos desnudos; aguardó hasta que su ojo se hubo acostumbrado a la oscuridad y entonces avanzó hasta la puerta del jardín.
    —No os inquietéis por ella —dijo en voz baja—. Está a mi cuidado, y haré todo lo que pueda para ayudarla. Pronto regresará con vosotros, os lo prometo.
    Los lobos, si es que escuchaban, no dieron ninguna respuesta. Sólo se escuchó el débil crujir de las ramas del bosque y el murmullo de una ligera brisa danzando por entre la vegetación del jardín. Niahrin suspiró y regresó a la casa. Esta noche había hecho todo lo que había podido. Lo único que deseaba ahora era dormir.
    También Grimya había oído la llamada de los lobos del bosque, pero el sonido llegó hasta ella en medio de una neblina de semiinconsciente confusión. En algún punto de su entumecida mente era consciente de que sentía dolor, aunque el dolor se encontraba en otro plano; sabía que estaba allí pero no lo sentía. Pensó que había dormido mucho tiempo, y había soñado mucho; sueños extraños y desconcertantes en los que intentaba correr tras Índigo pero descubría que las patas traseras no querían obedecer y era incapaz de moverse. El sonido de la llamada de los lobos la entristeció y asustó, pero había habido otra voz, una que no conocía, que le había canturreado y había hecho desaparecer sus temores. Cuando sentía sed, unas manos sostenían un cuenco con agua para que bebiera, y el agua tenía un curioso dulzor que la tranquilizaba y la sumía de nuevo en sueños. A otro nivel de conciencia percibió períodos de luz y de oscuridad, y luego por fin se produjo una sensación de emerger, de forcejear hacia arriba a través de nubes grises en dirección a un punto de luz, a medida que la auténtica conciencia iba regresando poco a poco. Sintió dolor entonces; un abrasador dolor punzante que la atravesó como una lanza al rojo vivo, y lanzó un involuntario e incontrolado gañido borboteante. Al momento se escuchó un movimiento a su espalda; luego una sombra cerró el paso a la luz que penetraba por la ventana de la casa, y una mujer se inclinó sobre ella.
    —¿Estás despierta? —Una mano descendió ligeramente para tocar la parte superior de la cabeza de Grimya. —. Ah, sí, ya veo que lo estás. Y además tienes dolor. Espera, espera un momento, y lo aliviaré. —Se alejó; Grimya escuchó unos ruiditos, y enseguida la mujer regresó con un cuenco de algo que parecía agua aunque no olía como ella. «¿Puedes lamer? Inténtalo, a ver si puedes beber. Yo te ayudaré. —Con sumo cuidado ayudó a Grimya, a levantar la cabeza un poco, y la loba consiguió lamer el contenido del recipiente. El líquido tenía un gusto raro pero no desagradable, y casi al momento se produjo un alivio del dolor.
    Niahrin sostuvo el cuenco hasta que ella hubo terminado; luego lo apartó.
    —Muy bien, ya está. No te muevas. Quédate quieta.
    Acarició el pelaje de Grimya para tranquilizarla, pero su mirada estaba alerta mientras contemplaba el rostro de la loba con furtivo interés. ¿Comprendía la criatura lo que le decía? Era difícil estar segura; sus adivinaciones no habían sido concluyentes, y en los tres días transcurridos desde entonces Niahrin había empezado a preguntarse si no habría estado equivocada desde el principio y no habría confundido los gritos de dolor del animal con el habla humana. Pero, aunque los ambarinos ojos de la loba estaban todavía como aturdidos, existía tensión y cautela en; su mirada; no simplemente la cautela propia de cualquier animal sino algo mas... inteligente. Bien, se dijo al fin Niahrin, sólo había una forma de asegurarse, y ésta era desafiar directamente a la criatura. Si la intentona fracasaba; no habría hecho otra cosa más que hacer el ridículo, y, como allí no había nadie para reírse de ella, ¿qué importaba?
    En la piedra de la chimenea se mantenía caliente un puchero tapado; la mujer sacó un plato de madera de un nicho en la pared y sirvió parte del contenido del puchero en él.
    —Aquí tengo comida para ti. Son gachas, y, aunque a: lo mejor no te gustan demasiado, llevan hierbas y cebada y te harán bien. Cuando estés más fuerte te daré
    conejo y tal vez un poco de carne de venado.
    Sí, parecía probable que la criatura comprendiera, ya que : profirió un ruidito de aquiescencia como si diera su conformidad. Niahrin depositó el plato en el suelo frente al animal y retrocedió.
    —Y, cuando hayas comido —dijo—, quizá podamos conversar.
    La loba la miró con asombro y desazón, y las dudas de Niahrin desaparecieron al instante. Sonrió al tiempo que se agachaba en el suelo de modo que ambas quedaran a la misma altura.
    —Mi nombre —añadió en voz baja— es Niahrin. Pero no sé el tuyo, ni siquiera si tienes realmente un nombre. ¿Me lo dirás, querida? Porque creo que puedes hacerlo, si quieres.
    Grimya le devolvió la mirada mientras su cerebro trabajaba a toda velocidad. No sabía qué hacer, y con la incertidumbre llegó el temor. ¿Cómo es que aquella mujer conocía su secreto? ¿Lo había adivinado simplemente, o poseía algún poder que le permitía saber la verdad? Durante todos los años pasados con Índigo, Grimya había revelado su habilidad sólo a muy pocos extraños y únicamente cuando circunstancias desesperadas no le habían dejado otra elección. No sabía nada de Niahrin, y no podía saber qué podía hacer la bruja si ella capitulaba. Para muchas personas, un animal con el poder de hablar como los humanos sería un trofeo que querrían explotar, y Grimya temía que la mujer no quisiera más que encarcelarla o bien exhibirla en una jaula o venderla a otra persona. Un lobo que hablara podía proporcionar a su captor una buena cantidad de dinero, y la mujer era a todas luces pobre, por lo que podría verse tentada con facilidad.
    Niahrin, que observaba al animal con atención, volvió a hablar:
    —No tienes por qué tener miedo de mí, querida. No quiero hacerte daño. —Hizo intención de extender una mano, pero Grimya le mostró los dientes de improviso y la mano retrocedió—. Por favor —dijo la bruja—. Por favor; no tengo intención de hacerte daño en ninguna forma.
    Grimya, quería creerlo. Después de todo, la mujer la había acogido, alimentado y cuidado e incluso había eliminado el dolor de su espalda y patas. Seguía sin poder mover las patas, y en un breve instante de temor se había preguntado si no era cosa de la mujer, una forma de aprisionarla y dejarla indefensa. Pero, a medida que su mente se despejaba, regresó a su memoria el naufragio y con él el horrible recuerdo de haberse visto arrojada al mar; de su lucha por llegar a la orilla y su incapacidad para vencer la fuerte corriente que la arrastró fuera de la bahía, lejos de la tripulación y de sus rescatadores, para finalmente lanzarla contra unas rocas ames de que acabara en aquella playa desierta como si se tratara de un pedazo de madera. Entonces había sentido un terrible dolor, un dolor que la había hecho aullar, y cuando intentó incorporarse las patas le habían fallado y había perdido el conocimiento. A partir de ese momento, sus recuerdos no eran más que una nebulosa de roja agonía; había habido voces infantiles, movimientos traqueteantes, murmullos y oscuridad y alguien que intentaba secarle el pelo, luego nada hasta el momento en que había despertado en este lugar. No, esta mujer no le había hecho daño sino que hacía todo lo que podía para ayudarla. Grimya deseaba
    confiar, pero...
    De repente se escuchó un ruido fuera de la casa, un fuerte golpe y una voz que gritaba. Niahrin dio un respingo al escuchar que aullaban su nombre.
    —¡Niahrin! Bruja, ¿estás ahí dentro? ¡Sal, mujer; despierta, maldita sea, y ayúdame a echarlos!
    Niahrin maldijo en voz baja. Se incorporó de un salto y corrió a la puerta, que abrió de un tirón para precipitarse luego al exterior. Por qué ahora, de todos los momentos que se podían elegir...
    —¡Perd! Perd, ¿eres tú quien crea toda esta conmoción fuera de mi casa?
    Con los labios apretados por la cólera corrió hacia la puerta del jardín; al acercarse, los matorrales situados en el linde del claro se agitaron y apareció un hombre. Era alto, enjuto y vigoroso, aunque el rostro arrugado y los blancos cabellos, lacios y cada vez más escasos, indicaban que tenía ya más de setenta años. Vestía un surtido de ropas mal combinadas y demasiado grandes para él que en otra época habían sido de buena calidad pero que ahora necesitaban desesperadamente un lavado y un arreglo, y mientras avanzaba a grandes zancadas hacia la puerta agitaba en el aire un nudoso bastón de madera de endrino.
    —¡Mujer, estás descuidando tus deberes! —Su voz era un chillido irritado—. ¡Holgazaneando dentro de casa sin tomar prevenciones para mantener apartados a los lobos, y todo viniéndose abajo! ¿Es que quieres que vengan y te desgarren la garganta? ¿Lo quieres? ¿Lo quieres?
    El enfado de Niahrin se convirtió en furia.
    —Perd Nordenson, ¿qué haces aquí? ¿Qué es lo que quieres? ¡Estoy ocupada! A menos que tengas algo que tratar conmigo, vete y déjame en paz.
    —¿Algo que tratar? —El anciano hizo una mueca despectiva—. ¡Deberías considerarte satisfecha de que yo tenga cosas que tratar contigo, mujer, porque de no haber sido así por la mañana te habrían encontrado en la cama con la garganta desgarrada! Pero yo los vi. ¡Los vi, y los eché!
    Niahrin suspiró al comprender. Perd y los lobos. Con Perd siempre se trataba de los lobos. Por qué los odiaba de aquella forma era algo que ni ella ni ninguna de las personas que lo conocían podían adivinar, pero incluso pronunciar la palabra «lobo» en presencia de Perd era provocar una diatriba de apasionado odio. Y Perd poseía una poderosa habilidad para odiar.
    La mujer avanzó con más tranquilidad hasta el final del jardín y, manteniendo la barrera de la puerta entre ellos, intentó adivinar el estado de ánimo del anciano. Parecía probable que se tratara de uno de sus mejores días, ya que al menos se mostraba coherente y de momento no le había escupido ni arrojado el bastón contra la cabeza, cosas ambas que sabía que había hecho en más de una ocasión. Esperando no equivocarse, dijo en tono apaciguador:
    —Bueno, Perd, ya debes de saber, porque te lo he dicho muchas veces, que los... las criaturas no me molestan y no tengo nada que temer de ellas. Pero te agradezco tu preocupación.
    Había pulsado la cuerda apropiada, ya que el fuego se apagó en los enloquecidos ojos
    de Perd y éste desvió la mirada. Sus manos se retorcían incesantemente sobre el bastón.
    —Ahí. —Dirigió un dedo acusador hacia un punto situado junto a la valla de Niahrin—. Estaban ahí, justo ahí, tan tranquilos! ¡Dos de ellos, sentados, contemplando tu puerta! Iban a... —¡No, Perd, no iban a desgarrarme la garganta!
    ¡Diosa bendita! Su obsesión era inquebrantable, se dijo la bruja, y su voz recuperó un tono acerado. Era vital mantenerse firme con Perd y no dejar que adquiriera ventaja ni por un instante. Al mismo tiempo, no obstante, su cerebro registró y empezó a dar vueltas a lo que el anciano había dicho. Dos lobos, sentados sencillamente... Eso no era nada corriente; no era en absoluto su forma de comportarse.
    —Sentados —repitió Perd con salvaje énfasis, como si una parte de su retorcida mente hubiera captado sus pensamientos—. Sentados. ¡Esperando! Para desgarrar...
    —¡Perd, es suficiente! —Niahrin regresó al mundo real con un sobresalto. Arrugó la frente ante el tono empleado y repitió con menos vehemencia—: Suficiente. Agradezco tu preocupación, como te he dicho, pero no quiero escuchar nada más. Dices que tienes cosas que tratar conmigo. ¿Qué es lo que puedo hacer?
    El hombre se miró los pies y sacudió la cabeza. Como era un gesto al que ya estaba acostumbrada, la bruja suspiró. —Vamos, querido, dime lo que es. Ya sabes que no se lo diré a nadie más; sabes que puedes confiar en mí.
    Durante unos instantes volvió a producirse un silencio; luego, inopinadamente, el hombre avanzó arrastrando los pies hasta quedar a centímetros de distancia de ella, aunque con la verja todavía entre ambos. Niahrin percibió un olor familiar en su aliento: el áspero alcohol destilado por algunos de los menos honrados habitantes del bosque y vendido a todos aquellos que eran lo bastante estúpidos para matarse lentamente sólo por conseguir unas pocas horas de inconsciencia. De todos modos, en el caso de Perd el mejunje parecía hacer más bien que mal; al menos mantenía a raya su delirio y lo dotaba de cierto equilibrio durante un tiempo. Había dejado caer al suelo el bastón de endrino ahora, y estiró un brazo hacia ella, subiéndose la manga del sucio abrigo mientras lo hacía. Niahrin contempló con asombro la larga cuchillada que descendía desde el codo hasta la muñeca. No era profunda pero estaba cubierta de sangre seca, y se veían señales de supuración bajo la mugre general que cubría la piel.
    —¿Cómo te hiciste eso? —inquirió, mirándolo a los ojos.
    Perd no contestó, lo que fue más que suficiente para confirmarle la verdad.
    —¿Con ese cuchillo tuyo? ¿Sí? —Él hizo un gesto afirmativo de la cabeza, y la mujer chasqueó la lengua—. ¿Cuántas veces te he advertido sobre esa arma tan peligrosa? No estás en condiciones de manejar un cuchillo así; si no estás amenazando sombras con él entonces te amenazas a ti mismo.
    —Lo necesito —refunfuñó Perd—. Lo necesito. O ellos desgarrarían...
    Lo interrumpió rápidamente antes de que pudiera empezar de nuevo.
    —Perderás el uso del brazo, o peor, si no se limpia y venda.
    —La limpié y la lavé.
    —Lo más probable es que la lamieras con la lengua. Ahora, entra en... —Entonces recordó a la loba que estaba en el interior de la casa y cambió rápidamente lo que había estado a punto de decir. Perd no debía ver a la criatura, o ella no podría controlarlo—.
    Entra en el jardín y siéntate en el banco, y yo iré a buscar lo necesario. —El pestillo de la puerta chasqueó; él entró y se dejó caer sobre el banco de madera que ella indicaba—. Espérame aquí y no te muevas.
    Seguía allí cuando ella salió, y había empezado a llorar; las lágrimas describían pálidos riachuelos por el sucio rostro. Niahrin estaba acostumbrada a aquello y no dijo nada; no sabía el motivo por el que lloraba, ni siquiera si existía un motivo para ello, pero preguntarle era inútil ya que no podía —o no quería— dar una respuesta sensata. La mujer había llevado agua caliente y un trapo y uno de sus preparados de hierbas con un vendaje limpio, y Perd permaneció sentado sin ofrecer resistencia como un niño pequeño mientras ella limpiaba y trataba y por fin vendaba la cuchillada. Niahrin se preguntó qué habría ocasionado que se atacara a sí mismo esta vez. A Perd lo seguían a donde fuera fantasmas y demonios, y durante sus momentos malos a menudo intentaba exorcizar los horrores que se apoderaban de él en su imaginación, derramando su propia sangre en un intento desesperado de arrancar y destruir a sus imaginarios atormentadores. Aunque no podía afirmar que Perd le gustaba —lo cierto es que dudaba que a ningún ser vivo del país le pudiera gustar un hombre así— la bruja lo compadecía profundamente y a menudo había deseado que sus remedios tuvieran el poder de curar la demencia.
    Pero ahora se preocupó sólo del bienestar físico del anciano. El vendaje no tardó en quedar colocado y atado, y repitió por tres veces una severa instrucción de que no tenía que arrancarlo sino regresar a verla dentro de dos días, o al menos tan pronto como se acordara de hacerlo, de modo que ella pudiera ver cómo iba la cicatrización.
    —¿Y dónde está tu cuchillo, ahora? —preguntó.
    Él la miró de soslayo, furtivamente.
    —En alguna parte, bien guardado.
    De modo que no se había deshecho de él. Niahrin suspiró.
    —Muy bien. Pero debes recordar, Perd: la hoja es afilada, y hace daño. Intenta no tocarla. ¿Me lo prometes?
    —Lo... —Por un instante, una extraordinaria claridad apareció en los ojos del anciano, y con ella una terrible desdicha—. Lo intentaré...
    —Estupendo. —Dio unas palmadas en el brazo sano y, ayudándolo a ponerse en pie, lo empujó en dirección a la verja—. Muy bien, pues; vete a casa, y nos volveremos a ver dentro de dos días.
    Salió del jardín arrastrando los pies, luego se detuvo de improviso y se miró.
    —Diosa bendita... —dijo con voz débil y entrecortada—. Diosa bendita, la suciedad... —Se dio la vuelta bruscamente y la contempló suplicante—. ¡Quiero estar limpio! Madre querida de todo lo vivo, ¿qué me ha sucedido? ¿Cómo me he convertido en esto? —La sujetó del brazo—. ¿Puedo lavarme? ¿Puedo?
    También esto lo había visto Niahrin con anterioridad: un breve pero violento retorno a una lucidez completa, y repugnancia por sí mismo.
    —Sí, querido —contestó—, puedes lavarte y bañarte; no afectará al vendaje el que se moje. Pero no te lo quites. Recuérdalo.
    —Sí. —Apartó la mirada de ella como avergonzado de encontrarse con sus ojos—.
    Lo recordaré esta vez. Sé que me olvido a menudo, pero lo recordaré. Gra..., gracias. Eres siempre tan amable... No sé por qué.
    Niahrin lo miró alejarse y vio cómo el juego de luz y sombras del bosque lo ocultaba mientras se marchaba. Había dejado atrás el bastón de endrino, y ella lo recogió y lo dejó apoyado contra la verja. A lo mejor se acordaría y regresaría en su busca, o tal vez se limitaría a cortarse otro con aquel terrible cuchillo suyo. Sacudiendo la cabeza, triste por él aunque a la vez perdida toda esperanza, Niahrin regresó a la casa.
    Entró... y en el umbral recibió un sobresalto. La loba herida había conseguido darse la vuelta y se encontraba medio caída, medio sentada con las patas delanteras clavadas en el suelo y los pelos del lomo totalmente erizados, los dientes al descubierto y los ojos llameantes. Un hilillo de saliva resbalaba de sus mandíbulas, y, cuando la sombra de Niahrin oscureció la entrada, gruñó amenazadora.
    Niahrin se quedó muy quieta, sorprendida y asustada, Empezó a preguntar:
    —¿Qué... ? —Pero antes de que pudiera pronunciar otra palabra la loba dijo, con voz gutural pero con elocuente claridad:
    —¡Échalo! ¡Echa fuera al demonio!
    El cuerpo de la bruja se cubrió de gotas de sudor caliente y frío.
    —Has hablado...
    —Sssí. He hablado. ¡Échalo! ¡Por favor! —Entonces, romo si le llegara como una espantosa revelación, añadió—: ¡Oh, me duele... me... duele!
    Grimya no había querido hacerlo. Se había sentido indecisa, demasiado temerosa de confiar en la bruja a pesar de lo que el instinto y la evidencia le decían, y había dado gracias por la interrupción que le había evitado verse forzada a tomar una decisión. Pero, al escuchar las voces que sonaban en el exterior de la casa, otro instinto se había despertado en su interior. Quien fuera que estuviera ahí afuera y lo que fuese que estuvieran diciendo, Grimya sentía miedo. No, más que eso: estaba aterrorizada. Y sintió un ramalazo de amargo odio como jamás lo había sentido en su vida, ni siquiera cuando siendo un cachorro su jauría se había revuelto contra ella, la había atacado y la había expulsado por ser diferente. El hombre de allí fuera también era diferente, pero en lugar de compasión ella no sentía más que un intenso horror y repugnancia, y con ellos una espantosa sensación de vulnerabilidad. Había conseguido mantener el control cuando Niahrin regresó por unos instantes en busca de agua, hierbas y vendajes, pero, cuando la bruja salió otra vez, el sofocante temor empezó a crecer y crecer hasta que Grimya ya no pudo contenerlo. Había maldad en el exterior, una amenaza terrible, y presa del pánico había dominado el dolor para prepararse a rechazar su ataque. Ahora, sin embargo, no había ningún ataque y el dolor se había apoderado de ella; no tenía fuerzas para luchar contra él ni para ocultar su angustia. Ni le importaba haberse delatado, pues el dolor que sentía eclipsaba todo otro pensamiento.
    La respuesta de Niahrin fue rápida y eficiente. Dio a Grimya un potente sedante y apaciguó su dolor en el descanso del sueño. Cuando la loba volvió a despertar, le había vuelto a arreglar las tablillas y renovado los vendajes, y ella yacía otra vez en posición cómoda frente al fuego. La bruja estaba sentada en el suelo con las piernas cruzadas al otro lado de la chimenea, contemplándola, y en cuanto vio que Grimya estaba despierta
    preguntó:
    —¿Se ha ido el dolor?
    Grimya parpadeó; luego recordó que su secreto había sido descubierto y que no había necesidad de fingir que no comprendía.
    —sssi —respondió con voz ronca y, tras una pausa, añadió avergonzada—: Gracias...
    Niahrin pasó entonces a darle una amable pero severa conferencia sobre su estupidez. ¿No se daba cuenta de lo malherida que estaba? Un hueso de su pata trasera derecha estaba roto y los cuartos traseros habían quedado algo aplastados. Padecía magulladuras y golpes demasiado numerosos para poderlos contar, había sufrido conmoción y los efectos del mal tiempo y era sólo gracias a un milagro de la Madre del Mar que no se había ahogado. Así pues, ella le agradecería que fuera tan amable de no estropear todo el trabajo de Niahrin, que al fin y al cabo era sólo por su bien, comportándose como un cachorro insensato e intentando ponerse en pie cuando únicamente estaba en condiciones de permanecer tumbada muy quieta hasta que se le dijera lo contrario. Grimya aceptó el rapapolvo en silencio y con las orejas caídas; lo cierto es que no se había dado cuenta del alcance de sus heridas y ni siquiera ahora estaba segura de lo que significaba una pata rota ni de cuánto tiempo tardaría en curar. Pero, cuando la reprimenda finalizó, la expresión y actitud de la bruja cambiaron.
    —Bien, pues —dijo—. Creo que podemos dejarlo ahí por ahora, siempre y cuando tenga tu promesa de que me obedecerás.
    No tenía demasiada elección, se dijo Grimya, incómoda; de modo que se pasó la lengua por el hocico y contestó: —Sssí. Lo prrrometo.
    —¡Estupendo! Ahora, creo que tú y yo tenemos mucho que contarnos la una a la otra, ¿no es así? —Niahrin le dedicó su peculiar sonrisa torcida, y la ceja sobre el ojo sano se enarcó profundamente—. Una loba que habla con voz humana... ¿Sabes, querida, que en un principio creí que estaba equivocada? —Vaciló—. Es decir, si realmente eres una loba, y no alguna quimera. —Soy una loba. Nada más.
    Y, consciente de que no podía esquivar la verdad, o al menos una buena parte de ella, Grimya contó a Niahrin la mutación con la que había nacido y que la había convertido en una proscrita entre los de su raza. La bruja escuchó comprensiva, y dio la impresión de que no tenía dificultades para aceptar su historia, a pesar de lo extraña y fantástica que era. A Grimya le costaba admitir su evidente aceptación y por fin se interrumpió y preguntó vacilante:
    —¿Me... crees?
    —¿Creerte? —Niahrin pareció sorprendida—. Desde luego. ¿Por qué no tendría que hacerlo? Sólo un loco cree que la creación de la gran Madre tiene límites... Y, además, tengo la evidencia de mis propios oídos y ojos, y no existe nada que me convenza más que eso. —Su curiosa sonrisa se transformó de repente en una mueca—. ¡A menos que no seas un ser vivo sino un duendecillo travieso que ha venido a tomarme el pelo! —No lo soy... —empezó Grimya, angustiada. —¡Tranquila, querida, tranquila! No era más que una broma mía, sólo una broma. Sé lo que eres. No tengo ninguna duda. Pero me desconcierta que no nos hayamos encontrado antes. Me gusta pensar que conozco a mis lobos, y estoy segura de que habría observado la presencia de uno diferente. ¿No eres de esta parte del bosque? —No —admitió Grimya—. No..., no soy ni de este país. —¿No eres de las islas? ¡Ah! —Niahrin juntó las manos—. Entonces es lo que yo sospechaba: estabas a bordo del barco; ¡el barco que embarrancó en los arrecifes de Amberland! Grimya no podía llorar, no podía derramar lágrimas como lo habría hecho un humano, pero de improviso sus ojos ambarinos mostraron tal desolación que Niahrin se inclinó al frente con una débil exclamación de pena.
    —Querida, ¿qué es lo que he dicho? ¿Qué te ha trastornado? —Entonces recordó el incidente en la casa del pueblo, y la palabra que la loba había pronunciado en su delirio: Índigo. No era un lugar, pensó Niahrin, y tampoco un objeto. Empezaba a comprender.
    »Grimya —agregó, confiando en haber entendido bien el nombre—, ¿quién es Índigo?
    —¿Qué..., qué sabes de ella? —La loba se puso rígida. «Ella... » Bueno, así que había estado en lo cierto; y ahora sabía un poquito más.
    —No —dijo la bruja—, no sé nada, pero tú pronunciaste su nombre mientras dormías, la llamaste. —Extendió la mano para tocar la cabeza de Grimya con suma dulzura, acariciante, consoladora—. ¿Quién es, cariño? Confía en mí, y cuéntamelo todo.
    Grimya confiaba en ella. Tenía la mente más despejada ahora, y percibía con su infalible instinto que esta mujer no la traicionaría, ni la utilizaría ni intentaría sacar provecho de ella en ninguna forma. Sus anteriores temores carecían de fundamento; y resultaría un alivio, un gran alivio, confiarse a un espíritu amigo, a alguien que quizá tuviera el poder de ayudarla.
    Habló a Niahrin de Índigo. No dijo toda la verdad, ya que la cautela permanecía aún y era una antigua regla que ni ella ni Índigo revelaran jamás todo su secreto a ningún ser viviente. Índigo era su querida e íntima amiga, explicó, y desde su fortuito encuentro en el País de los Caballos, el lugar donde ella, Grimya, había nacido, las dos habían viajado juntas durante..., bueno, hacía ya muchísimo tiempo. Habían visto gran parte del mundo, pero finalmente se habían cansado de vagabundear y habían planeado regresar a las Islas Meridionales, país natal de Índigo. La muchacha se había enrolado en la tripulación del Buena Esperanza... y el resto, dijo Grimya, Niahrin ya lo sabía.
    —Diosa querida. —La voz de la bruja estaba llena de compasión—. Tan triste final a lo que debiera haber sido una historia feliz... Que tú sobrevivieras, y sin embargo tu amiga haya..., haya muerto.
    —No; no ha muerto. —Los ojos de Grimya centellearon.
    Niahrin la contempló entristecida.
    —Oh, querida. No quiero defraudar tus esperanzas, pero...
    —No —repitió la loba, con más energía—, Índigo no está muerta. —No podía explicarlo, ya que no había contado a Niahrin que Índigo era inmortal y no podía morir; ésa era parte de un secreto más importante que no podía darse a conocer. Levantó los ojos, suplicante—. Ti... tienes que creer que lo sé. Lo sé.
    Niahrin hizo un esfuerzo por comprender. Un vínculo telepático, había dicho la loba. A lo mejor era eso; tal vez seguía en contacto con la mente de su amiga.
    —¿La... percibes? —inquirió con cautela—. ¿Percibes su presencia..., su existencia?
    Sin quererlo había dado a Grimya la ayuda que ésta necesitaba. Los ojos de la loba se iluminaron y contestó impaciente:
    —¡Sí! La percibo. Es así co... como sé que Índigo está viva.
    Esto era algo extraño y magnífico, se dijo Niahrin. Sabía algunas cosas sobre telepatía aunque ella no poseía ese don, pero nunca antes había imaginado que pudiera existir un vínculo tan extraordinariamente fuerte, y empezó a preguntarse qué clase de persona sería la misteriosa Índigo.
    —¿Sabes dónde está, Grimya? —inquirió con expresión vehemente—. ¿Puedes encontrarla... o ella a ti?
    La luz se apagó en los ojos de la loba.
    —No. —Había dicho una mentira a Niahrin, pues ya había intentado llegar hasta Índigo y comunicarse con ella y sus esfuerzos no habían tenido respuesta. O bien Índigo no estaba despierta para oírla, o la distancia entre ambas era demasiado grande—. No sé dónde está —añadió—. Pero sé que está viva. Lo sé.
    —Sí, sí. Tranquila ahora; te creo. —Niahrin meditó unos instantes y luego añadió—: Índigo... es un nombre extraño para alguien de las Islas Meridionales. ¿Sabes que el Índigo es el color del luto en nuestro país? ¡Seguramente no es ése el nombre que le pusieron al nacer!
    —No..., no lo sé —fingió Grimya, incómoda.
    —¿Vive su familia? ¿Conoces el nombre de su clan?
    —Están muertos, y... no conozco sus nombres.
    Quizás eso lo explicaba, pensó Niahrin. Tal vez Índigo había adoptado un nuevo nombre como demostración de su dolor; ése podía ser el motivo por el que había abandonado las islas y se había aventurado en tierras extranjeras durante tanto tiempo, con la esperanza de olvidar alguna terrible tragedia personal. Pero, aunque aquella teoría parecía bastante verosímil, Niahrin sentía en sus huesos que algo no estaba bien. No era más que su intuición, pero algo no encajaba.
    Además, estaban sus visiones, y eso le trajo a la mente otra cuestión inexplicable...
    —Cariño —dijo, volviendo a mirar a Grimya—, si tu Índigo está viva... y, sí, te creo cuando dices que lo está..., entonces yo la encontraré para ti.
    Eso no debería resultar difícil, pensó. Sería muy sencillo enviar un mensaje a los pueblos que bordeaban la costa preguntando por los supervivientes del naufragio; una mujer con el extraño nombre de Índigo no pasaría inadvertida y los isleños la recordarían. Lo más probable es que se encontrara en Ranna, o al menos que hubiera estado allí. Y saber su paradero sería mejor medicina para Grimya que las pociones de cualquier hechicera.
    —Enviaré un mensaje con uno de los habitantes del bosque —prometió—. A menudo tratan con las granjas y pueblos de los alrededores, y ellos harán correr la noticia rápidamente. Encontraremos a tu Índigo, no temas.
    —Eres muy ama... amable. —Los ojos de la loba brillaron afectuosos.
    —¿Amable? —Niahrin lanzó una risita—. Tonterías. Nadie haría menos. Ahora, si tú no estás hambrienta yo sí, de modo que comeremos ahora y luego dormirás. Dormir es el mejor remedio. —Se incorporó, un poco entumecida—. ¡Ah! Debo de estar haciéndome vieja; ya no tengo la flexibilidad que tenía. Oh... —Vaciló—, Una cosa. — De improviso, su ojo sano se clavó con fuerza en el rostro de Grimya—. ¿Qué fue eso que te asustó tanto que hizo que te volvieras a hacer daño?
    Grimya se vio cogida por sorpresa, que era precisamente lo que Niahrin había querido. Sus labios se entreabrieron un poco, mostrando las puntas de los colmillos, y un curioso ruidito resonó en su garganta. —Te... tenía... —Las palabras murieron. —No era más que un anciano. Un anciano loco, pero no puede evitar su locura lo mismo que ni tú ni yo podemos evitar nuestras penas. Tiene miedo a los lobos, pero no es realmente malvado, Grimya. —Arrugó la frente con fuerza—. ¿O no fue Perd quien te asustó? Fueron los lobos..., ¿verdad? ¿Sabías que estaban ahí, y les tuviste miedo por lo que te hizo tu propia jauría hace tanto tiempo?
    Grimya no podía darle una respuesta, pues ni ella misma sabía la verdad. Todo lo que recordaba era haber percibido algo siniestro, tan amenazador, tan horrible, que había inundado su cerebro y llenado de terror su corazón. A lo mejor eran los lobos; tal vez era eso. Desde luego temía a los de su raza, y por un buen motivo. Sin embargo, el instinto le decía que había habido más que eso, mucho más, aunque se sentía desesperadamente reacia a preguntarse qué podría haber sido.
    Niahrin se dio cuenta de su estado de ánimo y no la presionó más.
    —No, querida, no pienses en ello si te inquieta tanto. No importa, y tenemos cosas más importantes de las que preocuparnos ahora. —Tomó una cuchara de madera y la agitó en el aire—. ¡Comida para ti, y luego a dormir!
    «Y espero —pensó mientras Grimya empezaba a tranquilizarse— que ni Perd ni los lobos regresen demasiado pronto. Al menos no hasta que haya empezado a desentrañar algunas partes de este extraño misterio. »

CAPÍTULO 5


    Perd Nordenson no regresó a la casa durante los dos días siguientes, y, si los lobos rondaban por allí, Niahrin no advirtió su presencia y Grimya no mostró la menor inquietud.
    La bruja se sentía a la vez sorprendida y satisfecha por los rápidos progresos de su paciente. Grimya se había tomado en serio la reprimenda y obedecía concienzudamente todas sus instrucciones, y la promesa de Niahrin de hacer todo lo posible por encontrar a Índigo le había proporcionado muchos ánimos. Su mayor enemigo en estos momentos era el aburrimiento y —no sin cierta sorpresa por su parte, ya que jamás había creído poseer una vena tan frívola— Niahrin se encontró descuidando vergonzosamente su casa y su jardín para poder entretener a la loba. Grimya adoraba la música y Niahrin adoraba cantar; su voz era un poco ronca pero afinada y agradable, y conocía muchas de las canciones que la loba había aprendido de Índigo en los años que habían pasado juntas. Encantada de volverlas a escuchar, Grimya se sentía deseosa de enseñar nuevas canciones a Niahrin a cambio; melodías del continente occidental, de Khimiz, de Davakos. La mujer poseía una flauta de madera que no había tocado desde hacía años pero que, tras un poco de práctica, no tardó en volver a dominar, y aunque Grimya no podía cantar sí podía articular la mayoría de las notas con la suficiente exactitud para que Niahrin encontrara e interpretara la melodía. De este modo, el tiempo transcurría agradablemente, si bien Grimya se sintió desolada al descubrir que aún debería esperar algún tiempo antes de que los huesos rotos hubieran sanado y pudiera volver a andar.
    —No te pongas nerviosa —instó Niahrin con dulzura, al ver su desilusión—. Dentro de poco podrás empezar a poner a prueba tres de tus patas; no en exceso, claro, pero un poco de ejercicio ayudará a devolverte las fuerzas; y luego el tiempo te parecerá corto hasta que vuelvas a estar bien. Y entretanto la búsqueda de tu amiga Índigo continuará. ¡Existen muchas posibilidades de que la encontremos y venga aquí en tu busca antes de que tú estés lista para ir a la suya!
    La cuarta mañana después del encuentro con Perd, la bruja tuvo otro visitante, y más grato. Se ocupaba de su jardín, regando una hilera de jóvenes berros que necesitaban humedad extra si quería que crecieran bien, cuando escuchó pronunciar su nombre y al levantar la cabeza vio a Cadic Haymanson, uno de los guardabosques, acercándose a la verja.
    —Buenos días, Cadic.
    Niahrin se incorporó, sonriente. Cadic era un hombre de más o menos su misma edad o quizás un poco más joven, que tenía una cabaña a unos dos kilómetros de allí donde, al igual que sus antepasados antes que él, él y su mujer podaban los árboles y se ocupaban de ellos, y criaban su pequeña piara de cerdos en el bosque comunal. Tenía todo el aspecto de un guardabosques; ágil pero fornido, la piel oscura como la corteza de los árboles, buenas ropas tejidas en casa en tonos pálidos y terrosos.
    —Tus cultivos van creciendo. —Cadic se apoyó en la verja y dedicó un gesto de aprobación a la parcela de verduras.
    —Por el momento estoy muy satisfecha —asintió ella—. Tendré unas cuantas escalonias y hierbas frescas para vosotros dentro de pocos días, y necesitaré un haz de leña y otros dos cestos de troncos cuando vengas por aquí otro día. —Hundió un puño apretado en la parte inferior de la espalda para aliviar una punzada—. Milla está bien, espero. ¿Y los niños?
    —Todos bien. Milla quiere que te diga que el jarabe que le enviaste hizo milagros con Landie y ahora duerme de un tirón cada noche.
    —Me alegro de oírlo. —Niahrin dirigió una rápida mirada por encima del hombro en dirección a la casa, y añadió—: Y me alegro de verte, Cadic, por otro motivo. Necesito que me hagas un favor, tú y cualquier otra persona que pueda ayudar. —Pide. Cualquier cosa que pueda hacer. —Quiero encontrar a alguien —le dijo Niahrin—. Alguien que creo que se encontraba a bordo del barco que naufragó en el cabo Amberland durante la última tempestad.
    —Eso ha sido la comidilla de la región —repuso Cadic, frunciendo el entrecejo—. Era un carguero del este, por lo que se dice; algunos de los tripulantes fueron rescatados y los han trasladado a uno de los poblados de la costa, pero no sé a cuál, ni cuántos supervivientes hubo. —Hizo una pausa—. ¿Conocías a alguien del barco? Niahrin le dedicó una sonrisita enigmática. —En cierto modo, se podría decir. Tenemos una amiga mutua.
    —Bien, si me dices cómo se llama ese hombre, daré voces. —No él, ella. Una mujer joven, una isleña de nacimiento. No sé quiénes son sus familiares pero me han dicho que su nombre es Índigo.
    —¿Índigo? —Cadic la contempló incrédulo. —Estoy de acuerdo; es difícil creer que un habitante de las islas pudiera dar un nombre de tan mal agüero a su hija, y estoy casi segura de que ella debe de haberlo cambiado por algún motivo. Pero es así como la llaman ahora. —Por lo menos eso tendría que facilitar su búsqueda —dijo Cadic—. Nadie podría pasar por alto un nombre así, u olvidar rápidamente a su propietaria.
    —Exactamente lo que yo pienso. Así pues, si das la voz, Cadic, te estaré en deuda. Si alguien consigue encontrarla, agradeceré le den el siguiente mensaje. Decidle que tengo a Grimya a salvo, y decidle también dónde y cómo se me puede encontrar.
    —¿Grimya? ¿Quién es Grimya?
    —Nuestra amiga mutua. Y no me mires con esa curiosidad, Cadic Haymanson, pues no tengo intención de revelar más de lo que ya he dicho.
    Cadic conocía el tono y conocía a Niahrin lo suficientemente bien para comprender que no le sacaría nada más. —De acuerdo —repuso con jovialidad—, si quieres guardar tus secretos, guárdalos. Pero apostaría cualquier cosa a que hay una historia aquí.
    —Puede que sí, y tal vez un día te la cuente. Pero por ahora todo lo que quiero es encontrar a una mujer llamada Índigo.
    —Entonces haré correr la voz. Puede que valga la pena enviar un mensaje a Ranna cuando vayan las carretas de madera. Hay muchas posibilidades de que algunos de los pobres diablos del naufragio se hayan dirigido allí.
    —Gracias. —Niahrin se inclinó y arrancó varias ramas de un verde pálido y plumoso de entre sus hierbas—. Toma... Hay hojas suficientes en la artemisa para hacer un buen ramillete. Colócatelo en el sombrero; así se mantendrán frescas. Cuando llegues a casa, di a Milla que las coloque en su arca de roble, y las polillas no se darán un festín con
    vuestra mejor ropa de hilo.
    Cadic tomó el ramillete y olió agradecido el limpio y acre aroma.
    —Eres muy amable, Niahrin, y te doy las gracias. Me acordaré de tus troncos; ¿dos sacos, no es así, y un haz de leña? Los tendrás mañana o pasado mañana. —Hizo un gesto de despedida e intención de seguir su camino, pero se detuvo—. ¡Maldita sea, casi olvido lo que me trajo por aquí! Intento resolver un pequeño misterio propio, y a lo mejor me puedes ayudar. Se trata de Perd Nordenson. ¿Lo has visto últimamente?
    —¿Perd? Sí, claro, me vino a ver hace... cuatro, cinco días. —Niahrin arrugó la frente—. Tenía una herida fea en el brazo; por lo que conseguí sonsacarle, se la había hecho él mismo con ese afilado cuchillo suyo. Limpié y vendé la herida y le dije que regresara al cabo de dos días para que volviera a echarle un vistazo.
    —¿Y vino?
    —No, no vino. De todos modos eso no es extraño en él. Olvida las cosas nada más escucharlas, por regla general. —Clavó los ojos en el guardabosques—. ¿Por qué, Cadic? ¿Sucede algo?
    —Si he de decir la verdad, no lo sé. Pero hace ya unos cuantos días que nadie lo ha visto. No ha aparecido por ninguno de sus lugares habituales. Ni siquiera se ha dejado ver por la taberna de Ilio, y ya sabes lo a menudo que va por allí a dar la lata. Empezamos a pensar que le habría pasado algo, de modo que anoche unos cuantos fuimos a su choza. Tampoco estaba allí, y, por lo que vimos, unas cuantas de sus pertenencias también han desaparecido.
    —¿Pertenencias? —repitió Niahrin, irónica. —Ya lo sé, no tiene casi nada; pero cuanto menos haya, más fácil es estar seguro de que ciertas cosas faltan. Su cuchillo, por ejemplo. Y su cazo para cocinar, y las viejas botas que los carboneros le dieron hace dos inviernos. Y su capa.
    —¿Tenía una capa? —Niahrin estaba sorprendida—. Nunca lo he visto llevarla.
    —Ni nadie lo ha visto. La guarda..., la guardaba colgada de un clavo junto a su jergón. Es una cosa mugrienta, apolillada, probablemente tan vieja como él, y por lo que yo sé jamás la ha utilizado. Pero ha desaparecido junto con el resto.
    —Vaya —dijo Niahrin; la voz traslucía preocupación—. ¿Crees que a Perd simplemente se le ha metido en la cabeza marcharse?
    —Eso, o lo visitaron ladrones que se llevaron sus cosas, lo mataron y ocultaron su cuerpo en algún lugar. Pero eso no parece muy probable. No tenía nada que valiera la pena robar; incluso un bandido de la peor especie no se molestaría con él. No; tú eras la única persona que habría podido arrojar alguna luz sobre este enigma, pero, como tampoco has visto a Perd, parece seguro que sencillamente ha cogido lo que quería y se ha marchado. Es probable que sea su costumbre desde siempre; después de todo, es tal y como llegó aquí hace unos años: de improviso y como surgido de la nada. Aunque sólo la Madre sabe adonde habrá ido esta vez.
    —O por qué —añadió la bruja—. Estaba mejor que de costumbre cuando vino a verme —comentó meditabunda—. Desvariaba sobre los lobos, claro, pero aparte de eso su mente parecía bastante estable. —Arrugó aún más la frente—. Hubo un momento en el que creo que se vio a sí mismo con toda claridad. Puede que con demasiada claridad.
    Si ese estado de ánimo duró más de una hora o dos, podría haber tenido algún efecto permanente en él.
    —¿Y lo habría obligado a huir? —Cadic aspiró por entre dos dientes—. Es posible. Pero ¿adonde iría? ¿Adónde podría ir? No tiene familiares vivos por lo que sabemos; dudo incluso que pueda afirmar tener un solo amigo en las Islas Meridionales. Niahrin asintió solemne.
    —Es cierto. Pero ¿quién puede comprender la mente de un hombre como Perd? — Sonrió con ironía—. La Madre bien sabe que muchos de nosotros lo hemos intentado y fracasado. Bien, lamento enterarme de esto, Cadic. Al igual que tú, no puedo decir que sienta afecto por Perd, pero es triste pensar que está solo vagando perdido por ahí. No dudo de que tendrá sus razones para haberse marchado, y tanto si buscaba algo como si huía es una pregunta que probablemente jamás tendrá respuesta. Lo buscaré a mi manera, de la misma forma en que tú lo buscarás a la tuya, y si descubro algo serás el primero en enterarte.
    —Te lo agradeceré. —Cadic le devolvió la sonrisa—. Ahora lo mejor será que me vaya. Gracias, Niahrin..., y no olvidaré hacer correr la voz en busca de tu amiga perdida. Cuando el hombre hubo desaparecido en el bosque, Niahrin terminó de regar sus jóvenes plantas y regresó a la casa. Grimya dormía —lo que no era malo— y la bruja la contempló durante un minuto o dos mientras rumiaba sobre lo que Cadic le había dicho y se preguntaba cómo encajaba con la imagen fragmentada y escurridiza que había empezado a componer estos últimos días: Grimya, la mutante que tenía el poder de hablar; sus propios amigos lobunos, curiosos, que venían a sentarse en silencio frente a la casa como si velaran; Perd Nordenson, con sus extraños odios y obsesiones, que ahora había desaparecido. Lógicamente no existía conexión, pero Niahrin había aprendido hacía tiempo que la lógica no estaba demasiado presente en el juego de la vida y que los cabos más inverosímiles estaban conectados en la mayoría de los casos. Además, sus visiones no mentían. Y Perd había formado parte de esas visiones; una parte que ella no comprendía.
    Volvió la cabeza por fin y dirigió la mirada a la estrecha puerta, cubierta por una cortina de lana, que separaba la zona de vivienda de la casa de la otra habitación más pequeña. ¿Cuánto tiempo hacía que no había entrado allí dentro? ¿Dos años?, ¿tres?, ¿más? Probablemente más, ya que no recordaba qué había ocasionado su última incursión ni en nombre de quién había tenido lugar. Desde entonces la puerta había permanecido atrancada y la cortina no había sido descorrida. Niahrin no quería alterar eso, pues siempre había de pagarse un precio en aquella habitación y el precio era alto. Sin embargo, el instinto le decía que, puesto que sus otras habilidades habían fracasado, o producido como máximo respuestas nebulosas y ambiguas, éste podría ser el único recurso válido.
    Volvió a dedicar una rápida mirada a Grimya, comprobó que la loba seguía profundamente dormida, y avanzó hacia la puerta de la habitación interior. La cortina estaba llena de polvo; cuando la apartó a un lado una araña se escabulló de entre los pliegues, corrió pared abajo y desapareció en una grieta. Tras murmurar una disculpa a la pequeña criatura por haberla molestado, Niahrin desatrancó la puerta, levantó el
    pestillo y penetró en la habitación.
    La familia de la araña había tejido toda una capa de telarañas sobre el ventanuco cuadrado, de modo que la luz que se filtraba por ella poseía un tinte opaco e irreal. Pero, aparte de eso, y bajo el polvo que descansaba como una mullida manta sobre todas las cosas, la habitación estaba exactamente como la recordaba; tal y como la había dejado cuando por fin había salido dando traspiés agotada y deprimida a causa del agobiante trabajo mental, físico y espiritual que le imponía.
    La rueca se encontraba en su rincón, con una silla baja colocada junto a ella. Los husos de plata, vacíos, brillaban entre la pátina del desuso; una corriente de aire penetró por la abierta puerta y la rueda se movió un poco, crujiendo en su soporte con un sonido que Niahrin recordaba bien. Pero, dominando la habitación, oscuro y anguloso y también ligeramente siniestro, se alzaba el telar. Descuidado y sin tocar y sin alegres dibujos de urdimbre y trama que lo animaran, permanecía aletargado, tal y como lo había estado durante años; aletargado, pero no muerto. Niahrin percibió su contacto, su atracción, igual que su abuela y su tatarabuela los habían sentido antes que ella. Otra parte de su legado; un poderoso sirviente y a la vez un amante exigente.
    Permaneció con los ojos clavados en el telar y la rueca durante un buen rato, y luego, con calma, tomó su decisión. Al otro lado de los límites del bosque, en los pedregosos páramos que separaban el bosque de la tundra septentrional, habrían empezado ya a esquilar a las menudas y robustas ovejas. Habrían empezado a esquilar su magnífica lana para cardarla y teñirla y luego venderla a los hilanderos y tejedores, quienes se reunirían en Ingan el próximo día de mercado para comprar la primera —y la mejor— recolecta de primavera. Muy bien, pues; muy bien. Iría a Ingan, compraría y dejaría que la intuición y la Madre eligieran los colores, y después volvería a despertar los viejos poderes y vería lo que había que ver. Más infalible que las visiones, más infalible que la mente sola. Si quería respuestas a las preguntas que se hacía, ésta era la única forma de obtenerlas.
    Salió de la habitación y atrancó otra vez la puerta, dejando la rueca, el telar y las arañas en su secreto silencio.
    Cadic Haymanson era un hombre en quien podía confiarse, y al cabo de dos días empezó a correr la noticia por todos los pueblos de la costa de que la bruja Niahrin buscaba información sobre una mujer llamada Índigo, que, al parecer, había estado a bordo del Buena Esperanza. En un principio la búsqueda resultó infructuosa, sin dar como resultado más que movimientos negativos de cabeza y expresiones de sorpresa y curiosidad por el hecho de que una isleña tuviera un nombre tan desafortunado. Pero por fin, cuando las pesquisas abarcaron más terreno, encontraron lo que buscaban.
    —¿Índigo? —Uno de los vigilantes del faro, de regreso a casa finalizado su turno de vigilancia, había tropezado con un buhonero de Ingan en la encrucijada entre las carreteras de la costa y del interior—. Sí, he oído mencionarlo. Había alguien con ese nombre, una mujer, rescatada del naufragio de la última luna llena. —El vigía hizo una mueca—. Es un nombre curioso para una isleña; de mal agüero, diría yo. Pero sobrevivió al naufragio, de modo que la suerte debe de haber estado de su lado al menos esa noche.
    Respondiendo a más preguntas dijo que sí, que a la tripulación del barco naufragado la habían llevado a su pueblo y creía que uno o dos todavía podían encontrarse allí. Pero no podía asegurar quién se había ido y quién quedaba; lo mejor era preguntar a Olender, el médico. El buhonero le dio las gracias, y prometió pasar por su casa más tarde para mostrar a su esposa algunas pieles recién curtidas, tras lo cual la conversación pasó a chismorreos más generales y a las últimas noticias procedentes de Ingan mientras que los dos entraban juntos en el pueblo.
    El comerciante no tenía motivos para hacer hincapié en la cuestión de Índigo y ninguna razón para tomarse la molestia de hacer más preguntas. Se trataba simplemente de un mensaje de entre los muchos que se le pedía que propagara durante sus viajes, y carecía de especial importancia para él. De todos modos, como pensaba pasar la noche en el poblado y por lo tanto tenía tiempo de sobra, preguntó el camino hasta la casa de Olender cuando hubo terminado sus transacciones comerciales. El médico estaba en casa, y el buhonero descubrió que su investigación había llegado con un día de retraso. Índigo había estado allí —durante varios días, además, dijo Olender, recuperándose de una herida en la cabeza— pero el día anterior por la mañana había partido en dirección a Ranna, junto con el capitán del Buena Esperanza y varios otros tripulantes. El le había aconsejado que esperara un poco más, añadió el médico. La muchacha había sufrido un feo golpe que le había provocado la pérdida de gran parte de su memoria, y si quería recuperarla era mejor descansar que viajar antes de estar totalmente recuperada. Pero Vinar había insistido en que ella estaría perfectamente a su cuidado, y había dicho que tal vez una visita a Ranna la ayudara a recordar lo que había olvidado. ¿Vinar? Un scorvio; un hombre fornido, como un oso, de cabellos rubios. Él e Índigo estaban prometidos.
    El comerciante dio las gracias a Olender, compró un tarro de pomada de saxífraga para un molesto panadizo de su dedo y se despidió del médico. A su regreso a Ingan transmitió las noticias que traía; Ranna se encontraba muy lejos de su territorio, pero varios carreteros viajaban con regularidad allí y pasarían el mensaje.
    Se necesitaron otros cinco días para que la búsqueda llegara a Ranna, esta vez mediante un joven que viajó hasta allí en una carreta de pasajeros con la esperanza de hacerse marinero. Ranna era el mayor puerto de las Islas Meridionales, un lugar enorme, desconcertante, ruidoso y bullanguero. Pero incluso para un forastero resultaba bastante fácil encontrar los muelles y tabernas donde los capitanes contrataban nuevas tripulaciones, y fue en una de estas tabernas que el joven tropezó con el davakotiano Brek.
    Brek se mostró desconfiado, casi suspicaz, ante la mención del Buena Esperanza, pero al escuchar el nombre de Índigo su actitud cambió.
    —¿Alguien la busca? —Se inclinó al frente con la mirada muy atenta—. ¿Quién?
    El joven sólo sabía que el mensaje procedía indirectamente de los habitantes de los bosques cercanos a Amberland, y así lo dijo. Brek se mordisqueó el labio inferior.
    —Los habitantes del bosque... Me pregunto, ¿podría ser familia suya alguno de ellos?
    —Eso no lo sé, señor —dijo el muchacho—. Pero había un mensaje, según me dijeron. Que le comunicáramos que alguien tiene a su amiga Grimya sana y salva, y las
    gentes del bosque pueden decirle dónde.
    —¿Grimya? ¿Está viva? —inquirió Brek con un respingo.
    —Viva y bien, dijeron.
    —¡Dulce Madre del Mar! Esas son buenas noticias... no, más que buenas, ¡es asombroso! ¡Pensaba que Grimya había muerto, pensaba que no había tenido la menor oportunidad!
    —¿Era Grimya otro miembro de la tripulación? —se atrevió a preguntar el muchacho.
    —¿Qué? No..., no lo era, no en ese sentido. Grimya no es una persona; es una loba. Una loba domesticada; era la mascota de Índigo. —Brek lanzó un silbido por entre los dientes—. ¡Estaba seguro de que se había ahogado!
    Ansioso por congraciarse y obtener el favor de un patrón potencial, el joven dijo:
    —Si ella... Índigo, quiero decir..., si ella está aquí en Ranna, señor, le transmitiré de buena gana la noticia. Estoy seguro de que se alegrará de oírla.
    —Podrías haberlo hecho, muchacho, si hubieras venido a verme hace unos días, pero es demasiado tarde. Ya se ha ido.
    El desaliento se pintó en el rostro del joven, quien dirigió involuntariamente la mirada hacia la abierta fachada de la taberna y a la vista del puerto que se divisaba desde allí.
    —¿Ha regresado al mar?
    —No, no; ha ido tierra adentro, con su hombre. Ha perdido la memoria, ¿sabes? No puede recordar quiénes son sus familiares ni dónde viven. De modo que ella y Vinar han ido en su busca. —Por primera vez el rostro de Brek se distendió un poco—. Vinar pidió su mano a bordo y ella lo aceptó, pero él no piensa casarse con ella hasta que obtenga el permiso de su padre. Ya lo ves, ahí tienes a un auténtico scorvio. Impasible y tozudo. —Sus ojos centellearon, de improviso risueños, mientras se preguntaba si inadvertidamente no habría insultado al joven—. ¿Tú no eres scorvio, verdad?
    Este le devolvió la mirada con sonrisa vacilante.
    —No, señor. He nacido y me he criado aquí.
    —¿Buscas trabajo?
    El muchacho asintió con la cabeza.
    —Bueno. A lo mejor te puedo ayudar. No de inmediato, ya que no tengo ningún barco que mandar por el momento. —La boca de Brek se torció, no con amargura pero, sí en un duro ángulo al rememorar los crueles recuerdos—. Pero hay dos buques escoltas davakotianos que aguardan en el puerto una misión al continente oriental, y me he alistado como tripulación hasta Huon Parita. —Brek hizo una pausa—. ¿Sabes lo que son buques escoltas?
    —Sí, señor —respondió el otro al punto con avidez—. Barcos pequeños pero veloces, con un ariete bajo la línea de flotación y una balista en la cubierta. Custodian los cargamentos valiosos y los protegen de los piratas.
    Brek asintió, satisfecho. Si el muchacho se había tomado la molestia de aprender un poco sobre clases y funciones de navíos evidentemente quería decir que sentía el interés suficiente para resultar prometedor.
    —Hay posibilidades de que los buques escoltas sean asignados a un barco de la clase
    Oso que tiene previsto atracar dentro de siete o diez días. El convoy zarpará de Ranna dentro de un mes, y uno de los escoltas necesita todavía un grumete. A cambio de que hagas un recado, me ocuparé de que consigas el puesto si lo quieres.
    Los ojos del muchacho se iluminaron excitados.
    —¡Sí, señor! Cualquier cosa que desee de mí, sólo dígalo y lo haré... ¡Muchas gracias, señor!
    Brek le sonrió con frialdad.
    —Puede que ya no tengas tantas ganas de darme las gracias cuando lleves un mes saltando a las órdenes de un patrón davakotiano. El trabajo de grumete es el más bajo y el peor de todos los de un barco, y la vida en un buque escolta es más dura que en la mayoría de los barcos. Harás todo el trabajo sucio, y quiero decir sucio, que nadie tocaría ni con una pértiga; estarás al servicio de todos y de turno a todas horas, y si hay problemas tendrás más posibilidades de que te maten que al resto.
    El ardiente brillo de sus ojos no perdió fulgor.
    —Eso no es más que lo que esperaba, capitán Brek. Quiero ser marino, y todo el mundo sabe que el mejor lugar para aprender es a bordo de una nave davakotiana. Será un privilegio, señor. Una auténtica oportunidad y un privilegio, ¡y no le fallaré!
    No, pensó Brek, probablemente no lo haría.
    —Bien —dijo—, lo que quiero que hagas es que sigas la carretera que Índigo y Vinar tomaron, que los alcances y les des el mensaje que me has traído a mí aquí. Lo mejor será que te asegures de que hablas con Vinar, pues no hay forma de saber si Índigo ha recuperado ya la memoria.
    —Lo haré, señor —prometió el muchacho—. Pero ¿cómo los reconoceré?
    —Índigo es una mujer guapa con una melena de color castaño, y Vinar... —Brek rió en voz baja, y el sonido de su propia risa lo sorprendió ya que parecía que hubiera transcurrido muchísimo tiempo desde la última vez que la había oído—. Bueno, no puedes confundirte con Vinar; dudo que nadie pudiera. Así de alto —señaló las vigas del techo por encima de sus cabezas—, y así de ancho —extendió totalmente ambos brazos—, con una melena de cabellos rubios y los ojos azul celeste de un marino, y aunque habla la lengua de las Islas Meridionales bastante bien, tiene un acento extranjero que se podría cortar con un cuchillo embotado. No hay duda de que la Madre no hizo dos como él. Encuéntralo, como te digo, dale el mensaje, y luego regresa aquí a Ranna. Tienes un mes antes de que zarpemos.
    —Habrá tiempo suficiente, señor. —El joven se puso en pie rápidamente y dedicó a Brek un saludo que, aunque no habría sido aceptable para un capitán realmente exigente, resultaba pasable en un principiante—. Y gracias otra vez, señor. ¡Gracias!
    Puede que fuera porque le recordaba a sí mismo a esa edad, o puede que se tratara de una simple reacción ante la noticia de que Grimya había sobrevivido, pero Brek se sintió curiosamente contento, y eso despertó en él un impulso generoso.
    —Toma. —Hundió la mano en la bolsa que llevaba al cinto y sacó un buen montón de monedas—. Necesitarás comer y dormir durante el viaje, y apostaría a que casi no te queda nada ya. —Vio que el muchacho abría la boca para protestar y lo acalló con un gesto—. Llámalo un préstamo si eso te hace más feliz, aunque no es más de lo que pagaría a cualquier mensajero. Vete, ahora; cuanto antes, te marches, antes regresarás y estarás listo para trabajar en serio. Un mes, recuérdalo. No más.
    Brek cerró los oídos a las renovadas muestras de agradecimiento del muchacho, turbado por su profusión, y lo siguió con la mirada mientras éste abandonaba a toda prisa la taberna, con paso rápido y la cabeza muy erguida. Sí, el muchacho resultaba prometedor. Tendría que haberle preguntado el nombre; eso era algo que había olvidado. De todos modos no importaba. No tardaría en regresar con la misión cumplida, y a Brek le satisfizo pensar que había hecho un favor a dos amigos. En conjunto, no había sido un día tan malo.

CAPÍTULO 6


    Era un entretenimiento tosco, improvisado sin pensar, pero aun así se reunió una buena multitud para disfrutar de la diversión. El día había sido cálido —desde luego, el más cálido de la estación hasta el momento— y prometía seguir igual durante un tiempo, de modo que, terminada la tarea diaria, con el sol hundiéndose por el oeste y el aire lleno de los aromas de las flores de espino y de la hierba fresca, la plaza del pueblo empezó a llenarse de gente. Habían desmontado los corrales de ovejas para tener sitio donde bailar, y se había arrastrado una carreta fuera del establo comunitario para que sirviera de improvisado escenario a los músicos. El público se las ingenió para encontrar asiento; algunos sobre fardos de heno del año anterior sacados del establo, otros en bancos sacados de la taberna de Rogan Kendarson, ubicada enfrente, mientras que otros se acomodaron sencillamente en el suelo, que resultaba bastante seco si se escogía el lugar con cuidado. Amigos y vecinos del poblado y de granjas remotas intercambiaban saludos y conversaban en tonos que el fragante aire transportaba por toda la plaza; los gritos y risas de los niños resonaban por todas partes, y a medida que oscurecía se iban encendiendo antorchas y faroles, lo que convirtió la plaza en un oasis acogedor y brillante.
    Como ocupantes de dos de las habitaciones de huéspedes de la taberna de Rogan, Índigo y Vinar ocupaban puestos privilegiados sobre un banco colocado en el exterior, donde podían apoyarse cómodamente contra la pared de piedra y tener una buena vista de todo lo que ocurría. Vinar había ordenado una jarra de sidra y una bandeja de empanadas de cordero, que alegremente y con liberalidad compartía con todos los que tenía cerca. El acompañante de Índigo se sentía entusiasmado ante la idea del espectáculo de aquella noche, en especial porque tenía la esperanza de que la música podía tener éxito allí donde otras estrategias habían fracasado, y volver a abrir las cerradas puertas de la memoria de la muchacha. Esta se hallaba sentada a su lado, feliz en apariencia y animada mientras departía con sus vecinos y con la esposa de Rogan, Jansa, pero Vinar sabía que se trataba de una máscara superficial. Bajo ésta, Índigo sufría lo indecible. La había observado esperanzado con atención durante los últimos días, y a menudo cuando ella pensaba que su atención se encontraba en otra parte él había visto cómo los ojos de la muchacha se ensombrecían confundidos y su rostro se tensaba mientras se esforzaba inútilmente por recordar algo, cualquier cosa, que pudiera hacer girar la llave. Al mirarla ahora, Vinar sintió una aguda punzada al recordar la insignificante y, secreta alegría que había sentido durante los primeros días que siguieron al naufragio, cuando había comprendido lo que la pérdida de memoria de Índigo podía significar para él. No es que se hubiera alegrado de que hubiera sucedido, de ninguna manera... Pero, puesto que era así, la tentación de aferrarse a tan inimaginable oportunidad de realizar aquello que más deseaba había sido tal que Vinar no pudo resistirse.
    La alegría no duró, sin embargo. Su conciencia se había ocupado de ello, pues Vinar era esencialmente demasiado honrado para seguir engañando a Índigo, que confiaba totalmente en él. Se daba cuenta de que la muchacha se sentía trastornada por sus propios sentimientos; ella creía haberlo amado en una ocasión y se entristecía al no poder recordar ese amor y no sentir ninguna chispa en su interior. Vinar no podía vivir con aquella mentira... pero tampoco podía reunir el valor necesario para confesar la verdad, al menos no aún. Admitir lo que había hecho significaba arriesgarse a perderla para siempre, y la posibilidad era demasiado horrible. Finalmente decidió que no existía más que una única línea de acción que pudiera seguir honorablemente: tenía que hacer todo lo que estuviera en su poder para devolver a Índigo la memoria perdida; entonces, y sólo entonces, podría conquistarla de forma honrada. La conquistaría. Por mucho tiempo que necesitara, por mucho que tuviera que luchar, lo haría. Luego, cuando ella lo amara tanto como él la amaba, podría contarle la verdad sin temor a las consecuencias.
    Así pues, alentado por su resolución, Vinar había convencido a Índigo de que lo acompañara en un viaje de descubrimiento. Estaba convencido de que, en algún lugar de las Islas Meridionales, la familia de ella aguardaba para darle la bienvenida a casa, y no podía resultar tan difícil para un hombre ingenioso el encontrarla. Podían permitirse viajar, ya que los supervivientes del Buena Esperanza habían recibido la paga que les correspondía de manos del capitán de puerto de Ranna que llevaba las cuentas de los armadores del barco en Huon Parita. Podrían vivir durante tres, posiblemente cuatro meses, lo que sin duda sería suficiente; y, mientras buscaban, el tirón subconsciente de la familiaridad de su país de origen podría ser suficiente para hacer girar la llave fundamental en la mente de Índigo.
    Llevaban viajando dieciocho días ya y, por el momento, las islas no habían obrado el esperado milagro. Pero los acontecimientos de esta noche, pensó Vinar, podían alterar eso. Índigo adoraba la música y había tocado a menudo su arpa para la tripulación del Buena Esperanza durante el viaje hacia el sur, y, aunque él no podía afirmar en absoluto ser un experto, creía que la muchacha poseía un raro e inusual talento. El arpa se había perdido pero el talento debía de seguir ahí. Y esta noche, según le había dicho Rogan Kendarson, un arpista local figuraba entre los músicos del festejo...
    Un grito procedente del otro lado de la plaza y un amago de aplausos hizo que las cabezas giraran de improviso, y Vinar miró junto con el resto en dirección al establo. Un hombre delgado de aspecto vigoroso acababa de subir a la carreta y reclamaba silencio; uno o dos bienintencionados pitidos lo saludaron, seguidos de una aclamación cuando anunció el primer baile. Un violinista, dos flautistas y una muchacha con un tambor se encaramaron junto a él, y las parejas se colocaron en el ruedo despejado para iniciar el baile denominado Novios cortejándose.
    Nada más iniciarse la música, Vinar posó una mano sobre la de Índigo y le preguntó con una mueca divertida: —¿Quieres bailar?
    Ella le devolvió la sonrisa, pero cautelosa y con la indecisión que ya se había convertido en algo muy familiar. —No conozco los pasos. —¡Tampoco yo! Pero nos apañaremos, ¿eh? —Bueno... —Su mirada violeta se desvió a un lado—. Este no, Vinar, quizá más tarde.
    —Muy bien, lo que tú quieras. —Disimuló su decepción—. Será mejor escuchar la música un rato, ¿no te parece? Veremos si estos músicos son buenos.
    Ella asintió, al parecer aliviada de que él no fuera a insistir, y Vinar volvió a llenar sus copas mientras se arrellanaban para contemplar el espectáculo. El baile era sencillo y agotador, los músicos alegres y competentes aunque nada excepcional, y cuando la primera interpretación finalizó se escucharon gritos en demanda de viejas tonadas favoritas. La improvisada banda no dudó en complacer a su público e interpretó con ritmo El secreto del cornudo, Arando el surco y varias otras cuyos nombres Vinar no captó; luego la multitud exigió a voz en grito Cerdos en el huerto, una frenética giga en la que cada compás finalizaba con dos filas de bailarines que se dejaban caer a cuatro patas entre gruñidos, bufidos y chillidos mientras fingían olfatear manzanas caídas de los árboles. Vinar, que jamás había presenciado tal danza, se desternillaba de risa, y con otro vaso más de sidra en su interior también Índigo reía a carcajadas. Cuando la hilaridad general dio paso finalmente a una salva de aplausos, Vinar se puso en pie y agarró a Índigo de la mano. —Eso es absurdo —declaró con energía—; no puedo quedarme aquí sentado mirando... ¡Tengo que bailar, y tú conmigo!
    Desde lo alto de la carreta, el que pregonaba las canciones anunciaba en aquellos momentos El capricho de la hermosa doncella, en la que las mujeres escogían y cambiaban de pareja y ningún hombre se atrevía a discutir su elección. Mientras Índigo empezaba a ponerse en pie de mala gana, una muchacha de negros cabellos y ojos seductores, que llevaba rato observando a Vinar, se deslizó hasta la mesa que ocupaban y extendió los brazos.
    —¡Te elijo a ti!
    Dedicó a Índigo una mueca traviesa para demostrar que no existía malicia en su petición. Vinar vaciló, pero Índigo sonreía ya a la muchacha y volvía a ocupar su asiento, dejándolo sin demasiada elección. La jovencita tiró de él hasta el grupo de bailarines, y mientras se iniciaba la música Índigo se dedicó a contemplarlos. Resultaban una pareja desigual; Vinar se elevaba por encima del menudo cuerpecillo de la muchacha, y desde luego no era el mejor de los bailarines. Pero en una ocasión como ésta a nadie le preocupaba la elegancia ni la exactitud del paso; la diversión era todo lo que importaba. La música era muy alegre e Índigo seguía el ritmo con el pie, los dedos de una mano tableteando inconscientemente sobre la rodilla al ritmo de la música. No debería haber enturbiado el buen humor de Vinar con su renuencia a bailar, pensó; era cruel e injusta ya que él no quería más que hacerla feliz. Cuando terminara este baile lo compensaría. Se uniría a él de buena gana y bailaría toda la noche si era eso lo que él quería. Era tan buena persona, tan cariñoso y solícito... Por centésima vez deseó angustiada poder despertar otra vez los sentimientos que creía haber tenido por él. Le gustaba, lo respetaba, sentía aprecio por él... pero sus emociones eran como las que tendría por un hermano, no por un novio y futuro esposo. Vinar lo comprendía, había dicho, y había prometido a la muchacha que las cosas cambiarían con el tiempo. Pero Índigo aún no estaba convencida. Si tan sólo pudiera recordar algo...
    Y entonces, por un instante, así fue.
    La melodía de la danza carecía de palabras, pero de improviso unas palabras aparecieron en su cabeza, encajaron con tal facilidad en la melodía y ritmo de la música que estuvo a punto de entonarlas en voz alta.
    «¡Todos a una bailad y cantad; esta alegre danza con nosotros bailad!»
    No, se dijo, no era exactamente así. La melodía no era ésta, y las palabras... No era «todos a una» sino un nombre, el nombre de alguien. Fe..., pero no le venía a la cabeza. Fen...
    —¡Ahhhh!
    Índigo dio una violenta sacudida cuando por un fugaz instante el nombre vino a su memoria, pasó por su mente como un relámpago, y se desvaneció. Con el codo volcó su jarra, y el licor de manzana se derramó por la mesa, salpicándola a ella y vertiéndose sobre un anciano sentado en el banco junto a ella.
    —Lo siento... oh, lo siento mucho. Sus ropas... —Sobresaltada y temblorosa, Índigo tartamudeó mientras intentaba disculparse.
    —No es nada que no se vaya a secar —le aseguró el anciano; luego le dedicó una astuta mirada llena de curiosidad—. ¿Estás bien, chica?
    —Sí, sí, gracias, yo... Algo debe de haberme sobresaltado...
    —Un tábano, seguro —opinó sabiamente otro abuelo también sentado en el banco—. Una auténtica lata en esta época del año. Me han picado más veces de las que puedo contar, ¡y algunos en lugares que no me atrevería a mostrar ni a mi vieja! —Sonrió de oreja a oreja, mostrando tres dientes amarillentos en unas encías arrugadas.
    Se escucharon nuevas risas y los reiterados intentos de Índigo por disculparse fueron desechados con una sonrisa. Jansa salió al exterior con un paño para secar el líquido derramado, e Índigo pidió una nueva jarra para compartirla. El incidente había mitigado su sobresalto, cosa que agradeció, pero también había relegado el momentáneo atisbo de un recuerdo a su escondite y por mucho que ahora lo intentaba no conseguía recordar el nombre que había estado a punto de venir a ella. Desconcertada y sintiéndose un poco mareada, empujó a un lado sus pensamientos y se obligó a concentrarse en cuestiones más inmediatas. El capricho de la hermosa doncella tocaba a su fin; Vinar hizo una reverencia a su pareja y, dándose la vuelta, se abrió paso decidido por entre la multitud en dirección al banco mientras la banda iniciaba los acordes de Verdes, verdes son los sauces. Con los brazos en jarras se plantó frente a Índigo, y dijo con una amplia sonrisa:
    —Vamos. No me interesan otras muchachas. ¡O bailo con mi Índigo, o no bailo con nadie!
    Índigo se puso en pie. Querido Vinar. Aprendería a quererlo. Aprendería.
    Le dedicó la sonrisa más radiante que jamás le había dedicado y permitió que la condujera hasta los otros bailarines.
    Era casi medianoche cuando los últimos intransigentes admitieron finalmente su derrota y permitieron que los exhaustos músicos descansaran. Pero los festejos de la noche no habían terminado ni mucho menos. Daba la impresión de que todos los presentes en la plaza habían llevado consigo bolsas o cestas de comida, y pronto todos compartían pan, queso, fruta, pasteles y empanadas, mientras Rogan Kendarson y su hijo mayor sacaban rodando un nuevo barril de cerveza y anunciaban que todos podían servirse a su gusto. Finalizado el improvisado festín, unos cuantos juerguistas se marcharon y unos cuantos más se quedaron dormidos allí donde estaban, pero los restantes, fortalecidos y sin ganas de irse aún a la cama, exigieron más música y canciones que cantar. Esto era lo que Vinar había estado esperando, y su pulso se aceleró cuando vio cómo varios músicos nuevos se acercaban a la carreta-escenario, entre ellos un hombre joven con una pequeña arpa de regazo bajo el brazo.
    —Eh, Índigo. —Le dio un codazo—. Mira. Rogan me dijo que tenían un arpista. Apuesto a que no es ni la mitad de bueno que tú.
    Algo achispada después de tanto bailar y tanta comida, Índigo atisbo con los ojos entrecerrados y sonrió.
    —¡No soñaría en tomar tu dinero!
    Él no había dejado de repetirle una y otra vez que ella había tocado para la tripulación a bordo del barco, pero sus alabanzas eran tan desorbitadas que la joven estaba segura de que exageraba. De todos modos, flexionó los dedos como tañendo cuerdas invisibles. ¿Existía un reflejo en sus manos, un talento que no se había evaporado junto con sus otros recuerdos? Sus dedos mostraban antiguos callos que sugerían que había tocado a menudo, pero había perdido el arpa y —como le sucedía con tantas otras cosas— sólo tenía la palabra de Vinar de que había sido una intérprete competente; más aún: con talento.
    No obstante, se inclinó al frente y observó con atención mientras el arpista y el que tocaba el caramillo se acomodaban sobre la carreta. Se escuchó una breve salva de aplausos, y luego los dos músicos iniciaron una alegre y rítmica melodía. El arpista era bueno, se dijo Índigo; al menos eso le parecía a ella, aunque ahora no tenía patrón por el que juzgar. Mejor, al menos, que el que tocaba el caramillo, quien había dejado escapar más de una nota falsa y era algo torpe, aunque nadie parecía darse cuenta o darle importancia. Acabada la melodía, el dúo interpretó una canción que los aldeanos parecían conocer, y el sonido de sus voces unidas elevándose en el silencioso aire nocturno resultaba curiosamente conmovedor. Vinar, dirigiendo una mirada de soslayo a Índigo, descubrió un revelador brillo en sus ojos. No sabía si era simplemente el canto lo que la impresionaba o si la canción misma tiraba de algo olvidado, pero le produjo una cierta tristeza a la vez que renovadas esperanzas. La canción terminó, y, mientras los reunidos pedían más a gritos, Vinar se inclinó hacia el extremo del banco donde Jansa observaba desde la puerta de la taberna.
    —Índigo también toca el arpa —le confió en un susurro—. Y canta. Tiene una voz preciosa.
    Jansa conocía la historia de Índigo; sabía lo que ella y Vinar buscaban, y comprendió al instante la intención de éste. Se agachó hasta colocar el rostro junto al de él y murmuró:
    —Entonces ¿por qué no la convencemos para que toque? Los nuevos talentos son siempre bien recibidos en estas reuniones, y ¿quién sabe lo que puede salir de esto? Podría ayudarla a recordar. O incluso podría haber alguien entre los reunidos que reconociera un rostro o una voz.
    —¡Esto es exactamente lo que yo pensaba! —Vinar le dedicó una mirada agradecida.
    —Déjamelo a mí, entonces. Hablaré con la persona apropiada y le daremos una sorpresa; a Kess no le importará prestar su arpa. —Hizo una pausa—. Pero si yo fuera tú me ocuparía de que ella bebiera una jarra o dos antes, o no conseguirás que acepte.
    Vinar siguió tan buen consejo, e Índigo se encontraba tan absorta en la música y los cantos que no se dio cuenta cuando él volvió a llenarle la copa dos veces más. Se sentía relajada como no se había sentido desde el naufragio; inquietudes, confusión y tristeza se desvanecían bajo la sedante influencia del licor, y su mente empezaba a sentirse agradablemente embriagada. Hasta tal punto que, cuando descubrió a Jansa de pie a su lado y pidiéndole si complacería a los reunidos interpretando una canción, se limitó a mirar sorprendida a la mujer sin saber de qué le hablaba.
    —¿Una canción... ?
    —Exacto. Vinar nos ha dicho que eres una gran arpista y una espléndida cantante. — Jansa hizo como si no viera el ansioso gesto de cabeza de Vinar y añadió una mentira piadosa—: Y es la tradición aquí que nadie con talento musical permanezca callado en una de nuestras reuniones.
    —Pero ¡yo no sé tocar! —protestó Índigo, consternada—. ¡O, si podía, he olvidado cómo y he olvidado también las canciones que conocía!
    —No, no es verdad —interpuso Vinar—. Te enseñé dos, estos últimos días desde que abandonamos Ranna. —Dedicó una sonrisa a Jansa—. Las hemos estado cantando en la carretera, ella y yo juntos.
    Jansa le devolvió la sonrisa.
    —¡Muy bien, entonces no hay excusa! Vamos, Índigo; no permitiremos que nos desilusiones.
    Índigo empezó a darse cuenta de que estaba atrapada y realizó un último esfuerzo desesperado.
    —Pero si no puedo tocar, si lo he olvidado...
    Jansa descartó la protesta antes de que pudiera terminar de hablar.
    —¿Tienes miedo de hacer el ridículo? ¡Tonterías! ¿Quién lo sabría o le importaría si lo hicieras? —Estiró el brazo, agarró a Índigo de la mano, y la obligó a ponerse en pie— ¡Vamos, y se acabó la discusión!
    Comprendiendo que no le permitirían escapar, Índigo se volvió suplicante hacia Vinar.
    —¡Tendrás que cantar conmigo!
    —De acuerdo, lo haré. Los dos juntos, ¿eh? —Su sonrisa se tornó más amplia aún—. Los dos juntos.
    Mientras avanzaba junto a Vinar en dirección a la carreta, con los ojos curiosos de los reunidos siguiendo sus pasos, Índigo no podía quitarse de la cabeza la sensación de que toda aquella escena era irreal. El arpista, Kess, esperaba y le entregó el instrumento con una sonrisa de ánimo mientras ella se encaramaba a la carreta. Tras acomodarse en el pescante, Índigo dejó que las manos acariciaran suavemente la madera del arpa. ¿Estaba bien hecha, bien afinada? No lo sabía; pero sí percibió una sensación de familiaridad, y cuando se arrellanó en el pescante el arpa pareció aposentarse en su regazo por sí sola. Tocó una cuerda; resonó y se trataba de la nota que había esperado. De momento, todo iba bien.
    Abajo, entre el público, alguien carraspeó, y al bajar la mirada desde su privilegiada posición Índigo comprendió que la gente empezaba a cansarse de esperar. Se apresuró a hacer una señal a Vinar con la cabeza y, al ver que estaban a punto de empezar, el
    público les dedicó un educado aplauso.
    Índigo posó los dedos sobre las cuerdas del arpa y, no sin cierta sorpresa por su parte, empezó a tocar.
    —¡Fue delicioso, delicioso! —Jansa rebosaba satisfacción mientras depositaba dos jarras llenas a rebosar sobre la mesa—. Los dos poseéis unas voces espléndidas; se entrelazan tan bien... E, Índigo, Vinar tenía razón: ¡eres una arpista muy buena!
    El festejo nocturno había finalizado por fin, y la muchedumbre, borracha de cerveza y vino, feliz y exhausta, se había ido encaminando con paso vacilante hacia sus casas abandonando la silenciosa plaza. Oficialmente, la taberna había cerrado hacía una hora, pero Vinar e Índigo insistieron en ayudar a sus anfitriones a quitar y lavar los montones de jarras y platos dejados por los juerguistas, y a cambio Jansa había insistido en que debían tomar una última copa juntos antes de irse a sus respectivas camas. El fuego en la enorme chimenea se había convertido en rescoldos, y con tan sólo dos lámparas para iluminar el bar la atmósfera resultaba agradablemente soporífera.
    —No había oído nunca esa primera canción —dijo Rogan al tiempo que surgía de detrás del mostrador y se unía a los otros en la mesa—. ¿Es una balada scorvia, Vinar?
    —Sí —respondió éste—. Una canción marinera scorvia. Mi padre me la enseñó y ahora yo se la enseño a Índigo.
    Había una curiosa irritación en el humor de Vinar, pero nadie parecía haberlo advertido.
    —Todos conocíamos la segunda, desde luego —continuó Rogan—. Calculo que las voces se elevaron hasta el cielo cuando todos se unieron al coro.
    —Ya, bueno. Yo enseñé ésa a Índigo, también. Era una que ella acostumbraba cantar en el barco, hasta... bueno, hasta que sucedió aquello. —Vinar tomó un buen trago de su jarra y se quedó contemplando su interior como si buscara algo que no estaba allí.
    Índigo le tocó el brazo con suavidad.
    —¿Sucede algo, Vinar?
    —¿Eh? No, no; no sucede nada. Ha sido una buena noche, una buena noche.
    La muchacha no se sintió muy convencida pero estaba demasiado cansada para insistir.
    —Bien —dijo, poniéndose en pie—, si todos me perdonáis, me voy a la cama. — Dirigió un vistazo a la ventana—. La luna hace rato que se ha puesto. Debe de estar a punto de amanecer.
    —Aún faltan una hora o dos. —Jansa le dedicó una sonrisa—. Pero no os preocupéis; nos ocuparemos de que no os molesten hasta que decidáis despertar. Buenas noches, Índigo. Y gracias otra vez.
    Todo quedó en silencio unos minutos tras su marcha. Rogan empezó a dar cabezadas y Jansa sofocó un bostezo. Entonces, inesperadamente, Vinar dijo:
    —Ella era mucho mejor que eso. Mucho mejor.
    Rogan dio un respingo ante el sonido de la voz, y Jansa miró a Vinar con curiosidad.
    —¿Mejor?
    —Sí; con el arpa.
    —Pero su interpretación fue...
    —Fue buena, lo sé. Lo bastante buena para complacer a cualquiera, tal vez buena incluso para los salones de un rey. Pero antes del naufragio, antes de que se golpeara la cabeza, era mejor. Como... —Vinar se esforzó por encontrar la palabra adecuada en una lengua con la que aún no se sentía cómodo, y sus manos empezaron a gesticular en el aire—. Como si hubiera... magia en sus dedos. —Lanzó un bufido, repentinamente cohibido, y sus azules ojos se pasearon veloces por sus dos compañeros—. Pensáis que soy alguna especie de tonto demente, al decir cosas así...
    —No —aseguró Jansa—, no lo pensamos. —Una sonrisita curvó una de las comisuras de sus labios—. O, si lo eres, entonces también lo somos nosotros y todos los que habitan en las Islas Meridionales. Creemos en la magia, Vinar, ya lo creo que creemos. Y puede existir magia en la música, aunque es algo excepcional. Algunos de los antiguos bardos poseían el don; algunos a lo mejor aún lo poseen. De modo que creemos en ti, Vinar. —Suspiró—. Si al menos hubiera salido algo de su interpretación de esta noche. Si alguien hubiera reconocido su rostro, o su voz...
    —Habrían conocido de antes su forma de interpretar —dijo Vinar sin ambages—. No la habrían olvidado. Nadie podría.
    Rogan y Jansa intercambiaron una rápida mirada. Aun teniendo en cuenta su evidente prejuicio, Vinar podía muy bien estar en lo cierto; y, si lo estaba, eso convertía el enigma del pasado de Índigo en algo aún más extraño. Una mujer cuyo nombre era el color del luto, que poseía el talento de las brujas, el don de los bardos... Alguien así sin duda sería conocido y recordado en las Islas Meridionales. Y, si había cambiado su nombre a causa del dolor por una tragedia, ¿cuál podría haber sido esta tragedia? No había habido plagas, ni epidemias, durante muchos años; e incluso si la pena hubiera sido algo menor, relacionada sólo con un clan o una familia, los buhoneros y trovadores y otros mercaderes ambulantes que recorrían los caminos para ganarse la vida habrían conocido y propagado la historia tal y como hacían con las noticias y cotilleos más insignificantes. Sin embargo, nadie sabía nada en el cabo Amberland, ni en Ranna, ni en ninguna de las ciudades, pueblos y aldeas por las que Índigo y Vinar habían pasado durante dieciocho días de búsqueda. Resultaba misterioso, pensó Jansa.
    En voz baja, como si tuviera miedo de que Índigo pudiera oírla desde su habitación del piso superior, preguntó:
    —¿Se te ha ocurrido consultar a las brujas del bosque, Vinar?
    —¿Brujas? —Vinar se mostró perplejo.
    —Sí; tienen formas, sus propias formas, de buscar lo que se ha perdido. Aun cuando no tengan el poder de devolver la memoria a Índigo, podrían tener alguna manera de encontrar a sus familiares.
    —Puede que sea una buena idea, pero ¿cómo las encuentro? No sé por dónde empezar.
    La mujer le sonrió con dulzura.
    —No te preocupes. Nosotros podemos ponerte en el buen camino; y además, si Índigo posee el don que tú crees que posee, existen muchas posibilidades de que ellas la estén buscando en estos mismos instantes. Conocen y cuidan a los suyos. —Se puso en pie y recogió las tres jarras que habían utilizado con un tintineo que sonó muy fuerte en medio del silencio del bar—. Por el momento, de todos modos, creo que estamos demasiado cansados para pensar o hablar más. Vayamos a la cama, y meditemos sobre lo que sea mejor por la mañana.
    Tiró de Rogan para ponerlo en pie y ambos permanecieron el uno junto al otro, rodeándose con los brazos en un gesto tan cariñoso que hizo sufrir interiormente a Vinar en silencio. Este asintió con la cabeza.
    —Sí. Sí, tienes razón. Volveremos a pensar por la mañana. —Hizo una reverencia, la espasmódica y afectada reverencia cortés peculiar de Scorva—. Sois los dos muy amables; os doy las gracias. ¡Y ha sido una fiesta estupenda!
    Mientras subía a su diminuta habitación bajo el alero de la taberna, Vinar se detuvo unos instantes en el descansillo frente a la puerta de Índigo. No se oía ningún sonido en su interior, y la punzada de dolor regresó al intentar no imaginarla dormida en su solitario lecho. Pensó, como lo había hecho durante varias de las noches anteriores, que si hubiera ido a ella la muchacha no lo habría rechazado; que le habría dado la bienvenida, se habría aferrado a él de buena gana, como a un amigo y un amante, para erradicar la soledad y dar consuelo y seguridad. Pero Vinar no podía hacerlo, ya que no era ésa su forma de actuar. Unicamente cuando todo fuera como tenía que ser, únicamente cuando tuviera la bendición de su familia, podría permitirse ser para ella lo que tanto ansiaba ser. Hasta entonces —y el día llegaría— la cuidaría y la protegería, la defendería y sería su amigo. Pero nada más. Por el bien de ella, y por el suyo propio.
    Rogan y Jansa conversaban en voz baja en el piso de abajo mientras se preparaban para seguirlo por la crujiente escalera de madera, y sus voces eran como el ahogado zumbido de las abejas en un campo de tréboles. Vinar se llevó la punta de los dedos a los labios y lanzó un beso, silencioso pero sentido, en dirección a la estancia en la que dormía su amor, y se alejó de puntillas. A poca distancia del extremo de la plaza del pueblo, en la zona de labrantío donde no había casas sino sólo campos, un joven que había finalizado más deprisa de lo que pensaba la larga caminata desde Ranna intentaba encontrar un lugar donde dormir en el seto que discurría junto a la pedregosa carretera. Al entrar en la plaza la halló oscura y desierta; la taberna estaba cerrada, y, aunque llevaba dinero en el bolsillo, no era tan arrogante como para aporrear la puerta y enfrentarse a la cólera del propietario a una hora tan poco civilizada. Había sido un estúpido al intentar cubrir la distancia entre este pueblo y el anterior en una tarde; estúpido y optimista. Cualquiera con una pizca de sentido común habría comprendido que llegaría demasiado tarde para encontrar alojamiento. De todos modos no faltaba demasiado para el amanecer, y por el aspecto del cielo el tiempo iba a permanecer seco, por lo que volvió sobre sus pasos por la carretera bordeando el seto hasta encontrar un saúco prometedor bajo el cual la hierba crecía abundante y mullida y prometía una cierta comodidad. Dando gracias a la Madre Tierra porque la noche fuera tan cálida, desenrolló la delgada manta que llevaba y se arrastró, entre bostezos, al interior de su improvisada cama, contento de poder dormir lo que pudiera antes de que el sol lo despertara. Muy pronto, el joven aspirante a marino que llevaba el mensaje del capitán Brek empezó a soñar un sueño extraño y particularmente vivido.

