Скачать fb2
Titán

Titán

Аннотация

    En la tradición de Arthur C. Clarke (Cita con Rama) y Larry Niven (Mundo Anillo), John Varley no propone un escenario de enormes dimensiones: Gea, el Titán, en apariencia un satélite natural de Saturno, pero que para la capitana Ciroccon “Rocky” Jones puede ser un artefacto creado por una inteligencia extraterrestre. Aún antes de que la nave de Jones se ponga en órbita, Gea se apodera de los tripulantes y los aísla en un mundo calidoscopico de maravillas.


John Varley Titán

CAPITULO 1

    —Rocky, ¿quieres echar un vistazo a esto?
    —Capitana Jones para ti. Muéstramelo por la mañana.
    —Puede ser importante.
    Cirocco estaba ante su lavabo, el rostro cubierto de jabón. Buscó a tientas una toalla y enjugó la verdusca y pegajosa sustancia. Era el único tipo de jabón que los recicladores se tragarían.
    Miró de reojo las dos fotos que Gaby le tenía.
    —¿Qué es?
    —Sólo el decimosegundo satélite de Saturno —Gaby no consiguió ocultar del todo su excitación.
    —¿No bromeas? —Cirocco arrugó la frente mientras sus ojos pasaban de una foto a otra—. Para mí sólo es un montón de puntitos negros.
    —Sí, claro. Es imposible ver nada sin el comparómetro. Es esto, ahí mismo —señaló una zona con el dedo meñique.
    —Vamos a echar un vistazo.
    Cirocco rebuscó en su armario y encontró un mono verde claro que olía tan bien como cualquiera. Muchos de los parches estaban desprendiéndose.
    La habitación de Cirocco se hallaba en la parte inferior del carrusel, a medio camino entre las escaleras tres y cuatro. La capitana siguió a Gaby por el curvante suelo y luego arriba.
    Cada peldaño fue resultando un poco más fácil que el anterior hasta que, en el eje, ambas mujeres quedaron ingrávidas. Se apartaron del anillo que rotaba lentamente y flotaron a lo largo del corredor central hasta el módulo científico: SCIMOD, en términos de la NASA. El lugar era mantenido a oscuras para facilitar la lectura de los instrumentos y estaba tan lleno de colorido como el interior de un tocadiscos tragaperras. A Cirocco le gustaba. Luces verdes destellaban y bancos de pantallas de televisión producían un siseo, un ruido blanco entre níveas nubes de confeti. Eugene Springfield y las hermanas Polo flotaban en torno al holotanque central. Sus caras estaban bañadas en el resplandor rojizo.
    Gaby entregó las placas al ordenador, introdujo un programa de amplificación de imagen e indicó la pantalla que Cirocco debía contemplar. Las fotos aumentaron su definición, fueron combinadas y luego rápidamente alternadas. Dos minúsculos puntos centellearon, no muy lejos uno de otro.
    —Ahí está —dijo Gaby, muy orgullosa—. Escaso movimiento propio, pero las placas sólo fueron tomadas con veintitrés horas de diferencia.
    Gene llamó a las dos mujeres.
    —Elementos orbitales entrando —dijo.
    Gaby y Cirocco se acercaron a él. La capitana bajó la mirada y vio que el brazo masculino rodeaba posesivamente el talle de Gaby, pero apartó la vista rápidamente, notando que las hermanas Polo lo habían advertido y mostraban idéntico cuidado en no seguir mirando. Todos habían aprendido a no meterse en los asuntos de los demás.
    Saturno estaba en el centro del tanque, grueso y bronceado. Habían trazado ocho círculos azules concéntricos a su alrededor, cada uno en el plano ecuatorial de los anillos. Había una esfera en cada círculo, una perla solitaria en su cuerda, y junto a las perlas aparecían nombres y números: Mnemósine, Jano, Mimas, Encelado, Tetis, Dione, Rea, Titán e Hiperión. Mucho más allá de estas órbitas se hallaba una décima, visiblemente inclinada. Era la de Japeto. Febe, el satélite más distante, no podía ser mostrado a la escala que estaban usando.
    Fue trazado otro círculo. Se trataba de una elipse excéntrica, casi tangente a las órbitas de Rea e Hiperión, que cortaba en ángulo recto el círculo representativo de Titán. Cirocco la estudió, después se irguió. Al alzar la mirada vio profundas líneas grabadas en la frente de Gaby mientras los dedos de la mujer volaban sobre el teclado. Los números de la pantalla cambiaron a medida que ella introducía las nuevas órdenes.
    —Estuvo a punto de chocar con Rea hace tres millones de años —indicó Gaby—. Se encuentra a salvo sobre la órbita de Titán, aunque las perturbaciones deben ser un factor. Le falta mucho para ser estable.
    —Lo que significa… —intervino Cirocco.
    —¿Un asteroide capturado? —sugirió Gaby, una ceja levantada en señal de duda.
    —La proximidad al plano ecuatorial lo impediría —dijo una de las hermanas Polo; ¿April o August?, se preguntó Cirocco. Después de dieciocho meses juntas, seguía sin poder distinguirlas.
    —Temía que te dieras cuenta de eso —Gaby se mordió un nudillo—. Pero si se formó con los otros, debería ser menos excéntrico.
    —Hay formas de explicarlo —Polo se contrajo de hombros—. Una catástrofe en el pasado reciente. Sería muy fácil moverlo.
    —Entonces, ¿qué tamaño tiene? —preguntó Cirocco, la frente arrugada.
    Polo (August, Cirocco estuvo casi segura de que era August) la miró con aquel rostro sereno, extrañamente perturbador.
    —Yo diría que dos o tres kilómetros. Quizá menos.
    —¿Eso es todo?
    —Dame los datos, yo aterrizaré ahí —Gene sonrió.
    —¿Por qué dices “eso es todo”? —se extrañó Gaby—. Para no haber sido avistado por los telescopios lunares no podía ser mucho más grande. Lo habríamos descubierto hace treinta años.
    —Muy bien. Pero has interrumpido mi baño por un maldito pedrusco. Eso apenas lo justifica.
    Gaby adoptó un aire presuntuoso.
    —Tal vez no para ti, pero aunque fuera diez veces menor yo insistiría en ponerle un nombre. Descubrir un cometa o un asteroide es una cosa, pero sólo un par de personas por siglo logran poner nombre a una luna.
    Cirocco sacó los pies del asimiento del holotanque y se dirigió hacia la entrada del corredor. Justo antes de marcharse se volvió para mirar los diminutos puntos que seguían fulgurando en la pantalla superior.

* * *

    La lengua de Bill había empezado en las puntas de los pies de Cirocco y ahora estaba explorando su oreja izquierda. A ella le gustaba eso. Había sido un recorrido memorable. Cirocco había disfrutado centímetro a centímetro y algunas de las paradas a lo largo del camino habían resultado atroces. En aquel instante Bill atormentaba su lóbulo con labios y dientes, tirando suavemente para dar vuelta a la mujer. Cirocco no se opuso.
    Bill la empujó por el hombro con el mentón y nariz para que ella se volviera más deprisa. Cirocco empezó a rotar. Se sintió como un enorme y blando asteroide. La analogía le resultó placentera y quiso ampliarla, deleitarse en contemplar cómo la línea del terminador se arrastraba a su alrededor para exponer a la luz del sol las montañas y valles de la parte delantera de su cuerpo.
    A Cirocco le gustaba el espacio, la lectura y el sexo, no necesariamente en este orden. Nunca había conseguido combinar satisfactoriamente las tres cosas, pero dos, como ahora, ya era un acierto.
    En caída libre eran posibles nuevos juegos, tal como el que habían estado haciendo ‘sin manos’. Quedaban los pies, la boca, las rodillas o los hombros para situar al otro, y había que ser gentil y delicado; con pequeños mordiscos se podía conseguir todo, y de una manera muy interesante.
    Todos acudían de vez en cuando a la sala de hidroponía. La Ringmaster disponía de siete habitaciones privadas y eran tan necesarias como el oxígeno. Pero hasta el camarote de Cirocco estaba atestado cuando había dos personas dentro y, además, se hallaba en la parte inferior del carrusel. Un acto amoroso en caída libre, y uno se da cuenta de que una cama puede ser tan restrictiva como el asiento trasero de un chevrolet.
    — ¿Por qué no te vuelves un poco hacia aquí? —preguntó Bill.
    —¿Puedes darme un buen motivo?
    El indicó uno y ella le ofreció un poco más de lo que había pedido. Luego Cirocco se encontró con un poco más de lo que ella había requerido, pero, como siempre, Bill sabía lo que hacía. Cirocco cerró las piernas en torno a las caderas del hombre y le dejó hacer el movimiento.
    Bill tenía cuarenta años —era el mayor de la tripulación—, y un rostro dominado por una nariz irregular y carrillos capaces de agraciar a un perro basset. Estaba quedándose calvo y sus dientes no eran bonitos. Pero su cuerpo era delgado y duro, diez años más joven que su cara. Sus manos eran pulcras y cuidadas, precisas en los movimientos. Bill era hábil con la maquinaria, aunque no con los aparatos grasientos, ruidosos. Su juego de herramientas cabía en el bolsillo de su camisa, tan diminutas que Cirocco no osaría manejarlas.
    Su delicada sensibilidad daba resultado cuando hacía el amor. Y ese tacto se equiparaba a su amable disposición. Cirocco se preguntó por qué le había costado tanto tiempo descubrir a Bill.
    Había tres hombres a bordo de la Ringmaster y Cirocco había hecho el amor con todos. Igual que Gaby Plauget. Resultaba imposible mantener secretos con siete personas viviendo en un espacio tan limitado. Cirocco sabía con certeza, por ejemplo, que lo que hacían las hermanas Polo tras las puertas cerradas de sus camarotes contiguos seguía siendo ilegal en Alabama.
    Todos se habían cansado de ir de un lado a otro, especialmente en los primeros meses del viaje. Gene era el único tripulante casado y, desde el principio, se había preocupado de anunciar que él y su esposa tenían un pacto acerca de tales asuntos. Pese a todo, había dormido solo durante largo tiempo puesto que las Polo se tenían una a la otra. Gaby parecía no preocuparse en absoluto por el sexo y Cirocco se había sentido irresistiblemente atraída por Calvin Greene.
    Su persistencia fue tal que, finalmente. Calvin se acostó con ella, no una vez, sino tres. La cosa no fue bien y, antes de que Calvin advirtiera su desilusión, Cirocco había enfriado la relación y permitido que él fuera detrás de Gaby, la mujer que le había atraído desde el primer momento. Calvin era un cirujano general entrenado por la NASA no sólo como biólogo de nave sino también como ecólogo. Era negro, aunque, nacido y criado en O’Neil Uno, concedía poca importancia a aquello. Era igualmente el único tripulante más alto que Cirocco. Ella no pensaba que el detalle estuviera muy relacionado con el atractivo de Calvin; desde muy joven había aprendido a ser indiferente a la altura de los hombres, ya que era más alta que la mayoría de ellos. Cirocco creía que tal atractivo residía más en los ojos de Calvin, unos ojos dulces, castaños, líquidos. Y en su sonrisa.
    Esos ojos y esa sonrisa no habían significado nada para Gaby, igual que los encantos de Cirocco no habían interesado a Gene, su segunda elección.
    —¿Qué es lo que te hace sonreír? —preguntó Bill.
    —¿No crees que tú me estás dando bastante motivo? —replicó ella, un poco sofocada.
    Pero la verdad era que había estado pensando en cuan divertidos debían de haber parecido los cuatro a los ojos de Bill, que había permanecido apartado de la mezcla de cuerpos. Tal era en apariencia el estilo de Bill: esperar, dejar que la gente se emparejara, y actuar después, una vez aplacada la euforia.
    Calvin había estado francamente deprimido. Como Cirocco. Por preocupación hacia Gaby o por simple inexperiencia, Calvin no había sido un buen amante. Cirocco pensaba que por culpa de las dos cosas. Era un hombre silencioso, tímido e intelectual. Su expediente revelaba que había pasado la mayor parte de su vida en la universidad, llevando una carga académica que dejaba poco espacio para la diversión.
    Gaby no había mostrado interés alguno. El módulo científico de la Ringmaster era el mejor juguete que una chica pudiera tener. Ella amaba tanto su trabajo que había ingresado en el cuerpo de astronautas y obtenido el título con el número uno de su promoción para poder contemplar las estrellas sin una fastidiosa atmósfera de por medio, aun cuando odiara viajar. Cuando trabajaba no prestaba atención a nada más, y por eso tampoco le resultaba extraño que Calvin pasara tanto tiempo como ella en el SCIMOD aguardando la oportunidad de entregarle una placa fotográfica, un trapo para limpiar una lente o las llaves de su corazón.
    Tampoco Gene había parecido preocupado. Cirocco le envió señales que la habrían condenado cinco veces a cadena perpetua si la Comisión Federal de Comunicaciones hubiera tenido conocimiento de ellas, pero Gene no las captó. El hombre se limitaba a sonreír con aquel rostro infantil de cabello revuelto, el semblante ideal de la raza aria, y a charlar sobre el vuelo. Iba a ser el piloto del módulo expedicionario cuando la nave llegara a Saturno. A Cirocco le gustaba volar, también, pero siempre llega un momento en que una mujer desea hacer otra cosa.
    Finalmente Calvin y Cirocco consiguieron lo que querían. Poco después ninguno de los dos siguieron deseándolo.
    Cirocco desconocía el problema existente entre Calvin y Gaby; ni uno ni otro hablaban de ello, pero era obvio que su relación resultaba apenas pasable, como mucho. Calvin seguía viéndola, pero ella también veía a Gene.
    No cabía duda de que Gene había estado aguardando a que Cirocco dejara de acosarle. En cuanto ella se cansó. Gene empezó a acercarse a escondidas y respirar profundamente en su oreja. A Cirocco no le gustó mucho esto, como tampoco el resto de la técnica de Gene; cuando terminaba de hacer el amor, siempre parecía esperar a que le dieran las gracias. A Cirocco no le impresionaban estas maniobras y Gene se habría asombrado de saber lo bajo que estaba en la puntuación, de uno a diez, de la capitana.
    Lo de Bill había sucedido casi por accidente…, pero desde entonces Cirocco supo que ocurrían pocos accidentes en torno a Bill. Una cosa llevaba a la otra, y ahora ambos estaban a punto de ofrecer una demostración pornográfica de la Tercera Ley del Movimiento de Newton; la referente a ‘acción y reacción’.
    Cirocco había efectuado algunos cálculos al respecto y descubierto que la fuerza de la eyaculación apenas explicaba la aceleración orgásmica que ella siempre observaba en tal momento. La causa residía ciertamente en los espasmos de los grandes músculos de las piernas, pero el efecto era maravilloso y algo aterrador, como si los dos cuerpos se hubieran convertido en enormes globos carnosos que perdían aire, forzados a separarse en el momento de máxima proximidad. Después se tambaleaban y rebotaban y finalmente reposaban juntos de nuevo.
    Bill también sintió la cercanía del momento. Sonrió y las lámparas hidropónicas convirtieron en luminiscentes sus torcidos dientes.

* * *
    MENSAJE DI/PUB 0056
    5/12/25

    NI RINGMASTER (NASA 447D, L5/1, REFERENCIA HOUSTON-COPERNICUS GCR)
    JONES, CIROCCO, COM MIS
    PARAFRASEAR Y EMITIR INMEDIATAMENTE
    INICIO:

    Gaby ha elegido Temis como nombre para la nueva luna. Calvin está de acuerdo con ella, aunque ambos han llegado al nombre por distintos caminos.
    Gaby menciona la supuesta visión de (lo que habría sido) una décima luna de Saturno por parte de William Henry Pickering —descubridor de Febe, el satélite más alejado de Saturno— en 1905. El lo denominó Temis y nadie ha vuelto a verlo de nuevo.
    Calvin señala que cinco de las lunas saturnales ya han sido bautizadas con los nombres de los titanes de la mitología griega (tema que es de su especial interés; véase MENSAJE DIV/PUB 0009, 1/3/24) y que una sexta se llama Titán. Temis fue un titán, eso es lo que tranquiliza la mente de Calvin. Temis tiene características en común con la luna que Pickering creyó ver, pero Gaby no está convencida de que el astrónomo la viera realmente. (Si él hubiera hecho tal cosa, Gaby no sería mencionada como su descubridora. Pero para ser veraz, el satélite parece demasiado pequeño y difuso como para poder ser visto ni siquiera con los mejores telescopios lunares.)
    Gaby está formulando una teoría catastrófica de la formación de Temis, el resultado de una colisión entre Rea y un asteroide errante. Temis podría ser lo que queda de tal asteroide o un fragmento que salió despedido del mismo Rea.
    Así pues, Temis está demostrando ser un interesante reto para…

* * *

    —…esa fantástica banda de idiotas que todos conocéis ya perfectamente: la tripulación de la NI Ringmaster —Cirocco se apartó del tablero de la máquina de escribir, estiró los brazos por encima de la cabeza e hizo crujir los nudillos de los dedos—. Disparates —murmuró—. Y trolas.
    Las letras verdes destellaron en la pantalla que tenía delante, todavía sin un punto ortográfico en la parte inferior.
    Era una parte de su trabajo que Cirocco siempre retrasaba tanto como podía. Pero los agentes publicitarios de la NASA no admitían que se les ignorase por más tiempo. Temis era un pedazo de roca carente de interés según todos los indicios, mas el departamento de publicidad buscaba desesperadamente algo de donde enganchar una historia, y respondían al interés por lo humano con ‘periodismo de personalidad’, como ellos lo denominaban. Cirocco se esforzaba al máximo, aunque era incapaz de entrar en el tipo de detalles que los redactores de divulgación deseaban. Cosa que, de todos modos, apenas importaba, ya que el texto que acababa de escribir sería impreso, reescrito, discutido en consejo y, por lo general, avivado para ‘humanizar’ a los astronautas.
    Cirocco simpatizaba con el objetivo de la NASA. A casi todo el mundo le importaba un comino el programa espacial. Se pensaba que el dinero tendría mejor provecho en la Tierra, la Luna y las colonias L5. ¿Por qué verter dinero en la ratonera de la exploración cuando se podía extraer tantos beneficios de asuntos cimentados en una base comercial, tales como la producción en órbita terrestre? La exploración resultaba terriblemente costosa y en Saturno no había más que vacío y un montón de rocas.
    Cirocco estaba intentando encontrar algo que justificara, de una manera fresca, nueva, su presencia en la primera misión exploratoria en once años, cuando una cara apareció en la pantalla. Tal vez fuera la de April, o la de August.
    —Capitana, lamento molestarla.
    —No importa. No estaba ocupada.
    —Aquí arriba tenemos algo que usted debería ver.
    —Voy ahora mismo.
    Creyó que era August. Cirocco había pugnado por distinguirlas, ya que los gemelos suelen resentirse cuando se los confunde. Y poco a poco había comprendido que a April y August no les preocupaba el detalle.
    Pero April y August no eran gemelas ordinarias.
    Sus nombres completos eran April 15/02 Polo y August 3/02 Polo. Así estaba escrito en sus respectivos tubos de prueba y así lo habían consignado en sus partidas de nacimiento los científicos que habían sido sus comadronas. Cosa que a Cirocco siempre le había parecido una excelente razón doble por la cual no permitir a los científicos que hicieran los tontos con experimentos que vivían, respiraban y lloraban.
    La madre de las gemelas, Susan Polo, llevaba cinco años muerta en la época que nacieron, y no podía protegerlas. Ninguna otra persona se mostró dispuesta a hacerlo, de modo que ambas se vieron limitadas a ellas dos y sus tres hermanas clonas en cuanto a cariño. En cierta ocasión August había contado a Cirocco que las cinco sólo tuvieron un amigo íntimo mientras crecieron, y que tal amigo había sido un mono rhesus con un cerebro mejorado. El animal fue disecado cuando las niñas tenían siete años.
    —No me gustaría que sonara demasiado brutal —había dicho August en aquella ocasión, una noche en que ya se habían consumido algunos vasos del vino de soja de Bill—. Aquellos científicos no eran monstruos. Muchos de ellos se comportaban como amables tías y tíos. Teníamos todo lo que deseábamos. Estoy segura de que la mayoría nos quería —August había bebido otro trago—. Después de todo, costamos un montón de dinero.
    A cambio de su dinero los científicos consiguieron cinco genios apacibles, bastante fantasmales, que es precisamente lo que habían pedido. Cirocco dudaba de que hubieran concertado aquella homosexualidad incestuosa, pero pensaba que al menos debieron de haberla esperado con tanta seguridad como el elevado coeficiente intelectual. Todas eran clonas de su madre, la hija de un japonés-americano de tercera generación y una filipina. Susan Polo obtuvo el premio Nobel de física y falleció joven.
    Cirocco observó a August mientras la mujer estudiaba una foto en el tablero de navegación. Joven como era, tenía una semejanza exacta con su madre: menuda, con cabello negro azabache y una figura atractiva, y ojos oscuros, inexpresivos. Cirocco jamás había supuesto que las caras orientales fueran tan similares como opinaban muchos caucasianos, pero los rostros de April y August no se diferenciaban en nada. Su piel era del color del café con mucha crema, pero a la luz rojiza del módulo científico August parecía casi negra.
    August miró a Cirocco con más excitación que lo normal en ella, y la capitana sostuvo su mirada por un instante y después bajó los ojos. Seis diminutas luces estaban dispuestas en un hexágono perfecto contra un fondo de nítidas estrellas.
    Cirocco las observó durante un largo tiempo.
    —Es lo más endemoniado que he visto en mi vida en una placa estelar —concedió—. ¿Qué es?
    Gaby se hallaba atada con correas a una silla al otro lado del compartimiento, sorbiendo café de una cubeta plástica.
    —Es la última toma de Temis —dijo—. Me concentré en el satélite la última hora con mi equipo más sensible y un programa de computador para justificar la rotación.
    —Supongo que ésa es la respuesta a mi pregunta —dijo Cirocco—. Pero, insisto, ¿qué es?
    Gaby hizo una larga pausa antes de replicar, mientras tomaba otro sorbo.
    —Es posible —dijo, mostrándose ensimismada y ensoñadora— que varios cuerpos orbiten en torno a un centro de gravedad común. En teoría. Nadie lo ha visto nunca. La configuración se denomina roseta.
    Cirocco aguardó pacientemente. Al notar que nadie hablaba, soltó un bufido.
    —¿En medio del sistema de satélites de Saturno? Durante cinco minutos, quizás. El resto de lunas les causaría perturbaciones.
    —Así es —convino Gaby.
    —¿Y cómo sucedería en primer lugar? Las probabilidades en contra son tremendas.
    —También es verdad.
    April y Calvin habían entrado en la sala.
    Calvin alzó la mirada y preguntó:
    —¿Es que nadie piensa decirlo? No es una disposición natural. Alguien hizo esto.
    Gaby se restregó la frente.
    —Aún no sabes todo. Emití señales de radar hacia el satélite. Los ecos me indicaron que Temis tenía más de mil trescientos kilómetros de diámetro. Todas las cifras relativas a densidad fueron igualmente extravagantes. Lo da como menos denso que el agua por bastante margen. Pensé que estaba obteniendo lecturas confusas, pues trabajaba en los límites de mi equipo. Después hice la foto.
    —¿Seis cuerpos o uno? —preguntó Cirocco.
    —No puedo asegurarlo. Pero todo apunta hacia uno.
    —Descríbelo. Di lo que creas saber.
    Gaby consultó las hojas de registro, aunque obviamente no las necesitaba. Las cifras estaban claras en su mente.
    —Temis tiene mil trescientos kilómetros de anchura. Eso lo convierte en la tercera luna más grande de Saturno, aproximadamente del tamaño de Rea. Debe de ser totalmente negro, excepto esos seis puntos. El albedo más bajo, con mucho, entre todos los cuerpos del sistema solar, si te interesa saberlo. También es el menos denso. Existen grandes posibilidades de que sea hueco, y es muy probable que no sea esférico. Tal vez tenga forma de disco, o toroidal, igual que un anillo. En cualquier caso parece rotar como un plato en torno a su eje, una revolución por hora; rotación suficiente para que nada pueda permanecer en su superficie. La fuerza centrípeta superaría la fuerza gravitatoria.
    —Pero si es hueco y una persona se encontrara en el interior… —Cirocco fijó su mirada en Gaby.
    —Dentro, si realmente fuera hueco, la fuerza sería equivalente a un cuarto de g.
    Cirocco meditó su siguiente pregunta y Gaby no pudo continuar mirándola a los ojos.
    —Cada día estamos más cerca. La visión mejorará por fuerza. Pero no puedo prometerte cuándo estaré segura de todo este asunto.
    Cirocco se dirigió hacia la puerta.
    —Tendré que comunicar lo que tengas ahora.
    —Pero nada de teorías, ¿eh? —gritó Gaby a sus espaldas. Era la primera vez que Cirocco la veía descontenta con algo que había observado por un telescopio—. Al menos no me las atribuyas.
    —Nada de teorías —admitió Cirocco—. Los hechos deberán ser abundantes.

CAPITULO 2

    MENSAJE INFORMATIVO 0931
    (RESPUESTA TRANSMISIÓN HOUSTON 5455, 5-20-25)
    5-21-25
    NI RINGMASTER (NASA 447D, L5/1, REFERENCIA HOUSTON-COPERNICUS GCR)
    JONES, CIROCCO, COM MIS
    POSICIÓN DE SEGURIDAD ‘ON’
    PREFIJO DE CÓDIGO DELTADELTA
    INICIO:
    1. De acuerdo con su análisis de Temis como vehículo espacial interestelar de tipo generacional. No olviden que nosotros lo sugerimos primero.
    2. Se adjunta foto más reciente. Observen la resolución mejorada de las zonas brillantes. Todavía sin suerte para descubrir instalaciones de atraque en el eje. Seguiremos mirando.
    3. De acuerdo con maniobras de corrección programadas 5/22
    4. Solicito seguimiento renovado conforme se aproxime el momento de la nueva inserción orbital, empezando en 5/25 y continuando hasta que empiece la inserción, con mejora posterior. No me importa si esto implica utilizar otro computador. No creo que los que vamos a bordo podamos manejar este volumen.
    5. Cambio de posición 5/22,0400 TU, después de la maniobra de corrección.
    FIN INFORMATIVO

    PERSONAL
    (CIRCULACIÓN LIMITADA A COMITÉ CONTROL MISIÓN RINGMASTER)
    INICIO:
    Para el Comité de Contacto que ha estado machacándome los oídos: ¡Cierren el pico! No me importa saber QUIEN es el maldito responsable. He estado recibiendo instrucciones contradictorias que suenan como si tuvieran la fuerza de órdenes directas. Tal vez no les gusten mis ideas sobre cómo manejar esto, o tal vez les gusten. La cuestión es que el asunto va a quedar en mis manos. El mero retraso en las comunicaciones basta para justificarlo. Ustedes me entregaron la nave y la responsabilidad, así que ¡DEJEN DE FASTIDIARME!
    FIN

* * *

    Cirocco apretó el botón CODIFICACIÓN, luego el de TRANSMISIÓN y se recostó en su silla. Se frotó los ojos. Pocos días antes había tenido pocas cosas que hacer. Ahora se encontraba abrumada por las comprobaciones estipuladas que dispondrían a la Ringmaster para la inserción orbital.
    Todo había cambiado, y todo por culpa de los seis minúsculos puntos de luz en el telescopio de Gaby. Ahora parecía poco sensato explorar las otras lunas de Saturno. Estaban comprometidos en una temprana cita con Temis.
    Cirocco repasó la lista de cosas que aún quedaban por hacer, después la lista de tareas y vio que había sido modificada de nuevo. Ella debía reunirse con April y Calvin en el exterior. Se apresuró a llegar a la compuerta.
    Su traje era voluminoso y ajustado y lanzaba murmullos mientras la radio siseaba calladamente. Olía muy bien, igual que Cirocco, como plástico de hospital y oxígeno puro.
    La Ringmaster era una estructura alargada formada por dos secciones principales unidas por un tubo hueco de tres metros de diámetro y cien de largo. La resistencia estructural del tubo provenía de tres jácenas compuestas, cada una de las cuales transmitía el empuje de un motor al sistema vital equilibrado en la parte superior del tubo.
    En el extremo más apartado se hallaban los motores y un grupo de tanques de combustible separables, ocultos a la vista por la amplia placa de la pantalla de radiación que circundaba el tubo central como la protección contra ratas del cabo de amarre de un carguero oceánico. El lado externo de la pantalla era un lugar peligroso para estar en él.
    En la otra punta del tubo se encontraba el sistema vital, formado por el módulo científico, el módulo de control y el carrusel.
    El control estaba situado en la parte delantera y era una protuberancia en forma de cono que surgía del gran bote de café que constituía el SCIMOD. Disponía de las únicas ventanas de la nave, más por tradición que por utilidad práctica.
    El módulo científico se hallaba casi oculto tras una espesura de instrumentos. La antena de elevada ampliación sobresalía del conjunto, colgada de la extremidad de un largo pedúnculo y enfocada hacia la Tierra. Había dos pantallas de radar y cinco telescopios, entre ellos el newtoniano de ciento veinte centímetros de Gaby.
    Justo detrás del módulo científico estaba el carrusel: un grueso volante de color blanco. Rotaba lentamente en torno al resto de la nave, con cuatro radios saliendo del borde.
    Sujetos al vástago central se hallaban otros objetos, entre ellos los cilindros hidropónicos y los diversos componentes del módulo de aterrizaje: sistema vital, motor de remolque, dos fases de descenso y el motor de ascenso.
    El módulo de aterrizaje había sido ideado para explorar las lunas de Saturno, en particular Japeto y Rea. Después de Titán —que disponía de atmósfera y era por tanto inadecuado para explorarlo en este viaje—, Japeto era el cuerpo más interesante de las proximidades. Hasta la década de 1980 había sido significativamente más brillante en un hemisferio, pero había cambiado durante un período de veinte años hasta que su albedo se hizo casi uniforme. En la actualidad se producían dos senos en el gráfico de luminosidad en puntos opuestos de la órbita del satélite. El módulo de aterrizaje pretendía descubrir las causas.
    Ahora el proyecto había quedado descartado por un objeto mucho más importante llamado Temis.
    La Ringmaster tenía semejanza con otra nave espacial: la ficticia Discovery, el vehículo de sondeo joviano de la película clásica 2001: Una odisea del espacio. Y tal parecido no era sorprendente. Ambas naves habían sido planeadas partiendo de similares parámetros, aunque una sólo hubiera navegado en el celuloide. Cirocco se encontraba fuera de la nave para quitar los últimos paneles de reflexión solar que envolvían el sistema vital de la Ringmaster. El problema en un vehículo espacial es usualmente disponer de un exceso de calor, pero ahora los tripulantes se encontraban lo bastante alejados del sol como para absorber todos los rayos que recibieran.
    La capitana enganchó un cable de seguridad en un tubo que salía del eje del carrusel e iba hasta la antecámara de compresión, y se encaró con uno de los últimos paneles. Era de plata, un cuadrado de un metro de lado formado por dos láminas de fina chapa. Cirocco acercó el destornillador a una esquina y el dispositivo emitió un chasquido cuando la herramienta encontró la ranura. El contrapeso rotó y engulló la tuerca suelta antes de que se alejara a la deriva.
    Tres operaciones más y el panel flotó, separándose de la capa de espuma contra meteoritos que había dejado. Cirocco lo sostuvo y se volvió de cara al sol para efectuar su informal revisión de perforaciones. Tres luces diminutas y brillantes señalaban el lugar donde la lámina había sido alcanzada por granos de polvo de los meteoritos.
    El panel estaba mantenido en posición rígida por cables colocados en los bordes. Cirocco dobló dos de estos cables en el medio. Después del quinto pliegue el conjunto fue tan pequeño como para caber en el bolsillo de la muslera de su traje. Fijó la hoja y a continuación se trasladó al siguiente panel.

* * *

    El tiempo era escaso. Siempre que era posible combinaban dos tareas, por lo que el fin de la jornada en la nave sorprendió a Cirocco reclinada en su litera mientras Calvin le efectuaba el reconocimiento físico semanal y Gaby le mostraba la foto más reciente de Temis. La habitación estaba abarrotada. Gaby comentaba:
    —No es una foto. Es una imagen teorética amplificada por computador. Y en infrarrojos, que parece ser el mejor espectro.
    Cirocco se irguió apoyándose en un codo, con cuidado de no soltar ninguno de los electrodos de Calvin. Mordisqueó el extremo del termómetro hasta que el médico la miró, ceñudo.
    La imagen mostraba una gruesa rueda de carro rodeada por brillantes áreas triangulares, rojas y de amplia base. Había seis zonas rojas en el interior de la rueda, pero eran más pequeñas y cuadradas.
    —Los triángulos grandes del exterior son las partes más calientes —dijo Gaby—. Supongo que son componentes del sistema de control térmico. Absorben calor del sol o eliminan el exceso.
    —Es la conclusión de Houston —indicó Cirocco.
    La capitana echó un vistazo a la cámara de televisión que había cerca del techo. El control de Tierra los observaba; si se les ocurría algo, Cirocco lo sabría en cuestión de pocas horas, aunque estuviera durmiendo.
    La analogía de la rueda era casi literalmente cierta, excepto por los planos de calentamiento o enfriamiento que Gaby había señalado. Había un cubo en el centro, con un agujero capaz de alojar un eje…, si Temis realmente fuera una rueda de carro. Del cubo de la rueda surgían seis gruesos radios que fulguraban de modo gradual justo antes de unirse a la porción exterior de la rueda. Entre cada par de radios se hallaba una de las zonas brillantes y cuadradas.
    —Esta es la novedad —dijo Gaby—. Esos cuadrados se mueven en ángulo. Son lo que yo vi en principio: los seis puntos luminosos. Son planos, pues si no, dispersarían mucha más luz. El caso es que sólo reflejan luz hacia la Tierra cuando se encuentran en el ángulo preciso, lo cual sucede rara vez.
    —¿Qué ángulo? —balbuceó Cirocco. Calvin le sacó el termómetro de la boca.
    —Bien, la luz llega paralela al eje. Con este ángulo —Gaby lo señaló sobre la imagen—. Los espejos están dispuestos para desviar la luz noventa grados, hacia la cubierta de la rueda —tocó el papel con un dedo, que hizo girar para indicar una zona entre dos radios—. Esta parte de la rueda es más cálida que el resto, pero no tanto como para absorber todo el calor que recibe. No lo refleja o absorbe, lo transmite. Es transparente o translúcida. Permite que la mayor parte de la luz la atraviese hacia algo que hay debajo. ¿Te sugiere algo?
    Cirocco abandonó por un momento su cuidadoso examen.
    —¿A qué te refieres?
    —Bueno, sabemos que la rueda está hueca. Quizá los radios también lo estén. En cualquier caso, imagínate la rueda. Es como el neumático de un coche; grande, gruesa y plana en la parte inferior, para proporcionar más espacio vital. La fuerza centrífuga te aleja del cubo.
    —Comprendo todo eso —dijo Cirocco, algo divertida. Gaby podía ser tan vehemente cuando se explicaba…
    —Muy bien. De modo que si te hallas en el interior de la rueda, o estás bajo un radio o bajo un reflector…, ¿de acuerdo?
    —¿Ah, sí? Oh, sí. Entonces…
    —Entonces siempre es de día o de noche en cualquiera de los puntos en particular. Los radios están unidos rígidamente, los reflectores no se mueven y los tragaluces tampoco pueden hacerlo. Tiene que ser así. Día permanente o noche permanente. ¿Por qué crees que la han construido así?
    —Para responder a eso necesitaríamos conocerlos. Sus necesidades deben ser distintas de las nuestras —volvió a mirar la imagen. Debía recordar constantemente el tamaño del objeto. Mil trescientos kilómetros de diámetro, cuatro mil en el borde exterior. La perspectiva de conocer a los seres que habían construido una cosa así le preocupaba cada día más.
    —Muy bien. Puedo esperar —Gaby no estaba tan interesada en Temis como nave espacial. Para ella se trataba de un fascinante problema de observación.
    Cirocco volvió a mirar la imagen.
    —El cubo… —empezó a decir. Se mordió el labio. Aquella cámara seguía funcionando y ella no deseaba decir nada demasiado comprometedor.
    —¿Qué pasa con el cubo?
    —Bueno, parece ser el único lugar del objeto en el que se podría atracar. La única parte que carece de movimiento…
    —No, tal como está ahora. Ese agujero del centro es bastante grande. En cuanto te encuentres con cualquier cosa sólida, se estará moviendo bastante. Calculo que…
    —No te preocupes. No es importante en este momento. La cuestión es que sólo en el mismo centro exacto de rotación podría practicarse el acoplamiento con Temis sin grandes problemas. Te aseguro que yo no querría intentarlo.
    —¿Entonces?
    —Entonces debe existir una razón precisa por la que allí no haya instalaciones de atraque visibles. Algo lo bastante importante como para sacrificar esa ubicación, alguna razón para dejar un gran agujero en el centro.
    —Motor —dijo Calvin.
    Cirocco le miró fugazmente, captó un destello de los ojos castaños del hombre antes de que se volviera de nuevo a su trabajo.
    —Eso pensaba yo. Un enorme estatorreactor de fusión. La maquinaria está en el cubo, generadores de campo electromagnético para canalizar el hidrógeno interestelar hacia el centro, donde es quemado.
    Gaby se encogió de hombros.
    —Tiene lógica. Pero, ¿qué me dices del acoplamiento?
    —Bueno, abandonar el objeto sería bastante fácil. Basta con abrir un hueco en la parte inferior y obtener velocidad de escape para liberarse, más cierta velocidad para maniobrar. Pero debería haber alguna especie de chisme que se comprimiera hasta el centro de rotación cuando el motor no funcione, para recoger naves exploradoras. El motor principal debe estar allí. La única alternativa sería espaciar motores en torno al borde. Yo querría tres, como mínimo. Y sería mejor más.
    Se volvió para encararse con la cámara.
    —Envíenme lo que puedan sobre estatorreactores de hidrógeno —dijo—. Vean si pueden darme cierta idea sobre qué buscar en caso de que Temis tenga uno.
    —Tendrás que quitarte la camisa —dijo Calvin.
    Cirocco alargó un brazo y desconectó la cámara, aunque no el sonido. Calvin le dio golpes en la espalda y escuchó los resultados mientras Cirocco y Gaby continuaban estudiando la imagen de Temis. No dieron con nuevas ideas hasta que Gaby planteó el problema de los cables.
    —Por lo que sé, los cables forman un círculo a medio camino entre el cubo y el borde. Sostienen los márgenes superiores de los paneles reflectores, algo así como el cordaje de un buque velero.
    —¿Qué me dices de éstas…? —preguntó Cirocco, indicando la zona entre dos de los radios—. ¿Tienes alguna idea de para qué son?
    —No. Hay seis de ellas y se extienden en medio de los radios, desde el cubo al borde, radialmente. Atraviesan los paneles reflectores, si es que eso te dice algo.
    —No exactamente. Pero si hay más de estas cosas, quizá más pequeñas, deberíamos buscarlas. Estos cables tienen cerca de… ¿Cuánto dijiste? ¿Tres kilómetros, aproximadamente?
    —Más bien cinco.
    —Bien. De modo que una cosa que sea muy pequeña, como la Ringmaster, por ejemplo, podría ser invisible para nosotros por mucho tiempo, en especial si es tan negra como el resto de Temis. Gene va a tener que estar husmeando allí, en el módulo expedicionario. No me gustaría que se topara con algo.
    —Haré que el computador se encargue de eso —dijo Gaby.
    Calvin empezó a recoger su equipo.
    —Tan disgustadoramente saludable como siempre —dijo—. Nunca me dais una oportunidad… Si no pongo a prueba ese hospital de cinco millones de dólares, ¿cómo les haré creer que han invertido bien su dinero?
    —Si quieres, hacemos que alguien se rompa un brazo y… —sugirió Cirocco.
    —¡Bah! Yo ya hice eso, en la escuela de medicina.
    —¿Romper un brazo, o curarlo?
    Calvin rió.
    —Apéndice. Ahora hay algo que me gustaría probar. Apenas consigues ya apéndices reventados.
    —¿Pretendes decir que nunca has extirpado un apéndice? ¿Qué os enseñan en las escuelas de medicina en estos tiempos?
    —Que si aprendes bien la teoría, los dedos la seguirán. Somos demasiado intelectuales para mancharnos las manos —rió de nuevo.
    Cirocco sintió que las delgadas paredes de su habitación temblaban.
    —Ojalá supiera cuando es serio —dijo Gaby.
    —¿Quieres seriedad? —preguntó Calvin—. Aquí hay algo en que quizá no hayas pensado nunca. Cirugía opcional. Amigas mías…, tenéis a uno de los mejores cirujanos —hizo una pausa para dejar que los rudos ruidos se extinguieran—. Uno de los mejores cirujanos que existe. ¿Alguien se aprovecha de ello? No mucho. Una operación de nariz te cuesta ahora, siete, ocho mil dólares en casa. Aquí la conseguís con el seguro médico.
    Cirocco se irguió dignamente y le dedicó una gélida mirada.
    —¿No estarás hablando de mi, verdad?
    Calvin extendió un pulgar y miró desde detrás la cara de Cirocco, bizqueando.
    —Claro que hay otros tipos de cirugía opcional. Soy bastante bueno en todos ellos. Era mi hobby.
    Calvin movió hacia abajo el pulgar. Cirocco le lanzó una patada y el médico la esquivó agachándose y saliendo por la puerta.
    Cirocco estaba sonriendo cuando se sentó. Gaby seguía allí, la fotografía apretada bajo un brazo. Se acomodó en la banqueta plegable junto a la litera.
    Cirocco alzó una ceja.
    —¿Había alguna otra cosa?
    Gaby apartó la mirada. Abrió la boca para decir algo, no logró pronunciar un solo sonido y a continuación palmeó su muslo desnudo.
    —No, creo que no hay nada —empezó a levantarse, pero no lo hizo.
    Cirocco la miró pensativamente, luego se puso en pie y desconectó el sonido de la televisión.
    —¿Sirve esto de alguna ayuda?
    —Quizá —Gaby se encogió de hombros—. Yo misma te habría pedido que la desconectaras, si es que hubiera podido empezar a hablar. Creo que no tiene nada que ver con mi trabajo.
    —Pero pensaste que debías decir algo —Cirocco aguardó.
    —Sí, está bien. Cómo llevar esta nave es tu trabajo. Quiero que sepas que lo comprendo.
    —Adelante. Puedo aceptar críticas.
    —Has estado durmiendo con Bill.
    Cirocco rió suavemente.
    —Nunca duermo con él. La cama es demasiado pequeña. Pero… vamos, capto la idea.
    Cirocco había confiado en que la otra se sintiera cómoda, pero obviamente la cosa no había dado resultado. Gaby se puso en pie y caminó lentamente, aun cuando sólo podía dar cuatro pasos antes de llegar a la pared.
    —Capitana, el sexo no es nada importante para mí —hizo un gesto de indiferencia—. No odio la sexualidad, pero tampoco estoy tan loca por ella. Si no tengo relaciones por un día o un año, ni siquiera lo noto. Pero la mayoría de la gente no es así. Especialmente los hombres.
    —Tampoco yo soy así.
    —Lo sé. Por eso me preguntaba cómo tú… Simplemente cuáles son tus sentimientos hacia Bill.
    Fue el turno de Cirocco para ponerse a andar. Una cosa todavía menos satisfactoria para ella, puesto que era más grande que Gaby y sólo podía dar tres pasos.
    —Gaby, la interacción humana en ambientes confinados es un campo bien investigado. Han probado naves con sólo varones. Incluso una vez con sólo hembras. Han probado con tripulantes que estuvieran todos casados o todos solteros. Han tenido reglas de restricción absoluta y también de absoluta liberalidad. Ninguna de las pruebas salió bien. Los tripulantes se irritan unos a otros y acaban teniendo relaciones sexuales. Por eso no digo a nadie qué debe hacer en privado.
    —No intento decir que tú…
    —Un momento. He dicho todo eso para que sepas que no soy inconsciente de los problemas potenciales. Estoy dispuesta a escuchar problemas específicos.
    Aguardó.
    —Es Gene —Hijo Gaby—. Lo he estado haciendo con Gene y con Calvin. Como ya he dicho, no es nada importante para mí. Sé que Calvin está loco por mí. Estoy acostumbrada a eso. En casa me limitaría a calmarle. Aquí, le hago un favor para mantenerle contento. En cualquier caso me importa muy poco.
    “Pero follo con Gene porque él… tiene esta… Esta presión, ¿sabes? —sus manos se habían contraído en puños, que luego abrió. Miró a Cirocco en busca de comprensión.
    —He tenido cierta experiencia con eso, sí —Cirocco mantuvo tranquila su voz.
    —Bien, él no te satisface. Gene me lo ha dicho. Es algo que le incomoda. Ese tipo de intensidad me asusta, quizá porque no lo comprendo. He estado viéndole para tratar de aliviar su tensión.
    Cirocco frunció los labios.
    —A ver si te entiendo. ¿Me pides que te lo quite de encima?
    —No, no. No te estoy pidiendo nada. Ya te lo dije, sólo te pongo en conocimiento del problema si es que no lo conocías ya. Lo que hagas al respecto es cosa tuya.
    —Perfecto —Cirocco asintió—. Me alegra que me lo hayas dicho. Pero Gene tendrá que vivir así. Es estable, bien adaptado, una personalidad algo dominante, pero se controla bien, o de lo contrario no estaría aquí.
    —Lo que tú digas.
    —Una cosa más. No es parte de tus obligaciones mantener sexualmente satisfecha a ninguna persona. Toda preocupación que sientas al respecto es por tu culpa.
    —Lo comprendo.
    —Así debe ser. Me disgustaría pensar que tú creías que lo esperaba de ti. O que tú lo esperabas de mí —escudriñó los ojos de la otra mujer hasta que Gaby apartó la vista, después extendió un brazo y le dio una palmadita en la rodilla—. Además, el asunto se resolverá por sí solo. Todos vamos a estar demasiado atareados para pensar mucho en follar.

CAPITULO 3

    Desde un punto de vista balístico, Temis era una pesadilla.
    Nadie había intentado jamás orbitar un cuerpo toroide. Temis tenía mil trescientos kilómetros de largo y sólo doscientos cincuenta kilómetros de ancho. El toro era plano por fuera y tenía ciento setenta y cinco kilómetros de la parte superior a la inferior. La densidad variaba de manera radical, apoyando la idea de que estaba formado por un espeso suelo a lo largo de la parte exterior, una atmósfera en torno al suelo de referencia y una diminuta bóveda que se arqueaba por encima, que mantenía el aire en el interior.
    A continuación se hallaban los seis radios, cuatrocientos veinte kilómetros de altura. Su corte transversal era elíptico, con ejes mayores y menores de cien y cincuenta kilómetros respectivamente, excepto cerca de la base, donde se ensanchaban para unirse al toro. En el centro se encontraba el cubo, más grueso que los radios: ciento sesenta kilómetros de diámetro, con un agujero de cien kilómetros en medio.
    Intentar arreglárselas con un cuerpo así era equivalente a un colapso nervioso para el computador de la nave, y para Bill, que debía hacer un modelo creíble para el computador.
    La órbita más fácil habría sido en el plano ecuatorial de Saturno, permitiéndoles usar la velocidad que ya tenían. Pero eso no era posible. Temis estaba orientado con su eje de rotación paralelo al plano ecuatorial. Puesto que el eje pasaba por el agujero del centro de Temis, cualquier órbita ecuatorial respecto a Saturno que Cirocco pudiera imaginar, haría que la Ringmaster cruzara zonas de atracción gravitatoria alocadamente fluctuante. La única posibilidad viable era una órbita en el plano ecuatorial de Temis, y una órbita tal sería costosa en términos de momento angular. Tenía la sola ventaja de ser estable, una vez lograda.
    La maniobra se inició antes de que llegaran a Saturno. Durante el último día de aproximación se volvió a calcular el curso. Cirocco y Bill confiaron en computadores con base en la Tierra y medios auxiliares de navegación tan lejanos como Marte y Júpiter. Se alojaron en el CONMOD, el módulo de control, y observaron cómo Saturno aumentaba de tamaño en las pantallas de televisión de popa.
    Después empezó el largo impulso.
    Durante una calma pasajera en su trabajo, Cirocco conectó la cámara con el SCIMOD. Gaby alzó los ojos con una expresión de fastidio.
    —Rocky, ¿no puedes hacer algo con esa vibración?
    —Gaby, la función de los motores es, tal como dicen, nominal. Han de vibrar, eso es todo.
    —La mejor observación de todo este jodido viaje —murmuró Gaby. En el asiento cerca de Cirocco, Bill se echó a reír.
    —Cinco minutos, Gaby —dijo Bill—. Y de verdad, creo que deberíamos dejarlos encendidos tanto como hemos planeado. Será mucho mejor de esa forma.
    Los motores quedaron desconectados puntualmente y los tripulantes aguardaron la confirmación de que se encontraban donde querían estar.
    —Aquí la Ringmaster. Comandante Jones al mando. Hemos entrado en órbita de Saturno a las 1341.453 horas, tiempo universal. Transmitiré los preliminares para un impulso de corrección cuando salgamos de detrás. Mientras tanto, abandono este canal —dio un manotazo al interruptor apropiado y anunció a la tripulación—: Todo el que quiera echar un vistazo afuera tiene ahora la única oportunidad.
    Resultó difícil, pero August, April, Gene y Calvin lograron apretujarse en la estrecha habitación. Después de ponerse de acuerdo con Gaby, Cirocco hizo que la nave girara noventa grados.
    Saturno era una cavidad gris oscura, diecisiete grados de amplitud, mil veces el área que cubría la Luna tal como se la ve desde la Tierra. Los anillos abarcan unos increíbles cuarenta grados de lado a lado.
    Su aspecto era como de metal sólido, brillante. La Ringmaster se había presentado al norte del ecuador, de modo que la cara superior quedaba a la vista de los tripulantes. Todas las partículas estaban siendo iluminadas desde el lado opuesto, y se veían como una delgada luna creciente, igual que Saturno. El sol era un brillante punto de luz en la posición de las diez en punto, aproximándose a Saturno.
    Nadie habló mientras el sol iba acercándose al eclipse. Vieron caer la sombra de Saturno sobre la parte del anillo más cercana a ellos, y cortarla como una navaja de afeitar.
    El ocaso duró quince segundos. Los colores eran intensos y cambiaban con rapidez: rojos, amarillos y negroazulados puros como los visibles desde un avión de línea en la estratosfera.
    Se produjo un tenue coro de suspiros en la cabina. El vidrio despolarizó y todo el mundo abrió la boca de nuevo al hacerse más brillantes los anillos y dejar arrinconado el intenso resplandor azul que perfilaba el hemisferio norte. Estrías grises se hicieron visibles en la superficie planetaria iluminada por la luz de los anillos. Abajo había tormentas tan enormes como la Tierra.
    Cuando por fin Cirocco apartó la vista, vio la pantalla a su izquierda. Gaby seguía aún en el SCIMOD. Había una imagen de Saturno en la pantalla situada sobre su cabeza, pero la mujer no la miraba.
    —Gaby, ¿no quieres subir y ver esto? —Cirocco vio que Gaby sacudía la cabeza; estaba examinando los números que atravesaban una minúscula pantalla.
    —¿…y perderme los mejores instantes de observación de todo el viaje? Debes estar loca.

* * *

    En principio adoptaron una órbita larga, elíptica, con un punto inferior doscientos kilómetros por encima del radio teórico de Temis. Se trataba de una abstracción matemática porque la órbita estaba inclinada treinta grados respecto al ecuador de Temis, lo que los situaba sobre la cara oscura. Atravesaron el toroide giratorio hasta emerger en el lado iluminado. Temis yacía expandido ante ellos igual que un objeto en exposición.
    No es que allí hubiera mucho que ver. Temis era casi tan negro como el espacio, aun cuando el sol reluciera en su superficie. Cirocco estudió la inmensa masa de la rueda con las velas triangulares de absorción solar, que la bordeaban como afilados dientes de engranaje, presumiblemente para absorber la luz solar y convertirla en calor.
    La nave se movió hacia el interior de la gran rueda. Los radios se hicieron visibles, igual que los reflectores solares. Parecían casi tan oscuros como el resto de Temis, excepto en el lugar donde reflejaban algunas de las estrellas más brillantes.
    El problema que seguía preocupando a Cirocco era la falta de una entrada. La gente de la Tierra hacía mucha presión para que se metieran en el objeto, y Cirocco, pese a su instintiva precaución, lo deseaba tanto como cualquier otra persona.
    Debía haber una manera. Nadie dudaba de que Temis fuera un artefacto. La polémica se refería a si se trataba de un vehículo del espacio interestelar o un mundo artificial, como O’Neil Uno. Las diferencias eran movimiento y origen. Una nave espacial tendría un motor, y estaría en el cubo. Una colonia habría sido construida por alguien muy de cerca. Cirocco había oído teorías que comprendían habitantes de Saturno o Titán, marcianos —aunque nadie había descubierto jamás ni siquiera una punta de flecha en Marte— y antiguas razas terrestres viajeras del espacio. No creía en ninguna de tales teorías, pero eso apenas importaba. Nave o colonia, Temis había sido construido por alguien, y tendría una puerta.
    El lugar a examinar era el cubo, pero los apremios de la balística forzaban a Cirocco a mantenerse en órbita tan lejos del cubo como pudiera.

* * *

    La Ringmaster adoptó una órbita circular cuatrocientos kilómetros por encima del ecuador. Se desplazaba en la dirección del giro, pero Temis daba vueltas más deprisa que la velocidad orbital de la nave. Era un plano negro por fuera de la ventana de Cirocco. A intervalos regulares, uno de los paneles solares pasaba rápidamente como el ala de un murciélago monstruoso.
    Empezaron a ser visibles algunos detalles de la superficie externa. Había crestas largas, arrugadas, que convergían en los paneles solares, presumiblemente para cubrir tubos enormes conductores de un fluido que tuviera que ser calentado por el sol. Había unos cuantos cráteres ampliamente esparcidos en la oscuridad, algunos de cuatrocientos metros de profundidad. No había un solo guijarro diseminado en torno a ellos. Nada podía permanecer en la superficie externa de Temis sin ser despedido.
    Cirocco miró el tablero de mandos. Muy cerca de ella, Bill cabeceaba en su lecho, dormido. Los dos llevaban dos días sin salir del CONMOD.
    Cirocco recorrió el SCIMOD como una sonámbula. Allí, en alguna parte, había una cama de suaves sábanas, un almohadón y… una confortable gravedad de un cuarto de g, ya que el carrusel estaba girando de nuevo.
    —Rocky, tenemos algo extraño.
    Se detuvo, con un pie en el escalón del Radio D. y permaneció muy quieta por un momento.
    —¿Qué has dicho? —el tono de su voz hizo que Gaby alzara la vista.
    —También estoy cansada —dijo Gaby, irritada. Dio un manotazo a un interruptor y apareció una imagen en la pantalla superior.
    Se trataba de una toma que iba ampliando el contorno de Temis, y que mostraba una protuberancia que parecía aumentar de tamaño conforme se acercaban.
    —Eso no estaba ahí antes —la frente de Cirocco se llenó de arrugas mientras la mujer trataba de quitarse de encima el cansancio.
    Un zumbador sonó tenuemente y por un momento Cirocco no pudo identificarlo. Luego las cosas se hicieron distintas, claras, al mismo tiempo que la adrenalina consumíalas telarañas. Era la alarma del radar del CONMOD.
    —Capitana —dijo Bill, al otro lado del altavoz—, tengo aquí una extraña lectura. No nos estamos acercando a Temis, pero sí, algo se está acercando a nosotros.
    —Me ocuparé de eso —las manos de Cirocco parecieron hielo cuando se asió a una baranda para levantarse. Observó la pantalla. El objeto estalló con una explosión semejante a la de las estrellas, y la explosión creció.
    —Ya puedo verlo —dijo Gaby—. Sigue unido a Temis. Es como un brazo muy largo…, el brazo de una grúa. Y se está desplegando. Creo que…
    —¡Las instalaciones de acoplamiento! —gritó Cirocco—. ¡Nos van a coger! Bill, inicia la secuencia motriz, detén el carrusel, prepárate para mover la nave.
    —Pero eso nos llevará treinta minutos…
    —Lo sé. ¡Muévete! —Cirocco se apartó de un brinco de la portilla de observación, cayó en su asiento y asió el micrófono.
    —A todos los tripulantes. Situación de emergencia. Alerta de depresurización. Evacuad el carrusel. Estaciones de aceleración. Sujetaos —accionó bruscamente el botón de alarma con su mano izquierda y escuchó el pavoroso alarido que empezaba a sonar en la sala, detrás de ella. Lanzó una mirada a su izquierda.
    —Tú también, Bill. Vístete.
    —Pero…
    —¡Obedece!
    Bill saltó de su asiento y flotó hacia la compuerta de acceso. Cirocco se volvió y gritó por encima del hombro:
    —¡Trae mi traje cuando vuelvas!
    El objeto era ya visible por la portilla, y se acercaba deprisa. Cirocco nunca se había sentido tan desesperada. Anulando la programación del sistema de control de altitud logró disparar la totalidad de cohetes impulsores del lado de la nave encarado con Temis, pero el objeto no estaba lo bastante cerca. La gran masa de la Ringmaster apenas se movió. Cirocco no tuvo más remedio que permanecer sentada, controlar la secuencia motriz automática y contar los segundos mientras iban pasando. Enseguida comprendió que no podían escapar. Aquella cosa era grande, y se movía más deprisa.
    Apareció Bill, con el traje puesto, y Cirocco se dirigió trabajosamente hacia el SCIMOD para ponerse su ropa. Cinco figuras anónimas estaban atadas a literas de aceleración, inmóviles, mirando fijamente la pantalla. Cirocco aseguró su casco y oyó un caos.
    —Silencio —la charla se acalló—. Quiero silencio en el canal del traje a menos que os pida que habléis.
    —¿Pero qué ocurre, comandante? —era la voz de Calvin.
    —He dicho que nada de hablar. Parece que es un dispositivo automático que viene a capturarnos. Tal vez las instalaciones de acoplamiento que buscábamos.
    —A mí me parece más bien un ataque —murmuró August.
    —Tienen que haber hecho esto antes, alguna vez. Deben saber cómo hacerlo con seguridad —deseó convencerse ella misma de eso. No ayudaba mucho a su credibilidad el hecho de que toda la nave temblara.
    —Contacto —dijo Bill—. Nos han cogido.
    Cirocco se apresuró a volver a su estación, justo a tiempo para no ver el arpeo que se cernía sobre la nave. La Ringmaster traqueteó de nuevo, y horribles sonidos llegaron desde la parte trasera.
    —¿Qué aspecto tenía eso?
    —Enormes tentáculos de pulpo sin ventosas —Bill parecía turbado—. A centenares, agitándose por todas partes.
    La nave dio un bandazo aún mayor, y empezaron a sonar más alarmas. Un frenesí de luces rojas se esparció a lo largo de los controles de Cirocco.
    —Tenemos una ruptura de casco —dijo Cirocco, con una calma que no sentía—. Perdemos aire por el tronco central. Cierro compuertas 14 y 15.
    Las manos de la capitana se movieron sobre los controles sin dirección consciente. Las luces y botones estaban muy lejos, vistos a través del extremo incorrecto de un telescopio. El disco del acelerómetro empezó a girar al mismo tiempo que Cirocco era despedida violentamente hacia adelante y después hacia un lado.
    Quedó encima de Bill. Se esforzó por volver a su asiento, lo logró y se puso las correas. Cuando la hebilla se cerró en torno a su cintura, la nave volvió a brincar hacia atrás, peor que antes. Algo penetró por la compuerta que estaba detrás de Cirocco y golpeó la portilla, formando una red de grietas.
    Cirocco quedó colgando de su asiento, con el cuerpo hacia adelante y tirando de la correa. Un cilindro de oxígeno salió despedido hacia la compuerta. El vidrio se hizo añicos y el sonido del impacto se desvaneció con el estallido del cristal en fríos y duros cuchillos que giraron y se consumieron ante los ojos de la comandante. Todo objeto de la cabina que no estaba asegurado saltó y se precipitó hacia la boca de dientes mellados que antes había sido una portilla.
    La sangre latió en la cara de Cirocco cuando quedó suspendida sobre un agujero negro y sin fondo. Grandes objetos daban vueltas lentamente a la luz del sol. Uno de ellos era el módulo de motricidad de la Ringmaster, afuera, frente a ella, donde no había razón de que estuviera. Vio el roto fragmento de la varilla de conexión. Su nave se deshacía.
    —Oh, mierda —dijo.
    Inmediatamente tuvo una vieja evocación de una cinta del registro de vuelo de un avión de línea que había oído en cierta ocasión. Aquella había sido la última palabra que el piloto había pronunciado, segundos antes del impacto, cuando supo que iba a morir. Ella también lo sabía, y el pensamiento la llenó de un enorme disgusto.
    Contempló con nebuloso horror cómo la cosa que tenía los motores arrollaba más tentáculos en torno de ellos. Esto le recordó a una medusa con un pez atrapado en su venenosa garra. Un tanque de combustible se quebró… sin ruido, con una extraña belleza. El mundo de Cirocco se estaba deshaciendo sin un solo ruido que señalara su muerte. Una nube de gas comprimido se dispersó con rapidez. La cosa pareció no preocuparse.
    Otros tentáculos se llevaban distintas partes de la nave. La antena de alta ganancia casi parecía alejarse nadando, pero también se movió lentamente cuando se derrumbó en la cavidad que tenía debajo.
    —Viva —murmuró Cirocco—. Está viva.
    —¿Qué dices?
    Bill estaba tratando de mantenerse firme con ambas manos asidas al tablero de instrumentos. Estaba fuertemente atado a su asiento, pero los tornillos que lo agarraban al suelo se habían roto.
    La nave se estremeció de nuevo, y el asiento de Cirocco se soltó. El borde del tablero le alcanzó en los muslos y gritó mientras pugnaba por liberarse.
    —Rocky, aquí hay cosas que se están desprendiendo.
    No supo con exactitud a quién pertenecía la voz, pero el miedo se apoderó de ella. Cirocco se echó hacia atrás y se esforzó en abrir la correa del asiento con una mano mientras se mantenía apartada del tablero con la otra. Resbaló hacia un costado y vio que su silla rebotaba en la destrozada serie de cuadrantes, se pegaba brevemente en el marco de la portilla rota y se lanzaba al espacio.
    Pensó que sus piernas estaban rotas, pero descubrió que podía moverlas. El dolor disminuyó cuando recurrió a sus reservas de fuerza para ayudar a Bill a salir del asiento. Demasiado tarde: los ojos de Bill estaban cerrados, su frente y el interior de su casco manchados de sangre. El cuerpo del hombre fue resbalando libremente sobre el tablero de control y entonces Cirocco vio la abolladura que el casco de Bill había hecho en el metal. Pugnó por agarrar el muslo del hombre, luego su pantorrilla, su pie calzado, y Bill estaba cayendo, cayendo en medio de una rutilante lluvia de vidrio.
    Cirocco recuperó el sentido agazapada junto a la pata, muy por debajo del tablero de mandos. Sacudió la cabeza, incapaz de recordar cómo había llegado allí. Pero la fuerza de la aceleración ya no era tan grande. Temis había logrado acomodar la Ringmaster —o lo que quedara de ella— a su velocidad de rotación.
    Nadie hablaba. Por el auricular del casco de Cirocco llegaba un huracán de respiraciones, pero ni una sola palabra. No había nada que decir; los gritos y maldiciones se habían agotado. Se puso en pie, agarró el borde de la escotilla que estaba por encima de ella, y se introdujo en el caos.
    No funcionaba luz alguna, aunque la luz del sol se vertía desagradablemente sobre el equipo destrozado a través de una gran grieta de la pared. Cirocco avanzó entre los fragmentos y una figura provista de traje se apartó a su paso. Su cabeza temblaba. Uno de sus ojos estaba cerrado por la hinchazón. El destrozo era inmenso. Les llevaría tiempo arreglar todo como para volver a ponerse en marcha.
    —Quiero un informe completo de daños de todos los departamentos —dijo Cirocco, sin dirigirse a nadie en particular—, Nunca se había pensado en un trato así para esta nave.
    Había apenas tres personas de pie. Una silueta yacía arrodillada en un rincón, sostenía la mano de otra que estaba enterrada bajo restos de material.
    —No puedo mover las piernas. No puedo moverlas.
    —¿Quién ha dicho eso? —gritó Cirocco, sacudiendo la cabeza en el intento de vencer el aturdimiento pero sin conseguir más que empeorarlo—. Calvin, ocúpate de las heridas mientras veo qué se puede hacer por la nave.
    —Sí, capitana.
    Nadie se movió, y Cirocco se preguntó por qué. Todos la miraban. ¿Por qué lo harían?
    —Estaré en mi camarote si me necesitáis. No… No me siento muy bien.
    Uno de los trajes dio un paso hacia ella. Cirocco trató de apartarse de la figura, pero su pie penetró en la cubierta. El dolor estalló en su pierna.”
    —Está entrando, por allí. ¿Veis? Ahora nos busca a nosotros.
    —¿Dónde?
    —No veo nada. ¡Oh, Dios! Lo veo.
    —¿Quién ha dicho eso? ¡Quiero silencio en este canal!
    —¡Cuidado! ¡Está detrás de ti!
    —¿Quién ha dicho eso?
    La angustia se apoderó de Cirocco. Algo estaba trepando a su espalda, lo sentía. Se trataba de una de esas cosas que sólo se aparecen en el dormitorio de uno después de haber apagado la luz. No una rata, sino algo peor que no tenía rostro, únicamente un trozo de fango y manos frías, muertas, viscosas. Atisbó en la roja oscuridad y vio pasar como una flecha una contorsiva serpiente por una mancha de luz solar frente a ella.
    Todo estaba tan silencioso… ¿Por qué no hacían algún ruido?
    Su mano se cerró sobre algo duro. Lo levantó y empezó a darle golpes, de arriba abajo, una y otra vez cuando la cosa se mostró repentinamente a la vista.
    No moriría. Algo se arrolló alrededor de la cintura de Cirocco y empezó a tirar.
    Las trajeadas figuras saltaron y corrieron en el reducido espacio, pero los tentáculos lanzaban cordones que se adherían como alquitrán. La sala quedó así sujeta, y algo cogió a Cirocco por las piernas y trató de partirla como una espoleta de pollo. Tuvo un dolor como jamás había experimentado antes, pero continuó golpeando el tentáculo hasta que la conciencia se le escabulló.

CAPITULO 4

    No había luz.
    Incluso ese fragmento de conocimiento negativo era algo de que agarrarse. La comprensión de que la oscuridad envolvente era resultado de la ausencia de algo llamado luz le había costado mucho más de lo que ella habría creído posible antes, cuando el tiempo había consistido en momentos consecutivos, como cuentas de un collar. Ahora, las cuentas se desparramaban a través de sus dedos. Y se reordenaban en una parodia de causalidad.
    Todo precisa un contexto. Para que la oscuridad signifique algo debe existir el recuerdo de la luz. Ese recuerdo se estaba desvaneciendo.
    Había sucedido antes, y volvería a suceder. A veces existía un nombre para identificar el conocimiento incorpóreo. Más a menudo, sólo había conciencia.
    Se encontraba en la panza de la bestia.
    (¿Qué bestia?)
    No podía recordar. Aquello volvería a su mente. Las cosas solían hacerlo, si se esperaba lo bastante. Y esperar era fácil, Los milenios no valían aquí más que milisegundos. El edificio estratificado del tiempo era una ruina.
    Su nombre era Cirocco.
    (¿Qué es un Cirocco?)
    “Si-ro-co. Es un viento cálido del desierto, o un viejo modelo de Volkswagen. Mamá nunca me explicó cuál de las dos cosas tenía en mente.”
    Aquella había sido su respuesta estándar. Recordaba haberlo dicho, casi podía sentir labios intangibles que daban forma a las vacías palabras.
    “Llámame capitana Jones.”
    (¿Capitana de qué?)
    De la NI Ringmaster, NI significaba Nave Interplanetaria, en ruta a Saturno con siete personas a bordo. Una de ellas era Gaby Plauget…
    (Que es…)
    …y…y otra era… Bill.
    (¿Qué era ese nombre?)
    Lo tenía en la punta de la lengua. Una lengua era una cosa blanda, carnosa… Se la podía encontrar en la boca, que era…
    Ella había tenido la suya hasta hacía un momento, pero ¿qué era un momento?
    Algo sobre luz. Cualquier cosa que eso fuera.

* * *

    No había luz. ¿No había estado aquí antes? Sí, seguramente, pero no importa, persiste, no dejes que la idea se vaya. No había luz, y tampoco había nada más, pero ¿qué era algo más?
    Ningún olor. Ningún sabor. Ningún sentido de tacto. Ninguna conciencia sinestésica de un cuerpo. Ni siquiera una sensación de parálisis.
    ¡Cirocco! Su nombre era Cirocco.
    Ringmaster. Saturno. Temis. Bill.
    Todo volvió al momento, como si ella estuviera viviéndolo de nuevo en una fracción de segundo. Pensó que se volvería loca con el torrente de impresiones, y con ese pensamiento llegó otro, memoria tardía. Esto había sucedido antes. Había recordado, sólo para ver que todo se escabullía. Había estado loca, muchas veces.
    Sabía que su comprensión era tenue, pero era todo lo que tenía. Sabía dónde estaba, y sabía la naturaleza de su problema.
    El fenómeno había sido explorado durante el último siglo. Se pone a un hombre en un traje de neopreno, se cubren sus ojos y se inmovilizan sus brazos y piernas de modo que no pueda tocarse, se eliminan todos los sonidos del ambiente, y se le deja flotando en agua templada. Caída libre es todavía mejor. Existen refinamientos como alimentación intravenosa y eliminación de olores, pero no son realmente necesarios.
    Los resultados son sorprendentes. Muchos de los primeros sujetos habían sido pilotos de pruebas: hombres bien equilibrados, confiados en ellos mismos, sensibles. Veinticuatro horas de privación sensorial los convirtió en dóciles niños. Períodos más largos eran bastante peligrosos. La mente eliminaba gradualmente las escasas distracciones: el latido del corazón, el olor de neopreno, la presión del agua.
    Cirocco estaba familiarizada con las pruebas. Doce horas de privación sensorial habían formado parte de su entrenamiento. Sabía que sería capaz de encontrar su respiración, si la buscaba con suficiente empeño. Era algo que podía controlar; una cosa arrítmica en caso de que ella prefiriera hacerlo así. Intentó respirar con rapidez, obligarse a toser. No sintió nada.
    Presión, pues. Si algo la estaba inmovilizando sería posible oponer sus músculos contra eso, hasta sentir al menos que alguna cosa la estaba sujetando, por suave que fuera. Considerando músculo por músculo, aislándolos, visualizando las uniones y localizaciones de cada uno, Cirocco trató de hacer que se movieran. Un crispamiento del labio bastaría. Demostraría que ella no estaba muerta, tal como estaba comenzando a temer.
    Se apartó de la idea. Mientras padecía el temor normal de la muerte como fin de toda conciencia, estaba atisbando algo infinitamente peor. ¿Y si la gente no moría nunca?
    ¿Y si el fallecimiento del cuerpo dejaba atrás el cuerpo? La vida eterna podía existir…, y tal vez pasara en una eterna carencia de sensación.
    La locura empezó a parecer atractiva.
    Intentar moverse fue un fracaso. Renunció a ello y comenzó a registrar a fondo sus recuerdos más recientes, esperando que la clave de su actual situación pudiera encontrarse en sus últimos segundos conscientes a bordo de la Ringmaster. Se habría reído, de haber sido capaz de localizar los músculos que hacían tal cosa. Si no estaba muerta, estaba atrapada en la panza de una bestia suficientemente grande como para devorar la nave y a toda su tripulación.
    Muy pronto, esa idea también empezó a parecer atractiva. Si tal cosa era cierta, si ella había sido devorada y seguía viva de algún modo, entonces la muerte aún estaba por venir. Cualquier cosa era mejor que la eternidad de pesadilla cuya inmensa futilidad se desplegaba ahora ante ella.
    Descubrió que era posible llorar sin cuerpo. Sin lágrimas o sollozos, sin quemazón en el cuello, Cirocco lloró desesperadamente. Se convirtió en una niña en la oscuridad, soportando el dolor en su interior. Sintió que su mente volvía a irse, lo agradeció y se mordió la lengua.
    Sangre cálida afluyó a su boca. Se sumergió en la sangre con el temor y el anhelo desesperado de un pececillo en un extraño mar salado. Cirocco era un lución, una simple boca con dientes fuertes, sólidos, y una lengua hinchada, que buscaba a tientas ese maravilloso sabor a sangre que se dispersaba en cuanto se lo encontraba.
    Frenéticamente, volvió a morderse y fue recompensada con un repentino y fresco chorro rojo. ¿Es posible paladear un color? Pero no se preocupó. Aquello dolía gloriosamente.
    El dolor la transportó al pasado. Alzó su rostro de los rotos diales y el destrozado parabrisas de su pequeño avión y sintió cómo el viento helaba la sangre de su boca abierta. Se había mordido la lengua. Se llevó la mano a los labios y dos dientes cubiertos de rojo se desprendieron. Los miró, sin comprender de dónde habían salido. Semanas más tarde, al salir del hospital, los encontró en el bolsillo de su abrigo esquimal. Los conservó en una caja, en su mesita de noche, para las veces que despertaba con el silencioso y mortal viento susurrándole. El motor secundario no funciona, y ahí abajo no hay otra cosa más que árboles y nieve. Y entonces cogía la caja y la agitaba. Yo sobreviví.
    Pero aquello fue hace años, recordó.
    …mientras su cara temblaba. Estaban quitando los vendajes. Así de cinematográfico. Es una asquerosa vergüenza que no pueda verlo. Rostros expectantes congregados a su alrededor, la cámara que penetra rápidamente entre ellos… Gasa sucia que cae junto a la cama y que se desenrolla capa tras capa… Y entonces… ¡Caramba! ¡Caramba, doctor…! Es hermosa.
    Ese no era el caso. Le habían dicho a qué atenerse. Dos monstruosos ojos amoratados y piel hinchada, rojiza. Los rasgos quedaron intactos, no hubo cicatrices, pero no fue más hermosa de lo que había sido siempre. La nariz siguió pareciendo vagamente un hacha. ¿Y qué? No se la había roto, y su orgullo no le habría de permitir que se la fueran a cambiar por razones puramente cosméticas.
    (En secreto, odiaba su nariz; pensaba que tal órgano, junto con su estatura, le había asegurado el mando de la Ringmaster. Habían presionado para que se incluyeran mujeres en la selección, pero los que decidían cosas así aún no podían poner a una muchacha de metro cincuenta al mando de una costosa nave espacial.)
    Costosa nave espacial.
    Cirocco, estás divagando de nuevo. Muérdete la lengua.
    Lo hizo, y saboreó la sangre…
    …y vio el lago helado precipitarse hacia arriba, a su encuentro, sintió la cara golpeando el tablero de instrumentos, alzó el rostro del destrozado vidrio que prontamente se desplomó en un pozo sin fondo. El cinturón del asiento la mantuvo sobre el abismo. Un cuerpo se deslizó por las ruinas, y ella estiró el brazo en busca de la bota del hombre-Volvió a morderse, fuerte, y sintió algo en la mano. Pasaron eras, y experimentó algo que tocaba su rodilla. Unió las dos sensaciones y comprendió que se había tocado ella misma.

