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Caballeros de la Vera Cruz

Caballeros de la Vera Cruz

Аннотация

    Año 1187, Hattin (Tierra Santa): tras derrotar a la flor y nata del ejército cristiano, el sultán Saladino arrebata a los francos la Vera Cruz, el leño en que se crucificó a Cristo, que siempre había acompañado a los cristianos en sus combates. El caballero hospitalario Morgennes recupera la consciencia entre los caídos en el campo de batalla. Tras ser torturado por los sarracenos, acepta renegar de su fe y convertirse al islam.
    Condenado por lo suyos, a modo de redención, parte en busca de la Vera Cruz con la esperanza de que esta dé ánimos a los francos y salvar así Jerusalén. Cuenta en su decisión con el apoyo del sobrino de Saladino, así como con el de una bella y misteriosa mujer de nombre Casiopea, un mercader de reliquias y un joven templario. Su aventura parece destinada al fracaso, pero una fuerza invisible lo acompaña, lo protege y lo guía.
    ¿Bastará con ella para librarse del más grande de todos los peligros?
    «David Camus, el nieto de Albert, se apropia con gran acierto de los recursos del género en esta epopeya medieval. Hallamos en estas páginas la dosis ideal de misterio y de esoterismo.» – L'Observateur
    «Una gesta épica que enfrenta la única verdad inexorable, la muerte, con la mayor incerteza: ¿existe algo más allá?» – El Mundo


David Camus Caballeros de la Vera Cruz

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Libro I

In hoc signo vinces

    («Con este signo vencerás»)

Prólogo

    Replicóles Pilato: «Pues ¿qué he de hacer de Jesús, llamado el Cristo?». Dicen todos: «Sea crucificado». Y siguió él: «Pero ¿qué mal ha hecho?». Mas ellos comenzaron a gritar más, diciendo: «¡Sea crucificado!».
    Mateo, XXVII, 22-23

    Dios tenía un hijo, y ese hijo murió. Lo clavaron en una cruz y murió. Esta es la historia de esa cruz y del hombre que partió en su busca en el año de gracia de 1187.
    Después de la Crucifixión, nadie se había preocupado de la Vera Cruz. Hasta el año 312, cuando Constantino, en vísperas de la batalla del Puente Milvio, vio en sueños una gran cruz de fuego. «In hoc signo vinces», le murmuró el arcángel Gabriel. Constantino lo escuchó, colocó esta divisa y esta cruz sobre los escudos de sus soldados y consiguió la victoria. En 326, santa Elena, la madre de Constantino, realizó un viaje de peregrinación a Jerusalén para buscar el objeto que había soñado su hijo. De nuevo se apareció Gabriel y dijo a Elena mientras dormía: «Cava bajo el Gólgota y encontrarás la Vera Cruz». Elena hizo lo que el arcángel le había ordenado y desenterró el madero en el que Cristo había sido crucificado. Tras el hallazgo de la Santa Cruz, Constantino envió a sus mejores arquitectos a Jerusalén para ofrecerle el más hermoso de todos los relicarios: la iglesia del Santo Sepulcro.
    Miles de peregrinos de todo el mundo afluyeron entonces a la ciudad santa para adorar la cruz. Sin embargo, algunos espíritus taciturnos no dejaron de señalar que se trataba de un instrumento de tortura. Temían que fuera un mal presagio, y desfilaban de rodillas por la ciudad cantando salmos y rezando. Querían retrasar a cualquier precio la llegada de la Jerusalén celestial -¡el advenimiento del Anticristo!-, que otros, en cambio, reclamaban con sus invocaciones: «¡Apresuremos el Apocalipsis -proclamaban estos impetuosos- para establecer cuanto antes el reino de Dios!».Y todos se flagelaban siguiendo la Santa Cruz…
    Por desgracia, en 614 todo este tumulto atrajo la atención del rey de Persia, Cosroes, que envió su ejército al asalto de Jerusalén. Ahora bien, el general en jefe de Cosroes sentía un amor apasionado por su reina, una ferviente cristiana, y por eso se dirigió al Santo Sepulcro para apoderarse de la Vera Cruz y secuestrar al patriarca de Jerusalén, con intención de ofrecerlos a su soberana.
    La ciudad agonizaba. Los hierosolimitanos se lamentaban: «Oh, Jerusalén, tú que eres tan bella, ¿a quién tienes para defenderte? ¿Quién te devolverá tu corazón, oh Jerusalén adorada?».
    Heraclio I, emperador del Imperio bizantino, fue sensible a sus súplicas. Con sus elefantes derrotó al ejército de Cosroes y, no contento con eso, arrasó Ctesifonte. Temiendo por su vida, Cosroes preguntó a Heraclio I cómo podía aplacar su furor.
    «¡Devuelve su alma a Jerusalén!», le respondió este.
    Una semana más tarde, la Vera Cruz era restituida.
    Jerusalén revivía. Sus habitantes festejaron el acontecimiento durante varios días, para descubrir después que el emperador bizantino se había llevado la Santa Cruz con él, a Constantinopla, y que Sofronio, su patriarca, no había sido liberado.
    Así y todo, los hierosolimitanos se conformaron con la situación. En cualquier caso se felicitaban por pertenecer a una ciudad que indudablemente había nacido para la religión, como Venecia para el comercio, o París para la filosofía. Por desgracia para sus habitantes, esa era también la opinión del califa Ornar, que en 637 se apoderó de la ciudad santa en nombre de Alá. El califa respetó, con todo, el Santo Sepulcro y la libertad de los judíos y los cristianos, de manera que Heraclio no abandonó Constantinopla.
    Pasaron casi cuatro siglos. El año mil se aproximaba, y una corriente incesante de peregrinos afluía a Jerusalén. En 1009, sin embargo, lo que resonó en la ciudad no fueron las trompetas del Apocalipsis, sino el ruido de los picos y piquetas que centenares de obreros descargaban contra las paredes del Santo Sepulcro mientras se desgañitaban proclamando: «Allah Akbar! ¡Alá es grande!».
    Al-Hakim, sexto califa de El Cairo, príncipe de Babilonia, pilar de la religión, piedra angular del islam, asociado de la dinastía y muchas cosas más -de hecho, un fundamentalista, un Calígula de la época y Dios autoproclamado-, había decidido acabar de una vez por todas con el Santo Sepulcro, Pero una fuerza misteriosa despojaba de su vigor a los obreros que atacaban los cimientos. Los infieles murmuraban: oían una voz en el interior de la tumba. ¿Era Jesús? Al-Hakim, que no temía nada, se lanzó con todo su peso contra la puerta de la tumba. Se elevó un grito, se diría que humano. Al-Hakim palideció y anunció el fin de los trabajos; luego volvió a Egipto, donde desapareció en 1021.
    Si en Jerusalén los cristianos agradecían a la providencia que hubiera preservado la Santa Cruz permitiendo que estuviera en Constantinopla, en Constantinopla el nuevo emperador decía que, si Dios había permitido que un infiel atacara el Santo Sepulcro, era precisamente porque la Santa Cruz ya no se encontraba en él. El emperador obtuvo de los descendientes de Al-Hakim la autorización para reparar la iglesia, a condición de financiar la operación y de emplear solo a mahometanos. Ante la importancia de los gastos, Constantinopla se dirigió a Roma, que rehusó participar en la financiación de los trabajos. Patriarcas y papas se enviaron bulas y diplomáticos, que al punto se hacían pedazos. Para acabar, en 1054, las dos iglesias se excomulgaron una a otra. El mismo año, astrólogos chinos descubrían en el cielo una nueva estrella.
    La cristiandad se encontraba en muy mala situación el día en que la Santa Cruz fue restituida al Santo Sepulcro, finalmente reconstruido. Constantinopla, encargada del mantenimiento del lugar, aumentó las tarifas. ¡Había que recuperar los gastos! ¿Por una visita a la iglesia? Dos dinares. ¿Por una rápida ojeada a la cruz? Dos dinares más. ¿Cuánto por besarla? Cien dinares, y el doble si el peregrino venía de Roma. La visita se realizaba de noche. Los visitantes solo tenían derecho a un leve beso y luego volvían a su casa, con el paraíso en el bolsillo.
    En Roma, el Papa estaba furioso. «La cruz -decía- no es un objeto de comercio.» En torno a él todos callaban, seguros de que Dios les proporcionaría un día los medios para castigar a Constantinopla. Y en efecto, unos años más tarde, los seléucidas invadieron el Imperio bizantino. «¡Ayudadnos!», imploró el emperador, enviando un cargamento de piedras preciosas a Roma. La cólera del Papa se aplacó, y con la mayor calma el pontífice anunció: «Sí, ayudaremos a nuestra hermana oriental… Pero no enseguida…».
    En 1071, los seléucidas destrozaron al ejército bizantino en la batalla de Mantzikert. Palestina se encontraba amenazada. En 1089,Tiro cayó en manos del enemigo, y esta vez se produjeron ataques contra peregrinos, que fueron asesinados o vendidos como esclavos. En 1095, Roma reaccionó por fin.
    Urbano II, príncipe de los apóstoles, santísimo padre, sucesor de Pedro, siervo de los siervos de Dios, etc., pidió a los soberanos cristianos que tomaran la cruz. Había llegado el momento de defender la tumba de Cristo y expulsar de ella a los infieles. Y el Papa empezó a prometer indulgencias plenarias y remisión de los pecados, antes de concluir su plegaria con un vigoroso: «¡Dios lo quiere!».
    Primero partieron los pobres, la gente sencilla. Siguieron a Pedro el Ermitaño y a Gualterio Sin Haber, y cada día se sorprendían de la distancia a la que el Señor había colocado Jerusalén. El camino estaba sembrado de dificultades. Para animarse a avanzar, entonaban cánticos: «¡Que el Santo Sepulcro sea nuestra salvaguarda!». A pesar de todo, muchos sucumbían.
    En Constantinopla se unieron a ellos Godofredo de Bouillon y otros caballeros. Juntos se apoderaron de numerosos territorios, donde fundaron principados y condados. Jerusalén, su futuro reino, estaba solo a unos días de marcha. Los cruzados continuaron avanzando valientemente, establecieron y disolvieron alianzas, corrompieron, traicionaron, mataron y rezaron.
    Finalmente llegaron a Jerusalén y la sitiaron.
    El 15 de julio de 1099, después de más de un mes de combates, Jerusalén volvió a ser cristiana. Su bautismo se realizó en la sangre: «El mejor de los cementos», aseguró Malecorne, uno de los sacerdotes presentes.
    Enseguida, los caballeros emprendieron la búsqueda de la Vera Cruz, que los canónigos del Santo Sepulcro habían ocultado en la leprosería de San Lázaro. Los canónigos creyeron que nadie iría a buscarla allí, pero no habían contado con el impetuoso temperamento de Malecorne, que declaró: «¡Si no temo al diablo ni a los sarracenos, menos temeré a los leprosos!». Guiado por su instinto, el sacerdote entró en la leprosería y encontró la Vera Cruz bajo una cuna de paja oculta bajo una cama. «¡Como Cristo en su nacimiento! -exclamó Malecorne, que la besó y añadió-: Hemos venido a ti con la sola fuerza de nuestra fe y nuestra voluntad. ¡Que estemos aquí es un milagro, y aunque fueras tú quien desde lejos nos guiara, nosotros, solo nosotros, te hemos salvado!»
    El sacerdote apretó la cruz contra su pecho y murmuró: «¡Pido humildemente que tus próximos milagros nos estén reservados a nosotros, los que te hemos liberado!».
    Hay que creer que la Santa Cruz lo escuchó, porque en los años siguientes se sucedieron los prodigios.
    En 1101, Balduino I, rey de Jerusalén, se vio obligado a partir al combate con solo dos mil hombres, frente a treinta mil egipcios. Las perspectivas eran tan negras que el rey pidió un milagro a Malecorne. «¡Un milagro! -exclamó Malecorne-. No es a mí, señor, a quien hay que pedirlo, sino a la Santa Cruz. ¡Confiadle vuestros pecados y ella os salvará la vida!» Balduino saltó de su caballo y se confesó ante sus soldados. Los hombres quedaron profundamente impresionados, y muchos se pusieron a llorar cuando Malecorne levantó en el aire la Vera Cruz, gritando: «¡Venceremos! ¡Dios lo quiere! ¡Venceremos!».Y todos creyeron ver brillar la cruz en el cielo, como un rayo de sol en medio de la noche.
    Balduino volvió a montar y prometió a la cruz: «¡Juro ante Dios que si obtenemos la victoria, te cubriré con más riquezas de las que nunca haya podido soñar mujer alguna!».
    Vencieron a los egipcios, y el tesoro reunido en el campo de batalla sirvió para cubrir la cruz con un ropaje de oro y perlas. En 1118, después de haber permitido a los francos vencer en Tell Danith, la Santa Cruz fue recompensada con la concesión de una guardia particular: doce valerosos caballeros, elegidos entre los mejores, que fueron conocidos como «los apóstoles».
    Pero el uso que los reyes hacían de la Vera Cruz no gustaba a los religiosos. «¡Su lugar está en el Santo Sepulcro, no en los campos de batalla!», no dejaban de clamar. Los reyes no los escuchaban. Hasta el día en que el patriarca de Jerusalén tuvo problemas graves con una horda de jinetes mahometanos que querían cortarle la cabeza. Balduino II aprovechó la ocasión para volar en su socorro con la Vera Cruz. El rey ahuyentó a los infieles y devolvió la reliquia al patriarca, precisando: «La Santa Cruz no os pertenece. Vos tenéis solo el usufructo de la cruz, no la propiedad, que recae en todos los cristianos. Más que en una iglesia, su lugar está al lado de estos, dondequiera que se encuentren, siempre que estén en peligro». La santa Iglesia ya nunca volvió a criticar en Tierra Santa el uso que los reyes hacían de la Vera Cruz.
    En el curso de los años, la reliquia dio tantas victorias al reino cristiano de Jerusalén que los sarracenos huían a su vista. En Montgisard, en 1177, Balduino IV, el pequeño rey leproso, se disponía a hacer frente a veinte mil infieles con solo quinientos hombres. El rey imploró la ayuda de la Santa Cruz. Y enseguida esta se elevó en los aires, irradiando un extraño resplandor. Todos los que se vieron bañados por la luz de la cruz se sintieron imbuidos de una fuerza prodigiosa. El ejército mahometano fue aplastado. Saladino pudo salvarse solo gracias al sacrificio de su guardia próxima. El caudillo musulmán nunca olvidó la afrenta sufrida aquel día; reclutó a mil magos y los conminó a encontrar un medio para contrarrestar los efectos de la cruz. Y, para que no pudieran tentarlos ni apartarlos de su objetivo, les hizo saltar los ojos y los encerró en el calabozo más profundo de su palacio de El Cairo.
    Así, la cruz permitía vencer a los cruzados. Los éxitos se sucedían, y los francos ya se veían reinando sobre el mundo. Hasta ese día de julio de 1187, en Hattin.

1

    Porque sé que quieres hacerme habitar en la muerte, en la casa donde han de reunirse todos los que viven.
    Job, XXX, 23

    Morgennes se despertó en medio de los muertos y miró alrededor. Se preguntó si estaba en la tierra o en el paraíso, aunque el infierno parecía corresponderse mejor con lo que tenía ante la vista: cuerpos mutilados, amputados por el filo de un sable o hundidos por un mazazo; cráneos abiertos, con el cerebro ennegrecido caído sobre la arena; sangre coagulada en las comisuras de una boca con las encías hendidas; un yelmo que encerraba para siempre el rostro sorprendido de un caballero que se había creído al abrigo de la muerte; corazas convertidas en ataúd que ejércitos de insectos revestían con un segundo caparazón; zumbidos de alas y élitros; maxilares y mandíbulas en acción; chasquidos de ganchos y pinzas; sobresaltos; vacilaciones; danzas de aguijones, labros y palpos; antenas, lenguas y trompas horadando, lamiendo, aspirando, entrando y saliendo de las heridas, de las cavidades de los muertos. Excitados por el festín, los cuervos saltaban de un cuerpo a otro, sin saber por qué manjar comenzar; luego uno de ellos se acercó a un arquero medio muerto para deleitarse con los humores de su ojo.
    Morgennes se sintió mareado y cerró los ojos un instante. Permaneció tendido, tratando de rememorar los acontecimientos que lo habían llevado hasta allí. Pero no recordaba nada. Tenía los sentidos embotados. Solo sentía el peso de su cota de malla. Era increíblemente pesada, tan pesada que le molestaba para respirar. Sin embargo, tenía la impresión de flotar. Jadeando, tanteó con la palma de la mano para saber dónde se encontraba. La posición horizontal no era la de un hombre en medio de un combate. A menos que estuviera muerto. Lo que no era su caso, ahora estaba seguro de ello. Sentía en su mano enguantada de cuero la arena del campo de batalla, caliente por la sangre, negra y densa. De hecho, yacía tendido en un baño de sangre de tales proporciones que se preguntó si no era la propia tierra la que sangraba.
    Extrañamente, aquello le dio nuevas fuerzas. Tenía que levantarse, levantarse de nuevo porque… sí, ahora lo recordaba: su caballo se había desplomado, mortalmente herido, y lo había arrastrado en su caída.
    Morgennes sacó fuerzas de flaqueza, se apoyó con las dos manos en la arena húmeda y se incorporó. La cabeza le seguía dando vueltas, los sonidos le llegaban como ahogados. Se soltó el bacinete, lo lanzó un poco más lejos y, con los ojos cerrados, aspiró una bocanada profunda del aire ardiente y el acre olor de la batalla. Luego reflexionó. Debía de estar herido. Pasó la mano por la cota de malla y notó un profundo desgarrón en su flanco izquierdo. Algunas anillas de acero habían saltado, y su capa y su manto estaban rasgados. Solo tenía ligeras magulladuras en las costillas, pero la lanzada había rozado el corazón.
    Al ver al arquero picoteado por el cuervo, Morgennes gritó, golpeó el suelo con el pie e hizo gestos amplios con los brazos. El pájaro salió volando pesadamente para ir a posarse a unos metros de allí, graznando de indignación.
    Parecía que, con su ojo intacto, el arquero le diera las gracias. Pero el hombre estaba muerto, y aunque su boca esbozara una sonrisa, no iba dirigida a Morgennes.
    El caballero recogió el escudo, luego a Crucífera, su espada, y partió en busca de los suyos. Emmanuel, su escudero, ¿seguiría con vida? Por desgracia, no sería su caballo quien lo ayudara a encontrarlo. Morgennes divisó los despojos del animal, que yacía cerca, destripado. Sobre su vientre zumbaban tantas moscas como estrellas tenía la noche.
    Iría a pie, pues. Pero ¿hacia dónde? ¿Y en busca de quién?
    Mirara donde mirara, no veía más que cadáveres, de sarracenos, de caballos, de caballeros, de arqueros, ballesteros y piqueros, de marinos, con sus ropas de lino basto, que habían ido a morir a tierra firme para ganar cuatro cuartos. Un gran número de turcópolos -auxiliares, cristianos en su mayoría, que los cruzados contrataban a precio de oro para aumentar sus efectivos- yacían tendidos en un mosaico informe. Sus túnicas disparejas, sucias, manchadas de polvo y sangre, se confundían con la tierra, que cubrían con un siniestro sudario. Morgennes era incapaz de decir dónde acababa el cadáver que tenía ante los ojos y dónde empezaba aquel otro del que distinguía, un poco más lejos, un trozo de pierna. Se diría que había un único muerto, un inmenso cúmulo de carnes putrefactas, tendido en un espacio de más de media legua. ¿Era posible que, de aquel ejército que había partido a ejecutar la voluntad de Dios, solo él hubiera sobrevivido? «Poco importa -se dijo-. Debo resistir. Resistir cueste lo que cueste.» Pero primero tenía que orientarse. ¿Reconocía aquellos parajes? ¿Qué colina era esa en la que crecían algunos tallos de hierba dispersos, secos y recios, donde se escalonaban unos raquíticos matorrales quemados por el sol?
    Sí, era la colina de Hattin. La víspera, al atardecer, los francos se habían detenido allí después de una jornada cabalgando por el desierto. Habían pasado a lo largo de las cumbres nevadas de Türán y de al-Shajara y, tras dejar atrás los montes Lübiya y Khan Madín, habían franqueado las alturas de Meskana y avanzado luego apresuradamente hacia Tiberíades. La ciudad había sido ocupada ya, y el castillo asaltado por Saladino. Les quedaba media jornada de camino, pero la sed y la falta de avituallamiento habían alargado las distancias.
    Con la garganta seca, Morgennes caminó hacia la colina, cuyas cimas -dos picos rocosos al pie de los cuales el rey de Jerusalén había plantado su tienda- se levantaban en el cielo del amanecer como los cuernos del diablo. Allí pensaba encontrar, si no a las tropas del rey Guido de Lusignan, al menos las del Temple y del Hospital. Y, quién sabe, tal vez a Emmanuel. De hecho, oía voces y un tintineo de armaduras.
    El viento se puso a soplar. Venía del este y arrastraba una oleada de calor y de arena, henchida de vapores tórridos. Morgennes tosió ruidosamente. Le picaban los ojos. Cogió la keffieh de un sarraceno muerto y se la enrolló en torno al rostro.
    Existe, en Sarmada, a medio camino entre Alepo y Antioquía, un viento terrible y temido por todos llamado el khamsin. Es un viento seco y cálido, cargado de gravilla. Cuando ruge, las ropas más delicadas se desgarran y el khamsin ataca la piel. No es raro que viajeros mal informados, o mal equipados, mueran con el cuerpo en carne viva, y a veces incluso con el hueso al descubierto, perfectamente limpio. Así, el khamsin se parece a las mujeres que, cuando no tienen lo que desean, muerden y arañan para haceros ceder. El viento que se abatía sobre Morgennes tenía la fuerza de un harén.
    Morgennes utilizó su gran escudo en forma de almendra, que llevaba en la cara delantera la cruz blanca de ocho puntas de los hospitalarios, para ayudarse a avanzar. Plantó la base en la arena, se protegió detrás y esperó una encalmada. Pero los negros torbellinos del viento se encarnizaban con él, silbando, y trataban de morderlo, como un ejército de serpientes. Por más que Morgennes descargara violentos golpes con su espada para disiparlos, sus esfuerzos eran inútiles. Las serpientes se dividían al entrar en contacto con la hoja, se formaban de nuevo un poco más lejos y volvían al asalto. Morgennes trató de no hacer caso de ellas, se dijo que era víctima de un sortilegio y que nada de aquello era cierto. Permaneció inmóvil en medio de las ráfagas fuliginosas, impasible, como una roca, más fuerte que la borrasca, que sus zarpazos, que su locura. Luego, cuando el viento se calmó, se colocó de nuevo la correa del escudo en torno al cuello y volvió a ponerse en marcha.
    En el campo de batalla, la acumulación de cadáveres era tan grande que, una y otra vez, Morgennes tropezaba con un cuerpo o patinaba sobre un escudo o una mancha de sangre. Si reconocía a un cristiano, murmuraba una corta oración y proseguía su camino. Ahora estaba seguro: la batalla había terminado. Los francos habían sido vencidos. Lo que ignoraba todavía era la magnitud de la derrota, no sabía aún cuántos hombres habían conseguido huir para volver a Jerusalén, a Tiberíades o a las llanuras más suaves de Séforis, desde donde habrían podido lanzar una contraofensiva.
    La víspera, al atardecer, Raimundo III, conde de Trípoli, ya había predicho el desastre. «Es una locura atacar en estas condiciones -había dicho a Guido de Lusignan y a Gerardo de Ridefort, que mandaba la orden de los templarios-. No hay ni un solo punto de agua a menos de una jornada y media de marcha, y sin duda Saladino habrá situado allí a su ejército.» Algunos nobles, entre ellos los hermanos Hugo y Balian II de Ibelin, que se habían distinguido por su bravura en Montgisard, le habían dado la razón; pero Ridefort, cuyas opiniones siempre eran muy escuchadas por el rey, había hecho este comentario: «Sois un cobarde, Trípoli. No queréis enfrentaros a Saladino porque es vuestro amigo. Pero nosotros tenemos la fe, y la Vera Cruz está con nosotros: ¡Dios nos preservará de la sed!».
    Entonces se habían girado hacia la Santa Cruz, que el obispo de Acre, Rufino, sostenía sin mucha convicción; y a continuación Lusignan, mirándola también, había dado la orden de ponerse en camino. «¡Dios está con nosotros!», había añadido para darse ánimos e imitar al breve linaje de los que lo habían precedido en el trono de Jerusalén.
    Se hizo lo que el rey había ordenado, y al caer la noche las predicciones del conde de Trípoli se confirmaron: las tropas de Saladino rodeaban efectivamente el único punto de agua de la región. Incluso antes de entrar en combate, la cristiandad había perdido.
    Los francos, extenuados por una jornada de marcha forzada y una noche sin beber, fueron recibidos de madrugada por la caballería mahometana, cuyos arqueros oponían a sus débiles asaltos una lluvia de flechas antes de salir disparados al son de los tambores de guerra.
    La fe, el vigor y las espadas de los cristianos no sabían dónde golpear, y sus armas arrojadizas no llegaban a hacer mella en el cuero de los infieles.
    Raimundo de Trípoli había intentado, entonces, una carga, pero las líneas sarracenas se habían separado ante él para dejarlo atravesar. «¿Dónde estará ahora? -se preguntó Morgennes-. ¡Espero que haya podido ponerse a salvo!»
    De pronto se escuchó un estrépito más potente que los aullidos de la tempestad. Se acercaban voces entre un entrechocar de hierros. ¿Amigas o enemigas? Una orden en árabe se elevó por encima del tumulto:
    – ¡Cogedlo! ¡No dejéis que escape!
    ¡Los sarracenos!
    Un caballo pasó al galope ante Morgennes. Un chorro de bilis verdosa le manchaba el pecho, donde se habían aglutinado placas de arena y de sangre seca. Aterrorizado, el animal corría al viento en una huida caótica. Su silla negra con faldones dorados, bordados con hilos de oro y plata, llevaba sobre la perilla unas borlas de lana blanca. El arzón trasero tenía forma de cruz. Al obispo de Acre -pues aquella era su montura- le gustaba descansar el cuerpo contra él, pero, sobre todo, se trataba de un signo, de un símbolo: señalaba a los profanos la presencia de la Santa Cruz.
    ¡Y la silla estaba vacía!
    La rabia, la vergüenza, la cólera, se apoderaron de Morgennes.
    El obispo de Acre era la persona hacia la que todos se volvían en caso de dificultad. El obispo desempeñaba la función de un escudo espiritual y mostraba el camino que debían seguir, levantando bien alto la cruz para que todos pudieran verla, en todo momento, en cualquier punto del campo de batalla.
    ¡ La Santa Cruz había caído!
    Una ráfaga de viento lanzó al caballo hacia una nube de polvo, y Morgennes se puso a caminar enseguida en dirección opuesta. Rufino debía de encontrarse allí.
    El caballero se aventuró en medio de un tornado de ramitas ardientes que se le pegaban a la keffieh y amenazaban con inflamarla. Volutas de una humareda negra, tan densa como la pez, se aglutinaron sobre su cota de malla y su escudo, como si quisieran obligarlo a renunciar. Una capa de brasas calentó la sobrecota de malla de sus calzas y le quemó los pies. Pero Morgennes perseveró en su intento, reuniendo todo su coraje y las pocas fuerzas que le quedaban para avanzar. Encontraría al obispo y la cruz y los conduciría de vuelta a su campamento. Por nada del mundo debían caer en manos de los infieles. ¡Por Dios que no cedería hasta conseguirlo!
    El aire se estremeció, la tierra se puso a temblar. ¡Se acercaban jinetes! El olor de ramaje y de alquitrán quemados se debilitó un poco. Morgennes se detuvo. Tendría que combatir. Los pliegues de su pesada capa negra flotaban tras él, azotando el aire con vigor y haciendo restallar la gran cruz blanca que la adornaba.
    Ante Morgennes, las cortinas de humo negro parecieron apartarse por sí mismas, como dos puertas que se abren ante un huésped de postín.
    Alguien se acercaba: un hombre con la cara y las manos rojas de sangre, desarmado, con las ropas desgarradas. Llevaba un vestido escarlata de mangas anchas y un lujoso jubón de cuero bordado de oro. Un crucifijo con piedras preciosas engastadas colgaba de su cuello, un fino estilete de plata pendía de su cinturón y un báculo labrado, que sostenía blandamente con su mano derecha, se arrastraba lastimosamente tras él. Era Rufino, el obispo de Acre. Había perdido su mitra. Aturdido, con la mirada ausente, parecía enajenado. Al distinguir a Morgennes, levantó los brazos al cielo gimiendo. Morgennes exclamó:
    – ¡Monseñor! ¡Por aquí! Soy yo, Morgennes, guardián de la Vera Cruz…
    Ante estas palabras, el rostro de Rufino recobró algo de vida.
    – ¡Salvadla! -suplicó-. ¡Salvadla, la he perdido!
    Morgennes se acercó, buscó la cruz con la mirada, pero no la vio por ningún lado. Sin embargo, por fuerza tenía que…
    El obispo seguía avanzando, titubeando como si estuviera borracho, sin prestar ya atención a Morgennes. De vez en cuando tendía la mano hacia el suelo y levantaba un puñado de arena, que enseguida dejaba resbalar entre los dedos, llorando.
    – ¡En realidad soy yo, yo, quien está perdido! -gritó, levantando un puño rabioso hacia el cielo cubierto de nubarrones.
    En el mismo instante la tierra tembló violentamente. Morgennes apenas había tenido tiempo de pasar el brazo izquierdo por las enarmas de su escudo, cuando media docena de jinetes mahometanos surgieron de una nube de polvo, a solo unas varas de distancia.
    – Milhi vindicta! -aulló Morgennes para atraer su atención-. ¡Venganza!
    Los jinetes lo oyeron y pasaron galopando a ambos lados del obispo. Morgennes pensó por un momento que tal vez hicieran caso omiso de su presencia. Pero el último jinete de la pequeña tropa cortó, con un amplio sablazo, la cabeza de Rufino, que rodó por la arena. Le había dado muerte sin odio, casi con indiferencia.
    No ocurriría lo mismo con Morgennes. La cruz de su escudo lo señalaba como uno de los peores enemigos de Saladino. El formaba parte de esas órdenes de caballeros que eran objeto del más intenso odio por parte de los infieles. Era un soldado de Cristo, uno de esos milites Christi que habían jurado defender Tierra Santa costara lo que costase y morir por ella si era necesario.
    Su experiencia de combate le había enseñado que no servía de nada precipitarse. De manera que se plantó firmemente sobre los pies, sujetó su escudo con fuerza y esperó pacientemente la carga de los mahometanos. «Muerto por muerto -se dijo (pues esa era su divisa)-, mejor pelear e ir hasta el final.»
    Los jinetes se acercaban a galope tendido, y a su estela crecía una nube de polvo donde -detalle curioso- Morgennes vio volar algunos insectos; moscas, avispas o abejas, no hubiera sabido decirlo. Nunca antes había sido testigo de un fenómeno como aquel. Los infieles cabalgaban con aire decidido y sus rostros no revelaban ninguna emoción. Uno de ellos sostenía una lanza, que bajó mientras espoleaba a su caballo. Otros dos blandieron sus arcos y, de pie sobre los estribos, lanzaron una salva de flechas. Las primeras no alcanzaron a Morgennes, pero luego los disparos se hicieron más precisos. Las últimas se clavaron en su escudo, y el lancero se precipitó contra él.
    La lanza golpeó a Morgennes con tal violencia que, tras rajar su escudo, lo proyectó cuatro varas hacia atrás. Un dolor vivísimo ascendió por su brazo izquierdo y se extendió por todo su cuerpo. La mano le empezó a temblar. Por suerte había caído sobre el cadáver de un obeso, y la grasa del hombre había amortiguado el impacto. Al ladearse en el último momento, Morgennes había evitado que lo ensartaran como un pollo.
    El caballero volvió a levantarse, sin aliento, y cogió la tarja del difunto. Los sarracenos ya volvían al asalto.
    Los arqueros giraron en torno a él y lo acosaron a flechazos. Aunque Morgennes no dejaba de moverse, por más que cambiara de paso y de dirección y blandiera su pequeño escudo, los proyectiles pasaban zumbando tan cerca de su rostro que podía distinguir el penacho de plumas negras del extremo.
    – Pater noster, qui es in coelis, sanctificetur nomen tuum…
    Morgennes empezó a entonar un padrenuestro, lamentando no haber aceptado el sacramento de la extremaunción, que se administraba a los guerreros antes del combate.
    Los jinetes caracoleaban buscando el ángulo de ataque ideal. Morgennes, a pesar de su sufrimiento, conservaba aún suficiente fuerza y voluntad para combatir y hacerles pagar lo más cara posible su captura o su muerte.
    – … adveniat regnum tuum… -prosiguió, persuadido de que su última hora estaba próxima.
    A una señal del jinete que había cargado la primera vez, dos sarracenos se lanzaron contra él con el sable desenvainado. Las hojas brillaban a pesar de la ausencia de luz, y Morgennes retrocedió para mantenerlas en su campo de visión.
    – … fiat voluntas tua sicut in coelo et in terra! -se apresuró a terminar, no queriendo morir sin haber acabado su oración.
    El primero de los jinetes descargó un golpe que Morgennes paró sin dificultad con su escudo, y el segundo recibió un tajo que le cortó el brazo a la altura del codo en el mismo instante en que se disponía a golpear. Demasiado seguro de sí mismo, había subestimado a Morgennes y no había visto en él más que a un caballero que se acercaba ya a la vejez.
    El sarraceno lanzó un grito de dolor que se elevó a los cielos acompañando el sordo ruido del antebrazo al caer en la arena. Su mano, crispada sobre la empuñadura del sable, se contraía, presa de convulsiones.
    – Panem nostrum quotidianum da nobis hodie…
    Llevados de su impulso, los jinetes se habían alejado. Morgennes aprovechó la circunstancia para deshacer su keffieh y secarse la sangre que lo había salpicado, sin perder de vista a sus adversarios. Se preparaba una nueva carga de dos jinetes, uno de los cuales blandía una poderosa maza que hacía girar por encima de la cabeza. Morgennes sujetó la tarja con más fuerza y se agachó ligeramente, preparándose para rodar de costado en el momento en que llegara el golpe. El hombre de la maza hundió las espuelas en los flancos de su caballo y se precipitó contra Morgennes.
    En ese momento un sarraceno gritó:
    – ¡No lo matéis! ¡Atrapadlo vivo! ¡Es un hospitalario! ¡Cincuenta dinares para el que me lo traiga atado de pies y manos! ¡Saladino, jefe de los ejércitos, Espada del Islam, lo ordena!
    Los jinetes pararon en seco su carga y se miraron desconcertados. Extenuado, Morgennes apretó la empuñadura de Crucífera y se protegió detrás de su pequeño escudo. Habiéndose creído muerto ya hacía unos instantes, no tenía ningún deseo de rendirse y seguía decidido a vender cara su piel.
    – … et dimitte nobis debita nostra sicut et nos dimitimus debitoribus nostris…
    En ese momento una oleada de dolor lo hizo vacilar. Tenía una flecha clavada en la espalda. La punta había sido especialmente estudiada para horadar las armaduras. El proyectil había atravesado dos capas de la cota de malla y se había hincado en su gambesón de tela acolchada.
    Una segunda flecha le pasó por encima, luego una tercera, una cuarta, y fue como si hubieran tocado a rebato. De los seis infieles, cinco estaban indemnes, y juntos se precipitaron contra Morgennes, que en ese mismo instante confiaba su alma a Dios.
    – … et ne nos inducas in tentantionem, sed libera nos a malo. Amen.
    Había acabado. Podía morir.
    Morgennes se sintió desfallecer. Tenía la sensación de que su corazón estaba a punto de estallar. Le dolían las articulaciones, le temblaban las rodillas, sus manos ya no tenían fuerza, su vista se nublaba. Quiso tragar, pero ya no tenía saliva.
    «Se acabó -pensó, agotado-. ¿Puedo decir tan solo que he vivido bien?»
    Más allá del sarraceno que cargaba, una nube de insectos se agitaba dispuesta a caer sobre él. Entonces un trazo luminoso hendió el espacio y atravesó el pecho del infiel. Durante un instante, Morgennes tuvo la impresión de que el tiempo ya no existía, de que ya no había sonidos, olores ni sufrimiento. Finalmente, como el mar que ataca de nuevo la costa con la marea alta, la vida volvió, ruidosa y colérica. La nube de insectos se disipó, y el infiel -cuyo caballo acababa de encabritarse- cayó de la silla, muerto, con una lanza sarracena atravesándole el cuerpo.
    Un hombre se acercó al pequeño grupo formado por los cinco jinetes. El sarraceno, montado en una yegua blanca, los miró fijamente, hirviendo de cólera.
    Su fino bigote lo señalaba como una persona distinguida; su vestimenta -un brial cortado en un tejido de brocado azul, un par de botas equipadas con espuelas de oro y un tocado de seda bordada con centenares de perlas pequeñas- revelaba a un personaje noble; su espada, una magnífica cimitarra con joyas engastadas en la guarda, encajada en un cinturón adornado con hilo de oro, indicaba que se trataba de un muqaddam, es decir, uno de los jefes del ejército sarraceno. La túnica que vestía estaba manchada de sangre en algunos lugares, pero no tenía ningún desgarrón, como si la mano de Dios (o de Alá) se hubiera interpuesto entre él y sus adversarios.
    El recién llegado, que manejaba una lanza parecida a la que el sarraceno acababa de recibir en mitad del pecho, hizo trotar a su montura en dirección a Morgennes mientras decía a los jinetes en tono firme:
    – Este hombre es mío, ya que vosotros no lo queréis. Saladino, que Alá lo guarde, ha pedido que se detenga la matanza y que se hagan prisioneros. Si Saladino, honor del Imperio, ornato del islam, lo pide, no seré yo, su sobrino, su humilde servidor, quien decida otra cosa. ¡Y vosotros debéis obedecerme, como yo obedezco a Saladino, que a su vez obedece a Alá, del que todos somos esclavos!
    Los jinetes bajaron la cabeza sin rechistar, mientras Morgennes se preguntaba qué iba a hacer aquel hombre con él. Ya no se sentía con fuerzas para combatir, solo esperaba que le viniera una idea o que la gracia lo iluminara.
    Pero fue el sobrino de Saladino quien, inclinándose desde lo alto de su caballo, le puso la mano en el hombro y le dijo con gran dulzura:
    – Ahora puedes rendirte, no tiene sentido continuar.
    – Es imposible -respondió Morgennes-. Soy un hospitalario.
    – ¡Pero tu rey se ha rendido!
    – Yo solo obedezco a mi orden.
    – Todos los de tu orden han capitulado ya. Eres el último que combate. Incluso tu señor ha depuesto las armas.
    – Solo Dios es mi señor -dijo Morgennes-.Y Dios no se rinde nunca.
    Entonces, comprendiendo el desamparo de su prisionero, Taqi ad-Din -el más noble de los sobrinos de Saladino- extendió la mano en dirección al campo de batalla.
    En aquel momento, como si la naturaleza lo obedeciera, se levantó un viento que expulsó la bruma, la niebla, el polvo y la humareda que envolvía las llanuras y la colina de Hattin, enrojecidas por la sangre. Lo primero que impresionó a Morgennes fue la luna, redonda y pálida. Su forma irregular se recortaba con tanta nitidez por encima del horizonte que podía distinguirse hasta la más pequeña mancha, hasta el menor cráter. Morgennes nunca la había visto así, y aún menos avanzada la mañana.
    Luego vio las decenas, las centenas, los miles de soldados, todos cristianos, que los mahometanos habían hecho prisioneros. Morgennes divisó igualmente los estandartes del rey de Jerusalén, los de innumerables casas nobles, así como las banderas del Temple y del Hospital.
    Debajo, hombres sentados en fila, con las lanzas y las espadas, inútiles, a su lado, eran encadenados por los soldados de Saladino.
    Finalmente distinguió la Vera Cruz. Un infiel la paseaba del revés por el campo de batalla gritando:
    – ¡Alá es grande! ¡Alá es único! ¡El es el único Dios!
    Solamente entonces Morgennes rindió las armas.

2

    Saladino, el rey de los reyes, el vencedor de los vencedores, es como los otros hombres, el esclavo de la muerte.
    Inscripción de un estandarte en la cúspide de la tienda de Saladino

    El día después de la derrota de Hattin, Saladino se encontraba en compañía de su estado mayor y de los más nobles de los prisioneros francos cuando fueron a anunciarle una noticia. Bajo el inmenso toldo de su tienda, tres emires se adelantaron para comunicarle la buena nueva: Nazaret ofrecía la rendición y Tiberíades había caído. Comprendiendo que las huestes de Jerusalén nunca acudirían a socorrerla, Eschiva de Trípoli había capitulado tras cinco días de resistencia. La condesa había abandonado el precario abrigo de su castillo con sus allegados y sus sirvientes -apenas una cincuentena de personas, entre ellas una docena de combatientes-, y bajo las miradas admirativas y compasivas de los infieles había cogido la ruta de Tiro, esperando encontrar allí a su marido, Raimundo de Trípoli, del que seguían sin tenerse noticias.
    – ¡Traidor! -escupió Guido de Lusignan al oír este nombre.
    Saladino se volvió hacia el rey de Jerusalén, se frotó la barba, corta y regular, y adoptando un aire avisado le preguntó:
    – ¿Por qué esa indignación?
    – Porque es vuestro amigo. La carga que dirigió solo tenía por objeto permitirle escapar. Él nunca ha tratado de causaros problemas. -Y añadió en un tono más bajo y casi acusador-: Habéis cerrado un acuerdo con Raimundo de Trípoli…
    – No digo que lo haya hecho -respondió su interlocutor, enigmático-. Pero tampoco digo que no lo haya hecho.
    Saladino observó a Lusignan, y una leve sonrisa iluminó por un instante su hermoso rostro, habitualmente grave y melancólico. El rey Guido creyó leer diversión en su mirada, pero lo que Saladino sentía estaba más próximo a la tristeza: el hombre que tenía ante sí no veía que su Dios lo había abandonado (pues no hay otro Dios que Alá); no veía que pronto todos los francos serían expulsados de Tierra Santa, que caerían bajo la espada o serían vendidos como esclavos. Ese hombre estaba ciego. Como estaban ciegos los que lo acompañaban y que se encontraban allí por ser cautivos de categoría, hombres cuyas familias deberían pagar un elevado rescate si querían volver a verlos: el condestable Amaury de Lusignan, hermano del rey de Jerusalén; Gerardo de Ridefort, maestre de la orden del Temple; el anciano marqués Guillermo III de Montferrat, de brazo tan valeroso como cuando había acompañado al rey LuisVII a Damasco; Unfredo IV de Toron, cobarde como una hiena a pesar de su sangre noble; algunos pequeños señores, como los de Yebail o de Boutron, y uno de los seres más viles que pudieran existir: Reinaldo de Chátillon, príncipe de Antioquía y señor de TransJordania. Los sarracenos lo llamaban «Brins Arnat», y lo odiaban porque, a pesar de las treguas, atacaba las caravanas de peregrinos que se dirigían a La Meca.
    Los prisioneros habían sido despojados de sus armas y armaduras y vestían una simple túnica de tela cruda que les daba aspecto de pordioseros recién salidos de la cama. Con excepción de Reinaldo de Chátillon, todos temblaban de miedo ante la idea de ser entregados como alimento a las panteras de Saladino, que un mameluco de cara angulosa paseaba con aire despreocupado. De vez en cuando se escuchaba un bufido: un adolescente se divertía cosquilleando el morro de uno de los felinos con una pluma de avestruz. La bestia abría las fauces gruñendo, lanzaba un violento zarpazo y tiraba de la cadena en dirección al audaz. El mameluco hacía retroceder a la bestia; la cadena tintineaba y el animal se calmaba. El muchacho reía entonces a carcajadas y volvía a iniciar el juego.
    – No temáis -dijo Saladino a sus invitados-. Estas panteras no le harán ningún daño. Lo conocen bien y lo dejan divertirse un poco. De hecho, las reservo a los posibles asesinos* (¡la peste caiga sobre ellos y sobre su jefe, Rashideddin Sinan!) que pudieran estar lo bastante locos, o drogados, para atreverse a entrar en mi tienda…

    * Los asesinos (hashishin) eran una secta ismailí (chií) que usaba el asesinato de sus rivales como táctica política. Se decía que actuaban intoxicados por hachís, de ahí su nombre. (N. del E.)

    El sultán se acercó a la mayor de las dos panteras y le acarició la cabeza entre las orejas. El animal ronroneó de placer y enseguida se tumbó en el suelo boca arriba para mostrar su vientre liso y negro a su amo.
    – Como veis, son muy afectuosas. La primera, la que ahora se acerca al más joven de mis hijos (¡que es la niña de mis ojos, Dios lo guarde!), se llama Sahrazad. Estaba preñada de su hija cuando me la regalaron, y quise devolverla al desierto. Pero, como la heroína que le da nombre, se mostró tan encantadora que no pude resolverme a hacerlo. La segunda es la hija. La he llamado Maj-nun, nombre que se da a las personas poseídas por el demonio; pues, si de día es parecida a su madre, gentil y dócil, algo extraño le ocurre cuando cae la noche: entonces se transforma en un animal temible, y nadie, excepto yo, puede acercársele. Estas dos panteras son los únicos seres autorizados a permanecer en mi habitación cuando me acuesto.
    Un silencio denso gravitaba en el aire, añadiéndose a las volutas de humo que surgían de las cazoletas de especias. La atmósfera era cada vez más pesada. Incómodos, los francos fingían encontrarse absortos en la contemplación de un pebetero o un tapiz de lana. La tienda era inmensa y albergaba a unas sesenta personas, la mayoría de las cuales se mantenían en la sombra. Solo algunos carraspeos y risas apagadas y el rumor de las conversaciones en voz baja señalaban su presencia. De hecho, los francos no llegaban a distinguir más que a una veintena de individuos: emires con lujosos vestidos de seda, muqaddam en cota de malla y brial de paño negro manchado con la sangre de los combates, mamelucos de la Jandáriyya de túnica de color amarillo azafrán, encargados de la protección personal de Saladino… Todos observaban a los prisioneros, disfrutaban con la contemplación de sus rasgos modelados por el miedo. Era un espectáculo penoso, pero Saladino lo prolongaba a voluntad; buscaba, a la vez, satisfacer a sus emires, gente cruel en su mayoría, y hacer comprender a los infieles que esta vez era el fin.
    Con excepción de Chátillon, los francos lanzaban miradas en todas direcciones, buscando en el entorno de Saladino una razón para confiar aún, un indicio, una esperanza. Pero los mahometanos se mantenían imperturbables. El más fiel servidor de Saladino, el cronista Abu Shama -que, porque le gustaban las lenguas y conocía varias, ejercía el papel de traductor-, mantenía, por su parte, la cabeza baja. Él, de ordinario tan locuaz, charlatán como un loro, no apartaba la mirada de los motivos entrelazados de sus babuchas.
    Cuando tuvo suficiente, después de haber saboreado a satisfacción su victoria, Saladino dio unas palmadas. Desde el fondo de la tienda se aproximaron una decena de sirvientes. El primero sostenía solemnemente un jarro de cristal decorado con suras del Corán y que contenía un líquido claro; el segundo, un par de candelabros; otros tres, platos decorados cargados de dátiles, pistachos, almendras y nueces, uvas secas e higos, y los últimos portaban instrumentos de música y empezaron a tocar. Un tañedor de ud -una especie de laúd- acompañaba a una pareja de tambores, mientras un cuarto músico extraía alegres sones de un arghul.
    – Comed -dijo Saladino a sus huéspedes, invitándolos a ocupar un lugar sobre los cojines que cubrían el suelo de la tienda, recubierto de kilim.
    Una joven bellísima salió de detrás de un biombo y se puso a bailar. Sus movimientos hechizadores cautivaron a la asistencia y la ayudaron a relajarse. A veces la bailarina jugaba con un pañuelo que pasaba ante sus ojos, y encantaba con la mirada, uno por uno, a los hombres presentes. Sus pequeños pies descalzos, decorados con hilos de oro, estaban dotados de una gracia y una ligereza fascinantes. ¿Era aquella joven una hurí descendida de su nube?, se preguntaba el viejo marqués de Montferrat, mientras la observaba boquiabierto. En cualquier caso, era la más hechizadora de las mujeres, y resultaba aún más sorprendente porque su piel era blanca, como la de las occidentales. Sin dejar de contemplarla, Saladino mojó sus labios en el jarro de cristal -lleno de agua de rosas refrescada por las nieves del Hermón- y luego lo pasó a Guido de Lusignan.
    – Existe entre nosotros la noble costumbre de perdonar la vida a un cautivo que haya bebido y comido con su vencedor -dijo Saladino-. Bebed tanto como queráis, sé que estáis sediento.
    Apenas había acabado de hablar el sultán, el rey de Jerusalén, después de haber bebido, pasó la copa de la paz a Chátillon, que la vació a grandes tragos.
    Chátillon encontró el agua tan refrescante como si un canto de pájaros naciera en su pecho. Se sintió revivir a medida que el agua se deslizaba por su garganta y devolvía el vigor a sus miembros. Una luz nueva brillaba en sus ojos cuando su mirada se cruzó con la de Saladino.
    El sultán lo observaba temblando, conteniendo a duras penas su cólera, apretando los puños y clavando en él sus ojos brillantes, de los que había desaparecido cualquier señal de benevolencia.
    Sin saber por qué lo había ofendido, pero encantado de haberlo hecho, Chátillon sonrió a Saladino. Entonces este se levantó bruscamente y declaró, señalándolo con el dedo:
    – Decid a este hombre que no he sido yo quien le ha dado de beber, sino Guido de Lusignan, rey de Jerusalén.
    Había hablado en un tono tan violento que los músicos cesaron de tocar. Las panteras dejaron de roer los huesos que les habían tirado y levantaron la cabeza. La joven bailarina, por su parte, cerró los brazos en torno al cuerpo y retrocedió a las sombras de la tienda, donde desapareció.
    Los francos se sintieron dominados de nuevo por la inquietud. No comprendían la reacción de Saladino. Se habían creído a salvo, y ahora el jefe de sus enemigos se indignaba porque uno de los suyos había bebido de la copa de la paz. El viejo marqués de Montferrat, que tenía algunos conocimientos de árabe, se acercó a Abu Shama y le preguntó en un tono lleno de aprensión:
    – ¿Puedes decirme qué ocurre?
    – Este hombre es un demonio -respondió Abu Shama mirando a Reinaldo de Chátillon-. Saladino (a quien Dios salve) se ha jurado que le haría pagar sus crímenes.
    Todos sabían, en efecto, hasta qué punto se había hecho aborrecible Brins Arnat. Chátillon se había burlado a la vez de los hombres y de los dioses, cristianos o mahometanos, y solo había mostrado desdén y menosprecio por las treguas y la palabra dada. Se le debían numerosas guerras, innumerables actos de piratería, e incluso, unos años antes, el ataque a las ciudades de Medina y La Meca, cuyos arrabales había incendiado y saqueado. Igual que se recogen las espigas de trigo tupidas y cargadas de grano, Chátillon aprovechaba cada paz firmada entre Saladino y los reyes de Jerusalén para partir en campaña. Se dirigía entonces con sus mercenarios a sembrar la muerte y la desolación entre los más pacíficos, los que nunca tomaban parte en el combate, las mujeres, los niños, los viejos, los campesinos… Todos los que se esforzaban por vivir en buena armonía con los cristianos y encarnaban una promesa de paz entre las diversas comunidades. En realidad, a él se debía esta guerra -el ataque a Tiberíades por parte de Saladino-, y también había sido él quien, en contra de la opinión de Raimundo III de Trípoli, había animado a Ridefort para que convenciera a Lusignan de abandonar el oasis de Séforis, donde las huestes de los francos se habían instalado a la sombra de las palmeras.
    Aunque era un hombre entrado en años, Reinaldo de Chatillon seguía manteniendo todo su vigor, su mal carácter y su insolencia. Chátillon era un fanático, uno de esos personajes de los que se piensa que la tierra iría mejor si un día desaparecieran. Un hombre que dirigía su violencia y su rabia contra todos los que se le oponían, golpeaba a los débiles igual que a los fuertes, y no respetaba nada, ni a su Dios ni a su rey ni a sus hermanos de armas, que a menudo habían tratado de devolverlo a la razón o de calmar sus ansias destructoras. Al tratarlo de demonio, Abu Shama se había quedado por debajo de la verdad: aquel hombre era el mismo diablo, por más que los mahometanos lo llamaran Brins Arnat y los cristianos el Lobo de Kerak, por el nombre de su fortaleza. Todo en él recordaba a ese animal abominado por todos: Chátillon tenía el cabello gris, la mandíbula prominente, la mirada acerada, la formidable musculatura y el paso vigoroso y ligero de esta alimaña. Para este hombre «de sangre y de violencia, patrón de todos los que viven de la muerte y la rapiña» (como se dice en Le Román de Renart), el mundo solo era una presa. Todos le temían, tanto sus enemigos como sus aliados. Chátillon no tenía amigos, nunca los había tenido, y tampoco los quería. Todo lo que quería era…, a decir verdad, no tenía ni idea de qué quería realmente. Y eso lo volvía loco de ira.
    Saladino se acercó a Chátillon, que permaneció sentado, sosteniendo todavía en las manos la copa de la paz que el rey de Jerusalén le había alcanzado.
    – Brins Arnat, príncipe de Antioquía y señor de Transjordania, viudo de Constanza (que Dios tenga en su santa guarda) y marido de Étiennette de Milly, dama de Kerak (que Alá tenga piedad de ella), ¿recordáis vuestras traiciones, vuestras exacciones, vuestra crueldad? ¿Conserváis en la memoria, desgraciado sire, vuestras rapiñas y vuestros pecados? ¿Sabéis que lo sé todo sobre las blasfemias (¡que el Altísimo os maldiga!) proferidas contra nuestro Profeta y que estoy al corriente de todas vuestras empresas sacrílegas contra las santísimas ciudades de La Meca y de Medina, de vuestros pillajes y violaciones? Ya que Alá os ha puesto en mi poder, responded a mi pregunta: ¿qué haríais de mí si me tuvierais en vuestras manos, como os tengo yo ahora en las mías?
    – Sin duda te haría crucificar -respondió Chátillon con aplomo.
    – ¡Insolente! -exclamó Saladino.
    El sultán desenvainó uno de sus dos largos sables y golpeó a Chátillon en el hombro izquierdo. El sablazo casi le arrancó el brazo. La sangre manó de la herida y manchó el agua de rosas de la copa de la paz, que cayó al suelo y se vació.
    – Acabas de elegir tu suplicio -dijo Saladino, volviendo a envainar su arma.
    En los ojos de Chátillon brillaban dos llamas que el dolor no llegaba a extinguir. El Lobo de Kerak estaba tendido en el suelo, inmóvil, pero no había sucumbido al golpe infligido por Saladino; sus ojos permanecían fijos en el sultán, al que observaba mientras murmuraba palabras misteriosas.
    Los francos se miraron atemorizados.
    – Es justo que castigue tantos crímenes y cumpla mi juramento -dijo Saladino, sosteniendo la mirada de Chátillon-. Lo he jurado, recibirás la muerte por mi mano. ¡Prendedlo! -ordenó a sus mamelucos.
    De nuevo se produjo un silencio. Saladino hizo que arrastraran a Brins Arnat por los pies y lo llevaran ante Guido de Lusignan. Al instante, el rey de Jerusalén padeció un violento ataque de tos, escupió algo en la mano y se excusó: «Un pistacho que se había quedado atascado…».
    – Tranquilizaos -dijo Saladino-, un rey no mata a otro rey. Pero la perfidia de este hombre supera toda medida. En cuanto a ti, Brins Arnat, considera que no soy yo quien te castiga, sino Alá.
    Los dos hombres se enfrentaron con la mirada y Chátillon comprendió instantáneamente la alusión. Unos años antes había atacado una caravana de peregrinos de camino hacia La Meca, y a los que le imploraban piedad les había respondido: «Pedid a vuestro Dios que os salve», antes de asesinarlos.
    Saladino, en su noble papel de restaurador de la justicia en la tierra, se había jurado vengarlos.
    De pronto una increíble pestilencia se extendió por la tienda. Tres hombres acababan de entrar. Vestidos enteramente de blanco, los recién llegados ofrecían un vivo contraste tanto con Saladino y su estado mayor, que vestían todos de negro, como con los mamelucos, que llevaban ropas de color amarillo azafrán y bordadas de oro. Aquellos hombres apestaban de tal modo que los francos se taparon la nariz con los dedos, mientras los mahometanos se esforzaban por mantener la compostura. Algunos esclavos de piel mate se apresuraron a doblar el número de pebeteros y los llenaron de mirra y cardamomo.
    – ¿Por qué este retraso? -preguntó Saladino, aliviado al verlos llegar.
    – La cabeza se resistía… -respondió lacónicamente uno de los hombres.
    En su voz vibraban extraños chirridos de insecto, que intimaron a los ocupantes de la tienda a guardar un profundo silencio. Lo más curioso de todo eran sus ojos, blancos también, ya que carecían de pupilas.
    Seguidamente el hombre mostró a Saladino un cofrecillo de forma piramidal, adornado en los costados con versículos en relieve del Corán. Al parecer, la arqueta se abría haciendo bascular hacia afuera una de las inscripciones. Eso hizo el hombre de blanco, y el cofrecillo se abrió, desvelando el rostro de Rufino.
    El obispo de Acre dirigía a los invitados de Saladino una sonrisa boba, como si la locura que se había apoderado de él hacia el final del combate no lo hubiera abandonado, marcando sus rasgos para siempre. La cabeza tenía los ojos cerrados, igual que la boca, con los labios pintados de rojo, lo que resaltaba la palidez de las mejillas. Los francos vieron entonces que el hombre que sostenía el cofre era ciego.
    – ¿Cómo lo habéis hecho? -le preguntó Saladino, observando a la vez la caja y la cabeza que se encontraba en su interior, estupefacto al ver que el cráneo de Rufino había cabido allí dentro a pesar de su tamaño.
    – ¿Es una ilusión óptica? ¿Un truco de magia? -preguntó al-Afdal, el hijo menor de Saladino.
    De hecho, por momentos le parecía ver cómo los contornos del rostro de Rufino se superponían a los de la arqueta.
    – Es un misterio que no estoy autorizado a revelarte -respondió en tono enigmático el portador del cofrecillo, un místico reputado llamado Sohrawardi-. A menos que Saladino, tu padre (¡que la gracia sea con él!), sol de los méritos, sultán de Egipto, de Siria, del Yemen y de Nubia, me lo ordene, claro está…
    – Conserva tus secretos -dijo Saladino, apartando la mano de su hijo del cofrecillo-. Que cada cual se ocupe de sus asuntos. Yo, de los hombres y de todo lo que se encuentra en la superficie del mundo; tú de los demonios y de todo lo que vive y respira bajo tierra.
    Sohrawardi inclinó ligeramente la cabeza. Sus cabellos, peinados con elegancia, caían como una fina nieve sobre sus hombros, y su barba, también blanca, larga y untada de pomada, colgaba por encima de la arqueta.
    – Gracias, ornato de la nación. Saludo tu sabiduría y aclamo tu grandeza de espíritu.
    – Tu clarividencia me honra -repuso Saladino.
    Sohrawardi le dirigió una amplia sonrisa, que descubrió una boca de dientes estropeados en la que faltaban la mitad de las piezas. El místico inclinó apenas la cabeza con aire de entendimiento. Ni Saladino ni él se llamaban a engaño.
    En efecto, al contrario que Saladino, que era suní, Sohrawardi era de obediencia chií. El místico estaba persuadido de que el Corán tenía un sentido oculto, y trabajaba para descubrirlo. Pretendía reverenciar a los verdaderos imanes -y entre ellos el primero era Alí, el yerno de Mahoma-, apartados de la sucesión del Profeta por mentirosos y ambiciosos, ávidos de poder. No era raro que algunos chiíes entre los más sabios practicaran la astrología.
    O peor aún, la nigromancia, como era el caso de Sohrawardi. A Saladino no le gustaba recurrir a hombres como aquellos.
    Había entablado incluso una guerra feroz contra ellos. Pero en el combate que oponía a los cristianos, frente a una potencia como la de la cruz, había tenido que contemporizar. Había aceptado, pues, no hacer decapitar a Sohrawardi y a algunos de sus seguidores a cambio de sus servicios. Después de hacer que les saltaran los ojos, Saladino había ordenado que arrojaran a esos magos a las mazmorras de El Cairo, de donde los sacaba en ocasiones, cuando partía al combate.
    Saladino sabía que eran peligrosos. Y, para mantenerlos bajo control, utilizaba ese sabio equilibrio entre bondad y crueldad que lo caracterizaba. Nunca los llevaba a todos juntos consigo, sino que prometía a los cautivos de El Cairo que ordenaría ejecutar a los que lo acompañaban si ellos no se comportaban como debían. Luego decía lo mismo a estos últimos, amenazándolos con mandar degollar a sus prisioneros si desobedecían. Aquella situación repugnaba a Saladino, que estaba decidido a hacerlos decapitar a todos una vez que hubiera concluido su misión: devolver Jerusalén al islam y librar a Tierra Santa de los francos. Por eso la captura de la Santa Cruz y la victoria de la víspera en Hattin lo alegraban tanto. Se acercaba el día en que por fin podría deshacerse de los brujos chiíes.
    Y Sohrawardi lo sabía.
    De todos los magos de Saladino, él era el más poderoso y el más temido.
    Sohrawardi había nacido en Ispahan de la unión de una mujer y un macho cabrío, algo repugnante e insensato que, sin embargo, muchos relataban como un hecho cierto. Según decían, de ahí provenía su constitución excepcional, su superior resistencia a las enfermedades y los venenos, y aquella capacidad para no envejecer que tantos le envidiaban. De todos modos, los envidiosos se consolaban diciéndose que esas ventajas iban a la par con un desarreglo de las glándulas sudoríparas que lo hacía sudar de forma abundante y exhalar la pestilencia de su padre.
    Sohrawardi no tenía edad. Aunque su barba y sus cabellos fueran blancos y su cara tuviera arrugas, había algo extrañamente joven en él. Algunos le atribuían una edad aproximada de ciento sesenta años, arguyendo que había seguido las enseñanzas de Avicena en Hamadan; otros pretendían que esas cuentas no eran correctas y afirmaban que había sido discípulo de Farabi, maestro de Avicena… Otros, en fin, más aventurados, se remontaban hasta Yehuti, portavoz y archivero de los dioses, y aseguraban que él era el único auténtico maestro de Sohrawardi.
    Pero todos coincidían en reconocer que ningún otro mago sabía invocar a los yinn y someterlos mejor que Sohrawardi.
    La leyenda explicaba que Sohrawardi había forzado al rey de los yinn a revelarle las palabras de poder que permitían hacer temblar la tierra, inflamar el aire, secar una fuente o emponzoñarla, lo que le había valido el sobrenombre de señor de los yinn.
    Se murmuraba también que sabía hacer hablar a los muertos y deseaba el retorno de Ahrimán, el dios persa del Mal, aunque aquello no se había probado.
    En cualquier caso se lo temía más de lo que se lo respetaba, y Saladino nunca lo dejaba solo: los dos hombres que se mantenían a su lado eran dos de sus más feroces mamelucos, y uno de ellos era el hijo de Tughril, su propio guardia de corps. Para hacerlos insensibles a cualquier posible sortilegio, les habían reventado los tímpanos, y para inmunizarlos contra el espantoso olor de Sohrawardi, habían destruido, por medio de brebajes y filtros, su sentido del gusto y del olfato.

    – ¿Está todo listo? -preguntó Saladino.
    Sohrawardi asintió con una pequeña sonrisa de satisfacción. Visiblemente, el cofre había reclamado toda su atención, y parecía contento del resultado.
    – Pues vamos.
    Cuatro mamelucos rodearon al sultán, mientras un quinto, el famoso Tughril, un coloso, se dirigía hacia la salida. Tughril era el más importante de todos los esclavos de Saladino. Era su jandár al-Sultdn, es decir, el jefe de su guardia, que por entonces contaba con más de tres mil mamelucos. Sus funciones incluían ser la «sombra» del sultán y precederlo en cada uno de sus movimientos para asegurarse de que el camino estaba libre. Era tan importante que Saladino lo había ennoblecido: a su muerte Tughril podría ceder el título a su hijo, quien, por su parte, no podría hacerlo a menos que fuese, a su vez, ennoblecido.
    Los mamelucos mantenían una mano en la empuñadura de sus sables, sostenían una lanza en la otra y velaban por que nadie se acercara a Saladino.
    Les seguían Sohrawardi y sus dos guardianes; después el estado mayor del sultán, que estaba compuesto esencialmente por el emir Darbas al-Kurdi, que tenía el mando de la al-Halqa al-Mansúra al-Sultániyya -la guardia particular de Saladino, formada por una cincuentena de jinetes curtidos-¡Moisés Maimónides, que era el médico personal del sultán; Ibrahim al-Mihrani, el síláhdárdn de Saladino, es decir, su escudero; Ibn Wásil, a la vez estratega, táctico y ayuda de campo, y el cadí Ibn Abi Asrun, que se ocupaba de todos los asuntos judiciales, civiles y religiosos del reino. Seguían toda clase de individuos a los que los francos vieron salir por primera vez de los rincones más oscuros de la tienda: mamelucos, muqaddam y emires diversos. Y cerraban la marcha mujeres vestidas con un simple taparrabo -cuya piel, frotada con grasa, olía a almizcle y brillaba en la penumbra-, que llevaban bandejas con jarras y vasos para ofrecer de beber a los invitados.
    Abu Shama se acercó a Guillermo de Montferrat.
    – Saladino me ha encargado que os escolte en la fiesta de esta noche -le dijo-. Os serviré de guía y de intérprete…
    Y se inclinó, llevándose una mano al pecho.
    Pero Gerardo de Ridefort, que sentía simpatía y admiración por el Lobo de Kerak, cogió a Abu Shama del brazo y, señalando a Chátillon, que agonizaba en un rincón de la tienda, le preguntó:
    – ¿Y él? ¿Qué le ocurrirá? ¿Saladino lo abandona a sus panteras?
    Porque, en efecto, Majnun se había acercado y sorbía a lengüetadas los charcos de sangre que empapaban las alfombras, ahora de color escarlata.
    – Mi padre ha dado órdenes -intervino al-Afdal-. Ha dicho que lo haría crucificar. Hará honor a su palabra, podéis estar seguros…
    – ¡Vamos! ¡Debemos apresurarnos! -cortó Abu Shama, que se impacientaba en la entrada de la tienda.
    Guillermo de Montferrat tuvo un instante de vacilación. Buscó con la mirada a la joven que acababa de danzar para ellos y a la que había encontrado tan hermosa. Pero no aparecía por ningún sitio. ¿Se habría evaporado? ¿Habría vuelto al paraíso? Distinguió entonces un pedazo de tela negra que colgaba por encima de un biombo. ¡El pañuelo con el que los había seducido a todos!
    Adivinando el objeto de su deseo, al-Afdal le propuso que lo cogiera.
    – ¡Espero que os traiga suerte!
    – Ella es lo más feliz que he vivido desde hace muchos años -dijo Guillermo con un suspiro, anudándose el pañuelo al cuello-. Ni siquiera era feliz antes de nuestra partida de Séforis. Desde la muerte de mi esposa, la tristeza y la melancolía no me han abandonado. Y temo que el espectáculo de este ángel danzando sea mi último momento de felicidad. Quisiera no olvidarlo nunca…
    Guillermo de Montferrat suspiró de nuevo, tratando de invocar sus recuerdos. Pero no quería que al-Afdal comprendiera la naturaleza de su turbación, porque aquella joven le recordaba a alguien…

3

    Por el nombre se conoce al hombre.
    Chrétien de Troyes, Perceval

    Habían sacado a Morgennes del cercado y dos mamelucos lo habían conducido luego a la cima de la colina de Hattin. Desde aquella altura, el caballero observó un extraño corredor de seda que, ondulando al viento, subía hacia él desde la llanura. La doble muralla estaba formada por una sucesión de telas cosidas entre sí, donde se representaban, bordados en hilos de oro, los más célebres episodios de la vida del rey de reyes, toda una serie de conquistas hechas en nombre de Alá por un kurdo: Saladino. En una de las páginas, Morgennes descifró cómo Saladino había crecido junto a su padre, Ayyub el Orgulloso, y su tío, Sirkuh el Voluntarioso; otra reflejaba la muerte del atabek de Alepo, Nur al-Din, en nombre del cual Saladino y los suyos habían conquistado Egipto; más lejos, Saladino testimoniaba su simpatía a la familia del difunto, y en otro lugar el sultán deponía y luego reemplazaba al último califa de El Cairo. Finalmente, la nación mahometana rendía homenaje a Saladino por ser el primero que había conseguido unificar Egipto y Siria, cogiendo de hecho en una tenaza al pequeño reino franco de Jerusalén. A punto de cumplir los cincuenta, el rey de los reyes, el vencedor de los vencedores, soñaba con incluir allí su página más bella: Jerusalén devuelta al islam.
    Morgennes tenía la impresión de encontrarse en la última página de un libro inmenso, desplegado para permitir que sus héroes descendieran a recorrer el mundo. En comparación con la vida del sultán, la suya no era más que una puntada, un encaje con más vacíos que llenos. Recordaba vagamente haber estado en Egipto en la época en que Saladino realizaba sus hazañas, y buscó con la mirada el inicio del libro de seda. Los soldados alineados a lo largo de aquel relato gigantesco parecían prolongarlo hacia el exterior, como si las imágenes que el artista no había tenido derecho a representar -al prohibir el islam la representación de la vida- aparecieran dibujadas en el exterior. Esta impresión se veía reforzada por el hecho de que las telas, hinchadas por la brisa, se enrollaban en torno a los sarracenos y parecían querer absorberlos de nuevo. En suma, la historia los reclamaba. Inclinándose ligeramente, Morgennes pudo ver una tienda inmensa donde ondeaba un estandarte adornado con una inscripción ilegible a aquella distancia. Debía de ser la de Saladino. Luego un mameluco lo obligó a volver a su lugar, en el extremo del corredor de seda. Morgennes podía oír, a uno y otro lado de las colgaduras, cómo la multitud se apretujaba, impaciente y llena de murmullos.
    Morgennes se preguntó qué querrían de él. ¿Tal vez hacerlo figurar también en una de las páginas de la vida de Saladino? Esbozó una sonrisa amarga y, como lo habían despojado de sus cadenas, se pasó las manos por las pantorrillas, allí donde habían pesado los hierros.
    Observó el campo de batalla y sus innumerables cadáveres, las hogueras donde quemaban a los muertos, las pilas de túnicas, armas y armaduras. Espadas y cuchillos acompañaban a un caos de lanzas no lejos de un montón de mantos y escudos, todos con las armas del Temple y del Hospital. Más allá se veían cotas de malla, garnbesones de cuero, bragas y camisotes, cascos, bacinetes, una montaña de sillas y estribos, una miríada de arneses: ruina del ejército de Dios.
    Al ver que las carretas no dejaban de llegar, alimentando el fuego de las hogueras, haciendo crecer las pilas de objetos, Morgennes se sintió invadido por una especie de embriaguez. El pulso le martilleó en las sienes hasta aturdido, le dio vueltas la cabeza, le flaquearon las piernas. Estaba a punto de desmayarse cuando un mameluco lo sujetó por el brazo. La presión de su mano había sido más amistosa que hostil; Morgennes se lo agradeció con una ligera inclinación de cabeza, pero el mameluco permaneció impasible.
    Un movimiento en la llanura atrajo su atención. Un hombre vestido enteramente de negro, montado sobre un caballo del mismo color, arrastraba tras de sí a una treintena de pobres diablos atados que lo seguían con grandes dificultades. El jinete iba al paso, pero los cautivos estaban tan cansados que Morgennes podía ver cómo sufrían, agotándose en el intento de mantener la marcha.
    Uno de ellos se derrumbó.
    Dos de los prisioneros trataron de levantar al desgraciado, que se desplomó de nuevo. Entonces el jinete descendió del caballo, cogió un odre que llevaba atado a la silla, se acercó al hombre tendido en el suelo y le dio de beber, a él y a sus dos compañeros. Luego el jinete volvió a su montura, y la pequeña caravana continuó su camino.
    Un clamor ascendió hacia el cielo. Venía de la parte baja de la colina, no lejos de la imponente tienda que Morgennes suponía que era la de Saladino. Una sesentena de nobles, oficiales y esclavos estaba saliendo al exterior. A su cabeza marchaba la Espada del Islam, seguido de su escolta y de Sohrawardi, al-Afdal, Abu Shama y algunos prisioneros francos. A su vista, el clamor ganó fuerza. Se escucharon aclamaciones, aullidos de alegría, que eran para Morgennes como sablazos que descargaran sobre él. Las exclamaciones atronaban; los sonidos reventaban como gotas enormes; se ahogaba en aquella marea de palabras, se asfixiaba, no podía respirar. Morgennes ya no oía nada. Bruscamente todo se volvió negro. En su cabeza solo resonaba una palabra. No, no una palabra, sino una necesidad: «¡Beber!».
    Sus labios, secos y agrietados, parecidos a esa tierra que el sol poniente pronto bañaría con su luz, se torcieron para pedir agua. Pero de ellos no salió ningún sonido. Pronto haría dos días que no bebía nada, dos días durante los cuales había visto cómo algunos compañeros se volvían locos y otros se tragaban su orina o la de su caballo, y luego morían, riendo y llorando a la vez. Morgennes era solo aridez. El calor no le arrancaba ya ni una gota de sudor; el dolor, ni una lágrima.
    La presión del mameluco sobre su brazo se acentuó, y Morgennes se incorporó, dispuesto a librar el que tal vez sería su último combate: su encuentro con Saladino.

