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El barco de los grandes pesares

El barco de los grandes pesares

Аннотация

    Vlado Petric, un ex policía en el Sarajevo desgarrado por la guerra, tiene que dejar su tierra para reunirse con su esposa y su hija en Alemania, donde se gana modestamente el sustento como trabajador de la construcción en las obras del nuevo Berlín.
    Una tarde, al volver a casa después de la jornada laboral, un enigmático investigador estadounidense le está esperando en el pequeño apartamento familiar. El investigador, Calvin Pine, enviado por el Tribunal Internacional para Crímenes de Guerra en la ex Yugoslavia, solicita a Petric que viaje a La Haya. Petric acepta sin titubear cuando Pine le dice que están siguiendo a un pez gordo: uno de los hombres a los que consideran responsables de la terrible matanza de Srebrenica.
    Lo que Petric no sabe es que lo están utilizando como cebo para descubrir a un asesino de la generación anterior, un hombre cuyas actividades en la Segunda Guerra Mundial hacen que los asesinos de ésta parezcan aficionados.


Dan Fesperman El barco de los grandes pesares

    Traducción de Fabián Chueca
    Título original: The Small Boat of Great Sorrows
    © 2003, Dan Fesperman
    Para Emma y Will,
    presidentes de la junta directiva
    La Media Luna y la Cruz, símbolos magníficos;
    reinan en los reinos de los cementerios.
    Si tras ellas vamos por el río ensangrentado,
    navegando en el barco de los grandes pesares,
    debemos honrarlas, a una o a otra.
    Del poema épico serbio
    La corona de montañas,
    PETAR PETROVIC NJEGOS, 1847

PRÓLOGO

BOSNIA ORIENTAL

    Cuando fueron a detenerlo el general estaba limpiando sus botas, un hombre metódico hasta el final. Eso era al menos lo que los soldados contarían a sus superiores y a los periodistas, tras haber encontrado las botas encima de la cama junto a un trapo sucio, el olor a betún todavía intenso en el aire.
    Aquella mañana había llovido, y cuando los soldados comenzaron a apostarse entre los árboles un par de horas antes del amanecer, el general estaba dormido. Arrullado por el húmedo repiqueteo sobre el tejado de su búnker, soñaba con marchar, con un desfile nocturno que pasaba ante él: sus hombres, los hombres de ellos, los hombres de todos, al parecer, los muertos y los heridos en sus filas. Se cubrían con ropa de cama, advirtió sobresaltado, y sus pies removían nubes de polvo que cubrían su piel de un gris terroso. Quiso apartar la mirada, pero no pudo, hipnotizado por el pesado avance de aquellos pies, una fila tras otra de todos aquellos a quienes alguna vez había mandado o combatido.
    La lluvia que caía sobre su tejado aflojó. Las legiones sonámbulas se desvanecieron. Y cuando sonó la pequeña alarma de su reloj de pulsera, unos minutos después, a las cinco de la mañana, el general se despertó con sabor a polvo en la boca. Se levantó de la cama y fue a beber agua, directamente del grifo, como si estuviera vivaqueando en el campo, agachado ante la fuente de una granja.
    La luz gris del espejo le devolvió la imagen de un rostro demacrado con bolsas debajo de los ojos, profundas arrugas enmarcando una papada colgante. La barba comenzaba a aparecer. Con suerte sería una barba en toda regla al cabo de una semana, aunque no podía saberlo con certeza, porque nunca se la había dejado crecer. Tenía una frente alta y prominente, coronada por una mata de pelo gris que necesitaba un recorte, peinada hacia atrás y que olía a la pomada que siempre perfumaba su almohada. Pero el rasgo más llamativo eran sus ojos de color azul grisáceo, tan claros y fríos como las piedras de un arroyo, ojos que podían transmitir cólera o dar órdenes sin necesidad de pronunciar palabra alguna. Unos «ojos de mando», como los había llamado un coronel, que habían contemplado el ir y venir de decenas de ofensivas antes de que las armas callaran casi tres años atrás. No fue hasta más tarde, con la calma de los tiempos de paz, cuando gente que no era de allí decidió que su ejército había infringido las reglas, unas reglas hechas en otros países, donde nadie conocía los miedos y las historias que regían el suyo. Y en algún lugar, él lo sabía, en una sala con mapas y gráficos y archivadores con más información que cualquier orden de batalla, otros seguían combatiendo en su guerra. Seguían evaluando sus movimientos y sus órdenes, chascando la lengua y negando con la cabeza, utilizando una lógica sosegada para la que nadie había tenido jamás tiempo en plena batalla.
    Recordó el calor de aquellos cinco días que ahora eran objeto de aquel escrutinio, la dureza de los caminos con las suelas desgastadas por cuatro años de andar de un lado para otro. Las cigarras cantaban entre la maleza espinosa mientras sus hombres vadeaban la espesura de matorrales y árboles bajos, llamándose unos a otros, y también al enemigo. La ciudad del valle oriental, que durante tanto tiempo fue un problema, había caído, por fin, después de meses de punto muerto, reventando como la correa gastada de un motor agotado, y durante la primera noche miles de enemigos aterrorizados se habían internado en el bosque formando una larga y sinuosa columna en la oscuridad. Por la mañana corrían, un rebaño suelto cuyo único guía era el miedo, y su ejército se sumó a la persecución como si fuera una cacería, en medio del incesante tableteo de los disparos.
    Le había asombrado la habilidad de sus hombres, un ingenio tosco que florecía en la euforia de la persecución. Algunos llevaban en la cabeza cascos azules -la marca de fábrica de los «pacificadores» de la ONU- y atraían a los que se escondían en los árboles, gritando por los altavoces, prometiendo protección, comida, agua, una cama donde dormir. Otros se desplazaban lentamente en camiones hospitales por los senderos del campo, pasaban delante de manchas de bosque y hacían señas a los heridos para que salieran de su escondite. Nosotros os curaremos. Os salvaremos. Entregaos y poned fin a la lucha. Funcionó con más frecuencia de lo que él habría creído.
    Los caminos estaban secos. No había dónde llenar la cantimplora, y el polvo era tan denso que al anochecer del tercer día él y sus hombres estaban sucios, fantasmales en su blancura. Demasiado cansados para lavarse, dormían donde se detenían y tragaban polvo en su sueño, que por la mañana se había convertido en el sabor de la muerte, así que se enjuagaban y limpiaban con tragos de brandy, pasándose las botellas por la fila. Se obnubilaban con la euforia del alcohol y la promesa de otra persecución fácil; más combates que pondrían fin a aquella guerra. Acaba con cien hijos suyos y salvarás a cien hijos tuyos. Era una fórmula antigua, cerrada al debate. Con un poco de suerte acabarían con aquellos cabrones en una generación. Así que volvían a los caminos y entre los árboles, y montaban los cargadores de sus armas, un sonido que hacía moverse la sangre.
    Cuando terminaba el último día llegó un mensajero con nuevas órdenes, y el general escogió a cincuenta de sus mejores hombres para dirigirse a una fábrica vacía a diez kilómetros hacia la retaguardia. Las tripas arrancadas de la maquinaria se oxidaban entre las altas hierbas en la parte delantera, y en el gran edificio resonaban voces, un sonido hueco salía por las altas ventanas. Cientos de enemigos estaban en el interior, extraviados y entregados, hombres y niños, con los ojos encendidos por el miedo y el agotamiento. El general entró despacio y estuvo a punto de sentir náuseas a causa del hedor, el sudor, la mierda y la mugre mezclados con los olores a metal y a aceite lubricante de la fábrica. El ruido también era insoportable, como los lamentos de terneros recién nacidos. Sus tropas formaron un cordón junto a uno de los muros, cerca de las grandes puertas corredizas, mientras un oficial con boina negra acompañaba al general hasta el extremo opuesto. Subieron a una pasarela levantada sobre un armazón de acero, cubierta de poleas y cadenas, y cuando el general se elevó a una altura desde la que podía ser visto, el ruido de la multitud pareció elevarse con él, una oleada de ecos que imploraba de forma incoherente su clemencia.
    – Escúchelos, general Andric -gritó el oficial de la boina, haciendo oír su voz por encima de la barahúnda-. Deben de pensar que es usted el lord gran ejecutor.
    El general miró fijamente a aquel hombre, examinando su cara picada de viruela. Apestaba a brandy, y una bandolera con munición le cruzaba el torso como un fajín, un alarde arriesgado por simple lucimiento. La boina ladeada se había desteñido y era marrón por un lado. Popovic, así se llamaba. Branko Popovic. Iba por libre. No rendía cuentas a nadie. Aquel hombre sabía combatir, a su manera. Era capaz de conquistar una población, limpiarla y seguir su marcha, y se sabía que de aquel lugar no volvería a proceder jamás una amenaza para los flancos. Pero sus métodos eran, en el mejor de los casos, poco ortodoxos, y el general guardaba las distancias siempre que podía, aunque últimamente le resultaba difícil. Desde su punto de vista, sus destinos se habían enredado demasiado.
    La multitud se tranquilizó al cabo de más o menos un minuto, los hombres se empujaban, sentados o en cuclillas en el suelo manchado de aceite, agotados después de cinco días bajo el calor. Los rostros quemados por el sol se volvieron hacia él como si se dispusiera a pronunciar un discurso, y él miró a algunos a los ojos, y vio hijos y padres, con las manos ásperas de los labradores y los empacadores de heno, la gordura de los tenderos. Muchachos que necesitaban una regañina y mano firme.
    Titubeó un instante, y Popovic debió de notarlo, porque enseguida apareció a su lado, con el arma lista. El coronel Popovic, eso era, aunque Dios sabe de dónde venía la graduación. Las profundas cicatrices de acné y la voz ronca. Dos días antes el general lo había visto en una aldea en llamas con una columna de hombres que reían, con los brazos cargados de equipos estereofónicos, aparatos de televisión, botellas de whisky. Algunos trasportaban sacos repletos a la espalda, como Papá Noel, con las mejillas cubiertas por el incesante polvo.
    – Si nos los cargamos ahora, señor, nunca más tendremos que combatir contra ellos -exhortó Popovic-. Acabemos de una vez, señor.
    Al general le entraron ganas de reírse de todos aquellos «señor», como si de pronto Popovic se considerase un soldado de verdad y ésa fuera su forma habitual de combatir. Por un momento, la insolencia de aquel hombre fue más desagradable que pensar en la muchedumbre que esperaba a sus pies. Pero las órdenes eran claras, así que asintió con la cabeza sin volverse, sin dar a Popovic la satisfacción del reconocimiento verbal.
    Los hombres que estaban debajo debían de estar esperando una señal, porque comenzaron a ponerse de pie, con los ojos en blanco, presas del pánico. Los padres agarraron a sus hijos, y los gemidos se reanudaron. Los hombres más jóvenes empujaron, sin poder ir a ninguna parte en el tumulto de cuerpos. Entonces un oficial, quizá Popovic, dio una voz, y los disparos comenzaron, cercanos y rápidos, sin que las balas tuvieran otro destino que la carne y las ropas sucias, los alaridos y el estrépito de toda aquella muerte encerrada bajo el techo de metal. La mayoría de los recuerdos del general acerca de aquel momento se habían desdibujado. Lo único que no había perdido su intensidad era la imagen de un rostro, el de un granjero o un peón que se destacó de la multitud durante una fracción de segundo, con la boca abierta como si le costara respirar, después inundada de sangre, la barbilla cubierta de rojo, una boqueada de dolor angustiado. Todo lo demás era confuso, un miasma de sonido y fetidez. Pero el recuerdo del polvo perduraba, y su sabor seguía allí cada mañana con la misma claridad que si se hubiera tragado una cucharada cada noche antes de acostarse.
    El general se agachó debajo del grifo para beber de nuevo. Volvió a mirar su reloj: las 5:08. La sincronización era importante. No debía retrasarse, desde luego. Eso sería el fin. Pero actuar demasiado pronto también podía ser fatal. Se acercó a la ventana alta, la que siempre dejaba abierta sin importarle la estación, cualquier cosa con tal de librarse del olor a hormigón húmedo de una prisión. Comenzaba a clarear, la luna brillaba entre los altos y esbeltos pinos como un reflector. Lo único que se movía era una vaca, desplomada contra una sombría mancha de maleza. Incluso los centinelas estaban en silencio, el habitual murmullo de su conversación se había acallado para variar, aunque podía oler el humo de los cigarrillos, podía oír el chirrido de un encendedor.
    Contempló las estrellas, buscando augurios en la profundidad del cielo. No salía luz de ninguna casa del valle, pero notó su presencia, los tejados rojos que ascendían por la suave ladera como un sendero embaldosado. Inhaló profundamente, oliendo a tierra removida, el penetrante y resinoso aroma de los pinos.
    En momentos como aquéllos, al general le resultaba fácil imaginar que las colinas estaban encantadas, un lugar donde simples agricultores y campesinos mudaban de piel por la noche para convertirse en ogros y caballeros, que se internaban ente los árboles para competir en justas y dar estocadas en secreto, y escribían nuevos capítulos del saber prohibido. En aquellos campos y bosques había tesoros para quienes supieran dónde buscar: viejos fardos envueltos en hule, aletargados bajo las coles y las calabazas, o acaso ocultos en la oscuridad de los establos. Había tantas cosas enterradas, no sólo en su valle sino en todos, conspiraciones y secretos hasta más allá de donde alcanzaba la memoria. Si se esperaba el tiempo suficiente, quizá, la luna lo pondría todo al descubierto, fundiendo la cubierta como si fuera nieve, al menos hasta que llegara la mañana, cuando todo volvería a quedar oculto bajo la blanca luz del amanecer.
    Pero un soldado podía envejecer y morir mientras esperaba que la luz de la luna le hiciera el trabajo. Y los viejos soldados no morían, caviló, ni se esfumaban sin más, como había proclamado aquel arrogante americano en célebres palabras. Sólo se volvían lentos y gordos mientras esperaban el juicio de la historia, escuchando a solas la llamada del veredicto en las puertas de su búnker.
    Él no, pensó el general, tan seguro de sí mismo como siempre. Él no.

I

NOVIEMBRE DE 1998

    En medio del barro del centro de Berlín era imposible saber lo que se podía encontrar. La semana anterior había sido una bomba estadounidense, tan larga y gorda como una bratwurst gigante. Un pobre hombre de Polonia la golpeó con una pala y el artefacto estalló. Otras cinco víctimas mortales que añadir a la lista de bajas de la segunda guerra mundial, cortesía de un B-17 que había dejado de volar hacía medio siglo.
    Estaba también el cadáver, o más bien el esqueleto, que se elevó desde el suelo en los dientes amarillos de una excavadora mecánica. Probablemente nadie famoso. Sólo un ruso de 1945 que no volvió a casa, a juzgar por los botones, las botas y el casco herrumbroso. Dos hombres eficientes vestidos con americana y corbata se lo llevaron en una bolsa de plástico negra.
    El alambre de espino también aparecía en aquel paisaje de arqueología accidental, pero era de una cosecha más reciente, abandonada por los alemanes del este junto a su largo y formidable Muro. Y a veces, cuando caminaba con dificultad entre el lodo, Vlado Petric cavilaba sobre todos los perros pastores alemanes que habían patrullado aquella estrecha franja de tierra, día tras día, año tras año. Mucha de la mierda que dejaron se mezcló con el fango, suponía, y por todas aquellas razones pasaba diez minutos al final de cada jornada de trabajo limpiándose las suelas con relieve de sus botas con un destornillador, desprendiendo el barro. Era el sedimento más rico de los sufrimientos del siglo xx que el mundo podía ofrecer, y no sentía el menor deseo de llevárselo a casa. Ya había llevado bastante hasta su puerta, casi cinco años antes, al ser uno de los cientos de miles de bosnios que habían escapado de su propia guerra en busca de un lugar más tranquilo en la otra punta del decadente parque temático de la historia de Europa.
    Así que cuando Vlado y Tomas Petrowski se subieron a las excavadoras el lunes por la mañana para excavar en la mugre de Potsdamer Platz, sabían que siempre existía la posibilidad de desenterrar algún fragmento de historia, aunque eran obreros de la construcción, no arqueólogos. En realidad, eran los más simples esclavos, dos entre miles en un paisaje que se anunciaba como la obra de construcción más grande del mundo. Desde que Albert Speer desenrollara sus planos para Hitler, Berlín no había sido testigo de semejante alarde arquitectónico, y los turistas que no tenían nada mejor que hacer podían pagar unos marcos para subir las escaleras de un edificio rojo construido sobre pilotes en el corazón de todo aquello. En el interior podían verse fotografías, mapas y gráficos. Pero la verdadera atracción estaba allá, desafiando a los elementos, en lo alto de una montaña rusa de peldaños de metal ondulado. Era una plataforma de observación elevada en la que, bajo el viento y la lluvia, el espectador podía contemplar cómo la ciudad se transformaba de cabo a rabo. Era como si una nave espacial alienígena hubiera arrancado de raíz un fragmento de una torre de Dallas y lo hubiera dejado caer en el vientre de la vieja Europa.
    Con unos prismáticos, aquella mañana de lunes en concreto se podría haber visto a Vlado y Tomas dirigirse a su trabajo, caminar hacia sus excavadoras, casi emulando el paso de la oca mientras se abrían paso entre el fango sonoro, los cascos amarillos oscilando. Estaban a unos cientos de metros del límite verde del Tiergarten, Tomas, un polaco bajo y robusto, de cabello dorado y barba de vikingo, y Vlado, de complexión mediana y expresión comedida, con el cabello oscuro y recortado sobre unos ojos castaños hundidos, un rostro que pugnaba afanosamente por no revelar nada. Los dos vestían tejanos y camisas de franela comprados en los tenderetes de metal abollado de mercados al aire libre en grises mañanas de sábado, y los dos sabían lo afortunados que eran al trabajar por doce marcos a la hora, y tener todos los papeles y documentos necesarios para que aquello fuera legal.
    Ninguno hablaba la lengua del otro, pero los dos hablaban suficiente alemán para pasar la jornada gruñendo y asintiendo con la cabeza. Su tarea era muy sencilla. Otros hombres clavaban estacas y jalones en el suelo, y después Vlado y Tomas cavaban zanjas y hoyos entre ellos, por lo general trabajando sin parar hasta la hora del almuerzo. A mediodía iban con sus bolsas marrones hasta un húmedo claro entre los abedules del Tiergarten, tan tranquilo y verde como un prado alpino, y se comían sus sándwiches y sus manzanas mientras miraban pasar legiones de jóvenes alemanes con mochilas en sus bicicletas.
    Pero aquella mañana, si el observador hubiera tenido paciencia con los prismáticos en la plataforma de observación, podría haber advertido una interrupción en su rutina, poco antes de las diez, cuando apagaron los motores y se apearon.
    Tomas había encontrado algo.
    La boca dentada de su excavadora había chocado con un bloque de hormigón enterrado, y allí eso significaba que se había hecho un descubrimiento. Las reglas eran claras en cuanto a qué había que hacer, y los dos procuraban no ignorar las reglas.
    – ¿Quién va a decírselo? -preguntó Vlado en su titubeante alemán.
    Tomas se encogió de hombros. En algún lugar en el laberinto que formaban los remolques donde estaban los supervisores había un encargado de antiguos mapas que podía poner nombre a lo que habían encontrado. Y en algún lugar de un ministerio cercano, en una sala donde había planos amarillentos enrollados con esvásticas desvaídas, había una autoridad en aquella historia subterránea, un experto en nombrar y clasificar cada cámara de hibernación donde hombres de gris se habían acurrucado un día para esperar la derrota. Siempre era él quien decidía el modo de actuación, y hasta entonces sus decisiones nunca habían variado: volver a enterrarlo y seguir construyendo.
    – Quizá no sea algo de lo que haya que informar -dijo Tomas, sabiendo mientras las palabras salían de su boca que estaba equivocado.
    La respuesta de Vlado pareció coger a los dos por sorpresa.
    – Creo que quizá tengas razón. Vamos a asegurarnos de que merece la pena informar. Vamos a investigar.
    Medio siglo antes esa desobediencia les habría valido sendas balas en la cabeza. Pero ahora, según la reglamentación laboral, las consecuencias difícilmente irían más allá de una reprimenda siempre que los papeles de inmigración de ambos estuvieran en orden. Pocos alemanes trabajarían ya por aquellos salarios, sin importar lo elevada que fuera la tasa de desempleo, y por eso miles de polacos, irlandeses, escoceses, rusos y otros acudían cada mañana a aquel grandioso anfiteatro de barro. Los hombres se habían vuelto demasiado valiosos para desperdiciarlos en aquel frente, sobre todo cuando compañías como Sony y Daimler esperaban con ansiedad trasladarse allí.
    Así que Vlado y Tomas subieron a sus máquinas y reanudaron su trabajo sonriendo mientras levantaban y empujaban la tierra para sacar a la luz una porción mayor del bloque de hormigón, con la angustiosa sensación de que podían darles el alto en cualquier momento. Al cabo de una hora habían descubierto la parte superior de una puerta. Al cabo de otra hora llegaron al fondo, y a la una de la tarde, olvidándose por completo del almuerzo, habían terminado una zanja en declive que les permitiría llegar a pie. Fue entonces, con el estómago gruñendo, cuando apagaron por fin los motores y se apearon de nuevo, sudando en medio del frío, aturdidos por el súbito silencio.
    Miraron alrededor para asegurarse de que nadie los observaba, luego descendieron por el pasadizo embarrado y empujaron una pesada puerta de acero, una vez, dos veces y una tercera vez, dispuestos a abandonar cuando la puerta comenzó a abrirse, crujiendo al rozar con el piso de hormigón. Haciendo fuerza con los hombros, la abrieron un poco más, y el aire salió como el aliento añejo de una tumba. Después, respirando con rapidez, entraron en el húmedo frío de mayo de 1945.
    Vlado alumbró con su encendedor y descubrió un mural en la pared opuesta, tan brillante y fresco como si lo hubieran pintado la víspera. La luz temblorosa jugaba con los rostros de duros hombres de las SS, atildados con sus uniformes planchados, vigilando a esposas rubias y niños de ojos azules, un soleado retablo de bienestar ario para aquel día gris de principios de noviembre.
    Vlado y Tomas podían haber hablado, pero su nueva lengua tendía a fallarles en momentos como aquél, como si hubieran extraviado el manual de una herramienta de manejo especialmente difícil. Sin embargo, los dos sabían que habían ido demasiado lejos, y Tomas salió en busca del capataz. Vlado esperó en silencio, preguntándose qué clase de fantasmas podían seguir acechando en un lugar donde los muros de hormigón aún olían a húmedo y nuevo después de medio siglo bajo tierra.
    Respiró profundamente, y después, alumbrándose de nuevo con su encendedor, cruzó el piso de hormigón hasta una segunda dependencia, donde encontró una hilera de camas de hierro bajas con colchones delgados. La pared opuesta estaba cubierta de armarios de acero, pero a Vlado le llamó la atención una inscripción amarilla y negra en la puerta, un distintivo en forma de relámpago de las SS. Encima de la puerta había unas palabras alemanas en caracteres góticos. Tardó un segundo en traducirlas: «Hay mucha gente, pero pocos hombres buenos».
    Vlado caminó despacio, como si pudiera haber alguien dormido a la vuelta de la esquina. No llegaba ningún ruido de arriba, y sintió un peso en el pecho, un cambio en la presión del aire, o quizá todo fueran imaginaciones suyas. Su camisa de franela estaba húmeda de sudor, sudor que se enfriaba pegado a su piel.
    Había una última sala, y entró en ella. Desprovista de muebles, también allí había un mural, pero éste era un mapa detallado del imperio nazi en su apogeo. Alemania estaba en el centro en rojo, y sus fronteras a modo de tela de araña abarcaban Austria, Checoslovaquia y la mitad de Polonia. Más allá, franjas rojas inclinadas cubrían los territorios capturados: Hungría, Escandinavia, Bélgica, los Países Bajos, así como gran parte de Francia, la Unión Soviética y los Balcanes. Encontró su país, el viejo nombre de «Jugoslavia», y en la parte superior izquierda «Kroatien», el estado títere de la Croacia de la guerra, cuyas fronteras abarcaban la mayor parte de lo que ahora era Bosnia. Su ciudad natal, Sarajevo, merecía un puntito, y tocó la cuidadosa escritura de «Sarajewo», el hormigón frío, cuya superficie era lo bastante irregular para imaginar que las propias montañas estaban bajo las yemas de sus dedos. Qué extraño sentir una punzada de añoranza ante aquel mapa de conquista, pero si cerraba los ojos, sabía que vería ancianas con pañuelos en la cabeza y largas faldas dimije barriendo los caminos de tierra, hombres encorvados con gorras de algodón sentados en carretas de mulas cargadas hasta arriba de heno, oiría el chirrido de las ruedas. Vlado había vivido la mayor parte de su vida en la ciudad, pero las granjas y las aldeas nunca estaban a más de un valle de distancia, y aquéllos eran los lugares que le llamaban ahora. Qué extraño, pensó, sobre todo allí abajo, en ese pozo de oscuridad cautiva que bastaba para hacerle sentirse como un viejo campesino nostálgico que nunca se había alejado más de diez kilómetros del cobertizo donde ordeñaba.
    Una voz le hizo dar un salto, pero venía de la entrada, no del pasado. Una columna de hombres parloteando se acercaba a la puerta que se abría al final de la pendiente de la zanja embarrada, y volvió sobre sus pasos hasta la entrada del búnker justo a tiempo de ver a un capataz con casco metiéndose por la abertura, con aspecto apresurado y turbado, que hablaba deprisa en alemán y cuya voz sonaba más hueca a medida que entraba. Lo acompañaba un hombre alto y medio calvo, vestido con traje, calzado con mocasines italianos cubiertos de barro. Tomas venía detrás, con aspecto de haber recibido una reprimenda, sin decir nada. El segundo hombre desenrolló un plano bajo el haz de luz de la linterna del capataz, mientras el aliento de todos se convertía en vaho en el aire antiguo. El hombre no necesitó más que un vistazo para encontrar lo que buscaba. Pasó el dedo por una esquina de la parte superior del plano mientras negaba lentamente con la cabeza, como si todos le hubieran decepcionado.
    – Ja -dijo el encargado de la construcción-. Hier -y de sus expresiones Vlado dedujo que se trataba de un lugar conocido.
    – Der Fahrerbunker -dijo entre dientes el hombre del traje.
    – ¿Führerbunker? -preguntó el capataz, con las cejas levantadas en gesto de pánico. Parecía a punto de huir.
    – ¡Nein, du blöder Idiot! Fahrer.
    En otras palabras, de los conductores. Los chóferes. Aquél había sido el hogar de los hombres de las SS que trasladaban en coche a los generales y a los jefes del estado mayor. Pero cuando no quedaba nadie a quien llevar entre los escombros de la primavera de 1945, la mayoría se quedó allí, esperando el final. Vlado había oído hablar de aquel lugar. Lo habían desenterrado unos años antes y lo habían vuelto a precintar, por si acaso se convertía en un santuario para los neonazis. No era la clase de atracción turística que los berlineses deseaban en el corazón del nuevo Berlín.
    – Enterradlo -ordenó el hombre en alemán, mientras enrollaba su plano con un ademán despectivo-. Y la próxima vez -añadió, mirando a Vlado-, venid a decírmelo antes de llegar tan lejos. Ya conocíamos este lugar. No era necesario todo esto.
    Volvieron lentamente a la superficie en fila de a uno, Vlado de mala gana. Habría querido quedarse un poco más, no sólo para husmear entre los vestigios sino para captar el clima, la atmósfera. Esas lecturas parecían importantes cuando se habían pasado recientemente dos años de asedio, con la muerte cayendo del cielo como pavesas de una chimenea. Él y sus vecinos lo habían superado de un modo u otro, subsistiendo con las dádivas de pan y alubias del mundo, dos inviernos sin calefacción, dos años sin electricidad ni agua corriente ni cristales para las ventanas, sin café para el desayuno, sal para la comida, jabón para el baño, velas para la oscuridad. Dos años sin que la esposa y la hija le hicieran compañía. Y allí abajo en el búnker le había parecido estar de pronto muy cerca otra vez de las sensaciones de aquellas noches de soledad, el estado de ánimo de una ciudad donde incluso un funeral se convertía en una invitación a los disparos de unos francotiradores que en otros tiempos podían haberte llamado por tu nombre.
    Haber sobrevivido a aquello le capacitaba como una suerte de experto en desastres provocados por el hombre, pensó, y qué mejor lugar para hacer lecturas comparativas que aquel húmedo escondrijo. Comprobar la presión barométrica, la humedad relativa. Recoger las motas de polvo. ¿Cómo era posible meter aquel aire en los pulmones y no ser cambiado ni siquiera un poco? ¿Quién sabía adónde podía llevar aquello?
    O tal vez aquello era sólo la ilusión de un hombre que, a pesar de su alegría y alivio al escapar de una guerra y reunirse con su familia, suspiraba por volver a casa, o, como mínimo, suspiraba por un cambio. Cuatro años, diez meses y lo que le faltaba en aquel país de horizontes planos, haciendo trabajos que lo entumecían hasta los huesos. Las montañas de su tierra habían comenzado a parecer algo sacado de un viejo atlas cubierto de polvo, un cuento de hadas de un lugar con todos sus incomprensibles problemas adheridos a los pliegues de las colinas.
    Pero cuando el capataz se marchó, Vlado tuvo la vertiginosa sensación de que quizás el cambio estaba por fin en marcha, de que un día tan distinto ya de los demás no haría sino volverse aún más distinto.
    Al cabo de una hora habían vuelto a nivelar el barro para dejar una pulcra superficie plana encima del búnker. Otros obreros vertieron después una capa de hormigón nuevo, los cimientos de otra torre de apartamentos. Vlado y Tomas observaron guardando un escarmentado silencio mientras comían con retraso sus sándwiches, marcando el emplazamiento con otros puntos de referencia, trazando el mapa en su cabeza para la posteridad. No importaba lo que se construyera allí, siempre sabrían lo que había debajo, como una célula aletargada de una plaga en otros tiempos virulenta.
    Así terminan las ruinas de la guerra, reflexionó Vlado mientras miraba el hormigón húmedo, y se preguntó si su casa en Sarajevo habría sido derribada ya y reconstruida en su ausencia. O su café preferido. La casa donde había crecido. ¿Y su oficina? Eso estaría bien, teniendo en cuenta que tanta gente en ella lo había traicionado en última instancia. Después pensó en sus amigos, algunos de ellos muertos, y en una mujer a la que sólo había tratado durante un breve periodo, pero a la que creía conocer bastante bien. Y cuando se sentó en un bordillo para limpiarse las botas en el anochecer que se acercaba, puso un cuidado especial en quitar el barro de ese día. Luego se sacudió las manos y caminó un kilómetro hasta el largo andén de piedra de la estación de U-Bahn de Unter den Linden. Subió a un tembloroso tren de cercanías para hacer un trayecto de cuarenta minutos en dirección a la periferia oriental de la ciudad, hasta un lugar donde, si se seguía andando, las llanuras llevarían directamente a los bosques de Rusia.
    Cuando llegó a su parada había oscurecido, y tardó veinte minutos a paso ligero en llegar a una torre de apartamentos alta y gris donde tomó el ascensor hasta el piso undécimo. Al abrir la puerta al final del pasillo se encontró a un americano vestido con traje que le esperaba en el sofá del salón.

2

    – Lleva más de una hora aquí -susurró Jasmina en cuanto Vlado cerró la puerta tras él-. He hecho café dos veces. Se me han acabado los temas de conversación hace veinte minutos.
    Tenía la cara arrebolada y se limpiaba las manos con un paño de cocina. La hija de ambos, Sonja, no estaba a la vista. En el extremo opuesto del salón estaba el visitante americano sentado en el sofá, que dejó una revista alemana y miró expectante hacia donde ellos estaban.
    – ¿Ha dicho qué quería? -susurró Vlado-. ¿Y de parte de quién viene?
    – Nada más que trivialidades. La familia, el trabajo y el asqueroso tiempo alemán. Ha dicho que es una visita de negocios y no ha pasado de ahí.
    El traje gris de aquel hombre olía a funcionario, pero era lo único. El visitante todo codos y rodillas, se doblaba sobre sí mismo como una caja de sorpresas, y tras un examen más minucioso ni siquiera su uniforme era lo que parecía. El traje tenía arrugas, los zapatos raspaduras y el nudo de la corbata estaba hecho con la habilidad chapucera del novio que llega tarde a la boda. Su rostro era imperturbable, probablemente tal como era su intención. Pero los ojos lo delataban, eran de un color castaño expresivo y brillante, vivos y escrutadores. De haber tenido cola, la estaría meneando, y Vlado se preguntó por qué. ¿Y por qué un americano? Hacía mucho tiempo que las autoridades, tanto nacionales como internacionales, habían perdido todo interés por Vlado tras su imprevista llegada hacía casi cinco años. Había aparecido sin previo aviso en una base militar estadounidense de Frankfurt en un avión de carga procedente de Sarajevo, saliendo de una caja de madera como el paquete mal cargado que era. En su calidad de agente de policía que había logrado salir clandestinamente de una zona de guerra sellada llevando consigo un rimero de documentos comprometedores, causó cierta sensación al principio. No de las que eran noticia de primera plana; en realidad, todo lo contrario, pues las consecuencias de su trabajo habían resultado embarazosas para más de un organismo internacional. Vlado había atraído a varios hombres de gris de kilómetros a la redonda, inquietos por saber qué secretos podían haberse escapado, a quién se podía haber puesto en una situación comprometida, quién podía necesitar que le reconstruyeran la credibilidad.
    Más o menos todo el mundo quería escuchar la historia que había sacado a la luz, un relato de robos, contrabando, asesinatos y corrupción que habría resultado imposible de creer de no haber sido por el paquete de pruebas que guardaba en su cartera.
    Había informado a todo aquel que parecía ser alguien en aquella parte del mundo, la ONU, la OTAN, el Consejo de Europa, la Interpol y la mitad de las embajadas acreditadas en Alemania. El protocolo exigió que los alemanes fueran los primeros. Después le tocó el turno a un equipo de relevos formado por norteamericanos y franceses, que discutían en voz alta quién tenía prioridad. A continuación llegaron los británicos, los más educados pero de alguna manera los más aterradores, con los modales fríos y cortantes de los verdugos. El desfile parecía no tener fin, y todos hablaban el cuidadoso idioma del control de daños.
    Algunos hacían su papel en tono amistoso, ofreciendo cigarrillos y contando chistes. Un estadounidense bajo y jovial habló del baloncesto yugoslavo durante un rato, soltando la mitad de sus preguntas con risitas fuera de lugar, atacando cada vez que llegaba a un punto clave. Vlado, que sabía un par de cosas acerca de los interrogatorios, pensó que tal vez aquel hombre estuviera orgulloso de su estilo. Los que no eran buenos en ese cometido solían estarlo.
    Los franceses y los alemanes eran glaciales y persistentes, parecían fruncir el ceño ante cada palabra que decía. Un vehemente alemán que fumaba como un carretero, llamado Rolf, no hacía más que preguntarle por otro alemán llamado Karl, que, a juzgar por la línea de interrogatorio, debía de ser un contrabandista de cierto éxito en los Balcanes. Cuando afirmó no conocer a Karl, Rolf se limitó a arquear las cejas, exhibir una sonrisita y dejar escapar lentamente el humo de su cigarrillo.
    Aquello duró cuatro días, horas y horas en una pequeña habitación sin ventanas bajo el frío resplandor de un tubo fluorescente. Por la mañana le llevaban un café tibio en jarritas desportilladas que dejaban círculos pringosos en la formica blanca. Los almuerzos fríos llegaban en un tembloroso carrito. Después más preguntas, seguidas de una cena insípida y pasada y una noche de sueño deficiente en una cama con bastidor al fondo del pasillo. Al otro lado de la puerta, un guardia pasaba las páginas de los periódicos durante toda la noche mientras Vlado dormía inquieto, atrapado en sueños de largas caminatas entre multitudes voraces, y se despertaba agotado y sudoroso, con el sonido de los golpes que alguien daba en un radiador antes de que todo volviera a empezar. Sólo podía suponer cuáles habían sido las secuelas en Sarajevo; menos burócratas de los que preocuparse, quizá, pero probablemente poco más.
    Al final, los alemanes lo consideraron no apto para la repatriación; demasiados enemigos en ambos bandos, especialmente en medio de una guerra, cuando a cualquiera le habría resultado demasiado fácil matarlo. Además, tenía una familia que ya vivía en Berlín. Llevaban allí dos años; de hecho, una esposa y una hija, que habían sido evacuadas en el primer mes de la guerra. Así que las autoridades realizaron el fácil y humanitario acto de dejarle que se quedara, y lo despacharon con viento fresco a Berlín con un billete de tren, un visado de residencia y un permiso de trabajo. Más tarde, cuando los alemanes comenzaron a mandar a casa a todos los refugiados bosnios que podían encontrar, descubriría hasta qué punto eran raros y valiosos aquellos documentos.
    Pero a pesar del cuidado que pusieron en el papeleo, las autoridades nunca se molestaron en informar a su familia de que estaba en camino, ni siquiera de que había escapado. Por lo que Jasmina y Sonja sabían, él seguía en su apartamento asediado, esperando el momento oportuno para hacer su siguiente llamada telefónica mensual a Berlín, seguía haciendo frente a las bombas y a las balas. Por eso, cuando se presentó en la puerta del undécimo piso, al bajarse del tren, Vlado desencadenó una especie de conmoción, que contribuyó a algún que otro momento incómodo.
    Desde entonces las autoridades internacionales se habían olvidado de él. No había recibido una sola visita, carta o llamada telefónica, ni para darle las gracias ni para comunicarle lo que había sucedido a causa de su intervención. Era como si se hubiera caído en uno de aquellos agujeros de la Potsdamer Platz.
    Hasta ahora.
    El americano levantó la vista del ejemplar de Der Spiegel y se dispuso a hablar.
    – ¿Herr Petric? -dijo.
    – Vlado Petric. Sí. Y, por favor, hábleme en inglés. Me falta un poco de práctica, pero me defiendo mejor que en alemán, señor…
    – Pine. Calvin Pine.
    Pine se levantó, alto y huesudo; a Vlado le recordó las grandes grúas de construcción que se cernían sobre su cabeza en el trabajo, como mantis religiosas en busca de alimento. Como buen americano, Pine sonrió y le tendió la mano para darle un fuerte apretón. Los únicos que sonreían más en aquella parte del mundo eran los turistas japoneses. Pero la sonrisa tenía algo de travesura en las comisuras de los labios, un algo infantil que hacía difícil sentirse utilizado. Su cabello castaño claro era tan hirsuto como la paja de una escoba, con varios sectores rebeldes. Y cuando hablaba, al menos no alzaba la voz, a diferencia de los ruidosos americanos a los que se veía bajar alborotando por Unter der Linden con ropas llamativas y zapatillas de deporte, filmando con su cámaras de vídeo todo lo que se movía, renegando de los tipos de cambio y de lo que acababan de pagar por el almuerzo.
    A Vlado le habría gustado tener tiempo para asearse, le habría gustado haberse afeitado aquella mañana, le habría gustado no haber salido poco antes de un enorme y embarrado agujero en el suelo. Se preguntó qué impresión debía estar causando.
    – ¿Es usted de la embajada? -preguntó.
    – En realidad, no. De La Haya. Del Tribunal Internacional para Crímenes de Guerra. Soy investigador.
    La curiosidad de Vlado se convirtió en preocupación. Sólo conocía un asunto, un nombre, que pudiera llevar al Tribunal hasta su puerta, y no tenía nada que ver con su trabajo en Sarajevo, donde los delincuentes con los que había tratado eran contrabandistas y estraperlistas, asesinos corrientes que sólo pensaban en el dinero, no en la matanza étnica. Lo único que sabía acerca del Tribunal lo había aprendido de un bosnio en Berlín, alguien cuyo nombre no deseaba pronunciar precisamente en ese momento, alguien, le pareció entonces, que le había metido en graves problemas. Si era por eso por lo que Pine había venido, aquella noche sería muy desagradable, tanto para Jasmina como para él.
    – ¿Por qué necesita hablar conmigo? -preguntó Vlado, sabiendo que sus palabras debían de parecer ya las de un sospechoso.
    Era probable que también su aspecto lo fuera, mientras alcanzaba los cigarrillos sin dejar de mirarse los pies.
    Pine pareció notar el cambio. Vaciló.
    – Porque necesitamos su ayuda. Tenemos un trabajo que pensamos que podría interesarle.
    Aquella respuesta fue una agradable sorpresa. Vlado miró hacia Jasmina, como si pudiera ofrecerle una pista de qué pasaría después, pero ella se limitó a encogerse de hombros.
    – Haré más café -dijo-. Vlado, ¿por qué no dices a nuestro invitado que se siente? Lleváis cinco minutos de pie. Parecéis pistoleros del Oeste americano.
    Vlado tradujo la observación de Jasmina a Pine, que sonrió y se plegó de nuevo en el sofá. Tenía el estilo americano de la afabilidad informal, la habilidad especial del vendedor para las bromas, para meterse en el entorno. Mientras se sentaban, Vlado vio a Sonja asomar por un rincón.
    – Ésta es mi hija, señor Pine. Sonja, a la que ni siquiera he saludado.
    Le dijo que se retirase con una sonrisa, pero ella no estaba dispuesta todavía a perdonar a Pine, que había elegido su sitio habitual en el sofá. Era donde ella y su padre se sentaban siempre a aquella hora para leer, y traía un libro de cuentos en la mano derecha.
    – Lo haremos más tarde -susurró Vlado, pasando a su lengua materna-. Vete ahora. Luego iré a verte.
    La niña se dio la vuelta, lanzando una mirada de despedida y de fría evaluación hacia el sofá.
    – ¿Tiene nueve años? -preguntó Pine.
    – Acaba de cumplirlos.
    Pine se había enterado por Jasmina o leyendo un expediente, y Vlado se preguntó incómodo si había sacado a la luz más información.
    – Pongamos las cosas en orden antes de continuar -dijo Pine-. Tengo que pedirle que los detalles de nuestra entrevista permanezcan en secreto, al margen de lo que decida hacer. Por razones de seguridad operativa.
    Aquí está, pensó Vlado, preocupado de nuevo.
    – Supongo que puedo comprometerme a eso.
    – Bien. En ese caso, ¿qué le parecería volver al trabajo? Al trabajo de verdad, me refiero. Trabajo policial, como el que hacía. Sólo un trabajo temporal, me temo. Pero podría terminar en algo permanente, si decidiera que eso es lo que quiere.
    Vlado intentó que no se notara su alivio. Encendió un cigarrillo y ofreció uno a Pine, sabiendo que el americano probablemente lo rechazaría.
    – No, gracias. No fumo.
    – ¿Trabajo de investigación? No tenía noticia de que les faltase ayuda en el Tribunal. Y tampoco puedo dejarlo todo sin más y trasladarme a La Haya, si es a eso a lo que se refiere. ¿De qué habla exactamente?
    – No tendría que trabajar en La Haya. Volvería a Bosnia. Sólo por unas semanas, a lo sumo. Luego, más adelante, para siempre. Si así lo desea -Pine miró hacia Jasmina, que seguía en la cocina-. Tendría mucho tiempo para pensárselo, desde luego. Y le ayudaríamos a instalarse de nuevo. A encontrar vivienda. Y además un trabajo normal, haciendo lo que hacía antes. Investigaciones. En una jurisdicción que se alegraría de verdad de contar con usted.
    – Pero sin trabajar para el Tribunal. Esa parte sólo sería temporal, ha dicho usted.
    – Sí. Sólo en este caso en concreto.
    Vlado se preguntó qué jurisdicción policial de Bosnia se alegraría de contar con sus servicios; dudaba de que ese lugar existiera. Pine exhibió una pequeña sonrisa, como si compartiera un chiste interno sobre la forma en que Vlado había dejado las cosas en Sarajevo. No se oía ningún ruido en la cocina, pero Vlado percibía la presencia de Jasmina escuchando al otro lado de la puerta. Tendría la boca cerrada con firmeza y los puños apretados, y se preguntaría qué estaría a punto de sucederle al pequeño mundo que se habían forjado en Berlín, que a fin de cuentas era bastante cómodo. Y también bastante seguro. Si iba a haber un problema para aceptar aquella misión, sería Jasmina. Como muchas mujeres bosnias dispersas por Europa a causa de la guerra, había florecido de alguna manera en el suelo yermo del abandono, echando raíces poco profundas pero resistentes en una tierra inhóspita. Vlado había visto aquello en muchas familias, las mujeres adquirían confianza mientras los hombres, de pronto a la deriva, deambulaban y bebían, deslizándose hacia la melancolía y el sueño de regresar a su país.
    – Tal vez no tengamos demasiados deseos de regresar -dijo Vlado pensando en ella-. Y tal vez sea mejor que me cuente algo más de ese trabajo concreto.
    Jasmina se había acercado a la puerta de la cocina, con una expresión que hacía saber a Pine que no deseaba volver a su país. Vlado, sin embargo, se había transformado. El hombre decaído de diez minutos antes escuchaba ávido en el borde de su silla.
    – Por supuesto tendría libertad para quedarse aquí, una vez realizado el trabajo -agregó Pine, quizás actuando para el público de la cocina-. Los alemanes nos lo han asegurado. Y de un modo o de otro sería bien compensado. Si aceptase la misión.
    Vlado exhaló una nube de humo hacia el techo. Había intentado pensar lo menos posible en su línea de trabajo de los últimos años. Quemar los puentes y casi dejarse matar puede tener esas consecuencias. Pero no era difícil recordar la excitación de ensamblar una investigación, de eliminar las envolturas hasta encontrar el premio en el centro; a veces no encontrar nada de nada. Conjeturar y discutir con los compañeros mientras se avanzaba, como un científico que espera a que el humo se disipe en la probeta. Aquella clase de asuntos parecía estar muy lejos de allí, en otra tierra lejana con sus propias colinas y valles, y más o menos había abandonado toda esperanza de regresar.
    Suspiró. Si su vida estaba a punto de dar un giro, confiaba en tener la energía necesaria para ello. Recordó su sensación de premonición aquel mismo día, en el búnker. Cruzas el umbral de una puerta que conduce a 1945 y vas a dar a un salón donde un americano alto llega ofreciendo regalos, ofreciendo acompañarte hasta otra puerta que da a un lugar que no ves desde hace años.
    – Hábleme de esa misión.
    Pine recorrió la habitación con una mirada incómoda.
    – Me temo que su esposa tendrá que marcharse antes. Parte de lo que le voy a decir debe quedar entre usted y yo. Al menos por ahora.
    – Está bien -dijo Jasmina en tono enérgico, pasando ante ellos con una sonrisa forzada-. Iré a leer a Sonja.
    Esperaron hasta que oyeron cerrarse con fuerza la puerta de la habitación de la niña. Sonja, que estaba escuchando a escondidas desde el pasillo, se quejó ruidosamente de la injusticia de la situación. Vlado y Pine se miraron, con un clima de conspiración en el aire, inclinados hacia delante, con los antebrazos apoyados en las rodillas.
    – Hay un sospechoso al que queremos atraer -dijo Pine, casi con un susurro-. Queremos hacerlo desde hace tiempo. Un general serbio, Andric. ¿Lo conoce?
    – Sí. Por la matanza de Srebrenica. Su nombre se oye por aquí de vez en cuando. Sucede con todos sus nombres, si se habla con las viudas. Y lo único que se conseguirá yendo tras él será que haya más viudas. Tiene protección. Sería un suicidio.
    – Por eso vamos a dejar que sea el ejército francés el que se encargue de ello. Está en su sector y han prometido ocuparse del asunto. Él será su primera detención, pero al menos comenzarán a lo grande, al cabo de dos años de dejarle tomar café delante de sus narices.
    – Atrapar a Andric sería todo un éxito.
    – No será fácil. Sobre todo porque a los franceses les gusta pensar que Belgrado sigue teniendo debilidad por ellos. El momento también es delicado. Es un mal momento para ir a pinchar a los serbios cuando Kosovo está a punto de saltar por los aires en la puerta de al lado. Pero ahí es donde entramos nosotros. Damos el premio de consolación. Un sospechoso del otro bando, un croata del sector estadounidense, para ayudar a equilibrar un poco la balanza. Extraoficialmente, por supuesto. De esa manera los serbios no se sentirán tan señalados, lo que contribuirá a que los franceses sigan sintiéndose felices, hablando en términos diplomáticos. Y si los franceses continúan felices, tal vez más adelante persigan a más sospechosos. Nuestra parte del trato parece mucho más fácil que la suya, porque nuestro hombre está fuera de circulación desde hace cincuenta años.
    Vlado sabía lo que aquello significaba.
    – ¿Un sospechoso de la segunda guerra mundial?
    – Sí. De Jasenovac. ¿Ha oído hablar de eso?
    – Yo diría que sí.
    Era como preguntarle a un alemán si había oído hablar de Auschwitz. En los Balcanes, Jasenovac era la mancha más oscura de la segunda guerra mundial, tal vez de cualquier guerra. Era un campo de concentración donde, según el libro de historia que se consulte, murieron entre 200.000 y 600.000 personas, judíos, gitanos y musulmanes, además de algunos miles de disidentes políticos y otros de variada condición incluidos en la lista de «indeseables» de Hitler. Pero la gran mayoría de las víctimas fueron serbios, que no murieron a manos de los alemanes sino de su colaborador local, la ultranacionalista Ustashi, una facción de croatas gobernados por el dictador títere Ante Pavelic. Todo lo cual explicaba por qué la cifra de víctimas seguía siendo objeto de debate. En aquella guerra, los croatas fueron los villanos del momento. En la última, los serbios eran los que tenían las manos más manchadas de sangre. Y en ambos conflictos, acerbas discusiones étnicas adoptaron a veces la forma de debate erudito sobre las cifras de víctimas y los grados de crueldad. Dependiendo del punto de vista étnico de cada cual, Jasenovac era la gran mancha de culpabilidad croata o la mentira ampulosa de la propaganda serbia. El mundo exterior se había decidido en gran medida por la primera versión.
    Pero si el número de muertos seguía siendo dudoso, no había la menor duda en cuanto a la metodología. Los asesinatos de Jasenovac habían sido brutales y rotundos, un rudimentario antídoto balcánico contra la precisión industrial alemana. Los locales habían hecho las cosas a su manera, utilizando cachiporras, cuchillos, hachas, pistolas, en muchos casos tardando una cantidad desmesurada de tiempo. Fue un genocidio de fruición acuchilladora que había sorprendido incluso a los nazis, cuyos responsables habían escrito malhumorados a Berlín para quejarse de aquellas atrocidades. Pero sus cartas tampoco sirvieron para nada. A Hitler pareció agradarle la idea de tener un aliado dispuesto a tomar la iniciativa. Además, incluso la Iglesia católica local había respaldado tácitamente algunos aspectos del proyecto, con los sacerdotes y obispos de Zagreb alineados en apoyo del nuevo régimen.
    – Por supuesto que he oído hablar de eso -dijo Vlado-. Mi madre era católica. Le interesaba más la religión que el nacionalismo, así que siempre estuvo dispuesta a admitir que Jasenovac fue algo horrible. Sus padres eran otra cosa. Su padre me sentó en sus rodillas para hablarme de todas las mentiras de los serbios antes de que yo supiese siquiera qué era un serbio. Señalaba a los sacerdotes ortodoxos con sus barbas y sus hábitos negros como si fueran vampiros que acabaran de salir de la tumba. Tenía pesadillas con ellos en las que me agarraban mientras dormía. Pero en su mayoría parecía un montón de gente mayor que se exaltaba demasiado por cosas que ya no importaban. Luego, en el noventa y dos, comenzaron a caer las bombas y me di cuenta de que tal vez tenía que haber prestado más atención.
    – Usted y cualquiera con un mínimo de cordura. El tipo al que seguimos puede contarle todo lo que siempre quiso saber acerca de Jasenovac. Dirigió una unidad allí, donde estaba la acción. En La Haya hay un expediente interesante sobre él. No tardará usted en leerlo, espero.
    – Me interesaría más averiguar cómo logró evitar que lo capturasen después de la guerra.
    – Ésa tampoco es una mala historia. Atravesó Austria y llegó a Italia. Se escondió en granjas y monasterios durante algún tiempo. Luego, un campo de refugiados, un gran redil temporal para personas desplazadas, antes de terminar en Roma. Se quedó en Italia más de diez años, con la ayuda de algunos eclesiásticos, un grupo de sacerdotes croatas que dirigían una pequeña operación a orillas del Tíber. ¿Ha oído hablar de la Ruta de las Ratas? Dinero occidental blanqueado con el que se pagaban documentos falsificados y viajes en buques de carga rumbo a Argentina. Parece ser que a los británicos y a nosotros nos preocupaba ya más Stalin que unos cuantos nazis residuales. Suponemos que regresó a Yugoslavia en mil novecientos sesenta y uno. Que vivió con un nuevo nombre y sin apuros. Hoy es un hombre de negocios de bastante éxito. Estaciones de servicio. Cerveza y licores. Y continúa bastante activo. Últimamente le han adjudicado subvenciones de la Unión Europea para el desarrollo económico. Y como trabajo extra gestiona coches robados.
    – ¿Por qué me necesita entonces? -dijo Vlado-. Este caso parece estar resuelto. Da la impresión de que lo que necesita es un escolta armado. Un guardaespaldas. Tienen un nombre para eso en Estados Unidos, estoy seguro.
    – Un agente de seguridad, quiere decir, o un agente judicial. Sí, podríamos recurrir a unos cuantos miles de ellos. Por lo general no es nuestro cometido atrapar a tipos de esa clase. Nunca. Y se supone que tampoco nos ocupamos de casos de la segunda guerra mundial. Supongo que podría decirse que todo esto es un poco heterodoxo, incluso que no está en los libros. En circunstancias normales, la Fuerza de Estabilización de la ONU detiene a nuestros sospechosos, pero suelen decir no, gracias siempre que se lo pedimos. A la SFOR le gusta dejar las cosas como están, no removerlas. Ese tipo tiene más de setenta años, vive en un lugar apartado. Su seguridad es aceptable y tiene mucho cuidado; sin embargo, si nuestro plan funciona, el uso de la fuerza no debería ser un problema. Y ahí es donde entra usted.
    – ¿Cómo?
    – Sería un trabajo clandestino. Se hará pasar por un expatriado bosnio que acaba de regresar, algo que será totalmente cierto. Usted llevará el cebo. Le hará salir a campo abierto, donde podremos atraparlo sin mucho alboroto. A ser posible en su café preferido. De ese modo se presentará callado y tranquilo y nadie resultará herido, como nos gusta decir.
    – ¿Por qué un expatriado? ¿Por qué no alguien que viva allí? Sobornen a alguien de su aldea en quien él confíe de verdad -Vlado se dio cuenta de que podía estar diciendo que no al trabajo, pero aquello no cuadraba-. De hecho, yo diría que hay unos cuantos millones para elegir sin tener que llevarme a ninguna parte, o a unos miles si sólo hablamos de policías. Un policía de la zona lo haría probablemente por unos cartones de cigarrillos.
    – El policía de la zona es uno de sus principales distribuidores de cigarrillos.
    – Algo que debería haber adivinado -dijo Vlado con una sonrisa-. No le quepa duda de que llevo demasiado tiempo lejos de casa.
    – Mire -dijo Pine-, digamos que tenemos nuestras razones. Buenas razones. Algunas de ellas no se las puedo confiar ahora por cuestiones de seguridad.
    Era una línea que puso de inmediato en guardia a Vlado. Pero Pine prosiguió sin pérdida de tiempo.
    – Otra razón es el cebo. Tiene que venir de alguien de fuera, pero alguien que tenga algunas conexiones locales, y usted es la elección perfecta.
    – ¿Cuál es el cebo?
    – Una concesión para la remoción de minas. Eliminación de minas. Lleva algún tiempo esperando su parte del pastel.
    – No parece que sea el trabajo más deseable del mundo.
    – Le sorprendería. Es un negocio lucrativo. Todo el mundo quiere una parte. Señores de la guerra, señores del crimen, alcaldes, jefes de policía.
    – Lo cual incluye a un mínimo de dos personas en cada municipio.
    – Lo ha entendido. Pero ese tipo se ha mantenido siempre al margen de la política local, a menos que se cuenten los sobornos y el amaño de votos para alguno de sus amigos.
    – Disculpe mi ignorancia, pero ¿cuánto dinero se puede ganar desenterrando unos cientos de minas, incluso unos miles?
    – Más de lo que se imagina. Hay millones flotando por ahí. En parte es dinero de Estados Unidos. En parte es de la Unión Europea. El resto es de diversos benefactores internacionales. Piense en lady Di. Era su causa preferida. Le dio glamour, así que ahora se reciben donaciones de todas partes, de personas bienintencionadas que las entregan siempre que alguien las reciba. Y cuando alguien es el primer contratista local de la zona lo normal es que se pueda embolsar más o menos la mitad de la subvención, y después pagar el resto a un puñado de granjeros pobres y bobos que trabajarán por cigarrillos y unos pocos marcos. Las desentierran a la antigua usanza, con palos y palancas. Herramientas de mano. Más o menos una vez a la semana alguien salta en mil pedazos, pero ¿y qué? El jefe saca su tajada y los habitantes de la zona disponen de algunas divisas y de un gran funeral con dos corderos en un asador. ¿Y adivina quién se queda después con parte de las minas no explotadas si nadie presta la debida atención al programa de demoliciones?
    – Ah. Un montón de dinero y además armas gratis.
    – Por eso la ONU recela de entregar a nuestro hombre una parte del pastel. Usted se presentará como si fuera su ángel de la guarda, el nuevo representante de la Unión Europea para operaciones de remoción de minas en la región, con una nueva y brillante tarjeta de visita que hará que se le caiga la baba. Pensará que puesto que usted es bosnio podrá conseguir por fin un trato equilibrado, porque sabrá hacer negocios como a él le gusta.
    – Con sobornos y mordidas, quiere decir.
    – Algo así. Pero se enterará de todo lo que debe saber en reuniones en La Haya.
    – ¿Cómo se llama ese sospechoso?
    – Lo siento, pero aún es confidencial. Todo el mundo sabe que seguimos al general Andric porque su acta de acusación es de hace cuatro años. Esa acusación está sellada. No queremos correr el riesgo de darle el chivatazo y echar por tierra nuestro pequeño trato en el último momento. Pero no es nadie de quien haya oído hablar, eso se lo puedo garantizar.
    – ¿Y un emplazamiento?
    – Una pequeña ciudad en el centro de Bosnia. Es lo más que puedo concretar por ahora.
    – Y usted, señor Pine. ¿Es investigador?
    – Abogado, para ser exactos. Soy lo que la oficina del fiscal llama un funcionario judicial, que trabaja con un equipo de unos doce investigadores, más un tipo de inteligencia militar. Hago algunos interrogatorios, un poco de trabajo de campo, y después suelo ser uno de los abogados cuando el caso llega a la sala de vistas, el que puede relacionar todos los puntos. Pero si se fija en el último renglón de la descripción de mi puesto, que es lo que hizo mi jefe el otro día, también dice algo de «realizar las misiones especiales que puedan ser necesarias».
    – Lo cual parece significar que preferiría no estar aquí.
    – Digamos que estaba harto del aquí y ahora sin tener que pasar unas semanas en la segunda guerra mundial. Todo esto podría ser un tanto peliagudo si se mete la pata. Por eso no se puede hablar de ello.
    – ¿Qué hacía en Estados Unidos, antes de estar en el Tribunal?
    – Era ayudante de la Fiscalía Federal. Casos de drogas sobre todo. Formé parte de un grupo especial de la DEA durante algún tiempo. Casi siempre matones estadounidenses, con algún que otro sudamericano y nigeriano de propina. Algo parecido a trabajar en una cadena de montaje. Por eso me ofrecí voluntario para venir aquí. Un poco como usted, supongo. Otro proyecto de recuperación muy lejos de casa.
    Pero Vlado no estaba seguro de querer que lo recuperasen, especialmente si eso significaba volver al trabajo policial en un país donde la economía se había ido al infierno y la mitad de la población seguía albergando rencores. Era la clase de trabajo que tendía a convertir la honestidad en un juego, en una serie de sesiones de negociación entre la integridad y el interés personal. Si no se tenía cuidado no se tardaba en estar dando palmadas en la espalda y pagando rondas a la gente equivocada.
    Tampoco estaba convencido de que esa invitación no tuviera al menos algo que ver con aquello en lo que se había visto implicado allí, un papel que le hacía sentirse más culpable cada minuto que pasaba. Se acabó su reputación de policía limpio. Tendría que comprobar un par de cosas por sí mismo antes de poder decir que sí. También escucharía lo que Jasmina tuviera que decir. Podían esperar hasta más tarde para decidir si regresaban, porque ésa sería la parte dura, la de las discusiones y las lágrimas, sin importar quién se impusiera.
    Pero sus entrañas le habían dicho que quería la misión, y si pasar unas semanas en Bosnia le costaba su trabajo de la construcción en la Potsdamer Platz, en fin, ya habría otros agujeros que excavar en el barro, en otras partes de la ciudad que condujeran a otras regiones del pasado.

    Pine se quedó a cenar. Eso se daba por sentado a menos que Vlado y Jasmina quisieran transgredir todas las leyes de la hospitalidad balcánica. Hablaron del trabajo durante un rato e intercambiaron historias de antiguos compañeros y casos, relatos llenos de humor y en un lenguaje que debía ser corregido para los oídos de Sonja. Una vez retirados los platos, Jasmina acostó a Sonja. La niña no había dejado de dirigir una mirada hosca a Pine durante toda la cena.
    Vlado y Pine estaban relajados, los dos percibían que, incluso sin tener aún una respuesta oficial, el futuro inmediato de ambos estaba decidido, y que había llegado el momento de comenzar a acostumbrarse a la compañía del otro. Vlado descorchó la inevitable botella de slivovitz -brandy de ciruela- y las copas circularon mientras hablaban de familiares, amigos y otros que recordaban en los lejanos paisajes de casa.
    Pine dijo que su padre era advokat, un abogado que trabajaba en una pequeña ciudad del sur de Estados Unidos. El de Vlado había sido capataz de un taller de maquinaria. Metalurgia. Era capaz de hacer cualquier cosa con herramientas. Hacía cantar a los utensilios, pero nunca decía gran cosa de sí mismo. Dejaba que su trabajo hablara por él.
    – ¿Vive todavía?
    – No. Murió hace quince años.
    – ¿Y su madre?
    – Dos años después.
    – ¿Hizo su padre la guerra? Me refiero a la segunda guerra mundial.
    – Lo mismo que la mayoría de la gente, creo. Era eso o esconderse en un sótano. Estuvo con algunos voluntarios, aunque aquello nunca fue nada importante. En realidad no hubo muchos combates en la zona donde se crió, sólo tenían que cavar trincheras y hacer guardias hasta la saciedad, algunas marchas de noche por los bosques y hambre constante. En aquella guerra no había mucho margen para un musulmán, y ésa es probablemente una de las razones por las que no intentó hacerlo parecer más noble de lo que fue. Cuando yo era niño eso me molestaba, sobre todo después de oír a otros padres alardear de los héroes que habían sido. Ahora me doy cuenta de que era una virtud. Fueron las mentiras las que al final metieron a todo el mundo en problemas.
    – Bueno, bien por él, entonces. -Pine levantó su copa-. ¿Él también era de Sarajevo?
    – Más al sur y al oeste. De Podborje. Una pequeña aldea entre las montañas camino de la costa. Después de la guerra no pudo encontrar trabajo, así que se mudó a Sarajevo. Vivimos en un pequeño valle a unos kilómetros de la ciudad hasta que tuve seis años. Después nos mudamos al centro de la ciudad.
    – ¿Hermanos y hermanas? ¿Tíos y tías?
    – Yo era hijo único. Mis padres empezaron tarde. Eso, o fui lo único que podían aguantar. Algunos tíos y tías de Sarajevo, casi todos por parte de mi madre. Unos cuantos en pequeños lugares en el campo. Íbamos unas pocas veces al año, a bodas y funerales. La mayoría de la familia de mi padre había muerto para entonces. Sólo recuerdo a un tío, en una granja, con cabras que sólo querían comerse mis mangas. Él y mi tía vivían como ermitaños, así que sólo los vimos una o dos veces. Bebían brandy durante toda la noche en la parte de atrás de la casa. Era la única forma de conseguir que mi padre hablara.
    Aquello era un eufemismo, pensó Vlado, recordando los perturbadores silencios de su padre. Como un pájaro en su percha, viendo cosas debajo que los demás no veían, pero sin molestarse nunca en compartir cuáles eran. Su madre siempre había sido la habladora de la familia.
    – La familia siempre parece marcar la diferencia en su país -dijo Pine-. Las familias y el lugar donde uno se ha criado. Es algo que siempre me asombra. Se encuentra uno con personas de las aldeas más minúsculas que fueron desarraigadas durante los combates, que tal vez tuvieron que mudarse a treinta kilómetros valle abajo, pero podría pensarse que se habían mudado a otro país, por su forma de hablar. Su aldea era lo único que les importaba. Caray, cuando se ha nacido en una pequeña ciudad de Estados Unidos, lo que uno desea es salir de allí. Quedarse es morir poco a poco. Creo que ésa es una de las razones por las que no entendemos ni la mitad de lo que ha sucedido en Bosnia. Nosotros tuvimos la guerra civil, y por el camino expulsamos a unos pocos millones de indios, y tenemos problemas raciales y delincuencia y pobreza. Pero la historia es más o menos, en fin, historia. La gente está demasiado preocupada por su trabajo y sus equipos deportivos y por lo que pongan esa noche en la televisión por cable para liarse a tiros por algo que sucedió hace unos cincuenta años, y menos aún hace seiscientos.
    – Eso es porque ustedes no crecieron oyendo a los mayores renegar de la última guerra. Diciendo que no te creas todas esas tonterías de la paz y la hermandad porque un día esa gente de la casa de al lado intentará hacértelo otra vez. En algunos lugares daba igual que fueras serbio, musulmán o croata. La desconfianza nunca llegó a desaparecer de verdad, y una vez que comenzaron los combates… ¡zas! Se acabaron la paz y la hermandad.
    – Nosotros también tenemos un montón de viejos chochos que refunfuñan cuando se sientan a cenar. Pero pensaba que crecer era en parte no creer ni una palabra de lo que los padres te dicen. En América nadie escucha a los viejos chochos excepto otros viejos chochos. ¿Pero qué os pasó a vosotros, tíos?
    A esas alturas Pine estaba borracho. Pero Vlado, también alegre, se dio cuenta de que aquel hombre había hecho una buena observación.
    – Supongo que todos adquirimos algo más de lo debido de la «sabiduría de los mayores». Hasta yo lo hice. Y mire dónde nos ha llevado.
    – Pero usted no se dedicó a cazar serbios durante la guerra, así que no es posible que estuviese demasiado envenenado. ¿Cuál era la sabiduría de los mayores de su casa?
    Otra buena pregunta. Vlado se encogió de hombros, mientras lo pensaba.
    – A mi padre le traía sin cuidado la política, así que tal vez sea por eso por lo que yo tampoco me preocupé mucho por ella. Lo que transmitía eran cosas pequeñas en su mayoría. Su forma de vivir. Sus hábitos de trabajo. Ser leal, una persona en la que se pudiera confiar. Demostrar que, incluso cuando venían mal dadas, era posible doblarse sin romperse.
    – Nada de estrechez de miras, entonces. Nada de la mentalidad pueblerina en la que debió de criarse.
    – También en eso, sólo pequeñas cosas. Viejas historias sobre sus primos o sus tías. Tradiciones los días de fiesta. La mejor manera de descuartizar un cordero para un banquete de boda. La mejor manera de reparar una junta universal rota. Cosas que se podían hacer con las manos. Algunos padres transmitían sus creencias, sus odios y pasiones. El mío me dio su forma de ver la vida. Y una caja de herramientas.
    – ¿Una caja de herramientas?
    – Es lo más importante que me dejó al morir. Eso y algunas fotografías antiguas.
    Pine no tenía nada que decir a aquello. Se pasó la mano por la cara y se inclinó hacia la mesa.
    – He bebido demasiado.
    – Tal vez un poco -dijo Vlado con una sonrisa.
    – Supongo que hemos obligado a Jasmina a acostarse.
    La sonrisa de Vlado se hizo más amplia.
    – Ahora somos nosotros los que actuamos como viejos chochos aldeanos. Bebiendo hasta las tantas una vez que las mujeres se han ido a la cama. Ahora es cuando se supone que debemos sacar una baraja, o comenzar a discutir y tirar al suelo la mesa.
    Pero Jasmina no estaba dormida. Vlado miró hacia el pasillo y vio una línea de luz debajo de su puerta. Aquello le hizo recordar algo que le había estado rondando por la cabeza durante toda la noche. Antes de acabar la noche, tenía que ocuparse de ello, cara a cara. Pine habló en voz alta desde el otro lado de la mesa, rompiendo su ensoñación.
    – Bueno, dele otros seiscientos años a América y tal vez nos quememos las casas unos a otros. Desde luego, entonces todos tendremos un número ilimitado de canales en el sistema de televisión por cable, así que nadie tendrá tiempo de empezar una guerra.
    Entrechocaron las copas por eso, riendo.
    – Tal vez toda Bosnia necesite perder un poco la memoria colectiva -dijo Pine-. Muchos de nosotros en el Tribunal pensamos que es la única solución verdadera. Un poco de terapia de electrochoque para todos y se acabaron los problemas.
    Pine volvió a reír.
    Vlado quiso hacerlo. Pero había algo vagamente perturbador en el pensamiento de todos aquellos americanos y europeos en sus elegantes apartamentos holandeses, que se reían mientras tomaban cócteles de la recurrente locura genocida de su país. Divirtiéndose a costa de todos aquellos rudos campesinos con su curiosa ignorancia, tan distantes de los europeos más modernos como de los campesinos con cara de pan de Brueguel.
    Vlado aspiró profundamente de su cigarrillo y expulsó una nube hacia Pine. Si aquel hombre podía habituarse a la historia de los Balcanes, podía acostumbrarse al humo de los Balcanes.
    – Mire, ese trabajo que me pide que acepte; se lo voy a decir ahora mismo, es probable que lo haga. Jasmina no querrá mudarse. Detesta el trabajo que hay por aquí, pero le gusta la paz, la estabilidad, así que eso es algo que tendremos que decidir más tarde. Pero me sigo preguntando en qué diablos me estoy metiendo. Tal como yo lo entiendo, ustedes quieren mi «pericia local» para ayudarles a echar mano a un anciano del que nunca he oído hablar, de una guerra que no conocí, en una ciudad que puede que nunca haya visto. Y le voy a decir ahora que nunca he trabajado en la clandestinidad. No estoy seguro de lo convincente que pueda ser haciéndome pasar por algún tipo de agente de concesiones de remoción de minas. Así que dígame, ¿qué parte del cuadro me estoy perdiendo? ¿Por qué yo?
    Pine sonrió, entrecerrando los ojos en medio del humo del tabaco. Vlado lo vio tambalearse ligeramente, quizá por el agotamiento del largo viaje en tren, la comida fuerte y las cinco copas de brandy. Después Pine se enderezó en su silla, como si se hubiera dado cuenta de que había bajado la guardia. Tenía cuidado cuando debía tenerlo, observó Vlado. Tal vez aquello era parte de su formación como abogado.
    – Buena pregunta. Pero tendrá que reservarla para mi jefe. Lo conocerá esta misma semana. Sólo diga que sí y lo sabrá muy pronto. Lo único que puedo decirle es que, basándome en su expediente, es usted lo que se suele llamar «el último policía honesto de Bosnia».
    Aquello mereció otras risas, y Vlado sirvió una última copa. La respuesta de Pine debería haber activado una alarma, Vlado lo sabía, pero tenía sus propios medios para responder a las preguntas que seguían inquietándolo, sin importar lo tardío de la hora.
    Por el momento, sin embargo, su impulso dominante era hacer el equipaje, sentarse ante un montón de notas sobre casos y comenzar a hacer el trabajo que hacía antes. Si lo hubieran presionado, incluso se habría subido a un coche en aquel mismo instante para viajar hacia el sur durante dieciocho horas, cruzar la frontera y ascender a las verdes colinas, con los oídos destapándose, las ventanillas abiertas, sintiendo en la cara el aire fresco de las hayas, los álamos y los pinos. Estaba listo para ir a casa; cuanto antes, mejor.

    Se despidieron en la puerta unos minutos después. Jasmina se unió a ellos, con los brazos cruzados. Cuando las puertas del ascensor se abrieron en la planta baja, Pine se dirigió a una cabina telefónica que había en la calle.
    En general, pensó, había sido una velada productiva, aunque había costado un rato animar a aquel hombre. Había leído el expediente de Vlado en el largo viaje en tren desde Amsterdam y le había causado buena impresión. Las evaluaciones de sus años como detective habían sido especialmente destacadas: brillante, inquisitivo, independiente hasta convertirlo en defecto, algo que a Pine no le importaba porque esa misma clase de palabras aparecían siempre en sus propias evaluaciones. Algo aún mejor, aquel hombre había permanecido alejado de la bebida, toda una proeza cuando alguien es un exiliado que trabaja en un empleo mal pagado y muy por debajo de sus aptitudes.
    Sin embargo, la primera impresión de Pine en persona había sido discordante. Vlado le había parecido uno de aquellos jóvenes cultivadores de tabaco de su país, en el condado de Lasser, a quienes su padre había desahuciado por cuenta de un terrateniente, o a quienes había demandado hasta el último centavo por cuenta de la compañía de electricidad. Adoptaban la pose de duros y decididos, pero en realidad eran ingenuos, siempre creían que vendrían tiempos mejores, hasta que una mañana se despertaban y se encontraban viejos y pobres, y se daban cuenta demasiado tarde de que sólo trabajar con denuedo no asegura la salvación.
    Pero Pine se había equivocado antes al aplicar allí las normas americanas, así que hizo una nueva valoración y cambió a la velocidad europea -después de más de cinco años fuera de su país se le daba bastante bien- y percibió un rostro balcánico clásico, con los rasgos pegados a los huesos, los ojos oscuros y escrutadores y el cabello negro muy corto que se veía por todas partes allí. Vlado, conjeturó, tardaría en sonreír, tardaría en confiar. Aquel hombre tenía algo vagamente germánico, un imperturbable sentido del orden, de que todo estuviera en el lugar adecuado. O tal vez había sacado aquella conclusión del apartamento, muebles sencillos, pero bien cuidados y de líneas limpias. No había desorden. Los suelos y las paredes estaban impecables. Los zapatos formaban una línea ordenada junto a la puerta.
    Pero era otra parte más oscura del expediente de Vlado lo que había llevado a Pine a cruzar media Europa, sombrías nimiedades que hacían que aquel hombre fuera extrañamente perfecto para el trabajo que había entre manos. Aquellas revelaciones vendrían más tarde, y Pine no deseaba ser quien las hiciese. Ahora era el momento de llamar al jefe; metió unos marcos en la ranura.
    Era casi medianoche. Spratt estaría dormido, pero que se fuera al diablo, aquello había sido idea suya. Además, querría saber.
    – ¿Diga? -dijo una voz somnolienta con un aplanado acento australiano.
    – Soy Pine. Misión cumplida.
    Aquello pareció despertarlo.
    – Buen trabajo. ¿Así que se incorpora?
    – No oficialmente. Tiene que hablar con su esposa. Pero ten la seguridad de que está enganchado.
    – Y nuestra arma secreta; ¿sigue siendo un secreto?
    – No por elección mía.
    – Entendido. No te preocupes.
    – Dejaré que se lo digas tú.
    Una risita ahogada.
    – Tendré mucho gusto en hacerlo cuando llegue el momento. No te preocupes, la herida no será mortal. Ahora duerme un poco, Pine. Y déjame dormir a mí. Pareces bebido, por cierto. Espero que no tengas que conducir.
    – ¿Con cargo a nuestro presupuesto? Transporte público. Y me queda un trayecto de cuarenta minutos de S-Bahn hasta mi hotel barato.
    – Entonces no te pases de parada. Y asegúrate de traer al señor Petric a La Haya contigo cuando vuelvas. Hay mucha gente deseosa de conocerlo.