CAPÍTULO 7


    Niahrin se había encargado de que Grimya durmiera y dio gracias por haber tomado esa precaución, ya que en su actual estado no podría haberse enfrentado a la perspectiva de intentar explicar a la loba lo que había hecho y por qué ello la había dejado en tal estado de tembloroso y debilitado abatimiento.
    Había dejado de vomitar porque ya no quedaba nada en su estómago, pero los últimos cinco minutos habían sido un tormento de arcadas secas e inútiles hasta que por fin consiguió controlar los espasmos. No fue fácil erguirse; su cuerpo se resistió a sus esfuerzos por moverse, y ella no deseaba otra cosa que quedarse tumbada allí sobre la hierba y dormir. Pero la preparación y la costumbre hicieron que resistiera el agotamiento y se incorporara penosamente sobre sus pies. Ya había esperado esto y se había preparado para ello; la aguardaba una infusión reconstituyente que pronto la pondría en condiciones. Y su tarea no estaba terminada aún.
    Regresó a la casa cojeando fatigosamente y una vez en su interior cerró la puerta a su espalda, cerrando el paso a la noche. Grimya era una figura oscura e inmóvil en la débil luz de los rescoldos de la chimenea. La loba roncaba con suavidad.
    El reconstituyente se encontraba en una pequeña taza con tapa junto al fuego y estaba todavía caliente. Niahrin lo bebió y luego se acurrucó en el suelo junto al fuego, frotándose los antebrazos con energía y estremeciéndose mientras las ascuas del fuego empezaban a calentarle el cuerpo, helado por el aire nocturno. Durante un rato evitó volver la cabeza para mirar la cortina que ocultaba la atrancada puerta interior, pero al cabo, sabiendo que debía enfrentarse a ello una vez más antes de que todo quedara finalizado, se enderezó y avanzó de mala gana pero con decisión hacia ella. Había dejado preparada otra vela; tras encenderla apartó a un lado la cortina, levantó la tranca y penetró silenciosamente en la habitación situada al otro lado.
    Las sombras danzaron ante sus ojos, resbalando sobre la pared desnuda. La estancia resultaba anormalmente fría y a Niahrin le pareció oír un leve sonido entre cántico y zumbido, como de un lejano enjambre de insectos. El telar estaba inmóvil y silencioso, una oscura silueta en la oscuridad; pero, donde antes no había habido más que su desnudo esqueleto, aparecía ahora una borrosa confusión de colores en su bastidor.
    Niahrin aspiró con fuerza para calmar su tembloroso corazón y, sosteniendo la vela bien alta, avanzó. Por un momento, mientras bajaba la mirada, recuerdos terribles la asaltaron: lanzaderas que volaban, el telar que crujía y se balanceaba como si se tratara de una jaula en cuyo interior un animal terrible se revolviera y pugnara por escapar, sus propias manos anudando y tejiendo, sus pies una mancha borrosa sobre los pedales mientras su ojo lisiado miraba febrilmente al vacío y las imágenes se precipitaban y amontonaban sobre ella y le chillaban. Y durante todo aquel tiempo no había dejado de rezar, de gritar en voz alta a la Madre Tierra para que la protegiera de la enormidad del poder que había invocado, le concediera la capacidad de comprender y, por encima de todo, protegiera su cordura.
    Todo había terminado de forma muy brusca. No sabía qué era lo que había creado; nunca lo sabía, pues jamás era capaz de mirar hasta más tarde, cuando los terribles efectos secundarios se desvanecían y su mente y cuerpo volvían a estar bajo control. La habitación pareció girar a su alrededor, toda coordinación desapareció, y sintió los primeros espasmos en el estómago mientras abandonaba como enloquecida el taburete frente al telar, cruzaba el umbral tambaleante, atravesaba la otra habitación, y salía al jardín justo a tiempo.
    Ahora la sensación de náusea había desaparecido y había llegado el momento de contemplar su obra. Se sintió sorprendida, y más que un poco desconcertada, al ver lo mucho que había tejido. El tapiz tenía casi un metro de arriba abajo y ocupaba toda la anchura del telar... ¿Cuánto había durado, y durante cuánto tiempo había estado poseída por la magia? La luna se había puesto y no le quedaba más que el instinto para guiarla; un instinto que, equivocadamente al parecer, le decía que aún faltaban varias horas para el amanecer. A menos que el poder hubiera sido mucho mayor de lo que creía posible, y sus manos hubieran trabajado a una velocidad inimaginable...
    Se acercó más, empujando a un lado el taburete, y miró con atención lo que había hecho. La luz de la vela era débil, lo que apagaba y ensombrecía los colores, y la inestable llama daba a los diminutos dibujos una extraña impresión de vida, hasta el punto de que parecían moverse por sí mismos. Niahrin sacudió la cabeza y cerró los ojos con fuerza, unos segundos antes de volver a mirar.
    La escena del tapiz quedaba dominada por una enorme mole de piedra, con la luna llena colgando justo sobre su torre central. Un sol rojo con un rostro enfurecido y amargado en su centro se ponía por el oeste, mientras que por el este se alzaba otro sol, pálido y espectral. También éste tenía rostro, pero una nube ocultaba la boca y resultaba imposible saber si la expresión era alegre o triste, ya que sus ojos estaban en blanco y ciegos. Figuras diminutas, estilizadas y extrañas pero finamente detalladas, desfilaban por este misterioso paisaje, algunas a caballo, otras a pie. Iban de una en una y de dos en dos en dirección a las puertas de la enorme fortaleza de piedra, y las puertas mismas tenían la forma de una gran arpa, cuyas cuerdas se separaban para admitir a la vanguardia de la procesión. En esta vanguardia iba un hombre montado en un caballo alazán, y por el rápido vistazo que había tenido de él en los bosques, Niahrin reconoció la cabellera y barba castaño oscuras de Ryen Cathlorson Ryenson, rey de las Islas Meridionales. El monarca tenía una mano alzada como en actitud de rechazo, mientras que a su espalda la figura de una mujer llorosa avanzaba encadenada entre dos guardas encapuchados. Una sola mirada a la mujer hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Niahrin, pues aquella diminuta figura le era, también, conocida: Brythere, consorte y reina del rey Ryen. Y detrás de Brythere venían otros. Un anciano apoyado con fuerza en un bastón, el rostro tapado a la vista. Un hombre más joven, fornido, rubio y alegre, que parecía como si cantara. Una mujer de cabellos plateados, que corría cogida de la mano de un duende del bosque que parecía una curiosa mezcla de ser humano y árbol. Y... de nuevo Niahrin experimentó el mismo escalofrío, ya que las siguientes dos figuras eran las de un enorme perro —o lobo— de moteado pelaje gris y una mujer con un parche sobre un ojo.
    Así que era esto; el mensaje que había traído la magia resultaba muy claro. Niahrin no había visto nunca Carn Caille, la fortaleza real, pero había escuchado suficientes relatos de los viajeros para tener una clara idea de cómo era, y la imagen del tapiz no podía ser de otro lugar. Sabía lo que debía hacer. Pero en cuanto a lo que aquella acción produciría, a lo que presagiaba... Niahrin se estremeció con un gélido y sobrenatural escalofrío, pues ahora sabía algunas otras cosas, cosas que no debiera saber, y al revelárselas la magia había depositado sobre sus espaldas una carga que no deseaba aceptar. No comprendía su significado, pero la asustaba. La magia la conducía a puertas que habían permanecido cerradas y atrancadas demasiado tiempo para que ahora se las volviera a abrir con tranquilidad; no eran puertas en su propia vida sino en las vidas de otros. Inmiscuirse era insensato, posiblemente peligroso. No tenía el derecho...
    Una voz dijo en voz baja: Te equivocas, nieta. No sólo tienes el derecho sino el deber de hacerlo. La magia te lo ha dicho. ¿Osarás volverle la espalda?
    —¿Abuela... ?
    Niahrin dio un brinco como una liebre sorprendida por los perros, y giró en redondo como si esperara ver una figura en las sombras del umbral a su espalda, los ojos fríos y brillantes, la boca sonriente sin el menor asomo de risa. Pero su abuela no estaba allí. La mujer que había amado y temido y cuyos poderes había heredado, los benignos y los crueles a la vez, no era más que un fantasma en su cabeza. Niahrin a menudo oía a su abuela que le hablaba a través de los años, aunque no sabía si la voz era realmente una visita del mundo del más allá o tan sólo los ecos de su recuerdo. Pero la voz de la abuela y la fuerza de la magia decían lo mismo: no podía huir de su responsabilidad. No podía rechazar el poder y lo que le ordenaba hacer.
    La vela parpadeó cuando lanzó un profundo suspiro, y el aliento estuvo a punto de apagar la llama. Niahrin bajó la vela y abandonó la habitación en silencio, cerrando la puerta otra vez y dejando caer la cortina sobre ella. Mañana sacaría el tapiz del telar y lo guardaría, pues ya le había dicho todo lo que tenía que decir. Ahora, sin embargo, le quedaba un pequeño acto de magia que realizar, y se trataba de una magia fácil y benévola; después podría dormir.
    Se sentó en el suelo junto a la chimenea y colocó un nuevo tronco del cesto en el fuego. Luego estiró el brazo para alcanzar otro cesto más pequeño, y de él escogió cuidadosamente un puñado de ramas. Primero manzano; siempre debía haber manzano para traer bendiciones y buena voluntad a su trabajo. Enseguida acebo, para dar fuerza al conjuro, y por último serbal, sauce y escaramujo, creadores y liberadores de sueños. Colocó las ramas en forma de pequeña estrella, que espolvoreó con fino polvo aromático, y, cuando el nuevo tronco empezó a chisporrotear, depositó la estrella en el centro del fuego.
    De la estrella brotaron llamas azul verdosas, y un perfume dulce y embriagador inundó la habitación. Niahrin sonrió y cerró su ojo bueno. Con las manos entrecruzadas, empezó a balancearse despacio adelante y atrás, y mientras se balanceaba entonó una canción sin palabras, cuya melodía semejaba el sonido del agua al fluir. Esta magia no producía dolor, ni discordancia, ni un sacrificio de energía; lo cierto es que le proporcionaría nuevos ánimos y la tranquilizaría y prepararía para un profundo descanso. Y en alguna parte, si todo iba bien, alguien tendría un importante sueño esta noche.
    —Me drogaste —le reprochó Grimya—. Me diste algo para que durmiera. —Levantó los ojos hacia Niahrin y parpadeó indecisa—. ¿Por qué lo hiciste? ¿No con... fías en mí?
    —¡Oh, cariño! —Niahrin se arrodilló junto al lecho de la loba y acarició sus fláccidas orejas—. Claro que confío en ti, no hay la menor duda. Pero no quería involucrarte en lo que hacía. No habría sido justo.
    —Sabía que al... algo había sucedido. —Grimya sé incorporó con cuidado; le habían quitado el entablillado ahora y podía dar cortos y vacilantes paseos por la habitación, aunque Niahrin le había prohibido tajantemente apoyar la pata herida en el suelo—. Lo olí en cuanto desperté, como humo en el aire.
    —Ya pensé que lo harías. —Niahrin sospechaba que las habilidades de Grimya iban más allá de la simple capacidad de hablar como los humanos. Calló unos instantes antes de proseguir—: Grimya, he averiguado ciertas cosas que significan que tú y yo debemos cambiar nuestros planes. En lugar de esperar a que tu amiga Índigo venga a nosotras, somos nosotras las que debemos ir en su busca.
    Los ojos de Grimya se iluminaron ansiosos... pero enseguida sus orejas volvieron a caer.
    —¡Pero no pu... puedo andar bien aún!
    —No te hará falta. —El medio de transporte que tenía en mente haría que el viaje resultase lento y pesado, pensó Niahrin, pero no se podía evitar. La magia le había dicho lo que debía hacerse, y el viaje no podía esperar—. Un guardabosques amigo mío tiene justo lo que necesito, y puedo pagarle en especie de modo que no tendremos problemas para que nos lo preste. Pasaré todo el día de hoy preparando lo que necesitaremos; mañana lo visitaré y podremos ponernos en marcha al día siguiente.
    La peluda cola de Grimya empezó a agitarse violentamente.
    —Entonces —dijo la loba—, ¿sabes dónde está Índigo? ¿Sabes dónde la encontrrraremos?
    —Sé adonde irá —«Adonde debe ir», añadió para sí la bruja, porque incluso sin el mensaje para actuar como incentivo Índigo se vería atraída hacia allí; la magia lo había dejado muy claro—. La encontraremos en Carn Caille.
    —¿Carn Caille... ? —La loba se quedó helada.
    —Sí; ¿por qué, querida, qué sucede? Ya sé que es la ciudadela del rey, pero no hay nada que temer de ella.
    Pero sí lo había, pensó Grimya, claro que lo había. En una época, Carn Caille había sido el hogar de Índigo. Era un lugar lleno de fantasmas... y quizá de algo mucho peor.
    Miró a la bruja y se pasó la lengua por el hocico, nerviosa.
    —No he esss... estado nunca en Carn Caille —dijo despacio—. No... seeé si quiero ir allí ahora.
    Con gran alivio por parte de la loba, Niahrin malinterpretó el motivo de su inquietud.
    —No es un lugar tan inhóspito como tú temes, Grimya; lo cierto es que, por lo que he oído, el rey da la bienvenida en ella a todos sus súbditos y celebra audiencias públicas durante varios días todos los meses. —Le sonrió tranquilizadora—. Yo tampoco he estado allí jamás, de modo que será una aventura para las dos, ¿no te parece?
    Grimya no discutió, pero, mientras Niahrin se daba la vuelta y empezaba a preparar el
    desayuno para ambas, la loba dio unos cuantos pasos torpes y volvió a tumbarse, preocupada. Carn Caille. Índigo le había contado muchas cosas de ella, pero los relatos, y los recuerdos de Índigo, eran algo que quedaba en el lejano pasado ahora. ¿Qué encontraría allí, y —esta pregunta resultaba aún más perturbadora— qué siniestros ecos del pasado podían salir a la luz? Niahrin sólo conocía una pequeña parte de la historia de Índigo, y Grimya no se atrevía a contarle más. Pero la loba sentía en su interior una sensación de miedo cada vez mayor. La asustaba más Carn Caille que cualquier otra cosa a la que Índigo y ella se habían enfrentado durante sus muchos años juntas, y el motivo es que estaba segura de que en Carn Caille las esperaba el último de los siete demonios. Y este último demonio sería el peor de todos.
    Cuando, entrada ya la mañana, abrió la puerta de la calle en respuesta a los persistentes golpes, Jansa se encontró con un forastero en el umbral. Era un joven, ni un mendigo ni un hombre acaudalado; llevaba una pequeña mochila a la espalda y tenía todo el aspecto de acabar de salir de las profundidades de un seto o almiar. Sus ropas mostraban manchas verdes y marrones, los cabellos estaban llenos de hierba y hojas, y los párpados aparecían hinchados, pero le dedicó una cortés reverencia y dijo:
    —Buenos días, señora. Me pregunto si...
    Jansa se dijo que ya le había tomado las medidas y lo interrumpió, aunque con amabilidad.
    —Si vendes cosas, buhonero, lo mejor será que te advierta que no compro este mes. Pero entra de todos modos. Al menos te daré un pedazo de pan y una jarra de cerveza, porque tienes todo el aspecto de no haber desayunado. —Torció la boca en una sonrisa—. Si no te importa que te lo diga, también tienes todo el aspecto de haber dormido con zorros y comadrejas esta noche.
    El joven le devolvió la sonrisa con cierta amargura.
    —¡Así ha sido, señora! Llegué demasiado tarde para buscar habitación en algún sitio, de modo que me las arreglé como pude en el seto que se encuentra justo a las afueras del pueblo, en la carretera. —Hizo una pausa—. Pero no soy un buhonero, señora. Soy un mensajero, que viene de parte del capitán Brek, desde el puerto de Ranna. —Esperó como aguardando una reacción, pero Jansa no pareció comprender. Bueno; no había motivos para esperar que aquí tuviera más suerte que en los otros lugares.
    —¿Para quién es tu mensaje? —preguntó Jansa mientras lo conducía hasta el bar. Le indicó que se sentara y pasó detrás del mostrador para sacar una jarra de cerveza—. ¿Alguien del pueblo?
    —Bien..., no lo sé exactamente. El capitán Brek dijo que viajaban en esta dirección, pero no sé dónde pueden estar ahora. Dos personas juntas, un hombre y una mujer; comprometidos según el capitán, y buenos amigos suyos. Él es mi patrón, ¿sabéis?, y, si encuentro a las personas que busca, me ha prometido trabajo en la tripulación de un...
    —¿Una pareja prometida? —Jansa se había detenido y lo contemplaba como si de repente hubiera comprendido el significado del rango de Brek, aunque no su nombre.
    —Sí, señora. Un hombre fornido y rubio procedente de Scorva, y una mujer de nombre Índigo.
    La expresión de Jansa cambió como si de improviso el sol hubiera iluminado la habitación.
    —¡Vinar e Índigo!
    El rostro del muchacho se animó, lleno de ansia.
    —¿Los conocéis, señora? ¿Han estado aquí?
    —Mejor que eso. —Jansa sonrió de oreja a oreja—. ¡Están durmiendo en sus habitaciones aquí arriba en este mismo instante! —Con veloz energía terminó de llenar la jarra, rodeó el mostrador y la depositó sobre la mesa ante él—. Bebe, muchacho, un regalo de la taberna. ¡Iré a despertarlos ahora mismo, y podrás verlos por ti mismo!
    —¿Grimya está viva? —Los ojos de Vinar se abrieron desorbitadamente con una mezcla de asombro y alegría.
    —Viva y bien, señor, eso es lo que el capitán Brek me pidió que dijera... aunque él no ha visto a la criatura por sí mismo, ya lo comprendéis.
    —Índigo, ¿oyes esto? —Vinar se volvió ilusionado hacia la mujer sentada a su lado, quien por el momento había permanecido allí sonriente pero sin hablar demasiado—.
    ¡Grimya está viva! —Entonces vio su expresión, la perplejidad de su mirada, y sus hombros se hundieron—. Bueno, es como te dijo el capitán, no recuerda nada.
    —Lo siento —dijo Índigo—. No significa nada para mí, Vinar. No significa nada en absoluto.
    El joven la contempló un poco a hurtadillas, entristecido y también un poco embarazado por su presencia; en parte, se daba cuenta, debido a su nombre, que para un isleño era como una aureola siniestra que flotara alrededor de la muchacha, pero también por un motivo menos definible en el que no quería ahondar.
    Vinar palmeó la mano de Índigo con suavidad aunque con cierta torpeza.
    —Bueno, no hay que preocuparse de ello por el momento. A lo mejor es esto lo que necesitas: ver a Grimya. Tal vez ella hará aquello que yo no puedo: devolverte la memoria. ¡Después de todo hace más tiempo que la conoces a ella que a mí! —Sonrió pesaroso, lo que mitigó ligeramente la tensión en el bar, y volvió a mirar al muchacho— . ¿Dónde está Grimya, entonces? ¿Dónde la encontraremos?
    —Os espera, me dijo el capitán, en... —se produjo una vacilación, tan breve que ni Índigo ni Vinar se dieron cuenta de ella; luego el joven finalizó—: en Carn Caille.
    —¿Carn Caille? —Vinar estaba estupefacto—. Pero... —Se devanó los sesos, convencido de que lo que creía saber sobre las Islas Meridionales debía de estar equivocado—. Pero yo creía que eso era...
    —Es la ciudadela del rey. —Jansa, que estaba barriendo el suelo y había escuchado gran parte de la conversación, se detuvo con la escoba en el aire y contempló al mensajero con curiosidad—. ¿Estás seguro de que eso es correcto, muchacho? ¿Estás totalmente seguro de que es lo que dijo tu capitán?
    Por un instante la seguridad del muchacho se tambaleó y casi, pero no del todo, pareció recordar que el capitán Brek le había dado unas instrucciones completamente distintas. Pero enseguida el recelo desapareció. Carn Caille, había dicho el capitán; no había duda. Y el sueño que había tenido la noche anterior, el sueño que Niahrin había
    enviado a todos los que buscaban a Índigo, permaneció bien oculto en las profundidades de su subconsciente.
    —Desde luego que fue Carn Caille —aseguró, plenamente convencido—. El mensaje provenía de una de las mujeres sabias del bosque de esa zona, y ellas nunca se equivocan.
    —Eso es cierto. —La voz de Jansa tenía un cierto tono atemorizado—. Pero el lugar donde vive el rey... ¡Es sorprendente!
    Vinar estalló en una inesperada carcajada que los sobresaltó a todos.
    —¡Esa Grimya siempre aterriza de cuatro patas! —dijo, y al punto su expresión se trocó bruscamente por una de preocupación—. Pero una cosa no encaja. ¿Cómo saben que se trata de Grimya? Hay muchos lobos en las Islas Meridionales, igual que en Scorva, y la mayoría se parecen.
    El muchacho se encogió de hombros. Empezaba a desconcertarlo toda aquella charla sobre brujería y el rey.
    —Quizá las brujas lo saben —apuntó.
    —Lo sabrían —intervino Jansa—. No debes temer que estén equivocadas, Vinar; está dentro de sus poderes el averiguar de dónde salió vuestra loba mascota y que pertenece a un humano. Lo que realmente me asombra es cómo fue a parar tan lejos de Amberland. Aquí hay más de lo que ninguno de nosotros sabe aún, apostaría cualquier cosa.
    —Sí, sí, creo que tienes razón —Vinar asintió solemne. Su mirada se tornó pensativa y una cautelosa lucecita ansiosa empezó a aparecer en ella—. Y eso puede significar algo más, ¿eh? Eso podría significar que alguien de este Carn Caille sabe algo de la familia de Índigo. A lo mejor incluso alguien de allí es de la familia de Índigo. —Levantó rápidamente la cabeza para mirar a Jansa, esperanzado—. ¿Crees que eso es posible?
    —Podría ser, Vinar. Sí, creo que podría.
    Durante esta conversación Índigo no había vuelto a hablar, pero ahora extendió el brazo y posó una mano sobre la de Vinar.
    —Estoy casi asustada, Vinar —dijo en voz baja—. Asustada de tener esperanzas, por si...
    —Lo sé. Lo comprendo.
    Se inclinó como si fuera a rozarle los labios con los suyos; luego vaciló y retrocedió, como hacía siempre. Desde que había perdido la memoria, pensó Índigo, no la había besado ni una sola vez; aunque antes, sin duda, debía de haber sido diferente. Y ahora le decía que había tenido una mascota, una loba domesticada, a la que había querido tanto como lo quería a él. Pese a que no podía comprenderlo, aquella información le hacía más daño que el abismo que mediaba entre ella y el hombre al que estaba prometida.
    —Quiero ir allí —declaró de improviso—. Quiero ir a Carn Caille. Tal vez haya allí alguien que pueda ayudarme. Y quizá si veo a esta loba, esta... ¿Grimya?, la recordaré. Es una ligera posibilidad, lo sé, pero... ¡oh, Vinar, si saliera bien!
    Los dedos de Vinar aferraron con fuerza los de ella, pero su mirada estaba clavada en la mesa, no en la muchacha. Había esperado tener un poco mas de tiempo; tiempo para que las emociones de ella despertaran, y para que él se sintiera más seguro de ella. Pero no podía negarle esto. No quería negarle nada; por encima de todo deseaba que fuera feliz, ya que esto formaba parte de su amor y era probablemente la parte más valiosa.
    —Sí —dijo, y con un ligero esfuerzo se deshizo de las dudas y el miedo, para volverse por fin hacia ella y sonreírle con afecto—. Sí, iremos. De hecho nos marcharemos hoy, en cuanto estemos listos, ¿eh? —Vio cómo su rostro se iluminaba y eso lo compensó—. ¡Vamos en busca de Grimya, y entretanto veremos al rey y le contaremos nuestras historias de viajeros! ¿Quién sabe? Puede que matemos dos pájaros de un tiro...

CAPÍTULO 8


    Todos los que dormían a corta distancia de la torre redonda del ala norte de Carn Caille despertaron a causa de los gritos que salían del dormitorio de la reina. El rey Ryen abandonó sus propios aposentos y se encontró con que los criados corrían ya hacia el piso superior de la torre. Ryen avanzó hacia la escalera a grandes pasos y, con voz potente y llena de enojo, gritó a los agitados criados que retrocedieran, y corrió escalera arriba hasta la puerta de su esposa, acompañado de un solo hombre armado.
    Cuando se acercaba, la puerta se abrió y una mujer alta de piel cetrina que llevaba un camisón con un chal de lana encima salió al exterior. Ketrin, doncella personal de la reina, vio a Ryen y realizó una reverencia algo forzada.
    —No hay de qué asustarse, señor. —Su voz poseía el melodioso acento costero, pero traslucía cierta dureza—. La reina ha tenido una pesadilla, nada más.
    —¿Otra vez? —Aunque intentó sofocarla, Ryen sintió cómo reaparecían la vieja irritación y el resentimiento, y su tono de voz lo delató—. ¿Hay alguien con ella? ¿No la habrás dejado sola?
    —Su alteza está aquí, señor. Vino al momento y dijo que se ocuparía en persona de la reina.
    Ryen masculló algo en voz baja y la apartó para entrar en la habitación. Una vela resplandecía en la redonda habitación, iluminando la pálida figura de la reina Brythere sentada muy tiesa en la enorme cama con dosel. Al oír sus pisadas levantó los ojos con expresión aturdida, y la reina viuda Moragh, madre de Ryen, se giró desde donde estaba sentada al borde de la cama y dedicó a su hijo una mueca de desaprobación.
    —Con calma, Ryen; no hay motivo para precipitarse en la habitación como un toro desmandado.
    Ryen hizo caso omiso de la reprimenda.
    —Ketrin dice que ha tenido otra pesadilla.
    —Así es, pero no arreglarás las cosas hablándome en ese tono, o no dirigiéndote a Brythere. —La mirada gris azulada de Moragh escudriñó su rostro mientras hablaba; luego se deslizó expresivamente hasta la joven de la cama, y la cólera de Ryen murió.
    —Lo siento, lo siento... Fue el sobresalto de ser despertado, el miedo a que... —Se tragó el resto de lo que había estado a punto de decir y, acercándose al lecho, extendió las dos manos hacia su esposa.
    Brythere lo miró, con el rostro cubierto de lágrimas y aire vacilante, y él continuó:
    —Perdóname, corazón mío. No quería ser rudo. —Se sentó en la cama mientras Moragh se apartaba para hacerle sitio—. ¿Qué fue?, ¿lo mismo?
    Brythere asintió con la cabeza.
    —Estaba aquí. —Le tembló la voz—. Él estaba aquí, de pie junto a mí. Tenía un cuchillo, y... —Las palabras se ahogaron en un sollozo.
    —Parece que no estaba solo esta vez —dijo Moragh en voz baja—. Cuando yo entré balbuceaba algo sobre una anciana inmóvil a los pies de la cama que lo incitaba.
    Ryen la miró fijamente.
    —Hace algunos años solía soñar con una anciana. Cuando éramos recién casados, y padre todavía vivía... Pero pensaba que esa pesadilla era cosa del pasado.
    —Eso pensábamos todos, pero parece que estábamos equivocados. —Moragh hizo una señal a Ketrin, que había seguido al rey y vuelto a entrar en la habitación, y la doncella cruzó en silencio hasta una mesita, donde empezó a preparar una poción—. Veía incluso a esa bruja durante el día; en los pasillos a veces, ¿recuerdas?, y en una ocasión le sobrevino un ataque de nervios porque según juraba la anciana estaba entre los comensales en el gran salón. Ruego para que eso no recomience de nuevo.
    Antes de que Ryen pudiera responder, Ketrin apareció junto al lecho con una copa rebosante en las manos. Moragh la tomó con un gesto de agradecimiento, indicó con la mano a la doncella que se retirara y se volvió hacia Brythere.
    —Toma, criatura. Bebe esto, bébelo todo. Te serenará y calmará y te ayudará a dormir otra vez.
    —¡No lo quiero! ¡Si regresa... ! —Los ojos de Brythere se abrieron de par en par, alarmados.
    —No regresará, ya que no era más que un sueño. Hace mucho tiempo que se fue de Carn Caille; probablemente haya muerto ya y en buena hora. No está aquí, y no puede en ningún modo hacerte daño. Vamos. —Con el aire de alguien acostumbrado a ser obedecido, Moragh sujetó el brazo de su nuera y la obligó a permanecer quieta—. Haz lo que te digo, y bebe. Me quedaré contigo hasta la mañana y me ocuparé de que no suceda nada, de modo que no tienes nada que temer.
    Intimidada como lo estaba siempre por la autoridad de la reina viuda, Brythere tomó la copa de mala gana y empezó a sorber su contenido. Tras observarla en silencio unos instantes, Ryen suspiró y se puso en pie.
    —Si hay algo que pueda hacer...
    —Un momento, Ryen. —Los ojos de Moragh seguían fijos en Brythere pero hizo un gesto que lo obligó a detenerse—. Quiero hablar contigo en privado. No tomará mucho tiempo. —En voz más alta ordenó—: Ketrin, cuida de la reina y ocúpate de que tome la poción. No tardaré más que un minuto o dos.
    Brythere pareció incapaz de levantar la vista mientras los dos abandonaban la habitación y no tuvo ni una palabra de despedida para Ryen. Fuera aguardaba el guarda; Moragh lo despidió y se volvió hacia su hijo. La luz de una antorcha que ardía en su soporte de la pared le oscurecía el aguileño rostro y la severa melena de cabellos canosos.
    —Ryen, esto no puede seguir así. ¡Hay que hacer algo, y hacerlo pronto, o estos sueños y obsesiones de Brythere destrozarán tanto su vida como la tuya!
    Ryen volvió la cabeza a un lado.
    —Madre, ¿qué puedo hacer? He intentado todas las tácticas que se me han ocurrido pero me siento tan impotente como tú; probablemente más, en realidad, puesto que ya no puedo llegar hasta ella. Ya lo acabas de ver... ¿Qué influencia puedo tener en ella?
    —Bastante más de la que pareces dispuesto a ejercer —replicó Moragh con acritud; entonces la violenta llamarada de enojo se desvaneció y suspiró—: ¡Oh! Quizá soy injusta contigo, hijo mío. Quizá la culpa fue de tu padre y mía, al escogerla a ella como tu esposa. Tal vez tendríamos que haber esperado, como tú querías, y no forzarte a un matrimonio prematuro. Pero existían muchas consideraciones, y Brythere parecía la
    elección ideal...
    —Lo era —interrumpió Ryen, impotente—. Era todo lo que podría haber pedido de una esposa. Y la amo, madre. La amo.
    Moragh se sintió tentada de preguntar «¿de veras?», pero se contuvo. Era un viejo tema espinoso sobre el que ella y su hijo habían discutido en muchas ocasiones, y ahora estaba segura de que Ryen era tan incapaz como ella de comprender por qué su matrimonio había resultado tan desastroso. En cuanto a Brythere... bien, Moragh tenía la franqueza suficiente para admitir que ella y su nuera no tenían en común más que sus lazos con Ryen, pero aquello no afectaba su opinión. La muchacha le gustaba bastante, y era indulgente con lo que consideraba debilidades de su naturaleza. En los primeros tiempos después de la boda habían ido realizando progresos —lentos y cautelosos, es cierto— en dirección a una especie de amistad; hasta que, por desgracia, empezaron las extrañas alucinaciones de Brythere y todo comenzó a ir mal.
    Ryen se cruzó de brazos y clavó la mirada en el oscuro pozo de la escalera.
    —Es este lugar —dijo malhumorado—, Carn Caille. Ya desde el principio Brythere no se sintió jamás feliz aquí, y ahora apenas si soporta permanecer entre sus paredes. Se volvió para mirar a su madre casi retador—. Cree que Carn Caille está encantado.
    —Ryen, ya te he dicho otras veces... —empezó a decir Moragh.
    —No, no, madre; ya sé lo que me has dicho y sé lo que piensas. Pero los temores de Brythere no se diferencian de los que yo tenía de niño. Recuerdas tan bien como yo las noches en que tú o la vieja Lalty os veíais obligadas a permanecer toda la noche junto a mi cama, intentando convencerme para que volviera a dormirme a pesar de sólo la diosa sabe qué terrores.
    —Pero eras un niño, y esos terrores desaparecieron cuando te hiciste mayor como sucede con todos los niños. Brythere ya no es una criatura. —Moragh calló unos instantes antes de continuar—: Ryen, escúchame. Puede que no te guste lo que voy a decir pero quiero que lo tomes en serio de todos modos. Esto hay que pararlo antes de que se desmande. Hay que hacer comprender a Brythere lo que su locura os está haciendo a ella y a ti. Y, si se niega tranquilizarse, habrá que obligarla.
    —¿Obligarla? —Ryen estuvo a punto de echarse a reír; luego su voz adoptó repentinamente un tono salvaje—. ¿Cómo haremos eso, madre? ¿La encerraremos en su dormitorio y haremos que Ketrin le meta el sentido común a golpes? ¿O a lo mejor debería apartarla de un modo u otro y tomar una nueva esposa más sumisa?
    —No seas ridículo, Ryen; sabes muy bien que no estoy sugiriendo nada parecido. Quiero decir, simplemente, que Brythere ha tejido una telaraña de miedos y fantasmas a su alrededor y se ha quedado atrapada en ella excluyendo iodo lo demás de su vida. Ya no asiste a las reuniones vespertinas, ya no cabalga a tu lado ni ocupa su lugar en las audiencias públicas; suplica que se la excuse de casi todos sus deberes y, como estamos preocupados por su bienestar, la hemos mimado demasiado. Bien, eso debe cambiar. Nuestra preocupación ha ido demasiado lejos y está haciendo más mal que bien. Como tu consorte, Brythere tiene responsabilidades; se la debería obligar a cumplir esas responsabilidades en lugar de permitirle que languidezca oculta como una inválida. ¡No es una inválida! Es una mujer joven perfectamente sana, y la forma de hacer que lo comprenda es encargarnos de que pase más tiempo en el mundo real y menos en su mundo privado lleno de apariciones.
    Ryen suspiró. Era imposible discutir con Moragh en ninguna circunstancia, y en ésta sabía que ella tenía razón. Pero era duro, tan duro... Su madre podía desechar los terrores de Brythere tachándolos de tonterías, pero eran totalmente reales para Brythere. Y había algo más, algo que Ryen no deseaba recordar, y mucho menos discutir con nadie. Una noche, al principio de su matrimonio, cuando todavía compartían el mismo lecho, Brythere había despertado gritando en medio de la noche. Había sido la segunda o tercera vez que tal cosa ocurría y, cuando Ryen, con los ojos hinchados y medio adormilado, había intentado calmar a su sollozante esposa, vio —o creyó ver, ya que la imagen se desvaneció al momento— una figura apenas perfilada junto al poste de la cama. Con aspecto de anciano, de sexo indeterminado y el rostro oculto por la capucha de una larga capa, mantenía en alto una mano arrugada en actitud amenazadora, y sujetaba en esa mano un cuchillo de larga hoja.
    Apartando a un lado ese recuerdo como siempre hacía, Ryen respondió con un esfuerzo:
    —No sé, madre. Tal vez tengas razón. Pero las cosas están tan mal entre nosotros que no sé si Brythere me escuchará.
    —A mí me escuchará —replicó Moragh en un tono que daba a entender que Brythere no tendría elección, y, antes de que él pudiera protestar, añadió—: Y desde luego no seré cruel con ella; sólo firme. Eso es lo que necesita. La verdad es que pienso que los dos lo necesitáis.
    —¿Debemos volver sobre esto otra vez? —Ryen desvió la mirada.
    —No tengo intención de insistir en ello, ya que no ganaremos nada y los dos necesitamos dormir esta noche. —Empezó a retroceder en dirección a la puerta de Brythere—. Pero lo mismo puedo decirlo que pensarlo.
    Si tú y Brythere tuvierais un hijo eso ayudaría a curar vuestros males más que cualquier cosa que yo espere conseguir por mis medios. Sin embargo, a menos que se realicen algunos cambios, no parece existir mucha esperanza de que eso vaya a suceder. El rostro de Ryen enrojeció violentamente. —El deseo de tener habitaciones separadas fue de Brythere, no mío.
    —Pero no hiciste nada por disuadirla. —Maldita sea, ¿qué podría haber hecho? ¡Se mostró inflexible! A mí no me habría importado cumplir con mi deber.
    —¿Tu deber? —repitió Moragh, incrédula—. ¿Es eso lo que habría sido para ti? ¡Porque si es así no me asombra que Brythere decidiera lo que decidió! —Se llevó una mano al rostro y se pellizcó el puente de la nariz como si intentara mitigar un dolor de cabeza.
    —Madre —repuso Ryen—, no es tan sencillo como eso. Sabes que no lo es.
    —Sí. —Moragh asintió con la cabeza—. Sí, hijo mío, lo sé. —Dejó que la mano cayera otra vez al costado—. Pero de algún modo hay que encontrar una respuesta, Ryen. Lleváis casados ocho años ya, y Brythere tiene ya veintiséis. No tenéis todo el tiempo del mundo. —Se volvió entonces y posó una mano en el pestillo—. Creo que no tenemos nada más que decirnos. Lo mejor será volver a dormir. Tienes audiencia
    pública por la mañana y necesitarás estar descansado.
    Ryen la contempló mientras levantaba el pestillo, y de improviso dijo: —Madre...
    Moragh volvió la cabeza.
    —Madre, amo a Brythere. Puede que no tanto como tú amaste a mi padre, y él a ti, y sé que ha sido una desilusión para ti. Pero la amo, ¡y realmente creo que el fracaso de nuestro matrimonio no se debe a que yo no lo haya intentado!
    —¡Chisst! Baja la voz, o Brythere nos oirá. —¿Oh, qué importa eso? ¡No digo nada que ella no sepa tan bien como cualquiera de nosotros! —No obstante bajó la voz hasta convertirla casi en un susurro—. Lo he intentado, madre. He intentado comprender y he intentado ser paciente. Pero llega un momento a partir del cual ya no existe nada más que yo pueda hacer, y cuando se llega a ese punto me empiezo a preguntar si vale la pena seguir probando.
    —Ryen, eso que has dicho es terrible. —Los ojos de Moragh se clavaron en él.
    —Dulce Diosa, ¿crees que no lo sé? ¡Pero no puedo realizar milagros! Brythere parece decidida a volver la cabeza y la mente y a no dejarme llegar a ella. Así pues, que así sea. Si no quiere nada de mí, ¡entonces quizá yo tampoco tendría que querer saber nada de ella!
    La reina viuda no respondió enseguida sino que permaneció inmóvil, la frente arrugada en una expresión de tristeza. Por fin levantó la mirada.
    —Muy bien. —Su voz sonó resignada y con una cierta amargura—. Si es así como piensas, entonces no hay nada más que decir. También yo he hecho todo lo que he podido, pero parece que eso no es suficiente para nadie. Te deseo buenas noches, Ryen.
    Abrió la puerta de la habitación de Brythere. La luz de una vela se derramó al exterior, y bajo su resplandor Ryen vislumbró la figura de Ketrin junto al lecho de la reina. La expresión de la doncella era inescrutable. Entonces Moragh entró, y la luz y la escena desaparecieron al cerrarse la puerta tras ella.
    El guarda de Ryen aguardaba al pie de la escalera de caracol, un puesto discreto desde el cual no podía oír nada de la conversación desarrollada arriba, pero lo bastante cercano para acudir en caso de necesidad. El rey le dirigió una rápida mirada.
    —Vete a la cama.
    El hombre abrió la boca para desear las buenas noches a su señor, pero el saludo murió en sus labios al ver la expresión de Ryen. Hizo una reverencia y se alejó rápidamente. Por un momento Ryen se volvió para contemplar el negro hueco de la escalera, y la cólera lo invadió al pensar en Brythere, sometida a los cuidados bienintencionados pero severos de su madre. Era él quien debería estar a su lado ahora, no Moragh, y antes, en los primeros días, habría sido así. Pero eso era cuando aún no se habían iniciado los terrores de Brythere, cuando el miedo aún no había convertido las risas de la reina en sombras. Sabía por qué ella lo había rechazado. No debido a que no pudiera defenderla de sus sueños —aunque eso era cierto— sino porque él era el rey y ella, como su reina, estaba obligada a vivir con él en Carn Caille y por lo tanto estaba atrapada entre las mismas paredes que habían dado vida a sus pesadillas.
    No salía ningún sonido de la torre de Brythere ahora. Ryen esperó unos momentos, escuchando el silencio; luego se dio la vuelta y se marchó en silencio en dirección a su
    propio dormitorio. Su rostro era duro e inexpresivo como el mármol.
    Las puertas de Carn Caille habían estado abiertas desde primeras horas de la mañana, pero a media tarde el enorme patio seguía atestado mientras que el césped en el exterior de la fortaleza daba cabida a otra multitud de personas que habían finalizado sus asuntos o que habían acudido a contemplar la diversión y esperaban tener la suerte de poder echar una ojeada al rey.
    A través de Jansa primero, y luego por otros viajeros que encontraron en la carretera, Vinar averiguó que estas audiencias públicas, que se celebraban durante tres o cuatro días cada mes, eran enormemente populares entre las gentes de las Islas Meridionales. La costumbre la había iniciado el viejo rey Cathlor, pero era Ryen quien había acabado por establecerla, a la vez que había eliminado la mayoría de las formalidades asociadas normalmente con los acontecimientos reales. A todos sus súbditos, nobles o plebeyos, ricos o pobres, se les daba la bienvenida y la oportunidad de exponer al rey sus peticiones sobre cualquier cuestión, y las audiencias públicas eran también una tribuna para el anuncio de noticias importantes y de nuevos edictos o leyes.
    Los habitantes de las Islas Meridionales no necesitaban demasiado estímulo para convertir cualquier acontecimiento en una feria, y las innovaciones del rey Ryen habían provocado una pronta respuesta. El último kilómetro de la carretera que conducía a la fortaleza estaba bordeado de buhoneros que vendían de todo, desde comida y bebida hasta juguetes, y el césped era un caótico carnaval de vendedores, feriantes y artistas, cada uno con su propio puesto o carreta o con una pequeña parcela de terreno. Las transacciones se multiplicaban; asistir a las audiencias públicas era toda una costumbre tanto para ricos como para pobres, y un hojalatero con el que Vinar había trabado conversación en la carretera calculaba que al menos tres cuartas partes de todos los reunidos alrededor de Carn Caille habían acudido ese día simplemente a divertirse. Ahora que el largo invierno quedaba atrás y se acercaba el verano, añadió alegremente el hojalatero, las audiencias de primavera eran siempre las mejores.
    No obstante, una tonta preocupación por Índigo impedía que Vinar disfrutara por completo del espectáculo. La muchacha parecía alegre ahora, riéndose de un bufón que pegaba saltos con su bastón cubierto de cintas, o señalando un puesto en el que se asaba un suculento buey entero; pero dos kilómetros atrás la cosa había sido diferente. En cuanto habían aparecido en el horizonte las piedras grises de Carn Caille, Índigo se había detenido de un modo tan repentino e inesperado que parecía como si hubiera chocado contra una pared invisible. Perplejo, Vinar la había mirado y se había encontrado con que su rostro estaba rígidamente inmóvil, los ojos clavados en las lejanas torres grises, la boca abierta pero sin moverse. Luego, con una voz que parecía a punto de caer en un ataque de nervios, Índigo había dicho: «No..., no quiero... », y había cortado el resto de la frase con un audible chasquido de dientes.
    Vinar no sabía qué hacer. Intentó convencerla para que le dijese lo que no había acabado de decir, pero ella no podía o no quería contestar; se limitó a seguir con la vista fija al frente como hipnotizada. De pronto —y eso le resultó aún más extraño— la muchacha parpadeó bruscamente, sacudió la cabeza como para apartar algo que dificultaba su visión, y continuó andando por la carretera sin decir una palabra. Vinar se vio cogido tan por sorpresa que ella ya le llevaba una buena delantera cuando reaccionó y corrió para alcanzarla; cuando se serenó, la mente del marino estaba llena de preguntas, pero una mirada al rostro de su compañera bastó para inmovilizar su lengua. Ella no recordaba lo que había dicho. Ni siquiera recordaba su especie de trance; el incidente había quedado borrado de su cerebro como si jamás hubiera sucedido, y se encaminaba hacia Carn Caille sin la menor aprensión.
    Desde ese momento Vinar la había estado vigilando con atención, en alerta constante por si se repetía otro episodio similar, pero nada había sucedido, y no sabía si sentirse aliviado o desilusionado. Por un instante había dado la impresión de que algo se había abierto paso a través de la barrera erguida en la mente de Índigo, y había agitado algún recuerdo de su pasado, pero éste se había desvanecido antes de que ni ella ni él pudieran atraparlo. «No quiero... » ¿No quiero qué?, se preguntaba Vinar, pero la pregunta era inútil. Unicamente Índigo podía contestarla, y las barreras habían vuelto a alzarse, dejando fuera recuerdos y comprensión.
    El hombre levantó los ojos hacia la imponente mole de la fortaleza, un completo y casi feo contraste con la colorida actividad que envolvía como una marea sus muros. Aunque carecía de pruebas para apoyar su intuición, se sentía firmemente convencido de que Índigo conocía Carn Caille, aunque cómo era que lo conocía era una pregunta que él no podía contestar. ¿Habría vivido entre sus paredes como la hija, quizá, de un sirviente real? ¿O había visitado sencillamente la fortaleza en algún momento de su vida, tal vez para asistir a una reunión como la de hoy? Las posibilidades llenaban a Vinar de una desconcertante mezcla de esperanza y temor: la esperanza de que el rostro de Índigo fuera conocido y recordado en Carn Caille, unida al temor de cualquiera que fuera el secreto o la tragedia que la hubiera alejado de allí para buscar una nueva vida.
    Se encontraban ya en medio de la muchedumbre, y la carretera había desaparecido a excepción de un sendero apenas señalado que conducía a las abiertas puertas de la fortaleza. A través de estas puertas, Vinar pudo ver una apretujada multitud, y una especie de cola que parecía aguardar frente a unas puertas dobles que, presumiblemente, conducían al gran salón de Carn Caille y a presencia del rey. Índigo se había desviado a un lado para examinar un puesto que vendía pieles curtidas y objetos de cuero; la vendedora, una mujer gorda, intentaba interesarla en un cinturón repujado y unos zapatos de piel blanda. Vinar fue tras ella y le tocó el hombro.
    —Índigo; hay mucha gente esperando para ver al rey. Será mejor que no nos retrasemos si queremos tener nuestra oportunidad.
    Ella se volvió, sonriendo, pero no demasiado interesada, pensó él.
    —No tardaré. Sólo quiero echar una mirada a esto.
    Vinar sintió una cierta inquietud. Era como si ella no quisiera en realidad llevar a cabo esto.
    Y eso había dicho: «No quiero».
    —Índigo. —Volvió a tocarle el hombro—. Quédate aquí. Espera un minuto o dos, ¿de acuerdo? Iré a ver qué hay que hacer, y volveré a buscarte.
    —De acuerdo, sí. —Se volvió inmediatamente hacia el puesto otra vez, y él no creyó que hubiera escuchado realmente sus palabras. Por un momento Vinar contempló su espalda dubitativo, antes de alejarse a grandes zancadas en dirección a las puertas de Carn Caille.
    La entrada tenía centinelas, pero parecía como si los hombres armados estuvieran allí sólo para cubrir las apariencias, ya que la gente pasaba arriba y abajo sin que los detuvieran. Vinar aminoró el paso al acercarse, buscando a alguien que pudiera decirle qué debía hacer quien deseara acudir a la audiencia pública, y seguía allí mirando a su alrededor indeciso cuando una voz junto a su codo lo sobresaltó.
    —¡Patapim-patapam! —Algo le golpeó con suavidad el brazo y, cuando giró sobre sí mismo, vio al bufón que danzaba a un paso de distancia. El payaso agitó su bastón cubierto de cintas y sonrió—. ¡Y un día feliz para ti, buen señor! —Luego abandonó su cómica expresión—. Pareces un alma en pena, si me permites que lo diga. ¿Puedo servirte de ayuda?
    Vinar se sosegó y devolvió la sonrisa.
    —Bueno... a lo mejor puedes, creo. Quiero ver al rey, pero no sé cómo hacerlo.
    El bufón enarcó una pintarrajeada ceja.
    —No eres el único que lo desea. —Una pausa—. Eres scorvio, ¿verdad?
    —¿Tan evidente es? —Vinar lanzó una carcajada—. Creía que había conseguido pasar por isleño.
    —¡No con ese acento, te lo aseguro! Pero, hablando en serio, no es sólo la voz. Poseo un talento para descubrir los orígenes de las personas. Es útil en mi auténtico trabajo, y aquí recibimos visitantes de todas partes del mundo.
    Vinar observó la utilización de las palabras «recibimos» y «aquí», y su interés se acrecentó.
    —¿Vives en Carn Caille?
    —Desde luego. —Con una profunda y burlona reverencia el bufón indicó sus extravagantes ropas—. No te dejes engañar por mi traje, amigo; no voy por ahí haciendo payasadas para ganarme la vida. No es más que un poco de diversión cuando no estoy de servicio los días de audiencia, y, como poseo un cierto talento para hacer el payaso, disfruto añadiendo mi pequeña contribución a la diversión general. —Extendió una mano, con la palma hacia arriba—. Soy Jes Ragnarson, bardo por vocación, y al servicio del rey Ryen.
    Vinar posó la mano sobre la palma que se le ofrecía, a la que empequeñeció con su gran tamaño; Jes Ragnarson era un hombre menudo.
    —Vinar Shillan. Marino veinticinco años, oficial con experiencia. —Su sonrisa se endureció ligeramente—. Estaba con el capitán Brek procedente de Scorva, en el Buena Esperanza.
    —¿El reciente naufragio en Amberland? —El interés de Jes aumentó—. Recibimos la noticia de que un buen número sobrevivió, demos gracias a la Madre. Llegó un informe desde Ranna hace unos días, y decía...
    —Ya, ya.
    Vinar no quería parecer maleducado pero tampoco quería insistir en el tema de la pérdida del Buena Esperanza. Jes se dio cuenta y cambió de táctica.
    —¿De modo que quieres presentar una petición? Has llegado un poco tarde hoy; la sala de audiencias está ya repleta de gente y todavía hay más personas esperando en el patio, como puedes ver. Aunque, si es un asunto de gran importancia...
    —Lo es —afirmó Vinar, categórico—. Para mí, lo es.
    El bardo lo estudió con atención durante unos instantes. Ya había observado la presencia del forastero scorvio minutos antes, y también había reparado en algo más, algo que lo había sobresaltado y a la vez despertado su curiosidad. Se mordisqueó el labio inferior.
    —Bueno..., es posible que pueda ayudarte. —Y, en un tono que Vinar habría encontrado en exceso desenfadado si sus percepciones hubieran sido más sutiles, añadió—: Pero pensaba que tenías una acompañante. ¿No había una joven contigo?
    —Sí. —Vinar confirmó con la cabeza y señaló en dirección al puesto de la vendedora de pieles curtidas—. Está allí; le dije que vendría a ver qué había que hacer y regresaría. Es por ella que estamos aquí.
    —Ah. —Jes siguió la dirección del gesto de Vinar hasta que su mirada fue a dar con Índigo. Su expresión se volvió pensativa—. ¿Es tu esposa?
    —Aún no. —Vinar hizo una mueca orgullosa—. Pero lo será pronto, creo yo. Es por eso que hemos venido: a encontrar a su familia, a conseguir su bendición.
    ¿Era ésa toda la verdad?, se preguntó Jes. ¿O había otras cosas en juego aquí? Las cuerdas del arpa de su cerebro —para utilizar una frase de su antiguo maestro bardo— estaban vibrando.
    —Bien, bien —dijo en voz alta—. Una joven muy atractiva. Os felicito a ambos. ¿Puedo preguntar su nombre?
    —Se llama Índigo.
    Jes volvió la cabeza violentamente.
    —¿Índigo? Ese es un... nombre poco corriente. No es precisamente el que yo habría pensado que un isleño escogería para su hija. —Vinar, que a estas alturas ya estaba acostumbrado a esta reacción, se encogió de hombros pero no hizo ningún comentario, y el bardo se apresuró a agregar—: No es que sea asunto mío, desde luego, y ¿qué es un nombre, después de todo? Bueno, tal vez pueda ser de ayuda. Para unirte a los solicitantes debes estar en la lista del senescal.
    —Pero ¿si está llena... ?
    Jes hizo un gesto negativo.
    —Puede que aún haya sitio para vosotros. No prometo nada, pero veré qué puedo hacer.
    Vinar vaciló, preguntándose por qué un completo extraño se mostraría tan dispuesto a hacerle un favor.
    —No deseo crearte molestias... —empezó.
    —No es ninguna molestia. —Jes le dedicó una sonrisa y esquivó cualquier necesidad de explicar sus motivos añadiendo—: Ve a buscar a tu dama y tráela al patio. Regresaré en unos minutos y me reuniré con vosotros aquí.
    La expresión del bardo era meditabunda mientras contemplaba cómo Vinar se dirigía hacia el puesto de venta. Durante unos cinco o seis segundos permaneció inmóvil,
    absorto en sus pensamientos. Luego, bruscamente, se dio la vuelta y corrió hacia la multitud reunida en el patio.
    Ryen podía haber perdido toda esperanza con respecto a Brythere, pero no así la reina viuda Moragh, y cuando ella decidía ejercer su voluntad existían pocas personas entre los muros de Carn Caille capaces de oponérsele. Brythere carecía de la fuerza y la decisión para intentarlo siquiera, y así pues, bajo la firme supervisión de la reina viuda, se había levantado por la mañana y, tras comer un nutritivo desayuno que no quería, se había preparado para aparecer en la audiencia pública. En estos momentos se encontraba sentada junto a Ryen en el gran salón, muy tiesa en su trono situado sobre la elevada plataforma y ataviada con las ropas que el protocolo indicaba y una pequeña corona de plata sobre el inmaculado peinado. No sin cierta sorpresa por su parte, y a pesar del cansancio que siempre seguía al sueño inducido mediante hierbas en contraposición al sueño natural, la reina se encontraba a gusto. El cálido recibimiento dispensado por los solicitantes de la sala cuando hizo su aparición resultó muy gratificante, y, cuando la noticia de que la reina estaba presente llegó a la muchedumbre que aguardaba en el exterior, ésta la había vitoreado. Ryen se sentía satisfecho tanto por las muestras de afecto dirigidas a su esposa como por la respuesta de ésta. Brythere había incluso aceptado, aunque con cierta cautela, la sugerencia de su esposo de que más tarde podían salir juntos al patio a saludar a los reunidos, y éste daba silenciosas pero sentidas gracias a su madre por su resolución.
    La tarde avanzaba, el sol penetraba oblicuamente por las altas ventanas y proyectaba una brillante aureola alrededor de los cabellos de Brythere. En la sala hacía calor y el ambiente estaba cargado pese a que las puertas estaban abiertas. Al ver que Brythere ahogaba un bostezo con el dorso de la mano, Ryen se inclinó hacia ella y susurró:
    —La lista de solicitantes está llegando al final. Sólo un poco más; luego saldremos a saludar. —Ella asintió, y él se volvió hacia el senescal que permanecía de pie junto a su sillón—. ¿Cuántos faltan?
    El hombre consultó su lista.
    —Otros cinco o seis, mi señor, y ninguno de ellos trae asuntos complicados. La mayoría son solicitudes de permiso para apacentar ganado o recoger leña en los bosques de caza, y dos granjeros en disputa por unos derechos para apacentar ovejas.
    —Bien, bien. —Eran casos muy sencillos y sólo requerirían de Ryen una breve audiencia, durante la cual escucharía las bases de cada disputa y, si lo consideraba razonable, otorgaría al solicitante una audiencia ante el Tribunal de los magistrados del rey, quienes se ocuparían de que todo se solucionara de forma justa.
    —¡Oh! Pero hay otro más, mi señor —dijo de improviso el senescal—. Alguien que ha llegado tarde..., demasiado tarde, estrictamente hablando, para ser incluido, pero Jes Ragnarson ha solicitado expresamente que pueda presentarse ante vos.
    —Jes lo ha solicitado? —Ryen se mostró sorprendido—. ¿Quién es? ¿Un pariente suyo?
    —No, señor. Tengo entendido que el suplicante es un scorvio, pero prometido a una isleña. De hecho es ella, la prometida, el objeto de la petición. Parece que ha perdido la memoria, e intentan localizar a su familia. Esperan que vos, mi señor, podáis serles de ayuda.
    Esto significaba una variación en la acostumbrada gama de súplicas que se le presentaban, y Ryen se sintió intrigado.
    —¿Cómo se ha visto mezclado Jes en esto? —inquirió.
    —No lo sé, mi señor. Pero ruega le concedáis el favor de permitir que la pareja se presente ante vos.
    El monarca levantó la cabeza y paseó rápidamente la mirada por la atestada sala. Los solicitantes que quedaban todavía en la lista del senescal aguardaban pacientes mientras que aquellos a los que ya había tocado el turno permanecían en los alrededores para presenciar el resto de la audiencia. Aunque nadie soñaría en protestar por el retraso mientras Ryen y el senescal conferenciaban, la gente estaba intranquila y un poco perpleja; flotaba un sordo murmullo de voces en la sala, acompañado de un arrastrar de pies y de una tosecilla o dos. Ryen no podía culparlos por su impaciencia; tampoco él sentía el menor deseo de prolongar la audiencia más de lo necesario. Pero si Jes había hecho una petición especial...
    —Sí —dijo al senescal—. Hazlos pasar. Me satisfará ayudarlos si puedo.
    El hombre hizo una reverencia y abandonó la estancia apresuradamente; Ryen devolvió su atención al siguiente caso. Tanto éste como los dos posteriores resultaron tan sencillos como había previsto, y el cuarto y penúltimo solicitante se inclinaba ya ante él cuando se produjo un movimiento cerca de las puertas al retroceder una parte de los reunidos para permitir entrar a unos recién llegados. Por el rabillo del ojo el monarca vislumbró a Jes Ragnarson con sus chillonas ropas de bufón, y a su lado un hombre rubio, cuya cabeza y hombros sobresalían por encima de la mayoría de los allí presentes. Lo acompañaba una mujer; Ryen tuvo tiempo de observar que ésta tenía el cabello castaño rojizo pero no pudo distinguir mucho más ya que se vio obligado a devolver su atención a la cuestión que se debatía en aquellos momentos. Escuchó la petición y la que siguió a ésta, y ofreció corteses y consideradas respuestas a ambos, tras lo cual hizo una señal para que se acercaran los recién llegados. Mientras la multitud les dejaba paso, el monarca dirigió una rápida mirada a Brythere y vio que la reina tenía el entrecejo fruncido. Se inclinó un poco hacia ella y bajó la voz hasta dejarla convertida en casi un susurro.
    —¿Sucede algo, corazón?
    —Esa mujer. —Brythere había tenido oportunidad de estudiar a los recién llegados, aunque desde lejos—. Estoy segura de haberla visto antes. —Clavó los ojos en su esposo—. ¿El senescal dijo que había perdido la memoria?
    —Sí, e intenta buscar a los suyos. —El interés de Ryen se acrecentó—. ¿Crees conocerla?
    —No estoy segura, pero...
    Y de improviso Brythere dejó de hablar cuando Vinar e Índigo surgieron de entre la muchedumbre y ambos pudieron ver a la muchacha con claridad.
    —Ryen... —La mano de Brythere se cerró con fuerza sobre la de su esposo, que descansaba sobre el ornado brazo del sillón—. ¿Recuerdas la pintura de los antiguos
    aposentos... ?
    —Santa Madre... —Sofocó la exclamación y contempló con asombro a la muchacha que se acercaba a la tarima con su prometido. Ojos azul violeta, cabellos castaño rojizos... Los llevaba trenzados, pero resultaba fácil imaginarlos sueltos y cayéndole como una cortina sobre el rostro. Y ese rostro resultaba también horriblemente familiar.
    —La princesa —musitó Brythere, con voz que se había vuelto temblorosa—. ¡La princesa Anghara, la hija del rey Kalig!
    Ryen se sentía demasiado estupefacto para responderle.
    En el ala sur de Carn Caille existía una serie de habitaciones que, en una ocasión, habían sido los aposentos privados de la familia real. Y en una de estas habitaciones colgaba un retrato. Representaba a Kalig, rey de las Islas Meridionales, a su reina, Imogen, y a su hijo e hija. El abuelo de Ryen había decretado que este retrato colgara enmarcado por una banda de terciopelo de color Índigo como símbolo de duelo y muestra de respeto; el motivo era que su propia ascensión al trono se había debido a que Kalig y toda su familia habían perecido en una plaga terrible que había arrasado las islas medio siglo atrás. Ryen conocía bien la pintura, pues había absorbido cada detalle de las imágenes representadas. Y ahora, de forma increíble, contemplaba el reflejo perfecto de una de aquellas imágenes en el rostro y cuerpo de una completa extraña. Anghara, la hija de Kalig, que llevaba muerta más de cincuenta años, había vuelto a la vida...
    —Ryen... —La mano de Brythere se había crispado con fuerza sobre la de él, y sus uñas se le clavaban dolorosamente en la carne—. Ryen, ella no puede... Yo no... ¡Oh, Ryen! ¿Es ella... un fantasma?
    Su rostro estaba muy pálido y temblaba visiblemente. El senescal, de regreso en su puesto junto al trono, observó el repentino cambio y miró a su señor, asustado.
    —¡No! —Ryen liberó su mano de un tirón y sujetó a Brythere del brazo al ver que ésta parecía a punto de ponerse de pie de un salto—. ¡No! No es un fantasma. La princesa Anghara está muerta, y esta mujer es de carne y hueso. No es Anghara. Es una coincidencia, nada más. Una increíble coincidencia.
    Brythere se apaciguó, aunque él percibía a través de la manga que seguía temblando a causa del sobresalto. Los dos extranjeros se encontraban ya casi junto a la tarima, y, mientras oprimía el brazo de su esposa en un silencioso intento de tranquilizarla, Ryen empezó a observar las pequeñas pero vitales diferencias que existían entre esta mujer y la princesa fallecida tanto tiempo atrás; diferencias que había pasado por alto a causa del asombro inicial. La prometida del scorvio tenía los mismos ojos, cabellos y aspecto que Anghara, la hija de Kalig, pero sin duda era mayor, ya que su rostro mostraba las marcas de la experiencia y había mechas grises en su frente. Y su piel poseía el tono curtido de la vida al aire libre bajo el sol, el viento y la lluvia, al tiempo que sus manos estaban encallecidas como no lo estarían jamás las de ninguna princesa...
    La pareja llegó ante la tarima y se detuvo. El enorme hombre rubio había visto la extraordinaria reacción de Brythere y ello le había causado un evidente malestar, como también el hecho de que Brythere permaneciera ahora rígida en su sillón, contemplando a Índigo con ojos desorbitados y llenos de terror.
    El rey se aclaró la garganta.
    —Me..., me disculpo ante todos. —Su voz no sonaba demasiado firme—. La reina ha sentido un leve mareo pasajero... El calor, creo. La sala está muy cargada. —Siguió sin soltar el brazo de Brythere pero consiguió esbozar una sonrisa al dirigirse a Índigo y Vinar—. Sed bienvenidos a Carn Caille. Tengo entendido... —Volvió a carraspear—. Tengo entendido que buscáis a una familia de las islas y que habéis venido a pedir la ayuda de esta corte.
    Índigo no dijo una palabra. Observaba al rey y la reina de forma muy parecida a como Brythere la había contemplado a ella. Su frente aparecía levemente fruncida, y daba la impresión de que se esforzaba por recordar algo. Vinar, desconcertado por su silencio, realizó una precipitada e inexperta reverencia en dirección a la tarima.
    —Yo... eh..., yo no sé cómo decir las cosas apropiadas en vuestro idioma, señor rey, pero yo, nosotros, os damos las gracias por vuestro... —luchó por encontrar una palabra mejor pero no la halló— por ser tan amable con nosotros. Y a la querida y hermosa reina, le digo...
    No pudo seguir, ya que de improviso se produjo una inesperada conmoción a su espalda. Fuera, en el pasillo, alguien empezó a gritar y vociferar; otras voces se le unieron, y las abiertas puertas se estremecieron cuando los que se encontraban más cerca de ellas se vieron empujados hacia atrás con violencia por lo que parecían varios hombres peleándose. Una mujer chilló, más indignada que asustada, y en ese momento un grupo de luchadores irrumpió en la sala. La pelea era un enfrentamiento caótico entre dos senescales y, por extraordinario que pareciera, Jes Ragnarson en un lado, y en el otro un hombre sólo cubierto con una mugrienta capa con capucha, que agitaba violentamente los brazos empuñando un bastón de endrino.
    Indignado, el rey Ryen se puso en pie de un salto y rugió:
    —¡Por todo lo que hay de civilizado en este mundo! ¿Qué es esto? ¡Guardas, contened a esos hombres! ¡Dejadlos sin sentido de un golpe si es necesario, pero poned fin a esto de inmediato!
    Ryen poseía una voz potente cuando quería, y al escuchar aquel rugido los hombres que peleaban se separaron. Viendo su oportunidad, la figura encapuchada blandió el bastón de endrino y lo descargó con fuerza sobre el hombro de uno de los senescales; mientras el hombre aullaba de dolor y giraba sobre sí mismo para ir a chocar con los espectadores, el bellaco corrió tambaleante hacia la tarima.
    —¡Ella está aquí! ¡Sé que está aquí!
    Ante la sorpresa de todos los presentes, el chillido fue el de un anciano, y esto confundió momentáneamente a los cuatro guardas que corrían a interceptar y detener al hombre. Sobre la tarima, Brythere palideció y se llevó ambas manos a la boca para ahogar un grito.
    —¡Mostrádmela! —aulló el anciano—. ¡Enseñadla! La quiero, he venido en su busca... ¡Ahhh! —Esto último surgió de sus labios cuando los hombres armados, recuperada la serenidad, se lanzaron sobre él y le arrancaron el palo de la mano—. ¡No, carroña, no os atreváis a tocarme! ¡He venido en su busca, y la tendré!
    Poseía la fuerza que da la locura, pero eso no era suficiente contra cuatro guerreros. Los guardas le inmovilizaron los brazos y lo arrojaron al suelo. Al caer, pataleando y debatiéndose aún, la capucha de la capa cayó hacia atrás, y le dejó el rostro al descubierto.
    La reina Brythere profirió un agudo chillido de abyecto e incontrolable terror al contemplar el rostro convulso y los enloquecidos ojos de Perd Nordenson.

