Скачать fb2
El día en que desapareció el pasado

El día en que desapareció el pasado


Robert Silverberg El día en que desapareció el pasado

    El día en que un loco antisocial echó una droga productora de amnesia en el sistema de abastecimiento del agua de San Francisco fue uno de los días más cálidos que la ciudad había disfrutado en mucho tiempo. La nube cargada de humedad que lo había cubierto todo durante tres semanas se alejó al fin ese miércoles por la bahía, en dirección a Berkeley, y salió un sol radiante que ofreció a la vieja ciudad el día más caluroso del año 2003. Subió la temperatura a casi treinta grados, e incluso los anticuados, los que aún no habían aprendido a leer el termómetro centígrado, advirtieron que hacía calor. Los aparatos de aire acondicionado zumbaban desde Golden Gate hasta el Embarcadero. La Compañía de Gas y Electricidad del Pacífico observó la mayor carga por hora en la historia entre las dos y las tres de la tarde. Los parques estaban abarrotados. La gente bebía mucha agua, algunos más que otros. Hacia la caída del sol, los que más habían bebido empezaban ya a olvidar cosas. A la mañana siguiente, todos en la ciudad tenían problemas, con sólo algunas excepciones. Realmente, había sido un día ideal para cometer aquel crimen monstruoso.
    La víspera del día en que desapareció el pasado, Paul Mueller pensaba seriamente en abandonar el Estado y refugiarse en uno de los santuarios de los deudores. Reno, tal vez. O Caracas. No todo había sido culpa suya, pero andaba ya por el millón en números rojos, y los acreedores se estaban volviendo incontrolables. Habían llegado al extremo de enviar a sus robots cobradores de recibos para acosarle personalmente, y eso cada tres horas.
    —¿Señor Mueller? Tengo el deber de notificarle que su cuenta con los Recreadores de la Era Moderna, S.A., presenta un saldo acreedor de 8.005,97 dólares. Hemos acudido a su representante financiero y descubierto su estado de insolvencia. Por lo tanto, a menos que efectúe un pago de 395,61 dólares el día 11 del corriente mes, nos veremos en la obligación de iniciar el proceso de confiscación contra su persona. En consecuencia, le aconsejo…
    —… la suma de 11.554,97 dólares, pagadera el 9 de agosto de 2002, no ha sido recibida todavía por Luna Tours, Lim. Conforme a las Leyes del Crédito de 1995, hemos solicitado una orden de embargo contra usted y contamos con recibir un decreto de servicio personal, caso de no obtener el pago de…
    —… los intereses de su cuenta en descubierto siguen creciendo, como se especifica en su contrato, a razón del cuatro por ciento mensual…
    —… el pago acumulado que se presenta ahora requiere el abono inmediato de…
    Mueller ya estaba acostumbrado a la rutina. Los robots no podían telefonearle —la Compañía Telefónica del Pacífico le había cortado la línea hacía meses—. Por eso venían a su casa, muy corteses, máquinas de rostro de póquer, con los emblemas de sus respectivas compañías. Sus voces suaves y susurrantes le decían exactamente hasta qué punto ascendían sus deudas en ese momento, cómo se acumulaban los recargos y lo que planeaban hacer con él a menos que cancelara sus deudas de inmediato. Si intentaba escapar de ellos, se limitaban a seguirle por las calles como servidores infatigables, proclamando su vergüenza ante toda la ciudad. Por eso no intentaba rehuirles. Pero pronto empezarían a materializarse sus amenazas.
    Podían hacerle cosas horribles. El decreto de servicio personal, por ejemplo, le convertiría en un esclavo. Sería un empleado de su acreedor, con un sueldo estipulado por el tribunal. Cada centavo que ganara se dedicaría a liquidar su deuda, mientras el acreedor le proveería de un mínimo de comida, vivienda y ropas. Podía verse obligado durante dos o tres años a realizar trabajos manuales, que ni siquiera un robot querría hacer, sólo para satisfacer esa deuda. Los procesos de confiscación personal eran incluso peores. Según la ley, podía muy bien acabar como el servidor de uno de los ejecutivos de una compañía acreedora, limpiando zapatos y doblando camisas. También podían conseguir un entredicho por tiempo indefinido. En ese caso, él y sus descendientes, si los tenía, pagarían un porcentaje de sus ingresos anuales a lo largo de siglos y siglos hasta que la deuda, y el interés compuesto de la misma, quedara al fin satisfecha. Había aún otros medios para entendérselas con los infractores.
    Imposible recurrir a la bancarrota. El gobierno, tanto el federal como el estatal, había abolido las leyes de la bancarrota en 1995, después de la llamada Epidemia de Créditos de la década de 1980, durante la cual, y por algún tiempo, llegó a estar de moda el acumular las deudas locamente y ponerse después a merced de los tribunales. La cómoda solución de la bancarrota ya no existía. Si eras insolvente, los acreedores te tenían cogido por el cuello. La única vía de escape era la huida a un santuario de deudores, lugar donde las leyes locales prohibían la extradición por deudas. Había una docena de esos santuarios, en los que era posible vivir bien siempre que uno poseyera alguna habilidad especial, de las que se cotizan a alto precio. Claro que se necesitaban fondos, porque en un santuario de deudores todo se hacía sobre la base estricta del pago al contado. Y por adelantado, además, incluso para un simple corte de pelo. Mueller tenía una habilidad que, en su opinión, le permitiría sobrevivir: era un artista, un constructor de esculturas sónicas, trabajo que seguía gozando de gran demanda. Simplemente necesitaba unos cuantos miles de dólares para comprar los instrumentos básicos de su arte —su equipo de esculpir le había sido requisado hacía semanas— y abrir un estudio en uno de los santuarios, lejos del alcance de los robots sabuesos. Confiaba en encontrar a un amigo que le prestara esos miles de dólares. En nombre del arte, por así decirlo. Era una buena causa.
    Si se quedaba en el área del santuario durante diez años consecutivos, se vería absuelto de sus deudas y podría volver como hombre libre. Sólo había una pega, y no pequeña. Una vez que un hombre se acogía al santuario, se le prohibía el acceso a todos los canales de crédito a su regreso al mundo exterior. Ni siquiera se le concedería una tarjeta de crédito de la Caja Postal, mucho menos un préstamo bancario. Mueller no estaba seguro de poder vivir de ese modo, pagando al contado el resto de su vida. Sería terriblemente pesado y aburrido. Peor, resultaría algo verdaderamente arcaico.
    Tomó nota en su libreta: Llamar a Freddy Munson por la mañana y pedirle tres de los grandes. Comprar el billete a Caracas. Comprar los instrumentos para esculpir.
    La suerte estaba echada, a menos que cambiara de opinión por la mañana.
    Miró tristemente la fila de resplandecientes edificios, construidos después del terremoto a lo largo de las calles que bajaban en cuesta desde Telegraph Hill hacia el Embarcadero. Brillaban a la luz poco familiar del sol. Un hermoso día para suicidarse en la bahía. ¡Maldición! ¡Maldición! ¡Maldición! Pronto cumpliría los cuarenta años. Había venido al mundo el mismo día en que lo dejara el presidente John Kennedy. Nacido en una mala hora, condenado a un negro destino, gruñó Mueller. Fue al grifo y bebió un vaso de agua. Era la única bebida que podía permitirse ahora. Se preguntó cómo se las había arreglado para meterse en semejante lío. ¡Casi un millón de deudas!
    Se echó a dormir una siesta.
    Cuando se despertó, hacia medianoche, se sintió mejor que no se había sentido en mucho tiempo. Parecía que una nube negra se hubiese alejado de su mente, como se alzara de la ciudad ese día. Mueller se sentía realmente de buen humor. Y no sabía por qué.
    En una elegante mansión de Marina Boulevard, el Fabuloso Montini estaba ensayando su acto. El Fabuloso Montini era un mnemotécnico profesional, un hombre bajo y delgado, de sesenta años, que jamás olvidaba nada. Muy tostado por el sol, su pelo oscuro se apartaba de la frente en un ángulo muy marcado. Los ojos negros brillaban de confianza y los finos labios se curvaban despectivamente. Cogió un libro de un estante y lo dejó caer al azar. Era una antigua edición de Shakespeare, en un solo volumen, algo ya familiar en su actuación en el club nocturno. Miró la página, asintió, miró brevemente otra, luego otra, y sonrió con su sonrisita particular. La vida se mostraba amable con el Fabuloso Montini. Ganaba sus buenos 30.000 dólares a la semana cuando estaba de gira, ya que había convertido aquel don en una empresa provechosa. Mañana por la mañana, inauguraba una semana en Las Vegas; luego se iría a Manila, Tokio, Bangkok, El Cairo…, o dar la vuelta al mundo. En doce semanas, obtendría las ganancias de todo un año. Luego, descansaría de nuevo.
    ¡Le resultaba tan fácil! Conocía muchos trucos fabulosos. Que le gritaran un número de veinte cifras; él lo repetía de inmediato. Que le bombardearan con largas tiradas de sílabas sin sentido; repetiría aquel absurdo sin un fallo. Que le pusieran complicadas fórmulas matemáticas en la pantalla de la computadora; las reproduciría hasta el último exponente. Su memoria era perfecta, tanto visual, como auditiva, como para otros registros.
    Lo de Shakespeare, que era una de las rutinas más sencillas, siempre conquistaba a los impresionables. A la mayoría de la gente le resultaba fantástico que un hombre pudiera memorizar sus obras completas, página por página. Le gustaba utilizarlo para empezar.
    Entregó el libro a Nadia, su ayudante. Y su amante también. A Montini le gustaba mantener cerrado su círculo íntimo. Nadia tenía veinte años, era mas alta que él, con ojos brillantes y una hermosa mata de pelo artificiosamente radiante. Siempre a la última moda. Llevaba un corpiño de cristal, un buen estuche para lo que contenía. No era muy inteligente, pero hacía todo cuanto Montini esperaba de ella, y lo hacía bien. Calculó que la reemplazaría dentro de unos dieciocho meses. Se aburría pronto de sus mujeres. Tenía demasiada buena memoria.
    —Empecemos —dijo.
    Ella abrió el libro.
    —Página 537, la columna de la izquierda.
    Instantáneamente, la página se materializó ante los ojos de Montini.
    —Enrique IV. Segunda Parte —empezó—. REY ENRIQUE: Di, hombre, ¿fueron ésas tus palabras? HORNER: Si place a Vuestra Majestad, yo nunca dije ni pensé tal cosa. Dios es mi testigo. Soy falsamente acusado por ese villano. PETER: Por estos diez huesos, señores, es cierto que me habló en el desván una noche, mientras limpiábamos la armadura de milord de York. YORK: Asqueroso villano…
    —Página 778, columna de la derecha —dijo Nadia.
    —Romeo y Julieta. (Habla Mercucio) ¿… espiaría un ojo tal pelea? Tu cabeza está tan llena de peleas como un huevo está lleno de materia y, sin embargo, tienes la cabeza tan huera corno un huevo podrido. Te has peleado con un hombre por toser en la calle o porque había despertado a tu perro que se había dormido al sol. ¿No es…?
    —Página 307, a partir de la línea catorce del lado derecho.
    Montini sonrió. Le gustaba ese trozo. Una pantalla se lo mostraría al público durante la actuación.
    —La duodécima noche —dijo—. (Habla el Duque): ¡Demasiado viejo, por el cielo! Que la mujer tome a un hombre mayor que ella, para aprovecharse de él, para influir en el corazón de su marido. Pues, muchacho, por mucho que nos alabemos, nuestros caprichos son más volubles…
    —Página 495, columna de la izquierda.
    —Espera un minuto —dijo Montini. Se sirvió un vaso de agua y lo bebió en tres tragos rápidos—. Este trabajo siempre me da sed.
    Taylor Braskett, comandante de navío del Servicio Especial de los Estados Unidos, ya retirado, entró con paso rápido en su casa de Oak Street, muy cerca del parque de Golden Gate. A los setenta y un años, el comandante Braskett todavía se las arreglaba para caminar briosamente y estaba dispuesto a ponerse de nuevo el uniforme en cuanto su país le necesitara. Creía, en efecto, que su país lo necesitaba, más que nunca ahora que el socialismo se propagaba como un incendio por la mitad de las naciones de Europa. Por lo menos había que guardar las fronteras del país. Proteger lo que quedara de la tradicional libertad americana. Deberíamos tener una red de bombas C en órbita, pensaba el comandante Braskett, dispuestas a caer como lluvia mortal sobre los enemigos de la democracia. Digan lo que digan los tratados, hemos de estar dispuestos a defendernos.
    Las teorías del comandante Braskett no eran demasiado aceptadas. Por supuesto, la gente le respetaba por haber sido uno de los primeros americanos que pusieron el pie en Marte, pero él sabía que en su interior le consideraban un chiflado, un tipo anticuado, un hombre que seguía guardando rencor a los soldados ingleses, los Chaquetas Rojas. Tenía el suficiente sentido del humor para comprender que resultaba una figura absurda para los jóvenes. Pero era sincero en su decisión de mantener una América libre, de proteger a los más jóvenes del azote del totalitarismo, tanto si se reían de él como si no. Durante todo aquel glorioso día de sol, había estado paseando por el parque, tratando de hablar con los jóvenes e intentando explicarles su posición. Se mostraba cortés, atento, ansioso de encontrarse con alguien que le hiciera preguntas. El problema era que nadie le escuchaba. Y los jóvenes… Desnudos hasta la cintura bajo el sol, ellas y ellos, tomando drogas abiertamente, utilizando las palabras más obscenas en su conversación. A veces, el comandante Braskett casi llegaba a pensar que la batalla por América se había perdido ya. Sin embargo, nunca abandonaba la esperanza.
    Había pasado muchas horas en el parque. Ahora, ya en casa, cruzó la sala de trofeos hasta la cocina, abrió el refrigerador y sacó una botella de agua. El comandante Braskett tenía siempre en reserva tres botellas de agua de un manantial de montaña, que le enviaban a domicilio cada dos días. Una costumbre que se iniciara hacía cincuenta años, cuando empezaron a poner flúor en el agua. No ignoraba las sonrisitas con que se acogían sus palabras cuando confesaba que sólo bebía agua de manantial, pero no le importaba. Había sobrevivido a muchos de los burlones y atribuía su salud perfecta a su negativa a beber el agua contaminada que tomaba la mayoría de la gente. Primero cloro, después flúor… Probablemente añadirían ya otras cosas ahora, pensó el comandante Braskett.
    Bebió a grandes tragos.
    No había modo de saber la clase de productos químicos, algunos quizá peligrosos, que se empleaban ahora en el abastecimiento de agua de las ciudades, se dijo. ¿Soy un chiflado? Muy bien, lo soy. Pero un hombre en sus cabales sólo bebe agua digna de su confianza.
    Enroscado como un feto, con las rodillas tocándole casi la barbilla, tembloroso y sudando, Nate Haldersen cerró los ojos y trató de librarse del dolor de la existencia. Otro día. Un día soleado y dulce. Gente feliz jugando en el parque. Padres a hijos. Se mordió los labios, desgarrándolos casi. Era todo un experto en autocastigo.
    Los sensores fijados a su cama en la Sala de Psicotrauma del Hospital Fletcher Memorial le auscultaban continuamente, enviando un flujo constante de informes al doctor Bryce y su equipo de especialistas en enfermedades nerviosas. Nate Haldersen sabía que era un hombre sin secretos. Su equilibrio hormonal, sus enzimas, respiración, circulación, incluso el gusto a bilis que sentía en la boca…, todo era conocido instantáneamente por el personal del hospital. Cuando los sensores descubrían que estaba cayendo bajo el nivel normal de depresión, agujas ultrasónicas sobresalían de los ángulos del colchón, buscaban su cuerpo en el lecho, hallaban las venas adecuadas y le inyectaban la savia dinámica suficiente para animarle. La ciencia moderna era maravillosa. Podía hacer cualquier cosa por Haldersen, excepto devolverle a su familia.
    Se abrió la puerta de corredera. Entró el doctor Bryce. El director del equipo tenía prestancia. Alto, solemne y a la vez encantador, con las sienes grises, lleno de poder e iniciado en los misterios. Se sentó junto al lecho de Haldersen. Como de costumbre, simuló no ver la fila de computadoras junto a la cama que le daban los últimos detalles sobre el estado del enfermo.
    —Nate —dijo—, ¿cómo anda eso?
    —Va marchando —murmuró éste.
    —¿Te apetece charlar un rato?
    —No demasiado. ¿Puedes darme un vaso de agua?
    —No faltaba más —dijo el médico. Se lo dio— Hace un día espléndido. ¿Qué te parece la idea de un paseo por el parque?
    —No he salido de esta habitación desde hace dos años y medio, doctor. Ya lo sabes.
    —Siempre llega el momento de variar. No tienes nada, físicamente hablando, y lo sabes.
    —Pero no me apetece ver a la gente —dijo Haldersen. Devolvió el vaso vacío—. Un poco más.
    —¿Quieres beber algo más fuerte?
    —El agua me basta.
    Haldersen cerró los ojos. Imágenes que no deseaba bailaban ante sus ojos: el cohete que estallaba por uno de sus extremos; los pasajeros saliendo de él, como las semillas de una vaina que se abre en el otoño; Emily cayendo, cayendo, una caída de veinticuatro mil metros, con el pelo dorado azotado por el viento helado y fino, la falda corta golpeándole las piernas, y éstas luchando en el firmamento por hallar un punto de apoyo. Y los niños tras ella, como ángeles caídos del cielo, abajo, abajo, abajo, hacia el vellón blanco del hielo polar. Ellos descansan en paz, pensó Haldersen, y yo perdí el avión y me quedé solo. Y Job habló y dijo: «Perezca el día en que nací y la noche en que se dijo: Ha sido concebido un varón».
    —De eso hace once años —le dijo el doctor Bryce—. ¿No quieres dejarlo?
    —Palabras estúpidas viniendo de un médico. ¿Por qué no haces tú que ello me deje?
    —Porque no quieres. Te gusta demasiado representar tu papel.
