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Operación «Dios cósmico»

Operación «Dios cósmico»

Аннотация

    Del libro «LA CAJA NEGRA», cuentos de ciencia ficción
    Los autores: Yuriev, Varshavski, Bilenkin, Kolupaiev, Dnieprov
    Editorial «Mir», Moscú, 1984


Dimitri Bilenkin
Operación «Dios cósmico»

    Traducción de Clara Shteinberg

1. Una nave en peligro

    Polynov, sin vacilar hizo avanzar a la brecha la torre. Era como una puñalada certeramente al plexo solar de la defensa enemiga.
    Huysmans frunció el ceño. Sus dedos, amarillos como los de una momia, tocaron con pena el rey. Después miró de soslayo el reloj.
    — ¿Y si damos la vuelta al tablero? — propuso.
    — ¿No le parece que hoy se entrega con demasiada premura, querido padre?
    Polynov volaba hacia Marte como pasajero abrigando la esperanza de descansar durante el viaje de las agotadoras obligaciones del psicólogo cósmico, pero nunca llegó a imaginarse cuan exhaustiva resultaría para él la ociosidad en una nave como el «Antinoo». Si no hubiera sido por el ajedrez, se sentiría completamente extraño en medio del bullicio y diversiones que servían para matar el tiempo.
    — Oh, esta rendición no es definitiva. No olvide: el que empuña la espada por espada perecerá. Por ahora le gusta semejante dialéctica, ¿no es cierto?
    El huesudo rostro del padre se ensanchó en una sonrisa. Era una sonrisa-invitación agazapada en las comisuras de los labios. En Polynov se avivó el interés profesional.
    — ¿De modo que usted me considera un hombre con espada?
    — A usted también. El que construye, destruye, ¿no es así? Pero la dialéctica a la que sois adeptos, como nosotros lo somos a dios, esta dialéctica os destruirá.
    — ¿Usted está tan seguro?
    Polynov se puso de buen humor. «Esto en su persona también son cosas de la profesión — pensó—. Habrá predicado durante unos buenos treinta años, y claro que ahora no puede aguantar, le atrae el ambón o como se llame ese sitio…»
    Acomodó mejor las piernas, dirigió una mirada a la muchacha que atravesaba el salón — vaya si es linda— y, mentalmente, le hizo un guiño al padre.
    — Sin duda alguna, os destruirá —proseguía Huysmans sin apartar la vista—, ya que la ley de vuestra dialéctica reza que el que niega está condenado a la negación. Vosotros negáis lo nuestro, vendrá alguien o algo y se portará con vosotros de la misma manera.
    — Sólo puedo compadecerle — asintió con la cabeza Polynov—. Los feligreses no van al templo, ¿no es así? ¿Qué le vas a hacer? La historia no es una partida de ajedrez. No puede volverse a jugar.
    — Pero es una espiral, y por lo tanto el caminante puede retornar al punto de donde partió.
    — Hoy, usted necesita que le consue…
    Una suave sacudida hizo tambalearse la mesita. Algunas figuras cayeron, tras la puerta de vidrio del salón alguien se echó a un lado, pero el estruendo del jazz lo absorbía todo y las sombras angulosas de los danzantes volvieron a deslizarse por el cristal.
    — Necesita que le consuelen — finalizó Polynov, agachándose para recoger las figuras del suelo—. Pero los sofismas nunca…
    Levantó la cabeza. Su interlocutor había desaparecido. Huysmans se había esfumado sin ruido, como un murciélago.
    El rey blanco que había caído sobre la mesita rodó lentamente hacia el borde, por lo visto, la nave frenaba inadvertidamente para los pasajeros. Polynov se encogió de hombros, cogió el rey, colocó las figuras en la caja y salió del saloncito.
    Se paró vacilando junto a una puerta con la inscripción en cinco idiomas: «Caseta de derrota. Prohibida la entrada». La música penetraba también aquí, algo velada, pero igualmente frenética e intermitente.
    — Todo les importa un bledo — dijo Polynov—. Andamos en jaranas…
    Polynov estaba hasta la coronilla de los ritmos sincopados de la música y por enésima vez lamentó haberse metido en esta elegante nave de línea con su interminable fiesta artificiosa.
    En la caseta de derrota reinaba la penumbra. Las piezas fluorescentes de las escalas centelleaban como luciérnagas y sobre el óvalo sin fondo de la pantalla panorámica temblaba la telaraña azul de los nemográficos diseminada por el tablero.
    — ¿Quién es? — preguntó con enfado una voz, y Polynov vio a Berger. El piloto de guardia tenía desabrochada la camisa del uniforme con cohetes dorados y del cuello le colgaba un radiófono—. Ah, es usted, camarada… Sospecho cuál es la causa que le ha traído aquí. No, no es un flujo meteorítico.
    — ¿Y, entonces, qué?
    Berger señaló con la cabeza a la pantalla. El segundo piloto se apartó un poco. En la negra profundidad, entre las estrellas inmóviles titilaban las luces de posición de las señales de socorro.
    — ¿Qué naves?
    — Una tal «Van Euk». ¿Ha oído este nombre?
    — No, ahora hay demasiadas naves. Pero vosotros, en todo caso, deberíais estar al corriente de las travesías…
    — No es una nave de línea.
    — Parece que tiene usted razón — se fijó Polynov—. Es una nave exploradora. ¿Pero qué le pasa? ¡Apaga las luces!
    En la pantalla quedó sólo una estrellita roja.
    — Una avería. Ahorran energía.
    — ¿Y la radio?
    — Es una zona de silencio. Entramos en ella hace media hora.
    — Muy mal. ¿Hasta tal punto economizan la energía que ni pueden enviar señales sobre el carácter de la avería?
    — Se les estropeó el retrobloque.
    — Es algo serio.
    — Más no puede ser. Dicen que comunicarán los pormenores al entrar en contacto directo.
    — ¿Necesitarán mi asistencia? Antes he sido médico.
    — No nos comunicaron si hay víctimas. Aja, otra vez envían señales. Ahora va a despegar su lancha.
    — ¿No sería mejor mandar la nuestra…?
    — ¡No falta más! El despegue de nuestra lancha no pasará inadvertido por nuestros pasajeros.
    — Bueno, ¿y qué importa?
    — ¡Hum! ¿Ha olvidado usted qué pasajeros viajan en nuestra nave? — Berger sonrió sarcásticamente—. Cuando vienes a ver, las señoras, al enterarse del accidente, empezarán a pedir gotas de valeriana.
    — Eh, eh, Berger, cállate la boca — le advirtió el segundo piloto— o volarás de este trabajo.
    — A mí me importa un comino. No debemos ocultar nuestras convicciones políticas. El compañero Polynov me comprenderá.
    En la pantalla apareció por un instante un brillante destello.
    — Han despegado — señaló el segundo piloto.
    La franja de color naranja pálido expulsada de las toberas de la lancha iba creciendo lentamente, a medida que se aproximaba.
    Tan sólo una persona experta podía percibir el empujón.
    — Un amarre de alta clase — hizo constar Berger—. Sería interesante ver a los huéspedes.
    — Una demora de treinta horas como mínimo — gruñó el segundo piloto. Su perfil ceñudo eclipsó la pantalla.
    — Es una nimiedad, lo recuperaremos — contestó Berger—. ¿Quiere cerveza, camarada?
    Polynov asintió con la cabeza. Berger abrió una lata.
    Sin embargo, no le dio tiempo de dar un trago. La puerta, con estrépito, se abrió de par en par. En el vano aparecieron dos sombras. Por los ojos, hiriéndolos, se deslizó el rayo cegador de una linterna.
    — ¡Qué diablos! — entornando fuertemente los ojos y apretando contra el pecho la lata de cerveza, gritó Berger.
    — Calma — pronunció fríamente la sombra—. ¡Manos arriba!
    Al nivel de su pecho Polynov vio la boca piramidal de una pistola de rayo fulminador, el llamado lighting. La lata cayó de las manos de Berger, vertiendo al suelo un surtidor espumoso. El segundo piloto saltó de su asiento. El lighting se estremeció con nerviosismo. De su cañón salió un rayo violáceo. El segundo piloto se desplomó, su crispada boca trataba de captar aire.
    — ¡Las manos! — vociferó la sombra—. ¡Sin tonterías!
    Polynov y Berger obedecieron. Sus manos le parecieron a Polynov de plomo cuando las levantaba.
    — ¿Qué significa todo esto…? — susurró Berger.
    — ¡Callaos! ¡Media vuelta! ¡Al pasillo!
    — ¿Y el herido? — exclamó Polynov.
    El cañón del lighting le empujó hacia la salida.
    Los temblorosos pasajeros y los miembros de la tripulación fueron alineados apresuradamente a lo largo de la pared del pasillo. Al aturdido Polynov le daba la impresión de que todo esto no era sino una pesadilla, y en ella, como descendidos de las páginas de la historia, habían irrumpido los miembros de la S.S. dejando a sus víctimas ateridas de espanto.
    A la salida, con el lighting terciado se plantó un guardia. Este llevaba un lustroso mono gris.
    La persona en que clavaba su mirada se encogía y palidecía.
    Pasaron cinco minutos, diez, quince. El temblor se transmitía de hombro en hombro como la corriente eléctrica. Los elegantes trajes colgaban como unos globos pinchados. Los rostros quedaron yertos, formando una fila de máscaras blancas. A alguien le sacudía un hipo nervioso.
    De pronto el guardia se apartó dejando pasar a un gigantón de cabeza desproporcionadamente grande que parecía un cuadrilátero tajado a hachazos. El gigantón hurgó con la mirada las caras, esbozó una sonrisa socarrona y se acercó meneando el cuerpo al último de la fila. Con un gesto de amo registró sus bolsillos, agarró la cartera y los documentos y sin prestarles atención los echó en una bolsa. El registrado, un anciano acicalado de bigotes canos, se enderezó contrayéndose con aire de mártir y tratando de sonreír.
    El Cabezudo pasó al siguiente de la fila, un brasileño rechoncho que voluntariamente le mostró sus bolsillos. Después pasó hacia el tercero, el cuarto. El comportamiento del bandido se caracterizaba por un automatismo adquirido. Se movía sin prisa a lo largo de la fila, parpadeando; su bolsa iba hinchándose.
    A Polynov se le nublaba la vista de furia. El guardia se apoyó contra la jamba y puso el lighting entre los pies; unos carneros seguramente le infundirían mayor preocupación que estos hombres paralizados por el miedo. Ni siquiera se molestó en subir al descansillo de la escalera de caracol, sino que quedó a dos pasos de sus víctimas. Un buen golpe a la mandíbula del Cabezudo — ahora, precisamente, está frente a Berger; —los de los extremos de la fila se lanzan contra el centinela; a éste, claro está, no le da tiempo de alzar el arma; y ya disponemos de dos lightings y hemos acabado con dos bandidos. ¿Cuántos bandidos habrá en la nave? En la lancha caben cinco, pueden ser, seis…
    Idiotas. La liberación está tan cerca, se necesita tan poco para triunfar: ¡un poco de decisión, de entendimiento silencioso y de seguridad en el vecino! No, es desahuciante. Aquí no hay ni pizca de esperanza. Estos bandidos conocen la psicología de la turba, de otro modo no se sentirían tan despreocupados…
    — ¡Yo protesto-o-o!
    Todos se estremecieron.
    — ¡Soy esposa de un senador! ¡Un senador de los Estados Unidos! Vosotros… ¡A-a-a!
    El Cabezudo miró torpemente a la vociferante señora —ésta contorsionaba todo su cuerpo, en su sombrerete oscilaban las plumas de ave del Paraíso— y muy tranquilo le atizó una bofetada. Después otra y otra más, saboreándolo. La senadora, boquiabierta, movía convulsivamente la cabeza. El Cabezudo encendió un cigarrillo, inhaló profundamente y, con satisfacción, dirigió un espeso chorro de humo a la cara de la mujer. La senadora sollozaba sin atreverse a bajar las manos para secarse las lágrimas.
    — ¡Dios mío! ¿Qué es esto? ¿Por qué? —oyó Polynov un susurro entrecortado. Volvió ligeramente la cabeza y topó con el desamparo infantil, la súplica y el dolor en la mirada de una muchacha. Estaba a su lado. El Cabezudo ya se había detenido frente a ella. Su inexpresiva cara se animó algo. Examinó atentamente la figura pueril de la joven — en el entrecejo de ésta asomaron unas gotitas de sudor— y movió los labios. Sus gruesos dedos con uñas sucias tocaron el hombro de la muchacha —ésta se estremeció y sus ojos se oscurecieron de cólera— y bajaron rozándola. Comenzó a resollar.
    — ¡Déjala, canalla! — exhaló Polynov.
    El Cabezudo, apartándose de un salto, alzó el lighting; sus ojos se hicieron completamente transparentes. Adelantándose al disparo, Polynov le asestó un frenético golpe con la derecha bajo la barbilla. Esta acción le llenó de inefable placer. Acompañado del rechinamiento de su arma, el Cabezudo chocó contra la pared como un fardo de ropa sucia. El guardia disparó por encima de las cabezas el rayo fulminador. Como por una orden todos se lanzaron al suelo. Salvo Polynov y la muchacha. Esta se aferró a él tratando de protegerlo con su cuerpo del tiro y con ello obstaculizó el salto de Polynov hacia el arma del Cabezudo. El guardia con esmero trataba de captar a Polynov en la ranura del alza. Éste apenas logró librarse de la muchacha. «De rodillas, todo el mundo de rodillas…» — le dio tiempo de pensar con angustia.
    — ¡Alto! — tronó de pronto la voz de alguien. El lighting del centinela dio un golpe contra el suelo. En el descansillo de la escalera de caracol, con las manos cruzadas, estaba Huysmans.

2. Un problema moral

    El bandido como una centolla semiaplastada se retorcía a los pies de Polynov. Meneaba la cabeza salpicando saliva y sangre. Sus dedos retorcidos buscaban el lighting que había salido despedido hacia un lado.
    Huysmans con paso solemne atravesó el pasillo, se inclinó sobre el Cabezudo y dijo sin alzar la voz:
    — Levántate tú, imbécil.
    En respuesta sonó un rugido.
    — ¡En pie, te digo! — Huysmans gritó tan alto que hasta Polynov se estremeció.
    El Cabezudo quedó acallado. Estando a cuatro patas se esforzaba por levantarse, pero las rodillas le resbalaban.
    Reteniendo la respiración, todos con secreta esperanza miraban a Huysmans. Este advirtió las miradas y sonrió con frialdad.
    — ¡De cara a la pared! — lanzó desdeñosamente.
    E inmediatamente se volvió hacia Polynov.
    — No lo atañe a usted, señor mío. Todavía no me tomé el desquite por la partida perdida, ¿no es así?
    La calma de este hombre enjuto vestido de negro y su instantánea transformación de un pacífico misionero en caudillo de bandidos era más horrorosa que los disparos y la violencia.
    Dio un imperioso grito. Entraron corriendo dos hombres con monos grises. Uno agarró al Cabezudo y le ayudó a levantarse. Al otro Huysmans le susurró algo al oído señalando a Polynov. Agarraron al psicólogo y se lo llevaron.
    …Cuando tras sus espaldas chasqueó la cerradura, Polynov no estaba en condiciones de reflexionar ni tampoco de alegrarse de su inesperada salvación. El camarote al que lo empujaron parecía revolotear ante sus ojos. Más tarde, con asombro, apreció el lujo de este camarote. Una elegante mesita de plástico remedando malaquita, una mullida alfombra bajo los pies, dos fastuosas camas y la acogedora luz de una lámpara de mesa. Olía a perfume y cigarros. Tras un tabique había una auténtica bañera.
    Polynov se sentó esforzándose por comprender qué podía significar todo lo que le pasó y por qué lo encerraron en un camarote que parecía más bien un tocador de señora que un calabozo. Pero no encontró la explicación.
    Tambaleándose se puso de pie y oprimió con el hombro la puerta. ¿Para qué? Sabía perfectamente lo sólidos que eran los cerrojos de la nave.
    — No hagas tonterías — dijo para sí.
    Del cenicero asomaba el extremo de un cigarrillo que no había sido fumado hasta el fin. En la boquilla quedaron marcadas las huellas de la pintura de labios. De la mesita de noche semiabierta llegaba el brillo de botellas de vino. Una hora atrás aquí no sólo se vivía, sino se gozaba de la vida. ¿Qué es, entonces, una mala intención, una burla?
    Pero en el camarote faltaba algo. Algo esencial. Sí, por supuesto, faltaban sillas. Sillas que podían ser utilizadas como porras.
    Automáticamente, Polynov le dio al enchufe del televisor. Por muy extraño que parezca, el aparato funcionaba. Del fondo estereoscópico de la pantalla salpicó una ola marina y la cresta espumosa sacó a un niño montado sobre un delfín.
    Polynov le miraba como a un foráneo llegado de otros mundos. El niño, entusiasmado, golpeaba el dorso del delfín con los talones y por detrás de sus hombros aparecía el arco iris de las salpicaduras. El camarote se llenó de risa infantil.
    Después de lo sufrido esto parecía tan absurdo que Polynov se apresuró a desconectar el televisor. La risa se cortó.
    «Calma, y sólo calma — se dijo—. Cualquier pesadilla contiene su lógica, hay que llegar a descifrarla. Por cuanto el televisor funciona, la nave ha salido de la zona de silencio, por consiguiente… ¿Ha salido? No hay que hacerse ilusiones: no hubo ninguna «zona de silencio». Está más claro que el agua, los asaltantes aplicaron el «efecto de Bagrov» para que la nave no pueda comunicarse con la Tierra. Y nada más.
    ¿Pero con qué fin? ¿Qué objetivo se plantean? ¿Puede haber mayor disparate que la piratería en el espacio cósmico?»
    El mayor deseo de Polynov era acostarse y no discurrir en nada. Sus pensamientos se confundían.
    La aceleración crecía notablemente. El suelo parecía correr bajo los pies. Está claro que los piratas tienen prisa por alejarse de las rutas habituales. ¿A dónde?
    Polynov pasó al otro lado del tabique. Del espejo le miró un rostro totalmente blanco y desconocido. Durante un minuto, más o menos observó inmóvil su reflejo. Luego, cogió en las manos un poco de agua y se mojó la frente y las sienes, se peinó y se arregló la corbata. Los sencillos y ordinarios movimientos le tranquilizaron.
    Comenzó a reflexionar si se podría esperar socorro de la Tierra. Por ahora, allí nadie sospecha que pudo haber ocurrido una catástrofe. Bueno… Las estaciones de seguimiento perdieron el radioimpulso del «Antinoo». Esto a veces sucede. Los operadores, echando bocanadas de humo de sus cigarrillos y contando chistes esperan que se restablezca de nuevo. Pero no se restablecerá. Al espacio cósmico se enviarán señales pidiendo información. Pero el espacio guardará silencio. Entonces comenzará el pánico.
    No, entonces no. La compañía dará largas al asunto esperando que la alarma sea infundada… Por cuanto sobre el tapete se han puesto el prestigio y la ganancia: ¿cómo es posible? ¡Un accidente en nuestra compañía! El mundo con gran retraso se enterará de la desaparición misteriosa del «Antinoo» Entonces al supuesto lugar del accidente enviarán precipitadamente a los exploradores. Pero ya será tarde.
    Pero, ni siquiera entonces la alarmante noticia borrará de las pantallas de los televisores las caritas sonrientes. La información sobre la desaparición de la nave se ofrecerá siguiendo las mejores tradiciones del optimismo oficial. Inmediatamente después de la comunicación unas bonitas muchachas cantarán una bonita canción. Para que se tranquilicen. No se inquieten, señores televidentes, en el mundo, igual que antes, todo sigue de maravilla, ahuyenten los malos pensamientos, el optimismo prolonga la vida, ya se han tomado medidas, en adelante, no se repetirá nada semejante, la catástrofe no les concierne, no son ustedes los que han perecido, ni lo son sus parientes: claro, una avería es algo horrible, pero recuerden cuánta alegría nos espera en la vida que nos rodea…
    Y a nadie se le ocurrirá que ha tenido lugar una acción malintencionada. ¿Piratas? ¿En el espacio cósmico? ¡Ja, ja! No nos hagan reír…
    He aquí una cosa más con la que cuentan los bandidos.
    Desde la Tierra no llegará el socorro.
    En este instante Polynov oyó el chirrido de la llave. Cerró apresuradamente el grifo y echó una rápida mirada al espejo para ver su cara: ya parece normal, está preparado.
    Aún le dio tiempo de recibir a Huysmans en el umbral con una pregunta violenta como un golpe:
    — ¿Envidia los laureles de Flint?
    Huysmans frunció el ceño disgustado por el tono tan alto de la voz y cerró fuertemente tras sí la puerta. Un instante más se contemplaron el uno al otro.
    — Estoy contento de que le haya vuelto el sentido del humor — dijo por fin Huysmans sentándose en el borde de la cama.
    — Sencillamente, me acordé que los piratas solían terminar su vida en la verga. Lástima que una nave cósmica no esté equipada de este aparejo tan útil.
    — No todos los piratas, querido Polynov, no todos — Huysmans meneó la cabeza—. Algunos llegaron a ser gobernadores.
    — No estamos en el siglo diecisiete.
    — Tiene razón. Ahora la escala es otra. Sin embargo, la esencia del hombre no ha cambiado. ¿Más no parece preocuparle su propio destino?
    — ¿Es que usted quiere darme la absolución de pecados? No la admitiré, téngalo en cuenta.
    Huysmans exhaló un suspiro de resignación.
    — ¿A qué viene esta bravata? Yo sé que la amenaza de muerte no es algo nuevo para usted. Pero no puede negar que no será muy agradable morir de manos de su amigo el Cabezudo a quien, con torpeza, ha roto la mandíbula.
    «Cuidado — pensó Polynov— no te acalores».
    — Usted ha olvidado, Huysmans, que puedo escapar de sus garras en cuanto lo desee. No es tan difícil aguantar la respiración.
    Huysmans quedó pensativo cerrando ligeramente sus arrugados párpados.
    — Somos personas serias — se enderezó—. Le propongo un negocio mutuamente ventajoso.
    — Primero, conteste mis preguntas.
    — No soy mezquino. Haga sus preguntas.
    — En primer término: ¿qué será de los pasajeros? En segundo término: ¿a dónde nos dirigimos? Tercero: ¿cuál es su objetivo?
    Huysmans sacó un puro, lo encendió sin prisas («Absolutamente igual que el Cabezudo» pasó fugaz por la mente de Polynov), exhaló uno tras otro cinco anillos y los atravesó con un chorro de humo.
    — Es sorprendente — dijo—. Es sorprendente cómo los nobles sentimientos molestan vivir a los hombres. ¿No le parece que el bien no puede triunfar sobre el mal, porque sus métodos de lucha son impotentes, mientras que impugnar el mal con el arma del mal significa convertir el propio bien en mal? ¿Y que por esta razón el bien, de antemano, está condenado a fracasar? Piénselo. Recuerde la historia, ésta confirma mi conclusión.
    — No es una respuesta.
    — La respuesta le decepcionará. ¿Quiénes somos? Usted lo ha dicho: somos piratas. ¿Para qué necesitamos esto? La segunda respuesta se deriva de la primera. ¿Qué será de los pasajeros? Todo depende de su sentido común, de ello puede convencerse por su propia experiencia. ¿A dónde nos dirigimos? Al cinturón de asteroides.
    — ¿Para qué?
    — No me haga dudar de su capacidad analítica. Pero si usted es psicólogo.
    Polynov juró para su fuero interno.
    — Bueno, entonces, ¿qué quiere de mí?
    Se puso de pie con aire del anfitrión que da a comprender al invitado que su ulterior permanencia es indeseable.
    — Tiene mucha arrogancia, Polynov, mucha arrogancia — Huysmans suspiró con aflicción, admirando cómo se esfuman, lentamente, en el aire los anillos de humo—. Usted, desde la infancia está convencido de que la verdad está de su lado.
    — ¡Sí, estoy convencido y me enorgullezco de ello! — contestó desafiante Polynov.
    Huysmans se rió con malicia.
    — Una vez más veo cuánta razón tenía su maestro Engels al escribir que cualquier progreso es al mismo tiempo regreso.
    «¿Qué me querrá dar a entender este zorro? — se preguntó perplejo Polynov—. ¿A qué vienen estas conversaciones edificantes?»
    — Aún tendremos tiempo de filosofar — como contestando a esos pensamientos, dijo Huysmans—. Por supuesto, si admite mi propuesta. Hace poco nos quedamos sin nuestro médico y su ayudante es un estúpido. Usted practicó la medicina durante muchos años. Y esto es todo.
    — Así pues… ¿Usted me propone tomar parte en sus sucios negocios?
    — El hombre sigue siendo hombre dondequiera que se encuentre, y es deber moral del médico prestar ayuda a los sufrientes. ¿Sucios negocios, dice usted? No me hieren sus injurias. No juzguéis y no seréis juzgados, pues los caminos del hombre también son inescrutables, al igual que los de Nuestro Señor. Si nos ponemos de acuerdo, abrigo la esperanza de convencerle de que nuestros designios están dirigidos, en fin de cuentas, al bien.
    Polynov hasta se estremeció de repulsión.
    — ¡No!
    — Piénselo mejor, recapacite. Esto no corre prisa. Quedaremos en que no he oído su respuesta. Reflexione y, si así lo desea, pruebe cuan agradable es… aguantar la respiración.
    Huysmans se levantó y con el puro en la boca hizo una reverencia.
    — Le deseo que goce meditando.
    Y salió, dejando a Polynov aún más turbado que antes.
    Pero esta vez el psicólogo se recobró rápidamente.
    A un observador extraño le podría parecer que lo que más preocupaba a Polynov eran las tijeras de manicura a las que daba vueltas en sus manos. Pero no era sino una manera de concentrarse, inherente a él: a la mayoría en semejantes ocasiones les ayuda un cigarrillo, pero Polynov se servía para esto de cualquier bagatela.
    Los piratas…
    Chasqueó con las tijeras.
    Bueno, así que son piratas. Es algo estúpido, absurdo, pero es un hecho. Y le necesitan a él, a Polynov. Por consiguiente, existe la posibilidad de conservar la vida. Dispondré de tiempo y, en consecuencia, tendré la oportunidad de entrar con ellos en combate.
    Polynov hizo un movimiento de satisfacción con la cabeza. Esta deducción suya era incontrovertible.
    Está bien, pero, ¿curar a los bandidos? ¿Ver todas sus atrocidades, y callar? Sí, pero esto será superior a mis fuerzas…
    ¿Y si es preciso? Un simple problema lógico.
    Primera variante: otra vez gritar «¡no!» Cuan sencillo, patético y orgulloso… Y absolutamente inútil.
    Segunda variante: «sí». Sin emociones. «Sí», para comenzar el combate. ¿Y si lo pierdo? Será un fin miserable. ¿Pero quién pierde en este caso? Nadie.
    También hay una tercera variante: lo mismo, pero al final, la victoria. Entonces, mi proceder estaría justificado.
    En el caso de vencer.
    En el caso de vencer. Por esta razón, precisamente, el esquema lleva implícito el error. Su derrota afectará a muchos. La humanidad, a la corta o a la larga, se enterará de los piratas. Entonces, su proceder será interpretado de la siguiente manera: un cobarde pusilánime que, tal vez, realmente, quería luchar, pero, quizá, simplemente salvaba su pellejo. Una suposición completamente lógica. ¡Qué júbilo para los huysmans de la Tierra! De esto no hay la menor duda.
    Polynov entornó los ojos. Sólo en este instante se le reveló la terrible realidad de la situación.
    Miró alrededor buscando, por costumbre, el estante con libros. Pero no los había aquí, y, además, ¿en qué le podían ayudar los libros? No es un problema científico, sino ético, y en este caso los manuales son impotentes.
    Sin embargo, Polynov hojeó maquinalmente el único libro que había en el camarote: una biblia que se encontraba en la mesita de noche. «En el día del bien goza del bien, en el día del mal reflexiona» — le saltó a la vista. Con enojo Polynov volvió la página y leyó: «Una cosa de la que dicen: «Mira esto, esto es nuevo», aún ésa fue ya en los siglos anteriores a nosotros».
    Polynov arrojó el panzudo volumen. Pareció escuchar la insinuante voz de Huysmans recitando las últimas líneas. La biblia cayó sobre la mesa y el sonido de la caída se confundió con el ruido tras la puerta. «Aquí» — se oyó una tosca voz. La puerta se abrió con violencia y de un empujón en la espalda hicieron caer en el interior de la habitación a una muchacha. Polynov apenas si tuvo tiempo de evitar su caída. La puerta se cerró con fuerza.