3

    Si Pine se hubiera quedado más tiempo hablando por teléfono podría haberse tropezado con Vlado, que no tardó en salir del edificio para hacer su propio recado de medianoche.
    Vlado y Jasmina se miraron en cuanto Pine cerró la puerta. Estaban agotados, no sólo por lo tardío de la hora sino también por el peso de las preguntas a las que ahora tenían que dar una respuesta. ¿Debía aceptar Vlado la misión? En tal caso, ¿qué pasaría después? Estaban demasiado cansados para discutirlo, pero también demasiado agitados para dormir, y en el caso de Vlado había un asunto más acuciante del que ocuparse.
    Agarró su chaqueta y se encaminó a la puerta.
    – ¿Adónde vas? -preguntó Jasmina.
    No era algo que pudiera decirle, no en ese momento. Tal vez nunca. A ella no, ni a Pine, ni a nadie.
    – Tengo que averiguar una cosa antes de dar una respuesta -se le ocurrió como lo más parecido a una explicación que podía ofrecer-. Es… una cuestión de cumplimiento de la ley.
    – ¿A medianoche? ¿En Berlín? -dijo Jasmina, frunciendo el ceño con incredulidad.
    – Tiene que ver con la guerra. Con gente de casa. Tendrás que confiar en mí. Es un asunto suyo, no mío. Sólo tengo que asegurarme de que se ha resuelto antes de que pueda decirle algo a Pine. Por favor, eso es lo único que puedo decirte. No tardaré mucho.
    – Vas corriendo para alcanzarlo, ¿verdad? Para alcanzar a Pine antes de que cambie de opinión.
    – Por supuesto que no. No haría una cosa así sin hablarlo antes contigo.
    Jasmina reflexionó durante unos segundos y pareció aceptarlo.
    – ¿Cuánto tardarás?
    – No más de una hora. Probablemente menos -confió en que fuera cierto.
    Ella suspiró, todavía escéptica.
    – Pero lo vas a aceptar, ¿no? Ese trabajo.
    – Tal vez. No lo sé. Probablemente. Si crees que Sonja y tú podéis soportarlo.
    – Sería mejor preguntar cómo lo soportaremos si tú no lo soportas. Estarás de un humor de perros el resto de tu vida. Lo que más me preocupa es lo que venga después, cuando esto se haya terminado y quieras volver.
    – Tal vez no me sienta así. Tal vez siga estando tan mal como todo el mundo dice. Sólo con saber que puedo visitarlo ya está bien por ahora.
    Ella negó con la cabeza, sonriendo.
    – Lo único que necesitas es un paseo por las montañas. Por uno de tus antiguos senderos.
    – Hasta que vea una mina en uno de mis viejos senderos.
    – Eso es. Y después volverás corriendo directamente a tu fiel excavadora JCB. Vamos a ver. ¿Qué preferiría hacer Vlado en los próximos veinte años? ¿Cavar agujeros en el barro o ir por ahí haciendo preguntas impertinentes a la gente, y por un salario mejor? Estoy segura de que necesitarás mucho tiempo para decidirlo. Sobre todo con lo que te gusta esto. La comida de la que no paras de despotricar. El tiempo soleado.
    Vlado sonrió.
    – No te olvides del precioso campo llano.
    Jasmina le devolvió la sonrisa.
    – Yo también lo detesto. Algunas cosas. Ser siempre una extraña. No entender la mitad de lo que la gente dice por mucho que lo intente. Las miradas que nos dirige toda esa gente que desea que volvamos a casa. Si fuéramos nosotros dos solos volvería mañana -señaló hacia el pasillo con la cabeza-. Es Sonja la que me preocupa. Lleva aquí casi toda su vida. Aquí aprendió a hablar, a hacer amigos, a leer y a escribir. Éste es su hogar. Ella es alemana, Vlado, berlinesa, tanto si tú y los alemanes queréis admitirlo como si no. Le gustan las bratwurst y el doner kebab y esos pequeños huevos de chocolate con juguetes dentro. Tararea la melodía de Liebe Sandmann todas las mañanas en el desayuno, perdón, todas las Morgen am Frühstück o como quiera que se diga. Es probable que incluso le guste la idea de unas escuelas y unas zonas de juegos que no hayan sido voladas o arrasadas por el fuego. Y, en fin, aunque la mitad de la gente del U-Bahn la mire mal cuando se sienta, al menos la mayoría no la mataría si la ve deambulando por sus barrios sin permiso, que es algo más de lo que puedes decir de nuestro hermoso país.
    – Lo sé. Todo eso es verdad. Ya hablaremos de ello más tarde. Cuando lo hayamos consultado con la almohada.
    Vlado la atrajo hacia él y le susurró al oído.
    – También es bonito no tener que preocuparme de ti cada día. Aunque detestes el trabajo. Al menos siempre sé que volverás a casa.
    – No dirías eso si supieras dónde he estado esta mañana -dijo Vlado-. Fantasmas y viejos nazis bajo tierra. Ha sido un día extraño.
    Y estaba a punto de serlo aún más, se temía.

    Vlado salió a paso vivo del edificio. El U-Bahn dejaría de funcionar al cabo de menos de una hora, pero su destino estaba a sólo unas manzanas de distancia. El hombre se llamaba Haris, y a Vlado el estómago le seguía dando un vuelco cada vez que recordaba la primera vez que lo había oído. Había notado la presencia de aquel hombre casi desde el mismo instante en que regresó junto a su familia cinco años atrás.
    Había llamado dos veces a la puerta del apartamento, sintiéndose más un cartero con un paquete certificado que entregar que marido y padre. Jasmina había abierto la puerta y dado un grito ahogado, después sonrió, estuvo a punto de desplomarse, mientras el aire cálido del apartamento salía al corredor. Sonja levantó la vista desde el suelo tal y como cabía esperar que lo hiciera una niña escéptica de cuatro años cuando aparece un extraño en su puerta. Ante ella se desplegaba una colección de animales salvajes compuesta por zebras y leones de juguete en una llanura enmoquetada. Los había recogido frunciendo el ceño, y después había dado un grito ahogado cuando su madre abrazó de verdad a aquel extraño, sollozando y haciéndole entrar en su casa.
    Para ella, papá se había convertido en una voz al teléfono que llamaba una vez al mes desde un lugar llamado Sarajevo, en un programa de una radio privada que emitía para ella sola, una novedad que había envejecido con el tiempo. Aquel hombre que entraba en casa era algo totalmente distinto.
    Unos minutos después Vlado había reparado en la presencia de la revista deportiva en la mesa, aquella en su lengua materna en la que venían los nombres de las estrellas futbolísticas a las que en otros tiempos había aclamado. No mucho después había encontrado dos cervezas en el frigorífico. Jasmina la detestaba.
    Cuando Jasmina se hubo recuperado de su sorpresa inicial se apresuró a ordenar el salón, llevándose la revista al tiempo que recogía toda clase de cosas, ruborizada y no sólo por la excitación, supuso él. Entró primero en el dormitorio, llevándose su maleta, y mientras Vlado miraba hacia el pasillo desde el sofá, la vio meter rápidamente algunas cosas en una bolsa de plástico. Se sentó, agotado, abrumado al comprender que los dos últimos años habían terminado por fin. Su guerra había terminado de verdad. La idea de que hubiera otro hombre no debería haberle sorprendido, suponía, y por el momento estaba demasiado aturdido y cansado para sentirse furioso, ni siquiera dolido. Había estado fuera de la circulación durante tanto tiempo, sin posibilidad de escapar, y de pronto allí estaba, observando cómo su hija lo miraba a él desde la puerta de la cocina. Sabía por su propia experiencia que las personas que están solas en lugares desconocidos o hacían amistades o se volvían locas, y a veces las amistades se convertían en algo más. Aparte de eso, estaba demasiado agotado por los interrogatorios y el largo viaje para reencontrarse con su familia. Hacía menos de una semana que había salido de Sarajevo. Las emociones de los años bajo el fuego seguían pegadas a él como ropa mojada.
    Jasmina nunca mencionó a nadie, ni le dio pista alguna, aunque había veces en que parecía titubear, contenerse en la conversación, ya fuera por no querer hacerle daño o por el dolor que le causaba una pérdida de la que no podía hablar y que no estaba segura de que él quisiera conocer.
    Por suerte tenían a Sonja para distraerlos. Se acostumbró a Vlado enseguida, algún antiguo vínculo que se imponía, como si ella tuviera codificado su olor, su voz, sus sentimientos cuando se acurrucaba junto a él con un libro y le pedía que leyera para ella, y al cabo de una semana estaba tan apegada a él que no lo dejaría marcharse. Vlado adquirió la rutina de leerle un cuento en alemán por la tarde. Era un buen ejercicio para los dos, aunque no estaba muy claro quién enseñaba a quién. Él avanzaba por las páginas como un hombre con zancos, mientras ella corregía con delicadeza su pronunciación y señalaba con su manita la página mientras articulaba con destreza sonidos que parecían carraspeos. Su bosnio, si es que así se llamaba ahora su lengua, pues el término serbocroata se había convertido en un contrasentido, se diluía de día en día. Él y Jasmina lo utilizaban en casa, pero recurrir a su lengua materna comenzó a ser como trasladarse a otra época en un tranvía que chirriaba y se había quedado anticuado.
    Su matrimonio dio la misma sensación durante algún tiempo. Habían perdido la sensibilidad para los ritmos del otro, el cómodo toma y daca con sus frases hechas y sus gestos. Era como volver a aprender una lengua, pero cada día volvían a ellos más palabras.
    Vlado nunca quiso preguntar por ningún hombre, aunque sintió la tentación de sacar a colación el tema cuando hablaba con Sonja. Habría sido tan fácil preguntar por «los amigos de mamá». Sin embargo, cuando intentaba articular las palabras sentía aparecer al policía que llevaba dentro y que interrogaba a su hija, así que alejaba aquel pensamiento. Además, Jasmina no mostraba signo alguno de que nada hubiera continuado. No había largas ausencias sin explicar, ni momentos furtivos al teléfono, y sí, escuchaba para tratar de encontrarlos, con una atención que le daba vergüenza. Las únicas pistas que ofrecía eran aquellos momentos de vacío, cuando miraba hacia rincones en los que no había nada que ver. ¿De quién era el rostro que continuaba por allí?, se preguntaba.
    Al cabo de unos meses todo había aflorado en cualquier caso, un día que Jasmina había salido a la compra. Sonja estaba jugando en el suelo con una pequeña jirafa de peluche con hilos de color naranja a modo de crin.
    – Qué juguete tan bonito -dijo Vlado desde el sofá, sólo por entablar conversación.
    – Me lo regaló Haris -respondió Sonja, y al principio él no reparó en esas palabras. Dio por supuesto que Haris era un amiguito, un niño generoso de la Spielplatz-. Cuando compró a mamá el agua de olor.
    Entonces sí le dedicó toda su atención.
    – ¿El agua de olor?
    – Sí.
    – Enséñamela -dijo, dejándose caer lentamente al suelo, moviéndose con sigilo hasta su hija como un conspirador, pero sin dejar que su voz se alterase-. Enséñame el agua de olor de mamá.
    – Ya lo sabesss -la niña arrugó la nariz con una sonrisa, haciéndole sentir vergüenza de su ignorancia.
    – No. No lo sé -dijo, sonriendo a su vez-. Tráemela.
    Y como un pequeño y buen confidente se fue a toda prisa por el pasillo con el paso tembloroso de una niña de cuatro años. La observó a través de la puerta abierta mientras se ponía de puntillas en el dormitorio del matrimonio para hurgar en el cajón superior del tocador de Jasmina.
    – Aquí está -dijo con dulzura, acercándose con la presa en la mano extendida.
    Era un frasco de Chanel.
    Vlado desenroscó el tapón y olió. Jasmina no había usado aquel perfume desde que él había vuelto, pero el frasco estaba usado. Lo puso a la luz, sintiendo la frialdad del cristal, admirando el color ámbar. Incluso las versiones piratas de aquellos artículos alcanzaban un buen precio en la calle. Con sus ingresos comprar algo así supondría un verdadero sacrificio. Atrajo a Sonja hacia él y la estrechó entre sus brazos, conteniendo las lágrimas.
    – ¿A que es bonito? -dijo Sonja, con la voz ahogada contra su camisa.
    Vlado esbozó con esfuerzo otra sonrisa.
    – Sí, mi vida. Es muy bonito.
    Así que ahora tenía un nombre. Haris. Y hojeó mentalmente un catálogo de rostros del edificio, del bar, del puesto de salchichas, del mercado, intentando recordar a Haris. Estaba el Centro Cultural Bosnio en Kreutzberg, un lugar donde sus compatriotas se reunían a veces, celebraban las fiestas, festejaban las bodas. Pero el único Haris que había allí era un anciano, con sopa en la pechera, que siempre hablaba entre dientes de sus hijos perdidos y de los crímenes de los serbios.
    La puerta de la vivienda se abrió y apareció Jasmina, empapada, con dos bolsas de lona repletas de comestibles. Miró el frasco de perfume que él sostenía en su mano, después a Sonja, que estaba de nuevo en el suelo con su jirafa, ajena a la súbita tensión ambiental.
    Los colores aparecieron en las mejillas de Vlado, que dejó con suavidad el frasco en una mesa al lado del sofá. Jasmina entró en la cocina sin decir palabra, sin molestarse en quitarse los zapatos, dejando a su paso huellas húmedas en la moqueta. Vlado oyó las llaves sonar en la encimera, el clic del frigorífico al abrirse, el ajetreo de puertas de armarios cerrándose, botellas chocando, bolsas crujiendo. Deseó sentirse furioso pero sólo sintió frialdad, un dolor apagado y profundo.
    Volvió a mirar el frasco. Ahora tenía la oportunidad de devolverlo al cajón, a cualquier cajón. Aquel paso les permitiría guardar las apariencias a los dos, ganar tiempo, un gesto a partir del cual construir. Podrían hablar de ello más adelante. Pero en cambio encendió la televisión y volvió al sofá, dejando el frasco bien a la vista, una acusación abierta. Prueba A de la acusación.
    Esperaron hasta después de la cena, una vez que Sonja estuvo dormida. Después Jasmina preparó un té para ella y abrió una botella de cerveza para Vlado, que le llevó en un vaso. Aquello pareció un primer paso hacia el acuerdo, y él aprovecho la oportunidad, hablando despacio.
    – Sonja me habló de alguien llamado Haris.
    Jasmina se sentó con las piernas dobladas en el otro extremo del sofá, con la jarrita humeante en sus manos.
    – Haris -dijo, haciendo una pausa- es un amigo. Mejor dicho, era un amigo. Un amigo y a veces… -titubeó, mirando a Vlado a los ojos con una expresión de cuidado y preocupación-. A veces algo más. Un compañero. Más para dar calor ante la soledad que otra cosa. Los días sin ti pasaban y pasaban. Entre una llamada y otra pensaba que habías muerto. A veces estaba convencida de ello, sabía que nadie te encontraría en el apartamento durante días, y que incluso cuando te encontrasen, nadie sabría a quién llamar, ni cómo. Y fue uno de esos días cuando conocí a Haris.
    No necesitaba oír más. Lo único que necesitaba oír era que aquel hombre había desaparecido, que había terminado en la vida de Jasmina. De lo contrario, la conversación giraría hacia el punto muerto al que a menudo llegaban desde que había regresado. Los dos parecían decididos a demostrar al otro que habían sufrido más durante los dos años en que habían estado separados. Y era cierto que ninguno de los dos podía entender de verdad lo que el otro había soportado. Él nunca conocería la dureza de la vida en soledad en un lugar inhóspito sin otra cosa que tu hija y tus deseos de compañía, arrastrada por una corriente fría de parloteo indescifrable y funcionarios que siempre querían ver tus documentos, papeles y más papeles. Ella, por otra parte, no podía entender el miedo y el agotamiento de dos años dentro de una guerra claustrofóbica, donde los obuses y las balas formaban parte del tiempo, pavesas de ceniza en una atmósfera viciada que apestaba a cañerías atascadas, basura ardiendo y muerte.
    Pero la mención del nombre de aquel hombre, oír la palabra «Haris» saliendo de los labios de Jasmina, pareció sacar a Vlado de su acostumbrada trinchera, y a ella de la suya, y a partir de aquel día ninguno de los dos insistió tanto en documentar los dos años que habían pasado separados. Poco a poco, las discusiones se desvanecieron, y con ellas el nombre de Haris.
    Sin embargo, ésa no fue la última vez que oyó aquel nombre, y lo lamentaba más si cabe ahora que el americano, Pine, había aparecido en su puerta.
    Había conocido a Haris más de cuatro años después, hacía en ese momento apenas un mes, en un lugar llamado Noski's. Era un bar, uno de los pocos donde un bosnio podía estar sin preocuparse de ser apaleado hasta estar en un tris de perder la vida por la pandilla de jóvenes gallitos del barrio. Vlado acudía allí a veces para leer periódicos y revistas atrasadas de Zagreb, incluso de Belgrado, amontonadas en un extremo de la barra. A veces había un ejemplar bastante reciente del diario de Sarajevo, Oslobodjene. Al encargado, un viejo tabernero de Prijedor, nunca pareció importarle que Vlado apenas gastase en bebida. Sabía que la mayoría de sus parroquianos no podían permitírselo, y los pocos que podían compensaban con creces a los demás bebiendo hasta perder el conocimiento, un día tras otro.
    Vlado estaba sentado en su taburete de costumbre cuando una voz le habló a su espalda.
    – Tú eres Vlado.
    Se volvió y vio a un hombre delgado y entrecano, vestido con tejanos y una chaqueta de cuero negro ajada, con el cabello despeinado, unos ojos que habrían sido de un bonito y tranquilizador color azul de no haber estado inyectados en sangre. Pero eran unos ojos que no dejaban que se apartase la mirada de ellos, y Vlado supo exactamente quién debía de ser.
    – Y tú eres Haris.
    El hombre asintió con la cabeza.
    – Te invito a una copa. Después te contaré una historia.
    Se sentó en el taburete de al lado, oliendo a whisky. Pero parecía perfectamente sobrio, no se tambaleaba ni arrastraba las palabras.
    – No quiero una copa -dijo Vlado-. Y desde luego no quiero que me cuentes una historia.
    – Es una historia para un policía, y tú eres el único que conozco. De acuerdo, también es una historia para un marido. Un marido que sólo quiere leer los periódicos y volver a casa con su mujer y su hija. -Se volvió hacia el barman-. Una cerveza, por favor. Y un whisky. -Después, volviéndose de nuevo hacia Vlado, agregó-: Sólo tienes que escucharme esta vez. Es lo único que pido.
    Sus ojos suplicaron desde alguna lejana y distante colina del pasado.
    – De acuerdo. Sólo ésta.
    Haris puso un billete arrugado en la barra para pagar las bebidas y esperó a que le sirvieran el whisky. Luego comenzó.
    – Llegué aquí con mi hermana a finales del noventa y dos. Con mi hermana Saliha. De Bijeljina. Allí nos criamos. Allí fuimos a la escuela, conseguimos trabajo, hicimos amigos. La mayoría de nuestros amigos eran serbios. Cuando comenzó la guerra, sabía que todo iría bien, porque todo el mundo nos conocía. Nadie permitiría que nos sucediera nada.
    Bebió un largo trago de whisky, hizo una mueca y se limpió la boca con la manga.
    – Saliha fue violada en el primer mes de la guerra. Cinco veces, por un grupo de hombres, en una habitación donde la retuvieron durante dos días. A mí me llevaron al campo de concentración de Keratern. Nos cargaron a cincuenta en un autobús y nos metieron detrás de una valla. No nos dieron de comer durante cuatro días en los que nos sacaban, de dos en dos, nos pegaban en la cabeza, nos encadenaban a camiones. A algunos los mataron a tiros. A mí sólo me pegaron. En las piernas y en la cara. Nos dejaron cinco semanas detrás de la alambrada hasta que un día llegó un comandante y nos dejó en libertad. A todos los que no habían muerto. Pero se quedaron con nuestros papeles, con nuestro dinero, luego nos metieron en camiones y nos llevaron a las primeras líneas del frente, donde nos descargaron y nos dijeron que no volviéramos nunca.
    »Los francotiradores mataron a dos de los nuestros mientras caminábamos hacia el otro lado, cruzando las líneas a trompicones. Otro pisó una mina. La ONU estaba allí y todo, pero no podían hacer nada. Creo que alguien presentó una protesta más tarde. -Bebió un sorbo de whisky, señaló con un gesto la jarra de cerveza llena de espuma-. Por favor. Necesitarás beber si vas a oír todo esto.
    Observó a Vlado mientras éste levantaba la jarra y bebía.
    – Encontré a mi hermana tres semanas después en el gimnasio de un colegio, donde dormía en el suelo. Aquel lugar estaba lleno de refugiados. Cientos. Familias enteras sobre toallas y mantas, con la ropa tendida entre los aros de baloncesto.
    »Piojos, mala comida, todos los olores que puedas imaginar. Así era la vida en el gimnasio. Mi hermana no hablaba con nadie. Lo único que hacía era estar sentada todo el día en un catre, con los ojos abiertos. Dormí en el suelo a su lado durante una semana. Después, al octavo día, se levantó por fin y decidió dar un paseo por el exterior. Estaba nevando y ella iba descalza, pero siguió andando como si nada mientras yo la seguía, con miedo de decir algo. Después de dos manzanas se detuvo, se miró los pies y comenzó a llorar. La llevé de vuelta y en el camino me contó lo que había sucedido, me susurraba al oído como un niño que le cuenta a su padre que ha hecho algo malo. Conocía a aquellos hombres, a tres de ellos. Conocía sus caras y sus nombres. Uno enseñaba a nuestro sobrino en la escuela. Otro se había criado en una granja cercana a la de nuestro tío. Yo jugaba al fútbol con él en la escuela. El otro hombre era del pueblo, un panadero. -Hizo una pausa, negó con la cabeza-. Cinco meses después llegamos aquí. Fue a finales del noventa y dos. Durante tres años ella estuvo más o menos igual, sin ir a ninguna parte, tumbada en el apartamento, viendo la televisión.
    »Un día soleado y cálido, una mañana de primavera después de que lloviera un poco, la llevé a dar un paseo, casi tuve que empujarla para que saliera por la puerta y bajarla en brazos por las escaleras. Pero comenzó a mirar a su alrededor. Se paró y se sentó un rato en un banco, frente a una parada de autobús. Luego decidimos coger un autobús, dar una vuelta. Cruzamos la calle y ella miró a la multitud, siete u ocho personas que esperaban el autobús. Y entonces fue cuando lo vio, a uno de los hombres, no uno de los tres a los que conocía, sino a su jefe, el más importante, el que tenía una cicatriz y llevaba una boina negra, el que se inclinaba sobre su cara con el aliento oliendo a brandy, el que sudaba encima de ella durante veinte minutos. Intentó gritar, intentó decirme quién era, pero de su boca no salió ninguna palabra hasta que el autobús se fue con aquel hombre dentro. Me dijo que se llamaba Popovic, y yo también lo había visto.
    »Así que al día siguiente fui de nuevo a la parada de autobús a esperarlo. Estuve allí nueve horas. Y al día siguiente, y al siguiente. Tomé la decisión de ir todos los días hasta que él volviera, como si fuera mi trabajo, porque de todos modos no tenía un trabajo de verdad. Sólo trabajos en la construcción, sin papeles, tirando viejas paredes y enlucidos, y la mitad de las veces no nos pagaban. Así que seguí acudiendo a la misma esquina. Y así fue como conocí a Jasmina.
    Oírle decir su nombre produjo un sobresalto a Vlado. Pero siguió en silencio, esperando que Haris continuase. Hizo una pausa para beber otro trago de whisky.
    – Ella me había visto, supongo, me había visto en aquella esquina día tras día, como alguien obsesionado. Y es verdad que estaba obsesionado. Loco y sucio, con el mismo abrigo, lloviera o luciera el sol. La misma botellita de agua metida bajo el brazo con un periódico.
    »Ella me abordó un día, por curiosidad más que nada, y me preguntó a quién buscaba. Después de días de ser ignorado por casi todo el mundo en Berlín, parecía una especie de revelación, como si hubiera sido invisible para todos menos para ella. Y cuando te sientes como yo me sentía, tan centrado en algo que no puedes ver nada más, cuando alguien advierte de verdad lo que estás haciendo, parece magia. Como si tuviera poderes que nadie más tiene. Así que hablamos. Y yo me relajé un poco. Me sentí casi normal durante aquellos minutos hasta que llegó su autobús. Y al día siguiente volvimos a hablar, y yo no le había dicho todavía por qué estaba allí, ni a quién buscaba. Pero ella me dijo que también esperaba a alguien. Creo que aquella mañana puede que hasta me hubiera afeitado. Que me hubiera cambiado de camisa. Que hubiera limpiado el abrigo. No lo recuerdo ya. Pero el quinto día ella me trajo una manzana. Debía de estar muy pálido. Y unos días después dejé de ir allí. Nos encontrábamos en otros lugares, lugares más normales, y nos hicimos amigos.
    Aquello era todo lo que a Vlado le interesaba oír sobre la cuestión. Quiso hablar, pero Haris levantó una mano.
    – Por favor. Otra cerveza. Yo invito, tú escuchas. He terminado con la parte de tu mujer, pero tenía que contarte hasta ahí, para que lo supieras.
    El barman puso otra ronda, Haris otro billete arrugado.
    – Más adelante me enteré de más cosas sobre aquel hombre, Popovic. No era ése el nombre que usaba aquí, y la gente que lo conocía decía que había vuelto, que había vuelto a Bosnia y a los combates. Tenía su propia unidad, sus propios hombres con sus propios uniformes negros y un sobrenombre, «Los Leones de Popi». Pero entonces yo volvía a tener una vida. Trabajaba en edificios antiguos, pintando o desprendiendo aislamiento. Me pagaban en efectivo al terminar cada jornada, o a veces no me pagaban. A mi hermana no le importaba. Estaba en casa, más callada que nunca, con la televisión encendida. Después de ver a Popovic aquella vez no volvió a salir de la casa. Pero seguí trabajando. Y, sí, a veces veía a Jasmina.
    Fue la única vez que Haris estuvo a punto de alzar la voz, en una breve nota de desafío.
    – Después, a principios del noventa y cuatro, la persona a la que ella esperaba volvió a casa. Y, para mí, aquello fue el fin de Jasmina. Me llamó, una sola vez, y me dijo adiós, me deseó buena suerte. Y durante algún tiempo me pareció que la vida se acababa allí. Así que volví a trabajar. Intenté encontrar trabajo. Gané algo de dinero. Y me olvidé de las mujeres, me olvidé hasta de Popovic. Hasta hace tres semanas, cuando lo volví a ver. Había oído algunas cosas sobre él, como mucha gente. Alguien me había dicho que en el último año de la guerra había estado en Srebrenica cuando la ciudad cayó, de nuevo al mando de su unidad, ayudando a reunir hombres y niños. Saqueando, matando, haciendo lo que hiciera. Otras personas dijeron después que debía de haberse marchado a Belgrado, o incluso a Kosovo.
    »Pero ahora eran tiempos de paz y allí estaba cerca de la misma parada de autobús que antes, esta vez cruzando la calle en dirección al U-Bahn. Caminaba deprisa. Siempre me había preocupado que no pudiera reconocerlo si lo volvía a ver, que su cara pudiera haber desaparecido de mi cabeza para siempre, sólo para atormentarme, pero incluso después de más de cuatro años lo reconocí de inmediato, y supe que no me había visto observarlo. Así que lo seguí, monté en el U-Bahn un vagón detrás del suyo. Lo observé a través de las ventanillas y me bajé en la misma parada. Un largo trayecto, un par de trasbordos. Luego media hora a pie y llegó a la Ku'damm. Y para entonces él parecía ya fuera de lugar, estoy seguro, un mugriento bosnio en aquella calle elegante de tiendas y teatros y berlineses occidentales con todo su dinero y expresiones de aburrimiento. Yo lo seguía media manzana por detrás, intentando no perderlo. Entramos en Ka De We, los grandes almacenes, y durante unos minutos no pude verlo. Pensé que me echaría a llorar allí mismo en la tienda si lo perdía después de todo aquello. Entonces vi su cabeza al otro lado de los mostradores, dirigiéndose a una escalera mecánica. Iba al café, que estaba en la parte superior del establecimiento, donde había todas aquellas plantas bajo un techo de cristal. Se sentó. Esperaba a alguien, así que fui a otra mesa. Tuve que pedir algo o me habrían echado a patadas. Cinco marcos de mi bolsillo me costó un café que me dejó sin blanca para el resto de la semana.
    Vlado no pudo menos de pensar en el frasco de Chanel, que debió de dejarle sin blanca para un mes entero.
    – Lo observé mientras disfrutaba de su Schnitzel, sus pastelitos, su Coca-Cola y su café. Gastó algo así como veinte marcos sólo para tomar un refrigerio, y no dejó de mirar su reloj hasta que por fin llegó una mujer y se sentó con él. Guapa. Probablemente bosnia, pero no pude asegurarme porque no pude oír lo que decían. Iba muy elegante. Un bonito vestido y medias negras. Los labios pintados. Muy guapa, y era suya. Pertenecía al violador, al asesino. Ella le dio un beso, hablaron un rato, muchas sonrisas y sonrisitas de suficiencia de él. Y después ella se despidió. Creo que debía de trabajar allí. Y él volvió sobre sus pasos, por el mismo camino que a la ida. Las mismas estaciones de U-Bahn. La misma parada al final, y ahora yo estaba excitado. Porque sabía que volvía a su casa. Entró en un portal. Un edificio como el tuyo. Y casi me entró el pánico porque no sabía qué hacer con el ascensor. Si subía con él me reconocería, estaba seguro, o vería algo en mis ojos y sabría que estaba lo bastante loco para matarlo. Pensé que estaba a punto de perderlo después de todo aquello. Y entonces, mi día de suerte. Unos trabajadores de mudanzas estaban utilizando un ascensor. Cargando un mueble de gran tamaño. El otro estaba averiado. Kaput. Así que subió por las escaleras, y yo lo seguí un tramo por detrás, andando de puntillas para no hacer ruido. Oí abrirse una puerta en el cuarto piso y subí corriendo mientras se cerraba. Miré hacia el corredor a tiempo de ver una puerta cerrándose tras él, y vi el número y busqué el nombre en la puerta y en el buzón. Era falso, por supuesto, porque yo conocía su verdadero nombre. Lo había oído muchas veces, incluso lo había leído en los periódicos.
    »Y bien. ¿Qué hacer entonces? Primero se lo conté a mi amigo Huso, porque era de Srebrenica. Había estado cuatro días corriendo por los bosques, intentando salir de allí. Y había visto a aquel hombre, Popovic con las muchedumbres de chetnik, metiendo a la gente en autobuses, haciendo salir a hombres y niños de los bosques. Sus dos hermanos salieron, pero él siguió corriendo. Llegó a Tuzla, pero ellos nunca lo lograron. Se subieron en los autobuses. Nadie los ha vuelto a ver.
    »Huso dijo que lo único que teníamos que hacer era acudir a la policía. Se lo contamos a ellos, dijo, luego ellos se lo contarán al Tribunal para Crímenes de Guerra, y después alguien vendrá a detenerlo. Así lo hicimos, al día siguiente. Esperamos dos horas en la comisaría de policía y podía haberse pensado que éramos ladrones por la forma en que actuaban, como si estuviéramos sucios y sólo quisieran meternos en la cárcel o mandarnos a casa, de vuelta a Bosnia. Pero al final aceptaron nuestra información. Dijeron que harían una llamada telefónica.
    – ¿Y después? -preguntó Vlado.
    Para entonces el policía que llevaba dentro estaba enganchado. Tragó un poco de cerveza, sin apartar la mirada de Haris.
    – Y después, nada. Pasaron dos semanas y yo lo controlaba todos los días, sólo para asegurarme de que seguía aquí. Todos los días iba a ver a la misma mujer, pero en lugares diferentes. A veces pasaba la noche con ella. A veces ella volvía con él. Iba siempre bien vestido y gastaba sus marcos como si no tuvieran ningún valor. Pero nadie había ido a detenerlo, ni a llevárselo. Y Huso y yo habíamos comenzado a pensar que nadie iba a venir nunca.
    Haris hizo una pausa, como si le costase continuar. Pidió otro whisky y miró fijamente a Vlado.
    – Así que ahora quieres que yo haga algo al respecto -dijo Vlado-. Porque antes era policía.
    – Porque sabes cómo se hacen esas cosas. Practicar detenciones. Poner a la gente a disposición judicial. Has formado parte de todo eso.
    Pero no fue el policía que había en Vlado el que respondió. Fue el marido, súbita e irracionalmente furioso porque aquel hombre que había encontrado consuelo en su mujer quisiera encontrar consuelo también en él. El policía que llevaba dentro le habría dicho: «Deja que las cosas sigan su curso. Denúncialo otra vez si quieres sentirte mejor. Da la lata si tienes que hacerlo, o llama por teléfono directamente a La Haya, y desde luego ofrécete como testigo, y si no permanece al margen del asunto. Sólo te estarás buscando problemas».
    El mando que llevaba dentro dejó a un lado tales aspectos prácticos.
    – Si la policía fuera a hacer algo, lo habría hecho ya. Alguien como Popovic no debe de figurar en los primeros puestos de su lista. A los alemanes les preocupan más los asiáticos que venden cigarrillos libres de impuestos, o los turcos que trafican con heroína. Lo único que quieren de los bosnios es un visado de salida y una rápida despedida. La única forma de hacer que se interesen por alguien como Popovic es llevárselo a la puerta. Si Huso y tú queréis que se haga algo con Popovic, tendréis que hacerlo vosotros.
    En cuanto hubo dicho esto, Vlado se sintió avergonzado, incluso un poco nervioso, como un niño que ha encendido la mecha de un enorme artilugio pirotécnico y ahora debe arrojarlo, sin saber dónde caerá. Una imagen absurda se le vino a la mente, de Haris y Huso atando a Popovic con metros de cuerda y descargando a aquel hombre en una comisaría de policía con una mordaza en la boca y una nota prendida a su camisa, garabateada en un bosnio gramaticalmente incorrecto.
    Haris seguía mirándolo, como si esperase más instrucciones.
    Vlado lo complació, incapaz de resistir la tentación de hacer avanzar la llama un poco más en la mecha.
    – Mira, si Popovic vive aquí con otra identidad, con otro nombre, ¿quién crees que echaría de menos al verdadero Popovic? Nadie. Echarían de menos al otro hombre. Pero el otro hombre no existe, excepto en documentos falsos. Algo que las autoridades descubrirían en cuanto registrasen su casa o investigasen sus antecedentes. Suponiendo que se molestasen en hacerlo.
    Tomó un sorbo de cerveza y sintió la espuma fría en sus labios.
    – Y si no has tenido noticias del Tribunal, ¿cuánto dice eso de su interés? Da la impresión de que Huso y tú sois los únicos que os preocupáis del asunto. Es posible que ni siquiera haya sido acusado, y si ése es el caso, puede que nunca lo sea.
    – Pero Huso lo vio, vio lo que hacía en Srebrenica. Mi hermana también lo vio. Debe de haber testigos que hayan mencionado su nombre.
    – Tal vez los investigadores nunca hayan hablado con ninguno de ellos. Además, ¿estás seguro de que es eso lo que quieres hacerle pasar a tu hermana? ¿Que suba al estrado para contestar a las preguntas de un abogado de Popovic, que no parará de decirle a ella cuánto lo deseaba, cuánto lo había pedido? Le preguntará qué vestidos llevaba, qué clase de perfume usaba, con cuántos hombres se había acostado. ¿Es eso lo que quieres?
    Haris no respondió. Sólo bebió whisky de nuevo y dejó su vaso con fuerza en la mesa, asintiendo con la cabeza una vez, con una mirada de determinación en los ojos, y por un momento Vlado deseó volver atrás, decirle: «Cálmate. Haré algunas llamadas. Deja que me ocupe de esto».
    Pero el momento pasó, y Haris se levantó, depositando un último billete arrugado en la barra.

    Haris no tardó mucho tiempo en seguir sus consejos. Cuatro noches más tarde sonó el teléfono. Por suerte fue Vlado el que contestó.
    – Soy Haris.
    La cólera nació en Vlado casi de inmediato, pero Jasmina y Sonja estaban en la habitación contigua, así que no gritó.
    – No quiero oír hablar nunca más de tus problemas -susurró-. Quiero que salgas de nuestras vidas.
    – Entonces baja a la calle y tu deseo se cumplirá. Te lo prometo. Huso y yo estamos aquí abajo.
    – ¿Qué habéis hecho? -preguntó lacónicamente.
    – Tú ven. No tenemos mucho tiempo.
    Los encontró en un rincón poco iluminado del vestíbulo, junto a un teléfono público al lado de los buzones, intentando no llamar la atención y por lo tanto haciendo exactamente eso, una pareja sudorosa y de aspecto nervioso que apestaba a esfuerzo y agotamiento, con las miradas vidriosas por un desenfreno apenas contenido y por más de una copa.
    – Vamos afuera -susurró Haris-. Síguenos.
    Caminaron hasta un rincón apartado del aparcamiento, que daba a una pequeña arboleda. Las dos farolas de aquel rincón estaban apagadas. Los cristales rotos crujían al pisarlos. Su coche era el único en un radio de veinte metros, y Vlado estuvo a punto de echarse a reír al ver que era un Yugo marrón, como el final de un chiste elaborado y burdo, dos expatriados incompetentes y algo expatriado e indigno de llamarse coche.
    Se detuvieron junto a la parte trasera del coche, formando un corrillo nervioso, Haris mirando a Huso, que buscaba las llaves. A Vlado se le revolvió el estómago cuando la puerta del maletero se alzó con un chasquido, abriéndose a la oscuridad con un chirrido agudo. Allí había un hombre encajado y hecho un ovillo, presumiblemente Popovic, con las manos atadas a la espalda. Vlado esperaba desesperadamente que estuviera vivo, pero tenía la boca abierta, sin mordaza, y el olor que salía de aquel exiguo espacio oscuro era de sangre, sangre enfriada y coagulada en la ropa y en la piel.
    – Está muerto -dijo Haris.
    Huso miró a Vlado. Era la primera vez que Vlado lo veía. Cara ancha y plana y cuerpo bajo y rechoncho, y los ojos marrones y asustados de un perro que acaba de mordisquear el periódico de la mañana. ¿Qué querían? ¿Que los detuviera? La situación era desesperada, y flaqueó ante la magnitud de lo que habían hecho, de lo que él había hecho. Los haces de luz de unos faros los iluminaron brevemente cuando un coche giró para dirigirse al extremo opuesto del estacionamiento.
    – Por el amor de Dios, ciérralo -dijo Vlado.
    Estaba tratando con idiotas. ¿Pero por qué estaba tratando con ellos? ¿Qué estaba haciendo allí en el aparcamiento con aquellos dos hombres y aquel cadáver?
    – Quiero contarte cómo pasó -dijo Haris-. No queríamos matarlo. Y ahora no sabemos qué hacer.
    – Subid al coche -dijo Vlado-. Contádmelo mientras conducís. Pero no os quedéis aquí llamando la atención. Si aparece un policía ahora, ésta es la primera zona del aparcamiento que inspeccionará. Vamos. Subid.
    Obedecieron, dóciles y cansados. Huso se sentó al volante, acelerando el quejumbroso motor, los mecanismos fabricados en algún lejano rincón de la patria, años atrás, antes de la guerra, cuando ser dueño de un Yugo no era algo tan malo, y la vida en una aldea entre las montañas era pobre pero tranquila. Los que vivían allí estaban olvidados, al igual que el país. Pero ahora los problemas se habían esparcido por todas partes, una diáspora de enemistades y venganzas. Habían llevado la guerra al Spielplatz y al puesto de wurst, pequeñas Bosnias por todas partes.
    – Busca una calle más transitada -dijo Vlado desde el asiento trasero, tomando el control como policía-. Y no aceleres, no hagas nada para que te paren.
    Huso iba rígido al volante, con la postura de un alumno de autoescuela que teme hacer algo distinto de lo que el profesor le ha dicho.
    – ¿Cómo diablos ha sucedido?
    Haris se volvió en el asiento del pasajero.
    – Lo seguimos hasta su casa esta tarde. Había ido a Ka De We. A ver a esa mujer. A la vuelta se detuvo en un parque y dio un paseo. Se metió entre unos arbustos para mear, y Huso lo agarró. Huso llevaba un cuchillo.
    – ¿Dónde está el cuchillo?
    Haris pareció quedarse en blanco. Huso negó con la cabeza.
    – No estoy seguro -dijo-. Puede que en el maletero. No lo sé.
    Así era como la cagaban siempre los aficionados. Algún detalle importante que se pasaba por alto. Vlado había visto ya todo los indicios en su trabajo. Ahora estaba allí en un coche con aquel par de imbéciles, inextricablemente unido a ellos.
    – Nos pusimos uno a cada lado de él y le dijimos que viniera con nosotros -continuó Haris-. Huso le enseñó el cuchillo. Le dijimos que era una cuestión de dinero. Que si venía con nosotros y escuchaba nuestra oferta todos podíamos ganar un montón de dinero. Aquello no le gustó pero vino con nosotros. Creo que pensaba que el cuchillo era algo de lo que podía ocuparse. Así que caminamos hasta el coche. Huso había pedido prestado uno, y estaba a sólo una manzana de allí. Huso seguía llevando el cuchillo debajo de la chaqueta.
    – ¿Así que este coche ni siquiera es de Huso?
    – No.
    – ¿Encima de qué está ahí atrás? ¿De una manta? ¿Algo?
    – Hay una gran sábana de plástico.
    A veces los aficionados acertaban, a pesar de sí mismos. Vlado se preguntó cuánta sangre llevaban en sus ropas. Recordó lo mugrientos que parecían a la tenue luz del aparcamiento del edificio. No era una buena señal.
    – Sigue adelante. ¿Qué pasó después?
    – Fuimos con el coche hasta una obra. Un nuevo centro comercial donde Huso había trabajado alguna vez, pintando. Paramos en la parte trasera. Huso sacó el cuchillo y le dijo que se diera la vuelta. Le até las muñecas. Le dijimos que lo íbamos a llevar a nuestro alijo de drogas.
    A Vlado le asombraba que Popovic hubiera accedido a todo aquello. O era demasiado tonto o demasiado codicioso. Probablemente las dos cosas. O tal vez sólo estuviera asustado. La gente acostumbrada a dar órdenes casi nunca sabe actuar cuando las recibe.
    – No íbamos a matarlo -dijo Huso desde el asiento delantero-. Lo único que queríamos era una confesión. Luego íbamos a entregarlo a la policía.
    – ¿Una confesión?
    – De todo lo que había hecho -dijo Haris-. Iba a tomarle declaración.
    Metió la mano debajo del asiento y sacó un cuaderno de espiral con dos bolígrafos introducidos en las espirales de encuadernación. Como si fuera un policía haciendo un atestado. Haris había creído de verdad que ellos iban a resolver el asunto, pobre desgraciado. Sobre todo porque un policía de verdad había sido tan negligente que les había dicho que podrían hacerlo.
    – Continúa -dijo Vlado, con la voz poco más alta que un susurro.
    – Se rió de nosotros. Dijo: «¿Eso es todo lo que queréis? ¿Una confesión? ¿No hay negocios? ¿Sólo gilipolleces sobre la guerra?». Así que Huso le pegó. Le pegó en la cara y le preguntó por sus hermanos. Le dijo que había violado a mi hermana. Él siguió callado, no decía nada. Creo que empezaba a estar un poco asustado, pero no iba a admitirlo, no iba a decir nada. Así que le dijimos que le llevaríamos a la policía, que sabíamos su verdadero nombre y que lo detendrían.
    – Y él dijo que adelante.
    – Sí. ¿Cómo lo sabes?
    – ¿Por qué iba a decir otra cosa? La policía no habría sabido qué hacer con él, salvo que era un bosnio sin los papeles en regla. Lo habrían deportado y él se habría alejado de vosotros dos, y se lo habría pensado dos veces antes de volver a Berlín. Me parece increíble que fuera tan tonto para desafiaros. O para reírse.
    – Decidimos que no tenía sentido. Mejor dicho, yo lo decidí. Le dije a Huso que no podíamos llevarlo. Comenzamos a discutir en el coche. Entonces fue cuando Popovic abrió la puerta de golpe con la rodilla. Se bajó y echó a correr, hacia la calle. Lo cogimos y lo inmovilizamos, lo llevamos a rastras de nuevo hasta el coche. Lo llevamos a empujones hasta uno de los muros traseros del edificio. Luego le escupió en la cara a Huso. Dijo: «A la mierda tus hermanos, se merecían morir». Y entonces fue cuando Huso lo apuñaló. Lo apuñaló una vez y después ya no pudo parar.
    Haris hizo una pausa. Huso suspiró profundamente en el asiento del conductor, como si recordase alguna lejana situación desagradable.
    – Todo fue muy rápido. Como matar a un animal. Todas las sacudidas y los resuellos, el aire y la sangre saliendo de su cuerpo, el cuchillo entrando y saliendo con aquel ruido, como apuñalar un saco de arena.
    – Y luego lo metisteis en el maletero.
    – Y fuimos a verte. No sabíamos qué hacer después. Dónde llevarlo. Qué hacer con su cadáver.
    Vlado se tomó su tiempo. Circulaban por una carretera de cuatro carriles que llevaba hacia el este, fuera de la ciudad, y los edificios eran cada vez más escasos.
    – Continúa -dijo-. Conozco un lugar. Un sitio donde trabajé nada más llegar aquí. Unos dos kilómetros más, luego continúa hacia el norte. Ya te diré cuándo.
    Era demasiado tarde para echarse atrás. Demasiado tarde para hacer otra cosa que no fuera seguir conduciendo y hacer lo que pudieran con los medios que tenían. El hombre que iba en el maletero estaba muerto, y para Vlado siempre sería una baja que él había causado, la primera. Sería algo que ocultar a su mujer y a su hija y a cualquier otra persona que conociera. Siempre estaría el cadáver de aquel hombre, persiguiéndolo.
    Tardaron otros veinte minutos en llegar al sitio. Vlado había descargado tuberías usadas, las tripas de un edificio que había ayudado a vaciar durante su primer mes en Berlín, antes de encontrar trabajo en la construcción. El terreno estaba cerrado, igual que entonces, con candados rotos en todas las vallas, lo que lo convertía en un lugar ideal para los vertidos ilegales. Había una antigua laguna de aguas residuales en la parte trasera, fango y productos químicos y carritos de supermercado abandonados que sobresalían del lodo.
    Ataron un trozo de la cuerda que llevaba Huso a unos bloques de hormigón y a una parte desechada de un pesado andamiaje de hierro, luego ataron a Popovic a todo ello, anudándole la cuerda alrededor del pecho. Tuvieron que emplearse los tres para pasar el cuerpo y todo su peso por encima del borde de la laguna. Popovic se hundió lentamente en la oscura y burbujeante suciedad. Durante un instante se quedaron allí, limpiándose las manos en los pantalones, mirando hacia aquel punto como si el cuerpo pudiera aparecer de nuevo en la superficie en cualquier momento.
    Nadie habló en el viaje de vuelta, y Vlado no había mencionado una palabra de aquello a nadie en las escasas semanas transcurridas desde entonces. Pero ahora Pine esperaba una respuesta y Vlado tenía que ver a Haris una última vez. Tenía que preguntarle si alguien había andado husmeando y haciendo preguntas, o si alguien había respondido a su primera denuncia ante la policía. Quería saber sobre todo si Haris había tenido noticia de alguien del Tribunal. Por lo que Vlado sabía, aquella misión podía tener algo que ver con Popovic. O puede que sólo fueran los enrevesados pensamientos de una conciencia culpable.
    Subió en ascensor hasta el sexto piso. El edificio estaba en silencio a aquella hora. Era un calco del suyo, uno de aquellos bloques que los alemanes orientales habían construido a toda prisa para sustituir los escombros de la segunda guerra mundial. Vlado llamó, sin esperar el momento del enfrentamiento, preocupado por lo que había aprendido. Incluso con todo lo que había pasado, seguía sin acostumbrarse a la idea de hablar con alguien que se había acostado con su mujer. Llamó por segunda vez, preocupado porque no hubiera nadie en la casa. Pero finalmente oyó un chirrido y la puerta se abrió un poco, hasta donde permitía una cadena de seguridad. Le devolvió la mirada el rostro demacrado y delgado de una mujer, con el cuerpo encorvado prematuramente. Debía de ser Saliha, la hermana de Haris.
    – He venido a ver a Haris -dijo-. Dile que soy Vlado. Vlado Petric.
    Su nombre pareció activar un interruptor, y una sonrisa asomó lentamente, aunque era difícil recordar una sonrisa más amarga.
    – Entonces ya sé por qué debes de estar aquí -dijo Saliha, sin moverse de la puerta-. ¿Qué quieres de él?
    – Hablar con él. Sólo un par de minutos. ¿Está en casa?
    – Sí, está en casa -aquella chispa de nuevo en sus ojos-. En casa en Bosnia. Él y Huso, los dos. Deberían de haber ido a matarte a ti en vez de irse, pero Haris dijo que no, que estaba harto de muertes. Volvieron hace unos días. Y ahora estoy aquí, sola, porque yo no volveré. Me ha abandonado, gracias a lo que tú le obligaste a hacer.
    – En fin -dijo Vlado, sintiendo la necesidad de redimirse, de excusar su visita a aquella hora tan tardía-. Sólo quería asegurarme de que estaba al margen de la situación. Asegurarme de que las autoridades no lo habían arrestado. Pero supongo que no lo han hecho.
    – Hubo uno -dijo ella, con una mirada inquisidora que poco a poco se convirtió en una sonrisa mientras observaba la reacción alarmada de Vlado.
    – ¿Uno?
    – Un hombre. Hace tres días. El día en que Haris se marchó. Vino buscando a Haris -hizo una pausa-. Preguntó también por Popovic. El diablo en persona.
    – ¿Quién era ese hombre? ¿De dónde era?
    – No lo dijo.
    – ¿Del Tribunal para Crímenes de Guerra?
    – No lo dijo. Ya se lo he dicho.
    Ahora la sonrisa era abierta. Puede que no disfrutase tanto desde hacía siglos.
    – ¿Era alemán? ¿Llevaba uniforme?
    – No. No llevaba uniforme. Y no era alemán. Ni bosnio tampoco. Extranjero.
    – ¿Americano?
    – No lo sé. Hablaba nuestra lengua. Bueno, unas pocas palabras, y no como lo haría un alemán. Pero la hablaba. Suficiente para decirme que quería ver a Haris. Para preguntarme por Popovic.
    – ¿Qué más dijo?
    – Nada. Cuando le dije que Haris se había ido, se marchó.
    – ¿Era alto? ¿Bajo? ¿Gordo? ¿Delgado? ¿Joven o viejo?
    – Más o menos de tu edad, pero puede que no. Estaba oscuro. Más alto que tú, pero quizá sólo un poco. Y llevaba un abrigo grande, así que no puedo decir si era delgado.
    Entonces podía ser Pine o podía no serlo. Vlado no tenía la menor idea de si Pine hablaba bosnio. Debía de haber aprendido un poco si llevaba cuatro años yendo y viniendo de allí.
    – ¿Qué más dijo que quería saber?
    – Si Haris iba a volver. Dónde podía encontrarlo. Si había visto a Popovic.
    – ¿Y?
    – Le dije que no sabía nada de todo eso. Dije que Haris había vuelto porque echaba de menos su país. Que había estado enamorado pero que el marido de su novia había vuelto. -Su sonrisa se amplió de nuevo-. Pero eso fue todo, y no me preguntó más.
    – ¿Dejó su nombre, te dio un número de contacto? ¿Tal vez una tarjeta de visita?
    – Nada de eso. Se fue sin más. Y no lo he vuelto a ver.
    Y Dios quiera que yo tampoco lo haya visto, pensó Vlado mientras ella cerraba la puerta, corriendo el cerrojo con un fuerte chasquido.

4

    A la luz gris de la mañana, los temores de Vlado parecían infundados. Se despertó sofocado de calor seco. Las calderas del edificio de apartamentos habían funcionado a toda máquina durante la noche, y el aire olía a metal de horno. Vlado se sentó en la cama, con la boca reseca, los párpados pegados, el cabello apuntando rígido en todas las direcciones. El lado de Jasmina en la cama estaba vacío y con las sábanas echadas hacia atrás. Se levantó para abrir una ventana. El aire frío entró como un bálsamo, arremolinándose en torno a sus pies descalzos, aunque le pellizcó la nariz con el olor a carbón quemado. El sol estaba alto, y por la luz supo que ya llegaba al menos con una hora de retraso al trabajo. Jasmina apareció en la puerta.
    – Decidí dejarte dormir -dijo-. Necesitarás tomar fuerzas para el viaje.
    De modo que sería así de fácil. Se encontró con ella a los pies de la cama, le pasó los brazos alrededor de la cintura y la atrajo hacia él. Su cabello olía a champú, su aliento a café.
    – Sólo tienes que prometerme dos cosas -dijo.
    Vlado asintió con la cabeza, rozando con la barbilla la parte superior de su cabeza.
    – Que no harás ninguna tontería. Y con eso me refiero a algo peligroso, o algo tan peligroso como lo fue para ti antes, en Sarajevo.
    – De acuerdo. Con eso debería bastar.
    – Eso es lo que siempre dices. Y lo que es peor, me parece que te lo crees de verdad.
    – Quédate tranquila. La última vez que combatió, nosotros ni siquiera habíamos nacido. Es un anciano.
    – Y un criminal de guerra. La gente que aprende a matar cuando es joven no lo olvida sólo porque se vuelva senil. Es como aprender a nadar, o a montar en bicicleta. Forma parte de su memoria muscular.
    Vlado se echó a reír.
    – Está bien. Te prometo no darle la espalda, sobre todo cuando acabe de tomarse su zumo de ciruelas pasas. ¿Y cuál es la segunda promesa?
    – Que no tomes una decisión sobre la mudanza antes de que hablemos. -Levantó la vista, mirándole directamente a los ojos-. No pierdas la cabeza por las colinas y por unos viejos amigos. Por unas copas de rakija o unos bocados de cevapi. Danos la oportunidad de hablarlo racionalmente, de pensar en todo. Mientras estés aquí, no allí.
    Él volvió a asentir con la cabeza.
    – De acuerdo, te lo prometo. -Ella sonrió, negando ligeramente con la cabeza-. Puedo verlo ya en tus ojos, todo ese entusiasmo por volver. -Sus ojos también brillaban-. Ojalá pudiera yo también. Me desperté en plena noche, ansiando estar en casa. Quería mirar por la ventana esta mañana y ver todo aquello que antes veía, y después llevar a Sonja a dar una vuelta por su vieja ciudad para que conociera a sus nuevos amiguitos, y hablar con ella sin sentirme como si estuviéramos hablando una lengua especial que sólo nosotros tres conocemos, como una especie de código familiar. Eso es lo que piensa ella, ya sabes. Como si fuera nuestra lengua privada, nada que ver con el país de nadie ni con nadie excepto nosotros.
    – Lo sé. Ella me lo ha dicho. Una mañana oyó a un chico hablando en bosnio en el U-Bahn y dijo: «Escucha, papá. Habla nuestro idioma». No le gustó. Creo que pensó que el muchacho había irrumpido en nuestra casa y había robado todas las palabras.
    – Hola, papá.
    Sonja estaba en la puerta, agarrando con fuerza su muñeco Sandmann, con su gorrito de pico rojo y su barbita de lana. Su niñita segura de sí misma que viajaba en el U-Bahn con la autoridad aburrida de un viejo usuario, que conocía todos los trucos para desenvolverse entre la muchedumbre y hacerse con los mejores asientos. Y también conocía los mejores puestos de wurst. Era verdad, era una alemana en miniatura, estaba a gusto allí.
    Vlado le hizo una seña, y los tres se quedaron en la cama durante media hora, habladores y calentitos, mientras la corriente de aire de la ventana se movía por encima de ellos como una fría serpiente de terciopelo. En lo más hondo de su pecho, sintió la excitación de los preparativos del viaje. Jasmina le miraba a los ojos, viendo incendios lejanos, y dijo:
    – Vamos. Levántate y llámalo antes de que se vaya o cambie de opinión.
    Vlado cruzó descalzo el piso para telefonear a Pine desde la cocina, de repente necesitaba comprobar incluso que la noche pasada había tenido lugar, todas aquellas horas que ahora se mezclaban en un torbellino de fantasmas: los espíritus del frío y húmedo búnker, los sueños de Haris y el cadáver en el maletero. Sólo pensar en aquello era un peso muerto que se hundía en la luminosidad de la mañana. Se preguntó durante cuánto tiempo lo acosaría. Para siempre, quizá. Tuvo una visión fugaz de la hermana de Haris de hacía sólo ocho horas -¿sería posible?-, de su puerta aún oscurecida por la sombra de quien la hubiera visitado una semana antes.
    Pero si Pine sabía algo de aquellos hechos, no lo iba a decir aquella mañana. Y su voz a través del teléfono pareció perfectamente real, desbordante de excitación cuando Vlado aceptó el trabajo. Una hora después Pine llamaba de nuevo a la puerta de Vlado, con un billete de tren en la mano, exhibiendo su propia cara de perrito y hablando a cien por hora. Le tendió un sobre pequeño y abultado.
    – Mapas e instrucciones -dijo-. Después no tendrás que tragarte ni quemar nada de su contenido. Pero recuerda, no hables de los detalles con nadie antes de partir. Yo vuelvo a La Haya dentro de una hora. Tú viajarás después, esta misma mañana. Ya sé que es muy poco tiempo, pero el viaje en tren dura seis horas, así que apenas nos quedará tiempo para ponerte al corriente antes de partir rumbo a Bosnia al día siguiente.
    – ¿Al día siguiente?
    – Sí. Todo va muy rápido, ya lo sé. Pero lo han organizado a toda prisa. Aparentemente no hay mucho margen de maniobra, sobre todo en lo que respecta al general serbio, Andric. Él es problema del ejército francés, no nuestro. Pero su operación repercute en nuestro calendario, y parecen estar preocupados de que pronto se vaya a Kosovo. Se han recibido muchos informes sobre concentraciones de tropas, así que nunca se sabe. Lamento no haber podido reservarte un billete de avión, pero nuestro presupuesto es así. Detesto tener que decirte cuántos viajes al campo de operaciones he cancelado o interrumpido. Es lo que sucede cuando los contables están al otro lado del océano y la escena del crimen a miles de kilómetros de distancia.
    »Llegarás a última hora de la tarde. Toma el tranvía número siete hasta Churchillplein. Te alojarás en el Hotel Dorint. El Tribunal está en la puerta de al lado, así que ve hasta allí a pie cuando te hayas registrado. Seguridad te estará esperando. Luego podremos comenzar con los informadores de antecedentes. Y estoy seguro de que Contreras querrá conocerte.
    – ¿Contreras?
    – El nuevo mandamás del Tribunal; su título oficial es fiscal jefe. Tomó posesión el mes pasado. Es un juez peruano que se hizo famoso por meter en la cárcel a señores de la droga. Sobrevivió a dos atentados con coche bomba y le quemaron la casa. Un gran héroe por allí. Piensa que los bosnios son corderitos después de tratar con Sendero Luminoso; no puede entender por qué no vamos y los encerramos a todos. En la OTAN ya están hartos de oír hablar de él. Piensan que amenaza con alterar el statu quo precisamente cuando las cosas comienzan a bullir en Kosovo.
    – ¿Qué tiene que ver Kosovo con nosotros? Si comienzan los bombardeos, ¿cancelamos?
    – Si comienza allí una guerra seremos lo último en que pensará cualquiera, así que seguiremos en marcha como si no pasara nada. Pero podría complicar el caso Andric. Estando los franceses en tan buenas relaciones como están con los serbios, puede que tengan ganas de cooperar si los americanos bombardean Belgrado. Pero nuestro tipo continuará activo, y le haremos una oferta que no podrá rechazar. Contreras es uno de esos tipos que dicen adelante a toda máquina, al menos hasta ahora. También es político cuando es necesario. Siempre parece tener a algunos diplomáticos por la oficina, para exhibirlos. Así que estamos un poco nerviosos en estos tiempos, preguntándonos quién será el primero en cagarla en su mandato de «nueva agresividad».
    – Como nosotros, quieres decir.
    – Sólo si encontramos la forma de convertirnos en un estorbo. Pero tú tienes que estar preparado para funcionar en cuanto llegues. Muy pronto sabremos si nuestro hombre va a hacer negocios con nosotros.
    – ¿Y si decide no hacerlos?
    – Entonces pasaremos al plan B.
    – ¿Cuál es?
    – Confidencial.
    Pine sonrió, dio una palmadita a Vlado en el hombro y sacó una tarjeta de visita de un bolsillo. Su nombre y su cargo estaban grabados en relieve sobre un globo azul de la ONU y el largo nombre oficial del Tribunal.
    – Mi número de teléfono, por si acaso. Más la dirección del Tribunal. Si te equivocas de tranvía para un taxi y enséñale esta tarjeta. La mayoría de los taxistas hablan inglés. No intentes hablar en bosnio con ellos. A los holandeses no les hacen demasiada ilusión los refugiados en estos tiempos. Menos aún que a los alemanes, a su propia y reprimida manera -le tendió la mano-. Bienvenido a bordo, Vlado. Tenemos un equipo fuerte. Sin duda el que tiene menos posibilidades, pero jugamos duro.
    Le costaría algún tiempo acostumbrarse a toda aquella jerga americana, pero Vlado estrechó con firmeza la mano de Pine -«sellando el trato», aquello sí lo sabía- mientras examinaba su rostro radiante. El entusiasmo de aquel hombre era contagioso.
    – Será divertido -dijo Pine antes de desacelerar un punto, con una sonrisa ahora casi avergonzada-. O interesante, claro. Ah, y guarda los recibos si quieres que se te reembolsen los gastos. Contreras es tan estricto con el dólar como sus predecesores.
    Vlado sonrió. Algunas cosas del trabajo policial eran iguales sin importar para quién se trabajase.

    El viaje en tren fue una cámara de descompresión perfecta para pasar de una vida a otra. Cuando habían terminado de cruzar lentamente Berlín para adentrarse entre los pinos del campo, Vlado sintió como si viejos circuitos surgieran de la noche a la mañana después de años de inactividad. Compró una Coca-Cola y una bolsa de patatas fritas a un vendedor que empujaba un carrito por el pasillo en movimiento, y después se quedó dormido durante media hora, se despertó fresco y pensando en su familia. Jasmina estaba excitada y un poco celosa. Era Sonja quien se había mantenido firme en contra de todo aquello, tirándole del abrigo cuando él cruzaba el umbral. El recuerdo enfrió su euforia. Seguía siendo demasiado fácil recordar el vacío de sus dos años en soledad, el tiempo, la energía que había dedicado a limar asperezas. Ahora había salido corriendo solo otra vez, dejándolas atrás por quién sabe cuántos días, incluso semanas. Pero cuando todo acabase tendrían nuevas posibilidades. Fácil, se advirtió a sí mismo. No empieces a decidirte. Disfruta sin más de la aventura.
    Se levantó para estirar las piernas en el pasillo, balanceándose con el movimiento del tren mientras el paisaje decolorado de noviembre pasaba a 190 kilómetros por hora. Pensó por un momento en Tomas. Ahora debía de estar pilotando la JCB entre la arcilla y los escombros.
    Ya por la tarde cruzaron la frontera de los Países Bajos, y la vista cambió poco a poco. Había canales separando los campos, con barcos que parecían aparcados en mitad de ninguna parte hasta que se caía en la cuenta de que el agua estaba por todos lados. Había incluso algunos molinos de viento. Vlado se puso de pie ante la ventana, con los codos apoyados en el cristal. Falanges de escolares en bicicleta esperaban en los pasos a nivel, rumbo a casa. El agua de lluvia estaba encharcada en los puntos bajos y en las irregularidades del terreno. Aquello junto con los canales dejaba la impresión de una campiña flotando como una balsa de tierra, a la que el más leve movimiento podía hundir bajo las olas.
    La Haya era un típico acto de ocultación europeo, una aldea medieval envuelta dentro de siglos de construcción. Era posible trazar el mapa del rápido ritmo de la edificación reciente en los suburbios exteriores muy urbanizados, e incluso hacia el centro un nuevo sector de acero y cristal se cernía sobre los viejos parques y canales.
    Pero el corazón envejecido de la ciudad seguía encorvado en estrechas callejuelas empedradas de bajos edificios de ladrillo. Estatuas de graves y antiguos holandeses observaban desde parques muy cuidados. Disciplinadas columnas de bicicletas negras dominaban el tráfico. El aire transmitía una sensación húmeda y salobre del mar del Norte, un frío cortante se metía bajo la piel como si estuviera dispuesto a quedarse hasta la primavera.
    Un breve trayecto en tranvía llevó a Vlado a su hotel y desde allí fue a pie hasta la sede del Tribunal, un edificio en curva de cuatro plantas de acero y cristal. Parecía la oficina de seguros que en otros tiempos había sido. Ante la fachada una colección de esculturas abstractas surgían, desde un estanque de hormigón, residuos metálicos como restos lanzados desde un helicóptero.
    Vlado vio a su primer bosnio mientras los hombres de seguridad examinaban sus pantalones con un detector de metales. Era una mujer, que pasó bulliciosa, hablando en su lengua materna a un guardia, que le respondió en su idioma. Los guardias indicaron a Vlado el camino de la cantina del segundo piso para esperar a Pine. Hombres y mujeres estaban sentados en torno a mesas pequeñas con tazas de café y ceniceros repletos, se oían voces en inglés, bosnio, alemán, francés. Ser extranjero aquí sólo era formar parte del decorado, no algo que ocultar. Pasó junto a él un hombre con el cabello oscuro y los ojos hundidos que sólo podían venir de su país, y Vlado sintió la tentación de saludarlo con un gesto familiar. Después Pine surgió de un conjunto cercano de puertas, caminando a paso ligero.
    – Bienvenido a la gran central -dijo-. ¿Has tenido buen viaje?
    – Por supuesto. Todo ha ido bien.
    – Espero que estés descansado y dispuesto a trabajar. Vamos arriba y comenzaré a presentarte.
    Subieron a la tercera planta y recorrieron pasillos cubiertos de moqueta azul hasta un grupo de cubículos separados por mamparas donde varios hombres estaban sentados ante escritorios, todos hablando por teléfono.
    – Éste es mi equipo de investigadores -dijo Pine-. Un poco atestado como puedes ver, más o menos una docena cuanto todos están aquí. Veamos si Benny tiene un minuto. Eh, tal vez quieras tomar un café, ¿no?
    – Sería estupendo.
    – Iré a buscarlo abajo. Quítate el abrigo y ponte cómodo. Aunque parece que todo el mundo está ahora al teléfono. No te preocupes, ninguno muerde.
    Vlado dejó su abrigo encima de una silla. Tres de los cubículos más cercanos estaban ocupados. Un hombre con un corte de pelo a la moda y una elegante camisa de color azul eléctrico hablaba en una lengua que parecía italiano mientras garabateaba en un pequeño cuaderno. Enfrente de él estaba un individuo calvo y huesudo que asomaba muy por encima de su escritorio, con la piel morena oscura estirada en torno a una cabeza estrecha, lo que daba a su frente el aspecto endurecido de un grano de café. Hablaba en un idioma que Vlado no pudo identificar, como el sonido de agua corriendo, y después pasó súbitamente al inglés sin perder el compás.
    El que estaba más cerca de Vlado era el que Pine había llamado Benny, el más ruidoso del grupo. Era estadounidense, pero mucho más bajo que Pine, la barriga le caía por encima del cinturón y llevaba la corbata torcida. Estaba recostado en su silla mientras hablaba por teléfono, con los pies apoyados en una mesa desordenada. Una fotografía rasgada de Madonna, recortada de un periódico, estaba clavada en una esquina de su mampara, cerca de una pegatina en caracteres cirílicos que decía «A la mierda la SFOR». El respaldo de la silla crujía cuando Benny cambiaba de postura. El cable del auricular estaba retorcido y hecho nudos en una docena de puntos, y Benny sostenía el teléfono con su pie izquierdo para impedir que se cayera de la mesa. Hablaba entre dientes, asintiendo rápidamente con la cabeza, y parecía estar impacientándose con la persona que estaba al otro lado de la línea. Miró hacia Vlado, poniendo los ojos en blanco. Y entonces comenzó el espectáculo.
    – Sí -dijo-. Sí, ya lo sé. Pero es porque es un criminal, ¿vale? -Su acento era muy marcado. Vlado había visto bastantes películas americanas para situarlo en algún lugar cercano a Nueva York-. He dicho criminal -gritando ahora, después susurrando-. Por Dios, estos teléfonos. -Volvió a alzar la voz-. Un maldito criminal de guerra, ¿vale? ¿Por qué si no íbamos a querer capturarlo? Ha oído usted hablar de nosotros por ahí, ¿no? -Miró de nuevo a Vlado, poniendo los ojos en blanco.
    Humor de sala del equipo. Los cigarrillos y los calendarios atrevidos. Esto también era como una especie de hogar, y Vlado sintió un cálido arrebato de energía.
    Sacó su cajetilla de cigarrillos del bolsillo. Benny lo vio y se giró en su silla, inclinándose hacia Vlado, que se preparó para ver un gesto admonitorio con un dedo o una negación con la cabeza. Pero Benny se limitó a acercarse, entre el rechinar de las ruedas de la silla. Como por arte de magia, sacó un encendedor y lo levantó hacia Vlado al tiempo que se incorporaba de la quejumbrosa silla. El encendedor chirrió y Vlado se inclinó hacia delante, inhalando, casi rozando los dedos de aquel hombre con los suyos mientras su aspiración hacía brotar la llama en el cigarrillo.
    A Vlado se le vino a la mente una visión absurda de la escena, una parodia distorsionada de la Creación de Miguel Ángel, unas manos extendidas que se unen en el aire, y aquel pensamiento le hizo reír, el humo del dragón saliendo de los orificios nasales mientras el neoyorquino se alejaba, sonriendo como si lo comprendiera y lo aprobara.
    – Soy Benny -susurró, tapando el micrófono con una mano-. Bienvenido al zoológico.
    Luego reanudó su ataque verbal.
    – Sí, sí. Sí. Bueno, si eso es así, dígale a su jefe… -Una pausa, movimientos impacientes de cabeza-. Entonces dígaselo a su capitán, dígale que no somos un simple grupo de burócratas cagados de miedo que se echan atrás a la primera señal de que hay que hacer más papeleo o cada vez que algún señor de la guerra local nos amenaza con un arma, y que vamos a ir a buscar a ese mierda en su sector tanto si están con nosotros como si no lo están.
    A esas alturas, Benny tenía la frente cubierta de sudor, lo que recordó a Vlado la condensación de un frigorífico sobrecargado, una comparación que parecía totalmente adecuada porque, a pesar de sus bravatas, Benny le dio la impresión de ser un tipo frío, alguien que sería imperturbable sobre el terreno. Le encantaría ver cómo se las arreglaba Benny en los puestos de control pertinaces o ante los funcionarios selladores de papeles que intentasen frenar su marcha.
    En el escritorio, Benny tenía debajo de un codo un grueso documento encuadernado con una cubierta de color azul brillante. En la parte superior podía leerse las palabras «acta de acusación» en negrita. Abrió una página y Vlado se apresuró a acercarse para echar un vistazo. Alcanzó a leer un párrafo en la parte inferior:

    Los acusados, a menudo con la ayuda de guardias del campo, solían disparar a los detenidos desde cerca en la cabeza o la espalda. En muchos casos, los acusados y guardias del campo obligaban a los detenidos contra los que iban a disparar a poner la cabeza en una rejilla metálica que desaguaba en el río Sava, para reducir al mínimo la necesidad de hacer limpieza después de los disparos. Los acusados y los guardias ordenaban después a los detenidos que trasladaran los cadáveres a una de las dos áreas de depósito donde se amontonaban los cuerpos hasta que se cargaban en camiones y se llevaban a fosas comunes.

    Benny vio que Vlado estaba mirando y deslizó otros papeles hacia él, con un leve movimiento de cabeza que quería decir: «Aquí tienes un montón».
    El encabezamiento era «paraderos». Era una lista de sospechosos inculpados a los que no se había detenido todavía, una especie de tabla de puntuación confeccionada por un grupo que se hacía llamar Balkan Watch. Eran seis páginas en total, dedicadas a unos cuarenta hombres. Vlado leyó el primero:

    CESIC, Nenad. Crímenes contra la humanidad, asesinato, violación. Frecuenta el restaurante Club Markala de Zvornik. Vive en el país, trabaja para la policía de reserva local. Comparte una motocicleta Honda roja con su primo, también inculpado. Los dos son vistos a menudo cruzando la ciudad en moto.

    Pasó a otra página:

    GOJKO, Dragan. Crímenes contra la humanidad, tortura. En junio de 1998 trabajaba como instructor de la policía en la escuela de Prijedor. Propietario del bar Express, frecuentado por Momcilo Zaric (también inculpado, véase más abajo).

    Encontró a Zaric unos párrafos más abajo:

    Crímenes contra la humanidad, asesinato, violación. Apodado «Juka». Bebe rajika todas las mañanas a eso de las 10 en el bar Krsma. Se lo puede ver en la ciudad conduciendo un VW Golf azul. Al volver a casa pasa todos los días por la sede local de la Policía Internacional.

    Vlado miró a Benny para asegurarse de que no le estaba observando y pasó las páginas hasta que encontró la entrada que buscaba. La mera lectura de aquel nombre hizo que su pulso se acelerase:

    POPOVIC, Branko. Genocidio, crímenes contra la humanidad, tortura. Comandante de la unidad paramilitar Los Leones de Popi. Se cree que está en Kosovo. Se lo ha visto con frecuencia en el bar del Grand Hotel, o conduciendo un Toyota Land Cruiser negro. Podría vivir en cuarteles militares de Pristina, pero también tiene casa en Belgrado. Viaja con frecuencia por Europa. Localizaciones confirmadas desde enero del 98 en Zúrich, Augsburg. Localizaciones sin confirmar en Viena, Berlín.