    El sultán avanzaba entre los lienzos de su vida, esas páginas de seda en las que sería envuelto cuando muriera y que constituirían el epílogo, la última puntada. Por el momento pasaba revista a los guerreros que se habían distinguido en Hattin. Saladino se acercaba a cada uno de sus bravos, los abrazaba y hacía que les entregaran un certificado que les permitiría ascender de grado, o recibir unas tierras o una renta si el soldado ya era viejo.
    A veces el hombre recompensado se arrojaba a los pies del sultán y, deshaciéndose en lágrimas, se abrazaba a sus botas y las besaba con fervor. Enseguida un mameluco sujetaba al adorador para empujarlo violentamente hacia atrás: en 1176, un asesino había surgido de entre la multitud para asestar a Saladino un golpe en la cabeza con su daga. Por suerte, el sultán iba equipado con una cofia de mallas colocada bajo el fez, una protección que desde aquel día llevaría siempre. Hacía más de diez años que los ismailíes nizaritas multiplicaban las tentativas de asesinato. Los miembros de esta secta odiaban a Saladino, culpable a sus ojos de haber hecho caer el califato fatimí de Egipto, chií como ellos. Saladino era peor que aquellos perros cristianos. Era un traidor al que había que castigar a cualquier precio. El sultán, por su parte, les devolvía con creces ese odio, asediando una a una sus fortalezas en Siria. Un rumor afirmaba que se disponía a atacar la más poderosa entre ellas, situada en Persia: Alamut («el nido del águila»). Los mamelucos mantenían la mano en el pomo de la espada y Tughril examinaba a la multitud con la mirada; pero Saladino, por su parte, resplandecía. El sultán abrazó al último de sus hombres y se volvió hacia Morgennes con una mirada en la que brillaban la inteligencia y la curiosidad.

    La luz era suave. El día se extinguía lentamente y en el cielo brillaban ya las primeras estrellas. Detrás de Saladino, antorchas blandidas por esclavos proyectaban sombras móviles sobre los rostros.
    – De modo que… -empezó Saladino.
    Pero apenas había abierto la boca cuando el resonar de unos cascos, acompañado de quejas y gritos, se dejó oír muy cerca. Los mamelucos desenvainaron sus sables y rodearon a Saladino, apartando a la multitud a empellones y golpeando a la gente con la hoja plana de la espada. Un jinete, con la cara sucia de hollín, se acercaba al galope.
    El jinete saltó de su montura antes incluso de que el animal se hubiera detenido y se dirigió a grandes zancadas hacia Saladino. Un murmullo recorrió la multitud, que -temiendo que fuera un asesino- retrocedió asustada; entonces al-Afdal, el hijo menor de Saladino, exclamó:
    – ¡Primo Taqi!
    A pesar de su vestimenta, al-Afdal había reconocido a su primo: Taqi ad-Din, el sobrino preferido de Saladino. Taqi era un hombre de carácter fuerte, un original al que nunca faltaban recursos ni argumentos, y el sultán tenía una confianza ciega en él. Saladino le había confiado el gobierno de Egipto, e incluso lo había colocado al frente del Yazak al-Dá'im, una unidad especial formada por los mejores jinetes del ejército sarraceno que oficialmente no existía. Las misiones del Yazak eran tan importantes como variadas: preparar el terreno cavando pozos en los puntos avanzados de los futuros bivaques del ejército; envenenarlos o inutilizarlos si caían en manos del enemigo; vigilar al adversario para prever sus movimientos y cortarle el acceso a sus fuentes de aprovisionamiento y de información; lanzar contra él ataques sorpresa con objeto de evaluar sus fuerzas; infiltrar a un agente en sus filas y sacarlo luego; tenderle emboscadas; destruir sus víveres, dañar su material, robar sus caballos, secuestrar a sus oficiales…
    Taqi ad-Din hincó la rodilla ante Saladino, le besó la mano, balbuceó una excusa, y luego se volvió hacia Morgennes, quien reconoció enseguida al hombre que le había salvado la vida, y que también, hacía un momento, había conducido a treinta prisioneros él solo y les había dado de beber.
    Morgennes siguió observando a Taqi mientras este se lavaba la cara con un trapo blanco. El sobrino de Saladino vestía un brial de paño negro y, extrañamente, no llevaba armadura. En cuanto a su arma, era fácil de reconocer: era la suya, Crucífera, la espada que le había dado Balduino IV y que había sido antes del buen rey Amaury. Una hoja que había vertido mucha sangre y que Taqi, al parecer, encontraba de su gusto.
    La montura de Taqi era la misma con que había combatido la víspera en Hattin: simplemente, la había embadurnado también de negro. Como el animal había transpirado mucho, en algunos lugares el hollín se había corrido, revelando una soberbia yegua blanca. Unas hermosas orejas salían oblicuamente de su cabeza nerviosa, rematada por un tupé de crines blancas. Solo su dueño podía cogerla de la brida sin que coceara. Taqi le susurró unas palabras al oído, y la yegua se alejó dócilmente hacia la llanura.
    Luego Taqi se alisó el bigote y se giró hacia su tío.
    – De modo -dijo Saladino- que este es el hombre cuyo coraje me alabaste tanto…
    – Sí, es él -respondió Taqi.
    – ¿Y quién es exactamente?
    – Un valiente.
    – ¿Es todo lo que puedes decirme de este individuo que me has pedido que separara de los suyos?
    – Perdonadme, tío, pero no sois vos quien lo ha separado: él mismo lo ha hecho. Ha dado pruebas de mayor valor y tenacidad que ningún otro cristiano. Además, seguía queriendo batirse cuando la batalla hacía tiempo ya que había terminado.
    – Sin embargo, se rindió.
    – Yo lo convencí para que lo hiciera. Alegrémonos de tener vivo, por una vez, a uno de esos valientes que la muerte nos arrebata con tanta frecuencia.
    – Mmm… -murmuró Saladino, indeciso-. ¿Quieres que lo honre porque sigue con vida?
    – Mi muy querido tío, esplendor del islam, por desgracia somos incapaces de honrarlo como merece. Este hombre se ha honrado a sí mismo al mostrarse a la altura de sus ideales. Rindiéndole homenaje, nos honraremos a nosotros mismos.
    – Basta -cortó Saladino, que empezaba a encontrar irritante a Taqi-. Ha llegado el momento de pedir su opinión a aquel de quien acabamos de hablar-concluyó, poniendo la mano en el hombro a Morgennes, que, vencido por la sed, se había derrumbado de nuevo.
    – ¡Agua! -gimió.
    – ¡Tu nombre! -ordenó Saladino.
    – Se muere -se interpuso Taqi-. Hay que darle de beber.
    – Que diga primero su nombre -bufó Sohrawardi frotándose las manos.
    En torno a ellos el silencio era total. Todos aguzaban el oído. Conocer el nombre de aquel caballero franco se había convertido en algo tan importante para ellos como saber el nombre secreto de los yinn, el nombre que tendrían en el paraíso, aquel con que las huríes los invitarían a unirse a ellas en el lecho.
    – ¡Agua! -repitió Morgennes con voz ronca.
    – ¡Dinos tu nombre! ¡Si no, te corto las orejas y la lengua y se las doy a Majnun! -tronó Saladino.
    El sultán sacó de su vaina una hoja larga y la sostuvo ante los ojos de Morgennes. En su mente atormentada, este había comprendido que alguien le preguntaba su nombre. Pero ¿qué era un nombre? No tenía ni idea. Le parecía que oía aquella palabra por primera vez. No recordaba siquiera que algún día hubieran podido darle un nombre
    – Se llama Morgennes -dijo entonces una voz.
    Saladino volvió su espada hacia el que había hablado: Guillermo de Montferrat. El viejo caballero arrugaba nerviosamente entre sus manos un pañuelo negro y lanzaba miradas inquietas alrededor. Nunca en su vida había suscitado semejante atención. «Nunca en mi vida -pensó entonces- he pronunciado una frase tan grave…» Lo que acababa de hacer podía condenar a Morgennes a muerte. Montferrat ya se arrepentía de su acción.
    – ¿De modo que lo conoces? -siguió Saladino, acentuando la presión de los dedos en el hombro de Morgennes, en el lugar donde la víspera había penetrado una flecha.
    – Es uno de nuestros caballeros, un pequeño noble, venido aquí hace más de veinte años… -respondió Montferrat, evasivo, con la cabeza inclinada en señal de deferencia.
    Cada vez lamentaba más sus palabras.
    – ¿Y vosotros? -preguntó Saladino a los otros francos-. ¿Lo conocéis?
    – Es del Hospital -dijo Gerardo de Ridefort con una sonrisa cruel.
    Un murmullo de cólera se elevó de la multitud.
    – ¡Cómo! -se indignó Saladino, retirando bruscamente la mano del hombro de Morgennes-. ¡Quieres que recompense a un demonio!
    – Tío… -dijo Taqi.
    – ¡Estabas al corriente! ¡Además, es a ti a quien debe el estar con vida! ¡Mataste incluso a uno de los nuestros para salvarlo! ¡Mira su tonsura! ¡Y su barba! Hubiera debido adivinarlo: ¡todo en su porte revela al monje caballero!
    – ¡Hay demonio en ti, lo sabía! -escupió Sohrawardi, pasando su mano arrugada sobre los párpados de Morgennes-. ¿De qué color era tu caballo?
    – ¿Por qué esta pregunta? -inquirió Saladino.
    – Invoqué a los yinn poco antes del inicio del combate. «San Jorge participará», me dijeron, los yinn no siempre dicen la verdad, pero la presencia del obispo de Lydda en el campo de batalla me incita a creerlo, pues en esta ciudad precisamente nació el culto a este santo. Allí descansa, allí le rezan con el máximo fervor:…
    – ¿Es todo?
    – Este Morgennes tiene el valor de san Jorge… Y, si tuviera su montura, no habría duda: este hombre y san Jorge serían una única persona.
    – Si no puede ni decir su nombre, ¿por qué habría de decirnos el color de su caballo?
    – Para salvar su vida…
    – Respondería cualquier cosa. Por otra parte, es imposible verificarlo. Dime más bien por qué es tan importante para ti saber si Morgennes es san Jorge.
    – Su sangre es poderosa -musitó Sohrawardi-. El que se baña en ella se hace invencible.
    – ¡No os dejéis engañar por estas palabras! -intervino Taqi-. ¡Ya podéis ver que está herido! ¡Tiene una herida en el costado y otra en el hombro! -Se acercó a Saladino y le cogió la mano-. ¡Vuestra mano, tío, está cubierta de sangre! Al apoyaros sobre él, habéis vuelto a abrir la herida causada por la flecha… ¿Es esto un signo de invulnerabilidad?
    – No recompensaré a este hombre -decretó Saladino, retirando su mano-. No sé si es o no san Jorge. En cambio, es un hecho incontestable que es del Hospital. Tengo un trato que proponer a estos caballeros, igual que a los del Temple, cuyos términos expondré mañana por la mañana, al salir el sol.
    El sultán esperó un instante, y luego, viendo que Taqi se disponía a responderle, lo conminó a guardar silencio y, mirando a Morgennes, dijo:
    – No tendrás recompensa, pero, de todos modos, tengo algo que darte. No es dinero, pues pronto no tendrás ya necesidad de él; no son tierras, de las que no podrías disponer; no es un título, pues ningún título tiene valor para quien cree en Dios; pero te concedo mi estima, ya que me pareces digno de ella -dijo mirando al rey de Jerusalén y a Gerardo de Ridefort-. Que lo lleven con los suyos. ¡Dadle de comer, pero, sobre todo, no de beber!
    Saladino había hablado.
    El sultán continuaba ya su camino hacia el terraplén situado en la cima de la colina de Hattin, donde había ordenado qué se construyera una pequeña estela conmemorativa, cuando la voz de Sohrawardi se elevó de nuevo tras él:
    – ¡Pido ver la espada de este caballero!
    – ¿Por qué? -tronó Saladino, visiblemente irritado.
    – Si este hombre es san Jorge, la hoja de su arma estará hecha de un acero especial, particularmente ligero y resistente. O bien ocultará una reliquia en la empuñadura… En cualquier caso, hay que examinarla.
    Una chispa de interés brilló en la mirada de Saladino.
    – ¿Alguien sabe dónde se encuentra su espada?
    Nadie respondió.
    Taqi no decía nada, esperando que nadie se fijara en el arma que llevaba al cinto. El sobrino de Saladino contaba con el hecho de que la mayoría de las armas tomadas al enemigo se encontraban amontonadas al pie de la colina, a la espera de ser repartidas entre las tropas del sultán.
    – Está ahí -dijo Morgennes con dificultad, tendiendo un dedo tembloroso hacia Crucífera.
    La visión de su arma, el hecho de que hablaran de ella, le había proporcionado nuevas fuerzas. Lejos de ella languidecía, mientras que cerca de su espada la vida volvía a él.
    – ¡Pero si habla! -se sorprendió Sohrawardi, encantado de haber suscitado una reacción en aquel cristiano que todos creían moribundo.
    Saladino dirigió una mirada intensa a su sobrino.
    – ¿De modo que la has cogido?
    – Sí, tío.
    – ¿Por qué?
    – Me gustó. No sabía que fuera la suya…
    – Pero ¿qué la hace tan especial?
    A modo de respuesta, Taqi sacó la espada de su vaina. A contrario que las espadas que utilizaban los caballeros, su extremo no era redondeado. Así pues, el arma estaba destinada a servir tanto a un hombre de a pie, que golpea con la punta y con el filo, como a un caballero, que golpea solo con el filo. Por otra parte, su guarda, con una longitud de dos palmos y adornada con una cruz de bronce, permitía sostenerla con las dos manos y, por tanto, golpear con más fuerza, aunque en ese caso no podía utilizarse escudo.
    – Es una espada de infante -constató Saladino-. No una espada de caballero…
    – Mata igualmente bien -dijo su sobrino.
    Taqi le tendió la espada, presentándola por la empuñadura, que estaba adornada con una medalla medio borrada por el tiempo. Saladino creyó distinguir, sin embargo, la forma de una luna rodeada por una serpiente.
    – Ha derramado la sangre de nuestros guerreros. No quiero tocarla.
    – Dame -dijo Sohrawardi clavando en Taqi sus ojos de ciego. Con manos febriles, el mago fue a sujetar el arma, pero Taqi lo rechazó.
    – ¿Tiene un secreto? -preguntó Saladino a Morgennes.
    – Sí -dijo Morgennes con un suspiro-. Como todas las espadas santas…
    Todos los presentes lo miraron sorprendidos.
    – ¿Cuáles? -inquirió Sohrawardi.
    – Después de forjarlas -dijo Morgennes jadeando-, sus hojas se enfrían en una pila de agua bendita mezclada con sangre de demonio. Esto les abre el apetito…
    Saladino se manoseó la barba y esbozó una sonrisa. Se preguntaba si Morgennes no estaría burlándose de ellos. Pero algunos miembros de la corte del rey de Jerusalén ya empezaban a murmurar. La atención que Saladino prestaba a ese hombre y a su arma irritaba a más de uno y despertaba los celos de los francos, que no habían olvidado cómo Balduino IV y Amaury habían preferido a Morgennes frente a otros muchos caballeros.
    – ¡Patrañas! -objetó Ridefort.
    – Nunca oí hablar de semejante costumbre -añadió Guido de Lusignan.
    – Esta hoja es antigua -intervino Sohrawardi-. Digan lo que digan, no es de origen franco. No han podido forjarla… Es demasiado hermosa para eso.
    – ¡Poco importa! -cortó Saladino, antes de ordenar en tono imperioso-: ¡Taqi! ¡Deshazte de esta espada! ¡Lánzala a un volcán, al fondo de los océanos, donde sea, pero no la conserves!
    – Sí, tío -prometió Taqi bajando los ojos.
    El sultán se dirigió hacia la cima de la colina. El momento de la oración se acercaba. Cuando Taqi pasó por delante de Sohrawardi, el viejo mago lo sujetó bruscamente por la manga, pero el sobrino de Saladino ocultó su sorpresa.
    – Confíame esta arma -le espetó Sohrawardi.
    – ¡Nunca! -replicó Taqi.
    – ¡Obedece!
    – No me provoquéis -lo previno Taqi-.Ya sabéis con qué tipo de sangre se alimenta esta espada…
    El viejo mago lanzó un resoplido, soltó la manga de Taqi y fue a reunirse con Saladino.

4

    ¡Nuestros pasos nos conducirán ante tus puertas, oh Jerusalén!
    Salmos, CXXII, 2

    La cima de la colina de Hattin estaba excavada por una depresión, el cráter de un antiguo volcán. El ejército de Saladino, vestido enteramente de blanco, se apretujaba en la hondonada, ansioso por oír a su sultán. Era la hora del crepúsculo.
    – Oremos -dijo Saladino.
    Encaramados sobre el lomo de sus camellos, en minaretes de campaña, los muecines lanzaron la llamada ritual: -Allah Akbar! La illah ilaAllah!
    Inclinados hacia La Meca, con la frente contra el suelo, recitaron la primera sura del Corán: «En nombre de Dios, el compasivo, el misericordioso; alabado sea Dios, señor del universo, el compasivo, el misericordioso, el rey del día del juicio. A ti solo adoramos, a ti solo imploramos socorro. Dirígenos por la vía recta, la vía de los que Tú has agraciado, no la de los que han incurrido en tu ira ni la de los extraviados».
    Acabada la oración, hombres y mujeres se volvieron hacia Saladino. A pesar de sus vestiduras negras, el sultán brillaba más que la Kaaba en el centro de la multitud de los fieles.
    Era el príncipe de los creyentes, la corona de los emires, el victorioso, el honor del Imperio, el glorificador de la dinastía, su buen augurio y su apoyo, el que posee las preeminencias, etc. Las palabras eran demasiado pequeñas para él; sin embargo, ninguna garganta era bastante profunda para pronunciarlas. Por más que se agotaran buscando una frase que lo ciñera, ningún hombre poseía el aliento necesario para decirla. No existían términos suficientes para honrarlo.
    De modo que se engarzaban los comparativos más gastados para hacer de él un mito, un gigante, capaz de rivalizar con los héroes de la India, de Persia o de la Grecia antigua: sus ojos eran piedras preciosas y sus dientes perlas; sus encías y el interior de su boca eran de nácar y sus brazos de bronce; sus manos eran de oro; y sus dedos -¡ah, sus dedos!-, quién podría atreverse a compararlos con nada; sus piernas eran dos pequeños cedros; sus pies, un zócalo de mármol; su cólera, en fin, su fuerza, eran tan terribles que a su lado el khamsin parecía un capricho de niña, una broma. Su inteligencia, su astucia, harían triunfar la justicia y la verdad. Una palabra suya, y los malvados perecían.
    Los sirios, los egipcios, los yemeníes servían al mayor de los conquistadores. Jerusalén ya les pertenecía. ¡Jerusalén! Dios, en su gran bondad, la ofrecía a Saladino. Ya no se trataba de tomarla, sino de aceptarla. Saladino, en un exceso de humildad que le era habitual, se preguntaba: «¿Somos dignos de ella?».
    Sin duda era así.
    El sultán levantó los brazos. Las mangas de su caftán se abrieron como las alas de un pájaro. Se hizo el silencio, apenas turbado por una brisa ligera y por el crepitar de las hogueras. En algún lugar graznaron unos cuervos. Más allá resonó la risa de una hiena. Qué importaba; los sarracenos no los oían. Todos escuchaban a Saladino, inmóviles, encapuchados en sus vestidos de lana color de luna.
    Saladino abrió las manos, con las palmas tendidas hacia el cielo, y la luz de las antorchas que ardían tras él lo iluminó en ondas de carmín.
    – ¡Concédenos la gracia, oh Señor, de expulsar a tus enemigos de Jerusalén! ¡Ofrécenos esta alegría! Jerusalén, la tres veces santa, está en manos de los infieles desde hace más de noventa años. Noventa espantosos años en los que nada se ha hecho por Ti en este lugar santo. Noventa años terribles en los que los infieles se han reforzado. Noventa penosos años en los que tus sirvientes, los que te estamos sometidos, no hemos hecho sino desgarrarnos entre nosotros. Yo sé por qué. Sí, sé por qué en noventa años ningún jefe mahometano ha conseguido reconquistar Jerusalén. Gabriel me lo ha revelado…
    Se produjo un movimiento tras el sultán. Un cortejo de hombres morenos de rostro severo se acercó: eran religiosos, tocados con pequeños sombreros cónicos y hermosos mantos blancos de manga corta, sobre los que estaban inscritos en letras de oro versículos del Corán. Los hombres llevaban un bulto pesado, voluminoso, de aspecto vagamente humano. Los asistentes se preguntaron qué sería. ¿Un cadáver? ¿Un herido?
    Los religiosos se detuvieron cerca de Saladino y, con un gesto uniforme, curvaron la espalda y levantaron los brazos. Una cruz se levantó en medio de ellos. La Vera Cruz. A pesar de su ropaje de oro y perlas, la Santa Cruz había perdido su luz y parecía más apagada que entre las manos de los francos. Entre la multitud se intercambiaron miradas: «¿Qué quiere el sultán?».
    Entonces Saladino se acercó a la cruz y dijo acariciándola:
    – ¡Esta cruz no es la menor de nuestras victorias!
    Luego calló, dejando a los suyos tiempo para que se deleitaran con el espectáculo de la Santa Cruz.
    – ¡A juzgar por la desolación de los francos, es la más importante de nuestras victorias! Más importante que la captura del rey de Jerusalén, de los maestres del Temple y del Hospital; más importante que la muerte de centenares de sus caballeros y de miles de sus soldados; más que todos los prisioneros y los rehenes que hemos hecho. ¡Más importante que todo, porque con ella hemos capturado a su Dios!
    Los sarracenos se preguntaban: «¿Cómo es posible adorar esto?». Algunos reían, otros imitaban la crucifixión: burlonamente abrían los brazos, inclinaban la cabeza, sacaban la lengua en señal de agonía y se dejaban caer al suelo entre estertores. Los bromistas fueron expulsados a puntapiés.
    – ¡Sin ella, en Montgisard, Balduino IV estaba perdido! -prosiguió Saladino-. ¡Sin ella, hoy los francos están perdidos!
    Una tempestad de aclamaciones saludó sus palabras.
    – ¡Alá es grande! ¡Alá es único! ¡Él es el único Dios!
    Dios era incandescente. El calor había aumentado. Era como si el antiguo volcán de Hattin hubiera despertado para unir sus fuerzas a las de los mahometanos.
    – Para que nuestra victoria nunca sea olvidada, he ordenado levantar una estela.
    El sultán señaló con el dedo una pequeña construcción de forma circular, que habían empezado a edificar aquel día. La rodeaba un andamiaje. Sorprendentemente, aunque los muros no se habían levantado del todo, una cruz de madera se alzaba en lo alto de la edificación. Era más o menos tan ancha como alta era la Vera Cruz. Debajo de ella, dos hombres con capirotes negros, armados con mazos y clavos de hierro, aguardaban con los brazos cruzados sobre el pecho. Eran verdugos.
    – Gabriel me ha dicho -continuó Saladino-: «Dios te esperaba». Me ha dicho: «Ninguna casa tiene más mérito que la tuya». Me ha dicho: «A los ayyubíes corresponde el honor de devolver Jerusalén al islam». Me ha dicho: «¡Y a ti, Saladino, corresponde unir a todos los mahometanos bajo una misma bandera!».
    Los sirios, los egipcios, los yemeníes y los nubios entonaron el nombre de Saladino. Los otros, beduinos en su mayor parte, o los que venían de Bagdad, no dijeron nada. Una sombra había pasado sobre sus rostros. Entonces Saladino ordenó a Sohrawardi:
    – ¡Diles lo que los yinn te han revelado!
    – Tomarás la ciudad, oh esplendor del islam. ¡Pero perderás un ojo!
    Un murmullo se elevó de la multitud.
    – ¡Aunque me costara los dos ojos -declaró Saladino-, iría de todos modos!
    Los hombres lo aclamaron. El sultán impuso silencio y prosiguió con una voz vibrante de cólera y emoción:
    – ¡No todos los creyentes estaban ayer en Hattin! ¿Dónde estaban, pues? ¿Dónde estaban los verdaderos mahometanos? ¡Los que tardan en acudir en ayuda del islam no recogerán los frutos del paraíso! La yihad es el deber personal de todo mahometano. ¿Por qué la casa de los ayyubíes es la única en combatir?
    Saladino recorrió con la mirada a los que consideraba como los suyos -sirios, egipcios, nubios, yemeníes-, vestidos con el uniforme blanco con versículos del Corán bordados a la espalda. A aquellos los amaba. Luego desafió con la mirada a los beduinos y a los que venían de Bagdad. Entre ellos se encontraban algunos jefes de tribus importantes. Pero muchos no habían acudido, esperaban a conocer el resultado de la batalla para desplazarse. Entre los más valerosos se encontraban Dahrán ibn Uwád, el joven jeque de los kharsa, una tribu de diez mil tiendas -no tenía aún trece años, pero ya gustaba mucho a las mujeres-; Náyif ibn Adid, el impetuoso jeque de los muhalliq, una tribu de tres mil tiendas -un gran amante del arte que por nada del mundo se hubiera perdido un combate-; Matlaq ibn Fayhán, el misterioso jeque de los zakrad, una tribu de ochocientas tiendas -que formaba a los mejores halconeros del mundo-, y finalmente, aunque hubiera llegado en el último momento, al final de las hostilidades, como era su costumbre, Rawdán ibn Sultán, el voluptuoso jeque de los maraykhát, una tribu de mil quinientas tiendas, que se desplazaba con muchas mujeres y bebía vino a raudales.
    En cambio, al menos otras dieciséis tribus, que representaban unas treinta mil tiendas, habían hecho caso omiso de la llamada lanzada por Saladino el mes precedente. Para él, era un insulto. El sultán se encendió de ira.
    – ¡Todos deben acudir junto a nosotros o perecer como perros en el desierto! ¡Id a decir a todas las tribus, a todas las casas, que se sumen a nuestras filas para que nos unamos en la gloria de Alá!
    A pesar de su pequeña talla, Saladino irradiaba gran energía.
    El sultán apretó contra su pecho a su hijo, al-Afdal, y respiró en su cabello el intenso olor del atardecer de que se había impregnado. Sus hijos eran todo su orgullo. Por ellos había erigido su imperio. Se sentía como el orgulloso Alejandro de otros tiempos, cuyo imperio era mayor que la mano de Alá, pero más pequeño que donde alcanza su mirada, porque su mirada alcanza el infinito.
    Morgennes, que a pesar de su extrema fatiga había seguido con atención toda la escena, se sintió emocionado por la fe de Saladino y la vehemencia con que enardecía a su pueblo. A su lado, la figura de Guido de Lusignan palidecía. Ridefort era patético y Raimundo de Castiglione, el maestre del Hospital, era un hombre que no destacaba apenas. Ninguno de los tres tenía ese carisma, esa fuerza de convicción, ese don para mostrar a sus tropas el camino que debían seguir.
    Una desesperación inmensa se adueñó del alma de Morgennes. Se preguntaba por qué los mamelucos no lo habían acompañado de vuelta al cercado. ¿Acaso el espectáculo no había terminado? Buscó con la mirada a Taqi ad-Din, pero había desaparecido. En cambio, la corte del rey de Jerusalén no estaba lejos. Parecía que no se preocupaban por él. De pronto, el viejo marqués de Montferrat se llevó un dedo a los labios para indicarle que estuviera dispuesto. Discretamente le dirigió un pequeño guiño y le mostró la gran cruz en lo alto de la estela. Al parecer, Montferrat tenía un plan. A menos que tratara de decirle que no perdiera la esperanza, que Jesús estaba allí, que velaba por él.
    Morgennes se vio apartado de sus reflexiones por el concierto que ofrecían una cuarentena de palomas que revoloteaban a ras de suelo. Los pájaros arrullaban alegremente, felices de salir en misión. Matlaq ibn Fayhán les había atado bajo el vientre un rollo de pergamino para anunciar la victoria de Saladino a todas las tribus que hasta entonces se habían mostrado reacias a participar, a todas las ciudades que todavía no se habían incorporado a su causa; y para conminarlas a que se unieran a él, o al menos enviaran armas, dinero o víveres.
    El vientre y las alas de las palomas habían sido pintados de color azul cielo; Solo les habían dado de comer una vez en todo el día, al alba, una mezcla especial de cebada y de mijo de la que la tribu de los zakrad poseía el secreto.
    Agentes del Yazak habían penetrado la semana anterior, disfrazados de mendigos, mercaderes o ulemas, en el seno de cada ciudad, de cada tribu a la que Saladino quería enviar su mensaje. Y en cada caso llevaban consigo dos jaulitas. La primera contenía una pareja de palomas: un macho y una hembra; la segunda, un joven macho célibe. Posteriormente habían separado las parejas; los machos habían vuelto al campo de Saladino con uno de los agentes del Yazak, y las hembras habían sido introducidas, bajo la mirada de su compañero, en la jaula del palomo célibe. La naturaleza está hecha de tal modo que los machos, celosos y desgraciados, solo tenían un deseo: volver volando rápidamente junto a su amada.
    Matlaq hizo un gesto en dirección a Saladino, y tres palomas volaron hacia él. Eran unos pájaros soberbios, de gran envergadura. Las aves se posaron a los pies del sultán, pavoneándose. Saladino cogió una de las palomas en sus manos, formando una copa, y se acercó al rey de Jerusalén.
    – Esta es para vuestra mujer. Le informo de a cuánto asciende vuestro rescate… Así sabrá que estáis con vida. ¿Queréis añadir algo?
    Lusignan, temblando ante la idea de que el Yazak se hubiera acercado tanto a su esposa, se contentó con murmurar:
    – Decidle que pague, lo más rápido posible…
    – Escribídselo vos mismo.
    Dos ulemas le llevaron con qué escribir, y Guido de Lusignan comenzó a redactar su nota. Cuando hubo terminado, Saladino cogió un segundo pájaro. Esta vez se dirigió a Gerardo de Ridefort, maestre del Temple.
    – Este mensaje es para el patriarca de Jerusalén, Heraclio -dijo el sultán-. Por desgracia para él, son muy malas noticias: la Vera Cruz está en nuestra posesión, y uno de sus hijos, Rufino, obispo de Acre, está… -Saladino lanzó una ojeada a la cabeza de Rufino, en la arqueta, y prosiguió-:… incapacitado para abrazar de nuevo a su padre. En cuanto al obispo de Lydda, Bernardo, su otro hijo, no lo hemos encontrado. ¿Está muerto? ¿Vive aún? Probablemente haya huido… A vos, pues, Gerardo de Ridefort, gran amigo de Heraclio, planteo esta pregunta: ¿queréis ser el hombre que lleve al patriarca de Jerusalén, y por tanto a la cristiandad, la noticia de que la Vera Cruz está en nuestra posesión?
    – Se lo diré. Y añadiré también que haré cuanto esté en mi mano para recuperarla.
    – Es decir, no gran cosa, me temo -concluyó Saladino volviéndose hacia la tercera y última paloma-. Esta es para Etiennette de Milly, futura viuda de Reinaldo de Chátillon, que aquí llega justamente…
    Dos robustos mamelucos subían a caballo por un estrecho sendero arrastrando tras de sí a un hombre encadenado: Reinaldo de Chátillon. El Lobo de Kerak, reducido al estado de magma sanguinolento, se tambaleaba bajo el peso de sus cadenas. Jirones de carne se habían enredado con los eslabones, de modo que parecía imposible liberarlo sin arrancarle la mitad del cuerpo. Pero Chátillon no había perdido nada de su fiereza. Aún se tenía en pie, Dios sabe cómo, y en medio de los escupitajos, las injurias y los golpes, seguía avanzando. En sus ojos resplandecía un brillo demente y sus labios se elevaban en un rictus repulsivo que descubría sus caninos, enrojecidos por la sangre. El hecho de que aún siguiera vivo ya era en sí mismo un milagro. Lo impulsaban una cólera y una rabia tan vivas que a intervalos irregulares su organismo se veía acometido por temblores. Entonces reducía el paso, tensaba los músculos como si quisiera romper los hierros que lo sujetaban y frenaba la marcha de los caballos que tiraban de él. Ante sus esfuerzos, la multitud, espantada, retrocedía. Los mamelucos espoleaban a sus monturas, y Chátillon volvía a arrancar, como un roble brutalmente desenraizado.
    Una vez llegados a la cima de la colina de Hattin, los mamelucos se dispusieron a izar a Chátillon al primero de los tres niveles del andamiaje. Los verdugos los ayudaron, sujetando el cuerpo por las axilas y pasando cuerdas bajo sus brazos, mientras desde abajo lo empujaban por las piernas gritando rítmicamente.
    Un lamento fúnebre, un aullido que helaba la sangre, surgió de la garganta del Lobo de Kerak. Un largo grito de dolor y de rabia. Los sarracenos estaban ansiosos por acabar y clavar definitivamente en su cruz a aquel hombre infame. Mientras lo subían al segundo nivel del andamiaje, Saladino se dirigió a la multitud.
    – Temo que Brins Arnat no esté en condiciones de escribir a su viuda. De modo que yo me encargaré de hacerlo. Así conocerá su epitafio.
    El sultán blandió una placa de madera, sobre la que había hecho grabar, en árabe y en lingua franca, la inscripción: Reinaldo de Chátillon, príncipe de los francos de tierra santa.
    – Usurpando el poder en toda ocasión, mofándose de Dios igual que de los hombres, cualquiera que fuera su rango, escuchándose solo a sí mismo, así era Brins Arnat. El es la imagen que conservaremos para siempre de los francos venidos a esta tierra: la de unos abominables saqueadores sacrílegos, violadores y embusteros, sin fe ni ley.
    Cuando su ayudante hubo acabado de copiar el mensaje bajo su dictado, Saladino soltó a la paloma, que, con un breve aleteo, se reunió con sus congéneres. El jeque Matlaq ibn Fayhán acarició a los pájaros con la mirada, en una muda señal de aliento. Durante unos momentos las palomas trazaron círculos por encima de Hattin, y luego se dispersaron en la noche, llevadas unas por el viento y otras luchando contra él. Finalmente desaparecieron. Excepto un último pájaro, mucho mayor que los otros, que lanzó un grito estridente. Morgennes lo miró: era un magnífico halcón peregrino, el ave preferida de los reyes. Su plumaje gris oscuro mezclado de azul señalaba que era una hembra, cazadora temible, con reputación de indómita, que se había convertido en el emblema de los zakrad.
    Poco después, los verdugos sacaron los brazos de Chátillon del amasijo de cadenas que los sujetaban y se los separaron para clavarle las manos. Los mamelucos estaban cada vez más nerviosos. Tughril los había dispuesto en círculo en torno a Saladino y la estela funeraria. Los guardias formaban un cordón tan apretado de cimitarras y lanzas que quien tratara de franquearlo padecería un infierno de hojas aceradas.
    Se escuchó una inspiración profunda, seguida inmediatamente de un silbido horrible: el del metal hundiéndose en la madera. Chátillon no había despegado los labios.
    Los sarracenos exultaban.
    – ¡Sufre! -gritaban-. ¡Retuércete de dolor! ¡Sufre más! ¡Sufre siempre!
    La vigilancia se había relajado ligeramente, y Montferrat, Plebano de Boutron y Unfredo IV de Toron se acercaron a Morgennes. En otras circunstancias, este lo hubiera encontrado más bien chusco, porque Unfredo de Toron era conocido por su cobardía -que por otra parte no negaba ni trataba de ocultar- y evitaba la compañía de los audaces. Los tres caballeros se esforzaban en adoptar un aire tan tranquilo como podían, pero sus sonrisas eran crispadas y en sus rasgos se reflejaba la tensión.
    Guillermo de Montferrat dio unos pasos ante Morgennes, lo buscó con la mirada y, cuando lo hubo encontrado, desanudó su pañuelo. El chal de seda se deslizó de su cuello y cayó al polvo. Luego Montferrat bajó la cabeza, como si esperara algo, mientras sus labios articulaban un padrenuestro silencioso.
    De pronto, un brusco movimiento de la multitud tuvo lugar del lado de la estela. Un franco de unos treinta años («¡Unfredo de Toron!», constató Morgennes, estupefacto) escalaba el andamiaje, con una decena de mamelucos tras sus talones.
    – ¡Huid! -exclamó entonces Montferrat, dando un empellón al primero de los mamelucos que vigilaban a Morgennes, mientras Plebano de Boutron sujetaba al segundo.
    Inmediatamente Morgennes se inclinó, cogió el pañuelo y huyó, aprovechando la aglomeración y la oscuridad para desaparecer. Montferrat lo vio escapar y no pudo evitar una última sonrisa antes de que los mamelucos se abalanzaran sobre él.

5

    ¡Que mi doctrina chorree como la lluvia, que mi palabra gotee como el rocío, como el aguacero en la hierba tierna, como la llovizna en la pradera!
    Deuteronomio, XXXII, 2

    El campamento de Saladino se extendía en un espacio de más de media legua entre Tiberíades y Kafr Sebt. Morgennes ascendió por la pendiente en el interior de la depresión y luego bajó la colina. Corrió, primero a cuatro patas, como un animal, magullándose las manos y los pies con las rocas, y luego se incorporó. Después de alcanzar el refugio de un bosquecillo, se detuvo cerca de un olivo y se enrolló el pañuelo negro en torno a la cabeza. Parecía un beduino.
    Sus ropas estaban sucias y manchadas de sangre, con multitud de agujeros que dejaban ver su piel morena, tostada por el sol La huida había despertado en él recuerdos dormidos desde hacía mucho tiempo. Su infancia. Los juegos con su hermana, las partidas de escondite en la montaña, las carreras en la nieve, el viento helado sobre sus rostros, sus dedos entumecidos por el frío, los copos en su pelo, en sus ojos, en sus bocas, muy abiertas. En su boca, muy abierta… De hecho, no era el Morgennes adulto quien había corrido, sino el Morgennes niño. Había corrido como en otro tiempo había huido, al otro lado del río, hacia la capilla y el bosque… Antes de aquella carrera, no recordaba siquiera haber tenido una infancia. Como Ulises, aquel primo lejano que lo había precedido en la peregrinación, Morgennes había provocado la furia divina. Una maldición había borrado en parte su memoria. Desde entonces permanecía como un náufrago en Tierra Santa, condenado a seguir lejos de su hogar hasta que una mano caritativa lo devolviera allí.
    ¿Pero había en algún lugar una Penélope, un Telémaco? Ya no lo recordaba. En realidad, ni siquiera recordaba haber olvidado. Para él solo existía la prisión del presente.
    Todo lo que Morgennes sabía de su pasado era o reciente o muy antiguo. Pero había olvidado hasta las razones de su ida a Tierra Santa, sus primeras hazañas -aunque se las hubieran relatado en más de una ocasión- y todo lo que hace que un hombre haya vivido. Morgennes se sentía, sin duda, con un pasado, con una historia, pero ¿era la suya? Si hubiera sido la de otro, no habría visto ninguna diferencia. En cierto modo, había nacido hacía menos de un año. Cuando lo habían nombrado guardián de la Santa Cruz. Otros caballeros del Hospital habían soñado con ser elevados a esta función. Él no. Él no era un político suficientemente hábil, y nunca se había encontrado a la cabeza de esa casta. Había gente que velaba por él, amigos. Gente que pensaba bien de él, que conocía su historia, las pruebas que había soportado, las hazañas que había realizado, la maldición que lo había golpeado. Otros, al contrario, estaban celosos de su persona, lo querían mal. Morgennes los irritaba: parecía indiferente a todo. Pero lo que en unos suscitaba exasperación, en los otros despertaba estima. Era como si el mundo, al entrar en contacto con él, se dividiera en dos. Estaban los que lo encontraban modesto y los que lo encontraban orgulloso. Estos decían que a menudo era triste y aquellos opinaban que estaba casi siempre alegre. Los que consideraban que se preocupaba poco por los demás se enfrentaban a los que alababan su capacidad de escuchar. Estos resaltaban su calma y su dominio de sí mismo. Aquellos deploraban su cólera y su impertinencia.
    En el año de gracia de 1186, el maestre del Hospital, Roger des Moulins, había reunido a su consejo privado. Se trataba de saber qué hermano debería reemplazar al noble y buen hermano Montillet, guardián de la Vera Cruz, muerto en el combate. Se había mencionado el nombre del hermano Morgennes, lo que había dado lugar a una agitada discusión.
    – ¡Es un individuo insulso, os digo!
    – ¡Pues yo creo que tiene una fuerte personalidad!
    – ¡Es un insolente!
    – ¡Siempre se muestra muy respetuoso! -¡No deja de discutir!
    – ¡Nunca habla demasiado, y siempre lo hace acertadamente!
    Le encontraban innumerables defectos que compensaba un tesoro de virtudes. Valiente, audaz, eran calificativos que se repetían con frecuencia. Tímido, indeciso, también… Se sorprendían de que fuera hospitalario. Se discutía entonces sobre los rasgos de carácter que debía poseer un caballero del Hospital. Y todos coincidían en que debía reunir las tres virtudes propias de un buen monje, es decir, obediencia, pobreza y castidad; así como las de un buen caballero: lealtad, coraje y prudencia.
    Hecho rarísimo, la discusión había acabado con altercados y gritos, a los que Roger des Moulins había puesto fin al declarar:
    – Lo que es seguro es que al hablar demasiado de él, cualesquiera que sean sus méritos o sus defectos, nos perdemos. Lo que debe retener nuestra atención no es el noble y buen hermano Morgennes, sino Cristo, los pobres, los enfermos, la Santa Cruz, al servicio de los cuales estamos. Tengo la impresión, al escucharos, de que no habláis del mismo hombre; y no consigo saber cuántas personas es Morgennes. ¿Es dos, uno bueno y el otro malo? ¿Es muchos más que dos? Lo que es seguro es que, al querer delimitarlo demasiado bien, uno pierde la razón. Este debate me entristece, y nos aleja de nuestro tema: ¿el noble y buen hermano Morgennes es o no es digno, en vuestra opinión, del cargo de «apóstol» tal como nosotros lo entendemos?
    De nuevo hubo discusiones para saber qué calificaciones debía tener quien era elevado a ese rango. ¿Debía poseer un temperamento fogoso y brutal, como Rolando de Jourdain, o debía ser, al contrario, dulce y piadoso?
    El maestre del Hospital había zanjado la cuestión.
    – Siendo noble Morgennes, y puesto que estamos de acuerdo en que sabe combatir y cabalgar muy bien, le confiaremos la guardia de la Santa Cruz. Id a buscar al hermano Morgennes a fin de que sea informado del honor que se le hace.
    – Muy bien -declaró Morgennes al conocer la noticia.

    Morgennes se había puesto a cubierto entre dos rocas. El hambre lo atormentaba, pero la idea de comer le daba náuseas. No había bebido nada desde hacía demasiado tiempo. De manera que se levantó y volvió a caminar hacia el lago Tiberíades, junto al que acampaba el ejército de Saladino. Iba hacia allí porque un hombre solo, en el desierto, sin caballo ni agua, no tenía ninguna posibilidad de sobrevivir. Morgennes caminó en la noche, confiando en su oído, tratando de adivinar de dónde provenían los ruidos de las banderas que flameaban al viento. Finalmente divisó unas luces, a un tiro de flecha. Unos braseros brillaban en las tinieblas como ojos de gatos salvajes. De pronto vio una forma que se movía, luego dos, y a continuación más de una docena.
    Una jauría de perros de pelo corto, esas criaturas inmundas que son las sombras de los ejércitos, se atracaba con la carne de los cadáveres. Después de haber lamido las heridas aún tibias, los animales se habían puesto a devorar a los muertos empezando por las partes tiernas. Una hiena que sostenía una mano en la boca gruñó en dirección a Morgennes, que permaneció inmóvil. De ningún modo quería darle la impresión de que había ido a disputarle su comida. La hiena lo dejó tranquilo.
    Un animal se apartó bruscamente del grupo y lo miró, con los ojos húmedos y la lengua colgando. No era un carroñero: tenía el pelo más largo, amarillo, casi rojizo. Era una perrita, mezcla de raposa y podenco. Los chacales y las hienas la rechazaban, amenazaban con morderla cada vez que se acercaba a un muerto.
    Morgennes la observó. Estaba tan delgada que se le veían las costillas. Tenía el pelo chamuscado a trozos y en las patas se veían huellas de quemaduras. Seguramente había pertenecido a uno de los soldados del ejército franco, caído en el campo de batalla. Morgennes dirigió una mirada a los cuerpos hechos pedazos. ¿Habría sido su amo uno de ellos?
    El hospitalario hizo ademán de seguir adelante, e invitó a la perrita a acercarse con un gesto. El animal ladró feliz y lo siguió. Con la perra pegada a los talones, Morgennes llegó al campamento sarraceno. Aquí y allá, fuegos que ardían bajo ollas colgadas de soportes horadaban la oscuridad de la noche, en la que Morgennes se fundía. La perra se puso frenética. Corrió hacia un caldero, de donde ascendía un olor delicioso, y fue acogida con gritos entusiastas. Los mahometanos le arrojaron algunos restos de pinchos de carne, amenazándola en broma con asarla a ella si no se los acababa. La perrita devoró alegremente lo que le tiraban al polvo. Un adolescente la cubrió de caricias y la llamó «mi amiguita». Luego miró alrededor, temeroso de que alguien fuera a reclamarla. Pero un viejo con la boca llena de dientes rotos y negros, agitando una ramita con la punta incandescente, le gritó:
    – Puedes quedártela, ahora es tuya. ¡Son los perros los que eligen a sus amos, y no al revés!
    El adolescente le dirigió una sonrisa radiante. El viejo se entretuvo soplando la brasa de su bastoncillo, y añadió:
    – Ya tendrás tiempo de devolverla, cuando vengan a buscarla. Incluso podrás pedir unos dinares por haberte ocupado tan bien de ella…
    – Mientras tanto hay que encontrarle un nombre -concluyó el adolescente.
    Morgennes había seguido toda la escena en la sombra.
    «Ingrata», pensó. Y luego se marchó, ansioso por encontrar algo con que calmar su sed: mirara a donde mirara, veía a alguien bebiendo. Agua, té, leche, zumos de frutas e incluso alcohol. Algunos soldados, vestidos todavía con sus gambesones de tela acolchada, bebían a grandes tragos un vino perfumado con el que se emborrachaban. Les decían:
    – No bebáis alcohol, está prohibido.
    Y ellos respondían:
    – ¿Es alcohol? No lo sabíamos, era de los francos (¡la maldición caiga sobre ellos!)…
    – ¡Los francos ya no tenían nada que beber! -les replicaban.
    Y ellos reían a carcajadas y seguían emborrachándose.
    Por todas partes se oían gritos, llamadas. Soldados que transportaban haces de leña se sentaban sobre ellos para celebrar interminables partidas de az-zhar. Los que habían comido demasiado se envolvían en una estera y se dejaban caer al suelo, borrachos de hartura.
    Morgennes se alejaba discretamente hacia un rincón más tranquilo, cuando un grito atrajo su atención. Se agazapó detrás de un barrilito de pescado fresco, cuyo olor le dio náuseas, y arriesgó una mirada. Dos hombres habían sacado sus cuchillos y se insultaban. La razón de su disputa era imprecisa, pero al parecer tenía relación con el color de las banderas mahometanas. Los hombres se dirigían miradas crueles y se trataban el uno de pagano y el otro de politeísta. Sus armas despedían destellos. El pagano trató de morder al politeísta lanzando unos abominables gritos de hiena.
    Morgennes comprendió entonces a qué parte del campamento de Saladino lo había conducido el azar: se encontraba en la zona que ocupaba la más terrible de las tribus aliadas a Saladino, la de los maraykhát, que eran a los hombres lo que los carroñeros a los perros. Los maraykhát nunca participaban realmente en los combates, sino que esperaban a ver por quién se inclinaba la victoria… Y después saqueaban a los vencidos. Saladino, que siempre hacía acampar a su ejército en orden de marcha, les había ordenado que plantaran sus tiendas atrás.
    Morgennes hubiera podido darse cuenta antes; en numerosos lugares, los estandartes amarillos de la tribu de los maraykhát acompañaban a los del sultán.
    Rawdán ibn Sultán, el jeque de los maraykhát, era un buen representante de su pueblo: cruel y pérfido, siempre estaba dispuesto a venderse al mejor postor. Saladino lo sabía bien, pues ya en dos ocasiones le había ofrecido tales cantidades de dinero que, después de haber prometido su apoyo a los francos, Rawdán se había vuelto contra ellos. Los maraykhát combatían con armas de un género especial, con una hoja curva que causaba heridas que no se cerraban. A menudo las untaban con un veneno contra el cual estaban inmunizados y que tenía la particularidad de impedir que la sangre se coagulara. Ocurría así, en ocasiones, que uno de sus enemigos saliera vencedor de un combate para morir poco después de una herida que no dejaba de sangrar. Todo el mundo, de los mahometanos a los francos, odiaba y temía a los maraykhát. Se compraban sus servicios a precio de oro por miedo a que el campo enemigo hiciera lo propio.
    Esos hombres se daban a sí mismos el nombre de «señores de las serpientes y los escorpiones», pero de hecho tenían una relación muy lejana con ambos animales y se comportaban más bien como ratas.
    Aunque era ya muy tarde, los maraykhát seguían divirtiéndose. Algunas mujeres bailaban lascivamente con un compañero que imitaba sus gestos, con las manos colocadas sobre sus nalgas. Los más audaces -o los más borrachos- depositaban besos voluptuosos en el cuello de las bailarinas, que reían a carcajadas. Las manos se aventuraban sobre los senos, las bocas sobre las bocas, los sexos se rozaban.
    Morgennes se cargó al hombro el barrilito de pescado fresco y se acercó a una hoguera pequeña que los juerguistas habían abandonado. En medio de los restos de provisiones, se veían algunos cantarillos dispersos. El hospitalario se apoderó subrepticiamente de uno de los recipientes y se alejó como si tal cosa.
    En aquel momento una voz exclamó tras él:
    – ¡Eh, tú, allí! ¿Adonde te llevas el barril? ¡Es nuestro, déjalo!
    Lentamente, Morgennes dejó el barril en el suelo y prosiguió su camino.
    – ¡Detente!
    Morgennes se detuvo, pero no se giró.
    – Muéstranos tu cara. ¿Quién eres?
    El hombre estaba a solo unos pasos y lanzaba exabruptos contra los zakrad. Morgennes dirigió una mirada rápida a los alrededores para evaluar la situación. Comensales dormidos obstaculizaban el paso; dos soldados borrachos caminaban dándose el brazo, zigzagueando; algunos niños se divertían persiguiéndose y se tiraban a la cara puñados de arena, huesos de pollo o restos de pastelillos; finalmente, pasaban jinetes a todo galope, saltando por encima de las hogueras, volcando las ollas y asustando a los juerguistas, que se indignaban con su audacia. Menudeaban las peleas, y se reñía por una mujer, un pedazo de carne, un vaso de licor, o por el gusto de hacerlo. Un poco más allá había gente cantando, bebiendo. De modo que Morgennes dejó que el hombre se acercara, y luego se volvió bruscamente y le rompió el cantarillo en el cráneo. El recipiente explotó con la violencia del impacto; el maraykhát retrocedió titubeando, y acto seguido se derrumbó inconsciente.
    – ¡Cogedlo! -exclamó una voz que venía de más lejos.
    Morgennes no lo pensó dos veces y salió a escape en dirección al campamento de los zakrad. Su jefe, Matlaq ibn Fayhán, había sido el primero de todos los nómadas en seguir a Saladino. Era un hombre justo y bueno, o al menos tenía esa reputación.
    – ¡Es un espía de los zakrad! -gritó otra voz.
    Una intensa agitación se propagó por el campamento de los maraykhát. Morgennes corrió tan deprisa como pudo, con una horda de perseguidores pisándole los talones. Podía oír cómo vociferaban, se atrepellaban y desenvainaban sus armas. A aquel escándalo pronto se añadió un ruido de caballos: una decena de jinetes galopaban tras él. Sacando fuerzas de flaqueza, Morgennes aceleró el paso y se precipitó hacia una tienda inmensa donde ondeaba el estandarte de los zakrad.
    La irrupción de centenares de maraykhát entre los adiestradores de aves no pasó inadvertida. Sin preocuparse por aquel individuo con la cara envuelta en un pañuelo, numerosos zakrad corrieron hacia los bárbaros para expulsarlos, porque aquellos dos pueblos se odiaban. Mamelucos montados en recias cabalgaduras trataron de separar a los beligerantes, y al ver que recibían golpes de ambos lados, hicieron restallar sus látigos. Locos de rabia, los maraykhát se lanzaron contra ellos para derribarlos de la silla. Se entabló un cuerpo a cuerpo brutal, se enarbolaron armas y corrió la sangre.
    De pronto un grito estridente resonó en el cielo, y un relámpago azul grisáceo golpeó a uno de los maraykhát en el pecho. El hombre se llevó la mano al corazón y la miró. Estaba manchada de una sangre espesa. No tuvo tiempo de sorprenderse y se derrumbó muerto. Los aullidos se hicieron ensordecedores, y un nuevo grito llegó del cielo.
    Un halcón peregrino trazaba círculos bajo la bóveda celeste y escrutaba la tierra con sus ojos de oro. El ave abrió el pico, en busca de una nueva presa, extendiendo sus alas por encima de los combatientes. Generalmente aquellos pájaros no volaban de noche. ¿Estaría encantado el halcón?
    Los zakrad enmudecieron. Los maraykhát se miraron con inquietud y volvieron a su campamento. Morgennes, que se había ocultado en medio de una hilera de caballos trabados, esperó un rato para hacerse olvidar. Estaba recuperando la respiración cuando escuchó un tintineo de campanillas. ¿De dónde procedía? No lejos de él, rodeada por una decena de tiendas más pequeñas, se veía una gran carpa de tela cuadrada: probablemente la tienda de Matlaq ibn Fayhán. Una ráfaga de viento levantó la cortina de pelo de camello de la entrada y dejó a la vista una mesita baja con unos vasos encima, y también una garrafa de cristal. Luego la cortina volvió a caer. El corazón de Morgennes se puso a palpitar con violencia. A unos pasos tenía con qué apagar su sed. «Demasiado fácil», se dijo.
    Se escuchó de nuevo el tintineo. Morgennes volvió la cabeza y vio acercarse a una joven montada en una camella. El animal, originalmente blanco, había sido embadurnado de negro con el hollín recogido de la base de un caldero. Sobre el pecho llevaba una campanita de bronce que sonaba al ritmo de su marcha bamboleante.
    La túnica de la camellera era de seda negra y brillaba en la oscuridad. La tela reflejaba todo lo que refulgía alrededor: resplandores de braseros o de antorchas, que se consumían en sus pliegues.
    El pájaro de presa chilló otra vez. La joven levantó la mirada, lo buscó entre las estrellas y, cuando lo hubo descubierto, tendió el brazo. El ave se lanzó en picado hacia ella y se posó sobre el puño cerrado, abrazándolo con delicadeza. Su ama le habló entonces en una extraña lengua, hecha de sones guturales y notas agudas, de silbidos y susurros. El halcón la escuchaba inclinando la cabeza, y respondía a veces, tan dócil como un canario. La joven y el pájaro se entendían tan bien que parecían de la misma raza, de la misma sangre.
    El viento expulsó las nubes y una claridad lunar los iluminó con un aura vaporosa. La campanita resonó por tercera vez. Morgennes tenía la impresión de asistir a una ceremonia religiosa y de estar, violando un interdicto. Aprovechando el retorno de las nubes, se deslizó a escondidas al interior de la tienda de Matlaq ibn Fayhán.

    La tienda era profunda, con un mástil de marfil en el centro. Una luminaria en forma de palmera difundía una luz cobriza. El mobiliario era sencillo: algunos cojines bordados, una mesa baja, un arca, un biombo. Todos decorados con versículos del Corán. El biombo estaba compuesto por tres paneles de boj esculpidos: unos soberbios grabados representaban un águila gigantesca, el pájaro Roc, cuyas hazañas se relataban en Las mil y una noches. En uno de los paneles, el pájaro Roc transportaba a un elefante por los aires para abandonarlo en la cima de la montaña más alta de Arabia.
    Cuando Morgennes entró, un pavo real que hacía la rueda plegó su cola y, con un graznido, huyó hacia el fondo de la tienda, lanzando reflejos coloreados sobre la tela. Aquella imagen reavivó la sed de Morgennes. Sus ojos no se apartaban de la garrafa de cristal. Tenía tanta sed que un frasco de alcohol de lana hubiera sido ambrosía para él. Morgennes cogió la garrafa y la inclinó hacia uno de los vasos. ¡Vacía! Su mano empezó a temblar. Poco faltó para que retorciera el cuello al pavo real y se saciara con su sangre. Sentía unas ansias asesinas que no podía explicarse. Miró los vasos; también estaban vacíos. Rabioso, barrió la mesa con el dorso de la mano. Vasos y garrafa se rompieron contra el suelo en medio de un silencio absoluto. Las espesas alfombras de lana habían amortiguado la caída.
    Un ruido atrajo su atención: llegaba gente. Morgennes se deslizó precipitadamente tras el biombo, donde se había refugiado el pavo real, y un hombre con una voz que le era conocida invitó a una mujer a entrar en la tienda.
    – Me envía a Bagdad con una camella cargada de trofeos -dijo la mujer en árabe, con un ligero acento franco-. Quiere que convenza al califa de que le envíe nuevas tropas, dinero y víveres. Si no, dijo, será toda la Umma la que se vea condenada a la desaparición, vencida por los francos.
    – Me sorprendería mucho -replicó Taqi-. Los francos están demasiado atrapados en sus propias disputas para preocuparse por nosotros. No se moverán.
    – Desengáñate -replicó la joven en tono disgustado-. Cuando sepan que la Santa Cruz está en vuestras manos, miles de soldados realizarán la travesía para acudir en su socorro.
    – ¡Que vengan! Los venceremos, y luego iremos a llevar la palabra del Profeta hasta vosotros. París tendrá por fin su catedral, ¡pero será una mezquita!
    Morgennes, que los había observado por una rendija del biombo, había reconocido a la joven del halcón peregrino y a Taqi ad-Din, el sobrino de Saladino. Sorprendido de volver a verlo, atribuyendo a la providencia el hecho de haberlo encontrado con tanta frecuencia en su camino, Morgennes pensó por un instante en salir de su escondite. Pero ya la joven volvía a tomar la palabra. Había visto los vasos en el suelo.
    – No lo entiendo. Había pedido que nos trajeran agua fresca y lo han tirado todo…
    Taqi se agachó, colocó la mano sobre la alfombra y la miró: estaba mojada.
    – Probablemente un animal -dijo.
    – Debe de haber sido mi pavo real. Por cierto, ¿dónde está? Normalmente siempre viene a hacerme zalamerías…
    Morgennes se estremeció. ¿De qué agua hablaba? Él había visto la garrafa, la había tenido entre sus manos: ¡y estaba vacía! «Me estoy volviendo loco», pensó. Con manos febriles, apretó el cuello del pavo real y todo se puso a dar vueltas. Ya no sentía los brazos, no sentía su cuerpo. Solo sentía una opresión, y aquella obsesión continua: «Beber, beber, beber, beber…».
    Un roce atrajo su atención. Al mirar de nuevo por la rendija del biombo, vio que Taqi se despojaba de su brial negro. Debajo llevaba una camisa bordada, cubierta de inscripciones árabes, pentágonos y signos cabalísticos. Tenía el aspecto ajado de la ropa que se ha llevado demasiado. Cuando Taqi se la sacó, apareció su torso, cubierto de tatuajes. La mayoría eran transcripciones dé versículos del Corán; otros eran pentagramas, símbolos alquímicos. Muchos eran incomprensibles, pero recordaban los dibujos de la camisa trazados del revés. Como si la prenda hubiera desteñido.
    La joven también se había desnudado. Morgennes sabía que hubiera debido apartar la mirada, pero el espectáculo de sus senos lo hipnotizaba. Otra forma de sed se despertó en él, una sed cuya llamada no había escuchado desde hacía años, una sed que había creído extinguida desde… Ya no llegaba a recordar cuándo. Por otra parte, Taqi también debía de sentirla, porque adelantó una mano hacia el pecho de la joven para acariciarlo. Ella lo dejó hacer un momento, y luego lo invitó a detenerse.
    – No tenemos tiempo.
    Taqi siguió contemplándola, trazando distraídamente sobre su espalda inscripciones en árabe. Morgennes vio así cómo se dibujaban y luego desaparecían frases cortas donde podía leerse «te amo» y «Dios te guarde». Luego ella lo rechazó gentilmente y se puso la camisa de Taqi. Sus movimientos estaban tan llenos de gracia que producían la impresión de un estandarte flotando delicadamente al viento, en vísperas de un combate. La joven llevaba, además, numerosas joyas: brazaletes, zarcillos, talismanes, collares, aros y anillos adornados con piedras preciosas, peines de marfil prendidos en el pelo, hilos de oro en los tobillos y en la cintura… Parecían joyas antiguas. «No hay tantas en el tesoro de los templarios», pensó Morgennes. De su cuello colgaba el más célebre de los amuletos de la suerte del islam, la mano de Fátima.
    – ¡Eres tan hermosa, prima! Estos adornos no te embellecen, sino tú a ellos. Tú les das su brillo, su belleza…
    – Taqi -dijo la joven con un suspiro-, para, me incomodas.
    – ¿Te incomodo? Pero si solo me acerco a tu verdad; llamarte hermosa es decir poco. Eres un atisbo del paraíso, y entreverte significa ya estar salvado. Eres el más precioso de los relicarios.
    Incapaz de dejar de mirarla, Morgennes lo corrigió sin siquiera darse cuenta: «O, más exactamente, la más preciosa de las reliquias…».
    Finalmente la joven, después de haberse vestido con la camisa de Taqi y de haberse puesto sus propias ropas encima, se dirigió hacia un mueble y sacó un cofre, el mismo que Morgennes había visto aquella mañana en manos del ciego que apestaba a macho cabrío. La joven mantuvo el cofrecillo apretado contra su cuerpo, con una expresión triste y resuelta en el rostro que Morgennes no podía explicarse.
    – ¿Dispuesta? -preguntó Taqi.
    Ella asintió con la cabeza, y los dos se fueron.
    Morgennes decidió seguirlos. Esperó unos instantes, y luego salió también, dejando atrás a un pavo real erizado de espanto.