3. Cris

    — ¿Usted?
    — Sí.
    Polynov abrió las manos. En los ojos de la muchacha se alternaban la alarma y la alegría. En la barbilla se le cuajó un chorrito de sangre que una hora atrás no tenía.
    — ¿A usted… le pegaron? — fue lo único que se le ocurrió preguntar a la muchacha.
    — ¿A mí? ¿Y qué…? —tocó con la mano su barbilla—. ¿Sangre? Ah, es porque me mordí el labio. Tenía miedo de prorrumpir en llanto… No es nada. ¿Y usted… a usted…?
    Todo en orden, como ve — masculló Polynov, sin tener siquiera una idea de qué hacer en estas circunstancias—. ¿Y qué sucedió con los demás?
    Se los llevaron uno a uno. Yo era la última. Ya pensaba…
    — La metieron aquí por equivocación — y Polynov dio un paso hacia la puerta para llamar.
    — ¡No, no lo haga! — la muchacha le agarró de la mano.
    — ¿Por qué?
    — ¿Acaso no lo entiende? — su voz sonó con desesperación—. Otra vez el pasillo y estos… No se necesitaban más explicaciones, bastaba con ver su cara, pero Polynov vacilaba: ¿qué objetivo perseguiría Huysmans dejándolos a solas en este camarote? Aquí había gato encerrado.
    — Pero a usted le será mejor encontrarse con…
    Ella captó su mirada involuntaria.
    — ¿Es que hay alguna diferencia? Y usted… — ella frunció el ceño—. Sí, sí hay diferencia… Es mejor estar con usted. Usted no se pondrá a lloriquear como los nuestros… — ella alzó bruscamente la cabeza—. ¿Quiere que me ponga de rodillas?
    — ¿Pero qué tonterías dices, criatura? — preguntó atónito Polynov.
    — ¡No me llame criatura! Ya soy mayor y, en general… — dio una patada—. Figúrese que soy su hermana. Y nada más…
    — «Sí-í —pensó Polynov— esto ya es demasiado; por otra parto, la chiquita tiene razón, ahora no es momento de futilezas, y ella, al parecer, posee carácter; tonta, se lanzó a taparme; bueno, no importa, de una u otra forma todo se arreglará; más quisiera saber, ¿para qué la metieron aquí? Es absurdo… Aunque… cuantas más absurdidades, tanto más difícil es comprender lo que pasa, y en esto también se ve el cálculo… Bueno, veremos quién vencerá…»
    — Está bien… — otra vez Polynov no sabía qué decir—. ¿Cómo se llama usted?
    — Cris. Y puede hablarme de «tú». Y decir palabrotas, si le da la gana.
    — ¿Y por qué eso de decir palabrotas?
    — No lo sé —paseó alrededor una mirada distraída—. Por si acaso.
    Se quitó los zapatos — ahora ya no llegaba al hombro de Polynov— saltó a la cama, con un brusco movimiento de la cabeza aparto de la frente el flequillo y se arrellanó cómodamente. Una cualidad puramente femenil, en cualesquiera circunstancias saber crear en su torno, de una forma espontánea, una especie de nido confortable.
    La muchacha quedó muy calladita. Polynov estaba de plantón en medio del camarote sin saber qué hacer.
    — ¿Qué será de nosotros? de pronto preguntó ella con rapidez. En sus muy abiertos ojos volvió a asomar el miedo. Pero ya mitigado, como si hubiera dejado de leer un libro de horror.
    — Yo mismo quisiera saberlo — refunfuñó Polynov.
    — Nunca pude imaginar que caería prisionera en manos de unos piratas. Y usted, ¿quién es? ¿Un hombre de negocios, un ingeniero?
    Polynov le explicó.
    — ¡Oh! — los ojos de Cris irradiaron entusiasmo—. Entonces estamos a salvo.
    — Pero, ¿por qué?
    — Muy simple. Usted sabe hipnotizar, ¿no es cierto? Entra un bandido, digamos el que nos trae la comida, usted lo adormece, el lighting será para usted, y para mí, la pistola (¡yo sé manejarla!), tomamos por asalto la caseta de derrota y…
    Polynov se echó a reír.
    — ¿Por qué se ríe usted? ¿He dicho alguna tontería?
    Polynov sintió de pronto alivio y desahogo. Aunque raras veces, pero se dan personas cuyas palabras — las más corrientes— siempre son naturales y carentes de trivialidad. Y el secretó no radica en las palabras, ni siquiera en la entonación: se encierra en la espontaneidad de los sentimientos, cuando no hay nada que les impida reflejarse inmediatamente en la mirada, en la mímica del rostro y en los movimientos.
    — No, Cris, no es por eso. Sencillamente, tienes una idea hiperbolizada acerca de las aptitudes de un psicólogo común y corriente.
    … No se iba a poner a explicarle la teoría del hipnotismo. Es verdad que él había oído hablar sobre ciertos investigadores quienes, al parecer, sabían hipnotizar en un abrir y cerrar de ojos. Ojalá estuvieran aquí… Pero las aptitudes de él, de Polynov, por desgracia son limitadas. ¿Quién hubiera podido siquiera imaginar algo semejante? Por lo demás, ella tiene razón: también tal y como son pueden servirle algún día…
    — ¡Qué lástima! De lo contrario ¡qué bien sería!… Pero trataremos de encontrar otra salida, ¿no es cierto?
    — No lo dudes, Cris.

    Al cabo de media hora Polynov ya conocía todo o casi todo lo referente a la muchacha. Hasta lo que estaba del colegio y de la somnolienta ciudad Santa Clara; cómo instó a su padre para que la invite a Marte donde él residía; cuánto miedo experimentó en el momento del despegue; y que admirable amigo era su perro pastor Nait; por qué no le gustan los transistores y los muchachos y por qué no puede vivir sin dulces; que según la común opinión tiene un genio insoportable; que sueña con hacerse zoólogo; que sus escritores favoritos son Hemingway, Chéjov y Saint-Exupery, y en cuanto a la política la aborrece porque todo en ella es un engaño; que le da lástima de los tontos porque son menesterosos; que odia a las personas que presumen ser el «ombligo encantador de la tierra» (abreviadamente: OET); que todavía no ha leído la última obra de Gordon (¿cómo, usted no ha oído hablar de Gordon?) y no teme a la muerte por cuanto, aunque no sabe la causa, está segura de que no le podrá ocurrir nada semejante…
    No se afanaba por desahogar el alma; le preguntaban y ella contaba. A Polynov lo asombraba cada vez más su entereza; parecía que el reciente choque no había dejado rastro en ella, ella seguía fiel a sí misma: natural, decidida, impetuosa. Polynov descansaba escuchándola, sonreía de sus cándidos juicios y pensaba que poseía un carácter feliz. Le empezó a parecer que la conocía desde hacía muchísimo tiempo y sintió lástima de que no fuera su hermana. Y que una cosa era indudable: Cris no podía ser un instrumento de Huysmans, porque era imposible, en un plazo tan breve, convertir a esta criatura en espía.
    Muy pronto notó su error: el choque, de ningún modo, pasó sin dejar en Cris su huella. Ella sintió frío, se envolvió en la frazada, todo su cuerpo tiritaba. Su entereza espiritual, a todas luces, era muy superior a sus fuerzas físicas. ¿Qué se podía esperar de Cris si incluso él, Polynov, se sentía demolido?…
    — A dormir — la interrumpió—. Tú y yo tenemos que descansar.
    — ¡Pero si todavía no hemos formado el plan de nuestra liberación! Además, no estoy cansada, en absoluto — sacó con terquedad su pequeña barbilla.
    — En cambio, yo sí estoy fatigado — dijo Polynov.
    — Bueno, en este caso… yo también estoy cansada.
    Se acurrucó y cerró los ojos.
    Durante largo rato Polynov permaneció acostado de espaldas, prestando oído a la soñolienta pero irregular respiración de la muchacha que varias veces gritó en sueños, y pensó que ahora respondía también por la vida de otro ser y que esto era mucho más pesado y, al mismo tiempo, más fácil, porque significaba tener un aliado. Y que de tener aquí por lo menos a Berger, un buen mozo a pesar de su fanfarronería, los bandidos las pasarían duras, por cuanto tres personas inteligentes y unidas por un fin común son más fuertes que una decena de bandidos. Pero no tiene sentido lamentar lo que no se ha realizado, hay que pensar cómo hacer uso de la única arma: los conocimientos, para llegar a ser más fuerte que los rayos fulminadores, más fuerte que Huysmans, quien, de ningún modo, es un tonto y también posee conocimientos psicológicos.
    El camarote temblaba ligeramente a causa del zumbido de los motores. Los piratas no forzaban el funcionamiento de los reactores lo que se advertía por el tono del zumbido. Al parecer, no tenían duda de que la búsqueda tardaría en comenzar y que les daría tiempo de esconderse en la zona de asteroides, donde podían rastrear diez años sin encontrar pista alguna. Estos tienen una enorme ventaja frente a los piratas de antaño, porque los vastos espacios de los océanos del planeta Tierra no son nada en comparación con los del Universo. Y su bandolerismo no es tan necio y arriesgado como puede parecer. Podrán cometer impunemente dos o tres abordajes más de esta índole. ¿Y, después, qué? Después deberán retornar inadvertidamente a la Tierra. Existen mil formas de arreglar este asunto. En el Cosmos, por los siglos de los siglos, flotarán en retahíla cadáveres, mientras que los criminales desaparecerán sin dejar rastro. Señores respetables con millones en el bolsillo se tumbarán a la bartola bajo el caluroso sol de los balnearios a orillas del mar y nadie se enterará, nadie gritará que a su lado, en una misma mesa con él toma asiento un asesino.
    «Basta, no pierdas el sentido de la medida — se dijo Polynov—. No será así y tú lo sabes bien. No se contentarán con sólo los cadáveres de los pasajeros, habrá más victimas. ¿Será posible que estos imbéciles no se den cuenta de que hace su tictac junto a cada uno de ellos? Los hay que lo entienden y los hay que no, en ello, precisamente, reside el quid de la cuestión… Excelente, hay que saber aprovechar esta circunstancia. Cueste lo que cueste hay que aprovecharla».
    Magnífico, y ahora, a dormir. El concentrarse en los recuerdos de la infancia ayuda a dormirse más rápido. Una casita de troncos, la tibieza de la tierra caliente bajo los pies descalzos… El polvo mullido como una almohada. El chirrido del lento carro… Si en aquel tiempo alguien le hubiera susurrado, insinuándole lo que le esperaba en el futuro a él, a Andriusha Polynov de entonces, a aquel moreno zagal lleno de arañazos, simplemente no lo hubiera comprendido… Al diablo, no pienses en eso, piensa en algo agradable. En cómo salían a captar las estrellas fugaces… ¡No se debe! No debe recordar el cielo tal como era en aquellos tiempos. En la tierra no quedan más isbas, no hay carros ni chicos descalzos que no sospechan que su futuro está vinculado a las estrellas. Está interceptado por el tiempo y es algo que no puede volver atrás. Ellos son la primera generación a la que no está dado ya volver al país de su infancia y encontrarlo invariable. Han nacido en un mundo que cambiaba con demasiada celeridad. Ellos mismos, en la medida de sus fuerzas, han contribuido a ello, perdiendo el aliento en su correr, soñando en el futuro y alcanzándolo. Y es una tontería lamentar que su corta vida ha abarcado épocas enteras y unas transformaciones que, anteriormente, caían en el lote de varios siglos que se arrastraban lentamente. Han edificado un nuevo mundo y, además, bastante bueno, y no hay por qué sentir pena, no se debe, no se puede.
    Otra vez Cris gritó en sueños… No, no se despertó. La juventud. ¿Cuál es ahora? No siempre comprende a los jóvenes, aunque él mismo no es viejo. Lo extraño es que la juventud de Cris sea comprensible para él. Pero a ellos les separan los años, la educación, la nacionalidad, la concepción del mundo. ¿O tal vez las circunstancias barrieran la cáscara y se haya revelado aquello eterno y constante que aúna las generaciones de todos los confines de la Tierra? Parece que así es.
    ¿Y él? ¡Vaya tipo! Los luchadores y héroes en semejantes situaciones no se comportan así. Si damos crédito a las correspondientes novelas, claro está. Aquellos son de hierro; no se fatigan, actúan, disparan, vencen. No les atormenta el insomnio, no reflexionan sobre el nexo existente entre las generaciones, y en cuanto a los problemas morales los resuelven con una envidiable ligereza. Ahora, quisiera asemejarse a tales personajes. Aunque sea para conciliar el sueño.
    El día siguiente, sin embargo, no trajo a los reclusos nada nuevo. Ni tampoco el que le siguió. Parecía como si se hubieran olvidado de ellos. Tres veces al día aparecía alguien de los bandidos para traerles el desayuno, la comida o la cena. Siempre iban en pareja y sin despegar los labios en respuesta a los intentos de Polynov de hacerles entrar en conversación. Les desconectaron la televisión y los dos presos parecían haber ido a parar a una isla inhabitada. La plena ignorancia, silencio e inacción, teniendo tensados los nervios, les agobiaba, y Polynov sospechaba de que este abandono era premeditado. Desde luego, esto no suscitaba en él demasiada inquietud: si bien el Cosmos le enseñó algo, fue el saber esperar sin relajarse. Sólo se preocupaba por Cris, pero ésta adivinó el peligro antes de lo que él esperaba y de una forma que él ni siquiera podía prever.
    — Parece que decidieron sacarnos de quicio con la ociosidad — dijo ella de sopetón después de haber discutido en vano, durante toda una hora, las probabilidades de salvación, comenzando ya a repetirse—. Y yo tengo la sensación de… No quiero oír más sobre los piratas. No existen. Es necesario inventar algo para olvidarnos de ellos. Y nada más.
    De pronto se puso ceñuda. Polynov ya se había acostumbrado a los instantáneos cambios de expresión de su rostro y a las rápidas alteraciones de su estado de ánimo, pero en ese momento le miraba de hito en hito una desconocida, tensa, como un animalito acosado, y asustada por la idea que acababa de concebir.
    — Por supuesto… — pronunció ella con dificultad— he oído hablar que lo más sencillo es cuando nosotros… cuando los dos… Bueno, ¡que yo le abrace! Pero no puedo… Me entiende… sin… sin sentir nada… Qué tonta, yo sé que mañana, tal vez, no tenga ni siquiera esta posibilidad, que muchas lo hacen sin más ni más, porque sí; mis amigas me ponían en ridículo ya allí, en la Tierra, pero… pero…
    — Tontita — dijo Polynov en voz baja—, tontita… — Tenía ganas de acariciar a la muchacha como se acaricia a un niño que llora, pero temía levantarse para no asustarla—. Sácate de la cabeza esta necedad. Nunca, jamás se debe hacer lo que no se desea, nunca, ni siquiera en el caso de que parezca indispensable, ni cuando las circunstancias te pongan entre la espada y la pared, ni siquiera si uno se persuade a sí mismo… Resulta detestable. Pero nosotros viviremos aún mucho tiempo, a despecho de todo. Yo lo sé, me sucedió una vez, cuando…
    E, inesperadamente para sí mismo, Polynov comenzó a referirle aquello que no había contado a nadie: lo que le sucediera en una ocasión cuando dos personas estaban en espera de la muerte que les parecía inminente, siendo él joven; le contó aquello que en su tiempo recordaba con vergüenza aunque nadie hubiera podido inculparle de nada, aún en el caso de que lo deseara. Nadie, excepto su propia conciencia.
    Cris escuchaba atenta y con alivio y de cuando en cuando acompañaba su relato con un movimiento afirmativo en la cabeza. Después dijo, como si se le hubiera quitado un peso de encima:
    — Yo creía que sólo a mí me pasaban estas cosas… Tenía miedo de que no me comprendieses y me dijeras: «vaya una tonta».
    — Todos piensan que son los únicos a quien suceden estas cosas — suspiró Polynov, tranquilizándose—, pero no todos reaccionan de la misma manera. Algunos admiten cobre en vez de oro, temiendo que el oro no llegue. Pero llega la hora y uno cae en la cuenta de que ya es tarde. Y yo también he gastado así una partícula de mi ser… Sabes, Cris — se le escapó a él—, cuando yo, a tu edad, leía a los grandes escritores, a los verdaderamente grandes, los sufrimientos del alma que éstos pintaban me espantaban a veces, a veces me dejaban perplejo y a veces me entretenían. Pero no me sentía identificado con ellos. Hamlet sufre. Es interesante, ¿pero qué tienen que ver sus sufrimientos conmigo? Lo de Hamlet sucedió hace mucho tiempo y con otras gentes, y hoy vivimos en una época distinta y, además, yo no soy Hamlet. Estas elucubraciones mías eran absolutamente sinceras y, sabes, la sensación de encontrarme apartado de los tormentos anímicos de otras personas me ensalzaba. Miraba de arriba abajo a todos estos Hamlet, Don Quijote y Karamázov. Ignoro qué es lo que prevalecía en ello el instinto de protección contra las conmociones, la ceguera espiritual o el deseo de permanecer invulnerable, ¿Me entiendes?
    — Me parece que sí —Cris quedó meditabunda, dando distraídamente tirones a un mechón de su cabellera—. No, no le entiendo del todo. No quiero que la vida sea como se presenta en estos libros. ¡Es espantoso sufrir tanto!
    — Nuestra situación no es menos espantosa.
    — Pero no sufrimos tanto como… digamos, los protagonistas de Dostoyevski…
    — Tal vez porque somos más simples, más primitivos, más insensibles que los personajes de Dostoyevski. ¿O más íntegros?
    — No lo sé… Todas estas cosas son tan complejas y difíciles. Yo no hubiera podido soportar eso. Cuando leo a Dostoyevski me alegro de que no me concierna a mí. ¿Soy egoísta?
    — No, creo que aquí se trata de otra cosa.
    — ¿De qué, precisamente?
    — Yo mismo me lo pregunto: ¿de qué se trata? Yo, por ejemplo, casi estoy seguro de que el caudillo de nuestros piratas ha leído a los grandes escritores. No obstante, es un canalla y asesino. Y no es humano, porque no ve en otros a sí mismo.
    — ¿Posiblemente, él considere la literatura como una fantasía?
    — Quizá esta idea resulte salvadora para muchos. La idea de que no es la literatura la que va en pos de la vida, sino la vida sigue tras la literatura. Pensar así es más simple y cómodo, Lo único que se necesita es prohibir, aniquilar, quemar los libros perniciosos y, en el acto, la vida se tornará sencilla y despejada…
    — E inhumana.
    — E inhumana. Pero la causa prístina no radica en ello, sino en la orientación general de la educación. En el hecho de cuál es el nexo que aúna a los hombres. En las relaciones de clase. Éste es el fundamento.
    — ¿Relaciones de clase? No lo comprendo bien. Hay personas buenas y las hay malas. Existen tontos y también inteligentes. Se dan hombres con conciencia y carentes de ella. ¿Ricos y pobres? ¿Pero ricos en qué? ¿De corazón, en inteligencia, en dinero? Esto es lo importante.
    — Claro que tiene importancia. Pero mientras existan apios existirán también esclavos, ¿no es verdad? Mientras uno pueda ordenar a otro: «piensa así y no de otra manera, proceda tal y como quiero yo», la psicología de esclavo será inexpugnable, ¿no es cierto?
    — No me gustan los dogmas, y vosotros todo lo tenéis en su respectiva gaveta: esto es correcto y esto incorrecto; aquí está el amo y éste es el esclavo; esta cosa hay que exterminarla, y aquélla, que subsista…
    — Cris, he olvidado que en vuestros colegios se enseña el curso de «comunismo».
    — ¿Cómo puedes pensar que yo doy crédito a sandeces de cualquier índole? — los ojos de Cris brillaron con furia—, ¡Soy yo misma la que opina así! ¡Una persona no equivale a otra, esto no existe en la vida, no, ni tampoco hay gavetas, y basta de hablar sobre estas cosas, todo el mundo se ha vuelto loco en esta materia! ¡Estoy bien harta!
    «Si — pensó Polynov—, lo más difícil es que te comprendan correctamente. Cuando el hombre se oye tan sólo a sí mismo, aparecen gavetas, anaqueles y marbetes. Como en la farmacia: aquí está el veneno y allí, el medicamento… No, en la farmacia saben que cualquier fármaco es veneno y que el veneno puede curar, todo depende de cómo, cuándo y en qué dosis se suministra. Mientras tanto él, Polynov, dijo una cosa evidente, una verdad, y obtuvo en respuesta una descarga de indignación, la rebeldía de un alma, al parecer, tan próxima a él. Sí, él es un mal psicólogo, todos somos psicólogos de poca valía, tenemos que aprender y volver a aprender, y en vez de ello nosotros nos apresuramos a enseñar. Porque falta tiempo, porque es necesario darse prisa, porque otros profesores no aguardan; por consiguiente, vete a la lid tal como eres, no hay otro remedio. Y aunque dudes de tus fuerzas, lucha como si te fuese ajena cualquier incertidumbre, porque de no ser así todo el mundo advertirá tu debilidad, y éste será tu fin».
    — Erizo, guárdate tus púas — dijo con aire rogatorio Polynov.
    Cris resopló, sonrió, otra vez resopló y, por fin, comenzó a reír.
    — Ya he dicho que tengo mal carácter — en su voz se oyó cierto orgullo. Pero, en adelante, dejaré de portarme como un erizo, seré una niña obediente. Cuéntame algo sobre tu vida.
    Ella apoyó la mejilla sobre su pequeño puño.
    «No quiero educarla — se dijo Polynov—. Quiero ver cómo se amohína y cómo ríe, cómo se arrellana, cuan joven es en sus movimientos, cuan natural y hermoso resulta todo lo que hace. Porque, por lo visto, en mí vida no habrá nada mejor. En general, no habrá nada. Absolutamente».
    Acostado de espaldas y con los ojos cerrados Polynov comenzó a recordar en voz alta. De nuevo surgía ante él la infausta resaca de las arenas de Marte, le abrasaban los flagrantes huracanes de Venus, otra vez tras los cristales del todoterreno danzaban los espectros de Mercurio y volvía a ahogarse en el terrible pantano de Terra Crochi. A él mismo le asombraba aquello que había vivido, parecía inverosímil, pues muchas veces debió haber sucumbido, y, sin embargo, por muy extraño que pareciese, seguía sano y salvo.
    Entreabrió los ojos y miró de soslayo a Cris. Ésta le atendía como los niños escuchan un cuento de hadas: con la boca abierta, y era difícil creer que hacía poco discutía sobre problemas qué provocaban dolor de cabeza a tantos sabios. Polynov sintió cómo renacía en él la seguridad.
    Los días de reclusión se arrastraban con lentitud pero pasaron inadvertidamente. Y cuando el guardia entró y sin gastar palabras, con un movimiento de cabeza señaló a Polynov a la puerta, a éste y a Cris les pareció que no habían tenido tiempo de decirse cosa alguna. Ambos se estremecieron sorprendidos, aunque esperaban esta llamada cada instante.
    Cris saltó descalza, apretó la frente contra su pecho, le abrazó convulsivamente y, con poca habilidad, rozó con sus labios la mejilla de él.
    — Volverás — le dijo sordamente—. Volverás.
    Polynov la arrimó por los hombros hacia sí.
    — Sí, volveré.
    El guardia soltó una cínica carcajada.
    Polynov marchaba con la cabeza alta por el pasillo que, al igual que el salón que atravesaron, estaba vacío. En el salón ya no tronaba la música y las sombras de la gente bailando ya no se deslizaban por los espejos. Allí, entre las sillas arrimadas con negligencia, estableció su morada el silencio. Del mostrador del bar desaparecieron las botellas y los anaqueles parecían barridos, tan sólo una policroma etiqueta de licor se agitaba en el chorro de aire sobre la tabla pelada, como una mariposa tratando de levantar el vuelo. El sonido de las ventosas magnéticas se convertía en susurro alarmado que se extinguía a cada paso.
    — ¡A la izquierda! — Hasta el carcelero daba sus órdenes a media voz.
    Polynov giró hacia la caseta de derrota. De ésta salió un hombre.
    — ¡Berger! — Polynov reconoció al piloto.
    Aquél dio un traspié. Polynov vio cómo se enrojeció su cuello.
    — ¡Berger!
    — Eh, eh, está prohibido — dijo perezosamente el guardia, pero Polynov ya había alcanzado a Berger.
    El piloto apartó la mirada y comenzó a susurrar apresuradamente.
    — La táctica lo exige… Dé su consentimiento, póngase de acuerdo… Están llenos de resolución, pero se muestran objetivos… Debemos mantenernos juntos.
    Apresuró el paso, hundiendo la cabeza entre los hombros. Esta conducta parecía tan impropia del enérgico suizo que Polynov frenó su andar.
    Un empujón en la espalda le hizo volver en sí.
    Al igual que la última vez, en la puerta de la caseta de derrota estaba encendida con luz rubí la inscripción «Prohibida la entrada». Polynov traspasó el umbral.
    Como entonces, la caseta de derrota estaba sumergida en la penumbra, sólo centelleaban las escalas fosforescentes de los aparatos. La pantalla panorámica se ha llevado al límite de su potencia y a la caseta asomaban miríadas de estrellas no titilantes que en el centro se congregaban en el chispeante cordón de la Vía Láctea.
    El sillón del primer piloto dio media vuelta y Polynov vio a Huysmans. La luz proyectada por las estrellas hacía perfilarse su larga y huesuda frente, la fina nariz y las mejillas hundidas, dejando en la sombra las cuencas de los ojos. El segundo sillón estaba sin ocupar, pero el asiento guardaba todavía la huella de un pesado cuerpo. «¿Será posible que sea Berger?» — pensó Polynov.
    En el rincón se movió levemente una figura vestida de negro y refulgió la boca del lighting.
    — Siéntese, Polynov. ¿Se ha consolado, por fin? — la pregunta encerraba una burla.
    Polynov se sentó y echó una mirada a hurtadillas al tablero de mando.
    La palanca del frenado de emergencia está demasiado lejos, no se puede alcanzar de un tirón. Además, sería una necedad. Doce «g» no son mortales, en cambio, un disparo por la espalda…
    — Sus proyectos — Polynov tomó la firme decisión de apoderarse de la iniciativa— tienen una incongruencia preñada de peligro para mí… y para usted.
    — Es curioso, muy curioso — profirió irónicamente Huysmans. Sus ojos brillaron desde la sombra de las cuencas—. Dilucídamelo.
    — Tarde o temprano usted tendrá que regresar a la Tierra, por cuanto en el Cosmos no le sirven para nada las riquezas saqueadas. ¿No es así?
    — Supongamos.
    — Entonces, usted se verá forzado a eliminar a uno que otro de su pandilla. Probablemente a aquél — y Polynov señaló con la cabeza al guardaespaldas acurrucado en el rincón.
    — ¡Vaya una ocurrencia! ¿Por qué?
    — ¿No lo comprende? Es muy extraño. A alguien, obligatoriamente, se le irá la lengua acerca de sus aventuras. Y entonces, terminado el baile. No tendrán más remedio que eliminar a los de poca confianza para que esto no ocurra. Y a mí, por supuesto, me quitarán de en medio. Y, probablemente, a usted también le den la puntilla, pues no podrá evitar una gresca.
    Polynov echó a Huysmans una mirada escudriñadora, esperando su reacción.
    — Muy lógico — Huysmans inclinó afirmativamente la cabeza y abrazó con las manos la rodilla—. Pero usted hizo caso omiso de una circunstancia que reduce a la nada todos sus irreprochables cálculos.
    — ¿De qué circunstancia? — la pregunta sonó despreocupadamente.
    — Hablaremos del particular si usted me dice «sí».
    Polynov sintió inquietud. Su golpe no acertó en el blanco. ¿Pero, por qué? ¿Un fingimiento? No. Polynov podía jurar que no.
    — Que sea así —dijo Polynov—. Pero por cuanto usted me propone un acuerdo, tengo el derecho de plantear mis condiciones.
    — Qué gracia. Le he prometido la vida, ¿qué más quiere?
    — En primer término, necesito que se garantice la seguridad de todos los pasajeros y de todos los miembros de la tripulación. En segundo término, ¡juguemos las cartas vistas!
    Huysmans se rió mordazmente.
    — ¡Usted, Polynov, es un humorista! ¡Usted es un humanista abstracto! La seguridad de sus adversarios, ja-ja… Pero la esposa del senador, los tres millonarios y demás gentuza le son hostiles a usted, comunista, ¿acaso no es así?
    — Eso es asunto mío. ¿Admite mis condiciones?
    — No me haga reír. En verdad, ya me he entretenido bastante. Mire. Yo soy realista. ¿Jugar las cartas vistas? Quién sabe, puede ser que esto dependa de usted. Los pasajeros no le atañen, recuerde que lo único que le puedo prometer es la seguridad de la muchachita. ¿Lo entiende?
    Polynov se estremeció. Esto es lo que él esperaba. Una trampa. Por lo visto, le necesitan mucho. Y Cris. Cris quedó como rehén.
    — Vamos a poner todo en su sitio — Huysmans se inclinó hacia Polynov tratando de observar la expresión de su rostro—. Debo prevenirle que esta muchachita — es muy linda, ¿no es verdad? — es botín legítimo del Cabezudo. Este es el pago por su participación en nuestros asuntos. Y el Cabezudo tiene una costumbre estúpida de hacer el amor a las muchachas martirizándolas. Es un esnob y trata de prolongar el goce. En la Tierra la ley, no se sabe por qué, más de una vez ya se las tomó con él por esta inocente debilidad. Por lo tanto usted debe comprender que no se trata sólo de una vida, la vuestra, sino de dos. Y hasta de algo mayor que la vida. ¿Le conviene esta condición?
    A Polynov se le cortó el aliento. Huysmans sonreía con autosuficiencia, acercando cada vez más su cara a Polynov. Éste, en un esfuerzo desesperado, ahogó su deseo de estrangular aquel delgado y nudoso cuello.
    — ¿Hace falta amoníaco? — musitó Huysmans.
    Hay que apartar la vista, de lo contrario no podré aguantar. Las estrellas. Miríadas de estrellas, entrañables y cercanas, la naturaleza sempiterna, ¿y qué inmundicia engendras tú? Relajarme. Hay que mostrarle más desesperación. Que piense que me aplastó.
    Bueno… Yo admito… Me veo obligado…
    — ¿Da su consentimiento para ser nuestro médico? — preguntó rápidamente Huysmans.
    — Sí.
    — ¿Y no quiere aprovechar la ocasión para renunciar también a sus convicciones políticas? ¿Eh? Bueno, bueno, fue una broma — Huysmans agitó las manos comprendiendo por la expresión del rostro de Polynov que se había pasado de la raya—. También así todo se ha quedado muy bien arreglado. ¿Qué le parece si por tal motivo nos tomamos un coñac?
    — No.
    — ¿Entonces, una partida de ajedrez, como en otro tiempo?
    — De acuerdo.
    — ¡Magnífico!
    Huysmans chasqueó los dedos. El guardaespaldas desapareció, Huysmans se apartó de Polynov, metió la mano en el bolsillo y tensó todo su cuerpo.
    — No se preocupe — dijo Polynov—. No le voy a estrangular si cumple su palabra.
    — Mi palabra es ley y no soy yo quien le debe temer — expresó con arrogancia Huysmans, sin sacar la mano del bolsillo.
    Trajeron el ajedrez y se sentaron a jugar. Polynov movía las figuras distraídamente, perdió por descuido la reina y entregó la partida, lo que definitivamente mejoró el estado de ánimo de Huysmans.
    — A propósito — dijo él por último— ¿ve usted esto?
    Extrajo del bolsillo una pequeña caja y la meneó en el aire.
    — Usted se da cuenta de que es un magnetófono. Después de la correspondiente preparación, nuestra conversación se grabará en la bobina general de información. La única que la humanidad podrá conseguir en caso de que fracasemos. Si usted recuerda, algunos pasajes de nuestra conversación son simplemente espléndidos. Por ejemplo: «¿Da su consentimiento para ser nuestro médico?» —»Sí». — »¿Entonces, una partida de ajedrez, como en otro tiempo?» —»De acuerdo». Soy completamente franco con usted y le pido que me corresponda.
    Cuando Polynov volvió al camarote, Cris se lanzó a su encuentro y dando un salto se le echó al cuello, llorando y murmurando:
    — ¡Estás vivo! ¡Vivo!
    «¿Comprenderá ella mi proceder?» — se preguntó con miedo, esquivando la racha de alegría que se desplomaba sobre él.