    La referencia a Berlín le hizo estremecerse. Pero eso era todo. No había mención alguna a testigos, direcciones o una posible desaparición. Comprobó la fecha en la cubierta. De hacía dos semanas, sólo unos días después de que Haris, Huso y él hubieran dejado el cadáver en el vertedero industrial. ¿Quién sabía lo que cualquiera podía haber oído mientras tanto? Si alguien había visitado el apartamento de Haris, lo habría hecho más o menos una semana después de que aquel informe hubiera sido actualizado.
    Benny volvió a levantar la voz, al parecer preparándose para la apoteosis final.
    – ¿Queréis entrar en su casa? Entonces entrad en su puta casa. ¿Queréis estar en un puesto de control tocándoos las narices y escuchando los disparos? Pues hacedlo. Porque nosotros vamos a ir, con SFOR o sin SFOR, y no nos va a detener ningún imbécil militar-industrial del mundo, ¿entendido?… He dicho ¿entendido? -Una pausa-. ¿Oiga? -Cerró los ojos con fuerza, luego bramó-. ¡Por Dios! ¡Estos teléfonos de mierda! ¿Cómo puede esta gente tener un país si ni siquiera tiene teléfonos decentes? ¡Tío! -Colgó el teléfono con un golpe, mientras negaba con la cabeza-. Cinco minutos de trampas de primera calidad tirados a la basura. Creo que hasta había conseguido que ese tipo estuviera a punto de ordenar una operación para nosotros. O al menos de pensar en ella. -Suspiró-. De todos modos, me siento mucho mejor que hace cinco minutos.
    Levantó la vista con una sonrisa burlona de exasperación que quería decir que había disfrutado de cada instante.
    – Benny Hampton -dijo, tendiendo su mano derecha-. Tú debes de ser el bosnio de Pine. Y no es que yo deba saberlo. Pero, bueno, soy el jefe, así que supongo que debería ser capaz de averiguar unas cuantas cosas por aquí. Aunque si Spratt se entera de la última conversación puede que no sea el jefe de equipo durante mucho más tiempo.
    Pine regresó. Depositó dos tazas de café humeantes en el escritorio y tiró la chaqueta en el respaldo de una silla.
    – Benny, Benny, Benny -dijo en tono un tanto afectuoso, con un acento que parecía suave después de dos minutos de neoyorquino-. ¿Cuántas veces hay que decírtelo? La SFOR es amiga nuestra. Del mismo modo que la IFOR era amiga nuestra, y la UNPROFOR antes que ellas.
    – Sí, el ejército de los mil nombres -dijo Benny entre dientes-. Dales otro año y volverán a cambiarlo. Deberían llamarlo WHAT-FOR -«para qué»-, y entonces alguien tal vez piense que no han estado haciendo nada en todo este tiempo. Todo el día sentados mirando cómo nuestros sospechosos se toman una cerveza.
    Vlado conocía bien los acrónimos. Durante la guerra, las tropas llevaban cascos azules y se desplazaban en vehículos blindados blancos, y eran conocidas con el nombre de la UNPROFOR, la Fuerza de Protección de las Naciones Unidas. Después del acuerdo de paz pintaron los cascos y los vehículos de verde y se incorporaron a ellas veinticuatro mil norteamericanos mejor armados, y se cambiaron el nombre por el de IFOR, la Fuerza de Aplicación, que en cosa de un año redujo sus efectivos en unos miles de soldados y se convirtió en la SFOR, la Fuerza de Estabilización.
    – Ya sabes cómo funciona esto, Benny -dijo Pine-. Se trata simplemente de que no somos una parte fundamental del mandato de la misión. Ah, Vlado, lo siento, pero no está permitido fumar aquí arriba. Esto es territorio de la Organización Mundial de la Salud, no los Balcanes. Tendrás que apagarlo o irte a la cantina.
    – Maldita SFOR -seguía diciendo entre dientes Benny-. Maldita OTAN. El mayor y el peor ejército de Bosnia y ni siquiera son capaces de echar mano a un viejo serbio residual en pijama. Ese tipo no tiene guardaespaldas desde hace dos años y todavía aparece en las listas como «en libertad». Seguro que pasa todos los días por un par de controles suyos y lo único que hacen es saludar moviendo el brazo.
    – Entonces ve tú a echarle mano, Benny.
    – Pues claro, eso es lo que quiero hacer. Eso es lo que estaba diciéndole que voy a hacer. Puede que se diera cuenta de que me estaba marcando un farol, pero con este nuevo mandato de Contreras, quién sabe, puede que hasta tenga la oportunidad. No puede ser peor que llevar a cabo un proyecto en el Bronx. Le pondré las esposas y lo llevaré a rastras la mitad del camino hasta Budapest si me dejan.
    – Que no te dejarán. Contreras habla mucho pero no tiene más probabilidades de montar una operación salvaje que los demás. Si comienza un tiroteo en el que la SFOR tenga que acudir al rescate, no volverán a mover un dedo por nosotros.
    – Eso marcaría una gran diferencia.
    – Pero eso no importa, Benny. Saluda a Vlado Petric. Vlado, te presento a Benny Hampton, que piensa que todavía está partiendo cabezas allá en Brooklyn.
    – En el Bronx, por favor. Sí, ya nos conocemos más o menos, pero así es oficial.
    Vlado estrechó su mano tendida. Era cálida y mullida, como meter la mano en una bola de masa caliente.
    – Así que tú eres el que encabronó a medio Sarajevo al salir por la puerta. ¿Y dejas que este patán provinciano de Pine te convenza para volver allí?
    – Gracias por hacerme la vida más fácil, Benny.
    – Bueno, si necesitas ayuda mientras estés por allí, llámame al móvil. Estaré sobre el terreno durante la próxima semana más o menos si terminas en algún lugar cercano a Vitez.
    – Ésa es la peculiar manera que tiene Benny de intentar averiguar qué estamos haciendo y adónde vamos a ir. Pero tendremos presente tu ofrecimiento, Benny.
    Pine condujo a Vlado hacia su despacho, en el rincón opuesto.
    – Sí, sí -dijo Benny a sus espaldas-. Manda el timbrazo secreto del descodificador y llegaré al instante. ¿Pero en qué andáis metidos, chicos, que ni siquiera el jefe de equipo puede saberlo? Llevo toda la semana oyendo que se está cociendo algo gordo.
    – ¿Gordo? -preguntó Vlado.
    – Descabellado -aclaró Benny-. Algo que no está del todo bien. En primer lugar, he oído que hasta los franceses están involucrados. Esos chicos encantadores que dejaron que el señor Karadzic se escapase el año pasado.
    – ¿Es eso verdad? -preguntó Vlado, sorprendido al enterarse de que había faltado poco para que fuera capturado uno de los más grandes sospechosos, el presidente de los serbios de Bosnia durante la guerra.
    – Tal vez -dijo Pine, fulminando con la mirada a Benny-. Pero lo cierto es que no debemos hablar de ello, ¿verdad?
    – Hablaremos de todos modos, ahora que eres uno de los nuestros -dijo Benny entre dientes-. Se había planeado una redada, a finales del verano del noventa y siete, pero nunca llegó a realizarse porque un comandante francés avisó a Karadzic. Es como lo de la mierda y el ventilador.
    – Puede que lo avisara -dijo Pine-. Y puede que se hubiera planeado una redada.
    – Los franceses debían someter a un consejo de guerra al comandante. En cambio, lo destinaron a un despacho en París. No está mal, ¿eh? Y ahora oigo que en realidad vosotros vais a trabajar con ellos. Ardo en deseos de ver en qué acaba todo esto.
    – Una lengua suelta puede hundir barcos, Benny.
    – Cuéntale eso al comandante francés. Parece que su barco arribó a puerto sin novedad.
    Pine lanzó a Benny otra mirada que quería decir que ya había hablado suficiente al margen de las normas.
    – El expediente que tienes que ver está en mi mesa -dijo Pine, conduciendo a Vlado hacia su puerta-. Usa mi despacho. No estaremos aquí el tiempo suficiente para ponerte un despacho para ti solo. El nombre del sospechoso sigue siendo confidencial por lo que a cualquier otra persona respecta.
    Dirigió una mirada elocuente a Benny, que sonrió burlonamente y pronunció unas palabras a modo de despedida.
    – No te preocupes, Pine. He captado el mensaje. Me alegro de conocerte, Vlado. Si no tenemos tiempo para tomar una cerveza fría antes de que os pongáis en camino, tal vez nos encontremos en tu país.
    Vlado cruzó el umbral. Como el escritorio de Benny, el de Pine era un revoltijo de carpetas y papeles. Pine tenía una ventana, con vistas a las vías del tranvía y a una callejuela de casas de ladrillo. Cerca de la ventana había un calendario azul con imágenes de jóvenes sonrientes encima de un programa de baloncesto de la Universidad de Carolina del Norte. Enfrente de los jugadores sonrientes, una fila de hombres adustos de Bosnia les devolvían la mirada en blanco y negro desde la pared opuesta del despacho. Era un cartel de «se busca» de cinco sospechosos, suficientes para formar su propio equipo de baloncesto. Pine se dio cuenta de que Vlado lo estaba mirando.
    – Mi caso más importante -dijo-. Una matanza en el valle de Lasva en abril del noventa y tres. Dos están detenidos, tres en libertad. -Abrió una carpeta de papel manila que estaba encima de la mesa, dejando ver unas cuantas hojas escritas a un espacio-. Aquí está nuestro hombre. Esto es sólo el resumen. Habrá más que leer después. Expedientes del servicio de información del ejército, antiguos cables diplomáticos. Algunos siguen estando fuera de mi autorización de seguridad por el momento. Pero con esto ya puedes ponerte en marcha. -Miró su reloj-. Tienes más o menos media hora.
    Vlado se sentó en la silla de Pine y se relajó. Leer expedientes de casos siempre había sido un trabajo monótono. En ese momento le parecía un privilegio. Nunca le había preocupado gran cosa el papeleo, como si cualquiera lo pudiera hacer, pero siempre había disfrutado desplegando los datos ante él a altas horas de la noche a medida que una investigación se desarrollaba, observando cómo los personajes y las tramas tomaban forma a la luz de una lámpara en una oficina vacía, buscando patrones y anomalías, sintiendo la excitación de avanzar hacia una solución mientras la ciudad dormía a su alrededor.
    Cogió las hojas y retrocedió a su pasado como si estuviera sentado ante su viejo escritorio, en la cuarta planta de un edificio pardo de cristal en la orilla meridional del río Miljacka, con una taza humeante del terrible café Husayn en la mano. Levantó la vista, miró los calendarios y los blocs de notas de Pine, como para asegurarse de que no había dado un salto en el tiempo. Luego, sonriendo para sí mismo, un poco aturdido, comenzó a leer, feliz de volver al trabajo.

5

    El sospechoso se llamaba Pero Matek, y su historial reciente era muy familiar. Durante la guerra había sido matón y especulador, siempre listo para reconocer la oportunidad en medio de la guerra y el caos. Vlado los había visto a docenas en Sarajevo durante el asedio, así que a éste lo encaró ya con hastiado desagrado.
    Fue la historia anterior de aquel hombre lo que le fascinó. A Vlado, como a la mayor parte de su generación, le habían enseñado la historia de la segunda guerra mundial en una serie de tratamientos de brocha gorda, de discursos obligatorios sobre el heroísmo titoísta y el sacrificio desinteresado del pueblo y de los partisanos, un frente unido de comunistas rebeldes que combatían a los nazis y a unos cuantos traidores dispersos, en su mayoría fascistas y monárquicos locales, los ustashi y los chetnik. Si la guerra reciente le había enseñado algo, era que la verdad solía ser mucho más complicada.
    Matek, cuyo verdadero nombre era Pero Rudec, había nacido en una remota región de Herzegovina en marzo de 1923. Eso quería decir que ahora tenía setenta y cinco años. Se había criado en una granja, había asistido a escuelas estatales y a los dieciséis años había ingresado en una academia militar en la que se formaban oficiales para el ejército federal.
    Matek era croata, y siendo todavía un adolescente se incorporó al movimiento nacionalista Ustashi, los fascistas de pacotilla que con el tiempo se unieron a los nazis. Hitler era su pasaporte hacia la categoría de Estado, y a los dieciocho años Matek fue uno de los miles de personas jubilosas que se congregaron en Zagreb el 10 de abril de 1941 para celebrar la declaración de independencia de Croacia bajo el dictador títere Ante Pavelic. Para entonces Matek se había incorporado ya al Ejército de Defensa Nacional de Croacia. No tardó en ser ascendido a teniente durante las operaciones que se llevaron a cabo a principios de 1942 en los montes Kosarev, una brutal campaña de asesinatos e incendios en el norte de Bosnia, bien conocida por la conversión obligada al catolicismo de miles de musulmanes y de serbios cristianos ortodoxos. En algunas ocasiones, serbios que no acababan de convencerse habían sido quemados vivos en sus iglesias.
    En la primavera de 1942, Matek resultó herido en el hombro derecho, lo que le hizo estar fuera de servicio durante un mes y terminó en su traslado a un servicio menos exigente en Jasenovac, el campo de concentración de infausta memoria a orillas del río Sava. Allí estuvo al mando de un escuadrón de guardias que se distinguieron, si podía emplearse ese término, por su especial brutalidad y eficacia, no sólo en sus obligaciones en el campo sino también en batidas por las ciudades y los pueblos cercanos, saqueando, matando y arrestando a los sospechosos habituales. En 1945 fue ascendido a comandante. Su pista se difuminaba en abril, el último mes de la guerra.
    Un informe decía que se había dirigido hacia el norte con varios miles de soldados y civiles fugitivos, un grupo que sufrió numerosas bajas en emboscadas y matanzas directas de los partisanos y las tropas soviéticas. Otros informes lo situaban en un convoy de camiones que partió de Zagreb con armas y ciertos «bienes del Estado». Esa versión se ramificaba en otros tres rastros, como una leyenda que crece y se adorna al contarse una y otra vez durante años. Una variante decía que él y otras dos personas habían llegado sanos y salvos a Wolfsberg, Austria, con su cargamento, y se habían refugiado en un monasterio antes de ser detenidos por el ejército británico. La segunda decía que habían abandonado sus vehículos en un paso de montaña cerca de la ciudad austriaca de Liezen. La tercera decía que Matek había sido uno de los pocos supervivientes de una emboscada tendida por los partisanos cerca de la ciudad eslovena de Maribor.
    En cualquier caso, después de pasar cuatro meses huyendo terminó en Austria, desde donde los británicos lo enviaron a un campamento para personas desplazadas situado en Italia, cerca de la ciudad de Fermo. Con él había otras veinte mil personas temporalmente sin Estado, en su mayoría originarias de Croacia, Bulgaria y Hungría. Los campos para desplazados eran parada obligada para los millones de europeos sin hogar, personas que habían sido empujadas por los ejércitos o liberadas de campos de concentración, y las condiciones de vida eran notoriamente precarias. Los campos eran también escondites muy frecuentados por criminales de guerra: funcionarios y administradores que se habían despojado de sus uniformes e identidades para tratar de confundirse con las masas.
    El riesgo de esa estrategia residía en que te podías pasar meses perdido y olvidado, con la posibilidad de padecer enfermedades y desnutrición. O que alguien pudiera reconocerte, o descubrir algo entre tus papeles que te delatara, a no ser que tuviera amigos que pudieran conseguir nuevos documentos o una salida.
    Matek había pasado aparentemente nueve meses en Fermo antes de quedar en libertad en Roma, bajo la custodia de la Comisión Pontificia de Ayuda a los Refugiados. En Roma entró a trabajar en las oficinas de la Confraternità di San Girolamo di Illirici, donde una hermandad croata de sacerdotes franciscanos desarrolló actividades de asistencia a sus compatriotas errantes, con sede en la orilla derecha del Tíber, a poco más de un kilómetro de los muros del Vaticano.
    Los sacerdotes eran allí antititoístas, anticomunistas, anti todo aquel que quisiera desenterrar viejos secretos relacionados con sus amigos. Consiguieron un nuevo juego de documentos de identidad para el recién bautizado Matek, que se despojó de su antiguo apellido de Rudek.
    Matek se quedó en Italia hasta 1961, unos años después de la muerte del papa Pío XII. Después, al parecer, muchos de los más cuestionables refugiados políticos croatas comenzaron a hacer uso y abuso de su acogida. Matek se repatrió a Yugoslavia con su nuevo nombre. Al parecer cruzó la frontera sin incidentes y se reasentó en la ciudad de Travnik, en el centro de Bosnia, a bastante distancia del lugar donde se había criado y muy lejos de cualquier lugar en el que hubiera servido durante la guerra. Y allí seguía, y mientras tanto le había ido bastante bien. No constaba referencia alguna a cómo había aflorado de pronto su antigua identidad después de todos aquellos años, pero al parecer sus vecinos seguían sin saber nada.
    La guerra reciente le había brindado oportunidades sin precedentes para la expansión de sus diversas empresas, y ahora era dueño de una cadena de estaciones de servicio y había logrado la adjudicación de varias concesiones de la ONU y la Unión Europea para la reconstrucción, por valor de unos 200.000 dólares hasta la fecha, parte de los cuales se habían destinado en realidad a la reconstrucción de viviendas. Una subvención noruega destinada a la reconstrucción de una distribuidora local de refrescos se había desviado de alguna manera para ayudar a reconstruir una distribuidora local de cervezas y licores, la mayor de la región, de hecho, propiedad de Pero Matek. Y prácticamente nada de un préstamo de 100.000 dólares para el desarrollo económico concedido un año atrás por el Banco Mundial para estimular el empleo local se había gastado para la finalidad a la que estaba destinado. Los funcionarios del Banco Mundial estaban ya convencidos de que el prestatario no lo amortizaría. Demasiados gastos indirectos y trámites burocráticos. Expectativas demasiado poco realistas. Aunque el prestatario hacía cuanto estaba en su mano, desde luego.
    Vlado movió la cabeza desaprobando aquel derroche y aquella locura. Estaba casi tan indignado por el comportamiento reciente de Matek como por el pasado de aquel hombre. De lo contrario, sería posible censarlo como otro anciano encorvado que jugaba al ajedrez e intentaba olvidar, con el deseo de que lo dejasen en paz con sus nietos. Éste no se había casado, no había una familia, y se había aplicado en el duro trabajo de ganar dinero con las privaciones y la corrupción. Y ahora Vlado iba a conocerlo, iba a hacer oscilar ante él la zanahoria que al parecer más ansiaba, el acceso al lucrativo negocio de la eliminación de minas.
    Vlado hojeó hasta la última página, una actualización de hacía sólo una semana. Matek parecía gozar de un estado de salud excelente, a juzgar por el informe de un funcionario del Banco Mundial que le había hecho una visita para interesarse con inquietud por el estado de la concesión. Parecía que ahora estaba conectado a Internet, si bien seguía siendo un tanto rudo a su rústico modo, seguía agasajando con grandes cantidades de carne carbonizada y bebidas fuertes. Un vaso tras otro de rakija. Su personal de seguridad parecía haber causado una gran impresión -varios hombres con grandes armas, una garita en la entrada con verja- y difícilmente se dejaba ver en Travnik sin un guardaespaldas, a menos que estuviera con una mujer. Una mujer en particular, la esposa del alcalde de una población vecina, parecía ser el centro de sus atenciones recientes.
    Vlado se estiró, miró su reloj. La media hora había pasado ya, y a través del cristal vio a Pine con Benny, enfrascados en una discusión. Guardó el informe en su carpeta, la dejó en el escritorio de Pine y abrió la puerta del despacho.
    Benny fue el primero en verlo, y alzó la vista con aquel destello de travesura que Vlado había decidido ya que era de su agrado.
    – Así que, ¿listo para alistarte?
    Antes de que Vlado tuviera tiempo de contestar, una voz autoritaria les interrumpió desde otra dirección.
    – No le haga caso. Le hará creer que no somos más que una panda de inadaptados. Bienvenido a bordo, Vlado. Soy Philip Spratt, jefe de investigaciones.
    Otra mano que estrechar, pero Vlado seguía tratando de identificar su acento.
    – De Australia -dijo Spratt sin que nadie le diera pie-. Voluntario. Más o menos como todos los de esta casa. Cincuenta y seis países y la mayoría de los fallos y deficiencias de sus sistemas jurídicos, todos bajo un mismo techo. Y, sí, sé que los demás ya habéis oído este discursito, pero Vlado no.
    Spratt tenía una cara ancha y de aspecto lo bastante duro para causar lesiones mortales a quien chocara contra ella, una frente de roble estriado debajo de un pico de pelos cobrizos entre las entradas. Pine había dicho a Vlado que el único indicador fiable del humor de Pratt era la piel de debajo de las orejas, minúsculos termómetros en los que el color subía cuando la temperatura ascendía. Por un instante parecieron adquirir un tono rojo de intensidad media. Las personas que estaban a su alrededor se habían quedado mudas.
    – ¿Le ha llevado ya Pine a hacer la gran excursión? -preguntó Spratt.
    – No hemos tenido tiempo -respondió Pine.
    – Debería echar un vistazo a nuestras salas de vistas, ya que está aquí. De lo más impresionante.
    – Las dos parecen el puente de la puta nave espacial Enterprise -saltó Benny-, sólo que con revestimiento de paneles de madera.
    Todos rieron incómodos. Benny parecía ser el único que podía permitirse hacer esa interpretación. Pero antes de que Spratt pudiera contestar, otra voz resonó, un sonido claro y ondulado como la más insensata de las músicas. Vlado observó el creciente rubor bajo las orejas de Spratt y supuso atinadamente que el gran jefe debía de haber llegado.
    – Ah, está aquí, señor Petric. Soy Héctor Contreras, el fiscal jefe. Casi tan novato en este lugar como usted.
    La impresión inmediata de Vlado fue que Contreras era un caballero de buena posición económica, pero también un chismoso y un intrigante. Tendrían que haberle insistido mucho para que dijera exactamente por qué. Había algo de vividor en la mirada de aquel hombre, que se acercaba en diagonal, con una ligera inclinación de la cabeza, como si mirase hacia un punto situado a la izquierda del interlocutor y volviese la vista a tiempo de cogerlo in fraganti. No podía ir vestido con más elegancia, con un traje entallado de color azul marino de solapas y bolsillos cortados en un tono distinto, realzado por el pañuelo rojo que asomaba del bolsillo superior de la chaqueta. Lucía un pequeño bigote, un bigote de gigolo parecía ser la única forma de describirlo, también en este caso por razones que Vlado no sabría explicar. Para entonces habían acudido algunas personas más desde sus escritorios para presenciar el espectáculo, y diez rostros estaban vueltos hacia Vlado, esperando su respuesta, algo a lo que no estaba precisamente acostumbrado.
    Se ruborizó, y después soltó un apagado «Es un honor, señor», sintiéndose cohibido, como si su inglés se hubiera anquilosado de pronto para convertirse en la peor clase de caricatura balcánica.
    Contreras se apresuró a responder con gentileza y cordialidad.
    – El honor es mío. Un hombre bueno metido en un aprieto, y encima incorruptible, eso es lo que he oído decir de usted hasta ahora, y sólo espero oír más cosas del mismo tenor. Vendrá a cenar esta noche, desde luego.
    – Desde luego.
    Vlado intentó ocultar su sorpresa. Pine parecía horrorizado. Luego Spratt, cuyas orejas se habían puesto rojas como tomates, tomó la palabra.
    – Señor, me disponía a invitarlo. Yo mismo no me he enterado hasta hace una hora.
    Vlado vio a Benny esbozar una sonrisita de complicidad.
    – No importa -dijo Contreras-. Confío en que los veré a los tres a las siete en el cóctel, que será un acto abierto, con toda clase de miembros de la comunidad diplomática, de esa gente a la que debemos tener contenta si queremos pagar la factura de la electricidad. Después los ahuyentaremos y cerraremos las puertas para la multitud que necesita saber, todo extraoficialmente. Una especie de combinación de sesión de presentación de informes y de confraternización. He decidido que sería precisamente el clima adecuado para señalar el comienzo de…, en fin, de un acontecimiento tan extraordinario.
    – Un acontecimiento extraordinario, ¿eh? -dijo Benny, que al parecer podía terciar en la conversación de cualquiera-. Cuéntenos algo más.
    Contreras esbozó su sonrisa de vividor mientras Spratt fulminaba con la mirada a Benny.
    – Todo se aclarará muy pronto. Formará parte del nuevo orden de aquí, y también de allí. Pero por el momento, estoy seguro de que los demás saben perfectamente que no han de decir nada sobre estos asuntos fuera de este edificio. ¿Entendido?
    Hubo una ronda de leves movimientos afirmativos de cabeza y de asentimientos entre dientes.
    – Muy bien.
    Contreras dio media vuelta y se alejó, a la manera de un mayordomo especialmente ampuloso. No era de extrañar que hubiera sido juez, pues era evidente que le encantaba actuar. Vlado se lo imaginó sin dificultad actuando para un jurado, o para una rueda de prensa.
    Los investigadores regresaron poco a poco a sus despachos, pero Pine era presa del pánico.
    – ¿Has traído un traje?
    Vlado negó con la cabeza.
    – Creía que íbamos a viajar ligeros de equipaje.
    – Y tenías razón, pero será mejor que te consigamos uno. -Recorrió la sala con la mirada en busca de posibles donantes y después miró su reloj-. Vamos. Tomaremos un tranvía para ir a la ciudad. Lo cargaremos en gastos de representación. Contreras puede incluirlo en su maldito presupuesto para fiestas. ¿Tienes una camisa blanca?
    – Una.
    – Con una es suficiente. En marcha.
    Se pusieron en camino hacia el centro de la ciudad. Todos los asientos del tranvía estaban ocupados, así que se agarraron a las correas colgadas del techo, tambaleándose con los virajes y el traqueteo mientras Vlado se agachaba para mirar por las ventanillas. Era encantador, a su manera, aquel trazado de ciudad de juguete de ladrillos y bicicletas. Había tiendas de quesos llenas a rebosar de ruedas de cera roja del tamaño de neumáticos de autobús, verdulerías con tensos y vistosos toldos, y las cortinas de todas las viviendas estaban abiertas de par en par al anochecer, mientras la luz de las farolas se reflejaba delante de ellas en la acera. Pero la sensación de orden era casi desconcertante; cada ladrillo estaba en su sitio, todas las bicicletas negras rodaban sincronizadas. La mayoría de los rostros de la calle parecían tan carentes de sentido del humor como las estatuas del parque, que parecían desaprobar todo lo que ellos contemplaban. Se preguntó cómo encajaba Pine aquí, un americano desgarbado y de cabello rebelde.
    Llegaron a su parada y caminaron unas manzanas hasta una tienda para caballeros donde Pine dijo que algunas veces había comprado camisas. Pine utilizó su titubeante holandés para explicar su escasez de tiempo, y un empleado nervioso se apresuró a tomar medidas a Vlado, al tiempo que manifestaba su preocupación porque aquélla no era forma de comprar un buen traje. Extendió alguno sobre un mostrador mientras Pine repasaba un corbatero.
    – Será mejor que te ponga al corriente de lo que cabe esperar de ese cóctel -dijo Pine-. No he visto la lista de invitados pero es probable que sea un campo de minas. Mira, esta corbata te sentará bien.
    Era de color rojo vivo con un estampado de cachemir dorado. Vlado frunció el ceño.
    – Confía en mí. Ve de rojo. Es el color del poder. La mitad de la gente que asista querrá etiquetar tu política en los cinco primeros minutos, y los que no estén de acuerdo intentarán devorarte vivo. ¿Hasta qué punto te has mantenido al corriente de la situación allí?
    – ¿En Bosnia?
    – En Alemania no, desde luego.
    – Un poco. Parece que no ha cambiado mucho desde que me fui. Los mismos partidos con las mismas malditas ideas.
    – Me refería más bien a la gente que de verdad dirige el cotarro. La oficina del Alto Representante. La Unión Europea. La OTAN. Todas las ONG y las organizaciones internacionales. ¿Lo sabes?
    Vlado no lo sabía.
    – Te contaré la versión abreviada. En el punto más alto está el Alto Representante. En general, una perspectiva realmente europea y burocrática. Se supone que se limita a supervisar las cosas, y deja que los gobiernos nacionales y los partidos hagan su trabajo. Pero su gente controla un montón de divisas y dice a las ONG y a los organismos de ayuda lo que pueden y lo que no pueden hacer. Mira, pruébate el azul.
    Agarró un traje azul oscuro del perchero y lo lanzó sobre los otros tres.
    El viejo dependiente palideció al ver el enérgico trato que se dispensaba a su mercancía, pero se mordió la lengua. El florín era el florín.
    – Después está la SFOR. Los sentimientos de Benny son más o menos representativos de esa cuestión, pero aun así son el ejército más grande. La fuerza internacional de policía también está por allí. Sin poderes. Daría igual que no estuviera. Después está la policía local, tus antiguos patronos, pero con tres desgloses étnicos distintos, y con la vertiente civil y la vertiente del Ministerio del Interior, la gente del antiguo MUP, que sigue encerrándote por motivos políticos si no andas con cuidado.
    Vlado levantó la vista, sacudiéndose las mangas. Éste iría bien. Asintió con la cabeza al vendedor mientras Pine continuaba.
    – En algún lugar al margen de todo esto tienes a los inversores privados, todos ellos intentando ganar dinero al tiempo que aparentan ser tan altruistas como les sea posible, y sí, ya sé que voy deprisa. Aquí tienes una corbata que podrás soportar. Roja y aburrida, perfecta. Póntela. ¿Cuánto cuesta ésta, señor, sesenta florines?
    El vendedor asintió con la cabeza sin decir palabra, como si no quisiera interrumpir el flujo del comercio.
    – La nacionalidad también es importante. Los franceses no se fían de los americanos, los americanos no se fían de los franceses, y cualquier yanqui correrá como alma que lleva el diablo al menor tufillo de cualquiera de Irán, Afganistán o Marruecos, los antiguos proveedores de las fuerzas muyahidines que técnicamente no deberían estar aquí, aunque todo el mundo sabe que los guerreros santos nunca se han ido del todo. Los escandinavos están más o menos por todas partes, haciendo el bien y guardando silencio a su estilo. Lo único que quieren los alemanes es entrar y salir sin que se sorprenda a ningún soldado pintando esvásticas, algo que ya ha sucedido, así que peor para ellos. Los franceses quieren dar a los serbios un respiro equitativo pero sin alterar el equilibrio en la puerta de al lado de Kosovo. Los británicos quieren hacer que parezca que son independientes de los americanos, aunque sin encabronar a los americanos.
    – ¿Y los americanos?
    – Ah, los americanos piden muy poco. Sólo queremos la mayor cantidad de influencia a cambio de la menor cantidad de dinero y de alboroto. Todo lo complicado es un problema del Alto Representante, y cuanto más se desciende en la cadena alimentaria, más probabilidades existen de encontrar a uno de los suyos por ahí acompañado de burócratas locales, de esos que siempre tienen las manos metidas en los bolsillos de otros. Así que la situación se enturbia. A veces incluso es peligrosa. Tres personas muertas detrás de una estación de servicio y no se sabe por qué. Una semana después los papeles de propiedad cambian de manos en una docena de fachadas de establecimientos locales. Y uno de los nuevos propietarios es alguien como nuestro tipo, ese Matek. Pon unas docenas de señores de la guerra residuales con diversas cuotas del mercado negro, más algunos agitadores que no sacaron suficiente de la guerra, luego añade los ladrones y los magnates de la droga habituales, incluidos algunos musulmanes radicales y algunos intrusos del tráfico de droga en Albania, y tendrás un resumen bastante atinado de la situación. ¿Sigues echando de menos tu país?
    – Parece que todo sigue como siempre en los Balcanes.
    – Más o menos.
    Vlado volvió a ponerse sus pantalones. El tendero había marcado con alfileres el par nuevo y se lo había entregado a un sastre que trabajaba en la trastienda, desde donde se podía oír el repiqueteo de una máquina de coser. Unos minutos después el sastre, con alfileres en la boca, llevó el traje a la parte delantera, donde el mareado dependiente esperaba ser recompensado con una tarjeta de crédito del Tribunal.
    – Muy bien -dijo Pine-. Nos estamos quedando sin tiempo. Será mejor que tomemos nuestro tranvía. Puedes cambiarte en el hotel. Pasaré a recogerte a las siete menos cuarto.
    – En ese caso tendré tiempo para llamar a Jasmina.
    – Eso me recuerda algo -dijo Pine, con aspecto súbitamente avergonzado-. No se pueden hacer llamadas al exterior. Han bloqueado el teléfono de tu habitación. Seguridad operativa. Ya sé que la explicación te debe parecer de lo más pobre con todo el cotorreo que ya has oído. Pero no se pueden hacer llamadas a casa hasta que hayamos terminado -y, en un tono más suave, agregó-: Lo siento de veras.
    Vlado sintió un arrebato de cólera. Lo último que quería era preocupar a Jasmina.
    – Podías habérmelo dicho antes. Jasmina pensará lo peor.
    – Spratt me dijo que no, de momento. Puedo decirle a una secretaria que la llame. Le dirá a Jasmina que todo va bien, pero que no sabrá de ti durante algún tiempo.
    – ¿Qué más no me has contado?
    Pine frunció el ceño.
    – No mucho. Mañana a última hora lo sabrás todo.
    Vlado, con la ropa nueva colgada de un brazo como si fuera un ayuda de cámara, comprendió que aquello debía activar las alarmas. Conocía la existencia de aquella clase de seguridades. Nunca había resultado nada bueno de ellas. Pero se sintió impotente para protestar.
    – Mira, a mí tampoco me hace feliz esa parte del asunto -dijo Pine-. Si de mí dependiera te lo habría explicado todo en Berlín. Tienes que confiar en mí.
    Vlado también había recibido ya aquella clase de consejos. La última vez había estado a punto de perder la vida.

6

    Contreras vivía en una gran casa de ladrillo que lindaba con un parque, la residencia más espléndida que había tenido hasta la fecha un fiscal jefe, y le gustaba hacer alarde de ella. Aquélla sería la tercera visita de Pine. Las dos primeras fueron con ocasión de cócteles para el personal, en los que los investigadores y los fiscales se convertían en refinados borrachos que daban vueltas sobre alfombras orientales mientras camareros inmigrantes volvían a llenar sus copas. Nadie parecía saber exactamente cómo reaccionar ante aquellos actos con sus copas de cristal y la bebida sin límite, pero cada nuevo sorbo les ayudaba a confiar en que el Tribunal no pagase la factura. Los entendidos decían que los gastos corrían a cargo de la embajada de Perú, satisfecha de que su hombre disfrutase de una posición preeminente. Pero algunos creían que se ocupaba Contreras en persona.
    Se contaba que Contreras se había casado con una mujer de familia acomodada, y que esa riqueza le había servido no sólo para ingresar en la judicatura peruana sino también para vivir a lo grande. La historia había adquirido peso y fundamento suficientes para que el personal siguiera bebiendo sin sentirse culpable. Pero para la mayoría había dejado de ser una novedad.
    Vlado habría preferido pasar la noche encerrado en una habitación con expedientes e informes, leyendo otros documentos sobre su sospechoso. En cambio, caminaba por un sendero de ladrillo con su nuevo traje, oliendo la resina de los altos pinos en el crudo atardecer de noviembre.
    La bandera roja y blanca de Perú ondeaba en la fachada, como si se tratara de una residencia consular y Contreras su inquilino acaparador de cargos. Un camarero abrió la puerta con una ligera inclinación y señaló hacia una espaciosa sala a un lado, con manteles blancos y fuentes de plata. Se oía ya un rumor de conversación, el tintineo de los cubitos de hielo en los vasos. Cabezas peinadas y calvas se congregaban bajo el resplandor de una espléndida araña.
    Vlado se sentía perfectamente tranquilo, después de todo. Se ajustó por última vez el nudo de la corbata. El traje hacía maravillas en la impresión general que causaba, al parecer. La gente reaccionaba como si su cociente intelectual estuviera cuarenta puntos por encima del valor que tenía cuando llevaba encima el barro y los tejanos en Berlín.
    – Si alguien te pregunta quién eres, di que eres empleado a menos que yo te presente -susurró Pine-. Procura estar cerca de mí. Y si la cosa se pone fea, limítate a sonreír todo lo que puedas y a reírles los chistes.
    Vlado dudaba de que pudieran surgir demasiados problemas. La escena le parecía más bien una recepción con un exceso de ceremonia, algo en lo que podía participar un arzobispo, o un funcionario del gobierno que acabara de ser ascendido más allá de sus capacidades.
    Oyeron una voz grave a sus espaldas.
    – Calvin, comienzas a parecer aburrido ya de estas cosas.
    Pine se puso tenso, y al volverse Vlado vio a Spratt, que parecía tan tenso como en la oficina. Relajarse no parecía formar parte de la manera de ser de aquel hombre.
    – Así que, ¿todo listo para mañana?
    – Más o menos -dijo Pine-. Un poco más de tiempo para preparar a Vlado no habría venido mal.
    – Estoy seguro que lo hará bien. Y tú tendrás más tiempo para ponerle al corriente cuando estéis en Sarajevo.
    Una extraña mirada pareció cruzarse entre ellos, y Vlado se preguntó qué significaba todo aquello. Se había saltado el almuerzo, así que agarró un puñado de cacahuetes de un recipiente cercano. Un camarero se presentó de sopetón y le sirvió una copa de vino. Spratt esperó hasta que el camarero se hubo marchado, miró a su alrededor para ver si alguien escuchaba y bajó la voz.
    – Pero si los franceses mantienen su compromiso respecto a Andric, estaremos en el ajo. Y vosotros podréis cumplir vuestro cometido y estar de vuelta en cuestión de días.
    – ¿De verdad piensas que será tan fácil?
    – Tal como se nos ha presentado da la impresión de ser una operación infalible.
    – Sólo espero que no estemos subestimando al viejo.
    – No en tanto en cuanto lo mantengamos alejado de los guardaespaldas. Ahí es donde entra usted, Vlado. Eso es lo que le hace indispensable. Me preocupa más reunir a todos los testigos en el caso de Andric. Seguimos contando con Popovic como estrella, pero al parecer nadie ha visto a ese hombre desde hace más de un mes.
    Vlado estuvo a punto de atragantarse con un cacahuete al oír el nombre de Popovic. En cierto modo esperaba que Spratt y Pine se volvieran hacia él para sorprenderlo con una trampa, exigiendo una explicación. Pero si aquella conversación iba dirigida a él, lo disimulaban bien.
    – Creía que lo habían localizado -dijo Pine-. Holgazaneando en el Grand Hotel de Pristina.
    – Debes de estar pensando en algún otro matón. Ni rastro de Popovic. No ha sido visto recientemente. Podría estar en cualquier parte. Viena. Kosovo -hizo una breve pausa-. Berlín. Belgrado. A lo mejor sería buena idea preguntárselo a Leblanc, nuestro amigo de Francia. -Spratt señaló en dirección a un rincón-. Al parecer se está quejando de eso.
    Vlado intentó ver a quién se refería Spratt, pero había seis o siete personas en el lugar que había señalado.
    – Parece ser que fue él quien ayudó a vincular estos dos casos, él y Harkness.
    – ¿Quién es Harkness? -preguntó Vlado.
    – Un fanfarrón entrometido -dijo Pine-. Paul Harkness. Oficialmente es el enlace especial del Departamento de Estado con el Tribunal. Estuvo destinado en la embajada en Belgrado, y después en Sarajevo. Pero que me aspen si sé qué hace de verdad como no sea meter las narices en los asuntos de los demás.
    – No seas desagradable con Paul -dijo Spratt en tono de reconvención-. Ha hecho mucho por nosotros allí. Y nada de esto sería posible si no fuera por él.
    – Lo cual debería decirnos algo sobre la operación en su integridad.
    – ¿Qué le hizo interesarse por Matek? -preguntó Vlado.
    Spratt miró hacia Pine, como para preguntarle hasta dónde sabía Vlado.
    – No sabría decirlo con autoridad -dijo Spratt titubeando-, pero al parecer él o su homólogo francés Leblanc descubrieron algo en un viejo expediente. Forman una extraña alianza, debo decirlo. Esos dos han pasado los últimos cinco años intentando arrancarse el hígado el uno al otro y ahora se llevan como Ginger Rogers y Fred Astaire.
    – Se parecen más a Jekyll y Hyde -dijo Pine-. Aunque sería difícil decir quién es quién.
    – Muy acertado. Pero es el problema jurisdiccional lo que me preocupa más que cualquiera de las personalidades. No es de nuestra competencia perseguir a un viejo ustashi. Sólo estamos autorizados a investigar crímenes cometidos a partir de mil novecientos noventa y uno.
    – ¿Así que nuestra parte de esta operación es ilegal? -dijo Vlado.
    Pine sonrió atribulado, mientras Spratt hacía sonar el hielo en su copa. Las orejas se le habían vuelto a poner rojas.
    – Técnicamente -Spratt pronunció la palabra con evidente desagrado-, no. Pero a efectos oficiales, lo único que vais a hacer es concertar una entrevista con Matek para el interrogatorio de un testigo potencial. Entonces, mientras él esté casualmente bajo nuestro control, una unidad de tropas de la SFOR lo detendrá en nombre de los croatas, que supuestamente están preparando un acta de acusación mientras nosotros hablamos.
    – ¿Y extraoficialmente?
    Spratt hizo una mueca, así que Pine retomó el hilo.
    – Vamos a capturarlo, lisa y llanamente. A la mierda la jurisdicción.
    – Si funciona, Contreras será aclamado por toda la ciudad, y nuestros patrocinadores internacionales se sentirán felices como almejas.
    – Brindemos, pues, por Héctor Contreras -dijo Pine, alzando su copa-. El organizador de la fiesta.
    – ¿Es un Ebenezer Scrooge? -preguntó Vlado.
    Spratt levantó la vista con un destello de asombro.
    – Parece que has elegido a uno avispado, Calvin -dijo, en un tono que parecía el del director del colegio hablando con el jefe de estudios-. No todos los bosnios habrían captado esa referencia.
    – Leí mucho en inglés en la escuela -dijo Vlado, molesto por la actitud condescendiente-. Supongo que si quisiera mantener el personaje debería decir «Dios nos bendiga a todos», y dejar que Pine me subiera a hombros.
    – Lo siento -dijo Spratt, haciendo sonar de nuevo el hielo-. Esto se me está acabando. Mejor voy a buscar más.
    Vlado lo miró mientras se dirigía a la barra que estaba en el rincón.
    – Parece que nos ocupamos de un caso popular.
    – Bueno, cualquier cosa que meta a Andric en el saco no puede ser muy mala. Quién sabe, puede que hasta aprendas un poco de tu historia.
    – Nadie dijo nunca gran cosa sobre el origen de la guerra. Sólo las explicaciones heroicas.
    – ¿Ni siquiera aquel tío viejo y cascarrabias del que hablaste?
    – El tío Tomislav -dijo-. Debía de tener diez u once años la última vez que fuimos a visitarlo. Allá en mitad de ninguna parte. Grandes colinas áridas donde sólo había cabras y serpientes de cascabel. Yo dormía en un cuarto en la parte de atrás de la planta alta cuando mi tío y mi padre se quedaron en el jardín trasero, jugando a las cartas y bebiendo brandy. Me desperté en plena noche y estaban gritando, iban de acá para allá como viejos discutidores borrachos. Y tuve la sensación de que estaban hablando de la guerra. Nada concreto, sólo un montón de viejas rencillas sobre quién la empezó, quién hizo qué, todas esas cosas de las que nadie hablaba nunca. Fue quizá la única vez que oí a mi padre hablar de política. Me acerqué a mirar por la ventana. Resollaban como toros, locos de remate. Era casi divertido, pero también aterrador. Mi tía y mi madre salieron y se los llevaron a la cama. A la mañana siguiente nos marchamos sin esperar siquiera a tomar el café, que es casi tan descortés como largarse con la plata. -Miró a Pine-. ¿Y tú qué me dices de tu familia? ¿Cómo es tu padre?
    – Oh -resopló Pine, sonriendo-. Atticus Finch. Bueno, eso es lo que parecía siempre. O así se vestía. Ahí tienes otra referencia literaria.
    – ¿Atticus? ¿Un nombre romano?
    – Supongo que leerías sobre todo literatura británica. Atticus Finch aparece en Matar a un ruiseñor. Un heroico abogado del sur. Defendía los derechos civiles antes de que los derechos civiles se pusieran de moda. Y por la mañana mi padre salía a trabajar con una pinta idéntica a la suya. Trajes de lino y cloqué. Un vestuario hecho para secarse la frente en las escalinatas de los juzgados, al lado de la estatua de Nuestros Muertos Confederados.
    – ¿Entonces tu padre era un paladín?
    Pine negó con la cabeza.
    – No exactamente. Dudo que ninguno de sus clientes huyera jamás de una turba linchadora, aunque en su haber quiero creer que ninguno de ellos dirigió una. Se habrían quedado en sus porches a unas manzanas de distancia, bebiendo y preguntándose qué significaba todo aquel alboroto. Médicos, banqueros, constructores. -Agitó su vino, con la mirada ausente-. Miembros de cámaras de comercio estrechadores de manos y deseosos de librarse de este o aquel problemilla. Una esposa que ya no era ninguna jovencita o un arrendatario que se retrasa en el pago de la renta. Esas cosas de las que no se quiere que la gente hable en el club de campo. Y mi padre les ofrecía discreción con D mayúscula. Por unos buenos honorarios a la hora, desde luego. Supongo que por eso nunca pudo soportar la idea de que su hijo frecuentase los barrios bajos con matones y sabuesos. Con un salario del gobierno, nada menos.
    Vlado se preguntó a qué venía aquel tono de decepción. Todo le parecía perfectamente respetable. Pero la expresión de Pine pasó de la decepción a la preocupación, y al volverse Vlado vio acercarse a una mujer desde el extremo opuesto de la sala, con una mirada adusta en el rostro y un paso decidido sobre sus altos tacones. Se acercó a Pine, y después, al reparar en Vlado, se giró para hablar con los dos.
    – Hola, Calvin.
    – Janet.
    – ¿Adivina a quién le ha tocado bailar con la fea de ayudar a los croatas a procesar a Matek?
    – ¿A ti?
    – No parece que te decepcione mucho.
    – No es eso. Es que, en fin…
    Vlado observó con interés el lenguaje corporal de los dos. La mujer se acercó aún más, como si disputara el derecho de Pine al lugar que ocupaba en el suelo. Pine se retiró, pero sin mover los pies, lo que le hizo parecer tenso y sin equilibrio. Formaban una pareja curiosa. A Vlado se le ocurrió que si hubiera que engendrar a partir de aquella pareja, se podía producir una nueva especie de ave zancuda, un poco vacilante sobre unas piernas largas y delgadas y con cuerpos huesudos. O quizá la mujer sólo se sentía incómoda con los tacones altos. Tenía unos ojos grandes de color avellana y un cabello castaño claro que contorneaba un rostro ovalado. Su boca pequeña y remilgada apenas parecía moverse cuando hablaba, como si estuviera acostumbrada a transmitir secretos.
    Por el momento centraba su atención en Pine. Cuando se movía, su cabello casi le rozaba la cara, y Vlado podría haber jurado que Pine se estremecía, de forma ligerísima, al tiempo que sostenía su copa de vino delante de él en actitud defensiva.
    – Bueno, hay que ver el lado positivo de las cosas -dijo Janet-. Puede significar que no se han enterado. De lo contrario nunca nos habrían emparejado en un asunto tan delicado.
    Vlado carraspeó, tanto para recordarles su presencia como para pinchar el globo de su conversación. Ella se volvió sin inmutarse.
    – Tú debes de ser el bosnio. Vlado, ¿no es así?
    Por alguna razón no le importó viniendo de ella, tal vez porque su actitud brusca parecía dirigida más a Pine que a él. O quizás era el rastro de ironía en su tono, como si estuviera diciendo que sabía exactamente cómo era tratar de demostrar su valía ante aquella multitud.
    – Sí. Vlado Petric. ¿Y tú quién eres?
    – Janet Ecker -dijo Pine-. Una abogada tomada en préstamo de la NSA. Es decir, la Agencia Nacional de Seguridad. Descifradores de códigos y fisgones oficiales, básicamente, así que suele ser la que maneja la información cuando comienza a volverse compleja.
    – Tal vez por eso me asignaron a Matek -dijo Janet-. Para asegurarse de que algo tan delicado no se pasara a los croatas. O a los franceses. Me hacen trabajar horas extraordinarias con el rotulador negro.
    – ¿Y vosotros dos sois amigos o algo así?
    Pine se estremeció, pero una sonrisa brilló brevemente en el rostro de Ecker, como si compartiera la leve insurrección de Vlado. Éste se preguntó cuánto habría bebido.
    – Puedes decirlo así -dijo Janet-. Pero no lo andes contando por la oficina. Y si vas a estar aquí mucho tiempo, yo no lo diría donde te oigan. Ya ves, Calvin estuvo meses buscando una buena chica holandesa pero se conformó con una americana. Hasta que encuentre algo viajando por tu parte del mundo. Cumpliendo con su cometido para mejorar las relaciones diplomáticas.
    Pine se ruborizó. Vlado consideró la idea de ir a buscar otra copa, pero felizmente Ecker cambió de tercio.
    – ¿Y qué sabes de su expediente? -preguntó a Vlado-. Me refiero al de Matek.
    Era agradable ser tratado de pronto como un igual, aunque sólo fuera como parte de su batalla personal con Pine.
    – No he visto gran cosa. Sólo el resumen. Pero parece un ustashi cualquiera.
    – Hasta el momento sólo hemos tenido acceso al material desinfectado -dijo Pine.
    – Si me salgo con la mía tendréis derecho a todo lo que queráis. Es un material increíble.
    – Eso dijo Spratt el otro día.
    – Spratt no sabe de la misa la media. Y sin algunas de mis conexiones no estoy segura de que yo llegase a saberlo.
    – ¿Y eso qué quiere decir?
    – Quiere decir que ha habido una gestión un tanto extraña de la información. Alguien ha tratado de impedir que demasiadas piezas sueltas sirvan para algo más allá de los cargos específicos. Hay un montón de viejos cables del Departamento de Estado y de informes del CIC que constituyen una lectura muy interesante. Pero algunos han sido considerados demasiado interesantes.
    – ¿El CIC? -preguntó Vlado.
    – Cuerpo de Información del Ejército. De los Estados Unidos, que no salen muy bien parados en este asunto, aunque la mayor parte del material sea de hace cincuenta años.
    – ¿Pero qué puede resultar tan embarazoso después de tanto tiempo? -preguntó Vlado.
    – Detalles, en su mayor parte. Y nombres. James Angleton, por lo pronto. Ya está muerto, pero hace tiempo fue todo un personaje en la CIA. El máximo paladín de la guerra fría. Y nada más acabar la guerra él y muchos otros estaban dispuestos a hacer la vista gorda con muchísimos nazis. No hay nada nuevo en ello, pero el argumento esgrimido fue que sólo ayudamos a escapar a unos pocos criminales de guerra auténticos. Klaus Barbie, uno o dos científicos espaciales. Esos materiales te obligan a hacerte preguntas. Y eso antes de leer lo referente a los llamados «bienes desaparecidos». En el peor de los casos parece que Matek podría haber ayudado a saquear el Banco Estatal de Croacia cuando la guerra tocaba a su fin. Al margen de eso, lo mejor es que mantenga la boca cerrada.
    – Tal vez debamos ir a buscarte otra copa para enterarnos de más cosas -dijo Pine, que pareció arrepentirse de sus palabras desde el mismo instante en que las pronunció.
    – Ésa es la idea que tiene de un chiste -dijo Ecker dirigiéndose a Vlado-. Un par de copas siempre le han funcionado bastante bien en lo que a mí respecta. De hecho, tal vez eso fue todo.
    – No era eso lo que quería decir.
    – Ha sido un placer conocerte -dijo Janet, volviéndose de nuevo bruscamente hacia Vlado-. Creo que voy a ir a buscar otra copa.
    Se alejó con el mismo ímpetu con el que había llegado.
    – Lamento lo que ha ocurrido -dijo Pine después de una incómoda pausa.
    – No pasa nada.
    – Ha sido un gran error por mi parte.
    – Ella no parece un gran error.
    – No en ese sentido. Quiero decir que me he portado como un imbécil en todo esto. Por suerte para los dos nadie se ha enterado.
    – Esas cosas pasan.
    – Sí. Pero si alguien pregunta…
    – No te preocupes.
    – Gracias. El problema es que es muy buena, así que me sigue gustando trabajar con ella. Y por encima de todo domina las lenguas balcánicas, así que no se pierde nada en la traducción.
    Pine escrutó la sala, quizás en busca de Janet Ecker. Aparentemente convencido de que el camino estaba despejado, dijo:
    – Disculpa, pero necesito tomar algo un poco más fuerte que el vino. ¿Te interesa?
    – No, gracias.
    Pine se encaminó hacia la barra, dejando a Vlado aislado por un momento en el mar creciente de gente; el volumen de la conversación se había elevado hasta alcanzar un clamor. Sintió un golpecito en el hombro, y al volverse vio una cara pálida y serena de ojos castaños y brillantes.
    – Usted debe de ser monsieur Petric -dijo el hombre.
    – Y usted debe de ser monsieur Leblanc.
    – Así que Pine ya le ha prevenido acerca de mí.
    – Me temo que sí.
    Leblanc era apuesto y despierto, con los ojos en constante movimiento. Hablaba con las manos, haciendo pequeños aspavientos aquí y allá, rápidos y vivos. En su indumentaria lucía toda la clase de fiorituras que sólo los franceses parecían capaces de manejar, y aunque llevaba un traje oscuro como todos los demás hombres, de alguna manera parecía estar un poco por encima de los demás. Su piel era de una palidez que revelaba que no pasaba mucho tiempo al aire libre, pero Vlado sabía que las apariencias podían ser engañosas. Cuántos de aquellos supuestos diplomáticos que habían llegado a su país durante la guerra tenían veleidades de hombres de acción, y ése parecía ser el caso de Leblanc, quien, como Vlado sabría más tarde, era aficionado a seguir de cerca la estela de las grandes ofensivas de ambos bandos, viajando en un humilde Renault azul mientras los obuses estallaban a unos cientos de metros. Evitaba los chalecos antibalas que gozaban de gran popularidad entre tantos fotógrafos y trabajadores asistenciales, y se vestía para la guerra como si en cualquier momento pudiera recibir una invitación para almorzar en París.
    – Tengo un gran respeto por monsieur Pine -dijo Leblanc-. Uno de los pocos que no es tan partisano, por arriesgar un juego de palabras yugoslavo. Y en aras de la igualdad de trato, confío en que al menos le haya advertido acerca de monsieur Harkness, del Departamento de Estado estadounidense.
    – Así lo ha hecho.
    – Entonces dígame. ¿Cuántas personas ha conocido esta noche que afirmen entender a su país? Bastantes, creo. Un americano está allí una semana y cree que tiene la respuesta a seis siglos de problemas en los Balcanes. -Leblanc esbozó una ligera sonrisa. Vlado no pudo evitar secundarlo-. Los ingleses son peores -continuó Leblanc-. Leen unos cuantos libros y piensan que lo han entendido, pero al menos tienen el buen talante de guardárselo para sí mismos. Nada de apoyarse en tu hombro con una copa en la mano para confiar su conocimiento secreto al oído, esperando tu aprobación. Recuerde siempre que no hay nada que un americano ansíe más que la aprobación.
    – ¿Y usted dice eso después de estar cuánto tiempo en Estados Unidos?
    – Touché. Pero lamento decepcionarle. Estuve cinco años destinado en Washington en la década de 1980. Esa necesidad la encuentra usted en todos ellos. En Pine también. Perdone a un americano los pecados de su país y será amigo suyo mientras viva. Pero supongo que debería alegrarme de su bravuconería y su ignorancia. Los que son como Harkness son los que crean dificultades. Él conoce de verdad los Balcanes. Lo vive y lo respira. Un conocimiento como el suyo convierte el elemento cómico en algo peligroso.
    – Pensaba que eran ustedes socios en esto.
    – Oh, lo somos. Socios de buen grado. Quizá no pueda evitar ser un poco desconfiado ahora que por fin estamos de acuerdo en algo. Pero la pregunta más importante por el momento, monsieur Petric, es: ¿qué sabe usted de nosotros? ¿Qué sabe de Estados Unidos, por ejemplo?
    – La música, sobre todo. Rock'n'roll. Escuchábamos todo lo que podíamos en el instituto. Los Eagles, Talking Heads. Y libros. Hemingway, Fitzgerald.
    – ¿Y qué le decían sobre los estadounidenses esas canciones y esos relatos?
    Vlado se lo preguntó. Las canciones significaban sobre todo pasarlo bien, ofrecían un lugar con el que soñar. Pero aquello parecía una respuesta demasiado superficial para Leblanc, y se dio cuenta de que se había dejado intimidar.
    – Me hablaban de su generosidad. Y de optimismo.
    – Cuando tienes tantas cosas que propagar, no es tanto generoso como indiscriminado. Todo el mundo recibe algo si está alrededor de los americanos durante el tiempo suficiente. No lo confunda con la confianza. Pero ya basta. Su acompañante ha regresado. Salud.
    Inclinó su copa de vino hacia la de Vlado.
    – Salud.
    Pine llegó con un bourbon en la mano, con aspecto compungido por haber dejado a Vlado a merced de Guy Leblanc.
    – Hola, Guy. Espero que no te haya interrogado demasiado, Vlado.
    – Lo cierto es que ha hablado prácticamente él solo.
    – ¿De qué?
    – De los americanos.
    Pine se rió y Leblanc le secundó, sin parecer avergonzado en lo más mínimo.
    – Es uno de sus temas preferidos.
    – Pero lo importante, monsieur Petric -interrumpió Leblanc-, es que no tardará en partir por fin rumbo a casa. Y sin duda le esperarán algunas sorpresas.
    Pine dirigió a Leblanc una mirada hermética.
    – Al ver adónde ha llegado su país, quiere decir. Han pasado muchas cosas en cinco años.
    – La mayor parte del daño ya estaba hecho cuando me marché. Dudo que me sorprenda demasiado.
    – Me refería más al sentido psicológico. Es una nación conquistada, regida por dólares y marcos alemanes. Espero que no se desilusione demasiado.
    Un camarero pasó ofreciendo más vino.
    – Monsieur parece haber tomado ya suficiente -dijo Pine, sin sonreír.
    Leblanc rió ligeramente y aceptó tomar otra copa.
    – ¿Está seguro de que no está insinuando que un francés no aguanta bien la bebida? No te preocupes, Calvin, tus secretos están a salvo conmigo.
    Una vez más, la alarma sonó en el fondo de la mente de Vlado.
    – A propósito de secretos -dijo Pine-, ¿cuál es el último respecto a Popovic? No hemos oído ni una palabra desde hace semanas, y se supone que usted es el hombre del plan.
    La sonrisa de Leblanc se desvaneció. Vlado agarró con fuerza su copa de vino.
    – No hay por qué preocuparse. Sigue siendo, como a ustedes los americanos les gusta decir, nuestra mejor baza.
    Estaba en un hoyo, claro que sí, pensó Vlado, reprimiendo un súbito deseo de confesar.
    – Sólo hasta que ustedes decidan jugarla algún día -dijo Pine.
    Leblanc se volvió hacia Vlado.
    – Ha sido un placer, monsieur Petric. Y sólo el primero de muchos encuentros, espero.
    – El placer también ha sido mío.
    Lo vieron desaparecer entre la multitud.
    – Menudo gilipollas, ¿verdad? -dijo Pine-. Pero por alguna razón me cae bien de todos modos. Y no es que me fíe ni un pelo de él.
    – No creo que él tampoco se fíe de ti.
    Pine se echó a reír.
    – Supongo que no me lo dirías si no confiases en mí un poco. O tal vez estés demasiado cansado para que te preocupe.
    Era curioso que dijera aquello, pensó Vlado. La expresión de Pine parecía casi nostálgica. Vlado tomó un sorbo de su copa y sintió que se le subían los colores a la cara a medida que el alcohol se adentraba en su organismo. Se dijo que debía desacelerar. El peso del día comenzaba a pesarle en las piernas, y quedaba mucho que hacer, además de la partida temprano a la mañana siguiente. En poco más de doce horas aterrizarían en Sarajevo. Estaría en casa. En casa con una compañía incierta y un trabajo extraño, pero en casa no obstante.
    – Por Dios -dijo Pine-. Ahora viene hacia aquí Harkness.
    – ¿El de la pajarita?
    – Sí. Le gusta pensar que es prácticamente británico después de todos los años que lleva en el extranjero. Dice cosas como «pollo» y «viejo amigo», o «bencina» en vez de gasolina. Cuando viste prendas de tweed, da la impresión de que viene de cazar aves en una propiedad rural. Pero no es un dandi. No dudará en avanzar hacia un tiroteo con sus botas de media caña, como el gran cazador blanco en un safari.
    Vlado observó a Harkness mientras se acercaba. Supuso que aquel hombre tenía cuarenta y muchos años, algunos más que Leblanc. Sus mejillas estaban rojas, y su nariz hendía el aire como si fuera el más perspicaz de los sabuesos.
    – Hola, Calvin. Me alegro de verte, viejo amigo.
    – Hola, Paul. Te presento a Vlado Petric.
    – Sí, el último hombre honrado de los Balcanes. ¿Qué tal se siente?
    – Como si se estuvieran divirtiendo ustedes un poco conmigo.
    – Buena respuesta. Pero sólo era mi forma hiperbólica de comenzar con un cumplido.
    A esas alturas Vlado sentía ya cansancio y fastidio después de casi una hora de ser sometido a examen.
    – Al menos no me ha endilgado el sermón de los antiguos odios sobre lo que ha ido mal en mi país.
    – Oh, el antiguo odio está totalmente demodé en estos tiempos, viejo amigo. Ahora todo es oportunismo económico y la cólera de Milosevic. A los americanos nos gusta personalizar nuestros conflictos. Así es más fácil venderlos a la vox pópuli. Stalin. Sadam. Slobodan. Todos suenan más o menos bien, ¿no lo cree así? Y si el viejo Slobo se sienta alguna vez en el banquillo estoy seguro de que ya se nos ocurrirá otro. Estamos haciendo poco a poco la transición de Marx a Mahoma, lo que hace que Bosnia sea más interesante si cabe al ver cómo nos hemos unido a los musulmanes. -Se rió de buena gana de lo que acababa de decir, el color se le subió a la cara, y después continuó-. Tendrá que acostumbrarse a un sentido del humor más tosco si va a pasar mucho tiempo con Pine. Un chico de Carolina del Norte. Me sorprende que pueda siquiera entenderlo con ese acento.
    – Lo que el señor Harkness intenta decir es que no he estudiado en las grandes universidades del este. Sólo en la escuela pública, aunque no en el sentido británico.
    – Tranquilo, Calvin. Leblanc debe de haber comenzado con mal pie.
    Alguien en el extremo opuesto de la sala comenzó a dar golpecitos con un tenedor en una copa. Era Contreras, que resplandeciente, con un traje oscuro y una flor roja en el ojal, sonreía a su audiencia.
    – Ruego a nuestros invitados a la cena que tengan la bondad de pasar al comedor. Y a los demás les deseo una velada muy agradable.
    El remolino de gente se dividió como una ameba, y una parte se encaminó a recoger sus abrigos, mientras el resto se dirigía lentamente hacia dos puertas corredizas que se abrieron a otra sala provista de arañas, más larga y estrecha, con ventanas desde el suelo hasta el techo que daban a un jardín poco iluminado en el que ya era noche cerrada. Cuando Vlado comenzaba a escudriñar la mesa en busca de la tarjeta que indicaba su puesto, una voz le susurró al oído desde su espalda. Era Harkness, que seguía rondando por allí.
    – Me gustaría hablar un momento con usted más tarde, si tiene un momento. Se trata de un amigo común de ambos. -Su aliento apestaba a ginebra-. No es necesario que Calvin esté presente, si no tiene inconveniente. Que disfrute de la cena.
    Aquellos comentarios le resultaron inquietantes, y fue un alivio encontrarse finalmente sentado en una silla, donde nadie pudiera acorralarlo en busca de más conversación. Se habían pasado la última hora recordándole la parte de su antiguo trabajo que no echaba de menos. La política y las maniobras de la oficina. Intentando decir lo correcto al tiempo que pensaba en el significado más profundo de los comentarios extemporáneos. Dos días antes sólo tenía que preocuparse de atinar con su alemán al pedir una wurst con patatas fritas, ahora contestaba a abogados y diplomáticos. Miró a los dos lados: el jefe de operaciones a su derecha, un fiscal a quien no conocía a su izquierda. La única persona que podía tenderle una emboscada desde la retaguardia era un camarero.
    La comida era excelente, cordero al horno con patatas, ensalada y judías verdes, aunque al parecer Vlado era el único que comía con fruición. Los demás parecían hartos de aquellas viandas, pero no vivían de un salario de excavador de zanjas. A pesar de haber sido anunciada como una comida de trabajo, la cena fue en gran medida ceremonial, con más brindis que detalles operativos. Los nombres de Andric y Matek no se mencionaron ni una sola vez, aunque el tema de la «misión en curso» surgió reiteradamente.
    Cada vez que Vlado miraba a su alrededor, le parecía que Leblanc, Harkness o Ecker lo observaban, aunque sólo Ecker esbozaba una sonrisa cuando le devolvía la mirada. Vlado advirtió que Pine parecía centrado en Leblanc, Harkness o Ecker. Un grupo curioso, por decir algo al respecto.
    Contreras culminó su papel con un discurso pesado, palabrería florida acerca de los enemigos comunes del odio y la intolerancia. Fue su última línea lo que llamó la atención de todo el mundo, cuando comentó que era un placer que la misión actual se hubiera gestado en los pasillos diplomáticos de París y Washington.
    Los abogados del Tribunal bajaban la vista o arrastraban los pies con aparente embarazo, pero Contreras no se dio cuenta o no le importó.
    El último brindis de la velada fue por Pine y Vlado. Lo propuso Janet Ecker. Sus palabras parecieron perfectamente apropiadas siempre y cuando se pasase por alto la línea acerca de la «gran relación de Pine con el pueblo bosnio».
    Mientras los congregados se dispersaban en el cortante aire nocturno, Vlado salió a la oscuridad con el alivio de un estudiante que ha terminado los exámenes finales. Un codazo por aquí, un empujón por allá, pero en general nada demasiado grave. Y entonces una nube de ginebra apareció junto a su hombro izquierdo, y la voz de Harkness retumbó desde la penumbra como una premonición.
    – Dime, viejo amigo. Hay una cosa que quería preguntarte durante toda la velada. -Su tono era bajo, de complicidad-. ¿Cómo es que un tipo inteligente que tiene que excavar zanjas se ve mezclado en las actividades de un personaje turbio como Branko Popovic?
    Vlado dio gracias por la oscuridad, pues la conmoción debió de apreciarse en su cara. No sabía qué decir.
    – Es perfectamente comprensible -prosiguió Harkness- que no le venga bien hablar de esto precisamente ahora. Pero es amigo mío, ¿sabes? O, más exactamente, una fuente valiosa. Así que dale un mensaje cuando tengas la ocasión -titubeó-. ¿Pero entiendes siquiera una palabra de lo que estoy diciendo?
    Harkness estaba ahora delante de él y lo estudiaba detenidamente. Su mano derecha agarraba el antebrazo de Vlado con una fuerza que parecía aumentar cada segundo. Habían llegado al final de la acera, y otros invitados pasaban junto a ellos, llamaban taxis y montaban en limusinas.
    – No creo que lo entienda -dijo Vlado en voz baja, sorprendido de la seriedad con que podía mentir.
    – Tanto mejor -dijo Harkness, con una expresión indescifrable-. Pero si por casualidad estás mintiendo, o peor aún, si por casualidad estás trabajando para ese hombre, entonces puedes estar seguro de que me volverás a ver, y en más lugares de los que te gustaría.
    Con un último apretón, Harkness lo dejó unirse a la corriente de la multitud. Vlado cayó en la cuenta de que no le había dicho cuál era el mensaje que debía transmitir a Popovic. Miró a su alrededor en busca de Pine, necesitaba un rostro familiar. De pronto se preguntó si volver a casa era tan buena idea. Con tratado de paz o no, acababan de recordarle que seguía siendo un lugar peligroso, un paisaje de minas, de dolor y de intereses bien ocultos.

7

    Pine y Vlado miraban flotar Europa bajo sus pies desde la ventanilla del reactor. Incluso desde el aire la tierra parecía cuadriculada y parcelada, unos países encajados contra otros como cuando hay demasiados niños en la misma cama. Sólo que ahora todos habían envejecido y escondían sus miedos y rencillas en el mismo espacio de aire viciado.
    Vlado rompió el silencio con una pregunta.
    – Háblame de esa operación. ¿En qué se parece a otras que has realizado?
    – ¿A qué te refieres?
    – En cuanto a organización, preparación. -Hizo una pausa-. Es que ésta parece un poco…
    – ¿Chapucera?
    – Sí, chapucera -dijo Vlado con una sonrisa.
    Pudo percibir incluso lo divertida que sonaba aquella palabra al pronunciarla con su cuidadoso acento.
    – Porque lo es. No había oído hablar de Matek hasta el martes pasado. No había oído hablar de ti hasta la víspera de mi llegada a Berlín. Spratt me llamó y me dijo: ve a buscar a ese tío, lo necesitamos.
    – Eso es algo que sigo sin entender.
    – Oh, todo tiene algún sentido, supongo, si se piensa que en nuestros dos primeros años lo único que conseguimos fue sentar a un serbio en el banquillo y tener a dos en espera. Si no puedes obtener mejores resultados, lo mejor es dejarlo. En los últimos tiempos el ritmo se ha avivado, pero sigue sin haber exactamente lo que se llamaría una sobrecarga de trabajo en lo que a la sala de vistas se refiere. Así que cogemos cuanto podemos, sobre todo si se trata de un pez tan gordo como Andric, sin importar quién organiza el trato ni cómo lo ofrece.
    Lo cual significaba Harkness y Leblanc, supuso Vlado, y eso le inquietó al recordar los comentarios de despedida de Harkness la noche anterior.
    – Y tú piensas que sus motivaciones son estrictamente diplomáticas. Ojo por ojo y diente por diente. Que los dos bandos enfrentados sigan siendo felices al tiempo que se muestra que Occidente significa negocios.
    – Algo así. Pero con tipos como ellos nunca se sabe con certeza.
    – ¿Qué quieres decir con eso de «con tipos como ellos»?
    – Ya los conoces. ¿Qué te parecieron? ¿Te dio la impresión de que pueden actuar siguiendo otras agendas de las que no nos han hablado?
    – Eso como mínimo.
    Quería decir algo más, pero le preocupaban demasiado las consecuencias que pudiera tener. Lo último que deseaba era otra conversación sobre Popovic.
    – Y ahí entramos nosotros. Ellos tienen sus agendas, por la razón que sea, y nosotros las nuestras. Y esta vez, al menos, nuestros intereses coinciden. Así que si tenemos que ir un poco más rápido de lo que nos habría gustado, la parte chapucera del asunto, al menos conseguimos lo que queremos. Eso es al menos lo que Contreras aduciría.
    – ¿Tú no?
    – No sabría decir. Me cuido muy mucho de las intromisiones de la parte política. Tanto si se trata de una investigación federal sobre narcóticos como de enviar a cien soldados franceses a arrestar a Andric.
    – ¿Son ésos los que van a utilizar?
    Pine se volvió en su asiento y miró a su alrededor para asegurarse de que nadie le escuchaba.
    – Eso he oído. Está en el bosque, cerca de alguna ciudad de vacas en el este. Y si atrapar a un viejo chocho al que Estados Unidos ayudó a repatriar es el precio que debemos pagar para que los franceses hagan salir a Andric de su escondrijo, bien está. Cuanto más te centres en eso, mejor te sentirás con lo que estás haciendo.
    Pine hablaba con verdadera convicción. Parecía creer en la misión del Tribunal. Lo mismo podía decirse de casi todos los que Vlado había conocido en La Haya.
    – Te gusta este trabajo, ¿verdad?
    – Es mejor que lo que hacía antes.
    – ¿Fiscal federal?
    – Ayudante de la Fiscalía de Estados Unidos para el distrito de Maryland. Narcóticos, más que nada. A veces parecía que encerrábamos a la mitad de los institutos de secundaria de Baltimore.
    – Baltimore. Conozco Baltimore. Homicidio. La serie de televisión. La veíamos en Sarajevo. Doblada, por supuesto.
    Pine se rió. Le agradaba la idea de que los bosnios viesen por primera vez Baltimore en una serie de televisión que trataba de asesinatos.
    – Tal vez deberían filmar una serie en Sarajevo -dijo Pine-. Se podía titular Genocidio.
    Ahora le tocó a Vlado el turno de reír.
    – ¿Y qué te hizo dejarlo y venirte aquí?
    – Estaba quemado -dijo Pine tras encogerse de hombros-. La política de despacho. Algunas otras cosas de las que no vale la pena hablar. Puede que sólo buscara una clase mejor de delincuentes, un poco más adultos, un poco más conscientes de lo que estaban haciendo. Parecía una buena forma de recuperar mi sentido de la misión.
    – Un extraño remedio para el agotamiento.
    – Si tú lo dices -dijo Pine sonriendo-. Pero he aprendido mucho. Quiero decir, mira esto. -Señaló con la cabeza hacia la ventanilla-. Los europeos no se dan cuenta de lo pequeño y apretujado que le parece todo a un americano. Ni siquiera en plenos Alpes puedes recorrer más de dos o tres kilómetros sin tropezarte con una Gasthaus y un autobús lleno de turistas japoneses. No es de extrañar que a los alemanes les guste ir de vacaciones a Texas. Todo aquel gran espacio abierto.
    Pero Vlado no pudo menos de preguntarse por la contrapartida que Pine había tenido que ofrecer. A su modo de ver, el mal de aquí era igual que el mal de allí. Sólo las motivaciones eran distintas. En los Estados Unidos te mataban por el dinero, por el coche, tal vez por tu aspecto. Aquí, por el sonido de tu nombre, la iglesia a la que acudía tu padre, los pecados de tu abuelo. Y a veces, en ambos lugares, te mataban simplemente porque no tenían nada mejor que hacer, sólo por el aburrimiento sombrío de una vida endurecida y sin esperanzas en mitad de ninguna parte. Así que se veían arrastrados con facilidad a momentos de pasión colectiva, vecinos que se alzaban haciendo causa común contra una sola familia o contra una aldea entera. La llamada a las armas podía ser seductora. Una vez que la guerra estaba en marcha, pocos se molestaban en preguntar quién había comenzado, ni por qué.