    —Hoy es el día de mostrarte duro, ¿eh? Pues dame un poco más de agua.
    —Levántate y cógela tú mismo —dijo el otro.
    Haldersen sonrió amargamente. Se levantó del lecho, cruzó la habitación algo vacilante y se llenó el vaso. Había pasado por toda clase de terapias: terapia de compasión, terapia de antagonismo, drogas, shock, psiquiatría ortodoxa… De nada le servían. Siempre le quedaba la imagen de aquella vaina abierta, de las figuras que caían recortándose contra un cielo muy azul. El Señor me lo dio, el señor me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor. Mi alma está triste hasta la muerte… Se llevó el vaso a los labios. Once años. Y yo perdí el avión. Pequé con Marie y Emily murió. Y John. Y Beth. ¿Qué sintieron mientras caían durante tanto tiempo? ¿Sería como volar? ¿Experimentaron alguna forma de éxtasis? Se llenó el vaso de nuevo.
    —Tienes sed hoy, ¿eh?
    —Sí —contestó Haldersen.
    —¿Seguro que no quieres dar un paseíto?
    —Ya sabes que no. —Haldersen se echó a temblar. Se volvió y cogió al psiquiatra por el brazo—. ¿Cuándo terminará esto, Tim? ¿Cuánto tiempo habré de seguir con ello?
    —Hasta que estés dispuesto a olvidarlo.
    —¿Cómo se puede hacer un esfuerzo consciente por olvidar algo? Tim, Tim, ¿no hay alguna droga, algo capaz de lavar esta memoria que me está matando?
    —Nada efectivo.
    —Mientes —murmuró Haldersen—. He leído sobre las drogas que producen amnesia. Las enzimas que devoran la memoria RNA. Los experimentos con di-isopropil-fluorofosfato La puromicina. La…
    —No tenemos ningún control sobre su actuación —dijo el doctor Bryce—. No somos capaces de atacar un bloque determinado de recuerdos traumáticos, mientras dejamos incólume el resto de la mente. Tendríamos que golpear al azar, confiando en alcanzar el punto clave, ignorando qué otras cosas borrábamos. Te despertarías sin el trauma, pero tal vez sin recordar nada más de lo que hubiera sucedido entre, digamos, los catorce y los cuarenta años. Tal vez dentro de cincuenta años sepamos lo suficiente para especificar la dosis…
    —No puedo esperar cincuenta años.
    —Lo siento, Nate.
    —Dame esa droga, de todos modos. Correré el riesgo, pierda lo que pierda.
    —Hablaremos otro día de eso, ¿eh? Las drogas se hallan en estado experimental. Pasarían meses y meses antes de conseguir la autorización para probarlas con un humano, Has de comprender…
    Haldersen le dio la espalda. Ahora sólo velar en su interior veía los cuerpos que caían, viviendo sus sufrimientos por billonésima vez; entregándose con toda fruición a su papel de Job. «He venido a ser hermano de los chacales, y compañero de los avestruces… Mi piel, se ha ennegrecido sobre mí, y mis huesos queman por la fiebre. Él me ha demolido en derredor, y perezco, y descuajo como árbol mi esperanza…
    El médico seguía hablando, pero Haldersen ya no le escuchaba, Se sirvió un vaso más de agua con mano temblorosa.
    Casi había llegado la medianoche del miércoles antes de que Fierre Gerard, su esposa y sus tres hijos —dos chicos y una chica— tuvieran oportunidad de cenar. Eran los propietarios, el chef y el personal del restaurante Petit Pois, de Sansome Street, y el negocio había sido extraordinariamente bueno y agotador durante toda la noche. Normalmente, podían sentarse a comer hacia las cinco.y media, antes de que empezaran las prisas de la cena, pero hoy el público había empezado a llegar más temprano —animado por el buen tiempo, sin duda— y no había habido un momento libre para nadie desde la hora del cóctel. Los Gerard estaban acostumbrados a las prisas, pues el suyo era quizás el bistrot familiar más popular de toda la ciudad, con una clientela muy fiel. De todos modos, una noche así era demasiado.
    Cenaron modestamente de lo que sobrara del menú de la noche: una pierna de cordero demasiado hecha, un Château Beychevelle ligeramente pasado, un soufflé algo hundido y cosas por el estilo. Era gente muy ahorrativa. Su único lujo era el agua de Evian, que importaban de Francia. Fierre Gerard no había puesto el pie en su Lyon nativo desde hacía treinta años, pero conservaba muchas de las costumbres de la madre patria, incluida la actitud tradicional hacia el agua. Un francés no bebe mucha agua, pero la que bebe siempre proviene de la botella, nunca del grifo. De otro modo, corre el riesgo de enfermar del hígado. Y el hígado hay que cuidarlo.
    Aquella noche, Freddy Munson recogió a Helena en su piso de Geary y la llevó a cenar al otro lado del puente, a Sausalito, al Ondine como de costumbre. El Ondine era uno de los cuatro restaurantes, todos ellos antiguos y famosos, en los que solía comer Munson, visitándolos por turno. Era hombre de hábitos firmes. Se despertaba religiosamente a las seis de la mañana y estaba ante su mesa, en la firma de corredores de fincas, a las siete, abriendo los canales de información para saber qué había sucedido en el mercado europeo de finanzas mientras él dormía. A las siete y media, hora local, se abría la Bolsa de Nueva York y empezaba el auténtico trabajo del día. A las once y media, Nueva York había acabado la jornada, y Munson se iba a la vuelta de la esquina a almorzar, siempre en el Petit Pois, a cuyo propietario había hecho millonario introduciéndole en los diversos componentes de Nucleónicos Consolidados hacía dos años y medio, antes de la gran fusión de las firmas. A la una y media, ya estaba Munson de regreso en la oficina, para hacer negocios por su propia cuenta en la Bolsa de la Costa del Pacífico. Tres días a la semana se marchaba a las tres, pero los martes y jueves se quedaba hasta las cinco, con objeto de captar algunas transacciones en las Bolsas de Honolulu y Tokio. Después de la cena, al teatro o a un concierto, siempre con una mujer hermosa. A medianoche, intentaba dormir. Por lo menos, se acostaba.
    Un hombre de la posición de Freddy Munson tenía que ser ordenado. En un momento dado, los tratos que llevaba con sus clientes iban de seis a nueve millones de dólares, y él conservaba todos los detalles de aquellos auténticos juegos malabares en la cabeza. No podía arriesgarse a ponerlos por escrito, porque había ojos que espiaban por todas partes. Y desde luego, no se atrevía a emplear la red de datos, ya que es bien sabido que todo lo que se confía a una computadora acaba por ser accesible a alguna otra computadora en otra parte, por secreto que sea el sello privado que se introduce en ella. Así que Munson había de recordar las complicaciones de cincuenta o más transacciones ilícitas, una cadena de malversaciones en constante cambio. Y el hombre que ha de someter su memoria a una disciplina tan necesaria, pronto toma la costumbre de extender esa disciplina a todos los aspectos de su vida.
    Helena se le acercó. Su débil perfume psicodélico le llegó a la nariz. Introdujo el coche en el circuito de Sausalito y se echó atrás cómodamente, mientras la computadora de control de tráfico se ocupaba del volante. Helena dijo:
    —Anoche, en casa de Bryce, vi dos esculturas de tu amigo, el que se ha arruinado.
    —¿Paul Mueller?
    —El mismo. Muy buenas. Una de ellas me murmuró algo.
    —¿Qué estabas haciendo en casa de los Bryce?
    —Fui al colegio con Lisa Bryce. Me invitó a ir a su casa con Marty.
    —No sabía que fueras tan vieja —comentó Munson.
    Helena soltó una risita.
    —Lisa es mucho más joven que su marido, cariño. ¿Cuánto cuesta una escultura de Paul Mueller?
    —Quince mil, veinte mil, por lo general. Más, si son especiales.
    —¿E incluso así, está arruinado?
    —Paul tiene un extraño talento para la autodestrucción —dijo Munson—. Sencillamente, no comprende el dinero. Aunque, en cierto modo, eso le salva desde el punto de vista artístico. Cuanto más desesperadamente endeudado está, mejor es su trabajo. Crea por desesperación, por así decirlo. Aunque parece haber abusado de la última crisis. Ha dejado de trabajar por completo. Es un pecado contra la humanidad que un artista no trabaje.
    —¡Qué elocuente sabes ser, Freddy…! —murmuró Helena suavemente.
    Cuando el Fabuloso Montini se despertó aquel jueves por la mañana, no advirtió de inmediato ningún cambio. Su memoria, como un fiel servidor, estaba siempre a sus órdenes cuando la necesitaba, pero la serie de datos perfectamente grabados en su mente guardaba silencio hasta que se la requería. Si un bibliotecario recorre con la vista los estantes, descubre en seguida si faltan libros. Montini no podía detectar vacíos similares en sus sinapsis. Llevaba ya levantado media hora, había pasado bajo el baño molecular, apretado el botón del desayuno y despertado a Nadia para decirle que confirmara las reservas en cohete a Las Vegas, cuando, al fin, como el concertista de piano que inicia unos arpegios a fin de calentar los dedos para la labor del día, Montini buscó en su banco de memoria un poco de Shakespeare. Y Shakespeare no acudió.
    Se quedó inmóvil, agarrado al astrolabio que adornaba su ventana, mirando al puente, repentinamente desconcertado. Jamás le había sido necesario hacer un esfuerzo consciente para recordar los datos. Simplemente, echaba una ojeada y allí los tenía. Y ahora, ¿dónde estaba la columna de la izquierda de la página 654, y la columna de la derecha de la página 806, a partir de la línea dieciséis? Todo había desaparecido. Estaba en blanco. En la pantalla de su mente, sólo se veían páginas vacías.
    ¡Tranquilo! Esto es extraño, pero no catastrófico. Debes de estar tenso, por alguna razón. Te has forzado en exceso, eso es todo. Relájate, busca algo más en la memoria…
    El Times de Nueva York, miércoles, 3 de octubre de 1973. Sí, allí estaba la primera página, maravillosamente clara, con el desarrollo del partido de béisbol en el ángulo inferior de la derecha; el titular sobre el accidente del jet, grande y negro; incluso la foto era visible. ¡Estupendo! Volvamos a probar…
    El Post-Dispatch, de Saint Louis, domingo, 19 de abril de 1987. Montini se echó a temblar. Veía los cuatro centímetros superiores de la página, nada más. Como si hubieran borrado el resto.
    Repasó los archivos de otros periódicos que había memorizado para su actuación. Unos seguían allí; otros no. Algunos, como el Post-Dispatch, estaban borrados en parte. Sus mejillas enrojecieron súbitamente. ¿Quién le había alterado la memoria?
    Probó Shakespeare de nuevo. Nada.
    Probó la lista de la red de datos de Chicago, de 1997. Estaba allí.
    Probó su libro de texto de geografía de tercer grado. Estaba allí, un gran libro rojo, con sus manchas de grasa.
    Probó el último boletín del viernes pasado, el de las cinco en punto. Desaparecido.
    Vaciló y se sentó en un diván, que recordó haber comprado en Istambul el 19 de mayo de 1985 por 4.200 libras turcas.
    —¡Nadia! —gritó—. ¡Nadia!
    Su voz era apenas un graznido. Ella acudió corriendo, apenas despierta, desviando el rostro sin maquillar.
    —¿Qué aspecto tengo? —preguntó Montini—. La boca… ¿Tengo bien la boca? ¿Y los ojos?
    —Estás muy colorado.
    —¡Aparte de eso!
    —No sé —murmuró ella—. Pareces muy trastornado, pero…
    —La mitad de mi mente ha desaparecido —exclamó Montini—. Debo de haber tenido un ataque. ¿No hay parálisis facial? Eso es un síntoma. ¡Llama al médico, Nadia! Es un ataque. ¡El fin de Montini!
    Paul Mueller se despertó a medianoche del miércoles, sintiéndose extrañamente fresco. Trató de recordar. ¿Por qué estaba totalmente vestido y por qué había estado durmiendo? ¿Acaso la siesta se había prolongado demasiado? Intentó recordar lo que había hecho a primera hora del día, pero no consiguió descubrir ninguna pista. Estaba desconcertado, pero no preocupado. Sobre todo, sentía una ansia tremenda de ponerse a trabajar. Las imágenes de cinco esculturas, totalmente planeadas, su construcción iniciada ya, se abrían paso en su mente. Podría empezar inmediatamente, pensó. Y trabajar hasta la mañana. Aquella pequeña, movediza, de plata… Magnífica para empezar. Esbozaré los esquemas, incluso iniciaré la armadura…
    —¿Carole? —llamó—. Carole, ¿estás ahí?
    Su voz despertó ecos en el apartamento, extrañamente vacío.
    Por primera vez, se fijó en los pocos muebles que había. Una cama…, una litera realmente, no la cama de matrimonio; una mesa; una unidad aisladora para la comida, y unos cuantos platos. No había alfombras. ¿Dónde estaban sus esculturas, la colección particular de sus mejores obras? Se dirigió al estudio y lo halló desnudo, de pared a pared, desaparecidos incluso sus instrumentos, sólo unos dibujos esparcidos por el suelo. ¿Y su esposa?
    —¡Carole! ¿Carole?
    No entendía nada. Por lo visto, mientras dormía, alguien había limpiado el lugar, le había robado los muebles, las esculturas, incluso la alfombra. Mueller había oído hablar de robos así. Venían con un camión, osadamente, haciéndose pasar por transportistas. Tal vez le habían dado alguna droga mientras trabajaban. No podía soportar la idea de que se hubieran llevado sus esculturas. El resto no le importaba, pero aquella docena de piezas le era muy querida. «Será mejor que llame a la policía», decidió. Y corrió hacia el aparato de la unidad de datos. Tampoco estaba allí. ¿También se habían llevado eso los ladrones?
    Investigando en busca de respuestas, repasó las paredes. Descubrió una nota de su propio puño y letra. Llamar a Freddy Munson por la mañana y pedirle tres de los grandes. Comprar el billete a Caracas. Comprar los instrumentos para esculpir.
    ¿Caracas? ¿De vacaciones, quizá? ¿Y por qué comprar instrumentos para esculpir? Indudablemente, los instrumentos habían desaparecido antes de que él se quedara dormido. ¿Por qué? ¿Y dónde estaba su esposa? ¿Qué ocurría? Se preguntó si debía llamar a Freddy inmediatamente, en vez de aguardar hasta la mañana. Tal vez Freddy lo supiera. Además, siempre se le encontraba en casa a medianoche. Claro que estaría acompañado de una de sus malditas chicas y no le gustaría que le interrumpieran… ¡Al diablo con eso! ¿De qué servía tener amigos si no podías molestarlos en un momento de crisis?
    Pensando en la cabina de comunicación más cercana, salió de su apartamento a toda prisa y casi tropezó en el vestíbulo con un suave e inoportuno robot. Estas cosas no tienen piedad, pensó Mueller. Te persiguen a todas horas. Sin duda éste se propone molestar a la familia Nicholson, que duerme en la puerta de al lado. El robot dijo:
    —¿Señor Paul Mueller? Soy el representante adecuadamente cualificado de Fabricación Internacional Cartel, Reunidas. Estoy aquí para comunicarle que su cuenta se halla en descubierto por la cantidad de 9.150,55 dólares. Mañana por la mañana, a las 9 horas, se le impondrá una multa de un interés compuesto del cinco por ciento mensual, ya que no ha respondido a nuestras demandas de pago anteriores. Debo informarle también…
    —A ti te falta algún neutrón —gruñó Mueller—. ¡Yo no debo un centavo a FIC! Por una vez en mi vida, tengo las cuentas al día. No pretendas hacerme creer otra cosa.
    El robot contestó pacientemente.
    —¿Quiere una copia de las transacciones? El 5 de enero de 2003, nos pidió usted los siguientes productos metálicos: tres tubos de iridio de cuatro metros, seis esferas de diez centímetros de…
    —Da la casualidad de que faltan tres meses para el 5 de enero de 2003 —replicó Mueller—, y no tengo tiempo para escuchar a un robot idiota. He de hacer una llamada importante. ¿Puedo confiar en que me unas de nuevo a la red de datos sin complicar las cosas?
    —No estoy autorizado a permitirle que utilice mis facultades.
    —Es urgente —insistió Mueller—. Soy un ser humano en apuros. ¡Discúteme eso, vamos!
    El acondicionamiento del robot era sólido. Cedió, por lo tanto, ante la palabra «urgente» y le conectó de nuevo con la red principal de comunicaciones. Mueller dio el número de Freddy Munson.
    —Sólo puedo facilitarle el audio —dijo el robot, pasando la llamada.
    Transcurrió casi un minuto. Luego se oyó la voz familiar y profunda de Freddy Munson en la rejilla del altavoz instalado sobre el pecho del robot.
    —¿Quién es y qué quiere?
    —Soy Paul. Lamento fastidiarte, Freddy, pero me veo en un gran apuro. Creo que estoy perdiendo la cabeza, o bien la ha perdido todo el mundo.
    —Tal vez sea esto último. ¿Qué te ocurre?
    —Todos mis muebles han desaparecido. Un robot inoportuno inlenta acabar conmigo por nueve mil dólares. No sé dónde está Carole. No consigo recordar lo que hice hoy a primera hora. Tengo aquí una nota sobre un billete para Caracas, escrita por mí y que no entiendo. Y…
    —Olvida el resto —dijo Munson—. No puedo hacer nada por ti. Tengo también mis problemas.
    —¿Puedo ir a tu casa al menos y hablar contigo?
    —¡De ningún modo! —gritó Munson. Y en voz más baja añadió—: Escucha, Paul, no pretendía chillar, pero me ha ocurrido algo, algo terrible…
    —No necesitas disimular. Helena está contigo y no quieres que os estorbe. De acuerdo.
    —No, de verdad —dijo Munson—. De pronto, también a mí se me han presentado problemas. Estoy en muy mala situación para prestarte ayuda. La necesito yo mismo.
    —¿Qué clase de ayuda? ¿Puedo hacer algo por ti?