6

    Es posible que tengáis aversión a una cosa que es un bien para vosotros.
    Corán, II, 216

    Morgennes avanzaba en la noche, sombra entre las sombras, manteniéndose a distancia de las antorchas. Siguiendo los pasos de Taqi ad-Din y de la joven a la que había dado el nombre de «la Reliquia», se introdujo en el seno del campamento de los zakrad con la discreción de un zorro, ocultándose detrás de un caballo, una tienda, un camello.
    Los dos jóvenes llegaron a una zona del campamento donde una cuarentena de camellos montados por beduinos los esperaban impacientes. Mientras las antorchas se apartaban para dejarlos pasar, un hombre viejo, de unos sesenta años, que llevaba un cayado en la mano, se acercó a la Reliquia y a Taqi. El hombre levantó el cayado y se hizo el silencio.
    – Escuchadme -dijo el anciano con mirada febril-. ¡Si no lleváis a buen término la misión que Saladino (la paz sea con él) os ha encomendado, estaremos acabados! ¡Los dioses de las antiguas naciones tiemblan! ¡Los herejes están acorralados! ¡Se rebelarán y se aliarán con los cristianos (que la peste caiga sobre ellos)! ¡Hordas de demonios surgirán de los infiernos para combatiros! ¡Pero no hay más Dios que Alá, Él es el único Dios! Su victoria será total, está escrito. Pero antes quiere poneros a prueba: obstáculos terribles se levantarán en vuestro camino.
    Y, señalando a Taqi, dijo con una voz que retumbaba como la tempestad:
    – En el tuyo, noble Taqi ad-Din Umar, gobernador de Egipto, sobrino de Saladino, los cristianos y los chiies tratarán de detenerte, de hacerte tropezar… Pero vencerás, porque eres un hombre fuerte, intrépido e inteligente. Sabrás desenmascarar los disfraces de los que se presenten ante ti y ver el mal bajo la máscara del bien. A ti corresponderá decidir luego las acciones que debas emprender.
    Y, girándose hacia la Reliquia, murmuró:
    – En el tuyo, Casiopea, noble y querida hija que adoptamos como una segunda Fátima, se levantarán tantos obstáculos como astros en la constelación cuyo nombre llevas. Los peores vendrán de ti, de tu propio corazón, de tus dudas, de tu pasado. Y tendrás que hacer lo que siempre te has negado a hacer: afrontar tu destino.
    – Lo afrontaré… -respondió la Reliquia, cuyo auténtico nombre acababa de conocer Morgennes.
    – No lo dudo -prosiguió el anciano-. Si consigues llevar esta camella a Bagdad y obtener del jefe de los creyentes (que Alá lo proteja y lo guarde) que nos envíe refuerzos, habremos contraído contigo una deuda eterna. Estos desafíos que Dios, en su grandísima misericordia, ha colocado en vuestro camino os convertirán en héroes. Precisamente porque os ama y porque sois sus hijos preferidos será tan arduo. Alá nunca facilita la labor a sus elegidos. En nombre del conjunto de los hijos del desierto que han seguido a Saladino desde el anuncio de la yihad, seáis benditos los dos. ¡Que los yinn os sean favorables! ¡Que Dios os guarde!
    Aquel anciano con aspecto de pastor era, en realidad, el jeque de la tribu de los muhalliq: Náyif ibn Adid. Del caudillo muhalliq se ponderaba menos su valor en el combate, su fidelidad, su paciencia y su coraje, que su amor por la guerra y su pasión por las intrigas: amorosas, políticas, militares… Porque a Náyif ibn Adid le horrorizaba la posibilidad de aburrirse, y hubiera matado a su padre y a su madre para acabar con la rutina. Gastaba fortunas para atraer a pintores, narradores, cantantes, bailarinas, músicos… de los cuatro extremos de Arabia, e incluso de la India, Persia y Europa. Su corte, aunque de tamaño modesto, era conocida por albergar a algunos de los más grandes artistas cristianos, judíos y mahometanos del mundo. Cuando se trataba de arte, a Náyif ibn Adid no le preocupaba ya la religión. Allí podían encontrarse en gran número poetas y trovadores de todas las confesiones. En 1178, el propio Chrétien de Troyes había residido en ella con ocasión de un viaje a Tierra Santa que había realizado en compañía del conde de Flandes, Felipe de Alsacia, su protector. En su casa, los artistas eran considerados héroes, y el pueblo los adoraba. Porque distraer al jeque de los muhalliq no era tarea fácil. Náyif ibn Adid se parecía a las princesas de Las mil y una noches, y se aburría mortalmente.
    Como ellas, Náyif ibn Adid seguía célibe y sin descendencia legítima. Su harén le había proporcionado algunos placeres, numerosos bastardos y aún más preocupaciones -en suma, todo lo que acarrean las mujeres-, pero no una esposa oficial. Algunos decían que soñaba con casarse con Casiopea; pero ella rechazaba sus avances, como los de todos los demás.
    Se decía que la joven todavía era virgen. Los niños no la querían; sus madres eran menos duras. Las mujeres tenían celos de ella. Y muy pocos hombres se atrevían a abordarla. Los que se arriesgaban a hacerlo galleaban ridículamente o se ponían a farfullar. Casiopea era una mujer altiva y severa a la que miraban con respeto, y también con cierto temor. Decían que buscaba un hombre, al personaje de una narración. Pero, según otro rumor, había hecho un voto y se había jurado que no aceptaría esposo mientras no lo hubiera cumplido. Todos admiraban su gracia, su belleza, su talle esbelto y su porte de reina. Impresionaba el hecho de que supiera combatir tan bien como bailaba, y más de uno no se atrevía a alabarla por temor a su reacción. La joven tenía para la gente que se dirigía a ella (excepto para Taqi, aparentemente) palabras que helaban la sangre. Con una sentencia, un gesto, una mirada, los devolvía a la infancia de donde creían haber salido y les hacía comprender que siempre serían unos mequetrefes, que frente a ella ningún hombre daba la talla, si bien ella misma no era tan mayor, por más que su rostro pareciera haber sido siempre el de un adulto. A su lado, no eran nada.
    Casiopea había subido a su camella blanca, con los flancos todavía negros de hollín. Conforme a la tradición, que también exigía que fuera una mujer la que montara la camella, habían pasado en torno al cuello del animal la famosa «campana de la llamada», atada a una cuerdecita de pelo de cabra. Cuando la campana tintineó, los hombres se pusieron a gritar: «¡Refuerzos! ¡Refuerzos! ¡Refuerzos!». Era la costumbre: todos los que la oían sonar debían unirse a su portador y ofrecerle su ayuda.
    Morgennes se prometió que, una vez restablecido, organizaría una expedición que se encargara de perseguir a Casiopea a través del desierto. Había que impedir a toda costa que llegara a Bagdad, ['ero antes debía encontrar algo de beber. No muy lejos divisó un campo donde varias cabras y cabritillos habían sido instalados para la noche. Las ubres de las cabras estaban cargadas de leche. Morgennes entró sigilosamente en el cercado y trató de atrapar alguna. Pero los animales huían ante él, balando con todas sus fuerzas.
    Cansado de perseguirlas, esperó sin moverse. Las cabras se calmaron, y Morgennes se fue acercando a una de ellas hasta que estuvo bastante cerca para poder tocarla. Tenía la blancura de los hábitos de oración, y sus pezones rozaban los escasos tallos de hierba. Morgennes se disponía a quitarse la keffieh cuando un perro ladró con furia.
    – ¡Otra vez tú! -exclamó Morgennes al ver a la perra que había salvado de las hienas.
    El animal gruñía en su dirección, azorado, girando a su alrededor mientras arañaba la tierra con las patas traseras, como si tratara a la vez de proteger las cabras y de prevenirlo de un peligro: tres siniestros individuos acababan de saltar la cerca y se acercaban rápidamente a Morgennes. Los hombres habían desenvainado sus kandjar, unos finos cuchillos de hoja curvada. La cabra salió a escape. La perrita ladró con todas sus fuerzas, y dos brazos vigorosos sujetaron a Morgennes por detrás para inmovilizarlo.
    Uno de los sarracenos tenía el rostro picado de viruela y un brazo amputado: era el maraykhát a quien Morgennes había cortado el brazo derecho la víspera.
    – ¿Quién eres tú? -chilló el soldado alargando su mano útil hacia la keffieh de Morgennes.
    Pero este bajó la cabeza para impedir que se la quitaran.
    – ¿Qué ocurre? -preguntó entonces una voz femenina llena de autoridad, mientras el repiqueteo de una campana tintineaba en la noche.
    – Un ladrón ha entrado en el cercado de las cabras… -explicó uno de los maraykhát.
    – Quiero verlo.
    Morgennes fue empujado hacia la cerca, detrás de la cual se encontraba Casiopea montada en su camella. La joven había iniciado su ruta acompañada por una treintena de camelleros, entre los cuales Morgennes reconoció al adolescente que se había encaprichado de la perra. Cuando Morgennes estuvo cerca de ella, Casiopea se inclinó para palpar la keffieh.
    – Este pañuelo es mío -dijo-. ¿Dónde lo has encontrado?
    Los hombres de Casiopea habían sacado sus armas, unos largos sables afilados. Una sonrisa se dibujaba en sus rostros. Cortar la mano o la cabeza a los ladrones era solo una formalidad para ellos.
    – Me lo han dado -respondió Morgennes.
    – Devuélvemelo. Y podrás volver con los que te han capturado. No me corresponde a mí juzgarte, sino devolverte a los que te han hecho prisionero. Solo te estoy pidiendo uno de mis bienes.
    La mujer tiró del pañuelo para desenrollarlo, desvelando así el rostro de Morgennes. Se elevaron gritos:
    – ¡El franco!
    Pero aquella agitación no era nada comparada con la turbación de Casiopea, que tuvo que sujetarse a la silla para no caer. La joven observó a Morgennes con aire grave, a la vez confusa y turbada. ¿Había visto un fantasma? Luego, viendo que descargaban una lluvia de golpes sobre Morgennes, levantó un látigo de tres puntas y lo dejó caer sobre los maraykhát.
    – ¡Basta! -gritó-. Este hombre es de Saladino. ¡Solo él puede castigarlo!
    Las correas de cuero, provistas de ganchos de bronce, laceraron el rostro de uno de los soldados, que retrocedió, con. la piel arrancada y un ojo reventado. Sus aullidos inmovilizaron a la multitud, cuyo furor se esfumó como por ensalmo.
    – ¡Llevadlo al cercado de los hospitalarios! -ordenó Casiopea-. ¡Vivo!
    Luego se anudó el pañuelo al cuello y continuó su camino a la cabeza de su escolta. Morgennes se levantó, destrozado, con el hombro ardiendo y el cuerpo molido a golpes. Entonces uno de los maraykhát le susurró al oído:
    – Le hemos prometido que te llevaríamos vivo, pero no hemos dicho en qué estado…
    Los maraykhát discutieron sobre el castigo que debían infligirle. El manco quería que le cortaran un brazo; el tuerto, que le saltaran un ojo, y en cuanto a los otros, no tenían preferencias; pero el quinto señaló:
    – No podremos hacerlo todo…
    Decidieron echarlo a suertes, y el tuerto tuvo que hacer trampa para ganar. Conforme a la tradición, que exigía que le reventaran el ojo derecho para que la víctima no pudiera llevar ya el escudo sin tapar la totalidad de su campo de visión, el maraykhát acercó su kandjar a Morgennes, tanto que este pudo ver, finamente grabada en la hoja de doble filo del puñal, la inscripción:
    es posible que tengáis aversión a una cosa que es un bien para vosotros.
    Morgennes se preguntó cuántas víctimas antes que él habían tenido tiempo de leer aquella extraña frase. Trató de debatirse, pero los maraykhát, dejando caer todo su peso sobre él, le mantenían los brazos y las piernas pegados al suelo. Un largo grito escapó de su garganta. Morgennes aullaba su futuro dolor, como si el aullido pudiera llevarlo lejos de allí o devolverlo al combate de la víspera, antes de su caída, de su rendición.
    Luego el maraykhát hundió la hoja de su arma en el ojo de Morgennes.

7

    El brazo que no puedas romper, bésalo, y reza a Dios para que lo rompa.
    Proverbio de la región de Hosn el-Akrad

    El agua caía a raudales sobre Morgennes. El caballero abrió el ojo izquierdo (el derecho no era más que una llaga) y miró alrededor. Se encontraba en el cercado de los monjes caballeros. El lugar hervía de murmullos, de tintineos de cadenas y de los ecos del grito que acababa de lanzar. ¿O había sido el día anterior? No lo sabía.
    Todo estaba borroso, perdido en un caos de sensaciones, formas vagas y sonidos. Unos hombres rezaban a su lado, formando una capilla humana por encima de su cuerpo. Había tomado por agua sus palabras, que caían como lluvia sobre su alma, como un bálsamo aplicado a su dolor. Los caballeros encomendaban a Dios a Morgennes. Los maraykhát lo habían arrastrado inconsciente hasta ellos y les habían ordenado: «Cuidadlo. Si muere, será por culpa vuestra». La mayoría de los hermanos del Hospital habían recibido una formación para el cuidado de los enfermos, y sabían vendar, escarificar y suturar; habían aprendido a poner sanguijuelas, reducir fracturas, entablillar, serrar un miembro cuando estaba gangrenado, componerlo si estaba destrozado, cauterizar un principio de lepra y calmar a los que arrojaban por la boca o tenían arrebatos de frenesí; finalmente, y sobre todo, podían ayudar al paciente a expulsar a sus demonios en el sufrimiento (porque sufrir acercaba a Dios). Pero Morgennes se encontraba en un estado tan lamentable que sus camaradas juzgaron que no se podía estar más cerca de Dios sin estar muerto.
    – Por fin despiertas -dijo Chéneviére al ver que volvía en sí-.Temíamos que murieras…
    – ¿Cómo te sientes? -preguntó Sibon.
    – Sediento -respondió Morgennes, cuyo ojo derecho era todo dolor.
    El caballero observó a sus amigos y reconoció a Keu de Chéneviére, del Hospital, y a Reinaldo de Sibon, del Temple. Pero no conseguía hacer coincidir totalmente el recuerdo que conservaba de aquellos valientes caballeros con esos pobres desgraciados de rostro demacrado, con esos hombres devorados por la sed, enflaquecidos por las pruebas sufridas, aureolados de desdicha en la luz rasante del alba.
    En aquel momento, varios centenares de jinetes vestidos de blanco cabalgaron hacia ellos. Volvían de la oración y, por un sorprendente efecto óptico, parecían arrastrar a su estela una luna jorobada, pues el astro ascendía en el cielo al ritmo de su cabalgada. La luna estaba tan baja, era tan enorme, que daba la impresión de que las montañas extendían sus sombras sobre ella. Los caballeros la contemplaron santiguándose, inquietos por aquella extraña aparición.
    – Dios nunca nos perdonará la pérdida de la Vera Cruz -susurró un joven templario.
    Se santiguaron de nuevo; y luego Morgennes se frotó el ojo derecho con la punta de los dedos y dijo articulando con gran esfuerzo:
    – Desde nuestra derrota, siento curiosas sensaciones. Como si la locura se hubiera apoderado del mundo o las aguas del tiempo se encontraran atrapadas en un torbellino y se fundieran unas con otras.
    – Deberías descansar… -le aconsejó Chéneviére.
    – ¿Para qué? -replicó Morgennes-. De todos modos, dentro de poco estaremos muertos.
    – Qué importa. Un caballero debe conservar sus fuerzas; porque, aunque no pueda ya combatir, al menos puede rezar…
    – Nunca he rezado tanto -dijo Morgennes incorporándose sobre un codo-. Recé mientras huía, mientras buscaba agua… Mi cuerpo entero es una oración: mi garganta reza por que le den de beber, mis brazos rezan por combatir, mis piernas rezan por correr y mi trasero reza por descansar sobre una silla… Mis labios forman padrenuestros sin que sea consciente de ello, pasajes de la Biblia cruzan por mi cabeza sin que yo lo quiera; por no hablar de mi ojo derecho, que ha visto el Corán de tan cerca que se ha cerrado para siempre… Creo que es rezar bastante.
    Los caballeros callaron y lo miraron. Lo creían loco. Con un pie en este mundo y el segundo en la otra orilla. Luego los sarracenos llegaron hasta ellos con gritos de «Allah Akbar! La íllah ila Allah!». En medio de un número impresionante de soldados había algunos ulemas, tan excitados como jovencitos a punto de perder la virginidad. Los doctores de la ley dirigían a los prisioneros miradas llenas de altivez y arrogancia. Muchos blandían un sable por primera vez. Daba pena verlos. Los más cobardes se reconocían por el hecho de que gritaban más fuerte que los otros y agitaban su espada con mayor energía aún. Los monjes caballeros no podían evitar estremecerse al contemplarlos; pero eran estremecimientos de piedad más que de miedo, hasta tal punto el entusiasmo que mostraban los ulemas al agitar sus sables iba unido a la ignorancia más total sobre lo que significaba matar, sobre lo que significaba vivir.
    Los monjes soldados se levantaron y se dirigieron hacia Saladino, tropezando con sus cadenas. Los que no tenían fuerzas para desplazarse se apoyaron en el hombro de un amigo o fueron sostenidos por sus camaradas. Aunque a veces habían sido derrotados o habían tenido que batirse en retirada-después de que el resto de las tropas se encontrara a salvo-, los templarios y los hospitalarios nunca habían mostrado debilidad, nunca habían flaqueado. Los mahometanos los odiaban por su valor, que consideraban locura temeraria y calificaban de «suicida». Los caballeros del Temple y del Hospital eran una abominación de la que había que desembarazarse a cualquier precio. Era imposible corromperlos, imposible convertirlos en uno de los suyos o conmoverlos. Al contrario, a veces conseguían incluso ganarse el corazón de los sarracenos por la forma en que sabían mostrarse caritativos con aquellos que se encontraban animados por una justa piedad. Saladino había llegado a pensar que era preferible enfrentarse con mil Reinaldos de Chátillon antes que con esos monjes soldados animados por una fe que él sentía, por su parte, hacia Alá, una fe llena de amor y de temor. Luchando contra ellos, Saladino peleaba contra su alter ego; y consideraba que no había adversario más temible. Ellos también combatían en una guerra santa. Ellos también peleaban en nombre de Dios. En el campo de batalla, su caballería era la primera en lanzarse al ataque, y penetraba en las filas enemigas como esas rejas de arado que se acababan de inventar. La mayoría de las veces, los sarracenos no esperaban al impacto de la carga: huían. Entonces una lanza les atravesaba el pecho y morían, con los ojos desorbitados de terror, arrastrados por el campo de batalla por el galope de un caballo al que nada podía detener. Espantada, la infantería desaparecía sin esperar al choque. Los caballeros más hábiles ensartaban a un par de desgraciados, y luego dejaban la lanza y sacaban la espada, para crear en torno a ellos un gran vacío sonoro, poblado solo por los gritos de agonía.

    Los sarracenos rodearon a los caballeros, y los ulemas pusieron pie a tierra, escoltados por numerosos hombres armados. Saladino, su estado mayor y sus invitados -entre los que se encontraba el rey de Jerusalén y la flor y nata de la nobleza franca- observaban la actitud de los ulemas: parecían raposas en un gallinero, pero raposas enviadas por el propio campesino. Morgennes oyó murmurar al joven templario:
    – ¡Dios sea conmigo! ¡Debo ser fuerte! Gloria, laus et honor Deo in excélsis!
    El pobre estaba tan blanco como el vientre de una doncella. Recibir la muerte desarmado, sin combatir y a manos de civiles era, para un monje soldado, la peor de las humillaciones.
    «Saladino habló de un trato en el curso de la ceremonia», recordó Morgennes. Recorrió la multitud de jinetes con la mirada, esperando descubrir a Taqi ad-Din y a Casiopea, pero no los vio por ninguna parte. En cambio, entrevió a Guido de Lusignan, a Gerardo de Ridefort y a algunos otros nobles francos, aunque no al viejo marqués de Montferrat, ni a Plebano de Boutron, ni a Unfredo IV de Toron. ¿Habrían perdido la vida en el curso de la estratagema organizada para favorecer su evasión? Morgennes sintió una punzada de dolor en su interior o, mejor, un dolor que se instalaba en su corazón y lo petrificaba.
    Más extraña era la ausencia de Tughril, el jandár al-Sultán de Saladino, que nunca abandonaba a su amo. ¿Qué podía haberle ocurrido? ¿Estaría muerto? En ese caso Saladino habría tenido que nombrar a uno nuevo, lo que no parecía ser el caso.
    Pero si un nuevo misterio había surgido, otro más antiguo encontraba ahora explicación. Los que se habían preguntado qué había sido de Raimundo de Castiglione, el maestre del Hospital, acababan de encontrar la respuesta: allí estaba, encadenado, tirado como un cadáver sobre el lomo de un mulo.
    Saladino se mostraba exultante. Cuando bajó del caballo, la atención del millar de sarracenos presentes se concentró en su persona y la engrandeció. Fue como si las miradas hubieran esculpido el aire en torno a él y le hubieran conferido una dimensión mística sin relación con su talla real. Saladino era un gigante, y podía comprenderse la inquietud del califa de Bagdad, que veía cómo la gloria del sultán crecía a medida que la suya disminuía.
    Dos mamelucos, montados en purasangres, hicieron caer al suelo a Castiglione. El caballero trató de incorporarse, se enredó los pies en las cadenas y cayó cuan largo era en el polvo. Al contrario que los otros prisioneros, Castiglione llevaba todavía su hábito de hospitalario. Pero su manto estaba tan sucio de arena y de sangre que apenas se distinguía la cruz de la orden. ¿Se trataba de su propia sangre, o era la sangre de los sarracenos a los que había matado en el combate? Nadie hubiera sabido decirlo. Castiglione se arrodilló para rezar.
    Saladino ordenó que lo dejaran tranquilo y, después de que el maestre del Hospital hubo encomendado su alma a Dios, le preguntó:
    – ¿Tienes sed?
    – Sí -respondió Castiglione-. Pero la única agua que aceptaré será la que Cristo me sirva cuando me encuentre a su diestra.
    – Como gustes -dijo Saladino.
    – Padre -intervino al-Afdal-, ¿qué significa esta cruz sobre el manto de este hombre?
    – Es el símbolo de su orden -respondió Saladino-. Se trata de la cruz de ocho puntas de los hospitalarios.
    – ¿Por qué tiene ocho puntas y no cuatro, como la de los templarios?
    Saladino dejó que Castiglione lo explicara.
    – Porque la cruz de Jesucristo no se extiende solo del septentrión al mediodía, y de oriente a poniente, sino en todas direcciones, comprendidas las espirituales. Esta cruz es el signo de que la gloria de Nuestro Señor afecta a todos los hombres, sin que importen su rango, su época, su país o su fe.
    – ¿Y por qué es blanca y no roja, como la de los templarios? ¿Es para subrayar el hecho de que vosotros conocéis tan bien el arte de cerrar las heridas como el de abrirlas?
    – No -dijo Castiglione-. Nuestra cruz es blanca para ayudarnos a mantenernos en el camino de la pureza. Y la de nuestros hermanos del Temple es roja para que nunca se olvide la sangre que Cristo derramó.
    – ¡Y es la sangre de vuestro orgullo! -exclamó Saladino-. ¡Estos hombres son el diablo y llevan en sí la mentira! Es bueno que los exterminemos. Pero incluso los demonios pueden salir del infierno, y no se dirá que yo no lo he intentado. ¡Convertíos o morid!
    – ¡Nunca! -se indignó Castiglione.
    – Como gustes -dijo Saladino.
    Con un silbido metálico, su sable surgió de la vaina y decapitó al maestre del Hospital. Saladino había sido tan rápido que el cuerpo de Raimundo de Castiglione permaneció algunos instantes horriblemente petrificado en actitud de plegaria. Luego se deslizó lentamente al suelo, donde su sangre se mezcló con el polvo.
    Guido de Lusignan, Gerardo de Ridefort y todos los caballeros, horrorizados, se dispusieron a entregar su alma a Dios. En la luz del alba, las banderas de los abasíes y los ayyubíes azotaban el aire con su seda negra. A Morgennes le recordaron las serpientes de arena contra las que había luchado la víspera. Serpientes de polvo que nada conseguía deshacer y que parecían dotadas de conciencia.
    Los ulemas circularon entre los caballeros, los obligaron a arrodillarse y les pasaron por el cuello collares de metal unidos por largas cadenas. Los prisioneros estaban tan débiles que no opusieron ninguna resistencia. Muchos, abrasados por la sed, cerraron los ojos y se mordieron los labios por miedo a reclamar agua contra su propia voluntad.
    Morgennes fue atado entre el joven templario, que se llamaba Arnaldo de Roquefeuille, y Keu de Chéneviére, y luego ataron a Sibon a este último.
    – Recemos, hermanos -dijo Sibon-. ¡Pronto estaremos a la vera de Dios!
    – Tiene que haber una escapatoria -dijo Morgennes-. Sin duda Dios tiene otros proyectos para nosotros que no sea nuestra muerte.
    – Ya estamos muertos -murmuró Chéneviére, pálido a pesar de tener la piel tostada por el sol.
    – Deberíais haberme dejado morir… -dijo Morgennes.
    – Nuestro deber era salvarte la vida -replicó Chéneviére entre dos oraciones-. El tuyo es salvar tu alma.
    Morgennes no respondió. Vio cómo Saladino volvía a montar a caballo y desfilaba en medio de sus tropas. Los ulemas no se andaban con remilgos a la hora de tratar a los prisioneros, cuyas tonsuras y barbas constituían una injuria a sus ojos. A menudo se mostraban inútilmente brutales y maltrataban a los que encadenaban. Los collares de metal se cerraban sobre las barbas arrancándoles los pelos, antes de ser apretados con tanta fuerza que ahogaban a aquellos que debían guardar. Se descargaban golpes con la hoja plana del sable por puro placer, y los caballeros menos dóciles tenían la cabeza hundida en la arena, lo que causaba un gran desorden entre sus cantaradas ya que los más próximos caían arrastrados también. Al final no hubo más que una larga línea de monjes soldados encadenados juntos. Y Morgennes, viendo que eran tan numerosos, sintió gran vergüenza por estar vivo todavía.
    Uno tras otro, los prisioneros se negaban a convertirse, y presentaban su cabeza a los verdugos. Entonces un ulema se arremangaba, levantaba su sable y lo abatía sonriendo sobre su nueva víctima. La cabeza caía en la arena, donde dos chorros de sangre cavaban dos pequeños cráteres. Esta escena se repetía luego de forma idéntica, como si el tiempo girara en círculo y el mismo muerto -interrogado varias veces- se levantara para repetir incansablemente: «¡Fidelidad a Cristo!». Poco a poco, los muertos superaron a los vivos. Morgennes veía cómo la hilera de los caídos se alargaba, como un ancla gigante lanzada al mar. «¡Únete a mí!», decía. Ninguno había renegado. Ninguno se mantenía en pie, erguido y blanco como la nieve, en medio del llano de los suyos. ¿Por qué morían? Por amor a Cristo, sí. Pero también para mostrar a esos infieles que la única fe verdadera era la fe cristiana. Sin preocuparse en lo más mínimo por eso, los ulemas se entregaban alegremente a la matanza, decapitando prisioneros a mansalva. Algunos, más torpes, tenían que repetir la operación varias veces, porque ajustaban tan mal sus golpes que la hoja apenas penetraba en la carne. Los más inhábiles entre ellos tuvieron que ser reemplazados. Sus víctimas habían rodado por los suelos, y allí gemían, con la boca llena de polvo y las uñas hundidas en la arena, suplicando que acabaran con ellas.
    Saladino galopaba de un extremo a otro de la fila de prisioneros vociferando:
    – ¡Adelante, adelante! ¡Quiero que una erupción de sangre surja de estos chacales y que sus aullidos sean tan agudos que lleguen hasta el paraíso para alegrar el oído de nuestros mártires!
    Una granizada de golpes se abatió sobre los prisioneros; enardecidos, los verdugos se animaban mostrando el color de su espada, se embriagaban matando a aquellos caballeros indefensos, a los que su fe condenaba a muerte. Cuando solo quedaron ya un puñado de monjes soldados vivos, la excitación de los ulemas llegó al extremo. Entonces torturaron a los muertos. Les quemaron la barba y el bigote. Sus miembros fueron arrancados y arrojados a los animales; sus cabezas fueron clavadas en la punta de una lanza y enarboladas como un estandarte.
    Finalmente, un ulema tan obeso que los pliegues de su carne ondulaban bajo la piel, preguntó a Roquefeuille:
    – ¿Qué prefieres? ¿Abrazar la Ley o permanecer fiel a tu Dios? -«abrazar la Ley» o «gritar la Ley» eran los términos empleados por los ulemas para decir «convertirse al islam».
    – Aún eres joven -le susurró Morgennes-. Puedes continuar el combate. ¡Sálvate!
    – Es lo que haré -respondió Roquefeuille-: Mea culpa por mis pecados, Señor. Mea máxima culpa… ¡Acógeme en tu reino!
    Y ofreció su cabeza a los verdugos. Un sable se la separó del cuerpo, y cayó, con los labios apretados en una mueca horrible, justo delante de Morgennes, al que los ulemas observaron riendo burlonamente. El obeso hizo crujir los dedos, pasó la hoja de su espada por el cuello de Morgennes y le espetó:
    – ¡Es tu turno, hijo de perra! ¿Qué eliges? ¿Gritar la Ley? ¿Permanecer fiel, como él? -dijo señalando con su espada el afligido rostro de Roquefeuille.
    Morgennes bajó los ojos y se tomó tiempo para reflexionar. Dios no era cruel hasta ese punto. Existía una escapatoria, Morgennes estaba seguro. Comprobó la solidez de sus ligaduras, sondeó la determinación del ulema que lo interrogaba, observó la larga hilera de cuerpos a su derecha y se perdió en la mirada ausente de Roquefeuille…
    El contacto de la hoja sobre su nuca se hizo más insistente. El ulema se impacientaba. Amenazaba con matarlo sin esperar la respuesta. Pero una voz retumbó por encima de ellos, y Saladino ordenó:
    – ¡Déjalo! Me pertenece.
    Morgennes recordó entonces la forma en que Taqi ad-Din lo había salvado en el campo de batalla, y se dijo que Dios le había enviado a Saladino para permitirle escapar sin tener que hundirse en la deshonra. Pero Dios tenía otros proyectos, porque el sultán le preguntó con voz imperiosa:
    – Caballero, ¿qué eliges? ¿Abrazar la Ley o seguir fiel a Cristo?
    Morgennes seguía esperando una señal de Dios, pero allí, en el campo de batalla, en medio de los sarracenos, no había nada, nada, excepto la Vera Cruz. Y de pronto todo estuvo claro. Morgennes inspiró profundamente y declaró con una voz que en adelante le resultaría ajena:
    – Abrazar la Ley.
    – En ese caso, repite la shahada conmigo: «Atestiguo que no hay más Dios que Alá y que Mahoma es su profeta…».
    Su lengua era una llama, su garganta un horno, pero encontró fuerzas para repetir:
    – «Atestiguo que no hay más Dios que Alá y que Mahoma es su profeta…»
    – ¡Traidor! -exclamó Chéneviére, justo al lado de Morgennes.
    – «Atestiguo que no hay más Dios que Alá y que Mahoma es su profeta…» -prosiguió Saladino, como si no hubiera ocurrido nada.
    – «Atestiguo que no hay más Dios que Alá y que Mahoma es su profeta…» -repitió Morgennes, con una voz desgarrada, vibrante de emoción.
    – ¡Arderás en el infierno! -le espetó Sibon.
    – «Atestiguo que no hay más Dios que Alá y que Mahoma es su profeta…» -continuó Saladino, imperturbable.
    – «Atestiguo que no hay más Dios que Alá y que Mahoma es su profeta…» -repitió Morgennes, agotado.
    – ¡Escupe sobre la cruz! -ordenó Saladino, indicando a los mamelucos que acercaran la reliquia.
    Morgennes temblaba de arriba abajo. Sus labios, que tantas veces habían besado la Santa Cruz, trataban de reproducir, a su pesar, lo que tantas veces habían hecho antes.
    – ¡Escupe a la cruz! -gritó Saladino- ¡Si no, le daré a beber tu sangre!
    – Agua -dijo Morgennes-.Tengo la garganta seca como una roca…
    Saladino dudó un instante, y luego sonrió ampliamente.
    – Te lo has merecido -declaró-. ¡Para felicitarte, te serviré yo mismo!
    Mientras iba a buscar agua, Morgennes se volvió hacia Chéneviére y Sibon.
    – Perdonadme -murmuró en un susurro…
    – ¡Miserable traidor! -se indignó Sibon.
    Chéneviére, en cambio, prefirió callar. Pero su mirada rebosaba odio; el mismo odio que Morgennes había podido leer, la víspera, en los ojos de los maraykhát. Poco después, Saladino volvió con un vaso y lo acercó a los labios de Morgennes.
    – ¡Los denarios de Judas! -exclamó Sibon-. ¡Te arrepentirás de esto!
    Morgennes bebió a placer, perdiéndose en aquel sorbo largo y lento que le llenaba el cuerpo de una dulzura incomparable. Cuando hubo acabado de beber, Saladino le ordenó:
    – ¡Obedece!
    Morgennes escupió contra la Santa Cruz. Un rumor se elevó de la muchedumbre. Los mahometanos dieron rienda suelta a su alegría lanzando multitud de gritos de «Allah Akbarh!».
    – ¡Lo que no obtiene una espada -dijo Saladino a los suyos-, lo proporciona un vaso de agua!
    El sultán se volvió hacia Chéneviére y Sibon para ofrecerles agua, pero Sibon declaró:
    – Nada de lo que tú puedas darnos nos saciaría.
    Los dos hombres fueron ejecutados rápidamente. Poco después, Morgennes creyó ver que llevaban la Vera Cruz hasta un grupito de caballeros de la orden del Temple. Enseguida, uno de ellos se izó sobre los estribos y levantó la Vera Cruz.
    A esta señal, los mahometanos prendieron fuego a una pila de hábitos de soldados del Temple y del Hospital y lanzaron al montón la tienda roja del rey de Jerusalén. Ante este espectáculo, el propio Saladino vertió algunas lágrimas. El sultán ordenó que dejaran de jugar con los cadáveres de los monjes soldados, sacaran sus cabezas de las picas, fueran a buscar los restos de sus cuerpos que habían arrojado a los animales y los lanzaran al fuego.
    Mientras una lluvia de cenizas grises caía sobre la llanura de Hattin, ensombreciendo a los misteriosos caballeros del Temple que se alejaban hacia el sur con la Vera Cruz, un penacho de humo negro se elevó arremolinándose en un cielo cargado de nubes. Los dos nubarrones se fundieron en un manto negro y gris, siniestra parodia del estandarte de los templarios y los hospitalarios.
    Finalmente, una imponente columna formada por varias decenas de miles de prisioneros se dirigió hacia el norte bajo una poderosa escolta.
    – ¿Adonde van? -preguntó Morgennes.
    – A Damasco -respondió Saladino-. Al mercado de esclavos, donde te venderán a ti también.
    Morgennes no dijo nada. Contempló el campo, que poco a poco se vaciaba de sus ocupantes y que los carroñeros vaciarían de sus muertos.

LIBRO II

Destruir o convertir

    Divisa de los templarios

8

    El mar es una gran criatura en cuya superficie navegan, como gusanos sobre un pedazo de madera, débiles criaturas.
    'Amr ibn Al-'As, en respuesta a 'Umar ibn al-Khattáb

    La misma noche de la derrota de Hattin, en las calles de Jerusalén, Beirut, Acre, Tiro, Trípoli, resonaron las terribles noticias: los sarracenos se habían apoderado de la Vera Cruz, y el mayor ejército nunca reunido por los francos había sido vencido.
    Unos días más tarde se supo que, en el este, Tiberíades y Séforis habían caído; en el sur, un ejército llegado de Egipto marchaba hacia Jafa, mientras que, en el norte, Beirut y Sidón se encontraban, a su vez, amenazadas. En el interior, Naplusa y el castillo de Toron estaban sitiados, al igual que, en la costa, la ciudad de Acre, sitiada por el propio Saladino. En cuanto a Jerusalén, tenía por toda protección a dos ancianos caballeros de manos temblorosas que ya no veían muy bien, Algabaler y Daltelar.
    No había ningún lugar donde refugiarse, si no era a bordo de los barcos que hacían la travesía del Mediterráneo. Enseguida las embarcaciones fueron tomadas al asalto por una multitud inquieta, traumatizada por tener que abandonar lo que, en el curso de las generaciones, se había convertido en una patria. A menudo, hombres llegados unos años antes de Francia, Provenza o Inglaterra abandonaban a los sarracenos a las mujeres y los hijos que tenían en Tierra Santa y volvían a su lugar de origen, donde, en la mayoría de los casos, los esperaban otra mujer y otros hijos.
    En Tiro, Balian II de Ibelin, señor de Naplusa y de Caymon, hizo su entrada con lo que quedaba de los supervivientes de Hattin. El puerto hervía de actividad. Numerosas galeras de mercancías, al no poder acostar en los puertos de Acre, Beirut o Sidón -cuyo entorno se había hecho peligroso por la presencia de naves de guerra mahometanas-, acudían allí a descargar, generalmente un cargamento de armas que revendían a precio de oro. Luego, con sus calas llenas de refugiados a modo de mercancía, los barcos ponían rumbo a Marsella o Venecia. Algunos pasaban por Chipre y otros por Sicilia.
    Para ir a Roma, había que subir a uno de esos barcos.
    Y a Roma precisamente quería ir el joven arzobispo de Tiro, Josías, que acababa de cumplir entonces veintidós años.
    Josías había sido nombrado arzobispo de Tiro en 1185, seis días después de la muerte de su predecesor, el venerable Guillermo. Urbano III, sensible a las prédicas de Guillermo, que en vano trataba de convencer a las cabezas coronadas de Europa para que acudieran a Tierra Santa, había aceptado la nominación de ese hombre joven del que muchos prelados le habían cantado las alabanzas.
    Urbano III veía en Josías al heredero de Guillermo, y tenía razón.
    De madre libanesa, cristiana maronita, y de padre francés, Josías era lo que se conocía como un potro sin domar, uno de esos hombres con mezcla de sangres que nunca se encontraba realmente en su casa residiera donde residiera. Demasiado blanco, demasiado rubio, demasiado alto para los orientales, si por desgracia hubiera llegado a ir a Occidente, le habrían reprochado su acento y su tez bronceada. Pero Josías, nacido en Tiro, nunca había abandonado su ciudad natal.
    Guillermo, impresionado por su sensibilidad y su inteligencia, lo había tomado bajo su protección y le había enseñado a leer y a escribir. A su lado, el joven descubrió el trabajo de un clérigo ilustrado, de un arzobispo.
    Josías, que había crecido a la sombra de los pupitres, gastándose la vista a fuerza de tomar por escrito los pensamientos de su maestro, era, de todos los eclesiásticos, el que mejor conocía la obra de Guillermo. El aprendiz había captado su espíritu, y podía incluso adelantarse a él cuando -hacia el final de su vida- el viejo arzobispo se esforzaba por encontrar una palabra. Josías proseguía sus trabajos, y ya estaba dando una continuación a la célebre Historia rerum in partibus transmarinis gestarum, donde Guillermo relataba los primeros años del reino franco de Jerusalén.
    Aquel día, si Josías quería abandonar Tiro, no era para huir, sino para ir a hablar con el Papa. El arzobispo quería transmitirle las palabras de Balian II de Ibelin sobre Hattin, narrarle la toma de la Vera Cruz y exponerle todas las desgracias que se abatían sobre los cristianos de Tierra Santa. Sobre todo quería recordar al Papa lo urgente que era -para el rey de Francia, Felipe Augusto, el rey de Inglaterra, Enrique II Plantagenet, y el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Federico Barbarroja- tomar la cruz y acudir a Tierra Santa.
    Jerusalén, por la que tantos cristianos habían dado la vida, objeto de cerca de cien años de esfuerzos y combates, estaba a punto de caer. La situación era tan grave que bastaría con que Saladino se presentara ante sus muros para ver cómo las puertas se abrían, a falta de defensores aguerridos. Sin ejército, sin rey, sin la más santa de sus reliquias, la ciudad podía ser ocupada sin combate, hasta tal punto las equivocaciones y los errores de juicio de Guido de Lusignan -seguro de imponerse a los sarracenos- la habían privado de sus defensas.
    De hecho, era sorprendente que la ciudad no fuera ya mahometana. ¿Concedía Dios un respiro a los cristianos? ¿Una última oportunidad? Josías no hubiera sabido decirlo, y poco le importaba.
    Solo importaba una cosa: presentarse en la sede apostólica y entrevistarse con Urbano III.
    Desde el anuncio de la derrota de Hattin, Josías no había abandonado el puerto e iba de un barco a otro apremiando a los capitanes a que lo llevaran cuanto antes a Venecia, a Marsella, a Pisa o a Genova.
    Pero los mercaderes habían comprendido hasta qué punto se encontraban apurados los nobles de Tiro y de las ciudades más próximas. Los que habían podido huir atestaban ahora las posadas y las calles de la ilustre metrópoli, ocupaban entre varios una sola habitación o se refugiaban bajo una tienda de pelo de camello levantada a toda prisa en la plaza del mercado, que estaba atestada de refugiados.
    Todo el mundo quería marcharse, y a ser posible inmediatamente.
    De modo que los mercaderes hacían subir los precios. Se descubrían averías de las que nadie hubiera imaginado la existencia una hora antes. Pero, por un poco de oro, se llevaban a cabo las reparaciones oportunas. Se inventaban autorizaciones y papeles obligatorios con los que las autoridades creaban dificultades. Doscientos o trescientos dinares, la entrepierna de una jovencita, y todo quedaba arreglado. Desde luego, esos documentos no existían. Solo eran un medio que utilizaban los mercaderes -todos venecianos- para enriquecerse aún más.
    Para acelerar la partida no se dudaba en vender la propia casa o en ceder terrenos, que se encontraron en el mercado de forma tan súbita y en número tan elevado que nadie conseguía deshacerse de ellos: no había bastantes compradores. Todos los que tenían algo que perder querían irse, y los otros, de todos modos, no tenían medios suficientes.
    Alguien se declaró interesado. Un veneciano, evidentemente, que adquirió, por cuatro cuartos y por la promesa de una travesía, una bonita finca y un huerto hermosísimo en los arrabales de la ciudad. Dos o tres de sus pares también manifestaron interés, y algunos bienes pasaron del lado de Venecia. Los más acomodados entre los habitantes de Tiro pudieron partir. Otros ofrecían casas en Acre o comercios en Sidón, pero nadie los quería: los mahometanos ya las ocupaban. Ya no valían nada.
    La gente enloqueció y amenazó con tomar los navíos al abordaje. Los capitanes respondieron apostando guardias pagados con oro egipcio y celemines de trigo. Era tanta la agitación, que Balian II de Ibelin tuvo que intervenir. Con Ernoul, su escudero, y algunos veteranos de Hattin, se presentó en la capitanía de Tiro con la espada y el escudo en la mano.
    Balian estaba loco de ira.
    – ¡Por la lengua de Dios! -gritó-. ¡Cuando la cristiandad de Oriente se encuentra sumergida por las oleadas de una marea mahometana, vosotras, repúblicas italianas, disfrutáis malévolamente hundiéndola aún más! ¿Qué hace falta para que recordéis cuál es vuestro campo? ¿Que os atraviese el cuerpo con mi espada?
    – Oro -le respondieron-. El oro bastará.
    Balian habló de requisar los barcos y de apoderarse de ellos con sus caballeros. A lo que los venecianos replicaron que, si actuaba de aquel modo, ya nunca vería sino navíos mahometanos, y que serían galeras.
    Balian se entrevistó entonces con Tommaso Chefalitione, capitán mercader, hombre de unos cuarenta años, propietario de numerosos palacios en Venecia y de una veintena de barcos, cocas y usciere. Chefalitione era el más tratable de todos los venecianos. Sin embargo, tardaba -como los demás- en volver a casa. Balian le ofreció un cofrecillo que contenía muchas piedras preciosas y le prometió, una vez realizado el viaje, tantos terrenos, castillos y granjas en Provenza que el hombre se preguntó si Balian de Ibelin no había perdido la cabeza.
    Pero Balian hablaba en serio. Las garantías que le ofreció parecían seguras, y Chefalitione, a quien el comercio de armas había hecho riquísimo, soñaba con honores y dominios en el extranjero que el dinero por sí solo no podía ofrecerle.
    – Ocupaos del arzobispo -le dijo Balian- y os aseguro que ni vos ni vuestros descendientes tendréis que arrepentiros nunca. Tenemos con qué aguantar, y dentro de unos días las naves del Temple y del Hospital estarán aquí. Entonces los precios bajarán…
    Chefalitione, que no era tonto sino solo muy codicioso, reflexionó un instante, se frotó la barbilla y preguntó:
    – Vuestra oferta es sumamente generosa. ¿Puedo saber por qué gastáis tanto por un joven que es ya considerablemente rico?
    – ¡Voto a Dios! -se indignó Balian-. ¡Porque, al parecer, no lo es suficientemente para vos! En segundo lugar, porque su padre no dudó, en otro tiempo, en dar su vida para salvar la mía, y porque desde hace más de diez años no tiene más familia que su madre. Finalmente, porque el objetivo que persigue es justo y necesario, y quiero contribuir a hacerlo posible. Roma debe ser informada de lo que ocurre aquí. Josías es un hombre de palabra, alguien recto que sabe evitar las guerras inútiles. Gracias a él pudimos impedir que Guido de Lusignan tomara las armas contra Raimundo III de Trípoli, cuando este firmó un pacto de no agresión con Saladino.
    Las palabras de Balian emocionaron a Chefalitione. No se trataba de un simple trabajo, sino de una misión. De todos modos, debía volver a Italia. Venecia o Roma no suponían una gran diferencia para él. De manera que ¿por qué no ir allí en compañía de un hombre de Iglesia? La perspectiva de una posible aventura le divertía. Aquello lo distraería de las conversaciones de los marinos, que encontraba cargantes a fuerza de repetidas: siempre comenzaban por el mar y acababan invariablemente en el vino.
    – De acuerdo -dijo Chefalitione, estrechando la mano de Balian-. Llevaré al arzobispo de Tiro allí donde desee, con tal de que no sea al infierno.
    – Tranquilizaos, no será necesario. Contentaos con conducirlo al Vaticano, no pido más.
    – Aunque allá también el diablo tiene sus embajadores -dijo Chefalitione.
    Ibelin se echó a reír y abrazó a Chefalitione.
    – ¡Ah, capitán, veo que me habéis comprendido! No olvidéis que el hombre que os he encargado que escoltéis es un santo. ¡Cuento con vos!
    – No temáis -respondió el veneciano con una leve sonrisa en los labios, preguntándose cómo alguien tan joven como el arzobispo de Tiro podía ser ya un santo.
    Mientras conducían a Josías y a su madre a bordo de La Stella, Chefalitione e Ibelin siguieron conversando. El veneciano quería saber por qué Balian no iba con ellos.
    – Porque parto esta noche para Jerusalén -le explicó-.Voy a buscar a mi mujer y a mis hijos, que se encuentran en la ciudad.
    Chefalitione adoptó un aire grave y murmuró:
    – Sabéis que el príncipe de los infiernos ha despachado allí al principal de sus agentes: Saladino. Dentro de poco, los ejércitos de este demonio hormiguearán en torno a la ciudad como gusanos sobre un cuerpo.
    – Y yo cuento con hacer lo imposible para impedirle entrar -respondió Ibelin apretando los dientes-. Creedme, daría mi vida por salvar la ciudad y a sus habitantes. Aunque fuera el único dispuesto a oponerme a sus asaltos, iría de todos modos. ¡Dios lo quiere!
    Los dos hombres se separaron al atardecer, poco antes de la salida del navío. No lo sabían, pero nunca volverían a verse. Sin embargo, hubieran podido ser amigos.
    Cuando La Stella desapareció en el horizonte, Balian escribió a Saladino para pedirle permiso para reunirse con su mujer y sus dos hijos, y por tanto para atravesar tierras ocupadas por los sarracenos. Saladino se lo concedió, bajo la forma de un salvoconducto que le llevó un mensajero. Dos días después de la partida de Josías, Balian abandonó Tiro en dirección a Jerusalén en compañía de Ernoul y de algunos de sus hombres más fieles. Su mujer, María Comneno, era lo que más quería en el mundo. Aunque su boda había sido arreglada, la unión se había revelado felicísima. Estar junto a ella, en compañía de sus hijos, valía más que un castillo, un dominio o un título. Nada era tan valioso para él como María, sus ojos, la dulzura de sus brazos, sus besos, sus sonrisas.

    Josías pasó los primeros días de la travesía rezando en su camarote. Una mañana, sin embargo, apareció en el puente del navío y celebró una misa para los pasajeros y los hombres de la tripulación. Sabía que muchos no habían asistido a una misa desde hacía mucho tiempo, y quería acercarlos a Dios.
    O, mejor dicho, pretendía acercar a Dios a los marinos, que, al haber estado demasiado tiempo en la mar, habían tendido a olvidarlo y a creerse liberados de él. Algo en lo que, según pensaba Josías, tal vez no estuvieran del todo equivocados, ya que es mejor rezar a Dios como hombre libre y de forma desinteresada que hacerlo en la necesidad. Además, aquellos hombres tenían por costumbre afrontar las tempestades no rezando, sino sosteniendo el timón con mano firme y recogiendo velas en el momento oportuno. Sus brazos, sus manos, su conocimiento del oficio, la seguridad de sus decisiones, eran su credo. No eran gentes alegres, sino más bien desengañadas, preocupadas únicamente por llenarse los bolsillos y el vientre, que vaciarían luego en un puerto y con mujeres de la vida. Si Josías quería rezar entre ellos, era para oírlos hablar de Dios e impregnarse de su muy particular modo de ser, con todo, cristianos. Cristianos a su pesar; cristianos cuya fe era una condición más que un modo de vida, un resto de costumbre más que una elección. Tenía ganas de decirles: «¡Es el momento de creer!».
    Durante este período, la madre de Josías se esforzaba por poner a mal tiempo buena cara, y, a pesar del dolor del exilio, permanecía serena y tranquila. Esta firmeza y esta calma sedujeron a Chefalitione.
    El capitán, con cuarenta años cumplidos, era soltero y no tenía hijos. Se le habían conocido algunas mujeres -y a veces pasiones-, pero nada definitivo.
    Sin embargo, aquella mujer le gustaba. Tenía el cabello largo, negro como las algas, la piel morena de una ribera y los ojos verdes del mar. Las largas ropas blancas que vestía formaban en torno a su cuerpo una espuma que hacía resaltar sus frágiles formas. Sin duda, ya no era una mujer joven, una de esas mujeres fáciles tras las que se corre por un poco de placer. No, ella era una mujer a la que un hombre solo podría unirse con lazos de una solidez a toda prueba.
    Chefalitione se decía: «Le hablaré, le comunicaré mis sentimientos».
    Pero la timidez lo retenía. Mientras que antes todo le parecía fácil, ahora, por primera vez en su vida, se sentía en peligro. Él, que hubiera podido hacer que cualquier golfa encerrada en sus calas cediera a sus deseos, él que dominaba a sus hombres con la sola fuerza de su mirada, tenía miedo de desagradar a la madre de Josías. ¿Era, tal vez, por su viudedad? ¿Porque su hijo era arzobispo? ¿O simplemente porque se había enamorado de ella? Chefalitione pasaba noches enteras en el puente observando las pesadas cocas de su convoy y las naves que las escoltaban. La tripulación murmuraba, a su paso se escuchaban frases que tiempo atrás lo hubieran enfurecido. Pero él no decía nada. No oía nada.
    Reflexionaba. Aquella mujer, llamada Fenicia, no hablaba mucho, no mostraba apenas su tristeza. A veces se le escapaba un suspiro. Era cuando, al atardecer, con la mano en la borda y la mirada dirigida a Palestina, pensaba en todo lo que nunca volvería a ver y que sin duda ya no existía.
    Aquel valor, aquella abnegación, fascinaron a Chefalitione, que, por su parte, gustaba de compararse con las tempestades que súbitamente se desencadenan y lo arrasan todo a su paso. Aquella mujer era la calma que necesitaba. Pero la esposa atenta que en otro tiempo había sido Fenicia se había adormecido y solo había dejado en vela a la madre de Josías. Desde luego, Chefalitione tenía la intención de resucitar sentimientos más egoístas en Fenicia. El capitán le hizo la corte durante varios días, le habló de los palacios de Venecia, pero también de la dulzura de sus futuras tierras de Provenza. Trató de distraerla, de mostrarle que la felicidad era posible bajo otros cielos y, por qué no, con él. Fenicia lo escuchaba. Pero cuando se puso de rodillas para preguntarle: «¿Tengo una oportunidad de poder ser amado por vos un día?», si bien no dijo que no, tampoco dijo sí. Y Chefalitione se desesperaba. Tenía la impresión de ser un caballero que había partido al asalto del castillo de la bella durmiente, el castillo cuyas torres se llamaban Silencio, y las murallas, Indiferencia. Y entonces, sin saber ya qué más decir, sin ideas, se encerró en su camarote y no volvió al puente en varios días. Chefalitione rumiaba su desgracia.
    Una mañana tuvo el placer de ver entrar a Josías con un libro en la mano: El rey Marc y la rubia Iseo.
    – ¿Lo habéis leído? -preguntó Josías.
    – No, ¿de qué habla?
    – Del amor en el seno del matrimonio… De la felicidad de ser fiel… Mi madre os lo envía.
    – Comprendo. De modo que no tengo ninguna posibilidad…
    – Al contrario, echa de menos vuestra conversación. Leed esta obra, y luego id a verla. Os espera.
    – ¡Gracias!
    El capitán besó el anillo de Josías y lo llamó monseñor, título al que el joven arzobispo tenía derecho pero que Chefalitione no había querido darle hasta ese momento. Unos días más tarde, Fenicia y el capitán Chefalitione pasearon por el puente de La Slella. Chefalitione estaba lleno de prevención. Había leído la historia de El rey Marc y la rubia Iseo, y ahora sabía que en el amor el silencio basta. Tan solo hay que dejar hablar a los ojos.
    Sin embargo, una noche en que una brisa soplaba en el puente, haciendo bailar los cabellos de Fenicia bajo el rostro de Chefalitione, el capitán no pudo contenerse. Sujetó la cabellera de su dama y respiró su perfume. Emocionado, abrió los puños, devolvió su libertad a los cabellos negros y sorprendió la mirada enternecida de Fenicia. Chefalitione posó sus labios sobre los dedos de su amor, subió, falange a falange, hacia el dorso de la mano, hacia la muñeca de esa mujer inaudita, cuyo brazo oprimió como si fuera una cuerda lanzada a un náufrago. El rostro de Fenicia se encendió y Chefalitione sintió que su alma se mezclaba a la de su amada, se perdía en ella, como un copo de nieve caído al río. La contempló, miró sus labios, sus mejillas, su frente, sus ojos. Acercó su rostro al de ella. Se besaron, y él se durmió en ese largo y maravilloso beso, soñando sueños en los que ya no sabía qué parte de ella o de él era ella, y cuál era él.
    El arzobispo de Tiro evitaba aparecer al mismo tiempo que su madre y el capitán. No obstante, hacia el fin del viaje cenó una noche en su compañía.
    – Deseo entrevistarme con su alteza Guillermo II -dijo Josías en mitad de la cena.
    – Pero su corte está en Palermo -replicó Chefalitione, palideciendo ante la idea de tener que entrar en aguas donde los venecianos no eran bienvenidos.
    – Cierto -respondió el arzobispo-. Pero Guillermo II siempre ha sido un ferviente cristiano, preocupado por la suerte del Santo Sepulcro. Podríamos convencerlo para que envíe a Tiro un barco cargado de caballeros, armas y víveres. Este socorro llegaría mucho antes que una ayuda procedente de Francia o Inglaterra, reinos que, por lo que tengo entendido, están abiertamente enfrentados.
    – Así es, por desgracia -repuso Chefalitione con un suspiro.
    – Creo que nos lo debéis -dijo Josías mirando a su madre.
    – Voy a avisar al timonel -contestó Chefalitione, dejando la mesa.
    El capitán se fue a buscar al hombre que llevaba el timón y le dio nuevas instrucciones. De hecho, el cambio de rumbo se aplicaba tanto al navío como a su capitán y la tripulación. Bajo la acción conjugada de la madre y el hijo, Chefalitione y sus hombres se habían descubierto nuevas virtudes. El dinero había acabado por cansarlos; tenían demasiado, y hablaban de reservar para el Temple y el Hospital una parte de sus ganancias. Su principal preocupación era ahora servir lo mejor posible al arzobispo de Tiro, para que fuera a hablar con el Papa. «Las prostitutas han tenido su parte, ahora le toca a Dios recibir la suya», decían riendo. Lucharon, pues, contra las olas y los vientos contrarios con el mismo coraje con que, en otro tiempo, se habían batido por Cristo los primeros cruzados. Cuando un viento favorable les hacía ganar unos nudos, veían en ello el signo de la mano de Dios. Cuando aparecía un delfín, exclamaban: «¡Es un ángel!», y dirigían el navío tras su estela.
    Un día Chefalitione se puso a reír a carcajadas, con una risa explosiva como un trueno, y luego declaró:
    – ¡En Venecia nunca sabrán cuánto me complace serviros y servir a Dios!
    Josías se echó a reír también y añadió:
    – Si supieran… Si todos supieran, la guerra se detendría por sí misma.
    – Sería malo para los negocios, pero tanto da… -comentó Chefalitione mirando cómo la roda hendía las olas-. Imaginad que un arma pudiera infligir tantos daños a los sarracenos como este navío a las olas, que hendiera con tanta facilidad el pecho de los infieles como esta proa abre el mar…
    – Existe una que lo hace… Mi maestro, Guillermo, me habló de una espada muy antigua. Su hoja brilla en la noche, difundiendo una suave luz azul que mantiene apartadas las tinieblas. Dicen que fue forjada en el siglo v después del advenimiento de Nuestro Señor Jesucristo, para ayudar a san Jorge a acabar con el dragón que aterrorizaba Lydda y al que iban a sacrificar una princesa.
    – ¡San Jorge! -exclamó Chefalitione-. El santo patrón de Venecia… Y ahora ¿quién la posee?
    – Esta espada nunca ha tenido más amo que san Jorge, y la leyenda dice que ella misma elige a su portador. El último hombre que la ciñó fue el pequeño rey leproso, Balduino IV de Jerusalén, que la recibió de su padre, Amaury.
    – ¿Y tiene un nombre?
    – Crucífera.
    Chefalitione iba a hacer otra pregunta, cuando el vigía gritó: -¡Tierra a la vista!
    Un instante más tarde, La Stella cabeceó hacia estribor, tanta era la gente que había en el puente mirando a Sicilia. Se largaron cordajes y se arriaron velas entre un chirrido de poleas. Aparecieron unas costas rocosas, que se destacaban, grises y verdes, en la bruma del amanecer. Pronto La Stella se cruzó con algunas barcas de pescadores que saludaron al convoy de navíos venecianos con grandes pitidos, a los que los marinos de La Stella respondieron del mismo modo. Las llamadas se mezclaban con los chillidos de las gaviotas, que trazaban círculos por encima de los mástiles.
    Acostaron en un embarcadero húmedo, donde su llegada fue celebrada con efusividad. El capitán del puerto les anunció que eran esperados.
    – ¿Por quién? -preguntó Chefalitione, extrañado.
    – Por su alteza Guillermo II. Me sorprende que aún no estéis al corriente…
    En aquellos tiempos, las noticias volaban.
    Un eco precedía al rumor, que se adelantaba a la noticia que anunciaba los hechos. Estaban a mediados de julio, día de san Molibeo, y ya la víspera se murmuraba en Palermo: «La Santa Cruz ha caído, los sarracenos se han apoderado de ella».
    Guillermo II, llamado el Bueno, había tratado de informarse con más detalle.
    Le explicaron que un barco había abandonado Tiro con destino a Roma con un arzobispo a bordo.
    «Si es así, vendrá a visitarnos», había predicho Guillermo.
    No era la primera vez que una predicción realizada por este rey se verificaba. Sus súbditos habían aprendido a fiarse de su palabra y de sus augurios.
    – ¿Cómo puede saber algo que nos concierne y que nosotros mismos desconocemos? -preguntó Chefalitione a Josías, mientras un oficial los conducía al palacio real.
    – Dios se lo habrá murmurado al oído -respondió Josías sonriendo.
    Chefalitione, no sabiendo qué pensar de esta salida, hizo una mueca.
    – No os inquietéis -prosiguió Josías-. Al contrario, pensad que solo irá en beneficio nuestro.
    – ¿Y cómo es eso?
    – Tal vez haya oído otras cosas.
    Chefalitione pareció escéptico.
    – ¿Lo dudáis? -inquirió Josías.
    – Sí.
    – Pues estáis equivocado. Se han visto cosas más misteriosas que un rey que anuncia a sus súbditos la venida de un hombre…
    – ¿Qué cosas?
    – Un hombre que anuncia la venida de un Dios.

    El palacio de los reyes normandos había sido construido sobre las ruinas de una antigua plaza fuerte sarracena, que el abuelo de Guillermo II, Rogerio II, primer rey de Sicilia, y su padre, Guillermo I, llamado el Malo, habían vuelto a levantar y reforzado luego.
    Guillermo II el Bueno reinaba en Sicilia desde 1166, fecha en que había cumplido doce años. En ese momento entraba en su trigésimo cuarto año de vida, y se encontraba en la plenitud de sus fuerzas. Su rostro, de rasgos duros, toscamente tallados, así como su mirada, penetrante como la de un águila y ensombrecida por unas espesas cejas, revelaban un carácter autoritario, preocupado por la verdad y enemigo feroz de la mentira. De origen normando, era, como sus antepasados, legado apostólico, cargo que el papa Urbano II había confiado a su familia en 1098. Guillermo siempre se había esforzado, en cuanto lo permitían sus escasos medios, en apoyar a los francos de Tierra Santa. Por desgracia, una guerra con el nuevo emperador de Constantinopla, Isaac Angelo, le impedía ayudar a la cristiandad tanto como hubiera deseado. Por otra parte, Venecia y Pisa entorpecían considerablemente sus negocios haciéndole la competencia de forma desenfrenada, y a menudo los barcos de estos tres estados se atacaban entre sí, a mayor beneficio de genoveses y sarracenos. Así pues, era raro divisar una embarcación con el pabellón veneciano en aguas de Palermo.
    Guillermo II les dispensó una acogida excelente. Les dieron habitaciones para que pudieran descansar de las fatigas de la travesía, y les sirvieron una comida: tortuga con especias, acompañada de una sopa de algas. Luego Guillermo los mandó llamar a su corte. Allí lo encontraron en compañía de algunos de sus consejeros más próximos, entre ellos Margarito de Brindisi, el comandante de la flota. Margarito era un hombre de corta estatura, de rostro sombrío y mirada orgullosa. Hijo de pescador, había sido ennoblecido por Guillermo I el Malo después de una importante campaña naval contra los bizantinos.
    Guillermo II pidió a Josías que le expusiera la situación en Tierra Santa. El arzobispo dibujó un cuadro tan desgarrador que el rey de Sicilia expresó el deseo de cambiar sus vestiduras reales por un sayal.
    – ¡No nos despojaremos de él hasta que Jerusalén haya vuelto a ser cristiana! -exclamó.
    – Pero, sire -intervino Josías-, Jerusalén aún lo es.
    – No por mucho tiempo-dijo el monarca con tristeza.
    Finalmente, Guillermo II se entrevistó durante unos segundos en voz baja con Brindisi, y luego declaró:
    – Ordenamos la inmediata puesta en marcha de una nueva flota. Por desgracia no podemos enviar, como en ocasiones precedentes, el número extraordinario de doscientos ochenta navíos, pero os ofrecemos más de trescientos de nuestros mejores caballeros, entre ellos el Caballero Verde. Partirán hacia Trípoli a bordo de una decena de naves…
    – Bien, sire -dijo Brindisi-. ¿Y los bizantinos?
    – Hacedles saber que pido una tregua.
    Brindisi se inclinó y se despidió. Las órdenes de su rey no toleraban esperas.
    – Trípoli no debe caer en ningún caso -explicó Guillermo II.
    – ¿Por qué, sire, Trípoli antes que Tiro o Alejandría? -preguntó Josías, nombrando las dos ciudades que en otro tiempo había socorrido Guillermo II.
    – Porque Trípoli nunca ha estado tan amenazada como hoy, y si la ciudad cae en manos de los sarracenos, se acabó el Krak de los Caballeros…
    – Así pues, ¿sois próximo a los hospitalarios?
    – No nos placen los templarios, monseñor -dijo simplemente Guillermo-.Y apoyamos a quien queremos.
    – Perdonad mi curiosidad, sire -se excusó Josías.
    Después de un breve momento de silencio, el rey se volvió hacia Chefalitione.
    – Capitán -le dijo-, dos de nuestros navíos os escoltarán. Luego nuestros hombres permanecerán con su excelencia el arzobispo y lo acompañarán al castillo de Ferrara, donde se encuentra actualmente el Papa, si nuestras informaciones son exactas.
    – Sire -respondió Josías-, sois demasiado bondadoso. Pero solo tengo intención de presentarme ante Su Santidad y partir enseguida hacia Tiro, donde mis fieles me esperan.
    – Pensamos que sucederá de otro modo -objetó el rey de Sicilia-. Sois el heredero de Guillermo de Tiro, al que conocimos bien, y si sois digno de él haréis lo que él hizo: iréis a visitar a los reyes de Francia y de Inglaterra, así como al emperador Federico II, y los convenceréis para que tomen la cruz.
    – El propio Guillermo fracasó -le recordó Josías.
    – Pero vos triunfaréis -afirmó el rey en un tono que no admitía réplica.
    – Sire -inquirió Chefalitione a su vez-, ¿qué dirán los venecianos si ven que mis navíos llevan, por escolta a los de su majestad?
    – Dirán: «He ahí a uno que sí ha tenido éxito», y tendrán razón. Partid en cuanto podáis.
    Chefalitione, Josías y su madre volvieron al puerto, no sin antes haber recibido de parte de Guillermo numerosos presentes. El rey de Sicilia era tan especial que su generosidad tenía el sabor del ultraje. Era amable como otros son odiosos: con violencia. Su fuerza era su bondad. Y la ejercía con todos los que se cruzaban en su camino. Su rabia bebía de la misma fuente.
    Chefalitione se sintió tan conmovido que dijo a Fenicia:
    – Creo que no aceptaré las tierras y los castillos que me ha dado Balian.
    – ¿Por qué? -preguntó Fenicia.
    – Porque este viaje me ha dado todas las satisfacciones. No tenía mujer, y os he encontrado, no tenía hijo, y tengo a Josías, no tenía fe, y Dios se me ha aparecido. Es más de lo que necesito para mi felicidad.
    – ¿Y qué haréis con ellos? -siguió preguntando Fenicia.
    – Os los ofreceré.
    – En ese caso se los devolveré a Balian, porque yo no necesito más que a vos y a mi hijo -dijo Fenicia.
    Se besaron, y poco después Chefalitione hizo pintar tras el nombre de su navío dos breves palabras.
    La Stella se llamaba ahora La Stelladi Dio.

9

    Crux sancta a paganis capta.
    («Los paganos se apoderaron de la Santa Cruz.»)
    Anales de la abadía de Saint-Pierre de Jumiéges

    En aquella época Roma reaprendía a vivir. Maltratada hasta principios del siglo por la disputa de las Investiduras, se había opuesto luego violentamente al Sacro Imperio Romano Germánico, hasta el punto de que el emperador -que tenía prisa en ser consagrado- había nombrado, en 1160, antipapa a un tal Ottaviano de Monticello, bajo el nombre de Víctor IV. Barbarroja demostraba así que no conocía la historia, ya que otro antipapa -de hecho, el precedente- había llevado el mismo nombre seguido de la misma cifra. Por otro lado, este último había sido elegido atendiendo a las apremiantes recomendaciones de Rogerio II de Sicilia, abuelo de Guillermo II el Bueno. Finalmente, mientras se reponía de varias epidemias de peste, una de las cuales había contribuido a la marcha de las tropas de ocupación imperiales en 1167, Roma trataba de guiar a una cristiandad desunida. Su situación era semejante a la de una nave atacada por todas partes por piratas y mandada por varios capitanes que gritaban al mismo tiempo órdenes contradictorias que nadie oía, tan furiosa era la tempestad y tan sorda la tripulación.
    Los papas habían abandonado, además, el Vaticano para instalarse en Verona o en Ferrara.
    Alejandro III había sido, sin embargo, un excelente papa. Su pontificado había durado más de veinte años (de 1159 a 1181), durante los cuales había canonizado a Bernardo de Claraval (en el origen de la regla de la orden del Temple) y había hecho las paces con Barbarroja en Venecia en 1177. El sacerdocio de Lucio III, que le había sucedido, no se había señalado del mismo modo, probablemente por falta de tiempo, pues en ocasiones el nuevo pontífice se había mostrado muy inspirado. Había que agradecerle, sobre todo, además de la paz de Constanza, el haber fundado en el concilio de Verona una institución de nuevo género, la Inquisición, que contribuía considerablemente a calmar los espíritus.
    Su sucesor, Urbano III, cuyo verdadero nombre era Uberto Crivelli, antiguo arzobispo de Milán elegido en 1185, se esforzaba en refrenar los ardores del joven Enrique VI, el hijo de Barbarroja, que seguía ya las huellas de su padre y asolaba los estados de la Iglesia. Estos asuntos complicaban considerablemente el pontificado de Urbano III, centesimo septuagésimo segundo sucesor de Pedro y Papa actual.
    A Ferrara fue a verlo, pues, Josías.