* * *

    Tuvo una resbaladiza orgía individual en la oscuridad. Estuvo delirante de amor por el cuerpo que ahora redescubría. Se retorció apuradamente, lamió y mordió toda parte a la que pudo llegar mientras sus manos pellizcaban y estiraban. Era lisa, carecía de pelo, estaba tan suave como una anguila.
    Un líquido espeso, casi gelatinoso, ondeó en las ventanas de su nariz cuando trató de respirar. No fue desagradable; ni siquiera alarmante, en cuanto se hubo acostumbrado a ello.
    Y había sonido. Lento, bajo… Tenía que ser el latir de su corazón.
    No podía tocar otra cosa que no fuera su cuerpo, por más que se estirara. Durante un rato intentó flotar, pero no pudo saber si había llegado a alguna parte.
    Mientras se preguntaba qué hacer a continuación, se quedó dormida.

* * *

    Despertarse fue un proceso gradual, incierto. Durante algún tiempo no pudo saber si estaba consciente o si soñaba. Morderse ya no fue ayuda. Era capaz de soñar un mordisco, ¿no?
    Y pensando en eso…, ¿cómo podía dormir en un momento así? Tras haber pensado en tal cosa, ya no estuvo en absoluto segura de haber dormido. Era algo que se estaba haciendo más bien problemático, comprendió. Las diferencias entre los estados de conciencia eran diminutas, con tan poca sensación que les dieran forma… Dormir, soñar, fantasear, cordura, locura, viveza, somnolencia… Carecía de contexto para dar significado a cualquiera de esas acciones.
    Escuchó su terror en el ritmo creciente del latido de su corazón. Iba a volverse loca, y lo sabía. Aferrada tenazmente a la personalidad que había logrado reconstruir a partir del torbellino de locura, luchó contra eso.
    Nombre: Cirocco Jones. Edad: treinta y cuatro. Raza: no negra, pero tampoco blanca.
    Era una persona apatrida, estadounidense, pero en realidad miembro de la desarraigada Tercera Cultura de las corporaciones multinacionales. Toda ciudad importante de la Tierra poseía su Ghetto Yanqui de casas-colmena, escuelas de inglés y locales autorizados para la venta de comidas rápidas. Cirocco había vivido en muchos de estos sitios. Se parecía un poco a ser la hija de un militar, aunque con menos seguridad.
    Su madre había sido una soltera, ingeniero consultor, que solía trabajar para las empresas productoras de energía. No había pretendido tener hijos, pero no contó con el guardián de la prisión árabe. El individuo la violó después de que fuera capturada tras un incidente fronterizo entre Irak y Arabia Saudí. Mientras el embajador de Texaco negociaba su liberación, nació Cirocco. Para entonces algunas bombas nucleares habían sido desperdigadas en el desierto, y el incidente fronterizo se convirtió en una guerra a pequeña escala la época en que tropas iraníes y brasileñas invadieron la prisión. Al variar el equilibrio político, la madre de Cirocco se encaminó a Israel. Cinco años más tarde contrajo cáncer de pulmón como consecuencia de la precipitación radiactiva en la atmósfera. Los siguientes quince años los pasó soportando tratamientos ligeramente menos dolorosos que la enfermedad.
    Cirocco había crecido mucho y en soledad, teniendo sólo a su madre como amiga. Vio por primera vez los Estados Unidos cuando tenía doce años. Por entonces sabía leer y escribir, y ya no podía resultar dañada en su desarrollo por el sistema educativo estadounidense. Su madurez afectiva era otra cuestión; no hacía amistad con facilidad, pero era fieramente leal a los pocos amigos con que contaba. Su madre poseía ideas firmes respecto de cómo educar a una jovencita, y estas ideas incluían pistolas y karate, así como clases de baile y canto. En apariencia, no carecía de confianza en sí misma. Pero sólo ella sabía cuan asustadiza y vulnerable era en el fondo. Se trataba de su secreto…, un secreto que guardaba tan bien que pudo embaucar a los psicólogos de la NASA para que le dieran el mando de una nave.
    ¿Y cuánto de eso era cierto?, se preguntó. No había razón para mentir. Sí, la responsabilidad del mando la aterrorizaba. Quizá todos los comandantes hubiesen de estar secretamente inseguros de sí mismos y supieran muy dentro de ellos que no eran completamente aptos para la responsabilidad que se les imponía. Pero preguntas de ese tipo no eran de las que se pudieran hacer… ¿Y si los otros no estaban atemorizados? En ese caso, el secreto quedaba al descubierto.
    Se encontró preguntándose cómo había llegado a gobernar una nave, si eso no era lo que ella había querido. ¿Qué era lo que quería? Me gustaría salir de aquí, intentó decir. Me gustaría que pasara algo.

* * *

    En ese instante sucedió algo.
    Sintió que tocaba una pared con la mano izquierda. A su tiempo, sintió otra con la mano derecha. Las paredes eran cálidas, lisas y flexibles, tal como ella imaginaba que sería el interior de un estómago. Las sentía moverse al otro lado de sus manos.
    Y empezaron a estrecharse.
    Se introdujo, de cabeza, en un túnel irregular. Las paredes se contrajeron. Por vez primera, sintió claustrofobia. Los espacios reducidos jamás le habían preocupado antes.
    Las paredes vibraron y ondearon, la empujaron hacia adelante hasta que su cabeza se deslizó sobre frialdad y una áspera textura. Cirocco fue estrujada; un fluido salió burbujeante de sus pulmones y tosió, aspiró y encontró su boca llena de arena. Tosió otra vez y brotó más fluido, pero ahora sus hombros estaban libres y entonces pudo sumergir la cabeza en la oscuridad para evitar que volviera a llenársele la boca. Jadeó y escupió, y empezó a respirar por la nariz.
    Sus brazos quedaron libres, luego sus caderas. Se puso a excavar en el material esponjoso que la circundaba. Olía como un día de la infancia pasado en un sótano frío, de tierra desnuda, en ese angosto espacio que los adultos visitan únicamente cuando las cañerías fallan. Olía a sus nueve años de edad, cavando en el barro.
    Una pierna se liberó, a continuación la otra, y Cirocco descansó con la cabeza inclinada en la depresión formada por brazos y pecho. Su aliento brotó en húmedos espasmos.
    La tierra se desmenuzó detrás de su cuello y rodó por su cuerpo hasta llenar casi el espacio libre. Cirocco estaba enterrada, pero viva. Había que excavar, mas no podía usar los brazos.
    Luchando contra el pánico, se obligó a levantarse con las piernas. Los músculos de sus muslos se contrajeron, las articulaciones crujieron, aunque sintió que la masa por encima de ella cedía.
    Su cabeza emergió a la luz y el aire. Jadeando, escupiendo, sacó un brazo fuera de la tierra, luego el otro, y se aferró a lo que parecía un frío cristal. Salió arrastrándose del agujero, usando manos y rodillas, y se desplomó. Hundió los dedos en el bendito suelo y lloró hasta quedarse dormida.

* * *

    Cirocco no quería despertarse. Se opuso, fingiendo dormir. Al sentir que la hierba se desvanecía y la oscuridad regresaba, abrió los ojos rápidamente.
    A centímetros de su nariz había una pálida alfombra verde que parecía hierba. Olía a hierba, igualmente. Era el tipo de hierba que sólo se encuentra en el césped de los mejores campos de golf. Pero era más cálida que el aire, y Cirocco no se podía explicar eso. Quizá no fuera hierba en absoluto.
    Frotó una mano sobre la hierba y husmeó de nuevo. Como si fuera hierba.
    Trató de levantarse y algo que resonó la perturbó. Una reluciente banda metálica circundaba su cuello, y otras, más pequeñas, se hallaban en sus brazos y piernas. Numerosos objetos extraños pendían de la banda mayor cosidos con alambre. Cirocco arrancó el objeto y se preguntó dónde lo había visto antes.
    Concentrarse fue tremendamente difícil. La cosa que tenía en la mano era tan compleja, tan diversa… Demasiado para sus dispersos sentidos.
    Se trataba de un traje presurizado, despojado de todos los cierres de plástico y goma. La mayor parte del traje había sido plástico. No quedaba más que el metal.
    Amontonó los fragmentos y en el proceso advirtió cuan desnuda se encontraba. Bajo un revestimiento de suciedad su cuerpo carecía por completo de vello. Hasta sus cejas habían desaparecido. Por alguna razón eso la entristeció. Puso la cara entre las manos y empezó a llorar.
    Cirocco no lloraba fácilmente, ni a menudo. No servía para eso. Pero después de mucho tiempo creyó de nuevo saber quién era.
    Ahora podía averiguar dónde se encontraba.

* * *

    Tal vez media hora más tarde, se sintió preparada para moverse. Pero su decisión de hacerlo generó muchas preguntas previas. Moverse…, pero, ¿hacia dónde?
    Había pretendido explorar Temis, pero eso había sido cuando disponía de una nave espacial y de los recuerdos de la materna tecnología terrestre. Ahora tenía la piel desnuda y algunos fragmentos metálicos.
    Se hallaba en un bosque formado por hierba y algo así como árboles. Así los denominó, siguiendo el mismo razonamiento que había usado con la hierba. Si el objeto tiene setenta metros de altura, posee un tronco castaño, redondeado, y algo que se parece a hojas muy en lo alto, se trata de un árbol. Lo cual no significaba que aquello no pudiera comerse alegremente a Cirocco si gozara de la oportunidad.
    Debía rebajar las preocupaciones a un nivel tratable. Descarta las cosas por las que no puedes hacer nada, no te molestes demasiado por las que poco puedes hacer. Y recuerda que si eres tan precavida como la cordura parecería dictar, te morirás de hambre en una caverna.
    El ambiente estaba incluido en la primera categoría. Era posible que fuera venenoso.
    —¡Pues deja de respirar, ahora mismo! —dijo en voz alta.
    Bien. Al menos olía fresco y no le hacía toser.
    El agua era algo por lo que podía hacer poco. Finalmente tendría que beber un poco, si es que lograba encontrar…, lo cual debería ir a la cabeza de su lista de prioridades. Una vez que la encontrara, quizá pudiera hacer fuego y hervirla. En caso contrario, la bebería con bichos microscópicos y todo.
    Y después estaba el alimento, que le preocupaba más que cualquier otra cosa. Aun cuando no hubiera nada alrededor que deseara utilizar a Cirocco como comida, no había forma de saber si el alimento que ella comiera la envenenaría. O tal vez no fuera más alimenticio que el celofán.
    Ni siquiera eran demasiado parecidos a árboles. Los troncos semejaban mármol pulido. Las elevadas ramas eran paralelas al suelo y se extendían a una distancia determinada antes de que formaran un ángulo recto. Por encima, las hojas eran planas, como las del lirio de agua, y medían tres o cuatro metros.
    ¿Qué era temerario y qué era excesivamente cauteloso? No había una guía del viajero, y los peligros no parecían estar indicados. Pero Cirocco no podía moverse sin algunas presunciones, y debía empezar a moverse. Tenía hambre.
    Afirmó su mandíbula y a continuación caminó pesadamente hasta el árbol más cercano. Le dio una palmada. El árbol permaneció tal cual, supremamente indiferente.
    —Sólo un tonto árbol.
    Examinó el agujero del que había salido.
    Era una cruda llaga color castaño en la limpia extensión de hierba. Trozos de tierra herbosa que se mantenían unidos por una leve estructura llena de raíces, yacían revueltos en torno al hoyo. El agujero en sí sólo tenía medio metro de profundidad; los laterales se habían derrumbado para llenar el resto.
    —Algo trató de comerme —dijo Cirocco—. Algo comió todas las partes orgánicas de mi traje y todos mis pelos, y luego excretó lo inservible, yo incluida.
    Advirtió de paso su alegría porque la cosa la hubiera clasificado como inservible.
    Era una bestia infernal. Sabían que la parte externa del toro —el suelo en que estaba sentada Cirocco— tenía un espesor de treinta kilómetros. Esta cosa era lo bastante grande como para haber enredado a la Ringmaster mientras la nave orbitaba a cuatrocientos kilómetros de distancia. Cirocco había pasado largo tiempo en su estómago y, por la razón que fuera, había demostrado ser indigerible. Había excavado la tierra hasta aquel punto y expelido a Cirocco.
    Y eso era absurdo. Si la cosa podía comer plástico, ¿por que no había podido comer a Cirocco? ¿Acaso los capitanes de nave eran demasiado duros?
    Aquello había devorado la totalidad de la nave, piezas tan voluminosas como el módulo de motricidad, pero también otras como meros fragmentos diminutos de vidrio, y tambaleantes, menguantes figuras provistas de traje espacial con cascos abollados…
    —¡Bill! —estaba de pie, todos los músculos de su cuerpo en tensión—. ¡Bill! Estoy aquí. ¡Estoy viva! ¿Dónde estás tú?
    Se dio una palmada en la frente. Si tan sólo lograra superar esa sensación de tener la cabeza embotada de ideas que se van presentando tan lentamente… No se había olvidado de los tripulantes, pero hasta entonces no los había relacionado con la recién nacida Cirocco puesta en pie, desnuda y sin pelos, sobre el cálido suelo.
    —¡Bill! —gritó de nuevo.
    Prestó atención y se dejó caer con las piernas dobladas bajo el cuerpo. Tiró de la hierba.
    Piénsalo bien. Presumiblemente, la criatura habría tratado a Bill como otro desperdicio. Pero él había resultado herido antes.
    Igual que ella, ahora que lo pensaba. Se examinó los muslos y no encontró ni siquiera una magulladura. Esto no le indicaba nada. Podía haber estado dentro de la criatura durante cinco años o sólo unos cuantos meses.
    Cualquiera de los otros podía presentarse, ser expelido del suelo en cualquier instante. En alguna parte de allí abajo, a metro y medio de profundidad, había cierta especie de orificio excretor de la criatura. Si Cirocco esperaba, y si a la criatura no le gustaba el sabor de todos los humanos y no solamente el de los llamados Cirocco, tal vez volvieran a reunirse de nuevo.
    Se sentó a esperarles.

* * *

    Media hora después (¿o sólo fueron diez minutos?) la cosa no tenía sentido. La criatura era grande. Había devorado la Ringmaster como una pastilla de menta de sobremesa. Debía de extenderse a través de una gran parte del mundo subterráneo de Temis; no tenía sentido creer que ese único orificio era capaz de ocuparse de todo el tráfico. Quizás existieran otros, y lo más probable es que estuvieran diseminados por la totalidad de la campiña.
    Un poco más tarde, Cirocco tuvo otra idea. Los pensamientos llegaban muy espaciadamente, pero llegaban, y ella se alegró de eso. La idea era simple: tenía sed, estaba hambrienta y sucia. Lo que más deseaba en el mundo era agua.
    El terreno se inclinaba suavemente. Cirocco estaba deseosa de apostar que abajo, en alguna parte, habría una corriente.
    Se levantó y dio una patada al montón de piezas metálicas. Había demasiadas cosas que transportar, pero los desperdicios era todo lo que tenía como herramientas. Cogió uno de los aros más pequeños y después alzó el mayor, que había sido la base de su casco y seguía conectado a los colgantes componentes electrónicos.
    No era mucho, pero tendría que serlo. Se colgó del hombro el aro de mayor tamaño y comenzó a descender la colina.

* * *

    El estanque estaba alimentado por un salto de agua de dos metros procedente de una corriente rocosa que serpenteaba en un pequeño valle. Los inmensos árboles se arqueaban en lo alto y bloqueaban por completo la visión que Cirocco tenía del cielo. La mujer permaneció inmóvil en una roca cercana al borde del estanque, tratando de medir su profundidad, pensando en dejarse caer al agua.
    Pensar en ello fue todo lo que hizo. El agua era clara, pero no había señal alguna respecto a qué podría haber en ella. Cirocco saltó el reborde que producía el salto. Resultó fácil con una cuarta parte de la gravedad normal. Un corto paseo la llevó a una ribera arenosa.
    El agua era cálida, dulce y espumosa, y con mucho lo mejor que Cirocco había probado en su vida. Bebió toda la que quiso, luego se puso en cuclillas y se restregó con arena. Se mantuvo alerta. Las charcas eran lugares para estar precavida. Al acabar, se sintió razonablemente humana por primera vez desde su despertar. Se sentó en la húmeda arena y dejó que sus pies flotaran en el agua.
    El líquido era más fresco que el ambiente o el suelo, pero todavía sorprendentemente cálido para lo que parecía ser una corriente de montaña alimentada por un glaciar. Cirocco comprendió después que sería lógico que la fuente de calor de Temis estuviera donde ellos habían deducido: abajo. La luz solar en la órbita de Saturno no suministraría excesivo calentamiento superficial. Pero las aletas triangulares se encontraban ahora debajo de Cirocco y probablemente estaban destinadas a almacenar calor solar. Se imaginó enormes ríos subterráneos de agua caliente corriendo algunos centenares de metros bajo la superficie.
    Seguir adelante parecía ser la siguiente tarea, pero ¿en qué dirección? Hacia adelante podía ser descartado. A lo largo del curso de agua la tierra volvía a ascender. Corriente abajo sería más fácil, y enseguida la llevaría a terrenos llanos.
    —Decisiones, decisiones —murmuró.
    Observó la maraña de restos metálicos que había estado llevando toda la…, ¿la qué? ¿La tarde? ¿La mañana? Aquí era imposible medir el tiempo de esa forma. Sólo era posible pensar en tiempo transcurrido, y Cirocco no tenía idea de cuánto rato había pasado.
    El aro del casco seguía en su mano. Arrugó la frente mientras lo miraba más atentamente.
    Su traje había contenido una radio antes. Por supuesto no era posible que el aparato hubiera salido intacto de aquella prueba tan dura, pero por puro gusto Cirocco rebuscó y encontró los restos. Había una diminuta batería y lo que quedaba de un interruptor conectado. Eso concluía el asunto. La mayor parte de la radio había estado formada por hojas de silicio y metal, por lo que había existido una tenue esperanza.
    Volvió a observar. ¿Dónde estaba el altavoz? Debería ser un pequeño cuerno metálico, los restos de un juego de auriculares. Lo encontró y lo alzó hasta una oreja.
    —…cincuenta y ocho, cincuenta y nueve, noventa y tres sesenta…
    —¡Gaby!
    Se encontró de pie, gritando, pero la voz familiar siguió contando, absorta. Cirocco se arrodilló en la roca y dispuso sobre ella los restos del casco con dedos temblorosos, sosteniendo el auricular en la oreja mientras manoseaba los componentes. Encontró el micrófono de garganta miniatura.
    —Gaby, Gaby, adelante, por favor. ¿Puedes oírme?
    —…ochenta… ¡Rocky! ¿Eres tú, Rocky?
    —Soy yo. ¿Dónde… ¿Dónde…? —Se fue calmando, tragó saliva y siguió hablando—. ¿Estás bien? ¿Has visto a los demás?
    —Oh, capitana. Las cosas más horribles…
    La voz de Gaby se quebró y Cirocco escuchó sollozos. Gaby vertió un incoherente torrente de palabras: lo contenta que estaba de oír la voz de Cirocco, cuan sola había estado, cuan segura había estado de ser la única sobreviviente hasta escuchar su radio y oír sonidos…
    —¿Sonidos?
    —Sí, al menos hay otra persona viva, salvo que fueras tú, llorando.
    —Yo… ¡Diablos! He llorado bastante. Tal vez fuera yo.
    —No lo creo —dijo Gaby—. Estoy bastante segura de que es Gene. De vez en cuando también canta. Rocky, es tan bueno oír tu voz.
    —Lo sé. Es bueno oír la tuya —tuvo que volver a respirar profundamente y aflojar su presión sobre el aro del casco. La voz de Gaby había recuperado el control, pero Cirocco se hallaba al borde de la histeria. No le gustó sentirse así.
    —Las cosas que me han ocurrido —estaba diciendo Gaby—. Estaba muerta, capitana, y en el cielo, y ni siquiera soy religiosa, pero allí estaba…
    —Gaby, cálmate. Contrólate.
    Hubo silencio, realzado por aspiraciones nasales.
    —Creo que estaré bien ahora. Lo siento.
    —No importa. Si has pasado algo como yo pasé, lo comprendo perfectamente. Bien, ¿dónde estás?
    Se produjo una pausa, luego una risita.
    —No hay letreros de calles en este barrio —dijo Gaby—. Es un cañón, no muy profundo. Está lleno de rocas y hay un arroyo justo en medio. Hay unos árboles bastante extraños a los dos lados del agua.
    —Se parece mucho al lugar donde estoy yo —(¿pero qué cañón?, se preguntó)—. ¿Qué dirección llevas? ¿Cuentas los pasos?
    —Sí. Corriente abajo. Si lograra salir de este bosque vería medio Temis.
    —También yo he pensado en eso.
    —Sólo necesitamos un par de señales para saber si estamos en el mismo paraje.
    —Pues pienso que debemos estar, o no nos oiríamos.
    Gaby no dijo nada y Cirocco comprendió su error.
    —Bien —dijo Cirocco—. Línea de visión.
    —Alto. Estas radios sirven para bastante distancia. Aquí, el horizonte se curva hacia arriba.
    —Lo creería mejor si lo viera. Donde yo estoy ahora mismo podría ser el bosque encantado de Disneylandia al atardecer.
    —Disney habría hecho un trabajo mejor —dijo Gaby—. El bosque habría tenido más detalles, y monstruos que saldrían de sopetón de los árboles.
    —No digas eso. ¿Has visto algo así?
    —Un par de insectos, supongo que eran insectos.
    —Yo he visto un grupo de pececillos. Parecían peces. Oh, de paso, no te metas en el agua. Pueden ser peligrosos.
    —Los he visto. Después de meterme en el agua. Pero no hicieron nada.
    —¿Te has cruzado con algo que sea notable en algún aspecto? ¿Algún rasgo superficial poco usual?
    —Algunos saltos de agua. Dos árboles caídos.
    Cirocco miró a su alrededor y describió el estanque y el salto de agua. Gaby afirmó que había cruzado varios lugares así. Podía tratarse del mismo arroyo, pero no había modo de saberlo.
    —Bien —dijo Cirocco—. Esto es lo que haremos. Cuando te encuentres delante de una roca yendo corriente arriba, haz una señal en ella.
    —¿Cómo?
    —Con otra roca —localizó una piedra del tamaño de su puño y acometió la roca en la que había estado sentada. Garabateó una gran ‘C’. Era imposible confundir su artificialidad.
    —Estoy haciendo eso ahora mismo.
    —Haz una marca cada cien metros o algo así. Si estamos en el mismo río una de nosotras irá detrás de la otra, y la que vaya delante esperará hasta que la otra la alcance.
    —Suena bien. Uh… Rocky, ¿cuánto tiempo duran estas baterías?
    Cirocco hizo una mueca y se frotó la frente.
    —Quizás un mes de uso. Depende de cuánto tiempo hayamos estado… bueno, hayamos estado dentro. No tengo idea de eso. ¿Y tú?
    —No. ¿Tienes pelo?
    —Ni pizca —se pasó la mano por el cuero cabelludo y advirtió que no parecía tan liso—. Pero me está volviendo a crecer.

* * *

    Cirocco caminó río abajo, manteniendo en su lugar el auricular y el micrófono para poder conversar.
    —Me siento más hambrienta cuando pienso en comida —dijo Gaby—. Y estoy pensando en eso ahora mismo. ¿Has visto alguno de esos pequeños arbustos con bayas?
    Cirocco miró alrededor pero no localizó nada similar.
    —Las bayas son amarillas y más o menos del tamaño de la punta de tu pulgar. Tengo una en la mano. Es blanda y transparente.
    —¿Vas a comerla?
    Hubo una pausa.
    —Iba a preguntarte qué piensas al respecto.
    —Tarde o temprano tendremos que probar algo. A lo mejor una baya no basta para matarte.
    —Simplemente, me pone mala —rió Gaby—. Esta se rompió en mis dientes. Dentro hay una gelatina espesa, como miel con sabor a menta. Se está disolviendo en mi boca… Y ya ha desaparecido. La corteza no es tan dulce, aunque de todas maneras voy a comerla. Puede ser la única parte con valor alimenticio.
    Tal vez ni eso, pensó Cirocco. No había razón por la que una parte de aquello tuviera que sustentarlas. Se alegró de que Gaby le hubiera dado una descripción tan detallada de sus sensaciones mientras comía la baya, pero conocía el propósito de la acción. Los equipos desactivadores de bombas empleaban la misma técnica. Un hombre permanecía apartado en tanto que el otro informaba de todas sus maniobras por la radio. Si la bomba estallaba, el sobreviviente aprenda algo para la siguiente ocasión.
    Cuando les pareció que había transcurrido bastante tiempo sin efectos malignos, Gaby se puso a comer más bayas. Más adelante, Cirocco descubrió algunas. Eran casi tan buenas como aquel sabor inicial del agua.

* * *

    —Gaby, estoy muerta. Me pregunto cuánto tiempo llevamos despiertas.
    Se produjo una larga pausa y Cirocco tuvo que llamar de nuevo.
    —¿Hum? Ah, hola. ¿Cómo he llegado aquí? —Gaby parecía levemente borracha.
    —¿A dónde has llegado? —Cirocco se puso seria—. Gaby, ¿qué pasa?
    —Me senté un momento para descansar las piernas. Debo de haberme quedado dormida.
    —Intenta despertarte tanto como para encontrar un buen sitio.
    Cirocco ya estaba explorando. Iba a ser un problema. Nada parecía bueno, y ella sabía que la peor idea era tumbarse sola en tierra extraña. Lo único peor habría sido permanecer despierta por más tiempo.
    Caminó un poco entre los árboles y se maravilló de lo blanda que era la hierba bajo sus pies descalzos. Mucho mejor que las rocas. Sería agradable sentarse un rato.

* * *

    Despertó en la hierba, se incorporó rápidamente y observó todo a su alrededor. Nada se movía.
    Un metro en todas direcciones desde el lugar en que había dormido, la hierba se había vuelto marrón, seca como el heno.
    Se puso en pie y miró una gran roca. Se había acercado a ella desde el borde del arroyo, buscando un sitio para dormir. Dio la vuelta en torno al pedrusco y al otro lado había una letra ‘G’ enorme.

CAPITULO 5

    Gaby insistió en volver sobre sus pasos. Cirocco no protestó; le pareció bien, aunque jamás lo habría sugerido.
    Caminó río abajo, a menudo pasando junto a las marcas que Gaby había hecho. En un punto dado tuvo que dejar la arenosa orilla y seguir por la hierba para eludir una gran masa de rocas. Al llegar al césped vio una serie de puntos marrones ovales espaciados como huellas de pies. Se arrodilló y los tocó. Estaban secos y eran quebradizos, igual que la hierba donde había dormido.
    —He descubierto parte de tu rastro —informó a Gaby—. Es imposible que tus pies hayan tocado la hierba más de un segundo, y sin embargo algo que llevas en tu cuerpo la ha matado.
    —Observé lo mismo cuando me desperté —dijo Gaby—. ¿Qué te parece?
    —Creo que segregamos algo venenoso para la hierba. Si eso es cierto, quizá no olamos muy bien para el tipo de grandes animales que normalmente podrían interesarse por nosotras.
    —Esa es una buena noticia.
    —Lo malo es que podría significar que poseemos componentes bioquímicos muy diferentes. Eso no es tan bueno por lo que a comer toca.
    —Eres muy graciosa cuando hablas de eso.

* * *

    —¿Eres tú ésa…, ahí delante?
    Cirocco atisbo en la pálida luz amarillenta. El río corría un buen trecho en línea recta, y justo donde empezaba a curvarse había una menuda figura.
    —Sí. Soy yo, si es que tú eres ésa que agita los brazos.
    Gaby lanzó un grito, un penoso sonido en el diminuto auricular. Cirocco lo oyó otra vez un segundo después, mucho más débil. Sonrió y después sintió que la sonrisa se hacía más y más amplia. No había deseado correr, pues aquello se parecía tanto a una película mala… Pero de todas maneras lo hizo, igual que Gaby, dando brincos absurdamente largos a causa de la baja gravedad.
    Se toparon con tanta dureza que por un instante quedaron sin respiración. Cirocco abrazó a la pequeña subordinada y la levantó del suelo.
    —Ca-caramba… ¡Te encuentro ta-ta-tan bien! —dijo Gaby. Uno de sus párpados temblaba y los dientes le rechinaban.
    —Hey, tranquila, cálmate —Cirocco acarició la espalda de Gaby con ambas manos. La sonrisa de Gaby era tan amplia que hacía daño a la vista.
    —Lo siento, pero creo que me pondré histérica. ¿No es eso una carcajada?
    Y Gaby rió, pero con una risa insulsa que hería el oído y enseguida se convirtió en temblores y jadeos. Se apretó a Cirocco con la fuerza suficiente para romperse las costillas. Cirocco no se opuso, sino que dejó a la otra mujer en la arenosa orilla del río y la abrazó mientras enormes lágrimas de baja gravedad resbalaban por sus hombros.
    Cirocco no supo en qué momento los confortadores abrazos se transformaron en otra cosa. Fue algo muy gradual. Gaby se mostró bastante insensible durante un largo rato y pareció muy natural que Gaby acariciara a Cirocco y que las dos se apretaran mucho una contra otra. El primer instante en que la acción empezó a parecer algo anormal fue cuando Cirocco se encontró besando a Gaby y ésta le devolvió el beso. Pensó que podría haberse detenido entonces, pero no quiso hacerlo porque no sabía si las lágrimas que probaba pertenecían a ella o a Gaby.
    Y además, aquello nunca llegó realmente a convertirse en un acto amoroso. Se frotaron una contra otra y se besaron boca a boca, y cuando llegó el orgasmo casi pareció ajeno a lo que había pasado antes. Al menos eso era lo que Cirocco se dijo una y otra vez.
    Una de ellas tenía que decir algo al terminar y daba la impresión de que era mejor mantenerse aparte de lo que acababan de hacer.
    —¿Te encuentras bien ahora?
    Gaby asintió. Sus ojos seguían brillantes, pero estaba sonriendo.
    —Oh, oh. Tal vez no continuamente, con todo. Me desperté soñando. Realmente temo dormirme.
    —Tampoco es mi idea favorita. ¿Sabes que eres una de las criaturas de mejor aspecto que he visto en mi vida?
    —Eso es porque no tienes un espejo.
    Gaby no pudo dejar de hablar durante horas, y no le gustó que Cirocco la soltara. Se trasladaron a una posición menos expuesta entre los árboles y después se sentaron, la espalda de Cirocco contra un tronco y Gaby reclinada sobre ella.
    Gaby habló de su viaje a lo largo del río, pero el hecho al que quería volver una y otra vez, o del que no podía apartarse, era su experiencia en la panza de la criatura. A Cirocco le pareció un sueño prolongado que tenía poco en común con lo que ella misma había experimentado, pero eso quizá fuera simplemente por la inadecuación de las palabras.
    —Me desperté en la oscuridad unas cuantas veces, igual que tú —dijo Gaby—. Cuando lo hacía, no podía sentir, ver u oír nada, y de verdad que no quería estar allí mucho tiempo.
    —Yo regresaba a mi vida anterior. Era tremendamente vivido. Podía… sentirlo todo.
    —Yo también —dijo Gaby—. Pero no era una repetición. Todo eran cosas nuevas.
    —¿Siempre sabías dónde estabas? Esa fue la peor parte para mí, recordando y después olvidando. No sé cuántas veces me pasó.
    —Sí, siempre sabía dónde estaba. Pero llegué a estar bastante cansada de ser yo, si eso tiene algún sentido. Las posibilidades eran tan limitadas…
    —¿Qué quieres decir?
    Gaby hizo un gesto de indecisión con las manos, como si intentara coger algo en el aire. Desistió y dio la vuelta en los brazos de Cirocco para mirarla a los ojos durante un largo instante. Luego apoyó la cabeza entre los senos de Cirocco, quien pareció algo molesta pese a que la calidez de su cercanía era demasiado buena para rehusarla. Bajó los ojos hacia la pelada cabeza de Gaby y tuvo que contener un impulso para besarla.
    —Veinte, treinta años habrán sido los que estuve allí dentro —dijo suavemente Gaby—. Y no me digas que eso es imposible. Tengo una idea bastante buena respecto a que nada como ese lapso tuvo que haber transcurrido en el resto del universo. No estoy loca.
    —No he dicho que lo estés —Cirocco friccionó los hombros de Gaby cuando empezaron a temblar, y el temblor desapareció.
    —Bueno, tampoco he debido decir que no estoy loca. Jamás necesité alguien que me mimara, así que antes no lloraba. Lo siento.
    —No me importa —murmuró Cirocco, y asiera en realidad. Descubrió que era sorprendentemente fácil musitar palabras de seguridad al oído de otra mujer—. Gaby, es imposible que una de nosotras hubiera pasado por eso sin crispamientos. Yo lloré durante horas. Vomité. Puedo hacerlo otra vez, y si me es imposible valerme sola, me gustaría que cuidaras de mí.
    —Lo haré, no te inquietes por eso —dio la sensación de relajarse un poco más—. El tiempo real no es importante —dijo finalmente Gaby—. Lo que importa es el tiempo interno. Y según ese reloj, yo estuve allí dentro muchos años. Subí al cielo por una maldita escalera de cristal. Y tan seguro como que estoy sentada aquí, veo todos los escalones en mi mente, siento las nubes moverse con rapidez a mi lado y oigo rechinar mis pies en el vidrio. Y era el cielo de Hollywood, con alfombra roja los últimos tres o cuatro kilómetros, puertas doradas como rascacielos y gente con alas. Y yo no creía en eso, ¿comprendes? Y sin embargo lo creía. Sabía que estaba soñando, sabía que era ridículo y que al final todo aquello no me serviría de nada y desaparecería —bostezó y rió suavemente—. ¿Por qué te estoy contando todo esto?
    —Quizá para sacártelo de encima. ¿Te hace sentir mejor?
    —Un poco.
    Se quedó un rato callada. Cirocco pensó que se había quedado dormida, pero no era así. Gaby se removió y se acurrucó más en el regazo de Cirocco.
    —Tuve tiempo de hacerme un buen examen de mí misma —dijo, farfullando—. No me gustó. Llegué a preguntarme qué estaba haciendo de mí misma. Nunca antes eso me había preocupado.
    —¿Qué hay de malo en tu forma de ser anterior? —preguntó Cirocco—. A mí me gustabas.
    —¿De verdad? No comprendo por qué. Claro, yo no causaba muchos problemas a nadie, podía cuidar de mí misma. Pero ¿qué más? ¿Qué detalle bueno?
    —Te portabas muy bien en tu trabajo. Eso es todo lo que en realidad yo te exigía. Eres la mejor que existe, o no habrías sido seleccionada para esta misión.
    Gaby suspiró.
    —No sé por qué —dijo—, pero eso no me impresiona. Me refiero a que para llegar a ser tan experta sacrifiqué casi todo lo que caracteriza a un ser humano. Tal como he dicho, hice un poco de auténtico examen de conciencia.
    —¿Qué decidiste?
    —En primer lugar, Gaby ha terminado con la astronomía.
    —¿Gaby?
    —Es la verdad. ¿Y qué, caramba? Nunca saldremos de aquí, y no hay estrellas que mirar. De todas formas habría necesitado encontrar otra cosa que hacer. Y no ha sido tan repentino. Tuve mucho, muchísimo tiempo para cambiar de ideas. ¿Sabes que no tengo un amante en todo el mundo? Ni siquiera un amigo.
    —Yo soy tu amiga.
    —No. No, del modo a que me refiero. La gente me respetaba por mi trabajo, los hombres me deseaban por mi cuerpo. Pero jamás hice amigos, ni siendo una niña. No, del tipo al que le puedes abrir tu corazón.
    —No es tan difícil.
    —Espero que no. Porque voy a ser una persona distinta. Voy a hablar a la gente de la auténtica Gaby. Esta es la primera vez que puedo hacerlo, porque es la primera vez que me he conocido realmente. Y pienso amar. Voy a preocuparme por la gente. Y parece que tú entras en esto —levantó la cabeza y sonrió a Cirocco.
    —¿Qué quieres decir? —preguntó Cirocco, frunciendo ligeramente la frente.
    —Es una sensación extraña, la tuve en cuanto te vi —bajó la cabeza de nuevo—. Creo que te quiero.
    Durante unos instantes Cirocco nada pudo decir. Después forzó una carcajada.
    —Hey, cariño, sigues estando en ese cielo de Hollywood. Eso del amor a primera vista no existe. Lleva tiempo. ¿Gaby?
    Trató de hablarle varias veces pero Gaby estaba dormida o simulaba muy bien que lo estaba. Cirocco dejó que su cabeza cayera hacia atrás cansadamente.
    —Oh, Dios mío.

CAPITULO 6

    Lo inteligente habría sido montar guardias. Cirocco se preguntó, mientras pugnaba por despertarse, por qué había logrado tan pocas veces hacer lo inteligente desde que llegó a Temis. Tenían que adaptarse a la extraña carencia de tiempo. No podían seguir caminando hasta caerse.
    Gaby dormía con el pulgar en la boca. Cirocco trató de levantarse sin molestarla, pero fue imposible. Gaby gimió y abrió los ojos.
    —¿Estás tan hambrienta como yo? —bostezó.
    —Es difícil saberlo.
    —¿Crees que se trata de las bayas? A lo mejor no son buenas.
    —Imposible saberlo tan pronto. Pero echa una ojeada allí. Podría ser desayuno.
    Gaby miró adonde Cirocco señalaba. Había un animal junto al río, bebiendo. Mientras lo observaban, el animal levantó la cabeza y las contempló a no más de veinte metros de distancia. Cirocco se puso en tensión, preparada para cualquier cosa. El animal parpadeó y bajó la cabeza.
    —Un canguro de seis patas —dijo Gaby—. Sin orejas.
    Fue una descripción bastante buena. El animal estaba cubierto con un corto pelaje y tenía dos grandes patas traseras, aunque no tan largas como las de un canguro. Las cuatro patas delanteras eran más pequeñas. El pelaje era amarillo y verde claro. El animal no hacía nada especial por protegerse.
    —Me gustaría echar un vistazo a sus dientes. Podrían indicarnos algo.
    —Lo correcto es probablemente salir por piernas de aquí —dijo Gaby. Suspiró y miró el suelo a su alrededor. Se levantó antes que Cirocco pudiera detenerla y caminó hacia la criatura.
    —Gaby, déjalo —murmuró Cirocco, intentando no alertar al animal. En ese instante se dio cuenta de que Gaby llevaba una roca en la mano.
    La criatura alzó los ojos de nuevo. Tenía una cara que habría resultado divertidísima en otras circunstancias. La cabeza era redonda, sin orejas o nariz visibles; simplemente dos estúpidos ojos. Pero la boca daba la impresión de que la criatura estuviera mascando una armónica bajo. Los labios se alargaban el doble que el resto de la cabeza, dando al animal una sonrisa ridícula.
    La criatura levantó del suelo las cuatro patas delanteras y se alzó tres metros en el aire. Gaby brincó casi tan alto por la sorpresa y tuvo tiempo de girar alocadamente antes de caer sobre su trasero. Cirocco se acercó a ella y trató de quitarle la piedra.
    —Vamos, Gaby, no estamos tan necesitadas de carne.
    —Calla —dijo Gaby a través de sus dientes apretados—. Lo hago también por ti.
    Forcejeó para desasirse y corrió hacia adelante.
    El bicho había dado dos saltos, cada uno de ocho o nueve metros. Después se quedó quieto, con las patas delanteras tocando la tierra y la cabeza baja. Estaba comiendo hierba.
    Alzó la mirada plácidamente cuando Gaby se detuvo a dos metros de distancia. Parecía no temer a la mujer, y siguió pastando mientras Cirocco llegaba por detrás de Gaby.
    —¿Crees que deberíamos…?
    —¡Chist!
    Gaby vaciló sólo un instante más, luego se acercó hasta la bestia. Levantó el brazo y golpeó fuertemente con la piedra en la parte superior de la cabeza, y a continuación se apartó de un salto.
    La bestia emitió un ruido de tos, se tambaleó y cayó de costado. Pateó una vez y se quedó inmóvil.
    Observaron un rato al animal y finalmente Gaby se aproximó y lo pinchó con un dedo del pie. No sucedió nada, por lo que se arrodilló al lado. El animal no era mayor que un venado pequeño. Cirocco se acuclilló con los codos en las rodillas, tratando de no disgustarse por aquello. Gaby parecía estar sin aliento.
    —¿Crees que está muerto? —preguntó.
    —Lo parece. Una especie de anticlímax, ¿no crees?
    —Está bien para mí.
    Gaby se secó la frente con una mano y luego golpeó una y otra vez la cabeza de la criatura con la piedra hasta que surgió sangre roja. Cirocco se sobresaltó. Gaby tiró la roca y se limpió las manos en los muslos.
    —Ya está. ¿Sabes una cosa? Si recogieras un poco de esa maleza seca creo que yo lograría encender una hoguera.
    —¿Cómo lo harás?
    —No importa. Tú, preocúpate de la leña.
    Cirocco recogió medio brazado de leña antes de que cesara de preguntarse cuándo Gaby había empezado a dar las órdenes.

* * *

    —Bien, la teoría era buena —dijo Gaby, tristemente.
    Cirocco acometió de nuevo la correosa carne roja que se aferraba al hueso con tanta tenacidad.
    Gaby había sudado una hora con un trozo de su traje espacial y una roca que había confiado fuera pedernal pero que resultó no serlo. Tenía una pila de leña seca, una sustancia fina parecida al musgo y astillas cuidadosamente cortadas de tres ramas con el agudo borde del casco de Cirocco. Teman todos los ingredientes esenciales de una hoguera excepto la chispa.
    En aquella hora la opinión de Cirocco sobre la habilidad de Gaby había sufrido una revolución. Cuando tuvo el animal despellejado y Gaby abandonó la idea de la hoguera. Cirocco supo que comería la carne cruda y estaría agradecida por ello.
    —Ese bicho no tenía predadores —dijo Cirocco. casi con la boca llena. La carne era mejor de lo que había esperado. aunque faltaba algo de sal.
    —Seguro que no actuaba así —convino Gaby. Se puso en cuclillas al otro lado del cadáver de la bestia y sus ojos erraron por el terreno por encima del hombro de Cirocco. Esta hacía lo mismo.
    —Eso puede significar que no hay predadores bastante grandes para preocuparnos.
    La comida fue un acto agotador debido a la cantidad de masticación precisa. Las dos mujeres se entretuvieron examinando el cuerpo muerto. El animal no pareció demasiado notable a los inexpertos ojos de Cirocco. Deseó que Calvin hubiera estado allí para decirle si estaba equivocada. La carne, piel, huesos y pelaje eran de los colores y texturas usuales, y hasta olían adecuadamente. Había órganos que Cirocco no podía identificar.
    —La piel debería servir para algo —observó Gaby—. Podríamos hacer ropa con ella.
    Cirocco arrugó la nariz.
    —Si quieres vestir eso, adelante. Probablemente apestará muy pronto. Y hasta el momento, hace calor suficiente como para ir sin ropa.
    No parecía correcto abandonar la parte más grande del animal, pero decidieron hacerlo. Ambas mujeres conservaron un hueso de las patas para usarlo como arma y Cirocco tajó un gran trozo de carne mientras Gaby cortaba tiras de piel para unir las partes del traje espacial. Cirocco se hizo un tosco cinturón al que ató sus cosas. Después se encaminaron otra vez río abajo.

* * *

    Vieron más criaturas-canguro, solas y en grupos de tres o seis. Había otros animales, más pequeños, que se movían de un lado a otro entre los troncos de los árboles casi demasiado rápido para verlos, y todavía más que permanecían cerca del borde del agua. No resultaba difícil acercarse a cualquiera de ellos. Los animales de los bosques, cuando se quedaban quietos el tiempo suficiente para examinarlos, daban la impresión de no tener cabeza. Eran bolas azules de corto pelaje con seis pies dotados de garras que sobresalían y se movían en cualquier dirección con igual facilidad. La boca se encontraba en la parte inferior, centrada en una estrella de patas.
    La campiña empezó a cambiar. No sólo vieron más animales, sino que había más variedades de vida vegetal. Cirocco y Gaby prosiguieron la penosa caminata en medio de una luz que varió a verde oscuro por efecto de la bóveda del follaje, cien mil pasos en un día de veinticuatro horas.
    Por desgracia, pronto perdieron la cuenta. Los enormes y simplificados árboles dieron paso a un centenar de especies distintas y un millar de tipos de arbustos en flor, enredaderas y plantas parásitas. Las únicas cosas que permanecieron constantes fueron la corriente que constituía su única guía y la tendencia al gigantismo de los árboles de Temis. Cualquiera de estos últimos habría merecido una placa y una visita turística al Parque Nacional Secoya.
    Y además ya no había silencio. Durante su primera jornada de viaje Cirocco y Gaby tuvieron únicamente los sonidos de sus pasos y el matraqueo de los restos de sus trajes como compañía. Ahora el bosque gorjeaba, ladraba y gruñía ante ellas.
    La carne supo mejor que nunca cuando se detuvieron a descansar. Cirocco la engulló vorazmente, sentada espalda con espalda con Gaby junto al nudoso tronco de un árbol más cálido de lo que cualquier árbol debería ser, con blanda corteza y raíces que formaban nudos más grandes que casas. Las ramas más altas se perdían en la increíble jungla superior.
    —Apostaría a que hay más vida en esos árboles que en el suelo —dijo Cirocco.
    —Mira allí —dijo Gaby—. Diría que alguien unió esas enredaderas. Se ve agua rezumando por abajo.
    —Deberíamos hablar de eso. ¿Qué me dices de la vida inteligente aquí? ¿Cómo la reconoceríamos? Ese es uno de los motivos por el que traté de evitar que mataras a este animal.
    Gaby masticó pensativamente.
    —¿Tendría que haber intentado hablar con él antes?
    —Lo sé, lo sé. Lo que más miedo me daba era que se hubiera vuelto y te hubiera arrancado las piernas de un mordisco. Pero ahora que sabemos lo dócil que es, tal vez debiéramos hacer simplemente eso, ¿no crees? Intentar hablar con uno…
    —Qué estupidez. Esa cosa no tiene la mitad de cerebro que una vaca. Se podía ver en sus ojos.
    —Probablemente estás en lo cierto.
    —No, tú estás en lo cierto. Es decir, yo tengo razón, pero tú también en cuanto a que debemos ser más prudentes. Me fastidiaría comer algo con lo que debería estar hablando. Hey, ¿qué ha sido eso?
    No fue un ruido, sino la comprensión de que el ruido había cesado. Sólo el chapoteo del agua y el alto susurro de las hojas perturbaba el silencio. Después, aumentando tan tranquila y lentamente que ambas mujeres estuvieron varios instantes oyéndolo antes de poder identificarlo, hubo un gemido colosal.
    Dios habría podido gemir así, en caso de que El hubiera perdido todo lo que había amado y suponiendo que El tuviera una garganta como un órgano de mil kilómetros de largo. El lamento prosiguió creando una nota que de algún modo lograba subir de tono sin desviarse nunca de los límites inferiores extremos de la audición humana. Cirocco y Gaby lo sintieron en las entrañas y detrás de los globos oculares.
    Ya parecía estar llenando el universo y sin embargo aún aumentó más. Se le unió el sonido de una sección de cuerdas: violoncelos y contrabajos electrónicos. Moviéndose ligeramente por encima de esta enorme base tonal había sibilantes armónicos ultrasónicos. El conjunto creció de volumen pese a que parecía imposible que hiciera tal cosa.
    Cirocco pensó que su cráneo iba a estallar. Apenas era consciente de que Gaby se abrazaba a ella. Las dos contemplaron fijamente, boquiabiertas, cómo se abatía sobre ellas una lluvia de hojas muertas que caía de la bóveda del follaje. Animales diminutos empezaron a caer retorciéndose y brincando. La tierra se puso a vibrar en armonía; estaba anhelando volar y lanzarse al aire. Un remolino de arena se deslizó inciertamente y después se deshizo bruscamente en fragmentos sobre el cuerpo del árbol donde se acurrucaban las mujeres. Las dos fueron azotadas por los desechos.
    Hubo un estrépito por encima de ellas y un viento empezó a llegar al suelo del bosque. Una rama gigantesca se empotró en medio del río. Por entonces el bosque oscilaba, crujía, protestaba: disparos y clavos arrancados de madera seca.
    La violencia alcanzó una meseta y permaneció en ese nivel. El viento pareció ser de sesenta kilómetros por hora. A más altura sonaba mucho peor. Gaby y Cirocco estaban abajo, protegidas por las raíces del árbol, y observaban la cólera de la tormenta que las rodeaba. Cirocco se vio obligada a gritar para ser oída por encima del gemido grave.
    —¿Cuál supones que es la causa de que esto se haya producido tan de repente?
    —No tengo idea —gritó a su vez Gaby—. Calentamiento o enfriamiento local, un gran cambio en la presión atmosférica. Aunque no sé qué podría haber provocado eso.
    —Creo que lo peor ha pasado. Hey, te castañetean los dientes.
    —Ya no estoy asustada. Tengo frío.
    Cirocco estaba experimentándolo igualmente. La temperatura bajaba con rapidez; en sólo algunos minutos había pasado de suave a fría y en aquel momento Cirocco juzgó que se aproximaría a cero grados… Con un viento de sesenta kilómetros por hora no era algo para tomarlo a broma. Las mujeres se acurrucaron juntas, pero Cirocco sintió el calor absorbido de su espalda.
    —Tenemos que conseguir algún tipo de refugio —gritó.
    —Sí, ¿pero cuál?
    Ninguna de las dos deseaba moverse del cobijo que tenían, por pequeño que fuera. Intentaron cubrirse mutuamente de tierra y hojas secas, pero el viento se lo llevaba todo.
    Cuando estuvieron convencidas de que morirían congeladas, el viento cesó. No disminuyó; cesó por completo, y los oídos de Cirocco se taparon bruscamente hasta causarle dolor. No pudo oír hasta que forzó un bostezo.
    —¡Caray! He conocido cambios de presión, pero ninguno como éste.
    El bosque estaba tranquilo de nuevo. Después Cirocco descubrió que si escuchaba atentamente podía oír el eco mortecino de lo que había producido el sonido lastimero. Esto la hizo temblar de un modo que nada tenía que ver con el frío. Nunca se había considerado imaginativa, pero el gemido había parecído tan humano, a pesar de brotar en una escala tan poderosa… La había llevado a desear tumbarse y morir.
    —No te duermas, Rocky. Tenemos otra sorpresa.
    —¿Y ahora qué? —abrió los ojos y vio flotar un fino polvo blanco en el aire. Centelleaba a la tenue luz.
    —Lo llaman nieve.
    Caminaron tan deprisa como pudieron para evitar que sus pies se entumecieran, y a Cirocco no le quedó duda de que sólo el ambiente tranquilo las estaba salvando. Hacía frío, y para colmo de males hasta el suelo estaba frío. Cirocco se sintió drogada. Aquello era imposible. Ella era una capitana de nave espacial. ¿Cómo es que terminaba andando penosamente en cueros en medio de una nevazón?
    Pero la nevazón fue pasajera. En un momento dado alcanzó un espesor de algunos centímetros, pero luego el calor empezó a fluir por debajo y se fundió enseguida. Pronto el aire se hizo más cálido. Cuando Cirocco y Gaby creyeron estar a salvo, encontraron un lugar en el cálido suelo y se pusieron a dormir.

* * *

    La pierna de carne no olía demasiado bien cuando despertaron, al igual que el cinturón de piel de Cirocco. Se desprendieron de todo y se bañaron en el río, antes de que Gaby matara otro de los animales a los que habían empezado a llamar risueños. Fue tan fácil como en la ocasión anterior.
    Se sintieron mucho mejor después del desayuno, que completaron con algunos de los frutos menos exóticos que encontraron en gran abundancia. A Cirocco le gustó uno que parecía una pera deforme pero que tenía pulpa similar a la del melón. Sabía igual que el queso cheddar picante.
    Cirocco creyó poder marchar todo el día, pero resultó que no pudieron hacerlo. El río, su guía en todo el recorrido hasta entonces, desapareció en un gran agujero en la base de una montaña.
    Las dos mujeres se acercaron al borde del agujero y miraron hacia abajo. El agua producía gorgoteos como el desagüe de una bañera, aunque a largos intervalos emitía un sonido de succión seguido por un prolongado eructo. A Cirocco no le gustó aquello y se alejó.
    —A lo mejor estoy loca —dijo—, pero me pregunto si éste será el lugar donde la cosa que nos comió obtiene su agua.
    —Podría ser. No voy a bucear para averiguarlo. Así que. ¿qué hacemos ahora?
    —Ojalá lo supiera.
    —Podríamos volver al sitio donde empezamos y aguardar allí —Gaby no parecía entusiasmada por la idea.
    —¡Maldición! Estaba segura de que encontraríamos un lugar que examinar si íbamos lo bastante lejos. ¿Crees que todo el interior de Temis es un gran bosque tropical?
    —No tengo suficiente información, obviamente —Gaby se encogió de hombros.
    Cirocco rumió un rato. Estaba claro que Gaby deseaba dejarle tomar las decisiones.
    —Bien. Primero vamos a la cumbre de esta montaña y vemos cómo es. Otra cosa que me gustaría probar, si allá arriba no hay nada que nos sirva, es trepar a uno de estos árboles. A lo mejor llegamos a una altura en la que se vea algo. ¿Crees que podríamos hacerlo?
    Gaby examinó un tronco.
    —Claro que sí, con esta gravedad. Aunque no hay garantía de que seamos capaces de sacar la cabeza.
    —Lo sé. Subamos la montaña.
    Era más empinada que la campiña que habían atravesado. Había lugares en que tuvieron que usar manos y pies, y Gaby encabezó la marcha pues tenía más experiencia en escalar. Era ágil, mucho más menuda y flexible que Cirocco, quien no tardó en sentir, sin dejarse ni un día, la diferencia de edades entre ellas.
    — ¡Mierda bendita, mira eso!
    — ¿Qué es? —Cirocco iba unos metros detrás. Cuando alzó la vista sólo vio las piernas y trasero de Gaby, desde un ángulo claramente anormal. Era curioso, pensó, que hubiera visto desnudos a todos los tripulantes varones, y que sin embargo hubiera tenido que llegar a Temis para ver a Gaby. Qué extraña criatura era sin pelo…
    —Hemos descubierto nuestro mirador —dijo Gaby. Se volvió y dio la mano a Cirocco.
    Había árboles que crecían en la cresta del monte, pero no llegaban a la altura de los que habían dejado abajo. Aunque eran densos y estaban cubiertos de enredaderas, ninguno pasaba de los diez metros.
    Cirocco había ansiado trepar la montaña para ver lo que había al otro lado. Entonces lo supo: el monte no tenía otro lado.
    Gaby estaba de pie a pocos metros del borde de un peñasco. A cada paso que daba Cirocco, la visión se ajustaba, retrocedía, abarcaba más superficie. Cuando llegó junto a Gaby no podía ver aún la cara del peñasco, pero ya se había hecho cierta idea de cuan largo era el precipicio. Debía de medir kilómetros… Sintió que su estómago se revolvía.
    Se encontraban ante una ventana natural formada por una brecha de veinte metros en los árboles más extremos. Enfrente de ellas no había más que aire en doscientos kilómetros.
    Estaban en un borde del precipicio, contemplando la extensión de Temis hasta el otro lado. Allí había una sombra delgada que tal vez fuera un peñasco como el que pisaban. Por encima de la sombra había tierra verde que se aclaraba hasta volverse blanca y luego pasar a gris, y por fin convertirse en amarilla brillante conforme sus ojos recorrían el lado inclinado hasta la zona translúcida del techo.
    Los ojos de las mujeres fueron atraídos curva abajo hacia el distante peñasco, por debajo del cual había más tierra verde, con nubes blancas que abrazaban el suelo o descollaban a más altura que Cirocco. Parecía el panorama desde la cumbre de una montaña en la Tierra, excepto por un detalle. El terreno daba la impresión de ser llano hasta que Cirocco miraba a izquierda o derecha.
    Se inclinaba. Cirocco tragó saliva y estiró el cuello, retorciéndose, intentando nivelar el paisaje, tratando de ignorar que a mucha distancia el suelo estuviera a más altura que ella sin siquiera haber ascendido.
    Se quedó sin aliento y trató de inspirar, luego se dejó caer sobre manos y rodillas. Así era mejor. Se acercó más al abismo y siguió mirando a la izquierda. Muy lejos había una extensión de sombra, inclinada de lado para su examen. Un mar oscuro destellaba en la noche, un mar que de algún modo no abandonaba sus riberas y se vertía hacia Cirocco. Al otro lado del mar había otra zona de luz, como la que tenía frente a ella, que se empequeñecía en la distancia. Más allá de esa zona la visión de Cirocco era interrumpida por el techo superior, que parecía combarse hacia abajo para encontrarse con el suelo. Cirocco sabía que se trataba de una ilusión de la perspectiva: el techo sería de la misma altura si ella se colocaba debajo en aquel punto.
    Las dos mujeres se encontraban al borde de una de las zonas de día permanente. Un brumoso terminador empezaba a cubrir la tierra a su derecha, no agudo y claro como el terminador de un planeta visto desde el espacio, sino difuminándose a través de una región crepuscular que Cirocco estimó en treinta o cuarenta kilómetros de anchura. Más allá de tal región era de noche, aunque sin negrura. Allí dentro había un mar inmenso, dos veces mayor que el del otro lado, dando la sensación de que un brillante claro de luna caía sobre él. Centelleaba como una llanura de diamantes.
    —¿No vino el viento de esa dirección? —preguntó Gaby.
    —Sí, suponiendo que no nos hubiera confundido alguna curva del río.
    —No lo creo. Eso me parece hielo.
    Cirocco estuvo de acuerdo. La sábana de hielo se disolvía al encogerse el mar hasta formar un estrecho, convirtiéndose por fin en un río que discurría frente a las mujeres y desembocaba en el otro mar. El paisaje en aquella dirección era montañoso, abrupto como una tabla de lavar. A Cirocco le pareció incomprensible la manera en que el río se abría paso entre las montañas hasta unirse con el mar al otro lado. Su conclusión fue que la perspectiva la estaba engañando. El agua no podía fluir cuesta arriba, ni siquiera en Temis.
    Más allá del hielo había una nueva zona de luz diurna, más brillante y amarilla que otras que Cirocco veía, igual que arenas del desierto. Para llegar hasta allí habría que recorrer el mar helado.
    —Tres días y dos noches —dijo Gaby—. La teoría ha resultado bastante buena. Dije que lograríamos ver casi medio interior de Temis desde cualquier punto. Lo que no me figuraba eran esas cosas.
    Cirocco siguió el dedo extendido de Gaby hasta una serie de cuerdas, o algo parecido, que empezaban abajo en el suelo y subían en ángulo hasta el techo. Había tres en una línea casi directamente frente a Cirocco y Gaby, de tal modo que la más cercana ocultaba en parte a las otras dos. Cirocco las había visto antes, pero no había reparado en ellas porque no podía comprenderlo todo al momento. Esta vez miró más atentamente y frunció la frente. Del mismo modo que un deprimente número de cosas en Temis, eran enormes.
    La más cercana servía de modelo para el resto. Se encontraba a cincuenta kilómetros de distancia, pero Cirocco observó que estaba formada quizá por un centenar de cables enrollados juntos. Cada cable tendría un grosor de doscientos o trescientos metros. Otros detalles a esa distancia se le escapaban.
    Las tres estructuras alineadas se doblaban de manera abrupta sobre el mar helado y ascendían ciento cincuenta kilómetros o más hasta unirse al techo en un punto en que Cirocco sabía que debía ser uno de los radios, visto desde el interior. Era una boca cónica, como el pabellón de una trompeta, que se ensanchaba para convertirse en techo y lados del recinto del precipicio. En el extremo opuesto del pabellón, a unos quinientos kilómetros, Cirocco distinguió más cuerdas.
    Había más cables a su izquierda. Ascendían directamente hasta el arqueado techo y desaparecían a través de él. Y a más distancia había otras hileras que se doblaban hacia la boca del radio que Cirocco no alcanzaba a ver desde su ventajosa posición, el situado sobre el mar en las montañas.
    En los puntos donde los cables se unían al suelo lo levantaban para formar montañas de amplia base.
    —Parecen los cables de un puente colgante —dijo Cirocco.
    —Estoy de acuerdo. Y creo que de eso se trata. No hay necesidad de torres para sostenerlo. Los cables pueden asegurarse en el centro. Temis es un puente colgante circular.
    Cirocco se acercó más al borde. Pegó la cabeza al suelo y miró hacia abajo, a dos kilómetros de profundidad. El peñasco era casi perfecto en su perpendicularidad, tanto como puede serlo un rasgo superficial irregular. Sólo cerca del fondo comenzaba a ensancharse para juntarse finalmente con el suelo.
    —No estarás pensando en bajar por ahí. ¿eh? —preguntó Gaby.
    —La idea había entrado en mi mente, pero te aseguro que no me entusiasma en absoluto. ¿Y qué habría mejor ahí abajo que aquí arriba? Tenemos una noción bastante buena de que podríamos sobrevivir aquí arriba.
    Se interrumpió. ¿Acaso iba a ser ése su único objetivo?
    Disponiendo de la oportunidad, Cirocco preferiría la aventura a la seguridad, si seguridad significa construir una choza con ramas y acostumbrarse a una dieta de carne cruda y fruta. Se volvería loca en un mes.
    Y la tierra de allí abajo era maravillosa. Había montañas imposiblemente escarpadas con relucientes lagos azules situados entre ellas como gemas. Cirocco vio prados que se agitaban. densos bosques y, muy hacia el este, el caviloso mar de medianoche. No había indicio de qué peligros ocultaba aquel suelo, pero parecía llamar a Cirocco.
    —Podríamos bajar por esas enredaderas —dijo Gaby. estirando un brazo por encima del borde y señalando una posible línea de descenso.
    La cara del peñasco estaba incrustada de plantas. La jungla se derramaba sobre el margen como un torrente de hielo. Árboles voluminosos crecían de la desnuda pared rocosa, aferrándose igual que percebes. La roca en sí sólo era visible a trozos, e incluso allí la novedad no resultaba del todo mala. Parecía una formación basáltica, un haz de pilares de cristal muy apretados con amplias plataformas hexagonales donde las columnas se habían roto.
    —Es factible —dijo Cirocco por fin—. No sería fácil o seguro. Tendríamos que pensar en una razón bastante buena para intentarlo —(algo mejor que la amorfa urgencia por estar allí abajo, pensó Cirocco).
    —Caramba, tampoco quiero quedarme parada aquí —dijo Gaby, con una mueca.
    —Entonces tus problemas han terminado —dijo una voz sosegada a espaldas de las dos mujeres.
    Todos los músculos de Cirocco se pusieron en tensión. Se esforzó por alejarse lentamente del borde.
    —Aquí arriba. Os estaba esperando.
    Sentado en una rama de árbol a tres metros del suelo, con los pies desnudos colgando, estaba Calvin Greene.

CAPITULO 7

    Antes de que Cirocco hubiera podido contar con una oportunidad para serenarse, se encontraban todos sentados en círculo. Calvin estaba hablando.
    —Emergí no muy lejos del agujero donde desaparece el río. Eso fue hace siete días. Os oí el segundo día.
    —¿Pero por qué no nos llamaste? —preguntó Cirocco.
    Calvin sostuvo en alto los restos de su casco.
    —Falta el micro —dijo, desenredando el destrozado extremo del cable—. Podía escuchar, pero no transmitir. Aguardé. Comí fruta. Me sentía incapaz de matar a ninguno de los animales —extendió sus gruesas manos y se encogió de hombros.
    —¿Cómo supiste que era éste el lugar apropiado para esperar? —preguntó Gaby.
    —No estaba tan seguro de que lo fuera…
    —Bien —dijo Cirocco. Se palmeó las piernas y después rió—. Bueno. Me agrada esto. Justo cuando estábamos a punto de perder la esperanza de encontrar a alguien, nos topamos contigo. Demasiado bueno para ser cierto. ¿No te parece, Gaby?
    —¿Eh? Ah, sí. Es fantástico.
    —También yo me alegro de veros, chicas. Os he estado escuchando desde hace cinco días. Es agradable oír una voz familiar.
    —¿De verdad ha sido tanto tiempo?
    Calvin dio un golpecito a un aparato que llevaba en la muñeca. Era un reloj digital.
    —Sigue marcando la hora exacta —dijo—. Cuando regresemos, pienso escribir una carta al fabricante.
    —Yo daria las gracias al fabricante de la pulsera. La mía era de cuero, en cambio la tuya es de acero —dijo Gaby.
    —Y bien que lo sé —Calvin hizo un gesto de indiferencia—. Me costó más de lo que saqué en un mes, como interno.
    —Me sigue pareciendo mucho tiempo. Sólo hemos dormido tres veces.
    —Es cierto. Bill y August tienen el mismo problema para determinar el tiempo.
    Cirocco levantó los ojos.
    —¿Bill y August están vivos?
    —Sí, he estado escuchándoles. Están ahí abajo, en el fondo. Puedo señalar el sitio. Bill tiene su radio entera, igual que vosotras dos. August sólo tenía un receptor. Bill recibió algunas ondas y empezó a decir cómo podríamos encontrarle. Se quedó en su sitio dos días, y August lo encontró bastante pronto. Ahora llaman con regularidad. Pero August sólo pregunta por April y llora muchísimo.
    —Jesús —dijo Cirocco en un susurro—. Supongo que lo hará. ¿No tienes idea de dónde está April, o Gene?
    —Creo que escuché a Gene una vez. Llorando, como Gaby dijo.
    Cirocco meditó, y se puso ceñuda.
    —¿Por qué Bill no nos oía, entonces? El también debía de estar escuchando.
    —Habrán sido problemas de visual —dijo Calvin—. El peñasco os separaba. Yo era el único capaz de escuchar ambos grupos, pero no podía hacer nada al respecto.
    —Entonces, él debería estar oyéndonos ahora, si…
    —No te excites. Ahora están durmiendo y no te oirán. Esos auriculares son como un mosquito zumbando. Bill y August despertarán dentro de cinco o seis horas —Calvin miró alternadamente a las dos mujeres—. Lo mejor para vosotras, chicas, es que durmáis un poco también. Habéis estado caminando veinticinco horas.
    Esta vez Cirocco no tuvo problemas para creerle. Sabía que lo que la mantenía despierta era la excitación del momento. No podía rendirse aún, pero sus párpados se cerraban.
    —¿Y qué me dices de ti, Calvin? ¿Has tenido algún problema?
    —¿Problema? —Calvin alzó una ceja.
    —Ya sabes de qué hablo.
    Calvin pareció retraerse.
    —No hablo de eso. Nunca.
    Cirocco prefirió no insistir. Calvin aparentaba estar sereno, como si hubiera llegado a un acuerdo respecto a algo. Gaby se levantó y desperezó en medio de un enorme bostezo, y dijo:
    —Voy a tumbarme. ¿Dónde quieres estirarte. Rocky?
    Calvin también se puso en pie.
    —He estado preparando un sitio —dijo—. Está aquí arriba, en este árbol. Usadlo las dos, yo seguiré despierto y atento a Bill —se trataba de un nido tejido con ramitas y enredaderas. Calvin lo había forrado con una sustancia plumosa.
    Había mucho sitio, pero Gaby prefirió estar junto a Cirocco, tal como habían hecho antes. Cirocco se preguntó si debería poner coto a la situación, mas luego decidió restarle importancia.
    —¿Rocky?
    —¿Qué hay?
    —Quiero que tengas cuidado con él.
    Cirocco volvió a la conciencia desde el borde mismo del sueño.
    —¿Huuunf? ¿Calvin?
    —Le ha pasado algo.
    Cirocco la miró con un ojo enrojecido.
    —Duérmete, Gaby, ¿quieres? —se volvió y dio una palmadita en la pierna de Gaby.
    —Ten cuidado —murmuró Gaby.