    —Me temo que no. Y si quieres disculparme, Paul…
    —Dime tan sólo una cosa, por lo menos. ¿Dónde puedo encontrar a Carole? ¿Tienes alguna idea?
    —En casa de su marido, supongo.
    —Yo soy su marido.
    Hubo una larga pausa. Munson habló al fin:
    —Paul, ella se divorció de ti en enero pasado y se casó con Pete Castine en abril.
    —No —rechazó Mueller.
    —¿Cómo que no?
    —Que no es posible.
    —¿Has estado tomando píldoras, Paul? ¿O drogas? ¿O fumando hierba? Mira, lo siento, pero ahora no tengo tiempo para…
    —Al menos dime qué día es hoy.
    —Miércoles.
    —¿Qué miércoles?
    —Miércoles, 8 de mayo. En realidad, a estas horas de la noche, ya es jueves.
    —¿Y el año?
    —¡Por el amor de Dios, Paul!
    —¿El año?
    —2003.
    Mueller se sintió abrumado.
    —¡Freddy, he perdido medio año no sé dónde! Creía estar a finales de octubre de 2002. Tengo un tipo de amnesia muy extraño. Es la única explicación.
    —¿Amnesia? —repitió Munson. La tensión había abandonado su voz—. ¿Es eso lo que tienes? ¿Amnesia? ¿Puede haber algo semejante a una epidemia de amnesia? ¿Es contagiosa? Tal vez será mejor que vengas aquí, después de todo. Porque la amnesia es mi problema también.
    El jueves, 9 de mayo, prometía ser un día tan hermoso como la víspera. De nuevo brillaba el sol sobre San Francisco; el cielo era claro, el aire cálido y suave. El comandante Braskett se despertó temprano, como siempre, se tomó su espartano desayuno habitual, estudió las noticias de la mañana en el canal de información, dedicó una hora a dictar sus memorias y, hacia las nueve, se fue de paseo. Cuando llegó al distrito comercial de Haight Street, descubrió que las calles estaban inusitadamente concurridas. La gente caminaba sin propósito, con aire ausente, como sonámbulos. ¿Estarían borrachos? ¿Drogados? Tres veces, en cinco minutos, unos jóvenes detuvieron al comandante Braskett para preguntarle la fecha. No la hora; la fecha. Se la dijo, seca y desdeñosamente. Intentaba mostrarse tolerante, pero le resultaba difícil no despreciar a unas personas tan débiles, que envenenaban su mente con estimulantes, y narcóticos, y psicodélicos, y porquerías similares. En la esquina de Haight y Masonic, una linda chica de unos diecisiete años, con ojos azules y vacíos, le detuvo preguntándole:
    —Señor, esta ciudad es San Francisco, ¿no? Quiero decir, tenía planeado trasladarme aquí desde Pittsburgh en mayo. Así que, si estamos en mayo, esto es San Francisco, ¿verdad?
    El comandante Braskett asintió bruscamente y se alejó apenado. Le alivió ver a un viejo amigo, Lou Sandler, el director de la sucursal del Banco de América, al otro lado de la calle. Sandler estaba de pie ante la puerta del banco. El comandante Braskett cruzó hacia él y dijo:
    —¿No es una vergüenza, Lou, que toda la calle esté llena de adictos esta mañana? ¿Qué pasa, algún desfile histórico de los años sesenta?
    Sandler le lanzó una sonrisa vacía y respondió:
    —¿Es ése mi nombre? ¿Lou? ¿No sabrá por casualidad el apellido también? El caso es que se me ha borrado de la mente.
    En ese momento, el comandante Braskett comprendió que algo terrible había sucedido en la ciudad. Quizá se extendiese a todo el país. Sin duda, la revolución izquierdista que siempre temiera estaba muy cerca. Y era hora de que se pusiera de nuevo su viejo uniforme e hiciera lo que pudiera por rechazar al enemigo.
    Alegre y confuso a la vez, Nate Haldersen despertó esa mañana adviniendo que algo se había transformado en él, de un modo extraño y maravilloso. Le latía la cabeza, pero no de dolor. Le parecía como si le hubieran quitado un peso terrible de los hombros, como si la mano cruel que le oprimiera la. garganta le hubiese dejado libre al fin.
    Saltó de la cama, sin dejar de hacerse preguntas.
    ¿Dónde estoy? ¿Qué clase de lugar es éste? ¿Por qué no estoy en casa? ¿Dónde están mis libros? ¿Por qué me siento tan feliz?
    Aquello parecía la habitación de un hospital.
    Un velo oscurecía su mente. Trató de rebuscar tras él y recordó que le habían internado en… el hospital Fletcher Memorial, en…, en agosto pasado…, no, el agosto anterior…, por haber sufrido una grave perturbación emocional producida por…, producida por…
    Nunca se había sentido más feliz que en este momento.
    Vio un espejo. En él se reflejaba la mitad superior de Nathaniel Haldersen, doctor en Medicina. Nate Haldersen sonrió a su imagen. Alto, delgado, con la nariz larga, el pelo de un absurdo color arena, los ojos de un azul absurdo también, los labios finos y sonrientes. Un cuerpo huesudo. Se abrió la mitad superior del pijama. El pecho pálido y sin vello, los huesos sobresaliendo como charreteras en los hombros. Llevo enfermo mucho tiempo, pensó Haldersen. Tengo que salir de aquí y volver a mi clase. Final del permiso. ¿Dónde están mis ropas?
    —¿Enfermera? ¿Doctor? —Apretó el botón de llamada tres veces—. ¡Hola! ¿Hay alguien?
    Nadie vino. Qué extraño, siempre venían. Encogiéndose de hombros, Haldersen salió al vestíbulo. Vio tres viejos con las cabezas juntas, susurrando en un extremo. No le hicieron caso. Un robot sirviente, con bandejas de desayuno, pasó junto a él. Un momento después, uno de los médicos jóvenes cruzó corriendo el vestíbulo y no quiso detenerse cuando Haldersen le llamó. Volvió enojado a su habitación y la registró, buscando su ropa. No encontró nada; sólo un montón de revistas en el suelo del armario. Tocó el botón tres veces más. Finalmente, uno de los robots entró en la habitación.
    —Lo lamento —dijo—, pero el personal humano del hospital está ocupado de momento. ¿Puedo servirle en algo, doctor Haldersen?
    —Quiero un traje complejo y ropa interior. Me voy del hospital.
    —Lo lamento, pero su salida no está autorizada. Sin la autorización del doctor Bryce, el doctor Reynolds o el doctor Kamakura, no puedo permitirle que se vaya.
    Haldersen suspiró. Tenía la experiencia suficiente como para no discutir con un robot.
    —¿Dónde están ahora esos tres caballeros?
    —Ocupados, señor. Tal vez sepa que hay una urgencia médica en la ciudad esta mañana, y el doctor Bryce y el doctor Kamakura están ayudando a organizar el Comité de Salud Pública. El doctor Reynolds no se ha presentado hoy al trabajo y no conseguimos averiguar su paradero. Creen que también ha sido víctima de la dificultad presente.
    —¿Qué dificultad presente?
    —Pérdida masiva de memoria por parte de la población humana —respondió el robot.
    —¿Una epidemia de amnesia? —Ésa es una interpretación del problema. —¿Cómo es posible que…?
    Haldersen se detuvo. Ahora comprendía el origen de su gozo de esta mañana. Sólo ayer tarde había discutido con Tim Bryce la aplicación a su propio trauma de drogas destructoras de la memoria y Bryce había dicho…
    Haldersen ya no sabía la naturaleza de su propio trauma.
    —Espera —dijo al robot, que se disponía a dejar la habitación—. Necesito información. ¿Por qué he estado aquí sometido a tratamiento?
    —Sufría de desplazamiento social y de disfunciones cuyo origen, según el doctor Bryce, se remonta a una situación de pérdida personal traumática.
    —¿Pérdida de qué?
    —De su familia, doctor Haldersen.
    —Sí, es cierto. Recuerdo ahora… Tenía una esposa y dos hijos. Emily. Y una niña… Margaret, Elizabeth…, algo así. Y un chico llamado John. ¿Qué les sucedió?
    —Eran pasajeros a bordo del vuelo 103 de las Líneas Aéreas Intercontinentales, de Copenhague a San Francisco, el 5 de septiembre de 1991. El avión sufrió una descompresión explosiva sobre el océano Ártico y no hubo supervivientes.
    Haldersen absorbió la información con la misma calma que si oyera hablar del asesinato de Julio César.
    —¿Dónde estaba yo cuando ocurrió el accidente?
    —En Copenhague —contestó el robot—. Usted se proponía volver a San Francisco con su familia en el vuelo 103. Sin embargo, según los datos de su archivo, se involucró en unas relaciones emocionales con una mujer llamada Marie Rasmussen, a la que había conocido en Copenhague, y por eso no regresó a su hotel a tiempo para ir al aeropuerto. Su esposa, consciente sin duda de la situación, prefirió no esperarle. Su muerte subsiguiente, así como la de sus hijos, produjo en usted un sentimiento de culpabilidad traumático, ya que llegó a considerarse responsable de su fin.
    —Muy propio de mí adoptar esa actitud, ¿no? —dijo Haldersen—. Pecado y penitencia. Mea culpa, mea máxima culpa. Siempre me mostré inflexible con el pecado, aunque eso no me privara de pecar. Debería haber sido un profeta del Antiguo Testamento.
    —¿Le doy más información, señor?
    —¿Hay más?
    —Tenemos en los archivos un informe del doctor Bryce titulado: El complejo de Job. Estudio de la parálisis de la culpabilidad.
    —Eso no, por favor —denegó Haldersen—. De acuerdo, puedes irte.
    Se quedó solo. El complejo de Job, pensó. No demasiado adecuado, ¿verdad? Job era un hombre sin culpa y, sin embargo, fue castigado para satisfacer un capricho del Todopoderoso. Un poco presuntuoso, diría yo, al identificarme con él. Caín hubiera sido una elección mejor. Caín dijo al Señor: «Demasiado grande es mi castigo para soportarlo». Pero Caín era un pecador. Yo fui pecador. Pequé, y Emily murió por ello. ¿Cuánto tiempo hace? ¿Once?.¿Once años, y medio? Y ahora no sé nada en absoluto; sólo lo que la máquina acaba de contarme. Remisión por el olvido, diría yo. He expiado mi pecado y ahora soy libre. No tengo por qué seguir en este hospital. Recta es la puerta y estrecho el camino que lleva a la vida, y pocos los que la encuentran. Tengo que salir de aquí. Tal vez pueda servir de ayuda a otros.
    Se puso el batín, tomó un sorbo de agua y salió de la habitación. Nadie le detuvo. El ascensor no funcionaba al parecer, pero encontró las escaleras y bajó por ellas, aunque se sentía un poco débil. No se había alejado tanto de su habitación desde hacía más de un año. Los pisos inferiores del hospital eran un caos: doctores, enfermeras, robots, pacientes, todos mezclados y excitados. Los robots intentaban calmar a la gente y devolverla a su lugar adecuado.
    —Disculpen —fue diciendo Haldersen serenamente—. Disculpen, disculpen.
    Salió del hospital por la puerta principal, sin ser molestado. En el exterior, el aire era tan fresco como el vino y sintió ganas de llorar al notarlo en la nariz. Estaba libre. Remisión por el olvido. El desastre sobre el Ártico ya no dominaba sus pensamientos. Lo veía con frialdad, como si le hubiera ocurrido a la familia de algún;Otro,-hacía mucho tiempo. Haldersen empezó a caminar airosamente por Van Ness, sintiendo que el vigor volvía a sus piernas a cada paso. Una joven que sollozaba ahogadamente salió de un edificio, chocando casi con él. La sujetó, la ayudó a enderezarse y se sorprendió ante sus propias fuerzas cuando impidió que cayera. Ella tembló y dejó caer la cabeza contra el pecho de Haldersen.
    —¿Puedo hacer algo por usted? —preguntó éste—. ¿Puedo ayudarla?
    El pánico había empezado a dominar a Freddy Munson durante la cena en el Ondine, la noche del miércoles. Se había enojado con Helena mientras comían unas pechugas trufadas y por eso se había puesto a pensar en los detalles del negocio. Con gran sorpresa por su parte, descubrió que los detalles no estaban claros en su mente. Sintió entonces los primeros ramalazos del terror.
    El problema era que Helena seguía hablando sobre el arte de la escultura sónica en general y de Paul Mueller en particular. Su interés bastaba para despertar celos de Munson. ¿Acaso se disponía a saltar de su cama a la de Paul? ¿Pensaba en abandonar al corredor de Bolsa, adinerado y triunfador, pero esencialmente prosaico, por el escultor tan bien dotado, irresponsable, pobre y fascinador? Por supuesto, Helena disfrutaba de la compañía de un cierto número de hombres, pero Munson los conocía y no los miraba como rivales. Se trataba de gente inocua, una escolta para sus noches de ocio, cuando él estaba demasiado ocupado para acompañarla. Paul Mueller, sin embargo, era otra cosa. No podía soportar la idea de que Helena le dejara por Paul. Así que se concentró en las maniobras del día. Había sacado mil acciones convertibles de Tránsito Lunar de la cuenta Schaeffer, entregándolas como garantía para cubrir su déficit en el asunto de los bonos Comsat y, luego, tomando de la cuenta Howard cinco mil certificados de la Corporación de Energía del Sudeste, había… ¿O habían salido esos certificados de la cuenta de Brewster? Brewster disponía de ellos en gran número. Y Howard también, pero su cuenta ya estaba cargada con el asunto de Potencia del Atlántico. Entonces, ¿había cargado también en ella lo de Energía del Sudeste? En cualquier caso, ¿había empleado esos certificados para los uranios de Zurich o los había entregado para lo del petróleo del Antartico? No podía recordarlo.
    No podía recordarlo…
    ¡No podía recordarlo!
    Cada transacción había ocupado su propio compartimiento. Y de pronto, los muros que los aislaban habían caído. Los números se mezclaban en su mente como si su cerebro iniciara la caída libre. Todos los tratos de hoy se confundían. Eso le aterró. Empezó a devorar la comida, deseando tan sólo salir pronto de allí y librarse de Helena para volver a casa y tratar de reconstruir sus actividades de la tarde. Cosa extraña, recordaba con toda claridad lo que había hecho la víspera —el cambio de Xerox, la transacción de aceros—, pero el día de hoy se le desvanecía por minutos.
    —¿Estás bien? —preguntó Helena.
    —No —contestó—. Me ocurre algo raro.
    —El virus de Venus. Todo el mundo lo tiene.
    —Sí, eso debe ser. El virus de Venus. Será mejor que te alejes de mí esta noche.
    Ni siquiera tomaron postre y salieron a toda prisa..Dejó a Helena en su piso. Ella apenas pareció desilusionada, lo cual le molestó, aunque no tanto como lo que sucedía en su cabeza. Solo al fin, trató de recordar el día paso a paso, pero aún se le aparecía más borroso. Por lo menos en el restaurante sabía las acciones que había manejado, aunque no estuviera seguro de lo que había hecho con ellas. Ahora ni siquiera recordaba las acciones específicas. Estaba en el limbo en lo referente a millones de dólares pertenecientes a otras personas. Guardaba todos los detalles en su mente, y ésta se deshacía en pedazos. Cuando Paul Mueller le visitó, poco después de medianoche, Munson estaba desesperado. Le alivió, aunque no le alegró precisamente, saber que lo que había afectado a su mente había atacado también a Mueller, y con mayor fuerza todavía. Este se había olvidado de todo lo ocurrido desde el mes de octubre pasado.
    —Te arruinaste por completo —tuvo que explicarle Munson—. Forjaste el plan absurdo de crear una central para obras de arte, una especie de Bolsa… Bueno, algo que sólo a un artista se le ocurriría crear. No me dejaste que te aconsejara en contra. Empezaste a firmar cheques y a aceptar obligaciones y, antes de que el proyecto alcanzara las seis semanas, te viste metido en una docena de procesos legales y todo empezaba a venirse abajo.
    —¿Cuándo sucedió eso exactamente?
    —Concebiste la idea a primeros de noviembre. En Navidad te encontrabas ya en muy mala situación. Ya antes tenías un buen puñado de deudas personales, tu dinero volaba. Luego hubo un bajón en tu trabajo y no creabas una sola cosa. ¿Es que no recuerdas nada, Paul?
    —Nada.
    —En cuanto empezó el año, los acreedores más resueltos iniciaron los litigios contra ti. Te embargaron todo cuanto poseías, excepto los muebles. Y al final, se llevaron los muebles también. Pediste prestado a todos tus amigos, pero ellos no podían darte lo suficiente, porque pedías miles y debías cientos de miles.
    —¿Cuánto te debo?
    —Once de los grandes —dijo Munson—, pero no te preocupes ahora por eso.
    —No me preocupo. La verdad es que no me preocupo por nada. ¿Tuve un bache en mi trabajo, dices? —Mueller soltó una risita—. Pues eso se ha acabado. Estoy deseando empezar. Todo lo que necesito son los instrumentos. Quiero decir, dinero para comprar los instrumentos.
    —¿Cuánto costarían?
    —Dos y medios de los grandes —respondió Mueller.
    —De acuerdo. No puedo transferir el dinero a tu cuenta porque tus acreedores caerían inmediatamente sobre él. Cuento con algún dinero en el banco. Tendrás tres de los grandes mañana. Y encantado.
    —Dios te bendiga, Freddy —dijo Mueller—. Esta clase de amnesia es algo magnífico, ¿no? Estaba tan preocupado por el dinero que no podía trabajar. Ahora no estoy preocupado en absoluto. Supongo que las deudas no se han desvanecido, pero no me apuro. Dime ahora qué ocurrió con mi matrimonio.
    —Carole se hartó y se marchó —explicó Munson—. Ella se opuso desde el principio a esa aventura de tu negocio. Cuando el asunto empezó a destrozarte, hizo lo que pudo para que lo dejaras, pero tú insististe en tratar de arreglar las cosas con más préstamos. Entonces pidió el divorcio. Una vez libre, Pete Castine se entrometió y se la llevó con él.