    Al igual que en materia de vidrieras los azules más bellos se obtienen añadiendo orina y vino al óxido de cobalto, había en el cielo de Ferrara algo malsano difícil de definir. Desde que san Bernardo y los cistercienses habían desterrado de las iglesias los colores y las figuras animales o humanas, dos escuelas se enfrentaban. En una de ellas, defendida por Suger y Mauricio de Sully se alentaba la representación de personajes y la utilización de los más bellos colores, azules, rojos, verdes y amarillos; mientras que, en la otra, los vidrios debían permanecer incoloros y los motivos debían ser geométricos o vegetales. Se trataba de una estética austera, donde nada debía apartar al hombre de la contemplación de Dios.
    En Ferrara, el cielo pertenecía a la primera de estas escuelas, pero parecía haber sido ejecutado a desgana por un defensor de la segunda. Así, mientras los colores estallaban y el rosa del crepúsculo se mezclaba con el zafiro de los cielos, una especie de grisalla lanzada sobre el conjunto le daba un aspecto misterioso. Josías se sentía dominado por la melancolía, sin que pudiera decir cuál era exactamente el motivo.
    El castillo, de hecho una abadía fortificada, se levantaba en la cima de un cerro, rodeado de casitas de tejas naranja y de albaricoqueros que se encorvaban bajo la carga de sus frutos. Aquí y allá, el vuelo de los estorninos poblaba el espacio de gritos, cuyos ecos se multiplicaban al rebotar en los techos y los muros. Gruesas murallas, rodeadas por las aguas verdes de un foso donde nadaban patos, se desplegaban a ambos lados de una puerta doble acorazada con planchas de metal. Dos torres pequeñas (una especie de atalayas de vigilancia) y una cortina equipada con aspilleras defendían el acceso.
    Cuando Josías y su escolta se aproximaron a la pesada puerta de entrada, un monje dio la orden de que los dejaran pasar y luego abrió los brazos en señal de bienvenida. Antes de que Josías tuviera tiempo de presentarse, el monje se le adelantó diciendo:
    – Sé quién sois. Los pisanos nos han informado de vuestra llegada y de las desgracias que se han abatido sobre Tierra Santa. Estos terribles acontecimientos han afectado enormemente a Su Santidad, pero el Papa tendrá el placer de recibiros a pesar de su fatiga…
    Sirvientes vestidos de negro condujeron los caballos a las cuadras e invitaron a los hombres de Josías a dirigirse a las cocinas para comer. En cuanto a Josías, el monje que lo había recibido lo condujo por una larga sucesión de salas con los postigos cerrados y los muros adornados con tapices de carácter religioso.
    Josías aprovechó que el monje había cogido una lámpara de aceite para observarlo mejor. Debía de tener unos cuarenta años y su expresión era grave. Solo los ojos, donde brillaba el resplandor frío de una inteligencia habituada a navegar entre los territorios naturalmente opuestos de la tierra y los cielos, animaban un rostro de rasgos petrificados por las exigencias del deber. Por lo demás, su cara armonizaba con su persona: era alto y derecho como un ciprés, con la piel apergaminada.
    De hecho, bajo un aspecto poco simpático se ocultaba un hombre digno de confianza y de grandes cualidades, dotado de una gran capacidad para escuchar.
    Aquel monje, de la orden de los benedictinos, se llamaba Alberto di Morra y ocupaba el cargo de secretario del Papa. El hombre se confió a Josías:
    – La gente cree que en Ferrara los papas son menos poderosos que en Roma, pero de ningún modo es así: lo son igualmente, y tal vez más aún. Las noticias van mucho más deprisa de lo que se pueda imaginar. Todos los días las recibimos: proceden de visitantes, embajadores, mercaderes, o de informes que nos llegan de tal o cual parroquia. No se nos puede ocultar nada. Lo que la Iglesia quiere saber, siempre acaba por descubrirlo.
    Aquello había sido dicho como una evidencia, pero bajando la voz, pues muchas de las informaciones se recogían en el secreto de confesión, y ese hecho no debía mencionarse nunca.
    – Por otra parte, los monjes guerreros del Temple y del Hospital son unos formidables mensajeros -añadió Di Morra-. Tratan, con todo el mundo: cristianos, sarracenos, judíos de Oriente o de Occidente, militares, religiosos, diplomáticos, mercaderes, banqueros, reyes, villanos… Nosotros estamos en la cima y en la base de la escala. No se nos escapa ni un murmullo. Ni un ruido.
    Cuando Di Morra dejó de hablar, Josías vio que se hallaban ante una puertecita oculta por un ángulo del muro. El monje la abrió e invitó a Josías a precederlo por una escalera de caracol. Debían de encontrarse en una de las dos torres de la entrada al castillo. Una corriente de aire que procedía de los pisos superiores corrió a ras de suelo y ascendió bajo las ropas de Josías, que sintió un escalofrío. Aunque era verano, el grosor de los muros mantenía alejado el calor.
    – Cuando os encontréis en presencia de Su Santidad -prosiguió Di Morra-, no os dirijáis a él directamente. Hablad con el obispo de Preneste, que le transmitirá vuestras palabras. Su Santidad se halla extremadamente fatigado, y aunque su cuerpo se encuentra aquí abajo, temo que su alma esté ya cerca de Dios…
    Después de una nueva sucesión de salas, Di Morra se detuvo ante una doble puerta con las armas del papado: gules con dos llaves de plata colocadas en aspa. El secretario empuñó la aldaba de plata en forma de martillo y dio tres golpes ligeros. Dos criados vestidos de negro, que permanecieron en la sombra, abrieron las puertas de una gran sala sumergida en las tinieblas, que apenas alcanzaban a disipar algunas velas de sebo. En la habitación se distinguían unas formas vagas -vestidas de rojo o de negro- que hablaban en voz baja en la oscuridad: eran miembros de la curia que habían hecho el viaje hasta Ferrara.
    En el fondo de la habitación, un estrado permitía acceder a un lecho inmenso. Alguien estaba acostado en él. A su lado, vestido de negro y sosteniendo un rollo de pergamino, un hombre con aspecto de rata susurraba unas palabras al oído del Papa.
    – ¡Acercaos! -dijo el hombre de negro al ver entrar a Josías y Di Morra.
    Los recién llegados avanzaron en medio de los murmullos, el roce de vestiduras y las miradas inquisitivas. Josías centró sus sentidos en lo que tenía bajo los ojos: un moribundo en cama, el Papa. Estaba impresionado por el contraste entre ese lugar y el fasto que había imaginado encontrar en el Vaticano. Un sencillo crucifijo de madera estaba clavado sobre la cama, así como dos pinturas: una representaba La llegada al monte Somete de los enviados de Constantino y la otra a Noé recibiendo de Dios la orden de construir el arca. El rojo y el pardo del embaldosado se repetían hasta el techo, adornado con molduras geométricas. El resto del mobiliario se hundía en la sombra, pero Josías pudo adivinar las formas de una gran mesa de despacho de roble que servía de escritorio, varios armarios, un atril donde descansaba un. libro, sin duda una Biblia, y algunas sillas con respaldo de cuero rojo. Cerca de la cama había una consola donde se encontraban dos vasos de pie trenzado, una garrafa de vino y unas tortas de trigo candeal que parecían orientales, sin que Josías hubiera sabido decir por qué. En suma, la habitación se correspondía con la imagen del resto del castillo, sin lujos ostentosos.
    Estaban lejos de la profusión de esplendores que reinaba en el interior de ciertos palacios orientales; tan lejos, por otro lado, que todo aquí olía a muerte, tal vez porque, en efecto, un moribundo estaba presente. Josías comprendió entonces que la tristeza que había sentido al llegar a Ferrara, el velo que oscurecía la ciudad, tenían su fuente en ese lugar, en esa habitación, y más concretamente en la mirada ausente de la persona que Di Morra le estaba presentando.
    – Su Santidad el papa Urbano III -dijo el monje arrodillándose ante el vicario de Pedro. Y luego, levantándose, y besando la mano del hombre que les había pedido que se acercaran, añadió-: Monseñor arzobispo de Preneste, camarero de Su Santidad, su excelencia Paolo Scolari.
    Mientras Di Morra acababa las presentaciones, Josías fue a besar la mano del Papa, que le pareció extrañamente caliente, y luego saludó con respeto al obispo de Preneste, cuya mano encontró, por contraste, sorprendentemente fría.
    – Aquí estáis, pues -dijo Urbano III con voz temblorosa-. El hombre de quien el famoso Guillermo de Tiro… paz a su alma… nos hablaba tan bien. Nos preguntábamos cuándo llegaríais.
    Ante el movimiento de sorpresa de Josías, Urbano III explicó:
    – Son terribles estos pisanos… Siempre al corriente de todo antes que todo el mundo, y charlatanes como cotorras. Un poco de dinero los hace cantar, basta con pagar. Eso es todo.
    – Monseñor -dijo Josías, cuidando de dirigirse al obispo de Preneste, tal como le había recomendado Di Morra-, ha sido un veneciano quien me ha conducido aquí…
    – Querido hijo -dijo el Papa en un suspiro-, ¿realmente lo creéis así? Estáis aquí por la gracia de Dios todopoderoso, y solo por su gracia. Vuestro amigo el veneciano, capitán de La Stella, Tommaso Chefalitione, no vale mucho más que un pisano. Es un traficante de armas de la peor especie… ¿Lo sabíais?
    – Me lo ha dicho.
    – ¿También os ha dicho a quién están destinadas esas armas?
    – A quien se las pague.
    – Buena respuesta, querido hijo. Acercaos más, que os vea.
    Josías dudó un instante, pero el obispo de Preneste lo invitó a acercarse a Su Santidad, lo que le permitió comprobar lo profundo de su estado de fatiga. El rostro del pontífice estaba pálido, abotargado y marcado de rojo. Sus ojos, con el blanco teñido de amarillo, desaparecían bajo los pliegues de los párpados. Y tenía una mirada ausente, preocupada únicamente por el infinito. De vez en cuando un silbido agudo salía de su pecho.
    – Mirad esta moneda -prosiguió el Papa, señalando con mano temblorosa una pequeña moneda de oro depositada sobre la consola.
    Josías cogió la monedita y la examinó con atención. Se trataba de un simple besante de oro, como otros muchos que circulaban en Tiro, con la marca de la ciudad de Venecia en una de sus caras. La moneda parecía de buen peso.
    – ¿Qué veis? -preguntó el Papa.
    – Un besante de oro veneciano -respondió Josías mirando a los ojos al obispo de Preneste.
    – Observad mejor -insistió Urbano III, indicando a Di Morra que desplazara su lámpara de aceite hacia Josías.
    Josías hizo girar la moneda en su mano y vio que en la otra cara llevaba una inscripción en árabe. Leyó el nombre del Profeta, así como el año: 578 (1182 para los cristianos), año en que las factorías venecianas de Constantinopla habían sido pilladas e incendiadas.
    – Es una moneda bifaz -dijo Josías-. Cada vez se ven más.
    – Es una entre otras… Pero vos sabéis que el dinero, no contento con ayudar a hacer hablar, es en sí mismo charlatán. Esta moneda ilustra perfectamente hasta qué punto los intereses de los sarracenos y de los venecianos se entremezclan. Por un lado, defienden los intereses de los cristianos de Tierra Santa, transportando mercancías útiles a los que luchan por mantener libre el acceso a la tumba de Nuestro Señor Jesucristo y cristiana a la ciudad de Jerusalén; por otro, velan por sus propios intereses vendiendo las mejores armas fabricadas en Occidente a las tropas de Saladino, ya poderosas. El obispo de Preneste, que nos ha traído esta moneda… por no hablar de este vino y estas tortitas de trigo…, nos leía precisamente la lista de los numerosos productos que debemos a los infieles. Forzoso es reconocer que es impresionante: tejidos como el algodón, el moer, el tafetán y la muselina; productos alimenticios como el café, las alcachofas, las berenjenas, las naranjas, los limones, las espinacas y los chalotes, cuyo nombre proviene, si hemos comprendido bien, de la ciudad de Ascalón. Y es solo un pequeño resumen de todo lo que recibimos de ellos. Y nosotros ¿qué les damos a cambio? Armas, material de guerra y medios para mejorar sus barcos de combate, lo que es un perjuicio para la cristiandad y un bien para el islam. Como si no tuviéramos otra cosa que ofrecer. Diréis a vuestro capitán Chefalitione que en el próximo concilio promulgaremos el siguiente decreto…
    El obispo de Preneste desenrolló el pergamino que tenía en la mano y leyó en voz alta:
    – «Quienquiera que ose vender a los sarracenos hierro o armas, maderas de construcción marítima o barcos ya construidos, o que entre al servicio de los infieles en calidad de capitán de navío o de piloto, incurrirá en la excomunión, pena a la cual deberán añadirse la confiscación de sus bienes y la privación de sus libertades individuales.»
    Urbano III volvió la mirada hacia Josías.
    – Las noticias vuelan -dijo con un suspiro-, y los traficantes de armas también, si es que no las preceden… No nos extrañemos luego de que los infieles se encuentren tan bien equipados y de que se apoderen de la Vera Cruz en el mismo lugar en que Nuestro Señor Jesucristo eligió a sus apóstoles…
    – Sí -dijo Josías a media voz-, en la colina de Hattin, no muy lejos de Tiberíades.
    – Los pisanos nos han informado de ello. Pero desde hace algún tiempo los signos anunciadores de una gran desgracia se han multiplicado. En Francia, en Saint-Pierre-le-Pullier, se ha visto aparecer el estandarte de Nuestro Salvador; en la provincia de Orleans, un Cristo con el rostro inundado de lágrimas ha aparecido en el cielo, y en Milán, un hombre ha visto arder una cruz. En las granjas del norte, los cerdos ya no quieren comer. En el sur, los frutos se pudren en los árboles. En otro lugar, bolas de granizo grandes como huevos de paloma han caído sobre un pueblo, y han dañado los tejados y arrasado las cosechas. Hay niños que olvidan de pronto su lengua natal y se ponen a gritar en lenguas desconocidas; parejas que la víspera se adoraban, se separan al llegar el alba… La lista de fenómenos extraños que se han sucedido desde principios de año es larga. Tememos que no acabe nunca. La caída del condado de Edesa, en el año de gracia de 11.44 de la encarnación de Nuestro Señor, era ya una advertencia. San Bernardo lo había dicho: «Los reyes de Francia e Inglaterra se preocupan demasiado por sus propias coronas, y no lo bastante por la de Cristo».
    A Josías le daba vueltas la cabeza. Pensaba en su país, en su maestro, Guillermo.
    – Inútilmente -continuó el Papa-, Guillermo de Tiro fue a pedir a Felipe Augusto y a Enrique II que tomaran la cruz, en vano quiso dirigirse a Federico I Barbarroja, que prefiere atacar Roma antes que Damasco, Bagdad o El Cairo. Guillermo nunca hubiera debido abandonar Tiro: aún seguiría con vida. Nuestro venerado predecesor Lucio III predicó también en vano, al igual que nosotros. Tenemos la dolorosa impresión de que Dios no ha encontrado más solución para motivar a estas testas: coronadas que la de privarnos de lo que nos era más querido: la Santa Cruz.
    – Iré a ver a los reyes de Inglaterra y de Francia -dijo Josías-. Iré a ver a Barbarroja también, si es preciso.
    Esta propuesta no pareció del gusto del obispo de Preneste, que dirigió a Josías una mirada tan malévola que por un instante la voz del joven arzobispo de Tiro tembló ligeramente.
    – ¿Por qué no? -dijo el Papa-. Después de todo habéis dado muestras de coraje al venir hasta aquí…
    – Los más valerosos se han quedado -murmuró Josías.
    – Los más valerosos -insistió el Papa- han hecho lo que tenían que hacer. ¡Y eso es lo que habéis hecho vos!
    Urbano III parecía haber recobrado hasta cierto punto su energía. El pontífice se incorporó en su cama y reclamó que tomaran nota de lo que iba a decir. Algunas personas se agitaron en la oscuridad. Josías oyó cómo abrían un armario, y luego alguien trajo varios rollos de pergamino vírgenes, un tintero y plumas de oca, que cogió el obispo de Preneste.
    – Hoy, día de san Pantaleón del año 1187… -empezó Urbano III con voz jadeante.
    El obispo de Preneste mojó la pluma en la tinta negra y escribió al dictado del Papa.
    – Urbano III, obispo de Roma y siervo entre los siervos de Dios, a sus muy excelentes hijos Felipe Augusto y Enrique II Plantagenet, respectivamente rey de Francia y rey de Inglaterra, y a Federico I Barbarroja, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Nos elevamos al arzobispo Josías de Tiro al rango de prelado, con la misión de presentarse ante vosotros para exhortaros, por Dios y por la salud de vuestra alma, a tomar la cruz y a vengaros de nuestros enemigos, los sarracenos…
    En este momento del dictado, el Papa sufrió un ataque de tos. Después de haber recuperado la respiración, el pontífice continuó, medio sofocado:
    – Además, ordenamos que se eleve en toda la cristiandad un diezmo especial, llamado «sarraceno», cuyos beneficios servirán para financiar vuestras expediciones. A todos los que tomen la cruz, les prometemos indulgencia plenaria y remisión de los pecados. Sus bienes se encontrarán, durante el tiempo de su ausencia, bajo la santa guarda de la Iglesia de san Pedro. Finalmente, ordenamos un ayuno todos los viernes durante cinco años, así como la abstinencia de carne los miércoles y sábados… Mis muy queridos hijos, escuchadnos, no rechacéis nuestras plegarias y no cerréis vuestros oídos a nuestras súplicas; pues así, nos, príncipe de los apóstoles, no os cerraremos la entrada del reino de los cielos.
    Cuando el obispo de Penestre hubo acabado de redactar el texto, el Papa ordenó:
    – Cerradlo y lacradlo con nuestro sello.
    Paolo Scolari se disponía a derramar sobre la bula papal un poco de cera roja para aplicar el sello de Urbano III, cuando este exclamó:
    – ¡Un instante! Deseamos resaltar este acontecimiento de una forma especial. Lo que vivimos actualmente lleva un gran desorden al mundo. Queremos que todos se aperciban de ello cambiando el color de nuestro sello. Mientras la Santa Cruz no sea reconquistada, declaramos al papado en duelo: nuestro sello será de color negro.
    El obispo de Preneste cogió, pues, un bastoncillo de cera negra, la fundió sobre el sobre y aplicó el sello papal. Urbano III ordenó con un gesto a Scolari que entregara la bula a Josías y dijo a este último:
    – No la abráis sino en presencia de los reyes de Francia e Inglaterra reunidos. Barbarroja, por su parte, partirá sin plantear dificultades cuando conozca nuestros problemas. Desde el momento en que sepa que la Santa Cruz nos ha sido arrebatada, lo cual no puede tardar, querrá recuperarla para él y, quién sabe, tal vez establecer la capital de su imperio en Jerusalén. A vosotros os corresponde, mis muy queridos hijos, actuar de modo que esto no ocurra.
    Di Morra y Scolari inclinaron la cabeza y en la habitación se escucharon algunos murmullos.
    – Santísimo padre -intervino el obispo de Preneste-, ¿puedo permitirme una sugerencia? ¿No podría ejercerse presión sobre Enrique II o sobre Felipe Augusto?
    – ¿En qué estáis pensando? -preguntó el Papa.
    – En excomulgarlos…
    – Este procedimiento ya se ha utilizado, sin otro resultado que el de hundir a aquellos a los que apuntaba en el orgullo y el odio hacia nuestra persona. Ni siquiera la excomunión pronunciada en 1139 en el concilio de Letrán por nuestro venerado predecesor (paz a su alma) Inocencio II en contra, de la ballesta tuvo el efecto deseado, a no ser el de llenar nuestras arcas gracias a la venta de excepciones… Por otra parte, os recordamos que Enrique II ha amenazado con hacerse mahometano… Y no quisiéramos empujarlo aún más en esa dirección.
    – Entendámonos, pues, con su hijo, Ricardo Corazón de León. Está en muy buenas relaciones con el rey de Francia y no debería ser muy difícil trocar su partida a Tierra Santa por el trono de Inglaterra.
    – Enviadle dinero, ayudad a su hermano, Juan Sin Tierra, a combatir a su padre. Ved, en fin, todo lo que puede hacerse -dijo el Papa.
    Y, viendo que Josías se había mostrado turbado durante este intercambio de palabras, Urbano III añadió dirigiéndose a él:
    – El cielo se gana aquí abajo, y aquí abajo debemos actuar. Por otra parte, no olvidéis que han sido reyes los que han perdido la Vera Cruz. Nos somos inocente de este crimen. Desde el inicio no hemos dejado de decir que no nos placía verla expuesta así al riesgo de las armas. Sin embargo, los reyes no han dejado de utilizarla en su propio beneficio, sin tener en cuenta los peligros en que incurrían. No hace tanto tiempo, poco antes de la Navidad del año de gracia de 1182, el propio Balduino IV partió a saquear la región de Damasco llevando consigo la Vera Cruz. ¿Creéis acaso que la cruz estaba destinada a eso?
    – El arzobispo de Tiro, Guillermo, mi maestro, se encontraba en compañía del rey -respondió Josías-. El portaba la Vera Cruz, escoltado por algunos de los mejores caballeros del Temple y del Hospital.
    – Ya sabéis, Josías, hasta qué punto amábamos a Guillermo. Pero en este asunto llevó la Santa Cruz por un rey, y no por Dios. La cruz no tiene nada que hacer en un campo de batalla. Su lugar está en una iglesia. Por otra parte, ningún rey debería gobernar en Palestina. Como tan bien escribió nuestro venerado predecesor Alejandro III, en una bula dirigida en 1181 a toda la cristiandad a propósito del pequeño rey leproso: «No existe un rey que pueda gobernar esta tierra. Balduino, por ejemplo, que lleva las riendas del gobierno, se encuentra gravemente flagelado por el justo castigo de Dios, hasta el punto de que tiene dificultades para soportar los continuos tormentos de su propio cuerpo». El mismo Dios no ha dejado de advertirnos. La lepra de Balduino era un signo. La pérdida del condado de Edesa fue el primero. La toma de la Vera Cruz será, sin duda, el último.
    Josías no hizo ningún comentario, pero dejó de mirar al obispo de Preneste, al que ya no soportaba dirigirse. La lepra que había afectado al pequeño rey Balduino IV a lo largo de todo su reinado nunca había sido comprendida en Occidente. Mientras que en Oriente era una simple enfermedad, que Guillermo había tratado de curar, en el Vaticano había sido considerada una manifestación de la voluntad divina: la prueba de que el reinado de Balduino no era apreciado por Dios, la prueba de que ninguna otra jurisdicción que no fuera la de la Iglesia sería aprobada nunca por el cielo en Jerusalén.
    Balduino IV había sido, sin embargo, el mejor de todos los reyes de Jerusalén. Su enfermedad no le había impedido realizar milagros, como triunfar en la batalla de Montgisard, que todos habían dado por perdida de antemano. Balduino IV, cuyo temperamento dulce y prudente era debido a la educación inculcada por Guillermo de Tiro, era en cierto modo la contrapartida civil de Josías, tan próximos se encontraban sus caracteres. Josías reflexionó un instante. Guillermo había muerto en circunstancias extrañas. Algunos decían que había sido envenenado por Heraclio porque había querido ir a Roma para oponerse a la elección de este último para el cargo de patriarca de Jerusalén. La mirada de Josías se cruzó inoportunamente con la del Papa, que percibió su turbación y lo invitó a expresarse.
    – Guillermo amó a Balduino, es cierto -convino Josías dirigiéndose directamente al Papa-. Pero en Hattin vimos al rey de Jerusalén combatir a Saladino, mientras que su patriarca, Heraclio, estaba ausente de la batalla. Hizo que lo reemplazaran dos de sus hijos, uno de los cuales es el obispo de Lydda, y el otro, el de Acre. Ellos llevaban la Vera Cruz. Constataréis, pues, que si la Iglesia ha ido al frente de combate, nunca lo ha hecho enviando a sus más altos representantes…
    Hilillos de sudor corrían por el rostro y la espalda de Josías. Acababa de criticar de forma apenas velada el comportamiento de los papas desde el concilio de Clermont, donde Urbano II había predicado la liberación de la tumba de Cristo. Desde entonces se elevaban voces -aunque, sin duda, poco numerosas y bastante tímidas- que reprochaban a los papas haber incitado de forma insistente a los otros a partir pero no haber conducido nunca ellos mismos a los cruzados a Jerusalén.
    Todos miraban a Josías: Urbano III con tristeza, el obispo de Preneste con odio y Di Morra con interés.
    – Sois joven -prosiguió el Papa-. Francia e Inglaterra os harán mucho bien. ¿No dicen que el viajar forma a la juventud? Vos, que acabáis de abandonar las faldas de vuestra madre, lo necesitáis mucho. No ignoramos que algunos representantes de la Iglesia estaban presentes en los campos de batalla, mientras que otros, entre los más grandes, no se encontraban allí. Y es que ellos estaban llamados a desempeñar otras tareas no menos importantes. Pero ¿no son precisamente los soldados de Cristo nuestros dignos representantes? Cuando sus estandartes cayeron derrotados en Hattin, ¿qué hicieron esos hombres?
    – Se rindieron -respondió Josías amargamente.
    – Murieron por su fe. Al hacerlo, se reencontraron con Cristo, del que acababan de ofrecer la más perfecta imitación. Nada es más bello que morir así -dijo el Papa con un suspiro.
    Se produjo un largo silencio incómodo, y luego Josías se arrodilló y cogió la mano del Papa.
    – Santísimo padre -murmuró bajando la cabeza-, os ruego que accedáis a perdonar mis pocos años y mi desconocimiento de las costumbres de vuestro país. He tenido que abandonar mi patria, donde la guerra causa estragos. A esta gran pena se añade la que todos compartimos por la pérdida de la Santa Cruz, y este dolor ha desbordado mi corazón.
    – Comprendemos -dijo el Papa palmeando afablemente la cabeza de Josías-, y os perdonamos. Levantaos.
    Josías se incorporó, pero mantuvo los ojos bajos.
    – No ignoramos lo que estáis soportando, pero esto pasará. El tiempo hará su trabajo y, si place a Dios, encontraremos la Santa Cruz, y vos, vuestra patria. Pero hoy grandes sacrificios se nos imponen a todos. Quien se bate con el diablo, debe tener a Dios consigo. Sabemos de los reproches que se nos han hecho, a nos y también al Temple y al Hospital; el propio Guillermo de Tiro vino a pedir a Alejandro III que abrogara algunos de los numerosos privilegios que nuestro venerado predecesor Inocencio II les había otorgado en su bula Omne Datum Optimum. Tal vez Guillermo no se equivocara, pero estas órdenes son útiles. Ellas son el brazo armado de Dios en Palestina. Son la furia divina y la voz de Roma. Dicho esto, igual que hoy concedemos a los reyes una oportunidad de redimirse, pedimos al Temple y al Hospital que prueben que sus recientes fracasos en Hattin, Séforis y Casal Robert no fueron más que un accidente, y que siguen mereciendo sus privilegios…
    El Papa se interrumpió e hizo ver al obispo de Preneste que deseaba beber. El obispo vertió un poco de vino bermejo en uno de los vasos de pie trenzado y lo acercó a los labios del Papa, que bebió a pequeños sorbos. Cuando hubo terminado, continuó:
    – San Bernardo dijo: «El caballero de Cristo mata en conciencia y muere tranquilo». Matar por Cristo no tiene nada de criminal. Y, en las circunstancias presentes, es preferible masacrar a los paganos, a los infieles, que arriesgarse a dejarse oprimir por ellos… Bellum Domini, es la guerra del Señor, una guerra santa. Y para llevarla adelante se necesitan batallones de guerreros santos. Estos guerreros santos son los caballeros del Temple y del Hospital.
    – Sin embargo, su poder -dijo Josías- está por encima del de los hombres y los reyes.
    – No es nada comparado con el nuestro.
    – Cada vez son más poderosos.
    – Pero siempre a nuestras órdenes.
    – ¿Hasta cuándo?
    El Papa levantó la mano. Josías se adentraba en un terreno peligroso para alguien de su edad y de su rango.
    – Esperamos que vuestra impertinencia, vuestra juventud y vuestra fogosidad triunfen donde la sabiduría y la experiencia de Guillermo fracasaron. ¡Idos ahora!
    – Agradezco a vuestra santidad que me haya concedido audiencia -murmuró Josías.
    El arzobispo se disponía a retirarse cuando el obispo de Preneste levantó la voz.
    – Ese capitán, Tommaso Chefalitione, ¿qué está haciendo?
    – Está en el puerto, con mi madre.
    – ¿Y qué espera para partir?
    – Su carga, sin duda.
    – Hacedle saber que la ha encontrado, y que es más valiosa que un cargamento de armas.
    – ¿Puedo preguntaros…?
    – Aquí está.
    Josías vio salir entonces de las tinieblas de la habitación a un hombre de unos treinta años de una impresionante corpulencia; tenía los cabellos negros y la piel morena, como la suya, y vestía al modo oriental. El rostro, sin embargo, tan fino como el de un hurón, revelaba su origen persa. El hombre sostenía en las manos una ballesta de un género un poco especial. Además de tener dos tableros, que cargaban cada uno un cuadrillo metálico, estaba hecha de acero. El desconocido llevaba a la cintura dos sables, uno corto y otro más largo, que resplandecían débilmente.
    Los ojos del hombre, de un azul profundo, se clavaron en los de Josías, que le sostuvo la mirada.
    – Este hombre es nuestro mensajero para Oriente -explicó el obispo de Preneste-. Interviene en los asuntos más delicados. Estábamos interesados en que lo conocierais. Le hemos encargado llevar una carta bula cum filo canapis a las órdenes del Temple y el Hospital. Se trata de una misión de la mayor importancia para la Cámara Secreta. Tal vez os veáis en situación de trabajar juntos…
    – ¿Quién sois vos? -preguntó Josías al oriental.
    – Para vos -respondió el hombre- no tengo nombre.
    – Se llama Wash el-Rafid -dijo el obispo de Preneste-. Es persa. Lo recluté yo mismo con ocasión de un viaje a Palestina. Procede del Yebel Ansariya. ¿Lo conocéis?
    – Sí -dijo Josías.
    ¿Cómo no conocer, en efecto, aquella cadena de montañas de siniestra reputación? El Yebel hormigueaba de refugios de una de las ramas más vergonzosas de la secta ismailí de los nizaritas: los asesinos. Entonces recordó Josías que las tortitas de trigo candeal colocadas sobre la consola del Papa eran enviadas por los asesinos a sus futuras víctimas, para prevenirlas de que se encontraban en sus manos…
    Sorprendentemente, Wash el-Rafid llevaba sobre el pecho un símbolo, el mismo que su santidad Eugenio III había otorgado en 1147 a los templarios con ocasión de la primera reunión del capítulo general de su casa, «a fin de que este signo triunfal constituya para ellos un escudo para que no huyan ante ningún, infiel»: una cruz roja, que lo señalaba como templario.
    En el mismo momento en que la mirada de Josías se detenía en ella, Wash el-Rafid se la arrancó con un gesto furioso y declaró con una voz que temblaba de dolor:
    – Ya no soy digno de llevarla. Mientras la Santa Cruz no sea hallada, mis vestiduras permanecerán tan vírgenes como las de los primeros templarios.
    Luego abrió el puño, y la cruz roja cayó a sus pies, en la oscuridad.

10

    Los habitantes de la tierra se dividen en dos, los que tienen un cerebro, pero no religión, y los que tienen una religión, pero no cerebro.
    Abul-Ala al-Maari

    La carreta ascendía por la calle bamboleándose como una barca agitada por las olas. Circulando en un mar de tiendas de colores vivos, de puestos de venta en torno a los que se apretujaba una multitud compacta, recordaba a esas barquichuelas empujadas a alta mar por una corriente desfavorable en el momento en que trataban de volver a puerto. A veces el carromato perdía velocidad, como si se encontrara en el vientre de una ola, cabeceaba a un lado y a otro, se hundía sobre sí mismo, se perdía en la marea humana, desaparecía cuando unos jinetes pasaban junto a él y luego reaparecía para seguir adelante. Se hubiera dicho que una mano invisible lo empujaba inexorablemente hacia su objetivo.
    El propietario de la carreta era un enano de caminar renqueante, un judío que ejercía la muy lucrativa y no menos peligrosa profesión de comerciante de reliquias. Desde luego, no se presentaba como tal ante la gente que acudía a verlo. Al menos no inmediatamente. Sin embargo, muy pronto la máscara del vendedor de recuerdos caía para revelar el rostro del traficante. A decir verdad los dos se parecían. Lo único que cambiaba eran los precios. Aquel frasco lleno de agua mezclada con polvo de tiza valía diez dinares, o cien besantes de oro cuando se revelaba, bajo secreto, que se trataba de hecho de un resto de leche de la Virgen, recogido no se sabía cómo. El cliente, generalmente un peregrino en el camino de vuelta a casa, se ponía a contar las estrellas, con los ojos abiertos como platos. «El paraíso al alcance de la mano», pensaba con una sonrisa en los labios y acariciando el frasco. Si discutía un poco, podía conseguirlo por trescientos dinares. Pero eran raros los que lo hacían. Dudar del origen de las reliquias era un sacrilegio para la mayor parte de ellos. San Bernardo de Claraval, según decían, se había tragado todo un frasco. El líquido no era apto para el consumo, pues nadie podía garantizar la buena conservación de una leche con más de mil años; pero, para gran suerte de la cristiandad, san Bernardo, gracias a su fuerte constitución, se había librado con un buen cólico y unos días de oración en las letrinas de Claraval.
    El comercio de reliquias daba mucho, pero era una práctica que tenía sus peligros. En efecto, los que se consagraban al comercio de los pedazos de cuerpo o jirones de ropa que habían pertenecido a un muerto, estaban interfiriendo, de hecho, en el monopolio de las religiones en materia de salvación. En cierto modo no robaban a sus clientes, sino a la propia Iglesia, a Dios.
    Por eso este crimen estaba severamente castigado. Aunque de diversas formas. Porque si a los guardias qué se mostraban excesivamente puntillosos se les podía dar un dedo de san Mamas o unos pelos de la barba del Profeta para que cerraran los ojos, no sucedía lo mismo en el caso de las órdenes militares.
    Cada vez que los templarios o los hospitalarios desenmascaraban a uno de esos traficantes -sea porque lo hubieran encontrado en las cercanías de una tumba, sea porque se hubieran hecho pasar por clientes-, su tienda era incendiada, sus bienes confiscados y su familia encarcelada. En cuanto al traficante, generalmente era torturado durante largos días -a fin de saber si había robado alguna reliquia auténtica- antes de ser colgado o, si era judío, crucificado.
    Algunos bromistas, dotados de un dudoso sentido del humor, pretendían que todo lo que necesitaba el tráfico de reliquias para funcionar eran buenos vendedores y clientes ricos. La mercancía, en sí misma, nunca faltaba. De hecho, corrían rumores que afirmaban que el mercado se «autoalimentaba», pues los vendedores detenidos proporcionaban, muy a su pesar, material con que reavituallar a sus cofrades.
    Como, extrañamente, los cementerios se dejaban sin vigilancia las noches siguientes a la captura de un traficante, a sus colegas les bastaba con acudir allí para renovar sus existencias. Un simple cadáver podía proporcionar a cinco o seis traficantes suficiente mercancía para un año, dos si el muerto era bastante grande. Existía todo un arte para despachar un cuerpo, para vender una mano antes que un brazo, un dedo -o una falange, o la punta de una uña- antes que una mano. Por descontado, se ofrecían otras reliquias además de pedacitos de cadáver; por ejemplo, ropas o cualquier objeto tocado por un santo (si solo lo había entrevisto, se ofrecía una rebaja). Dicho esto, los peregrinos se mostraban ávidos, sobre todo, de osamentas.
    El principal peligro que amenazaba a estos comerciantes de lo extremo, especie de prologuistas del paraíso, era la denuncia. Pues, aunque dijeran que estaban encantados de poder aprovisionarse de mercancías con sus colegas difuntos, y reivindicaran ese privilegio, todos temían el día en que les correspondería a ellos aprovisionar a sus colegas.
    Por eso estos hombres eran a menudo seres solitarios, que no se trataban entre sí y solo se cruzaban en los cementerios a la caída de la noche. Y no era raro que los más pobres, los más malintencionados o los que se habían quedado sin existencias denunciaran a sus cofrades.
    De hecho, eso era lo que le había ocurrido a nuestro comerciante, y por una razón muy especial: había tenido la suerte (o mejor dicho, la desgracia) de dar con una auténtica reliquia. Esto había provocado los celos y el resentimiento de toda la profesión, así como la cólera de la Iglesia. Advertido de la llegada inminente de los templarios, Masada había abandonado entonces precipitadamente su pequeña tienda de Nazaret y había puesto pies en polvorosa con mujer y bagajes.

    Masada debía su nombre a una fortaleza construida en otro tiempo por Herodes el Grande, donde se habían refugiado los celotes después de la toma de Jerusalén y el incendio del Templo por los romanos. Su padre lo había bautizado así porque Masada, cuyo enanismo se había puesto de manifiesto desde su nacimiento, era para él «como el pueblo judío»: un enano en relación con los otros, pero poseedor de un valor y una fuerza incomparables. En. realidad, Masada hubiera debido apodarse más bien «Masada el Ruin», porque era como Bilis, el rey de los antípodas; perezoso, cobarde y abúlico, el comerciante prefería contar sus denarios antes que los golpes y se colocaba siempre del lado del más fuerte. Masada tenía una opinión muy precisa sobre su profesión. Se denominaba «amigo de las artes» y «suscriptor de las religiones». Por otra parte, mantenía este discurso ante todos los compradores que acudían a su pequeña tienda de Nazaret, y se quejaba continuamente de que no hubiera más cultos en la tierra. «Adoro a los dioses; me siento próximo a todas las religiones y amigo de todos los apóstoles -repetía siempre que se presentaba la ocasión-. Cuando un sacerdote os bendice, ¿qué os queda? Nada. Cuando me compráis una reliquia, en cambio, más que un objeto adquirís algo que será la admiración de todos vuestros verdaderos amigos y suscitará la envidia de los otros: un salvoconducto para el paraíso, una patente del acceso privilegiado que os está reservado allí.» (Por otro lado, aquel discurso estaba en perfecto acuerdo con la tradición, que otorgaba a san Pedro el papel de santo patrón de los comerciantes de reliquias.)
    Nacido pobre en 1135, Masada había adquirido una estupenda fortuna gracias al jugoso comercio de las reliquias, vendidas a una clientela cada vez más numerosa desde la toma de Jerusalén, en 1099, por los francos. Un contrato lo ligaba al obispo de la ciudad, al que se había comprometido a proporcionar en cada Pascua -para el nuevo año- lo más selecto de sus «reliquias».
    A menudo se lo veía deambulando por el desierto en compañía de un aprendiz, nunca el mismo, en busca de ciudades antiguas o de lugares frecuentados en otro tiempo por personajes del Corán o de la Biblia: «Antiguo, Nuevo, Apócrifos, todos los Testamentos me interesan…», precisaba Masada. En Belén se aprovisionaba de restos de mantillas y de juguetes de Jesús niño (muñecas de trapo, caballitos de madera), así como de cajitas que contenían mirra o incienso (regalos de los Reyes Magos); en Jerusalén, de denarios de Judas a docenas, ramas de olivo, numerosos fragmentos de la Vera Cruz, los últimos suspiros de Cristo (en frascos herméticos, tapados con cera), así como de las vendas y aromas con que José de Arimatea lo había colocado en la tumba. Además, pretendía tener con este último una extraña relación, ya que se enorgullecía de haber sido amigo de uno de sus lejanos descendientes. «Arimatea es el inventor de la profesión», clamaba Masada, lo que tenía la virtud de enfurecer al obispo de Nazaret.
    La gente acudía de lejos para verlo. Para los grandes de Occidente era inconcebible volver de Oriente sin una reliquia del establecimiento de Masada. El conde de Flandes, Felipe de Alsacia, y en su época Luis VII -que se dejó allí sumas indecentes para satisfacer a su joven esposa, Leonor de Aquitania- y Conrado III, se habían aprovisionado en su casa. Y todos recomendaban a su «buen amigo» Masada.
    Como estas reliquias eran falsas, los templarios y los hospitalarios habían recibido la consigna de dejarlo en paz. Además, Masada había prometido que devolvería inmediatamente al obispo de Nazaret -previa compensación- cualquier reliquia susceptible de ser verdadera. Pues la Iglesia, por más que condenara con la mayor firmeza a los que se entregaban a la simonía, cerraba, en cambio, los ojos ante las diversas actividades de quien era su «proveedor oficial»: Masada.
    En compensación, el comerciante cubría de oro y reliquias al patriarca de Jerusalén y a sus hijos, los obispos de Acre y de Lydda. De vez en cuando Masada les hacía un regalo. Aunque un año metió la pata y les ofreció once dedos de san Juan Bautista. Pero Heraclio, el patriarca de Jerusalén, optó por reírse del incidente, y nunca se repitió nada parecido.
    «Ay de vos si encontráis una verdadera y no me la confiáis», le advertía, con todo, Heraclio. Y, después de hacer el gesto de cortarle la garganta, añadía: «La escoria es vuestra; pero los santos, míos. No lo olvidéis…».
    Y Masada se estremecía y prometía: «No, no, esto no ocurrirá nunca».
    Sin embargo, el comerciante se había convertido, sin saberlo, en el feliz propietario de una auténtica reliquia de la que nunca había informado.
    A pesar de su inmensa fortuna, Masada llevaba aparentemente una vida de gran sencillez. Dormía y comía en su propio establecimiento, que tenía todo el aspecto de una tienda de boticario normal. ¿Dónde estaba, pues, su oro? Nadie tenía una respuesta satisfactoria para aquella pregunta. Se barajaban, al respecto, toda clase de hipótesis, a cual más extravagante, desde las donaciones ofrecidas a los judíos de Occidente para apoyar su causa, hasta la construcción de una ciudad en el desierto, adonde iba con tanta frecuencia.
    De hecho, este fenómeno tenía una explicación o, mejor dicho, tenía dos, igual que la buena fortuna de Masada: una verdadera, ignorada por todos, y una falsa, conocida por los más sabios, o los mejor informados.
    La respuesta de los que se creían mejor enterados con respecto a la cuestión de la pobreza aparente de Masada era a la vez lógica y simple: si el comerciante de reliquias vivía entre incomodidades, era a causa de su matrimonio. Hay que decir que su mujer, llamada Femia, compraba tantas joyas que a los más sagaces les parecía imposible que su marido no se hubiera arruinado. Pero, si Masada iba siempre tan terriblemente escaso de dinero, no era a causa de su mujer: era a causa de un secreto.
    En cuanto a su oro, si entraba en sus arcas (aunque allí se desvaneciera como el agua en el tonel de las danaides), no era gracias a la protección de la Iglesia o, más concretamente, a la del patriarca de Jerusalén. No. Si Masada era rico, era gracias a su asno. Y eso era algo que ignoraba él mismo. Hasta aquel día de mediados de julio.
    Los fuegos de la derrota de Hattin apenas empezaban a apagarse cuando Masada cayó de pronto en la cuenta de que su asno, que tenía desde hacía mucho tiempo, seguía vivo. Pero ¿por qué le preocupaba aquello precisamente entonces?
    A decir verdad, la longevidad del animal ya lo había sorprendido antes, pero no le había dado demasiada importancia. «Este asno es viejo -se decía-. Pronto morirá.»
    Pero el asno no se moría.
    Masada lo alimentaba con avena y centeno, a veces le hablaba al oído, lo cepillaba cada mañana y una vez al año le ofrecía herraduras nuevas; de modo que era un asno como los otros, que trabajaba como los otros, pero que seguía vivo a pesar de su edad venerable.
    Por otra parte, ¿qué edad podía tener? Era difícil decirlo. Siempre había sido viejo. Estaba pelado, placas de piel enrojecida por la enfermedad le cubrían parte del cuerpo, tenía las rodillas deformadas y las patas tan torcidas como el bastón con que su amo se ayudaba para caminar. Sin embargo, seguía adelante. En la zona del cabestro se le había formado una especie de oquedad a fuerza de tirar de la carreta, y generalmente llevaba la cabeza baja. El asno no se quejaba nunca.
    Masada lo había recibido de su padre, que a su vez lo había recibido de un anciano al que había socorrido en otro tiempo, no lejos de Jerusalén. Era el año de gracia de 1101, y aquel anciano, un hombrecillo moreno de aspecto medroso, había caído en una emboscada que le habían tendido unos bribones. Le estaban dando una paliza cuando el padre de Masada, que se llamaba Abraham, los había visto y, como llevaba un garrote, había defendido al pobre hombre contra los tres canallas. Estos pronto se habían dado por vencidos y habían puesto pies en polvorosa, con gran satisfacción de Abraham, que prefería verlos huir antes que verse muerto.
    El anciano al que había salvado, lejos de alegrarse, se deshizo en lágrimas.
    – ¿Por qué lloráis? -le preguntó Abraham.
    – En realidad -dijo el anciano-, lloro porque he pecado, y es la segunda vez. Ya había tratado de huir hace tres años, en compañía de Guillermo el Carpintero, conde de Melun. Tancredo nos alcanzó y fui perdonado. Hoy, tomada Jerusalén y muerto el buen Godofredo, quise volver a casa. Al parecer, Dios no lo quiere así…
    El padre de Masada no sabía qué responder. Miraba al anciano y a su asno, y no comprendía con quién estaba tratando.
    – ¿Eso os entristece? -preguntó.
    – Me apena, sí. Me gustaría tanto volver a ver Amiens… No quiero morir aquí.
    – ¿De modo que procedéis de Amiens?
    – Sí -respondió el anciano.
    – Pero ¿quién sois vos?
    – Mi nombre es Pedro, pero todos me llaman el Ermitaño.
    – ¡Pedro el Ermitaño! -exclamó Abraham, petrificado por la sorpresa-. ¡Y queréis volver a casa cuando aquí sois un santo y todos os veneran!
    Pedro asintió con la cabeza.
    – La verdad -dijo suspirando- es que nunca quise venir aquí.
    – Y entonces, ¿cómo llegasteis?
    – Fue debido a este asno -confesó, señalando al animal.
    El anciano cogió un guijarro del suelo y se lo tiró. La piedra le dio en el flanco, pero el animal no se movió y siguió paciendo como si no hubiera ocurrido nada.
    – Si he entendido bien, ¿tomasteis la cruz por culpa de un asno?
    – Tomé la cruz porque quería a mi asno, y él fue el primero en responder a la prédica de Urbano II cuando Su Santidad nos exhortó a tomarla. Cuando se puso en camino a Oriente, me dominó el miedo y lo seguí. Ya antes, en una ocasión, había querido partir en peregrinación a Jerusalén, pero la fatiga, el hambre, el frío… sobre todo el hambre, me habían hecho volver a casa. Fue precisamente en el camino de vuelta cuando encontré a este asno, que desde entonces no me ha abandonado. Va a donde quiere. Hace lo que quiere. Es un asno, pero es más inteligente que yo. Y temo que también más viejo.
    Pedro y el padre de Masada observaron con mirada grave al animal, que se había alejado unos pasos.
    – ¿Qué queréis hacer? -preguntó Abraham.
    – Irme solo, ya que él desea permanecer aquí. Estoy seguro de que ha sido él quien ha colocado a estos bandidos en mi camino. Tal vez incluso haya hecho lo mismo con vos, para que nos cruzáramos y yo os lo diera.
    El asno había levantado la cabeza y miraba a Abraham.
    – Cogedlo -dijo Pedro-. Es vuestro.
    – Pero…
    – Me habéis salvado la vida. Cogedlo como recompensa, os traerá suerte.
    Abraham no sabía qué hacer. Pero el asno, por su parte, parecía haber elegido a su amo. El animal se acercó a Abraham y se mantuvo a su lado, muy tranquilo, empujándolo amistosamente con la cabeza.
    – Acariciadlo entre las orejas, le encanta -aconsejó Pedro el Ermitaño.
    Abraham le preguntó, mientras pasaba la mano por entre las largas orejas peladas del asno:
    – ¿Cómo se llama?
    – Carabas.
    Y así fue como el asno de Pedro el Ermitaño entró en la familia de Abraham.
    A la muerte de su padre, Masada heredó sus bienes, y por tanto a Carabas. Este ya era viejo; y era el año 1144, el año de la caída de Edesa. Masada nunca había creído la historia de su padre. Pero en 1187, cuando la cristiandad acababa de experimentar su mayor derrota y Jerusalén se encontraba amenazada, el comerciante contemplaba a su asno con una mirada algo distinta.
    Debía de tener más o menos cien años. «Al menos cien años -pensó Masada-, pues ya era viejo cuando mi padre lo encontró.»
    En fin, el hecho era que tenía una edad que ningún asno había alcanzado jamás.
    Y, si el asno tenía casi cien años, ¿por qué no iba a ser el asno del mayor de los predicadores de los últimos años, Pedro el Ermitaño, el que decía con tanta frecuencia que el fin del mundo estaba cerca, que el Apocalipsis era inminente?
    Aquel asno tenía un valor inconmensurable.
    Masada se encontraba, pues, en posesión de una reliquia auténtica. Y cometió la imprudencia de confiárselo a su mujer, lo que causó su pérdida. Femia no pudo evitar alardear de ello ante la esposa de un competidor. Esta última se lo repitió a su marido, y este se dirigió al castillo de La Féve, donde se encontraba instalada una importante guarnición de los templarios. Afortunadamente, Femia fue advertida por la hermana de un hombre cuyo primo era turcópolo en el castillo de La Féve de que la guarnición estaba al corriente, lo que permitió a Masada huir antes de la llegada de los soldados.
    Haber ocultado al obispo de Nazaret que poseía una reliquia tan venerable sin duda le costaría la vida.
    En Jerusalén, Heraclio debía de estar furioso.
    Masada, que en su huida precipitada había abandonado a su aprendiz y perdido todos sus bienes, quería ir a Damasco para comprar un ayudante a bajo precio. La batalla de Hattin había tenido como consecuencia la salida al mercado de cerca de treinta mil esclavos, lo que había provocado el hundimiento de las cotizaciones. Se podía conseguir un adulto en buen estado de salud por un par de sandalias, un joven por una lanza, una pareja y su hijo por una cabra. Masada quería adquirir concretamente a un adolescente recién salido de la infancia para reemplazar a su antiguo aprendiz. Y, por un curioso azar, como si estuviera al corriente de las intenciones de su amo, Carabas se dirigió por sí mismo a Damasco.

    Viajaron durante un poco más de una jornada por una carretera bordeada de adelfas que serpenteaba entre colinas. El sol calentaba la hierba amarillenta y el suelo estaba cubierto de grietas. De vez en cuando, finos chorros de vapor escapaban de ellas y ascendían silbando hacia el cielo. Solo se oía el zumbido de las moscas y el canto de las cigarras. Aquí y allá, algunos cadáveres acababan de descomponerse. Algunos tenían la cara deformada en una mueca; otros ni siquiera tenían con qué sonreír.
    Silenciosos, Masada y Femia mantenían los ojos fijos en el camino que ondulaba ante ellos. Se sentían inmóviles, como si fuera el paisaje el que se movía y no la carreta, hasta tal punto su marcha era tranquila y lento el paso del asno.
    Hacia el mediodía, un ladrido los sorprendió. Una perrita estaba parada en medio del camino.
    A su lado yacían unos sarracenos, muertos desde hacía algún tiempo. El cadáver de una camella se pudría junto al camino, no lejos del cuerpo partido en dos de un joven mahometano. Al divisar una bonita campanilla de bronce medio hundida en la arena, Masada saltó a tierra para recogerla, y Carabas se detuvo. En ese momento la perrita volvió a ladrar.
    Al acercarse a ella para acariciarla, Masada distinguió en el polvo un pedazo de tela negra. Después de asegurarse de que su mujer no miraba hacia allí, lo cogió con delicadeza y lo palpó con los dedos. Era un pañuelo grande de seda de una calidad extraordinaria. Recordaba haber visto uno así en torno al cuello de una joven muy hermosa, unas semanas antes, en Nazaret. ¿Qué le habría ocurrido a su propietaria?
    De pronto Carabas golpeó con la pezuña en el suelo. Masada se guardó el pañuelo en la limosnera, escuchó, miró en todas direcciones, pero no oyó ni vio nada. Luego el asno bufó y movió la cabeza a derecha e izquierda, como si tuviera prisa por marcharse. Femia seguía apoltronada en su asiento, cansada de que Carabas no la obedeciera. Pero alguna cosa la tenía inquieta.
    – No podemos dejarla ahí -dijo señalando a la perra.
    – Está bien, ya la cojo… -replicó Masada, exasperado.
    Masada cogió al animal en brazos y lo dejó en la parte de atrás, bajo el toldo que servía para protegerlos del sol. Luego volvió a sujetar las riendas, lanzó un «¡Uuuuee…!» que era más una imprecación que una orden, y la carreta se sacudió un poco: habían vuelto a arrancar. Masada ni siquiera se dio cuenta de que había olvidado recoger el objeto por el que había bajado: la campana de bronce.
    Dos horas más tarde dejaron tras de sí las cimas del Hermón, donde Saladino tenía la costumbre de enviar a sus soldados a recoger nieve, y alcanzaron los contrafuertes del Antilíbano, donde se encontraba Damasco.

    La ciudad es una anomalía en el desierto. Ceñida por una triple muralla de piedras blancas en la que, a distancias iguales, se elevan altas torres cuadradas coronadas por estandartes, parece un pedazo de cielo caído en la arena, un paraíso en la tierra. A sus pies, huertos y jardines forman una corona de verdor, de donde sobresale de vez en cuando la copa de una palmera datilera que se balancea al viento. Esas palmeras recuerdan a los viajeros el origen de la ciudad, que debe su fortuna -y su existencia- a un oasis, el Ghutah.
    El Ghutah, según dicen, inspiró en otro tiempo a Dios las alas de Gabriel. A semejanza de la ciudad, el oasis está recorrido por una malla de ríos que alimentan de agua dulce las rosaledas y las cisternas. Estos ríos son las venas de Damasco. El corazón de la ciudad palpita al ritmo de su pulso; pues si Roma y Jerusalén tienen siete colinas, Damasco tiene siete ríos. Estas corrientes son los siete hijos de un mismo padre, el Barada, que tiene su fuente en oriente, en el salvaje país de Zabadáni. Sus brazos fluyen en común armonía, y luego se dividen al acercarse a la ciudad.
    Más de ciento diez mil jardines de rosas han podido florecer así, llenando la atmósfera de exquisitas fragancias. En el seno de estas rosaledas, de los depósitos cilíndricos construidos por encima de profundas fosas se desprenden los olores que hacen que Damasco sea Damasco. Esos aromas lo impregnan todo con sus efluvios, tiñendo hasta los magníficos muros blancos, que, a cualquier hora del día, se dirían revestidos con los esplendores de la aurora. Sin embargo, después de haber bebido demasiado, algunos viejos sabios pretenciosos, de larga barba blanca amarilleada por la pipa, levantan pomposamente el dedo advirtiendo: «Estos olores no son lo que creéis… Son los olores del infierno». Luego cuentan que en 116 (después de la Hégira), en plena plaza del mercado, monstruos invisibles devoraron al loco Abd al-Azrad, el autor del siniestro y temido Kitab al-Azif, escena espantosa cuyo recuerdo perdura todavía en la memoria de unos pocos damascenos, dado que los otros prefieren dedicarse al comercio.
    A diario, los mercaderes azuzan con la vara a sus asnos, sus pequeños caballos y sus dromedarios en dirección a la ciudad. Las cargadas caravanas avanzan pausadamente por los caminos polvorientos, y sus guías se fían del olfato para encontrar As-Sagir, la puerta principal. En su periferia se apretuja una muchedumbre indescriptible que espera a ser registrada por algunos guardias despreocupados. Para pasar el rato, la gente charla con el vecino, habla de bodas o negocios, o se concentra en la contemplación de los numerosos minaretes que dominan las murallas como otros tantos faros. Todo esto bajo los rayos del sol, que dispersa, mitigando su fuerza, la inmensa cúpula de la mezquita de los omeyas, construida en 706 por el califa al-Walid al principio de su reinado. La cúpula se levanta sobre la ciudad como un arco iris de oro. Ciertamente, Damasco merece ser llamada la «gran silenciosa y blanca».

    Damasco había conocido, sin embargo, muchas horas sombrías.
    Después de haber sido durante largos años objeto de luchas entre francos y sarracenos, estos acabaron por imponerse en 1154, cuando Nur al-Din se sentó en el trono, antes de ser reemplazado por Saladino en 1174.
    Luis VII había tratado, en su época, de apoderarse de ella por cuenta de los francos, siguiendo los consejos de su mujer Leonor (aconsejada a su vez por Shirkuh, el tío de Saladino). Pero el rey había acabado por renunciar, pues, mientras la ciudad se mantenía firme, su mujer había sucumbido, en cambio, a los asaltos amorosos de Shirkuh.
    Después de la pérdida de Edesa, el fracaso de esta expedición se había añadido a la larga lista de desengaños de los francos en Tierra Santa y había transformado a Damasco en un enemigo implacable de Occidente. A pesar de ello, la ciudad se jactaba de albergar una de las comunidades cristianas más antiguas de Oriente, y poseía una de sus más primitivas iglesias: Santa María. Sin embargo, las mezquitas se imponían ampliamente frente a las iglesias. Se veían muchos más minaretes que campanarios apuntando su dedo hacia el cielo y, en la hora de la oración, las llamadas de los muecines cubrían el canto de las campanas. Con todo, los cristianos, al igual que los judíos, convivían allí sin problemas con los mahometanos.
    Desde un punto de vista estratégico, Damasco era muy importante, ya que sellaba la unión entre los dos reinos de Egipto y Siria. Más al norte, obstaculizaba los movimientos de Constantinopla, aunque, desde el reinado de Isaac Angelo, el viejo Imperio bizantino se mostraba favorable a Saladino.
    Finalmente, desde hacía unos años Damasco era blanco de los ataques y las incursiones de los nizaritas, que descendían de sus fortalezas del Yebel Ansariya y sembraban el desorden en la ciudad o, más discretamente, se establecían en ella. Así habían conseguido tejer una eficaz red de informadores que comunicaban a su amo, Rachideddin Sinan, los movimientos de Saladino y también sus intenciones.

    Masada y Femia se dejaron guiar por Carabas. Cruzaron la puerta de As-Sagir y se hicieron llevar hacia la parte alta de la ciudad, donde se encontraba el mercado de esclavos. Posados, más que sentados, en su asiento, no manifestaban ninguna emoción, aunque Masada experimentara de hecho emociones de toda clase, a veces contradictorias. A la cólera se superponía la alegría de sentirse por fin libre, por fin en la Verdad. Como si aceptando a Carabas por guía hubiera encontrado su camino.
    Y aunque el camino fuera lento, lleno de obstáculos, y debiera hacerlo con su mujer, aunque los templarios fueran tras él y hubiera tenido que abandonar toda su mercancía y a su último esclavo, al final, estaba seguro, se encontraba lo que buscaba desde siempre: una vida de aventura.
    Femia se había tumbado. El viaje la había fatigado. La perrita se había instalado delante, entre ella y su marido, y miraba, encantada, con la boca muy abierta, cómo se desplegaba el panorama de las calles. Sin embargo, no había motivos para alegrarse, se decía Femia. La mujer rumiaba sombríos pensamientos cuando la multitud se apartó, dejando libre el paso hacia la ciudad alta. La carreta dio una sacudida y se dirigió hacia un estrado donde se alineaban una serie de hombres y mujeres encadenados. Esclavos. Los mercaderes, látigo en mano, bramaban para atraer la atención de los posibles compradores y anunciaban precios que desafiaban cualquier competencia. Al divisar a uno de los prisioneros, Femia se volvió hacia su marido.
    – ¡Mira ahí! -exclamó-. ¡Ahí, te digo!
    Masada no dijo nada y se limitó a esbozar una sonrisa boba. Entonces Femia extendió el brazo para sacudirlo, y se dio cuenta de que se había adormilado.
    – ¡Despierta! -le gritó-. ¡Hemos llegado!
    Masada abrió los ojos y vio, no lejos de Carabas, a un hombre encadenado. A pesar de la banda de tela que le tapaba el ojo derecho y de sus numerosas heridas, lo reconoció enseguida: era Morgennes.