* * *

    Si tan sólo hubiera una señal que indicara la mañana…, pensó Cirocco, bostezando. Levantarse sería mucho más fácil. Algo como un gallo, o los rayos del sol cayendo con una inclinación diferente…
    Gaby seguía dormida junto a ella. Se desenredó y se puso en pie sobre la amplia rama del árbol. Calvin no estaba por allí. El desayuno yacía al alcance del brazo: fruta púrpura del tamaño de una pina. Cogió una y la comió, corteza incluida. Se puso a trepar.
    Fue más fácil de lo que parecía. Cirocco subió casi tan rápido como si lo hubiera hecho por una escalera. Desde luego, había cosas que decir de una gravedad de un cuarto de lo que es habitual, y el árbol era ideal para trepar, mejor que cualquier otra cosa que Cirocco hubiera tenido desde los ocho años de edad. La nudosa corteza ofrecía asideros donde escaseaban las ramas. Obtuvo algunos arañazos para añadir en su colección, pero era un precio que Cirocco estaba deseosa de pagar.
    Se sintió contenta por primera vez desde su llegada a Temis. No tenía en cuenta los encuentros con Gaby y Calvin, porque habían sido momentos de tal emoción que habían rayado en la histeria. Ahora simplemente era sentirse bien.
    —Caramba, cuánto tiempo hacía —murmuró.
    Nunca había sido una persona triste. Se habían producido algunos buenos momentos a bordo de la Ringmaster, pero poca alegría cabal. Intentando recordar la última vez que se había sentido tan bien, Cirocco se decidió por la fiesta cuando supo que había obtenido el mando después de siete años de tentativas. Sonrió ante la evocación. Había sido una fiesta muy buena.
    Pero no tardó en apartar todos los pensamientos de su mente y dejar que su alma fluyera en el mismo esfuerzo. Notó todos y cada uno de sus músculos, cada centímetro de su piel. Había una sorprendente cuantía de libertad en trepar un árbol sin ropa puesta. Su desnudez, hasta el momento, había constituido un fastidio y un riesgo. Ahora le gustaba. Sentía la ruda materia del árbol bajo los dedos de los pies, y la elástica curvatura de las ramas. Deseaba dar el alarido de Tarzán.
    Al aproximarse a la copa escuchó un sonido que no había estado allí antes. Era un roznido repetido, procedente de un punto que ella no podía precisar a través de las hojas verdeamarillas, delante de ella y a escasos metros por debajo.
    Actuando con más precaución, Cirocco se estiró sobre una rama horizontal y se movió tímidamente hacia el aire libre. Frente a ella tenía una pared gris-azulada, de la cual no podía hacerse idea de lo que era.
    El roznido se repitió, más alto, levemente por encima de la mujer. Un manojo de ramas rotas se movió delante de Cirocco y desapareció. Luego, sin aviso, apareció el ojo.
    —¡Uaahh! —aulló Cirocco, antes de que pudiera cerrar la boca.
    Sin recordar del todo cómo había llegado allí, se encontró tres metros más atrás, brincando con el movimiento del árbol y contemplando fijamente, paralizada, el monstruoso ojo. Era tan amplio como sus brazos extendidos, destellaba a causa de la humedad y era espantosamente humano.
    El ojo parpadeó.
    Una delgada membrana se contrajo por todas partes, igual que el diafragma de una cámara, después volvió a abrirse de golpe, literalmente rápido como un parpadeo.
    Cirocco batió todos los récords de descenso, sin reparar en que se arañaba la rodilla y chillando sin parar. Gaby estaba despierta. Tenía un fémur en la mano y parecía dispuesta a usarlo.
    —¡Abajo, abajo! —gritó Cirocco—. Hay algo ahí arriba. Podría emplear este árbol como palillo de dientes.
    Levitó los últimos ocho metros, cayó de rodillas y, cuando ya estaba descendiendo la montaña, se topó con Calvin.
    —¿No me has oído? Tenemos que irnos de aquí. Hay esa cosa…
    —Lo sé, lo sé —la tranquilizó Calvin, alzando sus manos con las palmas hacia ella—. Lo sé todo, y no hay motivo para preocuparse. No tuve tiempo de explicártelo antes de que te fueras a dormir.
    Cirocco se sintió abatida, pero en absoluto tranquilizada. Era terrible poseer tanta energía nerviosa y no tener nada que hacer con ella. Sus pies ansiaban correr. En lugar de eso. se encolerizó con Calvin.
    —¡Mierda, Calvin! ¿No tuviste tiempo para hablarme de una cosa así? ¿Qué es, y qué sabes tú de eso?
    —Es… Es nuestra salida de este peñasco —dijo Calvin—. Se llama… —arrugó los labios y silbó tres claras notas con un trino al final—. Pero ya me doy cuenta de que es embarazoso usarlo mezclado con inglés… Yo lo llamo Apeadero.
    —Lo llamas ‘Apeadero’ —repitió Cirocco, muy aturdida.
    —Exacto. Es un pequeño dirigible flexible.
    —Un pequeño dirigible flexible…
    Calvin la miró de un modo curioso y Cirocco hizo rechinar sus dientes.
    —Se parece mucho a un dirigible, pero no lo es porque no tiene un armazón rígida. Lo llamaré y lo veréis vosotras mismas —se llevó dos dedos a la boca y silbó una larga y complicada tonada con extraños intervalos musicales.
    —Calvin lo está llamando —dijo Cirocco.
    —Eso he oído —dijo Gaby—. ¿Te encuentras bien?
    —Sí. Pero mi pelo volverá a salir canoso.
    Hubo una serie de trinos de respuesta desde arriba. Después no ocurrió nada durante varios minutos. Aguardaron.
    La masa de Apeadero apareció a la izquierda. Estaba a trescientos o cuatrocientos metros de la faz del peñasco, moviéndose paralelamente a ésta, e incluso a esa distancia sólo pudieron verlo en parte. Era una sólida cortina gris-azulada extendida ante la vista de ellos. Acto seguido Cirocco avistó el ojo. Calvin volvió a silbar y el ojo osciló perdidamente, hasta que por fin los descubrió.
    Calvin miró hacia atrás por encima del hombro.
    —No ve muy bien —explicó.
    —Entonces prefiero apartarme de su camino. Irme al condado vecino, por ejemplo.
    —No sería suficiente distancia —dijo Gaby, admirada y temerosa—. Su trasero estaría en el condado vecino.
    La nariz desapareció y Apeadero siguió pasando ante ellos. Y pasando más. Y pasando, pasando, pasando… Parecía no tener fin.
    —¿Adonde va? —preguntó Cirocco.
    —Le cuesta un poco parar —explicó Calvin—. Estará listo enseguida.
    Cirocco y Gaby acabaron por unirse con Calvin en el borde del peñasco para poder ver toda la maniobra.
    Apeadero, el pequeño dirigible flexible, tenía un kilómetro entero de proa a popa. Todo lo que le faltaba para ser una réplica exagerada de la aeronave alemana Hindenburg era una esvástica pintada en su cola.
    No, reflexionó Cirocco, eso no era del todo cierto. Era una entusiasta de la aeronáutica, había estado en servicio activo en el proyecto de la NASA para construir una aeronave casi tan grande como Apeadero. Trabajando con los ingenieros del proyecto había llegado a conocer bastante bien el diseño del LZ-129.
    La forma era la misma: un cigarro alargado, romo en la punta, amasándose en cierta medida hasta la popa. Incluso tenía una especie de góndola que sobresalía por debajo, pero mucho más atrás que en el Hindenburg. El color era impropio. igual que la textura del forro. Ninguna estructura de arriostramiento era visible; Apeadero era liso, como los viejos dirigibles de Año Nuevo, y ahora que Cirocco lo veía claramente, brillaba con una iridiscencia nacarada y una pizca de oleosidad sobre el color gris-azulado básico.
    Y Hindenburg no había tenido pelo. Apeadero sí, a lo largo de un reborde ventral transversal, que se hacía más espeso y alargado en el centro y se reducía hasta un disperso azul hacia el final. Un puñado de finos zarcillos pendían del nodulo central, o góndola, o lo que fuera.
    Luego aparecieron los ojos, y los planos de deriva. Cirocco distinguió un ojo de visión unilateral y pensó que probablemente habría más. En lugar de cuatro superficies de vuelo en la cola, Apeadero sólo tenía tres: dos horizontales y un timón. Cirocco vio cómo se doblaban mientras el monstruoso ser pugnaba por volver su nariz hacia ellos, al mismo tiempo que hacía retroceder la mitad de su largura. Los planos de deriva eran delgados y transparentes, como las alas de un aeroplano de O’Neil, y flexibles como una medusa.
    —¿Tú… eh, tú hablas con esta cosa? —preguntó a Calvin.
    —Bastante bien —Calvin estaba sonriendo al dirigible, más feliz de lo que jamás le había visto Cirocco.
    —Entonces, ¿es una lengua fácil de aprender?
    Calvin se puso serio.
    —No, no creo que se pueda decir eso.
    —Llevas aquí… ¿Cuántos días? ¿Siete?
    —Te lo aseguro, sé cómo hablar con él. Sé muchas cosas de Apeadero.
    —Entonces, ¿cómo las has aprendido!
    La pregunta aturdió claramente a Calvin.
    —Me desperté sabiéndolas.
    —¿Cómo?
    —Simplemente, las sabia. La primera vez que vi a Apeadero lo sabía todo acerca de él. Cuando me habló, le comprendí. Así de sencillo.
    Ni con mucho era tan sencillo, Cirocco estaba convencida. Pero era obvio que Calvin no deseaba que le presionaran al respecto.
    Apeadero tardó casi una hora en situarse adecuadamente y avanzar con cautela hasta casi tocar el lateral del peñasco. Durante la maniobra, Gaby y Cirocco se echaron muy hacia atrás. Ambas se sintieron mejor cuando contemplaron la boca del ser. Era un corte de un metro de ancho, situado veinte metros por debajo del ojo delantero. Bajo la boca había un orificio separado: un esfínter que se plegaba y silbaba como una válvula reguladora de presión.
    Un objeto largo y rígido sobresalió de la boca y se extendió hasta el suelo.
    —Vamos —dijo Calvin, haciendo señas a las mujeres—. Subamos a bordo.
    Ni Gaby ni Cirocco fueron capaces de pensar un curso de acción conveniente. Se limitaron a mirar fijamente a Calvin, que pareció exasperado por un momento, luego sonrió de nuevo.
    —Supongo que os resultará difícil creerlo, pero es cierto. Sé mucho de estos seres. Ya he dado un paseo antes. Apeadero está totalmente dispuesto y de todas formas hará lo que queramos. Y es seguro. Sólo come plantas, y muy pocas. No puede comer demasiado, o se iría a pique —puso un pie sobre la alargada pasarela y caminó hacia la entrada.
    —¿Qué es eso donde estás? —preguntó Gaby.
    —Creo que podría llamarse su lengua.
    Gaby empezó a reír, pero el sonido fue sordo y se apagó con la tos.
    —¿Es que todo esto no te parece un poco…? ¡Hablo en serio! ¡Caramba, Calvin! Estás ahí en la maldita lengua de esta cosa, pidiéndome que entre en su boca, diantres. Supongo que al final de… ¿Hay que llamarlo cuello? Al final del cuello habrá algo que no será realmente un estómago, pero cumplirá las mismas funciones. Y esos jugos que empiezan a fluir sobre nosotros… ¡También tendrás una bonita y locuaz explicación para eso!
    —Hey, Gaby. Te prometo que es tan seguro como…
    —¡No, gracias! —replicó Gaby—. Puedo ser la hija más tonta de mamá Plauget, pero nadie ha dicho nunca que yo no tengo sentido para quedarme lejos de la boca de un jodido monstruo. ¡Caramba! ¿Sabes lo que estás pidiendo? Ya me han comido viva una vez en este viaje. No permitiré que vuelva a suceder.
    Había acabado chillando y temblando y su cara estaba encendida. Cirocco estaba de acuerdo, en un sentido emocional, con todo lo que había dicho Gaby. De todos modos, avanzó hacia la lengua. Era cálida, aunque seca. Se volvió y extendió la mano.
    —Vamos, compañera. Creo en Calvin.
    Gaby dejó de estremecerse y se quedó sorprendida.
    —No me dejarías aquí, ¿verdad?
    —Claro que no. Vendrás con nosotros. Tenemos que bajar hasta allí, con Bill y August. Vamos, ¿dónde está el coraje que sé que tienes?
    —Eso no es justo —se quejó Gaby—. No soy cobarde. Pero no puedes pedirme que haga eso.
    —Te lo pido. La única manera de vencer el miedo es enfrentándose a él. Vamos.
    Gaby titubeó largo rato, hasta que irguió los hombros y avanzó como si fuera hacia su ejecución.
    —Lo haré por ti —dijo—, porque te quiero. Tengo que estar contigo, a donde vayas, aunque eso signifique morir las dos.
    Calvin miró a Gaby de un modo extraño, pero no dijo nada. Entraron en la boca. Se encontraron en un estrecho tubo translúcido de fino suelo y ambiente muy enrarecido. El camino era largo.
    En el centro del dirigible se hallaba la gran bolsa que Cirocco había visto desde el exterior. Era un material grueso y claro de cien metros de largo por treinta de ancho y el fondo estaba cubierto de madera y hojas pulverizadas. Había pequeños animales en el interior: varios risueños, una selección de especies menores y miles de criaturas de piel lisa más pequeñas que musarañas. Al igual que el resto de animales que habían visto en Temis, éstos no prestaron atención al grupo.
    Podían ver el exterior en todas direcciones y comprobaron que ya se hallaban a cierta distancia de la faz del peñasco.
    —Si este lugar no es el estómago de Apeadero, ¿qué es, entonces? —preguntó Cirocco.
    Calvin pareció desconcertado.
    —Nunca dije que no fuera su estómago. Estamos pisando su alimento.
    Gaby gimió y trató de regresar corriendo por el camino de entrada. Cirocco la agarró y tiró al suelo. La capitana miró a Calvin.
    —Todo va bien —dijo éste—. Apeadero sólo puede digerir con la ayuda de estos animalitos. Come su producto final. Sus jugos digestivos no pueden dañaros más que un té aguado.
    —¿Has oído, Gaby? —musitó Cirocco a la oreja de la otra mujer—. Nada nos pasará. Cálmate, cariño.
    —S-sí. No os enfadéis conmigo. Estoy asustada.
    —Lo sé. Vamos, levántate y ten cuidado. Eso te mantendrá distraída.
    Ayudó a Gaby a ponerse en pie y los tres chapotearon hasta la clara pared estomacal. Fue como si anduvieran por un trampolín. Gaby apretó la nariz y manos contra la pared y pasó el resto del recorrido sollozando y mirando fijamente el espacio. Cirocco la dejó a solas y se dirigió hacia Calvin.
    —Has de tener más cuidado con ella —dijo en voz baja—. El tiempo que lleva a oscuras la ha afectado más que a nosotros —forzó la vista y buscó la cara de Calvin—. Excepto que no sé cómo estás tú realmente.
    —Estoy perfectamente —dijo Calvin—. Pero no quiero hablar de mi vida antes de renacer. Eso ha terminado.
    —Curioso. Gaby dijo prácticamente lo mismo. Yo no puedo tomármelo así.
    Calvin se encogió de hombros, completamente desinteresado en lo que pensaran los demás.
    —Muy bien. Me gustaría que me expliques lo que sepas. No importa cómo lo has aprendido, si es que no deseas decírmelo.
    Calvin meditó y asintió.
    —Es imposible que te enseñe su lenguaje con rapidez. Fundamentalmente se basa en el tono y la duración, y sólo hablo una versión defectuosa basada en los tonos más bajos que escucho.
    “Existen de todos los tamaños, desde diez metros hasta algo mayores que Apeadero. Suelen viajar en grupo. Apeadero tiene algunos compañeros más pequeños que no has podido ver porque estaban al otro lado. Ahora mismo hay algunos.
    Indicó la pared transparente, donde una escuadrilla de seis dirigibles de veinte metros forcejeaba para situarse. Parecían peces voluminosos. Cirocco oyó estridentes silbidos.
    —Son amistosos, y bastante inteligentes. No tienen enemigos naturales. Generan hidrógeno a partir del alimento y lo conservan bajo ligera presión. Transportan agua como lastre, la lanzan cuando quieren ascender, arrojan hidrógeno por una válvula cuando quieren descender. Su piel es recia, pero cuando se desgarra, los dirigibles mueren por lo general.
    “No son muy maniobrables. Carecen de un control suficientemente preciso y les lleva mucho tiempo moverse. Un incendio puede atraparlos a veces. Si no les es posible alejarse, ascienden como una bomba.
    —¿Y qué me dices de estas criaturas? —preguntó Cirocco—. ¿Las necesitan a todas para digerir el alimento?
    —No, sólo a las amarillas pequeñas. Esos seres sólo pueden comer lo que un dirigible les prepara. No las encontrarás en ningún otro sitio que no sea el estómago de un dirigible. El resto de estos bichos son como nosotros. Autoestopistas o pasajeros.
    —No lo entiendo. ¿Por qué el dirigible se comporta así?
    —Simbiosis, combinada con la inteligencia para hacer sus elecciones y obrar como les plazca. La raza de Apeadero progresa junto con otras razas de Temis, en particular las titánidas. El les hace favores y ellas a cambio…
    —¿Titánidas?
    Calvin sonrió de manera indecisa, y extendió las manos.
    —Es una palabra con la que sustituyo un silbido que usa Apeadero. Sólo tengo una vaga idea de su aspecto porque no le van demasiado las descripciones complejas. Deduzco que tienen seis patas y que son hembras en su totalidad. Las llamo titánidas porque ése es el nombre que la mitología griega da a las titanes hembra. También he puesto nombre a otras cosas.
    —¿Por ejemplo?
    —Las regiones, los ríos y cordilleras. He bautizado las zonas continentales usando nombres de titanes.
    —¿Cómo es que…? Ah, sí. Ya lo recuerdo —Calvin había estudiado mitología por afición—. ¿Qué eran los titanes?
    —Los hijos e hijas de Urano y Gea. Gea surgió del Caos. Dio a luz a Urano, lo hizo su igual y ambos engendraron a los titanes; seis hombres y seis mujeres. Nombré los días y noches de Temis con sus denominaciones, puesto que hay seis días y seis noches.
    —Si pusiste nombre de mujer a todas las noches, voy a pensar mis propios nombres.
    Calvin sonrió.
    —Nada de eso. Ha sido bastante al azar. Fíjate en el océano helado. Tenía que ser Océano, y así lo llamé. El paisaje que sobrevolamos ahora es Hiperión, y esa noche que hay ahí frente a nosotros, con las montañas y el mar irregular, es Rea. Cuando se ve Rea desde Hiperión, el norte queda a la izquierda y el sur a la derecha. A continuación, siguiendo en círculo… No es que haya visto mucho de esas tierras, como es lógico, pero sé que están ahí… La primera es Crios, apenas visible, y después, siguiendo la curvatura, Febe, Tetis, Tea, Metis, Dione, Japeto, Cronos y Mnemósine. Puedes ver Mnemósine al otro lado de Océano, detrás de nosotros. Parece un desierto.
    Cirocco trató de amarrar todos los nombres en su cabeza.
    —Jamás recordaré todo eso.
    —Las únicas tierras que importan ahora son Océano, Hiperión y Rea. En realidad no todos los nombres son de titanes. Temis es uno y creí que resultaría confuso usarlo. Y…, bueno —apartó la mirada, con una sonrisa de timidez—. No pude recordar los nombres de dos titanes. Empleé Metis, que es sabiduría, y Dione.
    A Cirocco no le importó. Los nombres eran manejables y, a su manera, sistemáticos.
    —Déjame adivinar los ríos. ¿Más mitología?
    —Sí. Elegí los nueve ríos más largos de Hiperión, que tiene un montón, como ya ves, y los bauticé con los nombres de las musas. Hacia el sur, allá, está Urania, Calíope, Terpsícore y Euterpe, con Polimnia en la zona del crepúsculo y desembocando en Rea. Y aquí, en la ladera norte, empezando al este, Melpómene… Más cerca de nosotros están el Talía y el Erato, que parece como si formaran un sistema. Y el que vosotras habéis seguido es un afluente del Clío, que precisamente ahora está bajo nosotros.
    Cirocco miró hacia abajo y vio una faja azul que serpenteaba entre un denso bosque de verdor. Siguió la faja hasta la faz del peñasco, a su espalda, y se quedó sin aliento.
    —Así que ahí es donde iba el río…
    La corriente seguía una trayectoria curva a partir de la faz del peñasco, casi medio kilómetro por debajo de donde habían estado. Parecía sólida y dura como el metal en el tramo de cincuenta metros anterior al punto donde empezaba a descomponerse. Se fragmentaba con rapidez desde allí, y llegaba al suelo en forma de vapor.
    Había una docena más de penachos de agua que fluían del peñasco, pero ninguno era tan denso o espectacular. Todos tenían su correspondiente arco iris. Desde la ventajosa posición de Cirocco, los arco iris estaban alineados como metas de croquet. Era un espectáculo pasmoso, casi demasiado hermoso para ser real.
    —Me gustaría tener la concesión de tarjetas postales de este lugar —dijo Cirocco. Calvin se rió.
    —Tú venderás película para las cámaras y yo billetes para las excursiones. ¿Qué piensas de este paseo?
    Cirocco se volvió para mirar a Gaby, todavía petrificada junto a la ventana.
    —Las reacciones parecen variadas. Me gusta mucho. ¿Cómo se llama el río grande? Ese al que se unen todos los demás.
    —Ofión. La gran serpiente del viento del norte. Si te fijas bien, verás que surge de un pequeño lago, allá, en la zona de crepúsculo entre Mnemósine y Océano. Ese lago debe tener una fuente, y sospecho que es Ofión, fluyendo bajo tierra a través del desierto, pero no podemos ver en qué punto se hace subterráneo. Aparte de eso, fluye sin interrupciones; entra en los mares y sale de ellos al otro lado.
    Cirocco siguió el tortuoso cauce y comprobó que Calvin tenía razón.
    —Creo que un geógrafo te diría que el río que entra en un mar y el que sale de él no son el mismo río —dijo Cirocco—. Pero ya sé que todas las reglas fueron hechas para ríos de la Tierra. Bien, así pues, lo llamaremos río circular.
    —Ahí es donde están Bill y August —dijo Calvin, señalando—. A medio camino Clío abajo, donde ese tercer afluente…
    —Bill y August. Se supone que tenemos que ponernos en contacto con ellos. Con toda esa conmoción de subir en el dirigible…
    —Tomé prestada tu radio. Están despiertos, y nos aguardan. Puedes llamarlos ahora, si quieres.
    Cirocco cogió a Gaby el aro del casco y la radio.
    —Bill, ¿me oyes? Soy Cirocco.
    —Eh… ¡Sí, sí! Te oigo. ¿Cómo te va?
    —Tan bien como podría esperarse yendo en el estómago de un dirigible vivo. ¿Y tú? ¿Has salido bien parado, sin heridas?
    —Sí, estoy bien. Escucha, me gustaría… Me gustaría decir cuánto me alegra escuchar tu voz.
    Cirocco sintió una lágrima en su mejilla y se restregó.
    —Me alegra oírte, Bill. Cuando caíste por aquella ventana… ¡Oh, maldito sea! No te acuerdas de eso, ¿verdad?
    —Hay muchas cosas que no recuerdo —dijo Bill—. Más tarde podremos aclararlas.
    —Me muero de ganas de verte. ¿Tienes pelo?
    —Me está creciendo por todo el cuerpo. Pero será mejor que dejemos esas cosas para otro momento. Tenemos mucho de que hablar, yo, tú, Calvin y…
    —Gaby —le ayudó Cirocco, después de lo que pareció una pausa muy larga.
    —Gaby —dijo Bill, sin demasiada convicción—. Ya ves que estoy un poco confundido sobre algunas cosas. Pero no será un problema.
    —¿Estás seguro de que te encuentras perfectamente, Bill? —Cirocco sintió un repentino frío y se frotó vigorosamente los brazos.
    —Claro que sí. ¿Cuándo llegaréis aquí?
    Cirocco preguntó a Calvin, que silbó una corta tonada. Fue respondido por otra tonada procedente de alguna parte por encima de su cabeza.
    —Los dirigibles no tienen mucha noción del tiempo —dijo—. Yo diría que tres o cuatro horas.
    —¿Qué forma de llevar una línea aérea es ésa?

CAPITULO 8

    Cirocco eligió el extremo frontal de la góndola —no servía de nada pensar que era un estómago— para estar a solas. Gaby seguía petrificada y no era demasiado divertido hablar con Calvin después de que hubiera dicho todo lo que sabía sobre Apeadero. Calvin no iba a tratar los detalles que Cirocco deseaba conocer.
    Una barandilla habría sido de agradecer. La pared de la góndola era clara como el vidrio hasta los pies de Cirocco, y también ahí lo habría sido de no estar la alfombra de hojas y ramas a medio digerir. Constituía una visión mareante.
    Estaban sobrevolando una espesa jungla, muy parecida al suelo más elevado del peñasco. La superficie estaba salpicada de lagos. El río Clío —amplio, amarillo y despacioso— se retorcía por todo el paisaje: una cinta de agua lanzada a la tierra para serpentear cuando le apeteciera.
    Cirocco se sorprendió por la claridad del ambiente. Sobre Rea había nubes que aumentaban a masas de cúmulos sobre la orilla norte del mar, pero era posible atisbar por encima de ellas. Cirocco vio los límites de la curva de Temis en ambas direcciones.
    Una bandada de grandes dirigibles revoloteaban a diversas altitudes en torno al cable de suspensión más próximo a Apeadero. Cirocco no sabía qué hacían allí, pero supuso que tal vez estuvieran alimentándose. El cable era tan enorme que sobre él podían crecer árboles perfectamente.
    Mirando hacia abajo en línea recta observó la inmensa sombra proyectada por Apeadero. Cuanto más descendían, tanto mayor era la sombra. Después de cuatro horas se hizo tremenda, y todavía se hallaban por encima de las copas de los árboles. Cirocco se preguntó cómo Apeadero se proponía dejarles en tierra. No había un solo claro tan grande como para acomodar el dirigible.
    Se sobresaltó al ver dos figuras en un recodo del río, en la orilla occidental, haciéndole señas. Cirocco devolvió el saludo, sin saber si la podían ver.
    —¿Cómo vamos a descender? —preguntó a Calvin.
    El hombre hizo una mueca.
    —Pensé que no os gustaría saberlo, así que no saqué el tema a relucir. Era absurdo que os preocuparais. Nos tiraremos en paracaídas.
    Cirocco no reaccionó, y Calvin pareció tranquilizarse.
    —En realidad es muy fácil. No tiene importancia. Lo más seguro posible.
    —Oh, oh. Calvin, amo el paracaidismo. Creo que es divertidísimo. Pero me gustaría examinar y plegar mi paracaídas. Me gustaría saber quién lo fabricó y si es bueno —miró a su alrededor—. Corrígeme si me equivoco, pero no he visto que subieras paracaídas abordo.
    —Los tiene Apeadero —dijo Calvin—. Jamás falla.
    Cirocco quedó callada por segunda vez.
    —Yo iré primero —dijo Calvin con tono persuasivo—. Así lo comprobaréis.
    —Oh, oh. Calvin, ¿debo entender que ésta es la única forma de bajar?
    —Podrías ir unos cien kilómetros al este, a las llanuras. Apeadero te llevará allí, pero tendrías que regresar andando a través de un pantano.
    Cirocco miró el suelo, sin verlo realmente. Aspiró profundamente, después exhaló.
    —Perfecto. Veamos esos paracaídas.
    Cirocco se acercó a Gaby, le tocó la espalda, la apartó suavemente de la pared lateral y la guió hacia la parte trasera de la góndola. Gaby era tan dócil como una niña. Sus hombros estaban rígidos y temblaba.
    —La verdad es que no puedo mostrártelos —dijo Calvin—. No…, hasta que yo salte. Aparecen al saltar. Algo así.
    Extendió un brazo y asió un puñado de oscilantes zarcillos blancos. El material se alargó. Calvin se puso a separarlos zarcillos hasta obtener una malla suelta. El tejido parecía melcocha, aunque conservaba la forma cuando no era estirado.
    Calvin metió una pierna por una abertura de la malla, luego la otra. Tiró del conjunto hacia sus caderas y formó una apretada cesta. Introdujo los brazos por más agujeros hasta que su cuerpo quedó envuelto en un capullo.
    —Tú has saltado otras veces, ya conoces el método… ¿Eres buena nadadora?
    —Muy buena, si mi vida está en juego. ¿Gaby? ¿Nadas bien?
    A Gaby le costó unos instantes reparar en sus compañeros. A continuación, un interés centelleante brotó en sus ojos.
    —¿Nadar? Claro. Como un pez.
    —Bien —dijo Calvin—. Observadme y haced lo mismo que yo —silbó, y un agujero cobró existencia en el suelo frente a él. Calvin agitó los brazos, saltó sobre el borde y cayó como una piedra, lo cual no era tan deprisa con una cuarta parte de la gravedad habitual, aunque a Cirocco le pareció bastante, considerando que se trataba de un paracaídas no comprobado.
    Las cuerdas se alargaron detrás de Calvin como seda de araña. Después se materializó una sábana sólida, color azul pálido, fuertemente apretada, que se desplegó en un instante. Cirocco y Gaby miraron hacia abajo a tiempo para ver y oír el aleteo y estallido del paracaídas al abrirse y aferrarse al aire.
    Calvin cayó flotando, y agitó las manos llamando a las dos mujeres.
    Cirocco hizo una seña a Gaby, que se puso el equipo. Estaba tan deseosa de irse que saltó antes de que Cirocco pudiera comprobar la disposición del material.
    Dos de tres, pensó Cirocco, y metió el pie por la tercera malla. Era cálida y elástica, y cómoda en cuanto la dispuso convenientemente.
    El salto era simple rutina, suponiendo que en Temis pudiera haber algo rutinario. El paracaídas describió un círculo azul sobre el fondo de cielo amarillo por encima de Cirocco. El dispositivo dio la impresión de ser más pequeño de lo debido, pero resultaba obvio que con la baja gravedad y la presión alta bastaba.
    Cirocco se agarró a un puñado de cuerdas y se guió hacia la orilla del río.
    Tocó tierra de pie y se libró del equipo con rapidez. El para-caídas se derrumbó sobre la fangosa orilla, casi cubriendo a Gaby. Cirocco se encontró con agua hasta las rodillas y contempló a Bill, que venía hacia ella. Era difícil no reírse. El hombre parecía un pollo pálido, desplumado, con vello corto que crecía en su pecho, piernas, brazos, cara y cuero cabelludo.
    Cirocco se llevó ambas manos a la frente y las restregó en su velluda cabeza, sonriendo más ampliamente conforme Bill se iba aproximando.
    —¿Soy como me recuerdas? —preguntó.
    —Todavía mejor.
    Bill avanzó chapoteando los escasos metros que les separaban. Rodeó a Cirocco con los brazos y se besaron. Cirocco no lloró, no sintió la necesidad de hacerlo, aunque estaba rebosante de felicidad.

* * *

    Bill y August habían hecho maravillas en sólo seis días, trabajando con los bordes agudos de los aros de sus trajes. Habían construido dos cabañas; una tercera tenía dos lados y medio techo. Estaban hechas con ramas unidas y apelotonadas con barro. Los techos eran inclinados y estaban empajados.
    —Lo mejor que podíamos hacer —dijo Bill, mientras les mostraba el conjunto—. Pensé en adobe, pero el sol no habría secado el barro con la prisa necesaria. Protegen del viento y de buena parte de la lluvia.
    Dentro, las chozas eran de dos por dos metros, cubiertas con una espesa capa de paja seca. Cirocco no podía mantenerse erguida, pero no pensó en poner reparos. Poder dormir allí dentro no era nada feliz.
    —No tuvimos tiempo de acabar la otra antes de que llegarais —continuó Bill—. Un día más, con la ayuda de vosotros tres. Gaby, ésta es para ti y Calvin. Yo y Cirocco nos iremos a la otra, la que August tenía; ella dice que quiere la nueva.
    Ni Calvin ni Gaby dijeron nada, pero Gaby se pegó más a Cirocco.
    August tenía un aspecto horrible. Había envejecido cinco años desde que Cirocco la viera por última vez. Era un espectro delgado, de ojos vacíos, con manos que temblaban constantemente. Parecía incompleta, como si media parte de ella hubiera sido mutilada.
    —Hoy no hemos tenido tiempo de cobrar una pieza fresca —estaba diciendo Bill—. Estuvimos demasiado ocupados con la nueva casa. August, ¿queda bastante de ayer?
    —Creo que sí —dijo ella.
    —¿Quieres traerla?
    August dio media vuelta. Bill captó la mirada de Cirocco, frunció los labios y meneó la cabeza lentamente.
    —Ninguna noticia de April, ¿eh? —dijo en voz baja.
    —Nada de nada. Ni de Gene.
    —No sé qué le irá a pasar a ella.

* * *

    Después de comer Bill los puso a trabajar para acabar la tercera choza. Con otras dos como práctica, para él era una rutina. Algo tedioso, pero no físicamente difícil; podían mover grandes troncos con facilidad, aunque resultaba terrible cortarlos, incluso los de menor tamaño. En consecuencia, el fruto de sus labores no fue algo agradable de contemplar.
    Después de acabar, Calvin entró en la cabaña que le habían asignado mientras August se trasladaba a la otra. Gaby parecía no saber qué hacer, pero al fin logró balbucear que iba a explorar la zona y que no regresaría hasta al cabo de algunas horas. Se alejó con aire desolado.
    Bill y Cirocco se miraron; él hizo un gesto de indiferencia y señaló la choza restante, ella se sentó torpemente.
    Había muchas cosas que Cirocco deseaba preguntar, pero no sabía si empezar o no. Finalmente se decidió y preguntó:
    —¿Cómo te fue?
    —Si te refieres al tiempo entre la colisión y el despertar aquí, voy a desilusionarte. No recuerdo nada en absoluto.
    Cirocco extendió un brazo y tanteó suavemente la frente del hombre.
    —¿Ningún dolor de cabeza? ¿Mareo? Calvin debería echarte un vistazo.
    —¿Estaba herido? —preguntó Bill, extrañado.
    —Bastante malherido. Tu cara está llena de sangre y perdiste el conocimiento. Eso es todo lo que vi en los pocos segundos de que dispuse. Pero pensé que te habrías destrozado el cráneo…
    Bill palpó su frente y recorrió con los dedos los lados y parte trasera de su cabeza.
    —No encuentro puntos blandos. Tampoco tenía cicatrices. Cirocco, yo…
    Cirocco le puso una mano en la rodilla.
    —Llámame Rocky, Bill. Sabes que eres el único que no me importaba que lo hiciera.
    Bill frunció el entrecejo y apartó la vista de Cirocco.
    —De acuerdo, Rocky. De eso necesito hablar contigo. No es sólo el… el período oscuro, como lo llamaba August. No es sólo eso lo que no puedo recordar. Estoy muy confundido sobre un montón de cosas.
    —¿Qué cosas, en concreto?
    —Por ejemplo, dónde nací, cuántos años tengo, dónde crecí o cuál fue mi escuela. Puedo ver la cara de mi madre, pero no recuerdo su nombre, o si está viva o muerta —se frotó la frente.
    —Está viva y perfectamente, en Denver, donde tú creciste —dijo Cirocco con voz suave—. O allí estaba cuando nos llamó para tu cumpleaños cuarenta. Se llama Betty. Nos gustó a todos.
    Bill pareció aliviado, luego alicaído de nuevo.
    —Supongo que eso significa algo —dijo—. Recordaba a mi madre porque ella es importante para mí. También a ti te recordaba.
    Cirocco le miró a los ojos.
    —Pero no mi nombre. ¿Es eso lo que te cuesta decirme?
    —Sí —Bill tenía aspecto de infelicidad—. ¿No es un detalle horrible? August me dijo tu nombre, pero no que yo te llamaba Rocky. Bastante encantador, a propósito. Me gusta.
    Cirocco se echó a reír.
    —He tratado de acabar con ese nombre la mayor parte de mi vida adulta, pero siempre me ablando cuando alguien lo susurra a mi oído —le cogió de la mano—. ¿Qué más recuerdas de mí? ¿Te acuerdas de que yo era el capitán?
    —Oh, claro. Recuerdo que eras la primera capitana que me ha dado órdenes en toda mi vida.
    —Bill, en caída libre no importa quién está encima.
    —Eso no es lo que yo… —Bill sonrió al comprender que Cirocco le estaba tomando el pelo—. Tampoco estaba seguro de eso. ¿Acaso nosotros…? Me refiero a si…
    —¿…si follamos? —Cirocco meneó la cabeza, no negativamente, sino en señal de sorpresa—. En cualquier oportunidad que tuvimos, en cuanto yo dejé de acosar a Gene y Calvin y advertí que el más hombre a bordo era mi ingeniero en jefe. Bill, espero no dañar tus sentimientos, pero me gustas de esta forma.
    —¿De qué forma?
    —No te atrevías a preguntar si nosotros habíamos sido… íntimos amigos —hizo la pausa tan dramática como le fue posible, bajando los ojos tímidamente, y Bill se rió—. Eras así antes de que nos conociéramos. Tímido. Creo que esto va a ser como la primera vez, repetida, y la primera vez siempre es especial, ¿no estás de acuerdo?
    Cirocco le sonrió y aguardó lo que creyó sería un tiempo razonable, pero Bill no hizo nada, por lo que ella se acercó y se apretó contra él. No fue sorpresa para Cirocco: también la otra primera vez había necesitado dejar bien claros sus sentimientos.
    Cuando interrumpieron el beso Bill miró a Cirocco y sonrió.
    —Quería decirte que te amo. No me has dado tiempo.
    —Nunca antes habías dicho eso. Quizá no deberías comprometerte hasta recobrar la memoria.
    —Creo que tal vez antes no habría sabido que te amaba. Entonces… Todo lo que me quedó fue tu cara y un sentimiento. Confío en eso. Y lo he dicho de verdad.
    —Hmmm. Eres atractivo. ¿Recuerdas cómo aprovecharte de eso?
    —Estoy convencido de que lo recordaré con la práctica.
    —En ese caso creo que es hora de que vuelvas a estar a mis órdenes.
    Fue tan gozoso como la primera vez, pero sin la torpeza que normalmente la acompaña. Cirocco se olvidó de cualquier otra cosa. Había la luz justa para ver el rostro de Bill, la gravedad justa para que los montones de paja fueran más blandos que la seda más delicada.
    La calidad de intemporalidad de aquella larga tarde tenía muy poca relación con la invariable luz de Temis. Cirocco no tenía un solo lugar al que precisara ir; no había necesidad de ir a ninguna parte, jamás, por ningún motivo.

* * *

    —Ahora es el momento de un cigarrillo —dijo Bill—. Ojalá tuviera uno.
    —Y dejar caer la ceniza encima de mí —se burló Cirocco—. Un sucio hábito. Ojalá tuviera un poco de cocaína. Toda se perdió con la nave.
    —Ya puedes ir enmendándote.
    Bill no se había apartado de ella. Cirocco recordó cuánto le había gustado el detalle en la Ringmaster, esperando a ver si las acciones volvían a empezar. Con Bill, solía pasar.
    Esta vez era algo distinto.
    —Bill, temo que de esta forma voy a irritarme un poco.
    Bill se apoyó en las manos para aligerar su peso.
    —¿La paja te está hiriendo la espalda? Puedo ponerme una vez debajo, si quieres.
    —No es la paja, cariño, y no se trata de mi espalda. Es un poco más personal que eso. Lamento decirte que tu toque es como el del papel de lija.
    —Igual que tú, pero tuve muchísimo cuidado en no decírtelo —rodó hacia un lado y puso un brazo bajo los hombros de Cirocco—. Es curioso que no lo notara hace unos momentos.
    Cirocco rió:
    —Aunque te hubieran crecido púas, yo no lo habría notado hace unos momentos. Pero qué lástima no haber recuperado el pelo. Así me siento ridícula, y es horriblemente desagradable.
    —¿Crees que te va mal a ti? A mí me crece por todas partes. Parecen pulgas bailando contradanza en mi piel. Perdóname mientras me rasco —y se puso a hacerlo, de modo vigoroso. Cirocco le ayudó con los puntos más imposibles de su espalda—. Aaaah. ¿Dije que te amaba? Fui un loco, no sabía qué significaba amor. Ahora lo sé.
    Gaby eligió aquel momento para entrar.
    —Perdona, Rocky, pero estaba preguntándome si no deberíamos hacer algo con los paracaídas. Uno de ellos ya se ha ido flotando río abajo.
    Cirocco se sentó rápidamente.
    —Hacer ¿qué?
    —Recuperarlos. Podrían ser útiles.
    —Tú… Sí, Gaby. A lo mejor tienes razón.
    —Simplemente, creí que sería una buena idea —miró al suelo, agitó los pies y echó una mirada a Bill por primera vez—. Eh… Bueno, pensé que, quizá, yo… Podría hacer algo bonito para ti.
    Gaby salió corriendo de la choza. Bill se sentó con los codos apoyados en las rodillas.
    —¿Acaso estoy haciendo demasiadas deducciones de lo que ha pasado?
    Cirocco suspiró.
    —Me temo que no. Gaby va a ser un gran problema. Cree que también ella está enamorada de mí.

CAPITULO 9

    —¿A qué te refieres al decir ‘adiós’? ¿A dónde vas?
    —He estado recapacitando —dijo Calvin, en voz baja. Se quitó el reloj de pulsera y lo entregó a Cirocco—. Vosotros lo aprovecharéis mejor que yo.
    Cirocco estuvo a punto de estallar en frustración.
    —¿Y ésa es toda la explicación que nos das? “He estado recapacitando.” Calvin, tenemos que permanecer juntos. Seguimos siendo un equipo de exploración, y yo sigo siendo tu capitana. Tenemos que actuar unidos para que nos rescaten.
    Calvin sonrió débilmente.
    —¿Y cómo vamos a hacer eso?
    Cirocco deseó que Calvin no hubiera formulado la pregunta.
    —No he tenido tiempo de elaborar un plan al respecto —dijo vagamente—. Por fuerza, tiene que haber algo que podamos hacer.
    —Házmelo saber cuando pienses en algo.
    —Te ordeno que te quedes aquí con el resto de nosotros.
    —¿Cómo evitarás que me vaya en caso de que quiera irme? ¿Dejándome fuera de combate y atándome? ¿Cuánta energía va a costar vigilarme siempre? Retenerme aquí me convierte en una carga. Si me voy, puedo ser una persona útil.
    —¿A qué te refieres con eso de una persona útil?
    —Simplemente a eso. Los dirigibles hablan en torno a toda la curvatura de Temis. Están cargados de noticias; aquí todo el mundo los escucha. Si alguna vez me necesitas para algo, volveré. Todo lo que tengo que hacer para el caso es enseñarte algunas llamadas sencillas. ¿Sabes silbar?
    —Eso no es el problema —dijo Cirocco, con disgustado movimiento de la mano. Se acarició la frente y dejó que su cuerpo se relajara. Si había que retener a Calvin tenía que disuadirle de que se fuera, no impedírselo—. Todavía no comprendo por qué quieres irte. ¿No te gusta estar aquí con nosotros?
    —Yo… No, no demasiado. Era más feliz cuando estaba solo. Hay demasiada tensión. Excesiva susceptibilidad.
    —Todos hemos pasado por terribles experiencias. La cosa mejorará cuando aclaremos algunos puntos.
    Calvin se encogió de hombros.
    —Llámame entonces, y volveré a intentarlo. Pero la compañía de mi propia raza ha dejado de preocuparme. Los dirigibles son más libres, y más inteligentes. Jamás he sido más feliz que durante aquel paseo —Calvin estaba mostrando más entusiasmo que el visto por Cirocco desde el encuentro en el peñasco—. Los dirigibles son viejos, capitana. Como individuos y como raza. Apeadero tal vez tenga tres mil años.
    —¿Cómo lo sabes? ¿Cómo lo sabe Apeadero?
    —Hay épocas de frío y épocas de calor. Imagino que deben existir porque Temis permanece siempre apuntado en la misma dirección. El eje apunta cerca del sol en este preciso momento, pero cada quince años el borde bloquea la luz solar hasta que Saturno se traslada y vuelve a llevar el otro polo hacia el sol. Aquí existen años, pero todos duran quince años. Apeadero ha visto pasar doscientos.
    —Muy bien, muy bien —dijo Cirocco—. Por eso te necesitamos, Calvin. Por lo que sea, eres capaz de hablar con esos seres. Has aprendido de ellos. Algo de esto podría sernos de importancia. Como estos seres de seis patas, ¿cómo los llamaste…?
    —Titánidas. Es todo lo que sé de ellos.
    —Bien, a lo mejor aprendes más.
    —Capitana, hay mucho que saber. Pero vosotros habéis aterrizado en la parte más hospitalaria de Temis. No os mováis, y estaréis perfectamente. No entréis en Océano, ni tampoco en Rea. Esos lugares son peligrosos.
    —¿Lo ves? ¿Cómo podíamos saberlo? Te necesitamos.
    —No lo entiendes. No puedo aprender nada de este lugar sin ir a verlo. El lenguaje de Apeadero está fuera de mi alcance en su mayor parte.
    Cirocco sintió fluir de su interior la amargura de la derrota. ¡Maldito sea, John Wayne habría castigado severamente al bastardo! Charles Laughton lo habría apresado.
    Cirocco sabía que se sentiría mucho mejor si se limitaba a dar un swing al obstinado hijo de puta, pero la sensación pasaría con rapidez. Nunca había dado órdenes así. Había ganado y conservado el respeto de su tripulación demostrando responsabilidad y empleando la mejor sagacidad que podía poner en juego en cualquier situación. Podía enfrentarse a los hechos, y sabía que Calvin iba a dejarlos solos, pero el asunto no le gustaba.
    ¿Y por qué no?, se preguntó. ¿Por qué disminuía su autoridad?
    Eso tenía que ser parte del problema, y otra parte su responsabilidad respecto al bienestar de Calvin. Mas con ello regresaba a la dificultad con la que se había enfrentado desde el principio de su mando: la carencia de suficientes modelos de conducta en cuanto a un capitán de navío femenino. Había resuelto examinar todas las hipótesis y usar únicamente las que le parecieran bien. Que algo hubiera parecido bien al almirante Nelson en la Armada británica no significaba por sí solo que fuera correcto para ella.
    Tenía que haber disciplina, claro, y tenía que haber autoridad. Los capitanes navales habían estado exigiendo la primera y velando por el cumplimiento de la segunda durante miles de años, y Cirocco no pretendía deshacerse de esa experiencia acumulada. Si la autoridad de un capitán era cuestionada, el desastre era la consecuencia más normal.
    Pero el espacio no era lo mismo, pese a generaciones de escritores de ciencia ficción. La gente que lo exploraba eran personas muy inteligentes, genios individuales, lo mejor que la Tierra podía ofrecer. Tenía que haber flexibilidad, y el código legal de la NASA para viajes interplaneterios así lo reconocía.
    También había otro factor que Cirocco no tenía que olvidar. Ya no tenía una nave. Lo peor que podía suceder a un capitán le había sucedido a ella. Había perdido el mando. Sería un sabor amargo en su boca durante el resto de su vida.
    —Muy bien —dijo en voz baja—. Tienes razón. No puedo desperdiciar tiempo y energía vigilándote, y no me parece bien matarte, como no sea en un sentido figurado —se forzó a contenerse al advertir que estaba apretando los dientes, y procuró relajar las mandíbulas—. Pero te advierto que, si regresamos, te acusaré de insubordinación. Si te vas, será contra mis deseos, y contra los intereses de la misión.
    —Lo acepto —dijo Calvin, sin emoción—. Llegarás a comprender que la última parte no es cierta. Seré de más utilidad en el lugar al que me voy, que aquí. Y no regresaremos a la Tierra.
    —Ya lo veremos. Bien, ¿por qué no enseñas a alguien cómo llamar a los dirigibles? Creo que será mejor que yo no esté cerca de ti.
    Al final Cirocco tuvo que aprender el código de silbidos, pues ella era la de mayores aptitudes musicales. Su sentido de la afinación era casi perfecto, y eso era esencial para entenderse con los dirigibles.
    Sólo tuvo que aprender tres frases melódicas, la más larga, de varias notas y un trino. La primera equivalía a ‘buen despegue’ y no era más que un saludo de cortesía. La segunda era ‘quiero a Calvin’ y la tercera ‘¡socorro!’
    —Recuerda, no llames a un dirigible si tenéis fuego encendido.
    —Qué optimista eres.
    —Pronto haréis una hoguera. Eh… Me estaba preguntando si… ¿Quieres que te libre de August? Quizás ella se sintiera mejor viniendo conmigo. Podríamos cubrir más terreno en busca de April.
    —Podemos ocuparnos de nuestras bajas —dijo Cirocco, con frialdad.
    —Lo que tú digas.
    —Ella apenas es consciente de que te vas, de todos modos. Limítate a apartarte de mi vista, ¿quieres?

* * *

    August demostró no estar tan comatosa como Cirocco había pensado. Al saber que Calvin se iba, insistió en acompañarle. Tras una breve batalla, Cirocco accedió, pero más recelosa aún que antes.
    Apeadero se situó a baja altura y empezó a proyectar un cable. Todos contemplaron el apéndice, que restallaba y se retorcía en el aire.
    —¿Por qué está deseoso de hacer esto? —preguntó Bill—. ¿Qué es lo que gana?
    —Le gusto a Apeadero —dijo Calvin, con sencillez—. Además, está acostumbrado a transportar pasajeros. Las especies conscientes pagan el trayecto trasladando alimentos del primero al segundo estómago de Apeadero, que no tiene músculos para hacerlo. Debe ahorrarse peso.
    —¿Es que aquí todo va igual de bien? —inquirió Gaby—. Hasta la fecha no hemos visto nada que se parezca a un animal carnívoro.
    —Hay carnívoros, pero no muchos. La simbiosis es la realidad básica de la vida. Eso, y el culto. Apeadero dice que la totalidad de las formas superiores deben lealtad a una deidad, y que la morada de la divinidad se encuentra en el eje. He estado pensando en una diosa que gobierna todo el círculo del terreno. La llamo Gea, como la madre universal de los griegos.
    Cirocco se interesó por el tema, en contra de sus deseos.
    —¿Qué es Gea, Calvin? ¿Una especie de leyenda primitiva, o quizá la sala de mando de esta criatura?
    —No lo sé. Temis es mucho más viejo que Apeadero, y buena parte del lugar también es desconocida para él.
    —¿Pero quién lo dirige? Dijiste que aquí hay muchas razas. ¿Cuál de ellas? ¿O es que cooperan?
    —Tampoco lo sé. ¿Has leído los relatos de naves generacionales, cuando algo sale mal y todo el mundo regresa al salvajismo? Creo que algo parecido puede estar pasando aquí. Sé que hay algo en funcionamiento, en alguna parte. Quizá máquinas, o una raza que vive en el cubo de la rueda. Esa podría ser la fuente del culto. Pero Apeadero está convencido de que hay una mano al volante.
    Cirocco se puso muy seria. ¿Cómo podía dejar marchar a Calvin, con toda la información que había en su cabeza? Eran datos desiguales y no tenían forma de averiguar cuáles eran ciertos, pero no disponían de otra cosa.
    Mas ya era demasiado tarde para otros pensamientos. El pie de Calvin estaba en el estribo al extremo del largo cable. August se unió a él y el dirigible tiró de ambos.
    —¡Capitana! —gritó Calvin, justo antes de que los dos desaparecieran—. ¡Gaby no debió haber llamado Temis a este lugar! ¡Llámalo Gea!

* * *

    Cirocco caviló sobre la partida de Calvin y August, sumergiéndose en una oscura depresión durante la cual se sentó al lado del río y pensó en lo que debería haber hecho. Ningún proceder le pareció correcto.
    —¿Qué me dices de su juramento hipocrático? —preguntó a Bill en un momento dado—. Fue enviado en este viaje para una maldita cosa, para cuidar de nosotros si lo necesitábamos.
    —La situación nos ha cambiado a todos, Rocky.
    A todos menos a mí, pensó Cirocco, pero no lo dijo. Al menos, por lo que ella sabía, no había sufrido efectos duraderos tras su experiencia. En cierto sentido eso era más extraño que lo que el percance había hecho a los otros. Todos tenían que haber sido llevados a la catatonía. Al contrario, había un amnésico, una personalidad obsesiva, una mujer con una pasión adolescente y un hombre enamorado de aeronaves vivientes. Cirocco era la única cabeza equilibrada.
    —No te engañes —murmuró para sí—. Probablemente les parezco tan loca a ellos como ellos me lo parecen a mí.
    Pero descartó la idea, igualmente. Bill, Gaby y Calvin sabían que la experiencia los había cambiado, aunque Gaby no admitiría que su amor por Cirocco fuera un efecto secundario. August se encontraba demasiado distraída por su pérdida como para pensar en cualquier otra cosa.
    Meditó de nuevo en April y Gene. ¿Seguían con vida? Y en tal caso, ¿cómo se lo estarían tomando? ¿Estaban solos o se las habían ingeniado para unirse?
    Se habían hecho a la rutina de escuchar y transmitir, con el objeto de tomar contacto con ambos. Pero hasta el momento no había dado resultados. Nadie había vuelto a oír llorar a un hombre ni escuchado cosa alguna de April.
    El tiempo iba pasando, casi inadvertido. Cirocco disponía del reloj de pulsera de Calvin para saber cuándo debían dormir, pero resultaba duro ajustarse a te persistente luz. Jamás lo habrían sospechado tratándose de un grupo de personas que ha vivido en el ambiente artificial de la Ringmaster, donde el día estaba dispuesto en la computadora de la nave y se lo podía variar a voluntad.
    La vida era fácil. Toda la fruta que probaban era comestible y parecía alimentarlos. Si existían deficiencias vitamínicas todavía tenían que darse a conocer. Ciertas frutas eran saladas y otras poseían un dejo que todos confiaban fuera vitamina C. La caza abundaba y era fácil de cobrar.
    Todos estaban acostumbrados a los horarios estrictos de un astronauta, en los que toda tarea es asignada por el control de tierra y el principal pasatiempo consiste en quejarse de su imposibilidad, pero, de todos modos, cumplirla… Habían sido preparados para luchar por la supervivencia en un ambiente hostil, pero Hiperión era casi tan hostil como el zoo de San Diego. Habían pensado en Robinson Crusoe, o al menos en el robinson de la familia suiza, pero Hiperión era un marica. Aún no se habían amoldado lo bastante para pensar en términos de una misión.

* * *

    Dos días después de que se fueran Calvin y August, Gaby obsequió a Cirocco con ropa que había hecho con los paracaídas descartados. Cirocco quedó profundamente afectada al ver la expresión del rostro de Gaby cuando se probó la prenda.
    El ropaje era mitad toga y mitad pantalones sueltos. El material era delgado, aunque sorprendentemente fuerte. A Gaby le había costado mucho esfuerzo cortarlo en piezas usables y coserlo con agujas de espino.
    —Si puedes encontrar algo para mocasines —dijo a Gaby—, te promoveré tres grados cuando estemos en casa.
    —Estoy trabajando en eso.
    Gaby resplandeció un día entero después del hecho, y se mostró juguetona como un perrito, restregándose contra Cirocco y las finas prendas de ésta a la más mínima excusa. Estaba patéticamente ansiosa por complacer.

* * *

    Cirocco estaba sentada junto a la orilla del río, a solas por una vez y contenta de ello. Ser el motivo de disputa entre dos amantes no era de su gusto. Bill empezaba a estar fastidiado por la conducta de Gaby y daba la impresión de creer que debía hacer algo.
    Se inclinó con facilidad con un palo largo y flexible en una mano y observó un pequeño flotador de madera al extremo de la cuerda. Dejó que sus pensamientos divagaran hasta el problema de ayudar a cualquier expedición de rescate que llegara en su busca. ¿Qué se podría hacer para facilitar el rescate?
    Era un hecho patente que no podían salir de Gea por sus propios medios. Lo mejor que Cirocco podría hacer sería tratar de ponerse en contacto con la partida de rescate. No tenía duda de que llegaría una, y pocas ilusiones de que su objetivo primario fuera el rescate. Los mensajes que había logrado enviar durante la desintegración de la Ringmaster describieron un acto hostil, y las implicaciones de ello eran enormes. Seguro que se daría por muerta a la tripulación de la Ringmaster, pero no se olvidaría a Temis-Gea. Pronto llegaría una nave, y estaría sobrecargada.
    —Muy bien —dijo—. Gea ha de tener medios de comunicación en alguna parte.
    Probablemente en el cubo de la rueda. Aun cuando los motores estuvieran allí también, su ubicación centralizada parecía el lugar lógico para los controles. Allí tal vez hubiera gente que se ocupara de las cosas, o tal vez no. No existía modo alguno de dar al viaje un aspecto de fácil, o al destino un aspecto de seguro. El último podía estar celosamente vigilado contra la incursión y el sabotaje.
    Pero allí había una radio, Cirocco ya vería qué podía hacer en cuanto llegara hasta ella.
    Bostezó, se rascó las costillas y movió perezosamente los pies de arriba abajo. El flotador subía y bajaba en el agua. Parecía un buen momento para una siesta.
    El flotador sufrió una repentina sacudida y desapareció bajo las turbias aguas. Cirocco lo miró un instante y comprobó con moderada sorpresa que algo había mordido el anzuelo. Se levantó y empezó a tirar de la cuerda.
    El pez no tenía ojos, escamas o aletas. Cirocco lo alzó y lo observó con curiosidad. Era el primer pez que habían capturado.
    —¿Qué diablos estoy haciendo? —preguntó en voz alta. Lanzó el pez al agua, enrolló su cuerda de pescar y empezó a doblar el recodo del río hacia el campamento. A medio camino se puso a correr.

* * *

    —Lo siento, Bill, sé que has dedicado mucho trabajo a este lugar. Pero cuando vengan a buscarnos, quiero estar trabajando todo lo que pueda para salir de aquí —dijo Cirocco.
    —Estoy de acuerdo contigo, básicamente. ¿Cuál es tu idea?
    Cirocco explicó su meditación respecto al cubo de la rueda, al hecho de que si allí existía un control tecnológico central para esta inmensa construcción, estaría allá arriba.
    —No sé qué encontraremos. Es posible que nada, aparte de telarañas y polvo, y que todo siga funcionando por pura inercia aquí abajo. O tal vez el capitán y una tripulación dispuestos a hacernos pedazos por invadir su nave. Pero tenemos que verlo.
    —¿Cómo te propones llegar ahí arriba?
    —No lo sé seguro. Supongo que los dirigibles no pueden hacerlo o sabrían más de esa diosa de que hablan. Incluso es posible que no haya aire en los radios.
    —Eso haría la cosa un poco dura —observó Gaby.
    —No lo sabremos hasta que no lo veamos. El medio de subir los radios es emplear los cables de apoyo. Tendrían que subir hasta las mismas entrañas, hasta el punto más alto.
    —Dios mío —musitó Gaby—. Hasta los cables inclinados están a cien kilómetros de altura. Y eso te lleva simplemente al techo. A partir de ahí hay otros quinientos kilómetros hasta el cubo.
    —Mi dolorida espalda —gruñó Bill.
    —¿Qué ocurre con vosotros? —quiso saber Cirocco—. No he dicho que trepemos por los cables. Eso lo decidiremos cuando echemos un buen vistazo. Lo que trato de deciros es que somos ignorantes de este lugar. Por lo que yo sé, hay ascensor rápido posado en el pantano que nos llevará hasta la parte superior. O un hombrecillo que vende billetes de helicóptero, o alfombras mágicas. Nunca lo sabremos, a menos que nos pongamos a explorar.
    —No te excites —dijo Bill—. Estoy de tu parte.
    —¿Y tú, Gaby?
    —Voy donde tú vas —dijo Gaby, de un modo desapasionado—. Ya lo sabes.
    —De acuerdo. Esto es lo que pienso. Hay un cable inclinado hacia el oeste, hacia Océano. Pero el río fluye a la inversa, y podemos usarlo como transporte. De esa forma incluso podríamos llegar antes a la siguiente hilera de cables que abriéndonos paso a través de la jungla. Creo que deberíamos encaminarnos hacia el este, hacia Rea.
    —Calvin dijo que nos mantuviéramos alejados de Rea —recordó Bill.
    —No he dicho que nos adentremos en Rea. Si hay algo más difícil de aceptar que esta tarde perpetua, ha de ser una noche perpetua, así que de todos modos no estoy ansiosa por ir allá. Pero hay mucha tierra entre aquí y allá. Podríamos echarle una ojeada.
    —Admítelo, Rocky. Eres una turista en el fondo.
    Cirocco tuvo que sonreír.
    —Culpable. Pensaba hace un rato que aquí estamos en este lugar increíble. Sabemos que hay una docena de razas inteligentes. ¿Qué hacemos? Descansar y pescar. Bueno, yo no. Tengo ganas de curiosear. Por eso nos pagaban, y, ¡caramba, es lo que me gusta! Quizá deseo un poco de aventura.
    —Dios mío —repitió Gaby, con una pizca de mofa—. ¿Qué más puedes pedir? ¿No has tenido bastante?
    —Las aventuras se pueden volver en tu contra y defraudarte —dijo Bill.
    —No lo sé. Pero de todos modos vamos a descender por ese río. Me gustaría estar en marcha después del siguiente período de sueño. Me siento como drogada.
    Bill consideró el hecho por un momento.
    —¿Crees que es posible? ¿Algo dentro de una de las frutas?
    —¿Eh? Has leído demasiada ciencia ficción, Bill.
    —Escucha, no te cargues mis hábitos de lectura y yo no me cargaré tus rancias películas en blanco y negro.
    —Pero eso es arte. No importa. Imagino que es posible que hayamos comido algo que tranquiliza, pero en realidad creo que se trata simplemente de una holgazanería anticuada.
    Bill se puso en pie y buscó su inexistente pipa. Pareció fastidiado por olvidar una vez más el detalle y después se limpió la arena de las manos.
    —Nos costará un poco montar una balsa —dijo.
    —¿Por qué una balsa? ¿Qué me dices de esas enormes cápsulas vegetales que hemos visto flotando río abajo? Son lo bastante grande para sostenernos.
    Bill frunció la frente.
    —Sí, supongo que sí, ¿pero crees que se manejarán bien en aguas turbulentas? Me gustaría echar un vistazo a los fondos antes…
    —¿Manejar? ¿Piensas que una balsa sería mejor?
    Bill adoptó un aire de sorpresa, después de enfado.
    —¿Sabes una cosa? A lo mejor me estoy volviendo torpe. Adelante, comandante.

CAPITULO 10

    Las cápsulas crecían en las copas de los árboles más altos del bosque. Cada árbol producía sólo una a la vez, y cuando la cápsula alcanzaba la madurez estallaba como una bomba. Habían oído sonar estas explosiones a largos intervalos. Lo que quedaba después era algo parecido a la cáscara de una nuez, uniforme y suavemente dividida.
    Al ver una gran cápsula que flotaba cerca, nadaron y tiraron de ella hacia la orilla. Surcaba el agua a buena altura cuando estaba vacía. Cargada, todavía disponía de mucho franco bordo.
    Emplearon dos días en equiparla y tratar de armar un timón. Adaptaron un palo largo con una amplia hoja al extremo y confiaron en que eso fuera suficiente. Disponían de un tosco remo para cada uno en caso de que se adentraran en aguas agitadas.
    Gaby soltó la cuerda. Cirocco se esforzó en impeler la embarcación hasta el centro del río y luego tomó su puesto a popa, con una mano levemente apoyada en la caña del timón. Se levantó una brisa y Cirocco añoró una vez más su pelo. Qué excelente detalle, tener cabellos moviéndose en el viento… Son las cosas sencillas las que echamos de menos, pensó.
    Gaby y Bill estaban excitados, olvidados de su animosidad anterior mientras estaban sentados en lados opuestos del barco, contemplando el río y desafiando a Cirocco.
    —¡Cántanos un saloma, capitana! —gritó Gaby.
    —No lo has entendido bien, tonta —rió Cirocco—. Sois vosotros, los miserables del castillo de proa, los que vaciáis la sentina y cantáis las canciones. ¿Habéis visto The Sea Witch?
    —No lo sé. ¿La han puesto en tridimensional?
    —Es una película plana protagonizada por el bueno de John Wayne. La Sea Witch era su nave.
    —Creí que sería el nombre del capitán. Eh, acabas de elegirte un apodo.
    —Ten cuidado, o veré si puedo montar una tabla para que andes la pasarela.
    —¿Qué te parece un nombre para este barco, Rocky? preguntó Bill.
    —Hey, debería tener un nombre, ¿verdad? Estaba tan ocupada tratando de gorrear champán para la botadura que olvide lo del nombre.
    —No me hables de champán —gruñó Gaby.
    —¿Alguna sugerencia? Aquí tenéis la oportunidad de un ascenso.
    —Sé cómo lo habría bautizado Calvin —dijo Bill de repente.
    —No me hables de Calvin.
    —Sin embargo, nos hemos comprometido con la mitología griega. Este barco debería llamarse Argos.
    Cirocco se quedó dudando.
    —¿No estaba relacionado con la búsqueda del vellocino de oro? Ah, sí. Ya recuerdo la película.
    —No estamos buscando nada —observó Gaby—. Sabemos a dónde queremos ir.
    —Entonces, ¿qué me decís de…? —Bill se detuvo y se quedó pensativo—. Estoy pensando en Ulises. ¿Tenía nombre su barco?
    —No lo sé. Hemos perdido a nuestro mitólogo con aquel anuncio de neumáticos más que voluminoso. Pero aunque el barco tuviera nombre, yo no querría usarlo. Ulises no tuvo más que problemas.
    Bill sonrió burlonamente.
    —¿…supersticiosa, capitana? Jamás lo habría creído.
    —Es el mar, chico. Hace cosas extrañas a un cuerpo.
    —No me ofrezcas el diálogo de tu último espectáculo. Voto por llamar Titanic al barco. Tuviste una nave…
    —Un montón de herrumbre. No tientes la suerte, compañero.
    —También me gusta Titanic —rió Gaby—. ¿Quién lo creería de una embarcación construida a partir de un cacahuete glorificado?
    Cirocco alzó los ojos, pensativamente.
    —Que quede en vuestras cabezas, pues. Que sea Titanic. Que navegue largo tiempo. Podéis vitorear, y divertios de otra forma.
    La tripulación dio tres vítores y Cirocco hizo una mueca y una reverencia.
    —¡Viva la capitana! —gritó Gaby.
    —Decidme —dijo Cirocco—, ¿no deberíamos pintar el nombre sobre el guardafango, o como diablos se llame?
    —¿Sobre el qué? —Gaby pareció horrorizarse.
    Cirocco hizo un mohín.
    —Es una buena ocasión para explicároslo, pero no sé una mierda de barcos. ¿Quién ha hecho algo de navegación?
    —Yo he hecho un poco —dijo Gaby.
    —Entonces, tú serás el piloto del barco. Cambia de lugar conmigo —soltó el timón y avanzó hacia proa con mucho cuidado. Se dobló hacia atrás, estiró los brazos y los cruzó bajo la cabeza—. Yo estaré tomando importantes decisiones de mando —dijo, con un gran bostezo—. No me molestéis como no sea por un huracán.
    Cerró los ojos entre un clamor de protestas.

* * *

    El Clío era largo, serpenteante y lento. En el centro, sus palos de cuatro metros no tocaban fondo. Si los ponían dentro del agua sentían cosas que tropezaban con ellos. Jamás se enteraban de la causa. Mantenían el Titanic a medio camino entre el centro del río y la orilla del lado de babor.
    Cirocco había planeado que todos permanecieran en el barco, yendo a la orilla sólo para recoger alimentos…, un trámite que nunca llevaba más de diez minutos. Pero la guardia permanente no funcionó bien. Con demasiada frecuencia el Titanic se iba hacia tierra, y se hacía necesario despertar a los que dormían. Los tres hacían falta para mover el barco cuando el fondón encallaba sobre el barro. Pronto se enteraron de que el Titanic no era muy manejable, y que se precisaba de dos personas con palos para alejar la embarcación de los bajíos que se acercaban.
    Decidieron acampar cada quince o veinte horas. Cirocco elaboró un programa que aseguraba que dos personas siempre estuvieran despiertas mientras navegaban, y una cuando acampaban.
    El Clío seguía un curso tortuoso a lo largo del casi uniforme terreno como una serpiente drogada con nembutal. El campamento de una noche podía estar a sólo medio kilómetro en línea recta del de la noche anterior. Habrían perdido la orientación de no haber sido por el cable de sustentación unido a la tierra en el centro de Hiperión. Cirocco sabía por su inspección aérea que el cable se hallaría al este de ellos hasta mucho después de encontrar el río Ofión.
    El cable siempre estaba allí, descollando como cierto rascacielos inimaginable, ascendiendo, pareciendo inclinarse hacia ellos hasta que se esfumaba en el espacio a través del techo. Iban a pasar cerca de él yendo hacia los cables de sustentación inclinados que conducían al radio situado sobre Rea. Cirocco confiaba en obtener una visión precisa del cable.
    La vida llegó a ser una rutina. Pronto se encontraron actuando impecablemente como equipo, apenas necesitando hablar. La mayor parte del tiempo había poco que hacer, aparte de permanecer atentos a los bancos de arena. Gaby y Bill pasaban muchos ratos efectuando mejoras en las vestimentas de todos. Ambos llegaron a ser diestros con las agujas de espino. Bill chapuceaba continuamente con el timón y trabajaba para hacer más cómodo el interior del barco.
    Cirocco invertía gran parte del tiempo en fantasear y contemplar las nubes que flotaban. Consideraba formas y medios de llegar al cubo de la rueda, intentando anticipar problemas, pero era una ocupación fútil. Las posibilidades eran demasiado variadas para permitir un plan razonable. La capitana prefería mucho más estar ensimismada.
    Finalmente Cirocco cantó para ellos, y los sorprendió. Había tomado clases de canto y piano durante diez años cuando era niña. Pensaba en una carrera de cantante antes de que la tentación del espacio se hiciera muy fuerte. Nadie había sabido el hecho hasta el viaje del Titanic; Cirocco pensaba que distraer a los tripulantes con canciones no cuadraba con su imagen. Pero allí ya no importaba, por el contrario, el canto los unió más estrechamente. Poseía un registro de contralto rico y claro que surtía mejor efecto con vieja música popular, baladas y canciones de Judy Garland.
    Bill hizo un laúd con la cáscara de una nuez, cuerdas de paracaídas y la piel de un risueño. Aprendió a tocarlo y Gaby contribuyó con un tambor de cáscara de nuez. Cirocco les enseñó canciones y asignó las tonalidades: Gaby una soprano aceptable, Bill un tenor con mal oído.
    Cantaron canciones de taberna de los bares de O’Neil Uno, canciones del hit parade, de dibujos animados y viejas películas. Una de ellas pronto se convirtió en la favorita del grupo, consideradas las circunstancias. Hablaba de una ruta amarilla y adoquinada y el maravilloso mago de Oz. La cantaban gritando todas las mañanas al partir, chillando al máximo cuando el bosque les devolvía los aullidos.
    Transcurrieron varias semanas antes de que llegaran al Ofión. Sólo en dos ocasiones se interrumpió la pacífica rutina que llevaban.

* * *

    El primer incidente fue a los tres días del viaje, cuando un globo ocular al extremo de un largo pedículo emergió del agua a menos de cinco metros del Titanic. No quedó duda de que se trataba de un ojo, igual que lo sucedido con Apeadero. Era un globo de veinte centímetros de diámetro, dispuesto en una cuenca verde y flexible que a primera vista parecía una mano verdosa con dedos enrollados desde atrás en torno al ojo. El globo ocular en sí era de un color verde claro con una vasta pupila.
    En cuanto vieron a la criatura trataron de ganar la orilla. El ojo había estado apuntando hacia ellos, sin revelar interés o emoción sino tan sólo fijo en el mirar. No pareció importarle que se alejaran. Observó dos o tres minutos antes de esfumarse con el mismo silencio de su aparición.
    El consenso general, una vez en la orilla, fue que no podían hacer gran cosa al respecto. La criatura no había intentado dañarles…, lo que no significaba nada en cuanto a su conducta futura. Pero no era cuestión de que tuvieran que interrumpir su viaje sólo porque hubiera enormes peces en el río.
    El segundo incidente fue algo para lo que estaban más preparados, ya que había sucedido antes. Fue el enorme viento plañidero que Calvin había denominado Lamento de Gea.
    Hubo tiempo antes de las peores ráfagas para alcanzar a arrastrar a la orilla el Titanic y buscar refugio en la parte de la embarcación a favor del viento. Cirocco no quiso meterse bajo los árboles, recordando la rama desprendida en las tierras altas que falló por muy poco.
    Las condiciones de observación, con el viento azotando la cara de Cirocco y las nubes revolviéndose arriba, no eran buenas. Pero la capitana logró avistar brevemente la tormenta que surgía de Océano. Procedía de arriba. Las nubes se hinchaban a lo largo del gigantesco radio situado por encima del mar helado como el glacial aliento de Dios. El viento golpeaba la sábana de hielo y la resquebrajaba, levantando súbitos tornados que parecían diminutos a tanta distancia, pero que debían de ser colosales.
    A través de las nubes que avanzaban rápidamente hacia Hiperión, Cirocco vio los inclinados cables de sustentación que unían tierra y cielo sobre Océano. Si se movían con el viento tenía que ser con la suficiente lentitud para que no se viera, pero debía existir cierto movimiento de oscilación o flexión. El viento arrastraba una fina niebla gris. Cirocco lo veía flotar hacia los cerrados ángulos que los cables formaban con el suelo y tuvo que reconocer que las partículas que veía desde tan lejos tenían que ser grandes como árboles. Después las nubes oscurecieron toda visión y empezó a caer nieve. Enseguida el río se agitó y la creciente casi alcanzó al varado Titanic. A Cirocco le pareció sentir que la tierra se movía.
    Sabía que estaba presenciando alguna parte del sistema de circulación de aire de Gea en funcionamiento, y se preguntó cómo entraría el aire en el radio y qué mecanismo lo forzaría a volver a salir. También quiso saber por qué el proceso tenía que ser tan violento. El reloj de Calvin indicaba que habían pasado diecisiete días desde el último Lamento; deseó que al menos transcurriera lo mismo hasta el siguiente.
    Como la vez anterior, el frío no duró más de seis o siete horas, y la nieve no alcanzó a adherirse al suelo. Los tres pudieron aguantar mejor el temporal en esa ocasión, y descubrieron que la tela de seda de dirigible protegía más de lo que cabía suponer. Hacía las veces de cortavientos.

* * *

    El trigésimo día desde su emergencia estuvo marcado por dos cosas: algo que sucedió y algo que no sucedió.
    La primera fue haber llegado a la confluencia del Clío y el poderoso río Ofión. Para entonces se hallaban muy al sur de Hiperión, equidistantes entre el cable vertical central y el meridional, ambos elevándose allí sobre los terrestres.
    Ofión era verdeazulado, más amplio y rápido que el Clío. Tiró al Titanic hacia su centro, y tras un rato de alerta y sondeos con los palos, los viajeros decidieron quedarse allí, pues les pareció más seguro. En tamaño y velocidad, el Ofión recordó a Bill y Cirocco el Mississippi, aunque con más vegetación y árboles altos a lo largo de las riberas. La tierra seguía siendo jungla, pero Ofión era ancho y profundo.
    Cirocco quedó más preocupada por lo que no sucedió: lo que aguardaba conforme los días iban pasando en el reloj de Calvin, y no llegaba. Durante veintidós años tuvo la regularidad de las mareas. Resultaba sumamente turbador entonces que la menstruación no se hiciera presente.

* * *

    —¿Sabes que ya han pasado treinta días? —dijo Cirocco a Gaby aquella noche.
    —¿De verdad? No lo había pensado —Gaby arrugó la frente.
    —Sí. Estoy más que retrasada. Siempre habían sido veintinueve días. A veces un día menos, nunca más tarde.
    —¿Sabes?, yo también voy con retraso.
    —Así lo creía.
    —¡Dios, eso no tiene lógica alguna!
    —Me estaba preguntando qué tipo de protección usaba en la Ringmaster. ¿Quizá te olvidaste alguna vez entonces?
    —No es probable, maldición. Calvin me dio pastillas.
    Cirocco suspiró.
    —Temía que fuera algo tan infalible como eso. Yo no puedo tomar pastillas, hacen que me hinche. Empleaba uno de esos diafragmas que se llevan siempre puestos. Lo tenía cuando nos enterraron. En realidad no se me ocurrió que tuviera que buscarlo hasta que… bueno, hasta que nos reunimos con Bill y August, y quizá ya fuera demasiado tarde —dudó de si debía discutir esa parte con Gaby. No era ningún secreto que ella y Bill habían hecho el amor, y tampoco era ningún secreto que no había existido tiempo, lugar o intimidad para ello en el Titanic con Gaby siempre alrededor—. De todas formas, ha desaparecido. Supongo que fue devorado por la misma criatura que comió nuestro pelo. Cosa que me da escalofríos, dicho sea de paso.
    Gaby se estremeció.
    —Pero creía que podría haber sido Bill. Ahora ya no lo creo así, francamente —se levantó y se acercó a Bill, que estaba durmiendo en el suelo. Lo despertó y esperó a que el hombre demostrara estar bien despierto—. Bill, escucha: las dos estamos preñadas.
    Bill no estaba tan despierto como a Cirocco le había parecido. Parpadeó, sorprendido, y se puso muy serio.
    —Bueno, a mí no me mires. Y menos aún por Gaby. La última vez con ella fue poco después de partir de la Tierra. Además, tengo una válvula.
    —No hablaba de eso —lo calmó Cirocco. (Con Gaby, ¿eh? No me había enterado. Y yo que creía saber todo lo que había ocurrido en la Ringmaster…)—. Eso simplemente hace más evidente que algo muy raro está pasando. Alguien o algo nos está gastando un bromazo, pero yo no me río.

* * *

    Calvin cumplió su palabra. Dos días después de que Cirocco llamara a un dirigible que pasaba, Apeadero revoloteó en el cielo y una flor azul brotó con su cirujano errante colgando debajo. August iba detrás de él. Llegaron al agua justo frente a la orilla.
    Cirocco tuvo que admitir que Calvin ofrecía un excelente aspecto. Sonreía y había brío en su andar. Saludó a todo el mundo y dio la impresión de no recordar que hubiera sido citado. Quiso hablar de sus viajes, pero Cirocco ansiaba demasiado escuchar qué pensaba Calvin de la nueva situación. El médico se puso muy serio mucho antes de que los otros acabaran de explicarse.
    —¿Has tenido alguna menstruación desde que llegamos aquí? —preguntó a August.
    —No, ninguna.
    —Han pasado treinta días —dijo Cirocco—. ¿Es anormal para ti? —por la forma en que se abrieron los ojos de August, Cirocco supuso lo que era—. ¿Cuándo fue la última vez que tuviste relaciones sexuales con un hombre?
    —Nunca he tenido.
    —Temía que dijeras eso.
    Calvin permaneció en silencio un rato, meditando. Después se puso todavía más serio.
    —¿Qué puedo decir? Todos sabéis que es posible que una mujer pierda la menstruación por otras razones. Las atletas la pierden infinidad de veces en determinadas circunstancias, y no estamos seguros del porqué. Tensión emotiva o física, probablemente. Pero creo que las posibilidades de que tal cosa suceda con vosotras tres al mismo tiempo son escasas.
    —Diría que estoy de acuerdo —opinó Cirocco.
    —Podría ser algo dietético. No hay manera de saberlo. Puedo deciros que vosotras tres y… eh, April, habéis sufrido cierta convergencia.
    —¿Qué es eso? —inquirió Gaby.
    —A veces sucede a mujeres que viven juntas, por ejemplo en una nave espacial cuando están en camarotes estrechos. Determinada señal hormonal tiende a sincronizar sus menstruaciones. April y August han ido al mismo ritmo durante largo tiempo, y Cirocco sólo hacía una pequeña diferencia con su ciclo. Dos menstruaciones tempranas y Cirocco concordaba con ellas. Gaby, tú estabas volviéndote errática, ¿recuerdas?
    —Nunca le presté demasiada atención —dijo Gaby.
    —Bien, así era. Pero no entiendo qué tendría que ver aquello con lo que pasa aquí. Sólo lo he mencionado para observar que suceden cosas extrañas. Es posible que simplemente hayáis perdido un período.
    —También es posible que todas estemos preñadas, y tiemblo al pensar quién ha de ser el padre —dijo Cirocco, agriamente.
    —Eso es francamente imposible —dijo Calvin—. Si estás insinuando que la criatura que nos tragó os ha hecho eso a todas… No puedo creerlo. No existe otro animal, ni siquiera en la Tierra, capaz de fecundar a un humano. Ya me dirás cómo lo hizo esta extraña criatura.
    —No lo sé —dijo Cirocco—. Por eso es una criatura extraña. Pero estoy convencida de que nos metió en su interior e hizo algo que podría ser perfectamente razonable y natural para ella, pero extraño para lo que nosotros sabemos. Y no me gusta, y queremos saber qué puedes hacer tú en caso de que estemos preñadas.
    Calvin acarició los tiesos rizos de su mentón y sonrió.
    —En la escuela de medicina no me prepararon para partos de vírgenes.
    —No tengo humor para chistes.
    —Lo siento. De todos modos, tú y Gaby no sois vírgenes —sacudió la cabeza en señal de asombro.
    —Estábamos pensando en algo más inmediato y menos sagrado —dijo Gaby—. No queremos esos niños, o lo que diablos sean.
    —Mira, ¿por qué no esperáis otros treinta días antes de que empecéis a excitaros? Si tenéis otra falta, llamadme de nuevo.
    —Nos gustaría terminar con este asunto ahora —dijo Cirocco, terminante.
    Calvin pareció enfadado por primera vez.
    —Estoy diciendo que no lo haré todavía. Es demasiado arriesgado. Puedo hacer los instrumentos para una dilatación y un raspado, pero habrá que esterilizarlos. Carezco de espéculo, y el pensamiento de lo que yo tendría que improvisar para dilatar el cuello del útero basta para causaros pesadillas.
    —El pensamiento de lo que está creciendo en mi vientre me está causando pesadillas —dijo Cirocco, sombríamente—. Calvin, en este momento ni siquiera deseo un bebé humano, mucho menos lo que esto pueda ser. Quiero que hagas la operación.
    Gaby y August asintieron en señal de acuerdo, aunque pareció que Gaby estaba algo indispuesta.
    —Y yo digo que esperéis otro mes. No habrá diferencia alguna. La operación será la misma, sólo rascar las paredes internas del útero. Pero quizá dentro de un mes hayáis descubierto una forma de hacer fuego, de hervir un poco de agua, de esterilizar los instrumentos que yo logre hacer. ¿No es lógico? Os lo aseguro, puedo hacer la operación con el mínimo de riesgo, pero sólo con instrumentos limpios.
    —Yo sólo quiero acabar con esto —dijo Cirocco—. Quiero librarme de esto.
    —Capitana, cálmate. Tranquilízate y medítalo con cuidado. Si resultas infectada, no podré hacer nada. Al este hay una tierra distinta. Podríais encontrar un medio de encender fuego. Yo también lo buscaré. Estaba exactamente en Mnemósine cuando me llamasteis. Es posible que allá haya alguien que use herramientas y sea capaz de hacer un espéculo y un dilatador decentes.
    —Entonces, ¿te irás otra vez? —preguntó Cirocco.
    —Sí, me voy, después de haceros un examen a todas.
    —Vuelvo a pedirte que te quedes con nosotros.
    —Lo siento. No puedo.
    Nada que dijera Cirocco iba a hacerle cambiar de opinión, y aunque la capitana se dejó tentar de nuevo por la idea de retenerle, las mismas razones hacían de tal cosa una mala idea. Y algo más se le había ocurrido a Cirocco desde la partida de Calvin: podría no ser sensato dañar a alguien con un amigo tan voluminoso como Apeadero.