4. La base de los piratas

    Le contó todo lisa y llanamente, callando tan sólo lo del Cabezudo y de la invisible participación de ella en el negocio. Cris lo escuchaba frunciendo el entrecejo y apoyando su pequeña y terca barbilla sobre los dedos entrelazados, y Polynov no podía adivinar nada en sus ojos: ni reproche ni aprobación. Solamente una confiada atención. Pero, poco a poco, ésta iba sustituyéndose por el enajenamiento.
    Polynov hasta dio un gemido. Dios mío, si tú fueras un hombre, yo sabría por adelantado todos tus pensamientos. Pero una niña así es un enigma…
    Al principio no quería justificarse, pero no pudo contenerse.
    — He leído que en la historia de mi patria — comenzó Polynov, tratando de no mirar a Cris— en una ocasión tuvo lugar el siguiente acontecimiento: En aquella época sobre Rusia se cernió una fuerza, poderosa e implacable, los tártaros. Aplastaron todo y a todos. Luego, el kan mandó presentarse ante él simultáneamente a dos príncipes rusos. Antes de la audiencia de la cual tanto dependía, ambos debían pasar entre hogueras purificadoras. No era una vejación imaginada especialmente para humillar a los príncipes, sino un rito tradicional. El primer príncipe pasó entre las llamas. El segundo se negó y lo decapitaron. La memoria humana no guardó su nombre. Sin embargo, al que pasó por el fuego y, negociando con el kan, consiguió una paz aceptable, no lo han olvidado hasta la fecha. Era Alejandro Nevski, vencedor de los suecos y de los caballeros teutones, nuestro héroe nacional. Él procedió como…
    — Yo comprendo que él obró como un hombre sensato — le interrumpió Cris—. ¿Y si su concesión hubiera sido hecha en balde, cómo se le consideraría en este caso?
    — Es fácil juzgar quedándose al margen — Polynov apartó la vista—. Sí, muy fácil.
    Pasó sin mirar a Cris, al cuarto de baño. «Debo lavarme la cara — se dijo—, me sentiré mejor». Le daba asco verse en el espejo. Grita de impotencia, grita, qué ocurrencia: buscar justificación en la juventud, carente de compromisos. Eres un baldragas. ¡Y él que pensaba que su vigor siempre le acompaña! Resulta que una parte leonina de éste se la tomaba prestada a otros. ¿Acaso él, por sí solo, vale tan poco cuando a su lado no se encuentran sus amigos? Ésta es una buena lección para él, una lección justa.
    En el espejo Polynov vio a Cris. La muchacha se había acercado silenciosamente. Polynov se obligó a sonreír como era debido. Una sonrisa varonil de una persona mayor segura en sí, que sabe cómo actuar y qué hacer. Una sonrisa tranquila y alentadora.
    — ¡No lo haga! — dijo de pronto Cris—. Yo… Yo no quería… no quería ofenderle…
    Ella bajó los ojos.
    — No te pongas contrita, niña — le dijo despreocupadamente Polynov.
    — Sólo quería… — Cris alzó bruscamente la cabeza y miró con aire desafiante a Polynov—. Quería decir que no tenemos otra alternativa, tenemos que vencer. Eso es todo…
    Polynov pensó en contestarle algo, pero a tiempo comprendió que las palabras no eran necesarias. Le tendió la mano y Cris, con confianza, escondió en ella la suya.
    La reclusión continuaba. Nadie molestaba a Polynov ni como preso, ni tampoco como médico. Únicamente, los vigilantes que les traían la comida se mostraban más parlanchines, ya sea debido al aburrimiento, o a la suspensión de la orden de callar.
    Las más de las veces venían dos que parecían elegidos especialmente por lo mucho que contrastaban. Primero entraba, atrancando con su figura el vano de la puerta, un anglosajón de pelo pajizo y dentadura blanca: la experta mirada de sus insolentes ojos grises registraba el camarote, y sólo entonces dejaba pasar a un hombre de baja estatura, de rostro moreno como el barro cocido e igualmente impasible, cargado de fiambreras. Las tupidas cejas unidas en el entrecejo le daban un aspecto sombrío. Mientras ponía sobre la mesa los platos y las fiambreras, Gregory — así se llamaba el gigantón blanco— permanecía a la entrada casi rozando con la cabeza el techo. Con las piernas separadas, jugaba negligentemente con el lighting y como al desgaire apuntaba el cañón ora contra Polynov ora contra Cris. Con un desdén que ni siquiera trataba de disimular miraba al moreno Amín que trajinaba junto a la mesa y en una ocasión, cuando a éste se le cayó un tenedor y se agachó para recogerlo, le propinó por detrás, como a desgana, una patada, de modo que Amín rodó bajo la mesa. Esto produjo en Gregory un regocijo indecible, pero, por lo visto, no ofendió, en modo alguno, a su víctima.
    Polynov aprovechaba cualquier ocasión para hacer hablar a esta extraña pareja. En cuanto a Amín apenas logró éxito. Al parecer, no había cosa que preocupase o inquietase a este campesino analfabeto y amedrentado, como arrancado de la época medieval y trasladado por ensalmo a un nave cósmica ultramoderna. Nada, excepto el cumplimiento exacto y sin objeción de la orden recibida.
    El mundo de Gregory era mucho más amplio. Soltando risitas éste recordaba con placer las guerras neocoloniales en que había participado y las innumerables tabernas en las cuales había bebido, embaucado y hecho el amor. Lo único en el mundo que despertaba su admiración era su propia persona. Se enorgullecía tanto de sus músculos, de sus aventuras, de su intrepidez y crueldad que Cris ardía de indignación. Ella no podía comprender por qué Polynov escuchaba de buena gana toda esta inmundicia.
    — Esto suscita mi interés profesional — respondía bromeando éste—. Es un curioso ejemplar de homo sapiens, ¿no es así?
    Es simplemente un bandido.
    — El otro, ese Amín, también es un bandido. Sin embargo, ¡qué diferencia! ¡Y qué similitud!
    — No creo que Amín sea un bandido. ¡Es tan infeliz!
    — Si le dan la orden de estrangular a un niño, lo hará, este infeliz.
    — ¡No lo creo!
    — Quisiera equivocarme… Tú tienes razón, él no lo hará por su propia voluntad. Como no lo hará un autómata mientras no se introduzca en él el correspondiente programa.
    — Él es un hombre y no autómata.
    — La persona que se muestra indiferente ante una ofensa, no es una persona.
    — Me repugna que les hagas preguntas a esos… Me molesta cuando hablas de los hombres como si fuesen máquinas…
    — No, Cris, te da asco el que yo, en tu presencia, me meta en la mierda. Pero seguiré haciéndolo. Procuraré que Gregory me cuente, saboreándolo, cómo quemaba poblados junto con los viejos y las mujeres. Y voy a concentrar mi atención en el mutismo de Amín que me preocupa no menos que la jactanciosa franqueza de Gregory. Debo hacerlo.
    — Entonces, permíteme tapar en este momento los oídos.
    Pero Cris era incapaz de enfadarse por mucho tiempo y la intimidad espiritual que a momento se desvanecía retornaba otra vez a ellos, ayudándoles a resistir día tras día, mientras duraba su reclusión y soledad, sin perder el dominio de sí mismos, sin rendirse a los vanos pensamientos en las horas de acoso del silencio, interrumpido rara vez por el sonido de oís pasos que se aproximaban.
    Por fin, la nave comenzó a frenar. Suaves golpes se sentían, alternativamente, en todas las direcciones. El zarandeo de la astronave duró unas tres horas. Luego, el zumbido de los motores cesó. Polynov lanzó al aire el cenicero, pero éste no se mantuvo en vilo, sino se posó lentamente sobre la mesa.
    Polynov y Cris intercambiaron miradas. Ambos pensaron en lo mismo: ¿qué les espera en el nido de los piratas?
    Aguardaban prestando oído al ruido, al pataleo y a las confusas voces que llenaban la nave. Daba la impresión de que se habían olvidado de ellos. Sólo cuando todo se calmó, al camarote asomó la cabeza de toro de Gregory.
    — Salgan.
    — ¿Cómo se denomina el asteroide? — Polynov se puso de pie.
    — Paraíso de dios nuestro Señor — el guardia sombríamente soltó unos tacos.
    Polynov todavía no había perdido la esperanza de ver, aunque sea de paso, a alguien de los pasajeros. Pero en vano: les conducían por la nave vacía. En la cámara de esclusa, acompañados por Gregory y Amín se pusieron las escafandras. Los guardias también se las pusieron. Aprovechando el instante en que Gregory cerrara el casco de su escafandra Polynov preguntó rápidamente a Amín:
    — ¿Y los demás?
    — Alá guarda a todos — contestó Amín sin despegar casi los labios.
    Las puertas de la esclusa se abrieron lentamente. Ni siquiera Polynov había visto nada semejante: en el abismo estelar se movían tres pequeñas lunas parecidas a fragmentos de un espejo roto. Inmediatamente detrás de la escotilla se alzaba la negra mole del asteroide, perfilada por una dentada corona de rocas fulgurantes. Unas luces saltaban de pico en pico como si se encendieran velas pétreas. Cuando de detrás de las rocas asomó el fulminante segmento del Sol, Polynov, presuroso, bajó el filtro de luz y volvió la cara. Le dio tiempo cerrar con la palma de su mano los ojos de Cris. En los auriculares retumbó la carcajada de Gregory: el inexperto Amín olvidó bajar el filtro de luz y ahora se contorsionaba a causa del punzante dolor en los ojos.
    Mientras bajaban, la superficie del asteroide iluminada por el Sol ascendente se transformó en un caos de planos relucientes y negros, de líneas y manchas quebradas, de facetas incandescentes y sombras de los abismos. Pero Polynov tenía una mirada entrenada y en la aparente deformación del paisaje atisbó con asombro señales de ciertas construcciones ciclópeas manifiestamente edificadas por el hombre. Más aún, no se sabe de dónde salían violentamente chorritos de gas que ceñían el asteroide como un velo refulgente.
    Quería examinar más atentamente estas extrañas construcciones que, por lo visto, tenían cierta relación con la química, pero el descenso por la escalera duró sólo unos segundos y después tuvieron que seguir por un camino cercado por ambos lados con bloques, de modo que sólo podía observar las mechas de gas a través de las cuales se vislumbraban las lunas melladas.
    El camino les condujo al pie de una alta roca y se internó en el seno de la piedra. Inmediatamente, en la bóveda se encendieron unas lámparas apenas discernibles después de la furiosa refulgencia del Sol. El túnel, descendiendo abruptamente, terminaba ante unas macizas puertas. Gregory alzó las manos.
    — ¡En nombro del Altísimo!
    Las hojas de las puertas se corrieron, ocultándose en la pared.
    «¡Vaya una contraseña!» — pensó Polynov.
    La esclusa recordaba una cueva, únicamente, el suelo era metaloplástico. Las herraduras magnéticas de los zapatos en el acto se adhirieron a éste dando a los hombres la sensación de adquirir otra vez algo parecido al peso.
    — ¿Es frecuente aquí la caída de meteoritos? — preguntó Polynov quitándose el casco.
    — Es suficiente — gruñó Gregory saliéndose de su escafandra.
    — En tal caso procedieron insensatamente, al sacar su hacienda a la superficie.
    — ¿Qué hacienda? Ah, se refiere a la planta… No es asunto mío.
    — ¿De quién, entonces?
    — Deje, doc — Gregory miró con escrutinio al psicólogo y de pronto, sin transición alguna preguntó—: ¿Tiene alcohol en su botica?
    — ¿Alcohol? No lo sé… ¿Y qué se interesa?
    — Yo sé que tiene. ¿Me lo dará?
    — ¿Con permiso o sin él?
    — Una persona inteligente, doc, no hace tales preguntas.
    En los claros ojos del guardia no asomó ni pizca de embarazo. La presencia de Amín no le inquietaba ni en lo más mínimo. Pero era evidente que se apresuraba a concluir la conversación precisamente en la esclusa.
    — ¿Entonces, de acuerdo o cómo?
    — Venga al consultorio y hablaremos.
    Gregory meneó enérgicamente la cabeza.
    — Allí no podremos charlar. Pongámonos de acuerdo aquí.
    — ¿Por qué no podremos?
    El guardia esbozó una sonrisa enigmática.
    — Usted mismo lo comprenderá. Decídase, doc.
    — Le he dicho que hablaremos más tarde. Gregory miró a Polynov como a un tonto. Terminado el esclusaje, siguieron el descenso por una escalera entallada en la roca. Se veía a las claras que se economizaba en la instalación del subterráneo. Dondequiera que se ofrecía la posibilidad la piedra permanecía vista, lo que proporcionaba al local cierto parecido con un castillo feudal. Si no fuera por la sorprendente ligereza del cuerpo, la brillante luz de las lámparas y la insólita geometría de los peldaños, se podría pensar que el tiempo se volvió hacia atrás y que se está interpretando una escena de la época medieval.
    Polynov pensaba ver mucho por el camino, pero todas las puertas estaban cerradas, no tropezó con nadie y la base parecía inhabitada. Se pararon varias veces ante unos tabiques herméticos que cortaban el paso y cada vez las losas se corrían hacia un lado o se alzaban apenas Gregory, arrimándose a la pared, susurraba unas palabras. La inquietud de Polynov incrementaba. Esto no era una base de piratas. Ni siquiera una decena de saqueos podrían cubrir los gastos de edificación de semejante base. ¿Y para qué necesitan los piratas una planta, cualquiera que sea su producción? Aquí se ha invertido un dineral fabuloso. Pero, ¿para qué? ¿Con qué finalidad? ¿Qué siniestros propósitos se ocultaban tras estas cosas diabólicas? ¿Quién sería el autor de la criminal idea que engendró este cubil capaz de resistir un ataque nuclear, a estos bandidos y este espectacular disparate con el saqueo de una nave pacífica y el rapto de sus tripulantes?
    En la cámara a la que les empujaron había dos sillas hechas de tubos de duraluminio, lámparas de luz diurna bajo el techo y allí mismo la rejilla del aparato de aire acondicionado; también había colchones sobre el suelo metaloplástico. No había mesa. Además, difícilmente podía caber en un cubículo tan minúsculo.
    Cris miraba perpleja a todos los lados. Todo el camino se mantuvo aferrada a Polynov, patentemente abatida por la novedad del paisaje cósmico, el carácter misterioso de la base y lo lúgubre de sus muros.
    — De aquí será todavía más difícil… Polynov le echó una mirada furiosa y ella se atajó. Con un movimiento de las cejas él le señaló hacia el techo. Tras la rejilla del aparato de aire acondicionado se vislumbraba un débil brillo y Polynov no dudaba que desde aquí les observaba un teleojo y los aparatos escondidos captaban cada susurro.
    Cris sonrió tristemente y Polynov la comprendió: a partir de este instante tendrían que adivinar mutuamente los pensamientos, si querían hablar de algo serio.
    Se sentaron uno frente al otro en un melancólico silencio. Les privaron de la última libertad. La libertad de comunicarse que poseían incluso los reclusos de los campos de concentración.
    El cerrojo electromagnético lanzó un débil chirrido. Ambos se estremecieron.
    — Vamos, doc.
    Con un movimiento de la cabeza Polynov se despidió de Cris. Ésta estuvo a punto de prorrumpir en lágrimas.
    Gregory acompañó al psicólogo al final de un largo pasillo con paredes de hormigón. Junto a un recodo se pararon frente a la puerta con el número once.
    Me han encomendado darle instrucciones, doc — dijo el guardia—. Este es su local. Esta puerta se abre al pronunciar la palabra «botica», recuérdelo. Las medicinas más valiosas — Gregory miró con especial expresión— se encuentran en la caja fuerte. La cerradura está sintonizada con su voz y responde a la palabra «sésamo», ¿entendido? La puerta de su cámara se abre en respuesta a la frase «buenas noches”…
    ¿De modo que yo puedo salir de la cárcel?
    — Sí, está permitido. La comida es de 13.00 a 13.30 en el local número siete. El desayuno, allí mismo a las…
    — ¿También se abre con una seña?
    — No, a la hora indicada usted entrará sin obstáculo alguno. Y ahora a su establecimiento vendrá un chiflado…
    Y Gregory giró con el dedo varias veces junto a su frente.
    Apenas Polynov comenzó a hacer el examen de sus pertenencias, se oyeron los pasos de alguien que arrastraba los pies por el pasillo y el umbral del consultorio lo atravesó un hombre huraño y enjuto con una bata de laboratorio arrugada; del bolsillo de pecho asomaba un destornillador-comprobador. En el vano de la puerta Polynov vio alejarse la figura de Gregory. El guardia cantaba en voz alta:
La lejana luz, la lejana luz, la lejana luz
de los poblados ardientes
y de las estrellas.
Extínguela con vino, extínguela con vino,
extínguela con vino la ardiente luz
de los lejanos poblados
y de las estrellas.