11

    Un esclavo creyente vale más que un hombre libre y politeísta, aunque este os agrade.
    Corán, II, 221

    La primera intención de Masada fue dar media vuelta. Morgennes no parecía haberlo visto, de modo que Masada tiró de las riendas de Carabas. En vano: el animal se negaba a moverse. Femia se indignó y lanzó toda clase de improperios a su marido, que fingió no oír los insultos porque no sabía cómo responder a ellos.
    Bajo las miradas divertidas de los curiosos, el hombrecillo descendió de la carreta y se dirigió renqueando hacia un rincón del mercado donde los herreros golpeaban unos sables para darles vida. Los «¡clang! ¡clang!» de los pesados martillos parecían subrayar las invectivas de Femia, y la cabeza de Masada se fue hundiendo cada vez más entre sus hombros. Finalmente, cuando se hubo alejado bastante, el pequeño judío hizo ver que se interesaba por el puesto de un artesano que fabricaba en el torno empuñaduras de daga.
    Para convencerse, y para convencer a su mujer, del interés que sentía, Masada preguntó a un aprendiz por el precio de una de las armas, cuya reputación hacía tiempo que había rebasado las fronteras del Oriente.
    – ¡Mal hombre! -gritó Femia a su marido desde su asiento-. Yallah! ¡Abandonar a tu mujer en medio del mercado!
    Masada se hizo el sordo e inició un regateo para despistar.
    De pronto, la perra lanzó un ladrido. Morgennes volvió la cabeza.
    ¡Ella! ¿Pero qué hacía allí? ¿Era la misma? Morgennes miró hacia la carreta y vio a la mujer sentada en la parte delantera.
    Era tan obesa que los pliegues de grasa que le caían del cuello le colgaban sobre el pecho. No se sabía si tenía la cabeza anormalmente hundida o los hombros exageradamente altos. Recordaba a un elefante. Y desde luego sus dimensiones y los berridos que lanzaba eran propios de ese animal. Sus ataques de indignación se traducían en vociferaciones que atraían la atención de los curiosos. La mujer habría hecho maravillas pregonando su mercancía en un mercado, pero, con excepción de los numerosos adornos que llevaba en torno al cuello y los anillos de los dedos, su mostrador estaba vacío. Por otra parte, Morgennes se preguntó qué hubiera podido vender, dado que nadie compraba fealdad. «Pobre mujer», pensó.
    En aquel momento sus miradas se cruzaron.
    Femia acababa de dirigir algunas nuevas pullas a su marido, que se había alejado en dirección a los vendedores ambulantes que anunciaban sus mercancías: pirámides de flores y de especias. Masada contempló los tarros de plantas carminativas, como el anís, el hinojo, el toronjil o la salvia, preguntándose si no podrían ser útiles para calmar la diarrea verbal de su esposa.
    La mujer, por su parte, no apartaba la mirada de Morgennes. Aquel hombre la fascinaba, sin que pudiera decir por qué. Sin embargo, al ver la banda que le tapaba el ojo derecho, reprimió un escalofrío ante la idea del agujero que se ocultaba detrás. Morgennes estaba de pie ante una cuarentena de esclavos que se encontraban en un estado lamentable. Los más desesperados, para no curarse, se arrancaban de las heridas sus vendas ensangrentadas, descubriendo llagas purulentas que no llegaban a cicatrizar. Morgennes era el más vigoroso, pues los otros tenían incluso dificultades para mantenerse en pie. Muchos murmuraban para sí palabras incomprensibles, como si hubieran perdido la razón.
    – ¿Te interesa? -preguntó a Femia un kurdo de ojos amarillos-.Tengo varios como este, no son caros… Pero tendrás que darte prisa, son los últimos. Después los precios subirán…
    El mercader, que no dejaba de sonreír y de retorcerse los bigotes, añadió:
    – Te lo cedo por diez dinares. Es un antiguo hospitalario convertido al islam. Una pieza excepcional.
    – Tengo que reflexionar -dijo Femia, incómoda-. No puedo hacer nada sin mi marido.
    – ¡Tu marido! -El kurdo se echó a reír-. ¡Pero si está lejos! Una mujer de tu carácter no necesita a su marido…
    – Es cierto. Pero de todos modos tengo que reflexionar.
    En realidad, Femia ya se había decidido: compraría a Morgennes. Sería su locura, su última joya. Pero no a aquel precio. Veía una tal abundancia de esclavos alrededor que se decía que debía ser posible conseguirlo más barato, aunque la mayoría estuvieran muy mal. Las costillas sobresalían entre los harapos, placas de sarna dejaban al descubierto las pústulas de las cabezas y en las barbas ralas se agitaban los parásitos, un reflejo de la pediculosis que les roía el bajo vientre. Una tos ronca arrancaba a algunos de ellos un último soplo de vida: morirían aquella misma noche o al día siguiente.
    – ¡El mío es mejor! -clamó el kurdo, que, como buen comerciante, se había adelantado a las inquietudes de su cliente-. ¡Lo han cuidado, se han ocupado de él! ¡Es un esclavo muy especial! El propio Saladino (que el Altísimo lo tenga en su santa guarda) lo convirtió al islam.
    – Si es tan especial, ¿por qué no lo han comprado aún?
    – Es que nos da miedo. Se dice que habla con fantasmas y que oye y ve cosas que se nos escapan. Es un antiguo monje guerrero, ¿comprendes? ¡Tal vez incluso un héroe!
    – Si inspira miedo, no vale tan caro -argumentó Femia.
    – ¡Demonios! ¡Eres dura negociando! ¡Ocho dinares!
    – Cinco.
    – ¡Cinco! ¡Pero si eso ni siquiera paga los cuidados que ha recibido! Lo han atendido en el mejor de los hospitales de la ciudad, el bimaristan al-Nuri, donde un kahhál se ocupó de su ojo. El propio Ibn al-Waqqar lo ha cuidado. Era el médico de Nur al-Din, probablemente el mejor médico del mundo… después de Moisés Maimónides, claro está, que es el de Saladino (la paz sea con él). A pesar de las apariencias, este hombre está en mejor forma que tú y que yo. Ahora es un hombre nuevo. Vivirá más que tu asno, ¡te lo juro!
    Femia lanzó un suspiro y dirigió la mirada hacia los otros esclavos, lo peor de los prisioneros hechos en Hattin. Los vendían por lotes de cuatro o cinco por el precio de uno, con la idea de que tal vez uno sobreviviera. Porque aquellos hombres estaban cansados de vivir. Los habían ayudado a aguantar hasta Damasco, pero a partir de ahí ya no se habían preocupado por ellos. Podían morir, y serían solo algunas bocas menos que alimentar. Aunque, de todos modos, ya no les daban de comer. A los nobles los habían cambiado por un rescate. A los caballeros, los mejores entre los hombres de a pie, los arqueros y los ballesteros los habían vendido luego a un buen precio. A continuación las mujeres y los niños. Pero con los viejos, las feas o los lisiados no sabían qué hacer. Los sarracenos tenían demasiados. Aquel exceso de mercancía supurante les daba náuseas. A falta de espacio, por la noche los hacían dormir directamente sobre el polvo de las calles. Solo a los más valiosos los habían llevado a las prisiones o los depósitos. Así, Morgennes había pasado varias noches en la celda donde en otro tiempo Eudo de Saint-Amand, por entonces maestre de los templarios, se había consumido después de su captura en la batalla de Marj Ayun, como atestiguaban las inscripciones en los muros.
    El kurdo empezaba a impacientarse, cuando Masada volvió. Sostenía una correa de cuero pasada en torno al cuello de un joven esclavo apenas más alto que una espada. El adolescente iba cubierto solo con un triste taparrabos y caminaba descalzo. A pesar de la ligadura que lo ataba a Masada, su marcha era ligera y su mirada estaba llena de vida. El muchacho tenía los labios escarlata y el cabello sedoso. Le habían aceitado la piel y cortado las uñas. ¿No sería uno de esos esclavos que vendían para darse placer? ¿Qué locura había cruzado por la mente de Masada? Este, en todo caso, parecía sentirse aliviado. De vez en cuando lanzaba una rápida ojeada al grupo de esclavos donde se encontraba Morgennes, y con la mirada perdida en el vacío seguía Caminando apresuradamente hacia la carreta. Cuando estuvo a unos pasos de su mujer, señaló al esclavo recién adquirido y le espetó:
    – Súbeme esto. Nos vamos.
    Femia bajó, pasó entre Morgennes y el mercader de esclavos e instaló al joven esclavo en la parte trasera, con la perra.
    – ¡Masada!
    Femia giró sobre sí misma, estupefacta. No era casual que Carabas se hubiera detenido ante aquel esclavo. El hombre conocía a su marido. Masada se inmovilizó un instante, como paralizado, y luego se instaló confortablemente. Sujetó las riendas de Carabas y chasqueó la lengua para darle la orden de partida; pero Carabas no se movió.
    – ¡Masada, soy yo! -exclamó Morgennes-. ¿No me reconoces? ¡Morgennes, del Hospital!
    El mercader de esclavos se frotó las manos: no había nada mejor para los negocios que un esclavo tratando de venderse a sí mismo a alguien que ya lo conocía. Masada se volvió febrilmente hacia la parte trasera de la carreta, donde el joven esclavo acariciaba a la perra, y le ordenó, iracundo:
    – ¡Tú, baja, ve a tirar del asno!
    El muchacho obedeció con presteza y cogió al asno por el cabestro. Femia dijo entonces a su marido:
    – ¡Compra a ese hombre! -Y señaló a Morgennes, que los miraba fijamente.
    Pero Masada hizo como que no oía ni veía nada.
    – ¡Diez dinares! -soltó entonces el mercader.
    – ¡Hace un momento eran ocho! -se indignó Femia.
    – ¡Los precios han subido! -respondió el mercader-. ¡Lo siento, ya os había prevenido!
    – ¡Vendido! -gritó una voz, mientras una bolsa aterrizaba a los pies del kurdo.
    Todos se giraron hacia el que la había lanzado: era un hombre de unos veinte años, con la cara picada de viruela, cabello ralo y cara de pocos amigos. Llevaba una daga de hoja curvada sobre el pecho y tenía el brazo derecho seccionado a la altura del codo. Cuatro energúmenos de aspecto patibulario lo seguían. Los hombres llevaban a la espalda un pequeño arco corto, y en el costado, además de un sable largo, una maza erizada de pinchos. A pesar de la mugre y el polvo que les embadurnaba la cara, Morgennes reconoció a los cinco mahometanos contra los que había peleado ya en dos ocasiones. Taqi ad-Din lo había salvado la primera vez, y Casiopea la segunda. Aquella vez no veía quién podría evitar que cayera en manos de aquellos bandidos, si no eran Masada y su mujer.
    – ¡Masada! -gritó Femia agarrando del brazo al mercader de esclavos-. ¡Coge el cofrecillo y cómpralo!
    – ¡No hay bastante! -gruñó Masada.
    – ¿Y con qué lo has pagado a él? -preguntó la mujer, furiosa, lanzándose sobre el joven esclavo para sujetarlo por el cuello.
    Masada no respondió palabra. Los maraykhát empezaban a impacientarse, y Femia se puso escarlata.
    – ¡Masada, te prevengo! Si no lo compras, explicaré a mis hermanas que…
    Se interrumpió, como si prefiriera no decir demasiado. Abrumado, Masada preguntó al mercader:
    – ¿Cuánto?
    El vendedor, con un brillo nuevo en la mirada, se volvió hacia los maraykhát.
    – ¡Lo lamento, señores míos, pero acabo de recibir otra proposición! -dijo con aire falsamente desolado. Y luego, mirando a Masada, anunció en tono divertido-: ¡Cincuenta dinares!
    Masada estuvo a punto de atragantarse.
    – ¡Nos vamos! -dijo dirigiéndose a Femia. Morgennes sujetó a Masada por la manga.
    – ¡Cómprame! ¡Sin que importe el precio! ¡Te lo reembolsarán cien veces!
    – ¡Claro, en el paraíso! -gritó Masada-. No tienes ni una moneda; de hecho, no tienes ni bolsillo…
    – ¡A mi orden le sobran las riquezas!
    Masada pareció dudar un instante. El kurdo recogió la bolsa que había caído al suelo y la tendió a los maraykhát.
    – Los precios han vuelto a subir, y tú no tienes bastante.
    – ¡Ay de ti si no coges mi oro! -maldijo el manco, llevando la mano al kandjar.
    – ¡No me obligaréis a vender! -exclamó el mercader dejando caer la bolsita a sus pies.
    Luego levantó el látigo e hizo un gesto en dirección al estrado; tres robustos mamelucos se situaron a su lado. Los tres colosos medían casi diez palmos de alto, tenían las manos de la medida de un sacudidor y sostenían una guisarma: una pica de mango corto con la cuchilla casi tan larga como ancha. Pero aquello no fue suficiente para arredrar a los maraykhát. El manco se volvió hacia sus compañeros y les ordenó:
    – ¡Dadme todo lo que tengáis!
    Los maraykhát se registraron los bolsillos y sacaron cuatro magras bolsas que se añadieron a la primera.
    – ¡Coge esto y danos al franco! -le espetó el manco-. ¡Por el Profeta, no tendrás otra oferta mejor!
    El kurdo empujó a Morgennes hacia los maraykhát, pero de nuevo este se agarró a Masada. El vendedor estaba dudando si debía azotarlo -lo que hubiera estropeado la mercancía-, cuando se escuchó un grito:
    – ¡Cien dinares!
    Los labios del mercader se abrieron para formar un perfecto círculo, y el hombre dijo a Morgennes:
    – ¡Pero si vales una fortuna! -Y luego, mirando hacia la multitud, preguntó hinchando el pecho-: ¿Quién ha dicho eso?
    – ¡Nosotros! -respondió una voz potente con un fuerte acento nórdico.
    Dos encapuchados con un manto de un blanco inmaculado se abrieron paso entre el gentío y se dirigieron con paso resuelto hacia Morgennes. La multitud esperaba, según informaron los mahometanos, «inmóvil y muda, como si un pájaro se hubiera posado sobre su cabeza». Entre ella, algunos hombres con turbante gris tomaron posiciones en las cuatro esquinas de la plaza del mercado, pasando entre los caballos y los asnos, tratando de confundirse entre las sombras de los puestos, los fardos y las seras de arroz. Cuando estuvo a dos pasos del mercader, el más alto de los hombres de blanco le puso en la mano una pesada bolsa de cuero y declaró:
    – ¡Este hombre es nuestro!
    – ¡Cien dinares! -exclamó el kurdo, que no podía creer lo que veía-. ¿Quién da más?
    El hombre del manto blanco lo agarró por el cuello.
    – Lo repito: ¡este hombre nos pertenece!
    – ¡No tan deprisa! -intervino el manco, adelantándose-. ¿Quién os ha permitido aumentar nuestra oferta? Y, antes que nada, ¿quién sois vos?
    El hombre de blanco se volvió lentamente hacia el maraykhát, lo sujetó por la muñeca y empezó a retorcerle el brazo.
    – ¡Por el poder de Dios y de la Virgen María todopoderosa, si quieres conservar tu último brazo, harás bien en escucharme! ¡He venido aquí a comprar a un hombre que nos corresponde por derecho!
    Y levantó su capuchón, descubriendo una tonsura de un rubio casi blanco y una poblada barba. Una horrible marca en forma de cruz, hecha con un hierro al rojo, le adornaba la frente. El hombre observó a la muchedumbre sin pestañear. Una sonrisa cruel dejó ver sus caninos. Se mostraba orgulloso de su hazaña: llegar hasta el mismo centro de una de las mayores ciudades del imperio de Saladino.
    – ¡Templarios! -exclamó el manco-. ¡No tenéis derecho a estar aquí! ¡Os destriparemos!
    – ¡Hemos venido en paz para comerciar con vosotros! ¡Debéis dejarnos tranquilos mientras no saquemos nuestras armas!
    Morgennes se estremeció: había reconocido a Kunar Sell, un temible monje guerrero de origen danés. Aquel hombre había matado a más mahometanos que ninguno de sus hermanos, y mostraba al hacerlo un ensañamiento y un placer inauditos. Por alguna razón que Morgennes no podía explicarse, aquel loco se había hecho tatuar una cruz en la frente y había retirado de sus ropas la cruz roja de los templarios.
    Morgennes se sujetó con todas sus fuerzas a Masada.
    – ¡Cómprame! ¡Cómprame!
    Masada, temiendo que los templarios se interesaran por su persona, trató de rechazar a Morgennes, pero fue necesario que interviniera el mercader de esclavos para alejarlo.
    – ¡Ve con tus futuros nuevos amos! -ordenó el kurdo.
    El mercader tiró de Morgennes hacia atrás de una forma tan violenta que las ropas de Masada se desgarraron. El comerciante de reliquias trató de ocultar su brazo desnudo, pero ya era tarde.
    – ¡Puedo salvarte! -gritó Morgennes, que lo había visto todo-. ¡Confía en mí y no lo lamentarás!
    – ¿Lo juras? -preguntó Masada con voz temblorosa.
    – ¡Sobre los tres libros santos, te doy mi palabra!
    Masada, envolviéndose el brazo con el pañuelo de seda negra que había cogido en el camino, preguntó al mercader con aire decidido:
    – ¿Cuánto?
    Consciente de que no volvería a presentársele una oportunidad como aquella, el kurdo inspiró profundamente y soltó, como si fuera un desafío:
    – ¡Mil dinares!
    Era más de lo que había ganado desde la victoria de Hattin.
    – Págale -dijo Masada a Femia.
    – No tenemos bastante… -murmuró Femia.
    Al ver que los templarios sacaban nuevas bolsas de debajo de sus capas, Masada interpeló al mercader de esclavos:
    – ¡Acércate! ¿Cuánto por todos tus esclavos?
    – ¿Cómo? ¿Quieres decir por toda la mercancía?
    – Sí.
    El mercader volvió la cabeza y contó una cuarentena de moribundos, además de Morgennes. Por otro lado, aparte de él, el resto no valía nada y más bien constituía un estorbo. Aun así, arriesgó la cifra:
    – Mil quinientos dinares.
    – Vamos -dijo Masada con un bufido-, haz un esfuerzo. La mayoría de estos hombres no aguantarán dos días.
    – Mil trescientos.
    – Tengo una proposición que hacerte, y será la última. Escúchame bien, miserable: ¿aceptas joyas?
    – Sí, sí, joyas, oro, plata, todo lo que hace brillar los ojos de las mujeres y permite a un hombre ser bien visto…
    – ¡Entonces cóbrate con ella! -exclamó Masada con aire magistral señalando a Femia-. Tiene todo lo que necesitas, e incluso más.
    El kurdo se acercaba ya a Femia, excitado a la vista de las joyas que cubrían a la mujer de la cabeza a los pies, cuando Masada lo cogió por el hombro y le preguntó:
    – ¿Trato hecho?
    – ¡Trato hecho! -exclamó el mercader.
    El hombre estrechó la mano a Masada y corrió de nuevo hacia Femia. La mujer observaba a su marido con los ojos empañados de lágrimas. Sus joyas eran toda su belleza, su único ornamento. Había llegado a considerarlas algo natural, hasta tal punto formaban parte de ella. Sus collares, anillos, aretes, broches, zarcillos y brazaletes no la abandonaban nunca. Privada de sus perifollos, Femia se convertía en lo que era: una mujer gorda, fea y vieja. La esposa de Masada balbuceó unas palabras apenas audibles, que por otra parte nadie escuchó.
    – ¡Vamos, mujer, ve a buscar a tu esclavo! -ordenó triunfalmente Masada, antes de dejar caer sin dirigirse a nadie en particular-: ¡Así se hacen negocios! ¡Ya podéis ir aprendiendo!
    El insulto era terrible, y Masada lo sabía. Pero, en aquella peripecia; el comerciante de reliquias había recuperado algo parecido al orgullo, algo del negociante seguro de sí mismo que era todavía no hacía mucho tiempo. Además, Morgennes le había prometido que lo ayudaría…
    En el mismo momento en que el mercader de esclavos -que no había dejado a Femia más que un broche sin valor en forma de palmera- liberaba a los cautivos, el manco desenvainó su kandjar para atacar a Morgennes. A pesar de encontrarse muy maltrecho, el hospitalario tuvo el reflejo de agacharse. Así evitó la hoja por muy poco; dio una voltereta, retrocedió unos pasos y dejó que los mamelucos del mercader de esclavos tomaran el relevo mientras él se dirigía a la carreta.
    El manco y sus amigos se disponían a perseguir a Morgennes, cuando Kunar Sell sacó de debajo de su manto una pesada hacha danesa.
    – ¡No lo toquéis, es nuestro!
    Uno de los bribones descargó su maza contra el gigante nórdico y falló el golpe por muy poco. Kunar Sell le lanzó entonces el manto a la cara, y su adversario vaciló, sorprendido; inmediatamente el templario le hundió su arma en el pecho y la hizo girar con un brusco movimiento de la muñeca. Se escuchó un horrible crujir de huesos. El maraykhát lanzó un hipido, escupió un poco de sangre y se derrumbó cuando Kunar Sell retiró su hacha.
    Al momento los hombres de gris que se habían situado en las cuatro esquinas del mercado corrieron hacia los templarios, aparentemente para socorrerlos. Los guerreros grises acribillaron a cuchilladas a los desgraciados que encontraron a su paso, volcaron los cazos donde se tostaba café y lanzaron proyectiles incendiarios. La multitud fue víctima del pánico. En el tumulto que siguió, la carreta trató de dar media vuelta, pues Carabas se había decidido por fin a moverse. De pie sobre el asiento del carruaje, Morgennes gritó a sus antiguos compañeros de infortunio:
    – ¡Sois libres! ¡Marchaos! ¡Huid!
    Los esclavos, agotados, alelados, no reaccionaron enseguida. Pero luego empezaron a moverse muy despacio hacia la ciudad baja, adonde se dirigía todo el mundo. Finalmente, cuando el mercader de esclavos se disponía a desaparecer del lugar, el manco le plantó el kandjar en el cuello gritando:
    – ¡Hubieras debido tratar con nosotros, estabas avisado!
    Los mamelucos, que hasta entonces se habían mantenido al margen, se lanzaron furiosamente a la pelea y descargaron golpes tan potentes con sus guisarmas que hicieron numerosas víctimas. De pronto resonaron las trompetas de la guardia: llegaban los soldados del atabek. Aquellos hombres no se andarían con contemplaciones y matarían a cualquiera con quien se cruzaran. Su llegada desencadenó un sálvese quien pueda.
    La carreta desapareció en un extraño movimiento de la multitud: la marea humana se abría a su paso para cerrarse luego, formando entre ella y sus perseguidores una muralla viviente. El carruaje se alejaba inexorablemente "a pesar de los esfuerzos de los perseguidores por mantenerse a su altura. Había demasiada gente, demasiados gritos, demasiado miedo. Sobre todo, había demasiadas trayectorias que se anulaban, se oponían o se desviaban al encontrarse unas con otras. Era uno de esos maremotos que lo arrasan todo a su paso: a las personas, las casas, los puestos y la razón.
    Porque era casi imposible conservar la sangre fría en medio de aquella confusión, en la que, sin embargo, Kunar Sell y sus ayudantes parecían sentirse perfectamente a gusto. Los hombres del templario atacaban a ciegas, lanzando golpes desordenados. Para ellos solo había enemigos. Causaban estragos entre la multitud, masacrando indistintamente a ancianos, mujeres, hombres y niños.
    Algunas flechas volaron entonces por encima de sus cabezas, y dos de las sombras sacaron de debajo de sus capas un gran manto gris con el que cubrieron a los templarios, antes de llevarlos más lejos para evacuarlos. El grupo huyó con la velocidad del rayo, con el cuerpo inclinado hacia adelante, cortando piernas, brazos y manos, descargando violentos golpes con sus aceros para abrirse un camino sangriento hacia un pasaje que solo ellos conocían. Viendo aquello, Yaqub -el manco- se lanzó tras su pista y ordenó a los suyos que lo siguieran.
    Era imprescindible que supiera más cosas sobre aquellos dos templarios blancos y, en especial, sobre aquellos misteriosos hombres de gris que los habían ayudado a escapar. Su interés principal era asociarse con aquellos individuos, siempre, claro está, que le dejaran encontrar a Morgennes y despellejarlo vivo.

12

    Desgracia a aquel que no ensangrienta su espada.
    Palabra del Profeta

    Dos horas más tarde, la plaza había quedado reducida a una multitud de heridos, agonizantes y muertos. Los soldados pasaban entre los cuerpos, con el sable en la mano, y les daban la vuelta para verles el rostro. Shams al-Dawla Turansha, el atabek de Damasco, los seguía, con las manos unidas tras su cuerpo macizo, que paseaba por la ciudad como un hipopótamo por un pantano. El atabek iba acompañado por su escolta y por algunos médicos y enfermeros del bimaristan al-Nuri; entre ellos el doctor Ibn al-Waqqar, que llamaba la atención por su nariz aguileña y por su increíble delgadez.
    No era la primera vez que la ciudad vivía una desgracia semejante, pero nunca había habido tantas víctimas: cerca de ciento sesenta, sin contar las pérdidas materiales, las casas dañadas, los puestos volcados y las mercancías transformadas en humo o desaparecidas en la bolsa de Alí Baba.
    El doctor al-Waqqar echaba pestes en medio de los heridos, mientras hacía lo posible por cauterizar una herida aquí, entablillar un hueso más allá o dar un consejo un poco más lejos; maldiciendo en todas partes a los soldados del atabek, que no habían hecho diferencias entre los simples mirones y los supuestos responsables de aquella tragedia.
    Por otra parte, ¿cómo hubieran podido hacerlo?
    Ahora solo una cosa importaba: comprender lo que había ocurrido y reconstruir los acontecimientos. Saladino no tardaría en ser informado de la matanza y reclamaría al instante un informe del atabek, su hermanastro. De ahí el estado de agitación extrema en que se encontraba Shams al-Dawla Turansha y los esfuerzos que desplegaba para dar la impresión de que estaba haciendo todo lo posible para que la investigación concluyera cuanto antes; aunque la mayoría de las víctimas tuvieran que cargarse en la cuenta de sus propios soldados.
    Desde hacía varias semanas, la estrella de Saladino, ascendiendo en el firmamento al ritmo de sus victorias, había, por así decirlo, «despertado las tinieblas». De la sombra en que habían permanecido agazapados durante muchos años, habían resurgido los miembros de la secta chií de los nizaritas, más conocidos bajo el nombre de asesinos. En un momento en que Damasco y los ayyubíes ya estaban bastante ocupados con los cainitas -que adoraban a Caín y a Judas-, los vástagos de Abraham -que sacrificaban a Dios a su primogénito- y los ahrimanitas -que rendían culto al dios persa del Mal, Ahrimán, y se oponían violentamente a los discípulos de Ormuz, el dios del Bien-, la poderosa secta de los asesinos había dirigido sus miradas al sudoeste de Siria y trataba de extender allí su poder entre los drusos, que veneraban a Al-Hakim. Además, otras facciones sediciosas preocupaban a Saladino: los movimientos ebionitas, elcesianos, marcosianos y merintianos, en lucha con las altas autoridades mahometanas, judaicas y cristianas; los ofitas, que creían en la Serpiente y levantaban áspides, cerastas y crótalos a miles en templos dedicados a su dios; así como el habitual cortejo de criaturas extraordinarias, como los gigantes que, según decían, moraban en las montañas del Líbano, los demonios, los yinn, las estriges, y también los cercopes (temibles guerreros, a la vez hombres y monos), las empusas y las geludes, respectivamente demonios y vampiros venidos de la Grecia antigua tras pasar por Bizancio. Su existencia no estaba probada, aunque muchos creyeran en ellos, pero los rumores les atribuían toda clase de fechorías. No pasaba semana sin que se encontrara un cuerpo vaciado de su sangre, un mes sin que un individuo perdiera la cabeza y masacrara a su familia antes de darse muerte, un año sin un nacimiento extraño (generalmente el de un ser de piel negra que farfullaba palabras en arameo), un decenio sin que un par de alas de murciélago crecieran en la espalda de una mujer. Por no hablar de esos hombres a los que por la noche les crecían cuernos y que por la mañana se ponían a bramar como toros. Sin duda se trataba de misterios, de misterios horribles, pero de todos modos eran preferibles a las maniobras de los temibles asesinos.
    Rachideddin Sinan, su jefe, había situado a sus hombres en todos los lugares estratégicos de la sociedad mahometana: en mezquitas, tiendas, puertos, hospitales, palacios, prisiones, cuarteles e incluso -se murmuraba- en los harenes, donde huríes y eunucos trabajaban para informarle. Esa tela invisible de agentes, esa red de informadores, era una de las mejores de Oriente, por no decir del mundo. No se producía movimiento de tropas, decisión, imposición de tributos, promoción o partida de un barco de los que Sinan no estuviera enterado.
    Dos cosas fortalecían a los asesinos, dándoles ese valor ciego y esa determinación que los hacía invencibles: el odio y el miedo; el odio que tenían a los suníes, es decir, a la mayoría de los mahometanos, a los que acusaban de felonía y traición, y el miedo que inspiraban a la gente, que no les dejaba otra elección que la victoria o la muerte.
    El Viejo de la Montaña, su venerable jefe, había dicho: «Nada es verdadero, todo está permitido». Decía también que la vida era solo un engaño, que la verdadera vida se encontraba en otra parte y que él tenía las llaves del paraíso.
    Rachideddin Sinan había dado orden a sus tropas de atacar. En todas partes había que golpear al enemigo en la garganta, y, para impedir que sanara, golpear y volver a golpear, y empezar de nuevo. Había que obligarlo a mantener tropas en la ciudad para debilitarlo en los campos de batalla; aterrorizar a la población para incitarla a huir o a rebelarse contra la autoridad; arruinar el comercio para empobrecer a Saladino y enojar a los mercaderes; secuestrar a las familias de los ulemas más conocidos para hacerles chantaje; apuñalar sin piedad a los que querían la paz y se esforzaban en ser justos, rectos, humanos. Mostrarse tan abominables, en fin, que todos dijeran: «Debe de tener a Dios de su parte, si ni el derecho ni la fuerza pueden nada contra él».
    – ¡La humanidad, ahora, soy yo! -gritaba Sinan desde lo alto de su fortaleza de Masyaf, con los brazos levantados en dirección al crepúsculo, dedicando sus victorias a los Siete Silenciosos (los siete principales imanes de los ismailíes) y a su soberano, Ta-wil at'Umr (el Señor de las Llaves y de las Puertas).
    »¡Vengaré tu muerte, Alí! -gritaba al norte, antes de añadir, mirando al sur-: ¡La tuya también, Ismail! -Luego hacia el este-: ¡Y la tuya, Mahoma! -Y al oeste-: ¡La tuya también, Jesús!
    Sinan sostenía dos largas espadas escarlata, que rasgaban el cielo y acuchillaban el horizonte con trazos rojizos entre los que se ponía el sol. Cruzaba sus hojas formando oscuras figuras que supuestamente debían resucitar las fuerzas del día y de la noche, unir lo turbio y lo claro, el sentido y el sinsentido, dar a los hombres la revelación, la explicación del universo.
    Pero no ocurría nada. Solo, bajo las nubes, un halcón describía grandes círculos perfectos.
    Extenuado, Sinan dejó caer los brazos. Le pareció que descendía de nuevo del cielo para posarse sobre el torreón de su fortaleza, que, paradójicamente, era un pozo cavado en la cima de la montaña más alta del Yebel Ansariya, de picos escarpados eternamente cubiertos de nieve. Sus hombres habían dispuesto allí toda una red de galerías y de salas.
    Sinan volvió a sus aposentos. Las ventanas, talladas en la roca, daban al desierto de Samiya, de donde había surgido, en 1176, el ejército de Saladino para ir a sitiarlo, en vano, por primera vez.
    Cortinas de lana blanca tapaban las aberturas y permitían que la habitación conservara una temperatura, si no agradable, al menos adecuada para un hombre habituado a los rigores del clima.
    Con humor sombrío, Sinan se sirvió un vaso de un vino denso, brillante y rojo como la sangre de un recién nacido, y llamó con voz seca a dos de sus sirvientes. Quería una mujer. Que fueran, pues, a buscársela a su harén. Una mujer soberbia de sangre mezclada, con la piel cubierta de tatuajes, acababa de ser conducida allí. Tenía ganas de verla y de acostarse con ella. Decían que era rebelde a toda autoridad, salvaje y, sobre todo, de una belleza de piedra preciosa…

    Todo poder engendra su contrapoder, todo remedio su mal, todo mal su remedio. Saladino procuraba, como los asesinos, no hacerse notar. Si se distinguía, no era -al contrario que sus predecesores o sus contemporáneos del mismo rango- por los excesos palaciegos, los harenes y las orgías, sino, a la inversa, por un rigor extremo y una gran piedad, y por su menosprecio de las riquezas. Era tan piadoso, tan devoto, tan fervoroso en sus creencias, se sentía hasta tal punto consagrado a su misión, que el contraste dejaba en mal lugar a sus iguales y superiores, encantando al mismo tiempo a las multitudes.
    Saladino no se preocupaba por eso, por más que complacer al pueblo y chocar a una casta dirigente que él calificaba de «decadente» no era algo que pudiera disgustarle. Creía que tenía el derecho de su parte, sentía que la mano de Alá lo ayudaba en su yihad, y cuando -en la duda- rogaba a Mahoma o a Gabriel que lo iluminaran, un sueño en la noche le aconsejaba qué camino seguir, qué decisiones tomar.
    Saladino se equivocaba raramente, y, si se equivocaba, era por un bien mayor que aquel al que aspiraba. Así, cuando se enteró de que Morgennes había escapado, lanzó un profundo suspiro acompañado por un gesto de la mano que significaba: «¿Y qué queréis que haga? Si es así, Dios lo ha querido».
    En la plaza del mercado, el doctor al-Waqqar levantó una ceja y tronó de indignación por los daños causados por las bombas incendiarias que habían lanzado en su huida los asesinos, aquellos hombres de mantos grises.
    Ahora todos estaban convencidos: aquella matanza, aunque hubiera sido agravada por los soldados del atabek, había sido causada por los asesinos. Al-Waqqar se secó con la manga el sudor que perlaba su frente y volvió al trabajo. Se inclinó sobre un joven cuyas piernas habían sido alcanzadas por pez inflamada. El líquido se había pegado a sus miembros inferiores, quemados desde los pies hasta la pelvis. El desgraciado todavía respiraba. Entre dos sollozos abrió la boca para tragar aire, pero no consiguió hablar ni lanzar el menor grito. Estaba como apagado. Al-Waqqar le pasó un paño húmedo por el rostro. También sus cejas se habían quemado. La carne se había fundido sobre los huesos dándole un aspecto de esqueleto. Al-Waqqar le deseó una muerte rápida.
    El doctor estaba perdido en sus pensamientos, cuando se oyó un estruendo proveniente de la ciudad baja: la eminencia gris de Saladino, el cadí Ibn Abi Asrun, subía con su cortejo de ujieres, escribas, oficiales y ulemas para asumir la dirección de la investigación. Saladino no había esperado a recibir el informe del gordo atabek Shams al-Dawla Turansha para hacerse cargo del asunto: Ibn Abi Asrun resolvería aquello mejor que nadie.
    Todos los testimonios coincidían. Habían visto a una media docena de hombres vestidos de gris, posiblemente asesinos, así como a dos hombres con mantos blancos, de los que se sabía que eran templarios (u hospitalarios disfrazados) llegados para comprar a Morgennes. También se había informado de la presencia de desertores del ejército de Saladino. Según se deducía de los primeros elementos de la investigación, se trataba de bandidos de la tribu de los maraykhát.
    Bajo la dirección del cadí Ibn Abi Asrun, los ulemas se apresuraron a interrogar a los heridos más graves antes de que entregaran su alma. Los escribas tomaban sus gritos por escrito.
    La investigación seguía su curso, pero ya algunos elementos permitían afirmar que el asunto no era sencillo, y que diferentes partes -aparentemente contrapuestas- se encontraban mezcladas en él.
    Al-Waqqar cerró los ojos del desgraciado joven al que había lavado la cara y se reprochó no haber acudido a atender a otra víctima que ahora ya debía de estar muerta. Se había entretenido demasiado. Hizo una mueca, se levantó y se dirigió hacia un nuevo herido con la esperanza de salvarlo. No lejos de allí, unos soldados tiraban cadáveres a una carreta para llevarlos fuera de la ciudad. Temían que pudiera desencadenarse una epidemia, y había que retirar a los muertos lo más deprisa posible. Las familias irían a reconocer a los suyos al exterior de los muros de Damasco, si es que había algo que reconocer; si no, los restos irían a la fosa común.
    El cuerpo al que al-Waqqar se acercó tenía una talla desmesurada, casi inhumana. Al menos eso fue lo que se dijo al verlo tendido sobre dos o tres cadáveres a los que casi cubría por completo. Su mano se agitaba espasmódicamente y su mirada buscaba la del médico. El pecho del hombre se elevaba a sacudidas, y cada vez que espiraba se oían unos ruidos extraños, como pequeñas burbujas de aire que reventaran en la superficie de una ciénaga. No podía durar mucho.
    Al-Waqqar se arrodilló a su lado y le cogió la mano. Era tan enorme que le costó sostenerla entre las suyas. El hombre volvió la cabeza hacia él y clavó los ojos en los suyos. En su mirada no había miedo ni odio; solo la espera de un largo sueño. Trató de abrir la boca, pero al-Waqqar le puso un dedo en los labios.
    – No digáis nada -murmuró.
    El pulso del hombre latía despacio. Justo en aquel momento el doctor se sintió observado. Alzó la mirada y vio algo horrible: una cabeza sin cuerpo lo miraba con ojos vidriosos. Apartó la vista y volvió a fijarla en su paciente. Luego una sombra inmensa lo cubrió: la del cadí Ibn Abi Asrun, del que el atabek de Damasco no se alejaba ni un paso, temiendo por su puesto o, peor aún, por su vida.
    – Hay que salvar a este hombre -ordenó Ibn Abi Asrun.
    – Eso intento. Pero será difícil -respondió el doctor, inclinado sobre aquel gigante aparentemente indestructible que, sin embargo, se moría poco a poco.
    – Haz lo necesario -insistió el cadí.
    Un ayudante recogió un arma: una pica enorme, al extremo de la cual se encontraba fijada una hoja tan larga como ancha. Una guisarma. Cuando la vio, el gigante apretó la mano del doctor y se incorporó a medias.
    – ¡No os mováis! -ordenó el doctor, antes de dirigirse a sus acompañantes-: ¡Que me traigan una teriaca! ¡Rápido!
    Un ayudante salió disparado hacia un oficial que llevaba un pequeño baúl lleno de drogas medicinales. La teriaca que el doctor reclamaba era su poción milagrosa. Se decía que tenía el poder de retener todavía un poco en la tierra a los que se encontraban a las puertas de la muerte. Pero no había que abusar de ella, ya que eso supondría condenar al alma del difunto a errar por el mundo sin encontrar reposo jamás. Era, pues, un remedio que se administraba en muy contadas ocasiones, en especial cuando se tenía necesidad de conocer algún hecho que el moribundo se podía llevar a la tumba (generalmente el lugar donde había escondido su oro). En su composición entraban elementos tan raros como las raíces de ácoro, ruipóntico y aristoloquia, puntas de escordio, marrubio y charnoepitys, díctamo de Creta e hipérico, semillas de ameo y de seseli, opio de Esmirna, agárico blanco, castóreo, tierra de Judea y, finalmente, jugo de regaliz mezclado con vino de garnacha a modo de excipiente. El conjunto formaba una pasta blanda, que se aplicaba con ayuda de una espátula a las partes del moribundo que se quería hacer revivir.
    Al-Waqqar extendió, pues, una generosa cantidad sobre el rostro, el pecho y el cuello del agonizante. El coloso tenía un agujero en el pulmón derecho, causado por un violento hachazo, por donde salía silbando el aire mezclado con burbujas de sangre. Ahora respiraba un poco mejor, y sus labios habían recuperado en parte el color.
    El cadí interrogó al moribundo, en quien había reconocido a uno de los mamelucos que los mercaderes de esclavos compraban para utilizarlos como guardias de corps.
    – ¿Dónde me enterraréis? -dijo jadeando el mameluco, inquieto.
    – ¿De dónde procedes?
    – De Kharezm.
    – Entonces serás enterrado allí.
    El mameluco sonrió. El moribundo creyó respirar de nuevo los olores de su patria y sentir cómo sus pulmones se llenaban de un aire antaño familiar. Le volvían melodías a la cabeza. Canciones de su infancia, que su madre le tarareaba por la noche para ayudarlo a dormir. Antes de que lo secuestraran.
    – Responde a mi pregunta -insistió el cadí-. ¿Qué has visto?
    El mameluco estaba hablando penosamente de Morgennes y los maraykhát, cuando fue interrumpido por un acceso de tos tan violento que un hilillo de sangre le resbaló por el mentón.
    – Hay que parar -afirmó el doctor al-Waqqar-. Este hombre está agotado.
    – Un poco más -dijo simplemente el cadí-. Continúa -pidió al mameluco-. ¡Dinos lo que sigue!
    Si Ibn Abi Asrun se mostraba tan insistente, tan ávido de respuestas, era porque había encontrado a su mejor testigo. Los otros solo habían tenido visiones imprecisas, parciales, de la escena. Aquí un mandoble, allá una lluvia de flechas, una detonación… Algunas frases cogidas al vuelo. Nada útil. Un mosaico de impresiones. Faltaba el hilo conductor. Y el mameluco parecía tenerlo.
    El hombre continuó su declaración, interrumpida por expectoraciones violentas y teñidas de rojo.
    – ¿Lo anotáis? -preguntó el cadí a sus escribanos, fulminándolos con la mirada. Luego se volvió al mameluco, cuyo repentino silencio lo había alarmado-. ¿Qué más? ¡Rápido!
    Demasiado tarde: el desgraciado se había desvanecido.
    – ¡La teriaca! -gritó Ibn Abi Asrun al doctor-. ¡Necesita más! ¡Deprisa, apresúrate! ¡Este hombre está casi muerto!
    – No sé si puedo -se excusó el doctor al-Waqqar-.Ya le he aplicado más de lo permitido.
    – ¡Puedes, ya que yo te lo ordeno! -explotó el cadí-. ¡Haz lo que te digo o serás tú quien tenga que preocuparse por el más allá!
    – Pienso en él todos los días -resopló al-Waqqar inclinando la cabeza.
    El doctor administró al mameluco una segunda dosis de teriaca. El agonizante levantó los párpados. Ya no sonreía. Tenía el aire angustiado de un niño despertado en plena noche. Unos feos cercos negros se marcaron bajo sus ojos y su frente se surcó de arrugas. Los labios del moribundo palidecieron de nuevo.
    – ¡Habla! -ordenó el cadí.
    – Tengo sueño -respondió el mameluco.
    – Enseguida dormirás, en tu país. ¡Te lo prometo! ¡Pero antes tienes que hablar! Los asesinos ¿adonde fueron?
    El mameluco, demasiado débil para abrir la boca, mostró con un movimiento lánguido de la mano un lugar de la plaza del mercado.
    – ¡Id a ver! -ordenó el cadí a dos de sus hombres-. ¡En cuanto a ti, continúa! -gritó al mameluco-. ¡Dime adonde fue el hospitalario!
    El mameluco indicó la ciudad baja, y susurró tan bajo que tuvieron que inclinarse sobre su boca para oírlo:
    – Una pareja de ancianos, con un perro y un niño, en una carreta tirada por un asno tan pequeño, tan viejo… ¿Cómo es posible?
    Sus labios se inmovilizaron tras la pregunta.
    – Se acabó -dijo simplemente al-Waqqar.
    – Ya lo veo -dijo, ofendido, el cadí-. ¡He visto suficientes combates para reconocer a un muerto cuando lo tengo delante!
    – Perdonadme, excelencia, pero ¿qué se hará con el cuerpo de este hombre? Le prometisteis…
    – ¡Tiradlo a la fosa común! Que se pudra con los otros.
    – A vuestras órdenes -bufó el doctor, mientras apretaba un poco más fuerte la mano del desgraciado mameluco y encomendaba en silencio su alma a Dios a la vez que suplicaba el perdón de Alá.
    Ahora el cadí tenía una imagen bastante precisa de los acontecimientos. Pero las razones de la alianza de los templarios con los asesinos todavía se le escapaban. A no ser que ocurriera como en el famoso dicho: «Los enemigos de mis enemigos son mis amigos». Todas las alianzas eran posibles, incluidas las más innobles. Con paso rápido, Ibn Abi Asrun fue a buscar al jefe de su guardia.
    – ¿Qué esperáis para enviar a vuestros mejores jinetes en su persecución? Una carreta tirada por un asno viejo, con dos hombres, un niño y una mujer a bordo, no parece difícil de alcanzar, ¿no? Han salido hace dos o tres horas. ¡Y ay de aquel que no ensangriente su espada! -concluyó citando un versículo del Corán.
    El oficial montó en su caballo, seguido por una cuarentena de hombres que dividió a la salida de la ciudad en tres pequeños grupos. El optó por ir hacia el sur, la región más segura para registrar, ya que se encontraba bajo el dominio de las tropas de Saladino.
    Pero el oficial pronto se dio cuenta de que la aparente facilidad de la tarea, «encontrar una carreta tirada por un asno en la que viajaban cuatro personas», ocultaba una trampa: en algunas horas de cabalgada se habían cruzado con un gran número de carretas. La mayoría estaban tiradas por asnos, y muchas llevaban a una pareja de ancianos, un joven y un adulto. El perro debía de haber muerto o había saltado a medio camino. En cuanto al ojo reventado, solo era un detalle… De hecho, su misión le parecía imposible de cumplir.
    A menos que hubieran partido hacia el norte.
    De todos modos, aquello no cambiaba nada. Y ya que no podía acabar con todos los carruajes que respondían a la descripción, eligió una carreta al azar y dio la orden de ataque. Supondrían que había sido obra de bandidos o de los asesinos (en este sentido, había donde elegir). Después decapitó a uno de los adultos que se encontraban en la carreta y le reventó el ojo derecho con la punta del sable. Luego volvió a trote corto a la ciudad.

    Cuando el cadí vio volver al oficial de caballería, la investigación había progresado considerablemente. Además, la plaza del mercado se había limpiado y se habían bloqueado los subterráneos de la ciudad. Allí se habían encontrado grutas que servían de refugio a los asesinos y que la tropa aún seguía registrando.
    El oficial saltó de su caballo y se acercó a Ibn Abi Asrun.
    – Misión cumplida -dijo con los ojos fijos en sus calzas.
    – ¿Y su cabeza? -preguntó el cadí.
    – Aquí está.
    El cadí, que solo había entrevisto un momento a Morgennes en Hattin, lo reconoció, sin embargo, perfectamente. Encantado, envió una paloma a Saladino con la noticia: Morgennes había encontrado la muerte poco después de haber huido de Damasco en compañía de un mercader judío, que también estaba muerto. Ahora podían concentrarse en el problema de los asesinos y sus nuevos aliados: los maraykhát y los templarios.

13

    Porque temo, una vez llegado, no encontraros tal como os quiero, y que vosotros no me encontréis tal como me queréis, y que haya discordias, fanatismo, celos, rivalidades, calumnias, habladurías, arrogancia y disturbios.
    II Epístola a los Corintios, XII, 20

    Varias posibilidades se abrían al grupo de la carreta, cuya carga se había doblado desde el paso por el mercado de esclavos. Arguyendo la necesidad de encontrar rápidamente un punto de agua, Masada propuso ir al este, a territorio ismailí, donde ni los cristianos ni los mahometanos irían a buscarlos.
    – ¡Por muy buenas razones! -dijo Morgennes-. Por otra parte, tenemos suficiente agua -añadió señalando varios odres llenos.
    – ¡Pero no tardarán en encontrarnos! ¡Tenemos que actuar deprisa! -lo apremió Masada, atenazado por el miedo a ser, en el mejor de los casos, vendido también como esclavo (él, que había comprado tantos) y, en el peor, pasado por el filo de un sable.
    – Precisamente por eso nos tomaremos tiempo para reflexionar -replicó Morgennes-. No es momento de ir en la mala dirección… ¿Jerusalén?
    – ¡Ni pensarlo! -dijo Masada-. La ciudad caerá de un día a otro, si no ha caído ya. Además, está prohibida a los judíos…
    – ¿Tiro?
    – No es mala idea, pero tendríamos que pasar por las llanuras de Marj'Ayun, Sidón o Paneas, todas ocupadas por los mahometanos.
    – En ese caso -dijo Morgennes-, si el este, el sur y el oeste no nos están permitidos, solo veo una solución.
    Era evidente que quería ir al norte.
    – El Krak de los Caballeros -concluyó.
    – ¿Qué es eso? -preguntó Femia, que no había dicho palabra desde su salida de Damasco.
    – La principal fortaleza franca en Tierra Santa, un asilo dado por Dios a los hombres de guerra, y más en concreto a los hospitalarios.
    – ¿De allí vienes tú?
    – Yo pertenecía a la encomienda de Jerusalén. Pero mi deber me obliga a dirigirme a la fortaleza hospitalaria más próxima. El Krak, en este caso.
    – ¿Te juzgarán?
    – Sin duda.
    – ¿No tienes miedo?
    – Está en la naturaleza de las cosas que sea juzgado. De modo que tanto da si es mañana por la noche o dentro de un año. Más vale adelantarse a la llamada.
    – ¿No hay nada más, al norte?
    – El Yebel Ansariya y sus asesinos. Pero, si quieres conservar tu dinero, será mejor que vayamos al Krak…
    – ¡Voto por los hospitalarios! -exclamó Masada con entusiasmo.
    – Esa es también mi opinión -añadió Morgennes, que no conseguía apartar la mirada del pañuelo que el judío llevaba anudado al brazo-. ¿Dónde encontraste esto?
    – En el suelo, en el camino. Un poco antes de Damasco. Junto a un camello destrozado, había varios cadáveres, este pañuelo y la perra.
    – ¿Viste el cadáver de una mujer joven?
    – No. Solo había hombres y un adolescente. ¿Por qué me haces esta pregunta?
    – Por nada -respondió Morgennes, que había creído reconocer el pañuelo de Casiopea.
    Los dos hombres intercambiaron una mirada.
    Recuerdos que databan del tiempo de Balduino IV volvieron a su mente.
    En esa época se habían conocido: Morgennes había ido a ver a Masada a Nazaret para pedirle consejo sobre una reliquia. Por desgracia, el asunto había acabado muy mal. Los dos hombres no se habían vuelto a ver desde entonces y nunca habían hablado a nadie de la misión que los había puesto en contacto. De hecho, muy pocas personas estaban al corriente de la trama en la época, y, en cualquier caso, todas habían perecido ya, con la excepción, tal vez, de Raimundo de Trípoli y Alexis de Beaujeu, el comendador del Krak.
    – Para mí, es como si todos estos episodios pertenecieran a otra vida -confesó Morgennes a Masada.
    – Es mejor olvidarse de estos recuerdos. Bastante caros los estoy pagando aún.
    – Ya te lo he dicho, no te guardo rencor. Al contrario. Incluso puedo ayudarte, te lo prometí…
    – ¿Y si dejarais de hablar en enigmas…? -refunfuñó Femia, exasperada-. Desde que os habéis encontrado os lanzáis miradas de reojo y habláis entre vosotros de cosas misteriosas. Se diría que habéis cometido un crimen…
    – No andas lejos de la verdad -concedió Masada.
    – No diré nada -dijo Morgennes-. Por respeto hacia vuestro marido. A él le corresponde explicaros lo que ocurrió, no a mí. Sabed simplemente que Masada es un hombre generoso, aunque a veces se deje cegar por el cebo del provecho.
    – ¡De modo que es eso! -exclamó Femia, como si el hecho de que se tratara de dinero convirtiera el asunto en menos grave y le hiciera merecer su indulgencia.
    – ¿Vamos ya? -preguntó con una vocecita tímida el joven esclavo que Masada había comprado en Damasco.
    El muchacho seguía en la parte trasera de la carreta, con la perra en brazos.
    – Conozco a esta perra, ¿sabes? -dijo Morgennes-. La vi durante mi fuga después de haber sido capturado por los hombres de Saladino en Hattin. Vagaba entre los muertos. No sé si buscaba un amo o comida.
    – Tal vez un poco de las dos cosas -dijo el chico.
    – Ahora no puede decirse que le falten ni una ni otra -añadió Masada-. Espero que nos esté agradecida.
    – Yo no contaría demasiado con ello, la verdad -replicó Morgennes-. Me pareció incluso un poco ingrata. Pero, en fin, esa es otra historia.
    – ¿Me la explicaréis?
    – Desde luego.
    El adolescente estaba encantado.
    De hecho, el muchacho se mostraba feliz con todo. Su condición de esclavo no parecía preocuparle. «He vivido cosas peores», decía con una gran sonrisa. Pero nunca sabían a qué se refería. También él tenía secretos dolorosos que se esforzaba en olvidar. En contrapartida, se jactaba de saber hacer un montón de cosas: sandalias, taparrabos, picas, redes, y preparar carnes y pescados. Cuando se presentaba la ocasión, también sabía ocuparse de los animales, pulir un arma y hablar con las damas. La lista de sus talentos parecía interminable. Y el muchacho salpicaba su enunciado con numerosos cumplidos dirigidos a Masada, como: «Realmente me habéis elegido bien», o también: «¡Ni yo mismo lo hubiera hecho mejor!». Lo decía pestañeando con seriedad fingida, con el sol en los ojos.
    – Vamos, calla de una vez, ¡y tráeme de beber! -le soltó Masada para cambiar de tema.
    – ¡Con mucho gusto, amo! -respondió el joven sirviéndole un cuenco de vino.
    – Y no me llames «amo». Tu predecesor me llamaba «doctor»; puedes llamarme como él.
    – ¡A sus órdenes, doctor!
    Al oír que el chiquillo lo llamaba así, Masada se hinchó de satisfacción y una gran sonrisa se dibujó en su rostro.
    – Conmigo no tiene derecho a tantas cosas, os lo aseguro -rezongó Femia-. Parece que haya comprado a este crío solo para sentirse adulado y oírse llamar «doctor», ¡él, que ni siquiera sabe leer!
    Morgennes no hizo ningún comentario, pero preguntó al adolescente:
    – Y tú ¿cómo te llamas?
    – ¡Yahyah! -respondió el chico.
    – ¿Yahyah? ¡Pero eso no es un nombre! -se sorprendió Masada.
    – ¡Sí, es el mío!
    – ¿Quién te lo puso? -preguntó Morgennes.
    – Nadie. Me lo di yo mismo.
    – ¿De modo que no tienes padres?
    – No que yo sepa.
    Morgennes y Masada intercambiaron una mirada, desconcertados a la vez por su audacia y por su ingenuidad.
    – ¿Se estará burlando de nosotros? -susurró Masada.
    – No lo creo. Parece sincero.
    – En todo caso, es un muchacho bien extraño -comentó Masada.
    – Mira quién habla de rarezas -refunfuñó Femia-. ¡Ni siquiera eres capaz de tener un asno normal, y ahora te compras un esclavo que se da nombre a sí mismo!
    Masada no respondió, pero no por eso dejó de pensar: «Lo más increíble no es él ni el asno: lo realmente extraño es que haya podido casarme contigo». Pero sabía que si lo decía le tocaría aguantar horas y horas de riñas y pullas diversas. Ya las oía resonar en sus oídos. Era mejor hacer como de costumbre: callar y continuar.
    – ¡Ueeé! -gritó, haciendo restallar las riendas por encima de Carabas.
    El asno dio un paso adelante y la pequeña carreta se puso en movimiento en dirección a las montañas, hacia el norte.
    El viaje duró más de un día y medio.
    La noche había caído cuando se desviaron para flanquear por el sur el lago de Homs, cuyas aguas reflejaban una luna diáfana.
    Al ver que se acercaba la hora de la oración, Morgennes exigió que detuvieran la carreta para que Yahyah y él pudieran bajar a rezar. Aquello encolerizó a Masada, que empezó a dar vueltas nerviosamente en torno a Morgennes.
    – No lo entiendo -decía-. Este niño, pase, ¿pero tú? Nadie está aquí para vigilarte, a todo el mundo le importa un pimiento que reces o no, ¡y a ti no se te ocurre nada mejor que hacernos perder el tiempo porque sí!
    – El tiempo que paso rezando no es tiempo perdido. Nuestros perseguidores también lo emplean en la oración.
    – ¡No los templarios! ¡Y, además, tú no eres mahometano!
    – Soy mahometano, o mi palabra no tiene valor. He renegado de la cruz y gritado la Ley. Si mi palabra no vale nada, yo no valgo más que ella. Si hoy soy mahometano es porque ayer era cristiano. Pongo en ello la misma fe y el mismo ardor, y creo con la misma intensidad.
    – ¡Entonces es que antes no creías, o bien no crees en nada! -exclamó Masada.
    El rostro de Morgennes se ensombreció. Renegar de la cruz había sido a la vez más terrible y más fácil de lo que había esperado. Se encontraba en un estado extraño, en una especie de no religión, o de religión que no decía su nombre. Pero lo que deseaba, por encima de todo, era que lo dejaran en paz.
    – Rezo, lo demás poco importa -dijo a Masada.
    Masada estuvo en un tris de arrancarse los pocos cabellos que le quedaban en el cráneo. Lo que más lo confundía era su incapacidad para discernir si Morgennes actuaba o no de mala fe. «Sería un pésimo cliente», pensó. Aquel hombre que había conocido tan piadoso, tan devoto, tan buen hospitalario… ¿Cómo se podía llegar a cambiar de religión dé este modo sin sentirse, aunque solo fuera un poco, en contradicción con uno mismo? ¡Y esa historia de una fe que se adopta y de un dios en el que uno se pone a creer porque se ha decidido así bajo la amenaza de un arma! Masada había oído hablar con frecuencia de conversiones forzadas, especialmente en el caso de judíos obligados a convertirse al cristianismo, pero nunca había oído decir que aquellas conversiones fueran sinceras. Al contrario. Los lapsos siempre se convertían en relapsos. Y había que matarlos…
    Por fin, después de la oración, Morgennes y Yahyah volvieron a subir a la carreta, Yahyah detrás y Morgennes delante, y el pequeño grupo prosiguió su ruta.
    Atravesaron desiertos y llanuras, se mantuvieron apartados de los caminos más frecuentados y se esforzaron constantemente en cruzar por campos a los que combatientes cristianos o mahometanos habían prendido fuego para incomodar al adversario.
    Su recorrido los condujo a través de pueblos de casas incendiadas. Aunque la región estuviera alejada de las zonas de combate, no vieron habitantes en ninguna parte: la población se había puesto a resguardo tras las murallas de Tiro, Trípoli o Tortosa. Los saqueadores, que no podían pedir nada mejor, cogían así por sorpresa a campesinos demasiado fatigados o demasiado viejos para marcharse, o a los fugitivos que, debido al enorme aflujo de refugiados, no habían podido entrar en la ciudad, y se lanzaban sobre ellos como lobos sobre su presa.
    A veces los bandidos eran antiguos cruzados, o descendientes de estos, que no encontraban nada mejor que hacer que atacar a sus propias gentes y aterrorizarlas. En este grupo había templarios, como Kunar Sell o Francisco du Meslier, así como pequeños señores, como Raúl de Ménibrac o Juan de Saint-Alban; este último se había puesto al servicio de Saladino y le entregaba la mitad de lo que robaba a cambio de su protección.
    Aquellos traidores se llevaban todo lo que se pareciera a una mujer o un niño, se apoderaban de todo lo que podía venderse y destrozaban el resto.
    Así, Femia, Morgennes y Masada vieron hienas con el hocico manchado de sangre y el pelo brillante de sudor errando entre las ruinas de una aldea cristiana en busca de los muertos. Los animales habían hurgado tan bien en la tierra que en algunos lugares se veían cuerpos -¿quién los habría enterrado?- sacados de su agujero para ser devorados. Sus cabezas de carnes descompuestas elevaban al cielo unos ojos tan vacíos como aterradores. Prohibieron a Yahyah que los mirara, pero él los observó igualmente a través de los dedos que Femia le apretó contra la cara. Los cadáveres exhalaban un olor nauseabundo. Si hubieran tenido un poco más de tiempo, se habrían tomado el trabajo de volver a enterrarlos; aunque, por otra parte, ¿para qué serviría? Las hienas volverían a exhumarlos.
    El grupo prosiguió su camino rezando para no tropezar con una de esas bandas que a las desgracias de la guerra añadían la rapiña y el asesinato.
    Morgennes había recuperado la mayor parte de sus fuerzas. Aunque tuerto, se sentía tan capaz como en los primeros días de julio. Excepto por un detalle: le faltaba su espada. La ausencia de Crucífera empezaba a dejarse sentir cruelmente, y su mano derecha se entumecía. El día anterior se le había caído la uña del pulgar. La carne puesta al descubierto había sangrado un poco. Hoy se ennegrecía, mientras una especie de rigidez iba apoderándose de sus dedos.
    Lanzó un profundo suspiro y cerró el ojo. Recordó sus heridas más recientes, en el ojo, el hombro y el costado, y se alegró de que lo hubieran curado tan bien. De todos modos, al pasarse la mano por el costado, sintió un rodete de carne densa, una cicatriz que no se borraría nunca.
    El balanceo de la carreta le dio ganas de dormir. Había perdido la costumbre de viajar de aquel modo. Así que, para mantenerse despierto, se representó el Krak de los Caballeros, que no tardaría en divisar irguiéndose en el horizonte. Con el lago tras ellos, los primeros contornos del Yebel Ansariya aparecerían pronto, y, dominándolos como la proa de un navío, las robustas murallas del Krak.
    La fortaleza cerraba el paso del emirato de Homs, desde el que se accedía por tierra a Tortosa o a Trípoli, y proporcionaba a los francos de Tierra Santa una ventaja considerable en cuanto a terreno y tiempo: el Krak no solo permitía detectar con mucho tiempo de adelanto la llegada de un ejército enemigo, sino también mantenerlo bajo el dominio de sus murallas.
    Normalmente, más de dos mil hombres se apiñaban en el interior de la fortaleza. De estos, no todos eran soldados, y aún menos caballeros, pero de todos modos nunca se había visto reunida en un mismo lugar -excepto, tal vez, en Jerusalén, antes de la guerra- una concentración semejante de caballeros y gentes de armas de tanta calidad.
    Morgennes contaba entre ellos con algunos amigos y con numerosos enemigos. A menudo se preguntaba cómo lo acogerían estos a su vuelta. Por otra parte, ¿qué sabían ellos de su historia? No era el primer hermano que cometía una falta, ni el primero en renegar de la cruz.
    Por regla general, en el caso de una falta cometida por un hermano, un tribunal de penitencia se encargaba de tomar la resolución correspondiente. De la simonía a la traición, pasando por la sodomía y la violación del secreto del capítulo, había un buen número de casos previstos que se castigaban con una pena proporcional a la falta cometida. En lo que se refería a Morgennes -una mezcla de traición y negación de la fe-, el castigo más leve que podía esperar era la flagelación, seguida de la exclusión de la orden y de la obligación de entrar en una orden más dura (la de los benedictinos, por ejemplo). A menos que lo encerraran para el resto de sus días, en cuyo caso permanecería prisionero en los sótanos de un priorato, en Tierra Santa o en Occidente. (Incluso podía ser que lo mataran: él ya no era cristiano, por lo que ya no sería pecado…)
    El día que dejaba atrás tal vez fuera el último, a menos que… Había una escapatoria: hacerse desligar de su profesión de fe por el hermano capellán del Krak. Morgennes contuvo un estremecimiento. Sabía que todos le presionarían para que aceptara esta solución.
    Extraña aparición la del Krak de los Caballeros en medio de la noche, bajo la luz de las estrellas. De hecho, el Krak no aparece: se levanta de pronto como un ogro, surge de las montañas; se confunde tan bien con ellas que es todo el Yebel Ansariya el que parece elevarse para contemplarlas y aplastarlas mejor.
    Ante aquel espectáculo, Masada, Femia y Yahyah no pudieron evitar que se apoderara de ellos una sensación de temor respetuoso. Si hubieran sido el enemigo, la simple visión de ese castillo les hubiera dado ganas de huir.
    De hecho, se decía que por la noche los asaltos cesaban por sí mismos. También se decía que el Krak era inexpugnable y que los precipicios que se abrían a sus pies se agrandaban para tragarse a sus adversarios.
    – Sin embargo, tuvo que ser tomado, ya que ahora lo tienen los francos y antes que ellos lo ocuparon los sarracenos -señaló Masada.
    – Kurdos -rectificó Morgennes-. De ahí su antiguo nombre de Hosn el-Akrad: el castillo de los kurdos. Pero lo que veis ahí no tiene demasiado que ver con lo que los hombres del primer conde de Trípoli tomaron al asalto una vez. Ellos le añadieron un segundo recinto, dieron mayor altura al primero, cavaron pozos, construyeron cisternas, elevaron las cortinas y realizaron todo tipo de trabajos que lo hacen inexpugnable.
    – A menos que se utilice la astucia -dijo Masada.
    – A menos que se utilice la astucia, evidentemente. Pero hasta ahora no la han empleado contra él. Por otro lado, ¿se puede utilizar la astucia con la montaña y la piedra? No lo creo.
    – Con ellas no, pero con los hombres sí -repuso Masada.
    – Déjame mis esperanzas -dijo Morgennes-. No me aflijas. Amo este castillo como se ama a un animal. Le dispenso más que admiración, más que afecto: lo amo. Si no recuerdo mal, la primera vez que lo vi fue en 1163. Acababa de desembarcar, como joven enviado del conde de Flandes Felipe de Alsacia, para asistir a la coronación de Amaury. Aún no estaba al servicio del Hospital, pero no tardaría en entrar en él. Al ver el Krak, precisamente, me decidí. Fue este castillo el que me venció, a mí, que hasta entonces siempre me había negado a acercarme a nada que tuviera que ver con la religión. Esta fortaleza es para mí la más bella de las catedrales, el más hermoso de los cánticos… Lo dejaron con sus pensamientos.
    Yahyah acariciaba con mano distraída a la perra, a la que había dado el nombre de Babucha. («¿Por qué Babucha?», le había preguntado Femia. «Porque es lo que más le gusta», había respondido Yahyah, desolado, mostrando a su ama sus babuchas medio devoradas. Femia había lanzado un gritito de horror y había regañado a la perra, que había ido a acurrucarse, con la cola entre las patas, en un rincón de la carreta.)
    Masada no apartaba los ojos de aquel a quien dudaba todavía en llamar su «salvador», su «amigo». El hombre que le evitaría una infamia aún mayor. Si hubiera tenido valor, le habría puesto la mano en el hombro, pero allí no se atrevía. En cuanto a Femia, cuando miraba a Morgennes no veía a un hombre, sino sus collares, sus brazaletes y todas sus joyas desaparecidas, perdidas.
    Ella había querido a aquel caballero. Y ella lo había adquirido a precio de oro, sencillamente.
    Un precio elevado, sin duda, pero al parecer era la tarifa que había que pagar. Femia cerró los ojos y volvió a ver, como en sueños, las imágenes que habían acompañado su partida precipitada de Damasco.
    – Yallah! -exclamó de pronto-. ¡Y adelante, Rouh ach-cham! -añadió en tono agrio.
    – ¿Qué te pasa? -le gruñó Masada.
    Femia adoptó una expresión espantada, salió de su embotamiento, palpó con sus dedos rollizos unos aderezos que ya no tenía y respondió:
    – Rouh ach-cham!
    – Está perdiendo la cabeza -susurró Masada a Morgennes. Y, tras dirigir una mirada sombría a su mujer, añadió con un hilo de voz-: Cada una de sus tetas contendría ampliamente los dos senos que tenía antes de volverse fea. En otro tiempo era un precioso calderito, y ahora es una gran olla… No comprendo qué sortilegio ha podido actuar así. Y lo mismo con su carácter. Antes de casarse conmigo era como miel; ahora parece vinagre. ¿Es el matrimonio el que hace eso?
    Morgennes no respondió. Escuchaba a Masada mientras mantenía la mirada fija en el camino, que ascendía suavemente hacia la montaña y la fortaleza. En ocasiones la mole desaparecía detrás de una pared rocosa. Sin embargo, todo el tiempo se sentía su presencia. Se hubiera dicho que la vegetación misma inclinaba la cabeza ante su poder, tan grande era la energía que desprendía el Krak. Era imposible olvidarlo, hacer caso omiso de él. Las asperezas del terreno, los árboles retorcidos, las plantas secas y amarillas, el aire seco y hasta los ruidos, apagados, todo llevaba la marca de la formidable fortaleza hacia la que se dirigían. Ella era el calderón del Yebel An-sariya, y le indicaba: «¡Montañas, habéis nacido para mí!».
    De hecho, era difícil saber quién, la montaña o el Krak de los Caballeros, había nacido primero, hasta tal punto la naturaleza parecía decir: «He hecho está montaña para el Krak: a vosotros, humanos, corresponde construirlo».Y los humanos lo habían construido, en la cima del Yebel al-Telaj (la «Montaña de la Nieve»).
    El Krak era, para Morgennes, la ilustración perfecta de un debate muy antiguo que había agitado violentamente, y agitaba aún, a la cristiandad: ¿había que actuar en función del fin de los tiempos, o bien del fin de cada individuo en particular?
    Para los partidarios de la primera doctrina, bastaba con practicar la política de lo peor. Sembrar el caos en la tierra. Suscitar el Apocalipsis, de manera que el reino del Anticristo llegara, y que Nuestro Salvador se viera forzado a contraatacar con su ejército de ciento cuarenta y cuatro mil guerreros con la frente tatuada con su nombre. Entonces toda la humanidad -después de haber sido juzgada- se salvaría.
    Esta escuela tenía sus partidarios. Por suerte, no eran muy numerosos. Y Morgennes no se contaba entre ellos. En el mal para el bien, él nunca veía sino el mal; pues, desde que había nacido el mundo, no se había dejado de anunciar el fin de los tiempos, para mañana, para el fin de la semana próxima, dentro de un año, de diez años, de un siglo… Si todos los profetas de la desgracia que se habían sucedido en la tierra hubieran tenido razón, solo el primero de ellos hubiera podido gritar. Era evidente que todos se habían equivocado. Y, sin embargo, aquello continuaba: ¡no había año, mes ni semana sin fin de los tiempos!
    Para los partidarios de la segunda doctrina, había que hacer todo lo posible para ofrecerse y ofrecer a los otros un lugar en el paraíso. Permitir a cada uno conocer, aquí, ahora, una vida mejor con vistas a prepararse para su futura vida en el cielo. Desde luego, ese era el trabajo de los sacerdotes: a ellos correspondía cultivar el campo de las almas, sin duda mal desbastadas, que vivían en este siglo. A ellos incumbía hacer crecer en él el máximo de justos y de santos posibles. Los pretendidos abonos se llamaban «confesión», «sacramento», «bendición», «indulgencia», «remisión»…, y las malas hierbas, «pecado», «simonía», «perjurio», «paganismo», «politeísmo», «impiedad»…
    A Morgennes, todo aquello no le decía nada.
    El paraíso, si existía, no podía ganarse con el sufrimiento ó con la alegría, no se merecía rezando, no se compraba donando dinero a la Iglesia, al Temple o al Hospital, ni pagando a peregrinos profesionales para que fueran a rezar a Jerusalén por cuenta de otro. La tumba de Jesús no era un lugar, era una imagen, una idea. Un estado de espíritu. Poco importaba, por otra parte, la tumba de Jesús, o Jerusalén, o la Santa Cruz… ¡Poco importaba el propio paraíso!
    Todo lo que Morgennes había atravesado para permanecer con vida, su negación de la fe, su condenación, su deshonor, perdía su sentido.
    Sintió que una gran rabia crecía en su interior, una rabia venida directamente de su juventud, cuando escupía y mostraba el puño a las nubes, allá arriba en el cielo, sin saber por qué. Una rabia incomprendida y tal vez incomprensible, una sed de ser que había creído extinguida o, mejor dicho, atenuada, controlada, cuando estaba en el Hospital y, antes de eso, cuando había partido a la Tierra Prometida, e incluso antes, cuando había entrado al servicio de Felipe de Alsacia, y aún más atrás, cuando había abandonado… ¿qué?, ¿a quién? No lo recordaba. ¿A qué antes, a qué tiempo pasado había que ir para encontrar la paz? ¿Existía esa paz realmente en algún sitio? ¿Y la rabia? La rabia, a decir verdad, no se había extinguido. Era como esos fuegos que parecen reducirse en el hogar, que menguan hasta hacerse cenizas, y luego llega un soplo de viento, unas ramitas que caen, una mano que atiza las brasas, y la llama vuelve a surgir con fuerza. Bajo la ceniza había una brasa. Todavía incandescente. Estaba dormida, y la habían despertado, y alimentado luego.
    Morgennes seguía sin haber encontrado la paz. No obstante, no experimentaba aquellos arrebatos salvajes que a menudo sufrían los otros caballeros, o sus enemigos, y que los hacían arrojarse unos contra otros frenéticamente, lanzando gritos de hiena, encantados de sumergirse en el combate, sin saber ya por qué peleaban. No era porque no se aplicara en la lucha, pero se esforzaba, en cuanto le era posible, en mantener la cabeza fría.
    Después de lo que había hecho, ir al paraíso o al infierno le importaba bastante poco. Había que encontrar la Vera Cruz. A menudo se esforzaba en rezar, tendía a convertirse en un movimiento, una idea fija sobre no sabía qué; rezaba sin pedir nada, sin pensar ni un instante que podía pedir algo, lo que resultaba extraño si se lo conocía, y no podía explicarse.
    Para él, la oración era lo más difícil que pudiera haber. Saber rezar bien no se enseña; no es un impulso del corazón, ni un impulso del alma, ni el recitado de los salmos, por más que esto pueda ayudar. Orar es otra cosa. No habría sabido decir qué; pero lo duro no es creer en Dios sino rezar. Dios es lo accesorio.

    De pronto, unos guijarros rodaron bajo las pezuñas del asno y luego bajo las ruedas de la carreta. Femia dormía. Masada, por su parte, seguía sosteniendo las riendas de Carabas, que proseguía su camino a paso lento. Morgennes se sintió observado, pero ¿cómo no sentirse observado en el Yebel Ansariya, donde el Krak te rodea por todas partes? ¿Qué podían hacer? ¿Retroceder? No, era demasiado tarde, ya no tenían elección. Debían continuar.
    De repente, el grito de un pájaro llamó la atención de Morgennes, que levantó la cabeza y vio volar por encima de ellos a un halcón inmenso, con las alas desplegadas. «Decididamente -se dijo-, hoy todo me recuerda a Casiopea…»
    Entonces tuvo un mal presentimiento.
    – ¡Baja! -susurró a Yahyah para animarlo a buscar un refugio.
    – ¡Es inútil! -dijo una voz-. ¡Estáis rodeados!
    Femia se despertó y se arrebujó en su manta de lana. Morgennes mantuvo la calma y Masada se lamentó: «¡Jerusalén! ¡Oh, Jerusalén! ¡Todo ha acabado para nosotros! Oh, Dios mío, ¿qué he hecho?».
    Media docena de ballesteros e infantes salieron bruscamente de las tinieblas, con las armas en la mano, y los rodearon: era la guardia del Krak. A esas horas, la guarnición de la plaza fuerte ya estaría enterada de su llegada, aunque no supieran todavía quiénes eran.
    Otra voz se elevó en la oscuridad. La de un hombre armado. No veían de él más que los reflejos de su espada larga, atenuados por la nogalina con que la había untado para ocultar su brillo.
    – ¿Mahometanos o cristianos? -preguntó con una voz que el frío hacía temblar.
    – Mahometanos, me temo… -dijo Morgennes.
    – Entre otros -añadió Masada.
    – Acercaos a la luz…
    Morgennes se adelantó.
    El ojo de buey de una linterna ciega se abrió e iluminó su rostro con un fino haz de luz. Morgennes se sintió estudiado con interés.
    – ¡Messire Morgennes! ¡Si os decían muerto!
    Morgennes levantó la mano para protegerse los ojos y distinguir a quien le hablaba, pero la luz lo había cegado. La voz, sin embargo, no le era desconocida.
    Preguntó:
    – ¿Emmanuel?
    – Soy yo, mi buen sire -respondió la voz con emoción.
    El antiguo escudero de Morgennes dio dos pasos al frente. Ahora llevaba el manto negro con la cruz blanca de los caballeros del Hospital, y su porte había ganado autoridad.
    – ¡En fin, veo que te has convertido en un hombre! -dijo Morgennes al verlo.
    – Sí -respondió Emmanuel, que se sentía culpable por no haber sido armado caballero por el hombre de quien había sido escudero durante tantos años-. El hermano comendador Alexis de Beaujeu me hizo caballero el día de la Asunción de Nuestra Señora… El Krak estaba muy necesitado de hermanos, y nadie pensaba que volveríamos a veros aquí abajo…
    – Ya ves que aún estoy con vida -dijo Morgennes.
    Con el rostro cubierto de lágrimas, Emmanuel se acercó a Morgennes, que así pudo mirarlo mejor. Físicamente no había cambiado. Su rostro rubicundo le seguía dando aquel característico aire infantil, atenuado ahora por una tupida barba negra. Su boca temblaba. No dejaba de repetir:
    – Sois vos, sí, sois vos…
    Súbitamente palideció, como si se encontrara ante un aparecido.
    – ¿Qué le ha ocurrido a vuestro ojo?
    – Un mahometano me lo quitó…
    – Por cierto, ¿por qué me habéis dicho hace un momento que erais mahometanos?
    – Porque es lo que soy-respondió Morgennes.
    Emmanuel lo miró sin comprender.
    – ¿No estáis enterados? -se sorprendió Morgennes.
    – Venid -dijo Emmanuel-. Os conduciremos hasta el castillo y nos lo explicaréis todo.
    El antiguo escudero de Morgennes hizo una señal a la escolta, y el pequeño grupo volvió a ponerse en marcha. El Krak de los Caballeros ya solo estaba a unos pasos y alzaba al cielo sus altas murallas, como las paredes de una tumba.