* * *

    Calvin declaró a los cuatro sanos y en buena forma, pese a las faltas de menstruación de las mujeres, y se quedó algunas horas no sin dejar de dar la sensación de que incluso eso le sentaba mal. Les contó lo que Apeadero y él habían visto en sus viajes.
    Océano era un sitio terrible, helado y prohibitivo. Lo habían cruzado con la máxima rapidez posible. Allí abajo había una raza humanoide, pero Apeadero no quiso descender para verlos de cerca. Aquella gente había lanzado rocas con una catapulta de madera mientras el dirigible aún se hallaba a un kilómetro por encima de ellos. Calvin los describió con forma humana, recubiertos de largo cabello blanco. Disparaban primero y después preguntaban. Los llamó yetis.
    —Mnemósine es un desierto —dijo—. Tiene un aspecto raro. porque las dunas se amontonan a mucha más altura que en la Tierra, debido a la baja gravedad, supongo. Allí abajo hay vida vegetal. Vi algunos animales pequeños cuando descendimos a poca altitud, y lo que parecía una ciudad en ruinas y unos cuantos pueblos. Sitios que podrían haber sido castillos mil años atrás estaban situados en lo alto de cúspides rocosas verticales, desmoronándose. Construirlos tuvo que haber costado miles de años con gente trabajando como chinos, o ciertos helicópteros bastante buenos.
    “Creo que aquí hay algo que ha ido rematadamente mal. Todo se está convirtiendo en polvo. Mnemósine tal vez haya tenido un aspecto similar al de este lugar en tiempos, hasta el lecho del río seco y los cadáveres de inmensos árboles que las tormentas de arena están aniquilando. Algo ha cambiado el clima, ha escapado del control de los constructores.
    “Probablemente ha sido este gusano. Sólo hay un gusano, afirma Apeadero. Mnemósine es apenas suficiente en tamaño para uno. Si es que hubo dos, ambos se pelearon hace mucho tiempo y sólo queda este gusano abuelo. Es lo suficientemente enorme como para comerse a Apeadero como una oliva.
    Tanto Cirocco como Bill alzaron la vista al referirse Calvin a gusanos gigantes.
    —Ni una sola vez he visto a la criatura entera, pero no me sorprendería que tuviera veinte kilómetros de largo. Es un simple tubo, enorme y largo, con agujeros en ambos extremos que son tan anchos como todo el maldito gusano. Está segmentado y el cuerpo parece duro, como la coraza de un armadillo. Tiene una boca como una sierra circular y dientes tanto en el interior como en el exterior. Pasa el tiempo debajo de la arena, pero algunas veces no encuentra la profundidad suficiente y debe volver a la superficie. Lo observamos en una de esas ocasiones.
    —Había un gusano como ése en un libro —dijo Bill.
    —También una película —dijo Cirocco—. Se titulaba Dune.
    Calvin pareció molestarse por la interrupción y levantó la vista para comprobar si el dirigible seguía en las cercanías.
    —De todos modos —dijo—, me pregunté si ese gusano podría ser la causa de que Mnemósine lo estuviera pasando mal. ¿Os imagináis lo que haría con las raíces de los árboles? Podría destrozar la zona entera en un par de años. Los árboles mueren, el terreno empeora muy pronto, ya no puede contener agua y precisamente después de eso los ríos se hacen subterráneos. Tienen que hacerlo, ¿sabéis? Ofión atraviesa Mnemósine. Podéis ver dónde desaparece y dónde asciende de nuevo. El cauce no está cortado, pero no hace ningún bien a Mnemósine.
    “Por eso, pensé después que nadie que estuviera planificando este lugar habría puesto dentro un gusano así. No debe gustarle la oscuridad, o de lo contrario habría recorrido Océano y destrozado todo el lugar. Creo que eso no sucedió por simple azar, y si este lugar está progresando por suerte, no podrá durar demasiado. Ese gusano ha de ser una mutación defectuosa, y ello significa que no hay nadie por aquí con poder suficiente para matarlo y hacer que las cosas vuelvan a su cauce. Es lamentable, de verdad, pero pienso que los constructores, o han muerto o volvieron al salvajismo, como esas historias que nos estuviste contando, Bill.
    —Es una posibilidad —convino Bill.
    Cirocco soltó una risotada.
    —Claro que sí. También es posible que tú estés viendo demasiado en ese gusano. Quizás a la gente de aquí le gustan los gusanos y no puede soportar tener que abandonar éste. Y entonces el gusano ha crecido hasta necesitar un hogar mayor, y ellos le han dado Mnemósine. No importa, tenemos que seguir intentando llegar al cubo de la rueda.
    —Hacedlo vosotros —accedió Calvin—. Yo navegaré en torno al borde para ver quién sigue vivo aquí abajo. Es posible que los constructores hayan sufrido una caída y que sin embargo posean suficiente tecnología para hacer una radio. Si fuera así, vendré a comunicároslo y vosotros, amigos míos, podréis volver a casa.
    —¿Vosotros? —preguntó Cirocco—. Vamos. Calvin. Todos estamos metidos en esto. Que tú no te quedes con nosotros no significa que te abandonaremos aquí…
    Calvin adoptó un aire de gravedad. Ya no habría de decir nada más.

* * *

    Antes que Apeadero se pusiera en marcha. Calvin arrojó algunos risueños atados a paracaídas. Los usó como contrapeso para lanzar paracaídas fuera del dispensador, porque la seda y cuerdas azulinas eran los artículos más útiles que habían encontrado hasta el momento.
    Gaby plegó los paracaídas y los guardó cuidadosamente. Juró que vestiría a Cirocco como una reina. La capitana se resignó. No era un precio muy alto de pagar por mantener feliz a Gaby.
    Y una vez más el Titanic fue botado, en esa ocasión con un nuevo sentido de urgencia. Tenían que ponerse en contacto con una raza avanzada con cirugía antiséptica o descubrir un medio de encender una hoguera, y tenía que ser pronto. El ser del vientre de Cirocco no iba a hacerse esperar.
    Cirocco pensó mucho en ello en los días siguientes. Su repulsión era un puño cerrado en su interior. Buena parte del asco brotaba de la naturaleza desconocida de la bestia que había sembrado su semilla en la capitana.
    Y con todo, un aborto habría sido su decisión aun cuando hubiera tenido la seguridad de que estaba gestando un feto humano. No tenía nada que ver con la idea de maternidad en sí, ya que planeaba ser madre cuando se retirara de la NASA, tal vez a los cuarenta o cuarenta y cinco años. Tenía una docena de células en suspensión criogénica en O’Neil Uno, listas para ser fertilizadas e implantadas cuando creyera estar en disposición de dar a luz. Se trataba de una precaución común entre astronautas e incluso entre los colonos de la luna y L-5: una defensa contra una lesión por radiación al tejido reproductor. Cirocco planeaba criar y educar un niño y una niña a una edad suficiente como para ser la abuela de ellos.
    Pero elegiría el momento. Tanto si el padre fuera un humano y un amante o una monstruosidad deforme en las entrañas de Gea, Cirocco controlaría sus órganos reproductivos. Aún no estaba dispuesta, y pensaba que no lo estaría por muchos años más. Sin considerar que Gea no era un lugar apropiado para estar cargada con un niño, le quedaba todavía mucho por hacer, esfuerzos en los que un bebé sería un problema tan grande como en cualquier sitio. Y ella pretendía liberarse totalmente. Lo que tenía que hacer era impostergable.

CAPITULO 11

    Los cables de sustentación se presentaban en filas de cinco organizados en grupos de quince, e hileras de tres que estaban solas.
    Toda región nocturna tenía quince cables relacionados con ella. Había una fila de cinco cables verticales que iban directamente hasta el cuerno hueco del techo que era el interior de uno de los radios de la rueda de Gea. Dos de estos cables llegaban al suelo en las tierras altas y eran virtualmente una parte de la pared, uno al norte y otro al sur. Otro de ellos emergía de un punto a medio camino entre los cables extremos y los otros dos se hallaban espaciados uniformemente entre el centro y los cables del borde.
    Además de estos cables centrales, las regiones de noche tenían otras dos hileras de cinco que surgían de los radios aunque ligados a zonas diurnas, una fila veinte grados al este y la otra veinte grados al oeste de la hilera central. El radio sobre Océano, por ejemplo, enviaba cables a Mnemósine e Hiperión. El grupo de quince cables sostenía la tierra en una región igual a más de cuarenta grados de la circunferencia de Gea.
    Los cables que surgían de luz diurna y llegaban a una noche después de atravesar una zona de crepúsculo hacían su trayecto con un ángulo marcado respecto a la tierra, que aumentaba con la altitud hasta acercarse a sesenta grados en el punto de unión con el techo.
    Luego había hileras de tres cables, asociadas únicamente a zonas diurnas. Estos cables eran verticales, y ascendían directamente desde el terreno hasta que traspasaban el techo y emergían al espacio. El Titanic y su tripulación iban acercándose al centro de la hilera de tres correspondiente a Hiperión.
    El cable fue haciéndose más magnificente e intimidante con cada día que pasaba. Ya desde el campamento de Bill había dado la impresión de que la estructura se inclinaba sobre ellos. La inclinación no era más pronunciada en ese momento, pero el conjunto había crecido de tamaño. Mirarlo resultaba doloroso. Saber que una columna vertical tiene cinco kilómetros de diámetro y ciento veinte de altura es una cosa. Verlo es muy distinto.
    El Ofión describía un amplio meandro en torno a la base del cable, empezando al sur y yendo hacia el norte antes de reasumir su dirección general hacia el este: una faceta que habían observado cuando aún estaban distantes del cable. Lo inquietante en cuanto a viajar por Gea era que el paisaje se veía fácilmente aun cuando se estuviera alejado de él. Cuanto más se aproximaban, más se condensaba la visión, hasta que los rasgos superficiales quedaban achatados sin posible interpretación. La tierra que estaban recorriendo siempre parecía tan llana como la Tierra. Sólo en la lejanía empezaba a curvarse.
    —¿Quieres explicarme otra vez por qué estamos haciendo esto? —gritó Gaby a Cirocco—. Creo que no lo comprendo.
    El trayecto hasta el radio era más difícil de lo que habían supuesto. Habían seguido el río para atravesar la selva, como si lo hubieran hecho por una magnífica carretera natural. Pero fue entonces cuando Cirocco pudo enterarse del verdadero significado de impenetrable. La tierra estaba cubierta de una capa de vegetación casi sólida, y las únicas herramientas de corte que tenían habían sido construidas con los aros de los cascos. Para empeorar más la situación, el suelo se iba elevando constantemente mientras se acercaban al cable.
    —Yo me lo tomaría con un poco menos de angustia —contestó Cirocco—. Ya sabes que tenemos que hacerlo. Pronto será más fácil.
    Ya habían obtenido cierta información provechosa. Lo más importante hasta entonces era el hecho de que se trataba realmente de un cable, compuesto por ramales arrollados. Había más de un centenar de ramales, todos con sus buenos doscientos metros de diámetro.
    Los ramales estaban fuertemente unidos en la mayor parte de su longitud, pero a medio kilómetro del suelo empezaban a divergir, llegando a tierra como entidades separadas. La base del cable se transformaba en un bosque de inmensas torres, más bien que una sola y gigantesca.
    Lo más interesante de todo: varios ramales estaban rotos. Muy superficialmente vieron los retorcidos extremos de dos de ellos rizados igual que las puntas pilosas florecidas de un anuncio de champú.
    Mientras se abría paso para despejar el terreno, Cirocco observó que la sustancia que pavimentaba el punto de unión del suelo con el cable, similar al caucho o el alquitrán, se había endurecido. Cada ramal había hecho sobresalir un cono de esa sustancia, y los diversos conos estaban llenos de arena. Entre los ramales extremos era posible distinguir una selva de conos que menguaba hasta la negrura.
    La tierra que los separaba del cable era arenosa, con enormes piedras diseminadas en ella. La arena era amarillorrojiza y las rocas tenían bordes filosos, con pocas señales de erosión. Parecía que las hubieran arrancado violentamente del suelo.
    Bill inclinó la cabeza hacia atrás para ver el cable hasta el resplandor del techo translúcido.
    —Dios mío, vaya vista —dijo.
    —Imagínate cómo habrán de verla los nativos —dijo Gaby—. Los cables del cielo que sostienen el mundo…
    Cirocco entornó los ojos.
    —No es de sorprenderse que piensen que Dios vive allá arriba —dijo—. Imaginaos al maestro titiritero que usaría estas cuerdas.
    Al comienzo de la ascensión el terreno de la ladera era firme, pero a medida que subían se iba haciendo más y más resbaladizo. Ahí no crecía nada que mantuviera unida la tierra. Era arena, húmeda en la superficie pero seca debajo. Formaba una corteza que los pies de los terráqueos hacía inestable, desplazando placas que resbalaban hacia abajo tras ellos.
    Cirocco avanzaba resueltamente, determinada a llegar hasta el mismo ramal: pero enseguida se encontró resbalando tanto como pugnaba por subir, todavía a doscientos metros de la cima. Bill y Gaby quedaron rezagados y contemplaron cómo Cirocco trataba de encontrar un asidero en el inestable terreno. Fue inútil. Cayó de bruces y rodó hacia atrás, se sentó y observó iracunda el cable, tan exasperantemente cercano.
    —¿Por qué yo? —preguntó, y golpeó el suelo con el puño.
    Se quitó la arena de la boca. Se levantó, pero sus pies resbalaron de nuevo. Gaby extendió una mano para asirla por el brazo y Bill casi cayó encima de las dos al tratar de ayudarles. Habían perdido otro metro.
    —Tanto para nada —dijo Cirocco, fatigadamente—. Todavía quiero echar un vistazo por aquí, pese a todo. ¿Alguien me acompañará?
    Nadie mostró demasiado entusiasmo, pero la siguieron ladera abajo y se introdujeron en la selva de ramales de cable.
    Todos los ramales tenían su montón de arena alrededor. Se vieron forzados a seguir una ruta tortuosa entre ellos. Una maleza tiesa y quebradiza crecía en el compacto terreno en las partes inferiores de las gigantescas toperas.
    Se hizo oscuro conforme fueron abriéndose camino por el interior… Oscuridad y mucho más silencio del que había existido en las semanas pasadas en el río. Había un alarido lejano, como un viento que atravesara largos y abandonados corredores, y muy por encima, el tintineo de un carillón. Oían sus propias pisadas y el sonido de la respiración de los demás.
    La sensación de estar en una catedral era imposible de rechazar. Cirocco había visto antes un lugar así, entre las secoyas gigantescas de California. Aquel era un lugar más verde y no tan silencioso, pero la tranquilidad y el sentimiento de estar perdido entre seres enormes e indiferentes era el mismo. En caso de ver una telaraña, Cirocco sabía que no pararía de correr hasta llegar a la luz del día.
    Comenzaron a notar formas que colgaban sobre sus cabezas, algo semejante a tapices rasgados. Se encontraban inmóviles en el aire enrarecido, formas insustanciales en las sombras que había a gran altura. Un polvo muy fino flotaba a su alrededor, arremolinado por la más leve brisa.
    Gaby tocó suavemente el brazo de Cirocco, que dio un brinco y miró hacia arriba, donde Gaby señalaba.
    Algo pendía junto a uno de los ramales, quince metros por encima de la cima de la duna. A Cirocco le pareció que la cosa reposaba en un saliente antes de preguntarse si podría ser un brote de cierto tipo.
    —Igual que un percebe —dijo Bill.
    —O una colonia de percebes —musitó Gaby. que tosió nerviosamente y repitió lo mismo.
    Cirocco sabía cómo se sentía Gaby. Daba la impresión de que todos deberían estar susurrando. Agitó la cabeza.
    —He recordado a los indios moradores de los barrancos de Arizona —dijo.
    En pocos momentos atisbaron más objetos, mucho más altos y menos definidos que el encontrado por Gaby. ¿Eran moradores de los barrancos o parásitos? No había forma de saberlo.
    Cirocco dio una última mirada alrededor y creyó ver algo en la lejanía, justo al límite de la oscuridad total. Era una construcción. Poco después de advertirla, Cirocco supo que era una ruina. Hay una arena muy fina amontonada a su alrededor.
    Fue casi refrescante encontrar algo construido a escala humana. La construcción era del tamaño de algunos de los pueblos indios más pequeños de Colorado, y bastante parecida a ellos. Había tres capas de cámaras hexagonales sin entradas patentes. Cada capa estaba formada por habitaciones algo más grandes que las inferiores. Cirocco se acercó más y tocó una pared. Era piedra fría, cortada, tallada y unida sin mortero, a la manera inca.
    Mirando con más atención Cirocco distinguió que realmente había cinco estratos de cámaras, aunque las dos más bajas eran mucho más pequeñas que las tres que había visto desde lejos, y compuestas de piedras menores. Apartando la arena de la base del muro encontró una sexta capa, luego una séptima, cada una de ellas más menuda que la superior.
    —¿Qué deduces de esto? —preguntó Bill, que se había arrodillado junto a ella mientras escarbaba.
    —Es una forma curiosa de construir.
    Cirocco excavó más profundamente pero enseguida se vio vencida por la arena que volvía a deslizarse con la misma rapidez con que ella la extraía. La capa inferior que había encontrado estaba formada por cámaras de no más de medio metro de altura y casi tan anchas, construidas con piedras del tamaño de ladrillos de albañilería. Circundaron la estructura y encontraron un lugar en que se había desmoronado. Piedras masivas de la parte superior habían aplastado la mayor parte de las rocas más pequeñas de abajo. Había una cámara intacta a no ser por una pared que faltaba. No vieron puertas interiores, y ningún punto para penetrar en la estructura desde el exterior.
    —¿Para qué construir un lugar sin puertas?
    —Tal vez entraban por abajo —sugirió Gaby.
    —Sin una excavadora, nunca lo sabremos —Cirocco pensaba en el equipo que habían traído para usarlo con el módulo de aterrizaje y se sobresaltó cuando la evocación la llevó de nuevo a los restos de su nave, destrozada y dando vueltas en el espacio.
    —Me preguntaba qué relación tiene esto con el cable —dijo Bill—. ¿Lo habrán construido para mantenimiento de los trabajadores o levantado posteriormente, después de que las cosas se vinieran abajo?
    Cirocco alzó una ceja.
    —¿Supones acaso que las cosas se han ido abajo?
    Bill abrió los brazos.
    —Hay un daño estructural que no ha sido reparado. Ya has visto esos ramales rotos.
    Cirocco sabía que Bill no iba muy desencaminado. Toda la oscura miasma bajo el cable exhalaba un dilatado abandono. Se trataba de una tumba mohosa, o de los huesos de algo que otrora fuera poderoso.
    Pero incluso en decadencia, Gea era magnífica. El aire era fresco, el agua pura. Cierto que grandes zonas eran en ese momento desiertos o eriales helados, y se hacía difícil creer que hubieran sido planeadas así. Y sin embargo Cirocco creía que los sistemas ecológicos se habrían deteriorado aún más si allí no hubiera habido alguien con cierto grado de control.
    —Gea no está falta de guía —dijo Gaby, haciendo eco de los pensamientos de Cirocco sin conocerlos—. Esta construcción me da la impresión de ser vieja. Probablemente miles de años no sería exagerado.
    —Seguro que se nota tan viejo —convino Bill.
    —Sé algo en cuanto a las complejidades relacionadas con el mantenimiento de un biosistema —prosiguió Gaby—. Gea es mayor que O’Neil Uno y eso la hace más flexible. Pero en unos cuantos siglos las cosas se desbocarían fuera de control. Las cosas no se han ido abajo por completo.
    —Podría tratarse de robots —dijo Bill.
    —Eso está bien para mí —dijo Cirocco—. Mientras haya alguna inteligencia detrás de esto, planeo establecer contacto con ella y pedirle ayuda. Es posible que las computadoras sean mejores de tratar.
    Bill, que había leído mucha ciencia ficción, podía formular una docena de teorías sobre cualquier rasgo de Gea. Era parcial en cuanto a la fastidiosa mutación siempre segura: algo que había venido de ninguna parte y había matado a muchos de los constructores como para dejar a Gea en manos de mecanismos de seguridad automáticos.
    —Es un lugar abandonado, apostaría por eso —les dijo Bill—. Igual que la nave de Huérfanos del espacio de Heinlein. Un montón de gente que partió para Gea hace miles de años y que perdió el control de camino. La computadora de la nave la puso en órbita en torno a Saturno, desconectó los motores y continúa ahí arriba manteniendo el bombeo de aire y aguardando más órdenes.

* * *

    Tomaron un camino distinto para salir, en parte porque resultaba imposible saber cómo habían entrado. Cirocco no se preocupó; mientras fueran hacia la luz, perfecto.
    Alcanzaron la luz solar en un punto muy al norte del que habían entrado y vieron algo que les había sido ocultado por el mismo cable en el lugar de entrada. Se trataba de un ramal roto, pero examinable por encontrarse sobre el terreno.
    El primer pensamiento de Cirocco fue la gigantesca lombriz que Calvin había descrito. El ramal parecía un ser viviente, resplandeciente a la luz amarillenta. Luego recordó los oleoductos brasileños que había visto en su entrenamiento de supervivencia: grandes tubos plateados que surcaban la jungla tropical como si se tratara de un obstáculo despreciable. El ramal había abierto su camino al caer, abatiendo los árboles más elevados, aplastando inexorablemente la tierra. La jungla se había cerrado sobre él desde aquel momento, pero la enorme masa seguía dando la impresión de poder alzarse en cualquier momento y desprenderse de las enredaderas invasoras, convirtiendo los árboles en astillas.
    Quinientos metros sobre ellos, el extremo del ramal cortado hacía una curva y se apartaba del cuerpo del cable. Estaba roto y el interior que la rotura revelaba brillaba y reflejaba destellos rojos, verdeazulados y color cobre deslustrado. Manchas grises semejantes a un molde de pan crecían en el muñón y desde la parte inferior, y una cascada caía directamente sobre una zona de vegetación ampliamente separada del bosque. El volumen de agua era sustancial y ruidoso, aunque al brotar del inmenso y retorcido ramal no parecía ser mucho más que el goteo de una tubería rota.
    Se acercaron al quebrado ramal y vieron que estaba formado por una serie de filetes hexagonales separados únicamente por escasos milímetros, nebuloso por causa de torbellinos de oro situados justo bajo la superficie. Despedía reflejos apagados, quebrados, como si usaran por espejo el ojo de un insecto gigante.
    Siguieron el cable hasta la colina y a través de la jungla, donde el quebrado extremo resultó ser hueco, aunque tan atorado por maleza y enredaderas que penetrar en su interior era imposible.
    —Fuera lo que fuese, lo que había dentro gustaba a las plantas —dijo Gaby.
    Cirocco no respondió. El avanzado estado de decadencia era deprimente. El abierto cabo del ramal era suficientemente grande como para haber servido de túnel a la Ringmaster. Era un objeto pequeño en la escala de Gea, sólo uno de entre doscientos ramales de este cable solitario. Y con todo era un resto descollante, un resto que iba con gran rapidez hacia la podredumbre y disolución. En el momento de partirse, toda la superficie de Gea debió de vibrar en armonía.
    Y nadie había hecho nada con el ramal.
    Cirocco no dijo nada, pero resultaba difícil contemplar los restos y creer que todavía podía haber alguien vigilando las máquinas.

CAPITULO 12

    Dos días después de su exploración del interior del cable, los tripulantes del Titanic se encontraron abandonando la jungla tropical. La tierra jamás había sido montuosa excepto en las proximidades del cable; ahora volvía a ser lisa como una mesa de billar y el Ofión se desparramaba kilómetros en todas direcciones. Dejó de existir una orilla como tal. Los únicos detalles que marcaban el fin del río y el principio de las tierras de marismas eran hierbas altas enraizadas en el fondo y el ocasional banco de fango de un metro de altura. Una capa de agua se extendía sobre todo, raramente con más de diez centímetros de profundidad excepto en los sinuosos laberintos de lodazales, brazos pantanosos, abras y rebalsas. Estas aguas estaban protegidas y excavadas a más profundidad por enormes anguilas y lochas del tamaño de hipopótamos.
    Los árboles de la región presentaban tres variedades, creciendo en grupos ampliamente diseminados. La especie que llamó la atención de Cirocco parecía una escultura de vidrio, con troncos rectos y transparentes y ramas regulares dispuestas en forma cristalina. Las ramas más pequeñas eran filamentos que podrían haberse usado en óptica de fibras. Cuando el viento soplaba, las ramas más débiles se rompían. Recobradas y envueltas con tela de paracaídas por un extremo constituían excelentes cuchillos. Dado el efecto centelleante que los filamentos producían al moverse, Gaby los llamó árboles de navidad.
    El resto de la vegetación principal no fue muy del agrado de Cirocco. Una planta —parecía incorrecto denominarla árbol, aunque fuera bastante grande— se asemejaba a una pila de lo que es posible ver en cualquier rancho de ganado vacuno. Bill la llamó árbol de estiércol. La vez que más se acercaron a uno de ellos vieron que había una estructura interna, pero nadie quiso aproximarse demasiado porque olía bastante a lo que parecía ser.
    Después encontraron árboles que lo hacían mejor en cuanto a cumplir los requisitos precisos. Tenían algo de ciprés y un poco de sauce, y crecían en desordenadas marañas festoneadas por plantas trepadoras que pugnaban por abatirlos.
    El panorama era extraño de un modo mucho más desagradable que el de las tierras altas. La jungla que habían dejado atrás no era demasiado distinta del Amazonas o el Congo. Ahí, nada parecía familiar, todo era deforme y amenazador.
    Acampar resultaba imposible. Optaron por atar la embarcación a los árboles y dormir en ella. Pero llovía cada diez o doce horas. Montaron tiendas de tela de paracaídas sobre la proa, pero el agua siempre se filtraba e inundaba el fondo. El tiempo era cálido, mas la humedad era tan alta que no había cosa que se secara jamás.
    Con el barro, el calor, la humedad y el sudor, todos se volvieron irritables. Iban escasos de sueño, a menudo apañándose con no más que una vacilante cabezada mientras no tenían tareas que cumplir, y la situación empeoraba cuando intentaban dormir los tres a la vez y acababan compitiendo por el limitado espacio del fondo inclinado del Titanic.
    Cirocco despertó de una pesadilla de ser incapaz de respirar. Se sentó, y notó que la tela de su vestidura se desprendía de su piel. Se sintió pegajosa entre los dedos de pies y manos, bajo el cuello y en su regazo.
    Gaby le hizo una seña con la cabeza al ver que se levantaba y después llamó su atención hacia el río.
    —Rocky —dijo Bill—. Hay algo que desearás…
    —No —dijo Cirocco, alzando las manos—. Maldito sea, quiero café. Estaría dispuesta a matar por café.
    Gaby sonrió inciertamente, pero su gesto pareció encubrir un esfuerzo. Por entonces ya sabían que Cirocco empezaba muy lentamente.
    —No es gracioso. De acuerdo —Cirocco miró fija, desoladamente, la tierra que parecía tan decaída y podrida como ella se sentía—. Dadme sólo un instante antes de que empecéis a preguntarme cosas —dijo. Se esforzó en sacarse las pegajosas ropas y saltó al río.
    Era mejor, pero no demasiado.
    Se movió de arriba abajo, chapoteando, sosteniéndose en el lateral de la embarcación y pensando en jabón hasta que su pie tocó algo viscoso. No esperó a descubrir de qué se trataba, sino que saltó sobre el borde y permaneció con el agua remojando sus pies.
    —Ahora. ¿Qué queríais?
    Bill señaló hacia la orilla norte.
    —Hemos estado viendo humo en esa dirección. Ahora puedes verlo, justo a la izquierda de ese montón de árboles.
    Cirocco se inclinó sobre el borde del barco y lo vio: una delgada línea de gris recortada sobre el fondo de la distante pared norte.
    —Amarremos esto y echemos un vistazo.

* * *

    Era una penosa y larga caminata entre lodo que llegaba a las rodillas y agua estancada. Bill iba a la cabeza. Empezaron a excitarse cuando llegaron al gran árbol de estiércol que les había oscurecido la visión. Cirocco percibió una fumarada con el hedor más intenso del árbol y se apresuró por el resbaladizo terreno.
    Comenzó a llover en el mismo momento que llegaron al fuego. No era una lluvia molesta, pero tampoco el fuego era demasiado un fuego. Daba la impresión de que todo lo que iban a sacar de aquello sería tizne en las piernas.
    El fuego era un humo denso e irregular que cubría un hectómetro cuadrado y humeaba sin llama en los bordes. Mientras lo contemplaban, el humo gris empezó a volverse blanco conforme caía la lluvia. Luego una lengua de llamas lamió la parte inferior de un arbusto a pocos metros de distancia.
    —Buscad algo que esté seco —ordenó Cirocco—. Cualquier cosa. Un poco de esa hierba de pantano, y algunos palos. Deprisa, lo estamos perdiendo.
    Bill y Gaby corrieron en diferentes direcciones mientras Cirocco se arrodillaba junto al arbusto y soplaba. Hizo caso omiso del humo en sus ojos y siguió soplando hasta notar mareos.
    Enseguida se encontró apilando leña razonablemente seca. Por fin pudo sentarse y sentirse segura de que la hoguera continuaría ardiendo. Gaby gritó y lanzó un palo a tanta altura que fue casi invisible antes de que empezara a caer. Cirocco sonrió cuando Bill le dio una palmadita en la espalda. Se trataba de una pequeña victoria, pero tal vez fuera importante. Se sentía fabulosamente bien.
    Al cesar la lluvia, la hoguera seguía ardiendo.

* * *

    El problema consistía en cómo mantenerla encendida.
    Lo discutieron varias horas, probaron y descartaron diversas soluciones.
    Les llevó el resto del día y buena parte del siguiente lograr que el plan que trazaron funcionara. Hicieron dos cuencos con la arcilla del pantano, los cocieron con cuidado y después secaron una gran cantidad de leña más lenta de consumirse. Una vez hecho esto, dispusieron dos pequeños fuegos en ambos cuencos. Parecía sensato disponer de un repuesto. El plan requería de alguien que atendiera el fuego constantemente, pero estaban deseosos de hacerlo hasta encontrar una solución mejor.
    Cuando hubieron terminado, era casi la hora de dormir. Cirocco quiso comprobar si podían dormir sobre tierra seca, desconfiando realmente en sus medidas respecto al fuego, pero Bill sugirió que antes hicieran una cacería.
    —Estoy bastante aburrido de estos melones —dijo—. El último que probé sabía a rancio.
    —Sí, pero no hay risueños. No he visto ninguno desde hace días.
    —Entonces cazaremos otra cosa cualquiera. Necesitamos un poco de carne.
    Ciertamente no habían estado comiendo bien. La marisma no tenía nada parecido a la profusión de plantas frutales que habían encontrado en el bosque. La única planta nativa que habían probado sabía a mango y les produjo diarrea. En el barco eso había sido como un círculo interno del infierno. Y desde entonces habían confiado en provisiones guardadas.
    Se decidieron por la gran locha, que era la presa que más se hacía presente por allí. Igual que el resto de animales que habían encontrado, el pez les prestaba poca atención. Todo lo demás era demasiado pequeño y ligero o, como las anguilas gigantes, demasiado grande.
    La locha gustaba de reposar en el fango con el hocico enterrado, moviéndose mediante el aleteo de su cola.
    Cirocco, Gaby y Bill pronto cercaron una locha. Era la primera vez que la veían de cerca. Cirocco nunca había visto una criatura tan fea; tenía tres metros de largo, plana en la parte inferior y abultada en el centro desde el obtuso hocico hasta la aleta de la cola, horizontal y de aspecto perverso. A lo largo de su dorso había un largo saliente gris, blando y suelto como la cresta de un gallo, aunque viscoso. Se hinchaba y deshinchaba rítmicamente.
    —¿Estáis seguros de que queréis comer eso?
    —Siempre que se quede suficientemente quieto…
    Cirocco estaba parada cuatro metros delante de la locha mientras Gaby y Bill se acercaban por los costados. Los tres llevaban espadas hechas de ramas rotas de árboles de navidad.
    La locha tenía un ojo del tamaño de un plato de pastel. Un borde del ojo se elevó hasta mirar a Bill, que se quedó paralizado. El pez produjo un sonido de venteo.
    —Bill, no me gusta esto.
    —No te preocupes. Está parpadeando, ¿veis? —un chorro líquido brotó de un agujero por encima del ojo, y volvió a producir el venteo que Cirocco había oído—. Mantiene húmedo su ojo. Ningún párpado.
    —Si tú lo dices…
    Cirocco agitó los brazos y el pez, servicialmente, apartó la vista de Bill y la dirigió hacia la capitana. Cirocco no se convenció de que eso mejorara la situación y dio un paso adelante, los pies alerta.
    El pez miró a otro lado, cansado de todo.
    Bill avanzó, se aseguró y metió la espada en la carne justo detrás del ojo, apoyándose en el arma. El pez se sacudió bruscamente mientras Bill retiraba la espada y brincaba hacia atrás.
    No sucedió nada. El ojo no se movía y los órganos del dorso ya no se hinchaban y deshinchaban. Cirocco se tranquilizó y vio que Bill sonreía.
    —Demasiado fácil —dijo Bill—. ¿Cuándo nos ofrecerá un reto este lugar?
    Cogió el puño de la espada y tiró de ella. Sangre oscura fluyó sobre su mano. El pez se dobló, tocándose el hocico con la cola, y después hizo oscilar ésta a los lados y contra la cabeza de Bill. El animal excavó hábilmente bajo el inmóvil cuerpo y lo lanzó al aire.
    Cirocco ni siquiera vio donde cayó. El pez se arqueó de nuevo, en esta ocasión balanceándose sobre su panza con hocico y cola en el aire. Cirocco vio la boca del pez por primera vez. Era redonda, similar a la de una lamprea, con una doble hilera de dientes que matraqueaban y giraban en sentido contrario. La cola golpeó el barro y el pez saltó hacia Cirocco.
    Cayó plana al suelo, levantando una ola de fango con la barbilla. El pez se desplomó detrás de ella, se arqueó y aleteó quince kilos de lodo al aire mientras fustigaba alocadamente con su cola. La afilada aleta rebanó la tierra frente a la cara de Cirocco y después se elevó para un nuevo intento. La capitana se escurrió sobre manos y rodillas, resbalando cada vez que intentaba ponerse en pie.
    —¡Rocky! ¡Salta!
    Lo hizo, y se escapó por poco de que le arrancaran el brazo cuando la cola del pez batió el suelo una vez más.
    —¡Vete, vete! ¡Va detrás de ti!
    Un vistazo hacia atrás mostró únicamente dientes que giraban. Todo lo que pudo oír fue el terrible zumbido. El animal pretendía comérsela.
    Se encontraba en un cenagal que le llegaba a las rodillas y encaminándose hacia aguas más profundas, cosa que no parecía una buena idea, pero cada vez que intentaba dar la vuelta la cola fustigaba entre el barro. Enseguida quedó cegada por el constante alud de agua sucia. Resbaló, y antes de que pudiera erguirse, la cola golpeó el costado de su cabeza. Estaba consciente, aunque sus oídos sonaban al revolverse y buscar a tientas la espada. El fango se la había tragado. El pez estaba a un metro, retorciéndose para preparar un salto que aplastara a la mujer, cuando Gaby llegó corriendo y pasó al animal. Sus pies apenas tocaban el suelo. Golpeó a Cirocco en un veloz blocaje lo bastante vigoroso para hacer saltar los dientes, el pez saltó y los tres patinaron tres metros en el barro.
    Cirocco notó indistintamente un muro húmedo y viscoso bajo un pie. Pateó. El pez se precipitó hacia ellas de nuevo mientras Gaby tiraba de Cirocco, nadando en el lodo. A continuación la soltó, y Cirocco alzó la cabeza por encima del agua, jadeante.
    Vio la espalda de Gaby, enfrentada a la criatura. La cola lanzó un tajo al nivel del cuello de Gaby, mortífera como una guadaña, pero la mujer se agachó y sostuvo en alto la espada. El arma se rompió cerca del puño, pero el agudo borde cortó un buen trozo de aleta. Al pez pareció no gustarle. Gaby volvió a saltar, directamente hacia las espantosas fauces, y aterrizó en el dorso de la criatura. Hincó el mango de su espada en el ojo, apretando más en vez de confiarse como Bill había hecho. El pez se la quitó de encima, pero esta vez la cola no tenía dirección. El miembro batió el suelo furiosamente mientras Gaby buscaba otra oportunidad para hacer otro corte.
    —¡Gaby! —chilló Cirocco—. ¡Déjalo! ¡No te expongas a que te mate!
    Gaby echó un vistazo hacia atrás y después se precipitó hacia Cirocco.
    —Vámonos de aquí. ¿Puedes andar?
    —Claro, yo… —el suelo giraba. Se asió a la manga de Gaby para estabilizarse.
    —Agárrate. Ese bicho se acerca.
    Cirocco no tuvo oportunidad de saber qué pretendía Gaby, pues ésta la levantó antes de que pudiera saber qué estaba ocurriendo. Estaba demasiado débil y confundida para oponerse a que Gaby la sacara de la ciénaga, colgada de su espalda como si la salvaran de un incendio.
    Fue depositada suavemente en un lugar herboso, y luego vio el rostro de Gaby revoloteando sobre ella. Caían lágrimas por sus mejillas mientras tanteaba la cabeza de Cirocco. Después bajó hasta el pecho.
    —¡Uah! —Cirocco se encogió y retorció de dolor—. Creo que rompiste una costilla.
    —¡Oh, Dios mío! ¿…cuando te levanté? Lo siento, Rocky, yo…
    Cirocco le tocó la mejilla.
    —No, tonta, cuando me golpeaste como la línea de delanteros de los Giants. Y me alegra que lo hicieras.
    —Quiero verte los ojos. Pensé que tú…
    —No hay tiempo. Ayúdame a levantarme. Vete a ver a Bill.
    —Primero tú. Quédate echada. No deberías…
    Cirocco apartó bruscamente la mano de Gaby y se levantó de rodillas antes de encogerse y vomitar.
    —¿Ves lo que te digo? Tienes que quedarte aquí.
    —Muy bien —dijo ahogadamente—. Vete a buscarle. Gaby. Cuida de él. Tráelo aquí, vivo.
    —Déjame ver…
    —¡Vete!
    Gaby se mordió el labio, echó una mirada al pez, que todavía se sacudía a distancia, y pareció torturada. Luego se puso en pie de un salto y corrió en la que Cirocco esperó fuera la dirección correcta.
    Se quedó inmóvil, agarrándose el estómago y maldiciendo en voz baja hasta que volvió Gaby.
    —Está vivo —dijo—. Inconsciente, y creo que herido.
    —¿Muy grave?
    —Hay sangre en una pierna, las manos y por toda la cara. En parte es sangre del pez.
    —Te dije que lo trajeras aquí —gruñó Cirocco, tratando de contener otro ataque de náuseas.
    —Shhh —la calmó Gaby, pasándole suavemente la mano por la frente—. No podré moverlo hasta que tengamos una camilla. Pero antes quiero dejarte en el barco y acostada. ¡Silencio! Si quieres que peleemos… No querrás un puñetazo, ¿verdad?
    Cirocco se sentía como para darse un puñetazo ella misma, pero las náuseas superaron el impulso. Se dejó caer y Gaby la alzó.
    Pensó en cuan ridículo debía de ser su aspecto. Gaby medía uno cincuenta mientras que ella medía uno ochenta y cinco. En baja gravedad, Gaby tenía que moverse con precaución, ya que el peso no era problema.
    Las cosas no dieron vuelta tan cruelmente cuando cerró los ojos. Cirocco apoyó la cabeza en el hombro de Gaby.
    —Gracias por salvarme la vida —dijo, y se desmayó.

* * *

    Despertó con los chillidos de un hombre. No era un sonido que quisiera volver a oír.
    Bill estaba semiconsciente. Cirocco se sentó y tocó precavidamente el costado de su cabeza. Le dolía, pero el mareo había desaparecido.
    —Ven y dame una mano —dijo Gaby—. Tenemos que agarrarlo o se hará daño él mismo.
    Cirocco se precipitó sobre Gaby.
    —¿Está muy mal?
    —Francamente mal. Su pierna está rota. Probablemente algunas costillas, también, aunque no ha tosido sangre.
    —¿Dónde está la fractura?
    —En la tibia o el peroné. No los distingo. Pensé que se trataba de una herida hasta que lo puse en la camilla. Empezó a revolverse y el hueso se salió.
    —¡Dios!
    —Al menos no pierde mucha sangre.
    Cirocco sintió otro temblor en el estómago mientras examinaba el irregular corte de la pierna de Bill. Gaby estaba lavando la herida con trozos de paracaídas hervidos. En cuanto tocaba la pierna, Bill chillaba roncamente.
    —¿Qué vas a hacer? —inquirió Cirocco, vagamente consciente de que debía ser ella la que dijera, no preguntara, qué hacer.
    Gaby tenía un aspecto de agonía.
    —Creo que deberías llamar a Calvin.
    —¿Con qué fin? Oh, sí, llamaré al hijo-de-puta, pero ya has visto cuánto tardó la última vez. Si para cuando llegue, Bill ha muerto, lo mataré.
    —Entonces, tendremos que hacerlo nosotras.
    —¿Tú sabes hacerlo?
    —Vi cómo lo hacían, en cierta ocasión —dijo Gaby—. Con anestesia.
    —Lo que tenemos es un montón de trapos que espero estén limpios. Lo agarraré de los brazos. Espera un momento —se puso al lado de Bill y lo miró. El hombre miraba fijamente al vacío y su frente estaba caliente cuando Cirocco la tocó—. ¿Bill? Escúchame. Estás herido, Bill.
    —¿Rocky?
    —Soy yo. Todo irá bien, pero tu pierna está rota. ¿Comprendes?
    —Comprendo —susurró, y cerró los ojos.
    —Bill, despierta. Necesitaré tu ayuda. No debes resistirte. ¿Me oyes?
    Bill levantó la cabeza y miró su pierna.
    —Sí —dijo, enjugándose la cara con una mano sucia—. Me portaré bien. Acabad, ¿queréis?
    Cirocco hizo una seña a Gaby, que contrajo el rostro y tiró.
    Costó tres intentos y dejó temblorosas a las mujeres. Al segundo tirón el extremo del hueso asomó con un sonido de humedad que hizo vomitar de nuevo a Cirocco. Bill lo soportó bien, con la respiración sibilante y los músculos del cuello sobresalientes como cordones, pero no volvió a chillar.
    —Ojalá pudiera saber si ha quedado bien hecho —dijo Gaby. Después se puso a llorar.
    Cirocco no le prestó atención y ató la tablilla a la pierna de Bill. Cuando terminó, el herido estaba inconsciente. Se levantó y puso sus ensangrentadas manos frente a ella.
    —Tendremos que seguir nuestro camino —dijo—. Aquí no se está bien. Tenemos que encontrar un lugar seco, levantar un campamento y esperar a que Bill mejore.
    —No es prudente moverlo.
    —No —suspiró Cirocco—. Pero hay que hacerlo. Otro día será él quien tendría que llevarnos a esa tierra alta que vimos antes. Vámonos.

CAPITULO 13

    Costó dos días en lugar de uno, y fueron días terribles.
    Se detuvieron frecuentemente para esterilizar los vendajes de Bill. El cuenco que usaban para calentar agua no era tan fino ni con mucho como un pote de cerámica; se descascaraba y quería fundirse, y el agua quedaba turbia. Había que esperar casi una hora a que el agua hirviera, debido a que la presión de Gea era superior a una atmósfera.
    Gaby y Cirocco lograron dormir algunas horas, nunca a la vez, mientras el río estaba tranquilo y era ancho. Pero cuando llegaban a un tramo peligroso hacían falta las dos para evitar que el barco se fuera a la orilla. Y seguía lloviendo…
    Bill durmió, y despertó después de las primeras veinticuatro horas con aspecto de ser cinco años más viejo. Su rostro estaba grisáceo. Cuando Gaby cambió el vendaje la herida no tenía buena cara. La pierna y gran parte de la piel eran casi el doble de su tamaño normal.
    Cuando salieron de los pantanos Bill estaba delirante. Sudaba con profusión y tenía mucha fiebre.
    Cirocco estableció contacto con un dirigible a primeras horas del segundo día, y recibió el silbido alto, ascendente, que Calvin le había dicho significaba: “Conforme, avisaré”. Pero la capitana temía que ya fuera demasiado tarde. Contempló al dirigible navegar serenamente hacia el mar helado y se preguntó por qué había insistido en que dejaran la selva. Y si tenían que haberlo hecho, ¿por qué no a bordo de Apeadero, sobrevolando la jungla, lejos de seres terribles como las lochas que se negaban a morir?
    Sus razones eran válidas ahora como entonces, pero ello no impidió que se maldijera. Gaby no podía ir en los dirigibles y todos tenían que encontrar una salida. Pero Cirocco pensaba que tenía que haber cosas más fáciles, más satisfactorias que tomar la responsabilidad de otras vidas, y estaba enferma de la suya propia. Deseaba estar libre, quería que otra persona aceptara la carga. ¿Cómo se le habría ocurrido pensar que podía ser capitán? ¿Qué había hecho bien desde que tomara el mando de la Ringmaster?
    Lo que realmente quería era sencillo, pero muy difícil de encontrar. Deseaba amor, igual que cualquier otra persona. Bill le había dicho que la quería; ¿por qué ella no podía contestar lo mismo? Había creído que sería capaz de decirlo algún día, pero ahora daba la impresión de que Bill iba a morir, y Bill era su responsabilidad.
    Cirocco también quería aventura. La aventura la había guiado toda su vida, desde el primer tebeo que había abierto, desde el primer documental sobre el espacio que había visto con los ojos muy abiertos siendo una niña, desde las primeras y antiguas películas en blanco y negro y pantalla plana de espadachines y westerns a todo color que había presenciado. La sed de hacer algo fantástico y heroico nunca la había abandonado. La había apartado de la carrera de cantante que su madre anhelaba, y del papel de ama de casa con que todos los demás la importunaban. Había querido dejarse llevar por una vida basada en los piratas espaciales, la llamarada del láser, recorrer furtivamente la jungla con una banda de feroces revolucionarios para un ataque nocturno a la plaza fuerte enemiga, buscar el Santo Cáliz o destruir la Estrella de la Muerte. Había encontrado otras razones, como mujer adulta, para trabajar tenazmente en la universidad y prepararse para ser la mejor, de modo que cuando llegara la oportunidad no pudieran elegir otra persona para la misión de Saturno. En el fondo de todo, no obstante, fue la inquietud de viajar, ver lugares extraños y hacer cosas que nadie más hubiera hecho, lo que le hizo ir a parar a la cubierta de la Ringmaster.
    Pero ahora su aventura estaba ahí mismo. Flotaba río abajo en un cascarón, sobre la estructura más titánica jamás vista por el ojo humano, y el hombre que la amaba estaba agonizando.

* * *

    Hiperión occidental era una tierra de colinas suavemente onduladas y grandes extensiones de llanuras, salpicadas de árboles batidos por el viento como una sabana africana. El Ofión se estrechaba y empezaba a correr con rapidez, al tiempo que se volvía misteriosamente más frío.
    Navegaron sin rumbo durante cinco o seis kilómetros a merced del río, junto a bajos peñascos que caían abruptamente al borde del agua. El Titanic fue haciéndose ingobernable a medida que avanzaba más deprisa. Cirocco buscó un ensanchamiento del río y un lugar para desembarcar.
    Lo vio, y pasaron dos horas luchando contra la corriente con palos y paletas para llevar la embarcación a la rocosa ribera. Las dos mujeres estaban agotando sus últimas reservas de energías. Y para remate, no había comida en el barco e Hiperión Este no parecía fértil.
    Arrastraron el Titanic hasta tierra, con los pies resbalando en rocas alisadas a golpes por el agua, hasta asegurarse de que se hallaban fuera de peligro. Bill no fue consciente de la acción. Llevaba bastante tiempo sin hablar.
    Cirocco se sentó con Bill mientras Gaby caía en un sueño casi de muerte. Se mantuvo despierta explorando la zona hasta cien metros del lugar donde acampaban.
    Había un montículo a veinte metros del borde del río. Subió trabajosamente a la cima.
    Hiperión Este parecía un sitio soberbio para un granjero. Amplias extensiones del terreno daban la impresión de ser un gualdo trigal de Kansas. Esa ilusión era echada a perder por áreas rojas como el orín y también por otras de azul claro mezclado con naranja. El conjunto se agitaba con el viento como hierba alta. Oscuras sombras flotaban allí, algunas nubes tan bajas que formaban densas masas de niebla en los lechos de las caletas, incluso a la luz del sol.
    Hacia el este, las montañas marchaban en dirección a la zona de crepúsculo de Rea occidental, y poco a poco ganaban un color verde que debía de ser vegetación, y luego lo perdían en la oscuridad hasta convertirse en desoladas montañas rocosas. Al oeste el terreno se aplanaba, con los lagos someros y las ciénagas del pantano de las lochas brillando a la luz solar. Más a lo lejos, el verde más oscuro de la selva tropical, y sobre la curvatura del horizonte, nuevas llanuras que se desvanecían en el crepúsculo de Océano, con su mar helado.
    Escudriñando las distantes montañas Cirocco distinguió un grupo de animales: puntos negros contra el fondo amarillo. Quizá dos o tres de los puntos fueran mayores que los otros.
    Estaba a punto de volver a la tienda cuando oyó la música. Era tan tenue y lejana que Cirocco se dio cuenta de que había estado escuchándola un rato antes de reconocerla por lo que era. Habría un rápido racimo de notas arpegiadas, luego una nota sostenida, alocadamente dulce y clara. La música hablaba de lugares tranquilos y de un sosiego que ella había pensado no volvería a sentir jamás, y era tan familiar como una canción oída en la infancia.
    Cirocco se encontró llorando en silencio, tan quieta como le era posible, deseando que el viento siguiera con ella. Pero la canción había cesado.

* * *

    La titánida los encontró cuando desmontaban la tienda, antes de trasladar a Bill. Se quedó inmóvil en la cima del montículo donde Cirocco había estado el día anterior. Cirocco aguardo a que la titánida hiciera el primer movimiento, pero la recién llegada, al parecer, tenía la misma idea.
    La denominación más obvia para aquel ser era centauro. La parte inferior era de idéntica forma que un caballo, y la mitad superior era tan humana que resultaba sobrecogedora. A Cirocco le costaba creer lo que veía.
    No era como Disney había imaginado los centauros, ni tampoco tenía mucho que ver con el clásico modelo griego. Tenía abundante pelo, pero con todo, el rasgo predominante era su piel pálida y desnuda. Había grandes cascadas multicolores de pelo en la cabeza y cola, en las partes inferiores de las cuatro patas y en los antebrazos de la criatura. Lo más curioso de todo, había pelo entre las dos patas delanteras, en el lugar donde un caballo decente —que la mente de Cirocco trataba una y otra vez de ver— no tenía más que piel lisa. Llevaba un cayado de pastor y, a no ser por algunos pequeños ornamentos, ninguna ropa.
    Cirocco estaba segura de que se trataba de una de las titánidas que Calvin había mencionado, aunque él había cometido un error en la descripción; el ser —ella, Calvin había dicho que todas eran hembras—, no tenía seis patas, sino seis extremidades.
    Cirocco dio un paso al frente y la titánida se llevó la mano a la boca, antes de extenderla en un rápido gesto.
    —¡Cuidado! —gritó—. Mucha atención, por favor. Durante una fracción de segundo Cirocco se preguntó de qué estaba hablando la titánida, pero esto quedó violentamente enterrado por la sorpresa. La lengua que había empleado la titánida no era inglés, ni ruso ni francés, hasta ese momento las únicas lenguas conocidas por Cirocco.
    —¿Qué…? —se detuvo, carraspeó. El tono de su voz se había descontrolado bastante hacia los agudos—. ¿Qué problema hay? ¿Estamos en peligro? —las preguntas eran difíciles, requerían de una compleja matización.
    —Percibí que lo estabais —cantó la titánida—. Me pareció que seguramente ibais a caer. Pero vosotros debéis saber mejor lo que es correcto para vuestra raza.
    Gaby miraba extrañamente a Cirocco.
    —¿Qué diablos ocurre? —preguntó.
    —Le entiendo —dijo Cirocco, que no deseaba profundizar más—. Nos dice que tengamos cuidado.
    —¿Cuidado… de qué?
    —¿Cómo entendió Calvin al dirigible? Algo se ha metido en nuestras mentes, cariño. Y está resultando útil precisamente ahora, así que cállate —se apresuró a proseguir antes de que se expresaran más preguntas, pues no conocía ni una sola de las respuestas.
    —¿Sois el pueblo de los pantanos? —preguntó la titánida—. ¿O procedéis del mar helado?
    —Nada de eso —trinó Cirocco—. Hemos viajado por el pantano, en camino a… hacia el mar del diablo, pero ninguno de nosotros está herido. No pretendemos hacerte daño.
    —Me haréis poco daño si vais al mar del diablo, porque moriréis. Sois demasiado grandes para ser ángeles que hayan perdido sus alas, y demasiado hermosos para ser criaturas del mar. Confieso que no os he visto antes.
    —Nosotros… ¿Puedes reunirte con nosotros en la playa? Mi canción es débil. El viento no la levanta.
    —Estaré ahí en dos meneos de tu cola.
    —¡Rocky! —siseó Gaby—. ¡Cuidado, va a bajar! —se puso delante de Cirocco y quedó inmóvil con la espada de vidrio preparada.
    —Sé que lo va a hacer —dijo Cirocco, agarrando el brazo armado de Gaby—. Yo le pedí que lo hiciera. Aparta eso antes de que ella tenga una mala idea y no se acerque. Gritaré si hay problemas.
    La titánida bajó del peñasco con las patas delanteras y los brazos extendidos hacia adelante para equilibrarse. Danzaba de un modo ágil, flotando sobre el pequeño alud que había provocado, y a continuación avanzó trotando hacia ellas. Sus patas producían un ruido familiar sobre las rocas.
    Era treinta centímetros más alta que Cirocco, que se encontró dando un paso hacia atrás cuando la titánida se acercó. Rara vez en su vida había conocido una mujer más alta, pero este ser femenino habría sobresalido aun entre cualquier otra persona que no fuera un jugador de baloncesto. Vista de cerca, era todavía más extraña, precisamente porque algunas de sus partes eran muy humanas.
    Una serie de franjas rojas, anaranjadas y azules, que Cirocco creyó fueran señales naturales, resultaron ser pintura. Estaban dispuestas en figuras, limitadas sobre todo a su cara y pecho. Cuatro bandas en forma de chevron adornaban su vientre, justo por encima de donde debería estar su ombligo, en caso de que tuviera uno.
    Su cara era lo bastante ancha como para hacer que la amplia nariz y la boca parecieran apropiadas. Sus ojos eran enormes, con un gran espacio entre ellos. Los iris eran amarillo brillante, con rayas radiales de color verde rodeando dilatadas pupilas.
    Tan asombrosos eran los ojos que Cirocco casi no advirtió el rasgo menos humano del rostro de la titánida. Había creído que detrás de cada oreja había un curioso tipo de flor, pero las flores resultaron ser las mismas orejas. Los puntiagudos extremos llegaban por encima de la corona de la cabeza.
    —Me llaman Do Sostenido… —cantó la titánida. Fue una frase melódica en la tonalidad de do sostenido.
    —¿Qué ha dicho? —susurró Gaby.
    —Ha dicho que se llama… —Cirocco cantó el nombre, y las orejas de la titánida se irguieron.
    —No puedo llamarla así —protestó Gaby.
    —Llámala Do Sostenido. ¿Quieres callarte y dejarme llevar la conversación? —se volvió hacia la titánida—. Mi nombre es Cirocco, o capitana Jones —cantó—. Esta es mi amiga. Gaby.
    Las orejas se abatieron hasta los hombros, y Cirocco casi rió. La expresión de la titánida no había variado, pero las orejas tenían fuerza expresiva.
    —¿Solamente ‘sir-o-ko-o-cap-tan-jons’? —cantó imitando la monotonía de Cirocco. Al suspirar, las ventanas de su nariz se inflamaron con la fuerza del gesto, pero en cambio el pecho no se movió—. Es un nombre largo, aunque nada musical, y perdóname. ¿No os hace gracia llamaros tan severamente?
    —Eligen nuestros nombres por nosotros —cantó Cirocco, con un inexplicable sentimiento de embarazo. Para la titánida era un apodo insulso, después de haber transmitido para Cirocco un aire tan vivaz—. Nuestra forma de hablar no es como la tuya, nuestros silbidos tampoco son tan profundos…
    Do Sostenido rió, con una risa completamente humana.
    —Hablas con la voz de una flauta delgada, realmente, pero me gustas. Os llevaré a casa de mi madre-hembra para un banquete, si estáis de acuerdo.
    —Aceptaríamos tu invitación, pero uno de nosotros está muy mal herido. Necesitamos ayuda.
    —¿Quién de vosotros? —cantó la titánida, aleteando las orejas en señal de consternación.
    —No es ninguna de nosotras dos, sino otro. El tiene roto el hueso de una pierna —Cirocco notó de paso que el idioma titánido incluía construcciones masculinas y femeninas. Fraseos que significaban madre-macho y madre-hembra, y probablemente, además, otros conceptos que rondaban su mente.
    —Un hueso de la pierna —cantó Do Sostenido, ejecutando una complicada señal con las orejas—. A menos que falle en mi suposición, eso es bastante grave para gente como vosotros, que no podéis prescindir de uno. Llamaré a la curadora enseguida —la titánida alzó su cayado y cantó brevemente frente a un pequeño bulto del extremo.
    Los ojos de Gaby se dilataron.
    —¿Tienen radio? Rocky, dime qué está pasando.
    —Ella ha dicho que llamará a una doctora. Y que yo tengo un nombre tonto.
    —Bill podría valerse del médico, pero no será un doctor titulado…
    —¿Crees que no sé eso? —siseó, enfadada—. Bill tiene muy mal aspecto, caramba. Aunque este médico no tenga más que píldoras para caballos y magia, a Bill no le pasará nada si le echa un vistazo.
    —¿Es ésa vuestra forma de hablar? —preguntó Do Sostenido—. ¿O es que tenéis problemas respiratorios?
    —Es nuestra forma de hablar. Yo…
    —Perdonadme, por favor. Mi madre-hembra dice que debo aprender a tener tacto. Sólo tengo… —la titánida cantó el número veintisiete y un término temporal que Cirocco no pudo interpretar—. Y tengo mucho que aprender aparte de los conocimientos uterinos.
    —Comprendo —cantó Cirocco, que no había comprendido—. Debemos ser extraños para ti… Es indudable que tú no eres como nosotras.
    —¿Sí? —el tono de su canción reveló que la idea era nueva para Do Sostenido.
    —Para alguien que jamás ha visto a nuestra raza.
    —Debe ser como tú dices… Pero si no habéis visto nunca una titánida, ¿de qué parte de la gran rueda del mundo procedéis entonces?
    Cirocco estaba confundida por la forma en que su mente estaba traduciendo las canciones de Do Sostenido. Fue al oír las notas ‘de dónde’ cuando comprendió, al traer a la mente interpretaciones alternativas de la palabra de tres notas, que Do Sostenido hablaba de un modo cortés, formal, usando el apagado diapasón microtonal reservado para jóvenes que hablan con viejos. Y aunque un poco molesta por verse en la obligación de tener que asumir tal postura, Cirocco respondió llevando su voz a la escala tonal cromática del modo educacional.
    —No venimos de la rueda. Más allá de las paredes del mundo hay un lugar más grande que tú no ves…
    —¡Oh! ¡Procedéis de la Tierra!
    Do Sostenido no había dicho la Tierra, como tampoco se había designado titánida. Pero el impacto de la palabra que nombraba al tercer planeta del sol sorprendió tanto a Cirocco como si la extraña lo hubiera pronunciado. Do Sostenido siguió hablando, con una actitud y una postura que habían variado con el tono de Cirocco, siguiendo el curso de ésta, al lenguaje del que aprende. La titánida se animó, y si sus orejas hubieran sido ligerísimamente más anchas, se habría elevado en el aire.
    —Estoy confundida —cantó—. Pensaba que la Tierra era una fábula para niños, contada alrededor de las hogueras. Y pensaba que los seres de la Tierra eran como las titánidas.
    El oído de Cirocco, nuevamente afinado, se esforzó por captar hasta la última palabra. Se preguntaba si titánidas equivaldría a personas. Igual que en ‘nosotros personas, vosotros bárbaros’. Pero el canto de Do Sostenido carecía de armónicos chauvinistas. Hablaba de su especie como una más entre las numerosas de Gea.
    —Somos los primeros en venir —cantó Cirocco—. Me sorprende que sepas cosas de nosotros, porque nosotros no sabíamos nada de vosotros hasta este momento.
    —¿No cantáis nuestras grandes hazañas, como nosotros cantamos las vuestras?
    —Lamentablemente no, creo…
    Do Sostenido miró por encima de su hombro. Otra titánida permanecía en lo alto del montículo. Se parecía mucho a Do Sostenido, aunque con una inquietante diferencia.
    —Ese es Si Bemol… —cantó. Luego, sintiéndose culpable, volvió al tono formal—. Antes de que llegue, hay una pregunta que deseo formular y que me ha hecho arder de curiosidad desde el momento de veros por primera vez.
    —No tienes que tratarme como a una vieja —cantó Cirocco—. Es probable que tú seas más vieja que yo…
    —Oh, no. Tengo tres años según el cómputo de la Tierra. Lo que deseo saber, y espero que la pregunta no sea demasiado atrevida, es cómo podéis sosteneros así tanto tiempo sin caeros…

CAPITULO 14

    Cuando la otra titánida se unió a ellos, la inquietante diferencia que Cirocco había notado antes se hizo patente y sobradamente clara, y todavía más inquietante. Entre las patas delanteras, donde Do Sostenido tenía una mata de pelo, Si Bemol tenía un pene completamente humano.
    —Dios santo —murmuró Gaby, tocando levemente el codo de Cirocco.
    —¿Quieres callar? —exclamó la capitana—. Esto me pone muy nerviosa.
    —¿Nerviosa, tú? ¿Y yo? No entiendo una nota de lo que estás cantando. Pero es muy bonito, Rocky. Cantas francamente bien.
    Aparte de los genitales masculinos en la parte delantera, Si Bemol era casi idéntica a Do Sostenido. Ambas tenían senos, altos y cónicos, y piel pálida, sin vello. Sus semblantes eran vagamente femeninos, con labios grandes y sin barba. Si Bemol tenía más pintura en su cuerpo, más flores en su cabello. Sin tener en cuenta eso y el pene, las dos habrían sido difíciles de distinguir.
    Un extremo de una flauta de madera sobresalía de un pliegue de la piel al nivel del inexistente ombligo de Si Bemol. Parecía ser una bolsa.
    Si Bemol avanzó y extendió su mano. Cirocco se echó hacia atrás y Si Bemol actuó con rapidez, poniendo una mano en cada uno de los hombros de la mujer. Cirocco sólo se atemorizó un instante antes de comprender que Si Bemol compartía la aprensión de Do Sostenido. Si Bemol había creído que ella se iba a caer de espaldas, y solamente había pretendido sostenerla.
    —Estoy bien —cantó Cirocco, muy nerviosa—. Puedo mantenerme en pie yo sola.
    Las manos de la titánida macho eran grandes, y perfectamente humanas. Estar en contacto con aquel ser era muy extraño. Ver una criatura imposible era muy distinto de sentir su calor corporal. El hecho forzosamente indicó con toda claridad a Cirocco que se encontraba estableciendo el primer contacto de la humanidad con un alienígena inteligente. Si Bemol olía a canela y manzanas.
    —La curadora llegará pronto —Si Bemol cantaba la misma canción que sus semejantes, aunque pronunciada de un modo formal—. Mientras tanto, ¿habéis comido?
    —Nosotras mismas os ofreceríamos comida —cantó Cirocco—, pero a decir verdad, estamos escasas de provisiones.
    —¿Y mi hermana-hembra no os ha ofrecido nada? —Si Bemol dirigió una mirada de reproche a Do Sostenido, quien bajó la cabeza—. Es curiosa e impulsiva, pero no piensa. Perdonadla, por favor —las palabras que usaba para describir su relación con Do Sostenido eran complejas. Cirocco contaba con el vocabulario, pero no con todos los términos de remisión.
    —Ella ha sido muy amable.
    —Su madre-hembra se alegrará de oír eso. ¿Vendréis con nosotras? Desconozco qué tipo de alimento preferís, pero si tenemos algo de vuestro gusto, es vuestro.
    Si Bemol metió la mano en su bolsa —una bolsa de cuero sujeta a la cintura, no la que formaba parte de su cuerpo— y sacó algo grande y rojo oscuro, como un jamón ahumado. Manejó la vianda como si fuera un muslo de pavo. Las titánidas se sentaron, doblando las patas hábil y fácilmente, de modo que Cirocco y Gaby también tomaron asiento, una operación que las titánidas observaron con franco interés.
    El asado de carne fue pasando de una a otra. Do Sostenido sacó varias docenas de manzanas verdes. Las titánidas se limitaron a ponerlas enteras en sus bocas. Hubo un crujido, y las frutas desaparecieron.
    Gaby se quedó muy seria mirando la fruta. Alzó una ceja al ver que Cirocco mordía una. Sabía como una manzana verde. Era blanca y jugosa por dentro, y tenía pequeñas semillas marrones.
    —Quizá comprendamos todo esto más tarde —dijo Cirocco.
    —No me importaría tener algunas respuestas ahora mismo —replicó Gaby—. Nadie creerá que nos sentamos a comer asquerosas manzanas verdes en compañía de centauros pintados de color carne.
    Do Sostenido se echó a reír.
    —La llamada Ga-bi canta una canción espléndida.
    —¿Está hablando conmigo?
    —Le gusta tu canción.
    Gaby sonrió tímidamente.
    —Eso no es nada con el Wagner que tú nos has regalado. ¿Qué piensas de estos seres? ¿Qué me dices de su aspecto? Había oído hablar de evolución paralela, pero ¿de la cintura para arriba? Podía creer en humanoides. Estaba preparada para cualquier cosa, desde grandes bultos de gelatina hasta arañas gigantes. Pero se parecen demasiado a nosotros.
    —Sin embargo muchos no se parecen a nosotros en nada.
    —¡Vale! —dijo Gaby, chillando de nuevo—. Pero mira esa cara. Olvida las orejas de burro. La boca es amplia y los ojos son grandes y la nariz da la impresión de que le han pegado en la cara con una pala, pero está al nivel de lo que se encuentra en la Tierra. Mira más abajo, si te atreves —Gaby se estremeció—. Mira sólo eso, y te desafío a que me digas que no es un pene humano.
    —Pregúntale si podemos participar —cantó Si Bemol, con gran entusiasmo—. No conocemos las palabras, pero podemos improvisar un acompañamiento.
    Cirocco cantó que debía hablar con su amiga un poco más, y que traduciría después. Si Bemol asintió, pero siguió atentamente la conversación.
    —Gaby, por favor, no me grites.
    —Lo siento —miró su regazo e hizo un esfuerzo para calmarse—. Me gusta que las cosas tengan sentido. Un pene humano en una criatura extraña no lo tiene. ¿Has visto sus manos? Tienen rayas en las yemas de los dedos. El FBI clasificaría sus huellas dactilares sin hacer preguntas.
    —Ya lo he visto.
    —Si pudieras explicarme cómo hablas con ellos…
    Cirocco extendió las manos.
    —No sé si podré. Es como si el lenguaje estuviera siempre en mi mente. Cantar es más difícil que escuchar, pero sólo debido a que mi garganta no está preparada para hacerlo. Me asustó al principio, pero ya no. Confío en estas criaturas.
    —Igual que Calvin confía en los dirigibles.
    —Está muy claro que algo jugueteó con nosotros mientras estuvimos durmiendo. Alguien me dio el lenguaje, no sé cómo o por qué, y ese mismo alguien me dio otra cosa. Es una sensación de que el propósito de ese don no era diabólico. Y cuanto más hablo con las titánidas, más me gustan.
    —Calvin dijo cosas muy parecidas de los malditos dirigibles —dijo Gaby, en tono sombrío—. Y estuviste a punto de arrestarlo.
    —Creo que ahora le comprendo un poco mejor.

* * *

    La curadora titánida —una hembra cuyo nombre también estaba en la tonalidad de Si Bemol— entró en la tienda y pasó un rato examinando la pierna de Bill ante la atenta mirada de Cirocco. Los bordes de la herida estaban amarillentos y negroa-zulados. Un flujo burbujeó cuando la curadora hizo presión cerca de la herida.
    La curadora fue consciente de la preocupación de Cirocco. Torció su torso humano y buscó en una bolsa de cuero atada a su lomo equino mediante una cincha, de donde sacó un frasco transparente de líquido marrón.
    —Un poderoso desinfectante —cantó, y aguardó.
    —¿Cuál es su estado, curadora?
    —Muy grave. Sin tratamiento, estará con Gea en unas cuantas decenas de revoluciones.
    Cirocco lo interpretó así al principio, pero hubo una palabra usada para el término temporal… Aplicando prefijos métricos, la tradujo por decarrev. Una revolución de Gea tardaba casi una hora. El significado de ‘estará con Gea’ era claro, pero la curadora no había empleado el término Gea. Ella se había referido a su mundo con la acción, a la diosa que era su mundo, y al concepto de volver a la tierra. No había connotación alguna de inmortalidad.
    —Quizá prefieras esperar a que llegue una curadora de tu especie —cantó la titánida.
    —Oh, lo más probable es que Bill jamás alcance a verla.
    —Así es. Mis remedios eliminarían las infecciones de pequeños parásitos. No sé si estos remedios detendrán el funcionamiento de su metabolismo. No puedo prometerte, por ejemplo, que mi tratamiento no dañará la bomba que propele sus flujos vitales, ya que no sé dónde localizarla en vuestra raza.
    —Está aquí —cantó Cirocco, poniéndose un dedo en el pecho.
    Las orejas de la titánida se irguieron y bajaron de golpe. Aplicó una de ellas sobre el pecho de Bill.
    —No es una broma —cantó—. Bien, Gea es sabia, y no dice por qué gira.
    Cirocco estaba en una agonía de indecisión. Los conceptos metabolismo y parásitos no eran algo comprensible para un hechicero. Pero esas palabras habían sido traducidas exactamente así… Sin embargo, hasta la curadora sabía que su medicina podía dañar un cuerpo humano.
    Pero Calvin no estaba y Bill agonizaba.
    —Te lo ruego, ¿para qué sirve esto? —cantó la curadora; sostenía un pie de Bill, con sus dedos doblaba suavemente los dedos del pie enfermo.
    —Oh, son… —quiso explicar Cirocco, vacilante, sin encontrar las palabras que tradujeran vestigios evolutivos atrofiados. Había una palabra para evolución, pero no en la forma que se aplicaba a seres vivos—. Son útiles para mantener el equilibrio, pero no indispensables. Son descuidos, o imperfecciones de diseño.
    —Ah —canturreó la curadora—. Gea comete errores, es bien sabido. Por ejemplo, el ser con el que estuve unida sexualmente como hembra hace muchas miriarrevs.
    Cirocco quiso traducir el sujeto de la última frase como ‘mi marido’, pero eso no era apropiado; podía igualmente ser ‘mi esposa’, aunque tampoco eso cuadrara. No había un equivalente en su idioma, comprendió Cirocco antes de recordar su problema.
    —Haz lo que puedas por mi amigo —cantó—. Lo dejo en tus manos.
    La curadora asintió y se puso a trabajar.
    Primero bañó la herida con el líquido marrón; llenó el corte de una gelatina amarilla y puso una gran hoja junto a la piel, “para persuadir a los diminutos comedores de su carne”. Las esperanzas de Cirocco aumentaban y disminuían mientras observaba. No le importaba la hoja, ni la referencia a disuadir. La cura parecía demasiado primitiva. Pero cuando la curadora vendó la herida, lo hizo con vendas extraídas de paquetes cerrados que según ella habían sido “limpiados de parásitos”.
    Conforme iba trabajando, la curadora examinaba con gran interés el cuerpo de Bill, a veces tarareando una cancioncilla que denotaba sorpresa.
    —¿Quién habría pensado que… ¿Un músculo aquí? ¿Unido así? Como andar con los pies rotos… No, no lo creo.
    La curadora describió a Gea como una diosa tan variable como sabia, eternamente creativa, innecesariamente compleja y estúpidamente necia. También dijo que Gea gozaba del chiste ocasional al igual que la siguiente deidad, y esto lo dijo mientras contemplaba asombrada las nalgas de Bill.
    Cirocco estaba empapada de sudor cuando la curadora acabó. Al menos la titánida no había sacado cascabeles o muñecas de vudú, ni dibujado señales mágicas en la arena. Cuando hubo atado el último nudo de los vendajes, empezó a cantar una canción curativa. Cirocco creyó que eso no haría ningún mal.
    La curadora se inclinó sobre Bill y puso sus brazos en torno a él por debajo del cuerpo, lo levantó suavemente por la cintura y lo sostuvo muy cerca de ella. Colocó la cabeza del hombre en su hombro y dobló su propia cabeza hasta que sus labios quedaron próximos a la oreja de Bill. Osciló de un lado a otro, canturreando una nana sin palabras.
    Poco a poco Bill fue dejando de temblar. El color empezó a volver a su cara, que se hizo más pacífica que nunca desde la herida.
    En pocos minutos, Cirocco habría jurado que Bill sonreía.