    El hombro que acababa de entrar centró su mirada en Polynov, dijo sombríamente «eso es», pero permaneció quieto, brillando con las lentes de sus gafas. Sus ojos de hombre inteligente casi tapados por los párpados escudriñaban desempachadamente al psicólogo. El pelo negro y tieso de sus mejillas sin afeitar, su mugrienta corbata, así como la sucia camisa hacían juego con todo su aspecto.
    — Eso es — repitió con el mismo aire sombrío—. Soy Eriberto, el electricista. ¡Jefe de los electricistas! Así me llamo. Aquí, no hay canalla que me entienda, ¿y usted?
    — Siéntese — dijo Polynov—. ¿De qué se queja?
    Eriberto sonrió enigmáticamente.
    — Insomnio, mi insomnio… Una píldora, no duermo, pienso. Dos píldoras, no duermo, me martirizo. Tres píldoras… Así, poco me falta hasta la tumba, ¿no es cierto? Nadie puede comprender mi enfermedad, nadie…
    — Tranquilícese, yo trataré de comprenderla. Dormirá como un bebé.
    — ¿Sí? ¿Acaso aquí uno puede dormir como un bebé? —los labios del enfermo se retorcieron sarcásticamente.
    Se sentó como lo suelen hacer las personas cansadas, corcovándose. Sus ojos — tras las lentes de las gafas— dejaron de parpadear, lo cual daba a su mirada una apariencia desagradable.
    — Cuénteme todo por orden de sucesión — le exhortó Polynov, acercando el aparato diagnosticador.
    — No tengo nada que referir, nada. Había una vez un tonto inteligente. Se reclutó. Llegó. Insomnio. Muy pronto. No hay quien lo cure. Oí hablar de usted, y vine a verle. Abrigo la esperanza sin creer en ella.
    Su monótona voz, a pesar de todo, estaba llena de expresión, y Polynov, ávidamente, prestaba gran atención a las entonaciones: su experiencia de psicólogo le sugería que el enfermo que tenía frente a sí estaba muy lejos de ser un simplote, al igual que tampoco era simple su enfermedad.
    — ¿Estuvo antes en el espacio cósmico?
    — No.
    — ¿Hace mucho que padece de insomnio?
    — Pronto harán tres meses, y se mantendrá infinitamente. Si fuera posible tumbarse en la hierbecita verde…
    — ¿Se dirigió antes al doctor?
    — No. Tenía miedo. Quería arreglármelas yo mismo.
    — Usted mismo tiene la culpa de descuidar la enfermedad.
    — Por supuesto, que la tengo. Confiaba, tenía la esperanza… Un fracaso rotundo.
    Polynov fijó los captadores en sus sienes y muñecas y ajustó la sintonización. El resultado le pareció muy interesante.
    — ¿Está pensando en la Tierra? — preguntó afablemente.
    — La Tierra…
    Las comisuras de los labios de Eriberto sé extendieron hacia abajo y su rostro tomó una expresión soñadora.
    — La Tierra… Y en la Tierra la hierbecita… La estropearán.
    — No — objetó categóricamente Polynov.
    — ¿Usted piensa? — Eriberto se animó—. ¿Usted me lo promete? Estos últimos días me encuentro muy mal, malísimo, algunos creen que estoy a punto de perder la razón… Pero no es así, yo soy normal, ¿verdad que sí? Solamente el insomnio…
    — Solamente el insomnio — como el eco respondió Polynov—. No tenga miedo, su psiquis está casi en orden. Tiene una rara enfermedad. No obstante, puede trabajar.
    — Así y todo, yo trabajo. Aquí los especialistas son insustituibles. ¿Usted me ayudará?
    — Claro que le ayudaré. Para esto estoy.
    — Gracias. ¿Y el tratamiento, cómo me va a curar?
    — Ya le he dicho: el caso no es común y corriente. No se puede hacer todo de una vez. Mientras tanto le voy a prescribir una medicina. Venga a verme mañana, necesito comprobar la reacción.
    — Quiero creerle… — el enfermo, por primera vez, miró a Polynov con esperanza.
    — Hay que creer — dijo Polynov con rigor—. De lo contrario, no le garantizo que vuelva a ver la hierbecita.
    — Hierbecita… Hierbecita verde… Yo quiero, quiero…
    La animación pasó. Eriberto proseguía melancólicamente su melopeya. Parecía que estaba delirando.
    — ¡Alto ahí! —Polynov se puso de pie—. El enfermo debe ayudar al médico y no sólo el médico al enfermo. Domínese.
    Eriberto también se levantó.
    — No me grite. Me dominaré. Me encuentro muy mal. En usted deposito toda mi esperanza. En el caso de que exista.
    — Sí, existe, no lo dude.
    Pero el propio Polynov no estaba seguro de ello…
    Ahora, por fin, pudo pasar revista a su «hacienda». El surtido de medicamentos era enorme, los aparatos eran excelentes. Esta circunstancia le infundió esperanza. En la gaveta de su escritorio encontró la grabación magnética hecha por su antecesor y la escuchó. Nada más que futilidades: en la base raras veces se enfermaban. Una cuchillada en una riña, una mandíbula dislocada… Y esto, ¿qué es? «Intoxicación aguda causada por el disunol…» — oyó el diagnóstico.
    Disunol… Disunol… No había oído decir que en el Cosmos se aplicase una sustancia con este nombre.
    Polynov se precipitó a la guía médica. Muy interesante. La guía no contenía ni una palabra sobre el particular. Pero entre sus páginas encontró una cuartilla en la que se enumeraban los síntomas de la intoxicación con disunol y las medidas de curación. Una chuleta típica. ¿No habrá aquí algún manual de química? No.
    A pesar de todo, este nombre le recordaba algo. Algo conocido. Cierto término especial, bien conocido.
    Por supuesto: disán.
    ¡Disán!
    Polynov se sentó, tratando de calmar las palpitaciones del corazón. Basta, parece que está perdiendo el juicio. ¿Quién podría necesitar aquí el disán? Es un absurdo. Probablemente la equivocación se deba al parecido de las palabras, y lo que se produce aquí no es, en modo alguno, el disán. En realidad, ¿de dónde habrá sacado él que el disunol es un producto de la reacción intermedia de la obtención del disán? Él no es químico. Sin embargo, ¡algo raro sí se produce en esta maldita planta! Y si es el disán, entonces es algo terrible.
    Concentrarse ahora era superior a sus fuerzas, los pensamientos se le desbandaban. Demasiadas cosas inesperadas. Los abrumadores calabozos, los espías electrónicos, la penosa conversación con Eriberto y, al fin, el disunol… Hay que ir a dar un paseo, aprovechando que los carceleros le ofrecieron tal posibilidad. Tal y como lo esperaba Polynov, el angosto pasillo por ambos extremos estaba bloqueado por unas compuertas macizas que aislaban el pasillo y, por consiguiente, también a él, a Polynov, del resto de la base. Seguía siendo, al igual que antes, un prisionero al que vigilaban cada paso (Polynov se fijó en que tanto en el consultorio, como en el pasillo había mirillas de los aparatos televisivos, con la particularidad de que ni siquiera trataron de ocultarlas).
    A Polynov le pareció que su situación se asemejaba a la de una mosca bajo una campana de vidrio. Además, ignoraba tanto el esquema de la base y el número de personas que en ella trabajaban, como señas y contraseñas mágicas que permitían desplazarse por la base sin obstáculos. Indudablemente, Cris tenía razón: en esta situación era difícil emprender algo, y, en opinión de los carceleros, casi imposible. Aunque, la verdad es, que de tener éstos tal convicción, no todo estaba perdido.
    De repente, vio una puerta entreabierta. Después de un momento de vacilación la empujó. Bruscamente se echó hacia atrás: de la habitación, clavando en él sus ojos horripilantes, le miraba un monstruo, el engendro aterrador de una pesadilla.
    Polynov se recostó contra la pared aguardando la aparición ya sea de los centinelas, o bien, del monstruo. Pero no sucedió nada. En torno suyo reinaba el silencio, como en un sepulcro, y sólo parpadeaba, produciendo cierto chasquido, una lámpara. La curiosidad pudo más que el miedo incitando a Polynov a echar otra mirada al interior de la habitación. Y hasta se tapó la boca para contener la risa.
    El cuartucho estaba lleno de figuras de cera de diferentes monstruos, nacidos de una fantasía delirante, y, también, de personas, sí, de personas reales. Indudablemente, el desconocido artista tenía talento y había logrado producir un efecto formidable. Cada figura humana simbolizaba determinada imagen como si la colección hubiera sido llamada a expresar las manifestaciones más altas y más bajas del carácter. Aquí se hallaban la Santidad y la Bajeza, el Amor y la Crueldad, la Nobleza y la Vileza… Tampoco faltaba la figura del Hombre Ordinario: lo suficientemente bondadoso, lo suficientemente agradable, con la suficiente trastienda, desmesuradamente optimista y desmesuradamente regular. Precisamente así representaban al Hombre Ordinario la televisión, los periódicos, las revistas y la radio. Las imitaciones, sin duda alguna, resultaron acertadas. Y no una, sino tres: el Hombre Blanco Ordinario, el Hombre Amarillo y el Hombre Negro. El Hombre Ordinario de cera, independientemente de su pertenencia racial, tenía una amplia y radiante sonrisa.
    A Polynov le embargó un sentimiento de pavor y no pudo comprender en el acto el porqué de este sentimiento. Más tarde se percató de la razón: el panóptico — y en ello había algo diabólico — parecía animado. La expresión de los rostros cambiaba según el escorzo y la iluminación. Los ojos de las figuras le miraban fija e inexpresivamente. Polynov hasta se decidió a palpar las figuras para cerciorarse de su origen artificial.
    El psicológico no sabía si debía reír, llorar o admirar esta imitación genial del ser humano. No podía concebir sólo una cosa: ¿quién y para qué fines necesitaba semejante museo? Y si era una casualidad el que la única puerta sin cerrar era la que daba acceso al cuartucho de mascarada.
    — ¡Polynov, el tiempo de su comida expira! ¡Dése prisa si no quiere quedar en ayunas!
    La voz retumbó desde lo alto. Polynov hizo un gesto de disgusto. Qué métodos tan estúpidos: dejar a uno aturdido, desconcertado, aterrado. Pero surten efecto, hay que reconocerlo.