    Una hora más tarde su avión dejaba atrás los Alpes nevados y comenzaba la aproximación al espacio aéreo bosnio.
    – No queda mucho ya -dijo Pine, y Vlado se inclinó para ver mejor-. Pero por Dios, ¿en qué estaría pensando? Cambiemos de asiento. ¿Cuánto tiempo hace que no estás en tu país, cinco años?
    Se cambiaron torpemente, aplastándose contra los asientos de la fila de delante. Vlado se acomodó y miró las montañas de Bosnia. Había algunas espolvoreadas de nieve, pero en su mayor parte el paisaje era gris con bosques pelados. Pequeños penachos de humo salían de las chimeneas para ir a parar a valles salpicados de tejados rojos.
    Media hora después el avión comenzó a descender. Hicieron la aproximación a Sarajevo desde el noroeste, los suburbios de Ilidza pasaron a toda velocidad por debajo. Desde el aire la ciudad tenía un aspecto bastante mejor que la última vez que la había visto. Las casas estaban restauradas, la gente llenaba las calles. Un destello de sol brillaba en el río, el agua fría cuyo sabor conservaba desde su último día en la ciudad.
    A medida que el avión perdía altura, les dio la impresión de descender a una enorme hondonada, resguardada por las colinas, una sensación reconfortante que Vlado no experimentaba desde hacía muchísimo tiempo. Las ruedas rebotaron, el piloto desaceleró y el avión rodó por la pista hasta el pequeño aeropuerto que en otros tiempos estuvo fortificado con altos muros de sacos terreros. Ahora tenía el mismo aspecto que cualquier otra terminal de Europa oriental.
    Pine se había encargado de pedir que un coche blanco de la Unión Europea los estuviese esperando en el aeropuerto como parte de su cobertura. Una mujer tenía las llaves en el mostrador de la compañía aérea, y el turismo estaba estacionado enfrente, cerca del lugar donde los centinelas de la ONU se apostaban en caso de fuego de francotiradores.
    Vlado notó una vieja sensación en la boca del estómago cuando Pine abrió el maletero para guardar el equipaje. Era la primera vez que montaba en coche desde aquella noche con Haris y Huso. Era como si esperase ver el cuerpo de Popovic hecho un ovillo en el espacio vacío, todavía encerrado en su abrazo fetal con la muerte. Debió de notársele en la cara.
    – Tampoco es para que te quedes tan pasmado -bromeó Pine-. Estás en casa de verdad. No es un espejismo.
    – Sí -dijo Vlado, esbozando una sonrisa forzada-. Supongo que no me ha afectado todavía.
    Se sentó en el asiento delantero y no perdió detalle de los alrededores, pero durante las primeras calles fue como si Popovic siguiera viajando atrás con su equipaje, esperando a que se deshicieran de él.
    El paisaje de la ciudad volvió a acaparar su atención poco a poco. A Vlado le consternó ver que tantas cosas seguían en estado de ruina o abandono. De algunos edificios no había ni rastro, los escombros habían sido retirados por excavadoras. Otros habían sido reparados sin orden ni concierto. Pero los tranvías circulaban y las tiendas estaban llenas. La ciudad volvía a estar viva, y las expresiones perdidas de la gente en las calles sugerían que hasta les aburría un poco la paz. O tal vez seguían estando agotados. Podía entenderlo.
    Llegaron a la brillante fachada azul del Holiday Inn, plantado en el bulevar principal que en otros tiempos recibió el nombre de Avenida de los Francotiradores. Era extraño estar de nuevo ante aquel edificio que había marcado tantos momentos importantes de su vida. Había sido un lugar imponente durante los Juegos Olímpicos de 1984, con su discoteca, sus restaurantes y su alto atrio envuelto en plantas, una reluciente maravilla de Occidente. Pero ahora mostraba a las claras sus cicatrices, todavía desafiante frente al río donde las líneas del asedio se habían mirado desde trescientos metros escasos. Los agujeros de los obuses habían sido parcheados y reparados. Y ahora aquel lugar tenía de nuevo calefacción, agua, electricidad y servicio telefónico ininterrumpido, con ventanas de verdad en vez de los plásticos pegados con cinta adhesiva a los marcos hechos añicos en el curso de los combates.
    Pero en el vestíbulo seguía habiendo un ligero olor a goteras y humedad, moho y humo, una desolación duradera que se adhería como la podredumbre. O tal vez aquello, también, fuera producto de la imaginación de Vlado. Habían desaparecido todos los periodistas que se alojaban allí durante la guerra. Se habían trasladado a lugares más activos, y ahora la mayoría de los huéspedes parecían gente de negocios. El hombre que estaba detrás de él hablaba en alemán por un teléfono móvil. Dos japoneses esperaban junto a los ascensores, cerca de un estadounidense.
    Vlado y Pine se inscribieron en habitaciones contiguas. Después de deshacer las maletas, Pine entró en la habitación de Vlado. Parecía dispuesto a entablar conversación sobre el trabajo que les esperaba, pero después pareció pensárselo mejor y dijo:
    – Tal vez te apetezca dar una vuelta primero, antes de comenzar. Para volver a familiarizarte con el lugar. A mí tampoco me importaría tomarme un descansito. Y además tengo que ver a alguien.
    – Ya. Tu amiga. Ésa de la que Janet está tan celosa.
    Pine se ruborizó.
    – ¿Por qué no nos vemos de nuevo aquí dentro de hora y media? Después nos pondremos manos a la obra.
    A Vlado le sorprendió comprobar lo pronto que se sintió en casa al salir a la calle, aunque cada rincón le traía una ráfaga de poderosos recuerdos, algunos muy anteriores a la guerra, pero la mayoría del asedio. Lugares donde había visto cuerpos encogidos en las calles. Callejones en los que antes se amontonaban los coches a modo de barrera contra el fuego de los francotiradores. Algunos bloques de apartamentos que habían sido bombardeados e incendiados continuaban vacíos, pero nadie les prestaba la menor atención. Nuevos árboles retoñaban cerca de los tocones de los viejos que habían sido talados para hacer leña.
    El sol bañaba las calles, y todo el mundo parecía estar fuera. Al cabo de unos minutos la rigidez desapareció de sus pasos y Vlado sintió una alegría que no experimentaba desde hacía años. Volvía a tener libertad para caminar sin prevenciones ni preocupaciones en ese lugar que conocía tan bien. Nadie lo miraba desde las colinas a través de la mirilla telescópica de un fusil, y todos hablaban su lengua. Miró en dirección a las colinas, que de nuevo parecían hermosas y propicias, espolvoreadas por una nevada que abajo en la ciudad había sido retirada con palas hasta los bordillos en grandes montones tiznados.
    Escuchó retazos fugaces de conversación.
    – Ven aquí, ya tienes uno -decía un hombre junto a un escaparate.
    – Mamá, tengo hambre, ¿podemos comprar sólo uno?
    – ¡Ese imbécil, sería incapaz de distinguir su trasero de un hoyo en el suelo!
    Pensó en pasarse por su antiguo apartamento, pero ahora debía de estar dividido, confiscado, entregado a una familia de refugiados o de retornados cuya vivienda hubiera sido destruida. En el supuesto de que siguiera en pie. Se preguntó cuántos de sus muebles o sus ropas seguirían allí. ¿Qué habría sido de los soldaditos de plomo que había pintado a la luz de las velas? En su precipitada partida se había dejado montones de facturas antiguas, documentos familiares. Había algunas fotografías que no le importaría recuperar. Pero no estaba seguro de poder cargar precisamente ahora con todos aquellos recuerdos. Por el momento, haber regresado era más que suficiente.
    El frío era desapacible y húmedo, así que hundió las manos en los bolsillos. Pero, como en el hotel, seguía presente el fantasma apenas perceptible de los olores de la guerra, un leve rastro de basura ardiendo, el hedor del alcantarillado y las cañerías que no habían vuelto aún a la normalidad. Al otro lado de los escaparates de las tiendas y de los ventanales de los cafés percibió que parecía predominar la misma clase de clientela, hombres con brillantes chaquetas de cuero y teléfonos móviles en la mano, mujeres con buenas ropas y luciendo abundantes joyas; en otras palabras, la misma multitud de mafiosos y parásitos provistos de divisas fuertes que había predominado durante la guerra.
    Una calle más allá una voz familiar lo llamó por su nombre. Era Marko, un ingeniero. Vivía en un suburbio remoto y Vlado apenas lo había visto desde el comienzo del asedio, pero allí estaba, sano y salvo, aunque su sonrisa parecía petrificada, una pizca programada.
    – ¿Dónde andas? -exclamó Marko-. Hacía años.
    – En Berlín. Ahora vivimos allí. Sólo estoy de visita. Creo que no te veía desde el noventa y tres. Me alegra ver que lo conseguiste. ¿Has vuelto a trabajar?
    – De vez en cuando. Trabajos bajo contrato que nunca duran. En la restauración del sistema de abastecimiento de agua. La red eléctrica. Pero últimamente no hay gran cosa. Perdimos a Dario, ya sabes. Durante la guerra. Lo mató un francotirador.
    – No. No lo sabía. Lo siento.
    – Sí. En el noventa y cuatro, precisamente cuando la situación se calmaba. Estaba en una colina con la bicicleta y, bueno…
    Marko tiró el cigarrillo.
    – Entonces yo ya me había ido.
    – También se fue mucha más gente -dijo Marko, encogiéndose de hombros-. Después de la guerra pudimos por fin enterrarlo como Dios manda. Antes no estaba en un buen sitio. Así que lo trasladamos la primavera pasada. Las flores habían brotado y todo estaba muy bonito. Tu familia, ¿están todos bien? Sonja debe de estar muy crecida ya. No creo que ni siquiera supiese andar la última vez que la vi.
    – Andar y también leer. En alemán. Tiene nueve años. Habla el idioma mejor que nosotros. Pero podríamos terminar volviendo aquí. ¿Quién sabe? Todo está más o menos en el aire.
    Marko sonrió.
    – Me sorprende verte aquí, de verdad. Oí decir que a lo mejor no serías muy bien recibido. Yo hablé bien de ti. Hay un montón de sinvergüenzas en el gobierno.
    Estaba bien saber lo que se decía por la ciudad, que el juicio de la calle era positivo. Le importaba más de lo que Vlado hubiera esperado.
    – Eso es muy cierto. Pero ya no soy policía. Ahora trabajo para un organismo internacional. Nada importante.
    – Ya, y no puedes hablar de ello. Mejor así. Y también impresiona más. Tal vez puedas limpiar este lugar.
    – No es eso -dijo Vlado, dándose cuenta de que estaba adoptando un tono más misterioso de lo conveniente-. Sólo trabajo como ayudante. Nada del otro mundo. ¿Sigue la ciudad llena de mafiosos?
    – Igual que durante la guerra. La única diferencia es que no se los ve tanto porque ahora no pueden ir por ahí con sus armas. Perdieron su tapadera cuando cesaron los combates. Ahora sólo se los puede distinguir por los teléfonos móviles, y hasta eso es cada vez más difícil, porque ahora parece que todo el mundo tiene un teléfono.
    – Pero las cosas parecen estar bien. O por lo menos mucho mejor.
    Marko se encogió de hombros.
    – Supongo que sí. Puede que no me haya dado cuenta porque los cambios han sido muy graduales. O porque nunca he entrado en las nuevas tiendas. Versace. Benetton. Hasta van a poner un McDonalds's. ¿Pero quién puede permitírselo? Si no tienes dinero de la mafia, o no trabajas para los organismos internacionales, lo más probable es que no dispongas de divisas fuertes. Y son los organismos internacionales los que lo dirigen todo.
    – Eso he oído.
    – Es mejor así, créeme. Lo único que haría nuestra gente sería joderlo todo y empezar otra guerra. El nuevo Parlamento ni siquiera ha podido ponerse de acuerdo en la bandera, ni en las placas de matrícula de los vehículos. Telefonear a Banja Luka es llamada internacional, sólo porque una panda de serbios imbéciles no son capaces de aceptar que ya no forman parte de Serbia. ¿Pero de verdad necesitamos aquí a catorce mil extranjeros?
    – ¿Tantos?
    – Tal vez más. Son los únicos que pagan auténticos salarios, pero aun así sólo se puede ser intérprete o conductor. No piden muchos ingenieros. Los contratistas de fuera suelen traerse a los suyos. ¿Y tú? ¿Un organismo de ayuda, has dicho?
    Vlado recordó su tapadera y decidió que lo mejor era comenzar a utilizarla. Se preguntó si Marko andaba a la caza de un trabajo, apremiándolo en cierto modo, pero no era algo de lo que le culpase. En ese sentido, la guerra no había terminado todavía.
    – La Unión Europea -dijo tímidamente-. Subvenciones y programas en los que estoy implicado. En su mayor parte de remoción de minas.
    – No tienes por qué avergonzarte -dijo Marko riendo-. No siempre se puede elegir. Impresionante, de hecho. ¿Y crees que tu familia podría volver?
    – No lo sé. Ya veremos.
    Marco asintió con la cabeza.
    – Lo entiendo. Créeme, si mi familia estuviera en Alemania, me quedaría hasta que los alemanes me echaran a patadas. Bueno, me alegro de verte. Pero tráelas al menos de visita.
    Pobre Marco, pensó Vlado. Y de pronto no le pareció tan malo estar varado en Berlín. Puede que las cosas se vieran de otro modo en el campo.
    Una calle más adelante decidió hacer un alto para tomar un café. Llevaba en el bolsillo algunos marcos y un poco de dinero local, cortesía del Tribunal, y sintió deseos de darse el gusto antes de volver a reunirse con Pine. Había un café nuevo en las proximidades, y miró a través de los enormes ventanales para inspeccionar el escenario. Advirtió la presencia de un rostro familiar.
    Aquello le alteró más de lo que le habría gustado. Era Amira Hodzic. Sin ella nunca habría escapado de Sarajevo, probablemente estaría enterrado en algún lugar del campo de fútbol con todas las demás bajas, incluido en las listas de víctimas de los francotiradores pero en realidad liquidado por las mafias. El papel de Amira no había entrañado mucho riesgo, pero le había proporcionado refugio durante el tiempo suficiente para preparar su huida definitiva, después de ser perseguido a través de media ciudad. Amira y sus dos hijos de corta edad lo habían cuidado como a un miembro más de la familia, aunque él apenas los conocía. Ella ejercía la prostitución por aquel entonces, las privaciones la habían obligado a trabajar. Con el marido muerto en algún frente del este, ella y sus hijos se habían visto arrastrados a la ciudad junto a decenas de miles de personas de los valles circundantes.
    Vlado recurrió a ella cuando no tenía ningún otro lugar a donde ir, y tal como lo recordaba ahora parecía que la había buscado tanto por su calor y su temple como por saber que sería un buen refugio.
    En el café estaba hablando con alguien que estaba sentado a su mesa, profundamente interesado. A juzgar por el aspecto de sus ropas y su maquillaje, era una de las afortunadas.
    Como si hubiera percibido su presencia a través de los cristales, Amira miró de pronto hacia donde él estaba. Su primera reacción fue de asombro, y después exhibió una lenta pero amplia sonrisa y un brillo en sus ojos que más bien parecían lágrimas.
    Ahora no le quedaba más remedio que saludarla, un pensamiento más agradable de lo que estaba dispuesto a admitir. Mientras entraba, el acompañante de Amira se volvió, y durante un fugaz instante de pánico Vlado tuvo la certeza de que era Calvin Pine.
    Pero no, el hombre era otro extranjero. Un europeo, quizás un estadounidense. Amira pronunció unas apresuradas palabras de presentación en inglés y el hombre se levantó para saludar y se quedó de pie junto a la mesa como si no supiera muy bien qué decir, con aspecto de estar tan turbado como Vlado. Se llamaba Henrik, y tuvo la presencia de ánimo necesaria para entender que aquel encuentro merecía unos momentos de intimidad, o al menos todo lo que fuera posible ofrecer en un café abarrotado.
    – Siéntate con nosotros. -El acento era alemán-. Iré a buscar a una camarera, porque si no puedes estar esperando una hora. El servicio es notoriamente lento.
    A Vlado le impresionó la manera que tuvo Henrik de manejar la situación, poniendo las cosas más fáciles de lo podrían haber sido. Pero ¿por qué tenía que ser incómodo aquello, cuando nada había sucedido entre él y Amira?
    Se acordó del calor de su apartamento, caldeado por una estufa de leña en un edificio que, de lo contrario, habría sido tan frío como una losa de granito. Recordó los rostros de sus dos hijos pequeños mirándolo mientras se bañaba y se secaba con una toalla, y después mientras se comía una naranja, su primera fruta fresca desde hacía meses.
    Amira también se había puesto de pie. Tendió su mano hacia Vlado inclinándose sobre la mesa, pero con cierta reserva. Y no sólo por culpa de su amigo Henrik, le pareció.
    Vlado se sentó en una silla, sin saber por dónde empezar.
    – ¿Cómo es que él y tú…?
    – Soy intérprete. De la Cruz Roja. Y a veces, cuando no me necesitan, de otra gente. Una vez hice un trabajo para Henrik. Es ayudante del Alto Comisionado. Parece que los únicos para los que trabajo en estos tiempos son los extranjeros. Así que sigo prostituyéndome, como puedes ver. -Sonrió, pero Vlado hizo una mueca, ruborizándose ligeramente y fijó su mirada en la mesa. Ella le tocó la mano-. Por favor, no te dé apuro. Pero es que a veces me siento así.
    Vlado confió en que por el bien de Henrik se estuviera refiriendo a su trabajo, no a su relación con el alemán. Ella se ruborizó, como si se diera cuenta del sentido que podía darse a aquel comentario.
    – Me refiero a mi trabajo, por supuesto. Vendes tu habilidad con el idioma al resto del mundo y eso es lo único que quieren. No tus ideas ni cualquier opinión acerca de si están haciendo bien las cosas. Henrik fue el único que me preguntó por algo de eso. El único. Lo único que quieren los demás es alguien que hable por ellos, aunque últimamente han comenzado a dejarme hacer algo más. Creo que se han dado cuenta de que no voy a bloquear sus ordenadores si entro en el sistema de vez en cuando. Y es un medio de vida, con montones de divisas fuertes, que es más de lo que se puede decir de casi todos los demás.
    Vlado se interrogó por el trasfondo de amargura que había en una persona a quien todo le iba tan bien.
    – ¿Y tú? -dijo Amira-. ¿Vives aquí de nuevo?
    Vlado negó con la cabeza.
    – Sólo estoy de visita. Una pequeña misión por cuenta del Tribunal Internacional para Crímenes de Guerra.
    Comprendió demasiado tarde su error, cayendo en la cuenta de que tenía que haber dicho de la Unión Europea. Se acabó su tapadera, al menos con Amira.
    – Está bien saber que sigues luchando en el bando de los buenos -dijo ella-. Pero nunca pensé que volvería a verte en Sarajevo. Cuántos recuerdos de la época en que te fuiste.
    Ahora sí estaba seguro. Tenía lágrimas en los ojos. Algo iba mal, y Vlado era incapaz de identificarlo.
    – Amira, ¿qué pasa?
    Ella mantuvo silencio por un instante, mientras buscaba un pañuelo de papel en el bolso. Se secó ligeramente los ojos, se miró la cara en una polvera y lo miró de nuevo.
    – ¿Te acuerdas de mis hijos?
    – Sí. De tu hija, Mirza. Debe de tener ya… ¿cuántos años? ¿Nueve?
    – Diez.
    – Y tu hijo. ¿Cómo se llamaba?
    Amira bajó la cabeza, hablando en dirección a su plato.
    – Hamid.
    Miró a su alrededor rápidamente, casi furtivamente, pero Henrik seguía en el extremo opuesto del salón, con la espalda apoyada en una puerta, sin que hubiera a la vista personal alguno de servicio.
    ¿Acaso no le había hablado a Henrik de sus hijos? A Vlado aquello le parecía inimaginable. Pero quizás era una de esas cosas que espantaban a un hombre.
    – Diez días después de que te fueras de mi casa, se presentaron las autoridades -dijo Amira-. Tal como tú dijiste que pasaría. Te buscaban a ti. Tu compañero recordó que yo había acudido a la oficina para ser interrogada. Sabía que era una de las putas del cuartel francés, y consiguieron mi nombre de uno de los otros. Así que fueron a buscarme. Tú debías de estar ya en el avión, pero yo no lo sabía, así que no les dije nada. No se lo creyeron, por supuesto. Pensaron que era tu amante. Querían saber qué hacías, qué decías, adónde ibas. Por suerte ya había entregado a un vecino las cosas que dejaste para que las pusiera a buen recaudo, así que no las encontraron. Pero sí encontraron tu ropa, la que yo había lavado. Algún colega tuyo la reconoció. Me llevaron para hacerme más preguntas, para que me diera más tiempo a pensar en lo que podía pasarme si no cooperaba. Les pedí que me dejasen llamar a un vecino para que se ocupase de Hamid y Mirza, pero no me dejaron. Dijeron que ellos se ocuparían.
    Miró de nuevo a su alrededor. Henrik seguía sin aparecer. Vlado tuvo un mal presentimiento sobre el final de aquella historia.
    – Espero que no te tratasen demasiado mal, y tampoco a los niños.
    – No mucho. Me tuvieron allí toda la noche, pero la verdad es que no pasó gran cosa. Sólo un montón de las mismas preguntas una y otra vez. Creo que después debieron de enterarse de que te habías marchado y comenzaron a alarmarse, comenzaron a preocuparse más por salvar su pellejo que por mí. Así que me dejaron salir por la mañana. Se habían llevado a los niños al orfanato, el que está cerca del Hospital Kosevo. Me dirigí allí a pie para recogerlos. Era un lugar terrible. Carteristas y ladrones, niños corriendo por todas partes en los pasillos. Sucio. Ruidoso. Los habían separado, Hamid en la sección de los niños, Mirza en la de las niñas. Los dos estaban aterrados. Pensaban que los había abandonado, que no volverían a verme. Pero conseguí calmarlos enseguida.
    Vlado comenzó a respirar con más alivio.
    – Me alegro de que estuvieran bien.
    Una lágrima rodó por la mejilla de Amira, y Vlado comprendió que no había concluido.
    – Dos noches después Hamid comenzó a toser, y a la mañana siguiente no podía parar. Herví agua para que inhalara el vapor. Salí en busca de un médico. Pregunté a mis vecinos, pero nadie pudo ayudarme, y Hamid no dejaba de toser. Quise llevarlo al hospital, pero estaba demasiado lleno y no había suficientes médicos. Me dijeron que se quedase en casa. Al día siguiente tenía fiebre. Estaba muy caliente cuando lo tocaba, y resoplaba como una olla al toser. Había tos ferina y escarlatina en el orfanato, fue un milagro que Mirza no se contagiara también. Después me enteré de que habían muerto cinco niños. Creo que fue especialmente grave en la sección de niños, y Hamid se había contagiado de las dos. En cuatro días se murió. Tumbado en su cama, sin respirar. Me había quedado dormida en una silla junto a él y ni siquiera me enteré de cuándo sucedió. Había comprado todas las medicinas que pude con mi dinero de puta. Pero estaba muerto. Lo supe en cuanto me desperté y le vi la cara. Lo más extraño de todo fue que acababa de tener un sueño muy hermoso, y el primer pensamiento que me suscitó fue que tenía que estar muy agradecida por haber podido conciliar finalmente el sueño, y durante todo aquel tiempo él estaba muerto. Salí a la calle con él, crucé la ciudad hasta el depósito de cadáveres, todo aquel lugar apestaba con todos los cadáveres de la guerra. Después de los tiroteos, del fuego de artillería por el que me había preocupado cuando estaban fuera de casa. Y a mi hijo lo matan una tos y una fiebre.
    Vlado estaba horrorizado.
    – Dios mío -susurró-. Lo siento muchísimo. Soy tan…
    – ¿Responsable?
    Amira se limpió la cara con el pañuelo de papel que después guardó en el bolso. No había más lágrimas. Lo miró, con la cara rígida, y Vlado se tambaleó esperando el momento, con el ferviente deseo de que no le echase la culpa, aunque él se culpase a sí mismo.
    – No -dijo por fin-. Tú no eres responsable. Fue toda aquella gente. Los que te buscaban, los que comenzaron la guerra. Los que debían cuidar de nosotros. La ONU. Todos ellos. Y también fue la suerte, claro. La misma suerte que decidía si dispararían contra ti o no cuando cruzabas la ciudad. Pero no siempre he pensado así. Tienes que alegrarte de no haber vuelto hace unos años. Puede que te hubiera matado.
    Sacó un encendedor del bolso, encendió un cigarrillo e inhaló profundamente.
    Vlado no sabía qué decir. Pero Amira se recuperó con rapidez.
    – No debería fumar -dijo-. Pero tengo que fumarme uno ahora mismo. Henrik detesta los cigarrillos. Poco habitual para ser alemán, ¿no crees?
    Ofreció a Vlado una adusta sonrisa, se mordió el labio inferior, puso la mano sólo un instante sobre la de él, apretando ligeramente y después la retiró. Tenía ya otra cara.
    – Y ahora tengo un trabajo de verdad, y un hombre. Un buen hombre. Henrik es dulce. Y no sabe lo que hacía antes para ganarme la vida, así que espero que no se lo digas.
    – Por supuesto que no. Y todavía tienes a… -Vlado casi no se acordaba del nombre-. ¿Mirza?
    – Sí -dijo Amira, mostrando su antiguo yo por un momento-. Y durante la mayor parte del tiempo con eso me basta. Sólo por Mirza seguí adelante. Pero dejé de intentar salir de la ciudad en los convoyes de ayuda. Mi trabajo de puta también se resintió, desgraciadamente.
    Se rió un instante.
    Una mujer de la mesa de al lado oyó sus palabras, frunció el ceño y negó ostentosamente con la cabeza.
    – Imbécil -musitó Amira-. Su amante es contrabandista de cigarrillos, así que debería saberlo todo de la prostitución. -Hizo una pausa-. Creo que tener a Henrik es aún mejor para Mirza que para mí. A veces pienso que Mirza se harta de mí. Tuvo que pasar mucho tiempo antes de que dejara de estar continuamente sobre ella. Durante años, si tenía mocos o tosía incluso una sola vez la obligaba a meterse en la cama.
    Amira miró hacia la calle por la ventana del café, como si divisase algo en la lejanía.
    – Todavía ahora hay mañanas que me despierto y lo primero que pienso es en Hamid. Y después me acuerdo de que está muerto. Hamid está muerto. Tengo que decirlo en voz alta para dejar de pensarlo. Los días que empiezan así son los que más trabajo, los más eficientes, porque no quiero parar ni un segundo. El dolor como habilidad laboral. Deberían enseñarlo en los cursos de formación. -Apagó el cigarrillo-. Sería un bonito eslogan para el gobierno, como si fuera uno de Tito-. «Paz, fraternidad y dolor, para un mañana mejor.»
    – Por fin lo he conseguido. -Henrik apareció con una taza de loza llena de café humeante en la mano. La colocó con un golpeteo delante de Vlado-. Encontrar a una camarera fue una cosa. Encontrar a una que de verdad atendiese fue otra muy distinta.
    Amira levantó la mirada hacia Henrik con una sonrisa que, aun sido muy cálida, venía de otro lugar, de otra mujer, y Vlado se quedó helado ante la transformación, aunque no supo con certeza si era obra de ella o de Henrik. Quizá de los dos. Por alguna razón, Vlado dudó de que Amira le hubiera hablado a Henrik de su hijo. Ella pareció confirmar sus sospechas con una rápida mirada, una mirada que sellaba un acuerdo tácito. Henrik reanudó la conversación, y unos instantes después Vlado se levantó para marcharse. Debía reunirse con Pine en el hotel quince minutos más tarde.
    – ¿Me telefonearás antes de marcharte? -preguntó Amira.
    A Vlado no se le ocurrió una respuesta aceptable, que no fuera decir:
    – Sí. Lo intentaré.
    – Toma una tarjeta mía. -Sacó una del bolso y escribió el número de su casa en la parte inferior. Al entregarle la tarjeta le apretó la mano, brevemente pero con fuerza, y una vez más Vlado creyó ver cómo asomaban las lágrimas-. Trabajas para la gente adecuada -dijo, en voz más baja-. Encierra por mí a unos cuantos de esos cabrones, ¿vale?
    Vlado asintió con la cabeza, contento de no tener que hablarle del sospechoso de 1945, aunque supuso que Matek había desempeñado su propio papel a la hora de encender el fuego que los había consumido.
    Volvió al hotel dando un rodeo, completando su circuito de la ciudad con un paseo a través de la antigua ciudad turca, con sus bajos tejados rojos y sus paredes de barro y caña. Al mirar las caras de la gente en la calle se preguntó cómo alguien que hubiera sobrevivido a la guerra podía superarla siquiera mientras permaneciera allí. Dijera lo que dijera de Berlín, al menos le permitía cierta distancia con respecto al dolor. Pensó en Hamid y se le cayó el alma a los pies, y se preguntó incómodo quién más podía haber sido destruido por su culpa. Recordó el rostro del chico que le espiaba desde el otro lado de la puerta, mirando con los ojos bien abiertos mientras él se unía en un abrazo titubeante, el primero y el único, a su madre. Se le hizo un nudo en el estómago y se detuvo para apoyarse en una señal que seguía marcada por las postas de los francotiradores. Quiso vomitar, pero no pudo. Las arcadas pasaron y él siguió su camino, con la cara cubierta de sudor. ¿Cuánto tiempo se podía sobrevivir sin ahogarse en aquel mar de pérdidas?, se preguntó.

8

    Cuando Vlado llegó al hotel unos minutos más tarde, Pine lo estaba esperando a la puerta de su habitación, cruzado de brazos, exhibiendo una firme sonrisa con una carpeta en una mano. Siguió a Vlado a la habitación, arrojó la carpeta sobre la cama y cerró la puerta.
    – Hay una última cosa que tienes que ver antes de que nos pongamos en marcha.
    Su voz sonaba extraña, empañada, con un leve dejo de tensión.
    – Me temo que no va a ser una lectura fácil. Yo te habría dejado que lo vieras antes pero, en fin, órdenes de arriba.
    Vlado se dejó caer en la cama. Su excitación por estar en casa había desaparecido, apagada por el relato de Amira, y había sido sustituida por una creciente aprensión. Aquí llegaba la revelación que tanto había temido; el nombre de Popovic estaba a punto de alcanzarlo al fin. Pero lo que Vlado seguía sin poder entender era la relación que existía entre todo aquello y Matek. O quizá todo había sido un complicado pretexto para llevarlo hasta allí y encargarle una misión distinta, más peligrosa, con Popovic como palanca.
    – Dime -dijo Vlado, señalando la carpeta-. Cuando lo haya leído, ¿vas a detenerme? ¿O a presentar alguna clase de cargos contra mi persona?
    Pine lo miró entrecerrando los ojos, perplejo de verdad.
    – ¿Detenerte? Creo que la mejor pregunta es si tú me vas a detener a mí. Por ocultación de pruebas. Pero lo más probable es que sólo quieras darme una buena somanta. Y si es así, me encontrarás en el bar del hotel.
    Pine cerró la puerta tras él, dejando a Vlado más confuso que nunca. Abrió la carpeta, esperando todavía ver alguna clase de informe sobre sus recientes andanzas. Pero cuando comenzó a leer, su primera reacción fue de perplejidad, seguida de alivio.
    El nombre que figuraba en la parte superior era «Iskric, Josip».
    No significaba nada para él. Y por las fechas parecía claro que aquello era otro cuento de la segunda guerra mundial. Iskric había nacido en 1922, un año antes que Matek pero en el mismo rincón remoto del país. Vlado leyó por encima las líneas siguientes, buscando algo que le llamase la atención, algo que le permitiera resolver el misterio que Pine le había endilgado de pronto, pero no había nada extraordinario. Parecía ser un reflejo del expediente de Matek: educación en una academia para oficiales en el ejército yugoslavo. Adherido al movimiento ustashi. Castigado por el ejército por actividades nacionalistas. Incorporado al Ejército de Defensa Nacional de Croacia después de la declaración de la dictadura ustashi. Sirvió en la misma unidad que Matek. Participó en la ofensiva de los montes Kosarev a principios de 1942. Condecorado dos veces por su valor. Destinado al campo de concentración de Jasenovac en mayo de 1942. Ascendido a teniente. Puesto al mando de escuadrones de guardia. Aquello habría convertido a Iskric en un igual de Matek. Vlado siguió leyendo.
    Huido de Croacia en abril de 1945. Capturado por fuerzas británicas en Wolfsberg, Austria, junto con otros dos fugitivos. Internado en el Campo para Personas Desplazadas de Fermo, Italia, liberado en junio de 1946 bajo custodia de la Comisión Pontificia de Auxilio. Sí, era la misma pista, con algunas variaciones de poca importancia. Quizás Iskric era un testigo en potencia, y tal vez iban a detenerlo también, un trabajito extra que Pine había esperado hasta ahora para adjudicarle. De hecho, tal vez había aún más sospechosos que él no conocía, y estaban condenados a quedarse allí semanas en vez de días. Pensó que era penoso, pero no insuperable.
    A partir de 1946, la carrera de Iskric seguía la misma trayectoria que la de Matek. Los dos debieron de trabajar juntos en Roma. Incluso se repatriaron el mismo año, 1961. Pero para entonces Josip Iskric, al igual que Matek, tenía una nueva identidad.
    Su nuevo nombre era Enver Petric.
    Vlado miró lleno de incredulidad. Calculó la edad de aquel hombre. Encajaba. Siguió leyendo, aturdido, sabiendo exactamente lo que venía a continuación. Enver Petric se había reasentado en Klanac, una aldea al sur de Sarajevo. Se había casado al año siguiente, y en 1963 su esposa dio a luz al único hijo del matrimonio, un varón al que pusieron el nombre de Vlado.
    Vlado podía completar el resto, pero siguió leyendo de todos modos, petrificado de fascinación. Trasladado con su familia a Sarajevo en 1968. Empleado en un taller de maquinaria, ascendido a capataz en 1974. Fallecido en 1983, dejando esposa e hijo. Hijo graduado en la Universidad de Sarajevo en 1982. Al estallar las hostilidades en la primavera de 1992, entró a trabajar como inspector detective en la fuerza de policía municipal, destinado a la investigación de asesinatos. Esposa e hija evacuadas a Berlín, donde se reunió con ellas a principios de 1994 tras la investigación de la corrupción local.
    Vlado cerró la carpeta, con ganas de vomitar. Necesitaba ponerse de pie, andar, gemir como un animal, pero lo único que pudo hacer por el momento fue mirar fijamente la carpeta y el nombre mecanografiado de forma tan cuidadosa en la parte superior: Josip Iskric.
    Aquello era lo que sucedía cuando no se volvía a casa imponiendo uno mismo las condiciones, pensó, con las sienes a punto de estallar. Uno se enteraba de la muerte del hijo de una amiga, y del papel que se había representado en él. Después se enteraba del pasado genocida de su padre. Y lo que había hecho lo convertía, además, en el hijo negligente de un asesino, de un hombre cuyas acciones habían desembocado en la muerte de niños, además de un hombre que había ayudado a asesinos a ocultar y enterrar a sus víctimas, como él había hecho con Haris y Huso.
    Se sintió acosado por la extraña sensación de que su historia personal se había alterado de improviso a modo de castigo por sus crímenes recientes, como si Pine fuera un mensajero cósmico que ahora desaparecería en el éter, junto con la misión y el Tribunal entero. Descender a aquel viejo búnker de Berlín le había hecho deslizarse a un lugar ignoto donde se saldan las cuentas pendientes y la justicia es absoluta.
    El radiador colocado debajo de la ventana se puso en marcha con un silbido, y Vlado dio un salto, asustado. Volvió a abrir la carpeta, tocando los papeles como si de algún modo pudieran ser falsos, una falsificación. El policía que llevaba dentro pedía a gritos detalles, hechos, testigos. Pasó la mano derecha por el cubrecama calado y miró por la ventana, hacia un cielo azul en el que el sol brillaba y las colinas verdes se elevaban a lo lejos.
    Todo era real, de acuerdo. Se acabaron sus preocupaciones por Popovic. Aquél era el gran secreto que le habían ocultado, su palanca para obligar a Matek a salir al descubierto. Contratar al hijo del antiguo camarada de aquel hombre, y después añadir una concesión de remoción de minas por si acaso. En el supuesto de que aquello fuera de verdad una parte de la operación. Tal vez lo único que tuvieran fuera la conexión familiar. Habían encontrado su nombre en un archivo y habían dado gracias al cielo por que estuviera disponible, aquel paria de Berlín que tanto deseaba volver a su país. Y encima, detective.
    Recordó después su conversación con Pine sólo dos días atrás. Había hablado profusamente de la bondad y honestidad fundamentales de su padre mientras Pine se limitaba asentir con la cabeza, el estadounidense sonriente, dejándole que hablara sin parar como un imbécil. Y con aquel pensamiento su pánico se transformó rápidamente en cólera a punto de estallar, contra Pine, el Tribunal, cualquiera que estuviese a mano.
    Se puso de pie respirando entrecortadamente, a punto de explotar, con ganas de hacer añicos una pared, de golpear un rostro. Bajaría los escalones de dos en dos, buscaría a Pine en el bar del hotel y caería sobre él como un depredador. Le golpearía la cabeza contra la mesa hasta que los dientes que exhibía su sonrisa rodaran por el suelo.
    Sólo dio un paso hacia la puerta, luego se detuvo, se dio la vuelta, impulsado por una emoción más profunda y sin nombre contra la que sabía que no podía luchar. Se dirigió a la ventana y miró hacia el horizonte y las montañas que tan bien conocía. Allá estaba su padre, enterrado, muy lejos y sin tener que rendir cuentas ante nadie, mudo ante aquellas monstruosas acusaciones.
    Vlado levantó el puño derecho, como un martillo, después gritó, un rugido sofocado que terminó con un golpe en el cristal coloreado de marrón. Se oyó un crujido sordo, la habitación entera pareció temblar, y de pronto la ventana apareció sombreada por mil minúsculas grietas, que irradiaban como las cuadrículas de un mapa a partir del punto de impacto. Igual que en la guerra, pensó, observando con una extraña fascinación, cuando todas las ventanas habían quedado hechas añicos y habían desaparecido, cubiertas por plásticos. Y por un instante extraño e inquietante se vio transportado de nuevo al asedio, solo en una habitación individual, separado de su esposa y su hija, con el fuego de artillería por única compañía.
    Una vez apagada la detonación de su ira, ahora comenzaba la implosión. ¿Cómo podía haber dejado que su padre lo engañara durante todos aquellos años?, se preguntó. ¿No habría habido alguna señal, algún momento revelador? Pensó en todos los degolladores o asesinos a los que había detenido, y en la certeza sobrada con la que se había acercado a ellos, creyendo a veces que de verdad podía ver la culpabilidad en sus ojos. Pensó que incluso había detectado aquella cualidad en Haris. Pero en el más culpable de todos se le había pasado por alto.
    Trató de encontrar un recuerdo de su padre, el hombre tranquilo que siempre parecía tan racional. Cuando era un niño, Vlado acudía todos los días al taller, para acompañar a su padre de regreso a casa para cenar. Recordaba las chispas que saltaban de un molinillo, el zumbido de los motores y las correas girando, el olor a aceite caliente, y su padre, una presencia sólida y tranquila, abstraído en su trabajo. Infundía respeto; era evidente en la manera en que los demás se dirigían a él, lo respetaban, y se notaba su orgullo callado. Aquellos momentos le habían dicho a Vlado mucho más que su padre, y habían permanecido como su juicio definitivo sobre los valores básicos y el sentido común de su padre. Hábil con las manos, le había dicho todo el mundo. Pero ahora aquella frase se había distorsionado y convertido en algo terrible por obra de aquel nuevo conocimiento.
    Se sentó en la cama, acabado, observando el horizonte oscurecerse a través del cristal agrietado. Se sentía como si acabara de correr quince kilómetros. Se apoyó en la espalda, dobló los brazos sobre el estómago, en actitud de espera. Cerró los ojos. Estaban secos, pero tan doloridos como si hubiera estado sollozando toda la tarde. Mientras escuchaba los sonidos cotidianos del tráfico que subían desde la calle, sintió que un aturdimiento de privación descendía como una pesada manta, y se dejó llevar a una agitada antesala del sueño, en busca de cualquier refugio que estuviera disponible.
    Soñó. Nada coherente al principio. Sólo rostros y lugares de su pasado. Amigos a los que no había visto desde hacía años, cruzando la ciudad. Y ahora está entre la muchedumbre con ellos, caminando con paso firme para asistir a un partido de fútbol, un partido que debió de ver de verdad hace mucho tiempo, porque ya conoce el resultado, y se lo oculta a los demás. Conoce el final de cada jugada desde que comienza a desarrollarse. El campo es de color verde esmeralda, una superficie emocionante a la que afluyen camisetas rojas y verdes, cada jugador ocupa su puesto, la excitación sube en su garganta mientras grita. El balón suena al pasar del pie a la cabeza con el toque elástico del cuero, la multitud se levanta, de modo que por un instante no puede ver el campo; nada ante sus ojos salvo un abrigo de lana y el sombrero de alguien, el olor a sus cigarrillos y su cerveza barata. Ahora es un niño, demasiado pequeño para ver por encima de nadie, y sus amigos han desaparecido, pero unas manos fuertes y hábiles lo agarran desde atrás por debajo de las axilas, lo levantan, lo llevan a la luz del sol. Es su padre, lo sabe, aunque no puede verle la cara, no quiere mirar. Aterriza fácilmente en los anchos hombros, ahora mira hacia abajo y todos los sombreros y las cabezas calvas flotan en ese mar de excitación.
    – Mira, Vlado. ¡Mira!
    Es la voz de su padre, años más joven que la última vez que lo recuerda, excitado, llamando su atención de nuevo hacia el juego.
    – ¡Vamos a ganar!
    Vlado vuelve la mirada hacia el campo y ve a más de un centenar de personas con pañuelos y harapos oscuros, largos abrigos, gorras de lana con visera. Es un ejército de campesinos, todos vueltos hacia el extremo opuesto del estadio. Guiando a la muchedumbre hay soldados tocados con cascos y vestidos con uniformes grises, hombres que portan largos fusiles con bayonetas que relucen a la luz del sol. Y allí delante, dándoles órdenes apresuradas, moviendo los brazos con vigor, está su padre, cuyo rostro es ahora claramente visible. Parece impaciente, grita órdenes que Vlado no puede oír entre el barullo de la multitud.
    La gente se mueve hacia la portería de la parte opuesta, apiñándose cerca de los postes blancos y la red amarilla, donde ahora la cabecera del cortejo desciende hacia la tierra, en una gran abertura marrón de suelo removido, marcado en los bordes con cruces y medias lunas, e incluso desde su posición privilegiada en la tribuna Vlado nota el frío y la humedad de esa abertura, como si la tierra exhalara desde las profundidades bajo la superficie.
    Comienza a oírse un ruido atronador, un redoble de tambor, constante e insistente, y una voz lo llama por su nombre.
    – Vlado. Vlado, ¿estás ahí dentro? ¿Vlado?
    Vlado se dio la vuelta en la cama, parpadeando en la oscuridad de la habitación del hotel. Era Pine, llamando a la puerta.
    – Me había quedado dormido -dice con voz ronca por toda respuesta.
    Se puso en pie lentamente, sintiéndose como si hubiera estado dormido durante horas, luego abrió la puerta a un rostro surcado por arrugas de preocupación, incluso de alarma.
    – Lo siento -dijo Pine, hablando rápidamente, uniendo las palabras-. Estaba preocupado por si… por si te hubieras marchado o algo así. Pensé que tal vez, no sé. También he venido a pedir disculpas. He intentado imaginar en los últimos tres días qué te diría exactamente cuando llegase este momento. Lo mejor que se me había ocurrido era que yo sólo cumplía órdenes, que me decían todo lo que necesitaba saber sobre aquello en lo que participaba.
    – No gastes saliva inútilmente -dijo Vlado, más despierto.
    – Está bien.
    – Y no intentes explicarte.
    Pine asintió con la cabeza, sin decir nada.
    – No puedo hacerlo, ya lo sabes. No después de la forma en que se ha llevado a cabo.
    Pine volvió a asentir con la cabeza, mordiéndose el labio, todavía de pie torpemente en el umbral de la puerta abierta, pues Vlado le impedía el paso.
    – Vale. Supongo que imaginé que esto podía pasar. Vale. -Hizo una pausa, como si esperase que Vlado dijera algo más, o al menos que se hiciera a un lado. Como ninguna de las dos cosas sucedía, siguió hablando, aunque sólo fuera para llenar el silencio-. Veré si hay un vuelo de regreso a Berlín mañana. No voy a intentar convencerte de lo contrario. Se te pagarán los dos últimos días, desde luego.
    Vlado frunció el ceño.
    – Pero haz otra cosa por mí, ¿quieres? O hazla por ti.
    Vlado no dijo nada, pero asintió, como si le diera permiso para hablar.
    – Intenta pensar en cómo vas a sentirte por todo esto dentro de una semana. Es horrible, sobre todo enterarse así. Pero no se puede dar marcha atrás, y sólo quiero que pienses en si podrías sentir de otra manera o no después. Porque si cambias de opinión, bueno… Entonces, toda la operación habrá terminado. Será demasiado tarde.
    – Iréis a por él de todos modos, quiero decir. A por ese hombre, Matek. Ese… amigo de mi padre.
    – No tenemos elección. Me haré pasar por el tipo de la remoción de minas. Ya tengo las tarjetas de visita falsas, por si acaso.
    – Tu plan B secreto -dijo Vlado con desdén.
    No funcionaría, y los dos lo sabían. No funcionaría con alguien que conocía las confabulaciones y las estratagemas tan bien como Matek. El engaño era su medio de vida.
    Así que deja que se malogre, pensó Vlado. Que el viejo cabrón siga siendo un viejo cabrón un poco más. Dentro de unos años estaría muerto de todos modos.
    – ¿Y qué me dices de Andric? -preguntó-. Supongo que harán la operación en cualquier caso.
    – Eso creo. En el supuesto de que pueda limar asperezas a estas alturas.
    Vlado suspiró. Podía ver ya lo que iba a suceder. El acuerdo se iría al traste, Andric seguiría en libertad, y él habría desempeñado un papel. Haciendo honor al buen nombre de su padre.
    ¿Y qué pasaría con Matek, en realidad? Aquel hombre moriría de acuerdo con sus condiciones. Peor, moriría con sus secretos, que Vlado quería conocer ahora más que ninguna otra cosa. Mandar al infierno al Tribunal sería tirar por la borda su única oportunidad de saber algo más acerca de lo que en realidad había sucedido, y por qué.
    Por qué no seguir trabajando entonces, se preguntó. No como un buen soldado, ni siquiera como un oportunista que busca reasentamiento y un nuevo trabajo, sino como un hijo que busca pistas vitales sobre el pasado de su familia. Participaría en el interrogatorio de Matek, les gustase a los demás o no. Era probable que Pine se lo permitiese, aunque sólo fuera por su sentimiento de culpa. Si sus preguntas fastidiaban a los demás, podían despedirlo. Su carrera en el Tribunal iba a ser breve pasara lo que pasara. Y por el momento no deseaba pensar en llevar a su familia de nuevo a Bosnia. La información del expediente lo había cambiado todo. No quería que su hija siguiera en modo alguno las huellas de las botas de su padre.
    Se volvió hacia Pine, furiosamente resignado.
    – Ya sabes lo que voy a hacer, ¿no es así?
    – No, no lo sé. Dímelo tú.
    – ¿Cuándo debemos ponernos en contacto con Matek?
    Pine frunció el ceño, dejando la mirada perdida.
    – Acaban de cambiar esa parte, casualmente. Ahora dicen que esta noche. Los franceses se estaban poniendo nerviosos, así que han adelantado un día la operación de Andric. Quieren que ajustemos nuestro calendario en consecuencia.
    – Así que en cuanto yo esté listo, en otras palabras.
    Pine asintió gravemente con la cabeza.
    – Tú lo has dicho.
    – Antes quiero una copa.
    – No hay problema. Tómate dos. Todas las que quieras, siempre y cuando sigas acordándote del nombre de ese hombre. Bajaremos al bar.
    – No -dijo Vlado, decidiéndose ahora por un enfoque distinto-. Nada de copas. Sólo la llamada por el móvil a Matek. Vamos a hacerla ahora. Luego me tomaré la copa, pero sin ti. Solo.
    – Mira, si quieres…
    – Tú dame el número de teléfono, ¿vale? Dime qué tengo que decir. Y después déjame solo. Ya te avisaré cuando termine.
    – Como tú digas. -Pine tendió las manos como para pedir calma-. Es tu número.
    Mi número, pensó Vlado mordazmente. Pues claro que lo era. Un cabaré macabro inspirado en el pasado de su padre, y él estaba a punto de entrar en escena. Luces, por favor. Después el libreto. Que empiece el espectáculo.

9

    Pero Matek era un enamorado de Internet, le encantaba la idea de poder estar en un lugar de mala muerte como Travnik y aun así disponer de un mundo de contactos y de información. En momentos así siempre sonreía al recorrer con la mirada su oficina. En los últimos años había puesto un empeño especial en describirse para los extraños como un rey de provincias sentado en su rústico trono, apenas instruido y apenas presentable, un potentado provinciano al que se podía tener contento con una palmadita en la cabeza y una porción generosa de pastel.
    Así que cuando la gente de la ONU y de las delegaciones de ayuda llamaban a su puerta, siempre les ofrecía el mejor espectáculo posible, desde la escenografía y las bebidas hasta su pose de palurdo deseoso de agradar. La farsa comenzaba con el rebaño de cabras que andaban sueltas por los campos, unos animales que de forma casi invariable se aglomeraban en torno a los automóviles de los invitados mientras estacionaban, intentando mordisquear todo lo que se movía, balando y escarbando en la hierba surcada mientras los visitantes sorteaban con finura las cagarrutas. En el interior, un linóleo marrón cubría el piso del vestíbulo, y en el techo había unos tubos fluorescentes. Se acompañaba a los visitantes por el vestíbulo hasta su despacho, donde se sentaban en voluminosos sofás marrones reliquias de la época comunista. Las ventanas estaban cubiertas de horrorosas cortinas estampadas en tonos naranja y marrón, y la alfombra de pared a pared estaba raída y lucía quemaduras de cigarrillos.
    Pero el verdadero espectáculo era el propio Matek, sentado detrás de un escritorio barnizado del tamaño de un acorazado. Iba vestido invariablemente con una enorme chaqueta de poliéster marrón. Sus pantalones mostraban abigarrados diseños que desentonaban con los de sus camisas de cuello abierto, donde el vello del pecho proclamaba su perdurable virilidad y recordaba a las visitas que junto al encanto zafio y torpe había material más duro; aquél era su territorio, y un paso en falso podía dejarlos abandonados a su suerte en Dios sabía qué clase de valle o aldea. Lo más destacado del conjunto de Matek, sin embargo, era su cabello salpimentado, toda una cabeza de pelo peinado con las ondas a la Pompadour que eran tradicionales entre los señores balcánicos hechos a sí mismos.
    Su despacho estaba en la habitación trasera de una casa de labranza construida en medio de unas cuantas hectáreas de tierras en pendiente en las que sólo crecían unos pocos ciruelos en una dispersión herbácea de pizarra y granito. Las cabras se encargaban de cortar el césped. Su complejo residencial -siempre le encantaba oír que los informes lo describían así- estaba enclavado al final de un serpenteante camino de grava, a media ladera de las montañas que se alzaban sobre la ciudad de Travnik como un portón de hierro de dos mil metros de altura que cerraba a cal y canto la vertiente norte del valle. La vista desde su dormitorio en la planta alta abarcaba no sólo el río Lasva, que reverberaba en el fondo del valle, sino también largos tramos de la carretera principal que llevaba a la ciudad, además del camino que conducía hasta su propiedad. Le gustaba ver a los visitantes antes de que ellos lo vieran a él. La mayoría de sus enemigos nunca tendrían iniciativa, y mucho menos resistencia, para acercarse a pie entre los árboles. Y aunque era posible que los organismos internacionales no lo supieran, en la zona tenía fama de no permitir que nadie lo sorprendiera, ni en un trato comercial ni en formas más rudimentarias de enfrentamiento. Aquellos que lo intentaban tenían tendencia a desaparecer.
    A sus setenta y cinco años, Matek conservaba casi toda su vitalidad, y también le gustaba alardear de ella. Tenía un aspecto excelente para su edad, todavía esbelto, con la salvedad de la ligera bolsa de la barriga, la cara con pliegues pero sin arrugas, y seguían dándosele bien las mujeres cuando era necesario, lo que en su caso sucedía más o menos una vez a la semana. Siempre había una o dos rondando por las cercanías cuando visitaba su café preferido que no tenían inconveniente en pasar unos momentos con él en aposentos más privados, siempre que antes hubiera tiempo para tomar unos tragos de su botella. No era tan vanidoso para pasar por alto el poder de la riqueza en aquella ecuación, ni el de la botella a la hora de privarles de su voluntad. Su fajo de billetes era un signo más de su hombría, de su capacidad para derrotar a la competencia.
    Si no se contaba a sus guardaespaldas, Matek vivía solo. Hacía mucho tiempo había probado brevemente el matrimonio, un secreto bien guardado, pero no lo había encontrado de su agrado, y en la actualidad las amantes ocasionales le venían bien. No había desorden femenino por la casa. Ni había voces que le dijeran al oído qué tenía que hacer y cuándo debía hacerlo. Estaba convencido de que ésa era la razón por la que las líneas de la risa alrededor de sus ojos seguían siendo joviales, no agobiadas por la preocupación. Y seguía teniendo reflejos para contar un chiste ruidoso o soltar una carcajada, los ojos castaños seguían siendo propensos a brillar ante una buena réplica o la evocación de un recuerdo. Todo ello venía muy bien cuando llegaba el momento de hacer de anfitrión parlanchín para los desconocidos que acudían subiendo y bajando montañas con su dinero y sus contratos. Había descubierto que si estaba a la altura de sus expectativas se resignaban a cierto grado de derroche, descuentos y excesos, incluso algún fraude, pero no en el sentido en que un contable podría entenderlo en Bruselas o Nueva York. Cuando inevitablemente regresaban seis meses después con sus gráficos de barras y sus diagramas de flujo, siempre había un clima de conferencia padre-profesor, una inevitabilidad suspirada de que siempre habían sabido que aquello formaría parte del trato. Así que en vez de levantar la alfombra, se limitaban a tirar de las esquinas y sacudirlas, haciéndole saber que podían seguir viendo sus contados signos de progreso. Y para entonces, desde luego, habían tomado nota de sus firmes conocimientos de las necesidades y situaciones locales, y de hasta qué punto su aplicación de los acuerdos podía ser severa, incluso brutal, en caso necesario. Así que tendían a andar con pies de plomo, incluso con admoniciones, y a respirar entrecortadamente entre sorbos de su fuerte licor casero, siempre servido en una bandeja turca de latón forjado, los vasos empañados lo justo.
    El gran chiste de todo aquello era que lo que Pero Matek habría preferido en realidad era un par de tragos tranquilos de un chianti classico en copas de cristal reluciente. Pero esas botellas estaban guardadas bajo llave en la bodega, con controles de humedad y temperatura. Guardadas fuera de la vista como su ordenador de sobremesa Dell con su monitor Sony de 21 pulgadas.
    En las contadas ocasiones en que podía convencer a las visitas de que se quedasen a cenar encargaba una gran parrillada variada sólo para destemplarles los dientes y revolverles el estómago, banquetes de carne balcánicos compuestos de cordero, ternera y salchichas, amontonados en fuentes rebosantes de grasa y carbón. Llenarles los platos como si fueran pesebres y verlos sonreír inexpresivamente, sabiendo que cambiarían impresiones más tarde en sus Range Rover y Mercedes SL, mientras se reían del rústico sin remedio. Un ayudante de la oficina del Alto Representante, quizá la visita más importante que había recibido nunca, le había llamado después «Pero el Bárbaro», y cuando Matek recibió el informe de uno de sus espías de oficina estuvo riéndose varios días, difundiendo el apodo por el pueblo como si fuera un folleto publicitario, consolidando su reputación de no ser demasiado refinado. Un inversor norteamericano que había estado una semana fisgoneando por el valle, un tipo de Oklahoma con botas altas y voz grave, lo había comparado con un destilador ilegal de bebidas de Ozark, aunque uno al que se podía domar y adiestrar siempre que recibiera su ración de pastel.
    Así que dejaba que creyeran que era adiestrable y domable, y seguía recibiendo su parte, una y otra vez, de cualquier financiero o benefactor que tuviera divisas para quemar.
    Lo irónico de aquella dinámica era que había comenzado a legitimarlo, incluso a los ojos de algunos de los más ingenuos lugareños. La organización de matones barriobajeros de sus mercados de la época de la guerra se estaban convirtiendo lentamente en un reino bien documentado de contratos firmados y concesiones de las fundaciones. Lamentablemente, su participación en la operación de coches robados había sido una víctima necesaria de la transformación. Había comenzado a sufrir una atención excesiva de los agentes de la ley, así que transfirió sin hacer ruido el control a unos pocos rivales menores y serviciales, que se emocionaron ante el súbito maná de material rodante que les caía de Alemania y Suiza a través de Polonia y Ucrania, sólo para su consternación cuando todo se les fue de las manos unas semanas más tarde gracias a una redada bien informada de su mercado de distribución al aire libre. Cuando comenzaron a sospechar del papel que Matek había desempeñado en el asunto, varios estaban ya en la cárcel, otros habían muerto y el mercado de automóviles había desaparecido. Volvería, desde luego, una opción que siempre existiría si Matek lo necesitaba. Pero por ahora el grifo internacional corría a raudales, y se conformaba con chapotear en el lucrativo caldo de la sopa de letras de Europa, las ONG y las subagencias de la UE que dirigían aquel país de una manera acorde con los Habsburgo o los otomanos.
    En el caso de sus otras actividades ilegales, ¿por qué vender gasolina de contrabando en botellas de vino y cartones de plástico para leche cuando se podían regentar seis estaciones de servicio de INA, abastecidas directamente desde Zagreb a precios subvencionados? ¿Por qué seguir vendiendo bebidas en los callejones cuando su distribuidora de bebidas alcohólicas y cerveza era ya la primera en cinco municipios de los alrededores? Lo era desde la primavera anterior, cuando su principal competidor pisó una mina antitanques. No importaba que los vecinos de aquel hombre siguieran preguntándose por qué su vehículo circulaba fuera de la carretera por aquella zona concreta de bosque. Iría de caza, tal vez, pues ésa era su afición, aunque nadie llegó a averiguar quién lo había invitado. Y tampoco importaba que la propiedad en cuestión se hubiera limpiado supuestamente de minas, ni que su dueño fuera Pero Matek, aunque la escritura había pasado por tantos poderes, cláusulas adicionales y socios silenciosos que podían pasarse semanas estudiando minuciosamente los papeles de los rematadamente pequeños archivos del municipio sin aclarar nada.
    Y no es que a Matek le preocupase establecer su procedencia, si hacía falta. Todos los documentos originales estaban cuidosamente archivados en su caja fuerte, la descomunal caja de caudales empotrada en un rincón de su despacho, detrás del mueble donde estaba el Dell, donde en ese momento estaba sentado aporreando el teclado con sus manos de labrador, con el ritmo acompasado poniéndolo de buen humor, tan relajante como debe de ser el repiqueteo de una caja registradora para un tendero de pueblo. Aquél era el sonido del comercio actual, se dijo para sus adentros. «Incluso para un bárbaro», musitó en voz audible, echándose a reír después. Se podían buscar los precios de los artículos y las tarifas del transporte, y después aplicarlos a los presupuestos y las listas de precios. Se tecleaban unos cuantos números de serie, un par de contraseñas, y los pedidos se actualizaban, la situación aparecía en la pantalla desde seis lugares distintos. Se podía enviar un mensaje por correo electrónico a Emilio en Trieste, un duplicado a Francisco en Madrid, una confirmación con un anexo extra de una fotografía pornográfica, sólo por diversión, a un proveedor de Bulgaria al que sólo conocía por el nombre de Christo.
    Nunca había visto a ninguna de esas personas porque, francamente, seguía siendo un riesgo viajar al extranjero, y quizá siempre lo sería. Era su único gran pesar en la vida. Era probable que cruzar la frontera nunca fuese seguro, teniendo en cuenta lo que habían hecho con sus papeles y su pasaporte hacía todos aquellos años. Tenía otros, desde luego, dos juegos distintos que estaban mejor guardados donde nadie los viera, y en ninguno de los dos figuraba su antiguo nombre, su verdadero nombre. No se había fabricado todavía una caja fuerte o caja de caudales lo bastante segura para guardar aquella información, así que sólo la guardaba en su cabeza, en lo más profundo, por si acaso asomaba en un momento inoportuno.
    El juicio racional le decía que debería poder viajar al lugar que más le agradase, teniendo en cuenta el paso del tiempo. ¿Quién lo iba a reconocer ahora, después de todos esos años? Pero se había quedado, aun cuando seguía añorando aquellos tiempos de las villas italianas y las pequeñas ciudades en las colinas, un paisaje soleado donde todo el mundo bebía vino a mediodía acompañando a grandes cuencos de pasta y platos de pescado, y después daba una cabezada hasta las tres.
    Un golpe en la puerta interrumpió su ensoñación.
    Era su ayudante, Edin Azudin.
    – Sí, Azudin. Entra.
    Azudin tenía la tez blanca y era delgado. Matek no se cansaba de decirle que comiera más, y luego se reía cuando el hombre se ruborizaba y avergonzaba. Matek había decidido hacía mucho tiempo, simplemente por las apariencias, que Azudin debía de ser homosexual. Tanto mejor. Menos tentaciones, al menos por aquel valle. Era preferible ser sorprendido con una cabra que con otro hombre, dadas las actitudes locales, así que Matek nunca se preocupó de que su silencioso ayudante pudiera causarle problemas. Era más o menos como tener a su propio eunuco en la corte. Si Matek hubiera sabido la verdad, se habría reído a carcajadas: el sumiso y pequeño Azudin mantenía a dos amantes en Travnik, lo cual no era tan sorprendente si se pensaba en el suministro de divisas en efectivo que percibía de Matek. Pero era también su actitud, una tranquila reverencia timorata, practicada a diario, lo que apaciguaba a las mujeres por su forma de ser, y él era lo bastante discreto en sus idas y venidas para asegurar que los negocios nunca se complicasen. Si se tenían secretos, estaban seguros con Azudin, y ésa era la razón de que Matek valorase sus servicios.
    – Hay una llamada para usted -dijo Azudin-. Dice que se trata de un nuevo contrato de remoción de minas para el municipio. Cree que usted podría ser el hombre adecuado para ello.
    Matek se animó.
    – ¿Ya lo sabe? Bueno, entonces déjalo en espera. Durante… -pensó el tiempo-. Durante exactamente noventa segundos. Luego vuelve al teléfono y dile que no estaré disponible durante un rato. Pero que te dé su número. Y dentro de una hora lo llamas y conciertas una reunión para mañana. Por la mañana. A las diez, si es posible. Si no puede a esa hora, consúltame. Y la reunión tiene que ser aquí. ¿Entendido?
    – Sí, señor, pero…
    Azudin hizo una pausa, sin saber si debía excederse en sus responsabilidades habituales.
    – Continúa.
    – Ha insistido en que me asegure de que usted supiera con quién estaba haciendo negocios. Vlado Petric, el hijo de Enver Petric.
    Y por primera vez desde que Azudin podía recordar, Pero Matek se quedó sin habla. Matek sabía que su aspecto debía de ser todo un poema, allí sentado y boquiabierto, preguntándose por aquel extraño y súbito grito desde un lugar tan profundo de su pasado.
    Matek sabía de la existencia de Vlado, desde luego. Sabía que Enver, en quien seguía pensando como Josip, se había casado, había tenido un hijo, y que había muerto sin haber llegado a ser gran cosa, lo que no era sorprendente, teniendo en cuenta su pasado. Enver siempre fue demasiado serio para su gusto. Sus talentos sólo eran eficaces si se sabía encauzarlos; de lo contrario, habría sido demasiado inflexible para ser de gran utilidad. El hijo de Enver, según había oído Matek, se había hecho una especie de policía, incluso había tenido que salir del país, algo relacionado con el contrabando y la corrupción. ¿Había sido un policía sucio o demasiado idealista? Probablemente un aficionado, en cualquier caso, como su padre. Pero él también podría ser útil si se lo encauzaba. Matek había oído rumores de cambio en los mecanismos de la gestión de las concesiones de remoción de minas, pero la selección de un bosnio parecía demasiado buena para ser verdad. De pronto percibió nuevas posibilidades, aun cuando el nombre del chico le hiciera sentirse inquieto. Lo que más le desconcertaba de todo aquello era cómo Vlado podía haber averiguado su paradero, o su relación en el pasado con Enver. Enver y él habían acordado hacía tiempo seguir cada uno su camino, jurando no volver a ponerse en contacto. Pero allí estaba el hijo de Enver al teléfono. Era desconcertante, y algo más que preocupante. ¿Había revelado Enver algo en su lecho de muerte hacía tiempo, alguna confesión de padre a hijo, con pelos y señales? Tenía sus dudas. Y al menos el chico no se había referido a su padre con el nombre de «Josip».
    – ¿Lo mantengo en espera, señor?
    Azudin seguía esperando una respuesta, con aspecto demasiado curioso para el gusto de Matek.
    – No. Pásame la llamada. ¿Y por qué no bajas a ver a Silovic y recoges la comisión de esta semana? Si refunfuña por hacerlo con un día de antelación, dile que es una prueba. Que estoy asegurándome de que no está limpiando la registradora y amañando los libros en el último instante, ni tomando préstamos de media semana a mi costa. Dile que es un concurso popular. Lo que quieras. Y llévate el móvil por si te necesito.
    Asunto arreglado, pensó Matek. Azudin detestaba aquella clase de tareas. Le impediría pensar en aquella llamada. No tenía sentido despertar el interés de Azudin por alguien llamado Petric.
    – Vete ya. Y pásame la llamada.
    – Sí, señor -dijo Azudin, saliendo con la expresión de impotencia del conductor de un coche pequeño que está a punto de ser aplastado entre dos camiones que van a toda velocidad.
    Matek se reclinó en su silla, preparándose y, tenía que admitirlo, con la sensación de estar ante un trato inminente. Si el hijo de un viejo compañero era el responsable de un nuevo contrato de remoción de minas, aquello era una buena noticia en un frente en el que intentaba obtener beneficios desde hacía meses. Pero el hecho mismo de que el nombre de Enver se hubiera pronunciado en su teléfono era alarmante. Aunque, ¿por qué preocuparse? Azudin no tenía la costumbre de leer los panfletos antiustashi que divulgaban los nombres y sacaban a la luz viejas historias. Tenía veintiséis años y la historia le interesaba tanto como a cualquier hombre joven que intentaba sacar tajada, es decir, nada en absoluto. Y aunque así fuera, los relatos más pormenorizados que se habían publicado y que estaban disponibles nunca mencionaban a jóvenes oficiales que habían estado tan abajo en la jerarquía. Matek había consultado los libros y los folletos, buscando siempre los apellidos Rudec e Iskric, por si acaso, escudriñando con un frenético latido en el corazón que al final siempre se calmaba.
    Era probable que al día siguiente pudiera volver a usar su antiguo apellido sin llamar la atención, si así lo deseaba. O tal vez no. Siempre había que tener en cuenta a los maduros, las mujeres grises de las calles o a los hombres apoyados en sus bastones. Era divertido pensar en ellos como viejos cuando eran de su misma edad, y un par de veces en sus viajes por el país creyó percibir que algunos lo observaban de forma extraña, probablemente sólo por pura curiosidad, pero nunca se podía saber a ciencia cierta. Recordó aquella película americana sobre los viejos judíos recorriendo las calles de Nueva York, con los dedos huesudos extendidos, pronunciando el nombre de un nazi avejentado que intentaba escapar. Un horror tener que terminar así, y ésa era una de las razones por las que nunca se arriesgaba a salir de su región, y casi nunca viajaba a lugares donde vivían muchos serbios. La guerra se lo había puesto más fácil, gracias a Dios, al enviar en tropel a su propio gueto y enclave, las medias lunas y las cruces una vez más encerradas en sus propios cantones. Ahora podía recorrer kilómetros sin miedo a encontrarse con un rostro inoportuno llegado de su pasado.
    Azudin le pasó la llamada. Matek levantó el auricular, preguntándose si comenzaría a temblar, por preocupación o por anticipación. Pero su pulso era firme, su voz sosegada.
    – Matek -dijo.
    Su interlocutor era el que estaba tembloroso, por la cólera, los nervios, la consternación. Vlado había marcado rápidamente, en cuanto Pine y él hubieron analizado el enfoque que debía adoptar, pero al oír la voz de Matek se dio cuenta de que tenía que haber esperado, aunque sólo fuera una hora, para dar tiempo a que sus emociones se calmaran.
    Al oír al hombre pronunciar su nombre le entraron ganas de gritar «¿Quién es usted?», aunque sólo fuera para calmar el revuelo del estómago, la presión en las yemas de los dedos. En cambio, se ciñó a los formulismos, esforzándose para que no le temblara la voz.
    – ¿El señor Matek?
    – Sí. ¿Y tú eres el chico de Enver?
    – Sin duda.
    Curiosa elección de las palabras, pensó Matek.
    – Pero no le llamo para revivir viejos tiempos, porque francamente mi padre nunca me contó gran cosa de ellos. Hasta hace poco no me enteré de que lo conocía, de que los dos habían crecido juntos. Pero ya podremos hablar más sobre todo eso cuando nos veamos. Son los negocios los que me llevan hasta su puerta.
    – Estás enganchado a la Unión Europea, ¿no es así?
    – Sí. Contratos de remoción de minas. Usted está en el mercado, por lo pronto, y yo soy el nuevo administrador regional.
    – Pensaba que la Unión Europea estaba convencida de que yo no estaba a la altura de las circunstancias.
    – Eso era con los anteriores administradores. Ahora soy yo el responsable.
    – Me alegro de saberlo. Y con un nombre en el que puedo confiar. Deberías hacerme una visita.
    – Cuanto antes mejor.
    – Mañana, entonces. Temprano, si te es posible. ¿A las ocho? Podemos desayunar juntos.
    – Tendré que viajar desde Sarajevo.
    – Entonces a las diez. Una hora más civilizada. Tomaremos café, tal vez una copa de vino. -Por un instante Matek se quedó sin saber qué decir a continuación. No utilizaría el festín al uso, no lo haría con alguien de la zona, mucho menos con alguien que era prácticamente de la familia. No había necesidad de grandes poses con éste, pero necesitaría hacer alguna comedia, dadas las circunstancias-. Tenemos otras cosas de las que hablar además de los negocios, desde luego. Así que cuenta con quedarte un rato.
    – Lo estoy deseando.
    Con éste tendré que andar con cuidado, pensó Matek. Tenía que evaluar qué sabía exactamente el chico antes de comprometerse. Tenía que pensar un poco entre aquel momento y la mañana del día siguiente.
    Dio indicaciones a Vlado y se despidieron. Mañana sería un día de lo más interesante.

10

    Pine y Vlado salieron de Sarajevo en dirección norte por la carretera que pasaba por Kiseljak, Busovaca y Vitez. Durante el conflicto la carretera había sido territorio de fuego cruzado, en poder de las tres facciones en guerra, con controles protegidos por sacos terreros y alguna que otra mina. Travnik estaba a unos cien kilómetros, pero calcularon una hora más en previsión del mal estado de las carreteras y de la lentitud del tráfico, y hablaron poco para llenar el incómodo silencio mientras pasaban los kilómetros. Las montañas flanqueaban el trayecto mientras el pálido sol invernal ascendía en el cielo a su derecha.
    Vlado tenía una ligera resaca, no tanto por las tres copas del brandy de ciruela del hotel sino por las revelaciones de la velada, que lo habían desvelado aquella noche como un bronco susurro a través de la almohada.
    – Supongo que deberíamos revisar algunos detalles -dijo Pine, aclarándose la voz.
    La esperanza de ambos era que Matek quisiera firmar el contrato a la mañana siguiente, viernes, el día de la operación contra Andric, y sincronizar la acción para agradar a todas las partes. La clave estaría en hacerlo ir a terreno neutral en el Café Skorpio.
    – Es una pequeña ratonera cerca de la mezquita de Suleimán -dijo Pine-. Rakija barato que podría servir para despegar la pintura de la pared. Parece ser que Matek tiene un alijo de vinos italianos que le guardan en la trastienda. Ni siquiera tienen que cerrarlo con llave. Para eso sirve la reputación. Nadie se atrevería a tocarlo. Hay una parrilla de cevapi donde también suele parar, en un callejón a la vuelta de la esquina. Luego suele verse con una de sus amantes en el Skorpio. La harta de chianti o de algo más fuerte antes de subir al piso de arriba para divertirse durante una hora.
    Por un lado, Vlado estaba escuchando. Por otro se preguntaba qué podría aprender de Matek sobre su padre sin revelar la verdadera naturaleza de su visita. Era probable que Pine también tuviera más información que mereciera la pena conocer. Pero no paraba de hablar, de revisar todos los detalles del día que tenían por delante. Tal vez fuera ésa su torpe manera de amortiguar el golpe. O tal vez sólo sentía vergüenza de haber tomado el pelo a Vlado.
    – Para aquí -interrumpió Vlado-. Tengo que comprobar algo.
    – Se nos hará tarde -dijo Pine.
    – Lo cual me haría ser como cualquier otro bosnio -dijo Vlado con frialdad-. Sois vosotros y los alemanes quienes estáis obsesionados con la puntualidad. Vamos con tiempo de sobra. Para aquí.
    Pine obedeció frunciendo el ceño, dio un volantazo y el coche se detuvo abruptamente en el arcén de gravilla.
    – Quiero ver todo lo que puedas llevar contigo en relación con mi padre -dijo-. Aunque sólo tenga tiempo para echarle un vistazo.
    – Ya has visto el expediente.
    – Pero hay algo más, ¿verdad que sí? Alguien debe de haberse preguntado qué pasaría si yo exigía más información. Eso era un material de lo más endeble. Sólo unas cuantas fechas y cometidos. Si yo hubiera exigido más pruebas, ¿qué me habrías enseñado?
    Pine suspiró, pero dicho sea en su honor, no rehuyó la mirada de Vlado.
    – Está en mi portafolios -dijo-. Son sólo unas pocas páginas. Hay más en La Haya, pero dimos por sentado que con esto serviría. Si de verdad quieres verlo, ahí está. Pero si yo estuviera en tu lugar, no lo haría.
    – No lo estás. Sácalo, por favor.
    Pine asintió con la cabeza y cogió su portafolios. Lo abrió con un clic, revolvió entre su contenido durante un momento y sacó un delgado informe grapado con el sello de «Confidencial» bajo el membrete del Tribunal. Era un viejo informe de un agente de contraespionaje del ejército de Estados Unidos.
    – Es un informe de testigos -dijo Pine-. De Jasenovac. Tomado en un campo de desplazados de Italia en mil novecientos cuarenta y seis.
    A Vlado le entró la duda mientras echaba un vistazo a la cubierta. ¿Hasta qué punto necesitaba aquello? Decidió meterse de lleno en él antes de perder el valor.
    – Daré un paseíto -dijo Pine al tiempo que abría la puerta del vehículo-. Si no te importa.
    – Cuidado con las minas -dijo Vlado distraídamente. El testigo se llamaba Dragan Bobinac. Era músico, violoncelista de la población serbia de Crveni Bok, a la orilla del río Sava, no muy lejos de Jasenovac. Su relato comenzaba con el día en que fue apresado cerca de su casa junto con varios cientos de sus vecinos, y tenía mucho que decir sobre el hombre conocido como Josip Iskric, que después se convirtió en Enver Petric:

    Los soldados llegaron a nuestro pueblo a primera hora de la mañana, eran unos cien, al mando de dos tenientes. Después me enteré de que se llamaban Iskric y Rudec. Iskric era el que daba las órdenes, gritando a sus hombres para impedir que alguien escapase hacia el río. Algunos de sus hombres dispararon contra la gente mientras huía de sus casas. A todo aquel que se resistía lo golpeaban o lo apuñalaban en el acto. A los niños que no acudían con suficiente rapidez los disparaban o los golpeaban en el rostro con palos o bayonetas. A algunos los tiraron al río inmediatamente, todavía sangrando y vivos. Mientras marchábamos vi el cuerpo desnudo de una mujer a la orilla del río. Le habían sacado los ojos y le habían metido una barra metálica por los genitales. Iskric nos ordenó a mí y a otro hombre que la arrojásemos al río. El otro hombre se llamaba Cedomir, era un panadero del pueblo. Cuando Cedomir vio a la mujer cayó de rodillas y dijo que era su sobrina. Iskric sacó el arma que llevaba en la funda del costado y ordenó a Cedomir que se levantara si no quería que lo matase, pero Cedomir siguió en el suelo llorando. Iskric se puso delante de él y le disparó en la cara, y luego hizo rodar el cuerpo con su bota. Me ordenó tirar los dos cuerpos al río. Los llevé hasta el agua, pero la mujer se enganchó en una rama después de flotar unos metros corriente abajo, y entonces Iskric me ordenó meterme en el río para soltarla. Durante todo ese tiempo la columna se había detenido, lo habían visto todo. Algunos niños lloraban. Me metí en el río hasta las rodillas y tiré de la rama, y después miré cómo la mujer flotaba hacia la corriente principal, que se la llevó río abajo.

    Vlado no pudo soportar más la escena. Pasó a un relato del interior de Jasenovac.

    Yo era una de las diez personas empleadas en el taller de carpintería del campo principal. Íbamos andando al taller desde nuestros barracones cuando nos ordenaron detenernos para dejar pasar a una gran columna que venía en dirección contraria. Eran mujeres jóvenes -ciento cincuenta, quizá doscientas- al mando de varios guardias y del teniente Iskric. Alguien ordenó a las mujeres que se detuvieran también, y nos miramos. Caían lágrimas de sus ojos, e Iskric pronunció un discurso, diciendo a nuestra columna que las mirásemos bien porque una hora después todas aquellas mujeres estarían muertas, y que a la mañana siguiente tal vez nos matarían también a nosotros si no trabajábamos duramente todo el día. Nos obligaron a mirar mientras llevaban a las mujeres al río. Las cargaron en balsas que las trasladaban a la otra orilla, donde la corriente era más fuerte. Cuando saltaban a la orilla eran empujadas por los guardias, que las apuñalaban con las bayonetas y les abrían la garganta y el estómago con cuchillos. Pudimos oír con toda claridad sus alaridos y sus gemidos cuando las acuchillaban o apaleaban. Luego arrojaban o empujaban sus cuerpos a la corriente, a veces cuando todavía estaban vivas y gritaban.