CAPITULO 15

    Cirocco descubrió que tenía ciertas ideas preconcebidas que debía descartar.
    La primera era la más obvia. Cuando llegó Si Bemol y vio que se parecía mucho a Do Sostenido, excepto por sus órganos sexuales, había supuesto que le iba a ser difícil distinguirlas.
    El grupo que apareció en respuesta a la llamada de Do Sostenido pareció estar formado por fugitivos de un tiovivo.
    La curadora tenía pelo verde esmeralda en la cabeza y la cola. El resto de su cuerpo estaba recubierto de un pelaje espeso y blanco como la nieve. Había otra titánida peluda: cabello rubio rojizo con una salpicadura violeta. Había un centauro pinto marrón y blanco, y otro sin pelo excepto en la cola. La piel de este último era azul clara.
    El restante miembro del grupo parecía desnudo pero no era así; tenía el pelaje de un caballo no sólo en la parte donde habría parecido lógico, sino también en su mitad superior humana. Tenía rayas de cebra color amarillo brillante y naranja marchita, y el pelo de cabeza y cola era de color lavanda. Apartar la vista de esta titánida no servía de nada; la imagen quedaba grabada en la retina.
    No satisfechas con el ambiente de carnaval, las titánidas pintaban sus peladas pieles y teñían trozos de su cabello. Lucían collares y brazaletes, metían fruslerías a través de perforaciones en narices y orejas, ataban eslabones de cobre y piedras coloreadas o sartas de flores en torno a sus patas. Todas tenían un instrumento musical colgando al hombro o sobresaliendo de la bolsa, hecho de madera, cuerno de animal, conchas o cobre.
    La segunda idea preconcebida —que en realidad era la primera, puesto que Calvin les había hablado de ella— era que todas las titánidas eran hembras. Una pregunta delicada ante la que la curadora ofreció una respuesta directa y una demostración pasmosa: toda titánida tiene tres órganos sexuales.
    Cirocco conocía los genitales masculinos o femeninos, de tamaño humano, en la parte frontal. Estos órganos determinaban el género por razones que debían de tener lógica para una titánida.
    Además, todas tenían una gran abertura vaginal bajo la cola, igual que una yegua.
    El órgano que impresionó a Cirocco y Gaby fue el de la titánida que estaba en medio. En el blando vientre entre las patas delanteras de la curadora había una envoltura gruesa y carnosa y de ella salía un pene que era humano en todos sus detalles excepto por el hecho de que era tan largo y grueso como el brazo de Cirocco.
    Cirocco había creído que ella era una mujer mundana. Había visto desnudos a muchos hombres, y habían pasado años sin que ninguno de ellos tuviera nada nuevo que mostrarle. Le gustaban los hombres y el coito, pero aquel miembro le hizo pensar en hacerse monja. Su pronunciada reacción le molestó. Sabía que era el mismo sentimiento que Gaby había expresado, el de estar más trastornada por paralelos próximos que por algo extremadamente extraño.
    El tercer detalle que Cirocco debía volver a meditar fue provocado por la comprensión de que, aunque ella conocía el lenguaje y podía usar ya los sustantivos de cada uno de los órganos sexuales de las titánidas, no había conocido los órganos traseros hasta que había hecho la pregunta. Todavía no sabía por qué había tres, y no podía encontrar el conocimiento en su mente.
    Lo que Cirocco tenía eran listas de palabras y reglas gramaticales para composición. Esto funcionaba bien con sustantivos; sólo tenía que pensar en un objeto para saber la palabra. Pero empezó a fallar con ciertos verbos. Correr, saltar, nadar y respirar eran bastante claros. Verbos para cosas que las titánidas hacían y los humanos no, no eran, en cambio, tan claros.
    Donde el sistema quedaba destrozado era al describir relaciones familiares, códigos de conducta, costumbres y un montón de otras cosas en las que titánidas y humanos tenían poco en común. Tales conceptos se convertían en notas inexpresivas en los cantos de las titánidas. De vez en cuando Cirocco los traducía para sí misma o para Gaby con complicadas expresiones del tipo la-que-es-mi-madre-hembra-es-mi-media-hermana-orto-frontal, o el-sentido-de-recta-aversión-para-ángeles. Todas estas frases se expresaban con una palabra en la canción titánida.
    La cosa se redujo para Cirocco al hecho de que una idea extraña en su cabeza seguía siendo una idea extraña. No podría manejarla hasta que se la explicaran; carecía de términos de remisión.
    La última complicación causada por la llegada del grupo de la curadora se hallaba en la cuestión nombres: había demasiados nombres con los mismos signos tonales, de manera que el sistema original de Cirocco perdía validez. Gaby era incapaz de cantar los nombres, así que Cirocco tuvo que encontrarles denominaciones inglesas.
    Cirocco había partido de una fuente musical, y decidió proseguir así. La primera titánida que conocieron pasó a apodarse Do Sostenido Hornpipe porque el nombre sonaba como esa danza favorita de los marineros. Si Bemol se convirtió en Si Bemol Banjo. La curadora fue Si Nana, la rubia rojiza Sol Menor Vals, la yegua pinto Si Clarinete y la titánida azul recibió el nombre de Sol Foxtrot. Y Cirocco se llamó Re Menor Organillo.
    Gaby no tardó en renunciar a las signaturas de tonalidad, cosa que alguien que siempre se ha llamado Rocky debería haber previsto.

* * *

    La ambulancia era un gran carro de madera con cuatro ruedas dotadas de llantas de caucho, tirado por dos titánidas no unidas por arneses. El carretón tenía suspensión neumática y frenos de fricción operados por la pareja de arrastre. La madera era amarillo brillante, como pino joven, pulida de un modo prodigiosamente liso y ajustada sin un solo clavo.
    Cirocco y Gaby colocaron a Bill en un enorme lecho en el centro del carro y treparon en su compañía, junto con Nana, la curadora titánida, que tomó posición junto al lecho, con las patas dobladas bajo el cuerpo. Enjugaba la frente de Bill con un trapo húmedo mientras le cantaba. El resto de las titánidas trotó junto al carretón, con la excepción de Hornpipe y Banjo, que se quedaron con sus manadas. Tenían cerca de doscientos animales del tamaño de vacas, todos con cuatro patas y un cuello delgado y flexible de tres metros de largo. Los cuellos poseían garras para excavar y bocas fruncidas en el extremo. Los animales se alimentaban introduciendo la cabeza en el suelo y sorbiendo leche de la parte trasera de gusanos de fango. Tenían un ojo en la base del cuello. Con la cabeza dentro de la tierra todavía podían ver qué ocurría arriba.
    Gaby contempló uno de los animales con una expresión de tenue escándalo en su rostro, reacia a admitir que tal cosa pudiera existir.
    —Gea tiene sus buenos días y sus malos días —concluyó, citando un aforismo titanio que Cirocco había traducido—. Debió de haber estado nueve días de juerga cuando ideó eso. ¿Qué hay de esas radios, Rocky? ¿Podemos echarles una mirada?
    —Ya veremos —respondió Cirocco, y luego preguntó a Clarinete, la pinto, si podrían examinar su planta-radio, pero contuvo su canto antes de terminarlo—. Las titánidas no las construyen —dijo a Gaby—. Las cultivan.
    —¿Por qué no lo habías dicho antes?
    —Porque acabo de comprenderlo. Ten paciencia conmigo, Gaby. Ellos lo denominan como “la semilla de la planta que transporta el canto”. Mírala.
    El objeto atado al extremo del cayado de Clarinete era una semilla amarilla y oblonga, lisa y sin rasgos como no fuera por una mancha marrón uniforme.
    —Escucha aquí —cantó Clarinete, indicando la mancha—. No la toquéis, porque se quedará sorda. Canta tu canción a su madre, y si a ella le complacería que la cante al mundo.
    —Lo siento, pero creo que no te entiendo del todo.
    Clarinete señaló por encima del hombro de Gaby.
    —Hay una que todavía tiene sus hijas.
    Clarinete trotó hasta un montón de matorrales que crecían en un hueco. Un brote en forma de campana emergía de la tierra junto a cada arbusto. Asiendo la campana. Clarinete arrancó una planta y se la llevó, raíces incluidas, de vuelta al carro.
    —Hay que cantar a las semillas —explicó. Cogió su cuerno de cobre del hombro e interpretó varios compases en cuatro por cinco—. Doblad vuestras orejas ahora… —Clarinete se detuvo, turbado—. Es decir, haced lo que vuestra raza hace para realzar la audición.
    Al cabo de medio minuto escucharon las notas del cuerno, chillonas como un viejo cilindro de Edison, pero bastante definidas. Clarinete cantó un armónico, que fue rápidamente repetido. Hubo una pausa, y a continuación los dos temas fueron interpretados simultáneamente.
    —Ella escucha mi canción y le gusta, ¿comprendéis? —cantó Clarinete, con una amplia sonrisa en su semblante.
    —Como el programa de discos solicitados de una emisora —dijo Gaby—. ¿Y si el pinchadiscos no quiere poner esa canción?
    Cirocco tradujo la pregunta de Gaby lo mejor que pudo.
    —Hace falta práctica para cantar agradablemente —reconoció Clarinete—. Pero son de buena fe. La madre es capaz de hablar más rápidamente que cuatro pies pueden volar.
    Cirocco tradujo pero Clarinete le interrumpió.
    —Las semillas también son útiles para hacer los ojos que ven en la oscuridad —cantó—. Con estos ojos escudriñamos el pozo del viento para el acercamiento de los ángeles.
    —Eso suena a radar —dijo Cirocco.
    Gaby la miró con aire de duda.
    —¿Vas a creer todo lo que te digan estos caballitos de polo más que educados?
    —Explícame cómo funcionan estas semillas si no es de forma electrónica. ¿Prefieres telepatía?
    —La magia sería más fácil de tragar.
    —Llámale magia, entonces. Creo que hay cristales y circuitos en estas semillas. Y si es posible cultivar una radio orgánica, ¿por qué no un radar?
    —Quizás una radio. Y sólo porque lo he visto con mis ojos, no porque quiera tener algo que ver con esto. Pero no radar.

* * *

    La instalación de radar titanio se hallaba en una tienda frente a la ambulancia. Rube Goldberg se habría quedado atónito. Había nueces y hojas unidas a una maceta de tierra con gruesas enredaderas cobreñas que entraban en ella. Nana dijo que la tierra contenía un gusano que generaba ‘esencia de potencia’. Había una rejilla de semillas de radio conectadas a marañas de enredaderas de punta muy afilada, al parecer insertadas con cierta precisión, puesto que cada simiente tenía un apretado racimo de rezumantes pinchazos en torno al punto donde se había hecho finalmente el contacto. Había otras cosas, todas de índole vegetal, entre ellas una hoja que relucía cuando era alcanzada por un rayo de luz de otra planta.
    —Es fácil de leer —cantó alegremente Nana—. Este punto de fuego falso representa el gigante celeste que veis allí, hacia Rea —Nana indicó un punto de la pantalla con un dedo—. Fijaos cómo pierde vida… ¡Ahora! Ahora brilla más, pero cambiado.
    Cirocco inició una traducción, pero Gaby le interrumpió.
    —Sé cómo funciona el radar —refunfuñó—. Toda la disquisición me ofende.
    —Ahora nos hace poca falta —les aseguró Clarinete—. No es temporada de ángeles. Vienen cuando Gea respira desde el este y nos atormentan hasta que ella los absorbe de nuevo hasta su pecho.
    Cirocco se preguntó si había oído correctamente. ¿Había cantado los absorbe en su pecho? Dejó de pensar en el asunto porque Bill gemía y abría los ojos.
    —Hola —cantó Nana—. Me alegro de que hayas podido volver.
    Bill aulló y después chilló al tratar de apoyarse en la pierna. Cirocco se situó entre Bill y Nana. Al verla, Bill suspiró aliviado.
    —Un sueño muy malo, Rocky —dijo.
    Cirocco le acarició la frente.
    —No todo ha sido sueño, creo.
    —¿Eh? Oh, te refieres al centauro. No, recuerdo que el centauro blanco estuvo meciéndome y cantando.
    —Bien, ¿cómo te sientes?
    —Débil. Mi pierna no me duele tanto. ¿Es una buena señal, o será que está muerta?
    —Creo que estás mejorando.
    —¿Y…? Bueno, ya sabes. Gangrena —Bill apartó la mirada de Cirocco.
    —No creo. La herida tenía mucho mejor aspecto después de que la curadora te tratara.
    —¿La curadora? ¿El centauro?
    —No había otra cosa por hacer —dijo Cirocco, de nuevo agobiada por las dudas—. Calvin no ha llegado. Observé a la curadora, parecía saber lo que hacía.
    Cirocco pensó que Bill se había vuelto a dormir. Después de mucho rato los ojos del hombre se abrieron y sonrió levemente.
    —No es una decisión que yo hubiera querido tomar.
    —Fue terrible, Bill. Ella dijo que estabas agonizando, y yo le creí. La alternativa era no hacer nada hasta que Calvin llegara… Y no sé qué habría podido hacer él sin medicinas. Ella dijo que podía matar los gérmenes, cosa que tenía lógica porque…
    Bill le tocó una rodilla. Su mano estaba fría, pero firme.
    —Hiciste lo correcto —dijo Bill—. Mírame. Dentro de otra semana estaré andando.

* * *

    Era por la tarde —siempre, de manera monótona, por la tarde— y alguien estaba sacudiendo el hombro de Cirocco. La mujer parpadeó rápidamente.
    —Tus amigos han llegado —cantó Foxtrot.
    —Era el gigante celeste que vimos antes —añadió Nana—. Ellos estuvieron a bordo todo el tiempo.
    —¿Amigos?
    —Sí, tu curadora y otros dos.
    —Dos… Esos otros…, ¿sabéis algo de ellos? —se puso en pie—. Uno lo conozco. El segundo, ¿es como ella, o varón, como mi amigo Bill?
    —Vuestros apodos me confunden —la curadora frunció la frente—. Francamente no sé quién de vosotros es macho y quién es hembra, ya que os ocultáis tras trozos de ropa.
    —Bill es macho, yo y Gaby somos hembras. Te lo explicaré más tarde, pero ¿quién hay en el gigante celeste?
    Nana se encogió de hombros. El gigante no lo ha dicho. El está tan confundido como yo.
    Apeadero revoloteó sobre la columna de titánidas y el carro, que se había detenido para aguardar el descenso. Un paracaídas se abrió en flor con una menuda figura negra al extremo. Calvin, no había duda.
    Mientras él flotaba apareció otro paracaídas y Cirocco forzó la vista para descubrir quién podría ser. La figura parecía muy grande, en cierta forma. Entonces se abrió un tercer paracaídas, y un cuarto.
    Había una docena de paracaídas en el aire antes de que Cirocco localizara a Gene. El resto, increíblemente, eran titánidas.
    —¡Hey, es Gene! —gritó Gaby. Estaba a poca distancia en compañía de Foxtrot y Clarinete. Cirocco se había quedado en el carro—. Me pregunto si April…
    —¡Ángeles! ¡Ángeles atacando! ¡En formación!
    La voz fue un chillido: una voz titánida había perdido toda su música, estrangulada por el odio. Cirocco se quedó atónita al ver a Nana encogida sobre el equipo de radar, gritando órdenes. El rostro de la titánida estaba contraído; todo pensamiento en Bill, olvidado.
    —¿Qué ocurre? —empezó a decir Cirocco, y se agachó al ver que Nana saltaba por encima de ella.
    —¡Abajo, dos patas! ¡No te metas en esto!
    Cirocco alzó la vista. El cielo estaba lleno de alas.
    Estaban descendiendo en torno a los costados del dirigible, con las alas plegadas para ganar velocidad, atacando a las titánidas que caían, que pendían indefensas de sus cuerdas. Había infinidad de ángeles.
    Cirocco fue arrojada al suelo del carro cuando el vehículo dio un brusco tirón hacia adelante con el sonido chasqueante del cuero del arnés. Casi cayó por la abierta puerta trasera, pugnó por ponerse a gatear a tiempo de ver que Gaby saltaba y se agarraba a los laterales del carro con las manos. Cirocco le ayudó a subir.
    —¿Qué demonios está pasando? —Gaby llevaba una espada de bronce que Cirocco no había visto antes.
    —¡Cuidado!
    Bill saltó de su lecho. Cirocco se arrastró hasta él y trató de acomodarlo de nuevo, pero el carro seguía avanzando estrepitosamente sobre rocas y grietas.
    —¡Parad eso, maldito sea! —chilló Cirocco, antes de cantarlo en lengua titánida.
    Dio lo mismo. Las dos titánidas enganchadas a la parte frontal se dirigían hacia la batalla y nada iba a detenerlas. Una empuñaba una espada en lo alto, vociferando como una loca.
    Cirocco golpeó las ancas de una de las titánidas y casi perdió el cuero cabelludo al salir disparada la espada hacia ella. Manteniendo baja la cabeza, miró los nudos que mantenían atadas al carro a las titánidas.
    —Gaby, dame eso, deprisa.
    La espada saltó por los aires, con la empuñadura por delante, y aterrizó a los pies de Cirocco. Rocky lanzó tajos a los arneses de cuero. Primero se soltó uno, luego el otro.
    Las titánidas no advirtieron la pérdida. Se alejaron rápidamente del carro, que se detuvo bruscamente al topar con un peñasco.
    —¿Qué ha sido todo esto?
    —No lo sé. Todo lo que me han dicho es que no me levantara. Échame una mano con Bill, ¿quieres?
    Bill estaba despierto y no parecía encontrarse herido. El hombre miró al cielo cuando volvieron a ponerlo en la plataforma.
    —¡Dios santo! —exclamó, con la fuerza suficiente como para hacerse oír entre el estruendo de las titánidas—. ¡Las están matando allá arriba!
    Cirocco levantó los ojos a tiempo de ver cómo una de las criaturas volantes acuchillaba tres cuerdas del paracaídas de una de las titánidas que descendía. El paracaídas se plegó. Con una velocidad vertiginosa, la titánida desapareció tras una colina al oeste.
    —¿Eso son ángeles? —preguntó Bill, extrañado.
    Para las titánidas, eran ángeles de la muerte. Humanos de forma, con alas provistas de plumas que medían siete metros de un extremo a otro, los ángeles convirtieron el pacífico ambiente de Hiperión en un matadero. Pronto todos los paracaídas fueron eliminados del cielo.
    La batalla prosiguió detrás de la colina, fuera de la vista de los terrestres. Las titánidas chillaban como uñas sobre una pizarra, y muy por encima había un gemido pavoroso que debía de ser de los ángeles.
    —Detrás de ti —avisó Gaby.
    Cirocco se volvió con rapidez. Un ángel se acercaba en silencio por el este. Venía a ras de tierra, con las enormes alas inmóviles, aumentando de tamaño a una velocidad insólita. Cirocco vio la espada en la mano izquierda del ángel, el rostro humano contraído por las ansias de sangre, lágrimas que se marcaban en las comisuras de los párpados, contraídos los músculos del brazo que echaba hacia atrás la espada…
    Pasó sobre ellas, batiendo las alas para remontar la colina. Las puntas tocaron el suelo y levantaron piedrecillas.
    —No me ha visto —dijo Gaby.
    —Siéntate —le dijo Cirocco—. Eres un blanco perfecto así, de pie. Y sí que te ha visto. Cambió de opinión a último momento. Vi cómo frenaba el impulso.
    —¿Por qué ha hecho eso? —Gaby se agazapó junto a Cirocco y escudriñó el horizonte.
    —No lo sé. Muy probablemente porque no tienes cuatro patas. Pero tal vez el próximo ángel no sea tan observador.
    Vieron que otro ángel se acercaba en un ángulo levemente distinto. Venía rebanando el aire, piernas juntas, una especie de plano de deriva que se extendía detrás de sus pies, brazos a los costados, alas suficientemente contraídas para mantener la velocidad. En gracia y economía de movimientos. Cirocco jamás había visto su igual.
    Y vieron otro ángel que aumentaba su velocidad volando en línea recta hacia el suelo. La criatura frenó en el último instante, y besó la tierra para ir a esfumarse tras la cresta de la colina. Cualquier encargado de rociar las cosechas con insecticida se habría quedado ojeroso y con la cara pálida.
    —Son muy buenos —musitó Gaby.
    —No me gustaría meterme en un combate aéreo con ellos —convino Cirocco—. Me arrancarían los pantalones.
    Un viento frío soplaba del este y levantaba el polvo del seco terreno.
    Entonces las titánidas cruzaron la colina a la carga, seguidas por una multitud de ángeles. Cirocco reconoció a Nana. Clarinete y Foxtrot. La pata delantera izquierda de Clarinete estaba roja de sangre. Las titánidas empuñaban lanzas de madera con punta de cobre y espadas de bronce.
    Habían dejado de dar voz a su canción guerrera, pero el frenesí continuaba en sus ojos. Bocanadas de vapor salían de las ventanas de sus narices y las titánidas que tenían la piel desnuda relucían. Pasaron con gran estruendo junto a los terrestres y después giraron en redondo para enfrentarse a los ángeles.
    —¡Están usando el carro como protección! —gritó Gaby—. ¡Nos van a coger en el medio! ¡Fuera de aquí, deprisa!
    —¿Y Bill? —chilló Cirocco.
    La mirada de Gaby se entrelazó con la de Cirocco por un instante. Dio la impresión de que la primera iba a hablar, luego gruñó algo ininteligible y arrebató la espada a Cirocco. Con muchísimo más valor que sentido común, Gaby se puso en pie en la parte trasera del carro y se encaró a los ándeles que se acercaban. Una vez más, todo lo que Cirocco pudo ver fue la espalda de su compañera, erguida entre su amor y el peligro acechante.
    Los ángeles hicieron caso omiso de Gaby.
    La mujer permaneció con la espada dispuesta, pero el enemigo pasó a los lados del carro para alcanzar a las titánidas, inmóviles detrás para ofrecer resistencia.
    El ruido fue increíble.
    El gemido de los ángeles se mezcló con el chillido de las titánidas mientras multitud de alas gigantescas rasgaban el aire.
    Una forma monstruosa asomó entre la nube de polvo, una pesadilla pintada en matices marrones y negros, alas que se movían como sombras que cobran vida. Iba a ciegas, espada y lanza dando estocadas alocadas mientras el ángel trataba de orientarse en los miasmas. No parecía mayor que un niño de diez años. Sangre oscura caía de una herida en su costado.
    Estaba sobre los terráqueos cuando arrojó la lanza. La punta de cobre atravesó la manga de la ropa de Gaby y mordió el suelo del carro de tal modo que produjo un sonido vibrante como el de la cuerda de un arco. Luego el ángel se alejó. Una lanza de madera pendía de su cuello. Cayó, y Cirocco no vio nada más.
    Con la misma rapidez con que la batalla hubo transcurrido, cesó. El gemido adquirió un tono distinto y los ángeles se elevaron, menguaron de tamaño, quedaron reducidos a formas aleteantes en lo alto del cielo, en dirección al este.
    Hubo un alboroto cerca del carro. Las tres titánidas estaban pisoteando el cuerpo del ángel caído. Era difícil pensar que el cuerpo hubiese tenido alguna vez aspecto humano. Cirocco desvió la mirada, enferma ante la sangre y la rabia criminal en los rostros de las titánidas.
    —¿Qué crees que les ha hecho irse? —preguntó Gaby—. Sólo un par de minutos más y habrían acabado con todo.
    —Han de saber algo que nosotras no sabemos —dijo Cirocco.
    Bill estaba mirando al oeste.
    —Allá —dijo, al tiempo que señalaba—. Alguien viene.
    Cirocco distinguió dos figuras familiares. Eran Hornpipe y Banjo, las pastoras, que se acercaban a todo galope. Gaby rió amargamente.
    —Tendrás que enseñarme algo mejor que eso. Una de ellas sólo tiene tres años —dijo Rocky.
    —Allá —repitió Bill, pero entonces señalaba en dirección contraria.
    Por la colina llegaba una oleada de titánidas, igual que una caballería abigarrada.

CAPITULO 16

    Habían pasado seis días desde el ataque de los ángeles. Era el día número sesenta y uno de su emergencia en Gea. Cirocco se encontraba tendida en una mesa baja con los pies en improvisados estribos. Calvin estaba por allí, en alguna parte, pero Cirocco se negaba a mirarlo. Nana, la curadora titánida de cabello blanco, observaba y cantaba mientras la operación progresaba. Sus cantos traían sosiego, aunque nada ayudaba demasiado.
    —El cuello del útero está dilatado —dijo Calvin.
    —Preferiría no enterarme.
    —Lo siento —Calvin se enderezó levemente, y Cirocco vio sus ojos y frente por encima de la mascarilla quirúrgica. Sudaba con profusión. Nana le enjugó la frente y los ojos del hombre mostraron gratitud—. ¿Puedes acercar más esa lámpara?
    Gaby situó convenientemente la fluctuante lámpara. El utensilio lanzaba sombras inmensas de las piernas de Cirocco a las paredes. La capitana oyó el clic metálico de los instrumentos cogidos del baño esterilizador, y luego el traqueteo de la cureta a través del espéculo.
    Calvin había deseado instrumentos de acero inoxidable, pero las titánidas no podían hacerlos. El y Nana habían trabajado con los mejores artesanos hasta que Calvin tuvo herramientas de cobre que creyó utilizables.
    —Hace daño —dijo Cirocco con los dientes apretados.
    —Le estás haciendo daño —explicó Gaby, como si Calvin no entendiera inglés.
    —Gaby, o te estás callada o buscaré a otro…
    Cirocco jamás había oído hablar tan ásperamente a Calvin. El médico hizo una pausa, enjugó su frente en la manga.
    El dolor no era intenso, pero sí persistente y difícil de situar, como un dolor del oído interno. Cirocco escuchaba y sentía el raspado, cosa que la irritaba.
    —Ya lo tengo —dijo Calvin en voz baja.
    —¿Qué es lo que tienes? ¿Lo ves?
    —Sí. Estás más adelantada de lo que pensaba. Es un buen detalle que insistieras en hacer esto.
    Calvin prosiguió el raspado. De vez en cuando se detenía para limpiar la cureta.
    Gaby se alejó para examinar algo en la palma de su mano.
    —Tiene cuatro patas —murmuró, y empezó a acercarse a Cirocco.
    —No quiero verlo. Apártalo de mí.
    —¿Puedo mirar yo? —cantó Nana.
    —¡No! —Cirocco estaba luchando con las náuseas y no pudo cantar la respuesta a la titánida, pero meneó la cabeza con violencia—. Gaby, destrúyelo. Ahora mismo, ¿me oyes?
    —Eso está hecho, Rocky.
    Cirocco soltó un profundo suspiro que se convirtió en un sollozo.
    —No quería gritaros. Nana dijo que quería verlo. Tal vez tendría que habérselo permitido. Probablemente ella sabe qué se debe hacer con eso.

* * *

    Cirocco argüyó que era capaz de andar, pero los métodos de la medicina titánida incluían mucho mimo, calor corporal y canciones de confianza. Nana llevó a Cirocco por la sucia calle hasta los aposentos que las titánidas les habían ofrecido. Cantó la canción de apoyo en tiempos de angustia mental mientras le ayudaba a meterse en una cama. Había otras dos vacías al lado.
    —Bienvenida al hospital veterinario —saludó Bill, y Cirocco forzó una débil sonrisa mientras Nana disponía la ropa.
    —¿Tu humorístico amigo vuelve a las bromas? —cantó Nana.
    —Sí. A este sitio lo llama el-lugar-de-curar-animales.
    —Tendría que estar avergonzado. Curar es curar. Bebe esto y te tranquilizarás.
    Cirocco cogió el odre y bebió una buena cantidad. El líquido le quemó al bajar y el calor se extendió por ella. Las titánidas bebían brebajes fermentados por las mismas razones que los humanos, uno de los descubrimientos más placenteros de los últimos seis días.
    —Tengo la impresión de que acabaran de darme un palmetazo en las muñecas —dijo Bill—. Ya voy conociendo ese tono de voz.
    —Ella te quiere, Bill, aun cuando eres travieso.
    —Confiaba en elevarte el ánimo.
    —Aprecio tu intención. Bill, aquello tenía cuatro patas…
    —Aj. Y yo haciendo chistes de animales —extendió un brazo y cogió la mano de Cirocco.
    —Todo va bien. Ya ha terminado y lo único que me gustaría es dormir —dio otros dos tragos al odre, y no hizo nada más.

* * *

    Gaby pasó la hora siguiente a la operación diciendo a todo el mundo que se encontraba bien; después vomitó y estuvo dos días con fiebre. August acabó sin efectos nocivos. Cirocco estaba disgustada pero saludable.
    Bill prosperaba en su estado de salud, aunque Calvin opinaba que el hueso no había sido correctamente situado.
    —¿Así que cuánto más durará? —preguntó Bill. Había hecho la pregunta antes; no había nada que leer, ni televisión que mirar, nada excepto la ventana que daba a una oscura calle de Ciudad Titán. No podía conversar con sus enfermeras como no fuera en vulgares cantinelas. Nana estaba aprendiendo inglés, aunque con gran lentitud.
    —Al menos otras dos semanas —dijo Calvin.
    —Tengo la impresión de poder andar ahora.
    —Es probable que pudieras, y eso es peligroso. El hueso se quebraría como una rama seca. No, no te dejaré levantar, ni siquiera con muletas, en otras dos semanas.
    —¿Y sacarle fuera? —inquirió Cirocco.— ¿Te gustaría salir, Bill?
    Se llevaron a Bill y su cama. Recorrieron una corta distancia a lo largo de las calles antes de ponerlo bajo uno de los árboles endoselados que hacían a Ciudad Titán invisible desde el aire y proporcionaban la impresión más cercana a lo nocturno que habían tenido desde su exploración de la base del cable. Las titánidas mantenían siempre iluminados sus hogares y calles.
    —¿Has visto a Gene hoy? —preguntó Cirocco.
    —Depende de lo que entiendas por hoy —dijo Calvin, con un bostezo—. Aún tienes mi reloj.
    —¿Pero lo has visto?
    Calvin movió la cabeza en señal de negación.
    —No, desde hace un buen rato.
    —Me pregunto qué se propondrá.
    Calvin había encontrado a Gene siguiendo el Ofión a lo largo de un abrupto terreno por donde el río serpenteaba, entre las montañas Némesis de Crios, la región diurna al oeste de Rea. Había dicho que emergió en la zona del crepúsculo y que estuvo caminando desde entonces, tratando de entrar en contacto con los otros.
    Cuando se le preguntaba qué había hecho, todo lo que contestaba era: sobrevivir. Cirocco no lo dudaba, pero se interrogaba qué pretendía decir Gene con eso. El hombre pasaba por alto sus experiencias en deprivación sensorial. Afirmaba que se había preocupado al principio, pero que se había calmado al comprender la situación.
    Cirocco tampoco creía entenderlo demasiado. Al principio se había alegrado de tener alguien que pareciera tan mínimamente afectado como ella. Gaby todavía gemía en sueños. Bill tenía fallos de memoria, aunque los recuerdos volvían poco a poco. August sufría depresiones crónicas y rayaba en el suicidio. Calvin estaba feliz pero deseaba la soledad. Sólo Cirocco y Gene daban la impresión de estar relativamente inalterados.
    Pero la capitana sabía que había sido tocada misteriosamente en la oscuridad. Cantaba a las titánidas. Intuía que a Gene le habían pasado más cosas de las que contaba, y comenzó a buscar señales de ello.
    Gene sonreía muchísimo. Aseguraba sin cesar a todo el mundo que se encontraba perfectamente bien, aunque nadie se lo preguntara. Era amistoso. A veces se mostraba demasiado cordial, pero aparte de eso parecía estar bien.
    Cirocco decidió ir a buscarlo, tratar una vez más de hablar de los primeros dos meses.

* * *

    A Cirocco le gustaba Ciudad Titán.
    El ambiente era cálido bajo los árboles. Puesto que el calor de Gea procedía de la tierra, la elevada bóveda actuaba como trampa. Se trataba de un calor seco; vistiendo una camisa ligera y sin zapatos, Cirocco descubrió que su cuerpo se enfriaba con una eficiencia máxima. Las calles estaban agradablemente iluminadas por faroles de papel que le recordaban Japón. El suelo era de tierra compacta, humedecida con algo llamado plantas aspersoras que rociaban vapor una vez por revolución. Cuando tal cosa sucedía, olía como en una llovizna estival nocturna. Los bordes estaban atestados de pétalos de flores que caían en una lluvia constante. Medraban bastante bien en oscuridad perpetua.
    Las titánidas jamás habían oído hablar de planificación urbana. Las viviendas se hallaban diseminadas sin orden ni concierto en el terreno, debajo del suelo e incluso en los árboles. Las calles quedaban definidas de manera informal por el tráfico. No había letreros o calles con nombre, un mapa de la población no habría tardado en cubrirse de correcciones ya que los nuevos hogares eran levantados en medio del camino y los caminantes hollaban los bordes hasta que un nuevo equilibrio se establecía.
    Todo el mundo tenía una cordial canción de saludo para Cirocco.
    —¡Hola, monstruo de la Tierra! Todavía te sostienes, veo.
    —¡Oh, mira, si es la curiosidad de dos patas… Ven y diviértete con nosotras, Cir-ok-ko.
    —Lo siento, amigas —cantaba ella—. Tengo trabajo. ¿Habéis visto a Do Sostenido Maestra Cantora?
    Le divertía traducir así los cantos, aunque para las titánidas, monstruo y curiosidad no implicaban insulto.
    Pero la invitación a una comida era difícil de rechazar. Tras dos meses de carne cruda y fruta insulsa, el alimento titanio era demasiado bueno para ser cierto. La cocina era la principal forma artística de las titánidas y, con algunas excepciones menores, los humanos podían comer cualquier cosa de las que las titánidas comieran.
    Cirocco encontró el edificio que ella llamaba ayuntamiento más por suerte que por intención. Con frecuencia tenía que detenerse a preguntar direcciones (primera a la izquierda, segunda a la derecha, luego hay que doblar…, no, esa fue bloqueada la última kilorrev, ¿no es cierto?). Las titánidas comprendían la disposición, pero Cirocco pensaba que jamás llegaría el día que la entendiera.
    Era el ayuntamiento, simplemente porque Maestra Cantora vivía allí, y ella era lo más aproximado a una jefa que las titánidas tenían. En realidad Maestra Cantora era una jefa militar, pero hasta ese cargo estaba limitado. Maestra Cantora había dirigido los refuerzos el día de la batalla con los ángeles. Desde entonces, se había comportado como cualquier otro individuo.
    Cirocco pretendía preguntar a Maestra Cantora si sabía dónde encontrar a Gene, pero no fue preciso pues Gene ya estaba allí.
    —Rocky, me alegro de que te dejes caer por aquí —dijo Gene, levantándose y poniendo un brazo sobre el hombro de la mujer. La besó ligeramente en la mejilla, detalle que incomodó a Cirocco.
    —Maestra Cantora y yo estábamos hablando de un par de cosas que tal vez te interesen.
    —¿Estabais…? ¿Puedes hablar con ellas?
    —Su expresión es atroz —cantó Maestra Cantora, en el difícil modo eólico—. A la manera de los pueblos de Crios. Su voz no se amolda decentemente y su oído es más apropiado para las… digamos, palabras sin modulación de vuestras voces. Pero a pesar de todo, podemos cantar juntos, en cierto modo, se entiende…
    —Ya he oído eso —cantó Gene, riéndose—. Cree que puede remodelar mi cabeza, como al deletrear palabras frente a un niño.
    —¿Por qué no me hablaste de esto antes, Gene? —preguntó Cirocco, escudriñando los ojos del otro.
    —Creí que no valía la pena —dijo Gene, quitándole importancia—. Me dieron una dosis de lo que a ti te dieron, pero no funcionó tan bien.
    —Ojalá me lo hubieras dicho, eso es todo.
    —Mira, lo siento —Gene pareció irritado, y Cirocco se preguntó si él había querido que ella se diera por enterada. Claro que Gene no podía haber pensado que lo ocultaría mucho más tiempo.
    —Gene ha estado explicándome muchas cosas interesantes —cantó Maestra Cantora—. Ha trazado líneas por toda mi mesa pero tienen poco sentido para mí. Puedo entenderlo, y ruego que tu canto superior pueda despejar la oscuridad.
    —Sí, Rocky, pruébalo. No puedo hacer que este imbécil hijo-de-puta lo comprenda.
    Cirocco le lanzó una penetrante mirada, y luego se tranquilizó al recordar que Maestra Cantora no sabía inglés. Con todo, Cirocco pensaba que el detalle era de mala educación e infantil. La titánida podía ser cualquier cosa, pero estúpida no.
    Maestra Cantora se hallaba arrodillada junto a una de las mesas bajas que las titánidas preferían. Tenía un pelaje anaranjado deslustrado de algunos centímetros de largo, con sólo la cara descubierta. La piel era oscura como el chocolate. Sus ojos eran algo grises, fijos en un rostro que al principio pareció idéntico para todas las titánidas, pero en el que Cirocco distinguía ahora tantas variaciones como las de las caras humanas. La capitana era capaz de diferenciar una de otra sin referirse al colorido.
    Pero el rostro seguía siendo femenino. Cirocco no lograba desprenderse de este condicionamiento cultural, aun cuando el pene fuera visible.
    Gene había usado pintura de piel en el trazado de un mapa sobre la mesa de Maestra Cantora. Dos líneas paralelas corrían de este a oeste, y otras líneas dividían el espacio intermedio en rectángulos. Era el lado interior de Gea, desplegado y visto desde arriba.
    —Aquí está Hiperión —dijo, señalando con un dedo enrojecido con pintura—. Al oeste, Océano, al este… ¿Cómo lo llamáis?
    —Rea.
    —Bien. Luego viene Crios. Hay cables de sustentación aquí, aquí y aquí. Las titánidas viven en Hiperión oriental y Crios occidental. Y en Rea no hay ángeles. ¿Sabes por qué, Rocky? Porque viven en los radios.
    —Bueno, ¿y por qué me cuentas esto?
    —Ten paciencia, y haz que lo entiendan, ¿quieres?
    Cirocco hizo todo lo que pudo. Después de varias tentativas, Maestra Cantora pareció interesada y puso un dedo con la uña de color naranja cerca de un punto de Hiperión occidental.
    —Esta, entonces, es la gran escalera al cielo cerca de la población.
    —Sí, y Ciudad Titán está al lado.
    —¿Por qué no la veo? —se extrañó Maestra Cantora.
    —Lo arreglaré —dijo Gene, en inglés—. Es que no la he dibujado —cantó, y con un toque decorativo trazó otro punto junto al otro más grande.
    —¿Cómo matarán a todos los ángeles estas líneas? —preguntó Maestra Cantora.
    Gene se volvió hacia Cirocco.
    —¿Ha preguntado por qué estoy dibujando todo esto?
    —No, ha preguntado qué tiene que ver esto con matar ángeles, y me gustaría añadir una pregunta personal, y es: ¿qué demonios estás haciendo? Te prohibo que sigas adelante con esta discusión. No podemos ayudar a ningún bando de dos naciones en guerra. ¿Es que no has leído el Protocolo de Contacto de Ginebra?
    Gene guardó silencio un momento, apartando la vista de Cirocco. Cuando volvió a mirarla, habló en voz baja.
    —¿No recuerdas aquella carnicería, o es que te la perdiste del todo? Los aniquilaron, Rocky. Masacraron quince de estos asnos. Todos menos uno murieron, igual que otros dos que estaban contigo. Los ángeles perdieron dos, más un herido.
    —Tres. Tú no viste lo que ocurrió con un tercero —pensar en aquello todavía la enfermaba.
    —Lo que fuera. La cuestión es que fue una nueva táctica. Los ángeles se hicieron llevar a bordo del dirigible. Al principio pensamos que los ángeles habían hecho una alianza con los dirigibles, pero resultó que también los dirigibles están preocupados. Son neutrales. Los ángeles subieron a bordo durante una tormenta, de modo que el dirigible pensó que el peso extra era simplemente agua. Ese trasto aumenta un par de toneladas cuando llueve.
    —¿Qué ‘pretendemos’ con todo esto? ¿Estás haciendo una alianza? No tienes esa facultad. Yo sí, como capitana de la nave.
    —Tal vez debería observar que tu nave ha desaparecido.
    Si Gene hubiera querido herirla, su blanco no habría podido ser mejor. Cirocco se aclaró la garganta y siguió hablando.
    —Gene, no estamos aquí en plan de asesores militares.
    —¡Caramba, sólo pensaba enseñarles unas cuantas cosas! Como este mapa. Es imposible planear una estrategia sin un mapa. Necesitarán nuevas tácticas, también, pero…
    Maestra Cantora produjo el agudo silbido que equivalía al sonido de aclararse la garganta, y entonces Cirocco comprendió que no la habían tenido en cuenta.
    —Perdón —cantó la titánida—. Este dibujo es algo francamente magnífico. Lo llevaré pintado en mi pecho en la próxima reunión triciudadana. Pero estábamos hablando de medios para matar ángeles, ¿verdad? Me gustaría oír más detalles del polvo gris de violencia que tú mencionaste antes.
    —¡Jesús, Gene! —estalló Cirocco, luego controló su voz—. Maestra Cantora. Mi amigo, cuyo dominio de vuestras canciones es pobre, no ha sabido expresarse correctamente. No conozco tal polvo.
    Los ojos de la titánida eran apacibles remansos.
    —Si no del polvo gris, habladme entonces del artilugio para arrojar lanzas al aire con más rapidez que la mano.
    —De nuevo, se trata de un malentendido. Ten un poco más de paciencia conmigo, por favor —se volvió hacia Gene con expresión calmada—. Gene, vete. Hablaré contigo más tarde.
    —Rocky, lo único que deseaba hacer es…
    —Es una orden, Gene.
    Gene vaciló. Cirocco estaba entrenada en combate con las manos y tenía más alcance, pero también él estaba entrenado, y tenía más fuerza. Cirocco estaba mucho menos que segura de poder derrotarlo, pero se preparó para intentarlo.
    El momento pasó. Gene se relajó, estampó la palma de la mano en la mesa y salió airosamente de la sala. Maestra Cantora había seguido la escena con ojos que no perdían detalle alguno.
    —Lamento haber sido causa de que malos sentimientos hayan cruzado entre tú y tu amigo —cantó la titánida.
    —No ha sido por tu culpa —las manos de Cirocco volvieron a su temperatura normal después del conato de enfrentamiento—. Yo… Mira, Maestra Cantora. ¿A quién crees? ¿A mí o a Gene?
    —Admítelo, Rok-ki. Me dio la impresión de que tenías algo que ocultar.
    Cirocco se mordió un nudillo mientras se preguntaba qué hacer. La titánida estaba segura de que ella mentía, ¿pero cuántas cosas sabía ya?
    —Tienes razón —cantó por fin—. Tenemos un polvo de violencia, lo bastante potente para destruir toda esta ciudad. Conocemos secretos destructivos que me avergüenza siquiera insinuarlos. Cosas que podrían abrir un boquete en tu mundo y hacer que el aire que respiras saltara al espacio helado.
    —No precisamos nada así —cantó Maestra Cantora, con aire de interés—. El polvo servirá perfectamente.
    —No puedo dártelo. No hemos traído con nosotros.
    La titánida había meditado cuidadosamente su melodía cuando por fin volvió a cantar.
    —Tu amigó Gene creía posible hacer aquí esas cosas. Somos diestros con la madera y con la química de seres animados.
    Cirocco suspiró.
    —Es probable que Gene tenga razón. Pero no podemos entregarte los secretos.
    Maestra Cantora guardó silencio. Cirocco intentó una explicación.
    —Mis sentimientos personales tienen poco que ver con el problema. Los que se hallan por encima de mí, los sabios de mi raza, han dicho que esto debe ser así.
    —Si tus mayores lo ordenan, tienes poca opción —se resignó la titánida.
    —Me alegra que lo veas de esa forma.
    —Sí —hizo una pausa para elegir cuidadosamente sus frases melódicas—. Tu amigo Gene no es tan respetuoso con sus mayores. Si le interrogara otra vez, él podría explicarme cosas que podrían llevarnos a la victoria.
    El ánimo de Cirocco se hundió, pero trató de que la titánida no lo advirtiera.
    —Gene ha sido olvidadizo. Tuvo momentos difíciles en su viaje. Sus pensamientos erraban, pero ahora le he recordado su obligación.
    —Comprendo —volvió a rumiar, y ofreció a Cirocco un vaso de vino que la mujer aceptó agradecida—. Creo que yo misma podría construir un lanzador. Un palo flexible con los extremos unidos por una correa.
    —Francamente, me sorprende que no lo tengáis ya. Poseéis cosas más complejas.
    —Tenemos algo parecido que los niños usan para jugar.
    —La naturaleza de vuestra lucha con los ángeles me confunde. ¿Por qué lucháis?
    Maestra Cantora frunció el ceño.
    —Porque ellos son ángeles.
    —¿No hay otra razón? Me había impresionado vuestra tolerancia con otras razas. No habéis sentido animosidad hacia mí ni mis amigos, ni por los dirigibles o por el yeti de Océano.
    —Ellos son ángeles —repitió Maestra Cantora.
    —¿No deseáis habitar el mismo suelo?
    —Los ángeles serían incapaces de dar de mamar a sus pequeños en el pecho de Gea si dejan las grandes torres. Y nosotros no podríamos vivir colgados de las paredes.
    —Así que no competís por tierra o alimentos… ¿Será tal vez por una causa religiosa? ¿Adoran ellos otro dios?
    La titánida rió.
    —¿Adorar? Compones tu canto de una forma curiosa. Solo existe una deidad, hasta para los ángeles. Gea es conocida por todas las razas a su alcance.
    —En ese caso, simplemente no lo entiendo. ¿Es que no puedes hacérmelo comprender? ¿Por qué lucháis?
    Maestra Cantora, la jefa militar, pensó largo rato. Cuando por fin volvió a cantar, el modo era una lastimera tonalidad menor.
    —De todas las cosas de esta vida, ésta es la que más me gustaría preguntar a Gea. Que todos debamos morir y volver al fango… No tengo objeciones, ni amargura. Que el mundo sea un círculo y los vientos soplen cuando Gea respira…, son cosas que comprendo. Que haya momentos de tener hambre, o que al poderoso Ofión se lo trague el polvo, o que el viento frío del oeste nos congele…, lo acepto, ya que dudo de que pudiera hacer algo mejor en estas áreas. Gea tiene muchas cosas que atender y es posible que a veces tenga que volver su vista a otro lado.
    “Cuando los grandes pilares celestes chasquean, de modo que la tierra tiembla y se teme que el mundo estalle y se lance al vacío, no me quejo.
    “Pero en el momento de la respiración de Gea, cuando el odio está en mí, dejo de razonar. Dirijo mi pueblo a la batalla, sin saber que mi hija-hembra cae a mi lado. No vi quién caía. Ella era una extraña para mí porque el cielo estaba repleto de ángeles y era momento de luchar. Sólo después, cuando la rabia se va de nosotras, contamos el costo. Entonces es cuando la madre encuentra a su hija muerta en el campo, cuando vi a la hija de mi carne herida por ángeles pero pisoteada por las patas de los míos.
    “Eso pasó hace cinco respiraciones. Mi corazón enfermó, y temo que nunca sanará.
    Cirocco no se atrevió a romper el silencio cuando Maestra Cantora le dio la espalda. La titánida se levantó y paseó hacia la puerta, encarada a la oscuridad en tanto Cirocco contemplaba la fluctuación de la vela en la mesa. Maestra Cantora emitió sonidos que ciertamente eran los sonidos del llanto, aunque no sonaran como el llorar humano. Al cabo de un rato, la titánida volvió junto a la mujer y se sentó, con un aspecto de extrema fatiga.
    —Luchamos cuando la rabia nos domina. No dejamos de pelear hasta que los ángeles han muerto o regresan a su hogar.
    —Hablas de la respiración de Gea. Es algo extraño para mí.
    —La has escuchado gemir. Es un violento ventarrón que surge de las torres celestes. Frío por el oeste y caliente por el este.
    —¿Habéis intentado hablar con los ángeles? ¿Será que no escuchan vuestro canto?
    Maestra Cantora se encogió de hombros.
    —¿Quién puede cantar a un ángel, y qué ángel prestará atención?
    —Me sigue inquietando que nadie haya intentado… negociar con ellos —esa palabra resultó difícil. Finalmente se decidió por una que significaba ‘rendirse’ o ‘huir’ en un sentido literal—. Si os sentarais juntos y escucharais los cantos respectivos, quizá podríais tener paz.
    La frente de la titánida se arrugó.
    —¿Cómo puede existir el-sentimiento-de-armonía-entre-hermanos si ellos son ángeles? —la palabra que usó era la misma que Cirocco había elegido como la mejor entre muchas inadecuadas. Para las titánidas, ‘paz’ era un estado universal, apenas merecedor de comentarios. Entre titánidas y ángeles, el idioma no abarcaba un concepto que pudiera expresar algo siquiera parecido.
    —Mi gente no tiene enemigos de otras razas, sino que lucha entre sí —dijo Cirocco—. Pero hemos desarrollado medios de resolver estos conflictos.
    —Ese caso no es el nuestro. Tratamos perfectamente la hostilidad entre nuestra raza.
    —Quizá podríais enseñarnos algo respecto a eso. Pero por mi parte, ojalá pudiera enseñarte los medios que hemos aprendido. Algunas veces ambos bandos son demasiado hostiles para sentarse y conversar. En tal caso, usamos un tercer bando para mediar entre los enemigos.
    Maestra Cantora alzó una ceja, después bajó las dos con gesto suspicaz.
    —Si eso funciona, ¿por qué necesitáis tantas armas?
    Cirocco se vio forzada a sonreír. No era sencillo convencer de algo a las titánidas.
    —Porque no siempre funciona. Entonces nuestros guerreros tratan de destruirse mutuamente. Pero nuestras armas se han vuelto tan temibles que nadie las ha usado desde hace mucho tiempo. Hemos mejorado con la paz, y ofrezco como prueba que, siendo capaces de destruir todo nuestro planeta desde hace un mínimo de… digamos sesenta miriarrevs, no hemos hecho tal cosa.
    —Eso es el pestañeo de un ojo mientras Gea gira —cantó la titánida.
    —No estoy fanfarroneando. Es terrible vivir con el conocimiento de que no sólo tu… tu madre hembra, amigos y conocidos pueden ser aniquilados, sino también todos los miembros de tu raza hasta el niño más pequeño.
    Maestra Cantora asintió gravemente. Parecía impresionada.
    —Vosotros lo decidís. Nuestra raza puede ofreceros más guerra, o la posibilidad de paz —concluyó Cirocco.
    —Comprendo —cantó la titánida, preocupada—. Es una decisión seria.
    Cirocco optó por callarse. Maestra Cantora sabía que tenía a su alcance aprender con el armamento que Gene había ofrecido.
    La vela del soporte de la pared ardía con luz mortecina. Sólo la luz que tenían entre ambas sobrevivía para arrojar una iluminación danzarina sobre los rasgos femeninos de la titánida.
    —¿Dónde encontraré a ése que ha de estar en el medio? Creo que ese mediador resultaría herido por lanzas arrojadas por ambos bandos.
    Cirocco abrió los brazos.
    —Gustosamente ofreceré mis servicios como representante autorizada de las Naciones Unidas.
    Maestra Cantora estudió a Cirocco.
    —Sin que sea una falta de respeto hacia las na-cio-ne-su-ni-das, jamás hemos oído hablar de ellas. ¿Por qué habrían de interesarse en nuestras guerras?
    —Las Naciones Unidas siempre están interesadas en guerras. Francamente, no son mejores que lo que somos en conjunto, lo que equivale a decir que está muy lejos de la perfección…
    La titánida hizo un gesto de indiferencia, como si ya lo hubiera supuesto desde el primer momento.
    —¿Y por qué haríais eso por nosotras?
    —De todos modos, atravesaré el territorio de los ángeles, camino de ir a ver a Gea. Además, odio la guerra.
    Maestra Cantora pareció realmente impresionada por primera vez. Estaba claro que su opinión de Cirocco había mejorado de forma significativa.
    —No me habías dicho que fueras una peregrina. Esto arroja nueva luz al problema. Temo que eres una necia, pero es una necedad bendita —extendió los brazos por encima de la mesa y cogió la cabeza de Cirocco con sus manazas, se inclinó y le dio un beso en la frente. Fue el detalle más ceremonioso que la terráquea había observado de una titánida. y le afectó.
    —Vete, pues —dijo Maestra Cantora—. No pensaré más en nuevas armas. Las cosas ya son bastante terribles para emprender una ruta que debe conducir a la destrucción.
    La titánida hizo una pausa. Parecía ensimismada.
    —Si por casualidad llegaras a ver realmente a Gea. me gustaría que le preguntaras por qué tuvo que morir mi hija-hembra. Si no te responde, dale una bofetada y dile que es de parte de Maestra Cantora.
    —Lo haré.
    Cirocco se puso en pie, extrañamente animada, en cierta forma menos preocupada por el futuro que en los dos meses anteriores. Hizo ademán de marcharse, pero sentía curiosidad por algo.
    —¿Por qué ese beso? —preguntó.
    Maestra Cantora alzó la mirada.
    —Era el beso de la muerte. Después de que te hayas ido, jamás volveré a verte.

CAPITULO 17

    Hornpipe había asumido el papel de guía y fuente de información para la expedición humana. Dijo que su madre-hembra lo aprobaba, y que creía que sería una buena experiencia de aprendizaje. Los humanos eran los seres más excitantes pasados por Ciudad Titán en muchas miriarrevs.
    Cuando Cirocco expresó su deseo de ver el sitio de los vientos en las afueras de la población, Hornpipe preparó una comida campestre y dos odres de vino. Calvin y Gaby se ofrecieron como voluntarios para ir, pero August se quedó sentada y mirando por la ventana, algo que solía hacer. Gene no apareció. Cirocco recordó a Calvin que se había comprometido a quedarse con Bill.
    Bill dijo a Cirocco que esperara a que él estuviera curado. La capitana se vio obligada a recordarle que todavía seguía al mando. Bill lo fue olvidando conforme el confinamiento lo hacía quisquilloso y mezquino. Cirocco lo comprendía, pero a Bill le gustaba poco cuando ella se ponía en plan protector.
    —Bonito día para un pic-nic —cantó Hornpipe cuando Cirocco y Gaby se reunieron con ella al límite de la ciudad—. La tierra está seca. Tendríamos que ir y volver en cuatro o cinco revs.
    Cirocco se arrodilló y ató los cordones de los mocasines de cuero blando que las titánidas habían hecho para ella. Luego se irguió y observó el terreno en dirección al lugar donde asomaba en el diáfano ambiente el cable central-oeste de Rea, el lugar de los vientos.
    —Lamento desilusionarte —cantó la capitana—, pero a mí y a mi amiga nos costará una decarrev llegar allá, y lo mismo para volver. Planeamos acampar en la base y gozar de la falsa muerte.
    Hornpipe se estremeció.
    —Ojalá no lo hagáis. Me aterroriza. ¿Cómo sabrán los gusanos que no deben comeros?
    Cirocco se echó a reír. Las titánidas no dormían nunca. Para ellas ése era un detalle que las preocupaba tanto o más que la rara habilidad de mantenerse siempre en equilibrio sobre dos piernas.
    —Hay una alternativa. Temo ofenderte si la expreso. En la Tierra tenemos animales, no personas, que se parecen algo a vosotras. Nosotros nos montamos en sus espaldas.
    —¿En sus espaldas? —Hornpipe quedó confundida, hasta que su cara se iluminó al establecer la relación—. ¿Te refieres a que ponéis las dos piernas a cada lado de…? ¡Claro, ya comprendo! ¿Creéis que resultará?
    —Estoy ansiosa de probarlo si tú quieres. Dame una mano. No, gírala… Eso es. Voy a poner el pie encima… —así lo hizo, se agarró al hombro de Hornpipe, tomó impulso y montó. Se sentó en el amplio lomo con una cincha debajo y una alforja detrás de cada pierna—. ¿Te es cómodo?
    —Apenas noto que estás ahí. ¿Pero cómo te sostendrás?
    —Eso habrá que verlo. Yo pensaba que… —se interrumpió con un grito agudo. Hornpipe giró la cabeza por completo.
    —¿Qué ocurre?
    —Nada. Es que no somos tan flexibles como tú. Me cuesta creer que eres capaz de hacer eso. No importa. Vuélvete y ten cuidado por dónde vas. Y empieza lentamente.
    —¿Qué paso prefieres?
    —¿Eh? Ah. No entiendo de eso.
    —Bueno. Iré al trote primero y pasaré a un galope lento.
    —¿Te importa que te ponga los brazos alrededor?
    —En absoluto.
    Hornpipe describió un amplio, aumentando gradualmente la velocidad. Corría junto a Gaby, que gritaba y vitoreaba. Cuando Hornpipe se detuvo, Gaby apenas jadeaba.
    —¿Servirá? ¿Qué piensas? —preguntó Cirocco.
    —Creo que sí. Probemos con las dos.
    —Querría algo para tapar esta correa —dijo Cirocco—. Y en cuanto a Gaby, ¿por qué no buscamos otra titánida para ella?
    Al cabo de diez minutos Hornpipe había conseguido dos almohadones y otra voluntaria, un macho de pelaje color lavándula, con pelo blanco en cabeza y cola.
    —Hey, Rocky. Tengo una montura más fina que la tuya.
    —Depende de cómo lo mires. Gaby, me place presentarte a… —Cirocco cantó el nombre, invirtió la presentación y luego musitó confidencialmente a Gaby—: Llámale Flauta de Pan.
    —¿Qué hay de malo con Leo o George? —protestó Gaby, pero estrechó la mano de Flauta de Pan y montó fácilmente.
    Emprendieron la marcha, con las titánidas cantando una tonada de viaje que las mujeres acompañaron lo mejor que pudieron. Al finalizar esa canción aprendieron otra. Luego Cirocco pasó al ‘Maravilloso Mago de Oz’, siguió con ‘The Caissons Go Rolling Along’ y dijo: “Allá vamos, hacia la agreste lejanía azul”. Para las titánidas fue un deleite: ignoraban que los humanos tuvieran canciones.
    Cirocco había hecho un viaje en balsa por el río Colorado y había viajado en una cáscara de nuez por el Ofión. Había sobrevolado el Polo Sur y brincado a lo largo y ancho de los Estados Unidos en un biplano, había viajado en automotor por la nieve, montado en bicicleta, funicular y tren de gravedad y en cierta ocasión había dado un breve paseo en camello. Nada de esto era como montar una titánida bajo la bóveda de Gea, en ese largo atardecer eternamente al borde del ocaso. Delante de ella, una escalera al cielo brotaba del suelo y se retiraba en la noche.
    Cirocco echó la cabeza hacia atrás y cantó:
— “Hay un largo camino hasta Tipperary,
un largo camino que recorrer…


* * *

    El lugar de los vientos era roca dura y tierra torturada. Crestas que semejaban nudillos deformes empezaron a fruncir el terreno color pardo y entre ellas se abrieron profundas grietas. Las crestas crecieron hasta convertirse en dedos que aferraban la tierra y la estrujaban como una hoja de papel. Los dedos no tardaron en unirse a una mano curtida por la intemperie y luego a un largo brazo hirsuto que surgía de la noche.
    El ambiente jamás estaba en calma. Súbitas ráfagas procedentes de todas direcciones hacían que un millar de diablos polvorientos danzaran erráticamente en el camino de los excursionistas.
    Pronto escucharon el alarido. Era un sonido retumbante, nada agradable, pero sin la terrible tristeza del gran viento de Océano conocido como Lamento de Gea.
    Hornpipe les había dado cierta idea respecto a qué esperar. Las lomas que escalaban eran ramales de cable que emergían con un ángulo de treinta grados en relación al terreno y estaban cubiertos de tierra. El viento había erosionado el suelo hasta formar barrancos que corrían hacia la fuente del sonido.
    Empezaron a pasar junto a boquetes de succión abiertos en el suelo, algunos de no más de medio metro de ancho, otros lo bastante grandes para tragar a una titánida. Todos tenían su particular nota de silbido. Era una música inarmónica, sin métrica, como algunos de los experimentos más opacos de principios de siglo. Tras ella había una continua nota de órgano.
    Las titánidas ascendieron al último y largo cerro. Era terreno duro, rocoso, completamente depurado de polvo suelto, pero la espina de la cresta era estrecha y las grietas amplias y profundas. Cirocco confió en que las titánidas supieran cuándo era mejor detenerse. El fustigar del viento ya hacía lagrimear los ojos.
    —Este es el lugar de los vientos —cantó Hornpipe—. No nos atrevemos a llegar más cerca, ya que los vientos se hacen tan potentes que pueden arrastrarnos. Pero podréis ver al Gran Aullador si bajáis por la ladera. ¿Quieres que te lleve allá?
    —Gracias, iré andando —dijo Cirocco, y saltó a tierra.
    —Te mostraré el camino.
    Hornpipe empezó a bajar la pendiente dando pasos cortos, melindrosos. Daba la impresión de que iba a perder el equilibrio, aunque era evidente que no tenía problema alguno.
    Las titánidas llegaron a un declive vertical y lo siguieron hacia el este. Cuando Gaby y Cirocco llegaron al lugar notaron un incremento de viento y ruido.
    —¡Si esto empeora mucho más —gritó Cirocco—, creo que será mejor desistir!
    —Opino lo mismo.
    Pero cuando llegaron al punto donde las titánidas se habían detenido, comprobaron que no necesitaban ir más lejos.
    Había siete agujeros de succión visibles, todos en las extremidades de largas y escarpadas hondonadas. Seis de ellos medían entre cincuenta y doscientos metros de ancho. El Gran Aullador podría haberlos tragado a todos.
    Cirocco supuso que habría un kilómetro desde la base de la abertura hasta la cúspide y otro medio kilómetro en el punto más ancho. La forma oval era impuesta por la posición del hoyo entre dos ramales de cable que describían una cerrada ‘V’ al brotar del moreno suelo. En el sitio donde los ramales se unían, la gran boca de piedra pelada se abría al máximo.
    Los lados de la abertura eran tan lisos que destellaban a la luz del día como espejos retorcidos. Habían sido pulidos por mil años de viento y la arena abrasiva que éste transportaba. Vetas de mineral más ligero de la oscura roca les daban un lustre de madreperla.
    Hornpipe se inclinó y cantó cerca de la oreja de Cirocco.
    —Comprendo el motivo —gritó a su vez Cirocco.
    —¿Qué te ha dicho? —quiso saber Gaby.
    —Ha dicho que llaman muslo de Gea a este lugar.
    —Comprendo el motivo. Estamos en una de sus piernas.
    —Esa es la idea.
    Cirocco tocó el anca de Hornpipe y señaló la cima de la loma. Se preguntó qué sentirían las titánidas en aquel sitio. ¿Un temor reverente? Probablemente, no. Estaba justo en las afueras de la ciudad. ¿Acaso los suizos sentían un temor reverente por las montañas?
    Fue estupendo volver a una relativa tranquilidad. Cirocco permaneció junto a Hornpipe y examinó los alrededores. Si la base del cable era una mano gigantesca, como ella la había considerado antes, habían llegado al segundo nudillo de uno de los dedos.
    —¿Hay otro camino para subir? —cantó Cirocco—. ¿Un camino para llegar a esa gran planicie que hay arriba, sin que Gea nos chupe?
    Flauta de Pan, que era algo mayor que Hornpipe. asintió.
    —Sí, hay muchos. Esta gran madre de agujeros es el principal. Cualquiera de las otras lomas os permitirá alcanzar la planicie.
    —Entonces, ¿por qué no nos habéis llevado arriba?
    Hornpipe puso cara de sorpresa.
    —Dijiste que deseabas ver el lugar de los vientos, no trepar para conocer a Gea.
    —Me equivoqué —reconoció Cirocco—. ¿Pero cuál es el mejor camino hasta la cima?
    —¿Hasta la misma cima? —cantó Hornpipe, con los ojos, muy abiertos—. Yo solamente estaba bromeando. Naturalmente, no querrás ir allá arriba…
    —Voy a intentarlo.
    Hornpipe señaló el próximo cerro hacia el sur. Cirocco estudió el terreno a lo largo del precipicio. No parecía más difícil que la loma que habían escalado. Las titánidas habían empleado hora y media, de manera que ella podría hacerlo en seis, siete u ocho horas. Quedaban otras seis horas de pendiente hasta llegar a la planicie, y después…
    Desde aquella posición ventajosa el cable inclinado era una montaña inaccesible. Caía en declive unos cincuenta kilómetros, hacia la oscuridad por encima del límite de Rea. En tres de esos kilómetros no crecía nada; era tierra de color chocolate y roca gris. En una distancia similar sólo había árboles retorcidos y sin hojas. Más allá, la persistente vida de Gea había encontrado un apoyo. Cirocco no pudo determinar si se trataba de hierba o bosques, pero el cilindro del cable, de cinco kilómetros de diámetro, estaba repleto de incrustaciones verdes: la corroída cadena del ancla de un buque.
    El verdor se extendía hasta la zona del crepúsculo de Rea. La región no tenía bordes pronunciados; se inclinaba gradualmente conforme la oscuridad iba apagando el verdor, que disminuía a bronce, oro oscuro, plata sobre rojo de sangre y. finalmente, el color de nubes con la luna detrás. Para entonces el cable era casi invisible. El ojo seguía la curva imposible que menguaba hasta una cuerda, un hilo, una hebra, antes de unirse a la amenazadora oscuridad del techo y esfumarse en la abertura del radio, que se iba haciendo más y más estrecho. Pero estaba demasiado oscuro para alcanzar a ver algo más allá…
    —Creo que se puede —dijo Cirocco a Gaby—. Al menos hasta el techo. Confiaba en que hubiese habido alguna especie de elevador mecánico aquí en la base. Y tal vez lo hay, supongo, pero si nos ponemos a buscarlo… Tardaríamos meses —concluyó, al tiempo que agitaba una mano.
    Gaby estudió la pendiente del cable, suspiró y meneó la cabeza.
    —Iré donde tú vayas, pero estás loca, ¿sabes? Nunca pasaremos del techo. Échale un vistazo, ¿quieres? A partir de ahí, nos encontraremos trepando en la base de una pendiente de cuarenta y cinco grados.
    —Los montañeros lo hacen una y otra vez. Tú misma lo hiciste en el entrenamiento.
    —Claro. Diez metros. Ahora tendremos que hacerlo durante cincuenta o sesenta kilómetros. Y después, éstas son las buenas noticias, después sólo tendremos que subir en línea recta. Cuatrocientos kilómetros.
    —No será fácil. Debemos probarlo.
    —Madre de Dios —Gaby se golpeó la frente con el borde de la mano y bizqueó.
    Hornpipe había contemplado los gestos de Cirocco mientras ésta explicaba el problema. Entonces, la titánida empezó a cantar, largo.
    —¿Vas a trepar por las enormes escaleras?
    —Debo hacerlo.
    Hornpipe asintió. A continuación se inclinó y besó la frente de Cirocco.
    —Me gustaría que no lo hicierais, amigas —dijo Cirocco, en inglés.
    —¿Qué significa eso? —preguntó Gaby.
    —No importa. Volvamos a la ciudad.

* * *

    Se detuvieron tras abandonar la zona ventosa. Hornpipe sacó un trapo y todos tomaron asiento para la comida. El alimento estaba caliente, conservado en termos de cascara de nuez. Cirocco y Gaby comieron quizá diez termos entre las dos. y las titánidas devoraron el resto.
    Todavía se hallaban a cinco kilómetros de Ciudad Titán cuando Hornpipe volvió la cabeza, con una expresión en la que se mezclaba el pesar y la preocupación. La titánida fijó la mirada en el oscuro techo.
    —Gea respira —cantó tristemente.
    —¿Qué? ¿Estás segura? Creí que sería una cosa ruidosa y que tendríamos mucho tiempo para… ¿Significa eso que habrá ángeles?
    —Es ruidosa cuando sopla del oeste —corrigió Hornpipe—. La respiración de Gea es silenciosa si sopla del este. Me imagino que ya los oigo —dio un paso en falso, casi tiró a Cirocco.
    —¡Bueno, corred, maldito sea! Si estáis atrapadas aquí solas no tendréis oportunidad.
    —Es demasiado tarde —cantó Hornpipe, los labios abiertos dejaban ver los dientes brillantes. Sus ojos añoraban.
    —¡Muévete!
    Cirocco había practicado ese tono de mando durante años, y sin saber cómo logró traducirlo a un canto titanio. Hornpipe inició un súbito galope y Flauta de Pan la siguió a poca distancia.
    Muy pronto, incluso Cirocco oyó el gemido de los ángeles. El paso de Hornpipe vaciló; deseaba ardorosamente volver y ofrecer batalla.
    Se estaban acercando a un árbol solitario, y entonces Cirocco tomó una rápida decisión.
    —Frena. Deprisa, no tenemos mucho tiempo.
    Se detuvieron bajo las desplegadas ramas y Cirocco desmontó de un salto. Hornpipe trató de salir disparada pero Cirocco abofeteó la cara de la titánida, que así pareció calmarse algo.
    —Gaby, corta esas alforjas a trozos. ¡Flauta de Pan! ¡Alto! ¡Vuelve aquí ahora mismo!
    Flauta de Pan se quedó indeciso, pero volvió con los demás. Gaby y Cirocco se pusieron en acción con frenesí; con jirones que arrancaron de las propias ropas que se quitaron, hicieron tres fuertes cuerdas.
    —Amigas mías —cantó Cirocco en cuanto tuvo las ataduras—, no tengo tiempo para explicaciones. Os pido que confiéis en mí y hagáis lo que os diga.
    Puso en el canto hasta la última gota de resolución que poseía, en la modalidad usada por los viejos y sabios para con los jóvenes y alocados. Dio resultado, pero no demasiado. Ambas titánidas siguieron mirando hacia el este.
    Cirocco hizo que las titánidas se tendieran de costado.
    —Eso hace daño —se quejó Hornpipe cuando Cirocco le ató las patas delanteras.
    —Lo siento, es por vuestro bien —Cirocco ligó rápidamente los brazos y patas delanteras y después lanzó un odre a Gaby—. Métele en la garganta tanto como puedas. Quiero que esté tan borracha que ni moverse pueda.
    —De acuerdo.
    —Pequeña, quiero que bebas esto —cantó—. Tú también. Bebed muchísimo.
    Cirocco llevó el pezón del odre a los labios de Hornpipe. El sonido de los ángeles aumentaba. Las orejas de Hornpipe se retorcieron rápidamente hacia arriba y hacia abajo.
    —Algodón, algodón —musitó Cirocco. Arrancó retales de su ya deshilachada túnica y formó con ellos apretadas bolas—. Dio resultado para Ulises, tal vez lo dé para mí. Gaby, las orejas. Tápale las orejas.
    —¡Hace daño! —aulló Hornpipe—. ¡Suéltame, monstruo de la Tierra! No me gusta este juego —empezó a gemir, con notas que sólo ocasionalmente se traducían en palabras de odio.
    —Necesitas un poco más de vino —canturreó Cirocco.
    La titánida se atragantó con el vino que Cirocco vertió en su garganta. Los gritos de los ángeles ya resonaban mucho. Hornpipe se puso a chillar en señal de réplica. Cirocco asió las orejas de la titánida y las estrujó, acabando por abrigar la enorme cabeza en su regazo. Acercó los labios a una de las orejas y cantó una nana titánida.
    —¡Rocky, ayúdame! —gritó Gaby—. ¡Canta más fuerte! No conozco esas canciones —intentaba coger las orejas de Flauta de Pan, que chillaba y se debatía. De pronto dio un violento golpe con sus manos ligadas y se deshizo de Gaby.
    —¡Agárralo! ¡No dejes que se vaya!
    —¡Es lo que intento hacer!
    Gaby corrió detrás de la titánida y trató de sujetarle los brazos a los costados, pero Flauta de Pan era mucho más vigoroso que ella. La humana cayó por segunda vez. y se levantó con un corte en la ceja derecha.
    Flauta de Pan mordisqueó las ligaduras que inmovilizaban sus muñecas. La ropa se desgarró y la titánida se arañó las orejas.
    —¿Y ahora qué, Rocky? —gritó Gaby, desesperada.
    —Ven a ayudarme —dijo Cirocco—. Te matará si te pones en medio.
    Era demasiado tarde para detener a Flauta de Pan. Sus patas delanteras estaban libres y la titánida se retorcía como una serpiente al tiempo que rasgaba las ataduras que ligaban los otros dos miembros.
    Sin mirar siquiera a las mujeres y Hornpipe, Flauta de Pan salió al galope hacia Ciudad Titán. No tardó en desaparecer por la cima de una colina.
    Gaby pareció no darse cuenta de que lloraba cuando se arrodilló junto a Cirocco, ni tampoco hizo nada con el delgado hilo de sangre que se escurría por su cara.
    —¿Puedo ayudar en algo?
    —No lo sé. Tócala, cálmala, haz lo que se te ocurra para que se olvide de los ángeles.
    Hornpipe empezó a revolverse, dientes apretados, cara pálida. Cirocco la mantenía agarrada. Se acercaba tanto como se atrevía mientras Gaby deslizaba una cuerda en torno al pecho de la titánida y la maniataba al costado.
    —Chist, chist —musitó Cirocco—. No hay nada que temer. Te cuidaré hasta que vuelva tu madre-hembra. Te cantaré sus canciones.
    Hornpipe se tranquilizaba poco a poco, los ojos recuperaban la inteligencia que Cirocco observara ya desde el día que la conoció. Era infinitamente mejor que el animal terrible en que se había transformado.
    Transcurrieron otros diez minutos antes de que el último ángel pasara sobre sus cabezas. Hornpipe estaba empapada de sudor, como alguien que estuviera librándose de una intoxicación de heroína o alcohol.
    Cirocco rió nerviosamente a la espera del regreso de los ángeles. Se reclinó, de cara a Hornpipe, asiendo fuertemente la cabeza de la titánida, y se sorprendió cuando ésta empezó a moverse. No se trataba de una comprobación de las ligaduras, como los movimientos anteriores. Era algo claramente sexual. Hornpipe dio un húmedo beso a Cirocco. Su boca era tan grande y cálida que resultaba desconcertante.
    —Ojalá fuera un macho —canturreó ebriamente.
    Cirocco bajó la vista.
    —Jesús —susurró Gaby. El enorme pene de la titánida estaba fuera de su vaina, con la punta latiendo sobre el suelo.
    —Te considerarás hembra —canturreó Cirocco—, pero eres demasiado macho para mí.
    Hornpipe se lo tomó a broma. Rugió y trató de besar otra vez a Cirocco, pero desistió gentilmente cuando la mujer se apartó.
    —Te haría mucho daño —cloqueó la titánida—. ¡Ay, esto es para agujeros traseros, y tú no tienes ninguno! Si fuera un macho, tendría un miembro adecuado para ti.
    Cirocco sonrió y dejó que Hornpipe siguiera disparatando, pero sus ojos no sonreían. Miró a Gaby por encima del hombro de la titánida.
    —Ultimo recurso —dijo en voz baja y en inglés—. Si ves que fuera a liberarse, coge esa roca y golpéale en la cabeza. Si se aleja, estará perdida.
    —De acuerdo. ¿Qué está diciendo?
    —Quiere hacer el amor conmigo.
    —¿…con eso? Será mejor que le dé el golpe ahora.
    —No seas tonta. No corremos ningún peligro con ella. Si se suelta, ni siquiera nos verá. ¿Los oyes volver?
    —Creo que sí.
    Resultó que la segunda vez no tuvieron casi dificultad. No dieron una sola oportunidad a Hornpipe de que escuchara a los ángeles, y si bien la titánida sudó y se revolvió como si de alguna manera los advirtiera, nunca se agitó demasiado.
    Y luego los ángeles desaparecieron, de regreso a la eterna oscuridad del radio que pendía en lo alto sobre Rea.