14

    Sit tibi copia, sit sapientia, formaque detur inquinat omnia sola, superbia si comitetur.
    («Ten riqueza, ten sabiduría, ten bondad, pero guárdate del orgullo que mancha todo lo que toca.»)
    Inscripción grabada sobre el pilar norte de la galería que bordea la sala grande del Krak de los Caballeros

    Todo país posee, en un momento de su historia, uno o varios monumentos que dan la medida de lo que es y permiten delimitar su presente, su pasado, el futuro que sueña para sí. Antaño el Egipto de los faraones tuvo las pirámides; Babilonia, sus jardines suspendidos; la Roma imperial, su circo; Bizancio, sus hipódromos; Jerusalén, su templo. Francia no existía sino por Roma, y poco a poco se iba buscando a sí misma.
    En 1187, Micerino dio a Egipto la más bella de sus ciudadelas: el Castillo de la Montaña, construido en El Cairo por Saladino; los jardines de Babilonia ya no existen, pero no lejos de allí, en Bagdad, un observatorio permite escrutar las estrellas; Roma tiene la basílica vaticana; Bizancio, convertida en Constantinopla, Santa Sofía; el Templo de Jerusalén ha sido destruido y reconstruido en varias ocasiones, mientras que dos nuevas religiones han establecido allí importantes lugares santos: la cristiandad, la iglesia del Santo Sepulcro, y el islam, la Cúpula de la Roca. Fran cia, en fin, existe, y ha emprendido la tarea de procurarse, bajo la guía de Mauricio de Sully, la más extraordinaria de las catedrales: Notre-Dame de París.
    En cuanto a los francos de Tierra Santa, tienen, además de Jerusalén y la tumba de Cristo, el Krak de los Caballeros.
    Estos dos edificios, el Santo Sepulcro y el Krak de los Caballeros, resumen por sí solos las tendencias opuestas y, con todo, indisociables, que dividen el país, desgarran a sus habitantes y, sin embargo, los reconcilian también.
    Uno recuerda a los creyentes la preeminencia de un reino que no es de este mundo; el otro se considera el garante de la fe y de la libertad de los que viven aquí abajo.
    Ambos tienen algo de marcial y de sagrado. El Santo Sepulcro con sus colgaduras adornadas con las armas de Jesús, sus frías columnas, su aire impregnado de vapores de incienso, los murmullos, los responsos, el aire grave y concentrado de sus penitentes, el eco helado de sus pasos y sus rezos; el Krak de los Caballeros con su austeridad, la sencilla belleza de sus muros, la expresión piadosa de los que pasean por él envueltos en grandes mantos negros con la cruz blanca, los padrenuestros que resuenan de sala en sala, los credos, las homilías. Allí se ayuda a los hombres a subir a los cielos; aquí se ayuda a Dios a establecerse sobre la tierra.
    Por opuestas que sean, estas construcciones son inseparables del espíritu de los cruzados y son la exacta representación de la más específica de las nobles invenciones del siglo XII: el monje caballero.

    La flor y nata de lo que quedaba de los hospitalarios establecidos en Tierra absoluta estaba reunida en la sala principal del Krak, dispuesta a seguir oyendo al noble y buen hermano Morgennes, guardián de la Santa Cruz.
    Emmanuel había conducido a Masada y a Femia por las altas salas abovedadas, las escaleras y corredores de piedra del castillo, hasta una habitación contigua a uno de los dormitorios de los monjes caballeros. Yahyah dormiría en la cocina, con Babucha, sobre un poco de paja esparcida en el suelo. Carabas iría a los establos, a unirse a los trescientos caballos y el centenar de camellos que esperaban allí a su caballero y su fardo de flechas, víveres o agua.
    Pero a su llegada, a pesar de la hora tardía y para testimoniar la estima en que se tenía a Morgennes y antes de escucharlo, los condujeron a la sala grande del Krak, con el techo claveteado de oro y el suelo tapizado de juncos. Aquella sala servía de refectorio a los hermanos. Los capítulos de los hospitalarios se celebraban allí, bajo las altas bóvedas de cañón horadadas por agujeros que se abren a la noche exterior. En los pilares que las sostienen y que dividen la sala en nueve partes, candelas de sebo se consumían humeando y marcando la cal de los muros con largos trazos negros que habría que frotar por la mañana. Un sargento envuelto en su manto negro con la cruz blanca echaba leños al hogar. Las noches eran aquí tan frías como el infinito.
    Las llamas del brasero apenas habían empezado a calentar la sala cuando dos monjes caballeros entraron para servir una colación a los recién llegados. En el Krak de los Caballeros, las comidas saciaban hasta al más hambriento, e incluso los hermanos que sufrían un castigo -y que por ello debían tomar sus comidas sobre las baldosas del suelo con los perros, no lejos del comendador de la plaza- estaban bien alimentados. No se trataba de dejar sin fuerzas los cuerpos de aquellos que debían pelear y tal vez morir por Cristo.
    Mientras compartía la escudilla y el pan de trigo de Morgennes, Masada lanzaba miradas inquietas a las numerosas personas que se encontraban sentadas al otro lado de la mesa.
    Una docena de hermanos del Hospital los contemplaban en silencio -apenas intercambiaban, a veces, un murmullo-, pero por su expresión severa se podía adivinar el número y la naturaleza de las preguntas que ardían en deseos de plantear a Morgennes, a Femia, a Masada, y también a Yahyah, que, en las cocinas, se llenaba el estómago con un capón.
    Morgennes se tomó tiempo para saborear cada bocado. ¿Cuánto hacía que no había comido hasta saciarse? La comida del bimaristan al-Nuri era de lo más rústica, y, en cuanto a la que se servía a los esclavos, no bastaba para alimentarlos.
    El caballero disfrutó reencontrando el sabor de los alimentos preparados por los suyos y se deleitó con las sensaciones que nacían en su paladar; sensaciones que la cocina mahometana, demasiado amante de las especias para su gusto, no le proporcionaba: ligera amargura del puré de guisantes, suavizada por el gusto azucarado de un dátil; esponjosidad de la tortilla de huevos frescos, refrescada por la menta y perfumada de artemisa. El vino que les habían ensalzado, cortado con miel y cardamomo, era tan delicioso que por un instante olvidó lo que había vivido, lo que iba a decir, lo que tendría que soportar.
    El hermano encargado de hacerles la lectura de los Evangelios cerró la pesada Biblia colocada en un atril ante él. No se escuchó ya ningún ruido, con excepción del viento. Morgennes se secó la boca con el mantel, cruzó las manos y pidió autorización con la mirada al hermano comendador para romper el silencio. Habiéndola recibido, propuso:
    – Nobles y buenos hermanos, ¿deseáis oír ahora mi historia?
    El hermano comendador asintió, y Morgennes se lo explicó todo, hasta los menores detalles, sin levantar nunca la voz y cuidando de presentar cada hecho desde un punto de vista lo más neutro posible, precisando en cada ocasión si había sido testigo directo o, en caso contrario, quién le había informado.
    Todos siguieron el relato con atención.
    Incluso Masada y Femia, que no conocían todos los detalles, escucharon, estupefactos, las explicaciones de Morgennes sobre cómo se había despertado en el campo de batalla, había sido capturado por Taqi -que le había salvado la vida- y luego, en cierto modo, recompensado por Saladino, antes de escapar por primera vez, sediento, y ser finalmente capturado de nuevo para perder un ojo a manos de los sarracenos.
    Llegó el momento en que hubo que hablar del trato propuesto por Saladino a los hermanos templarios y hospitalarios, y que todos -salvo Morgennes- habían rechazado.
    Al oírle relatar cómo había renegado de su fe, cuando todos sus compañeros habían permanecido fieles a Jesús y habían muerto decapitados, los hermanos caballeros del Hospital palidecieron de espanto. Aunque Morgennes no hubiera proporcionado ninguna explicación para su gesto, algunos de sus hermanos parecieron comprenderlo y excusarlo, y otros, al contrario, reprobarlo. Pero todos estaban horrorizados, aunque resultara difícil saber si era por Morgennes o por Saladino.
    – Perdón, noble y buen hermano Morgennes -lo interrumpió el hermano comendador del Krak, llamado Alexis de Beaujeu-, tal vez deberíamos continuar oyéndote a puerta cerrada.
    Todos murmuraron su acuerdo y, volviéndose hacia Masada y Femia, les dieron la desagradable impresión de que su presencia era del todo indeseable.
    El hermano Emmanuel, cuyas manos temblaban por la emoción suscitada por el relato de Morgennes, se ofreció a acompañarlos a su habitación, una pequeña celda con dos camas. El aposento daba a una de las nueve cisternas del Krak, y -si tenían buen oído- los ocupantes podían dormirse mecidos por el rumor de las aguas del acueducto construido para alimentarlas.
    – Yallah! -exclamó Femia.
    – Os sigo -dijo Masada.
    – Vamos, pues -dijo Emmanuel.
    Uniendo el gesto a la palabra, el hermano los invitó a que lo siguieran por la red de corredores y galerías del Krak, un laberinto que numerosos hermanos utilizaban a cualquier hora del día o de la noche para hacer su ronda, visitar a los animales en los establos o asistir al oficio. Los cantos de los hermanos ascendían desde la pequeña capilla y los padrenuestros de maitines resonaban de un modo extraño en los muros del castillo.
    Beaujeu no apartaba la mirada de Morgennes. El comendador hospitalario lo observaba gravemente sin dejar traslucir sus pensamientos: cólera, piedad, pena, decepción, o todo a la vez. Finalmente pidió a uno de sus ayudantes:
    – Di al hermano capellán, que venga aquí a vernos cuando acabe la misa y manda a buscar al hermano enfermero. Quiero que examine al noble y buen hermano Morgennes, para asegurarnos de que está perfectamente sano.
    – Noble y buen sire -dijo Morgennes-, es inútil molestar al hermano enfermero. Los médicos se ocuparon de mis heridas en Damasco, y creo que estoy bien.
    – Noble y buen hermano Morgennes, quiero que te examine, pues no estoy seguro de que los médicos de Damasco hayan curado «todas» tus heridas.
    Morgennes comprendió perfectamente la alusión, pero no hizo ningún comentario. Todavía tenía muchas cosas que decirles, hechos que revelarles, sugerencias que plantear, pero esperaría a tener la palabra.
    – Levántate -dijo el hermano comendador- y ven junto a mí.
    Morgennes obedeció.
    – ¿Cómo te sientes?
    – En excelente forma, noble y buen sire.
    – Entonces permanecerás de pie, frente a nosotros, durante toda la duración del consejo. Mientras esperamos la llegada del hermano capellán, que cada uno de nosotros recite en silencio trece padrenuestros, ore a san Adán y se mantenga dispuesto para el consejo.
    Los hermanos caballeros ocuparon su lugar en las sillas a lo largo de la pared, mientras en el centro de la sala Morgennes los observaba sin decir palabra. La perspectiva de esta reunión turbaba su concentración. Y es que el momento era de la mayor gravedad. En Hattin había estado en juego su vida. Aquí estaba en juego su honor y su nombre. Aunque no tenía muchas ganas de extenderse sobre su acto, de todos modos quería ser juzgado en función de hechos establecidos y aprovechar la ocasión para exponer su verdad. Pero lo cierto es que su verdad no interesaría al consejo, que no juzgaría más que la verdad de los hechos y no la suya, más compleja, y que solo Dios podía juzgar.
    Resonaron pasos en el pasillo y entraron cuatro personas, entre ellas el hermano enfermero y el hermano capellán, reconocible por sus vestiduras, con su gran capa negra y sus manos enguantadas de cuero. A Morgennes le dio un vuelco el corazón al reconocer a uno de sus viejos amigos: ¡Raimundo de Trípoli!
    – Sire -dijo Morgennes, rompiendo el silencio que le habían impuesto-, me alegra volver a veros.
    – También yo estoy encantado de encontraros de nuevo -respondió Raimundo.
    Trípoli, que había dado tan buenos consejos en el curso de la batalla de Hattin -salvo el de esperar en lugar de atacar de inmediato una vez en la cima de la colina-, había envejecido considerablemente.
    Ya era un hombre mayor, pero aquella prueba había acabado de blanquear sus cabellos y su barba, había grabado nuevas arrugas en su rostro y había acentuado las bolsas de sus ojos. Además, había adelgazado mucho, y el brial que vestía flotaba en torno a su cuerpo. Raimundo se acercó a Morgennes y le cogió las manos, mientras el hermano enfermero lo auscultaba, examinaba su ojo y le pedía que abriera la boca y sacara la lengua.
    – ¿Sufres? -le preguntó el hermano enfermero.
    – No -respondió Morgennes.
    El hermano enfermero parecía decepcionado.
    – Sin embargo, sufrir es acercarse a Dios-dijo.
    – Lo lamento -respondió Morgennes-, pero ni me atormenta el sufrimiento ni me siento lejos de Dios.
    El hermano enfermero se disponía a examinar las manos de Morgennes -que Trípoli seguía estrechando-, cuando Beaujeu le pidió que fuera a sentarse a su lado para oír y juzgar al noble y buen hermano caballero Morgennes.
    – Para empezar -dijo el hermano enfermero, ocupando su lugar en la mesa del consejo-, no veo por qué seguimos llamándolo «noble y buen hermano». Si ha renegado de Jesús, tal como he podido entender, ya no merece esta consideración…
    Sus palabras dejaron helados a los asistentes. Algunos hermanos le dieron la razón, y otros, al contrario, recordaron que, hasta que no se produjera una decisión del consejo, Morgennes seguía formando parte del Hospital.
    – Sire de Trípoli, venid a sentaros junto a nosotros -dijo el hermano comendador-. Enseguida tendréis tiempo de volver a encontraros con Morgennes y de hablar con él, aunque sea a través de unos barrotes.
    – No os inquietéis -murmuró Trípoli a Morgennes-. Yo velo por vos.
    Raimundo de Trípoli le estrechó las manos antes de ir a ocupar su lugar al otro lado de la mesa, frente a él, y las puertas de la sala principal se cerraron para evitar cualquier interrupción.
    – Mis buenos señores hermanos -dijo Beaujeu-, levantaos y rogad a Dios Nuestro Señor para que su santa gracia llegue hasta nosotros.
    Catorce hermanos y Raimundo de Trípoli observaban con aire grave a Morgennes. Habitualmente solo los hermanos caballeros podían asistir a las sesiones del capítulo; pero, dada la gravedad de las circunstancias, Beaujeu había invitado a Trípoli a quedarse.
    Además del hermano comendador del Krak, el hermano capellán y el hermano enfermero, estaban presentes los hermanos más importantes de la plaza: el hermano senescal, lugarteniente del comendador; los hermanos mariscal y submariscal, encargados, en el primer caso, de las armas y las armaduras, y en el segundo, de los caballos; los hermanos turcopoleros y gonfaloneros, que mandaban a los auxiliares reclutados por la orden; el hermano pañero, que se ocupaba de la ropa de los hermanos, y cinco hermanos caballeros elegidos entre los más nobles.
    Beaujeu tomó la palabra.
    – Nobles y buenos hermanos -dijo-, os conjuro por Dios, por mi Dama Santa María, por todos los santos y santas de Dios y por todos los hermanos, bajo pena de perder la gracia de Dios si no hacéis en este juicio lo que debéis hacer, a que oigáis y juzguéis al noble y buen hermano Morgennes.
    Con esta fórmula quedaba abierta la sesión y el tribunal de penitencia se hallaba dispuesto para escuchar a Morgennes. Beaujeu se volvió entonces hacia él.
    – Noble amigo, procura decir la verdad acerca de todas las cosas sobre las que te preguntemos, porque si mientes, y luego se prueba que has mentido, se te cargará de grilletes, se te hará gran vergüenza y serás expulsado por ello de la casa.
    Luego le preguntó quién era y cuánto tiempo hacía que había revestido la armadura de la obediencia. Morgennes respondió lo mejor que pudo, y Beaujeu prosiguió:
    – En el seno del Hospital, ¿cuál era tu papel?
    – Guardar la Santa Cruz.
    Algunos de los hermanos caballeros se mostraron sorprendidos: acababan de llegar de refuerzo, de Provenza, de Francia o de Inglaterra, y no conocían a Morgennes. Les impresionaba que aquel hombre fuera uno de los guardas encargados de velar por la Santa Cruz, y les horrorizaba que hubiera podido traicionarla.
    El interrogatorio continuó durante algún tiempo, y luego, cuando cada hermano hubo interrogado suficientemente a Morgennes, Beaujeu declaró:
    – Nobles y buenos señores hermanos, me cuesta creer lo que nos explica el noble y buen hermano Morgennes. Sin embargo, lo conozco, y no es hombre para mentir ni ocultar verdades incómodas. Lo que nos describe es, en efecto, abrumador: mientras nuestros hermanos, sus compañeros de armas, entregaban el alma permaneciendo fieles a Cristo y morían como mártires, él renegaba de su fe y se convertía en infiel. Noble y buen hermano Morgennes, antes de resolver sobre lo que has hecho, ¿puedes asegurarnos que no sufriste un golpe de calor, de manera que la cabeza te dio vueltas y así las palabras que pronunciaste fueron dichas solo con los labios y no con el corazón?
    – Lo que dije, dicho está -respondió Morgennes-. Con los labios o con el corazón, para mí no supone ninguna diferencia.
    – Noble y buen hermano, piensa bien en lo que dices, porque son palabras graves -prosiguió Beaujeu-. He pedido al hermano capellán que venga para que te desligue de tu profesión de fe y del juramento que hiciste a Saladino.
    – Perdóname, noble y buen sire, señor comendador, pero solo Saladino puede desligarme de este juramento. Por mi parte, le seré fiel. O no tendría honor.
    – ¡Hermano! -se indignó el hermano capellán-. ¡Por el amor de Nuestro Señor Jesucristo, te conjuro! ¿Quieres ser expulsado de la orden y acabar tus días en una celda?
    – No -dijo Morgennes-. Pero si es lo que debe ocurrir, que así sea.
    – ¿No quieres que ocurra de otro modo? -preguntó el hermano capellán, bajando el tono.
    – Claro que sí -respondió Morgennes-. ¿Quién no lo querría? Pero yo he actuado en alma y conciencia, conforme a los signos que he creído recibir de Dios.
    – ¿De qué signos hablas?
    – Poco antes de convertirme, pedí a Dios que me iluminara…
    Los leños crujieron en el hogar, y Morgennes se interrumpió. Lo que había leído en la ausencia de signos, en Hattin, era que Dios le pedía que continuara. Pero ¿a quién podía confiar aquello? ¿Tenía siquiera derecho a hacerlo? ¿Quién lo comprendería? En la duda, prefirió callar, y dijo simplemente:
    – Es algo entre Dios y yo.
    – Permíteme que te recuerde, noble y buen hermano Morgennes, la inscripción grabada en uno de los pilares de la galería que conduce a esta sala: Sit tibi copia, sit sapientia, formaque detur inquinat omnia sola, superbia si comitetur. ¡Guárdate del orgullo! ¡No te creas superior a tus hermanos! Aquí todos somos pecadores, y todos pedimos perdón a Dios, a Nuestra Señora y a nuestros hermanos por lo que hemos hecho. ¡Arrepiéntete, hermano Morgennes!
    – Me arrepiento -dijo Morgennes-. Imploro la piedad de Dios y de Nuestra Señora, y la vuestra, hermanos míos, porque he faltado renegando de Dios. Pero sabed, nobles y buenos hermanos, que no lo hice por orgullo o por odio hacia la Vera Cruz.
    – ¿Qué quieres decir? -le preguntó uno de los hermanos con un fuerte acento sajón.
    – Confieso no haber querido morir; es el primer punto… Comprendo a mis compañeros de armas, muertos en nombre de Cristo, pero me encontraba sometido a un dolor vivísimo: la Santa Cruz acababa de ser tomada, yo había faltado a mi deber de soldado, de cristiano. Me pareció que no tenía derecho a morir sin tratar de arreglarlo, a no ser que sacrificara el poco honor que me quedaba…
    – ¿Y quién nos dice que no tuviste miedo de morir y que por ello preferiste convertirte? Hablas de sacrificio donde yo veo más bien orgullo y miedo -dijo uno de los hermanos caballeros.
    – Tal vez me equivoqué, es cierto, pero pensé en la Santa Cruz. No me sentía digno de morir en nombre de Cristo mientras ella estaba en manos de los sarracenos. Mi conversión me pareció poca cosa al lado de esta tragedia, con tal de que la Vera Cruz fuera recuperada.
    Este último punto interesó vivamente al hermano comendador, que preguntó enseguida a Morgennes:
    – Así pues, ¿tu conversión no era sincera?
    – Que fuera o no sincera no supone ninguna diferencia.
    – ¡Pero si ahí reside justamente toda la diferencia! -se exasperó el hermano enfermero.
    – Entonces sea, admitamos que fue sincera, ya que renegué de Dios y escupí a la cruz.
    – ¡Escupiste a la cruz! -dijo el hermano capellán, ahogándose de indignación-. ¡Es un pecado inexpiable! ¡Pido que se excluya a este hombre de la orden y que se lo encierre con los benedictinos o los agustinos, poco importa, con tal de que sea expulsado de aquí enseguida! ¡No contento con ser lapso, este hombre es un demonio!
    – Calma -dijo el hermano comendador-. Os recuerdo, noble y buen hermano capellán, que no se debe alzar la voz aquí.
    Por otra parte, todos hemos comprendido lo que hizo el hermano Morgennes. Escupiste a la cruz para que te dieran de beber, ¿no es así? -preguntó a Morgennes.
    – No, en absoluto -respondió este-. Lo siento profundamente, noble y buen sire comendador, pero si pedí de beber fue para poder escupir y no porque tuviera sed. Mi decisión ya estaba tomada. Esa es la verdad.
    Morgennes miró a sus jueces, que lo observaban fijamente en medio de un pesado silencio.
    Raimundo de Trípoli no se atrevía ya a mirarlo ni a enviarle, como al principio, pequeñas señales de ánimo.
    En el hogar, los leños se habían consumido por entero. Por las aberturas, en lo alto de la sala, los primeros rayos del día habían hecho su aparición, y la hora de tercias había sonado.
    Hacía más de tres horas que oían a Morgennes.
    Más de tres horas en las que sus defensores habían hecho todo lo posible por salvarlo, y sus detractores, cada vez más numerosos, se preguntaban ya por qué aquello estaba durando tanto…
    Morgennes ya solo contaba con tres aliados en el tribunal de penitencia: el hermano comendador, el hermano mariscal y Raimundo de Trípoli, que no votaría por no pertenecer al Hospital.
    – El asunto está claro -dijo el hermano enfermero-. Este hombre no está en sus cabales. Hay que encerrarlo.
    – Enviémoslo de vuelta a Occidente -aventuró otro hermano que hasta ese momento no había hablado apenas.
    – Silencio, mis buenos hermanos -dijo Beaujeu-. Os pediré ahora que votéis, que Dios nos ayude a cumplir con nuestro deber.
    Hicieron salir a Morgennes, para que el voto de cada uno de los miembros del tribunal permaneciera secreto, y luego los hermanos se fueron expresando uno por uno.
    – Dos días de ayuno, una pena de disciplina el domingo durante seis meses si se arrepiente, y si no, la pérdida del hábito, definitiva -dijo el primero de los hermanos caballeros.
    – La pérdida del hábito durante un año si se arrepiente -dijo el hermano submariscal-; si no, la pérdida de la casa, definitiva.
    – La pérdida de la casa, definitiva -dijo el hermano capellán.
    – La pérdida de la casa, definitiva -dijo un segundo hermano caballero.
    – La pérdida del hábito durante un año si se arrepiente; si no, la pérdida de la casa, definitiva -dijo el hermano pañero.
    – Dos días de ayuno más una pena de disciplina cada semana hasta que acepte hacerse desligar -dijo un tercer hermano.
    – La pérdida de la casa, definitiva -dijo el hermano enfermero.
    – La pérdida del hábito hasta que se le desligue de su juramento, luego dos días de ayuno más una pena de disciplina el domingo durante tres meses -dijo el hermano mariscal.
    – La pérdida del hábito si se deja desligar del juramento; si no, la pérdida de la casa, definitiva -dijo el hermano turcopolero.
    – La pérdida de la casa, definitiva -dijeron los hermanos décimo, undécimo, duodécimo y decimotercero.
    La causa parecía decidida, y de hecho lo estaba.
    El hermano comendador no podía oponerse al castigo que conduciría ineluctablemente a Morgennes a abandonar el Hospital para ser enviado a Francia, a un monasterio de la regla de san Benito o de san Agustín.
    Así pues, hicieron volver a la sala principal a Morgennes, que mientras tanto se había desnudado, tal como recomendaba la regla, y se disponía a recibir, con el torso desnudo, en calzoncillos y calzas, la penitencia que sin duda le sería aplicada con la correa que llevaba al cuello.
    – De rodillas -ordenó Beaujeu.
    Morgennes se arrodilló.
    – Antes de que pronuncie la sentencia, ¿alguien quiere tomar la defensa del noble y buen hermano Morgennes, ya que él es incapaz de hacerlo por sí mismo?
    Raimundo de Trípoli se levantó.
    – Hablad -dijo el hermano comendador.
    – Nobles y buenos señores, mis hermanos caballeros -empezó Raimundo de Trípoli-. Conozco al hermano Morgennes desde hace muchos años, lo conocí incluso antes de que entrara en la orden. Es el hombre más valeroso que conozco, un hombre de palabra. Pero ¿quién puede decir si lo que condujo al hermano Morgennes a escupir a la cruz fue el orgullo o la humildad, el miedo o el valor? ¿Cuál es, en efecto, la pérdida más dura que puede soportar un hermano? ¿La vida, acaso? ¿O bien el paraíso, la estima de los suyos?
    Los hermanos no hicieron ningún comentario, pero por las caras de algunos podía verse que no aceptaban las palabras de Raimundo de Trípoli, por más que el conde fuera su principal apoyo entre las gentes del siglo.
    El propio Raimundo había sido criticado con dureza por su comportamiento en la batalla de Hattin. Después del fracaso de su carga de caballería, Trípoli había abandonado el campo, regresado a Tiro y, luego, al Krak de los Caballeros. Se había dicho que había abandonado al rey, que su carga no tenía por objeto romper las filas de los sarracenos, sino llevarlo al otro lado de sus líneas según un plan decidido por adelantado con Saladino.
    – En verdad, os digo -prosiguió Raimundo de Trípoli- que nadie puede afirmar con facilidad qué es valor y qué es cobardía. Yo mismo estoy obligado a ver que sin duda hay un poco de ambos en Morgennes. Os pido que lo perdonéis y que practiquéis ese amor que Cristo supo enseñarnos tan bellamente.
    Raimundo de Trípoli dejó de hablar. Estaba rojo y parecía agotado. Beaujeu se levantó, lo miró y tomó de nuevo la palabra.
    – Señor de Trípoli, os agradezco vuestras sabias palabras. Estoy seguro de que ninguno de nosotros las olvidará nunca. Pero estoy obligado a comunicar la sentencia tal como ha sido pronunciada por este tribunal: noble y buen hermano Morgennes, te condeno a la pérdida de la casa, definitiva.
    Al oír estas palabras, Raimundo de Trípoli se sintió mal y se desvaneció. El hermano enfermero corrió hacia él.
    – ¡Que lo trasladen a su habitación!
    Dos hermanos caballeros levantaron a Raimundo de Trípoli y lo llevaron fuera.
    – Hermano Morgennes -dijo el hermano comendador-, has oído la sentencia que te hemos comunicado. Ahora tienes cuarenta días para abandonar la orden y presentarte en Francia, en un monasterio. ¿Lo harás?
    – Sí, noble y buen hermano -dijo Morgennes.
    Cuarenta días, es decir, hasta San Dionisio. Aquello le dejaría poco tiempo para encontrar la Vera Cruz y a Crucífera, su espada.
    – Infligidle la penitencia, y luego conducidlo a una celda aislada. Ahora es un extraño para nosotros.
    Con un movimiento unánime, los hermanos dieron la espalda a Morgennes, que ya no tuvo frente a sí más que un muro de capas negras adornadas con cruces blancas. Luego dos hermanos con la cara oculta por una máscara llegaron para infligirle la penitencia.
    Curiosamente, cuando empezaron a llover sobre su espalda los primeros correazos, Morgennes los sintió solo de forma atenuada. Lejos de satisfacerlo, aquello lo inquietó: la enfermedad lo roía como un fuego subterráneo y no tardaría en volver a hacer su aparición.
    Finalmente, los hermanos pusieron en pie a Morgennes y lo escoltaron hasta su celda, que daba a las murallas del recinto interior. Desde su ventana podía ver el patio, que a aquellas horas tempranas de la mañana hervía de actividad. Los albañiles reconstruían partes del muro; herreros y forjadores se afanaban en reparar las cotas de malla, las armas y las herraduras de los caballos. Aquí y allá, jóvenes reclutas se ejercitaban bajo la dirección de un oficial. Un hombre atravesó el patio con una gallina en cada mano; otro paseaba a una docena de perros que llevaba de la correa.

    Después de salir Morgennes, el hermano capellán preguntó a Alexis de Beaujeu:
    – Buen sire comendador, ¿por qué no se envía hoy mismo a Morgennes a Francia? ¿Por qué debemos cargar con su persona?
    – Nuestra regla le da cuarenta días. Cuarenta días son suficientes para que cambie de opinión.
    – ¡Es un testarudo! ¡Nunca lo hará!
    – Es posible, pero tiene cuarenta días. Le doy un voto de confianza; no nos traicionará y partirá por sí mismo a Francia dentro de cuarenta días.
    – ¡Ya ha traicionado a Dios!
    – Los caminos del Señor son inescrutables.
    La conversación tomaba un rumbo desagradable. El rostro de Beaujeu se ensombreció. No tenía ganas de entablar una disputa con el hermano capellán, que en cierto modo era allí como el legado del Papa. Un personaje importante.
    – Noble y buen hermano -dijo suavemente el hermano comendador-, permitidme únicamente que os recuerde lo que decía el inspirador de nuestra orden, san Agustín: «Muchos de los que se creen dentro de la Iglesia están fuera de ella, y muchos de los que se creen fuera están dentro». Concedamos a Morgennes estos cuarenta días de tregua. Por otra parte, me pregunto si no le resultarán más difíciles de vivir que los años de encierro que le esperan en Francia.
    Unos hermanos entraron entonces por la puerta de las cocinas. Venían a servir la colación de la mañana, que los hermanos de Provenza, Francia e Inglaterra, los más numerosos en el Krak de los Caballeros, serían los primeros en tomar. Justo después se ofrecería un segundo servicio para las otras lenguas. En ese momento, una voz de arpía se elevó del patio del castillo, no lejos de la capilla.
    – ¡Morgennes es mío! -gritaba-. ¡No tenéis derecho a quitármelo!
    Los hermanos comendador y capellán se apresuraron a acercarse al origen de los chillidos, seguidos por sus sirvientes, escuderos, hermanos sargentos y clérigos.
    En el patio, el sol brillaba con tanta fuerza que todo el mundo caminaba con la cabeza gacha. Pero Femia -pues de ella se trataba- no parecía preocuparse por eso. Masada trataba de calmarla utilizando alternativamente el sarcasmo y los cumplidos.
    Después de todo, Morgennes era suyo, aunque lo hubiera pagado con las joyas de su mujer.
    – ¿Qué ocurre ahora? -preguntó el hermano comendador.
    – Mi esposa pretende que no tenéis derecho a enviar a Morgennes a Francia y dice que le pertenece -respondió Masada.
    – ¡Mis joyas! -berreó Femia-. ¡Di todas mis joyas para tenerlo!
    – No debisteis pagar tanto por Morgennes -dijo Beaujeu-. Como máximo se podía ofrecer un cuchillo de armas y un talabarte, es la regla.
    – ¡Es mío! -dijo Femia-. ¡En Damasco, lo compré en Damasco!
    – Él solo pertenece a Dios y al Hospital durante el tiempo de su breve estancia en la tierra -cortó secamente el hermano capellán-. ¡Al entrar en el Hospital, él mismo se dio a nuestra orden, a Dios y a Nuestra Señora! ¿Quién sois vos a su lado para querer recuperarlo?
    – Si queréis, la orden puede compensaros -dijo el hermano comendador, tratando de mostrarse conciliador-. ¿Cuánto pagasteis por él?
    – ¡Todas mis joyas! -tronó Femia-. ¡Y mi marido dejó que ese mercader del demonio pusiera sus manos sobre mí y se sirviera por sí mismo!
    – ¡Le dejó una! -protestó Masada.
    – ¿Cien besantes bastarán para compensaros?
    – ¡Quiero mis joyas! ¡Quiero a Morgennes! -aulló Femia.
    – Que vayan a buscar cien besantes en joyas al tesoro -ordenó el hermano comendador a su escudero-.Traédmelas rápido, a ver si esta buena mujer se calma.
    – Perdonadme, noble y buen hermano comendador -se atrevió a decir Masada-, pero, si me permitís, sobre mi mujer había mucho más que cien besantes de joyas. ¡Lo sé bien porque fui yo quien se las regaló! Además, el hermano Morgennes me aseguró que me daríais más de cien veces lo que gasté en comprarlo…
    – ¿No sois vos ese mercader judío llamado Masada que comerciaba con reliquias en Nazaret y que los templarios buscan por haberse atrevido a ocultar, no solo a ellos sino también al arzobispo de Jerusalén, el hallazgo del asno de Pedro el Ermitaño?
    – Cien besantes de oro estará muy bien -se apresuró a decir Masada con voz melosa-. Es perfecto, del todo suficiente. Tal vez sea incluso excesivo.
    – Digamos, pues, ochenta besantes de oro…
    – Ochenta besantes de oro, muy bien -dijo Masada, a la vez disgustado, incómodo y avergonzado.
    – Judíos -comentó el hermano capellán-, nunca pueden dejar de discutir el precio…
    Masada y Beaujeu hicieron como si no lo hubieran oído.
    El asunto parecía arreglado, cuando el hermano enfermero se presentó ante Beaujeu.
    – Noble y buen hermano comendador, Raimundo de Trípoli ha despertado -anunció.
    – Me alegra saberlo -dijo Beaujeu.
    – Pero está muy mal. Respira con gran dificultad y su cuerpo está de tal modo bañado en sudor que hemos tenido que cambiarle las sábanas. He tratado de aliviarlo escarificándolo hasta ponerlo blanco, pero no ha mejorado. He hecho que quemaran incienso en su habitación para purificar el aire y he ordenado a seis de nuestros hermanos que se releven continuamente en la capilla para rogar por él. Hay que temer lo peor. Ah, y ha reclamado vuestra presencia.
    – ¿Quiere verme?
    – Bien, en realidad ha reclamado a Morgennes. Le he dicho que solo vos podíais permitirle verlo. Entonces ha pedido por vos.
    – Id a buscar a Morgennes, yo voy con Trípoli.
    Beaujeu salió, pues, en dirección a la pequeña habitación que el señor de Trípoli ocupaba con su mujer y las cuatro hijas que ella había tenido de su primer matrimonio.
    Trípoli estaba tendido en la cama, con su mujer -la condesa Eschiva- de pie a su lado, con las manos cruzadas sobre el vestido de franjas bordadas de oro. Habían llegado de Tiro varias semanas antes, con muchas de sus gentes que se preparaban para la guerra. Porque el combate no había terminado: bajo el mando de Conrado de Montferrat, el hijo del viejo marqués Guillermo de Montferrat, Tiro levantaba la cabeza y desafiaba a Saladino.
    – Condesa -saludó Beaujeu al entrar en la habitación, una de las mejor decoradas del castillo.
    Aun sin ser confortable, el aposento se había equipado en lo posible con todo lo necesario para hacerlo agradable a un matrimonio habituado a las comodidades y las riquezas. Por lo demás, Eschiva y Raimundo de Trípoli, al contrario que tantos otros barones y condes de Tierra Santa, se preocupaban bastante poco del lujo. Una alfombra de juncos cubría el suelo y pesadas colgaduras adornaban los muros. En un rincón, un perro dormía sobre un jergón. A veces, en su sueño, gemía y se rascaba vigorosamente.
    Raimundo de Trípoli estaba tan pálido que sus cabellos blancos parecían grises. Su mirada era la de un hombre agotado y brillaba con un resplandor húmedo, reflejo de su estado febril.
    – Hermano comendador… -empezó con voz apagada.
    Pero Beaujeu le indicó que no hacía falta que hablara, que ya sabía.
    – Economizad vuestras fuerzas, señor conde. Sé que queréis ver al hermano caballero Morgennes, y lo he mandado a buscar por vos.
    Efectivamente, poco después dos guardias condujeron a Morgennes a su presencia y luego se retiraron sin decir palabra. Morgennes saludó a la condesa Eschiva, se acercó a Raimundo y le cogió la mano.
    – Señor -le dijo-, buen señor, en qué estado os encontráis…
    – La muerte no está lejos -dijo Raimundo de Trípoli-. He perdido todo vigor, y mi única alegría es ver a Eschiva y a mis hijas junto a mí.
    Trípoli cerró los ojos.
    La condesa fue a sentarse entonces al otro lado de la cama y cogió la mano de su marido.
    – Morgennes -preguntó Raimundo-, ¿qué habéis hecho con Crucífera?
    – Un sobrino de Saladino me la cogió -respondió Morgennes.
    – Hay que encontrarla. Sin ella…
    – Lo sé -dijo Morgennes-. Sin ella estoy perdido, pero ¿no lo estoy ya?
    – Esa espada es nuestra mejor guía. Recordad, en El Cairo, qué bien sirvió. Vos erais joven entonces, el buen rey Amaury todavía vivía y se consumía queriendo conquistar Egipto… Pero vos estabais allí, ya fiel, y aceptasteis partir en busca de esa espada que Guillermo de Tiro había localizado…
    Al evocar aquellos recuerdos, Morgennes volvió a ver imágenes de edificios en llamas y sintió incluso el soplo de un poderoso incendio rozando su cara, en el lugar de antiguas heridas.
    – Beaujeu -siguió Trípoli-, se acabaron todos nuestros sueños. Nuestros territorios en Tierra Santa retroceden como el día ante la noche. Mi nombre no vale más que el de un Guido de Lusignan, ya que se me acusa de haber cometido traición y de haberme aliado con Saladino. Sin embargo, juro por Dios que si me entendí con él fue para hablar de paz, no para entregar el reino donde Nuestro Señor Jesucristo sufrió tanto. En cuanto al nombre del hermano Morgennes, ese héroe del que algún día deberá cantarse la leyenda, suena ahora para un buen número de cristianos como los nombres infames de Gerardo de Ridefort o de Reinaldo de Chátillon.
    Trípoli se quedaba sin aliento. Respiró roncamente, y su mujer le apretó la mano un poco más fuerte. Beaujeu llamó al hermano enfermero.
    – ¡Dejadlo tranquilo, no quiero nada con ese brujo que ni siquiera sabe distinguir a un leproso de un hombre sano! -exclamó Trípoli, agotado-. No quiero verlo.
    Beaujeu anuló la orden, pero desplazó las cazoletas de incienso que enviaban el humo a la cara del viejo conde.
    – Hermano comendador -dijo Trípoli-, quiero que se confíe una misión a Morgennes. Cuarenta días bastarán; luego, vos mismo juzgaréis.
    – ¿Qué misión? -preguntó Beaujeu.
    – Confiadle la tarea que Su Santidad os ha encargado. Morgennes encontrará la Vera Cruz, os doy mi palabra. No fallará. Por otra parte, nunca lo ha hecho. Pedidle que encuentre una espada, y la encuentra; que os traiga las lágrimas de Alá, y os las entrega. ¿No es cierto, Morgennes?
    Morgennes se estremeció, emocionado.
    – Pero no tenemos intención de… -empezó Alexis de Beaujeu.
    – Chsss… -le cortó Trípoli-. ¿Qué creéis? ¿Que no sé nada de ese misterioso jinete que lleva turbante y maneja la ballesta que vino a veros la semana pasada? Vamos, sé que os entregó una bula firmada por Urbano III en la que os ordena que difiráis el envío de tropas a Jerusalén y encontréis la Vera Cruz, Modis Ómnibus…
    – Exactamente -dijo Beaujeu-. Una caravana que transporta más de doscientos mil besantes de oro, es decir, el rescate de un rey, que nos prestan nuestros hermanos del hospicio de Sansón, en Constantinopla, se dirige en este mismo momento hacia nosotros. Una de nuestras patrullas, conducida por el antiguo escudero de Morgennes, el hermano Emmanuel, acaba de partir a su encuentro. Una vez que el oro se encuentre en nuestra posesión, rescataremos la Vera Cruz de manos de Saladino.
    – ¿Quién os ha dicho que el oro le interesaba? -le espetó Trípoli.
    – ¿Será Saladino diferente de los otros? -replicó Alexis de Beaujeu.
    – No es oro lo que necesitáis, sino a un hombre. Y ese hombre es Morgennes.
    – Pero el trato del Papa…
    – ¡Es indigno de un Papa! Perdonadme, noble y buen sire comendador, pero hacer competir así al Temple y al Hospital es volver al concilio de Troyes de 1128, en el que se adoptó la regla de los templarios; es ensuciar la memoria de Calixto II, que encargó a la orden de los hospitalarios la defensa del Santo Sepulcro, y es hacer poco caso de Inocencio II y Eugenio III, que otorgaron, el uno, sus privilegios a los templarios, y el otro, el honor de llevar la cruz. Finalmente, es condenar a muerte a las dos órdenes y al reino franco de Jerusalén, cualquiera que sea el resultado de este innoble trato.
    – Señor, noble y buen hermano comendador -intervino Morgennes-, ¿de qué trato habláis?
    Trípoli le resumió todo el asunto y luego concluyó:
    – Roma se cansa de Jerusalén. ¡Roma está harta de esta ciudad que le hace sombra, de esos reyezuelos, principitos, barones y condes que lloran y se lamentan porque Saladino los amenaza! Roma ya no soporta que el Hospital y el Temple sean tan poderosos. Esto ofende al clero. Quiere castigarlos y recordar a todos quién manda. ¡Y nunca consentirá que la política de Oriente se haga en Jerusalén antes que en Roma! ¡Para eso, mejor no hacerla en absoluto!
    – Esta es, por desgracia, la triste verdad -señaló Alexis de Beaujeu-. Su Santidad Urbano III permitirá a aquella de las dos órdenes que recupere la Vera Cruz continuar existiendo. La otra será disuelta, y sus bienes se repartirán a medias entre la orden vencedora y Roma.
    – ¡Y por eso precisamente afirmo -dijo Trípoli, jadeante- que las dos órdenes, Roma y el reino de Jerusalén están perdidos para siempre! ¡Para siempre! ¡Malditos por culpa de un papa que se preocupa más por el Sacro Imperio que por el Santo Sepulcro!
    – Nuestro deber -intervino Morgennes- es recuperar la Vera Cruz, cualesquiera que sean las expectativas de Roma, y devolverla a Jerusalén.
    – ¡Roma la quiere para ella! -se lamentó Beaujeu, desesperado.
    – ¿Qué queréis decir, noble y buen hermano comendador? -preguntó Eschiva de Trípoli, a quien intrigaban esas historias político-religiosas.
    – ¡Que Roma está celosa! Y que tiene miedo de Saladino. ¡La excusa invocada es que en Jerusalén la Vera Cruz puede caer en cualquier momento, mañana, dentro de un año o dentro de un siglo, en manos de los infieles! La verdad es que un fragmento de cruz ya no le basta y que quiere acapararla toda; ¡como Constantinopla antes que ella se la había apropiado, al mismo tiempo que un millar de reliquias!
    – Dejadme partir en su busca -propuso Morgennes-. Noble y buen hermano, te conjuro a que lo hagas. Para mí significa la ocasión de redimirme, es incluso el objeto de mi sacrificio. Nadie tiene más deseos que yo de encontrarla, nadie tiene más necesidad, nadie es más capaz de hacerlo. No olvides que yo era uno de sus guardianes y que la conozco bien.
    – Y fallaste -dijo Beaujeu.
    – Todos fallamos -dijo Morgennes-. Dios me guiará…
    – Eres demasiado orgulloso -objetó Beaujeu.
    – Déjame partir. Si la encuentro, el Hospital ganará gloria y prestigio. Si fracaso, nadie os lo reprochará. Después de todo, ya no soy de los vuestros.
    Este último argumento pareció convencer al hermano comendador, que se sentó también en el lecho de Trípoli. Ahora los cuatro estaban en el lecho de Eschiva y Raimundo de Trípoli, sentados unos, tendido el otro. Todos parecían agotados, hasta el perro de Trípoli, que lanzó un largo y profundo suspiro, metió la cabeza entre las patas y volvió a dormirse.
    – Para nosotros, noble y buen Morgennes, estás como muerto -dijo Beaujeu-.Te creíamos fallecido y reapareces. Te creíamos cristiano y te haces infiel. Eras uno de nuestros hermanos y ya no lo eres. ¿Qué hacer? Lo cierto es que no podemos encargarte una misión de esta importancia sin disgustar a todos nuestros hermanos, por no hablar del capítulo principal, en Jerusalén.
    – ¿Cuántos hermanos han ido ya en su busca? -preguntó Morgennes.
    – Una decena de hermanos caballeros, sus hombres, sus escuderos. Cerca de un centenar de soldados en total.
    – ¿No han encontrado nada?
    – Nada, hasta el momento. Pero hace menos de una semana que partieron.
    Alexis de Beaujeu se acarició la barba.
    – Escucha, la caravana debe llegar esta noche. Mientras esperamos, ¿por qué no vas a tomar un baño?
    Morgennes tuvo la impresión de que le arrancaban un peso enorme del pecho. Se levantó y saludó a Raimundo de Trípoli, que le estrechó la mano y le dijo:
    – Ayer tuve un sueño. Un ángel se me apareció, y lo que me dijo me aterrorizó. Morgennes, Dios se pregunta si lo has olvidado.
    Morgennes permaneció en silencio.
    – En verdad -continuó Trípoli-, la Santa Cruz no se ha perdido sino para ser hallada de nuevo por ti. Vuelve a encontrar la fe y hallarás la cruz. Y entonces estaremos salvados.

15

    […] y pelearán hermano contra hermano, amigo contra amigo, ciudad contra ciudad, reino contra reino.
    Isaías, XIX, 2

    Emmanuel trató de orientarse.
    Aquella parte de la región era nueva para él. Por suerte, Alexis de Beaujeu había incorporado a su patrulla un auxiliar que había nacido en la zona. El hombre le aconsejó que continuara más al sur, por la llanura de la Bekaa, y se dirigiera luego al oeste, hacia el mar y las plazas fuertes templarías de Chastel Rouge y Chastel Blanc.
    – Es la ruta habitual cuando se llega de Trípoli -dijo-. Si la caravana ha seguido la línea de la costa, ha debido de pasar por allí…
    – Espero que no -dijo Emmanuel.
    De hecho, la idea no le gustaba en absoluto.
    – Tal vez en épocas normales sea el camino más seguro, pero prefiero evitar a los templarios. Dios sabe lo que serán capaces de hacer desde que el Papa nos ha encargado encontrar la Santa Cruz…
    – Pero la caravana…
    Con un gesto, Emmanuel ordenó al guía que callara, y luego, nerviosamente, miró el estandarte de san Pedro que el enviado del Papa les había dejado la semana anterior, cuando había ido a verlos al Krak. El pabellón del papado flotaba orgullosamente junto al de los hospitalarios, negro con una gran cruz de plata. Emmanuel no pudo evitar pensar: «Bien por los colores, cuánta discreción». Porque, en efecto, aquellos emblemas proclamaban tan claramente que el Hospital había partido en misión para el Papa, como si hubieran tocado los tambores y soplado las bocinas.
    «En fin -se dijo-, de todos modos nos proporcionarán protección.»
    Y después: «Dios ya ha hecho su elección».
    Si solo hubiera dependido de él, habría ordenado el repliegue: ya habían esperado bastante. Pero las órdenes eran claras: «Id al encuentro de la caravana, encontradla y luego conducidla hasta nosotros». Aunque lo cierto era que hacía horas que patrullaban entre el Krak y El Kamel, sin atreverse a ir más al oeste, hacia la costa, y la caravana no se veía por ningún lado.
    El Kamel había cerrado sus puertas; la ciudad se replegaba sobre sí misma para protegerse de las bandas de merodeadores y de los sarracenos. Tampoco allí habían visto ninguna caravana, exceptuando las de las tribus de beduinos que iban a aprovisionarse de víveres y agua. Pero ni rastro de una caravana de camellos conducida por hospitalarios.
    Emmanuel se sacó el bacinete y con la mano enguantada de cuero se secó la frente, empapada de sudor. Se estaba cociendo en su cota de malla y podía sentir cómo las juntas del gambesón se le pegaban a la piel, húmedas de transpiración.
    Hacía mucho tiempo que patrullaban.
    Como él, sus auxiliares se habían quitado el casco, que les colgaba de la cadera atado a una correa. Hacía tanto calor que de las bragas se desprendían vapores que hacían temblar el aire por encima de sus cabezas.
    Emmanuel debía decidir la ruta que iban a tomar, y debía decidirlo ahora. De hecho, la elección era relativamente sencilla: o seguían la ruta hacia el mar, y por tanto pasaban no muy lejos de las fortalezas templarías, o subían hacia el norte y bordeaban los contrafuertes del Yebel Ansariya.
    Debía adivinar el camino que había seguido la caravana antes que ellos. Ahora bien, a menos que hubiera hecho un alto en las plazas templarías, ya debería estar allí. Suspiró, esperando que su supervivencia entrara en los designios de Dios, y dio orden a la columna de subir hacia el norte.
    «Si no tenemos elección sobre la vida, elijamos al menos la muerte -pensó con amargura-. Es preferible tropezar con los asesinos que con los templarios; si hay que morir, más vale hacerlo combatiendo a los enemigos que a unos pretendidos aliados.»
    Con estos sombríos pensamientos abandonaron el camino y partieron campo a través. Tan lejos como alcanzaba la mirada, la naturaleza aparecía desierta. Aunque se encontraban en temporada de labores, solo los cuervos daban al paisaje una apariencia de vida. A lo lejos se levantaban los primeros contrafuertes del Yebel Ansariya, cuya base desaparecía en la bruma, y sus cimas, en las nubes. Al acercarse el crepúsculo, creyeron ver que el horizonte se aproximaba. Bancos de bruma compactos descendían de la montaña y penetraban en la llanura. Algunos caballos se estremecieron, y los caballeros reprimieron un escalofrío. Luego atravesaron un estrecho riachuelo y entraron en la niebla.
    Nerviosos, los hombres bajaron sus lanzas sobre el muslo y sujetaron con mano firme la brida de sus monturas. Los soldados se preparaban para lo peor.

    Por la mañana temprano, en el momento en que la patrulla enviada por el Krak salía a buscarlos, el jefe de la caravana había declarado:
    – No iremos al sur, sino que bordearemos el Yebel Ansariya. Así nos mantendremos apartados de los templarios, que para mi gusto sienten demasiado aprecio por el oro. Si no los tentamos, nos evitaremos problemas.
    El razonamiento era bueno, porque si el riesgo de tropezar con los asesinos era real, era, con todo, menor que el de encontrarse con los templarios, cuyo nerviosismo había aumentado considerablemente desde que su jefe había sido hecho prisionero en Hattin y su orden había entrado en competencia con la de los hospitalarios. Al elegir a Gerardo de Ridefort para que encabezara su casa, el Temple había cambiado de naturaleza. O, mejor dicho, de actitud.
    El anterior maestre, Arnaldo de Torroges, era un hombre mesurado y prudente; su sucesor, Gerardo de Ridefort, era todo lo contrario.
    Ahí donde Torroges renunciaba a un combate porque pensaba que los sarracenos tenían todas las oportunidades de salir victoriosos, Ridefort, en cambio, daba la orden de arremeter con los ojos cerrados. El mes de mayo anterior había mandado un batallón de caballeros del Temple y del Hospital, cuando el desastre de Casal Robert, y los hospitalarios habían pagado cara su locura: su anterior maestre, Roger des Moulins, había muerto con sus hombres. Ridefort, por su parte, había escapado.
    Con este episodio, la animosidad entre las dos órdenes, que ya era grande, se había exacerbado.
    ¿Qué pretendía exactamente Ridefort? ¿Morir como un mártir, con las armas en la mano? Si ese era el caso, había tenido ya más de mil veces la ocasión de hacerlo, especialmente en Hattin. Pero siempre había huido, con lo que había condenado a muerte a muchos de los suyos.
    Se hablaba de traición y de acuerdo secreto con Saladino. ¿Cómo era posible que Ridefort no hubiera sido también decapitado en Hattin, o crucificado como su comparsa, Reinaldo de Chátillon? Algunos rumores decían que había sido visto en compañía de sarracenos vestidos como templarios, ordenando la rendición de los caballeros del Temple que seguían resistiendo.
    Un buen número de ellos lo habían escuchado y lo habían pagado con su vida.
    Sin embargo, Ridefort seguía adelante y cabalgaba de castillo en castillo, con sus templarios del diablo a su lado, e incluso, según decían, con la Santa Cruz. Ella era la llave de las plazas fuertes del Temple. Cuando la voz de Ridefort no bastaba, un templario a caballo se situaba bajo las murallas de la fortaleza rebelde y blandía majestuosamente la Vera Cruz ante los ojos de los sitiados. Entonces Ridefort exclamaba: «¿Quiénes sois vosotros para no obedecer al maestre de vuestra orden y al de vuestra vida, Jesucristo?».
    La mayoría de las veces las guarniciones se rendían al ver la Vera Cruz.
    Los pocos templarios que se atrevían a oponerse a Ridefort, y por tanto a Cristo, morían con las armas en la mano. Y, si se rendían, los sarracenos los clavaban cabeza abajo en una cruz para prolongar su agonía.
    El Temple no tenía ya un auténtico maestre, y en París se mantenían debates encendidos sobre la cuestión: ¿había que elegir uno nuevo, o era mejor esperar a que Saladino les entregara a Ridefort? ¿Y a cambio de qué, si la regla de la orden prohibía dar otra cosa que no fuera el talabarte y el cuchillo de armas de un caballero como rescate? Existían opiniones encontradas sobre cada punto en discusión, y la casa de los templarios amenazaba con derrumbarse.
    En Tierra Santa, solo dos personas parecían estar en condiciones de tomar, momentáneamente, las riendas de la orden: el hermano senescal del Temple, Unfredo de Thiérache, que había conseguido salir de Hattin sano y salvo, y el patriarca de Jerusalén, Heraclio, que no había estado allí. Este último, aunque no era templario, disfrutaba de una influencia considerable -y perniciosa, decían algunos- entre los miembros de la orden.
    De hecho, en París se orientaban más bien hacia otra solución. Se hablaba de proponer a un inglés en el próximo capítulo del Temple para atraerse los favores de Enrique Plantagenet, al que trataban de convencer para que tomara la cruz.
    Por eso, conociendo las dificultades que atravesaba el Temple y temiéndolo más que a los asesinos, el hermano Galván, que mandaba la caravana donde viajaban los doscientos mil besantes de oro, había dado orden de pasar por el norte.
    En otras circunstancias, la idea hubiera sido buena. De hecho, fueran al norte o al sur, estaban condenados. Desde la descarga de los barcos, en Trípoli, un espía a sueldo del Temple los había seguido y ya no los había abandonado. A través de una paloma mensajera, el agente había informado a sus amos sobre los movimientos de la caravana y sobre la importancia de su escolta, una cincuentena de caballeros, entre ellos cinco hermanos caballeros, diez hermanos sargentos que llevaban el manto negro y la cruz roja, y treinta y cinco auxiliares, entre jinetes y arqueros.
    Después de haber enviado su mensaje, el espía había dado dos violentas talonadas a su yegua y había salido en dirección al Yebel Ansariya, directamente hacia la fortaleza de El Khef, feudo de los asesinos.
    En el momento en que desaparecía detrás de la montaña, la bruma todavía no se había levantado. La pequeña caravana de hospitalarios corría hacia su destino sin saber lo que le esperaba.
    Sin embargo, una gran inquietud reinaba en el grupo.
    Los hombres, supersticiosos como suelen serlo los guerreros, se las arreglaban para ver en las manifestaciones de la naturaleza signos de su perdición futura. Así, al observar que finos chorros de vapor surgían del suelo en algunos lugares y llenaban el aire de olores sulfurosos, se santiguaban temblando y murmuraban entre sí: «Es el infierno que suspira…».
    Entonces se reagrupaban en torno al gonfalón de su orden, aguzaban el oído, miraban en todas direcciones y trataban de prevenir la llegada de un peligro que sentían inminente. Por eso caminaban con la lanza sobre el muslo y el escudo ante el pecho, a pesar de la fatiga y de un embotamiento cada vez más intensos.
    Cabalgaron así toda la jornada. De vez en cuando dos hermanos salían al galope para reconocer el terreno, ascendían a un montículo y volvían rápidamente hacia sus compañeros, después de haberse asegurado de que no había ningún enemigo a la vista. Los camellos, unidos por correas, avanzaban calmosamente. Los cofres que llevaban sujetos a las jorobas les daban un aire de bestias fabulosas con las alas replegadas.
    Los animales eran conducidos por unos turcos que les hablaban una lengua incomprensible, hecha de chasquidos de la lengua, acentos guturales y golpes de vara, lenguaje este último que los camellos comprendían perfectamente, y al que respondían con bramidos.
    El sol estaba alto en el cielo cuando, en las proximidades de un pueblo en ruinas, el hermano Galván levantó la mano y dijo a sus hombres:
    – ¡Hagamos un descanso, señores hermanos que Dios guarde!
    Luego, dos hermanos se destacaron de la caravana y salieron en patrulla en dirección al este. Al ver que la bruma se hacía más densa, Galván les gritó:
    – ¡Si encontráis cualquier cosa, tocad el cuerno!
    Los auxiliares reagruparon a los camellos en una casa de muros derruidos y se sentaron, algunos sobre un lienzo de muro caído y la mayoría directamente en el suelo, donde podían verse todavía rastros de los desaparecidos habitantes: pedazos de camas rotas, patas de mesas y de sillas calcinadas, fragmentos de cerámica, jirones de ropa. Todo el mundo sacó de sus alforjas un cuchillo, una escudilla, un pan y un frasco de vino. Y uno de los hermanos llamó a los hombres para que recogieran por turno su porción de carne. Cuando todos tuvieron qué comer, un hermano recitó unos padrenuestros y la comida empezó.
    En ese momento, un extraño silencio se abatió sobre ellos. Incluso el viento había callado.
    El hermano Galván ordenó a sus soldados que se equiparan y se levantaran. El mismo, ayudado por su escudero, montó a caballo e invitó a los hermanos caballeros a que hicieran lo mismo. Tal vez no fuera nada, pero aquel silencio no era normal.
    De la bruma salió un jinete.
    No debía encontrarse ni a veinte varas, y sin embargo no lo habían oído. La bruma había amortiguado el ruido de los cascos de su caballo y el tintineo de su armadura. El jinete avanzaba, imperturbable y mudo, en dirección a ellos.
    Galván decidió no esperar y cargó, con la lanza en la mano y el escudo a punto. Cuando estuvo a solo unos pasos del jinete, vio que llevaba una armadura completamente blanca, un escudo blanco y un manto blanco. También su yelmo era inmaculado, al igual que el caballo. Finalmente -detalle interesante- llevaba una lanza en cuyo extremo ondeaba un estandarte: el vexilum de san Pedro. Galván, algo más esperanzado, preguntó al misterioso jinete:
    – ¿Quién eres y qué vienes a hacer aquí?
    Por toda respuesta, el jinete bajó la lanza y apuntó a la caravana. La mayoría de los hermanos ya habían vuelto a montar y estaban dispuestos para cargar a una orden de Galván.
    – ¿Qué caravana es esa? -preguntó el jinete blanco.
    – No es asunto tuyo -dijo Galván-. Dinos quién eres o sigue tu camino.
    – He venido a advertiros -replicó el jinete-. Dadnos vuestro oro o moriréis.
    – Entonces, ¡prepárate para combatir! -respondió Galván.
    El hospitalario espoleó a su caballo y cargó, pero la montura del misterioso jinete blanco eludió el choque con un movimiento brusco. Luego, un silbido vibró en el aire y una flecha fue a clavarse en el pecho del hermano Galván. Sorprendido, pero no desmontado, el hospitalario observó las barbas del cuadrillo que le perforaba el pecho y esbozó una sonrisa -la última- al ver que eran blancas. Galván comprendió que iba a morir; sin embargo, no sintió ningún miedo, ningún dolor. Las barbas del cuadrillo se cubrieron de rojo. Galván trató de gritar para advertir a sus hermanos, pero de sus labios no salió ningún sonido; solo un poco de sangre viscosa. Luego, un segundo disparo le atravesó la cabeza y cayó al suelo. El relincho de su caballo fue la señal de carga para los hospitalarios.
    Varios de ellos se lanzaron contra el jinete blanco, que volvió grupas y huyó en dirección a la montaña.
    Algunos hospitalarios lo persiguieron, pero, al llegar al nivel del cadáver de Galván, se detuvieron y recuperaron su caballo. En el campamento se organizó la resistencia. Los hombres crearon un perímetro de seguridad en torno a los camellos.
    Uno de los hospitalarios -el hermano Jocelin, que en ocasiones hacía de segundo de Galván- gritó a los turcópolos:
    – ¡Cortad las ligaduras de los cofres! ¡Colocadlos en el centro y haced que los camellos se tumben alrededor!
    Solo había visto un jinete, pero sabía que no había sido él quien había matado a Galván; y tampoco la patrulla los había alertado ni había dado señales de vida desde que había partido. Había llegado el momento de mostrarse a la altura de los años de entrenamiento que habían seguido y dar prueba de disciplina.
    Los quince arqueros turcópolos colocaron una flecha en sus arcos y se dispusieron a tirar. Pero ¿hacia dónde? ¿Hacia qué adversarios? No se veía a nadie.
    – ¡Caballeros! -ordenó Jocelin-. ¡A la silla!
    Mientras los arqueros se agachaban detrás de los camellos, cuyas jorobas formaban una especie de almenas, otros montaron con los cofres unas pequeñas murallas y se protegieron allí, armados con un arco y una espada corta.
    Algunos hospitalarios y hermanos sargentos escrutaron el horizonte, inquietos y atentos.
    – ¡Dame tu cuerno! -ordenó Jocelin a uno de los hermanos.
    El hospitalario se llevó el cuerno a la boca y sopló con todas sus fuerzas. ¿Podría oírlo la patrulla enviada por el Krak? El lúgubre canto del olifante se perdió en la bruma; luego unas formas oscuras aparecieron en torno a ellos, como si surgieran de los desgarrones de un paño de seda.
    Había varios centenares, parecidas a manchas repugnantes e incoherentes; llegaban a pie, a caballo o a lomos de dromedario; algunas se arrastraban como serpientes, otras corrían, brincaban, saltaban lanzando aullidos horribles. Las sombras convergían hacia los hospitalarios viniendo de todos lados a la vez. Era como si los fantasmas de los habitantes del pueblo hubieran vuelto para desalojar de allí a los vivos.
    En la niebla, un tambor resonaba marcando un ritmo lento, profundamente inquietante. Jocelin sopló de nuevo en su cuerno, dio orden a los arqueros de tirar, blandió su lanza y aulló:
    – ¡Diez jinetes conmigo para una carga!
    Los jinetes saltaron por encima de los camellos agachados y cargaron contra las formas negras.
    – ¡Por san jorge! ¡Por san Miguel! -gritó Jocelin.
    – ¡Montjoie! -respondieron sus hermanos.
    Los hospitalarios se lanzaron contra sus asaltantes, los derribaron, volvieron grupas. Tiraron las lanzas rotas, soltaron los escudos y, desenvainando la espada, la descargaron contra la masa turbulenta que formaban sus adversarios. Cortando, amputando, seccionando, abrieron un canal de sangre en aquel mar de carne y de aullidos, luchando encarnizadamente por atravesarlo, por dispersarlo y devolverlo a la niebla de donde había surgido.
    El hermano Jocelin peleaba como un auténtico diablo; nunca había tenido que enfrentarse a unos locos furiosos como aquellos. Muchos iban armados con una simple daga y, sin embargo, todos atacaban con frenesí, golpeando una y otra vez a los hermanos que ya habían caído, llegando hasta lavarse en su sangre y dar gracias a Alá por haberles ofrecido aquel maravilloso combate. Jocelin descargaba golpes vigorosos con el pomo de su espada contra los que trataban de derribarlo de la silla y lanzaba potentes puntapiés contra los que trataban de apuñalar a su montura. Cuando estaban en el suelo, su caballo los pisoteaba, y, si por casualidad huían, Jocelin los atravesaba con su arma.
    Tan bien lo hizo el hospitalario, que finalmente se encontró al otro lado de las líneas enemigas; pero, por desgracia, se hallaba solo.
    Miró a diestro y siniestro y vio que, tras él, el combate continuaba. Sus hermanos parecían arrollados por los asaltantes, tan numerosos que los hospitalarios desaparecían bajo la masa aullante. Jocelin quería saber quién se ocultaba tras el yelmo del misterioso jinete blanco. Estaba ansioso por probar en él el filo de su pesada espada, chorreante de sangre. ¡Blandir el estandarte del papado y acometer a unos cristianos! ¡Clamar el nombre de Cristo y atacar a sus fieles! ¡Aliarse con mahometanos! ¡Peor aún, con asesinos!
    Jocelin concedió una pausa a su montura para que se recuperara y registró los alrededores con la mirada. Aquella chusma no le interesaba, lo que quería era golpear la cabeza.
    Un movimiento en la bruma atrajo su atención. Parecía una asamblea de fantasmas montados a caballo. Los jinetes se mantenían inmóviles como espectros, como una mancha blanca en medio de la niebla. «¡Por el pecho de Cristo ensangrentado!», exclamó Jocelin. Y espoleó tan ferozmente a su montura que los flancos del animal se tiñeron de rojo. El caballo alargó la cabeza hacia adelante y partió a galope tendido.
    – ¡Montjoie! -aulló Jocelin levantándose sobre los estribos, blandiendo la espada por encima de su cabeza, dispuesto a golpear.
    Los espectros se desplegaron en una gran línea recta; trataban de envolverlo para cogerlo por la espalda y cortarle la retirada. «Qué importa -se dijo Jocelin-. No he elegido huir.»
    Luego la línea se animó y vino a su encuentro a todo galope, proyectando terrones de tierra tras de sí. Pero lo horrible de aquello, lo que hizo vacilar el brazo del hermano Jocelin, fue el grito que lanzaron con una sola voz, con una sola alma:
    – ¡Montjoie!
    La carrera de Jocelin se vio frenada de pronto y su brazo se dobló.
    «¡Montjoie!», gritaron sus enemigos lanzándose hacia él. «¡Montjoie!», gritaron mientras bajaban sus lanzas, con el escudo apoyado contra la silla.
    Jocelin, por su parte, no sabía qué gritar. No pudiendo resolverse a pelear contra cristianos, el hospitalario cerró los ojos y se dispuso a recibir en el pecho el hierro de una lanza. El impacto lo hizo saltar de los estribos y lo envió lejos, por detrás de su caballo, que enseguida dejó de galopar. La lanza se había clavado en uno de sus pulmones, después de haber agujereado la cota de malla y el gambesón. Jocelin no podía respirar. El aire se escapaba de su caja torácica con silbidos espantosos entremezclados con gorgoteos líquidos. Abrió la boca, incapaz de decir nada. Sus pensamientos se nublaban, llenos de ideas confusas. Luego distinguió un curioso caballo de capa roja, tan roja que parecía una llama. Un hombre vestido de negro lo montaba. Llevaba como armadura una extraña coraza de cadenas mezcladas a su carne y blandía una de esas espadas que se conocen como «bastardas» porque se manejan tan bien con dos manos como con una sola. El hombre miró a Jocelin, que lanzó su último suspiro.