    —Eso es lo más difícil de creer. Que se casara con un marchante de arte, una persona en absoluto creativa, un…, un verdadero parásito…
    —Siempre fueron buenos amigos —dijo Munson—, no aseguraría que amantes, porque no lo sé, pero sí íntimos. Y Pete no es tan horrible. Tiene gusto, inteligencia, todo lo que necesita un artista, excepto el don de crear. De todos modos creo que Carole estaba un poco harta de los hombres de talento.
    —¿Y cómo me lo tomé yo? —preguntó Mueller.
    —Apenas pareciste advertirlo, Paul. Estabas muy ocupado con tus trampas financieras.
    Mueller asintió. Se acercó a una de sus propias obras, una estructura de tres metros de alto, varillas oscilantes que recorrían todo el espectro del sonido, hasta las hertzianas agudas, y pasó dos dedos por el ojo activador. La escultura empezó a murmurar. Al cabo de un momento, dijo Mueller:
    —Parecías muy trastornado cuando te llamé, Freddy. Dijiste que también tenías algo de amnesia.
    Tratando de hablar con indiferencia, Munson contestó:
    —Resulta qué no puedo recordar unas transacciones importantes que llevé a cabo hoy. Por desgracia, los únicos datos existentes sobre las mismas los conservaba en la cabeza… Bueno, tal vez recuerde toda esa información una vez haya dormido.
    —¿No hay modo de ayudarte?
    —No. No lo hay.
    —Freddy, ¿de dónde viene esta amnesia?
    Munson se encogió de hombros.
    —Tal vez alguien puso una droga en el sistema de abastecimiento de agua, o en la comida, o algo así. En estos días nunca se sabe. Mira, tengo trabajo que hacer, Paul. Si quieres dormir aquí esta noche…
    —Estoy muy despierto, gracias. Volveré por la mañana.
    Una vez se hubo ido el escultor, Munson luchó febrilmente durante una hora por reconstruir sus datos. Falló. Poco antes de las dos, tomó una píldora para dormir cuatro horas. Cuando se despertó, comprendió con desaliento que no le quedaba el menor recuerdo desde el primero de abril hasta el mediodía de ayer. Durante esas cinco semanas, había hecho incontables transacciones de valores, utilizando propiedades ajenas como garantía y contando con su habilidad para devolver cada activo al lugar adecuado antes de que a nadie se le ocurriera buscarlo. Siempre había sido capaz de recordarlo todo. Ahora no conseguía acordarse de nada. Llegó a su despacho a las siete de la mañana, como siempre y, por la fuerza de la costumbre, se lanzó a los canales de datos para estudiar las cotizaciones de Zurich y Londres, pero los precios que aparecían en la pantalla le resultaban totalmente extraños. Estaba acabado.
    En ese mismo momento de la mañana del jueves, el computador casero del doctor Timothy Bryce envió un impulso, y la voz del despertador sonó en su almohada serena pero firmemente: «Hora de despertarse, doctor Bryce». El médico se agitó, pero no cambió de postura. Después del intervalo prescrito de diez segundos, la voz repitió con mayor firmeza: «Hora de despertarse, doctor Bryce». Se incorporó justo a tiempo, ya que al levantar la cabeza de la almohada, evitó la tercera repetición, mucho más firme, a la que habrían seguido las notas de laSinfonía de Júpiter. El psiquiatra abrió los ojos.
    Y quedó atónito al descubrir que compartía la cama con una muchacha extraordinariamente atractiva. Una rubia platino, muy bronceada, de ojos claros, labios pálidos y gruesos, con un cuerpo esbelto y elegante. Parecía muy joven, unos veinte años más joven que él… Bueno, quizá veinticinco o veintiocho. No llevaba nada y estaba profundamente dormida, con el labio inferior fruncido, como en una especie de pucherito involuntario. Ni su juventud, ni su belleza o desnudez le sorprendieron. Su asombro se debía a que no tenía idea de quién era, ni de cómo había llegado a su cama. No creía haberla visto nunca. Desde luego, no tenía la menor idea de su nombre. ¿La habría conquistado en alguna fiesta la noche anterior? Pero tampoco recordaba dónde había estado anoche. Le dio suavemente con el codo.
    Ella se despertó rápidamente, abriendo los párpados y agitando la cabeza.
    —¡Oh! —exclamó al verle, subiéndose la sábana hasta la garganta. Luego, sonriendo, la bajó de nuevo—. ¡Qué bobada! No viene a cuento mostrarse tan púdica ahora, supongo.
    —Lo mismo supongo yo. Hola.
    —Hola —respondió. Parecía tan confusa como él.
    —Tal vez te parezca estúpido —dijo Timothy—, pero anoche debí de beber o fumar algo raro porque me temo que no recuerdo en absoluto haberte traído a casa. Ni siquiera sé cómo te llamas.
    —Lisa —respondió ella—. Lisa… Falk —Pareció vacilar acerca del apellido—. ¿Y tú eres…?
    —Tim Bryce.
    —¿Y no recuerdas dónde nos conocimos?
    —No —confesó Bryce.
    —Ni yo tampoco.
    Bryce saltó de la cama, sintiéndose algo turbado por su propia desnudez y luchando por controlar la vergüenza.
    —Entonces debieron darnos a los dos lo mismo para fumar. ¿Sabes? —continuó tímidamente—. Ni siquiera recuerdo si lo pasamos bien anoche. Espero que sí.
    —Creo que sí —dijo ella—, aunque tampoco puedo recordarlo. Sin embargo, me siento bien…, como suelo sentirme cuando… —Hizo una pausa—. No es posible que nos conociéramos anoche, Tim.
    —¿Cómo lo sabes?
    —Tengo la impresión de que hace más tiempo que te conozco.
    —No sé por qué —dijo él, encogiéndose de hombros—. Quiero decir, y no pretendo ser grosero, que indudablemente los dos estábamos borrachos anoche, en las nubes. Nos conocimos, vinimos aquí y…
    —No. Yo me siento como en casa. Como si llevara semanas y semanas viviendo contigo.
    —Una idea encantadora. Pero estoy seguro de que no es cierto.
    —Entonces, ¿por qué me siento como en casa?
    —¿En qué sentido?
    —En todos los sentidos.
    Se dirigió al armario del dormitorio y dejó que su mano rozara el contacto. La puerta se abrió. Evidentemente, la computadora de la casa obedecía a sus huellas dactilares. ¿Habría hecho eso también anoche?, se preguntó Bryce. Ella rebuscó en el interior.
    —Mis ropas —dijo—. Mira. Todos esos vestidos, abrigos, zapatos. Todo un armario. No hay la menor duda. Hemos estado viviendo juntos, y no lo recuerdo.
    Un escalofrío recorrió la espalda de Bryce.
    —¿Qué nos han hecho? Escucha, Lisa, vamos a vestirnos y tomar algo y luego nos iremos juntos al hospital para un chequeo. Los dos.
    —¿Al hospital?
    —Al Fletcher Memorial. Pertenezco al Departamento de Neurología. Fuera lo qué fuese lo que nos dieron anoche a los dos, nos ha producido una amnesia retrógrada, con ciertas lagunas, es decir, vacíos en nuestra memoria. Podría ser grave. Si ha causado daño cerebral, tal vez éste no sea irreversible todavía, pero no hay tiempo que perder.
    Lisa se llevó las manos a la boca, aterrada. Bryce sintió un impulso cálido y repentino de proteger a aquella deliciosa desconocida, de consolarla. Comprendió que debía de haber estado enamorado de ella, aunque no pudiera recordar quién era. Cruzó la habitación y la tomó en sus brazos, en un abrazo breve e intenso y ella respondió ansiosamente, aunque un poco temblorosa. A las ocho menos cuarto, estaban ya fuera de la casa y se dirigían hacia el hospital, en medio de un tráfico extraordinariamente fluido. Bryce la llevó rápidamente a la sala de personal. Ted Kamakura estaba ya allí, de uniforme. El pequeño psiquiatra japonés se inclinó brevemente.
    —Buenos días, Tim —dijo. Luego, parpadeó—. Buenos días, Lisa. ¿Cómo es que estás aquí?
    —¿La conoces? —preguntó Bryce.
    —¡Qué pregunta tan extraña!
    —Pues es muy importante.
    —Claro que la conozco —dijo Kamakura y, de pronto, se borró de su rostro la sonrisa de bienvenida—. ¿Por qué? ¿Es que hay algo raro en eso?
    —Tal vez tú la conozcas, pero yo no —confesó Bryce.
    —¡Oh, Señor! ¡Tú también!
    —Dime quién es, Ted.
    —Es tu mujer, Tim. Os casasteis hace cinco años.
    Hacia las once de la mañana del jueves, los Gerard lo tenían todo listo para la hora crítica del almuerzo en el Petit Pois. El caldero de sopa burbujeaba, las bandejas de caracoles estaban dispuestas para meterlas en el horno, las salsas iban cobrando cuerpo. Fierre Gerard quedó algo sorprendido ante la ausencia de la mayoría de sus clientes habituales. Ni siquiera el señor Munson, siempre tan puntual, apareció a las once y media. Algunos de esos clientes no habían faltado al almuerzo en el Petit Pois desde hacía quince años. Algo terrible debía de haber sucedido en la Bolsa, pensó Pierre, para que todos aquellos financieros siguieran pegados a sus mesas de trabajo, demasiado ocupados para llamarle y cancelar su reserva habitual. Sin duda ésa era la respuesta. Era imposible que todos los clientes se olvidaran de avisarle. La Bolsa debía de haberse hundido. Pierre tomó nota mentalmente de que tenía que llamar a su corredor después del almuerzo y averiguar qué ocurría.
    Hacia las dos de la tarde del jueves, Paul Mueller entró en el Departamento de Instrumentos de Arte de Metchnikoff, en North Beach, para buscar y adquirir una varilla de soldar metal en bruto, pintura de altavoces y todas las cosas que necesitaba para la reanudación de su carrera de escultor. Metchnikoff le recibió muy serio.
    —¡Nada de créditos para usted, señor Mueller, ni por diez centavos! —exclamó.
    —De acuerdo. Esta vez voy a pagar en efectivo.
    El tratante se animó.
    —En ese caso, conforme…, tal vez. ¿Han terminado sus problemas?
    —Eso espero —respondió Mueller.
    Hizo el pedido. Ascendía a unos 2.300 dólares. Cuando llegó el momento de pagar, dijo que sólo tenía que acercarse a Montgomery Street a recoger el dinero de su amigo Freddy Munson, que le daría tres de los grandes. Metchnikoff empezó a enojarse de nuevo.
    —¡Cinco minutos! —gritó Mueller—. ¡Estaré de regreso en cinco minutos!
    Sin embargo, cuando llegó a la oficina de Munson, descubrió que aquello era un verdadero caos y que su amigo no se hallaba presente.
    —¿No ha dejado un sobre para el señor Mueller? —preguntó a una apresurada secretaria—. Tenía que recoger algo muy importante aquí, esta tarde. Por favor, ¿quiere comprobarlo?
    La muchacha se limitó a alejarse corriendo. Lo mismo hizo otra empleada. Un corredor le ordenó que abandonara la oficina.
    —¡Hemos cerrado, amigo! —gritó.
    Mueller se marchó desconcertado.
    Como no se atrevía a volver a Metchnikoff con la noticia de que, después de todo, no había conseguido el efectivo, regresó sencillamente a su casa. Tres robots cobradores le esperaban ante la puerta. Cada uno de ellos empezó a gruñir sus amenazas en cuanto se acercó.
    —Lo lamento —les detuvo Mueller—, no recuerdo nada de todo eso.
    Entró en el apartamento. Se sentó en el desnudo suelo, furioso al pensar en las hermosas piezas que estaría construyendo de haber conseguido hacerse con los instrumentos de su oficio. No obstante, empezó a hacer esbozos. Al menos, los buitres le habían dejado lápiz y papel. Tal vez no fueran tan eficientes como una pantalla de computadora y una pluma luminosa, pero Miguel Ángel y Benvenuto Cellini se las habían arreglado muy bien sin computadoras ni plumas luminosas.
    A las cuatro en punto, sonó el timbre de la puerta.
    —¡Largúese! —aulló Mueller por el altavoz—. Vaya a ver a mi contable. No quiero saber de más apremios. Y la próxima vez que coja a uno de sus robots idiotas junto a mi puerta, voy a…
    —Soy yo, Paul —dijo una voz en absoluto mecánica.
    ¡Carole!
    Corrió a la puerta. Había siete robots rodeándola, y todos ellos trataron de abrirse paso. Los obligó a retroceder para que ella entrara. Un robot no se atrevería a tocar a un ser humano. Dio un portazo ante sus rostros metálicos y pasó el cerrojo.
    Carole tenía buen aspecto. Llevaba el pelo más largo de lo que él recordaba, había ganado unos cuatro kilos en los lugares adecuados y vestía un traje brillante y transparente que jamás le había visto antes y que, desde luego, no era lo más adecuado para aquella hora de la tarde, aunque resultaba espléndido sobre su cuerpo. Parecía por lo menos cinco años más joven de lo que era. Evidentemente, mes y medio de matrimonio con Pete Castine la habían favorecido más que nueve años de matrimonio con Paul Mueller. Tenía un aspecto magnífico. Pero también se la veía tensa, si bien de modo superficial, como si la tensión fuera producto de alguna preocupación de las últimas horas.
    —Por lo visto he perdido mi llave —dijo.
    —¿Qué haces aquí?
    —No te entiendo, Paul.
    —Es decir, ¿por qué has venido?
    —Yo vivo aquí.
    —¿Ah, sí? —Se rió duramente—. Muy divertido.
    —Siempre has tenido un extraño sentido del humor, Paul —dijo Carole, pasando ante él—. Sólo que no me parece nada gracioso. ¿Dónde está todo? ¿Y los muebles, Paul? Mis cosas… —De pronto se echó a llorar—. Debo de estar volviéndome loca. Me despierto esta mañana en un apartamento desconocido, sola. Me paso todo el día paseando envuelta en una especie de niebla que no comprendo en absoluto. Y ahora llego a casa y descubro que has empeñado todo lo que teníamos, o algo por el estilo… —Se mordió los nudillos—. Paul…
    También la sufre, pensó él. La epidemia de amnesia.
    Dijo en voz baja:
    —Te parecerá raro que te lo pregunte, Carole, pero, ¿quieres decirme a qué día estamos?
    —¡Vaya! El 14 de septiembre, claro… ¿O es el 15?
    —¿De 2002?
    —¡Naturalmente! No va a ser de 1776.
    Está peor que yo, se dijo Mueller. Ha perdido un mes más. No recuerda mi fracaso en los negocios. Ni recuerda que perdí todo el dinero. No recuerda el divorcio. Sigue creyendo que es mi esposa.
    —Ven aquí —dijo, y se la llevó al dormitorio. Señaló la litera que ocupaba el lugar en que estuviera su lecho—. Siéntate, Carole. Intentaré explicártelo. No tiene mucha lógica, pero lo intentaré.
    En aquellas circunstancias, el concierto de la Filarmónica de Nueva York, que había llegado a la ciudad para actuar el jueves por la noche, fue cancelado. Sin embargo, la orquesta se reunió para el ensayo a las dos y media de la tarde. El sindicato exigía un número determinado de ensayos —pagados— a la semana, así que la orquesta se puso a la tarea sin hacer ningún caso del cataclismo exterior. Pronto empezaron los problemas. El maestro Alvarez, que utilizaba una batuta electrónica y se sentía muy orgulloso de dirigir sin partitura, apretó el botón para un pianísimo. De pronto, con la sensación del que se hunde por una trampa, advirtió que la Cuarta de Brahms se le había borrado por completo de la memoria. La orquesta respondió desigualmente a sus errores constantes. Algunos de los músicos tenían dificultades, pero el solista miró horrorizado su mano izquierda, preguntándose qué cuerdas debía tocar para que el violín emitiera las débiles notas, el segundo oboe no encontraba la clave adecuada, y el primer fagot ni siquiera conseguía recordar cómo utilizar el instrumento.
    A la caída de la tarde, Tim Bryce había reunido los datos suficientes de la historia para comprender lo sucedido. Y no sólo á él y a Lisa, sino a toda la ciudad. Una droga, o varias, casi con seguridad distribuidas a través del sistema de abastecimiento municipal de aguas, había borrado la memoria de casi todo el mundo. El problema de la vida moderna, pensó Bryce, es que la tecnología te pone en peligro de nuevos y más complicados desastres cada año, pero no te da la capacidad de vencerlos. Las drogas de la memoria eran algo ya antiguo, que se remontaba a treinta o cuarenta años atrás. Él mismo había estudiado varios tipos. La memoria constituye un proceso en parte químico y en parte eléctrico; algunas drogas alteraban el proceso eléctrico, perturbando las sinapsis por las que actúa el cerebro, y otras atacaban el substrato molecular en el que se encierran los recuerdos más antiguos. Bryce conocía métodos para destruir los recuerdos recientes, inhibiendo la transmisión de las sinapsis, y métodos para destruir los recuerdos más antiguos mediante un lavado de las complejas cadenas de ácido ribonucleico que los inscriben en el cerebro. Pero tales drogas eran experimentales e impredecibles, por lo que se había vacilado en utilizarlas en sujetos humanos. Desde luego, jamás había imaginado que alguien las arrojara sencillamente en un acueducto y practicara así una lobotomía simultánea a toda una ciudad.
    Su despacho en el Fletcher Memorial se había convertido en un centro improvisado de operaciones para San Francisco. El alcalde estaba allí, pálido y abrumado. El jefe de policía, exhausto y confuso, se volvía de espalda a intervalos y se tomaba una pastilla. Un representante de la red de comunicaciones, con aire desconcertado, se encogía en un rincón comprobando nerviosamente el sistema dispuesto a toda prisa y a través del cual iba a lanzar sus órdenes a toda la ciudad el Comité de Salud Pública convocado por Bryce.