* * *

    Hornpipe lloró cuando la liberaron; los desesperados sollozos de una niña que no entiende qué le ha sucedido. Después recurrió al mal genio y las quejas, sobre todo por sus doloridas patas y orejas. Gaby y Cirocco le frotaron las patas donde las ligaduras habían irritado la piel. Sus hendidos miembros estaban tan enrojecidos como gelatina de cereza.
    Hornpipe dio muestras de confusión respecto al paradero de Flauta de Pan, pero no se angustió al enterarse de que su compañera había ido a la batalla. Dio melosos besos a las dos mujeres y se apretó contra ellas amorosamente, no sin dejar de causar cierta preocupación en Gaby, pese a la explicación que dio Cirocco acerca de que las titánidas hacían excluyente separación entre el coito frontal y el trasero. Los órganos frontales eran para la producción de huevos semifértiles. que luego debían ser implantados manualmente en una vagina trasera y fecundados por un pene trasero.
    Cuando se irguió, Hornpipe estaba demasiado borracha para llevar encima a las humanas. Cirocco y Gaby le hicieron describir círculos y finalmente se encaminaron hacia la ciudad. En un par de horas podrían montar nuevamente en ella.
    Ciudad Titán estaba a la vista antes de que hubieran encontrado a Flauta de Pan.
    La sangre ya se había coagulado en su azulado pelaje. Una lanza sobresalía de su costado, apuntada al cielo. La titánida había sido mutilada.
    Hornpipe se arrodilló junto a ella y lloró mientras Gaby y Cirocco permanecían a su espalda. Había amargura en los labios de Cirocco. ¿Estaría Hornpipe culpándola de lo sucedido? ¿Habría preferido morir con Flauta de Pan, o esto era una irremediable noción terráquea? Las titánidas no parecían comprender la gloria de la batalla; se trataba de algo que hacían porque no podían evitarlo. Cirocco las admiraba por lo primero, sentía pena por ellas por lo segundo.
    ¿Había que alborozarse por la titánida salvada o llorar por la perdida? Cirocco no podía hacer ambas cosas, y por eso lloró.
    Hornpipe se irguió, con mucha más pesadez que nunca. Tres años de edad, pensó Cirocco. No significaba nada. Hornpipe tenía algo de la inocencia de un humano de idéntica edad, pero era una titánida adulta.
    Hornpipe recogió la cortada cabeza y la besó una vez. Después la dejó junto al cuerpo. No cantó nada; las titánidas carecían de canción para momentos como ése.
    Gaby y Cirocco montaron de nuevo en Hornpipe y la titánida partió hacia la ciudad a un lento trote.
    —Mañana —dijo Cirocco—. Mañana saldremos hacia el cubo de la rueda.

CAPITULO 18

    Cinco días después, Cirocco continuaba preparando la partida. Existía el problema de a quién y qué llevar.
    Bill estaba descartado, pese a las opiniones contrarias del interesado. Igual que August. Ella apenas hablaba; solía pasar el tiempo en el límite de la ciudad, respondía preguntas con monosílabos. Calvin no sabía si la mejor terapia sería dejarla o llevársela con ellos. Cirocco tenía que decidirse en favor de la misión, la cual se vería en problemas si August sufría un colapso nervioso.
    Calvin estaba descartado porque había prometido quedarse en Ciudad Titán hasta que Bill estuviera tan bien como para poder cuidar de sí mismo; después de eso, Calvin estaría libre de hacer lo que quisiera.
    Gene contaba. Cirocco lo quería en un lugar donde pudiera seguir echándole el ojo, lejos de las titánidas.
    Quedaba Gaby.
    —No puedes dejarme —dijo Gaby, no suplicante; apenas afirmaba una verdad incontrovertible—. Iré contigo.
    —No voy a obligarte. Estás pesadísima con esa obsesión que tienes conmigo y que yo no merezco. Pero salvaste mi vida, cosa que nunca he agradecido bastante, y deseo que sepas que nunca lo olvidaré.
    —No quiero tu agradecimiento —dijo Gaby—. Quiero tu amor.
    —No puedo dártelo. Me gustas, Gaby. ¡Caray, hemos estado juntas desde que empezó todo esto…! Haremos los primeros cincuenta kilómetros con Apeadero. No te forzaré a que subas.
    Gaby palideció, pero respondió con valor.
    —No tendrás que hacerlo.
    Cirocco asintió.
    —Como ya he dicho, tú decides. Calvin opina que podemos llegar hasta el nivel de la zona de crepúsculo. Los dirigibles no suben más alto debido a que a los ángeles no les gusta.
    —¿Así que vamos tú, yo y Gene?
    —Sí —Cirocco arrugó la frente—. Me alegra que vengas.

* * *

    Necesitaban muchas cosas y Cirocco no sabía cómo obtenerlas. Las titánidas disponían de un sistema de intercambio, pero los precios se establecían mediante una compleja fórmula que involucraba grados de relación, permanencia en la comunidad y necesidad. Nadie pasaba hambre, pero individuos de baja posición, como Hornpipe, no disponían más que de comida, cobijo y las simples necesidades de ornamentación corporal. Las titánidas consideraban que esto último era sólo ligeramente menos vital que el alimento.
    Existía un sistema de crédito, y Maestra Cantora hizo uso de parte del suyo, pero fijando de modo arbitrariamente alto la condición de Cirocco, fundamentalmente en la confianza de que la humana era su hija-hembra espiritual; argumentaba que debía ser adoptada como tal por la comunidad, debido a la naturaleza de su misión.
    La mayoría de las artesanas titánidas aceptó la idea. Se mostraron casi demasiado serviciales en el equipamiento de la expedición. Se confeccionaron mochilas con correas dispuestas para cuerpos humanos. Después, todo el mundo ofreció sus artículos más selectos.
    Cirocco había dispuesto que cada uno de ellos transportaría unos cincuenta kilos de masa. El bulto era grande, pero sólo pesaba doce kilos y pesaría menos conforme treparan hacia el cubo de la rueda. Gaby dijo que la aceleración centrípeta allí sería un cuarentavo de una gravedad.
    La cuerda era la primera consideración. Las titánidas tenían una planta que producía una cuerda buena, resistente, delgada y flexible. Cada uno de los tres humanos podría llevar un rollo de cien metros.
    Las titánidas eran buenas trepadoras, aunque fundamentalmente limitaban sus esfuerzos a los árboles. Cirocco habló de pitones a las herreras, que presentaron sus mejores logros. Por desgracia, el acero era novedad para las titánidas. Gene examinó los pitones y meneó la cabeza.
    —Es lo mejor que pueden hacer —dijo Cirocco—. Lo han templado, tal como les expliqué.
    —Sin embargo, no basta. Pero no te preocupes. Sea lo que fuere el interior del radio, no será roca. La roca jamás podría resistir las presiones que tratan de reventar este lugar. En realidad, no sé qué material tan fuerte podría ser.
    —Lo que significa simplemente que la gente que ha construido Gea conocía cosas que nosotros desconocemos.
    Cirocco no estaba demasiado inquieta. Los ángeles habitaban los radios. A menos que pasaran volando toda su vida, tenían que posarse en alguna parte. Si ellos se podían sentar en algo, a eso podría agarrarse Cirocco.
    Pidieron martillos para clavar los pitones, los más livianos y duros que las titánidas fueran capaces de hacer. Las metalistas los ofrecieron con hachetas y cuchillos, y amoladeras para afilarlos. Los tres terráqueos incluyeron en su equipo un paracaídas, cortesía de Apeadero.
    —Ropa —dijo Cirocco—. ¿Qué tipo de ropa deberíamos llevar?
    Maestra Cantora se sorprendió.
    —Yo no necesito ropa, tal como veis —cantó—. Algunos de los nuestros que tienen la piel lisa, como vosotros, llevan ropa en tiempo frío. Podemos hacer lo que deseéis.
    Y así fueron equipados con sedas de las mejores de pies a cabeza. En realidad no era seda, pero tenía la misma textura. Aparte de eso recibieron camisetas y calzoncillos de fieltro, dos juegos para cada uno, y jerseis tejidos para las partes superiores e inferiores del cuerpo. Se confeccionaron abrigos y pantalones de piel, guantes forrados de piel y mocasines de suela resistente. Tenían que estar preparados para todo y aunque la vestimenta ocupaba mucho espacio, Cirocco no la escatimó.
    Llevaron hamacas y sacos de dormir de seda. Las titánidas disponían de cerillas y lámparas de aceite. Cada uno cogió una lámpara y una pequeña provisión de combustible. Era poco probable que alcanzara para todo el viaje, pero con la comida y el agua la cosa tampoco iba mejor.
    —Agua —dijo Cirocco, preocupada—. Eso podría ser un gran problema.
    —Bueno, como tú has dicho, los ángeles viven allá arriba —Gaby estaba colaborando al ordenamiento del equipaje en el quinto día de preparativos—. Ellos tienen que beber algo…
    —Eso no significa que las charcas sean fáciles de encontrar.
    —Si vas a estar preocupándote todo el tiempo, más valdría que no fuéramos.
    Cogieron odres llenos de agua para nueve o diez días y después completaron el límite de masa con tanto alimento seco como cupo. Planeaban comer lo que comieran los ángeles, si era posible.
    El sexto día todo estaba preparado, y Cirocco aún tenía que enfrentarse a Bill. Le apenaba la perspectiva de tener que usar su autoridad para concluir la discusión, pero sabía que lo haría si llegaban a ese punto.

* * *

    —Todos estáis locos —dijo Bill, golpeando la cama con su palma—. No tenéis idea de qué encontraréis ahí. ¿Crees seriamente que podrás escalar una chimenea de cuatrocientos kilómetros de altura?
    —Lo veremos.
    —Os mataréis. A mil kilómetros por hora, cuando lleguéis al suelo.
    —Me figuro que la velocidad terminal en este ambiente no puede pasar mucho de doscientos por hora. Bill, si estás tratando de animarme, te está saliendo muy mal —Cirocco jamás había visto así a Bill, y le disgustaba.
    —Deberíamos permanecer todos juntos, y tú lo sabes. Sigues desequilibrada porque has perdido la Ringmaster, en tus intentos de hacerte la heroína.
    Aunque no hubiera habido ni una pizca de verdad en lo que Bill había dicho, no podría haberle causado más daño. Cirocco lo pensó largas horas cuando después trató de dormir.
    —¡Oxígeno! ¿Y si no hay oxígeno allá arriba?
    —No nos vamos a suicidar, Bill. Si es imposible, lo aceptaremos. Estás buscando pretextos.
    Los ojos de Bill suplicaron a Cirocco.
    —Te lo pido, Rocky. Espérame. Hasta el momento no había pedido nada, pero pido esto ahora.
    Cirocco suspiró e hizo una seña para que Gaby y Gene salieran de la sala. Cuando quedaron solos, la capitana se sentó en la cama y buscó la mano de Bill. El hombre la apartó. Cirocco se levantó al instante, furiosa consigo misma por intentar llegar a él de aquella forma, y con él por rechazarla.
    —Te desconozco, Bill —dijo en voz alta—. Pensaba que te conocía. Has sido un consuelo para mí cuando estaba sola y creía que podría amarte con el tiempo. No me enamoro fácilmente. A lo mejor soy demasiado suspicaz, no lo sé. Tarde o temprano todos exigen que yo sea como ellos quieren, y ahora. tú haces lo mismo…
    Bill no dijo nada, ni siquiera la miró.
    —Lo que estás haciendo es tan injusto que tengo ganas de gritar.
    —Ojála lo hicieras.
    —¿Por qué? ¿Para que yo concuerde con tu imagen de lo que se supone debe hacer una mujer? ¡Maldito sea, yo era capitana cuando me conociste! No creía que eso fuera tan importante para ti.
    —No sé de qué estás hablando.
    —Hablo del hecho de que, si me voy de aquí ahora, todo habrá terminado entre nosotros. Porque no esperaré a que mejores para que cuides de mí.
    —No sé de qué estás…
    Cirocco chilló en ese momento, y le sentó bien. Incluso pudo soltar una carcajada de amargura cuando terminó de gritar. Bill se quedó sorprendido. Gaby asomó la cabeza por la puerta y se esfumó al notar que Cirocco no prestaba ninguna atención a su presencia.
    —Muy bien, muy bien —dijo Cirocco—. Estoy desequilibrada, pues perdí mi nave y he tratado de cubrirme de gloria para encontrar alguna compensación. Estoy frustrada porque no he sido capaz de reunir a los tripulantes y hacer que funcionen, incluso hasta el punto de que el único hombre en quien creía que podía confiar para mis decisiones, me dice que me calle y que haga lo que él dice. Soy un bicho extraño, lo sé. Quizá soy demasiado consciente de cosas que serían diferentes si yo fuera hombre. Una se va sensibilizando al ver que eso sucede una y otra vez cuando trata de subir, y tiene que ser el doble de buena para conseguir el puesto.
    “Estás en desacuerdo con mi decisión de subir allá. Has expuesto tus inconvenientes. Dijiste que me amabas. No creo que sigas amándome, y lamento mucho que las cosas acaben así. Pero te ordeno que esperes aquí hasta que yo vuelva, y que no me digas nada más al respecto.
    Los labios de Bill estaban dispuestos de un modo que denotaba inflexibilidad.
    —Si no quiero que te vayas es porque te amo.
    —¡Dios mío, Bill, no quiero ese tipo de amor! “Te quiero, así que quédate quieta mientras te ato.” Lo que duele es que eres tú el que lo está haciendo. Si no puedes tenerme como una mujer independiente, capaz de tomar sus decisiones y cuidar de sí misma, no podrás tenerme de ninguna manera.
    —¿Qué tipo de amor es ése?
    Cirocco sintió ganas de llorar, aunque eso no le gustaba.
    —Ojalá lo supiera. Quizá no exista el amor. Es posible que una tenga que dejarse cuidar por el otro, lo que significa que me conviene más empezar a buscar un hombre que dependa de mí, porque no quiero que sea al revés. ¿Podemos limitarnos a cuidar el uno del otro? Me refiero a que cuando tú estés mal yo te ayudaré, y tú me echarás una mano cuando yo esté mal.
    —Da la impresión de que nunca estás mal. Acabas de decir que puedes cuidar de ti misma.
    —Cualquier ser humano debería poder hacerlo. Pero si crees que no estoy mal, no me conoces. Ahora mismo soy como una niña que se pregunta si me vas a dejar ir de aquí sin un beso, sin siquiera desearme buena suerte… —(¡Maldición, una lágrima!)
    Cirocco enjugó sus ojos rápidamente, no quería que Bill la acusara de usar las lágrimas como arma. Se preguntó cómo debería arreglárselas en situaciones de fracaso como esas. Fuerte o débil, siempre estaría a la defensiva al respecto.
    Bill se aplacó lo suficiente para un beso. Al separarse daba la impresión de que quedaba poco por decir. Cirocco sabía que Bill estaba herido, pero no podía determinar cuál había sido la reacción del hombre ante sus ojos secos. ¿Acaso aquello no lo hería más aún?
    —Vuelve tan pronto como puedas.
    —Lo haré. No te preocupes demasiado por mí. Mala hierba nunca muere.
    —No estoy muy seguro…

* * *

    —Dos horas, Gaby. Arriba.
    —Lo sé, lo sé. No me hables de eso, ¿quieres?
    Parecía que Apeadero había crecido, posado en la llanura al este de Ciudad Titán. Por lo general el dirigible nunca descendía por debajo de las copas de los árboles. Fue preciso que se apagaran todos los fuegos de la población para convencerlo de que aterrizara.
    Cirocco se volvió para mirar a Bill, apoyado en las muletas junto a la plataforma que las titánidas habían empleado para transportarlo. Bill agitó las manos y Cirocco contestó.
    —Lo retiro, Rocky —dijo Gaby, sus dientes rechinando—. Háblame.
    —Tranquila, chica, tranquila. Abre los ojos, ¿quieres? Mira por donde vas. ¡Upa!
    Diversos animales formaban una hilera dentro del estómago del dirigible, cual pasajeros del metro, impacientes por volver a casa. Se empujaban unos a otros al salir. Gaby fue derribada.
    —Ayúdame, Rocky —dijo con desesperación, sin atreverse más que a una rápida mirada a Cirocco.
    —Naturalmente —Cirocco lanzó su mochila a Calvin que ya estaba en el interior con Gene, y levantó a la otra mujer. Gaby era tan pequeña…, y estaba muy fría—. Dos horas.
    —Dos horas —repitió sombríamente Gaby.
    Se produjo un rápido batir de cascos y apareció Hornpipe en el esfínter abierto. La titánida asió del brazo a Gaby.
    —Aquí, pequeña —cantó—. Esto te ayudará en tus problemas —Hornpipe apretó un odre de vino en la mano de Gaby.
    —¿Cómo has sabido…? —empezó a decir Cirocco.
    —Vi el temor en sus ojos y recordé el servicio que ella me hizo. ¿He obrado bien?
    —Maravillosamente, chiquilla. Te doy las gracias en su nombre —Cirocco no hizo mención alguna del odre que llevaba en su mochila precisamente con ese mismo fin.
    —No volveré a besarte, puesto que has dicho que volverías. Buena suerte, y que Gea te lance de nuevo a nosotras.
    —Buena suerte.
    La abertura se cerró silenciosamente.
    —¿Qué ha dicho?
    —Quiere que te emborraches.
    —Ya he dado un trago, o diez. Pero ahora que lo dices…
    Cirocco permaneció con Gaby mientras ésta sucumbía a un ataque de chillidos, y le dio vino hasta ponerla casi al borde de la inconsciencia. Cuando estuvo segura de que Gaby no tendría problemas, Cirocco se reunió con los hombres en la parte delantera de la góndola.
    Ya estaban en el aire. El lastre de agua seguía vertiéndose de un agujero cercano a la nariz de Apeadero.
    Enseguida se encontraron en vuelo rasante sobre la superficie exterior del cable. Al mirar abajo, Cirocco vio árboles y zonas herbosas. Partes del cable estaban completamente cubiertas de maleza. El objeto era tan amplio que casi parecía una franja plana de tierra. No habría peligro de caer hasta que llegaran al techo.
    La luz empezó a desvanecerse poco a poco. En diez minutos se hallaron en unas tinieblas teñidas de naranja. Iban dirigidos hacia la noche eterna.
    Cirocco se entristeció al ver desaparecer la luz. Su fatigante persistencia había llegado a arrancarle maldiciones, pero al menos era luz… Ya no volvería a verla por un buen tiempo.
    Tal vez no volviera a verla nunca.
    —Este es el final del recorrido —dijo Calvin—. Apeadero os llevará un poco más abajo y os dejará junto al cable. Buena suerte, locos. Os estaré esperando.
    Gene ayudó a Cirocco a poner su equipo a Gaby y salió antes para sostenerla cuando tocara tierra. Cirocco observó desde arriba que la maniobra concluyera y después recibió un beso de suerte de Calvin. Se colocó el equipo en torno a las caderas y dejó que sus pies resbalaran por el borde.
    Cirocco descendió sobre la zona de crepúsculo.

CAPITULO 19

    Se sintieron más ligeros al aterrizar sobre el cable, cien kilómetros más cerca del centro de Gea…, y a cien kilómetros largos del suelo. La gravedad había disminuido desde casi un cuarto a menos de un quinto de g. La mochila de Cirocco pesaba cerca de dos kilos menos y su cuerpo, dos y medio menos.
    —Hay cien kilómetros hasta la unión del cable con el techo —dijo Cirocco—. Yo diría que aquí hay una pendiente de treinta y cinco grados. Por ahora será bastante fácil…
    Gene se mostró escéptico.
    —Más probable cuarenta grados, es mi opinión. Y muy cerca de cuarenta y cinco. Se va haciendo más pronunciada, digamos sesenta grados, antes de que alcancemos el nivel del techo.
    —Pero en esta gravedad…
    —No te rías de una pendiente de cuarenta grados —dijo Gaby. Se había sentado en el suelo, tenía aspecto demudado aunque animado. Había vomitado, pero opinaba que cualquier cosa era mejor que estar en el dirigible—. En la Tierra he escalado con un telescopio atado a la espalda. Hay que estar en buena forma, y nosotros no lo estamos.
    —Ella está bien —dijo Gene—. Yo he perdido peso. La escasa gravedad lo vuelve a uno lento.
    —Sois unos derrotistas.
    Gene sacudió la cabeza.
    —Simplemente, no creo que tengamos una posibilidad entre cinco. Y no olvidéis que la mochila abulta tanto como vosotras. Tened cuidado.
    —¡Caramba, estamos emprendiendo la mayor escalada jamás intentada por seres humanos! ¿Oigo canciones? No, sólo quejas.
    —Si hay que cantar canciones, será mejor que lo hagamos ahora. Más tarde no tendremos ganas.
    Bien, pensó Cirocco, lo he intentado. Sabía que el recorrido iba a ser duro, pero intuía que la parte más difícil no empezaría hasta que llegaran al techo, trayecto que Cirocco había pensado poder cubrir en cinco días.
    Se encontraban en un oscuro bosque. Árboles de vidrio nebuloso asomaban por encima de sus cabezas, filtrando aún mas la luz que llegaba a la zona de crepúsculo y que daba al conjunto un matiz bronceado. Las sombras eran cónicas e impenetrables, apuntaban en dirección este, hacia la noche. Una bóveda de hojas de celofán, rosas, anaranjadas, verdeazuladas y doradas, formaba un arco por encima: una extravagante puesta de sol en un atardecer estival.
    El suelo vibraba tenuemente bajo los pies de los humanos. Cirocco pensó en los descomunales volúmenes de aire que fluían por el cable hacia el cubo de la rueda y deseó que hubiera algún medio de utilizar aquella inmensa energía.
    La escalada no era difícil. El suelo era tierra dura, lisa, apisonada. La configuración del terreno quedaba dictada por el arrollamiento de los ramales bajo la delgada capa de tierra. El terreno se encorvaba para formar grandes crestas que. al cabo de algunos cientos de metros, doblaban en ángulo hacia los lados descendentes del cable.
    La vegetación se hacía más espesa donde la tierra era más profunda, entre los ramales del cable. Los expedicionarios adoptaron la táctica de seguir una cresta hasta que empezaba a rizarse bajo el cable para cruzar después una hondonada poco profunda hasta el siguiente ramal hacia el sur. Con eso irían bien otro medio kilómetro antes de que tuvieran que efectuar un nuevo cruce.
    Todas las hondonadas tenían una pequeña corriente de agua en el fondo. Ninguna de ellas era más que un chorro delgado, pero el líquido fluía rápidamente y abría profundos canales en el suelo, a lo largo de todo el camino por el cable. Cirocco supuso que los arroyos debían de separarse del cable en algún punto situado hacia el suroeste.
    Gea era tan prolífica aquí como en el llano. Muchos árboles tenían frutos y bullían de animales arbóreos. Cirocco reconoció una indolente criatura, del tamaño de un conejo, que era comestible y fácil de cazar.
    Al terminar la segunda hora la capitana comprendió que los otros habían estado en lo cierto. Lo supo cuando un calambre agarrotó su pantorrilla y la dejó tendida en el cálido suelo.
    —¡No hagáis comentarios, maldito sea!
    Gaby sonrió burlonamente. Compadecía a Cirocco, pero a pesar de todo se alegraba.
    —Es la pendiente. No parece muy difícil subir, tenéis razón en lo del peso. Pero es tan pronunciada que hay que avanzar apoyándose en la punta del pie.
    Gene se sentó junto a las dos mujeres, la espalda apoyada en el declive. A través de una rendija en los árboles se veía un fragmento de Hiperión, brillante y atractivo.
    —También el bulto es un problema —dijo Gene—. He tenido que andar con la nariz pegada al suelo para poder moverme.
    —Me duele la espalda —confirmó Gaby.
    —A mí también —dijo tristemente Cirocco. El dolor fue desapareciendo a medida que se masajeaba la pierna, pero volvería.
    —Esto es asquerosamente engañoso —dijo Gene—. Quizás iríamos mejor a cuatro patas. Estamos dando demasiado trabajo a nuestros muslos y pantorrillas. Tendríamos que repartir mejor el esfuerzo.
    —Bien dicho. Y eso nos ayudará a ponernos en forma para la parte vertical. Ahí el trabajo será de brazos, más que nada.
    —Los dos tenéis razón —dijo Cirocco—. Yo he estado apretando demasiado. Tendremos que pararnos con más frecuencia. Gene, ¿quieres sacar el botiquín de mi mochila?
    Había diversos remedios contra el cansancio y la fiebre: frascos de desinfectante, vendas, una provisión de anestésico local que Calvin había usado en los abortos e incluso una bolsa de bayas de efecto estimulante. Cirocco había probado las bayas. Había un folleto de primeros auxilios escrito por Calvin que explicaba cómo tratar problemas que iban desde una hemorragia nasal a una amputación. Y había un tarro redondo de ungüento violeta que Maestra Cantora había dado a la capitana “para los dolores de la ruta”. Cirocco subió la pernera de los pantalones y se frotó la pierna con un poco de bálsamo, con la esperanza de que diera tan buen resultado para humanos como daba para titánidas.
    —¿Lista? —Gene estaba de pie, ajustando su mochila.
    —Creo que sí. Ve tú adelante. No vayas tan deprisa como iba yo. Ya te diré si corres demasiado. Nos detendremos dentro de veinte minutos y descansaremos diez.
    —Perfecto.

* * *

    Quince minutos después Gene tuvo problemas. Soltó un aullido, se quitó bruscamente el calzado y frotó su pie.
    Cirocco se alegró de la oportunidad para descansar. Se estiró y buscó en un bolsillo el tarro de ungüento. Luego giró sobre su espalda y pasó el bálsamo a Gene, encima de ella en el declive. Con la mochila debajo, Cirocco estaba sentada en una posición bastante erguida, aunque sus piernas colgaban ladera abajo. Junto a ella, Gaby no se había preocupado por volverse.
    —Quince minutos de ascenso y quince de descanso.
    —Lo que tú digas, jefa —suspiró Gaby—. Me quedaré en carne viva por ti, subiré hasta que mis manos y pies sean restos sangrantes. Y cuando muera, escribe en mi lápida que morí como un soldado. Dame una patada cuando estés lista —y se puso a roncar muy fuerte, en tanto que Cirocco se echaba a reír. Gaby abrió un ojo en un gesto de suspicacia, y después rió también.
    —¿Qué tal “aquí yace una mujer del espacio”? —sugirió Cirocco.
    —“Cumplió con su deber” —agregó Gene.
    —“Honestamente” —Gaby aspiró profundamente—. ¿Dónde está el romance de la vida? Dices a alguien tu epitafio, ¿y qué obtienes? Chistes.

* * *

    La siguiente rampa de Cirocco se produjo durante el nuevo período de descanso. Rampas, en realidad, ya que en esta ocasión quedaron afectadas las dos piernas. Nada divertido.
    —Hey, Rocky —dijo Gaby, tocando el hombro de Cirocco de modo vacilante—. Es absurdo que nos suicidemos. Descansemos una hora esta vez.
    —Esto es ridículo —logró gruñir Cirocco—. No estoy tan falta de aliento. Lo que ocurre es que no me encuentro bien con el culo apoyado —miró a Gaby con aire de recelo—. No entiendo cómo es que tú no tienes calambres…
    —Estoy holgazaneando —admitió Gaby muy seria—. Ato una cuerda a ese culo que tú no quieres apoyar y dejo que hagas el trabajo de la burra.
    Cirocco tuvo que reírse, aunque débilmente.
    —Tendré que acostumbrarme —dijo la capitana—. Tarde o temprano estaré en mejor forma. Los calambres no acabarán conmigo.
    —No. Pero me disgusta verte dolorida.
    —¿Qué tal diez subiendo y veinte de descanso? —sugirió Gene—. Sólo hasta que empecemos a estar mejor.
    —No. Subiremos quince minutos o hasta que uno de nosotros no pueda seguir, aunque sea pronto. Luego descansaremos el mismo tiempo o hasta que seamos capaces de continuar. Haremos esto un total de ocho horas —consultó su reloj—. Es decir…, algo más de cinco horas a partir de este momento. Luego acamparemos.
    —Sigue dando órdenes, Rocky —replicó Gaby con un suspiro—. Es lo tuyo.

* * *

    Fue horroroso. Cirocco seguía llevándose la palma en cuanto a dolores, pero también Gaby empezó a experimentarlos.
    El bálsamo titanio ayudaba, pero tenían que usarlo muy poco. Cada uno llevaba su propio botiquín, y ya habían agotado la provisión de Cirocco, que confiaba en que pasados los primeros días de marcha no necesitarían del ungüento. Pero deseaba conservar al menos un tarro para la escalada en el interior del radio. Después de todo, no era un dolor insoportable. La ponía a punto de chillar cuando le cogía, luego se sentaba y aguardaba a que pasara.
    Al final de la séptima hora Cirocco aflojó el paso. Estaba un poco mortificada por su terquedad. Pensó que era casi como si hubiera querido probar hasta dónde Bill tenía razón al afirmar que ella se forzaba a ser ruda, a llegar a los límites de su resistencia y después, aún, algo más allá.
    Acamparon en la base de una hondonada. Recogieron leña para hacer una hoguera pero no se preocuparon en montar las tiendas. El ambiente era cálido y húmedo, y la hoguera dio una luz que fue bien recibida en la penumbra creciente. Se sentaron alrededor del fuego a una confortable distancia, apenas vestidos con su chocante ropa interior de seda.
    —Parecéis pavos reales —dijo Gene, echando un trago de su odre.
    —Un pavo real muy cansado —suspiró Cirocco.
    —¿Cuánto crees que hemos andado, Rocky? —preguntó Gaby.
    —Es difícil saberlo. ¿Quince kilómetros?
    —Yo diría que algo así —asintió Gene—. Conté los pasos entre varias crestas y obtuve el promedio. También llevé la cuenta de las crestas que hemos cruzado.
    —Los grandes cerebros piensan de esa manera —dijo Cirocco—. Quince hoy, veinte mañana. En cinco días estaremos en el techo —se tendió a contemplar los colores cambiantes de las hojas que había sobre su cabeza—. Gaby, te ha tocado. Mete la mano en esa mochila y búscanos algo de comer. Me comería una titánida.

* * *

    No hicieron veinte kilómetros el día siguiente; no hicieron ni diez.
    Se despertaron con las piernas doloridas. Cirocco estaba tan rígida que no podía doblar las rodillas sin respingar. Andaban a los tumbos mientras preparaban el desayuno y desmontaban el campamento. Se movían como octogenarios, y acabaron forzados a una serie de genuflexiones y ejercicios isométricos.
    —Sé que esta mochila es algunos gramos más ligera —gimió Gaby, mientras colgaba la bolsa a su espalda—. Me comí dos radones que había dentro.
    —La mía ha ganado veinte kilos —dijo Gene.
    —Quejas, quejas, quejas. Vamos, imbéciles. ¿Queréis vivir siempre?
    —¿Vivir? ¿Esto es vivir?

* * *

    La segunda noche llegó sólo cinco horas después de la primera porque Cirocco así lo decidió.
    —Gracias, oh Gran Señora del Tiempo —suspiró Gaby mientras se tumbaba sobre su saco de dormir—. Si lo intentamos, es posible que establezcamos un nuevo récord. ¡Un día de dos horas!
    Gene se dejó caer junto a Gaby.
    —Cuando enciendas el fuego, Rocky, tomaré cinco de esos filetes vegetales. Mientras tanto, camina despacio, por favor. Tus rodillas me despiertan con sus crujidos.
    Cirocco se llevó las manos a las caderas y los miró enfurecida.
    —Conque ésas tenemos, ¿eh? Tengo noticias para vosotros dos. Os supero en rango.
    —¿Ha dicho algo, Gene?
    —No he oído palabra.
    Cirocco renqueó por los alrededores hasta reunir suficiente leña para una hoguera. Arrodillarse para encenderla resultó ser un problema muy complicado, la capitana no estaba demasiado convencida de su capacidad para resolverlo; había que doblar articulaciones maltratadas en ángulos que éstas no querían aceptar.
    Pero al cabo de un rato los filetes vegetales hacían crepitar su grasa y Gene y Gaby volvieron sus narices a la fuente del celestial aroma.
    Cirocco tuvo las fuerzas suficientes para echar tierra sobre las brasas y desenrollar su saco de dormir. Ya dormía mientras se metía en él.

* * *

    El tercer día no fue tan malo como el segundo, del mismo modo que el incendio de Chicago no fue tan siniestro como el terremoto de San Francisco.
    Hicieron diez kilómetros sobre terreno cada vez más empinado en algo menos de ocho horas. Gaby observó al final que ya había dejado de sentirse octogenaria. Ahora le parecía tener setenta y ocho años…
    Fue necesario usar una nueva táctica para escalar. La creciente inclinación hacía más difícil el andar, incluso a cuatro patas. Los pies resbalaban y el afectado caía de estómago con brazos y piernas abiertos para evitar un resbalón hacia atrás.
    Gene sugirió que se fueran alternando en coger un cabo de la cuerda y arrastrarse tanto como ella cediera, atando a continuación el extremo a un árbol. Los otros dos, a la espera más abajo, disponían entonces de una fácil maniobra de avance. El que iba delante se esforzaría más durante diez minutos mientras los otros dos reposaban, y luego podría descansar dos turnos antes de ponerse en cabeza de nuevo. Así fue que hicieron trescientos metros de un tirón.
    Cirocco miró el arroyuelo próximo a su tercer campamento y pensó en tomar un baño; luego decidió no hacerlo. Comida era lo que deseaba. Gene aceptó su turno con cierto refunfuño ante la sartén.
    Antes de derrumbarse, Cirocco se sintió suficientemente bien como para examinar su mochila y comprobar el nivel de provisiones que quedaban.

* * *

    El cuarto día hicieron veinte kilómetros en diez horas, y al final del día Gene abrazó a Cirocco.
    Habían elegido lugar para acampar donde la amplitud de la corriente que seguían les permitía tomar un baño, y Cirocco se desnudó y se metió en el agua sin siquiera pensarlo. Habría sido agradable contar con jabón; tuvo que componérselas con arena muy fina que había en el fondo, y se restregó con ella. Gaby y Gene no tardaron en imitarla. Más tarde, Gaby se marchó siguiendo instrucciones de Cirocco para encontrar fruta fresca. No tenían toallas, así que Rocky se hallaba en cuclillas junto al fuego cuando Gene la rodeó con los brazos.
    Cirocco se irguió de un brinco esparciendo ramitas encendidas, y quitó de su pecho las manos de Gene.
    —Hey, basta —se sacudió y apartó.
    Gene no se avergonzó en lo más mínimo.
    —Vamos, Rocky. No es como si nunca nos hubiéramos tocado uno al otro.
    —¿Sí? Bueno, no me gusta que la gente se me eche encima a escondidas. Guárdate tus manos para ti.
    Gene se exasperó.
    —¿Así van a ir las cosas? ¿Qué se supone que debo hacer con dos mujeres desnudas a mi lado?
    Cirocco cogió su ropa.
    —No sabía que la visión de dos mujeres desnudas te hiciera perder el control de ti mismo. Lo tendré en cuenta.
    —Ahora estás enfadada.
    —No, no estoy enfadada. Tenemos que vivir juntos algún tiempo y no serviría de nada enfadarse —abotonó su camisa y observó cautelosamente a Gene por un instante; luego arregló la hoguera, con cuidado de dar la cara a Gene.
    —De todas maneras estás enfadada. Yo no pretendía nada con eso.
    —No me toques, eso es todo.
    —Te enviaría rosas y bombones, pero es un poco irreal.
    Cirocco sonrió y se tranquilizó en parte. En ese momento Gene volvía a parecerle el Gene que ella conocía, lo cual significaba una mejora respecto al Gene que había visto con sus ojos hacía un momento.
    —Escucha, Gene. Ya en la nave comprendimos que no nos correspondíamos como pareja, tú lo sabes. Estoy fatigada. hambrienta, y todavía me siento sucia. Todo lo que puedo decir es que, cuando crea estar dispuesta para algo, te lo haré saber.
    —Es suficiente.
    Ninguno de los dos dijo nada mientras Cirocco ampliaba la hoguera, pero cuidando de mantenerla en el pequeño lecho que había excavado en la tierra.
    —¿Tú… ¿Tú y Gaby tenéis alguna relación?
    Cirocco enrojeció, esperando que el rubor no se hubiera notado a la luz de la hoguera.
    —Eso no te importa.
    —Siempre pensé que ella era gay en el fondo —dijo Gene, asintiendo—. No creía que tú lo fueras.
    Cirocco aspiró profundamente y miró a Gene fijamente. Las sombras que volaban con rapidez no dejaban revelar nada en la cara de barba rubia del hombre.
    —¿Me estás pinchando deliberadamente? Te he dicho que eso no te importa.
    —Si no estuvieras chiflada por ella, habrías contestado simplemente que no.
    ¿Qué le ocurría? ¿Por qué Gene estaba haciendo que sintiera un hormigueo en la piel? Gene siempre había actuado con su estúpida lógica personal delante de la gente. Su fanatismo estaba cuidadosamente encubierto y era socialmente aceptable, de lo contrario jamás habría sido seleccionado para el viaje a Saturno. Gene actuaba torpe y alegremente en sus relaciones, se sorprendía sinceramente cuando la gente se ofendía por su falta de tacto. Era una personalidad bastante común, bien equilibrada, según su expediente psicológico, difícilmente calificable de excéntrico.
    Entonces, ¿por qué se sentía tan incómoda cuando Gene la miraba?
    —Será mejor que te lo cuente todo para que no hieras a Gaby. Ella está enamorada de mí. Tiene algo que ver con el aislamiento. Yo fui la primera persona que vio después, y adquirió esta obsesión. Creo que con el tiempo la vencerá, puesto que antes jamás había sido homosexual de un modo claro. Ni heterosexual, todo hay que decirlo.
    —Gaby lo encubrió —sugirió Gene.
    —¿En qué año estamos? ¿1950? Me asombras, Gene. Bien sabes que a esos tests de la NASA no se les escapa nada. Gaby tuvo una aventura homosexual, claro. Yo tuve una, igual que tú. Leí tu expediente. ¿Quieres que te diga la edad que tenías cuando sucedió?
    —Era sólo un niño. La cuestión es que supe lo de Gaby cuando hicimos el amor. Ninguna reacción, ¿comprendes? Apostaría a que no es lo mismo cuando lo hacéis vosotras dos.
    —Nosotras no… —se interrumpió, extrañada de haberse dejado arrastrar tan lejos—. Esta charla ha terminado. No quiero hablar más. Además, Gaby ya está aquí.
    Gaby se acercó a la hoguera y dejó una red llena de fruta al lado de Cirocco. Se acuclilló, miró pensativamente a sus compañeros y después se irguió y se vistió.
    —¿Me estaban sonando los oídos o era mi imaginación?
    Ni Gene ni Cirocco hablaron, y Gaby suspiró.
    —Otra vez lo mismo. Creo que estoy empezando a dar la razón a los tipos que opinan que las misiones espaciales tripuladas cuestan más de lo que valen.

* * *

    El quinto día les llevó irremisiblemente a la noche. Sólo tenían la iluminación espectral que reflejaban las zonas diurnas que se curvaban a cada lado. No era mucha luz, apenas la suficiente.
    El terreno era notablemente inclinado, con una capa de tierra más delgada. A menudo caminaron sobre cálidos y pelados ramales de cable, que ofrecían una mayor adherencia. Empezaron a atarse unos a otros, siempre atentos a que dos quedaran rezagados mientras el otro trepaba.
    Incluso allí la vida vegetal de Gea no se daba por vencida. Árboles imponentes extendían raíces en posición horizontal respecto al cable, enviaban mensajeros que se embrollaban bajo la superficie y se pegaban a ella de modo tenaz. El esfuerzo por manifestar alguna variedad de vida sobre un terreno tan poco atractivo había despojado de belleza a los árboles. Eran plantas sombrías y solitarias, los troncos translúcidos revelaban una débil luz interior que en las hojas era apenas vestigios insignificantes. En algunos lugares era posible usar las raíces como peldaños.
    Al final del día habían cubierto setenta kilómetros en línea recta y se encontraban cincuenta kilómetros más cerca del cubo de la rueda. Los árboles se habían aclarado tanto como para que los humanos pudieran comprobar que habían trepado sobre el nivel del techo, y que se habían adentrado en la estrecha cuña de espacio entre el cable y la bien formada boca del radio de Gea. Atrás vieron Hiperión extenderse hacia abajo, como si volaran en una cometa con una cuerda inmensa sujeta en el nudo rocoso denominado el lugar de los vientos.

* * *

    Distinguieron el resplandor del castillo de vidrio al principio del sexto día. Cirocco y Gaby se acuclillaron en una maraña de raíces y lo escudriñaron mientras Gene transportaba la cuerda hasta el pie de la estructura.
    —Quizá sea el lugar —dijo Cirocco.
    —¿Te refieres al vestíbulo de tu ascensor? —preguntó Gaby con algo de ironía—. Es tan posible como que yo monte en una montaña rusa con rieles de papel.
    Se parecía algo a una población de montaña italiana, pero hecha de algodón de azúcar, de un millón de años de antigüedad y semifundida. Cúpulas y balcones, arcos, contrafuertes volantes, almenas y techos lisos de estilo oriental estaban situados en una plataforma sobresaliente y rezumaban por el borde como almíbar vertido sobre una torta y enfriado al instante. Torres elevadas se proyectaban en todos los ángulos: lápices en un vaso. Eran altas y cenceñas. En las esquinas rutilaban flujos níveos o de azúcar de pastelería.
    —Es un armatoste, Rocky.
    —Ya lo veo. Déjame tener mi fantasía, ¿quieres?
    El castillo libraba una silenciosa batalla con espigadas enredaderas blancas. Parecía que la lucha era pareja; el castillo mostraba una herida mortal, pero cuando Cirocco y Gaby se unieron a Gene, oyeron que las enredaderas exhalaban el seco susurro de la muerte.
    —Como musgo negro —observó Gaby, arrancando un puñado de la enmarañada masa.
    —Pero más grande.
    —Que Gea no lo pueda elaborar en tamaño económico es algo que no tiene importancia.
    —¡Hay una puerta aquí! —gritó Gene—. ¿Queréis entrar?
    —Por supuesto.
    Había cinco metros de espacio plano entre el borde de la hondonada y la pared del castillo. No lejos de los expedicionarios había un arco redondeado, algo más alto que la cabeza de Cirocco.
    —¡Caramba! —resolló Gaby, reclinándose en la pared—. Andar por terreno plano es casi suficiente para marearse. Había olvidado cómo hacerlo.
    Cirocco encendió una lámpara y siguió a Gene bajo el arco y hacia un vestíbulo de vidrio.
    —Será mejor que estemos juntos —dijo.
    Había buenos motivos para tener precaución. En tanto que ninguna de las superficies era totalmente reflectora, el lugar tenía mucho en común con las barracas de espejos de ferias. A través de las paredes, por todos lados, podían ver habitaciones que también tenían muros de vidrio que daban a más habitaciones.
    —¿Cómo saldremos, una vez dentro? —preguntó Gaby.
    —Seguiremos nuestras huellas —dijo Cirocco, señalando el suelo.
    —Ah, qué tonta soy —Gaby se inclinó y observó el polvo fino que revestía el suelo. Había capas planas, de mayor tamaño, diseminadas en él—. Vidrio deslustrado. No os caigáis.
    Gene hizo un gesto negativo con la cabeza.
    —Así lo creí al principio, pero no es vidrio. Es delgado como una burbuja de jabón y no ha de tener filo.
    Gene eligió una pared y la apretó suavemente con la palma de la mano. El muro se derrumbó con un tenue sonido de campanilleo. Gene cogió uno de los fragmentos que caían flotando a su alrededor y lo aplastó en su mano.
    —¿Cuántas paredes podrás romper antes de que el segundo piso caiga encima de nosotros? —preguntó Gaby, señalando la sala que tenían encima.
    —Muchas, creo. Mira, este sitio es un laberinto, pero no lo era en principio. Caminamos a través de las paredes porque algo las rompió antes. Esto fue un montón de cubos, sin entrada o salida por ninguno de ellos.
    Gaby y Cirocco se miraron mutuamente.
    —Como la construcción que vimos bajo el cable —dijo Cirocco, hablando sólo con Gaby. Pero la frase iba dirigida a Gene.
    —¿Quién construye edificios con habitaciones que no tienen entrada ni salida? —preguntó Gaby.
    —El nautilo lo hace —dijo Gene.
    —¿Cómo?
    —El nautilo. Elabora su concha en espiral. Cuando la concha se hace demasiado pequeña, el molusco se mueve hacia arriba y cierra parte de la cubierta que deja atrás. Si lo cortas por la mitad es muy bonito. Se parece mucho a la construcción que habéis visto: habitaciones pequeñas abajo, habitaciones grandes arriba.
    —Pero parece que todas estas salas tuvieran el mismo tamaño —dijo Cirocco, extrañada.
    —La diferencia no es grande —Gene negó con un gesto de cabeza—. Esta sala es un poco más alta que la que hay allí. Habrá habitaciones más pequeñas en otra parte. Estos seres construyen hacia los lados.
    Imaginaron que las criaturas que construyeron el castillo de vidrio tenían que ser algo que actuara como el coral marino. La colonia abandonaba hogares cuando los superaba en tamaño, confiando en los restos. El castillo llegaba a elevarse sobre diez o más niveles. La fuerza estructural no provenía de los muros, finos como un tejido, sino de los intersticios que formaban los bordes. Eran como barras transparentes de lucita, gruesas como la muñeca de Cirocco, muy duras o resistentes. Si todas las paredes del castillo se hubieran derrumbado, el perfil permanecería, igual que el esqueleto de un rascacielos.
    —Sea quien fuere el constructor, no ha sido el último en usar el castillo —sugirió Gaby—. Alguien entró aquí e hizo un montón de modificaciones, a menos que estas criaturas fueran mucho menos complejas de lo que hemos supuesto. Pero todo el mundo se fue hace mucho tiempo, al parecer…
    Cirocco hizo esfuerzos por no desilusionarse, pero el intento no le hizo ningún bien. Era una ciudad abandonada. Todavía estaban lejos de la cumbre y daba la impresión de que tendrían que escalar hasta el último metro.

* * *

    —No te enfades.
    —¿Qué ocurre? —Cirocco se despertó poco a poco. Costaba creer que hubieran pasado ya ocho horas, pensó.
    Pero ¿cómo lo sabía Gene? Ella tenía el reloj.
    —No lo mires —las palabras fueron pronunciadas en el mismo tono apacible, pero Cirocco se quedó paralizada con el brazo a medio levantar. Vio el rostro de Gene, color naranja a la luz de la mortecina hoguera. El hombre estaba arrodillado sobre ella.
    —¿Por qué…? ¿De qué se trata, Gene? ¿Algo va mal?
    —No te enfades, eso es todo. No quería hacerle daño, pero no podía permitir que ella me observara, ¿no te parece?
    —¿Gaby?
    Cirocco empezó a levantarse y Gene hizo que viera el cuchillo. Con la intensificada conciencia del momento, Cirocco vio varias cosas: Gene estaba desnudo; Gaby yacía de espaldas, desnuda, y al parecer, no respiraba; Gene tenía una erección. Había sangre en las manos del hombre. Los sentidos de Cirocco se agudizaron al máximo. Escuchó la respiración uniforme de Gene, olió sangre y violencia.
    —No te enfades —dijo Gene, en tono moderado—. No quería hacerlo así, pero tú me has forzado…
    —Sólo dije que…
    —Estás enfadada, lo sé —Gene suspiró ante la incorrección de todo el asunto y mostró un segundo cuchillo, el de Gaby, en su mano izquierda—. Si piensas en ello, tendrás que culparte tú misma. ¿De qué crees que estoy hecho? Sois mujeres. ¿Es que vuestras madres os dijeron que fuerais autosuficientes? ¿Es eso?
    Cirocco trató de pensar una respuesta segura, pero era obvio que Gene no deseaba respuesta. El hombre se acerco más y puso la punta de un cuchillo bajo el mentón de Cirocco. Rocky retrocedió; el filo mordió la blanda carne. El arma era más fría que los ojos de Gene.
    —No entiendo por qué haces esto.
    Gene vaciló. El segundo cuchillo había estado moviéndose en dirección al vientre de Cirocco; Gene se detuvo con el arma justo fuera de la visión de la mujer. Cirocco se mojó los labios y deseó poder volver a ver el cuchillo.
    —Es una buena pregunta. Siempre he pensado en ello. ¿Qué hombre no lo hace? —Gene examinó los ojos de Cirocco en busca de comprensión y aparentó desolación al no encontrarla—. ¡Ah!, ¿y para qué? Tú eres mujer.
    —Compruébalo —el cuchillo se movió de nuevo. Cirocco lo sintió apretado contra la parte interna de su muslo. Brotó sudor de su frente—. No tienes que hacerlo así. Aparta el cuchillo y te daré cualquier cosa que quieras.
    —Ah-ah —otra vez el cuchillo, meneándose de un lado a otro como el dedo reprensivo de una madre—. No soy un estúpido. Sé cómo actuáis vosotras las mujeres.
    —Te lo juro. No ha de ser de esta forma.
    —Tiene que serlo. He matado a Gaby y tú no lo olvidarás. Nunca fue correcto, ¿sabes? Siempre estáis provocándonos. Nosotros siempre calientes y vosotras siempre diciendo no —se expresaba despectivamente, pero la expresión desapareció con rapidez para ser reemplazada una vez más por la tranquilidad. A Cirocco le había gustado más el desprecio—. Sólo estoy arreglando las cosas. Cuando me dejasteis allí solo en la oscuridad decidí hacer lo que me apeteciera. He hecho amigos en Rea. No te van a gustar demasiado. Soy el capitán a partir de ahora, como debería haber sido desde el principio. Harás lo que yo diga. Ahora no hagas ninguna tontería.
    Cirocco contuvo la respiración cuando el afilado cuchillo rasgó su ropa interior. Creyó saber para qué usaría el cuchillo Gene, y se preguntó si no sería mejor ser tonta y morir que estar viva y mutilada. Pero en cuanto la ropa estuvo cortada, Gene no hizo más cortes. La atención de Cirocco volvió al cuchillo que tenía bajo el mentón.
    Gene penetró en ella. Cirocco volvió la cabeza y la punta del cuchillo la siguió. Dolía mucho, pero eso no importaba. Lo importante era la crispadura de la mejilla de Gaby, el rastro que su mano había dejado en el polvo mientras se acercaba al hacha, su ojo semiabierto y el destello en él.
    Cirocco miró a Gene y no tuvo problemas para poner miedo en su voz.
    —¡No! ¡Oh, por favor, no, no estoy preparada! ¡Me vas a matar!
    —Estás preparada cuando yo digo que lo estás —Gene bajó la cabeza y Cirocco se atrevió a echar un vistazo a Gaby, que pareció comprender. Su ojo se cerró.
    Todo sucedía a mucha distancia. Cirocco no tenía cuerpo; era el cuerpo de otra persona el que dolía tan espantosamente. Sólo la punta del cuchillo en su mentón tenía significado, hasta que Gene empezó a cansarse.
    ¿Cuál será el precio del fracaso de Gene?, se preguntó. Perfecto. Entonces Gene no puede fracasar. Ha de llegar el momento en que su atención vacile, pero ella tenía que asegurarse de que ese momento realmente llegara. Y empezó a moverse bajo el hombre. Fue lo más desagradable que había hecho en su vida.
    —Ahora vemos la verdad —dijo Gene, con una sonrisa soñadora.
    —No hables, Gene.
    —Muy bien. ¿Ves como es mejor si no te opones?
    ¿Era su imaginación, o su piel no estaba tan tensa bajo el cuchillo? ¿Había retrocedido el cuchillo? Cirocco saboreó el pensamiento, con cuidado de no engañarse, y se afirmó en la certeza. Había adquirido una sensibilidad exquisita. El ligero alivio de presión era como el levantamiento de un peso enorme. Gene tendría que cerrar los ojos. ¿Acaso los hombres no cierran siempre los ojos?
    Gene los cerró y Cirocco estuvo a punto de actuar, pero el hombre volvió a abrirlos rápidamente. Me está probando, maldición. Pero Gene no vio engaño. Cirocco era por lo general una actriz mala, pero el cuchillo le había dado inspiración.
    La espalda de Gene se encorvó. Los ojos se cerraron. La presión del cuchillo desapareció.
    Nada salió bien.
    Cirocco movió rápidamente el brazo en una dirección, giró la cabeza en sentido contrario; el cuchillo cortó su mejilla. Tiró un puñetazo hacia la garganta del hombre con la intención de machacarla, pero Gene se apartó lo suficiente. La capitana se retorció, pateó, sintió el cuchillo que tajaba su paletilla. Entonces se encontró de pie…
    …pero no corriendo. Sus pies no tocaron el suelo durante unos instantes de agonía mientras esperaba la cuchillada.
    No hubo cuchillada y Cirocco, apenas apoyada en un dedo del pie, brincó de nuevo y se alejó de Gene. Miró por encima del hombro mientras se hallaba en el aire y comprendió que su patada había sido más fuerte de lo que imaginara. El golpe había alzado del suelo a Gene y sólo en aquel momento volvía a tocarlo. Gaby seguía en el aire. La adrenalina estaba haciendo que los músculos terráqueos se comportaran alocadamente en baja gravedad.
    La caza podía durar una eternidad, pero aceleró con gran rapidez.
    Cirocco no quería que Gene supiera que Gaby estaba detrás de él. Gene jamás habría perseguido tan obstinadamente a Cirocco de haber visto la cara de Gaby.
    Habían acampado en la plaza central del castillo, una zona plana que los constructores no habían subdividido. La hoguera se encontraba a veinte metros de la primera galería de salas. Cirocco todavía estaba acelerando cuando topó con la primera pared. No frenó el avance en momento alguno y aplastó una docena de muros antes de alzar los brazos para asir una de las vigas. Dio un giro de noventa grados y ascendió, dando tumbos a través de tres techos antes de pararse en el aire. Escuchó ruidos de cosas rotas mientras Gene avanzaba a trompicones. sin comprender la maniobra.
    Cirocco apoyó los pies en una viga y volvió a subir. Ascendió acompañada de una nube de fragmentos de vidrio, retorciéndose y recuperando un movimiento ensoñadoramente lento. Brincó de lado y atravesó tres paredes antes de pararse. Se abrió paso a la izquierda, subió otro piso, continuó y bajó otros dos.
    Se detuvo a escuchar, agazapada junto a una viga.
    Había un lejano retintín de vidrio que se rompía. Todo estaba oscuro. Cirocco se hallaba en medio de un laberinto de cámaras que se extendía hasta el infinito en todas direcciones: hacia arriba, hacia abajo y hacia los lados. No sabía dónde estaba, pero tampoco lo sabía Gene, y Cirocco quería que fuera así.
    Los ruidos de vidrio roto se hicieron más audibles y Cirocco vio que Gene atravesaba la sala que estaba a su izquierda, flotando hacia arriba. La mujer se movió a la derecha y hacia abajo cogiéndose de una viga dos pisos más cerca del suelo y desviando su impulso de nuevo a la derecha. Se detuvo, los pies descalzos en otra viga. A su alrededor, vidrios rotos caían y se posaban lentamente.
    Cirocco no habría sabido que tenía a Gene tan cerca si la lluvia de vidrios no lo hubiera precedido. Gene había estado caminando a lo largo de las vigas, pero el peso de su pie apoyado fue demasiado para una hoja intacta que ya soportaba los restos dejados por Cirocco al pasar. La hoja se hizo añicos y el vidrio cayó como copos de nieve. Cirocco giró en torno a la viga y se lanzó hacia abajo impulsándose con los pies.
    La caída fue dura. Cirocco se volvió, aturdida, y vio que Gene aterrizaba de pie, tal como habría hecho ella si hubiera tenido un maldito mínimo de lógica en la cuenta de los pisos. Recordó haber pensado en eso mientras tenía a Gene, de pie a su lado. Luego vio el hacha que golpeaba al hombre, y perdió el conocimiento.

* * *

    Recobró el conocimiento de repente, chillando, cosa que antes nunca había hecho. No sabía dónde se encontraba, pero había estado otra vez en la panza de la bestia, y no a solas. Gene estaba allí, explicando tranquilamente por qué pretendía violarla.
    La había violado. Dejó de chillar.
    No estaba en el castillo de vidrio. Había una cuerda en torno a su cintura. El terreno descendía frente a ella. Mucho más abajo se hallaba el oscuro mar plateado de Rea.
    Gaby estaba a su lado, aunque muy ocupada. Tenía dos cuerdas en su cintura. Una de ellas subía la pendiente hasta el mismo árbol al que estaba atada Cirocco. La otra pendía rígidamente en la oscuridad. Las lágrimas habían abierto un canal en la sangre seca del rostro de Gaby. Estaba empleando un cuchillo para cortar una de las cuerdas.
    —¿Eso que hay ahí es la mochila de Gene, Gaby?
    —Sí. El no la necesitará. ¿Cómo te encuentras?
    —No muy bien. Sube a Gene, Gaby.
    Gaby levantó la mirada, boquiabierta.
    —No quiero perder la cuerda.

* * *

    El rostro de Gene era una ruina sangrienta. Un ojo estaba cerrado por la hinchazón, el otro era meramente una rendija. Su nariz estaba partida y le faltaban tres dientes delante.
    —Vaya caída —observó Cirocco.
    —No es nada, comparado con lo que yo tenía en mente.
    —Abre su mochila y venda esa oreja. Todavía está perdiendo sangre.
    Gaby estaba a punto de estallar, pero Cirocco hizo que desistiera con una firme mirada.
    —No pienso matarlo, así que no lo sugieras.
    La oreja de Gene había sido arrancada por el golpe de hacha de Gaby; un acto maquinal e instintivo de parte de ella, que sólo pretendió plantar el hacha en una sien. Pero el instrumento había girado en el aire y dado un golpe indirecto a Gene, tan fuerte como para dejarlo sin conocimiento. Gene gemía mientras Gaby lo vendaba.
    Cirocco empezó a revisar la mochila de Gene y a sacar las cosas que les serían útiles. Se quedó con las provisiones y las armas, arrojó a un lado todo lo demás.
    —Si lo dejamos con vida, nos seguirá. Ya lo sabes…
    —Quizás, y podría arreglármelas muy bien si no lo hace. Lo mejor es que salte por el borde.
    —Entonces, ¿por qué cuernos estoy…?
    —Con el paracaídas. Desátale las piernas.
    Ajustó el equipo en torno a su entrepierna. Gene gimió de nuevo, y Cirocco apartó la vista de lo que Gaby había hecho allí al hombre.
    —Creyó que me había matado —estaba diciendo Gaby, atando el último nudo de los vendajes—. Quería hacerlo, pero yo volví la cabeza.
    —¿Es grave?
    —No es una herida profunda, pero sangra mucho. Me quedé aturdida y es una suerte que yo hubiera estado tan débil, de no poder moverme después de lo que él… Después de que… —su nariz rezumaba, la enjugó con el dorso de su mano—. Perdí el conocimiento casi al momento. Lo siguiente que recuerdo es que Gene estaba inclinado encima de ti.
    —Me alegro de que despertaras entonces. Me hice un lío con la fuga. Y gracias por haber salvado otra vez mi trasero.
    Gaby la miró con aire desolado, y Cirocco lamentó inmediatamente las palabras que había escogido. Daba la sensación de que Gaby se sentía personalmente responsable de lo ocurrido. No es fácil quedarse inmóvil mientras están violando a quien amas, pensó Cirocco.
    —¿Por qué lo dejas seguir con vida?
    Cirocco bajó los ojos para mirar a Gene, y tuvo que reprimir una repentina y ardiente rabia hasta que hubo recuperado el control.
    —Yo… Ya sabes que él nunca fue así antes.
    —No sé eso. El siempre ha sido un jodido animal en lo interior, o no habría hecho esto.
    —Todos lo somos. Lo ocultamos, lo guardamos dentro, pero Gene ya no puede. Me habló como un niño herido, no enfadado, sólo herido porque las cosas no le han salido como él las había ensoñado. Algo le sucedió después del choque, igual que a mí. Y lo mismo que a ti.
    —Pero nosotras no hemos intentado matar a nadie. Escucha, que se tire en paracaídas. Muy bien. Pero creo que debería dejar los testículos aquí —Gaby alzó el cuchillo, pero Cirocco hizo un gesto negativo con la cabeza.
    —No. Nunca me ha gustado demasiado, pero estamos juntos. Era un buen tripulante y ahora que está loco… —iba a decir que en parte se sentía responsable, que Gene jamás se habría vuelto loco si ella hubiera mantenido la nave intacta. pero las palabras no surgieron—. Le doy la oportunidad por lo que fue. Dijo que tenía amigos allá abajo. Quizá sólo estaba desvariando, o tal vez lo recojan. Déjale las manos libres.
    Gaby obedeció y Cirocco hizo rechinar los dientes al empujar el cuerpo con el pie. Gene empezó a deslizarse, y pareció que se daba cuenta de la situación en que se encontraba. Chilló cuando el paracaídas se arrastró a su espalda y luego se desvaneció en la curva del cable.
    Gaby y Cirocco no alcanzaron a ver si el paracaídas se abrió.

* * *

    Las dos mujeres se quedaron sentadas allí bastante rato. Cirocco temía decir algo. Estaba la posibilidad de que se pusiera a llorar y no fuera capaz de contenerse, y no era momento para eso. Había heridas que cuidar, y una excursión que concluir.
    La cabeza de Gaby no estaba tan mal. Habrían sido precisos algunos puntos, pero el desinfectante y un vendaje era todo lo que tenían. Le quedaría una cicatriz en la frente.
    Igual que a Cirocco, por culpa de su topetazo con el suelo del castillo. También le quedaría otra cicatriz desde el mentón hasta la oreja izquierda y otra más en la espalda. Ninguno de los cortes era tan grave como para que Cirocco se preocupara demasiado.
    Se dieron atención mutua y cargaron las mochilas. Cirocco miró el largo tramo de cable aún por escalar hasta llegar al radio.
    —Creo que deberíamos regresar al castillo y descansar antes de acometer la subida —dijo—. Un par de días. Para recobrar fuerzas.
    Gaby miró hacia arriba.
    —Oh, claro que sí. Pero lo que viene será más fácil. Encontré una escalera cuando os traía aquí.

CAPITULO 20

    La escalera surgía de una gran pila de arena en el límite más elevado del castillo de vidrio y subía en línea recta como una flecha hasta que se hacía imposible seguirla con la vista. Los escalones medían metro y medio de ancho y cuarenta centímetros de alto, y parecían esculpidos en la superficie del cable.
    Después de un buen rato de marcha por la escalera, Gaby y Cirocco empezaron a pensar que aquella ruta tal vez les serviría poco. Se curvaba hacia el sur, hacia la bajada escarpada. Seguramente sería infranqueable al cabo de poco.
    Pero los escalones se mantuvieron perfectamente uniformes. Las dos mujeres pronto se encontraron caminando sobre una plataforma escalonada con un inmenso muro que se elevaba a un lado y un abrupto precipicio al otro. No había barandilla ni protección alguna. Subieron apretadas al muro, temblando con cada ráfaga de viento.
    Después la plataforma escalonada se convirtió en un túnel.
    Fue algo que sobrevino gradualmente. Aún quedaba espacio abierto a la derecha, pero el muro había empezado a retorcerse sobre sus cabezas. El camino se curvaba bajo el cable.
    Cirocco trató de visualizarlo: siempre en ascenso, pero serpenteando en torno a la parte exterior del cable.
    Después de otros dos mil pasos se encontraron en un ambiente negro como la noche.
    —Escaleras —murmuró Gaby—. Construyen una cosa así y le ponen escaleras —se había detenido para sacar las lámparas. Gaby llenó la suya y arregló la mecha. Iban a encenderlas una con la otra, y confiaban en que el aceite les alcanzaría hasta que salieran del túnel.
    —Quizá fueran chiflados saludables —sugirió Cirocco. Encendió una cerilla y la acercó a la mecha—. Es probable que ésta fuera una medida de emergencia, por una pérdida de potencia.
    —Bien, me alegro de que las escaleras estén aquí —admitió Gaby.
    —Es probable que hubiera escaleras todo el camino y que más abajo estén cubiertas de tierra. Esto significa que el lugar ha estado abandonado largo tiempo. Los árboles de aquí arriba deben de ser nuevas mutaciones.
    —Lo que tú digas —Gaby mantuvo en alto la lámpara y miró hacia adelante, luego hacia atrás, donde todavía se veía un resquicio de luz, y entornó los ojos—. Fíjate, es como si estuviéramos en un recodo de la ruta. Se curva siguiendo la parte externa, luego dobla a la izquierda y sigue en línea recta.
    Cirocco estudió el camino y creyó que Gaby tenía razón.
    —Da la impresión de que pudiéramos cortar por el centro.
    —¿Ah, sí? ¿Recuerdas el lugar de los vientos? Todo aquel aire va por aquí, a algún lugar.
    —Si este túnel lleva allá, ya lo habríamos sabido. Nos habría aplastado de un soplo.
    Gaby observó la escalera a la fluctuante luz de la lámpara. Olfateó el aire.
    —Hace bastante calor aquí. ¿Y si el calor aumentara?
    —No hay modo de saberlo si no entramos más.
    —Oh, oh —Gaby se tambaleó y la lámpara amenazó con caer de sus dedos. Cirocco cogió por el hombro a su compañera.
    —¿Te encuentras bien?
    —Sí, yo… No, maldición, no estoy bien —se apoyó en la pared del cálido corredor—. Estoy mareada y se me doblan las rodillas —levantó la mano libre y la examinó: temblaba ligeramente.
    —Quizás un día de descanso no ha sido suficiente —Cirocco consultó el reloj, contempló el corredor y arrugó la frente—. Confiaba en estar al otro lado y volver a la parte superior del cable antes de que descansáramos.
    —Puedo hacerlo.
    —No —dijo Cirocco—. No me siento tan animada. El problema es si acampamos aquí en el corredor, que está tan caliente, o si vamos afuera.
    Gaby volvió la mirada hacia la bajada escarpada, muchos escalones atrás.
    —No me importa un poco de sudor.

* * *

    Había algo especial en tener una hoguera, aun cuando el ambiente estuviera tan insoportablemente caluroso. No lo discutieron; Cirocco cogió ramitas y musgo de la mochila de Gene y empezó a encender un fuego. Enseguida logró una llamarada crujiente. La mantuvo como una tacaña mientras realizaban la tarea mecánica de montar un pobre campamento. Desenrollaron los sacos de dormir, sacaron las cacerolas y los cuchillos, y eligieron las provisiones para la cena.
    Formamos un buen equipo, pensó Cirocco, agachada mientras observaba cómo Gaby cortaba verduras y las echaba en los burbujeantes restos del guiso de la noche anterior. Las manos de Gaby eran pequeñas y hábiles, con manchas marrones marcadas en las palmas. Ya no podían desperdiciar agua para lavarse.
    Gaby se enjugó la frente con el dorso de la mano y miró a Cirocco. Sonrió… Una sonrisa fugaz, tentadora, que se amplió cuando la capitana sonrió a su vez, con un ojo casi cubierto por una venda. Gaby sumergió la cuchara en el guiso y la sorbió ruidosamente.
    —Estos rábanos, o lo que sean, son mejores cuando crujen —dijo—. Dame tu plato.
    Gaby sirvió una generosa ración y las dos se sentaron, casi juntas, y comieron.
    Delicioso. Escuchando ruiditos, el crepitar del fuego y el roce de cucharas en los platos de madera, Cirocco agradeció poder estar tranquila y no pensar en nada.
    —¿Tienes más sal?
    Cirocco rebuscó en su mochila y encontró la bolsa, y también dos dulces olvidados, envueltos en hojas amarillas. Apretó uno en la mano de Gaby y se echó a reír al ver que los ojos se le iluminaban. Dejó el plato y desenvolvió la confitura, del tamaño de un caramelo, y la mantuvo bajo la nariz para olería. El aroma era demasiado bueno para comérsela toda de golpe. La partió en dos y el sabor de albaricoques en almíbar y nata dulce estalló en su boca.
    Gaby se puso histérica ante la expresión de gozo de su compañera. Cirocco se comió la otra mitad y se puso a lanzar miradas codiciosas sobre el dulce que Gaby había dejado a su lado en tanto se esforzaba por mantenerse seria.
    —Si lo vas a guardar para el desayuno, tendrás que montar guardia toda la noche.
    —Oh, no te preocupes. Tengo suficientes buenas maneras para saber que el postre va después de la comida.
    Gaby se tomó cinco parsimoniosos minutos en desenvolver el dulce, y otro buen rato en examinarlo críticamente, farfullando sin remedio ante las payasadas de Cirocco. Rocky hizo una imitación pasable de un cocker spaniel ante la mesa servida y un pillo sin hogar frente al escaparate de una pastelería, y se quedó boquiabierta cuando Gaby, por fin, se llevó el dulce a la boca.
    Cirocco se divertía tanto, que le dolió estar preguntándose —mientras olisqueaba ansiosamente con la cara pegada a la de Gaby— si aquella bobada era sensata. Estaba claro que Gaby se sentía en el paraíso con tantas atenciones; su rostro enrojecía de alegría y excitación, sus ojos chispeaban.
    ¿Por qué ella, Cirocco, no podía limitarse a gozar de la situación sin tensiones?
    Tuvo que dejar que parte de su preocupación se manifestara pues Gaby se puso bruscamente seria. Tocó la mano de Cirocco y la miró con apremio, después movió lentamente la cabeza de un lado a otro. Ninguna de las dos se atrevió a hablar, aunque Gaby acababa de expresar con más claridad que con palabras: “No tienes nada que temer de mí”.
    Cirocco sonrió, y Gaby hizo lo mismo. Rebañaron los restos del guiso con los platos cerca de la boca y sin preocuparse por los buenos modales.
    Pero ya no fue lo mismo. Gaby guardó silencio. Enseguida sus manos empezaron a temblar y el plato cayó estruendosamente por los escalones. Gaby se levantó, jadeando y sollozando, y la mano de Cirocco en su hombro hizo que gesticulara de un modo alocado. Sus rodillas se pusieron tensas, sus manos se apretaron bajo la barbilla. Sumergió su cara en el cuello de Cirocco y lloró.
    —¡Oh, sufro, sufro mucho!
    —Entonces sácalo. Llora.
    Cirocco apoyó la mejilla en el corto cabello de la chica, finísimo y negro, y que empezaba a tomar un aspecto desgreñado. Alzó el mentón de Gaby y buscó un lugar no cubierto de vendas que pudiera besar. Se decidió por la mejilla, pero en el último instante, sin saber por qué lo hacía, la besó en los labios. Estaban húmedos y muy cálidos.
    Gaby la miró un largo instante, aspiró ruidosamente por la nariz y volvió a poner la cabeza en el hombro de Cirocco. Se escondió en el hueco del cuello y se quedó quieta, sin temblores, sin sollozos.
    —¿Cómo puedes ser tan fuerte? —preguntó, la voz amortiguada pero muy cercana.
    —¿Cómo puedes ser tan valiente? Te obstinas en salvarme la vida.
    —No, hablo en serio. Si no te tuviera a ti para ayudarme ahora mismo, me volvería loca. Y tú ni siquiera lloras.
    —No lloro así como así.
    —¿No basta una violación? —escudriñó de nuevo los ojos de Cirocco—. ¡Dios mío, sufro tanto…! Sufro por culpa de Gene y sufro por ti. No sé qué es peor.
    —Gaby, me complacería hacer el amor contigo si eso te ayudara a evitar el sufrimiento, pero yo también sufro. Físicamente.
    Gaby movió la cabeza de un lado a otro.
    —Eso no es lo que deseo de ti, aunque te sintieras bien. Te ‘complacería’. Eso no es bueno. No soy Gene, y antes me guardaría el sufrimiento de tenerte de ese modo. Me basta con amarte.
    ¿Qué decir? ¿Qué decir…? Aferrarse a la verdad, se dijo Cirocco.
    —No sé si alguna vez podré… corresponderte así, de esa forma. Pero ayúdame —abrazó a Gaby y enjugó rápidamente su nariz—, ayúdame, eres la mejor amiga que he tenido.
    Gaby suspiró tenuemente.
    —Eso tendrá que bastar, por ahora —Cirocco pensó que Gaby se pondría a llorar otra vez, pero no fue así. Abrazó una vez a Cirocco, brevemente, y la besó en el cuello—. La vida es muy dura, ¿verdad? —preguntó con una vocecita.
    —Lo es. Vamos a dormir.

* * *

    Se pusieron en tres escalones; Gaby se tendió en el más alto, Cirocco —agitándose y revolviéndose— en el siguiente, y las brasas de la hoguera un peldaño más abajo.
    Pero Cirocco gritó por la noche y se despertó en una oscuridad total. El sudor corría por su cuerpo mientras esperaba que Gene atacara. Gaby la sujetó hasta que la pesadilla terminó.
    —¿Cuánto tiempo llevas aquí? —preguntó Cirocco.
    —Desde que me puse a llorar otra vez. Gracias por dejarme estar contigo.
    ¡Embustera! Pero Cirocco sonrió al pensarlo.