CAPÍTULO 9


    La reina viuda Moragh había asistido a demasiadas audiencias públicas en tiempos de su esposo para sentir ningún interés por ellas ahora, y, así pues, como hacía buen tiempo, había elegido pasar el día montando a caballo con algunos amigos predilectos de su séquito. El grupo regresó a Carn Caille una hora antes de la puesta del sol. Sobre el césped circundante todo estaba bien; una multitud considerable permanecía aún allí para disfrutar hasta el último momento de los placeres del día, y la reina viuda fue saludada con sonoros vítores al pasar. Pero, una vez cruzadas las puertas, Moragh encontró Carn Caille en plena agitación.
    No tardó más que unos minutos en descubrir que Brythere era el centro de todo ello. La reina, le dijeron, había sufrido una «desdichada experiencia», aunque nadie parecía capaz de relatar los detalles o dispuesto a hacerlo, y se encontraba ahora en la antesala privada situada detrás del gran salón, acompañada por el rey y su propia doncella. Apretando los labios con irritación ante lo que presentía que debía de ser otra estúpida crisis de nervios por parte de su nuera, Moragh fue a comprobar por sí misma qué era lo que sucedía ahora.
    Una vez en la antesala se sorprendió al encontrar no sólo a Ryen y a la cetrina Ketrin acompañando a Brythere, sino también al médico decano de Carn Caille y, lo que era aún más extraño, a Jes Ragnarson. Brythere era una figura lastimera en medio de toda la atención; tenía el rostro espectralmente blanco, las manos temblorosas y las mejillas cubiertas de lágrimas. Moragh la contempló con atención y abrió la boca para exigir una explicación, pero, antes de que pudiera decir una palabra, Ryen cruzó la habitación en tres rápidas zancadas en dirección a ella, con una mano alzada, a modo de advertencia.
    —Madre. —Echó una rápida mirada por encima del hombro para asegurarse de que su esposa no lo oiría—. Por favor, no digas nada. Éste no es otro de los episodios de Brythere. Esta vez existe un buen motivo. —Su rostro se tensó con una mezcla de preocupación y enojo al añadir—: Perd Nordenson ha regresado.
    —Perd... —La expresión de Moragh cambió y ésta miró a su hijo con asombro—. ¡Diosa bendita! Después de todo este tiempo... ¡Yo creía que había muerto hacía mucho! —Se llevó a Ryen un poco más atrás—. Cuéntame qué ha sucedido.
    Ryen relató los acontecimientos acaecidos en el gran salón; la repentina pelea, la fuerza salvaje del anciano que le había permitido casi llegar a la tarima antes de ser dominado, y las amenazas y exigencias que había gritado.
    —Era a Brythere a quien quería, de eso no hay duda —finalizó el monarca, sombrío—. Cuando la guardia por fin consiguió sacarlo de la sala le encontraron un cuchillo. Me estremezco sólo de pensar qué podría haber sucedido si hubiera tenido la posibilidad de utilizarlo.
    Moragh contempló el pequeño cuadro formado por Brythere y sus acompañantes. La joven reina había dejado de temblar ya y tenía los ojos cerrados; sin duda el médico le había dado algo más fuerte que una simple poción para haber conseguido que durmiera tan profundamente.
    —Todo esto otra vez... —murmuró la reina viuda, y añadió un terrible juramento para sí—. ¿Qué has hecho con Perd Nordenson ahora?
    —Hice que lo echaran, y ordené a un grupo de hombres que lo siguieran hasta que llevara recorridos al menos diez kilómetros por la carretera del oeste.
    —¿Expulsado? —Moragh se escandalizó—. ¿Es eso todo? ¿Por qué, en nombre del sentido común, no lo ejecutaste?
    El rey apretó los labios con expresión terca.
    —No creo en la ejecución excepto en un caso de necesidad extrema. Ya lo sabes.
    —¿Y qué era esto sino un caso de necesidad extrema? —exigió Moragh—. ¡Ese hombre era una amenaza en tiempos de tu padre, y es una amenaza ahora! ¿Has olvidado lo que intentó hacer en el pasado? Los atentados que hizo contra la vida de tu padre y más tarde contra la tuya: el aguamiel envenenada, la figura en tu dormitorio en plena noche, el «accidental» disparo de flecha que estuvo a punto de matarte en el bosque...
    —No existieron pruebas de que Perd cometiera ninguna de esas acciones.
    —¡Pruebas! —La reina viuda lanzó un bufido despectivo—. ¡Puede que no tengamos pruebas incontrovertibles, pero siempre hemos sabido la verdad! ¡Perd Nordenson es un loco con una obsesión, y a medida que pasan los años ambas cosas empeoran! —Juntó las manos con fuerza como si arrebatara con ferocidad la vida a un objeto invisible—. Tu padre no debería haber sido tan indulgente con él. ¡Debería haberlo juzgado por traición hace décadas, y acabado con él de una vez por todas!
    Ryen recordaba las discusiones entre sus padres sobre el tema de Perd Nordenson, que habían sido algo normal durante su infancia; y también recordaba lo que su padre le había dicho en una ocasión en que estaban a solas.
    —Perd es un anciano, y la vida no lo ha tratado bien —había dicho Cathlor a su hijo—. Tiene el cerebro enfermo, de la misma forma en que uno se puede romper una pierna o un brazo, y durante sus malos momentos no puede evitar hacer lo que hace. Pero ha estado al servicio de nuestra familia desde hace mucho tiempo, y fue amigo de tu abuelo, de modo que debemos ser indulgentes y tratarlo con amabilidad y paciencia.
    Aunque le era imposible sentir ningún afecto por Perd Nordenson, Ryen se había tomado muy a pecho aquellas palabras. Pero luego se había casado con Brythere y un año después moría el rey Cathlor, y tras esto el problema de Perd había empeorado. Brythere sentía terror del viejo sirviente, y Perd lo sabía; de modo que, con lo que parecía cruel deliberación, éste había empezado a aterrorizar a la reina. Nada demasiado escandaloso y nada que pudiera conducir a una acusación, pero allí adonde iba Brythere siempre parecía estar también Perd, siguiéndola en silencio, vigilándola constantemente, hasta que los nervios de la reina ya no pudieron resistirlo más. Fue durante este tiempo que se iniciaron sus pesadillas y con ellas los primeros signos de un auténtico distanciamiento de Ryen, y Moragh declaró —aunque Ryen no estuvo de acuerdo— que Perd se sentía encantado por la ruptura y lo consideraba un triunfo personal. Más tarde se produjeron otros dos atentados contra la vida de Ryen, y, aunque no existieron pruebas que sugirieran que ninguno de ellos fuera cosa de Perd, Moragh hizo valer su autoridad. Sabía que sólo el rey tenía autoridad para ordenar la muerte de Perd, pero le advirtió a su hijo que, si se negaba a tomar medidas, se despertaría un buen día y se encontraría con que una mano desconocida se había ocupado del viejo loco. Moragh poseía suficientes amigos y sirvientes leales en Carn Caille para estar segura de que la tarea sería llevada a cabo de buena gana y con eficiencia, y —a menos que él estuviera dispuesto a llevar a juicio a su propia madre por conspiración para el asesinato, y citara esta conversación como prueba— jamás se descubriría al culpable.
    Ryen había cedido. Lo cierto es que sabía que Moragh tenía razón; no se podía tolerar por más tiempo la presencia de Perd Nordenson en Carn Caille. Pero se había seguido negando a ordenar la muerte del anciano, y en lugar de ello lo había desterrado, con un buen caballo y dinero suficiente para que pudiera iniciar una nueva y confortable vida en otro lugar. Moragh se había aplacado, si bien eso no la satisfizo por completo; Brythere se había mostrado estremecidamente agradecida, y el mismo Ryen se había sentido aliviado por haberse deshecho del anciano sin que eso le representara un gran cargo de conciencia. Lo que Perd había pensado, nadie lo supo, ya que había tomado lo que se le ofrecía y se había marchado de Carn Caille sin decir una palabra a nadie. Y ahí, pensaron, acabó todo. Hasta hoy.
    El inicial arrebato de cólera de Moragh se había apaciguado un poco ya, y ésta indicó a su hijo:
    —Brythere duerme ahora. Déjala al cuidado de Ketrin y ven conmigo a mi saloncito. Creo que deberíamos discutir esto más a fondo.
    El rey asintió. Hizo intención de seguirla fuera de la habitación, pero Jes Ragnarson vio que salían y corrió a cortarles el paso.
    —Perdonadme, alteza. —El bardo realizó una profunda reverencia ante Moragh antes de volverse hacia Ryen—. Mi señor, ¿qué debemos hacer con... —su mirada se desvió rápidamente, de una forma algo furtiva, se dijo Moragh, hacia ella y luego regresó al rey— los invitados?
    —¡Maldición, con todo este jaleo me había olvidado por completo de ellos! ¿Dónde están ahora, Jes?
    —En otra antesala, señor, esperando vuestra decisión.
    —¿Invitados? —inquirió Moragh—. ¿Qué invitados, Ryen? ¡No me digas que tenemos visitas importantes y las has dejado desatendidas sin siquiera una copa de cerveza!
    —Alteza —Jes se volvió precipitadamente hacia ella y le dedicó una nueva reverencia—, no se trata de invitados en el sentido corriente, sino de dos extranjeros que vinieron a la audiencia pública. Su solicitud es muy curiosa, E, aunque llegaron demasiado tarde para ser incluidos en las listas, su majestad tuvo la amabilidad de hacer un hueco para ellos.
    En pocas palabras hizo un resumen de la historia que le había contado Vinar. Mientras Moragh escuchaba, sus astutos sentidos decidieron que había más en aquel asunto de lo que saltaba a la vista. Jes parecía agitado, casi nervioso, y no quería mirarlos a los ojos ni a ella ni a Ryen mientras hablaba. Y en cuanto a Ryen... Sí, pensó la reina viuda, había algo extraño allí.
    Cuando el bardo finalizó su explicación ella ya había tomado una decisión.
    —Jes —dijo con toda amabilidad—, llévanos a la antesala, por favor. Si se ha hecho esperar a estas buenas gentes durante el alboroto, creo que lo menos que podemos hacer
    es transmitirles nuestras disculpas personalmente.
    —Sí, alteza.
    ¿Era alivio lo que veía en el rostro del bardo? Imposible estar segura, pero parecía como si se hubiera desprendido de una responsabilidad no deseada. Ryen no dijo nada, y Jes los condujo de nuevo a través del gran salón y por el pasillo hasta una puerta cerrada. Con una nueva reverencia, la abrió y anunció al rey Ryen y a la reina viuda Moragh.
    Los dos extranjeros estaban sentados sobre un banco acolchado bajo la ventana de la pequeña pero agradable habitación. Ambos se incorporaron de un salto, consternados, al ser anunciados los visitantes, y Moragh, que iba la primera, sonrió para tranquilizarlos.
    —Por favor, en Carn Caille no utilizamos demasiadas formalidades y, además, la culpa es nuestra por... —Las palabras se apagaron cuando vio a Índigo y su cerebro registró su rostro. Se quedó totalmente inmóvil de improviso, y comprendió ahora el motivo de la preocupación de Ryen y Jes.
    Vinar le dedicó una profunda reverencia.
    —Mi señora reina —dijo, esperando que fuera ésa la forma correcta de dirigirse a esta dama de aspecto formidable—, no queremos causar ninguna molestia, pero cuando Jes nos dijo que esperásemos aquí...
    Moragh lo interrumpió. Había recuperado la compostura, y era una diplomática lo bastante experta para que nadie, con la posible excepción de Ryen, hubiera observado su lapso.
    —No, no —replicó—. Somos nosotros los que hemos causado la molestia, al dejaros aquí desatendidos y sin duda bastante perplejos. Hemos tenido un pequeño trastorno, como creo que sabéis, y se ha tardado en solucionarlo un poco más de lo esperado. Ahora, no obstante, todo está bien y debemos compensaros. —Se volvió al bardo—. Jes, ve en busca de mi mayordomo privado y dile que cenaré en mis aposentos, con tres acompañantes. Y avisa a Mila que Carn Caille alojará a dos invitados esta noche. Sonriente, miró a su hijo—. Ven conmigo, Ryen; tú y yo entretendremos a estas buenas gentes y veremos en qué forma podemos ayudarlos. En estas circunstancias —un destello de sus ojos dio a entender que había mucho más en sus palabras—, creo que es lo mínimo que podemos hacer.
    Cuando la cena servida en los aposentos de la reina viuda tocó a su fin, Vinar se sentía ya medio convencido de que soñaba. Durante más de dos horas a él y a Índigo los habían tratado como si pertenecieran a la realeza. Estaban sentados en mullidos sillones mientras sirvientes respetuosos les servían excelente comida y bebida en cantidades que habrían podido incluso con el apetito de un marino scorvio, y un rey y una reina conversaban con ellos como si fueran de la familia. En un principio, Vinar se había sentido tan intimidado que apenas si podía pronunciar una palabra, pero sus anfitriones, Moragh en particular, eran tan bondadosos y afables que su nerviosismo no tardó en disminuir, y muy pronto empezó a imaginarse con regocijo lo que dirían el capitán Brek y sus compañeros de tripulación del Buena Esperanza si lo vieran allí, Índigo, por otra parte, había parecido encontrarse muy cómoda desde el principio. No tenía mucho que decir, pero su sonrisa no era afectada y sus modales eran relajados aunque un tanto aturdidos; al observarla, Vinar podría haber creído fácilmente que había nacido y se había criado para convivir con tan exaltada compañía, ya que no parecía atemorizarla.
    Se habían retirado las bandejas de carnes y frutas y verduras frescas, y comido los pasteles, y se acababa de colorar sobre la mesa un enorme cuenco de almendras conservadas en miel junto con jarras de dulce aguamiel, cuando la conversación se dirigió por fin a la misión que había llevado a Vinar y a Índigo a Carn Caille. Moragh era una experta interrogadora y no tardó mucho en extraer de Vinar toda la historia del naufragio y lo sucedido después, así como el curioso mensaje que sus invitados habían recibido a través del capitán Brek, que se encontraba en Ranna.
    —¿Y vuestro capitán dijo claramente que traerían aquí a la loba? —Había sorpresa y curiosidad en la voz de la reina viuda—. ¿No hay ningún error?
    Vinar observaba las almendras con miel con gran interés, pero no se atrevía a coger ninguna hasta que lo hicieran sus anfitriones y le mostraran cómo debían comerse.
    —No hay ningún error, alteza; de eso estamos seguros —respondió—. Y si el capitán Brek confiaba en que el chico que envió entregaría el mensaje correctamente... entonces yo también confío en ello.
    —Esto es muy extraño. —Moragh dirigió una rápida mirada a su hijo—. No nos ha llegado ningún mensaje de ninguna de las brujas de por aquí, ¿verdad, Ryen?
    —No, desde luego —asintió el monarca—. Sólo puedo suponer que habéis viajado más deprisa que cualquier mensaje dirigido a nosotros y nos habéis cogido por sorpresa. —Sonrió para demostrar que nadie tenía la culpa.
    —Yo diría —dijo Vinar con cierta timidez— que estas brujas... si son lo que todo el mundo dice, y no tengo motivo para no creerlo... saben más de lo que han contado de momento.
    Los ojos de Moragh centellearon con renovado interés.
    —¿Qué quieres decir con eso, Vinar?
    —Bien, señora... A lo mejor creen que hay algo o alguien aquí que puede ayudar a Índigo de una forma que nosotros no sabemos. Por ejemplo con su familia; tal vez alguien aquí sabe algo sobre quiénes son y dónde podemos encontrarlos. Creo que quizás ése es el motivo de que su mensaje dijera que viniéramos aquí.
    —Sí. Sí, comprendo. —La reina viuda intercambió una inescrutable mirada con su hijo—. Puede que tengas razón; desde luego estaría de acuerdo con la forma en que nuestras hechiceras acostumbran trabajar... Bien, haremos todo lo que esté en nuestra mano para ayudaros en vuestra búsqueda, y creo que podemos empezar enviando un mensaje por todas las islas para localizar a la familia de Índigo. Eso debería resultar bastante fácil, Ryen.
    —Sí —respondió Ryen, cuyos ojos estaban fijos en Índigo—. Sí...
    —Pero por ahora... —La reina viuda se removió en su asiento para luego ponerse en pie. Vinar se apresuró a hacer lo propio y, con cierto retraso, Índigo siguió su ejemplo— No, no, Vinar, no son necesarias las formalidades. Pero es muy tarde y por su aspecto creo que Índigo está agotada. Todos deberíamos retirarnos, me parece; una buena noche de sueño nos refrescará a todos. Vuestras habitaciones están listas. Llamaré a los criados
    y ellos os enseñarán el camino.
    Cruzó la habitación hasta el lugar donde colgaba la bordada tira de un batintín, y mientras lo hacía realizó un leve gesto que sólo Ryen vio, en el que indicaba con toda claridad que deseaba que se quedase con ella. Dos mayordomos contestaron a la llamada de la campanilla; se intercambiaron deseos de una buena noche en la puerta y, tal y como se había convertido en una costumbre entre ellos, Índigo rozó con sus labios los de Vinar en un afectuoso pero casto saludo antes de que un sirviente la escoltara a su habitación. Vinar dedicó una profunda reverencia a la reina viuda, y siguió al otro sirviente pasillo abajo. La puerta se cerró tras ellos, y Moragh aguardó hasta que juzgó que ya no podían oírlos antes de regresar a la mesa. Ryen volvía a estar sentado, con los ojos fijos en el montón de platos vacíos pero aparentemente sin verlos. La reina viuda sirvió un poco más de vino para ambos y depositó una de las copas ante su hijo.
    —Hay algo raro en ella, Ryen. Algo más que una simple pérdida de memoria.
    Ryen levantó rápidamente los ojos. El tono de su madre ya no mostraba la ligera afabilidad de las últimas horas; había una nueva energía en su voz, y cierta irritabilidad.
    —Sí —dijo—. Lo sé.
    —Dime exactamente lo que sucedió cuando llegaron al gran salón —pidió Moragh sentándose—. Hasta ahora sólo he escuchado relatos confusos y quiero toda la historia.
    Ryen contó el relato de la petición de Jes Ragnarson para que atendiera aquella solicitud de última hora, y de su propio asombro, y la reacción más exagerada de Brythere, cuando vieron el rostro de Índigo por vez primera. Moragh escuchó con atención; luego frunció los labios.
    —Así pues también Jes debe de pensar que hay más en esto de lo que parece a simple vista, o no se habría tomado tantas molestias con su solicitud.
    —Advirtió el parecido.
    —Sí, sí, desde luego; pero conociendo a nuestro bardo apostaría a que no era ése su único motivo. —Paseó la mirada por la mesa—. ¿Observaste cómo comía?
    —No. —Ryen se mostró perplejo.
    —Pues yo sí. Ella no es un marinero corriente; tiene unos modales que no quedarían fuera de lugar en la corte de Khimiz, y mucho menos en la nuestra. Y se mostró selectiva con el vino. Vinar bebía cualquier cosa que le pusiéramos delante, y con eso no quiero menospreciarlo; es una persona muy honrada y de buen ver. Pero Índigo sabía lo que escogía y sabía lo que le gustaba. Sospecho que, tanto si lo sabe como si no, proviene de un estrato social totalmente diferente del de él.
    —No tan diferente como para impedirle convertirse en su prometida —observó Ryen.
    —Humm. Bueno, en cuanto a eso... —Pero Moragh decidió no dar a conocer sus ideas sobre la cuestión—. Perdió la memoria durante el naufragio, dijo Vinar, como resultado de un golpe en el cráneo. Probablemente la trataron los médicos locales de Amberland, pero, aunque no dudo de su capacidad en lo relativo a fiebres y huesos rotos, imagino que un caso como éste debe de estar fuera de su alcance.
    —¿Crees que nuestros médicos podrían tener éxito allí donde ellos fracasaron?
    —No pensaba en nuestros médicos —dijo Moragh—, sino más bien en las brujas del bosque.
    —¡Oh! ¡Oh, sí! Empiezo a comprender. La loba domesticada...
    —Exactamente. La loba domesticada, y el hecho de que una de las brujas está al parecer muy ansiosa de que la criatura se reúna con su dueña aquí en Carn Caille. Y bien, Ryen, ¿no te parece eso un poco peculiar?
    El monarca contempló el interior de su copa con el entrecejo fruncido.
    —¿Quieres decir que las brujas pueden tener alguna... segunda intención? —inquirió clavando los ojos en los de ella—. ¿O que pueden saber algo que todavía no se nos ha dado a conocer a nosotros?
    —Los dos conocemos su forma de actuar, aunque no la podamos comprender — repuso Moragh—. Si de verdad existe algún misterio más profundo, las brujas serán las primeras en descubrirlo. Y es por eso que creo que esta hechicera, quien sea que resulte ser, tiene un motivo para desear traer a Índigo aquí.
    El silencio se adueñó de la estancia unos instantes.
    —Y quizá —dijo al cabo Ryen con suavidad— no deberíamos pasar por alto otra de las funciones de las brujas...
    —¿Qué?
    Moragh había estado absorta en sus propias reflexiones y no le había escuchado con claridad. Ryen le dirigió una rápida mirada y, levantándose, cruzó la habitación hasta la ventana. Apartó la cortina y miró al exterior. El patio estaba desierto y las torres situadas al otro lado eran una borrosa masa oscura, perfilada por un débil resplandor crepuscular que brillaba a lo lejos en el sur. El cielo estaba salpicado de estrellas. Cuando el rey volvió a hablar, su voy, era casi ininteligible.
    —Madre..., ¿es posible que algún pariente de Kalig sobreviviera a la plaga?
    Moragh lo miró sorprendida.
    —¿Que la sobreviviera? ¡Ryen, eso es imposible! Los archivos...
    —No se llevó un registro exacto; lo sabemos. La epidemia atacó con demasiada rapidez y demasiada violencia; la gente caía como caen las hojas de un árbol en otoño. En una emergencia de tal magnitud no había tiempo de llevar un registro, de modo que los únicos informes que poseemos son los que se juntaron una vez que lo peor de la plaga hubo pasado.
    La reina viuda seguía con los ojos clavados en la espalda de su hijo.
    —Ryen —dijo en voz baja—, ¿qué intentas decir?
    El monarca aspiró con fuerza y contuvo la respiración unos instantes; luego dejó caer la cortina y se volvió para mirarla.
    —¿No lo ves, madre? Con las islas en tal confusión como se encontraban en aquellos momentos, es posible que el linaje de Kalig sobreviviera. No alguien de la familia directamente; pero a lo mejor un sobrino, o incluso algún bastardo de Kalig o de su hijo. No lo sabemos. No podemos estar seguros.
    Moragh empezó a comprender.
    —Pero buscaron. Los bardos, las hechiceras...
    —Sí, y no hallaron ningún pariente, hombre o mujer, vivo. De modo que se vieron obligados a elegir un sucesor que ocupara el trono e iniciara una nueva dinastía, y así es como llegamos nosotros a Carn Caille. Pero nuestra familia no tiene lazos de sangre con
    la de Kalig. A mil abuelo sencillamente lo escogieron. Los bardos... y las brujas.
    —Los bardos y las brujas —Moragh repitió sus palabras en voz muy baja—. ¡Oh... !
    —Sí; eso es a lo que me refería, madre, cuando dije que no debíamos pasar por alto el hecho de que las brujas a veces llevan a cabo otros deberes. Cuando Kalig y su familia murieron ellas registraron las islas en busca de un superviviente de su mismo linaje pero no consiguieron! encontrar ninguno. No obstante, si tal superviviente hubiera huido de la epidemia, hubiera abandonado las islas... tal vez con hijos, que por su parte también tuvieron hijos en su momento...
    Moragh aspiró con fuerza, estremecida.
    —Podría ser —dijo—. Podría ser. Incluso su nombre: el color del luto. Podría haber sido elegido a modo de recordatorio.
    —Las brujas ya han intuido que algo sucede —siguió Ryen—. Y el parecido es excesivo, demasiado extraño. Si estamos en lo cierto, madre, entonces... —vaciló, y tuvo que armarse de valor para decirlo—. Si estarnos en lo cierto, es muy probable que Índigo sea la legítima reina de las Islas Meridionales.
    Por mucho que lo intentaba, Índigo no podía quitarse de encima la sensación de que los acontecimientos de las últimas horas le habían sucedido a otra persona y no a ella. Incluso después de que el mayordomo se hubo marchado, y que la criada que le habían asignado le hubo llevado agua para lavarse y, tras abrir la cama, efectuó una respetuosa salida, dejándola finalmente sola, la muchacha seguía siendo incapaz de asimilar lo que había sucedido.
    Su dormitorio era una de las mejores habitaciones de invitados de Carn Caille, espaciosa, y amueblada con gusto y gran cantidad de mobiliario. Había gruesas alfombras en el suelo, pesadas cortinas en la ventana y sobre la puerta, sillones y mesas y un arcón de madera de roble, y la cama tenía postes y un dosel y sobre ella pendían colgaduras que podía cerrar si tenia frío. Índigo se lavo con el agua caliente —un raro lujo— y permaneció sentada en la cama un buen rato, escuchando los lejanos ruidos de pasos y voces apagadas y puertas que se cerraban a medida que la fortaleza se preparaba para dormir. Ella no podía dormir; aunque sentía el cuerpo pesado por el cansancio, le resultaba imposible adaptarse a este ambiente extraño. Y, aunque sin saber por qué, se sentía inquieta. No era que se sintiera incómoda ante la elevada compañía entre la que había ido a parar tan de repente. El rey Ryen y su madre eran los anfitriones más amables del mundo y por alguna razón ella no parecía compartir la sensación de respetuoso temor de Vinar. No, no era la gente que vivía en Carn Caille; se trataba del mismo Carn Caille. Algo en este noble y vetusto edificio la trastornaba, como un dolor punzante en una muela. Algo no iba bien allí, y ella no podía señalar qué era.
    Se introdujo por fin en el lecho y permaneció sentada un buen rato más, abrazada a las rodillas dobladas, mientras se preguntaba dónde estaría la habitación de Vinar, y si estaría dormido ya. Deseó que acudiera a verla, aunque sólo fuera para desearse buenas noches de una forma más privada, pues se sentía aislada y un poco vulnerable y ansiaba la presencia de un rostro y una voz familiares. A renglón seguido de este deseo se presentó el viejo dilema que la perseguía desde el naufragio y su convalecencia: la paradoja de sus sentimientos por el hombre al que se suponía que estaba prometida. Las emociones que buscaba tozudamente seguían sin aflorar en su interior, y continuaba sin comprender por qué. Vinar era su gran amigo, su compañero más íntimo, y como hombre resultaba muy atractivo. Sentía afecto por él, y en ocasiones —como ahora— lo deseaba, experimentaba un secreto anhelo de llevarlo a su lecho y entregarse a él tal y como, lo sabía muy bien, él se entregaría a ella. Pero, no bien el deseo surgía en ella, se convertía en frías cenizas, pues sabía que aunque existiría placer no habría amor, al menos no por parte de ella. Era como si —luchó por aferrarse a un destello de comprensión— alguien más se interpusiera entre ellos, un fantasma de su olvidado pasado que la retenía y o no podía o no quería ser exorcizado. Y desde que había pisado Carn Caille había percibido su presencia con más fuerza que antes.
    El fuego se había consumido casi por completo y la habitación empezaba a quedarse fría. Índigo se deslizó bajo las mantas pero siguió sin querer apagar la vela que ardía junto al lecho. Si Vinar acudía esa noche, ¿se entregaría ella... ? Pero no. Carecía de sentido hacer conjeturas, ya que él no aparecería, no intentaría —tal como él lo consideraba— aprovecharse de ella. Quizá, pensó temeraria, sería mejor si lo hiciese, ya que eso dejaría el asunto fuera de su control de una vez por todas y la liberaría de una responsabilidad que no deseaba. Pero Vinar no daría tal paso. Era como si, también él, percibiera la presencia de la tácita barrera y se negara a cruzarla.
    Los pasillos fuera de la habitación estaban silenciosos ahora, y los únicos ruidos que rompían la quietud eran alguno que otro siseo procedente del moribundo fuego y el ahogado gemido del viento que había empezado a soplar fuera de los muros de Carn Caille. La voz del viento pareció despertar ecos en lo más profundo de Índigo, como la voz apenas recordada de un viejo amigo... o de un viejo enemigo..., y la joven se revolvió inquieta en la cama. La luz de la vela tembló a causa de una corriente de aire que las cortinas no pudieron evitar del todo. Las sombras parpadearon sobre la pared y por el suelo, distorsionadas y amenazadoras..., y debió de haberse sumido brevemente en los inquietos bajíos del sueño, ya que no se dio cuenta de la presencia en su habitación hasta que un sonido en su cerebro, como una aguda resonancia musical, la devolvió violentamente al mundo consciente, El fuego se había apagado y la vela se había consumido hasta quedar convertida en un apagado puntito de luz azul. Y alguien, apenas distinguible en la penumbra, la contemplaba desde los pies de la cama, Índigo se puso en tensión al instante mientras a un nivel subliminal se daba cuenta de que la perfilada silueta era demasiado alta para tratarse de Moragh o de la criada y demasiado delgada para ser Vinar. Sintió los labios repentinamente resecos; los abrió con un gran esfuerzo, y con otro gran esfuerzo se obligó a hablar.
    —¿Quién eres?
    No era el claro desafío que había querido lanzar sino un simple susurro. La figura no contestó pero se acercó un poco más, y el corazón de Índigo dio un vuelco. Empezó a incorporarse, y su mano se deslizó automáticamente bajo la almohada en busca de algo... ¿Qué? ¿Un arma? No lo sabía.
    —Anghara —dijo una voz con claridad.
    El nombre la golpeó como un martillazo. ¡Dulce Madre, él había regresado! ¡No
    estaba muerto, estaba aquí, estaba... !
    El recuerdo se desvaneció como el humo, y un extraño grito agonizante borboteó en la garganta de Índigo. Acabó de incorporarse de un salto, luchando con las mantas que parecían haber adquirido vida propia y le impedían moverse. La figura dio un veloz paso atrás y, de improviso, donde había habido una sola aparecieron dos. Una anciana —Índigo no pudo verle el rostro, pero de alguna forma estuvo segura de que lo era— que sostenía algo, algo que entregaba a la primera sombra, introduciéndolo en sus manos.
    —Anghara...
    El nombre volvió a ser pronunciado, con voz ronca y apremiante, y, aunque fue incapaz de decidir cuál de las dos sombras lo había dicho, provocó un segundo y violento escalofrío en el alma de Índigo. Entonces distinguió lo que la vieja le había dado a su acompañante: un cuchillo...
    —Hazlo ahora, amor mío. —Seguía sin saber qué figura había hablado, pero la voz poseía un timbre sobrecogedor; amargo, áspero y desesperado—. Hazlo y todo irá bien. Hazlo, y tendremos lo que es legalmente nuestro.
    La vela llameó de pronto con un último aliento. En ese instante Índigo vio brillar la hoja del cuchillo... y distinguió los dos rostros que se alzaban ávidos, ansiosos, tras el arma levantada. Intentó gritar, intentó moverse, pero su mente y su cuerpo estaban paralizados. Los dos rostros se balancearon hacia ella, y ahora ambos sonreían.
    Y uno de los rostros era el suyo.
    Despertó en medio de un revoltijo de mantas con un grito ahogado. Instintivamente se arrojó fuera de la cama, y no se dio de bruces contra el suelo porque recuperó la perdida serenidad casi inmediatamente después del violento sobresalto.
    Había sido un sueño, sólo un sueño. La vela situada junto a la cama seguía ardiendo con fuerza, aumentada su luz por la de las brasas de la chimenea, y ella estaba sola en la habitación. No había voces, ni fantasmales intrusos. Índigo dejó escapar un suspiro de alivio y con voz temblorosa lanzó un juramento aprendido de Vinar. El denuesto la devolvió a la realidad de un modo rudo pero reconfortante, y empezó a arreglar el desordenado lecho. La abrumaba el deseo de abandonar Carn Caille. Algo no iba bien allí; había algo maligno, si sueños como aquél podían rezumar de las paredes para atacar al indefenso durmiente, y ella no quería saber nada más de todo aquello. Por la
    mañana hablaría en privado con Vinar, se lo explicaría y le preguntaría si estaba de acuerdo en...
    El pensamiento se vio interrumpido antes de terminar cuando, penetrando en su cerebro y haciéndose eco de sus temores como si existiera algún terrible lazo telepático, en algún lejano lugar de Carn Caille la aguda y frenética voz de una mujer empezó a chillar.

CAPÍTULO 10


    En los pueblos y granjas por los que pasaban, el espectáculo de Niahrin empujando su pequeña carretilla prestada, con Grimya bien arrellanada en el interior, llamaba poderosamente la atención. Las gentes salían a las puertas, sonriendo y señalando, pero las risas eran amables en general y aquellos que en un principio se horrorizaban ante el desfigurado rostro de la bruja se tranquilizaban de inmediato ante sus joviales maneras. La misma Niahrin se sentía enormemente divertida por el interés que despertaba, y, por si esto fuera poco, las personas que encontraba resultaban buenos clientes para las pociones y remedios guardados en la carretilla junto a Grimya.
    —Es una lástima que no pensara en este truco antes —dijo a la loba alegremente mientras, con las monedas tintineando en el bolsillo, se despedía de la familia de otra granja más—: transportar a un animal por todo el país como un número de feriante. ¡A estas alturas ya sería una mujer rica!
    —Pero también una mujer muy cansada —respondió Grimya, y su lengua se agitó para demostrar que le seguía la broma.
    La loba se había encariñado con Niahrin durante el tiempo que llevaban juntas; ambas se habían compenetrado profundamente, y a pesar de sus ansias por llegar a Carn Caille y hasta Índigo sabía que se sentiría triste cuando llegara el momento de separarse de su nueva amiga.
    Llevaban dos días viajando, y según los cálculos de Niahrin debían de alcanzar las puertas de Carn Caille por la tarde de su tercer día de viaje. Habrían ido más deprisa andando a campo traviesa, pero, con Grimya incapaz aún de andar bien y por lo tanto obligada a ejercer de reacia pasajera, Niahrin consideró más sensato seguir las carreteras por las que la marcha resultaría más cómoda. Cadic Haymanson, el guardabosques, no había tenido el menor inconveniente en prestar su carretilla, pues sabía que Niahrin lo compensaría escrupulosamente, ya fuera en remedios a base de hierbas o en productos de su huerto. También le había tallado y modelado un robusto bastón de madera y, no obstante sus indignadas protestas de que era muy capaz de cuidarse sin recurrir a la violencia, había insistido en que lo llevara con ella.
    —Nunca se sabe qué clase de vagabundos puedes encontrar por los caminos —le había dicho con firmeza—. Y no me lo perdonaría nunca si te sucediera algo, de modo que harás el favor de aceptarlo ¡y así podré dormir tranquilo en mi cama!
    Por el momento, los temores de Cadic habían resultado infundados, y Niahrin disfrutaba enormemente con su aventura. Grimya, sin embargo, no estaba tan segura de disfrutar. Fingía compartir la alegría de la bruja, pero bajo la simulación todavía la perseguía la sensación de temor ante lo que podía esperarles más adelante. No dejaba de recordarse que Carn Caille no era más que piedra y mortero y que en sí misma no podía significar una amenaza. Pero esa seguridad no conseguía tranquilizarla, pues también sabía que más allá de Carn Caille había algo más. Allá en la tundra aguardaba la Torre de los Pesares, solitaria y vetusta. Y, aunque Índigo creía que tras las desmoronadas paredes de aquella torre se hallaban su objetivo y alegría definitivos, Grimya temía que la muchacha se equivocara.
    Para aumentar la inquietud de la loba, ella y Niahrin tenían una compañía inesperada
    en su viaje. Los lobos salvajes tenían buen cuidado de no dejarse ver, pero tanto Grimya como la bruja eran conscientes de su presencia. Cuando la carretera discurría por un bosque se mantenían a su altura, silenciosos como sombras; cuando se encontraban en terreno abierto y no podían ocultarse se quedaban atrás y las seguían a cuidadosa distancia. Y durante la primera noche, cuando acamparon junto al camino, los lobos se agruparon justo fuera del alcance de la luz de su hoguera, exactamente, dijo Niahrin, como si montaran guardia en un velatorio. La bruja tuvo la impresión de que eran dos o tres, desde luego no más de cuatro y no necesariamente siempre los mismos individuos. Y, aunque no encontró una explicación lógica para ello, tenía la firme convicción de que los lobos las custodiaban.
    —Es a ti a quien quieren proteger —explicó a Grimya durante aquella primera noche, una vez que se hubieron instalado cerca del fuego—. No sé qué es lo que saben que yo no sé, pero percibo que existe un propósito para todo esto con la misma certeza con que siempre he presentido las cosas. —Su frente se arrugó, dando a su rostro un aspecto aún más grotesco—. Ojalá pudieras comunicarte con ellos, Grimya. Ojalá pudieras preguntarles cuál es su propósito.
    Grimya no respondió. Se negaba a hablar en voz alta cuando sabía que los lobos salvajes podían oírlas, ya que el viejo terror de los días de su infancia, el terror de ser diferente, de ser odiada e insultada por los de su raza, la atenazaba como una mano sofocante. No podía explicárselo a Niahrin. Ni siquiera sabía si después de cincuenta años era capaz de comunicarse en la forma en que lo hacían los lobos; las habilidades que debería haber perfeccionado habían sido abandonadas cuando su madre se revolvió contra ella y la echó, y ahora temía haberlas perdido por completo. Además, aunque no sabía más que la bruja obre los motivos de los lobos, no compartía la seguridad de Niahrin de que éstos eran totalmente benévolos.
    Grimya apenas había dormido aquella primera noche, y había dado gracias cuando se hizo de día y pudieron volver a ponerse en marcha. Ahora no obstante, con el sol en el ocaso y la granja y sus simpáticos ocupantes fuera de la vista tras la cumbre de una colina, se alzaba otra vez, amenazadora la perspectiva de otra noche de inquietud, pues no era probable que alcanzaran el siguiente pueblo antes de oscurecer. Tumbada entre las mantas de la carretilla, cómoda de cuerpo pero trastornada mentalmente, Grimya observaba nerviosa el entorno e intentaba no pensar en las horas que tenían por delante.
    Acamparon justo antes de que los últimos rayos de luz desaparecieran del cielo, junto al linde de un pequeño bosquecillo situado a poca distancia del camino. Niahrin ayudo a Grimya a salir de la carretilla y a tumbarse sobre la hierba, donde podía estirarse cuan larga era e incluso hacer un poco de ejercicio. Luego encendió un fuego, silbando entre dientes mientras trabajaba, y colocó su cazo de hierro sobre las llamas para preparar una infusión caliente. Vertía agua en el cazo cuando se interrumpió de repente para escuchar; luego miró a Grimya por encima del hombro y dijo:
    —No hay lobos esta noche.
    Grimya le devolvió la mirada, sobresaltada. Había estado tan segura de que los lobos estarían allí, siguiéndolas aún, que ni se le había ocurrido buscar ninguna señal del su presencia. Ahora, mientras sus sentidos físicos y psíquicos se adaptaban al entorno, se dio cuenta de que Niahrin tenía razón: sus silenciosos y furtivos acompañantes se habían ido.
    —Eso es raro. —Niahrin se puso en pie y miró a su alrededor como si esperara ver salir las grises figuras de los lobos por entre los árboles—. Dos días o casi dos, siguiéndonos la pista, y de pronto se desvanecen sin avisar y sin un motivo aparente.
    —Qui... quizás —aventuró Grimya— éste no es su territorio. —Parpadeó nerviosa—. En cuyo caso, pueden aparecer otros.
    Niahrin no estaba tan segura de eso pero no se le ocurría una explicación mejor. Se encogió de hombros.
    —Bueno, no dudo que tienen sus motivos, aunque no se me ocurren cuáles pueden ser. De todos modos, no nos! afectará demasiado. La infusión está casi caliente. Te serviré un plato, y un poco de carne fría y pan para acompañarla.
    Se inclinó sobre el cazo e iba a coger su cuchara cuando de improviso los pelos del lomo de Grimya se erizaron.
    —¡Niahrin! —la voz de la loba era un siseo, una advertencia.
    —¿Qué? —La bruja giró en redondo.
    —¡Chissst! —Los ojos de Grimya refulgieron salvajes a la luz de las llamas; se había puesto penosamente en pie, y tenía los colmillos al descubierto y el cuerpo tenso por el instinto y la aprensión. Miraba en dirección a la carretera—. Aaaa... alguien se acerca.
    Niahrin intentó atisbar en la oscuridad con el ojo sano, pero el resplandor de las llamas había deteriorado su visión nocturna y todo lo que distinguió fue una borrosa neblina gris.
    Dio un paso lateralmente en dirección a la loba y se agachó.
    —¿Estás segura? —musitó—. No veo nada.
    —Estoy segura. Una figura en la oscuridad. Y un olor; olor humano.
    Niahrin dirigió una nerviosa mirada al fuego, pero era demasiado tarde para pensar en apagar las llamas. El campamento debía de resultar claramente visible a quienquiera que se estuviera acercando.
    —Tal vez se trate de un buhonero que busca compañía para pasar la noche. O un guardabosques interesado en saber cuáles son nuestras intenciones.
    Sonrió pero al mismo tiempo estiró un brazo hacia la carretilla, en busca del bastón de madera que le había dado Cadic. En circunstancias normales no temía que la atacaran, pero había sentido un repentino escalofrío acompañado de una nada agradable intuición. Lo más probable era que se tratara de una simple reacción a la intranquilidad de Grimya y que no hubiera motivos para preocuparse, pero era mejor no correr riesgos.
    Sus dedos se cerraron alrededor del garrote y lo sacó. Tras hacer una seña a la loba para que permaneciera en silencio, retrocedió otra vez junto al fuego y volvió a silbar, fingiendo remover el contenido del cazo.
    Se escuchó un rumor sordo a pocos metros de distancia, y una sombra se movió de forma extraña. La bruja se irguió con rapidez, y su voz se dejó oír con fuerza.
    —¿Quién anda ahí? —Volvió a mirar las sombras con atención—. Comparte mi fuego y sé bienvenido si así lo deseas, pero si tienes otra cosa en mente te advierto muy seriamente que te marches ahora que aún puedes.
    La sombra se detuvo. No le llegó respuesta, pero Niahrin escuchó el sonido de una respiración irregular. Sintió que se le ponía la carne de gallina.
    —No me gustan los jueguecitos —gritó con voz dura—. Déjate ver, o...
    La interrumpió un salvaje gruñido. Grimya tenía las orejas pegadas a la cabeza y los pelos del lomo erizados como una salvaje melena rígida. Los ojos de la loba brillaban rojos de rabia y miedo a la vez, y de su garganta brotó una única palabra:
    —¡demonio!
    Un chillido ululante resonó espantosamente en la noche, y una figura negra surgió de la oscuridad y se abalanzó sobre ellas. Niahrin sólo pudo distinguir una capa, una aureola de cabellos alborotados, el brillo del metal; entonces el apagado acero se transformó en refulgente brillo a la luz de las llamas cuando el cuchillo del asaltante descendió violentamente en dirección a la cabeza de Grimya.
    Niahrin lanzó un alarido y dio un salto al frente. Ni siquiera pensó; blandió el garrote con fuerza, sintió el impacto, y vio cómo la figura en sombras salía despedida hacia atrás para ir a estrellarse contra la maleza. Grimya, moviéndose con gran velocidad a pesar de su minusvalía, había retrocedido fuera de su alcance entre gruñidos y ladridos. La figura, entretanto, intentaba denodadamente ponerse en pie pero la capa se lo impedía; aun sin haberle visto el rostro Niahrin supo la verdad, la supo con certeza, y ese conocimiento le provocó una furia ciega.
    —¡Vuelve a tocarla y te mataré!
    Saltó como una gata, colocándose entre Grimya y el hombre caído en el suelo. Éste se quedó inmóvil, y ella percibió sus ojos, invisibles en su negra silueta, que la miraban fijamente. La rabia que la embargaba creció hasta casi escapar a su control.
    —¡Levántate! —escupió—. No vengas arrastrándote como un asesino salido de un nido de ratas... ¡Levántate y enfréntate a mí!
    Alzó el garrote y tuvo la satisfacción de ver cómo se encogía de miedo. A su espalda escuchaba la jadeante respiración de Grimya, producto del esfuerzo y la emoción, mientras renovados gruñidos amenazadores retumbaban en la garganta del animal.
    Lentamente el supuesto atacante empezó a moverse. Había soltado el cuchillo al recibir el golpe del bastón de Niahrin, y el arma yacía ahora despidiendo débiles destellos a pocos centímetros de su mano izquierda. Niahrin vio cómo sus dedos se arrastraban hacia ella, y le espetó:
    —¡No lo toques!
    Se precipitó al frente, y alejó el arma de una patada mientras él se apartaba atemorizado. Luego la cabeza apenas entrevista se volvió de nuevo hacia ella, y el hombre habló por primera vez. Nada más oír su voz, cualquier duda que Niahrin pudiera haber albergado sobre su identidad se desvaneció.
    —Pero de... debo... —suplicó el hombre con un gemido lastimero—. Debo hacerlo. ¿No te das cuenta, Niahrin? ¿No lo ves? Me matará... y te matará a ti también, si dejas que se acerque...
    —Por todo lo más santo... —masculló Niahrin en voz baja; luego lanzó un fatigado suspiro—. Levántate, Perd, por el amor de nuestra buena Madre. Grimya es mi amiga y no te hará daño. Levántate, vamos. Toma una taza de infusión caliente conmigo junto al fuego, y dime qué, en el nombre de la creación, te ha traído aquí. Porque estoy segura de una cosa: esto no es una coincidencia.
    —Así que ya ves: debo regresar. —Los delgados dedos de Perd Nordenson oprimían la vacía taza de hojalata como si quisiera darle una nueva y fantástica forma—. Debo, Niahrin. Debo verla. Debo hablar con ella. Debo decirle...
    —Espera, Perd, espera —lo interrumpió Niahrin, anticipándose a un nuevo torrente de palabras sin sentido.
    A pesar del alborotado ataque que había intentado realizar, Perd se encontraba en un estado más lúcido que de costumbre, y con tiempo y esfuerzo había conseguido obtener de él algo parecido a una sosegada coherencia. Pero, a pesar de todos sus esfuerzos, la esencia de sus confusas explicaciones seguía burlándola. Y la reacción de Grimya no ayudaba en absoluto. Ya había resultado bastante difícil convencer a Perd, contra todos los instintos de su mente enferma, de que la loba era una amiga y una compañera, a la que no se debía atacar, no se debía odiar, y en cuya compañía podía sentarse junto al fuego sin temer por su vida; pero, mientras que había conseguido finalmente apaciguar a Perd, no sucedió lo mismo con Grimya. Niahrin no sabía qué se ocultaba en el fondo de aquella desconfianza, pues Grimya se negaba a hablar en presencia de Perd. La loba permanecía tumbada al otro lado de la hoguera, con las orejas gachas y el pelaje erizado, contemplando al anciano con muda y temerosa desconfianza, y de vez en cuando un ahogado gruñido competía con el chisporroteo de las llamas. Niahrin, colocada entre ambos y con la terrible sensación de ser un suculento hueso por el que peleaban dos perros, estaba decidida a hacer caso omiso de la demostración de hostilidad de Grimya. Sólo con Perd ya tenía trabajo más que suficiente; por el momento al menos, Grimya tendría que ocuparse de su propio bienestar.
    —Perd... —Le cogió el tazón y volvió a llenarlo, aunque sólo hasta la mitad porque el viejo ya había derramado sobre sí una buena parte del primer tazón y parecía una tontería desperdiciar más—. Perd, escúchame e intenta prestar atención esta vez. Comprendo una parte de lo que dices. Sé que quieres regresar a Carn Caille... aunque lo que hacías allí es algo que no entiendo...
    —Por ella... —empezó él.
    —Sí, por ella, lo sé. Pero ¿quién es ella? —Dejó caer el cucharón en el interior del cazo, y el estrépito sobresaltó visiblemente a Perd—. Eso es lo que no me has dicho.
    —«Eso y muchas otras cosas», pensó, pero no lo dijo—. Sólo dime eso, Perd. Dime quién es ella.
    Sus manos seguían retorciéndose febriles. Niahrin le separó los dedos e introdujo el tazón entre ambas manos. El lo contempló durante unos instantes como si jamás hubiera visto algo parecido; luego la punta de la lengua asomó por encima del labio inferior, como un niño absorto en sus pensamientos.
    —Perd —instó Niahrin otra vez al ver que no respondía—. Sólo dime a quién te refieres.
    Perd sonrió y levantó la mirada hacia ella; sus apagados ojos tenían una curiosa expresión ausente.
    —¿Quién va a ser? La reina, claro. ¿Quién otra?
    —¿La reina? —Niahrin estaba perpleja. ¿Qué conexión podía existir entre Perd Nordenson y la reina Brythere?
    —No comprendo —dijo—. ¿Intentas decirme que conoces a la reina?
    —¡Oh, sí! Claro que la conozco. Y yo..., y yo... la amo. —El rostro de Perd se arrugó, y las lágrimas afloraron a sus ojos—. Siempre la he amado, siempre. Pero ella..., cuando ellos..., ella...
    Y de improviso se echó a llorar, con un profundo y dolorido llanto que le estremeció todo el cuerpo. Niahrin no comprendía nada; la extraordinaria revelación la había desconcertado y no sabía qué pensar ni qué hacer. Torpemente, extendió una mano y la posó sobre el hombro del anciano, en un intento de ofrecer todo el pobre y mudo consuelo que pudiera; pero, en el mismo instante en que lo tocaba, su tristeza se trocó brusca y violentamente en cólera. La apartó con furia, arañándola con las afiladas uñas, y su voz se elevó en un malhumorado chillido.
    —¡Ellos me echaron! ¡Todos estos años, tantos años, y ellos me echaron, como si yo fuera un traje viejo que hay que tirar!
    Le arrojó el tazón; Niahrin lo esquivó, y el tazón rebotó con un sonoro golpe metálico contra el tronco de un árbol próximo y cayó sobre la maleza. Grimya empezó A gruñir, y Niahrin gritó:
    — Grimya, para! ¡Él no quería hacerlo! —Apretando los dientes y respirando profundamente para tranquilizarse se volvió otra vez hacia el anciano—. Perder los estribos conmigo no nos servirá de nada a ninguno de los dos, Perd. ¡Cualquiera que sea la injusticia que hayan cometido contigo, yo no fui responsable de ella! Ahora, vuelve a intentarlo. Dime qué te sucedió en Carn Caille.
    Pero Perd volvía a llorar y en esta ocasión no quería o no podía parar. Niahrin escuchó sus sollozos, consciente de que nada podía hacer ante esto. Se habían despertado viejos agravios y penas hasta ahora dormidos en las lóbregas profundidades de su enferma mente, y éstos eran tan poderosos que lo habían empujado a la corte del rey en busca de una reparación. Si juntaba lo poco que le había contado, Niahrin podía imaginar muy bien la escena en Carn Caille. No era extraño que lo hubieran echado, y si había intentado asediar a la reina en persona con alguna loca declaración de amor tenía suerte de haber escapado tan bien parado.
    Sin embargo, a pesar de todo aquel embrollo sin sentido —la obsesión de Perd por la reina Brythere y todas esas tonterías sobre una pasada injusticia—, la intuición de Niahrin se había puesto en funcionamiento, advirtiéndole que no considerara toda aquella historia simplemente como los delirios de un loco. Perd estaba loco, no había duda de ello, pero intuía que lo que le había contado era al menos una aproximación a la verdad.
    Y las revelaciones del tapiz que había tejido, que ahora se encontraba cuidadosamente doblado y guardado en la carretilla, eran una prueba más firme que cualquier conjetura. El poder que había guiado sus manos sobre el telar le había mostrado que Perd Nordenson tenía un papel en este extraño asunto, y ese poder no mentía.
    Un sonido áspero la sacó brusca e inopinadamente de su ensimismamiento. Perd se había doblado hacia adelante y, con la cabeza sobre las rodillas, roncaba. Dividida entre la compasión, el alivio y un resentimiento un tanto divertido porque el anciano no había tenido ni siquiera el detalle de desearle buenas noches, Niahrin se levantó con esfuerzo. No podía dejarlo sentado así porque lo más probable era que acabara de doblarse al frente y cayera sobre el fuego; lo sujetó por debajo de los brazos y tiró de él hacia atrás hasta dejarlo en posición supina, tras lo cual lo envolvió bien en su capa para que no cogiera frío. Perd ni se movió, y Niahrin se dijo que dormiría profundamente hasta la mañana. Cuando lo hubo dejado tan cómodo como pudo, rodeó el fuego en silencio y fue a sentarse junto a Grimya.
    —Está bien dormido —aseguró—. Puedes hablar sin temor a que te oiga.
    La loba la miró con ojos entristecidos.
    —No me gus... gusta este hombre —dijo con voz ronca—. He intentado estar calmada pero es muy difícil. Hay algo maligno en él. —Hizo una pausa—. Él es el que vino a tu casa. El que me asustó.
    —Sí, lo es. —Niahrin acarició la cabeza de la loba con suavidad y dulzura—. Pero él no es malo, Grimya, como he intentado explicarte antes. Está enfermo, y siente un terror y odio por los de tu raza que nunca he podido comprender. Pero no es malvado. —La mano aumentó ligeramente la presión de sus caricias—. Confía en mí, cariño, por favor. Perd no te hará daño, porque yo no voy a permitirlo y sé cómo desviar su atención en sus peores momentos. Pero lo cierto es que quiero ayudarlo si puedo.
    Grimya permaneció en silencio unos momentos.
    —¿Quieres decir que deseas que venga con nosotras? —preguntó al cabo.
    —Sí, quiero que venga con nosotras. No es sólo por él; es por mí también, aunque eso es algo que no creo comprender del todo aún. Y tal vez..., bueno, no puedo estar segura, pero quizás es también por tu bien.
    —Nnno lo comprendo, Niahrin. —La loba bajó la cabeza—. Yo no quiero que venga; me da miedo.
    —¡Oh, Grimya!
    A Niahrin le dolía interiormente su imposibilidad de explicar a nadie, y mucho menos a esta amable amiga con su claro y directo razonamiento, la naturaleza del poder que había guiado sus manos sobre el telar y guiaba su mente ahora. Aquel poder había colocado una responsabilidad sobre sus hombros, y ella no podía rehuirla. Fuera lo que fuera lo que la aguardaba, ella debía llevarlo a cabo. —Querida mía —su voz era dulce—, por favor ten paciencia con tu amiga Niahrin. Me parece que en esto estoy tan impotente como tú. Pero sí sé una cosa: Perd tiene que venir con nosotras, porque negarle esto significaría negarle la esperanza. Y eso es algo que no le haré a ningún ser vivo.
    Nubes grises empezaban a acumularse por el noroeste, y Niahrin calculó que en menos de una hora empezaría a llover. Se alegró de ver la mole de Carn Caille frente a ella, y se alegró doblemente —aunque eso fue acompañado de una sensación de culpabilidad— de que, después de todo, Perd no las hubiera acompañado en esta última parte de su viaje. El anciano había desaparecido en algún momento durante la noche mientras ella y Grimya dormían, llevándose la mitad de sus raciones y sin dejar ninguna
    pista sobre la dirección tomada.
    Niahrin deseó fervientemente que no hubiera regresado a Carn Caille. En realidad, el que no hubiera realizado ningún otro intento de atacar ni a Grimya ni a ella misma antes de abandonar el campamento sugería que seguía aún en un estado mental relativamente lúcido, de modo que con un poco de suerte era posible que tuviera el sentido común de evitar la fortaleza al menos por el momento. Grimya no ocultó lo que la satisfacía verse libre de él, y así pues habían iniciado la marcha con una sensación de alivio.
    Pero, aunque Perd estaba ausente, Niahrin no dejó de pensar en él. Durante todo el día, mientras empujaba la carretilla por la carretera, había ido rumiando sobre el enigma de las incoherentes revelaciones del anciano. Seguían siendo tan incomprensibles a la luz del día como lo habían sido en la oscuridad de la noche, y la actitud de Grimya era un enigma más. Era comprensible que sintiera una fuerte antipatía por Perd a la vista del odio declarado de aquel hombre contra los de su raza, pero esto iba más allá de la simple enemistad y Niahrin no podía dar con la causa.
    Grimya no ayudaba en nada: se limitaba a negarse a discutir la cuestión, y Niahrin acabó por dejar de lado sus meditaciones para concentrarse en la carretera.
    Carn Caille se perfiló más cercana, y ahora la bruja percibió el cambio en el aire y el enfriamiento del viento que anunciaba lluvia. Apresuró el paso, disculpándose ante Grimya por las molestias provocadas por el traqueteo, pero la loba no respondió. Tenía los ojos fijos en la fortaleza y parecía como si intentara acurrucarse aún más en el interior de la carretilla, como si quisiera ocultarse de lo que la esperaba más adelante.
    Se encontraban apenas a cien pasos de las abiertas puertas de acceso cuando se produjo un veloz movimiento en el interior y salió una mujer a caballo. Grimya lanzó un extraño gritito, al tiempo que erguía las orejas con ansiedad, para luego dejarse caer nuevamente en el interior al descubrir que el jinete era una desconocida. Niahrin, sin embargo, la reconoció al instante.
    —¡Es la reina! —exclamó, con la voz teñida de sorpresa y alegría, y, al ver acercarse el caballo, se apartó a un lado del camino y realizó una reverencia.
    La reina Brythere iba ataviada para galopar, con una falda pantalón de lana, botas de piel y un abrigo de cuero bien cerrado alrededor de la delgada garganta. Llevaba la cabeza descubierta y los cabellos de color rojo dorado sujetos hacia atrás en una severa cola. Cuando la tuvo más cerca, Niahrin pudo ver la expresión de su rostro —una extraordinaria mezcla de infelicidad, temor y determinación—, y una serie de preguntas sin respuesta se amontonaron en la mente de la bruja. La reina parecía enferma, enferma y aturdida. Su piel había perdido el color, los ojos mostraban profundas ojeras, y las manos que sujetaban las riendas estaban pálidas y delgadas como las de un fantasma.
    El caballo —una yegua blanca— aminoró el paso al llegar junto a ellas, y Brythere bajó la mirada. Frunció un poco el entrecejo ante la peculiar visión de una mujer tuerta y un lobo en una carreta, pero Niahrin tuvo la clara impresión de que la reina había advertido su presencia de una manera periférica y que los pensamientos de la soberana estaban inflexiblemente fijos en otro punto. La bruja le dedicó una respetuosa reverencia y, recobrando el dominio de sí misma, Brythere le dedicó una sonrisa distraída y ausente como respuesta, antes de espolear su montura y girar en dirección al
    sur y las tierras desnudas que bordeaban la tundra.
    —Sin escolta, blanca como una enferma, y con una expresión en los ojos como si le acabaran de decir el día de su propia muerte... —Niahrin no se dio cuenta de que había hablado en voz alta hasta que Grimya se volvió para mirarla, indecisa.
    —No esss una mujer feliz —dijo la loba—. ¿Adonde crees que iba?
    —Sólo la Madre lo sabe. —Niahrin dirigió una rápida mirada al amenazador cielo—. Pero si tiene intención de cabalgar lejos todo lo que obtendrá será quedar empapada. De todos modos, eso es cosa suya; yo no soy quién para cuestionar lo que decida hacer la reina. —Volvió a empujar la carretilla hasta la carretera y se puso en marcha en dirección a las puertas de la fortaleza.
    Ante su sorpresa, y con gran alivio para Grimya, las esperaban. En cuanto la bruja empezó a contar su historia, el guarda de la puerta interrumpió sus explicaciones y le indicó que pasara. Al parecer, el rey Ryen había dado instrucciones a sus centinelas para que aguardaran la llegada de alguien procedente de los bosques acompañado de una loba domesticada. Y, sí, la marinera de nombre Índigo estaba allí, junto con su prometido. Al escuchar esto Grimya emitió un sonido ahogado pero se controló enseguida, temerosa de revelar su secreto. El guarda pidió a Niahrin que esperara mientras iba en busca de alguien que las acompañara, y, en cuanto se hubo alejado lo suficiente para no poder oírlas, la cabeza de la loba giró hacia Niahrin.
    —Di... dijo... prometido. —Había temor y confusión en su voz—, ¡Índigo no está prometida! ¡No está prometida a nadie! No puede, no podría...
    —¡Chist! —advirtió Niahrin—. ¡Silencio, o alguien podría oírte! —Posó una mano sobre la cabeza de Grimya para tranquilizarla—. Escucha, cariño, me parece que hay muchas cosas que no sabemos aún, y lo más probable es que el centinela se haya equivocado. Ten paciencia un poco más y averiguaremos qué sucede.
    Las primeras gotas de lluvia empezaban a caer cuando regresó el centinela. Lo acompañaba un hombre de cabellos castaños que Niahrin reconoció al instante como un bardo.
    —Señora... —El joven vaciló un instante, pero, si el rostro desfigurado de la bruja lo desconcertó, tuvo la suficiente presencia de ánimo para disimular su reacción. Hizo una reverencia, y Niahrin vio que la evaluaba rápidamente no tan sólo a nivel físico—. Sé bienvenida a Carn Caille. Soy Jes Ragnarson, bardo del rey Ryen.
    —Yo soy Niahrin —repuso la bruja.
    —Sí; sí, he oído hablar de ti. —Sonrió—. Tu nombre y reputación son muy respetados por los de mi profesión al igual que por los de la tuya.
    Sus palabras sorprendieron a Niahrin, quien lanzó una carcajada gutural.
    —Bueno, no fingiré no sentirme halagada, Jes Ragnarson. —Señaló la carretilla—. Y ésta, como creo que ya sabes, es Grimya.
    El bardo contempló a la loba unos segundos, y luego asintió.
    —Hay aquí dos personas que estarán muy contentas de verla. —Se volvió otra vez hacia la bruja y le dedicó una segunda y escudriñadora mirada—. Y unas cuantas más que también estarán contentas de verte a ti. —Y, antes de que Niahrin pudiera indagar sobre tan peculiar afirmación, sus modales cambiaron de nuevo y levantó los ojos hacia el gran cuadrado de cielo enmarcado por las murallas de Carn Caille—. La lluvia arrecia; ¡has llegado justo a tiempo! Ven, pongámonos a cubierto antes de que empiece el aguacero. Vuestros amigos os esperan.
    Abandonaron a toda prisa el exiguo refugio del arco de la puerta y atravesaron el patio hasta una puerta del lado oeste de la fortaleza. Niahrin vio rostros en las ventanas que los contemplaban con interés; luego franquearon la puerta y se encontraron en un salón espacioso y sorprendentemente cálido, del que partían dos amplios pasillos. Varios criados se detuvieron para dirigirles miradas curiosas; uno o dos, al ver la carretilla y la loba, sonrieron. Jes Ragnarson las condujo por el pasillo de la izquierda, a través de una sala enorme y vacía en la que resonaron sus pisadas —Niahrin supuso que se trataba de una sala de reuniones o algo parecido—, y finalmente hasta la puerta de una antesala. Llamó a ésta; durante un momento todo permaneció en silencio, pero al cabo la puerta se abrió desde adentro.
    Niahrin pudo ver el interior de la habitación, y por un sobrecogedor momento tuvo la impresión de que todo un comité de recepción las esperaba. Seis personas —debía de haber seis, si no más—: un hombre fornido y rubio, una mujer de cabellos castaño rojizos, una criatura de cabellos plateados y curiosos ojos, y una impresionante figura alta de cabellos parecidos a hojas de sauce, una anciana, un...
    Entonces, de improviso y de un modo sorprendente, la visión se desvaneció ante sus ojos y sólo quedaron dos personas. La bruja meneó la cabeza aturdida, con los ojos fijos en las dos personas y preguntándose qué era lo que le había sucedido, pero antes de que se hubiera serenado el hombretón rubio echó a correr hacia ellas.
    —¡Grimya! —Su voz cargada de acento extranjero resonó en los pequeños confines de la habitación—. Grimya, eres tú, lo eres de verdad! ¡No te ahogaste!
    Niahrin estaba aún demasiado sobresaltada para advertirle que tuviera cuidado con la pata herida de la loba. Vinar se dejó caer junto a la carretilla y empezó a rascar con fuerza a Grimya entre las orejas. La loba gimoteó de placer, retorciéndose, pero su mirada estaba clavada en la mujer situada detrás de Vinar, quien hasta el momento no había dado un paso para ir a su encuentro y se limitaba a contemplarla con ojos inquietos. Utilizando su voz mental, la loba la llamó, extasiada.
    «¡Índigo! ¡Estás a salvo, estás aquí! ¡He tenido tanto miedo por ti!»
    Pero Índigo no respondió. Su expresión no se alteró, tampoco habló, y de su mente no surgió ninguna oleada de emoción.
    «¿Índigo, qué sucede?», inquirió la loba, perpleja. «. ¿Por qué no me saludas?»
    Índigo se limitó a seguir con la mirada fija en ella, y la angustia de la loba se tornó bruscamente en miedo. Sus sentidos psíquicos intentaron frenéticamente llegar hasta la muchacha, pero siguió sin recibir respuesta de su amiga. Lo cierto..., lo cierto, comprendió Grimya, es que no había nada. El vínculo mental entre ellas había desaparecido como si jamás hubiera existido.
    «¡Índigo!» Grimya proyectó toda la energía que fue capaz de reunir en el silencioso grito, «Índigo, por favor, POR FAVOR.... »
    —Lo siento. —La voz de Índigo interrumpió su desesperada llamada mental, y la muchacha desvió la mirada—. Lo siento, Vinar. No recuerdo. Si ésta es Grimya, y si alguna vez me perteneció, sencillamente no recuerdo nada sobre ella.
    El pánico acabó con toda cautela en la mente de Grimya, y su voz —su voz física— brotó de su garganta en un grito que era mitad palabras y mitad aullido.
    —Índigo, ¿por qué no me reconoces? ¿Por qué no me reconoces?
    Vinar dio un salto atrás como si hubiera recibido un latigazo en pleno rostro. Perdió el equilibrio y fue a caer pesadamente al suelo, donde quedó sentado, boquiabierto por la sorpresa mientras contemplaba a la loba con incredulidad y terror. Índigo se quedó paralizada donde estaba, el rostro una máscara de aturdimiento, la boca entreabierta, mientras una sucesión de imágenes inconexas penetraban violentamente en su cerebro como cuchilladas. Lobo..., bosques y luz de hogueras..., viajes que parecían no tener fin... y una carga, una terrible carga ineludible...
    —Los animales no hablan... —Retrocedió un paso, alzando las palmas de ambas manos hacia afuera como para rechazar algo demasiado terrible para enfrentarse a ello—. ¡No hablan! —Alzó la cabeza violentamente y dedicó a Niahrin una terrible mirada enloquecida—. ¡Esto es un truco, una broma que me estás gastando!
    —¡No! —protestó Niahrin— Señora, os aseguro que...
    —¡No te creo! —La voz de Índigo, aguda por el pánico, la interrumpió a mitad de la frase. Luego, antes de que nadie pudiera detenerla, la joven pasó corriendo junto a la carretilla y la bruja, y con un grito lleno de desesperación huyó de la habitación.