    El alcalde no servía de nada. Ni siquiera recordaba haberse presentado a las elecciones. El jefe de policía aún estaba en peor forma; llevaba en pie toda la noche porque se le había olvidado, entre otras cosas, su propia dirección y había tenido miedo de preguntársela a una computadora por si acaso le despedían de su empleo por borracho. En este momento, el jefe de policía ya sabía que no era el único de la ciudad que tenía hoy problemas de memoria, de modo que había buscado su dirección en el archivo e incluso había telefoneado a su esposa. Sin embargo, se encontraba al borde del colapso. Bryce había insistido en que varios hombres permanecieran allí como símbolos del orden. Quería únicamente sus rostros y su voz, no sus inútiles servicios oficiales. Una docena de ciudadanos diversos había acudido también al despacho de Bryce. A las cinco de la tarde, éste había lanzado una llamada a través de todos los medios de comunicación, pidiendo a aquellos cuya memoria de los sucesos recientes no estuviera alterada que acudieran al Hospital Fletcher Memorial: «Si no ha bebido agua de la traída en las últimas veinticuatro horas, probablemente estará completamente bien. Venga aquí. Lo necesitamos». Y así había reunido un curioso grupo. Había un viejo héroe del espacio, Taylor Braskett, un chiflado de los alimentos puros, que sólo bebía agua de manantial. Había una familia francesa, dueños de un restaurante: padre, madre y tres hijos adultos, que preferían el agua mineral importada de la madre patria. Había un vendedor de computadoras llamado McBurney, que había ido a Los Ángeles en viaje de negocios y no había probado el agua contaminada. Y un viejo policía retirado, llamado Adler, que vivía en Oakland, donde no había problemas de memoria. Había cruzado la bahía a toda prisa en cuanto se enteró de que San Francisco se hallaba en apuros. Eso antes de que todos los accesos a la ciudad quedaran cerrados por órdenes de Bryce. Y alguno más, de dudoso valor, pero con una memoria incontestablemente intacta.
    Las tres pantallas montadas por el encargado de las comunicaciones daban informes constantes sobre los puntos clave de la ciudad. Ahora mismo una de ellas investigaba el distrito del Embarcadero desde una cámara situada en la plaza Ghirardelli; otra vigilaba el distrito financiero desde un helicóptero, sobre el viejo Museo del Ferry, y la tercera funcionaba desde un camión que recorría el parque de Golden Gate. Las escenas eran similares en todas partes: la gente andando de un lado para otro, haciendo preguntas y sin recibir respuestas. Todavía no había casos de pillaje. Ni incendios. Los policías, es decir, los que eran capaces de actuar, se habían puesto en acción, y los robots antidisturbios hacían guardia en las calles principales, por si acaso se les necesitaba para que lanzaran chorros de espuma sobre una multitud dominada por el pánico.
    Bryce dijo al alcalde:
    —A las seis y media quiero que aparezca en la pantalla recomendando calma. Le entregaremos por escrito lo que tenga que decir.
    El alcalde gimió. Bryce continuó:
    —No se preocupe. Yo le iré apuntando todo el discurso a través de un transmisor. Usted concéntrese exclusivamente en hablar con claridad y mirando sólo a la cámara. Si se comporta como un hombre asustado, será el fin de todos nosotros. En cambio, si les habla serenamente, tal vez logremos salir adelante.
    El alcalde hundió la cabeza entre las manos. Ted Kamakura susurró:
    —No puedes hacerle salir en la pantalla, Tim. ¡Está hecho una ruina, todo el mundo lo advertirá!
    —El alcalde de la ciudad ha de aparecer —insistió Bryce—. Ponle un par de inyecciones estimulantes. Que pronuncie ese discurso y luego lo meteremos en la cama.
    —¿Quién será el portavoz después? —preguntó Kamakura—. ¿Tú? ¿Yo? ¿O Dennison, el jefe de policía?
    —No lo sé —murmuró Bryce—. Necesitamos una persona con autoridad para que transmita comunicados cada media hora poco más o menos. Y que me cuelguen si yo dispongo de tiempo para eso. Ni tú. En cuanto a Dennison…
    —Caballeros, ¿puedo hacer una sugerencia? —Era el viejo astronauta, Braskett—. Me ofrezco voluntario como portavoz. Admitirán que tengo cierto aspecto de autoridad. Y estoy acostumbrado a dirigirme al público.
    Bryce rechazó la idea por un instante; ¿Aquel loco derechista, aquel autor de cartas absurdas y apasionadas a todos los medios de la prensa del Estado, aquel Paul Revere de los últimos días? ¿Él, portavoz del Comité? Iba ya a despacharlo, cuando decidió aceptarlo. En realidad, nadie se preocupaba de actividades políticas tan desfasadas como las suyas. Probablemente, nueve personas de cada diez en San Francisco consideraban a Braskett (si es que pensaban en él) tan sólo como el héroe de la Primera Expedición a Marte. Además, el viejo era un tipo realmente apuesto, de aspecto elegante, delgado, con una voz profunda y la mirada firme. Un hombre fuerte y de prestancia.
    —Comandante Braskett —dijo—, en caso de nombrarle portavoz del Comité de Salud Pública…
    Ted Kamakura dejó escapar un silbido.
    —¿… podríamos contar con que los anuncios que transmita se limitarán absolutamente a las conclusiones a que haya llegado todo el Comité?
    El comandante Braskett esbozó una helada sonrisa.
    —Quiere que sea sólo un figurón, ¿no es eso?
    —Lo que quiero es que sea nuestro portavoz, con el título oficial de presidente.
    —Lo que dije, un figurón. Muy bien, acepto. Proclamaré esas mentiras como un títere obediente y no intentaré inyectar ninguna de mis ideas radicales y extremistas en las declaraciones. ¿Es eso lo que desea?
    —Creo que nos comprendemos perfectamente —dijo Bryce, sonriente. Y se sorprendió al ver que también el otro le sonreía afectuosamente.
    Oprimió el botón de su transmisor de datos. En el laboratorio de Patología, ocho pisos más abajo de su despacho, alguien contestó a su llamada.
    —¿Hay ya algún análisis a punto? —preguntó Bryce.
    —Le paso al doctor Madison.
    Éste apareció en la pantalla. Habitualmente dirigía el Departamento de Radioisotopía del hospital. Un hombre grueso, de rostro colorado, con todo el aspecto de un cervecero. Conocía bien su campo de acción.
    —Indudablemente es el sistema de abastecimiento de aguas, Tim —dijo de inmediato—. Lo establecimos como hipótesis hace una media hora, claro, pero ahora ya no cabe la menor duda. He aislado restos de dos drogas diferentes para suprimir la memoria, y hay indicios de una tercera. Fuera quien fuera, no quiso correr riesgos.
    —¿Qué drogas son? —preguntó Bryce.
    —Bueno, tenemos una buena cantidad de terminasa acetilcolina —respondió Madison—, que trastorna las sinapsis e interfiere en las fijaciones a corto plazo. Luego, hay algo más, quizás un disolvente proteínico derivado de la puromicina, que actúa sobre las cadenas de ácido ribonucleico del cerebro y destruye los recuerdos más antiguos. Y sospecho también que nos enfrentamos con uno de los nuevos amnesiógenos experimentales, algo que todavía no he aislado, capaz de llegar muy hondo y destruir los esquemas motores básicos. De modo que nos han atacado por arriba, por abajo y por en medio.
    —Eso explica muchas cosas. Los que no pueden recordar lo que hicieron ayer, los que han perdido parte de su memoria de adultos y los que ni siquiera recuerdan su nombre…, ya que actúa a diferentes niveles, según las personas.
    —Teniendo en cuenta el metabolismo, la edad, la estructura del cerebro del individuo y la cantidad de agua que bebieron ayer, sí.
    —¿Sigue contaminada el agua? —preguntó Bryce.
    —Me atrevería a decir que no. He hecho que me trajeran muestras de agua de los distritos superiores. Todo está bien allí. El personal de la traída ha hecho comprobaciones por su cuenta y asegura lo mismo. Evidentemente, lo que sea fue introducido en la canalización ayer a primera hora, llegó a la ciudad y en este momento ya ha desaparecido. Tal vez queden residuos en las cañerías. Yo aconsejaría no beber agua tampoco hoy.
    —¿Y qué dice la farmacopea sobre la efectividad de esas drogas?
    —Cualquiera puede adivinarlo —repuso Madison, encogiéndose de hombros—. Tú lo sabrás mejor que yo. ¿Desaparece?
    —No en el sentido normal —dijo Bryce—. Lo que sucede es que el cerebro crea un circuito de redundancia y obtiene el acceso a un duplicado de los recuerdos afectados… Como si se pasara a otro carril, por así decirlo… Naturalmente, siempre que hubiera un duplicado del sector en cuestión y mientras ese duplicado no se haya borrado también. Algunas personas recobrarán retazos de su memoria en unos cuantos días o unas cuantas semanas. Otros no.
    —Magnífico —terminó Madison—. Te tendré informado, Tim.
    Bryce cortó la llamada y preguntó al empleado de Comunicaciones:
    —¿Tiene ya ese transmisor? Colóquelo tras el oído de Su Señoría.
    El alcalde se echó a temblar. El aparatito fue instalado en su sitio.
    —Señor alcalde —dijo Bryce—, voy a dictarle un discurso y usted lo transmitirá a todos los medios de comunicación. Será lo último que le pediré que haga hasta que tenga la oportunidad de recuperarse, ¿de acuerdo? Escuche cuidadosamente lo que digo y hable despacio. Imagine que mañana es el día de las elecciones y que su trabajo depende de lo bien que quede ahora. No va a actuar en directo. Habrá un desfase de quince segundos y contamos con un circuito de prueba para corregir sus errores, de modo que no hay razón alguna para que se sienta en tensión. ¿Me sigue? ¿Lo hará lo mejor que pueda?
    —Tengo la mente nublada.
    —Limítese a escucharme y repetir ante la cámara lo que yo diga. Sus reflejos de político le ayudarán. Ésta es su oportunidad para convertirse en un héroe. Estamos viviendo un momento histórico, señor alcalde. Lo que hagamos hoy pasará a la historia, como pasaron los sucesos del terremoto de 1906. Vamos ya. Repita. Habitantes de esta maravillosa ciudad de San Francisco…
    Las palabras salían con toda facilidad de los labios de Bryce. Y ¡oh, maravilla!, el alcalde las repetía con una voz clara, resonante. Mientras pronunciaba su discurso, Bryce sintió en su interior el impulso del poder. Por un momento, se imaginó que era el líder electo de la ciudad y no únicamente el dictador (nombrado por sí mismo) en una emergencia. Resultaba una sensación interesante, casi extática. Lisa, que le observaba actuar, le sonrió amorosamente.
    También él sonrió al mirarla. En este momento de gloria casi lograba olvidar su dolor al comprender que había perdido todos los recuerdos de su vida con ella. Por lo visto, era lo único que había perdido. Con una selectividad estúpida, la droga había anulado todo cuanto pertenecía a sus primeros cinco años de matrimonio. Kamakura le había dicho, hacía pocas horas, que el suyo era el matrimonio más feliz de cuántos conocía. Y ahora todo había desaparecido. Por lo menos, y contra todas las probabilidades, Lisa había sufrido una pérdida idéntica. En cierto modo, el hecho resultaba así más soportable. Habría sido horrible que uno de ellos recordara los buenos tiempos y el otro no tuviera ni idea. Gracias a eso, casi podía ignorar el tormento de la pérdida mientras siguiera trabajando. Casi.
    —El alcalde va a hablar dentro de un minuto —dijo Nadia—. ¿Quieres oírle? Explicará lo que está ocurriendo.
    —No me importa nada —contestó tristemente el Fabuloso Montini.
    —Se trata de una especie de epidemia de amnesia. Cuando salí antes, oí hablar de ello. Todo el mundo lo tiene. No sólo tú. Creíste que era un ataque. Pues no lo es. Estás perfectamente bien.
    —Mi mente ha quedado deshecha.
    —Sólo es temporal —la voz sonaba un poco demasiado aguda, nada convincente—. Tal vez sea algo que hay en el aire. Una droga que estaban experimentando y perdieron su control. Todos estamos metidos en ello. Tampoco yo logro recordar nada de la semana pasada.
    —¿Y a mí qué me importa? —exclamó Montini—. La mayoría de la gente no tiene memoria ni siquiera en estado normal. ¿Pero y yo? ¿Y yo? Estoy arruinado, Nadia. Quisiera verme ya en la tumba. No tiene lógica que siga viviendo.
    Sonó la voz del locutor:
    —Señoras y caballeros, Su Señoría, Elliot Chase, alcalde de San Francisco.
    —Vamos a oírle —dijo Nadia.
    El alcalde apareció en la pantalla mural, con rostro solemne y la expresión de «vamos a enfrentarnos a un desafío, ciudadanos». Montini le miró, se encogió de hombros y apartó la vista.
    —Habitantes de esta maravillosa ciudad de San Francisco —comenzó el alcalde—. Acabamos de pasar la jornada más difícil de nuestra historia desde hace casi un siglo, desde la terrible catástrofe de 1906. La Tierra no ha temblado hoy, ni hemos sido devorados por el fuego. Sin embargo, todos hemos sufrido la dura prueba de una calamidad repentina. Como todos ustedes saben ya, los habitantes de San Francisco se han visto afligidos desde anoche por lo que podemos llamar una epidemia de amnesia. Ha habido una pérdida masiva de memoria, que va desde los casos leves de un simple olvido a la pérdida casi total de identidad. Los científicos que trabajan en el Hospital Fletcher Memorial han logrado determinar la causa de este desastre único y repentino. Al parecer, saboteadores criminales contaminaron el sistema de abastecimiento de aguas con drogas de uso prohibido y que tienen la facultad de disolver las estructuras de la memoria. El efecto de estas drogas es temporal. No existen motivos de alarma. Incluso los más gravemente afectados descubrirán que van recuperando poco a poco la memoria. Y tenemos razones de peso para confiar en una recuperación total en cuestión de horas o de días.
    —Está mintiendo —dijo Montini.
    —Los criminales responsables no han sido detenidos todavía, pero esperamos su arresto de un momento a otro. El área de San Francisco es la única región afectada, lo que significa que las drogas fueron introducidas en el sistema de abastecimiento de aguas justo en los límites de la ciudad. Todo sigue normal en Berkeley, en Oakland, en Marin County y demás áreas circundantes. En nombre de la seguridad pública he ordenado que se cierren los puentes de San Francisco, interrumpiendo asimismo el tránsito rápido en el área de la bahía y demás medios de acceso a la ciudad. Confiamos en mantener dichas restricciones hasta mañana por la mañana por lo menos. Su propósito es prevenir el desorden y evitar la posible llegada de elementos indeseables a la ciudad mientras persiste el problema. Nosotros, habitantes de San Francisco, somos autosuficientes y por demos subvenir a nuestras necesidades sin interferencia del exterior. No obstante, me he puesto en contacto con el presidente y el gobernador, quienes me han asegurado toda la asistencia posible. El abastecimiento de aguas se halla al presente libre de contaminación y se están tomando todas las precauciones para impedir que se repita este crimen contra un millón de inocentes. Sin embargo, me informan de que aún pueden quedar residuos de la droga en las cañerías y que el peligro se mantendrá unas cuantas horas. Se recomienda, pues, que beban la menor cantidad de agua posible hasta que reciban más noticias y que hiervan la que deban utilizar. Por último, les diré que el señor Dennison, jefe de policía, las demás autoridades de la ciudad y yo dedicaremos todo nuestro tiempo a las necesidades de la ciudad mientras dure la crisis. Probablemente no tendremos la oportunidad de aparecer ante ustedes para informes posteriores. Por lo tanto, he tomado la decisión de nombrar un Comité de Salud Pública, formado por distinguidos científicos y hombres de leyes de San Francisco, como cuerpo coordinador que colabore en el gobierno de la ciudad y en la información a sus ciudadanos. El presidente de dicho Comité es el famoso veterano de tantas hazañas espaciales, el comandante Taylor Braskett. Las noticias referentes al desarrollo de la crisis les serán comunicadas por el comandante Braskett en el transcurso de la tarde. Recuerden que habla en nombre de las autoridades de la ciudad. Gracias.
    Braskett apareció en pantalla. Montini gruñó:
    —¡Mira a quién fueron a elegir! ¡A un patriota maníaco!
    —Pero la droga desaparecerá —insistió Nadia—. Tu mente volverá a la normalidad.
    —Conozco esas drogas. No hay esperanza. Estoy acabado —el Fabuloso Montini se dirigió a la puerta—. Necesito aire fresco. Voy a salir. Adiós, Nadia.
    Ésta trató de detenerle, pero él la rechazó. Se dirigió al Marina Park y de él pasó al Club Náutico. El portero le dejó entrar y no volvió a prestarle atención. Montini se dirigió al muelle. «Dicen que la droga es temporal. Que desaparecerá… Que la mente recobrará la claridad. Lo dudo mucho». Miró las aguas, oscuras y aceitosas, que brillaban reflejando las luces del puente. Exploró su memoria, tan afectada, calibrando los vacíos. Secciones enteras de su memoria habían desaparecido. Como cuando se derrumban los muros de un edificio, dejando al aire la estructura. No podía vivir así. Cuidadosamente, gruñendo por el esfuerzo, bajó por una escalerilla de metal hasta el agua y se alejó del muelle. El agua estaba espantosamente fría. Los zapatos le pesaban hasta agobiarle. Se dirigió nadando hacia la isla de la antigua prisión, pero no sería capaz de mantenerse a flote mucho tiempo. Dejándose arrastrar por las olas, hizo una vez más inventario de su memoria, repasando lo que le restaba. Menos que suficiente. Para probar si aún conservaba el don, intentó recordar el discurso del alcalde y descubrió que las palabras se confundían unas con otras. Ya nada importa, se dijo. Y dejó que su cuerpo se hundiera.
    Carole insistió en pasar la noche del jueves con él.
    —Ya no somos marido y mujer —le recordó Paul—. Estamos divorciados.