* * *

    El calor fue aumentando durante otros mil escalones, tanto calor que no era posible tocar las paredes y las suelas del calzado quemaban. Cirocco saboreó la derrota, sabiendo que al menos habría varios miles de peldaños más antes de que se encontraran en el punto medio, desde el cual podrían esperar un enfriamiento.
    —Otros mil escalones —dijo—. Suponiendo que podamos llegar tan lejos. Si no refresca, volveremos atrás y lo intentaremos por la parte externa.
    Pero Cirocco sabía que el cable era demasiado empinado en ese punto. Los árboles habían ido distanciándose de un modo inconveniente desde antes de que entraran al túnel. La inclinación del cable alcanzaría ochenta grados antes de que llegaran al radio. Cirocco se vería enfrentada a su hipotética montaña de vidrio, la peor posibilidad que había imaginado al preparar la expedición.
    —Como tú digas. Un momento, quiero quitarme esta camisa. Me estoy ahogando.
    Cirocco también se desnudó, y las dos continuaron la marcha a través del horno.
    Quinientos escalones más arriba volvieron a ponerse la ropa. Al cabo de otros trescientos peldaños, abrieron las mochilas y sacaron los abrigos.
    Empezaba a formarse hielo en los muros y la nieve crujía bajo los pies. Se pusieron los guantes y alzaron las capuchas de los abrigos. De pie a la luz de la lámpara, que se había vuelto sorprendentemente brillante con las paredes blancas que la reflejaban, observaron cristales de hielo que se condensaban con su respiración. Al mirar adelante vieron un corredor que sin duda alguna se estrechaba.
    —¿Otros mil peldaños? —aventuró Gaby.
    —Me has leído la mente.
    El hielo no tardó en obligar a Cirocco a bajar la cabeza y luego a caminar sobre manos y rodillas. Volvió a oscurecer con rapidez mientras Gaby iba en cabeza con la lámpara delante. Cirocco se detuvo, apoyada en sus ateridas manos, apretó el vientre contra el suelo y se arrastró.
    —¡Hey, estoy pegada! —se complació al no oír pánico en su voz. La situación era inquietante, pero sabía que podría soltarse si retrocedía.
    Los sonidos de rascaduras que surgían delante de ella cesaron.
    —Bueno. No puedo volverme aquí, pero se está ensanchando. Iré delante y veré lo que hay. Veinte metros, ¿eh?
    —De acuerdo.
    Cirocco escuchó cómo los sonidos se alejaban. La oscuridad se cerró en torno a ella y apenas tuvo tiempo de producir un sudor muy frío antes de que la luz la deslumbrara. Gaby regresó en un instante. Había cristales de hielo en sus cejas.
    —Este es el peor punto, aquí mismo.
    —Entonces pasaré. No he llegado tan lejos para que tenga que acabar como el corcho de una botella…
    —Eso es lo que te pasa por comer tantos dulces, gorda.
    Gaby no podía arrastrarla, así que retrocedió y logró sacar el pico de cobre de su mochila. Astillaron el hielo y volvieron a intentar.
    —Echa todo el aire —sugirió Gaby, y tiró de las manos de Cirocco, que avanzó.
    Tras ellas, un trozo plano de hielo de un metro de largo cayó del techo y patinó estrepitosamente hacia la luz diurna.
    —Por eso debe estar abierto este pasillo —dijo Gaby—. El cable es flexible. Oscila y el hielo se raja.
    —Eso y el aire caliente que tenemos detrás. Hasta que topemos, ¿de acuerdo? Muévete.
    Enseguida pudieron ponerse en pie y poco después el hielo fue simplemente un recuerdo. Se quitaron los abrigos y se preguntaron qué vendría a continuación.
    El retumbo se inició cuatrocientos escalones más adelante. Fue haciéndose más fuerte hasta que resultó fácil imaginar máquinas enormes zumbando al otro lado de las paredes del túnel. Uno de los muros estaba caliente, pero sin comparación con el calor que ya habían cruzado.
    Gaby y Cirocco estaban convencidas de que se trataba del sonido del aire que era chupado del lugar de los vientos hacia un desconocido destino muy en lo alto. Otros dos mil escalones las llevaron fuera del ruido y a una nueva zona cálida. Se apresuraron a atravesarla, sin preocuparse por desnudarse ya que sabían que se hallaban muy cerca del otro extremo del túnel. Tal como esperaban, el calor menguó después de alcanzar un máximo de sauna que Cirocco estimó en setenta y cinco grados.
    Gaby seguía en cabeza, y vio la luz primero. No era más brillante que en el otro lado, sólo una pálida franja plateada que se iniciaba a la izquierda y que se ensanchó gradualmente hasta que las humanas se encontraron en un reborde junto al cable. Se dieron mutuas palmaditas en la espalda y empezaron a trepar de nuevo.

* * *

    Atravesaron la parte superior del cable, siempre ascendiendo, siempre dirigidas hacia el sur, cruzaron la amplia joroba y bajaron de nuevo por el otro lado. El cable estaba completamente pelado allí; sin árboles, sin tierra aferrada a él. Era la primera vez que Gea presentaba el aspecto de máquina que Cirocco le había atribuido desde el principio: la increíble. enorme construcción hecha por seres que aún podrían estar vivos en el cubo de la rueda. El cable desnudo era liso y recto, en aquel punto se alternaba con una pendiente de sesenta grados y se aproximaba al fulgurante borde inferior del radio. El trozo de espacio entre el cable y el radio se había estrechado a menos de dos kilómetros.
    En el lado sur las escaleras penetraron en otro túnel. Las dos mujeres pensaban que estaban preparadas, pero el nuevo túnel estuvo a punto de jugarles una mala pasada. Se apresuraron por la primera zona de calor y se congratularon al sentir que la temperatura empezaba a bajar de nuevo. Alcanzó los cincuenta grados y después subió otra vez.
    —¡Maldición! Es una estructura distinta. ¡Vamos!
    —¿En qué dirección?
    —Retroceder será tan malo como avanzar. ¡Muévete!
    Sólo estarían en peligro si una de ellas se caía y lesionaba, pero el detalle asustó a Cirocco y le recordó que jamás debía prejuzgar a Gea. Había olvidado que el cable estaba formado por ramales arrollados y que el curso del fluir, frío o caliente, podía ser bastante complejo.
    Cruzaron la zona de vibración, que seguía estando en el centro, la zona fría, que no se hallaba tan atascada por el hielo como la primera, y volvieron a salir al lado norte del cable.
    Atravesaron la parte superior y se metieron en el tercer túnel. Lo recorrieron y volvieron a salir a la cima.
    Hicieron lo mismo otras siete veces en dos días. Habrían ido más deprisa de no haber sido por un retraso en el cuarto túnel. que estaba tan cargado de hielo que hasta Gaby tuvo que picarlo para poder meterse. Les costó ocho gélidas horas abrir un camino.
    Pero la siguiente vez que llegaron al lado sur del cable no había túnel. El ángulo de ascenso estaba comprendido ahora entre ochenta y noventa grados, y la escalera empezaba a enroscarse a lo largo de la cara externa como la raya roja de un bastón de menta.
    Ninguna de las dos mujeres quiso acampar en un saliente de metro y medio de ancho que pendía sobre un precipicio de doscientos cincuenta kilómetros. Cirocco sabía que se agitaba mientras dormía y que una de las sacudidas podía llevarla irremediablemente lejos. Así, aunque las dos estaban cansadas, siguieron la penosa marcha por el exterior del cable, siempre apretando el hombro izquierdo a la tranquilizadora solidez.
    A Cirocco no le gustaba lo que veía sobre su cabeza. Cuanto más se acercaban, más imposible parecía la empresa.
    Sabían por sus observaciones desde el exterior que todos los radios tenían una sección transversal ovoide, con cincuenta kilómetros de grosor en un sentido y algo menos de cien en el otro, antes de que se abrieran para unirse al margen del techo. Acababan de pasar por la sección que se ensanchaba y las paredes del radio, que apenas podían ver, eran casi verticales. Pero no habían contado con el labio que recorría por completo el monstruoso diámetro del tubo del radio. Al parecer llegaba fácilmente a los cinco kilómetros de anchura.
    El cable parecía cruzar el labio sin junturas, y probablemente continuaba por encima y seguía viajando hacia algo que lo uniría al cubo de la rueda. Durante una de sus paradas de descanso estudiaron el labio, que daba la impresión de estar justo por encima de sus cabezas, pero que sin embargo se encontraba a dos kilómetros de distancia. Se trataba de un techo imponente para sus esfuerzos, interminablemente extenso hasta que la abertura, reducida por la perspectiva, se hacía visible. La abertura medía cuarenta por ochenta kilómetros, pero para llegar a ella tenían que atravesar cinco kilómetros colgando de la parte inferior del labio.
    Gaby miró a Cirocco y alzó una ceja.
    —No busques problemas sin motivo. Gea ha sido buena con nosotras hasta ahora. Sube, amiga mía.

* * *

    Y Gea volvió a ser buena con ellas. Cuando llegaron al punto superior del cable había otro túnel que perforaba el vasto techo grisáceo.
    Encendieron la lámpara, advirtiendo que no quedaba demasiado aceite, y empezaron a trepar. El túnel se curvaba a la izquierda como si el cable siguiera allí, aunque las dos mujeres ya no podían estar seguras de tal cosa. Contaron dos mil escalones, luego otros dos mil.
    —Se me ocurre que esto podría ir directamente hasta el cubo de la rueda. Y si crees que esto es una buena noticia, será mejor que lo pienses otra vez.
    —Lo sé, lo sé. Sigue subiendo.
    Cirocco pensaba en el aceite de la lámpara, el estado de las provisiones y los semivacíos odres de agua. Quedaban todavía trescientos kilómetros hasta el cubo de la rueda. A tres escalones por metro, casi un millón de escalones… Cirocco miró el reloj y cronometró el paso que llevaban.
    Seguían un ritmo de dos escalones por segundo; sólo ligeros contactos con las puntas de los pies para alzarles a la altura suficiente que les permitiera tocar el siguiente escalón. La gravedad de aquel nivel había caído casi a un octavo; la mitad de la ya baja gravedad que tenían cuando partieron.
    Dos peldaños por segundo era medio millón de segundos de marcha. Ocho tres tres tres coma tres, etc., minutos, ciento treinta y ocho horas o casi seis días. O mejor, el doble de esa cifra, para incluir períodos de reposo y sueño, en una estimación pesimista…
    —Sé en qué piensas —dijo Gaby a espaldas de Cirocco—. ¿Pero podemos hacerlo a oscuras?
    Gaby había tocado el punto importante. La comida podía durar dos semanas. El agua podría alcanzar si se racionaba. aunque no para bajar.
    Pero el ítem más crítico en aquel momento era el aceite de las lámparas. Sólo había reservas para no más de cinco horas, y ningún medio de obtener más.
    Cirocco siguió rumiando, tratando de elaborar una matemática que las llevara hasta el final, hasta que salieran al suelo del radio.

* * *

    Ninguna otra cosa había hecho que Cirocco se sintiera tan insignificante. Ni O’Neil Uno, ni las estrellas del espacio, ni el suelo de la misma Gea. Era capaz de verlo todo, y su sentido de la perspectiva fracasaba rotundamente.
    Resultaba imposible determinar la curvatura de los muros. Igual que un horizonte puesto vertical, las paredes se extendían alejándose de ella hasta que de repente empezaban a torcerse, haciendo que el espacio pareciera más semicircular que redondo.
    Todo estaba bañado por una luminiscencia verde claro. La fuente luminosa estaba formada por cuatro hileras verticales de ventanas que enviaban rayos inclinados hacia abajo hasta cruzarse mutuamente en el vacío centro.
    No del todo vacío. Corriendo en línea recta como una regla hacia el espacio central había tres cables verticales unidos igual que una trenza y flotando, dentro y fuera de los rayos de luz, se hallaban curiosas nubes cilíndricas que se retorcían lentamente mientras las dos mujeres las contemplaban.
    Cirocco recordó haber pensado que los oscuros y angostos espacios situados bajo el cable que habían explorado eran como una catedral. Gea había agotado su reserva de superlativos, pero Cirocco sabía que aquello sólo había sido una capilla abandonada. Esta era la catedral.
    —Creía que ya lo había visto todo —dijo Gaby, en voz baja, señalando la pared a su espalda—. ¿Pero una jungla vertical?
    No había otro modo de describir el panorama. Colgando de las paredes, prolongándose hacia fuera o ramificándose, el interior del radio estaba incrustado de más de aquellos árboles ubicuos. Menguaban de tamaño, convirtiéndose a cierta distancia indeterminada en una lisa alfombra de verdor.
    Más allá había un techo gris.
    —¿Dirías que hay trescientos kilómetros hasta allá arriba?
    Gaby entornó los ojos, luego trazó una cuadrícula con los dedos e hizo cálculos con cierto sistema personal.
    —Eso cubre el número exacto de grados.
    —Siéntate. Pensemos en esto.
    Cirocco necesitaba sentarse más que pensar. Hasta aquel momento había creído de verdad que podían lograrlo. Ahora comprendió que la decepción había sido alentada por la incapacidad de visualizar el problema. Entonces podía examinarlo, y se acobardó en su interior. Trescientos kilómetros, en vertical.
    En vertical. Hacia arriba.
    Debió de haber estado loca.
    —Primero. ¿Da la impresión de que haya algún paso que atraviese ese techo?
    Gaby miró y se encogió de hombros.
    —No significa nada. Había un paso hasta este techo, ¿no? Nunca lo veríamos desde aquí.
    —Exacto. Pero confiábamos en que hubiera una escalera hasta la parte superior. ¿Ves alguna?
    —No.
    —Exacto. Creía que estas escaleras constituían un camino que había sido creado para caminar hasta lo alto si era necesario. Ahora pienso que todo lo que los constructores tenían en mente era una ruta precisamente hasta este lugar, este punto.
    —Puede ser —Gaby entornó los ojos—. Pero los constructores tienen que haber dejado un camino para llegar al cubo de la rueda. Es probable que no pretendieran que esos árboles estuvieran ahí. Han cubierto todo, como en el cable.
    —Y en ese caso…, ¿qué?
    —Tenemos un infierno de escalada por delante —concluyó Gaby por ella—. Con toda esa maleza a lo mejor no encontramos nunca la entrada. Tal vez sea más fácil de localizar desde arriba.
    —Exacto, y van tres veces. Sólo estoy tratando de aclararlo. ¿sabes? Se me ha ocurrido que si dentro de cuatro o cinco días, digamos, llegamos arriba y descubrimos que no hay escalera…, tendremos otra larga escalada. Para bajar.
    Gaby se rió en esta ocasión.
    —Si estás diciendo que volvamos, mejor lo sueltas.
    —¿Volvemos? —Cirocco no había pretendido el interrogante, pero ahí estaba.
    —No.
    —Ah, comprendo —Cirocco no le dio importancia, hacía tiempo que habían olvidado la relación entre capitana y tripulante. Se echó a reír y meneó la cabeza—. Muy bien, ¿cuál es tu plan?
    —Primero, explorar los alrededores. Más tarde, dentro de cuatro o cinco años, los constructores se formarán una impresión de que hemos sido bastante imbéciles si llegaran a preguntarse por qué no usamos el ascensor.

CAPITULO 21

    Había unos doscientos cincuenta kilómetros en torno a la base del radio. Empezaron a circunnavegarla, buscando algo que pudiera ser desde una escalera de cuerda hasta un helicóptero antigravitatorio. Lo que encontraron fue árboles horizontales que crecían en el bosque vertical.
    Al penetrar por las ramas externas y seguir los troncos hasta las raíces en el muro, tuvieron que subir por una pendiente formada por ramas caídas y hojas que se descomponían. La sustancia real del radio era un material gris y esponjoso. Cedía como caucho blando cuando se lo apretaba. Cirocco arrancó una mata de la pared y una larga raíz primaria salió con la planta. El muro derramó un líquido espeso y lechoso y luego se cerró en torno al pequeño agujero.
    No había tierra, y muy poco sol; el nivel luminoso les había parecido brillante al salir de la oscura escalera, pero en realidad era muy bajo. Cirocco supuso que, al igual que muchas plantas del borde, aquellas dependían de fuentes subterráneas para medrar.
    La pared en sí era húmeda y sostenía brotes de musgo y líquenes, pero escasas plantas de tamaño intermedio. No había hierbas, y las enredaderas existentes eran parásitas, enraizadas en los troncos de los árboles. Muchos de los árboles eran de la especie que habían visto en el borde, adaptados a una existencia horizontal. Daban frutas que les resultaban familiares, y hasta pudieron recoger algunas nueces.
    —Eso resuelve el problema de la comida —dijo Gaby.
    No era posible que hubiera ríos en el radio, y no obstante el muro relucía a causa de los finísimos hilos de agua que lo recorrían. Muy por encima se veían chorros de líquido que se curvaban y se convertían en vapor mucho antes de llegar al suelo.
    Gaby contempló esos chorros, que le parecían estar distribuidos de un modo uniforme, como irrigadores de césped.
    —Tanta agua para morir de sed. —Comenzó a dar la impresión de que la escalada no iba a ser del todo imposible. Cirocco descubrió que era difícil entusiasmarse por ello.
    Descartada la posibilidad de una escalera —que Cirocco supuso rápidamente que no encontrarían, ya que los árboles impedían una profunda exploración del muro—, había dos rutas hasta la cima.
    Una implicaba trepar por los mismos árboles. Se podría ir de rama en rama, calculó Cirocco, si es que el crecimiento hubiera confundido las ramas de un árbol con las de sus vecinos.
    La otra posibilidad era una franca labor de alpinismo. Gaby y Cirocco descubrieron que sus clavos podían ser introducidos en la superficie de la pared simplemente hundiéndolos en ella.
    Cirocco prefirió la pared, no quiso confiarse en los árboles. A Gaby le gustaron las ramas, que le parecían más rápidas. Discutieron el problema hasta el segundo día, en el que sucedieron dos cosas.
    Gaby advirtió la primera mientras observaba el fondo gris del radio. Sus ojos se entornaron y señaló un punto concreto.
    —Creo que ese agujero ha dejado de existir —dijo.
    Cirocco forzó la vista, pero no alcanzó a percibir bien.
    —Subamos y echemos un vistazo.
    Se unieron con una cuerda e iniciaron la ascensión entre las ramas.
    Cirocco había temido que la escalada fuese peor de lo que en realidad resultó. Como en cualquier otro aspecto, había un medio óptimo para superar el problema, y no tardaron en descubrirlo. Había que elegir una línea entre las ramas más gruesas y cercanas al muro —que eran sólidas como la roca, pero con tendencia a estar demasiado distanciadas— y las ramas más delgadas, alargadas y apartadas, que proporcionaban un millar de asideros para manos y pies pese a combarse con el peso.
    —Un poco más adentro —gritó Cirocco a Gaby, que tenía la misión de explorar la ruta al final de una atadura de cinco metros—. Yo diría que dos tercios del trecho hasta arriba del árbol es lo perfecto.
    —Adentro, arriba —dijo Gaby—. Creo que estás confundiendo tus instrucciones.
    —Las bases de los árboles están adentro, junto a la pared. Las copas están fuera, en el aire. Es muy sencillo.
    —De acuerdo.
    Tras trepar entre diez árboles las dos se abrieron paso hasta la copa del último.
    Cuando las ramas que pisaban empezaron a doblarse, ataron una cuerda a otra más fuerte. La flexión actuó entonces a favor de ellas, pues abrió una ventana en un muro de follaje que de otro modo hubiera sido impenetrable. Habían elegido un árbol que, en un bosque horizontal, habría descollado entre sus vecinos. Pero allí, en el radio, tenía que contentarse con una más amplia extensión sobre la pared.
    —Tenías razón. Ha desaparecido.
    —No, no tenía razón. Pero habrá desaparecido en un momento.
    Cirocco vio lo que quedaba del agujero. Era un diminuto óvalo negro en el suelo gris, y se contraía como el iris de un ojo. Desde abajo, la única ocasión que pudieron verlo bien, aquel boquete les había parecido casi tan ancho como el mismo radio. Pero en ese momento tenía menos de diez kilómetros de diámetro y seguía cerrándose. Pronto habría de cerrarse totalmente en torno a los cables verticales que emergían de su centro.
    —¿Alguna idea? —preguntó Gaby—. ¿De qué le servirá cerrarse para separar el radio del borde?
    —No tengo la menor idea. Supongo que alguna vez volverá a abrirse… Los ángeles salen por ahí, lo atraviesan con regularidad, de modo que… —hizo una pausa y después sonrió—. Es la respiración de Gea.
    —¿Cómo?
    —Es lo que las titánidas llaman viento del este. Océano aporta tiempo frío y el Lamento, y Rea aporta aire caliente y ángeles. Así pues, tenemos un tubo de trescientos kilómetros de altura, con una válvula en cada extremo. Podría ser usado como bomba. Se podrían crear zonas de alta y baja presión y emplearlas para mover el aire.
    —¿Cómo se haría…? —preguntó Gaby.
    —Pienso en dos formas. Cierto tipo de pistón móvil para comprimir o enrarecer el aire. No veo ninguno, y confío en que no exista, válgame Dios, pues de lo contrario nos haría papilla.
    —Si existiera, no habría hecho ningún bien a estos árboles.
    —Exacto. Queda el otro método. Las paredes pueden expandirse o contraerse. Se cierra la válvula inferior y se abre la superior, el radio de expande y se atrae aire por arriba. Se cierra la válvula superior y se abre la inferior, entra en juego una gran contracción y se fuerza la salida del aire por el borde.
    —¿De dónde procede el aire que entra por arriba?
    —O es absorbido mediante los cables, cosa que no es muy descabellada, como ya hemos visto, o procede de los otros radios. Todos se conectan con la parte superior. Con alguna válvula más, es posible usar los radios uno en contra de otro. Al abrir y cerrar unas cuantas válvulas, consigues aire de Océano, mediante succión, a través del cubo de la rueda y hacia este radio. Luego abres y cierras otras válvulas y lo fuerzas a salir hacia Rea. Lo único que me queda por saber es para qué necesitaban los constructores todo esto.
    Gaby estaba pensativa.
    —Creo que puedo darte la respuesta. Es algo que me preocupaba. ¿Por qué todo el aire no se estanca en la base, abajo en el borde? El aire es menos denso aquí arriba, pero sigue siendo adecuado porque la presión en el borde es superior que la normal terráquea. Y en baja gravedad, la presión decrece con menos rapidez. La atmósfera de Marte no es nada, por ejemplo, pero se extiende muchísimo. Entonces, si mantienes el aire en circulación, no tiene tiempo para fijarse. Se puede mantener una adecuada presión atmosférica en toda Gea.
    Cirocco asintió, después suspiró.
    —Muy bien. Acabas de quitarte de encima la última objeción a la escalada. Tenemos comida y agua, o al menos da la impresión de que no faltará. Ahora parece como si también tuviéramos oxígeno. ¿Qué te parece si continuamos?
    —¿Por qué no explorar el resto de la pared?
    —¿Para qué? A lo mejor ya hemos pasado por lo que buscamos. No hay forma de comprobarlo.
    —Supongo que tienes razón. Bueno, adelante.

* * *

    La escalada fue un duro trabajo: tedioso, aunque les requería plena atención. Fueron mejorando conforme avanzaban. aunque Cirocco sabía que nunca les resultaría tan fácil como la subida del cable.
    El único consuelo al final de las primeras diez horas de escalar fue el buen estado en que ambas se encontraron. Cirocco estaba cansada y tenía una ampolla en la palma izquierda, pero aparte de un ligero dolor de cabeza se sentía muy bien. Dormir vendría de perlas. Salieron a la copa de un árbol para mirar abajo antes de acampar.
    —¿Será capaz tu sistema de medir una altura así?
    Gaby frunció la frente y meneó la cabeza.
    —No muy bien —extendió las manos, hizo un cuadrado con ellas y entornó los ojos—. Yo diría que… ¡Eeeep!
    Cirocco la agarró por el brazo al tiempo que asió una rama que tenía encima de la cabeza para sostenerse.
    —Gracias. Vaya caída que habría sido…
    —Tenías la cuerda —observó Cirocco.
    —Sí, pero de verdad que no deseo quedar colgada del extremo —recobró la respiración y después miró al suelo de nuevo—. ¿Qué puedo decir? Está muchísimo más lejos que antes, y el techo no está ni un metro más cerca. Así será por bastante tiempo.
    —¿Tres kilómetros, digamos?
    —Sí, si te parece…
    Eso significaba cien días de escalada, suponiendo que no hubiera problemas. Cirocco gimió suavemente y miró otra vez, tratando de creer que había cinco kilómetros pero sospechando que la distancia real estaba más cerca de dos.
    Dieron la vuelta y encontraron dos ramas casi paralelas a dos metros y medio una de otra. Colgaron las hamacas entre ellas, se sentaron en otra rama y comieron una cena fría de vegetales crudos y fruta antes de meterse en las hamacas y atarse a ellas.
    Dos horas después empezó a llover.
    Cirocco despertó con un goteo constante en su cara, movió la cabeza y dio una ojeada al reloj. Había más oscuridad que cuando se acostaron. Gaby roncaba con suavidad, a su lado, con el rostro apretado contra la red. Al despertar tendría tortícolis. Cirocco pensó en despertarla pero lo reconsideró; si podía dormir con la lluvia, tal vez estaría mejor así.
    Antes de mover la hamaca, Cirocco se alejó hacia la copa del árbol. No vio nada más que una nebulosa pared de vapor y un aguacero invariable. Llovía mucho más fuerte hacia el centro. Lo único que les caía en el lugar del campamento era el agua que se amontonaba en las hojas externas y descendía por las ramas.
    Cuando regresó, Gaby estaba despierta y el goteo había empeorado. Convinieron en que trasladar las hamacas no serviría de mucho. Sacaron una tienda y, después de arrancar varias costuras con los cuchillos, la convirtieron en un pabellón que ligaron sobre el campamento. Se secaron lo mejor que pudieron y volvieron a meterse en las húmedas hamacas. El calor y la humedad eran terribles, pero Cirocco estaba tan fatigada que no tardó en dormirse con el sonido del agua que golpeaba la lona.

* * *

    Dos horas más tarde volvieron a despertar. Estaban temblando.
    —Una de esas noches —gruñó Gaby.
    Los dientes de Cirocco rechinaban mientras las dos sacaban abrigos y mantas. Se envolvieron bien con la ropa y regresaron a las hamacas. Fue media hora antes de que Cirocco se sintiera suficientemente abrigada como para dormirse de nuevo.
    El suave movimiento de oscilación de los árboles ayudó.

* * *

    Cirocco estornudó y la nieve revoloteó. Era una nieve muy clara, muy seca, y había flotado hasta llenar todos los huecos de la manta. Cirocco se sentó y la nieve se abalanzó sobre su regazo.
    Pendían carámbanos de los bordes de la lona y las cuerdas que sostenían la hamaca. Había constantes sonidos de crujidos, el viento que azotaba las ramas, y el incesante matraqueo del hielo que golpeaba la helada lona. Una de las manos de Cirocco había estado fuera de la manta y se hallaba tiesa y cuarteada cuando la estiró por el hueco y pinchó a Gaby.
    —¿Eh? ¿Eh? —Gaby miró a su alrededor con un ojo turbio y el otro cerrado por congeladas pestañas—. ¡Oh, maldición! —se vio agobiada por la tos.
    —¿Te encuentras bien?
    —Aparte de una oreja helada, supongo que sí. ¿Y ahora. qué…?
    —Nos pondremos encima todo lo que tenemos, me parece. Y luego, esperar que esto termine.
    Fue difícil hacerlo, sentadas como estaban en una hamaca. Pero se las arreglaron. Hubo un desastre cuando Cirocco hizo un torpe gesto con sus dedos ateridos y vio que un guante se esfumaba velozmente entre los remolinos de nieve que había debajo. Estuvo maldiciendo cinco minutos antes de recordar que aún le quedaban los guantes de Gene.
    Luego aguardaron.
    Dormir fue imposible. Estaban bastante abrigadas en las capas de ropa y mantas, pero deseaban disponer de máscaras y gafas protectoras. Cada diez minutos se sacudían la nieve acumulada sobre sus cuerpos.
    Intentaron hablar, pero el radio bullía de ruido. Cirocco sintió que los minutos se alargaban a horas cuando se inclinó con la manta por encima de la cabeza y escuchó el aullido del viento. Por encima de ese sonido, y mucho más inquietante, había otro como de maíz estallando. Las ramas, sobrecargadas de hielo, se partían conforme el viento las fustigaba.
    Aguardaron cinco horas. Todo lo que pasó fue que el viento se hizo más frío y violento. Una rama se quebró cerca de las mujeres, y Cirocco escuchó cómo tropezaba entre los árboles cubiertos de hielo.
    —¡Gaby! ¿Me oyes?
    —¡Sí, capitana! ¿Qué hacemos ahora?
    —¡Odio tener que decirlo, pero tendremos que trasladarnos! ¡Quiero estar en ramas más gruesas! ¡No creo que éstas se rompan, pero si se parte una encima de nosotras estaremos bien apañadas…!
    —¡Sólo estaba esperando que tú lo sugirieras!
    Salir de las hamacas fue una pesadilla. Una vez fuera de ellas y de pie sobre la rama del árbol fue aún peor. Sus cuerdas de seguridad estaban heladas y hubo que doblarlas y retorcerlas trabajosamente para poder usarlas. Cuando empezaron a abrirse camino hacia adentro, fue necesario hacerlo paso a paso. Tuvieron que atar una segunda cuerda de seguridad antes de volver atrás para quitar la primera; luego repitieron el proceso, haciendo los nudos con las manos enguantadas o quitándose rápidamente los guantes antes de que los dedos quedaran entumecidos. Emplearon martillos y picos para astillar el hielo de las ramas por donde tenían que pasar. Con todas sus precauciones, Cirocco cayó dos veces y Gaby una. La segunda caída de Cirocco concluyó con un músculo de su espalda distendido cuando la cuerda de seguridad frenó el descenso.
    Tras una hora de lucha llegaron al tronco principal. Era uniforme y de bastante amplitud como para sentarse en él. Pero el viento soplaba con más violencia que nunca, sin ramas que amansaran su fuerza.
    Pusieron clavos en el árbol, se ataron al tronco y se prepararon de nuevo a esperar que la tormenta acabara.

* * *

    —Me disgusta decirlo, pero no me noto los dedos de los pies.
    Cirocco tosió un buen rato antes de poder hablar.
    —¿Qué sugieres?
    —No lo sé —dijo Gaby—. Lo que sé es que nos vamos a morir congeladas si no hacemos algo. O seguimos moviéndonos o buscamos un refugio.
    Tenía razón, y Cirocco lo sabía.
    —¿Hacia arriba o hacia abajo?
    —Abajo está la escalera.
    —Nos costó un día llegar aquí, sin hielo que complicara las cosas. Y hay otros dos días para regresar a las escaleras. Si es que la entrada no está sepultada bajo la nieve.
    —Lo estaba pensando.
    —Si hemos de seguir, mejor será hacia arriba. De todos modos, a menos que este clima se suavice pronto, nos helaremos. Movernos lo postergaría un poco, supongo.
    —Lo mismo pensaba yo —dijo Gaby—. Pero primero me gustaría probar otra cosa. Vayamos todo el rato junto a la pared. Recuerdo que hace tiempo hablaste de dónde podrían vivir los ángeles, y mencionaste cuevas. A lo mejor hay cuevas ahí detrás.
    Cirocco sabía que lo más importante era estar activas otra vez, lograr que la sangre corriera. Así que se arrastraron por el tronco del árbol cortando el hielo al avanzar, y al cabo de quince minutos llegaron al muro.
    Gaby lo estudió, después se preparó y empezó a atacar el hielo con el pico. La capa se rompió para revelar la sustancia gris, pero Gaby no dejó de picar. En cuanto Cirocco vio lo que su compañera hacía, se unió a ella con otro pico.
    Fue bien durante un rato. Cavaron un hoyo de medio metro de ancho. El líquido lechoso se helaba conforme manaba de la pared, y las mujeres rompieron también ese hielo. Gaby era un demonio blanco; la nieve se incrustaba en su ropa y en la bufanda de lana echada sobre boca y nariz, convirtiendo sus cejas en espesos rebordes blancos.
    Pronto llegaron a una nueva capa demasiado dura para cortarla. Gaby la atacó con fiereza, pero finalmente admitió que no iba a ninguna parte. Dejó caer la mano a un lado y miró con furia la pared.
    —Bueno, era una idea.
    Gaby pateó con enojo la nieve que había caído a su alrededor mientras trabajaban, debido a las vibraciones. La miró, luego estiró el cuello y escudriñó la oscuridad. Dio un paso atrás y se agarró al brazo de Cirocco para sujetarse cuando se deslizó sobre los fragmentos de hielo.
    —Hay un trozo más oscuro hacia allí —dijo, señalando—. Diez…, no, quince metros más arriba. Un poco a la derecha, ¿lo ves?
    Cirocco veía varios lugares oscuros, pero ninguno le daba alguna certeza de que pareciera cueva.
    —Subiré a echar un vistazo.
    —Deja que yo lo haga. Has estado trabajando mucho.
    Gaby negó con la cabeza.
    —Soy más ligera.
    Cirocco no discutió y Gaby clavó un clavo en la pared a la máxima altura que le fue posible. Ató una cuerda y trepó lo suficiente como para clavar un segundo clavo. Cuando estuvo asegurado, arrancó el primero y lo clavó un metro por encima del segundo.
    Le costó una hora llegar al lugar. Abajo, Cirocco tiritaba y pateaba el tronco para sacudirse la lluvia de hielo que Gaby dispersaba a su alrededor. Después, un montón de nieve que se había soltado cayó sobre su espalda y la hizo arrodillarse.
    —¡Lo siento! —gritó Gaby—. ¡Pero he logrado algo aquí! ¡Déjame que lo limpie y podrás subir!

* * *

    La entrada alcanzaba apenas para que Cirocco pasara encogida, aun después de que Gaby rompiera la mayor parte del hielo. Dentro había una burbuja hueca con un diámetro de metro y medio y algo menos de la mitad entre suelo y techo. Cirocco tuvo que sacarse la mochila y tirar de ella después de entrar. Con las dos mujeres y sus mochilas en el interior apenas se podía encontrar espacio para guardar una caja de zapatos y aún poder respirar, pero no para mucho más.
    —Cómodo, ¿eh? —dijo Gaby, apartando de su cuello el codo de Cirocco.
    —Lo siento. Oh, también siento esto. ¡Gaby, mi pie!
    —Perdóname. Si te apretaras… Así está mejor, pero ojalá no te pongas de pie.
    —¿Cómo? ¡Oh, caramba! —se echó a reír de repente. Estaba agachada con la espalda contra el techo y las rodillas dobladas mientras Gaby se apartaba hacia adentro y trataba de no molestar.
    —¿Qué te hace tanta gracia?
    —Me acordaba de una película antigua. Laurel y Hardy con bata de noche, intentando acostarse en una litera superior.
    Gaby sonreía, aunque era obvio que no sabía de qué hablaba Rocky.
    —Una litera superior… ¿Te imaginas? En un tren de largo recorrido… Olvídalo. Acabo de pensar que tendrían que haber probado con ropas árticas y un par de maletas en el interior. ¿Cómo quieres arreglar esto?
    Echaron el resto de la nieve fuera de la diminuta cueva y apilaron las mochilas frente a la abertura para taparla. Al hacerlo, desapareció la poca luz que había pero el viento dejó de colarse y eso las conformó. Tras pugnar durante veinte minutos lograron tenderse una junto a otra. Cirocco apenas podía moverse, pero detalles como ése ya no le preocupaban con aquel bendito calorcillo.
    —¿Crees que podremos dormir un poco ahora? —preguntó Gaby.
    —Pues yo tengo muchas ganas. ¿Cómo van tus pies?
    —Bien. Me pican, pero se están calentando.
    —Los míos también. Buenas noches, Gaby —Cirocco vaciló sólo un momento, luego se inclinó y besó a su amiga.
    —Te quiero, Rocky.
    —Duérmete —le respondió Cirocco, sonriendo.

* * *

    La siguiente vez que Cirocco despertó, el sudor formaba gotas en su frente. Su ropa estaba empapada. Alzó la cabeza, atontada, y advirtió que podía ver. Mientras se preguntaba si el tiempo habría cambiado apartó su mochila ligeramente, luego con más apremio, y entonces descubrió que la entrada de la cueva estaba cerrada.
    Estuvo a punto de despertar a Gaby, pero se contuvo; antes, trata de salir, se dijo.
    Era absurdo decir a Gaby que las habían comido vivas de nuevo, a menos que fuera realmente cierto. Gaby no acogería bien la noticia; la idea de estar confinada en un espacio tan reducido —algo malo por sí mismo— fue aterrador cuando Cirocco pensó en Gaby y en su pánico contagioso.
    Resultó que no había motivo de alarma. Mientras Cirocco exploraba la pared donde había estado el agujero, el muro empezó a moverse, irisándose hasta volverse tan amplio como antes. Había una clara ventana de hielo con luz tenue detrás. Rocky la golpeó con el puño enguantado y el hielo se rompió. Aire glacial entró al instante, y Cirocco se apresuró a bloquear el boquete con la mochila.
    Al cabo de unos minutos apartó la mochila. El agujero se había cerrado algunos centímetros.
    Observó pensativamente el pequeño agujero en el intento de aclarar los hechos en su mente. Sólo cuando creyó entenderlo sacudió el hombro de Gaby.
    —Despierta, chica. Es hora de que volvamos a hacer ajustes.
    —¿Hmmm? —Gaby se despertó enseguida—. Caramba, esto es un horno.
    —A eso me refiero. Tendremos que quitarnos algo de ropa. ¿Quieres ser la primera?
    —Adelante. Procuraré no estorbarte.
    —Bien. ¿Por qué hará tanto calor aquí dentro? ¿Has pensado en eso?
    —Acabo de despertar, Rocky. Ten corazón.
    —Bueno… Te lo explicaré. Toca las paredes —Cirocco realizó la complicada tarea de quitarse el abrigo mientras Gaby hacía el mismo descubrimiento que ella había hecho antes.
    —Están calientes.
    —Exacto. No pude explicarme esta pared desde el principio. Pensé que los árboles no estaban planeados, como los brotes del cable, pero esos árboles no podían crecer aquí, tal como yo lo veo, sin que la pared los nutriera. Intenté imaginar qué tipo de máquina sería capaz de hacerlo mejor y recurrí a un mecanismo bioquímico natural. Un animal, o vegetal, probablemente ajustado de un modo genético. Me resultaba difícil que algo así pudiera haber evolucionado en ningún momento razonable. Tiene trescientos kilómetros de altura, es hueco en el medio, y se adhiere a la pared auténtica.
    —¿Y los árboles son parásitos? —Gaby se lo estaba tomando mejor de lo que Cirocco esperaba.
    —Sólo en el sentido de que extraen alimento de otro animal. Pero no son parásitos genuinos, porque así fue planeado. Los constructores idearon este animal inmenso como hábitat de los árboles, y los árboles, a su vez, ofrecieron hábitats para animales más pequeños, y tal vez para los ángeles.
    Gaby meditó en ello y miró fijamente a Cirocco.
    —Muy parecidos a los grandiosos animales que suponemos viven bajo el borde —dijo en voz baja.
    —Sí, algo así —Cirocco vigilaba a Gaby en busca de indicios de pánico, pero ni siquiera detectó que respirara con dificultad—. ¿Te… eh, te preocupa eso?
    —¿Te refieres a mi famosa fobia?
    Cirocco extendió el brazo por detrás de la mochila e hizo que la entrada se abriera de nuevo, luego apartó la mochila y dejó que Gaby contemplara la acción. El agujero empezó a cerrarse lentamente.
    —Descubrí esto antes de despertarte. Mira, se está cerrando, pero se abrirá otra vez si le haces cosquillas. No estamos atrapadas, y esto no es un estómago o algo…
    Gaby le tocó la mano, sonriendo débilmente.
    —Aprecio tu preocupación.
    —Bueno, no pretendía confundirte, yo sólo…
    —Has hecho lo correcto. Si yo lo hubiera visto antes, tal vez todavía estaría chillando. Pero no soy claustrofóbica en esencia. Tengo una nueva fobia que quizá sea muy personal; miedo a que me coman viva. Pero, por favor, dime qué es esto si no es un estómago… Necesito una explicación muy convincente.
    —No existe paralelo con ninguna criatura que conozca —se había quedado con la última capa de ropa, y decidió detenerse en ese punto—. Esto es un refugio —añadió, esforzándose por encogerse al ver que Gaby empezaba a desnudarse—. Precisamente lo estamos usando como tal: un lugar para guarecernos del frío. Juraría que los ángeles habitan en cuevas como ésta. Y quizás otros animales. Es posible que la criatura obtenga algo de ello. Tal vez los excrementos la fertilizan.
    —Hablando de excrementos…
    —Sí, tengo el mismo problema. Tendremos que usar un tarro de comida vacío o algo así.
    —¡Dios! Ya huelo como un camello. Este lugar será muy agradable si el tiempo no mejora pronto.
    —No es tan malo. Yo huelo peor.
    —Muy diplomático de tu parte —Gaby había llegado a su ropa interior, tan llamativamente confeccionada—. Querida mía, vamos a estar viviendo juntas durante un tiempo, maldición. Así que el recato no sirve de nada. Si te has dejado esa ropa debido a…
    —No, de verdad que no —dijo Cirocco, con excesiva prontitud.
    —…debido a que temes excitarme, piénsalo mejor. De todas formas, es como si no estuviera. Espero que no te importe que me saque esto y le dé una oportunidad de secarse —así lo hizo, sin esperar permiso, y después se tendió junto a Cirocco.
    —Puede que eso fuera una parte —admitió Cirocco—. La otra razón, la mayor, casi me sonroja. Tengo la regla.
    —Así lo pensaba. No te dije nada por cortesía.
    —Qué diplomática eres.
    Las dos se echaron a reír, aunque Cirocco sintió que la sangre subía a sus mejillas. Algo infinitamente embarazoso. Estaba acostumbrada a la melindrosa rutina a bordo de la nave. Estar desarreglada y no ser capaz de hacer nada al respecto la consternaba. Gaby sugirió que Cirocco usara una venda del botiquín, aunque sólo fuera por comodidad personal. Cirocco se dejó convencer, feliz porque la idea hubiera partido de Gaby. Ella no habría usado material médico con un fin así sin la aprobación de Gaby.
    Estuvieron en silencio algún rato, con Cirocco desagradablemente consciente de la cercanía de Gaby, aunque convencida de que tenía que acostumbrarse. Tal vez tuvieran que pasar días en el refugio.
    Gaby no parecía molesta en absoluto, y Cirocco no tardó en abandonar la aguda percepción del cuerpo de la otra mujer. Tras una hora de intentar dormir, empezó a sentirse aburrida por todo.
    —¿Estás despierta?
    —Siempre ronco cuando estoy despierta —Gaby suspiró y se sentó—. Caramba, tendré que estar mucho más dormida antes de meterme en el saco contigo tan cerca. Eres tan cálida, tan blanda…
    Cirocco hizo caso omiso.
    —¿Sabes algún juego para pasar el rato?
    Gaby se puso de costado, encarada a Cirocco.
    —Soy capaz de pensar cosas muy buenas.
    —¿Sabes jugar al ajedrez?
    —Temía que dijeras eso. ¿Quieres blancas o negras?

* * *

    El hielo se formaba en la entrada con la misma rapidez con que lo rompían.
    Al principio estuvieron preocupadas por el oxígeno, pero unos cuantos experimentos demostraron que siempre habría el aire adecuado aun con la abertura completamente cerrada. La única explicación era que la cápsula de supervivencia funcionaba como un vegetal, absorbiendo dióxido de carbono por las paredes internas.
    Descubrieron un pezón en la parte trasera de la cueva. Cuando lo apretaron, exudó la misma sustancia lechosa que habían visto antes. La probaron, pero decidieron ceñirse a sus provisiones mientras les bastaran. Se trataba de la leche de Gea que Maestra Cantora había mencionado a Cirocco. Sin duda alguna alimentaba a los ángeles.

* * *

    Lentamente las horas se volvieron días, las partidas de ajedrez en torneos. Gaby ganó la mayor parte. Intentaron nuevos juegos con palabras y números y también Gaby ganó la mayoría. Con todo lo que habían pasado juntas, con todas las cosas que las unían y todas las cosas que las separaban las reservas de Cirocco y el orgullo de Gaby, no hicieron el amor hasta el tercer día.
    Sucedió durante una de las veces que ambas se limitaban a contemplar el techo apenas luminiscente, a escuchar el bramido del viento en el exterior. Estaban aburridas, demasiado llenas de energía y ligeramente afectadas por el prolongado encierro. Cirocco estaba devanando una interminable madeja de racionalizaciones en su cabeza: Razones Por Las Que Yo No Debo Relacionarme Íntimamente Con Gaby. Primera)…
    No podía recordar Primera).
    Había sido lógico durante dos días. ¿Por qué no ahora?
    Estaba la situación; sin duda era eso lo que había afectado su raciocinio. No había llegado nunca a un contacto tan íntimo con otro ser humano. Durante tres días habían permanecido en constante contacto físico. Cirocco se despertaba en brazos de Gaby, húmeda y excitada. Y, peor aún, era inevitable que Gaby lo percibiera. Eran capaces de husmear los menores cambios en el talante de cada una.
    Pero Gaby había dicho que no la deseaba, a menos que Cirocco correspondiera su amor.
    ¿No era cierto?
    No. Cirocco lo pensó de nuevo y comprendió que lo único que había dicho Gaby que necesitaba era un entusiasmo sincero por parte de Cirocco; ella no aceptaría un acto sexual como terapia para mitigar su dolor.
    Muy bien. Cirocco tenía el entusiasmo. Jamás lo había sentido con tanta fuerza. Se estaba conteniendo más que nada porque no era homosexual, era bisexual con una fuerte preferencia por el sexo masculino, y creía que no debía relacionarse con una mujer que la amaba a menos que sintiera que podía pasar más allá del primer contacto.
    …cosa que debía ser calificada como la mayor tontería que Cirocco hubiera escuchado en toda su vida. Palabras, palabras, sólo palabras estúpidas. Escucha tu cuerpo, y escucha tu corazón.
    Su cuerpo no tenía reservas ocultas, y su corazón sólo tenía una. Se volvió y se puso encima de Gaby. Se besaron, y Cirocco empezó a acariciarla.
    —No puedo afirmar que te amo y ser honesta, porque no estoy segura de saber cómo es el amor a una mujer. Moriría defendiéndote, y tu bienestar es más importante para mí que el de cualquier otro ser humano. Nunca he tenido una amiga tan buena como tú. Si eso no basta, me pararé.
    —No te pares.
    —Cuando amé a un hombre, en cierta ocasión, quise tener un hijo suyo. Lo que siento por ti se acerca mucho a lo que sentí entonces, pero sin ese detalle. Te deseo… ¡Oh, te deseo tanto que ni siquiera puedo expresarlo! Pero no puedo asegurar que te ame.
    Gaby sonrió.
    —La vida está llena de desengaños —rodeó con los brazos a Cirocco y la atrajo hacia sí.

* * *

    Durante cinco días el viento bramó en el exterior. El sexto, empezó el deshielo, y duró hasta el séptimo día.
    Durante el deshielo era peligroso salir. Trozos de hielo caían desde arriba, formando un terrible alboroto. Cuando acabó el derretimiento, Cirocco y Gaby surgieron, parpadeando, a un mundo frío y radiante de agua que les cuchicheaba.
    Se abrieron paso hasta la copa del árbol más cercano, oyendo que el cuchicheo se hacía más fuerte. Cuando las ramas más pequeñas empezaron a doblarse bajo el peso de las mujeres. éstas se introdujeron en una suave lluvia: grandes gotas que caían de hoja en hoja en un lento movimiento.
    El aire del centro de la columna era claro, pero alrededor de las mujeres, tan lejos como les alcanzaba la visión, las paredes estaban envueltas en arco iris en tanto que el cielo fundido descendía entre el follaje hasta el nuevo lago del suelo del radio.
    —¿Ahora, qué…? —preguntó Gaby.
    —Adentro. Adentro y arriba. Hemos perdido mucho tiempo.
    Gaby asintió.
    —No me importa, ya lo sabes, mientras tú vayas. Pero…, ¿querrías decirme una vez más, por qué…?
    Cirocco estuvo a punto de contestar que era una pregunta estúpida, pero comprendió que no lo era. Había admitido ante Gaby, durante el largo encarcelamiento, que había dejado de creer que encontrarían a alguien al mando en el cubo de la rueda. Ni ella misma sabía cuándo había dejado de creerlo.
    —Hice una promesa a Maestra Cantora —dijo—. Y ahora ya no tengo más secretos para ti. Ninguno.
    —Promesa…, ¿de qué? —Gaby arqueó las cejas.
    —Comprobar si puedo hacer algo para detener la guerra entre titánidas y ángeles. No he dicho nada a nadie. No estoy segura del porqué.
    —Comprendo. ¿Piensas que puedes hacer algo?
    —No —Cirocco reparó en que Gaby, sin responderle, no le quitaba la mirada—. Tengo que hacer el intento. ¿Por qué me miras así?
    —Por nada —Gaby se encogió de hombros—. Sentiré curiosidad por saber tus motivos después que encontremos a los ángeles. Seguiremos adelante, ¿no?
    —Así lo creo. No sé por qué, pero me parece que es lo correcto.

CAPITULO 22

    El mundo era una serie interminable de árboles que subir. Cada árbol era una variación del mismo problema; tan diferentes como copos de nieve, empero con una aturdidora identidad. La comunicación precisa para cruzarlos se ejecutaba con gestos de manos y gruñidos. Las dos mujeres se convirtieron en una perfecta máquina trepadora de árboles, un cuerpo moviéndose siempre hacia arriba. Escalaban doce horas seguidas. Cuando acampaban, dormían como un muerto.
    Debajo de ellas, el suelo se abrió y un mar de agua cayó sobre Rea. El hueco siguió abierto algunas semanas, luego se cerró al abrirse el techo y los gélidos vientos soplaron una vez más y forzaron a las mujeres a refugiarse. Cinco días de oscuridad, y de nuevo estuvieron fuera, trepando.
    Habían pasado seis días desde el tercer invierno cuando vieron al primer ángel. Dejaron de subir y observaron que el ángel las contemplaba.
    La criatura se hallaba cerca de la copa del árbol, confundida entre las ramas. Habían escuchado ángeles gimiendo con anterioridad, a veces precediendo el sonido del batir de alas gigantescas. Con todo, hasta aquel momento, el conocimiento que tenía Cirocco de los ángeles se limitaba a un instante petrificado cuando había visto uno atravesado por una lanza titánida.
    El ángel era más pequeño que Gaby, con un pecho inmenso y brazos y piernas larguiruchos. Tenía garras en lugar de pies. Sus alas brotaban justo por encima de las caderas, de manera que volando estaría horizontal con la misma cantidad de peso a cada lado. Plegadas, llegaban por arriba de la cabeza con las puntas arrastrándose por debajo de las ramas donde se había posado. Las superficies de vuelo de sus piernas, brazos y trasero estaban casi recogidas.
    Tras notar todas estas diferencias, Cirocco tuvo que admitir que el rasgo más sorprendente era su aspecto humano. Parecía un niño desnutrido, pero indudablemente un niño humano.
    Gaby miró a Cirocco, que se encogió de hombros e hizo un gesto para que su compañera estuviera lista para todo. Cirocco dio un paso al frente.
    El ángel chilló y brincó hacia atrás. Sus alas se desplegaron hasta alcanzar su máxima envergadura —unos nueve metros—, y el ángel se mantuvo en equilibrio, batiéndolas perezosamente lo suficiente para mantenerse sobre ramas que eran demasiado delgadas como para soportar su peso.
    —Nos gustaría hablar contigo —Cirocco extendió las manos.
    El ángel chilló de nuevo y desapareció. Escucharon el estruendo de las alas mientras el fugitivo ganaba altura.
    Gaby miró a Cirocco, que alzó una ceja e hizo un gesto interrogativo con una mano.
    —Bueno. Arriba.

* * *

    —Capitana.
    Cirocco se quedó inmóvil al instante. Delante, Gaby se detuvo al ponerse tensa la cuerda que la unía con Rocky.
    —¿Qué?
    —Silencio. Escucha.
    Aguardaron, y al cabo de poco rato sonó de nuevo la llamada. Esta vez Gaby también la escuchó.
    —No puede ser Gene —murmuró Gaby.
    —¿Calvin?
    En cuanto vieron la figura, reconocieron la voz. Estaba curiosamente cambiada, pero Cirocco la conocía.
    —April.
    —Justo —sonó la réplica, aunque Cirocco no había hablado muy fuerte—. ¿Hablamos?
    —Claro que quiero hablar. ¿Dónde diablos estás?
    —Abajo. Os veo. No retrocedáis.
    —¿Por qué no? Caramba, April, llevamos meses esperando que aparecieras. August ha estado enloqueciendo —Cirocco estaba muy seria. Algo iba mal, y ella quería saber qué era.
    —Yo me acercaré, o nada. Si os acercáis a mí. me iré volando.

* * *

    April se posó en las ramas más pequeñas, a veinte metros de las otras mujeres. Aun a esa distancia Cirocco distinguió el rostro, exactamente igual que el de August. Ella era un ángel, y Cirocco se quedó pálida.
    Daba la impresión de que April tenía problemas con el habla. Hacía largas pausas entre las frases.
    —Por favor, no os acerquéis. No os mováis hacia mí. Podremos hablar así sólo un rato.
    —No creerás que vamos a hacerte daño, ¿verdad?
    —¿Y por qué no? —se interrumpió, retrocediendo—. Yo… No, supongo que no. Pero me es tan imposible dejar que os acerquéis como aguantar la mano en el fuego. Oléis muy mal.
    —¿Tiene algo que ver con las titánidas?
    —¿Conque?
    —Los centauros. El pueblo con el que peleáis.
    April emitió un silbido y se echó hacia atrás.
    —No habléis de esa gente.
    —No creo que pueda evitarlo.
    —Entonces tengo que marcharme. Trataré de volver.
    Con un grito agudo, April se zambulló entre las hojas. Escucharon sus alas un rato, y a continuación fue como si ella no hubiera estado nunca allí.
    Cirocco miró a Gaby, sentada con los pies colgando. El semblante de la mujer era sombrío.
    —Es espantoso —musitó Cirocco—. ¿Qué nos ha sucedido a todos?
    —Confiaba en que ella nos diera algunas respuestas. No sé la causa, pero April ha sido la que recibió la peor parte. Peor que Gene.

* * *

    April regresó algunas horas después, pero no respondió las preguntas más importantes. Al parecer ni siquiera había pensado en ellas.
    —¿Cómo iba a saberlo? —dijo—. Me encontraba en la oscuridad, desperté y ya era como me veis. No importaba, y no importa ahora.
    —¿Puedes explicarte?
    —Soy feliz. Nadie me quería, ni a mí ni a mis hermanas. Nadie nos amaba. Bueno, ahora no me hace falta. Pertenezco al clan del águila, orgullosa y solitaria.
    Un precavido interrogatorio puso en descubierto lo que significaba pertenecer al clan del águila. No se trataba de una tribu o asociación, tal como pareció desprenderse de las palabras de April; era más bien el sentimiento de pertenecer a la especie ángel.
    Las Águilas eran insociables, solitarias desde el nacimiento a la muerte. No se reunían ni para aparearse, sólo toleraban verse unas a otras algunos minutos seguidos, y además sólo volando a una cómoda distancia. April se había enterado de la presencia de humanos en el radio gracias a una de esas conversaciones esporádicas.
    —Hay dos cosas que no entiendo —dijo Cirocco, con mucho tacto—. ¿Puedo preguntar?
    —No prometo responder.
    —Muy bien. ¿Cómo es que hay más ángeles, si no os juntáis?
    —Existe una criatura no sensible que nace en la parte inferior del mundo. Pasa su vida subiendo hasta aquí. Una vez al año yo encuentro una e implanto un huevo en su dorso. Los ángeles varones depositan esperma ahí, o no, depende de la suerte. Un huevo fecundado llega a la parte superior con la criatura. El infante nace y el huésped muere. Nacemos en el aire y debemos aprender a volar en el descenso. Algunos no aprenden. Es a voluntad de Gea. Esta es nuestra…
    —Un momento. Has dicho Gea. ¿Por qué has elegido ese nombre?
    Hubo una pausa.
    —No comprendo la pregunta.
    —No sé explicarlo mejor. Calvin llamó Gea a este lugar. Lo creyó adecuado. ¿También tú estás por la mitología griega?
    —Nunca antes había oído el nombre. Gea es el nombre que la gente da a esta criatura. Es una especie de dios, aunque no exactamente. Estás haciendo que me duela la cabeza. Soy feliz tal como soy, y ahora debo marcharme.
    —Espera, espera sólo un momento.
    April estaba retrocediendo hacia la copa del árbol.
    —Has dicho ‘criatura’. ¿Te refieres a la que está en el radio?
    April se sorprendió.
    —Oh, no. El radio es sólo una parte de Gea. Todo el mundo es Gea. Creí que lo sabías…
    —No, yo… Espera, por favor, no te vayas.
    Demasiado tarde. Escucharon el batir de las alas.
    —¿Volverás más tarde? —gritó Cirocco.
    —Una vez más —llegó la distante réplica.

* * *

    —Un ser, dices. Todo es una criatura. ¿Cómo lo sabes?
    Esta vez April volvió apenas una hora después. Cirocco esperaba que ella volviera a acostumbrarse a la compañía, pese a que April nunca se acercaba a menos de veinte metros.
    —Créelo. Algunos de mi raza han hablado con ella.
    —¿Es inteligente, entonces?
    —¿Por qué no? Escucha… capitana —April se apretó las sienes un instante. Cirocco imaginaba el conflicto. April había sido uno de los mejores físicos del sistema. Ahora vivía como un feroz animal salvaje, de acuerdo con un código apenas comprensible para Cirocco. Rocky pensó que la antigua April estaba pugnando por salir de la criatura en que se había transformado—. Cirocco, afirmas que hablas con… con esos del borde —era lo máximo que podía aproximarse al concepto de titánidas sin echarse a volar—. Ellos te entienden. Calvin habla con los flotadores. Los cambios que Gea produjo en mí son más completos. Yo soy un miembro de mi raza. Me desperté sabiendo cómo comportarme entre los ángeles. Tengo los mismos sentimientos y tendencias que cualquier otro ángel. Esto es algo que sé. Gea es única. Gea vive. Nosotros vivimos dentro de ella.
    Gaby palidecía.
    —Basta con que mires a tu alrededor —prosiguió April—. ¿Has visto algo que parezca una máquina? ¿Algo…? Fuimos apresados por una bestia viviente, tú postulas una criatura bajo el borde. El radio está lleno de un enorme ser viviente; tú afirmas que es un revestimiento de la estructura interna.
    —Lo que dices es intrigante.
    —Más que eso. Es verdad.
    —Si lo acepto, no encontraré una sala de mando en el cubo.
    —Pero estarás en el lugar que habita. Ella se acomoda como una araña y tira de cuerdas como una titiritera. Gea vigila a todas sus criaturas y os posee a vosotras dos como seguramente me posee a mí. Nos ha manipulado para sus fines personales.
    —¿Y cuáles son esos fines?
    April encogió los hombros, un gesto humano cuya observación hirió a Cirocco.
    —Ella no me los explicó. Fui al cubo, pero Gea se negó a verme. Mi gente dice que hay que participar en una gran misión para ganar la atención de Gea. Al parecer mi misión no era demasiado grande…
    —¿Y qué le habrías preguntado?
    April guardó silencio mucho rato. Cirocco advirtió que estaba llorando. El ángel volvió a mirarlas.
    —Me hacéis sufrir. Creo que ya no hablaré más con vosotras.
    —Por favor, April. Por favor, por la amistad que tuvimos.
    —¿Ah, sí? ¿De verdad hemos sido amigas? No lo recuerdo. Sólo recuerdo a August, y hace mucho tiempo, mis otras hermanas. Siempre hemos estado a solas todas juntas. Ahora estoy sola, sola.
    —¿Echas de menos a tus hermanas?
    —Lo hice —dijo, de un modo hueco—. Eso fue hace mucho tiempo. Yo vuelo, vuelo para estar sola. La soledad es el mundo del clan del águila. Sé que es correcto, aunque antes… antes, cuando todavía añoraba a mis hermanas…
    Cirocco se quedó muy quieta, temerosa de asustar a April.
    —Nos agrupamos sólo en un momento dado —dijo April, con un silencioso suspiro—. Cuando Gea respira, después del invierno, nos arroja hacia las tierras…
    “Volé con el viento aquel día. Fue un día espléndido. Matamos mucho porque mi gente me escuchó y subimos al gran flotador. Los cuatropatas se sorprendieron porque la respiración había terminado. Unos cuantos ángeles nos quedamos en el flotador, cansados y hambrientos, pero con la avidez aún en nuestra sangre, todavía capaces de actuar juntos.
    “Fue un día para cantar grandes canciones. Mi gente me siguió, ¡a mí!, hizo lo que yo dije, y supe en mi corazón que los cuatropatas pronto serán eliminados de Gea. Esto no fue más que la primera escaramuza de la nueva guerra.
    “Luego vi a August y perdí la cabeza. Quise matarla, quise huir de ella, quise abrazarla y llorar juntas.
    “Huí.
    “Ahora temo la respiración de Gea, porque un día me llevará abajo a matar despiadadamente a mi hermana, y entonces moriré. Soy Ariel la Veloz, pero queda tanta April Polo en mí que no podría vivir con una cosa así.
    Cirocco se conmovió, pero no pudo evitar excitarse. April hablaba como si ella fuera importante en la comunidad angélica. Sin duda alguna los ángeles le prestarían atención.
    —Ocurre que estoy aquí arriba para lograr la paz —dijo.— ¡No te vayas! ¡Por favor, no te vayas!
    April se estremeció, pero resistió.
    —La paz es imposible.
    —No puedo creerlo. Muchas titánidas están hartas en e! fondo, igual que tú.
    April meneó la cabeza.
    —¿Es que un cordero negocia con un león? ¿Un murciélago con un insecto, un pájaro con un gusano?
    —Estás hablando de predadores y presas.
    —Enemigos naturales. Está impreso en nuestros genes: matar a los cuatropatas. Yo…, como April, comprendo lo que piensas. La paz debería ser posible. Debemos volar distancias increíbles sólo para entrar en batalla. Muchos de nosotros no hacen el viaje de vuelta. La ascensión es muy dura y caemos al mar.
    Cirocco sacudió la cabeza.
    —Lo único que pienso es que si pudiera reunir algunos representantes…
    —Te lo aseguro, es imposible. Somos águilas. Ni tan sólo podrías conseguir que actuáramos como grupo, mucho menos que nos reunamos con los cuatropatas. Hay otros clanes, algunos sociables, pero no habitan este radio. Quizá tengas suerte allí, pero lo dudo.
    Las tres guardaron silencio un rato. Cirocco sintió el peso de la derrota y Gaby puso la mano en su hombro.
    —¿Qué piensas? ¿Está diciendo la verdad?
    —Sospecho que sí. Es parecido a lo que me explicó Maestra Cantora. No tienen control de eso —miró hacia arriba y se dirigió a April—. Has dicho que intentaste ver a Gea. ¿Por qué?
    —Paz. Quería preguntar a Gea el porqué de la guerra. Soy bastante feliz, excepto por eso. Ella no escuchó mi llamada.
    O ella no existe, pensó Cirocco.
    —¿Irás a verla, a pesar de todo? —preguntó April.
    —No lo sé. ¿Con qué fin? ¿Es que este ser sobrehumano detendría una guerra sólo porque yo lo pido?
    —En la vida hay cosas peores que tener una búsqueda pendiente. Si te volvieras atrás ahora, ¿qué harías?
    —Tampoco lo sé.
    —Has recorrido un largo camino. Debes haber superado grandes dificultades. Mi gente opina que a Gea le gusta una buena narración, y que le complacen los grandes héroes. ¿Eres un héroe?
    Cirocco pensó en Gene girando y cayendo en la oscuridad, en Flauta de Pan corriendo hacia su destino, en la locha abatiéndose sobre ella. Seguramente un héroe lo habría hecho mejor.
    —Lo es —dijo Gaby de repente—. De todos nosotros, sólo Rocky se ha aferrado a su objetivo. Todavía estaríamos sentados en chozas de barro si ella no nos hubiera empujado. Siempre nos ha hecho ir hacia una meta. Tal vez no la alcancemos, pero cuando esa nave de rescate llegue, apuesto a que nos encontrarán intentándolo todavía.
    Cirocco se sentía incómoda, aunque también extrañamente conmovida. Había estado debatiéndose contra una sensación de fracaso desde la captura; no hacía daño saber que alguien creyera que ella estaba obrando bien. Pero…, ¿una heroína? No. Sólo había cumplido con su deber. A duras penas.
    —Creo que Gea se impresionará —dijo April—. Ve a verla. Quédate en su cubo y grita. No te humilles o supliques. Dile que tienes derecho a ciertas respuestas, por todos nosotros. Ella escuchará.
    —Ven con nosotras, April.
    La mujer-ángel retrocedió.
    —Me llamo Ariel la Veloz. No voy con nadie y nadie me acompaña. Nunca volveremos a vernos.
    Saltó una vez más y Cirocco supo que cumpliría su palabra.
    Miró a Gaby, que volvió la vista hacia arriba con un leve crispamiento en los labios.
    —¿Arriba?
    —¿Por qué no, diantres? Hay algunas cosas que me gustaría preguntar.

CAPITULO 23

    —No soy un héroe, ¿sabes?
    —Claro que no, heroína.
    Cirocco soltó una risita. Estaban acostadas en el último día de su decimocuarto invierno juntas, su octavo mes en el radio. Ahora sólo diez kilómetros las separaban del cubo de la rueda. Podrían hacerlo en un abrir y cerrar de ojos, en cuanto el deshielo empezara.
    —Ni siquiera eso. Si hay una heroína aquí, tú has de serlo.
    Gaby sacudió la cabeza.
    —He ayudado. Es probable que esto te habría resultado mucho más duro si yo no hubiese estado aquí.
    Cirocco apretó la mano de su compañera.
    —Pero sólo te he seguido los pasos —continuó Gaby—. Te he ayudado a salir de algunos líos, pero eso no me califica de héroe. Un héroe no habría intentado tirar a Gene sin paracaídas. Tú habrías llegado aquí por ti sola. Yo, no.
    Se quedaron silenciosas, cada una con sus propios pensamientos.
    A Cirocco no le convencía lo que Gaby había dicho. En parte era cierto, pero jamás podría proclamarlo a gritos. Gaby no las habría llevado tan lejos. No era una líder.
    Pero ¿lo soy yo?, se preguntó. Era cierto que se había esforzado mucho en serlo. ¿Habría triunfado a solas? Lo dudaba.
    —Ha sido divertido, ¿verdad? —preguntó Gaby en voz baja.
    Cirocco se quedó francamente sorprendida. ¿Cómo era posible afirmar que ocho meses de lucha habían sido divertidos?
    —Esa no es la palabra que se ajusta, según lo que yo creo…
    —No, tienes razón. Pero ya sabes a qué me refiero.
    Cirocco lo comprendió, aunque también le resultó extraño. Por fin era capaz de entender la depresión que la había acosado durante las últimas semanas. El viaje terminaría pronto. Descubrirían el medio de regresar a la Tierra, o fracasarían.
    —No quiero volver a la Tierra —dijo Cirocco.
    —Yo tampoco.
    —Pero no podemos limitarnos a dar media vuelta.
    —Tú lo sabes mejor.
    —No, sólo soy una terca. Pero tenemos que seguir. Es una deuda con Gene y April, y con el resto de nosotros; tengo que averiguar qué es lo que nos han hecho y por qué.

* * *

    —Saca esas espadas, ¿quieres?
    —¿Esperas problemas?
    —Ninguno que pueda resolver una espada. Es sólo que me siento mejor con la espada en la mano. Se supone que soy un héroe, ¿no?
    Gaby no discutió. Dobló una rodilla y rebuscó en la mochila extra; sacó las cortas espadas y lanzó una a Cirocco.
    Estaban cerca del punto más alto de la que tenía que ser la última escalera. Igual que la que habían subido en la base del radio, formaba una espiral en torno al cable, que habían redescubierto en lo alto de una larga y pelada cuesta que señalaba el margen entre el bosque y la válvula superior del radio. Escalar la pendiente había significado un trabajo de pico, cuerda y pitones que les había ocupado dos largos días.
    Sin una sola lámpara de aceite que les hubiera quedado, la subida de las escaleras había sido hecha en oscuridad total, paso a paso. La ascensión había transcurrido sin incidentes hasta que Cirocco detectó un tenue resplandor rojizo frente a ellas. Súbitamente había experimentado la necesidad de blandir una espada.
    Era un arma excelente, aunque el puño resultaba demasiado grande. No pesaba nada en esas alturas de Gea. Cirocco encendió una cerilla e imitó la figura de una titánida grabada en la hoja.
    —Pareces un óleo de Frazetta —dijo Gaby.
    Rocky se examinó. Estaba andrajosa, envuelta en los harapos de su fina vestimenta. Su piel era pálida en los puntos que estaban tan limpios como para verla. Había perdido peso, y lo que quedaba era duro y nervudo. Sus pies y manos eran resistentes como cuero.
    —Y yo, que siempre quise ser una de esas chicas de Maxfield Parrish. Mucho más femenina.
    Agitó la cerilla para apagarla y encendió otra. Gaby seguía mirándola. Sus ojos resplandecían a la luz amarillenta. Cirocco se sintió repentinamente muy bien. Sonrió, después rió discretamente, estiró el brazo y apoyó la mano en el hombro de Gaby, que le devolvió el gesto con una risita a medias en su cara.
    —¿Tienes… algún tipo de sensación respecto a esto? —Gaby señaló la parte superior de los escalones con la espada.
    —Quizá sí —volvió a reírse y luego hizo un gesto de indiferencia—. Nada concreto. Deberíamos andar de puntillas.
    Gaby no replicó, pero se limpió la palma en el muslo antes de poner firmemente los dedos en torno a la empuñadura de la espada. A continuación se echó a reír.
    —No sé cómo usarla.
    —Actúa como si supieras. Cuando lleguemos a lo alto de las escaleras, deja todo el equipo.
    —¿Estás segura?
    —No quiero bultos extra.
    —El cubo es un lugar muy grande, Rocky. Podría llevarnos un tiempo explorarlo.
    —Tengo el presentimiento de que no será mucho. En absoluto —Cirocco apagó la segunda cerilla de un soplo.
    Aguardaron a que sus ojos se hubieran ajustado a la visión que les daba el tenue resplandor que surgía de arriba. Después recorrieron, una junto a otra, el último centenar de escalones.