CAPÍTULO 11


    —Jamás me lo dijo. Eso es lo que no comprendo. Todo ese tiempo navegando, ¡y jamás me dijo nada! —Vinar paseaba por la habitación como un león enjaulado, hasta la ventana, hasta su sillón, hasta la puerta, de nuevo hasta la ventana... Por fin se detuvo y miró a Niahrin en muda súplica—. ¿Por qué no me lo dijo? No puedes contestar a eso y yo tampoco; ¡no tiene sentido!
    La bruja estaba acuclillada junto a la carretilla, acariciando la cabeza de Grimya con un movimiento suave y regular en un intento de ofrecer a la loba su mudo consuelo. Grimya se había sumido en un profundo silencio, negándose a hablar tras su arrebato y rehusándose ahora a encontrarse con la mirada de ninguno de los dos humanos.
    Comprendiendo que sus esfuerzos no servían de nada, Niahrin suspiró y se incorporó penosamente.
    —Tienes razón —dijo pesarosa—. No puedo responder a la pregunta, y con toda honradez no creo que sea yo quien deba intentarlo. —Dirigió una ojeada a la loba—. Puede que Grimya desee contarte más cosas en su momento; no lo sé. Pero, por ahora, todo lo que podemos hacer es esperar.
    Por un instante pensó que Vinar protestaría, pero tras unos segundos de silencio éste se encogió de hombros en impotente asentimiento.
    —Sí; sí, supongo que sí. —Regresó junto a la ventana, intranquilo—. No veo el patio desde aquí. Maldita sea, ¿adonde ha ido?
    Niahrin deseó saberlo. La precipitada huida de Índigo los había sobresaltado a todos, pero lo que había sucedido después había sido una sorpresa aún mayor. Vinar, recuperada la serenidad, había abandonado corriendo la habitación en pos de Índigo, pero ésta ya había desaparecido y el marino había chocado contra Ryen cuando el rey salía inesperadamente de un pasillo lateral. Niahrin se sintió estupefacta cuando los dos hombres regresaron juntos a la habitación, pero sus incoherentes intentos de realizar una reverencia se desvanecieron cuando Ryen les indicó con energía que permanecieran donde estaban. Él conocía los pasillos de Carn Caille mucho mejor que ellos; él personalmente encontraría a Índigo y la convencería para que regresase.
    Niahrin no podía pretender comprender lo que se ocultaba tras la evidente preocupación del rey por los asuntos de Vinar e Índigo, y Vinar estaba demasiado nervioso para responder a las mil preguntas que ella deseaba hacer, pues lo cierto es que él también tenía sus propias preguntas. ¿Cómo era que Grimya hablaba? ¿Cómo era eso posible? ¿Cuánto tiempo hacía que poseía ese poder? ¿Lo había sabido Índigo? ¿Cuánto tiempo hacía que lo sabía? Y, por encima de todo, ¿por qué ninguna de ellas había confiado en él lo suficiente para contarle algo tan importante? Durante toda esta diatriba, mientras él oscilaba turbulentamente entre la cólera y la súplica, Grimya se negó a pronunciar una sola palabra más, y, aunque Niahrin se esforzó por explicar lo poco que podía, lo cierto es que sus conocimientos eran tan insuficientes como los de Vinar.
    —De una cosa estoy seguro —dijo Vinar de improviso dándose la vuelta otra vez—. Aquí pasa algo, algo que yo no sé..., que quizá nadie sabe. Pero, sea lo que sea, Índigo tiene que ver con ello.
    Niahrin dirigió una veloz mirada a Grimya. La loba desvió rápidamente los ojos, y la bruja supo al instante que sus sospechas eran ciertas. Grimya podía explicar mucho de todo este misterio si quería hacerlo, y Niahrin sintió que un escalofrío premonitorio le recorría la espalda al recordar el tapiz mágico que había tejido y lo que había vislumbrado en su interior. Se sintió tentada de contar a Vinar lo que pensaba, pero la cautela prevaleció. No lo conocía y, aunque la intuición le decía que era un buen hombre, se sentía reacia a revelar sus pensamientos a un extraño.
    —Puede que sea así —repuso, evitando una respuesta directa—. Pero no puedo pretender saber lo suficiente aún para encontrar una explicación. —«Tantas preguntas sin respuesta», pensó otra vez, y añadió en voz alta—: La memoria de Índigo, por ejemplo. En medio de todo este embrollo he comprendido lo suficiente para darme cuenta de lo que le ha sucedido. No tenía ni idea, y tampoco Grimya. —Señaló a la loba, que seguía negándose a levantar los ojos—. Es por eso que está tan trastornada, creo, y por lo que no quiere hablar ahora. Tengo entendido que ella e Índigo eran muy buenas amigas.
    —Sí, lo eran. —La boca de Vinar se crispó entristecida—. Pero yo no sabía cuán íntimas eran, ¿verdad? —Pasó junto a Niahrin para acercarse a la carretilla y miró a Grimya—. Eh, Grimya, ¿por qué no quieres hablarme? Sé tu secreto ahora, de modo que ya no hay motivo para tanto misterio. ¿No somos amigos, también?
    Extendió la mano mientras hablaba, lo que impidió que la loba pudiera hacer caso omiso de él. Con gran consternación por su parte, se encontró con que Grimya le mostraba los dientes, amenazadora.
    —¡Grimya! —La voz de Vinar sonó estupefacta, y Niahrin se apresuró a intervenir.
    —Grimya, ¿qué sucede, cariño? ¿Qué pasa? —La duda la embargó repentinamente—. ¿Este hombre es el verdadero Vinar?
    —Sssí. —La respuesta surgió de forma tan brusca, tan inesperada, que la sorprendió, como también lo hizo el veneno presente en el tono de voz de la loba. Ésta levantó los ojos hacia ella por fin—. Sssí, éste es Vinar. ¡Pero ya no es mi amigo! —Su cabeza se volvió, y el animal lanzó una mirada feroz y acusadora al scorvio—. ¡Has dicho mentiras! ¡Has dicho a la gente que estás prometido a Índigo, pero yo sé que no!
    Vinar se sobresaltó en lo más profundo de su ser. Retrocedió, con una mano alzada a modo de protesta.
    —Grimya, no es cómo tú dices —intentó argüir—. Yo no digo mentiras, no de la forma que tú quieres decir. Índigo y yo...
    —¡No! —lo interrumpió Grimya con furia—. ¡No Índigo y tú! Ella no ha dicho que va a casarse contigo. ¡No lo dirá, no puede decirlo! ¡Lo sé..., lo sé!
    Niahrin había olvidado el pequeño incidente con el centinela de la puerta, pero, ante este arranque, el hecho regresó con claridad a su memoria. El hombre había mencionado al prometido de Índigo sin darle demasiada importancia, como si fuera algo del dominio común en Carn Caille, y Grimya se había mostrado horrorizada. ¿Qué era lo que había dicho? «Ella no está comprometida a nadie, no puede estarlo.» Casi las mismas palabras que ahora utilizaba con Vinar, y en ellas se percibía un aire de desesperación —casi de terror— que hizo sonar todas las alarmas de la psiquis de Niahrin. «No puede —
    pensó—. ¿Por qué no puede? ¿Qué secreto me oculta aún Grimya »
    Vinar intentaba de nuevo protestar y explicarse, todo al mismo tiempo, y ella lo interrumpió.
    —Espera —dijo—. Esperad los dos. No pretendo saber qué sucede, pero no ganaremos nada riñendo, ni ahora ni en ningún otro momento. —Se sintió un poco sorprendida al escuchar el tono autoritario de su voz, más parecido al de su abuela que al habitual en ella, pero se sacudió la extraña sensación—. Hemos de hablar... — declaró— todos nosotros. —Esto fue acompañado de una firme mirada en dirección a Grimya, retándola a poner objeciones—. Pero éste no es el lugar, y desde luego no es el momento. Cuando su majestad encuentre a Índigo...
    —¡No! —Grimya y Vinar hablaron a la vez, apremiantes. Niahrin vaciló.
    —Por favor, señora —imploró Vinar—. No digas a Índigo lo que dijo Grimya. Al menos no de momento..., no hasta que pueda explicarme.
    La loba gruñó por lo bajo.
    —¡Tiene rrrrazón! —Parecía reacia a admitirlo, reacia a estar de acuerdo con Vinar en nada—. No la ayudaría, no tal como está ahora. Y no le digas a nadie más lo mío. No debes. No aún.
    Superada en número, Niahrin suspiró e hizo un gesto de asentimiento.
    —Muy bien. Pero creo que los tres deberíamos...
    Alguien llamó a la puerta, y todos se volvieron.
    Jes Ragnarson, el joven bardo, entró en la habitación y dedicó a todos una sonrisa cordial pero distraída a modo de saludo.
    —Por favor, perdonad la repentina intrusión, pero tengo un mensaje del rey. Índigo se ha ido. Cogió un caballo de los establos y abandonó Carn Caille; la historia no acaba ahí, pero eso puede esperar. Su majestad ha ido tras ella; sabe la dirección que tomó y no tardará en atraparla. Me pidió que os transmitiera el mensaje.
    Vinar se encaminó a la puerta.
    —¡Yo iré también! Índigo puede estar en peligro...
    El bardo lo sujetó del brazo.
    —No, Vinar, es mejor que no. Me atrevería a apostar a que no eres buen jinete, de modo que no harías más que molestar. Nada le sucederá; el rey y sus hombres la traerán de vuelta sana y salva.
    Vinar admitió el razonamiento y cedió ante él.
    —Eres muy amable, Jes Ragnarson —dijo Niahrin—, al traernos el mensaje del rey. Esperaremos aquí nuevas noticias.
    Jes era un auténtico bardo y se dio cuenta de que pasaban muchas más cosas por la mente de Niahrin de lo que ésta estaba dispuesta a revelar, al menos a él. Hizo una reverencia.
    —Gracias, señora. Con la buena voluntad de la Madre, la espera no tiene por qué ser excesivamente larga.
    —Lo siento, mi señor, pero sencillamente no se me ocurrió preguntar si tenía permiso para coger el caballo. —El caballerizo mayor de Carn Caille abrochó la brida del alazán
    y empezó a empujar hacia atrás al animal para sacarlo de su establo, mientras dedicaba una veloz e inquieta mirada al rostro de Ryen—. La verdad, yo..., bueno, no me atreví a poner en duda su orden. Fue la..., la actitud de ella, señor. Parecía conocer los establos tan bien como si fueran suyos, y como no sabía quién podía ser pensé que no era yo quien debía ponerle objeciones. Luego salió al galope en dirección sur, en la misma dirección en que mi señora la reina se marchó un poco antes...
    —Sí, sí; comprendo.
    Ryen se hizo a un lado para dejar pasar al caballo, al tiempo que intentaba que su preocupación, ya que no su impaciencia, no se reflejara en su voz. Los cuatro hombres que había escogido para cabalgar con él estaban ya montados y él se sentía ansioso por partir sin más retrasos; ya se había perdido demasiado tiempo registrando Carn Caille en busca de Índigo.
    —Tú no tienes la culpa, Parrick —añadió conciso—. Lo único que lamento es que nadie pensó en decirme que a la reina también se le había metido en la cabeza salir a cabalgar sin escolta. —Entonces se refrenó al darse cuenta de que su tono empezaba a mostrar un imprudente enojo. Sus problemas con Brythere no eran culpa ni responsabilidad de Parrick. Con menos brusquedad, inquirió—: ¿Qué caballos cogieron?
    —Su majestad se llevó su favorito, la yegua blanca, y la otra dama pidió el caballo gris oscuro. —Parrick frunció el entrecejo—. Lo cierto, mi señor, es que ella insistió en el gris oscuro; no aceptaba ningún otro. Ésa fue otra razón por la que pensé que debía de tener permiso, señor.
    Ryen lanzó un gruñido. No le interesaban las razones para la elección de caballo de ninguna de las dos mujeres; sólo qué animales debía encontrar la expedición de búsqueda. Se hallaban ya fuera en el patio, y, no obstante el aguacero, cada vez más torrencial, el alazán se agitaba inquieto, ansioso por ponerse en marcha. Ryen lo tranquilizó con una palmada y subió a la silla. Mientras se hacía con las riendas escuchó unas veloces pisadas y una voz familiar que pronunciaba su nombre.
    —¡Ryen! ¿Qué sucede?
    La reina viuda Moragh, cubierta con una capa y con la capucha subida para protegerse de la lluvia, corría hacia ellos. Parrick se retiró diplomáticamente a los establos, mientras los hombres a caballo saludaban y clavaban los ojos en algún punto situado más adelante. Moragh se detuvo junto al caballo y levantó los ojos hacia su hijo.
    Ryen relató lo sucedido en unas pocas frases, y Moragh apretó los labios.
    —Ya veo. Pensaba que Brythere había estado descansando estas dos últimas horas... No hay duda de que alguien ha sido muy descuidado. —Suspiró fastidiada—. Si vas tras ella será mejor que te pongas en marcha. En cuanto a Índigo...
    —También la traeremos de vuelta, si podemos encontrarla. Pero Brythere es más importante.
    —Sí, sí, desde luego. Pero ¿sabes qué dirección tomó?
    —Parrick la vio dirigirse al sur.
    —Bueno, eso es algo; al menos no es tan estúpida como para dirigirse al bosque, con ese maldito loco andando suelto por ahí. —La reina viuda se apartó del caballo; luego, como si se le acabara de ocurrir, dijo—: ¿Dónde está Vinar?
    —En la antesala oeste detrás del gran salón. La bruja ha llegado con la loba domesticada de Índigo... Fue algo durante esa reunión lo que provocó todo este embrollo, creo, aunque no he tenido tiempo de averiguar exactamente qué ocurrió.
    —Qué extraño... Daré instrucciones a Jes para que les sirvan alguna cosa y les ofrezcan una explicación. —Sonrió con cierta tristeza—. Ese pobre scorvio... Parece que hemos convertido en una costumbre el padecer inesperadas crisis. Debe de pensar que estamos locos.
    Con la lluvia resbalando por los bordes de la capucha, Moragh contempló cómo Ryen y su grupo cabalgaban hacia las puertas, las atravesaban y se alejaban por el prado situado más allá. Dejando escapar un débil y cansado suspiro, dio media vuelta y regresó al interior de la ciudadela.
    No fue hasta encontrarse a casi dos kilómetros de Carn Caille cuando Índigo se dio cuenta de lo insensato de su actuación. Tiró bruscamente de las riendas, obligando al caballo a pasar de un galope impetuoso a un medio galope, luego a un trote y, por fin, a un agradecido paso rápido.
    Volviéndose sobre la silla Índigo miró a la ciudadela, ahora apenas una masa borrosa bajo la lluvia, unas piedras grises recortándose en un cielo gris. Un tranquilo razonamiento regresaba a su mente tras el turbulento arrebato, y se sintió ridícula y avergonzada. ¿Qué se había apoderado de ella para reaccionar como lo había hecho ante una loba que hablaba? Era comprensible que la sobresaltara..., ¿a quién no le habría sucedido?, pero la abrumadora emoción que había brotado de su interior era mucho más intensa. Había sentido una sensación de auténtico pánico, y con ella una inexplicable pero terrible punzada de dolor y desorientación. No le había importado más que una cosa en aquel momento: huir de los muros que la encerraban y poner entre ella y Carn Caille tanta distancia como le fuera posible.
    ¿Por qué se había sentido tan aterrada? La mano que sujetaba las riendas descansaba inerte sobre el pomo de la silla y, al percibir la ausencia de control, el caballo se detuvo por completo y empezó a arrancar bocados de hierba primaveral. Índigo siguió sentada sin moverse, sin apenas darse cuenta de la lluvia que le empapaba las ropas y corría por sus cabellos, mientras seguía con la cabeza vuelta en dirección a la ciudadela. Todo el asunto parecía absurdo ahora, y un nuevo motivo de vergüenza era el recuerdo de la temeridad —casi arrogancia— con que había irrumpido en los establos y exigido un caballo. No cualquier caballo, además, sino el gris oscuro. ¿Por qué este animal y no otro? Recordó que, por un instante, su enmarañado cerebro la había convencido de que el caballo era de su propiedad, un viejo y conocido amigo. Pero eso era imposible. No poseía un caballo propio, y lo cierto es que le resultaba una nueva sorpresa el darse cuenta de que sabía montar. Era marino, y lo lógico era que nunca se hubiera sentado sobre un caballo; pero, cuando saltó sobre la silla del animal, un seguro instinto había aflorado a la superficie y se había alejado al galope como si hubiera nacido sobre una silla de montar.
    Nacido en una silla de montar... A lo mejor, pensó un poco alterada, lo que Vinar había sugerido medio en broma era cierto. Tal vez sí tenía alguna olvidada conexión con Carn Caille. En el instante en que la loba le había hablado le había dado la impresión de que en efecto existía un lazo, y algo se había agitado en las profundidades de su subconsciente. Ese había sido el motivo de su temor, comprendió ahora; no la loba misma sino algo que la loba, por un efímero momento, había parecido representar o recordarle.
    Pero, si ella había tenido parientes aquí, o incluso si su nombre había sido simplemente conocido, ¿por qué no había aparecido nadie a reclamarla? Ese enigma insinuaba algún desagradable secreto, algo oculto o que se le ocultaba a ella de forma deliberada. Pero ¿por qué? ¿Por qué?
    Sus ojos se concentraron de nuevo en la lejana mole de la ciudadela. Lo más probable era que alguien no tardaría en salir tras ella. Vinar estaría frenético, exigiría una búsqueda... pero Índigo no deseaba regresar todavía. Necesitaba más tiempo antes de enfrentarse al inevitable cúmulo de preguntas, explicaciones y disculpas. Tiempo para estar sola. Tiempo para pensar.
    Volvióse al frente otra vez y obligó al caballo a levantar la cabeza, a la vez que le golpeaba los ijares con los talones para que se pusiera al trote. Llevaba una buena delantera a cualquiera que saliera en pos de ella; seguiría cabalgando un poco más a paso tranquilo, se concedería la oportunidad de tranquilizar sus alterados nervios y razonar un poco sobre la situación. Con el sol invisible tras las nubes de tormenta resultaba difícil saber la dirección que había tomado al salir de Carn Caille, pero el terreno que se extendía ante ella parecía fácil, aunque yermo. Espoleó al caballo a un medio galope rápido y se dirigió a la cima de una pequeña loma que tenía delante. Desde lo alto podría girar a la derecha, donde una delgada franja de árboles que se extendía desde el bosque situado más allá de Carn Caille ofrecía a la vez refugio y un lugar donde ocultarse. Regresaría a la ciudadela antes del anochecer, y, si Vinar y sus anfitriones estaban enojados, sencillamente se disculparía lo mejor que pudiera, y esperaría ser perdonada.
    El caballo aminoró el paso al llegar a la cima de la loma, resoplando por el esfuerzo de esta última ascensión, corta pero empinada, y se detuvo en lo alto de la escarpadura, una pendiente de unos quince metros que terminaba en un terreno de maleza reseca. Este debía de ser el borde de la gran tundra meridional; Índigo sabía que detrás de ella se extendían las vastas y vacías llanuras de hielo polares donde ningún ser humano se aventuraba jamás...
    «Excepto...»
    El pensamiento pasó de forma repentina y asombrosa por su mente, y se le puso la carne de gallina. «¿Excepto quién?» No pudo responder a la pregunta, pero en ese momento el miedo volvió a atenazarla furioso. Había algo allí fuera, algo en la tundra... «Una larga sombra, y una puerta, y no debo, no debo, NO DEBO...»
    Se vio liberada violentamente del terror que la paralizaba cuando el caballo relinchó de improviso con un relincho fuerte y prolongado, los flancos temblando bajo ella. El animal miró hacia la derecha; sus patas golpearon el suelo y enviaron una lluvia de piedras sueltas rodando por la ladera, e Índigo vio lo que había atraído su atención. Se acercaba otro caballo, que ascendía con cuidado por la loma. Era una criatura totalmente blanca, y sobre su lomo había una mujer joven, menuda y delgada, coronada. por una
    brillante melena de cabellos rojo dorados.
    Índigo sólo había visto a la reina Brythere en una ocasión —y apenas por unos instantes— en el gran salón, pero el llamativo cabello era inconfundible. Brythere contemplaba a Índigo con atención y se percibía un claro aire agresivo en su postura mientras espoleaba a su montura hacia adelante. En cuanto se encontró al alcance de la voz, gritó:
    —¿Qué haces aquí? ¿Qué quieres? —Su voz sonaba aguda y enojada. Índigo tenía aún los nervios alterados por la repentina punzada de terror, y mentalmente se puso en guardia.
    —¿Qué queréis decir? —Tensó las riendas con dedos torpes, y el caballo agitó la cabeza nervioso—. ¡No quiero nada!
    Brythere detuvo su montura en seco, y su ofendida mirada acribilló a la extranjera que había osado dirigirse a ella con tan poco respeto.
    —¿Te han enviado desde Carn Caille a espiarme? —exigió.
    —¡No, no me han enviado! —replicó Índigo—. No tengo interés en vos. ¿Por qué habría de tenerlo?
    Brythere se mostró claramente sobresaltada. Luego profirió una carcajada nerviosa.
    —¡Encuentro tus modales muy impertinentes, señora! ¿Sabes quién soy?
    —Sí. —Índigo estaba más tranquila ahora, y su voz no mostraba emoción—. Sois la esposa del rey. —Se preguntó de improviso por qué había dicho aquello; «la esposa del rey», no «la reina». Curioso.
    Brythere frunció la menuda y bien dibujada boca.
    —Sí, soy la reina Brythere. ¿Y tú eres...?
    —Me dicen que mi nombre es Índigo.
    —Oh... —La expresión y porte de Brythere cambiaron—. Oh... la mujer que lleva el nombre del color del luto. La que ha perdido la memoria. —Hizo una pausa, miró con atención al caballo y luego con mayor atención aún el rostro de Índigo—. Estabas en la audiencia pública ayer, ¿verdad? Con ese hombre rubio, el marinero scorvio. Os vi, justo antes... —Entonces decidió no finalizar la frase. Una extraña sonrisita, casi una mueca, asomó a las comisuras de sus labios, y bruscamente pareció tranquilizarse—. No, ellos no te habrían enviado a ti a seguirme. Muy bien, pues; puedes acompañarme. Cabalgaremos juntas de regreso a Carn Caille.
    El veloz cambio de actitud desconcertó a Índigo, quien negó con la cabeza.
    —No quiero regresar —anunció—. Aún no.
    —¿Qué? ¿Prefieres cabalgar bajo esta lluvia torrencial, y arriesgarte a coger un resfriado o algo peor? —Haciendo caso omiso del hecho de que ella misma había hecho precisamente lo mismo, Brythere volvió a reír. La carcajada resultó artificial—. ¡Qué tontería! Además, el caballo que montas es uno de los míos, y no pienso permitir que se exponga al mal tiempo de forma innecesaria. Regresaremos juntas.
    La cuestión del caballo obligó a Índigo a ceder, pues, a menos que estuviera dispuesta a regresar a pie a la ciudadela, no estaba en posición de discutir. Cedió de mala gana, y los dos animales giraron para regresar a casa. Durante unos minutos ninguna de las dos mujeres habló; luego, inesperadamente, Brythere preguntó:
    —¿Qué hacías en la loma?
    —Nada importante. —Índigo la miró de reojo.
    Tuvo la impresión de que Brythere no la creía.
    —Me diste la impresión de estar mirando algo —dijo la reina.
    —Sólo el paisaje..., lo poco que podía ver de él.
    —¿La tundra?
    —¿Por qué?
    La pregunta mostraba ahora un tono afilado, e Índigo arrugó la frente.
    —¿Debería tener un motivo especial?
    —No; pero parece una elección curiosa. Después de todo no es lo que pudiéramos llamar una vista atractiva. —La reina realizó un curioso gesto que parecía estar a medio camino entre un encogimiento de hombros y un escalofrío—. Pero lo cierto es que incluso el más desolado de los paisajes puede resultar más agradable que la otra elección.
    Unos dedos helados rozaron la espalda de Índigo.
    —¿La otra elección? —repitió con cautela.
    —Soportar las pesadillas que frecuentan las paredes de Carn Caille... —Por un momento el tono de Brythere fue pesaroso; luego, bruscamente, sus modales cambiaron otra vez y reapareció en su rostro la brillante y poco convincente sonrisa—. Al fin y al cabo —dijo con estudiada indiferencia—, hay momentos, ¿no es así?, en los que cualquier sitio puede resultar tedioso. Aun el propio hogar.
    Índigo la miró sorprendida. Entre una frase y la siguiente la reina había borrado el impacto de su primera observación, retorciéndola hasta convertirla en un comentario inofensivo. Era como si hubiera descartado —o incluso olvidado— que por un instante había revelado por completo sus más íntimos pensamientos. Pero, al hacerlo, había provocado en Índigo una turbadora sacudida.
    Desde su primer y breve encuentro, la muchacha había tenido muy claro que había algo muy raro en la joven reina. No sabía exactamente el motivo de la reyerta del día anterior en el gran salón, ya que, cuando los hombres que luchaban irrumpieron en el interior, Vinar la había empujado detrás de él para que estuviera a salvo y su enorme mole le había impedido ver nada, y en medio de todo aquel escándalo no había conseguido entender lo que gritaba el intruso. Pero había visto cómo se llevaban a Brythere de la sala, al parecer desmayada, y luego por la noche había escuchado los lejanos gritos que la habían devuelto a la realidad después de la terrible pesadilla sufrida, gritos que, según había descubierto, procedían de los aposentos de la reina. En ese momento Índigo se hallaba demasiado aturdida para percibir demasiados detalles; había salido al pasillo, pero un criado que pasaba corriendo le había asegurado que no había nadie herido y que no había nada de que preocuparse.
    Esta mañana, sin embargo, había averiguado el resto de la historia. Estas perturbaciones, al parecer, sucedían con regularidad, pues la reina se veía atormentada por pesadillas frecuentes y periódicas. El locuaz criado que le había ofrecido tal información insinuó alguna forma de neurastenia, e Índigo se había preguntado en un principio si Brythere no estaría loca. Pero la idea desapareció en cuanto el sirviente dejó escapar inadvertidamente la naturaleza de los terrores de la reina: noche tras noche, Brythere soñaba que alguien intentaba asesinarla.
    Escogiendo las palabras con cuidado, y sin dejar de observar a la reina de reojo, Índigo dijo:
    —Habéis hablado de padecer pesadillas, señora. Yo también tuve una pesadilla anoche. Tengo entendido que fue... parecida a la vuestra.
    Brythere volvió la cabeza violentamente.
    —¿Parecida?
    —Un asesino. Con un cuchillo.
    La boca de la reina se movió unos instantes, como si hubiera estado a punto de gritar. Luego echó hacia atrás la cabeza, haciendo volar gotas de lluvia de la empapada masa de sus cabellos.
    —Lo que acabas de revelar no me sorprende, Índigo. —Sus labios hicieron una nueva mueca—. Desafiaría a cualquiera a vivir un tiempo entre esas paredes sin soñar tales cosas. —Hubo una larga pausa, mientras los caballos seguían avanzando al trote—. Pero no debes preocuparte por ello. Tú no tienes nada que temer. Ése, creo, es mi privilegio.
    La nota de amargura había vuelto a aparecer en su voz. Perpleja, y un poco desconcertada, Índigo quiso preguntar qué era lo que Brythere había querido decir con su enigmático comentario, pero antes de que pudiera formular una pregunta la reina volvió a hablar.
    —Preferiría no hablar más del tema de los sueños —declaró con firmeza—. No es ni divertido ni agradable. ¿Me explico con claridad?
    —Sí. Aunque... —respondió Índigo con un suspiro.
    —¡No! —El tono de Brythere era firme, casi feroz—. Por favor. Nos limitaremos a cabalgar, y a no decir nada más. —Sacudió las riendas de su yegua—. ¡Oh!, una cosa más. Es probable que el rey haya enviado hombres a buscarme, y puede que encontremos a la partida de búsqueda antes de llegar a las puertas. Si es así, no quiero que repitas una palabra de esta conversación a nadie.
    —Como deseéis.
    Índigo comprendió que de nada servía intentar discutir con ella. Brythere no se dejaría convencer para revelar el secreto que se ocultaba bajo sus sueños. Pero las palabras de la reina la obsesionaban. «Desafiaría a cualquiera a vivir un tiempo entre esas paredes sin soñar tales cosas.» Tal vez, pensó Índigo, el secreto tenía menos que ver con Brythere que con el mismo Carn Caille.
    Apartó ese pensamiento de su cabeza y se concentró en el sendero que seguían. Los dos caballos habían acelerado el paso sin que los instaran a ello, presintiendo que se dirigían a casa y ansiosos por la comodidad y abrigo de sus establos. Por entre la lluvia, Carn Caille se alzaba cada vez más cerca, sólido y un tanto lúgubre, mientras que a lo lejos, a su izquierda, el bosque se extendía en una enorme mancha de color gris verdoso. Al mirarlo, Índigo percibió una débil resonancia que podría haber sido un recuerdo perdido —un mar encrespado extendiéndose de horizonte a horizonte, y el balanceante trote de su montura como el bamboleo de la cubierta de un barco— y, como había hecho en tantas ocasiones anteriores, intentó atrapar la atormentadora insinuación y obligarla a mostrarse con claridad. Pero su cerebro se resistió a sus esfuerzos, como siempre hacía, y el recuerdo se negó a materializarse. Volvió a suspirar, y estaba a punto de desviar la mirada cuando vio algo que salía del linde del bosque y se dirigía a Carn Caille. Por un momento, desdibujado por el mal tiempo, dio la impresión de que uno de los árboles se había separado de sus compañeros y se deslizaba por el prado en dirección a la fortaleza; luego, bruscamente, se detuvo, e Índigo comprendió que quienquiera que fuera las había visto.
    Señaló el prado, atrayendo la atención de Brythere. —Si el rey ha enviado gente a buscarnos, señora, creo que uno de ellos al menos nos ha descubierto.
    Brythere dio un tirón a las riendas de su montura, la cual se paró en seco resbalando sobre el suelo mojado. —¿Dónde? —Atisbo en la penumbra—. No veo a nadie. —Ahí —señaló Índigo—. A mitad de camino entre Carn Caille y el límite del bosque. —La lejana figura era la de un hombre, como pudo comprobar ahora; estaba envuelto en una capa y era imposible distinguir ningún detalle de su cuerpo o rostro, pero su figura y forma de andar no eran las de una mujer. Y volvía a moverse ahora—. Nos ha visto. Viene hacia nosotras.
    La yegua de Brythere se sacudió de repente, y la reina dio un violento tirón a las riendas.
    —¡Quieta, bestia estúpida! —Luego dirigió una amplia sonrisa a Índigo—. Apenas puedo distinguirlo. Debes de poseer una vista excelente, supongo que por haber pasado la vida en el mar. ¡Ah, bien!, seguiremos adelante. No puede tratarse de Ryen porque iría a caballo, y no pienso dejarme intimidar por criados. Vamos.
    Espoleó a la yegua al frente de nuevo y ambas echaron a trotar sobre la hierba. La lejana figura seguía dirigiéndose hacia ellas, aunque ahora su trayectoria parecía algo irregular, como si el camino se hubiera vuelto accidentado.
    Y, aunque no podía estar segura, a Índigo le pareció escuchar que el viento transportaba un sonido ahogado que se superponía al constante siseo de la lluvia. El sonido de alguien que gritaba...
    —Montas muy bien para ser un marino, Índigo. —La voz de Brythere interrumpió de repente los pensamientos de la joven—. Supongo que no puedes recordar, ahora, dónde aprendiste...
    —No. —Índigo clavó los ojos en los de la reina.
    —Es una lástima. Podría haber...
    No terminó de hablar. Había vuelto a tirar de las riendas, obligando a la yegua a ir al paso a su pesar, e Índigo siguió adelante varios metros antes de darse cuenta y hacer lo propio para mirar a su espalda, perpleja.
    —¿Señora...?
    Brythere tenía los ojos fijos en la figura que se acercaba, y que ahora seguía una trayectoria que les cortaría el paso antes de que llegaran a Carn Caille. La reina temblaba violentamente.
    —¡Detente! —siseó—. ¡Deprisa!
    Índigo obligó a su montura a detenerse, controlándola con firmeza cuando ésta
    intentó resistirse. La reina permanecía rígida en su montura.
    —¿Quiénes? —exigió Brythere, la voz ronca por el miedo—. ¿Quién es?
    —No lo sé. —Curiosa, y desconcertada por su tono de voz, Índigo la miró de soslayo—. Un hombre, pero no puedo distinguir detalles desde aquí.
    —¡Viene hacia nosotras! —Brythere empezó a temblar otra vez—. ¡Se está colocando entre nosotras y la ciudadela!
    Confusa, Índigo intentó tranquilizarla.
    —Pero... no es más que un solo hombre, como dijisteis; probablemente uno de vuestros propios criados.
    —¡No! —exclamó Brythere—. ¡No, es él ¡Sé que es él!
    De pronto, espoleó los costados de su yegua con violencia y lanzó al animal a un galope continuado. Demasiado sobresaltada para reaccionar, Índigo vio cómo la yegua blanca, una mancha en la lluvia, volaba sobre el terreno a una velocidad suicida mientras la reina cabalgaba desesperadamente en dirección a las puertas de Carn Caille. Intentaba ganar a la figura tambaleante que ahora giraba para interceptarla; a trescientos metros de la ciudadela sus caminos se cruzaron, e Índigo vio que los brazos del hombre se agitaban en el aire intentando atrapar a Brythere. Llegó demasiado tarde. La reina pasó al galope a menos de tres pasos de sus manos; éstas se cerraron en el vacío, y el hombre se desplomó pesadamente sobre el suelo.
    Alarmada, Índigo espoleó su caballo hacia la figura caída. Brythere se detuvo algo más adelante e hizo girar el caballo para mirar atrás; su voz cubrió la distancia entre ambas, aunque Índigo no pudo oír lo que gritaba. Todo lo que pensaba era que el extraño podía haber chocado con el caballo de la reina y estar herido, pero al acercarse vio que se movía y se ponía en pie vacilante. Cuando estuvo lo bastante cerca para verlo con claridad comprendió qué era lo que le sucedía. El hombre no estaba herido... pero sí borracho. De nuevo en pie, se balanceaba como un arbolillo en un vendaval, y se esforzaba por sacar de entre los pliegues de su mugrienta capa un odre de vino sin tapón; derramó su contenido sobre sí mientras luchaba neciamente, sin dejar ni un momento de farfullar en una ininteligible voz sin expresión. No obstante su estatura, mayor de lo normal, Índigo se dio cuenta de que era un anciano. Mechones de grasientos cabellos blancos se escapaban de debajo de la capucha de su capa, y las manos que se aferraban al odre estaban arrugadas y deformadas, Índigo sintió una oleada de repugnancia pero fue incapaz de seguir galopando y dejarlo ahí en ese peligroso estado. Hizo girar la cabeza de su montura y empezó a acercarse a él.
    —¡Índigo! —La voz de Brythere aulló enloquecida desde la distancia que las separaba—. ¡Índigo no, no!
    En el mismo instante en que la reina gritaba, Índigo vio que detrás de ella las puertas de Carn Caille se habían abierto y salían varios jinetes. Brythere volvió a gritar, y un hombre voceó una respuesta; la voz parecía la de Ryen, y al dirigir una veloz mirada a la ciudadela Índigo vislumbró al rey a la cabeza de los jinetes que se acercaban. El anciano también había visto a los jinetes, y proferido un alarido sorprendente, casi el gañido de dolor de un animal. Sus manos se inmovilizaron de golpe; el odre de vino cayó al suelo, y su contenido se derramó sobre la hierba. Luego, en lo que pareció ser un arranque de terror o rabia o ambas cosas, una voz cascada y frenética surgió de debajo de la capucha y chilló a los hombres que se aproximaban.
    —¡Regresad! ¡Dejadme! ¡DEJADME EN PAZ!
    Con una velocidad y agilidad sorprendentes, el anciano dio media vuelta y echó a correr, Índigo estaba detrás de él; el hombre no la había visto, y el caballo levantó las patas delanteras cuando el hombre se precipitó directamente contra ellos. Profiriendo un nuevo gañido, el anciano se desvió a un lado a tiempo de evitar la colisión, pero perdió el equilibrio, dio un traspié y estuvo a punto de caer. Mientras agitaba los brazos violentamente para recuperar el equilibrio, la capucha de la capa cayó hacia atrás, y, justo antes de que se enderezara y echara a correr como una liebre, Índigo pudo verle el rostro.
    Y la sorpresa la sacudió como un mazazo al reconocer al hombre que, la noche anterior en sus sueños, había intentado asesinarla.

CAPÍTULO 12


    —Se nos escapó. —El rey Ryen se quitó el abrigo, y el sirviente que había entrado en la habitación con él se apresuró a adelantarse para recoger la empapada prenda—. Sólo la Madre Tierra sabe cómo un hombre de su edad posee la rapidez y energía para esquivar a hombres a caballo, pero lo consiguió. —Mientras el sirviente se marchaba con el abrigo, el monarca flexionó los hombros, estiró los brazos y se acercó al fuego para calentarse.
    —La camisa también está mojada, Ryen —dijo la reina viuda desde su asiento en el lado opuesto de la chimenea—. Deberías cambiártela, o te resfriarás.
    —Ya lo haré, madre. —Le dedicó una sonrisa para demostrar que se sentía menos irritado de lo que su voz daba a entender, pero su expresión cambió enseguida al darse la vuelta para inspeccionar los rostros de las otras dos personas presentes en la habitación, que se habían puesto en pie al entrar él.
    »¿Dónde están Brythere e Índigo? —preguntó Ryen.
    —Secándose y cambiándose de ropas —respondió Moragh —. Se reunirán con nosotros enseguida. Pero, antes de que lo hagan, hay algo que deberías oír...
    —Lo que quiero oír —interrumpió Ryen— es una explicación. —Su mirada se clavó en Vinar, no enteramente sin rencor—. Sin duda tu dama tendría algún motivo para salir corriendo de la ciudadela, robar un caballo que no le pertenece y...
    —Ryen —dijo Moragh con voz aguda, y su tono lo hizo callar—, si me lo permites... —El se volvió con el entrecejo fruncido, y la reina viuda continuó—: Los motivos de Índigo pueden esperar hasta más tarde. Vinar ya la ha reprendido y yo también, y estoy segura de que también deseará disculparse ante ti por su insensatez. Pero esto es un poco más importante. Se refiere a Perd.
    —¡Oh! —La frente de Ryen se arrugó aún más.
    —Sí. Parece —Moragh dirigió una significativa mirada a Vinar— que Índigo ya había visto a Perd antes. —Hizo una pausa—. En un sueño.
    Vinar miró al rey, incómodo y bastante confuso, ya que no comprendía la preocupación de la reina viuda por aquel asunto, que era totalmente nuevo para él. Índigo y Brythere habían recibido una turbulenta recepción a su regreso a Carn Caille. Al oír el resonar de cascos de caballos en el patio, Vinar había corrido al exterior con Niahrin pisándole los talones; mientras las dos mujeres desmontaban, había aparecido la reina viuda en escena y había habido un torrente de discusiones, reprimendas y expresiones de entremezclado alivio y enojo. En medio de todo el alboroto, Vinar había intentado preguntar a Índigo qué se había apoderado de ella para que huyera como lo había hecho, pero la muchacha había hecho caso omiso de sus preguntas. Con el rostro enrojecido y aspecto febril, había empezado a hablar de modo apremiante sobre una pesadilla y un anciano loco. Su alteza lo había oído y había intervenido de repente, y ante el desconcierto de Vinar se habían llevado de allí a la reina y a Índigo antes de que él pudiera decir nada más. En estos momentos, el scorvio se encontraba en una habitación con su alteza y Niahrin, y ahora el rey en persona había entrado, y todavía nadie le había explicado qué sucedía.
    —Madre, no comprendo —dijo Ryen—. ¿Qué quieres decir con que Índigo conoció a
    Perd en un sueño?
    —Fue anoche —le explicó Moragh—. Al parecer sufrió una pesadilla en la que vio a dos figuras que se acercaban a su lecho. Una de ellas tenía un cuchillo, y ella vio su rostro con toda claridad. Era Perd.
    —Diosa bendita... —El rostro del rey palideció bajo su bronceado—. ¿Estás segura?
    —Por completo. Interrogué a Índigo yo misma. No hay duda de ello, Ryen; ha tenido el mismo sueño que ha estado atormentando a Brythere durante tanto tiempo... y sucedió la primera noche que pasaba bajo nuestro techo.
    —Eh, esperad —intervino Vinar. Los dos lo miraron sorprendidos, y éste se apresuró a realizar una reverencia a modo de disculpa—. Señor..., señora..., con todo el debido respeto... Si hay alguien que ha estado amenazando a Índigo y del que yo no sé nada...
    —No, no, Vinar. —Moragh le palmeó el brazo en un gesto tranquilizador—. Nadie la amenaza. Fue un sueño, como ella intentaba decirte en el patio. Anoche...
    —Sí, sí, lo oí. —En circunstancias normales, Vinar no habría tenido la temeridad de interrumpirla, pero su preocupación por Índigo dejaba a un lado todo lo demás—. La escuché decir que había tenido una pesadilla. Pero ahora decís que vio a alguien en su sueño que intentaba matarla, ¡y que ese alguien es real!
    —Bien, sí. Pero no es a Índigo a quien quiere matar, Vinar. Cómo consiguió ella, no sé, captar ese hilo, tal vez en su subconsciente, no puedo ni imaginarlo. Pero no existe duda de que soñó con ese hombre anoche, y que ella y Brythere se toparon hoy con él de regreso a Carn Caille. —En su rostro apareció una sonrisa glacial—. Como he dicho, no es a Índigo a quien Perd Nordenson quiere matar. Es a nosotros.
    —Él debe de ser uno de los pocos hombres vivos que puede recordar la gran peste — dijo Ryen—. O, más bien, que podría recordarla, ya que parece que no tiene en absoluto un claro recuerdo del pasado. No existe duda, como Niahrin también parece creer — señaló con la cabeza a la bruja—, de que Perd está totalmente loco ahora.
    Moragh lanzó un bufido ahogado.
    —¿Ahora?
    —Madre... —El monarca la miró con aire cansado, y ella se encogió de hombros.
    »A lo mejor fui demasiado indulgente —continuó Ryen—, y habría sido mejor para todos nosotros si hubiera hecho eliminar a Perd como mi..., como algunas personas pensaban que debía hacer. Pero Perd sirvió a mi familia durante muchos años, y sirvió a la familia del rey Kalig antes de eso. Sólo la buena Madre Tierra sabe lo que debió de sufrir durante la plaga; qué familiares y amigos perdió, qué penas se ha visto obligado a sobrellevar. Debe de haber sido suficiente para sembrar las semillas de la locura en cualquier hombre, y no se lo puede culpar por aquello en lo que se ha convertido como resultado.
    Moragh no se mostraba impresionada —se trataba de un viejo tema de disputa—, pero Vinar clavó los ojos en sus botas y frunció el entrecejo mientras intentaba reconciliar los razonamientos del rey con el odio ciego que experimentaba por principio contra Perd Nordenson. Fue Niahrin quien finalmente rompió el silencio. —Mi señor..., alteza..., si puedo atreverme a decirlo, creo que el rey tiene razón. —Se daba cuenta de que Vinar la observaba con indecisa hostilidad, pero siguió adelante—. No puedo afirmar conocer bien a Perd, pero durante los años que vivió en el bosque no fue jamás un peligro para nadie. Loco, desde luego, y sin que ninguno de nuestros conocimientos humanos pueda hacer nada por él; pero no es un hombre malvado. —Un recuerdo parpadeó en su mente; Grimya, con el lomo erizado y gruñendo con voz ronca: «¡Maligno..., maligno!», y se estremeció de improviso. Pero Perd siempre había odiado a los lobos...
    »El cerebro de Perd Nordenson está muy enfermo —siguió, apartando la duda de su mente—. Y sospecho que su obsesión con la reina lo ha perjudicado aún más, hasta el punto de que cree que sois vos, mi señor, y su alteza quienes se interponen entre él y sus insatisfechas ansias. Los ojos de Moragh se iluminaron interesados. —¿Intentas decir que ése es el motivo por el que ha atentado contra nuestras vidas? ¿Porque somos obstáculos a su deseo por Brythere?
    El ojo sano de Niahrin sostuvo la mirada de la reina viuda con candidez.
    —La verdad es que no lo sé, señora. Pero dijisteis, creo, que Perd nunca intentó hacer realmente daño a la reina.
    —Unicamente la seguía y asustaba; y el resto ha sido todo en sus sueños —murmuró Ryen, pensativo—. Sí..., sí, empieza a tener sentido...
    —No —intervino Moragh de repente—; te equivocas, Ryen. —Sus ojos seguían fijos en la bruja—. La teoría de Niahrin está muy bien, pero pasa por alto un punto vital, y no es mi intención menospreciarte, querida —agregó dirigiéndose a Niahrin—, ya que no tenías forma de saberlo. Pero nuestros problemas con Perd Nordenson retroceden más en el tiempo. Empezaron cuando mi hijo no era más que un niño de pecho. Se atentó contra la vida de mi esposo, de hecho, contra las vidas de todos nosotros, en aquellos tiempos, y estos atentados no podían tener la menor relación con Brythere, ¡pues ella ni siquiera había nacido! No; Brythere puede haber añadido una dimensión extra al odio que Perd siente por nosotros, puede haberle dado un nuevo acicate y un nuevo foco de atención, pero no es ella la causa. La causa, estoy segura, es más profunda y mucho más antigua. —Frunció el entrecejo—. Mucho, mucho más antigua.
    —Entonces ¿cómo es que Índigo se ve involucrada? —medió Vinar—. Ella no tiene nada que ver con ese loco de Perd y tampoco tiene nada que ver con la reina. ¡Sin embargo ahora sufre el mismo sueño, y parece como si Perd quisiera hacerle daño a ella también! No comprendo nada.
    —No eres el único, Vinar —dijo Ryen con ironía. Dirigió una mirada a Niahrin—. ¿Tienes alguna respuesta?
    —Ninguna de la que pueda estar segura, señor —respondió ella, meneando la cabeza.
    El rey lanzó un profundo suspiro.
    —Y a todo esto aún falta responder a la pregunta de qué se hace con Perd ahora. Estábamos tan convencidos de que este problema había acabado y que jamás volveríamos a verlo... ¿Por qué se le metió en su anormal cerebro regresar aquí?
    Niahrin se había estado haciendo la misma pregunta, pero no dijo nada. Por fin Moragh se puso en pie.
    —Sean cuales sean sus razonamientos, tendremos que estar atentas a partir de ahora.
    Y creo que nuestra primera prioridad debería ser asegurarnos de que Perd no pueda regresar a Carn Caille.
    Ryen gruñó su asentimiento.
    —Hace mucho tiempo que no se monta una auténtica guardia en las puertas, pero me ocuparé de que se haga. Aunque después del susto que le hemos dado hoy dudo que Perd tenga la audacia de volver a acercarse a la ciudadela.
    —No podemos más que esperar que sea así —dijo la reina viuda—. Y, entretanto... —sonrió a Vinar y a Niahrin con repentina simpatía—, hemos de procurar que la estancia de nuestros invitados resulte más agradable de lo que ha sido hasta ahora. La misión de Vinar no está ni mucho menos resuelta, y Niahrin se ha tomado muchas molestias para traer a la loba domesticada aquí para que se reuniera con su dueña.
    Niahrin le devolvió la sonrisa con una leve expresión sarcástica.
    —Por desgracia, señora, hasta ahora no ha resultado una reunión feliz. —Hizo como si no viera la dura mirada lanzada por Vinar.
    —No —asintió Moragh—. No, no lo ha sido. Tengo entendido que los lobos son tan leales como los perros; la pobre criatura debe de sentirse muy desdichada ante el rechazo de Índigo. Bien; yaceremos lo que un poco de tiempo puede hacer. Vinar e Índigo permanecerán en Carn Caille mientras realizamos investigaciones sobre la cuestión de localizar a la familia de la muchacha. También me gustaría que te quedaras tú, querida. Tengo la impresión de que la loba te ha tomado cariño, de modo que tu presencia será de gran ayuda. No, no —se apresuró a añadir al ver que Niahrin, asombrada, protestaba que no era digna de tal invitación—, eres una invitada realmente bienvenida, e insisto en que te quedes.
    El significado de sus últimas palabras escapó a Vinar y a lo mejor también a Ryen, ya que éste miraba por la ventana, con los pensamientos en otra parte. Pero desde luego no escapó a Niahrin. La bruja inclinó la cabeza humildemente.
    —Desde luego, señora. Lo que deseéis. Muchas gracias.
    Por voluntad de la reina viuda todos los huéspedes fueron invitados a cenar en el gran salón esa noche. En un principio la perspectiva horrorizó a Niahrin, al imaginar un espléndido banquete ceremonioso en que ella, con su desfigurado rostro y sus burdas ropas, destacaría vergonzosamente entre tan eminente compañía. Pero Mitha, la alcaidesa de rostro siempre sonriente, aseguró a la bruja que no tenía nada que temer. Todo el mundo desde el más alto al más bajo asistía a la cena, dijo Mitha; era una actividad comunal de señores y sirvientes, y la mayoría de las veces la familia real no estaba presente. Si Niahrin lo deseaba, le prestaría un traje más elegante para la ocasión —las dos tenían aproximadamente la misma talla— pero era probable que la bruja se sintiera más fuera de lugar si se engalanaba que si se limitaba a llevar sus ropas acostumbradas. Niahrin se sintió tranquilizada y empezó a esperar el momento con ansia, pero, como se vio más adelante, iba a sufrir una decepción. Grimya, que por el momento compartía la habitación de Niahrin, seguía sumida en una profunda melancolía por lo ocurrido con Índigo y también la aterrorizaba que Vinar fuera a olvidar su promesa y revelara su secreto al rey. Se negó en redondo a dejarse ver en el salón, no obstante el hecho de que no habría habido inconveniente para llevarla, y Niahrin sintió que en conciencia no podía dejarla sola con su pena. Discutieron; hubo un momento en que se encontraron en un callejón sin salida pero al fin Niahrin se salió con la suya. O iban las dos o las dos se quedaban, dijo, y si Grimya no quería ir de ninguna manera, entonces la cuestión quedaba zanjada. De modo que se acordó con Mitha que Niahrin iría a la cocina y se traería una bandeja de comida para ella y otra para la loba, y la bruja ahogó su desilusión y se conformó con la perspectiva de una velada sin incidentes.
    No había existido reconciliación —si era ésta la palabra correcta— entre Grimya e Índigo. Lo cierto es que ni se habían vuelto a ver desde aquel primer fugaz y desafortunado encuentro, y la desolación de la loba era tal que no estaba dispuesta a dar el primer paso. Si Índigo ya no la recordaba, dijo, y ya no deseaba su amistad, entonces ella ya no tenía valor para intentar hacerla cambiar de opinión.
    Sin embargo, sí había cedido un poco en su actitud hacia Vinar. Un poco antes el scorvio había pedido a Niahrin si podía hablar unos minutos a solas con la loba, y, con el cauteloso consentimiento de Grimya, Niahrin los había dejado solos para que hablaran. Cuando regresó, Vinar aguardaba fuera de la habitación. No le contó lo que él y Grimya se habían dicho y Niahrin no preguntó, pero estaba claro que ambos habían llegado a una especie de tregua, y si el engaño de Vinar no quedaba totalmente perdonado al menos era comprendido y, en parte, disculpado.
    —Pobre Grimya —dijo Vinar, volviendo la cabeza hacia la puerta cerrada y bajando la voz para que la loba no lo oyera—. Lo ha tomado muy mal. —Giró la cabeza, y sus preocupados ojos azules se clavaron en Niahrin—. No sé qué puedo hacer por ella, pero si hay algo me lo dirás, ¿verdad?
    —Lo haré; lo prometo. —Niahrin sentía aprecio por Vinar, y empezaba a sentir lástima por él. En medio de toda aquella maraña de misterio que rodeaba a Índigo, daba la impresión de que era él la víctima más inocente.
    Iba a levantar el pestillo de la puerta y a entrar, cuando él le tocó el brazo.
    —Neenn... —La forma en que pronunció su nombre hizo aflorar una sonrisa a sus labios que reprimió—. Grimya me explicó por qué nunca me confesó que podía hablar. Dice que prometió a Índigo, hace mucho tiempo, no revelárselo a nadie a menos que Índigo se lo permitiera. Eso está muy bien; lo comprendo. Pero ¿por qué no confió en mí Índigo? Yo no haría daño a Grimya, y ella lo sabía desde hacía tiempo. Grimya y yo éramos muy buenos amigos. ¿Por qué no confió en mí?
    Niahrin sacudió la cabeza sin saber qué responder.
    —Tú conoces a Índigo mejor que yo, Vinar. ¿Cómo decirte cuáles pueden haber sido sus motivos?
    —Ya, ya. —No estaba satisfecho pero comprendía lo lógico de su respuesta—. Pensé que..., bueno, como tú eres una bruja... a lo mejor sabes cosas que yo no sé; ves cosas que yo no veo. Pero, en fin, no tiene remedio.
    —Lo siento —repuso Niahrin. Luego, tras una pausa, añadió—: Cuando Grimya y tú hablasteis, ¿comentó algo más sobre vuestro compromiso? —Vio cómo la expresión de Vinar se endurecía y siguió con rapidez—: No es cosa mía, lo sé, pero...
    —No —interrumpió él—. Está bien, no me importa. —Suspiró, y la momentánea desconfianza desapareció—. No dijo nada. Sé que está enojada por lo que hice; cree que hice trampa, y por eso todavía no le gusta la idea, pero tal vez con el tiempo cederá.
    —¿Y tú qué piensas? —inquirió Niahrin con suavidad.
    —¿Yo? —El rostro de Vinar enrojeció ligeramente—. Bueno... ¡oh dulce Madre del Mar, yo le habría confesado a Índigo la verdad! No habría seguido adelante, ni me habría casado con ella, sin que supiera que no había dicho sí antes. Ella no quería, ¿sabes? No estaba de acuerdo. Pero estoy seguro de que, si no hubiéramos naufragado, habría acabado por aceptar; todo lo que necesitaba era un poco más de tiempo. Creía eso, lo sentía en mis huesos, ¿comprendes? De modo que me dije: de este modo..., de este modo, al menos tendré tiempo. Y cuando le diga la verdad, me perdonará y se casará conmigo igualmente. —Dejó caer la cabeza sobre el pecho—. Eso es lo que pensé, Niharin. No la habría engañado. No soy esa clase de hombre.
    —No —dijo Niahrin—, no creo ni por un momento que lo seas.
    El hombre enrojeció aún más y removió los pies nervioso.
    —Bien... me alegro de haber hablado con Grimya, de todos modos. Será mejor que me vaya, o llegaré tarde al salón. —Entonces su expresión se animó un poco—. Habrá música. A lo mejor permiten que Índigo toque.
    —¿Toque? —repitió Niahrin, asombrada; luego recordó algo que Grimya le había contado—. Oh... sí, ella sabe tocar, ¿no es cierto? Toca el arpa.
    —Más que eso —dijo Vinar con peculiar énfasis—. Más que eso. O así era... Te deseo buenas noches. Y te doy las gracias.
    Hizo una reverencia en el curioso y pomposo estilo de los scorvios, y dejó a Niahrin preguntándose por qué, de repente, sentía un hormigueo en las puntas de los dedos.
    Así pues tenían ante ellas toda la tarde y la larga noche. Grimya parecía dormir; Niahrin pensó que fingía porque no deseaba hablar, pero la bruja no encontró motivo para obligarla en contra de su voluntad. Había descargado la carretilla, aunque la guardaba en la habitación por si Grimya la necesitaba, y las pocas pertenencias que había llevado estaban ahora distribuidas por la habitación; una muda cuidadosamente doblada sobre el arcón de roble, el garrote de Cadic apoyado incongruentemente junto a la chimenea, y el tapiz... Bueno, esa era otra cuestión. El tapiz se encontraba en el interior del arcón ahora, donde una mirada casual no podía descubrirlo. Niahrin había resistido la tentación de volver a mirarlo, consciente de que sus enigmáticos secretos no empezarían a darse a conocer hasta que llegara el momento justo y consciente también de que ese momento no había llegado. Había llevado consigo su flauta, y, con la idea de hacer pasar una hora o dos, se llevó el instrumento a los labios y empezó a tocar tranquilamente. La iluminación de la habitación era suave, el fuego acogedor y relajante, y los últimos días habían hecho mella en sus fuerzas, de modo que cuando empezó a sentirse adormilada no se rebeló contra la sensación. Resultaría agradable dormitar en este cómodo sillón con los pies tostándose ante el fuego. A lo mejor, medio dormida, conseguiría recordar la canción que Grimya le había enseñado; la canción de cuna...
    Sus dedos se movieron despacio, de modo experimental, sobre los agujeros, y brotó una nueva serie de notas que no formaban parte de la canción que intentaba recordar pero que le gustaron. Volvió a interpretarlas, y luego una tercera vez, modulando un poco la melodía.
    Entonces vio que las llamas del hogar empezaban a balancearse al ritmo de su música.
    El ojo sano de Niahrin se abrió de par en par, y la mujer clavó la mirada en el fuego. Su interpretación vaciló, y las llamas parecieron hacer otro tanto, como esperando a que ella continuase. Con gran suavidad, con sumo cuidado, emitió un gorjeo con la flauta, y las llamas volvieron a estremecerse. Y Niahrin comprendió lo que había hecho.
    Jamás había poseído el talento, aunque sabía que aquello existía y había visto cómo otros realizaban aquella magia. La palabra con que los isleños la definían era aisling: una creación bárdica, hecha de palabras o simplemente de música, que, por breves instantes, podía apartar la cortina que separaba el mundo consciente de los mundos elementales del sueño y las visiones. Imágenes en el fuego... Veía cómo se formaban, percibía cómo intentaban llegar a ella. Rostros entrevistos como a través de una neblina, rostros desconocidos; y ecos de voces que sus sentidos le dijeron que pertenecían a otras épocas y otros planos de existencia. Y en alguna parte una mujer lloraba y se lamentaba...
    Le temblaron los dedos, pero la música se mantuvo firme. Las temblorosas notas ascendían y descendían, componiendo una triste melodía que no conocía, que nunca antes había oído, pero que sin embargo interpretaba como si fuera suya. Entonces, débiles y lejanos como una brisa de verano en el bosque, Niahrin escuchó las notas de un arpa que empezaban a mezclarse y combinarse con su música. Contuvo la respiración sorprendida, interrumpiendo casi la melodía; la fantasmal arpa pareció vacilar y ella reanudó la interpretación a toda prisa, la misma frase una y otra vez, ascendiendo y descendiendo, ascendiendo y descendiendo...
    En el fuego, la imagen de unas manos tomó forma. Manos ancianas, sarmentosas y artríticas, pero a la vez airosas, veloces y seguras. Se movían entre las llamas, eran llamas, y entre los dedos encallecidos las cuerdas del arpa resplandecían como chispas. Sin rostro, sin identidad; simplemente las manos. Y la música.
    Mientras Niahrin contemplaba, transfigurada, la visión aparecida entre las llamas, una voz que carecía de sustancia, una voz inmensa pero silenciosa, abrumadora pero a la vez asombrosamente dulce, la embargó, atravesó sus huesos, atravesó la habitación... Tuvo la impresión de que atravesaba el mundo entero.
    La voz musitó: «CRIATURA, CRIATURA MÍA. NO FUE OBRA MÍA».
    La flauta resbaló de las manos de Niahrin y se estrelló ruidosamente contra el suelo, y el hechizo se rompió.
    —¡Por la gran Diosa! —La exclamación escapó sin querer de los labios de la bruja, y en el otro extremo de la habitación Grimya se agitó con un ladrido de sorpresa.
    —¿Qu... é? ¿Qué sucede?
    Niahrin tanteó el suelo en busca de la flauta. Temblaba como una hoja.
    —Todo va bien —respondió con voz que sonó curiosamente aguda a sus oídos—. No
    sucede nada. De... debo de haberme dormido, y la flauta cayó. Me ha sobresaltado; eso fue todo.
    No volvió la cabeza pero percibió cómo la mirada de la loba le taladraba la espalda.
    —No te creo —dijo Grimya—. Ha sssu... cedido algo.
    Niahrin dirigió una inquieta mirada al fuego. No se apreciaba nada extraño allí; tan sólo llamas, chispas, las siluetas de los troncos que ardían. La visión había desaparecido.
    —Grimya —murmuró—, ¿escuchaste..., escuchaste algo hace un momento?
    —Tocabas la flauta. Me gusta la flauta. Me gusta la música.
    La bruja tenía los labios resecos; se pasó la lengua por ellos.
    —¿No escuchaste... un arpa?
    —¿ Un aaa... arpa? —El tono de voz de Grimya cambió. Niahrin se volvió para mirarla y la encontró de pie, la pata herida sin apoyar en el suelo y la actitud tensa.
    —Sí —respondió—. Yo la oí, Grimya. Tocó conmigo, en armonía con mi música. Y cuando miré el fuego... —Se interrumpió bruscamente. Alguien había llamado a la puerta.
    La loba volvió la cabeza al instante y mostró los colmillos.
    —Espera —instó Niahrin, y levantó una mano, indicándole que permaneciera quieta.
    De forma intuitiva sabía que, quienquiera que estuviese afuera, su visita no era una coincidencia. El corazón le latía con fuerza cuando fue a girar el picaporte; los dedos se mostraron reacios a obedecerla. Por fin la puerta se abrió. La reina viuda Moragh se encontraba al otro lado, y la acompañaba el bardo Jes Ragnarson.
    —Niahrin... —bajo la pobre luz del pasillo, el rostro de Moragh era una sombra—, ¿podemos pasar?
    —Alteza... —Niahrin estaba aturdida. No eran éstas las personas que había esperado ver. Y no obstante...
    Moragh penetró en la habitación, y Jes la siguió. El bardo dirigió una mirada veloz pero cándida al rostro de Niahrin, y ésta percibió que el hombre veía más allá de lo que a ella le hubiera gustado. En cuanto la puerta se cerró, Moragh se detuvo y alzó la cabeza, como un animal que capta un olor desconocido y posiblemente peligroso.
    —Algo no va bien —dijo. Era una afirmación, no una pregunta.
    «Vaya —pensó Niahrin—, de modo que era esto.» Lo supiera ella o no, la reina viuda poseía algún don psíquico, y era eso lo que la había atraído aquí en este momento. Sí, esto era más que una coincidencia. Tendría que confiar en Moragh. Niahrin suspiró profundamente.
    —No estoy segura de que «no va bien» sea la frase apropiada para ello, señora. Pero desde luego algo ha sucedido. —Dirigió una rápida mirada a Jes—. Tú eres un bardo, Jes Ragnarson, tú lo sabrás mejor que nadie. ¿Quién en Carn Caille sabe tocar bien el arpa?
    —¿El arpa?
    Jes pareció sobresaltado, y Moragh se apresuró a intervenir.
    —¿Por qué? ¿Por qué lo preguntas?
    —Porque, señora —le informó Niahrin—, escuché a alguien que tocaba el arpa no hará ni cinco minutos. En un aisling.
    —Por la Diosa —murmuró Jes.
    —¿Sabes crear aislings? —exigió Moragh. Su rostro estaba blanco. Niahrin negó con la cabeza.
    —No, señora, no puedo. Jamás he poseído ese don. Pero esta noche, justo hace un momento, parece que yo... y un arpa... lo conseguimos.
    —Ah. —Era más una suave exhalación que una palabra, y los ojos de la reina viuda parecieron nublarse. Por unos instantes permaneció en silencio, como si meditara para sí. Luego, de improviso, tomó una decisión.
    »Ryen y Brythere se encuentran en el gran salón, e Índigo y Vinar están con ellos. Es por eso que Jes y yo estamos aquí. Decidimos hablar en privado contigo, Niahrin, sin correr el riesgo de ser escuchados. —Se mordió el labio inferior—. Sencillamente parecía conveniente, pero empiezo a pensar que está en juego algo más que una simple coincidencia.
    —Os hacéis eco de mis propios pensamientos, señora —repuso Niahrin, mirándola con sorpresa.
    —Sí. Sí, ya pensé que podría ser así... Muy bien. Hay algo que me gustaría mostrarte. —Sus ojos y los de la bruja se encontraron, y Niahrin vio que, bajo su apariencia de serenidad, la reina viuda se sentía terriblemente inquieta—. Por favor —dijo Moragh—, necesitamos tu ayuda. Y también, creo, la necesita Índigo.

CAPÍTULO 13


    Con secreto alivio para Niahrin, Moragh no puso objeciones cuando Grimya los siguió en silencio fuera de la habitación y fue cojeando tras ellos por los pasillos. Aunque no había tenido oportunidad de hablar con la loba, Niahrin sabía que habría problemas si intentaba dejarla atrás; y por su parte, además, deseaba que Grimya acompañara al grupo. El animal no diría nada, desde luego, y además tenía la seguridad de que Niahrin no traicionaría su secreto. Pero, fuera cual fuera la revelación que les aguardara, Niahrin experimentaba la sensación de que era de vital importancia que Grimya se hallara presente.
    El paseo por Carn Caille inquietó a la bruja. Los pasillos estaban mal iluminados y no parecía haber nadie por allí, de modo que la ciudadela daba la impresión de encontrarse extrañamente vacía y abandonada. Se escuchaban sonidos ahogados, sin duda procedentes del gran salón, pero la lejana fiesta parecía irreal. La realidad eran pasos que resonaban y sombras fantasmales, y corrientes de aire que se deslizaban entre aberturas de las antiguas piedras para helarles la sangre mientras avanzaban en la penumbra. Traía a la mente la lóbrega atmósfera de un cortejo fúnebre, y Niahrin deseó haber pensado en ponerse el chal.
    Jes Ragnarson, a la cabeza del pequeño grupo, los condujo al ala sur, que Niahrin no había visitado antes. Y por fin se detuvieron ante la puerta que conducía a una serie de aposentos.
    Este era el lugar que en una ocasión había sido el refugio privado del rey Kalig y su familia. Durante los dos primeros años de su reinado, el abuelo de Ryen, el primer rey Ryen, lo había hecho suyo, pero al cabo de un tiempo empezó a sentirse como un intruso. En esta habitación todavía parecían sonar las voces de Kalig, de Imogen y de su hijo e hija, cuyos descendientes, de no haber sido por la trágica plaga, habrían seguido viviendo aquí, y así pues el nuevo rey había abandonado los aposentos y había decretado que se deberían conservar tal y como habían estado en tiempos de Kalig como muestra de respeto hacia el difunto monarca y su familia. Desde entonces se los había cuidado y limpiado y mantenido en condiciones, pero no se habían vuelto a ocupar. Cathlor, padre de Ryen, había hecho lo mismo, y Ryen lo había imitado. Pero, aunque los viejos aposentos reales se hallaban vacíos, no se los consideraba ni mucho menos terreno prohibido. La puerta no estaba cerrada con llave; se abrió a un empujón de Jes, y el bardo se hizo respetuosamente a un lado para dejar que Moragh y Niahrin —y Grimya— lo precedieran.
    Penetraron en el interior sin hacer ruido. Justo al otro lado de la puerta había siempre dispuesto un farol con pedernal y yesca junto a él; tanteando en la oscuridad, Moragh no tardó en localizarlo y levantó el tubo de cristal para encender la mecha. El farol era un objeto de gran belleza, que no pertenecía a la artesanía de las Islas Meridionales sino que había sido traído del este hacía mucho tiempo; uno de los muchos artículos que Kalig y su familia habían dejado tras ellos. Una luz ambarina teñida aquí y allá de tonos de un rosa rojizo se filtró a través del cristal y sacó a la habitación de su oscuridad; Jes cerró la puerta, y la reina viuda indicó en voz baja:
    —Por aquí.
    Iluminados por el farol, que bañaba de una luz rosácea los encerados paneles y el elegante mobiliario antiguo, atravesaron la habitación exterior y llegaron a una puerta interior que Jes se adelantó para abrir. La habitación situada al otro lado no tenía nada de extraordinario; era sencillamente un pequeño lugar privado donde Kalig y su esposa habían tenido por costumbre sentarse y disfrutar de la mutua compañía. Durante el día la luz penetraba a raudales por una ventana alargada, que ofrecía una espectacular vista al sur en dirección a los bosques y la tundra. Ahora, en la oscuridad, la vista resultaba invisible y el gélido aire que soplaba siempre del sur creaba corrientes de aire que helaban los tobillos de Niahrin. Pero aquí había dos objetos que Moragh quería que su huésped viera.
    En el centro de la pequeña habitación descansaba un arpa. Ninguna mano la había hecho sonar desde hacía medio siglo, pero sus cuerdas brillaban y la madera relucía con el brillo de una limpieza frecuente y cuidadosa. Tanto a Moragh como a su hijo les gustaba pensar que, si el tiempo pudiera retroceder y sacar de la tumba a su antiguo dueño, éste se sentiría satisfecho de lo que encontraría.
    Niahrin vio el instrumento y se detuvo, el ojo muy abierto. Aunque la luz de la linterna era vacilante, la reina viuda observó su reacción y esbozó una débil sonrisa.
    —Es hermosa, ¿verdad? Perteneció a un hombre llamado Cushmagar. Era un bardo del rey Kalig, el predecesor de mi padre político.
    Grimya, apretándose contra las piernas de Niahrin, profirió un ahogado gañido. La bruja miró a Moragh.
    —Ése es el rey Kalig que...
    —Que murió con su familia durante la plaga de hace cincuenta años, y que de esta forma elevó a mi familia al trono. Sí. —Moragh se acercó al arpa pero no hizo intención de tocarla—. Según la lista de honor de Carn Caille, Cushmagar fue el mejor y más divinamente inspirado de los de su clase que haya honrado las Islas Meridionales en muchas generaciones.
    —¿Qué fue de él? —inquirió Niahrin.
    —Fue uno de los pocos que sobrevivieron a la plaga. Vivió para ocupar un lugar preeminente en la corte de mi padre político. De hecho murió el día que nació mi esposo Cathlor. —Los ojos de Moragh se nublaron por unos instantes—. Pero dice la leyenda que, desde que la Madre todopoderosa llamó a Cushmagar al descanso eterno, el arpa se ha negado rotundamente a emitir una sola nota bajo los dedos de ningún otro instrumentista. La historia explica que cualquiera que intente tocarla no conseguirá más que producir un terrible sonido disonante.
    Mentalmente, Niahrin escuchó melodías espectrales, y vio unas manos en las llamas. Tragó saliva.
    —¿Se ha puesto a prueba la leyenda, alteza?
    —Por lo que yo sé, nadie ha aceptado el reto. —Moragh miró de soslayo al bardo—. Ni siquiera Jes.
    Unas manos envejecidas, pensó Niahrin. Sarmentosas y atacadas por la artritis, pero que aun así conferían el toque seguro de un maestro. Cushmagar había sido un anciano cuando murió. Y, si era tan bueno como atestiguaba la leyenda, habría sabido cómo
    crear un aisling...
    Levantando más el farol, de modo que el arpa volvió a hundirse entre las sombras, Moragh se acercó a la chimenea situada al otro extremo de la habitación. El hogar estaba vacío, la parrilla limpia y en su sitio, y no había polvo sobre la repisa. Pero encima de ésta, enmarcado por unas colgaduras de terciopelo Índigo, pendía un retrato. Jes había seguido a la reina viuda, y Niahrin se acercó para colocarse junto a ellos.
    Cuatro personas los contemplaron desde el marco de la pintura. Un hombre de cabellos castaño rojizos, algo canosos en las sienes, ataviado con las ropas tradicionales de la corte de una época pasada. A su lado, una mujer patricia, el sonriente rostro sereno. Y, sentados sobre taburetes bajos ante la elegante pareja, un muchacho y una muchacha con un claro parecido a su progenitor. Niahrin observó el rostro de la muchacha, y se quedó sin respiración.
    —Por lo que sabemos —dijo Moragh con voz muy calmada—, éste es el único retrato jamás pintado del rey Kalig y su familia. Sin duda se finalizó como mucho pocos meses antes de que se desencadenara la plaga.
    Niahrin no contestó sino que se limitó a seguir mirando el cuadro, petrificada. La reina viuda y Jes intercambiaron una inquieta mirada. Al fin, obligando a las palabras a pasar por la atenazada garganta, Niahrin musitó:
    —¡Diosa bendita! La muchacha... ¡es Índigo! —El parecido es extraordinario, ¿no es así? —Moragh mantenía la voz bajo un férreo control—. Pero no es Índigo. La muchacha del cuadro es Anghara, la hija de Kalig, y lleva muerta más de medio siglo. —Bajó el farol y se volvió a mirar a la bruja—. Creo que ahora comprendes por qué estamos tan ansiosos por averiguar la verdad sobre este misterio.
    Niahrin lo comprendía. Las imágenes se amontonaban en su cerebro, como piezas de un rompecabezas que aún no encajaban pero que poco a poco iban formando un dibujo todavía no muy claro. El ensueño, el tapiz, los sueños de Índigo y Brythere, sus propias adivinaciones... Y las obsesiones de un anciano loco...
    Dejó escapar el aire retenido en una lenta y vacilante exhalación.
    —Señora —dijo—, perdonadme si hago suposiciones pero... ¿estáis sugiriendo que creéis que Índigo es un descendiente de la familia del rey Kalig?
    Incluso bajo la favorecedora luz del farol el rostro de Moragh apareció macilento y envejecido. —Sí —reconoció—. Eso es lo que creo. No había necesidad de dar muchos detalles, Niahrin sabía lo que la otra había dejado sin decir, y preguntó vacilante:
    —¿Lo sabe el rey?
    —Lo sabe, sí. —Moragh sostuvo la mirada de la bruja con franqueza—. Lo cierto es que sospecha que ése es el motivo por el que estás aquí, Niahrin. Ryen cree que las mujeres sabias pueden haber adivinado la posibilidad de una nueva pretendiente al trono de Carn Caille, y que tal vez tú eres su emisario venido a emitir un juicio en su nombre.
    Niahrin estaba anonadada.
    —Os aseguro, señora, que no soy nada de eso —protestó. —. Esto... —indicó el cuadro con un desvalido gesto de la mano—, ¡resulta totalmente nuevo para mí!
    —Sin embargo, conocías el nombre de Índigo. Sabías que era uno de los marineros del naufragio de Amberland, y que la loba domesticada que rescataste le pertenecía. Si tus poderes te permitieron descubrir todo eso...
    —¡No lo hicieron! Fue... —Niahrin contuvo sus palabras al darse cuenta de que, irreflexivamente, había estado a punto de revelar el secreto de Grimya. Compungida, pensando que la loba estaba junto a ella, bajó la mirada.
    Grimya no se encontraba allí. —Grimya... —Olvidada la actual
    situación, Niahrin escudriñó preocupada la habitación—. ¡Se ha ido! Pero... —Se escabulló fuera de la habitación hace unos minutos —dijo Jes Ragnarson—. Vi cómo se iba; creo que nos espera en la puerta exterior. Probablemente no le gusta el frío que hace aquí dentro —añadió, sonriente—. ¿Voy a buscarla?
    ¿Qué había dicho que había provocado que Grimya se escabullera? Niahrin sintió un extraño escalofrío atávico en lo más profundo de su ser; entonces, dándose cuenta de que Jes aguardaba una respuesta, reprimió esa sensación.
    —Ah... no, gracias, no hay necesidad. Deja que se quede donde está. —«Tierra querida», pensó, «esto es cada vez más misterioso. Más misterioso.»
    «Alteza... —se volvió de nuevo a la reina viuda y se dirigió a ella de manera formal y respetuosa—, no puedo explicaros cómo descubrí el nombre de Índigo y su conexión con Grimya, porque estoy... obligada a no revelarlo. Pero os doy mi solemne palabra de que no sabía, y todavía no sé, nada más sobre ella. Absolutamente nada.
    La reina viuda le sostuvo la mirada con firmeza durante algún tiempo, y al fin asintió con la cabeza.
    —Muy bien. Sé que no está en la naturaleza de las brujas el mentir... Acepto tu palabra. —Forzó una sonrisa dolorida—. La verdad, querida, es que vi tu sorpresa al mirar por primera vez el cuadro. No dudé de ti ni por un momento. Pero comprenderás que debía hacer la pregunta.
    —Desde luego, señora. La reina viuda se apartó de la repisa de la chimenea; Niahrin la vio estremecerse como si una ráfaga de viento helado hubiera atravesado la habitación. Al cabo Moragh volvió a hablar.
    —Creo —dijo— que ahora te debes de dar cuenta, Niahrin, de por qué necesitamos tu ayuda.
    —Deseáis que utilice mis poderes, señora, para descubrir... —Niahrin dejó la frase sin finalizar.
    —La verdad sobre Índigo. Nada más y nada menos. —A la luz de la lámpara, los grises ojos de Moragh centellearon—. Si posees el poder de crear aislings...
    —Pero no lo tengo, señora. Eso era lo que intenté deciros cuando vinisteis a mi habitación. No poseo ese don; jamás lo he poseído. Yo no lo llamé y tampoco lo creé. Pero creo saber quién lo hizo.
    La postura de la reina viuda se tensó, y ésta dirigió una rápida mirada al bardo.
    —Jes es un buen arpista. Pero...
    —No, señora, no fue Jes. Lo cierto es que sospecho que no se trató de nadie que... resida todavía entre estas paredes.
    Niahrin se volvió hacia el lugar donde descansaba la vieja arpa. La luz centelleaba sobre las cuerdas; el brillo de la madera recordaba el brillo del ámbar tallado.
    —Alteza —continuó—, dijisteis que el viejo bardo del rey Kalig sobrevivió a la plaga
    y siguió viviendo. Y que poseía la inspiración divina.
    Moragh guardó silencio. Jes se removió inquieto.
    —No puedo decir que comprendo lo que puede haber movido la mente de tan gran hombre —siguió Niahrin—. Eso sólo puede saberlo la Madre Tierra. Pero, si un descendiente del rey Kalig sobrevivió en verdad a la peste, ¿quién por encima de todos los demás podría haberlo sabido?
    La reina viuda permaneció totalmente inmóvil.
    —Sí... —musitó—, sí. El bardo, el sirviente de más confianza del rey... Si, por ejemplo, hubiera habido un hijo bastardo... —Sus labios se crisparon bruscamente, y lanzó una débil carcajada—. Es una sospecha poco caritativa, pero sería poco realista negar la posibilidad. —Levantó los ojos—.
    Sin embargo, ¿puede un hombre muerto hablarnos a través del tiempo?
    —No lo sé con certeza, señora —respondió Niahrin. Pero esta noche, algo... o alguien... me habló a través d arpa y de un aisling. —Se acercó más al arpa, resistiendo el impulso de extender la mano y posarla sobre sus suaves y brillantes curvas. «No es para ti, Niahrin, ¡no es ti!»
    «Alteza... —De improviso su voz sonó extraña a sus propios oídos, incorpórea y muy, muy lejana. Las palabras surgían como por voluntad de otra persona—. Alteza, ¿os ha contado Vinar que también Índigo es una arpista del grandes facultades?
    —¿Índigo? —La reina viuda contuvo la respiración con tanta fuerza que resonó por la silenciosa habitación; Jes Ragnarson murmuró un juramento en voz apenas perceptible—. No. No, no dijo nada de eso.
    Niahrin percibió cómo la sensación se iniciaba en la punta de sus dedos, igual que había sucedido cuando ella y Vinar habían hablado fuera de sus aposentos. Un escozor, un hormigueo; una señal que conocía y en la que confiaba. Otra parte del extraño legado de su abuela... —Vinar dijo que esperaba que se pidiera a Índigo que tocara en el gran salón esta noche. —De nuevo las palabras surgían involuntariamente, fuera de su control—. Dijo que esperaba que eso la animaría. Pero yo creo que no será así, porque el instrumento que tocará no será el adecuado. No será... —Extendió la mano; al darse cuenta de lo que había estado a punto de hacer la retiró, aunque pareció costarle un terrible esfuerzo, como si estuviera soñando—. No será esta arpa.
    Por un instante sólo una imagen del tapiz que había tejido pareció imponerse sobre la escena que tenía delante, y vio a Moragh y a Jes como a través de los dibujos que su conjuro había creado sobre el telar. Las enormes puertas de Carn Caille habían tomado la forma de un arpa, y las cuerdas del arpa se hacían a un lado para dejar pasar la procesión al interior de sus envolventes muros... —El arpa de Cushmagar ha estado esperando —añadió Niahrin, y su voz se estremeció, cargada de una tremenda emoción que no comprendió—. Ha estado esperando a Índigo.
    Grimya percibió que Niahrin dormía, pero de todos modos esperó lo que juzgó casi toda una hora antes de levantarse con cautela de su lecho y cojear hasta la puerta.
    El cerebro de la loba estaba confuso. Cuando los tres humanos abandonaron finalmente el conjunto de habitaciones Niahrin la había encontrado acurrucada y entristecida junto a la puerta exterior, y, cuando Moragh y Jes se marcharon y las dos pudieron hablar en privado otra vez, Grimya había rechazado todos los esfuerzos de la bruja por averiguar qué sucedía. No es que no confiase en Niahrin. Confiaba; después de Índigo la bruja era la mejor amiga que Grimya había tenido jamás. Pero no podía confiar el secreto que había llevado consigo durante cincuenta años; ni a Niahrin, ni a nadie. Mucho tiempo atrás —varias vidas atrás, si hubiera sido una loba normal— había hecho una promesa. Lo que fuera en lo que Índigo se hubiera convertido, lo que fuera que le hubiera sucedido a su mente para separarla de ella, Grimya no rompería esa promesa.
    Así pues, cuando Niahrin intentó sondearla con dulzura, la loba le giró mente y rostro y se negó a responder a sus preguntas. La bruja sabía que había más en su silencio de lo que saltaba a la vista, pero también conocía a Grimya lo suficiente para darse cuenta de que, a menos que ella decidiera confiarse por voluntad propia, no habría forma de convencerla.
    El pestillo de la puerta estaba lo bastante bajo para que Grimya lo alcanzase, y no le costó empujarlo hacia arriba con el hocico; cayó hacia atrás con un ahogado chasquido que no consiguió penetrar en los sueños de Niahrin y la puerta se abrió unos centímetros. La loba se escabulló por ella.
    Aunque no sabía con exactitud dónde se encontraba la habitación de Índigo, algo que había oído que Vinar decía a Niahrin le había dado una pista sobre la dirección que debía tomar. El instinto y el olor harían el resto, y Grimya se puso en marcha por el oscuro pasillo. Qué haría cuando encontrara a Índigo, no lo sabía; carecía de un plan específico. Pero, después de lo sucedido esta noche, tenía que reunirse con su amiga sin dilación y —si Índigo le daba la oportunidad— advertirle de lo que se tramaba. Siguió cojeando en la oscuridad, y el irregular golpeteo; de sus patas era el único sonido en la silenciosa noche. En algún lugar del lado este, había dicho Vinar, cerca de la torre con el racimo de pequeños torreones en la esquina de la ciudadela. La lluvia había cesado y las nubes se abrían; la luz de la luna parpadeaba intermitentemente al otro lado de las ventanas ante las que pasaba, proyectando con toda claridad la sombra de la loba. Entonces, el pulso de Grimya se aceleró al detectar su hocico los primeros indicios de un olor conocido. Se veía una arcada algo más adelante, en la pared situada a su izquierda; al atisbar en su interior descubrió un corto pasillo lateral que terminaba en un tramo de escalera. En lo alto de la escalera había una puerta, y Grimya supo que había encontrado lo que buscaba.
    Empezó a andar ansiosa pero de súbito se detuvo, desmoralizada al darse cuenta de que no sabía qué hacer. Desde luego que podía arañar la puerta, gañir y gemir hasta despertar a Índigo y obligarla a investigar el ruido, pero ¿qué conseguiría con eso? ¿Qué podía decir a la muchacha que lograra romper la barrera alzada entre ellas? Todo lo que obtendría serían palabras airadas, a lo mejor incluso un coscorrón, por molestar. Desde el lastimoso fracaso de lo que debería haber sido su reencuentro, Índigo se había negado a acercarse a ella; ¿por qué tendría que cambiar su actitud ahora, en medio de la noche? Y, aun cuando su amiga se mostrara más receptiva, razonó Grimya, ¿qué podría decirle? ¿Que había visto un cuadro pintado medio siglo atrás, y que una de las figuras del retrato era la mismísima Índigo? Era una locura. Índigo no la creería, y con eso sólo
    conseguiría ensanchar el abismo entre ambas.
    La loba lanzó un débil gemido de tristeza al comprender lo desesperado de su dilema. La pata le dolía; la había forzado demasiado hoy y ahora le daba punzadas con un dolor sordo e implacable que le hacía desear girarse y eliminar a mordiscos el origen de dicho dolor. No debería haber ido allí. Debería haber tenido la sensatez de esperar, aguardar a que llegara un momento más propicio en el que pudiera empezar a ganarse la confianza de Índigo. Esto no haría más que empeorar las cosas. Con paso torpe ahora, las orejas y la cola gachas por el cansancio y la desilusión, se dispuso a regresar junto a Niahrin.
    La puerta en lo alto de la escalera crujió.
    Grimya giró en redondo, a tiempo de ver cómo se abría la puerta. No surgió luz de la habitación situada al otro lado, pero una sombra se movió en el umbral, claramente más oscura contra el negro fondo. Luego, despacio, apareció la figura de una mujer.
    —Indi..
    Pero el ansioso grito se ahogó en la garganta de la loba cuando, bajo un repentino y fugaz destello de luz de luna procedente del pasillo a su espalda, vislumbró el rostro de la mujer. No era Índigo, sino una mujer anciana, casi una vieja decrépita, con los trenzados cabellos totalmente blancos y la piel arrugada. Parecía llevar una túnica o vestido oscuro, y su rostro, de una palidez enfermiza por encima de sus pliegues, mostraba una expresión de pura maldad.
    Horrorizada por esta visión Grimya retrocedió rápidamente fuera de la arcada, pero, aunque la vieja tuvo por fuerza que oír el arañar de sus zarpas sobre el suelo de piedra, no pareció advertir la presencia de la loba. ¿Quién era aquella mujer?, se preguntó Grimya desesperadamente.
    ¿Qué hacía en la habitación de Índigo? Con el corazón latiéndole con fuerza, contempló, hipnotizada por el miedo, cómo la figura se acercaba arrastrando los pies. Y entonces, cuando la luna volvió a aparecer y su brillo iluminó el corredor, el rostro de la figura cambió y Grimya vio a Índigo que avanzaba hacia ella.
    La loba se quedó paralizada por la sorpresa. ¡Esto no era posible! Apenas momentos antes la vieja había estado allí; ella la había visto con sus propios ojos, y ahora...
    Índigo llego hasta ella. Pasó justo al lado de donde Crin ya se acurrucaba sin moverse, pero hizo caso omiso de la loba; tema la mirada fija al frente con unos ojos que parecían sobrenaturalmente abiertos y brillantes Su rostro mostraba una sonrisa peculiar, y Grimya comprendió de improviso que la muchacha... buscó frenéticamente la palabra en su cerebro andaba sonámbula. Inconsciente, dormida, pero moviéndose y actuando como si tuviera un objetivo.
    El borde del camisón de Índigo —¿cómo podía haber confundido la blanca ropa de hilo con un traje oscuro? se pregunto Grimya— rozó el suelo a pocos centímetros del hocico de la loba, quien emitió un débil gemido angustiado al sentirse invadida por el desconcierto. ¿Qué debía hacer? ¿Que podía hacer? ¿Era peligroso despertar a una persona sonámbula? ¿Era incluso posible? El sobre salto provocado por la visión de la vieja fue barrido por este nuevo temor, y se incorporó con dificultad. Si ladraba, si la llamaba, ¿que sucedería? ¿Despertaría a Índigo y a lo mejor daría un tropezón y caería, o sencillamente seguiría adelante sin darse cuenta de nada?
    Entonces, antes de que pudiera empezar siquiera a buscar una respuesta a la pregunta, Grimya descubrió lo que a muchacha sostenía en la mano izquierda, y el corazón le dio un vuelco.
    ¿Qué significaba esto? De la rígida inmovilidad, el cuerpo de la loba paso a estremecerse desde el hocico hasta la cola No comprendía, pero en su mente se iba abriendo paso una sensación de terrible peligro, de... Sí, utilizaría la palabra, porque era la correcta: de maldad. Percibía algo maligno aquí, algo que Grimya temía nombrar pero que percibía en sus huesos con la misma certeza que si pudiera verlo, escucharlo y tocarlo. Y en su esencia, en su corazón, era...
    El hilo de su pensamiento se rompió cuando a lo lejos mas allá de los muros de Carn Caille, un lobo solitario dejó escapar un aullido.
    Mientras el melancólico sonido se apagaba, los cabellos del lomo de Grimya se erizaron y una sensación eléctrica y hormigueante le recorrió todo el cuerpo. Los lobos salvajes... lo sabían, ¡y lanzaban su advertencia!
    El terror inundó a Grimya como una ola gigante. Era incapaz de articularlo, incapaz de entenderlo por completo, pero era una sensación perentoria y no podía vencerla, Índigo se alejaba, con un andar extraño y tieso pero decidido, y al pasar junto a la segunda ventana un rayo de luz de luna convirtió el cuchillo que sostenía en la mano en plata centelleante.
    Grimya avanzó tambaleante. No podía correr, no podía moverse a otra cosa que no fuera un paso irregular y ladeado, pero forzó todos sus músculos, maldiciendo en silencio su lesión mientras pugnaba penosamente por llegar hasta Niahrin y despertarla.