5. Con las cartas al descubierto

    Con la cabeza gacha Polynov, cansado y arrastrando los pies, se dirigió al comedor. El juego del gato y el ratón continuaba y él respondió con la única jugada posible. Que Huysmans se alegre al ver su perplejidad. Que todo el mundo vea cómo Polynov se arrastra hacia el tugurio que le han señalado.
    En una de las mesitas tenía servida la comida. En el comedor no había nadie más. Este tenía otras dos salidas, pero ambas resultaron cerradas herméticamente. Lo principal en el comedor consistía en el ascensor para los platos. Una especie de bandeja con articulaciones se desplazaba de arriba abajo. Polynov comprobó el mecanismo, desviando hacia abajo la «bandeja» hasta el tope, pero no sucedió nada. Seguramente, la cocina se encontraba sobre el comedor y los platos bajaban por una escotilla directamente a la «bandeja», de modo que los comensales pudieran servirse ellos mismos. Una automatización rudimentaria, que testimoniaba, sin embargo, que no estaba destinada únicamente para él. Por lo visto, existían causas serias para limitar el tiempo de su comida; al parecer, los carceleros estaban muy lejos de tener el deseo vehemente de ofrecerle la oportunidad para encontrarse con alguien en horas de la comida. No obstante, los pacientes podían visitarlo sin impedimentos, y en el pasillo, tarde o temprano toparía con alguno de los vigilantes. Esto significa que aquí traían a los reclusos. Y se tomaban todas las medidas para que no se vieran unos a otros.
    Polynov estaba tan ocupado con sus pensamientos que no percibía el sabor de la comida. Cada persona, en una u otra medida, se concibe como el centro del Universo. No hay que caer en el error, no. Es poco probable que todas estas artimañas estén dirigidas tan sólo contra él. Esto, simplemente, sería poco eficiente. No, aquí funciona un sistema creado de antemano y destinado a ejercer presión sobre la personalidad. De discurrir tranquilamente, se pueden destacar sus peculiaridades primordiales. La apariencia de una fuerza demoledora e irresistible, obligatoriamente; el misterio que envuelve la acción de esta fuerza, indispensablemente; y, por supuesto, la aplicación de la política del látigo y la añagaza. Hay que amedrentar a la víctima, nublarle los sesos, hacerla perder la cabeza, aplastarla, y, acto seguido, echarle un cebo. Que, de entrada, se decida a una pequeña transacción con su conciencia. A continuación se le exigirá una traición a mayor escala. Y éste será el fin: el sistema ha funcionado.
    Lo primero, al parecer, se ha hecho: dio su consentimiento de prestar asistencia médica a los bandidos. Y se ha hecho de una forma muy hábil. El adversario se aprovechó del propio plan de lucha de Polynov. Como se dice: «El comer y el rascar, todo es empezar». ¡Es tan viejo como el mundo!
    Y ahora procuran que él se desespere a causa de la incomprensión, que tome conciencia de su propia impotencia, que se embrolle en conjeturas. Pronto, le deberán ofrecer una nueva transacción con su conciencia, más espantosa que la primera. Y si se niega, desaparecerá la última posibilidad de continuar la lucha, los piratas se ocuparán de ello. Y por cuanto no existe un linde nítido entre un compromiso sensato, un efugio táctico y una pusilánime traición, en fin de cuentas le llevarán hasta la traición. ¡Qué endemoniada sencillez, qué sistema más armonioso que funciona sin fallos durante milenios, desde los faraones hasta Huysmans! Sólo cambia el atavío.
    Pero, si el esquema no es nuevo, si sus inventores han vivido en los albores de la sociedad de clases, debe existir otro esquema, también comprobado durante miles de años, para contrarrestar la acción del primero.
    Sí, por supuesto que el antiesquema existe. Y, además, no sólo uno. Existe el esquema seguido por Giordano Bruno. No traicionó, no aceptó el compromiso, no transigió, y murió en la hoguera. Pero su ejemplo a través de los siglos hizo palpitar los corazones llenos de valentía y cólera. Y la esclavitud impuesta por la iglesia, al fin y al cabo, se derrumbó. Eso es, precisamente: al fin y al cabo. Él, Polynov, no dispone de una perspectiva histórica, no tiene muchedumbre ante cuyas miradas podría subir al patíbulo. A propósito, en una ocasión ya lo hizo, allá, en la nave, cuando descargó el golpe al Cabezudo. ¿Es que encendió el corazón de alguien?
    Otro camino es el de Galileo, si se quiere. ¡Una abjuración falsa, una resignación falsa, y la lucha! Pero también en este caso se requiere tiempo… ¿Es que la historia no conoce otros esquemas de lucha? Qué absurdo, claro que conoce.
    A toda costa debo averiguar cuál es la finalidad del sistema que funciona aquí. Debo escudriñar la anatomía de la base. Sondear el plexo nervioso.
    Algo chasqueó en uno de los rincones del comedor. Seguidamente irrumpió la voz sarcástica de Huysmans.
    — Ahora, una vez saciado el hambre, es el preciso momento de platicar, ¿no es así? Yo cumplo honradamente las condiciones de nuestro convenio. He prometido darle información, y le informo. ¿No tendrá inconveniente en visitarme?
    En mi situación sería ridículo rechazar la invitación.
    — Muy bien que usted lo haya comprendido. A la puerta le espera Gregory. Una cosa más, tenga en cuenta que él tiene un punto flaco. La bebida. No le dé alcohol, bajo ningún pretexto.
    El altoparlante se calló.
    «De este modo — pensó Polynov— una de mis previsiones se ha confirmado».
    Gregory se encontraba a la entrada con las manos metidas en los bolsillos y silbando melancólicamente.
    — ¿Qué, le aburre esta vida? — comentó con negligencia Polynov.
    Gregory se encogió de hombros.
    — Claro que está aburrido — concluyó Polynov—. Habrá que hablar con Huysmans y organizarles algún entretenimiento.
    El guardia miró perplejo al psicólogo, pero no objetó.
    Junto a la puerta número 13 Gregory se inclinó y susurró la contraseña. Detrás de la puerta una empinada escalera conducía hacia arriba. Gregory dejó pasar primero a Polynov. Una espira tras otra: parecía como si se encaramasen a un campanario.
    Por fin, la escalera terminó en un descansillo al que daba una sola puerta. Gregory llamó y la puerta se abrió de par en par, automáticamente. Gregory quedó fuera.
    — Entre, entre, mi querido Polynov.
    Una campana de doble cristal, que hacía las veces de una de las paredes abría una vista al caos negro y plateado de las rocas, desbrozado aquí y allá para despejar el terreno a unos cubos ciclópeos en los que Polynov ya se había fijado a su llegada. En este momento de ellos no emanaba gas, pero en algunos lugares sobre las rocas se extendía cierto velo nacarado. Y a través de éste titilaban con luz iridiscente las estrellas. Dos lunas, con dignidad, hacían su recorrido alcanzando la una a la otra.
    — ¿Verdad que es hermoso?
    Huysmans, arrellanándose en un sillón, se encontraba tras una mesa maciza. A su izquierda, brillando con sus pantallas y botones, se encontraba un tablero de mando. Este Huysmans no se parecía ni al melifluo padre ni al feroz caudillo de los piratas. Éste rebosaba autosuficiencia. Con un ademán solemne señaló a Polynov un sillón. El psicólogo tomó asiento.
    — ¿De modo que usted, según he oído, piensa distraer a nuestros muchachos? — comenzó Huysmans con un sarcasmo mal disimulado.
    — Por cuanto di mi consentimiento de trabajar para vosotros como médico, mi deber es vigilar por la salud de la gente. Y hay que señalar que existen síntomas de neurastenia, lo cual, desde luego, es muy natural en esta guarida cósmica.
    — Ah, son nimiedades. Pero me alegro que usted empiece a tomar a pechos las preocupaciones de los… piratas.
    Soltó una corta risita.
    — El hombre sigue siendo hombre y es necesario atenderle por doquier — replicó Polynov.
    — Sí, es justo, es justo… Bueno, piense cómo entretener a los muchachos. En general, usted tiene razón: éste es un lugar algo aburrido.
    Huysmans, meditabundo, se rascó el entrecejo.
    — Vayamos al grano — dijo tajante— inclinándose hacia Polynov. Usted, sin duda, se habrá dado cuenta de que la planta que se observa a través de la ventana, es de suponer que no les sirve para nada a los simples piratas. Y, por supuesto, usted está devanándose los sesos para descifrar este enigma. Y no intente disuadirme, diciendo que no es así: en materia de psicología le daré todavía cien puntos de ventaja, usted ya ha podido convencerse de ello.
    — Ni siquiera lo intento.
    — Magnífico. Sí… Entonces, escuche, pues en ninguna parte oirá nada semejante. Desde las gélidas alturas cósmicas echemos una mirada a nuestra entrañable y querida Tierra. ¿Qué vemos? Riñas, contradicciones, decaimiento de la moral y un descontento e inquietud universales. Verdad es que se ha amainado la amenaza de una guerra termonuclear…
    — Gracias a nuestros esfuerzos y no a los vuestros — a Polynov le complació interrumpir este discurso grandilocuente. Huysmans, con disgusto, alzó las cejas.
    — No me interrumpa. Sí, ahora ya son pocos los países que no se tiñen de socialistas. Pero esta circunstancia no significa nada. El fuego aún no se ha extinguido y se conservan los rescoldos, las contradicciones no se han superado, sobre la vida de los hombres se ciernen amenazas cuyo origen se remonta al futuro. Inquietud, preocupaciones, hambre…
    — Un desempleo sin precedentes provocado por la automatización…
    — Ya le he dicho, ¡no me interrumpa! ¡De lo contrario no diré nada!
    — Perdone, yo pensaba que estábamos conversando.
    — Conversaremos más adelante. ¡Aquí hablo yo! ¡Y tengo derecho de hacerlo porque el destino de la humanidad está en mis manos! Pues bien, prosigo. Las contradicciones no se han superado, el mundo, al igual que miles, cientos y decenas de años atrás, necesita un salvador. Los necesita incluso más que antes, ya que el endemoniado carro del progreso nos arrastra, a ciegas, acelerando cada vez más su correr. ¡La bomba atómica, tras ella la de hidrógeno, cohetes, venenos genéticos, láseres y, finalmente, el arma geofísica! ¿Dónde está el límite? ¡El hombre, embargado por el pánico, pierde su yo, se agita como un azogado, y en vano busca su salvación clamando a los ídolos palustres del socialismo!
    Huysmans tomó aliento y bajó la voz.
    — Le ruego que preste especial atención al arma geofísica. La Tierra está envuelta en una capa de ozono. Basta romperla para que el poderoso flujo ultravioleta del Sol abrase todo lo vivo. En este momento aparece la funesta invención del vanaglorioso pensamiento humano: ¡el disán! Un minúsculo cohete lleno de disán que absorbe el ozono como una esponja absorbe el agua, ¡y el cielo sobre un país como Inglaterra queda rajado! Un arma barata, portátil e inatrapable, accesible incluso para Haití. Precisamente por esta razón no se emplea. No ofrece gran ventaja quemar un país enemigo, si éste te paga con la misma moneda. He aquí por qué ningún Estado puede sacar provecho de la posesión de dicha arma.
    Ningún Estado, note estas palabras, Polynov, ¡Estado! ¿Y si los cohetes con disán se encuentran en manos de particulares? ¿De personas valientes y enérgicas? ¿Si estas personas tienen su morada fuera de la Tierra y se ignora de dónde vuelan los cohetes? ¿Ah? ¿Usted se da cuenta? Claro que se da cuenta. Estas personas pueden imponer a la Tierra su voluntad. ¡A toda la Tierra! ¡E impunemente!
    Polynov quedó aterido. Afortunadamente. Huysmans no veía ni oía nada. Se puso en pie estirando las manos y parecía que sus huesudos dedos ya tenían sujeto al mundo por la garganta.
    — ¡Oh, sí, usted ha comprendido cuan real y terrorífico es nuestro poder! Es dialéctica, dialéctica pura. Cuando se acumula demasiado armamento absoluto, éste, tarde o temprano, se convierte en moneda de cambio. Y va a parar a manos de hombres libres de cualquier control y exentos de prejuicios y conciencia dogmática. Y si estos hombres, además, están inspirados por una idea, si están organizados, son inteligentes e intrépidos, en este caso pueden imponerse sobre la humanidad. ¡Y esta ocasión sobrevino! ¡Yo, yo me alcé sobre la humanidad!
    — ¿Usted quiere regir sobre una Tierra en cenizas? — Polynov abrigaba la esperanza de que su voz no temblaba.
    Huysmans, con aire majestuoso, alzó la cabeza.
    — Esta arma Dios la puso en manos de sus fieles hijos. ¿Quemar la Tierra? No, de ningún modo. Salvarla. Llegará la hora — ya está cerca— y nosotros proclamaremos nuestro Poder. Los hombres comprenderán que no lo decimos en broma. Y a los cretinos tendremos que mostrarles un pequeño experimento. Les mostraremos palmariamente nuestro poderío. Pero yo confío que no tengamos que recurrir a tal medida. No somos malvados, anhelamos el bien.
    — Si se aspira a lograr un objetivo recurriendo a la intimidación y la violencia, este objetivo — podemos decirlo a ciencia cierta— es un objetivo ignominioso.
    — En la teoría de los idealistas como vuestro Carlos Marx. No hacemos uso de nuestro Poder para el terror. ¡Instauraremos en la Tierra un socialismo conservador!
    — ¿Cómo? — Polynov por poco se cae del sillón.
    — ¿Usted está asombrado? Magnífico. Contamos firmemente con que personas como usted en los primeros tiempos queden igualmente pasmadas. Sea, como fuere, continuaré el análisis. Por la fuerza se puede conseguir todo, pero por la fuerza no se puede consolidar nada. Aquí tenéis razón, la historia tiene razón. No, será de otro modo. La humanidad, por su propia iniciativa, nos prestará su apoyo. ¡Por su propia iniciativa! Escúcheme. En primer término exigiremos la destrucción de las armas. Cualesquiera que sean. Por doquier. Realizaremos vuestro programa, ja já… ¿No cree usted que la humanidad cobre apego por quienes le han traído la paz eterna y la han liberado del terror? ¡Y su amor multiplicará también por otra razón, porque le diremos: el dinero que antes se invertía en armamento se destinará a la producción de pan!
    Usted puede objetar que sus amigos muy pronto hallarán un modo de atacarnos. No les dará tiempo. Puesto que nuestra tercera consigna es ¡detener el progreso! ¿Usted está conmovido, está espantado? Pero millones de personas humildes nos respaldarán. Es que para ellos el progreso significa, en primer lugar, el armamento: el arma nuclear, arma geofísica y todo género de armas atroces. También significa la creación de autómatas que les privan de los puestos de trabajo. Y están hartos de esté progreso. Los hombres, por sí mismos — nótese, ¡por sí mismos! — comenzarán a destruir los laboratorios, quemar los libros y apalear a los científicos, porque en su fuero interno les temen y les odian. Y nosotros levantaremos la prohibición impuesta por el miedo, les ayudaremos a organizarse y daremos salida a su energía, desesperación y odio. Oh, y lo harán con tanto mayor gusto porque no tocaremos su progreso: toda clase de medicinas, confección de ropa, producción de televisores, etc. Somos organizadores e inspiradores y nada más. Nosotros aunamos los deseos de los hombres humildes, les indicamos al enemigo y les exoneramos de la responsabilidad. ¡Con qué esplendor lo arrasarán todo en su camino!
    Huysmans cobró aliento.
    Por tanto el progreso ha sido detenido, y los disconformes, atados de pies y manos. Esto no es táctica, es estrategia. ¡Conservadurismo! ¡Qué palabra más imponente! El siglo pasado los hombres miraban sin miedo al cielo. ¡Precisamente el progreso lo pobló de bombarderos y cohetes! Antes los hombres no temblaban por el futuro de la humanidad y no les martirizaban pesadillas de los desiertos radiactivos. ¡Fue el progreso el que atemorizó a la humanidad! Por eso, ¡viva el conservadurismo! Vamos a cosechar los frutos que ya existen y no aspiremos a los nuevos, pues no en vano la biblia reza que «donde hay mucha ciencia hay mucha molestia, y creciendo el saber crece el dolor».
    ¿Socialismo? Esta palabra se hizo atractiva porque tras ella se barrunta una salida del atolladero, porque cada uno cifra en ella sus ensueños sobre el futuro. Y nosotros la utilizaremos.
    Pues la palabra es como el papel de envolver del que se sirve para empaquetar cualquier cosa.
    Ahora Polynov ya no interrumpía a Huysmans. Le escuchaba con atención a la expectativa de que éste, embelesado de su propia arenga, se vaya de la lengua. Hacia eso, al parecer, se encaminaba. Las mejillas de Huysmans se cubrieron de manchas rojas, las fosas nasales se le hincharon y sus ojos fulguraban con apenas contenida exaltación.
    Pero, de pronto, Huysmans se dominó. Se calló, echó una mirada a Polynov, acto seguido acercó hacia sí una cajita que había sobre la mesa, le dio varias vueltas, la abrió y se metió en la boca un caramelo.
    — Una filosofía muy interesante, aunque no es nueva — dijo Polynov, al ver que Huysmans se tranquiliza. Pero no veo aquí ningún programa positivo. Quemar, destruir, detener… ¿Y dónde está el bien?
    Huysmans seguía masticando el caramelo. Inclinó la cabeza en señal de satisfacción.
    — Su pregunta demuestra que el vuelo del pensamiento de un genio es inaccesible al hombre común y corriente. ¿Cuáles son los anhelos de la gente humilde? La tranquilidad. El pan. La seguridad. Quieren creer en algo. Quieren tener perspectiva. He aquí nuestro programa positivo.
    — ¿Creer en dios?
    — Sí Pero en un dios moderno, en un dios cósmico. Usted ha destacado con acierto lo principal. La fe, he aquí el cemento de nuestro programa. Cuanto más se estudia al hombre tanto mejor se revela que para éste la fe es lo mismo que el aliento. No es tan importante en qué: la negación de la fe también deviene en fe. La religión fue una cosa excelente, pero está anticuada. ¿Sabe qué tiene de malo? El que cualquier imbécil pueda decir ahora: «dios no existe». Pero nosotros tendremos un dios, un dios real, tangible, creador de pan, de tranquilidad, de seguridad y de perspectiva.
    — ¿No será usted, por casualidad?
    — Oh, no. Claro está que el ejemplo de Hitler y de otros por el estilo demuestra que en nuestro siglo ilustrado no es tan difícil para un hombre ocupar el lugar de dios. Pero un dios así, a la par de cualidades positivas, acusa también serios defectos. En primer lugar, tiene nacionalidad, y esta circunstancia sirve de fuente de irritación para otros pueblos. En segundo lugar, es mortal, lo cual, lo mires como lo mires, es malo. En tercer lugar, semejante dios no es nuevo, los hombres poseen ya cierta experiencia y es preciso contar con ello. Nuestro dios carecerá de todos estos defectos. Por cuanto es ¡un dios cósmico!
    Apoyando las manos en la mesa Huysmans se inclinó hacia Polynov.
    — ¿Usted no entiende? Veo que no. Precisamente esta circunstancia es lo admirable. No me he equivocado. En usted se puede comprobar la reacción de aquella ínfima minoría la cual, por la lógica de los hechos, nos opondrá la mayor resistencia. ¿De modo que no ha comprendido? Maravilloso. Nuestro dios son ¡Foráneos Cósmicos!
    «Pero si ha perdido el juicio» — pasó fugaz por la mente de Polynov un pensamiento salvador.
    — ¡Ahá! —exclamó triunfante Huysmans—. Usted está pasmado hasta tal grado que piensa si, por casualidad, no me habré vuelto loco. En modo alguno. Sólo vosotros, los comunistas, cantáis «Basta ya de tutela odiosa», pero la masa, en su fuero interno, ha soñado y sueña con un hombre fuerte que piense por ella, que la dirija y la libere de la necesidad de decidir por su propia cuenta. ¡Así es! Y en cuanto a cómo se denominará este símbolo: dios, führer, foráneo cósmico, ¡le da igual! ¿Qué diferencia puede haber?
    — ¿Usted piensa que el mundo admitirá esta ingenua conseja? — sonrió Polynov—. Las personas inteligentes no son pocas. Y hasta el pequeño burgués, el pancista, en el que pone usted la mira, es difícil de zarandear.
    — Usted ha estudiado mal la psicología social. ¡La psicología de las masas! («Lamentablemente — pensó Polynov— en general no la he estudiado».) ¡Expóngame una realidad que tan profundamente y durante tanto tiempo se haya adueñado de los hombres como la leyenda sobre Jesucristo, Mahoma o Buda! Indíquemela, ¡y yo renunciaré al dios cósmico!
    — Renuncie, Huysmans, ¡renuncie! El odio hacia los opresores, uno; la aspiración a la libertad, dos; la búsqueda de la verdad, tres… ¿Le es suficiente? ¡Estas son las realidades que regían la humanidad mucho antes de que aparecieran sus leyendas! O quiere que le recuerde la interminable cadena de sublevaciones y revoluciones que barrieron la esclavitud, barrieron a los feudales y barrerán de la faz de la Tierra a los reyes del carbón, del acero, del petróleo, a los racistas, a los fanáticos y a los fascistas… ¿No será la razón de tanta prisa el que el gallo ya haya cantado y vosotros tengáis que caer en la nada? Su causa no la pudieron salvar ni las hogueras, ni los dictadores, ni el engaño, ni la estupidez del hombre mediocre… ¿El dios cósmico? No, una aventura cósmica, una intentona, y espero que sea la última en cambiar la marcha de la historia. No lo logrará. El cálculo fundado en el chantaje, en el obscurantismo, en el susto ante las dificultades deparadas por el siglo: ¡todo esto es muy viejo, viejo, viejo!
    Huysmans quedó suspendido en el aire. Por lo visto, no quería sino acercarse con aire amenazador a Polynov, pero se olvidó de la insignificante fuerza de gravedad. Y como un globo de juguete ascendió hacia el techo.
    Polynov, con dificultad, contuvo la risa. El patiseco candidato a dictador se revolcaba temeroso sobre la mesa tratando de acelerar el descenso. Los faldones de su negra chaqueta batían como las alas de un pájaro.
    Por fin, Huysmans se afincó en el sillón. Respiraba con dificultad.
    — No comprendo — dijo, esquivando la mirada del psicólogo— cómo dejó escapar la oportunidad de acabar conmigo…
    — La cosa no estriba en usted — le atajó con repulsión Polynov—. Radica en los que están detrás de usted.
    — Entonces, usted se ha equivocado — Huysmans empezaba a recobrar el dominio de sí mismo. Sacó otro caramelo y se puso a masticarlo, mirando de soslayo a Polynov—. Pero dejemos esta materia, nos estamos acalorando demasiado. Esperaba su crítica, la necesito para comprobar una vez más todos los eslabones de mi idea. Siga con su diatriba. Hágame sólo el favor de hacerlo sin palabras vanas. Aquí no estamos ante una multitud obrera, nos encontramos solos. Desde luego, un tropel de obreros no es otra cosa que una congregación de carneros. Cualquier muchedumbre es una grey de carneros, lo he estudiado. Pero dejemos de explayarnos, vayamos al grano. Por ahora, usted ha expuesto la más general objeción y —¡que el diablo me lleve! — usted tiene razón. Sí, puedo que sea nuestro último envite. Como puede ver, yo soy franco. Pero usted no ha tomado en consideración una pequeñez. El poderío de los mitos es todavía fuerte, mucho más fuerte que el poderío de los — como gustan ustedes denominar— explotadores. No necesito que el mito cósmico reine por siglos. Bastará con unos años. Ya en tiempos inmemoriales, cierto filósofo Han-Fei —¡que en paz descanse! — escribió un tratado erudito en el cual demostraba que el hombre en manos del poder supremo es lo mismo que un pedazo de madera en manos del artesano. Al poco tiempo, el emperador Tsin-Chi-Hoang-Ti tomó esta tesis para servirse de ella. Y, a propósito, logró detener el progreso. ¿Un pasado oscuro, verdad? Hitler no necesitó de siglos para implantar en la conciencia de millones el principio de Han-Fei. ¿Y de qué disponía Hitler? De periódicos, cine, micrófonos, Gestapo, campos de concentración. ¡Qué chapucería! En nuestro tiempo disponemos de un surtido menos tosco y, lo que es mucho más importante, inconmensurablemente más eficiente. Espionaje electrónico, detectores de mentiras, cañones auditivos para los cuales no existen muros ni paredes, sustancias psicotrópicas, operaciones sobre la memoria para los inconformes y, finalmente, el control de la psiquis por medio de ondas electromagnéticas. ¿Se imagina usted qué posibilidades nos abre todo esto? El Gobierno de cierto país ya realizó algunos experimentos con todos estos medios. Independientemente de nosotros, sea dicho de paso. Los resultados fueron atolondradores. Y en el mundo, ¡ni asomo de algarabía! Esas tenemos. Pasará un año, como máximo dos, ¡y será aquí donde tendremos a los habitantes de la Tierra!
    Huysmans, lentamente, juntó los dedos.
    — Y los hombres — continuó Huysmans— nos ofrecerán esa posibilidad. Es que yo no he revelado todavía a usted otro de nuestros principios: el principio de la Perspectiva. En nombre de los foráneos cósmicos vamos a declarar que si la humanidad sigue nuestras indicaciones, construirá en la Tierra el paraíso. Al principio, pensé dar a este paraíso el nombre de comunismo… ¿Qué, le choca? Sí, comunismo, por cuanto la mayoría aplastante de la población terrestre está ocupada en su construcción. Pero, en este caso, algunos norteamericanos pueden interpretar mal nuestros actos. No, tendremos que anunciar el advenimiento de cierto «futuro armonioso», «sociedad de abundancia», «comunismo cibernético». ¿Cuál de los símbolos le gusta más?
    — ¿Y por qué no quiere llamar su Perspectiva, sinceramente, «neofascismo»?
    — No sirve, el término está demasiado comprometido. Bueno, espero su crítica, su crítica demoledora, mi amigo-enemigo.
    — ¿Es interesante saber cómo se las ingeniarán técnicamente para llevar a cabo su truco con los foráneos cósmicos?
    — No es difícil. Ellos, es decir, nosotros, o más bien, ellos por intermedio de… Todavía retornaremos a este particular. Bueno, anunciarán que llevan mucho tiempo observando los acontecimientos de la Tierra (en seguida, todo el mundo se acordará de los platillos volantes, las misteriosas desapariciones, las pinturas rupestres de Tassili y otras simplezas por el estilo). Declararán que su ingerencia se convirtió en una necesidad. Más son humanitarios, pero muy humanitarios. Ningún atentado contra los sistemas políticos existentes, contra el modo de vida, contra la ideología; ninguna intromisión en la lucha de clases y entre naciones. Darán una sola orden: desarmarse. Desarmarse porque el arma reviste un peligro mortal para la humanidad. ¿Es un modo humanitario de obrar? Plenamente. Absolutamente en el espíritu de los cuentos sobre civilizaciones con un alto nivel de desarrollo. Reforzarán su orden con la amenaza de destruir la capa de ozono (aquí se verterá la mar de lágrimas a causa de la gravísima responsabilidad, de la aversión a aplicar la fuerza, del amor por los insensatos hombres y que sólo en aras de éste…). Le garantizo que los oyentes se desharán en sollozos de tanto enternecimiento. ¿Por qué el arma de ozono y no ciertos superrayos, más idóneos para una civilización altamente desarrollada? Precisamente en virtud de ese mismo humanismo, ¡diantre! Ellos no quieren aplastar con su poderío, no quieren más víctimas y por esta razón recurren a un arma puramente terrestre… También en este caso todo se tramará a las mil maravillas. Y a continuación sólo darán recomendaciones. Recomendaciones, y nada más que recomendaciones. La recomendación de frenar temporalmente (nosotros sí sabemos que será para siempre) el progreso. La recomendación de seguir sus consejos para construir el paraíso en la Tierra…
    — Un dios cósmico que se hace pasar por anónimo. Un anzuelo sin cebo.
    — Tonterías. Si es necesario nosotros los mostraremos por la televisión. Y los espectadores verán —¡ja-ja! — una nube electromagnética. Mostraremos sus animales, los paisajes de su planeta… ¿Y sabe quién hablará en su nombre? ¿Usted piensa que yo? ¿O la base? Nada de eso. Descubrir la base significa poner al descubierto el embuste. No. En su nombre hablará… Sujétese fuerte. ¡Usted!
    — ¡¿Yo?!
    — Claro está que no solo usted. Será toda la tripulación de la nave a la cual los foráneos invitaron para esclarecer una serie de detalles. Todos recordarán la inexplicable desaparición del «Antinoo» (esta circunstancia convencerá de algo incluso a los científicos). Los foráneos decidieron conocer más de cerca a los representantes de la humanidad y estos últimos se entusiasmaron por la sabiduría y el humanismo de sus hermanos de raciocinio. Y por su propia iniciativa — téngalo en cuenta, por su propia iniciativa— les persuadieron a terciar en los asuntitos de la Tierra. Y, claro está, se convirtieron en sus apóstoles. ¿No está mal ideado, eh?
    — ¿Y si los pasajeros no dan su conformidad?
    — En primer lugar, entre ellos gente nuestra. En segundo lugar, la mayoría ha dado ya su consentimiento. En tercer lugar, tenemos la posibilidad de convencer al resto. En fin de cuentas, podremos pasar sin algunos. Pero su participación es muy, es sumamente deseable. ¿Por qué? Porque usted es la única persona de aquella parte. Es cierto que tenemos también a otro comunista, a Berger. Es un hombre muy decente, capta rápidamente los argumentos. Pero usted… Su nombre significa algo. Además, necesitamos aliados inteligentes. Más yo ardo en deseos de oír su crítica.
    — ¿Qué hay aquí de criticable? Su empresa simplemente está condenada al fracaso.
    — No obstante, es interesante saber por qué.
    — Por mil causas. Se darán cuenta de sus intenciones. Y muy pronto.
    — No importa. También se dieron cuenta de las intenciones de Hitler, pero él no se molestó por ello.
    — Usted olvida también tales futilidades como nuestras estaciones extraterrestres, asentamientos en otros planetas y la flota espacial. En efecto, es difícil de localizar su base, y ésta es su ventaja. Pero igualmente difícil será descubrir a los que les buscarán y aniquilarán.
    — Todo ello se ha tomado ya en consideración. No tendrán éxito.
    — Finalmente, olvidan lo principal. Ustedes ponen sus miras en el pequeño burgués asustado, en el pancista, en las particularidades de su psicología. Y éstas no tienen nada de complejo. Solamente es dolor el que experimento yo; solamente es certero el gusto que poseo yo; es bueno aquello que me conviene a mí; las palabras sublimes no son más que embuste pero cómodas para encubrirse; tan sólo mis concepciones del mundo son justas; el hombre es un lobo para el hombre. Pero los pequeños burgueses no constituyen la humanidad, no son obreros, no son intelectuales, no son campesinos, aunque entre ellos también los hay. Estos son portadores de una determinada psicología que fue madurando durante siglos de violencia, de obscurantismo y de aplastamiento de lo humano en el hombre. En mi patria la mayoría absoluta son personas libres de esta psicología. Creo que aún en los países capitalistas que quedan, su número ha disminuido mucho. De modo que su — por decirlo así— base espiritual se redujo considerablemente desde los tiempos de Hitler.
    Pero ni siquiera en esto radica la cuestión. Esta psicología está exenta totalmente de principios creativos. Presenta peligro solamente conjuntada con un poder incontrolado, con ustedes, sus progenitores, educadores y guardianes. Su época ya ha pasado y ustedes se dan cuenta perfecta de ello. ¿Acaso es poder aquello de que usted habla? Es chantaje, es desesperación. Aquel que le ha enviado aquí —y a usted le han enviado, no se haga el desentendido— razonaba de una forma necia. Que sean ellos, es decir, usted y su pandilla, los que se rompan la crisma. Su derrota no me amenaza con nada, mientras que si tienen suerte… Esta gente supone que vuestro éxito les salvará a ellos. No les salvará. Es imposible suprimir la contradicción entre los que blanden en sus manos el palo y aquellos sobre quienes este palo descarga los golpes. La prisión nunca fue capaz de vencer el ansia de libertad, la ignorancia no pudo ahogar la creación y la aspiración del hombre a ser hombre jamás se reconcilió con el sistema que mataba lo humano en el hombre. Hálleme en la historia el ejemplo de una tiranía longeva, entonces reconoceré que me he equivocado. Pero no hallará, ni un solo ejemplo. Y no se imagine que su nuevo campo de concentración electrónico-biológico será más fuerte que los anteriores. La humanidad no ha tenido y no tiene un ideal mejor que el expuesto por Marx y Lenin. Millones lo han hecho suyo, y este ideal pasó por todo tipo de pruebas, de ahí el pavor que le embarga, de ahí sus interminables aventuras.
    A propósito, su última aventura representa una amenaza no sólo para usted. Todo secreto, tarde o temprano, salta a la luz pública. ¿Usted se ha dado cuenta de lo que ocurrirá cuando la humanidad se entere de su conspiración?
    Huysmans escuchaba con una sonrisa arrogante. Sin embargo, por primera vez este sofista avezado en las luchas no se lanzó al ataque cuando Polynov terminó de hablar.
    — Sus necedades me causaron una enorme consternación — dijo después de un corto silencio—. Pero, gracias a dios, yo no soy rencoroso. Entonces, ¿usted se niega a colaborar con nosotros?
    Obra con demasiada rectitud, notó para sí Polynov, Tiene prisa.
    — Por ahora no digo que sí, pero tampoco digo que no — esta vez fue Polynov el que se arrellanó en el sillón como si no le inquietase nada más—. ¿Usted está sorprendido? No siempre debe ser usted el que me sorprenda a mí… Yo estoy acostumbrado a reflexionar sobre mi proceder. Ahora carezco de tal posibilidad. ¿Se acuerda usted de las dos conversaciones anteriores? Después de sopesar los pros y los contras cambié mi decisión tomada en un arrebato de cólera. También ahora necesito recapacitar sobre todas las circunstancias y analizar sus argumentos ya que contienen muchas cosas serias. ¿Cuánto tiempo puede concederme?
    Huysmans acarició su cabello ralo y quedó meditabundo. Tras la ventana, los rayos del Sol, saltando de cima en cima, dieron en la campana de cristal. Por éste se derramó una opaca oscuridad. Se encendieron lámparas adicionales y su blanquecina luz ahuyentó las sombras. El rostro cansado de Huysmans palideció y sus párpados temblaron. Entornó los ojos y, por enésima vez, tendió la mano hacia la cajita de caramelos, escogió uno, lo chupó y arrugó la cara.
    — ¿Le duele una muela? — preguntó de pronto Polynov.
    Huysmans asintió con la cabeza. Su lengua hacía rodar tras la mejilla el caramelo. Frente a sí Polynov tenía simplemente a un hombre cansado entrado en años y vestido con un patriarcal terno negro. Un hombre del montón, de los que se ven a millares en la Tierra.
    Después de haber masticado el caramelo, Huysmans se enderezó, sus labios se apretaron.
    — No le daré mucho tiempo. Piénselo rápido. Quiero que usted se ponga de nuestro lado por su propia voluntad. Y si no lo hace, igualmente se convertirá en apóstol del dios cósmico. Pero usted ya no será Polynov. No, espere. Haga el favor de fijarse bien.
    Huysmans oprimió un botón. En el tablero se iluminó la pantalla del extremo. La eclipsaron hileras de cohetes de puntas afiladas. Sus cabezales brillaban contentos de sí mismos, eran muy bonitos y estaban muy limpios estos cohetes. Eran muchos.
    — ¿Y qué tal le parece este cuadro? Huysmans conmutó la imagen. Junto a una cadena de montaje trabajaban hombres. Polynov reconoció a algunos: eran los pasajeros del «Antinoo». A la izquierda estaba Berger, el intrépido librepensador Berger. Con un movimiento monótono encajaba en los cabezales de los cohetes unas cápsulas semitransparentes amarillas.
    — Los demás, Polynov, no son mejor. Polynov paseó la mirada por el despacho. Si se hubiesen reunido aquí todos sus amigos, para Huysmans, simplemente, no quedaría sitio, no habría necesidad siquiera de mancharse las manos. Pero sus amigos están lejos y no saben nada. Ellos trabajan, leen, ríen, aman y no sospechan del peligro que les amenaza. Éramos demasiado despreocupados, pensábamos muy poco, mucho menos de lo necesario, en los hongos venenosos que nos acechaban en el futuro. Estábamos demasiado enfrascados en nuestros propios asuntos y en nosotros mismos.
    — Yo voy a pensar — dijo Polynov—. Voy a pensarlo profundamente.
    Gregory lo condujo a su cámara. La luz se encendió apenas Polynov traspasó el umbral. Cris no estaba.