    —¿Desde cuándo eres tan convencional? Vivimos juntos antes de casarnos, lo mismo podemos vivir juntos después de haber estado casados. A lo mejor estamos inventando un nuevo pecado, Paul. Relaciones postmatrimoniales.
    —Esa no es la cuestión. La cuestión es que llegaste a odiarme por mis problemas financieros y que me dejaste. Si intentas volver ahora conmigo, vas contra tu propia decisión lógica y deliberada del pasado enero.
    —Para mí, aún faltan cuatro meses para ese enero que dices —rebatió ella—. No te odio. Te quiero. Te he querido siempre y siempre te querré. No consigo imaginar cómo llegué a separarme de ti, pero, en cualquier caso, no recuerdo el divorcio, ni lo recuerdas tú entonces, ¿por qué no podemos seguir a partir del punto en que se borró todo de nuestra memoria?
    —Entre otras cosas, porque da la casualidad de que ahora eres la esposa de Pete Castine.
    —Eso me suena completamente irreal. Como algo que hubieras soñado.
    —Freddy Munson me lo dijo. Y es verdad.
    —Si volviera ahora con Pete —dijo Carole—, me sentiría en pecado. ¿Quieres que me meta en la cama con Pete simplemente porque se supone que me he casado con él? No le quiero. Te quiero a ti. ¿No puedo quedarme aquí?
    —¿Pero y si Pete…?
    —¡Si Pete, si Pete, si Pete…! En mi conciencia, sigo siendo la señora de Paul Mueller, y en tu conciencia también. Así que al diablo con Pete, y con lo que Freddy Munson te haya dicho y con todo lo demás. Esta discusión es estúpida. Dejémosla. Si quieres que me vaya, dímelo ahora bien claro. De otro modo, me quedo.
    No podía decirle que se fuera.
    Sólo tenía la litera pequeña, pero se las arreglaron para compartirla. Era incómoda; sin embargo, resultó divertido. Paul llegó a sentirse como si de nuevo tuviera veinte años. Por la mañana, tomaron juntos una buena ducha y, luego, Carole salió a comprar algunas cosas para el desayuno, ya que les habían cortado el servicio y él no podía pedir el desayuno apretando un botón. Ante la puerta, un robot le habló en el momento en que Carole salía:
    —Se ha solicitado ya el decreto de servicio personal, señor Mueller. Ahora está pendiente de juicio.
    —No te conozco —dijo Mueller—. ¡Lárgate!
    Hoy, se dijo, iría a buscar a Freddy Munson y, como fuera, conseguiría de él algún dinero. Compraría los instrumentos que necesitaba y empezaría a trabajar otra vez. Que el mundo exterior enloqueciera; mientras él pudiera trabajar, todo iría bien. Si no lograba encontrar a Freddy, tal vez el crédito de Carole le permitiera hacer las compras. Estaba legalmente divorciada de él, y sus problemas de crédito no la afectarían. Siendo la señora de Peter Castine, sin duda dispondría de un par de los grandes para pagar a Metchnikoff. Probablemente los bancos estarían cerrados hoy por la crisis de amnesia, pensó Mueller, pero sin duda Metchnikoff no le pediría a Carole el pago en efectivo. Cerró los ojos e imaginó lo agradable que sería crear cosas de nuevo.
    Hacía una hora que se había ido Carole. Cuando regresó con la bolsa de la compra, Pete Castine iba con ella.
    —Me siguió —explicó Carole—. Se niega a dejarme en paz.
    Castine era un hombre delgado, de aspecto controlado, muy atlético, unos años mayor que Mueller —posiblemente había cumplido ya los cincuenta—, pero de aire juvenil. Dijo serenamente:
    —Estaba seguro de que Carole había venido aquí. Es muy comprensible, Paul. Pasó aquí toda la noche, supongo.
    —¿Importa eso? —preguntó Mueller.
    —Hasta cierto punto. Prefiero que haya pasado la noche con su anterior marido que con cualquier otro.
    —Estuvo aquí toda la noche, sí —confesó Mueller cansadamente.
    —Me gustaría que volviera a casa ahora conmigo. Es mi esposa, después de todo.
    —Ella no lo recuerda. Ni yo tampoco.
    —Lo sé —dijo Castine amablemente—. En cuanto a mí, he olvidado todo lo que me sucedió antes de los veintidós años. No podría decirte ni el nombre de pila de mi padre. Sin embargo, y como realidad objetiva, Carole es mi esposa. Vuestro divorcio fue un asunto bastante desagradable y creo que ella no debería seguir aquí.
    —¿Por qué me dices a mí todo eso? —pregunto Mueller—. Si quieres que tu esposa vuelva a casa contigo, pídeselo a ella.
    —Ya lo he hecho. Y dice que no se irá de aquí a menos que tú se lo ordenes.
    —Es cierto —intervino Carole—. Yo sí sé de quién creo ser esposa. Si Paul me echa, volveré contigo. Pero no por otra razón.
    Mueller se encogió de hombros.
    —Sería un idiota si la echara de aquí, Pete. La necesito y la quiero. Y fuera lo que fuese lo que sucedió, ya no tiene ninguna realidad para nosotros. Sé que resulta dura para ti, pero no puedo evitarlo. Supongo que no tendrás problemas para conseguir la anulación en cuanto los tribunales promulguen ley para casos como éste.
    Castine guardó silencio unos momentos. Al fin, dijo:
    —¿Cómo va tu trabajo, Paul?
    —Parece que no hice nada en todo un año.
    —Exacto.
    —Estoy planeando comenzar de nuevo. Podría decirse que Carole me ha inspirado.
    —Espléndido —asintió Castine, sin ninguna entonación especial—. Confío en que esta pequeña confusión sobre nuestra… esposa compartida no interfiera en las armoniosas relaciones artista-marchan te de que solíamos disfrutar.
    —En absoluto —dijo Mueller—. Seguirás disponiendo de toda mi producción. ¿Por qué diablos habría de mostrarme resentido por lo que hiciste? Carole era libre cuando te casaste con ella. Sólo hay un problema.
    —¿Cuál?
    —Estoy arruinado. No tengo instrumentos, no puedo trabajar sin instrumentos y carezco de medios para comprarlos.
    —¿Cuánto necesitas?
    —Dos y medio de los grandes.
    —¿Dónde está tu control de datos? —preguntó Castine—. Te haré una transferencia de crédito.
    —La compañía telefónica lo desconectó hace mucho tiempo.
    —Permíteme entonces que te firme un cheque. Digamos tres mil. Como adelanto sobre futuras ventas. —Castine rebuscó un rato antes de localizar un cheque en blanco—. E! primero que escribo en unos cinco años quizá. Resulta raro, una vez te has acostumbrado a hacerlo todo por teléfono. Aquí tienes, y buena suerte. A los dos. —Les saludó con una seca y amarga inclinación de cabeza—. Espero que seáis felices juntos. Y llámame cuando hayas terminado alguna pieza, Paul. Enviaré el camión. Supongo que, para entonces, te habrán conectado el teléfono.
    Y abandonó el apartamento.
    —Olvidar es una bendición —dijo Nate Haldersen—. La remisión por el olvido, lo llamo yo. Lo que ha sucedido en San Francisco esta semana no significa necesariamente un desastre. Para algunos de nosotros, ha sido lo mejor del mundo.
    Le escuchaban al menos cincuenta personas, sentadas a sus pies. Se hallaba en el quiosco de la banda, en el parque, frente al Museo De Young. Caía ya la noche. Finalizaba el viernes, el segundo día completo tras la crisis de la memoria. Haldersen había dormido en el parque la noche anterior y planeaba dormir allí de nuevo aquella noche. Después de escapar del hospital, se había enterado de que su apartamento había sido clausurado hacía mucho tiempo y almacenados sus muebles. No le importaba. Viviría de la tierra y robaría su comida. La llama de la profecía ardía en él.
    —Dejadme que os cuente lo que me ocurrió —gritó—. Hace tres días estaba en un hospital para enfermos mentales. Alguno sonreirá, quizá, y me dirá que debería volver allí de nuevo. ¡No! No lo comprendéis. Era incapaz de enfrentarme al mundo. Dondequiera que fuese, veía familias felices, padres e hijos, y eso me hacía enfermar de envidia y odio. No podía vivir en sociedad. ¿Por qué? ¿Por qué? Porque mi esposa y mis hijos murieron en el desastre aéreo de 1991, por eso. Y perdí el avión porque estaba cometiendo adulterio aquel día. Por mi pecado murieron ellos. ¡Y seguí viviendo en un tormento interminable! Ahora todo se ha borrado de mi mente. He pecado, he sufrido… ¡Al fin me siento redimido gracias a este misericordioso olvido!
    Una voz gritó entre la multitud:
    —Si lo ha olvidado todo, ¿cómo es que ahora puede contarnos la historia?
    —Una buena pregunta. ¡Una pregunta excelente! —Haldersen sintió que el sudor brotaba de sus poros, que la adrenalina corría por sus venas—. Si conozco la historia es porque una máquina del hospital me la contó ayer por la mañana. Pero la escuché como si se tratara de algo sucedido a otra persona. La experiencia que tenía de ella, la profunda herida en mi interior, todo se ha borrado. El dolor ha desaparecido. ¡Oh, sí! Lamento que mi inocente familia pereciera. Sin embargo, un hombre sano aprende a controlar ese sufrimiento después de once años, acepta la pérdida y sigue adelante. Yo estaba enfermo, enfermo por dentro, incapaz de vivir con mi dolor. Ahora sí puedo. Lo miro objetivamente, ¿comprendéis? Por eso digo que el olvido es una bendición. ¿Y vosotros? ¿No hay alguno entre vosotros que haya sufrido alguna dolorosa pérdida y que ahora ya no lo recuerda? Pues ése ha sido redimido y liberado de su angustia. ¿Hay alguno? ¿Lo hay? Que levante la mano. ¿Quién ha sido beneficiado por el santo olvido? ¿Quién de vosotros sabe que ha quedado purificado, aunque no recuerde de qué se ha purificado?
    Empezaron a levantarse algunas manos.
    Había gente que lloraba o que gritaba, pero todos le aplaudían. Haldersen se sintió un charlatán, aunque sólo por un momento. Siempre había tenido espíritu de profeta, aun cuando hubiera actuado como un anodino erudito, un aburrido profesor de filosofía. Tenía en él cuanto un profeta necesita: la clara impresión del contraste entre la culpabilidad y la pureza, y la comprensión de la existencia del pecado. Esa comprensión le arrastraba ahora a celebrar su gozo en público, a buscar compañeros de su liberación —no, compañeros no, discípulos— para fundar la Iglesia del Olvido, aquí, en el parque de Golden Gate. El hospital podía haberle dado estas drogas hacia años, librándole así de la angustia. Bryce se había negado. Kamakura, Reynolds, todos los doctores de suaves palabras esperaban más pruebas, más experimentos con chimpancés o lo que fuera. Y Dios había dicho: Nathaniel Haldersen ha sufrido ya bastante por su pecado. En consecuencia, había echado una droga en la traída de aguas de San Francisco, la misma droga que los doctores le negaban, y por las cañerías que descendían de las montañas le había enviado el dulce elixir del olvido.
    —¡Bebed conmigo! —gritó—. ¡Bebed todos los que sufrís y vivís angustiados! ¡Nosotros mismos buscaremos la droga! ¡Y purificaremos nuestras almas doloridas! ¡Bebed esta agua benéfica y cantad a la gloria de Dios que nos concede el olvido!
    Freddy Munson había pasado la tarde y la noche del jueves, y luego todo el viernes, encerrado en su apartamento, cortadas todas las comunicaciones con el mundo exterior. No quería recibir ni hacer llamadas, no hacía caso del televisor y había conectado el xerofax de las cotizaciones sólo tres veces en aquellas treinta y seis horas.
    Sabía que había llegado el fin y trataba de decidir cómo reaccionar.
    Su memoria parecía haberse estabilizado. Todavía seguía sin recordar cinco semanas de maniobras mercantiles, pero ya no había más vacíos. Claro que eso no importaba. Estaba ya metido en un buen lío. Y a pesar de la declaración tan optimista del alcalde la noche anterior, Munson no había descubierto ninguna prueba de que la pérdida de la memoria desapareciera. Era incapaz de reconstruir los detalles que se habían desvanecido.
    Sabía que no existía un peligro inmediato. La mayoría de los clientes cuyas cuentas había alterado a su gusto eran viejos acaudalados, que no se preocuparían por las acciones hasta que recibieran la relación de cuentas del mes próximo. Le habían dado plenos poderes, gracias a lo cual había utilizado sus recursos en beneficio propio. Hasta ahora, Munson siempre había logrado completar sus transacciones dentro del mes, de modo que las declaraciones enviadas cuadraran al céntimo. Había resuelto el problema de la retirada de acciones, que luego debían figurar en el estado de cuentas, alterando la computadora de la casa para que no lo revelara, siempre que la cuenta quedase clara a fin de mes. De ese modo, tomaba prestadas 10.000 acciones de Vías Espaciales Unidas o de I.B.M. durante dos semanas, se servía del stock como garantía para sus negocios propios y las devolvía a sus respectivas cuentas a tiempo para que nadie lo supiera. Dentro de tres semanas, los extractos de fin de mes mostrarían unas retiradas de acciones inexplicables en muchas cuentas, y él se vería en un grave aprieto.
    Incluso el problema podía presentarse antes, proveniente de otra dirección. Desde que se inició la crisis en San Francisco, el mercado de valores había bajado de golpe. Probablemente el lunes empezarían a llamarle para que iniciara las operaciones. La Bolsa de San Francisco estaba cerrada, claro. No había abierto desde el jueves por la mañana, ya que la mayoría de los corredores habían sido afectados por la amnesia. Pero sí lo estaba la Bolsa de Nueva York, que había reaccionado muy mal ante las noticias de San Francisco, sin duda por temor a que todo obedeciera a una conspiración y el país entero se viera lanzado al caos. Cuando se abriera de nuevo la Bolsa local, el lunes, si es que se abría, sin duda se ajustaría a los últimos precios de Nueva York, o se aproximaría mucho a ellos. Y seguiría bajando. Le pedirían a Munson que presentara efectivo o bien garantías adicionales para cubrir sus préstamos. Desde luego, no tenía efectivo, y el único modo de conseguir acciones adicionales sería intervenir más cuentas, agravando así el delito. Por otra parte, si no accedía a las peticiones de depósito de fondos, le descubrirían y jamás conseguiría devolver las acciones a las cuentas de donde las tomara, aunque lograra recordar de dónde había salido cada una.
    Estaba atrapado. Podía optar por seguir así unas cuantas semanas, esperando a que cayera el hacha, o largarse ahora mismo. Prefería hacerlo ahora mismo.
    ¿Pero adonde se iría?
    ¿Caracas? ¿Reno? ¿Sao Paulo? No, esos santuarios de los deudores no le servirían de nada. El no era un deudor corriente. Era un ladrón, y los santuarios no protegían a los criminales, sólo a los que habían hecho bancarrota. Tendría que ir más lejos, hasta Luna Dome. No había extradición en la Luna. Pero tampoco esperanzas de volver.
    Munson cogió el teléfono, confiando en hablar con su agente de viajes. Dos billetes para la Luna, por favor. Uno para él, otro para Helena. Si ella no quería acompañarle, se iría solo. No; no de ida y vuelta. El agente no contestó. Munson probó el número varias veces. Encogiéndose de hombros, decidió pedirlo directamente y llamó a Vías Espaciales Unidas. El número estaba comunicando.
    —¿Ponemos su llamada en la lista de espera? —preguntó la computadora—. Hay tres días de demora, según el estado actual de la lista de llamadas, antes de que podamos pasar la suya.
    —Déjelo —murmuró Munson.
    Acababa de recordar que, de todos modos, San Francisco estaba incomunicado. A menos que tratara de hacerlo a nado, no lograría salir de la ciudad para ir al puerto espacial, aunque consiguiera adquirir los billetes a la Luna. Estaba atrapado hasta que abrieran de nuevo las rutas de tránsito. ¿Cuánto tardarían? ¿El lunes, el martes, el viernes próximo? No iban a mantener aislada la ciudad para siempre… ¿O sí?
    Todo se resumía, pensó Munson, en el índice de probabilidades. ¿Descubriría alguien las discrepancias en las cuentas antes de que hallara el modo de escapar a la Luna, o su salida llegaría demasiado tarde? Llevado a ese límite, la cuestión se convertiría en una apuesta interesante, en vez de ser generadora de pánico. Dedicaría el fin de semana a encontrar un medio de salir de San Francisco y, si fallaba, trataría de mostrarse estoico y enfrentarse a lo que le esperaba.
    Ya más sereno, recordó que había prometido unos cuantos miles de dólares a Paul Mueller para ayudarle a equipar su estudio de nuevo. Se entristeció al descubrir que se le había ido de la memoria. Le gustaba ayudar. E incluso ahora, ¿qué significaban para él dos o tres de los grandes? Disponía de mucho activo recuperable. Lo mismo daba que le prestara un poco de dinero a Paul, antes de que los abogados cayeran sobre él.
    Sin embargo, había un problema. Contaba con menos de cien dólares en efectivo —¿quién se molestaba en llevar dinero encima?— y no podía ordenar por teléfono una transferencia de fondos a la cuenta de Mueller porque Paul ya no tenía una cuenta con la computadora, ni siquiera teléfono. Tampoco había modo de conseguir tanto dinero en efectivo a esta hora de la tarde, especialmente estando la ciudad paralizada. Y se aproximaba el fin de semana. Por fin, Munson tuvo una idea. ¿Y si se iba de compras con Mueller mañana y cargaba sencillamente en su propia cuenta lo que necesitara el escultor? Estupendo. Tomó el teléfono para arreglar la cita, recordó que Mueller no lo tenía y decidió decírselo en persona. Ahora mismo. De todos modos, le vendría bien tomar el aire.