CAPÍTULO 14


    Índigo oía risas. Sabía que salían de los aposentos que tenía delante y ello hizo aflorar una sonrisa a su rostro mientras apresuraba el paso. Qué bien recordaba estos pasillos... El tiempo no había cambiado nada, al parecer, e incluso tras su larga ausencia conocía y reconocía cada esquina, cada puerta, cada desgastada piedra. La noción le proporcionó ánimos. Y el saber lo que le aguardaba en su punto de destino alegró su corazón.
    Le pareció que un cierto número de personas pasaban por su lado mientras recorría el laberinto de pasillos que era Carn Caille. Todas ellas rostros conocidos, que pasaban junto a ella dedicándole un saludo con la cabeza o una sonrisa o una leve reverencia. No importaba que sus cuerpos parecieran tan insustanciales como sombras; esta noche eran reales para ella, y eso era todo lo que contaba.
    Alguien había estado tocando el arpa un poco antes, pero ahora la distante música había cesado. Sin duda Cushmagar se había ido a la cama; hombre madrugador, le gustaba retirarse antes que el resto de la corte. Por la mañana le pediría que le enseñase la melodía que tanto la había deleitado en el gran salón esta noche. Para entonces su mente estaría despejada y lo que debía hacer estaría finalizado, de modo que podría dedicar toda su atención a la música.
    Avanzando rápidamente, con paso ligero —tan ligero, de hecho, que de vez en cuando daba la impresión de que sus pies no tocaban el frío suelo de piedra— recorrió decidida los pasillos hasta que, al fin, la puerta que buscaba apareció ante ella. No había necesidad de llamar; ja había habido necesidad de llamar. Éste era su refugio, el refugio de ellos. El pestillo se alzó, y entró en los aposentos. Por un instante tan sólo un olor peculiar la asaltó humedad combinada con un deje de algo putrefacto, como carne pasada dejada a pudrir al sol del verano. Pero se desvaneció, y, a la luz de las velas que ardían en sus sopor de las paredes, siguió adelante hasta la habitación interior.
    Su madre estaba sentada junto a la ventana. Levantó mirada al entrar ella, y, cuando sus preciosos ojos miope contemplaron a la visitante, una sonrisa apareció en rostro.
    —¡Índigo!
    La reina Imogen llevaba un vestido de color rojo sangre; curioso, pensó Índigo, ya que aquel color jamás le ha sentado bien. La reina fue al encuentro de su hija con los brazos extendidos para abrazarla, y, si por un fugaz momento su aspecto pareció el de la reina viuda Moragh, Índigo fingió no darse cuenta. Después de todo, eso formaba parte del juego.
    Se besaron y se separaron. La piel de Imogen despedía un aroma a eglantina y a fruta demasiado madura.
    —Vamos —dijo la reina—, ven y siéntate conmigo y cuéntame tus sueños.
    ¿Sueños? Índigo se echó a reír.
    —Yo no sueño, madre. Estaba escuchando a Cushmagar en el salón. Interpretó una nueva melodía hoy. Un aisling. Vi...
    Se interrumpió.
    —¿Viste? —La voz de Imogen era dulce y singularmente triste—. ¿Qué viste, Índigo? ¿Fue sobre... tu nombre el color de la muerte? —Suspiró y se apartó unos pasos de modo que Índigo no podía tocarla; ni siquiera quedaba a tiro del cuchillo.
    Pero no importaba. No era Imogen la víctima.
    —Deberíamos haber elegido otro nombre para ti —añadió la reina, y ahora su tono estaba teñido de irritación.
    Casi lo hicimos. Estuvimos a punto de llamarte Anghara. Pero luego, cuando supimos... —Se encogió de hombros y lanzó una carcajada—. Ven a ver el retrato del maestro Breym. Por fin lo ha terminado. Nos lo ha traído hoy a primera hora.
    Índigo quiso decir: «El maestro Breym está muerto», pero eso no parecía tener sentido. Se acercó para colocarse junto a su madre y levantó la vista hacia el cuadro, envuelto en terciopelo de color Índigo, que colgaba sobre la repisa como había colgado durante cincuenta años.
    —Ninguno de nosotros ha cambiado. —Miró a Imogen, vio que asentía, y sonrió—. Ninguno de nosotros, madre. Ni siquiera yo.
    —¿Y cómo quieres que lo sepa, con los ojos como los tengo? —Imogen se acercó más a la chimenea, atisbando—. De todos modos, tendremos que poner otro dentro de poco. Cuando te cases con Fenran. Un cuadro de todos nosotros en tu banquete de bodas resultaría perfecto; y quizás una miniatura, también, para enviarla a mi familia en Khimiz.
    —Están todos muertos, madre —dijo Índigo con calma—. Muertos hace tiempo.
    —¿Lo están? Bueno, no importa. Luego, cuando Kirra escoja esposa, tendremos...
    —¡No!
    La mano de Índigo se cerró sobre el mango del cuchillo. Imogen se dio la vuelta y la contempló con bondadosa curiosidad, y las palabras que Índigo había ensayado una y otra vez en preparación para este momento surgieron en tropel.
    —No, madre, Kirra no se casará. No lo permitiré. Nosotros no lo permitiremos. No será así... No debe serlo, o... —De nuevo se interrumpió.
    —Qué criatura más extraña eres... —La reina parpadeó—. Tienes que hablar con tu padre sobre ello. Él tomará la decisión.
    Índigo se volvió.
    —Padre...
    El rey Kalig la contemplaba indulgente. Una parte de la mente de Índigo, medio sepultada, se dio cuenta de que momentos antes él no se encontraba en la habitación, pero el resto de ella, cautivo del sueño, de la alucinación, aceptó su presencia sin sorprenderse. También él iba vestido de rojo sangre, y de nuevo ella se preguntó por qué. Él no necesitaba ocultar las manchas.
    —Padre... —Se acercó a besarlo y fue como si besara hueso viejo y barnizado, no obstante el hecho de que él estuviera allí de pie ante ella, vigoroso y lleno de vida.
    El rey Kalig dirigió una mirada a su esposa; una mirada furtiva, que su hija no debía ver. A Índigo le molestó aquello.
    —Toca para mí, Anghara —pidió el rey, utilizando el nombre equivocado, el nombre que habían decidido no darle—. Toca el arpa de Cushmagar. La ha dejado preparada para ti.
    No había visto el arpa al entrar en la habitación, pero ahora estaba allí, solitaria en medio del suelo. ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde que alguien se había atrevido a tocarla? ¿Quién podía haberse atrevido desde la muerte de Cushmagar?
    —Interpreta el aisling de Cushmagar —ordenó su padre.
    No desobedeció a su padre. Se acercó al arpa; no había ningún taburete dispuesto pero de todos modos el instrumento se encontraba a la altura exacta. No necesitó más que colocarse frente a él. Flexionó los dedos y posó las manos sobre las cuerdas, recordando la melodía a pesar de que Cushmagar aún no había tenido tiempo de enseñársela. Mañana a lo mejor la regañaría por su presunción, pero por ahora eso no era importante.
    Pulsó el primer acorde. Fuera de los muros de Carn Caille un lobo aulló consternado, y las cuerdas del arpa se partieron bajo sus dedos.
    —¡No! —Índigo se echó hacia atrás, y el arpa empezó A desplomarse; la madera y el metal se desmoronaban en sus manos, convertidos en algo podrido. Miró a su alrededor, frenética, pero Kalig e Imogen habían desaparecido.
    Detrás de ella, unas manos fueron a posarse sobre sus hombros.
    Con un chillido de sorpresa, Índigo giró en redondo.
    Unos ojos grises se clavaron en los suyos; ojos risueños, amantes, traviesos y satisfechos de haberla sobresaltado.
    Una melena negra enmarcaba un rostro curtido por el viento, y todavía llevaba las viejas ropas con las que habían ido a cabalgar juntos a primeras horas de aquel mismo día.
    Debiera haberse cambiado de ropa antes de la fiesta de la noche en el gran salón; su hermano, Kirra, se había dado cuenta y había hecho un comentario desagradable. Había sonado como una broma, pero Índigo sabía que no era así.
    —Amor mío... —Se olvidó del arpa, que de todos modos se había deshecho ya, y se entregó a sus brazos—. Fenran. Mi amor. Mi esposo.
    Porque lo era. Ella llevaba el anillo en el dedo, y, aunque él tuviera ahora diez años más en tanto que ella no había cambiado, eso no importaba. Empezó a besarla y ella dijo, volviendo la cabeza a un lado:
    —No, amor, no. Mi padre y mi madre nos observan. —Tu padre y tu madre se han ido —replicó él, y al mirar por encima del hombro ella vio que así era. Estaban solos en la habitación. Había llegado el momento, pues. »Carn Caille duerme. —Fenran, su amante, su esposo, su socio en la conspiración, apretó los labios contra la oreja de Índigo y su voz fue un susurro, áspero, extrañamente gutural—. Todos duermen.
    —Todos duermen. —Lo repitió en un tono que reproducía el de él, y esbozó una sonrisa vieja, astuta y amarga—. Ellos duermen, mientras que nosotros permanecemos despiertos. —Sacó entonces el cuchillo y se lo mostró. La mano derecha de Fenran se cerró sobre él y recorrió la hoja con la punta de los dedos. No se hizo ningún corte; no había sangre cuando volvió a abrir la mano. Perfecto. No había sangre, no había mancha.
    Unicamente la mancha de su mente. Sin duda, cuando los dos eran jóvenes no había sido así. ¿No habían sido más felices, entonces?
    Aunque no dijo en voz alta lo que pensaba, Fenran supo sus pensamientos.
    —Sí —dijo él—, éramos más felices. Pero volveremos a ser felices. Cuando esté hecho, cuando haya terminado. Nos lo prometimos el uno al otro, amor, y sabemos que es cierto.
    Ella contempló su rostro, sus canosos cabellos, y profirió una suave carcajada. Era la risa de una anciana, pero eso no la desconcertó. No se podía negar el paso del tiempo ni impedirlo, y había transcurrido mucho tiempo mientras esperaban esta noche.
    Existió una época, una época antiquísima...
    La voz, que al parecer hablaba desde el aire por encima de su cabeza, hizo que la muchacha echara una rápida ojeada a lo alto pero nada más. Cushmagar ya no estaba allí para contar las viejas historias con sus ocultas advertencias. Su momento había pasado. El momento de Kalig e Imogen había pasado. Y pronto el obstáculo que se interponía todavía entre ellos y lo que era legítimamente suyo también desaparecería.
    Era curioso y gratificante que, pese a que sus cabellos eran blancos y su cuerpo empezaba a volverse frágil, Fenran seguía mostrándose erguido y sin encorvarse. Se echó la capucha de la capa sobre la cabeza, sumiendo rostro y cabellos en las sombras; ella hizo lo mismo, y se convirtieron en siluetas en la oscuridad. Él le tomó la mano; en la otra mano de la muchacha, el mango del cuchillo se acomodó como un viejo amigo.
    Abandonaron juntos la habitación.
    —¡Niahrin! ¡Niahrin!
    La bruja se abrió paso por entre los bajíos de sueños imprecisos y despertó, para encontrarse con algo grande, oscuro y pesado que la oprimía. Por un momento, cogida por sorpresa, estuvo a punto de dejarse llevar por el pánico, pero entonces la ronca voz de Grimya surgió de la oscuridad, y sintió el cálido aliento de la loba en el rostro.
    —¡Niahrin, tienes que despertar! ¡Deprisa, deprisa! ¡Necessssito tu ayuda!
    Niahrin se liberó del revoltijo que había hecho con las mantas del lecho y se sentó.
    —Cariño, ¿qué es, qué ha sucedido?
    —Es Índigo. —Grimya jadeaba y se percibía un tono dolorido en su voz—. ¡Por favor, Niahrin, deprisa!
    —¿Índigo? —Los dedos de la bruja empezaron a hormiguear de forma muy desagradable—. ¿Qué ha sucedido, Grimya? ¿Qué ha hecho Índigo?
    No bien hubo hecho la pregunta sintió una punzada de sorpresa. No había inquirido qué le había sucedido a Índigo, sino qué había hecho Índigo. Había sido un acto totalmente irreflexivo, pero Niahrin había sabido al momento que, si amenazaba algún peligro, Índigo era la causa y no la víctima. Grimya, sin embargo, estaba demasiado agitada para darse cuenta de lo que Niahrin había dicho. La loba había resbalado hasta el suelo y tiraba del dobladillo del camisón de la bruja, profiriendo ahogados gemidos por entre la boca llena de ropa.
    —¡De acuerdo, de acuerdo, ya voy! Pero necesito luz; ¡no puedo ver en la oscuridad como tú!
    Niahrin se apresuró a encender una vela; luego, al recordar su último paseo helado por los pasillos de Carn Caille, se envolvió en su chal antes de seguir a la frenética Grimya fuera de la habitación.
    —¡Querida, si apenas puedes andar! —exclamó cuando llegaron a la puerta—. ¿Qué has estado haciendo?
    Grimya levantó los turbados ojos hacia ella.
    —¡Pu... puedo andar! ¡Debo hacerlo! ¡Tengo que enseñártelo!
    —Ahora, espera. —Niahrin se detuvo y posó una mano sobre la loba para retenerla mientras estiraba la otra en dirección al pestillo—. Antes de que salgamos corriendo a alguna parte, ¿no sería más sensato decirme qué sucede? ¡Si tú vas lloriqueando por todo Carn Caille en este estado y conmigo corriendo tras de ti, tendremos a todos los habitantes del lugar despiertos y acudiendo a contemplar el jaleo antes de que sepamos dónde estamos! ¿Quieres eso?
    —Nnno. Pero...
    —Bien. —Al ver que había conseguido hacer llegar el mensaje a la loba, Niahrin la soltó—. Antes de que demos un paso dime qué ha sucedido.
    Grimya lo hizo. A medida que se explicaba advirtió entristecida que lo que había visto frente a la puerta de Índigo sonaba a algo insignificante e insuficiente para haberle provocado tal estado de agitación. Pero había subestimado a Niahrin. La bruja comprendió al instante que había mucho más en todo aquello de lo que cualquier bardo, y mucho menos Grimya, podrían haber expresado en palabras; y, cuando la loba le mencionó el cuchillo que Índigo sostenía, la inquietud de Niahrin pasó repentinamente de capullo a flor.
    —¿Qué clase de cuchillo era? —inquirió—. ¿De las cocinas?
    —No, no era así. Muy largo, muy afilado. Una daga. Y el mango estaba ad... adornado.
    Por lo que Niahrin sabía, ni Índigo ni Vinar poseían ninguna arma...
    —Grimya —dijo la bruja, terriblemente seria ahora—, ¿adonde iba Índigo? ¿Lo sabes?
    La loba balanceó la cabeza de un lado a otro.
    —No, no... conozco Carn Caille. Pero caminaba hacia el ala sur.
    Sur. No, eso no encajaba con la premonición que corroía la mente de Niahrin. Algún otro lugar; algún otro lugar...
    Entonces, de forma espontánea, una imagen se formó en su cerebro, y supo la respuesta.
    —Grimya, espera aquí. —Su voz era severa—. Creo que sé dónde encontrar a Índigo, pero debo moverme con rapidez. —Su mano se posaba ya en la puerta—. Espérame... ¡Rezaré para no tardar demasiado!
    Sabía que Grimya no obedecería, y mientras empezaba a correr por el pasillo escuchó el ruido de la loba al seguirla con toda la rapidez de que era capaz. Sólo la Madre sabía qué acarrearían a su pata herida los esfuerzos de aquella noche, pero Niahrin no tenía tiempo de detenerse y empezar a discutir. Si su sospecha era cierta —pensó, aferrándose a esa esperanza—, tenía que moverse deprisa, o su intervención llegaría demasiado tarde.
    Se equivocó de pasillo tres veces mientras se encaminaba a su destino y cada vez se vio obligada a volver sobre sus pasos, maldiciendo en silencio el laberinto que era Carn Caille y su propia ignorancia. Grimya todavía la seguía, tozuda, a pesar de que ahora apenas si podía cojear; la loba deseaba llamar a Niahrin y preguntarle adonde iba, pero tenía demasiado miedo de utilizar la voz por si alguien de las habitaciones ante las que pasaban se despertaba y la oía.
    Pero por fin Niahrin encontró la torre que buscaba, en el vértice de dos corredores. Al acercarse vio que una arcada daba a la torre, y que tras la arcada una escalera ascendía en espiral.
    Cojeando y resbalando sobre el suelo de piedra, Grimya la alcanzó mientras ella permanecía indecisa ante el arco. —Niahrin.,. —La loba reunió el valor necesario para hablar, en la confianza de que no había nadie que pudiera oírla. Jadeaba—. ¿Qué es este lugar? No es donde Índigo duerme... Su habitación está en otrrr... otra parte del... — ¡Chist! —Niahrin levantó un dedo para silenciarla, atisbando en la oscuridad del hueco de la escalera y deseando poder distinguir lo que había arriba—. Lo sé. Pero creo que es aquí donde vendrá. Grimya olfateó el aire... y se puso alerta. —No vendrá —anunció. —¿Qué? —La bruja giró bruscamente. —No vendrá. Ha venido. —Grimya alzó el hocico—. La huelo, ¡huelo a Índigo! Ha llegado aquí antes que nosotras. El rastro es muy reciente. Niahrin lanzó un juramento en voz baja. —¿Adonde fue?
    —No... esssstoy segura. Pero... —Entonces, de improviso, Grimya levantó la cabeza y miró a la bruja con creciente horror—. Niahrin, ¡creo que Índigo sigue aquí! ¡Y si lo está, al... algo terrible va a suceder!
    Ella había querido la torre norte. Ambos la habían querido, ya que era un agradable lugar en el que refugiarse del bullicio de Carn Caille, y también quedaba alejado de las inmensas vistas meridionales de la tundra y la inquietante luz estival de las regiones polares situadas más allá. Hubo una época en que Índigo había amado aquellas tierras con su enorme y desolada belleza, pero eso había sido mucho tiempo atrás y la antigua magia que habían tenido para ella se había convertido en algo menos agradable, de modo que no había querido volver a contemplarlas. Pero les habían negado la torre. Como tantas otras cosas, otro había reclamado la torre; las palabras y los argumentos no habían conseguido rectificar la decisión, y la amargura había hecho su aparición. Ahora la amargura era todo lo que quedaba y la corroía desde dentro como una enfermedad devastadora. Hubo una época en que amaba a su hermano, pero aquello había quedado atrás, sepultado por los resentimientos, los celos y las frustraciones, que habían encontrado su nuevo punto de mira en la disensión sobre la torre.
    Pero, aunque la torre era una cuestión insignificante, los otros agravios no lo eran. Ella lo sabía; Fenran lo sabía; y ahora, juntos, resolverían de una vez por todas la injusticia que se había cometido con ellos. «Injusticia.» La palabra resonó en la mente de Índigo como una letanía. Toda su vida habían padecido la injusticia, pero eso terminaría. No más desilusiones. No más rivalidades. Esta noche reclamarían lo que se les debería haber concedido años atrás.
    Fenran aguardaba en el pasillo principal. Había querido ocupar el lugar de ella y llevar a cabo la acción por su propia mano, pero Índigo se había negado. Ella había iniciado esto; ella lo terminaría. Era lo justo. Así pues Fenran aguardaba y vigilaba, y ella... Sonrió, sin dejar que las palabras surgieran pero sabiendo que estaban en su mente, reconfortantes y cálidas.
    La habitación de la torre no estaba totalmente a oscuras ni tampoco en completo silencio. La tenue luz de la luna brillaba a través de la alta y estrecha ventana y jugueteaba a los pies del enorme lecho con dosel —que debiera haber sido su lecho, el de ellos—, y de la zona en penumbra situada más allá le llegaba el apagado y rítmico sonido de dos durmientes que dormían pacíficamente.
    Kirra y su esposa habían bebido vino con una calculada dosis de narcótico, y no despertarían. Con paso ligero y sigilosa como la neblina, Índigo avanzó hacia la cama, y el cuchillo que empuñaba centelleó al ser alzado en el aire.
    Entonces, desde el otro lado de las puertas de Carn Caille, sobresaltando a Niahrin, que permanecía indecisa junto a la escalera, sobresaltando igualmente A Grimya, cuyos ojos estaban clavados en las sombras llenos de terror, y rompiendo el hechizo que dominaba a Índigo, una jauría de lobos elevó sus voces al unísono en medio de la noche para dar la alarma con un coro de aullidos.
    En la habitación de la torre, la violenta sacudida provocada por el repentino despertar dejó a Índigo sin aliento y la hizo tambalearse hacia atrás. Se balanceó y recuperó el equilibrio por puro reflejo físico; luego sus ojos se abrieron y se quedó inmóvil, parpadeando aturdida, en medio de la habitación.
    ¿Dónde se encontraba? Ésta no era la habitación que le habían dado; el mobiliario era diferente, la estancia misma era más grande, y la ventana estaba en el lugar equivocado.
    Y en su mano... ¿qué...?
    Levantó la mano, vio lo que sostenía, y su boca se abrió llena de incredulidad. Muy despacio, volvió la cabeza para mirar en dirección a la cama. Las cortinas estaban corridas, la luz de la luna iluminaba los postes de la cabecera E entre ellos se distinguía un revoltijo de almohadas y el brillo de una melena rubia. El rostro de la durmiente estaba vuelto a un lado, pero un brazo de piel muy blanca sobresalía por encima de las mantas, con la mano extendida y los dedos ligeramente crispados, y en uno de los dedos brillaba una alianza. Índigo había visto antes la alianza. Era la de la reina Brythere.
    La comprensión llegó arrastrándose desde lo más profundo de su ser hasta alcanzar su mente consciente. Las manos empezaron a temblarle, el cuchillo escapó de sus dedos y golpeó el suelo con un leve pero claro sonido. Brythere se removió en el lecho y murmuró unas palabras. Presa de pánico, con la cabeza dándole vueltas y el corazón latiendo con tal fuerza bajo las costillas que parecía como si fuera a estallar, Índigo se agachó rápidamente para tantear el suelo en busca del arma. No debía dejarla allí, no debía dejarla allí para que la encontraran, y mientras sus dedos intentaban localizarla rezó en silencio, desesperada: «No dejes que despierte; oh, dulce Tierra, Madre todopoderosa, por favor, no dejes que despierte...».
    De pronto, un leve movimiento captado con el rabillo del ojo llamó su atención. La cabeza de Índigo se alzó violentamente, y lo que vio casi le provocó un ataque al corazón. Una figura se había alzado frente al dosel de la cama y la miraba directamente a ella.
    Por un espantoso momento Índigo perdió toda esperanza. La reina había despertado; estaba sentada en la cama, la había visto, y un grito de auxilio haría aparecer corriendo a la mitad de los soldados de Carn Caille. Pero la figura no gritó, no se movió siquiera... y entonces Índigo se dio cuenta de que la primera impresión había sido errónea. Ésta no era Brythere. Brythere seguía dormida... pero erguida más allá de su figura tumbada, en el extremo opuesto de la cama, había una anciana. Los blancos cabellos sujetos en trenzas le caían hasta la cintura, y tenía el rostro cubierto de arrugas y la boca hundida y curvada en una mueca amarga. Índigo reconoció las familiares facciones y los brillantes ojos de color azul violáceo: era la representación de su propio ser en años venideros.
    La vieja sonrió; no fue una sonrisa agradable sino cruel, astuta y conspiradora. La mujer levantó una mano y la llamó.
    El autocontrol que Índigo se había esforzado por mantener no podía competir con esta aparición. Incapaz de contenerse profirió un gemido de auténtico terror y, olvidando el cuchillo perdido, dio media vuelta y huyó. Fue vagamente consciente de que a su espalda se producía un repentino frenesí de actividad y que una «aguda voz de mujer la llamaba interrogante y alarmada, pero no se detuvo; mientras Brythere se incorporaba en el lecho y el fantasma de la anciana desaparecía, ella abandonó la habitación. Descendió los bajos escalones de tres en tres y de cuatro en cuatro, perdiendo pie en dos ocasiones, chocando en una contra la pared y arañándose la mano con la áspera piedra al apoyarse para recuperar el equilibrio. Alcanzó el final de la escalera, se lanzó a través de la arcada, giró... y chocó de cara con Niahrin. —¡Índigo!
    La bruja la agarró por el brazo, obligándola a detenerle. Por un instante los ojos de las dos mujeres se encontraron y sus miradas se clavaron la una en la otra; Niahrin desconcertada, Índigo aterrada. Luego, con un violento [tirón que cogió a Niahrin desprevenida, Índigo liberó su brazo y, antes de que la bruja pudiera reaccionar, se alejó Corriendo por el pasillo.
    —¡Índigo! —gritó Grimya, angustiada—, ¡Índigo! Intentó seguir a la figura que huía, pero Niahrin saltó sobre ella y la retuvo.
    —¡No, Grimya, no, jamás la alcanzarías! ¡Silencio, o tendremos a la mitad de Carn Caille corriendo hacia aquí! Pero era demasiado tarde para tener en cuenta eso; tanto si había sido el grito de Brythere o el del lobo lo que los había despertado, alguien estaba ya despierto. Se escuchó el ruido sordo de una puerta que se cerraba de golpe; luego unos pasos veloces se acercaron desde la dirección opuesta a aquella que había tomado Índigo. Una voz de mujer gritó una orden, y más pisadas se unieron a la primera. Se aproximaron rápidamente. Niahrin había tenido presencia de ánimo de seguir sujetando el collarín de Grimya y arrastró materialmente a la loba por el suelo hasta un punto donde un pequeño pasillo lateral salía al pasillo principal. Si había problemas y la encontraban allí, estaría bajo sospecha y no podría explicar su presencia en el lugar.
    —¡Silencio, Grimya! ¡No hagas el menor ruido! Susurró la orden mientras ambas retrocedían fuera de vista, sin dejar de rezar para que la loba la obedeciera. Entonces se distinguió el resplandor parpadeante de unas velas, y aparecieron tres personas: Ketrin, la doncella de la reina, con dos guardas a su espalda. Conteniendo la respiración, y con una mano lista para mantener cerrado el hocico de Grimya si intentaba hacer el menor sonido, Niahrin atisbo cautelosamente por la esquina a tiempo de ver cómo la doncella y uno de los hombres atravesaban el arco en dirección a la escalera de la torre. El segundo permaneció allí, y Niahrin aguardó, contando los segundos, temerosa de escuchar en cualquier momento el alboroto de un horrible descubrimiento. Pero no se escuchó ningún alboroto; en su lugar, tras unos pocos minutos que le parecieron una hora, la doncella y el guarda reaparecieron.
    —La reina ha sufrido otra pesadilla. —La voz de Ketrin era seca—. No hay motivo de alarma. Informad a su alteza y rogadle si le importaría venir. Luego podéis regresar a vuestras camas.
    Los hombres hicieron una reverencia y se marcharon. Arriesgándose a echar una ojeada desde su escondite mientras ellos desaparecían, Niahrin comprobó con desaliento que Ketrin no parecía dispuesta a regresar a los aposentos de la reina Brythere y darle tiempo para escabullirse lejos de allí con Grimya, sino que aguardaba junto a la arcada. Su rostro mostraba una expresión peculiar que Niahrin no sabía cómo interpretar.
    La reina viuda Moragh llegó a los pocos minutos. Llevaba sus ropas de dormir y desde luego no parecía haberle gustado que la sacasen de la cama. Niahrin escuchó un murmullo de palabras cortantes, pero de improviso una respuesta de Ketrin la dejó helada, a medida que iba captando la esencia de lo que la doncella decía.
    —...en circunstancias normales, alteza. Pero cuando encontré esto en el suelo...
    Un momento de silencio. Luego Moragh dijo:
    —¡Por la Diosa...!
    Conteniendo la respiración, consciente de que corría un gran riesgo pero también de que debía ver qué era lo que Ketrin había encontrado, Niahrin sacó la cabeza por la esquina.
    Sobre la palma abierta de Ketrin había un cuchillo de hoja muy larga.
    —¿De quién es? —La voz de Moragh era grave y feroz—. ¿De dónde salió?
    —No lo sé, alteza. Pero no es de la clase de los que utilizan nuestros hombres. La empuñadura... —Su voz se convirtió en un murmullo ahogado cuando dio la espalda a Niahrin, y la bruja no pudo escuchar el resto de lo que decía. Al poco Moragh se irguió.
    —Será mejor que vayamos a ver a la reina. No le digas nada a ella, Ketrin. No quiero que sepa esto. Realizaré mis propias investigaciones.
    Las dos mujeres desaparecieron al otro lado de la arcada, y sus pasos se perdieron escalera arriba.
    Niahrin apoyó la espalda contra la pared, cerrando los ojos. Se sentía tremendamente aliviada de que no la hubieran visto, pero mezclado con el alivio había el horror, ya que el descubrimiento del cuchillo confirmaba sus peores sospechas. Empujada por un estado de sonambulismo, Índigo había intentado asesinar a la reina Brythere. Pero ¿por qué? ¿Qué resentimiento podía yacer enterrado en la memoria perdida de Índigo que la hiciera desear cometer tal acto? La reina era una auténtica desconocida para ella; no había hecho ningún daño a Índigo...
    Un frío sudor empezó a correr por el cuerpo de la bruja cuando ésta se dio cuenta de lo cerca que habían estado los acontecimientos de aquella noche de convertirse en una tragedia. Los aullidos de los lobos debían de haber despertado a Índigo. De no haber sido por ellos, la reina Brythere yacería ahora muerta entre sus ensangrentadas almohadas.
    Sacudió la cabeza con fuerza para desechar la estremecedora sensación que parecía querer arrancarle la columna vertebral. No iría tras Índigo ni intentaría hablar con ella; también habría que convencer a Grimya para que no realizara el menor intento de enfrentarse a su antigua amiga... aunque, cuando Niahrin bajó los ojos hacia la loba, se dio cuenta por su acurrucada y triste postura que el animal estaba demasiado desanimado para intentarlo. Eso estaba muy bien, ya que Niahrin tendría mucho que hacer ahora sin tener que preocuparse además constantemente por el paradero de la loba o sus intentos de inmiscuirse. Esta noche había vislumbrado otra parte del dibujo del tapiz y, a pesar de que todavía no lo comprendía, al menos le había indicado en qué dirección buscar.
    Se agachó y acarició con suavidad la coronilla de la loba.
    —Vamos, querida. —Su voz era dulce y llena de compasión—. Será mejor que regresemos. No hay nada más que podamos hacer por ahora.
    Grimya devolvió brevemente la mirada a la bruja para demostrar que comprendía, pero no dijo nada. Al salir de su escondite y penetrar en el pasillo principal, una débil y fría ráfaga de aire pasó veloz junto a ellas. Niahrin volvió rápidamente la mirada en dirección a la torre de la reina... y se detuvo. Por un instante una figura borrosa pareció moverse junto a la arcada, y la bruja creyó vislumbrar un curioso destello plateado, como si dos ojos hubieran captado y reflejado la vacilante luz de la luna. Entonces, de repente, se le puso la carne de gallina cuando el helado vientecillo volvió a soplar y pareció musitar su nombre con una voz que conocía bien.
    —¿Perd...?
    Pero la ahogada pregunta de Niahrin murió en su garganta. La borrosa figura había desaparecido, y con ella el frío y susurrante soplo de aire. Sólo había sido un espejismo creado por la luz de la luna, un engaño a una imaginación exacerbada ya en aquellos momentos. Perd no estaba allí, no había estado allí. Era imposible que hubiera estado allí.
    Grimya no parecía haber observado nada; aguardaba, decaída y silenciosa, para realizar el agotador viaje de regreso a sus habitaciones. Ciñéndose mejor el chal alrededor de los hombros, Niahrin se alejó por el pasillo.

CAPÍTULO 15


    El desayuno en Carn Caille se llevaba a cabo en el gran salón y era un acontecimiento realizado sin ningún tipo de protocolo. La comida empezaba a servirse una hora después del amanecer, pero no existía un horario establecido para comer; la gente simplemente entraba y comía según : permitían sus deberes y horarios, y las idas y venidas se prolongaban hasta bien entrada la mañana.
    Niahrin llegó tarde pero lo bastante hambrienta para desear que quedaran aún muchas fuentes llenas. Había dormido como un leño al regresar a su habitación tras la excursión nocturna, y con gran alivio por su parte no la habían atormentado las pesadillas como temía. Al parecer, tanto su mente como su cuerpo sabían cuándo llegaban a su límite, y un total agotamiento le había concedido unas pocas horas de muy necesario descanso total. Ahora, sintiéndose repuesta y sólo un poco desmejorada, sería capaz de enfrentarse a la perspectiva de abordar la tarea que le esperaba. Pero se negó a pensar en ello hasta no haber tomado un buen desayuno.
    Había una veintena de personas en el salón cuando entró, aunque ningún miembro de la familia real estaba presente. Los comensales eran en su mayoría hombres vestidos con ropas de calle, y Niahrin supuso que habían trabajado ya algunas horas antes de detenerse a tomar el desayuno. La lluvia había cesado, y por el ángulo que describía el sol al penetrar por las ventanas la bruja calculó que debían de ser pasadas las diez. Sonrió con un cierto aire culpable ante su propio retraso y se dirigió a las largas mesas para investigar la comida. Fiambres, judías, gachas de avena... ¡ah!, pescado; y fresco además. Esto era un raro manjar para ella, pues, aunque vivía bastante cerca del mar, la zona del bosque que habitaba estaba demasiado escasamente poblada para que resultara rentable llevar pescado fresco para vender, y ella no realizaba muy a menudo el viaje hasta los poblados costeros o el mercado de Ingan. Pero a Carn Caille el pescado llegaba casi diariamente, y se sirvió una muy generosa ración que remató con tres rebanadas de pan recién hecho. Prefiriendo la cerveza a una infusión caliente, llenó una jarra y luego transportó su botín hasta una mesa vacía. Recibió a su paso unos cuantos saludos de cabeza y sonrisas, y la satisfizo descubrir que a nadie parecía preocupar su rostro desfigurado. Sencillamente la aceptaban como a uno de ellos, y ésa era una sensación agradable.
    Devoraba hambrienta el desayuno mientras pensaba en lo que llevaría a Grimya, que seguía durmiendo en la habitación, cuando llegaron dos personas más. Levantando la mirada con despreocupación, Niahrin pudo ver a Vinar y a Índigo que entraban en el salón. El rostro de Índigo aparecía ojeroso; incluso desde aquella distancia los negros círculos bajo sus ojos resultaban claramente visibles, y se sujetaba al brazo de Vinar como si fuera a caer sin su apoyo. Vinar, en cambio, tenía un aspecto totalmente diferente, y Niahrin arrugó la frente sorprendida mientras le dedicaba una segunda y más atenta mirada. Todo en él rebosaba..., bien, «entusiasmo» fue la primera palabra que acudió a la mente de la bruja. Entusiasmo, impaciencia y una alegría desmedida que parecía tener gran dificultad para reprimir. Aunque la idea resultaba ridícula, Niahrin tuvo toda la impresión de que el joven marinero se echaría a cantar a la menor excusa.
    Entonces Vinar la vio. Una amplia sonrisa apareció en su rostro, y la saludó desde el
    otro extremo del salón; su enorme vozarrón hizo girar las cabezas.
    —¡Neerin! ¡Eh, Neerin!
    Empezó a andar hacia ella, arrastrando a Índigo con él. Por un momento Niahrin pensó que el hombretón iba a levantarla por los aires y darle un abrazo de oso, pero se contuvo y en su lugar se apoderó de la mano de la bruja, que oprimió y sacudió con energía.
    —¡Neerin, tenemos noticias, grandes noticias! —Tras soltarla, apretó a Índigo contra sí con más fuerza—. Y serás la primera en saberlas. ¡Índigo y yo nos vamos a casar, ahora mismo!
    Niahrin lo contempló sorprendida. Su boca se abrió pero no surgió de ella ningún sonido.
    —¿No es la mejor cosa que has oído en muchos días? —Sin prestar atención a su expresión contrariada, el fornido scorvio se dejó caer alegremente sobre el banco contiguo y sentó a Índigo en sus rodillas—. Anoche, mi Índigo me dijo que sí. ¡Aceptó! — El tronar de sus regocijadas carcajadas hizo volver las cabezas de los presentes por segunda vez, y algunos comensales que se encontraban de pie empezaron a acercarse a la mesa, llenos de curiosidad por lo que sucedía—. Siempre dije que esperaría hasta que halláramos a su familia y que lo haría como era debido, pero ahora Índigo dice que sí y no quiere esperar. Ya no desea aguardar más; ¿no es así, mi amor?
    —No —dijo Índigo con energía—. Ya no quiero esperar, no quiero esperar más.
    Vinar la abrazó, y Niahrin, que los observaba, sintió como un puñetazo en el estómago. Mientras hablaba Índigo había sonreído a la bruja, pero en sus ojos había un brillo de franco desafío y hostilidad.
    Totalmente desconcertada, Niahrin no supo qué contestar.
    —Pero... —consiguió articular por fin—, pero qué hay de..., de... —Entonces recordó que Índigo no sabía nada del engaño de Vinar. Dirigió al scorvio una mirada horrorizada que intentaba transmitir lo que quería decir sin necesidad de palabras.
    —Todo está bien. —Vinar sonrió satisfecho—. Conté a Índigo lo que había hecho, y me ha perdonado. —Sus hombros se estremecieron con nuevas risas, que esta vez contuvo—. Te confesaré, Neerin, que no fue fácil decir las palabras y confesarlo todo, pero lo hice. De modo que ahora todo está bien y es como debe ser, ¡y yo diría que soy el hombre más feliz de las Islas Meridionales!
    Algunos de los espectadores curiosos habían llegado junto a ellos ya y captado la esencia del anuncio; con gran animación ofrecieron sus felicitaciones, dando palmadas a Vinar en la espalda, haciendo bromas, interesándose por la fecha exacta de la boda. Niahrin, con la mente hecha un lío, pensó: «Dulce Tierra, ¿por qué ha hecho ella esto? Sabe lo que sucedió anoche; ¡debe de saber lo que estuvo a punto de hacer! ¿Se lo habrá contado a Vinar? Por todo lo más sagrado, ¿qué sucederá si él no lo sabe?».
    Entonces volvió a mirar a Vinar y se dio cuenta de la verdad. El no lo sabía: era imposible. No era un actor, e, incluso aunque lo hubiera sido, un hombre tan honrado y decente como él jamás se habría comportado de una forma tan despreocupada tras una revelación como ésa. Índigo no había tenido reparos en relatarle el primer sueño, pero éste, al parecer, era algo que pensaba guardar para sí.
    Índigo volvió la cabeza de repente y su mirada se encontró con la de Niahrin. La hostilidad de sus ojos parecía haberse intensificado, pero bajo ésta Niahrin percibió algo más que reconoció al instante como miedo. No, no era miedo; esa palabra no era la adecuada. Índigo estaba aterrada de que su secreto estuviera en peligro, y su mirada era a la vez una advertencia a Niahrin para que no dijera nada y una amenaza de lo que le sucedería si no hacía caso de su advertencia.
    La bruja volvió la cabeza rápidamente. No estaba preparada para responder al desafío de Índigo, pues no sabía qué hacer. Contar la verdad a Vinar, ahora o más adelante, quedaba totalmente descartado, ya que la muchacha no tenia más que negarla. Vinar aceptaría su palabra contra la de todo el mundo si era necesario. Pero si no le advertía...
    Sus pensamientos se interrumpieron con brusquedad cuando desde las puertas alguien exclamó en voz alta y con tono divertido:
    —¡Mirad quién ha venido a reunirse con nosotros!
    Todos los que se encontraban en las mesas y entre el grupo que rodeaba a Vinar e Índigo se volvieron y estiraron el cuello para mirar. Un hombre alto de tez oscura rió encantado.
    —Es la loba domesticada... ¡Ha venido a buscar su desayuno!
    Niahrin se puso en pie de un salto y vio a Grimya. La loba había entrado en el salón pero ahora vacilaba, asustada por todos aquellos rostros extraños y no muy segura de su bienvenida. Pero, mientras miraba indecisa a su alrededor, una mujer se acercó a ella desde una de las mesas de servir.
    —Ven, pequeña amiga del bosque, ¡ven! —Se inclinó, extendiendo una mano y realizando gestos de ánimo. Las orejas de Grimya se irguieron al frente y su cola se agitó tímidamente, lo que provocó nuevas risas amables.
    —¡Le gustas, Alinnie!
    —Supongo que huele la comida. Que alguien le traiga un plato de fiambres.
    —Cojea, fijaos. Tiene la pata trasera herida.
    —Una de las brujas del bosque la trajo. ¿Está aquí ella, está aquí en el salón?
    Recuperando la serenidad con un supremo esfuerzo, Niahrin abrió la boca para responder en voz alta: ¡Sí, estoy aquí! Lo primero que se le ocurrió fue que debía sacar a Grimya de allí a toda prisa antes de que sucediera el inevitable enfrentamiento, pero, al dirigirse a su encuentro, comprendió que era demasiado tarde: Grimya había visto a Índigo. Por un instante la loba permaneció completamente inmóvil; entonces Vinar se volvió y la vio a ella.
    —¡Grimya! — Dejó a Índigo en el suelo, se incorporó de un salto y giró de cara a la loba, con los brazos extendidos—. Grimya, ven a saludarnos!
    Niahrin, horrorizada, sabía lo que iba a pasar y no podía hacer nada para evitarlo; la alegría de Vinar era tan grande que ni por un momento se le ocurriría no compartirla con cualquier ser vivo que apareciera dentro de su radio de influencia. Con una sensación de aterradora e impotente inevitabilidad, la bruja vio cómo la postura de la loba se relajaba un poco —fueran cuales fueran sus diferencias, Grimya sentía un gran cariño por el scorvio— y cómo el animal se acercaba a la mesa, moviéndola cola con más energía ahora pero con la mirada fija en Índigo. En cuanto llegó junto a Vinar, éste
    se arrodilló y la abrazó con fuerza.
    —¡Me alegro de verte, Grimya! —exclamó—. Y ahora todo va a ir bien para nosotros. —Sujetó el hocico de la loba entre las manos y la miró a los ojos, radiante de felicidad—. ¡Nos vamos a casar tan pronto como podamos!
    Grimya quedó como paralizada. Luego volvió la cabeza hacia Niahrin, suplicando con desesperación con la mirada una respuesta negativa. La bruja no podía contestar en voz alta, pero su expresión revelaba la verdad.
    —¡Eh, vamos, Grimya! —Vinar se sobresaltó cuando la loba se liberó de sus brazos con un violento movimiento convulso y retrocedió. Los ojos del animal llameaban—. ¡Todo va bien! ¡He contado a Índigo la verdad, y a ella no le importa! Podemos ser amigos otra vez...
    No pudo seguir. Grimya no escuchaba sus palabras, ni parecía darse cuenta de su presencia. Los cuartos traseros del animal se tensaron y, ante la sorpresa de todos los presentes, saltó, gruñendo, sobre Índigo.
    Cogida por completa sorpresa, la muchacha se desplomó bajo el peso de la loba. Pero la lesión hacía que Grimya se moviera con torpeza; cuando las dos cayeron al suelo juntas la loba perdió el equilibrio y aterrizó mal, y con veloz instinto de cazador Índigo rodó por el suelo fuera del alcance de sus furiosos dientes.
    —¡Grimya! —chilló Niahrin. Empujando a Vinar a un lado, corrió a sujetar a la loba por el collarín, y la arrastró fuera de allí al ver que intentaba volver a atacar—. ¡No, no, para! —Grimya lanzó un terrible gañido ahogado y se revolvió, pero ella no la soltó—. ¡No, Grimya, no! ¡Déjala en paz! —Y, viendo que Vinar intentaba con cierto retraso o bien ayudarla o bien atacar a la loba (no estaba segura de cuál de las dos cosas, pero no le importaba en este momento), le gritó—: ¡Maldito seas, idiota, déjamela a mí!
    El scorvio retrocedió, y Niahrin empezó a tirar de la forcejeante y enfurecida Grimya en dirección a las puertas. Escuchó su propia voz, aunque parecía pertenecer a otra persona; balbuceaba excusas, explicaciones —«tantos extraños...», está muy nerviosa...», «la pata le provoca malhumor...»— y sus sentidos registraron vagamente la situación: rostros serios, murmullos ahogados, consternación y desconcierto e indignación, mientras intentaba alcanzar la puerta. Desde el umbral pudo adivinar a Índigo que se incorporaba tambaleante, a Vinar solícito y perplejo ; a su lado, antes de arrastrar a la loba fuera de la sala y retirarse en dirección al refugio que ofrecía su habitación.
    —No comprendo qué le ha sucedido. —El brazo de Vinar rodeó los hombros de Índigo y apretó a la joven en actitud protectora, posesiva, contra él—. Jamás había visto a Grimya comportarse así, ni de un modo similar. —Suspiró—. ¿Sabes qué? Creo que está celosa. Yo diría que es eso lo que debe de ser.
    Índigo partió un pedazo de pan y empezó a masticarlo. Vinar observó con alivio que parecía haberse recuperado con mucha rapidez de la conmoción del inesperado ataque de Grimya, y ahora que todos los que los habían felicitado se habían retirado con mucho tacto a otras mesas, permitiendo que conversaran en privado, la muchacha volvía a estar tranquila y serena.
    —Celosa o no —respondió—, sean cuales sean sus motivos, eso no altera las cosas. —Volvió la cabeza, y sus ojos, salpicados de plata, se clavaron con intensidad en los de él—. No cambia nada, Vinar... y, si a Grimya no le gusta, puede buscarse un hogar con otra persona. —Sí. Sí, tienes razón.
    Vinar sintió una punzada de pesar, pues quería a Grimya y le dolía haberla trastornado tanto. Pero si, como parecía inevitable, la loba estaba decidida a obligar a Índigo a escoger entre su antiguo y su nuevo amor, no podía más que sentirse satisfecho de que la elección de su prometida fuera tan firme e inequívoca. Por grande que fuera la desdicha de Grimya, pensó no sin cierta sensación de culpabilidad, no podía estropear su propia felicidad. Tal vez si esta desavenencia entre ellos no llegaba a solucionarse, la loba podría encontrar un nuevo hogar junto a Niahrin. La bruja parecía una mujer agradable, de buen corazón y desde luego muy encariñada con el animal. Quizás ella podría ofrecer a Grimya una nueva felicidad y contento si él e Índigo no eran capaces de hacerlo.
    Apartó el brazo de los hombros de su amada al fin y volvió la atención a su propio desayuno. Hasta ahora había tenido poco tiempo para asimilar aquello tan extraordinario y maravilloso que le había sucedido, y, puesto que era honrado, reconoció que no sentía demasiadas ganas de examinar muy a fondo los motivos que se ocultaban bajo el repentino e inesperado cambio de parecer de Índigo. Para Vinar, las causas y los motivos no eran importantes; todo lo que importaba era que Índigo quería convertirse en su esposa, y por ello él estaría eternamente agradecido.
    Ella había ido a verlo de madrugada. Había entrado en su habitación y lo había sacado de su sueño con un sobresalto; luego, tras cogerle las manos entre las suyas, le había dicho de golpe y sin rodeos que quería que ambos se casaran. Asombrado, y todavía confuso por el repentino despertar. Vinar había estado en un principio medio convencido de que soñaba. Pero el fervor y resolución de la joven habían sido tales que había acabado por atreverse a creer que aquello no era un sueño, sino la realidad: mareante y jubilosa realidad. Incluso la confesión de su engaño, que hizo titubeante y temeroso de su cólera, no significó nada para ella. El la amaba, dijo; era por ese motivo que había actuado como lo había hecho. Lo comprendía, y no había nada que perdonar. El la amaba. Eso era todo lo que importaba. Él la amaba de verdad. Debía olvidar a su familia, le dijo; olvidar Carn Caille y la búsqueda que los había llevado allí. Se casaría con él tan pronto como pudiera organizarse la ceremonia, y se irían los dos juntos, de vuelta al mar, de vuelta al hogar de él en Scorva.
    Vinar no sabía nada de lo sucedido a primeras horas de esa noche. No sabía nada del sueño sonámbulo, de la visita de Índigo a la torre de la reina o del tormento que la muchacha había padecido durante las horas que siguieron. De regreso en su oscura habitación, sentada en el suelo con las piernas cruzadas, Índigo se había columpiado febril adelante y atrás, abrazándose a sí misma en un esfuerzo desesperado e inútil por mantener a raya su pesadumbre y terror. La reacción llegó en estremecedoras oleadas, como una fiebre; imágenes horripilantes del crimen que había estado a punto de cometer llameaban en su cerebro, y con ellas el terror ante la propia impotencia. ¿Qué poder monstruoso se había apoderado de su mente dormida? ¿Qué horrores permanecían encerrados en su perdida memoria, que la arrastraban a pensamientos asesinos? ¿Y qué haría, qué podría hacer, si volvía a atacarla aquel impulso durante el sueño?
    Y en el origen de todo ello estaba Carn Caille; Índigo estaba segura ahora de que su llegada allí —o su regreso, pues la perseguía una siniestra y terrible sensación de familiaridad dentro de estas paredes— había desencadenado algo en su cerebro. «Pesadillas que frecuentan las paredes», había dicho la reina Brythere. Índigo volvió a estremecerse. Había creído que Carn Caille podía tener la clave del legado perdido de su pasado y ahora temía haber estado en lo cierto; pero el legado que la llamaba era algo salido de una pesadilla. La loba que hablaba, el loco Perd, la alterada familia real: todos formaban parte de ello, estaba segura. Y el periódico sueño de Brythere, que ella había compartido y que ahora por una aterradora deformación había estado a punto de convertirse en trágica realidad... Índigo no quería saber nada más de todo aquello. No deseaba ahondar más en lo que fuera que se ocultaba aquí; todo lo que quería era arrojarlo lejos de sí como arrojaría a un demonio.
    Balanceándose y temblando a solas en la oscuridad, había llegado a una decisión. Su único deseo era escapar de Carn Caille y del malévolo hechizo que lanzaba sobre ella, y su única esperanza, su único puntal y salvación, era Vinar. El no tenía nada que ver en esto; era tan inocente como un recién nacido, firme y seguro, un viento limpio y purificador con el poder de dispersar la neblina envenenada que empezaba a rodearla. Un buen hombre... que la amaba. Índigo sabía que sus propios sentimientos no se correspondían con los de él y que a lo mejor jamás lo harían. Pero existían muchos grados de amor. Y ella apreciaba a Vinar, lo respetaba, y él le gustaba. Sin duda eso era suficiente, y con el tiempo aprendería a amarlo de la forma que sabía que él ansiaba. Él la ayudaría, le enseñaría y, por encima de todo, la llevaría lejos de Carn Caille y la protegería de los repugnantes fantasmas de los recuerdos que la muchacha temía recuperar.
    Así pues había ido a su encuentro, y había dejado que la tomase en sus brazos, y le había dicho que quería convertirse en su esposa. Ahora, ante la mesa del desayuno en el salón de Carn Caille y con su hombre, su prometido, sentado alto y fuerte y dulcemente posesivo junto a ella, era como si a Índigo le hubieran quitado de los hombros un terrible peso. Ni siquiera la reacción violenta e imprevisible de la loba mutante la había trastornado; el animal le resultaba indiferente, porque sabía que no tenía por qué tener que ver nada más con él. Tenía a Vinar ahora. Vinar se ocuparía de ella. Vinar la mantendría a salvo.
    ¿Por qué, entonces, por qué, se sentía como si una parte de su alma hubiera muerto?
    La decisión que Grimya tomó durante la siguiente hora fue una de las más duras de su vida. En un principio se había mostrado resueltamente desafiante; no dijo nada mientras la arrastraban sin miramientos de vuelta a la habitación de invitados, no dijo nada mientras Niahrin la regañaba abiertamente por su comportamiento, y no dijo nada tampoco cuando la bruja, reducida por fin a impotente exasperación, se marchó en busca de algo que comer. Cuando se hubo marchado, Grimya se acurrucó en el suelo, los ojos clavados en la puerta cerrada con llave pero sin ver otra cosa que las imágenes que desfilaban por su cerebro; imágenes que abarcaban cincuenta años de vagabundeo, de amigos y enemigos, triunfos y fracasos, alegrías y desesperación, y por encima de todo el vínculo que Índigo y ella habían compartido durante todas sus pruebas. Ahora, el pasado se había convertido en cenizas. Índigo la había olvidado, olvidado el sueño que durante tanto tiempo se había esforzado por cumplir, y dentro de poco se asestaría el último golpe cuando rompiera los lazos de unión, y con ellos sus irrealizadas esperanzas, para siempre.
    Y todavía quedaba un demonio.
    Grimya no podía dejar que Índigo se fuera. Sabía que ése había sido el acicate oculto tras el ataque realizado en el gran salón, aunque ahora se daba cuenta de que había sido algo precipitado y estúpido y no había ocasionado más que daño en lugar del bien que ella deseaba. Si se hubiera detenido a pensar, en lugar de actuar llevada por un impulso temerario... Pero ahora era demasiado tarde para lamentarlo, y tampoco había la menor esperanza de convencer a Índigo para que la escuchara, y mucho menos la comprendiera. Si quería evitar la catástrofe que se aproximaba, se dijo Grimya, debía encontrar otro modo. Y para ello necesitaría ayuda humana.
    Cuando Niahrin regresó, Grimya estaba decidida y dispuesta. La bruja entró en la habitación y cerró la puerta; entonces se detuvo al ver a la loba sentada muy erguida en medio de la estancia. Una cautelosa expresión interrogante apareció en sus ojos.
    —¿Qué sucede, Grimya? —preguntó—. ¿No te encuentras bien?
    —No es eso. —Las palabras no salieron con facilidad, pero Grimya las había ensayado y estaba decidida a decirlas—. Qui... quiero hablar contigo, Niahrin. Hay algo que debo contarte.
    Por un momento Niahrin pensó que simplemente iba a disculparse, pero luego una intuición más sutil le indicó que esto era algo más. Se acercó al sillón situado ante la chimenea y se sentó, sin dejar de observar a Grimya.
    —Sí —dijo con suavidad—, te escucho.
    —Es... —Grimya vaciló, lanzó un gemido y volvió a reunir todo su ánimo—. Es sobre Índigo. Al... algo que no sabes. Nadie lo sabe, excepto yo. Ella... —De nuevo le falló la voz. Niahrin no la presionó sino que esperó paciente. Por fin Grimya tragó saliva, se lamió el hocico y continuó.
    »¿Rrre... recuerdas las habitaciones que vimos, donde había vivido la familia del rey? Había un cuadro allí, y todo el mundo dice que la muchacha del cuadro es igual a Índigo.
    —Sí —volvió a decir Niahrin.
    —Hay un mo... tivo. Un motivo para que sean tan iguales.
    —¿Quieres decir que conoces la verdad? —Niahrin se inclinó al frente—. ¿Índigo desciende de la familia del rey Kalig?
    —No desciende. —Grimya levantó los ojos. De improviso éstos mostraron una muda súplica, y algo, una sensación que no pudo nombrar, se removió en la boca del estómago de Niahrin—. No desciende —repitió Grimya desesperadamente—, sino que son la misma persona. Índigo y la prrr... princesa... son la misma persona.
    El relato tardó bastante en finalizar, y cuando hubo terminado Niahrin no habló durante un buen rato. Permaneció sentada en el sillón, inclinada todavía al frente hacia la chimenea, y, aunque el fuego no estaba encendido a esta hora del día, mantuvo las manos extendidas como si las templara al calor de unas llamas invisibles. Mentalmente veía las manos de un anciano moviéndose en las llamas, y oía los lejanos acordes de un arpa...
    Por fin fue capaz de romper el silencio; lo cierto es que tuvo que romperlo, o la habría asfixiado.
    —Dulce Tierra —musitó—. ¡Oh, dulce Madre Tierra!
    Grimya se acercó despacio, vacilante, e introdujo el hocico en una de las manos extendidas de la bruja.
    —Niahrin..., ¿no... me crees?
    Los dedos de Niahrin se crisparon, y la mujer retiró las manos para llevárselas al rostro. Su piel ardía.
    —Sí —respondió—. Sí, querida mía, te creo.
    «¿Cómo podría no hacerlo? —pensó—. Los hilos empiezan a entretejerse. Su nombre. El vínculo con Carn Caille. El anciano bardo Cushmagar, que conocía a Anghara y sabía lo que hizo; que murió sin revelar su secreto, dejando un arpa que se niega a emitir notas. Y los motivos por los que no puede casarse con Vinar; porque es vieja, y porque existe otro que tiene un mayor derecho. El miedo del rey Ryen, y el de su alteza, están bien fundados, Índigo es la legítima reina de las Islas Meridionales, que ha regresado a casa después de cincuenta años.»
    Grimya se lo había contado todo. Le había hablado de la Torre de los Pesares allá en la tundra meridional, y de la prohibición que en su frustración la joven e irresponsable Índigo había roto. Había hablado de los demonios que la insensatez de la muchacha había liberado, y de la noche de terror, destrucción y muerte cuando aquellas antiguas fuerzas malignas descendieron sobre Carn Caille y provocaron estragos. Había mencionado la maldición que había caído sobre los hombros de Índigo; la maldición de la inmortalidad, porque Índigo jamás envejecería ni moriría hasta que se hubiera enfrentado a aquellos siete horrores siniestros uno a uno y los hubiera destruido. le había hablado también de los largos años que ella y Índigo habían estado juntas, años de prueba y vagabundeo, hasta que por fin seis demonios habían desaparecido del mundo y ya sólo quedaba uno. Un demonio, que Grimya sabía que aguardaba aquí en las Islas Meridionales... y que, si Índigo le daba la espalda para casarse con Vinar, llevaría a la muchacha a la ruina.
    Niahrin sentía que la cabeza le daba vueltas. Siete demonios, encerrados en una antigua torre cuya puerta jamás debía abrirse... El vago recuerdo de una historia contada por su abuela resonaba en su cabeza; pero aquello había sido una vieja leyenda, una fábula y no una historia auténtica. ¿Estaba segura de que no había sido una historia auténtica? Y si, como Grimya le había contado, aquellos siete demonios habían caído como furias chillonas sobre Carn Caille, llevando consigo la muerte y el derramamiento de sangre, ¿por qué se creía —no, no se creía, se sabía— que el rey Kalig y su familia habían muerto a causa de la plaga que había barrido las Islas Meridionales aquel desdichado año? Luego, quizá lo más fantástico de todo, estaba Fenran, prisionero en un infierno del otro mundo y por quien Índigo había regresado a su país. Fenran, dormido —en espíritu o en cuerpo— en un lugar llamado la Torre de los Pesares, que esperaba que volvieran a despertarlo a la vida.
    ¿Dónde estaba, y qué era, esta Torre de los Pesares? ¿Existía realmente allá en la tundra, o se trataba de una alegoría de otra cosa? Grimya no podía responder a la pregunta, pues tan sólo sabía lo que Índigo le había contado y jamás había visto la torre con sus propios ojos. Todo lo que podía decir era que la torre había contenido siete demonios. Pero ¿cuál era la naturaleza de los demonios? La abuela de Niahrin le había contado algo sobre ellos, pero a la vez se había mostrado enigmática. Los demonios, había dicho, no eran lo que parecían, y cualquier practicante de las artes mágicas que presumiera de comprender su esencia era o un mentiroso o un loco. «Mira en el interior de cualquier cosa que refleje la verdad —le había dicho la abuela—. En una gota de lluvia, o en el cristal de una ventana, o en la brillante hoja de un cuchillo en el interior de tu propia y limpia cocina, y puedes ver demonios que son tan reales como tú misma. Lo cierto es que pueden ser cómo tú.» Se había negado a dar más explicaciones, diciendo a su nieta que su camino no se encontraba entre la familia demoníaca, pero ahora la bruja recordó sus ambiguas palabras, y con ellas algo más; algo que le devolvió un amargo recuerdo: siete demonios. Y, hasta que todos hubieran sido derrotados, la vida de Índigo debía permanecer en el limbo, pues la maldición se la había impuesto un poder mayor que el de ella misma.
    Pero ¿era así?, se preguntó Niahrin. ¿Era realmente así?
    En su cerebro penetró el recuerdo de una voz, un suspiro, la sensación de una poderosa, bondadosa y a la vez remota conciencia, que le hablaba por entre los ecos espectrales de un arpa: «CRIATURA, CRIATURA MÍA. NO FUE OBRA MÍA...».
    ¡Oh, sí! Había más en todo esto, mucho más de lo que sabía Grimya, y Niahrin sintió que un escalofrío psíquico le recorría mente y cuerpo. Ahora empezaba a comprender las imágenes del tapiz que la había obligado a tejer la magia. Los soles gemelos, uno enojado, el otro ciego. La luna, señora del destino, colgando entre ellos encima de Carn Caille, cuya puerta de acceso era una enorme arpa por la que penetraba la procesión de diminutas figuras: Índigo y Grimya, ella misma y Vinar...
    Sin embargo quedaban misterios que desenredar de aquellos hilos. El tapiz no había revelado todo lo que tenía que contar, pues en la procesión se hallaban Ryen y Brythere, y el pobre loco de Perd Nordenson.
    «Perd, que amaba a la reina Brythere, se presentó ante Índigo en una pesadilla e intentó matarla. E Índigo fue, dormida, a la habitación de la reina Brythere con un cuchillo en la mano...», pensó para sí.
    —Grimya... —Niahrin se levantó de un salto de su sillón y de una sola zancada se colocó junto a la loba, cuyo hocico sujetó entre ambas manos mientras la miraba con fijeza a los ojos—. Grimya, hay tantas cosas que no sé! ¡Tanto que necesito averiguar!
    Grimya se removió inquieta.
    —¡Te he dicho todo lo que puedo, Niahrin!
    —¡Sí, sí, ya me doy cuenta, cariño, no es mi intención ofenderte! —Niahrin estaba sin aliento ahora a causa de la excitación, una excitación asfixiante, aterradora, casi incontrolable. La intuición corría como un río tumultuoso por sus venas; ahora estaba segura de lo que debía hacer—. Pero esto tiene otra dimensión, una que aún hemos de descubrir; puede que una que ni siquiera Índigo conozca. El rey está involucrado en esto, y la reina, y Perd Nordenson. —Vio cómo el pelaje de Grimya se erizaba al pronunciar el nombre y se apresuró a extender una mano para consolarla y tranquilizarla—. Comprendo que desconfíes de él y lo consideres malvado, pero él forma parte de esto, estoy convencida. Grimya, escucha: creo que existe una forma de que descubramos lo que necesitamos saber.
    La loba se quedó de repente muy quieta, y cuando habló su voz era un ladrido gutural y jadeante.
    —¿Cómo?
    —Invocando al mismo poder que me tocó..., que nos tocó, la otra noche. Antes de que Jes y su alteza aparecieran, ¿recuerdas?
    —Recuerdo. Le diste un nombre...
    —Aisling.
    —Sssí. Y luego, cuando vimos el arpa...
    —El arpa de Cushmagar. El bardo que era el profesor y mentor de Índigo. — Niahrin sonrió con triste comprensión—. Ahora comprendo por qué no pudiste soportar el permanecer en aquella especie de pequeño mausoleo, con el cuadro y el arpa. Pero Cushmagar sabía. Él siguió viviendo después de la plaga, tras el ataque de los demonios; él sabía lo que sucedió en realidad y ha dejado tras él sus recuerdos. Y a lo mejor algo más que recuerdos.
    Grimya gruñó por lo bajo.
    —¿Quieres decir que él..., el bardo..., fue quien...
    —Quien me habló a través del aisling, sí. Y, si puedo tocar ese poder otra vez, si puedo despertarlo de nuevo, entonces tal vez obtengamos las respuestas que necesitamos.
    Grimya permaneció inmóvil unos instantes. Luego, inesperadamente, se incorporó sobre los cuartos traseros y lamió el rostro de Niahrin. Era lo más parecido a un beso que podía dar, y la bruja sintió que el corazón le daba un vuelco de alegría ante el impulsivo gesto.
    —¡Sssí! —asintió la loba con energía—. ¡Sssí! ¡Por Índigo! ¡Para ayudar a Índigo! ¿Qué debemos hacer?
    Niahrin tenía la respuesta preparada y volvió a sonreír, esta vez con un asomo de conspiración.
    —Esta noche —anunció—, cuando Carn Caille duerma, regresaremos a la habitación donde se guarda el arpa de Cushmagar. —Reprimió una extraña sensación indescifrable, diciéndose que no era más que nervios—. Si el aisling vino una vez, puede regresar. Y, esta vez, estaremos preparadas para escuchar y comprender lo que tiene que decirnos.

CAPÍTULO 16


    Niahrin cenó en el gran salón aquella noche. Sus razones para unirse a la celebración eran tres: en primer lugar, quería crear una impresión inocente para asegurarse de que no se despertarían sospechas y nadie acudiría en su busca más tarde; en segundo lugar, tenía la intención de observar y escuchar a la caza de cualquier pista, por pequeña que fuera, que pudiera ayudarla en su búsqueda de una verdad más profunda tras la historia de Índigo; y, en tercer y último lugar, estaba convencida de que podía acometer mejor la planeada vigilia de aquella noche tras haberse fortalecido con una sustanciosa comida.
    Grimya prefirió no acompañarla —la loba era reacia a enfrentarse con Índigo otra vez tras la riña de la mañana— de modo que Niahrin fue sola al salón. Ante su sorpresa, desconcierto y privada satisfacción se le asignó un puesto en la mesa del rey instalada sobre una plataforma. Toda la familia real estaba presente esa noche: Ryen, apuesto y elegante en color verde botella; Brythere, a su lado, con un traje rojizo que daba color a sus pálidas mejillas; Moragh, de terciopelo de color ciruela al otro lado. Jes Ragnarson estaba sentado junto a la reina, y a Niahrin la colocaron junto a él, mientras que en el extremo opuesto se hallaban Índigo y Vinar. En un principio, Vinar pareció algo desconcertado por la presencia de Niahrin; pero, cuando ésta llamó su atención y alzó su copa en un forzado saludo que transmitía a la vez disculpas y vergüenza, su inquietud desapareció y se tranquilizó. Índigo fingió no darse cuenta de la presencia de la bruja y permaneció sentada en silencio, jugueteando con su comida. No parecía feliz.
    La comida fue espléndida, con la intercalación de gran número de alegres carcajadas procedentes de las mesas dispuestas fuera de la tarima, donde se hallaban reunidos los restantes habitantes del castillo. También hubo mucho ruido en la mesa del rey; Ryen se mostró jovial, Moragh casi tanto como él, y Vinar estaba de tan buen humor que apenas si podía contenerse. Cada dos por tres sus enormes carcajadas resonaban por toda la sala, hasta que Jes, que mantenía entretenida a Niahrin con una conversación alegre y divertida, observó en un susurro que, si el scorvio se quedaba en tierra firme tras el matrimonio, podía instalarse en la costa y emplearse como farero sin necesidad de tener que utilizar una sirena de niebla.
    Vinar era en realidad la única nota triste en las reflexiones privadas de Niahrin. No recordaba haber visto en toda su vida a un hombre tan feliz con su suerte, y el pensamiento de que iba a destrozar esa felicidad le desgarraba la conciencia. Le gustaba Vinar y no quería herirlo. Pero, según lo que Grimya le había contado, no hacer nada sería una crueldad mayor y, a la larga, le ocasionaría aún más dolor...
    La cena tocaba a su fin cuando el rey Ryen se puso en pie y gritó pidiendo silencio. Por la amplia sonrisa que apareció en el rostro de Vinar, Niahrin adivinó lo que se avecinaba; cuando Ryen obligó tanto a Vinar como a Índigo a ponerse en pie y dio la noticia de su inminente boda, la aclamación que resonó en la sala, acompañada de patadas en el suelo y puñetazos sobre las mesas, casi hizo saltar el techo de sus vigas. Niahrin se dijo que la mitad de los reunidos no tenían ni idea de quién era la feliz pareja, pero una boda era una boda y así pues rugieron su aprobación. Vinar dedicó sonrisas por doquier, abrazando a Índigo contra él, mientras que ella, aunque su rostro estaba felizmente sonrojado y sus ojos centelleaban, parecía al mismo tiempo algo aturdida, como si sintiera que sin querer se había introducido en un mundo que no era el suyo. Niahrin la observó furtivamente, en tanto las aclamaciones se apagaban; su interés se acrecentó cuando, a una señal del rey, Jes Ragnarson abandonó su asiento y se acercó a un taburete que acababan de colocar justo frente a la tarima. Dos criados trajeron un arpa —Niahrin advirtió al instante que no era la de Cushmagar, como había temido de forma ilógica, sino un instrumento mucho más pequeño—, y Jes empezó a tocar. Era bueno, sumamente bueno. Niahrin empezó a sospechar de sus protestas de humildad mientras interpretaba en primer lugar el tradicional baile de celebración de los isleños, Llena la copa de la alegría, y luego, en honor a la profesión de los novios, un popurrí de canciones marineras. Interpretado el primer estribillo, todos los reunidos se unieron al coro, Niahrin incluida, y cuando finalizó el popurrí los gritos y patadas fueron ensordecedores. Jes sonrió de oreja a oreja y agitó las manos en demanda de silencio; cuando el furor se fue apagando, sus dedos arrancaron un misterioso ; arpegio a las cuerdas del arpa.
    —¡Amigos! —Su voz de tenor se dejó oír con claridad en la sala, y las últimas risas y murmullos se desvanecieron hasta quedar todo en absoluto silencio—. Esta noche celebramos un feliz acontecimiento. Pero, incluso en esta celebración, nos corresponde a todos, como habitantes de las Islas Meridionales, recordar que somos hijos del mar ; y siervos del mar, y que gracias a la generosidad de la Madre Tierra extraemos del mar nuestra vida y sustento. —Una curiosa sonrisa triste pareció iluminar su rostro desde dentro; como si lo embargaran viejos recuerdos, se dijo Niahrin—. Del mar hemos salido; al mar debemos regresar, porque nuestras islas son así. Pero el mar es una dama poderosa y enigmática; llama a algunos a su seno antes de tiempo, y es justo que aquellos que seguimos aquí recordemos a los que se fueron y les rindamos homenaje. Así pues, para Vinar e Índigo, para sus amigos y compañeros del Buena Esperanza, y para nuestra Madre del mar que concede paz y refugio a las almas perdidas, toco ahora. Una trémula cascada de notas se desgranó de las cuerdas del arpa, y Niahrin sintió una punzada en el corazón cuando los dedos de Jes arrancaron las primeras notas conmovedoras de El lamento de la esposa de Amberland.
    La música era hermosa. Ella conocía la vieja y triste canción, la había escuchado más veces de las que recordaba, pero aquí en el silencioso salón de Carn Caille, bajo las manos de un hombre que, no obstante su juventud, poseía el inconfundible toque y don de un maestro de su profesión, El lamento alcanzaba una nueva dimensión. Esta noche, Jes Ragnarson estaba inspirado. Y, cuando Niahrin levantó los húmedos ojos y los paseó por la mesa principal, vio que Vinar estaba embelesado, absorto en la música, mientras que, a su lado, Índigo permanecía totalmente inmóvil; el rostro todavía era una máscara, pero los ojos brillaban con una pena y un anhelo que desgarraron el alma de la bruja y la hicieron sentir como una intrusa que contemplaba un dolor desesperado y muy privado.
    En un rapto de malicioso sentido del humor, Niahrin reflexionó que sus correrías a altas horas de la noche por los pasillos de Carn Caille amenazaban con convertirse en un hábito. Pero el pensamiento contrastaba enormemente con su estado de ánimo y la sonrisa desapareció veloz de su rostro mientras, con Grimya pegada a los talones, se dirigía a los viejos aposentos reales. En una mano sostenía una vela apagada y, en la otra, su flauta de madera.
    En su anterior visita había observado que las habitaciones del rey Kalig no estaban cerradas con llave. Tras empujar la puerta con cuidado, y elevar una silenciosa oración de gratitud porque las bisagras no crujieron, se deslizó en el interior de la estancia acompañada de Grimya y tanteó en busca del pedernal y la yesca que había visto utilizar a Moragh. No quería tocar el decorado farol, de modo que encendió la vela y, con la pequeña llama bailando temblorosa pero facilitando luz suficiente para impedir que chocara con nada, penetró en la habitación interior.
    Niahrin no quería mirar el retrato; ahora que había oído la historia de Grimya, la idea de contemplar el inmutable rostro pintado de la princesa Anghara le provocaba una peculiar y nada agradable sensación de escalofrío. Dando espalda a la chimenea se volvió en dirección al arpa de Cushmagar. No la tocaría, desde luego, pues eso sería un error; pero se colocó cerca de ella, se sentó en el suelo con las piernas cruzadas, y depositó la vela a su lado. La habitación estaba helada y las sombras la hacían sentir incómoda; parecían anormalmente profundas, casi sólidas, como si algo más que la simple oscuridad acechara entre los recuerdos allí conservados. Simio un arrebato de gratitud cuando Grimya se tumbó a su lado, y estiró una mano para acariciar el peludo lomo del animal.
    —Bien. —Flexionó los dedos alrededor de la flauta, un poco desconcertada por el sonido de su propia voz en la penumbra y el silencio—. Será mejor empezar, ¿eh? Sólo la Madre sabe lo que averiguaremos, si es que averiguamos algo, pero si no nos arriesgamos no lo descubriremos. —Se llevó la flauta a los labios.
    Y un helado escalofrío la envolvió al escuchar unos pasos apagados en la otra habitación.
    Niahrin soltó la flauta y se quedó petrificada, con la mirada fija en la puerta. Grimya se irguió, con el pelaje erizado y un sordo gruñido a punto de surgir de su garganta, pero ni siquiera su vista era lo bastante aguda para atravesar la oscuridad. Las pisadas cesaron, y se escuchó el sonido del pestillo de la puerta al levantarse...
    La luz de una lámpara penetró en la habitación al abrirse la puerta, y Niahrin se quedó boquiabierta, consternada, cuando las figuras de Moragh y Jes Ragnarson aparecieron en el umbral.
    El silencio era terrible, y Niahrin pensó que jamás terminaría. Entonces, con gran tranquilidad, Moragh dijo: —Buenas noches, Niahrin. Pareces un poco más sorprendida de vernos de lo que nosotros estamos de verte a ti. Todas las excusas, explicaciones y fingimientos que la bruja había estado intentando extraer de su paralizado cerebro se hicieron añicos, y se llevó una mano al rostro, mortificada, incapaz de decir palabra.
    —Entra, Jes, y cierra la puerta —dijo la reina viuda y, sin soltar el farol, cruzó la habitación hasta donde se encontraba sentada Niahrin. Su astuta mirada abarcó el arpa, la flauta, la postura medio culpable, medio defensiva de Grimya, y por fin fue a descansar en el ruborizado rostro de Niahrin.
    —Alteza —empezó a decir la bruja, desesperada—, yo no quería...
    Moragh alzó una mano para acallarla.
    —No hay necesidad de explicaciones. Creo que Jes y yo ya sabemos por qué estás aquí. —Dirigió una breve mirada a las profundas sombras del lugar donde estaba colgado el cuadro—. Y confieso que también nosotros somos culpables de un pequeño engaño, ya que esperábamos algo como esto y te hemos vigilado atentamente. —Ante la sorpresa de Niahrin, sonrió—. No estoy enojada contigo, querida. Al contrario; si puedes resolver el misterio, tienes mi bendición para hacer lo que creas necesario. Pero, a partir de ahora, lo harás con nosotros.
    Niahrin tragó algo que sentía atravesado en la garganta.
    —¿Con... ustedes, señora?
    —Sí. —La reina viuda se volvió al joven bardo—. Ve a buscar tu arpa, Jes. En vista de lo que ya hemos averiguado podría no ser sensato intentar utilizar el instrumento de Cushmagar esta noche.
    Jes hizo una reverencia y se marchó, dejando a Niahrin parpadeando aturdida. La reina viuda se acercó más y, con cierta dificultad, se sentó en el suelo junto a la bruja. Sonreía aún, pero ahora había un atisbo de dureza en sus ojos.
    —Supongo, Niahrin —dijo—, que esperabas que Cushmagar hablara otra vez esta noche... —Niahrin, sonrojada aún, asintió, y Moragh suspiró—. Entonces ¿por qué tanto secreto? ¿Por qué venir aquí sola sin decirme nada?
    La mujer hundió la cabeza.
    —Pensé... Perdonadme, señora, pero pensé que me negaríais el permiso. Esta habitación... —realizó un gesto de impotencia—... es un santuario; un...
    —No es tal cosa, y sabes que no lo es. No; creo que todavía no eres capaz de confiar en mí. Creo que tú, o alguien, teme que confiar en mí signifique hacer daño a Índigo.
    En este punto la reina viuda dedicó a Grimya una mirada tan dura y evaluadora que Niahrin supo sin el menor ¡ asomo de duda que la mujer sospechaba que la loba no era un animal corriente. Grimya emitió un leve gemido, y la sonrisa de Moragh se endureció un poco más. —Está claro para mí ahora que debe de existir una conexión entre Índigo y Carn Caille, y que el parecido con la princesa Anghara no es coincidencia. Hasta anoche no estaba segura, pero ahora... —La sonrisa se desvaneció por [completo—. Bien, será mejor que lo veas por ti misma.
    Moragh llevaba un grueso vestido de lana con una capa corta encima; introdujo la mano entre los pliegues de la [capa y sacó algo que centelleó levemente a la luz de la lámpara.
    —Dime, Niahrin, ¿has visto esto antes?
    Descansando en su palma había un cuchillo de hoja larga. Grimya lanzó un gañido e hizo intención de incorporarse; reaccionando con rapidez, Niahrin la agarró por el pelaje del cuello y la obligó a permanecer tumbada.
    —¡Tranquila, Grimya, tranquila! —Levantó la mirada de mala gana hacia el rostro de Moragh y comprendió que no podía mentirle—. No puedo estar segura, alteza. Pero creo que sí.
    —En ese caso, es probable que sepas dónde se encontró.
    —Cre... creo saberlo —respondió la bruja con voz apenas audible.
    —Mmmmm. Así que era tu rostro el que vislumbré mirando desde detrás de una esquina. Ya me lo pareció. —Moragh juntó las puntas de los dedos de ambas manos—. Será mejor que te diga que Brythere vio y reconoció al intruso, de modo que sabemos que era Índigo quien estaba en su habitación. Supongo que tú habías estado siguiéndola...
    —Andaba en sueños, señora. Grimya la vio y me avisó, y...
    —No hay necesidad de entrar en todos los detalles, no ahora. No quiero conocerlos todavía. Lo que quiero, y lo tendré, Niahrin, por lo que ahorraremos tiempo y esfuerzo si no protestas, es tu confianza y tu cooperación. ¿No era ayer cuando te comprometiste a ayudarme y a trabajar conmigo en la resolución de este misterio? Este desdichado asunto nos concierne a todos, no únicamente a Índigo.
    Niahrin se sintió avergonzada en lo más profundo de su corazón. La noche anterior el instinto la había instado a confiar en Moragh. Pero luego Índigo se había embarcado en aquella casi calamitosa excursión nocturna, y se había encontrado el cuchillo, y por la mañana Grimya había realizado su terrible confesión de la verdad... y Niahrin se había puesto nerviosa. La lógica había aplastado el instinto; temía confiar en Moragh, temía lo que la reina viuda podía hacer, y así pues se había refugiado en el secreto. Tendría que haber sido más sensata. Por encima de todo, debería haber sabido que a Moragh no se la engañaba ni eludía con tanta facilidad.
    Niahrin bajó los ojos hacia Grimya. No sabía lo que la loba pensaba, aunque percibía una oleada de tristeza y temor en su mente. Pero, lo que fuera que quisiera Grimya, no había elección ahora.
    —Alteza, yo estaba equivocada. —Reunió todo su valor para mirar a Moragh e intentó no acobardarse ante su inquietante mirada fija—. No debería haber intentado ocultaros esto. Pero temía que...
    —Temías que sacara conclusiones precipitadas y actuara según éstas. —La sonrisa de Moragh regresó, y ahora se trataba de una sonrisa amable—. Sí, querida, te creo, y no te culpo. En tu lugar creo que habría hecho lo mismo. —Bruscamente se inclinó al frente y posó una mano arrugada pero firme sobre el brazo de la bruja—. Pero ahora ya no deben existir más recelos por ninguna de las dos partes. Tienes que confiar en nosotros, de modo que podamos trabajar todos juntos.
    Los ojos de Niahrin se llenaron de inquietud.
    —¿«Nosotros», alteza?
    —Jes y yo. Nadie más. No he contado ni al rey ni a la reina nada de todo esto, y no pienso hacerlo. Ryen es un buen hombre y un buen gobernante pero no vería las cosas exactamente como yo; mientras que Brythere... Bien, Brythere padece ya demasiados temores sin que añadamos más. No vio el cuchillo (Ketrin es muy lista) y sólo piensa que Índigo andaba sonámbula y de algún modo encontró el camino a la torre. Puede que al final tengamos que contárselo a ella y a Ryen, pero hasta que ese momento llegue esto seguirá siendo un secreto entre nosotros tres... o cuatro. —De nuevo dirigió una enigmática mirada a Grimya, que se negó a mirarla a la cara—. En Jes se puede confiar absolutamente —continuó la reina viuda—. Y a lo mejor resulta ser de gran valor. Es un gran arpista, como oíste por ti misma en el salón esta noche. Si vas a invocar el aisling
    otra vez, quizá tengas motivos para darle gracias por su música.
    —Sí. Sí, alteza. —Un curioso escalofrío de excitación le recorrió la espalda, y, por fin, también ella consiguió esbozar una sonrisa—. Gracias.
    Moragh quitó importancia a sus palabras con un gesto que quería devolver la atención al asunto que llevaban entre manos. Empezó a incorporarse; Niahrin se apresuró a ponerse en pie para ayudarla, y la reina viuda se sacudió las ropas.
    —Por muy meticulosos que sean los criados, siempre hay polvo... Supongo que sabes cómo encender un fuego y hacer que arda con rapidez. —Perpleja, Niahrin asintió—. Estupendo. Entonces, mientras esperamos el regreso de Jes con el arpa, entre las dos podríamos encender la leña dispuesta en la chimenea.
    El ojo sano de Niahrin se abrió desmesuradamente, y la reina viuda rió en voz baja.
    —Serbal, eglantina y sauce. ¿No son los ingredientes correctos para un fuego productor de sueños? Y manzano, para la bendición que creo que todos necesitamos.
    Niahrin comprendió que Moragh debía de haber conocido sus intenciones desde el principio, y había hecho lo que ella no podía hacer. Un fuego dispuesto para el aisling...
    La bruja meneó la cabeza, y un sonido como de risa contenida se quebró en su garganta.
    —Sí, alteza —repuso con mansedumbre—. Lo que ordenéis.
    Ya empezaba. Niahrin percibió el primer cambio sutil en la atmósfera; el aroma — carecía de otra palabra para ello— de la magia, mezclándose con la suave fragancia embriagadora del fuego de los sueños. Las llamas ardían con fuerza, calentando la habitación y proyectando amistosas sombras, y su luz convertía en brillante aureola los cabellos castaños de Jes, que estaba sentado con su pequeña arpa en el regazo. Tenía la cabeza inclinada y sus dedos se movían veloces y ágiles sobre las cuerdas del instrumento, interpretando una suave música. Más allá, envuelta en sombras, Moragh contemplaba el fuego con fijeza; tenía los ojos entornados y el anguloso rostro bañado por la luz de las llamas. Mientras Niahrin tejía un contrapunto con el arpa, la flauta desgranaba una melodía. La música que emitía era hipnótica; el cuerpo de la bruja se columpiaba suavemente al compás y una sensación parecida a un trance se iba apoderando de ella, como si una puerta largo tiempo olvidada se hubiera abierto en su mente y ella flotara a través de ese portal para pasar a otro mundo más místico. Allí donde posaba los ojos, veía un centelleante halo de luz mortecina. Perfilados por este reluciente halo, Jes y la reina viuda parecían extraños y maravillosos y no del todo humanos, e incluso sus propias manos parecían pertenecer a alguien hermoso y fantástico, muy distante de la fea, terrenal y casera Niahrin que conocía.
    Entonces las llamas del fuego de los sueños empezaron a crecer y a balancearse con la música. Niahrin vio cómo iniciaban la danza, escuchó cómo la reina viuda contenía levemente la respiración y vislumbró la ansiosa luz en los ojos de Jes mientras éste cambiaba su melodía, siguiendo el compás del fuego. El rostro del bardo aparecía absorto en una alegría casi parecida al dolor; sacudió la cabeza, y la luz del fuego centelleó en sus cabellos. Niahrin dejó de tocar y la flauta cayó sobre su regazo; éste era el momento del joven bardo, y la magia, el aisling, se acercaba en respuesta a su llamada. El arpa siguió brillando... y muy despacio, de forma gradual, el sonido de una segunda arpa, más potente y rico y profundo, surgió del aire a su alrededor para mezclarse con la melodía de Jes.
    Y, en el fuego, las llamas adquirieron la forma de unas manos sarmentosas y viejas, y un rostro, arrugado, marchito y con los ojos cegados por las cataratas, apareció tras las manos como un espectro.
    Jes ahogó un grito, y su interpretación se detuvo con una nota disonante. En el fuego, el rostro del anciano —el rostro de Cushmagar— sonrió. Era gris, como si incluso el tiempo hubiera dejado a su fantasma sin color, pero sus manos de fuego se movían con una pericia antigua y certera. Y Niahrin sintió como un aliento en la nuca cuando, a su espalda, la gran arpa que había permanecido sin tocar durante cincuenta años dejó escapar un suave y quejumbroso acorde.
    Jes contuvo la respiración sobresaltado, y una voz seca como las hojas caídas, suave como la hierba nueva, susurró: —Existió una época, una época antiquísima, antes de que los que vivimos ahora bajo el sol y el firmamento empezáramos a contar el tiempo. Así es como se inició la leyenda, y así es como se le contó a Anghara cuando empezó a anhelar algo más de lo que el futuro parecía guardar para ella. Pero para cada uno de nosotros el tiempo posee un significado distinto, y para cada uno de nosotros existe una leyenda diferente. Anghara buscó su leyenda en la Torre de los Pesares. Anghara tenía el poder de soñar, y en sus sueños era capaz de alcanzar y atrapar aquella parte de su espíritu donde ! los sueños se convierten en realidad, y de este modo la puerta se abrió y la elección se presentó ante ella. Esa es otra leyenda y no puedo contarla, pues mi tiempo ha pasado y yo ya no estoy, y el final de su historia aún no se ha contado. La torre se ha derrumbado y su puerta está cerrada, pero todavía puede descorrerse el cerrojo y levantarse la tranca. Y, aunque estos viejos ojos están ciegos, existen otros ojos que pueden abrirse y ver los hilos de lo que ha sucedido, y de lo que podría haber sido, y de lo que podría llegar a ser. El relato no ha finalizado aún; el tiempo tiene aún que pasar; y la llamada del aisling recibirá una respuesta. Ya que existió una época, una época antiquísima, antes de que los que vivimos ahora bajo el sol y el firmamento empezáramos a contar el tiempo...
    Como un sueño que se desvanece lentamente a medida que el durmiente empieza a despertar, la melodiosa voz se fue apagando hasta que con un último suspiro desapareció. Las llamas de la chimenea se balancearon con suavidad, como al ritmo de una tranquila respiración, pero el fantasma de Cushmagar se había evaporado en un parpadeante recuerdo de luz y humo. Por un momento la fragancia del fuego penetró con fuerza en la nariz de Niahrin, y a ésta le pareció escuchar una melodiosa cadencia musical, aunque las manos de Jes yacían inmóviles y sin fuerza sobre el regazo del bardo. Luego el aroma fue perdiendo intensidad y únicamente el tranquilo chisporroteo de la madera rompió el silencio.
    Niahrin sabía lo que debía hacer. De forma indirecta, Cushmagar le había dicho en qué forma el aisling podía proporcionarles las respuestas que necesitaban, y, sin atreverse a mirar otra vez a Jes o, detrás de él, al lugar donde Moragh permanecía sentada totalmente aturdida, se llevó una mano al parche que ocultaba su ojo izquierdo. Por un instante su mente regresó violentamente a la realidad y sintió una punzada de vergüenza al pensar que iba a revelar la horrible verdad a sus compañeros, ya que, durante todos los años transcurridos desde que había aceptado la deformidad como el precio que debía pagar por su don de visionaria, jamás la había mostrado a nadie. Para mitigar su miedo quiso decir algo divertido, irónico, pero eso habría resultado inapropiado y grotesco. El orgullo no cabía aquí, y rápidamente, antes de que el gusanillo de la tristeza que tenía en su interior la hiciera cambiar de idea, levantó el parche.
    Moragh y Jes vieron lo que el parche había ocultado, pero ninguno dejó escapar el menor sonido, si bien Niahrin no se habría dado cuenta, aun cuando lo hubieran hecho. En el mismo instante en que retiró el parche, los dos mundos se enredaron y se convirtieron en uno ante ella. Las paredes parecieron crecer, desvanecerse, crecer otra vez, y las curiosas aureolas de extraños y cambiantes colores que había visto antes como en un sueño de improviso se intensificaron, como si se hubiera añadido una nueva dimensión a la estancia para que resultara más nítida. En los ojos de Niahrin la escena centelleó brevemente.
    Y una figura apareció ante la chimenea.
    Tenía la estatura de un niño. No llevaba más que un sencillo tabardo gris, y su rostro quedaba enmarcado por una aureola de suaves cabellos plateados. También sus ojos eran de color plata, salpicados de azul violáceo, y cuando sus labios se entreabrieron Niahrin vio que tenía unos diminutos dientes afilados, como los dientes de un gato pequeño.
    —Soy Anghara —dijo la criatura.
    Y Niahrin reconoció al ser que Grimya le había descrito y al que había dado el nombre de Némesis.
    Némesis sonrió con una sonrisa triste y melancólica. La habitación volvió a centellear, y súbitamente aparecieron dos figuras donde antes sólo había habido una. Niahrin conocía también a este ser, ya que Grimya había descrito a la criatura a quien suponía el emisario de la Madre Tierra y el instigador de la pesada carga de Índigo. Al clavar la mirada en los ojos del ser, de un dorado blanquecino, Niahrin estuvo segura de conocer la verdad mejor que Grimya, y cuando la entidad dijo, en voz baja y triste: «Yo también soy Anghara», ésa fue la confirmación definitiva.
    De pronto la visión volvió a transformarse, y una tercera figura hizo acto de presencia. Niahrin abrió la boca asombrada y estuvo a punto de chillar: «¡Grimya!», pero se dio cuenta de su error. Grimya seguía agachada a su lado, y el pelaje de esta loba era más claro, menos moteado, y sus ojos no tenían el tono ambarino de los ojos de Grimya sino un extraño tono azul. O Índigo...
    La loba dijo con suavidad y en una voz perturbadoramente humana:
    —Yo también soy Anghara. Las tres somos sus hermanas. Somos parte de lo que ella ha sido.
    Con rapidez, como enloquecida, Niahrin miró de reojo a sus compañeros. Jes estaba inclinado hacia adelante y tenía los ojos muy abiertos, pero con sorpresa más que temor. Moragh, en cambio, estaba rígida, y su rostro aparecía gris y tenso por la sorpresa.
    —Las veo —musitó con voz ronca; un violento escalofrío le recorrió todo el cuerpo, y su mirada pasó violentamente de Niahrin a los tres fantasmas—. ¡Pero no comprendo!
    La princesa Anghara está muerta; ¡lleva muerta cincuenta años! Y era humana, mientras que vosotras...
    —¡Anghara no murió! —la interrumpió Némesis; aunque su voz era suave, ahogó las palabras de la reina con tanta efectividad como si las hubiera acallado a gritos—. Está aquí, en Carn Caille. Nosotras somos ella; ella es nosotras. Y hay otro más.
    Los labios de Moragh empezaron a temblar.
    —No entiendo... —Pero su tono sugería que sí comprendía, y se sentía aterrorizada por ello—. ¿Dónde está Anghara? ¿Quién es?
    —Es Índigo. Y es nosotras. Todas somos parte de un único espíritu.
    La reina viuda profirió un terrible sonido estrangulado, y Jes se volvió hacia ella alarmado.
    —Alteza...
    —No... —Lo rechazó, apartando la solícita mano que le tendía—. No, Jes, estoy bien. —Hizo una pausa—. ¿Las ves? ¿Oíste lo que..., lo que... dijeron?
    El rostro del bardo estaba desolado.
    —Sí, alteza, lo oí.
    Moragh tragó saliva e hizo un esfuerzo por recuperar la calma.
    —Mi hijo te... tenía más razón de lo que pensaba. —El labio inferior volvió a temblar; lo mordió con fuerza y miró a Némesis otra vez—. Pero ¿cómo es posible que un espíritu vivo esté en poder de espectros?
    —Su alteza —terció Niahrin—, no son espectros. Son... —Buscó una palabra y ésta surgió, al parecer de la nada—. Son aspectos.
    Némesis volvió a sonreír melancólica. Luego, como si la bruja hubiera parpadeado momentáneamente, las tres figuras se convirtieron de repente en una sola criatura ágil y peluda, una curiosa mezcla de humano y animal, con cabellos plateados y ojos blanquecinos. Y una voz compuesta dijo:
    —Somos todas parte del total, como veis. Pero no estamos completas, y no podemos estarlo hasta que nuestra hermana esté curada. Os necesitamos. Necesitamos vuestra ayuda, o Anghara se perderá para siempre y nuestra larga misión habrá sido en vano.
    —¿Vuestra misión? —inquirió Niahrin.
    —Una misión. Una búsqueda. Un viaje. —La criatura extendió las elegantes manos terminadas en zarpas en un gesto que parecía dar a entender una súplica—. Durante mucho tiempo hemos recorrido un largo camino, y el viaje casi ha terminado. Pero ahora nuestra hermana nos ha olvidado, y los hilos que nos ligaban se han roto. Índigo tiene que recordarnos; tiene que recordarnos y aceptarnos y ser completa otra vez, ser Anghara otra vez, de modo que los últimos hilos del tapiz puedan tejerse.
    —¿Y si no se tejen? —preguntó la bruja en voz baja, terriblemente trastornada por la metáfora escogida por la criatura—. Si Anghara no se cura... ¿qué sucederá entonces? —No se atrevió a mirar a Moragh.
    —Si no se cura, no puede existir una auténtica vida para nosotras —suspiró el ser—. No seremos más que sombras. Sólo sombras.
    Niahrin sintió que se le ponía la carne de gallina al percibir, a un nivel mucho más profundo de lo que su conciencia podía interpretar, que al decir «nosotras» el ser no se
    refería simplemente a él y a Índigo. Pensó en la reina Brythere y en las pesadillas que cada vez se volvían más peligrosamente reales. Pensó en el rey y su evidente alejamiento de su esposa. Pensó en la reina viuda, temerosa de lo que el futuro pudiera deparar... «Sólo sombras.» Y pensó en alguien más...
    De repente se encontró hablando. Las palabras le llegaban de improviso e involuntariamente, tomaban forma en su cerebro según los dictados de una parte de ella misma en la que una sabiduría más antigua permanecía dormida, una sabiduría que se había alzado en muy pocas ocasiones durante su vida. El don de la abuela poseía muchas facetas...
    —Os ayudaremos. —Su voz adoptó una especie de sonsonete, como si hubiera caído en trance—. Pero si hemos de ayudaros también hemos de comprender. Debemos conocer la historia de Anghara, vuestra historia, y debemos saber cómo se entrelazan en su tapiz los hilos de otras vidas. —Se interrumpió al sentir que un impulso intuitivo hormigueaba en su cabeza; luego, cediendo a éste, añadió—: Y una vida en particular.
    —Sí. —Los ojos del ser se clavaron brevemente pero con intensidad en ella sola, y vio percepción, respeto y un atisbo de complicidad mezclándose en la mirada—. Sí, comprendemos. Te refieres al hombre que conocéis como Perd Nordenson.
    La hormigueante sensación regresó, y Niahrin sintió como si por sus brazos y pecho corrieran innumerables arañas. Una frase; una única frase le dio la pista...
    —¿El hombre que «conocemos» como Perd? —repitió con mucha calma.
    La aparición volvió la cabeza y miró a la loba, que permanecía agazapada junto a Niahrin, temblando, contemplando la escena en mudo desconsuelo.
    —Grimya percibe la verdad, aunque conscientemente no lo sepa —dijo el ser, con simpatía y afecto en la voz—. Ha percibido la aureola de maldad que rodea a Perd Nordenson, y su juicio es acertado. —Los extraños ojos, con el color plata y el Índigo agitándose ahora en sus blanquecinas profundidades, contemplaron de nuevo a la bruja—. Anghara sabe que Fenran no murió hace cincuenta años. Cree que ha estado prisionero de los mismos demonios que ella liberó, en un agonizante limbo del que no puede escapar, aguardando hasta que ella venza al último de esos siete terrores y lo libere. En cierto sentido Anghara está en lo cieno en su creencia; Fenran está vivo, está prisionero de demonios, atrapado en el limbo, y sólo ella posee el poder para liberarlo. Pero los demonios son demonios que él mismo ha creado, y su prisión es la prisión de su propia mente. Ha estado esperando a Anghara, pero no en la Torre de los Pesares, no en algún mundo astral, sino aquí, en Carn Caille. Es un anciano ahora; ha cambiado su nombre y olvidado el antiguo, y ha perdido la cordura. Pero Fenran, o, como vosotros lo conocéis, Perd Nordenson, sigue esperando a Anghara.
    Al fondo, a su derecha, detrás de Jes, Niahrin oyó cómo la reina viuda lanzaba un débil y extraño gemido. La curiosa figura compuesta que era Índigo y a la vez no lo era vaciló, y rápidamente, rezando para que Moragh controlara sus emociones, la bruja dijo:
    —Entonces la reina que Perd ama no es la reina Brythere sino...
    —Él ama a Anghara. Anghara no estaba destinada a ser reina; sin embargo, si otros morían...
    Niahrin comprendió al fin. El trance que había hecho andar sonámbula a Índigo, el mortífero cuchillo... y una fugaz visión, una visión que había desestimado por considerarla una ilusión óptica, de Perd Nordenson aguardando en las sombras al pie de la torre de Brythere. El loco Perd, que guardaba en su interior un viejo amor y un viejo rencor tan enredados y fusionados ahora entre sí que ya no podía separar el uno del otro. Perd, en cuyo cerebro estaba sepultado el conocimiento de que amaba a la reina, y que había visto tras las máscaras de otros rostros la sombra de su auténtico amor, cuyo lugar creía que habían usurpado. Anghara... que no estaba destinada a ser reina. «Pero si otros morían...»
    De repente Niahrin empezó a sentirse mareada, y el mareo creció hasta que la habitación pareció dar bandazos a su alrededor como la cubierta de un barco en medio de una tormenta. Conocía las señales; la magia empezaba a agotarla, como siempre sucedía, y la energía que fluía de su interior y daba fuerza a su ojo de vidente disminuía con rapidez. Por segunda vez la figura de la entidad vaciló y amenazó con desvanecerse. Parecía estar hablando, pero ella ya no podía oír las palabras; si se debilitaba mucho más perdería el poder, y el frágil hilo de contacto se rompería. Pero ¡había tantas otras cosas que necesitaba saber!
    Alguien la sujetó por el brazo y por entre su borrosa visión vio a Jes a su lado. Éste se había dado cuenta de lo que sucedía e intentaba prestarle su propia energía. Niahrin realizó un tremendo esfuerzo, aferrándose al poder y obligando a sus labios a formar las palabras.
    —¡Por favor! —La voz sonó ronca y desagradable en sus oídos—. Queda poco tiempo, me fallan las fuerzas... Por favor, ¡decidnos qué debemos hacer!
    La respuesta del ser llegó en débiles y resonantes oleadas.
    —Existe un demonio más. Uno más, y el más peligroso de todos, porque se oculta dentro de ellos. Sigue los hilos que conducen a lo que habría sido o a lo que podría haber sido... Ése es tu talento, y el camino más seguro para ti.
    —Pero ¿cómo? —inquirió, desesperada—. ¿Cómo puedo encontrar el hilo?
    —Fenran tiene la llave. Abre la puerta de su mente. Ésa es nuestra única esperanza. Por favor, Niahrin. Por favor, por...
    La voz se interrumpió bruscamente, y al mismo tiempo la imagen del ser compuesto se esfumó. El fuego de la chimenea llameó... y, con una exclamación ahogada, Niahrin se dobló al frente y cayó al suelo desvanecida.