6. El dueño y el esclavo

    No se sabe por qué, pero a la vida no le gusta la monotonía. Los acontecimientos, o ejercen tanta presión que al hombre se le corta el aliento, o bien, sin ninguna causa patente, todo se amaina y el tiempo transcurre de una manera uniforme y regular.
    Aparentemente, Polynov ya no interesaba a nadie. Podía salir de la cámara cuando le daba la gana, podía ir y venir o pasar horas enteras en su consultorio: parecía como sí para los Conspiradores él dejase de existir. Pero Polynov no se engañaba. No era sino un nuevo ardid. Martirizar al hombre con la inacción, con una espera desgarradora y, seguidamente, atizarle un golpe repentino.
    La muchacha desapareció sin dejar huella. Los micrófonos escondidos en el pasillo ignoraban sus preguntas. Un capirotazo más para su amor propio, un recordatorio más para que no olvide que está fuertemente cogido por unas garras. Una pequeña venganza de Huysmans por la resistencia que le oponía.
    El extraño paciente lo visitó una vez más. Todo iba bien pero en vano esperaba Polynov su tercera visita. El electricista no volvió a aparecer, lo cual inquietó a Polynov.
    Por el consultorio pasaron también dos vigilantes. Estos se quejaban de unos achaques insignificantes, se mantenían alerta, y Polynov no supo sacar ningún provecho de su visita.
    A pesar de todo, no logró ver a nadie de los prisioneros. Tampoco podía intercambiar aunque sea unas palabras con los vigilantes que encontraba casualmente en el pasillo. Estos, en el acto, se ponían en guardia y sus manazas, involuntariamente, agarraban el arma. Pobres diablos, hasta transpiraban de tan embarazosa perplejidad: ¿por qué a este tipo se le permite vagar de aquí para allá?
    De seguro que Huysmans se intranquilizaría si supiese qué fin perseguía Polynov esmerándose tanto en poner orden en el consultorio. Pero el psicólogo todo el tiempo estaba a la vista, con una diligencia meticulosa limpiaba el polvo, alineaba los frasquitos con los preparados medicinales para no tener que buscar cosa alguna, comprobaba durante largo rato el ajuste de los aparatos, en una palabra, se comportaba como un hombre que se disponía a trabajar aquí durante muchísimo tiempo. Y el hecho de que de sus bolsillos desaparecieran algunos fármacos, el observador no lo podía advertir por cuanto el local se vigilaba desde dos puntos y Polynov, claro está, cuidaba de que en el momento necesario sus manos no cayesen en el campo visual del acechador.
    Y era preciso ser especialista para comprender lo valiosas que eran las ampollas de mixonal, varias bolitas de algodón, un frasco con solución de cloruro de plata y el microanalizador de gas. Cuando Polynov se hizo de todos estos objetos, en seguida realizó un pequeño experimento. Decantando el amoníaco dejó caer al suelo por descuido tres gotas de este líquido; un rato después se dirigió a su cámara. Allí, acostado boca abajo en su jergón, miró sigilosamente al analizador. Las indicaciones del instrumento le alegraron sobremanera: tal y como él esperaba, la base poseía un esquema estandarizado de ventilación y purificación de aire.
    Polynov no tenía ni la menor duda de que los carceleros ni siquiera sospechaban qué diabólicas posibilidades ofrecía el mixonal que él había hurtado. De lo contrario este medicamento se encontraría tras siete cerrojos. Pero se hallaba al alcance de la mano y a Polynov no le costó ningún trabajo tomarlo. Una demostración más de la vieja verdad de que es imposible preverlo todo. A nadie y en ninguna parte. El error de todos los carceleros radica en la subestimación de la inteligencia y de los conocimientos. De otra manera, desde luego, no podía ser. Quienesquiera que fuesen los carceleros éstos no se tomaban el trabajo de pensar por qué desde la época de los faraones la fuerza brutal e inhumana aunque vencía a menudo no logró triunfar ni una sola vez. Claro que si lo hubiesen comprendido, en el mundo hace tiempo que no quedarían carceleros.
    Sin embargo, era prematuro entregarse a júbilo. Ahora Polynov tenía un arma, pero no podía hacer uso de ésta, por cuanto el sistema de corredores, cerrojos y contraseñas de la base seguía siendo para él un enigma. También ignoraba si tenía entre los reclusos aliados dispuestos a todo. Mientras tanto, en cualquier instante podían venir a por él. Y, por supuesto, Huysmans no exageraba al decir que existían métodos de convertirlo en el hombre que ellos requerían. Polynov estaba enterado de los últimos alcances de la psicotecnia. Es cierto que después de someter al hombre a semejante operación lo único que conservaba de lo que fue era su aspecto exterior, sin embargo, en el peor de los casos, podían, en fin de cuentas, servirse también de ese Polynov, con la memoria barrida, movimientos mecánicos y sonrisa de niño de un año de edad. Y de seguro que no les faltaría un experto director de escena; de alguna manera se las ingeniarían para representar una función televisiva con su participación.
    Sea como fuere, Polynov logró idear un plan de cómo, en el momento oportuno, neutralizar en el consultorio al espía electrónico sin despertar sospechas. Pero no le dio tiempo valerse de este plan…
    En cierta ocasión, al entrar en el comedor, Polynov captó un leve olor a muguete. Ahogando su emoción, se paseó por el cuarto procurando determinar de dónde procedía éste. Ya no le servían la mesa y él mismo tomaba los platos de la «bandeja». Esta circunstancia resultaba muy a propósito. Sujetando las articulaciones bajó el distribuidor y, como por casualidad, palpó la ranura de la junta. ¡Aquí está! Su dedo, rebuscando, rozó con una bolita de papel introducida en la ranura. A partir de este momento su dedo también despedía olor a muguete, el perfume predilecto de Cris.
    Como si tal cosa terminó su comida, a pesar de que cada minuto de demora le costaba increíbles esfuerzos. Sólo en el consultorio desenrolló la bolita. Para hacerlo tuvo que evocar en la memoria las habilidades escolares en la lectura de las chuletas bajo las miradas cruzadas de los maestros.
    «¡Andréi! — las letras, apresuradamente escritas, se adelantaban una a otra—. Estoy sana y salva. Me encuentro junto con la senadora (¿la recuerdas?) y con otras señoras. Tratan de persuadirme a que me resigne, pero yo no quiero; es ignominioso lo que nos proponen. Trabajar en la planta como verdaderos esclavos. Nos exigen que tomemos parte en la operación «Dios cósmico» (estoy segura de que tú estás al tanto). Pero no todos están de acuerdo; entonces se los llevan y es horrible el aspecto que tienen al volver. A mí todavía no me han llevado, pero tengo miedo…»
    A continuación seguían unos garabatos incomprensibles, pero Polynov los descifró sin dificultad. Ya antes, en la nave, convinieron en emplear escritura cifrada y Polynov enseñó a Cris cómo utilizarla.
    La nota despedía un frenético olor a muguetes, sin duda. Cris vertió sobre ella todo el frasco. Con mucho pesar, Polynov quemó la nota en la lámpara de alcohol. Y de repente se fijó que sus dedos temblaban. Les clavó una mirada rigurosa y el temblor cesó. Furtivamente, se le coló una idea: cuan maravilloso sería si el mixonal pudiera difundirse por todos los locales de la base. Si este preparado pudiera matar. Cuánto bien aportaría a Cris, a la Tierra. Desafortunadamente, el mixonal no podía ni lo uno ni lo otro.
    Oyó entrar a alguien, oyó pasos pesados pero no volvió la cabeza.
    — Eh, doc, ¿parece que está triste? — Gregory se dejó caer en una silla, de modo que ésta chirrió—. No haga caso. Si usted, como yo, hubiera estado en la guerra por nada se afligiría.
    — ¿Qué quiere usted? — le preguntó cansado Polynov.
    — Un poco de alegría, doc, alegría. ¿Ha olvidado nuestra conversación?
    Polynov todavía no había visto al guardia tan descarado. Sentado, sin sacar las manos de los bolsillos y con las piernas extendidas negligentemente, guiñaba con insolencia el ojo y se hinchaba, literalmente, de autosuficiencia. Con un movimiento de cejas Polynov le indicó a los dispositivos de televisión.
    Gregory soltó una alegre carcajada.
    — ¡Los escuchas tienen un pequeño desarreglo técnico, doc! Se han vuelto ciegos y sordos. Tendremos tiempo para ponernos de acuerdo.
    — Esas tenemos… ¿Y cuánto durará el desarreglo? — Polynov de nuevo estaba listo para el combate.
    — Por lo menos estarán atareados una hora, como dos y dos son cuatro. Los muchachos también quieren tomar un traguito, de modo que se las arreglaron para que pidiéramos charlar como hombres. Imagínese, una botella de whisky para tres días, estoy seguro que nuestro jefe es un impotente. ¿Entonces, qué? ¿Habrá alcohol?
    «En cambio, vuestro jefe comprende el peligro que supone la borrachera en el cosmos — pensó Polynov—. De modo que quieres emborracharte a tus anchas… Esto le costará muy caro a tu cuidado cuerpo».
    — Bueno — dijo en voz alta—. Pero el negocio es el negocio. Nada se da de balde.
    — Por supuesto, ¿Cuánto?
    No me hace falta el dinero. Necesito saber las contraseñas, necesito saber el emplazamiento de los locales, necesito saber cuántos sois.
    Gregory palideció.
    — Esto es una traición… yo… Instintivamente agarró la pistola. Polynov sonreía ampliamente.
    — ¿Qué cree, querido amigo? ¿Para qué necesito esta información?
    Gregory se encogió como quien quiere dar un salto. El no daba pie con bola.
    — ¿Para largarse? — gritó por fin jubiloso—. ¡No lo conseguirá!
    Se levantó de un tirón, sacando la pistola.
    — Dime, Gregory — Polynov seguía sonriendo—, ¿puede un hombre solo y desarmado escaparse de la base? ¿No? sabes perfectamente que no. Entonces, repito, ¿para qué necesito, según tu parecer, esta información?
    El guardia no quitaba los ojos de Polynov. Se veía cuánto le costaba el intento de adivinarlo.
    — Y todo resulta muy sencillo — continuó Polynov—. En el juego lo mejor es conocer las cartas del adversario, ¿no es así?
    — No hay quien lo dude…
    — Yo tengo con tu jefe mi juego, mi negocio. Sin embargo, él conoce mis cartas, mientras que yo ignoro las suyas. Y esto no me gusta. El negocio es el negocio.
    — ¡Aja! Es sensato — Gregory volvió a sentarse pero sin soltar la pistola—. Pero a mí no me conviene este asunto. Yo mismo por cositas como éstas llevaba a quien sea al paredón.
    En lugar de responder Polynov se inclinó hacia la caja fuerte, la abrió, sacó un matraz con alcohol y lo agitó.
    — No, doc — Gregory hasta lanzó un suspiro—, ni hablar.
    — Nadie se enterará.
    Gregory asintió con la cabeza. Súbitamente su rostro se iluminó.
    — ¡Me lo darás de balde! De lo contrario, informaré que querías sobornarme.
    — Y recibirás una bala en la frente. Por el alcohol y por… — el psicólogo hizo una pausa— por el pequeño desarreglo técnico.
    Con aire amenazador Gregory sacó la mandíbula hacia adelante. Esto sí que lo sabía hacer, le salía a la perfección.
    — Se te ocurrió amenazarme… Apretando sus puños de plomo avanzó hacia Polynov.
    — Cuidado, que nos están escuchando detrás de la puerta — le advirtió en voz baja el psicólogo.
    Esta vez Gregory reaccionó momentáneamente… De un salto se desplazó hasta la puerta y la tiró con violencia. En el umbral estaba Amín.
    Rugiendo Gregory lo arrastró por las solapas a la habitación, cerró fuertemente la puerta y lo arrojó sobre las rodillas.
    — Carroña, carroña… — resollaba ceñudo Gregory—. Andar escuchando detrás de las puertas… Ya verás, me conoces mal…
    Propinó a Amín una pernada, pero éste ni siquiera trató de justificarse: miraba a Gregory sin disimular su odio. En respuesta al golpe que le hubiera podido hacer saltar al techo de no agarrarse al pie de la mesa, Amín se rió lenta y malvadamente.
    — Lo voy a contar y a ti te…
    Gregory, por un instante, quedó como petrificado.
    — Con que esas tenemos — dijo con aire amenazador—. Esas tenemos. ¿Piensas amedrentarme? Por centenas aplastaba yo a las caras amarillas y tú vas a completar la lista.
    Agarró a Amín del brazo y se lo retorció bruscamente. El rostro moreno de Amín palideció. Ni siquiera fue capaz de lanzar un grito, de su garganta salían ronquidos entrecortados. Sí, Gregory era un maestro en su oficio.
    — ¡Te lo prohíbo! — gritó Polynov.
    — No te entrometas, doc, te romperá la crisma — aseveró Gregory—. Y contigo, Amín, ya hablaremos. ¿Qué, estás mal, perro? Esto aún no es nada. ¿Con quién te atreves, carroña mocosa?… A ver, jura por tu dios que callarás, venga…
    Amín se arrodilló.
    Gregory le aflojó un poco el brazo.
    — ¿Has vuelto en sí? Jura, de lo contrario… Amín murmuró algo.
    — ¡No es eso!… — Gregory, de nuevo, le retorció la mano. Amín gimió—. Conozco vuestro juramento, dilo como es debido…
    Polynov no comprendió lo que murmuró la presa. Pero Gregory, al parecer, quedó satisfecho. Soltó a Amín y, después, como si éste fuese un cachorro asqueroso, lo levantó por el cuello y lo arrojó al pasillo desierto.
    — Todos estos canallas son así, doc — Gregory, con asco, se limpió las manos en su uniforme—. Vaya qué oídos tienes…
    Miró con respeto al psicólogo.
    — ¿Piensas que no se irá de la lengua? — preguntó Polynov.
    — ¡Ja! ¡El cree fervorosamente en su dios! Da gusto tratar con los aldeanos, lo único que se necesita es saber tratarlos. ¡Y yo sí que lo sé! Bueno, ¿dónde está el alcohol?
    — Las contraseñas.
    — Oye, no me hagas rabiar. Yo acabaré contigo antes de que te dé tiempo a decir pío. Por el intento de fuga. ¿Te das cuenta?
    — Totalmente. Y a Amín, ¿le has lesionado seriamente el brazo?
    — ¿Por qué te interesa?
    — Envíamelo.
    — ¿Para qué?
    — Para reducirle la luxación.
    — ¡Fu! Tratas de hablar sobre el asunto y tú…
    — El alcohol te lo daré si me envías a Amín.
    — ¡Caray! Como veo, eres una persona compasiva… Sentimental. Vete al diablo, dame el alcohol y te lo enviaré. Ponle en su sitio el alcohol y te lo enviaré.
    — ¿Cómo?
    — Nada. Con los soplones llevo mi cuenta, de soldado, a ti no te importa.
    Cuando el alcohol fue a parar al frasco de Gregory, éste, ya junto a la puerta, se volvió de repente.
    — Óyeme, doc, soy una persona honesta. Tú me diste alcohol y yo, en caso de necesidad, te aseguraré una muerte rápida. Y así estaremos en paz.
    — Gracias aunque sea por eso. La puerta se cerró.
    «He aquí la honestidad del verdugo — sonrió amargamente Polynov—. Y lo peor del caso es que se marchó orgulloso de su noble conducta».
    Gregory cumplió su promesa. No transcurrieron ni quince minutos y Amín se encontraba ya frente a Polynov.
    El pequeño aldeano, como antes, seguía impasible, como si no hubiera sucedido nada. Con sumisión permitió que le examinaran el brazo, no se estremeció ni gimió cuando Polynov le redujo la luxación y no pronunció ni una palabra de gratitud. Quería levantarse y marchar, pero Polynov lo detuvo.
    — ¿Sabe que Gregory le liquidará? Sólo le temblaron los párpados.
    — ¿No me cree?
    — Yo he jurado.
    — Eso no le salvará.
    A Polynov, de hito en hito, le miraban unos ojos oscuros e indiferentes como los de un pez. Polynov quedó desconcertado.
    — ¿Usted sabe para qué se encuentra aquí, en esta base?
    — Me pagarán mucho dinero y compraré tierras.
    — ¿Para qué?
    — Mucha tierra, gran dueño.
    Polynov vio que se le escapaba la última posibilidad.
    — Gregory le matará por haber escuchado a hurtadillas nuestra conversación. Y no tendrá tierras — dijo deletreándolo.
    En respuesta, silencio.
    «¿Lo entenderá o no lo entenderá?» — pensaba con perplejidad Polynov.
    — Él es el señor — dijo, de pronto, Amín.
    — ¡Pero usted le espiaba! Otra vez silencio.
    — Además, que señor puede ser para usted, si ambos sois soldados.
    El fuerte siempre es el señor.
    — ¿Y yo también?
    — Tú eres débil.
    — Y si yo resulto ser más fuerte que todos los demás, ¿también me convertiré en señor?
    — Sí.
    — ¿Y si tú llegas a ser el más fuerte…?
    — Sí, también yo seré señor.
    — ¿Para qué?
    — Así sucede siempre.
    — En nuestro país no es así, ¿no lo has oído?
    — Siempre es así.
    — ¿Y si yo te convierto en el señor de Gregory, de todos?
    — No lo podrás hacer.
    — Si me ayudas, sí podré.
    — No.
    — Haz una prueba.
    — No te creo. No tienes nada sagrado.
    — Yo creo en el hombre, y esto para mí es lo sagrado.
    — ¿En mí?
    — Mientras eres un esclavo, no creo en ti.
    — ¿Qué yo soy esclavo? Hablas como Gregory, como todos los demás.
    — Eres un esclavo porque reconoces sobre ti al dueño. Quítatelo de encima, y te convertirás en un hombre. Y para Gregory siempre seguirás siendo un esclavo.
    — ¿Siendo yo dueño, seré tu dios?
    — El hombre no es esclavo ni señor. ¿Lo comprendes?
    — No. Tú quieres matar a Gregory, matar a todos, lo comprendo. A tu dios no le comprendo.
    — ¿Y tú quieres que yo mate a Gregory y a todos los demás?
    — Sí, menos a mí. Pero no lo podrás hacer. Eres débil.
    — ¿Eso es lo que piensas? ¡No, yo soy más fuerte que nadie! ¿Lo ves?
    Cuanto más pobre es el cerebro, cuanto más rígidos son los hábitos y estrechos los horizontes, con tanta mayor facilidad el hombre se somete a la sugestión. Polynov se puso de pie y tocó solemnemente el hombro de Amín.
    — Tú no puedes mover los brazos — le dijo él con seguridad—. No puedes. Ni lo intentes. Ellos quedaron petrificados.
    Amín se estremeció. Trató de levantar los brazos; éstos no le obedecieron. En sus ojos palpitó el miedo. El pobre diablo estaba demasiado acostumbrado a encontrarse bajo influencia ajena y ahora era indefenso.
    Polynov le sacó la pistola y la balanceó en la palma de la mano.
    — ¿Ves esto?
    De pronto, Amín se tiró de la silla arrodillándose en el suelo.
    — ¡Eres poderoso, eres poderoso! — gritó él—. ¡Eres el más poderoso, nadie todavía supo convertir a Amín en piedra! ¡Tú matarás a Gregory y me salvarás a mí, mi señor! Amín conoce lo que tú necesitas, y Amín te lo dirá todo…
    — ¡Habla!
    Amín tiene razón, eres un buen señor. ¡Deshaz el embrujo, deshazlo, Amín te contará todo! Una vez Gregory muerto, me salvarás, me darás dinero, mucho dinero, yo compraré tierras, compraré al hijo de Gregory, le escupiré…
    A los diez minutos Polynov ya estaba enterado de todo.
    Ya solo, tardó mucho en tranquilizarse. No esperaba tal cosa. ¡Cuan fervorosamente creen en el milagro, cómo lo ansían, cuan ciegamente siguen al que les promete el milagro! No importa quién, no importa con qué objetivo… Les enseñaron a obedecer ante la fuerza, obedecer sumisamente, sin reflexionar, y tras el milagro ven una fuerza enorme, sobrenatural.
    Polynov se estremeció de repugnancia.

7. «¡Infierno verde!»