    Casi esperaba hallar robots policía ante su puerta, aguardando para detenerle. Pero, por supuesto, nadie le buscaba aún. Salió al garaje. Era una noche espléndida, fría, estrellada, con un poquito de niebla por el este. Las luces de Berkeley brillaban entre la niebla. Las calles estaban vacías. Por lo visto, en momentos de crisis la gente se quedaba en casa. Fue rápidamente a la de Mueller. Cuatro robots aguardaban ante ella. Munson los miró de reojo, con la mirada cansada del hombre que sabe que el alguacil le perseguirá también en poco tiempo. Mueller en cambio, cuando salió a abrirle, no hizo el menor caso de ellos.
    —Lamento haber faltado a mi cita contigo —dijo Munson—. El dinero que te prometí.
    —No importa, Freddy. Pete Castine estuvo aquí esta mañana y me prestó los tres grandes. Ya tengo el estudio dispuesto de nuevo. Entra y mira.
    —¿Pete Castine? —preguntó Munson, entrando.
    —Una buena inversión para él. Gana dinero si cuenta con obras mías para vender, ¿no? Por su propio interés, me ayudará a empezar de nuevo. Carole y yo hemos estado arreglando las cosas todo el día.
    —¿Carole? —preguntó Munson.
    Mueller le hizo pasar al estudio. Todo el equipo de un escultor sónico estaba esparcido por el suelo: una parrilla de soldar, una campana de vacío, un gran tanque de mezclas, algunos lingotes y alambres, etc. Carole metía las cajas vacías en la unidad de eliminación de desperdicios que había en la pared. Alzando la vista, sonrió algo insegura y se pasó la mano por los largos cabellos oscuros.
    —Hola, Freddy.
    —¿Otra vez somos todos buenos amigos? —preguntó éste desconcertado.
    —Nadie recuerda que hayamos sido enemigos —contestó ella. Se echó a reír—. ¿No es maravilloso que hayas perdido la memoria?
    —Maravilloso —repitió Munson tristemente.
    El comandante Braskett dijo:
    —¿Puedo ofrecerles un poco de agua?
    Tim Bryce sonrió. Lisa Bryce sonrió. Ted Kamakura sonrió. Incluso el alcalde Chase, aquella pobre mente en blanco, sonrió. El comandante Braskett comprendió esas sonrisas. Incluso ahora, después de tres días de contacto íntimo bajo tensión constante, seguían creyéndole un chiflado.
    Había hecho que le enviaran de su casa la provisión semanal de agua embotellada al puesto de mando, aquí, en el hospital. Todo el mundo insistía en decirle que ya era seguro beber el agua del municipio, que ya habían desaparecido por completo de la misma las drogas de la memoria. No comprendían que su aversión a beber agua del grifo se remontaba a un tiempo en el que aún no se conocían las drogas de la memoria. Había otros muchos productos químicos en el sistema, después de todo.
    Alzó el vaso en un airoso brindis y les guiñó un ojo. Tim Bryce dijo:
    —Comandante, nos gustaría que se dirigiera de nuevo a la ciudad a las diez y media de esta mañana. Aquí tiene el texto.
    Braskett repasó la página. Se refería principalmente a la anulación de la orden de hervir el agua antes de bebería.
    —Quieren que me dirija a todos los medios y diga a la gente de San Francisco que ya pueden beber con toda tranquilidad agua del grifo, ¿no? —preguntó—. Resulta algo violento para mí. Hasta un portavoz de pacotilla tiene derecho a cierto grado de integridad personal.
    Bryce pareció ligeramente desconcertado. Luego, se echó a reír y retiró el texto.
    —Tiene toda la razón, comandante. No le pediré que haga este anuncio en vista de… sus creencias particulares. Cambiemos el plan. Usted abre el espacio presentándome y yo me encargo de hablarles del agua. ¿Le parece bien?
    El comandante Braskett apreció el tacto con que el otro cedía ante su obsesión.
    —Estoy a su servicio, doctor —dijo con gravedad.
    Bryce terminó de hablar. Las luces de la cámara se apagaron. Se dirigió a Lisa:
    —¿Qué te parece si almorzamos? O desayunamos, o lo que sea que nos toque comer ahora.
    —Todo está dispuesto, Tim. Cuando quieras.
    Comieron juntos en la Sala de Holografía, que se había convertido en la cocina del puesto de mando. Enormes cámaras y tanques con fluido para grabar les rodeaban. Los otros les dejaron solos. Estas breves comidas compartidas eran los únicos momentos de soledad de que Lisa y él habían disfrutado en las cincuenta y dos horas desde que Tim se despertara para encontrarla dormida a su lado.
    Miró al otro lado de la mesa, maravillado ante aquella rubia tan hermosa que, según todos afirmaban, era su mujer. ¡Qué lindos los suaves ojos castaños contra aquel fondo de pelo dorado! ¡Qué perfecta la línea de sus labios, la curva de sus orejas! Bryce sabía que nadie haría objeciones si él y Lisa se encerraban en una de las habitaciones privadas durante algunas horas. Al fin y al cabo, no era tan indispensable y tenía que recordar muchas cosas sobre su esposa. Por desgracia se sentía incapaz de dejar su puesto. No había salido del hospital, ni siquiera de este piso, durante toda la crisis. Se mantenía en pie, tomándose tan sólo media hora de sueño cada seis horas. Tal vez fuera una ilusión nacida de la falta de sueño y el exceso de datos, pero había llegado a creer que la supervivencia de la ciudad dependía de él. Había dedicado su vida a cuidar mentes individuales enfermas; ahora debía atender a toda una ciudad.
    —¿Cansado? —preguntó Lisa.
    —Creo que ya he superado lo que se llama cansancio. Tengo la mente tan clara que no hay una sola sombra en mi cerebro. Me siento casi en el nirvana.
    —Yo creo que lo peor ya ha pasado, la ciudad se está tranquilizando.
    —Sin embargo, la situación sigue siendo grave. ¿Has visto las cifras de suicidios?
    —¿Muchos?
    —Algo horrible. Lo habitual en San Francisco es de doscientos veinte casos al año. Llevamos casi quinientos en los dos días y medio últimos. Y se trata únicamente de los casos que se declaran, los cuerpos que se descubren, etcétera. Probablemente habrá que duplicar la cifra. Se informó de treinta suicidios el miércoles por la noche, de unos doscientos el jueves, lo mismo el viernes, y unos cincuenta esta mañana. Al menos, parece que el ritmo decrece.
    —¿Pero por qué, Tim?
    —Algunos reaccionan mal ante cualquier pérdida. Especialmente la pérdida de parte de su memoria. Se sienten furiosos, agobiados, aterrados… y acuden a la píldora de escape. Además, en estos tiempos el suicidio es demasiado fácil. En la antigüedad la gente reaccionaba ante la frustración rompiendo unos cuantos objetos que tuviera a mano. Ahora siguen una ruta más mortal. Desde luego, hay casos especiales. Un hombre llamado Montini, al que pescaron en la bahía. Era un mnemotécnico profesional, que actuaba en los clubes nocturnos con su memoria perfecta. Apenas puedo culparle porque se derrumbara de ese modo. Y supongo que había muchos otros que llevaban todo su negocio en la cabeza: jugadores, operadores, corredores, poetas, músicos. Tal vez decidieron terminar del todo antes que tratar de reunir los pedazos.
    —Pero los efectos de la droga desaparecen…
    —¿De verdad? —preguntó Bryce.
    —Tú mismo lo dijiste.
    —Quise aparecer optimista en beneficio de los ciudadanos. No tenemos historiales de experimentos con esas drogas en sujetos humanos. ¡Diablos, Lisa! Ni siquiera sabemos la dosis que se ha administrado. Cuando logramos recoger muestra del agua, la mayor parte del sistema de abastecimientos se habían limpiado ya y los monitores automáticos de las estaciones de bombeo de la ciudad habían sido alterados como parte de la conspiración, así que no señalaban nada fuera de lo corriente. No tengo idea en absoluto de si habrá alguna recuperación de memoria digna de mención.
    —Pero la hay, Tim. Yo ya he empezado a recordar algunas cosas.
    —¿QUÉ?
    —¡No me chilles así! Me has asustado.
    Él se aferró nervioso al borde de la mesa.
    —¿De verdad te estás recuperando?
    —Poco a poco. Recuerdo ya algunas cosas. Acerca de nosotros.
    —¿Por ejemplo?
    —El momento de solicitar la licencia de matrimonio. Me veo completamente desnuda dentro de la máquina diagnosticadora, y una voz me dice por el altavoz que mire directamente al radar. Y recuerdo algo de la ceremonia. Sólo un pequeño grupo de amigos, una ceremonia civil. Luego tomamos el avión a Acapulco.
    —¿Cuándo empezaste a recordar? —insistió él.
    —Hacia las siete de la mañana, creo.
    —¿Hay más?
    —Un poco. Nuestra luna de miel. El botones robot que entró de pronto en nuestra noche de bodas. ¿Tú no…?
    —¿Si lo recuerdo? No. Nada. Tengo la mente en blanco.
    —Pues eso es todo lo que yo recuerdo, aquellos primeros detalles.
    —Sí, claro —dijo él—. Los recuerdos más antiguos son los primeros en volver en cualquier tipo de amnesia. Y los más recientes los primeros en irse.
    Le temblaban las manos, y no precisamente de fatiga. Una desolación extraña le vencía. Lisa recordaba, él no. ¿Se debía a su juventud o a la química de su cerebro o…?
    No podía soportar la idea de que ya no compartieran el olvido. No quería que la amnesia fuera exclusivamente suya. Era humillante que Lisa recordara el matrimonio y él no. «Te muestras ilógico —pensó—. ¡Médico, cúrate a ti mismo!»
    —Volvamos allá —dijo.
    —No has terminado el…
    —Más tarde.
    Entró en la sala de mandos. Kamakura tenía un teléfono en cada mano y dictaba datos a una grabadora. Las pantallas recogían escenas de la mañana, un sábado en la ciudad, multitudes en Union Square. Kamakura cortó ambas llamadas y dijo:
    —Acabo de recibir un informe interesante del doctor Klein, desde el Hospital Letterman. Dice que están recogiendo los primeros signos de recuperación de memoria esta mañana. Sólo mujeres menores de treinta años.
    —Lisa dice que también empieza a recordar —corroboró Bryce.
    —Mujeres menores de treinta años —repitió Kamakura—. Sí. Y también va bajando el índice de suicidios. Tal vez empezamos a salir del atolladero.
    —¡Magnífico! —comentó Bryce secamente.
    Haldersen vivía en una burbuja de tres metros de altura que un discípulo había dispuesto para él en medio del parque de Golden Cate, justo al oeste del Arboretum. Quince burbujas similares habían surgido a su alrededor, dando a la zona el aspecto de un antiguo poblado esquimal formado por iglús de plástico. Los otros ocupantes del campamento eran hombres y mujeres a los que quedaba tan poca memoria que ni siquiera sabían quiénes eran ni en dónde vivían. Había recogido él a una docena de esos seres perdidos el viernes y, a última hora de la tarde del sábado, se les habían unido unos cuantos más. La noticia corría ya por la ciudad: quienes careciesen de domicilio podían ocupar una residencia temporal en el grupo del parque. Lo mismo se había hecho durante el desastre de 1906.
    La policía había ido allí algunas veces a comprobarlo. La primera vez, un corpulento teniente había intentado convencer a todo el grupo para que se trasladara al Fletcher Memorial.
    —Allí reciben tratamiento la mayoría de las víctimas, compréndanlo. Los médicos les dan algo y luego tratamos de identificarlos y hallar sus parientes más próximos.
    —Tal vez sea mejor que estas personas se mantengan apartadas de sus parientes más próximos durante algún tiempo —sugirió Haldersen—. Un poco de meditación en el parque, una exploración de los placeres del olvido…, eso es lo que hacemos aquí.
    Él no iría al Hospital Fletcher Memorial a menos que le obligaran. En cuanto a los demás, creía poder hacer más por ellos en el parque que cualquier médico en el hospital.
    La segunda vez que acudió la policía, el sábado por la tarde, cuando el grupo era ya mucho mayor, trajo un sistema móvil de comunicación.
    —El doctor Bryce, del Fletcher Memorial, quiere hablarle —dijo otro teniente.
    Haldersen vio cómo la pantalla cobraba vida.
    —Hola, doctor. ¿Preocupado por mí?
    —Estoy preocupado por todo el mundo, Nate. ¿Que diablos haces en el parque?
    —Fundando una nueva religión, supongo.
    —Estás enfermo. Deberías volver aquí.
    —No, doctor, no estoy enfermo. He recibido mi terapia y me he curado. Fue un tratamiento maravilloso: olvido selectivo, justo lo que yo pedía. Todo el trauma ha desaparecido.
    Bryce pareció fascinado al oírle. Su ceñuda expresión de responsabilidad oficial se desvaneció por un momento, dando paso a un gesto de preocupación profesional.
    —Interesante —dijo—. Tenemos aquí personas que sólo han olvidado su nombre, individuos que no recuerdan que están casados y otros que se han olvidado de que saben tocar el violín. Tú eres el primero que ha olvidado un trauma. Sin embargo, deberías volver aquí. No eres buen juez en cuanto a tu disposición para enfrentarte con el mundo exterior.
    —¡Pues claro que lo soy! —replicó Haldersen—. Estoy perfectamente y los míos me necesitan.
    —¿Los tuyos?
    —Los perdidos. Los desarraigados. Los que padecen amnesia total.
    —A ésos los queremos en el hospital, Nate. Queremos devolverlos a sus familias.
    —¿Y crees que eso es necesariamente una buena obra? Tal vez algunos de ellos disfruten de esa separación temporal de sus familias. Ahora parecen felices, doctor Bryce. He oído decir que hay muchos suicidios, pero no aquí. Estamos practicando la terapia de apoyo mutuo. Buscando el gozo que existe en el olvido. Y en apariencia, funciona.
    Bryce miró silenciosamente la pantalla durante largo rato. Al fin, habló con impaciencia.
    —De acuerdo, haz lo que quieras por ahora. Sin embargo, me gustaría que dejaras de actuar como una combinación de Jesús y de Freud y abandonaras el parque. Aún sigues enfermo, Nate, y los que están contigo tienen graves problemas. Te hablaré más tarde.
    Se interrumpió el contacto, y la policía abandonó el lugar.
    Haldersen habló brevemente a los suyos a las cinco. Luego, los envió como misioneros a recoger más víctimas.
    —Salvad a cuantos podáis —dijo—. Buscad a los que están completamente desesperados y traedlos al parque antes de que se quiten la vida. Explicadles que perder el pasado no significa perderlo todo.
    Se fueron los discípulos. Y regresaron con aquellos menos afortunados que ellos mismos. Al anochecer, el grupo contaba ya con más la labor bien realizada. Dos minutos bajo la ducha molecular y el sudor desapareció, dejando el dolor de la fatiga del virtuoso. No se había sentido así en muchos años…
    Se despertó el domingo pensando en las deudas impagadas.
    —Los robots siguen ahí —dijo—. No quieren irse, ¿verdad? Aunque toda la ciudad está en suspenso, nadie les ha dicho que se marchen.
    —Ignóralos —le aconsejó Carole.
    —Eso es lo que he estado haciendo. Pero no puedo ignorar las deudas. Al fin, habrá que pagar.
    —Y trabajas de nuevo, ¿no? Pronto tendrás ingresos.
    —¿Sabes cuánto debo? —preguntó Paul—. Casi un millón. Si produjera una pieza a la semana y vendiera cada pieza por veinte de los grandes, tal vez me alcanzaría para pagarlo todo. Pero no puedo trabajar tan deprisa, ni el mercado puede absorber tantos Mueller. Y desde luego, no es cuestión de que Pete los adquiera para futuras ventas.
    Observó que el rostro de Carole se nublaba a la mención de Pete Castine. Continuó:
    —¿Sabes lo que tendré que hacer? Irme a Caracas, como planeaba antes de que empezara este asunto de la memoria. Trabajaré allí y mandaré mis obras a Pete. Tal vez en dos o tres años haya pagado mis deudas, cien centavos por dólar, y pueda empezar de nuevo aquí. ¿Sabes si es posible? Quiero decir, si te vas a un santuario de los deudores, ¿se te anula el crédito para siempre, aunque pagues lo que debes?
    —No lo sé —repuso Carole con aire distraído.
    —Lo averiguaré más tarde. Lo importante es que estoy trabajando de nuevo y que tengo que irme a algún lugar donde hacerlo sin verme perseguido. Entonces pagaré a todo el mundo. Vendrás conmigo a Caracas, ¿no?
    —Tal vez no tengamos que irnos.
    —¿Y cómo…?
    —Deberías estar trabajando ya, ¿no?
    Se puso a la tarea y, mientras tanto, iba repasando mentalmente la lista de sus acreedores, soñando con el día en que tacharía el último nombre. Cuando tuvo hambre, salió del estudio y encontró a Carole sentada en la sala, con aire tristón. Tenía los ojos rojos e hinchados.
    —¿Qué ocurre? —le preguntó—. ¿No quieres ir a Caracas?
    —Por favor, Paul…, no hablemos de ello.
    —Realmente no tengo alternativa. Quiero decir, a menos que elijamos otro santuario. ¿Sao Paulo? ¿Spalato?
    —No es eso, Paul.
    —Entonces, ¿qué ocurre?
    —Estoy empezando a recordar de nuevo.
    —¡Oh! —dijo, sintiendo que se quedaba sin aliento.
    —Recuerdo noviembre, diciembre, enero… Las locuras que hacías, los créditos, los problemas financieros. Y las peleas… Unas peleas horribles…
    —¡Oh! —repitió.
    —Y el divorcio. Lo recuerdo, Paul. Todo empezó a volver anoche, pero parecías tan feliz que no quise decirte nada. Y esta mañana lo veo todo mucho más claro. ¿Tú no recuerdas nada todavía?
    —Nada desde octubre.
    —Pues yo sí —dijo ella temblando—. Me pegaste, ¿sabes? Me cortaste el labio. Me golpeaste contra la pared, justo ahí. Y luego me lanzaste un jarrón chino. Se rompió.
    —¡Oh!