CAPÍTULO 17


    —¡Entonces queda decidido! —Una amplia sonrisa benévola se extendió por el rostro de Moragh mientras ésta contemplaba a la pareja que tenía delante—. Os casaréis aquí en Carn Caille, ¡y el rey oficiará la ceremonia! ¡Estoy tan contenta!
    Las mejillas de Vinar enrojecieron y, con gran atrevimiento, tomó la mano de la reina viuda entre las dos suyas y le apretó los dedos.
    —¡Gracias, su alteza, señora! Esto es... bueno, es mejor y más espléndido que cualquier cosa que pudiéramos haber esperado. Es cierto, ¿verdad, Índigo?
    —Sí —respondió ella con voz apagada—. Sí, desde luego... Su alteza es muy amable con nosotros. Demasiado amable. No hay motivos para que debáis...
    —¿Para que deba tomarme tantas molestias? ¡Tonterías, querida! Tú y Vinar sois nuestros buenos amigos. Además, hace ya bastante que no hemos tenido una excusa para una gran celebración aquí. No me negarías mi propia satisfacción, ¿no es así?
    Desde luego, no había respuesta para ello, y por fin Índigo consiguió devolver la sonrisa de la reina viuda.
    —No, alteza. Claro que no. Gracias.
    Moragh era muy consciente de que el rey, sentado aún en la mesa de la tarima, la observaba con intensa curiosidad, pero había tenido buen cuidado de alejar a Índigo y a Vinar fuera del alcance de su oído para que no pudiera escuchar la conversación. Ryen no se sentiría contento cuando averiguara lo que ella había hecho, ya que seguía sin gustarle la continuada presencia de Índigo en su corte. Sin duda se produciría un altercado cuando se lo dijera, pensó Moragh, pero lo explicaría —o le explicaría tanto como considerara juicioso— y lo intimidaría, lo convencería o lo chantajearía para que accediera a sus deseos. Era la única forma de asegurarse de que Índigo permaneciera en Carn Caille hasta que Jes y Niahrin pudieran llevar a cabo el siguiente paso de su plan.
    —Ahora —dijo, tomando el brazo de Índigo—, hemos de pensar en los preparativos. Primero, querida, está la cuestión de tu vestido. Mi propia doncella mayor es una costurera de mucho talento. Irás a verla esta tarde para que te tome medidas, y entre todos escogeremos una tela. Azul, yo diría; un azul claro, como el cielo en verano, te quedará muy bien y destacará el color de tus preciosos ojos. Y una cola en crema, o quizás en plata si tenemos material apropiado. Luego, claro, hay que tener en cuenta la vestimenta de Vinar; y la elección de acompañantes y padrinos...
    Vinar, que la escuchaba con avidez, interpuso:
    —Me gustaría que Neerin fuera uno de mis padrinos. Ha hecho mucho por ayudarnos. —Luego, con cierta tristeza, añadió—: O al menos lo ha intentado, aun cuando no saliera como ella esperaba.
    Pareció como si Índigo fuera a poner objeciones, pero Moragh no le dio oportunidad.
    —Ésa es una buena idea, y sí que a Niahrin le encantará —afirmó.
    Vinar paseó la mirada por el salón.
    —Podríamos pedírselo ahora, pero no parece estar aquí.
    —Ah... ah, así es. Creo que alguien me dijo que no se encontraba muy bien esta mañana.
    —¿Neerin no está bien? Quizá deberíamos ir a verla...
    —No. —Pensando con rapidez, y confiando en que su tono no hubiera despertado sospechas, Moragh disimuló con la habilidad que concede una larga práctica—. Estrictamente entre nosotros, Vinar, creo que se trata de una desafortunada consecuencia de la fiesta de anoche. Bebió vino durante la cena, y no creo que esté acostumbrada a él.
    —Oh. Ya. Bueno, podemos verla más tarde. —Regresó la sonrisa a sus labios—. Nos hablabais de los preparativos, señora...
    —Ojalá no tuviéramos que hacer esto, Vinar —dijo Índigo más tarde, cuando estuvieron a solas—. No quiero quedarme aquí, no después de... esa pesadilla. Y sabiendo que ese viejo loco puede estar aún en la vecindad.
    El brazo de Vinar la rodeó cariñoso y protector.
    —No puede hacerte daño —replicó con decisión—. Su alteza me lo contó todo sobre él, ¿recuerdas? No es a ti a quien quiere; incluso aunque así fuera, ¿crees que conseguiría acercarse a ti conmigo a tu lado?
    Índigo se mordió el labio inferior.
    —Pero, si no tiene nada que ver conmigo, ¿por qué soñé con él aun antes de ponerle la vista encima? —Levantó el rostro hacia el suyo, y él pudo ver auténtico miedo en sus ojos—. ¿Por qué hice eso, Vinar?
    —No lo sé, y ésa es la verdad. Pero opino que tú debes e... bueno, «haber cogido» ese sueño, ¿me comprendes?
    Muy a pesar suyo, Índigo no pudo contener una breve carcajada.
    —¡Haces que suene tan sencillo como coger un resfriado!
    —Bueno, pues podría ser. Quiero decir, saber lo del sueño que la reina padece continuamente, igual que el que tú tuviste la primera noche. Su alteza me dijo que debías de haber «cogido el hilo»; así es como lo expresó. —La abrazó con fuerza, repentinamente sonriente—. A lo mejor eres una bruja como Neerin, ¿eh? —No soy nada de eso. —Pero el inconmensurable buen humor de Vinar empezaba a realizar su magia como hacía tan a menudo, y la risa en la voz de Índigo era inconfundible ahora— Soy simplemente yo, sólo Índigo, hija de nadie. Pero pronto será diferente. Seré Índigo, la esposa de Vinar, y entonces nada más importará.
    —No es así como lo decimos en Scorva —corrigió Vinar en torno burlón—. Serás Índigo Shillan. Tomarás el nombre de la familia de mi padre, igual que yo.
    La muchacha apretó el rostro contra su pecho.
    —Pero todavía sigo deseando que no tuviéramos que quedarnos aquí. Ojalá pudiéramos abandonar Carn Caille ahora, casarnos en la ciudad más cercana, y tomar un barco en dirección a Scorva y al hogar de tu familia.
    —¿Y perdernos la magnífica boda que su alteza ha planeado para nosotros? No podemos decirle que no cuando ha sido tan amable. ¡E imagina qué orgullosos estaremos, con el rey en persona oficiando la ceremonia! —Al darse cuenta de que seguía sin estar convencida, añadió consolador—: Con toda probabilidad no serán más que unos pocos días, mi amor. No se tarda tanto en preparar una celebración, y en cuanto haya finalizado nos podremos ir.
    —¿Me lo prometes? —Volvió a alzar la cabeza hacia él.
    —¡Prometido!
    Índigo asintió con la cabeza.
    —¿Sabes?, es sólo que..., sólo que, cuanto más tiempo nos quedemos aquí, más miedo siento de que... vuelva a suceder.
    Se refería a mucho más que una simple pesadilla. En su mente seguía el recuerdo de un cuchillo de brillante hoja, y el rostro sorprendido de la reina Brythere; y, presidiendo todo ello, la amargada y arrugada vieja que llevaba la marca de su propia imagen envejecida. Pero Vinar no podía imaginar eso, y jamás debía saberlo.
    Moragh y Jes eran las únicas personas en Carn Caille que conocían la auténtica causa de la indisposición de Niahrin, y, decidida a que siguiera siendo así, Moragh había hecho correr la voz de que la bruja padecía los efectos de un exceso de vino y no deseaba que la molestaran. A media mañana Niahrin todavía no había despertado del profundo y casi comatoso sueño, y Jes decidió velarla durante una hora o dos. Poco antes del mediodía Moragh se encaminó disimuladamente a la habitación, llevando una pequeña bandeja cubierta por una tela; el bardo se puso en pie al entrar ella, y, con gran alivio, la reina viuda vio que Niahrin estaba por fin despierta, aunque su rostro aparecía demacrado entre las almohadas sobre las que Jes la había incorporado.
    —Te he traído un poco de sopa caliente, querida —dijo la reina viuda, depositando la bandeja sobre la mesita de noche—. Tómatela toda si puedes; en su interior hay hierbas reconstituyentes.
    Niahrin le dedicó una pálida sonrisa de disculpa.
    —Lamento dar tanto la lata, señora, ocasionaros tantas molestias...
    —No haces nada por el estilo. Si no fuera por ti todavía daríamos palos de ciego en la oscuridad. —Moragh sonrió—. Eres muy valiente.
    Niahrin sacudió la cabeza, aunque pareció que ello ejercía un efecto negativo en la poca energía que le quedaba.
    —No, señora, no fue cuestión de valentía. Simplemente dejé que durase demasiado... Siempre sucede si lo hago; es una flaqueza mía. —No pudo decir nada más porque Moragh se sentó en el lecho y empezó a darle cucharadas de sopa. Sintiéndose ridícula, Niahrin abrió obedientemente la boca y tragó el caldo, que estaba sabroso y caliente y sabía a venado. Tras unas cuantas cucharadas, no obstante, aprovechó una ocasión para preguntar—: Por favor, señora, ¿sabéis dónde está Grimya?. La busqué al despertar, pero no estaba.
    —¡Ah! Grimya. —Moragh y Jes intercambiaron una mirada que Niahrin no supo cómo interpretar; luego Moragh dijo con animación—: Bien, creo que lo mejor será contártelo. Niahrin, querida, lo sabemos todo sobre Grimya. Nos contó toda la historia ella misma, anoche.
    —Os contó... —Entonces Niahrin se dio cuenta de lo que la reina viuda quería decir—. ¡Oh! —repitió—. ¡Oh!
    —Cuando Jes y yo te trajimos de vuelta a tu habitación —continuó Moragh—, y te aseguro que no fue tarea sencilla pese a que éramos dos para transportarte, Grimya estaba muy afligida. Yo sospechaba la verdad sobre ella, de modo que la desafié directamente... —Enarcó las cejas—. O quizá debería ser estrictamente honrada y admitir que la coaccioné. Ella, pobre inocente criatura, se dio cuenta por fin de que el silencio total ya no servía, y se rindió. Nos contó todo aquello que no fue revelado durante la... aventura de anoche. —Rió con voz ronca—. En otras circunstancias habría sido una conmoción descubrir que podía hablar. Pero hacía menos de una hora había oído la voz de Cushmagar el bardo, me había enterado de que la princesa Anghara ha vivido sin cambiar ni envejecer durante cincuenta años, y había visto cómo tres fantasmas que son parte de ella se materializaban ante mis propios ojos. Después de ello, ¿cómo podía sorprenderme un hecho tan trivial como un animal que habla? — Meneó la cabeza como si por un momento experimentara una duda sobre lo que acababa de decir, pero enseguida se deshizo de la sensación con un encogimiento de hombros—. Grimya es muy valiente y muy inteligente. Sé que temía que nos volviéramos contra Índigo, contra Anghara, y la verdad es que entiendo sus razones. Pero también comprendió que no podíamos ayudarla a menos que supiéramos toda la historia. Consideró que podía confiar en nosotros. —Una débil sonrisa apareció en las comisuras de sus labios—. Tomé eso como un gran cumplido.
    Niahrin estaba perpleja pero se dio cuenta de que al mismo tiempo se sentía aliviada. El peso de guardar el secreto de Grimya, con todas las dificultades inherentes a ello, la había abrumado mucho más de lo que había estado dispuesta a admitir hasta este momento.
    —Me alegro de que os lo contara, alteza —dijo al cabo—. Yo quería hacerlo. Pero no podía romper la promesa que le había hecho.
    —Sabe que tú no lo habrías hecho. Te aprecia mucho, Niahrin. Con motivo, creo. — Al ver que la bruja parecía turbada por el cumplido, Moragh le palmeó la mano y regresó rápidamente al tema original de conversación—. Así pues, Grimya, Jes y yo discutimos qué debía hacerse. Una cosa quedó clara anoche: si hemos de ayudar a Anghara, hemos de buscar el hilo perdido del que el..., el ser habló. Y parece que sólo hay una forma de hacerlo.
    —A través de Perd.
    —O Fenran, como quizá deberíamos llamarlo ahora. De todos modos, no podemos esperar recibir su voluntaria cooperación. Dudo que sea capaz de darla, incluso aunque quisiera. Así que esto no nos deja más que una opción: hay que obligarlo. Hemos de encontrar una forma de llegar hasta su mente enferma y sacar la verdad. Y me temo, querida, que ésa es una tarea para ti.
    Niahrin asintió. Ya había esperado algo parecido.
    —Sí —respondió muy seria; fuego miró con franqueza a la reina y añadió—: Si es que poseo esa habilidad.
    —Eso es algo que no sabremos hasta que lo pongamos a prueba. Pero, antes de que podamos hacerlo, tenemos que encontrar a nuestra presa, y eso nos devuelve a Grimya. Perd... Fenran... evidentemente no tiene intención de abandonar la región, por lo que debe de haberse buscado un escondite en las cercanías. El bosque es el sitio más probable, de modo que Grimya ha ido allí a intentar localizarlo.
    La bruja contempló el cuenco de sopa con el entrecejo fruncido. De improviso sentía un hambre canina, señal inequívoca de que el agotamiento empezaba a desaparecer por
    fin, y extendió la mano para coger la cuchara.
    —No resultará fácil de encontrar, señora, incluso para Grimya. Puede que esté loco pero es astuto, y tiene un gran conocimiento del bosque. Y la pata de Grimya todavía no está totalmente curada. Le falta rapidez y energía aun.
    —Lo sabe. Pero tiene intención de pedir ayuda a los lobos del bosque.
    Niahrin se sobresaltó de tal modo que dejó caer la cuchara, y salpicó de sopa todo el cubrecama.
    —¿Los lobos salvajes? ¡Señora, a Grimya la aterran los lobos salvajes! Teme...
    —Que si descubren su mutación se revuelvan contra ella como lo hizo su propia jauría cuando era un cachorro —acabó Moragh por ella—. Nos contó esa triste historia. Pero también está convencida de que, para ayudar a Índigo, debe superar su miedo. Y, como he dicho antes, es muy valiente.
    —Sí —asintió Niahrin en voz baja—. Sí; muy valiente de verdad...
    —No hay mucho que Jes y yo podamos hacer hasta su regreso, excepto rezar para que tenga éxito —añadió la retina viuda—. Nuestra tarea, por el momento, es asegurarnos de que no se despierten sospechas en Carn Caille. Pero tú, Niahrin, debes comer, descansar y recuperarte. cogió la cuchara caída y la depositó en la mano de la bruja Sus ojos tenían una curiosa expresión, mezcla de culpabilidad y compasión—. Tú, más que ninguno de nosotros, necesitarás todas tus energías antes de que esto finalice.
    No obstante sus valerosas palabras a Moragh, Grimya estaba aterrada. No había una palabra más suave para ello ni ninguna forma de evitar la verdad; el temor estaba instalado en lo más profundo de su ser, inamovible, como un dolor físico. Durante un corto espacio de tiempo, de pues de penetrar en el bosque, había conseguido alejarle a medida que las delicias del lugar asaltaban sus sentidos. Nacida en el bosque, adoraba los claroscuros producidos por la luz del sol al filtrarse entre las ramas, la maleza húmeda, los sonidos, aromas y caminos apartados que exigían ser explorados; éste era su hábitat natural y hacía mucho tiempo que no lo había disfrutado plenamente. Per el miedo nunca la abandonó del todo, y ahora, al detenerse y contemplar el tronco de un árbol caído que cruzaba en el estrecho sendero que seguía, regresó con violencia. Su olfato había captado el nítido olor de otro lobo, y, aunque todavía no podía verlo, sabía que estaba sólo a unos metros de distancia.
    Giró la cabeza de un lado a otro, examinando el y su corazón empezó a palpitar de forma irregular y violenta. ¿Dónde estaba el lobo? Ella se encontraba a favor; del viento por lo que no era probable que el otro la hubiera olido, pero podía haberla visto; y, si era así, ¿qué pensaba hacer? Ella no podía correr; había mantenido un trote corto desde que había abandonado Carn Caille y eso resultó bastante fácil y cómodo, pero la pata herida todavía no podía enfrentarse a un paso más veloz. Si el otro lobo percibía su diferencia y la atacaba, ¿qué haría ella? ¿Quépodía hacer?
    Se escuchó un repentino roce entre la maleza al otro lado del árbol caído, y un pájaro lanzó una aguda llamada de aviso y salió huyendo, con un fuerte aleteo. Grimya se agazapó en una postura defensiva, con las orejas muy erguidas, el estómago plano contra el suelo, la mirada fija en los matorrales que se agitaban ligeramente como si algo los hubiera perturbado. De improviso divisó una borrosa mancha de color gris amarronado... y entonces una figura pequeña salió de su escondite, saltó sobre el tronco caído y se quedó mirándola con la boca abierta y la rechoncha cola balanceándose violentamente.
    Se trataba de un cachorro; ni siquiera un jovencito y rebosante de la sorprendida y ansiosa curiosidad de los muy jóvenes. Lanzó un único gañido y adoptó una fingida pose de ataque, con aire severo y la lengua colgando por un lado de la boca en una clara invitación al juego. Grimya empezó a levantarse; una parte de su tensión había desaparecido al darse cuenta de que las intenciones del cachorro eran totalmente amistosas, pero al cabo de un instante el miedo regresó al decirse que la madre no podía andar muy lejos, y que debía de ser la matriarca de la jauría, ya que era la norma entre los lobos que sólo el jefe y su compañera tenían permitido aparearse y procrear.
    El cachorro volvió a lanzar un gañido, desconcertado por la falta de respuesta de su nueva compañera de juegos. Grimya recibió de la mente del pequeño un revoltijo de veloces y entusiastas pensamientos, y se sorprendió al descubrir que los entendía. El lenguaje de los lobos era menos complejo que la telepatía —que había sido su ruina— pero a la vez más que simples sonidos, aunque el sonido jugaba un papel de vital importancia. Era más parecido a una comprensión compartida: instinto, conceptos e imágenes que se combinaban en una forma de comunicación imposible de explicar a un humano. Durante más de medio siglo Grimya no había tenido ni la necesidad ni el deseo de utilizar la «lengua» de su infancia. ¿La recordaría ahora? ¿Conseguiría comunicarse con este ansioso cachorro que quería ser tu amigo, y hacerse comprender?
    Emitió un sonido gutural desde el fondo de su garganta, no exactamente un gruñido, ni tampoco un gañido, pero que recordaba a ambas cosas, y en la vieja forma lobuna, tal como su madre le había enseñado, proyectó el concepto de «amiga».
    «.¡Amiga,!» La afirmación fue instantánea, y con ella vino un chaparrón de preguntas. «¿Quién? ¿De dónde? ¿Jugar?», , «Nueva», dijo Grimya al cachorro. «Extranjera, pero buena. No daño.»
    «No daño», coincidió el cachorro y, tras saltar del tronco del árbol al suelo, correteó hacia ella con el hocico alzado para el saludo a base de olfatear y lamer que era costumbre entre miembros de una misma jauría, o de una jauría al aceptar a un nuevo miembro.
    El gesto dio nuevos ánimos a Grimya, que se mantuvo inmóvil mientras el cachorro saltaba y resollaba y luego, por ser el más joven, rodaba sobre el suelo para mostrar sumisión a un lobo de más edad.
    «¿Jugar?», pidió travieso. «¿Perseguir y morder y cazar?»
    Grimya emitió el sonido de advertencia que indicaba negativa a acceder, y enseguida lanzó un gemido para dar a entender que con ello no quería insinuar una amenaza o desconsideración. Quería que su compañero comprendiera que había asuntos serios que tratar y que necesitaba ayuda, pero el cachorro estaba demasiado preocupado con la idea de pasarlo bien y jugar, y con su propia curiosidad y orgullo por haber descubierto a la extraña. De pronto se puso en tensión y clavó los ojos a lo lejos, en un punto situado detrás de Grimya. Temiendo lo peor, la loba se volvió.
    Otros cinco lobos la observaban desde el sendero. No los había olido porque el viento soplaba del otro lado; pero supo de inmediato que su jefe —una enorme y ágil criatura casi negra con un magnífico collarín de pelo— era el rey de la jauría. La hembra situada junto al jefe lanzó una orden seca, y el cachorro, avergonzado, casi se arrastró hasta ella con la cabeza y la cola gachas. En cuanto se introdujo entre las patas delanteras de su madre, el jefe de la partida bajó la cabeza y abrió la boca para mostrar los dientes.
    El instinto fue en ayuda de Grimya. En el mismo instante en que el jefe del grupo realizaba su gesto de amenaza, ella se dejó caer al suelo y se arrastró, con las patas extendidas al frente y la cabeza apretada de costado contra la húmeda almohada de hojas del año anterior. Abriendo la boca, mostró la lengua para lamer el aire, y gimoteó, a la vez que proyectaba un mensaje: «Amiga, amiga. Extranjera, pero amiga. Reverencia y respeto. No daño». El rey lobo avanzó hacia ella despacio y se detuvo justo a su lado. Durante lo que a ella le pareció un tiempo interminable la contempló desde su posición erguida, mientras Grimya permanecía tumbada sumisa, profiriendo pequeños sonidos de obediencia. Entonces, ante su sorpresa, el rey lobo le transmitió con toda claridad:
    «Sabemos quién eres. Amigos del oeste están aquí. Ellos nos lo dijeron. Te esperan; ellos y nosotros.»
    La gran cabeza negra descendió, y un temblor recorrió el cuerpo de Grimya cuando el lobo le olfateó primero el hocico, luego le lamió el rostro, acto seguido le mordisqueó la oreja derecha —como una simple aserción de autoridad, y sin ninguna intención hostil— y por último dio permiso a sus compañeros para que se adelantasen a investigar por sí mismos a la recién llegada. Había tres hembras entre sus acompañantes y un macho más joven; Grimya averiguó que éste y una de las hembras no pertenecían a la jauría del rey lobo sino que eran los «amigos del oeste». Habían venido del distrito de Niahrin y se dio cuenta de que eran miembros de la misma jauría que la había seguido a ella y a la bruja por la carretera de Carn Caille. La excitación de Grimya aumentó, pero sabía que las formalidades de los saludos y primeros contactos tenían que completarse antes de que pudiera atreverse a hablarles de Perd Nordenson, y por lo tanto se sometió obediente y pacientemente al escrutinio de sus nuevos amigos. Las hembras demostraron gran preocupación por su pata herida, que lamieron y palmearon repetidas veces, pero ella les aseguró que cicatrizaba correctamente y que podía cazar y alimentarse por sí misma. Por fin parecieron darse por satisfechas, y el rey lobo los reunió a todos. No conferenciarían allí sino en otro lugar, dentro de su territorio y no muy lejos. Entonces permitieron que Grimya se incorporara y, una vez que se hubo sacudido a conciencia, los lobos la condujeron a su destino. La matriarca ! desvió al cabo de un rato y los dejó, con el cachorro saltando a su lado y lanzando fascinadas miradas por encima del hombro, y a Grimya la escoltaron hacia el corazón del bosque, a un lugar donde una espesa vegetación de abedules y jóvenes robles colgaba sobre la orilla de un arroyo poco profundo. Aquí los lobos se sentaron en semicírculo con Grimya en el centro, donde todos podía verla, y el rey permitió que todos se dirigieran a ella.
    Lo que tenían que decir llenó de asombro a Grimya. Los lobos habían adivinado el secreto de su «diferencia —lo cierto es que la jauría del oeste lo había sabido desde el primer día que apareció en la casa de Niahrin— per lejos de sentir odio u hostilidad hacia ella, su actitud era solícita y comprensiva. Los habitantes del oeste habían percibido, también, que existía una conexión entre Grimya y el viejo loco que había ido a vivir a su territorio varíe veranos atrás, y que desde hacía tiempo había llamado poderosamente su interés. Había algo extraño en aquel hombre, dijeron, algo siniestro, oculto y... equivocado. ¿Podía Grimya decirles más cosas?
    Grimya lo hizo, aunque pronto descubrió que la lengua de los lobos, y la interpretación que daban éstos a lo que escuchaban, tenía limitaciones. Existía un enorme abismo entre la forma de comprender de la jauría y la forma humana de razonar que ella había aprendido con los años y Grimya comprendió lo mucho que su larga vida junto a Índigo la había cambiado. No era un pensamiento excesivamente agradable, pero consiguió explicar lo suficiente, y la respuesta de los lobos fue inapelable. La lealtad para con los amigos era un principio inquebrantable entre los de su raza: habían aceptado a Grimya como su amiga, y, si ella por su parte tenía una amiga necesitada de
    ayuda, se la ayudaría sin reparos. Sabían dónde vivía el humano loco, pues, llevados por la curiosidad, lo habían seguido hasta su guarida, si bien no se habían acercado a él y habían advertido a sus cachorros que se mantuvieran bien apartados. No obstante, no creían que se lo pudiera coger con facilidad. Era probable que luchase, y se necesitarían hombres para reducirlo; de todos modos, el rey de los lobos prometió que él y su jauría ayudarían. Conocían y respetaban a los cazadores de Carn Caille; los conducirían hasta el hombre loco y prestarían su ayuda física y sus conocimientos para atraparlo. Todo lo que Grimya tenía que hacer era traer a los hombres a este lugar, y llamar a los lobos.
    Grimya se sintió profundamente agradecida a la jauría. Les dio las gracias profusamente, rodando y arrastrándose por el suelo para mostrar su reconocimiento, y, cuando el rey lobo selló el acuerdo, permitió a la loba el privilegio de lamerle hocico y cabeza a cambio. Los otros tres lobos de menor categoría también la lamieron a ella, y, cuando Grimya se preparaba para marcharse, recordó de improviso algo.
    «Quisierapreguntar.» Se volvió hacia el rey lobo y hundió la cabeza con humildad. «Quisierapreguntar.» «Pregunta. Sí.»
    «Hace dos lunas, cantasteis. Lo oí. ¿Por qué fue la canción?» Por un momento el rey lobo la contempló con fijeza a los ojos, pero enseguida respondió:
    «.Había problemas. Captamos el olor. Te enviamos una advertencia, porque tú eres uno de los nuestros.»
    De modo que habían percibido la maldad que se cernía sobre Carn Caille aquella noche, y el sobrenatural estrépito que se dejó oír fuera de la ciudadela no había sido casualidad... Grimya bajó el hocico hasta apoyarlo en el suelo.
    «Os doy mi gratitud», dijo. «Y los humanos de la guarida de piedra os la dan, también. Enviasteis una advertencia, y salvasteis la vida de la compañera del rey humano.»
    Una de las hembras lanzó un ladrido, y el rey lobo parpadeó sorprendido.
    «Una cosa buena», dijo. «Una cosa buena hicimos. Sí. Celebraremos la cosa buena juntos. Cantaremos juntos. Canta con nosotros.»
    Todos a una los cuatro lobos alzaron las cabezas y empezaron a aullar con una nota larga y espectral. Durante unos momentos Grimya se contuvo; luego, de repente, un instinto antiguo y medio olvidado la inundó y se unió a su canto mientras éste ascendía y descendía, ascendía y descendía. La canción contenía alegría y orgullo, y también satisfacción, y cuando por fin terminó con un último eco no hubo despedidas ni saludos, sino únicamente un movimiento y un roce entre la maleza, y los lobos se fundieron con el paisaje y desaparecieron.
    Grimya contempló los matorrales, donde tan sólo un ligero balanceo entre las ramas bajas revelaba la dirección tomada por sus nuevos amigos, y de pronto se sintió desconsolada y sola, dividida entre dos mundos pero sin encentrarse en su elemento en ninguno de ellos. No volvería a ser una auténtica loba, no importaba hasta qué punto el canto y la amistad de los lobos se lo hubiera hecho anhelar; sin embargo, tenía lo suficiente de loba para lamentar romper con esos viejos lazos y desear que su vida hubiera sido diferente.
    Pero entonces pensó en Índigo. Índigo había sido su amiga —su amiga más querida y a menudo también su única amiga— desde mucho antes de que naciera el progenitor del gran lobo negro. Incluso aunque Índigo la hubiera olvidado y abandonado ahora, era ella quien importaba más que nada. Lealtad era el credo supremo de los lobos, y la lealtad de Grimya era para Índigo. Había venido aquí por Índigo, y por Índigo debía dejar de lado su propia tristeza y anhelos y regresar junto a sus otros amigos, sus amigos humanos, para dar cuenta de su éxito.
    Un pájaro empezó a cantar desde un árbol situado al otro lado del arroyo; un alegre trino de cuatro notas repetidas una y otra vez. Ya no quedaba ni rastro de los lobos salvajes e incluso su olor empezaba a desvanecerse. Se puso en pie y, tras una última mirada llena de melancolía a su alrededor, se volvió en dirección a Carn Caille.

CAPÍTULO 18


    Cinco hombres, conducidos por la reina viuda Moragh, salieron a caballo de Carn Caille aquella tarde. Llevaban ropas de caza pero sus armas no eran las de unos cazadores; sus perros se quedaron en las perreras y en su lugar iba Grimya, junto al caballo de Moragh. Evidentemente, no se trataba de una expedición corriente, pero los cinco hombres eran todos guardabosques que Moragh conocía personalmente, y sabía que podía confiar en su silencio.
    Niahrin descansaba. Hasta que la reina viuda y sus acompañantes regresaran ella no podía hacer nada, y todavía se sentía débil a causa de la experiencia de la noche anterior. Se había dado instrucciones a los criados para que no la molestaran y por lo tanto se quedó en cama, con la esperanza de poder dormir y con la esperanza más ferviente aún de no soñar.
    Lo cierto es que durmió, y, al despertar, descubrió con sorpresa que había dormido de un tirón desde el mediodía hasta bien entrada la tarde. Grimya no había regresado, pero al sentarse Niahrin descubrió una pizarra apoyada en posición vertical sobre la mesita de noche. Escritas en la pizarra había sólo dos palabras: «Éxito. Jes».
    El corazón de la bruja dio un ligero vuelco.
    Durante los días que siguieron, el rey Ryen se sintió cada vez más seguro de que su madre maquinaba alguna cosa de la que él no sabía nada. La reina viuda parecía encontrarse constantemente ocupada, y en las contadas ocasiones en que consiguió llamar su atención ésta esquivó con gran habilidad sus intentos de averiguar algo sobre sus actividades. En una ocasión Ryen intentó enfrentarse con ella, preguntando sin rodeos qué era lo que tramaba, pero Moragh se limitó a sonreír de la forma que normalmente reservaba a las amistades poco íntimas y a responder que estaba, desde luego, ocupada en la organización de la boda de Índigo y Vinar, y nada más siniestro que eso. Ryen no le creyó, pero tuvo que contentarse con su respuesta.
    La boda era otra manzana de la discordia. Ryen se había sentido extrañado y, al principio, molesto por la insistencia de Moragh de que el acontecimiento debía tener lugar en Carn Caille, pero al hacer su oferta a la pareja de novios la reina viuda había forzado su mano sin remedio y el monarca no tenía otra alternativa que poner buena cara a todo el asunto. No obstante, la actitud del rey no tardó en ablandarse; aunque lo desconcertara el misterio de la procedencia de Índigo y, en realidad, habría preferido que la muchacha abandonara Carn Caille sin demora, no podía en justicia hacerla responsable por su propia situación incómoda. De modo que cedió con bastante buen talante, y los preparativos empezaron en serio.
    Carn Caille se vio presa de un desasosiego de actividad en cuanto Moragh emprendió las tareas organizativas y se puso a asignar a cada uno su papel. La reina viuda se encargó de que la misma pareja, e Índigo en especial, estuvieran totalmente ocupados; y mediante una combinación de persuasión e intimidación embaucó hasta tal punto a Ryen para que participara en sus proyectos que al rey no le quedó tiempo para indeseables investigaciones en otras áreas. En esto encontró una aliada inesperada en Brythere. La reina estaba encantada con el anuncio de la boda y se lanzó a la vorágine de preparativos con sorprendente entusiasmo y energía; casi, pensó Moragh, hasta el punto de resultar una obsesión, como si esta distracción concreta de sus propias preocupaciones fuera algo a lo que aferrarse como un marinero náufrago se aferraría a un madero flotante. La reina viuda dio a su hija política plena libertad y elevó una plegaria de agradecimiento por su involuntaria pero inestimable contribución. Y entretanto, inadvertida entre el fervor general, la estrategia más profunda iba tomando forma... y en un sótano, sin utilizar desde hacía mucho tiempo y poco menos que olvidado, bajo los cimientos de Carn Caille, se preparaba a un prisionero para que se reencontrara con su pasado. La captura de Perd se había llevado a cabo con extraordinaria facilidad. Los lobos del bosque habían percibido la proximidad de los cazadores muy pronto, y el rey lobo y cinco de los miembros más veloces de su jauría los esperaban ya cuando Moragh y su grupo llegaron al punto de encuentro junto al arroyo. Los hombres quedaron estupefactos al descubrir que estas criaturas no sólo parecían comprender la naturaleza de su misión sino que testaban ansiosas por ayudarlos, pero Moragh no dio explicaciones y ellos no se atrevieron a hacer preguntas. Encontraron al anciano en la guarida que se había construido; una vieja cabaña para guardar cosas situada en un claro, que antiguamente habían utilizado los guardabosques pero que estaba abandonada desde hacía tiempo y ten muy mal estado. Tres lobas que habían estado vigilando la cabaña al abrigo de la maleza cercana se esfumaron ten cuanto el rey lobo condujo a los humanos al claro, y Moragh en persona se adelantó a caballo y lanzó un claro desafío. No hubo respuesta, y a una orden de la reina viuda tres de los hombres penetraron en la cabaña. El interior apestaba a alcohol entre otros olores más fétidos, y allí hallaron a Perd inconsciente y roncando, aferrando dos odres de vino vacíos contra el pecho como si fueran sus posesiones más preciadas. Recuperó el sentido cuando lo arrastraron al exterior, y en cuanto sus ojos nublados descubrieron a la reina viuda empezó a forcejear, a gritar y a maldecir. Pero en su estado no ofrecía ningún peligro para siquiera uno solo de los cazadores, y lo llevaron de vuelta a Carn Caille como un ciervo de primera calidad, colgado impotente sobre el pomo de una de las sillas. Con bien ejercitada habilidad Moragh había hecho arreglos para que lo introdujeran en la fortaleza sin ser visto y lo encerraran en el sótano ya preparado a tal efecto; luego, por su propia mano, mezcló una potente bebida narcótica y lo obligó a tragarla, para volverlo a dormir.
    Cuatro días después de la captura Moragh y Niahrin seguían ocupadas en su secreta misión. A Perd lo habían instalado con todas las comodidades que las circunstancias permitían; el sótano gozaba de una temperatura agradable, y él tenía una cama, mantas y lámparas para iluminar la oscuridad. Niahrin incluso se había ocupado de lavarlo de la cabeza a los pies y vendar la innumerable variedad de cortes y golpes que encontró en su cuerpo. Seguía drogado, y sólo se lo despertaba de su estupor dos veces al día para que comiera y atendiera otras necesidades, pero la naturaleza de las drogas cambiaba a medida que las dos mujeres experimentaban, estudiaban, experimentaban más y anotaban los resultados de sus esfuerzos. Su primera intención fue proporcionar al anciano un buen descanso; largos períodos de sueño sin pesadillas durante los cuales los ovillos de su mente, desesperadamente enmarañados, tuvieran la posibilidad de desenredarse. Luego le administraron preparados de otras hierbas más raras, cuyo propósito era alcanzar mientras dormía los reinos guardados bajo llave de su memoria.
    Y por último llego el momento del experimento de mayor importancia y el más peligroso; la droga que, si tenía éxito, daría a Niahrin, mediante magia hipnótica, el control de su conciencia al despertar.
    Al cabo de seis días estaban preparadas... o, como Niahrin admitió secretamente para sí, tan preparadas como podían esperar estar. Si tendrían o no éxito en lo que iban a intentar era una pregunta que no se atrevía a contestar, pero ahora no había tiempo para echarse atrás. Mientras se con centraba en Perd, los preparativos de la boda en Carn Caille habían ido adquiriendo velocidad e impulso, y ahora la suerte estaba echada sin remedio. Dentro de tres días Índigo y Vinar se unirían en matrimonio. Tenían que actuar de inmediato o sería demasiado tarde.
    Mientras se dirigía a la escalera del sótano para la cita fijada con Moragh y Jes, Niahrin se debatía entre el temor a lo que le aguardaba y el alivio de que, para bien o para mal, la tensión de la espera finalizaría pronto. Durante los últimos días habían crecido sus temores de que se descubriera su secreto; sabía que el rey sospechaba ya que se preparaba alguna cosa, y hasta el propio Vinar empezaba a mirarla con recelo. El día anterior había comentado meditabundo que ella parecía estar siempre tan ocupada que se estaba perdiendo la diversión de los preparativos para la boda. El comentario había cogido a Niahrin totalmente por sorpresa, y se había sentido enrojecer hasta la raíz de los cabellos, en tanto se esforzaba por disimular. Si Vinar había quedado convencido no lo sabía, pero lo dudaba; a pesar de sus modales bruscos el scorvio no era tonto. Por suerte no había insistido más, pero la bruja se sentiría muy agradecida cuando ya no fuera necesario andarse con subterfugios.
    Grimya no estaría con ellos esta noche. Su presencia podría haber ocasionado problemas con Perd, y la misma loba se mostraba muy ambigua sobre todo el asunto. A cambio de ello, se había ofrecido a montar guardia para ellos y desviar a todo aquel que pasara demasiado cerca del lugar, y ahora se encontraba de patrulla junto a la entrada del largo pasillo estrecho que conducía a la escalera del sótano. Sus últimas palabras cuando ella y Niahrin se separaron fue un «¡Buena suerte!» roncamente susurrado.
    Mientras Moragh abría con llave la puerta del sótano y penetraban en el interior, Niahrin reflexionó que realmente necesitarían toda la suerte que Grimya pudiera desearles esta noche, y mucha más. Perd, como comprobó de inmediato, estaba dormido sobre su jergón de paja. A la suave luz de los dos faroles colocados en los soportes de la pared, su rostro parecía más joven y los estragos del tiempo y la demencia, suavizados casi hasta el punto de darle una apariencia afable. Debió de ser apuesto en su juventud, se dijo la bruja; un poco salvaje y pícaro, quizá, pero muy capaz de hacer girar cabezas y conquistar corazones. La inesperada clarividencia provocó en la mujer un extraño escalofrío, y desvió rápidamente la mirada, sintiéndose como un mirón.
    Moragh indicó a Jes que dejara en el suelo el frasco y las dos copas que llevaba, y sacó dos pequeñas botellas de plata de su bolso de mano.
    —En primer lugar, el estimulante para despertarlo, y luego el hipnótico. —Dirigió una mirada a Niahrin—. ¿Preparo la primera dosis?
    La bruja asintió e introdujo una mano en su propio bolsillo Sus dedos se cerraron sobre una bola de fino lino arrollado a su rueca y listo para ser hilado. Mientras ella lo sacaba, la reina viuda sonrió e indicó un rincón de la habitación, donde había un objeto cubierto por un chal.
    —La rueda está lista —dijo, y flexionó los dedos—. Sólo espero poder decir lo mismo de mis habilidades con ella, después de tantos años.
    Niahrin le devolvió la sonrisa con cierto embarazo y se acercó a retirar el chal. La rueda de hilar era antigua y pequeña pero muy bien cuidada —había pertenecido a la propia madre de Moragh, según había dicho ésta— y, mientras colocaba la rueca en su lugar, Niahrin acarició la brillante madera apreciativamente e intentó no pensar en su propia rueda, para no recordar su última experiencia en la habitación de hilar de su casa.
    Jes llenó una de las copas con el contenido de su frasco y la entregó a la reina viuda, quien cruzó la habitación hasta el lecho de Perd. Apoyando la copa contra los labios del anciano dijo con voz suave pero firme:
    —Perd Nordenson. Despierta, Perd. Despierta y bebe.
    El anciano refunfuñó. Parecía reacio a moverse, pero había vino en la copa y Perd jamás había resistido la atracción del vino. En cuanto su olfato captó el aroma, sus manos salieron disparadas al frente, y se abrieron y cerraron en el aire.
    —¡Ah, ah! —Moragh se dirigió a él como si reprendiera a un niño pequeño y apartó la copa—. Siéntate, Perd, y abre los ojos como es debido. ¡No hay que perder los buenos modos!
    Los labios de Jes se crisparon en una sonrisa divertida, pero el anciano ya obedecía de modo automático. Moragh le dejó tomar dos sorbos antes de volver a retirar la copa, y poco a poco, nublados aún, sus ojos se abrieron.
    —¿Niahrin? —Había visto a la bruja e intentó enfocar su rostro—. ¿Q... haces aquí? —Sacudió la cabeza como para despejarla y su pastosa voz adoptó un dejo malhumorado—. N... es tu bosque. No... deberías... estar aquí.
    —No está en absoluto totalmente despierto aún —comentó Moragh en voz baja—. Pero las hierbas empiezan a actuar. Jes, toma la copa; no hay que dejar que tome más o estará despierto del todo antes de que nosotras estemos listas. Luego llena la otra copa, y añade cinco gotas de la segunda botella.
    Perd emitió un grito de indignación al ver que la copa desaparecía.
    —¡Vino! Dadme el vino, quiero el vino...
    —¡Tendrás vino! Un vino mejor, con más fuerza, ¡pero sólo si controlas tu impaciencia! Eso es, así está mejor. —Al ver que el anciano se apaciguaba, Moragh hizo una seña a Niahrin—. Estamos listos. Creo que deberíamos empezar.
    Las dos mujeres intercambiaron sus puestos, Niahrin junto al lecho mientras que la reina viuda se sentaba en el taburete frente a la rueda de hilar. Durante unos instantes, la habitación pareció particularmente silenciosa, sin otro sonido que el del vino al caer en la segunda copa mientras Jes lo servía. Perd estaba sentado en la cama ahora pero con el entrecejo fruncido, desconcertado y con un aire de desconfianza. Bruscamente, su voz rompió el silencio.
    —¿Qué pasa? ¿Qué haces? Niahrin, me estás mirando fijamente. No me gusta que me
    miren fijamente, sabes que no me gusta...
    —¡Chist! —Niahrin lo dijo con tanta severidad que el otro calló a la mitad de la queja. El anciano parpadeó y frunció aún más el entrecejo.
    —Tú nunca me hablas así, Niahrin. Nunca te he oído hablarme de este modo.
    Niahrin le sostuvo la mirada, medio perpleja, medio enojada. No le contestó, pero con una mano hizo a Moragh una leve señal convenida de antemano, y la rueda de hilar comenzó a girar. Perd se sobresaltó y, siseando como un gato acorralado, volvió la cabeza violentamente.
    —¿Qué está haciendo?
    —Hilar, Perd. Sólo hilar.
    La rueda cobraba velocidad, y sus radios eran casi una mancha borrosa ahora. A medida que el rítmico chasqui do resonaba en la habitación, un delgado y brillante hilo de lino iba tomando forma bajo las manos de Moragh.
    Niahrin dirigió una rápida mirada a Jes.
    —Dale el vino ahora —indicó.
    —Vino... —Perd extendió ansiosamente las manos hacia la copa, que arrebató de las manos del bardo e inclinó hacia sus labios.
    Jes, alarmado, hizo intención de recuperarla antes de que el otro pudiera apurarla, pero Niahrin lo contuvo.
    —No, está bien. Deja que se lo beba todo. Es mejor que lo haga.
    La garganta del anciano se contraía al tragar el líquido; terminó el contenido de la copa sin detenerse a respirar, y la tendió.
    —¡Más! ¡Dame más!
    —No, Perd.
    Niahrin percibió cómo Jes se movía en silencio a su espalda para ir a colocarse entre ella y Moragh, que seguía sentada ante la rueda de hilar. El ovillo de lino iba arrollándose sobre el regazo de la reina viuda; veloz, Jes extendió una mano para tomar el extremo del ovillo y lo tendió a Niahrin. Esta lo tomó, lo dobló entre los dedos, sin dejar de mirar ni un momento el rostro de Perd. Entonces habló.
    —Perd. Perd Nordenson. —Con un movimiento suave y experto hizo un nudo en el lino y lo tensó— Perd Nordenson, mírame. Mírame, Perd.
    El se volvió despacio, con cautela, y sus ojos se encontraron. Niahrin hizo un segundo nudo en el lino.
    —Escucha, Perd. Escucha, escucha mi voz. Observa, Perd. Observa. Observa mis manos. —Un tercer nudo, y mentalmente ensayó las palabras de la vieja canción que su abuela le había enseñado hacía mucho tiempo...
    »Perd. Perd. Escucha y observa. Escucha y observa.
    Hablaba siguiendo el ritmo regular de la rueda de Moragh, con voz baja y apremiante, y no obstante su reluctancia Perd no pudo resistir su atracción. Su mirada se vio atraída hacia los dedos de la bruja; durante unos momentos su boca se abrió y se cerró espasmódicamente, pero la droga empezaba a hacer efecto y no podía reunir la fuerza de voluntad necesaria para desviar la vista.
    —Escucha y observa, Perd. Escucha y observa.
    Niahrin lanzó una rápida mirada en dirección a Jes y el bardo comprendió; se encaminó hacia los faroles sujetos a la pared y apagó las mechas. Niahrin tuvo la impresión de que la oscuridad fluía como una sustancia viva de las paredes del sótano a medida que las luces se extinguían, y Perd, Jes, Moragh y la rueda de hilar se transformaron en meras siluetas, como marionetas de un teatro de sombras. Unicamente el débil halo de los cabellos blancos de Perd resultaba visible a la bruja; eso y un reflejo centelleante de sus ojos.
    Niahrin percibió el contacto de la antigua magia, el hormigueo en sus huesos, y se llevó la mano izquierda al ojo izquierdo. Apenas audible por entre los sonidos de la rueda de hilar alguien respiraba fatigosamente. Los dedos de la bruja tocaron el parche del ojo y lo levantaron.
    El rostro de Perd se destacó violentamente como iluminado desde dentro, y ya no era el rostro del anciano que conocía. A medida que la percepción normal daba paso a una forma de visión diferente y mucho más poderosa, Niahrin vio cómo los años desaparecían de él y la vitalidad del joven que había sido fluía otra vez. Pero la mirada del joven era dura y enojada, y la curva de los labios mostraba un rictus amargo y frustrado; y, aunque ella hubiera deseado que no fuera así, Niahrin vio el estigma de la locura latente y aguardando bajo la hermosa máscara.
    «Así pues éste era Fenran, como realmente fue...»
    Aferró el hilo de lino otra vez, y sus dedos empezaron a moverse y trenzar de nuevo mientras pronunciaba las palabras del antiguo cántico; con cada frase añadía un nuevo nudo en la cuerda.
    —Tres para sembrar, y tres para segar, y tres para las aves nocturnas. Tres para la llamada, y tres para la caída, y tres a la luz de las lámparas...
    Nada más pronunciar las primeras sílabas, la imagen del joven desapareció del rostro que tenía ante ella, y las familiares facciones de Perd volvieron a contemplarla. Se encontraba totalmente hipnotizado ahora, los ojos clavados en cada nudo que realizaba con una mezcla de fascinación y temor. Un débil gemido se formó y murió en su garganta. Sin dejarse conmover por su angustia, Niahrin siguió con su cántico, y mientras lo hacía Jes se adelantó para coger el pedazo de cuerda que había anudado. Luego se acercó a la cama, introdujo el extremo de la cuerda en las manos sin resistencia de Perd, y, en tanto que la bruja iba realizando más y más nudos, el bardo empezó a enrollar el trozo que ella iba soltando, muy despacio y sin apretar, alrededor de los hombros del anciano.
    —Tres para la quema, y tres para la vuelta, y tres para los seres perdidos que vagan. Tres para el rescoldo, tres para el recuerdo, y tres para guiarlos a casa.
    Niahrin había empezado a cantar más que recitar la rima, y su ronca voz de contralto poseía un timbre sedante, casi fascinador, hasta el punto que, pese a toda su lucidez, Jes se sintió como hundiéndose en un mundo de sueños. La rueda siguió girando; la bruja continuó anudando, y la cuerda fue saliendo, y él la fue arrollando con suavidad alrededor de la sumisa figura del lecho, atando a Perd al hechizo.
    —Tres para atar, y tres para encontrar, y tres para pagar el precio. Tres para el pasado, y tres para hacerlo rápido, y tres para recuperar lo perdido.
    El ojo izquierdo de la bruja pareció alumbrar con un peculiar resplandor interno, y un músculo de su rostro se contrajo. Los dedos dejaron de trenzar y tiró del último trozo de cuerda, de modo que los últimos tres nudos quedaron bien tirantes entre sus apretadas manos. El timbre de su voz cambió entonces, convertido ahora en un tono profundo y amenazador.
    —Habla. —La total coacción implícita en la palabra hizo que los nervios de Jes se alteraran—. Soy la hija de la luna y el producto del sol, y el poder en cuyo nombre te doy la orden debe ser obedecido. Habla, hijo del norte. Di, hijo del norte. Dime el nombre que tus padres te dieron.
    Perd empezó a temblar. Un sonido extraordinario surgió de las profundidades de sus pulmones e intentó darle forma, pero la lengua no lo obedecía. Sus hombros se contrajeron al darse cuenta de repente de la presencia de la cuerda que lo rodeaba; intentó deshacerse de ella, pero el hechizo de los nudos era demasiado fuerte y no pudo hacer más que retorcerse impotente.
    —Habla —repitió Niahrin, con más dulzura pero todavía con implacable severidad—. Habla de los días pasados, hijo del norte. Habla de los días en que eras joven y el mundo no estaba corrompido para ti. Regresa, anciano. Regresa a la juventud. Regresa. Regresa.
    Por segunda vez el rostro de Perd empezó a cambiar. Niahrin no supo si Jes o Moragh lo advertían y tampoco podía detenerse a especular sobre ello. Su cerebro estaba dividido entre dos niveles de conciencia; uno mundano, el otro incorpóreo que amenazaba continuamente con lanzarla a un precipicio.
    —Regresa. —El poder fluía desde ella a los nudos, a través de la cuerda. Su voluntad y la de Perd estaban enzarzadas en un combate por la supremacía. El hombre poseía más resistencia de lo que había esperado y la extenuaba; sentía cómo sus reservas empezaban a agotarse. «Tiene que ceder... Diosa, ayúdame. Él tiene que...»
    De improviso, el anciano —pero ya no era un anciano; volvía a ser joven, volvía a ser Fenran— se irguió muy tieso con una violenta sacudida. Hizo girar los ojos hacia arriba y profirió un débil gemido.
    —La amo... —Las lágrimas empezaron a escapar de sus ojos—. Se lo dije, se lo dije, ¡pero no me dejaron verla! ¡Y son tantos, hay tantos de ellos, todos estorbando, todos ellos un obstáculo para nosotros! Muerta. Pero no lo está. Ella no murió. Nosotros no morimos. ¡Y todo este tiempo, todos estos años, he estado esperando, y ellos no me dejan verla, y no nos dejan tener lo que queremos!
    Perd balbuceaba; las palabras brotaban en desorden, y Niahrin no conseguía entender aquella avalancha inconexa. Se esforzó por reunir su quebrantado intelecto, por mantenerse en el plano real sin romper el hechizo... y entonces, de modo asombroso, la voz de Perd cambió. Los familiares sonidos roncos desaparecieron, y en una voz sonora, decidida y juvenil dijo:
    —¡Es legítimamente suyo, y por lo tanto legítimamente mío! Maldita sea, soy su esposo... ¡Supongo que eso cuenta para algo, incluso en este país de ignorantes!
    Estupefacta, Niahrin lo miró fijamente. La transformación facial era completa: cabellos negros, piel morena, el rubor de una salud perfecta... Pero los grises ojos de
    Fenran estaban entrecerrados y con expresión inflexible, y su boca mostraba un rictus enojado.
    —No finjas no saber nada —dijo despectivo—. Todos vosotros lo sabéis muy bien, por mucho que afirméis lo contrario. Sabéis la verdad, y sabéis cuánto tiempo hace que esto dura. Eran sólo insignificancias al principio, ¿no es así? Pequeños insultos. La habitación de la torre; eso fue un ejemplo perfecto. Sabíais que la queríamos, lo repetimos hasta la saciedad, pero ¡oh, no! Kirra tenía el derecho a elegir primero. Kirra y su esposa. Porque Kirra será rey, y eso significa que él es el primero en todo. ¡Es siempre Kirra, maldito sea!
    Niahrin había oído cómo Moragh aspiraba con fuerza al pronunciar Fenran el nombre la primera vez, pero no podía desviar su atención hacia la reina viuda. Sosteniendo la amarga mirada gris intentó mantener la voz firme cuando dijo en voz baja:
    —Kirra está muerto, Fenran.
    —¿Muerto? —Rió con una breve carcajada salvaje que recordaba a un ladrido—. ¡Oh, no, Kirra está vivo! —Se pasó la lengua por el labio inferior, acción que recordó desagradablemente a la bruja una serpiente contemplando a una posible víctima—. De momento, está muy vivo; él y su esposa, que se llama a sí misma reina ahora que el viejo Kalig ya no está. —Entonces, con tal rapidez que pareció como si su cerebro hubiera sido invadido de repente por una persona totalmente distinta, su expresión cambió y se volvió pensativa, casi afable.
    »Ella era toda una belleza, ¿sabes? Cuando Kirra se casó con ella. Incluso nos gustaba entonces; los cuatro acostumbrábamos salir a cabalgar juntos, cazar juntos; compartíamos toda clase de pasatiempos e intereses. Desde luego no duró. ¿Cómo podía hacerlo? No tardamos en descubrir la verdad en cuanto Kalig murió; descubrimos exactamente qué clase de amigos eran. Codiciosos, terriblemente codiciosos. Todo para ellos, y nada para nosotros. Maldita sea, ¿no habíamos hecho suficiente? ¿No teníamos un legítimo puesto, como algo más que parientes del rey, que dependen de la benevolencia y favor de su magnánima majestad? —La furia regresaba; había saliva en sus labios, y su voz se elevó irritada—. ¡Deberíamos haber gobernado conjuntamente! Los cuatro. ¿Por qué no? Anghara estuvo de acuerdo. No al principio, sino luego, cuando empezó a ver lo que nos estaban haciendo; cómo nos expulsaban, cómo nos dejaban sin nada. No lo aceptaré. Migajas de la mesa del rey; dádivas y favores; aires de superioridad. No lo toleraré. Ya es demasiado. Y ahora ha perdido su atractivo, la esposa de Kirra. Mediana edad y satisfecha de sí misma; sucede a muchas mujeres. Ni belleza ni hijos. Es estéril, y ni siquiera las brujas pueden hacer nada para remediarlo, a pesar de todos sus poderes. —Otra áspera carcajada—. ¡Qué ironía! Sin hijos. ¿Quién será el heredero de Kirra, entonces? Bien, sabemos quién es el verdadero heredero. Todo el mundo lo sabe. Pero Kirra no tiene intención de morir, y nosotros estamos envejeciendo con él. No podemos hacer otra cosa que esperar, pero la espera no nos traerá ningún consuelo porque nosotros tenemos muchas probabilidades de morir antes de que lo haga él. Envejeciendo, aguardando a heredar o morir, mientras Kirra disfruta de todo. A menos que algo cambie. A menos que lo hagamos cambiar. Tú lo comprendes; claro que sí. No durará mucho más. El veneno o el puñal. O un accidente de caza.
    Cosas así suceden, ¿no es verdad? Y entonces ya no habrá más insultos, ni más altanería. Se acabará la espera.
    Desde las profundas sombras donde se encontraba la rueda de hilar, Niahrin oyó susurrar a Moragh.
    —¡Oh, gran Madre! ¿Qué es lo que dice?
    La bruja creyó saberlo, pero era vital que nada rompiera el hechizo. Su control de la mente de Perd era muy precario, y cualquier distracción podía interrumpir el contacto con la psiquis de Fenran, profundamente enterrada. Ya en estos momentos se daba cuenta de que le quedaba poco tiempo; sus energías flaqueaban, y la tensión la estaba afectando más de lo que lo había hecho la magia del aisling y la invocación a Némesis. Pero quedaba por responder una pregunta vital; era imperioso resolverla, y confirmar o refutar sus sospechas.
    —Fenran... —El sonsonete regresó a su voz para volver a ponerlo bajo el control del hechizo hipnótico—. Fenran, escúchame y responde. Escúchame y responde. —Ante su satisfacción, los ojos del otro perdieron al momento la vivacidad y sus labios se curvaron en una sonrisa vaga.
    —Te escucho. Responderé. Te lo contaré todo sobre ella. ¿Por qué no? Después de todo, ella es la reina ahora.
    Moragh profirió un sonido inarticulado; Niahrin hizo como si no lo hubiera oído.
    —¿Quién es la reina, Fenran? —Sí, ella tenía razón; en el minuto transcurrido desde que había lanzado su diatriba contra Kirra, su rostro había vuelto a cambiar. Fenran envejecía. Era un proceso gradual, pero las señales eran inconfundibles ahora: arrugas en el rostro, una pizca de blanco en los negros cabellos... y la amargura y el resentimiento se habían instalado en su boca, volviéndola delgada y cruel—. ¿Quién es la reina? —repitió ella.
    —Anghara es la reina. Mi esposa. La legítima reina.
    —¿Cuántos años tiene la reina ahora? ¿Cuántos años tiene tu esposa?
    Él volvió a lanzar aquella peculiar y desagradable risa.
    —Suficientes para saber lo que quiere. Como nos sucede a ambos. Treinta años esperamos. Treinta años hasta que se agotó nuestra paciencia. Algunas personas lo saben, claro; era inevitable. El bardo de Kirra, Helder Berisson, lo sabía. Pero Helder sufrió un accidente. Salió a navegar, a pescar; muy poco sensato con aquel mal tiempo y en un bote pequeño y poco resistente. Pobre Helder. Todos lo lloramos.
    Jes lanzó una perpleja mirada a Niahrin.
    —Pero ¡si yo conocía a Helder Berisson! —protestó con un siseante susurro—. No se ahogó en el mar; vivió hasta una edad avanzada, y era...
    —¡Chissst! —Niahrin hizo un gesto frenético. Fenran, aparentemente sin haberse dado cuenta de la conversación, continuó hablando.
    —Helder lo sabía, y hay otros. Pero ya no hablan de ello. Ya se han dado cuenta de que no deben hablar de ello, ya que nosotros tenemos muchos ojos y muchos oídos entre estas paredes. Estamos por encima de la ley, porque nosotros somos la ley. Nosotros gobernamos.
    —¿Sois felices con vuestro poder? —preguntó Niahrin en voz baja—. Tú y Anghara, tú y tu reina, ¿sois felices?
    —¿Felices? —Su boca se crispó en una mueca, y su envejecido rostro se tornó feo—. ¿Qué valor tiene eso?
    —Para algunos, lo vale todo. ¿Os amáis tú y tu esposa, la reina?
    —El amor es para los niños. Yo poseo algo mejor, más poderoso y más deseable que el amor.
    «¡Ah, sí! —pensó la bruja—. ¡Ah, sí!» Acababa de revelar el meollo de la cuestión, el hilo central a cuyo alrededor se había urdido esta perversa trama de lo que «podría haber sido». Ella había captado la nota oculta en su voz, el atisbo de una desdicha indecible de la que él no era consciente, y había empezado a comprender el significado de los soles gemelos, uno amargado y el otro tapado, del tapiz que había tejido.
    —Fenran. Fenran. Fenran —canturreó su nombre—. Has hilado un hilo magnífico y contado una historia excelente. Pero no es así como fue para ti.
    —¡No! —Sus ojos se abrieron de par en par, llameantes—. Es...
    —Silencio.
    La orden resonó estridente en el cerrado espacio de la bodega, y Fenran se balanceó hacia atrás como si ella lo hubiera golpeado. Reprimiendo el ataque de escalofríos que intentaba dominarla, Niahrin aspiró con fuerza.
    —Escucha y responde, Fenran. Escucha y responde. Dime adonde ha ido Perd.
    —¡No existe tal persona! —Giró la cabeza a un lado con energía.
    —Sí existe, Fenran. Sí existe. Dime dónde se esconde Perd. Muéstrame dónde se esconde Perd. Cuéntame la historia de Perd; la historia que fue, y no la historia que podría haber sido.
    —No existe... esa historia.
    —Yo sé que sí. Yo soy Niahrin, y Niahrin conoce a Perd y sabe lo que sucedió con los sueños de Perd. Porque Anghara se atrevió a cruzar el umbral de la Torre, y liberó los demonios, y por lo tanto no hubo boda para ella y para Fenran, sino sólo muerte y separación.
    La voz de Fenran se transformó en un ronco aullido.
    —¡Ella no murió!
    —No; pero Kalig murió, y Kirra murió, y Anghara se había ido y por lo tanto no había otros excepto tú. Pero ellos no quisieron hacerte rey, Fenran. Se compadecieron de ti, pero no quisieron hacerte rey. —Niahrin apenas si se daba cuenta de lo que decía; su mente sondeaba las profundidades de la conciencia de Fenran y extraía lo que veía allí, lo sacaba de las sombras en las que había yacido durante tanto tiempo para llevarlo, entre convulsiones y gritos, a la luz. Una criatura espantosa y deforme que hubieran debido estrangular al nacer. Pero era la verdad.
    »Te negaron el trono, Fenran. Ellos te negaron el poder que ansiabas, y en su lugar llegaron nuevos señores: Ryen, luego Cathlor, luego un segundo Ryen. ¿Serviste bien a tus señores? ¿Sabían ellos tu auténtico nombre y tu historia? Quizá no se lo dijiste. A lo mejor, en su lugar, esperaste.
    —Nn... no...
    Ella atajó implacable la protesta.
    —¿Qué esperabas, Fenran? ¿Esperabas el regreso de Anghara? ¿Era la idea de su regreso la que llenaba tus sueños y obsesionaba tus días? ¿Esperabas a que regresara y reclamara sus derechos, para que tú pudieras al fin compartirlos y ocupar el trono a su lado?
    —¡Ella es la reina! ¡La legítima reina!
    —Pero ella te abandonó. Te dejó atrás, cuando llegaron los demonios. ¿Por qué se fue ella, Fenran? ¿Por qué huyó de su hogar y de su herencia?
    —¡No tenía elección!
    —Sí tenía elección. Podría haberse quedado a tu lado, penetrar contigo en el mundo de lo que «podría haber sido». Tu mundo, Fenran, de celos, intrigas, violencia y muerte. Pero Anghara eligió un sendero diferente. El sendero a la Torre de los Pesares, a los demonios de su propia mente y no de la tuya. —La bruja hizo una pausa y luchó por llenar de aire los pulmones—. ¿La has perdonado alguna vez por ello, Fenran? ¿O es eso, también, una parte de la locura de Perd: saber que Anghara era más fuerte que tú, que tuvo la valentía de buscar su propio camino y enfrentarse a sus propios demonios? Ella podría haberse ocultado en la capa de sombras con que la rodeaste, e intentar buscar lo que su corazón deseaba cediendo al poder de la muerte, como tú hiciste. Pero tú no has encontrado lo que tu corazón deseaba, Fenran. Tus demonios siguen andando detrás de ti, siguiendo tus pisadas, y cuando duermes todavía los oyes reír, porque no tienes el valor de enfrentarte a ellos. Anghara tuvo ese valor. Tú escogiste el poder de la muerte, pero ella escogió el poder de la vida. Sus demonios están ya casi vencidos ahora, y sólo queda uno. ¿Sabes su nombre, Fenran? ¿Tienes el valor de decir ese nombre en voz alta?
    Fenran la contemplaba fijamente, paralizado. Un músculo de su mandíbula se movía frenéticamente, fuera de control, y parecía como si intentara hablar pero no pudiera. Niahrin sintió que la cabeza le daba vueltas. ¿Qué era lo que ella había dicho? ¿Qué era lo que había hecho? Las palabras habían brotado de ella, pero no podía recordarlas...
    Sin previo aviso, la figura del lecho que tenía enfrente se disolvió, pareció resquebrajarse como una figura de yeso. Por un instante recibió una fugaz imagen aterradora de un hombre tan viejo que no era más que un esqueleto viviente, sin pelo y descarnado; luego el joven Fenran regresó... pero era un Fenran que ella no había visto nunca, de boca bondadosa y mirada cálida; un joven apuesto que no había sido corrompido por la codicia ni la crueldad ni las intrigas. El hijo del norte, amigo y amante, a quien la princesa Anghara había entregado su corazón.
    —Por favor..., no comprendo... —dijo el joven, con una voz tan llena de dolor y perplejidad que arrancó lágrimas de los ojos de la bruja.
    Y la máscara volvió a hacerse añicos. El anciano y demente Perd había regresado, y sus labios estaban salpicados de saliva cuando se lanzó al frente, forcejeando con sus ligaduras y gritando al rostro de Niahrin.
    —Pero ¡ella comprende! ¡Ella comprende! ¡Pregúntale..., haz que te lo diga! ¡Haz que interprete el aisling, y entonces recordará, y recuperará lo que es legítimamente suyo!
    Alguien había vuelto a colocar el parche sobre el ojo izquierdo de Niahrin e intentaba ahora hacer que la bruja bebiera un sorbo de vino, pero ella no quería y por fin recuperó el suficiente control de sus músculos para apartar con suavidad la copa que se le ofrecía. Impresiones y recuerdos giraban en su memoria como bolas de lino enredadas por una carnada de traviesos gatitos; recordaba vagamente haber visto a Jes sentado sobre la figura convulsa y forcejeante de Perd, inmovilizándolo mientras Moragh obligaba al anciano a tragar algo, pero el alboroto había cesado ahora y el sótano estaba en silencio. La bruja miró a su alrededor aturdida, parpadeando; entonces, para su sorpresa, escuchó cómo su propia voz decía con toda claridad:
    —¿Fenran?
    —Se ha ido. —Una mano, la de Jes, pensó, le tocó la frente y la voz del bardo dijo—: Creo que tiene fiebre, alteza. No me extraña, después...
    —No, no. —Niahrin intentó ponerse en pie (¿cómo era que estaba sentada en el suelo con la espalda apoyada contra la pared?), pero el esfuerzo estaba más allá de sus posibilidades y volvió a dejarse caer—. Estoy bien —insistió—. No tengo fiebre. No era más que un... un eco, en mi cerebro. —Su visión se aclaraba ya y descubrió que las lámparas volvían a estar encendidas y el sótano puesto de nuevo en orden. ¿Había estado desordenado? No lo recordaba... Alguien había tapado la rueda de hilar, y no se veía ni rastro de la cuerda de lino llena de nudos.
    —Perd —murmuró.
    —Duerme. —Era la voz de Moragh—. No le ha sucedido nada, creo. Está agotado, pero nada más. Cuando despierte dudo que recuerde siquiera lo sucedido.
    Jes seguía mirando a la bruja.
    —Creo que deberíamos llevarla a su habitación, alteza —sugirió en un aparte que Niahrin captó—. Diga lo que diga, esto la ha extenuado. Tiene el rostro gris.
    Niahrin intentó dar una rápida réplica festiva a eso, pero se vio atenazada de repente por unos terribles retortijones intestinales. Se dobló al frente, jadeando y maldiciendo llena de sorpresa y dolor, y Moragh apareció casi al instante junto a ella, ayudando a Jes a ponerla en pie.
    —Dulce Madre Tierra... —farfulló Niahrin con los dientes muy apretados—. Me siento...
    —¡Chissst! No hay necesidad de hablar. —Jes la rodeó por las costillas con un poderoso brazo—. ¿Puedes mantenerte en pie? ¿Te sostendrán las piernas? Bien, eso está bien. No tardaremos mucho; pronto te tendremos bien cómoda en cama.
    —Me siento... —barbotó Niahrin otra vez; y entonces el estómago le dio un vuelco y empezó a vomitar violentamente. Horrorizada, todo lo que tuvo tiempo de pensar fue que se había deshonrado a sí misma, y que Jes y Moragh seguramente la despreciarían, antes de que el sótano pareciera dar una voltereta y, por segunda vez en cuestión de pocos días, se desmayara.