    Le faltó tiempo para emprender algo. Chacolotearon las ventosas magnéticas, se oyeron pasos y la puerta se abrió con violencia: ante Polynov, implacable como la suerte, se encontraba Huysmans. Detrás de sus espaldas se divisaba un guardia.
    — ¡Basta! — bruscamente, sin dar a Polynov tiempo para recobrarse, dijo Huysmans—. El plazo para conversaciones y discurrimientos expiró. ¿Sí o no?
    — ¿Tan pronto? — se le escapó de los labios a Polynov—. No tuve tiempo… Una hora más, dos horas…
    Reflexionaba febrilmente. ¿Traición? ¿Casualidad? ¿O, quizá, una jugada descifrada?
    — Es extraño, la indecisión no es inherente a su carácter — Huysmans cruzó las manos a la manera de Napoleón—. ¡Ni un segundo! ¡La gran hora ha llegado! ¿Sí o no?
    — ¡No!
    Un instante antes Polynov quiso decir «sí» para ganar tiempo. No pudo contenerse, sus nervios le traicionaron, incapaces de vencer el odio y la repulsión…
    — Lástima. ¡Gunter!
    El guardia se puso firme.
    — ¡Arréstelo! ¡Llévelo a la cámara de torturas! Y la muchacha, ¿ya está allí?
    — ¡Así es!
    — Querido mío — Huysmans se volvió hacia Polynov—, para comenzar, le van a mostrar un espectáculo excepcional. ¿Acaso tampoco de ella le da pena?
    A Huysmans no le dio tiempo de esquivar el golpe. Pero la furia cegó a Polynov y no acertó como quería. El guardaespaldas se tiró contra Polynov retorciéndole los brazos y Huysmans, arrimándose a la pared, sujetaba su mejilla.
    — Si usted piensa… Si usted piensa que yo le mataré de un tiro… No. Yo esperará la hora en que me implore, se arrastre de rodillas… ¡Y usted lo hará! Entonces será cuando yo le mire. Llévenselo.
    Polynov marchaba ardiendo de ira. ¡Hasta tal grado perder el control! En ese momento él se despreciaba.
    Sin embargo, automáticamente advirtió que no oía en pos de sí los pasos de Huysmans. Echó de soslayo una mirada tras el hombro. A dos metros de distancia, como correspondía a un convoy, según el reglamento en el planeta Tierra, marcaba el paso un vigilante con su lighting terciado. En el pasillo no había nadie más. La decisión le llegó de súbito. Por cuanto a este imbécil no se le ocurre que existe cierta diferencia entre la Tierra y un asteroide…
    Cuando pasaron junto a la habitación con las figuras de cera, a Polynov, de pronto, se le torció el pie. En su caída, con todas sus fuerzas se descostó de la pared. Antes de que al convoy le diera tiempo de comprender, Polynov, como un cohete, salvó la distancia que les separaba. Una terrible patada en el vientre arrojó a aquél al suelo. Lanzó un salvaje aullido, entornando los ojos. Dando una vuelta en el aire Polynov recogió al vuelo el lighting. Un culatazo en la cabeza puso fin al aullar del convoy.
    Rompiendo el silencio con su eco, vociferó una sirena; claro que les vigilaban. Polynov penetró en la habitación con las figuras de cera. Con el rayo fulminador demolió los dispositivos de televisión y con la culata destrozó el interruptor. La luz se apagó, en la oscuridad comenzó a fosforecer el siniestro morro de un monstruo.
    Polynov sacó rápidamente del bolsillo las ampollas con mixonal, el frasco con sal y el algodón. Mojó el algodón y se tapó las ventanas de la nariz. Crujió el vidrio roto de las ampollas. Polynov se apostó en un rincón, apuntando a la puerta. El corazón le latía febrilmente. Del pasillo le llegaba el ruido de las pisadas de los guardias.
    — ¡Aquí está! ¡vengan aquí!
    Se amontonaron detrás de la puerta.
    — ¡Eh! ¡Sal!
    Polynov no contestaba. Contaba los segundos.
    — ¡Sal por las buenas! ¡De todos modos te haremos salir!
    Sí, me harán salir, comprendió Polynov. No son tan tontos como para irrumpir exponiéndose a los tiros. Arrojarán alguna porquería. Una granada de gas. Sólo esperan a que las traigan.
    Polynov, a tientas, se deslizó hacia la puerta y la empujó bruscamente, para que el mixonal saliera lo más rápidamente posible al pasillo. Y, en el acto, saltó atrás. En el exterior también se apartaron. A través de la puerta abierta de par en par irrumpió un rayo violáceo, algo cayó con estruendo, desprendiendo chispas al caer.
    — ¡Dejadlo! — vociferó sañudamente el altoparlante del pasillo—. ¡Cretinos!
    Polynov apenas pudo contener la risa. Ellos disparaban contra el Hombre Ordinario. De la figura de cera no quedó más que vapor. También a ellos les fallan los nervios, notó con satisfacción Polynov.
    Un instante largo, a Polynov le pareció insoportablemente largo, de tenso silencio.
    Y de repente…
    El pasillo parecía haber estallado.
    — ¡Alas, alas, estoy volando…!
    — ¡Cuántos pasillos, cuantos pasillos, espléndidos pasillos azules!
    — Pero si os habéis vuelto locos… Retiren la serpiente-e-e…
    Polynov recobró el aliento. Eso es, señores, todavía no sabéis qué cosa es el mixonal. Ahora os enteraréis. Respirad, respirad profundamente, soñad despiertos, soñad unos sueños que nunca habéis visto.
    Sus ojos se encontraron con los del monstruo fosforescente. No estará de más. Cogiendo debajo del brazo el cuerpo del monstruo, cubierto de púas, lo arrojó al pasillo y, en este mismo instante, levantando rápidamente su arma, envió un rayo contra un teleojo. Primero a uno, acto seguido, al otro. Del techo cayó una lluvia de fragmentos.
    — ¡A-a-a…!
    Un aullido infrahumano viró altamente y se cortó.
    Polynov salió disparado. Cinco guardias, tambaleándose, chocaban contra las paredes como ciegos. Las mandíbulas les colgaban como en un bostezo interrumpido. Por la barbilla se les escurría la saliva. Un talludo fortachón se afanaba en meterse en la boca el morro del lighting. Inconscientemente apretó el gatillo. Se oyó un chasquido velado. Polynov tapó con la mano los ojos. Algo tibio salpicó sus manos y el rostro. Un cuerpo se desplomó produciendo un sordo ruido. Polynov echó a correr, resbaló, manteniendo con dificultad el equilibrio. El algodón impregnado en un especial reactivo químico le tapaba la nariz y le dificultaba la respiración.
    Tras él corría un siseante murmullo.
    — El c-celes-s-stial reino lo v-v-veo.
    — Una manz-z-zana as-s-sí…
    — Dónde-e-e…
    La losa que cerraba el pasillo, obedeciendo a la contraseña comenzó a subir. Un guardia que corría al encuentro por poco tumba a Polynov. En cada mano sujetaba una granada de gas. Sin darle tiempo para percatarse de lo que sucedía, Polynov le asestó un golpe en la garganta con el canto de la mano.
    Con las dos granadas en los bolsillos, Polynov bajó casi rodando la escalera escasamente iluminada. No había tiempo para buscar dónde estaba escondido el teleojo. Detrás se desgañitaba la sirena. Ahora todo dependía de cuánto tiempo tardarían sus enemigos en comprender que el veneno se les colaba sigilosamente por los conductos de aire, de cuánto tiempo tardarían en conectar los filtros.
    De la escalera un pasillo estrecho conducía a izquierda y a derecha. Polynov, recapacitando febrilmente, se echó a un lado, después al otro, y en este instante vio un pozo. Los empinados peldaños que bajaban al pozo terminaban junto a una puerta de hierro. Un salto, y con el peso de su cuerpo Polynov la abrió.
    Una luz brillante le azotó el rostro. En el centro de la cámara se alzaba una mesa de construcción extraña. Sobre la mesa, desde una polea, colgaban cuerdas. En un rincón junto a un vertedero de metal galvanizado resoplaba un quemador de gas y las barras incandescentes reverberaban con un color guinda. Sobre el brasero, arreglando algo, se inclinó, luciendo su amplio trasero, un hombre parecido a un sapo. Junto a éste, encadenada a la pared, se encontraba Cris.
    El hombre dio una rápida vuelta. Llevaba puesto un mandil de carnicero. Polynov disparó antes de haberlo reconocido. El Cabezudo, cuya cara no perdió ni siquiera la expresión de estúpida perplejidad, cayó, derribando en su caída el brasero.
    Cris se lanzó hacia adelante tratando de soltarse. Su boca estaba abierta en un mudo grito.
    Polynov, con todas sus fuerzas, tiró del anillo que sujetaba las cadenas. Este ni siquiera se movió. Polynov echó a su alrededor una mirada desconcertada, agarró de la mesa uno de los instrumentos de tortura parecido a unas tenazas — eran precisamente unas tenazas— y cortó los eslabones de la cadena junto a las muñecas de Gris. La muchacha cayó de rodillas. Intentó ponerse de pie, pero no pudo. Polynov la levantó de un tirón.
    — ¿Qué? —gritó él, mirando su rostro anegado en lágrimas y que al mismo tiempo reía.
    Cris se agitaba en sus brazos. No era hora de ceremonias. Polynov levantó la mano para cesar el ataque de histeria con una bofetada, pero Gris la esquivó.
    — Ya está… No es necesario… ¡Yo sola! Su vestido estaba roto en el hombro y ella trató de ajustar el jirón. Inclinándose, deslizó la otra mano bajo el mandil del Cabezudo y sacó la pistola de la funda. Polynov se fijó en dos profundos arañazos que cruzaban la cara del Cabezudo.
    — ¡Date prisa, Cris!
    Algo chirrió detrás de sus espaldas. Polynov dio una brusca vuelta; le pareció que otra vez está viendo un horrible sueño: la maciza puerta de la cámara se movió perezosamente de su sitio y se cerró.
    — Los pajaritos piensan emprender el vuelo — sonó en el rincón una risita.
    Polynov se precipitó hacia la puerta.
    — ¡Ya es tarde, ya es tarde! — oyó por el altoparlante la conocida voz sarcástica—. Tu trastada con el mixonal no está mal hecha, pero yo he vaticinado que tus nobles sentimientos te echarán a perder. Estás en una trampa, Polynov, ja-ja… No entiendo qué te pasó que olvidaste que las puertas con cerradura electromagnética se cierran por sí mismas. Y ahora quédate allí y espera… Te recomiendo examinar con mucha atención nuestros instrumentos de trabajo.
    La voz se calló.
    Cris, lentamente, volvió hacia su rostro la boca de la pistola, su mirada se clavó como hipnotizada en la negra pupila. El rostro se le afiló y los ojos se le hundieron en los oscuros semicírculos.
    — Tranquilidad, Cris…
    Polynov desvió la pistola que temblaba en las manos de la muchacha y le abrió los dedos.
    — Nunca es tarde hacerlo.
    Él hasta pudo sonreírle.
    Elevando el lighting, apuntó cuidadosamente, y, con esmero, como si se tratara de una colonia de chinches, abrasó en el rincón las células de escucha. Después sacó una bolita de algodón, la mojó y se la tendió a Cris.
    — Toma. Parece que Huysmans no advirtió un error suyo.
    Se apoyó sobre una rodilla, aseguró el lighting y, como por una regla, hizo pasar el rayo por la línea de empalme entre la puerta y la pared. Se encendió, rajándose, la pintura y la recta juntura brilló purpúrea. Se levantó un humo mordiente y sobre el suelo comenzó a gotear el metal. Polynov, sin dejar de apretar el gatillo, desplazaba rápidamente el rayo.
    — El fuego no lo traspasa — Cris apretó los puños.
    — Pues no hace falta. Estas cerraduras no aguantan el calentamiento.
    La puerta tembló, emitió un sonido carraspeante y se entreabrió. Polynov se echó a un lado arrastrando consigo a Cris. Esperaba que se produjeran disparos. No los había. Sobre el pozo no asomaban los cañones de los lightings. Desde lejos, llegaba un ruido sordo y gritos ininteligibles. A todas luces se notaba que el mixonal ya había afectado sensiblemente la base.
    Polynov subió la escalera corriendo. Cris a duras penas podía seguirle. El psicólogo gritó la contraseña, pero la compuerta permanecía como clavada.
    Sucedió aquello que tanto temía Polynov. El enemigo consiguió cortar todos los accesos a los puntos vitales de la base. Ahora, habiendo salido de una ratonera, simplemente cayeron en otra, más espaciosa. Polynov, con aire pesimista, miró el indicador de la carga del lighting. Tal y como él pensaba: suficiente para una batalla, pero no para romper otra compuerta.
    — Oye, Cris — dijo embargado por la desesperación— aquí tendremos que librar nuestra última batalla con esta pandilla. Ahora, atrás, ¡al pozo! No está mal como trinchera.
    A pesar de todo logró localizar dónde estaba escondido el teleojo y, por el camino al pozo, lo destruyó, al mismo tiempo que la lámpara de techo. Ahora ellos podían ver al enemigo, mientras que éste carecía de tal posibilidad.
    — ¿Será posible que éste sea el fin? — dejó escapar Cris cuando se apostaron.
    — Sí, es el fin. Apunta al pasillo izquierdo. Y tranquilízate, te tiembla la pistola.
    — La voy a sujetar con ambas manos, ¿Cuánto tardarán en venir?
    — No lo sé. Seguramente que ahora no están para pensar en nosotros, tienen que desembarazarse de la maraña. Tal vez, dentro de diez o quince minutos.
    — Entonces, me dará tiempo a tranquilizarme.
    — Por supuesto. Eres una muchacha brava. No olvides que la pistola es a reacción, sin retroceso.
    — Lo tendré presente. Sabes, siempre he soñado con una muerte como esta.
    — ¿Qué-é?
    — Sí, en el combate y no en la cama. Que todo llegue rápidamente, sin esperar, sin pensar en ello. Lástima que sea tan pronto. No he tenido tiempo para vivir lo suficiente.
    — Ah, de eso se trata… Esto siempre llega demasiado pronto.
    — No. Yo quisiera amar, mientras pueda. Y tener seis hijos. No tengo mayores pretensiones.
    — Yo tuve todas estas cosas. Menos hijos. Y muchas cosas más. Pero es poco.
    — Es posible. Ves, mi mano dejó de temblar.
    — Así debe ser.
    Ellos esperaban. Pasaba un minuto tras otro, el confuso ruido a lo lejos no cesaba.
    — Que comience cuanto antes — no se contuvo Cris. Apretó su hombro contra Polynov, y susurró precipitadamente—: Bésame, pronto… Si no, romperé a llorar.
    Polynov se inclinó y la besó en sus secos y rajados labios. Ella contestó tímidamente, después se apartó y quedó inmóvil, como un ratoncito. A Polynov el corazón le dio un vuelco de ternura.
    No, se ordenó a sí mismo. Piensa en las sombras que muy pronto invadirán el pasillo, piensa en cómo evitar el caer vivos en sus garras. No hay que martirizarse en vano. La idea no era mala, la suerte meramente les traicionó. Los cohetes se dirigirán hacia la Tierra. Estos bonitos cohetes de punta afilada.
    Le pareció que a lo lejos emergió, por fin, una silueta. Afinó la puntería. El lighting todavía no se había enfriado y le quemaba la mejilla.
    De pronto quedó ciego. De golpe se apagaron todas las lámparas. La oscuridad se desplomó sobre ellos como una avalancha.
    — ¡Ay!
    — ¡Calla! — Polynov se puso de pie. La desesperación se esfumó como si no existiera—. ¡Estamos ganando la partida!
    A tientas encontró en la oscuridad la mano de Cris y tiró de ella tras de sí.
    — ¿Pero, qué es esto?… ¿Una avería?
    — Es la ayuda, Cris, la ayuda… Ten cuidado con los peldaños…
    — No veo nada…
    — Pero yo veo. ¡Agárrate… son las puertas! No hay corriente, por eso podemos pasar por dondequiera…
    Polynov no exageraba: la experiencia de trabajo en el cosmos le enseñó a orientarse hasta en los sitios donde esto parecía inconcebible. Así pues, la primera compuerta que palparon a tientas cedió ante sus esfuerzos mancomunados.
    Tropezando contra los salientes y puertas abiertas, haciendo desollones en los dedos hasta sangrar, bajaron sin saber adonde y corrieron sin rumbo. Pasaban fugaces las luces de las linternas de los guardias vestidos con sus escafandras aunque la acción del mixonal ya debía haberse extinguido. Alguien llamaba a alguien y daba órdenes a alguien; gritos, injurias y el delirio de los que ya habían inhalado la ponzoña producían una confusión general.
    Polynov y Cris se echaban al suelo apenas veían acercarse a ellos algún rayo de luz; un guardia hasta dio un traspié con las piernas tendidas de Polynov y en un arrebato de cólera le propinó un culatazo. De pronto, lanzó un chillido histérico, pues frente a él emergió, disparando locamente su lighting, un colega suyo que ya había sorbido su porción de mixonal. Polynov y Cris se apresuraron a alejarse de allí a rastras. Al loco lo remataron rápidamente. Valiéndose de la barahúnda, Polynov tiró allí una granada de gas. Esta reventó provocando un nuevo estallido de horror. De la cavernosa oscuridad, rebotando, volaron balas lanzadas por alguien.
    De repente, Polynov tropezó contra algo blando. El objeto hizo un movimiento convulsivo y dijo:
    — El infierno es verde, ¿quién dice que es fuego eterno?
    — Sí, sí, por supuesto — asintió Polynov esquivando los tanteantes dedos.
    El movimiento de las luces de las linternas y los tiros le ayudaban a buscar el camino. En el más bajo de los pasillos reinaba una relativa calma y los fugitivos recobraron el aliento.
    — Protégeme por atrás, Cris — dijo Polynov.
    — ¿Y dónde nos encontramos?
    — Aquí debe estar la entrada al taller. ¡Aja, aquí está!
    — ¡Cuidado, allí están los capataces!
    — No te preocupes. Pero quisiera yo saber…
    Entreabrió ligeramente la puerta. Surgió una franja pálida de luz. Polynov respiró con alivio: la red de emergencia de la planta, tal como él esperaba, resultó ser autónoma.
    Aguardó un instante, para que los ojos se adaptasen a la luz, e irrumpió adentro.
    El taller era pequeño, y en todas las direcciones, proyectando anchas sombras, lo cruzaban tuberías. A lo largo del eje, alineados en una fila, había unos aparatos que se asemejaban a gigantescas aceiteras octaédricas. La nave estaba cubierta por una cúpula transparente con una sombrilla antimeteorítica. A través de ésta se veían las irisadas estrellas.
    En el centro, junto a la base del aparato se apretujaba un puñado de hombres. En este momento era difícil reconocer en ellos a los elegantes pasajeros del «Antinoo». Con las manos puestas en la nuca, se encontraban de espaldas a los cuatro vigilantes que les apuntaban. El quinto vigilante estaba en una garita de vidrio ubicada bajo la cúpula. Desde este punto podía observar todo el taller.
    Polynov disparó a la garita. Saltaron los cascos de vidrio. Detrás chasqueó la pistola de Cris. No se jactaba de saber disparar: uno de los capataces cayó sin lanzar siquiera un grito.
    — ¡Manos arriba! — vociferó Polynov, saltando sobre la base de la «aceitera» más cercana.
    Si los centinelas no se hubieran quedado pasmados de sorpresa, aquí hubiera encontrado su fin, ya que no podía disparar su lighting contra el enemigo: la línea de reclusos se había alterado y el rayo fulminador podía dar a alguno de ellos. Advirtió el arma levantada, pero en ese mismo instante el centinela desapareció bajo un montón de cuerpos. Los demás guardias, con obediencia, estiraban las manos hacia arriba. A éstos también los rodearon, tumbándolos al suelo.
    Alguien como una rata corrió precipitadamente hacia la sombra. Polynov no sabía si era un amigo o enemigo de modo que no disparó. Pero Cris, por lo visto, no lo ignoraba: la pistola chasqueó otra vez y el hombre dio un traspié. Por un instante se vio su cara contraída: Polynov, por última vez, se encontró con la mirada de Berger. Este se desplomó. «Vaya resultado»—, le dio tiempo de pensar a Polynov.
    No todos los reclusos se comportaban de la misma manera. Unos cayeron y así quedaron acostados, protegiendo la cabeza. Pero el núcleo principal actuó con rapidez y organización. Hacia Polynov se lanzó un muchacho alto y moreno con el uniforme desgarrado de la tripulación del «Antinoo».
    — ¡Soy Mauricio! — se puso firme, como preparándose para dar el parte—. ¡El grupo clandestino de Resistencia está listo para el combate! Como en los campos de concentración…
    No pudo contenerse y guiñó bizarramente el ojo. Su segundo ojo lo tenía hinchado, por lo visto había pasado por la cámara de torturas.
    — Le conozco por la nota de Cris — Polynov estrechó apresuradamente la mano tendida—. ¿Cuál es su plan?
    — Planeamos obstruir la marcha del proceso y aumentar la presión en las tuberías. En este caso la planta volará. ¿Su opinión?
    — Sólo atacar. Si no, aquí nos aplastarán como moscas.
    — ¡Son muchos! ¿No sería mejor volar la planta?
    — Ya han sido volados, allí se dará cuenta.
    Atacar con tres grupos. He aquí el esquema del combate…
    — ¿Y los que no tienen armas?
    — Que vayan también. Tomarán las armas de los muertos. Y que griten lo más alto posible. Pero no «hurra». Cualquier tontería. Cuanta más algarabía, mejor.
    — No lo comprendo.
    — Lo comprenderá en el lugar de acción. No olvide: cada uno debe gritar siempre «¡infierno verde!». De este modo reconoceremos a los nuestros. La victoria está cercana. ¡Adelante!
    Los grupos de asalto de los reclusos se zambulleron en la oscuridad y comenzó el combate, un combate absurdo, desesperado y extraño. Era una pelea en la más profunda oscuridad, desgarrada por las fulguraciones de los lightings, alaridos y rayos de las linternas. Una pelea en la cual el enemigo disparaba al enemigo y el amigo perdía a los amigos, en la cual no había ni frente ni retaguardia y todo se decidía en fracciones de segundo, en la cual la desesperación luchaba contra la destreza y el miedo contra la resolución. Los atacantes tenían a su favor el factor sorpresa, la acción del mixonal que aún no se había extinguido, la comprensión de lo que acontecía y un conocimiento preciso de la finalidad. En el campo enemigo cada uno luchaba por sí mismo, apenas dándose cuenta de quiénes eran los asaltantes, de dónde aparecieron y cuántos eran. Pero, por su parte, los guardias poseían una rica experiencia de refriegas y su número era mayor… E inconmensurablemente mejor conocían su base. Allí donde los guardias tuvieron tiempo de agruparse y organizar el mando su respuesta resultó terrible. Los rayos de sus lightings segaron a todos los que tenían en frente, a los suyos y a los ajenos, sin hacer diferencias.
    Polynov y Cris ya tenían cierta experiencia de errar a ciegas. Esquivando grescas, se colaron arriba, al compartimiento energético. A Polynov le instigaba una desesperada premura: comprendía perfectamente que si se daba la luz a la base, exterminarían a los reclusos en un dos por tres.
    Miró cautelosamente de detrás de una esquina. Por el compartimiento se deslizaban dos rayos de luz procedentes de unas linternas iluminando ora los planos de las paredes de hormigón, ora la blancura marmórea del tablero de distribución, ora las destrozadas entrañas del pupitre de mando. En silencio y nerviosamente se realizaba un trabajo apresurado, brillaban las herramientas y unas gigantescas sombras se agitaban tras las espaldas de los hombres agachados sobre el pupitre.
    Cris, por descuido, enganchó algo con el codo. Las linternas se apagaron al instante. Un brillo insoportable cegó a Polynov. Un rayo fulminador lanzado casi a quemarropa le chamuscó el cabello, pero a Cris le dio tiempo disparar al tercer guardia que estaba al acecho, al ojo que vomitaba fuego, y éste se apagó.
    En fracción de segundo el estruendo y el ruido de los fragmentos de hormigón fue sustituido por un silencio perturbado tan sólo por el eco del lejano combate. Los adversarios, habiéndose perdido de vista unos a otros, se agazaparon. Los lightings, a tientas, buscaban en la lobreguez el blanco. Cada uno contenía la respiración comprendiendo que el primer susurro podía tornarse el último.
    De repente, algo tintineó sobre la cabeza de Polynov. Instintivamente levantó el lighting y, en seguida, un ruido detrás del pupitre reveló el ardid del adversario. Arrojaron una herramienta para distraer la atención y escapar. Polynov, apresuradamente, apretó el gatillo. Demasiado tarde: el rayo dio en la puerta que se cerraba con violencia, haciendo brotar de ésta un chorro purpúreo. Los enemigos huyeron dejando a Polynov y Cris el campo de batalla.
    Polynov encendió la linterna que por el camino quitó a un guardia muerto y adosó a la segunda puerta una mesa.
    — ¡Vigila la entrada, Cris!
    Se inclinó sobre el pupitre. Los instrumentos habían sido destruidos con entendimiento. El autor de la avería no sólo estropeó las transferencias del bloque de mando del sistema energético: se las ingenió conectar a éstas una tensión tal que éstos se pegaron entre sí formando una masa verdosa homogénea y adhiriéndose a los paneles cerámicos. No se podían sacar ni sustituir sin extraer previamente el monolito formado, así como sin limpiar y poner en orden los contactos. Los guardias cogidos por sorpresa estaban ocupados precisamente en este trabajo. Aquí mismo, en el pupitre, se hallaban las transferencias de repuesto.
    Polynov pasó el círculo de luz hacia el bloque autónomo del alumbrado de emergencia. Una mano hábil también había trabajado aquí, sin embargo, ya sea que le estorbaron, o bien, deliberadamente, las transferencias sólo estaban rotas y los cables cortados y enredados. Este ya estaba casi restablecido. Polynov y Cris llegaron a tiempo. Diez minutos más y por todas partes se hubieran encendido las lámparas de emergencia. Polynov, mientras fijaba en las células los monocristales de las transferencias, con ansia trataba de captar los sonidos extenuantes de la batalla. De vez en cuando hasta él llegaba el grito de «¡infierno verde!» ¿Pero quién vencía? Si vencían los suyos, era necesario conectar la luz. Y si vencían los enemigos… No era posible formarse una idea de quién ganaba.
    — Oye, Cris…
    Polynov trasladó la luz de la linterna. La muchacha estaba de pie apoyada contra una de las jambas, manteniendo con ambas manos la pistola delante de sí. En su hombro derecho se esparció una mancha oscura.
    — ¿Te han herido?
    — Una futileza… Sólo me rozó.
    Polynov examinó rápidamente el hombro y suspiró con alivio. Nada grave. Pero había perdido mucha sangre y Polynov se asombró de cómo podía aguantar habiendo sido herida y pasando por tantos sufrimientos. Se arrancó la manga de la camisa y le vendó fuertemente el hombro. Lo que tenía que hacer ahora aterraba a Polynov, pero no veía otra salida.
    — Óyeme, pequeña… — procuraba que la voz no revelase su zozobra—. Tendrás que aguantar un poco más. Una media hora…
    — ¿Sola?
    — Todo depende de ello. Yo iré a la estación de radio. Fíjate en este contacto. En cuanto lo enchufes habrá luz… Tú debes, comprendes, debes resistir, y conectar la corriente dentro de quince minutos, conectar la comente… En este caso, sea quien sea el vencedor, podré enviar la comunicación al cosmos. ¿Lo comprendes?
    Sí, ella lo comprendía todo, ella asentía con la cabeza, trataba de no caer, daba su palabra de honor que no tenía miedo, que aguantaría.
    Polynov le tomó a uno de los guardias muertos el lighting y la linterna. «No me hacen falta — susurró Cris—. No los podré sostener… La pistola… Y sentarme…» Polynov proyectó el círculo luminoso en varias direcciones buscando una silla. El foco de la linterna deslizó por un cuerpo caído de bruces. Polynov puso el cadáver de espaldas y levantó lentamente la mano como si descubriera la cabeza.
    — Hierbecita, hierbecita verde — susurró—. Sí…
    — ¿Quién es? — preguntó Cris sin interés.
    — El que nos salvó.
    — ¿Quién?
    — Más tarde, Cris. Siéntate, Y…
    — Vuelve…
    — Yo volveré.
    No miró a Cris al cerrar la puerta. Se sentía traidor. Pero no había otra salida, era necesario…
    Para su gran asombro, nada ni nadie se le interpuso en su camino. Olía a chamuscado, bajo los pies crujía algo, a cada paso tropezaba con cadáveres, pero los vivos no se veían por ninguna parte. Solamente el eco del lejano tiroteo evidenciaba que no todo se había acabado.
    La estación de radio estaba en orden, a excepción de las puertecillas de un armario de hierro abiertas de par en par y varios papeles esparcidos por el suelo. Por si acaso Polynov se metió en el bolsillo estas tiras estrechas rellenas de no se sabía qué signos convencionales. El armario estaba vacío, por lo visto, su contenido, durante la alarma había sido escondido en un lugar más seguro. O bien, destruido. Polynov no tenía tiempo para averiguarlo.
    Polynov conectó las etapas amplificadoras, puso la selección de onda en la posición «a todos, a todos, a todos» y se puso a esperar. Si ellos fracasaron, el destino de la Tierra depende, en sumo grado, de la firmeza de Cris, una muchacha que nadie conocía.
    Pero alguien debe cerrar con su pecho la tronera.
    Alguien debe parar las ruedas de la máquina misantrópica. Y éstas todavía seguirán girando. Si no lo hace Huysmans, serán otros quienes intenten conseguir que estas ruedas aplasten la Tierra en el preciso instante en que a la humanidad le parezca que está a punto de despedirse irrevocablemente de la odiosa herencia del pasado. En pos de una aventura van otras, cada vez más encarnizadas, más desesperadas y pérfidas. Los fascistas tienen prisa por ponerse atavíos ajenos, por encubrirse con consignas que odian con el fin de colarse subrepticiamente al corazón palpitante. Se dan prisa, mientras hay armas en los arsenales, dinero en las cajas fuertes, mientras tienen el garrote en las manos y en las imprentas trabajan las obedientes multicopistas. Mientras no se hayan agotado los pozos de esclavitud espiritual, de ignorancia y ceguera. Se aprovechan de cualquier error, de cualquier frase, obstruyen donde pueden los canales de los sentimientos humanitarios, enmasillan cualquier rendija para que no penetre el viento fresco y empañan el pensamiento para que los hombres no vean, no oigan, no atinen de dónde se arrastra hacia ellos la máquina.
    A las futuras generaciones les será fácil ponderar los desaciertos y agarrarse con desesperación de la cabeza: como es que sus antecesores mirando no veían, pensando no concebían y luchando no advertían al enemigo tras la espalda. Ellos — pobladores inteligentes y humanos del comunismo— vendrán y juzgarán, esto es ineludible. El propio Polynov pensaba sin temor en el juicio venidero. El fallo lo pronunciarán a la esencia y no a la apariencia, a los hechos y no a las palabras, y debido a ello será justo. No obstante, preocupa el saber que cada proceder tuyo, con el tiempo, recibirá una evaluación exacta; inquieta e impone gran responsabilidad. Es como para envidiar la miseria de aquellos a quienes preocupa tan sólo la condena que se dicte en vida. Pero eso es lo mismo que envidiar a la ameba, pues para ésta no existe futuro y, por lo tanto, no existe la responsabilidad ante ese futuro. Y si uno no quiere convertirse en hombre-ameba, el temor por el mañana existirá y le acompañará hasta el fin de sus días.
    Quince minutos expiraron. Quince minutos que, posiblemente, decidieran el destino de millones. La luz no se encendió.
    Inesperadamente para sí, Polynov no sintió desesperación, sino indiferencia. Demasiadas pruebas para una sola persona. Demasiadas. Para él era el límite. Se sentía cansado.
    No obstante, se obligó a atrancar mejor la puerta. No todo se ha perdido con la muerte de Cris, trató de darse ánimo a sí mismo. Tarde o temprano alguien conectará la corriente. Y entonces, si antes no le descubren y no le matan, tendrá tiempo para poner en alerta a la Tierra. No importa ya lo que ocurra después.
    No dudaba de que Cris no existía ya.
    A pesar de todo, la luz se encendió. Una luz parpadeante, opaca, débil. Polynov observó aturdido la palpitación de las lucecitas de neón de los aparatos conectados. Se percataba de que éste era el fin. Con esa tensión en la red alimentadora era imposible mandar el radiograma.
    Un golpe ensordecedor estremeció la puerta.
    — ¡¡¡Ríndanse!!!
    La barricada erigida con mesas y sillas crujió.
    Polynov se sentó y levantó el lighting que le pareció más pesado. Evaluó automáticamente el espesor de la puerta, apuntó y apretó con suavidad el gatillo.
    El rayo no salió.
    Todo se nubló ante los ojos de Polynov. Sacudía sañudamente la inútil arma, como si pudiera corregir su falta y devolver al lighting la carga gastada en la batalla. La puerta, con crujidos, se entreabría, haciendo cederá la barricada.
    Blandiendo el lighting a guisa de garrote Polynov se lanzó al encuentro del cañón que asomaba por la rendija, para derribarlo antes de que éste escupiese muerte.
    En el último instante el psicólogo vio ante sí el pálido rostro de su enemigo…
    — ¡Polynov! — gritó desesperadamente éste. Polynov sintió cómo se le aflojaban las manos.
    — Mauricio…
    Un segundo después, riéndose nerviosamente, se estrecharon en un fuerte abrazo.
    — Y yo que por poco te…
    — Pues yo también…
    — Ay, ¡dios mío! Polynov.
    El psicólogo fue el primero en volver en sí.
    — ¡¿De modo que hemos vencido?!
    Mauricio, desconcertado, miró a Polynov.
    — Quisiera yo saberlo… Mi grupo pereció. Todos.
    — Entonces — Polynov volvió a tensarse como el muelle—. Está claro. ¿Conoces de radio?
    — ¡Cómo no! Soy el radiotelegrafista del «Antinoo».
    — Quédate aquí. Y yo iré al compartimiento energético. Procuraré arreglar la alimentación de la corriente. Si lo consigo, manda un radiograma a la Tierra, ¡sin demoras!
    — Entendido. El lighting, ¡has olvidado tu lighting!
    — ¿Este recuerdo de mi estupidez?
    Mauricio lo comprendió todo.
    Polynov cogió el arma del primer muerto que encontró.
    Las paredes, el suelo y los techos de los pasillos estaban surcados por los rayos fulminadores. En la luz centelleante brillaban los cascos de vidrio. Lo que más extrañó a Polynov fue un botón que se había fundido en el hormigón del techo.
    El silencio aturdía. No se percibía ni sonido, ni gemidos, ni movimiento alguno. Ahora que la luz se había encendido, todo lo vivo se ocultó, permaneciendo al acecho, pues nadie sabía quién era el vencedor y quién el vencido.
    Pero apenas Polynov dobló la esquina dirigiéndose al compartimiento energético, de un nicho emergió una sombra. El guardia cayó de rodillas y el precipitado disparo de Polynov atravesó el vacío.
    — ¡No me castigues, señor, no me castigues!
    — ¿Amín? — Polynov bajó el lighting.
    — ¡Sí, soy yo, yo! Me has prometido…
    — ¡En pie! ¡Coge el arma! ¡No dejes acercarse a nadie! ¡Dispara sólo contra los guardias!
    — A sus órdenes… Yo sirvo a… Gregory —¡puf! — . Está muerto. ¡Le maté! ¡Maté a muchos!
    — Está bien, está bien, más tarde…
    A la entrada del compartimiento, abrazados como hermanos, yacían dos: el majestuoso profesor de cosmología Jerry Clarke, de cabellera blanca, pasajero del «Antinoo», y Gregory. Fueron derribados por un mismo rayo.
    Polynov, apresuradamente, pasó por encima de los muertos. Abrió de un tirón la puerta.
    Vio a Cris recostada sobre el pupitre, vio la pistola que temblaba en sus manos, vio la boca del cañón que le apuntaba…
    — ¡Ay!
    El grito de la muchacha fue lo último que oyó antes de desplomarse en una resonante oscuridad. En seguida, el sonido se extinguió y todo se sumió en el silencio.