* * *

    Ascendieron a una noche rojo vibrante.
    La única luz provenía de la línea recta como un rayo láser que había sobre sus cabezas. El techo se perdía en las tinieblas. A la izquierda asomaba un cable, una sombra negra en el aire aún más negro.
    Las paredes, el suelo y el mismo ambiente reverberaban con el ritmo de un lento latir de corazón. Las mujeres afrontaron un viento frío, tenue, que soplaba desde la invisible entrada al radio de Océano.
    —Va a ser difícil curiosear —musitó Gaby—. Sólo puedo ver unos veinte metros de suelo.
    Cirocco no dijo nada. Sacudió la cabeza para deshacerse de las extrañas y pesadas sensaciones que la habían sobrecogido, después venció un repentino mareo. Quería sentarse, quería volver atrás; tenía miedo pero no se atrevía a ceder ante el temor.
    Alzó la espada y vio que brillaba como un charco de sangre. Dio un paso al frente, después otro más. Gaby mantuvo el ritmo y las dos se adentraron en la oscuridad.
    Le dolían los dientes. Cirocco comprendió que había estado mordiendo demasiado fuerte, con los músculos de la mandíbula agarrotados. Se detuvo y gritó:
    —¡Estoy aquí!
    Tras largos instantes un eco devolvió su voz, y luego una serie de ecos que se perdieron hacia el olvido.
    Blandió la espada por encima de la cabeza y gritó de nuevo:
    —¡Estoy aquí! ¡Soy la capitana Cirocco Jones, comandante de la NI Ringmaster, comisionada por los Estados Unidos de Norteamérica, la Administración Espacial y Aeronáutica Nacional y las Naciones Unidas de la Tierra! ¡Me gustaría hablar contigo!
    Fueron eras las que parecieron pasar antes de que los ecos se apagaran. Cuando cesaron, no hubo más que el lento latir del monstruoso corazón. Cirocco y Gaby permanecieron espalda con espalda, espadas preparadas, observando la oscuridad.
    Cirocco notó que una oleada de cólera fluía por ella y suprimía los últimos vestigios de miedo. Blandió la espada y chilló en la noche mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas.
    —¡Exijo verte! ¡Mi amiga y yo hemos pasado muchas calamidades para estar aquí ante ti! La tierra nos vomitó desnudas a este mundo. ¡Nos hemos abierto camino hasta la cima! ¡Hemos sido tratadas con crueldad, zarandeadas por caprichos que no comprendemos! ¡Tu mano ha penetrado en nuestras almas y ha tratado de llevarse nuestra dignidad, y nosotras seguimos sin estar subyugadas! ¡Te desafío a que aparezcas y me respondas! ¡Contesta por lo que has hecho, o dedicaré mi vida a destruirte por completo! ¡No te temo! ¡Estoy lista para luchar!
    No tenía idea de cuánto tiempo llevaba Gaby tirándole de la manga. Bajó la vista, tenía problemas para enfocar. Gaby estaba atemorizada, pero permanecía firmemente al lado de Cirocco.
    —Puede ser…, bueno —dijo, tímidamente—, tal vez ella no hable inglés.
    De modo que Cirocco cantó de nuevo su reto en titanio. Usó el tono agudo declamatorio, el reservado para explicar cuentos. Las sólidas y oscuras paredes devolvieron su canción hasta que el negro cubo resonó con la desafiante música de Cirocco.
    El suelo empezó a temblar.
    —Teeeeeeee…
    Fue una sola nota, una palabra, un huracán de charla.
    —Oiiiiiiiiiii…
    Cirocco cayó de manos y rodillas, mirando aturdida a Gaby, que abrazaba el suelo junto a ella.
    —Goooooooo…
    La palabra extrajo ecos durante muchos minutos, y flotó poco a poco hacia el lejano y grave refunfuño de una alarma antiaérea que se apaga. El suelo se estabilizó y Cirocco levantó la cabeza.
    Una luz blanca la cegó.
    Protegiendo los ojos con el brazo, Rocky escudriñó el resplandor. Se estaba levantando un telón en uno de los muros. La cortina llegó del suelo al techo, cinco kilómetros de altura. Detrás de ella había una escalera de cristal. Centelleaba cruelmente, ascendía hasta una luz tan intensa que Cirocco era incapaz de contemplar.
    Gaby volvió a tirar de la manga de Cirocco.
    —Salgamos de aquí —murmuró, con tono de urgencia.
    —No. He venido para hablar con ella.
    Se forzó a apoyar las palmas sobre el suelo y levantarse. Ponerse de pie fue fácil; permanecer así era otro problema. Nada le habría gustado más que hacer lo que Gaby sugería. Su alarde le parecía ahora un ataque de intoxicación.
    Pero se puso a caminar hacia la luz.
    La abertura tenía doscientos metros de anchura, flanqueada por columnas cristalinas que debían de ser los extremos superiores de cables de sustentación. Cuando Cirocco miró hacia arriba vio que las columnas se abrían, y que cada ramal se torcía en un complejo dibujo hasta unirse a un ligamento radiado que cubría el lejano techo. Ahí estaba la inimaginable y vigorosa ancla que mantenía a Gea en su sitio.
    Cirocco arqueó las cejas. Uno de los ramales estaba roto. Sometido a un examen más completo, el techo entero parecía un jersey con el que hubiese jugado un gatito, lleno de marañas e hilachas.
    Observar el techo hizo que Cirocco se sintiera mejor. Aun siendo poderosa, Gea había conocido mejores días.
    Llegaron a la contrahuella inferior de las escaleras y se apresuraron a subirla. Emitía una nota baja de órgano que oscilaba mientras las dos mujeres ascendían. Al séptimo escalón ascendió un tono y medio, y al decimotercero ascendió aún más. Avanzaron lentamente a lo largo de la escala cromática, y cuando habían hecho la primera octava entraron en juego los armónicos.
    Sin aviso alguno, llamas anaranjadas rugieron a ambos lados de las terráqueas, que saltaron literalmente dos metros en el aire antes de que la baja gravedad las forzara a pararse.
    Por fin, de un modo agradable, Cirocco comenzó a encolerizarse otra vez. Terrible, lo era: una exhibición de fuerza bruta que hacía doblar las rodillas y rechinar los dientes y que por fuerza debía humillar al más valiente. Con todo, ejerció el efecto contrario en Cirocco. Diosa o no, había ejecutado un truco barato, calculado para jugar con nervios ya destemplados al máximo. Cirocco interpretó el ardid como un signo de victoria.
    —P. T. Barnum no fue nadie comparado con esta mujer —dijo Gaby, y Cirocco agradeció cariñosamente la frase.
    Teatralidad, eso era. ¿Qué tipo de dios precisaba de algo así?
    Las llamas se extinguieron, sólo para hacerse el doble de altas, lamiendo el techo y formando un túnel amarillo y naranja. Gaby y Cirocco siguieron andando.
    Por delante había imponentes puertas de cobre y oro. Se abrieron de golpe sin un sonido y retumbaron al cerrarse tras las mujeres.
    La música resonó en un crescendo enloquecido conforme se acercaban a un gran trono rodeado de luz. Cuando alcanzaron la amplia plataforma de mármol en lo alto de las escaleras les resultó imposible estar de cara al trono. El calor era demasiado intenso.
    —Habla.
    Al ser pronunciada la palabra —en los mismos tonos profundos que habían escuchado en el exterior, sin embargo con un sonido más humano— la luz empezó a menguar. Cirocco echó miradas furtivas que le permitieron distinguir una forma humana, alta y voluminosa, en la radiante bruma.
    —Habla, o regresa al lugar del que viniste.
    Cirocco entornó los ojos; vio una cabeza redondeada asentada en un cuello grueso, ojos que destellaban como brasas, labios carnosos. Gea tenía cuatro metros de altura, erguida ante su trono sobre un pedestal de dos metros. Su cuerpo era rechoncho, con una barriga monstruosa, pechos inmensos, brazos y piernas que habrían espantado a un luchador profesional. Estaba desnuda, y tenía el color de las olivas verdes.
    El pedestal cambió de forma bruscamente. Se convirtió en una colina cubierta de hierba y flores. Las piernas de Gea se transformaron en troncos de árboles, los pies sólidamente enraizados en el oscuro terreno. Pequeños animales la circundaban mientras volantes rodeaban su cabeza. Miró directamente a Cirocco y su impresionante faz empezó a nublarse.
    —Eh, bueno…, hablaré, hablaré —abrió la boca para hacerlo y se preguntó adonde habría ido su justa cólera, y entonces vio de reojo a Gaby; su amiga temblaba, miraba a Gea con ojos chispeantes.
    —Estoy aquí —musitó Gaby—. Estoy aquí.
    —¡Chist! —siseó Cirocco, dando un codazo a Gaby—. Ya hablaremos de eso más tarde —enjugó el sudor de su frente y volvió a encararse con Gea—. ¡Oh, gran…! —¡no, no te humilles!, había dicho April. A Gea le gustan los héroes, había dicho April. Por favor, April, no te equivoques, por favor.
    “Vinimos… eh, yo y otros seis vinimos de… Vinimos del planeta Tierra, hace… En realidad no sé hace cuánto tiempo.
    Cirocco se interrumpió, y supo que jamás lograría nada en su idioma. Respiró profundamente, enderezó sus hombros y se puso a cantar.
    —Veníamos en paz, hace no sé cuánto tiempo. Éramos una tripulación pequeña, para tu estimación, y no representábamos amenaza alguna para ti. No íbamos armados. Y sin embargo fuimos atacados. Nuestra nave fue destruida antes de que tuviéramos oportunidad de explicar nuestras intenciones. Fuimos confinados contra nuestra voluntad, en condiciones injuriosas para nuestras mentes, incapaces de comunicarnos entre nosotros o con nuestros camaradas de la Tierra. Se obraron cambios en nuestras personas. Uno de mis tripulantes fue llevado a la locura como resultado de su tratamiento. Otro, una mujer, estaba al borde de la locura cuando la dejé. Un tercer tripulante ya no desea más la compañía de sus compañeros humanos y un cuarto ha perdido gran parte de su memoria. Otra mujer ha sido transformada más allá de todo reconocimiento; no quiere saber nada de su hermana, a la que amaba en otro tiempo.
    “Todas estas cosas son monstruosas para nosotros. Creo que hemos sido agraviados, y que merecemos una explicación. Hemos sido tratados muy mal, y merecemos justicia.
    Se relajó un poco, contenta de haber acabado. Lo que sucediera después escapaba a su control. Había dejado de engañarse; no podía pelear con aquel ser.
    El ceño de Gea se agrandó.
    —No soy signataria de los acuerdos de Ginebra.
    Cirocco se quedó boquiabierta. No se había imaginado lo que podía llegar a escuchar, pero ciertamente no era aquello.
    —¿Qué eres, entonces?
    La pregunta de Cirocco surgió antes de que ella pudiera darse cuenta.
    —Soy Gea, la grande y sabia. Soy el mundo, soy la verdad, soy la ley, soy…
    —Así pues, ¿eres todo el planeta y April decía la verdad?
    Quizá no había sido sensato interrumpir a una diosa, pero Cirocco se sentía como Oliver Twist pidiendo más gachas. Tenía que luchar por ello como fuera.
    —No había terminado —retumbó Gea—. Pero es cierto, lo soy. Soy la madre tierra, aunque no la de tu Tierra. Toda la vida brota de mí. Formo parte de un panteón que llega hasta las estrellas. Soy un titán.
    —Entonces fuiste tú la que…
    —Basta. Sólo presto atención a los héroes. Hablaste de grandes hazañas cuando cantaste tu canción. Habla de ellas ahora, o déjame para siempre. Cántame tus aventuras.
    —Pero yo…
    —¡Cántame! —atronó Gea.
    Cirocco cantó. El relato le llevó varias horas porque, pese a que quiso resumirlo, Gea insistió en los detalles. Rocky fue entusiasmándose con la tarea. El lenguaje titanio se ajustaba bien; mientras mantuviera un modo declamatorio era imposible cantar una frase torpe. Al terminar, Cirocco se sintió orgullosa, y con algo más de confianza.
    Gea dio la impresión de estar sopesando el relato. Cirocco se removió nerviosamente. Le dolían los pies, lo cual le probaba que es posible aburrirse de todo, pensó.
    Por fin Gea habló de nuevo.
    —Ha sido una buena narración —dijo—. Mejor que las que he escuchado en muchas eras. Eres verdaderamente heroica. Hablaré con vosotras dos en mis aposentos.
    Con la última palabra, Gea desapareció. Sólo quedó una llama que fluctuó algunos minutos antes de extinguirse.
    Gaby y Cirocco miraron a su alrededor. Se hallaban en una gran sala cubierta con una cúpula. Detrás, las escaleras, oscuras ahora, descendían hacia el sombrío interior del cubo de la rueda. Boquillas corroídas se alineaban junto a la escalera, humeando a intervalos, despidiendo los agudos sonidos de metal que se enfría.
    El olor a goma quemada flotaba en el ambiente.
    El suelo de mármol estaba agrietado y descolorido, cubierto con una película de polvo que mostraba claramente las huellas de las dos mujeres. El lugar parecía un destartalado teatro de la ópera cuando las luces se encienden y disipan la ilusión.
    —He visto cosas absurdas desde que llegamos aquí —dijo Gaby—, pero esto se lleva la palma. ¿Dónde vamos ahora?
    Cirocco señaló en silencio una puertecilla dispuesta en la pared izquierda. Estaba entreabierta y la luz brillaba a través de la rendija.
    Cirocco abrió la puerta de un empujón, miró a su alrededor con una creciente sensación de reconocer el lugar, y entró.
    Se adentraron en una enorme habitación con el techo a cuatro metros. El suelo estaba formado por rectángulos de vidrio blanco opaco. La luz penetraba desde abajo. Las paredes estaban adornadas con paneles de madera pintada de color beige y de ellas colgaban pinturas al óleo con marcos dorados. Los muebles eran estilo Luis XVI.
    —Déjá vu, ¿eh? —dijo una voz desde el otro extremo de la sala. Se trataba de una mujer bajita, regordeta. que llevaba un vestido saco sin formas. Se parecía a Gea del mismo modo que una pastilla de jabón tallada puede parecerse a la Pietá de Miguel Ángel.
    —Sentaos, sentaos —dijo Gea, jovialmente—. Aquí no hay cumplidos. Habéis visto el gran espectáculo. Aquí está la amarga realidad. ¿Puedo ofreceros algo de beber?

CAPITULO 24

    Cirocco había desistido de tener opiniones.
    —¿Sabes una cosa? —preguntó, sintiéndose algo más que aturdida—. Si alguien dijera ahora mismo que la Ringmaster jamás abandonó la órbita de la Tierra, que todo esto ha sido escenificado en un solar de Hollywood, no creo que yo me inmutara.
    —Una reacción perfectamente natural —la tranquilizó Gea, que andaba como un pato por la habitación, sirviendo un vaso de vino para Gaby, un whisky doble con hielo para Cirocco, enderezando cuadros, limpiando el polvo de las mesas con el raído doblez de su vestido.
    Gea era bajita y rechoncha, como un tonel. Su piel estaba curtida y morena. Tenía la nariz como una patata. Pero había arrugas en las comisuras de los ojos y en sus sensuales labios.
    Cirocco trató de situar el rostro, ofreciendo algo que hacer a su mente mientras evitaba formular teorías de un modo deliberado. ¿W. C. Fields? No, sólo la nariz servía para ese papel. Luego lo encontró. Gea se parecía mucho a Charles Laughton en La vida privada de Enrique VIII.
    Gaby y Cirocco se encontraban sentadas en los extremos de un sofá ligeramente desgastado. Gea dejó los vasos en la mesa junto a cada una de ellas, después cruzó la estancia, resoplando, para alzar su mole en un sillón de respaldo alto. Jadeó y entrelazó los dedos en su regazo.
    —Preguntadme cualquier cosa —dijo, y se inclinó hacia adelante a la expectativa.
    Cirocco y Gaby se miraron, la una a la otra, y después volvieron su observación a Gea. Se produjo un breve silencio.
    —Hablas inglés —dijo Cirocco.
    —Eso no es una pregunta.
    —¿Cómo es que hablas inglés? ¿Dónde lo aprendiste?
    —Veo televisión.
    Cirocco sabía qué deseaba preguntar a continuación, pero ignoraba si debía hacerlo. ¿Y si esta criatura era el último sobreviviente de los constructores de Gea? Cirocco no había visto prueba alguna de que Gea fuera en realidad un solo organismo, como April había afirmado, pero era posible que esta persona creyera que era una diosa.
    —¿Qué me dices de todo ese… espectáculo ahí fuera? —preguntó Gaby.
    Gea le quitó importancia con un gesto.
    —Todo hecho con espejos, querida. Puro truco —Gea miró su regazo y después pareció avergonzada—. Quería espantaros en caso de que no hubierais sido auténticos héroes. Dediqué a eso mis mejores artes. Pensé que a estas alturas sería más fácil que nos relacionáramos aquí. Ambiente confortable, comida y bebida… ¿Os gustaría comer algo? ¿Café? ¿Cocaína?
    —No, yo… ¿Has dicho…?
    —¿Has dicho café?
    —¿…cocaína?

* * *

    Cirocco recelaba, aunque se sentía más alerta y menos temerosa que desde que habían entrado en el cubo de la rueda. Se acomodó en el sofá y escudriñó los ojos de la criatura que se autodenominaba Gea.
    —Espejos, has dicho. Entonces, ¿qué eres tú?
    La sonrisa de Gea se agrandó.
    —Al grano, ¿eh? Bien, me gusta la claridad —frunció los labios y dio la impresión de que consideraba la pregunta—. ¿Preguntas qué es esto, o qué soy yo? —colocó las manos justo encima de sus enormes senos y no aguardó una respuesta—. Soy tres tipos de vida. Existe mi cuerpo, que es el ambiente por el que habéis estado viajando. Existen mis criaturas, tales como las titánidas, que provienen de mí pero que no están controladas por mí. Y existen mis herramientas, separadas de mí, pero parte de mí. Tengo ciertas facultades mentales, que fueron muy útiles en las ilusiones que acabáis de ver, dicho sea de paso. Llamadle hipnotismo y telepatía, aunque no es nada por el estilo.
    “Soy capaz de construir criaturas que sean extensiones de mi voluntad. Esta tiene ochenta años de edad, la única en su tipo. También tengo otras clases, que construyeron esta sala y la escalera exterior, sobre todo partiendo de planes que robé de películas. Soy gran aficionada a las películas, y comprendo que tú…
    —Sí, pero…
    —Lo sé, lo sé —la calmó Gea—. Estoy divagando. Es todo un fastidio, ¿comprendéis? Tengo que hablaros así. Antes, cuando dije “Te oigo”…, bueno, usé la válvula superior de Océano como laringe, forzando el aire desde el radio. Es algo que hace estragos con el tiempo: esas dos palabras lanzaron nieve a todo Hiperión.
    “Pero permitir que veáis este cuerpo os hace querer creer en otra cosa. A saber, que soy una vieja chiflada, solitaria aquí arriba —miró fijamente a Cirocco—. Todavía lo sospechas, ¿no es cierto?
    —Yo… No sé qué pensar. Aunque te creyera, seguiría sin saber qué eres.
    —Soy un titán. Queréis saber qué es un titán —se recostó en el sillón y su mirada se hizo distante.

* * *

    —Lo que soy realmente es un ser perdido en el pasado.
    “Somos criaturas viejas, eso está claro. Fuimos construidas, no evolucionamos. Vivimos tres millones de años y hemos existido más de mil de nuestras generaciones, aunque no mediante procesos evolutivos tal como vosotros los entendéis… La mayor parte de nuestra historia se ha perdido. Desconocemos qué raza nos construyó o con qué fin. Baste con decir que nuestros constructores construían bien. Han desaparecido, pero nosotros seguimos aquí. Quizá sus descendientes continúan viviendo en mi interior, pero en ese caso, han olvidado su anterior grandeza. Escucho mensajes de mis hermanas diseminadas por esta galaxia, y ninguna habla de los constructores.
    Gea cerró los ojos por un instante, luego los abrió de nuevo. a la espera.
    —Muy bien —dijo Cirocco—. Te dejas un montón de detalles. ¿Cómo llegaste aquí? ¿Por qué eres la única? Escuchas la radio, ¿hablas por ella también? Y si es así, ¿por qué no te has puesto en contacto con la Tierra antes de esto? Sí…
    Gea levantó una mano y soltó una risita.
    —Una pregunta cada vez, por favor. Estás haciendo muchísimas suposiciones. ¿Qué te hace pensar que soy un visitante? Nací en este sistema, igual que vosotras. Mi hogar es Rea. En Japeto mi hija se aproxima a la madurez en este momento. Hay una familia de titanes circundando Urano. Forman los anillos invisibles. Son todos más pequeños que yo: soy el mayor titán de la vecindad.
    —¿Japeto? —dijo Gaby—. Una de las razones…
    —Tranquila. Lo explicaré, y te ahorraré un viaje. No podemos viajar entre estrellas. No podemos movernos como no sea para ajustes orbitales secundarios.
    “Libero huevos desde mi borde, donde ya tienen una velocidad respetable debido a mi rotación. Los apunto lo mejor que puedo, pero con estas distancias dar en el blanco es problemático, ya que los huevos no tienen control una vez lanzados.
    “Cuando caen en un mundo adecuado (Japeto es perfecto: sin oxígeno, rocoso, lleno de luz solar, ni demasiado grande ni demasiado pequeño), echan raíces. En cincuenta mil años el bebé titán está listo para nacer. En ese momento, ha cubierto todo un hemisferio con el cuerpo natal. Así es como Japeto se veía hace setenta y cinco años: un lado era significativamente más brillante que el otro.
    “El bebé titán se contrae a continuación hasta formar una espesa banda que circunda el planeta de polo a polo. En eso se ha convertido Japeto. Mi hija ha cavado muy profundo. Ha llegado hasta el núcleo para buscar elementos que precisa para su viabilidad. Temo que Japeto ya ha sido demasiado saqueado; mi abuela, y mi bisabuela antes que ella, usaron esta luna.
    “Mi hija está ocupada en sintetizar los combustibles que necesitará para liberarse de Japeto. Eso tendría que suceder dentro de cinco o seis años. Cuando ella esté lista, y no puede ser un solo día antes, porque en cuanto nazca tendrá toda la masa de que dispondrá para siempre, se lanzará al espacio. Es probable que Japeto se resquebraje en el proceso, como el mundo que finalmente se convirtió en los anillos de asteroides. Después…
    —¿Estás afirmando que los titanes son responsables de los asteroides? —preguntó Gaby.
    —¿Es que no acabo de explicarlo? —Gea pareció algo molesta, aunque estaba muy concentrada en su relato.
    “Eso fue hace mucho tiempo, y no puedes hacerme responsable. En cualquier caso, en cuanto mi hija esté libre, acabará con la rotación que tenga y se pondrá a girar como yo. La parte de mi hija que se transformará en su centro está tocando actualmente la superficie de Japeto. En el espacio, esta parte se contraerá, sacando los radios al hacerlo. Girará más aprisa, estabilizándose, llenándose de aire, empezará a mover montañas en su interior como preparación para las criaturas que… bueno, ya tenéis una imagen. Divago cuando hablo de mi hija, como cualquier madre, supongo.
    —No, no, estoy fascinada —dijo Cirocco—. ¿Tendrá tu hija titánidas, ángeles y dirigibles en su interior?
    Gea ahogó su risa.
    —Ninguna titánida, sospecho. Si tiene ese capricho, habrá de inventarlas como yo hice.
    Cirocco meneó la cabeza.
    —Me he perdido.
    —Es muy sencillo. La mayoría de mis especies son descendientes de criaturas que los titanes protegieron cuando fuimos creados. Cada huevo que lanzo contiene el germen de un millón de especies, como por ejemplo las plantas electrónicas. No creo que mis constructores se hubieran preocupado mucho por las máquinas. Cultivaban todo lo que precisaban, desde vestimenta a casas y circuitos. Titánidas y ángeles son otra cosa. Os habéis preguntado, antes de que os acostumbrarais a estos seres, cómo era posible que tuvieran un aspecto tan humano… La respuesta es simple. Usé humanos como modelo. Las titánidas fueron fáciles, pero los ángeles… ¡Cuántos dolores de cabeza! Vuestros narradores eran mucho más caprichosos que prácticos. El ancho de las alas tenía que ser tremendo para levantar del suelo a las criaturas, incluso con mi baja gravedad y elevada presión atmosférica. Admito que no se parecen al modelo bíblico, ¡pero funcionan! El problema básico, ¿sabéis?, fue…
    —Tú los creaste —dijo Cirocco—. Lo hiciste todo, desde el principio.
    —Acabo de decirlo, ¿no? Ideé el ADN. No es más difícil para mí que elaborar un modelo en arcilla lo es para vosotras.
    —Todos los detalles de los ángeles son de tu invención. Y lograste las ideas básicas en la radio, lo que significa que no podían ser muy viejos como civilización. No llevamos mucho tiempo, según tu cómputo, emitiendo por radio.
    —Menos de un siglo, por lo que respecta a las titánidas. Los ángeles son aún más jóvenes.
    —Entonces…, eres un dios. No quiero entrar ahora en teología, pero creo que sabes a qué me refiero.
    —Para todo fin práctico, aquí, en mi pequeño rincón del universo, sí…, lo soy.
    Gea entrelazó las manos y pareció estar muy complacida de sí.

* * *

    Cirocco observó la puerta con añoranza. Sería tan agradable cruzarla y tratar de olvidar que todo aquello había sucedido… ¿Qué importaba que esta persona fuera una loca sobreviviente de los constructores?, se preguntó Cirocco. Controlaba el mundo que ellos llamaban Gea. Era indiferente que la mujer fuera de hecho el mismo mundo; en cualquier caso, el poder era primario.
    Y curiosamente, Cirocco se encontró con que Gea le gustaba en sus momentos desprevenidos. Hasta que recordó qué la había traído al cubo.
    —Hay dos cosas que desearía preguntarte —dijo Cirocco, con toda la firmeza de que fue capaz.
    Gea se irguió vivamente.
    —Sigue, por favor. Sucede que también yo desearía preguntarte dos cosas.
    —Yo… ¿Tú? ¿Preguntarme? ¿A mi? —la idea era totalmente insospechada. Cirocco estaba muy nerviosa con el pensamiento de sacar a discusión la Ringmaster. Sabía que ella y su tripulación habían sido agraviados, pero ¿cómo decir eso a una diosa? Cirocco ansió tener al menos una milésima del valor que le había permitido estar en el cubo y lanzar maldiciones al aire vacío—. ¿Qué puedo hacer por ti?
    —Tal vez te sorprendas —dijo Gea, sonriendo.
    Cirocco miró un instante a Gaby, que abrió los ojos ligeramente y cruzó los dedos a escondidas.
    —La primera pregunta… eh, la primera pregunta se refiere a las titánidas —maldición, se supone que esa pregunta debía de ser la segunda. Pero no iría mal sondear el agua—. Una titánida llamada Maestra Cantora —Cirocco cantó el nombre, luego prosiguió—, me pidió que…, si alguna vez llegaba a verte, te preguntara por qué ellas deben estar guerreando.
    Gea frunció el ceño, pero por confusión más que por ira.
    —Seguramente, eres tú quien ha deducido eso.
    —Bueno, sí, es cierto. La agresión a los ángeles está arraigada en sus mentes. Es un instinto, y lo mismo pero al contrario sirve para los ángeles.
    —Precisamente correcto.
    —Y ya que tú los diseñaste, debes haber tenido un motivo para…
    Gea adoptó un aire de sorpresa.
    —Bien, claro que sí. Quería tener una guerra. Nunca supe de guerras hasta que empecé a ver vuestros programas de televisión. Parece que os gustan mucho las guerras, tenéis una cada pocos años, así que pensé intentarlo.
    Cirocco no encontró nada que decir durante largo rato. Notó que su boca estaba abierta.
    —Hablas en serio, ¿no?
    —Totalmente.
    —No sé cómo explicarme.
    Gea suspiró.
    —Ojalá no me tuvierais miedo. Os aseguro que no tenéis nada que temer por mi parte.
    Gaby se inclinó hacia adelante.
    —¿Cómo podemos saberlo? Tú… —se detuvo y miró a Cirocco.
    —Yo destruí vuestra nave. Ese es el segundo punto de la orden del día, estoy convencida. Hay muchas cosas que desconocéis en cuanto a eso. ¿Querríais un poco más de café?
    —Ahora no, gracias —se apresuró a decir Cirocco—. Gea, o santidad, o como deba llamarte…
    —Gea está bien.
    —…no nos gusta la guerra. No me gusta a mí, y no creo que a ninguna persona cuerda le guste. Seguramente también habrás visto películas antibélicas…
    Gea se puso seria y se mordisqueó un nudillo.
    —Naturalmente que sí. Pero eran las menos, y aun así, eran populares. Contenían más derramamiento de sangre que la mayoría de las películas proguerra. Dices que no te gusta la guerra, pero ¿por qué estás tan fascinada por ella?
    —Desconozco la respuesta. Lo único que sé es que odio la guerra, y que las titánidas también la odian. Les gustaría verla acabada. Vine aquí para pedirte eso.
    —¿Nada de guerra? —fijó la vista en Cirocco, con aire suspicaz.
    —Nada.
    —¿Ni siquiera una escaramuza de vez en cuando?
    —Ni siquiera eso.
    Los hombros de Gea se hundieron de repente, después se alzaron con un gran suspiro.
    —Muy bien —dijo—. Considéralo hecho.
    —Espero que no cree demasiados problemas —prosiguió Cirocco—. No sé cómo te las arreglas para…
    —¡Está hecho!
    La habitación se iluminó con un relámpago que formó una corona en torno a la cabeza de Gea. El trueno hizo que Gaby y Cirocco se pusieran de pie. Gaby, con la espada a medio sacar de la funda, se puso entre Cirocco y Gea.
    Pasaron varios desagradables segundos.
    —No quería hacer eso —dijo Gea, las manos agitándose nerviosamente—. Yo sólo… bueno —suspiró—, estaba como desilusionada —hizo un gesto para que las dos mujeres se sentaran.
    “Tendría que haber dicho se está haciendo —explicó cuando las cosas se calmaron—. Estoy retirando a la totalidad de ángeles y titánidas. La reprogramación llevará un tiempo.
    —¿Reprogramación? —preguntó Cirocco, de modo suspicaz.
    —Nadie resultará dañado, querida. La tierra se los tragará. Surgirán al cabo de un tiempo, liberados de la compulsión. ¿Satisfecha?
    Cirocco se preguntó cuál sería la alternativa, pero movió la cabeza afirmativamente.
    —Perfecto. Ahora viene el otro problema. Vuestra nave.
    “Yo no lo hice.
    Gea alzó la mano, aguardó hasta estar segura de que Cirocco no le interrumpiría, luego prosiguió.
    —Sé que os dije que soy todo el mundo, que soy Gea. Eso fue del todo cierto en una época. Ahora no lo es tanto. Recordad que tengo tres millones mil doscientos sesenta y seis años —hizo una pausa y alzó una ceja.
    —Tres millones… —Cirocco entornó los ojos—. Dijiste que esa era la envergadura de tu vida.
    —Correcto. Soy vieja hasta según mis cómputos, no sólo según los vuestros. Lo habéis visto en el borde y en el cubo. Mis desiertos están más resecos y mis páramos más llenos de hielo que nunca antes, y no puedo hacer nada para remediarlo. Dudo de que viva otros cien mil años más.
    Cirocco se echó a reír de repente. Gaby se sorprendió y Gea se limitó a quedarse cortésmente inmóvil, la cabeza ladeada, hasta que Cirocco pudo dominarse.
    —Perdóname —dijo Cirocco, todavía respirando con dificultad—, pero, no sé, me resulta difícil mostrarme compadecida del modo correcto. ¡Sólo cien mil años! —volvió a reírse, y en esta ocasión la acompañó Gea.
    —Tienes razón —dijo la diosa—. Aún queda mucho tiempo para enviar flores. Puedo sobrevivir a toda vuestra raza —se aclaró la garganta—. Pero volviendo a lo que os explicaba, agonizo. No funciono bien en mil aspectos… que todavía aguantan, sí, pero no soy la que fui en otro tiempo.
    “Pensad en un dinosaurio. Un cerebro en la cabeza, otro en su grupa. Control descentralizado en un cuerpo voluminoso.
    “Yo funciono de la misma forma. Cuando era joven mis cerebros auxiliares actuaban conmigo, igual que vuestros dedos os obedecen. En el último medio millón de años la situación ha cambiado. He perdido buena parte del control sobre mis zonas externas. Existen doce inteligencias distintas en el borde, y yo me estoy fragmentando en dos personalidades incluso en mi nexo nervioso central, el cubo.
    “En cierto modo, es como la teogonía griega a la que tan aficionada soy. Mis hijos tienden a ser díscolos, tercos, hostiles. Peleo con ellos constantemente. Allá abajo hay tierras buenas y tierras malas. Hiperión es una de las buenas. Ella y yo nos las arreglamos bien.
    “Rea es temperamental y bastante insensata, pero al menos puedo inducirla con frecuencia a que haga lo correcto.
    “Pero Océano es el peor. El y yo hemos dejado de hablarnos. Lo que hago en Océano es mediante instrucciones erróneas, engaños, ardides.
    “Fue Océano quien tendió la trampa a vuestra nave.

CAPITULO 25

    Océano rumió diez mil años al sentir que el puño de Gea se debilitaba. Todavía había la posibilidad de que ella destruyera la floreciente independencia que él ocultaba con tanto cuidado. Los resentimientos de Océano se emponzoñaron.
    ¿Por qué él debía estar en la oscuridad? Él, el más poderoso de los océanos, eternamente cubierto de hielo. La vida que pugnaba en la desolada tierra por encima de él no podía desarrollarse. Muchos de sus hijos morirían a plena luz del día. ¿Cuál era la excelencia de Hiperión para que estuviera tan lujuriante y hermoso?
    En silencio, unos cuantos metros cada día, Océano extendió un nervio por debajo de la tierra hasta que pudo hablar directamente con Rea. Reconoció el germen de la locura en ella y empezó a lanzar miradas al oeste en busca de un aliado.
    Mnemósine no estaba bien. Se sentía desolada, física y emotivamente, por la muerte de sus frondosos bosques. Por mucho que pudiera arder en resentimiento hacia Gea, Océano no podía penetrar en las profundidades de la depresión de Mnemósine. Océano perforó un túnel.
    Más allá de Mnemósine se hallaba la región nocturna de Cronos. El dominio de Gea era poderoso; el cerebro secundario que señoreaba en el territorio era una herramienta de la mente primaria y todavía no había desarrollado una personalidad independiente.
    Océano siguió moviéndose hacia el oeste. Sin comprenderlo, estaba tendiendo una red de comunicaciones que uniría las seis tierras rebeldes.
    Océano encontró en Japeto su aliado más fuerte. Con sólo que hubiera estado más cerca, los dos podrían haber derrocado a Gea. Pero las tácticas que imaginaron se basaban en una estrecha cooperación física, por lo que él y Japeto se vieron reducidos a la mera conspiración. Océano no tuvo más remedio que recurrir a su alianza con Rea.
    Dio el paso en la época que en la Tierra se construían las pirámides. Sin aviso, detuvo los flujos refrigerantes que atravesaban su inmenso cuerpo y los cables de sustentación controlados por él. En el lejano extremo oriental del mar que dominaba el helado panorama de Océano, gobernaba dos bombas fluviales: enormes músculos de tres cámaras que alzaban las aguas del Ofión hasta Hiperión occidental. Océano detuvo la inmensa pulsación de los músculos. En el este. Rea hizo lo mismo con las cinco bombas que elevaban el agua sobre sus cordilleras orientales, al mismo tiempo que aceleraba el funcionamiento de sus bombas cercanas a Hiperión. Aislado por el oeste y desecado por el este, Hiperión empezó a marchitarse.
    En pocos días, el Ofión dejó de fluir.

* * *

    —Supe todo esto por medio de Rea —dio Gea—. Sabia que estaba perdiendo el control sobre mis cerebros periféricos, pero nadie había mencionado quejas. No imaginé que pudieran existir.
    Poco a poco se había hecho más oscuro, mientras Gea narraba la rebelión de Océano. La mayoría de los paneles luminiscentes del suelo se habían apagado. Los que quedaban despedían un fluctuante resplandor anaranjado. Las paredes de la sala retrocedían en las tinieblas.
    —Sabía que tenía que hacer algo. Océano estaba a punto de acabar con ecosistemas enteros. Podían pasar mil años antes de que yo pudiera recomponerlos.
    —¿Qué hiciste? —musitó Gaby.
    Cirocco respingó, la silenciosa voz de Gea casi la había hipnotizado. Gea levantó la mano y lentamente formó un puño que parecía una masa de piedra.
    — Me contraje.

* * *

    El vasto músculo circular había estado inactivo tres millones de años. Sólo había tenido una función: contraer el centro de la rueda y despedir los radios, justo después de que naciera el titán. La red de cables de Gea dependía de ese músculo. Era el centro del cordaje, el ancla poderosa que mantenía unida a Gea.
    El músculo se contrajo bruscamente.
    Megatoneladas de hielo y rocas saltaron en el aire.
    Diez mil kilómetros cuadrados de la superficie de Océano se levantaron como un ascensor superrápido. El mar helado se convirtió en fango, incrustado de cubos de hielo del tamaño de una manzana urbana. En toda Gea, los ramales de los cables chasquearon como cuerda podrida, deshaciendo, enmarañando, azotando la tierra bajo ellos.
    El músculo se relajó.
    En un instante vertiginoso reinó la ingravidez en Océano. Témpanos de un kilómetro cuadrado flotaron como copos de nieve, girando en el huracán que había empezado a soplar desde el cubo.
    Cuando Océano abandonó el fondo, quince cables produjeron un sonido vibrante, la música fatal de la venganza de Gea. Sólo la energía sónica despojó diez metros de superficie del terreno de regiones vecinas y precipitó tormentas de polvo opuestas una docena de veces en torno al borde antes de que su furia se abatiera.
    Como una mano que comprime una bola, el músculo del cubo se contrajo y aflojó a un ritmo de dos veces diarias que hizo vibrar Gea como una banda de goma estirada.
    Gea tenía otro truco más, pero aguardó hasta que el cataclismo hubiera despellejado a Océano hasta convertirlo en roca desnuda. Gea sólo tenía otros seis músculos. En aquel momento dobló uno de ellos.
    El radio que descollaba sobre Océano se contrajo, se redujo a la mitad de su diámetro normal. Privados de agua por una semana, los árboles quedaron secos como yesca. Se desprendieron, fracturados de su tenaz asimiento a la carne de Gea. y empezaron a caer.
    En el descenso, se pusieron a arder.
    Océano fue un infierno.

* * *

    —Quería quemar al bastardo —dijo Gea—. Quería cauterizarlo para siempre.
    Cirocco tosió, y buscó su olvidada bebida. Los cubitos de hielo resonaron de modo alarmante en el silencio y oscuridad casi total.
    —Océano estaba muy hondo, pero introduje el temor a Dios en él —se rió calladamente—. Yo misma me quemé en el proceso… El fuego dañó mi válvula inferior, y desde entonces he atacado a Océano con huracanes y ruidos cada diecisiete días. El ruido no es mi Lamento; es mi advertencia. Pero valió la pena. Océano fue un chico muy bueno durante miles de años. No cometáis un error, es imposible que una docena de dioses gobiernen un mundo. Los griegos sabían de qué hablaban.
    “Pero la dificultad en esto, ¿comprendéis?, se deriva del hecho de que el destino de Océano no es ajeno al mío. El es otra parte de mi mente, de modo que, en vuestros términos, yo estoy loca. Esto nos destruirá a todos, finalmente, a los buenos y a los malos.
    “Pero Océano se estaba portando muy bien hasta que os presentasteis vosotros.
    “Yo había planeado ponerme en contacto con vosotros unos días antes de que llegarais aquí. Era mi intención cogeros con las grapas externas de Hiperión. Os aseguro que lo habría hecho con delicadeza, sin romper un solo vaso.
    “Océano explotó mi debilidad. Mis órganos transmisores radiofónicos se hallaban en el borde. Había tres, pero uno se rompió hace eras. Los otros están en Océano y Crios. Crios es mi aliado, pero Rea y Tetis lograron destruir su transmisor. Repentinamente todas mis comunicaciones pasaron a manos de Océano.
    “Decidí no hacer la recogida. No habiendo estado en contacto conmigo, vosotros me habríais malinterpretado, seguramente.
    “Pero Océano os quería para él.

* * *

    La batalla rugió bajo las superficies de Océano e Hiperión. Se disputó en los grandes conductos que suministran el fluido nutritivo conocido como leche de Gea.
    Cada uno de los cautivos humanos fue encerrado en una cápsula de gelatina protectora mientras se decidía su suerte. Los ritmos metabólicos fueron reducidos. Médicamente, se hallaban en estado comatoso, inconscientes de sus contornos.
    Las armas de la guerra fueron las bombas que impulsaban nutrientes y refrigerantes a través del mundo subterráneo. Grandes desequilibrios de presión fueron creados por ambos combatientes, de modo que en un momento dado un geiser de leche se abrió paso en la superficie de Mnemósine y salió en chorro hasta alcanzar cien metros en el aire, para caer en la arena y abastecer una breve primavera.
    Estuvieron batallando casi todo un año. Luego, por fin, Océano supo que estaba perdiendo. Las recompensas empezaron a fluir hacia Hiperión bajo la asombrosa presión que Gea aplicó a Japeto, Cronos y Mnemósine.
    Océano cambió de táctica. Se introdujo en las mentes de los cautivos y los despertó.

* * *

    —Siempre temí que él lo hiciera —dijo Gea, mientras las luces de la habitación amenazaban con extinguirse en el olvido—. Océano tenía un vínculo con vuestros cerebros. Se hizo imperativo que yo cortara ese vínculo. Usé tácticas que no creo comprendierais. En el proceso, perdí a uno de vosotros, una mujer. Cuando la recuperé, había sido cambiada.
    “Océano trataba de destruiros a todos antes de que yo os tuviera… Antes de que yo tuviera vuestras mentes, no vuestros cuerpos. Eso habría sido muy fácil. El os colmó de información. Implantó el lenguaje de silbidos en uno de vosotros, las canciones de las titánidas en dos más. Que algunos de vosotros hayan sobrevivido cuerdos es algo que no termina de asombrarme.
    —No todos nosotros hemos sobrevivido —dijo Cirocco.
    —No, y lo lamento. Intentaré compensaros, de algún modo.
    Mientras Cirocco se preguntaba qué se podría hacer para arreglar las cosas, Gaby intervino.
    —Recuerdo haber trepado una escalera inmensa —dijo—. Atravesé puertas doradas y estuve a los pies de Dios. Hace pocas horas me pareció como si volviera a encontrarme en el mismo lugar. ¿Puedes explicar esto?
    —Hablé con todos vosotros —dijo Gea—. En vuestro estado, mentalmente dócil después de días de privación sensorial, cada cual adoptó su interpretación personal.
    —No recuerdo nada de eso —dijo Cirocco.
    —Tú lo anulaste. Tu amigo Bill fue más lejos, y borró la mayoría de sus recuerdos.
    “Entreviéndoos a través de Hiperión, decidí lo que se debía hacer. April estaba demasiado imbuida de la cultura y hábitos de los ángeles. Intentar devolverla a lo que había sido la habría destruido. La transporté al radio y dejé que emergiera para encontrar su destino.
    “Gene estaba mentalmente enfermo. Lo llevé a Rea, confiando en que permanecería separado del resto de vosotros. Debí haberlo destruido.
    Cirocco suspiró.
    —No. Yo fui quien lo dejó vivir cuando pude haberlo matado, como tú.
    —Me haces sentir mejor —dijo Gea—. En cuanto a lo demás, era imperativo que volvierais al instante de la plena conciencia. Ni siquiera había tiempo para reuniros. Esperaba que os abrierais paso hasta aquí y en su momento, lo hicisteis. Y ahora podéis volver al hogar.
    Cirocco alzó la vista rápidamente.
    —Sí —continuó Gea—, la nave de rescate está aquí. A las órdenes del capitán Wally Svensen, y…
    —¡Wally! —Gaby y Cirocco lo dijeron simultáneamente.
    —¿Un amigo? Pronto lo veréis. Vuestro amigo Bill ha estado hablando con él desde hace dos semanas —Gea se sintió incómoda, y cuando habló de nuevo hubo una huella de malhumor en su voz—. Es algo más que una misión de rescate, a decir verdad.
    —Pensaba que podía serlo.
    —Sí. El capitán Svensen está equipado para librar una guerra conmigo. Tiene un gran número de bombas nucleares, y su presencia allá afuera me pone nerviosa. Esa era una de las cosas que deseaba preguntarte. ¿No podrías intervenir con una buena explicación? Es imposible que yo constituya una amenaza para la Tierra, ya lo sabéis.
    Cirocco dudó un instante, y Gea volvió a sentirse incómoda.
    —Sí, creo que podría arreglarlo.
    —Muchas gracias. En realidad él no dijo que pensara bombardearme, y cuando descubrió que había sobrevivientes de la Ringmaster esa posibilidad se hizo más remota. He escuchado algunas de sus naves exploradoras, y están en el proceso de construir un campamento base cerca de Ciudad Titán. Tú puedes explicarle lo sucedido, ya que no estoy segura de que me crea.
    Cirocco asintió, y no dijo nada durante un largo rato, aguardando que Gea continuara. No lo hizo, y finalmente Cirocco tuvo que intervenir.
    —¿Cómo saber que podemos creer en todo esto?
    —No os puedo ofrecer seguridades. Sólo puedo pediros que creáis la historia tal como la he contado.
    Cirocco asintió otra vez, y se levantó. Trató de que el gesto pareciera casual, pero nadie lo esperaba. Gaby estaba confundida, pero se puso de pie.
    —Ha sido interesante —dijo Cirocco—. Gracias por la coca.
    —No nos apresuremos —dijo Gea, tras una pausa de sorpresa—. En cuanto volváis al borde no podré hablar con vosotras directamente.
    —Puedes enviarme una postal.
    —¿Detecto una pizca de enojo?
    —No lo sé. ¿Y tú? —de repente Cirocco estaba enojada, y sin saber por qué—. Estás en condición de saberlo. Soy tu cautiva, no importa cómo lo denomines tú.
    —Eso no es del todo cierto.
    —Sólo tengo tu palabra. Sólo tu palabra para diversas cuestiones. Me traes a una habitación de una vieja película, te muestras ante mí como una vieja regordeta, me ofreces mi único vicio para que lo goce. Apagas las luces y me cuentas una larga e incierta historia. ¿Qué se supone que debo creer?
    —Lamento que opines así.
    Cirocco agitó la cabeza con aire de cansancio.
    —Olvídalo —dijo—. Me siento un poco deprimida, eso es todo.
    Gaby la miró, pero no dijo nada. El gesto irritó a Cirocco, y no ayudó en nada que también Gea pareciera interesada por sus últimas palabras.
    —¿Deprimida? Imagino el porqué. Has acabado lo que deseabas hacer, contra fuerzas tremendamente superiores. Has detenido una guerra. Y ahora te vas a casa…
    —La guerra me preocupa —dijo Cirocco, lentamente.
    —¿De qué manera?
    —No me he tragado tu historia. O al menos, no me la he tragado completa. Si de verdad quieres que discuta por ti, dime el auténtico motivo por el que las titánidas se enfrentaron a los ángeles durante tanto tiempo, con un fin tan insignificante.
    —Práctica —dijo Gea, sin dudar un instante.
    —¿Cómo?
    —Práctica. No tengo enemigos, y en mi conducta instintiva no hay nada que me ayude a enfrentarme a la guerra. Sabía que pronto conocería humanos, y todo lo que aprendí de vosotros subrayaba vuestra agresividad. Vuestras noticias, películas, libros: guerra, asesinato, conducta predatoria, hostilidad…
    —Te estabas preparando para guerrear con nosotros.
    —Estaba explorando las técnicas, en caso de que tuviera que hacer eso.
    —¿Qué has aprendido?
    —Que yo era terrible en ese aspecto. Puedo destruir vuestras naves si se acercan mucho, pero eso es todo. Vosotros me destruiríais en un abrir y cerrar de ojos. No tengo dotes para la estrategia. Mi victoria sobre Océano mostró toda la sutilidad de la lucha a brazo partido. En cuanto llegasteis, April revolucionó el ataque de los ángeles y Gene estuvo a punto de ofrecer nuevas armas a las titánidas. Naturalmente, yo misma pude haberles ofrecido esas armas. He visto bastantes películas de cowboys para saber cómo funcionan un arco y una flecha.
    —¿Por qué no lo hiciste?
    —Confiaba en que las titánidas las inventaran.
    —¿Y por qué ellas no lo hicieron?
    —Son una especie nueva. Carecen de creatividad. Es por mi culpa; nunca me destaqué en originalidad. Copié el gusano de la arena de Mnemósine de una película. Hay un antropoide gigante en Febe del que estoy muy orgullosa, pero se trata de otra imitación. Las titánidas son plagiadas de la mitología…, aunque sus constituciones sexuales son mi invención —Gea adoptó un aire de satisfacción y Cirocco estuvo a punto de reírse—. Soy capaz de hacer los cuerpos, ¿comprendes? Pero dotar a una especie manufacturada de un sentido de… bueno, la simple terquedad que tenéis los humanos… Eso está más allá de mis posibilidades.
    —Por eso te apropiaste de un poco de esa terquedad.
    —¿Cómo has dicho?
    —No te hagas la inocente. Hay un detalle, de cierta importancia para mí, y para Gaby y August, que has olvidado mencionar. Te he creído hasta ahora, más o menos, pero aquí tienes tu oportunidad de convencerme de que has dicho la verdad. ¿Por qué quedamos embarazadas?
    Gea no dijo nada durante lo que pareció un lapso muy prolongado. Cirocco estaba preparada para salir corriendo. Al fin y al cabo, Gea era todavía una diosa, no servía de nada encolerizarla.
    —Yo lo hice —dijo Gea.
    —¿Creías que nosotras lo aprobaríamos?
    —Ño, estaba convencida de lo contrarío. Ahora lo lamento, pero ya está hecho.
    —Y deshecho.
    —Lo sé —Gea suspiró—. La tentación fue demasiado grande. Era una posibilidad de obtener un nuevo híbrido…, uno que reuniera lo mejor de ambas especies. Confiaba en revitalizar… No importa. Lo hice, no trato de excusarme. No me enorgullezco de ello.
    —De todas formas, me alegra oírlo. No hagas esas cosas, Gea. Somos seres inteligentes, como tú, y merecemos un trato más digno.
    —Ahora lo comprendo —dijo Gea, contrita—. Es un concepto muy difícil para acostumbrarse a él.
    Cirocco admitió, a regañadientes, que probablemente lo fuera, tras tres millones de años de ser diosa.
    —Tengo una pregunta —dijo repentinamente Gaby. Llevaba mucho rato callada, al parecer satisfecha de que Cirocco se encargara de la negociación—. ¿Fue realmente necesario este viaje?
    Cirocco aguardó, pues ella misma había tenido dudas en cuanto a esa parte de la narración.
    —Tienes razón —admitió Gea—. Podía haberos traído aquí directamente. Está claro, puesto que acerqué a April más de la mitad del camino. Habría habido cierto riesgo con el tiempo adicional de aislamiento, pero el remedio era devolveros al sueño.
    —Entonces, ¿por qué no lo hiciste? —quiso saber Cirocco.
    Gea extendió las manos.
    —Dejemos de engañarnos mutuamente, ¿de acuerdo? Primero, no sé si yo os lo debía. Segundo, yo estaba, y aún lo estoy, un poco asustada de vosotros. No de vuestras personas, sino de los humanos. Tenéis inclinación a ser impacientes.
    —No lo discutiré.
    —De todas maneras, habéis llegado aquí arriba. ¿no es cierto? Eso es lo que deseaba comprobar: si erais capaces de lograrlo. Y deberíais darme las gracias por ello, porque habéis disfrutado mucho.
    —Me es imposible imaginar que puedas pensar en una cosa…
    —Ahora somos honestas, ¿recuerdas? En realidad estás más que contenta por estar a punto de volver a casa ahora, ¿verdad?
    —Bueno, naturalmente yo…
    —Todo tu comportamiento demuestra que no estás satisfecha. Tenías una meta que alcanzar: subir aquí. Ahora lo has logrado. La mejor época de tu vida. Niégalo, si es que puedes.
    Cirocco se quedó casi muda.
    —¿Cómo puedes decir eso? Vi a mi amante a punto de morir…, y por poco muero yo misma. Yo y Gaby fuimos violadas, yo sufrí un aborto, April se ha convertido en un monstruo, August está…
    —Podían haberte violado en la Tierra. En cuanto a lo demás… ¿Esperabas que fuera fácil? Lamento el aborto; no volveré a hacerlo. ¿Me culpas por lo demás?
    —Bueno, no, creo que tú…
    —Deseas culparme. Sería más fácil irse de aquí. Te es duro admitir que incluso con todas esas cosas que sucedieron a tus amigos, ninguna por tu culpa, has disfrutado de una gran aventura.
    —Eso es lo más…
    —Capitana Jones, pongo en tu consideración el hecho de que jamás tuviste dotes para ser capitán. ¡Oh, lo has hecho bien, de la misma forma que haces bien la mayoría de las cosas que abordas! Pero no eres un capitán. No disfrutas dando órdenes a los que te rodean. Te gusta la independencia, te gusta ir a lugares extraños y hacer cosas excitantes. En una época anterior habrías sido una aventurera, un soldado de la fortuna.
    —Si hubiera nacido hombre —corrigió Cirocco.
    —Porque sólo recientemente las mujeres han tenido oportunidad de correr aventuras independientemente. El espacio era la única frontera a tu disposición, pero una frontera mecánica, muy civilizada. En el fondo, no te satisface.
    Cirocco había desistido de esforzarse en detener a Gea. Todo era tan forzado que decidió dejar divagar a la diosa.
    —No, para lo que tienes dotes es precisamente para lo que has estado haciendo. Escalar la montaña imposible de escalar. Comunicarte con seres extraños. Agitar tu puño ante lo desconocido, escupir al ojo de Dios. Has hecho todo eso. Resultaste herida en el camino; si hubieras seguido esa ruta habrías recibido más golpes. Te habrías helado, habrías pasado hambre, te habrías desangrado, te habrías agotado de cansancio. ¿Qué es lo que deseas, pues? ¿Pasar el resto de tu vida tras un escritorio? Ve a casa. El escritorio te aguarda.
    Muy por debajo del abismo curvado que era el cubo de Gea, el viento bramó tenuemente. En alguna parte, masas de aire estaban siendo absorbidas por una cámara vertical de trescientos kilómetros de altura, y esa cámara estaba poblada de ángeles. Cirocco miró a su alrededor, y se estremeció. A su derecha. Gaby sonreía. ¿Qué sabe ella que yo no sepa?, se preguntó.
    —¿Qué me estás ofreciendo?
    —Una oportunidad de vivir mucho, con la posibilidad de que tu vida pueda ser bastante corta. Te ofrezco buenos amigos y diabólicos enemigos, día eterno y noche interminable, espléndidas canciones y vino de calidad, penurias, victorias. desesperanza y gloria. Te ofrezco la posibilidad de una vida que no encontrarás en la Tierra, el tipo de existencia que sabías no encontrarías en el espacio pero que sin embargo esperabas de todos modos.
    “Necesito un representante en el borde. Ha pasado mucho tiempo desde que tuve uno, porque exijo mucho. Puedo otorgarte ciertos poderes. Tú definirás tu trabajo, elegirás horarios y compañías, verás el mundo. Recibirás alguna ayuda por mi parte, pero pocas interferencias.
    “¿Te gustaría ser una hechicera?

CAPITULO 26

    Visto desde el aire, el campamento base de la expedición era una horrible flor color castaño. Una llaga irregular se había abierto en la tierra justo al este de Ciudad Titán y había empezado a secretar terráqueos.
    Daba la impresión de que aquello no terminaría nunca. Mientras Cirocco observaba desde la góndola de Apeadero, una azulada gota de gelatina con forma de píldora manó de la tierra y cayó de lado. El material contenido por la cápsula se convirtió rápidamente en agua y se alejó de un tractor oruga de color plateado. El vehículo se revolvió en el mar de fango y se abrió paso hasta una hilera de seis máquinas similares aparcadas junto a varias cúpulas inflables, antes de descargar a sus cinco pasajeros.
    —Esos tipos se presentan muy elegantes —observó Gaby.
    —Así parece. Y sólo se trata de la expedición de aterrizaje. Wally no nos acercará su nave demasiado para no acabar atrapado.
    —¿Estás segura de que quieres ir allá abajo? —preguntó Gaby.
    —Tengo que hacerlo. Lo sabes muy bien.
    Calvin observó el panorama y olfateó.
    —Si os da igual —dijo—, me quedaré aquí. Podría ser molesto que yo bajara.
    —Puedo protegerte, Calvin.
    —Eso está por verse.
    Cirocco se encogió de hombros.
    —Quizá tú también prefieres quedarte aquí, Gaby.
    —Voy adonde tú vas —fue la simple respuesta—. Seguro que ya lo sabes. ¿Crees que Bill seguirá allá abajo? Tal vez lo han evacuado ya.
    —Creo que Bill esperará. Y además, tengo que bajar para echar un vistazo a eso —Cirocco señaló una brillante pila de metal un kilómetro al oeste del campamento, posada en su propia flor de tierra revuelta. No había modelo para comparar aquella pila de metal, ningún indicio de que alguna vez hubiera sido más que un montón de desechos.
    Eran los restos de la Ringmaster.
    —Pongamos cara de consejeras —dijo Cirocco.

* * *

    —…y afirma que en realidad actuó en nuestro interés durante todo el supuesto incidente de agresión. No puedo ofrecerles pruebas concretas de la mayor parte de estas declaraciones. No puede existir prueba alguna, como no sea la evidencia pragmática de la conducta de Gea en un momento adecuado. Pero no veo claro que ella constituya una amenaza para la humanidad, ni ahora ni en el futuro.
    Cirocco se recostó en la silla y cogió el vaso de agua con el deseo de que fuera vino. Había hablado durante dos horas, interrumpida únicamente por los añadidos o correcciones que Gaby había formulado a su relato.
    Se hallaban en una cúpula redonda que servía como cuartel de mando de la misión para la expedición de aterrizaje. La sala era suficiente para los siete oficiales reunidos, Cirocco y Gaby y Bill. Las dos mujeres habían sido conducidas allí nada más aterrizar, presentadas a todo el mundo y, por último, se les había rogado que iniciaran su informe.
    Cirocco se sentía fuera de lugar. Los tripulantes de la Unity y Bill iban vestidos con uniformes inmaculados de color rojo y oro, sin una arruga. Olían muy bien.
    Y parecían demasiado militares para el gusto de Cirocco. La expedición de la Ringmaster había evitado eso, incluso eliminando todos los rangos militares (con la excepción de capitán). Cuando la Ringmaster fue lanzada, la NASA había tenido problemas para borrar sus orígenes militares. Había buscado el favor de las Naciones Unidas para el viaje, aunque la noción de que la expedición era cualquier cosa menos estadounidense era una ficción transparente.
    Con todo, había servido de algo.
    La nave Unity, por su mismo nombre, testificaba que las naciones de la Tierra estaban cooperando más estrechamente. Su tripulación multinacional demostraba que el experimento de la Ringmaster había provocado la unión de las naciones para un fin común.
    Pero los uniformes revelaron a Cirocco cuál era ese fin.
    —Entonces usted aconseja una continuación de nuestra política pacífica —dijo el capitán Svensen; hablaba a través de un aparato de televisión dispuesto sobre el cerrado escritorio, en el centro de la sala. Aparte de las sillas, la mesa era el único mueble.
    —Lo máximo que pueden perder es el grupo de exploración. Enfréntese a los hechos, Wally. Gea sabe que eso sería un acto bélico, y que la próxima nave ni siquiera estaría tripulada. Sería una enorme bomba H.
    El rostro de la pantalla se puso muy serio, luego hizo un gesto afirmativo.
    —Perdóneme por un momento —dijo Svensen—. Quiero hablar de esto con mis oficiales —el hombre hizo un ademán de volverse, pero invirtió el movimiento.
    —¿Y usted, Rocky? No ha dicho si cree o no a Gea. ¿Dice la verdad?
    Cirocco no vaciló.
    —Sí, dice la verdad. Puede confiar en ello.
    El teniente Strelkov, comandante de tierra, aguardó hasta estar seguro de que el capitán no tenía nada más que decir, después se levantó. Era un hombre joven y apuesto con un desafortunado mentón y, aunque a Cirocco le costaba creerlo, servía en el ejército soviético. El hombre parecía poco más que un niño.
    —¿Puedo ofrecerles algo? —preguntó, en un inglés excelente—. Quizá tengan hambre después del viaje hasta aquí…
    —Comimos justo antes de saltar —dijo Cirocco, en ruso—. Pero si hubiera un poco de café…

* * *

    —En realidad no terminaste tu relato —estaba diciendo Bill—. Quedaba el problema de regresar abajo tras vuestra conversación con Dios.
    —Saltamos —dijo Cirocco, dando un sorbo a su café.
    —¿Vosotras…?
    Cirocco, Bill y Gaby se encontraban en una ‘esquina’ de la habitación circular, las sillas juntas, en tanto que los oficiales de la Unity cuchicheaban ante el aparato de televisión. Bill tenía un excelente aspecto. Caminaba con una muleta y al parecer la pierna le dolía cuando se apoyaba en ella, pero estaba de buen humor. La doctora de la Unity había dicho que podría operarlo cuando estuviera a bordo, y creía que Bill iba a volver a tener casi tanta movilidad como antes.
    —¿Por qué no? —preguntó Cirocco, con una suave sonrisa—. Llevábamos esos paracaídas todo el viaje como medida de seguridad, ¿por qué no los íbamos a usar? —la boca de Bill seguía abierta. Cirocco se echó a reír, más serena, y puso una mano en el hombro de él—. De acuerdo, lo pensamos mucho tiempo antes de saltar. Pero en realidad no era peligroso. Gea mantuvo abiertas las válvulas inferior y superior y llamó a Apeadero. Descendimos en caída libre los primeros cuatrocientos kilómetros, después aterrizamos en el dorso del dirigible —Cirocco alzó el vaso mientras un oficial servía más café y luego se volvió hacia Bill—. He hablado bastante. ¿Qué me cuentas de ti? ¿Cómo han ido las cosas?
    —Nada muy interesante, me temo. Pasé el tiempo en terapia con Calvin, y me relacioné con las titánidas.
    —¿Ah, sí? ¿Mucho?
    —¿Mucho? ¡Me refiero a que aprendí algunos cantos, tonta! —Bill se echó a reír—. Aprendí a cantar ven aquí, dame esto, Bill hambriento… Lo pasé bien. Luego decidí mover el culo y hacer algo, ya que tú no habías querido que te acompañara. Comencé a explicar a las titánidas algo que yo sabía un poco: electrónica. Y me enteré de la existencia de enredaderas conductoras, gusanos-batería y nueces rectificadoras de corriente. En poco tiempo tuve un receptor-transmisor.
    Bill sonrió ante la expresión del rostro de Cirocco.
    —Entonces no fue…
    Bill hizo un gesto de indiferencia.
    —Depende de cómo lo mires. Tú pensabas en términos de una radio que alcanzara la Tierra. Yo no podía construirla. Lo que tengo no es muy potente… Sólo hablo con la Unity cuando está en mi vertical, y la señal únicamente debe atravesar el techo. Pero aunque hubiera montado un aparato así antes de que te fueras, lo más probable es que te hubieras ido, ¿me equivoco? La Unity aún no estaba aquí, de manera que la radio habría sido inútil.
    —Supongo que me habría ido. Tenía otras cosas que hacer.
    —Lo he oído —Bill hizo una mueca—. Esos han sido los peores momentos del viaje para mí —confesó—. Me habían empezado a gustar las titánidas y entonces, como por arte de magia, todas pusieron una cara somnolienta y se precipitaron hacia los prados. Pensé que se trataba de otro ataque de los ángeles, pero ni una sola titánida regresó. Lo único que encontré fue un enorme agujero en la tierra.
    —Vi algunas titánidas al venir aquí —dijo Gaby.
    —Han retrocedido con el tiempo… No nos recuerdan.
    La mente de Cirocco había estado errando. No le preocupaban las titánidas. Sabía que todas estarían perfectamente bien, y que ahora no tendrían que sufrir la guerra. Pero era triste saber que Hornpipe ya no se acordaría de ella.
    Había estado observando a los de la Unity, y se extrañaba de que nadie viniera a conversar con ella. Sabía que no olía muy bien, pero no creía que fuera ése el motivo. Con cierta sorpresa, comprendió que tenían miedo de ella. El pensamiento le hizo sonreír.
    Cirocco advirtió que Bill le había estado hablando.
    —Lo siento, ¿qué decías?
    —Gaby decía que no has contado todo aún. Dice que hay algo más, y que yo debería saberlo.
    —¡Oh, eso! —dijo Cirocco, mirando furiosamente a Gaby. Pero en cualquier caso el tema tenía que surgir pronto.— Gea… eh, me ofreció un trabajo, Bill.
    —¿Un ‘trabajo’? —Bill alzó las cejas, sonrió inciertamente.
    —’Hechicera’, así lo llamó. Gea tiende a lo romántico. Probablemente Gea te complacería; a ella también le gusta la ciencia ficción.
    —¿A qué obliga ese trabajo?
    Cirocco abrió los brazos.
    —Resolución de problemas generales, de índole no específica. Siempre que ella tenga un problema, iré allá y veré qué puedo hacer. Aquí abajo hay, literalmente, ciertas tierras revoltosas. Gea me promete inmunidad ilimitada, una especie de pasaporte condicional basado en el hecho de que los cerebros regionales recuerden lo que ella hizo a Océano y no osen dañarme mientras viajo por ellos.
    —¿Eso es todo? Suena a proposición de fortuna.
    —Lo es. Gea ofreció educarme, llenarme la cabeza de una tremenda cantidad de erudición del mismo modo que fui enseñada a cantar titanio. Tendré su apoyo y ayuda. Nada mágico, pero seré capaz de hacer que la tierra se abra y trague a mis enemigos.
    —Eso me lo creo.
    —Acepté el trabajo, Bill.
    —Así lo creía —Bill se miró las manos y pareció muy cansado cuando alzó los ojos de nuevo—. Realmente eres otra cosa, ¿sabes? —lo dijo con un tono de amargura, aunque estaba tomando las noticias mejor de lo que Cirocco había esperado—. Parece el tipo de trabajo que te atraería. La mano izquierda de Dios —Bill meneó la cabeza—. Demonios, este lugar es un infierno. A uno puede no gustarle, ¿comprendes? A mí estaba empezando a gustarme, cuando las titánidas desaparecieron… Eso me hizo temblar, Rocky. Daba toda la impresión de que alguien hubiese guardado sus juguetes porque estaba cansado del juego. ¿Cómo sabes tú que no serás uno de sus juguetes? Has sido tu propia dueña, ¿piensas que lo seguirás siendo?
    —Honestamente, no lo sé. Pero no me podía enfrentar al regreso a la Tierra, a la vuelta al trabajo de oficina y la gira de conferencias. Tú has conocido astronautas que han pasado su mejor momento. Posiblemente yo conseguiría un puesto en el cuadro directivo de alguna gran corporación —Cirocco se echó a reír, Bill la acompañó con una ligera sonrisa.
    —Eso es lo que yo haré —dijo Bill—. Pero confío en que sea el departamento de investigación. Dejar el espacio no me asusta. Ya sabes que voy a regresar, ¿verdad?
    —Lo supe cuando vi tu bonito uniforme nuevo.
    Bill rió entre dientes, aunque con cierto regocijo. Los dos se estuvieron mirando un rato, hasta que Cirocco buscó y cogió la mano de Bill. El hombre sonrió con una comisura de los labios, se inclinó y besó suavemente la mejilla de Cirocco.
    —Buena suerte —dijo.
    —A ti también, Bill.
    Al otro lado de la sala, Strelkov carraspeó.
    —Capitana Jones, el capitán Svensen desea hablar con usted ahora.
    —¿Sí, Wally?
    —Rocky, hemos enviado su informe a la Tierra. Requerirá de cierto análisis, de manera que no habrá decisión concreta hasta dentro de unos días. Pero aquí arriba hemos añadido nuestra recomendación a la suya, y no creo que haya problema alguno. Espero convertir el campamento en misión cultural y embajada de las Naciones Unidas. Le ofrecería el cargo de embajadora, pero hemos venido con un experto para el caso de que nuestras negociaciones alcanzaran éxito. Además, supongo que estará ansiosa por volver…
    Gaby y Cirocco se echaron a reír y Bill no tardó en imitarlas.
    —Lo siento, Wally. No estoy ansiosa por volver. No voy a volver. Y no aceptaría el cargo aunque me lo ofreciera.
    —¿Por qué no?
    —Conflicto de intereses.

* * *

    Sabía que la cosa no iba a ser tan sencilla. Y no lo fue.
    Cirocco dimitió formalmente de su cometido, explicó sus razones al capitán Svensen, después escuchó pacientemente mientras Wally le decía, en términos cada vez más perentorios, por qué debía regresar y, por conveniencia, por qué Calvin debía regresar igualmente.
    —La doctora opina que Calvin puede ser tratado. Es posible restaurar la memoria de Bill e igualmente probable curar la fobia de Gaby.
    —Estoy segura de que es posible curar a Calvin, pero él es feliz tal como está. Gaby ya ha sido curada. Pero ¿qué planea hacer respecto a April?
    —Confiaba en que usted la convenciera para que vuelva con nosotros antes de subir a bordo. Estoy convencido…
    —No sabe de qué está hablando. No vuelvo y eso es todo lo que hay que decir. Ha sido un placer conversar con usted —dio media vuelta y salió de la habitación con grandes zancadas. Nadie trató de detenerla.

* * *

    Ella y Gaby hicieron sus preparativos en un campo a poca distancia del campamento base, luego se quedaron juntas, aguardando. El tiempo se hacía más largo de lo que Cirocco había esperado. Empezó a ponerse nerviosa y de vez en cuando consultaba el destartalado reloj de Calvin.
    Strelkov salió corriendo por la puerta, gritando órdenes a un grupo de hombres ocupados en levantar un cobertizo para las orugas. El teniente se detuvo bruscamente, sorprendido al advertir que Cirocco le aguardaba, no muy lejos. Hizo un gesto para que los hombres no se movieran y avanzó hacia las dos mujeres.
    —Lo siento, capitana, pero el comandante Svensen dice que debo ponerla bajo arresto —Strelkov parecía lamentarlo, pero su mano estaba cerca del arma portátil—. ¿Querrá usted acompañarme, por favor?
    —Mire allá, Sergei —Cirocco señaló por encima del hombro del teniente.
    Strelkov empezó a volverse pero luego, con una repentina sospecha, sacó su pistola. Retrocedió y se puso de lado hasta que pudo lanzar una rápida mirada al oeste.
    —¡Gea, escúchame! —gritó Cirocco.
    Strelkov observó nerviosamente. Cirocco no hizo gestos amenazantes, sólo levantó los brazos en dirección a Rea, hacia el lugar de los vientos y el cable que había escalado con Gaby.
    Hubo exclamaciones a espaldas del grupo.
    Una ola descendía por el cable, casi imperceptiblemente, aunque produciendo un definido ensortijamiento como la ola que recorre una manguera de jardín cuando se le da un movimiento rápido con la muñeca. El efecto sobre el cable fue explosivo. Una nube de polvo se expandió por las cercanías. En el polvo había árboles arrancados de raíz.
    La ola llegó al suelo, el lugar de los vientos se hinchó, se destrozó, lanzó rocas al aire.
    —¡Hay que taparse los oídos! —gritó Cirocco.
    El sonido atacó instantáneamente, tirando al suelo a Gaby. Cirocco se tambaleó, pero permaneció en pie mientras todo el estruendo de los dioses giraba a su alrededor, los harapos de la ropa tremolando cuando la estremecedora oleada los alcanzó y los vientos empezaron a soplar.
    —¡Atención! —gritó de nuevo, extendiendo las manos y alzándolas lentamente hacia el cielo. Nadie podía escuchar a Cirocco, pero en cambio pudieron ver que un centenar de surtidores taladraba la seca tierra y convertía Hiperión en una fuente envuelta en vapor. Los relámpagos estallaron en la densa neblina y su sonido devoró el rugido más potente que aún seguía arrancando ecos de las distantes paredes.
    Fue preciso largo tiempo para que el panorama se aclarara, y en todo ese tiempo nadie se movió. Cuando todo hubo vuelto a la calma, mucho después de que la última fuente se convirtiera en un chorro delgado de agua, Strelkov estaba sentado donde había caído. Todavía observaba el cable y el polvo que se asentaba.
    Cirocco se dirigió hacia él y le ayudó a levantarse.
    —Dígale a Wally que me deje en paz —dijo Cirocco, y se marchó.

* * *

    —Algo muy fino —dijo Gaby, más tarde—. Francamente, muy fino.
    —Todo logrado con espejos, querida.
    —¿Qué te hizo sentir?
    —Casi me mojo los pantalones. ¿Sabes una cosa? Es posible aprender a no tener miedo de eso. Fue tremendamente excitante.
    —Espero que no tengas que hacerlo con frecuencia.
    Cirocco asintió en silencio. Todo había sido muy justo. La demostración, terrible por haberse producido bajo responsabilidad de Cirocco, habría sido inexplicable de haber empezado antes de que Strelkov saliera de la cúpula para amenazarla.
    El caso es que Cirocco no se sentía capaz de mantener el acto durante cinco o seis horas, aunque tuviera que pedirlo en aquel mismo momento.
    Podía comunicarse con Gea con bastante rapidez. Había una semilla de radio en su bolsillo. Pero Gea no podía reaccionar al instante. Para hacer algo tan terrible como lo que acababa de lograr precisaba horas de preparativos.
    Cirocco había enviado el mensaje de solicitud del truco mientras aún se hallaba a bordo de Apeadero, tras considerar cuidadosamente la secuencia probable de los acontecimientos. A partir de entonces, había seguido un nervioso baile con el reloj, alargando su relato aquí, recortando la respuesta a una pregunta allá, siempre con la noción de que las fuerzas se estaban acumulando en el cubo y bajo sus pies. La ventaja de Cirocco había consistido en la libertad que tuvo para cronometrar su dimisión, pero la dificultad estaba en estimar el tiempo que tardaría Wally Svensen en ordenar su arresto.
    Cirocco estaba comprobando que hacer de hechicera no iba a resultar fácil.
    Por otro lado, no todo su trabajo iba a ser tan remilgado como invocar un golpe de aire del cielo.
    Sus bolsillos estaban repletos de cosas que había traído como medidas de apoyo en caso de que el gran espectáculo no lograra intimidar a la expedición de tierra, cosas que había obtenido merodeando por Hiperión antes de volver a subir a bordo de Apeadero y viajar al campamento base: una lagartija de ocho patas que escupía un rocío tranquilizante cuando se la apretaba, y un curioso surtido de bayas de similar efecto, pero por vía bucal. Cirocco disponía de hojas y cortezas que al pulverizarlas podían ser empleadas como polvo de flash, y como último recurso, una nuez que servía como una granada de mano aceptable.
    Tenía bibliotecas de erudición silvestre en su cabeza; si existieran girl scouts en Gea, Cirocco ostentaría la totalidad de insignias de mérito. Podía cantar a las titánidas, silbar a los dirigibles y croar, gorjear, chirriar, gruñir y gemir en una docena de lenguas que ni siquiera había tenido la oportunidad de usar, con criaturas que todavía no había encontrado.
    Ella y Gaby habían estado preocupadas en cuanto a que la información que Gea proponía darles no era ajustada a cerebros humanos. Curiosamente, no había habido problema alguno. Ni siquiera notaban un solo cambio; cuando necesitaban saber algo, lo sabían, igual que si lo hubieran aprendido en la escuela.
    —Es hora de ir hacia las montañas, ¿no? —sugirió Gaby.
    —Aún no. No creo que tengamos más problemas con Wally, en cuanto él se haga a la idea. Comprenderán que somos más valiosas si mantienen buenas relaciones con nosotras.
    “Pero quiero ver otra cosa antes de que partamos.

* * *

    Cirocco había estado preparada para un momento emotivo. Y lo era, sin ser tan malo como temía ni del modo que esperaba. Decir adiós a Bill había sido más duro.
    Los restos de la Ringmaster se hallaban en un lugar triste y silencioso. Gaby y Cirocco caminaron junto a ellos sin hablar, reconociendo fragmentos aquí y allá, pero con más frecuencia incapaces de reconocer lo que había sido algún retorcido montón de metal.
    La plateada masa destellaba débilmente en la bellísima tarde de Hiperión, parcialmente enterrada en el polvoriento terreno como un King Kong mecánico tras la caída. La hierba ya había establecido un asidero en el revuelto suelo. Las enredaderas se arrastraban sobre componentes destrozados. Una solitaria flor amarilla brotaba en el centro de lo que había sido el tablero de mandos de Cirocco.
    Rocky había confiado en hallar algún recuerdo de su vida anterior, pero jamás había sido codiciosa y había llevado con ella pocas cosas de índole personal. Las escasas fotografías habrían sido devoradas, junto con el diario de a bordo y el sobre de recortes de periódico. Habría sido agradable toparse con el anillo de grado —podía verlo en el estante junto a su litera, donde lo había dejado la última vez— pero las posibilidades eran nulas.
    Distinguieron a un tripulante de la Unity a cierta distancia de ellas. El hombre se estaba encaramando a los restos del naufragio; luego apuntó su cámara e hizo fotos de un modo indiscriminado. Cirocco supuso que se trataría del fotógrafo de la nave, luego comprendió que lo estaba haciendo por su cuenta, con su propia cámara. Lo vio coger un objeto y guardarlo en el bolsillo.
    —Si volvemos aquí dentro de cincuenta años —observó Gaby—, es probable que se lo hayan llevado todo —miró a su alrededor con aire especulativo—. Parece un bonito lugar para una tienda de souvenirs. Venta de películas y bocadillos calientes. El negocio podría ir bien…
    —No crees que eso llegue a suceder, ¿verdad?
    —Depende de Gea, supongo. Ella dijo que permitirá visitas a la gente. Eso significa turismo.
    —Pero el costo…
    Gaby rió.
    —Todavía estás pensando en los tiempos de la Ringmaster, capitana. Era todo lo que podíamos hacer entonces, traer aquí siete personas. Bill dice que la Unity tiene una tripulación de doscientas. ¿Te habría gustado tener la concesión cinematográfica en O’Neil Uno hace treinta años?
    —Ahora sería rica —concedió Cirocco.
    —Si hay un medio de hacerse rico aquí, alguien lo encontrará. Así que, ¿por qué no me nombras ministro de turismo y conservación? No estoy segura de que me guste el papel de aprendiz de hechicera.
    Cirocco sonrió.
    —El cargo es tuyo. Trata de mantener en un mínimo los sobornos y el nepotismo, ¿de acuerdo?
    Gaby movió un brazo en círculo. Había una mirada distante en sus ojos.
    —Ahora puedo verlo. Pondremos el puesto de bocadillos allí… Un clásico motivo griego, naturalmente… Y venderemos geaburguesas y batidos de leche. Pondré las vallas anunciadoras hasta a cincuenta metros y limitaré el uso de fluorescentes. ¡Vea a los ángeles! ¡Huela la respiración de Dios! ¡Fotografíe los rápidos del Ofión! ¡Paseo en centauro por sólo diez dólares! ¡No olviden…! —Gaby gritó y se apartó a un lado al moverse la tierra.— ¡Estaba bromeando, caramba! —chilló al cielo. Después miró recelosamente a Cirocco, que estaba riéndose.
    Un brazo surgió del punto donde había estado Gaby. Tierra muy suelta se apartó para descubrir un rostro y una cabellera multicolor. Las dos mujeres se arrodillaron y limpiaron de polvo a la titánida, que tosía y escupía, hasta lograr que liberara su torso y patas delanteras. La titánida hizo una pausa para recuperar fuerzas y observó curiosamente a Gaby y Cirocco.
    —Hola —cantó Hornpipe—. ¿Quiénes sois?
    Gaby se levantó y extendió una mano.
    —¿De verdad que no te acuerdas de nosotras, eh? —cantó.
    —Recuerdo algo… Parece como si os conociera. ¿Me habéis dado un poco de vino, hace tiempo?
    —Yo lo hice —cantó Gaby—. Y tú me devolviste el favor.
    —Sal de ahí, Hornpipe —cantó Cirocco—. Te convendría un baño.
    —A ti también te recuerdo. ¿Pero cómo os arregláis para permanecer en equilibrio tanto tiempo sin caeros?
    Cirocco se echó a reír.
    —Ojalá lo supiera, chica.

notes

Notas

1

    U-boat: Tipo de submarino alemán (Under-sea boat).
Top.Mail.Ru