CAPÍTULO 19


    Niahrin seguía encontrándose mal a media mañana, y por orden de Moragh permaneció recluida en cama. La reina viuda quiso llamar a un médico para que se ocupara de ella, pero la bruja se negó. Esto era de esperar, dijo, tras una operación mágica tan prolongada y difícil; siempre había que pagar un precio cuando se recurría a los poderes de esta manera, pero los efectos no tardarían en desaparecer. Además, los médicos tenían ideas y métodos extravagantes, y ella no quería ser víctima de sus experimentos. Un día de ayuno y algunas pociones hechas con hierbas no tardarían en ponerla bien.
    Así pues Moragh la dejó para que se recuperara a su aire, tras conseguir de Grimya la promesa de que la avisaría si la bruja empeoraba. No obstante, aunque tuvo buen cuidado de no dejar que Niahrin lo advirtiera, la reina viuda estaba preocupada. Al día siguiente era la víspera de la boda; el tiempo les pisaba los talones y les quedaban menos de dos días para plantear el último paso de su plan. Moragh no podía hacer otra cosa que rezar fervientemente para que estuvieran preparados.
    La atmósfera de Carn Caille empezaba a volverse exuberantemente febril a medida que se acercaba el gran día. El hecho de que ni la novia ni el novio tuvieran parientes conocidos ni viejos amigos en las Islas Meridionales a los que invitar no importaba en absoluto; todos los habitantes de la ciudadela asistirían y lo festejarían con ellos, y la fiesta sería todo un acontecimiento. La actividad se había vuelto frenética mientras se atendían los detalles de última hora, se remediaban pequeños descuidos y aquellos que tenían un papel activo que representar ensayaban su parte. Índigo era el centro de atención, rodeada desde el alba al atardecer de una bandada de mujeres excitadas decididas a asegurarse de que tuviera el mismo aspecto que una novia de la realeza. Ella se rindió a sus servicios con un cierto aire de perplejidad, pero el cada vez más activo bullicio que la rodeaba no le dejaba tiempo para reflexionar. No es que quisiera pensarlo mejor, se decía con energía, ni que tuviera dudas. Ella quería casarse con Vinar, lo deseaba más que cualquier cosa en el mundo. Cuando hubiera sucedido y los festejos hubieran finalizado, se irían, y ella podría por fin olvidar Carn Caille y los terribles recuerdos de su estancia allí.
    Y olvidar las pesadillas...
    Su único alivio, no obstante su insignificancia, era que no había habido repercusiones a su horripilante episodio de sonambulismo. En un principio había vivido aterrorizada por la idea de que la bruja, Niahrin, la delatara; no había duda de que la había reconocido en el pasillo, y una palabra suya habría resultado desastrosa. Pero estaba claro que la mujer había decidido callar, y ni siquiera había abordado a Índigo en privado; lo cierto es que apenas si habían intercambiado una palabra desde aquella noche. Índigo no comprendía. Niahrin no le debía favores; ¿por qué, pues, no había hablado? Y el cuchillo era otro misterio; sin duda debían de haberlo encontrado en el dormitorio de Brythere, así que ¿cómo era que no se había producido ningún alboroto, ni siquiera un murmullo, sobre un intento de asesinato? Y la pregunta más enigmática y aterradora, la que la perseguía a todas horas, era: ¿por qué había actuado así? ¿Qué poder monstruoso había surgido de las tinieblas de su perdida memoria, y la había obligado a intentar
    asesinar a Brythere?
    No había vuelto a andar dormida. Cada noche tomaba una poción sedante —una que los criados le habían proporcionado y para la que había sido fácil inventar una excusa— y eso parecía haber sido suficiente para mantenerla a buen recaudo en la cama. Pero la pócima no eliminaba los sueños, y cada vez eran peores. Violentas pesadillas, intensas y ominosas, en las que flotaba como un espectro por los corredores de Carn Caille, en busca de alguien o algo que jamás localizaba. O a veces se veía cabalgando por un paisaje desolado que sabía era la tundra meridional, luchando frenéticamente por dejar atrás un horror invisible e innominable. Dos veces había vuelto a ver a las dos siniestras figuras, inmóviles a los pies de su cama, y, creyéndose despierta, había gritado; pero entonces las figuras se habían desvanecido de nuevo en el reino de las pesadillas. Y los sueños iban siempre seguidos por una voz dentro de su cabeza, ronca, íntima, que le musitaba una y otra vez: «Ahora, mi amor. Ahora, mi amor. Ahora, mi amor».
    Por un momento, había considerado la idea de hablar con la loba, pero pronto la había desechado. Según Vinar, Grimya sabía muy poco de la historia de Índigo y nada de su familia; había dicho que las dos habían estado juntas unos pocos años y que Índigo no era más que un marinero a sueldo. No había motivos para que el animal mintiera... e, incluso aunque supiera más de lo que estaba dispuesta a revelar, Índigo no quería oírlo. Cuando ella y Vinar habían dejado Amberland, ella estaba decidida a encontrar a su familia y recuperar su perdida historia, sin importar el tiempo que tardara en conseguirlo. Eso había cambiado. Ahora ya no deseaba recuperar la memoria; mejor que permaneciera enterrada en el pasado y no volviera a levantarse para perseguirla. Dos días más, y Grimya, Niahrin, Carn Caille y los sueños quedarían atrás y olvidados. Una nueva vida, un nuevo comienzo. Nada, rezaba Índigo con fervor, absolutamente nada podía interponerse en su camino ahora.
    Por la tarde Niahrin estaba muy recuperada, y con energías suficientes para tomar la sustanciosa comida que Jes le llevó en una bandeja. El bardo también le llevaba un mensaje de Moragh: Perd había desaparecido del sótano.
    Cómo lo había conseguido, no lo sabían, pero en algún momento entre la marcha de ellos tres y la hora del desayuno había despertado de los efectos del somnífero y había huido; sin duda, había dicho Moragh, de regreso al bosque. Niahrin se sintió alarmada, pero Jes parecía pensar que no había motivo de preocupación. Como indicó, era una suerte que se hubieran librado del viejo, ya que su presencia en la ciudadela no habría podido permanecer en secreto mucho más tiempo. Perd había realizado su servicio, y cualquier otro papel que tuviera que representar estaba ahora en las manos de otros poderes.
    Grimya se sintió especialmente feliz de ver al bardo. Durante todo el día había estado preocupada por averiguar los detalles de lo sucedido por la noche, pero Niahrin no se encontraba en situación de responder a sus preguntas. Jes le contó toda la historia, y además le relató la esencia de otra corta conferencia mantenida con la reina viuda aquella mañana. Perd —seguían sin poder pensar en él como Fenran— les había proporcionado una pista de vital importancia cuando, en los últimos instantes antes de empezar a desvariar otra vez y tener que ser sedado por la fuerza, había dicho: «Haz que interprete el aisling, y entonces recordará». Estaba claro, dijo Jes, lo que debían hacer. La magia de los aislings era la clave para abrir la memoria de Índigo, y el que debían utilizar estaba dentro del arpa de Cushmagar. Un sueño del pasado, un sueño de Carn Caille como había sido cincuenta años atrás, y de lo que podría haber sucedido entre sus muros, si Anghara hubiera escogido un camino distinto. El arpa había estado esperando, como Cushmagar había insinuado en la visión aparecida entre las llamas. Y, cuando las manos de Índigo tocaran las cuerdas, el aisling despertaría.
    Niahrin frunció el entrecejo, pensativa, mientras con una mano acariciaba el cuello de Grimya.
    —Pero ¿se la podrá persuadir para que toque? Todo depende de su cooperación...
    Jes le dedicó una fría sonrisa.
    —Su alteza comparte tus dudas, y ha encontrado un modo. —De la bandeja que había llevado tomó un pequeño rollo de delicado pergamino—. Esto es para ti. Los otros ya han sido entregados.
    Niahrin desenrolló el pergamino. Con letra elegante, rematado con la propia firma y sello de la reina viuda, decía:
    De acuerdo con las tradiciones de las Islas Meridionales, su alteza la reina viuda Moragh ruega a Vinar Shillan, a su novia, Índigo, y a sus padrinos, que se unan a ella en solemne acatamiento de la bendición nupcial la víspera del enlace matrimonial. Se ruega vuestra presencia en el Salón Menor una hora antes de la puesta del sol del día indicado.
    Por orden de Moragh.
    —¡Oh! —exclamó Niahrin, y su boca hizo una mueca.
    Jes sonrió de oreja a oreja.
    —Me avergüenza decirlo, pero había olvidado completamente esa vieja tradición. Ha caído casi en desuso, ¿no es así? Pero era común en los viejos tiempos, y su alteza recuerda todos los detalles de la ceremonia. Así que aquí tenemos el modo perfecto de asegurarnos de que Índigo esté donde nosotros la queremos, y que tú y yo como padrinos tengamos un motivo para estar presentes.
    La bruja asintió despacio; luego, bruscamente, su expresión cambió.
    —Pero, Jes, Vinar estará allí. —Levantó los ojos con expresión ansiosa—. ¡Y no sólo Vinar! Tú y yo somos sus padrinos, pero ¿a quién ha escogido Índigo como padrinos?
    —Ah. Existe una complicación, me temo. Su alteza es uno... pero el otro es la reina.
    —¿La reina...? —Los ojos de Niahrin se abrieron asombrados—. Por la gran Diosa, Jes, ¿en qué estáis pensando? Si la reina Brythere está presente mañana por la noche...
    —¡Espera, espera! —Jes alzó ambas manos para acallarla—. ¡Su alteza y yo nos hemos devanado los sesos, pero no hay modo de evitarlo! Ordenar a Índigo que asista a la bendición es la única forma de asegurarnos de que no encuentre el medio de evitarnos. Ya desconfía de ti, lo que no me extraña ya que sabe que la viste en la torre de la reina esa noche, y no creo que confíe en mí, tampoco. Si su alteza la invitara simplemente a sus aposentos con algún pretexto trivial, entonces en cuanto nos viera buscaría alguna excusa, fingiría una indisposición quizá, para marcharse. No podemos correr ese riesgo. No debe haber lugar para la sospecha, y ésta es la única forma. Niahrin, escucha... —Se sentó en la cama y le cogió ambas manos entre las suyas—. Su alteza considera que con toda seguridad el rey y la reina no tardarán mucho en descubrir lo que trama. El rey ya ha empezado a hacer preguntas incómodas. Al final se les tendrá que contar la verdad y..., bueno, si lo descubren de esta forma, tal vez sea mejor. —Hizo una mueca irónica—. Desde luego me evitará el duro trabajo de tener que dar explicaciones largas y complicadas más adelante.
    Niahrin meditó sobre esto último durante un rato. Tuvo que admitir que había cierta lógica en ello; y comprendía el punto de vista de Jes sobre la forma de conseguir la conformidad de Índigo. Pero la idea de que Brythere, con todos los fantasmas y horrores que la perseguían, fuera testigo de lo que podía suceder...
    —Su alteza ha invitado también al rey —siguió Jes con voz pausada—. En cierto sentido eso empeora las cosas, ya lo sé, pero al menos él estará allí para cuidar de la reina si es necesario.
    Primero la reina, ahora el rey... Lo siguiente sería la mitad del servicio de la ciudadela, pensó Niahrin. Apartó de sí aquel ramalazo de ira —era indigno, e injusto con Moragh— y dijo:
    —Bien, da la impresión, como tú dices, de que no hay forma de evitarlo. Pero no me gusta en absoluto la idea. Y... ¡Oh, Jes! —De improviso mostró una expresión afligida—. ¿Qué pasará con el pobre Vinar? Si el aisling da resultado, ¿qué le hará a él? ¿Qué es lo que hará?
    —No lo sé, Niahrin —respondió el otro con un profundo suspiro—. Ninguno de nosotros puede saberlo, ni predecirlo.
    —Pero, si ella recupera la memoria, ese pobre hombre inocente... ¡Él la ama tanto! ¡Oh, Jes, es demasiado cruel!
    Jes meneó la cabeza, intentando encontrar respuesta a lo que no la tenía; pero fue Grimya quien dijo en voz baja:
    —Niahrin, sé cómo te sssientes. Pero ¿no sería más cruel dejar que Vinar se casara con Índigo? ¿No es eso lo que hemos dicho desde el principio, y no es cierto? —Lanzó un gañido—. Me pa... parece a mí que, si éste es el único modo de evitar que suceda, debemos utilizarlo.
    Niahrin se secó el ojo con la manga mientras se decía que había sido una tonta al dejar que los sentimientos la dominaran a su edad.
    —Tienes razón, desde luego, Grimya —reconoció, avergonzada—. Y es eso lo que dijimos desde el principio. Simplemente me estoy comportando de forma ridícula, supongo, ahora que ha llegado el momento de llevar a la práctica mi teoría. No me hagáis caso. —Les dedicó una débil sonrisa, primero a la loba y luego a Jes—. Y no temáis que os defraude. No lo haré. —Hizo una pausa y, en voz tan baja que Jes no consiguió entender del todo sus palabras, añadió—: Pero, oh, ese pobre, pobre hombre...
    Moragh, entretanto, sostenía otra pelea con Ryen.
    —¿Una bendición nupcial? —El rey se pasó ambas manos por la cabeza como si sintiera un fuerte escozor en ella—. ¡No seas ridícula, madre! ¡Esa costumbre ya se consideraba historia cuando yo era un niño, y revivirla ahora es absurdo!
    —Es mi deseo que se observe esa costumbre —insistió Moragh, tozuda—. Y quiero que tanto tú como Brythere estéis presentes.
    —¡Maldita sea, ya hemos hecho suficiente por Vinar e Índigo, más que suficiente, en mi opinión, sin tener que resucitar además rituales pasados de moda! En primer lugar, simplemente no hay tiempo para esta charada, y en segundo lugar no estoy obligado a acceder a todo lo que quieras sencillamente porque tú lo quieres. ¡Puedes hacer lo que te plazca, pero no esperes que Brythere o yo hagamos nada más!
    Moragh comprendió que había escogido muy mal momento para sacar a colación el tema, pero era demasiado tarde para retractarse ahora. De modo que dijo con firmeza:
    —Lo siento, Ryen, pero tú y Brythere tendréis que estar presentes, porque ya he enviado las invitaciones a los otros interesados.
    —¿Que has hecho qué? —Los ojos de Ryen lanzaron chispas—. ¿Sin siquiera consultarme a mí? —Un músculo de su mandíbula se contrajo con violencia—. ¡Madre, esto ha ido demasiado lejos! ¡No sé qué frívolos caprichos se han apoderado de ti desde que Vinar e Índigo llegaron a Carn Caille, pero estoy empezando a hartarme sinceramente de todo este asunto! ¡Esos dos han alterado nuestras vidas desde que pusieron los pies aquí, y, cuanto antes se casen y se vayan, tanto mejor para todos nosotros!
    La cólera de Moragh salió entonces a la superficie. Había decidido no dejar escapar ni un indicio de sus auténticos propósitos, pero las palabras brotaron antes de que pudiera meditarlas.
    —Ojalá —le espetó— pudiera darte la razón. ¡Pero me temo, Ryen, que estás equivocado!
    —¿Qué quieres decir? —El rey la miró con fijeza.
    «Diosa bendita —pensó Moragh—, he hablado demasiado...»
    —Madre... —Ryen cruzó la distancia que los separaba en dos zancadas y la agarró del brazo—. Madre, aquí hay más de lo que salta a la vista, ¿no es así? Sabes algo que no me has dicho. Algo sobre Índigo. —Sin ser apenas consciente de lo que hacía, la zarandeó—. ¡Dímelo!
    Ella se desasió con un brusco tirón.
    —¡No me trates como si fuera un sirviente!
    —Lo siento, lo siento... —Luchó por dominar su enojo; luego suspiró—. Lo siento de verdad, madre. No quería... —La frase se desvaneció en un gesto de impotencia—. Pero hace tiempo que sospecho que se trama algo que me has estado ocultando. En nombre de la Diosa, ¿no es ya hora de ser sinceros?
    Quizá lo era, pensó la reina viuda. O al menos tan sincera como pudiera sin ponerlo todo en peligro...
    Aspiró con fuerza, antes de empezar.
    —Muy bien. Supongo que no hay forma de evitarlo. Tienes toda la razón, Ryen. Algo va a suceder, y te lo he estado ocultando.
    —Entonces, en nombre de...
    —Por favor, escúchame hasta el final. —Le era imposible mirarlo directamente a los ojos—. Existe un buen motivo por el que no sería aconsejable contarte toda la historia ahora. Para empezar, no hay suficiente tiempo para una explicación completa y, puedes creerme, tendría que ser muy completa. Ni siquiera estoy..., ni siquiera estoy segura de que lo creyeras, no aún... Pero mañana por la noche, si todo sale según lo planeado, averiguarás la verdad. Tú y Brythere. Y Vinar.
    —¿Vinar? ¿Quieres decir que tampoco él sabe nada de todo esto?
    —Así es. No podría contárselo de ninguna manera; sería... demasiado brutal. Pero la verdad tendrá que salir a la luz, y debe hacerlo antes de la boda. Es por eso que he organizado la bendición, Ryen. Para asegurarme de que todos los que tienen algo que ver estén reunidos, en privado, antes de que sea demasiado tarde.
    Durante un larguísimo momento Ryen observó con detenimiento a su madre, y, en la inexpresiva máscara de su rostro, percibió algo de la confusión que rodeaba su mente en este momento. Sabía muy bien que él no era el más sensible de los hombres, pero...
    —Madre... —volvió a adelantarse, pero en esta ocasión la tocó con suavidad—, me pides que confíe en ti un poco más, ¿no es eso?
    Moragh asintió; tenía las pestañas húmedas.
    —Sí; eso es lo que pido.
    —Muy bien. —La besó ligeramente en la frente—. Haré lo que quieres, y también Brythere.
    Moragh volvió a asentir.
    —Gracias.
    —Pero todavía no comprendo —dijo él, retirando la mano— por qué no podrías habérmelo dicho antes, y pedido mi cooperación. ¿Crees que me habría negado? ¿Realmente crees que soy tan tozudo y estúpido hasta ese punto?
    —No —respondió Moragh—, no creo eso, y no era mi intención insultarte. Pero no podía estar completamente segura de tu reacción; y, en el caso de que hubiera habido la posibilidad, la más mínima posibilidad de que pudieras haberte negado, yo..., yo no podía correr ese riesgo, Ryen. Esto es demasiado importante.
    —¿Importante para quién? ¿Para Índigo?
    —No tan sólo para ella. Creo que puede ser de la más vital importancia para todos nosotros. —Moragh aspiró con fuerza por la nariz; luego, bruscamente, flexionó los hombros en un rápido gesto, como si se sacudiera de encima un peso invisible—. Gracias, Ryen. Ahora veo que debería haber confiado en ti desde el principio. —Le dedicó una débil sonrisa—. Gracias por otorgarme el beneficio de la duda ahora.
    Empezó a dirigirse a la puerta, pero la voz de su hijo la detuvo.
    —Madre, sólo una pregunta más. ¿La responderás si te es posible?
    —Desde luego, hijo mío. —Moragh se volvió.
    —¿Es Índigo lo que en un principio pensamos que era? ¿Crees que está realmente emparentada con el rey Kalig y su familia?
    Por un momento la reina viuda miró al suelo.
    —Sí —repuso al fin—. Índigo está emparentada con Kalig. Pero, en cuanto a tu otra
    pregunta..., te diré esto, Ryen, pero debo rogarte que no me pidas que revele más antes de mañana por la noche. —Pareció endurecerse—. Ella no es lo que habíamos pensado que era. Sin duda que no lo es.
    La puerta golpeó suavemente a su espalda cuando abandonó la habitación.
    La víspera de la boda amaneció sin una nube y calurosa, y a la hora del desayuno se acordó con júbilo y por unanimidad que se trataba del primer día de auténtico verano. Desde primeras horas de la mañana Niahrin se sentía tan nerviosa como un gatito recién nacido, y se sintió agradecida cuando una enérgica costurera hizo su aparición para efectuar la prueba definitiva del vestido que Moragh había decretado que debía lucir. Desfilar frente a un espejo, con Grimya enredándose entre sus pies y la costurera rezongando con la boca llena de alfileres, hizo que la bruja volviera a estar en contacto con la realidad y consiguió en gran manera aliviar los retortijones de su estómago, y al atardecer ya estaba lista para enfrentarse a la prueba que se avecinaba, si no con compostura al menos sin demasiados terrores.
    El Salón Menor se encontraba en el ala oeste de Carn Caille. Servía a la vez de salón público para las actividades oficiales de menor importancia y de estancia donde la familia real podía recibir a sus invitados personales o amigos cuando su número era demasiado grande para poderlos acomodar en sus aposentos privados. Niahrin y Grimya llegaron temprano, y se encontraron con que Moragh y Jes ya estaban allí. Moragh inspeccionaba la mesa que había sido dispuesta con comida y vino, mientras que Jes se hallaba sentado ante un arpa de tamaño natural, con la cabeza inclinada y los ojos cerrados en concentración mientras ensayaba una pieza de música. Niahrin sintió que el corazón le daba un vuelco al ver el arpa, pero el bardo le dirigió una sonrisa tranquilizadora.
    —Éste es mi propio instrumento, no el de Cushmagar. El suyo —señaló con la cabeza de modo significativo hacia la ventana— está ahí.
    La bruja observó que se había disfrazado la forma del arpa bajo una funda que la cubría; cualquiera que acertara a mirarla no podría reconocerla. —¿Has traído tu flauta? —Moragh levantó la vista de donde se encontraba ocupada disponiendo un arreglo que no era totalmente de su agrado. Se la veía elegante y tranquila, pero su voz era tensa. — Sí, señora.
    Niahrin la sacó y luego examinó con más atención lo que la rodeaba. La habitación estaba dispuesta como una miniatura del gran salón; había una tarima en un extremo y una chimenea amplia en el otro, y altas ventanas de múltiples paneles de cristal en la pared oeste para capturar la luz de la tarde. Esta noche, sin embargo, daba la impresión de que cada palmo de espacio disponible estaba lleno de plantas. Tiras de hojas trenzadas adornaban las paredes, guirnaldas de flores cubrían las ventanas, y sobre la repisa de la chimenea ramas de hojas perennes creaban un marco exuberante a las llamas del hogar. La mesa misma, sobre la tarima, era un mar de brillantes colores primaverales entre los cuales los platos y jarras apenas resultaban visibles. Niahrin lo contempló todo con asombro, y al ver la sorpresa y deleite de su mirada Moragh sonrió débilmente.
    —Es la tradición, querida. Ha requerido una gran cantidad de duro trabajo, pero me pareció más seguro seguir lo que mandaba la costumbre. —Entonces las comisuras de sus labios se curvaron hacia abajo—. Los otros no tardarán en llegar. Ocupa tu lugar; aquí, junto a la silla dispuesta para Vinar. —Dirigió una rápida mirada Jes—. Será mejor que dejes el arpa y te sientes a la mesa.
    Niahrin ocupó su asiento, con Jes a su lado. El corazón de la bruja martilleaba con fuerza, y cuando observó la exhibición de comida su estómago protestó ante la idea de comer algo. Tendría que intentarlo, al menos para cumplir con las formalidades, y conseguir que Índigo no se percatara de nada, antes de que se llegara al auténtico motivo de la reunión. Y, pasara lo que pasara, se recordó Niahrin con vehemencia, no debía emborracharse.
    —Grimya —Moragh dedicó una sonrisa a la loba—, ven y siéntate aquí, a mi lado. — La loba hizo lo que le decían, y saltó sobre el taburete que le habían preparado. La reina viuda paseó una última y evaluativa mirada por la mesa—. Bien, pues. Si no estamos preparados ahora, no lo estaremos nunca. De modo que..., que la Diosa nos dé buena suerte y éxito.
    La primera parte de la celebración bordeó el desastre. Los culpables fueron Ryen, Índigo, Grimya y —como ella misma fue dolorosamente consciente— la misma Niahrin. Por mucho que la bruja intentara desterrarlo, el fantasma de Vinar la perseguía. No Vinar tal y como era ahora, alegre y eufórico con un brazo alrededor de los hombros de Índigo y alzando con el otro su copa en múltiples brindis por todo el mundo y por cualquier cosa, sino Vinar como podría llegar a ser —como sin duda sería— al finalizar la noche. La idea le destrozaba la conciencia y el corazón, y no podía soportar que sus ojos se encontraran con los del scorvio ni responder a su buen humor. Ryen, también se sentía incómodo; sin dotes para la actuación, se movía torpemente entre un silencio reticente y una jovialidad exagerada, y también estaba bebiendo demasiado a pesar de las frecuentes miradas de advertencia de Moragh. E Índigo y Grimya se comportaban ambas como si la otra no existiera.
    Fue gracias a Jes que la atmósfera acabó por mejorar. Niahrin percibió el desesperado esfuerzo de las manipulaciones del bardo, pero por fin, como un capitán habilidoso que conduce su barco por aguas tempestuosas hasta buen puerto, consiguió cambiar el humor de la reunión y todos empezaron a relajarse. Con una expresión de profunda aprobación en la mirada, Moragh sirvió más vino a todos; luego, como la mujer de más edad de entre los presentes, se levantó para pronunciar la bendición tradicional, deseando que la generosidad de la tierra, del sol y de la lluvia cayeran sobre los novios y rogando a la Madre Tierra que bendijera su unión. Había lágrimas en sus ojos mientras pronunciaba las palabras del ritual, y Niahrin y Jes, que conocían el auténtico motivo de éstas, bajaron los ojos, incómodos, hacia las propias manos que mantenían entrelazadas. Finalizada la bendición, todos se pusieron en pie para el brindis del compromiso, que implicaba vaciar las copas de un trago —el vino, observó Niahrin con satisfacción, no era fuerte—, tras lo cual Jes, como padrino de Vinar, pronunció un breve y gracioso discurso dando las gracias al rey, a la reina y a la reina viuda por su amabilidad y hospitalidad, y anunciando que la ceremonia había concluido y había llegado el momento de dar comienzo a la fiesta.
    Vinar llevaba bastante rato lanzando miradas pensativas al arpa de Jes, y, cuando se inclinó para susurrar algo al oído de Índigo, Moragh lo advirtió e hizo una seña significativa a Niahrin. Índigo pareció indecisa pero al cabo sonrió y se encogió de hombros, y, mientras Jes se levantaba para ir a sentarse ante el instrumento, Vinar se recostó en su asiento con una sonrisa de satisfacción. Se giraron las sillas para colocarlas de cara al arpa, y el bardo inició un alegre popurrí de música de baile cuyo compás muy pronto todos, incluso Ryen, siguieron con el pie. A esto siguieron dos canciones marineras, a cuyo estribillo se unieron todos, y entonces Jes extendió una mano hacia la bruja.
    —Niahrin tiene una voz muy bonita, y también es una consumada intérprete de caramillo. Le ruego que se una a mí ahora.
    Niahrin fingió poner reparos alegando no ser digna —tal y como habían acordado, para marcar el ejemplo que debía seguir Índigo— y Moragh, representando su parte, insistió hasta el punto de conducirla personalmente junto a Jes. Ambos interpretaron una canción de guardabosques; luego la bruja tomó su flauta para ejecutar dos bailes a corro y un baile de marineros. Mientras tocaban, la bruja observó que Índigo se bebía otras dos copas de vino, como para darse ánimos. Cuando el baile de marineros terminó, Moragh aplaudió con una sonrisa deslumbrante.
    —¡Eso ha sido precioso, Niahrin! Ahora, Índigo. —Se inclinó hacia la pareja—. Tengo entendido que tú también eres música. ¿Podemos persuadirte de que interpretes algo para nosotros?
    —Yo... ah...
    —Vamos, Índigo —interrumpió Vinar—. ¿Qué te dije, hace sólo un momento? Te dije que no debías ser tan tímida; ¡deberías tocar, como lo hiciste esa vez en la taberna de Rogan y Jansa!
    —Eso fue diferente —replicó Índigo, pero sin auténtica convicción—, Ante un público como éste, y con un bardo tan dotado como Jes... ¡no podría! —¡Desde luego que podrías, querida! —afirmó Moragh—.
    ¡Todos somos amigos, y no hay más formalidades aquí que en cualquier pueblo! No nos desilusiones... ¡Después de todo, ésta es la última oportunidad que tendremos de oírte antes de que nos dejes!
    Índigo sonrió indecisa, primero a Vinar y luego a la reina viuda.
    —Bueno, si alguien más toca conmigo...
    —¡Ésa es mi Índigo! —Vinar le dio un sonoro beso—. Toca esa canción que oímos en la fiesta del pueblo. Ya sabes, la que también tiene una flauta; así Neerin podrá tomar parte también. La conoces, te he oído tararearla.
    —Es para tres instrumentos, no dos... —empezó Índigo.
    Jes casi sin poder creer en tanta suerte, se incorporó de un salto.
    —¡Entonces serán tres instrumentos! —anunció, y dedicó a Índigo una sonrisa de una ingenuidad tal que la muchacha no sospechó nada—. Si he de ser sincero, había esperado que pudiéramos tocar juntos, así que pedí que trajeran otra arpa. Aquí está. —
    Encaminándose a la ventana, cogió un extremo de la funda que cubría el arpa de Cushmagar y la retiró.
    El repentino silencio fue roto por una aguda exclamación ahogada de Ryen. Moragh dio un frenético puntapié en el tobillo a su hijo por debajo de la mesa, y le sujetó la mano con fuerza al ver que parecía a punto de ponerse en pie. El rey le dirigió una mirada de perplejidad; junto a él, Brythere había palidecido y su boca se abría como para protestar. La reina viuda sacudió la cabeza con energía, mientras sus ojos suplicaban silencio; dándose cuenta entonces, Ryen fingió toser y dijo en voz alta:
    —¡Vaya, vaya! Esa vieja reliquia... ¡No creí que volviera a verla en acción jamás!
    Índigo volvió la cabeza. Tenía el entrecejo fruncido, pero más en actitud perpleja que de duda. Moragh le sonrió.
    —El abuelo de mi esposo tenía esta vieja arpa; aunque debo decir que en él se desperdiciaba. No era músico, según decían todos, de modo que jamás la tocó.
    «Muy ingeniosamente expresado», pensó Niahrin. En cieno modo, Moragh no había contado una mentira.
    La reina Brythere, recuperándose de la sorpresa, empezó a decir:
    —Pero sin duda...
    La reina viuda la interrumpió con suavidad.
    —Pero sin duda debe de haber sido muy laborioso volver a afinarla después de todos estos años; sí, estoy totalmente de acuerdo —dijo, sin dar a Brythere la oportunidad de añadir nada más—. Ha sido muy generoso por tu parte tomarte tantas molestias, Jes.
    —Un placer, alteza. —El bardo le dedicó una reverencia—. Como único arpista de Carn Caille, no disfruto con frecuencia de la posibilidad de tocar con otro colega. — Acercó un taburete al instrumento—. Índigo, siéntate aquí. Ahora ¿puedes tararear las primeras notas de la melodía?
    Índigo lo hizo —aunque seguía contemplando el arpa con el entrecejo fruncido, y la arruga de la frente era más profunda ahora, como si algo intentara abrirse paso desde el fondo de su mente— y Jes asintió con la cabeza.
    —La conozco bien. ¿Toco yo como primera arpa, y tú como segunda?
    —Sí. Sí, gracias.
    Índigo se sentó pero no tocó las cuerdas. Algo la molestaba claramente ahora, observó Niahrin. Pero ese algo no se había afianzado aún con fuerza suficiente; la muchacha seguía queriendo unirse a ellos en la interpretación. «Sólo unos instantes más —rezó en silencio la bruja—, sólo unos instantes más...»
    Jes extrajo un ondulante arpegio de su instrumento, y Niahrin tomó su flauta. También ella conocía bien la melodía, pero, mientras se iniciaba el solo de arpa y ella aguardaba su entrada en el segundo verso, no dejaba de observar al bardo de reojo, alerta a la señal convenida con anterioridad. Arpa y flauta empezaron a entretejer sus melodías, y no obstante su aprensión, que la aguijoneaba ahora con mucha insistencia, Índigo se sintió seducida por la música. Flexionó las manos involuntariamente, las extendió, y los dedos tocaron las cuerdas.
    Por primera vez en cincuenta años, las magníficas notas del arpa de Cushmagar sonaron en Carn Caille. Niahrin sintió como si una mano gigantesca y helada se hubiera posado sobre su espalda; la flauta titubeó y desafinó antes de que pudiera recuperar la serenidad. En la mesa, Ryen estaba rígido; Brythere, boquiabierta y con una mano aferrada a la manga de su esposo. Grimya se mantenía agazapada, con los ojos rojos de miedo, y Moragh permanecía inclinada hacia adelante; tenía los nudillos blancos mientras sujetaba con fuerza el borde de la mesa, y los ojos le brillaban con una luz ávida casi fanática. Vinar, sin sospechar nada, se limitaba a sonreír a Índigo con afectuoso orgullo; e Índigo, por su parte...
    Algo no iba bien. Ella lo sabía, lo sentía. Algo no iba bien en el arpa. La percibía extraña bajo sus dedos, casi como si fuera parte de un sueño y en absoluto real. Pero el sonido que brotaba de ella era hermoso, cautivador; jamás había escuchado un instrumento tan rico y delicado... ¿O sí lo había escuchado?
    Su visión se oscureció de improviso —¿qué les había sucedido a las luces?— y, sobresaltada, levantó la cabeza. ¿Por qué la miraban todos de aquella forma? Sus expresiones eran extrañas, fijas; había sombras en sus rostros, y Vinar... ¡Pero él ya no era Vinar! Era otra persona, otra persona... Y el rey parecía mayor, con la barba y los cabellos diferentes, y la mujer sentada a su lado no era la reina Brythere.
    —Nnn... —El sonido, inarticulado, surgió de su propia garganta pero no consiguió transformarlo en palabras, ya que la lengua no quería obedecer.
    »Nn... aaah... —«No», quería decir. «No, parad, paradlo, antes...»
    Jes comprendió, e hizo la señal a Niahrin. Al instante la música cambió, y la conocida canción de las Islas Meridionales se metamorfoseó en la lenta y obsesiva melodía del aisling. Niahrin vio cómo los ojos de Índigo se abrían desorbitados por el horror. Reuniendo todo su poder, la bruja consiguió capturar su sobresaltada mirada y, sosteniéndola, se volvió completamente de cara a la muchacha. La boca de Índigo se abría y cerraba sin emitir sonido alguno, y sus manos tocaban ahora la melodía sobre las cuerdas del arpa, moviéndose por voluntad propia mientras seguían impotentes a donde los otros las conducían. Las notas ascendían y descendían, ascendían y descendían, hipnóticas e irresistibles, repitiéndose una y otra vez... Índigo lanzó un grito; un grito de dolor, miedo y pena que se elevó agudo hasta las vigas del techo. Vinar se puso en pie al instante, pero Ryen se lanzó sobre él y lo arrastró de nuevo a su asiento.
    —¡No! —gritó el monarca—. ¡Déjala, amigo! ¡Déjala sola! En ese momento, inopinadamente, un viento helado recorrió la sala. Todas las lámparas y velas se apagaron, dejando a los reunidos a oscuras, y la música volvió a cambiar. Jes y Niahrin escucharon el cambio y dejaron de tocar como si los hubieran pinchado. La flauta de Niahrin resbaló de sus manos y chocó contra el suelo, y Jes agarró con fuerza su propia arpa, que había empezado a balancearse violentamente. Pero Índigo siguió tocando. Tenía la cabeza echada hacia atrás, la espalda doblada como si fuera víctima de un dolor terrible, y sus dedos volaban sobre las cuerdas de la gran arpa mientras del pasado, de la oscuridad, del mundo de lo que «podría haber sido», el otro y más poderoso aisling, el legado de Cushmagar y su advertencia, penetraba tumultuoso en su interior y la atravesaba con una fuerza impresionante y terrible.

CAPÍTULO 20


    Desde el extremo opuesto de la sala, una voz compuesta habló en voz baja pero a la vez con abrumadora y dramática claridad.
    —ANGHARA...
    Las manos de Índigo se separaron violentamente de las cuerdas, y la muchacha cayó hacia atrás, resbaló del taburete y fue a chocar contra el suelo. Durante varios segundos se produjo un silencio agorero en la sala. Aturdida, Índigo empezó a incorporarse despacio.
    —ANGHARA... ¿NOS RECUERDAS, ANGHARA?
    El fuego de la chimenea llameó con fuerza, obligando a las sombras a retroceder, y del interior del hogar, materializándose de entre las llamas, surgieron tres figuras que avanzaron hacia Índigo. Némesis iba delante; detrás de la criatura de cabellos plateados iba la figura de los ojos lechosos, y el lobo de pelaje pálido la seguía. Némesis sonrió con tristeza y extendió una mano como si intentara una conciliación.
    —¿No quieres recordarnos, hermana? ¿No quieres recordarnos, y regresar?
    —No... —El cerebro de Índigo se rebeló—. No..., no os conozco...
    —Claro que nos conoces, hermana. Nos conoces a todas. —Némesis dio un paso al frente, luego otro, y otro, y los otros dos fantasmas la siguieron—. Ven, Anghara. Ven. Volvamos a ser uno solo otra vez.
    Índigo retrocedió, y chocó con el arpa de Cushmagar. Las cuerdas vibraron, emitiendo un gemido sobrenatural.
    —¿Qué queréis de mí? No os conozco; ¿no comprendéis? Manteneos lejos de mí... ¡Manteneos apartadas! —Y giró en redondo, al tiempo que su voz se elevaba desesperada—. ¡Vinar! ¡Vinar, por favor, ayúdame!
    Con un rugido de miedo y rabia, Vinar se desasió de la mano del rey y se lanzó al frente; Ryen intentó sujetarlo, pero él se le escapó y corrió hacia Índigo.
    —¡Detenedlo! —gritó Moragh con desesperación—. ¡Que alguien lo detenga...! ¡Grimya!
    Lo que sucedió en los segundos que siguieron ocurrió tan deprisa que dejó a Niahrin aturdida. Una mancha gris surgió veloz de detrás de la mesa, y Grimya se lanzó sobre Vinar con un poderoso salto. Chocó contra él con todo su peso, y el hombre se vino abajo con un rugido, agitando brazos y piernas. Ryen empezó también a gritar, mientras Brythere emitía agudos chillidos mezcla de sorpresa y temor, y con un veloz y grácil movimiento los tres fantasmas corrieron hacia Índigo. Una luz cegadora brilló de repente en toda la sala, como si un rayo hubiera iluminado las ventanas, y el sobresalto los inmovilizó a todos de golpe. Vinar se encontraba tumbado en el suelo, perplejo; Ryen y Brythere estaban tan desconcertados que eran incapaces de decir nada; Jes y Moragh permanecían petrificados como figuras de un cuadro viviente. Niahrin, por su parte, descubrió que se había arrojado al suelo e intentaba instintivamente cubrirse la cabeza con las manos. Y los tres fantasmas habían desaparecido...
    Índigo, de pie y sola en medio de la sala, se balanceó de repente, y un sonido ahogado borboteó entre sus labios. Llamándola por su nombre, Vinar se incorporó con dificultad y empezó a acercarse a ella... pero se detuvo cuando la muchacha se volvió y lo miró. El
    rostro de Índigo mostraba una expresión de perplejidad, pero su porte de notaba una confianza nueva y desconocida. En una voy que no parecía la de la Índigo que todos conocían, preguntó con calma:
    —¿Quién eres tú?
    Los ojos de Vinar parecieron a punto de estallar por la sorpresa.
    —¿Quién...? Índigo, ¿qué estás diciendo? ¿Qué quieres decir? Soy yo, Vinar, ¡Vinar! —Intentó acercarse a ella, pero Grimya volvió a gruñir y desistió. El tono de su voz se tornó azorado, patético—. Índigo...
    —Vinar —Moragh se encontraba a su lado y lo tomaba del brazo—, creo que será mejor que te sientes.
    —Pero...
    —Mírala, Vinar. Mírala con atención.
    Así lo hizo, y descubrió lo que ella, Niahrin y Jes ya habían visto. El aspecto físico de Índigo, así como su forma de actuar, habían cambiado. Sus ojos habían perdido su familiar color y adquirido un tono lechoso; mechas plateadas brillaban en sus cabellos; y, cuando inclinó a un lado la cabeza y le dedicó una sonrisita, había algo lobuno en su expresión.
    —Lo siento —dijo con afabilidad pero sin emoción—. No creo que hayamos sido presentados.
    —Pero... —musitó de nuevo Vinar. Por mucho que se esforzaba, no conseguía encontrar las palabras para formar las preguntas. Como un niño, dejó que Moragh lo condujera de vuelta a su asiento, mientras Índigo lo contemplaba alejarse; una vez ante su silla, Vinar se dejó caer en ella y hundió el rostro entre las manos.
    Moragh se irguió. Tras dirigir una veloz mirada a Niahrin, dijo:
    —Índigo ¿sabes quién soy?
    Los blanquecinos ojos de Índigo se volvieron de color plata.
    —¿Os dirigís a mí, señora? —inquirió—. Perdonadme, pero creo que habéis cometido un error. Mi nombre no es Índigo.
    —Entonces ¿cuál es tu nombre? —Moragh sostuvo su mirada con firmeza.
    —Yo soy Anghara.
    Brythere emitió un sonido estrangulado y nervioso, y la silla de Ryen arañó el suelo al resbalar hacia atrás.
    —¿Anghara? Eso no es...
    —¡Ryen, permanece en silencio! —lo instó Moragh, apremiante—. No la interrogues; no discutas. —Lanzó otra mirada a Niahrin, esta vez a modo de súplica—. Niahrin, ¿qué hemos de hacer?
    Antes de que la bruja pudiera pensar, y mucho menos responder, Índigo se volvió para mirarla con curiosidad. Fue un movimiento lento, como si la muchacha no estuviera muy segura de sí misma. Luego la curiosa sonrisa regresó.
    —Recuerdo haberte visto en algún lugar antes. ¿No estabas en...? —La sonrisa fue reemplazada por una expresión pensativa—. No. Eso no. Eso no podría haber sucedido...
    Mientras hablaba sus ojos cambiaban continuamente de color; ahora plateados, ahora blanquecinos, ahora ambarinos. Por fin volvieron a ser de color azul violáceo. Grimya gimoteó y se apretó contra la pierna de Niahrin; el sonido y el movimiento llamaron la atención de Índigo, que bajó la mirada.
    —Me gustan los lobos —dijo—. Pero nunca antes había visto uno en Carn Caille. ¿Es tu mascota?
    —No —respondió Niahrin—. Ella es mi amiga... y tu amiga, también. ¿No la recuerdas? ¿No recuerdas a Grimya?
    —Grimya... No, creo que no. Había una... pero no. Eso fue un sueño. Sólo un sueño.
    Jes había ido a colocarse junto a Niahrin; en voz baja, la bruja le susurró de forma que sólo él pudiera oírla:
    —Empieza a recordar algo, Jes. Advierte a su alteza; dile que no diga nada. Voy a intentar hacer girar la llave.
    El bardo asintió y se retiró en dirección a la mesa. Índigo lo siguió con la mirada.
    —¿Es ese joven un bardo? —preguntó.
    —Es un bardo.
    —¡Ah! Ya lo pensé. Tiene el aspecto... Nosotros teníamos un bardo, pero era mayor. Su nombre era..., era...
    Seguía observando a Jes, y con cuidado, mientras su atención estaba distraída, Niahrin levantó una mano y apartó el parche de su ojo izquierdo. Sabía que debía actuar en el momento preciso y, sin hacer ruido, dio dos pasos al frente que la acercaron más a Índigo.
    —Su nombre era Cushmagar —dijo en voz baja pero nítida.
    —¿Qué? —Índigo volvió la cara... y la mirada de bruja de Niahrin la atrapó—. No... —musitó la muchacha—. No, no..., no quiero...
    —Silencio.
    La voz de Niahrin adoptó al punto el hipnótico sonsonete con el que había lanzado su hechizo sobre Perd. Pero esta noche no necesitaba de una cuerda de nudos para dar vida a la magia. El poder dormido del hechizo empezaba a despertar; no dentro de ella, sino dentro de Índigo. Al descubrir su ojo, Niahrin no había hecho más que abrir la puerta; lo que la puerta revelaba sólo podía verlo Índigo.
    —Anghara. Anghara. Anghara. —Niahrin levantó muy despacio su mano derecha mientras repetía el auténtico nombre de Índigo tres veces. Estiró el brazo en dirección al anonadado rostro de la muchacha, y sus dedos pulgar y corazón se extendieron en una antigua señal de hechicería—. Mírame, Anghara, porque yo poseo el don de la visión, y el pasado y el futuro están en mi ojo. Mira, Anghara. Mira.
    La sala estaba totalmente en silencio. Índigo clavó los ojos, hipnotizada, en el rostro de la bruja. No podía volver la cabeza; Niahrin la había atrapado como un pájaro en una trampa, y de improviso le pareció que la bruja cambiaba y se convertía en otra persona, en alguien que ella conocía bien...
    —¿Imyssa...? —Sin darse cuenta, Índigo pronunció el nombre de su vieja nodriza. La imagen del arrugado rostro de Imyssa fluctuó y por un instante una mejilla desfigurada y un ojo horrendo aparecieron en su lugar; pero enseguida eso se desvaneció, y la nodriza le sonrió con cariño.
    «Ya está, hijita, acabado; ¿y quién se atreverá a decir que no eres la cosa más linda que jamás se ha sentado a la mesa de un rey?» La voz surgía no del mundo físico sino de algún lugar en su interior, espectral, repitiendo un lejano recuerdo. «¿Qué canción interpretarás para tus queridos padres esta noche, mi princesa?»
    —¡Oh, no...! —exclamó Índigo en voz alta y temblorosa—. No, no. Eso no...
    Pero otras voces se unían ya a la primera.
    «¿Qué canción, Anghara? ¿Qué canción será esta noche? Toca para nosotros, Anghara. Toca para nosotros como has hecho tantas veces antes.» Índigo intentó no oírlas, pero crecieron como una marea, chocando contra sus oídos, contra las paredes de su cerebro. «¿Qué canción será esta noche? ¿Qué canción será esta noche?»
    Y una voz entre todas ellas, una voz anciana pero cálida, potente y amable, dijo:
    «Mi arpa está aquí, princesa, y aguarda. Vamos, Anghara. Vamos.»
    Como en sueños, se dio la vuelta. El arpa estaba allí, su arpa, el arpa de Cushmagar, de pie donde siempre había estado junto a la tarima del rey. La luz de las llamas se reflejaba sobre la brillante madera, otorgándole un resplandor ambarino. Y estaban todos allí, con ella: su familia, sus amigos, todos aquellos espíritus queridos y amados que compartían su vida...
    Los siete silenciosos espectadores de la sala apenas se atrevieron a respirar por temor a interrumpir la quietud mientras Índigo avanzaba despacio, a ciegas pero sin titubear, hacia el arpa de Cushmagar. Incluso Vinar había levantado la cabeza y contemplaba la escena, aunque su rostro estaba poseído por una expresión de pena indecible. Un leve roce de seda rompió el silencio cuando Índigo se sentó. Sonrió a los presentes, pero sus ojos estaban cerrados y lo que veía mentalmente era una escena de otra época y otro lugar. Entonces apoyó la mejilla contra la suave madera tallada del arpa, y empezó a tocar.
    Mucho más tarde, Niahrin averiguó que la música que Índigo extrajo del arpa de Cushmagar esa noche no había sido escuchada nunca antes en el mundo mortal, y jamás volvería a serlo. Era, realmente, un aisling; pero un aisling tan extraño, hermoso y melancólico que se introdujo en su propio espíritu, para abrirlo como una flor y a la vez desgarrarlo con una emoción tal que era casi demasiado fuerte para que su mente y su cuerpo lo soportaran. Débilmente, mientras la exquisita y desgarradora melodía se elevaba y ondulaba e inundaba la sala, la bruja escuchó el sonido de una mujer que lloraba, pero no podía decir ni saber si esa mujer que sollozaba con tanto sentimiento era Moragh, Brythere o ella misma. Índigo siguió tocando, las manos moviéndose febriles, el rostro extasiado y rígido, enmarcado por la masa de sus cabellos. Tenía los ojos abiertos ahora, aunque miraba como alguien poseído a un mundo que los otros jamás podrían ver, y su delgada figura estaba envuelta en una aureola plateada que se enroscaba a su alrededor como el humo.
    Entonces, en el extremo opuesto de la sala, el fuego empezó a cambiar. Las llamas danzaban, se balanceaban a medida que el ritmo de la música se tornaba más turbulento, pero de improviso Niahrin se dio cuenta de que perdían color. Comenzaron a mezclarse y fundirse, su tono se hizo cada vez más pálido, más pálido, y su brillo aumentó hasta que el hogar pareció lleno de un deslumbrante círculo de luz blanca.
    Y del centro de la luz, con la solemnidad de una extraña cabalgata sobrenatural, surgió una procesión de figuras humanas.
    Kalig iba a la cabeza; un hombretón alto con la corona de las Islas Meridionales centelleando sobre sus cabellos castaño rojizos. Cogida de su brazo iba Imogen, su patricia y hermosa reina procedente de Khimiz, en el continente oriental; miraban a su alrededor, e inclinaban las cabezas regiamente, y sonreían como aceptando la adulación de una gran muchedumbre invisible.
    La cabalgata se detuvo. Por un momento las fantasmales figuras permanecieron inmóviles; luego Kalig e Imogen se adelantaron solos. En la mesa, Ryen y Brythere estaban de pie. La joven reina se aferraba a su esposo aterrorizada, pero aunque quería mirar a otro lado no podía volver la cabeza, no conseguía apartar la mirada de los silenciosos y elegantes fantasmas que desfilaban lentamente hacia ella. El rostro de Ryen era un suplicio de emociones en conflicto; asombro, miedo y pesar, todos ellos compitiendo por obtener prioridad. A medida que Kalig e Imogen se acercaban, él empezó a apartarse de la mesa, como si tuviera intención de ir a su encuentro... o como si, temiéndolos, quisiera dejar paso a una reivindicación más antigua y poderosa...
    Pero los espectrales soberanos no llegaron hasta la tarima. En lugar de ello giraron a un lado, hacia donde Índigo seguía tocando, inmersa en el hechizo, sin darse cuenta de nada. Al aproximarse al arpa sus figuras se fueron encogiendo hasta tener apenas el tamaño de muñecos; entonces pasaron bajo el arco de la gran estructura de madera, parecieron fundirse por un instante con las temblorosas cuerdas, y, como un fuego fatuo, desaparecieron. Y Niahrin recordó su tapiz junto a la chimenea, enmarcada en el resplandeciente círculo de luz, la procesión volvió a ponerse en marcha. Ahora a su cabeza marchaba el príncipe Kirra, hijo de Kalig y hermano de Anghara; un joven en lo mejor de la vida con todo el aspecto de una energía vibrante, que reía, o eso parecía, con un acompañante invisible. Tras él avanzaba una anciana, menuda, afable y vigorosa como un arrugado reyezuelo, que agitaba un dedo y sonreía y, en silencio, regañaba cariñosamente. Luego venían otros: sirvientes, cazadores, guardabosques, cogidos del brazo, sonrientes, gastando bromas, saludando con la mano a amigos situados más allá que sólo sus ojos podían ver. Uno a uno y de dos en dos desfilaron a lo largo de la sala, se dieron la vuelta, se encogieron, y desaparecieron en el interior de la melodiosa y plañidera arpa.
    Y entonces la naturaleza de la procesión empezó a cambiar. Primero apareció un capitán de barco, con una mujer fornida de aspecto temible a su lado. Luego un hombre y una mujer de más edad, él de rostro cansado y aspecto nervioso, ella adornada con un tocado de tintineantes discos de cobre, y con ellos un joven que avanzaba con un contorneo arrogante. Tras ellos seguía una muchacha que sujetaba con fuerza un broche de estaño en forma de ave, y que lloraba de vergüenza por su rostro, desfigurado por la enfermedad; con ella iba un hombre alto y enjuto, los revueltos cabellos grises sujetos en un racimo de trenzas y los ojos llenos de furiosa pena. Detrás, un hombre de piel morena y sensual belleza, y una mujer de su misma raza cuya expresión mostraba una triste melancolía; entre ambos conducían a un muchacho de cabellos rubios y a una menuda y hermosa niña de cabellos dorados. Pisándoles los talones, avanzaba pavoneante una mujer de pequeña estatura con los cabellos muy cortos y las mejillas con joyas incrustadas en ellas, lo que la señalaba como marinero davakotiano. Todas estas figuras atravesaron el arco del arpa unas tras otras, mientras Índigo, inconsciente a todo, seguía interpretando la melancólica melodía.
    En ese momento se produjo un revuelo de movimientos más frenéticos en el círculo de luz. La música del arpa varió y se volvió más veloz, más alegre; y de la chimenea surgió un revoltijo de gentes que reían a carcajadas, desde una niña pequeña hasta un hombre de mediana edad. Todos poseían llameantes cabelleras rojas; uno lanzaba al aire palos de malabarista, otro realizaba un vertiginoso torbellino de volteretas hacia atrás, en tanto que los otros, tomados de la mano, giraban en alegre baile. Aunque sus bufonadas eran mudas, Niahrin casi podía oír el golpear del tambor y el misterioso campanilleo del organillo mezclándose con el arpa; casi escuchaba los gritos de una muchedumbre que aplaudía y pedía más. Pero los comediantes no se quedaron; al igual que el resto se fundieron con el arpa, se fundieron con los recuerdos de Índigo, y bruscamente la música volvió a cambiar para convertirse en una lenta y extraña modulación al aparecer la siguiente visión.
    Este fantasma no era humano. Un enorme tigre de piel blanquecina emergió, solitario y silencioso, del brillante círculo. No miró ni a derecha ni a izquierda sino que avanzó con la gracia y la seguridad del poder indiscutido; sobre su cabeza y a lo largo de todo el lomo centelleaban unos copos de nieve. Tras él, a respetuosa distancia, andaba una mujer cuyo rostro quedaba oculto bajo una capucha de piel; luego tres hombres jóvenes, uno de los cuales resultaba curiosamente familiar a Niahrin, y dos mujeres también jóvenes, y por último un hombre anciano ayudado por otra mujer que parecía intentar consolarlo. También éstos desaparecieron, y surgieron más mujeres, de piel de ébano y escasamente vestidas, con los brazos y rostros brillantes de sudor. Dos de ellas, una alta y de rostro duro la otra más baja, casi rechoncha, parecían discutir. Las si guió — Niahrin parpadeó sorprendida ante el espectáculo una hilera de niños saltarines que parecía interminable, hasta que por fin apareció su guardián, persiguiendo a los últimos rezagados para que siguieran adelante. El guardián era una figura imponente, con una boca menuda de labios carnosos que parecía fuera de lugar en un rostro tan sombrío, pero al atravesar la sala sonrió con una sonrisa tan dulce que podría haber derretido las piedras.
    Los niños y su benefactor se encogieron y desaparecieron en el interior del arpa, e Índigo siguió tocando aún. Pero ahora sus ojos ciegos estaban llenos de lágrimas, y el aisling volvía a cambiar a una melodía agitada que suspiraba y lloraba y parecía traer esperanza y desesperación al mismo tiempo. Y una visión más penetró en la sala. Apareció en el interior del círculo de luz como un hombre surgido de las profundidades de un sueño. Chispas plateadas centelleaban en su negra cabellera cuando salió del hogar y se detuvo, mirando a su alrededor, con el entrecejo ligeramente fruncido. Al contrarío que los espectros aparecidos antes, él parecía consciente de la existencia de la sala y de sus paralizados espectadores. Entonces vio a Índigo... —¿Anghara?
    La voz produjo un escalofrío a Niahrin, pues reconoció el familiar timbre de Perd Nordenson. El arpa quedó brusca y repentinamente muda, e Índigo levantó la cabeza
    con un violento gesto. Sus ojos lo vieron, y el sonido que emitió al aspirar con fuerza resonó por toda la estancia mientras los últimos ecos del aisling se desvanecían. — Fenran... —El arpa se estrelló contra el suelo con un fuerte estrépito, e Índigo se incorporó de un salto—. ¡FENRAN!
    Corrió hacia él con los brazos extendidos. Niahrin oyó cómo Vinar lanzaba un grito de angustia cuando Índigo y el espectro de su amante se abrazaron. Se produjo un forcejeo en la tarima, y se escucharon voces airadas y un golpe sordo; pero Índigo y Fenran sólo eran conscientes de la presencia del otro. Por fin se separaron.
    —Fenran... ¡oh, mi amor...! —El rostro de Índigo brillaba de alegría. Pero Fenran sonrió, y era la misma sonrisa desdeñosa y cruel que Niahrin había visto en el rostro de Perd en el sótano.
    —No —dijo él—. Aún no, aún no. ¿No lo comprendes, Anghara? ¡No ha terminado todavía!
    Se volvió. Sus ojos grises abarcaron la tarima y a sus anonadados ocupantes, y se echó a reír.
    —No hemos acabado con vosotros —anunció, y entonces su mirada se clavó en la bruja—. Sólo queda un demonio, Niahrin. ¿No es eso lo que me dijiste? Bien, querida mía, tenías razón. Los dos sabemos su nombre ahora; pero ¿tienes el valor de decir el nombre en voz alta?
    Y Fenran desapareció.
    —¡No! —Índigo se tambaleó hacia atrás, y sus manos arañaron el aire—. ¡No, No! ¡FENRAN!
    Se lanzó en dirección a las puertas de la sala. Jes, recuperando la serenidad más deprisa que los otros, gritó:
    —¡No, no la dejéis marcharse! —Echó a correr tras ella, seguido de Niahrin, pero Grimya fue más rápida. Adelantó a Índigo y se detuvo en seco, para luego girar en redondo y cerrarle el paso hasta la puerta.
    —¡Índigo, espera! —jadeó, ronca por el esfuerzo y la emoción—. ¡Espera, p... por favor!
    Los otros corrían ahora tras Niahrin y Jes; al escuchar la voz de la loba, Brythere agarró el brazo de su esposo.
    —¡Ryen, ha hablado! ¡El animal ha hablado!
    Índigo bajó los ojos hacia su vieja amiga.
    —Grimya...
    La voz le temblaba; parecía confundida. De improviso, la barrera mental que había mantenido sus mentes separadas desde el naufragio se desplomó, y en una especie de torbellino Grimya escuchó sus atormentados pensamientos.
    «¡Oh, Grimya, oh, mi amor! ¿Qué me ha sucedido? ¿Que he hecho?» Y se cubrió el rostro con las manos, mientras las lágrimas le resbalaban por la cara.
    —¡Índigo! —Era la voz de Vinar, quien, haciendo a un lado a Niahrin y a Jes, corrió junto a la muchacha—, Índigo, ¿qué ha sucedido? —La sujetó e intentó rodearle los hombros con el brazo—, Índigo, ¡no comprendo! Por favor...
    Ella lo miró, y sus manos la soltaron al leer la verdad en sus ojos.
    —Ha regresado —dijo ella en voz baja, y había una clara nota trágica en su voz—. Mi memoria ha regresado. Lo recuerdo todo, absolutamente todo. Y..., y... —Pero no había palabras para explicárselo, nada que pudiera permitirle comprender.
    Los otros empezaban a reunirse a su alrededor ahora. Rostros desconocidos, ansiosos, preocupados, asustados, Índigo no soportaba mirarlos. El dolor que sentía en su interior era demasiado terrible; todo lo que deseaba era correr, huir.
    «Huir...»
    «¡Fenran!» Grimya percibió el torrente de emociones que inundaba la mente de su amiga, y supo lo que ésta pensaba hacer.
    «Índigo, no, no puedes...»
    «¡Sí, Grimya! ¡Sí, debo! ¿No lo ves, no lo recuerdas? ¡El me espera! ¡Espera en la Torre de los Pesares!» Índigo giró en redondo, de cara a los que la miraban, de cara a Vinar.
    —Por favor —dijo en voz baja y temblorosa—. Ahora sé por qué vine aquí, y sé lo que debo hacer. Por favor, no intentéis impedírmelo. No puedo hacéroslo entender, y no hay tiempo para intentarlo. Tengo que irme.
    —¡No, Índigo! —gritó Vinar—. No, no puedes. Tú...
    —Vinar...
    Su voz era tan dulce y apenada que lo acalló a mitad de la frase. Lo miró a los azules ojos, vio la herida que le había provocado, y aquello casi le partió el corazón.
    Pero ahora no podía ofrecerle nada. Tenía que decirle la verdad, por amarga que fuera.
    —Vinar, no puedo casarme contigo. Habría estado mal, terriblemente mal, y nos habría traído la ruina a ambos. Lamento tanto haberte provocado..., el haberte provocado tanto... —Aspiró con fuerza y de forma entrecortada—. Gran Diosa, lo siento tanto; ¡lo siento tanto!
    —Índigo... —Moragh se adelantó, con las manos extendidas—. Querida, si pudiéramos...
    —No. —Índigo retrocedió rápidamente fuera de su alcance—. No, su alteza. No hay nada que decir; nada podría cambiarlo. Debo marcharme... El me espera, Fenran me espera. ¡Debo encontrarlo!
    Esquivando a Grimya, llegó a la puerta y su mano se posó sobre el tirador antes de que nadie pudiera detenerla. La puerta se abrió violentamente; con el rostro pálido y los ojos llorosos, Índigo dirigió una última mirada a Vinar.
    —Lo siento... —repitió, y desapareció; el sonido de sus pasos a la carrera se fue perdiendo por el pasillo.
    Durante varios segundos todos los presentes en la sala estuvieron demasiado aturdidos para hablar o moverse. Luego, bruscamente, el rey dijo en un estallido de cólera:
    —¡Maldita sea! Pero ¿quién se cree que es...?
    —¡Ryen, no! —La voz de Moragh resonó con fuerza mientras él se encaminaba a la puerta para ir tras Índigo. Ryen se detuvo y la miró enojado, y ella añadió—: Déjala ir.
    —¿Dejarla ir?
    —Sí. —El rostro de la reina viuda estaba blanco y muy serio—. Esto está fuera de nuestras manos ahora.
    —Pero ella va... —Ryen se interrumpió al darse cuenta de que no sabía lo que Índigo había hecho, o lo que pensaba hacer, o siquiera quién era en realidad. Hizo un gesto de total impotencia en dirección a Vinar, que permanecía inmóvil como un muerto, con los ojos fijos en la puerta—. ¿Qué pasa con él? ¡Por él, aunque no sea por otro motivo, hemos de traerla de vuelta!
    —Mi señor... —Era Jes quien hablaba ahora— Su alteza tiene razón. —Se apartó de Niahrin y se encaró con el monarca—. Lo que Índigo, o quizá debería decir ahora Anghara, piensa hacer es algo que le concierne a ella y sólo a ella. No podemos ayudarla, ni podemos hacer nada por Vinar. —Hizo una pausa—. Creo, con todo respeto, que lo que hemos presenciado aquí esta noche es prueba suficiente de ello.
    —Tú lo sabías. —Los ojos de Ryen se entrecerraron—. Lo sabías desde el principio, y no me lo dijiste...
    —Sí, mi señor, lo sabía —reconoció Jes, cabizbajo—. Sólo puedo pedir vuestro perdón.
    Durante un buen rato Ryen lo contempló fijamente. Luego giró sobre sus talones y miró a Niahrin con dureza.
    —Tú eres una mujer sabia, y está claro por lo sucedido esta noche que tú también eras uno de los conspiradores principales en este enloquecido asunto. Muy bien, dejémoslo así. ¿Qué dices tú que debemos hacer?
    Niahrin observaba a Grimya con inquietud.
    —Estoy de acuerdo con su alteza, majestad —respondió con calma—. Hemos de dejar marcharse a Índigo. No tenemos otra elección. Además... —Vaciló y buscó la mirada del rey—. Creo que regresará a Carn Caille antes de que transcurra mucho tiempo.
    La reina viuda se adelantó y tocó la mano de su hijo con suavidad.
    —Ryen, no se gana nada permaneciendo aquí de pie discutiendo entre nosotros. Hay todavía muchas cosas sobre este asunto que ni tú ni Brythere sabéis. —Dirigió una ojeada a su hija política, que tenía el entrecejo fruncido y parecía absorta en sus pensamientos—. Y también debemos intentar hacer algo por el pobre Vinar, quien ha sufrido una conmoción mayor que ninguno de nosotros. Vayamos a mis aposentos, y Jes, Niahrin y yo os explicaremos lo que podamos.
    —Pero Índigo... —Ryen seguía sin estar muy dispuesto a abandonar la idea de ir en su busca—. ¿Sabes adonde ha ido?
    Moragh y Niahrin intercambiaron una breve mirada muy elocuente.
    —Eso creo —repuso la reina viuda—. Pero también creo que no sería sensato seguirla. —Con destreza y firmeza pasó el brazo alrededor del de su hijo y con la otra mano atrajo a Brythere hacia ella—. Venid, queridos. Será lo mejor, y no hay nada más que podamos hacer de momento.
    Una puerta más pequeña situada detrás de la tarima conectaba directamente con los aposentos reales privados, y Moragh condujo a Ryen y a Brythere hacia ella. Jes convenció con suavidad al aturdido Vinar para que los siguiera, y los cinco abandonaron la
    sala. Al ver que Grimya no iba tras ellos, Niahrin se agachó junto a la loba.
    —¿Qué sucede, cariño? —preguntó en voz baja.
    Grimya lanzó un gañido y la miró con ojos preocupados.
    —No pu... puedo quedarme —respondió con voz ronca—. Niahrin, tengo que ir tras Índigo. Sé lo que dijiste, pero... yo no puedo dejarla ir sola. Tengo miedo por ella, y... y es mi ammm... amiga.
    La bruja comprendió. Y era consciente del resto, de aquello que Grimya no decía ni quería decir. La loba sabía que sobre ellos se cernía una amenaza mucho mayor que el simple peligro que corría Índigo. La bruja también lo sabía, pero, por el momento al menos, guardarían ese secreto entre las dos.
    La mujer no habló; se limitó a extender los brazos para rodear con ellos a la loba, y la abrazó con fuerza unos instantes. Grimya le lamió el rostro y, mientras Niahrin se volvía a poner en pie, se dirigió hacia la puerta principal y, deslizándose al otro lado como una sombra, desapareció. Niahrin cerró el ojo sano y sus dedos realizaron un dibujo mágico en el aire.
    —Que la Madre te otorgue buena suerte, querida mía —musitó.
    Unas leves pisadas sonaron a su espalda, y Niahrin giró veloz.
    Jes estaba de pie junto a la mesa de la tarima. Al ver la expresión consternada de la bruja sonrió, y se acercó despacio.
    —No temas; no diré nada a nadie. —Señaló con la cabeza en dirección a la puerta—. ¿Ha ido tras Índigo?
    —Sí. No..., no creo que hubiera podido detenerla...
    —Niahrin vaciló unos instantes y añadió—: Incluso aunque hubiera querido hacerlo.
    El bardo volvió a asentir.
    —Probablemente es lo mejor. —Se produjo una larga pausa— Niahrin... —dijo al cabo—, esto no ha terminado aún, ¿verdad?
    Era la pregunta que Niahrin había estado intentando no pensar. Se estremeció, comprendió que Jes había percibido su escalofrío, y volvió la cabeza.
    No —repuso con calma—. No sé lo que sucederá, qué forma tomará. Pero sé adonde ha ido Índigo, y creo comprender ahora qué es ese lugar y qué tiene el poder de hacer. —Por fin volvió los ojos hacia él—. Esto no ha terminado, Jes. No para Índigo, y tampoco para nosotros.