    El hermano sargento llamó a Emmanuel con la voz vibrante de terror:
    – ¡Hermano caballero! ¡Por aquí!
    Emmanuel volvió grupas y se dirigió hacia él. Sus auxiliares lo siguieron. Hacía ya dos horas que cabalgaban en la niebla, sin pasar nunca del trote para no perderse. La bruma era tan densa que recordaba a Emmanuel la que bañaba los bosques de su Oise natal, sumergiendo hasta las copas de los árboles. O, mejor, aquellos fuegos de matorral de siniestra memoria que los sarracenos habían prendido en Hattin para cegar y ahogar a los cristianos con la humareda, que el viento empujaba en su dirección. El aire se había vuelto tan negro que Emmanuel había perdido de vista la Vera Cruz, a Morgennes y al estandarte de la orden.
    Entonces había tratado de alcanzar el gonfalón con la cruz de los templarios, pero la enseña había caído. Conforme a las exigencias de la regla, y no viendo por ningún lado banderas de socorro, ni del Temple ni del Hospital, Emmanuel se había esforzado por unirse al estandarte de la casa cristiana más próxima; primero a la del rey de Jerusalén, y luego, al no encontrarla, a la de Raimundo de Trípoli.
    Aquello le había salvado la vida.
    Desde entonces, para él, y para todos los cristianos de Oriente, Hattin tenía un sabor a calor y a muerte, a revancha que esperaba. Y ese era el sabor que sentía en la boca mientras se acercaba al hombre que había gritado.
    – ¡Hermano Emmanuel, mira!
    El hermano sargento, envuelto en su manto negro con la cruz roja, señaló con el dedo dos cuerpos tendidos a diez pasos uno de otro; el uno con el rostro vuelto hacia el suelo, y el otro, hacia el cielo. El primero llevaba el manto negro con cruz blanca del Hospital; y el segundo, unas bragas de cuero idénticas a las que daba el Hospital a los turcópolos que empleaba.
    – ¿De qué han muerto?
    Un auxiliar bajó del caballo para observarlos de cerca.
    – ¡Tienen un cuadrillo de ballesta clavado en la coraza, al nivel del torso! Y diría que este -añadió señalando al hospitalario- ha sido arrastrado por su montura…
    Emmanuel desmontó a su vez y observó a los muertos.
    – No los conozco, pero debían de formar parte de la caravana encargada de traernos el oro…
    De pronto, los sombríos acentos de un cuerno hicieron vibrar el aire a cierta distancia.
    – ¿Oís? -preguntó Emmanuel.
    Y luego, volviendo a montar, ordenó:
    – ¡A la silla!
    Partieron al galope en la bruma. Pronto las formas negras del pueblo en ruinas se recortaron en el horizonte, siniestras y retorcidas, humeantes en algunos lugares.
    – ¡Por aquí! -gritó Emmanuel-. ¡Y mantengámonos alerta!
    Los hospitalarios sujetaron sus lanzas con más fuerza y apretaron las enarmas de sus escudos, seguros de que el combate estaba próximo.
    Aquí y allá yacían restos humanos: cuerpos sin cabeza o sin brazos, torsos y cráneos hendidos, atravesados de parte a parte, placas negras de sangre seca que lamían los chacales; amasijos de corazas y piezas de cuero, sembradas de anillas de hierro rotas y armas torcidas; heridas hirviendo de moscas y carnes despedazadas por las hienas. El aire estaba saturado de hedores y zumbidos, de gruñidos indistintos, de estertores de animales -o de hombres- agonizantes.
    Un caballo que había perdido una pata se tambaleaba, despavorido. Los hospitalarios se dirigieron hacia una pequeña muralla de piedras grises de donde llegaban gemidos. Un ser cubierto de harapos, con la cara terrosa y la mirada enfebrecida, surgió de detrás del muro suplicando a gritos por su vida.
    – ¡Basta! -dijo Emmanuel-. ¡Cálmate!
    No sabía si debía llamarlo «hombre», «loco» o «criatura». Emmanuel se acercó al desgraciado y lo observó. Sus ropas estaban hechas jirones, pero bajo el cuero lacerado de sus bragas se distinguían las vestiduras que los hospitalarios daban a sus subalternos, y en particular a los auxiliares.
    Al reconocerlo, por su manto negro, como un caballero del Hospital, el turcópolo se lanzó a los pies de Emmanuel y besó los cascos de su caballo. Emmanuel ordenó a uno de los hombres de la patrulla que lo subiera a su grupa, a falta de otra montura. Solo había cadáveres de caballos y de camellos, a los que los asesinos habían cortado las jorobas para divertirse. Emmanuel se preguntó qué debía hacer. ¿Buscar a otros supervivientes para socorrerlos? ¿Enterrar a los muertos? ¿Volver al Krak? ¿Buscar el oro?
    «¿Qué hubiera hecho Morgennes en un caso como este?», se preguntó. E interpeló al único superviviente:
    – ¿Sabes quién os ha atacado?
    El hombre sacudió vigorosamente la cabeza. No tenía ni idea. Pero señaló algunos cadáveres de turcos vestidos con un simple gambesón acolchado: asesinos, reconocibles porque en el torso o en el cráneo llevaban pintada una horrible mano blanca, símbolo del chiísmo.
    – ¿Formas parte de la caravana encargada de llevar el oro al Krak de los Caballeros?
    El hombre asintió.
    – ¿Hay supervivientes?
    Nueva señal de asentimiento.
    – ¿Por dónde han ido?
    El hombre tendió el dedo en dirección al Yebel Ansariya.
    – ¿Cuántos eran vuestros asaltantes?
    El hombre se encogió de hombros.
    – ¿Por qué no dices nada? ¿No puedes hablar?
    El hombre apartó la mirada, se puso a temblar, se encogió de hombros de nuevo; se mostró, en fin, tan trastornado que Emmanuel prefirió dejarlo tranquilo.
    Un hermano sargento intervino para decir:
    – Hermano Emmanuel, he encontrado excrementos de camello un poco más al norte. La pista todavía está fresca, sin duda tiene menos de una hora.
    Emmanuel se disponía a gritar «¡Vamos!» cuando el sonido de un cuerno resonó de nuevo en la bruma, esta vez del lado de la montaña… Su instinto lo empujaba a desconfiar; pero su razón, su rango de hermano caballero, le exigían que investigara. «Id al encuentro de la caravana, encontradla y luego conducidla hasta nosotros», había dicho el hermano comendador Alexis de Beaujeu.
    – ¡Apresurémonos! -ordenó Emmanuel-. ¡Nuestros hermanos nos piden ayuda, por Nuestra Señora, vayamos a prestarles socorro!
    La pequeña patrulla volvió a colocarse en formación y siguió la pista que llevaba hacia la montaña y las llamadas del cuerno. Pronto el camino se hizo pedregoso, y tuvieron que reducir la marcha debido a la dureza de la pendiente. Los caballeros dejaron la bruma atrás, ascendieron por la ladera de la montaña y penetraron en sotobosques cada vez más densos donde no veían más allá de la punta de su lanza.
    El olifante volvió a sonar.
    – ¡Apresurémonos! -dijo Emmanuel con la esperanza de llegar a tiempo para salvar a sus hermanos.
    Sin embargo, había algo que lo intrigaba: en el suelo se veían, de vez en cuando, unos montones de materia pardusca: bosta de camello. Lo que Emmanuel no se explicaba era por qué los hermanos hospitalarios perseguían a sus asaltantes llevándose a los camellos consigo; y, por otra parte, ¿por qué perseguirlos? Entonces tuvo la convicción de que les habían tendido una trampa, de que las llamadas del cuerno eran como la seductora voz de las sirenas que encantaban a los marinos para perderlos.
    – ¡Replegaos! -dijo Emmanuel a la columna-. ¡Media vuelta, regresamos al Krak!
    Los caballeros hicieron volver grupas a sus caballos, lo que se reveló difícil: el camino era estrecho, y eso entorpecía las maniobras.
    Un grito se elevó en la parte trasera:
    – ¡Es una trampa! ¡Una trampa!
    El hombre no tuvo tiempo de decir más. El moribundo al que había montado a su grupa sacó de entre sus harapos dos finos estiletes y le atravesó la garganta con ellos. El hermano cayó del caballo, y el moribundo, recobrando todo su vigor, saltó a tierra, como un demonio, y desapareció en las alturas riendo burlonamente.
    Resonaron como una especie de ladridos, y luego ruidos de cabalgada y voces, que rebotaron en las paredes de la montaña de tal modo que era imposible saber de dónde provenían, si no era de todas partes.
    – ¡Al galope! -ordenó Emmanuel-. ¡Retirada! ¡Retirada!
    Esforzándose por mantener la dignidad y dar prueba de disciplina, los hospitalarios retrocedieron rápidamente hacia la llanura, pero una lluvia de flechas cayó de la montaña. Uno de los jinetes trató de abandonar la columna para enfrentarse al enemigo, pero Emmanuel le gritó:
    – ¡No combatáis, huid! ¡Son demasiado numerosos! ¡Hay que prevenir al Krak!
    Sin embargo, el hospitalario veía claramente que aquello acabaría en una matanza. Emmanuel, que se encontraba en uno de los extremos de la columna, tiró entonces de las riendas de su montura y volvió a cabalgar hacia la cima de la montaña. Las flechas se clavaban en su escudo o en su armadura, dejando milagrosamente indemne al caballo. Inclinado sobre la silla, le murmuró a la oreja:
    – ¡Adelante! ¡Corre como el viento! ¡Corre!
    El animal pareció comprenderle y, a pesar de su agotamiento, se lanzó al asalto de la pendiente. Algunas flechas lo alcanzaron en la grupa, haciendo que se encabritara de dolor con cada impacto, pero los flechazos no lo detuvieron.
    Emmanuel lo animaba lo mejor que podía, con la esperanza de atraer la atención de los asesinos sobre su persona. La lluvia de flechas ya no era tan intensa: los asesinos lo seguían, lo que no era fácil dada la naturaleza del terreno.
    Al alcanzar un collado, Emmanuel se encontró frente a un extraño espectáculo. Un misterioso jinete blanco estaba plantado justo ante él, atravesado en el camino. En una mano sostenía un estandarte con las armas del Papa, y en la otra un olifante, el que se daba a los hermanos del Hospital.
    El caballero, que parecía un templario, excepto por el hecho de que no llevaba la cruz roja, se llevó el olifante a los labios y sopló.
    – ¡Maldito seas! -le gritó Emmanuel-. ¿Me dirás quién eres?
    El hospitalario se adelantó hacia él, pero el jinete hizo dar un cuarto de vuelta a su montura y ascendió al galope por un repecho. Emmanuel pensó: «¡La fortaleza de El Khef no debe de estar lejos! ¿Qué demonios irá a hacer allí?». Se estremeció. Todo parecía en calma. Abajo no se oían ya galopadas ni silbidos de flechas ni gritos. ¿Qué quedaría de la patrulla? ¿Qué debía hacer? ¿Volver a bajar, o lanzarse en persecución del misterioso jinete? Sin duda se trataba de un templario: blandía el estandarte de san Pedro que, como a los hospitalarios, les había entregado Wash el-Rafid, el agente secreto del Papa en Tierra Santa.
    «Vamos -se dijo Emmanuel pensando en Morgennes-, muerto por muerto, tanto da continuar», y espoleó a su caballo para proseguir la ascensión, porque, aun resignado a morir, le interesaba igualmente aclarar aquel asunto.
    Su camino lo llevó, al final de un sendero escarpado, hasta una pequeña escalera tallada en la roca que conducía a una especie de promontorio. El acceso estaba guardado por dos estrechos muretes unidos por un arco de piedra, cubierto de líquenes y encajado en la montaña.
    El jinete blanco lo esperaba en lo alto de los escalones. Emmanuel lo siguió, procurando no exigir demasiado a su montura, que se encontraba debilitada y perdía sangre. Cuando estuvo solo a unos pasos del arco, el jinete blanco se apartó para cederle el paso, y dejó ver tras él a otros ocho jinetes también vestidos de blanco. Emmanuel penetró entonces en una explanada natural que daba, a la derecha, al vacío de un precipicio, y a la izquierda, a una puerta de piedra empotrada en la ladera de la montaña. Frente a él, dos troneras servían de observatorio a un ballestero.
    – ¡Bienvenido a El Khef! -dijo un hombre envuelto en una malla de cadenas y montado sobre un caballo rojo.
    – ¿Con quién tengo el honor de hablar? -preguntó Emmanuel.
    – Me llaman el Resucitado -dijo el jinete.
    – Yo solo conozco a uno, y no sois vos. ¿Quién sois? ¿Qué queréis?
    – Se lo dijimos a tus amigos, pero no nos escucharon. Sin embargo, si hubieran obedecido, no habrían recibido ningún daño.
    A Emmanuel, aquella voz, aquel rostro, le recordaban a alguien. ¿Quién podía ser aquel hombre, y dónde lo había visto antes?
    – ¿Qué les habéis hecho? -preguntó, con el puño crispado sobre su espada.
    – ¡Pronto lo sabrás! -replicó el jinete negro, lanzando a los pies de Emmanuel las cabezas tonsuradas de tres hombres, ¡de tres hospitalarios!
    Uno de los jinetes blancos se acercó lentamente a Emmanuel, con la lanza apuntando hacia adelante.
    Emmanuel hizo dar un paso de lado a su montura y desvió el golpe utilizando la parte plana de la espada. Otros jinetes se adelantaron a su vez, amenazadores. Emmanuel retrocedió, pero unos gritos excitados al pie de la escalera lo alertaron: ¡cimitarra en mano, los asesinos se lanzaban al asalto!
    De pronto, dos cuadrillos de ballesta salieron disparados al mismo tiempo de una de las troneras y le atravesaron el brazo derecho. Emmanuel estuvo a punto de caer de la silla y soltó la espada, que desapareció en el abismo a su lado.
    Los asaltos de sus adversarios no cedían. Emmanuel paró con el escudo una segunda lanzada, y esquivó una tercera inclinándose tanto a la derecha que vio correr por debajo el río al-Assi, el «río rebelde», del que se decía que fluía a la inversa, del mar a la montaña.
    La cuarta lanzada le abrió el muslo, la quinta alcanzó en el pecho a su caballo, y las patas del animal se doblaron. Su sufrimiento era tan grande y sus heridas tan profundas que ya era un milagro que hubiera aguantado hasta entonces.
    La situación no era mala, era desesperada. Los jinetes blancos lo hostigaban con las lanzas, los asesinos lanzaban aullidos y el ballestero volvía a ajustar su arma.
    Emmanuel observó por última vez al jinete negro y lo reconoció. Entonces exclamó:
    – ¡Mi muerte no te pertenece!
    Y se precipitó al vacío con su montura.
    El misterioso jinete blanco se acercó al borde del precipicio y los vio hundirse en el río, donde Emmanuel y su caballo desaparecieron en un surtidor de espuma. Entonces se sacó el yelmo y se llenó los pulmones con el aire del anochecer. Era un hombre muy joven, de apenas dieciocho años, que a pesar de su edad había acompañado a Kunar Sell a Damasco. Se llamaba Simón, y apretaba tan fuerte el vexillum de san Pedro que tenía los nudillos blancos, tan blancos como los reflejos que corrían por la superficie del al-Assi.

16

    Enitere ergo, miles Christi! («¡Levántate, pues, soldado de Cristo!»)
    Gerberto de Aurillac, Correspondencia

    Morgennes estaba sentado en una tina de madera con el interior guarnecido con un paño y se pasaba por la parte superior del cuerpo un pedazo de jabón de Alepo que el encargado de los baños le había entregado con la consigna de que lo gastara entero. «Orden del hermano comendador», había declarado. El caballero se jabonó el torso, los brazos, y luego la cara, la barba y los cabellos. Hecho esto, se levantó, y se lavó el vientre, las piernas y los pies. Finalmente volvió a sentarse, pensativo, y mordió un muslo de capón que un auxiliar había colocado sobre una mesa no lejos de él.
    «Que este instante dure el mayor tiempo posible.» En eso estaba soñando. En un baño que durara toda una vida.
    Cerró los ojos, saboreando la extraña acción del jabón sobre su piel. Tenía la impresión de que unos ángeles lo acariciaban, y sus párpados se hicieron cada vez más pesados. El día, sin embargo, estaba lejos de haber terminado. Morgennes inspiró una profunda bocanada de aire húmedo y se sintió colmado de una sorprendente felicidad, tranquila y egoísta. ¿Cuánto tiempo hacía que no había dormido en paz? Desde que había abandonado Francia, se dijo. Una noche, sin embargo, en Egipto… De pronto, un grito le hizo abrir los ojos de nuevo: los centinelas daban voces en las murallas.
    Luego oyó otros gritos, cabalgadas, chirridos de rastrillos que se levantaban, puertas que se abrían y llamadas pidiendo ayuda.
    Morgennes se levantó en su tina, rígido como un poste, cuando la puerta del baño se abrió: alguien se acercaba caminando a grandes zancadas. Una sombra atravesó los densos vapores, apartando a su paso las sábanas que habían colgado en la habitación para preservar la intimidad de los bañistas. Receloso, Morgennes buscó su espada al otro lado de la tina, no la encontró, se preocupó por su ausencia, y luego recordó que ya no la tenía. Poco importaba, pelearía con los puños si hacía falta. Cogió un poco de agua en el hueco de las manos, se roció el rostro con ella y salió del barreño.
    – Quédate sentado, Morgennes, aprovecha el baño; tal vez sea el último.
    Era Alexis de Beaujeu.
    – ¿Qué noticias te traen? -le preguntó Morgennes.
    – El hermano Emmanuel no ha vuelto, y el convoy encargado de traernos el oro tampoco ha llegado.
    – ¿Crees que han sido atacados?
    – Por desgracia, no lo creo -respondió Beaujeu-. Lo sé. Un hermano sargento de la patrulla ha llegado hace un instante…
    – ¿Qué te ha dicho?
    – Nada. Está muerto. Su caballo lo ha traído hasta nosotros.
    Morgennes palideció y preguntó:
    – ¿Emmanuel?
    Beaujeu meneó tristemente la cabeza en silencio, mientras Morgennes se secaba sin decir palabra con un paño de sarga, antes de ponerse la camisa, las bragas y las calzas.
    – Quiero ver a ese muerto, ¿es posible?
    – Sí, si te acompaño.
    – Vamos.
    Al ver que Morgennes se dirigía apresuradamente hacia la puerta del baño, Beaujeu lo detuvo.
    – Un instante, Morgennes. Tengo que hablarte.
    – ¿Qué ocurre?
    – Esta noche partirás en busca de la Vera Cruz.
    – ¡Dios todopoderoso, te estaré eternamente agradecido por esto!
    – Oficialmente vas a pedirle a Saladino que te desligue de tu juramento de fidelidad a la religión mahometana.
    – Comprendo, hermano comendador. Pero ¿por qué tantas precauciones?
    – Temo que exista un traidor entre nosotros…
    – ¿Sospechas de alguien en particular?
    – No.
    – ¿Quién puede tener interés en robarnos el dinero del rescate?
    – Los templarios, desde luego. Pero no son los únicos…
    Beaujeu hablaba en voz baja y en tono grave. El hermano comendador sujetaba con la mano la muñeca de Morgennes y la apretaba tan fuerte como para hacerle daño, pero Morgennes no sentía nada.
    – ¿De nuevo sufres de lepra, verdad?
    Morgennes no respondió, y aquel silencio fue más elocuente que una larga perorata sobre lo que sentía… o, mejor dicho, sobre lo que no sentía ya.
    – Cuando te vi anoche -continuó Beaujeu-, me dije: «¡Alabados sean el Señor e incluso esas misteriosas lágrimas de Alá que han tomado bajo su protección al noble y buen sire Morgennes!». Pero ya no eres de los nuestros, y ya no tienes tu espada. ¿Cuándo se reinició la enfermedad?
    – Cuando estaba en prisión, en Damasco.
    – ¿Sus médicos no vieron nada?
    – El mal solo ha abierto un ojo. Apenas está despertando. Sin embargo, siento que se agita en mí y se apresta a renacer. La regla de la orden me da cuarenta días. Es bastante para llevar a cabo mi misión. De vuelta a Francia, me incorporaré a una leprosería del Hospital.
    – Debes partir esta noche, ya ha sido demasiado haber venido hasta aquí…
    – Pero yo no sangro, y este mal solo se transmite…
    – ¡Ya sé lo que dicen los mahometanos! Y además, mírame: ¿tengo miedo de cogerte la mano? ¡Y Trípoli! ¡Te hubiera besado en la boca si hubiera tenido fuerzas para hacerlo!
    – Lo sé -dijo Morgennes.
    – Ya hemos hablado bastante. Llévate contigo a Masada, a Femia y al niño.
    – Se hará según tus órdenes, noble y buen hermano comendador.
    Cuando se disponían a salir del baño, Beaujeu añadió:
    – Y encuentra tu espada.
    – Crucífera, Crucífera… Tengo la impresión de haberme pasado la vida buscándola…

    El cuerpo del sargento había sido colocado sobre una mesa, en la capilla del Krak. Algunos hermanos rezaban de rodillas por la paz de su alma. El hermano sargento sería enterrado enseguida en el pequeño cementerio del castillo, y después se diría una misa; las costumbres orientales exigían que se enterrara lo más deprisa posible a los muertos, cuyas carnes se descomponían con rapidez. A cada lado del cuerpo, a la luz de los cirios, el humo del incienso se elevaba de dos recipientes.
    Una humareda compacta ascendía en el aire saturado de calor. Las moscas zumbaban sin que los sacerdotes se preocuparan por ahuyentarlas.
    Beaujeu y Morgennes entraron, y el hermano capellán corrió a su encuentro. Parecía a la vez feliz por ver al hermano comendador y furioso por ver a Morgennes, que era a sus ojos peor que un infiel: un cobarde y un lapso.
    – Está aquí porque yo lo deseo -dijo Beaujeu sin dar tiempo a abrir la boca al hermano capellán-. Llévanos junto al cuerpo.
    – Aquí está -dijo el hermano capellán con la cabeza baja, señalando al desgraciado sargento.
    Dos clérigos se afanaban en torno a él; los hombres lo sentaron sobre la mesa de madera para soltar las correas de su cota de malla y sacarle la camisa y las bragas ensangrentadas; después de hacerlo, lo lavarían y lo vestirían con la túnica de lino blanco con la que sería inhumado.
    – ¿Se sabe qué lo ha matado? -preguntó el hermano comendador.
    – Ha perdido demasiada sangre, noble y buen señor -respondió el hermano capellán.
    Morgennes y Beaujeu se acercaron para examinarlo mejor.
    – ¡Cuidado! -dijo de pronto Morgennes a los clérigos, que retiraban la armadura del difunto sin preocuparse por las flechas que la habían atravesado.
    Azorados, los dos hombres interrumpieron sus maniobras, y Morgennes extirpó delicadamente del hermano sargento dos puntas de la longitud de una mano.
    – Esto lo ha matado -dijo, presentando una de ellas a Beaujeu-. Estas flechas son especiales. Están bañadas en un veneno y son únicas en su género. Por lo que sé, solo los maraykhát son capaces de fabricarlas.
    – ¡Los maraykhát! Pero ¿qué pueden hacer por aquí? -preguntó el hermano comendador.
    – Habrán husmeado el oro -prosiguió plácidamente Morgennes.
    Luego observó el cuerpo con atención, pasando la mano por encima de las heridas, examinándolas de forma minuciosa.
    – Han atravesado la cota tan fácilmente, y… mirad.
    Hundió el índice en una de las heridas, a la altura del pectoral derecho.
    – Nunca había visto algo así…
    Al retirar el dedo, un poco de sangre y líquido que parecía agua salió del pecho del muerto.
    – Aún sangra… -dijo Beaujeu.
    – ¿Lo que significa…? -preguntó el hermano capellán, que sin duda veía algo milagroso en aquel fenómeno.
    – Habitualmente, pasado cierto tiempo, la sangre deja de manar. Es decir, bien este hermano sargento ha entregado su alma hace poco, bien su metabolismo ha sido modificado -dijo Morgennes.
    – ¿Modificado? ¿Cómo modificado? -insistió el hermano capellán.
    – Los maraykhát utilizan a menudo un veneno para fluidificar la sangre -explicó Morgennes-. Esto provoca hemorragias terribles que no siempre se perciben en el mismo momento. De hecho, es un milagro que, con todas estas heridas, haya quedado sangre suficiente en el cuerpo de este hombre para fluir en el momento en que he retirado mi dedo.
    Alexis de Beaujeu parecía preocupado, a la vez que desconcertado e incómodo.
    – La flecha no es el hombre -dijo por fin-. Es posible que estas flechas hayan sido fabricadas por los maraykhát, pero falta probar que han sido ellos los que las han disparado.
    – ¿Tal vez lo hayan hecho sus aliados, pues? -preguntó el hermano capellán.
    – Los maraykhát solo tienen al oro por aliado -dijo Morgennes.
    – Exacto -dijo Beaujeu-. Cualquiera ha podido utilizar sus servicios, sus armas o sus conocimientos en materia de venenos. Sin embargo, es la primera vez que este tipo de arma se emplea en el condado de Trípoli.
    – Eso significa que los asesinos, los templarios, o ambos, deben de haberlos reclutado -dijo simplemente Morgennes.
    Aquella observación los sumió en el silencio.
    Templarios, asesinos, maraykhát; todo se mezclaba para formar un solo enemigo sin rostro y con objetivos imprecisos.
    – ¿Cuánto tiempo actúa este veneno? -preguntó el hermano comendador.
    – Es difícil de decir -respondió Morgennes-. Depende del tipo y de la cantidad utilizada, de la hora en que se ha aplicado en las barbas… Al secarse, se deposita una fina película de barniz que permanece activa varias semanas. Pero, por miedo a herirse, la mayoría de los maraykhát no envenenan sus flechas hasta el momento de disparar… Es muy probable que el veneno todavía actúe y que los que hayan hecho esto no se encuentren lejos…
    El hermano comendador cogió la flecha de manos de Morgennes y se hizo un corte en la punta del dedo: una sangre bermeja fluyó enseguida con una abundancia anormal.
    – Partirás esta noche -dijo Alexis de Beaujeu a Morgennes-. ¿Dónde piensas encontrar a Saladino?
    – En Damasco, o bien en los parajes de Acre o de Tiro. Si no en Jerusalén.
    – Bien. Sígueme ahora.
    Morgennes siguió a Alexis de Beaujeu, que lo había interrogado premeditadamente en presencia del hermano capellán, los dos clérigos y los otros hermanos. Así se extendería el rumor de que Morgennes había salido en busca de Saladino, y nadie pensaría en la Vera Cruz.
    Antes de su partida, Beaujeu pidió que le entregaran el vexillum de san Pedro que, por la gracia de Dios, el hermano sargento se había llevado en su huida. Cuando estuvieron solos en las galerías del Krak, Beaujeu rasgó un pedazo y se lo anudó en torno al dedo.
    – ¡Veamos si el papado es tan bueno frenando la sangre como haciéndola correr! -dijo dirigiendo un guiño a Morgennes. Luego añadió con expresión grave:
    – No conozco a la mitad de los hermanos que están en el castillo. Muchos son solo chiquillos recién desembarcados de Provenza, Inglaterra o Francia. Solo conocen esta tierra a través de relatos deformados, explicados por cobardes que se creen valientes, mientras que nosotros, que estamos aquí desde hace más de veinte años, somos para ellos unos extraños, culpables de los peores acuerdos con un enemigo que muchos nunca han visto. Algunos me han hablado de los sarracenos como demonios con el rostro verde, orejas puntiagudas y colmillos en lugar de dientes. Creen que se expresan gruñendo y se alimentan de sangre humana, pero fuimos nosotros los que devoramos cadáveres cuando, en el siglo pasado, los primeros cruzados sufrieron tanta hambre que tuvieron que comer turcos; ¡hasta esos extremos los arrastró la locura! ¡Dios quiera que semejante horror no se repita jamás!
    Morgennes escuchaba en silencio, emocionado por la confianza que le testimoniaba Beaujeu al comunicarle sus sentimientos. El hermano comendador del Krak era lo que llamaban «una piel curtida», un «veterano». Alexis de Beaujeu había acudido a Tierra Santa de resultas de una aparición. Una noche, un fantasma se había manifestado para ordenarle que se hiciera cruzado y fuera a recogerse en la tumba de Cristo. Beaujeu se había puesto en camino inmediatamente, sin esperar a la mañana. Había orado en el Santo Sepulcro y luego se había unido a la orden de los hospitalarios… Morgennes y él se conocían desde esa época. Tenían la misma edad.
    Los dos hombres pasaron por un pequeño patio con el suelo cubierto de paja vieja y llegaron al edificio del Krak en cuyos subterráneos el hermano mariscal tenía instalados sus almacenes.
    – Morgennes, no tengo derecho a ordenar que te entreguen un nuevo equipo -dijo Beaujeu-. Pero la regla del Hospital me autoriza a ofrecer a una persona de mi elección un caballo y una armadura, lo que haré entregándote mi propia armadura y la montura del hermano sargento que acaba de morir.
    – Noble y buen señor… -empezó Morgennes.
    – Calla -lo interrumpió Alexis de Beaujeu-. Si es para agradecérmelo, hazlo encontrando la Vera Cruz y que podamos enviarla a Su Santidad, tal como ha pedido.
    – La encontraré.
    – Sé que puedo contar contigo, Morgennes. Siempre has sido un ser aparte: estabas con nosotros y, al mismo tiempo, separado de nosotros. Incluso en la oración me parecía que estabas en otro mundo.
    – Eso es lo que se nos prescribe.
    – También nos prescriben que recemos juntos, y no que nos giremos solo hacia Dios…
    Había como un reproche en las palabras de Alexis de Beaujeu, pero su rostro no expresaba nada parecido.
    – ¡Es tan duro hablar contigo, Morgennes! -siguió Beaujeu-. Das tan a menudo la impresión de estar solo, como si no fueras de este mundo…
    – Es mi naturaleza -dijo Morgennes-. Hay que acostumbrarse.
    – Desde tu cautividad, no hablo de la última sino de la que puso fin a tu búsqueda de las lágrimas de Alá, sé que has perdido en parte la memoria. ¿La has recuperado ahora?
    – ¿Cómo podría saberlo? Si hay alguien incapaz de responder a tu pregunta, soy justamente yo. Pero es cierto que a menudo tengo la sensación de no ser ya dueño de mí mismo.
    – Solo Dios es nuestro dueño -dijo Beaujeu-. Sobre todo cuando uno se ha dado, como tú, a una de sus órdenes. Pero volvamos a Hattin. El capítulo ha pronunciado su sentencia: has recibido tu carta de exclusión, y ya no se trata, pues, de juzgarte. Sin embargo, lo que dijo Trípoli era exacto: tu actitud no está exenta de coraje.
    – Como la de los hermanos que renunciaron a abjurar.
    – Son dos corajes de naturaleza diferente.
    – Sea coraje o cobardía, me preocuparé por ello cuando haya encontrado la Vera Cruz.
    Alexis de Beaujeu no insistió. Hubiera querido hablar a Morgennes, pero este último parecía encontrarse más allá de las palabras. Las palabras no lo alcanzaban, solo los actos tenían un sentido para él. No porque las palabras no tuvieran importancia, sino porque estas pertenecían a una parte de su entendimiento donde él mismo parecía no situarse. Beaujeu se entristeció. Había tratado de provocar una chispa en su amigo, había intentado suscitar en él un interrogante, una duda. Pero no lo había conseguido.
    Por otra parte, ¿por qué se preocupaba tanto por el estado de espíritu de Morgennes?
    «Olvidemos este asunto -se dijo Beaujeu-, pasemos a otra cosa.»
    El hermano comendador abrió la puertecita del edificio con las llaves que llevaba en su limosnera. Como había caído la noche, cogió una antorcha de una hornacina y la encendió con ayuda del pedernal que había junto a ella. El aire olía a sebo, metal y guerra. Las armas, ordenadas en armeros alineados a los lados y en el centro de la fábrica, parecían aguantar el aliento, ansiosas por ser extraídas de su vaina y atravesar al adversario. El mismo aire estaba hecho de esta tensión, y Morgennes tuvo de nuevo la impresión de que eran las armas las que habían creado a los hombres, y no al revés.
    Siguió de cerca a Alexis de Beaujeu, que bajaba por una escalera que conducía al sótano de la armería, y tuvo la clara sensación de que las astas de las lanzas y las empuñaduras de las espadas pedían a gritos que las sujetaran para hendir, traspasar, segar, cortar, matar. Podía oír sus gritos silenciosos, sentía su impaciencia cuando tantos enemigos estaban pidiendo morir, allá afuera, en el exterior; y, cuando ya no hubiera enemigos, siempre quedarían los amigos, la familia, uno mismo.
    Los almacenes del sótano eran el lugar donde se guardaban los escudos y las armaduras. Estas últimas descansaban en cajas llenas de paja, o sobre maniquíes si había que montarlas o repararlas.
    Beaujeu abrió una caja de madera negra que parecía un ataúd. Contenía una armadura, también negra, en perfecto estado. Después de haber acariciado las anillas para comprobar su ligereza y su solidez, el hermano comendador dijo a Morgennes:
    – Es una cota de un tipo nuevo. Sus mallas están tan apretadas que las flechas no pueden atravesarla… En el interior se ha cosido una especie de chaqueta de paño forrada con algodón fuertemente picado. Es más ligero que un gambesón y mucho más sólido. Con esto estarás seguro.
    – ¿Y tú? -dijo Morgennes, inquieto.
    – No te preocupes. Los sarracenos nunca se atreverán a atacar el Krak mientras Jerusalén no haya caído. A falta de nuevos refuerzos, no iremos a Acre; y solo iremos a Tiro si Conrado de Montferrat deja de desafiar a Raimundo de Trípoli… No nos moveremos de aquí mientras la Vera Cruz no haya sido encontrada; de modo que no te inquietes: no puede ocurrirme nada. De todos modos, nada me impide colocarme, si hace falta, una de estas viejas cotas de malla -dijo iluminando las otras cajas con su antorcha.
    – ¿Y las flechas de los maraykhát?
    – Tengo mi escudo y, además, ahora estamos prevenidos. Toma -dijo entregando a Morgennes el estandarte de san Pedro-. Cógelo. Te servirá si llegas a caer en malas manos. Quiero decir, si los nuestros buscan pelea…
    – ¿No lo necesitarás?
    – Mira -respondió Beaujeu-, yo no entré en la orden para convertirme en un miles sancti Petri, un soldado de san Pedro. Yo soy un miles Christi, un soldado de Cristo, como tú fuiste antes y pareces querer serlo aún. Mi único estandarte es la cruz. No quiero ningún otro.
    Dicho esto, Morgennes y Alexis llevaron a la carreta de Masada la caja de madera negra que contenía la armadura y la bandera papal. Finalmente, les entregaron víveres para varios días, así como agua y vino.
    Unos hermanos recitaron padrenuestros por Morgennes, deseándole que encontrara rápidamente a Saladino y lograra convencerlo. Esperaban que volviera a la verdadera fe y renunciara a la religión mahometana. De todos modos, los hermanos no acababan de creer que Morgennes hubiera abrazado plenamente estas creencias. Pero los mahometanos eran tan ladinos… Si Saladino aceptaba, pediría algún servicio a cambio…
    Al alba del día de Santa Austraberta, Masada, Femia, Morgennes y Yahyah salieron del Krak tal como habían llegado, con la diferencia de que Alexis de Beaujeu se acercó para ofrecer a Morgennes una soberbia yegua negra.
    – Prométeme que la cuidarás.
    – Hermano Alexis, noble y buen señor, te lo prometo. ¿Qué nombre tiene?
    – Isobel.
    Cuando ya iban a entrar en la rampa cubierta que conducía al exterior, Alexis de Beaujeu añadió:
    – No lo olvides: ¡ella también es una superviviente!
    Morgennes lo saludó; luego el rastrillo del Krak cayó tras ellos. Muy pronto, las murallas de la fortaleza desaparecieron de su vista, y después desaparecieron también las banderas. Pero durante toda la mañana Morgennes siguió oyendo cómo restallaban al viento.
    Tenía la sensación de que la historia se repetía sin cesar. ¿Lograría salir algún día de aquella sucesión infernal de partidas y llegadas? Morgennes cabalgaba delante de la pequeña carreta, solo, como siempre. Aunque de hecho nada le impedía acortar el trote de su montura para que lo alcanzaran.
    – ¿Qué hay en esta gran caja negra? -preguntó Masada a Morgennes cuando la carreta estuvo a su altura.
    – Una armadura -respondió Morgennes.
    – ¿Podemos verla? -exclamó Yahyah, muy excitado.
    – Pronto.
    Yahyah lanzó un silbido de admiración.
    – ¡Quiero verla, quiero verla! -dijo dando unas palmadas, como si de esa manera pudiera abrir la caja y hacer salir la armadura.
    – ¿Adonde vamos? -inquinó Masada.
    – Al sur -respondió Morgennes.
    – ¿Por qué?
    – Porque es allí adonde debemos ir. ¡Y ahora basta de preguntas!
    Masada calló. También a él le parecía que no era fácil hablar con Morgennes. Desde que se conocían, apenas si habían mantenido diez conversaciones. Ninguna había sido profunda. Morgennes tenía lengua y boca, pronunciaba palabras, no le molestaba particularmente expresarse, pero nunca parecía que se dirigiera a su interlocutor. Sencillamente, era un hablador mudo.
    Masada empezaba a estar harto. ¿No le había salvado él la vida al comprarlo en el mercado de esclavos cuando los templarios y los mahometanos se lo disputaban? ¿Y Femia? ¿Todas aquellas joyas valían la vida de ese hombre, su libertad?
    «¡Sí!», se dijo, porque Morgennes le había prometido que lo ayudaría a levantar la maldición que se había abatido sobre él en la época en que lo había traicionado. Una traición que había pagado cara, y que continuaba pagando.
    – ¿En qué piensas? -preguntó Femia a su marido.
    – En nada -respondió Masada.
    – Oh, sí, estás pensando en algo… Se te ve en la cara cuando reflexionas. ¡Eres incapaz de hacer dos cosas a la vez! Mira: ¡has soltado las riendas de Carabas!
    Masada vio que tenía razón, volvió a sujetar rápidamente las riendas, las hizo restallar vigorosamente por encima del viejo asno y preguntó a Morgennes:
    – Aquello de que me hablaste en Damasco, ¿era cierto?
    – Sí -respondió Morgennes.
    – ¿Qué hay que hacer, pues?
    – Primero encontrar la Vera Cruz.
    – ¡Pero si nadie sabe dónde está!
    En realidad, aquello no era del todo exacto.

    Dos rumores ofrecían informaciones contradictorias sobre el paradero de la cruz. El primero pretendía que, poco después de Hattin, la Vera Cruz había sido llevada a Damasco por el cadí Ibn Abi Asrun, bajo la protección de una buena guardia. El segundo afirmaba que se encontraba en manos de esos extraños caballeros del Temple que surcaban la región con Gerardo de Ridefort para incitar a la rendición a las plazas fuertes templarías.
    Para Morgennes, había que creer en este último. Recordaba que después de haber recitado la shahada había visto a una treintena de templarios partir con la Vera Cruz bajo los «Allah Akbarh de los sarracenos. Aquello lo había llenado de odio y de tristeza. No había olvidado aquella imagen. No la olvidaría nunca. Qué ironía -¡y qué suplicio!- tener que sufrir la visión de la Vera Cruz en manos de defensores de la fe, de caballeros del Temple…
    Pero lo que Morgennes no comprendía era que entre esos templarios no se encontrara ningún hermano sargento, ningún turcópolo, ningún auxiliar. ¿Cómo podía ser? Morgennes veía dos explicaciones posibles: o bien se trataba realmente de hermanos caballeros del Temple, o bien no eran caballeros del Temple. A decir verdad, la segunda explicación le parecía la mejor, pues le resultaba muy difícil creer que treinta templarios hubieran podido cometer traición todos juntos. Treinta hermanos caballeros era la casi totalidad de los caballeros del Hospital que se encontraban en el Krak.
    «¡Imposible!», se decía. E, incluso si era posible, se negaba a creerlo.
    Así, Morgennes apostaba por que bastaría con que se presentaran ellos mismos en una fortaleza del Temple tras otra para encontrar la Vera Cruz. Si los «templarios sarracenos», como los llamaban, hacían caer las plazas fuertes templarías una tras otra, bastaría tenderles una emboscada en una de las que todavía se mantenían firmes.
    En el condado de Trípoli estaban en esta situación la fortaleza de Tortosa, el castillo de Aryma, el fuerte de Bertrandimir, el Chastel Blanc, el Chastel Rouge y el casal fortificado de Elteffa-ha. Pero los sarracenos no acudirían a la región: los hospitalarios disponían allí del Krak y del castillo de Akkar, así como de dos fortalezas, una en Arqa y la otra en Trípoli.
    No, había que apuntar al objetivo último de Saladino: Jerusalén.
    Todavía no se atrevía a hablar de ello a Masada, pero tendrían que dar vueltas en torno a la ciudad tres veces santa, escuchar, mezclarse con la multitud, fundirse con la masa de refugiados o de comerciantes, y tratar de obtener la máxima información sobre el estado de los castillos de los alrededores. Para hacerlo no podrían contar con la ayuda de los hospitalarios, bien establecidos en los alrededores de Jerusalén, ni, evidentemente, con la de los templarios.
    El problema era Masada: los caballeros del Temple lo buscaban desde que había abandonado Nazaret. Pero Morgennes contaba con que el desmantelamiento del reino franco de Tierra Santa los mantuviera demasiado ocupados para seguir preocupándose por un mercader judío huido.
    Así atravesaron muchas regiones y bordearon de nuevo el Hermón, esta vez por la vertiente occidental. En cuanto se elevaba una humareda en el horizonte, Morgennes partía en reconocimiento a todo galope. Raramente se ausentaba mucho tiempo, y redoblaba las precauciones no yendo nunca directamente hacia su objetivo sino, al contrario, trazando amplios círculos concéntricos para aproximarse.
    Los viajeros vieron sencillas granjas incendiadas después de haber sido saqueadas. A veces, tierras colocadas bajo la protección de una encomienda templaría habían sido asoladas en represalia. Habían quemado las cosechas, obstruido los pozos; envenenado las fuentes; arrancado los árboles. Cadáveres de animales yacían dispersos, sirviendo de alimento a las moscas, de nido a sus larvas y de postre a las hienas.
    Femia no dejaba de palpar las joyas que el hermano tesorero del Krak le había entregado. No eran de su gusto. La mujer se impacientaba, y preguntaba cien veces al día:
    – ¿Cuándo llegaremos?
    Invariablemente, Morgennes respondía:
    – Hay que bajar más aún.
    – A fuerza de bajar, acabaremos en el infierno… -se lamentaba ella.
    Desde que habían abandonado el condado de Trípoli, Morgennes llevaba colocada su armadura. Cuando caía la noche, y si no había estrellas, desaparecía. Solo el ruido de los cascos de su yegua permitía saber dónde se encontraba. Generalmente, unos pasos por delante.
    – ¿Crees que es prudente ir así sin armas? -le preguntó un día Masada.
    – No -respondió Morgennes.
    – ¿Qué piensas hacer, pues?
    – Nada. Huir.
    – ¿Ah, sí? -se extrañó Masada-. Tú, tal vez, pero nosotros ¿qué haremos? ¡No imagino a Carabas galopando más rápido que un turcomano!
    – Ni siquiera Isobel podría hacerlo.
    – ¿Y entonces?
    – Entonces moriremos.
    Masada, que se había quedado estupefacto ante esta observación, hizo girar varias veces la lengua en la boca y le espetó en un tono casi desesperado:
    – ¡Te compré porque me prometiste que me curarías!
    – Creí que lo habías hecho para salvarme de una muerte cierta y para redimirte tú -dijo Morgennes.
    – ¡Tal vez! -replicó Masada-. Pero no olvides nuestro trato…
    – No lo olvido. Te recuerdo que si estás enfermo es porque nos traicionaste, a Dios, a Balduino IV y a mí… Por otro lado, me gustaría saber por obra de qué milagro estás entero todavía…
    – ¿De qué estáis hablando? -preguntó Femia.
    – ¡De nada! -replicó Masada-. Es algo entre Morgennes y yo, una vieja historia que no hace falta que conozcas.
    Después de cerrar la boca a su mujer de este modo, Masada apartó la mirada, y Femia volvió a dedicarse a la contemplación de sus joyas y, a veces, de Morgennes. Cuando lo miraba -de reojo y con una mirada que nunca era franca-, no podía evitar llamarlo «mi tesoro». Desde el incidente en Damasco, Morgennes había reemplazado en cierto modo a toda su quincallería. El era todo su aderezo, su belleza desaparecida, su guerrero de diamante: tan puro, tan bello, tan raro y caro como esa piedra preciosa, la más brillante y la más dura de todas.
    Pasaron los días, más o menos similares. Masada hablaba a Carabas, Yahyah jugaba con Babucha, Femia miraba a Morgennes y este salía de reconocimiento. Solo cambiaban las tierras que atravesaban. Donde antes había vida, se extendía ahora el desierto.
    Y a la inversa, donde había desierto aparecía a veces una vida extraña que hacía que se preguntaran cuánto tiempo duraría. Así, se habían encontrado a veces, bruscamente, en zonas áridas donde rebaños de cabras pastaban entre bosquecillos de espinos. En cuanto a las raras fortalezas o encomiendas del Temple que divisaron, todas estaban en ruinas. O bien ocupadas por los sarracenos. En poco más de dos meses, el Temple había perdido cerca de doscientas casas, casales y castillos.
    Un atardecer, cuando se encontraban en el principado de Galilea, en una cresta del monte Tabor, a medio camino entre Damasco y Jerusalén, Morgennes declaró:
    – Sé adonde debemos ir.
    – ¿A Jerusalén? -dijo Masada.
    – No enseguida. Primero iremos por ahí…
    Señaló hacia el sur, en dirección al cielo, tal vez a una estrella.
    Masada miró pero no vio nada. Femia no apartaba la mirada de Morgennes, segura, por la serenidad que se leía en su semblante, de que había encontrado algo.
    Yahyah observó el horizonte, y de repente exclamó:
    – ¡Lo veo! ¡Lo veo!
    Luego se puso a agitar los brazos mientras lanzaba gritos estridentes.
    – ¿Qué hay? -preguntó lastimeramente Masada-. ¡Yo no veo nada!
    – ¡Abre los ojos y mira! -dijo Morgennes.
    Ya podía, Masada, abrir unos ojos como platos para escrutar el panorama del principado de Galilea, que no distinguía más que nubes grises con el vientre enrojecido por el sol, la tierra inundada de luz, y casas, plazas fuertes, huertos y campos bañados con los colores cambiantes del crepúsculo.
    Femia miró a su vez, haciendo visera con la mano, y dijo sonriendo:
    – Lo veo, pero no lo entiendo.
    Masada echaba chispas. Miró, sucesivamente, el cielo, el dedo de Morgennes y la banda de tela que tapaba su ojo ciego.
    – ¿Cómo es posible que tú veas mejor con un solo ojo que yo con dos?
    – Porque yo no solo utilizo los ojos -respondió Morgennes-. También utilizo el cerebro.
    – El cerebro, el cerebro -dijo Masada-. Muy bien, perfecto, ¡pero sigo sin ver nada! Dime qué ves tú.
    – Nubes.
    – ¿Nada más?
    – Y pájaros.
    – ¿Pájaros? Si solo hay uno -dijo Masada.
    – ¡Por fin! -exclamó Morgennes-. ¡Ahora que tus ojos se han abierto, pídele a tu cerebro que haga otro tanto!
    Masada lo contempló, desconcertado. ¿Se habría vuelto loco, Morgennes?
    – Ese pájaro -dijo Morgennes- no es como los otros. Es un halcón peregrino, un cazador, y es raro que vuele así cuando se pone el sol. Es una suerte que lo haya visto, porque su plumaje pardo y gris hace que se funda con el cielo. Cuando cae la noche, desaparece. Este tipo de rapaces no vuelan en la oscuridad. El hecho de que esta cruce el aire a estas horas significa que su amo (de hecho, es su ama) no se encuentra lejos. Sí, conozco a ese halcón. Me he tropezado dos veces con él en Hattin, y luego una tercera cuando íbamos hacia el Krak: volaba en el cielo del Yebel Ansariya, en pleno territorio de los asesinos.
    – Sigo sin comprender -dijo Masada.
    – Es una rapaz única en el mundo: su ama es la mujer más bella que haya visto nunca, bella como una reliquia. Es una joven de sangre mezclada, de un poco más de veinte años, de ojos azules y cabellos castaños. Su piel parece tan suave como la de un recién nacido, y lleva las joyas más bellas que jamás haya visto…
    Un brillo ávido iluminó los ojos de Femia. En la lejanía, el ave lanzó un grito.
    – Yo también conocí a una mujer que tenía un pájaro de este tipo -reconoció en voz baja Masada-. Era, creo, la amante del jeque de los zakrad, una verdadera furia. Recorría Tierra Santa en busca de un hombre… un tal Perceval, si no entendí mal. Era orgullosa, bella y fría, como la hoja de un puñal. Cada vez que venía a verme, me quedaba paralizado.
    – ¿Así que la conoces?
    – Sí -prosiguió Masada-.Venía a menudo a consultarme a Nazaret. Compraba las reliquias más hermosas, las más caras, y se iba con ellas. Ella necesitaba una nueva más o menos cada semana. No sé de dónde sacaba el dinero ni por qué compraba tantas. Pero parecía dominada por una especie de maldición. Necesitaba reliquias como otros necesitan guerras, mujeres, oración o vino…
    – Y eso que las reliquias eran falsas -hizo notar secamente Femia.
    – Falsas, verdaderas…, ¿acaso sé yo lo que es verdadero o falso en materia de reliquias? -replicó Masada, al que incomodaba el tema-Yo, por mi parte, diría que todas eran auténticas…
    – Ya veo -dijo Morgennes-. Dejémoslo. Pero esa mujer tenía un pañuelo que me parece que es ese que llevas en el brazo…
    – ¿Y si fuera así? -preguntó Masada.
    – Eso querría decir que ha sido capturada. Pero ¿por qué? ¿Y por quién?
    – De todos modos, ¿qué relación tiene esto con la Vera Cruz? -continuó Masada.
    – Tal vez ninguna -dijo Morgennes-, pero quiero ir a ver. Y, además, si el ama de este pájaro busca reliquias, ¿por qué no la Vera Cruz?
    – Yallah! -exclamó Femia.
    Masada bajó la cabeza y guardó silencio. De nuevo estaba perdido en sus pensamientos y había soltado las riendas de Carabas. Finalmente, Morgennes bajó del caballo para reunirse con Yahyah, que se disponía a rezar y había sacado un largo manto blanco para cubrirle los hombros (a quién podía ocurrírsele rezar con una armadura negra).
    Morgennes no pudo evitar pensar que el destino les había enviado una señal. «Después de todo -se decía-, si una estrella guió a los Reyes Magos hasta Cristo, ¿por qué un pájaro no debería guiarnos a nosotros hasta la Vera Cruz?»
    Sonrió, feliz, lleno de una alegría tranquila, seguro de no engañarse.
    Después de la oración contempló, desde una altura, el castillo templario de La Féve, que dominaba la llanura del Esdrelon. Más al norte, detrás de ellos, la torre de Séforis, Safet y sus numerosos casales… Todos habían caído. Morgennes ignoraba si había sido la fuerza o la astucia la causante de su pérdida, pero sabía, en cualquier caso, que esta significaba el fin de la presencia del Temple en TransJordania. La llave de Jerusalén era ahora el castillo de La Féve. Solo había que bajar la ladera sur del monte Tabor, que se extendía hacia la Baja Galilea y la llanura del Esdrelon, para alcanzar los contrafuertes del castillo que Morgennes veía temblar en la bruma azulada.
    Una vez abajo, prevendría a la guarnición. Juntos resistirían a los «templarios sarracenos», juntos salvarían la Vera Cruz. Quedaba por ver cómo conseguiría devolverla luego al Hospital…
    – Esperadme allí -dijo Morgennes-, ¡y si no he vuelto antes de mañana por la noche, marchaos, huid!
    – ¿Para ir adonde? -replicó Masada.
    – Debes de conocer algún lugar donde esconderte, ¿no?
    – Tal vez -respondió el hombrecillo, evasivo.
    – Entonces, ve allí.
    Yahyah, que jugaba con Babucha, se detuvo para ayudar a Morgennes a montar.
    – No iréis a partir así, caballero -dijo-. ¡Ni siquiera estáis armado!
    – Allá me darán una espada -respondió Morgennes.
    – Pero…
    Sin esperar al final de la frase, Morgennes espoleó a Isobel y descendió del monte Tabor, cuyo monasterio en ruinas daba testimonio del reciente paso de los sarracenos. Femia lo vio marchar y lo saludó largamente con la mano.
    – Yallah! -gritó para darle ánimos.
    La mujer no dejó de mirarlo y, cuando ya era solo una nubecita en el horizonte, se volvió hacia su marido y dijo acariciando uno de sus collares:
    – Espero que la encuentre.
    – Yo también -dijo Masada, y añadió en tono más bajo-: La Vera Cruz debe de valer mucho oro…
    Femia lo miró, inquieta. ¿Lo había oído su mujer? El caso es que esta enseguida declaró:
    – No podemos dejarlo solo…
    Y tras coger las riendas se dispuso a hacerlas restallar; pero Masada se lo impidió replicando:
    – ¡Soy yo quien decide, y de momento nos quedamos aquí!
    Masada no tenía, en efecto, ningunas ganas de acercarse al castillo de La Féve, cuya guarnición había recibido orden de arrestarlo. Sin embargo, una sacudida agitó la carreta: Carabas se había puesto en marcha por sí mismo y descendía, entre las delgadas columnas de humo azul que se elevaban en la sombra, tras la pista de Morgennes.

17

    ¡Oh, feliz género de vida en que se puede esperar la muerte sin temor, desearla con alegría y recibirla con confianza!
    San Bernardo de Claraval, De laude novac militiae

    Simón ya no soportaba la espera.
    Desde que había entrado en la orden, no había hecho más que esperar, esperar y esperar. «¡Ah, paciencia, acabarás por matarme!», se decía con frecuencia. Y, para engañar el aburrimiento, se infligía penitencias. Recitaba salmos durante todo el día, ayunaba si tenía hambre, velaba si tenía sueño, se ejercitaba en el manejo de las armas cuando estaba agotado. Y en general mortificaba su cuerpo tan a menudo como podía.
    Algunas veces palidecía y se ponía a temblar. De modo que se preocupaban por él. Entonces el bailío de su orden lo obligaba a alimentarse y a ir a dormir. «Conserva tus fuerzas para el enemigo, noble y buen hermano -le decía con severidad-.Y recuerda que en todo debes conformarte a la regla y a mi mando.» Simón dirigía una mirada franca y resuelta a su superior y respondía invariablemente: «Ordenadme, noble y buen señor, y obedeceré».
    Y se acostaba encantado de sentir en su interior un poder formidable: el de la fe. Esforzándose en dominar la excitación que le mantenía los ojos abiertos y alejaba el sueño, se dormía murmurando padrenuestros. ¡Qué bella era aquella fe que ardía en él, qué fuerte era!
    Simón recordaba las palabras de su primer maestre, en la época en que había sido recibido en la orden: «Es duro, cuando uno es su propio señor, hacerse siervo del Temple. Pues difícilmente haréis nunca lo que queréis: si queréis estar en Tierra Santa, os harán volver; si queréis estar en Acre, os enviarán a la tierra de Trípoli, de Antioquía o de Armenia, a Pulla o a Sicilia, a Lombardía, a Francia o a Borgoña, a Inglaterra o a alguna otra de las diferentes tierras donde tenemos casas y posesiones. Y si queréis dormir, os harán velar; y si queréis velar, os ordenarán que vayáis a descansar a vuestra cama. Cuando estéis a la mesa y queráis comer, os ordenarán que vayáis a donde quieran y nunca sabréis dónde».
    «¡Qué ironía!», pensaba, esbozando una sonrisa. Y decir que en otro tiempo era el más indisciplinado de los cinco hijos de su padre; ¡un muchacho incapaz de seguir la menor lección sin ponerse a pensar en las musarañas, que se burlaba de los preceptores y que a la primera ocasión escapaba a correrse una juerga!
    Pero Simón había juzgado al Temple -donde su hermano Arnaldo acababa de ser recibido- digno de su persona. Una institución dotada de una disciplina bastante exigente para «merecer» hacer de él un hombre. Había querido lo más difícil, y lo tenía. Forzaría su cuerpo, disciplinaría su cabeza, obligaría a su corazón, educaría a su alma a someterse y a servir a Dios. Repetiría a lo largo de la jornada con sus hermanos templarios: «Non nobis Domine, non nobis sed nomini Tuo da gloriam, «¡No por nosotros, Señor, no por nosotros, sino por Tu nombre, da la gloria!».
    Si él, el más joven de los cinco hijos del conde Etienne de Roquefeuille, era capaz de plegarse a una regla querida por Dios y aplicada por los hombres, entonces todos podían hacerlo. Primero su familia, y luego sus allegados. Luego los mahometanos y los judíos, que él convertiría por fuerza o destruiría sin piedad, y finalmente todos los demás cristianos -melquitas, jacobitas, coptos, nestorianos, maronitas- que vivían lejos de la ley de Roma.
    Temer a Dios no bastaba. Había que temer a Roma, la superior, la grande. La terrible Roma.
    Solo ella era capaz de imponer al mundo la salvación por Dios, Cristo y el Espíritu Santo. Solo ella tenía fuerza suficiente para manejar esas dos potentes espadas: el Temple y el Hospital. Simón no comprendía por qué Roma había decidido conservar solo una, pero se lo había jurado: «Yo seré de esa. Lo seré por Dios, lo seré por mi padre».
    Y, mientras montaba guardia en lo alto de la torre del homenaje de La Féve, se hinchaba de orgullo y sentía un placer inaudito al volver a pensar en su trayectoria y en la disciplina de hierro que se había impuesto. ¡Pocos hombres habían hecho lo que él! Había entrado en la orden del Temple con la firme intención de convertirse en el más humilde y el mejor de los templarios. Ninguna de las pruebas a que lo sometían era bastante dura para él. Sin embargo, una cosa le resultaba insoportable: ¡esperar! Primero un año en la diócesis de Troyes, en la encomienda de Bonlieu, luego dos años suplementarios en la de Coulommiers-en-Brie, cuando fue armado caballero.
    Su oportunidad había llegado con el desastre de Hattin. La Tierra de Promisión estaba falta de caballeros de brazo fogoso, impacientes por batirse contra los sarracenos. ¡Oh, cómo le saltó el corazón en el pecho al saber que por fin lo enviaban «allá»! A aquella tierra cuyo nombre ya no osaba pronunciar por miedo a no ser digno de hollarla. «¡Dios conmigo! Debo ser fuerte. Gloría, laus et honor Deo in excelis, decía temblando, tanta era su excitación, tan grande era su alegría por poder, por fin, combatir en Tierra absoluta.
    Sin duda, la hora del martirio no estaba lejana. Su escudero y él debían prepararse para ella.
    Un navío del Temple había salido de Marsella llevándolos en su gran vientre verde y los había desembarcado en Trípoli en compañía de otros hermanos, caballeros, sargentos y escuderos. Simón se había distinguido desde el primer día al exclamar, en cuanto pisó tierra firme: «¡Estamos aquí para servirte, oh Señor!». De la encomienda de la ciudad, donde no se quedó mucho tiempo porque sus invocaciones irritaban a más de uno, lo habían enviado a la poderosa fortaleza de Tortosa, y luego, de Tortosa a Chastel Blanc. Allí pasaba los días, solo en lo más alto de la más alta de las torres, acechando los mensajes enviados -con ayuda de un complejo juego de espejos- por los hospitalarios del Krak de los Caballeros, que se encontraba a solo siete leguas de distancia.
    «¿Qué esperamos para atacar?», se lamentaba todo el día. Se hablaba de violentos combates en Acre, donde desde el fin del mes de agosto los cristianos trataban de arrebatar a los infieles la ciudad perdida a principios de julio. Simón no comprendía por qué aquello resultaba tan complicado. Tampoco comprendía por qué trataban de recuperar Acre cuando Jerusalén tenía tanta necesidad de refuerzos. Por otro lado, todo le parecía largo, lento y muy misterioso. Un día, finalmente, llegó un jinete. Iba a la cabeza de una compañía de ballesteros. Un hombre que llevaba orgullosamente la bandera de san Pedro los acompañaba.
    ¡Por fin! Aquel mensajero, aquel estandarte, debía de ser la esperanza de un movimiento, la promesa de una acción contra los sarracenos. La posibilidad de convertirse en otro. En alguien poderoso, fuerte, bello y noble. En un nuevo Erec, un segundo Lancelot, un Galván moderno, el doble de Yvain, el gemelo de Cligés. En resumen, uno de esos personajes de leyenda cantados por Chrétien de Troyes, cuya aparición arrancaría a las mujeres suspiros tanto más lánguidos cuanto que lo sabrían inaccesible. Por no hablar de sus congéneres, que lanzarían «Vivat! que él fingiría no oír.
    ¡Oh, Dios! ¡No podía esperar más!
    ¿Desde cuándo aguardaba ya?
    Desde que había nacido, no lejos de la Navidad del año de gracia de 1169,1o que lo situaba en su decimoctavo año de vida.
    Se sentía con fuerzas de sobra, con una rabia y un corazón sin rival y un amor por Dios solo comparable al que había sentido en su tierna infancia por la bella y pura Berta de Cantobre, cuando él era su fidele d'amore. «¡Oh, Berta, qué lejos me parecen tus dulces manos y qué pálidos tus labios rojos cuando mi memoria los evoca ahora! La blancura para mí ya no es tu pecho, sino mi blanco manto, las cimas del Hermón, del Yebel Ansariya o del monte Líbano. El bermejo ya no son tus labios, sino la cruz de terciopelo cosida a mi espalda el día en que fui recibido en la orden. Solo ella tiene derecho a mis besos. ¡Ve, Berta! Te conservo en mi memoria tan casta, tan pura, tan digna como yo quiero serlo aún para ti, incluso si te he dejado. Porque te he dejado por Dios.»
    Así hablaba Simón.

    Frunciendo el ceño, el templario miró a un lado y a otro de la torre de La Féve. En el septentrión se encontraba el monte Tabor. Distinguía las ruinas del monasterio, colgado de su cima como una llaga. A poniente, las cimas nevadas de los montes Carmelo. Al mediodía, Le Grand Gérin y Le Bessan, pueblos donde el Temple mantenía aún algunas tropas. A levante, el castillo Belvoir, en manos de los hospitalarios, pero no por mucho tiempo, ya que la presión de los sarracenos se hacía cada vez más intensa. Simón se estremeció. ¿Era por el frío? Se pasó las manos por los brazos y los frotó para calentarse.
    Esperar lo paralizaba. Poco a poco sus miembros se anquilosaban. Simón bailó saltando de un pie a otro para ayudar a que la sangre circulara y se sopló los dedos. Sin embargo, no hacía frío: su aliento no era visible. Pero aquel gesto le había recordado otro que había hecho hacía dos semanas en la torre de vigía del Chastel Blanc. Como lo sabían impaciente, para corregirlo siempre le confiaban el primer turno de guardia, que era el más largo. Cuando llegó el relevo, se había sentido -igual que hoy- dominado por el frío y se había soplado las manos para calentarlas. Era ya muy tarde, y su aliento se convertía en bruma al salir de la boca antes de evaporarse en la negrura. Aquella noche había helado. Era el día en que el emisario del Papa había ido a verlos. No lo olvidaría nunca.
    El hombre cuyos pasos había confundido con los del relevo era, en realidad, Wash el-Rafid. Como no conseguía dormir, el emisario papal había pedido permiso a sus huéspedes para visitar el castillo y, en particular, para subir a lo alto de la torre del homenaje. Donde se encontraba Simón.
    Al ver su rostro sumido en un aburrimiento tan profundo que hubiera podido tomarse por una máscara, Wash el-Rafid le había preguntado:
    – ¿Te aburres, buen hermano?
    Simón no había sabido qué responder. Temía haber cometido una falta y permanecía silencioso. Pero, animado por el emisario del Papa a expresarse sin temor, finalmente había confesado:
    – Extremadamente, señor.
    – ¿Por qué?
    – Ya no soporto seguir esperando.
    – ¿Esperar? -se sorprendió el emisario-. ¿Y qué estás esperando?
    – Que ocurra algo. Desde que estoy en Tierra Santa, me pasean de un castillo a otro sin que nunca pase nada. Las primeras guardias siempre son para mí. Me armé de paciencia durante tres largos años en la Champaña y en Francia, y aquí sigo esperando. Mi espada sigue virgen. Me pregunto cuántos años tendré que esperar todavía antes de servir a Dios.
    – ¿Sabes lo que dicen los infieles sobre esto? -le había preguntado Wash el-Rafid.
    – No, señor -había respondido Simón.
    – «Resistid, porque Dios está con los pacientes.»
    Estaba claro que aquel hombre había sufrido mucho. ¿Cuántos años habría esperado él? Simón había caído de rodillas y había cogido su mano para besarla.
    – Señor -le había dicho, con la cabeza baja-, os pido perdón humildemente. He hablado a la ligera, pero es que sufro por no poder emplear mejor mi valor y mi fuerza al servicio de Cristo.
    – ¿Estás dispuesto a morir por El? -había inquirido el emisario del Papa, poniendo su mano sobre la cabeza de Simón.
    Desde luego que estaba dispuesto a dar su vida por Cristo. Por otra parte, ¿no lo había hecho ya? ¿No les habían dicho que un caballero del Temple debía considerarse como muerto antes de ir al combate? ¡Y qué gran honor esa muerte! Pues, como decía san Bernardo: «¿Cómo podría temer morir o vivir aquel para quien la vida es Cristo y la muerte su recompensa?».
    – Mi vida le pertenece ya -había respondido Simón.
    – ¿Quieres renacer en Cristo? -había preguntado severamente Wash el-Rafid.
    – No aspiro a ninguna otra cosa -había confesado Simón, casi sin aliento.
    – ¡Júralo! -había dicho Wash el-Rafid con fuerza.
    Levantando la mano derecha y tendiendo la izquierda, Simón había jurado, como lo hacen todos los templarios, con la mirada firme y severa, «que en la proximidad del combate se armaría de fe por dentro y de hierro por fuera; que sus armas serían su único ornamento; que las utilizaría con valor en los mayores peligros, sin temer el número ni la fuerza de los bárbaros; que toda su confianza estaba depositada en el Dios de los ejércitos, y que combatiendo por su causa buscaría una victoria cierta o una muerte santa y honorable». Finalmente, había jurado llevar a la casa principal del Temple, en Jerusalén, la Santa Cruz en la que tanto había sufrido Cristo. Con terribles imprecaciones se había dado a Dios por segunda vez, y cada vez que Wash el-Rafid pronunciaba una palabra, él la repetía estremeciéndose.
    – ¡Oh, feliz género de vida en que se puede esperar la muerte sin temor, desearla con alegría y recibirla con confianza! -había dicho Wash el-Rafid en tono imperioso.
    – ¡Oh, feliz género de vida en que se puede esperar la muerte sin temor, desearla con alegría y recibirla con confianza! -había repetido Simón.
    – Ahora: «Levántate y actúa, y que el Eterno sea contigo» -había concluido Wash el-Rafid, citando un versículo de las Crónicas, mientras arrancaba con un gesto brutal la cruz roja cosida sobre el manto de Simón.
    Después el emisario del Papa había colocado la mano sobre el hombro del joven para animarlo a levantarse. Simón se había incorporado, algo inseguro, y había mirado a su bienhechor. Entonces le había sorprendido su piel morena. El hombre tenía la fisonomía de las gentes de la región; pero su rostro estaba profundamente marcado, como roído por la enfermedad. Además, una extraña deformación del rostro daba a su boca un aire animal.
    – Señor… -había empezado Simón.
    Pero no había podido acabar la frase. La emoción lo ahogaba sin que supiera muy bien por qué. Le parecía que su vida había cambiado de rumbo.

    De este modo Simón se había unido a las filas de los famosos «templarios blancos». Los miembros de este grupo se llamaban entre sí «templarios de la primera ley» porque se comportaban como los templarios de los orígenes, humildes y sin escuderos, monjes soldados que lo hacían todo por sí mismos y contaban solo con sus propias fuerzas. Eso era antes de que la orden recibiera la cruz bermeja. Antes incluso de que Su Santidad Inocencio II redactara la bula Omne Datum Optimum, fuente de tantos beneficios que había excitado los celos de numerosas órdenes monásticas, como las brasas de un fuego que se atiza.
    Wash el-Rafid les había dicho: «La Vera Cruz está perdida. Mientras no la hayamos encontrado, mientras vosotros no la hayáis encontrado, imperará la prohibición de llevar la cruz sobre vuestro manto. No olvidéis nunca que sois vosotros quienes estáis a su servicio, y no a la inversa». A lo que los hombres de la unidad de élite del Temple habían respondido con una sola voz, retomando el grito de los primeros cruzados: «¡Cristo vive, Cristo reina, solo Cristo manda!».
    Algunos estaban tan exaltados que hablaban de ir a tomar La Meca y Medina si Jerusalén caía algún día, y causar allí tantos estragos que en comparación el infierno sería el paraíso.
    La mayoría rehacían la historia, indignándose contra aquellos cruzados de los primeros tiempos que no habían sabido ir hasta el final de su misión y habían partido después de haber liberado Jerusalén, cuando hubiera sido necesario avanzar hasta Bagdad para asegurarse la victoria.
    El más loco entre ellos, y el más terrible también, era aquel coloso llamado Kunar Sell, con la cruz roja tatuada en la frente. Simón y él habían ido a Damasco a desafiar la autoridad mahometana. Su misión consistía en comprar un esclavo, un antiguo caballero del Hospital que respondía al nombre de Morgennes. Simón no lo conocía, ignoraba por completo las razones por las que debían «apoderarse» de ese hombre, pero había obedecido sin decir palabra.
    Simón era feliz. ¡Por fin!
    Unos días después de esta misión, que se había saldado con un fracaso pero les había permitido hacerse con nuevos aliados, una paloma mensajera se había posado sobre el Chastel Blanc. Los templarios de la primera ley -nueve en total, como los primeros «pobres caballeros de Cristo»- habían abandonado inmediatamente la fortaleza para unirse a un batallón de fidai destacado de El Khef por el poderoso jefe de los asesinos, Rachideddin Sinan. Algunos beduinos de la tribu de los maraykhát los acompañaban. Juntos habían atacado una caravana encargada de transportar oro por cuenta del Hospital. El estandarte de san Pedro había sido confiado a Simón, lo que era un gran honor. Bajo su yelmo blanco, el templario había enrojecido de placer.
    Sin embargo, nunca hubiera creído posible aliarse con mahometanos. Y en cuanto a combatir contra cristianos… Pero su senescal, un hombre revestido con una malla de cadenas y montado en un caballo rojo sangre, les había dicho: «¡Dios lo quiere! ¡Es Cristo quien manda!».
    Y habían cargado al grito de «¡Montjoie!».
    Simón se había dicho que los hospitalarios debían de haber cometido una falta horrible. Que estaban en el camino del pecado. Sin duda se lo explicarían todo más tarde. El Papa estaba de su lado. No tenía nada que temer. No contento con ser miles Christi, se añadía ahora a su persona el miles sancti Petri (soldado del Papa). No podía estar equivocado. Dios estaba con él. Simón se esforzó en luchar con todo su odio y sin piedad contra aquellos extraviados, llorando bajo su yelmo, mojando su corta barba de lágrimas mientras diezmaba a los caballeros del Hospital, que preferían morir antes que golpear. Pero se serenaba de nuevo repitiéndose lo que Wash el-Rafid les gritaba cada vez que partían al combate: «Dios borra las faltas de los que combaten por Él». Lo que Simón ignoraba era que se trataba de un versículo del Corán. En el seno de la unidad de élite del Temple, Simón tenía la sensación de alcanzar todo aquello a lo que su alma, su corazón, su sed de aventura y sus fuerzas físicas aspiraban. Ya no había contradicciones ni sufrimientos, solo había una gran alegría exaltante, la impresión de ser único, de vivir un momento histórico. La certeza de que por fin se distinguía de los otros Roquefeuille. Aquí ya no era «Simón el Parco», como lo llamaban en otro tiempo sus hermanos, el que aguantaba menos, el que corría más despacio, el que tenía que dejar de beber o de comer mientras todos continuaban. Aquí era Simón de san Pedro, Simón el Estandarte, Simón el Abanderado, Simón de Roma. Cada día los templarios blancos lo bautizaban con un nuevo nombre, lo que llenaba de orgullo a Simón.
    A cambio del oro de los hospitalarios, los asesinos les habían entregado un curioso cofre y a una joven, un rehén que habían capturado en el camino de Bagdad. Se llamaba Casiopea. Pero ¿por qué valía tanto aquella mujer? ¿Para qué la querían los templarios? Simón no lo sabía. Pero no se cansaba de admirar su belleza. La mujer había sido violada y golpeada en numerosas ocasiones. Sin embargo, bajo las equimosis y las señales de tortura, su gracia era una luz que incidía profundamente en él. Simón tenía siempre en su mente la imagen de aquella jovencita de piel morena, de ojos azules y cabellera castaña, que insultaba y mordía en cuanto le sacaban la mordaza y arañaba cuando tenía las manos libres.
    Habían dado orden de no perderla de vista y de mantenerla bajo estricta, vigilancia, tarea que Simón se sentía feliz de cumplir cuando le llegaba el turno. El joven templario reclamaba los primeros turnos de guardia. La contemplaba, tendida sobre las losas de una mazmorra, e iba a buscarle una estera de juncos, un cubrecama o un samit oriental, en función de la hora del día, del lugar donde estaban y de lo que tenía a su disposición.
    En aquel momento, la mujer estaba encerrada en los calabozos del castillo de La Féve, pues allí se encontraban instalados los templarios blancos. Simón le había llevado una manta y se había excusado por no haber encontrado nada mejor. La bella había hecho una bola con la manta y se la había colocado bajo la cabeza. Nada. Ni una mirada. Entonces, sin decir palabra, Simón había subido a lo alto de la torre donde debía montar guardia. Aquella noche no tendría derecho a verla dormir. ¿Tal vez mañana? ¿Quién sabía cuánto tiempo permanecerían en La Féve? Solo su senescal y el emisario del Papa, a quien habían abierto las rejas del castillo por portar el vexillum de san Pedro, parecían saberlo.