    El relato de Bobinac terminaba unas páginas más adelante con su huida al mes siguiente. A él también lo habían transportado finalmente a la otra orilla del río junto con otros cien presos. Se escapó porque uno de los guardias lo metió de forma precipitada en la corriente cuando sólo tenía una herida superficial de una bayoneta en el estómago.
    Había más, pero Vlado ya tenía suficiente. Volvió a dejar las hojas con cuidado en el portafolios de Pine. Bajó el cristal de la ventanilla, el aire frío y húmedo en la cara le pareció caliente y seco, hervía de vergüenza y repugnancia. Cuánto material como aquél estaría archivado en La Haya, se preguntó. Cuántos capítulos de relatos insoportables como aquéllos. Tendría que ver todos y cada uno de ellos, por muy atroces que fueran.
    – Ya está -gritó con voz temblorosa.
    Lo que necesitaba era una caminata a paso ligero para serenarse, pero no pensó que la mereciera. Era mejor tomárselo así, reconcomerse y sentirse culpable en el asiento contiguo al de una persona que tenía las manos limpias, mientras circulaban por aquel paisaje donde los ejércitos habían marchado durante generaciones, de una guerra a otra.
    Pine estaba a unos cinco metros delante del coche cuando Vlado llamó. Por un instante Pine se detuvo, mirando en la otra dirección como un autoestopista desamparado. Luego se volvió y regresó lentamente, frotándose las manos para calentárselas mientras se sentaba al volante. Puso en marcha el motor sin decir palabra.
    Pasaron dos kilómetros antes de que se rompiera el silencio.
    – ¿Estás bien? -preguntó Pine en voz baja.
    Vlado asintió con la cabeza.
    – No peor que ayer. -Se encogió de hombros, exasperado-. No esperes que esté bien. Limítate a esperar que haga mi trabajo. Limítate a llevarme a la reunión. Al menos ahora sé con qué clase de persona estoy tratando.
    – Desde luego -dijo Pine sin apartar la vista de la carretera.
    Vlado esperó un momento, y después preguntó:
    – Ese testigo, Bobinac. ¿Está vivo todavía?
    – Vive en Novi Sad, creo. Está dispuesto a testificar en el juicio de Matek.
    Al cabo de unos minutos de silencio, Pine reanudó con cautela su improvisada sesión informativa.
    – El Skorpio está en una calle ancha -dijo-, y no hay forma de salir por la parte trasera sin pasar por la cocina. La puerta de la cocina está cerrada con candado. Es una trampa en caso de incendio, pero perfecta para nosotros porque tiene que salir por delante aunque decida echar a correr. Intenta que lo del Skorpio sea idea suya. Pero si empieza a hablar de otra reunión en la casa, insiste en que tu jefe nunca se reúne con la gente de la zona en su propio terreno, en que la reunión tiene que ser en la ciudad. Eso lo conducirá adonde queremos que vaya.
    – Aparte de que soy el hijo de su viejo amigo, y su nuevo socio en el delito. ¿Cómo va a decir que no?
    – Sí, eso también.
    Vlado no quería soltarlo. Todavía no.
    – Pero dime. ¿Qué habríais hecho si no me hubierais encontrado? ¿O si yo no hubiera existido? ¿Se habría concertado este trato a pesar de todo? Y no me vengas con todo eso del plan B.
    – Probablemente. Sólo que habría resultado más difícil. Podríamos haber esperado hasta que hubiera ido al café por su propia voluntad, y entonces intervenir. Pero a la SFOR no le gusta hacer las cosas así. Hay que involucrar a confidentes a sueldo, y una vez hecho eso todo el asunto tiende a hacer agua como un viejo barco pirata. Así que buscábamos a alguien para simplificar eso, y entonces fue cuando te encontramos.
    – ¿Cómo apareció mi nombre?
    – Por Harkness o Leblanc, al parecer.
    Aquellos nombres lo dejaron helado, sobre todo el de Harkness, al recordar el rostro del hombre en la oscuridad mientras farfullaba acerca de Popovic. Por lo que sabía, Leblanc también había andado husmeando en sus asuntos. Cualquiera de los dos podía ser el hombre que apareció en la puerta de Haris en Berlín. Leblanc era demasiado listo para preguntarle directamente por Popovic, de la manera en que lo había hecho Harkness. Pero nada de eso debía importar para aquella operación.
    – He oído que encontraron tu nombre mientras investigaban a Matek -continuó Pine-. Supongo que a través del expediente de tu padre. Examinamos documentación en busca de familiares vivos de cualquiera de los dos. No podíamos creer la suerte que habíamos tenido. Una semana después me metieron en un tren con destino a Berlín. Contreras quería moverse rápido. Los franceses también. No sabían durante cuánto tiempo podrían mantener el impulso político en los ministerios de Exteriores y Defensa. Fue cosa de Leblanc. A los franceses sigue sin entusiasmarles la idea de agarrar a Andric. Será la primera detención en su sector desde el Acuerdo de Dayton. Pero la razón principal de que hicieras encajar las piezas es que a la SFOR le encantó la idea. No hay nada que les guste más que ordenar una hora, una fecha y un lugar seguro para atraer a un sospechoso. Ni siquiera estoy seguro de que hubiéramos podido hablarles de éste sin una garantía como la que tú ofreces. Si puedes ofrecerla.
    – ¿Y si no puedo? ¿Y si Matek dice que cerramos el trato en su casa o en ningún otro sitio?
    – No puedo imaginar que lo haga, teniendo en cuenta lo que está en juego. Lleva mucho tiempo deseando este contrato.
    – Pero supongamos que lo hace.
    Pine se volvió hacia él por primera vez, mientras los neumáticos repiqueteaban en la carretera.
    – No lo sé. Dímelo tú. En realidad nos dejamos llevar por el instinto.
    – Tal como dijiste, chapucero.
    – Hay veces en que eso es lo mejor que se puede hacer aquí abajo.
    Vlado deseaba que Pine dejara de decir aquí abajo, como si se tratara de un pintoresco rincón del Infierno.
    – ¿Cuánta gente de la SFOR participará?
    – ¿Soldados? Es difícil saberlo. Nunca tenemos ese tipo de información. Yo diría que por lo menos veinte. Dos vehículos blindados para el transporte de tropas y tal vez un todoterreno Humvee con una gran ametralladora instalada en la parte trasera. Cuando se pongan en marcha parecerá que van en busca de Gengis Khan.
    – ¿No será un poco…?
    – ¿Idiota? ¿Ridículo? ¿Ruidoso? ¿Suficiente para infundir pánico a todo aquel que esté en los alrededores y puede que a él también? Desde luego. ¿Has visto alguna vez a policías o soldados que actúen de cualquier otra manera?
    Vlado sonrió arrepentido.
    – Supongo que no.
    Se preguntó cuántas personas más en La Haya sabrían lo de su padre cuando lo conocieron. Harkness y Leblanc, desde luego. Era de suponer que Contreras y Spratt también, mientras sonreían y departían como si no supieran nada. Quizá Janet Ecker también. Todos ellos lo habían mirado a los ojos sin titubear lo más mínimo. Y aquéllos eran los buenos. No era de extrañar que Pine se hubiera molestado tanto cuando Leblanc hizo el comentario socarrón sobre las «sorpresas» que lo esperaban en Sarajevo. Tal vez el francés había intentado avisarlo de alguna manera indirecta, aunque más bien le había parecido un chiste torpe, algo para sacar de quicio a Pine.
    Todos lo habían engañado, y ahora él estaba a punto de engañar a Matek, todo en nombre de la familia. Se preguntó cómo se sentiría cuando llegara el momento de la verdad, y el anciano -el amigo de su padre, para bien o para mal- lo mirase a los ojos, cuando se diese cuenta de lo que estaba sucediendo. Precisamente lo que Vlado necesitaba esa mañana. Otra razón para sentirse podrido. Al menos a partir de mañana podría llamar a Jasmina. ¿Quién sabe lo que pensarían en ese momento ella y Sonja? Más de dos días sin una palabra, excepto de la secretaria del Tribunal. Y tantas cosas que contarle, tantas cosas que resultarían difíciles y embarazosas. Ella no había conocido a su padre, sólo había visto su fotografía.
    – Ahí está la salida a Travnik -dijo Pine-. Las nueve y veinte. Vamos bien.
    La mejor época de Travnik había pasado hacía mucho tiempo, arrasado por incendios catastróficos, y en épocas más recientes por las agotadoras corrientes de refugiados. Un siglo atrás era un centro de los visires otomanos que gobernaban Bosnia para el sultán. Los diplomáticos europeos iban y venían, observados por el joven novelista bosnio Ivo Andric, que registró con escepticismo sus actividades en Crónica de Travnik. Su casa en la ciudad, en otros tiempos un popular museo, era ahora ignorada en gran medida. No importaba su premio Nobel. Era el serbio que había descrito a los turcos y a sus conversos islámicos locales como tiranos sedientos de sangre, que merecían venganza.
    Lo único que ahora quedaba de aquella época eran unas pocas mezquitas antiguas, como la de Suleimán, y el castillo del siglo xv que dominaba la ciudad desde el monte Vlasic, el antiguo baluarte de los reyes de Bosnia.
    Zigzaguearon por las calles estrechas y abarrotadas hasta que encontraron el pequeño hotel. Vlado dejó su bolsa al cuidado de Pine en el vestíbulo y cogió las llaves del coche. Pine le deseó suerte. Ahora estaba solo, podía internarse con el Volvo entre las colinas y no volver si no quería. Pero Matek lo esperaba en su montaña, el único que quedaba que podía acompañarlo hasta el pasado. Por muy difícil e incómoda que prometiera ser la reunión, no había forma de que Vlado pudiera rechazar la invitación.
    Encontró sin dificultad la desviación hacia el monte Vlasic y subió durante varios kilómetros dando volantazos por un camino de tierra donde los bajos del Volvo golpeaban en las roderas más profundas. Más arriba los árboles pelados estaban cubiertos de hielo. En algunas curvas, Vlado miró hacia la ciudad de Travnik y recordó que Pine había mencionado que Matek podía ver gran parte de! camino desde su casa, y que siempre sabía cuándo se acercaba un visitante. Vlado creyó alcanzar a ver un tejado rojo que surgía más arriba, pero el camino era demasiado sinuoso y estrecho para permitirse el lujo de mirar más tiempo. Mientras tanto, alguna cámara de la parte posterior de su cerebro seguía revisando todos los recuerdos recuperables de su padre, buscando indicios perdidos, atando cabos sueltos del pasado para ver si componían algo significativo. Su padre se había hecho pasar por un musulmán que nunca acudió a la mezquita, un musulmán que bebía. Ninguna de aquellas características era insólita allí abajo, como habría dicho Pine, pero Vlado recordaba que su padre también había asistido a misa de vez en cuando con su esposa y su hijo, y aquellos domingos parecían cobrar sentido en ese momento. Además, había puesto a su hijo un buen nombre cristiano, Vladimir. Debía de haber salido a hurtadillas en ocasiones a confesarse, suponía Vlado, si era más o menos católico. El párroco había tenido probablemente la suerte de conspirar con él, de oír sus pequeños pecados, pero es probable que nunca los grandes.
    ¿Y aquel viaje hacía tanto tiempo para visitar al tío Tomislav? Aquella noche en la parte trasera de la casa, con todos aquellos gritos y la bebida. ¿Por qué había comenzado todo aquello? ¿Había combatido el tío en la guerra también?
    Vlado se acordó de un crucifijo de madera colgado en el dormitorio de su tío y su tía, el Jesús sangrante con el rostro angustiado vuelto que siempre parecía estar mirando hacia una grieta del techo. Por supuesto. Toda la familia de su padre había sido católica. El imbécil del hijo podía haberlo ligado como se montan las cuentas de un rosario si se hubiera tomado la molestia de pensarlo. Pero los hechos habían ocurrido cuando era un niño. Tito había pedido que los crucifijos y las medias lunas se considerasen poco más que símbolos pintorescos de su pasado, y Vlado había accedido obediente, sin pararse a pensar en su significado.
    Vlado volvió a ver el tejado rojo, ahora mucho más cerca. Matek probablemente estaba observando su coche, cuyo motor retumbaba como algo que se acercara a él horadando un túnel en la montaña. Los amortiguadores del Volvo chirriaron al pasar por otra sucesión de curvas, y allí estaba, una pequeña caseta con una barrera de hierro oxidada cerrando el paso. Un hombre con un fusil Kalashnikov colgado a la espalda salió de la caseta entre una nube de humo gris. Sin uniforme, sólo unos pantalones tejanos y un jersey oscuro, con el cigarrillo pegado a los labios. Se acercó al coche y revisó los papeles de Vlado, que llevaba una tarjeta de identidad de la Unión Europea además de algunos otros documentos. Si había una cosa que la gente de la Unión Europea tenía en abundancia, era papel. El guardia sacó un teléfono móvil del bolsillo de atrás y marcó un número. Después tiró de una cuerda para levantar la barrera abriendo el paso.
    Mientras hacía a Vlado una seña de que pasara, gritó:
    – Es la casa grande de arriba. Vaya hasta la parte delantera. Azudin lo acompañará hasta el señor Matek.
    Señor Matek. Cuánto tiempo habrían tardado en enseñar a éste a decir «señor», se preguntó Vlado. Si no trabajase allí, es probable que estuviera arrancando nabos y coles, o bebiendo en el altillo de un granero, quedándose dormido y prendiendo fuego al heno con sus cigarrillos. En cambio esgrimía un arma automática, con poder para matar por orden del hombre al que Vlado se disponía a visitar.
    Nunca estaba de más recordarse con quién se estaba tratando exactamente.

11

    Matek observaba la llegada de Vlado desde su ventana, sin haber decidido cómo iba a saludar al chico. Había estado irritable toda la mañana, gritando a Azudin porque el café no estaba lo bastante caliente, refunfuñando por el pan, aunque era el mismo pan de todas las mañanas.
    Cuando vio el rostro del joven que salía del coche supo que no había dudas en cuanto a los lazos de sangre. Sabía que a veces se veía al padre en el hijo porque se lo buscaba. Pero en aquella ocasión la semejanza era evidente, no tanto en los rasgos como en el porte, resuelto, con la cabeza alta. No era de esas personas que pedían disculpas por creer en lo que creían. Igual que su padre. ¿Pero en qué creía éste? Era la pregunta estrella de la mañana, y tenía intención de encontrar la respuesta.
    Después se rió a pesar de sí mismo de la idea de que en realidad pudieran hacer negocios juntos, y seguía sonriendo cuando Azudin acompañó al chico -tenía que dejar de pensar en él como en un chico, aquel hombre tenía ya treinta años bien cumplidos- hasta la habitación. La sonrisa se amplió cuando vio la incómoda mirada en el rostro de Vlado. Vaya por Dios, al chico le daba vergüenza. Así que Matek cruzó a buen paso la estancia y, sin decir palabra, dio a Vlado un gran abrazo de oso como si fuera un abuelo ruso, sintiendo el vigor y los huesos del aquel joven debajo de sus mangas de lana. Y a pesar de sí mismo notó que las lágrimas brotaban de sus ojos. Atrajo a Vlado hacia sí y le habló al oído, recordándose en silencio que no debía emplear ninguna de las palabras equivocadas del pasado.
    – Ah, Vlado, tu padre y yo. Tu padre y yo. Cuántas cosas pasamos juntos. Pero de eso hace ya mucho tiempo.
    Luego la ola de nostalgia alcanzó la cresta y se rompió, y Matek se retiró, retrocediendo para mirar a Vlado a la cara, inspeccionando la fría reserva en aquellos ojos que tan bien conocía.
    Vlado había intentado débilmente corresponder al calor, aunque fue difícil mientras los grandes brazos lo agarraban con tal fuerza. Ahora por lo menos podía ofrecer una sonrisa, no grandilocuente pero sí suficiente para cumplir con su deber familiar. Luego el hombre grande se retiró y, con paso bamboleante, fue a sentarse tras el baluarte de su escritorio.
    Había abierto una botella de vino tinto y tenía preparadas dos copas, limpias hasta relucir. Nada de copas manchadas hoy.
    – Ya sé que es temprano, pero hazme el favor. -Sirvió una copa a Vlado-. Tenemos que beber por tu padre.
    Un chianti, advirtió Vlado, decidiendo que le iría mejor tratar de actuar como detective observador que como una especie de sobrino extraoficial. Buscar los detalles. Concentrarse en el negocio que tenía entre manos. Pero la presencia de su padre era inevitable, como si se asomara desde un rincón, asintiendo severamente, recordando a Vlado que fuera respetuoso y cortés.
    La decoración no era la que esperaba. Parecía lo normal para el alcalde de una pequeña ciudad o de un jefecillo. Tampoco casaba con el vino.
    Matek debió de darse cuenta de las miradas de aprobación.
    – Para los europeos y los americanos suele ser sólo rakija, porque eso es lo que esperan de mí. Para ti, algo que me gusta de verdad. -Matek levantó su copa-. Por tu padre.
    Vlado levantó la suya y bebió.
    – Y también por su hijo -dijo Matek.
    Vlado sabía que era su turno, pero le costó.
    – Y por su amigo -dijo finalmente, complaciendo a Matek.
    Ninguno de los dos habló durante un momento. Vlado decidió dejar que Matek tomase la iniciativa; su mente seguía saltando a demasiados lugares a la vez.
    – Sí, eres el hijo de tu padre -dijo Matek finalmente-. Es la única persona que he conocido que podía quedarse ahí sentada sin decir palabra, decidida a hacerme hablar primero, incluso con negocios importantes pendientes.
    Vlado se sonrojó.
    – Lo siento, pero hay una cosa que debo preguntarte enseguida -dijo Matek-. ¿Cómo te enteraste de que existía? ¿Por tu padre?
    Vlado tenía instrucciones estrictas sobre aquel punto. Debía responder que no tenía libertad para decirlo. Era algo que le había inquietado durante toda la mañana, porque parecía evidente que Matek se olería que había gato encerrado. ¿Por qué no iba a poder el hijo de Enver Petric contestar a una pregunta tan sencilla, máxime cuando tenía poderes para ofrecer un contrato a un hombre a quien la Unión Europea había considerado poco idóneo sólo un mes antes? También prefería no comenzar su conversación con una mentira, sintió que podía estropearlo todo. Y aquella primera pregunta, al menos, podía contestarla con bastante sinceridad sin tener que revelar nada. Así que incumplió el plan.
    – Mi padre nunca dijo una palabra -respondió Vlado, mirando a Matek a los ojos, sintiéndose como si estuviera conectado a un polígrafo-. No supe de su existencia hasta años después de que él muriera.
    Matek también se había jurado tener cuidado con sus palabras. Pero él también parecía atrapado en el instante, quizás al ver su propia juventud reflejada en lo que quedaba de la de Vlado.
    – Entonces debió de ser tu tío Tomislav. Es el único que me conocía de aquellos tiempos.
    Matek pareció volver entonces a la posición de firmes, y Vlado sintió que había bajado la guardia momentáneamente, al dejar caer aquel nombre.
    – Sí -respondió Vlado, dejándose llevar por el instinto-. Fue el tío Tomislav. Habló de usted en una carta, no mucho antes de morir. Después, cuando me hice cargo de este trabajo hace un mes, no tardé en ver su nombre en una lista. No podía estar seguro de que fuera el mismo Pero Matek. Pero cuando averigüé la edad que tenía… Bueno, todo pareció encajar.
    – Debió de contarte muchas historias en esa carta, tu tío.
    El tono de Matek cambió, se hizo profesional; Vlado se puso en guardia.
    – Nada de historias. Sólo decía que usted y mi padre eran viejos amigos, y eso era todo. Le escribí, pidiéndole más información, porque mi padre nunca había hablado del pasado, de los años de la guerra. No era uno de esos hombres que van por ahí diciendo que se lanzaron en paracaídas en todos los valles y cuevas de Yugoslavia, luchando con los partisanos. Pero cuando llegó mi carta, Tomislav había muerto. Mi tía me contestó. Y no se acordaba de gran cosa.
    – Pero si Tomislav se estaba muriendo, seguro que debió de decirte algo más que mi nombre.
    Matek sirvió más vino, y a Vlado se le ocurrió de pronto que era como un viejo verde que intentaba emborrachar a su joven cita. En el exterior, un tractor se puso en marcha penosamente, con el resoplido del motor diésel golpeando como un martillo neumático.
    – No -dijo Vlado-. Nada.
    Matek asintió con la cabeza, pues no quería dejar traslucir ninguna sensación de alivio. Vlado decidió que aquél era un buen momento para pasar a los negocios, pero no pudo resistirse al pie que Matek acababa de ofrecerle.
    – Lo cierto es que esperaba que usted pudiera rellenar todos esos espacios en blanco que mi padre dejó al morir. Que me dijera cómo era entonces. Ya sabe usted lo callado que era. Apenas me contó nada.
    Vlado sabía que acababa de desviarse peligrosamente del guión. Pine había sido categórico en cuanto a ese punto. Si Matek quería hablar del pasado, muy bien. Tú no lo saques a colación. Pero a la mierda con ellos. Ellos habían abierto la caja, y estaría bueno que él la cerrara antes de hurgar en su contenido.
    – Oh -dijo Matek, cogiendo la botella para servir vino de nuevo y dejándola después al ver que las dos copas estaban todavía llenas-. Bueno, hicimos lo que suele hacerse en un pueblo pequeño. Hacíamos deporte juntos, íbamos a la escuela. Luego vino la guerra, que lo cambió todo. Hubo pocos combates para nosotros, desde luego. Ni siquiera lo llamaría así. Sólo marchas, en su mayor parte. Traslado de personas o de suministros de un lugar a otro. Y siempre bajo la lluvia, daba la impresión. Siempre bajo la lluvia y el frío. Marchar y esperar y cavar. Muy poca acción. Sólo trabajo físico. Esas cosas que nunca se cuentan en los libros de historia. Salimos del país después de la guerra, ya sabes. Durante unos pocos años. Seguro que tu padre te lo contó.
    – No. No me contó nada.
    – ¿Nunca te dijo que cruzamos la frontera?
    – Mi padre nunca decía nada de aquellos años, por mucho que mi madre y yo le preguntásemos. Así que dejamos de preguntarle. -Vlado se permitió tomar un buen sorbo, largo, de su copa. Todo iba mucho mejor de lo que esperaba-. ¿Y adónde fueron?
    – Primero a Austria. A pie, junto con miles de personas. -Vlado recordó la historia de los camiones. Un convoy en dirección norte partiendo de Zagreb-. En las carreteras que llevaban a Austria había atascos de kilómetros, todo el mundo intentaba salir antes de que llegaran los rusos desde el este. No habíamos estado con los hombres de Tito, ya sabes. Sólo alguna milicia local. Y al terminar todos luchaba contra todos. Había una confusión masiva, y sabíamos que habría castigos, sin importar por quién hubieras luchado. Así que lo mejor era marcharse, y finalmente cruzamos la frontera. Trabajamos en una granja durante unos meses, en Austria. Finalmente llegaron unos soldados británicos y nos pidieron los papeles. Nos mandaron a un campo para desplazados en Italia, en Fermo. Un lugar horrible, pero tu padre y yo seguíamos juntos. Había miles de personas allí. La comida era horrible. Piojos. Enfermedades. Terrible. Luego nos mandaron por fin a casa. A través de la Cruz Roja. No era buen momento para admitir que habías estado en el ejército «equivocado», aunque sólo hubieras sido un soldado raso que cavaba zanjas. Así que volvimos igual que nos habíamos ido, a pie. Cruzamos la frontera de noche por las colinas, y nos establecimos en lugares que estaban lejos de donde nos habíamos criado.
    Después de aquella sarta de mentiras, Vlado no pudo resistirse a hacer una última prueba.
    – ¿Y eso cuándo fue? -preguntó.
    – En mil novecientos cuarenta y seis.
    Nada menos que quince años antes de la verdad que Vlado conocía. ¿Pero qué sentido tendría aquella mentira, a no ser el de borrar los años de Roma?
    – Yo me vine aquí. Tu padre se fue a un pueblo cerca de Sarajevo, los dos nada más que con lo puesto. Pensamos que era mejor no estar juntos, ni siquiera estar en contacto, habida cuenta de la situación política. Así que nos distanciamos con el paso de los años. Creo que sólo supe de él una vez, tal vez dos, aunque no sabía que tuviera esposa e hijo. Como puedes ver, yo no tengo familia. Nunca tuve un hijo, aunque quise tenerlo. Tuve envidia de él cuando me enteré.
    Estaba claro que Matek había terminado con el tema del pasado. Pero Vlado no pudo resistirse a hacer una última pregunta.
    – Mi padre, ¿cómo era? Cuando era joven.
    – Un idealista. Siempre demasiado, pensaba yo. Hasta podía haberse dicho que era un fanático.
    A Vlado se le cayó el alma a los pies. Había visto la obra del fanatismo en la última guerra.
    – Siempre era más patriota que yo. Yo sólo buscaba aventuras, y en segundo lugar, oportunidades. Porque aprendí una cosa sobre la guerra. Y estoy convencido de que para ti no es ningún secreto, teniendo en cuenta el negocio en el que estás ahora. La guerra es algo terrible, pero trae consigo oportunidades, y una de dos, o las aprovechas o te barren junto con todos aquellos que han renunciado a todo control de sus vidas. A tu padre nunca le gustó mi forma de pensar.
    Poco después comenzaron a hablar de negocios, la parte supuestamente crucial de su conversación. Resultó ser la parte más fácil. Matek confesó que llevaba algún tiempo deseando conseguir una parte del negocio de remoción de minas, y accedió a reunirse en Travnik a la mañana siguiente con su «jefe», aparentemente el que tendría que aprobar la elección de Vlado. Matek incluso propuso el nombre del Skorpio.
    Vlado sacó un fajo de papeles para que Matek los leyera detenidamente y los firmara. Era un acuerdo de principio, que Matek debía leer y llevar consigo a su reunión de la mañana siguiente. Era de la oficina de la Unión Europea, auténtico. No tenía sentido poner en peligro la operación con falsificaciones.
    Se despidieron en la puerta, la partida más contenida que la presentación, y Vlado insistió en que al día siguiente él invitaría a la comida y a la bebida. Luego emprendió el camino de regreso a Travnik, chirriando al bajar la colina mientras Matek observaba el descenso del automóvil blanco por las curvas y contracurvas, avanzando entre el polvo.

    Matek trabajaba ya en su conversación como si fuera una ternilla, dándole vueltas en la boca, preguntándose qué era lo que no le había dejado buen sabor. Estaba sin duda la procedencia de Vlado. Era el hijo de Enver, de acuerdo. Tal vez fuera ése el problema. Serio hasta decir basta, igual que su padre. Deseoso de hacer las cosas por las razones correctas, no por cómo servirían a sus intereses. Pero ¿cuáles serían las razones correctas para un hombre joven como Vlado?
    Matek decidió que necesitaba dar un paseo para pensarlo. Se puso por encima un abrigo y salió de la casa, pasando por delante del observador Azudin sin decir palabra. Pasó por donde estaban las cabras y siguió en dirección a una alta loma rocosa entre los árboles, desde donde las vistas del valle eran las mejores. Escuchó los pocos pájaros que se habían quedado a pasar el invierno, ruidos apenas perceptibles entre la maleza gris helada.
    Lo que de verdad no podía tragarse era aquello del tío Tomislav. ¿Cuándo coño habría revelado el padre de Vlado a Tomislav su nuevo apellido, Matek? ¿Y por qué habría corrido el riesgo? Era posible, supuso. Pero Enver era un hombre cuidadoso, conocía como cualquiera las consecuencias de filtrar datos delicados. El chico tenía que haberlo sabido por alguien, sin embargo, y si no era Tomislav, ¿quién entonces?
    Matek interrumpió su paseo y regresó a su despacho. Marcó el número del Skorpio.
    – ¿Sí?
    – Soy Matek. ¿Está Osman por ahí?
    – ¿Acaso no está siempre?
    – ¿Está sobrio todavía?
    – Como siempre a esta hora del día. No estará completamente inservible hasta dentro de unas horas.
    – Ponme con él.
    Hubo una pausa, luego el sonido de una silla raspando el suelo, un repicar de vasos, seguido de otra voz.
    – Osman.
    – Soy Matek. Escucha con atención porque tengo un trabajo para ti. Hay un hombre alojado en el Hotel Orijent al que me gustaría que controlases. Con discreción, por favor. Se llama Vlado Petric, y me gustaría saber qué está haciendo. Si viaja en compañía de alguien. En ese caso, cómo están registrados, quién paga las facturas. A qué se dedican. Síguelo y pregunta por ahí. Entérate de todo lo que puedas. Pero no tienes que acercarte a él, ni hablar con él. ¿Lo has entendido?
    – Claro.
    – Y no hables de esto con nadie si quieres seguir bebiendo en esta ciudad.
    – Entendido.
    Osman era un borracho, pero no era un imbécil, y hasta entonces siempre había tenido la boca cerrada.
    – Quiero saber de ti antes de que termine el día. A las seis como muy tarde, y antes de que vuelvas a beber algo. Si lo haces bien, tendrás pagada la cuenta del bar para una semana.
    – Sí, señor.
    Matek no necesitó añadir que sus instrucciones eran una orden. Las órdenes eran su única manera de tratar con la gente, pues era bien conocido que a menudo a la desobediencia le seguían de cerca accidentes terribles.
    Osman no perdió tiempo. El personal del Hotel Orijent era siempre un blanco fácil, y unas cuantas llamadas telefónicas hicieron el resto. A las cinco de la tarde estaba sediento y de nuevo al teléfono.
    Matek acababa de volver de otro paseo cuando recibió la llamada. No había trabajado mucho, había estado demasiado inquieto. En esa ocasión fue directamente por el camino de las cabras hasta la cima, motivado por los acontecimientos del día a echar un vistazo a un lugar que no visitaba desde hacía años.
    Azudin apareció en la puerta principal, sin aliento.
    – El teléfono, señor.
    Seguía sonando.
    – ¡Pues contesta, imbécil!
    – Pensaba que como ya había vuelto… Sí, señor.
    Desapareció en el vestíbulo mientras Matek se sacudía el barro de las botas, recordando su primer paseo hasta la colina tiempo atrás, una noche de verano con luciérnagas y el ladrido lejano de los perros de las granjas. Era 1961. La casa sólo tenía una planta entonces, y había hecho el recorrido de casi dos kilómetros en plena noche, descalzo en medio del rocío y un poco borracho, la serenata de los grillos al raspar la hierba alta con sus pantalones. Entonces el paseo le había resultado fácil, incluso para alguien lo bastante idiota para atravesar una colina pedregosa sin zapatos. Había bebido mucho solo en aquellos tiempos, había pasado demasiado tiempo revisando sus papeles y sus pasaportes, preguntándose dónde esconderlo todo, sabiendo que eran una especie de dinamita pero también una especie de seguro, incluso un plan de jubilación. Había resuelto el asunto subiendo a la colina con una pala en una mano y una caja en la otra, y dentro de la caja había una bolsa de cuero engrasado. Ahora el cuero estaba probablemente mohoso y tieso; puede que lo supiera con certeza muy pronto, dependiendo de lo que Osman tuviera que decirle.
    Llegó a su despacho, gritando por el vestíbulo a Azudin:
    – Cogeré la llamada aquí dentro. Vete a casa temprano. Me ocuparé de los cabos que queden sueltos.
    Levantó el auricular, escuchó con atención durante unos instantes, habló poco. La noticia era inesperada, pero trató de no revelar su conmoción a Osman. No tenía sentido que el borracho del pueblo supiera que estaba afectado, o no tardaría en saberlo todo el mundo. Así que mantuvo la voz firme, pero al colgar, Matek se dio cuenta de que le temblaban las manos. En parte era por la cólera, en parte también por el miedo, miedo a lo desconocido. Porque por primera vez en más años de los que Matek podía recordar, su futuro era incierto, y esta vez no funcionaría ninguno de los remedios habituales. Se imponían medidas extraordinarias. ¿Pero cuáles? En este punto zozobró, de nuevo inseguro, hasta que cayó en la cuenta de que la respuesta podía estar tan cerca como otro paseo hasta la colina, de vuelta a aquel lugar donde había enterrado un jirón íntimo de su vida. Si el camino hacia el futuro se bloqueaba, caviló, ¿quién iba a decir que no se podía huir hacia el pasado? Después de librarse de unos pocos impedimentos, desde luego. Pero esa parte sería la más fácil. Esa clase de asunto siempre lo había sido.

12

    En otra ladera, a unos trescientos kilómetros hacia el este, otro ex soldado respondía a una llamada telefónica. Era general, serbio, y estaba en un búnker. Él también acababa de salir a dar un paseo, y se disponía a dar otro. Reconoció en el acto a su interlocutor, que hablaba bosnio acentuado con un tono de conspiración habitual. Aquella vez, al menos, el tono estaba justificado.
    Andric contestó en voz baja. Siempre tenía una ventana abierta, y nunca se sabía si había algún centinela cerca. Un hombre aburrido puede ser un peligroso escucha.
    – Comienza mañana -dijo el interlocutor.
    – Y esta vez va en serio.
    – Sí. Y será temprano.
    – ¿A qué hora?
    – A las seis. Tal vez a las seis treinta. Más o menos una hora antes de la salida del sol. ¿Sigues teniendo tus planos?
    – Desde luego. ¿Y tú estás seguro del camino?
    – Sí. Pero evita el pueblo. Nada de polvos de despedida con la camarera. Ni siquiera esta noche. Y no te muevas demasiado pronto. Tienen que estar prácticamente en tu puerta. Es arriesgado, lo sé, pero tranquilo.
    – No soy de ésos.
    El interlocutor se rió ligeramente.
    – Esperemos que sea así.
    – ¿Estás seguro de la hora?
    – Más que seguro. Si hay algún cambio se te notificará. Pero no olvides nuestras condiciones. Ni nuestro calendario.
    – Tal como se habló. Pero podría haber retrasos. No es un trabajo al que esté acostumbrado.
    – Entendido. Pero he dejado un margen amplio. Y recuerda el nombre del lugar, desde luego.
    – Desde luego.
    Los dos sabían que no debían pronunciar nombres, al menos mientras existiera la posibilidad de que otros interceptasen o escuchasen su conversación.
    – Bien. Mientras sepa dónde encontrarte, ninguno de los dos debe tener problemas. Buena suerte.
    – Sí. Para los dos.
    Colgaron sin decir una palabra más. Andric miró por la ventana. El centinela estaba a seis metros, sentado en un tonel, exhalando aros de humo y leyendo una revista pornográfica. El pobre e imbécil desgraciado tenía que haberse quedado en el ejército, pero Andric pagó a tiempo, y con divisas fuertes. Tampoco es que obtuviera gran cosa a cambio de su dinero. Qué derroche de tiempo y de dinero había sido todo aquello, tres años de sueldos para aquellos muchachos ignorantes que sólo hablaban de deportes, mujeres y alcohol. No quedaba ninguna otra cosa de la que hablar en aquella tierra arruinada que sólo producía cigarrillos, pan y cualquier cosa que se pudiera criar con las manos.
    Miró en su armario por la que debía de ser la vigésima vez aquella semana. Todo estaba en orden. La pequeña mochila con una muda. Una brújula. Una cantimplora llena. Cuchillo. Linterna. Pistola con funda, cargada, además de una caja de balas adicionales. No creía que fuera a necesitarla mañana, pero mataría si no tenía más remedio. Entonces, o en cualquier otro momento en los días siguientes. Había dos mapas, uno de su país y uno de otro país. Por último, el objeto más valioso de todos, la pequeña bolsa con el pasaporte y los visados, además del paquete de información privilegiada cuya obtención había estado a punto de costarle el puesto, y dentro de ella una llave pequeña, como la que hace mucho tiempo habría servido para abrir una puerta. Tal vez demostrase por fin su valor.
    La bolsa tenía barro todavía, algunos restos en los bordes. La había desenterrado hacía una semana, al tener la primera noticia de posibles problemas, caminando con dificultad entre los ciruelos y saltando por encima de la valla de rieles, bajando por el sendero y pasando el tocón, cerca del campo donde, hacía años, el viejo Jelisic cultivaba sus calabazas. A medio metro de profundidad, pero tal como la había dejado. Ahora vería hasta dónde podía llevarlo, hasta qué punto había sido buena la palabra de aquel hombre, hacía tantos años.
    Había un montón de prendas viejas en el piso del armario. También formaban parte del plan. Debajo de ellas había una manilla que abría una pequeña trampilla. La puerta se abría a un pozo, con travesaños en forma de escalera en una pared, que descendía cinco metros hasta un túnel, un antiguo camino de los más oscuros tiempos de la paranoia de Tito, cuando se aprestaba a repeler una invasión del Ejército Rojo que nunca llegó.
    Gracias a Dios por aquella paranoia, pensó Andric, y sintió deseos de celebrarlo con un trago, llegándose hasta el pueblo para un último brindis por su buena fortuna. Pero no era lo suyo correr riesgos innecesarios. Nunca se sabía cuándo algún joven oficial francés podía decidir adelantarse a los acontecimientos.
    Repasó el recorrido mentalmente. Cien metros bajo el suelo del bosque hasta la parte trasera de la ladera, a continuación salir a la superficie por otra trampilla perdida y olvidada que se abría a una maraña de hierbajos. Después bajar por la colina entre los árboles hasta una granja, donde un camión estaba estacionado entre la maleza, con aspecto de estar abandonado y de no tener valor alguno, pero él sabía que no era así. Había vuelto a revisar el motor y el encendido tres días antes. Baterías y cables nuevos. Combustible en el depósito y dos bidones llenos en la parte posterior. Un juego nuevo de placas de matrícula en la guantera, además de un par de placas croatas para más adelante. Tendría que moverse deprisa, en silencio y sin miedo. Pero no le cabía la menor duda de que podía conseguirlo. No presumía ante su interlocutor cuando había surgido el tema del pánico.
    Él no era de ésos, sencillamente.

13

    El teléfono sonaba, amortiguado, aparentemente a kilómetros de distancia. Pero cuando Vlado abrió los ojos se dio cuenta de que el sonido llegaba a través de la pared de la habitación de Pine. Eran las siete de la mañana, así que decidió que tampoco le vendría mal ponerse en marcha. Hoy cerrarían el trato con Matek, y sólo con pensarlo se ponía nervioso.
    Pine llamó a la puerta antes de que hubiera tenido tiempo de vestirse siquiera, y la noticia no era buena.
    – Acaba de llamar Spratt. -Pine parecía nervioso, venía con el cabello apuntando en todas direcciones y la camisa sin abotonar-. La operación ha sido un desastre. Andric se ha escapado.
    – ¿De cien soldados? ¿Qué ha pasado?
    – Quién sabe. Sus centinelas, los que han quedado vivos, porque los malditos franceses han matado a tres, han dicho que estaba dormido en el búnker. De eso estaban seguros. Pero cuando miraron no había ni un alma dentro.
    A Vlado se le cayó el alma a los pies. Todos los planes, el engaño y las revelaciones sobre su pasado formaban parte supuestamente del motivo más amplio y superior de llevar a Andric ante la justicia. Lo único que quedaba era la tarea de detener al anciano, si es que aquello seguía formando parte de los planes del Tribunal.
    – ¿Y eso en qué lugar nos deja a nosotros? -preguntó.
    – Spratt ha dicho que sigamos adelante. Por el momento, Matek es lo único que tienen a la vista, y podríamos utilizarlo para guardar las apariencias. Al parecer, ése es también el deseo de nuestros patrocinadores.
    – ¿Patrocinadores?
    – Harkness y Leblanc. Es probable que todo tenga que ver con cuestiones presupuestarias. En otras palabras, el Tribunal necesita un triunfo, y nosotros lo somos. Así que nos lo vamos a quitar de encima. Vamos a coger a ese viejo cabrón, que Harkness y Leblanc reciban la información que prometimos y luego lo entregaremos a los croatas y nos largaremos de aquí.
    Vlado estaba demasiado aturdido para hablar.
    – ¡Por Dios! -exclamó Pine, furioso-. Cuando por fin conseguimos que los franceses hagan algo, pasa esto. Ahora no volverán a mover un dedo. Nunca. Y la prensa nos va a matar. Con SFOR o sin SFOR, la culpa se la llevará el Tribunal.
    Se sentó en la cama. Por primera vez pareció darse cuenta de que estaba descalzo y necesitaba afeitarse.
    – Será mejor que me vista -dijo, recobrando la calma-. Y no me vendría mal un poco de café. Tenemos que repasarlo todo otra vez antes de salir. Asegurarnos de que no la cagamos.

    Llegaron al Skorpio diez minutos antes de lo previsto, sólo para mayor seguridad, lo cual significaba que estarían sentados a su mesa cuarenta minutos antes de la hora fijada para la llegada de Matek. El local estaba prácticamente vacío. Sólo el camarero y un único cliente que tomaba café hacia el fondo. Un Humvee y un vehículo acorazado estaban estacionados a unos treinta metros a la vuelta de la esquina, en dirección contraria a la que se esperaba a Matek. Los vehículos constituían una presencia bastante habitual en el valle desde el Acuerdo de Dayton, así que no era probable que nadie se alarmase.
    Cuando Matek llegara, Pine debía asegurarse de que no iba acompañado de guardaespaldas. Ni Pine ni Vlado llevaban armas ni radio, por si a Matek le daba por cachearlos. En cuanto todo pareciera estar en orden, Pine se excusaría y se iría a los servicios de caballeros, desde donde llamaría a la unidad de la SFOR desde un teléfono móvil y recuperaría una pistola del calibre 45 que estaría en un dispensador de toallas.
    Vlado pensó que todo aquel tinglado estaba lleno de deficiencias. ¿Qué sucedería si llegaban antes los guardaespaldas? ¿Y si Matek llevaba un arma? ¿Habría alguien más armado en el bar? Contaban con el valor disuasorio de unos pocos M-16 para que el asunto no se les fuera de las manos.
    La puerta del bar se abrió y Vlado levantó la vista. Pero sólo era un borracho que bizqueó al entrar en la penumbra, tratando de orientarse. Miró hacia su mesa y pareció sonreír. Le pareció ligeramente conocido del día anterior en el hotel, pero a Vlado le resultó difícil imaginar que aquel hombre fuera un huésped. Probablemente un empleado. El hombre se acercó despacio a la barra, donde dio un golpe con su mano derecha. El camarero sacó una botella y un vaso sin decir palabra, y el hombre comenzó a beber.
    – Un personaje local -susurró Pine-. No debería ser un problema.
    Vlado miró su reloj. Matek llevaba cinco minutos de retraso.
    El retraso se prolongó hasta diez minutos. Y después hasta quince.
    – No va a venir -dijo Pine.
    – Puede que siga el horario bosnio -dijo Vlado, deseoso de creérselo-. O sólo nos está haciendo esperar. Relájate.
    – No. No va a venir. Toda la operación ha sido una cagada desde el principio, y éste es el final perfecto. Es un no presentado.
    Pasaron diez minutos más, y Vlado supo que Pine tenía razón. Vio que éste lo miraba, y no le gustó la expresión.
    – ¿Qué le dijiste? -preguntó Pine, no en tono acusador ni con acritud, pero tampoco de forma amistosa.
    – Nada -dijo Vlado, con cierta vehemencia-. ¿Piensas que lo avisé? ¿Que le dije que todo era una gran trampa? ¿Como favor a un viejo amigo de la familia?
    – Por supuesto que no. ¿Pero qué le preguntaste sobre tu padre? ¿De qué hablasteis? Algo debió de ponerle sobre aviso. Algo que dijiste o que hiciste. Tu lenguaje corporal. Tu turbación. Joder, ¿qué le dijiste?
    Vlado podría haber estado más furioso si no se hubiera estado preguntando lo mismo. Matek pareció estar encantado de verlo, entonces ¿qué coño había fallado?
    – No lo sé -dijo Vlado por fin-. No lo sé.
    – La hemos jodido. Y fuera hay veinte soldados a los que nos toca darles la noticia. Su oficial al mando lo filtrará a través de la cadena de mando, y en un par de días seremos noticia de primera plana con Andric -negó con la cabeza-. Un buen comienzo para Contreras y la «nueva agresividad». Terminará siendo tan sumiso como cualquiera de ellos ahora, y Dios sabe qué será de nuestro presupuesto.
    Decidieron esperar hasta que el retraso de Matek fuera de una hora, pero los dos sabían que era un gesto inútil. A las nueve, Pine fue a los servicios de caballeros para recuperar la 45. Dejaron dinero sobre la mesa y se levantaron para marcharse.
    – Vamos -dijo cansinamente-. Averigüemos quién es el oficial al mando. Quién sabe, a lo mejor nos ponen una escolta armada para subir a la montaña donde está el complejo residencial de Matek. Cosas más raras se han visto.
    Los soldados holgazaneaban alrededor del Humvee, y algunos daban patadas en el suelo para combatir el frío. Pine se dirigió a un teniente norteamericano alto que llevaba el nombre de Hundley en el uniforme.
    – Hay un cambio de planes -comenzó a decir Pine en tono optimista, y explicó que quería una escolta para subir a la montaña.
    El oficial pensó lo que le decía.
    – Lo que me está diciendo es que la operación ha sido un fracaso. Lo cual significa que nosotros nos retiramos. Nuestras órdenes eran sólo para la ciudad. Nadie dijo nada de subir por una carretera de montaña que no hemos reconocido. Podía seguir estando minada por lo que yo sé.
    – Este hombre subió allí ayer mismo -dijo Pine, señalando con la cabeza hacia Vlado-. Él solo. Así que no está minada. Sólo hay un guardia en la puerta. Tal vez dos más en el interior, más un sospechoso de setenta y cinco años. Ahí tiene su reconocimiento.
    – Lo siento, señor -dijo el teniente, sin cambiar de entonación-. No vamos a ir. Pero puede usted hablar con mi coronel -ofreció a Pine un auricular de radio.
    – Me diría más de lo mismo, ¿no es así?
    – No puedo hablar por mi coronel, señor. Pero supongo que así sería. A menos que ofrezca dejarle hablar con su oficial al mando.
    – Podría pasarme todo el día ascendiendo por la cadena de mando. ¿Cree que cuando se ponga el sol podría haber llegado al Despacho Oval?
    Aquello arrancó por fin una sonrisa de Hundley, pero nada más.
    – Sí. Ya sé -dijo Pine-. Sólo cumplen órdenes. Que tenga un buen día, teniente.
    – Que así sea, señor -dijo el oficial de forma inexpresiva-. Nos retiramos, muchachos.
    Y con un estruendo de motores y un remolino invernal de polvo, los soldados desaparecieron, dejando varados a Pine y Vlado en el bordillo como anfitriones de una cena frustrada.
    Después de cuatro tazas de café del Skorpio, Vlado estaba irritado y con los nervios a flor de piel. Casi estaba por montar en el Volvo blanco y subir a la colina para averiguar por sí mismo qué había ocurrido. Puede que Matek los estuviera poniendo a prueba, haciéndose el interesante. Pero lo dudaba.
    – Lo que necesitamos es apoyo -dijo Pine-, al menos lo suficiente para ir a echar un vistazo. ¿No dijo Benny que estaría en Vitez?
    – Durante el resto de la semana.
    – Entonces vale la pena intentarlo. Está a sólo treinta kilómetros. Y si alguien disfruta metiéndose con quien ha huido de la SFOR, ése es Benny.
    Pine marcó un número y esperó.
    – ¿Benny? Calvin Pine. Acaba de pasarnos una gran cagada, y si andas cerca de Travnik desde luego que nos vendría bien un poco de ayuda. ¿Sí? Perfecto.
    Pine le puso al corriente de los hechos de la mañana, y Vlado pudo oír prácticamente cada palabra de la obligada diatriba de Benny sobre la impotencia de la SFOR. Tenía que terminar una entrevista y después se reuniría con ellos en el hotel al cabo de una hora.
    – Es el único que tiene huevos para algo así -dijo Pine.
    La otra ventaja de Benny era que solía llevar pistola. Aquello iba en contra de la política del Tribunal -la 45 prestada de Pine había sido aprobada sólo para la detención y ya había sido devuelta a la SFOR-, pero todos los que estaban por debajo de Spratt en La Haya sabían que el intérprete local de Benny guardaba una pistola Beretta para él, escondida en su sótano.
    – ¿Crees que es suficiente con un arma? -preguntó Vlado.
    Para él la operación estaba degenerando de chapucera a descabellada.
    – No vamos a tomar por asalto la casa. Sólo quiero un pico en la puerta principal.
    – Nos verá mientras nos acercamos.
    – Por eso quiero que esté allí Benny. Tiene mentalidad de policía callejero de Brooklyn.
    – Del Bronx.
    – Lo que sea. Podemos enterarnos de qué terreno pisamos, ver si Matek recibe visitas. Puede que hasta tengamos suerte y nos tropecemos con él mientras baja por la colina.
    – Si es que sigue por allí.
    – Sí. -Pine frunció el ceño-. También existe esa posibilidad.

    Benny llegó tan impaciente y exaltado como cuando estaba en su escritorio, lo que hizo recelar a Vlado. Nervioso todavía por la cafeína, se imaginó que subían disparados por la montaña para encontrarse con una falange de guardaespaldas con órdenes de disparar contra cualquier vehículo de la Unión Europea. Una pistola no sería gran cosa contra unos cuantos Kalashnikov.
    – ¿La has usado alguna vez? -preguntó Vlado.
    – Sólo una. La esgrimí en un asqueroso control hace unos años. Croatas borrachos que querían un «peaje» y tal vez mi coche. Se quedaron como una malva al instante, en cuanto vieron el cañón. Intentaron actuar como si todo hubiera sido una gran broma. Pero de eso hace años, inmediatamente después de Dayton. Lo cierto es que ahora no se necesita ir armado a menos que se vaya detrás de alguien como Andric. Que se escapó esta mañana, por cierto. Lo dicen a todas horas por la radio. Pero supongo que vosotros ya lo sabíais, ¿eh?
    Pine asintió con la cabeza.
    – ¿Así que en realidad era un dos por uno, entonces?
    – Pero ahora es un cero por dos. A no ser que tengamos suerte.
    – Franceses de mierda. -Benny negó con la cabeza-. Me pregunto quién se habrá ido de la lengua en este caso. ¿Leblanc, tal vez? Nunca pensé que este trato saldría bien desde el momento en que supe de su existencia.
    – No tenías por qué saber nada en absoluto.
    – Los nombres circulaban el día antes de que apareciera Vlado.
    – Estupendo.
    – ¿Qué esperas cuando dejas que sean Harkness y Leblanc quienes lleven las riendas? El que con perros se acuesta, con pulgas se levanta.
    Pine explicó el tinglado que los esperaba en la montaña. Acordaron pecar de cautelosos, jurando dar marcha atrás a la primera señal de recibimiento hostil.
    A Vlado el viaje le pareció más largo que la víspera, pero como conducía Pine, podía contemplar la vista que tenía ante sí. Vieron por primera vez la casa unos quince minutos después de la desviación. Benny sacó unos pequeños prismáticos.
    – Tomad. Que alguien más eche un vistazo. A mí me parece tranquilo, pero nunca he estado allí.
    Vlado enfocó la gran ventana de la planta alta en la parte posterior, que dominaba la montaña desde el dormitorio de Matek. Debajo estaba su despacho. Las cortinas estaban corridas en las dos.
    – O no nos espera o no le importa -dijo Vlado, sin saber con certeza si sentirse aliviado o decepcionado.
    El lugar parecía muerto. Ni siquiera las cabras estaban fuera.
    Se asomaron lentamente por la última curva y redujeron la velocidad hasta acercarse a la caseta del guarda. Había una puerta abierta en un costado. La barrera que atravesaba el camino de entrada estaba levantada, y un BMW cubierto de polvo estaba estacionado en el arcén. En la caseta del guarda, alguien se puso de pie. Benny sacó la Beretta de la funda colgada del hombro.
    – ¿Lo conoces?
    Vlado vio el reflejo del sol en las gafas. No parecía que aquel hombre estuviera armado.
    – Sí. Es Azudin. Su ayudante.
    Azudin salió, entrecerrando los ojos al recibir la pálida luz del sol. Parecía indefenso, fuera de lugar. Ni siquiera llevaba puesto un abrigo.
    – Está bien -dijo Vlado-. Éste no muerde.
    – Todos muerden -dijo Benny.
    – Y algo va mal cuando está de guardia. Los otros deben de haberse ido.
    Azudin se acercó vacilante al coche mientras Vlado bajaba el cristal de la ventanilla.
    – Se ha ido -dijo Azudin, con el lastimero balido de un cordero perdido.
    Vlado tradujo para Pine, que apagó el motor. Los tres descendieron del vehículo mientras Azudin permanecía al borde del camino, sin apenas prestar atención, como si estuviera pensando en qué iba a hacer después.
    – ¿Dónde están los demás? -preguntó Vlado.
    – Les pagué la mensualidad y los mandé a casa.
    – ¿Y Matek?
    – Se fue anoche. Me mandó a casa a eso de las cinco, así que pudo suceder en cualquier momento a partir de entonces. Cuando llegué aquí esta mañana se había largado. El centinela de noche debía de estar dormido, porque no vio nada.
    – ¿Es ése su coche?
    Vlado señaló hacia el BMW.
    Azudin negó con la cabeza.
    – Es el mío. El suyo no está. Tampoco sus armas y la mayor parte del dinero. Ha dejado esto.
    Azudin tendió un papel. Al acercarse, Vlado vio que Azudin estaba pálido y demacrado, claramente afectado. Cogió la nota de su mano.
    – ¿Qué dice? -preguntó Pine.
    – Que Matek se largó anoche. Voy a traducir la nota que ha dejado.
    Vlado entrecerró los ojos ante la apretada caligrafía de un hombre acostumbrado a aporrear un teclado. Cuando comprendió lo fundamental, lo tradujo al inglés en voz alta para Pine y Benny.
    – Edin, siempre existió la posibilidad de que este día llegara, y ahora tengo que irme. Todas las llaves están en el cajón de arriba de mi escritorio. La combinación de la caja fuerte está escrita al final. He firmado los documentos necesarios, que también encontrarás en el escritorio. Sendic los autentificará en la ciudad. Mis negocios te pertenecen ahora. Mis cuentas bancarias, no. Hay suficiente dinero en efectivo en este sobre para pagar un mes al personal. El resto es cosa tuya. No podrás alcanzarme, así que no lo intentes. Cuando venga el hijo de Enver Petric, dales a él y a su amigo americano de La Haya mis mejores deseos. Deberían poder responder al resto de tus preguntas. Buena suerte. Pero.
    – Parece que lo sabía todo de vosotros, chicos -dijo Benny en voz baja, frotándose las manos; había enfundado la Beretta.
    Vlado y Pine guardaron silencio. La montaña pareció de pronto un lugar inmenso y vacío.
    – Esa caja fuerte -dijo Pine-. ¿La ha abierto ya?
    Vlado tradujo.
    – Dice que no. Que apenas ha tocado nada.
    – Dile que nos gustaría echar un vistazo, si no le importa. Y que nos gustaría usar su teléfono.
    Sorprendentemente, Azudin accedió, pero cuando se volvía para acompañarlos por el camino pareció caer en la cuenta de que debía pedir una explicación. Se detuvo y se volvió como un autómata.
    – ¿Por qué lo buscan?
    – Matek es un presunto criminal de guerra.
    Azudin frunció el ceño.
    – Pero si él estuvo aquí durante toda la guerra. No hizo nada, salvo ganar un poco de dinero. Lo sé, yo estaba con él.
    – No de esta guerra. De la última. Tu jefe fue oficial de la Ustashi. En Jasenovac.
    Azudin no parecía convencido.
    – ¿Y por eso huye? ¿Por algo que pasó hace cincuenta años? -Negó con la cabeza, más perplejo que furioso-. Pensaba que el mundo quería que olvidásemos todo aquello. Vengan por aquí.
    Continuó guiándolos con aspecto de director de funeral.
    – ¡Por Dios! -farfulló Benny-. Cualquier diría que ha perdido a su padre.
    Una mirada de odio de Pine y Vlado le hizo darse cuenta de que sus palabras no habían sido bien elegidas, pero era el único que no entendía por qué.
    – Tranquilos, chicos -dijo Benny-. La parte difícil ha terminado. Sólo este Ichabod Crane y un montón de archivadores. Dile que lo dejaremos en paz en cosa de unas horas.
    Vlado se preguntó vagamente quién era aquel Ichabod Crane. Parecía que lo peor del peligro había desaparecido junto con Matek y sus matones, pero no podía librarse de la sensación de que estaban pasando por alto algo en su despreocupado paseo hacia la casa. Las palabras de advertencia de Jasmina se le pasaron fugazmente por la cabeza, y se puso en tensión cuando entraban por la puerta principal, medio esperando que Matek arremetiera contra ellos desde el vestíbulo en penumbra, Kalashnikov en mano. Pero todo estaba tranquilo a no ser por el zumbido de un ordenador en una habitación al fondo del vestíbulo.
    Cuando llegaron a su despacho, Pine descolgó el teléfono.
    – También podríamos terminar con el trabajo sucio.
    – Espero que no te importe que escuche -dijo Vlado, dirigiéndose hacia el teléfono de Azudin en la habitación contigua antes de que Pine pudiera decir que no.
    No podían tenerlo a oscuras sobre cualquier otro detalle operativo.
    Spratt se desinfló como un neumático pinchado al oír la noticia, y emitió un largo suspiro de desesperación que ni la interferencia pudo ocultar. Era evidente que seguía angustiado por el fracaso del asunto Andric.
    – ¿Qué coño está pasando? -preguntó cansinamente-. Los dos primeros pasos que damos desde hace meses y todo se va a la mierda.
    – Estamos registrando su casa -dijo Pine-. Supongo que deberíamos notificar a las fronteras, los aeropuertos y las estaciones de ferrocarril. Como si eso sirviera de algo.
    – Deja eso para los agentes de campo. Haré algunas llamadas. Tú mira a ver qué se te ocurre. Después planearemos nuestro siguiente paso, si es que lo tenemos.
    – ¿Sigue sin haber señales de Andric?
    – Es como si nunca hubiera existido. Los imbéciles que registraron su búnker no encontraron la trampilla hasta cuatro horas después. ¡Cuatro putas horas! ¿No te parece increíble?
    – ¿La trampilla?
    – Debajo de un montón de ropa en un armario. Comunica con un respiradero que va a dar a un antiguo túnel que conduce a los bosques a través de la ladera.
    – Tito -dijo Vlado sin pensar, asustando a Spratt, que no sabía que estaba en la línea.
    – ¿Qué quieres decir con Tito?
    – Uno de sus viejos búnkers de escape. Para que él y sus oficiales pudieran huir cuando llegaran los rusos. En todos había túneles.
    – Bueno, joder, eso nos pasa por no consultar lo suficiente con los locales. Al final conseguimos que llevaran perros para seguir el rastro. Tardaron una hora en llevarnos hasta una granja abandonada. Rodadas recientes, probablemente de un camión. Empieza a parecer que lo tenía planeado a la perfección. Ahora la cuestión es si sabía que íbamos a llegar o si siempre estaba tan preparado y simplemente tuvo suerte.
    – ¿Y ahora qué hacemos? -dijo Pine.
    – Tendré que telefonear a Leblanc y Harkness -dijo Spratt-. Están en Sarajevo esperándoos a vosotros y al sospechoso. Les habíamos prometido una sesión informativa privada con Matek. Puede que ahora quieran tenerla con vosotros.
    – ¿Y vamos a acceder a eso? -preguntó Pine.
    – Tendréis que hablar también con Janet -dijo Spratt, pasando por alto la pregunta.
    – ¿Por qué?
    – Ella te lo dirá. No os mováis hasta que tengáis noticias de ella. ¿Dónde estáis, por cierto?
    – En el despacho de Matek. En las montañas.
    – Dame el número. Acaban de llamarme de arriba. Ya es la tercera vez hoy, y esta vez tengo más malas noticias que transmitir. Quedaos ahí hasta que sepáis algo de Janet.
    – No hay problema. Registraremos la casa. Su pequeño ayudante ha estado muy colaborador.
    Pine se volvió hacia Benny después de colgar.
    – Lo siento, pero parece que podemos quedarnos atascados aquí durante algún tiempo. ¿Te apuntas a ayudarnos a echar un vistazo?
    – No tengo otra cosa que hacer. ¿Por dónde quieres que empiece?
    – Bueno, eres el invitado de honor. ¿Por qué no te ocupas de la caja fuerte? Matek escribió la combinación en la nota… siempre que a nuestro anfitrión no le importe. -Pine miró a su alrededor buscando a Azudin, pero aparentemente estaba aturdido, así que entregó la nota a Benny-. Me llevaré los archivadores a la habitación de atrás. Vlado, ¿por qué no miras en las habitaciones de arriba?
    Los dos asintieron, cabizbajos pero resignados a las lentas horas que los esperaban. Se acabó su acción de comando de tres hombres o cualquier esperanza de capturar a Matek en su salida por la puerta de atrás. El viejo había sido más cauto de lo que pensaban.
    Vlado sentía curiosidad por ver cómo era la vivienda, sobre todo en comparación con el decorado obligatorio de la planta baja. Pero cuando llegaba a la parte superior de la escalera, un movimiento al otro lado de la ventana le llamó la atención.
    Era Azudin, que caminaba a buen paso por los campos yermos que llevaban hasta la puerta delantera, sin parecer ya ni perdido ni confuso. Llevaba una pequeña bolsa en la mano derecha, y miraba furtivamente por encima del hombro hacia la casa, avivando el paso. Por su zancada y su porte no se parecía en nada al hombre sumiso que parecía al borde de las lágrimas sólo un momento antes, y las persistentes preocupaciones de Vlado convergieron en auténtico miedo. Un registro descontrolado e imprudente le pareció de pronto una muy mala idea, y se dio la vuelta para dirigirse de nuevo a la planta baja, bajando los escalones de dos en dos y alzando la voz para gritar un aviso.
    Sus primeras palabras quedaron ahogadas por una violenta explosión que lo levantó en el aire, como si una ráfaga de presión se hubiera disparado escaleras arriba. Después supo que estaba sentado en el fondo, con dolor de cabeza y zumbidos en los oídos, la rodilla izquierda retorcida y desgarrada. Un fino polvo blanco caía del techo como neblina, cubriéndole el vello de los brazos. En la casa reinaba una terrible calma.
    – ¿Estáis bien? -Era Pine, con su ronca voz, quien llamaba desde la habitación de la parte trasera-. ¡Benny! ¡Vlado!
    – Estoy al pie de la escalera -gritó Vlado, recuperando la voz. Se puso de pie, temblando como un cervato-. Creo que estoy bien.
    – ¡Benny! -dijo Pine. No hubo respuesta. Después, en voz más alta, más desesperada-. ¡Benny!
    Vlado entró cojeando en la ruina del despacho de Matek. Las piernas de Benny sobresalían debajo de fragmentos de madera barnizada y un revoltijo de papeles y yeso. No se movían. En el techo, encima de él, había un cráter. La puerta de la pequeña caja fuerte empotrada en la pared estaba abierta, pero el metal gris estaba retorcido y marcado con un estallido de marcas chamuscadas negras, como si hubiera recibido el impacto de un pequeño meteorito. La pantalla del ordenador había quedado hecha añicos, y el gran escritorio estaba astillado, con la parte superior levantada como una fragata bloqueada por el hielo. Pero lo peor eran las salpicaduras rojas por toda la pared, algunas de las cuales comenzaban a gotear y rezumar siguiendo los campos picados de viruela del yeso blanco.
    – ¡Dios mío! -exclamó Pine, que acababa de llegar tambaleándose a la puerta, cubierto de pies a cabeza de un polvo blanco que le hacía parecer un muerto viviente.
    Vlado supuso que su aspecto debía de ser el mismo. Pero era el silencioso Benny quien llamaba su atención, y convergieron en las piernas inmóviles. Se agacharon y comenzaron a retirar trozos del escritorio y cascotes del techo, trabajando con cuidado, como si les preocupase hacerle más daño.
    Pronto estuvo claro que las cosas no podían irle peor a Benny. Retiraron un pedazo de escritorio y descubrieron que de la cintura para arriba era un amasijo de tela, pulpa y carne. Fragmentos irregulares de hueso asomaban por un par de sitios. Estaba boca abajo, con el cabello negro enmarañado y apelmazado. Era todo lo que Vlado podía hacer para no sentir náuseas, y ninguno de los dos tuvo el coraje de volverle la cabeza para mirarle a la cara.
    – Dios mío -dijo Pine con voz entrecortada-. Oh, Dios mío.
    Se puso de pie, retrocedió dando traspiés y a punto estuvo de caer sobre un montón de escombros ensangrentados. Vlado había visto cuerpos así durante la guerra, y el culpable siempre había sido el mismo: una mina antipersona que expulsaba cientos de fragmentos metálicos volando hasta la víctima. Aquello no era un explosivo casero con tornillos y gasóleo. Era chatarra militar, del mismo tipo que Matek esperaba adquirir gracias a un contrato de remoción de minas.
    Vlado se acordó de Azudin andando deprisa por los campos, y pensó en obligarlo a volver rápidamente hacia la puerta. Tal vez hubiera tiempo todavía de atraparlo. Pero Pine gritó.
    – ¡No te muevas!
    Cuando Vlado dio otro paso, Pine volvió a gritar.
    – ¡No te muevas, maldita sea! Por lo que sabemos hay más, y ni siquiera sabemos cómo era ésta ni qué la hizo estallar. Busca alambres. Cualquier clase de caja metálica. Joder, podría ser cualquier cosa.
    Pine miró a su alrededor, como miran los gamberros en la calle, una imagen que la capa de polvo volvía irreal. Vlado quería sentarse pero no se atrevía, al menos con todos aquellos escombros a su alrededor que podían ocultar algo.
    – ¿Dónde está Azudin? -preguntó Pine, bajando un punto la voz.
    – Lo he visto por la ventana. Es probable que haya bajado ya media montaña en su BMW, contando su herencia. Por lo que sabemos, conectó la puerta delantera al cerrarla tras él. Tal vez tengamos que salir por una ventana.
    – O tal vez mande a los guardaespaldas subir de nuevo a la montaña para liquidarnos.
    – Es posible.
    Hicieron una pausa, como si escuchasen para comprobar si venían intrusos o la llegada de un camión. Pero el único sonido que se oía era el motor de un vehículo al arrancar, y después un ronroneo al engranar las velocidades, seguido del crujido de la grava. Azudin se marchaba, y por el sonido que lo revelaba no tenía ninguna prisa, después de oír la explosión. Aquel hombrecillo silencioso los había engañado a todos, al igual que Matek.
    Pine se agachó con cuidado junto a Benny, husmeando en los escombros ensangrentados.
    – Buscaría la pistola, pero…
    – No te molestes. Ya he visto lo que hacen estas cosas. La habrá destruido. Además…
    – Lo sé. -Pine estaba paralizado por Benny-. Dios mío. Precisamente él. Pasamos toda la maldita guerra sin un arañazo. Para que un viejo, ni siquiera de la guerra que correspondía, acabe con él. Un especulador de mierda.
    Pine fulminó con la mirada a Vlado, como si fuera de algún modo cómplice. Vlado pensó que sabía por qué, porque incluso él sentía en cierto modo la misma emoción. Era el viejo amigo de su padre el que había hecho aquello, las líneas de sangre corrían directamente hasta él, su país y su gente, en un ciclo que nunca se detenía. Pero qué podía decir o hacer, a no ser asentir levemente, como si lo comprendiera del todo.
    Después meneó la cabeza a la manera de un perro mojado, intentando aclarar las ideas. Las lágrimas serpenteaban entre el polvo de sus mejillas. Se dejó caer hasta quedar en cuclillas, sin atreverse todavía a probar su peso sobre aquel revoltijo pero sintiéndose cansado hasta los huesos. Miró las piernas de Benny. El bravucón grande y simple, un hombre generoso, tan celoso de su trabajo. Vlado apenas lo conocía pero le cayó bien enseguida, y ahora estaba muerto. Así, sin más. Jasmina tenía razón al preocuparse. Se acabó la «operación infalible», como Spratt la había calificado con tanta displicencia mientras hacía sonar el hielo de su cóctel. Ahora le parecía que la noche de los trajes y los candelabros en La Haya había sucedido hacía un año, y lo cierto era que quedaba a un mundo de distancia de allí.
    – De acuerdo -dijo Pine, más tranquilo-. Vamos a empezar a movernos, pero ten cuidado por dónde pisas. No abras cajones, armarios, puertas ni nada. Puede que haya algún teléfono que funcione todavía en otra habitación. Tiene que venir un equipo de remoción de minas de la ONU antes de que intentemos siquiera salir del edificio. De lo contrario, esto es una ruleta rusa. -Hizo una pausa-. Después tendré que llamar a Spratt. Esto lo cambiará todo. Dios mío, Benny. Dios mío -meneó la cabeza-. Supongo que lo mejor será que también suba una ambulancia hasta aquí. Para llevarse el cadáver.
    El teléfono sonó en el despacho de Azudin. Durante un momento Vlado y Pine se limitaron a mirar en esa dirección, como si Matek en persona llamara para inducirles a cometer otra metedura de pata fatal. Al cuarto timbrazo Pine se serenó y comenzó a saltar lentamente entre el revoltijo como un hombre que caminase por un témpano de hielo, buscando lugares donde pisar.
    – Tal vez sea Janet -musitó con voz ronca.
    Incluso entonces dudó antes de descolgar el auricular. Ahora cada objeto parecía envenenado, una bomba trampa en potencia.
    – ¿Diga?
    Vlado se acercó al teléfono, y sin esperar que se lo indicase, Pine orientó el auricular hacia fuera para que pudiera escuchar. La torpeza y el hermetismo que les había hecho guardar las distancias había desaparecido. Para bien o para mal, se habían convertido en un equipo, unidos por el momento por su dolor y su tenso recelo hacia todos y todo.
    – Bueno. Aquí se ha armado la de Dios -dijo Janet en tono jovial.
    – Benny ha muerto -contestó Pine sin rodeos, poniendo fin a todo-. Estaba con nosotros, y le ha matado la explosión de una mina. Era una bomba trampa. Matek había minado su despacho.
    Janet no dijo nada por un momento. Oyeron el chirrido de su silla, con el fondo de sonidos de la oficina. La conexión era sorprendentemente clara. Vlado miró hacia el otro lado de la puerta y pudo ver los zapatos negros de Benny, cubiertos de polvo.
    Pine puso al corriente a Janet sobre los detalles de la mañana y sus planes para después.
    – Estábamos registrando la casa -dijo-. Pero creo que ahora lo mejor es que no toquemos nada.
    – ¿Vlado está bien?
    – Estoy bien -contestó Vlado.
    – Tu mujer ha llamado esta mañana. Estaba preocupada. Le dije que estabas vivo y bien. Me alegro de no tener que llamarla para corregir lo dicho. Señor mío. No puedo creer que sea Benny. ¿Pero qué coño estabais haciendo para llamarlo?
    – Dejemos las culpas y las cagadas para después, ¿vale? Ahora mismo tenemos un cadáver y no tenemos misión. Estamos fuera de juego, como puedes suponer. Alguna pista sobre quien esté al mando podría ser bienvenida.
    – Volveré a llamar. Quedaos ahí.
    – Créeme, no nos vamos a mover.
    Pine telefoneó después a la oficina de la ONU encargada de la remoción de minas en la zona, una ironía que se les escapó a los dos. La Rolodex de Matek, en el caso de que tuviera una, había desaparecido, y ahora parecía que lo más probable era que los archivadores de la parte trasera -Pine sólo había tenido tiempo de abrir uno- estuvieran conectados para la destrucción.
    Vlado volvió a subir a la planta alta, buscando con cuidado cables trampa, aunque sólo fuera para echar un vistazo rápido y tener algo que hacer. Sus sospechas sobre la decoración resultaron acertadas. La planta alta era todo cromo y cuero. Fríos pisos de mármol con brillantes alfombras de modernos diseños geométricos. Tan de mal gusto como la planta baja a su modo, pero con un moderno sabor mediterráneo. Matek consideraba que su propia cultura era indigna de él y se había decantado por una chabacana imitación de la italiana. ¿Y por qué no? Si Vlado había pasado toda una guerra intentando borrar una parte importante de esa cultura, también él podía haber intentado de alguna manera mudar de piel en sentido figurado. Pero si eso era así, ¿qué había hecho su padre durante todos aquellos años, volviendo a casa simplemente para reanudar la vida de un campesino balcánico, actuando como si siguiera siendo un ingenuo e inocente obrero que fabricaba herramientas en las postrimerías del siglo xx?
    El teléfono sonó en la planta baja. Pine esperó a que Vlado regresara antes de contestar, y de nuevo compartieron el auricular. Era Spratt, y los dos se prepararon para una reprimenda. Pero Spratt se tragó su instinto agresivo.
    – Lo primero que tenéis que hacer es largaros de ahí -dijo-. Que una unidad de remoción de minas haga el resto.
    – Ya he avisado a una -dijo Pine.
    – Volved a Sarajevo y esperad nuevas instrucciones. Pero esto va a depender de cómo reaccione Contreras. Mi recomendación sería abandonarlo todo por completo. Dejar que los agentes internacionales se hagan cargo de la persecución y quitarse de en medio. Pero por lo que he visto de él hasta ahora, es probable que se lo tome como algo personal.
    – Para mí desde luego lo es -dijo Pine.
    – No digo que no debas tomártelo así. Yo también. Pero operativamente conoces nuestros límites. La otra noticia, lamentablemente, es que nuestros patrocinadores siguen queriendo una reunión, y están esperando en el Holiday Inn.
    Vlado tardó un instante en caer en la cuenta de que Spratt estaba hablando de Harkness y Leblanc, las últimas personas a las que deseaba ver en ese momento. Lo único que quería era subir a un avión y volver a casa.
    – ¿Por qué? -preguntó Pine.
    – Ellos también intentan componer las piezas. -Vlado se estremeció ante las palabras escogidas-. Esto era su criatura, y tendrán algo que decir sobre los pasos siguientes.
    – Precisamente lo que necesitamos. ¿Cuándo nos reunimos?
    – Los he distraído hasta esta tarde. A las siete. Así tendréis tiempo para recobrar la calma.
    – ¿Que hay que hacer con Benny? ¿Repatriar el cadáver?
    – Dejad que me preocupe yo de eso. Vosotros volved a Sarajevo. Voy a enviar refuerzos para la reunión.
    – ¿Refuerzos?
    – Janet Ecker. Va a coger un avión a las dos. Es la única que ha visto el expediente completo. Dependiendo de lo que se decida mientras tanto, tal vez necesitéis saber algo más. En cualquier caso, ella puede ayudar a esquivar los golpes de Harkness y Leblanc.
    – ¿Qué te hace pensar que tendremos que esquivarlos?
    – La experiencia previa. Además de la manera en que se ha desarrollado toda esta operación. ¿Por qué iban a ser más fáciles las cosas?
    – Está bien.
    – Por ahora, bajad de esa montaña sin percances. Una baja es más que suficiente, bien lo sabe Dios.
    Pero después de colgar fueron incapaces por un momento de marcharse. Ninguno dijo una palabra, ninguno de los dos estaba simplemente dispuesto a largarse mientras el cuerpo de Benny siguiera en la habitación de al lado.
    – No parece correcto, ¿verdad? -dijo Pine.
    Vlado negó con la cabeza.
    – Nada de esto ha parecido correcto desde el principio.
    Para él aquello incluía las dos últimas semanas, todo lo que llevaba al momento en que Haris y Huso se presentaron en su puerta, ensangrentados y mugrientos en la oscuridad. Ahora todos los hechos parecían formar parte del mismo paquete terrible, y se preguntó cuál había sido su papel en cada momento. El rastro de cadáveres podía incluir también a un niñito de Sarajevo, muerto de tos ferina y escarlatina, a un joven matón en Berlín, y ahora a un gritón y simpático policía de Nueva York. Pero se quedó de pie, como un hombre que sale ileso de un accidente de avión, un fenómeno del destino. Una súbita oleada de nostalgia de su antigua vida, la que llevaba antes de la guerra, antes de que todo el mundo se hubiera convertido en baja o refugiado, rodó sobre él pesadamente, y dejó de mirar a Pine.
    Pero la atención de Pine estaba en otro lugar. Entró lentamente en el despacho en ruinas de Matek y se arrodilló junto a las piernas. El olor a sangre era más fuerte ahora. Vlado observó mientras Pine colocaba suavemente su mano derecha en la parte posterior de la pierna de Benny e inclinaba la cabeza con los ojos cerrados con fuerza. Pronunció unas palabras, en voz demasiado baja para que Vlado las oyera, luego hizo una pausa, todavía agachado. Finalmente espiró profundamente y se levantó despacio. Los vehículos de la ONU acababan de parar en el exterior.
    – Muy bien -dijo Pine con calma-. Aquí ya no podemos hacer nada más.
    Salieron sin pronunciar palabra.