    —Recuerdo también lo bien que se portó Pete conmigo. Casi puedo recordar mi matrimonio con él y haber sido su esposa. Paul, estoy asustada. Siento que todo va encajando en su lugar en mi mente, y es como si ésta fuera rompiéndose en pedazos. Paul, estos últimos días fueron tan estupendos… Era como estar de nuevo recién casada contigo. Pero ahora vuelven todos los ratos amargos, el odio, la fealdad. Lo estoy reviviendo todo. Y me siento triste por Pete. Entre los dos le echamos de aquí el viernes. Él se portó como un auténtico caballero. La verdad es que me salvó cuando me estaba hundiendo y que le debo algo por eso.
    —¿Qué te propones hacer? —preguntó Paul en voz baja.
    —Creo que debería volver con Pete. Soy su esposa. No tengo derecho a estar aquí.
    —Pero yo no soy ya el hombre que llegaste a odiar —protestó Mueller—. Soy el antiguo Paul, el del año pasado, y el de antes. El que amabas. Todas esas cosas odiosas han desaparecido de mi mente.
    —No de la mía. Ya no.
    Ambos guardaron silencio.
    —Creo que debería volver con él, Paul.
    —Como tú digas.
    —Pienso que sí. Te deseo muchísima suerte, pero no puedo quedarme aquí. ¿Te dolerá que me vaya de nuevo?
    —No lo sabré hasta que lo hagas.
    Ella le repitió tres o cuatro veces más que, en su conciencia, debía volver con Castine hasta que, cortésmente, Paul sugirió que lo hiciera de inmediato si era así como se sentía, y Carole así lo hizo.
    Paul esperó media hora paseando por el apartamento, que parecía otra vez horriblemente vacío. Se sintió tentado a invitar a uno de los robots para que entrase a hacerle compañía. Pero decidió volver al trabajo. Y ante su propia sorpresa, trabajó muy bien. Al cabo de una hora, había dejado de pensar por completo en Carole.
    El domingo por la tarde, Freddy Munsori hizo una transferencia de crédito y consiguió traspasar la mayor parte de su activo a una antigua cuenta en el Banco de la Luna. Al anochecer, se dirigió al muelle y alquiló un hovercraft para tres, propiedad de un pescador dispuesto a aprovechar su oportunidad frente a la ley. Salieron a la bahía sin luces y la cruzaron en diagonal, acostando poco después a unos kilómetros al norte de Berkeley. Munson encontró un coche que le llevó al aeropuerto de Oakland y cogió el vuelo de medianoche a Los Ángeles, donde, después de discutir largo rato, logró adquirir un billete a bordo del cohete siguiente en dirección a la Luna, que salía a las diez en punto el lunes por la mañana. Pasó la noche en la terminal del aeropuerto. No llevaba nada con él, más que lo puesto. Sus magníficas posesiones, pinturas, ropas, sus esculturas de Mueller y demás, quedaban en su apartamento y, en última instancia, se venderían para satisfacer los juicios en su contra. ¡Una lástima! Sabía que no volvería a la Tierra de nuevo, ya que le esperaba un juicio por robo o algo peor. ¡Qué lástima también! Lo había pasado muy bien allí, durante mucho tiempo. ¿Quién necesitaba una droga contra la memoria en la traída de aguas? A Munson sólo le quedaba un consuelo. Formaba parte de su filosofía la creencia que, más pronto o más tarde, por bien que uno organizara su vida, el destino abría una trampilla bajo sus pies y le catapultaba hacia algo desconocido y desagradable. Ahora sabía que eso era cierto, incluso para él.
    ¡Qué pena, qué pena! Se preguntó cuáles serían sus oportunidades de empezar de nuevo allí. ¿Necesitarían corredores de Bolsa en la Luna?
    Al dirigirse a los ciudadanos, el lunes por la noche, el comandante Braskett dijo:
    —Al Comité de Salud Pública le satisface informar de que ya hemos pasado la peor parte de la crisis. Como muchos de ustedes habrán descubierto, la memoria empieza a restablecerse. El proceso de recuperación será más rápido para unos que para otros, pero se han hecho grandes progresos. A las seis de la madrugada de mañana, volverán a abrirse las rutas de acceso a San Francisco. Habrá un servicio de correos normal y se normalizarán asimismo la mayoría de los negocios. Ciudadanos, hemos demostrado de nuevo la auténtica fibra del espíritu americano. ¡Los Padres Fundadores sonríen hoy sin duda al mirarnos! ¡Cuan soberbiamente hemos evitado el caos y cuan hermosamente nos hemos unido para ayudarnos en lo que podía haber sido una hora de desesperación y caos! El doctor Bryce me pide que les recuerde que todo aquel que sufra todavía un daño grave de memoria, especialmente los que padecen pérdida de identidad, confusión de las funciones vitales o cualquier incapacidad, debe presentarse en la Sala de Urgencias del Hospital: Fletcher Memorial. Se les aplicará tratamiento, y los análisis de las computadoras están al servicio de los que no han conseguido hallar sus hogares y seres queridos. Repito…
    Tim Bryce deseó que el viejo oficial no hubiera incluido aquella frase sobre la auténtica fibra del espíritu americano, sobretodo, teniendo en cuenta que en la frase siguiente debía invitar a acudir al hospital a las víctimas que aún quedaban. No obstante sería poco caritativo ponerle objeciones. El viejo astronauta había hecho un buen trabajo durante el fin de semana como la Voz de la Crisis, y sus excesos patrióticos resultaban inocuos.
    La crisis, por supuesto, no había estado tan cerca del caos como sugiriera el discurso del comandante Braskett, pero había que estimular la confianza del público.
    Bryce disponía de las últimas cifras. Los suicidios sumaban ahora novecientos, desde que se había iniciado el problema, el miércoles. El domingo, inesperadamente, había sido un día muy malo. Al menos faltaban por localizar cuarenta mil personas, aunque se hallaban unas mil a la hora, que se devolvían a sus familias o se llevaban a la unidad de cuidados intensivos. Se calculaban en setecientos cincuenta mil los que continuaban teniendo dificultades de memoria. La mayoría de los niños se habían recuperado por completo, y muchas mujeres lo iban consiguiendo también. Por el contrario, los viejos, y los hombres en general, apenas experimentaban una mejoría en los recuerdos. Incluso los que estaban casi curados, eran incapaces de recordar los sucesos del martes y el miércoles, y probablemente no lo harían nunca. Un gran número de personas habría de aprenderse de nuevo grandes bloques de su pasado, como una lección de historia.
    Lisa estaba enseñándole así su matrimonio.
    Los viajes que habían hecho…, los buenos y malos momentos…, las fiestas y amigos…, los sueños compartidos. Ella se lo describía todo con la mayor viveza posible, y Tim aprendía cada anécdota, tratando de integrarla otra vez como parte de sí mismo, pese a comprender la inutilidad de todo aquello. Conocería lo externo, nunca la sustancia. Sin embargo, era cuanto podía esperar.
    De pronto, se sintió horriblemente cansado.
    —¿Hubo alguna novedad en el parque? —le dijo a Kamakura—. ¿Qué hay de ese rumor de que Haldersen llegó a coger al que puso la droga?
    —Parece cierto, Tim. Dicen que él y sus amigos atraparon al tipo que envenenó el sistema de aguas, que le encontraron en una habitación llena de amnesiógenos.
    —Hemos de hacernos con él —dijo Bryce.
    —Todavía no —Kamakura meneó la cabeza—. La policía teme llevar a cabo una acción en el parque. Dicen que la situación es muy peliaguda.
    —Pero si esas drogas quedan libres…
    —Deja que yo me preocupe por ello, Tim. ¿Por qué no os vais Lisa y tú a casa por algún tiempo? Has permanecido aquí, sin un respiro, desde el jueves.
    —Lo mismo que tú.
    —No. Todos hemos disfrutado de algún descanso. Vamos, ahora mismo. Ya hemos pasado lo peor. Relájate, duerme bien, haz el amor. Ve a conocer de nuevo a esa preciosa esposa que tienes.
    Bryce enrojeció.
    —Preferiría seguir aquí mientras lo crea necesario.
    Con un gruñido, Kamakura se apartó de él para hablar con el comandante Braskett. Bryce miró las tres pantallas, tratando de imaginar lo que ocurría en el parque. Un momento más tarde, Braskett se dirigió a él.
    —Doctor Bryce.
    —¿Qué?
    —Se le dispensa del servicio hasta el anochecer del martes.
    —Espere un segundo…
    —Es una orden, doctor. Soy presidente del Comité de Salud Pública y le mando que salga de este hospital. No irá a desobedecer una orden,¿verdad?
    —Escuche, comandante.
    —Fuera. No quiero motines, Bryce. ¡Fuera! ¡Es una orden!
    Bryce intentó protestar. Desistió. Estaba demasiado agotado para una pelea. Hacia mediodía, iba ya en camino hacia casa, vencido por la fatiga. Conducía Lisa. Él se mantenía muy quieto en su asiento, luchando por recordar detalles de su matrimonio. Pero no veía nada.
    Ella le llevó a la cama. Tim no supo cuanto tiempo durmió, hasta que la sintió junto a él, cálida su piel satinada.
    —Hola —dijo Lisa—. ¿Te acuerdas de mí?
    —Sí —mintió él agradecido—. ¡Oh, sí, sí, sí!
    Trabajando durante toda la noche, Mueller terminó su armazón al amanecer del lunes. Durmió un rato y, a primera hora de la.tarde, empezó a pintar las tiras interiores de los altavoces, mil altavoces por pulgada, apenas de unas moléculas de espesor, de los cuales saldría el sonido de la escultura en una plenitud resonante. Hecho esto, se detuvo a pensar en las necesidades de la superestructura de su obra y, hacia las siete de la noche, estaba dispuesto a pasar a la fase siguiente. El demonio de la creatividad le poseía. No veía razones para comer, y apenas ninguna para dormir.
    A las ocho, cuando hacía acopio de entusiasmo para el trabajo de la noche, oyó una llamada a la puerta, la señal de Carole. Había desconectado el timbre, y los robots no tenían el sentido común suficiente para llamar con los nudillos. Acudió inquieto a la puerta. Allí estaba ella.
    —¿Qué ocurre? —preguntó.
    —Que he vuelto. Y que todo empieza de nuevo.
    —¿Pero qué ocurre?
    —¿No puedo entrar?
    —Supongo que sí. Estoy trabajando, pero entra.
    —Se lo he contado todo a Pete —dijo ella—. Ambos hemos decidido que debo volver contigo.
    —No sois demasiado consecuentes, ¿verdad? —preguntó Paul.
    —Hay que tomar las cosas como vienen. Cuando perdí la memoria, volví a ti. Cuando recordé las cosas de nuevo, sentí que debía irme. No quería irme. Pero sentía que debía hacerlo. Hay una diferencia.
    —Ya —dijo él.
    —Ya. Volví a Pete, aunque no quería irme con él. Quería quedarme aquí.
    —Pero si yo te pegué, te hice sangre en el labio y te tiré el jarrón Ming…
    —No era un Ming, era un K’ang-hsi.
    —Perdona. Mi memoria todavía no es tan perfecta. De cualquier modo, te hice cosas terribles y tu llegaste a odiarme lo suficiente como para solicitar el divorcio. Así que, ¿por qué has vuelto?
    —Tenías razón ayer. Ya no eres el hombre al que llegué a odiar. Eres el mismo Paul de antes.
    —¿Y si me vuelven los recuerdos de los últimos nueves meses?
    —Incluso así —insistió Carole—. La gente cambia. Has pasado por el infierno y has salido de él. Estás trabajando otra vez. No te sientes triste, ni melancólico, ni confuso. Iremos a Caracas o adonde quieras. Y harás tu trabajo y pagarás las deudas, como decías ayer.
    —¿Y Pete?
    —Arreglará la anulación. Se ha mostrado encantador al respecto.
    —El bueno de Pete… —dijo Mueller, meneando la cabeza—. ¿Hasta cuándo durará este lindo cuento de hadas, Carole? Si crees que hay una oportunidad de que cambies de opinión antes del miércoles, dilo ahora. En ese caso, preferiría no involucrarme de nuevo.
    —Ninguna oportunidad.
    —A menos que te tire otra vez el jarrón Ch’ien-lung.
    —El K’ang-hsi.
    —Eso, el K’ang-hsi —consiguió sonreír. De pronto, sintió toda la fatiga acumulada a lo largo de aquellos días—. He trabajado demasiado intensamente —dijo—. Una orgía de creatividad para compensar el tiempo perdido. Vamos a dar una vuelta.
    —Magnífico —accedió ella.
    Salieron en el momento en que llegaba un robot.
    —Le deseo muy buenas noches, señor mío —saludó Mueller.
    —Señor Mueller, represento al Departamento de Cuentas de Acmé Brass y…
    —Vaya a ver a mi abogado.
    La niebla se alzaba ahora del mar. No había estrellas. Las luces del centro de la ciudad eran invisibles. Él y Carole se dirigieron hacia el oeste, hacia el parque. Paul se sentía con la cabeza muy ligera y no precisamente por falta de sueño. La realidad y el sueño se confundían; ésos eran días extraordinarios. Entraron en el parque desde el Panhandle y caminaron hacia el área del museo, cogidos del brazo, sin hablarse apenas. Al pasar ante el conservatorio, Mueller advirtió una multitud allá delante, miles de personas mirando en dirección al auditorio.
    —¿Qué ocurrirá? —preguntó Carole.
    Mueller se encogió de hombros. Ambos contornearon la muchedumbre.
    Diez minutos más tarde, se habían acercado lo suficiente para ver la escena. Un individuo alto, delgado, de aspecto fanático, con el pelo rubio y revuelto, tenía a su lado a un hombre pequeño y moreno, vestido de harapos. Doce personas más le rodeaban con boles de porcelana en las manos.
    —¿Qué sucede? —preguntó Mueller a uno de la multitud.
    —Una ceremonia religiosa.
    —¿Cómo?
    —Una nueva religión. La Iglesia del Olvido. Ahí está el profeta. ¿No han oído hablar todavía de él?
    —En absoluto.
    —Empezó el viernes. ¿Ve ese tipo que parece una rata, junto al profeta?
    —Sí.
    —Es el que puso la droga en el sistema de abastecimiento de aguas. Lo confesó y le hicieron beber su propia droga. Ahora no recuerda nada y se ha convertido en el ayudante del profeta. ¡La cosa más idiota que he visto en mi vida!
    —¿Y qué hacen aquí?
    —Tienen droga en esos cuencos. De vez en cuando, beben y olvidan un poco más. Y luego vuelven a beber y olvidan otro poco más.
    La niebla absorbía los sonidos que emitían los participantes en la ceremonia. Mueller aguzó el oído para escuchar. Vio ojos brillantes por el fanatismo. El supuesto contaminador del agua parecía auténticamente radiante. Las palabras se perdían en la noche.
    —Hermanos… y hermanas…, el gozo, la dulzura del olvido…, venid aquí con nosotros, tomad la comunión con nosotros…, olvido…, remisión…, incluso para los malvados… Olvidad…, olvidad…
    Circulaban los cuencos por la escena, todos bebían, todos sonreían. La gente se acercaba a recibir la comunión; cogían un cuenco, bebían y asentían felices. Hacia el fondo de la escena, unos oficiantes de aspecto sobrio rellenaban los recipientes.
    Mueller sintió un escalofrío. Sospechaba que lo que había nacido en el parque durante aquella semana iba a extenderse —ignoraba cómo— hasta mucho después de que la crisis de San Francisco se hubiera convertido en parte de la historia. Y le pareció que algo nuevo y terrible andaba suelto por la tierra.
    —Tomad… Bebed… Olvidad… —gritó el profeta.
    Y los adoradores gritaron:
    —Tomad, bebed, olvidad…
    Se pasaban los cuencos.
    —¿Pero qué significa todo esto? —susurró Carole.
    —Tomad, bebed, olvidad…
    —Tomad, bebed, olvidad…
    —Bendito sea el suave olvido…
    —Bendito sea el suave olvido…
    —Dulce es dejar la carga del alma…
    —Dulce es dejar la carga del alma…
    —Nacer de nuevo es una dicha…
    —Nacer de nuevo es una dicha…
    La niebla se espesaba. Mueller apenas vislumbraba el edificio del Acuario, pese a hallarse justo enfrente. Pasó el brazo apretadamente en torno a la cintura de Carole y pensó en abandonar el parque. Tuvo que admitir, sin embargo, que tal vez aquellas personas estuvieran parcialmente en lo cierto. ¿No se encontraba mejor él después de haberse introducido aquel producto químico en su corriente sanguínea, perdiendo en consecuencia parte de su pasado? Sí, claro. No obstante…, mutilar la mente de ese modo, deliberada y alegremente, para beber el olvido…
    —Benditos aquellos que pueden olvidar —dijo el profeta.
    —Benditos aquellos que pueden olvidar —rugió la multitud en respuesta.
    —Benditos aquellos que pueden olvidar —se oyó gritar Mueller a sí mismo.
    Un súbito temblor se apoderó de él. Sentía un extraño terror. Experimentaba el poder de aquel movimiento nuevo e insólito, la fuerza de la apelación del profeta para que no se razonara. Tal vez hubiese llegado la hora de una nueva religión, de un culto que ofrecía la emancipación de todas las cargas interiores. Sintetizarían aquella droga y la distribuirían por toneladas, pensó Mueller. La administrarían repetidamente a las ciudades, de modo que todos se convirtieran, de modo que todos probaran el gozo del olvido. Nadie podría detenerlos. Y al cabo de algún tiempo, nadie querría detenerlos. Y así seguiremos bebiendo, hasta que se nos borren todos los dolores y penas, todos los recuerdos tristes. Tomaremos una copa y nos despediremos de los viejos amigos, dejaremos las penas que llevamos en el alma, junto con todo lo demás: identidad, alma, el propio yo, la mente. Beberemos el dulce olvido. Mueller tembló. Volviéndose de pronto, tiró bruscamente del brazo de Carole, se abrió camino entre la alegre muchedumbre de adoradores y se hundió sombríamente en la noche envuelta por la niebla, tratando de hallar el modo de salir del parque.
Top.Mail.Ru