    Inclinado por encima de las almenas, Simón trató de distinguir, en la luz rasante del crepúsculo, las cumbres del Yebel Ansariya. Debían elevarse al norte, pero no las veía. Tampoco le sorprendió demasiado. Ya hacía cierto tiempo que habían dejado tras de sí los picos nevados del Ansariya, e incluso los del monte Hermón. Su unidad había recorrido en unos días más distancia que la que Simón había franqueado en tres años de aburrida espera en Occidente. Le parecía igualmente que aquellas distancias, atravesadas a una increíble velocidad cambiando varias veces de montura, no eran solo físicas, sino también morales.

    En ese momento el chillido de un ave resonó en el cielo. Simón, que seguía protegiéndose los ojos con la mano, la localizó con la mirada. Era un ave de vuelo alto. Su plumaje era de un color azul grisáceo, teñido de pardo, y su envergadura, de la medida de una lanza. ¿Cuántas mudas debía de tener?
    Pensó en Wash el-Rafid. El emisario se ejercitaba a menudo tirando a las palomas mensajeras de los ejércitos de Saladino e incluso contra las rapaces. Simón se dijo que haría bien en avisarle.
    Pero, cautivado por la belleza de las evoluciones del halcón, no se movió. Siguió observando al pájaro, que aparentemente se limitaba a saludar la caída de la noche. Su grito le decía algo, le recordaba a alguien. Sí, él ya había oído aquella llamada, como una queja, como un grito de dolor, un gemido… Entonces tuvo una inspiración: era el pájaro que volaba por encima de la fortaleza de El Khef, feudo de los asesinos.
    Simón lo había tomado por un depredador que tenía su territorio en aquellas montañas. Pero, al parecer, no era ese el caso. ¿A quién pertenecía, pues? ¿A los asesinos? ¿A Casiopea?
    ¡Y él que no había señalado su presencia! ¡Rápido, debía prevenir al señor el-Rafid y a la guarnición! Ya se disponía a dar la alarma por la escalera de caracol de la atalaya, cuando sintió deseos de ver, por última vez, a aquel pájaro.
    Simón se encontraba sometido al encanto de los amplios círculos indolentes, seguidos de lentos vuelos con las alas inmóviles, que el halcón trazaba en el cielo. El pájaro se elevaba sin batir las alas, sin esfuerzo aparente, y luego, con las patas pegadas a su vigoroso cuerpo, se recogía sobre sí mismo y se dejaba caer como una piedra, volvía a abrir las alas y se elevaba en espiral en la luz con un silbido agudo. Su vuelo estaba hecho de vueltas y fintas, acompañadas por largos quejidos. ¿Por qué, para quién danzaba así? Porque no había ninguna duda: el pájaro no cazaba, danzaba.
    Dominado por la curiosidad, Simón se inclinó por encima de las almenas y observó la llanura, hasta el pie del monte Tabor. Vio a un hombre de negro sobre un caballo negro, seguido por una carreta tirada por un pequeño asno.
    Simón había faltado a su deber, y enseguida se reprendió por ello: apretó la piedra de las almenas hasta que las articulaciones se le pusieron blancas. Luego sujetó el cuerno que había cogido a los hospitalarios y dio la alerta. Ruidos de pasos resonaron en la escalera. Alguien subía corriendo.
    Kunar Sell se unió a él en lo alto de la torre y le preguntó:
    – ¿Qué ocurre?
    – Un hombre de negro, con una carreta.
    Kunar los observó un rato, y luego dijo a Simón:
    – No son los que esperamos…
    Simón le preguntó a quién se refería, pero Kunar no lo escuchó y se volvió hacia el caballero negro, que ya se encontraba casi a tiro de ballesta. El coloso le gritó con toda la fuerza de sus pulmones:
    – ¿Quién sois?
    El hombre no respondió. Tal vez no lo había oído. Kunar y Simón gritaron juntos, después de hacer una profunda inspiración.
    – ¿Quién sois?
    El jinete seguía sin responder y continuaba hacia ellos.
    Entonces bajaron a toda velocidad la escalera de la torre, atravesaron corriendo la sala de los caballeros y se precipitaron hacia la barbacana, en la parte delantera del castillo, desde donde se manejaba el primer rastrillo.
    El hombre de negro y la pequeña carreta se encontraban a un tiro de lanza cuando Simón preguntó en tono imperioso:
    – ¿Quién sois? ¡Por Cristo, respondedme!
    El caballero tiró de las riendas de su caballo y respondió:
    – ¡Me llamo Morgennes!
    – ¡Por Cristo todopoderoso! -juró Simón, que no podía creerlo.
    A su lado, Kunar Sell ya accionaba con frenesí la rueda que levantaba el rastrillo.

18

    Poned empeño en el empleo del engaño en la guerra, pues este os permite llegar al objetivo de un modo más seguro que la batalla en un cuerpo a cuerpo sangriento.
    El gran estratega al-Mouhallab en su testamento

    Morgennes miró cómo se levantaba el rastrillo e hizo avanzar unos pasos a Isobel. Al otro lado de la barbacana había un espacio de terreno virgen que daba a las murallas de La Féve y a un segundo rastrillo, que empezó a apartarse. Hombres armados situados en las primeras almenas corrieron a su encuentro con la espada o la lanza en la mano; mientras que, en lo alto del camino de ronda principal, ballesteros y arqueros se colocaban en posición siguiendo las órdenes de un individuo de piel oscura tocado con un turbante. ¿Quién era aquella gente? ¿Eran sarracenos? ¿Tan pronto?
    – ¡Vengo como amigo! ¡No estoy armado! -gritó levantando una mano.
    Pero unos turcópolos le arrancaron las riendas de Isobel y se acercaron a la carreta para llevarla a un lado. Masada, que había saltado a tierra un poco antes, fue alcanzado por algunos jinetes que habían salido tras él rápidamente. El comerciante de reliquias fue conducido de vuelta a punta de lanza, mientras se desgañitaba gritando:
    – ¡Morgennes, me las pagarás!
    Lo arrastraron por una poterna al interior del castillo, donde sus gritos se apagaron. En un instante, la carreta, Carabas, Femia, Yahyah, Babucha, Masada… se esfumaron como si nunca hubieran existido. Morgennes se quedó solo en medio de los soldados. Elevó sus ojos al cielo, en busca de un poco de esperanza, pero el halcón ya no estaba.
    – ¡Desmonta! -ordenó uno de los templarios que lo habían rodeado.
    Morgennes lo observó y vio que se trataba de un hombre muy joven. Su uniforme no llevaba la cruz roja de los templarios corrientes. Trató de adivinar sus intenciones, y se preguntó hasta dónde llegaría aquel candido jovencito si le desobedecía. En ese momento, entre un entrechocar de hierros, el rastrillo de la barbacana cayó pesadamente tras él, aprisionándolo en el primer recinto de La Féve. Al ver que el segundo rastrillo bajaba, justo ante él, Morgennes dijo:
    – Me rindo.
    Pero el hospitalario no había contado con el impetuoso temperamento de Isobel, que se encabritó y empezó a lanzar coces cuando Morgennes quiso bajar de la silla. Los turcópolos y el templario cayeron derribados y él tuvo que sujetarse al cuello de su montura para no caer. Recuperando la confianza en su buena estrella, Morgennes espoleó a Isobel y salió disparado en dirección al segundo rastrillo, que franqueó por los pelos, aplastándose contra el cuello de su montura. Ahora se encontraba en el patio interior del castillo, y aprovechó aquella tregua para examinar el lugar. Al distinguir el camino de ronda donde se encontraban apostados los arqueros, sujetó con más fuerza las riendas de su montura y, con continuos rodillazos, la dirigió hacia una pequeña escalera que parecía conducir allí. «Desde ahí arriba -se dijo-, podré saltar a la barbacana y huir de nuevo. Aunque vuelva más tarde…»
    Mientras ascendía por la pequeña escalera, algunos hombres bajaron a todo correr y trataron de coger de la brida a Isobel; pero Morgennes los rechazó con brutalidad, golpeándolos con el puño y con el pie, y haciendo caer a uno de ellos contra las losas del patio, donde se estrelló con un estruendo metálico.
    A una orden del hombre del turbante, una primera andanada de flechas cayó sobre Morgennes, pero la mayoría se rompieron contra los escalones de piedra o se hincaron en su armadura sin dañarlo. Por suerte, ninguna había tocado a Isobel, y una, en cambio, había alcanzado en la garganta a uno de los turcópolos, que se derrumbó entre horribles convulsiones.
    Sin arma, Morgennes tenía grandes dificultades para defenderse de los soldados -templarios y turcópolos- que lo amenazaban, unos con la espada, y otros con la lanza o la maza. Si conseguía apartarlos a la izquierda, volvían por la derecha, sin concederle un momento de tregua. Y de todas partes brotaban gritos que lo conminaban a rendirse. Pero él no los escuchaba, preocupado solo por salir de aquella ratonera metálica.
    Entonces recordó de pronto el vexillum de san Pedro, que llevaba enganchado a la silla, lo sujetó como si fuera un arma y lo hizo voltear sobre su cabeza.
    – ¡Por la Iglesia de Roma! ¡Estoy en misión para el Papa!
    (Aquella afirmación, aunque engañosa, le había parecido, de entrada, la más apropiada.)
    Poco a poco se hizo la calma. En el patio, todos miraron, boquiabiertos, la enseña del papado: el estandarte tenía en algunos lugares manchas de sangre, que Morgennes trataba de ocultar plegando las partes enrojecidas de la tela. Así consiguió trepar hasta el camino de ronda, y calculó que la cortina que conducía a la barbacana debía de encontrarse justo por debajo de él, a una distancia que estimó en solo unos pasos, un salto que, con un poco de suerte, Isobel debía poder realizar. Maniobrando con las máximas precauciones, Morgennes condujo a su yegua frente a una almena con la intención de saltar. Pero un cuadrillo de ballesta silbó en el crepúsculo y rasgó el santo estandarte.
    – ¿Qué tienes que decirnos que no sepamos ya? -preguntó con voz hostil el hombre del turbante, cuya ballesta de dos tableros seguía apuntando a Morgennes.
    Morgennes tiró de las riendas de Isobel y observó al hombre; se trataba, desde luego, de Wash el-Rafid, pero Morgennes no lo conocía.
    – Vendrán unos templarios -dijo Morgennes-. Pero esos hombres solo tienen la apariencia de templarios, a pesar de la presencia a su lado de Gerardo de Ridefort y de la Santa Cruz. De hecho son sarracenos, no debéis obedecerles…
    Wash el-Rafid contempló a Morgennes con aire divertido, y luego señaló con la punta de su arma el estandarte de san Pedro.
    – Este vexillum no te pertenece, harías bien en soltarlo…
    – Nunca -replicó Morgennes.
    A modo de respuesta, un segundo cuadrillo le arrancó el estandarte de las manos. La bandera flotó un instante, indecisa, en la brisa nocturna, y luego un soplo de viento se la llevó. Morgennes se disponía a seguirla cuando otra voz se elevó en el patio:
    – En tu lugar, yo no me movería…
    Morgennes miró hacia abajo y vio a un hombre de negro montado sobre un caballo de color rojo. No podía distinguir su rostro, oculto por el yelmo, pero le pareció que los flancos de su montura estaban anormalmente húmedos al nivel de las espuelas. Como manchados de sangre. El hombre, un gigante, tenía a su lado al joven templario que hacía un momento había tratado de detenerlo, y este blandía ahora una bandera de san Pedro exactamente igual a la perdida por Morgennes, con excepción de las manchas. Kunar Sell mantenía su hacha danesa apretada contra la garganta de Femia, y solo esperaba una orden de su maestre para cortársela.
    – Ridefort y sus falsos templarios pueden venir, los espero -prosiguió el hombre de negro-. Por ellos estoy aquí. Igual que tú, imagino…
    – ¿Quién sois? -preguntó Morgennes.
    – ¿Que quiénes somos? Los que recuperarán la Vera Cruz, para mayor gloria del Temple.
    – Y tú ¿quién eres? -insistió Morgennes.
    – ¿Que quién soy yo? ¿No me reconoces, mi noble y buen hermano Morgennes?
    Morgennes lo examinó con atención. Trató de cruzar su mirada con la del hombre, pero sus ojos desaparecían en la sombra del yelmo. Su voz, sin embargo, le resultaba familiar, así como la altivez con que se dirigía a él. Por otro lado, la espada que tenía en el costado era de un tipo que no le resultaba desconocido. Era una espada bastarda. Pocos guerreros sabían utilizarla correctamente. Y, por último, estaban esos rastros de sangre, a la altura de los tobillos y de las muñecas, y sobre todo aquella pesada sobrecota de cadenas en torno al torso.
    – ¡Sire Reinaldo! Deberías estar muerto… -dijo Morgennes, que se preguntaba por qué extraño hechizo podía estar todavía con vida aquel hombre.
    – ¿Quién te dice que no lo estoy? -respondió el jinete negro levantando la visera de su yelmo.
    Era, efectivamente, Reinaldo de Chátillon, montado sobre Sang-dragon, una yegua que le había dado Sohrawardi.

    Unos instantes más tarde, Morgennes se dejó conducir por los subterráneos del castillo de La Féve. De vez en cuando, pozos enrejados se abrían sobre quien sabe qué oscuridades y profundidades insondables, de donde en ocasiones surgía un grito sordo, una queja. Dos hombres se encargaban de escoltarlo: un turcópolo y el joven caballero blanco. Este último caminaba rápidamente ante ellos, con paso firme a pesar de la oscuridad que apenas disipaba la antorcha del turcópolo que seguía a Morgennes. Daba la impresión de que el joven podía prever cada pulgada de terreno, de que sabía perfectamente cuándo debía bajar la cabeza para evitar un techo demasiado bajo, estirar la pierna para bajar varios escalones a la vez o levantar el pie para evitar un desprendimiento, que saltaba con presteza. Morgennes llegó a la conclusión de que debía de pasar allí la mayor parte de su tiempo…
    El joven templario aflojó el paso. Morgennes esbozó una sonrisa y también redujo el suyo. ¡De modo que era allí! Observó con atención el interior de las celdas ante las que pasaban. Aquí el cuerpo desmadejado de un adolescente, medio desnudo, con las ropas destrozadas. Probablemente un desgraciado al que los soldados cortos de instrucción habían torturado para entrenarse. ¿Sería, tal vez, Oliverio, el esclavo abandonado por Masada? Más allá, algunas celdas vacías. Un poco más lejos, la imagen fugitiva de una joven tendida sobre la piedra desnuda en su calabozo, con la cabeza apoyada en lo que parecía una manta. Como un icono, la mujer apareció en el resplandor de la antorcha. Morgennes se quedó sin aliento: ¡Casiopea!
    A su paso, la joven volvió la cabeza, y un destello de sorpresa brilló en sus ojos. A Morgennes le pareció que también ella lo había reconocido.
    – ¿Adonde me lleváis? -preguntó Morgennes.
    – ¡Silencio! -ordenó el turcópolo, dirigiendo un gesto obsceno a Casiopea para advertirle de lo que le esperaba si hacía cualquier movimiento extraño.
    Unas celdas más lejos, el joven caballero blanco descorrió el cerrojo de una pesada puerta de madera, que se abrió con un chirrido de goznes herrumbrosos. La habitación olía a orina, a excrementos y a vómitos de varios días. Morgennes fue invitado a entrar en la sala de tortura, donde el habitual potro, el brasero y la jaula de clavos reinaban junto a un batiburrillo de poleas y cadenas, grilletes, cuchillos de carnicero, quebrantamandíbulas, hierros para marcar, sierras, pinzas y empulgueras, ganchos, anzuelos, embudos, tornos y otros objetos de ángulos imposibles que constituían el instrumental ordinario del verdugo.
    Morgennes dio un paso en el interior de la habitación y se volvió hacia el joven caballero, que había permanecido en la puerta.
    – ¿Puedo saber el nombre de mi verdugo? -preguntó.
    – Simón de Roquefeuille -respondió el joven.
    – Conocí a un Arnaldo de Roquefeuille -dijo Morgennes.
    – Mi hermano -dijo Simón, intrigado-. ¿Dónde lo visteis?
    – En la batalla de Hattin, poco antes de su muerte…
    Simón pareció impresionado por aquellas palabras. Quería saber más, pero, detrás de ellos, el turcópolo dijo:
    – Noble y buen señor, esta basura trata de engatusaros, no lo escuchéis…
    – Sé lo que hago -replicó Simón.
    El turcópolo adoptó un aire ofendido, y Morgennes aprovechó la situación:
    – ¿Desde cuándo los subalternos dan órdenes a los caballeros?
    Herido en lo más hondo, el turcópolo le lanzó un puntapié tan violento en la parte baja de la espalda que Morgennes salió disparado hacia adelante y fue a chocar contra el banco del verdugo.
    – ¡Sube inmediatamente! -ordenó Simón al turcópolo-. Te recuerdo que un soldado no debe perder la calma en ningún caso. ¡Hablaré de ti en el próximo capítulo!
    El turcópolo salió hacia la escalera refunfuñando y los dejó en tinieblas.
    – ¡El muy imbécil! -exclamó Simón corriendo tras él para recuperar la antorcha.
    En cuanto Morgennes se vio solo en la oscuridad, empezó a buscar a tientas un instrumento que lo ayudara a desembarazarse de sus cadenas o pudiera servirle como arma. Allí no faltaba donde elegir, y al final se hizo con unas grandes tenazas. Se disponía a utilizarlas cuando Simón volvió con la antorcha. Morgennes sujetó con fuerza el pesado par de pinzas, preparándose para descargarlo con toda su energía contra la cabeza del joven.
    Justo en ese momento una voz resonó en el subterráneo:
    – Simón…
    Era Casiopea.
    – ¿Sí? -respondió enseguida Simón-. ¿Qué ocurre?
    Entre los dos jóvenes pronto se inició un diálogo que Morgennes aprovechó para tratar de liberarse. No era fácil. Se sirvió de la mesa para intentar fijar las tenazas, pero siempre le resbalaban. No conseguía cortar el hierro. Entonces recordó que había visto un torno y una gran lima, los buscó a ciegas entre las diferentes herramientas del banco, encontró por fin la lima, ¡y se le cayó al suelo! El ruido atrajo la atención de Simón. Casiopea, aprovechando que no la miraba, sacó rápidamente los brazos al exterior de la celda y, sujetándolo por los hombros, lo hizo caer con un puntapié en la tibia y le golpeó violentamente la cabeza contra los barrotes de su prisión.
    Simón se derrumbó y la antorcha rodó por el suelo chisporroteando, amenazando con apagarse.
    – ¡Por aquí! -susurró Casiopea a Morgennes.
    Abandonando sus instrumentos, Morgennes se dirigió hacia la antorcha que Casiopea trataba de atrapar antes de que se extinguiera por completo.
    – ¡Las llaves! ¡Coged las llaves, deprisa! -dijo la joven.
    Morgennes se arrodilló, cogió la antorcha y se la dio.
    – Sostenedme esto, veremos mejor.
    A la luz de la antorcha, Morgennes volteó el cuerpo inerte de Simón para apoderarse del manojo de llaves que pendía de su cinturón, y luego abrió la reja del calabozo.
    Una vez fuera, Casiopea exclamó:
    – ¡Gracias a Dios, estáis vivo!
    – Gracias a vos -dijo Morgennes cogiéndole la mano-. Decidme, ¿cómo os sentís?
    – Como vos… Estoy contenta de volver a veros, tengo la impresión de que… ¡Hablo demasiado, será mejor que nos preocupemos por salir de aquí!
    Morgennes levantó sus muñecas encadenadas.
    – Yo me encargo -dijo Casiopea.
    Cogieron las armas y el cinturón de Simón, lo encerraron en la celda y volvieron a salir corriendo hacia el antro del verdugo. Allí, Casiopea utilizó las enormes tenazas que servían para triturar huesos para romper las cadenas de Morgennes.
    – Dadme eso -dijo Morgennes, cogiendo el gran par de pinzas de manos de Casiopea-. Me servirá de arma.
    De vuelta al corredor principal, Morgennes señaló el calabozo donde yacía el cuerpo del adolescente.
    – ¿Sabéis quién es?
    – Un joven que han torturado hasta la muerte. Se llamaba Oliverio.
    Morgennes se acercó al calabozo y pidió a Casiopea que lo abriera.
    – Quisiera ver su rostro…
    Casiopea abrió la celda de Oliverio, que tenía el cuerpo cubierto de equimosis y quemaduras.
    – ¿Cómo han podido hacer algo así a un niño? -preguntó Casiopea.
    – Tal vez deberíamos preguntárselo a él -respondió Morgennes señalando a Simón.
    Dieron media vuelta y se dirigieron rápidamente a la celda de Simón, que poco a poco volvía en sí. Casiopea abrió la reja, sacó su cuchillo de la vaina y le espetó en tono acerbo:
    – ¡Temo que no tengas bastante valor para servirnos de rehén!
    Simón retrocedió hacia la pared del fondo.
    – ¿Qué vais a hacer? -preguntó-. Siempre he sido bueno con vos…
    A modo de agradecimiento, Casiopea lo golpeó con tanta violencia con el pomo de su arma que Simón perdió de nuevo el conocimiento. En su cráneo, dos enormes chichones daban testimonio de los golpes que había recibido. A Morgennes le recordaron las colinas de Hattin, que llamaban los Cuernos del Diablo.
    – Desnudémoslo -dijo Casiopea.
    Le sacaron el gambesón de cuero, y Morgennes ayudó a Casiopea a colocárselo por encima de sus harapos.
    – Qué lástima que ya no tenga la armadura de Taqi -se lamentó.
    – Al parecer no impidió que os capturaran.
    – No llegábamos ni a una treintena, y entre ellos había algunos viejos y niños. Cayeron sobre nosotros como una jauría de perros rabiosos.
    – ¿Quiénes?
    – Los maraykhát. Los tomé por aliados, nos sorprendieron… Uno de ellos me cogió la armadura…
    A juzgar por su mirada, le había cogido mucho más que eso, De pronto, unos pasos resonaron en la escalera. Un resplandor rojizo brilló en el otro extremo del corredor y una voz:-la del turcópolo- aulló, llena de excitación:
    – ¡Messire! ¡Hay que subir enseguida! ¡Ya está aquí! ¡El asalto ha comenzado!
    Morgennes y Casiopea intercambiaron una mirada, y luego, muy deprisa, Morgennes fue a situarse detrás de la puerta de la sala de tortura, mientras Casiopea volvía a la celda de Oliverio y cerraba la puerta sin hacer ruido.
    Finalmente, el turcópolo avanzó por el corredor. El humo de su antorcha ascendía hasta el techo, lamiendo las piedras negras de la bóveda. En el momento en que se acercaba a Casiopea, esta salió del calabozo de Oliverio, se lanzó sobre el guardia y le clavó el cuchillo en la garganta con un movimiento tan rápido que lo mató en el acto, sin darle tiempo a gritar. El turcópolo se desplomó, y su sangre formó un reguero en el polvo del corredor.
    – ¿Quién está ahí arriba? -preguntó Morgennes-. ¿El jefe de los falsos templarios?
    Casiopea sonrió enigmáticamente.
    – ¿No lo adivináis? Y, sin embargo, os salvó la vida -dijo con orgullo-. Es mi primo. Su tío y mi abuelo eran de la misma sangre… -añadió recogiéndose los cabellos en un moño.
    Morgennes la contemplaba, preguntándose de quién podía estar hablando.

    Taqi ad-Din Umar observaba el castillo de La Féve sin abandonar su posición, una colina de la llanura de la Baja Galilea, no lejos del lugar donde habían tenido lugar los primeros milagros de Cristo. Al-Fula, como lo llamaban los sarracenos, era a los templarios lo que el Krak a los hospitalarios: uno de los eslabones más seguros de la imponente defensa desplegada por los francos en torno a sus posesiones de ultramar; un hueso atravesado en la garganta de los sarracenos en su lucha por la reconquista.
    Hacía dos meses que Taqi recorría con sus tropas las tierras de los francos, y nunca se había encontrado frente a semejante desafío. Aunque el Yazak había realizado operaciones más delicadas en otro sentido, Taqi presentía que esta no sería como las otras.
    ¿Cuántos casales había hecho caer en dos meses? Calculaba que su número superaba la cincuentena. La mayoría habían capitulado sin combate, obedeciendo a las exhortaciones de Ridefort, que les ordenaba que no opusieran resistencia. Taqi sabía que el maestre del Temple había llegado a un acuerdo con Saladino: si Ridefort le evitaba tener que combatir para tomar los castillos más importantes de los templarios, la Espada del Islam le estaría agradecido y lo trataría con indulgencia.
    Ridefort, sin embargo, parecía encontrar un placer maligno en pedir a sus correligionarios que se rindieran. ¿Qué estaba maquinando? Taqi no habría sabido decirlo, pero apostaba a que el hombre ocultaba algún truco en su bolsa. No podían esperar nada bueno de él.
    – ¿Qué hacemos? -preguntó Tughril, el mameluco que Saladino había separado de su servicio para prestárselo a Taqi.
    – Déjame, estoy reflexionando -respondió Taqi.
    El sobrino del sultán acarició el cuello de Terrible y le habló suavemente al oído. De hecho, aquella era una especie de plegaria con la que Taqi encomendaba su alma a Dios y le rogaba que lo iluminara, pues se sentía anormalmente nervioso. «Hay yinn allá abajo», se decía observando al-Fula, que se levantaba con insolencia en la noche que empezaba. Entonces recordó las palabras del jeque de los muhalliq, Náyif ibn Adid, que lo había puesto en guardia poco antes de su partida, en Hattin.
    – Esto no me gusta nada -dijo a Terrible, como si la yegua pudiera comprenderlo.
    Luego, haciéndole dar media vuelta, anunció a sus hombres:
    – Retirémonos, esto no me inspira confianza. Mi tío (la paz sea con él) se encontrará aquí dentro de unos días con todos sus soldados. Al-Füla caerá en su mano como una fruta madura en la mano del sabio.
    – Amo -dijo Tughril-, mirad…
    El mameluco mostró con el dedo un ave que ascendía en vertical en el cielo, antes de volver a descender en picado. Taqi no podía apartar la mirada del halcón, como si tratara de descifrar en las curvas de su vuelo un mensaje codificado.
    – ¡Casiopea está aquí!
    Terrible se agitó, inclinó la cabeza y tiró de las riendas, como para incitarlo a que se apresurara.
    – ¡Vamos! -ordenó Taqi.
    Y a la cabeza de sus jinetes se encaminó hacia al-Fula.

    – Perfecto -se felicitó Reinaldo de Chátillon.
    En la ventana de la gran sala de los caballeros, el siniestro Brins Arnat, que seguía sin desmontar de Sang-dragon, observaba cómo se acercaban los falsos templarios.
    – ¡Levantad las rejas! -ordenó con voz firme.
    – ¿Las dos? -preguntó un adjunto.
    – Las dos -ordenó Chátillon.
    Al otro lado de la sala, Yahyah observaba, fascinado, un cofrecillo de oro de forma piramidal que contenía la cabeza de un hombre, una cabeza que le devolvía la mirada. De vez en cuando la cabeza abría la boca como para aspirar un poco de aire, y volvía a cerrarla en cuanto un templario se aproximaba demasiado.
    Aquel jueguecito divertía mucho a Yahyah. Aparentemente era el único que se había fijado en él. El muchacho se inclinó sobre la mesa, pretextando una súbita fatiga, y murmuró:
    – ¿Sabes hablar?
    Los globos oculares giraron en su dirección y la cabeza pestañeó dos veces.
    Yahyah, cada vez más intrigado, se dijo que aquello debía significar «sí». Entonces preguntó en un susurro:
    – ¿Qué quieres?
    La boca hizo un esfuerzo considerable, los músculos del rostro se animaron, las venas se hincharon bajo la piel como si estuvieran a punto de explotar, luego los labios pintarrajeados de rojo se separaron y una voz de una profundidad sepulcral respondió:
    – Ayuuuuda…
    – ¿Y cómo puedo ayudarte? -cuchicheó Yahyah.
    – Necesiiiito un cueeeerpo… -añadió la cabeza. Parecía que se manifestara desde el más allá de los tiempos. Luego, bruscamente, se inmovilizó. Se acercaba un guardia.
    – ¿Eres tú quien habla así? -preguntó a Yahyah.
    – ¡Síiii…! -dijo Yahyah.
    Antes de añadir, ante la mueca dubitativa del soldado:
    – Estoy cansaaaado…
    El guardia se encogió de hombros y se fue a mirar un poco más lejos, donde Femia y Masada mantenían una animada conversación.
    Una diferencia los enfrentaba. A cambio de su historia, Reinaldo de Chátillon les había propuesto tomarlos bajo su protección o dejarlos ir a donde quisieran.
    «Haríais mejor en decírmelo todo, o iréis a reuniros con vuestro antiguo esclavo en las mazmorras…»
    Reinaldo quería saber todo lo que había hecho Morgennes, por qué le había perdonado la vida Saladino, qué estaba haciendo allí con el vexillum de san Pedro. Y se mostraba igualmente intrigado por Carabas, del que uno de los pocos supervivientes de la primera guarnición de La Féve le había asegurado que era «una verdadera reliquia viviente».
    Masada trató de negociar un acuerdo un poco más favorable con Chátillon (lo que provocó que este estallara en carcajadas), y Femia se negó en rotundo a aceptar el trato: no quería que le arrebataran a Morgennes.
    Al ver que Chátillon se sorprendía por el interés que su mujer mostraba por el hospitalario, Masada explicó:
    – Ella fue quien lo compró, messire. ¿Comprendéis? ¡Es como algo suyo!
    – ¿Y vuestro? -preguntó Chátillon-. ¿Ese hombre no es nada para vos?
    – ¡Nada en absoluto, messire, os lo aseguro! -protestó Masada.
    – ¡Judas! -le gritó Femia.
    – ¡Lo aduláis demasiado! -dijo Chátillon riendo, antes de volverse hacia Masada-: Y ese Yahyah, ¿es vuestro esclavo?
    – Sí, messire -murmuró Masada a media voz.
    – ¿Por qué tanto apuro en confesarlo? -replicó Chátillon-. No hay nada malo en aprovechar los encantos de un joven… ¿No es eso lo que queríais hacer con Oliverio?
    Masada no respondió. Era evidente que ocultaba un secreto.
    – Están aquí, señor -anunció un templario blanco.
    – Bien -respondió Chátillon-. Cuando Ridefort y la Vera Cruz estén en el patio del castillo, bajaréis los rastrillos.

    Crucífera brillaba.
    Cada vez que había peligro, Crucífera brillaba. Taqi no se cansaba de mirar aquella espada, la más bella, la más equilibrada que nunca hubiera tenido en sus manos. No lamentaba en absoluto habérsela arrebatado a Morgennes, con mayor razón aún porque también Sohrawardi la ambicionaba. Nunca hubiera podido cabalgar en paz sabiendo que el amo de los yinn estudiaba la espada en busca de sus secretos. La historia estaba llena de esas hojas encantadas. Algunas tenían su personalidad, y ese era el caso de Crucífera.
    El castillo estaba ahora al alcance de la voz. Levantando la mano, Taqi ordenó el alto. Los hombres del Yakaz obedecieron instantáneamente, adoptando una posición idéntica a la de los verdaderos templarios. Luego, como había hecho ya cerca de cincuenta veces, Taqi se volvió hacia Gerardo de Ridefort y le dijo:
    – ¡A vos!
    Ridefort hizo avanzar unos pasos a su montura. Cuando estuvo seguro de encontrarse a la vista de las murallas del castillo, a pesar de la oscuridad, clamó:
    – ¡Por Nuestra Señora todopoderosa! ¡Por Cristo! ¡Nobles y buenos hermanos, escuchadme!
    – ¡Anunciaos y decid con quién queréis hablar! -dijo una voz desde lo alto del castillo.
    – ¡Soy vuestro maestre, Gerardo de Ridefort, y quiero hablar con el comendador de La Féve!
    – Hablad -dijo la voz en tono neutro, en absoluto impresionada por sus declaraciones.
    Ridefort se volvió hacia Taqi ad-Din, que había vuelto a sujetar el pomo de Crucífera para adivinar lo que sentía la espada. Taqi seguía convencido de que les estaban tendiendo una trampa. Viendo que Ridefort esperaba sus instrucciones para continuar, le hizo una discreta señal con la mano, y el antiguo maestre del Temple declaró:
    – ¡Buenos señores, en nombre de Cristo todopoderoso, en nombre de Nuestra Santa Señora y en mi propio nombre, os ordeno que abandonéis este castillo inmediatamente!
    No hubo respuesta.
    Ridefort, viendo que sus palabras no producían ningún efecto, pidió autorización a Taqi para enarbolar la Santa Cruz. En raras ocasiones había tenido que hacer uso de su autoridad. A su vista, la mayoría de las veces los templarios se rendían. Y, aunque de vez en cuando habían tenido que combatir, por lo general solían ser combates fáciles, contra guarniciones disminuidas, desmoralizadas y mal equipadas. En cada ocasión el resultado había sido una matanza.
    – ¡Por la muy santa reliquia de la Vera Cruz, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo, os ordeno que salgáis y os unáis a nosotros! ¡Es Cristo quien manda!
    En su fuero interno, Ridefort se preguntaba por qué Taqi no daba orden a sus tropas de penetrar en el castillo, ya que los rastrillos estaban levantados. ¿Temía, tal vez, una emboscada? Finalmente, viendo que nada se movía en el interior de la fortaleza, y un poco avergonzado, Ridefort dijo a Taqi:
    – Señor, no me escuchan… Creo que hay que entrar en la plaza…
    – Ahí están -respondió lacónicamente Taqi.
    En efecto, una decena de caballeros salieron a pie de al-Füla, llevando a sus caballos de la brida. Una veintena de hermanos sargentos y otros tantos auxiliares los seguían.
    Los hombres del Yazak se afanaban ya en torno a ellos para desarmarlos. El hombre que los encabezaba se acercó a Ridefort.
    – Ya no hay nadie, noble y buen maestre… De todos modos -añadió con expresión de tristeza-, no habríamos podido resistir mucho tiempo…
    – ¡He venido a liberaros! -exclamó Ridefort.
    El comendador le dirigió una mirada extraña y luego se dirigió hacia sus hombres, que se encontraban más abajo en el camino, al pie de al-Füla. Al descender, se cruzó con los soldados del Yazak, que subían hacia La Féve, donde Ridefort, Tughril y Taqi acababan de entrar.
    El grueso de las tropas del Yazak había franqueado ya la barbacana, cuando de pronto los rastrillos cayeron con un ruido infernal. El del castillo aplastó en su caída a un caballero y a su montura. El hombre y la bestia, ensartados, se debatieron con tanta energía, lanzaron gritos tan espantosos, que todos les desearon una muerte rápida. Sus movimientos desordenados no hacían más que acrecentar su suplicio. Finalmente, tras un último espasmo, dejaron de moverse.
    En el patio del castillo, Terrible se encabritó y Taqi sacó a Crucífera de su vaina. La espada brillaba con una fría luz azul. Tughril, por su parte, se esforzaba en levantar de nuevo el rastrillo.
    Los hombres del Yazak se encontraban entre dos fuegos. Los que se hallaban atrapados entre el rastrillo de la barbacana y el del castillo se veían acosados por una lluvia de flechas tan densa que el cielo parecía sólido. Los hombres se protegieron bajo los escudos, pero sus monturas se desplomaron, lo que algunos aprovecharon para ponerse a cubierto. Otros se desplazaron pegados a los muros, ocultándose tras sus defensas, y se dirigieron hacia el rastrillo del castillo para contribuir a los desesperados esfuerzos de Tughril.
    En el exterior de la barbacana, la situación no era mejor.
    Los caballeros del Temple que habían entregado sus armas a los hombres del Yazak habían cogido otras nuevas, que se encontraban ocultas desde hacía varios días al pie de al-Fula: lanzas, picas, espadas, mazas y arcos a decenas, flechas a centenas, escudos y gambesones de cuero para el caso de que les hubieran retirado la armadura, algo que los sarracenos no habían llegado a hacer. Así, el puñado de hombres de Taqi que no había podido pasar al otro lado de la barbacana se encontró cogido por la espalda por una potente carga de caballería y una granizada de flechas que dejó clavados a varios soldados allí mismo. Después los infantes acudieron a acabar el trabajo con la maza, la pica, la espada, golpeando con más vigor aún pues todos habían perdido a un hermano o a un amigo en el curso de la batalla de Hattin.
    Sin embargo, los soldados del Yazak no se amedrentaron. Aquella unidad de élite estaba acostumbrada a vivir aislada y a actuar sin la protección de las tropas de Saladino. Por eso contaba, ante todo, consigo misma. Siempre armados y en guardia, sus hombres confiaban en su coraje y su fuerza; porque su fuerza era una de sus mayores cualidades, y su bravura una segunda naturaleza.
    Trataron de reagruparse, pues, en torno a su jefe, cuya espada distinguían detrás de la reja del castillo. Parecía, por otra parte, que los esfuerzos conjugados de Tughril y de algunos sarracenos acabarían por dar resultado, ya que la reja se levantó a una altura de varias manos, permitiendo a un primer soldado del Yazak deslizarse del lado de Taqi.
    Casiopea y Morgennes llegaron justo en el momento en que Reinaldo de Chátillon, Wash el-Rafid y los maraykhát salían de la sala principal para enfrentarse a los hombres del Yazak.
    Mientras Kunar Sell causaba estragos descargando golpes con su gran hacha danesa, Wash el-Rafid apuntó a Taqi y apretó el disparador de su ballesta. Un silbido rasgó el aire: alcanzado en el brazo, Taqi había soltado a Crucífera. La espada, al saltar, había perdido su brillo, pero había resplandecido lo bastante para atraer la mirada de Morgennes.
    – ¡Por aquí! -gritó a Casiopea, mostrando a Crucífera.
    – ¡Por allí! -respondió ella, señalando a Taqi, que palidecía con una rapidez anormal.
    – ¡El veneno de los maraykhát! -exclamó Morgennes-. ¡No hay tiempo que perder!
    Aprovechándose del tumulto y del hecho de que sus ropas los disfrazaban a ojos de los templarios, Morgennes y Casiopea se precipitaron hacia Taqi, que se desplomó sobre su silla y cayó luego pesadamente al suelo. Casiopea se inclinó sobre su primo.
    – ¡Hay que ponerlo a resguardo! -gritó a Morgennes.
    Desesperado por tener que renunciar a Crucífera, Morgennes cogió a Taqi en brazos y lo llevó hacia la entrada de los calabozos. Casiopea, mientras tanto, miraba a la yegua de Taqi, rodeada por todos lados de asaltantes. El gran caballo blanco galopó coceando, derribó a los hombres y se encabritó ante ellos antes de caer con el vientre abierto por un poderoso hachazo.
    – Adiós, Terrible -dijo Casiopea-. ¡Que Dios te proteja, lo necesitarás!
    Luego siguió a Morgennes, cerró la puerta tras ellos y la atrancó con su arma, atenta a los ruidos del combate.

    De la veintena de soldados del Yazak cogidos en la trampa de la barbacana, la mitad habían podido pasar al patio del castillo. Allí combatían con sangre fría, algunos sosteniendo dos grandes escudos tras los que un camarada armado con un arco lanzaba una andanada de flechas. Su objetivo era la sala principal. Los hombres se dirigían hacia allí a paso de carga, esforzándose en moverse como un cuerpo compacto.
    Para darse ánimos, se comunicaban el número de adversarios que habían abatido y la posición de los que los reemplazaban; y por el aire volaban como disparos enjambres de cifras: «¡Tres!» y «¡Cuatro!», seguidos de «¡Cuidado, a la izquierda!», «¡Cuidado, a la derecha!». Aquellas palabras les infundían nuevo coraje, y Tughril descargaba su espada redoblando los golpes contra los yelmos de los templarios, hendiendo cráneos, reventando bacinetes, perforando cotas de malla y abollando escudos.
    Los soldados atravesaron la gran sala, dejando en ella a un buen número de los suyos, y alcanzaron la barbacana. Una vez que se hallaron en la habitación desde la que se manejaban los rastrillos, comprobaron con horror que estos ya estaban abiertos. Habían querido procurarse una salida, ¡pero los templarios habían permitido que los compañeros que habían quedado en el exterior pudieran entrar!
    Reagrupando sus fuerzas, sin perder el ánimo, los hombres de Taqi bloquearon las cadenas de los rastrillos en posición elevada y, con la ayuda de sus armas, abrieron un camino de vuelta.
    Pocos de entre ellos sobrevivirían, y lo sabían. Pero eso no les impedía combatir heroicamente, porque se habían preparado para morir como mártires para los que, según decía el Profeta: «El golpe de un arma es menos temible que la picadura de una hormiga, y más deseable que el agua dulce y fresca en un ardiente día de verano».
    Por eso, cuando vieron adelantarse hacia ellos al terrible Reinaldo de Chátillon, montado en Sang-dragon, muchos se lanzaron al combate pensando en el demonio. Su presencia era a la vez insólita y horrible. Tughril fue el primero en abalanzarse sobre él, pero Reinaldo lo mató con un poderoso mandoble, que hendió a la vez su escudo y su brazo, antes de partirlo en dos.
    – ¡De parte de Sohrawardi! -exclamó, y se lanzó contra otro adversario.

    Morgennes había anudado un trozo de keffieh en torno al brazo de Taqi, cuyo estado, por fin, se había estabilizado. Luego, un par de vigorosas bofetadas asestadas por Casiopea ayudaron a su primo a recobrar el conocimiento. Taqi los había observado sin comprender. Entonces le explicaron lo que había ocurrido. Cada uno de ellos ardía en deseos de hacer preguntas a los otros dos, pero no tenían tiempo para aquello. Los tres cómplices habían decidido salir de los calabozos e ir a apoyar a sus camaradas. Luego interrogarían a Simón: «¿Quiénes eran esos famosos templarios blancos? ¿Por qué Wash el-Rafid combatía con ellos? ¿Y cómo se explicaba que Chátillon estuviera vivo todavía?». Cuando estuvieron dispuestos, salieron de las mazmorras, bajo la mirada inquieta de Simón, que temía más por Casiopea que por su vida.

    El patio del castillo tenía un aspecto propio del fin de los tiempos.
    Al lado de Morgennes, el cadáver de un caballo le recordó el campo de batalla de Hattin. Más allá, los cuerpos de los soldados del Yazak y de los templarios, la mayoría con la cruz roja y el manto blanco, se encontraban entremezclados de tal modo que no se podían diferenciar. Sondeando las tinieblas con la luz de su antorcha, Taqi, Morgennes y Casiopea buscaban, cada uno, una cosa diferente.
    Taqi iba en busca de Terrible y de supervivientes del Yazak, mientras que Morgennes solo pensaba en Crucífera y en la Vera Cruz. Casiopea, por su parte, estaba al acecho. Escrutaba el cielo en busca de su halcón, mientras registraba los menores rincones en sombra para asegurarse de que ningún enemigo se ocultaba en ellos.
    Pero no había ni rastro de todo aquello.
    – Deberíamos echar una ojeada a la sala principal -propuso Casiopea.
    Los dos hombres asintieron. Mientras se dirigían a la escalera, escucharon un relincho tras ellos.
    – ¡Terrible!
    Taqi se puso pálido como un fantasma.
    La desgraciada yegua se enredaba las patas en sus entrañas. Al desplazarse se movía con una torpeza que provocaba lástima. Al ver a Taqi desde el lugar donde se había tendido para morir, el animal se había levantado para acercarse a él. Pero su encuentro sería de corta duración. Cada paso de la yegua era una tortura que, si bien aceleraba su agonía, la hacía sufrir un poco más.
    – ¡Terrible! -exclamó su dueño, conteniendo un sollozo.
    Taqi se acercó a la yegua, le puso la mano en la frente y hundió los dedos en sus crines. El animal tenía los ojos húmedos y parecía suplicarle algo; mientras frotaba su cabeza contra la de su amo, lamiéndole la cara con la lengua ensangrentada y cubriéndolo de besos con sus labios lastimados.
    Sin dejar de acariciar a Terrible ni de hablarle al oído, Taqi cogió con su mano libre un largo puñal de hoja curvada que llevaba a la cintura y, con un rápido gesto, le cortó la garganta. La yegua se desplomó sobre sus patas delanteras, luego sobre las traseras, se levantó con un brinco furioso y murió.
    Taqi ya no se movía. Se había arrodillado junto al cuerpo de Terrible y recitaba una oración. Morgennes y Casiopea lo escucharon en silencio.
    Cuando hubo terminado, se dirigieron a la sala de los caballeros.
    En un rincón, Femia lloraba a lágrima viva, apretando a Babucha contra su pecho. Al olfatear a Morgennes, la perra corrió hacia él para hacerle fiestas. Morgennes se dio cuenta entonces de que el animalito estaba cubierto de sangre, aunque no tenía herida alguna. Aquella, por tanto, no era su sangre: era la de Femia, que había recibido una puñalada en el pecho.
    – ¿Qué ha ocurrido? -le preguntó Morgennes, mientras Casiopea trataba de ayudarla.
    – ¡Han muerto, o se han ido, todos! -respondió Femia sollozando.
    – ¿Y Masada? ¿Y Yahyah?
    – Yallah! -exclamó Femia, haciendo un gesto con la mano.
    – ¿Dónde? -insistió Morgennes. Femia señaló a la perra.
    – Ella lo sabrá. Ella te conducirá hasta ellos. Pero hay que apresurarse…
    – ¿Se han ido con la Vera Cruz?
    – No. Reinaldo de Chátillon se ha apoderado de la cruz… ¡Morgennes! ¡Llévame contigo! ¡No me dejes sola!
    – Estoy aquí, estoy aquí -dijo Morgennes, apretándola contra su pecho…
    – ¿Se han llevado un cofre en forma de pirámide, con una cabeza en su interior? -preguntó Casiopea.
    – Mi marido la cogió -respondió Femia-. Y a Crucífera también… Y a Yahyah… Han ido a donde él va siempre, al desierto, al este… Donde paga sus remedios a precio de oro…
    – ¿Dónde es eso?
    – En el oasis de las Cenobitas. Babucha, lo encontraréis gracias a Babucha. Ella seguirá la pista del niño, siempre la llevaba en brazos. ¡Pero daos prisa, porque lo matará!
    Durante un breve instante, la mujer cerró los ojos. Morgennes creyó que había muerto. Se levantó, pero Femia lo sujetó.
    – ¡Morgennes, llévame! ¡No quiero quedarme aquí! Toma…
    Con mano temblorosa, Femia se sacó de los dedos, de las manos, del cuello, la joya en forma de palmera y todas las que los hospitalarios le habían dado como compensación por la compra de Morgennes.
    – Cógelas -dijo-. No las pierdas… Sobre todo, di a mis hermanas que lamento haberlas dejado…
    Un estertor la obligó a callar. Morgennes cogió las joyas, la levantó y la llevó al patio.
    Había caído la noche.
    Taqi había sacado de las cuadras una decena de caballos, entre los que se encontraba Isobel.
    Morgennes miró a Femia. Estaba muerta. Esperó un poco, como resistiéndose a abandonarla; luego la depositó en el suelo y volvió a ponerle todas sus joyas, con excepción de la palmerita, la única que ya tenía en Damasco. A continuación fue a buscar a Simón y lo obligó a cavar varias tumbas. Cuando hubo acabado de enterrar a Femia, Tughril, Terrible y los otros, Morgennes tomó al joven templario bajo su protección; Simón había prometido que se mantendría tranquilo y que les diría todo lo que quisieran saber.
    Pero la información más importante la proporcionó Taqi. Morgennes dudaba entre seguir a la perrita, que parecía querer ir al este, y perseguir a los templarios, cuyo rastro apuntaba al sur y a Jerusalén. Taqi lo disuadió de perseguir a Chátillon.
    – ¿Por qué? -preguntó Morgennes.
    – Porque él no tiene la Vera Cruz.

LIBRO III

Memento finis

    («Piensa en tu muerte»; «Piensa en tu fin»)
    Divisa de los templarios

19

    La Verdadha llegado, el error ha desaparecido. ¡El error debe desaparecer!
    Corán, XVII, 81

    Galopando sin tregua ni descanso, agotando a sus monturas, cubrieron a la velocidad de los yinn distancias extraordinarias. No se dirigieron hacia oriente ni hacia el mediodía, sino hacia el norte, conforme a las indicaciones de Taqi.
    – ¿Sabes? -le había dicho a Morgennes-, mi tío (la paz sea con él) nunca hubiera corrido el riesgo de confiarme lo que vosotros, los dhimmi, llamáis la Vera Cruz. No porque en mis manos pudiera correr un peligro mayor que en las de otro, sino porque pensó que era preferible ponerla a resguardo de todas las manos, fueran cuales fueran.
    Morgennes le preguntó entonces dónde había escondido Saladino la Santa Cruz.
    – No debería decírtelo, pero, como me has salvado la vida, te responderé: nunca se ha movido de su sitio. Por otra parte, mi tío pronto volverá a buscarla…
    – ¿Qué quieres decir con eso?
    – Sencillamente lo que acabo de decir: nunca se ha movido. Y, como te he prometido, te conduciré hasta lo que vosotros llamáis la Vera Cruz.
    Morgennes, irritado por la manía de Taqi de llamar a los cristianos «vosotros», le espetó con cierta brusquedad:
    – ¿Qué diferencia estableces entre «la Vera Cruz» y lo que «nosotros» llamamos la Vera Cruz?
    – Es bien evidente -respondió Taqi-.Vosotros, los dhimmi, inventáis cerraduras para casas que no tienen puertas y, cuando alguien llega con una llave falsa, os extrañáis al ver que se abren.
    – ¿Podrías, por favor, ser un poco más claro?
    – Es muy sencillo. La cruz truncada que os arrebatamos en Hattin se componía de dos partes: el relicario y el travesaño en que Jesucristo fue crucificado. Yo partí con el relicario, y el travesaño se quedó en Hattin. Después no resultó muy difícil colocar un pedazo de madera de sicómoro en el interior del relicario y engañar a los pocos templarios que quedaban, felices por tener una buena excusa para rendirse. Fue un juego de niños. Como decimos nosotros: «Muchas astucias valen más que una tribu». Pero todo esto solo fue posible porque el Altísimo así lo quiso, ¿comprendes, dhimmi?
    Morgennes comprendía. Sí, comprendía perfectamente. Sin saber muy bien por qué, redujo el paso y dijo a Taqi:
    – Deja de llamarme dhimmi. Sabes muy bien que he renegado de mi fe para abrazar la tuya…
    – ¿Sabes lo que decimos nosotros? -replicó Taqi-. «Besa la mano que no puedas morder.» Tengo un gran respeto por ti, dhimmi, pero no me pidas que crea en tu conversión. Tal vez hayas conseguido engañar a los míos, tal vez hayas conseguido engañar a los tuyos y tal vez hayas llegado a engañarte a ti mismo, pero a mí no me has engañado. No he olvidado tus palabras, dhimmi: «Dios no se rinde nunca». Eras tú quien tenía razón. Tu Dios no se ha rendido: ¡os ha abandonado!
    Dicho esto, se alejó en compañía de Casiopea, dejando a Morgennes con Simón.
    – ¿Qué ha querido decir? -preguntó este.
    Morgennes le dirigió una mirada glacial.
    – Solo esto: la Vera Cruz nunca ha salido de Hattin.
    Simón reprimió un escalofrío, como si volviera a ver pasar ante él días enteros consagrados a la adoración de un falso Dios. En cuanto a Morgennes, de hecho no había respondido a su pregunta, de modo que precisó:
    – Noble y buen sire, perdonadme, pero ¿fue sincera vuestra conversión?
    – Así lo creía -dijo Morgennes-.Ahora ya no lo sé.
    Simón no insistió. E hizo bien, porque Morgennes se encontraba de un humor sombrío. A decir verdad, su conversión a la fe mahometana, aunque sincera en el momento -o, mejor dicho, aceptada, consentida-, tenía algo de artificial. Morgennes se daba perfecta cuenta de ello. Pero ¿qué otra cosa podía hacer, si quería servir a Dios y cumplir su misión hasta el final, si no era renegar de sí mismo? Había traicionado, sí, se había condenado, sin duda, pero lo había hecho por Dios, por Dios únicamente. Aunque debiera pagar el precio.
    Morgennes se sentía un poco confuso, y su turbación no dejaba indiferente a Simón: para él, los hombres se dividían en valientes y pusilánimes, pero Morgennes no parecía pertenecer a ninguna de las dos categorías.
    Taqi, con sus palabras, había devuelto a Morgennes a su camino. Se habían acabado las ilusiones, la idea de que todo podría ser preservado, su inocencia y su misión, su fe en Dios, su lugar en el paraíso. Oh, su lugar en el paraíso. ¡Lo hubiera cambiado al instante por la Vera Cruz si hubiera podido! ¿Y no era eso lo que había hecho? Entonces, ¿qué importaba que actuara, que razonara, por orgullo… si al final encontraba la Vera Cruz?
    Seguiría siendo mahometano mientras Saladino no lo desligara de su juramento. Seguiría buscando la Vera Cruz, tal como había prometido a Alexis de Beaujeu, y sobre todo tal como se lo había prometido a sí mismo cuando había visto pasar la montura de Rufino en el campo de batalla, en Hattin.
    Decididamente, siempre volvía a aquel funesto combate en el que la muerte lo había esquivado en varias ocasiones, donde había sido -para su gran vergüenza- el último soldado en rendirse, y donde había renegado de su fe. ¡Cuántas pruebas atravesadas desde entonces, cuánto camino recorrido! Morgennes tenía la impresión de vivir una pesadilla.
    – ¿Qué hacemos ahora? -preguntó Simón, que ya se impacientaba.
    – ¿Qué quieres hacer? -dijo Morgennes.
    Simón esbozó un gesto en dirección a las dos siluetas que cabalgaban a lo lejos. Cierto, una era Casiopea, pero desde que habían salido de La Féve no le había dirigido una palabra, ni una mirada, y solo parecía preocupada por su halcón.
    – Están lejos, podemos irnos -soltó, desesperado, sabiendo que eso significaba abandonar a Casiopea.
    – ¡Y dejar la Vera Cruz! -se indignó Morgennes.
    – ¡ La Vera Cruz! Soy el primero en querer encontrarla, pero volveremos más tarde, con un ejército.
    – ¿Con cuál? ¿Con el de Conrado de Montferrat, que no quiere moverse de Tiro? ¿Con el de los hospitalarios, en plena recomposición, o con el del Temple, diezmado? Te recuerdo que las fuerzas del reino fueron completamente masacradas en Hattin.
    – ¡Quedan los templarios blancos! -exclamó Simón.
    – Los templarios blancos… -Morgennes lanzó un suspiro-. ¿Puedes decirme qué esperabas encontrar entre ellos? ¿No te bastaba ser un manto blanco? ¿Necesitabas más? ¿Y si te dijeran que los templarios blancos son una sociedad secreta creada según el modelo de los nizaritas?
    – ¿Y qué sabéis vos de eso? -replicó Simón-. ¡Si ni yo sé nada!
    – ¿Ah, no? Y ese hombre, con su ballesta…
    – ¡El enviado del santísimo padre! -se indignó Simón-. ¿Cómo os atrevéis…?
    – ¿Que cómo me atrevo? Simplemente, planteando preguntas, mostrándome curioso. Y no creo que sea un pecado. Solo lo es para las personas a las que molestan estas preguntas. En el fondo, supongo que no sabes gran cosa de los templarios blancos. Por otra parte, tampoco debes de saber demasiado sobre el Temple.
    – ¡Conozco la regla!
    – Desde luego. Estoy seguro de que te la sabes de memoria. Pero ¿conoces su historia?, ¿sus principios, sus costumbres, sus errores, sus defectos, sus zonas de sombra y de luz? ¿Sabes lo que son un templario, un hospitalario o incluso un nizarita?
    – Los dos primeros son soldados de Cristo. El otro es un ismailí, es decir, un mahometano que no se reconoce en el poder que tiene su sede en Bagdad.
    – ¿Y eso qué significa? ¡Palabras! ¡Solo palabras! ¡Palabras y más palabras, palabras y plegarias, palabras, cantos, responsos, oraciones y qué sé yo qué más! ¡Palabras y viento! No es difícil hablar. En lo que a mí se refiere, ser un soldado de Cristo es obedecer a Cristo, responder a su mensaje, que es ante todo un mensaje de amor, y servirlo, ¡a Él antes que al Temple, al Hospital o al Papa!
    – Blasfemáis -protestó Simón-. Os recuerdo que el Papa es el vicario de Cristo, que estamos a sus órdenes y que san Bernardo nos dio una regla, no muy alejada de la vuestra, que nos preserva del pecado de homicidio y nos mantiene en el recto camino.
    – Que tú acabas de abandonar al venir con nosotros -indicó Morgennes en tono cansado.
    – No más que vos al abjurar -replicó Simón.
    Morgennes no respondió. Desde hacía dos meses lo había abandonado todo, su alma, su fe, su honor y a los suyos, por una sola razón: encontrar la Vera Cruz. Estaba cansado de combatir, cansado de tener que explicarse y justificarse ante personas que no entendían nada de aquello. Para acabar, dijo a Simón:
    – Haz lo que quieras. No tengo ganas de considerarte como un enemigo ni como mi prisionero. Si quieres ser mi escudero, te acepto a mi servicio. Si quieres irte, vete. Pero, si quieres seguirme, has de saber que por ahora confío en Taqi. Aunque con ello deba perder, un poco más aún, mi honor, mi alma y mi vida.
    Simón estaba perplejo. Tenía la extraña sensación de encontrarse en falta. Sin embargo, era él quien estaba en lo cierto, ¿no?
    Aquel hombre, no sabía cómo decirlo…, decididamente no era como los otros.
    Es verdad que no era la primera vez que Simón se encontraba confundido de aquel modo. Antes de Morgennes, sus hermanos, y luego Wash el-Rafid y Reinaldo de Chátillon, habían dejado en él su huella. Pero Morgennes era, entre todos, el más enigmático, el más sorprendente. En cierto modo, todos tenían rasgos comunes. Hablaban poco, actuaban con rapidez y determinación, y cada uno de ellos proyectaba la imagen de una personalidad fuerte, incorruptible. Pero en el caso de Morgennes existía una fisura. Y aquella fisura había emocionado a Simón.
    Llevado por un terrible presentimiento, sintiendo que las lágrimas le asomaban a los ojos, dijo simplemente:
    – Acepto seguiros.
    – Me alegro de ello -dijo Morgennes.
    Y ambos espolearon sus monturas para alcanzar a Casiopea y Taqi. Aunque ya no podían ver sus caballos, todavía podía leerse el rastro de su paso en el suelo, en las bostas y las huellas de herraduras.
    – ¿Me diréis por fin cómo murió mi hermano? -preguntó Simón.
    – Pidió a Dios que le perdonara sus faltas y lo acogiera en su casa-respondió Morgennes-. Y estoy seguro de que está en ella ahora. Pero un poco antes de morir dijo una frase en latín: Gloria, laus…
    – … et honor Deo in excelsis! Fueron las últimas palabras que pronunció nuestro padre cuando nos encargó una misión, a nosotros, sus cinco hijos, para determinar quién sería más digno de ser su heredero.
    – ¿Una prueba?
    Simón respondió con una sonrisa:
    – Nos encargó que le lleváramos la Vera Cruz.
    – ¿No le bastaba un fragmento?
    – Tendrá que conformarse…
    – ¡Esperémoslo!
    Casiopea, profundamente marcada por las pruebas que había soportado, casi no decía palabra, como si estuviera obsesionada por algún misterio. En cuanto a Taqi, echaba de menos a Terrible; además, la yegua en la que ahora cabalgaba no tenía la potencia ni la resistencia de su compañera de tantos años.
    – Si hay un paraíso para los humanos -decía a Casiopea-, tiene que haber uno para los caballos como Terrible. Valía más que muchas personas a las que he conocido…
    Casiopea no escuchaba a su primo. Se sentía feliz por haberlo encontrado, y se alegraba de que la hubieran arrancado de las garras de los templarios, pero se planteaba algunas preguntas acerca de Morgennes. Porque era a él a quien buscaba. Ahora estaba segura. Y pronto se lo diría. Había llegado el momento de volver a Francia, y para Morgennes, de abandonar las órdenes. Lo que no debía ser difícil de conseguir: el Hospital ya le había entregado la carta de exclusión. Sin embargo, Morgennes era tan imprevisible… ¿Quién podría decir lo que haría dentro de un año, de un mes o al día siguiente?
    Casiopea, por su parte, ni siquiera habría apostado por la hora siguiente. No porque Morgennes fuera un veleta, sino porque su destino escapaba a los hombres. Como todo el mundo, Morgennes buscaba algo. Ella no habría sabido decir qué, pero tenía el convencimiento de que lo perseguía con tanta avidez, ambición y pasión como los que se agotaban corriendo tras la gloria, las mujeres, el poder o el dinero. Si Morgennes parecía inconstante, era porque no se veía el camino por el que transitaba. De hecho, estaba claro que caminaba solo, dramáticamente solo.

    Las llanuras, las casas, los campos y los huertos abandonados se sucedían, devastados por completo. Finalmente, cuando las cumbres del monte Tabor se difuminaban tras ellos, una gran llanura dorada se extendió hasta el horizonte. Sus monturas levantaban en ella un fino polvo claro, más pálido aún que la arena del desierto. El polvo volaba con el viento, que empezó a soplar, primero suavemente y luego cada vez con más fuerza. Al elevarse, se pegaba al pecho de los caballos, se aglutinaba sobre sus flancos, se deslizaba entre las mallas y los pliegues de las ropas de los cuatro jinetes. En cuanto a Babucha, prácticamente había desaparecido en un torbellino de arena. Por eso Morgennes la levantó como a un gato, por la piel del cuello, para sentarla sobre su silla contra él. Casiopea y Taqi habían reducido la marcha, e invitaron a sus compañeros a imitarlos. Avanzaban con sus monturas tan pegadas unas a otras que un animal no hubiera podido escurrirse entre ellas. Para franquear aquellas vastas extensiones de tierra, tuvieron que cabalgar el doble de tiempo que para llegar a ellas. Pronto los abrasó la sed. Pero beber hubiera sido inútil, ya que a cada trago podía sucederle una bocanada de arena. Lo mejor era continuar, con el rostro protegido por una keffieh.
    Si hacía falta, se detendrían.

    Aquel extraño viaje los llevó no lejos de Tiberíades. El viento los había depositado en las orillas del lago. Al oeste, los montes escarpados de la colina de Hattin se escalonaban hacia el cielo, encuadrando el pequeño monumento construido por Saladino para celebrar su victoria.
    Los cuatro jinetes desenrollaron sus keffieh y las sacudieron en la brisa de la tarde para expulsar la arena; luego se fueron a beber al lago, donde unos meses antes había acampado el ejército de Saladino. A continuación Taqi se lanzó en dirección a los Cuernos de Hattin, haciendo amplios gestos con el brazo para llamar a Morgennes.
    – ¡Por aquí, dhimmi, por aquí!
    Morgennes espoleó a Isobel, temblando a la vez de excitación y de miedo. Se preguntaba si era posible que por fin se encontrara tan cerca de la meta. ¿No iba a engañarlo Dios una vez más, como lo había engañado tantas veces, allí mismo, jugando con su sed y con su vida?
    – Hay que cavar allá -indicó Taqi.
    Y señaló una superficie de tierra blanda, no lejos de un macizo de adelfas. Morgennes contempló el terreno un breve instante y volvió la mirada hacia el lugar de la batalla, donde numerosos montículos de huesos blanqueados formaban un curioso paisaje. Desde abajo no los había visto, pero desde aquellas alturas se hubiera dicho que eran cráteres, un sembrado de manchas y de costras que daba a la llanura un aspecto lunar. Numerosos cuerpos parecían intactos y otros estaban resecos. Pantorrillas que ya no tenían pierna salían de calzas hechas jirones; esqueletos con la caja torácica hundida habían sido vaciados por los buitres y por enjambres de gruesas moscas. Sus huesos rotos brillaban al sol, como una maraña resplandeciente en medio de la arena. En algún lugar, entre ellos, se encontraban sus antiguos compañeros, y también Arnaldo de Roquefeuille, al que Simón buscó llamándolo por su nombre.
    Dejándose caer de rodillas más que arrodillándose, Morgennes empezó a escarbar en el suelo, primero con las manos y luego con ayuda de su cuchillo. Simón, Casiopea y Taqi lo ayudaron. Cavaron con una mezcla de impaciencia y de precaución bajo la asombrada mirada de Babucha, que descansaba, con la lengua colgando, a la sombra de la gran cruz donde habían crucificado a Reinaldo de Chátillon.
    Finalmente Morgennes tropezó con su cuchillo con algo que parecía madera, despejó el conjunto con las manos y sacó de la tierra una plancha con una longitud de un poco más de seis palmos por uno de anchura.
    – ¡ La Vera Cruz!
    Simón lloró, derramando abundantes lágrimas sobre la Santa Cruz, que Casiopea miraba con aire indiferente. Morgennes se levantó y abrazó a Taqi.
    – Verdaderamente eres la persona más noble que conozco. ¿Cómo podré agradecértelo?
    – Soy yo quien te da las gracias -respondió Taqi-. Porque nos haces un favor inmenso, dhímmi. Mi tío (la paz sea con él) no se equivocaba: la Vera Cruz os divide más de lo que os une. Ahora los templarios y los hospitalarios pelearán hasta que no quede ninguno para saber quién la ha encontrado realmente…
    – ¿Cómo? -saltó Morgennes-. ¡No me dirás que no es esta!
    Taqi suspiró. Luego cruzó los brazos y se apoyó contra la chambrana de piedra del pequeño monumento.
    – Entra conmigo, ¿quieres? Hoy dormiremos aquí. La noche trae consejo.
    – Yo no dormiré. Quiero pasar la noche rezando, junto a la Vera Cruz.
    – ¿Ya no tienes la fe verdadera?
    – Sí -dijo Morgennes-. Pero ya no es la tuya.
    – Mi tío no te ha desligado de tu juramento. ¿Renegarás de tu palabra?
    Morgennes no respondió nada. Su mirada se perdió en la llanura de Hattin, pasó de montículo en montículo y luego se dirigió a la gran cruz del monumento de Saladino.
    – Vosotros también erigisteis esta cruz -dijo.
    – Tal vez -convino Taqi-. Pero no la adoramos. Era para matar a uno de los tuyos e infligirle el justo ca