14

    Estuvieron nerviosos hasta que llegaron a Sarajevo, se estremecían cada vez que otro vehículo se acercaba al suyo desde atrás o reducía la velocidad por delante de ellos. Hasta un chirriante carro de granja que bloqueaba la carretera les pareció sospechoso, parte de una posible emboscada, teniendo en cuenta el alcance y las conexiones de Matek a lo largo de la carretera que discurría por el valle desde Travnik.
    En consecuencia, hablaron poco en el camino y Vlado tuvo mucho tiempo para pensar. Se decidió por un plan para la tarde, y anunció sus intenciones cuando llegaron por fin a las afueras de la ciudad.
    – Estaba pensando que podía hacer una visita a mi antiguo apartamento -dijo en voz baja, rompiendo un largo silencio-. Para ver algunas viejas fotografías y documentos familiares. Cosas que mi madre me dejó al morir. No es mucho. No hice más que echarles un vistazo después del funeral y las guardé en un armario.
    – ¿Nombres y direcciones?
    – Eso es lo que me estaba preguntando. Si se menciona a alguno de los familiares de mi padre, tal vez alguno conozca a Matek.
    – ¿Como el tío del que hablaste?
    – El tío Tomislav. Su mujer era hermana de mi padre. Tal vez la tía Melania viva todavía. Pero por lo que sé nuestro antiguo apartamento o ya no existe o lo han vaciado.
    – ¿Puede que se haya mudado alguien a vivir en él?
    – Es inconcebible que siga vacío. Con todos los refugiados que llegaron, el gobierno entregó muchas viviendas. O la gente se limitó a coger cosas por su cuenta. Lo más probable es que los que se quedaran nuestra casa dieran por sentado que habíamos muerto. Puede que lo vendieran todo. Pero vale la pena comprobarlo.
    Pine se encogió de hombros.
    – Es mejor que no hacer nada, supongo.
    Vlado se preguntó cuánto tardarían en recuperarse de la conmoción de los acontecimientos de aquella mañana. Ni siquiera habían tenido tiempo de quitarse el polvo de yeso, y la manga derecha de Pine seguía manchada de sangre de Benny. Una hora antes, Vlado estaba dispuesto a abandonar y volver a casa. Pero ahora se moría de ganas de hacer algo, algo que pudiera ayudar a localizar a Matek. Seguía sintiendo curiosidad por la relación con su propio pasado, y ahora estaba Benny, lo que hacía que los crímenes de Matek fueran más frescos y personales que nunca, tanto si el Tribunal estaba dispuesto a abandonar el caso como si no. Pine había guardado silencio al respecto hasta entonces, pero Vlado estaba convencido de que pensaba lo mismo. Los dos se sentían como idiotas, incluso culpables, por haber subestimado a Matek, un error de cálculo que le había costado la vida a un amigo. Una visita al antiguo apartamento de Vlado no conduciría a nada. Pero, como había dicho Pine, era mejor que no hacer nada.
    Se inscribieron en el Holiday Inn otra vez. Después de ducharse y cambiarse de ropa, como quedaban unas horas hasta la llegada del vuelo de Janet Ecker, Vlado salió a pie, siguiendo una de sus rutas familiares por la ciudad, con la llave del viejo apartamento en el bolsillo. Jasmina había insistido en que la llevara, con la esperanza de que tuviera tiempo de echar un vistazo. Se preguntó cómo estarían ella y Sonja, allá en Berlín. Un fugaz pensamiento de Haris cruzó su mente como una nubecilla, pero aquel nombre lo molestaba más por su relación con Popovic que con Jasmina.
    El apartamento estaba en un bloque de edificios bastante nuevos en una ligera cuesta, con vistas a los campos que llegaban hasta el Estadio Olímpico. Los campos fueron en otros tiempos terrenos de juego, pero durante la guerra habían tenido que hacer las veces de cementerio, ofreciendo a Vlado un censo diario del recuento de víctimas desde la ventana de la parte delantera. La zona era vulnerable al fuego de artillería de los tres bandos, y Vlado había vivido casi todo el tiempo en el salón, al lado de la cocina, durmiendo en un sofá. Sin agua corriente ni electricidad durante gran parte del asedio, se había enganchado a una conducción de gas natural, pirateando un suministro hacia su casa a través de una manguera de jardín que había clavado a la pared. Tenía una boquilla para la cocina y otra en la pared, para alumbrarse.
    Supuso que todo aquello había desaparecido, pero no tenía inconveniente en recordar el estado de ánimo de las noches solitarias, cuando había poco que hacer salvo pintar un juego de soldaditos de plomo formados ante él en un banco, un trabajo tedioso que hacía pasar las horas hasta que el cansancio le hacía dormirse.
    Al volver la última esquina se vio sorprendido agradablemente al ver que el edificio seguía en pie. Habían reparado las ventanas. Y también un pequeño agujero en el tejado. Nuevas tejas señalaban el lugar con un tono más brillante de rojo.
    Llamó a la puerta, sin saber a ciencia cierta todavía qué decir, luego le sorprendió reconocer el rostro del hombre que contestó. La última vez que lo había visto, la barba de aquel hombre estaba empolvada de yeso, sus ojos aturdidos. Había sido cinco años atrás, una mañana nevada en que un proyectil había caído en un apartamento del portal contiguo, dispersando a la familia de refugiados que se había instalado allí una semana antes. Vlado se había despertado sobresaltado por la explosión. Después había invitado a los seis a entrar en su casa para recuperarse de la impresión. Aquello había sucedido poco antes de que Vlado saliera clandestinamente de la ciudad en el avión de carga. Ahora, aquí estaban de nuevo, esta vez al otro lado de la puerta, aunque sólo podía recordar sus nombres.
    – Konjic -dijo el hombre, sonriendo como para refrescar la memoria de Vlado-. Alijah Konjic. Y usted es Vlado Petric.
    – Sí -dijo Vlado, con la esperanza de que su imprevista llegada no se considerase una amenaza.
    Al otro lado de la puerta pudo ver el viejo sofá, el que había sido su cama durante dos años. La familia Konjic había llegado a Sarajevo sin muebles, así que su casa abandonada debió de parecerles una bendición del cielo.
    – Entre, por favor -dijo Konjic con una cordialidad auténtica. Hizo un gesto ampuloso con el brazo para indicar a Vlado que cruzase el umbral-. Mi esposa, Nela. Mis hijos. Todos están aquí, y le debemos tanto…
    – Hola -se oyó una voz de mujer desde la cocina.
    Vlado se volvió para ver a Nela con el delantal puesto y una cuchara de madera en la mano. Dos niños estaban sentados en el sofá, absortos ante un pequeño televisor en blanco y negro colocado encima de una mesa. Un tercer niño, de más edad, estaba sentado en el suelo haciendo los deberes. Konjic había dicho que todos estaban allí, pero Vlado recordaba a seis miembros de la familia. Faltaba el cuarto niño, el más pequeño, y se preparó para recibir más malas noticias.
    Entonces, para inmensa satisfacción de Vlado, el niño entró en el salón, ahora casi medio metro más alto, llevando uno de los soldaditos que Vlado se había dejado. Vlado sonrió, y Konjic pareció entender por qué.
    – Ah, sus soldados. Jugó con ellos la primera vez que nos vimos. Después de que explotase el obús. Fue lo primero que buscó cuando volvimos.
    Y en ese punto el entusiasmo de Konjic decayó, como si se diera cuenta de pronto de las consecuencias del regreso de Vlado. Más o menos todo lo que había en la habitación, excepto un pequeño aparato de televisión, les había pertenecido a Jasmina y a él antes de la guerra. Les seguía perteneciendo legalmente, aunque ahora pareciesen más bien objetos sacados de un museo: el sofá, las sillas, la pequeña alfombra ovalada que había sido un regalo de boda de la madre de Jasmina, la vieja fotografía del puente de Mostar en la pared. Era como entrar en una cápsula del tiempo, y Vlado se apresuró a despejar los temores de Konjic.
    – Sólo he venido a pasar unos días -dijo, y vio cómo Nela se relajaba-. Ahora vivimos en Alemania. Mi esposa pudo llevarse los objetos más valiosos cuando ella y mi hija se fueron, dos años antes que yo. No he venido a reclamar nada. Pero sí quiero buscar una cosa. Una vieja caja con fotografías y papeles. Viejos documentos familiares. Algunas cosas personales que me dejé.
    – Sí -dijo Konjic, efusivo en su alivio-. Sí. Ya sé a qué caja se refiere. La hemos guardado. Lo hemos guardado todo, ya sabe. Unas cosas porque las hemos utilizado, desde luego, pero toda su ropa y todo lo demás, todo sigue estando aquí.
    – Lo único que me interesa es esa caja -dijo Vlado-. Quédense con lo demás. Véndanlo si lo desean. Puedo venir después a recoger el resto de los objetos personales, si traigo de nuevo a mi familia. Pero hoy no tengo tiempo.
    – Sí. Sí, desde luego. Venga. Está ahí atrás.
    Entraron en el dormitorio de la parte posterior. A Vlado le asustó el vestíbulo familiar, los olores del lugar, la casa, las alfombras en el suelo. Konjic abrió un armario y tiró de una caja de cartón que estaba en la balda superior. Era la que recordaba.
    – Creíamos que lo habían matado -dijo Konjic-. Alguien nos dijo que era usted policía, y oímos decir que habían matado a tiros a un policía a la orilla del río la noche después de conocerlo. Después nos enteramos de que no era usted, que a lo mejor se había escapado. El periódico no dijo nada, y nadie parecía saber gran cosa. Así que decidimos guardarlo todo. Por si volvía algún día.
    Konjic parecía un buen hombre. Vlado se alegró de que hubieran terminado quedándose en el apartamento, pero se preguntó qué pensarían sus antiguos vecinos -si es que quedaba alguno- de aquella tribu de campesinos de una aldea remota, llevando sus costumbres rurales al centro de la ciudad.
    – Hubo gente que intentó matarme -dijo Vlado-. Contrabandistas. Me dispararon, pero fallaron. Es una historia muy larga -y que se sigue repitiendo, pensó, rememorando aquella mañana-. Ahora estamos en Berlín. Puede que volvamos, puede que no. Pero no aquí. El apartamento es suyo.
    Como para sellar el trato, sacó la llave del bolsillo. Se la entregó con solemnidad, lo más cercano que había a una escritura. Con eso, el alivio de Konjic fue completo, y Vlado se preguntó con qué frecuencia la familia había temido una visita como aquélla. Aun cuando el viaje no sirviera para ninguna otra cosa, al menos dejaría en paz a aquella gente.
    Konjic puso la caja en la cama.
    – Tómese el tiempo que desee -dijo-. Estaré con los niños.
    Cerró la puerta del dormitorio tras él, dando privacidad a Vlado. Sólo el ruido amortiguado de la televisión al otro lado de la puerta, un sonido apenas perceptible de disparos y chirridos de neumáticos.
    Vlado abrió la caja. Encima había facturas y recibos antiguos, manuales de instrucciones de aparatos de radio, una televisión, una taladradora. Había fotografías, algunas instantáneas de Sonja cuando era un bebé. Las apartó, sabiendo que no pararía hasta encontrar lo que buscaba, pero incapaz de resistirse de vez en cuando a los recuerdos. Su licencia de matrimonio. Unas fotografías de amigos en una fiesta, de 1989. Un montón de redacciones manuscritas de cuando él era niño que su madre había salvado y entregado a Jasmina poco antes de casarse. Se acordó de una noche incorporado en la cama -aquella cama- hasta muy tarde, leyéndolas mientras Jasmina se reía con un mechón de pelo tapándole la cara. Viejas revistas que había salvado por una oscura razón u otra. Y después, a la mitad de la caja, allí estaba, un gran sobre marrón con la letra de su madre en la parte superior: «Para Vlado».
    Recordó a la mujer de corta estatura que había sido amiga de su madre, y que se lo había llevado el día siguiente al de su funeral, cuando había terminado de sacar los muebles del apartamento de su madre. Había sido un gran oficio católico, con el sacerdote haciendo oscilar un incensario mientras avanzaba lentamente por el pasillo. Se preguntó qué sabía su madre del pasado de su padre. ¿Había guardado ella también sus secretos, o también a ella la había engañado, y creía en la bondad y honestidad esenciales de su marido, el silencioso y virtuoso trabajador que se ganaba la vida honradamente con sus manos fuertes pero tiernas?
    Su madre no procedía del mismo pueblo, ni siquiera de la misma parte del país. Se habían casado sólo un año después del regreso de Enver de Italia. Ella era muy católica. En ese momento se preguntó si siempre había sabido que su padre también era católico en secreto. Quizás ella también fuera una especie de nacionalista étnica a su callada manera, lo que explicaría su frustración con su hijo, el no creyente que sólo rendía culto a las estrellas del fútbol y a su propio futuro.
    No había gran cosa dentro del sobre, tal vez veinte o treinta hojas en total, que era más o menos lo que Vlado recordaba. Parte de ellas de un manual técnico, antiguas instrucciones para la maquinaria del taller donde su padre había trabajado. Había un gráfico de un torno metalúrgico, con todas las partes móviles numeradas, y Vlado se imaginó a su padre detrás de la máquina, trabajando duramente, mientras las virutas rizadas del metal se acumulaban entre el vello de sus antebrazos.
    Había un viejo programa de fútbol, quizá del partido de sus sueños. Echó un vistazo a las fotografías de los jugadores, la mayoría de cuyos nombres había olvidado, aunque un día significaran mucho para él. En el fondo del montón había algunas fotografías más.
    Una en particular le llamó la atención. Era de cuatro hombres de uniforme. A la derecha, apoyado en un roble gigantesco, estaba su padre. ¿Quiénes eran los otros tres, y dónde estaban cuando se tomó la foto? El de la izquierda le resultaba familiar, y cayó en la cuenta de que debía de ser el tío Tomislav. Sí, aquella cara larga con orejas de soplillo. Sí, seguro. Vlado miró detenidamente los otros dos rostros, en busca de algún signo del hombre al que había conocido el día anterior. Pero ninguno de los dos hombres era Matek. Dio la vuelta a la fotografía, buscando una dedicatoria, pero sólo había el sello del estudio que había hecho la copia, con una dirección en Mostar, en el suroeste, la ciudad más cercana al pueblo natal de su padre, Podborje.
    La topografía indicaba sin lugar a dudas que la fotografía no se había tomado cerca de Jasenovac, donde el paisaje era llano y verde. En el fondo había colinas y más colinas, y los hombres parecían relajados, en paz con ellos mismos. No había fecha, pero conjeturó que debía de haber sido tomada en una fase anterior de la guerra, quizás antes de que nadie hubiera disparado un tiro.
    Tal vez la tía Melania en Podborje supiera algo más sobre los movimientos de su padre durante la guerra. Vlado volvió a colocar los demás papeles en la caja, metió la fotografía en el sobre y se la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta. Oyó abrirse la puerta detrás de él, el sonido de la televisión subió de volumen.
    – ¿Ha encontrado algo de valor?
    Era Konjic, asomándose por encima de su hombro, vencido por la curiosidad. Vlado lo miró desde el viejo lecho familiar, aclarándose la garganta.
    – No mucho. Algunos recuerdos de mis padres.
    Konjic sonrió abiertamente, como si para él fuera una gratificación personal que la misión de Vlado hubiera sido un éxito.
    – Por favor, cuando haya terminado, he venido a decirle que mi esposa ha hecho café. Mis hijos han salido a buscar un pastel. En honor a su regreso.
    Vlado podía haber jurado que Konjic le hacía una ligera reverencia, un gesto extrañamente conmovedor de aquel hombre al que apenas conocía. En el esquema más amplio de las cosas, aquella gente no le debía nada. Podían haber encontrado con la misma facilidad un apartamento desocupado en otro lugar. Pero si lo que deseaban era demostrar su gratitud, lo aceptaría, aunque tuviera poco tiempo que gastar. O puede que sólo tuviera ganas de estar entre una familia precisamente en ese momento, con hijos e hijas y sus padres, apiñados en torno a una mesa para comer y beber.
    – Gracias. Me gustaría -dijo.
    Se congregaron en la cocina, los niños dándose codazos para ocupar sus puestos mientras todos dejaban pasar a su invitado. La mesa era nueva, toscamente labrada pero sólida, con las líneas limpias y las ensambladuras bien encajadas. La que fuera de Vlado y Jasmina no habría sido lo bastante grande. Vlado pasó las manos por la superficie lijada y barnizada.
    – La he hecho yo -dijo Konjic, orgulloso-. Todo con herramientas de mano. Espigas y mi trabajo de ensambladura. Ya no se pueden conseguir tornillos, herramientas mecánicas y cosas así. Al menos si no se tiene un montón de divisas fuertes.
    – Está muy bien hecha.
    La expresión de Konjic se iluminó de pronto, y se levantó de un salto.
    – Casi se me olvida -dijo.
    Desapareció en el vestíbulo. Después de un breve traqueteo metálico volvió llevando en la mano una caja de herramientas abollada que Vlado reconoció como la de su padre, su única herencia. Le hizo temblar ligeramente el verla ahora, y no pudo menos de contemplar el poder de destrucción de los martillos, los destornilladores, las llaves inglesas, aun cuando dudaba de que la caja de herramientas hubiera pertenecido a su padre hasta mucho después de la guerra.
    – Era de mi padre -dijo débilmente mientras Konjic ponía la caja pesadamente en un extremo de la mesa.
    – Entonces debe llevársela -dijo Konjic, sonriendo abiertamente una vez más, aunque la caja de herramientas era sin duda una de sus posesiones más preciadas y valiosas.
    Al margen de lo que aquellas herramientas hubieran simbolizado en el pasado del padre de Vlado, habían construido aquella robusta y hermosa mesa.
    – No -dijo Vlado, esbozando una sonrisa forzada y negando con la cabeza-. Ahora es suya. No sabría qué hacer con ellas. Quédesela.
    Konjic asintió, sin decir palabra, como si percibiera que aquellos objetos podían tener algo más que una función y una utilidad. No había abierto la caja, pero Vlado no quería mirar en su interior. En cambio, recorrió con la vista la mesa y advirtió que el niño más pequeño lo miraba desde el extremo, el que estaba jugando con sus soldados. Vlado le sonrió.
    – Espero que disfrutes con esos soldados -dijo, con el deseo de cambiar de tema-. Yo los pinté todos. Pero sólo fue un entretenimiento para pasar el tiempo. No quiero que me los devuelvas. Demasiados recuerdos de la guerra. Así que me alegro de que te sirvan para algo.
    – Cuéntale la historia, papi -dijo el niño-. Cuéntale lo del soldado.
    Los ojos del padre brillaban.
    – ¿Se acuerda de aquella mañana, cuando nos invitó a entrar?
    – Sí. La explosión me despertó. No estaba seguro de que todos estuvieran bien, y me preocupaba que pudieran caer más proyectiles.
    – Fuimos de aquí al hospital, sólo para que nos examinaran, como usted nos dijo. Todo estaba bien. Entonces decidimos ir a buscar nuestra comida del día. Pan, agua y arroz. Ya sabe, lo normal. Nos repartimos las tareas. Nela y Mirela harían cola para el pan. Éste y yo -despeinó el cabello del niño pequeño- haríamos cola para el agua. Fue entonces cuando miré y vi a Hisham jugando con uno de sus soldados. Lo había cogido de la mesa cuando nadie le miraba. Le mandé que lo volviera a poner en su sitio y pensé que así lo había hecho.
    Vlado recordó que él también lo había pensado, y se acordó incluso de que le había decepcionado que el niño no se lo hubiera quedado.
    – Estuve a punto de decirle que se quedara con uno -dijo Vlado-, pero usted pareció muy severo al respecto, y ya sé lo que pasa cuando se intenta disciplinar a los hijos. No queremos que nadie nos contradiga. Por eso me contuve.
    – Que era lo que tenía que hacer. Pero aquí el pequeño Hisham, cuando nadie miraba se llevó uno. Y en cuanto lo vi le dije: «No. Tienes que devolverlo». Así que Hisham y yo regresamos a su apartamento. Usted ya no estaba, pero la puerta no estaba cerrada con llave, así que volvimos a poner el soldado en la mesa con los demás. Me aseguré personalmente de que así era. Para entonces, claro, llegábamos por lo menos diez minutos tarde para hacer la cola del agua. ¿Y qué cree que pasó entonces?
    Vlado negó con la cabeza.
    – Al llegar a la cola del agua nos enteramos de que un proyectil había caído sólo cinco minutos antes. Habían muerto cuatro personas, incluidos dos niños. Así que, ya ve, de no haber sido por su soldado, bueno, podríamos haber sido nosotros lo que estaban allí. Su hombrecillo azul, señor Petric, nos salvó la vida. Así que cada vez que Hisham juega con ellos, nos recuerdan la guerra, pero también nos recuerdan a usted, y todos los recuerdos son buenos.
    Konjic asintió con la cabeza de manera cortante, como si aquélla fuera su última palabra sobre el asunto.
    Vlado sintió que la balanza había comenzado por fin a reequilibrarse en su favor. Como consecuencia de su partida un niño había muerto. Aquella mañana también había muerto un compañero. Pero ahora, por fin, estaba aquel niño que había sobrevivido, sentado en un extremo de una mesa construida con las herramientas de su padre, sonriendo, con glaseado en las mejillas.
    – Gracias por contármelo -dijo Vlado sin levantar la voz, dejando la taza vacía en el platillo-. Y también gracias por todo esto.
    No hablaron mucho a partir de entonces. En su mayor parte muchas sonrisas y risas por tonterías que hacían los niños. Media hora más tarde Vlado se levantó de la mesa.
    – Será mejor que me vaya. Tengo mucho que hacer en Sarajevo.
    La familia lo acompañó hasta la puerta, despidiéndolo como si fuera un viejo amigo que había venido cargado de maravillosos regalos. Era un regreso mejor de lo que nunca habría esperado, y hasta que no hubo bajado la mitad de la cuesta que llevaba hasta el Holiday Inn no se acordó de la fotografía que había guardado en el bolsillo. Aceleró el paso, rozando el borde del sobre con las yemas de los dedos, preguntándose qué podía esperarlo, si es que había algo, en la casa del tío Tomislav en Podborje. Quizás el Tribunal había terminado de buscar a Pero Matek -lo sabría con seguridad esa tarde-, pero él no, y en ese momento le parecía que bien valía la pena una visita a Podborje.

15

    El vuelo de Janet Ecker llegó con casi una hora de retraso, por lo que apenas les quedó tiempo para otra cosa que no fuera la reunión prevista con Harkness y Leblanc en el Holiday Inn. Janet tuvo que informar a Vlado y Pine en el trayecto desde el aeropuerto.
    – Primero lo más importante -dijo Janet-. Contreras quiere que sigáis en el caso.
    Aquello era una sorpresa, pero de las buenas.
    – Oficialmente, por supuesto, no lo llamamos una búsqueda. Oficialmente seguís pistas sobre el paradero de un testigo material. Un testigo que por cierto acaba de asesinar a un compañero. Pero teniendo esto presente… -Sacó un sobre de su portafolios-. Tenéis billetes para un vuelo de mañana a mediodía.
    – ¿Adónde?
    – A Roma. Los dos. -Miró a Vlado-. Siempre que sigas dispuesto a viajar.
    Vlado asintió con la cabeza. Cualquier cosa que le permitiera seguir la persecución de Matek.
    – ¿Por qué Roma? -preguntó Pine, con un asomo de interés en la voz.
    – Tenéis que ver a alguien allí. Robert Fordham. Del contraespionaje del ejército. O lo fue hace tiempo. Fue el responsable de vigilar a Matek en la Roma de la posguerra. Vlado necesitará un visado, desde luego. Los italianos han prometido tener uno listo para mañana por la mañana.
    – ¿Y qué hay de Andric? -preguntó Pine.
    – Tenemos a una docena de personas ocupándose del caso. Lo más probable, de todos modos, es que ya esté en Serbia. En cuanto a lo demás, Spratt ha dispuesto lo necesario para que venga alguien a hacerse cargo de Benny. Tenía familia en Nueva York. Van a repatriar el cadáver. Se celebrará un funeral conmemorativo este viernes en La Haya.
    Aquello les hizo callar por un momento. Después Pine tomó la palabra.
    – Pero sigo sin entender cuáles son nuestras prioridades. Personalmente, estoy totalmente a favor. Después de lo que le ha pasado a Benny, prefiero perseguir a Matek antes que a nadie. Pero si fuera un contador de habas del Tribunal diría: esperad un momento, estamos desperdiciando un montón de recursos limitados para buscar a un viejo a quien no nos corresponde buscar. Ni siquiera por asesinato.
    – Alguien puede decirlo todavía. Pero por el momento el único que quiere que dejemos el caso es Harkness. Éstas son las órdenes, de todos modos. Así que estad preparados para un sermón.
    – Creía que todo esto era idea suya. Suya y de Leblanc. ¿Y ahora que hemos perdido a un buen hombre espera que abandonemos sin más? ¿Pero qué coño está pasando?
    – Tal vez debas preguntárselo a él. Pero hay algo de todo esto que parece asustarlo.
    – ¿Y qué decimos cuando pregunte cuál será nuestro paso siguiente?
    – Mencionamos Roma, y eso es todo. Y no damos más datos.
    Llegaron al Holiday Inn con sólo unos minutos de margen y subieron a toda prisa a una pequeña sala de juntas donde esperaban los dos enviados. Leblanc estaba sentado con calma en uno de los lados, con una sonrisa remilgada que era casi una sonrisita de complicidad. Harkness vestía una chaqueta de tweed. En verdad traía a la mente la imagen de un caballero rural británico, pensó Vlado, que albergaba la esperanza de que no hubiera más apartes relacionados con Popovic. Se sentaron en torno a una mesa ovalada, mientras Harkness se dirigía a grandes zancadas hacia un extremo como si fuera el maestro de ceremonias.
    – ¿Desean beber algo, caballeros? -preguntó-. Y señora, desde luego.
    Vlado casi esperaba que tuviera preparado un gin tonic, habida cuenta del porte de aquel hombre, pero la única bebida que había a la vista era una botella de agua mineral.
    – Me gustaría comenzar expresando mi pésame. Supongo que todos hemos aprendido una triste y costosa lección esta mañana.
    – ¿Y qué lección sería ésa? -preguntó Pine abruptamente.
    – Que este lugar sigue siendo muy peligroso, y también que el Tribunal, pese a su crecimiento, no está realmente preparado para la cuestión de las persecuciones. No deberíamos haberles empujado a desempeñar ese papel. Nuestras disculpas. Y nuestras más sentidas condolencias por Benny. Era un tipo espléndido.
    Cabía suponer que hablase también en nombre de Leblanc, aunque a juzgar por la expresión del francés no estaba claro que compartiera la disposición de Harkness a aceptar la culpa. Janet y Pine guardaban silencio, y Vlado no pudo por menos de contrastar la fría atmósfera con la calidez del hogar que había visitado -su propio hogar, tuvo que recordarse- sólo unas horas antes. Se preguntó también por la manera en que Harkness se había hecho cargo, como si le correspondiera a él dirigir la operación.
    – Evidentemente -continuó-, nuestra principal prioridad ahora es Andric, a pesar de las cuestiones personales que hay en juego. Tengo previsto mantener una conversación con Contreras antes de nada para asegurarnos de que está en la misma página. Se ha informado también al Departamento de Estado, desde luego, y su posición es la misma. Si la policía va a tener que vigilar la mitad de las estaciones de ferrocarril y de los aeropuertos de Europa, también podríamos centrarnos en la presa más importante, a pesar de los acontecimientos de esta mañana en Travnik. Por no hablar de los problemas obvios de jurisdicción y autorización.
    – Esta reunión es sólo de cortesía -dijo Pine, con la cara encendida-, y las órdenes del Tribunal dicen claramente que Vlado y yo debemos seguir la pista de Matek. Janet me respaldará en ese punto.
    – «A la mierda la jurisdicción» -dijo Janet-. Palabras textuales de Contreras hace una hora.
    – Recobrará el juicio pronto -dijo Harkness, limpiándose las gafas con un pañuelo-. Cuando el dolor haya pasado o cuando tenga otro agente muerto del que responder. Esperemos que sea lo primero, no lo segundo.
    – Nosotros no somos agentes -dijo Pine, aún más rojo-. Ése es vuestro mundo. Nosotros sólo somos investigadores y fiscales. Y si no supiera lo que sé, diría que acabas de amenazarnos.
    En ese momento le tocó a Harkness el turno de enojarse. Tiró las gafas encima de la mesa con fuerza casi para romperlas y apuntó con un dedo rosado a Pine.
    – No es una amenaza. En absoluto. Benny Hampton era un buen hombre. Nadie aquí lo discute. Pero meterse en asuntos que no son de la maldita competencia del Tribunal lo único que puede hacer es crear más problemas. Seguid adelante si queréis. Pero no esperéis el mismo entusiasmo del Departamento de Estado cuando llegue el momento de soltar la pasta para otro presupuesto del Tribunal. Y esto sí es una amenaza. En este punto, todo lo que reste recursos para la captura de Andric es un despilfarro y un obstáculo.
    – Como si ninguno de nosotros supiera que Andric se ha ido -dijo Janet.
    – A Serbia, quieres decir -dijo Leblanc, que hasta ese momento se había conformado con observar a los americanos atacarse mutuamente-. Tendría sentido. Milosevic acoge a todo aquel que puede y lo envía a Kosovo. Un cable de esta mañana, y estoy seguro de que monsieur Harkness ha recibido la misma información, dice que acaban de trasladar a otros veinte mil.
    – Creía que los serbios eran amigos vuestros, Guy -dijo Harkness, aparentando una actitud campechana-. Y ya que se ha sacado el tema, no va a decirnos que alguien de su bando no avisó al general Andric, ¿verdad? No lo iba a plantear por cortesía, pero ya que estás tan seguro de su destino actual parece apropiado.
    Se produjo un incómodo silencio. Desde el principio de aquella operación, Vlado se había preguntado por la naturaleza exacta del trabajo que hacían Harkness y Leblanc. Cuando era adolescente estaba de moda catalogar a todos los visitantes estadounidenses de agentes de la CIA. Todos los británicos eran del MI-5, y los escasos rusos eran por supuesto del KGB. Tenía más de juego que una creencia, hasta el punto de convertirse en un tópico idiota. Cuando los Juegos Olímpicos llegaron a Sarajevo en 1984, sus amigos convirtieron en juego el «seguimiento» de ciertos atletas y turistas por las zonas de bares nocturnos, fingiendo haber identificado realmente a un agente. Pero en el caso de Leblanc y Harkness, advirtió Vlado, el truco de salón era mucho más complejo. Por una parte, parecían hacer de todo menos darle codazos y hacerle guiños para convencerlo de que sus conexiones eran mucho más profundas que el mero mundo diplomático. Pero no paraban de cotorrear sobre sus jefes en el «Departamento de Estado» o en el «Ministerio de Exteriores». Era desconcertante, sobre todo porque no estaba seguro de con quién estaba tratando, si con el representante de un país o con el de un organismo que tenía una agenda más reservada. O quizá con aquellos dos, pensó, las apuestas eran personales.
    – A lo mejor vosotros podéis discutir más tarde -dijo Janet-. Pero mientras no se nos diga lo contrario, desde La Haya, no desde Washington o París, seguimos en el caso Matek. Esto es una reunión informativa en vuestro beneficio, no una sesión de planificación que tenéis que dirigir.
    – De acuerdo -dijo Harkness-. Seguiré jugando. ¿Y cuál podría ser vuestro siguiente paso en esta trascendental persecución de Matek? Como cortesía solamente, desde luego.
    – Pensamos en Roma como posible destino.
    Harkness se echó a reír, y después bebió agua con ganas.
    – No iréis a perder el tiempo hablando con ese viejo charlatán de Bob Fordham, espero.
    Janet se estremeció, pero no dijo nada.
    – Sé que aparece en todos esos viejos cables. Pero se sabe que ese hombre no es de fiar. Por eso se borró, ya sabes. Nadie podía creer una palabra de lo que decía. La prioridad para todos nosotros debería seguir siendo Andric. Y si puedo añadir algo de mi cosecha, simplemente como asesor, desde luego, diría que la clave para encontrar a Andric es encontrar a Branko Popovic.
    Vlado intentó no mostrar su sorpresa. Se le pasó por la mente la imagen del cuerpo de Popovic en el maletero, boca abajo como Benny, con la carne pálida y sin vida como la de Benny, la oscura mancha de sangre en la espalda.
    – Hay un hombre que tiene algunas conexiones de verdad en el ejército que puede ayudarnos si lo encontramos -dijo Harkness-. No sólo en el caso de Andric, sino también en el de Matek. Los mismos amigos sospechosos. Y por lo que he oído, ciertas partes han trabajado ya para cerrar un trato de inmunidad a cambio del testimonio de Popovic. No quiero decir que seamos nosotros ni quiero decir que sea vuestra gente, Guy. Puede que hasta seamos todos, bajo los auspicios del Tribunal. Al menos eso es lo que he oído.
    Aquello era una noticia para Pine, aparentemente.
    – ¿Un trato? El auto de procesamiento lleva más de un año, si es a eso a lo que te refieres. Un acta de acusación secreta, de acuerdo. Pero no hay nada más que eso.
    Janet, con aspecto afligido, tomó la palabra.
    – En realidad, Calvin, se mantienen conversaciones en niveles muy superiores al nuestro desde hace bastante tiempo. No puedo hablar con autoridad, pero Spratt y Contreras querían liarlo por distintas razones. Al parecer Popovic sabe cosas sobre mucha gente importante, y no sólo de Andric.
    – No voy a decir que no -dijo el francés, que mantenía la mirada fija en la mesa.
    – Disculpad -dijo Harkness-, pero ¿podría ser éste un buen momento para pedir a nuestro amigo balcánico el señor Petric que salga de la sala?
    Vlado se puso tenso. Se preguntó de qué más se había enterado Harkness en relación con Popovic en los últimos días y qué podría significar para él. No había modo de que abandonara la sala voluntariamente, pero alguien debía decirlo por él. Cuando por fin llegó la ayuda, provino de un rincón improbable.
    – Personalmente -dijo Leblanc-, no entiendo por qué nadie tiene que irse.
    – Personalmente, yo estaría de acuerdo en este punto -respondió Harkness, irritado-. Profesionalmente, cuanto más pequeño sea el circuito, mejor.
    – Pero Paul -continuó Leblanc, con una mirada que revelaba que la conversación había ido precisamente hacia donde él quería-, en lo que a Vlado se refiere, todo esto es personal. ¿O te has olvidado de las conexiones que hicieron que nos fijásemos en él? ¿No crees que se ha ganado la inclusión?
    Vlado esperaba que la única conexión a la que se refería fuera la de su padre. A juzgar por el súbito sonrojo de Harkness, ése parecía ser el caso.
    – Sí, desde luego -dijo Harkness, ruborizándose-. Supongo que no estoy acostumbrado a incluir a locales en esta clase de asuntos. No era mi intención ofenderte, Vlado.
    – Tomo nota, Paul -dijo Vlado, deteniéndose en el nombre-. Al fin y al cabo, sólo se trata de mi país.
    Leblanc agachó la cabeza, conteniendo la risa.
    – Una vez zanjado este asunto -dijo Pine-, ¿qué tiene que ver algo de esto con Popovic, a no ser su condición de testigo contra Andric?
    Harkness miró a través de la mesa hacia Leblanc.
    – Guy, ¿quieres decir algo al respecto?
    Leblanc se encogió de hombros.
    – Ha trabajado para los dos. Además de lo que ofrezca al Tribunal.
    – Nos ha dado algunas cosas bastante buenas -dijo Harkness-. Ayuda en la selección de objetivos militares. La última palabra sobre el pensamiento de los dirigentes yugoslavos. Se ha convertido en todo un chaquetero. A buen precio, desde luego. -Miró a Vlado-. Y sin duda le costaría la vida si llegara a saberse. Suponiendo que no se la haya costado ya.
    – ¿Crees que podría estar muerto? -preguntó Pine.
    Vlado se apretó las manos bajo la mesa.
    – Es una posibilidad -dijo Harkness.
    – A menos que haya desaparecido del mapa para ayudar a Andric -agregó Leblanc-. Otra posibilidad. Tal vez Andric ofreció más que el Tribunal por sus servicios.
    – Eso no tendría sentido -dijo Pine-. No si volver la prueba contra Andric era de verdad su billete para la libertad.
    Harkness y Leblanc intercambiaron miradas, Harkness con una mirada que pareció de advertencia.
    – Hay otros aspectos -dijo Leblanc-. Pero me temo que no puedo compartirlos precisamente ahora.
    Pine se volvió hacia Janet.
    – ¿Sabes de qué coño están hablando?
    Janet bajó la cabeza.
    – No.
    – ¿Estás segura? -dijo Pine con irritación-. ¿Dadas tus conexiones con «la comunidad»?
    Cuando levantó la vista, fue evidente que Janet estaba furiosa.
    – Segurísima. Y no vuelvas a poner en entredicho mis palabras, sobre todo en lo que se refiere a mis supuestas conexiones.
    Vlado seguía intentando reunir las piezas cuando levantó la vista y vio a Harkness riéndose, mirando hacia él.
    – Pareces un poco pasmado, viejo amigo. Bienvenido a la jungla de los espejos.
    – «Jungla de los espejos» -repitió Vlado.
    Era una expresión interesante.
    – Un viejo espía paranoico lo dijo refiriéndose a la comunidad del espionaje -explicó Janet-. Sobre todo porque nunca aprendió a distinguir la diferencia entre las imágenes reales y los reflejos. Resume a la perfección esta situación, diría yo.
    – Ya que estamos con el tema de la perplejidad -dijo Leblanc-, en mi opinión las tres desapariciones pueden estar relacionadas. Incluida la de Matek.
    Harkness le lanzó una mirada sombría.
    – Creo que ahora estamos hablando fuera de la norma, Guy.
    – Todos queremos lo mismo, ¿no es así, Paul?
    – Dímelo tú. Pero mientras no se descubra el pastel, ¿puedo ofrecer algún otro consejo?
    – ¿Por qué no? -dijo Pine-. Nos lo vas a dar de todos modos.
    – Vayáis donde vayáis, andad con pies de plomo. Os engañáis si pensáis que Matek no tiene alcance internacional. Ya habéis silbado una vez al pasar por la tumba, caballeros, y mirad adónde os ha llevado eso. Si metéis la pata en Italia podría ser peor. Así que ¿por qué no lo dejáis en manos de los profesionales?
    – Pensaba que éramos profesionales -dijo Pine.
    – Sabes a qué me refiero. Además, podría ser más productivo buscar primero a Popovic. Y por lo que sé de ese hombre, hay un montón de buenas pistas en Viena, en Zúrich y especialmente en Berlín. Tú eres berlinés, Vlado. Debes de tener contactos en la comunidad yugoslava de allí. Seguro que alguien habrá visto a Popovic, al margen del nombre con el que viaje.
    Vlado se preguntó si era el único en la sala que pensaba que la sonrisa de Harkness parecía de pronto predadora. ¿A quién debía temer más, se preguntó, a Matek o a Harkness? Pero estaba a punto de enredarse aún más con los dos, llevado por su interés por el pasado de su padre. El desafío consistía en no caer en el lazo.
    – Se me ocurre una idea mejor, Paul -dijo Janet-. ¿Qué tal si nos dices cómo encajan las piezas, y así podremos ayudarte después aún más? Teniendo en cuenta lo que piensas de nuestro trabajo.
    – Hemos ofrecido ya más información de lo que me hubiera gustado -dijo, mirando significativamente a Leblanc-. Pero si puedes ser más precisa en cuanto a lo que quieres saber, tal vez pueda ayudarte.
    Era el viejo truco del burócrata. Te diré lo que tengo siempre y cuando ya lo sepas. Pero Janet lo puso en evidencia.
    – Seré muy precisa. Hay un documento del expediente de seguridad de Matek que no puedo tocar. Su repatriación en mil novecientos sesenta y uno. Al parecer tú lo has visto, pero todas las peticiones que hago son baldías.
    – Me temo que no nos corresponde a nosotros revelarlo. Tendrás que pedírselo a los yugoslavos.
    – Quizá deberías esforzarte un poquito más para liberarlo, sobre todo si Belgrado sigue queriendo que los antiguos criminales de la Ustashi como Matek queden a buen recaudo.
    – No he dicho que no lo hayan revelado. Lo que he dicho es que no nos corresponde a nosotros revelarlo. Algunas cosas se nos confían con condiciones. Sometidas a ciertas restricciones.
    La cara de Janet estaba tensa.
    – Eso es absurdo.
    – No. Se llama protocolo diplomático. Sucede siempre.
    – Sabes perfectamente que siempre hay formas de sortear esa clase de protocolo. Especialmente desde donde tú estás sentado. Y no hablo de tu mesa en el Departamento de Estado.
    Al menos alguien había dejado por fin de marear el tema, pensó Vlado. Harkness estaba claramente disgustado, aunque Leblanc exhibía una afectada sonrisa.
    – No hay por qué hacer de esto una cuestión personal -respondió Harkness con serenidad. Y después, lanzando una sonrisa descarada a Pine, agregó-: Tú mejor que nadie, Janet, deberías saber cómo no hacer de las cosas una cuestión personal. Te ofusca.
    Janet se puso roja como un tomate. Leblanc revolvió unos papeles, con una expresión tan anodina como si acabara de asistir a la reunión más tranquila del mundo.
    – En fin, señora, caballeros -dijo Harkness en tono triunfal, levantándose de pronto de su asiento-. Parece que hemos cubierto el terreno necesario. Os deseo lo mejor en vuestra insensata persecución, por mucho que os apartéis del buen camino. Y salud.
    Alzó su vaso de agua, como si brindara con champán por el final de un partido de cricket.
    Nadie le secundó en el gesto.
    – Ha sido una experiencia que podía haberme ahorrado -dijo Pine unos instantes después, todavía echando humo. Él, Janet y Vlado estaban en la cafetería del hotel-. ¿Alguno de vosotros tiene idea de a qué se referían con conexiones entre los sospechosos?
    Janet negó con la cabeza.
    – Pero tiene que estar en alguna parte de los expedientes. O puede que Fordham lo sepa. ¿Por qué si no iba a querer Harkness alejarnos de Roma? Apuesto a que Popovic no es nada más que un callejón sin salida.
    Pues claro que lo era, pensó Vlado, que sólo quería cambiar de tema.
    – Decidme -dijo-. Harkness y Leblanc no son sólo diplomáticos, ¿verdad?
    Pine sonrió.
    – Son secretas, quieres decir.
    – ¿Secretas?
    – Espías. Inteligencia. O en el caso de Harkness, de la CIA, con cobertura diplomática.
    – Sí. Secretas, entonces.
    – Tal vez. Eso es lo que se ha supuesto siempre, aunque nadie lo diga.
    – ¿Por qué no sale alguien sin más y lo dice?
    Janet se echó a reír.
    – ¿Quieres decir, «Hola, soy Paul Harkness, de la CIA»?
    – No. Pero uno de vosotros debería habérmelo dicho.
    – Supongo que te acostumbras a tratar con gente como ellos cuando trabajas en sitios así -dijo Pine-. Además, nunca se sabe a ciencia cierta.
    – Así que tratas con ellos de la misma manera en que lo harías con cualquier extraño -agregó Janet-. Aun en el caso de que sean diplomáticos convencionales, siempre tendrán sus propias agendas, y créeme, algunos son tan arteros como cualquier secreta. Así que cooperamos cuando no nos queda más remedio, pero de lo contrario somos muy reservados.
    – Pero vosotros dos sois americanos. Así que debéis estar del lado de Harkness. Al menos un poco.
    – A veces me lo pregunto -dijo Pine.
    – Considéralo como nosotros, el Tribunal, contra todos los demás -dijo Janet.
    Vlado negó con la cabeza. Todos en el mismo bando, pero todos trabajando para otros. Quizás aquél era el futuro de Bosnia, un conflicto que maduraría de una pelea con cachiporras a una intromisión artera y quirúrgica.
    – Tienes razón, Calvin -dijo Vlado-. Nuestra política no es nada en comparación con todo esto.
    – Bueno, cuéntame algo más sobre Robert Fordham -dijo Pine-. ¿Es cierto que es un charlatán embustero?
    – En tal caso, es el charlatán más reacio con el que me he encontrado -dijo Janet-. Tardé por lo menos media hora en convencerlo de que podía fiarse de mí. Incluso llamó para verificar si era de fiar. Supongo que su fiabilidad depende de lo buena que sea su memoria. Pero es más o menos la única persona que queda de la época romana de Matek. Un bicho raro. Un poco ermitaño. Era un mocoso del Servicio Exterior en fase de formación, ahí es donde aprendió italiano, pero no se trasladó a Roma a tiempo completo hasta hace seis años, al morir su esposa. En mil novecientos cuarenta y seis llegó a Roma por la vía dura. Desembarcó en Anzio con el V Ejército de Estados Unidos y avanzó hacia el norte. Al terminar la guerra, su papá del departamento se las arregló para conseguirle un destino en un equipo de contraespionaje del ejército. El número 428. Lo demás está aquí.
    Janet les entregó una carpeta de color crema llena de papeles.
    – ¿A qué se refería Harkness cuando dijo que Fordham se había borrado? -preguntó Vlado.
    – Parece ser que en el cuarenta y seis puenteó a sus superiores. Los detalles son confusos. Tampoco se llevaba demasiado bien con Angleton y algunos de los jefes de la CIA.
    – ¿Quién es Angleton? -preguntó Vlado.
    – Qué gracia que lo preguntes -dijo Janet-. Es el tipo al que se le ocurrió la frase de la «jungla de los espejos», sobre todo porque acabó perdido en ella. Combatía en la Guerra Fría antes de que mucha gente supiera que existía. Al final de su carrera veía agentes dobles detrás de cada arbusto. En cualquier caso, supongo que, a juicio de Angleton, Fordham no se licenció precisamente con honores. Volvió a casa y se hizo banquero. Quiso ingresar en el Servicio Exterior, pero suspendió la prueba de seguridad. Probablemente por culpa de Angleton.
    – Así que tiene un interés personal -dijo Pine.
    – Es posible. Pero es él o nadie.
    – Hay otra cosa -comentó Vlado-. Puede que sea una pista, puede que no. -Sacó la vieja fotografía del bolsillo y les habló de su tía Melania-. Si sigue viva, tal vez merezca la pena hablar con ella. Su casa está en Podborje.
    – Qué interesante -dijo Janet, mientras estudiaba la fotografía-. ¿Dónde está Podborje?
    – A dos horas en coche como máximo, incluso por malas carreteras.
    – ¿Crees que sigue viva?
    – Esas mujeres de las granjas son muy duras -dijo Vlado-. Hay un viejo chiste sobre las mujeres de Herzegovina. «¿Por qué los maridos siempre mueren antes que las mujeres? Porque quieren.»
    Pine se rió ruidosamente, Janet no tanto. Pero admitieron que el viaje valía la pena. Vlado y Pine irían por la mañana.
    – De acuerdo, pues -dijo Janet, dando por cerrada la reunión-. Entonces viajaréis hacia el sur antes de que yo me levante. Pero volved a tiempo para el vuelo de Roma. Entonces veremos hasta dónde podéis hurgar en el pasado de Matek.
    Vlado sonrió forzadamente. Nunca había estado en Roma, pero el pasado se estaba convirtiendo en territorio familiar.
    – Un viaje a través del tiempo -dijo-. Parece que últimamente estoy haciendo muchos.

16

    Se pusieron en marcha antes de salir el sol, y cruzaron en medio de la oscuridad altos pasos de montaña donde sucios montones de nieve bordeaban el camino. Pero cuando llegaron a la salida sur de Jablanica, el vapor se elevaba desde el pavimento hacia la temprana luz de lo que sería un día de calor anormal para la estación.
    – Por lo que recuerdo, es un poco exagerado incluso llamarlo pueblo -dijo Vlado-. Unas pocas granjas y casas, bastante dispersas. Pero sí recuerdo que se puede ver la casa de mi tío desde lo alto de la colina, cuando la carretera comienza a descender hasta el valle.
    Después de salir de la carretera principal, las carreteras parecían más caminos de cabras con pretensiones, de tierra y grava, con más surcos aún que el que llegaba al complejo residencial de Matek.
    – ¡Por Dios! -gritó Pine cuando los bajos del Volvo rozaron otro montículo de piedra-. Espero que a la Unión Europea no le importe invertir en otro sistema de escape.
    Unas pocas curvas más tarde, Vlado gritó «¡Para!» y Pine detuvo con suavidad el coche en el arcén de una curva cerrada. Vlado se apeó rápidamente, pisando el borde de hierba de un saliente desde el que se divisaba un valle profundo y angosto. Pine se unió a él, captando el panorama. La brisa matinal era suave en el calor ascendente.
    – Allí. El segundo tejado. ¿Lo ves? -Vlado parecía tan entusiasmado como un niño pequeño. La mañana traía la sensación de un volver a empezar, del comienzo de una aventura, sobre todo cuando Roma estaba esperándolos al final de la jornada-. No me lo puedo creer -dijo-. Recordaba exactamente esta vista. Mi padre nos hizo bajar a todos del coche. Creo que incluso sacó una fotografía.
    – Esperemos que tu tía siga ahí abajo.
    – Oh, ahí está -dijo Vlado, con una amplia sonrisa-. Mira la chimenea.
    Volutas de humo blanco salían haciendo remolinos de un extremo del tejado rojo.
    – Puede que sea otra persona.
    Vlado negó con la cabeza.
    – En Podborje no. Cuando la gente muere, nadie se muda a su casa. Nadie se muda ya a lugares como éste. Vamos.
    Tardaron otros quince minutos en el descenso. No se habían cruzado con otro coche desde hacía al menos una hora. Pararon ante una casa de ladrillo revocado y con el tejado rojo. A la derecha había un establo de madera deteriorado por el clima. Al otro lado había campos pardos, con rastrojos de hierbajos y restos del trigo del verano anterior. El valle estaba en silencio, sólo se oía el sonido del viento en los campos, y el aire olía a humo.
    La nieve cubría todavía parte del pequeño césped, pero se derretía con rapidez. Del establo llegó hasta ellos el golpeteo de una puerta de madera, y entonces vieron salir a una mujer de baja estatura y encorvada, con una larga falda, que llevaba dos baldes humeantes de leche, uno en cada mano. Observó escéptica a aquellos visitantes con su moderno coche blanco, pero no dejó de caminar hacia la casa.
    Era ella, se dio cuenta Vlado, aunque recordaba su cara tersa y morena. Ahora estaba arrugada y hundida, amarillenta y con manchas, como una de esas muñecas de artesanía que se hacen con manzanas secas. Pero sus movimientos seguían teniendo fuerza.
    – Tía Melania -se atrevió a decir Vlado tímidamente.
    La anciana se detuvo, dejando con cuidado los baldes en el barro, entrecerrando los ojos a la luz de la mañana.
    – ¿Vlado? -dijo con voz aguda pero fuerte-. ¿Eres tú, chico?
    Vlado asintió con la cabeza y ella cayó de rodillas como si hubiera recibido un disparo, hizo la señal de la cruz rápidamente y musitó palabras que no pudieron oír. Se precipitaron a su lado, pero ella sonreía.
    – Por favor -dijo jadeando-. Cuidado con la leche.
    Luego se puso de pie, envolviendo a Vlado en un abrazo huesudo antes de dar un paso atrás para mirarlo a los ojos como si fuera la octava maravilla del mundo. Un gallo pasó pavoneándose, cacareando nerviosamente como si inspeccionara a los intrusos.
    – No pensé que te volvería a ver -dijo-. Sobre todo cuando oí decir que tu padre había muerto. Debió de decirte cuánto deseaba no volvernos a ver nunca.
    – No -dijo Vlado-. Nunca lo dijo. Pero sí recuerdo haber venido aquí.
    Ella siguió mirándolo detenidamente, como si buscara signos de falsedad. Pareciendo satisfecha por fin, dijo:
    – Entrad. Tengo una cosa para ti, pero primero voy a hacer café. Y estoy horneado pan. Comeréis algo.
    Una vez dentro, Vlado presentó a Pine como su «amigo de América».
    – Pero no entenderá nada de lo que diga, así que no te preocupes.
    Ella se rió.
    – Entonces será como con tu padre. Tampoco entendía nunca lo que yo decía, o fingía no entenderlo. Tu madre, en cambio, siempre supo que decía cosas sensatas.
    La casa olía a pan caliente. Les hizo sentarse a una mesa tosca, hecha de forma muy parecida a la de Konjic, sacó una hogaza de pan moreno de la boca de un inmenso horno y puso una cafetera a hervir, haciendo el café a la turca, molido más fino que el polvo, que dejaba un sedimento turbio en todas las tazas.
    – La mujer de la granja de al lado y yo horneamos para las dos -dijo-. Ella también es viuda. Vivimos a dos kilómetros de distancia, y nos turnamos para hacer el camino. Tardará una hora en venir, así que tenemos mucho tiempo para hablar. Pero primero, unos huevos. Venid.
    La siguieron de nuevo al exterior, pasando ante el establo con su olor a estiércol y frialdad húmeda hasta llegar a un viejo gallinero, donde se agachó entre las aves, que batieron sus alas mientras sacaba un huevo de cada uno de los seis nidales. Una vez de regreso en la cocina cogió una sartén de hierro ennegrecida de un gancho de la pared y comenzó a hacer huevos revueltos con todos ellos. Puso platos y tenedores ante ellos y se sentó a un extremo de la mesa.
    – Supongo que no debería sorprenderme tanto al verte, cruzando las montañas cuando el sol apenas ha aparecido en el cielo. Y además con un americano. -Sonrió, con los ojos brillantes de picardía-. Siempre decías que ibas a ser explorador, ya sabes. Un viajero de los mares. O al menos de eso trataban todos tus libros cuando eras niño. ¿Es eso lo que eres ahora?
    – Se me había olvidado por completo -dijo Vlado, riendo-. ¿No era Magallanes mi preferido, porque había sido el primero en dar la vuelta al mundo?
    – Sí. Querías ser el Magallanes yugoslavo. Decías que querías navegar por Tito. Tenías que haber visto la cara que puso tu padre cuando lo dijiste. Era lo único que podía hacer para no gritarte, pero se contuvo. Tu madre y yo nos reímos de buena gana y te azuzamos. Éramos terribles.
    – ¿Y el tío Tomislav?
    – Oh, esas cosas ya no le preocupaban.
    Vlado hizo una pausa que duró lo suficiente para que Pine, que había estado callado hasta entonces la interpretara. Aquello motivó una pregunta de la tía Melania.
    – He visto el símbolo de la Unión Europea en vuestro coche. ¿Es para ellos para quienes trabajas?
    Cuando Vlado le dijo que trabajaban para el Tribunal Internacional para Crímenes de Guerra, sus ojos se abrieron del todo. Volvió a evaluar a Pine con más detenimiento y después preguntó:
    – ¿Es ése el motivo de que estés aquí? ¿Crímenes de guerra?
    – Sí, pero es muy complicado.
    – Esas cosas suelen serlo. -Ahora miraba hacia abajo, sosteniendo la taza de café en el regazo-. ¿Qué te contó tu padre de la guerra?
    – La verdad es que nada. Pero me he enterado de algunas cosas en la última semana. Sobre lo que hizo. Dónde estuvo. Que se fue a Italia después, cosas así.
    – Entonces tal vez puedas entender por qué después él y tu tío Tomislav nunca se llevaron bien de verdad.
    – ¿Por la guerra?
    – Sobre todo por lo que pasó después. Tu padre había viajado con otro chico de aquí. Pero Rudec.
    Pine oyó el nombre e hizo un gran esfuerzo para entender lo que se decía. Vlado confiaba en que Pine tendría el tino de ser paciente y no interrumpir.
    – Sí. He oído hablar de ese Rudec.
    Negó con la cabeza, bebió un sorbo de café y habló muy despacio, en tono grave.
    – Entonces puede que también conozcas a un hombre llamado Josip Iskric.
    – Sí. Era mi padre.
    Ella asintió con la cabeza y guardó silencio durante unos instantes.
    – Iskric era también mi apellido, por supuesto. Hasta que me casé con tu tío Tomislav. Nuestra familia vivía por todo este valle. Ahora sólo quedamos unos pocos. A muchos los mataron en la guerra.
    – Háblame de la guerra.
    – Lo peor vino después. Fue entonces cuando tu padre y Pero se marcharon del país. Pero tu tío se quedó, y las nuevas autoridades, la gente de Tito, lo metieron en la cárcel durante algún tiempo. A él y a algunos otros de las milicias locales. Él nunca se había metido en política. Combatió en el Ejército de Defensa Nacional porque todos sus amigos también lo hicieron. Pero él nunca se cosió la gran U de la Ustashi en los hombros como algunos de ellos. Como tu padre, para empezar, al menos durante algún tiempo. Y también como ese Rudec, como si alguna vez le hubiera preocupado otra causa que la suya.
    »Pero a tu tío no le interesaban las causas, y creo que eso fue lo que lo salvó. Unos amigos suyos del pueblo, la familia Seratlic, eran serbios. Sobrevivieron. Alguien debió de esconderlos durante la guerra, porque cuando terminaron los combates todos los demás serbios del valle estaban muertos o se habían marchado. Se fueron hacia el norte. Pero Seratlic respondió por Tomislav. Por qué, no lo sé, porque Tomislav no habría hablado en su favor, y desde luego no los habría escondido. Siempre hizo lo que le mandaron. Pero una vez les habíamos vendido leche a un precio justo, cuando su padre tenía una lechería. Así que tu tío salió de la cárcel. Otros se quedaron dentro. A algunos los fusilaron. Juicios rápidos a los que nadie asistió jamás. Leías un párrafo en el periódico y eso era todo. Eran malos tiempos.
    »Pensamos que tu padre había muerto. Rudec también. Y cuando no supimos nada de ellos durante unos cuantos años, tuvimos la certeza de que así era. Mi único hermano, muerto. Después, en mil novecientos sesenta y uno, recibimos una carta suya. Nos decía que la quemásemos después de leerla. Ni siquiera llegó por correo ordinario. La trajo un viejo montado en una mula a quien se la había dado otra persona en un tren. No constaba su verdadero nombre en ella, pero supimos quién era por lo que decía.
    – ¿La guardas todavía? -preguntó Vlado, más como hijo que como investigador.
    – La quemamos, como él pedía. Nos decía que un día vendría a vernos, pero que por el momento era demasiado peligroso. Decía que estaba cerca de Sarajevo, que había aprendido un oficio y había conocido a una mujer. Pero no nos decía cuál era su nuevo nombre, ni el de su pueblo. Cuando tú eras un niño, sólo sabía que te llamabas Vlado. A lo mejor ahora puedes decirme tu apellido. Siempre me lo he preguntado. ¿Me lo puedes decir?
    – Petric -dijo Vlado, sintiéndose fraudulento al pronunciarlo, una creación de la falsificación y el engaño-. Vlado Petric. Siempre ha sido mi nombre.
    Ella asintió con la cabeza de manera cortante, aceptándolo.
    – Antes de que siga -dijo Vlado-, tengo que decirle a mi amigo algo de lo que hemos estado hablando -puso al corriente a Pine, omitiendo la parte relacionada con su nombre.
    – Pregúntale si en la carta de tu padre se mencionaba a Rudec -dijo Pine.
    La respuesta fue no.
    – Pero Rudec está vivo, ¿verdad que sí? -preguntó Melania-. La visita tiene que ver con él.
    – Sí. Pero ahora se llama Matek. Lo estamos buscando. En parte por el pasado. En parte porque ha matado a un compañero nuestro.
    Ella negó lentamente con la cabeza, pesarosa.
    – Entonces os ayudaré si está en mi mano. Pero me temo que no sé gran cosa. Nunca regresó. Nunca escribió ni envió una palabra a nadie. Sólo tu padre volvió, y hasta tuvo que entrar a escondidas en el valle. Dijo que si alguien averiguaba su verdadero nombre lo mandarían a la cárcel, o lo matarían. Pero por supuesto Tomislav, al ser hombre, tenía que hablar de la guerra. Así que después de cenar, y después de la tercera copa de brandy, Tomislav comenzó a hacer preguntas. Sobre la guerra y sobre el año en que tu padre se fue al norte.
    Vlado sabía adónde llevaba el norte: directamente al río Sava y a Jasenovac.
    – Quería saber qué había sido de Rudec, y adónde habían ido, qué habían hecho todos aquellos años. Tal vez tu padre se había dejado pervertir por una mala política, le dijo Tomislav. Por todos aquellos hombres que marchaban al paso de la oca con los alemanes, llevando sus grandes U. Haciendo reverencias ante curas y políticos, como si fuera una especie de cruzada. Porque entonces, claro está, tu tío sólo escuchaba ya lo que Tito tenía que decir. Así que tu padre y él discutieron, luego se pelearon. Por suerte entonces estaban ya tan borrachos que no podían hacerse mucho daño. Rompieron vasos, tiraron sillas.
    – Yo los vi por la ventana. Como dos toros en un ruedo. Resoplando y escarbando.
    – Como dos toros borrachos. -Melania sonrió, enseñando sus mellas-. Pero tu madre y yo los llevamos a la cama. En cuanto los acostamos perdieron el conocimiento.
    Dejó de hablar, como si aquello fuera todo lo que tenía que decir sobre el asunto.
    Vlado bebió el café fuerte y amargo, sintiendo en la lengua el tacto arenoso agradable y familiar. Por alguna razón sabía mejor allí, en aquel valle tranquilo escondido entre las colinas.
    – Cuéntame algo más de Pero Rudec -dijo-. ¿Lo conocías?
    – Oh, sí. Un chico bien parecido, sobre todo cuando llevaba el uniforme de la academia de oficiales. Pero también era siempre un poco inquietante.
    – ¿De qué manera?
    – Ya sabes. Siempre el primero en hacerlo todo, especialmente con las chicas. Siempre buscando la manera más fácil de hacer algo. Los atajos. Pero también sabía caer bien a los padres. Ser encantador con la madre mientras intentaba todo lo habido y por haber con la hija. Algunos padres lo calaban y lo echaban, pero era muy ladino.
    – ¿Saliste con él?
    – Oh, no. Era fruta prohibida. Y yo ya estaba prometida a Tomislav. Algo bueno, también. No tardó en saberse que una chica del valle, Mirta, estaba embarazada. Pero fue al poco de comenzar la guerra, y aquello le dio a Pero la oportunidad de escapar. Tomislav y tu padre se alistaron en la milicia local. En cuanto a Pero, se presentó voluntario para una unidad que se dirigía hacia el norte. Una especie de SS de la Ustashi, aunque no la llamaran así, y creo que le gustó la idea porque lo alejaba de Mirta y su padre. Por supuesto que tuvo que disfrazarlo y hablaba de su valentía y su deber. Pero nadie lo creyó. También le gustaba la idea de hacerse con algún botín. Como un pirata.
    – ¿La gente sabía dónde habría botín?
    – La gente había oído hablar de lo que esas unidades hacían. Quemaban aldeas y se lo llevaban todo. Intentaban aniquilar a los chetnik Algunos voluntarios habían vuelto porque no podían soportarlo. -Negó con la cabeza-. No creo que Pero pensara una cosa u otra de los chetnik, pero nunca volvió.
    – ¿Cómo fueron las cosas por aquí?
    – Hubo incursiones de todos los bandos, de acá para allá, por las colinas. En el último año de la guerra un grupo de partisanos o de chetnik, nadie supo a ciencia cierta quién fue, atacó y quemó una aldea cerca de aquí. Tomislav y tu padre fueron los primeros hombres en llegar después. Todas las familias habían sido asesinadas en sus camas. Todo el mundo quería venganza. Y fue entonces fue cuando tu padre se marchó hacia el norte.
    – ¿En el último año de la guerra?
    – Sí.
    Vlado se quedó desconcertado. El expediente decía con claridad que su padre se había ido al norte dos años antes, al mismo tiempo que Matek. Atribuyó la discrepancia a la neblina de la memoria de su tía, sabiendo hasta qué punto podían mezclarse esas cosas con el paso del tiempo.
    – ¿Pero Tomislav se quedó?
    – Su padre no quería que se fuera. Nuestro padre pensaba igual. Pero Josip se fue de todos modos. Estaba decidido.
    Así nacía un criminal de guerra, pensó Vlado. Buscando venganza y encontrándola, pero una venganza de la clase más terrible.
    – Y terminó en Jasenovac.
    – ¿Es eso lo que has oído?
    – Sí. Junto a Rudec.
    La anciana guardó silencio por un momento, mientras jugaba con su servilleta.
    – Siempre había oído decir eso de Rudec -dijo-. Pero nunca estuve segura en lo tocante a tu padre.
    – ¿Por eso discutieron él y el tío Tomislav aquella noche?
    – ¿Y quién lo sabe? Tu madre y yo no podíamos soportar el ruido, así que los dejamos solos allí en la parte de atrás. Después oímos que las cosas se ponían peor, pero cuando llegué a la planta baja ya estaban el uno encima del otro.
    – ¿Así que nunca llegaste a saber de verdad qué fue lo que provocó aquello?
    Melania hizo una pausa, como si se resistiera a continuar.
    – Algo relacionado con Rudec, si de verdad quieres saberlo.
    Fijó la mirada en el suelo. Pine debió de percibir el cambio de tono, porque de pronto pareció prestar más atención y se inclinó hacia delante en su silla.
    – ¿Qué fue?
    – Oh, Vlado, de verdad no creo que quieras saber todo aquello. El pasado es el pasado. Deja que siga en la tierra.
    – Me temo que alguien que no soy yo lo ha desenterrado ya.
    Ella suspiró, dejó su taza de café en la mesa y se enderezó en su silla.
    – Tomislav me lo contó al día siguiente, cuando todos vosotros os habíais ido. Ni siquiera entonces, cuando comenzó a explicármelo, pudo recordar del todo por qué las cosas se les habían ido tanto de la mano. Pero había surgido el nombre de Rudec. Tomislav había oído algunas cosas después de la guerra. Sobre ese lugar que has mencionado.
    – Jasenovac.
    – Sí. Rudec y otros cuantos habían sido al parecer algunos de los peores. Todas las historias disparatadas sobre asesinatos, tortura. Siempre me había preguntado si tal vez no había sido precisamente la gente de Tito la que lo había inventado. Pero la familia Seratlic, los que habían ayudado a Tomislav, se lo oyeron contar a primos que habían sobrevivido a aquel lugar. Dijeron que todo era verdad.
    »Tu padre le dijo a Tomislav que dejara de repetir aquellas historias, sobre todo las que se referían a Rudec. Dijo que aquello era demasiado peligroso. Y Tomislav pensó que tu padre estaba siendo un cobarde. Tu padre insistió, y le dijo a Tomislav que no debía decir jamás esas cosas a nadie. Tomislav perdió la paciencia. Y, en fin, el resto lo viste desde tu ventana. -Volvió a hacer una pausa-. Pero lo extraño fue lo que tu padre hizo a la mañana siguiente.
    – ¿Marcharse temprano de la manera en que lo hizo?
    – Antes de eso. Antes de que te hubieras levantado. Tomislav estaba todavía dormido, roncando. Tu madre hacía las maletas. Yo estaba en la cocina, inquieta por lo que había visto la noche anterior, mi marido y mi hermano rodando por el suelo como un par de animales. Estaba haciendo pan cuando bajó tu padre. Me dijo que sentía que las cosas hubieran salido tan mal pero que le preocupaba de verdad lo que sucedería si hablábamos de Rudec o como se llamase ahora. Tu padre dijo que le haría más daño a él que a Rudec, por cosas que habían pasado después de la guerra.
    – ¿Después de la guerra?
    – Sí. En Italia.
    – Pero no durante la guerra.
    – No. Tu padre no hablaba de aquellos años. Ni una palabra. Sobre todo de la época después de irse al norte.
    – A ese lugar.
    – Sí. A ese lugar -dijo y bajó la cabeza.
    – Estuvieron en Roma quince años -dijo Vlado-. Pudieron suceder muchas cosas. Podía referirse a cualquier cosa. Al trabajo que hicieron contra Tito, tal vez.
    Ella negó con la cabeza.
    – No en Roma. Después. Cuando estuvieron en la costa. En otra ciudad, donde él y Rudec vivieron durante años, según tu padre.
    En ninguno de los dos expedientes se decía nada de aquello.
    – No sabía que hubieran vivido en un lugar distinto de Roma.
    – Sólo estuvieron en la ciudad uno o dos años, dijo. Después se fueron al sur. En busca de trabajo, creo, o tal vez porque era más barato. No dijo gran cosa aparte de eso. Sí dijo que no había querido marcharse de Italia. Dijo que era feliz con su nueva vida, contigo y con tu madre. Sin embargo, y estoy intentando recordar cómo lo dijo exactamente, porque fue muy extraño, dijo algo así como: «Me encanta mi nueva vida, pero nunca terminé de verdad la antigua». Luego me dio algo, y comprendí al menos una parte de lo que quería decir. Aunque no con certeza, porque no dijo nada más. Sólo me lo dio y me dijo que no lo tirase nunca, pero que nunca dejara que tu madre o tú lo vieseis. Creo que no podía soportar destruirlo, pero tenía miedo de guardarlo por si uno de vosotros lo encontraba.
    – ¿Y qué era? ¿Lo guardas todavía?
    – Sí. Y tal vez debería haber cumplido su deseo y no haberte hablado de ello. Pero si te ayuda a encontrar a Rudec… -Se encogió de hombros-. Porque él también es parte de ello.
    – Enséñamelo, por favor.
    Ella asintió con la cabeza, puso las palmas de las manos sobre la mesa y se apoyó para ponerse de pie lentamente. Al pasar puso una mano ligeramente sobre la cabeza de Vlado, a la manera de un sacerdote que imparte una bendición.
    – Lo tengo en el cajón de mi tocador, donde ha estado desde aquella noche. Ni siquiera llegué a enseñárselo a Tomislav.
    Salió cojeando, entumida después de una hora sentada a la mesa, pareciendo varios años más vieja que cuando llegaron.
    – ¿Qué pasa? -susurró Pine-. ¿Adónde va?
    – Ha ido a buscar algo que mi padre dejó aquí hace años. Cuando yo era un niño.
    Pine no dijo nada. Sólo se oía a las gallinas al otro lado de la ventana, cloqueando y escarbando, inclinando las cabezas bajo el sol. La tía Melania regresó con un pequeño cuadrado de papel. Cuando le dio la vuelta, vieron que era una vieja fotografía. Se la entregó a Vlado. Se había vuelto marrón, pero se veía bien.
    Era su padre, con una amplia sonrisa, un hombre joven y saludable que rodeaba con su brazo los hombros de una mujer sonriente a la que Vlado nunca había visto. Estaban al pie de una escalera de mano apoyada en un limonero. Mallas de gasa se extendían de la copa de un árbol a otra, filtrando la luz del sol. Junto a ellos había otra pareja, y Vlado sólo tardó unos segundos en reconocer los rasgos de Pero Rudec, o Matek, como ahora lo conocían. Su tía tenía razón. Matek había sido apuesto, con el toque justo de picardía en la expresión para parecer misterioso. Las dos parejas estaban en un pequeño claro cubierto de hierba, rodeado de árboles de cítricos. A un lado de la hierba había un círculo de piedras blancas, más oscuro en el centro, como si alguien hubiera encendido una fogata.
    La mujer que estaba con su padre era delgada y tenía el cabello oscuro. Parecían muy cómodos el uno con el otro, mientras que la acompañante de Matek parecía rígida, incómoda, o quizás aquello fuera imaginación de Vlado.
    – ¿Sabes cómo se llama ella? -preguntó Vlado.
    – No. Nunca dio ninguna explicación. Sólo me pidió que la guardara.
    – ¿Puedo quedármela?
    – Sí -dijo Melania-. Y llévate ésta también. La envió después.
    Era una fotografía de su padre y él en las montañas, admirando el paisaje. Vlado reconoció la vista, a unos kilómetros de Sarajevo, con el monte Jahorina al fondo. Parecía tener unos seis años, iba con pantalón corto, tenía las rodillas huesudas y calzaba unos zapatos pesados. Su padre estaba de pie detrás de él. Los dos exhibían amplias sonrisas, el mismo aspecto de comodidad que lucía su padre en la fotografía de Italia, aunque en esta ocasión sus manos grandes y fuertes estaban colocadas en ademán protector sobre los hombros de su hijo. ¿Eran las manos de un asesino? Vlado notó que se le saltaban las lágrimas, así que inspiró profundamente y volvió a mirar la otra fotografía, dándole la vuelta en busca de una inscripción. Sólo vio el sello del estudio: «Martelli Fotografía. Castellammare di Stabia. 1958». Nunca había oído hablar de aquel lugar. Tal vez fuera la ciudad de la costa de la que había hablado su tía.
    – ¿Sólo fotografías? -preguntó Pine.
    Parecía decepcionado.
    – Tal vez nos enteremos de más cosas en Roma -dijo Vlado-. Y en este otro lugar. -Dio la vuelta a la fotografía una vez más, pronunciando el nombre lentamente-. Castellammare di Stabia. Puede que también tengamos que ir ahí.
    – Puede ser -dijo Pine, en tono escéptico.
    La tía Melania, que no había entendido ni una palabra de su inglés, dijo:
    – ¿Quieres que te dé un consejo de anciana, Vlado? ¿Algo que dure más que una taza de café y una rebanada de pan caliente?
    – ¿Por qué no? -dijo Vlado, esbozando una sonrisa. Pero vio que ella estaba seria.
    – No vayas -señaló la fotografía-. Deja esas cosas donde tienen que estar.
    – Me temo que ya es demasiado tarde para eso.
    Ella asintió.
    – Si no tienes más remedio. Puede que hasta sea para bien.
    La expresión de su rostro decía todo lo contrario.

17

    Robert Fordham contemplaba las calles de Roma desde su terraza en un cuarto piso, mientras se preguntaba en qué se había metido. Un cálido sábado de noviembre como aquél era fácil olvidar el tedioso desbarajuste que reinaba en Italia medio siglo atrás. Hoy sólo se veía prosperidad: muchedumbres elegantes que salían a disfrutar del aire fresco con una majestuosidad en mangas de camisa. Las mujeres de más edad compraban verduras en el mercado, las más jóvenes miraban escaparates. Cuando se cerraban los ojos, la exótica orquesta de las calles entraba a raudales: los zumbidos de las Vespas, las bocinas de los taxis, el minúsculo coro de los teléfonos móviles.
    Pero, al cabo de una hora, y por su propia voluntad, estaría evocando el sombrío ambiente de la posguerra de 1946, y para una pareja de extranjeros, un estadounidense y un bosnio, un tándem como el que en otros tiempos le había hecho tanto daño.
    Suspiró por su insensatez. Desde que había dado su consentimiento el día anterior por la mañana, su naturaleza cautelosa estaba desconcertada. Harto ya de llamadas telefónicas, de técnicos de reparaciones, de visitas que no fueran las de su ama de llaves, Maria, veía amenazas en cada rostro extraño. Aquella mañana, antes de dar su paseo habitual, se dio cuenta de que volvía a recurrir a los pequeños trucos de un oficio muy antiguo, dejando indicadores y señales para determinar si alguien había entrado en su apartamento, o lo había intentado, en su ausencia. Se detenía en todas las esquinas para mirar por encima del hombro, vigilaba sus flancos. Había escudriñado cada coche estacionado o de paso, en busca de un número excesivo de antenas, y se había sentido más aliviado de lo que estaba dispuesto a admitir cuando al regresar comprobó que su puerta estaba tal cual la había dejado.
    No había más que remover un número suficiente de recuerdos de una época breve e intensa del pasado, pensó, para que los viejos hábitos y temores regresaran con ellos. Pero parte de él creía que pensar así sólo era prudencia. Seguía habiendo demasiada gente que no perdonaba, con memorias tan largas y claras como la suya, y Roma era su último refugio. Hacía tiempo que había abandonado las severas aldeas de tablones de Nueva Inglaterra por el desorden y la gloria eternos de aquella antigua urbe que se extendía a lo largo del Tíber, tras haberse impuesto la obligación de vivir y comer bien, al tiempo que se preocupaba lo menos posible del pasado.
    ¿Por qué, entonces, se había arriesgado a volver a aquella época en que la ciudad estaba agotada, cuando las carretillas de mano y los coches de caballos chirriaban en medio de una penumbra medieval de hambre y miseria? El señuelo no había sido desde luego la mujer que le había telefoneado para hacer la petición. Janet lo que fuera, supuestamente del Tribunal para Crímenes de Guerra. Se había mostrado muy simpática, y su buena fe cosechó resultados. Pero algo en su actitud llevaba el inconfundible tufillo de la Agencia, o de una organización semejante.
    El Tribunal era el más reciente de los inventos que intentaba aprovechar su memoria. Los anteriores suplicantes fueron hombres anónimos vestidos de gris, que seguían intentando atusarse para disimular su descuido. Llamaban a su puerta, decían poca cosa y se marchaban asintiendo secamente con la cabeza cuando él rehusaba con buenos modales. Uno de los últimos se había hecho pasar por periodista, una iniciativa inteligente, pero no, gracias. Otro lo había abordado en un café, sin previo aviso, con la confianza y la cordialidad de un conocido olvidado hace tiempo. «Es que estaba de vacaciones, viejo, así que imagínate encontrarme aquí contigo. Hablemos de los viejos tiempos, ¿no te parece?» Aquél tampoco hizo negocio. Fordham conocía el valor y la seguridad del silencio tan bien como cualquier hijo de vecino. Después de todos aquellos años, ¿por qué darles una razón para moverse en su contra?
    Habría dicho que no también en esta ocasión, hasta que oyó el nombre que le hizo enrojecer: Petric.
    ¿Podía haber alguna relación? ¿Y en un lugar tan insólito como el Tribunal para Crímenes de Guerra? Hacía años que no hablaba su idioma, aunque tenía idea de que había miles de bosnios que llevaban el apellido Petric. Pero tenía sus dudas, y por un breve instante, mientras escrutaba las aceras bajo sus pies, no vio a la gente que iba de compras con sus sillitas infantiles y sus motocicletas, sino que evocó visiones tenues de aquel otro tiempo: niños delgados y mugrientos con pantalones cortos oscuros trasvasando gasolina del jeep de su flota de automóviles, ancianos encorvados vendiendo cigarrillos reliados en la acera y prostitutas con el cabello negro como el azabache y todo su arrugado esplendor ofreciendo media hora de ternura por una miseria de liras o de vales canjeables del ejército de Estados Unidos. Por un poco más incluso acompañaban después al cliente a dar un paseo, agarrados del brazo, cruzando la Villa Borghese, donde los niños entre risitas se subían a los árboles de la orilla del estanque de los patos para tirar piedrecitas a los soldados estadounidenses y sus acompañantes.
    La sombra que inevitablemente caía sobre tales recuerdos era una figura balcánica encorvada que desaparecía a la vuelta de la esquina, un rostro afilado, desnutrido, de ojos oscuros, un rostro que podía leer tus más profundas ambiciones y sacar el máximo provecho de ellas.
    – Signore -dijo una voz de mujer, haciendo volver a Fordham al aquí y ahora. Era su ama de llaves, Maria-. Sus invitados han llegado.
    Se alejó del sol y entró en la casa, donde las paredes enlucidas parecían retener su frescor de pleno invierno.
    – Muy bien -dijo con resignación-. Dígales que pasen.