8. Knock-out

    Como si el viento trajese de la lontananza un susurro de voces confusas. Entonces llegó el dolor. Se asombró: ¿de dónde podía surgir el dolor, si él no tenía cuerpo? ¿De la oscuridad?
    Pero, de pronto, sintió resurgir su cuerpo. Y entonces obtuvo la respuesta: que el dolor estaba en él mismo, que él se encontraba acostado y su muñeca apretada por los dedos de alguien, mientras que los sonidos, estos realmente provenían de las tinieblas.
    Se apresuró a dar a su cuerpo la orden despabilarse, de sentirse a sí mismo, para que no se disuelva otra vez, para que no le abandone.
    Sintió un agudo zumbido en la cabeza, le pareció que caía, y desde abajo, a su encuentro, haciendo retroceder las tinieblas, se infiltraba una luz y se deslizaba un paisaje de peñascos primigenios. La imagen de más abajo: más abajo, el selector de comunicación, una mesa que por algunas señas le era muy familiar; la imagen se estremeció, emergieron unos rostros… ¡Cris! Reconoció a Cris. Puesta de rodillas susurraba algo, cerrando los ojos. Como si rezara. Tenía los labios de color negro y sus ojos hundidos también estaban rodeados de negror. Sí, efectivamente, estaba rezando, él distinguía las palabras.
    Todo se puso en su debido lugar. Había habido un combate, un infierno, el ojo de una pistola apuntando contra él, y ahora yacía en el despacho de Huysmans y Cris estaba junto a él…
    — ¿Hemos vencido?…
    Cris se contrajo como afectada por una descarga eléctrica. Una exultación radiante y extática transformó su rostro.
    — Está vivo, vivo, vivo…
    Hundió la cara en su mano. En la palma de su mano sintió calor y humedad. Los hombros de la muchacha se estremecían.
    — Claro que está vivo — sintió una voz desconocida y al mismo tiempo vio aproximarse a él una cara desconocida, una cara ancha, de aspecto venerable y de mejillas flojas—. ¿Cómo se siente usted, Polynov?
    — Muy bien — contestó Polynov, sin faltar mucho a la verdad. Recobraba rápidamente las fuerzas.
    Trató de levantarse un poco.
    — No importa, no importa, ya puede — el de la cara venerable comenzó a ajetrear, metiéndole una almohada por debajo de la espalda—. Un pequeño shock, y nada más… La señorita por suerte falló el tiro.
    Polynov palpó la venda en la cabeza. Con un esfuerzo de voluntad entrenado hizo mitigarse el dolor que sentía en la parte derecha de la frente.
    — La culpable soy yo, yo… — sollozaba Cris, apretando convulsivamente la mano de Polynov, como si éste pudiera desaparecer repentinamente.
    — Deja ya, Cris, déjalo… — Polynov, confuso, acarició su suelta cabellera—. ¿Y Mauricio… está vivo?
    — ¡Aquí estoy!
    El francés se deslizó hacia la cabecera. Tenía un aspecto desgarrado, pero, igual que antes, se mantenía con bravura.
    — ¿Se permite? — preguntó despacito al de la cara venerable.
    — Se permite o no — dijo ya con bastante fírmela Polynov—, hable.
    — Sí, sí —asintió apresuradamente con la cabeza el de la cara venerable, mirando de soslayo y hasta con cierto susto a Polynov—, se puede. Con mi permiso, por supuesto — se dio prisa en añadir.
    — Entonces, le informo — Mauricio hizo una pausa—. Entonces, las cosas van así. Hemos quedado vivos seis. El enemigo, en su mayor parte, ha sido exterminado.
    — Más exactamente.
    — Diecinueve muertos, siete heridos, delirando cinco y se escaparon tres. Todavía no nos ha dado tiempo a registrar toda la base.
    — De todos modos, es una victoria… ¿Y Huysmans?
    — Se escondió.
    — ¡Ah, diablo!
    — ¿Qué puede hacer él estando solo?
    — Hum… Está bien. ¿Han comunicado a la Tierra?
    Mauricio, desconcertado, apartó la vista.
    — Yo esperé largo rato, pero…
    — Pero el voltaje no mejoró. Siga.
    — Corrí a buscarle a usted. Fue entonces que Cris… Le trasladamos aquí, por cuanto éste es el centro de mando, y…
    — Está claro. Cuando regresó a la estación de radio ya había sido destrozada.
    — Sí.
    — No podía ser de otra manera. Yo, encontrándome en la situación de Huysmans, hubiera hecho lo mismo. ¿Y han aclarado por qué centelleaba la luz?
    — Una casualidad desafortunada. Cris se había debilitado mucho, se desmayó, al cabo de cierto tiempo, a pesar de todo, conectó la corriente, pero…
    — Me di un golpe en el hombro…
    — Ella estropeó…
    — ¡No importa, Cris! Perdona, Mauricio… Cris, pequeña — Polynov obligó a la muchacha a levantar la cabeza—, pequeña, yo… Debí haberte preguntado inmediatamente cómo te…
    — Me duele… — Cris sonrió tímidamente—. ¡No, no, me he repuesto totalmente! No fui yo quien disparó contra ti, fue el miedo…
    — Olvídalo, Cris. Todo está bien lo que termina bien, como dice el proverbio. Mauricio, ¿cómo se han colocado centinelas?
    — Nosotros cuatro, estamos aquí. El quinto monta la guardia en el compartimiento energético, el sexto cuida de nuestra seguridad. Ah, sí, aquí hay un guardia que se entregó por su propia voluntad y dijo que usted…
    — Es Amín. Un caso muy difícil… No importa, devolvedle el arma, ahora incluso un aliado así no está de más. Pero a mí no me gusta cómo se han colocado los centinelas. Cualquiera de los bandidos que escaparon, si le queda aunque sea un poco de osadía, está en condiciones de…
    — A mí tampoco me gusta. Y hay, además, gente que…
    — ¿Quiénes son?
    — Los ex reclusos — Mauricio sonrió con desdén—. Aquellos que inmediatamente después de su liberación se agazaparon en las grietas.
    — ¡Excelente! Halladlos, distribuid las armas y que vayan a la captura de los guardias que aún quedan.
    — ¡Entregar armas a esa basura! ¡No olvide que admitieron con regocijo en Huysmans a su führer!
    — No tiene importancia. Ahora que la fuerza está de nuestra parte, simplemente, no tienen
    más salida que ayudarnos. A partir de ahora, con la lengua fuera, se lanzarán a cumplir cualquier orden nuestra con tal de conseguir su rehabilitación.
    — Como quiera, Polynov, pero confiar en estos cobardes, en estas prostitutas…
    — Justamente por esta razón podemos confiar en ellos ahora. Sabes que el temor por su propio pellejo contribuye enormemente a la comprensión justa y cabal de las cosas.
    Mauricio refunfuñó algo, pero se dejó de altercados.
    — ¿Puedo irme? — preguntó.
    — Sí.
    Mauricio se marchó.
    — Cris — dijo en seguida Polynov—, vigila la entrada. Y a usted, doctor, le quiero hacer varias preguntas por cuanto por ahora no sirvo para más.
    En los ojos del de la cara venerable asomó el susto de antes. Con la mano temblorosa sacó del bolsillo unas gafas con los lentes rajados, pero no se las pudo ajustar de la primera.
    — ¿Usted… usted me conoce? ¿A mí, a Lee Berg?
    — ¿Al médico cuyo lugar he ocupado en la base? Claro que sí. ¿Quién más hubiera podido decirle a Mauricio el número de bandidos que quedaron vivos?
    — Ah, sí, es cierto. ¿Qué deseaba preguntarme? Yo…
    — Tranquilícese, yo sé que usted ha expiado su crimen o su estupidez, llámelo como le dé la gana. ¿Quién, concretamente, está tras Huysmans?
    — No lo sé… ¿Palabra de honor!
    — Le creo. Lástima que no lo sepa.
    — Yo, yo no soy como ellos. No quiero ocultar que mis conceptos…
    — Intelectuales por su forma, pero fascistas por su esencia…
    — ¡No! Es decir, sí… Usted tiene razón — el facultativo bajó la voz. No, no, diga lo que quiera, pero no fascistas, ¡lo que quiera, salvo esta palabra! Y, además, yo…
    — Nadie tiene el propósito de procesarlo — dijo Polynov con inesperada suavidad. Cris que estaba junto a la puerta seguía con perplejidad la conversación.
    — Pero yo no entiendo nada — se decidió a terciar, por fin—. El doctor Lee Berg es un recluso, igual que nosotros, y combatió junto con todos…
    — Es igual mas no del todo — la interrumpió Polynov—. ¿No es verdad, doctor?
    — Sí, es verdad — susurró Lee Berg. La excitación se le pasó y junto con ésta le abandonaron también las fuerzas. Cayó pesadamente sobre una silla—. Pregúnteme, le voy a contar todo, no tengo derecho de ocultar nada.
    — Querido Lee, si ya le he dicho que aquí no estamos ante un tribunal, y usted no es el acusado. Le repito otra vez, tranquilícese. Ya me he repuesto lo suficiente como para exonerarle de un relato penoso. Voy a contarlo todo por usted, me corregirá si algo no encaja. ¿De acuerdo?
    Lee Berg, automáticamente, hizo un movimiento afirmativo con la cabeza.
    — Pues bien — Polynov entornó los ojos—. Usted era un buen especialista y, al mismo tiempo, una persona de convicciones muy, pero muy reaccionarias. Y no lo ocultaba, por el contrario, estaba orgulloso de ello. Además, tenía experiencia de trabajo en el cosmos. ¿No es así?
    — Es verdad, pero, ¿cómo? ¡Usted no podía conocer mi pasado!
    — Y un buen día — continuó Polynov— le hicieron una proposición muy seductora. Un año…
    — Un año y medio.
    — Un año y medio de trabajo en una base de investigación en la zona de asteroides. Por una suma exorbitante. Usted hasta se asombró del dineral que le ofrecían.
    — Sí, me asombré y…
    — Y usted asintió, aunque había cosas que le inquietaban. Por ejemplo, cierto velo misterioso.
    — Es verdad.
    — Pero de una forma o de otra, usted vino a parar aquí y en el acto se dio cuenta de que ésta no era, en modo alguno, una estación científica…
    — ¡Lo comprendí antes, sí, antes! A nosotros, los especialistas, nos trasladaron a todos juntos, ¡Dios mío! ¡Estos sí que eran fascistas! Pero, definitivamente, todo el intríngulis se puso en claro aquí.
    — Con usted hablaron. Circunstanciada y amigablemente. Dentro del espíritu de sus teorías le explicaron el objetivo de su presencia en la base. Y, al principio, el proyecto incluso le gustó…
    — ¡No!
    — Sí.
    — Usted tiene razón… — durante varios segundos los labios de Lee Berg se movieron sin que éste emitiese sonido alguno—. Usted tiene razón, por fin recobró el habla. Algunos aspectos de este proyecto contenían un grano racional. Un poder único sobre todos los pueblos, un espíritu único y un objetivo único… ¡Pero los métodos, los métodos!
    — Esto precisamente fue lo que le causó repulsión. Cuando usted se percató del precio que habría que pagar por el triunfo de sus ideas…
    — ¡Expresé mi más categórica protesta! Estoy en contra…
    — Durante mucho tiempo trataron de persuadirle utilizando todas las formas posibles. Pero usted…
    — ¡Yo me mantenía firme! ¡Estaba indignado por la profanación de las ideas filosóficas sublimes y lo declaré abiertamente!
    — Y le mandaron a la fábrica. A trabajar bajo la amenaza del cañón de una pistola.
    — Y el látigo… — susurró Lee Berg.
    — Antes de nuestra llegada junto a usted trabajaban soldados, ignorantes, analfabetos y apocados, reclutados en legiones extrajeras de toda laya.
    — ¿De dónde conoce también estas cosas?
    — Muy sencillo. ¿A quién necesitaban para realizar la primera etapa de la operación «Dios cósmico»? En primer lugar, a los constructores de la base. Estos ya están muertos. Temo que en la Tierra les consideran ejecutados… en ciertas prisiones terrestres. En segundo lugar, se requerían tipos sin honra ni escrúpulos, los guardias. Fundamentalmente fueron reclutados en las legiones blancas: es difícil encontrar otra fuente mejor. Además, se necesitaban obreros, que al mismo tiempo hicieran las veces de soldados, para trabajar en la planta. Pues los legionarios blancos no son grandes entusiastas del trabajo duro. Los soldados-esclavos, como ya he dicho, también fueron extraídos de la misma cloaca de las guerras neocoloniales. Y esta tarea se facilitó mucho porque el oficio de asesinos se hizo muy peligroso en nuestros tiempos. En tercer lugar, hacían falta especialistas. Semejantes a usted. Se escogía a aquellos quienes de mente y corazón se mostraban partidarios del neofascismo de Huysmans. Por supuesto, en una empresa tan complicada y desapacible era imposible pasárselas sin llevarse chasco alguno. Por ejemplo, usted. Y también otro. Un electricista.
    — ¿Eriberto? — exclamó Lee Berg—. Es imposible. Este rematado…
    — Resultó más hábil que usted. Se avino, admitió, prestó juramento… Y… el primer día, precisamente, me visitó para sondear el terreno. Tanto la primera como la segunda vez se anduvo por las ramas dando vueltas en torno mío como un gato hambriento alrededor de un bocado sabroso. Y ya estábamos a punto de ponernos de acuerdo, mas algo le impidió acudir a nuestra última cita. Es posible que hayan sospechado de él. Pero sea como fuere, todos nosotros le debemos nuestra salvación. Fue él quien en el momento crítico dejó sin luz la base. Y pereció como un héroe. Era un hombre inteligentísimo, hasta concibió que en la planta sería mejor dejar la luz.
    — Diga lo que quiera, pero tuvimos suerte — Cris suspiró muy bajito. La puerta estaba entreabierta y la muchacha con el rabillo del ojo vigilaba la escalera, pero el diálogo acaparaba toda su atención—. Tuvimos suerte, por cuanto los acontecimientos tomaron precisamente este cariz y no se desarrollaron de otra forma — repitió ella.
    — ¿Tuvimos suerte? — Polynov se rió, notando con satisfacción que la risa no repercutió en la cabeza con un resonante dolor—. Claro que tuvimos suerte. Pero no es sólo eso. El error general reside en pensar que la fuerza bruta es invencible. En realidad es débil, muy débil. Y la razón de ello radica en que esta fuerza no se apoya en seres humanos, sino en autómatas faltos de reflexión que aparentan ser hombres. Esta es, precisamente, la causa por la que hemos vencido. Figúrense ustedes: con estrechez, en las condiciones cósmicas alguien reunió varias decenas de bandidos que se odian mutuamente. Un ambiente agobiante de espionaje; los nervios tensos hasta el límite por cuanto hasta para un estúpido está claro que la confrontación con el resto de la humanidad es un riesgo descabellado.
    Para destruir un «colectivo» de esta índole que se encuentra al borde del histerismo no hacen falta bombas, basta con infundir el pánico. Organizarles a ellos tal pánico y saber aprovecharlo, éste sí que era un problema. Y es aquí donde tuvimos suerte.
    — ¡¡¡Pero no la tendréis más!!!
    Lee Berg quedó con la mandíbula caída. Cris lanzó un grito. Ya era tarde. Una parte de la pared viró sin el menor ruido. Huysmans ya los tenía bajo el alza de su arma.
    Con una mirada ordenó a Cris que se levante. Ésta, como hipnotizada, se puso en pie. El lighting le resbaló de sus rodillas.
    — El juego está perdido — profirió Huysmans con aire de júbilo—. He bloqueado a los vuestros en la planta y el traidor ya no vive. No consiguieron enviar el radiograma… ¡Y sanseacabó!
    — Tú, Huysmans, eres un estúpido — Polynov, como si tal cosa, arreglaba la almohada. Ni siquiera se dignó de mirar al enemigo—. ¿Y sabes por qué?
    Huysmans quedó estupefacto. Sus labios se contrajeron en un tic nervioso.
    — Aún te atreves a… — se le escapó una especie de ronquido.
    — Meramente, quiero señalarte un error tuyo, ¡oh, malhadado candidato a dictador!
    Huysmans tenía un aspecto terrible, todo su cuerpo se estremecía.
    — No hay más errores, ¡no! — vociferó él—. ¡Te he aplastado!
    — A pesar de todo, hay un error. Una formidable patada al trasero, he aquí lo que te espera después de lo sucedido.
    En la frente de Huysmans se hincharon las venas.
    — Y has cometido un error más — pronunció deletreando Polynov—, y, además, fatal…
    Esperó un momento, clavando su fija mirada en los ojos de Huysmans, y prosiguió:
    — Tú no ves lo que está pasando en este preciso instante… ¡tras tus espaldas! ¡¡¡Dale!!! — soltó a grito pelado.
    Huysmans dio media vuelta, como alma que lleva el diablo. En ese mismo instante, por detrás, le cayó el almohadón lanzado por la mano certera del psicólogo. Y el grito salvaje y triunfante de Polynov estremeció los nervios.
    De pronto, Huysmans levantó las manos, tiró convulsivamente del cuello de su camisa, desgarrándola y arañando su garganta y se desplomó al suelo.
    Lee Berg con las manos sobre el corazón comenzó a deslizarse de la silla. Cris se apresuró a recoger el lighting.
    — No hace falta — dijo Polynov—. Ha muerto.
    Lee Berg, a quien apenas le había vuelto el dominio de sí mismo, se arrastró hacia Huysmans. Alzando la cabeza dirigió una larga y atenta mirada al pasillo secreto donde, como es natural, no había nadie. Luego pasó su mirada a Huysmans.
    — Está muerto — susurró atónito—. Es un milagro…
    — No — replicó Polynov con voz apenas audible y luchando contra la debilidad que le invadió—. Había sólo una posibilidad y la aproveché. Le mató el susto.
    — Dios mío, fue un shock psicológico y está muerto, muerto… — Lee Berg no podía aún volver totalmente en sí—. ¿Pero, por qué, por qué no acabó con nosotros de una vez?
    — ¿Por qué? ¿Qué pregunta más extraña?… Le echó a perder un rasgo de su carácter inherente a todos los dictadores. Todos ellos son presuntuosos.

    FIN

    Traducción: Clara Shteinberg.
    Publicado en: La caja negra, Editorial Mir, 1984.
    Edición digital: Edcare.
    Revisión: Watco Watson Codorniz.
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