CAPÍTULO 21


    La luna llena cabalgaba muy alta en el cielo veteada por delgadas nubes que pasaban veloces, y los haces de su luz barrían el paisaje con inconstantes y siempre cambiantes dibujos de negro y plata. El color plata perfilaba las crines y las erguidas orejas del caballo gris oscuro mientras éste galopaba, y el retumbar de sus cascos era un trueno ahogado que resonaba en el silencio de la noche. Índigo estaba doblada sobre el cuello de la montura, con la melena suelta, ondeando como un estandarte. Sentía el mordisco del viento en el rostro, el rítmico movimiento de los músculos del animal bajo su cuerpo, y el recuerdo de otro momento, otra época, otra cabalgada igual, ardía en sus venas como el fuego. Ella había sido joven entonces, joven e impetuosa y temeraria; y la cita a la que había acudido aquel día terrible había desencadenado la catástrofe. Pero ahora iba a ser diferente. Ahora, el tiempo del remordimiento y la aflicción había finalizado, porque esta noche aquella antigua tragedia quedaría borrada y sus consecuencias enmendadas. Esta noche volvería a encontrarse con su destino... y sería un destino muy diferente del que la había perseguido durante cincuenta años.
    Las lágrimas le resbalaban por el rostro, mientras espoleaba al caballo para que corriera aún más. Lágrimas por los viejos recuerdos de su familia, sus amigos y todo lo que se había perdido; lágrimas por ella misma y la carga que había llevado sobre sus hombros durante medio siglo de vagabundeo. Lágrimas, también, por Vinar, a quien había injustamente engañado sin haber deseado jamás herirlo. Pero, bajo las lágrimas, estaba la alegría de saber que el largo, larguísimo tiempo pasado entre esperanzas, esperas y anhelos tocaba casi a su fin. Su viaje había terminado. Fenran aguardaba, y ella regresaba a casa.
    Frente a ella, muy al sur, un pálido resplandor frío brillaba en el horizonte. El corazón de Índigo dio un vuelco, pues sabía que este espectral fantasma era la luz de la luna que se reflejaba sobre las inmensas tierras polares, las tierras donde la nieve jamás se fundía y el mundo estaba hecho de hielo. En lo alto, por encima del hielo, parpadeaban espejismos sobrenaturales en el firmamento; las misteriosas luces de los faros de un país de sueños, un mundo en el que las pesadillas podían adquirir forma corpórea... Pero ya no habría más pesadillas, porque su punto de destino estaba cerca.
    Y creía haber conquistado a su último demonio.
    Por fin la vio. Una mancha borrosa de oscuridad en la luz de la luna que brillaba ante ella, una sombra que era más que una sombra, angulosa y anómala entre los otros contornos más suaves de las rocas, los matorrales y los guijarros. El caballo cabeceó de repente e intentó retroceder, pero ella acortó las riendas y hundió los talones con fuerza en sus ijares, mientras su mente instaba al animal a seguir como si con la sola fuerza de voluntad pudiera darle alas. La sombra fue aproximándose más y más; entonces las nubes cruzaron brevemente ante la luna, y de improviso la sombra desapareció y se encontró cabalgando a ciegas. Aterrorizado por la repentina oscuridad, el caballo lanzó un agudo relincho, y el ritmo del golpear de sus cascos se trocó en un chacoloteo caótico cuando el animal giró y se levantó sobre sus cuartos traseros, a punto casi de desmontarla. Aferrándose a las ondulantes crines, Índigo aulló su rabia y frustración al caballo, al tiempo que luchaba por conseguir dominarlo. Entonces el viento se llevó la nube, y la luna brilló sobre la tierra otra vez... y la Torre de los Pesares se alzó lúgubre e inhóspita ante ella.
    El caballo volvió a levantarse sobre sus cuartos traseros, y las herraduras de hierro levantaron chispas en el pétreo suelo cuando las patas delanteras descendieron con un violento impacto. Índigo salió despedida de su lomo, pero no había soltado las riendas y, nada más aterrizar, tiró con fuerza del bocado. Por un momento pensó que iba a ser pisoteada, pero por fin el caballo se calmó y se quedó quieto, bufando y temblando, la cruz salpicada de sudor. Había un arbusto no muy lejos, una pobre planta atrofiada pero bien arraigada en el suelo, y, conduciendo al caballo asta allí, ató las riendas a una rama. El corazón le martilleaba con fuerza y el estómago parecía un mar encrespado; sus dedos se mostraron algo torpes con el nudo pero finalmente consiguió hacerlo. Y el caballo quedó relegado al olvido en cuanto se giró para enfrentarse a la culminación de sus sueños.
    Cincuenta años atrás, la Torre de los Pesares se había alzado intacta en su solitario aislamiento sobre la tundra. Ahora se encontraba en ruinas. El techo había desaparecido y las paredes se habían desplomado hasta quedar convenidas en irregulares pináculos rotos que se recortaban claramente contra el cielo. Los escombros cubrían una amplia zona alrededor del pie de la torre, e Índigo empezó a abrirse paso con cuidado por entre los cascotes; ella sabía muy bien cómo y por qué estaban allí. Incluso había rastros de fuego en algunas de las piedras aplastadas...
    Vio la puerta cuando se encontraba a sólo doce o quince pasos de las ruinas, y se detuvo mientras nuevos recuerdos regresaban en tropel a su mente. La puerta era un simple rectángulo de madera, tan vieja que casi estaba petrificada. No había cerradura —lo sabía, y no la buscó— pero rastros de óxido indicaban el lugar donde antes había habido un pestillo de metal, que ahora se había podrido por completo. Índigo permaneció muy quieta durante unos instantes. Podía oír el débil sonido del caballo mordisqueando el arbusto; luego también se escuchó un raspar y tintinear del hierro cuando el animal se agitó inquieto, pero ella no se volvió.
    No tenía más que abrir la puerta. Sólo abrirla, y él estaría allí...
    Dio un paso al frente, y estiró la mano...
    —¡Índigo!
    El grito fue tan repentino e inesperado que el corazón de la muchacha pareció ir a saltar de su pecho a causa del sobresalto. Giró en redondo con tal brusquedad que casi perdió el equilibrio cuando un pie patinó sobre una piedra, y sus ojos se abrieron de par en par.
    Grimya se encontraba a pocos pasos de ella, con la cabeza baja y los ojos brillantes por el reflejo de la luz de la luna.
    —Grimya... —Una oleada de emociones contrapuestas asaltó a Índigo— ¿Qué estás haciendo? ¿Qué quieres?
    La loba le devolvió la mirada, y ahora sus ojos eran suplicantes.
    —No po... podía dejarte ir sola.
    Las manos de Índigo se cerraron con fuerza a sus costados.
    —¡No deberías estar aquí! Esto es algo que debo hacer sola...
    —Qui... zá lo es. Pero crrrreo que aquí te espera una elección, y sé cuál será tu elección. ¡No quiero que elijas eso!
    —¿Una elección? No, Grimya, no hay elección. Ninguna.
    —La hay. Lo sé. He vis... visto, Índigo. He visto lo que habría sido de ti si no hubieras abierto esta puerta hace mucho tiempo. Y sé que lo que vi sucederá en realidad, si la vuelves a abrir ahora.
    El pulso de Índigo latía con fuerza en sus venas. Se sintió repentinamente confusa, y la confusión engendró cólera.
    —¿Cómo puedes saberlo? —exigió—. ¡No lo sabes..., no puedes! ¿Qué has «visto» que me ha sido ocultado?
    —Todo lo que Niahrin me mostró. En qué se ha convertido Fenran.
    —¿Fen...? —En ese momento la cólera de Índigo se inflamó—. Maldita sea tu insolencia, ¿qué es lo que sabes de Fenran? Nada. ¡No sabes absolutamente nada de él, y tampoco tu condenada bruja!
    —¡Pero sí lo sabemos! —replicó Grimya, lastimera—. ¡Hay más cosas de las que tú sabes, más de lo que comprrrendes! ¡Índigo, por favor, escúchame! Dame la oportunidad de ex... explicar, y entonces tú...
    —¡No! —Sacudió la cabeza con violencia, negándolo, negando incluso la posibilidad de que algo estuviera mal, y miró a la loba furibunda—. Grimya, ¿por qué haces esto? ¡Todos nuestros años juntas, toda esta búsqueda, toda esta espera, y ahora en el último momento te vuelves contra mí! ¡No tienes derecho a decir lo que estás diciendo! ¡No tienes derecho a seguirme o a interferir! Pensaba que eras mi amiga y ahora...
    —¡Es porque soy tu amiga que lo he hecho! —gimió Grimya con desesperación—. ¡Porque eres mi amiga y te quiero! ¡Índigo, hemos estado equivocadas! ¡Equivocadas con respecto a Fenran, equivocadas con respecto a la torre, equivocadas con respecto a todo! Niahrin me ha mostrado...
    De la oscuridad a su espalda surgió una nueva voz.
    —Niahrin te ha mostrado muchas cosas, loba. Pero ahora ya nada puede cambiar.
    —¡Fenran! —Índigo giró en redondo... y se quedó helada.
    El había abierto la puerta en silencio y había salido de la torre sin que ninguna de ellas se diera cuenta de su presencia. Pero sus cabellos eran blancos y su figura demacrada y el rostro arrugado por la edad. El hombre a quien Carn Caille había conocido como Perd Nordenson sonrió, y a la luz de la luna su rostro era duro como la piedra.
    —¿No me reconoces, mi amor? ¿Después de todos estos años, ya no me reconoces?
    Grimya gimió, e Índigo dio un paso atrás.
    —Tú..., tú no eres... Tú no puedes ser Fenran...
    El viento agitó los delgados mechones del cabello de Fenran.
    —Medio siglo prisionero de demonios produce cambios. Pero mi encarcelamiento no fue como tú lo habías imaginado, Anghara. Era otra clase de limbo; un limbo vivido en este mundo, envejeciendo y volviéndome loco sin ti, y siempre esperando, mientras que la esperanza resultaba cada vez más difícil de mantener a medida que transcurría el tiempo. Los demonios que me poseían eran los demonios de la demencia. Yo estaba loco; ahora lo sé, y creo que incluso entonces lo sabía, en mis pocos momentos de
    lucidez. Pero todo este tiempo he estado aguardando a que regresaras para que pudiéramos realizar esa elección otra vez... y esta vez realizarla juntos.
    Índigo había empezado a temblar sin control, y no podía parar. Era incapaz de creer que este hombre fuera su amor perdido; aunque, en una parte enterrada y oscura de su psiquis, algo empezaba a despertar... —No comprendo... —dijo, con voz apenas audible. —No. Pero lo harás. Tenemos una oportunidad, Anghara. Tenemos una oportunidad de enmendar todos los antiguos errores, y ser tal y como éramos en los viejos tiempos. Antes de la llegada de los demonios. —Extendió una mano, llamándola—. Ven, amor. Entra otra vez en la torre. Los demonios se han ido. Tú los derrotaste. Ahora, tú y yo eliminaremos al último de ellos.
    —¡Índigo, no! —gritó Grimya, y Fenran le dirigió una mirada malévola.
    —¡Ah!; la voz de tu conciencia. He odiado a los lobos durante mucho tiempo, y ahora comprendo por qué. Márchate, loba. Regresa a tu bosque y ocúltate ahí. No queremos saber nada más de ti.
    Índigo se había dado la vuelta en respuesta a la súplica de Grimya, y ahora volvió a mirar en dirección a Fenran con repentina duda.
    — Grimya no quiere hacernos daño! Ella simplemente no... —Las palabras se interrumpieron de improviso. El anciano había desaparecido, y en su lugar se encontraba Fenran tal y como ella lo había conocido y amado: joven, inalterado, vivo—. ¡Oh, por la gran Diosa...! —Se llevó un puño a la boca—. ¡Oh, dulce Madre Tierra!
    —Anghara. —Él extendió los brazos, y su voz era cálida—. ¿Tengo que esperar aún más tu regreso? Una demoledora oleada de emoción estalló en el interior de Índigo y la muchacha corrió hacia él, olvidadas sus duras palabras, olvidada Grimya, olvidado todo lo que no fuera el vertiginoso júbilo de su reencuentro. Sintió cómo sus brazos la envolvían, y el calor y la energía de su cuerpo cuando él la aplastó contra sí; percibió los aromas dolorosamente familiares de sus cabellos, su piel, sus ropas. Su boca buscó la de él con frenética avidez y su mente y su corazón se ahogaron en su beso.
    —¡Regresa, Anghara, mi amor! —Su voz era un susurro apremiante y apasionado, que provocaba un estremecimiento por todo su cuerpo—. Regresa... ¡Ayúdame a hacer retroceder el tiempo y a ser joven otra vez! La torre..., la torre tiene la llave y el poder, ¿no lo ves, no lo comprendes? Entra en la torre conmigo, y ella dará forma a nuestros sueños y a nuestro destino como lo hizo antes; ¡ sólo que esta vez no habrá demonios ni separación!
    Grimya escuchó sus palabras, y supo que sus esperanzas se habían desvanecido. Índigo estaba atrapada, porque el recuerdo de un amor con una antigüedad de más de cincuenta años era demasiado fuerte para que cualquier otro poder pudiera desafiarlo. Sin importar lo que pudiera ser de ella, lo que sin duda sería de ella, Índigo seguiría a Fenran a donde él quisiera. De regreso a la Torre de los Pesares, a enfrentarse con su destino y a elegir su camino una vez más. Fenran le ofrecía la oportunidad de volver atrás el tiempo, de borrar el pasado y empezar de nuevo; y para él eso significaría una nueva vida, un retorno a la juventud y la recuperación del lugar que en una ocasión había ocupado, tanto en su corazón como a su lado. Durante cincuenta años Índigo se había aferrado a sus recuerdos de él, y su imagen había constituido una joya preciosa que debía recuperarse, el único objetivo que le había proporcionado fuerzas y esperanza durante sus días más sombríos. Pero el tiempo y la distancia habían alterado esos recuerdos, y el hombre a quien Índigo había venido a buscar no era el auténtico hombre, no era el auténtico Fenran. Grimya había visto al auténtico Fenran, con todos sus defectos y flaquezas: ávido de autoridad, ávido de poder, celoso y resentido contra cualquiera que se interpusiera entre él y sus deseos. Fenran tenía las ambiciones de un rey, y la joven Anghara, como hija de un rey, había sido el primer paso en su camino para realizar esas ambiciones.
    Pero Índigo estaba ciega. No podía ni quería ver la verdad que Perd había mostrado a Grimya y a sus amigos en Carn Caille. Todo lo que ella sabía era que su largo exilio había finalizado; la vieja promesa estaba cumplida, y su amor había vuelto a ella.
    Dándole la espalda a Grimya, se encaminaron a la puerta de la torre, entrelazados como si en cualquier momento fueran a fundirse el uno en el otro y convertirse en uno solo. El corazón de Grimya dio un agonizante vuelco. No podía dejar que Índigo se marchara de esta forma. Por inútil que pudiera ser, tenía que hacer un último intento...
    —¡Índigo! —gritó como enloquecida.
    Índigo se detuvo, y volvió la cabeza. La loba estaba de pie, temblando desde la cabeza hasta la cola.
    —Índigo —suplicó—, ¡por... por favor, escúchame! —Fenran volvió la cabeza enojado; apretó a la muchacha con más fuerza e intentó llevársela otra vez. Desesperada, Grimya aspiró con fuerza, y gritó—: ¡Haz esto por mí, por favor! Aunque no quieras hacer nada más, haz esto, por nuess... nuestra amissstad. ¡Pregúntale, pregunta a Fenran, pregúntale qué será de ti! ¡Pregúntale en qué os habréis convertido los dos, dentro de cincuenta años!
    Por un momento Índigo permaneció inmóvil. Un leve fruncimiento apareció en su frente, y la esperanza regresó a Grimya. Pero entonces la expresión de la muchacha se aclaró. Sonrió, pero su sonrisa era de lástima y carecía de auténtico significado.
    —Siento que esto deba terminar así para ti, Grimya —dijo—. Has sido una buena amiga para mí, y no te olvidaré. Pero éste es el final de mi viaje. Adiós, querida Grimya. Yo te bendigo.
    Se dio la vuelta, y penetró con Fenran en la Torre de los Pesares.
    Grimya no emitió el menor sonido. Se limitó a contemplar la desmoronada torre, los ojos fijos en el negro agujero rectangular de la entrada, abierto allí como la boca de un profundo y terrible pozo. Las figuras de Índigo y Fenran penetraron en esa boca, se fundieron con la oscuridad, desaparecieron, y el ruido de la puerta al cerrarse pareció resonar por la tundra con hueca y terrible irrevocabilidad.
    Durante quizás un minuto la noche permaneció en un completo silencio. Luego éste fue roto por un lóbrego sonido resonante cuando la loba alzó el hocico y lanzó un solitario aullido de pena y desolación, un lamento por la verdad que Índigo no comprendía y se negaba a escuchar.
    Fenran era el séptimo demonio de Índigo... y con mucho el más poderoso de todos.
    —¿Duerme? —Jes penetró silenciosamente en la habitación y contempló la rubia
    cabeza de Vinar que descansaba sobre la almohada.
    —Sí; por fin.
    El rostro de Niahrin se llenó de compasión al recordar los sollozos, la congoja, el desconcierto mientras permanecía sentada junto al lecho y sostenía las manos de Vinar e intentaba llevar algún alivio a un alma que no podía ser consolada. Había contado a Vinar todo lo que podía —él lo había deseado así, había suplicado saber, y ella no podía negarle lo que pedía— pero, aunque él había hecho un esfuerzo por comprender, seguía aún demasiado abrumado por la pena. Con el tiempo, quizá, la pena se desvanecería y comprendería, pero no aún. No durante mucho tiempo.
    —Me pregunto si podrá perdonarla alguna vez —reflexionó Jes en voz baja.
    —¡Oh, sí! —respondió la bruja, levantando la cabeza—. Vinar no es de esa clase de hombres; no está en su naturaleza ser rencoroso, y yo diría que ni siquiera sentirse amargado. Creo que ya la ha perdonado. Simplemente no soporta su pérdida.
    —En ese caso nos avergüenza a todos. —El bardo se acercó a la ventana y apartó la cortina—. Bien, todos lo saben ahora. Su alteza y yo hemos contado a Ryen y a Brythere toda la historia. —Con gesto fatigado se pellizcó el puente de la nariz—. No fue fácil. Pero están preparados, ahora, para lo que pueda suceder. Y en cuanto a eso... —¿En cuanto a eso? Jes dejó caer la cortina.
    —Niahrin, ¿quieres venir conmigo? Hay algo que tengo que hacer en la sala. —Sus ojos centellearon con un curioso brillo bajo la luz de las velas—. Por favor...
    Ella comprendió que había algo más detrás de la solicitud, y asintió.
    —Desde luego. —Volvió la cabeza para echar una ojeada a Vinar—. No despertará durante un rato. La pena lo ha agotado...
    Abandonaron la habitación juntos y recorrieron con pasos quedos los pasillos desiertos. Carn Caille estaba envuelto en un manto de silencio; hacía tiempo que los criados estaban en la cama, y la única luz de la ciudadela era un apagado resplandor que se filtraba desde detrás de las cortinas cerradas de los aposentos privados de Moragh, al otro extremo del patio. El farol que Jes llevaba proyectaba un reconfortante haz de luz, pero incluso así Niahrin sintió que un escalofrío le recorría el cuerpo cuando el bardo abrió la puerta del Salón Menor y penetraron en su interior. La sala estaba tal y como ellos la habían dejado: platos y copas sin retirar, el fuego encendido aún, aunque ahora sólo quedaban rescoldos. En medio de las parpadeantes sombras, las tiras de flores y hojas parecían incongruentes; casi, pensó Niahrin, obscenas...
    —Se trata del arpa —dijo Jes en voz baja mientras cruzaban la habitación—, el arpa de Cushmagar. No me parece... decente, por alguna razón, dejarla tirada donde cayó, y esa idea me ha estado molestando desde hace más de una hora. —Se volvió hacia la bruja y le sonrió avergonzado—. ¿Te parece estúpido? Ella sonrió, pero con cierta inquietud. —No; no me lo parece.
    Se acercaron a la ventana. El arpa de Cushmagar yacía en medio de una mancha de luz de luna que se filtraba por entre las guirnaldas. Al acercarse, Niahrin distinguió un destello de algo más pequeño sobre el suelo: su flauta. Se inclinó para recogerla, acarició la suave madera, y se reunió con el bardo, que estaba inmóvil junto a la tumbada arpa.
    —No es tan pesada como parece —dijo Jes—. Si los dos...
    Se interrumpió. Los dos lo habían oído: el débil eco de un sonido, como un suave quejido.
    —Ha salido del arpa... —El rostro de Jes palideció.
    Niahrin no respondió. Desde el momento en que Jes le había pedido que lo acompañara hasta aquí, ella había sentido que algo como esto iba a suceder. Y el arpa de Cushmagar... sí, ¡era el médium perfecto! A través de los años, a través del abismo de la muerte, el anciano bardo volvía a enviarles una advertencia...
    —¡Jes! —exclamó—. Coge el arpa... ¡Rápido, ayúdame a levantarla!
    De repente sabía exactamente lo que debía hacerse. Como si su ojo vidente se hubiera abierto otra vez por sí mismo, el pasado y el futuro y los mundos de lo que podría haber sido despertaban y se fusionaban de nuevo. Agarró el instrumento y tiró con todas sus fuerzas; Jes, impelido por la certidumbre de la bruja, lo sujetó por el otro extremo. El arpa se levantó, se balanceó, y por fin se quedó quieta... y las cuerdas se estremecieron violentamente mientras una terrible y estrepitosa disonancia resonaba en la sala. Niahrin saltó hacia atrás asustada, pero las manos de Jes seguían aferradas al instrumento.
    —¡Niahrin! —Había pánico en su voz—. ¡Niahrin, no puedo soltarme! ¡No puedo soltarme!
    Se debatía, y los pies resbalaban sobre el suelo de piedra, pero era como si otras manos invisibles se hubieran apoderado de sus dedos y los sujetaran con una fuerza sobrenatural. El arpa se balanceó otra vez, violentamente, y emitió un nuevo estrépito aterrador. De improviso, Niahrin comprendió.
    —¡Jes, déjala tocar! —gritó—. ¡Deja que toque a través de ti! Eso es lo que quiere, eso es lo que está intentando decirnos. ¡Toca, Jes!
    El rostro del joven bardo estaba perlado de sudor. Girando en redondo, Niahrin agarró el taburete colocado junto al arpa del joven, situada un poco más allá, y lo empujó hacia él.
    —¡Toca! —volvió a instarlo.
    Él no podía hacer otra cosa más que obedecer. Incluso mientras sus piernas se doblaban y se desplomaba sobre el taburete, sus dedos se movían ya y el desafinado estruendo del arpa se tornó de improviso en música. Una música veloz, enojada, casi desesperada, al tiempo que el poder del aisling brotaba de nuevo y fluía a sus manos. También las manos de Niahrin se pusieron en movimiento y arrancaron el parche de su ojo. No había tiempo para razonar, ni espacio para la lógica; sencillamente sabía lo que debía hacerse, y con toda su fuerza de voluntad obligó a su poder de vidente a surgir en su interior. Sombras deformes parpadearon por la sala cuando su visión terrena y la sobrenatural chocaron; había rostros en las sombras, rostros y personas, pero no podía distinguirlas con claridad, pues el poder no era suficiente...
    —¡Abuela! —gritó Niahrin con voz aguda—. ¡Si es que alguna vez amaste a tu nieta, ayúdame! ¡Préstame tu fuerza y tus habilidades, y ayúdame ahora!
    Sintió la irrupción de algo impetuoso, como un helado viento del sur; luego, de repente, la escena que tenía delante cambió y se convirtió en un pandemónium. Un patio enorme lleno de hombres y mujeres, una masa hormigueante de seres humanos que luchaban por sus vidas mientras, en una oleada interminable tras otra, caía sobre ellos una legión sacada de un mundo de pesadilla: monstruos alados, horrores babeantes, habitantes de un infierno inimaginable. Negras columnas de humo se elevaban ondulantes por encima de las altas murallas, y había llamas en el humo; y, al otro lado del repugnante velo de humo que lo envolvía todo, el sol y la luna chocaban en el cielo. El sol era negro y la luna de color bronce, y el aullante estrépito de la batalla sacudía las piedras y el aire, mientras sitiados y sitiadores por igual luchaban, chillaban y morían.
    Y en lo alto de la muralla las vio: dos figuras humanas, que reían a carcajadas mientras instaban a los demonios a una mayor destrucción. La vieja y el loco, la reina y su consorte: Indigo y Fenran...
    Niahrin chilló como un alma poseída, y levantó ambas manos para cubrirse el rostro. No podía mirar, no podía presenciarlo; era algo demasiado horrible para soportarlo...
    —¡Niahrin!
    El mundo en el que se desarrollaba la batalla se hinchó como un globo, se hizo añicos, y la calma cayó sobre ella al desvanecerse la visión. Se encontraba caída boca abajo y Jes, agachado a su lado, intentaba incorporarla. El arpa lo había soltado y estaba silenciosa, aunque los últimos ecos de su salvaje música todavía resonaban en los oídos de la bruja. Niahrin se dio la vuelta con dificultad y se sentó en el suelo; miró al bardo a los ojos y supo que también él había visto —y comprendido— lo que el aisling había revelado.
    —Niahrin... —El rostro de Jes estaba blanco como el papel, y su respiración era débil y entrecortada—. Niahrin, ¿era cierto? ¿Es eso lo que sucederá, si...?
    —Si Índigo vuelve con Fenran. Si entra en la torre y hace retroceder el tiempo, sí. — Niahrin trató de sentarse erguida, y tosió. La boca se le llenó de saliva pero no pudo tragarla—. Los demonios regresarán, Jes. Antes, cincuenta años atrás, eran los demonios de Índigo; los deseos, las emociones y las flaquezas que había en su interior, con los que había de enfrentarse y reconciliarse si deseaba realizarse como persona. Pero esta vez... —Volvió a toser, y todo su cuerpo se estremeció—. Esta vez son los demonios de Fenran, y poseen un poder terrible, porque Fenran no había conquistado a sus demonios en la forma en que Índigo lo ha hecho con los suyos. En lugar de ello, él los ha..., los ha alimentado, los ha buscado, y ellos se han apoderado de él. A lo mejor jamás habría podido ser de otra manera. Quizá Fenran sencillamente carece del... del valor que Índigo tuvo; el valor para realizar el viaje que habría reconciliado a la oscuridad y la luz que hay en su interior. No lo sé, Jes. No lo sé. Pero, si Índigo escoge el camino de Fenran, su sendero, entonces los demonios regresarán, y la visión se realizará. El bardo se incorporó de un salto. —¡Niahrin, tenemos que impedirlo! De alguna forma, hemos de...
    —¡No podemos! No tenemos el poder... No podemos obligar a Índigo a hacer la elección correcta. ¿No lo comprendes? Ella ha llegado a su noche más oscura, pero es su oscuridad. ¡Tiene que escoger libremente!
    —¡No! —insistió Jes—. ¡No, estás equivocada! ¿Cómo puede Índigo elegir libremente cuando ni siquiera comprende lo que está eligiendo? Ella no lo sabe, Niahrin; ella no sabe la verdad sobre Fenran; ¡nadie se la ha contado, nadie se la ha
    mostrado!
    Con una sacudida que era como un puñetazo en la boca del estómago, Niahrin comprendió que él tenía razón. Índigo no podía elegir libremente, porque su información estaba desvirtuada por viejos recuerdos falsos. Ella no se daría cuenta de adonde conduciría su camino. No había nadie para mostrarle la auténtica naturaleza de su último demonio...
    Jes vio la comprensión y el horror que se pintaban en el rostro de la bruja, y la sujetó con fuerza por los hombros.
    —¡Niahrin, tiene que haber una forma! Tiene que existir! Si cogiéramos los caballos más veloces y cabalgáramos tras ella...
    —Llegaríamos demasiado tarde. Tal vez ya es demasiado tarde. Jes, no hay nada que podamos hacer para detener a Índigo, nada que... —Sus palabras se interrumpieron bruscamente.
    —¿Qué? —inquirió Jes, apremiante—. ¿Qué es, qué has pensado?
    —Grimya... —Apartando las manos del bardo, Niahrin se puso en pie con dificultad—. Grimya fue tras ella, a la torre.
    —Pero no podemos llegar hasta Grimya.
    —Ella tiene poderes telepáticos. —La bruja le dirigió una veloz mirada—. ¿No lo sabías? Claro, ¿cómo podías saberlo? Pero ella me lo contó.
    —¿Puedes llegar hasta su mente? —Los ojos del bardo se iluminaron.
    —No. Yo..., yo jamás he poseído ese talento. —Sin embargo, pensó, ella y la loba habían llegado a ser tan íntimas... ¿Sería posible? ¿Podría ella romper la barrera?
    —Inténtalo. —Jes la sujetó de nuevo por los hombros—. Por favor, Niahrin, inténtalo. ¡No hay nada que perder! El poder del aisling había sido tan grande... Seguramente podría existir alguna posibilidad. De improviso, los dedos de Niahrin empezaron a cosquillear. Era la vieja señal, la señal de que la magia despertaba...
    Sin perder un minuto, tomó una decisión. Se apartó de Jes y atravesó la sala en dirección a la chimenea. Sur..., sí, era el sur. Y el fuego, que todavía ardía débilmente, podría proporcionarle el impulso que necesitaría.
    Se dejó caer en cuclillas sobre la piedra de la chimenea, y la voz surgió siseante de su garganta. —¡Grimya! Grimya, escúchame! Grimya, escúchame! El moribundo fuego chisporroteó y pareció emitir un débil quejido... como el gañido de un lobo. Niahrin se aferró a eso, lo sujetó con fuerza en su mente. —¡Grimya! Grimya, escúchame! ¡Grimya! Una ligera nube de chispas voló hacia arriba. Chispas, como los ojos de un lobo... —Grimya. Grimya. Mira, Grimya. Mira. Lejano, muy débil, llegó un sonido a su cerebro, una voz que conocía.
    «Niahrin..., Niahrin. Te percibo, pero no puedo oír. No puedo oír, no puedo ver...»
    Niahrin cerró el ojo derecho, para suprimir todo su entorno físico, y concentrarse desesperadamente en aquel delgado hilo de voz.
    —¡Grimya! ¡Escúchame, Grimya! ¡Inténtalo! ¡Ayúdame! «No es suficiente..., no es suficiente...» Entonces Niahrin comprendió que sólo existía una forma para concentrar todo el poder y darle la fuerza que necesitaba. Una oleada, un momento, sería suficiente. Una acción, que la impulsara sobre el abismo y la uniera con la loba...
    Se concentró en la visión con toda la intensidad de que fue capaz; reunió valor...
    —¡Grimya! ¡Mira, Grimya! ¡MIRA! —Y hundió las manos en el fuego.
    El dolor la inundó mientras hundía los dedos profundamente en las abrasadoras ascuas. Un montón de chispas salieron despedidas hacia arriba; algunas se prendieron en sus cabellos, humeantes; y, con un sobresalto que casi eclipsó el dolor físico, sintió cómo el poder brotaba como un torrente de ella y se perdía en la noche en una única y abrumadora oleada. —¡Niahrin!
    Jes corría ya hacia ella; le apartó las manos del fuego y la arrastró lejos de la piedra de la chimenea hasta un lugar seguro. Ella se dejó caer contra él y se mordió el labio inferior para soportar el dolor que de repente la invadía con toda su fuerza. Sus enrojecidas manos, cubiertas de ampollas, se abrían y cerraban impotentes mientras intentaba en vano deshacerse de aquel dolor insoportable, y su rostro estaba desencajado por la conmoción sufrida. Pero, incluso en medio de su agonía, se volvió hacia él.
    —Funcionó... —Su voz era un débil graznido—. Llegué hasta ella... Conseguí hacerlo. —Llenó los pulmones de aire con un desagradable sonido—. Pero, ¡oh, Jes!, duele..., ¡no sabes cómo duele!

CAPÍTULO 22


    La luz de la luna no podía alcanzarlos allí. La oscuridad los cubría, como suaves y sofocantes pliegues de terciopelo, pero ellos no necesitaban iluminación. «Tantos años interminables», le había musitado él, y las seguras paredes de la Torre de los Pesares que los rodeaban le habían devuelto su dulce voz en un trémulo remolino de ecos. «Oh, mi amor, mi preciosa Anghara, han pasado tantos, tantísimos interminables años...»
    Y ahora las palabras que pronunciaban entre los besos, los murmullos y las galanterías, ya no importaban, ya no tenían ni significado ni propósito. Le bastaba con escuchar el sonido de su voz, sentir el contacto de sus manos mientras le enjugaba las lágrimas con sus caricias, estar con él... Era el éxtasis, el embeleso, la última y definitiva realización de sus sueños. «Si yo muriera ahora, si fuera a suceder, moriría satisfecha de que mi vida había sido completa...»
    —Anghara, Anghara... —En sus labios el nombre adquiría un timbre especial, una exquisita intimidad que sólo ellos compartían y comprendían—. Ha llegado el momento, amor. Ha llegado el momento. Ayúdame, cariño. Hazme completo otra vez, y recuperaremos lo que hemos perdido...
    Mientras hablaba la iba empujando hacia la pared... y de repente brilló una luz en el interior de la Torre de los Pesares. Débil y blanquecina, como la diminuta esfera de una luciérnaga, brillaba cerca del suelo en un rincón polvoriento, e Índigo bajó la vista hacia ella con asombro.
    —¿Qué es? —preguntó en voz baja.
    Fenran le besó los cabellos.
    —¿No lo sabes, amor? ¿No lo recuerdas? Mira. —Se dejó caer en cuclillas, arrastrándola con él, y su mano se estiró en dirección al puntito de luz—. Mira, Anghara.
    El puntito de luz creció de improviso hasta convertirse en un resplandor difuso, y la memoria de Índigo retrocedió medio siglo en el pasado.
    En el suelo de la torre había un arcón. Estaba hecho de metal —o de algo que parecía metal— y su color no era exactamente plateado, ni tampoco de bronce, ni tampoco un acerado azul grisáceo. La luz no brillaba sobre el arcón sino que surgía de él, y a su tenue luz advirtió que el arcón no tenía ningún adorno; ni siquiera una línea que indicara dónde se reunían el cofre y la tapa.
    La mano de Fenran buscó la suya y oprimió sus dedos con fuerza.
    —¿Ahora lo recuerdas, mi amor?
    Ella recordaba, y la emoción que la embargó era una combinación de terror y asombro. Cincuenta años atrás, aquí en esta misma torre, ella había encontrado un arcón sin adornos y había levantado la tapa y...
    —¡Oh, no! —Empezó a retroceder—. ¡Oh, no, no...!
    —¡Silencio! —Fenran la atrapó y la apretó contra él en ademán protector—. ¡No pasa nada, Anghara, no pasa nada! No hay demonios, no ahora. ¿No lo ves? Esta es la forma de escoger de nuevo nuestro destino, de hacer retroceder el tiempo y darnos una segunda oportunidad. Nuestra oportunidad juntos. Levanta la tapa, cariño mío. Levántala otra vez, y mira.
    Ella contempló el arcón fijamente, incapaz de hablar.
    —Nuestra segunda oportunidad, mi amor —repitió Fenran. Su voz era dulce, zalamera, llena de entusiasmo y esperanza—. ¿No comprendes qué es el arcón? Es un manantial, y lo que contiene es el futuro. Tu futuro, mi futuro; el de todo el mundo y cada uno de nosotros, si se tiene el valor de abrirlo y mirar en su interior.
    —Pero... —Índigo temblaba—, pero yo ya he mirado una vez en su interior. Y...
    —Siempre hay una elección que realizar. Antes, tú escogiste la equivocada; escogiste movida por el miedo, y no por el amor. Esta vez, será diferente.
    Su mano se movía, guiando la de ella hacia la brillante superficie del arcón. Pero ella seguía sintiendo miedo.
    —Fenran... —La voz se le quebró—. Fenran..., ¿qué nos deparará nuestro futuro? ¿Qué nos sucederá, si nosotros...?
    —Deja que te lo muestre. —La presión de sus dedos aumentó, apremiante ahora—. Por favor, Anghara. Por favor, amor. No me niegues mis esperanzas. ¡No rechaces nuestra oportunidad de ser felices!
    Se volvió para mirarlo a los ojos, y, cuando vio la expresión que había en ellos, los últimos restos de resistencia se derrumbaron. ¿No había sido ésta su única ambición durante sus cincuenta años de vagabundeo y lucha? ¿No era esto lo que había ansiado, lo que había esperado, aquello por lo que tanto había rezado? Había fallado a Fenran en una ocasión... ¡No volvería a fallarle!
    Escuchó a su propia voz decir: «Sí».
    Tocaron el arcón juntos. Se produjo una sensación de movimiento, de algo que se agitaba a su contacto; Índigo escuchó un rápido siseo, como de aire que escapara, y por un instante los agujeros de su nariz se hincharon al percibir un olor —casi un hedor— que pasó raudo junto a su rostro. Entonces el frío metal pareció vibrar bajo sus dedos, y la tapa se alzó.
    Índigo no sabía lo que había esperado ver en su interior. No había habido tiempo para pensar ni reflexionar... pero, mientras bajaba la mirada, los recuerdos de su última y prohibida estancia regresaron con total nitidez a su memoria. Porque, como entonces, el arcón estaba vacío. Ni una reliquia, ni una clave; ni siquiera un resto de polvo como prueba de que algo se había podrido allí dentro. Y volvió a sentir aquella horrible e intensa sensación de haber sido engañada, de haber quebrantado todas las leyes y todos los tabúes para llegar hasta la Torre de los Pesares, para que al final la torre la decepcionara...
    —Fenran... —Apartó la mano de la tapa y, sujetándose a su brazo con fuerza, musitó con consternación mezclada de repentina aprensión—: ¡No hay nada aquí! Pensé que esta vez lo habría...
    Y su voz se apagó cuando, detrás de ella, algo lanzó un suspiro suave y satisfecho.
    Índigo se puso en pie de un salto y giró en redondo tan deprisa que dio una patada al arcón, el cual fue a estrellarse contra la pared. Dos figuras oscuras se habían materializado en la torre a su espalda, y, al verlas, sus ojos se abrieron desmesuradamente, horrorizados.
    —Fenran...
    Extendió la mano para cogerse a él. Tanteó en la penumbra, pero él no estaba allí. Y las dos figuras, el anciano loco con el rostro de su amado, y la vieja resentida de los ojos azul violeta, le sonreían, y entre ambos sujetaban un cuchillo con una larga hoja reluciente.
    Índigo aulló el nombre de Fenran, girando de nuevo. Se había ido, había desaparecido... y los dos fantasmas avanzaban hacia ella, despacio pero con decisión, el cuchillo levantado ahora y apuntando a su corazón.
    El miedo de la muchacha se transformó en pánico. Se lanzó hacia la puerta y la abrió con tal violencia que los viejos goznes se partieron y la puerta cayó hacia afuera con estrépito y levantó una nube de polvo.
    —¡Fenran! —Pasó corriendo por encima de la caída puerta como si fuera un puente levadizo, y salió, tambaleante, a la tundra—. ¡Fenran! ¿Dónde estás?
    Percibió un movimiento borroso a un lado, algo que corría hacia ella, y se volvió con rapidez. Pero no era Fenran; se trataba de Grimya, una franja gris a la luz de la luna, frenética y aullante.
    —Índigo, ¿qué ha sucedido? —Intensificada por una enloquecida oleada mental, la voz de la loba se abrió paso con violencia a través del torbellino en que se había convertido su cerebro.
    —¿Dónde está? —Su anterior conflicto olvidado, Índigo cayó de rodillas junto al animal y la sujetó por el pellejo mientras chillaba—: ¿Dónde está Fenran?
    —Sssalió corriendo... Intenté detenerlo, intenté alcanzarlo, pero...
    —¿Adonde fue? ¿Adonde? ¡Tienes que decírmelo!
    —Al norte —jadeó Grimya—. Al norte, en dirección a...
    Un repentino y ominoso retumbo ahogó el resto de sus palabras. Con una sacudida, como si hubiera recibido un puñetazo, Índigo giró como una peonza para mirar la Torre de los Pesares, y profirió una exclamación ahogada que se transformó en un gemido de horror.
    La torre se estremecía. Aparecían grietas en sus muros; en lo alto, en la destrozada parte superior, pedazos de mampostería se balanceaban y tambaleaban y empezaban a caer. Y del interior se elevaban columnas de humo espeso.
    Sólo que no se trataba de humo: era oscuridad. Una oscuridad fétida, grasienta, sofocante; la oscuridad de un infierno viviente liberado sobre la tierra, la oscuridad de los demonios. Volvía a suceder. Tal y como había sucedido cincuenta años atrás... ¡volvía a suceder!
    —¡ Grimya, ayúdame! —Tanteó a su alrededor, perdió el equilibrio y, volviendo a incorporarse, tendió una mano hacia la loba—. ¡Ayúdame, por favor! En el nombre de la Madre, ¡debo encontrar a Fenran!
    Pero Grimya no contestó. Estaba totalmente paralizada, y aunque sus ojos contemplaban la torre no la miraban, no la veían. Un sonido chirriante surgió de su garganta; un repentino escalofrío le recorrió el cuerpo...
    —¡Es Niahrin! ¡Intenta llegar a nosotras!
    El pánico de Índigo se reavivó. La oscuridad se elevaba ahora por encima de la torre, más negra, más espesa...
    —¡Maldita sea Niahrin! —aulló—. Grimya, ¿no lo comprendes, no ves lo que sucede? Hemos de...
    Grimya gruñó, y el segundo escalofrío que la estremeció estuvo a punto de derribarla. Se tambaleó de costado, y la potencia de su grito mental puso rígida a Índigo.
    «¡No es suficiente, Niahrin! ¡No es suficiente!»
    De la torre brotó otro profundo rugido, y todo el edificio gimió como una monstruosa alma atormentada. El aire se tornó viciado y apestoso, y la oscuridad se intensificó. Índigo volvió a chillar a Grimya, en un intento de conseguir que la escuchara, pero la loba no le prestaba atención. Entonces, repentinamente, el animal echó hacia atrás la moteada cabeza y soltó un aullido que resonó en la noche.
    —¡Sí! ¡Sí! ¡Lo escucho! ¡Lo veo!
    Giró en redondo, y sus ojos de color ámbar se clavaron en los de Índigo... y el mensaje que Niahrin había proyectado penetró brutalmente en el cerebro de Índigo. Vio toda la escena —el patio, la batalla, los demonios— y con las imágenes le llegó la información que Niahrin había comunicado en su desesperada llamada. Se vio a sí misma y a Fenran, tal y como serían si esta cosa, si esta locura llegaba a suceder. Vio todo el odio, los celos, la frustración de la nueva vida que le esperaba. La vida con su amante, su esposo; pero una vida corrompida por la ambición de Fenran —y la suya propia— de ser algo más que simples subordinados de un rey.
    «Sin embargo estaremos juntos...»
    Vio cómo su padre envejecía, se reunía con la Diosa al llegar su hora. Vio a su hermano —«Pero él está muerto, Kirra está muerto»— ascendiendo al trono de las Islas Meridionales, mientras que su vida y la de Fenran quedaban desprovistas de significado y de propósito; una incesante sucesión de placeres y excesos, permanentemente a la sombra de otros, sin acceso al poder, en una existencia sin sentido y vacía. Y percibió el aguijonazo de este resentimiento que crecía en ella, y escuchó la voz de su amante musitar dulcemente a su oído: «Debería haber más para nosotros; sin duda nos merecemos más que esto». Sintió cómo su cerebro y su corazón giraban como un torbellino y se enredaban en la red de rencores mezquinos y agravios imaginados. Una vida insatisfecha, siempre en segundo plano, una reina que espera su trono...
    «Pero estaremos juntos...»
    En Carn Caille, mientras Jes apartaba violentamente las manos de Niahrin del fuego, la última imagen golpeó a Índigo como un rayo. Viejos; eran viejos, y estaban amargados, y no les quedaba otra cosa que el ciego consuelo del vino y la ferocidad de sus cada vez más frecuentes disputas y el amargo rencor que, cuando no conseguía encontrar otra salida, descargaban contra sí mismos y contra el otro. Y, finalmente, el asesinato. El asesinato, para proporcionarles lo que habían ansiado, lo que nunca habían tenido el valor de buscar por otros medios: una vida que fuera algo más que sombras. La vida que, en cincuenta años de vagabundeo, Índigo había encontrado, pero Fenran no...
    Un angustioso alarido brotó de la Torre de los Pesares, y la tierra empezó a temblar bajo sus pies con una monstruosa sacudida. Un bloque de piedra de casi la mitad de su estatura fue a estrellarse contra el suelo a pocos metros de donde se encontraba Índigo, y el alarido se convirtió en un chillido, como la voz de un huracán.
    —¡Grimya! —Los cabellos de Índigo se agitaron violentamente bajo el vendaval que, de improviso y con inusitada violencia, surgió de la desmoronada torre; la muchacha se dobló al frente para resistir el empuje del viento al tiempo que una inmensa ala negra ocultaba la luna—. Carn Caille... ¡Debemos regresar a Carn Caille!
    Echó a correr y avanzó dando traspiés, inclinándose para resistir los embates del viento. Había habido un caballo, un caballo gris acero; no era Sleeth, su propia yegua de hacía medio siglo, sino otro animal, y lo había dejado atado a un arbusto. La enorme violencia del vendaval la impelió al frente describiendo eses, y en algún lugar de la oscuridad que se extendía ante ella distinguió una figura que se alzaba sobre sus patas y relinchaba aterrorizada. Las manos de Índigo se lanzaron al frente, pero, en el mismo instante en que intentaba llegar al arbusto y al nudo, la rama se rompió y el caballo huyó como una hoja en medio de una ventisca, pasando como el rayo junto a ella para perderse en la furiosa noche. Índigo lanzó un agudo chillido, y cayó de bruces en el polvo que se arremolinaba a su alrededor y sobre ella. ¡Su única oportunidad había desaparecido! Sin el caballo no podría adelantarse a lo que estaba sucediendo. ¡Los demonios volvían a brotar de la torre, el tiempo retrocedía como una furia, y ella no podía detenerlo, no tenía velocidad, no tenía el poder.
    Algo chocó contra ella, y percibió el olor cálido de una presencia viva, de un pelaje espeso, familiar y querido...
    —¡Índigo! —aulló Grimya en su oído, a la vez que reforzaba el grito con un tremendo impulso mental—. ¡Recuerda los viejos tiempos! ¡Recuerda las cosas que hicimos! ¡Lobo, Índigo, lobo! ¡Recuerda!
    «Lobo...» Era como un gruñido, un ladrido en su mente, la palabra, el concepto, el recuerdo... Tiempo atrás, mucho tiempo atrás, cuando había existido la necesidad, cuando había habido un demonio que derrotar...
    —¡Cambia, Índigo! ¡Cambia! ¡Lobo! ¡Sé un lobo!
    Cerebro y cuerpo se distendieron. El dolor era insoportable; el dolor del cambio, de alterar cuerpo y conciencia para ser otro. «¡Lobo! ¡Lobo! Velocidad, elegancia y agilidad; correr, perseguir, cazar...»
    Un nuevo aullido resonó hacia el cielo, y era el aullido de dos voces en nueva armonía. El dolor había desaparecido y no había más que la excitación de una forma nueva, de unos ojos que atravesaban la oscuridad, de músculos que la impulsaban con una fuerza extraña y a la vez familiar, al tiempo que dos gráciles figuras grises, que se recortaban contra la negrura de la oscuridad que borboteaba de la Torre de los Pesares, salían disparadas hacia el norte, para llegar a su destino antes que los demonios.
    La cabeza de Moragh se alzó con brusquedad, y su voz siseó:
    —¡Escuchad! ¿Qué es ese sonido?
    Dejó caer el vendaje con el que había estado vendando las manos, cubiertas de pomada, de Niahrin y se acercó rápidamente a la ventana de la habitación de ésta. Jes y la bruja la siguieron con la mirada.
    —No oigo nada, alteza... —empezó a decir el bardo, pero ella lo acalló con un veloz gesto.
    —Hay algo ahí fuera. Más allá de la ciudadela...
    De improviso Niahrin lanzó una exclamación ahogada, y la reina viuda giró en redondo.
    —¿Qué es?
    —Mis manos... No es el dolor, ni las quemaduras. Me cosquillean.
    Los tres conocían el significado de la señal, y Moragh ordenó:
    —Jes, trae al rey. Ahora. Y luego despierta al capitán de la guardia; dile que arme a sus hombres y envíe centinelas a la muralla. Es una orden del rey, ¡y debe ser cumplida de inmediato!
    Jes percibió el intenso temor que se ocultaba bajo su enérgico tono. Abandonó la habitación a la carrera, y Moragh se volvió hacia la bruja.
    —Está empezando, Niahrin. Lo que sea... lo siento.
    Niahrin estaba ya en pie.
    —¿Qué puedo hacer, señora?
    —De momento, nada. Aunque sólo la Madre sabe qué tendrás que llevar a cabo antes de que haya finalizado la noche.
    Al cabo de un momento apareció Ryen, con Brythere tras él. Moragh observó con alivio que la reina seguía vestida; había estado a punto de retirarse a dormir cuando Niahrin se había quemado, pero había cambiado providencialmente de idea. La reina viuda se encaró con ambos.
    —Ryen, no hay tiempo ahora para explicar las razones, pero hay que preparar Carn Caille para la batalla.
    —¿Qué? —Ryen se quedó pasmado—. Madre...
    —¡No hay tiempo! —repitió ella con furia—. Ha sucedido algo en la sala; otro aisling, una advertencia. ¡Por nuestro bien, no te quedes ahí haciendo preguntas y haz lo que te pido!
    Ryen había oído muchas cosas esta noche —y visto demasiado— para mostrarse escéptico, y Moragh se sintió aliviada cuando lo vio asentir.
    —Muy bien. Pero..., en el nombre de todo lo que es sagrado, ¿contra qué estamos luchando?
    —Demonios, Ryen. Eso es todo lo que puedo decirte. Demonios.
    Brythere profirió un aterrorizado gemido, y la reina viuda corrió hacia ella.
    —Brythere, tú te quedarás aquí con nosotras, al menos por el momento. —Miró a su hijo—. ¡Ve, Ryen!
    El monarca se marchó, y oyeron sus pasos resonando pasillo adelante. Se escuchaban ya otros ruidos en la ciudadela: movimiento, voces ahogadas; luego el chocar del metal contra el metal y el estrépito de hombres que corrían por el patio.
    —Creo, señora —dijo Niahrin con suavidad—, que sería prudente advertir a todos los habitantes de Carn Caille. —El recuerdo de su última visión regresó claramente a su memoria—. Y decirles que se armen con aquellas armas que puedan conseguir.
    Mientras hablaba cruzaba ya la habitación hasta el rincón en el que se encontraba apoyada la estaca que Cadic Haymanson le había dado. Jamás había luchado, y con las manos en su estado actual ni siquiera podía sostenerla como era debido, pero cualquier defensa era mejor que ninguna... Moragh vio lo que hacía y asintió con un rápido gesto.
    —Sí. Sí, tienes razón. —Se encaminó a la puerta—. Me ocuparé de ello. Cuida de la reina.
    Mientras la reina viuda se marchaba, se escuchó un grito en el exterior.
    —¡Id en busca del rey! ¡Id en busca del rey!
    Niahrin y Brythere llegaron a la ventana a la vez. En diferentes partes de la ciudadela se encendían ya faroles y antorchas, pero su luz no era suficiente aún para iluminar el patio, y todo lo que pudieron distinguir fue una masa confusa de sombras que corrían de un lado a otro. De improviso, Brythere apretó los labios con expresión decidida.
    —Tengo que averiguar qué está pasando —anunció.
    —Señora, su alteza dijo... —protestó Niahrin, sorprendida.
    Brythere se revolvió furiosa.
    —No me importa lo que su alteza dijera o no dijera. Si estamos en peligro, si mi esposo está en peligro, ¡no pienso permanecer sentada aquí sin hacer nada! ¡Acompáñame o no, como prefieras, pero yo voy!
    Niahrin se sintió estupefacta ante el arranque, y más estupefacta aún ante el repentino ataque de valor en aquella mujer tan tímida como un ratoncito; pero, antes de que pudiera decir una palabra, Brythere había abandonado la habitación. Con la estaca bajo el brazo, Niahrin la siguió, y encontró los pasillos rebosantes de actividad a medida que un raudal de gente, desde soldados hasta escribas, desde senescales hasta los sirvientes de menor categoría, abandonaban sus camas con ojos nublados aún por el sueño para acudir a la urgente llamada. Mientras se abría paso por entre la arremolinada multitud, una voz gritó el nombre de Niahrin.
    Se trataba de Vinar, pálido y ojeroso. El hombre la agarró del brazo, agradecido de haber encontrado un rostro familiar en medio de la confusión.
    —Neerin, ¿qué sucede? ¿Qué es todo esto?
    —¿Sabes luchar? —La bruja se volvió para mirarlo.
    —Sí, ¡claro que sé! ¿Por qué? ¿Qué...?
    —Consigue un arma, cualquier cosa que sepas cómo usar. ¡Están atacando Carn Caille!
    —¿Atacando? —Sus ojos se abrieron asombrados... y de pronto se abrieron aún más—. ¿Dónde está Índigo? ¿Es ella...?
    —Se ha ido, Vinar. —El conocía toda la historia; ella tenía que ser franca, aunque pecara de brutal—. Se marchó a la Torre de los Pesares, y lo que sucede ahora es el resultado de lo que ella ha hecho allí.
    Vinar se cubrió el rostro con una mano.
    —¡Oh, no..., no es posible!
    —Lo es. No puedes ayudarla, Vinar. Ninguno de nosotros puede, no ahora. Todo lo que podemos hacer es luchar contra lo que ella ha invocado en la torre.
    Con un tremendo esfuerzo el scorvio consiguió dominar sus emociones. Dejó caer la mano al costado y asintió.
    —De acuerdo. De acuerdo, te comprendo. —Luego su rostro se endureció—. Fue a reunirse con él, ¿verdad? Con ese Fen... Fenran.
    —Sí.
    —Entonces todo esto es cosa de él. —Los ojos de Vinar centellearon con una mirada de puro veneno—. A ése lo mataré. Juro que lo mataré!
    La bruja posó brevemente sus vendadas manos sobre las de él, en un gesto de despedida que daba a entender algo más que un deseo de buena suerte.
    —¡Ojalá no tengas que hacerlo!
    Todo el patio estaba alborotado. Los hombres intentaban formar, pero se sentían perplejos y muchos estaban aún medio dormidos; soldados armados se entremezclaban con criados que empuñaban cualquier cosa, desde cuchillas de cortar carne hasta cazos de hierro, y por encima del barullo se escuchaba el rugir de sargentos y capitanes tratando de poner orden en el caos. Había varias figuras en las almenas, que se recortaban contra el cielo iluminado por la luz de la luna; éstas señalaban y gesticulaban apremiantes, y Niahrin interceptó a un hombre que corría cuyo jubón mostraba un emblema militar.
    —¿Qué han visto? —aulló, agitando una mano en dirección a los centinelas.
    —¡Algo que viene del sur! —gritó el hombre, que sabía quién era ella—. ¡Como una nube negra, o humo! —Hizo una señal supersticiosa—. ¡Necesitaremos vuestra magia, señora, antes de que termine la noche!
    De improviso, de la pared se elevó una nueva oleada de gritos, audible incluso por encima del estruendo general del patio. Niahrin escuchó la palabra «puertas» y se abrió paso hasta el arco de piedra y la torre. Cerca de la base de la torre de guardia se cruzó con un hombre alto y fornido, y reconoció en él a Ryen.
    —¡Señor! Señor, ¿qué es?
    Él se detuvo, sobresaltado; entonces la reconoció.
    —¡Niahrin! ¡Demos gracias a la Madre; necesitamos tu consejo! Hay una repugnante negrura que parece elevarse por el sur, y viene hacia nosotros. Y los centinelas acaban de ver a dos animales que intentan llegar aquí antes que ella.
    —¿Animales...? —El corazón de Niahrin dio un vuelco.
    De repente, en la mente de Niahrin resonó un débil aguijonazo de sonido, como si una voz la llamara desde una colosal distancia. No había palabras —era demasiado débil para eso—, pero sí un destello de comunicación. Un desesperado grito de ayuda.
    —¡Señor! —Niahrin casi gritó llevada por la agitación—. ¡Es Grimya! ¡Sé que lo es! Puedo oírla en mi cabeza, llamando. ¡Por favor..., por favor, dejadla entrar!
    Ryen la contempló sorprendido. Luego giró sobre sus talones, y su voz se elevó como la de un toro enfurecido.
    —¡ABRID LAS PUERTAS!
    Los hombres de la torre se sintieron perplejos ante la orden pero de todas formas se apresuraron a obedecerla. Las puertas se estremecieron cuando se levantaron las enormes barras, y con un gemido empezaron a girar hacia atrás. Los soldados allí reunidos abrieron un pasillo para dejar pasar a Ryen, y Niahrin corrió tras él, apartando a la gente para intentar ver.
    Las puertas se abrieron, y por entre ambas, con un grito que era una mezcla de ladrido y aullido, se precipitaron al interior dos figuras delgadas, con las orejas planas contra la cabeza y las colas ondeando al viento. Se detuvieron en seco y cayeron a los pies de Ryen; la espuma les chorreaba de la boca mientras jadeaban violentamente para recuperar el aliento. Una —Niahrin la reconoció por su pelaje moteado— era Grimya, pero la otra...
    De pronto el cuerpo del segundo lobo se retorció. El animal gimió... y el gemido se transformó en un quejido humano cuando, ante la sobresaltada mirada de la muchedumbre de espectadores, el cuerpo del animal cambió y en su lugar apareció Índigo agazapada a cuatro patas y luchando por llenar de aire sus pulmones.
    Ryen lanzó un juramento, sorprendido, y los hombres que lo rodeaban retrocedieron como ante una serpiente. Índigo empezó a toser con violencia; no podía hablar y sus cabellos y ropas estaban empapados de sudor. Pero Grimya se incorporaba ya.
    —¡Niahrin! —Distinguió a la bruja a través de unos ojos nublados por el dolor y el agotamiento, y se tambaleó hacia ella—. ¡Niahrin, ya vienen! ¡Vienen los demonios! Vuelve a ssssuceder otra vez...
    Apenas había terminado de articular su advertencia cuando la luz de la luna desapareció, y una sombra inmensa se extendió sobre Carn Caille. Todos los rostros se volvieron hacia el cielo y por un instante el patio permaneció totalmente silencioso. Entonces, destrozando el momento de calma, una violenta y ardiente ráfaga de aire descendió con un rugido de aquella masa negra; y, transportado por el viento, como una pesadilla hecha realidad, escucharon un lejano rumor de lamentos, gritos confusos, aullidos...
    Índigo levantó violentamente la cabeza, y Niahrin vio auténtico terror en sus ojos.
    —No... —musitó la muchacha, pero, pese a su desesperada negativa, supo que no había esperanza, que era inútil. Era demasiado tarde. Demasiado tarde ya...
    Y, desde las almenas, se alzó un grito solitario contra el creciente tumulto, y la voz enloquecida de un hombre aulló:
    —¡Están aquí! ¡Luchad! Por Carn Caille, por nuestras vidas... ¡luchad!
    Un violento maremoto mental lanzó la mente de Índigo hacia atrás en el tiempo. Esas palabras... ¡eran las mismas palabras con las que Fenran la había instado a la batalla cincuenta años atrás!
    Y de improviso pasado y presente estallaron en una única y repugnante realidad cuando el aullante estruendo se volvió ensordecedor, y la negra ala se precipitó como una masa hirviente sobre las murallas de la fortaleza...
    ... y estalló en un millar de aullantes formas fantasmagóricas que descendieron como una oleada. Los alaridos humanos se mezclaron con sus diabólicos chillidos, y figuras desmadejadas caían desde las murallas entre aleteos de brazos y volteretas a medida que la fantasmal legión que la Torre de los Pesares había soltado se precipitaba sobre ellas. Monstruosidades aladas que batían sus alas, horrores indescriptibles, criaturas con cabeza y cola de serpiente, enormes bocas abiertas llenas de colmillos como cuchillos, espolones y garras y manos mutadas, escamas, pelo, carnes pálidas y corrompidas: toda pesadilla invocada alguna vez, todo demonio soñado alguna vez caía sobre los defensores de Carn Caille...
    —¡Animo! —rugió el rey Ryen—. ¡Carn Caille! ¡Seguid a vuestros capitanes!
    Pero no era Ryen... Era Kalig, su padre, rugiendo la orden que había dado medio siglo atrás, y los hombres que corrían por el patio cumpliendo sus órdenes no eran los hombres de Ryen sino hombres del pasado; hombres que gritaban, chillaban, blandían desesperadamente sus espadas, hachas y cuchillos mientras los diabólicos atacantes caían sobre ellos desde la negra nube. Las espadas entrechocaban con atronador estrépito y escuchó el chasquido de los arcos largos y el aún más fuerte tañido de las ballestas, en tanto flechas y saetas volaban en todas direcciones. Se oían voces que aullaban de terror, dolor o rabia; se encontró con una espada en la mano y repartiendo mandobles a diestro y siniestro, partiendo en dos a un monstruo que era mitad caballo y mitad sapo, acuchillando a un engendro de alas blancas y afilados espolones que descendía sobre ella desde lo alto. A su izquierda se encontraba su hermano, Kirra; a su derecha, una bruja con un rostro lleno de cicatrices y un parche sobre un ojo balanceaba un garrote de endrino, y por encima del estruendo un lobo aullaba, aullaba...
    Alguien chilló: «¡A tu derecha!», y Creagin, el capitán de la guardia de su padre, pasó corriendo por su lado, el rostro manchado con su propia sangre pero luchando como un demente mientras un rebaño de demonios que saltaban y reían lo perseguía por todo el patio.
    Y en alguna parte, en alguna parte, el lobo seguía aullando, y el aullido era una palabra, una palabra que ella no conocía: «¡Índigo! ¡Índigo!».
    El rey —¿Ryen, Kalig?; no lo sabía— se había lanzado al interior del maremágnum, y sus capitanes intentaban obedecer su orden y reunir a los hombres en algo que pareciera una formación de combate. Más hombres surgían ahora del interior de Carn Caille: cortesanos, consejeros, senescales, mozos de cuadra, artesanos, todos los hombres y no pocas mujeres capaces de empuñar un arma; sus viejos amigos, buenos compañeros, amables criados, todos los que habían formado parte de su vida tiempo atrás. Intentó abrirse paso hasta ellos, pero ellos se hicieron a un lado, y no pudo alcanzarlos...
    Entonces, en su cerebro oyó cómo el lobo volvía a aullar, y escuchó su grito mental.
    «¡Índigo! ¡Tienes que detenerlo! ¡Sólo tú puedes..., sólo tú!»
    «Índigo...» Ella no conocía a Índigo, no era Índigo. ¡Ella era Anghara, sólo Anghara! ¡Y carecía de poder para detener esto o derrotar a los demonios! Ella sola había llamado a los demonios, y ahora no podía hacer más que contemplar este horror...
    «¡No!» La negativa del animal retronó en su mente.
    «¡No ES cierto! ¡No esta vez! ¡esta vez tú tienes el poder, índigo! ¡detenía
    DETÉNLO ANTES DE QUE SEA DEMASIADO TARDE! ¡ENCUENTRA A FENRAN, Y DETEN
    ESTO!»
    —Fenran... —En su sorpresa siseó el nombre en voz alta. Y entonces recordó: su amante, su esposo, su compañero en la conspiración...
    «Todos ellos desaparecerán, mi amor, y entonces tú y yo tendremos lo que siempre hemos deseado...»
    Giró en redondo.
    Él se hallaba junto a la puerta principal de Carn Caille, desde la cual los restos de la oleada de tambaleantes defensores se precipitaba ahora al interior del patio. Sus negros cabellos ondeaban violentamente a impulsos del vendaval, y la espada que empuñaba estaba cubierta de sangre desde la punta hasta la empuñadura. La sangre le teñía también las manos, pero él sonreía.
    Y tras la máscara había el rostro de un hombre anciano y resentido, que le tendía un cuchillo y la instaba: «Utilízalo, mi amor, mi dulce Anghara; utilízalo, y danos así lo que deseamos...».
    El tumulto y el caos de la batalla parecieron desaparecer alrededor de Índigo, y de repente ella y Fenran se encontraron solos en medio del silencio, dos figuras solitarias en el corazón de la tormenta. Desde el otro lado del abismo que los separaba —tres simples pasos, pero en realidad era mayor, mucho mayor que cualquier distancia física—, Fenran sonrió, arrojó la espada a un lado y le tendió los brazos.
    —¡Anghara! ¡He esperado tanto este momento!
    Detrás de él, una pálida luz naranja se encendió violentamente en el interior de Carn Caille. Índigo vio cómo las llamas se elevaban, escuchó su crepitar... y Fenran se convirtió en una silueta negra contra un muro de fuego.
    Y, desde el interior de la ciudadela, una voz de mujer empezó a gritar.
    —¡madre! —chilló Índigo.
    El vestido de la reina Imogen estaba en llamas y sus damas intentaban sin éxito apagar el fuego a manotazos mientras sus gritos resonaban en el patio. Ella no podría llegar hasta su madre a tiempo; en cualquier momento la bola de fuego estallaría, y ella sería lanzada hacia atrás. Imogen y sus damas estaban muriendo, y con ellas morían también en la conflagración Moragh y Brythere...
    —¡Deténlo! —aulló a Fenran como si fuera un animal—. ¡Deténlo, Fenran! Está mal, es diabólico... ¿No lo ves, no te das cuenta de lo que estás haciendo? ¡JAMÁS ESTUVO DESTINADO A SER ASÍ!
    Recortado contra el telón de los llameantes salones de Carn Caille, el rostro de Fenran aparecía iluminado como por una luz sobrenatural, y sonreía.
    —¡Oh, pero claro que sí, mi amor! De una forma u otra, esto es como siempre quisimos que fuera.
    —¡No! ¡Yo no lo quería...! ¡Yo no!
    —Pero tú hiciste tu elección, cariño. Y, a causa de tu amor por mí, escogiste esto.
    Desde el otro lado del abismo, desde el otro lado de la línea divisoria, Índigo contempló fijamente a su amante. El hombre por quien había padecido cincuenta años de vagabundeo errante, cincuenta años de exilio. Durante medio siglo se había aferrado a los amados y preciosos recuerdos que de él tenía, recuerdos de amor y de un vínculo compartido y que ni el tiempo ni la distancia podían mancillar.
    Y durante medio siglo la habían engañado.
    Una estremecida inspiración borboteó en su garganta y la tragó con fuerza, hacia adentro, al interior de los pulmones.
    —Entonces —dijo, y en su voz había comprensión y pena... y amargo desprecio—, ¡vuelvo a escoger!
    Con un rápido movimiento su cabeza giró a la derecha, y Némesis apareció a su lado. Se volvió a la izquierda, y apareció la figura de ojos blanquecinos que durante tanto tiempo había tomado equivocadamente por un emisario de otro poder. Una mirada al suelo, y un lobo de pelaje claro se irguió muy tieso ante ella. Cuatro criaturas que eran una única criatura, todas ellas se enfrentaron a Fenran, y como una sola hablaron.
    —Soy Anghara. Y escojo mi propio sendero: ¡el sendero de la vida!
    La mano de Némesis se levantó bruscamente, y en la mano de la criatura de ojos plateados había una ballesta. El ser de ojos blanquecinos sostenía una única saeta. Índigo tomó ambas cosas. Cargó el arma; y volvió a mirar a Fenran.
    —No —susurró él—. No puedes hacerlo. Te amo, Anghara.
    Tres palabras. Sólo tres palabras, pero le desgarraron el corazón como ninguna otra palabra pronunciada por él lo había hecho. Hasta este momento, no lo había dicho. Dulces caricias, dulces promesas, los besos y los momentos íntimos y todos los susurros que los amantes intercambian... pero no eso. No esas sencillas palabras, «te amo». Hasta ahora... y ella sabía que eran sinceras...
    —¡Oh, Fenran...! —Llena de angustia empezó a temblar—. No..., no puedo... —Un sollozo le estremeció todo el cuerpo—. Hice mi elección. La hice hace cincuenta años.
    Y he estado equivocada; tan equivocada...
    —Sí. Has estado equivocada. Pero ahora podemos enmendarlo.
    Índigo volvió a mirarlo con ojos inundados de lágrimas, y dijo:
    —No lo comprendes. Tal vez nunca pudiste.
    Alzó la ballesta, y disparó.

CAPÍTULO 23


    —Me parece que no quiero verla. —Vinar bajó los ojos hacia sus propias manos entrelazadas; luego volvió a levantarlos y, con un esfuerzo, dedicó a Niahrin una tenue sonrisa—. Es mejor que no lo haga, ¿verdad? Mejor para todos.
    La luz del sol que penetraba oblicuamente por la ventana creaba un halo a sus dorados cabellos, pero no conseguía iluminar la expresión de su mirada. Volvió a dedicarse a contemplar la chimenea de la habitación, y Niahrin percibió que lo que el scorvio veía mentalmente estaba tan vacío como la recién barrida parrilla.
    —Lo comprendo —dijo con dulzura—. Pero yo debo despedirme de la gente. ¿Me esperarás aquí?
    —Sí. Sí, esperaré. —Ella fue hacia la puerta, y él añadió de repente—: Dile que... — Vaciló—. No. No importa. Tanto si lo sabe como si no, ahora ya no importa.
    La expresión de la bruja estaba llena de compasión.
    —¿No hay entonces ningún mensaje que quieres que le transmita?
    Se produjo una larga pausa; al fin él volvió a sonreír.
    —Sólo dile: Vinar te desea buena suerte.
    Mientras se dirigía a los aposentos de la reina viuda, donde todos iban a reunirse por última vez, Niahrin se puso a meditar, como tan a menudo había hecho en los últimos dos días, en el número de vidas que jamás volverían a ser las mismas, que jamás podrían ser las mismas, como resultado del regreso de Índigo a Carn Caille: el rey Ryen y su familia, Jes Ragnarson, ella misma, Vinar, Grimya... Y, por encima de todo, la persona cuyos actos los habían conducido a todos a esta hora de despedidas y a este día de un nuevo comienzo.
    Que el ataque de los demonios había tenido lugar era algo que la bruja no dudaba ni por un segundo. Recordaba, igual que todos los demás, la hirviente oscuridad, los estruendosos alaridos, el ruido y la sangre y el tumulto de la batalla contra las legiones diabólicas que cayeron sobre sus murallas con ensordecedores chillidos. Pero ahora era como si aquel horror se hubiera vivido en un sueño, y no en el plano físico. Cómo y cuándo había ocurrido el cambio jamás lo sabría, pero en un momento dado estaba luchando por su vida, y al siguiente se produjo una explosión —no podía darle un nombre mejor— de luz y ruido, y se vio levantada por los aires y arrojada a lo alto, muy alto, dando volteretas como una muñeca en medio de una marea ascendente, sin ver nada, sin oír nada y totalmente impotente. Luego sintió que caía en picado; había intentado gritar pero no había aire en sus pulmones, y, cuando creía que iba a estrellarse contra el suelo y hacerse pedazos, se oyó un estruendo más potente que cualquiera de los anteriores, como si toda la Tierra hubiera aspirado con fuerza. La cegadora luz desapareció de su alrededor en forma de torbellino como si la hubieran absorbido, y Niahrin se encontró tendida cuan larga era sobre las losas del patio en medio de una asfixiante nube de polvo mientras el pasado quedaba barrido, el tiempo regresaba con brusquedad al presente y los ecos de una titánica conmoción se desvanecían en la distancia.
    Durante lo que le pareció una hora pero que en realidad no fueron más que unos segundos, permaneció allí tumbada, sin atreverse a hacer un movimiento. Todo a su
    alrededor era oscuridad y silencio. Entonces cerca de ella algo resbaló por el suelo...
    Se incorporó violentamente, estremecida de terror. Pero no había demonios ni batalla. El ruido que había escuchado era el del roce de un pie sobre la piedra. A dos pasos de ella, un hombre con la insignia de sargento giraba en redondo muy despacio, boquiabierto y con los ojos a punto de saltar de las órbitas mientras miraba perplejo a su alrededor. En la mano colgaba flojamente una espada desenvainada, con la hoja brillante y limpia. Y, a la fría luz de la luna que se derramaba sobre ellos desde un cielo nocturno totalmente despejado, Niahrin descubrió que el patio estaba lleno de una multitud de personas aturdidas y silenciosas. Empuñaban espadas, arcos, garrotes, utensilios de cocina... Cada hombre o mujer sujetaba un arma de alguna clase, pero no había ningún enemigo a la vista. No había demonios. No había farfullantes espíritus malignos. Nada contra lo que luchar. Era como si toda la población de Carn Caille hubiera padecido una única pesadilla común, y en sus sueños hubieran respondido a su llamada y salido a la carrera para enfrentarse con un enemigo que no existía.
    Entonces, rompiendo el estupefacto silencio, un voz surgió de entre la semioscuridad.
    —Regresad a vuestras camas. —Era la voz del rey Ryen, tranquila, sobria, autoritaria—. No puedo explicar lo que nos ha sucedido a todos, porque todavía no lo comprendo del todo. Pero Carn Caille no está en peligro. Esto ha sido una pesadilla, únicamente una pesadilla, y nadie ha sufrido daño. Regresad. Id en paz.
    Ellos aceptaron la orden con la gratitud de niños pequeños que se vuelven a sus mayores en busca de guía y ejemplo, y la pequeña marea de humanidad empezó a fluir despacio en dirección a la puerta principal. Varios rostros pasaron lentamente ante Niahrin, algunos perplejos, otros sencillamente sin expresión; la multitud se fue reduciendo hasta que el patio quedó casi vacío. Niahrin escuchó el tintineo del atavío de un soldado y vio a un pequeño destacamento de hombres armados que hablaba con Ryen. Luego, también los soldados se marcharon del patio aunque no sin cierta renuencia; y por fin solo quedó un pequeño grupo en él.
    Estaban todos allí: Ryen y Brythere, Moragh, Jes; incluso Vinar, aunque se mantenía aparte de los otros. Tenía los ojos firmemente cerrados y se había cubierto el rostro con las manos. Niahrin se puso en pie con dificultad y se dirigió hacia ellos. Por el rabillo del ojo vio a alguien más...
    Índigo y Grimya se acercaban procedentes del otro extremo del patio. Los cabellos de Índigo colgaban en sudorosos y enmarañados mechones sobre su rostro; bajo su sombra, Niahrin no podía ver la expresión de la muchacha, pero tenía la cabeza inclinada al frente y arrastraba los pies sobre las losas como si fuera víctima de un cansancio indecible. Grimya se apretaba contra ella, los ojos levantados para mirarla, y el amor y la compasión de los ambarinos ojos de la loba hicieron que Niahrin sintiera un nudo en la garganta. Las dos se detuvieron a cinco pasos del pequeño grupo, e Índigo levantó la cabeza. No habló.
    Se limitó a mirarlos, uno por uno, y las lágrimas que le corrían por las mejillas fueron a caer sobre su mano derecha; la mano que sostenía una ballesta. Su mirada descansó durante más rato en Vinar que en el resto, pero el scorvio no hizo el menor movimiento, aunque su boca se movía en silencio como si, también él, estuviera a punto de llorar.
    Luego Índigo dio media vuelta y, con Grimya todavía pegada a ella, se encaminó al interior de la ciudadela.
    Encontraron a Fenran no muy lejos de la puerta. Estaba caído donde la luz de la luna no podía alcanzarlo, y en un principio pareció como si su cadáver no fuera más que una sombra entre las sombras. Pero el cuerpo fláccido y sin vida era muy real. Y cuando Ryen y Jes le dieron la vuelta descubrieron la saeta que le había atravesado el corazón.
    Niahrin bajó la mirada hacia los enredados cabellos blancos, el rostro arrugado y viejo, las familiares facciones, retorcidas con la locura que le había corroído el cerebro como un cáncer durante tantos años. —Pobre Fenran —murmuró—. Pobre Perd... Moragh, que también había estado contemplando el cuerpo, la miró fijamente.
    —Eres un alma bondadosa, Niahrin. Hay muy pocos, diría yo, que sientan lástima por él ahora.
    Niahrin volvió los ojos hacia la reina viuda con expresión entristecida.
    —No puedo condenarlo por un error, alteza, no importa lo grande que fuera ese error. El único crimen de Fenran fue no tener el valor necesario para buscar su propio destino y en su lugar intentar vivir su propia vida a través de otros.
    Moragh sonrió, pero era una sonrisa dura.
    —El estilo de los cobardes.
    —Puede. Pero, cuando pienso en la historia de Índigo, me pregunto si yo, enfrentada con la elección entre el camino de un cobarde y lo que ella ha tenido que pasar, habría sido más valiente que Fenran.
    Así pues, ahora todo había terminado por fin. Y hoy, en esta hora, Índigo abandonaba Carn Caille.
    Le habían dicho que debía quedarse. Ryen, Moragh, incluso Brythere. Ella era la legítima reina, dijeron, la hija de Kalig, portadora de su linaje, y si deseaba reclamar su trono ellos no serían un obstáculo. Pero Índigo había visto el miedo en sus ojos mientras hacían su oferta; miedo de ella, de lo que ella era, de aquello en lo que se podría convertir. Ella no les deseaba ningún mal; ¿cómo podría? Ellos no le habían causado ningún mal. Y ya los habían perseguido durante demasiado tiempo los fantasmas que ella había invocado.
    Ahora, mientras se encontraban por última vez en los aposentos de Moragh, volvió a rechazar su oferta de forma definitiva.
    —No me quedaré —dijo con una dulce sonrisa—. Renuncié a mis derechos aquí hace cincuenta años. No sería justo que los resucitara... y tampoco tengo el menor deseo de hacerlo.
    Ryen clavó los ojos en sus propios pies, y fue Moragh quien finalmente hizo la pregunta que estaba en las mentes de todos.
    —¿Qué será de ti, Índigo?
    —No lo sé. No puedo decirlo. —La muchacha se volvió y miró a Niahrin—. A lo mejor tú puedes responder a esa pregunta mejor que yo.
    —No puedo responderla —contestó Niahrin, negando con la cabeza—. Lo que eres, y aquello en lo que te convertirás, surge de un poder cuyo origen está en tu interior, y yo no puedo decir que comprendo tal poder.
    —Pero ¿si te pidiera que dieses un nombre a ese poder? —Índigo continuaba con la mirada fija en ella.
    La bruja le sostuvo la mirada sin pestañear.
    —Le daría dos —respondió con vieja sabiduría—. Los llamaría «vida» y «libertad». Porque son lo que tú escogiste, en un principio. Tu propia vida, y la libertad para vivirla.
    Durante unos instantes todo quedó en silencio; luego Índigo volvió a sonreír.
    —Sí —asintió con calma—. Sí, Niahrin, creo que tienes razón. Tardé mucho tiempo en aprender esa lección, en aprender que yo era verdaderamente libre; y que mis demonios los había creado yo misma y que debía enfrentarme a ellos y derrotarlos a mi manera. Pero ahora empiezo a comprender.
    —De los muchos regalos de la Madre Tierra a nosotros, creo que la comprensión es el mayor de todos —repuso Niahrin, devolviéndole la sonrisa.
    Los cinco la acompañaron hasta el patio, donde estaban dispuestas todas sus pertenencias. El caballo de pelaje gris oscuro —regalo personal de Brythere a ella— estaba ensillado y aguardaba, olfateando el fresco y perfumado viento y ansioso por ponerse en marcha. Colgados junto con las alforjas sobre su lomo había dos estupendos cuchillos de caza del arsenal de Ryen, y una pequeña arpa de regazo cubierta de bellísimas incrustaciones, escogida por Jes y bien guardada en una bolsa acolchada que Moragh en persona había bordado con el sello real de las Islas Meridionales. Pero faltaba Grimya.
    —Ha ido, creo —explicó Niahrin con suavidad—, a despedirse de Vinar.
    El rostro de Índigo se nubló y la muchacha miró al otro lado del patio. La ventana de Vinar resultaba claramente visible, pero no se veía ninguna figura allí de pie, y las cortinas estaban corridas sobre el cristal.
    —No..., no puedo ofrecerle ningún consuelo. —Índigo hablaba en voz muy baja—. Pero Grimya dirá las cosas que..., que yo quiero que sepa. Es un buen hombre. Fue muy bueno conmigo.
    Al cabo de unos instantes, la loba salió de la ciudadela. Se acercó a ellos con la cola y las orejas gachas; pero, no obstante su triste porte, Niahrin, al menos, vio la expresión de sus ojos y percibió la felicidad que el animal intentaba ocultar para no ofenderlos. Al acercarse a Índigo su paso se apresuró; de pronto vaciló, y se volvió hacia Niahrin.
    —Grimya..., querida mía, querida mía... —Niahrin no consiguió encontrar otras palabras mientras se arrodillaba y abrazaba a la loba por última vez. Una lágrima fue a caer sobre el pelaje de Grimya y la bruja aspiró precipitadamente y se secó de inmediato los ojos con la manga—. ¡Oh!, mírame... ¡qué tonta soy llorando a mi edad!
    Grimya le lamió las lágrimas.
    —No te olvi... vidaré, Niahrin. Jamás te olvidaré.
    —Ni yo tampoco, cariño..., ni yo. —Temiendo estar a punto de realizar toda una escena, Niahrin la soltó y empezó a levantarse. Pero todavía escuchó el último susurro de Grimya, que era sólo para sus oídos.
    —Cuida del pobre Vinar.
    Ryen besó a Índigo, y luego, ante la sorpresa de todos, Brythere se adelantó de
    improviso y abrazó a la muchacha con efusividad.
    —¡Gracias! —dijo la joven reina con fervor. Índigo la miró con perplejidad, y ella añadió—: Hiciste desaparecer las pesadillas, Índigo. Ya no hay nada que temer en Carn Caille.
    Moragh escuchó lo que decía y, cuando Brythere retrocedió, extendió ambas manos, diciendo:
    —Nos has dado nuestra libertad, como ahora tú tienes la tuya. Que la Madre Tierra te bendiga, querida, como lo hago yo. ¡Buena suerte!
    El caballo gris pateó el suelo nervioso; las puertas estaban abiertas y la larga y nebulosa extensión de hierba se perdía a lo lejos ante su ávida mirada, con toda la promesa del verano. Índigo montó y tomó las riendas.
    —Creo que me he despedido muchas veces —dijo con un nudo en la voz—. Pero ésta... —Por última vez paseo la mirada por las familiares piedras de su antiguo hogar pero ya no era su hogar. El mundo entero era su hogar, suyo y de Grimya. Carn Caille pertenecía a otros, y así era como debía ser.
    Índigo escuchó cómo las puertas se cerraban, pero se encontraban ya tan lejos que el sonido resultó apenas audible por encima de toda aquella extensión de hierba. Ellos la habían seguido con la mirada, lo sabía, hasta que el caballo quedó casi fuera de la vista, y por tres veces había vuelto la cabeza y saludado con la mano al pequeño grupo de figuras que se perdía en la distancia. Ahora la vieja ciudadela quedaba atrás, y, con este lejano ruido, se cortaba el último lazo, se partía el último vínculo.
    Hacia el oeste se extendía el enorme bosque; al este todo eran tierras de labrantío y pastos. A su espalda, Carn Caille no era mayor que el juguete de un niño, silencioso tranquilo en los bordes de la tundra, mientras que al frente la carretera se extendía y perdía en el horizonte. Un impulso de mirar atrás por última vez se apoderó de Índigo, pero no volvió la cabeza. Atrás quedaban los viejo tiempos, y la oscuridad, y Fenran. Ellos lo honrarían, le habían dicho. Lo harían por ella... y por él; le otorgarían los ritos debidos a cualquier hombre, y lo enterrarían para que descansara con dignidad. Y a lo mejor, un día, la herida cicatrizaría y ella olvidaría...
    «Estás pensando en él, Índigo. No sientas vergüenza por ello.»
    La dulce voz telepática de Grimya penetró suavemente en su cerebro, y la muchacha se dio cuenta de que volvía a llorar. Sonrió a la loba por entre las lágrimas.
    «Sí, pensaba en él. Lo amaba, Grimya. Lo amo aún.»
    «Lo sé. ¿Cómopodrías no amarlo?»
    Grimya tenía la mirada levantada hacia ella, y sus ambarinos ojos estaban llenos de comprensión. De improviso Índigo tiró de las riendas para obligar al caballo a detenerse. Saltó de la silla y se agachó junto a la loba, con los brazos extendidos. Grimya corrió hacia ella, y su cálido cuerpo de grueso pelaje se apretó con fuerza contra el rostro y el cuerpo de la muchacha como un bálsamo curativo.
    «Tardará mucho tiempo en desaparecer el dolor. Pero todo ese tiempo estaremos juntas. Tú y yo. Lo sé, Índigo. Lo sé.»
    Índigo también lo sabía. Qué poder era el que les había otorgado aquel don especial, no podía decirlo y quizá jamás podría comprenderlo del todo. Tal vez, como había insinuado Niahrin, era el auténtico don de la vida; a lo mejor, incluso, la inmortalidad que durante tanto tiempo había considerado una maldición lanzada sobre ella por la Madre Tierra. Pero no era una maldición, y, si la Madre Tierra había actuado en esto, lo había hecho utilizando como medio su propia voluntad inquebrantable. Ésta era su vida, su libertad. Suya, para hacer con ella lo que eligiera.
    —No sé qué será de nosotras, Grimya —dijo—. Puede que vivamos para siempre. ¿Quién sabe? Pero lo que sea que nos ocurra....
    —¡Estaremos... juntas! —La loba parpadeó y, con un gesto tan cándido y sincero como los primeros forcejeos cariñosos de un cachorro recién nacido, lamió el rostro y cabellos de Índigo con su larga lengua roja—. Te quiero, Índigo —declaró—. ¡Y soy tu aaaamiga
    A lo lejos se escuchó un sonido. Parecía provenir del verde mar del bosque occidental, y el viento estival le proporcionaba un timbre brillante y trémulo que emocionó a Índigo. En la distancia, desde su hogar entre los árboles, los lobos del bosque cantaban.
    Grimya se giró para oír.
    —¡Cantan para nosotras! —exclamó, y su voz estaba llena de asombro. Entonces, también ella levantó la cabeza, y lanzó su aullido de respuesta, enviando un mensaje de gratitud y homenaje al rey lobo y a su jauría.
    Los sonidos se apagaron poco a poco. En algún lugar, por encima de ellas, el trino de una alondra emergió de entre los ecos finales, ascendiendo y descendiendo, ascendiendo y descendiendo. Grimya parpadeó, y se pasó la lengua por el hocico.
    —Me gussstaría cantar —dijo.
    Índigo sonrió y la acarició con ternura.
    —A mí también, cariño. Y en el futuro tendremos muchas ocasiones para cantar. Porque tengo la impresión de que tenemos muchas cosas que enseñar.
    La loba agachó la cabeza; un viejo gesto y terriblemente familiar.
    —Ssssí. —Sus orejas se alzaron ansiosas, y añadió con profunda satisfacción—: ¡Y mucho que aprender!
    El caballo torció el cuello cuando Índigo volvió a montar, y le dio un juguetón golpecito en la pierna que hizo soltar una carcajada a la muchacha. Cogió las riendas y, protegiéndose los ojos de la brillante luz diurna, miró al frente. En un mundo lleno de verano y de la luz del sol, el paisaje de las Islas Meridionales se extendía hasta un lejano horizonte; y al otro lado del horizonte había ciudades y poblados, bosques y campos, y, más allá aún, las inmensas rutas de los océanos y todo lo que se encontraba al otro lado: toda la hermosa y generosa Tierra. Suya —de ambas— para vagabundear, mirar y vivir. Había creído que su viaje había terminado, pero se había equivocado: su viaje no había hecho más que empezar.

EPÍLOGO: SIETE AÑOS DESPUÉS


    La nave se llamaba La Bendición de la Bruja, y era hermosa; un elegante y veloz clíper de la clase Lynx, construido en Ranna y tripulado por hombres y mujeres de cinco países marítimos diferentes. Su esposo había dicho que los navíos de la clase Lynx nacían con el viento en sus proas, y ¿quién podía saber tal cosa mejor que él, criado como todos sus antepasados para llevar una vida de marino? ¿Y qué mejor nave podían haber escogido juntos que La Bendición de la Bruja, para que los llevara a casa?
    La despedida en Ranna había estado cargada de emoción, ya que ella no había esperado que tantos amigos acudieran a despedirlos. Con lo humilde que siempre había sido, ni se le había ocurrido que la gente los tuviera en tanta estima. Pero habían ido todos: los guardabosques y los granjeros, los pescadores de Amberland y sus esposas, incluso un contingente llegado del pueblo de Ingan; gentes a quienes ella había dado pociones o ungüentos o simplemente consejo, y que no olvidaban la bondad de la humilde y menuda bruja del rostro desfigurado. Niahrin había llorado sin la menor vergüenza mientras el barco se separaba de su amarradero y las velas chasqueaban al llenarse de aire, listas para enfrentarse con el mar abierto. Pero su esposo la había besado y le había recordado que sólo se trataba de un «hasta pronto» y no de un adiós, y que el siguiente verano estarían de vuelta; y su hijito no dejaba de saltar impaciente, cogido a la barandilla del barco, bombardeando a su padre con preguntas sobre el viaje y el mar y el recibimiento que tendrían cuando atracaran en el mejor de los puertos de Scorva; la bienvenida que les dedicarían todas las tías, tíos y primos a los que ni él ni su madre habían visto nunca. En ocasiones, incluso ahora, el milagro de esta criatura risueña y llena de energía —su hijo, y la viva imagen de su padre— volvía a sorprender a Niahrin, y cuando así sucedía daba gracias a la Madre Tierra, que le había otorgado la bendición, inimaginable durante tanto tiempo, de tal realización y felicidad.
    Y cuando, como a veces sucedía, vislumbraba en los azules ojos de su esposo el recuerdo de otro amor anterior, no sentía ni rencor ni dudas. Ninguno de ellos olvidaría jamás a Índigo, y así era como debía ser. Pero Vinar había encontrado dicha, y su esposa e hijo eran la alegría de su vida, sus seres más queridos y la niña de sus ojos. Vinar no deseaba nada más, y lleno de orgullo los llevaba a casa.
    Y entre los amigos que los despedían en el muelle se encontraba un mensajero de Carn Caille, espléndido en su librea real; había portado una bolsa especial y privada que había introducido en la mano de Vinar. Había cartas en esa bolsa; una de Ryen y Brythere, y otra de la reina viuda Moragh. Y, junto con las cartas, un dibujo infantil de brillantes colores que mostraba a La Bendición de la Bruja partiendo del puerto de Ranna con los estandartes de buena suerte ondeando en sus mástiles y el sol sonriendo en un cielo sin nubes. La mayor de los tres hijos de Ryen y Brythere, a cuya fiesta de bienvenida Niahrin y Vinar habían sido invitados de honor, no olvidaba a sus padrinos, y bajo el dibujo la princesa Aisling había escrito cuidadosamente su nombre, con muchos símbolos de besos.
    Los muelles de Ranna empezaban a quedar a popa; en la distancia, los elevados acantilados de Amberland se alzaban en el horizonte como el lomo jorobado de una bestia dormida. El olor del mar penetraba en la nariz de Niahrin, y ésta se volvió hacia el hombre que estaba a su lado. El le devolvió la mirada y, gracias al lazo desarrollado entre ambos, gracias a la privada e íntima comunión de sus mentes, Vinar supo lo que ella pensaba.
    —Te querrán, Neerin. —Se inclinó desde su enorme altura y la besó— No hay nada que debas temer de tu nuevo hogar en Scorva. Mi gente te querrá. Igual que yo.
    Niahrin cerró los ojos, feliz de sentir la fuerza y el calor de su brazo a su alrededor. Su rostro lleno de cicatrices se dulcificó cuando Vinar volvió a besarla, y en su mente aparecieron dos rostros. Uno, el rostro de una mujer con ojos de color Índigo y una nube de cabellos castaño rojizos, pareció sonreírle. Y el otro, una loba de pelaje moteado, abrió las mandíbulas y mostró colmillos y lengua en el equivalente animal de una risa humana. Y, a través del tiempo y de la distancia, la bruja escuchó la voz de Grimya.
    «Sed felices, Niahrin y Vinar. Sed felices... ¡como lo somos nosotras!»
    Y AQUÍ ACABA LA HISTORIA... O TAL VEZ NO.
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