    Una doncella esperaba a Vlado y a Pine en la puerta cuando llegaron al cuarto piso. El signore Fordham acababa de despertarse de su siesta, les informó con gravedad, aunque el hombre que salió a saludarlos parecía lejos de estar adormilado o poco preparado. Los miró con recelo, deteniéndose algo más de lo normal en Vlado. Luego avanzó con la mano tendida pero ligeramente temblorosa, como si le hubiera conmovido lo que acababa de ver. Sus ojos de color azul claro brillaban. El cabello blanco le cubría la cabeza, peinado hacia atrás desde una frente despejada. Era alto, más o menos de la misma estatura que Pine, y pese a ser un poco cargado de espaldas había algo militar en su porte. Vestía de manera casi formal para la ocasión, con pantalón de lana americana azul y camisa blanca almidonada.
    – Bienvenidos a Roma, caballeros. Tenía la esperanza de que el asunto de Pero Matek no volviera a surgir nunca en mi presencia, pero no me sorprende mucho que así sea. Hace un día demasiado bueno para quedarse dentro, así que he pensado que podíamos salir a la terraza. ¿Café?
    – Por favor -respondieron los dos, y Fordham hizo una seña con la cabeza a Maria.
    – Una pequeña cuestión previa, si no tienen inconveniente. Si han traído alguna identificación del Tribunal, me gustaría verla.
    Vlado miró a Pine mientras ambos sacaban sus carteras, y de ellas las tarjetas de identificación metidas entre el pequeño fajo de liras que habían cambiado en el aeropuerto. Fordham miró las tarjetas detenidamente y comparó sus caras con las fotografías antes de devolvérselas, sin pedir disculpas por su aparente falta de confianza.
    Se sentaron en la terraza, un tanto incómodos después de aquella exhibición. Tras una rápida inspección, a Vlado el apartamento le había parecido espartano, con pocos signos del revoltijo que solía llenar las viviendas de los viejos, sobre todo de los prósperos que habían viajado mucho. No había colecciones de fotografías, recuerdos ni objetos de interés. Sólo una o dos pinturas. Los muebles eran tan genéricos que podían ser los de un hotel con pretensiones. La terraza ofrecía el cuadro más exuberante, un suelo de baldosas pintadas, una mesa y sillas de forja, cerrada por altas plantas colgantes en gigantescas macetas de terracota. Era como un rincón en un bosque. Antes de sentarse, Vlado saboreó la vista: un torrente de peatones y ciclomotores descendiendo desde el Coliseo, que resplandecía no demasiado lejos a la luz ámbar de las últimas horas de la tarde.
    – Una cosa más antes de comenzar -dijo Fordham-. ¿Les han seguido en el camino hasta aquí?
    Pine pareció desconcertado.
    – Nosotros… hemos venido más o menos directamente desde el hotel -acertó a decir por fin-. Y fuimos directamente del aeropuerto al hotel. Imagino que no he prestado demasiada atención. La verdad es que no forma parte de nuestro adiestramiento.
    – Supongo que no -dijo Fordham, en tono decepcionado.
    Se levantó, avanzó con cuidado hasta el borde de la terraza y se inclinó para ver sin ser visto por alguien que estuviera abajo.
    – Hay un hombre ahí abajo -dijo, volviendo a su silla-. En el portal de enfrente, leyendo un periódico. Chaqueta azul, corbata verde. Apareció poco antes de que ustedes llegaran. ¿Está con ustedes?
    Miró primero a Pine, luego a Vlado.
    Ninguno de los tenía la menor idea de a quién se refería. Pine se levantó para ir a echar un vistazo, pero Fordham se apresuró a hacerle señas de que volviera a sentarse.
    – No tiene sentido llamar más la atención. Es probable que no sea nada. Sólo una sensación.
    – Somos nosotros quienes lo buscamos a él -dijo Pine, intentando imprimir un tono de ligereza-. No al revés.
    – No es Pero Matek el que me preocupa. Son los otros.
    – ¿Los otros? -dijo Vlado.
    – El problema es que ninguno de ustedes dos tiene la menor idea de lo que está haciendo. Como yo tampoco la tenía.
    – Por eso estamos aquí -terció Pine-. Para averiguarlo.
    – Puede que contárselo nos haga un flaco favor a todos nosotros. Esas cosas sucedieron hace mucho tiempo, pero en algunos lugares no han perdido su valor ni su fuerza. Esta clase de información tiene una media vida muy larga. Parte de ella deberían haberla enterrado en plomo y guardado bajo llave. -Se volvió hacia Vlado-. Usted debería saberlo tan bien como cualquiera, diría yo. ¿Es usted hijo suyo, o su parentesco es más lejano? Me refiero a Enver Petric, desde luego, cuyo verdadero nombre era Josip Iskric.
    – Era mi padre -dijo Vlado, sintiendo que le había despojado de su única ventaja en la entrevista.
    ¿Cómo lo había averiguado aquel hombre con tal facilidad? Sin duda no había sido a través del Tribunal. Tal vez fuera un salto deductivo que sólo es posible en una mente suspicaz, incluso paranoica. Sin embargo, durante un instante irracional, Fordham pareció una suerte de guía espiritual, un viejo místico escéptico que a través del follaje de su terraza podía ver la neblina del pasado. Sus ojos azules se encendieron. Estaban en juego poderosas emociones, pero Vlado no era capaz de interpretarlas.
    – Sospeché que podía ser su hijo desde el mismo instante en que oí su apellido. En cuanto entró por la puerta estuve seguro. Esos ojos. Su forma de escuchar. El carácter serio.
    Otra vez aquella palabra. Vlado se estremeció.
    – Es la única razón por la que accedí a entrevistarme con ustedes. Y aun entonces, aquella mujer que llamó estuvo a punto de quitarme las ganas.
    – ¿Janet Ecker? -preguntó Pine-. ¿Qué dijo?
    – No fue lo que dijo. Fue su actitud. Igual que el hombre al que acabo de ver al otro lado de la calle. También en este caso, nada definitivo. Sólo una sensación. Me llamó la atención igual que ellos. La gente de la Agencia. Los que han estado rondando por aquí durante años, intentando conseguir un ascenso a mi costa. Supongo que me preocupó que ella pudiera ser de su mundo y no del de ustedes.
    Vlado y Pine se miraron. Las precauciones del anciano de pronto no parecían tan quisquillosas, y desde luego no eran para reírse de ellas.
    – No es fácil -prosiguió Fordham- salir al descubierto de este modo. Tal vez siga buscando una expiación. El perdón de los pecados. Aunque Dios sabe que no soy católico.
    – ¿Expiación? -preguntó Vlado.
    – Esa parte viene después -dijo, todavía inescrutable-. Paciencia.
    Se levantó, se acercó de nuevo al borde de la terraza, inclinándose como lo había hecho antes. Aparentemente satisfecho, pero sin revelar nada, volvió a su asiento.
    – ¿Qué sabe usted de aquellos tiempos, de todos modos? -preguntó dirigiéndose a Vlado-. ¿Le contó muchas cosas su padre?
    – Nada. Ni siquiera supe hasta hace unos días que había vivido aquí.
    Fordham asintió con la cabeza, sin dejar traslucir sorpresa.
    – Entonces supongo que la única manera de contarle correctamente esta historia es llevarle a la escena del crimen -dijo. Vlado se preguntó incómodo cuál podía ser el crimen-. Además, es una bella tarde romana, y este tiempo no va a durar. Vamos. Pediré un taxi.
    Cuando bajaron no había rastro del hombre del periódico y la corbata verde.
    El trayecto fue extraño. Cambiaron de taxi dos veces, y Fordham sólo habló con los taxistas, eludiendo sus preguntas. Cruzaron la ciudad en dirección norte, pasando junto a las ruinas del Foro, y después por calles abarrotadas junto a los compradores y los turistas de temporada baja, pasando a duras penas por la parte alta de la plaza de España antes de girar en dirección oeste hacia el río. Hasta que tomaron el tercer taxi, a la orilla del Tíber, Fordham no paró de volverse una y otra vez para mirar hacia atrás.
    Arrellanándose por fin en su asiento, dijo:
    – ¿Qué saben de cómo funcionaban aquí las cosas en mil novecientos cuarenta y seis?
    – Sólo lo que he visto en los cables -dijo Pine-. Y no eran muy ricos en contexto.
    Fordham asintió con la cabeza.
    – La ciudad propiamente dicha no era tan diferente. Era la gente la que componía un revoltijo de mil demonios. Refugiados de media Europa, y nadie tenía un céntimo. Pero para los que huían o tenían algo que ocultar, era un lugar extraordinario. Los italianos estaban demasiado atareados purgándose unos a otros para preocuparse demasiado de otras nacionalidades. La política giraba a la izquierda una semana, a la derecha a la siguiente. Igual que hoy, la única diferencia es que ahora es una vez al mes. Los carabinieri dejaban prácticamente en nuestras manos y en las de los británicos el manejo de los extranjeros. Los croatas y la Ustashi eran competencia de mi departamento. Yo era uno de los ocho funcionarios investigadores del 428 Destacamento del CIC. Contraespionaje del ejército. Teníamos una pequeña oficina en el 69 de Via Sicilia. El espionaje británico estaba en el piso de arriba, pensando que seguían dominando los mares. También estaban los sobrantes de la OSS, James Angleton y su gente, que técnicamente seguían trabajando para el ejército aunque oficialmente sin cartera. La CIA no había nacido todavía. Angleton era un tipo extraño. Alto y flaco. Llevaba un abrigo grande, un sombrero grande. Uno de los nuestros fue a verlo una vez y se lo encontró andando a gatas por el suelo, buscando micrófonos. Lo cual naturalmente nos hizo preguntarnos si él nos los habría colocado a nosotros. Ya le preocupaba más Moscú que los nazis supervivientes. Odiaba a Tito. Veía a cualquier tipo de la Ustashi como a un aliado en potencia.
    – ¿Había muchos croatas aquí? -peguntó Vlado-. ¿Y bosnios?
    – Miles. Venían de los campos de desplazados o desde Austria. Muchos de ellos querían llegar a Argentina o a Estados Unidos. El propio Ante Pavelic terminó siendo asesor de seguridad de Juan Perón, ya sabe. Tenían que haber incluido una canción sobre él en Evita. Debíamos prenderlos, pero por un motivo u otro siguieron colándose por las rendijas, la mayoría con la ayuda de una red de evacuación dirigida por sacerdotes croatas de la Confraternidad de San Girolamo. Allí es adonde nos dirigimos. San Girolamo. El padre Krunoslav Draganovic dirigía el cotarro. También era el jefe de la Comisión Pontificia de Auxilio al Refugiado, lo que le permitía relacionarse con todos los campos de desplazados. A veces enviaban gente de vuelta al otro lado de la frontera con nuestra ayuda, para que pusieran bombas o para que organizaran un lío de mil demonios. Pero casi siempre enviaban todos sus huevos podridos a lugares seguros en el extranjero. Les daban nombres nuevos y los metían en cargueros rumbo a Argentina, Estados Unidos, Canadá, donde a usted se le ocurra pensar. Todo el mundo llamaba Ruta de las Ratas a la red de Draganovic. Así se escapó Klaus Barbie.
    – ¿El Carnicero de Lyon?
    – Sí. Fue algo más que embarazoso cuando después se supo que lo habíamos ayudado a escapar, con Draganovic manejando las cuerdas. Las instrucciones para tapar el asunto decían que Barbie era la excepción, no la regla.
    – ¿No está usted de acuerdo? -dijo Pine.
    – Ninguno de los que estamos aquí. Pero ya no hay pruebas, por supuesto. Por eso mantengo la boca cerrada.
    Hizo una pausa para dar más instrucciones al taxista. Seguían remontando el curso del Tíber, mientras el tráfico se hacía más denso. La cúpula de San Pedro se alzaba a lo lejos a su izquierda.
    – El día que conocí a Matek estaba buscando a un nazi. Un antiguo hombre de las SS al que deteníamos una y otra vez y los británicos dejaban en libertad una y otra vez. Fiorello, nuestro oficial al mando, estaba decidido a seguir insistiendo hasta que los británicos lo dejaran encerrado. Así eran las cosas entonces. Nunca se estaba seguro de quién estaba de tu parte de un día para otro. Teníamos una lista de sus amantes, y las visitamos una a una hasta que él apareció. Elegí a Inge, a la que siempre vi como Marlene Dietrich, sobre todo por su forma de hablar. Vivía en una vieja pensión venida a menos en la Via Abruzzi, un lugar lleno de exiliados. Siempre olía a repollo hervido.
    »Inge estaba allí, pero no nuestro hombre de las SS. La había dejado plantada por otra chica que vivía en la otra punta de la ciudad, así que telefoneé dando su nombre y decidí revisar los libros de registro. Así hacíamos las rondas entonces, comprobando los libros de registro y después visitando a los recién llegados, asegurándonos de que sus papeles estaban en regla. Casi todo el mundo tenía alguna clase de información, y sólo costaba unos pocos cigarrillos. Y aquel día, el nombre de Matek era la última inscripción. Así que le hice una visita.
    – ¿Hablaba usted su idioma? -preguntó Vlado.
    – ¿El serbocroata? Un poco. Pero Matek había aprendido algo de italiano en Fermo. Acababa de llegar y estaba bastante flaco después de todo aquel tiempo en el campo. Era evidente que sus documentos estaban hechos a la carrera, pero tenía esa mirada en los ojos que disuadía de hacer algo al respecto. Dijo que el padre Draganovic en persona lo había sacado de Fermo, así que suscitó mi interés de inmediato. El padre había viajado hasta el campo en un vehículo para personal del ejército de Estados Unidos, algo que por la razón que fuere no me sorprendía. Había celebrado una misa para unos cientos de croatas, y luego dijo que si alguien tenía peticiones especiales que hacer que fuera a verlo después. Matek había conseguido trabajo en San Girolamo como mecanógrafo y conductor, lo que despertó aún más mi interés. Llevaba meses intentando recabar alguna información allí.
    – ¿Qué clase de información?
    – Llevaban la lista original de todos los refugiados políticos, nombres, alias, graduación militar, de todos aquellos a los que alguna vez habían dado alojamiento o alimentos o que intentaban embarcarse, incluidos todos los peces gordos de la Ustashi que estaban escondidos. Habíamos recurrido a otro empleado que debía pasarnos una copia, pero una semana después sacaron su cadáver del Tíber. Así que había que tener cuidado.
    – ¿Le habló Pero Matek de sus antecedentes militares? -preguntó Vlado.
    – Unas cuantas mentiras. Pero no nos preocupamos mucho de eso, porque al cabo de unos días llegó de Washington la orden de que fuéramos en busca de Pavelic, el dictador en persona, y de pronto Matek era nuestra mejor baza para obtener información privilegiada.
    – ¿Cuándo fue eso? -preguntó Pine.
    – En junio de mil novecientos cuarenta y seis. La gente de Tito llevaba meses gritando que teníamos escondido a Pavelic en Italia. Creo que alguien en Washington se cansó finalmente de oírlo.
    – ¿Era verdad? -preguntó Pine-. ¿Lo escondíamos?
    – Lo cierto es que no lo habíamos buscado. Sobre todo gente como Angleton. Pero nuestros chicos se apuntaron a la busca y captura, y por la ciudad corrió el rumor de que Pavelic estaba escondido en Castelgandolfo, la residencia de verano del Papa, con sus pavos reales y sus gallineros. También estaban allí supuestamente algunos de sus antiguos jefes de seguridad y miembros de su gabinete. La única manera de saberlo con certeza era sacar aquella lista de San Girolamo. Y vaya si lo hicimos, con la ayuda de Matek.
    El taxi llegó a su destino y se detuvo junto al Ponte Cavour, bajo los sicómoros pelados que bordeaban el Tíber.
    – Será mejor que sigamos moviéndonos mientras hablamos -dijo Fordham, mirando rápidamente a su alrededor mientras cruzaban una concurrida calle-. Así son más difíciles las escuchas.
    Pine puso los ojos en blanco.
    Entraron en una modesta pero espaciosa piazza, uno de cuyos lados daba al bulevar que bordeaba el río. En el centro de la plaza había un montículo alto y cubierto de hierba que parecía brillar a la luz del atardecer. Los otros tres lados estaban bordeados por largos edificios de cinco plantas de construcción bastante reciente según los criterios romanos, cuadrados y severos, con hileras de estrechas ventanas rectangulares. Los de los lados norte y este estaban hechos de mármol blanco lavado, pero la del costado sur era de feos ladrillos marrones. Estaba unido a una oscura y desvaída capilla que parecía tener siglos de antigüedad.
    – El túmulo es el mausoleo de César Augusto -dijo Fordham-. Todo lo demás de la plaza es creación de Mussolini, y ese condenado y feo montón de ladrillos del costado sur es San Girolamo. Los croatas no podían permitirse el mármol, supongo. Pero funcionó lo bastante bien para Draganovic y su Ruta de las Ratas.
    Fordham señaló los muros de mármol del edificio más cercano, el que estaba detrás de ellos. Debajo de las ventanas había tallas de ejércitos de la Roma de la Antigüedad pero también de los ejércitos fascistas de la segunda guerra mundial. Inscripciones en latín recorrían la parte alta, con el nombre de Mussolini en lugar destacado, junto con una referencia a su lejano predecesor, Augusto.
    – Cuesta creer que siga aquí -dijo Vlado, que estaba acostumbrado a Berlín, donde todos los restos de los nazis habían sido bombardeados, enterrados o adscritos a la categoría de museos.
    San Girolamo exhibía también el arte de la época con tres enormes y vistosos mosaicos encima de las ventanas del quinto piso. Jesús estaba en la del centro, con una multitud aduladora a sus pies. En las dos piezas que la flanqueban aparecían sacerdotes atendiendo a muchedumbres, era de suponer que en Croacia. Las inscripciones de ese edificio estaban también en latín, aunque el damero símbolo de Croacia ocupaba un lugar destacado. Había pintadas hechas con aerosol en los ladrillos, una calavera y unas tibias coronadas por las palabras «Gioventu Nazista».
    – ¿Qué significa Gioventu? -preguntó Vlado.
    – Juventud -dijo Fordham-. Juventud nazi. Supongo que siguen sintiéndose cómodos aquí.
    Aquel lugar le puso los nervios de punta a Vlado, y por primera vez desde que comenzó el viaje pudo sentir la presencia persistente de su padre, un espectro pálido y harapiento que se movía debajo de aquellas palabras e imágenes, haciendo el saludo a un guardia armado al pasar por la puerta. Aquellos insignificantes jugadores, sus compatriotas, en aquellas grandes luchas del continente; instigadores y asesinos que encendieron la hoguera de Europa y después se fueron a combatir entre ellos mismos. Incluso el gran Pavelic, asesino de millones de personas, no había sido prácticamente nada allí, escondido entre sotanas y en conventos, y después viajando en el vientre de un buque de carga con un nombre falso.
    – Parece que los croatas se sentían aquí como en casa -dijo Pine.
    – Oh, eran grandes aliados. Otra nación católica que adulaba a Alemania, y en la otra orilla del Adriático. Era una amistad de siempre, y por eso el Vaticano se lo tomó tan mal cuando Tito se hizo con el poder.
    – Pero si no podían permitirse el mármol, ¿cómo es que pudieron permitirse la Ruta de las Ratas? -preguntó Vlado.
    – Parece ser que Draganovic tenía unas cuantas cajas de oro ahí mismo en su despacho. Robadas del Banco Estatal de Croacia cuando la guerra terminaba.
    Vlado recordó la referencia a la salida de Matek de Zagreb en un convoy de camiones transportando «bienes del Estado». No era de extrañar que el buen padre lo hubiera ayudado a salir del campo de desplazados.
    – Es probable que tuviera noventa kilos. Los británicos lo ayudaron a traerlo desde un monasterio de Austria.
    Hicieron una pausa mientras miraban hacia los muros pardos de San Girolamo. Los mosaicos apenas eran ya visibles a la luz cada vez más tenue.
    – ¿Podemos entrar? -preguntó Vlado.
    – Usted podría hablar para que lo dejaran entrar. Pero todo estará guardado bajo llave. Igual que aquel fin de semana del cuarenta y seis.
    – ¿Matek tenía llave?
    – Varias. De los archivadores y de las oficinas. Las había robado por supuesto. Sólo por un día o dos. Nos las dio para que hiciéramos copias y se quedó con algunas para él. Aquello formaba parte de su trato.
    – ¿Qué otra cosa pidió?
    – Quería la luna. Pero nada de dinero, insistimos. Así que se presentó con una lista de peticiones. De lo más ecléctico. Unas pocas herramientas. Cigarrillos. Pero en su mayor parte un montón de pases y documentos de viaje, para tener libertad de movimiento. No se los dimos hasta que él nos entregó la mercancía, por supuesto. También quería documentos para un amigo. Un cómplice. Había llegado a la conclusión de que no podía conseguirlo sin un par de manos adicionales.
    Vlado dejó que aquellas palabras se asentaran un momento.
    – Mi padre.
    – Sí.
    – Así que fue entonces cuando lo conoció.
    – Poco antes del robo. Tuve que asegurarme de que lo aprobábamos. Y así lo hice, aunque con reservas.
    – ¿Por su historial en la guerra?
    Fordham asintió tristemente con la cabeza.
    – Pero probablemente no por lo que usted cree. -Miró a su alrededor, como si le preocuparan de nuevo las escuchas. No había nadie a la vista, pero la oscuridad caía. El aire era frío-. Caballeros, si hemos de continuar, y si quieren que les dé lo que de verdad han venido a buscar, hay lugares mejores para hablar de cosas así. Aquella furgoneta azul de allí me está poniendo los pelos de punta desde que llegamos. -Ni Vlado ni Pine habían reparado en su presencia-. Y hay una parte que no estoy seguro todavía de que deba contársela. Por su propio bien, además de por el mío.
    – ¿A qué se refiere? -preguntó Pine, que seguía mirando a su alrededor en busca de la furgoneta azul.
    Fordham cerró con fuerza los labios, y de pronto pareció más viejo que durante toda la tarde.
    – Me refiero a que sólo porque hayan transcurrido más de cincuenta años no quiere decir que haya perdido su capacidad de hacer daño. Incluso de matar. Pero después de cincuenta años, supongo que ha llegado por fin el momento de que yo quede limpio. -Se volvió hacia Vlado-. Con usted, en particular.

18

    Otra carrera de relevos en tres taxis los llevó a un restaurante llamado Rimini's. Era uno de los preferidos de Fordham, y pidió disculpas personalmente al propietario por llegar tan pronto. Apenas eran las seis de la tarde.
    – Peor que los turistas. Pero tendremos el local para nosotros solos.
    Aun así, Fordham se ponía tenso cada vez que un camarero se acercaba, y miraba hacia la puerta de la cocina al oír el sonido de cada ida o venida. Rimini en persona los sentó cerca de la parte trasera y después se puso a andar de acá para allá durante un rato, como si no estuviera seguro de qué hacer con aquellos hoscos y tempraneros recién llegados. Pasaron sus buenos diez minutos antes de que les trajera los menús.
    Vlado tenía más hambre de información que de comida, pero hasta que Rimini no hubo anotado los platos, Fordham no volvió a hablar del tema.
    – Lo de conocer a su padre fue idea de Matek. Le había dicho a su padre que yo podía ayudarle a volver a casa. Por supuesto, Matek no me dijo nada de eso hasta cinco minutos antes de la entrevista. Dijo que sería cosa mía sacar a colación nuestros planes para San Girolamo. Así que manejé aquello con torpeza.
    – ¿Estaba Matek presente?
    – En el pasillo. Era la pensión de su padre, que era peor que la de Matek.
    Fordham se estremeció cuando el camarero apareció con el primer plato, un derroche de antipasti de vivos tonos rojos y verdes.
    Vlado intentó imaginar a Fordham de joven, con la cara tersa y bien alimentado, el aire arrogante del soldado que había ganado su guerra.
    – Así que le habló del plan -dijo dándole pie.
    – No del todo. No quería que fuera corriendo a Draganovic con los detalles.
    – ¿Pensaba que podría hacerlo?
    – La verdad es que no. Por su trabajo de conductor había transportado a suficientes huéspedes del padre para darse cuenta de la clase de negocio en el que estaban metidos, del poder que podían ejercer. Y todo el mundo había oído hablar de aquel pobre tipo al que habían sacado del Tíber. Así que en cuanto planteé la posibilidad de conseguir un poco de información, cortó. Me mandó salir de allí.
    – ¿Y le hizo caso?
    – Estaba demasiado derrotado y avergonzado para no hacérselo. Pero volví.
    – ¿Había cambiado de opinión?
    – No. Resulta que Matek contaba con la negativa de su padre, pero quería que yo viera con qué nos enfrentábamos. Matek creía que la posición de su padre sólo lo hacía más deseable. No quería trabajar con alguien que no tuviera un sano temor a Draganovic. Dijo que la clave era hacer que su padre nos tuviera más miedo a nosotros.
    – ¿Cómo?
    – Con su expediente de seguridad. Poniéndole en una situación en la que si no nos ayudaba se revelase a las autoridades. Su padre había sido guardia de seguridad en Jasenovac durante algún tiempo. -Fordham titubeó, bajó el tenedor-. Eso lo sabía usted, espero.
    Vlado asintió. Se le hizo un nudo en el estómago, y suavemente dejó su tenedor en el plato.
    – Pero desde luego aquello no era suficiente para Matek. Quería montar el peor expediente posible, matanzas, atrocidades, relatos de testigos presenciales…, y después enseñárselo y decir, o cooperas o ya verás.
    Vlado enrojeció y miró a Pine, que también había dejado su tenedor y observaba con atención a Fordham. La expresión de Pine parecía avergonzada y furiosa a la vez. Al recordar el gráfico relato que había leído dos días antes, Vlado se preguntó ahora cuánto de aquello era ficción. Sintió que le brotaba una furia celosa, esta vez en nombre de su padre.
    – ¿Así que todo el expediente de su padre es una mentira? -preguntó Pine, apenas en un susurro.
    – Más o menos. En lo que se refiere a todo lo detallado, en cualquier caso.
    – ¿Y usted aprobó aquel plan? -dijo Vlado, inclinándose hacia él y alzando la voz.
    – Por favor. -Fordham miró nervioso a su alrededor-. En realidad no lo aprobé. Consulté con Fiorello, por si acaso, y él lo aprobó. Matek tendría que buscarse a otro. Alguien a quien pudiera atraer con una zanahoria, no con un palo.
    – Pero no es así como resultó, ¿verdad?
    Fordham negó con la cabeza, con aspecto compungido. Se pasó ligeramente la servilleta por la boca.
    – Recibimos presiones de arriba. Alguien de la embajada. Un joven personaje de Washington en misión especial para el Departamento de Estado. Estaba haciendo la ronda por Europa y se había tomado un interés personal en la caza de Pavelic, así que me convocó a su suite del Grand Hotel. Una gran habitación en una esquina, con las ventanas y los postigos abiertos. «Tienes que hacer un trabajo, Robert», me dijo. «Y sentiría mucho que una buena carrera se arruinase por una objeción filosófica.» Era o te apuntas o te apartas del camino. Así que nos apuntamos. Y resultó que Matek y su padre no eran los únicos actores del trato.
    – ¿Quién más?
    Vlado estuvo seco ahora, un interrogador en tono y actitud. Lo único que faltaba era la lámpara potente. De haber podido habría atado a Fordham a la silla y habría dejado que sufriera hasta hacerle daño.
    – Había un agente al que Angleton quería hacer intervenir. Un ustashi de bajo rango que se escondía en un convento. Iba a coger una radio y explosivos, cruzar la frontera y armar un buen lío. Después de un año de buenos resultados, le concederían un salvoconducto para Estados Unidos. Pero tenía un expediente sucio. Sucio como ellos.
    – Y entonces cambiaron ese expediente por el de mi padre.
    – No lo cambiamos. Nos habría gustado que no hubiera habido referencia a Jasenovac en su expediente. Pero sus antecedentes lo convertían en un buen historial para tu padre. Testigos verdaderos que hablaban de hechos reales.
    – Ya lo sé. Lo he leído.
    Fordham tragó saliva y asintió.
    – Nos permitía matar dos pájaros de un tiro, por así decirlo. Daba a nuestro agente una nueva identidad y encadenaba a su padre, en sentido figurado. Y no es que el agente fuera nada del otro mundo. La gente de Tito lo capturó antes de una semana. Lo fusilaron.
    Fordham volvió la mirada hacia su plato, rebañando un charco de aceite con un trozo de pan.
    Vlado extendió un brazo por encima de la mesa y agarró la mano de Fordham, le apretó la muñeca y acercó su cara a la suya.
    – ¡No va a comer nada hasta que haya terminado de hablar!
    Pine miraba boquiabierto pero no hizo nada para detener a Vlado. Fordham miró nervioso hacia una pareja que acababa de entrar en el restaurante, pero con eso sólo provocó más cólera.
    – ¡No los mire! -dijo Vlado entre dientes-. No mire a ninguna parte si no es a mí hasta que haya terminado. Quiero saber exactamente qué pasó después. Todos los detalles. ¿Cuándo se lo dijo a mi padre?
    – A la semana siguiente -dijo Fordham con voz temblorosa, apenas audible. Miró la mano que le agarraba la muñeca con una expresión de alarma. Vlado aflojó la presión, pero no la tensión de la mirada-. Llevé el expediente a su pensión.
    – ¿Qué dijo?
    – Me dijo que no era él. Dijo que había oído contar historias, que había visto algunas cosas que no le gustaron, pero nada así.
    – ¿Dijo lo que sí había hecho?
    Fordham negó con la cabeza.
    – Y yo tampoco se lo pregunté. Habría sido admitir que habíamos amañado su expediente. Pero de alguna manera debía de saber lo que había sucedido, porque dijo: «Eso es obra de Pero, ¿verdad?». Le dije que no sabía de qué estaba hablando. Que habíamos presionado a Matek del mismo modo que lo habíamos presionado a él. Se puso furioso. Me… agarró durante un instante. De las muñecas. -Fordham desvió la mirada, y Vlado se sonrojó a su pesar. Soltó a Fordham poco a poco-. Luego se sentó en la cama.
    – ¿Y aceptó?
    – Al principio, no. Dijo que él podía ponernos en evidencia a nosotros tanto como nosotros a él. Yo le dije que adelante, que lo intentara. Le dije que lo arrojaríamos de vuelta al otro lado de la frontera con una gran U cosida en los pantalones y unos antecedentes penales de más de un kilómetro. Lo fusilarían al amanecer. Y de ese modo cedió. Además, seguimos ofreciéndole lo que más deseaba: la oportunidad de volver a casa. Trabaja para nosotros, le dije, y haremos desaparecer el expediente. Te daremos una nueva identidad, limpia como una patena: Enver Petric, el chico agricultor de una aldea que no había tomado parte en la guerra, y además de etnia musulmana.
    Así que de ahí era de donde venía su apellido: de un espía mentiroso y un sinvergüenza asesino. Vlado hizo entonces la pregunta que se ocultaba desde el principio detrás de su ira, aunque no estaba seguro todavía de que estuviera preparado para la respuesta.
    – ¿Cuál era entonces el verdadero historial de mi padre?
    El estómago le dio un vuelco como si acabara de saltar de un trampolín.
    – Nunca me permití leerlo -dijo Fordham.
    – ¿Que nunca se lo permitió?
    Vlado golpeó la mesa con el puño. Pine le apretó levemente el brazo con una mano con el puño. La pareja de la mesa de enfrente levantó la vista con expresión asustada, y un camarero que se acercaba briosamente con una bandeja llena de fuentes humeantes se detuvo sin terminar de dar el paso. Esperaron en silencio mientras distribuía la comida, pero Vlado no apartó la vista de Fordham.
    – Tenía miedo de lo limpio que pudiera ser -dijo Fordham en voz baja, cuando el camarero se hubo marchado-. Aunque sí había estado en Jasenovac. Eso lo sabía con seguridad.
    – Pero sólo unos meses -replicó Vlado, con menos indignación en la voz-. Y fue al final de la guerra.
    – Escuche -dijo Fordham, y por una vez no pareció importarle si le oían-. No defiendo lo que hice. Pero ¿tiene idea de a cuántas personas podían matar en Jasenovac en solo un mes? Por no decir en dos. ¿Y con qué métodos? ¿Tiene conocimiento de cómo concluían sus negocios en la época en que su padre habría estado presente?
    Vlado guardó silencio.
    – Bueno, se lo diré yo, ya que desea conocer todos los detalles.
    Ahora fue Vlado el que recorrió la sala con la mirada.
    – Escuche -interrumpió Pine-. No veo la necesidad de…
    – Yo sí -dijo Vlado- Déjale que termine.
    Fordham asintió en actitud seria.
    – Me siento culpable por esto desde hace más de cincuenta años Debería haberlo confesado hace mucho tiempo. Nunca debería haber participado en ello. Pero aun en el caso de que su padre no hiciera nada más que cavar letrinas, sabía lo que sabía y se calló. Se lo guardó todo para él mientras asesinos como Matek estaban en libertad. De acuerdo, de ese modo encontramos una forma de taparle la boca. Pero ¿por qué no había hablado antes? Como investigador, usted sabe tan bien como cualquiera lo que significa ocultar la culpabilidad de otros.
    – Créame -dijo Vlado, sintiendo un incómodo parentesco-. Lo sé.
    – ¿Pero entonces no llevaron a cabo el robo? -preguntó Pine.
    – Oh, con sobresaliente. La noche del primer sábado de julio. Mientras yo esperaba al otro lado de la plaza en un jeep. Al cabo de una hora llegaron tan tranquilos con un par de cajas como si salieran de su casa. Ninguno de los guardias levantó siquiera una ceja. Increíble. Matek traía un gran bulto en un bolsillo de su chaqueta, un sobre voluminoso que se había guardado para él. Dedicamos el resto de la noche a fotografiarlo todo para poder devolverlo el domingo. Fue como un regalo del cielo, todos los nombres de todos los refugiados políticos, incluidos sus alias. Suficiente para tenernos ocupados durante semanas. Pero por supuesto también había lagunas. La correspondencia con el Vaticano, que esperábamos ver. Y también correspondencia con Angleton, que yo personalmente deseaba tanto como cualquier otra cosa. Quería ponerlo fuera de la circulación.
    – ¿Cree que aquellas cosas fueron las que Matek se guardó para él, el sobre del bolsillo?
    – Yo diría que sí. Al principio pensé que se lo había entregado a Angleton, que Matek también trabajaba para él. Más tarde no estuve tan seguro. Pero habría sido alguno de los cartuchos de dinamita más gordos de todo el barril.
    – ¿Entonces por qué no retuvo sus pases?
    – Lo intenté. Me impusieron la decisión. Otra vez el hombre de arriba.
    – ¿Quién era? -preguntó Pine.
    Fordham sonrió arrepentido.
    – Es la única pregunta a la que todavía no he decidido si voy a contestar. Es el único nombre que todavía quieren que me guarde. Pero supongo que si quisiera jugar sobre seguro no debería haberme entrevistado con ustedes. Se imaginarán lo peor de todos modos.
    Hizo una breve pausa, como para recobrar la calma. Se pasó la servilleta por la cara y después hizo un gesto dirigiéndose a la comida.
    – Prueben algo de esto antes de que se enfríe. Es lo mejor que hay en Roma. Ahora traerán pescado, junto con un poco de ternera.
    Tomó un bocado.
    Por un instante Vlado estuvo dispuesto a complacerlo.
    Fordham alzó su copa de vino, como si se dispusiera a proponer un brindis. Pero lo único que dijo fue un nombre.
    – Samuel Colleton.
    – ¿Él era el hombre de arriba?
    – Vaya, vaya -dijo Pine.
    – ¿Quién es Samuel Colleton? -preguntó Vlado.
    – El número dos del Departamento de Estado. Pero el puesto que de verdad quiere, que siempre ha querido, es el de jefe de la Agencia. Y ese cargo quedará vacante cuando el actual director se retire en mayo. Colleton no es el único aspirante, desde luego, y además es el más viejo, una desventaja. Pero aparentemente se ha estado generando cierto impulso, una sensación de que tal vez el viejo se merezca un último momento de gloria, una especie de premio a los servicios prestados durante toda una vida. Por eso cualquier asomo de escándalo en relación con su pasado lo hundiría. Lo que está en juego son reputaciones, caballeros. Y quizás algo más.
    – Harkness -dijo Pine.
    – ¿Cómo dice? -preguntó Fordham.
    – Paul Harkness. Un agente del Departamento de Estado en Sarajevo. Ayudó a organizar nuestra fallida operación. Técnicamente, Harkness trabaja para Colleton, y podría seguir trabajando para él si Colleton consigue el ascenso.
    – Ah -dijo Fordham-. Esa clase de diplomático. -Se rió amargamente, relajándose por primera vez en un rato, negando con la cabeza mientras se servía otra ración de espagueti en su plato-. Esas cosas siempre terminan igual, ¿verdad? Justo cuando estás a punto de hacer tu jugada, la operación se va al carajo, y nadie sobre la tierra llega a saber por qué. Exactamente lo nos que sucedió a nosotros con Pavelic.
    – ¿Alguien lo fastidió? -dijo Vlado.
    – Nuevas órdenes de Washington, inmediatamente después del robo. Nuestra caza se aplazó hasta nuevo aviso, y nos quedamos con dos palmos de narices. Y después Matek nos hundió.
    – ¿Matek?
    – Puso pies en polvorosa. Y a mí me echaron. Todo ello después de un gran alboroto en los aposentos personales de Draganovic, en el 21 de Borgo Santo Spirito, al lado de San Pedro. Propiedad oficial del Vaticano, así que no se lo podía tocar allí. Pero la acera de enfrente era blanco legítimo, y Matek me telefoneó desde allí una semana después del robo. Dijo que si acudíamos inmediatamente encontraríamos a los que estábamos buscando, que llegarían en un coche con bandera diplomática. Supusimos que se refería a Pavelic, viajando en el coche de Draganovic. Pero teníamos que atraparlo entre el coche y la entrada principal. Violar la extraterritorialidad del Vaticano era el gran tabú. Así que dos de nosotros nos dirigimos allí a toda prisa sabiendo que sería por los pelos.
    – Creía que lo habían apartado del caso.
    – Pero nadie había dicho qué hacer si nos caía como llovido del cielo. Llegamos allí, estacionamos a la vuelta de la esquina y esperamos en la acera. Diez minutos después apareció un coche negro con banderín diplomático. Sacamos a los dos primeros tipos. No reconocimos a ninguno de los dos, pero teníamos que hacer algo, así que dijimos que nos los llevábamos para interrogarlos. Pero entonces había ya una enorme conmoción. Un grupo de monjas había bajado las escaleras para ver de qué iba todo aquel alboroto. Gritaban, nos increpaban en italiano, en croata, en inglés. Parecía que aquello era el día de Nochebuena en San Pedro, tal multitud había.
    »En algún momento en medio de todo aquello reparé en un camión que salía de un callejón un poco más allá. Miré al conductor, y podría haber jurado que era Matek. Sonreía. Y lo único que pude pensar fue que nos habían pillado. Pero nos llevamos a los dos tipos a Via Sicilia de todos modos. Buscamos sus nombres en nuestra lista de sospechosos, y por supuesto no estaban en ella. Así que pedimos disculpas. Y creo que se habría olvidado de no haber sido por la queja oficial. De la peor especie. Un testigo presencial afirmó que habíamos violado la extraterritorialidad. Dijo que los habíamos atrapado dentro de la verja. Y la queja se presentó directamente ante Angleton, que iba a asegurarse de que prosperaba.
    – ¿Una monja?
    – No. Un empleado llamado Pero Matek. Con una declaración de Josip Iskric que lo corroboraba.
    – Pero ustedes eran su futuro asegurado -dijo Pine.
    – Su futuro asegurado caducado. A partir de ese momento yo sólo podía ser un estorbo. A la mañana siguiente nos llevaron ante el embajador. Al terminar la semana yo estaba haciendo las maletas. Trasladado a Viena, donde pasé un año llevando mensajes de los británicos a los americanos, en una oficina donde todo el mundo estaba al tanto de mi gran cagada. El año siguiente, por supuesto, Ante Pavelic se embarcó en un carguero rumbo a Argentina.
    – Estupendo -dijo Pine, sacudiendo la cabeza.
    – Sí. Perfecto. Así que cuando terminó mi periodo de alistamiento volví a Harvard. Me gradué y me inscribí en las pruebas para el Servicio Exterior. Aprobé el examen pero nunca me dieron un destino. Falló la autorización de seguridad. Gracias a mis buenos amigos de Roma.
    Hizo una pausa, dejando perdida la vista en el espacio, y después continuó en un tono más tranquilo.
    – Años después me encontré con Fiorello en Boston. Para entonces ya era un vejestorio. Cataratas e hipertensión. Murió la primavera siguiente, así que supongo que quería ajustar cuentas. Me contó una historia que había circulado después de mi partida. Más o menos por la misma época del robo, Draganovic se había vuelto asustadizo en lo referente a sus cajas de oro, las que habían robado de Zagreb. Decidió que la oficina no era lo bastante segura, así que las trasladó a su residencia de Borgo Santo Spirito, donde habíamos hecho nuestra famosa «detención». Pero las dos cajas fueron robadas por dos conspiradores anónimos que desaparecieron entre la niebla, con destino desconocido.
    – Iskric y Matek.
    – Eso es lo que yo supuse. Desde entonces no he dejado de preguntarme si lo único que hicimos aquel día fuera de la verja fue proporcionar una distracción ruidosa para dar un golpe. Fiorello dijo que nadie había quedado muy contento con el asunto, incluida la gente de Angleton. Estuvieron algo inquietos durante un tiempo, como si hubieran robado algo más que el oro.
    – ¿Información robada? -dijo Vlado.
    – Tal vez. La mejor manera de hacer daño a un tipo como Angleton es robarle sus secretos. Y hablamos de una media vida larga. Aquel material sería todavía radiactivo.
    – ¿Entonces nadie volvió a verlos, a Matek y a mi padre?
    – Ni rastro. Pero poco antes de partir hacia Viena oí decir algo. Los croatas habían denunciado el robo de un camión, y la mañana antes de coger el tren lo encontraron. Vacío, por supuesto, y sin carburante. A la orilla de la carretera, a las afueras de Nápoles.
    Vlado pensó en la fotografía de su padre y la mujer desconocida, de pie en el huerto de cítricos, con Matek, cerca de la ciudad de la que nunca había oído hablar.
    – Calvin, ¿dónde tienes el mapa de Italia? -dijo.
    Sacó la fotografía de su cartera mientras Pine rebuscaba en un portafolios. Desplegaron torpemente el mapa, apartando los platos entre un repicar de loza y cubertería. Vlado buscó el nombre de la ciudad que figuraba en el sello del reverso de la fotografía.
    – ¿Cerca de Nápoles ha dicho?
    Fordham asintió, sonriendo ahora, como si de pronto estuviera absorto en el espíritu de su búsqueda.
    – Sí. Prácticamente a los pies del monte Vesubio.
    – Castellammare di Stabia -dijo Vlado, posando triunfante un dedo en un punto del mapa-. Al otro lado del golfo de Nápoles. No muy lejos del Vesubio.
    Pine esbozó una sonrisa.
    – Tengo la impresión de que nos vamos a quedar al menos un día más en Italia -dijo dirigiéndose a Vlado.

19

    A la mañana siguiente a Vlado lo despertaron unas voces, una conversación apenas audible. La sensación era tan vívida que se bajó de la cama medio dormido para ir a abrir la puerta, casi esperando encontrar fuera a una pareja de jóvenes vestidos con ropas de la década de 1940. Pero el descansillo del hotel estaba vacío, todas las puertas cerradas.
    Apenas había luz, ni siquiera eran las siete, en su última mañana en Roma, la primera y también la única, recordó. Era hora de ponerse en marcha si no quería perder la pista del espíritu errante de su padre. Llévame hasta Matek, pensó. Enséñame el camino que lleva hasta tu viejo enemigo.
    Cuando estuvo más despierto, se mojó la cara en el lavabo del cuarto de baño y cayó en la cuenta de que las voces que había oído eran los últimos retazos de la conversación de una ensoñación, el joven Fordham y el joven Enver Petric, en guardia en la desgastada habitación de su padre en algún lugar al otro lado de la ciudad. Durante un fugaz instante, mientras examinaba su cara goteando en el espejo, estuvo extrañamente seguro de que si subía al tejado del hotel, sería capaz de localizar con precisión el sitio donde había tenido lugar la conversación. Sobresaldría como un minúsculo faro en el horizonte, brillando entre las antenas de televisión en la neblina rojiza.
    Pero Vlado tenía otro destino en mente, una última parada antes de partir con Pine rumbo al sur. Se vistió con rapidez, bajó las escaleras y salió a la calle. Se moría de ganas de tomar un café pero no quiso perder tiempo en el hotel. El extraño tiempo se mantenía, así que el fresco de la mañana era soportable, y al cabo de unas manzanas aflojó el paso. Se desabrochó el abrigo y aspiró los aromas del pan en el horno y el café haciéndose. Los romanos abrían los postigos a la mañana, mientras escuchaban la llamada dominical de las campanas de las iglesias.
    Unas manzanas después cruzó el Tíber y miró desde arriba el agua marrón verdosa, salpicada de desperdicios. La misma corriente había erosionado siglos de imperio y conquista, sobreviviendo a todos los bárbaros y fascistas y ejércitos de ocupación. Su padre había dado un paseo como aquél, quizás, en una mañana como aquélla, un joven católico devoto de camino a misa. Pero había estado dispuesto a renunciar a su nombre y su religión para volver a casa. ¿Por qué, entonces, se había quedado en Italia quince años? ¿Y qué lo había impulsado finalmente a cruzar de nuevo la frontera?
    Tardó diez minutos en llegar a la periferia de la plaza de San Pedro, donde la enorme cúpula de la catedral llenaba el cielo. Girando hacia la izquierda por un callejón llegó a una estrecha callejuela adoquinada que por su plano sabía que sería Borgo Santo Spirito. Mirando los números de las casas, llegó hasta el número 21, al final de la manzana, sólo a un tiro de piedra de la columnata que bordeaba la inmensa plaza vacía. El edificio seguía siendo un convento, cinco plantas de estuco beis y ventanas arqueadas, tal como Fordham lo había descrito. Aquí era donde había vivido Draganovic, pero había algo más importante, era allí donde se había visto por última vez a Matek y a su padre, escapando de Roma con un camión cargado con el botín de guerra de otros.
    Enfrente, alguien acababa de regar la acera de ladrillo. Una verja de hierro debajo de un arco de piedra llevaba a un largo tramo de escalera de mármol hasta la entrada. Había una pequeña placa en el muro delantero: «Zona Extraterritoriale Vaticano». Tampoco hoy se podría hacer una detención allí, y Vlado sonrió al pensar en el joven Fordham de pie en aquel mismo punto, maldiciendo su suerte. Pero el edificio en sí era una decepción. Por alguna razón esperaba, irracionalmente, lo sabía, que pudiera ofrecer algún signo o mensaje. Sin embargo, los muros enlucidos estaban mudos, las ventanas miraban con expresión anodina. Lo mismo podía decirse del callejón que salía al fondo de la callejuela, donde Fordham debía de haber divisado el rostro sonriente de Matek en la ventanilla del camión que huía. No había portales hacia el pasado. Nada salvo el olor a agua de lluvia de los adoquines regados, el solitario gemido de una Vespa en la calle de al lado. Su excitación matinal se había agotado. ¿En qué había estado pensando? Cayó en la cuenta de que la clave de todo no era tanto el pasado como aquellos que habían sobrevivido a él y después habían distorsionado la historia a su conveniencia. Mira hacia delante y no hacia atrás, se dijo, a menos que quieras que te marginen.
    Vlado comenzó a volver gravemente sobre sus pasos en dirección al hotel. Un dolor sordo en la frente pedía a gritos cafeína, así que se detuvo en una pastelería que estaba abriendo para comenzar la jornada. Pidió un bollo y un espresso y se sentó a una mesa en la acera. Removió un terrón de azúcar y dio un sorbo de la pequeña taza, extrañamente abatido, mientras observaba a un sacerdote entrado en años y con hábitos negros avanzar despacio hacia San Pedro. Entonces oyó una voz detrás de él, fuerte y clara y muy americana.
    – Es un verdadero error, ya sabes, ir a todos estos viejos lugares. El mundo de tu padre ya no existe, y él tampoco. Déjalo en paz.
    Era Harkness.
    Acercó una silla y se inclinó hacia delante, con la gran cara rosada a sólo un palmo de la de Vlado. Iba muy arreglado, con chaqueta de sport y pantalones planchados, tenía todo el aspecto de un caballero rural, como si ya se hubiera afeitado, duchado y leído los periódicos del domingo. Vlado comprendió que Harkness seguía yendo dos pasos por delante de ellos, exactamente donde debía de haber estado todo el tiempo.
    – Lo digo sólo por tu bien, desde luego -dijo, ahora sonreía.
    – Desde luego -contestó Vlado, demasiado impresionado para decir mucho más-. ¿Entonces por qué me sigues?
    Harkness pasó por alto la pregunta.
    – Te voy a dar un consejo, si tienes a bien escuchar. Y que nadie te ha dado hasta ahora. Nada de esto te ayudará a encontrar a Matek. Podría llevarte en la dirección correcta durante un tiempo. Pero al final se burlará de ti o te matará. O cuando estés listo para dar el paso, el Tribunal tirará de la cuerda. Los jefes de Pine no actúan en el vacío, ya sabes, y muy pronto se darán cuenta de que vosotros dos, como vuestra amiguita Janet Ecker, os habéis inmiscuido en asuntos que no tienen nada que ver con los del Tribunal y todo que ver con los míos.
    El nombre de Colleton se formó en los labios de Vlado, pero resistió la tentación de pronunciarlo.
    – ¿Entonces no quieres que se capture a Matek?
    Harkness negó con la cabeza.
    – Todo lo contrario. Nada me gustaría más. Pareces olvidar que fue idea mía detenerlo.
    – ¿Qué importa entonces si lo perseguimos?
    – Digamos sólo que las cosas se complicaron cuando se escapó al monte. Y tampoco ayudó mucho que Branko Popovic desapareciera de escena. Para siempre, me dicen ahora. Lo cual significa que tú, en particular, me debes una. Lo cual significa que sería una muy mala idea mencionar algo de esta conversación a Calvin Pine. -Se acercó más y bajó la voz-. Además, tú deberías estar en casa con tu familia, asegurándote de que la policía no se entromete demasiado. Leblanc ya está allí, ya sabes. Fisgoneando en Berlín.
    Vlado había oído suficiente. Intentó coger la nota, pero Harkness fue más rápido.
    – Permíteme -dijo, y se echó a reír cuando Vlado trató de arrebatársela-. No creo que Jasmina quiera que te gastes el sueldo en cafés caros para turistas. -Vlado se estremeció al oír el nombre de su esposa-. Lo cual me recuerda algo. La ha vuelto a llamar, ya sabes. Nuestro amigo Haris. Berlín puede ser muy solitario en esta época del año. Quién sabe, tal vez él vuelva allí antes que tú. A menos que alguien os gane a los dos por la mano. Branko Popovic tampoco actuaba en el vacío. Tenía muchos amigos. Creo sinceramente que deberías llamar a casa con más frecuencia, ya sabes. Y, por favor, no volvamos a tropezar el uno con el otro. La próxima vez no será tan agradable. Ciao.
    Harkness se levantó, pagó la cuenta y se dirigió hacia San Pedro, desapareciendo debajo de las sombras de la columnata sin volver la vista atrás ni una sola vez. Vlado se quedó de pie al lado de su mesa, donde el bollo estaba intacto en el plato. Con un nudo en el estómago, caminó lentamente al principio, avivó el paso después, y antes de darse cuenta estaba corriendo, con gotas de sudor en la frente, a toda máquina en dirección al hotel.
    Al cabo de un rato se paró, confuso. ¿De qué le serviría volver a toda prisa, cuando su línea telefónica estaría bloqueada, como antes en todas partes? Sacó la cartera y palpó el delgado fajo de liras. Entró en un pequeño tabacchi donde el propietario estaba levantando el cierre de rejilla metálica y compró una tarjeta telefónica de 10.000 liras, con la esperanza de que le permitiera hablar suficientes minutos con Berlín.
    Jasmina descolgó a la primera seña, y pareció somnolienta y cálida, hablando desde la cama.
    – Hola. Siento despertarte, pero tengo prisa. La tarjeta sólo me permite hablar durante unos pocos minutos.
    – ¿Vlado? Por fin. -Pareció aliviada-. Qué bien poder oírte.
    – Siento no haber podido llamar.
    – Una secretaria me dijo que no te estaba permitido. Dijo que podrías tardar una semana o más, así que es una sorpresa agradable. ¿Estás en Sarajevo?
    No parecía alarmada, que era algo, supuso Vlado. Quizás Harkness se estaba marcando un farol. En tal caso, había funcionado.
    – Estoy en Roma. Desde ayer.
    – ¿Y te has ido sin mí? Estoy loca de envidia. -Jasmina rió, pero Vlado creyó detectar un tono nervioso. ¿Estaba sola? Por supuesto que lo estaba. No hagas el imbécil por las bravatas de ese hombre-. Sonja también tendrá envidia. Te la pasaría si estuviera levantada.
    Vlado miró el visor digital del teléfono. La tarjeta se agotaba con una rapidez alarmante.
    Había bajado ya a 6.000 liras.
    – No. Déjala que duerma. -Vlado se sentía ya culpable por dudar de Jasmina. Era Harkness el que había mentido-. Nos vamos hacia el sur hoy, salimos dentro de una hora. Sólo quería estar seguro de que todo iba bien.
    Jasmina debió de detectar la tensión en su voz porque su tono también cambió.
    – Se acuerda mucho de ti, Vlado. Y yo también. Se parece demasiado a la guerra.
    – Lo siento. Y también me alegro. Está bien que te echen de menos.
    El contador había bajado a 4.000. Tenía que encontrar alguna manera de avisarla, rápidamente, sin alarmarla ni tener que explicar demasiado. Pero ella se le adelantó.
    – Vlado, ayer sucedió algo extraño. Me alteró.
    – ¿Sí?
    – ¿Te acuerdas de… Haris?
    – Sí. Continúa.
    – Llamó por teléfono. Desde Sarajevo. Cuando oí el ruido de fondo, al principio creí que eras tú. Tenía un mensaje para ti. En realidad era contigo con quien quería hablar. Pero parecía saber que estabas fuera del país.
    El café estaba perforando un agujero en el estómago vacío de Vlado. El contador había bajado a 3.000. Pensó en Harkness, sonriendo, en algún lugar en las calles de Roma, esperando sin prisas su siguiente movimiento.
    – ¿Cuál era el mensaje?
    – Dijo que habían ido a buscarlo, y quería saber si era por ti. Le pregunté qué quería decir, pero dijo que lo sabrías, y que tenía que irse. Parecía asustado. Y después colgó.
    Pues bien. No todo había sido un farol. Puede que nada lo fuera.
    – ¿A quién se refería con «ellos»? ¿Quién lo está buscando?
    – No me lo dijo. Pensé que tú lo sabrías. No he podido dormir desde que llamó. ¿Qué es lo que no me has contado, Vlado? ¿Qué deberíamos saber Sonja y yo?
    Dos mil liras.
    – Quédate en casa y no vayas a trabajar, durante unos días. Que Sonja se quede contigo. Tenemos más cosas de las que hablar, pero ahora no queda tiempo. Te he ocultado demasiadas cosas. Me parezco demasiado a mi padre. Lo siento, sé que esto no tiene sentido. Si necesitas ayuda, ve a casa de los Vrancic, al fondo del pasillo. Acude a la policía si es necesario. Pero procura no preocuparte. Todo debe salir bien.
    – Vlado, ¿tienes problemas?
    Mil liras.
    – Podría ser. No lo sé. Pero habré acabado aquí dentro de unos días. Volveré a casa en cuanto pueda. Tengo que dejarte, la tarjeta del teléfono se agota.
    – Te quiero. Adiós.
    La conexión enmudeció antes de que pudiera responder.
    – ¡Maldita sea!
    Su grito atrajo una mirada de desaprobación de una monja que pasaba cuando él colgaba de un golpe el auricular. Allí estaba, en una ciudad donde los teléfonos móviles chillaban desde todos los bolsillos y él no podía concertar siquiera una llamada decente a su casa. Maldijo a Pine, al Tribunal, a la ciudad de Roma. Luego maldijo a Harkness, pero al pensar en el rostro de aquel hombre la cólera dio paso a la aprensión. Su primer impulso fue subirse en el siguiente avión con destino a Berlín. A la mierda todos los demás.
    Pero eso era exactamente lo que Harkness quería. Y no importaba lo implacable que pudiera ser aquel hombre, Vlado dudaba de que fuera esa clase de gente. Sus amenazas habían llegado a casa, pero su sensación era que había exagerado expresamente el asunto. A lo mejor había encontrado a Haris y lo había obligado a hacer la llamada. ¿De qué otra manera habría descubierto ya que Popovic estaba muerto? ¿Seguía teniendo Popovic matones allí? Probablemente. Pero se estarían peleando por las sobras, más peligros cada uno para los demás que para él o su familia. O eso esperaba. ¿Cómo había dicho Harkness durante la reunión en Sarajevo? «Silbar al pasar por la tumba.» Otro modismo americano que parecía ir como anillo al dedo.
    Sintió una aguda sensación de urgencia, como si el contador del teléfono siguiera con su cuenta atrás. Debía tener más cuidado que nunca, y ser más rápido y eficaz. Si no encontraban a Matek en el plazo de más o menos un día, no podrían hacerlo nunca, y todos los secretos que aún quedaban por descubrir seguirían enterrados.

    Al volver a la habitación del hotel, comprobó que Pine había metido una nota por debajo de su puerta.
    «Vlado: Voy a alquilar un coche. Volveré a las 9. Calvin.»
    Menos mal. En el camino de vuelta se le había ocurrido una idea, y aquello podía darle tiempo para llevarla a cabo. Si era cierto que su padre y Matek habían robado efectivamente a Draganovic, no habrían utilizado las identidades falsas de San Girolamo para ayudarles a viajar hacia el sur. Y si su botín incluía algunos de los secretos más embarazosos para Angleton, tampoco habrían querido utilizar las identidades proporcionadas por los americanos. El expediente sólo hablaba de otra fuente fiable de documentos falsos en aquellos tiempos, de la Cruz Roja. Por una vez, tenía una fuente interna. Sacó la tarjeta de Amira de la cartera. Ojalá tuviera un teléfono.
    Comprobó la línea, por si acaso, pero estaba bloqueada. Salió con sigilo de la habitación y vio a una camarera salir de una puerta del pasillo. La puerta estaba abierta. Cerrando suavemente su puerta, avanzó hacia el carrito de la ropa, donde la camarera cogía un montón de toallas limpias.
    – Scusi -dijo Vlado, pasando rozándola como si la habitación fuera suya.
    Esas cosas se hacían con seguridad en uno mismo o no se hacían.
    – ¿Signore? -dijo ella.
    – Saldré dentro de un instante -dijo en tono enérgico-. Luego podrá terminar.
    Cerró la puerta tras él, puso la cadena de seguridad y vio unas prendas de hombre y un periódico abierto en una cama sin hacer. Descolgó el auricular, marcó el 8 para pedir línea internacional. El tono de marcar surgió a la vida.
    Marcó el número de la casa de Amira, dando gracias de que lo hubiera anotado en su tarjeta, y cuando oyó la señal se sintió como si hubiera vuelto a su vida durante el asedio: su esposa se había convertido en una voz infrecuente y lejana en Alemania, y él estaba solo y necesitaba un favor de aquella mujer de Sarajevo que había pagado un precio tan alto por ayudarlo la primera vez.
    – ¿Sí? -la voz de Amira era somnolienta y lánguida.
    La había despertado, igual que había despertado a Jasmina.
    – Soy Vlado. Vlado Petric.
    – Claro -como si no fuese ninguna sorpresa. Debió de tapar el auricular con una mano, porque la oyó hablar con otra persona, unas palabras que no pudo distinguir. Probablemente su novio extranjero. Y Vlado sintió de nuevo la puñalada irracional de los celos, seguida de un arrebato de culpabilidad-. Adelante -continuó ella, muy profesional ahora.
    – Estoy en Roma. Pero necesito una información que tal vez tenga la Cruz Roja. Material antiguo, de hace cincuenta años.
    – Y has pensado que quizá yo pueda echar un vistazo.
    No parecía contenta, pero tampoco furiosa.
    – Pero es que, en fin, no estoy seguro de que sirva de mucho seguir los cauces oficiales. No es algo de lo que estén orgullosos.
    Amira se echó a reír. Las reservas que pudiera tener se habían desvanecido.
    – ¿Y qué será la próxima vez, Vlado? ¿Necesitarás que entre por la fuerza en un edificio por ti? Adelante. Dime lo que necesitas. Después decidiré si te lo mereces. ¿Es para el Tribunal?
    – Sí. Pero también es personal.
    – Esas cosas suelen pasar en nuestro país.
    Le dijo que buscaba los registros de dos pasaportes de la Cruz Roja expedidos en Roma durante la última semana de junio o la primera semana de julio de 1946, más o menos en la fecha del robo en San Girolamo. Con toda probabilidad habrían sido expedidos con la misma fecha, a varones de 23 y 25 años. Después le dio sus fechas de nacimiento.
    – ¿A qué nombres?
    – Eso es lo que intento averiguar. Habrían querido nuevas identidades. Evidentemente era algo de lo más habitual entonces.
    – Ahora también es habitual. Al menos en algunos lugares de la Cruz Roja Internacional. Pero esto yo nunca te lo he dicho, por supuesto. Digamos solamente que algunos empleados no siempre mantienen su espíritu altruista cuando se enfrentan a la perspectiva de una ganancia imprevista por sólo unos pocos documentos. Sobre todo durante la guerra. Sobre todo en un culo del mundo como éste.
    – Si tú lo dices.
    – ¿Tienes una nacionalidad?
    – Eran dos yugoslavos, de etnia croata. Pero si tuviera que adivinar diría que querían ser inscritos como italianos, para poder quedarse algún tiempo. Tal vez con un domicilio cerca de Trieste, en algún lugar cercano a la frontera de Eslovenia, para que no fuera inverosímil tener acento eslavo, o saber serbocroata.
    – Muchos de los materiales más antiguos se han informatizado. Han dejado que los suizos digitalicen todos los registros posibles. En cuyo caso es una suerte que me hayas llamado en domingo. Podré navegar en el ordenador de la oficina sin que nadie de la administración me pregunte qué estoy haciendo. Lo cual no garantiza que lo encuentre. Si sólo está en formato de papel, quizá no pueda dar con ello hasta el lunes, si acaso. Pero tienes razón en lo de ir a través de los cauces oficiales. Una pérdida total de tiempo. ¿Cómo es que has ido a parar a Roma?
    – Es una larga historia. Y salimos hacia el sur dentro de media hora.
    – ¿Sigues con el americano?
    – Sí. ¿Y tú, sigues con el alemán?
    Amira se rió.
    – Haré lo que pueda, Vlado. Llámame mañana cuando haya terminado la jornada de trabajo. Aquí, no a la oficina.
    – De acuerdo. Y gracias.
    – No hay de qué. Cuantos más cabrones puedas encerrar, mejor. Hablamos mañana.
    Vlado salió al pasillo. La camarera había desaparecido en el interior de otra habitación.
    Se reunió con Pine en el vestíbulo unos minutos más tarde. Faltaba poco para las nueve, y el coche de alquiler estaba estacionado en la acera de enfrente. Vlado se preguntó que debía decir, en su caso, sobre los acontecimientos de la mañana. Nada, supuso, teniendo en cuenta todas las advertencias. De alguna manera parecía más seguro guardarlo todo para sí mismo, aunque le hacía sentirse culpable.
    – He llamado para reservar habitaciones en un hotel de Castellammare di Stabia -dijo Pine-. Pero no tengo ni la más remota idea de qué haremos cuando lleguemos allí, además de gastar un poco más de dinero del Tribunal. -Sonrió y cogió sus bolsas-. Aunque supongo que tenemos tres horas para dar con una respuesta. Vamos. Andando.

20

    Mientras Vlado y Pine subían a un coche de alquiler en Roma, Pero Matek miraba por la ventanilla de un tren.
    Habían sido dos días muy largos, pensó, aunque mucho más fácil que la primera vez, cuando había tardado meses, incluso años, y en cada curva acechaba una emboscada o una trampa. Un enemigo tras otro, desde ejércitos hasta investigadores y sacerdotes. Pero tenía la energía necesaria para hacerles frente, y había burlado a todos los que se habían presentado, incluso cuando no había comido ni dormido. Entonces, un solo día en coche y un segundo día a bordo de trenes lo habían agotado.
    Él tampoco había ayudado al alargar el viaje más de lo necesario. El camino más directo lo habría llevado hacia el oeste hasta el litoral croata, para después seguir la costa, atravesando un rincón de Eslovenia hasta Trieste, un circuito del alto Adriático, como un turista con su guía Baedeker. Pero se había dirigido a Austria, pasando la primera noche nada más cruzar la frontera, para despertarse en Villach, en una cálida mañana en la que el vapor se elevaba de las calles. Se había deshecho del coche, que de todos modos era robado, y a partir de entonces siempre había viajado en tren, zigzagueando al bajar por la bota de Italia hasta encontrarse en un compartimento de segunda clase que bordeaba lentamente el golfo de Nápoles. La industria y los bloques de pisos ruinosos le impedían la vista hacia el agua, así que se volvió en su asiento para mirar tierra adentro, hacia el impresionante cono pardo del Vesubio.
    La cumbre estaba pelada, aplanada por su última gran erupción en 1944, sólo dos años antes de su llegada. Recordó cómo la montaña humeaba entonces, un vapor sulfuroso que le hacía sentir incómodo y le traía a la mente a todas aquellas gentes de la Antigüedad que huían para salvar su vida en Pompeya y Herculano. El pánico era el mismo, no importaba la época, y el miedo que impulsaba a las muchedumbres le repugnaba.
    Pensó en las multitudes a lo largo de la carretera que salía de Zagreb en dirección norte durante el último mes de la guerra, en los refugiados que obstruían la carretera con sus carros y sus fardos, entorpecidos por sus pertenencias cuando debían haberse largado sin más.
    O peor aún, en las multitudes durante los combates en los montes Kosarev, las iglesias llenas de gente, que chillaban mientras sus hombres rodeaban el edificio. La muchedumbre había comenzado a romper sus propias malditas vidrieras de colores sólo para intentar salvarse, hasta que unas ráfagas de ametralladoras los habían convencido de que se quedaran dentro. Luego habían comenzado los incendios, sus hombres vertiendo litros y litros de gasolina, desperdiciándola, una manera poco eficaz de hacer las cosas cuando se podía vender el excedente a muy buen precio. El ruido que hacía la multitud atrapada le había recordado el gorgoteo de una olla cuando rompe a hervir, cuando las moléculas excitadas hacen un ruido de borboteo como el tamborilear de los dedos. El furioso zumbido de los avispones en un nido zarandeado. Y se los mataba de la misma manera, con humo y llamas, para estar seguro de que ninguno volvería a picar. Asados vivos, dijeron después los propagandistas. Bueno, quemados desde luego. Cuando comenzó el asado estaban ya bien muertos.
    Dejó de mirar por la ventana. El hombre del asiento de al lado se levantaba, con una bolsa de manzanas en la mano. Matek comprobó el nombre de la estación. Quedaban cinco todavía en aquel vacilante tren de cercanías que parecía parar cada kilómetro, marcando con puntos la costa arqueada hasta Sorrento, que incluso en esa época del año atraía a los turistas. Vio una pareja de jóvenes alemanes con mochilas, unos pocos británicos de clase media y sus pálidas proles. Pero no había americanos, gracias a Dios, así que el único ruido en el vagón provenía de los italianos, sobre todo de los dos que estaban cerca de la parte delantera, que discutían a voz en grito por encima del traqueteo, moviendo los brazos como si estuvieran dirigiendo una ópera, una escena vigorosa de Puccini. Se había convertido en un fin de semana excesivamente cálido, por lo que supuso que habría gente de vacaciones. Las vistas desde los acantilados de Sorrento y Positano no serían menos espectaculares porque fuera invierno. Las piscinas seguirían estando climatizadas, los restaurantes seguirían siendo demasiado caros, las tiendas seguirían llenas de todo aquello que era codiciado e inútil. Pero para él sólo habría unas pocas llamadas y unas pocas paradas, un breve interludio para recoger una especie de póliza de seguros, un fondo de pensiones, algo que había guardado hacía mucho tiempo para una emergencia importante e imprevisible, a la que su actual aprieto le daba sin duda derecho.
    El tren chirrió y se detuvo por fin con una sacudida en su parada, una mugrienta y atestada ciudad portuaria en la que había vivido en otros tiempos. Pocos viajeros se bajaban allí, observó con placer cuando se puso de pie con su pequeña bolsa de lona: todavía sabía viajar ligero de equipaje. Pero el viaje lo había agotado. Mientras avanzaba por el pasillo sintió la fatiga en las pantorrillas y en el fondo de los ojos. No podría haber hecho ahora el viaje de 1945. Se habría convertido en uno de los miles dados por muertos, bombardeados por los aviones rusos y apresados por los partisanos. Alineados en largas filas y fusilados. Y después, las fosas comunes. ¿Había existido una época en que sus compatriotas no las hubieran cavado?
    Entró en la ciudad caminando despacio por las calles estrechas, y al cabo de unas manzanas encontró una pequeña pensión que le pareció apropiada. Parecía de mala muerte por fuera, pero la habitación estaba limpia y el precio era barato. La propietaria era muy amable. Tenía más o menos su misma edad, probablemente era viuda a juzgar por la manera en que se cernía sobre él, aparentemente tenía poco que hacer que no fuera hablar y hacer preguntas. Y no porque él contestase. Su italiano seguía aflorando, su fluidez volvía más rápido de lo que había supuesto. Sí, estaría bien allí. Y cuando la mujer se marchó por fin -un poquito demasiado entrometida par su gusto, decidió-, abrió de par en par las contraventanas para dejar entrar el aire.
    Más allá de la aguja de una iglesia podía verse un segmento del golfo de Nápoles, reluciente bajo el sol de la mañana. Y si se inclinaba sólo un poco a la izquierda, allí estaba, el gran cono del Vesubio. Había olvidado la manera en que el volcán dominaba la ensenada entera, la manera en que hacía que todas las poblaciones parecieran vulnerables a su bullir y humear. Pero hoy estaba tranquilo, como desde hacía años Como su propia vida, reflexionó. Y sin duda una medida de la grandeza, tanto si se era un hombre como una montaña, era lo bien que se podía salir del letargo, con qué destreza y con cuánto poder y habilidad residuales.
    Tenía algún tiempo para descansar. No tenía sentido actuar con precipitación, sobre todo cuando pronto podía haber otros competidores. Tal vez ya los investigadores habían descubierto su antigua identidad, y en ese caso podían haber descubierto también otras cosas. Desde el momento en que lo había llamado el informador Osman en Travnik supo que tenía que moverse durante algún tiempo. El chico, el hijo de Enver Petric, había sido desconcertante, apareciendo de la nada de aquella forma. Pero Matek se había enterado después de que viajaba con un americano, y el nombre de Calvin Pine le había sonado familiar. Una breve búsqueda en Internet había desvelado sin mayores problemas los antecedentes de aquel hombre: el Tribunal para Crímenes de Guerra en La Haya. Habría sido un imbécil si hubiera esperado la siguiente visita de los dos. Esposas y juicio espectáculo, el final de todo.
    Pensar en ellos en ese momento lo volvió más irritable. Su plan de poner trampas en su despacho con minas le pareció elegante en su momento, pero se daba cuenta de que había sido demasiado impreciso. Mejor habría sido limitarse a mandar a un par de matones que bajaran de la montaña y fuera a asesinarlos en sus camas, sobre todo al hijo de Petric, con los ojos inquietos y la concienzuda determinación de su padre. De los que no cejaban en su empeño hasta que se les metía una bala en el cerebro. En cambio no había matado a ninguno de los dos, sino a un tercero. Las otras tres minas no habían estallado. O bien Azudin había encontrado algún modo de cagarla. Maldijo al oír el nombre de la víctima en la radio. Un tipo del que nunca había oído hablar, pero una muerte que con toda probabilidad haría que fueran tras él. Se acabó la elegancia.
    ¿Y si aparecían allí? Podía ocuparse el personal local, desde luego. Era tan fácil encontrarlo en Italia como en casa. Más fácil aún, una vez hubiera tenido más o menos un día para saber qué terreno pisaba. O podía ocuparse del asunto personalmente. Tenía la pistola en la bolsa, y ahora que volvía a estar en pie de guerra, parecía perfectamente natural.
    Pero el boletín radiofónico del día anterior de Bosnia oriental le había parecido aún más inquietante. Una operación frustrada de los franceses. El general huido seguía en libertad. Era demasiada coincidencia que los dos estuvieran huidos al mismo tiempo, y Matek estaba convencido de que pronto tendría al menos a otro visitante para hacerle compañía.
    Sacó las cosas de la bolsa y se tumbó en la cama. Más tarde tomaría una buena cena, un poco de vino, de una añada decente, y un cuenco de pasta, nada demasiado pesado. Después, al día siguiente a primera hora, encontraría el lugar adecuado para comenzar a hacer negocios, un mirador que le permitiese realizar una evaluación antes de hacer su jugada. Pero por ahora, descansar.
    Posó la cabeza en la almohada y cerró los ojos. La sorprendente calidez de la brisa costera en noviembre llegó hasta él a través de las contraventanas que giraron en sus goznes y golpearon ligeramente en la pared. Al día siguiente a última hora quizá habría un buen espectáculo que ver, y quería estar descansado para interpretar su papel. Mientras se quedaba dormido, se sintió como un hombre que tenía todo el tiempo del mundo.

21

    Vlado, exhausto, se quedó dormido no mucho después de que Pine entrase en la autostrada en dirección sur, con las ventanillas bajadas y la brisa en la cara. Se despertó sobresaltado, sin tener ni idea de dónde estaban ni de cuánto tiempo había pasado. Hacía más calor, el tráfico era más denso. A la derecha, el mar relucía a lo lejos. Al mirar a la izquierda se asustó al ver una enorme montaña parda, achatada en la cumbre. El Vesubio. Deseó que Sonja estuviera allí para verlo. Subirían por el sendero hasta la cima. Se asomarían al cráter.
    Pine no se había dado cuenta todavía de que estaba despierto, y Vlado lo miró. Parecía relajado, conducía con una mano, el sol se reflejaba en sus gafas, tenía un codo apoyado en la ventanilla abierta: la viva imagen de un americano relajado que viajaba sin ninguna preocupación, con el hirsuto cabello rubio ondeando al viento. Era fácil trabajar con él, un tipo agradable. Pero, sobre todo, Vlado confiaba en él y tenía la sensación de que iba a ser más importante que nunca en los días siguientes.
    Pine le miró distraídamente y reparó en que Vlado tenía los ojos abiertos.
    – Vaya vista, ¿eh? No me gustaría estar por aquí cuando explote.
    – ¿Cuánto falta?
    – Veinte minutos. Tal vez treinta, según esté el tráfico. Te has echado un buen sueñecito. Creo que lo necesitabas.
    Vlado asintió con la cabeza, todavía adormilado.
    – He estado pensando -dijo Pine.
    – ¿En qué?
    – En Matek. En él y en tu padre bajando hasta aquí en aquel camión. Suponiendo que fuera él a quien Fordham vio, desde luego. Imagino que tenemos que darlo por sentado o más nos valdría no haber venido hasta aquí. Digamos que se quedaron sin gasolina en algún lugar por aquí. Tuvieron que encontrar alguna manera de seguir en marcha con dos cajas de oro. Suponiendo, claro está, que se llevaran las cajas.
    – Parece correcto en lo que a Matek se refiere.
    – Si tenían un montón de lingotes de oro a su disposición, podrían conseguir cualquier clase de ayuda para seguir adelante. Sólo que no podrían lo que se dice confundirse con el paisaje una vez que comenzaran a desparramar oro por ahí. Matek me parece demasiado cuidadoso para hacer eso. Lo habría mantenido escondido, al menos durante algún tiempo. También dudo de que pudieran llevarse mucho con ellos cuando volvieron a Yugoslavia. En realidad, ¿por qué volver cuando has tardado quince años en labrarte una vida aquí y tienes unos buenos ahorros guardados? A menos que no te quede más remedio que marcharte, y marcharte a toda prisa. Lo que quiero decir es que creo que podría seguir aquí. El oro. Los documentos que robaron. Todo. O lo que no se gastaran en quince años. ¿Te parece verosímil?
    – Me parece que quieres que sea verosímil.
    – Si no, no tendría sentido venir hasta aquí. Matek desde luego no tendría razón alguna para volver.
    – A no ser una mujer, quizá. La de la fotografía.
    Pine ladeó la cabeza.
    – ¿De verdad crees que ése es su estilo? ¿Consumirse todos estos años por una mujer?
    – No. Sólo intentaba convencerme también a mí mismo, supongo. No quiero que esto sea un callejón sin salida.
    – Tal vez no lo sea, aunque él no esté aquí. Si pasas quince años en cualquier parte hay muchas probabilidades de que alguien a quien dejaste tenga una idea de cómo encontrarte después.
    – Es posible.
    – Y es posible que no. No sé. Cuanto más lo pienso, más me asombran nuestros supuestos. Se basan en su mayor parte en los recuerdos y las conjeturas de un viejo paranoico. Y si todos sus secretos son tan condenadamente peligrosos, ¿cómo es que ha llegado a la avanzada edad de, cuántos, setenta y ocho años?
    Aquel pensamiento les hizo callar, y Vlado no pudo menos que recordar lo que había dicho Harkness de su soga corta. Si estaba en lo cierto, ésta sería su última parada, sucediera lo que sucediera.
    – Al menos hace buen tiempo -dijo Pine-. En el peor de los casos, tendremos un par de días de vacaciones.
    – Y alguna buena comida más.
    Siguieron avanzando, en espera de encontrar los indicadores de Castellammare.
    – ¿Y qué piensas hacer cuando termine todo esto? -dijo Pine-. Ahora que te hemos puesto la vida patas arriba. ¿Crees que volverás a Bosnia?
    – No es fácil saberlo. -Intentó no pensar en Popovic, ni en toda la gente que podía haber trabajado para él, todavía en el país. Ni en Haris, que había vuelto y podía haberse metido en un lío. No creía que Jasmina quisiera volver de todos modos-. A Jasmina no le gusta Alemania, pero le gusta lo que le ha sucedido allí. Podría pensarse que los que aguantaron toda la guerra se habrían hecho más fuertes, pero no es así, están agotados. Ella es más fuerte. Tiene más carácter. Tendrías que verla con un carnicero alemán. Lucha con él por cada gramo, y se marcha regodeándose. Era feliz cuando me tenía a mí detrás, pero ahora es una persona distinta. Unas veces eso me gusta y otras no.
    – Algo muy parecido a lo que ella me dijo de ti.
    – ¿A qué te refieres?
    – Tuvimos ocasión de hablar en Berlín. Mientras esperábamos a que volvieras a casa del trabajo. Dijo que la guerra te había endurecido. Y que en parte era bueno. Dijo que nunca habría nada que pudiera derrotarte o quebrantarte después de sobrevivir al asedio. Pero también le preocupabas tú. Todas esas emociones que habías acumulado. Dijo que habías aprendido demasiado bien a impedir que las cosas salieran a la superficie. Es lo que cabe esperar que una mujer diga de un hombre, supongo. Ninguna piensa que seamos capaces de comunicarnos. Pero aun así.
    Vlado asintió con la cabeza, sintiendo que su corazón latía más deprisa. Deseó desesperadamente estar en casa. Si estuviera allí precisamente ahora podría hablar por fin de todo, no sólo de los últimos días sino de los siete años. Saldría de él como una enfermedad, como un líquido oscuro purgado de su organismo. Pero también habría dulzura. Y después compartiría una copa o dos con Jasmina, y cuando la noche se calmara, se irían sigilosamente a la cama, y disfrutarían de una dicha absoluta en la que no habría más pasado que el suyo.
    – ¿Cómo os conocisteis? -preguntó Pine.
    Vlado sonrió.
    – Como los campesinos. Yo era el chico de ciudad que estaba de visita en su pueblo, en casa de unos viejos amigos de mi madre. Hubo una gran celebración por la fiesta de San Damián, el patrono del pueblo.
    – Creía que Jasmina era un nombre musulmán.
    – Y lo es. Pero nadie se perdía una fiesta así. Corderos en asadores. Un gran baile. Y allí fue donde tuvo lugar todo el cortejo. Sobre todo si los padres estaban chapados a la antigua, y los suyos lo estaban. Y allí estaba yo, el chico de ciudad con sus pantalones tejanos. Yo me mantenía por encima de todo aquel refinado asunto y de aquellos estúpidos trajes tradicionales. Pero hicieron un gran círculo y empezaron a dar vueltas y vueltas, bailando el kolo. Cuando comienza no se puede hacer otra cosa que incorporarse. Y vi a aquella chica en el otro lado del corro mirándome, así que le respondí con una sonrisa. Creo que aquello le gustó, le gustó el hecho de que un chico de la ciudad que se mostraba tan desdeñoso con todo aquello encontrase tiempo de buscar colaboradores locales. Estaba harta de todos aquellos chicos de las granjas, con sus gordos pescuezos, sobre todo de los que sus padres seguían escogiendo. Así que pasamos la velada hablando, para gran disgusto de sus tíos y tías, pero a su madre le pareció bien. A la mierda la tradición para variar.
    »A partir de entonces comencé a ir desde Sarajevo los fines de semana, cogiendo prestado el coche de mi padre. Todo muy formal durante algún tiempo, y siempre con carabina, pero a ella le importaba más que a mí. A mí aquello me parecía encantador. Romántico. Y siempre era una gran victoria cuando ella se las arreglaba para escabullirse.
    Vlado recordó una de aquellas ocasiones en particular, en que se escabulleron al estanque de una granja durante otro día de fiesta, andando descalzos entre los pinos, él caminando de puntillas con sus pies tiernos de chico de ciudad de una manera que a ella le hizo reír. Llegaron al borde del agua y se quitaron la ropa sin decir una palabra ni hacer una seña, todo el pueblo estaba fuera en algún otro lugar. Se zambulleron en el agua fría, riendo, jugando como nutrias, ágiles en sus contactos y amagos. Después, mientras se secaban, se miraron a los ojos y comprendieron cuál sería su futuro sin hablar siquiera, y se revolcaron en la orilla cubierta de hierba, los cuerpos mojados amoldándose el uno al otro, resbaladizos y cálidos. Él apretó su cara contra la de ella, oliendo a la alberca, y después, mientras se abrazaban, hablaron de cómo serían sus vidas, adornando su futuro con sueños que nunca habían reconocido ante nadie. Cuatro meses después se casaron, más baile del kolo, y después una época dorada con una hija y éxito, y ni rastro de guerra, agitación o separación.
    Vlado se preguntó si Jasmina habría seguido con él de haber sabido todos los sufrimientos que le esperaban, sobre todo si hubiera podido prever su último y más oscuro secreto. Era esa dolorosa pregunta la que rompió por fin la presa de sus pensamientos y le hizo caer en la cuenta de que tenía que contárselo todo a Pine, pasara lo que pasara, de que si no lo hacía en ese mismo instante, probablemente no lo haría nunca, y de alguna manera los emponzoñaría a los dos.
    – Calvin, hay algo que tengo que contarte. Algo que puede tener relación con el caso. O puede que no. Es probable que sólo Harkness y Leblanc lo sepan con certeza. Pero tú tienes que estar al corriente.
    Pine frunció el ceño, obviamente cogido por sorpresa.
    – De acuerdo -dijo-. Te escucho.
    Y Vlado le contó todo lo relacionado con Haris, Huso y Popovic y el cadáver en el maletero. Sólo se contuvo cuando llegó a Harkness, las amenazas de aquel hombre y sus peores sospechas. Ésas, al menos, tendrían que esperar hasta que supiera que su familia estaba en terreno más seguro.
    Cuando terminó, Pine negó con la cabeza lentamente en prueba de aparente simpatía.
    – Por el amor de Dios, vaya lío en el que te has metido. No me extraña que estuvieras tan cauteloso cuando aparecí en Berlín. Pero no te preocupes. Nadie se enterará por mí. El Tribunal tiene que saber que Popovic está muerto, pero nadie tiene por qué saber cuál es mi fuente. Es probable que ya lo sospechen de todos modos, teniendo en cuenta el tiempo que lleva desaparecido.
    – Gracias. Pero no puedo pedirte que me protejas. Al menos hasta que nuestro trabajo haya terminado. Tendrás que contarles lo que sabes. O quizá se lo cuente yo antes.
    Pine volvió a fruncir el ceño.
    – ¿Te crees que eres el único policía al que he tenido que encubrir? En Baltimore debía de pasar una vez al mes. ¿Pruebas colocadas? Mira hacia otro lado, amiguete. ¿Una orden judicial chapucera? Aquí, firma ésta en su lugar, se ha cambiado la fecha. ¿El gatillo un poquito alegre en aquel tiroteo? Eh, la calle es así, aquel tipo estaba sucio de todos modos. Al menos contigo la víctima se lo merecía de verdad, no era un quinceañero de un proyecto de vivienda con la madre enganchada a la heroína. Por eso lo dejé. Por eso me presenté voluntario para el Tribunal. ¿Qué misión podía estar más clara y ser más limpia que cazar a maníacos genocidas? Incluso a un anciano como Matek. -Hizo una pausa y volvió a negar con la cabeza-. Pero míranos ahora, preguntándonos quién lleva las riendas o durante cuánto tiempo podremos seguir con el caso. Confiesa después si lo deseas, pero antes piensa en tu mujer y tu hija.
    Ya pensaba en ellas, y a cada kilómetro que recorrían se preguntaba si estarían bien. Vlado asintió con la cabeza, aliviado por haber hablado pero todavía sin saber a ciencia cierta cuál sería su siguiente paso, deseando a medias que Pine no lo hubiera dejado salir del atolladero con tanta facilidad.
    Pine había pasado ya a otros asuntos, como la relación que las revelaciones de Vlado podían tener con su persecución de Matek.
    – ¿Y cómo se supone que encaja Popovic en todo esto? -preguntó-. Sigue sin tener sentido. Por lo que deduzco, Popovic ha sido una especie de chico de los recados con pretensiones al servicio de Harkness desde que terminó la guerra. Cuando no estaba matando kosovares, de todos modos. Y es casi seguro que estuviera relacionado con Andric. Con toda esa muchedumbre enferma de generales y paramilitares serbios. Por eso era tan valioso para el Tribunal como posible testigo. Pero que me aspen si sé qué relación tiene con Matek.
    Permanecieron en silencio durante algún tiempo, dándole vueltas en la cabeza a lo que sabían o creían saber.
    – Y además está Leblanc -dijo finalmente Pine-. Yo no subestimaría su capacidad para hacer daño frente a la de Harkness. Por lo que sabemos, Castellammare podría estar ya bastante lleno de gente. Y si saben más que nosotros… -Se encogió de hombros-. Todo podría haber terminado antes incluso de que comencemos.
    – Igual que le pasó a Fordham.
    Pine asintió con gravedad.
    – ¿Adónde irías primero, entonces, si fueras Harkness o Leblanc?
    Vlado negó con la cabeza.
    – Yo no soy de su mundo. Sólo puedo decirte lo que haría un policía.
    – A mí me vale. Yo sólo soy fiscal. ¿Qué es lo primero que hace el poli que llega de fuera?
    – Visitar a la policía local. En parte por cortesía, y en parte para hacerse con algunos ojos y oídos más que trabajen para él. No se habla de cajas de oro, por supuesto, si no se quiere que toda la ciudad se convierta en un tumulto.
    Pine frunció el ceño.
    – No quiero que los palurdos del lugar sepan exactamente lo que hacemos. Todavía no. Ya he tenido bastantes tratos con los carabinieri. Demasiado militares. No dejan de echarte el aliento en el cogote hasta que subes al avión de vuelta.
    – Entonces acude a la Polizia di Stato. Es con la que trataba cuando teníamos que ponernos en contacto con los italianos en asuntos de contrabandistas o fugitivos. Es más probable que encuentres colaboración. Y además odian a los carabinieri más que tú.
    – Es una broma.
    – Hay una gran rivalidad. Se escuchan las emisoras. Se roban las fuentes. Todo es muy italiano.
    – Debería viajar con europeos más a menudo. Amplían mi concepción del mundo.

    La autostrada terminaba a la entrada de Castellammare di Stabia y daba paso a una sinuosa carretera de dos carriles que ascendía por las colinas, pegada a las laderas rocosas que caían en declive hasta la costa de Amalfi. La población, más parecida a una ciudad, era la puerta de entrada a una sucesión de centros turísticos, con la joroba gris de Capri visible cerca de la costa. Castellammare también había sido un centro turístico en otros tiempos, que se remontaba a la Antigüedad, cuando sus fuentes minerales abastecían a las termas romanas. Esas fuentes dieron lugar más tarde a parques verdes y villas principescas. A la población local le seguía gustando pensar en su ciudad en esos términos, pero las vistas dominantes hoy eran las grúas móviles y los animados muelles. Era la última mancha de grasa de la industria antes de que la costa diese paso exclusivamente al ocio.
    Había también algunas plantaciones de cítricos en bancales, sobre todo de limones, que se recogían para elaborar toda clase de productos, incluido un fuerte licor local.
    – Mira -dijo Pine al pasar por el primer huerto-. Es como el de tu fotografía.
    Vlado había pensado lo mismo, aunque en aquella época del año los árboles no tenían fruto, así que no había trabajadores subidos en escaleras. No obstante, se sintió extraño al ver el limonar, como si se estuviera acercando aún más al corazón de algo a lo que todavía no estaba seguro de querer llegar.

22

    Se registraron en un hotelito con vistas aceptables y un personal atento que parecía tener poco que hacer durante la temporada baja. El botones abrió una ventana para ventilar la habitación y Vlado inhaló profundamente el aire salobre que llegaba del mar. Su habitación daba a las montañas, no al mar. El director se había disculpado, las vistas al mar estaban más solicitadas, eso sin contar que eran más caras, pero Vlado lo prefería así. ¿Quién quería que lo tentase el agua verde y llena de espuma cuando estaba aún demasiado fría para nadar? A él que le dieran las colinas y los bancales, con las estrechas carreteras que desaparecían en pliegues rocosos.
    Hurgó en su cartera, sacó la vieja fotografía y la volvió a estudiar mientras el aflautado parloteo de los niños ascendía hasta él desde la calle. Por enésima vez miró detenidamente el rostro de su padre, y después el de la mujer. Estaba claro, como lo había estado cada vez que la había mirado antes, que la relación entre ellos no era un simple pasatiempo, aun en el caso de que sólo hubiera durado un verano. Parecían totalmente a gusto el uno con el otro. También cabía la posibilidad de que le estuviera dando demasiada importancia, un hijo atribulado que intentaba hacer cuanto estaba en su mano. Tal vez la satisfacción que exhibían sólo fuera cansancio, resignación, un momento de reposo al final de un día cansado, de subir a esas escaleras y arrancar los limones de los árboles.
    Llamaron a la puerta, y después se oyó la voz de Pine.
    – ¿Estás listo?
    – Ahora mismo voy.
    La jefatura regional de la Polizia di Stato estaba a sólo un kilómetro del hotel, así que fueron a pie para estirar las piernas después del largo trayecto en automóvil. El edificio era una monstruosidad de esquinas angulosas y cristales oscuros, incrustado en el límite del puerto. A medida que se acercaban, un estruendo de sonidos metálicos y gemidos de carretillas elevadoras ahogaba los ruidos de la calle. Nada más cruzar el umbral de la entrada del edificio había un mostrador de recepción, detrás del cual había hileras de mesas en las que se amontonaban los papeles. Los pocos funcionarios que trabajaban durante el fin de semana andaban de acá para allá con sus uniformes en dos tonos de azul, con una taza de café en la mano y cigarrillos encendidos en los labios. Pine lo captó enseguida.
    – Una típica comisaría -dijo-. ¿Estás seguro de esto?
    – A lo mejor damos con un policía atípico.
    Una mujer se les adelantó y les hizo una pregunta en italiano, pero cuando Pine respondió en inglés, respondió resueltamente en el mismo idioma.
    – ¿Qué desean, caballeros?
    – Somos del Tribunal para Crímenes de Guerra de La Haya -dijo Vlado, tomando la delantera aunque sólo fuera porque ya había tratado con la policía italiana-. Estamos aquí por cortesía, y para alertarles de la posible presencia de dos sospechosos.
    – Tengo exactamente al hombre que necesitan -dijo ella, al tiempo que descolgaba un teléfono.
    – ¿Dos? -dijo Pine entre dientes.
    – Hay que hacer las cosas a lo grande. Les impresionará más. Además, Harkness dijo que los casos estaban relacionados.
    – Del mismo modo que dijo que Fordham sólo era un charlatán embustero.
    – El inspector detective Torello los recibirá -dijo la mujer-. Síganme.
    Los condujo hasta una puerta cercana y después, entre un laberinto de escritorios, hasta un despacho acristalado en la parte posterior, donde Torello los esperaba expectante en la puerta.
    Era alto y delgado, vestía traje, precisamente lo que querían, a menos que resultara ser una especie de funcionario de relaciones públicas con pretensiones, y parecía atento y despierto. El infatigable trabajador de la oficina, pensó Vlado, dispuesto a hacer horas extras y a trabajar los fines de semana si con ello lograba salir de aquel lugar de mala muerte.
    – Supongo que preferirán hablar en inglés -dijo Torello-, y el mío es bastante bueno, si se me permiten decirlo. Bienvenidos a Castellammare, caballeros. ¿Cuándo han llegado?
    Aunque era aparentemente una pregunta de compromiso, en el fondo quería saber cuánto tiempo llevaban ya merodeando por su territorio.
    – Acabamos de llegar -dijo Pine-. Salimos esta mañana de Roma por carretera -continuó y entregó a Torello su tarjeta de visita.
    – Bueno, desde luego estoy a su servicio, aunque nuestro cupo habitual de casos internacionales se compone de contrabandistas y refugiados.
    – Podría decirse que esos sujetos son refugiados -dijo Pine-. Sospechosos que nos han eludido recientemente en Bosnia, y tenemos razones para creer que uno o los dos podrían estar en su zona.
    Torello arqueó las cejas y les ofreció cigarrillos que sacó de un cajón del escritorio. Vlado aceptó uno, Pine negó con la cabeza.
    Torello era bien parecido y no llevaba alianza de boda. Sí, era ambicioso desde luego, pensó Vlado, o de lo contrario un domingo cálido como aquél habría estado en una playa con una mujer joven. Vlado buscó fotografías familiares y no las encontró, pero sí advirtió la presencia de un esmoquin planchado, recién traído de la lavandería, colgado de una percha en un rincón.
    Torello estudió la tarjeta de visita de Pine durante un momento.
    – Pues dígame a quiénes están buscando y por qué creen que podrían haber venido aquí.
    – Podemos darle dos posibles nombres de uno de ellos -dijo Pine. Vlado sabía que no tenía intención de responder a la segunda parte de la pregunta de Torello-. Pero Matek o Pero Rudec. Es posible que haya oído hablar del otro individuo. Marko Andric, general serbio. Uno de nuestros sospechosos de rango más alto. Tengo datos y una fotografía de cada uno de ellos si tiene a mano una fotocopiadora.
    – Desde luego. Y esta tarde consultaré con algunos hoteles y pensiones para comprobar si se han registrado recientemente titulares de pasaportes yugoslavos. Les daré también cartas de presentación oficiales, si lo desean. Les serán de utilidad si piensan hacer averiguaciones por la zona. ¿Será así?
    Era bueno. Ofrecía un servicio al tiempo que metía la nariz un poco más en sus asuntos. Pine dudó, así que Vlado contestó.
    – Podría ser. ¿Qué puede decirnos de los cultivadores de cítricos locales? De sus prácticas de contratación de personal y de los registros de empleados que puedan llevar.
    – En estas fechas no tienen mucha actividad. No contratarán temporeros hasta dentro de unos meses. En cuanto a los registros -se encogió de hombros-, igual que todo los demás, al menos en principio. Pero con las contrataciones temporales nunca se puede estar seguro. Encontramos algunos ilegales de vez en cuando. Albaneses. También algunos bosnios. ¿Creen que sus hombres podrían estar buscando trabajo?
    Vlado miró a Pine, sin saber con seguridad si debía ir más allá. Pine asintió con la cabeza.
    – Uno de ellos podría haber trabajado en un huerto de frutales hace tiempo.
    – ¿Cuánto tiempo?
    – Cincuenta años. Quizás en mil novecientos cincuenta y dos. O hace menos, en el sesenta y uno.
    Torello arqueó las cejas.
    – Nada más terminar la guerra, entonces. Bueno. Aquella época fue muy interesante aquí.
    – ¿Y eso?
    – Como suelen serlo las guerras. No había trabajo, en realidad, así que si alguien ganaba dinero es que probablemente estaba haciendo algo ilegal. Mucha gente moviéndose. Y los soldados, claro. Fuerzas de ocupación. Americanos en su mayoría, a los que parecía gustarles holgazanear por la playa, al menos eso es lo que me han contado algunos mayores. Puedo darles los nombres de algunos de los cultivadores más importantes. Sus oficinas estarán abiertas mañana. Dudo que sus archivos les sean de gran ayuda, y eso suponiendo que conserven documentación tan antigua. Pero supongo que merece la pena intentarlo. -Hizo una pausa mientras hacía caer la ceniza del cigarrillo-. Mientras tanto, contéstenme, por favor. ¿Por qué no uno solo, sino dos criminales de guerra balcánicos fugitivos, con toda Europa para elegir, quieren venir a esta pequeña motita de la bella costa de Amalfi?
    – Supongo que a nosotros también nos gustaría saberlo -dijo Pine-. Para serle sincero, haber venido aquí es haber dado una especie de palo de ciego.
    Torello sonrió torciendo el gesto, como diciendo que por ahora podía vivir con aquella explicación coja.
    – Déjenme el número de donde se hospedan. Les enviaré los nombres de esos cultivadores de cítricos esta tarde, junto con la carta de presentación.
    Otra jugada hábil, pensó Vlado, para averiguar de inmediato dónde se alojaban Pine y él. Pero a menos que algún policía local resultase ser uno de sus sospechosos, y las probabilidades de que eso sucediera parecían bastante remotas, aquella vez era probablemente la última que verían al signore Torello.

    Dieron cuenta de un copioso almuerzo antes de volver al hotel y decidieron disfrutar de la tarde mientras pudieran. Llevaban ya casi tres días sin parar, y la comida les brindó la ocasión que tanto necesitaban de relajarse, aun cuando Vlado seguía esperando que Harkness apareciera en cualquier momento, sonriendo burlonamente desde la mesa de al lado.
    Mientras el camarero se llevaba los platos antes de traer el café, Pine se recostó en su silla y se dio unas palmaditas en el estómago.
    – Es verdad lo que dicen. Los italianos saben vivir. Se toma la comida fuerte a mediodía y después se duerme para reponerse. ¿Era así Bosnia antes de la guerra?
    – Menos en lo de la comida y la siesta.
    Se echaron a reír, disfrutando del calor y del olor del mar. Cuando volvieron al hotel, la información de Torello les estaba esperando tal como les había prometido, una copia para cada uno metida en sus casilleros.
    – Eficiente como un alemán -dijo Pine-. Y en domingo.
    – Le encantaría saber qué estamos haciendo de verdad.
    – Esa impresión me dio. Mierda. ¿Qué es esto?
    En el fondo del montón de Pine había una nota rosa de aviso de llamada telefónica.
    – Llama lo antes posible. Urgente. Janet -leyó en voz alta-. Se acabó la tarde tranquila. Será mejor que subas. Se puede escuchar. Es de esos sitios que tiene una extensión en el cuarto de baño.
    Janet Ecker contestó a la mitad de la primera señal de llamada. Estaba en su despacho en domingo, algo absolutamente insólito. Pero sus noticias eran más extraordinarias si cabe.
    – He encontrado la conexión que buscábamos.
    – ¿Quieres decir entre…?
    – No hace falta decir nombres. Entre el viejo y el nuevo.
    – ¿De verdad crees que esta clase de seguridad sigue siendo necesaria?
    – Es probable que no tenga sentido, sobre todo teniendo en cuenta lo que he estado haciendo todo el fin de semana.
    – ¿Y qué es?
    – Sacudir todos los árboles del bosque para ver qué caía. He estado en contacto con todos mis antiguos contactos en la comunidad, como a ti te gusta decir, así que quién sabe cuántas alarmas he hecho que se disparen por el camino.
    – ¿Pero ha sido productivo?
    – Hasta hace una hora, no. Comenzaba a sentirme como el profesor que entra en clase y encuentra a los alumnos copiando en pleno examen. Todos callados. Incluso asustados. Y hablo de personas chismosas por naturaleza. Ni siquiera me devolvían las llamadas, y los pocos que lo hacían no servían para nada. Entonces recibí un telegrama, precisamente. Cifrado. En un código que todavía entiendo, por suerte. Me mandaba a un servicio de entrega nocturno, donde me estaba esperando un paquete.
    – Enviado a un nombre falso, por supuesto.
    – Por supuesto. Todo envuelto en intrigas y misterio. Siempre forma parte del juego. Pero aparentemente se había difundido la consigna: no decir nada ni a mí ni a nadie del Tribunal.
    – ¿Pero qué era?
    – Una copia de un antiguo mensaje interceptado en mil novecientos sesenta y uno, de un puesto de escucha de la NSA en Zúrich. Una transmisión del Ministerio del Interior yugoslavo a las autoridades bancarias suizas. Parte de la búsqueda yugoslava de bienes federales robados a través del Banco Estatal de Croacia en abril de mil novecientos cuarenta y cinco. La sustancia eran las notas de un interrogatorio realizado por un agente de seguridad militar en un puesto fronterizo de la costa. Había interrogado a dos yugoslavos que regresaban al país desde la otra orilla del Adriático. Pero Matek y Enver Petric. El agente los interrogó durante cuatro horas y los tuvo detenidos durante toda la noche. Después los dejó marchar. Sin cargos. Es extraño, dada la información que facilitaron.
    – ¿Cuál fue?
    – Historias sobre el oro que habían visto en Roma. Cajas. Además de toda la mierda que quieras sobre el padre Draganovic. Nombres de criminales de guerra fugitivos que habían desaparecido como por arte de magia, etcétera.
    – ¿Y por qué los dejaron marchar?
    – Soborno, supongo. Con dinero o con información privilegiada.
    – ¿Por qué dices eso?
    – Por sentido común, por un lado. El nombre del agente de seguridad, por otro. Un prometedor teniente del ejército.
    – Marko Andric -dijo Vlado.
    – Exactamente. Entonces tenía veintidós años. Pasó los treinta años siguientes labrándose su ascenso en la cadena de mando, lo que en las fechas de la caída de Srebrenica le hacía estar al mando de una brigada en el Cuerpo del Drina. Durante ese tiempo pidió permiso para salir del país al menos seis veces. El seguimiento de las pistas que Matek y Petric pudieran haberle dado es una suposición mía.
    – ¿El destino era Italia?
    – Nunca lo sabremos. Todas las peticiones se denegaron. No era algo insólito, teniendo en cuenta su rango. Siempre les ponían nerviosos los desertores. Pero al menos tuvo influencia para asegurarse de que Matek tampoco salía del país. Ni Petric. Es probable que sus nombres figuraran en una especie de lista de vigilancia fronteriza. Y cuando las cosas podían haber comenzado a abrirse en los años siguientes a la muerte de Tito, comenzó la guerra, y Andric siguió estando demasiado ocupado para viajar.
    – Hasta ahora, cuando desaparece de la circulación el mismo día que Matek -dijo Pine-. Después de que nuestros amigos Harkness y Leblanc organizasen una operación conjunta para detenerlos.
    – Entonces puede que sea verdad que estamos buscando a los dos -dijo Vlado.
    – ¿Y cuál sería entonces la relación con Popovic? -preguntó Pine.
    Vlado se dio cuenta de que seguía estremeciéndose al oír aquel nombre. Esperó a que Pine pasara por alto la noticia de la muerte de Popovic, preguntándose cómo la explicaría. Pero Ecker habló primero.
    – ¿Quién sabe? -dijo-. ¿Correo? ¿Intermediario? O tal vez sólo algo sacado de la imaginación de Harkness para despistarnos. Parece haber funcionado con Leblanc, de todos modos. Lo último que he oído es que estaba en Berlín, buscándolo.
    Aquello era una mala noticia, pensó Vlado. Y un punto más en el que Harkness aparentemente había dicho la verdad. Tal vez ninguna de sus advertencias fuera un farol, algo que le daba qué pensar, por decir algo.
    – Ojalá tuviéramos pistas mejores -dijo Pine.
    – ¿Pero qué pistas tenéis? -preguntó Ecker.
    – Huertos de limoneros. Más o menos. Matek y Petric podían haber trabajado en algunos, suponiendo que llegaran a vivir aquí. Lo único que tenemos como prueba es una etiqueta en el reverso de la fotografía de Vlado.
    – Bueno, hagáis lo que hagáis, actuad con rapidez. Tal como he agitado las cosas, tengo la sensación de que el lunes no va a ser un día muy agradable por aquí.

23

    Vlado y Pine se quedaron en silencio después de colgar. Pine entró en el cuarto de baño y encontró a Vlado sentado en el borde de la bañera.
    – Me figuré que no tenía sentido mencionar que Popovic había muerto -dijo Pine con delicadeza-. No todavía, de todos modos. Habría demasiadas cosas que explicar.
    Vlado asintió, dando por supuesto que debía estar agradecido. Reflexionó sobre lo que acababan de descubrir. Era probable que a Matek le resultara fácil pasar inadvertido allí, por haber vivido en Italia antes. Andric se sentiría como gallina en corral ajeno. Todo en él, su forma de vestir, su forma de hablar, quizás incluso la comida que pedía, debía de llamar la atención, y sería más fácil de encontrar. Si era cierto que los dos estaban allí para recuperar dos cajas de oro, necesitarían ayuda, aunque supieran dónde buscar. Ayuda de los muelles, quizá. O de una bolsa de trabajo. Torello podría saber dónde preguntar, pero eso supondría contarle más de lo que Pine deseaba.
    – Alquiler de camiones -dijo Vlado finalmente-. Se podría empezar por ahí, si de verdad pensamos que uno o los dos están aquí para desenterrar el tesoro enterrado. Camiones y mano de obra barata, porque no será trabajo para un solo hombre. Aparte de eso y de los huertos de cítricos, ¿quién sabe?
    – En cualquier caso, hay que contar con que es una carrera. Todos los periódicos han hablado de los dos, como para que nadie les preste atención. A menos que se hayan mantenido en contacto entre sí. -Miró a Vlado con las cejas enarcadas-. ¿Socios en el crimen tal vez?
    – ¿De verdad crees que Matek es de los que comparte?
    – No.
    – Yo tampoco.
    Vlado tampoco creía que ni Matek ni Andric planteasen necesariamente la mayor amenaza. Harkness podía ser un tercer buscador de fortuna en la fórmula, aunque quizá le interesase más la información que el oro. Una carrera en tres direcciones, pues, entre competidores feroces, cada cual con su propio estilo de maldad. Si Vlado pudiera elegir, darían más explicaciones a Torello, además de a todos los hombres de que pudiera disponer. La seguridad en número parecía una buena idea en aquel preciso instante.
    – Son casi las cinco -dijo Pine-. No me importaría descansar un poco mientras pueda. Tal vez podamos tomar una cena ligera más tarde.
    Después del pesado almuerzo, Vlado no quería ni pensar en comida. Necesitaba dar un paseo. Algo para calmar sus preocupaciones. Ojalá tuviera otra tarjeta telefónica, aunque sólo fuera para hablar brevemente con Jasmina. Decidió pedir algunas liras cuando Pine y él salieran más tarde.
    – Hasta luego, pues -dijo-. Voy a echar un vistazo por la ciudad.
    – Saluda a Andric de mi parte si te tropiezas con él. Puede que esté en la ferretería, comprando una pala.
    Andric y los otros dos, pensó Vlado. Era extraño cómo aquel lugar tan grande podía parecer tan claustrofóbico.
    Salió del hotel pensando en un paseo largo y sin prisas, hasta las lejanas colinas y los huertos de frutales que dominaban la ciudad. Pero el primer kilómetro y los primeros metros de elevación le recordaron lo cansado que estaba. Demasiada tensión, demasiado movimiento. Había dormido en una cama extraña tras otra y se había enfrentado a demasiadas revelaciones fuertes y vívidas, el recuerdo de cuyas imágenes le quemaba en el cerebro como una serie de fotografías escabrosas. Él también necesitaba acostarse, a pesar de haber dormido por la mañana en el coche.
    Al regresar encontró un mensaje de Pine encima de la almohada, como un caramelo de menta antes de acostarse. A lo mejor Pine le abriría después las sábanas, pensó, ligeramente irritado por la intromisión.
    El mensaje era simple y directo: «Vlado, llama a Robert Fordham». Había un número con el prefijo de Roma. Pero Pine se había asegurado de que su línea telefónica estuviese de nuevo bloqueada para hacer llamadas de larga distancia, y eso lo irritó aún más. Sin importar la confianza que Vlado se hubiera ganado, Pine seguía siendo el leal soldado de a pie respecto a aquellas estúpidas normas de seguridad. ¿Por qué molestarse entonces en dejar el mensaje? Quizá Fordham había llamado para entonar otro mea culpa. O tal vez se había arrepentido de su confesión y quería retractarse. Todo el asunto parecía dudoso, así que se dirigió a la puerta de Pine y llamó con fuerza.
    – Un momento -contestó una voz apenas perceptible. Un instante después Pine asomó la cabeza, con el cabello en todas direcciones, los ojos enrojecidos-. ¿Qué hora es?
    – Algo más de las seis. Acabo de recoger tu mensaje, pero mi teléfono está bloqueado, como sabes, así que necesito utilizar el tuyo.
    – ¿Qué mensaje?
    – Éste.
    Pine frunció el ceño al ver el papelito y examinó la caligrafía inclinada con tinta azul. Era papel del hotel.
    – Yo no lo he escrito. Probablemente es de recepción. En cualquier caso, supongo que necesitas mi teléfono. ¿Te importa si escucho desde el cuarto de baño?
    – Siempre que no sea algo demasiado personal.
    Vlado marcó el número, sintiendo envidia de Pine por tener la libertad de una línea abierta. A lo mejor podía convencerlo para hacer una llamada a casa más tarde. Contestó una mujer, que dijo algo que Vlado no entendió. Era de suponer que fuera el ama de llaves de Fordham, pero cuando Vlado preguntó por él, la mujer soltó de un tirón algo ininteligible. Probó con el nombre que recordaba.
    – ¿Maria? -dijo, pero aquello sólo provocó otra retahíla, y como Vlado seguía sin saber qué decir, la mujer colgó.
    – Qué raro -dijo Pine desde el baño-. Parecía algo así como una oficina. Tal vez podamos conseguir que en recepción lo hagan por nosotros. Al menos podrán traducir lo bastante para averiguar qué está pasando.
    Bajaron en el ascensor.
    – Necesito ayuda para responder al mensaje que me han dejado ustedes -dijo Vlado al recepcionista.
    – ¿Qué número de habitación, señor?
    – Tres, uno, uno.
    El hombre se volvió para inspeccionar los casilleros de las llaves.
    – Lo siento, señor. No tiene ningún mensaje. ¿Esperaba una llamada?
    – No. Este mensaje. -Le tendió el papelito encontrado en su almohada. El recepcionista lo miró con curiosidad, frunciendo el ceño. Vlado comenzó a tener una extraña sensación-. Lo han dejado en mi habitación.
    – Nadie de aquí, señor. Habría habido una luz intermitente en el teléfono, y el mensaje estaría en su casillero, o en el buzón de voz interno. Tal vez un amigo entró mientras usted estaba fuera.
    Vlado y Pine intercambiaron miradas de preocupación.
    – Pero si estaba encima de mi almohada.
    – Es sumamente insólito, señor. Un momento.
    El recepcionista cogió un teléfono e hizo dos llamadas rápidas, pronunciando sólo unas pocas palabras cada vez y asintiendo vigorosamente con la cabeza antes de colgar.
    – Lo siento, señor, pero ni el personal de habitaciones ni el conserje han entrado en su habitación desde que se registraron. Serían los únicos que podían haberlo entregado. A menos que usted confiase su llave a alguien.
    Pine miró a Vlado.
    – ¿Qué te parece? -dijo.
    Lo que a Vlado le parecía era que Harkness debía estar en la ciudad. Pero si se lo decía tendría que explicar más de lo que deseaba sobre sus roces anteriores con aquel hombre. Sin embargo, Pine había llegado a la misma conclusión desde otra dirección.
    – Me parece el comportamiento de un agente secreto. Harkness o Leblanc, intentando impresionarte. A no ser que Leblanc esté de verdad en Berlín.
    – ¿Entonces qué significa el mensaje?
    – Sólo hay una manera de averiguarlo.
    Pine se volvió hacia el recepcionista, que los observaba con interés.
    – ¿Podría llamar a este número por nosotros? Lo hemos intentado desde mi habitación pero no hemos podido pasar de la mujer que ha contestado. Ninguno de nosotros habla italiano. Es ese individuo, Fordham, con el que intentamos comunicarnos.
    – Desde luego, señor.
    Marcó mientras ellos esperaban.
    – Un momento -dijo rápidamente, tapando con una mano el auricular y volviéndose hacia Vlado-. Ese tal señor Fordham. Quiere saber si es un paciente.
    – ¿Un paciente?
    – Sí. Ha llamado usted a un hospital.
    – No lo sé. Pero no es médico.
    El recepcionista habló un poco más, cogió un lápiz y tomó algunas notas. Al cabo de unos instantes volvió a colgar el auricular suavemente y se volvió hacia ellos con una expresión de grave preocupación.
    – Lo siento -dijo en voz baja-, pero su amigo el señor Fordham no puede recibir llamadas. Está ingresado en la unidad de cuidados intensivos -hizo una pausa, como para pensar si debía continuar-. Me temo que no esperan que salga con vida de esta noche.
    Vlado sintió que el estómago se le caía a las rodillas.
    – ¡Dios mío! -dijo Pine entre dientes detrás de él.
    – ¿Le ha dicho por qué lo ingresaron? -preguntó Vlado-. ¿Por el corazón?
    – Como un ataque, aparentemente -dijo el recepcionista-. De origen desconocido. Ha dicho que su enfermedad no había sido diagnosticada todavía.
    – Esto también recuerda el comportamiento de un agente secreto -dijo Pine-. De la peor especie posible.

24

    Una oleada de tiempo frío y gris llegó durante la noche desde el golfo de Nápoles. La falsa primavera huyó, y con ella la intensa luz dorada que limpiaba la ciudad de su edad y su pesadez. El mar estaba oscuro y picado. Las colinas que dominaban la ciudad parecían haber desaparecido, envueltas ahora en las nubes bajas. En otras palabras, era como una deprimente mañana de invierno que hacía difícil levantarse de la cama.
    Pero mientras Vlado y Pine se reunían para tomar un temprano desayuno, Pero Matek, impertérrito ante el neblinoso frío, llegaba refrescado y renovado a la entrada del puesto de observación que había escogido esa mañana.
    Estaba perfectamente situado, enfrente de un enorme arco de piedra que sería el centro de atención de su espera. Y como el mirador que había escogido era un pequeño y agradable café, no tendría que pasar el tiempo sin calor ni alimento. Tomó su primera taza de café mientras escudriñaba los alrededores. Además de la vista dominante, el café también satisfacía sus otras necesidades: una salida trasera, por si la necesitaba; una iluminación adecuadamente tenue, acentuada esa mañana por la oscuridad dominante; y una camarera tranquila y simpática, a quien tal vez no le importase dejar que un anciano monopolizase una mesa individual siempre y cuando le dejase propinas con regularidad y abundancia, y quizás incluso que coquetease un poco.
    La víspera, Matek había ido de tiendas, se había comprado ropa como es debido, algo más parecido a lo que vestía la gente de la zona. Se acabó el atuendo de campesino, aquella imagen había desaparecido para siempre. Le daban un poco de vergüenza el ridículo sombrero y las grandes gafas de sol, sobre todo en un día tan nublado. Pero el camuflaje era el camuflaje, y quién sabía si la policía local había sido alertada, o quizás incluso le habían hecho llegar una fotografía.
    Mientras abría el periódico, se preguntó fugazmente qué estaría haciendo ahora el pobre Azudin. Era probable que el chico fuera todavía presa del pánico por la explosión de las minas. Al menos había cumplido con diligencia sus últimas órdenes. Aunque aquello sería el fin de la carrera de Azudin, por supuesto. Tanto mejor. El chico nunca habría estado a la altura de aquellos matones de campo. Las tímidas autoridades del municipio de Travnik probablemente se sentirían envalentonadas y comenzarían a desmantelar sus actividades en expansión, después de asignar un porcentaje a sus superiores, naturalmente. Matek suspiró. Todo se había construido con tanta paciencia y habilidad. Ah, bueno. Nunca era demasiado tarde para construir algo nuevo, aunque en esta ocasión su fortuna llegaría ya lista.
    Preguntó la hora a la camarera, pero sólo para más exactitud, para orientarse. Era demasiado pronto para dar nuevos pasos. Estaba allí sólo para vigilar y pasar el tiempo. Otras acciones podían llamar la atención de la competencia. Lo mejor era dejar que otro diese el primer paso. Después se ocuparía del asunto de preparar el terreno para su jugada final.
    La otra obligación que tenía aquella mañana era hacerse con los servicios de un joven cómplice, algún chico con poco que hacer y que no pensase ir a la escuela, y no tuvo que pasar mucho tiempo para divisar un candidato con posibilidades merodeando por el exterior.
    – ¡Chico! -dijo entre dientes, sintiéndose orgulloso de hablar italiano prácticamente sin acento-. Tengo algo para un muchacho como tú que esté dispuesto a tener un poco de iniciativa.
    El niño debía de tener unos doce años. Edad suficiente para tener la resistencia necesaria, pero probablemente demasiado joven todavía para temer un tono de autoridad. Tenía los ojos grandes, era flacucho y también un poco receloso. Precisamente de los que apreciarían una forma fácil de ganarse unos miles de liras con un mínimo de esfuerzo.
    – ¿Qué te parecería hacerme un favor y ganar un poco de dinero? -El chico se retiró de la mesa un palmo-. Nada que ver conmigo, claro. -No tenía sentido que el chico pensara que era una especie de viejo mariquita-. Sólo necesito que alguien me ayude a vigilar esa vieja puerta de piedra de allí. El arco al otro lado de la calle. ¿Sí?
    Le tendió dos billetes de diez mil liras. Más dinero de lo que el chico vería probablemente en un mes. Los ojos se le iluminaron. Perfecto.
    – Sí -dijo el niño con entusiasmo.
    – Estoy esperando a un hombre -dijo Matek, bajando la voz para que el chico se acercase-. Un hombre que llegará por esa entrada y después se marchará también por ella cuando haya hecho lo que tiene que hacer. No tendrás necesidad de reconocerlo porque yo lo estaré mirando. Pero puede tardar horas en llegar. Hasta puede que no venga. Pero si viene, y cuando se marche, me gustaría que lo siguieras. Yo soy viejo y no puedo hacerlo solo, así que necesito un par de piernas nuevas como las tuyas. Vendrá de fuera de la ciudad, así que tendrá que volver a una pensión o a un hotel. Sólo necesito saber cuál, y qué habitación. Para mí es muy importante. -Matek desdobló cinco billetes más de diez mil liras, pero esta vez se las quedó-. Y esto será para ti si consigues averiguarlo. ¿Podrás hacerlo? ¿Tienes el día libre para ganarte un bonito sueldo como éste?
    El muchacho asintió con solemnidad, como si estuviera demasiado aturdido por aquel cambio de su suerte para hablar.
    – Muy bien -dijo Matek, con una sonrisa cordial-. Eso está muy bien. Entonces cada vez que un hombre pase por debajo del arco, miras hacia mí. Y cuando sea el que busco, te haré una seña con la cabeza y levantaré el periódico. Así. ¿Lo ves?
    El niño asintió con gravedad una vez más.
    – Pues muy bien. Y recuerda, esto puede tardar horas, incluso todo el día. A ti te parece bien, ¿no?
    – Sí -dijo el chico, recuperando la voz.
    Y, sin más indicaciones, ocupó su puesto al otro lado de la calle, bajo una marquesina de autobús de plástico que le protegía de la lluvia y la neblina pero le permitía ver sin dificultad en ambas direcciones. Sacaba su nuevo dinero de vez en cuando, examinándolo como si tuviera miedo de que desapareciera o se transmutase en simple papel. Pero al cabo de un rato pareció convencerse de que la ganancia imprevista de aquel día no tenía nada de ilusorio, y se dispuso a esperar estoicamente la llamada a la acción.
    Convencido de que había elegido bien, Matek se recostó en su silla y volvió a hacer que repasaba el periódico, e incluso leyó un par de líneas. Valdría la pena encontrar alguna manera de pasar el tiempo. Pero si había una cosa que un anciano conocía, era la paciencia. Y después de cincuenta y dos años de espera, ¿qué importaba un día más?

    A primera hora de la tarde, Matek se había quitado las gafas de sol, tras decidir que en un día nublado llamaban la atención más que desviarla. El ridículo sombrero seguía en su sitio, aunque sólo fuera porque parecía casar a la perfección con el que llevaba la gente del lugar. Había leído seis periódicos distintos de la primera a la última página, y su joven cómplice al otro lado de la calle pareció correr el peligro de quedarse dormido en varias ocasiones. Matek estaba harto de su mesa, harto de la vista, harto del viejo y desgastado arco que le devolvía la mirada sólo con un color gris. Estaba harto también del repiqueteo aparentemente interminable que salía de la cocina del café. Pero la camarera que lo atendía había sido tolerante y cortés, aunque no fuera todo lo atractiva que a él le habría gustado. Pensó que sólo a un anciano le habrían dejado hacer aquella especie de acampada, mientras encargaba sólo unos pocos cafés, un almuerzo ligero y una botella de agua mineral. O tal vez fueran sus generosas propinas las que habían obrado el milagro.
    De vez en cuando había experimentado fugaces accesos de pánico. Quizás había llegado demasiado tarde. Tal vez su presa había llegado y se había ido. O peor aún, quizá los objetos por los que había venido habían desaparecido por completo. Descubiertos por casualidad y robados hacía años. Había oído hablar de suertes peores, desde luego. Pero esos momentos habían pasado con rapidez. Lo había planeado demasiado bien y durante demasiado tiempo para que lo eclipsara siquiera la mala suerte.
    Entonces, al levantar la vista una vez más del periódico, mientras sopesaba si podría tolerar otra taza de café, vio un rostro que desvaneció todos sus pensamientos de fracaso. El hombre estaba al otro lado de la calle, caminaba despacio, dirigiéndose hacia el arco. Él también llevaba sombrero, aunque el suyo no estuviera tan bien elegido, nadie de esa ciudad se pondría ese sombrero ni loco. De hecho, a juicio de Matek, toda la apariencia de aquel hombre, desde sus ropas hasta sus movimientos, decían a gritos Balcánico con B mayúscula, aunque dudaba de que alguien por allí tuviera una mirada de igual capacidad de distinción.
    Por suerte, el niño estaba prestando atención, y se puso en pie de un salto en el mismo instante en que Matek le hizo la seña, asintiendo y levantando el periódico enrollado como si se dispusiera a regañar a un perro.
    El hombre se detuvo durante un momento y después pasó por debajo del arco. El cabello se le había puesto gris, y parecía más redondo en la parte central del cuerpo. Matek había visto suficientes fotografías en los periódicos para saber qué cambios debía esperar. Sabía que los ojos serían los mismos, aquella frialdad azul grisácea que, hacía tantos años, lo había alertado de la probabilidad de que aquel tipo fuera un negociador duro, pero un negociador de todos modos.
    Matek se inclinó de pronto por encima de la mesa. ¿Quién era aquel que seguía la estela del general, flotando en su retaguardia como si fuera atado a una larga correa, sin que el primer hombre tuviera el sentido común de darse cuenta? Aquél era uno de los riesgos de ser general, supuso Matek. Se adquiría la costumbre de que otros cubrieran las espaldas. Porque estaba claro que aquel segundo individuo utilizaba demasiados viejos trucos para estar haciendo otra cosa que seguirlo, un hombre que intentaba sacar tajada, que ahora se detenía para encender un cigarrillo, después esperaba sin más, igual que el chico, con la mirada fija en el arco.
    El hombre se alejó del arco, mucho antes de que su presa hubiera salido. En realidad caminaba en su dirección, mirando hacia el café. Se detuvo ante el expositor de periódicos, y durante un breve instante pareció mirar hacia Matek, que se parapetó detrás de su periódico. Cuando se asomó por encima para mirar, el hombre seguía junto al quiosco, mirando los titulares. ¿Era de la ciudad? Quizá. ¿O británico? Eso era lo más probable. Entonces la figura se volvió y se fue por donde había venido, deteniéndose alguna que otra vez para mirar un escaparate, pero siguiendo inexorablemente sin ser visto.
    Una falsa alarma, al parecer, pero Matek podía haber pasado sin ella.
    Pasaron otros quince minutos antes de que el primer hombre volviera a pasar por el arco, y el muchacho lo seguía como un gato, como si hubiera nacido para hacer ese trabajo. Matek sonrió, pensando brevemente en darle una propina cuando volviera con la información.
    Pero no, concluyó. Un trato era un trato. Además, no tardaría en tener asuntos más urgentes que atender.

25

    Vlado y Pine trabajaron con rapidez el domingo, pero sus esfuerzos apenas produjeron otra cosa que dolor de pies y estómagos vacíos. Recorrieron la ciudad, que de pronto se había vuelto fría, desde sus muelles hasta sus neblinosas colinas, preguntaron en pensiones y agencias de alquiler de camiones, cultivadores de cítricos y bolsas de trabajo. Pero en ninguna parte encontraron el menor rastro de Matek o Andric, ni a nadie que tuviera un nombre o una conexión balcánicos.
    Su visita a uno de los cultivadores de cítricos fue típica, media hora de espera para ver al jefe, aunque era la temporada de baja actividad, una época de poda y contabilidad. A la primera mención de los registros de empleo, el hombre les dirigió una larga mirada de soslayo, como si se oliera una operación encubierta de inspectores de trabajo. Llegó a insinuar la posibilidad de un soborno antes de convencerse de que eran de verdad quienes decían ser. Y en ese momento perdió todo interés y les aseguró que en los años que siguieron a la guerra los trabajadores iban y venían como moscas de la fruta, demasiado numerosos e insignificantes para que contasen, y mucho menos para guardar registros de sus nombres y salarios. En lo referente a sus nóminas, eso era para tontorrones, para hombres de poca influencia y menos inteligencia.
    – Me ha recordado a algunos clientes de mi padre allá en casa. Eso es lo que probablemente siguen pensando de sus empleados, que son como moscas de la fruta -observó Pine.
    Pero era una actitud perfecta de supervisor, pensó Vlado, para el trabajador que intentaba pasar inadvertido o no dejar rastro. Con empresarios así, aquél habría sido un lugar fácil para lograrlo en los caóticos años de posguerra.
    Regresaron al hotel cuando ya anochecía. Vlado se dirigía hacia el ascensor con su llave cuando oyó a Pine rezongar detrás de él. Vlado se volvió y lo vio ante el mostrador principal de recepción con otro mensaje de llamada telefónica en la mano.
    – ¿Otra vez Janet?
    – Peor. Mira.
    Era un fax con membrete del Tribunal, y el mensaje era tan lacónico como un telegrama. «Contactad fiscal jefe Contreras de inmediato en el número siguiente. No hagáis más contactos, repito, ningún contacto, por teléfono, entrevista u otra forma en relación con este caso. Billete de vuelta reservado. Detalles siguen. Spratt.»
    Vlado buscó la hora en la parte superior. El fax había llegado hacía dos horas.
    – Y además esto -dijo Pine, levantando una segunda hoja-. Llegó hace unos minutos. Nuestro itinerario. A las diez de la mañana salida del vuelo desde Roma, lo que significa que tendremos que salir a eso de las cinco de la mañana si queremos cogerlo.
    – ¿Nos retiran del caso?
    – Eso parece. Esperemos que sea el resultado de un soplo o un cambio de estrategia. ¿Te importa escuchar?
    Vlado se sintió de pronto acosado por el pánico. Recorrer todo ese camino y sentir que estaban tan cerca de un gran avance, y ahora los retiraban del caso, o quizá les asignaban un nuevo destino, aunque sabía que la primera opción era la más probable. Por el momento su único consuelo era imaginar la reacción de Spratt, sus orejas echando humo como las de un personaje de historieta.
    – Vamos -dijo Pine-. Acabemos con esto.
    Vlado se instaló en su puesto de escucha asignado en el borde de la bañera. El único sonido era el lento gotear del grifo de la bañera. Respondió a la llamada una secretaria que rápidamente los pasó, Contreras apareció en la línea con el tono brusco de un boletín de noticias, sin el menor cumplido ni preámbulo. Había dejado de representar el papel de gerifalte gentil y encantador, de cordial animador de la justicia en todas las naciones. Por el contrario, era el juez imperioso que pronunciaba una proclama exaltada desde el estrado.
    ¿Es usted consciente, señor Pine, de que a causa de las acciones de su compañero, además de las de Janet Ecker, el Departamento de Estado de Estados Unidos ha presentado ya una queja oficial ante mi oficina? -Su voz se elevó al pronunciar la palabra «oficial», como si de ese modo pusiera en el mismo nivel sus transgresiones y el asesinato en serie-. Dicen, y no sin cierta justificación a tenor de lo que he oído por mi parte, que han indagado acerca de asuntos y lugares que están totalmente vedados. Y sinceramente no puedo por menos de preguntarme qué clase de operación por libre están desarrollando ustedes tres. ¿Me lo puede decir?
    – Ninguna, señor. Sólo seguíamos pistas sobre el posible paradero de…
    – ¿Que seguían pistas? ¿Llama usted simplemente seguir pistas a acosar a un anciano ex agente de información, hasta el punto de que ha sufrido un ataque de apoplejía? ¿O husmear entre antiguos expedientes de inteligencia, ni siquiera desclasificados oficialmente, es simplemente seguir pistas?
    – No hemos acosado a nadie, señor. Ese hombre habló con nosotros por su propia y libre voluntad.
    – El mismo hombre, supongo, que desde hace años estaba desacreditado por ser absolutamente poco fidedigno. Hasta el punto de haberse convertido en un estorbo para su propio gobierno y ser relevado de sus funciones. Pero no obstante él también presentó una queja oficial sobre el comportamiento de ustedes, antes de que le ocurriera la desgracia.
    – ¿Fordham? Pero si es… Habló con nosotros por voluntad propia.
    – La hemos recibido esta mañana directamente desde la embajada de los Estados Unidos en Roma.
    Pine no respondió. Janet Ecker tenía razón. Alguien estaba haciendo uso de todos los recursos posibles, y sólo podía ser Harkness y los que estaban por encima de él.
    – Ninguno de nosotros sabe con certeza qué intentaban hacer exactamente -prosiguió Contreras-. Pero dado el nivel de abuso que parece que hemos sufrido en este caso hasta la fecha, no sólo participando en la huida de Andric sino también en la de Matek, varios de nosotros hemos comenzado a preguntarnos cuáles son las motivaciones de todos ustedes. Y hacer intervenir en esto al bosnio, algo que fue idea suya según me han informado, fue nuestro primer error.
    – ¿Idea mía?
    – Nos equivocamos al esperar objetividad de un nativo. Su relación personal con todo esto sólo ha hecho que la situación se enredase más cuando las cosas comenzaron a irse a pique.
    Vlado se mordió la lengua. Era evidente que Contreras no estaba al tanto de que estaba en la línea, y habría colgado en el acto si hubiera podido hacerlo sin llamar la atención sobre su presencia.
    – En cuanto a usted y la señorita Ecker -continuó Contreras-, los rencores que puedan tener en contra de sus antiguos patronos no tienen cabida en el trabajo que ahora desempeñan.
    – Pero si nosotros…
    – Basta. No es éste el foro apropiado para defenderse o explicarse. Habrá tiempo sobrado para eso cuando vuelva. Debe salir de Italia mañana, y mientras tanto no debe hacer más llamadas, realizar más entrevistas ni seguir más pistas, como usted prefiere llamarlas. Y se le prohíbe expresamente realizar cualquier nuevo contacto con los agentes de la ley locales. No se gana nada difundiendo más nuestra vergüenza. ¿Está todo claro?
    – Muy claro.
    – Preséntese a mí en cuanto llegue. Que venga Spratt con usted, y también el bosnio. Se le dará de baja y se le devolverá a Berlín. Cuanto antes mejor. Hasta mañana, entonces.
    – Sí, señor.
    Así que aquello era el final, pensó Vlado mientras se cortaba la comunicación. Levantó el auricular mudo como un martillo y lo dejó caer contra el borde de la bañera, resquebrajando la porcelana y el auricular. Que el Tribunal pagara los daños, pensó exaltado, con el codo dolorido por el impacto del golpe. Miró hacia el grifo que goteaba, que seguía marcando los segundos, y se levantó con rigidez de su incómoda posición privilegiada. Los sobresaltos y sufrimientos de los últimos días habían sido difíciles, pero al menos habían llevado hasta las puertas del descubrimiento, o al menos eso parecía. Ahora tendría que volver antes de llamar siquiera, y lo único que conseguiría a cambio de sus problemas sería la humillación de un despido perentorio. Se preguntó vagamente en qué habían quedado todas las solemnes promesas de reasentamiento, de encontrarle un nuevo trabajo como investigador, pero nada de aquello parecía relevante en ese momento. Al menos su familia estaría a salvo, aunque puede que ni siquiera eso fuera verdad si Leblanc o Harkness filtraban la noticia de la suerte de Popovic.
    – Lamento que hayas tenido que oír eso -dijo Pine, apareciendo en la puerta del cuarto de baño-. Ha sido muy cruel. -Vlado asintió con la cabeza, demasiado furioso para hablar-. Lo siento, Vlado. Te han tratado de forma terrible. Y por si sirve de algo, utilizarte a ti no fue una idea mía. Ya sabes de dónde vino. Pero supongo que alguien ha comenzado ya a reescribir la historia.
    – Sí. Es curioso que esto siga sucediendo.
    – Ojalá yo…
    – No importa -dijo Vlado. Estaba temblando de ira y de angustia-. No importa.
    – Bueno, supongo que lo único que nos queda por hacer es esperar. Dormiremos un poco y nos largaremos lo más temprano posible por la mañana. Quizá podamos cenar algo más tarde, si te sientes con ánimos.
    Vlado no pudo pensar en una respuesta adecuada, así que salió, caminando aturdido hasta su habitación. Después de cerrar la puerta se sentó en la cama unos minutos. Luego se levantó y abrió el pequeño frigorífico del minibar, miró en su interior y vio una ordenada hilera de refrescos, licores y cervezas. Seleccionó una botellita, whisky escocés, de ningún modo su preferido, pero serviría, al igual que las demás botellitas, sin tener en cuenta su contenido. También en este caso, el Tribunal podía pagar la maldita cuenta. Bebería hasta acabar con todo. Llamaría al servicio de habitaciones.
    Pero cuando estaba a la mitad del primer trago se dio cuenta de que no le apetecía, y vertió el resto en el lavabo. Abrió la ventana y las contraventanas, y miró hacia la borrosa neblina de las colinas, donde los contornos de la tierra apenas eran visibles en la oscuridad del anochecer. Hacía demasiado frío para mirar durante mucho tiempo, así que cerró la ventana. La habitación estaba ahora llena de aire marino. Se tumbó en la cama, sin quitarse los zapatos. La pantalla digital roja del reloj de la mesita de noche decía que eran las 5:37. La gente en la calle se dirigía a sus casas a cenar y pasar una velada tranquila. El final de la jornada laboral. Y entonces se acordó de Amira y de que había dicho que la llamara. Tal vez había encontrado los nombres, los de los pasaportes de la Cruz Roja, si es que habían existido. Oficialmente, era ya una información inútil, supuso. Pero sólo si se trabajaba para el Tribunal. Prácticamente acababa de ser despedido. ¿Por qué obedecer órdenes entonces, cuando todas las promesas se habían roto? Se incorporó y cogió el teléfono. Seguía siendo policía, un hijo curioso, deseoso de enterarse de todo lo que pudiera. Marcó sin pensar el número de línea exterior, pero se comunicó con el encargado de noche, que le recordó con toda cortesía que su línea estaba bloqueada.
    Por supuesto, pensó. Nunca habían confiado en él y nunca le consideraron de verdad otra cosa que una utilidad, un lubricante para un acoplamiento áspero y precipitado que había salido mal desde el principio. Aquel pensamiento furioso bastó para hacerle salir, con el abrigo y la cartera en la mano, el corazón latiendo como cuando los dedos golpean en una mesa con impaciencia e irritación. Bajó corriendo las escaleras, demasiado impaciente para esperar el ascensor, cruzó el vestíbulo y salió disparado al aire del atardecer. Se paró un momento para ponerse el abrigo. Sólo tardó cinco minutos en encontrar un tabacchi, donde compró una tarjeta telefónica con las liras que le había gorroneado a Pine la noche anterior. Encontró una cabina y marcó el número de la casa de Amira, con el bolígrafo y el cuaderno preparados.
    Amira respondió de inmediato, parecía tan impaciente como Janet Ecker la víspera. Feliz, incluso.
    – Creo que he encontrado lo que buscábamos -dijo-. Dos nombres. Ambos italianos, con fechas de nacimiento que concuerdan con las que me diste. ¿Tienes algo para escribir?
    Cuando terminó le dio las gracias, le dijo que estaría en contacto con ella, y colgó, lamentando ser tan brusco pero deseoso de conservar todos los segundos posibles de la tarjeta. Una calle más allá entró en un café. Cuando un camarero se acercó a él, sacó la billetera y calculó qué podía permitirse. Pero se dio cuenta de que lo que de verdad deseaba en ese momento era tiempo, así que le hizo señas de que no se acercara y buscó en su cartera hasta que encontró la fotografía.
    Examinó el rostro de su padre, después el de la mujer.
    – ¿Pero quién es esta mujer con la que estás, signore Giuseppe di Florio? – dijo para sí mismo en voz baja-. ¿Tu amante? ¿Tu mujer? ¿Está viva todavía?
    Se acercó con su cartera hasta la barra, mientras ordenaba los fragmentos de su escaso italiano.
    – ¿Telefono libro? -preguntó con aire vacilante.
    – Sí -respondió el barman, que se alejó unos pasos, cogió un volumen delgado y con las esquina dobladas y lo dejó caer encima de la barra reluciente.
    – Grazie.
    – Prego.
    Había once Di Florio en la guía. Si se había vuelto a casar -suponiendo para empezar que fuera su mujer-, ninguno de ellos serviría de nada. Pero suponiendo que no lo hubiera hecho, y que siguiera viviendo en la ciudad, y que estuviera viva -un peso de suposiciones que de pronto parecían apabullantes-, podía ser uno de esos once. Estaba así de cerca, quizá. Copió todos los números, dejó la guía en la barra y se encaminó a la cabina de la calle pasando junto al camarero. Insertó su tarjeta y comenzó a marcar el primer número.
    Pero con limitado italiano, ¿qué diría? Y aunque lo hubiera hablado con fluidez, no estaba seguro de saber cómo debía proceder. «Hola. Mi padre tenía el mismo apellido que usted y puede que fuera su esposo, ¿podemos hablar?» Cálmate, se dijo. Colgó y pensó en ello.
    Torello, pensó. Su única esperanza. Dejó el auricular en su sitio y comenzó a andar en dirección a la comisaría, de nuevo un investigador al acecho.

26

    En una pequeña y lúgubre pensión a unos kilómetros de allí, en el extremo opuesto de la ciudad, el general Marko Andric decidió que era inútil aparentar que era un hombre de mundo. Había estado tres días viajando, pero ni aun así podía librarse de la desazón que le producía estar en tierra extranjera. En una palabra, echaba de menos su tierra. Y pensar en todas las ocasiones durante los últimos años que había intentado con tal denuedo ir a ese mismo lugar, sin conseguir nunca permiso. Había sido necesaria la ayuda del enemigo para hacerlo posible finalmente, pero ahora que estaba allí pasaba casi todas sus horas de vigilia sintiéndose a disgusto e incómodo.
    En su opinión, la única forma de abarcar terreno nuevo era con un ejército, marchando en causa común. Y su paisaje preferido eran las colinas verdes y ondulantes, no aquellos riscos desnudos que caían directamente al mar.
    El problema más molesto había sido el idioma, una sarta interminable de frustración que le producía dolores de cabeza y le hacía sentirse como un niño. Las palabras aquí eran como pelotas de goma, resbalaban y rebotaban con tal rapidez que sólo se podía captar una o dos cada vez. Cuando sacaba el diccionario de bolsillo, otras veinte habían pasado saltando.
    La comida, por lo menos, merecía la pena, pero hasta eso era cada vez más tedioso. Lo que de verdad le gustaría ahora sería un trozo de carne, asado a la brasa hasta el hueso, un pedazo sustancioso, no una simple loncha o unos medallones como lo servían aquí. Sacó un cigarrillo. Éstos, al menos, eran los mismos en todas partes ahora. El vaquero americano que gobernaba el mundo. Después de unas caladas se sintió mejor, pero estaba agotado, tenía sueño. La rareza de su viaje le había causado pesadillas. O eso era lo que había escogido para culpar de las visiones que lo visitaban últimamente.
    El día anterior se había despertado al anochecer en medio de la oscuridad creyendo que los muertos intentaban agarrarlo desde las paredes y el suelo, donde se retorcían como gusanos, con los dedos en estado de putrefacción extendidos, rozando sus brazos y sus piernas desnudos. Rostros retorcidos se habían cernido sobre él, maldiciendo de manera incomprensible. Hablando en italiano, sin duda. Volvió en sí, se sentó en la cama y encendió la lámpara de la mesita de noche, y le confortó ver las paredes desnudas y tranquilas. El techo era totalmente blanco. Los niños hacían explotar petardos en la calle. Ésa debía de ser la causa de todo, se dijo. Pero el sabor de su boca decía otra cosa. Le resultaba demasiado familiar. Las tierras, las lenguas y la cocina podían cambiar, pero el polvo terroso de Srebrenica seguía cubriendo su lengua, como si su organismo fuera incapaz de expulsarlo. Incluso ahora, después de un descanso a última hora de la tarde, le quedaba su regusto. Así que dejó el cigarrillo y se levantó para enjuagarse la boca en el lavabo del cuarto de baño.
    Era una forma de vivir solitaria, y mientras se inclinaba sobre el lavabo, tragando, escupiendo, se preguntó durante cuánto tiempo tendría que soportarla. Sus pies descalzos sentían el frío al contacto con el suelo. Supuso que en el exterior el tiempo seguía siendo húmedo y frío, mientras abría las contraventanas para ver las nubes que se habían posado sobre la ciudad durante todo el día. Apenas quedaba luz del día. Bien. Dentro de unas horas, entonces, si todo iba según lo previsto, todo habría acabado. En cualquier momento recibiría una visita, alguien que hablaba su lengua, nada menos.
    Aquel pensamiento bastó para que se pusiera en marcha. Se vistió apresuradamente y se permitió sentir cierta excitación. Sabía por experiencia y por una rígida formación que nunca debía esperar que no hubiera contratiempos, así que había tardado algún tiempo en comenzar a creer por fin que podía suceder, que todo podía salir de verdad a pedir de boca. Hacía ya unas horas que tenía esa sensación. Desde que había hecho su reconocimiento furtivo, dando un paseo por el lugar donde se decía que estaban guardados los objetos. Al recordar la caminata, se metió la mano en el bolsillo. No encontró nada, y eso le hizo sentir pánico momentáneamente. Pero después lo palpó, enrollado en un pliegue del tejido. La vieja llave. Era increíble, pensó, que siguiera encajando en la cerradura. La había probado, brevemente, girándola sólo lo suficiente para correr el cerrojo sin abrir la puerta. Después había vuelto a cerrar. Demasiados visitantes en los alrededores a esa hora para sentirse cómodo para hacer algo más. Sería aún más increíble que todo siguiera allí. Pero sabía que esas cosas eran posibles, pues había visto cómo pasaban en su tierra, secretos enterrados en un conflicto que se desenterraban en otro.
    Durante un rato en su paseo había creído ver a su contacto, su benefactor, por así decirlo, aunque no era como si los servicios de aquel hombre fueran gratuitos. Había sido una mirada brevísima, una extraña e inquietante sensación de pisadas que parecían coincidir con las suyas. Pero cuando se volvió para mirar sólo había visto a un niño y a un hombre que curioseaba ante un expositor de periódicos.
    Aquel momento lo había puesto lo bastante nervioso para pensar si continuar con su paseo. ¿Y si alguien lo reconocía, o comenzaba a hacerle preguntas? Estuvo nervioso desde que cruzó la frontera, demasiado agitado incluso para leer un periódico o sintonizar las noticias en la radio, por miedo a ver su propio rostro. Era mejor tratar de pasar inadvertido, ahora que se acercaba el momento. Tanta planificación, y todo había quedado reducido a una sola noche.
    Y entonces, como respondiendo a sus pensamientos, oyó un golpe en la puerta. ¿La camarera, quizás? ¿O era alguien a quien esperaba?
    – ¿Sí? -dijo, mientras se acercaba a la puerta y buscaba el arma que sobresalía de un bolsillo de la chaqueta colgada de una percha de latón.
    – ¿Marko? Soy yo.
    Así que de verdad era él, entonces, hablando en su misma lengua, aunque con una mínima diferencia de tono y timbre respecto a cómo sonaba por teléfono. Habría jurado que buena parte del acento de aquel hombre también había desaparecido. Tal vez sólo fueran los nervios. Pero era tal el alivio que sentía al oír palabras que podía entender que no se acordó de coger el arma del bolsillo. Su invitado llegaba temprano, pero cualquier buen general sabía que incluso los planes más meticulosos se modificaban y cambiaban.
    Así que abrió la puerta desarmado, su primer y último error. Le devolvió la mirada un rostro totalmente distinto del que esperaba, aunque también le resultaba extrañamente familiar. ¿Quién era aquel anciano?, se preguntó, pero antes de que pudiera responder se encontró ante el cañón de una pistola, una cosa abultada y fea con algo pesado ajustado en su extremo. Un silenciador. No era una buena señal, ni siquiera para alguien tan abierto a cambios de planes.
    – Le conozco, ¿verdad? -dijo, dándose cuenta mientras pronunciaba esas palabras de quién era exactamente-. ¡Oh, Dios mío! Sí. De la frontera.
    El anciano asintió. Parecía respirar con dificultad, ligeramente falto de aliento.
    – Sí, ahora lo recuerdas -dijo el anciano-. Y has venido aquí a robarme. Así que se me ha ocurrido pasar a buscar mi llave. Dámela, por favor, si no te importa. Dime dónde está. Y no intentes meter las manos en cajones o bolsillos, por favor, si no quieres que nuestra breve charla termine prematuramente.
    El general seguía intentando recordar el nombre de aquel hombre. ¿Matek? ¿O era Petric? No podía recordar cuál de los dos había hablado, el que había trazado el plan, el que en última instancia había presentado el plan que mereció su aprobación. Pero aquel hombre esgrimía ahora una pistola de una manera muy desagradable, y el general Andric sintió que se le revolvía el estómago, que se escoraba sobre el costado como un barco que pugnaba por mantenerse a flote. Quiso eructar, o algo peor; podía sentir ya el sabor de la bilis subiendo por la garganta, sazonada con el infernal polvo terroso. Se pasó la lengua por los labios, haciendo un ruido pegajoso.
    – Está en el bolsillo del pantalón -respondió, avergonzado por el temblor de su voz.
    Su actuación era deshonrosa, y el general imaginó que su estado mayor contemplaba la escena desde la puerta, mirando al suelo mientras eran testigos de su humillación, el viejo guerrero derritiéndose hasta convertirse en un montón de gelatina. Fue aquel pensamiento, finalmente, el que lo revivió, y con una súbita arremetida intentó agarrar el odioso cañón, de nuevo un soldado a la ofensiva.
    Murió como un soldado, abatido en el frente, el impacto demoledor y con sordina de las dos balas lo lanzó contra la ventana, donde la parte posterior de su cabeza golpeó el alféizar con un fuerte estrépito. Al desplomarse en el suelo, con la espalda pegada a la pared, miró hacia abajo y vio sus entrañas salir retorciéndose como un nido de serpientes húmedas. Hicieron un horrible sonido, como un gorgoteo, más surrealista si cabe por su falta de dolor. Sólo sintió una inmensa y vacía frialdad ahí abajo. Después, fluyendo a la cabeza, una gran ráfaga de calor y oscuridad, como si alguien hubiera abierto, destrozándola, una puerta en lo más alto de la columna vertebral. La diestra pinza de una mano se introdujo en el bolsillo de su pantalón, explorando frenéticamente, y lo último que el general oyó fue la voz de un anciano jubiloso, como un viejo gnomo en el bosque.
    – Aquí estás -dijo una voz ronca-. Tal y como te dejé.

27

    Vlado sintió alivio al comprobar que Torello seguía sentado en su despacho. Pero su primera pregunta fue precisamente la que Vlado no hubiera querido contestar.
    – ¿Dónde está su compañero americano?
    – El señor Pine está en el hotel.
    Torello pareció pensar detenidamente en la respuesta. En circunstancias normales, habría sido una mala señal, un indicio de que tal vez Vlado estaba a punto de ponerlo de patitas en la calle, desenmascarado como el agente delincuente que ahora era.
    Pero Torello no tenía el ceño fruncido, no estaba nervioso ni se disponía a llamar por teléfono. Si acaso, parecía contento.
    – Dígame una cosa -dijo por fin-. No está autorizado a estar aquí, ¿verdad? Así, usted solo.
    Vlado decidió ser sincero con él.
    – Nos han apartado del caso. Parece ser que nos hemos convertido en un fastidio para las autoridades de Estados Unidos. De modo que no estoy aquí como representante del Tribunal. Ahora trabajo para mí, más que nada porque mi padre era compañero del sospechoso principal. Algo de lo que no tuve noticia hasta hace unos días, cuando el Tribunal echó mano de mí para este trabajo. Así que para mí es algo estrictamente personal.
    Torello lo observó un instante.
    – Un caso de personas desaparecidas, entonces. ¿Lo definiría usted así? Ya no es busca y captura por crímenes de guerra. Por si mis superiores preguntan después -dijo, al tiempo que comenzaba a esbozar una sonrisa.
    Vlado creyó estar en presencia de un compatriota, aunque no estaba seguro de por qué.
    – Exactamente.
    – Está bien que coincidamos. ¿Café? Parece que lo necesita.
    – Sí.
    – Y, por favor, fume con toda confianza -dijo Torello, sacando una cajetilla de cigarrillos de su chaqueta-. Esto no es América, ya sabe.
    – ¿No le gustan los americanos?
    – Nada más lejos. Creo que los americanos son estupendos. Sobre todo sus mujeres, que parecen pensar que los hombres italianos son estupendos siempre que se tomen en dosis limitadas.
    La sonrisa de Torello se amplió.
    Sí, Vlado podía imaginárselo durante la temporada turística. La belleza morena que el resto del mundo esperaba de los hombres jóvenes italianos. Delgado y desenvuelto, con el cabello cruzándole perfectamente la frente, el inglés impecable y la cantidad justa de sol en el rostro para hacer pensar en un hombre de acción.
    – Pero seamos realistas -continuó Torello-. ¿Cuántas veces personas como usted y yo, de países que por lo general se mantienen al margen, tienen la oportunidad de hacer lo que les venga en gana, sobre todo cuando gente de embajadas muy poderosas exigen que hagan otra cosa? Este fax, por ejemplo, aterrizó en mi mesa esta misma tarde -dijo y se lo pasó a Vlado.
    Era un mensaje del Departamento de Estado de Estados Unidos instando a las autoridades policiales a consultar por favor con contactos de la embajada de Roma antes de cooperar con investigadores que afirmen buscar a los sospechosos Marko Andric y Pero Matek, debido a «irregularidades diplomáticas» no especificadas.
    – Ellos gritan. Nosotros saltamos. Y mírenos a nosotros dos, hablando en su idioma. Pero me atendré a la letra de esta nota, desde luego. -Levantó el fax en alto-. Es decir que si, por ejemplo, telefonea un representante oficial del Tribunal, buscando a un compañero desaparecido, tendría que remitirme como es natural a estas instrucciones, y no le diría nada. ¿Pero un caso de personas desaparecidas para un policía de Bosnia que está de visita? Eso es algo totalmente distinto.
    Vlado dejó pasar un momento, mientras evaluaba la gravedad del salto que se disponía a dar con la ayuda de Torello. Lo que más le preocupaba era su familia. Es probable que dispusiera de un día, quizá menos, antes de que dieran con él Pine o Harkness. También sentía preocupación por Pine: no quería arruinar la carrera de aquel hombre, aunque en cierto modo pensaba que podría aprobarlo. ¿Y si no lo aprobaba? Simpático o no, Pine y el Tribunal lo habían utilizado, y Vlado se había ganado su intento de rebelión.
    – Pues bien -dijo Torello-. ¿Qué le trae aquí? ¿Busca ayuda?
    – Estos nombres.
    Entregó a Torello el papel en el que había escrito Giuseppe di Florio y Piro Barzini seguido de once números de teléfono de Di Florio.
    – Di Florio era el apellido de mi padre mientras estuvo aquí. Barzini era el de Matek. Es probable que llegasen en el verano de mil novecientos cuarenta y seis y se quedaran hasta el sesenta y uno. Después volvieron a Yugoslavia. No estoy seguro del porqué, pero me imagino que tuvieron que salir precipitadamente. Puede que gente de la Ustashi los encontrase finalmente. Y pudieron dejarse algo aquí. Algo que Matek podría haber vuelto a buscar. -Vlado hizo una pausa. Éste era el único dato sobre cuya revelación seguía sintiéndose incómodo, pero no parecía tener elección-. Puede que se dejaran dos cajas de lingotes de oro, además de algunos documentos que para Estados Unidos, todavía hoy, podrían resultar embarazosos, incluso perjudiciales.
    Torello se recostó en su silla, irradiando un placer casi infantil mientras unía las manos y arqueaba los dedos apuntando hacia arriba.
    – Fantastico -dijo en voz baja-. No es de extrañar que todo el mundo esté tan, cómo lo dirían ellos, nervioso. Histérico. Perfecto. -Su sonrisa se desvaneció-. Pero esos nombres. Me temo que sólo con eso no iremos muy lejos.
    – También tengo esto -dijo Vlado, y depositó la vieja fotografía sobre la mesa de Torello y le explicó por qué había anotado los once números de teléfono.
    – Iba a probar a llamar. Un palo de ciego, ya lo sé.
    – Sí, un tiro al aire.
    Torello parecía disfrutar tanto como Vlado recogiendo retazos de jerga.
    – Pero, en fin, no hablo italiano. Sólo unas cuantas palabras.
    – Podría hacer las llamadas por usted, desde luego, pero ¿de verdad queremos comenzar a hacer preguntas sobre este asunto a familias de toda la ciudad, para que chismorreen sobre quién sabe qué? No lo creo. Sería mejor consultar los archivos. -Miró el reloj-. Tengo un amigo en el ayuntamiento que nos dejará acceder fuera del horario habitual para echar un vistazo a las licencias de matrimonio, los certificados de defunción, esa clase de cosas. Archivos policiales. Si ese tal Matek es tan artero como parece, no puedo imaginar que fuera capaz de estar aquí quince años sin meterse en algún lío. Vamos. Al sótano.
    Sólo tardaron veinte minutos. Torello abrió unos cuantos libros polvorientos de detenciones y atestados de incidentes de las décadas anteriores a 1970. Los demás habían sido informatizados. La primera línea que les llamó la atención fue un caso de contrabando de 1953. El sospechoso era Piro Barzini. Su fecha de nacimiento concordaba con la del pasaporte de la Cruz Roja. Los cargos se habían retirado.
    – Pero mire -dijo Torello, pasando a otra página-. Esto es mejor.